Kitabı oxu: «Terapia Vincular-Familiar»

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Terapia Vincular-Familiar

Un nuevo abordaje de las sintomatologías actuales

Claudia Messing

Terapia Vincular-Familiar

Índice de contenido

Portadilla

Legales

Introducción. Un largo recorrido

Capítulo 1. Por qué se multiplican las nuevas sintomatologías

Capítulo 2. El modelo de autoridad en tres tiempos para el abordaje de la simetría

Capítulo 3. Terapia Vincular-Familiar

Capítulo 4. Recuperación del lugar de hijo y subjetivación

Capítulo 5. Mimetización masiva con situaciones emocionales y traumáticas previas

Capítulo 6. El trabajo vincular y en equipo

Capítulo 7. Restablecimiento de la función paterna

Epílogo. En tiempos de pandemia, una enseñanza

Bibliografía


Messing, ClaudiaTerapia vincular-familiar : un nuevo abordaje de las sintomatologías actuales / Claudia Messing. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Centro de Publicaciones Educativas y Material Didáctico, 2020.Libro digital, EPUB - (Conjunciones / 65)Archivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-538-795-91. Psicología Infantil. 2. Guías para Padres. 3. Adolescencia. I. Título.CDD 158.24

Colección Conjunciones

Corrección de estilo: Liliana Szwarcer y Silvina García Guevara

Diagramación: Patricia Leguizamón

Diseño de cubierta: Pablo Gastón Taborda

Fotografía de cubierta: es.123rf.com/profile_eobrazy

Los editores adhieren al enfoque que sostiene la necesidad de revisar y ajustar el lenguaje para evitar un uso sexista que invisibiliza tanto a las mujeres como a otros géneros. No obstante, a los fines de hacer más amable la lectura, dejan constancia de que, hasta encontrar una forma más satisfactoria, utilizarán el masculino para los plurales y para generalizar profesiones y ocupaciones, así como en todo otro caso que el texto lo requiera.

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Primera edición en formato digital: diciembre de 2020

Digitalización: Proyecto451

No se permite la reproducción parcial o total, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro, en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito del editor. Su infracción está penada por las leyes 11.723 y 25.446.

ISBN edición digital (ePub): 978-987-538-795-9

Claudia Messing. Licenciada en Psicología y Sociología (UBA), psicóloga social y psicodramatista. Presidenta de la Sociedad Argentina de Terapia Familiar. Autora del Abordaje Vincular-Familiar en Orientación Vocacional. Codirectora del Instituto de Terapia Vincular-familiar. Directora de la Escuela de Posgrado en Orientación Vocacional y Terapia Vincular-Familiar.

Realiza capacitaciones para padres, educadores y profesionales, a pedido de numerosas instituciones públicas y privadas de Argentina, Chile, Perú, Bolivia y Brasil. En nuestro país fue convocada, entre muchas otras, por la Junta Coordinadora de Asociaciones de Enseñanza Privada de la República Argentina; la Fundación OSDE; el Consejo Superior de Educación Católica; la Universidad Católica Argentina; las universidades nacionales de Quilmes y de Villa María, los equipos de salud de la Regional VI de la Provincia de Buenos Aires, de Adolescencia del Hospital de Niños, el Presidente Perón y el Municipal de Wilde. En Chile, por las universidades Católica, del Desarrollo, Los Andes, Finis Terrae, y por las fundaciones Valoras, LUZ Y SOFOFA, y la Red de Colegios Educa UC, entre otras.

Es autora de Desmotivación, insatisfacción y abandono de proyectos en los jóvenes. Orientación vocacional y vínculos familiares (Noveduc, 2007); Simetría entre padres e hijos (Noveduc, 2010); ¿Por qué es tan difícil ser padres hoy? (Noveduc, 2011) y Cómo sienten y piensan los niños hoy. Investigación sobre la simetría del niño con el adulto (Noveduc, 2017).

Agradecimientos

Muy especialmente, a Nora Mares Persson y a Benjamín Zarankin, mis compañeros de ruta y cocreadores de la Terapia Vincular-Familiar, por invitarme a esta aventura.

A la primera camada de terapeutas formados en esta línea de trabajo hace muchos años, en particular a Patricia Aón, Alejandro Zarankin y Mariana Zarankin. Ellos, junto al Dr. Benjamín Zarankin, han enriquecido este libro aportando algunos de sus casos clínicos que permiten ilustrar aún más nítidamente nuestro abordaje terapéutico.

A todo el equipo de la Sociedad Argentina de Terapia Familiar, que con sus constantes interpelaciones desde el contexto nos enriquecen y obligan a seguir perfeccionando nuestros instrumentos.

A mis alumnos y alumnas, partícipes de grupos terapéuticos de aprendizaje que han crecido con nosotros a través de los años y nos han permitido llevar la Teoría de la Simetría y la Terapia Vincular-Familiar mucho más allá de nuestras fronteras.

A mis queridos y queridas pacientes que me han autorizado a referirme a sus historias y muy especialmente a dos de ellas, Coni y Guadalupe, que quisieron brindar sus testimonios de modo directo.

Introducción
Un largo recorrido

Este libro es el resultado de una gran aventura iniciada en 1989 en compañía de Nora Mares Persson (1) y Benjamín Zarankin (2). En aquel momento unimos nuestras experiencias y recorridos previos para dar inicio a un nuevo abordaje terapéutico que denominamos Terapia Vincular-Familiar, con aportes del psicoanálisis, la psicología social, el trabajo corporal y emocional, y la clínica de niños y adolescentes, entre tantos otros.

Esta propuesta surgió de la clínica de principios de los años 90, cuando comenzamos a advertir la gran cantidad de padres, parejas y familias que consultaban por distintos tipos de problemáticas, cuyo denominador común era la pérdida de la consideración y el respeto en el trato entre ellos. Nos encontramos con vínculos totalmente simétricos, de igual a igual, y nuestras primeras intervenciones se dirigieron a recuperar el buen trato y el respeto mutuo en las parejas, con los hijos, dentro de las familias. Así fuimos desarrollando este nuevo abordaje, descubriendo el poder terapéutico de la recuperación del lugar de hijo, que aparecía totalmente borrado, cuestionado, lesionado, como resultante de infinidad de cambios macroestructurales, económicos, culturales y sociales que ya he abordado en publicaciones anteriores (Messing, 2007, 2010, 2017).

El objetivo actual es compartir los aportes de la Terapia Vincular-Familiar y sus herramientas teóricas y técnicas, incluyendo distinto tipo de intervenciones y casos clínicos.

Comienzo este desarrollo intentando dar respuesta al interrogante de por qué a partir de los años 90 se multiplicaron las nuevas sintomatologías dentro de las familias y por qué aparecen cada vez más niños y jóvenes diagnosticados con diferentes trastornos. Pues, a pesar del gran trabajo a favor de la despatologización de las infancias, no podemos dejar de preguntarnos por el origen del crecimiento numérico de las nuevas problemáticas psíquicas presentes en la Argentina y en todo el mundo. Para ello profundizo en algunas de las variables intervinientes, incluyendo una síntesis de los principales hallazgos obtenidos respecto a la investigación de la simetría del niño con el adulto como cambio de la subjetividad, y también preciso algunos de sus efectos en los adultos.

Para contribuir al abordaje de la simetría de niños y jóvenes y a la prevención de las múltiples sintomatologías actuales, a continuación amplío nuestra propuesta educativa y de crianza describiendo un nuevo modelo de autoridad a desarrollarse hasta en tres tiempos, que tiene como objetivo recuperar la autoridad del adulto tanto en el ámbito familiar como en el educativo.

Ingreso luego de lleno en los aportes clínicos de la Terapia Vincular-Familiar, desarrollo su marco teórico de base y el de las principales herramientas terapéuticas que la componen. A continuación, en sucesivos capítulos, amplío los alcances de cada una de estas herramientas a través de distintos casos. Entre ellos, los de dos de pacientes que quisieron escribir su experiencia especialmente para este libro, así como aportes de casos atendidos por la licenciada Patricia Aon (3), la doctora Mariana Zarankin (4), el doctor Benjamín Zarankin y el licenciado Alejandro Zarankin (5). Tres de ellos fueron presentados en el Congreso Mundial de Salud Mental realizado en Buenos Aires en 2019.

Como adelanté, este libro es el resultado de mi anhelo por volcar algo de toda la maravillosa experiencia recogida a través del tiempo, con tantas personas que nos han enseñado, han compartido con nosotros sus vivencias y nos han permitido estos aprendizajes.

1. Nora Mares Persson. Licenciada en Ciencias Sociales y especialista en comunicación, lenguaje corporal y emocional. Cofundadora en 1970 del Instituto Greyg, de Gimnasia rítmica expresiva, yoga y plástica griega. Coautora de Este cuerpo es suyo (Hachette, 1983). Directora de teatro y música. Vicepresidenta II de la Sociedad Argentina de Terapia Familiar. Especialista en consultoría, abordaje y mediación en vínculos familiares y su proyección social, con posgrado en Gestión Cultural (UNC). Maestranda en Filosofía Política (UNQ).

2. Benjamín Zarankin. Médico, psicoterapeuta, con formación de posgrado en la APA (1986-1990). Especialista en clínica de niños y adolescentes desde 1980. Docente en Psicología Médica (UBA, 1974-1975). Psicólogo social, coordinador de grupos terapéuticos, laborales y de redes sociales. Vicepresidente de la Sociedad Argentina de Terapia Familiar. Cocoordinador de cursos, talleres y seminarios dictados en Argentina, Chile, Bolivia y Perú, sobre Orientación Vocacional con abordaje Vincular-Familiar, acerca del abordaje de la simetría de niños y jóvenes, sobre Terapia Vincular-Familiar –junto con la autora de este libro– y codirector de la Escuela de posgrado en Orientación Vocacional y Terapia Vincular-Familiar, de la Escuela de madres y padres dependiente de SATF y del Instituto de Terapia Vincular-Familiar.

3. Patricia Aon. Licenciada en Psicología (UBA). Psicóloga Social. Profesora en Ciencias de la Educación. Diplomada Superior en Antropología Social y Política (FLACSO). Maestranda en Antropología Social (UNSAM, IDAES, IDES). Doctoranda en Psicología (USAL). Terapeuta Vincular-Familiar. Supervisora del Equipo de asistencia y acompañamiento psicoterapéutico con abordaje vincular-familiar en Luján, junto al Lic. Alejandro Zarankin. Miembro de la Comisión Directiva de la Sociedad Argentina de Terapia Familiar.

4. Mariana Zarankin. Médica psiquiatra (UBA, con Diploma de Honor en Medicina). Especialista en Clínica Médica (Hospital Tornú) y especialista en Medicina Interna (UBA). Especialista en Psiquiatría con residencia completa (Hospital Durand). Especialidad en Psiquiatría (UBA) en curso. Psicoterapeuta Vincular-Familiar con formación en EMDR. Miembro de Sociedad Argentina de Terapia Familiar y de EMDR Iberoamérica Argentina.

5. Alejandro Zarankin. Licenciado en Psicología (UBA). Magíster en psicoanálisis (USAL-APA). Especialista en Psicología Clínica con orientación en pareja y familia (Colegio de Psicólogos de la Provincia de Buenos Aires, Luján). Doctorando en Psicología (USAL-APA). Supervisor grupal para psicólogos junto a la Lic. Patricia Aon y el Dr. Benjamín Zarankin (Luján y CABA). Miembro de la Comisión Directiva de la Sociedad Argentina de Terapia Familiar.

Capítulo 1
Por qué se multiplican las nuevas sintomatologías

Como señalamos, la Terapia Vincular-Familiar surgió como herramienta preventiva y terapéutica cuando, a comienzos de la década de 1990, asistimos al aumento sistemático de nuevas sintomatologías presentes en niños y jóvenes, que nos preocuparon especialmente por su prematurez. Nos referimos a la verdadera explosión de los llamados “trastornos” descriptos en los manuales de diagnóstico DSM-IV y DSM-5, como los de ansiedad, y las diferentes fobias y obsesiones, así como la cantidad de niños diagnosticados con déficit de atención (TDA y TDAH), síntomas oposicionistas, fobia a los alimentos –como la recientemente denominada Teria–, y un aumento inusitado de trastornos del espectro autista y mutismo selectivo, entre otras muchas sintomatologías.

Todas ellas tienen en común que ponen en evidencia la certeza, literalidad y rigidez de ciertas conductas de los niños, que a la vez son una expresión un poco más severa o rígida de aquellas que se presentan cotidianamente en la crianza actual: niños que necesitan decidir qué y cuándo van a comer, con quién van a hablar, cómo y cuándo vestirse, prestar atención, estudiar, etcétera. Que muestran su enorme frustración con berrinches incontrolables ante hechos inesperados o se oponen desafiantemente a aquello que no quieren o desean.

Para abordar estas nuevas sintomatologías, entenderlas desde un punto de vista global y no tratar cada uno de los llamados “trastornos” como fenómenos aislados, es imprescindible comprender qué ocurre hoy en la cabeza de cada niño, especialmente a partir del cambio que introduce la simetría del niño con el adulto como cambio psíquico estructural (Messing, 2017).

La principal modificación que introduce la simetría en la subjetividad de cada niño o niña es la certeza, la convicción en sus propias ideas. El 92 % de 1.587 testimonios de conductas simétricas recogidas entre adultos de la región dio cuenta de este fenómeno (Messing, 2017). El niño copia a sus padres desde que nace como si estuviera frente a un espejo, se mimetiza con ellos pero no los internaliza como figuras protectoras; no valoriza ni jerarquiza o califica sus palabras como relevantes (salvo cuando se siente ofendido), por lo tanto, está a merced de sus propios juicios y opiniones, sin que la palabra del adulto pueda mediatizarlos. Este es un cambio psíquico tan fuerte como desconocido, que contribuye al aumento sistemático de las nuevas sintomatologías en niños y jóvenes y, en algunos casos, a su irreductibilidad.

Además de los efectos de la simetría del niño con el adulto sobre la subjetividad de las nuevas generaciones, podemos relacionar el aumento de estas sintomatologías con otros dos cambios estructurales generadores de fuertes cambios en la subjetividad. Por un lado, el proceso de globalización y el avance de modelo neoliberal en el mundo; por el otro, el deterioro de la llamada “función paterna” o de corte entre los hijos y la madre.

El proceso de globalización y auge del neoliberalismo

El proceso de globalización, apoyado en las nuevas tecnologías de la información, unificó el mundo como un gran mercado de consumo, sostenido y sustentado por los medios masivos de comunicación, y generó fuertes cambios en la subjetividad. El neoliberalismo retira al Estado de su función protectora. El ciudadano queda a la intemperie. Se deterioran las instituciones y la subjetividad es dominada por los medios masivos de comunicación, mientras crece el mercado de consumo como gran regulador de la conducta. Un mercado que ya no es moderado por las instituciones, como antes, y que necesita que cada sujeto, a cualquier edad, sea un consumidor.

Los cambios culturales de la posmodernidad coincidieron en lo económico con el pasaje al neoliberalismo, un sistema excluyente y amenazante con el que no hay garantías de estabilidad y proyección del futuro sino incertidumbre y falta de certezas. Así, en detrimento del rol protector del Estado y las instituciones tradicionales, como la familia y la escuela, se instalaron el mercado de consumo y los medios masivos de comunicación como gran factor estructurante de la personalidad. Se resquebrajó el concepto de autoridad desde el punto de vista social y el mercado de consumo aprovechó los rasgos de simetría del niño con el adulto para convertirlo en un gran consumidor inserto en un sistema regido y formateado por los medios masivos de comunicación y las nuevas tecnologías, fenómeno que en la actualidad se profundiza cada vez más.

Aunque en este momento, año 2020, haya en el país un gobierno que intenta correrse de las políticas neoliberales, todavía subsiste el poder de los grandes grupos económicos y el establishment financiero, dueño de los grandes medios de comunicación que formatean las mentes de los sujetos para que, incluso, vayan en contra de sus propios intereses.

Sabemos de las terribles desigualdades existentes en el planeta en materia económica. Ya en 2015, Oxfam advirtió que el 1 % de los ricos del mundo acumularía al año siguiente más riqueza que el 99 % restante (BBC, 2016). Y a comienzos de 2020, en vísperas del Foro Económico Mundial de Davos, la organización informó que los 2.153 milmillonarios que hay en el mundo poseían más riqueza que 4.600 millones de personas, el equivalente al 60 % de la población mundial (Oxfam, 2020). Esto demuestra una permanente profundización de las diferencias, como quedó expuesto con obscenidad durante la pandemia de COVID-19 que comenzó en 2020.

No obstante, el neoliberalismo sigue insistiendo en el achicamiento del Estado, el libre acceso a los capitales transnacionales, el resguardo a la privatización de los servicios públicos y en privilegiar los intereses del sector financiero por encima de cualquier otro. Su objetivo permanente es que el Estado vele exclusivamente por sus intereses de clase, se retire de su rol de garante de los derechos sociales básicos y delegue su capacidad reguladora en el libre mercado, responsabilizando a los individuos y su “capacidad” para acceder a la salud, educación y seguridad social. Un objetivo que en tiempos de coronavirus hizo crisis y estalló por los aires, haciendo más evidente que nunca la necesidad imperiosa de contar con un Estado presente y regulador como la única forma de proteger a los ciudadanos.

El deterioro de la función paterna

Todas las corrientes psicoanalíticas, en sus diversas conceptualizaciones, comparten la importancia otorgada a que se cumpla la llamada “función paterna”, que tiene como objeto separar a los hijos de la madre a través de la formulación de la ley de prohibición del incesto. Pero pocos autores hacen hincapié en que una de las principales consecuencias de que se verifique esta función es que los hijos pueden volver a entregarse al vínculo materno sin miedo a quedar atrapados. Esto, a su vez, posibilita la capacidad de entrega a muchos otros vínculos, al objeto vocacional, a la pareja exogámica y al mundo del trabajo y el dinero.

La aceptación de la función paterna permite también el acceso a una posición activa, al abandono de la pasividad; desarrolla la capacidad de insistencia; permite la aceptación de las diferencias, el acceso al pensamiento abstracto y simbólico, el aprendizaje sistemático, y la protección frente al mundo externo. Si la función paterna no se cumple, los hijos van a intentar separarse igualmente de la madre y lo van a hacer a través del maltrato, la violencia, la distancia, la desconexión emocional, los accidentes y la obsesividad, entre otros muchos síntomas y/o enfermedades psicosomáticas.

El debilitamiento de la función paterna es un proceso ya anunciado por Lacan en su texto de 1938, La familia, donde muestra su preocupación por la declinación social de la imago paterna ante el papel acrecentado de la madre o de la mujer (Lacan, 2003). En este proceso influye sin duda el resquebrajamiento del modelo de autoridad patriarcal, pero también la vigencia de mitos autoritarios que impiden a los padres y las madres armar modelos de autoridad verdaderamente inclusivos y participativos. También incide la falta de respaldo a la autoridad de los padres en un mundo cada vez más peligroso e incierto.

La primera de las causas mencionadas (el resquebrajamiento del modelo patriarcal) es una transformación que comenzó con el ingreso de la mujer al mercado de trabajo durante las dos guerras mundiales: esto quebró la ecuación del dominio del paterfamilias sobre la mujer y los hijos, sustentado hasta ese momento en el poder económico. El Mayo Francés, en 1968, donde los hijos se rebelaron al poder de los padres con consignas como “Prohibido prohibir”, “La imaginación al poder”, etcétera, estableció un hito, un salto cualitativo en ese proceso de debilitamiento. Se generó a partir de entonces un proceso de liberación de las costumbres, de flexibilización de los roles familiares y un gran cambio en los vínculos que pasaron a ser mucho más cercanos y demostrativos, especialmente con los hijos, aunque todavía subsistan en las sociedades actuales las diferencias de género y fuertes rasgos patriarcales en las relaciones de pareja. Aquel cambio coincidió con el comienzo de la globalización y el neoliberalismo, que necesitan un mundo imaginario de iguales donde todos sean consumidores.

La segunda de las causas, referida a los mitos autoritarios, se relaciona con la crianza compartida por el hombre y la mujer, en la que, aunque subsistan diferencias en el compromiso real de ambos sexos, la autoridad ya no se puede establecer por decreto. Debe ser una construcción de la pareja en la que ambos consensúan y aprenden a trabajar en equipo, estén juntos o vivan separados. Sin embargo, este es aún el punto neurálgico de la cuestión, no solo por la dificultad de que haya coincidencia entre padres separados, sino por la vigencia de viejos mitos autoritarios que afectan la construcción de los nuevos modelos de autoridad. Entre ellos, en especial, se cuenta el mito de la no descalificación de la palabra del otro –particularmente, de la paterna– que lleva a inhibir el permiso interno para intervenir ante situaciones de maltrato o violencia. La conclusión es que los hijos terminan expulsando a aquel que interviene con violencia y aliándose con el que calla o no participa suficientemente, o se someten a la violencia, que todavía es predominantemente paterna. Para evitar este tipo de alianzas, los padres deben aprender a pedirse ayuda mutuamente delante de los hijos para habilitar un modelo de autoridad verdaderamente compartido, que renuncie a la omnipotencia de colocarse en el lugar de la ley, en lugar de construirla o transmitirla. Pero para eso hay que renunciar al viejo modelo, donde la palabra del otro debe ser respetada a cualquier costo. Por otro lado, lo que se observa en la vida cotidiana de las familias actuales es que la madre –o quien cumpla la función– puede dar una indicación o una orden repetidamente, sin lograr que el hijo la cumpla. Pero si la misma proviene del padre, la respuesta será mucho más inmediata, simplemente por ser el otro de la diada madre-hijo, con quien el miedo a quedar atrapado no existe; esto, salvo en el caso de padres simbiotizantes (en general simbiotizados por sus propias madres). Esta facilidad podría ser aprovechada en un nuevo modelo de autoridad en el que la percepción y pedido materno sean tomados y confirmados por el otro paterno o quien juegue ese rol.

El tercer factor, la falta de respaldo a la autoridad de los padres, tiene que ver con el mencionado debilitamiento del Estado en su función protectora. Esto, a su vez, deteriora al resto de las instituciones, como la familia y la escuela, que se ven obligadas a compartir su rol socializante con el mercado de consumo, los medios masivos de comunicación y el papel cada vez más protagónico de las redes sociales. Esto lleva a que sea mucho más difícil para los padres sostener la autoridad, ya que los únicos puntos de apoyo con que cuentan en un mundo cada vez más incierto y peligroso son sus propios valores y percepción. Pero, sobre todo, es mucho más difícil aprender a poner límites cuando los apoyos de los padres también están debilitados. Los padres que carecen de apoyos internos en sus padres terminan en una posición de mayor dependencia con sus hijos y buscan su aprobación. Por eso, la Terapia Vincular-Familiar tiene entre sus principales objetivos lograr que los padres recuperen su propio lugar de hijos para ayudarlos a adquirir esa firmeza imprescindible en tiempos de simetría del niño y del joven con el adulto.

Algunos de los efectos de la falta de internalización de la función paterna son las fallas en los procesos de simbolización, la pérdida del poder metafórico de las palabras, que son sentidas como cosas y tomadas en forma literal, lo que provoca fuertes sentimientos de desvalorización, enojo y violencia. Otras consecuencias son las fallas en la represión, la falta de límites, la intolerancia a las limitaciones, el predominio de una posición pasiva de demanda y responsabilización hacia el otro y la dificultad para tolerar las diferencias, el aumento del maltrato y la violencia en los vínculos y el consumo problemático de sustancias. También, como vimos, el incremento y prematurez de las nuevas sintomatologías junto con la aparición permanente de nuevos “trastornos” definidos por los manuales de psiquiatría.

Asimismo, asistimos a un auge de los modelos machistas, de intolerancia a las diferencias, de búsqueda de vínculos simbióticos, de maltrato y violencia. La necesidad de autoafirmación a través del sometimiento del otro, junto con la necesidad de obtener algún grado de separación en vínculos simbióticos refuerzan los mecanismos de maltrato, violencia y dominación del hombre hacia la mujer.

La simetría del niño con el adulto como cambio de la subjetividad

El otro eje potenciador del aumento de las nuevas sintomatologías, como adelantamos, está dado por la modificación cualitativa que introduce la simetría del niño con el adulto como cambio de la subjetividad, que dificulta aún más la internalización de la función de límite y separación (Messing, 2017).

La simetría del niño con el adulto representa un cambio en las características de la primera identificación del niño con sus padres, de esa especie de imprinting que compartimos con los animales. La investigación mencionada –para la cual se recogieron 1.587 testimonios de padres, educadores y otros profesionales provenientes de distintas regiones y estratos sociales de Argentina, Perú, Chile, Bolivia y Brasil– permitió distinguir tres dimensiones íntimamente relacionadas, cuya diferenciación posibilitó una mejor descripción y comprensión del fenómeno y sus múltiples efectos. La primera es la copia o mimetización masiva que hacen los niños de la forma de hablar, pensar y actuar de los adultos, que los lleva a confundirse con ellos y a tomar como propias sus roles y funciones, sus emociones, rasgos y deseos insatisfechos, así como las historias y situaciones traumáticas no resueltas tanto de sus padres como de generaciones anteriores. La segunda dimensión se refiere al efecto imaginario de paridad o equiparación total con el adulto que ponen en evidencia los niños desde la más tierna infancia y que complica profundamente el proceso educativo y de crianza, puesto que los niños no reconocen la palabra del adulto como calificada, sino tan solo como un criterio más dentro de otros. La tercera dimensión muestra cómo a partir de la mimetización masiva con el otro aparece una dificultad en la individuación y la internalización de los padres como figuras protectoras.

Copia o mimetización, paridad y falta de internalización

Los niños se mimetizan masivamente con sus padres desde que nacen; se confunden con ellos, con su lugar y con sus historias, los copian como si estuvieran frente a un espejo sin que interfiera el proceso de represión que existía hasta hace medio siglo. A partir de la década de 1970, el cuestionamiento al modelo autoritario producido en el mundo erradicó el miedo y la distancia vigentes en las anteriores formas de crianza, que impedían este tipo de mimetización masiva. La mayor cercanía y demostración afectiva favorecen el trabajo de las neuronas espejo, que a través del contagio emocional podrían ser las responsables de este proceso de mimetización masiva.

La copia masiva del adulto genera en el niño una gran confusión, ya no juega como antes a ser un adulto, sino que se confunde con él, cree serlo con todas sus capacidades. Así, vemos en videos de YouTube a bebés que discuten con sus madres antes de hablar, que se sienten “bravas” (sin son italianas) y/o “grandes” porque confían en su propio criterio. Y también vemos bebés que mantienen verdaderas conversaciones telefónicas a través de los celulares sin que se les entienda una sola palabra, ya que hablan en su propio idioma, pero se manejan con la plena certeza de estar comunicándose como cualquiera de los adultos a su alrededor. En este aspecto, impacta ver niños que ya no juegan a ser adolescentes, sino verdaderamente creen serlo. Por ejemplo, el de un niño de unos seis años al que se ve cortándose el pelo con una afilada tijera mientras aconseja a los niños menores de quince que pidan ayuda a sus padres para hacerlo, algo que él no necesita porque, dice, “ya soy un adulto, adolescente, pero me quité la barba” (Facebook Lic. Claudia Messing, 2020). O el de la hija de una paciente, que para superar la humillación que siente por ser chiquita inventa un personaje dice que “ya es grande, tiene siete años y puede vivir sola”. O el del niño estadounidense de cinco años que se peleó con su mamá porque no le quería comprar un Lamborghini y decidió llevarse el auto familiar e ir por la autopista a California para comprar uno él mismo, con tres dólares (Infobae, 2020).

Pudimos corroborar nuestra hipótesis de la mimetización masiva del niño con el adulto a través de la adultización que mostró el 97 % de 2.236 dibujos proyectivos realizados por niños de seis a doce años de Argentina y Perú (Messing, 2017). También, a través de la investigación realizada entre 764 jóvenes argentinos de diecisiete a veintisiete años, a los que se les tomó el Test del Árbol (Messing, 2010), entre los que se verificaron rasgos de simetría en el 99 % de los casos. Fue revelador descubrir, además, cómo las frases con que los jóvenes describían sus árboles solo podían corresponder a la vida de un padre o un abuelo, lo que hizo evidente la mimetización masiva inconsciente con situaciones vitales que no son propias, con los consiguientes efectos emocionales en sus proyectos personales. Los mismos rasgos de mimetización masiva con historias que no eran propias aparecían en muchas copas truncadas y aplastadas de sus árboles, en troncos podados o cortados; es decir, rasgos que indican una interrupción o quiebre en el desarrollo que no puede corresponder a la vivencia de un joven que recién comienza su vida y no manifiesta en sus relatos ninguna situación de ese tipo (Messing, 2010).

La segunda de las dimensiones mencionadas, la paridad del niño con el adulto, tiene su origen en el efecto imaginario de igualdad que la copia masiva del adulto genera en los niños. Pero además, a partir de los años 70, se transmite inconscientemente una posición de paridad con el adulto, construida a partir del rechazo al modelo autoritario, sin diferencias ni jerarquías. La conclusión es que los niños no las reconocen. Se sienten iguales, con los mismos derechos y atribuciones que el adulto, al que se equiparan totalmente. No registran ni internalizan suficientemente las diferencias “grande-chico”. Por el contrario, confían en su propio saber, lo que cambia el paradigma de autoridad conocido. La falta de dudas y la certeza en las propias ideas se convierten en literalidad y convicción absolutas, que a veces dificultan mucho la comunicación. La teoría de la simetría nos permite entender la lógica de los niños y, a partir de eso, sus conductas negativistas y desafiantes. Como vimos, ellos se equiparan con el adulto y por eso tienen una profunda vivencia de injusticia frente a las diferencias.

La tercera dimensión de la simetría del niño con el adulto –y tal vez la menos conocida– es la fantasía de completud, que genera a su vez dos grandes consecuencias: por un lado, una falta de separación e individuación y, por otro, una gran hiperexigencia interna y externa. Como hemos dicho, los niños copian a sus padres como si estuvieran frente a un espejo, y justamente esta copia masiva no les permite hacer una buena diferenciación; por el contrario, permanecen “como formando parte de un todo” con ellos. No terminan de visualizarlos como seres externos, independientes. Por eso pueden disponer de sus padres, especialmente en la adolescencia, como una parte de sí mismos. Y cuando el niño no obtiene de sus padres la respuesta esperada, la decepción es inmediata y masiva: sobreviene una gran intolerancia a la frustración, que se expresa en enojos, berrinches y espasmos. Esta falta de diferenciación con los padres se vuelca luego hacia lo social, en donde aparecen la dependencia de la mirada y la aceptación por parte del otro como necesidades vitales. Esto se refleja y también es explotado por las redes sociales, donde se tramita la necesidad de compartir con otros hasta los más mínimos detalles de la intimidad. Otra de las dificultades es la capacidad de percibir, aceptar e integrar al otro como alguien diferente, que se manifiesta a través del bullying y la violencia en las parejas.

Es decir que el niño copia masivamente al adulto pero no lo internaliza, sigue funcionando como si formara parte de un todo con el otro, con lo cual le cuesta mucho más la separación, la autonomía y alcanzar su plena individuación. Esa falta de separación le hace creer en una completud imaginaria, desde la que es posible alcanzar la totalidad, la perfección, la certeza total. Los límites y limitaciones propias de lo humano no son soportados y esto los lleva a la autoexigencia, a experimentar una gran intolerancia a la frustración, y también a ser hiperexigentes o hipercríticos con los demás. Todos estos factores en la interacción con el contexto favorecen la multiplicación de las nuevas sintomatologías que aparecen cada vez más en niños y jóvenes, y también en gran medida en adultos.

Simetría, neoliberalismo y masividad de las sintomatologías actuales

Uno de los efectos menos conocidos de la simetría que tiene gran incidencia en la mayoría de las sintomatologías actuales es la falta de internalización de los padres como figuras protectoras. Los niños simétricos, como hemos dicho, copian a sus padres como si estuvieran frente a un espejo, pero no los pueden internalizar como figuras protectoras, pues los sienten como pares. ¿Cómo podría tranquilizarme alguien que es como yo, que es un igual? ¿Por qué confiar en la palabra de otro más que en la mía propia? Predomina, por el contrario, la autosuficiencia imaginaria y la vivencia de soledad interior, que es un factor interviniente y agravante de la mayoría de las sintomatologías actuales. Por esto, para hacer frente a estas nuevas sintomatologías, la principal estrategia preventiva y terapéutica desde la Terapia Vincular-Familiar es ayudar a niños, jóvenes y adultos a recuperar su lugar de hijos, para que la palabra de los padres vuelva a ser valorada y ellos puedan volver a ser mediatizadores del mundo del afuera.

Otro factor determinante de la masividad de las sintomatologías actuales es la mimetización con las historias paternas. Los niños no solo se mimetizan con los rasgos y conductas, sino también con las historias no elaboradas de sus padres. De qué otra manera podemos entender el fenómeno de la proliferación y aumento sistemático de las nuevas problemáticas psíquicas en la infancia y la adolescencia y, especialmente, su prematurez. Por ejemplo, el New York Times International Weekly, reveló que:

En 2014 se elaboraron casi veinte mil recetas de risperidona, quetiapina y otros medicamentos antipsicóticos para niños de dos años y menores, un aumento casi del 50 % en relación con las trece mil del año anterior, según informa la IMS Health, compañía de datos relacionados con recetas. Las recetas del antidepresivo fluoxetina (Prozac) aumentaron un 23 % en un año para ese grupo de edad, a alrededor de ochenta y tres mil (El Diario de Juárez, 2015).

Más allá de la ostensible tendencia a la patologización y sobremedicación de la infancia –cuyos mayores beneficiarios son los laboratorios internacionales, en especial los productores de metilfenidato (Ritalina)– en todo el mundo se verifican porcentajes crecientes de niños medicados por TDA y TDAH, entre otros.

El metilfenidato cobró especial notoriedad a partir de los años noventa, debido a la difusión del diagnóstico de TDAH en niños y adultos. En esta época, tanto la producción como la prescripción de medicamentos que contenían dicha droga crecieron significativamente, especialmente en Estados Unidos. En particular, la producción de metilfenidato en dicho país pasó de menos de dos toneladas en 1990 a más de treinta toneladas en 2005 y luego a cincuenta y cinco toneladas en 2013 (Plá et al., 2017).

En la Argentina, entre 1994 y 2005 se registró un aumento del consumo de metilfenidato del 900 % y se incrementaron casi cuatro veces el número de kilos importados entre 2003 y el promedio de 2015/2016, que fue de 387 % (Bianchi y Faraone, 2018).

A tal punto se observó el crecimiento de la venta de Ritalina en la región, que en mayo de 2019 el Senado chileno aprobó de manera unánime un proyecto conocido como “Ley Ritalín”, cuyo basamento es prohibir que las escuelas obliguen a tomar el medicamento a los alumnos con TDAH o déficit atencional (Meganoticias, 2019). Otra problemática de la infancia con prevalencia tan creciente como enigmática son los trastornos del espectro autista. En 2007 se diagnosticaba con esa patología a uno cada ciento cincuenta niños. En 2014 la incidencia ascendió a uno de cada sesenta y ocho niños (uno de cada cuarenta y dos varones y una de cada ciento ochenta y nueve niñas).

Consideramos importante destacar que el notable incremento en la producción del metilfenidato se produjo a partir de los años 90, momento de explosión de nuevas sintomatologías y trastornos en niños y jóvenes, que también se expresaron en el plano vocacional-emocional. De ellas dimos especial testimonio en investigaciones anteriores (Messing, 2007). Desde lo político-económico, fue un momento de auge del neoliberalismo –que había comenzado en la década de 1970–, del fin de la Guerra Fría y la caída del Muro de Berlín, cuando se acababa la fuerza equilibrante del poderío de los Estados Unidos y se instalaba su hegemonía.

En 1971, Estados Unidos ya había abandonado del patrón oro como respaldo del dólar. El mismo había sido establecido después de la Segunda Guerra Mundial, como regulador del mercado. Esto significó el triunfo del capital financiero, o sea, de un capital especulativo, que acumula riquezas independientemente del nivel de producción. Al mismo tiempo, Estados Unidos se fue imponiendo como potencia hegemónica, respaldada en el uso de la fuerza a través del complejo militar industrial; esto se acentuó al terminar la Guerra Fría con la URSS, que de alguna manera operaba como fuerza limitante. O sea que el triunfo del neoliberalismo como modelo hegemónico coincidió con la consolidación de una nación por encima de las otras, con un poder arbitrario no regido por ninguna otra ley.

Hemos planteado la hipótesis de la sincronicidad (Jung, 2004), entre el abandono del respaldo en el patrón oro como ley que regía a los países por igual, donde uno de ellos (Estados Unidos) queda colocado en el lugar de la ley, y la expulsión del principio de autoridad y comienzo de la instalación de paridad psíquica entre los hijos y sus padres (Messing, 2017). Sabemos por Freud que la expulsión de la ley y la “colocación de un sujeto en el lugar de la ley” generan las bases para una estructura psicótica (Freud, 1986). La personalidad “normal” actual –nacida bajo la expulsión del principio de autoridad y los efectos del predominio del capital financiero como un poder no regulado, que se impone a los demás, entre otros factores macroestructurantes– da lugar a numerosos rasgos de personalidad similares a los descriptos por el psicoanálisis como pertenecientes a una estructura psicótica: expulsión del límite; literalidad o pérdida del carácter metafórico de las palabras, que son tomadas como cosas; predominio de un pensamiento concreto; falta de duda; certeza en las propias convicciones y vuelta a través de lo real, como se observa a través de los ataques de pánico, somatizaciones múltiples, etcétera.

Desde la lectura de la simetría estaríamos en presencia de los nietos de aquellos jóvenes que en los años 70 cuestionaron el modelo patriarcal y transmitieron a nivel inconsciente la expulsión del principio de autoridad y, por lo tanto, la paridad psíquica a sus propios hijos. Si pensamos que los jóvenes de la década de 1970 comenzaron a tener hijos entre 1980 y 1990, estaríamos en presencia de una segunda generación de hijos simétricos, o sea niños y jóvenes simétricos hijos de padres simétricos, cuyos rasgos se perciben y profundizan más aún año tras año.

En este sentido, en lo referido a la simetría y la transmisión generacional, vale mencionar que son muchas las voces que apuntan a lo genético para comprender las nuevas sintomatologías. Sin duda, como lo demuestran los aportes de la epigenética, la mimetización masiva de los hijos con sus padres tiene también su correlato en la expresión genética. Pero eso no explica el crecimiento inusitado de las nuevas sintomatologías en los años 90, época de la primera generación de niños simétricos, ni la progresión constante de las mismas.

La copia masiva de inconsciente a inconsciente también puede pensarse si apelamos a los descubrimientos de las neurociencias como efectos del contagio emocional −ya preanunciado por Freud en 1920 como “contagio mental” (Freud, 1979a)− a través de las neuronas espejo. Estas fueron descritas en 1996 por Giacomo Rizzolatti como las que nos permiten saber lo que el otro siente e incluso percibir lo que el otro piensa a través de la empatía y el contagio emocional. Justamente, para actuar, las neuronas espejo necesitan de vínculos cercanos y afectivos, necesitan de la empatía, del rapport, que es lo que ocurre en los vínculos familiares actuales donde se ha eliminado el miedo y la distancia.

Efectos de las variables analizadas sobre la subjetividad del adulto

Todos los factores expuestos afectan hoy la subjetividad del adulto y lo ubican en una posición de suma vulnerabilidad ante los mensajes del mercado de consumo y los medios de comunicación concentrados. La debilidad de sus apoyos internos, la dificultad de internalizar a los padres como figuras protectoras, la fragilidad de la función paterna y la falta de límites internalizados, los efectos excluyentes de la globalización y del neoliberalismo lo colocan en una posición de orfandad. La Terapia Vincular-Familiar se propone ayudar a los sujetos a fortificar sus apoyos internos, a recobrar sus propios lugares de hijo para que sus hijos recuperen la posibilidad de contar internamente con sus padres.

Vale aquí reiterar la sincronicidad entre el mito neoliberal de la meritocracia, donde cada persona es responsable de su propio crecimiento y el Estado debe ser un mero observador no participante, con la fantasía de autosuficiencia imaginaria que genera la simetría como cambio de la subjetividad. Como los niños se sienten “grandes” desde muy pequeños y no terminan de individuarse suficientemente de sus padres, no registran la asistencia y el cuidado permanentes que reciben, sino que los experimentan como partes de sí mismo, como si sus padres fueran su brazo o pierna ejecutora. Es como si permanecieran en una situación transicional en la que el bebé no sabe si inventa el objeto “pecho” o este es generado desde afuera. Por lo tanto, niños y jóvenes crecen muchas veces sin un reconocimiento cabal de todo lo que les es otorgado, pero sí son hipercríticos con todo lo que no reciben, al igual que los adultos también nacidos en tiempos de simetría y colonizados por el pensamiento neoliberal, que solo contabilizan su propia obra, sin poder valorizar ni registrar los aportes de un Estado presente. Muchos, ni siquiera frente a la pandemia del coronavirus de 2020 tomaron conciencia de la necesidad imperiosa que tenemos de nuestros Estados para atender la catástrofe y sus consecuencias económicas.

Cabe aclarar que, además de la autosuficiencia imaginaria, existen muchísimos rasgos de simetría que permanecen en el adulto, potenciando un gran egocentrismo, donde no solo se espera que el otro sea su espejo, sino también que el Estado responda a sus exclusivas necesidades. Esto se observó inicialmente en la dificultad en algunos countries y barrios privados de respetar la cuarentena impuesta en marzo de 2020 debido a la pandemia, en los múltiples viajeros a la costa con intención de pasarla en sus casas de veraneo, pensando en sus necesidades pero no en las de la comunidad, entre las muchas transgresiones a los esfuerzos por parte del Estado para cuidarnos, que requirieron luego redoblar los gastos y esfuerzos de atención.

Otro de los rasgos simétricos del joven y del adulto es la exigencia de adivinación y anticipación. Una paciente española de veintidós años comentó muy afligida, acerca de la conducta de su hermano: “Yo me vine de Francia para hacer la cuarentena en mi casa. Lo decidí cuando la anunciaron y tomé el primer vuelo. Pero el domingo, al llegar, me encontré con la nueva novia de mi hermano, que no conozco, y tuve que soportarla todo el día. Le dejé muy claro a mi hermano que mi expectativa al volver a casa era estar en familia y no con una total desconocida”. Conclusión: él se fue a pasar la cuarentena con su novia y su hermana se quejaba de que estaba muy triste y enojada con él porque no se había quedado con ella y la había dejado sola con sus padres, con quienes la convivencia le resultaba ardua.

¡No solo los niños simétricos le exigen al adulto la adivinación y la anticipación de todos sus deseos! Este egocentrismo y expectativas de adivinación se extienden mucho más allá de la infancia y la adolescencia, y se evidencian en las reacciones individualistas y autorreferentes de tantos sujetos que se ponen por encima de cualquier norma, pero a la vez demandan masivamente al Estado. O como aparece brutalmente en la violencia de género, donde la pareja pasa a ser considerada algo así como una pertenencia, como el propio brazo o pierna que no adivina ni ejecuta con suficiente rapidez la adaptación a sus deseos.

Podemos entender conductas como la de la paciente española si observamos otro de los rasgos de simetría presentes en muchísimos jóvenes y adultos que aportan grandes complicaciones en la vida cotidiana de las familias y de las sociedades: la certeza. Como dijimos, el 92 % de los 1.587 testimonios de conductas simétricas de niños recogidas entre adultos de la región dan cuenta de este fenómeno. Y, sin duda, la certeza es un rasgo que permanece en muchísimos adultos y explica lo difícil que resulta por momentos la comunicación entre personas de signo político distinto. También explica cómo las informaciones transmitidas por los grandes medios de comunicación concentrados se transforman en certezas en la cabeza de los sujetos que no aceptan la prueba de la realidad, aquí y en el mundo, y acaban por votar a personajes como Donald Trump o Jair Bolsonaro, que son verdaderos ignorantes, responsables de miles y miles de muertes absolutamente evitables. Estos personajes conservan el poder apoyados por sus aparatos mediáticos, que aprovechan los rasgos simétricos de certeza, egocentrismo y perfeccionismo de los sujetos para formatear sus cabezas en contra de sus propios intereses.

Para la subjetividad simétrica resulta muy difícil ponerse verdaderamente en lugar del otro; pareciera que solo el propio punto de vista cuenta y no se aceptan las diferencias. “Si yo veo al mundo así, todos deberían verlo como yo”; “Si yo puedo responder de determinada manera ante una situación, todos son igualmente capaces de hacerlo”. Este tipo de pensamiento está en la base de muchos comportamientos autoritarios actuales, pero no se corresponde con la realidad. Los puntos de partida de cada persona son profundamente diferentes, en términos culturales, económicos y, sobre todo, emocionales.

Cada sujeto es hijo de su propia historia, de su contexto, y recibe recursos y potencialidades absolutamente diferentes, incluso entre los miembros de una familia. El lugar que cada uno ocupa determina una visión diferente de la realidad que le ha tocado transitar y desarrolla vínculos diferentes con cada uno de los padres y con sus hermanos. La empatía, la posibilidad de considerar que el otro no sabe, que no se dio cuenta, que interpreta las cosas de forma diferente o que simplemente no entendió la situación, son recursos interpretativos no disponibles para la mayoría. Por el contrario, es muy frecuente el pensamiento autoritario e hipercrítico.

Teniendo en cuenta las problemáticas mencionadas, desde la Terapia Vincular-Familiar, como herramienta preventiva de las sintomatologías actuales proponemos un nuevo modelo de autoridad que tiene como objetivo central la flexibilización y contención de los efectos de la simetría. Para el abordaje terapéutico de las nuevas sintomatologías presentamos el modelo teórico y técnico de la Terapia Vincular-Familiar con sus múltiples herramientas.

Capítulo 2
El modelo de autoridad de tres tiempos para el abordaje de la simetría

El posicionamiento simétrico del niño obliga al adulto a buscar y crear nuevos recursos de comunicación que contemplen esta paridad psíquica sin renunciar a su lugar de protección, liderazgo y autoridad. Por ello, desde la Terapia Vincular-Familiar hemos desarrollado un nuevo modelo de autoridad que tiene como objetivo contribuir a la prevención de la gran cantidad de sintomatologías que padecen las familias actualmente.

El modelo de autoridad debe ser más firme que nunca para no dejarse manejar o manipular por niños y niñas pero, al mismo tiempo, es preciso que sea profundamente empático y respetuoso. Los adultos tienen que aprender a no vulnerar ni atacar la sensibilidad de los niños sino, por el contrario, a empatizar con sus sentimientos, a incluirlos, involucrarlos, valorarlos y convertirlos en aliados y partícipes de la tarea educativa. Sin embargo, el bombardeo mediático acerca de la falta de límites, la idealización que subsiste acerca del modelo patriarcal y la identificación que algunos padres jóvenes tienen con sus abuelos determina el rechazo de los modelos más permisivos de crianza de sus padres y, para ejercer su autoridad, recurren a los más autoritarios. Necesariamente fracasan, ya que el niño de hoy solo respeta la verdadera autoridad, aquella que es capaz de unir la firmeza con el afecto.

Las intervenciones paternas tradicionales apuntaban a transmitir al niño enseñanzas morales acerca de lo que se debía hacer o pensar. Hoy, la verdadera transmisión de enseñanzas se realiza predominantemente a través del propio ejemplo. La explicación, las enseñanzas y el consejo deben estar acompañados de coherencia emocional para ser incorporados, de lo contrario, no se registran como significativos. Una de las condiciones de este modelo es que el adulto sea capaz de transmitir verdaderamente su necesidad de colaboración. Los niños, a través de sus neuronas espejo, son capaces de diferenciar perfectamente cuándo un discurso es auténtico y está conectado emocionalmente y cuándo es desconectado, teórico, planteado desde el deber ser.

Para que el niño simétrico avance en la posibilidad de aceptar las limitaciones que impone la vida cotidiana, es decir, para que pueda entender que los límites se ponen para protegerlos de un peligro, de un daño potencial o que no se puede jugar, correr, comer, beber o gastar sin medida, pausa ni descanso, existe una condición de credibilidad: que los adultos también reconozcan sus propias limitaciones. Cuando esto ocurre, los niños y jóvenes aceptan de mucho mejor grado las restricciones de cada situación y pueden convertirse en los más entusiastas colaboradores. Por el contrario, cuando ellos perciben la contradicción entre lo que el adulto dice y lo que hace, la tarea educativa y de crianza es sumamente infructuosa.

Esta lectura de la subjetividad nos resulta especialmente valiosa para el abordaje y tratamiento de los niños y jóvenes diagnosticados con el trastorno negativista desafiante, que lleva a un patrón continuo de comportamiento desobediente, hostil y desafiante hacia las figuras de autoridad. A partir de los múltiples testimonios obtenidos en la investigación publicada en 2017 pudimos interpretar que, en general, frente a las órdenes de los adultos, los niños se sienten vulnerados y maltratados, porque entienden que la autoridad solo busca imponerse. La desarticulación de este malentendido básico nos permitiría encontrar nuevos caminos de comunicación para llegar a ellos y recuperar el lugar de contención y autoridad propio de los adultos. Una autoridad que sabe de la firmeza y de la comunicación, pero que renuncia a la arbitrariedad del viejo modelo autoritario.

La estrategia fundamental para el abordaje de la simetría consiste en ayudar al niño, adolescente o adulto a recuperar su lugar de hijo con los padres a través de la reconexión emocional, la expresión de los sentimientos y el respeto en la comunicación. Por eso, desde la Terapia Vincular-Familiar proponemos un nuevo modelo de autoridad que puede tener hasta tres tiempos, que son opcionales y se suceden de acuerdo a la respuesta que encontremos por parte del niño o adolescente.

Primer tiempo: con empatía y respeto

Como vimos, la principal herramienta para abordar la simetría es conocer y comprender en profundidad la mente del niño y el adolescente, percibir su fortaleza y a la vez su vulnerabilidad. Conocer las tres dimensiones de la simetría ya mencionadas nos permite entender por qué se sienten devaluados cuando les damos órdenes e indicaciones y cómo se sienten respetados cuando los hacemos participar y proponer soluciones. Además, por qué son tan sensibles a nuestras respuestas, ya que esperan que nosotros seamos su espejo, y cómo cuando esto no ocurre dejan de sentirse queridos; por qué a veces son tan dependientes y esperan que resolvamos todo nosotros, ya que no se terminaron de individuar, aunque, al mismo tiempo, llegada la adolescencia no toleran nuestro acercamiento espontáneo y se sienten fácilmente invadidos. Conocer las tres dimensiones de la simetría también nos ayuda a comprender cómo su autoexigencia los hace hipercríticos y los inhibe en sus propios proyectos; así, niños y jóvenes pueden aprender a flexibilizar a medida que recuperan su lugar de hijos y reconocen e internalizan a sus padres como figuras protectoras.

La primera regla de comunicación con los niños y jóvenes simétricos es tener empatía con sus sentimientos y expectativas. Tendremos que aprender a poner en palabras lo que interpretamos que les está sucediendo, sin criticar, minimizar o desvalorizar la situación. Debemos entender que cuando el niño o adolescente está frustrado por algo, siente que se le rompe el espejo en el que se estaba proyectando y automáticamente deja de sentirse querido. Solo cuando se sienta entendido y querido podremos proponer diversas soluciones. Conocer la posible salida del problema no repara la herida emocional.

Con los niños pequeños: empatía y contención

En la última investigación acerca de la simetría del niño con el adulto, pudimos entender que, cuando la correspondencia con los padres no se produce, la frustración es grande, pues se interpreta como falta de amor (Messing, 2017). Los niños siempre esperan que la realidad y los padres sean su espejo, que piensen y sientan de la misma manera: eso es vivido como muestra de cariño. Por eso, si no sucede, la decepción es tan masiva e inmediata y los berrinches son tan intensos. Veamos a continuación algunas pautas y recursos que podemos desplegar ante un niño con un berrinche.

En primer lugar, mientras mostramos nuestra comprensión y empatía hacia sus sentimientos, será la contención física, el abrazo con firmeza y cariño. Si el niño no desea ser abrazado, nuestro ofrecimiento de todos le proporcionará cierta contención, porque le expresamos nuestra empatía. Si desea continuar con el berrinche, respetamos su manifestación, aunque cuidando que no sobrevenga ningún daño físico. También es importante ofrecer lugares seguros y protegidos para la descarga emocional de los enojos.

Luego, uno de los grandes recursos es pedirle ayuda. Como ya hemos desarrollado, el niño simétrico no tolera las indicaciones pero se siente feliz cuando lo hacemos participar en las decisiones que le competen. Si se trata de un niño pequeño y le estamos cambiando la ropa, podemos pedirle que nos ayude a elegir entre dos opciones adecuadas; si estamos juntando los juguetes, podemos solicitarle que nos ayude a decidir por dónde empezar; si estamos en la cocina, pensemos en pequeñas tareas que pueda realizar: sobre todo a esa edad, es aún más fácil lograr que nos ayuden a limpiar. Si estamos por bañarlos, podemos pedirles ayuda para verificar si la temperatura del agua es correcta y todo aquello que se nos ocurra. También tenemos que pedirles ayuda cuando no sabemos cómo evitar los enojos. Después de un berrinche, cuando todo se ha calmado, solicitar su apoyo preguntándole qué podemos hacer para que no vuelva a tener lugar un enojo tan fuerte.

Una opción válida es apelar al juego y la imaginación para incluir a los niños en los problemas cotidianos. Por ejemplo, convocar a alguno de sus personajes favoritos para que nos auxilie. Una madre me refirió que su nena de casi tres años, ante su pregunta de qué hacer con el enojo, le contestó: “Podemos pedirle al monstruo verde que venga a ayudarnos”. La mamá me aclaró que el monstruo verde era el que nos hace respirar y nos ayuda a calmarnos. Y esto generó efectivamente un gran sosiego por muchos días, pues la solución se le había ocurrido a la niña, que se sintió útil, valiosa, reconocida. Esto es lo que necesitan los niños para calmar sus ansiedades, sus enojos y sus frustraciones.

Otra estrategia es hablar de sus muñecos favoritos, que “se están portando mal” y pedirle al niño que nos ayude a calmarlos. Así lo sacamos del centro de la situación, proyectamos sobre otro el problema y lo ubicamos como cuidador. También les encantan las historias o los cuentos que los incluyen, porque se sienten comprendidos y, al tener esa pequeña distancia, pueden escuchar las dificultades que se presentan e ir asimilando todo lo que les queremos transmitir.

Es muy importante no dejarnos maltratar por la culpa que el berrinche le genera. Debemos decir que nos duele, que no nos gusta, y hacer pequeños retiros emocionales; dejar de ser las madres y padres amorosos que somos y ponernos más serios; incluso, apartarnos un ratito para mostrarle nuestro desacuerdo con la situación. Pero hay que tener en cuenta que si reservamos nuestro disgusto para aquello realmente importante va a ser muchísimo más significativo que si nos enojamos por todo.

Con niños más grandes o adolescentes: problematizar la situación

Un posible planteo nuestro puede ser: “Todos los días repetimos la misma escena. Yo te llamo para comer, o te pido que hagas tu tarea, o que te bañes, o que apagues la play, o que vengas a la mesa y obtengo siempre las mismas respuestas: ‘ya va, enseguida voy, más tarde, ya lo voy a hacer’. ¿Y cómo termina la escena después de la quinta vez que te pido las mismas cosas? Acabo por gritar. A mí me desgasta y me aburre terriblemente, y vos te fastidiás y te enojás. Todos acabamos sintiéndonos muy malhumorados”. Si estamos en situación escolar, mostraremos la dificultad de dar la clase, de escucharse, y por otro lado las urgencias que acontecen antes de los exámenes y pruebas.

Podemos plantearle al niño o adolescente cómo nos encantaría que existiera todo el tiempo para que pudiera ver sus series o chatear con sus amigos, pero tiene por delante la tarea del colegio y sabemos que no le gusta sacarse malas notas. “Tampoco podemos papi o yo ayudarte a cualquier hora, tenemos nuestras propias tareas y obligaciones y a la noche estamos muy cansados. La ayuda nos la tenés que pedir temprano”. Esto, llevado al plano escolar es equivalente. El docente puede plantearles a sus alumnos que le gustaría tener todo el tiempo para charlar, para escucharlos, pero existen limitaciones para todos y debe cumplir con los objetivos propuestos para el grado o curso.

Una vez establecida la problemática, con sus limitaciones y contradicciones, la propuesta es que ellos propongan modos posibles de organización que incluyan las tareas “necesarias” y el espacio para desarrollar sus propios intereses. En el ámbito familiar será jugar a la play, conectarse con sus amigos a través de las redes, descansar, mirar videos, series, etcétera. En el espacio escolar, el tema será charlar, debatir entre ellos, gastar bromas, etcétera. Debemos pedirles que piensen un programa realista que incluya todas las tareas necesarias, las que les gustan y las que no tanto, y ver cómo funciona. Luego, si la propuesta tiene sensatez, la ponemos a prueba y, realizamos un seguimiento, evaluación y reordenamiento. A nivel escolar siempre existe cierto margen de flexibilidad en algunas tareas o tiempos como para escuchar sus propuestas de organización. Es importante que el docente elija qué puntos de su programa puede poner en consideración de los alumnos y cuáles están fuera del alcance de ellos.

Con todos: pasar del modelo de castigo al de responsabilidad compartida

El valor de esta propuesta reside en abandonar el modelo tan infructuoso de los castigos que nunca se sostienen y en el que los adultos seguimos estando totalmente a cargo, para pasar a enseñar a los niños a conocer y considerar las consecuencias de sus actos. Desde muy temprano pueden asumir la responsabilidad por sus acciones, si la misma es comunicada objetiva y desapasionadamente. De este modo, los padres y docentes dejan de ser los castigadores o sancionadores y simplemente enuncian las consecuencias que los hijos o alumnos tienen que asumir. Podemos empezar diciendo algo como: “Qué pena que hoy no pudiste realizar tu tarea a tiempo, seguramente mañana te podrás organizar mejor o me pedirás ayuda temprano; ahora tenemos que dormir”; “Qué lástima que estuvimos tanto tiempo juntando los chiches… no nos quedó tiempo para cocinar las galletas que te gustan tanto, pero seguramente mañana lo podremos hacer”; “Tenés encuentros con tus amigos que te interesan, pero tus notas están muy bajas. Vas a tener que organizarte para no estar obligado a estudiar todo el fin de semana o, como sucedió otros años, que debas pasar gran parte del verano estudiando. Si querés, puedo ayudarte”. Recordar esta perspectiva constituye un buen argumento para motivarlos a organizarse mejor en época de clases y no llevarse a examen tantas materias.

En el ámbito escolar esto es aún más sencillo de ejecutar, porque el docente puede trasladar a sus alumnos la responsabilidad de todo aquello que no hayan podido desarrollar en clase en función de las dificultades de atención o comunicación planteadas. Decirles algo como: “Qué pena que no tuvieron la posibilidad de atender suficientemente o de llegar a tiempo con estas tareas, ahora van a tener que asumirlas ustedes mismos. Pero seguramente el próximo trimestre podrán organizarse mejor”. Lo más importante es que las experiencias de nuestros hijos y alumnos puedan ser procesadas adecuadamente para que saquen sus propias conclusiones y se anticipen a hechos futuros.

Es decir que, según el nuevo modelo, la responsabilidad es compartida con nuestros hijos o alumnos. Se los incluye, se los invita a realizar propuestas, se respeta su capacidad de formular posibles modos de organización, se hace un seguimiento que implica una toma de contacto con la realidad, evaluaciones y rectificaciones y, sobre todas las cosas, tiene lugar un avance en el proceso de responsabilización de ellos, que ya no queda exclusivamente a cargo de los adultos. Los tiempos de aislamiento en las casas durante la cuarentena de 2020 han sido momentos privilegiados para practicar una responsabilidad compartida que, sin duda, dejará profundos aprendizajes.

Para nosotros: manejo del contagio emocional

Sabemos que el contagio emocional es el proceso por el cual nuestras neuronas espejo sienten lo que siente el otro y se lo vive como propio. Y, cuando le decimos a un niño o un adolescente que algo no se puede o le mostramos la dificultad, es muy probable que se frustre y se enoje rápidamente. Si los adultos no aprendemos a manejar nuestro contagio emocional, enseguida estaremos contagiados de su enojo y no podremos seguir nuestro diálogo tranquilamente, tal como lo iniciamos. Podemos sentir su frustración, su irritación, pero no debemos perder la calma ni comenzar a hablar en un tono más alto que el del comienzo, porque nos alteraremos como ellos y terminaremos gritando. Para evitar esto (que, además, conlleva el peligro de ser imitado con creces por nuestros hijos), es necesario estar atentos al cambio de nuestro timbre de voz y darnos cuenta si nos contagiamos de su cansancio, su frustración, su enojo, para poder descubrir que no es nuestro.

De modo que es importante chequear nuestras emociones. El timbre y tono de voz son nuestros aliados para determinar si seguimos tranquilos o estamos contagiados. La mayor parte de las veces es inevitable pasar por un breve tiempo de contagio, pero si estamos alertas podremos retomar la comunicación desde un mejor lugar y recuperarnos a nosotros mismos. También aprovecharemos el contacto con esos sentimientos para entenderlos y aprenderemos a poner en palabras lo que experimentamos, para hacerlos sentir nuevamente comprendidos.

Cuando se trata de jóvenes y adolescentes, es imprescindible aprender a manejar este contagio emocional, que también se produce cuando alguien está transitando una situación penosa; a veces, sin hablar, por el mero contacto, nos quedamos inundados de toda la tristeza, el enojo o la agresión del otro. En esos casos es preciso registrar el contagio y decidir cuál es el mejor momento para hablar de ello. O, simplemente, “devolverle” mentalmente su malestar con solo pensar o mencionar su nombre, registrando que nosotros hace un rato no estábamos así y esos sentimientos aparecieron al entrar en contacto con el otro. Cuando este fenómeno ocurre en una actividad compartida, como una comida, es importante explicitar algo de lo que está sucediendo sin personalizarlo, pero mostrando que nos afecta. Podemos proponer hablarlo en ese momento o en otro posterior, por ejemplo diciendo: “Yo siento mucha tensión o malestar; ¿alguien quiere hablar del tema?”.

Necesidad de anticipación

Así como sabemos que el principal recurso para manejarse con un niño con rasgos del espectro autista es la anticipación de los hechos, de la misma manera los niños y jóvenes simétricos necesitan poder acomodarse, anticiparse a los cambios y las acciones que se esperan por parte de ellos para decidir y organizarse frente a eso. Cuanto mayor sea la anticipación, menor será la resistencia. En realidad, les pasa lo mismo que a nosotros, los adultos. Son muy pocas las personas a las que les gusta que les cambien el programa repentinamente y que reaccionan favorablemente ante esto. De todos modos, no podemos decirle a un niño: “Andá a ponerte las zapatillas, porque tenemos que salir” cuando está en la mitad de un juego. Es importante avisarle de la salida con anterioridad e incluso recordárselo un tiempo antes. En el ámbito escolar vamos a abordar los problemas que pueden plantearse y realizar acuerdos antes de que se produzcan, no en medio de un conflicto.

De la misma manera, con los adolescentes y jóvenes es necesario programar los encuentros. No podemos comenzar a hablar en cualquier momento ni en cualquier lugar, porque seremos rechazados. Por el contrario, resultará respetuoso acordar con ellos el mejor momento para hacerlo. Es preciso entender que, en tiempos de simetría, se multiplica el temor a la confusión e indiscriminación que es propio de la adolescencia, ya que los jóvenes están posicionados psíquicamente en un lugar de paridad con el adulto y la sensación de amenaza a la invasión de su privacidad es mucho más fuerte. Por ese motivo, los rechazos también lo son; la parquedad en la comunicación es muy intensa y la necesidad de aislamiento, por momentos, resulta evidente. Por lo tanto, para aliviar estas ansiedades fóbicas tan típicas de la adolescencia –que desarrollaremos más adelante–, es indispensable mostrar respeto por la privacidad y por la intimidad de los jóvenes, y ser prudentes en los acercamientos, respetando las características de personalidad de cada uno.

Segundo tiempo: sumar la voz de mando

Cuando las respuestas no son colaborativas y todo lo anterior fracasa, estaremos habilitados a implementar un segundo tiempo, una segunda posibilidad, una estrategia diferente de la del primer tiempo. En ese momento deberemos volver a adoptar una posición más directiva, a la indicación, al ejercicio de la voz de mando. Sabremos que nuestros hijos o alumnos nos están pidiendo un liderazgo más activo, que pasaremos a instrumentar de inmediato. Les diremos que, ya que ellos no se ponen de acuerdo o sabotean lo pactado, nosotros propondremos las nuevas formas de organización. Si, a partir de esta experiencia, deciden colaborar nuevamente, podremos volver al primer tiempo. Por ejemplo, con un niño pequeño, podremos decir, en un semitono entre lúdico y amenazante, “Vos me estás pidiendo que aparezca la bruja (o el ogro). De acuerdo, en un minuto estará acá”, y entonces alzamos la voz o impartimos una orden bajo estado de control. A un niño más grande podemos plantearle: “Vos me estás diciendo que no podés controlarte, entonces te vamos a ayudar: ahora mismo apagás la play”. Con un adolescente que no logra organizarse: “Lamentablemente, no pudiste realizar tus tareas a tiempo, entonces ahora no podrás encontrarte con tus amigos: es la única forma de evitarte la angustia que te aparece cuando recibís malas notas”. En la escuela, el texto puede ser algo así como: “Entiendo que ante la imposibilidad de ponerse de acuerdo ustedes me están pidiendo que yo tome las decisiones. No tengo ningún problema en hacerlo”.

Hay muchos momentos en que los niños o adolescentes no pueden o no quieren decidir, o no logran contenerse y “nos piden” por un rato que volvamos al viejo modelo. Y lo hacemos, pero sin descontrol, con firmeza y sin violencia. La diferencia con el modelo anterior es que estaremos actuando a pedido de ellos. Ante la evidencia de que no pudieron aplicar sus propios recursos, pueden aceptar la ayuda del adulto. Pero es necesario que sea en un segundo tiempo. En su simetría, los niños y jóvenes se sienten escuchados y respetados y queda habilitada la aplicación del límite más tradicional, porque ellos lo están necesitando y no porque nos guste “mandonearlos”, como habitualmente creen. Se produce un acuerdo tácito o explícito de volver a un modelo más directivo cuando los niños o jóvenes nos muestran y aceptan que no pueden autorregularse, que todavía necesitan de un orden externo que los ayude a autocontenerse. La gran diferencia está en la evitación de los desbordes y el descontrol por parte de los adultos.

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