Kitabı oxu: «El libro de medicina oriental (Bicolor)»

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El libro de medicina oriental

Acupresión

Masaje

Tapping

El Libro de medicina oriental

Acupresión

Masaje

Tapping

Clive Witham Licenciado en Acupuntura



Copyright de la edición original: © Clive Witham LicAc MBAcC, 2012. La edición original fue publicada por Findhorn Press, Escocia

Esta obra se ha publicado según el acuerdo con Findhorn Press Ltd.

Título original: The Book of Oriental Medicine. A complete Self-Treatment Guide

Traducción: Imma Estany

Diseño de cubierta: David Carretero

© 2015, Clive Witham

Editorial Paidotribo

www.paidotribo.com

E-mail: paidotribo@paidotribo.com

Primera edición

ISBN:978-84-9910-555-0

ISBN EPUB:978-84-9910-909-1

BIC: WXHT1

Fotocomposición: Bartolomé Sánchez de Haro

bgrafic@bgrafic.es

Índice

Introducción

Cómo usar este libro

Primera parte. ¿Qué es lo que nos hace enfermar?

1. El estado del Qi del cuerpo

2. El equilibrio entre el yin y el yang

3. El equilibrio de los cinco elementos

4. El estado de los doce órganos, canales y puntos

5. Los sentimientos que experimentamos

6. El mundo natural que nos rodea

7. Los alimentos y las bebidas que consumimos

8. Cómo comemos

9. El estilo de vida que llevamos

Segunda parte. ¿Cuáles son los indicios de una mala salud?

10. Características físicas que buscar

El cuerpo, en general

El pelo y la tez

La nariz, los ojos, la boca y los labios, los dientes y las encías

Las manos, la piel

El sabor, la voz, los olores, la lengua

Tercera parte. ¿Cómo tratarse uno mismo?

11. Acupresión y masaje

La mano

El pie

La oreja

12. Raspado

13. Tapping

14. Ejercicios

Cuarta parte. ¿Cómo encontrar los canales y los puntos?

15. Los puntos de tratamiento en el cuerpo

Puntos de la cabeza

Cabeza 1: de frente

Cabeza 2: por detrás

Cabeza 3: de lado

Puntos de los brazos y hombros

Brazos 1: de lado

Brazos 2: de frente

Brazos 3: por detrás

Puntos frontales

Cara frontal 1: pecho

Cara frontal 2: abdomen

Puntos de la espalda

Espalda 1: mitad superior

Espalda 2: mitad inferior

Puntos de las manos y muñecas

Mano 1: dorso

Mano 2: palma

Puntos de las piernas

Piernas 1: por detrás/cara externa

Piernas 2: de frente/cara interna

Puntos de los pies/tobillos

Pies 1: planta/cara interna

Pies 2: dorso/cara externa

16. Puntos de masaje específicos de la mano, pie y oreja

Puntos de la mano

Puntos del pie

Puntos de la oreja

Quinta parte. ¿Cuáles son los principales síndromes y cómo tratarlos?

17. Síndromes de debilidad

Qi débil

Yang débil

Yin débil

Sangre débil

18. Síndromes de plenitud

Estancamiento del Qi

Ascenso del yang

Humedad

Mucosidad

Estancamiento de la sangre

Calor

Frío

Sexta parte. ¿Cómo tratar las enfermedades comunes?

19. Cabeza, cuello y zona de los hombros

Cefaleas

Mareo

Dificultad para conciliar el sueño

Ansiedad

Depresión

Dolor facial

Alergias nasales

Problemas de senos nasales

Problemas oculares

Dolor de oído

Tinnitus

Dolor de muelas

Dolor de garganta

Dolor en el cuello

Dolor en los hombros

20. Zona del pecho

Resfriados y gripe

Tos

Asma, falta de aliento y respiración silbante

Dolor en el pecho

Palpitaciones y pulso cardíaco irregular

21. Estómago y zona abdominal

Náuseas

Sensación de hinchazón

Dolor de estómago

Dolor abdominal

Estreñimiento

Diarrea

Micción dolorosa

22. Zona de la espalda

Dolor de espalda

Ciática

23. Extremidades superiores

Dolor en el codo

Dolor en la muñeca

Dolor en las manos y los dedos

24. Extremidades inferiores

Dolor en la rodilla

Dolor en el tobillo

Dolor en el pie y los dedos del pie

25. Trastornos que afectan a los hombres

Problemas de próstata

Disfunción sexual

26. Trastornos que afectan a las mujeres

Síndrome premenstrual

Períodos fuertes

Dolor menstrual

Períodos leves o inexistentes

Molestias de la menopausia

27. Alteraciones que afectan todo el cuerpo

Tensión arterial alta

Tensión arterial baja

Hipertiroidismo

Hipotiroidismo

Dolor o molestias articulares

Fatiga

Diabetes

Obesidad y pérdida de peso

28. Alteraciones de la piel

Acné

Eccema

Urticaria

Otras lecturas

Notas

Índice alfabético

Introducción

La idea de escribir este libro surgió de la sensación de impotencia que algunos sentimos cuando algo empieza a ir mal en nuestro cuerpo. Un libro como éste me habría ido de maravilla cuando tenía ocho años y me salieron unos pequeños moratones en los brazos y las piernas. Recuerdo haberlos contado sólo en un brazo, y había más de cuarenta. Como en las otras extremidades aún tenía más manchas, tanto yo como mis padres estábamos seguros de que estaba enfermo.

Me ingresaron en el Great Ormond Street Hospital (el antiguo hospital infantil) de Londres, y mientras yo hacía crucigramas, leía cómics y escuchaba la radio con unos auriculares en forma de seta, la flor y nata de los pediatras británicos dedicaban gran parte de una semana a realizar una serie de test no concluyentes para averiguar qué le sucedía a mi cuerpo.

A falta de una solución mejor (creo que necesitaban mi cama en el hospital para alguien que estaba realmente enfermo), decidieron que como había tomado una aspirina unos días antes de que me saliesen los moratones, probablemente se trataba de una reacción alérgica a ella. Como en la mayoría de las familias de aquella época, la aspirina siempre era el primer recurso cuando alguien daba señales de estar enfermo, y todos habíamos crecido con los conocidos envases de papel de aluminio y el sonido efervescente que hacía la pastilla blanca plana al disolverse en agua.

Por ello nos sorprendió que uno de nosotros fuese alérgico a la aspirina. Pero cuando un médico con un montón de titulaciones en su tarjeta, vestido con bata blanca y con una carpeta en la mano en la que garabatea cifras te dice que eres alérgico a la aspirina… En fin, es que lo eres. Acto seguido, me dieron el alta de inmediato y me mandaron a casa.

Los moratones fueron desapareciendo gradualmente, y cuando reemplacé los pantalones acampanados y los polos con cuello por tejanos de tipo pitillo y calentadores de piernas, dejaron de salirme. Crecí, y continuaba advirtiendo a toda enfermera con una jeringuilla que era alérgico a la aspirina. Salvo por esto, me olvidé del episodio de los moratones durante años.

Es decir, hasta que empecé a estudiar acupuntura y un día, después de leer un capítulo sobre nutrición, caí en la cuenta. Comprendí que un simple dato podía habernos ahorrado mucho tiempo y preocupaciones.

Esto es lo que ahora creo que sucedió.

Yo pertenecía a la generación británica que tomaba leche en la escuela. Como mi cumpleaños coincidía con las vacaciones de verano, y yo era de los más canijos de mi curso, junto con los más jóvenes de la clase me obligaban a tomar una botella de leche al día, a pequeños sorbos con una paja que pinchaba en la tapa de aluminio. O la tomaba, o me quedaba sin recreo y perdía un cuarto de hora intentando jugar a fútbol con una pelota de tenis.

Mi consumo de lácticos continuaba en casa con un vaso de leche fresca pasteurizada y un montón de galletas de jengibre, además de los Frosties con leche del desayuno y una taza de chocolate con leche más tarde, de modo que tomaba más leche que una ternera recién nacida. Si a ello añadimos los bocadillos de mantequilla diarios, y que me gustaban las patatas fritas, los plátanos, cacahuetes, grandes vasos de zumo de naranja fresco, el chocolate y todos los dulces, no es de extrañar que me convirtiese en un tonel de mofletudo.

Lo que ahora sé y que mi madre (que como cualquier madre tenía las mejores intenciones) no sabía entonces es que no podía digerir todo lo que comía. Me estaba atascando, y mi cuerpo en crecimiento procesaba los alimentos muy despacio. Y eso en sentido literal, ya que padecía estreñimiento crónico y estaba sometido a la tortura de los supositorios, con lo cual la función de otros órganos digestivos (en realidad, el Bazo, pero lo explicaré más adelante) dejaba de realizarse correctamente.

Según la medicina oriental, una de estas funciones consiste en mantener la sangre dentro de los vasos sanguíneos. Si la digestión se debilita, el Bazo no emite suficiente «energía de contención» para evitar que la sangre salga de venas y capilares –muchos de los cuales son tan pequeños que casi no se ven–, y aparezcan moratones.

Esto es lo que me sucedía. Tenía cardenales por los brazos y piernas porque mi Bazo no podía enviar suficiente energía a todo el cuerpo para controlar la sangre. Según la medicina oriental, el Bazo afecta específicamente las cuatro extremidades. Por eso los moratones sólo me salieron en los brazos y las piernas, y no en el cuerpo.

De haberlo sabido en el caluroso verano de 1977, la solución habría sido fácil: dejar de tomar leche. Y nada de zumo de naranja, plátanos, patatas fritas, cacahuetes y todos aquellos alimentos que entorpecían mi digestión hasta detenerla.

De haber tenido este libro entonces, mi madre hubiese aplicado su pulgar en algunos puntos clave de mi cuerpo para reforzar mi Bazo, y yo habría podido hacer algunos estiramientos para ayudar a restituir el equilibrio de mis órganos. Podríamos haber pedido una cuchara para sopa del restaurante chino del barrio, extender Vapor-Up sobre mi espalda y raspar justo debajo de mis omóplatos para facilitar la digestión. También me habrían podido dar unos golpecitos en los músculos para liberar la tensión que generaba el desequilibrio de mi cuerpo. También me habrían obligado a dejar de jugar a la guerra con mis soldaditos y a salir a la calle a respirar aire fresco y hacer ejercicio.

Pero desafortunadamente no teníamos este libro; lo que teníamos era pánico, nos sentíamos impotentes y confusos, y nos veíamos obligados a depender de una forma de medicina alopática que, a pesar de los escalpelos brillantes y los largos nombres en latín, al fin y al cabo tiene lagunas.

Una parte demasiado importante de la medicina que vemos y experimentamos, en las consultas de los médicos y en camas de clínicas u hospitales, es todo lo contrario de lo que querríamos que fuese si nosotros la gestionásemos.

Si yo diseñase un sistema de sanidad, no confiaría mi bienestar a un profesional saturado de trabajo que va con retraso y tiene una sala de espera llena de personas, y que dispone de apenas cinco minutos para anotar un medicamento impronunciable en un papel sellado y enviar al paciente a la farmacia.

Sin duda, en un mundo ideal cualquiera encontraría una solución mejor que ésta. Yo no quiero pasar dos semanas tomando un antibiótico a ciegas «por si acaso», y luego tener que volver a buscar otro medicamento cuando resulta que lo que me pasa es algo completamente distinto. Quiero que alguien investigue, y que investigue con eficacia, que determine cuál es el problema y lo resuelva.

Pero no vivimos en un mundo ideal, y muchos nos encontramos sumidos en un estado de confusión junto con nuestros hijos, parejas y las personas que más nos importan en el mundo. Tenemos que seguir un sistema no porque sea bueno, sino porque es el que hay, y no siempre es fácil encontrar alternativas.

Una de las cosas curiosas e increíblemente frustrantes de la acupuntura es que muchas personas vienen para ser tratadas después de un largo periplo médico. Las ha visitado un médico general, un especialista, un cirujano, un fisioterapeuta y un quiropráctico. Se han hecho análisis de sangre y orina, rayos X, ultrasonidos, un TAC y una resonancia magnética. Han recorrido grandes distancias buscando una segunda opinión de otro médico u otro especialista, se han vuelto a hacer los rayos X, ultrasonidos, el TAC y la resonancia. Han probado todos los medicamentos que los doctores les han recetado: antibióticos, antiinflamatorios, analgésicos, pastillas para dormir e incluso Valium. Y entonces, y sólo entonces, entran por la puerta de mi clínica y me piden que les cure, ya que soy su última esperanza antes de someterse a una operación en que les extirparán una parte importante de su anatomía.

Por lo general, yo los compadezco por sus historias angustiosas y murmuro sin que me oigan: «Vaya, ¿por qué no vino usted al principio?» No quiero decir que yo hubiese tenido la respuesta, pero el problema habría sido mucho más fácil de tratar.

Esto me sucedía tanto cuando ejercía en Reino Unido como ahora, cuando ejerzo en el norte de África. La mayoría de las veces soy el último recurso; la gente dice: «A ver qué pasa, ya que las pastillas no me hacen nada», o «¿Por qué no? ¿Qué puedo perder?».

Sería agradable ser el primero de la lista en cuanto al tratamiento, antes de que los síntomas empeorasen, pero este lugar está reservado a médicos, cirujanos y especialistas. Estas cosas requieren tiempo. Las ideas no cambian de un día para otro, ni resulta barato cambiarlas. Tienes que pagarlas con tiempo y esfuerzos. Tienes que alimentarlas como un valioso semillero, sobre todo cuando hay unas ideas tan arraigadas sobre la salud y la medicina. Y aquí me encuentro, en la costa del norte de África, regando este semillero e intentando hacer grandes cambios en un rincón de mundo maravillosamente peculiar.

Debo reconocer que no es el primer lugar donde uno instalaría una clínica ni, por supuesto, el más fácil. Un capricho de la historia creó una ciudad española enclavada en el noreste de Marruecos, donde Europa y África colindan de las formas más espectaculares. La mezcla resultante de culturas, lenguas y religiones implica que a veces durante un tratamiento empleamos varios idiomas y echamos mano de unas reservas casi inagotables de curiosidad y buena voluntad casi infantiles.

El proyecto en sí tiene su origen en mis experiencias como joven trabajador de una ONG en Uganda a comienzos de los años 1990, y en la auténtica impotencia que sentía para tratar la enfermedad y la pobreza a gran escala con sólo un bloc de notas y unas vagas promesas.

Aquí, como en cualquier otro lugar del mundo, la clave es la educación. La ignorancia es una nube que oscurece nuestra visión del mundo. La solución, tan sencilla, es arrojar luz a esta oscuridad siempre que se pueda. Estando bien informados, podemos tomar decisiones buenas para nosotros, y es menos probable que aceptemos a ciegas lo que nos dicen. Al fin y al cabo, hay más opciones que el tiovivo farmacéutico aparentemente sin fin (y a menudo muy caro) en el que nos vemos arrastrados al menor indicio de que estamos enfermos.

En esta parte del mundo no hay muchos acupuntores. De hecho, que yo sepa, soy el único desde aquí hasta el desierto del Sahara. Y mucha gente simplemente no tiene los medios o la ocasión de visitar a un profesional de la medicina oriental con cierta periodicidad.

Esta falta de acceso no debería ser una gran desventaja si uno usa el sentido común: los conocimientos que se han transmitido de generación en generación, casi intactos, durante miles de años; unos conocimientos que se basan en la práctica, en test y en perfeccionamientos, y que se han criado como un buen vino en una bodega polvorienta. Este manual sólo contiene una fracción de estos conocimientos.

Esta obra no se ha concebido para sustituir una visita en persona a un doctor en medicina oriental para obtener un diagnóstico profesional y un tratamiento. En absoluto. El factor humano es una de las cosas que le faltan a la medicina moderna, y lo último que me propongo es eliminarlo del proceso. De hecho, a veces otra persona puede descubrir cosas sobre uno que son demasiado obvias para que uno mismo se dé cuenta de ellas. Así que, por favor, vaya a que le visite un profesional cualificado de la medicina oriental, pida un diagnóstico y siga las recomendaciones que le den. Use este libro como una ayuda para trabajar junto con su médico.

Las técnicas y consejos que he incluido en esta obra son los que suelo dar a mis pacientes, y lo que les recomiendo hacer, además de continuar con sus visitas clínicas. Todos debemos procurar que nuestros cuerpos funcionen bien, y hay muchas maneras de hacerlo en casa, técnicas que nos evitan enfermedades o pérdidas de salud.

A las personas que, por cualquier motivo, no tengan acceso a un profesional de la medicina oriental, esta obra les puede proporcionar información y herramientas valiosas que les ayudarán a restituir el equilibrio en su cuerpo. Mi objetivo con este libro es ayudar a recuperar el control de la salud. Quiero que comprendan que el destino de su salud no tiene que estar totalmente en manos de una industria médica de bata blanca y basada en las pastillas. Los conocimientos antiguos son tan válidos hoy como lo han sido siempre, y si se usan correctamente pueden transformar nuestras vidas. Al fin y al cabo, el verdadero conocimiento es poder, y en nuestra época, no vamos sobrados.

¡El pueblo al poder!

Clive Witham, licenciado en Acupuntura

Cómo usar este libro

Este libro no está pensado para sustituir a un profesional de la salud. La medicina oriental puede ser extremadamente compleja, y diagnosticar, todavía más. Sin embargo, con la precaución y la atención debidas, la información contenida en esta obra puede ofrecer una ayuda valiosa, ya que está ideada para prepararle, informándole acerca de cómo funciona el cuerpo y qué hay que hacer cuando algo va mal.

Contenidos de la obra

El libro está dividido en seis partes. La primera contiene una introducción sobre cómo funciona el cuerpo y analiza cómo enfermamos, según la teoría médica oriental. Además de procurar hacer más accesible y comprensible el mundo de la medicina oriental a las personas que no poseen unos conocimientos especializados, este apartado pretende que usted analice cómo vive y observe cómo lo que hace cotidianamente afecta su cuerpo.

En la segunda parte se enumeran los indicios visibles de una mala salud, que son evidentes si se sabe dónde buscarlos, pero que en caso contrario pasan fácilmente inadvertidos. Estos indicios de mala salud tan sólo ofrecen una guía, y no deben ser usados de forma aislada. Hay que considerarlos junto con los desequilibrios o problemas de salud que se abordan más adelante en esta obra. Por ejemplo, tener la punta de la nariz azulada no implica sufrir un dolor intestinal, si no se da; o bien si en un examen de cerca usted observa que su piel está amarillenta, no significa automáticamente que tenga ictericia. Simplemente son pistas que deben añadirse a otras, y que juntas pueden señalar una causa.

En la tercera parte se explican las técnicas que se pueden utilizar para tratar las afecciones que pueden causar enfermedades. Se han clasificado en seis categorías:

DIETA. Una alimentación adecuada es una de las categorías principales del auto-tratamiento. Todos tenemos que comer, así que ¿por qué no tomar alimentos que previenen la mala salud en lugar de causarla?

ACUPRESIÓN Y MASAJE. El contacto curativo, ya sea aplicado por usted mismo o por otra persona, posee una cualidad curativa especial. Saber qué lugares del cuerpo tocar, presionar y manipular permite centrar esta curación donde más se necesita.

RASPADO. Una vez que deje a un lado la extrañez que suscita esta antigua técnica, comprobará que constituye un tratamiento preventivo sencillo y eficaz.

TAPPING. Dar unos golpecitos suaves al cuerpo con unos bastoncillos de madera puede a veces ser mucho más rápido y requiere menos esfuerzo que manipular o dar un masaje a una zona, y también puede ser extremadamente efectivo.

EJERCICIOS DE ESTIRAMIENTO. Junto con la dieta, estos ejercicios son esenciales para prevenir la mala salud. No requieren mucho tiempo, son muy repetitivos y los puede hacer casi todo el mundo.

CONSEJOS SOBRE EL ESTILO DE VIDA. No es fácil cambiar los hábitos. En ocasiones son los propios hábitos los que perjudican la salud, y quizá sea el momento de terminar con ellos para siempre.

No es preciso llevar a cabo todas estas terapias simultáneamente. Las he incluido todas para dar más opciones, ya que a veces una terapia puede ser inapropiada, o poco práctica. Una combinación de tres o cuatro de ellas, aplicadas regularmente, puede suponer una gran diferencia para restituir el equilibrio interior.

La cuarta parte le ayudará a localizar los diversos puntos de acupresión sugeridos en el libro: en el cuerpo, las manos, pies y orejas. Algunos pueden ser difíciles de encontrar; la clave es seguir la descripción dada y hallar un punto que duela un poco al presionarlo. Puede que sea el punto exacto que se indica en el libro, o bien que se encuentre cerca de éste.

En la quinta parte se presentan los desequilibrios más frecuentes que se dan en el cuerpo y se explica cómo tratarlos. Estos desequilibrios son independientes de cualquier enfermedad o dolencia; incluso las personas de aspecto sano y en forma pueden tener algún tipo de desequilibrio. Una de las claves para mantenerse fuerte y sano es asegurarse de que estos desequilibrios no llegan a ser extremos.

En la sexta parte se presenta una relación de problemas de salud habituales, elegidos basándose en la frecuencia de aparición en pacientes de mi clínica. Por supuesto, podría haber incluido muchas otras dolencias. Si no lo he hecho, simplemente es porque no las observo tan a menudo.

Es posible que las personas aprensivas, o hipocondríacas, lean la lista de síntomas y crean que los presentan todos. En realidad, la mayoría presentamos varios desequilibrios básicos, que se dan simultáneamente, y para modificarlos puede ser necesaria una combinación de varios tratamientos.

Con frecuencia también constatamos síntomas que corresponden a distintas afecciones o enfermedades. En este caso, la manera de proceder es muy similar a como lo haría un acupunturista para diagnosticar a un paciente: decide qué síntomas son los principales y cuáles los secundarios. Los principales son los que dan más molestias, aquellos que en una visita al médico serían los primeros que usted mencionaría.

Al igual que en la vida en general, en medicina también se aplica el método de prueba y error. Siempre que escuche a su cuerpo y que no lo someta a algo como, por ejemplo, una dieta de grasas o un artículo al azar de una revista, no sufrirá ningún daño. Si comete errores –como seguir una dieta inadecuada–, puede que sus síntomas empeoren. Pero si reconoce que ha cometido un error y no se obstina en seguir la misma dieta inadecuada basada en un tipo de alimento fundamental, los efectos secundarios negativos normalmente se pueden invertir tan sólo buscando el tipo de dieta adecuado para usted.

Tomemos las ensaladas, por ejemplo. Si usted tiende a acumular calor en el estómago, y sufre un desequilibrio del yin, o vive en un clima caluroso, el frescor de una ensalada puede ser muy beneficioso. En cambio, si su estómago tiende a acumular frío, sufre un desequilibrio del yang y se siente agotado, una ensalada sería de los alimentos menos adecuados para usted. Las ensaladas son muy sanas, pero no para todo el mundo ni en cualquier momento.

Mi principal recomendación es que aplique una gran dosis de sentido común cuando utilice este libro. Use la cabeza y fíjese en cómo se siente, y no insista en hacer algo que pueda perjudicar a su cuerpo. Si tiene la sensación de que algo va mal en su interior, es probable que así sea. Si se encuentra bien, es que probablemente lo está haciendo bien. Sea como sea, no pierda el control de su destino, y practique la autoayuda para salvar los obstáculos que la vida levanta ante usted.

19,78 ₼