Kitabı oxu: «Una breve historia del futuro»

CONRADO CASTILLO
Es fundador y CEO de Rooter. Tiene una dilatada experiencia como consultor de Innovación y Transformación digital para más de 150 empresas en todo el mundo. Colabora como catalizador de proyectos de la Unión Europea sobre Inteligencia artificial, Internet de las Cosas y otras tecnologías exponenciales. Participa en el desarrollo de programas formativos para universidades, empresas y organismos como Google. También ha publicado diferentes manuales de gestión empresarial.

NACHO VILLOCH
Es un referente en innovación aplicada a los negocios, el talento y la sostenibilidad. Profesor invitado en programas de las principales escuelas de negocio, mentor y dinamizador de eventos institucionales y corporativos. Con más de 30 años de experiencia asesorando a empresas y como mentor de emprendedores, en 2021 ha sido nominado por Forbes entre los 40 mejores futuristas de España. Es autor de novelas empresariales como El desafío de Yago y La aventura de Diana, este último recomendado como uno de los mejores libros para ayudar a cambiar de carrera.
El futuro ya ha ocurrido. La innovación, y la capacidad para generar cambios y adaptarse a sus efectos está en el ADN del ser humano. A través de las páginas de Una breve historia del futuro podrás viajar en el tiempo para comprobar cómo los seres humanos ya hemos vivido profundas disrupciones en nuestra forma de vivir, de aprender, de trabajar, de disfrutar de nuestro ocio, de alimentarnos o de amar. Entender cómo las personas reaccionamos a las anteriores revoluciones industriales —la llegada del automóvil, de las primeras vacunas o de nuevas industrias que barrieron a las anteriores— nos puede ayudar mucho a comprender cómo afrontar los enormes desafíos que nos esperan y a combatir la ansiedad que nos provoca la incertidumbre.
Porque, como nos recuerdan Nacho Villoch y Conrado Castillo: «Cuando soplan vientos de cambio, mientras unos construyen muros, otros fabrican molinos».
UNA BREVE HISTORIA DEL FUTURO

Una breve historia del futuro
© 2021, Conrado Castillo y Nacho Villoch
© 2021, Arzalia Ediciones, S.L.
Calle Zurbano, 85, 3º-1. 28003 Madrid
Diseño de cubierta, interior y maquetación: Luis Brea
ISBN: 978-84-19018-00-7
Depósito Legal: M-24305-2021
Producción del ePub: booqlab
Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en o transmitida por un sistema de recuperación de información en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotomecánico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso por escrito de la editorial.
www.arzalia.com
«El ayer es historia. El mañana un misterio.
El hoy es un regalo».
Atribuido a ELEANOR ROOSEVELT
«El pasado, el presente y el futuro no existen.
El tiempo es una mera percepción de nuestros sentidos».
ALBERT EINSTEIN
«El futuro me interesa porque es el sitio donde
voy a pasar el resto de mi vida».
WOODY ALLEN
«Hacer predicciones es muy difícil,
especialmente cuando se trata del futuro».
NIELS BOHR
Índice
PRÓLOGO. Regreso al futuro
Destrucción creativa
Nuevos tiempos, viejos riesgos
Trabajo futuro
Seremos lo que comamos
Aprendizaje continuo
Casas soñadas
El triunfo del ocio
La última barrera
El fin de las enfermedades
Un nuevo consumo
El transporte inesperado
Turismo personal
Buenas vibraciones
El fin de la soledad
Juego de tronos
El futuro de España
EPÍLOGO. Continuará...
CRONOLOGÍA DE UN CAMBIO DE ÉPOCA
REFERENCIAS
Prólogo
Regreso al futuro
¿Quién no recuerda las populares películas de la saga Regreso al futuro, en las que Marty McFly, a bordo del mítico DeLorean, viajaba hacia el pasado y el futuro? Aquellos viajes cinematográficos nos permitían reflexionar con hipótesis del estilo ¿qué hubiera pasado si nuestros padres no se hubieran conocido? o ¿y si supiéramos con antelación las combinaciones de la lotería primitiva o los resultados de los próximos partidos, como sucede con el famoso libro de apuestas del matón Biff Tanen, que le permite hacerse millonario apostando sobre seguro?
Por suerte o por desgracia, viajar en el tiempo no es posible, al menos por el momento. La teoría de la relatividad, los universos paralelos y otras hipótesis cuánticas, sin olvidar la imaginación de muchos realizadores y guionistas de Hollywood, nos han entretenido en bucles metafísicos de cíborgs que vienen del futuro para impedir que nazca el causante de una guerra o en viajes al pasado que pretenden cambiar el curso de la historia, nos han hecho imaginar esa posibilidad. La máquina para viajar en el tiempo todavía no existe ¿O sí?
Estimado lector de Una breve historia del futuro, tienes en tus manos una máquina para viajar en el tiempo, hacia el pasado y hacia el futuro. No es un prototipo, su eficacia está más que demostrada. Estos van a ser viajes «mentales» a través de la lectura sobre hechos históricos, algunos de los cuales reconocerás y otros no, y acerca de hipótesis futuras y determinados momentos presentes. En definitiva, el futuro y el pasado se encuentran en el presente.
El hecho es que el pasado no podemos cambiarlo, de igual manera que carecemos de capacidad para predecir el futuro. Solo tenemos el presente. Solo podemos gestionar el aquí y el ahora, mientras recordamos lo que hicimos y cómo nos sentimos ayer, y planeamos lo que haremos y nos gustaría sentir mañana.
El pasado, incluso el más remoto, podemos analizarlo, interpretarlo, e incluso en muchos casos reescribir la historia bajo nuevas perspectivas. Un ejercicio no exento de riesgos, como estamos comprobando ante ciertos revisionismos, como el de la crítica de la trata de esclavos del siglo XVIII desde el marco de los derechos humanos del siglo XXI, u otras revisiones que acaban por proscribir o censurar las películas de Walt Disney o las novelas de Mark Twain por no ser «políticamente correctas» a la luz de los estándares actuales de sensibilidad. Podemos aprender mucho del pasado.
Sobre el futuro, siempre han existido chamanes, nigromantes, druidas, hechiceros, oráculos que han intentado predecirlo. Muchos son los que han afirmado poseer esa capacidad de adivinar y anticipar el porvenir, «lo que está por venir», es decir, el futuro, despejando a sus clientes las incertidumbres y mitigando sus ansiedades. No se puede adivinar lo que no ha pasado todavía, aunque sí podemos proyectar algunos elementos que nos ayuden a diseñar, a planificar un futuro más o menos probable y anticipar decisiones. Todos hacemos planes para el fin de semana con base a los pronósticos del «hombre del tiempo». O tendemos a pensar que los patrones se repiten, y por eso planeamos ir a esquiar en navidades y a la playa en verano. No lo estamos «adivinando», simplemente anticipamos una hipótesis más o menos probable. Ya, pero no es lo mismo hablar de dentro de una semana que del verano que viene, del de dentro de cinco años o del de 2260. ¿Cuándo empieza el futuro? ¿Cuándo acaba el pasado? ¿Pretérito indefinido o futuro perfecto? ¿Hicimos, hacemos, haremos o hubiéramos hecho? Lo que sí resulta inexorable es que a cada segundo que transcurre el futuro se convierte en pasado.
¿Te acuerdas del «Horizonte 2020»? ¡Pero si ya es pasado! Así es, pero seguramente te suenan muchos planes de inversión, estrategias y presupuestos europeos que tenían el H2020 como límite temporal; cuando empezamos a trabajar en Digitalización, en Innovación y Diseño de Futuros en 2007, el #H2020, fórmula de aquella iniciativa, era objeto de ejercicios de prospectiva, más o menos especulativa, que pretendían planificar cómo sería la experiencia de usuario, qué tecnología tendríamos, cómo serían los clientes, los escenarios, a veces utópicos, a veces distópicos… ¿Sabes qué? No hemos acertado en casi nada, pero fue muy útil. Desde luego nadie anticipó una pandemia global, un confinamiento de cientos de millones de personas, el cierre de las universidades, estadios de futbol sin espectadores, la generalización del teletrabajo o el fenómeno de las criptodivisas basadas en blockchain.
Lo mismo que hacíamos en el ámbito profesional se hacía en el cine. En la citada Regreso al futuro Marty McFly se trasladaba de 1985 a 1955, y a 2015 en la continuación de la serie. Por su parte, Blade Runner (1982) estaba ambientada en 2019 —y la realizada en 2020, en 2049— y en la primera parte de la saga de Mad Max, un desconocido Mel Gibson era un policía en un futuro 2021 en el que empezaba a colapsar la civilización. Por incluir una referencia literaria, apuntemos que en 1948 Orwell escribió su novela distópica 1984, con un visionario horizonte de casi cuarenta años. En su día, todas estas historias nos suscitaron reacciones emocionales y discusiones más o menos racionales sobre sus planteamientos vitales, su estética o la viabilidad de las tecnologías que presentaban. Generar esa respuesta, esa reflexión, sea individual o colectiva, aunque no suponga un ejercicio de preparación psicológica, de planificación financiera o programación de objetivos comerciales estratégicos, tiene gran valor. De hecho, existe una disciplina conocida como Design Fiction —‘diseño de futuros’— que utilizan muchas empresas de primera fila, y todo un marco conceptual y académico con herramientas para hacerlo y generar esa reflexión en sus equipos y en sus clientes.
Para escribir este libro los autores nos pusimos de acuerdo —no faltaron discusiones muy sesudas al respecto— en enmarcar el futuro de nuestras propuestas en el periodo 2035-2040, al cabo de unos 15 o 20 años. ¿Por qué 20 y no 10, o 60? Diseñar escenarios a menos de 10 años vista resulta «precipitado»: muchos planes estratégicos y de negocio se organizan con un horizonte de 5 años —por ejemplo, los planes quinquenales de las economías dirigidas de la URSS y China—. Conocemos las sedes de los Juegos Olímpicos de las próximas dos ediciones y, de hecho, como planeta estamos ya abordando la Agenda 2030 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Ese horizonte, con sus 17 objetivos y 169 metas —y la hoja de ruta para lograrlo—, está perfectamente balizado con sus formulaciones e indicadores, y ojalá lo hagamos realidad. Pero si diseñar un futuro a menos de 10 años es demasiado corto, la tentación de hacerlo a 60 o 70 años —a más de 50, digamos— resulta igualmente peligrosa por descabellada. El nivel de incertidumbre es demasiado amplio y presenta variables que escapan a nuestro control y capacidad de gestión. Por más que se alargue la esperanza de vida, es improbable que muchos de los que ahora leemos estas páginas estemos aquí dentro de 50 años —o nos acordemos de estos contenidos como para argumentar con ellos—. Si lo piensas, no es muy diferente de lo que sucede con el pronóstico meteorológico: el de los próximos tres días es muy preciso, el de dentro de una semana es aproximado y el de más allá de quince días roza lo especulativo. Sin embargo, podemos anticipar sin temor a equivocarnos que en verano hará calor y que en febrero, con toda probabilidad, caerán algunas nevadas.
Sin embargo 15 o 20 años entran dentro del «futuro gestionable». Es un futuro para el que tenemos razonables expectativas de ver «cómo sucede». El World Economic Forum, Think-Tanks de prospectiva como Millenium Project o países líderes en Innovación como Singapur planifican sus proyectos en un horizonte 2040, a 20 años vista. Es un horizonte intermedio —ni excesivamente próximo ni descabelladamente lejano— y gestionable. Las semillas que plantemos hoy serán un árbol majestuoso dentro de dos décadas.
¿Has pensado cuántos años tendrás en 2040? Si estás actualmente esperando un bebé, entonces estará quizá incorporándose a la universidad; si te encuentras en la mitad de tu vida laboral es posible que para entonces vislumbres ya tu jubilación, y si acabas de suscribir una hipoteca habrás acabado de pagarla. ¿Quién gobernará en Estados Unidos? ¿Seguirá habiendo conflictos religiosos en el mundo? ¿Habrá monarquía en España? —el rey Felipe VI tendrá más de 70 años—. A lo mejor no te importa mucho, pero si te preocupan otras circunstancias vitales más próximas, ¿cómo será tu casa?, ¿en qué trabajarán tus hijos?, ¿cómo nos moveremos, sentiremos, comeremos?, ¿cómo será la salud?, ¿podrás mantener tu nivel de vida con la pensión?, ¿habrá pensiones para todos en un sistema que muchos ya califican de insostenible? ¿Te inquieta alguna de estas preguntas?
Dentro de 30 años… No lo sabemos; no podemos saberlo. Pero ¿cómo era hace 30 años? ¿Cómo era tu vida en 1991? ¿Tenías coche? ¿Y ordenador? —no había internet, ni Facebook, ni smartphones, ni apps, ni Netflix—. Las televisiones privadas llevaban apenas unos meses emitiendo y los españoles nos alegrábamos o disgustábamos por los nuevos formatos que emitían las cadenas como Tele 5 —las Mama Chicho estuvieron prohibidas en un principio, aunque terminaron emitiéndose en una franja nocturna—. La aspiración de veinteañeros como nosotros era cambiar el walkman Sony por un lector de compact discs portátil. Había videoclubs en cada esquina y parecía que la gente iba a dejar de ir a las salas de cine. ¿Te preocupaba tu futuro hace 30 años? Acabábamos de entrar en la Unión Europea, se había caído el muro de Berlín e íbamos desbocados hacia 1992, con su Exposición Universal de Sevilla y los Juegos Olímpicos de Barcelona, y ese abrupto fin de fiesta económico con devaluación de la peseta y una larga crisis económica. El Renault Clio —evolución del R-super5— fue el coche más vendido en España ese año.
El hecho es que en los últimos 30 años, desde 1990, ha habido más cambios que en los 300 años anteriores, desde la primera Revolución Industrial, y en esos 300 años hubo igualmente más cambios que en los 3000 precedentes desde la antigua Grecia y el comienzo de la agricultura y la escritura. No es difícil pensar que en los próximos 10 o 15 años vayamos a ver más transformaciones que en la toda la historia precedente de la humanidad, habida cuenta de la aceleración exponencial de muchos de estos cambios, lo que hace este ejercicio de diseño de futuros mucho más desafiante. Es posible que nos hayamos quedado muy cortos. Existe incluso una fórmula para describir este fenómeno: la ley de Amara, según la cual sobreestimamos el impacto de la tecnología a dos años vista, pero somos incapaces de evaluarlo a 10 años vista.
No obstante la vertiginosa aceleración de estos cambios, lo que no ha cambiado son las emociones de las personas, los algoritmos bioquímicos que condicionan nuestro miedo —o desconfianza— a lo desconocido, ansiedades, alegrías, apegos o los mecanismos de cohesion social, nuestras necesidades de comunicarnos, de pertenencia a la tribu, de reconocimiento individual, el deseo de dejar nuestra huella y reafirmar nuestra identidad y trascendencia, sea con la pintura rupestre de un bisonte en una cueva de Altamira o con un vídeo de TikTok.
Estos viajes en el tiempo te generarán emociones, lector, y además vas a reconocerte en algunas de las emociones de los protagonistas de las historias. El objetivo es que entiendas que este futuro, por impredecible y complejo que parezca, ya lo has vivido antes, y como seres humanos ya hemos gestionado anteriormente transiciones tecnológicas y cambios de época de gran complejidad y alto impacto. Si lo hicimos antes, podemos volver a hacerlo. Está en nuestro ADN y en nuestra memoria colectiva.
A lo largo de estas páginas vas a poder viajar al pasado para ver cómo desaparecieron las industrias más prósperas y fueron sustituidas por otras emergentes, cómo nuevas tecnologías cambiaron la vida de las personas en el siglo XIX, de igual manera que viajaremos al futuro para descubrir cómo nuevas tecnologías exponenciales transformarán la vida de millones de seres humanos en los próximos años, suponiendo la desaparición de industrias enteras.
Los autores no hemos pretendido profetizar ni evangelizar ni adivinar nada. No sabemos cómo va a ser el futuro, pero sí disponemos de elementos, patrones, tendencias para diseñar un futuro plausible, más o menos probable, pero con certeza, posible. De hecho, ambos llevamos muchos años trabajando en estrategias y proyectos de innovación y anticipando necesidades de clientes y soluciones tecnológicas. Este no es un libro determinista ni de prospectiva. Es, en todo caso, un «artefacto» para catalizar esa respuesta racional y emocional que se busca en los ejercicios de Design Fiction.
Por supuesto, no podemos saber si habrá otra pandemia o si Facebook será abandonado por sus cientos de millones de seguidores o si finalmente habrá una mujer presidenta de los Estados Unidos, eventos que aparecen en muchas quinielas —perdón…, vaticinios— con bastante grado de probabilidad, pero, parafraseando a Edgar (Nahoum) Morin, «el conocimiento es navegar en un océano de incertidumbres a través de archipiélagos de certezas». Sí poseemos algunas certezas basadas en análisis demográficos, tecnológicos, económicos, etc., derivadas de datos, extraídos de fuentes solventes, que nos han servido para hacer algunas presunciones: este es el marco que hemos usado para definir nuestro horizonte 2040.
Demografía. Esta es posiblemente la variable que más condiciona el futuro de las sociedades y tiene un poderoso efecto transformador. Además, hay muchos datos disponibles para analizarlo: desde las proyecciones de los ministerios de Economía y Seguridad Social para calcular pensiones, a menudo disputados por la AIReF (Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal), y varios Think-Tanks y fundaciones, la propia Unión Europea y las naciones unidas (ONU), además de diversas fuentes públicas en internet que integran otras muchas, como las de Statista y PopulationPyramid.net: hay una abundancia de datos, con sus horquillas y discrepancias, sobre cómo será la población de España y del mundo; seremos más y más mayores, con los desafíos que eso supone.
En 2037 la población mundial superará los 9000 millones de habitantes; actualmente, en 2021, somos 7700, y el incremento vendrá principalmente de África, ya que el crecimiento vegetativo (los nacimientos menos los fallecimientos) de Europa y Asia está bastante estabilizado, cuando no es negativo. De hecho, en España este crecimiento es negativo ya desde hace un par de años: nacen aproximadamente 150 000 personas menos de las que mueren, por lo que en los próximos 30 años la población española podría perder entre 4 y 5 millones de habitantes. Estos desajustes se compensan con movimientos migratorios, en función de las condiciones económicas y las posibilidades de empleo, que son más volátiles, como hemos visto en España en la última década.
Lo que nadie discute es que en 2040 seremos más mayores. La esperanza de vida de todas las sociedades está alargándose a un ritmo de 3 meses por año, es decir, un año cada 4 transcurridos, debido a los avances médicos y de bienestar. Extrapolando estos ratios, en 20 años podríamos estar hablando de unos 5 años adicionales de esperanza de vida al nacer, lo que coincide con la mayoría de las estadísticas proyectadas de un horizonte de unos 78-79 años para el conjunto de la humanidad, (actualmente 73), que podría llegar a casi los 90 en el caso de España.
Durante todo el siglo XX la esperanza de vida global del planeta, y de cada país en concreto, prácticamente se duplicó, y todo apunta a que en el XXI podría pasar lo mismo. Un alargamiento de la vida que según muchos autores añadirían 8 o 10 años más si las investigaciones en longevidad extrema y terapias anti-aging en las se están invirtiendo cantidades multimillonarias dieran los resultados esperados. «Curar la muerte» como si de una enfermedad se tratara es la misión de geriatras como Aubrey de Grey o Liz Parrish, CEO de BioViva, y que es hoy genéticamente más joven que hace 20 años. El envejecimiento a partir de determinados límites conlleva no pocos desafíos médicos para revertir la «obsolescencia programada» de algunas células y órganos destinados a «autodestruirse» una vez cumplida su función biológica, como es el caso de la próstata en los varones más allá de la edad de reproducción, o la perdida de flexibilidad del cristalino que genera la presbicia. Cuando los Homo sapiens moríamos a los 50 años, no teníamos problemas de presbicia, próstata o alzhéimer. Sencillamente no nos daba tiempo. Otras enfermedades asociadas a estilos de vida, como la pandemia global actual de diabetes melitus, con más de 300 millones —500 según otras fuentes— de enfermos crónicos, llevará a las autoridades a proscribir el azúcar tal y como hoy ocurre con el tabaco y los cigarrillos. Subir los impuestos de la bollería y los refrescos es solo el primer paso.
Aunque este conocido como «invierno demográfico» afecta a gran parte de Europa y a potencias demográficas como China y Japón, el desafío de la longevidad es singularmente relevante para España, con una situación muy complicada: apenas 1,2 nacimientos por mujer, lejos de los 2,4 necesarios para el recambio generacional. En 2050 España podría ser el país del mundo con la edad media más avanzada, 55 años, con un tercio de la población mayor de 64 años y con 78 personas mayores de 65 años por cada 100 trabajadores. Los desafíos que esto supone van mucho más allá de la sostenibilidad del sistema de reparto de pensiones; afectan a la cantidad de mano de obra, el diseño del urbanismo y la rehabilitación de viviendas, los servicios asistenciales, el ocio y muchos negocios. España es, o va a ser, un país para viejos. Resulta muy difícil apostar por el emprendimiento y la innovación en una sociedad que tiene más recuerdos que planes de futuro. Los movimientos migratorios resultarán imprescindibles para compensar estos desequilibrios. África, con una edad media de 18 años en la actualidad, sigue creciendo vigorosamente, y las ciudades más pobladas a finales del siglo XXI serán Lagos en Nigeria y Dar es-Salam en Tanzania. Mientras que las demografías de China, Japón y Europa retroceden, la India y Latinoamérica se estancan, la de África, la cuna de la humanidad, continúa creciendo y contribuirá con otros 2000 millones de almas en este siglo XXI.
Un mundo superpoblado, envejecido, cada vez más híbrido, hacinado en ciudades inmensas, con crecientes diferencias económicas y con un omnipresente uso de la tecnología.
El futuro es tecnológico. Esta es otra certeza. Siempre lo ha sido, desde el Renacimiento y las sucesivas revoluciones industriales, los avances vertiginosos en digitalización que hemos visto en este comienzo del siglo XXI son solo el anticipo, los cimientos de una transformación mucho más profunda. Acaba de empezar la quinta ola de destrucción creativa que Schumpeter pronosticó para 2020.
El economista austroamericano y profesor de Harvard Joseph Alois Schumpeter, uno de los teóricos de la innovación del siglo XX, estudió los ciclos económicos del capitalismo, las llamadas ondas largas de Kondratiev, y desarrolló su hipótesis de las olas de innovación u olas de destrucción creativa, en las que cada cierto número de años nuevas tecnologías innovadoras generan un nuevo paradigma de desarrollo económico y prosperidad. Lo interesante es que esta teoría, formulada hace más de 80 años, era adecuada para explicar lo que ya había pasado en las anteriores revoluciones industriales, y le sirvió para anticipar —predecir— las olas futuras, la cuarta y la quinta. Estas olas, que veremos en un capítulo más adelante, la primera de las cuales arranca en 1785 con grandes innovaciones en el sector textil, siderometalúrgico e hidroeléctrico, son cada vez más cortas en su duración y más potentes en su impacto. La primera duró 60 años (1785-1845); la segunda, del vapor, el ferrocarril y el acero, 55 (1845-1900); la tercera, la de la electricidad, los químicos y el motor de gasolina, 50 años (1900-1950); la cuarta —petroquímicos, electrónica y aviación— se prolongó por espacio de 40 años (1950-1990) y la quinta ola, de apenas 30 años (1990-2020) de existencia, es la del software, las redes digitales y los nuevos media. ¿2020? Efectivamente, la quinta ola de destrucción creativa acaba de romper, para dar comienzo a la siguiente. Hace 80 años que nos avisaron —que Schumpeter la predijo—, ¿y no estábamos preparados para todo lo que iba a pasar? Ahora llega la sexta ola de innovación, que, si se cumplen los patrones, va a ser más breve, quizás de 20 años o menos, y con impacto creador mucho más disruptivo. ¿Con qué tecnologías? ¿En qué industrias?
Las conocidas como tecnologías exponenciales, que se encuentran en 2021 en pleno Big-Bang, una explosión de startups, proyectos y modelos de negocio, que atraen obscenas inversiones de capital, basados en las expectativas de disrupción.
¿Cuáles son estas tecnologías exponenciales que van a definir las próximas dos décadas? Hay un relativo consenso de la inteligencia artificial, aplicando sus algoritmos al Big Data generado por cientos —o miles de millones— de dispositivos conectados a la Internet de las Cosas (por sus siglas IoT, Internet of Things), y dando indicaciones a una creciente legión de robots, desde industriales a domésticos o terapéuticos, y permitiendo a flotas de drones y vehículos autónomos desplazarse por nuestras carreteras y nuestros cielos: nadie duda de que en 2030, si no antes, varios servicios de drones no tripulados llevarán personas en ciudades de cuatro continentes, como hacen los taxis en la actualidad. La realidad extendida, combinando virtual y aumentada, la manufactura aditiva —conocida como impresión 3D y 4D—, la genómica —la edición de ADN a través de la tecnología CRISPR— y la energía fotovoltaica de alto rendimiento completan el mapa de tecnologías exponenciales, que junto a otras hoy todavía incipientes como la computación cuántica, la producción de hidrógeno verde o nuevos materiales como el grafeno formarán parte de nuestras vidas, así como los plásticos, la televisión, el avión o internet han cambiado nuestra existencia en los últimos 30 años.
El año 2040 es el horizonte estimado para alcanzar la singularidad, como se describe el momento en que la tecnología artificial amplia supere a la inteligencia humana y, presumiblemente, sea capaz de solucionar algunos de los problemas que, como especie, el Homo sapiens todavía no ha resuelto. La tecnología siempre ha generado abundancia, y la tecnología digital, liberada de las limitaciones fisicas de la materia, los átomos y las moléculas, genera abundancia exponencial. Superadas quedan las preocupaciones malthusianas de finales del siglo XVIII sobre la capacidad del mundo de alimentar un planeta que se acercaba a los mil millones de habitantes.
Esta convergencia entre tendencias demográficas y tecnológicas plantea una matriz de potenciales cambios socioeconómicos que actualmente empezamos a vislumbrar como hipótesis de encendidos debates, según adoptemos escenarios utópicos y distópicos no exentos de interpretaciones políticas. ¿Una mayor automatización generará una mayor productividad que nos haga disfrutar de más horas de tiempo libre y ocio —como ha ido sucediendo progresivamente en los últimos 50 años— o escenarios de desempleo global del 80%, tal como pronostica el Instituto Tecnológico de Massachusetts MIT? ¿Un escenario de Renta Básica Universal, combinado con un nuevo mercado de microservicios —Gig Economy— e ingresos derivados de activos digitales?
Más allá de las referencias tecnológicas y demográficas que nos sirven para enmarcar el porvenir en el que transcurren algunas de las historias de futuro 2050 de las siguientes páginas —y que explican por qué algunos de los protagonistas son sexagenarios de gran vitalidad y energía—, tenemos otros datos para definir ese futuro. Los desafíos medioambientales, el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y cómo seamos capaces de responder a estos retos formarán el paisaje en el que va a transcurrir nuestro porvenir.
Si bien es cierto que 198 países se han aliado para hacer realidad la Agenda 2030 y los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible, y se están movilizando ingentes cantidades de recursos en los llamados planes de transformación digital y transición energética, y sin duda se lograrán grandes avances, la experiencia de anteriores movilizaciones —objetivos del milenio, protocolo de Kyoto, cumbre de Río, pacto de París, etc.— nos hace ser realistamente escépticos sobre la consecución de esos propósitos. Sin duda habremos avanzado mucho en hábitos de consumo más sostenibles, abandonado plásticos de un solo uso y combustibles fósiles, reducido el CO2 y otras prácticas que hoy son parte del problema, incluyendo las relacionadas con la alimentación, el transporte y la climatización de nuestras viviendas. Pero con toda probabilidad no habremos sido capaces de limitar el aumento de la temperatura a los 2 grados del objetivo marcado por la Conferencia del Clima de Naciones Unidas de Cancún de 2010 y el protocolo de Kyoto. La especie humana siempre ha sido mucho más hábil adaptándose que mitigando. Desde que los primeros Homo habilis abandonaron África en la primera gran migración, hemos colonizado —y modificado— todos los ecosistemas, amoldándonos a tórridos desiertos, gélidas latitudes, altitudes inhóspitas y junglas insalubres. Sin ninguna duda nos adaptaremos a un planeta más cálido, ayudados por la tecnología (del aire acondicionado).
En conclusión, en 2040 —fecha en que Greta Thunberg cumplirá 37 años— la temperatura media del planeta probablemente sea superior en 3 —o 4— grados a la de hoy, con fenómenos meteorológicos, más extremos (2020 ha sido hasta la fecha el año con más tormentas tropicales en el Atlántico Norte), una acelerada pérdida de glaciares, fusión del permafrost de la tundra e impacto en cultivos y producción agrícola. España, por su ubicación, es uno de los países potencialmente más vulnerables a los impactos del calentamiento global y la desertización. ¿Plantaciones de pistachos que sustituyan los olivares mediterráneos estériles tras la pertinaz seguía? Algunos de estos supuestos, hipotéticos, sirven de escenario para diversas reflexiones.
Estimado lector de esta breve historia del futuro, abre la mente, sin prejuicios, reflexiona y disfruta. Al final, ese debería ser el objetivo de todo viaje… en el tiempo.
Destrucción
creativa

¡Por allíííí resopla!
En 1851 Herman Melville escribió Moby Dick. La novela está ambientada en New Bedford, Massachusetts, puerto ballenero de la costa este americana, y en aquel momento la ciudad más prospera, mejor iluminada y con la mayor renta per cápita de los Estados Unidos de América, en pleno despegue de su segunda Revolución Industrial.
La prosperidad de New Bedford, y otros 70 puertos de la región de Nueva Inglaterra, radicaba en que la industria ballenera era en aquel momento la más rentable en la nueva y pujante economía americana; con 735 buques balleneros —la flota mundial era de unos 900— y más de 10 500 tripulantes, generaba cada año un valor de 11 millones de dólares. La caza de la ballena y la comercialización de sus productos constituían la quinta industria que más aportaba al PIB americano, eminentemente agrícola y extractivo.
La industria ballenera, con su apogeo en los años 50 del siglo XIX, era además la fuente de una serie de materias primas imprescindibles en esa nueva era, motor de innovación y complemento de otras industrias. Uno de los principales productos era el aceite, destilado al hervir la grasa de la ballena, necesario para la iluminación de lámparas en lugares públicos y en las casas de los muy pudientes armadores de los puertos balleneros. Existía una variedad muy especial y de altísimo valor, el conocido como aceite de esperma (espermaceti), obtenido exclusivamente de la cabeza del cachalote. De inferior viscosidad, un esteroide, ardía con notable incremento de la luminosidad y desprendía menos humo y malos olores. Se destinaba a lámparas de iluminación de alto nivel, como las de los faros, y a velas de alta calidad y luminosidad. De estos aceites se extraía el lubricante que se aplicaba a las nuevas maquinarias, relojes de pared y de bolsillo, máquinas de coser y de escribir, motores —incluido el del ferrocarril—, lanzado a la conquista del Oeste, y a todo tipo de armas. Además, las barbas del animal con las que las ballenas no dentadas filtran el agua para obtener el plancton, formadas a base de queratina, proveían de una sustancia ligera, rígida y flexible, ideal para fabricar varillas de paraguas y sombrillas o el armazón de los miriñaques y los corsés de las señoras —cuyas bandas elásticas se llamaban precisamente ballenas—.
Solo en 1853 se cazaron más de 8000 ejemplares, que aportaron 260 000 barriles de aceite de ballena, 103 000 barriles de aceite de esperma y 2500 toneladas de barbas de ballena, con un valor de mercado de más de 11 millones de dólares.
Un solo barco, como el Charles W Morgan, después de un viaje de 2 o 3 años podía regresar a puerto, tras haber cazado y procesado unas 50 ballenas, con 2500 barriles de 125 litros cada uno y con unos 8000 kilos de barbas. Esto podía suponer un rendimiento económico de entre 80 000 y 100 000 dólares para los armadores que habían fletado y financiado el viaje. Toda una industria de capital-riesgo, banca de inversión y project finance —con sus seguros, reaseguros y garantías— se articulaba y hacía viable cada viaje. Una industria muy próspera que generaba riqueza, empleo y permitía repartir beneficios.
Sin embargo… 1853 fue también un punto de inflexión en un crecimiento sostenido de casi dos siglos. Las ballenas empezaron a escasear ante la presión de la voraz industria, que no respetaba estaciones de cría ni paradas biológicas. La falta de ejemplares en áreas próximas llevaba a realizar viajes cada vez más lejanos y menos rentables; los cachalotes, por ejemplo, se iban a buscar al Índico. En 1848 ya había comenzado la caza en el Ártico, en los pocos meses de verano que lo permitían y con riesgos adicionales para la navegación y la vida de los tripulantes, que en consecuencia exigían mejores salarios. Ante la escasez de ballenas se inició la captura de morsas, con mucho menor rendimiento comercial. Sin voces ecologistas que las defendieran, las ballenas fueron conducidas al borde de la extinción.
Al mismo tiempo, en 1859, Edwin Drake descubrió petróleo en Titusville, Pensilvania. Con un sencillo refino pudo destilar keroseno, un combustible muy volátil que permitía encender lámparas de manera más limpia y eficiente que con el sucio y pestilente aceite de ballena. Aquel primer año de 1859 se produjeron 2000 barriles (los mismos que un barco ballenero traía al cabo de tres años de arriesgadas travesías). La fiebre del oro negro acababa de desatarse; en 1866 se perforó el primer pozo en Oil Springs, Nacogdoches, Texas, y ese mismo año Rockefeller conseguía producir 500 barriles diarios en Cleveland. En 1894 se inauguró la primera refinería de petróleo.
Y con el refino del petróleo y los alquitranes y parafinas surgió una nueva industria de materiales rígidos y flexibles, los plásticos, para reemplazar a las barbas de ballena —si bien en 1907 el modisto francés Paul Poiret eliminaría los corsés y polisones de los dictados de la moda—.
En 1899 la industria petrolífera ya producía 2000 barriles… cada 15 minutos. Pronto iba a hacer falta mucha gasolina para todos los automóviles que Henry Ford comenzaría a fabricar en sus cadenas de montaje pocos años después.
La convergencia de la nueva, pujante y muy lucrativa industria del petróleo como sustitutiva del aceite de ballena, con las prácticas de caza insostenibles que habían desembocado en la práctica extinción de cetáceos en amplias regiones del globo, resultó definitiva. Durante la guerra civil americana el gobierno federal compró más de 30 barcos balleneros para llenarlos de piedras y hundirlos en las bocanas de los puertos confederados como Savannah y Charleston como forma de bloqueo. El preciado activo de inversión de un par de décadas atrás tenía ahora más valor hundido que generando actividad.
Acabada la guerra, un intento de relanzamiento de la industria envió una flota de 41 barcos al Pacífico norte. En agosto de 1871, 32 balleneros quedaron atrapados por el hielo en un precipitado fin de verano en el mar de Chuksi. 119 hombres y mujeres consiguieron salvarse de milagro en las chalupas balleneras y llegar a los barcos que habían logrado liberarse de la banquisa. No hubo que lamentar muertes, pero sí la perdida de gran parte de la flota de New Bedford, y el quebranto económico de los aseguradores —con el consiguiente aumento de las primas— puso el punto final a una industria que había sido sinónimo de opulencia y generación de riqueza.
En 1870 la industria había caído en más de dos terceras partes, y en 1896 en un 90%. Hoy el Charles W Morgan es un barco museo que se puede visitar en Mystic, Connecticut, como testimonio y legado del auge y caída de una industria que llegó a ser enormemente poderosa.
Un descubrimiento muy ligero
Contemporáneamente, en 1855, en la lejana Europa, concretamente en la sofisticada y refinada Francia del II Imperio, la Exposición Universal de París, en la que participaban 34 países, presentaba ante sus visitantes dos barritas de un novedoso material, un metal brillante y ligero, la «plata de la tierra». El químico Henri Sainte-Claire Deville había conseguido producir este material, apenas descubierto 30 años antes por el físico danés Hans Christian Oersted, que creyó haber obtenido potasio puro.
El emperador francés, Napoleón III, quedó fascinado por este nuevo material tan escaso y raro de obtener y cuyo precio superaba en 9 veces el del oro. Tal fue la fascinación que sintió por este nuevo componente que contrató al químico Sainte-Claire Deville por un generoso estipendio a cambio de que toda su producción —apenas una tonelada al año— fuera destinada a los joyeros y orfebres de la casa imperial. El nuevo elemento, maleable, ligero y brillante era el aluminio.
Como muestra de la alta valoración que alcanzó, en 1856 el emperador mandó hacer un sonajero de aluminio y rubíes para su primogénito, el príncipe imperial Napoleón Luis Eugenio Juan José Bonaparte; los botones de sus uniformes de gala, así como un casco para los desfiles, igualmente fabricados en el preciado material, constituían también el máximo símbolo de distinción y lujo, algo que solo un emperador podía permitirse. En sus banquetes, sus invitados utilizaban cubertería de oro, excepto aquel homenajeado en cuyo honor se celebraba el ágape —ese fue el caso del ofrecido en 1861 al rey del Siam en su visita oficial—, que recibía cubiertos de rarísimo y carísimo aluminio.
En 1860 se producía una tonelada de aluminio al año, en exclusiva para la casa imperial francesa; su uso era artesano y, como queda dicho, casi en su totalidad se empleaba en joyería. En 1882 se había conseguido duplicar la producción hasta dos toneladas. Cuatro años después, en 1886, se descubría su proceso industrial para convertir la bauxita en alúmina y esta, vía electrólisis, en aluminio. Su uso comenzó entonces a generalizarse en otras artes, sin perder, no obstante, su carácter innovador.
En 1900 la producción ya superaba las 6700 toneladas al año y su uso industrial, en aleaciones con otros metales, empezaba a generalizarse. En la actualidad la producción anual de aluminio sobrepasa los 25 000 millones de toneladas.
De hecho, naturaleza es pródiga en aluminio; es el tercer elemento que más abunda en la corteza terrestre, después del oxígeno y el silicio. El 8,3% del peso de la tierra es aluminio. Es tan abundante y económico —ahora que conocemos la fórmula y el proceso para su obtención— que apenas le damos valor alguno, hasta el punto de que a menudo acaba siendo el envoltorio desechable del sándwich de la merienda o la lata del refresco. El valor —y el precio que generan las fuerzas del mercado de la oferta y la demanda— es siempre una función de la escasez; únicamente valoramos aquello que nos falta. La tecnología, en este caso de la electrólisis, genera una abundancia y disponibilidad de aluminio prácticamente infinita.
Industrias que mueren
El 15 de marzo de 2021 la plataforma Netflix emite un documental sobre el último Blockbuster. Situado en Bend, Oregón, un videoclub llamado Pacific Video Store abierto en 1992, afiliado a la mayor franquicia de videoclubs desde el año 2000, se convierte en un lugar de culto, casi de peregrinación, último vestigio de una industria y una tecnología que habían dominado el entretenimiento audiovisual durante tres décadas.
A mediados de los años 70 una nueva tecnología ha revolucionado el mundo. El videocasete, que ofrece la posibilidad de consumir películas en casa sin tener que acudir a una sala de cine o estar pendiente de la programación de la televisión. Nace así el consumo de audiovisuales a voluntad. Además, permite grabar las propias cintas directamente desde la televisión y compartirlas entre particulares. El embrión de la vulneración de los derechos de autor en el mundo del cine, luego conocida como piratería, acaba de germinar y se desarrollará vertiginosamente. Ha sido el primer aviso a la industria de las salas de cine. Las cámaras personales democratizan la producción audiovisual amateur dando origen a otras millonarias industrias como la videoseguridad, el porno y la grabación de vídeos de bodas, bautizos, banquetes y eventos. Videotecas enteras de cintas de video que nunca volverían a visualizarse.
En 1980 el grupo musical Buggles triunfa con su tema Video Killed the Radio Star —El vídeo mató a la estrella de la radio—. Efectivamente, no hay tema musical que no se lance con videoclips de producciones cada vez más elaboradas. En 1982, Michael Jackson con su Thriller eleva el videoclip a la categoría de cortometraje.
Con el auge de la producción de filmes, aparece una nueva modalidad de distribución: el alquiler de películas, y con ello los videoclubs, un negocio que prolifera en cada barrio, en los que a cambio de una cuota mensual es posible alquilar cintas por un tiempo definido, con la promesa de nuevos títulos. Algunos incluso llegan a tener ventanas de servicio 7x24, a modo de los cajeros automáticos de las sucursales bancarias. El pago por uso ha nacido. Los videoclubs abrazan la digitalización y empiezan a transformar sus colecciones de cintas VHS y Betamax en CD —Compact Discs— y DVD —Digital Video Discs—. Incluso una empresa se especializa en la distribución de DVD vía postal: se llama Netflix.
En el mundo de los videoclubs destaca una logomarca azul con letras amarillas: Blockbuster. BlockBuster Video, fundada en 1985 por David Cook, que en la década de los 90, tras ser adquirida por Viacom, llega a aglutinar el 25% de los videoclubs mundiales, con más de 9000 establecimientos en 29 países en 2004.
El 14 de febrero de 2005 Chad Hurdley y Steve Chen quieren compartir unos vídeos de una fiesta en San Francisco, pero son demasiado pesados para adjuntarlos a un email. Diseñan una plataforma y un algoritmo para poder hacerlo. Lo llaman YouTube.
A medida que aumenta exponencialmente el ancho de banda, mejora la velocidad y se reducen los costes de transmisión de datos, avanza la desmaterialización —la capacidad de despegarse de un soporte material—; compartir contenidos de vídeo en formatos MP4, a través de Emule, Torrent, entre particulares empieza a impactar el negocio de los videoclubs. Netflix sustituye el correo postal por la fibra óptica y la banda ancha. El VOD —Video On Demand—, vídeo bajo demanda, ha nacido.
En 2010 Blockbuster Video se declara en bancarrota, con una deuda superior a los 1000 millones de dólares.
El vídeo, la industria que iba a matar a la estrella de la radio y a las salas de cine, ha sucumbido ante el agente de la desmaterialización, la democratización y la desmonetización de la disrupción digital. Las salas de cine y las emisoras de radio todavía gozan de buena salud.
Back to the Future. 2038
El paso de la última ciclogénesis explosiva de final de verano ha sido especialmente dañino para la cubierta de la terraza-invernadero de la casa de Félix. Cada año se repiten estos fenómenos extremos con más frecuencia e intensidad —según explican los modelos matemáticos meteorológicos, por el calentamiento de los océanos y la cantidad de energía calorífica acumulada—.
Félix, a quien le gusta hacer por sí mismo aquello que puede, orgulloso superviviente de aquella generación nacida en el sigo XX en la que, como él dice, «las cosas se arreglaban cuando se estropeaban y no se tiraban sin más solo porque se habían quedado sin pilas», sale a comprar unas láminas de grafeno. En un principio, pensó encargarlas al asistente virtual del servicio exprés de Amazon EnergyHome, pero así aprovecha para salir a que le dé el aire y se acerca al club náutico a revisar los amarres y a recolocar las webcams de seguridad de su velero, que el fuerte temporal ha puesto enfocando en otra dirección, y que están sucias de barro y de lo que parecen excrementos de gaviota. Después de los 4 días que ha permanecido encerrado en casa por el temporal se agradece el aire limpio y con ese olor a «día después de la tormenta» enriquecido en oxígeno.
La pantalla de control de la consola de domótica, un cuadro de mando integral en una pantalla que recoge la información de varios sensores distribuidos por la casa, le señala que al menos media docena de paneles de la cubierta de la terraza no están generando todo su potencial de energía y que los niveles de hidrógeno están bajos, al haber saltado los sistemas de reserva.
—Voy a ir al Energy Center —le comenta a Diana, su mujer— a por láminas de grafeno para el invernadero, y de paso a recargar las botellas de hidrógeno, que están bajas.
—¿Seguro que no tienes láminas de grafeno en el garaje? —le pregunta ella—. Mira que la última vez pediste varios paquetes… ¿No hay en el filtro de la desaladora?
—No creo —contesta Félix—. Se las di a los niños de Yago la última vez que vinieron; las necesitaban para un proyecto escolar.
—¿Que les diste el grafeno a los niños? ¿A quién se le ocurre…? ¡Vaya ocurrencia!
Desde que en el año 2029, desde la aceleradora de innovación de la petroquímica New Materials S.A. aplicaron las patentes del MIT, el uso del grafeno ha empezado a extenderse sin límite a más y más industrias. Pocas veces la idea de liberar unas patentes ha sido tan beneficiosa para el planeta y sus habitantes.
El grafeno es una molécula plana, definida por 6 átomos de carbono configurados en un único plano, lo que permite, teóricamente, construir láminas de un átomo de espesor. El gran desafío tecnológico fue darle la estabilidad necesaria. Pero si algo tiene el carbono es su facilidad para combinar con otros materiales, en especial otros polímeros.
La impresión 3D —la manufactura aditiva— proporciona una versatilidad casi infinita a los hilos de carbono-grafeno de uso doméstico e industrial, que en su reducido espesor de proporciones nanométricas pueden además plegarse en sofisticados origamis tecnológicos.
El mundo de los nanomateriales y los biomateriales se ha vuelto literalmente loco ante las propiedades del grafeno: con una dureza comparable a la del diamante, con quien comparte estructura atómica, y una resistencia 200 veces mayor que la del acero, pero mucho más ligero, y con alta conductividad eléctrica —mejor que la del cobre—, posee además óptima conductividad térmica, es antibacteriano y no ionizable.
La industria militar, siempre con fondos accesibles para el I+D, ha invertido millones de dólares en chalecos antibalas, cascos y diversos sistemas de protección que han convertido los uniformes de combate en auténticas armaduras flexibles y ligeras, incluso con propiedades miméticas de camuflaje dinámico, que utilizan un sistema biomimético que emula los cromatóforos de pulpos y sepias para cambiar de color y confundirse con el entorno.
Por su parte, la industria deportiva ha tomado enseguida el testigo, reemplazando las fibras de carbono, kevlar y otros composites en raquetas de tenis y pádel, palos de golf, esquíes, cascos, remos de piragüismo, etc., en numerosos deportes que han comenzado a aprovechar la ligereza extrema de este nuevo elemento, cada día más accesible y económico.
Pero es la industria de la electrónica de consumo la que mejor ha sabido captar el valor de un material ultrafino y transparente, de alta conductividad, para hacer pantallas táctiles, pantallas flexibles, enrollables; un material que no se calienta por el paso de los electrones y con posibilidad de generar electricidad por la exposición solar. La fiebre de la transición ecológica y la descarbonización energética subvenciona con inagotables flujos de dólares, euros y yenes la instalación de filtros de grafeno en los cristales de oficinas y empresas buscando esa neutralidad de la huella de carbono, paradójicamente obtenida a través de una molécula de carbono, para cumplir los objetivos de la Agenda 2030 de limitar el calentamiento a menos de 2ºC. Los objetivos no se han cumplido, pero a cambio conseguimos una producción mundial de grafeno que empieza a despertar la preocupación de los ecologistas acerca de su reutilización y reciclaje. (Hasta se hacen chistes sobre la conveniencia de envolver el bocadillo de la merienda con hojas de grafeno en lugar de las de papel de aluminio).
Félix pide a través de la aplicación del asistente virtual un traslado al Energy Center más cercano, emplazado a la entrada de la urbanización. Estos centros están localizados en las antiguas gasolineras, que hace ya tiempo que han dejado de servir combustible —fósil—. Las estaciones de servicio se han convertido sucesivamente en electrolineras —en puntos de recarga y cambio de baterías eléctricas— y luego en hidrogeneras.
La transición al vehículo eléctrico ha tardado en despegar, más por barreras no arancelarias para proteger la industria automovilística autóctona en cada mercado de fabricantes chinos, indios, coreanos con versiones cada vez más eficientes y accesibles. La guerra comercial de los años 20 de las plataformas digitales y los dispositivos móviles se ha trasladado a la industria del automóvil hacia 2026.
El máximo anual de venta de vehículos automóviles en el mundo se ha producido en 2018; tras la caída de ventas del 2020, atribuida a la pandemia desatada por la COVID-19, el confinamiento y los nuevos hábitos de teletrabajo, es obvio que realmente se trataba de un cambio de tendencia. Las dudas sobre la transición energética, la pérdida de valor de los vehículos de combustión y la todavía limitada oferta de eléctricos se combinan con una creciente presión de las plataformas de «vehículo social». La revolución del vehículo automóvil se activa sobre cuatro vectores: el coche conectado, compartido, eléctrico y finalmente autónomo.
En 2021 nace la última persona que irá a una autoescuela a aprender a conducir; en 2038 cierra la última de España. La Generación Z no iba a comprar más coches. Los iba a usar.
Los puntos de recarga de los automóviles eléctricos se multiplican en la década de los años 20 en centros comerciales, hoteles, parques industriales, oficinas, viviendas, lugares de celebración de eventos deportivos, duplicándose cada año; los 125 000 puntos de recarga eléctrica en 2020 pasan a ser más de 20 millones en 2030.
Los primeros kilómetros de carreteras para cargar automóviles por inducción dinámica, instalados en Suecia e Israel en 2020, son un éxito, aunque tarden en extenderse, y en entornos experimentales, en 2040, solo Singapur y Emiratos árabes llegan a implantar sistemas funcionales integrados de carga para un porcentaje significativo del parque móvil.
Es esa la época de las operaciones corporativas entre petroleras y energéticas. Desde el momento en que el precio del petróleo había acariciado los 147 dólares por barril —11 de julio de 2008—, hasta que se puso en valores negativos en el mes de abril de 2020, por primera vez en la historia ha habido indicios de que algo iba a cambiar irreversiblemente en esa industria. En este sentido, resulta relevante mencionar los sucesivos fracasos del fracking, cada vez más en entredicho por su impacto medioambiental y cuestionable rentabilidad. El confinamiento global de la primera ola de la pandemia, el descenso de los viajes internacionales —por turismo y por negocio—, con flotas de aviones enteras en los aeropuertos y la quiebra de las líneas de cruceros, han hecho caer el precio del petróleo por debajo de los 20 dólares el barril, y a pesar de los esfuerzos por mantenerlo a 40 dólares, umbral mínimo de rentabilidad para muchos países de baja eficiencia productora, el creciente peso de las energías renovables —limpias—, la fotovoltaica, la eólica, con el valor de los consultores y los media presionando a la baja, determinan que en 2030 el precio del barril no supere los 20 dólares, por lo que ya no hay inversor que apueste por ello.
Los consorcios internacionales integrados por empresas bioquímicas, energéticas, fabricantes de automóviles (Airliquide, Toyota, Repsol, EDP y más de 40 sumando esfuerzos) para invertir y mejorar las infraestructuras de transporte y almacenamiento de hidrógeno como combustible no escatiman recursos de I+D para ser parte de la solución.
Hace tiempo que los directores de marketing de las entonces todavía llamadas gasolineras han diversificado sus catálogos y obtienen más margen comercializando refrescos y hielo, actuando en definitiva como tiendas de conveniencia que vendiendo gasolina. Su principal activo es la ubicación y el hábito en las zonas de paso…, pero el menor tráfico de personas —en un vehículo compartido no paran— y la práctica de comprar on line va apartándolas de ese mercado.
El concepto de multicentros de energía ha llegado muy unido al desarrollo del mercado del hidrógeno. Mientras que la carga eléctrica puede hacerse en cualquier sitio recurriendo simplemente a un enchufe, el hidrógeno requiere ciertas infraestructuras de almacenamiento, transporte y manipulación. Además, no deja de ser un gas, como en su momento el butano; pero el público adopta bien el uso de bombonas de hidrógeno: las de acero de 15 litros recuerdan a los equipos de submarinismo, mientras que las de aluminio de 10 litros son lo bastante ligeras para ser manejadas por las personas de mayor edad.
Han sido un buen recurso de transición hasta que la extensión de las soluciones de generación de hidrógeno doméstico, mediante la electrólisis del agua, para obtener hidrógeno verde. Las 9 hidrogeneras que había en España en 2020 pasaron a ser 25 al año siguiente. El plan Renove 2022-2025, con potentes subvenciones y ventajas fiscales y de circulación a los pioneros de esta industria, no ha alcanzado la eficacia esperada, pero sí logra despertar una enorme sensibilización en la población, que está saliendo ya definitivamente del bache económico de más de tres años provocado por la COVID-19. El transporte público, convertido prácticamente en la única manera de acceder a los centros históricos de las ciudades, combina electricidad e hidrógeno en función del número de pasajeros
Siendo el hidrógeno el átomo con mayor presencia en el universo conocido, es cuestión de tiempo que la tecnología genere su disponibilidad en la cantidad necesaria como para hacerlo universalmente accesible. 150 años después de que la abundancia del petróleo condenara a la desaparición a la próspera industria ballenera, forzando el reciclaje de sus activos sobrevenidamente obsoletos, ha encontrado su némesis en una nueva industria, vertebrada en una nueva fuente de energía basada en el hidrógeno.
Una industria próspera, incluso líder, puede entrar en declive y colapsar hasta casi desaparecer en pocos años, a veces en un par de décadas.
Nuevos tiempos,
viejos riesgos

29 de junio de 1892. Neochea, Argentina
Cuando el agente de policía entró en casa de Francisca de Rojas y vio los cuerpos ensangrentados de los dos niños, casi se desmayó. Los gritos desesperados de la madre y la sangre derramada por el suelo hicieron que el joven agente entrase en pánico y corriese a la comisaria a buscar ayuda. Dos criaturas de 6 y 4 años habían sido asesinadas y su madre acusaba de ello a un vecino que, al parecer, se habría sentido despechado por el rechazo de ella. Un crimen pasional horrendo que, afortunadamente, llegó a oídos de Juan Vucetich, oficial de policía de Buenos Aires, de origen croata, que llevaba tiempo estudiando fórmulas de identificación de criminales a partir de las pruebas que se encontraban en el lugar de los hechos.
Analizando el lugar del crimen Vucetich halló algo que llamó poderosamente su atención: en el buzón de la entrada había una huella de un pulgar con la sangre de uno de los niños. Preguntada la madre sobre si había tocado en algún momento los cadáveres y, ante su negativa solo había una conclusión: la huella debía ser del asesino. Si esta coincidía con la de Pedro Ramón Velázquez —así se llamaba el desdichado vecino—, no había lugar a dudas: él habría matado a los pequeños.
Para asegurarlo con certeza científica, Vucetich, antropólogo en sus orígenes, se fundamentaba en las investigaciones que venía realizando desde hacía tiempo por encargo del jefe de Policía de la provincia de Buenos Aires para obtener un método de identificación personal. Se había basado en estudios anteriores del inglés Francis Galton, en los que se demostraba que dos huellas dactilares no podían ser idénticas; ni siquiera en gemelos. Vucetich había conseguido clasificar las huellas mediante 101 rasgos y llevaba meses tratando de hacer un registro dactiloscópico de delincuentes. El momento de aplicar su ciencia a la resolución del crimen había llegado.
Francisca insistía en que ella no había tocado en ningún momento a los niños, por lo que la sangre del buzón debía ser del criminal. Informado el juez, se procedió a tomar las huellas del acusado para contrastarlas con las encontradas en el lugar de los hechos, pero resultó que no coincidían. Vucetich informó al juez del procedimiento de análisis y clasificación que había desarrollado y, convencido este de lo adecuado de la técnica, Pedro Ramón fue puesto en libertad. El hecho de no tener un sospechoso claro obligó a los agentes a ampliar la investigación. ¿Podrían tomar huellas de personas cercanas a la familia para realizar un contraste con la encontrada en el buzón? El juez autorizó el muestreo, que incluía a la propia madre.
Francisca, 21 años, enamorada de un galán bonaerense, había considerado que lo mejor para conquistarlo sería deshacerse de sus hijos y, una aciaga noche de junio decidió asesinar a los dos pequeños asestándoles varias puñaladas. Su plan: suplantar la identidad de su vecino, provocándose a sí misma heridas, acusarlo de asesinato y salir indemne para casarse con el apuesto joven.
Francisca de Rojas es considerada la primera persona condenada en el mundo gracias a pruebas biométricas que demostraron que su identidad digital era única.
Agosto de 2019
La cara de Steve, nombre ficticio del CEO de una empresa de energía afincada en Londres, es todo un poema. Jura y perjura que el que le ordenó la transferencia urgente de 220 000 euros a una entidad húngara era su presidente y que lo hizo siguiendo las órdenes que este le dio por teléfono. La voz era la suya y, además, le había hecho algunos comentarios personales sobre la fiesta de la empresa que habían celebrado en Alemania hacía unas semanas. Era él, seguro.
Steve, que ha querido permanecer en el anonimato, es el primer caso conocido de vishing, una nueva técnica de estafa en la que se usa inteligencia artificial para imitar la voz de otra persona.
La técnica es sencilla, según explica Rüdiger Kirsch, experto en fraudes digitales de la empresa de Euler Hermes: los malhechores buscan en las redes sociales audios de la persona cuya identidad suplantarán y aplican técnicas de inteligencia artificial para crear esos deepfakes de voz. En este caso, se ha imitado perfectamente el acento alemán del presidente de la compañía. La llamada con las órdenes de pago está «adornada» con algunos comentarios personales de actividades que están publicadas en las redes sociales: deporte, fiestas, eventos… ¡Está todo ahí, es público!
Los deepfakes, vídeos en los que se suplanta la identidad de una persona, se han popularizado mucho desde que aplicaciones como Faceapp, que muestran cómo será tu rostro dentro de unos años, u otras que permiten poner tu cara en una secuencia de una película, se han convertido en una de las bromas más aplaudidas del 2020. Según la revista Rolling Stone, se estima que durante 2019 más del 96% de los deepfakes han estado aplicados a la industria del porno. ¡Cómo no!
Ceder nuestra imagen, el rostro, para hacer un vídeo de cachondeo cuando, además, sirve para desbloquear un móvil, no parece muy inteligente y, sin embargo, lo hacemos.
El ciudadano de 2021 tiene claramente una identidad digital por la que preocuparse en dos aspectos: por su imagen pública (por ejemplo, presencia en redes sociales o en webs) y por su capacidad de ejecutar transacciones (por ejemplo, firmar documentos con una clave digital o acceder a sitios de pago con un usuario y una contraseña). Sin embargo, verificar que nuestra identidad digital es real constituye un auténtico reto: ¿somos nosotros los que salimos en un vídeo en YouTube o puede ser un deepfake? ¿Hay una contraseña segura con la que operar con el banco o la puede robar un ciberdelincuente?
En un momento en el que compartir información personal tiene premio mediante likes en las redes sociales o porque se convierte en la única forma de acceder al uso de algunas herramientas —cuando algo es gratis, como Google, no eres el cliente, sino el producto—, la identidad digital única y veraz se transforma en todo un desafío.
En 2021, las nuevas técnicas basadas en biometría y contraseñas se perfilan como la solución a corto plazo: la huella dactilar, el rostro o el iris, junto con una buena password, parecen la solución más adecuada para asegurar que una persona es quien es en el mundo digital.
Eso sí, hasta que despegue la computación cuántica.
Octubre de 2035
Lola sonríe al acordarse de cómo eran las contraseñas cuando era más joven, allá por el 2020. En todos los dispositivos usaba la misma: su año de nacimiento junto al nombre de su perro, Hunter; incluso era la clave del banco. Menudo rollo tener que acordarse de todas si hubiese usado una diferente para cada sitio. Y ahora está hospitalizada porque un alumno de su instituto, de 16 años, le ha hackeado la prótesis de cadera y casi se mata bajando las escaleras. El muy idiota compró en la dark web el código de acceso a Medicatrónica y, fácilmente, accedió al sistema de gestión de la prótesis de Lola con intención de desconectarla en el momento oportuno. Un plan muy sencillo, en teoría. Esas prótesis están monitorizadas por el laboratorio en tiempo real a través de internet para hacer un seguimiento más exhaustivo del progreso del paciente. De lo que no ha sido consciente Dani (así se llama su alumno) es de que, en 0,0015 segundos, KMazon, el ordenador de la Policía Nacional, es capaz de seguir el complicado rastro que había tratado de ocultar el joven ciberdelincuente. Mas de 1 750 000 ordenadores zombi, cuyos propietarios desconocen que son usados para deslocalizar el ciberataque, fueron trazados por el potente ordenador cuántico de la Policía. KMazon, llamado así en honor al criptógrafo español Antonio Camazón, quien ayudó a descifrar la famosa máquina Enigma durante la Segunda Guerra Mundial, es uno de los ordenadores de última generación que las fuerzas de seguridad del Estado utilizan para ciberproteger a los ciudadanos.
Las compañías tecnológicas llevan años monitorizando el uso de sus redes y aplicaciones y avisan al usuario de que puede estar cometiendo un delito o una infracción: vulnerar la privacidad enviando una foto, incumplir el código ético de una red social, etc. También hace tiempo que una imagen, la retina, la voz o una contraseña no son suficientes para verificar que una persona es quien dice ser en el mundo digital. La solución adoptada por los centros de ciberseguridad internacionales y asumida como estándar tecnológico universal pasa —además de recurrir a los sistemas tradicionales— por analizar si la conducta o la operación de una persona se sale de lo normal y, en ese caso, lanzar una alerta. Es decir, si se trata de acceder al banco desde una ciudad no habitual y anteriormente no se ha realizado un desplazamiento, por ejemplo en coche o en avión, el sistema debe alertar de algo extraño.
También desde hace tiempo los humanistas digitales de la Policía desarrollan algoritmos para identificar patrones de conducta en las personas que ayudan a prever delitos y generan alertas preventivas (alertas tempranas) cuando un ciudadano tiene un comportamiento anómalo. La inteligencia artificial analiza nuestro pasado, nuestra huella, para verificar que somos nosotros en el presente.
Dani ya es un viejo conocido de las fuerzas de seguridad por movimientos de compraventa ilegal de cibermonedas en China, por realizar compras con tarjetas clonadas y por pequeños ciberataques a los servidores del instituto para cambiar sus notas. Estas actividades no han sido investigadas por las autoridades, ya que parecían ser delitos menores y el sistema de alerta temprana europeo no llegó a determinar la apertura de un expediente. A diario se realizan cerca de un billón de intentos de ciberdelitos que son automáticamente anulados por los sistemas de seguridad de las empresas o instituciones. Los delitos de Dani nunca han llegado a estudiarse. Una gota en un océano. Sin embargo, el patrón técnico de cómo se cometieron estas infracciones, junto con trillones de ellas, permanece guardado en el sistema, y encontrar la misma lógica en el delito de agresión a su profesora es fácil para KMazon. Su estilo, su forma de actuar, es su signo de identidad único y veraz. Su huella dactilar.
Trabajo
futuro

Ciudad de México, 1680
«Quede claro que soy Architecto y si trazo planos es porque lo aprendí en mis años en España donde el Gremio de Sevilla ya me consideraba alarife. ¡Y, por tanto, tengo derecho a dar traza a las obras que me dé la gana!».
El enfado de Santiago Campano era monumental. Tratar de trabajar por libre en los territorios de Nueva España era igual de difícil que en Sevilla. Los poderosos gremios vigilaban muy de cerca que nadie intentase oficiar por su cuenta en las diferentes obras que se estaban ejecutando en la ciudad. Los maestros y oficiales escaseaban en la Nueva España y no era cuestión de que cualquier advenedizo distorsionase el mercado de trabajo bajando precios y calidades al obrar por su cuenta. El gremio tenía que poner orden y asegurar el cumplimiento de los estatutos.
Santiago tendría que aceptar entrar en el gremio de Ciudad de México, adonde había llegado después de trabajar en diferentes lugares de España, si quería conseguir trabajo. Para ello tendría que adoptar las normas, protocolos y peajes y, lo que más le costaba, aceptar que no se le reconociesen los años de trabajo en los que, actuando como maestro arquitecto, trazaba planos, aunque fuese para pequeños villorrios andaluces. La poca importancia de esas construcciones no justificó, en su momento, disponer de cartas credenciales que demostrasen su valía monteando sobre el terreno los diseños que había pergeñado en un papel. Además, estaba la falta del título oficial como maestro por el Gremio de Sevilla. La Carta de examen que le reconocía como maestro en su oficio. Es cierto que no aprobó dicho examen, pero ese formalismo le parecía otra de las injusticias que acarreaba el sistema de gremios. Aceptar el cargo de oficial y trabajar para el maestro Gala sería la única forma de entrar legalmente en el circuito de trabajo para albañiles, alarifes o arquitectos en México.
Los gremios habían sido potenciados o prohibidos en los diferentes reinos de España desde hacía muchos años —los primeros se conocían desde el siglo XIII en Cataluña— y, en ese momento, en Nueva España eran la mejor plataforma de trabajo posible para muchos oficios. Ser panadero, zapatero o barbero y no pertenecer a un gremio, sin que fuese necesariamente ilegal, era bastante dificultoso por varias razones. En primer lugar, por la falta de reconocimiento por parte de los clientes: salvo para trabajos de poco calado, ni las autoridades de los cabildos ni las propias asociaciones gremiales iban a dejar pasar que se desarrollasen oficios en los que los precios, calidades, normativas e impuestos estuviesen fuera de lo reglado. En segundo lugar, porque los gremios eran realmente útiles: ofrecían formación, protección en caso de enfermedad o muerte, promovían leyes que favorecían a sus integrantes y, en definitiva, facilitaban el acercamiento al cliente —si uno buscaba un zapatero no tenía más que dirigirse al barrio donde se instalaban los miembros de este gremio—. En tercer lugar, porque los profesionales estaban reconocidos por la propia comunidad y eso aseguraba la calidad de los trabajos; llegar a ser maestro implicaba haber pasado por aprendiz, oficial y haber superado unos complicados exámenes con los que el gremio otorgaba esa credencial de experto en una materia.
Ser reconocido por la comunidad, la posibilidad de aprender y obtener un cierto nivel de protección podían ser motivos suficientes para Santiago; solo tenía que resolver un problema: aceptar ser evaluado por los maestros. Esa chusma que no tenía ni idea. La lucha con su ego.
Gran Canaria, enero de 2021
Nomad City es la iniciativa que ha lanzado el gobierno regional para promocionar la isla de Gran Canaria como centro de trabajo de los nómadas digitales que, viniendo de cualquier lugar del mundo, pueden encontrar conectividad, sol y un determinado estilo de vida. Si bien la pandemia de la COVID-19 ha impulsado definitivamente el teletrabajo, esta modalidad ya venía siendo tendencia desde varios años atrás para un determinado tipo de perfiles profesionales; principalmente aquellos empleados de empresas de base digital. Sin embargo, el 2020 es el año en el que, como consecuencia de los sucesivos confinamientos, las empresas han puesto a prueba su capacidad para transformarse digitalmente y adoptar el teletrabajo como una parte fundamental de su esquema productivo. Sectores más tradicionales como el financiero o el de la educación organizan a sus profesionales de manera que lo presencial no sea necesario. Y más o menos ha funcionado.
Algunos trabajadores se han encontrado de la noche a la mañana con varios beneficios: mejores posibilidades para conciliar vida personal y profesional —al verse reducido el tiempo empleado en desplazamientos al lugar de trabajo—, incremento de la productividad —las reuniones se han hecho más operativas— y, para muchos, se abre la puerta a encontrar trabajo en empresas ubicadas a miles de kilómetros de distancia.
La crisis de 2020 ha obligado a las empresas a adaptar también su modelo productivo, no solo en cuanto al teletrabajo, sino haciéndose más digitales. Es decir, desarrollando nuevos productos y servicios de base digital, implantando más tecnología en los procesos o preocupándose por nuevos aspectos como la ciberseguridad. El modelo ha cambiado y los profesionales tienen que cambiar con él. La reconversión digital se acelera y, con aquello del Pisuerga y Valladolid, el momento de sacar gente de las empresas ha llegado: miles de profesionales a la calle. Y ¿sustituirlos por quién? Bueno, es cierto que el objetivo es automatizar y robotizar muchos procesos. La década de las plataformas y la inteligencia artificial es, sin lugar a dudas, esta y, aunque no se puede prescindir del capital humano en muchos casos, sí toca modificar el modelo de relación con los profesionales. Es la era del trabajo por horas o por proyectos. Es la hora de contratar servicios como se ha hecho siempre con las bandas de música, por bolos (gigs en inglés). Estamos en la Economía Gig.
Las relaciones laborales están cambiando: los empleados de plataformas como Uber o Glovo conviven con los llamados i-Pros (profesionales independientes), más especializados en oficios de marketing, consultoría o diseño y que son demandados por las empresas para realizar trabajos concretos y especializados en un periodo de tiempo. Este tipo de trabajadores crece día a día en todos los sectores debido a varios factores: los despidos, que ponen a muchos en la casilla de salida, el deseo de muchos de desempeñar su actividad por libre o porque es la única forma de contratación para los recién llegados al mercado laboral.
El modelo crece, sí, pero sin control. Asegurar la calidad y no entrar en una competencia loca por los precios es algo que preocupa a todos. Y garantizar un mínimo de formación, estabilidad o protección a los profesionales independientes es una patata difícil de digerir según el modelo de gobierno imperante en el lugar de residencia del trabajador. Y este, como hemos visto en muchas profesiones, puede teletrabajar desde donde quiera.
En 2021 contratar a un arquitecto en México DF se puede hacer de diferentes formas: acudiendo a estudios de arquitectura, directamente contactando con uno conocido o buscando en Workana (www.workana.com), una de las plataformas de freelancers más importantes de América Latina, donde podrás ver comentarios, referencias y «medallas» que haya conseguido aquel que pueda encajar por precio y credenciales. El hecho de estar en una de estas plataformas permite al profesional disfrutar de una serie de servicios: es más fácil que te encuentren los clientes, te ayuda a poner honorarios acordes con el resto, el proceso de cobro ofrece garantías al cliente (si no estás satisfecho, se te devuelve el dinero) y crea relaciones entre los propios freelancers. Si proporcionaran además algún tipo de seguridad o protección social y organizasen de acuerdo a criterios imparciales el sistema de calificación de los profesionales —a veces, la forma de conseguir premios y credenciales es muy subjetiva—, se parecería mucho a un modelo que existía antiguamente: los gremios.
Barrio de La Latina, Madrid, año 2035
Toca ponerse a trabajar toda la tarde. Las 4 horas a las que se obliga de lunes a jueves. Después de una reparadora siesta, Sofía, se coloca sus LennsVR y revisa los mensajes pendientes. Frinkee, la empresa en la que trabaja desde hace años, le ha enviado varias solicitudes de proyectos y debe contestarlas cuanto antes o su puntuación (scoring) bajará. Bueno, realmente Sofía no trabaja en Frinkee; esta es la plataforma a la que están adheridos los principales expertos en ciberseguridad del mundo. Tener un buen scoring en Frinkee te asegura unas tarifas más altas y, aunque su comisión es de las más elevadas, es la plataforma más elitista en su sector.
Desde que en 2028 la regulación del empleo independiente se ha convertido en una obsesión por parte de los dirigentes políticos (cada uno en su posición, lógicamente), parece que la única forma de acometer el asunto pasa por obligar a las plataformas que agregan los servicios profesionales a asumir el papel de empleadores que antes recaía en las empresas tradicionales. Sin embargo, la volatilidad de los trabajos y los continuos cambios en las competencias de los profesionales hace muy difícil que alguien, ni siquiera en el ámbito público, pueda dar estabilidad en un entorno tan etéreo como el laboral. Al menos, con los principios de gestión de recursos humanos del siglo XX. En determinados empleos sí era posible en esa época —y lo sigue siendo ahora— porque, aunque la robotización ya ha llegado para eliminar tareas repetitivas en la empresa, hay algunas que requieren intervención humana y tienen cierta continuidad en el tiempo, por lo que es posible ofrecer modelos de relación (contratación) estables. Por ejemplo, el padre de Sofía lleva décadas como camarero en un hotel y su tío Miguel, años como experto en calidad del acero en una acería. Sin embargo, ese tipo de trabajos solo suponen el 50% del empleo en 2035.
Sofía pertenece al otro 50% de profesionales, los guildies, aquellos que trabajan por proyectos para otros pero que están asociados, obligatoriamente en su caso, a una plataforma digital que les aporta una serie de servicios comerciales y sociales, como la formación o los seguros médicos, pero que gestiona, de manera agregada para todos los profesionales, el aspecto fiscal y legal. En su caso, Frinkee controla todo el proceso de facturación, los cursos de formación obligatoria o los seguros de responsabilidad civil profesional (algo que para una experta en ciberseguridad es muy importante). Esta y otras plataformas, las principales, son todas propiedad del grupo europeo Aporta, un conglomerado de empresas de carácter público-privado desarrollado en 2030 para promover la inteligencia artificial en el continente. Trabajar con compañías estadounidenses o europeas al margen de una plataforma como Frinkee es prácticamente imposible por varios motivos: puede ser ilegal —dependiendo del oficio—, no aporta credibilidad y toca lidiar con las molestas acciones de lobby de estas plataformas para asegurar niveles de precio y calidad adecuados. Es mejor no ir por libre.
El único problema de Sofía con Frinkee es el sistema de scoring. Está harta de que la aplicación no reconozca realmente su valía y dedicación a los proyectos. Aunque son los clientes los que otorgan las medallas (badges) por su trabajo, la plataforma, el algoritmo, está evaluando continuamente la dedicación de Sofía: los cursos de formación, el cumplimiento de plazos, el tiempo que tarda en responder…, hasta la actitud con que encara los problemas que surgen en el día a día. Le molesta tener que seguir los estúpidos protocolos de trabajo en equipo cuando hay cosas que puede resolver ella sola en un minuto.
Precisamente el último de los mensajes que lee Sofía tiene que ver con eso. El algoritmo la ha penalizado porque sus últimas publicaciones en la red no han sido suficientemente aplaudidas. ¡Pues claro que no podían ser aplaudidas! Eran una porquería y ella lo sabía. Estaba harta de escribir siempre pensando en lo que quieren leer los maestros de la comunidad —los más antiguos y con mejores valoraciones—. Harta de la tiranía del reconocimiento continuo por parte de un algoritmo. ¡Que les den!…, ella sabe más que un algoritmo.
Pulsuz fraqment bitdi.