Kitabı oxu: «El pesebre de los locos»
COSIMO SCHINAIA
El pesebre de los locos
Escenas de un manicomio
PRIMERA EDICIÓN

A Dario De Martis y Fausto Petrella
A las mujeres y a los hombres que estuvieron en un manicomio.
A las mujeres y a los hombres que jamás irán a un manicomio.
No había lugar para ellos.
Lucas 2,7
Pero cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto las personas y se han derrumbado las cosas, solos, el olor y el sabor, más frágiles, más vivos, más inmateriales, más persistentes y más fieles que nunca, perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan, sobre las ruinas de lo que queda, y soportan sin doblegarse en su cara casi impalpable, el edificio enorme de la memoria.
Marcel Proust
¿Qué soy ante los ojos de los demás?
Un auténtico don nadie, un hombre desagradable que no tiene ni tendrá un lugar en la sociedad.
Quisiera probar, a través de mi obra, que en el corazón de este auténtico don nadie, hay algo.
Vincent Van Gogh
Agradecimientos
Este libro no hubiera sido posible sin la intuición visionaria, la coordinación y dirección de Tomaso Molinari, el enfermero que pensó antes que nadie en la preparación de un gran pesebre en el Hospital Psiquiátrico de Cogoleto, alejándose de las tradicionales representaciones folclóricas y dando lugar a imágenes de la vida institucional en la fase de transición, en la que lo viejo agonizaba y lo nuevo no era todavía nítidamente visible en el horizonte.1 Este libro está dedicado a su memoria.
La habilidad artesanal y la creatividad artística de Bruno Galati, jardinero del Hospital psiquiátrico, fue igualmente fundamental para la realización del pesebre. A él se debe la mayor parte de las estatuillas en cerámica y papel maché y las escenas. Va mi inmenso agradecimiento. Bruno Galati transformó y transfiguró en una obra de arte pobre2 las experiencias y los recuerdos de Tomaso Molinari. Luego se consolidó como artista de estilo hiperrealista y dirigió el taller de cerámica dentro de los proyectos de rehabilitación psiquiátrica.
También me gustaría agradecer uno por uno a todos los hospitalizados y los trabajadores psiquiátricos de ese momento. Ellos aportaron sus competencias, sus habilidades y sus recuerdos, contribuyendo significativamente con el diseño y la realización del pesebre.
Un cálido agradecimiento para Giovanna Terminiello Rotondi, historiadora del arte y hoy superintendente para los bienes artísticos e históricos de la Región de Liguria. Ella reconoció inmediatamente el sentido artístico y monumental de la obra, empeñándose con entusiasmo en primera persona para su valorización y conservación. Vuelvo a agradecerle por el epílogo, donde hace un balance del estado de la obra.
También debo agradecer a Fausto Petrella, maestro y amigo de la vida, muerto hace poco tiempo, por la generosidad que mostró al escribir el bello y apasionado prólogo, que en la distancia de los años muestra toda su actualidad y originalidad.
Agradezco a Francesco Barale, Tiziana Bastianini y Giorgio Bergami; Armando Besio, Natale Calderaro y Rocco Canosa; Lino Ciancaglini, Pietro Ciliberti y Carmelo Conforto; Giorgio Cosmacini, Luigi Ferrannini y Marie Antoinette Ferroni; Antonio Maria Ferro, Costantino Gilardi y Vito Guidi; Piero Iozzia, Uliano Lucas y Emilio Maura; Giovanni Meriana, Gianfranco Meterangelis y Bruno Orsini; Paolo Francesco Peloso, Adriano Sansa y Simone Vender, quienes propiciaron de diverso modo el nacimiento de este libro y acompañaron su camino.
Un afectivo reconocimiento para Antonio Balletto, Giuseppe Berti Ceroni y Piera Bevilacqua; Aristo Ciruzzi, Michel David y Dario De Martis; Gilda De Simone, Antonio Drommi y Giovanni Franzoni; Andrea Gallo, Roberto Ghirardelli y Giuseppe Menduni; Sergio Piro, Edoardo Sanguineti y Franco Sborgi; Antonio Slavich, Gian Soldi y Gianfranco Vendemmiati, quienes no están más.
Un recuerdo particular dedico a las personas que colaboraron en el momento de la clausura del Hospital Psiquiátrico de Cogoleto: Marco Barisone, Elisabetta Biancucci y Nicola Buogo; Orietta Cagnana, Luisa Ciammella y Maurizio Cristofanini; Maurizio Ferro, Camelia Jianu y Luigi Maccioni; Claudio Marcenaro, Antonio Pischedda y Olga Schiaffino; Claudia Traversa, Simona Traverso, Cristina Valle, Massimo Valeri y a todos los enfermeros que creyeron y se empeñaron en su transformación.
Agradezco a Daniela Pittaluga, profesora en la Escuela Politécnica de la Universidad de Génova, por su compromiso con el estudio, la conservación y la restauración de las obras de arte del Hospital y, junto con ella, a Luca Nanni y Maurizio Gugliotta, quienes con sus asociaciones de voluntarios mantienen viva la memoria de esos lugares y esas historias.
Estoy agradecido al cantautor Simone Cristicchi por recordar ampliamente en su libro al Pesebre del Hospital Psiquiátrico de Cogoleto.3
Gracias, además, a Giacomo Doni, quien en 2016 publicó un libro fotográfico del pesebre.4
Por la continua atención y el generoso apoyo recuerdo y agradezco a los exintendentes del municipio de Cogoleto Luigi Cola, Anita Venturi y Mauro Cavelli y a la exviceintendente Marina Costa.
El último y particularmente intenso sentimiento de gratitud es para Margherita Loewy, quien con sus espléndidas fotografías permitió que el pesebre saliera de los fondos de un miserable galpón de un hospital psiquiátrico para mostrarse a las miradas curiosas y conmovidas de tantas mujeres y tantos hombres.
1 Molinari, T. (2008). Un eretico in manicomio, Quaderno FBC, 2. Ecig, Génova, 2016, pp. 1-67.
2 El arte pobre es un movimiento que nace en abierta polémica con el arte tradicional −del que rechaza técnicas y soportes para recurrir a materiales “pobres” como tierra, madera, hierro, trapos, plásticos− con la intención de evocar las estructuras originales del lenguaje de la sociedad contemporánea. Otra característica del trabajo de los artistas de este movimiento es la instalación como lugar de relación entre obra y ambiente.
3 Cristicchi, S. (2007). Centro de igiene mentale. Un cantastorie tra i matti. Milán: Mondadori.
4 Doni, G. (2016). Anime di cartapesta. Carmignano: Attucci.
Prólogo a la edición argentina
por Humberto Lorenzo Persano
La obra de Cosimo Schinaia Il presepio dei folli: Scene da un manicomio es en sí mismo conmovedora y compleja. Leer este libro para prologarlo me transportó a mis raíces italianas que se encuentran principalmente en el Piamonte, pero también en Liguria. Pude ver en mi interior, a través de los escritos de Schinaia, las colinas escarpadas de los Apeninos y de la ciudad de Génova, abierta al mar y a las oportunidades. Génova fue el principal puerto de partida de muchos italianos para América. Mi propia familia paterna partió luego de la segunda guerra mundial desde Génova y unos años antes mi familia materna también partió desde esa ciudad para echar raíces en la Argentina. No puedo evitar contar que provengo de una familia de campesinos, trabajadores incansables y que lograron que sus hijos accedieran a la Universidad aquí en Buenos Aires. Desde ese lugar tan añorado y entramado en mi propia historia personal y desde mi formación como médico, psiquiatra y doctorado en la Universidad de Buenos Aires (UBA), que es pública y gratuita, que además desde la reforma de 1918 posibilitó el ingreso a la misma de sectores más amplios de la población, a los cuales antes les era imposible su acceso, con esa historia es que puedo estar frente a este texto escribiendo estas palabras. Tampoco puedo evitar expresar que la lectura de este libro me produjo emociones y sentimientos intensos, a veces contrastados, a veces compartidos, tanto con el recorrido de mi propia historia personal como con el recorrido de mi historia profesional.
Escribo recorrido y en mi mente suena la palabra percorso, eso me pasa frecuentemente, y es porque me crié entre dos lenguas o tal vez tres. Durante los encuentros dominicales los integrantes de mi familia paterna hablaban, entre ellos, en italiano o en dialecto piamontés, pero a nosotros los chicos, y otra vez suena en mi cabeza las palabras I bambini, nos hablaban en castellano a insistencias de mi madre que pretendía que hablásemos bien el castellano y no mezclásemos palabras. Los domingos mi abuelo iba rigurosamente a misa y después se almorzaba en una gran familia. Crecí en un entorno católico, pero me fui alejando desde mi adolescencia porque veía contradicciones tan fuertes en el seno de la iglesia católica que aún hoy me conmueven. Me refiero especialmente a las contradicciones entre la austeridad promovida entre sus fieles y la opulencia de sus cúpulas, la represión de la sexualidad promulgada y los abusos sexuales infantiles silenciados y llevados a cabo por algunos clérigos y también acerca del predicar acerca de cómo debe ser o debe funcionar una familia sin tener el permiso para experimentar lo que implica la vivencia de formar una propia.
Leer la obra de Schinaia me retrotrajo a esas escenas infantiles, pero también me produjo sentimientos encontrados, me pregunté por qué está tan imbuida de escenas religiosas. Es innegable que más allá de sus propias creencias, que en verdad desconozco, es una obra literaria pero también es una obra que relata un recorrido escenográfico, que es propio de las artes plásticas o dramáticas, y que fue escrita en un tiempo y un lugar de un país con una fuerte tradición religiosa católica, apostólica y romana. Con lo cual, tanto la obra literaria como la obra de las artes plásticas del pesebre en el “manicomio” de Cogoleto fueron creadas y a la vez transcurren en una región fuertemente impregnada por la religión católica y eso se trasunta en el título del libro, El pesebre de los locos, como así también en la escenografía del percorso de las escenas del propio pesebre. Lamentablemente, no pude recorrerlo ni visitarlo personalmente, pero sí pude ver las fotografías del pesebre en un recorrido visual de su representación en el libro de la edición italiana. Este recorrido se inicia con una escena de nacimiento la virgen María que sostiene en sus brazos al niño Jesús y lo mira a sus ojos, con la cercana presencia de José y también con el calor que les proveen los animales, tras una valla que asimila un establo, un buey y un asno que son animales útiles en la labranza. No puedo dejar de recordar que mi padre y su hermano durmieron en un establo al calor de ese tipo de animales en un establo, por falta de lugar para ellos en la casa. Era un establo anexo a una casa de piedra en un pequeño poblado piamontés, que sí pude recorrer y vivenciar. Entiendo profundamente el valor que esos animales tienen para los campesinos italianos, y para los habitantes del hospital de Cogoleto. Pido disculpas por la licencia al hablar de hospital, sin conocerlo tampoco, pero puedo hacer analogías más allá de las distancias y usaré la palabra hospital con el sentido de hospitalidad piadosa. Lo que sigue al pesebre es una puerta que separa la escena mítica religiosa del pesebre, del cartel de acceso al trayecto que recreando el hospital “manicomio” de Cogoleto transita la historia de la Psiquiatría, los manicomios, las colonias y el lugar en el “no lugar” que ocupan los locos en la sociedad y en la cultura occidental. Ese no lugar está resaltado por el autor en algunas citas de las estrofas iniciales “Para ellos no había lugar”: Lucas 2, 7 o también a través de citas de Vincent Van Gogh y Marcel Proust en sus respectivas obras.
No me resulta una casualidad que el libro cuente esta historia a través de doce capítulos. El número doce tiene un simbolismo muy particular en la religión católica: doce apóstoles seguían a Cristo y doce meses tiene el año en el calendario gregoriano utilizado desde 1582 a instancia el papa Gregorio XIII. Esos doce capítulos del libro de Schinaia representan, según mi propia interpretación a doce estaciones que transcurren en un “lugar” y en un “tiempo” y que permiten al lector detenerse a pensar y reflexionar sobre las prácticas “manicomiales”. A pesar de que el via crucis tiene catorce estaciones, el libro parece recorrer un via crucis acerca del sufrimiento humano en las enfermedades y padecimientos mentales. A su vez, como ocurre con otros “via crucis” enclavados en la naturaleza, y entonces arriba desde mi memoria la imagen del que se encuentra en el piedemonte del valle de Uco en Mendoza, donde los fieles suelen hacer ese recorrido penoso a más de 2000 m, en un contexto austero y pedregoso. Los que se encuentran en las iglesias, a diferencia de los enclavados en ambientes naturales, suelen representar solamente íconos eclesiásticos, en cambio los que se recrean en los ambientes naturales están fusionados con la naturaleza del entorno.
Los doce capítulos del libro podrían asemejarse a las doce estaciones del recorrido por el espacio entre interior y exterior del lugar donde está enclavado el hospital. También, la lectura del libro permite una travesía por el via crucis del sufrimiento humano ante el padecimiento mental, pero a la vez, transitar el trayecto temporal en leerlo y conectarse con la historia, tal como acontece en los doce meses del año, que implican ciclos de nacimiento, muerte y un renacer de esperanzas en la vida humana.
El libro nos transporta por un recorrido para reflexionar en cada capítulo acerca del lugar que ocuparon las prácticas “manicomiales” en el campo de la salud mental para abordar distintas problemáticas del ser humano marginado del seno de su familia, sociedad y cultura por ser distinto a los demás. Todo el libro de Schinaia tiene un leitmotiv que es entre exclusión e inclusión, entre afuera y adentro. Ese recorrido, como en una cinta de Moebius, transcurre entre ese leitmotiv.
Las prácticas “manicomiales” pueden ubicarse en un lugar específico como lo es “el manicomio”, pero según mi apreciación esas prácticas están alojadas en múltiples espacios, más allá del lugar específico que tiene el manicomio en el imaginario social. Cuando se abordan los problemas de la salud mental observamos que las prácticas manicomiales se repiten más allá de la concentración de dichas prácticas en el lugar que “el manicomio” suele tener en las representaciones del imaginario colectivo social.
El libro nos lleva también por un recorrido a través del tiempo e implica hacer una travesía por la historia de la Psiquiatría, desde Pinel en adelante y con el aporte de los autores italianos, como Cerletti y Bini, en el tiempo que desarrollaron sus prácticas, hoy severamente cuestionadas, y de Franco Basaglia, en un tiempo más reciente, quien ocupa un lugar destacado por llevar a cabo las transformaciones en el vasto campo de la Salud Mental. Schinaia además de psiquiatra es psicoanalista, y entonces también aporta conceptos desde el psicoanálisis, puesto que en cada capítulo hay un espacio para utilizar el método hermenéutico para interpretar el percorso del pesebre de Cogoleto.
Antes de adentrarme en los contenidos de los propios capítulos quisiera referirme a algunos contenidos del prefacio de Fausto Petrella y el postfacio de Giovanna Terminiello Rotondi. Ambos expresan, con cierta amargura y resignación, los estragos del paso del tiempo y el deterioro de la obra del pesebre de Cogoleto. Sus respectivos autores enfatizan en la fragilidad de los materiales con los que el mismo fue construido. Elementos que tanto el personal como los pacientes, habitantes, usuarios del hospital utilizaron para su creación. Creo que, más allá de la imposibilidad de la curaduría de la obra, también simbolizan la fragilidad y lo efímero de la existencia humana. Pero además quisiera resaltar que la fragilidad de los materiales que se utilizan en el pesebre también se asemeja a aquellos que son usados para construir hábitats en contextos humanos de pobreza y exclusión. No puedo dejar de hacer una analogía con la fragilidad de los materiales con los cuales los habitantes de los pueblos originarios de América hacen sus construcciones para viviendas, chozas construidas con maderas, hojas o palmas de árboles; tal como los que se encuentran en los pueblos Wichi o Tobas en el norte argentino, o en las actuales poblaciones Mayas de América Central y México, o en poblaciones Guaraníes en Sudamérica o en pueblos amazónicos de Brasil, Ecuador o Perú por citar solamente algunos; pero también se encuentran en poblados vulnerables de América y África, sólo por citar a algunos que conozco. Sobre sus construcciones no existen curatelas y el paso del tiempo tampoco deja vestigios de su existencia. La pobreza, la locura y la marginalidad suelen invisibilizarse en todos los lugares del mundo. Actualmente, también son invisibilizadas en la virtualidad de nuestra existencia. La obra del pesebre en Cogoleto es efímera y eso obedece a que fue construida con materiales precarios y que no soportan demasiado el paso del tiempo, pero también resulta efímera por el contexto en cual fue realizada. Cosimo Schinaia nos cuenta que la llevaron a cabo sujetos que generalmente resultan invisibilizados culturalmente y eso hace que su vida sea más efímera aún. Sin embargo, el libro nos permite su recorrido y la obra posibilita, entonces, que ella permanezca viva.
El primer capítulo o la primera estación aborda la historia de la Psiquiatría italiana a comienzos del siglo XX y su relación con la ley de manicomios del año 1904. En la introducción a la nueva edición el propio Schinaia se refiere a la reconocida ley 180 de 1978, que introdujo la reforma psiquiátrica en Italia y se consolidó en la reforma sanitaria de todo Italia en 1980. Por otro lado, Schinaia describe la creación del hospital “manicomio” de Cogoleto y las relaciones con otros dispositivos en la región de Liguria y más específicamente su relación con la ciudad de Génova. El transcurso del tiempo nos transporta a los profundos cambios de perspectivas que acontecieron en el siglo XX acerca de la mirada sobre la locura, la enfermedad mental y los sufrimientos a causa de los padecimientos mentales. Ellos van desde la internación asilar hasta la adquisición de derechos por parte de los usuarios de los sistemas de salud mental y la necesidad de elaborar estrategias inclusivas para ellos en toda la sociedad. También, aborda la relación entre la enfermedad y los padecimientos mentales con las legislaciones y la justicia. Esta relación fue y sigue siendo un intrincado entramado, muy complejo y aún no del todo resuelto entre los derechos de los usuarios y los derechos y obligaciones de otros ciudadanos y el propio Estado. Desde mi lugar profesional actual como Director General de Salud Mental de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires los primeros dos capítulos del libro nos ubican frente a la necesidad de cumplimiento de las leyes de Salud Mental n. 448 de la Ciudad de Buenos Aires y de la Ley Nacional n. 26.657, donde en ambas se instrumentaron cambios en el campo de la Salud Mental y se prohíben los “manicomios”, los neuropsiquiátricos y los hospitales monovalentes. Nuevamente quisiera resaltar que, luego de cuarenta años de trabajo en el campo de la Salud Mental pública, puedo decir que el desafío de su aplicación implica la transformación profunda de los hospitales neuropsiquiátricos en hospitales polivalentes con una especialización en salud mental a través de programas especializados para problemáticas complejas, además del viraje a la atención en salud mental comunitaria, en el primer nivel de atención, todo ello articulado en redes de cuidados progresivos de atención en salud mental entre el primer nivel, el segundo y el tercero. A su vez, implica el desarrollo de dispositivos residenciales para usuarios de salud mental y evitar así la cronificación hospitalaria que, a veces, algunas patologías mentales conllevan. También implica intentar resolver las dificultades para la reinserción social de ellos, especialmente en un país como la Argentina, que cada vez se aleja más de los países que lideran la creación de puestos de trabajo. Este desafío lleva más de veinte años en la ciudad y más de diez en la República Argentina y sigue siendo un lugar de tensiones para su completa implementación, aunque estamos recorriendo ese difícil camino y hemos comenzado ese derrotero venciendo muchas resistencias a los cambios. Pero ello implica también lidiar, a veces, con la ideologización extrema, que lleva las disputas a otro campo de discusión como es la discusión política o corporativa en lugar de transitar el complejo diálogo interdisciplinar.
El capítulo dos profundiza los cambios que deben instrumentarse a través del cumplimiento de las leyes italianas y enfatiza el estado de abandono de dichos establecimientos, el poco interés en los pacientes que padecen problemáticas mentales y la mayor tasa de incidencia de ellas en Liguria. Los proyectos de transformación implican la creación de dispositivos residenciales comunitarios para entre diez y veinte personas dependiendo de las características de estos. Así como también la reinserción comunitaria a través de diversos programas culturales. También, se refiere a la categorización en tres poblaciones específicas para las unidades: ancianos, discapacitados de diverso grado y pacientes psiquiátricos propiamente dichos. Finalmente, la rehabilitación a través de emprendimientos sociales, especialmente de naturaleza agrícola dado las características de la zona.
El capítulo tres comienza con la creación del pesebre en el hospital de Cogoleto en el año 1980, muy cercano en el tiempo de la sanción de la “Legge 180”. Es aquí donde la impronta cultural de las tradiciones italianas marcadas por rituales religiosos, como lo es la recreación anual de un pesebre en los hogares y en el seno de la sociedad, toma lugar en el “manicomio” de Cogoleto. Por otro lado, el autor hace un recorrido de la historia de los pesebres en las distintas regiones italianas y bucea sus raíces en el imperio Romano, así como también su desarrollo a partir del Medioevo y sus sucesivas transformaciones. Aquí aparece la leyenda que da lugar al inicio del recorrido Per loro non c’era posto tomada del evangelio según San Lucas (2, 7): Nacido en un establo, porque para ellos no había lugar en el albergue. A pesar de las reminiscencias al niño Jesús, era frecuente entre los campesinos italianos utilizar los establos para los niños por el calor que los animales proveían, ya relaté previamente que mi propio padre durmió de niño en uno de ellos. Pero también nos recuerda el “no lugar” de los pobres, marginados y excluidos. Y Schinaia marca la entrada a un percorso por la locura y su marginalización.
El capítulo cuarto aborda el tema del nacimiento y su simbolización a través de diversos autores psicoanalíticos, así como en el propio pesebre y su relación con la Navidad. En la obra plástica se manifiestan escenas pastoriles recreadas por los autores y lo escenifican en una gruta. Schinaia le otorga un sentido de pase a la gruta, ya que el nacimiento se representa en ese pasaje. El autor profundiza en la importancia de la relación parento-filial temprana, en la mirada mutua (glance) entre madre-hijo.
El capítulo cinco profundiza la relación entre adentro y afuera pero ahora referido al rol del hospital psiquiátrico asilar y la segregación de la sociedad que sus habitantes sufren. La palabra segregación da lugar al título del capítulo. La puerta de ingreso al hospital psiquiátrico es el próximo pasaje del recorrido por el pesebre y luego le siguen escenas dolorosas de mujeres solas en la sala de estar y en las duchas. Schinaia enfatiza en la palabra anonimato a la cual los pacientes son relegados e invisibilizados. Existe una escena de un baile, pero Schinaia lo describe como inanimado, carente de naturalidad y de expresiones afectivas, como una representación de lo que acontece en sus vidas en la institución.
El capítulo seis, cuyo título es “La plaza”, describe la historia del agora griega y el forum romano que dieron lugar, posteriormente, a las plazas y las relaciona con el rol que los espacios abiertos ocupan en los dispositivos para salud mental. No sólo resalta la importancia entre arquitectura y salud mental, tema que también aborda en otro de sus libros, sino que interpreta el rol que tiene el espacio interpersonal como lugar simbólico de intercambio afectivo y del espacio entre otro ser separado; pero a la vez también a la relación del espacio y la intimidad. Sin embargo, Schinaia profundiza también en la relación de la mirada vigilante del cuidador sobre los pacientes internados, tarea generalmente llevada a cabo por los enfermeros de las instituciones de salud mental, y con ello enfatiza en el rol de control social de la institución a pesar de la apertura del espacio. Por otro lado, ese espacio abierto de la plaza, en el hospicio, está amurallado por vallas que lo separan del resto de la sociedad. Nuevamente, juega con el interior/exterior y podríamos decir entre la inclusión y la exclusión social en una relación dialéctica permanente.
El capítulo siete se refiere a la sala de los médicos en el manicomio, bien separada de las salas donde están alojados los internos. Schinaia le otorga un sentido a esta distribución, alegando una defensa de los psiquiatras contra la locura y a una manera de reafirmar su identidad en un contexto difícil como lo es la institución psiquiátrica. La visión de Schinaia por momentos se posiciona en torno a las conceptualizaciones de la antipsiquiatría y el poder hegemónico de los médicos. En el recorrido por el pesebre se los representa hablando entre sí y alejados del sufrimiento mental de los pacientes. Esta parte del libro podría relacionarse con las descripciones de Harold Searles acerca de las vivencias contratransferenciales en el tratamiento de pacientes esquizofrénicos desorganizados, que acontecieron en el tratamiento de ellos en Estados Unidos en la era pre-psicofarmacológica.
El capítulo ocho se refiere al electroshock y su rol en la psiquiatría. Fue un descubrimiento de Cerletti y su discípulo Bini, sus investigaciones en el laboratorio permitieron elaborar un concepto que posteriormente tomó Von Meduna para tratar de encontrar un sentido a la hipótesis de un antagonismo entre las epilepsias y las esquizofrenias. Sin embargo, el método fue utilizado de un modo distorsionado cuando fue indicado para corregir comportamientos o desobediencias por parte de los enfermos, lo cual lo ubicó en un lugar impropio cercano al castigo. En este sentido todas las legislaciones acerca de salud mental enfatizan en los derechos de los pacientes/usuarios del sistema, la necesidad de otorgar el consentimiento informado y la justificación de su utilización. Sin embargo, hoy existe una valoración moral negativa acerca de su utilización. Schinaia enfatiza que su utilización se perfeccionó en tecnicismos, pero concluyó en una mayor desintegración de los pacientes. Esta escena en el pesebre del manicomio de Cogoleto tiene la manifestación del horror, una cama vencida, casi partida en dos por la fuerza del uso del electroshock, en una sala vacía. Esta escena resulta conmovedora porque es la forma en que lo representan sus propios autores.
El capítulo nueve se ocupa del departamento infantil dentro del hospicio de Cogoleto. Schinaia se adentra en los aportes de la escuela británica independiente de psicoanálisis y de los fundadores de la Teoría del Apego para explicar lo devastador que resulta para la mente infantil la deprivación emocional. También, explica los desarrollos llevados a cabo en Estados Unidos sobre ese tema. Schinaia recorre la historia de los orfanatos y los lugares para la asistencia de niños discapacitados en Italia, donde muestra la sensación de desvalimiento y abandono. Se encuentran representados en el recorrido del pesebre en la escena/estación de la sala de niños y la escuela. Él enfatiza en la mirada ausente de los niños, en esa estación del pesebre, como un símbolo de la ausencia de una mirada cuidadosa sobre los pequeños y lo relaciona con el autismo. En la escena del aula del manicomio él trata de explicar cómo se representa nuevamente una escisión entre el adentro de las instituciones psiquiátricas y el afuera. La escuela tuvo que modificarse para posibilitar la creatividad, la libertad y la diversidad en la sociedad, en tanto que permanece inalterable, rígida, aburrida y con un retiro afectivo en el seno de las instituciones psiquiátricas. Nuevamente la dialéctica entre inclusión y exclusión, simbolizada entre afuera y adentro vuelve a abordarse en este capítulo.
El capítulo diez aborda el tema del trabajo. Es una sección importante del libro porque se refiere al rol que tuvo el trabajo en el proceso de rehabilitación para los pacientes con trastornos mentales severos. Schinaia hace un recorrido por la condición humana, la pobreza, la riqueza, la caridad y las diferencias sociales. Al abordar el tema del trabajo considera que el mismo se transformó en una obligación y obró como una forma de control social y no sólo como forma de rehabilitación terapéutica. El autor se introduce en el surgimiento de la Laborterapia (Ergoterapia) y la aparición de las colonias agrícolas como parte de la historia de la Psiquiatría y la Salud Mental. En este apartado se refiere a las modalidades no restrictivas de atención en salud mental (en la Argentina se llamaba Higiene Mental a lo que hoy se denomina Salud Mental). También se refiere a los modelos de asistencia a través del modelo escocés de puertas abiertas (Open Door). Aquí me gustaría realizar una puntuación sobre el texto, puesto que la Argentina recibió una fuerte impronta del modelo escocés de Open Door, que fue traído al país por Domingo Cabred. Su obra pudimos recorrerla historiográficamente y pudimos colegir que, para su época fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, era de avanzada en términos de lo que se considera en las conceptualizaciones de la Historiografía, es decir la historia de la Historia, vista desde el modelo de conocimiento de la época en la cual transcurre y no una mera interpretación histórica. Si observamos las fotografías de la época y las comparamos con la de las escenas del pesebre de Cogoleto encontraremos semejanzas, en cuanto al rol que el trabajo tenía como organizador de la vida de los pacientes con trastorno mental severo. Hoy la Laborterapia fue reemplazada por la Terapia Ocupacional y ésta se inspiró en la Argentina en los modelos italianos de emprendimientos sociales en salud mental, donde el trabajo no es un ritual mecánico, sino que resulta terapéutico en sí mismo. Los programas de empleo con apoyo, llevados a cabo a través de la Dirección General de Salud Mental en la Ciudad de Buenos Aires, son sumamente útiles para acompañar a los pacientes en procesos de rehabilitación para la adquisición de habilidades y para poder ayudarlos a descubrir sus propios intereses, lo cual genera una mayor motivación en ellos. También, tienen como objetivos ayudarlos a contar con mayores recursos a la hora de lograr una mejor integración social. El modelo hombre máquina, tan bien caricaturizado por Chaplin en su película Tiempos Modernos implica una fuerte crítica a la alienación laboral. Sin embargo, las poblaciones surgidas luego de procesos de destrucción sistemática de oportunidades de trabajo en la sociedad contemporánea, resulta tan devastador para la psique humana como lo es el trabajar alienado, aunque ambas condiciones sean muy diferentes entre sí resultan patogénicas. En esta parte austral del mundo, existen ya tres generaciones que no conocen lo que implica trabajar y eso hace que se transformen en sujetos extremadamente dependientes del apoyo externo, habitualmente a través de planes de asistencia social, estos sujetos son extremadamente vulnerables y terminan marginados del entramado social.
El capítulo once se refiere a la muerte en el manicomio. Es la parte del libro donde Schinaia relata que los que fallecen en los manicomios están condenados al olvido, a la invisibilización a través de la uniformidad de sus tumbas y muchas veces a la desaparición, ya no sólo física sino de la memoria. Quisiera hacer también una puntuación sobre algunas investigaciones llevadas a cabo en la Argentina sobre este tema. En el Hospicio de las Mercedes, durante la época Domingo Cabred, quien estaba a cargo de dicho nosocomio y de la Cátedra de Enfermedades Mentales de la Universidad de Buenos Aires (UBA) se contrató a Cristofredo Jackob, quien llevaba un registro minucioso de las muertes acaecidas en el mismo, en el libro de autopsias del hospicio. Ese libro aún se conserva y pudimos investigar que la mayoría de las muertes obedecían al deterioro que provocaba la parálisis general progresiva (PGP) por sífilis. Nuestra curiosidad nos llevó a relevar esos datos y nos sorprendió saber que la mayoría no eran argentinos, sino inmigrantes principalmente italianos y españoles, seguido luego por franceses e ingleses. Entre sus ocupaciones se destacaban los campesinos, los operarios de ferrocarriles, operarios textiles y obreros sin especificar en qué ramo específico desarrollaban sus tareas. Eran inmigrantes que venían solos a “hacer la América” y en realidad fueron determinantes en el proceso de crecimiento de la Argentina. Cuando enfermaban de sífilis, y ello los conducía a una etapa avanzada de PGP, morían en la soledad del hospicio. Muchos italiani all´estero, fallecieron en el hospicio local, sin haber podido volver a su país de origen ni haber podido organizar lazos familiares aquí. El convenio con la UBA en aquella época hacía que sus cuerpos inertes, que nadie reclamaba, fueran de la morgue del hospicio a las mesas de disección de las cátedras de Anatomía y Patología, para que los estudiantes de Medicina aprendiesen. Lamentablemente, nuestra vida es sólo un pequeño gran rodeo por este planeta y todos estamos condenados al olvido en, tal vez, tres generaciones. Los enfermos mentales tienen estos procesos acelerados y sus tumbas se asemejan a la de los caídos en las guerras, aunque éstos pueden contar con una mayor aprobación social por su coraje. También, sabemos que los sujetos que padecen trastornos mentales severos tienen menos chances de formar familias, y ello también los condena al olvido más fácilmente. La parte del pesebre referida al cementerio es sobrecogedora por la sensación de soledad que transmite, a través de la monotonía de las sepulturas, lo cual además las muestra como insubjetivables.
El capítulo doce nos acerca al final del recorrido, no sólo del libro sino también de las representaciones de la obra plástica. El final del recorrido del pesebre ofrece una vista, desde las colinas, a la multicromática ciudad de Génova, el Mar de Liguria y su bahía. El autor nuevamente apela a la dialéctica de opuestos entre el afuera y el adentro. La ciudad vista desde afuera y la institución vista desde adentro. Pueden pensarse dos perspectivas, tal vez, una la del encierro desde el horror vacuo del propio confinamiento, pero la otra como una salida hacia la libertad, la inclusión social y la vuelta al contacto con un ambiente sustentable y protegido. Creo que Schinaia nos invita a promover y favorecer esta última perspectiva, porque resulta un final que transmite un cierto halo de esperanza, hacia una salida posible hacia la libertad plena de subjetividades y diversidades en un mundo que intenta ser mejor, aunque muchas veces no lo logra y que sus habitantes sucumban en la marginación del olvido, tan triste como la melodía de Oblivion del maestro Astor Piazzola.
Ciudad de Buenos Aires, junio 2021
Prólogo a la edición italiana
por Fausto Petrella1
El libro de Cosimo Schinaia es una obra singular, que constituye un género literario en sí mismo, un poco “otro” y tan anómalo como el pesebre que lo inspiró. El libro puede considerarse como un escrito sui generis, en el que confluyen una variedad de componentes heterogéneos. Este desplazamiento puede considerarse como uno de los méritos de la obra, ya que determina su viva originalidad. Pero también es el aspecto que quizás pueda beneficiarlo mucho más que cualquier reflexión introductoria para favorecer la lectura: una simple introducción al libro y no su ubicación dentro de los cánones literarios usuales.
Al escribir estas páginas introductorias, afectuosamente pedidas por el autor –psicoanalista, psiquiatra, alumno destacado de Dario de Martis y mío en Pavía años atrás y luego valiente director del ExHospital Psiquiátrico genovés de Cogoleto– me sumergí nuevamente en las vivencias y en los recuerdos un poco remotos de mi experiencia en el manicomio. Son recuerdos siempre vivos y candentes para quien, como yo, tuvo la fortuna de poder separarse de un compromiso directo sobre estas realidades poco antes de 1978.
La experiencia en el manicomio, para quien la tuvo (yo la tuve cerca de una década) creo que puede asemejarse a la del campo de concentración o a la de la cárcel. Muchos médicos, enfermeros y pacientes hicieron justamente esta comparación. Quien la conoció, aunque sea solo como psiquiatra o enfermero, quedó duramente marcado. El problema es hoy cómo dar testimonio de esta realidad que parece, sobre todo a los jóvenes que no la vivieron, tan lejana pero a la vez cercanísima y de la que persisten residuos diversamente consistentes. Todos los psiquiatras saben que solo la muerte de los interesados permite no ver más las huellas vivientes y las marcas de un estrago que no me parece lícito sea olvidado o negado. No me considero pesimista al usar estas palabras desconsoladas. Tampoco me es posible, por otra parte, suavizar el tono.
A menudo he verificado que hoy, por una infinidad de razones que sería demasiado largo considerar, el testimonio del exinternado es, en todo caso, conmovedor, molesto para casi todos, ya sean jóvenes apurados que no quieren saber o ancianos trabajadores de los hospitales más o menos comprometidos con el pasado que no quieren recordar. Personalmente pienso (pero se trata más de modos de sentir que de pensar) que ninguna nostalgia puede mitigar el recuerdo impactante de imágenes, personas y situaciones experimentadas en el hospital psiquiátrico. En mi caso se trataba de los manicomios de Cagliari y de Voghera en vez de Génova, pero lo sustancial no cambia. Los tonos evocativos de tipo nostálgico, con acentos líricos e intensidades patéticas e idealizadas, están presentes a veces en testimonios médicos de pluma rápida que, en habitual contacto con la realidad del manicomio, creían que podían despertar del horror preciosas esencias humanas que en realidad se encuentran en todo contexto, incluso el más degradado. Personalmente no quiero a los psiquiatras de escritorio que muestran estas esencias, que me recuerdan la vieja categoría de la “falsa conciencia”. La escritura, típico medio de la memoria que se vuelve documento, siempre me resultó insuficiente y un poco artificial como para generar descripciones realmente adecuadas a la verdad del manicomio.
Siempre advertí que cada “ficción” narrativa, aunque sensible y comprometida, traiciona fácilmente el pathos de la experiencia directa, el vértigo del desconcierto y el horror miserable de esta humanidad pululante y retirada dentro de las instalaciones médicas de la enfermedad mental. Es difícil representar, en su significado de experiencia extrema, la marginación, palabra tan maltratada. La misma palabra poética, con sus inmensas posibilidades expresivas, no me satisface, como tampoco la mejor intencionada representación fílmica de la locura en la institución. Es verdad que hay algunas excepciones y quizás pueda parecer demasiado exigente y duro. El hecho es que el manicomio no encontró todavía su Primo Levi. Quizás nos haga falta una combinación entre la mirada extraña de un antropólogo valiente que esté un poco loco, el ardor del autor de las Memorias del subsuelo combinada con la lúcida hiperestesia de Carlo Emilio Gadda para el grotesco y la desarmonía equívoca del mundo.
Quien escribe sobre el manicomio, dando voces a los contrastes y a las aporías sobre las que se funda, necesariamente termina haciendo un pastiche, un lío, un desastre, para acercarse a su objeto, afinando la verdad impactante de una experiencia viva con la verdad exigida por la escritura, poco importa si es científica o artística.
Cosimo Schinaia, testigo apasionado e indignado pero industrioso activo en los trabajos de modificación de los manicomios, produjo un áspero pastiche o parch-work y, conociéndolo, sé que no podría haber endulzado los tonos. Su libro es más que un testimonio de una realidad clínica, asistencial y humana, pasada y presente. Es también el documento que narra una transformación histórica y, además, es una crítica a la praxis médico-social de la violencia psiquiátrica, protegida todavía de consideraciones no solo éticas y humanitarias sino también técnicas. Se presenta, en fin, como una ordenada sistematicidad, como una suerte de manual y como un pequeño museo del horror. El Pesebre de Cogoleto, obra oximórica, tierna y extravagante al mismo tiempo, sirvió a Schinaia de trama argumental en la que el pesebre mismo provee las indicaciones y las paradas fundamentales. El Pesebre de los locos estructura todo el discurso y así el libro encuentra en el pesebre su ilustración o su pretexto o aquello que debe recibir una respuesta.
Este teatrito piadoso y popular −a veces rústico y pobre, a veces infantil y a veces barrocamente suntuoso− otorga a niños y adultos el espectáculo ingenuo y cautivante del nacimiento de Jesús y de la llegada del Dios niño, con su familia, al mundo humano. El misterio cristiano de la encarnación de Dios se presenta en el pesebre con proporciones humanas, ambientándolo en un paisaje y en un hábitat que es la pieza fuerte de este género de narración mimética. Aquí encontramos ilustrados muchos de los ingredientes de la vida rural y campesina: muchos oficios, las figuritas inmovilizadas en las más variadas actividades, entre campo, bosques, villas y alturas. Todo puede ser observado panorámicamente y en detalle por el espectador y no faltan pesebres móviles más o menos agradables. Niño y mundo aparecen en los pesebres bien ordenados y organizados. El Niño tiene en torno a sí un mundo natural y social equilibrado y claramente organizado, mientras todos nosotros sabemos qué larga y peligrosa es para todo niño su construcción y su real incorporación vincular en la sociedad y en la cultura. Pero en el pesebre Dios y Niño coinciden, como exige la admirable intuición mítica del cristianismo y todo, al menos al comienzo, es lo mejor.
¿Podríamos imaginar una actualización del pesebre, hacerlo actual? Quizás alguno ya lo haya hecho: sustituyendo, por ejemplo, el paisaje agreste tradicional por un ambiente moderno y metropolitano, con automóviles, trenes, cohetes espaciales, soldados con mitra y reyes magos en motocicletas. Los pintores renacentistas realizaron estos anacronismos con la máxima desenvoltura y la plena aprobación del público; y así hacen hoy algunos directores teatrales, cinematográficos u operísticos, cuando, más o menos felizmente, cubren de hábitos modernos divinidades mitológicas y personajes históricos, dando a los conquistadores romanos armas actuales, etcétera. Este intento de actualización rara vez es artísticamente eficaz, lo sabemos, pero a veces es eficacísimo para valorizar el significado de una obra remota de Sófocles, de Shakespeare o de Häendel. Por otra parte, tuvimos algún hombre de teatro que organizó su pièce poniendo en escena el lugar antiescénico por excelencia que es el manicomio: pienso en Grotowski y su acción teatral con escenas típicas de manicomio ambientadas a una distancia muy cercana al público, privado del confort seguro del palco y reducido a la posición del paciente. Pero ninguno, creo, jamás pensó ambientar la Sagrada Familia del pesebre, sustituyendo del paisaje agreste la instalación rapaz del asilo, con sus células, las habitaciones de aislamiento y las de los médicos, los espacios para el electroshock, etcétera. Pastores, campesinos y artesanos son reemplazados por médicos, enfermeros y pacientes, cada uno comprometido con su papel.
Para Navidad, en muchos manicomios italianos, como en muchos otros hospitales comunes, los enfermeros siempre preparan el árbol de Navidad y los pesebres, como hacen en sus propias casas los padres con los hijos. No había nada de extraño en esta iniciativa: ¿no era el manicomio, para muchos internados crónicos, su propia casa? Esos pobres arreglos y adornos festivos lo recordaban impíamente, siendo en definitiva un acto de simpatía y solidaridad. Pero el Pesebre del Manicomio de Cogoleto tiene mucho de distinto y decididamente inédito. En su idea y construcción metieron mano pacientes y enfermeros, en un gran juego en el que participó también un artista profesional. O sea, un pesebre para conservar, no para desarmar después de la fiesta.
Antropológicamente hablando, el pesebre puede considerarse en realidad como la expresión de una cultura y de un arte que se encuentra en las antípodas del manicomio, este no-lugar sin dioses y sin obras, sin ninguna verdadera conexión comunicativa con la cultura hegemónica de la cual el pesebre es un emblema agradable. El Pesebre de los locos rompe esta fractura y contraposición y realiza una suerte de coincidencia de opuestos, saldando, con su gesto provocativo, la Spaltung de una paranoia cultural fundadora, que separa y contrapone valor y disvalor, sano y loco, mundo y no mundo. El pesebre es una representación unificadora. Cristo quizás se detuvo en Cogoleto, como se detuvo en Éboli en la novela de Carlo Levi.2 El acto unificador podría ser el gesto inaugural de una nueva cultura imposible, donde la institución completa rompe con lo externo, convirtiéndose en una parte del mundo en vez de su secreta y escondida contrapartida. Esta yuxtaposición de contrarios que no puede coexistir solo puede concebirse en el interior del discurso artístico y en realidad se intenta en las prácticas de rehabilitación posmanicomiales de hoy. En el plano del arte se trata de un acontecimiento sublime; en el plano social, según los puntos de vista, puede tratarse del símbolo de la evangelización del bárbaro o de un atentado carnavalizador de lo sagrado. Pero evidentemente queda un hecho: la yuxtaposición un poco onírica de lo sagrado con este específico aspecto profano hace saltar en el espectador la chispa de una crítica y de una reflexión; la misma que precedió a la creación de esta yuxtaposición, no se sabe cuán burlona y cuán profanante, cuán cargada de una crítica social generalizada (el mundo de todos es un desconocido manicomio colectivo). La presencia de Génova en el panorama excluiría esta última intensión expresiva y representaría una seguridad para el espectador.
En torno a esta idea concretada de un pesebre psiquiátrico, Schinaia organizó un verdadero anti-manual de psiquiatría y, además, la historia de una realidad clínica, de una forma mentis y de un sistema de vida: el de la psiquiatría institucional, junto al esfuerzo de una transformación ideológica y práctica. Lo escribió para recordarnos la institucionalización de la violencia en psiquiatría y para denunciar una vez más pero de una forma nueva, ya sea la posibilidad de que la ciencia trabaje contra una locura inerme, ya sean las profundas razones por lo que eso sucedió en la historia de la medicina moderna y podría suceder todavía, tal vez con formas nuevas.
1 Psiquiatra y psicoanalista. Fue director de la Clínica Psiquiátrica de la Facultad de Medicina de la Universidad de Pavía y presidente de la Sociedad Psicoanalítica Italiana.
2 Levi, C. (1945). Cristo se detuvo en Éboli. Buenos Aires: Losada, 1951.
Introducción
La representación del Pesebre de Cogoleto tal como se ofrece a la mirada del visitante del manicomio responde al principio según el cual debe haber plena correspondencia entra realidad y transfiguración artística. De allí que la sucesión de los cuadros del pesebre no solo no es arbitrariamente fantasiosa sino que reproduce la organización espacial, la distribución funcional y la topología de las distintas partes constitutivas del manicomio con un grado de precisión notable. Además, el juego de luces y la perspectiva permite acceder emocionalmente al clima de atemporalidad y abandono que caracterizaba la vida en el interior de las distintas secciones.
Después del portón, irremediablemente cerrado, estaban los edificios de la dirección y de la inspección, dentro de los cuales se encontraban las salas de los médicos, las oficinas administrativas, la biblioteca y parte de los aposentos de los médicos residentes. Era la zona habitada y frecuentada por las personas dedicadas a la asistencia y a la administración, vecina a la salida, con la posibilidad de fuga al exterior, un exterior que en los momentos críticos podía confirmar la identidad del médico (por lo tanto, normal), en oposición a la del paciente (por lo tanto, diferente). Todo alejado de los pabellones de internación, lugares de sádica segregación, de los que los médicos trataban de distanciarse lo más posible por seguridad.
Luego comenzaba un amplio territorio con varios pabellones de internación diseminados, todos invariablemente cerrados y sin comunicación entre sí. Cada uno de ellos estaba equipado con cámaras de aislamiento para los alterados o para aquellos que perturbaran el inhumano orden institucional, ya fuera en la anónima y desadornada sala, lugar de incomunicación en vez de socialización, o en la plaza, prolongación externa de la sala, espacio abierto rigurosamente cercado.
Cada una de las secciones tenía una sala de electroshock, llena de angustia y misterio, generalmente contigua a la sala médica, a menudo en el centro del pabellón, una suerte de memento para todos los internados; las caras asustadas, los gritos de dolor tenían un valor de prevención y de disuasión contra cada disturbio del orden del manicomio.
La sección infantil y la escuela adjunta estaban separadas de los otros pabellones para evitar el contacto con los adultos y los riesgos de que los niños pudieran ser víctimas de agresiones, pero presentaban las mismas características de abandono y de aislamiento relacional.
Después de los pabellones comenzaba la colonia agrícola, con sus campos cultivados, con los olivos y los árboles frutales, con el chiquero, los animales domésticos y las granjas bovinas. En esta área se encontraban también la carpintería, el taller, la lavandería, los atelieres y la mayoría de los lugares de trabajo.
La sucesión de los cuadros del pesebre sigue la idea arquitectónica y funcional del Manicomio de Cogoleto, que se diferencia del resto de los manicomios por no tener ni una estructura falensterial (o sea, con un cuerpo central del que parte una serie de brazos como rayos, con lo cual basta estar en el centro del complejo para controlar todo con la vista) ni una estructura con círculos concéntricos, donde los internados se disponen como en los balcones infernales más terribles, acercándose gradualmente desde la periferia al centro (para entendernos, de la sección observación a la sección agitados).
El portón y el puesto de los médicos de un lado y el extenso territorio de la colonia agrícola, por el otro, marcan los confines de la villa con los pabellones diseminados. Estos límites no eran evidentes como en las otras estructuras, más bien estaban camuflados y embellecidos por altos setos, pero absolutamente infranqueables. Al final se encuentra el cementerio netamente dividido en dos secciones: una para los habitantes de Cogoleto al que los internados del manicomio no pueden acceder y otra para los locos, tristemente igualadora, con cruces anónimas idénticas, marcadas por un número que el tiempo se encarga de borronear y después hace desaparecer completamente.
Las variantes más importantes que los artistas aficionados (pacientes, enfermeros, operarios, médicos) se permitieron en la creación del pesebre fueron: colocar el nacimiento al comienzo del recorrido del pesebre, en tamaño natural, para recordar el profundo significador emotivo-afectivo que los temas de la Navidad y de la pertenencia revisten para los internados y al final del trayecto una gran vista de Génova que desde el puerto se eleva sobre las colinas, fascinante por los colores tenues de sus construcciones, expresión de la esperanza de un retorno al lugar de los orígenes siempre latente pero largamente frustrada y remota.
Si el tema del viaje en el pesebre tradicional es “intenso como recorrido lineal hacia una meta: la gruta donde se verificó el misterioso encuentro entre lo humano y lo divino, entre nuestra finitud y la promesa de nuestra redención”,3 el viaje a través del Pesebre de Cogoleto comienza en el Nacimiento para adentrarse en los meandros del laberinto del manicomio, mostrarnos los errores y los horrores, enfrentarnos con una sutil fascinación y finalmente aparecer ante la espléndida ciudad anhelada, contenedora de todas las esperanzas de libertad y socialización, una ciudad donde sea posible la convivencia con los hombres sin sociológicos cambios de las diferencias pero también sin rígidas e inhumanas separaciones.
La construcción del itinerario narrativo quiso respetar lo más posible la marca realista del pesebre y de sus cuadros y, a menudo, el recorrido original del interior del Manicomio de Cogoleto. También quiso subrayar la posibilidad de una luz al final de un largo camino inquietante y doloroso, una llegada posible para el deseo de libertad y para la esperanza, a veces expresada o aparentemente inexpresada.
Cada cuadro del pesebre es un capítulo, una pequeña monografía autónoma, que se transforma en didascalia y se propone describir los aspectos históricos, antropológicos y psicoanalíticos que reclama la representación artística. De este modo, los cuadros del pesebre no resultan figuras fijas del pasado sino que buscan transmitir la sensación de movimiento, de evolución, de proyección. Una cierta discontinuidad, que en algunos puntos se convierte en verdadera y auténtica arbitrariedad en la selección y en la presentación de los cuadros, es el precio a pagar para evitar el riesgo de que todo se vuelva un catálogo de museo y no un instrumento vivo, utilizable para conocer la historia pero también para enfrentarse con opciones, ideas, proyectos, abandonados en el conflictivo presente de la psiquiatría, en las diversas hipótesis científicas en uso para calmar o curar el sufrimiento mental sin recurrir a la institucionalización.
Después de esbozar la historia del Manicomio de Cogoleto desde sus orígenes hasta nuestros días, describir los proyectos actuales de modificación y recordar la historia del pesebre, su diseño y realización, pasamos a la descripción de los cuadros más significativos.
La representación de la Navidad permite pasar de la ilustración de los aspectos antropológicos del nacimiento a las hipótesis psicoanalíticas sobre lo vivido y sobre el recuerdo del nacimiento. El cuadro del nacimiento expresa toda la necesidad de maternidad pero también de paternidad, de calor familiar que la experiencia del manicomio tiende brutalmente a reiniciar.
El portón inexorablemente cerrado, las habitaciones de aislamiento para los más inquietos, la sala del pabellón y la plaza son las representaciones de la segregación, de la incomunicación, de la sustracción radical de las dimensiones de tiempo y espacio.
La sala de los médicos se constituye en emblema de las groseras medidas adoptadas por los cuidadores para defenderse no solo de compartir sino también del contacto con el sufrimiento mental: los batas blancas tienen necesidad de reconocerse iguales entre sí y diferentes de los internados, para no poner en crisis una identidad que podría mostrarse frágil y postiza. En la novela de Chéjov La sala número 6,4 el protagonista, médico, comete el error de interesarse demasiado con los sentimientos e ideales de un paranoico recuperado y termina encerrado con él.
La sala del electroshock es el lugar donde las defensas de los pacientes se vuelven aparentemente más sofisticadas, sustanciándose en el ejercicio de una técnica que anula todo contacto con el Otro, que se convierte en víctima de la prevaricación y de la arbitrariedad. Sin embargo, es la ocasión para una reflexión sobre las raíces históricas de un instrumento terapéutico todavía muy usado en el mundo y que, como veremos, parece todavía sensato, al menos como extrema ratio, en el tratamiento de algunas formas como los gravísimos estados depresivos que no responden ni a la farmacoterapia ni a la psicoterapia y en los que es muy elevado el riesgo de suicidio.
Los cuadros de la sección niños y de la escuela permiten una reflexión sobre la poca atención que la sociedad dedicó a ellos y, en particular, a los niños con grave discapacidad psicofísica, sobre los culpables retrasos asistenciales y, más en general, sobre la falta de una cultura que privilegie la ayuda a la familia del niño con problemas psíquicos de distinta índole, antes que recurrir a la institucionalización.
Los muchos cuadros dedicados al trabajo dan la oportunidad para describir el paso de la laborterapia institucional (con sus implícitos ideológicos de encierro y frustración) a la rehabilitación psicosocial con la fundación de cooperativas (lo privado social) para componer una dimensión a la vez terapéutica y social de la actividad laboral.
El cuadro del cementerio dividido en dos secciones netamente separadas, una para los muertos “normales” y una para los muertos “locos” y el cuadro del transporte del cuerpo del paciente sobre un carro (que se hace secretamente de noche para no perturbar la cotidianidad de las relaciones con el exterior del manicomio y para no escandalizar) nos advierten sobre la fuerza del prejuicio y la intensidad del temor al contagio que evoca el sufrimiento mental.
Los cuadros de la ciudad de Cogoleto −que reúne finalmente en su interior la colina del manicomio con la de Génova la magnífica, bella, grande y lejana− ofrecen la ocasión para elevar la mirada y apuntarla hacia el futuro, hacia los ambiciosos y sustanciosos proyectos terapéuticos y de rehabilitación que prevén la modificación del manicomio. Los proyectos deben comenzar con el enriquecimiento de la sustancia emotiva como base de la relación terapéutica; deben ser individualizados y no masificados para evitar peligrosas e ideológicas fugas hacia adelante, racionalizaciones sociológicas para evitar la comparación con las angustias profundas que el paciente crónico comunica y traslada al curador, junto al sentido de aridez, de impotencia, de error.
Los pacientes del exHospital Psiquiátrico de Cogoleto tienen derecho a ser resarcidos con un futuro tan digno como realmente transitable e intentan mostrarlo a través de su pesebre.
3 Riolfo Marengo, S., Prefacio en (1996) I Presepi di Liguria. Milán: Scheiwiller, pp. 9-11.
4 Chéjov, A. (1892). La sala número 6. Madrid: Eneida, 2011.
Introducción a la segunda edición italiana
por Cosimo Schinaia
A pesar de que la Ley 180 (aprobada en 1978 e incorporada en la Ley 833 de Reforma Sanitaria de 1980) sancionó el fin de los hospitales psiquiátricos en Italia, fue necesario esperar hasta fines de la década de 1990 para que estos lugares de exclusión y violencia institucional fueran definitivamente modificados y cerrados.
En los entretejidos de este histórico retraso encontramos que, en los primeros años 80, algunos enfermeros e internados, con la colaboración de algunos médicos, diseñaron e implementaron la construcción de un gran pesebre que representara las vidas, los sufrimientos y también las esperanzas y los sueños de las mujeres y de los hombres recluidos en el manicomio de Cogoleto. El pesebre, de más de 500 m2, se construyó y se instaló en los subsuelos del pabellón donde antes se encontraba la imprenta y fue inaugurado en 1984, después de cuatro años de trabajo intenso y voluntarioso coordinado por Tomaso Molinari, un enfermero visionario y entusiasta. Con la ayuda de muchos pacientes, liberados en el amplio perímetro cerrado del manicomio para buscar materiales pobres (palos, ramas, cables, tejidos, poliestireno, muchos materiales descartables) para preparar la escenografía del pesebre, la mayor parte de las ambientaciones y de las estatuillas la realizó creativamente Bruno Galati, un joven jardinero del Hospital Psiquiátrico con manos de oro. Más tarde dirigirá la escuela de cerámica pensada para la actividad arteterapéutica de los pacientes y se convertirá en un artista destacado por sus obras hiperrealistas. A diferencia de los pesebres tradicionales, que se arman y se desarman después de las fiestas para rearmarlos nuevamente al año siguiente, el Pesebre de Cogoleto fue pensado y realizado como una obra estable que funcionara como memento permanente gracias a la fuerza ética y estética de su mensaje.
La elección de representar el sufrimiento en el interior del manicomio mediante la construcción de un gran pesebre reside en la fuerza evocativa que el pesebre posee como lugar privilegiado de los recuerdos de la infancia y como representante simbólico de una religiosidad espontánea y popular enriquecida por la hibridación con el mundo de los sueños, de los cuentos de hadas y del folclore campesino sobre las que se asientan las raíces culturales de los pacientes internados.
En el Pesebre del Manicomio de Cogoleto, a diferencia de otras representaciones artístico-artesanales similares, no hay nada consolador: el dolor, con acceso directo desde distintos ángulos, es inmediatamente visible, perceptible y compartido. No hay espacio para arreglos, para enmascaramientos defensivos. La recreación despiadada de un universo concentrado a través de una serie sucesiva de cuadros y escenas se puede considerar como un documento excepcional, un testimonio incomparable de la forzada y opresiva cotidianidad de los hospitalizados.
Función catártica y función pedagógica, función histórico-documental y función denunciante, función defensiva y función auto-observadora encuentran en la singularidad de este pesebre una mágica coexistencia.
Gracias a la primera publicación de este libro en 1997, las conmovedoras estatuillas del pesebre saltaron los muros del manicomio para encontrar amplia resonancia en los diarios nacionales y en muchas revistas populares, científicas y culturales.
Las bellas fotografías de Margherita Loewy se transformaron en íconos de una realidad para conocer, para no remover y para superar −y también en testimonio y símbolo de vitalidad existencial.
Así como a veces una planta es capaz de crecer exuberante en el desierto sin entenderse cómo se logró ese milagro de la naturaleza en condiciones ambientales tan desventajosas, así la creatividad colectiva y una producción artística sui generis, probablemente única en el mundo, lograron enraizarse en el árido terreno del manicomio por razones tan reparadoras y misteriosas como fascinantes pero también, y sobre todo, como testimonio de la extrema y heroica supervivencia del yo en el desierto de las relaciones humanas.
Hoy el pesebre, a casi 35 años de su construcción, a pesar de la profusión de deseos y promesas por parte de políticos y administradores, muestra a los ojos del visitante un grave estado de abandono: lleno de polvo, arruinado, víctima de la negligencia y el descuido. Sigue todavía en los subsuelos del mismo triste pabellón, dentro de un área fundamentalmente abandonada y vacía de proyectos reales y adecuados para su reutilización.
Lo que fue visto y contado como emblema de esperanza liberadora parece haberse transformado en emblema de una decadencia culpable. En cierto sentido, el destino del Pesebre del Manicomio de Cogoleto va, pari passu, con el destino de todas las esperanzas de recuperación de la zona de 100 hectáreas donde nació el hospital psiquiátrico. Allí encallaron varios proyectos, entre ellos el de un campus estudiantil y un jardín botánico para la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad de Génova, incluso pensado con admirable clarividencia.
Después de muchos años, regresé a visitar el pesebre junto con Giovanna Terminiello Rotondi, destacada historiadora del arte. Juntos −yo en mi función de director del Hospital Psiquiátrico y ella como superintendente para los bienes culturales e históricos de la Región de Liguria− habíamos creado hacía más de 20 años una asociación para la salvaguarda, la restauración y la valorización de las importantes obras artísticas presentes en el interior del área del manicomio. Las obras sobre tela del pintor Gino Grimaldi, de principios de 1900, internado en el manicomio, encontradas en la iglesia del hospital psiquiátrico, fueron restauradas y colocadas en un oratorio de la ciudad y expuestas al público incluso en algunas muestras importantes.1 El notable deterioro de las pinturas murales de Gino Grimaldi en el interior de la iglesia se detuvo gracias a la intervención del Administrador comunal, de algunos espónsores y de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Génova, así como por algunas asociaciones de voluntariado fundadas para la puesta en valor de estas obras. Sin embargo, el gran pesebre no interesó a nadie. Los decorados aparecen deteriorados por el avance de las ratas, los bastidores están tristemente desgastados, rasgados y caídos; las bellas estatuillas, rotas y derribadas.
¿Cómo es posible que una obra tan significativa, plena de gran originalidad creativa y de gran valor documental esté abandonada a un olvido tan culpable?
¿Dónde quedaron las promesas de una reubicación de la obra en un ambiente en el que pudiera ser custodiada, protegida, conservada y expuesta luego de una adecuada restauración?
Tengo la triste sensación de que tal abandono acompaña el fuerte descenso de recursos y equipamientos para el Servicio de Salud Mental que comenzó luego de la clausura de los manicomios. Aquellos deberían apoyar −en condiciones terapéuticas y asistenciales dúctiles y, por lo tanto, no principalmente por prejuicios ideológicos− proyectos de cuidado y de rehabilitación social de las personas sufrientes.
Situados a menudo en lugares no pensados ni proyectados ni destinados específicamente para el cuidado de la psiquis, sin un principio arquitectónico uniforme que considere tanto las necesidades emotivas, afectivas y espaciales de las personas enfermas como las exigencias terapéuticas y asistenciales de los profesionales, estos servicios aparecen a menudo sucios y en mal estado. Con frecuencia vemos la triste y gris reutilización de espacios pensados, construidos y amueblados para desarrollar otras funciones sanitarias o socio-administrativas (por lo tanto, residuales y de rejunte) sin una función terapéutica individualizada y específica. Esta falta de unión entre ideas arquitectónicas y pensamiento terapéutico frecuentemente ofrece lugares anónimos, indefinidos, sistemas binarios habitación-corredor, desalmados, desprovistos de capacidad de contención, apoyo emocional y socialización. Allí los hombres y las mujeres dolientes se transforman en objetos terapéuticos pasivos, con divisiones espaciales sin sentido que no facilitan la recomposición de las escisiones psíquicas sino su permanencia.
El espacio de cuidado y de asistencia ha sido históricamente objeto de reflexión de psiquiatras y arquitectos, si bien frecuentemente en términos demasiado paternalistas y autoritarios. En el diseño de los hospitales psiquiátricos se pasó de las antiguas estructuras falansteriales −según el modelo del Panopticon de Jeremy Benton, que tenía como objetivo principal la transparencia y el control visual absoluto− al hospital psiquiátrico de Esquirol,2 para quien el asilo no era un presidio terapéutico entre otros instrumentos pero eso mismo era la cura. Según la concepción esquiroliana, en el siglo XIX el manicomio es una auténtica y real máquina de recuperación. Se propone como estructura monolítica y autista, caracterizada por una geometría lineal y grandiosa, marcada por el neoclasicismo y sostenida por la simetría como símbolo de autoridad, orden y equilibrio. Esquirol, que proyectó el hospicio de Charenton junto con el arquitecto Emilie-Jacques Gilbert, sostenía que el diseño de un manicomio no es algo indiferente como para dejarlo solo en manos de los arquitectos. Tanto en contra del manicomio de Esquirol como del panóptico de Bentham, quienes destacaban las características de concentración y rígido reparto claustral de los espacios, maduraron aisladamente experiencias para que el manicomio sea lo más parecido posible a un pueblo rural.
En este sentido se orientaron la experiencia belga de Gheel, el sistema de cottages difundido en Inglaterra y el del open door difundidos en Escocia.3 Luego, la sustitución por la obsesión de la transparencia universal y del absoluto control visual, de la plena inspección, además de los aspectos del manicomio más marcadamente segredadores, tomó la forma de una arquitectura asilar que sugiriera y proyectara espacios ordenados que pudieran actuar educativa y autoritariamente sobre el desorden emotivo y afectivo del enfermo mental.
Los establecimientos nacen como un pueblo desparramado, con pabellones separados entre sí y rodeados de verde, donde la vida y el trabajo al aire libre pero en un lugar separado del resto del mundo y absolutamente autárquico y autorreferencial pudieran ser de suyo autores del cuidado y del bienestar, apoyados sobre el convencimientos del orden autoritario y la condescendencia pedagógica. Obviamente, la modalidad excluyente y represiva con que se afrontaba la enfermedad mental determinó en los manicomios una división de los espacios netamente diseñada en términos coercitivos y violentos, a pesar de los presuntos intentos higiénico-naturalistas. En una parte estaban los locos; en otra, los psiquiatras, quienes, por su cuenta y entre ellos, cuanto mucho debatían acerca de los locos pero en un lugar aparte, en habitaciones distantes de los lugares de hospitalización. No había encuentro y, si lo había, el contacto sucedía en los espacios médicos, nunca en los lejanos pabellones donde residían y se amontonaban los internados, a veces en condiciones impiadosas y gravemente degradantes. Los enfermeros accedían a las enormes cámaras de internación solo por el tiempo estrictamente necesario para el mínimo mantenimiento de la higiene personal y ambiental y para la distribución de los alimentos y los psicofármacos. Cumplida esta tarea, se alejaban lo más rápido posible para refugiarse en otros espacios separados y protegidos, con el fin de evitar un contacto prolongado y protegerse del riesgo de contagiarse la locura.
En las actuales secciones psiquiátricas internas de los hospitales civiles, la división de los espacios es menos neta y menos distanciada que en los manicomios y, al mismo tiempo, más estructuralmente diferenciada: junto a los sectores de internación se encuentran las salas de los enfermeros, la de los médicos, la guardia, la cocina, etcétera. Se trata de espacios de decantación, de descompresión de la angustia, o sea, espacios utilizados para el reconocimiento defensivo de la identidad del grupo de sanos opuesto al grupo de los enfermos, refugios para retirarse del encuentro fatigoso y algunas veces insostenible con la enfermedad, el dolor y la locura.
El diseño de los nuevos espacios asistenciales debería tener en cuenta, en primera instancia, las necesidades (primarias y secundarias) de los pacientes, pero deberían estar presentes también las necesidades de los trabajadores de la salud, para mantener su equilibrio psíquico, sus necesidades defensivas ante un contacto intenso y prolongado con elevadas cuotas de dolor y de desesperación. El diseño de lugares intermedios, de transición, de mediación, evitaría las fugas clandestinas, de escondites inflexibles para la no consumación de las angustias, de refugios aparentemente seguros, esencialmente anti-relacionales y separadores.
Hipócrates de Cos sostenía que la curación también está unida a las circunstancias externas, al ambiente de curación, por lo que, en los asclepia, los hospitales de la Antigua Grecia, había un espacio para la belleza arquitectónica, para el teatro, para la pintura y para la escultura. Ya Leon Battista Alberti, en el siglo XV, hablaba de arquitectura con función terapéutica en la introducción a De re aedificatoria4 y en el Renacimiento los hospitales tenían los techos y las paredes con frescos. El mismo pensamiento que atribuye una función terapéutica al espacio de la arquitectura sanitaria se repite en el período iluminista con la valorización de los conceptos de higiene psíquica y moral.
También el Modernismo, en los inicios de 1900, sostiene firmemente la potencialidad terapéutica del ambiente arquitectónico, pero en términos completamente diferentes, si no al revés, respecto del pasado. De acuerdo con los principios de la transparencia y de la luminosidad surgieron hospitales, colonias estivales, sanatorios, cocinas modelo. El antiguo concepto forjado por Juvenal de la mens sana in corpore sano (Sátiras, X, 356) se transfiere del cuerpo humano al ambiente que lo acoge y lo cuida. La distancia del reconocimiento de la centralidad del equilibrio psicofísico se vuelve poco a poco sideral. Después del período iluminista, desde la Modernidad en adelante, los hospitales fueron pensados casi exclusivamente como máquinas sanitarias con la función prioritaria de salvar a los vivos. Para ellos fueron diseñadas y realizadas soluciones arquitectónicas cada vez más asépticas y anónimas, que permitieron el control transparente y purificatorio de las enfermedades a través de la penetración desinfectante de la luz del sol y de las sustancias higienizantes.
Los espacios pensados desde esta óptica están en función de las lógicas terapéuticas medicalizadas, en las que no está contemplada ni es compatible la integración entre la enfermedad para erradicar y la persona para curar, por lo que la distancia emotiva del paciente y su enfermedad resulta automática, se da por descontada. Así, para ciertos casos, la neutralidad emotiva y la ignorancia afectiva son prescriptas como necesarias para la eficiencia técnica de la organización terapéutica. Las mismas características de neutralidad e ignorancia se proponen nuevamente en el espacio hospitalario moderno, donde el uso de los colores −del blanco al gris, al verde suave o al celeste− de los materiales (metal y materiales sintéticos), de las luces y de todos los muebles tienen como único objetivo la higiene, la calidad prestacional. Prevaleció en el tiempo la atención volcada a las satisfacciones de las exigencias dimensionales, funcionales e higiénicas y se descuidó la potencialidad del ambiente externo para favorecer procesos interactivos y comunicativos entre los individuos, actividades terapéuticas, equipamientos y maquinarias, sin reconocer la incidencia emotiva del espacio del sujeto que trabaja en ese espacio y del sujeto enfermo que usufructúa ese espacio. El arquitecto finés Juhani Pallasmma,5 contrario a la presunta neutralidad de los ambientes, sostiene la necesidad de re-sensualizar la arquitectura: la creciente importancia de la vista (el óculocentrismo) y su rol hegemónico en la cultura occidental (centrada en las imágenes y en la tecnología) provocó la pérdida del sentido del tacto en la arquitectura y el consiguiente achatamiento y desapego del hombre. El ambiente acogedor no puede referirse a los modelos holísticos y racionalistas, esencialmente despersonalizados (hospitales tradicionales y clínicas), que se reconfortan con referencias culturales fuertes, como “la máquina de la salud” de Le Corbusier, modelos defensores de la total sanitización de los espacios, del uso imponente del blanco. Estos modelos son rechazables porque promueven la censura comunicativa y constituyen un obstáculo insuperable para hacer cambios horizontales, ya que enfrían las emociones, los sentimientos y sus expresiones (Schinaia, 2019).6
Aunque todavía hoy no esté del todo claro en qué términos debe pensarse la conexión entre psicosis y ambiente por la complejidad de las interrelaciones y la multiplicidad de factores que causan los trastornos, se asiste a la falta total de estudio y programación de los espacios usados para la cura de la enfermedad mental, de proyectos que favorezcan la personalización y la revitalización de los pacientes y la protección de las relaciones terapéuticas en vez de a serias inversiones proyectuales. Son pocos los autores que se han interesado específicamente en esta temática. Por una parte, está la exigencia de integrar las instalaciones psiquiátricas en el tejido urbano, de encontrar un modo armónico de fundirse con el paisaje, borrando la imagen estigmatizante de la diversidad y sustituyéndola con la propuesta de lugares tranquilizadores, protegidos y abiertos al barrio, a la ciudad; por otra, sin embargo, son poquísimos los modelos arquitectónicos y administrativos frente a las exigencias terapéuticas de los pacientes que propongan recorridos, trayectos diferenciados, específicamente individualizados, no necesariamente exlusivos, que tengan en cuenta elásticamente la necesidad de soledad, a veces de aislamiento participativo, la necesidad de contener la confusión, lo indiferente o, por el contrario, tolerar lo defensivo y rígidamente escindido.
Por un lado, es necesario proponer lugares funcionales y estéticamente especializados, también arquitectónicamente definidos y reconocibles en su función, donde la comunicación de la demanda de cuidado y la oferta de una prestación terapéutica y asistencial sean formalizadas, institucionalizadas como, por ejemplo, las salas de primera consulta y de psicoterapia, tanto individual como grupal, en el interior de los Servicios de Salud Mental regionales. Por otro, es absolutamente necesario prever que estos recorridos estén interconectados con lugares intersticiales,7 separados de un lenguaje formal y fuertemente codificado, abiertos a una comunicación informal, menos jerarquizada y divisiva, donde pueda depositarse lo que en la psiquis está latente de estructuración y de sentido, que queda informe, sin formular, en “transición”.8 Donde, además, se diseñe la grandeza de las salas, la luminosidad de los ambientes, el colorido de las paredes, la disposición de los muebles para una función terapéutica menos preestablecida y circunstancial. Un espacio intermedio entre relación común y relación especializada, entre la espontaneidad del encuentro humano y la intencionalidad del marco terapéutico.
Tampoco se trata de reproducir tout court la excesiva personalización del ambiente doméstico en el nuevo ambiente de curación, como sucedió más o menos en algunas experiencias de reproducción mecánica de las habitaciones de los ancianos en las residencias geriátricas. Sería una transposición más que inútil, engañosa y confusa porque sustituiría la elaboración de la pérdida con un relleno superficial y postizo. Y tampoco es necesario pensar los lugares de residencia excesivamente pintados e inescrupulosamente inconformistas que, a través de una suerte de ideología Disneylandia, remitan más a un entretenimiento infantil que a un cuidado respetuoso.
Anna Ferruta escribió:
“La arquitectura-cultura psiquiátrica institucional para el cuidado del enfermo psíquico debe afrontar una cuestión compleja, encontrar construcciones espacio-temporales para el desarrollo de relaciones vivas para ambos sujetos en juego, que permitan unir belleza, creatividad, participación, individualidad. En la relación terapéutica se pueden edificar construcciones sólidas pero extrañas […], que terminan por volverse prisiones en las que la vida psíquica se encierra, languidece y muere. […] También una estructura arquitectónica muy individualizada, no muy rigurosa, en aparente contraste con las leyes de gravedad compartidas, puede terminar por ser una prisión igualmente enjaulada, un movimiento falso, una ideología de movimiento, un continente transformado en contenido, que no permite diálogo, parejas, encuentros libres, acercamientos y alejamientos.”9
Es objetivamente más difícil pero seguramente más fascinante pensar y después crear recorridos auténticos de libertad y de democracia que faciliten, acompañen y protejan la entrada y la salida, el pasaje de lo externo a lo interno y viceversa, y diseñar trayectos que se entrelacen e interconecten con los espacios de descanso y de espera o de simple pasaje, espacios de transición que habitúen al nuevo pasaje y que permitan el duelo de lo viejo sobriamente, sin descartes, sin lágrimas, respetando el tiempo crítico de elaboración. Es siempre más evidente el debilitamiento hasta su desaparición de los estados de transición, de dilación, de los lugares intermedios entre condiciones y fases existenciales diferentes, que permitan los fisiológicos pasajes de estado, establecidos por la communitas, con ritmos y modos adecuados a las exigencias humanas, como los descriptos en su ritualidad por Arnold Van Gennep10 y Victor Turner11 que introducen el límite, el margen, el momento de la suspensión entre la separación del pasado y el nuevo estatus con aspectos de ambigüedad e indeterminación. Reducir hasta su anulación los ritos de pasaje que marcan las fases de transición intenta cancelar el tiempo de duda y de espera, el tiempo del necesario re-conocerse para transformarse. Psiquiatras y arquitectos deberían estudiar juntos lugares que permitan y respeten los tiempos y los ritmos de las mujeres y de los hombres sufrientes sin recurrir a soluciones arbitrariamente cortocircuitantes y, por lo tanto, autoritarias. Igualmente importante sería evitar la realización de soluciones arquitectónico-funcionales ambiguamente demagógicas, simplificadamente facilitadoras y vicariamente protésicas, que puedan reducir la potencialidad de autonomía y de regeneración psicofísica, bienes para salvaguardar e incrementar durante la curación.
Lugares que participen de lo doméstico y de lo público, a través de la mezcla cada vez más aceptable de elementos nuevos y desconocidos, lugares de reconocimiento y valorización de la identidad anterior y que, al mismo tiempo, faciliten el reconocimiento de la nueva identidad, ahora como enfermo. Participar de lo doméstico y de lo público quiere decir alejarse de las distancias espaciales convencionales para pensarlas de nuevo, donde el contacto sea cálido, participativo, próximo al familiar y, al mismo tiempo, lo suficientemente formalizado y respetuoso de la condición de sufrimiento y de sus respectivos límites para no terminar en esa ausencia de espacio que a menudo caracteriza confusamente los contactos íntimos entre las personas.
Espacios empáticamente participativos pero no invasivos, protectores de la intimidad pero no autoritariamente prescriptivos, discreta y sutilmente capaces de garantizar la necesidad de la persona enferma de aislarse sin tener que renunciar a la posibilidad de comunicación con los otros, cuando lo considere necesario.
Alguna vez nosotros, los psicoanalistas, hemos tenido la tentación de referirnos a un mundo interno mítico y mitificado, en el cual éramos expertos y exegetas, perteneciente a un ser humano desconectado de los paisajes que había formado, de las circunstancias y de los imprevistos de la historia real, de la fluctuación de sus fronteras. No obstante, después de una fase de idealización de la separación del mundo interno, ciertamente derivada de la cultura positivista, la cual no dejaba espacio para la determinaciones emotivo-afectivas en la observación de los hechos, siempre hemos notado que el conocimiento y el cuidado de lo interior exigen tanto el abandono de restrictivas competencias de escotomización como un curioso interés y un cuidado atento de lo externo, sin cortes ni cesuras. El territorio externo es interno para S. Freud, pero los territorios internos invaden y transforman la composición, la división y los límites de los territorios internos en un trabajo de ósmosis continua y sin fin. Buena parte de nuestra identidad se encuentra fuera de nosotros: en los objetos que nos rodean, en los muebles y en los inmuebles de nuestras habitaciones, en nuestros vestidos, en nuestros recorridos. Lo mismo pasa en nuestro cuerpo: su superficie, la piel, es una suerte de membrana osmótica que separa el espacio interno del externo. La arquitectura −específicamente la orientada a los establecimientos comunitarios− puede ser entendida como una continua elaboración de las zonas que separan y unen los mundos internos y privados con la esfera social, que organizan las entradas y las salidas de un espacio a otro. El estudio de los espacios de contención que ponga en discusión el espacio ordenado −como lo hemos visto y observado y nos ha sido transmitido por una parte significativa de la producción arquitectónica− representará un intento de ampliación de sentido y de sentidos, una transformación de Unheimlich a Heimlich sin atajos intelectuales, un vínculo entre lenguaje corpóreo y espacio, entre el inconsciente y su hábitat. Además de un crecimiento y potenciación de las funciones de contención que los espacios habitables no lograron tener plenamente por como fueron pensados y construidos hasta nuestros días, no lograron garantizar aquellos aspectos de la mente que no son normalizables sino con el precio de pesados e ineficaces actos represivos. Se trata de espacios donde se ubican conflictivamente la necesidad de refugio y el deseo de exponerse; espacios que contienen las contradicciones sin aspirar a una calma fingida. Auténtica hospitalidad quiere decir, antes que nada, aceptación absoluta de los numerosos yo, de la alteridad constitutiva del yo, de todo aquello que es humano.
Evidentemente, hay que evitar transposiciones rápidas e ideológicas, para que el contenido del sufrimiento psíquico pueda ser automáticamente facilitado por espacios que sugieren desorden, inestabilidad, precariedad, incompletud, en oposición al orden represivo y mortal que informaba de sí, por ejemplo, los ambientes de los manicomios y que todavía caracteriza muchos lugares comunitarios. Los espacios arquitectónicos no son por sí mismos, por el solo hecho de ser pensados y organizados en función de objetivos específicos, de modificar sustancialmente las relaciones y los comportamientos humanos cuando estos tienen raíces en la cultura, en las costumbres y en las convenciones sociales. El espacio arquitectónico, teatro contenedor de las emociones y acciones humanas, todavía tiene la posibilidad de intervenir e influir en los procesos transformadores de la persona, en sus vivencias, en sus comunicaciones, en sus comportamientos si no pretende ser uniforme y exclusivo. De elemento neutro, pasivo, ligado solamente a su lógica funcional, puede volverse sujeto activo, atractivo, estimulante y mudable, capaz de adaptarse a las exigencias personales de quien lo vive, otorgando consuelo, confianza y, por qué no, serena comprensión y aceptación de la diversidad, permitiendo pasajes entre lo que parece familiar y lo que aparece como extraño, entre lógicas de intercambio y de agresividad, entre cuerpos que en el espacio público pueden eludirse, abrirse a los otros. La arquitectura hoy debería pensar en lugares de contención y de cura que tengan que ver cada vez más con la distinción o la indistinción entre yo y no yo, entre caos y orden, entre mundo interno y mundo externo, entre diferenciado e indiferenciado. Espacios contenedores de exigencias múltiples, complejas, de composición y descomposición del sujeto, de construcción y deconstrucción, que puedan dar hospitalidad también a las partes de nuestra mente hasta ahora valoradas como inhospitalarias, para expulsar, o para reprimir, censurar o convertir.12
Uno de los modelos de referencia para las comunidades de rehabilitación psiquiátrica podría ser el recorrido arquitectónico del monasterio, lugar de recogimiento y de dulzura, amable caridad y de cariño fraterno en las relaciones humanas. La celda es lugar de máxima privacidad, maternal en cuanto es íntima y contenedora, dedicada al reposo nocturno, pero también paternal ya que está consagrada a la contemplación, al recogimiento y al estudio. De manera cuidadosamente equilibrada se llega al claustro, donde las celdas de los monjes se asoman a un patio común, que tiene en su centro un jardín para cuidar. El jardín está circundado por un pórtico que, a su vez, poniendo en contacto lo descubierto con lo cubierto, sirve para caminar y de reparo. Además, es lugar de conversación calma e íntima, de meditación silenciosa y colectiva, donde los hilos de la atención se entretejen con el adentro y el afuera, viajan entre la irreductible singularidad de cada uno y la variada composición de una comunidad.13 Se llega, de ese modo, a la sala capitular, lugar público e institucional paterno, donde se desarrolla la mayor parte de las reuniones de los monjes relacionadas con el funcionamiento del monasterio y de la comunidad, lugar democrático de opiniones y de afectos, donde el liderazgo se ejercita a través de la escucha. En la sala capitular se discuten los órdenes del día o se elige al abad cuando falta; se discute, además, la admisión al noviciado y también las ganancias o ventas de terrenos, o se enfrentan con el apoyo colectivo delicadas cuestiones personales, como cuando un hermano pasa por una crisis existencial y/o religiosa. El capítulo monacal representa el primer ejemplo de democracia efectiva donde se da a los monjes el derecho de expresar libremente el propio parecer sobre todas las cuestiones que preocupan al monasterio. Después está la iglesia, en cuyo interior se encuentran el oratorio, el coro, que habitualmente aloja a cada uno de los monjes en su propio estalo, de pie, con los codos apoyados de costado en los balcones, lugar central de la comunicación oral fuertemente ritualizada y normativizada y donde el día se cierra con Completas, la última oración. Y atravesando los corredores, entrando en la austera biblioteca, espacio dedicado a la lectura y a la conservación de los libros, al fin se llega al refectorio, lugar de convivencia y de alimento para el cuerpo y el espíritu, lugar del intercambio también ritualizado pero menos formalizado, menos vinculante, más libre, en cierto modo preludio, junto a la sala capitular, de una sociabilidad que prefigura lo externo, la salida al mundo del monasterio a través de lo abierto de la plaza, del mundo, mediada por “varias actividades laborales que se realizaban en espacios preparados para eso, […] con aspecto de pequeños talleres.”14
Pulsuz fraqment bitdi.