Kitabı oxu: «Parajes»

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Fuegos

Anoche, desde la tranquera que da al camino, el lugar ideal para ver el río o lo que siempre imagino que es el río –esa curva azulada, casi nube–, el lugar ideal para proponerme que esta vez llegaré de nuevo hasta su orilla, como si estuviera realmente muy distante, anoche, desde ese lugar que es donde me bajo del coche cuando voy llegando para caminar despacio hasta la casa, anoche, desde allí, vi de golpe, algo que confundí primero con los rojos del atardecer pero que, poco a poco, comprendí que eran fuegos, varios fuegos cubriendo de un rojo inesperado la línea del horizonte en el bañado. No pude dejar de mirar cómo el viento agitaba esos colores llameantes mientras la noche se hacía más de noche. Un rato después, en la galería, hablamos de la quemazón que se convirtió en motivo único de conversación y conjeturas. Nada es seguro en el campo: el origen del fuego puede ser intencional o fortuito y hasta puede cambiar de causa varias veces en el transcurso de la charla. El fuego también puede desaparecer de la vista durante el día y volver a brillar a la noche con toda su potencia para esfumarse definitivamente sin que hubiera llovido: así la quemazón quedará suspendida en la cápsula del campo como un tema, como un juego de palabras, como un temor que no se dice en voz alta, como un temor que imanta otros temores.

Anoche, al costado de la quemazón, vi también unas luces muy muy lejanas que podrían indicar (repito, nada es seguro) que algún paraje nuevo se estuviera formando al otro lado del río o quizás, simplemente, que el paraje ya existiera pero resultara invisible porque no tenía luz, luz eléctrica, como la que logramos tener hace unos años. Pero lo asombroso es que en el campo nadie sabe su nombre ni dónde queda exactamente. Se dice que se armó con gente que vino de Solari o de Perugorría o de cualquier otro lugar cercano pero que los que viven allí no son dueños, son cuidadores, vendría a ser un paraje de gentes que cuidan el campo de dueños que viven en Buenos Aires o en Brasil. Un paraje de cuidadores, podríamos decir. Nada se sabe pero yo veo, por primera vez en mi vida, que hay presencia humana al otro lado de lo que siempre pensé que era el fin del paisaje, el fin exacto de mi mundo. Quizás estuvieron allí desde hace mucho, incluso desde antes de que tuviéramos esa línea de cables que comienza en la ruta y termina en el patio y quizás también se sorprendieron cuando pudieron ver, a lo lejos, nuestras luces.

La mañana

Hay días en que lo único que quiero al despertarme es escuchar el silencio del campo. Pero hay otros en los que solo quiero escuchar el sonido del clarinete de Doreen Ketchens subiendo hasta el balcón de mi casa en Barracks Street desde alguna esquina de la ciudad. Casi nunca encuentro el disco en el primer intento y comienzo a buscarlo, todavía en ayunas, adormilada, con la angustia que produce buscar algo que uno sabe que si se pierde es casi imposible de recuperar. Quiero escuchar en mi mañana de Balvanera cómo suena el clarinete de esta mujer que hace estremecer el instrumento, sentada en una banqueta de lona o una silla de plástico en la vereda de una esquina cualquiera, por ejemplo la de Toulousse y Royal Street. Quiero escuchar cómo convierte en música de Nueva Orleans todo lo que toca, incluida una versión única, irrepetible, de Summertime. Esa música me acompaña, está conmigo, aunque hace años que no vuelvo a la ciudad, años que no circulo por sus bares ni cruzo el río en dirección a Algier.

Atravesar ese puente, en ese punto, provoca una sensación de final y de comienzo, tiene una brusca manera de depositar al que lo transita en un lugar absolutamente diferente del que partió. Algier es –o era– una ciudad proletaria, derrumbada por la pobreza. Los edificios parecen cárceles al aire libre, enormes extensiones de bloques de departamentos con ventanucos, parecidos a todos los proyects que he visto en ese país, pero más tristes.

Encuentro el disco de Doreen, lo hago sonar en el viejo aparato de la cocina y me dispongo a cruzar el puente. Estamos frente a un barrio entero –tiene alrededor de seis manzanas– de casas rodantes que no ruedan sino que están allí inmóviles, con sus buzones de correos para la correspondencia, con sus perros, con sus jardincitos delanteros. Le pido a Harry que detenga el coche. Bajo y empiezo a caminar sin rumbo buscando algo indefinido, buscando quizá una casa rodante que funcione como escuela o como iglesia o como almacén o como algo que le dé similitud de barrio a esto que parece una estación terminal en el medio de un espacio vacío. Sigo mirando los diseños de las cortinitas de los ventanucos y las pequeñas artesanías con diferentes gamas de enanos y animales de jardín. Los espacios para tender ropa son simétricos. Es un barrio de blancos en medio de una ciudad donde la mayoría de sus habitantes descienden, en línea directa, de esclavos africanos. Hay capas de sufrimiento en Algier y eso se percibe en el aire. Unos niños pequeños, muy delgados, dan vueltas en círculo con sus bicis hasta que el mareo los derriba, los tira al suelo. Son tres. Corro hacia ellos para ayudarlos pero una mujer joven con el pelo teñido de rojo brillante aparece detrás de las sábanas y me pide a gritos –en realidad me ordena– que no los toque. Me detengo tan bruscamente que casi pierdo el equilibrio. Los chicos siguen en el piso, con temor a moverse. Uno de ellos tiene un parche en el ojo y los otros quedan tendidos, tiesos, como si estuvieran muertos. Pero están vivos: la mujer los arrastra hacia la caravana en completo silencio sin dejar de mirarme. Los cuerpos pequeños responden como marionetas a sus movimientos bruscos pero no hablan, no gritan, no lloran. Antes de que los cuatro desaparezcan por una puerta lateral pequeña, casi invisible, Harry ya está a mi lado rogándome que regrese al coche. Hay reproche en su pedido. Miro por última vez las pequeñas bicicletas abandonadas en la huida. Veo un paisaje de casas que en realidad son vehículos que funcionan a recuerdos, como diría Leonard. Salimos del barrio despacito, no queremos despertar a nadie aunque ya sea plena tarde. Vamos al Old Point, un bar ruinoso cerca del puerto.

No recuerdo lo que tomamos, no recuerdo siquiera si hablamos, si tuvimos alguna conversación. Recuerdo vagamente el río, una curva de agua que se va oscureciendo. Allí se acaba todo.

Horses

Durante algunos meses de un invierno inusualmente frío, intenté prepararme para escribir relatos que se ocuparan de carreras de caballos y del pequeño mundo que las rodeaba y que crecía junto a ellas. Por esa época –tenía 14 años– había leído algunos cuentos de Sherwood Anderson donde los chicos blancos pobres salían a hacerse hombres siguiendo a algún muchacho negro experto en esas lides por caminos inciertos de Kentucky. Desde chica, si me preguntaban cuál era mi animal doméstico preferido –e incluso si nadie me lo preguntaba–, yo daba a entender de una forma u otra que, por encima de gatos, perros, conejos o tortugas elegía, sin duda alguna, los caballos. Sentía que esa elección, un tanto estrafalaria, me daba cierta superioridad sobre los adultos y sobre los niños y que cuando por fin escribiera mis relatos y fuera famosa, todos recordarían esa extraña predilección infantil.

Tenía preferencia por los caballos aunque no me gustaba montarlos. Los miraba en el campo cuando se preparaban, resignados, para todo lo que les pondrían encima: las calchas de cuero y de lana, las riendas, el bozal, las espuelas, todo lo que los encerraba en el mundo de los humanos, pero también me gustaba mirarlos cuando trotaban desnudos con paso seguro y liviano, bajo la lluvia, en las mañanas de invierno o cuando el verano estallaba y se metían en el tajamar el tiempo justo para mojarse y enfriar el cuerpo para luego revolcarse al sol, en la arena caliente. Hay pocos espectáculos de felicidad absoluta, autónoma, definitiva como la de un caballo revolcándose sin prisa en medio de la siesta, yendo de un lado al otro de su cuerpo húmedo sobre la tierra seca, levantando las patas en movimientos desiguales hacia el cielo, movimientos envueltos en un frenesí que solo se termina con otro frenesí, una sacudida feroz que aleja partículas de agua que brillan un segundo antes de desaparecer y restos de polvo que se vuelven tornasolados mientras flotan en el aire hasta que todo se aquieta y el caballo descansa con el pelo liso y lustroso y un cuerpo satisfecho, agradecido.

Mi primera decisión de escritura tropezó con muchos obstáculos: para empezar, yo no era una chica pobre, y para seguir, me resultó imposible encontrar un muchacho negro (realmente negro) en la zona de studs que rodeaban al hipódromo de Corrientes. Al contrario, terminé siguiendo, enloquecida, a un muchachón grandote, rubio y de ojos de un castaño casi transparente que ni siquiera era cuidador sino que solamente merodeaba por esas callecitas húmedas con olor a tabaco, a sudor, a bosta, a caroina, a tierra antigua medio putrefacta. Y daba vueltas sin sentido porque estaba a su vez, el muchachón, interesado en un chico que ya corría en Palermo y San Isidro y que ese verano había vuelto a Corrientes para unas vacaciones y, como extrañaba tanto los caballos, se instalaba en la zona para seguir respirando ese aire excitante casi opiáceo que tenían los lugares de carreras y sus alrededores. No sé si ellos dos llegaron a hablarse, ni siquiera a mirarse pero yo no volví a pisar el barrio.

Este fue mi primer intento de escribir sobre un tema y también mi fracaso más estrepitoso: no recuerdo haber borrado tantas palabras, haber pensado en tantas versiones, haber maldecido tanto contra la pobreza que se me negaba en la escritura. Con los años entendí que lo que interfería en mis intentos de lograr la versión correntina de las pequeñas aventuras de los personajes de Anderson era la dificultad para contar la felicidad enorme que esas escapadas les proporcionaban. Aunque creía que estaba preparada para escribir sobre la tristeza –tenía, repito, 14 años– no entendía cómo lidiar con los momentos felices.

Muchos años después, poco antes de su muerte, mi padre me regaló uno de sus tesoros más preciados: la pequeña camisa azul y fucsia con la que un jockey de apellido Olivera había corrido a su yegua Malhablada en la séptima carrera del 9 de julio de 1970 en el hipódromo de Rosario y había conseguido, al fin, un triunfo aplastante. Me la dio acomodada entre papeles de seda en una caja de zapatos gris: él mismo, que no sabía hacerlo, lavó y planchó la prenda minúscula para que yo la guardara como recuerdo suyo. La recibí con el orgullo torpe, con la emoción entrecortada que siempre se interponía entre nosotros y la conservé entre mis cosas más preciadas.

Sigo prefiriendo los caballos sobre cualquier otro animal en este mundo: ellos saben vivir con la tensión –insoportable para los humanos– entre el agobio del sometimiento y el desparpajo de la felicidad.

Y este verano, al mirarlos, comprendí que ya saben, con seguridad, que los hombres los necesitan cada vez menos, que solo los usan como remedo del pasado y que ese desinterés disimulado les permite intuir un futuro más libre, más ornamental.

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Litresdə buraxılış tarixi:
22 oktyabr 2025
Həcm:
62 səh. 5 illustrasiyalar
ISBN:
9789878341248
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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