Kitabı oxu: «Encontrándome en Amy»

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Encontrándome en Amy

Daan Gallop

Dedicatoria

A mis padres, que, a pesar de los años que han pasado desde que no están, aún me orientan y me guían.

A Raquel, cuya estrella sigue brillando para mí todas las noches.

A mis hijos, Diego, Nicolás, Francisco, Ivón, Tomás y Hernán, que permanentemente sostienen y cobijan mi camino.

A la vida, que me ha dado y quitado tanto, pero, al fin, he aprendido que es maravilloso vivirla.

Resumen a modo de introducción

(Cincuenta y cinco años, un parpadeo)

Esta es la historia de un hombre caminando a lo largo de su vida en búsqueda de la felicidad.

No es un detalle de sus venturas y desventuras, es un relato de esperanza y lucha en la difícil tarea de encontrarse a sí mismo.

No tiene que ver con logros o fracasos (estos últimos son los que, en definitiva, nos fortalecen), sino con la forma impersonal que toma eso que elegimos llamar amor.

Cincuenta y cinco años son todo y no son nada; es una vida encerrada en un suspiro, es saber que empezar de nuevo, sin mirar hacia atrás, puede ser tan especial como las mariposas que sentimos en el estómago con nuestro primer amor.

Y todo esto porque sí, por lograr tener, al fin, la alegría que se alcanza al haber vivido agradeciendo.

Daan Gallop

Encontrándome en Amy / Daan Gallop. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Tercero en Discordia, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga

ISBN 978-987-4116-87-1

1. Narrativa Argentina. 2. Exilio. 3. Novelas Románticas. I. Título.

CDD A863

No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor.

ISBN 978-987-4116-87-1

Queda hecho el depósito que marca la Ley 11.723.

1

Caminaba despacio, con la vista perdida mirando al frente. Hablaba poco y raras veces sonreía. Parecía que la vida social era algo que no formaba parte de la suya. De todos modos, existía, indiferente al reconocimiento y la convivencia.

Hacía todo tipo de trabajos menores: cortaba pasto, limpiaba zanjas, barría canaletas. Solamente recaudaba lo que necesitaba para sobrevivir.

Por el momento, había conseguido un trabajo de lavacopas en un ruidoso y pequeño restaurante de comida rápida, y su pago consistía en alimentos y un lugar en la trastienda, entre trastos, restos de sillas y mesas rotas, donde dormía poco y mal, pero, aun así, era mejor que pasar la noche en la calle. El comedor estaba situado en la parte oeste del Bronx, en Little Italy, cerca del Parque Botánico de Nueva York (Botanical Garden). Su horario comenzaba a las dos de la tarde y terminaba cuando el último cliente se retiraba, alrededor de las ocho de la noche. Algunos días, temprano en la mañana, tomaba el autobús hacia el norte y llegaba hasta la 241 Street Station, en Wakefield, donde se encontraban los barrios residenciales de clase media del Bronx, y allí solía recorrer las calles llamando a las puertas de las casas con el objetivo de ofrecer sus servicios para realizar cualquier trabajo, ya fuera desmalezado, limpiando terrenos, haciendo pequeños arreglos eléctricos o de mamposterías, etc.

Un día, se presentó en una vivienda cercada por una seta baja y un portoncito de madera pintado de blanco, de no más de 60 cm de altura, que desembocaba en un jardín visible desde la calle y en una puerta al costado, que conducía a la entrada. Una señora de color y edad madura, sin abrir demasiado, le respondió que no, que no necesitaba nada y cerró rápidamente. Como de costumbre, Fran comenzó a caminar hacia la siguiente casa para repetir su ritual.

Había avanzado solo unos pasos cuando la misma señora lo llamó en voz alta.

—Usted, venga. —Le hizo un ademán para que se acercara a la puerta, que ahora estaba abierta en su totalidad.

Al llegar, vio a una anciana en una silla de ruedas, que lo miraba con ojos azules y curiosos.

—¿Cómo se llama usted? —le preguntó con voz viva y clara.

—Me llamo Fran, señora.

—¿Qué trabajos puede hacer?

—Lo que precise: cortar pasto, limpiar piletas, barrer, arreglar el jardín, reparar cercas...

—Muy bien. El jardín ha estado un poco descuidado últimamente, ¿puede ponerlo en condiciones?

—Sí, señora, trabajaré hasta la una de la tarde.

—Bien, Amelia le indicará dónde encontrar las herramientas que necesite. Lo veré, entonces, a la una, cuando haya terminado.

Una vez dicho esto, Amelia se interpuso delante de la anciana cerrando la puerta e indicándole a Fran que la siguiera por el exterior de la casa hasta la parte trasera, donde estaba construido un pequeño cuarto lleno de herramientas, polvo, trapos y muebles viejos desmontados.

Fran miró un poco todo lo que tenía frente a sí y, sin más, comenzó la tarea. Primero, buscó unas bolsas para juntar el pasto suelto, las ramas caídas y restos de papel que se arremolinaban alrededor de la pileta y a los costados del jardín (en ese momento, casi inexistente, ya que solo era un pastizal de distintas alturas, seco y duro, que se había adueñado del lugar). Trabajó sin parar hasta que sintió la boca seca a causa del calor y el esfuerzo, y se detuvo a tomar agua de una canilla que encontró en el extremo sur del patio, con la manguera reseca y rota enrollada a su alrededor. En ese momento, apareció Amelia con una bandeja, una jarra y un vaso con limonada fría. Con mirada recelosa, la apoyó sobre una vieja mesita de hierro que había visto tiempos mejores y se alejó sin decir palabra.

Cuando calculó que sería la hora de irse, puso todo lo que había juntado dentro de tres bolsas grandes y las llevó hacia el frente de la casa para que fueran retiradas por los recolectores. Golpeó la puerta y abrió Amelia.

—Es hora de marcharme. Puedo volver mañana y continuar con la limpieza, si le parece a la señora.

Sin emitir sonido alguno, Amelia salió de la casa y caminó hacia el jardín para inspeccionar el trabajo. Entró nuevamente y, al cabo de unos minutos, apareció con unos billetes y le encargó:

—Venga mañana a la misma hora, veremos qué trabajos hay.

Fran caminó con prisa hasta la estación de autobuses y a las dos en punto ya se encontraba en el restaurante limpiando pisos y cocina.

Al otro día, recorrió el mismo trayecto y llamó en la casa blanca. Salió Amelia y lo hizo pasar al recibidor. Estaba la señora sentada en su silla, quien lo miró a los ojos durante unos segundos y le dijo:

—Buenos días, Fran. Amelia me comentó que su trabajo estuvo bien, así que, si está de acuerdo, puede venir todos los días y ocuparse de que toda la parte trasera de la casa quede en condiciones para que puedan venir mis nietos, nuevamente, a disfrutar de la pileta y el jardín.

—Muy bien, señora. Así será.

Volvió Fran al cuarto de las herramientas, sacó una pala y se dirigió al jardín para continuar con su labor. De igual forma que el día anterior, al cabo de un rato apareció Amelia con la bandeja y la limonada y, al terminar, inspeccionó el trabajo, le entregó unos billetes y le informó que lo estarían esperando al día siguiente.

Esta rutina se repitió por cuatro días. Al quinto, cuando Fran llegó a la casa, Amelia le indicó que entrara y esperara a la señora. La habitación estaba oscura, con pesados cortinajes azules y colores opacos en las paredes. El piso de madera presentaba un abandono que se apreciaba al instante, pues no solamente se veía deslucido, sino que también faltaban pedazos en algunos sectores, haciendo que crujiera más de lo habitual.

—Buenos días, Fran —sintió de repente desde atrás, mientras aparecía la señora en su silla de ruedas empujada por Amelia.

—Buenos días, señora.

—Fran, hace ya unos días que viene usted a trabajar y Amelia me ha informado que lo hace bien. ¿Puedo hacerle algunas preguntas?

Fran se retorció, incómodo, pensó unos segundos y respondió:

—Trataré de responder lo mejor que pueda.

—Bien, ¿de dónde es usted?

—De Sudamérica. De Argentina, señora.

—¿Dónde vive?

—Por ahora, en Little Italy, en la trastienda del restaurante donde trabajo por la tarde.

—¿Está feliz con ese trabajo?

—Estoy feliz con estar vivo, eso solo lo hago para mantenerme.

—¿Tiene o ha tenido problemas con la ley, aquí o en su país?

—No, señora, ninguno.

Amelia escuchaba en silencio, con la mirada fija en Fran, y aunque no lo verbalizara, era evidente que no estaba cómoda con ese hombre metido en la casa. No obstante, no trataba de disimular el fastidio que le ocasionaba la situación.

—¿Tiene papeles de residencia?

—No, señora.

—¿Y cuánto hace que está en este país?

—Mañana se cumplirán nueve meses.

—Bien, Fran, voy a confiar en usted. Quiero proponerle algo. En esta casa hay mucho trabajo por hacer y, como usted habrá visto, hay una habitación con baño detrás de la piscina. Si le parece bien, me gustaría contratarlo por tiempo completo y proveerle de un lugar donde vivir. Por supuesto le pagaré lo que corresponda y su trabajo consistirá en recuperar no solamente el jardín, como lo ha venido haciendo estos días, sino también, más adelante, toda la casa. ¿Le interesa la propuesta?

Amelia se mostraba cada vez más nerviosa y clavó los ojos en Fran, esperando su respuesta, como si intentara descubrir algo siniestro en lo que fuera a contestar.

—Bien, señora, le pido que espere hasta mañana por mi respuesta, ya que debo hablar con el dueño del restaurante donde trabajo, pues no puedo dejarlo solo de un momento para otro; pero, seguramente, mañana le daré una contestación. Mientras tanto, comenzaré mi trabajo ahora, puesto que hay todavía mucho por hacer.

—Me parece bien. Espero, entonces, tener la respuesta mañana.

Fran salió de la casa para continuar dando vuelta la tierra de donde había sacado toda la maleza. Quería dejarla preparada para plantar flores. Terminó, se dispuso a partir y, como todos los días anteriores, salió Amelia de la casa con el pago habitual y dijo:

—Recuerde que la señora espera su respuesta para mañana. —Luego, dio media vuelta y se metió en la casa nuevamente.

Para cuando Fran llegó al restaurante, ya tenía planeada la conversación con Mr. Conte, el dueño del local. Sabía que no iba a ser fácil renunciar de un momento para otro, ya que cuando consiguió el trabajo lo hizo con la condición de no abandonarlo sin unos días de preaviso.

Cuando terminó su turno esa noche, abordó a Mr. Conte, preparado para sostener una pelea dura y difícil. Sin embargo, cuando le contó acerca de la oportunidad que se le había presentado, este lo miró a los ojos, apoyó una mano sobre su hombro (cosa que no era habitual) y le dijo:

—Ya sabía, cuando te contraté, que era cuestión de tiempo. Tú no perteneces a este lugar, te deseo suerte. —Dio media vuelta y se acodó en el mostrador a escribir un nuevo cartel de pedido de empleado.

A la mañana siguiente, cuando Fran llegó a la casa, Amelia lo hizo pasar. Ya estaba la señora sentada en su silla, como la había visto los días anteriores. Cuando le comunicó que aceptaba la oferta, unas líneas de arrugas se marcaron en el rostro de la anciana a modo de sonrisa y, pausadamente, pero con voz clara, le indicó las obligaciones y derechos que le corresponderían a Fran desde ese momento en adelante. Trabajaría toda la semana, de lunes a sábado, a partir de la mañana, y quedarían para él los sábados por la tarde y los domingos libres. Podría hacer lo que quisiera en ese tiempo. Por otro lado, si bien su horario era de tiempo completo, podría descansar después del mediodía y comenzar a la hora que quisiera, siempre que la casa y el jardín estuvieran arreglados y limpios. Había una ferretería (lo que allí se conoce como hardware store) cerca de la casa, donde abriría una cuenta para el retiro de materiales y todo lo que necesitara para sus tareas. Solo debía entregar los comprobantes a Amelia para su control.

Fran llegó a la habitación que, de allí en adelante, sería su vivienda y se abocó a la tarea de limpiarla. Para cuando hubo terminado, había pasado largamente el mediodía y apareció Amelia en la puerta llevándole una bandeja con un plato de estofado y la limonada habitual. La dejó sobre una mesita junto a la entrada, miró con detenimiento el trabajo realizado y se retiró, como siempre, sin decir palabra.

Por la tarde, se dedicó a raspar las paredes del cuarto de herramientas y, con la ayuda de una escalera, reparó el tejado, que se hallaba deteriorado por el paso del tiempo. Para ese momento, comenzaba a oscurecer. Bajó del techo, juntó las herramientas, barrió y se dirigió a su habitación para tomar un baño y descansar. Amelia apareció nuevamente con su bandeja, rutina que se repitió durante algunos días.

Al cabo de dos semanas, el jardín había cambiado de tal forma que parecía que el tiempo nunca hubiera transcurrido desde su construcción. Podían observarse canteros con flores de todos los colores, los caminos que zigzagueaban se encontraban sanos y arreglados, la pileta lucía limpia y con agua fresca. Cualquiera habría afirmado que hasta los árboles podían sentir la renovación de la energía, pues sus hojas estaban verdes y brillantes.

Al atardecer del segundo sábado desde que Fran había llegado a la casa, mientras leía un libro, sentado a la sombra de la galería de su habitación, vio que llegaba la señora en su silla de ruedas conducida por Amelia.

—Buenas tardes, Fran. ¿Puedo hablar contigo un momento?

—Sí, por favor —dijo Fran levantándose para ayudar a Amelia a subir la silla a la tarima donde él se encontraba.

De pronto, sin mayor esfuerzo, la señora se levantó, tomó un bastón que estaba colocado en la parte posterior de la silla y caminó hacia Fran, quien, no pudiendo ocultar su sorpresa, le acercó un sillón para que se sentara junto a él.

—¿Cómo te encuentras con este trabajo? —preguntó la señora, al tiempo que observaba el libro que Fran había dejado sobre la silla cuando llegó.

—Bien, señora, estoy conforme.

Amelia se retiró, no sin antes clavarle una mirada helada, como era su costumbre.

—A propósito, puedes llamarme Ms. Mary. Solo quiero decirte que estoy muy contenta con todo lo que has hecho con el jardín y la parte exterior de la casa. ¿Cómo te llevas con Amelia?

—Bueno, no es una relación muy estrecha, pero no hay tampoco conflictos visibles. Por lo que puedo percibir, no soy de su agrado, y realmente no sé qué pude haber hecho para provocar eso.

—No te preocupes, hace muchos años que Amelia está conmigo. Desde que los niños partieron cada uno por su lado, ha sido mi compañía y mi apoyo. No sé qué haría sin ella. Seguramente, es su forma de protegerme de extraños. Precisamente cuando apareciste por primera vez, se molestó mucho al ver que te dejé entrar y más aun luego, cuando te ofrecí este trabajo. Desconfía de todo aquel que se me acerque. No te preocupes, en el fondo es muy buena. Si te quedas el tiempo suficiente, lo podrás apreciar por ti mismo.

—Está bien, no es motivo de preocupación —dijo Fran—. También yo quiero decirle que no es necesario que me preparen la comida todos los días, puedo hacerlo yo mismo en mi habitación. Colocando una cocinilla en un extremo, seguramente armaré una kitchenette, que me servirá perfectamente —agregó luego de unos segundos.

No es molestia, Amelia cocina para mí todos los días y no le cuesta nada hacerlo para uno más. De todos modos, si quieres instalarte una cocina en tu habitación, no hay problema —dijo y luego reparó en el libro que Fran había dejado a un costado en el suelo—. ¿Qué estabas leyendo?

—Benedetti, es uno de mis preferidos. Algún día espero poder escribir algo que tenga el contenido y la calidad de lo que escribía él.

—¿Escribes?

—Solo cosas sueltas, cuentos cortos, poesía, nada importante ni mencionable.

—¿Qué otras cosas te gustan?

—Bueno, me gusta la música de todo tipo. No tengo todavía un gran conocimiento de la clásica, pero estoy tratando de aprender. Me gusta crear cosas; inventar soluciones para problemas cotidianos; tocar el saxo, en cuanto consigo alguno, y sentirme en paz cuando amanece y cuando oscurece.

—¿Estás casado?

—Lo estuve.

—¿Tienes hijos?

—Sí, tres, viven con su madre.

—¿Los ves?

—No, hablo con ellos cada vez que puedo.

—¿Eres feliz?

—Solo por ratos, pero trabajo en ello diariamente.

Por el sendero, apareció Amelia trayendo la silla de ruedas.

—El doctor me ha dicho que no camine mucho, pero creo que Amelia me malcría demasiado. De todos modos, me ha gustado mucho nuestra conversación, espero que me pidas lo que necesites para vivir cómodo. Quiero que mañana entres a la casa, hay muchas reparaciones que realizar, espero que estés capacitado para hacerlas.

—Sí, Ms. Mary. ¿A qué hora quiere que empecemos?

—A las nueve estará bien. Hasta mañana.

Cuando Fran comenzó con las reparaciones de la casa, tuvo que enfrentarse con la rígida mirada de Amelia que lo seguía a todas partes y controlaba cada una de las cosas que iba reparando: enchufes, zócalos, canillas que goteaban, ajustes de tablas del piso que crujían, en fin, lo cotidiano de una casa que hacía tiempo no tenía mantenimiento.

Transcurrió una semana y, al llegar el sábado después del mediodía, Ms. Mary se encontraba sentada debajo de una enorme sombrilla, tomando una bebida fresca. Al pasar Fran cerca de ella, le preguntó:

—Fran, ¿qué haces para divertirte?

—Bueno, en realidad, me gusta el béisbol, miro los partidos en la TV de mi habitación.

—¿Por qué no vas a verlos personalmente?

—Sí, tal vez debería hacerlo.

—Te sugiero que mañana vayas al estadio, mis hijos me llevaron hace unos años y es una sensación increíble. ¿Eres fanático de algún equipo en particular?

—No, no tengo preferencia por ninguno, solo me gusta el deporte.

—No se diga más, mañana te vas a ver un juego. Recién comienza la temporada y el entusiasmo es muy intenso ahora. Yo pago la entrada.

El domingo, cuando Fran entró al estadio de los Yankees, pudo percibir toda esa energía acumulada y sintió una sensación de embriaguez; nunca había estado en un lugar público tan colmado y con esa virulencia especial, de euforia y alegría al mismo tiempo. Toda una marea de gente se divertía con las más mínimas acciones de los protagonistas de la previa del partido. Cuando se terminó de cantar el himno, la ovación fue tan estruendosa que a Fran le quedaron retumbando los oídos por varios minutos; todos los rincones del estadio continuaron vibrando. La música y la iluminación perfectamente sincronizadas generaban un clima de fiesta y color que nunca antes había visto. Más tarde pensaría que, seguramente, esa energía y esa fuerza allí liberadas conspiraron para que algo, desde muy adentro, comenzara a fluir.

Allí, sentado en una de las butacas de la tribuna alta del campo derecho, nítidamente volvieron a él, como oleadas, los recuerdos de su «huída» de Argentina. Lo invadieron la angustia, el dolor visceral y lacerante, la desazón y la irremediable toma de posesión de la tristeza en todo su cuerpo y espíritu. Ajeno a las ovaciones o a los desencantos de los fanáticos con las jugadas que realizaba su equipo, pudo, al fin, entre tanto ruido, dejar escapar su desesperanza en lágrimas que corrían por sus mejillas y liberaban, en parte, la pesada carga que lo acompañaba. Comprendió en ese momento, sentado, solo con sus pensamientos, que ese peso que lo oprimía le daba un momento de respiro y esa liberación le produjo una sensación de bienestar, algo así como una caricia en el alma.

Cuando terminó el juego (con el triunfo de los locales, para alegría de la mayoría), el tren hasta la casa le pareció un bálsamo reparador. Esa noche, seguramente, dormiría mucho mejor y descansaría como hacía tiempo no lo hacía.

A la mañana siguiente, Ms. Mary estaba esperando que llegara Fran para preguntarle cómo le había ido en el estadio. Lo escuchó atentamente mientras relataba todo lo que había visto y oído, y se maravilló con las detalladas descripciones del estadio, de la majestuosidad y nitidez de las pantallas gigantes, del despliegue de las bandas que ejecutaron su rutina para el entretenimiento de los espectadores antes del juego, de la calidad y pureza del sonido que llegaba a todos los lugares sin distorsión, y de tantas otras novedades que no dejaban de asombrarla. Nada dijo Fran de su liberación de pérdida y dolor, ya que esto solo formaba parte de su vida y a nadie le debía importar.

Cuando hubo concluido, Ms. Mary dijo:

—Verdaderamente, se ve que te gusta mucho, deberías hacerlo más a menudo. Te ves renovado y contento.

—Sí, creo que es una buena idea, trataré de hacerlo más seguido —respondió, agradecido, y luego volvió a sus tareas.

Esa misma tarde, antes de la cena, Ms. Mary lo llamó.

—Este fin de semana, vienen mis hijos a visitarme, ya que les he comentado que la pileta está en funcionamiento y nadie la usa, así que habrá mucha gente dando vueltas por todas partes. Vendrán el domingo al mediodía a comer. Ya sé que es tu día de descanso, pero ¿puedes cocinar una barbacoa para todos ellos?

—Sí, no hay problema. ¿Cuántos chicos y cuántos adultos serán?

—Nueve adultos y siete niños. ¿En qué estás pensando?

—Pues, para los niños puedo hacer hamburguesas y para los adultos me gustaría preparar un corte de carne relleno como se cocina en Argentina, a las brasas. Podría fabricar una parrilla y, de esta manera, poner algunas verduras y también tostar el pan.

—Suena delicioso. Ve al mercado y provéete de lo necesario. Creo que quedarán encantados —opinó Ms. Mary, entusiasmada.

Fran se dedicó de lleno a comprar todo lo que necesitaba. El sábado por la tarde, amasó el pan con semillas, armó las hamburguesas con la carne elegida que había hecho picar especialmente, lavó todas las verduras que pondría envueltas en papel aluminio entre las brasas y dejó cortados el queso y el jamón para armar los sándwiches para los niños. Por su parte, Amelia se encargó de hornear el pan, cocinar el postre (que era su especialidad) y disponer las mesas con manteles blancos impecables y toda la vajilla necesaria para la reunión.

Ese domingo, Fran se levantó temprano, preparó los elementos necesarios y dejó todo listo para encender el fuego un par de horas antes de que llegaran los comensales. Cuando se hicieron las diez y media de la mañana, encendió el fuego y puso a calentar la parrilla. Para cuando comenzaron a llegar los invitados, alrededor del mediodía, la carne ya llevaba casi una hora al fuego, cocinándose muy lentamente, con las verduras entre las brasas y las hamburguesas esperando hasta último momento, ya que no llevarían más de siete u ocho minutos de cocción.

2

Los hijos de Ms. Mary eran tres: dos mujeres y un varón. El mayor, Andrew, era médico, estaba casado con Cintya y tenía tres niños, Edith, Sara y Robert. Le seguía Analy, abogada, casada con Henry, con quien tenía dos hijas, Clarice y Cristal. La tercera, Nancy, era artista plástica, se había casado con John y juntos tenían un niño, Carl, y una niña, April.

También llegó Amy, amiga inseparable de Nancy desde la escuela primaria. Cuando Fran la vio, quedó paralizado. El cabello de Amy, dorado y enrulado, cayendo sobre sus hombros, su sonrisa enorme y aquellos ojos azules bloquearon su tradicional aplomo y solo pudo balbucear un «hola», impidiéndole articular cualquier otra palabra. Un zumbido lo cubrió y quedó inmovilizado, con una bandeja en sus manos y sin poder moverse ni parpadear, como si una fuerza superior lo manejara contra su voluntad y ya no fuera dueño de sí mismo. El azul de los ojos de Amy lo atrapó y no precisó nada más, bastaba solo con dejarse arropar por ese sentimiento placentero e infinito del cual no podía ni deseaba despegarse.

Por su parte, Amy lo miró y, de golpe, el ruido se detuvo. Pasaron instantes (¿minutos?, ¿horas?) antes de que pudiera recuperar la compostura; una vibración recorrió todo su cuerpo, sintió como si esos ojos la envolvieran y quedó inmóvil, en una dimensión sin espacio y sin tiempo, en una especie de letargo. No solamente no podía apartar su mirada de la de Fran, sino que tampoco se dio cuenta de su inmovilidad. Nancy, que se había adelantado, la despertó de ese trance llamándola para que saludara a Ms. Mary, que los estaba esperando ansiosa, sentada en una punta de la mesa y rodeada de sus nietos.

La jornada transcurrió entre los gritos de los niños entrando y saliendo de la pileta, corriendo de un lugar a otro entre las flores, y la reprimenda de los mayores para que no hicieran más grande el estropicio. Tampoco faltaron los cumplidos para la comida servida, una barbacoa como no habían probado antes. El pan recién horneado y las verduras cocinadas en sus propios jugos hicieron de Fran el foco de todos los halagos.

Cada vez que servía la carne y las verduras, Fran trataba de observar a Amy sin que se notara su interés, admirándola en su bikini rojo y envuelta en una camisola blanca casi transparente que le llegaba a las rodillas. El pelo recogido en un rodete aumentaba su distinción y su hermosura. Fran intentaba disimular como podía el temblor en sus manos provocado por su cercanía.

Por otro lado, Amy aparentaba no darse cuenta de la presencia de Fran, pero por dentro sabía que había algo en ese hombre que le atraía y no podía determinar qué era. Esa vibración se repetía una y otra vez, desconocida e imposible de manejar. De todos modos, se comportó con cortesía y falsa indiferencia cada vez que Fran se acercaba a servirle nuevamente.

Para cuando se fueron todos, alrededor de las seis de la tarde, solo quedaban el desorden y el caos de todo el jardín y lugares aledaños que habían ocasionado los juegos de los niños. Observando este escenario, Fran dijo:

—Bueno, mañana comenzaré nuevamente a poner todo en su lugar.

Ms. Mary le agradeció con vehemencia por todo lo realizado y remarcó lo contentos que se veían todos al volver a la casa de su madre después de tanto tiempo. Parecía que la vida comenzara nuevamente para ella: tener a sus hijos y nietos cerca la había hecho rejuvenecer y no paraba de hablar, reírse y relatar las cosas que hacían los niños, una y otra vez.

Esa noche, Fran se acostó con la imagen de Amy en su mente y en sus ojos, la veía reír y llenar de vida y alegría todo lo que la rodeaba; parecía mágica. Se durmió con ella y despertó con ella también. El amanecer le pareció más luminoso y el sol lo llenó de energía. Su entusiasmo comenzaba tímidamente a aparecer.

3

El sábado siguiente, por la tarde, Fran tomó el tren hasta la parte sur de Manhattan. Cruzó caminando el Brooklyn Bridge y llegó al Empire Fulton Ferry Park. Vagó un rato sin rumbo y, finalmente, se sentó en uno de los bancos que miran hacia el río Este, al costado del puente. Era cierto lo que decían, la mejor vista de Manhattan podía apreciarse desde allí. En ese momento, el agua estaba serena, el viento suave la movía mansamente y el sol se reflejaba en ella dándole una apariencia de paz y nostalgia.

Sus pensamientos fueron hacia atrás y recordó otra costanera y otra correntada, oscura y apabullante: el río Paraná. Se vio a sí mismo corriendo y riendo con sus hijos aún pequeños, rodeándolo y tirándose encima de él, luchando y rodando por las barrancas del parque Urquiza... y ella mirándolos, cómplice en la alegría, pero ajena en el cariño; solo los chicos importaban realmente. Se vio huyendo años después, con la tristeza a cuestas, el alma herida, los sueños rotos, y sin proyectos, tratando de poner la mayor distancia posible, creyendo que así dolería menos. Pero el dolor siguió por mucho tiempo más. Entonces, se dio cuenta de que ella ya no estaba, de que su cara se le había borrado de la memoria, de que esa mañana, cuando despertó, mágicamente otros ojos ocupaban su lugar. Otra sonrisa le mostraba que era posible que todo volviera a comenzar, que el gris de los recuerdos podía cambiarse, que la esperanza siempre está al alcance de la mano, solo tenía que permitirse aceptarla nuevamente en su vida. Seguramente, el tiempo había hecho su trabajo en todos esos años y solo había quedado el recuerdo con su reloj parado en un momento.

Sin embargo, no debía engañarse. ¿Quién era Amy? No sabía nada de ella. Ni siquiera había hablado lo suficiente, solo tres o cuatro palabras las veces que se acercó para servirle. Había advertido que, cada vez que estaban cerca, los nervios lo traicionaban, una comezón despertaba desde adentro y se desestabilizaba sin poder manejarlo. Volvía a percibir sensaciones que creía muertas, antiguas y olvidadas, pero ahora volvían a aflorar. Se sorprendió también al comprobar que, por primera vez en muchos años, se sentía vivo, tanto que volvía a notar el ir y venir de la gente (hasta ese momento, solo eran murmullos que pasaban a su alrededor).

El lunes por la mañana, Ms. Mary llamó a Fran para tener otra charla. Si bien se repitieron los elogios hacia la comida y la recapitulación de la reunión familiar, quería informarle que trataría de que sus hijos y nietos la visitaran más seguido durante los fines de semana y, como eso abarcaría el tiempo de descanso de Fran, le ofrecía un pago extra por sus servicios cada vez que vinieran. Fran la escuchó atentamente. Por un lado, era cierto que ya no contaría con sus días libres, pero, por el otro, existía la posibilidad de que concurriera Amy y eso lo ayudó a decidirse inmediatamente.

—No hay inconveniente, Ms. Mary, yo me ocuparé de todo cada vez que vengan. Por el pago no se preocupe, todo está bien así como está.

Transcurrieron dos semanas desde aquel lunes y la ansiedad de Fran había crecido con el paso de los días. En realidad, lo que sentía era que tenía una meta poderosa y agradable, y eso hacía que comenzara cada día haciendo sus trabajos, en apariencia, como siempre, pero por dentro lo invadía una alegría renovada.

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Litresdə buraxılış tarixi:
15 noyabr 2024
Həcm:
110 səh. 1 illustrasiya
ISBN:
9789874116871
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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