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El amor y los tres registros en la enseñanza de Jacques Lacan
El amor y los tres registros en la enseñanza de Jacques Lacan Amor imaginario, amor simbólico y amor real.
Daiana Soledad Romero
Índice de contenido
Portadilla
Legales
Prólogo, Gabriela Basz
Introducción
1. Pasión de amor El valor de la imagen
Lo imaginario en la experiencia psicoanalítica
El estadio del espejo
La identificación imaginaria como causa psíquica
La otra cara del amor
“Yo o el otro”
La agresividad
Los celos
El amor pasión
Elección de amor narcisista, elección de amor anaclítica
Articulaciones en torno al amor pasión
El amor pasión en la joven homosexual
2. Don de amor Los tres registros en los inicios
La estructura de la palabra y el lenguaje
Lo imaginario y lo simbólico
El registro real
Amor al padre
Lo que del padre tiene que ver con el amor
El paso por el Edipo
¿Qué es el falo?
El amor entre los sexos
Don de amor
Dar lo que no se tiene
La comedia entre los sexos
Del Edipo al amor
Del Edipo al amor en Juanito
Del Edipo al amor en la joven homosexual
Del Edipo al amor en Dora
3. El amor en torno a un vacío
El registro real en los ´60
“La Cosa”
Objeto perdido freudiano
¿Qué ética?
El objeto en el amor
La sublimación
El amor cortés
El objeto en el caso de la joven homosexual
Amor y transferencia
La metáfora del amor
Discursos sobre el amor
Ágalma en el otro
La transferencia, el inconsciente, la repetición y la pulsión
Amor, deseo y goce
El objeto a
El amor entre goce y deseo
El objeto A en los discursos
4. Hay el amor Los tres registros en la última enseñanza
Lo real en la última enseñanza
La relación entre los tres registros en la última enseñanza
Lo real y la práctica psicoanalítica
Los goces y el amor
Un amor que no desconoce lo real
Dos modalidades de goce
Del uno al otro
El nudo borromeo y el amor
El nudo borromeo a partir del tres
El amor según el registro que hace de medio
Dos medios decires…
Amor síntoma y amor sinthome
Amor síntoma
Amor sinthome
Síntoma y amor sinthome en Joyce
Conclusiones
Bibliografía
| Romero, Daiana SoledadEl amor y los tres registros : en la enseñanza de Lacan / Daiana Soledad Romero. - 1a ed. - Olivos : Grama Ediciones, 2022.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y online ISBN 978-987-8941-07-31. Psicoanálisis. I. Título.CDD 150.195 |
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Imagen: Lucía Calabrino
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Digitalización: Proyecto451
AGRADECIMIENTOS
A mis amores, Ulises, Simón y Luciano.
A mi Director de Tesis, Fabián Schejtman, por guiar y acompañar este recorrido.
A Marita Salgado, por alojar mis “historias de amor” y posibilitar relanzar el deseo con el que llevé a cabo el trabajo de escritura.
A Gustavo Stiglitz, por señalar que “la voz” es algo de lo que todavía me puedo apropiar.
A Gabriela Basz, por el hermoso prólogo que me regaló.
A mis amigas, amigos, familiares y afectos, gracias a quienes salgo, de vez en cuando, de mi soledad para establecer un lazo que hace la vida más linda.
Prólogo Gabriela Basz
El libro de Daiana Romero El amor y los tres registros en la enseñanza de Lacan. Amor imaginario, amor simbólico y amor real, es en sí mismo amoroso. Amoroso porque implica un riesgo, una aventura. Interesada desde siempre en las cuestiones del amor y los lazos, una vez decidida a escribir su tesis de maestría Daiana se embarca en los laberintos del amor. Y lo hace con el riesgo de marcar por dónde quiere ir. Nos propone, así, que diferentes formas de amar pueden desprenderse de la enseñanza de Lacan, según el predominio de cada uno de los registros: imaginario, simbólico y real. He leído estas formas como variaciones acerca del amor. Y pienso que las mismas están anudadas entre sí. Si “La pasión de amor” nos enseña acerca de la ilusión de complementariedad, esta ilusión no es menos importante como condición de posibilidad del amor en la última enseñanza. Si “El don del amor” nos ayuda a localizar la lógica fálica, ésta será central en las fórmulas de la sexuación. Si “El amor en torno a un vacío” nos orienta en relación a la causa del deseo y a la diferencia sexual, esto será clave para bordar lo real del amor, el “Hay el amor”. Y viceversa. Quiero decir, las variaciones como tales conmueven nuestras certidumbres, no podemos concluir…
Estas variaciones implican elaborar todo un recorrido alrededor de un tema (el amor), mostrarnos sus disarmonías, sus problemas, sus puntos de fuga. Dejándonos a su vez entrever que los diferentes aspectos imaginario, simbólico y real del amor pueden anudarse y desanudarse: estar unidos, separados, presentarse de forma más pura o combinarse de forma permanente o transitoria. Se trata ni más ni menos de la variedad de la vida amorosa.
Las variaciones acerca del amor presentes en este libro nos muestran que el amor vela y a la vez es signo de la relación sexual que no hay. Por esto el amor de transferencia es el motor de toda cura orientada desde el psicoanálisis. Porque se pone en juego un lazo social distinto, que no desconoce en lo que “hay”, la huella del imposible tratado por Lacan en su enseñanza. El amor de transferencia trabaja con el vacío, la contingencia, pero también con la ilusión y con el cuerpo.
Desde el comienzo del psicoanálisis, el amor. Bienvenidos a una nueva lectura que se adentra en sus laberintos.
Introducción
La temática del amor ha sido abordada desde distintas perspectivas en todos los tiempos. Disciplinas tan disimiles como la literatura, la historia, la religión o hasta la biología, por nombrar solo algunas, lo han tenido como centro de sus desarrollos. Pues el amor, aunque difícil de conceptualizar, hace al ser mismo del hombre. Siempre me ha interesado la cuestión del amor y el modo en el que los seres hablantes establecen lazos. Me pregunto cómo se juega el amor en las amistades, en las parejas o en las familias, cómo es ese delgado hilo entre el amor y el odio, a qué se deben las vicisitudes a la hora de amar, por qué a veces el amor estabiliza y otras veces desestabiliza. Y fundamentalmente, qué papel juega el amor en el contexto de la experiencia analítica. Anteriormente indagué la cuestión de forma secundaria: lo femenino y el amor, el amor en la dialéctica del deseo, el amor de transferencia.
Esta vez el amor constituyó el eje de mi investigación. Teniendo como objetivo la escritura de mi Tesis de Maestría en Clínica Psicoanalítica cursada durante los años 2013-14 en el IDAES de la Universidad de San Martín me embarqué en esta hermosa experiencia. Me inquietaba poder dar cuenta de las diversas formas de amar, de los mecanismos inconscientes presentes en la elección de los objetos de amor, de las dificultades en el establecimiento de los lazos y, principalmente, del amor en juego en el dispositivo psicoanalítico. El título del trabajo, El amor y los tres registros en la enseñanza de Jacques Lacan: amor imaginario, amor simbólico y amor real, fue producto de un intercambio con el Director de mi Tesis, el Dr. Fabián Darío Schejtman, título que ordenó y orientó lo que estaba por venir. El objetivo consistió, entonces, en el estudio del amor a partir de la herramienta misma a través de la cual Lacan avanza.
Partí de la idea de que la enseñanza de Lacan puede ser dividida en etapas, cada una de las cuales se caracteriza por su interés particular en alguno de los registros. A esa idea le siguió otra, la intuición de que las variadas definiciones del amor que él va formulando resultan del modo en el que en cada momento piensa los registros y sus relaciones. Siguiendo esta argumentación, y de acuerdo a los últimos desarrollos de Lacan, planteé la siguiente hipótesis: “Es posible considerar que las diversas presentaciones del amor en la enseñanza de Lacan son el resultado de un modo de anudamiento en el que están en juego los tres registros”. Desde esta perspectiva, al decir “amor imaginario”, “amor simbólico” y “amor real” no hago más que ubicar el registro cuya prevalencia conduce a alguna de las formas de amar consideradas.
Dividí la enseñanza de Lacan en cuatro momentos. Llamé al primer momento “Los antecedentes de la enseñanza de Lacan” (1932 a 1953) y denominé “Pasión de amor” a la forma de amar que predomina en este periodo. El amor imaginario es un tipo de amor idealizado en el que se destaca el espejismo de la imagen y la ilusión de complementariedad. Allí desplegué, fundamentalmente, la agresividad propia de los lazos especulares y las modalidades de elección de objeto de amor narcisista y anaclítica. Pero también, la teoría del estadio del espejo y los efectos formativos de la imagen en la constitución del yo, el cuerpo y la realidad; la función de lo imaginario en el dispositivo psicoanalítico; la concepción del aparato psíquico según modo en el que se juega lo imaginario; y el amor pasión en un historial freudiano.
Llamé al segundo momento “El inicio propiamente dicho de la enseñanza de Lacan” (1953-1959) y denominé “Don de amor” al modo característico del amor durante esta etapa. El mismo queda ordenado en torno a la lógica fálica que rige el encadenamiento significante, lógica del Nombre del Padre, y la falta se hace presente en el corazón de la relación amorosa. Situé, principalmente, el enlace entre el amor y el padre, la relación entre el amor y la asunción de la castración y la definición de amor como “dar lo que no se tiene”. Pero también, las características de la estructura del lenguaje en el inconsciente; la relación entre simbólico e imaginario en un análisis; las primeras nociones de lo real; el padre y la constitución subjetiva; la significación fálica y el falo significante; el estatuto del objeto; las posiciones sexuales “hombre” y “mujer”; el amor y el deseo; y el amor en “Juanito”, “La joven homosexual” y “Dora”.
Llamé al tercer momento “La etapa intermedia de la enseñanza de Lacan” (1959-1969) y denominé “El amor en torno a un vacío” al estilo de amar en el que se hace evidente su articulación con el objeto a, causa del deseo. El traslado neurótico de dicho objeto al Otro da cuenta de una forma de amar que no toma en cuenta la diferencia sexual. En este momento analicé, detenidamente, el amor cortés, el fenómeno de la transferencia y el amor como medio entre el goce del Uno y el deseo. Pero también, la introducción del registro real por medio de “la Cosa”, la ética del psicoanálisis, el concepto de sublimación, la metáfora del amor, el mito del nacimiento del amor, el concepto de ágalma, el deseo del analista, los conceptos de automaton y tyché, la estructura del deseo y de la angustia, la relación de cada sexo con el objeto y el objeto a en los discursos.
Llamé al cuarto momento “La última enseñanza de Lacan” (desde 1970) y denominé “Hay el amor” a la dimensión real del amor que sabe hacer con la ausencia de relación sexual. Desarrollé, esencialmente, el amor como suplencia, el amor como anudamiento según el registro que hace de medio y el amor como síntoma o sinthome. Pero, también, consideré las características generales del nudo borromeo; la père-versión paterna; el concepto de nominación; la interrogación sobre la práctica analítica a partir de la noción de real como imposible lógico; el inconsciente en su vertiente de elemento suelto; las fórmulas de la sexuación; el goce femenino; el amor como encuentro; lo imposible, lo posible, lo contingente y lo necesario en el amor; el amor apasionante; las vicisitudes del amor en la época actual; y el amor sinthome en Joyce.
El libro tiene al amor como centro y nudo de los desarrollos que se despliegan a continuación. No obstante, no todo está dicho. El trabajo invita, más bien, a seguir pensando. Varias cuestiones esbozadas siguen generándome a mí misma gran inquietud. Me pregunto cómo pensar el amor en la época actual cuando lo simbólico desfallece y ya no opera ordenando y regulando los lazos, cuáles son las formas de amar que se presentan y cómo abordarlas, ¿es el goce de los cuerpos y la ausencia de relación lo que queda en evidencia?, ¿es el espejismo de la imagen lo que impera? Ahora bien, haciendo cierta abstracción del tema principal, pienso que la investigación en sí misma puede considerarse como un trabajo introductorio a la enseñanza de Jacques Lacan, pues se encuentran nombrados y explicados los conceptos principales y su evolución a través del tiempo. Espero que la lectura resulte tan fascinante como me resultó a mí el estudio y la escritura de los temas.
CAPÍTULO I
Pasión de amor
El valor de la imagen
Lacan ingresa en el campo psicoanalítico casi dos décadas antes de lo que él ubica como el inicio de su enseñanza. Durante estos años se produce para él el encuentro entre la psiquiatría y el psicoanálisis, y el camino a Freud se presenta como una necesidad. Esta etapa empieza con su tesis de doctorado sobre el caso Aimée en 1932 y concluye a inicios de los ´50, cuando puede precisar la estructura del lenguaje funcionando en el inconsciente y es capaz de releer los escritos técnicos de Freud a partir de la herramienta conceptual que constituyen sus tres registros. Al recopilar sus escritos en 1966, Lacan junta en el apartado “Dos” del libro los artículos establecidos en dicho período. Comienza con un breve texto titulado “De nuestros antecedentes”. En relación a ellos dice “No es pues ceder a un efecto de perspectiva el ver aquí ese primer delineamiento de lo imaginario, cuyas letras, asociadas con las de lo simbólico y de lo real, vendrán a adornar mucho más tarde, justo antes del discurso de Roma, los potes, para siempre vacíos por ser todos tan simbólicos, con que haremos nuestra triaca para resolver los azoros de la cogitación psicoanalítica”. (1) En este apartado, ubicaremos los desarrollos que Lacan realiza inicialmente.
En la primera parte, nos serviremos del escrito “Más allá del principio de realidad” para ubicar la puesta en juego del registro imaginario en el dispositivo psicoanalítico. Examinaremos: el otro imaginario con el que el sujeto dialoga, el lugar desde el cual el analizante se expresa, el proceso de la identificación, la noción de “complejo” y la crítica de Lacan al principio de realidad freudiano. Indicaremos en el Seminario 1 y en el Seminario 2 el modo en el que Lacan retoma estos planteos.
En la segunda parte, nos detendremos en la teoría del estadio del espejo, comunicada por Lacan por primera vez en 1936. Para abordar este punto, tomaremos el escrito “Acerca de la causalidad psíquica” y el texto “El estadio del espejo como formador de la función del yo [je] tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica”. Estudiaremos: la introducción del narcisismo a la teoría libidinal, la nueva acción psíquica que constituye la identificación imaginaria, los efectos formativos de la Gestalt en los animales y el valor de anticipación funcional que toma la imagen en el hombre. Indagaremos alguna de estas articulaciones en el Seminario 1 y en el Seminario 3.
En la tercera parte, nos interesaremos en el escrito “Acerca de la causalidad psíquica”. Analizaremos: la concepción general del aparato psíquico según modo en el que se juega lo imaginario; la crítica que Lacan realiza a la teoría del órganodinamismo de Henry Ey; y la causación de la locura como resultado de una identificación sin mediación.
LO IMAGINARIO EN LA EXPERIENCIA PSICOANALÍTICA
Cuando la estructura del lenguaje y la palabra constituyan el eje de la experiencia y el análisis tome una dirección hacia el Otro con mayúscula, el orden imaginario será considerado el registro que obstaculiza el despliegue de lo simbólico, desde el que se espera la llegada de una palabra reveladora. (2) Sin embargo, muy tempranamente Lacan se percata de la presencia de lo imaginario en el dispositivo psicoanalítico y de la importancia en saber maniobrar con él. En el texto “Más allá del principio de realidad” Lacan explica que en el análisis el sujeto se dirige al oyente en condición de interlocutor. Convoca al analista a mantener la situación en los términos de una conversación, pero este último se rehúsa. Ahora bien, en los casos en los que el paciente continúa el relato, es posible percibir que el sujeto, lejos de dirigirse a quien está presente, se dirige “a algún otro, imaginario, pero más real: al fantasma del recuerdo, al testigo de la soledad, a la estatua del deber, al mensajero del destino”. (3)
El sujeto habitualmente habla con su yo y, a medida que lo hace, no solo manifiesta a ese otro con quien habla, al mismo tiempo revela el lugar desde el cual se expresa. De esta forma deja ver la imagen o las imágenes que lo sustituyen a él mismo, pues no es unívoco. Lacan explica “Con su imploración, con sus imprecaciones, con sus insinuaciones, con sus provocaciones, y sus ardides, con las fluctuaciones de la intención que le dirige y que el analista registra, inmóvil, pero no impasible, comunica a éste el dibujo de esta imagen”. (4) Lacan recuerda que fue Freud quien, primero, supo hacer un uso genial de la noción de imagen. Este último mostró esa función al descubrir en la experiencia el proceso de la identificación. Un hombre puede desarrollar, por ejemplo, una identificación parental y, así, transmitir en su conducta no solo los rasgos que dan cuenta de la forma particular de sus relaciones humanas sino también la situación actual en la que se hallaba en ese momento el progenitor con quien se identificó. Debido al hecho de que el sujeto desconoce la imagen que presenta con su conducta, la tarea del analista consiste en hacer que el sujeto se anoticie de ella. (5)
Lacan concluye de lo anterior que la personalidad de un hombre refleja las identificaciones que ha realizado en su vida. El comportamiento individual lleva la marca de relaciones psíquicas típicas en las que se expresa una estructura social. (6) Dichas relaciones psíquicas fundamentales han sido definidas “complejos” y por esta vía “se instauran en el psiquismo las imágenes que informan a las unidades más vastas del comportamiento, imágenes con las que el sujeto se identifica una y otra vez para representar, actor único, el drama de sus conflictos”. (7) El título del escrito “Más allá del principio de realidad” alude a la metapsicología freudiana, la cual Lacan critica. El “principio de realidad” freudiano no da cuenta del modo de estructuración del mundo. Pues la realidad se conforma del mismo modo que el yo, es decir, a partir de la serie de identificaciones imaginarias constituidas.
En el Seminario 1 Lacan vuelve sobre algunos de estos planteos. Establece que la relación hablada, flotante, con el analista tiende a producir en la imagen de sí del analizante variaciones suficientemente repetidas, suficientemente amplias, aun cuando sean infinitesimales y limitadas, como para que el sujeto perciba las imágenes cautivantes que se encuentran en la base de la constitución de su yo. (8) Ubica que la primera fase del análisis consiste en el paso de lo que del yo le es desconocido al sujeto. (9) Se trata de realizar “el número de vueltas necesarias para que aparezcan los objetos del sujeto, y para que su historia imaginaria sea completada”. (10) En el Seminario 2 Lacan dice “Hay una inercia de lo imaginario que vemos intervenir en el discurso del sujeto, inercia que enturbia este discurso y hace que no me dé cuenta de que, cuando le deseo el bien a alguien, le deseo el mal, cuando lo amo, es a mí mismo a quien amo, o cuando creo amarme, en ese preciso momento amo a otro”. (11) Ahora bien, a lo planteado en los inicios, Lacan agrega que “una vez nombrados y reintegrados los deseos sucesivos, tensionarios, suspendidos, angustiantes del sujeto, sin embargo, no todo está terminado”. (12) E indica que lo imaginario “debe trasladarse al sistema completado de los símbolos. Así lo exige la salida del análisis”. (13)
EL ESTADIO DEL ESPEJO
Lacan elabora su teoría del “estadio del espejo” a partir de una relectura del concepto freudiano de “narcisismo”, cuya elaboración comienza en el texto “Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de Demencia paranoides escrito autobiográficamente” y culmina en “Introducción del narcisismo”, cuando el narcisismo queda incluido en la teoría libidinal. Freud pudo demostrar que el ser hablante no nace con un yo. El mismo se constituye, al igual que el cuerpo y la realidad. Retomando estos planteos, Lacan expone “Una unidad comparable al yo no existe en el origen, nicht von Anfang, no está presente desde el comienzo en el individuo, y el Ich debe desarrollarse, entwickeln werden. En cambio, las pulsiones autoeróticas están allí desde el comienzo”. (14) Se trata de tiempos lógicos. Durante el autoerotismo las pulsiones parciales se satisfacen de forma autárquica en las zonas erógenas del cuerpo. En una etapa posterior, y antes de pasar a la elección de objeto en una persona ajena, el sujeto se toma a sí mismo como objeto de amor. El yo es el primer objeto. Se constituye en la fase del narcisismo, momento en el cual las pulsiones se unifican como anhelo de unidad. El narcisismo comprende “una nueva acción psíquica” (15) que Lacan sitúa en términos de identificación imaginaria.
Con el objetivo de ubicar los efectos formativos de la Gestalt Lacan toma como base experimentaciones biológicas. Precisa el papel fundamental que la imagen cumple en el desencadenamiento de los ciclos de alimentación y apareamiento en animales. En el caso de la paloma, por ejemplo, Lacan explica que la ovulación está determinada por la visión de la forma del congénere, excluida toda otra forma sensorial de la percepción, y no es necesario que se trate de la visión del macho. Ubicadas en el mismo espacio con individuos de ambos sexos, pero en jaulas en las que no se pueden ver, aun pudiendo percibir sus gritos y su olor, las hembras no ovulan. Sin embargo, es suficiente que dos sujetos puedan verse, aunque más no sea a través de una placa de vidrio, para que el fenómeno de la ovulación se desencadene. Lacan sitúa un punto aún más notable. La sola visión de su propia imagen en el espejo basta para desencadenar la ovulación. El segundo ejemplo es sobre los saltamontes peregrinos, llamados vulgarmente langostas. Hay dos variedades, el tipo solitario y el tipo gregario. El paso de la primera variedad a la segunda variedad depende de la visión, durante los primeros periodos larvarios, de otros individuos de la especie.
Ahora bien, ¿cuál es la particularidad de la función especular en el hombre? Lacan compara el comportamiento de un infante ante la imagen en el espejo con el de un chimpancé. A partir de los seis meses de edad, momento en que el animal aún supera en inteligencia instrumental al ser humano, a diferencia del primero el niño al mirarse en el espejo rebota “en una serie de gestos en los que experimenta lúdicamente la relación de los movimientos asumidos de la imagen con su medio ambiente reflejado, y de ese complejo virtual con la realidad que reproduce, o sea con su propio cuerpo y con las personas, incluso con los objetos, que se encuentran junto a él”. (16) El júbilo que acarrea dicho reconocimiento da cuenta de la ilusión de unidad que conlleva la constitución del yo. El fenómeno se explica a partir de la prematuración del nacimiento en el hombre. Durante los primeros meses de vida el neuroeje se encuentra incompleto y atrasado en el desarrollo. Esto da lugar a la incoordinación motriz y del equilibrio. Sin embargo, y aquí va el punto esencial, a partir de dicho retraso la maduración precoz de la percepción visual adquiere en el ser humano un valor de anticipación funcional. El niño es capaz de reconocer, precozmente, la forma humana y la identificación con esa forma constituye en el hombre el “nudo imaginario, absolutamente esencial”. (17)
Las identificaciones realizadas revelan para Lacan la función de la imago, “esa forma definible en el complejo espacio-temporal imaginario que tiene por función realizar la identificación resolutiva de una fase psíquica, dicho de otro modo, una metamorfosis de las relaciones del individuo a su semejante”. (18) Por su modo de estructuración el yo no puede concebirse como sintético o exento de contradicción –como algunas concepciones lo entienden– y tiende a manifestar un transitivismo normal que se emparenta con el conocimiento paranoico. El transitivismo es un fenómeno que se produce a partir de la captación por la imagen. Se trata de una ambivalencia primordial que se presenta en espejo, “el sujeto se identifica en su sentimiento de Sí con la imagen del otro, y la imagen del otro viene a cautivar en él este sentimiento”. (19) El transitivismo es la matriz de la Urbild del Yo y domina de manera significativa la fase primordial en la que el niño toma conocimiento de su individuo, al que su lenguaje traduce en tercera persona antes de hacerlo en primera. Esto lleva al niño, por ejemplo, a atribuirle a su compañero recibir de él el golpe que él le dirige. Para que se produzca, es condición que la diferencia de edad entre los compañeros no supere cierto límite. Un parecido genérico es requerido para el reconocimiento. Lacan concluye que el primer efecto de la imago es, entonces, “un efecto de alienación del sujeto”. (20)
En el Seminario I Lacan revisa la función del registro imaginario en el hombre. Establece que el proceso de maduración fisiológica permite, en un momento, integrar las funciones motoras y acceder a un dominio real del cuerpo. No obstante, antes de que se alcance, el sujeto toma conciencia de su cuerpo como totalidad debido a que “la sola visión de la forma total del cuerpo humano brinda al sujeto un dominio imaginario de su cuerpo, prematuro respecto al dominio real. Esta formación se desvincula así del proceso mismo de la maduración, y no se confunde con él”. (21) Y agrega “El sujeto anticipa la culminación del dominio psicológico, y esta anticipación dará su estilo al ejercicio ulterior del dominio motor efectivo”. (22) El hecho de que, por primera vez, el hombre se experimente, se vea y se conciba como otro de lo que él es va a estructurar el conjunto de su vida fantasmática. En el Seminario 3 Lacan destaca que toda cautivación erótica del otro como tensión agresiva se establece por medio de la imagen. Precisa “Esta imagen es funcionalmente esencial en el hombre, en tanto le brinda el complemento ortopédico de la insuficiencia nativa, del desconcierto, del desacuerdo constitutivo, vinculados a la prematuración del nacimiento”. (23) Y continúa “Su unificación nunca será completa porque se hace por una vía alienante, bajo la forma de una imagen ajena, que constituye una función psíquica original”. (24)
LA IDENTIFICACIÓN IMAGINARIA COMO CAUSA PSÍQUICA
En el texto “Acerca de la causalidad psíquica” Lacan propone una concepción del aparato psíquico donde la locura es consecuencia del modo de las identificaciones que ha realizado el sujeto. El mismo comienza con una dura crítica a la teoría organicista de la locura que plantea Henry Ey, su órgano-dinamismo. Por muy dinámica que sea su doctrina de la perturbación mental es para Lacan incompleta y falsa, ya que se reduce al juego de los aparatos constituidos en el cuerpo. Ese juego “descansa siempre, en último análisis, en una interacción molecular dentro del modo de la extensión partes extra partes en que se constituye la física clásica… es lo que constituye su determinismo”. (25) Lacan considera que la cuestión de la verdad condiciona al fenómeno de la locura y eludirlo es no tomar en cuenta la significación que refiere, específicamente, al ser mismo del hombre. Por su parte, el órgano-dinamismo de Henry Ey “no tiene los caracteres de la verdadera idea”. (26) La misma debe estar de acuerdo con lo que es ideado por ella. Dicha doctrina presenta una creciente contradicción. Mientras rechaza toda idea de psicogénesis, va recargando sus desarrollos con una descripción estructural referida a la actividad psíquica y pretende explicar los fenómenos del orden del sentido en función de hechos orgánicos.
La concepción de la locura que tiene Henry Ey lo lleva a exponer que las enfermedades mentales “son insultos y trabas a la libertad, no son causadas por la actividad libre, es decir, puramente psicogenética”. (27) Para Ey la locura testimonia de la desaparición de la libertad de la razón. Sin embargo, no puede ubicar un orden de causalidad que no sea el propio del organismo. En cambio, Lacan sitúa un nivel de causalidad en el campo de la subjetividad, el campo de la libertad. El mismo corresponde a la atribución del sentido, que escapa al determinismo y concierne a una decisión del sujeto. Lacan concluye que “el fenómeno de la locura no es separable del problema de la significación para el ser, en general, es decir, del lenguaje para el hombre”. (28) Retoma el “caso Aimée” y recuerda que al golpear con asesina intención a la última de las personas en las que ella había identificado a sus perseguidoras cae su creencia delirante. Tomando a Hegel, Lacan expone que el loco desconoce en el desorden del mundo la manifestación de su ser, él quiere imponer allí la ley de su corazón. El rival se le aparece como su propia imagen en el espejo y “al asestar su golpe contra lo que se le presenta como el desorden, se golpea a sí mismo por vía de rebote social”. (29) En la furia contra el otro el sujeto intenta alcanzar el kakón de su propio ser.
El riesgo de la locura se mide, en esta perspectiva, por el modo de las identificaciones que se han realizado. Lacan explica que “las primeras elecciones identificatorias del niño, elecciones “inocentes”, no determinan otra cosa, en efecto –dejando aparte las patéticas “fijaciones” de la “neurosis”–, que esta locura, gracias a la cual el hombre se cree un hombre”. (30) En este contexto se entiende que “el momento de virar lo da aquí la mediación o la inmediatez de la identificación, y para decirlo de una vez, la infatuación del sujeto”. (31) La locura testimonia el ser del sujeto coagulado en una identificación ideal. Lejos de ser la locura el hecho contingente de las fragilidades del organismo, “es la permanente virtualidad de una grieta abierta en su esencia”. (32) La hiancia propia de la estructura del yo es en el loco recubierta por la coincidencia ilusoria del yo con la imagen. De esta forma, el loco realiza una identificación inmediata, es decir, sin mediación simbólica. Esa grieta, esa falla, que Lacan señala en el ser del hombre, en vez de determinarlo, lo coloca ante la posibilidad de la elección. Por eso, la identificación sin mediación o infatuada demuestra la relación del ser con su libertad. No se vuelve loco quien quiere. Lacan desplaza la causalidad de la locura hacia esa “insondable decisión del ser”. (33)
La otra cara del amor
De la teoría del estadio del espejo formulada por Lacan se desprende que la tensión entre el yo y el otro, la agresividad y los celos forman parte de todo vínculo de carácter narcisista. Pues los mismos resultan de la identificación al semejante a partir de la cual el hombre se concibe por primera vez como unidad. Durante este apartado examinaremos dichos fenómenos.
En la primera parte, nos serviremos de los escritos “El estadio del espejo…” y “La agresividad en psicoanálisis” y de algunos párrafos del Seminario 1, del Seminario 2 y del Seminario 3 para analizar: el valor fundamental que la imagen visual adquiere en el hombre permitiendo la constitución del yo, el cuerpo y la realidad; las consecuencias de conformar una unidad afuera; la estructura general del conocimiento humano; y la tensión “yo o el otro”.
En la segunda parte, tomaremos el artículo “La agresividad en psicoanálisis” y algunos párrafos del escrito “De nuestros antecedentes” y del Seminario 1 para indagar: la agresividad puesta en juego en el dispositivo analítico, la agresividad que se observa en el comportamiento del niño, la agresividad propia de todo lazo imaginario y la regulación que provee el orden simbólico.
En la tercera parte, nos interesaremos por la temática de los celos. En el escrito “Los complejos familiares en la formación del individuo” estudiaremos: los celos en el complejo de la intrusión, la identificación mental en la base de los celos, los celos y la fusión entre amor e identificación, y la pasión de los celos amorosos.
“YO O EL OTRO”
A partir de su teoría del estadio del espejo Lacan ubica el valor fundamental que la imagen visual adquiere en el hombre, teniendo en cuenta el retraso en el desarrollo del organismo al momento del nacimiento y durante los primeros meses de vida. Lacan pone énfasis en el espectáculo que constituye el encuentro del lactante con su imagen. Explica “no tiene todavía dominio de la marcha, ni siquiera de la postura de pie, pero […] supera en un jubiloso ajetreo las trabas de ese apoyo para suspender su actitud en una postura más o menos inclinada, y conseguir, para fijarlo, un aspecto instantáneo de la imagen”. (34) La identificación imaginaria que el niño establece le permite el paso desde la insuficiencia de la constitución real de su organismo a la anticipación de una totalidad. No obstante, “El ser humano solo ve su forma realizada, total, el espejismo de sí mismo, fuera de sí mismo”. (35) Y esto no es sin consecuencias.
Al mismo tiempo que el sujeto conforma su yo constituye también su cuerpo. En el Seminario 1 Lacan hace referencia al imaginario corporal e indica “El hombre se aprende como cuerpo, como forma vacía del cuerpo, en un movimiento de báscula, de intercambio con el otro”. (36) Recuerda que cuando Freud habla del ego, no se refiere, en absoluto, a algo incisivo, determinante. Freud señala que el ego tiene una relación muy estrecha con la superficie del cuerpo. Lacan explica “No se trata de la superficie sensible, sensorial, impresionada, sino de esa superficie en tanto está reflejada en una forma”. (37) Dicha forma “no le es dada sino como una Gestalt, es decir, en una exterioridad donde sin duda esa forma es más constituyente que constituida”. (38) Si bien esa Gestalt simboliza la permanencia mental, al mismo tiempo prefigura la alienación.
Ahora bien, de la conformación del yo y del cuerpo depende la creación de la realidad, pues “el objeto siempre está más o menos estructurado como la imagen del cuerpo del sujeto”. (39) Si el principio de toda unidad percibida por el sujeto es la imagen de su cuerpo, la conformación y la consistencia del mismo va a incidir en el establecimiento de una realidad singular, que del mismo modo que se construye puede desarmarse. Al respecto Lacan refiere en el Seminario 2 “A causa de esta relación doble que tiene consigo mismo, será siempre en torno a la sombra errante de su propio yo como se estructurarán los objetos de su mundo. Todos ellos poseerán un carácter fundamentalmente antropomórfico, digamos incluso egomórfico”. (40) Y continúa, “El hombre evoca una y otra vez en esta percepción su unidad ideal, jamás alcanzada y que se le escapa sin cesar”. (41)
Por lo anterior, la estructura general del conocimiento humano es fundamentalmente paranoica. Esto conduce a una tendencia agresiva, que se revela esencial en las psicosis paranoicas y paranoides, pero también en todo tipo de vínculo narcisista más allá de las estructuras clínicas. (42) Lacan compara su teoría de estadio del espejo tanto con concepciones filosóficas como con las nociones propuestas por Freud y concluye “A estos enunciados se opone toda nuestra experiencia en la medida en que nos aparta de concebir el yo como centrado sobre el sistema percepción-conciencia, como organizado por el “principio de realidad” en que se formula el prejuicio cientificista más opuesto a la dialéctica del conocimiento”. (43) En lugar de comenzar desde el conocimiento, se trata para Lacan de partir de la función de desconocimiento.
En el escrito “El estadio del espejo…” Lacan analiza la tensión constante del yo con el otro, que es él mismo, propia de todo vínculo especular y dice “El sujeto, presa de la ilusión de la identificación espacial, maquina las fantasías que se suceden desde una imagen fragmentada del cuerpo hasta una forma que llamaremos ortopédica de su totalidad –y hasta la armadura por fin asumida de una identidad alienante, que va a marcar con su estructura rígida todo su desarrollo mental”. (44) Por establecerse por una vía alienada, la instancia del yo queda situada en una línea de ficción. Lo anterior constituye una discordancia primordial, una hiancia en el ser que no se podrá colmar. Su consistencia no será nunca completa y la imagen del otro tendrá para él siempre un valor cautivador.
En el Seminario 2, Lacan señala que toda la relación imaginaria se produce en una especie de tú o yo entre el sujeto y el objeto. En la medida en que el hombre reconoce su unidad en un objeto se siente en relación a él en malestar. (45) “Si el objeto percibido afuera posee su propia unidad, ésta coloca al hombre que la ve en estado de tensión, porque se percibe a sí mismo como deseo, y como deseo insatisfecho. Inversamente, cuando aprende su unidad, es por el contrario el mundo el que para él se descompone”. (46) Debido a las características de los lazos narcisistas, se requiere de una ley que regule las relaciones y otorgue a los objetos estabilidad, de la que carecen en el instante fugaz de la captación especular. Ahora bien, el sujeto está en el mundo del símbolo, él puede nombrar a los objetos, logrando que los mismos subsistan en una cierta consistencia. (47) El orden de la palabra posibilita una mediación en relación al callejón sin salida al que conduce la relación imaginaria. En el Seminario 3 Lacan señala “El complejo de Edipo significa que la relación imaginaria, conflictual, incestuosa en sí misma, está prometida al conflicto y a la ruina… hace falta una ley, una cadena, un orden simbólico, la intervención del orden de la palabra, es decir, del padre. No del padre natural, sino de lo que se llama el padre. El orden que impide la colisión y el estallido de la situación…”. (48)
LA AGRESIVIDAD
Lacan comienza el escrito “La agresividad en psicoanálisis” precisando el modo en el que la agresividad se manifiesta en el contexto de la experiencia psicoanalítica. Para analizar dicho fenómeno, propone pasar de la subjetividad de la intención –que nos deja en el plano de la fenomenología de la experiencia– y centrarnos en la noción de una tendencia a la agresión. La agresividad del sujeto hacia la persona del analista constituye la transferencia negativa. Lo que se transfiere sobre el otro es una de las imágenes más o menos arcaicas que se formaron a partir de una identificación. Así, “el más azaroso pretexto basta para provocar la intención agresiva, que reactualiza la imago en el plano de sobredeterminación simbólica”. (49) El título del último punto del escrito expresa “La agresividad es la tendencia correlativa de un modo de identificación que llamamos narcisista y que determina la estructura formal del yo del hombre y del registro de identidades característico de su mundo”. (50)
El desarrollo precoz de la función visual le permita al hombre, a partir de una identificación especular, constituirse como unidad de forma anticipada a sus posibilidades reales. Eso conlleva una cierta indiferenciación entre él mismo y el semejante. Por eso, el comportamiento del niño durante aproximadamente los primeros dos años de vida da lugar a manifestaciones emocionales que testimonian de un transitivismo normal. Al confrontar dos niños de edades similares los gestos de uno siguen y se confunden con los del otro, “es en una identificación con el otro como vive toda la gama de reacciones de prestancia y de ostentación, de las que sus conductas revelan con evidencia la ambivalencia estructural, esclavo identificado con el déspota, actor con el espectador, seducido con el seductor”. (51) Allí se juega cierta agresividad, pues “las retaliaciones de palmadas y de golpes no puede considerarse únicamente como una manifestación lúdica de ejercicio de las fuerzas y de su puesta en juego para detectar su cuerpo”. (52)
En el Seminario 1 Lacan señala “existe una dimensión imaginaria del odio pues la destrucción del otro es un polo de la estructura misma de la relación intrasubjetiva. Se trata de lo que Hegel reconoce como el callejón sin salida de la coexistencia de dos conciencias”. (53) Hegel deduce de la misma su mito de la lucha por puro prestigio y deriva del conflicto del amo y del esclavo todo el progreso de nuestra historia al hacer surgir de esas crisis las síntesis que dan cuenta de las formas más elevadas de la persona. Lacan indica “Si el amor aspira al desarrollo del ser del otro, el odio aspira a lo contrario: a su envilecimiento, su pérdida, su desviación, su delirio, su negación total, su subversión. En este sentido el odio, como el amor, es una carrera sin fin”. (54) Ahora bien, el sujeto aprende a reconocer invertido en el otro también su deseo. Al principio el deseo se juega únicamente en el plano de la relación imaginaria del estadio especular. Reconocemos la relatividad del deseo humano respecto del deseo del otro en toda relación donde hay rivalidad. (55)
En el escrito “De nuestros antecedentes” Lacan refiere “sea lo que sea lo que la imagen cubre, esta no centra sino un poder engañoso de derivar la alienación que ya sitúa el deseo en el campo del Otro, hacia la rivalidad que prevalece, totalitaria, por el hecho de que el semejante se le impone con una fascinación dual”. (56) En la relación narcisista, el deseo del sujeto solo puede confirmarse en una competencia absoluta con el otro por el objeto hacia el cual el deseo tiende. Solo el orden simbólico permite hacer pasar el deseo por la mediación del reconocimiento, establece la regulación de las relaciones e imposibilita tanto la completa captación por la imagen como la tentativa feroz de destrucción del semejante, en el que se agotarían los lazos humanos. Por eso, cada vez que nos aproximamos en un sujeto a esa alienación primordial, y falla la regulación que provee el registro de la palabra, se genera la agresividad más radical: el deseo de la desaparición del otro, en tanto el otro soporta el deseo del sujeto.
LOS CELOS
En el texto “Los complejos familiares en la formación del individuo” Lacan se dedica a la cuestión de los celos en el marco del complejo de la intrusión, el cual “representa la experiencia que realiza el sujeto primitivo, lo más a menudo cuando ve a uno o varios de sus semejante, participar con él de la relación doméstica, dicho de otra manera cuando se entera de que tiene hermanos”. (57) El punto crítico que revelan las investigaciones psicoanalíticas para Lacan es que “los celos en su fondo representan no una rivalidad vital sino una identificación mental”. (58) Para introducir el tema, Lacan recuerda la experiencia que nombra San Agustín sobre los celos infantiles “He visto con mis propios ojos, dice San Agustín, y observado atentamente a un niño muy pequeño presa de los celos: todavía no hablaba, y no podía, sin palidecer, fijar su mirada en el amargo espectáculo de su hermano de leche”. (59)
Si se confrontan niños pequeños por parejas cuando entre ellos no hay una notable diferencia de edad, cada uno confunde la patria del otro con la suya propia y se identifica con él. Al mismo tiempo, aparece el reconocimiento de un rival, o sea, de un “otro” como objeto. Para comprender esta estructura, Lacan propone detenerse un instante en el niño que se ofrece como espectáculo y en aquel que lo sigue con la mirada y se pregunta “¿cuál de los dos es el más espectador? O si no obsérvese al niño que prodiga hacia otro sus tentativas de seducción: ¿dónde está el seductor? Finalmente acerca del niño que goza de las pruebas de dominación que ejerce y acerca de aquel que se complace en someterse a él: preguntémonos cuál es el más avasallado”. (60)
La estructura de los celos surge de la mezcolanza imaginaria y es, a menudo, el hermano el objeto electivo de las exigencias de la libido en el estadio del que nos estamos ocupando. Con lo cual, se funden allí dos relaciones afectivas: el amor y la identificación. Dicha ambigüedad se vuelve a encontrar en el adulto y donde mejor se la puede captar es en la pasión de los celos amorosos. El interés que el sujeto otorga a la imagen del rival, aunque se afirme como odio, debe interpretarse como el interés esencial y positivo de la pasión. Eso lo emparenta con la obsesión. (61) La agresividad máxima que se encuentra en las formas psicóticas de la pasión se explica mejor a partir de la negación de dicho interés que por la rivalidad que parece justificarla.
Antes de que afirme su identidad, el yo se confunde con la imagen que lo forma. A partir de lo cual conservará la estructura ambigua del espectáculo “esta intrusión primordial permite comprender toda proyección del yo construido, ya sea que se manifieste como mitomaníaca en el niño, cuya identificación personal todavía es vacilante, o como transitivista en el paranoico, cuyo yo regresa a un estadio arcaico, o como comprensiva cuando está integrada a un yo normal”. (62) En el drama de los celos se trata de la introducción de un objeto tercero, que sustituye a la confusión afectiva y a la ambigüedad espectacular por la competencia de una situación triangular. (63)
El amor pasión
Hemos recorrido algunos de los principales textos iniciales de Lacan con el objetivo de dilucidar el papel que el registro imaginario cumple en el hombre, incidiendo en la constitución del yo, el cuerpo como unidad y la realidad. A partir del análisis del material, nos detuvimos en “la otra cara del amor”, es decir, el odio que se desprende del vínculo especular y que se manifiesta en la tensión con el semejante, la agresividad y los celos, para nombrar algunas de sus facetas. Con el propósito de situar, en esta instancia, el modo en el que se juega el amor en el marco de la relación narcisista, nos serviremos de algunos de sus primeros seminarios. Si bien es imposible analizar el amor solamente a partir de vínculos imaginarios, pues el hombre vive en un mundo de otros que hablan, indagaremos qué sucede cuando los lazos narcisistas dominan el tipo de relaciones que se establecen.
En la primera parte de este apartado, leeremos el texto de Freud “Introducción del narcisismo” para ubicar los tipos de elección de objeto en el hombre. A continuación indagaremos en el Seminario 1 y en el Seminario 4: el amor narcisista en torno a la imagen de uno mismo, el amor anaclítico en relación al Otro del cual uno depende, las críticas que Lacan realiza a las ideas de Freud y la elección del tipo del apuntalamiento a partir del concepto de falo imaginario.
En la segunda parte, nos interesaremos en el amor pasión. Nos serviremos de algunos capítulos del Seminario 1 y Seminario 3 para precisar: la diferencia entre la pasión imaginaria y el don activo del amor; la distinción entre la pasión amorosa y las manifestaciones del amor en las psicosis; y la locura que constituye la captura en el puro espejismo de la imagen.
En la tercera parte, ubicaremos el amor pasión en el caso de la joven homosexual de Freud, tal como Lacan lo despliega en el Seminario 4. El caso elegido nos posibilitará situar, a medida que avancemos, los tres registros en juego en el amor: el amor como pasión imaginaria, el don de amor que se juega en el registro simbólico y el amor en torno a un vacío real que no se puede simbolizar.
ELECCIÓN DE AMOR NARCISISTA, ELECCIÓN DE AMOR ANACLÍTICA
En el punto 3 del artículo “Introducción del narcisismo” Freud propone como tercera vía de acceso al estudio del narcisismo la vida amorosa del ser humano. Indica que el niño y el adolescente elijen sus objetos sexuales a partir de sus vivencias de satisfacción, que parten en principio de aquellas funciones vitales que sirven a la autoconservación. Freud nombra a este tipo de elección de objeto como el tipo del apuntalamiento o el tipo anaclítico. Dicho apuntalamiento se demuestra en el hecho de que las personas encargadas de la crianza, sobre todo la madre o su sustituto, devienen los primeros objetos sexuales. (64) Según el tipo del apuntalamiento, el sujeto ama a la mujer nutricia o al hombre protector. (65) La investigación analítica descubre otro tipo de elección de objeto y Freud precisa que se encuentra en personas cuyo desarrollo libidinal experimentó una perturbación. En este último caso, los sujetos no eligen su objeto de amor según el modelo de la madre, sino según el de su propia persona. Freud denomina a este tipo de elección de objeto narcisista. (66) Según esta condición, el sujeto ama a lo que él mismo es, a lo que él mismo fue, a lo que él querría ser o a la persona que fue una parte de su sí mismo propio. (67) Cada ser humano tiene la posibilidad de optar por uno u otro de los caminos, es decir, tiene dos objetos sexuales originarios, él mismo y la persona que lo crió. Esto le permite a Freud suponer un narcisismo primario que puede, ocasionalmente, manifestarse en su elección de objeto.
A continuación, Freud explica que el tipo de elección de objeto presenta características específicas en hombres y mujeres, aunque no necesariamente se opta por la tendencia más frecuente. Mientras la elección de objeto del tipo del apuntalamiento es propia del hombre, la elección de objeto del tipo narcisista se presenta principalmente en las mujeres. En el primer caso, la sobreestimación sexual del objeto, con el consecuente empobrecimiento yoico, proviene del narcisismo originario del niño. (68) En el segundo caso, el acrecentamiento del narcisismo originario se explica a partir del desarrollo puberal. La complacencia consigo misma obstaculiza, en el caso de la mujer, la constitución de un objeto de amor externo. Dichas mujeres se aman a sí mismas de modo similar a como lo hace quien las ama. Calman su necesidad siendo amadas más que amando. Este tipo de personas suelen desplegar gran atracción sobre otras en quienes el narcisismo propio no es tan preponderante. (69)
En el Seminario 1 Lacan retoma los desarrollos freudianos y los amplía. Precisa, ante todo, que la conformación imaginaria primordial permite situar la relación libidinal con el mundo y brinda el marco fundamental de todo erotismo. (70) La cautivación del otro por la imagen tiene un gran papel en la elección del objeto de amor. Si bien ubica que ambos tipos de elección de objeto propuestos por Freud se corresponden con una inversión de identificación, Lacan marca una diferencia entre ambos a partir de los registros que se ponen en juego en cada caso. Expone “Existe ante todo, en el campo de la fijación amorosa, de la Verliebtheit, el tipo narcisístico. Está fijado pues se ama primero, lo que uno mismo es, vale decir, como Freud lo precisa entre paréntesis, uno mismo; segundo, por lo que uno ha sido; tercero, lo que uno quisiera ser; y cuarto, la persona que fue una parte del propio yo. Es el Narzissmustypus”. (71) También se da la modalidad de amor de tipo anaclítico, en este caso “el sujeto se ubica entonces en una situación primitiva. Ama a la mujer que alimenta y al hombre que protege”. (72) El amor anaclítico tiene que ver con un Otro del cual se depende, por eso Lacan lo escribe con mayúscula. Ese Otro tiene dos caras: la del desamparo y la de la dependencia de amor. Mientras el primero evidencia la faceta de un Otro que tiene, el segundo da cuenta de un Otro que no tiene, que está privado de lo que da.
En el Seminario 4 Lacan retoma los tipos de relación libidinal en el adolescente. Refiere “Freud distingue dos tipos de objeto de amor, el objeto de amor anaclítico, que lleva la marca de una dependencia primitiva respecto de la madre, y el objeto de amor narcisista, modelado en base a la imagen narcisista del sujeto…”. (73) Sin embargo, esta vez, lo hace desde una mirada crítica acerca de los planteos freudianos. Establece que no le parece adecuado el término “anaclítico” que propone Freud. En Freud la relación anaclítica constituye una necesidad de apoyo que desemboca en una relación de dependencia. En griego dicho término no tiene este sentido que Freud le da, significa “relación de apoyo contra”, (74) lo cual lleva a malos entendidos. Además, Lacan halla contradicciones en la forma en la que Freud formula los dos modos de relación. Mientras Freud plantea que en la relación narcisista hay una necesidad de ser amado más que de amar, aunque no deja de atribuirle el deseo de amar, por el contrario, Lacan encuentra un elemento de actividad inherente al comportamiento del narcisista. Este último siempre ignora al otro. La relación anaclítica en su persistencia en el adulto es considerada una prolongación de una posición infantil, que en su artículo sobre los tipos libidinales Freud llama erótica. (75) Tomando en consideración ambos tipos, Lacan señala que la relación anaclítica es la posición más abierta, es decir, la misma da mayor posibilidad para intervenir sobre ella.
Durante el Seminario 4 Lacan se interesa por el papel que el falo cumple en la relación preedípica del niño con la madre. En los modos de elección de objeto de tipo anaclítica se verifica la dificultad que tuvo el sujeto en abandonar la posición de falo imaginario en el deseo de la madre, lo que lo deja enlazado a su objeto originario. En la medida en la que el hombre es investido con el falo en la relación simbólica como algo que le pertenece y ejercita, se convierte para la mujer, objeto sucesor del objeto materno, en portador del falo, objeto del deseo. (76) Esta relación se convierte en anaclítica si la mujer se muestra dependiente del falo que el hombre ahora detenta. A partir de la identificación con el partenaire, el hombre sabe que le resulta indispensable a ella, que es el único que la satisface por ser el depositario del objeto que es el objeto del deseo de la madre. Lacan dice “una parte de la vida erótica de los sujetos que participan de esta vertiente libidinal está totalmente condicionada por la necesidad por parte del Otro, la mujer maternal, de hallar en él su objeto, el objeto fálico, necesidad que ellos experimentaron en alguna ocasión y asumieron”. (77)
ARTICULACIONES EN TORNO AL AMOR PASIÓN
En el Seminario 1 Lacan establece que si bien la relación objetal debe someterse al marco narcisista e inscribirse en él lo trasciende, de modo tal que resulta imposible su realización en el plano imaginario, se requiere “una referencia al más allá del lenguaje, a un pacto, a un compromiso que la constituya, hablando estrictamente, como otra, incluida en el sistema general, o más exactamente universal, de los símbolos interhumanos. No hay amor que funcionalmente pueda realizarse en la comunidad humana si no es a través de un pacto”. (78) Unas clases después, en el mismo seminario, Lacan distingue el amor del deseo. Considera al deseo como la relación límite que se establece entre todo organismo y el objeto que lo satisface. El mismo se diferencia del amor cuyo objetivo no es la satisfacción, sino el ser. Por eso, solo podemos hablar de amor allí donde existe la relación simbólica. (79) El amor de quien desea ser amado es esencialmente una tentativa de capturar al otro en sí mismo, de capturarlo como objeto. La particularidad del amante no es tenida en cuenta. Tampoco lo es la del sujeto, pues a este último no le interesa ser amado por su bien, sino que exige serlo por todo. Si hay en el deseo de ser amado un predominio de las características especulares, el don activo del amor conlleva la puesta en juego del orden simbólico. Amar implica hacerlo más allá de lo que parece ser. Como don activo el amor “apunta al otro, no es su especificidad, sino en su ser”. (80) El mismo se dirige, más allá de la captura imaginaria, a la particularidad del sujeto amado. Implica tener en cuenta sus debilidades y rodeos y admitir hasta sus errores. Para poder hacer del amor un don activo se requiere de la palabra.
En el Seminario 3 Lacan se sirve del amor cortés para ubicar la forma que toma el amor en las psicosis, pues lo que sucede en el psicótico presenta analogías con “el carácter de degradación alienante, de locura, que connotan los desechos de esta práctica”. (81) En la Edad Media se marcaba una diferencia entre la teoría física y la teoría extática del amor. En el segundo caso, lo que se plantea es la cuestión de la relación del sujeto con el Otro absoluto. Lacan se pregunta “¿Qué diferencia a alguien que es psicótico de alguien que no lo es? La diferencia se debe a que es posible para el psicótico una relación amorosa que lo suprima como sujeto, en tanto admite una heterogeneidad radical del Otro. Pero ese amor es también un amor muerto”. (82) El amor extático es un amor vivo que consiste en amar a Otro radicalmente Otro. Entonces, la condición mortífera del amor en las psicosis, el sacrificio subjetivo, se cumple sólo en determinado momento, “donde la palabra está ausente, allí se sitúa el Eros del psicótico, allí encuentra su supremo amor”. (83) La abolición subjetiva en las psicosis, que se corresponde con la ausencia de la palabra, es consecuencia del agujero en el lugar de la significación fálica que surge en dicha estructura clínica efecto de la forclusión del significante del Nombre del Padre. Por eso en la psicosis el amor no puede jugarse a partir de la mediación del orden simbólico ni inscribirse bajo la definición que Lacan propone para el amor en los ´50, es decir, como “dar lo que no se tiene”. (84) Por otro lado, en las psicosis la relación con el Otro radical se manifiesta a partir de una situación en espejo, es decir, el Otro se le presenta al sujeto a nivel del orden de lo imaginario. (85)
El amor cortés es una respuesta que se dio en un lugar y un momento preciso de la historia frente al problema de cómo dar forma al amor. Dicho “amor ideal” se caracterizaba por un sacrificio total de un ser al otro llevado a cabo sistemáticamente. Comportaba una técnica especial con sus modos y sus registros y con una mezcla de sensualidad y castidad, en el cual el contacto físico era infrecuente o nulo. (86) Lacan hace referencia a la cuestión de los patterns y propone una línea que conduce hasta el amor romántico. Precisa “en el curso de la evolución histórica el amor-pasión, en la medida en que es practicado en ese estilo que se llama platónico o idealista apasionado, se vuelve cada vez más ridículo, o lo que comúnmente se llama, y con justeza, una locura”. (87) Este tipo de amor que ligaba al sujeto con una “bella” o una “dama” se realiza en la actualidad con una imagen en la pantalla. (88) Lacan ubica, en cualquier caso, como “locura” la dimensión del puro espejismo que este modo del amor conlleva. (89)
EL AMOR PASIÓN EN LA JOVEN HOMOSEXUAL
En el Seminario 4 Lacan estudia el caso de Freud de la joven homosexual que, en este momento, abordaremos desde la perspectiva de la fascinación imaginaria. Aunque el mismo admite, también, ser trabajado a partir del orden simbólico, si consideramos la falta puesta en juego en el amor en su doble vertiente –el amor como don y el falo como lo que se desea en la persona amada–, y desde el registro real, si tomamos en cuenta el objeto a oculto bajo la imagen, vacío real que no se puede simbolizar. Durante este seminario, Lacan se interesa por la práctica del amor cortés, a la que ya aludió en el Seminario 3 y la cual trabajará, fuertemente, en el Seminario 7.
El amor cortés es una modalidad del amor que reinó en la Edad Media, la misma “implica una elaboración técnica muy rigurosa del contacto amoroso, con largas permanencias conteniéndose ante el objeto amado, para alcanzar la realización de ese más allá buscado en el amor, más allá propiamente erótico”. (90) Es decir, algo se alcanza por fuera del contacto físico, del cuerpo a cuerpo, y para alcanzarlo “se hace un uso deliberado de la relación imaginaria propiamente dicha”. (91) Estas técnicas, que puede parecerles perversas a un ingenuo, no son más que cualquier otro reglamento del acercamiento amoroso en una esfera definida de las costumbres. (92) El caso de la joven homosexual se encuentra dentro de esta vertiente amorosa. Se trata de una muchacha vienesa. Su caso es explicado por Freud a partir de la orientación de la mujer, en su paso por el Edipo, de obtener un hijo del padre.
Algo se decide en el caso cuando, en algún momento de su juventud, la joven sufre una decepción en relación con el objeto de su deseo. Fantaseaba con la posesión de un hijo imaginario del padre y, causada por dicha necesidad, se satisfacía en el plano simbólico cuidando un niño, hijo de unos amigos de sus padres. En este contexto, el padre da a la madre un hijo real. Freud explica que tras el desengaño la joven se identifica con el padre y desempeña su papel, lo que implica una regresión al narcisismo. Desde esta posición, convertida ella misma en el padre imaginario se aferra al pene, objeto que no tiene, y se vincula con una dama a quien ama. Le demuestra, de esta forma, al padre cómo se puede amar, es decir, cómo dar lo que no se tiene.
En función de la forma en la que la joven manifiesta su amor por la dama, Lacan refiere “Esta relación de la chica revela ser, a medida que transcurren los acontecimientos, verdaderamente pasional”. (93) Según Freud se trata del amor platónico en su mayor exaltación. Lacan refiere “Es un amor que no pide más satisfacción que servir a la dama. Es verdaderamente el amor sagrado, por así decirlo, o el amor cortés en su aspecto más devoto”. (94) Dicha relación se sitúa “en el grado más elevado de la relación amorosa simbolizada, planteada como servicio, como institución, como referencia”. (95) Y continúa, “No se trata simplemente de una atracción o de una necesidad, sino de un amor que en sí mismo no solo prescinde de satisfacción, sino que apunta muy precisamente a la no satisfacción… un amor ideal”. (96)
El amor de la joven por su amada se despliega en la devoción. Su apego a ella y su anonadamiento están elevados a un grado supremo. Se trata de una pasión devoradora. Constituye un tipo de amor que Freud reserva al registro de la experiencia masculina y se desarrolla en una relación cultural muy elaborada e institucionalizada. (97) La joven trata a la dama “en un estilo altamente elaborado de las relaciones caballerescas y propiamente masculinas, es una pasión que se entrega sin exigencia, ni deseo, ni esperanza siquiera de reciprocidad, como un don, proyectándose el amante más allá de cualquier manifestación de la amada”. (98) El enlace entre la pasión imaginaria y el don de amor será nuestro puente hacia el próximo capítulo.
1- Lacan, J., (1966): “De nuestros antecedentes”. En Escritos 1. Siglo XXI, Buenos Aires. 2008, p. 76.
2- Cf. Lacan, J., (1953-54): El Seminario, Libro 1: Los escritos técnicos de Freud. Paidós, Buenos Aires, 2007, p.84.
3- Lacan, J., (1936): “Más allá del principio de realidad”. En Escritos 1, óp. cit., p. 90.
4- Ibíd., p. 90.
5- Cf. Ibíd., p. 91.
6- Cf. Ibíd., p. 95.
7- Ibíd., p. 95.
8- Cf. Lacan, J., (1953-54): El Seminario, Libro 1, óp. cit., p 269.
9- Cf. Ibíd., p. 275.
10- Ibíd., p. 293.
11- Lacan, J., (1954-55): El Seminario, Libro 2: El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica. Paidós, Buenos Aires, 2008, p. 452-453.
12- Lacan, J., (1953-54): El Seminario, Libro 1, óp. cit., p. 293-294.
13- Ibíd., p. 294.
14- Ibíd., p. 178.
15- Freud, S., (1914): “Introducción del narcisismo”. En Obras Completas, Buenos Aires, Amorrortu, 2006, t. XIV, p. 74.
16- Lacan, J., (1946): “El estadio del espejo como formador de la función del yo [je] tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica”. En Escritos 1, óp. cit., 99.
17- Lacan, J., (1946): “Acerca de la causalidad psíquica”. En Escritos 1, óp. cit., p. 183.
18- Ibíd., p. 185.
19- Ibíd., p. 178.
20- Ibíd., p. 179.
21- Lacan, J., (1953-54): El Seminario, Libro 1, óp. cit., p 128.
22- Ibíd., p. 128.
23- Lacan, J., (1955-56): El Seminario, Libro 3: Las psicosis. Paidós, Buenos Aires, 2006, p. 138.
24- Ibíd., p. 138.
25- Lacan, J., (1946): “Acerca de la causalidad psíquica”, óp. cit., p. 152.
26- Ibíd., p. 153.
27- Ibíd., p. 157.
28- Ibíd., p. 164.
29- Ibíd., p. 170.
30- Ibíd., p. 184.
31- Ibíd., p. 169.
32- Ibíd., p. 174.
33- Ibíd., p. 175.
34- Lacan, J., (1946): “El estadio del espejo…”, óp. cit., p. 99-100.
35- Lacan, J., (1953-54): El Seminario, Libro 1, óp. cit., p 213.
36- Ibíd., p. 253.
37- Ibíd., p. 253.
38- Lacan, J., (1946): “El estadio del espejo…”, óp. cit., p.100.
39- Lacan, J., (1954-55): El Seminario, Libro 2, óp. cit., p. 253.
40- Ibíd., p. 252.
41- Ibíd., p. 252.
42- Cf. Lacan, J., (1948): “La agresividad en psicoanálisis”. En Escritos 1, óp. cit., p. 115.
43- Lacan, J., (1946): “El estadio del espejo…”, óp. cit., p.105.
44- Ibíd., p. 102-103.
45- Cf. Lacan, J., (1954-55): El Seminario, Libro 2, óp. cit., p. 256.
46- Ibíd., p. 252-253.
47- Cf. Ibíd., p. 257.
48- Lacan, J., (1955-56): El Seminario, Libro 3, óp. cit., p. 139.
49- Lacan, J., (1948): “La agresividad en psicoanálisis”, óp. cit., p.113.
50- Ibíd., p. 114.
51- Ibíd., p. 117.
52- Ibíd., p. 116.
53- Lacan, J., (1953-54): El Seminario, Libro 1, óp. cit., p 403.
54- Ibíd., p. 403.
55- Cf. Ibíd., p. 222.
56- Lacan, J., (1966): “De nuestros antecedentes”, óp. cit., p 78.
57- Lacan, J., (1938): “Los complejos familiares en la formación del individuo”. En Otros Escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012, p. 47.
58- Ibíd., p. 47.
59- Ibíd., p. 47.
60- Ibíd., p. 48.
61- Cf. Ibíd., p. 49.
62- Ibíd., p. 53.
63- Cf. Ibíd., p. 54.
64- Cf. Freud, S., (1914): “Introducción del narcisismo”, óp. cit., p. 84.
65- Cf. Ibíd., p. 87.
66- Cf. Ibíd., p. 85.
67- Cf. Ibíd., p. 87.
68- Cf. Ibíd., p. 85.
69- Cf. Ibíd., p. 85-86.
70- Cf. Lacan, J., (1953-54): El Seminario, Libro 1, óp. cit., p 259.
71- Ibíd., p 201.
72- Ibíd., p 201.
73- Lacan, J., (1956-57): El Seminario, Libro 4: Las relaciones de objeto. Paidós, Buenos Aires, 2007, p. 85.
74- Ibíd., p. 85.
75- Cf. Ibíd., p. 85.
76- Cf. Ibíd., p. 85-86.
77- Ibíd., p. 86.
78- Lacan, J., (1953-54): El Seminario, Libro 1, óp. cit., p 259.
79- Cf. Ibíd., p 401.
80- Ibíd., p. 402.
81- Lacan, J., (1955-56): El Seminario, Libro 3, óp. cit., p. 364-365.
82- Ibíd., p. 363.
83- Ibíd., p. 363.
84- Lacan, J., (1957-58): El Seminario, Libro 5: Las formaciones del inconsciente. Paidós, Buenos Aires, 2005, p. 359.
85- Cf. Lacan, J., (1955-56): El Seminario, Libro 3, óp. cit., p. 363.
86- Cf. Ibíd., p. 364.
87- Ibíd., p. 364.
88- Cf. Ibíd., p. 364.
89- Cf. Ibíd., p. 364.
90- Lacan, J., (1956-57): El Seminario, Libro 4, óp. cit., p. 90.
91- Ibíd., p. 90.
92- Cf. Ibíd., p. 90.
93- Ibíd., p. 105.
94- Ibíd., p. 111.
95- Ibíd., p. 111.
96- Ibíd., p. 111.
97- Cf. Ibíd., p. 112.
98- Ibíd., p. 124.
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