Kitabı oxu: «Plegaria en el asedio»
PLEGARIA
EN EL ASEDIO
DAMIR OVČINA
TRADUCCIÓN DEL BOSNIO Y NOTAS
DE LUISA FERNANDA GARRIDO Y TIHOMIR PIŠTELEK

TÍTULO ORIGINAL: Kad sam bio hodža
Publicado por
AUTOMÁTICA
Automática Editorial S.L.U.
Avenida del Mediterráneo, 24 - 28007 Madrid
www.automaticaeditorial.com
Kad sam bio hodža, copyright © 2016 by Damir Ovčina
© de la traducción, Luisa Fernanda Garrido y Tihomir Pištelek, 2021
© de la presente edición, Automática Editorial S.L.U, 2021
© de la ilustración de cubierta: Fede Yankelevich, 2021
Derechos exclusivos de traducción en lengua española: Automática Editorial S.L.U.

ISBN: 978-84-15509-70-7
eISBN: 978-84-15509-73-8
DEPÓSITO LEGAL: M-26155-2021
Diseño editorial: Álvaro Pérez d’Ors
Composición: Automática Editorial
Corrección ortotipográfica: Automática Editorial
Impresión y encuadernación: Romanyà Valls
Primera edición en Automática: octubre de 2021
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización de los propietarios del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluyendo la reprografía y los medios informáticos.
Tabla de contenido
NOTA DE LOS EDITORES
MAPA ESQUEMÁTICO DEL ASEDIO DE SARAJEVO
PLEGARIA EN EL ASEDIO
NOTA DE LOS EDITORES
Damir Ovčina (Sarajevo, 1973) tardó veinte años en escribir esta novela que, inspirada en su propia experiencia, nos narra la vida de un joven adolescente durante el sitio de Sarajevo. Una tarde de abril de 1992, el protagonista salió de su casa familiar en el barrio de Dobrinja hacia Grbavica para encontrarse con una amiga. Por la noche ya no pudo volver. El barrio de Grbavica había sido tomado por las fuerzas serbias y comenzaba el asedio de la ciudad, el más largo vivido por una población en la historia reciente. No pudo regresar a su casa en cuatro años.
Ovčina ha pasado dos décadas ordenando y dando sentido al torrente de imágenes, impresiones y sensaciones que dejaron sus vivencias para trasladarnos en esta titánica novela (publicada en Bosnia y Herzegovina con el título Kad Sam Bio Hodza, «Cuando fui imán», en su traducción literal) la experiencia íntima de la guerra. Todo ese tiempo ha sido necesario para dar con la forma exacta; para que las palabras lograran alcanzar credibilidad, fuerza, verdad e integridad. Como editores del texto en español, que se ha titulado Plegaria en el asedio, solo podemos aspirar a alcanzar este mismo objetivo y llevar el abrumador ejercicio literario y existencial de Ovčina a los lectores hispanohablantes. Algo así hubiese sido imposible sin la magnífica y rigurosa traducción de Luisa F. Garrido y Tihomir Pištelek. El escritor y crítico Miljenko Jergović dijo de esta obra: «Plegaria en el asedio no se puede moldear. Ahí radica su mayor fortaleza». Y, efectivamente, estamos ante un texto que no acepta moldes. Esta es también, sin duda, la fortaleza de esta traducción; una labor monumental que logra rehacer en nuestra lengua, y con toda naturalidad, el poderoso artefacto de Ovčina sin traicionarlo, sin renunciar al riesgo ni a la dificultad.
El estilo de Ovčina es único, nadie escribe como él, en Bosnia ni en ningún otro lugar. La suya es una escritura llena de omisiones, de espacios en blanco; Ovčina parece rehuir los verbos y, de esta forma, arrojarnos a un mundo de acciones implícitas, de esquirlas de oraciones que se precipitan hacia un sentido hondo, directo, crudo…, y a su vez confieren al texto un ritmo que nos arrastra como lectores a una experiencia real y orgánica de los acontecimientos, vistos a través de los ojos de un joven de diecisiete años que se abisma atónito al infinito mar de horror que es la guerra, y que, entre sus furiosas olas, logrará hallar resquicios de esperanza, tablas de salvación.
Ovčina escribe de tal manera que el lector deja de percibir la estructura formal de las frases, las oraciones van desdibujándose, perdiéndose de vista, para dejar paso a la historia que se filtra a través de ellas, primero como un manantial, luego como un arroyo y, finalmente, transformada en un vertiginoso torrente de presente inmediato, de supervivencia interior, de emociones, de miedos, de horror y humanidad, que nos arrollará. Solo está lo que está sucediendo. Y nosotros ante ello. El objetivo es, tal vez, secuestrar al lector, arrastrarlo a su infierno y hacerlo sin artificios, con el mínimo imprescindible de medios narrativos.
Asistimos a una novela que recorre de forma pormenorizada más de cuatro años de experiencia de una guerra, de un asedio, una crónica de vivencias en primera persona. El lector queda encerrado junto con el protagonista en el barrio de Grbavica, bajo control enemigo, separado del resto de la ciudad por un puente, la única salida, inaccesible, rodeada de francotiradores. Y si algo nos demuestra esta novela es que no son las armas o la sombra de la muerte lo más aterrador; el terror se instala en la cotidianidad, en el día a día, en la rutina de la guerra, en la incertidumbre a la que se vio expuesta la población asediada. A merced del otro. Ángel o monstruo. Tan solo el refugio que se encuentra en el amor, la amistad y la esperanza nos mantiene en pie durante el asedio.
MAPA ESQUEMÁTICO DEL ASEDIO DE SARAJEVO

Las rayas discontinuas señalan la línea del frente que delimita el perímetro del sitio de Sarajevo.
PLEGARIA
EN EL ASEDIO
DAMIR OVČINA
TRADUCCIÓN DEL BOSNIO Y NOTAS
DE LUISA FERNANDA GARRIDO Y TIHOMIR PIŠTELEK

A Edita Ljevo (1971-2017)

Nieve hasta el borde del guardanieves. Mi padre con la pala delante del edificio. Con una parka de estilo militar. Me da la espalda. Yo por la senda de nieve del aparcamiento. Con la nieve de una rama de pino formo una bola. Cae delante de la pala. Sus ojos verdes.
Bienvenido. Ya era hora.
La puerta del garaje levantada. Se sopla las manos. Copos de nieve pegados en su capucha. Enero. El cielo blanco.
¡Vete a ayudarla!
¡Déjame hacerlo a mí!
Acabo con el coche y voy.
El coche, un Escarabajo azul, arranca a la segunda. El tubo de escape empieza a echar humo. La bicicleta plegable apoyada en la estantería del garaje. El coche vacío encendido en la entrada. La puerta derecha abierta. Nieve en la luna delantera. Mi padre levanta los limpiaparabrisas y frota el cristal con la mano desnuda. Hielo en el borde de los escalones. Los salto de dos en dos. Un par de patadas contra el suelo para quitarme la nieve de las botas. En el portal, olor a guiso. Dentro, el acumulador de calor sopla aire. Mamá me llama por mi nombre. Se levanta envuelta en una manta de cuadros.
Solo es un problema de las articulaciones.
¡No me digas!
Un tipo de reúma.
¡Qué cosas dices!
Una sábana sobre el sofá estampado con respaldo de madera. En la mesita, té, medicinas, naranjas y el periódico Oslobođenje. En el aparcamiento, griterío de niños. Ocho escalones hasta la puerta del portal.
¡Despacio!
Para.
¡Apóyate en mí! Solo un poquito más.
¡Espera!
Cuidado, aquí.
Vamos.
Sus ojos cansados. El coche se pone en marcha. En la placa azul colgada a la izquierda de la entrada pone calle Franca Prešerna. A la derecha, el número 16. El Escarabajo lento por la calle recta. Fruta y verdura debajo del alero de la frutería. Sarajevo bajo la nieve. Los coches pasan. En su interior, las personas miran fijamente hacia delante.
El Volkswagen directo al acceso principal del hospital. El portero nos indica el pabellón de urgencias. El Escarabajo marcha atrás, luego cuesta abajo hasta la entrada. Mamá tiene los ojos entornados. Yo abro la puerta y la sujeto. El motor sigue encendido. Nosotros dos hacia la entrada, él debe quitar el coche, una ambulancia espera para acercarse.
Dentro un doctor próximo a los sesenta le examina las úlceras y ordena tomarle muestras de sangre. La enfermera la lleva hasta la camilla en la otra habitación donde se hacen los análisis. Yo con su chaquetón. En el cuarto le están mirando la herida a alguien. Una enfermera de acá para allá con papeles. Gente nerviosa en la sala de espera. Mi padre entreabre la puerta y nos acercamos a mi madre, que está tumbada en una camilla elevada mientras le hacen un electrocardiograma. Un doctor rapado al cero observa los valores y decide mandarla a un angiólogo. Luego teclea pensativo en una antigua máquina de escribir. Le entrega a mi padre un papel con números de esto y aquello y el nombre de la enferma. Indica adónde ir a continuación. Yo le echo el chaquetón por encima. El Escarabajo en la entrada. Ella se desploma en el asiento delantero y yo salto al trasero por encima del del conductor. Fugaz marcha atrás y vuelta hacia la salida del recinto. El portero pregunta, mi padre agita el papel, el portero da vía libre. Un gran edificio en medio de un complejo de la época austrohúngara. Una enfermera arrebujada en un abrigo sujeta la puerta mientras entramos. Mi padre vuelve para aparcar el Escarabajo en alguna parte. El vestíbulo enorme. El celador de turno nos manda al ascensor y luego a la tercera planta.
Dentro calor. El angiólogo de apellido checo hace un reconocimiento largo y meticuloso, pregunta acentuando el tú con voz muy alta y tabalea en una máquina de escribir más vieja aún que la anterior. Luego nos explica adónde hay que ir.
En el clínico dermatológico, la médica de turno con nuestro mismo apellido. Su padre es un célebre profesor de anatomía. Nos consuela. Ingresarán a mi madre en el hospital. Que no nos preocupemos. Yo voy por las cosas. Los bancos del pasillo pintados de verde. En la habitación donde la instalan, dos camas vacías. Dolorida, se tumba en una que está debajo de la ventana. Frente a ella una mujer de avanzada edad con la piel untada de crema. Meto las manos en los bolsillos. La enfermera se marcha a la planta de arriba. Una joven doctora de porte enérgico entra con mi padre.
¿Y qué piensa?
Encoge los hombros y arruga los labios.
¿Cuánto tiempo lleva enferma?
Hace veinte días que se desencadenó.
¿Por qué no han venido antes?
Pues no sabíamos.
¿Qué no sabían?
Que era algo grave
Desde luego no parece baladí.
Conectan el suero. Su cabeza forma un hoyo en la almohada. La piel cubierta de úlceras. La enfermera nos apremia. Mi madre nos anima a irnos. En la puerta, me vuelvo. Ella saluda con la mano y entorna los ojos. Nosotros fuera. Un señor mayor coloca delante de la tienda de ultramarinos cajas de plátanos. Taxistas con cazadora de cuero y cuello de piel apoyados en los capós. El aire cada vez más frío. Hollín de las casas apiñadas en las faldas de las colinas. Mi padre respira hondo. Yo me pongo el gorro gris. Él se levanta el cuello. Con ritmo acompasado traqueteamos en el Escarabajo hasta el barrio del Aeropuerto. El teléfono suena en nuestro piso mientras corro por las escaleras. No llego a tiempo.
¿Quieres un té?
Asiento.
Las noticias. Tensión en Bosanski Brod. Cañones en el fango de Eslavonia. Una tregua en Croacia firmada en Sarajevo todavía en vigor. El reportero de Derventa. Una unidad de policía de Sarajevo a Posavina. Luego en la pantalla llamamientos a la paz. Mi padre en el sillón, yo encima del acumulador eléctrico. Me duermo unos segundos. Segundos largos. Muy rebuscado el programa nocturno de la tele. Mi libro en el suelo. Una oscuridad pesada. Luz en la planta baja del edificio al otro lado del jardín comunal. En alguna parte un motor. Apunto en un cuaderno nuevo todo lo que ha sucedido hoy. La caligrafía no me gusta, por lo que cambio la forma de las letras y cuido la legibilidad. No pongo la fecha arriba con números, sino que la escribo con letras para que no sea un vulgar diario. Sueño con la escuela. Sé que estoy soñando. Hago un esfuerzo para comprender qué es este pesado malestar que siento incluso en sueños. Lo comparo rápidamente con los problemas que he tenido hasta ahora y me parece grande. Me imagino cómo será cuando sea el pasado con el que se mide la vida. Por lo menos una hora hasta el alba. Un coche por la calle Akifa Šeremeta. Un perro por ahí. El volumen de la radio en el cuarto de estar muy bajito.
Las manecillas se han separado. Madrugada en el aparcamiento. Las ramas del cerezo se balancean ligeramente. En el balcón de enfrente una mujer sale por un instante, deja algo y cierra. Oigo a mi padre levantado.
Pongo agua para el café. El acumulador del cuarto de estar empieza a soplar aire caliente. Él en la cocina. Miramos las tazas y luego por la ventana. Quiero decir algo para relajar la situación pero me contengo. Papá resopla. Echo más café.
Voy a comprar algo.
¡Necesitamos leche! Y el periódico, el Oslobođenje.
Abajo el portal cerrado con llave. Los coches cubiertos de nieve.
Por la calle Kralja Tomislava entre la nieve. A mi izquierda el viejo edificio del clínico para enfermedades oculares. En un poste un anuncio en el que pone vendo piso en Zaima Šarca cuarenta y cinco metros cuadrados a buen precio. Centellean las ventanas en los rascacielos azules. El autobús rojo número 17 colina arriba.
A través de la plaza de Skenderija y a pie por la orilla del río hasta la calle Lenjinova. El monte Trebević blanquea. Nubes bajas en la cima. Con las manos hundidas en los bolsillos paso delante de la floristería del reloj en el barrio de Kovačići. Compro algunas chucherías en la tienda de ultramarinos. La pesada puerta metálica en la calle Lenjinova 1. Acierto con la llave a la segunda. Arriba, en el piso. Enciendo la calefacción. Abro el grifo para que corra el agua y espero sentado sobre la cazadora. Trolebuses y coches en la calle Zagrebačka. La radio con polvo. Marco seis números. Ha salido a la tienda. Digo mi nombre y apellido, que son recibidos con frialdad. Un trolebús gira desde la Zagrebačka. Un taxi delante de la zapatería Planika. Polvo en la vajilla en la vitrina antigua. Yo de ventana en ventana, del baño al acumulador de calor. Las manecillas se han separado. Nadie en las escaleras. Una voz detrás de una puerta. Olor a guiso en la segunda planta. Río abajo hasta la calle Bratstva i jedinstva. Algún transeúnte a lo largo del río. Nieve en el asfalto. Esa a la que he llamado antes, dejando mi nombre y apellido, vive muy alto en la calle Blagoja Parovića. Delante de su entrada un Lada ranchera en el que un hombre de mediana edad carga un fregadero. El portal abierto. Subo. Escaleras sin ventanas. El ascensor chirría. Seis viviendas por planta. Olor a pescado frito. Llamo al timbre. La mujer, de unos cincuenta años, espera que le diga algo.
Buenos días.
¿Sí?
¿Está en casa?
¿Eres tú?
Doy una respuesta neutral.
La llama. Mirada severa. La requerida aparece en la puerta.
Aquí estoy.
¿Estás bien?
Más o menos.
Tiene un sofá azul. Un piso con varias habitaciones. Las ventanas de su cuarto miran al este. No estoy acostumbrado a la altura. Arrecia la nevada. Una džezva1 roja con café y dos tazas en la bandeja. La puerta entreabierta.
Estáis muy alto.
¿Cómo estás?
Una situación difícil.
¿Qué?
Mascullo algo entre dientes. Ella trae unas galletas Jaffa. Se arregla el pelo y alisa la colcha.
¿Quieres que te enseñe mi colección de discos?
No es el momento.
Para mí sí.
¡No fastidies!
¡Piénsalo!
Ah. Si fuera tan fácil. Y tampoco sabrías cómo, te rajarías.
¡Vamos fuera!
¿Adónde?
A cualquier parte.
Espérame abajo.
En las escaleras olor a sarma.2 En una pared, una pintada: Tito, hermano, cómprame un habano. Ella con un chaquetón. El flequillo trasquilado a propósito y el moño a la japonesa.
¿A pie?
A pie.
De cháchara pasamos delante del cuartel, de la garita con la bandera azul, blanca y roja con la estrella de cinco puntas. Me tira una bola de nieve, yo respondo. Yo preocupado, ella convencida de un desenlace feliz.
La ciudad gris bajo el manto blanco.
¿Vamos a mi casa?
¿A Dobrinja?
A la calle Lenjinova.
¿Qué hay allí?
Nadie en la casa.
¿Qué haremos?
Tengo buenos discos.
No sé nada de esas cosas.
Yo tampoco. Podemos hablar de tiempos antiguos.
De veras, no estoy segura.
Vamos, tía.
Mejor vamos ahora al centro y luego ya veré si tengo coraje y me animo.
Lo tienes y puedes si realmente quieres. Y yo estoy seguro de que quieres, aunque no quieras.
Por la calle Kralja Tomislava con las manos en los bolsillos. La tenducha de los burek3 vacía. Quince minutos hasta el tranvía. Dentro poca gente. La nevada arrecia. Ella me sacude la nieve de la capucha. Frente a la Escuela de Economía, ella a la derecha, yo a la izquierda.
¿Te llamo yo dentro de una hora?
¡Llama!
En la Lenjinova dos vecinas suben lentamente por las escaleras. La mayor, con pañuelo negro a la cabeza, tiene más de ochenta años y la nieta, con las bolsas de la compra en las manos, cinco más que yo. Nos preguntamos por la salud. A veces me imagino a la que es cinco años mayor en diferentes situaciones. Ahora me sonríe fugazmente. Ellas a paso lento por las escaleras. El acumulador ha calentado un poco el piso. Seis números y luego su voz.
Eres tú.
¿Vienes?
Lo intentaré.
El edificio pequeño donde está correos.
Lo sé.
Los trolebuses al este y al oeste. Gente y coches por la Zagrebačka. Delante de la oficina de correos alguien grita algo. Portazo en el portal. Música en el otro edificio. Un radiotaxi desde la Lenjinova.
Llaman a la puerta. En la penumbra resplandece la nieve en el abrigo negro.
¿Dónde está ese café?
Para ti solo lo mejor.
Estoy emocionada.
Espero a que el agua empiece a hervir. Huele a piedra de mechero. El piso lleno de aire rancio. Los muebles viejos. Faros de coches en dirección al este y al oeste. Voces dispersas.
Hierve el agua.
Hierve, hierve.
¿A qué te refieres?
¿Cómo se desabrocha esto?
Hay que hacerlo desde este lado.
¿Así?
Así.
¿Y eso?
Esto así.
Esta parte de aquí y más arriba merece un elogio.
¿Cuál?
Pues esto de aquí y lo de más arriba, esto. Justo esto.
¿Y qué me dices de esto otro?
Déjame ver.
¿Te refieres a esto?
A esto y esto de aquí.
Pues es bueno.
¿Tan bueno como esto o cómo?
Sí, como esto, pero a la vez diferente, no es fácil hacer una simple comparación.
¿Así que es eso?
Sí, eso es.
Música dulzona de la emisora 202. Un trolebús acelera hacia la plaza de Skenderija. Alguien ruidoso en la escalera. Una planta más abajo el volumen alto de una televisión.
Hay que practicar para obtener resultados óptimos.
Y que lo digas.
En la radio una canción de ambiente otoñal. Ella dice que ha sido divertido y que ahora tiene que marcharse a casa.
A lo largo del paseo Wilson hace frío. El río marrón crecido debido a las nevadas. Un coche por el puente, los faros centellean, el ruido se aleja. Perros en alguna parte. Yo le tiro una bola de nieve, ella me responde. Yo critico el mundo, ella alaba mis críticas. Un comentario romántico mío sobre algo, su respuesta cautelosa. Desentierro frases memorizadas, sus manos hundidas hasta el fondo en los bolsillos del abrigo. La puerta pesada del portal de su edificio. Cuando se mueve se enciende la bombilla de las escaleras.
En fin, fue un programa muy variado.
Esta es la edad de piedra de mis ambiciones en lo que se refiere al asunto.
En el ascensor ella a las alturas. A mí me serenan la oscuridad y el viento. Imagino mi casa como si todo estuviera bien. Luego calculo los días que podrían pasar hasta que esto suceda. El tranvía atestado, hacia el oeste, y luego en Neđarići casi no alcanzo el autobús 36. Muchos conocidos dentro. Por la calle Akifa Šeremeta y luego a través del aparcamiento. La nieve a media altura. Luz en nuestra cocina. En la ventana a la derecha de las escaleras, la vecina con la cara pegada al cristal. Me saluda. Delante del portal dos pinos cubiertos de nieve. Calor en casa.
¿Cómo está?
Un poco mejor. Incluso ha comido algo.
¿Puede dormir?
A ratos.
¿Quieres un té?
¡Vale!
La televisión nos inunda de noticias. En el edificio contiguo suena un acordeón. Se abre la puerta del piso de al lado y reciben a alguien afablemente. Enfrente música y una voz sollozante a través de los sonidos del acordeón.
Ay, ese infeliz de ahí. Lo habrá dejado la novia, o algo similar.
¡Oh, qué extraño, un tío así!
Ahora canta canciones tristes.
Ya, ya.
Agua en el baño durante un buen rato. Ya ha pasado medianoche. La radio muy bajita. Muy pocos coches por la calle Akifa Šeremeta y menos todavía por la Franca Prešerna. Yo leo, adelante y atrás. Anoto en el cuaderno lo que ocurre y cómo y quién ha dicho qué. Detesto mi letra. Las frases aún más. Sin embargo, me gusta escribir.
1Cazo con mango largo que se utiliza para hacer café de puchero.
2Plato típico de los Balcanes que consiste en hojas de repollo rellenas de carne y otros ingredientes.
3Una especie de pastel salado de masa filo relleno con carne por lo general.
Una tarde despejada. Me desabrocho la cazadora. Respiro con dificultad por el pasillo de la planta baja. Las habitaciones abiertas. Fuertes productos desinfectantes. Dos mujeres en albornoz hablan con la doctora. Respiro hondo y entro en su habitación. Recostada en la almohada con el respaldo subido lee un libro. Me sonríe e indica que me siente a su lado. Cáscara de naranja en la mesilla.
Estoy mejor.
¿Qué han dicho?
Nada concreto. Un reumatólogo me ha examinado un buen rato.
¿Y cuál es ahora el diagnóstico?
Algo con las articulaciones. Me van a dar el alta.
¿Cuándo?
Antes del fin de semana.
Ya no hay suero. La mujer con la que comparte habitación interviene brevemente en la charla.
Todo saldrá bien. Usted es joven.
La enfermera con el almuerzo. Guisantes con arroz, yogur a granel en un vaso de plástico, dos rebanadas de pan en una servilleta. Echa un vistazo por la ventana. La nieve ha parado. Quiere comer sola. Yo le sujeto el yogur.
¿Qué quieres que te traiga?
Alguna revista. ¿Cómo te va en el instituto?
Va. ¿Quieres un zumo?
No puedo. He comido ahora más que en todo el último mes.
En el kiosco de Kovačići compro el periódico. Pone que el pueblo serbio no debe perder su Estado común. Lo doblo. Subo a saltos por las escaleras en penumbra. Las barandillas frías. Acierto con la llave a la segunda. Frío en el piso. El traqueteo del trolebús adormece. Me tumbo en el acumulador y casi me duermo. La habitación se ha calentado un poco. El locutor de la radio está de buen humor. Marco los números. Ella contesta con voz sonora.
¿Cuándo vienes?
Dentro de una hora.
¡Entra sin más!
En agua templada remojo un trapo y limpio el polvo de los muebles deslucidos. Enciendo el aspirador con el tubo pegado con cinta adhesiva mientras estoy atento al tiempo. Reviso las modestas reservas de alimentos y saco uno de los pocos libros. Paso el trapo por la mesa y vuelvo a encender la radio. Parpadeo en la penumbra. Fuera, multitud de ruidos. Las manecillas avanzan hacia la posición deseada. La puerta se abre. Detrás de ella, oscuridad en las escaleras. Su colonia en el pequeño pasillo. En la radio una banda rebelde neoyorquina. Ella tira el abrigo al suelo.
Menos mal que he pasado el aspirador.
La luz de la lámpara de techo. Un trolebús por la Zagrebačka. Cierre del programa en la emisora 202.
Progresamos.
Unos cien intentos más y será aceptable.
Pronto saldrá bien.
Ella se abrocha el abrigo. Reviso la bombona de gas y los grifos. Vuelvo a la calefacción para no dejarla encendida. La llave se atasca un poco. La radio a todo volumen detrás de una puerta. El invierno en el viento que sopla desde el monte Trebević. Brilla el amarillo de las ventanas en los edificios grises y marrones. Yo opino sobre esto y aquello sin ahorrar palabras y luego ella dice algunas cosas menos radicales. A lo largo del río sopla el viento.
Se despide con la mano detrás del cristal de la puerta del ascensor.
Desde la escuela a través de las vías de ferrocarril en dirección al centro. Un mediodía de febrero. Nieve entre los raíles. En el barrio de Otoka alcanzo a una de mi clase. El pelo en una coleta. Me mira interrogante.
¿Tú entiendes algo de religión?
Más o menos.
¿Hay alguna palabra, declaración, dicho o ruego, por no decir plegaria, que pueda serme útil en mi difícil situación?
¿Qué situación?
La enfermedad de un pariente próximo.
¡Lee! ¡En el nombre de Dios, el misericordioso! Así empieza.
A pie por la orilla del río. Tiempo frío, pero despejado. Ella con cazadora de cuero forrada de piel. El vestido sobre los pantalones bombachos remetidos en botas marrones. Un ruidoso tranvía rojo con letras amarillas en dirección al barrio de Ilidža.
¿Cómo podrías explicar la fe?
Hay ciento catorce revelaciones, que se reducen a tres principales. Y estas tres a una. Y esta una a un único pensamiento.
¿Cuál?
Lo pronuncia en voz baja y sin respirar.
¿Esto es lo principal?
Sí.
Suena convincente.
Sí.
Gracias.
De nada.
Te veo ahora diferente.
¿Diferente, mejor o peor?
Mejor.
¿Por eso que te conté?
También por eso. Pero en general.
Repito la frase clave de hace un momento con errores. Ella me corrige. Me hace una breve seña con la mano y se marcha hacia el barrio de Hrasno cruzando el puente.
Con el jefe del clínico en el despacho de la primera planta.
Hemos hecho lo que hemos podido.
¿Es eso todo?, ¿una infección bacteriológica? ¿Tanta debilidad por esto?
No es todo. Sospecho que hay un problema con la linfa. De todos modos, yo soy dermatólogo. Las úlceras en la piel son un problema secundario. Que se vaya a casa y luego ya veremos. Cualquier día puede estallar la guerra.
Para nosotros esto ya es la guerra.
El médico se encoge de hombros. Mi padre firma los formularios.
Mamá se acomoda en la cama. Está mejor. No tiene fiebre.
Hemos guardado todo en la bolsa azul. La mujer de Busovača quiere ayudarnos. Dejamos la bolsa de la fruta sobre su cama. Marcha atrás y con el brazo sobre el asiento del copiloto mi padre conduce el coche hasta la entrada del edificio. Yo la sujeto hasta la puerta. La gente mira. Ella entra con movimiento vacilante en el asiento delantero. Yo vuelvo por las cosas y paso al trasero. Lentamente hacia la salida entre los edificios del complejo hospitalario. En la radio noticias de los municipios y a continuación música tradicional. El sol muy alto en un cielo despejado. Mucha gente en los alrededores. Policías de la reserva con uniforme azul de paño grueso apoyados en un Zastava 101 azul y blanco. En la mano, fusiles Kaláshnikov. Conserjes con traje marrón también de paño. Segunda semana de febrero. Un día cálido. Se está bien dentro del coche. Mi madre observa con atención a la gente a lo largo de la calle principal y habla animadamente con nosotros. Fantaseo con que pronto se desvanezca toda la historia de su enfermedad. Vemos Skenderija, luego Marindvor, Pofalići y Malta, Čvila y Otoka. Después de pasar Alipašino giramos a la izquierda a Vojničko, luego a Mojmilo y a la derecha a Dobrinja V, y de nuevo a la derecha donde el edificio marrón y a la izquierda a la calle Akifa Šeremeta. Y finalmente a la derecha a la calle Franca Prešerna. Vecinas en el balcón de abajo a la izquierda y en el de arriba a la derecha. Nos saludan. Bajan hasta el coche. Yo sujeto a mamá. Se apoya en mí mientras habla con ellas. Subimos despacio, pero de buen humor. Mi padre ha abierto la puerta.
Un poco más.
En el piso, un ambiente agradable. Del acumulador sopla aire caliente. Naranjas en la mesita. Colecciones de libros completas en la estantería. Ella recorre la habitación con la vista. Un envase de zumo junto a las naranjas. Yo en el sillón verde.
La puerta del cuarto abierta. La radio con el volumen bajo. Escribo lo que ha sucedido y cómo es ahora. Tacho partes. La nieve se pega al tejado. Se ha encendido la farola en el aparcamiento.
Mi madre en el sofá concentrada en el Oslobođenje. Un zumo de naranja y tres plátanos delante de ella. Su mirada serena. Remuevo torpemente los espaguetis con aceitunas y salsa de tomate. Primera hora de la tarde. Ella viene a la cocina con ayuda del andador. Se sienta junto a la ventana. Dos estantes marrones sobre soportes metálicos. En ellos los cuentos de los hermanos Grimm, una vieja radio plana de la marca Grundig y un pequeño cañón. Zumo del envase verde con una naranja dibujada.
Venga, voy a hacer unas palačinke.4
¡Coge huevos!
¿Cuántos?
Dos.
Mi padre saca del frigorífico un cartón de diez huevos. Lleva impreso el rótulo de Agrokomerc.
Y ahora añade un vaso y medio de leche.
¿Así?
Un poco más.
¿Y qué más?
Unas cinco cucharadas de harina. ¡Pon una más! ¡Y un poco de agua!
¿Qué sartén?
Coge la más grande. Ahora añade una pizca de sal y una cucharada de azúcar. ¡Bátelo en la batidora!
Yo me estoy poniendo zumo mientras ruge la batidora Gorenje Fullmix.
¿Tú quieres zumo?
Es suficiente. ¡Pon aceite a calentar! No hace falta mucho. ¡Coge el trapo!
La primera gorda y pegajosa.
¡Sepárala un poco! ¡Ten cuidado, no arañes la sartén! Ya ves, poco a poco va saliendo.
¿Hay mermelada?
En la alacena.
Un tarro de la marca Podravka y otro de Vitaminka.
Yo las untaré.
¡Para mí con moras!
Las otras con albaricoque.
Yo untaré estas.
Ella aparta el Oslobođenje y se levanta apoyándose en el andador. Yo la sujeto mientras se acerca a la puerta del pequeño balcón. Mira el jardín comunal. Nieve en la mesa del jardín. Empieza el fin de semana. Aguanieve.
4Dulce similar a la crep francesa.
Las noticias interminables. Fechas, números, pronósticos, anuncios, preocupaciones, llamamientos, ejemplos, acuerdos, informes. Leo breve y distraídamente, luego escribo con mano torpe durante un buen rato.
Pasada la medianoche. Sombras en el aparcamiento. Algunos coches en dirección al supermercado UPI. Un perro en alguna parte. Mamá dormita un poco más tranquila. Mi padre ordena cosas incansable. La radio con el volumen muy bajo en el estante de la cocina. El frigorífico ruge y se aplaca de nuevo. La lavadora en marcha. Yo me duermo unos instantes sobre el acumulador de calor y sueño en ese momento que me estoy cayendo. En la calle gritos de mocosos. Un coche a lo largo de Akifa Šeremeta. Sueño que la altura de la nieve sobrepasa con mucho el guardanieves.
Amanecer gris. Aire caliente del acumulador. Ella con treinta y nueve de fiebre. Media botella de suero gastada. La enfermera debería llegar a las ocho. El primer día del tercer mes del tercer año de la última década del siglo veinte. Seriedad en la locutora de la tele. Durante la noche han bloqueado Sarajevo. Ella explica dónde y cómo y luego se conectan varios reporteros desde diferentes puntos de la ciudad. Comentan lo que ven. Hace frío y está nublado. Nadie en el aparcamiento ni en la calle. Mi padre habla por teléfono. Hace una pregunta corta y se queda escuchando un buen rato. Cuelga el auricular.
¿Qué está pasando?
Es por el referéndum.
Tenemos que buscar ayuda.
Encima de la mesa tazas, té, naranjas, frasquitos, pan, mermelada de escaramujo de la marca Podravka y el Oslobođenje de ayer. Me encaramo al acumulador y miro a través de la cortina a ver si aparece alguien en el aparcamiento. Mi madre se da media vuelta. Yo le coloco la almohada y le pregunto qué tal, pero no contesta. Él ha servido café y nos sentamos en la cocina. Al otro lado del jardín, una mujer en el balcón se asoma a la calle. Gemidos en la otra habitación. Corremos hacia allí y preguntamos preocupados qué debemos hacer. Nada. Señala algo y se adormece de nuevo. Busco ejemplos en los que alguien se sentía mal, mejoró y luego empeoró, para de repente sentirse mucho mejor.
Unto una rebanada de pan de ayer con mermelada. Mi padre corta ambiciosamente queso y cecina. Alrededor de las lonchas coloca sin escatimar pepinillos en vinagre de un tarro de Vitaminka y ajvar5 del mismo fabricante. Echa un vistazo al dormitorio. Yo le lanzo una mirada inquisitiva, él contesta con las cejas. Las noticias se repiten y amplían. Coloco dos platos y dos vasos en la mesa. Echo zumo y más agua para café.
A las siete y media el vecindario delibera en el portal qué hacer si sucede esto o aquello y acuerda que nadie vaya a ninguna parte hasta que no se vea cómo van las cosas. Probablemente avisarán en la radio de lo que hay que hacer mientras no se encuentre una solución para el embrollo. El portal queda cerrado con llave. La calle vacía.
Mi madre más tranquila. La džezva del café encima del Oslobođenje de ayer. El teléfono suena ruidosa e inesperadamente.
Eres tú.
¿Cómo está?
Se ha dormido.
Hemos llamado a aquella enfermera del hospital militar. Dice que la llevéis allí.
Si es posible. Parece que hay guerra. ¿Cómo estáis en tu barrio?
La calle principal está bloqueada cerca de la Escuela de Economía.
¿Qué aspecto tienen?
Uno lleva una cazadora como la tuya. Llevan pasamontañas. Ha venido un Lada desde el barrio de Grbavica. Parece que tienen el cuartel general en Vraca. Mi viejo los observa con los prismáticos. Dice que van armados hasta los dientes.
¿Hay policía?
Apenas. ¿Y en tu lado hay barricadas?
No se ve nada.
Te llamaré más tarde.
De acuerdo.
Mi madre se despierta. Dice algo. Señala la ventana.
Allí no hay nadie. ¿Quieres beber algo?
No contesta. Él quiere incorporarla. Ella gime, no lo permite. Yo en el sillón.
¡Intenta llamarlos por teléfono!
¿Cómo les explico?
Como sea.
No sé el número.
¡Llama a información telefónica!
Marco el nueve ocho. Comunica. Él resopla. Ella dormita. Paso las páginas del deshojado listín. En la letra S una larga lista de apellidos y algún nombre. Encuentro el apellido que busco y el número anotado a la antigua, con guion en medio. Marco los cinco números, no parece comunicar. Suena. Suena tres veces. Contesta la voz preocupada del propietario. Me presento. Desconfía. Pido hablar con su hijo. Pregunta si soy aquel chico que él conoce. Afirmo. Me pasa al hijo. Creo que nunca habíamos hablado por teléfono. Empiezo a explicar. Lo acepta cordialmente, pero con preocupación. Me pasará a su madre para que yo intente explicarle qué es lo que técnicamente necesito. Espero. Su madre coge el auricular. Yo le cuento. Ella entiende, pero le extraña la aparición de esta enfermedad en una mujer en sus mejores años. Que la espere dentro de media hora abajo en el pasaje del jardín. Doy las gracias y voy al jardín a través del pasaje. Las ramas del sauce congeladas. La nieve cubre los setos. La tierra dura. Palomas en el cielo gris entre los edificios. Ahí un poco más abajo estaba yo cuando murió el hijo más grande de nuestro pueblo. Papá me llamó entonces desde el balcón. También era domingo.
Una mujer con bolso cruza el jardín. Una vecina mayor mira desde un balcón. Se cubre la boca con las manos y menea la cabeza.
La enfermera cariñosa. Yo cierro con llave la puerta de la planta baja que lleva al jardín. Ella va delante de mí. Mi padre en las escaleras. La vecina se ofrece a ayudar. Nosotros se lo agradecemos.
La mujer mira a mi madre y saluda dándole ánimos. Ella vuelve la cabeza hacia el otro lado. La enfermera comprueba las alargaderas, luego echa un vistazo al informe del alta y a las medicinas. Le toma la temperatura. Mi padre trae café. Yo en el acumulador. La enfermera la pone de costado con mucho cuidado. Coloca una cánula. Cuelga otra botella de suero en el soporte al lado de la cama. Frota cuidadosamente la piel lacerada con una toalla húmeda. Coloca la almohada y mira los papeles. De nuevo nos apresuramos a darle las gracias.
Tiene que ir al hospital. Urgentemente.
¿Y cuál es su opinión?
Menea la cabeza.
Mediodía. La central de las fuerzas del orden público comunica que la ciudad está cortada en varios puntos. La policía hace un llamamiento a los ciudadanos para que protejan sus edificios, los vecindarios y los barrios, y reduzcan las tensiones.
Mi madre no se despierta. Su cara más tranquila. Treinta y nueve de fiebre. Nosotros en la mesa de la cocina. Delante unas salchichas y mostaza de la marca Kolinska. Él mira fijamente por la ventana.
¿Se ve a alguien?
No.
¿En el aparcamiento?
Nadie. Todo está parado. Hay que hacer acopio de agua.
Yo lo haré.
Echo agua en dos cubos naranjas de unos diez litros. Luego lleno la bañera hasta la mitad. La tarde fría. Nos sobresalta el timbre. La enfermera con el abrigo sobre los hombros. Lleva el bolso y habla alentadoramente sobre nuestra enferma y sobre toda la situación, que define como agitada por la confusión general, el descontento y la presión mediática. Los lazos entre nosotros son demasiado fuertes como para que suceda algo serio. Todos tenemos una mentalidad parecida. Nosotros asentimos. Yo le pregunto por sus hijos. Ella cuenta los planes universitarios de su hijo y los retos a los que se enfrenta su hija en los estudios de Economía.
Mi padre trae una toalla húmeda y se queda de pie junto al sofá. La enfermera cambia la bolsa colgada del tubo de plástico. En el soporte se mece el suero.
Las noticias no paran. Ruido de televisores por doquier. Están negociando. Todavía no se han retirado las barricadas. El ejército y la policía van a patrullar juntos. En la calle el reflejo de las luces de los pisos. El teléfono.
Eres tú.
¿Ha ido la enfermera?
Dos veces. Mañana por la mañana volverá.
¿Y cómo está ahora?
Da igual donde la toques, le duele todo. Desde ayer está inconsciente. ¿Y a vosotros cómo os va?
Por aquí se está bien. Los vecinos visitándose sin cesar, no consigues cerrar la puerta.
¿Los de abajo siguen aún allí?
Siguen. No parecen preocupados. Dan la impresión de estar preparados para una estancia más bien larga.
La puerta del portal cerrada con llave. También la del pasaje al jardín y las ventanas del sótano aseguradas. La bombilla del sótano nueva. Todo barrido. Las plantas en el rellano regadas. Han llegado al acuerdo de comprar nuevas flores para el jardín en cuanto sea posible. El alumbrado del aparcamiento no funciona. En la zona verde se reflejan las televisiones de ambos lados. La luz del piso de enfrente ilumina por un segundo a un perro en el pasaje.
En alguna parte una ráfaga de ametralladora. Nosotros en los dos sillones verdes. Ella se ha dormido.
Mi padre en la cocina. Yo en el acumulador. Una bolsa se llena, la otra se vacía. Un disparo a lo lejos. Noche profunda. Mi padre prepara té. La radio muy bajita. Parece que están retirando las barricadas. Me duermo pasada la una y sueño que no puedo dormir porque no tengo dónde y debo quedarme de pie. El amanecer gris, pero el cielo despejado. Por el aparcamiento pasa un perro y luego durante mucho tiempo nada. Me asomo a la cocina. Nadie. En el baño, luz y el ruido del agua un buen rato. Él como si hubiera envejecido. Ella medio dormida y sudada. En la mesilla medicinas y cáscara de naranja. En el despertador la hora del primer turno de la fábrica. Abajo alguien llama.
Debe de ser la enfermera.
Voy yo.
Él intenta recostarla. Ella parece perdida. Dejo la puerta entreabierta y salgo corriendo al portal.
La enfermera en la entrada. Apenas un rayo de sol sobre el barrio. La mujer reconoce a la enferma con aplomo y cuidado. Yo de acá para allá como si las cosas sucedieran en otro sitio.
Cuanto antes al hospital.
Mi padre pone la džezva en la mesa. Yo el zumo. La mujer con el abrigo sobre los hombros.
¿Cómo va a llegar usted ahora hasta el hospital de Kasindo?
Iré mañana. Nos han avisado para que no vayamos hoy. Llamaré a ver si pueden ingresar a una enferma muy grave.
Marca un número en nuestro teléfono. Explica. La ingresarán en cuanto vayamos.
¿Están las calles abiertas?
La radio dice que sí. La policía y el ejército patrullan. Todo se calmará, han firmado algo.
¿Llamo a urgencias para que nos lleven?
Sí.
Yo intento preparar unas pocas cosas. Mi padre da explicaciones por el auricular naranja. No es posible. No saben si es transitable. Los están llamando de todos lados. Que lo intentemos más tarde. Llama la enfermera. Se presenta. Pide hablar con el jefe. Explica. Que los llame por la tarde.
Guardamos el bolso verde debajo del sofá. Un día frío y soleado.
Mamá se despierta. La mirada más allá de nosotros.
Mamá. ¡Hola!
¿Qué ocurre?
¿Cómo estás?
Me duele.
¿Sabes qué?
¿Qué?
Nada. Ya estás mejor.
Como si mirara por la ventana. Cierra los ojos.
Oye.
Dormita. Se da la vuelta. Nosotros de pie a su lado y luego nos sentamos en los sillones.
¿Cómo vamos a llevarla al coche?
Tendrán camilla.
No tiene fuerzas ni para la camilla.
Es la única manera.
El Zastava 750, o sea un Fićo, con la cruz roja, accede al camino delante de nuestro garaje. Yo en el portal. El médico cuarentón se coloca las gafas en la nariz. Una enfermera con bolso. Los vecinos en los balcones.
El médico con gafas y tensiómetro apoyado en el sillón verde. La enfermera cambia el suero.
¡Vamos a cambiarla de ropa!
Mi padre saca todo lo necesario.
Unos quejidos apagados llegan hasta la cocina.
¡Al hospital inmediatamente!
¿Cómo?
Como sea. La ambulancia no puede. Inténtenlo con su coche.
¡Vámonos!
Yo cojo el bolso en el que pone America Travel´s. La ropa doblada torpemente.
¿Cómo la llevamos hasta el coche?
En camilla. Enviaremos una camilla desde el ambulatorio.
¿Cuándo?
Pronto.
Mi madre balbucea nombres. Mi padre respira profundamente. Sol en la ventana.
El camillero entra por el portal con la camilla. Yo mantengo abierta la puerta.
¿Cómo la bajaremos?
Despacio. Primero por los hombros. Cógela por debajo de las rodillas. Así. Bieeen. ¡Espera, espera!
Despacio. Le duele.
Baja primero la parte superior del cuerpo. Lentamente. En el coche la colocaremos en el asiento trasero.
Es estrecho.
Seguro que lo conseguimos.
Le coloco los brazos y le echo la manta por encima. La levantamos y bajamos.
Atento con la mano, la izquierda.
Baja.
¡Vamos ahora!
¡Despacio, despacio, no la ladees!
No la estoy ladeando, tío.
En la frente el sudor empieza a intercalarse en sus arrugas. Dos escalones.
Para un instante. Levanta la parte delantera.
Se caerá.
No lo hará. Despacio.
Venga. Sigamos.
Tres escalones.
Endereza un poco.
Venga, despacio. Todo saldrá bien.
¡Ten cuidado con la mano!
Para un momento. ¡No la sueltes!
Yo la sujetaré.
¡Venga, continuemos!
Dejamos la camilla al lado del coche en el camino. Todo el vecindario detrás de las ventanas.
¡Abre esa puerta del todo!
¿Cómo la metemos?
Yo la cogeré.
¿Cómo?
Tengo que hacerlo así.
Espera, espera.
Despacio.
Cuidado.
Vamos, ahora. ¡Sujeta la puerta!
¡Un poquito más!
¡Métete por el otro lado para acomodarla!
Yo por la puerta del copiloto. La sujeto. La recuesto contra mi cuerpo. Mi padre cierra la puerta. Vuelve por el bolso. Niños en el portal. Como si quisieran decir algo. El motor arranca al segundo intento. Yo la sujeto en el asiento de atrás mientras la vieja máquina repiquetea. Cerrados la frutería, el kiosco, el puesto de burek, la cristalería.
La ciudad ha enmudecido.
Delante del hospital, vigilantes uniformados y armados. Nos dejan pasar hasta la misma entrada. Mi padre abre la puerta izquierda y la sujeta. El coche estrecho. Dos militares observan. Se aproximan.
A ver así.
Despacio.
Ten cuidado con la cabeza.
Un poco más, y ya.
¡Trae una silla de ruedas!
Un pasillo largo y oscuro. En la portería soldados armados con uniformes de paño verde.
El médico de guardia escucha. Camisa oscura bajo la bata blanca. Su nombre escrito con bolígrafo en el bolsillo superior. Las gafas grises. Nos remitimos a las enfermeras que conocemos.
¿Por qué no van al hospital de Koševo?
Este funciona mejor, dicen.
No funciona ninguno.
No tenemos mucha elección.
La examinaremos.
Yo empujo la silla en la que ella apenas se sostiene. Mi padre le arregla la rebeca. La doctora nos recibe en una habitación con camilla de reconocimiento y armario blanco. Da la impresión de que el caso le interesa. Última hora de la tarde.
Vasculitis, me parece.
¿Qué?
Inflamación de los vasos sanguíneos.
¿Cómo de peligroso es?
Peligroso.
La ingresan en la sección de medicina interna en la planta novena. Nosotros por las escaleras, ella en la camilla en ascensor. El médico de guardia lleva gafas y cojea. Tuerce la comisura de los labios en una máscara de amabilidad. El pasillo va en círculo. Las habitaciones abiertas. En el pasillo macetas con plantas de grandes hojas verdes. Pone que el horario de visitas es de dos a tres. Le preparan la cama en la última habitación a la derecha. Los ventanales dan a la colina de Koševo y a Gorica. Cosas en la mesilla. Un soporte para suero. Una botella colgada del revés. La cena en el carrito. El yogur a granel en vaso de plástico. Tallarines con queso. Mi padre con la cazadora en la mano.
Tienen que irse.
Enseguida.
Él le arregla el cuello y las mangas y susurra. Yo apoyo mi mejilla contra la suya. La enfermera cierra con cara compungida la puerta de cristal detrás de nosotros. Nos dice que vengamos mañana. Mi madre levanta ligeramente la mano izquierda cuando me doy la vuelta en la puerta. Respira por la boca.
Los dos bajamos por las escaleras. El aire fresco del invierno tardío al salir. El Escarabajo a lo largo de la calle Kranjčevićeva y luego entre la estación de autobuses y el cuartel. En Pofalići a la izquierda hacia Malta, junto al colegio y la fábrica recto hasta Neđarići. En otoño del 88 me llevó el mismo conductor en el mismo coche a la escuela secundaria en Buća Potok.
El autobús rojo de la línea 31 sale hacia Dobrinja. Otro con el número 42 ocupa su lugar. Antaño íbamos al colegio en el autobús 25, que paraba al lado del aeropuerto. También ahora está ahí. Al lado de la valla del aeropuerto crecían cañas. Tenía miedo de saltarme la parada y continuar hasta Kasindo. En las ventanas del barrio luces y el reflejo de las televisiones. Los vecinos nos reciben en la entrada y les relatamos lo ocurrido. Nos dan una fiambrera con comida. Aire caliente del acumulador. Un té. En la pantalla las noticias de la noche. Situación tensa en Bijeljina.
Escribo y tacho y escribo más lento.
El Escarabajo en dirección oeste y yo por la Kranjčevićeva al lado del hotel al puente de Vrbanja.
Oscuro en la escalera de la calle Lenjinova. A través de una puerta en el primer piso suena la televisión a todo volumen.
Debajo de la ventana un árbol con ramas sin hojas. Un Zastava 101 de la policía lentamente hacia Skenderija.
¿Vienes?
¿Cuándo?
Ahora.
¿Qué haremos?
¿Quieres?
¿Divertirnos?
Sí. ¡Entra sin más!
Luz delante de la tienda de ultramarinos. El trolebús 103 acelera hacia el oeste. Las manecillas del reloj casi están en la posición correcta. La puerta se abre. Luz pálida en el pasillo. La radio muy bajita.
Hace frío.
Ella desprende calor.
Pero qué prisas son estas. ¡Espera!
¿Esperar qué?
Pues que no parezca una palurda.
Qué dices. Aquí solo hay buenos modales.
Para que no cuentes luego por ahí que soy una cualquiera.
Lo contaré cuando sea viejo.
¡No toques abajo!
¿Aquí?
¿Dónde?
Aquí. Esto merece nuevos elogios. Esta parte de aquí hacia arriba. Todo esto, y también esto.
¿Y si me pongo así?
Pon la cabeza un poco más abajo. Así, justo, ahora se ve cómo es de verdad. Tan solo ahora te veo como debo verte. Este es el rostro verdadero.
Entonces el hombre tiene muchos rostros. Este por fin es el verdadero, hasta ahora no existía.
Pues hasta ahora no había nada en ninguna parte. Tan solo ahora veo lo que de verdad es, y eso que no veo más que una pequeña parte. Cuando se vea la imagen entera, quién sabe si será soportable. Espera, que quiero verlo otra vez desde este ángulo.
¿Esto?
Esto, justo así, pero elevándolo un poco más, así es, y esto bajándolo. Esto así y eso ni siquiera hace falta.
Irás contando chismes de mí por todo Sarajevo.
Ni hablar.
Los televisores a todo volumen por doquier. La radio emite un bloque de canciones de amor en nuestra lengua. En una de ellas alguien oye una voz en otra habitación y lo invade la emoción. Me imagino que esto pudo haber ocurrido antaño en algún lugar cercano. Tan solo ahora, en realidad, oigo esta canción, y las palabras adquieren su verdadero significado. Una ola de aire caliente del pesado acumulador. Un hombre grita en la calle. En el techo un círculo de luz tibia.
¿Está algo mejor?
No mucho.
¿Por qué?
La fiebre. Probarán con no sé qué.
Me tengo que ir. Tengo que estar en casa a las nueve.
5Salsa elaborada con pimientos rojos y berenjenas muy popular en los Balcanes.
Las manecillas se aproximan a la posición de la visita al hospital. El conserje indica que se puede subir. Espero un minuto más para que aparezca mi padre. No se ve el Escarabajo. Voy solo. En el pasillo me golpea el olor a hospital. Subo a pie. Prohibida la entrada, pone en el cristal de una puerta cubierta de papeles blancos. Cuidados intensivos, entrada con permiso especial, llamen al timbre, no se permiten visitas. Al otro lado del pasillo los cuidados intensivos de cirugía. No se ve nada a través de los cristales lechosos. Enfermos en pijama detrás de la puerta acristalada. Reflejos de sol en los pasillos. La puerta de cristal abierta. El doctor listo para irse a casa. No dice nada, no me reconoce. Mi madre no está en la habitación. Ni siquiera está su cama. La mujer tísica calla cuando me ve. Nos miramos durante dos segundos.
La han trasladado a cuidados intensivos.
¿Cuándo?
Esta mañana.
¿Qué ha ocurrido?
Allí estará mejor. Abajo, en la segunda planta.
Entra una enfermera. Mientras caminamos me explica la situación, sus zuecos golpean el suelo plastificado.
El doctor ha decidido que la traslademos a cuidados intensivos. No está bien. La fiebre no baja. Los análisis de sangre, malos. Abajo tienen más tiempo para los graves, para los enfermos más graves. Es lo que hay. ¡Coge sus cosas!
Me seco el sudor con la palma de la mano y agarro las dos bolsas de plástico. En una de ellas zumo, naranjas y un Oslobođenje atrasado. En la otra la rebeca que le echamos encima. Nueve escalones en las entreplantas. Los médicos y las enfermeras arriba y abajo. Toco el timbre en la segunda planta. Nadie abre. Llamo de nuevo. Mi padre en los últimos escalones hacia la segunda planta. No me esperaba allí. No pregunta nada. Tengo las bolsas de plástico en la mano izquierda. Llamo de nuevo. Una enfermera asoma la cabeza. Nos mira sin decir nada.
Han trasladado aquí a mi madre.
¿Esta mañana?
Sí.
Esperen.
Abre de nuevo y nos deja entrar. Detrás de las paredes de cristal camas con personas conectadas a aparatos mediante tubos. Mi madre detrás del cristal. Una sombra. Parpadea. Tubos en las venas. La enfermera nos proporciona batas de plástico y bolsas para los zapatos. También debemos ponernos gorro. Nos ponemos todo. Viene un médico más joven de aspecto distendido. Nos lleva a su consulta. Pasamos junto al box de mi madre. Nos detenemos. Ella no abre los ojos. Las máquinas miden algo y sueltan un pitido cada segundo y medio. Yo sigo sujetando las bolsas.
Es como si estuviera durmiendo.
¿Cómo durmiendo?
No está consciente. La fiebre la machaca.
¿Qué se puede hacer?
Los vasos sanguíneos están inflamados. Rebajar la inflamación.
¿Qué podemos hacer nosotros?
Esperar.
Tomo aire y me acerco. Ella apenas respira. Su cabeza reposa laxa en la almohada levantada. Se le ha caído el cobertor. Se lo coloco. Mi padre se aproxima. Le habla en voz baja. No reacciona. El líquido gotea a través de la alargadera. La máquina marca el compás. Un gran reloj detrás del cristal. Las medicinas encima de la mesilla. En la cama está anotada la fiebre. La enfermera nos apremia. Nosotros en la puerta volvemos la cabeza hacia el box. La enfermera recoge las batas de plástico y cierra la puerta. Escaleras abajo en silencio. Fuera aire fresco. Apenas hay coches al lado del hospital. Delante parapetos de sacos llenos de tierra.
Callamos mirando desde el coche un Sarajevo ralentizado y asustado. Regresamos al barrio por la ruta del trolebús.
En la ventana del primero la vecina preocupada. Nos mira. Mi padre se lo cuenta a grandes rasgos. Yo subo con las dos bolsas. En el portal oigo mi nombre. Me extraña un poco. Una chica que ha ido conmigo a clase me hace una breve señal con la mano desde la senda del garaje. Que cómo está mi madre. Ayer oyó que había un problema. Si me puede ayudar en algo. Ella está bien. Se va a matricular en el Conservatorio. Violín.
El periódico en el suelo al lado de la cama. Anoto en el cuaderno lo que ha sucedido y luego corrijo los diálogos recordando los detalles. Leo lo que me recomendó la chica de mi clase, pasando las hojas de derecha a izquierda y memorizando alguna parte pequeña del final. Repito, compruebo y escribo en el cuaderno sin mirar el libro. Leo de nuevo y anoto con menos errores.
Mi padre en el sillón verde mirando fijamente el televisor sin sonido. El ruido de la lavadora en el baño. Me tapo con la manta. Aire caliente del acumulador.
Me apresuro a cruzar las vías. Tiempo fresco pero despejado. El tranvía al centro abarrotado. En el patio, entre los edificios austrohúngaros frente al hospital, un hombre carga carbón con la pala. Dos vigilantes en la entrada.
Un fuerte olor a hospital en la planta baja. Oscuridad en los pasillos. Bombillas tenues. Justo al llegar a la planta se abre la puerta de cuidados intensivos. Una mujer que ha trabajado con mi madre y otra que no conozco salen llorando. Aquella que conozco me ve, pero no consigue decir nada. Con la palma de la mano se seca las lágrimas. Yo me siento en las escaleras.
Está viva.
Diez minutos después la enfermera vuelve a abrir la puerta y me deja entrar. Dentro la máquina late. Mi madre me mira. Me inclino hasta sus labios. Intenta decirme algo. Yo le señalo las cosas. Ella niega con un breve movimiento de la cabeza.
¿Agua?
A casa, a casa.
Intenta tomar más aire. Entra el médico de guardia. Se le caen las gafas. Dice que le han hecho una transfusión de sangre y le han dado oxígeno.
¿Puedo quedarme un poco más?
Solo un minuto.
Su cuerpo se mueve al ritmo de la respiración. Le seco la frente, la cara y el cuello. Intento darle agua. Se le derrama por la barbilla.
Vamos, despacio, así, vamos, un poco más. Bravo.
Detrás del vidrio mi padre. Las arrugas más marcadas. Respira profundamente y se detiene un segundo en la entrada a su box. Ella abre los ojos, pero no lo ve.
¡A casa!
En cuanto sea posible, ya te lo he dicho. Ya ves que estás mejor.
A casa.
Tiene los labios secos. Apenas se la oye. La piel de las manos es casi transparente. Sudor en la frente. Los ojos abiertos por un instante.
Lo intentaremos mañana.
¿Quién?
Señala hacia la máquina moviendo la mano con dificultad.
No hay nadie. Solo nosotros dos.
Entra la enfermera y quiere que salgamos. La miramos desde la puerta. Levanta la mano derecha con las cánulas conectadas para despedirse. Los líquidos gotean y las máquinas zumban. La enfermera cierra la puerta. Nosotros en las escaleras delante del hospital.
El Escarabajo arranca al segundo intento. El hombre del aparcamiento coge dos monedas. Alza la mano mientras mi padre sube la ventanilla. Yo bajo la mía. Saco el codo fuera. Aire frío. Vamos por Kranjčevićeva, al lado del cuartel, luego hacia Malta y a la calle principal. Sarajevo está gris.
El aire caliente del acumulador. Mi padre saca las salchichas del agua y tira el envoltorio al cubo al lado de la puerta del balcón. Yo preparo té. El sauce debajo del balcón, inmóvil. Los niños juegan en el aparcamiento. Pásamela, pásamela, no seas egoísta.
Marco sus seis números. Nos ponemos de acuerdo.
Yo me voy al centro.
Vale. ¿Vuelves esta tarde?
No lo sé.
Quédate allí.
Bajo los escalones de dos en dos en cuatro saltos. Apenas hay transeúntes en la calle. El trolebús modera la velocidad al pasar por la escuela. Yo corro hasta la parada.
Ella con un chaquetón de color morado. El pelo en cola de caballo. Vestido estampado debajo del chaquetón.
¡Tomemos un café en alguna parte!
¡El café lo hago yo, mujer!
En la Lenjinova, el portal oscuro. Detrás de las puertas, los televisores a todo volumen. Las barandillas frías.
¿Aquí?
¿Dónde?
Aquí, mira.
¿Qué?
Pues esto.
¿Qué?
Es divertido. Como en las películas.
La película de arriba es mejor.
¡Cierra!
Ya está.
¿Dónde?
¡Allí!
Qué ancha eres aquí.
¿Molesta?
En absoluto.
Un trolebús por la Zagrebačka. Música turbo-folk de un coche. En la radio justo lo contrario.
¿Cuándo irás mañana al hospital?
Muy temprano. Hoy estaba un poco mejor.
Todo saldrá bien, todavía es joven.
Suena el teléfono.
¿Estás por allí?
Sí, estoy aquí. ¿Te han llamado?
No, no me han llamado. Era solo para ver dónde estás, ya sabes.
¿Cómo van las cosas allí?
Van, qué decirte.
Ella se arregla el peinado y mira por la ventana. Un taxi esperando en el ensanche de la calle.
¿Qué hora es?
Es tarde teniendo en cuenta los tiempos que corren.
Di que estás en casa de una amiga y ya está. Ya ves que no hay gente en la calle.
Ella marca los números. El dial regresa lentamente a su posición inicial después de girar. Un aparato de principios de los setenta. Pesado auricular negro.
Soy yo. Estoy bien. Sí. Pues estudiamos y hacemos bobadas, ya sabes. Sí. Por la mañana. Pues claro. Por supuesto que no. ¿Que me llames? Oye, que no soy una niña. ¿Que tome un taxi? Vale, lo intentaré.
Es mejor que me vaya.
Intento oponerme sin ningún éxito. Vamos escaleras abajo con frío y en silencio. Delante del edificio fuman dos jóvenes y una muchacha. En la parada del trolebús paramos un Golf I. Lo conduce un señor mayor. El ambientador del pino verde y la banderita del Fútbol Club Sarajevo en el retrovisor. No habla mucho. Un trayecto breve a través del puente de Vrbanja, girando a la izquierda en el primer cruce y luego recto bordeando el cuartel y a la derecha en Pofalići. El taxímetro cuenta los dinares. La acompaño al ascensor. Me hace señas con la mano mientras se cierra la puerta. Yo vuelvo a pie. Me cruzo con una mujer, no parece normal, quiere preguntar algo. Continúo. Luces en algunas ventanas del hotel. Un bedel pasea delante de la Facultad de Filosofía. Al lado del edificio del Consejo Ejecutivo del Gobierno me para una patrulla de policía. Uno vestido con uniforme de las unidades especiales, otro normal y dos con los uniformes gruesos de policía en la reserva. Fusiles de asalto les cuelgan de los hombros. En la calle un todoterreno aparcado. Las ventanas de los edificios iluminadas. Un hombre con gafas detrás de una cortina medio corrida.
Carné.
Lo saco del bolsillo superior.
¿Adónde vas?
A casa.
Aquí pone Franca Prešerna, ¿donde se encuentra eso?
En el barrio del Aeropuerto. Dobrinja.
¿Vas andando a Dobrinja?
Ahora iba a la calle Lenjinova.
¿Te toca cumplir el servicio militar?
Todavía voy a la escuela secundaria.
¡Anda, piérdete!
Me ven marchar. El río Miljacka crecido debajo del puente de Vrbanja. En la esquina una pareja cogida de la mano. La puerta del portal abierta. Ruido de un televisor. No hay bombilla en las escaleras. Marco su número. Antes del segundo timbrazo contesta con un sonoro quién.
Soy yo.
¿Estás bien?
La voz profunda.
¿Qué haces?
Nada. Estoy pensando.
¿Se te ha ocurrido alguna solución para esta situación?
Todavía no.
Segunda mitad de marzo. La radio silenciosa. Muy pocos coches. Me duermo tapado en el sofá. La manta huele a viejo. Fresco. En sueños verano y sol a través de la ventana abierta. Me cuesta espabilarme. Sonidos escasos y dispersos. La radio encendida. El agua gotea en la cocina. Las manecillas en el escandaloso reloj de la pared. Debajo de la ventana ruido de interferencias de radio. Imagino qué tipo de sueño necesito. Repito lo leído corrigiendo los errores por intuición.
Un amanecer gris y frío a través de la cortina. Durante un segundo y medio no sé dónde estoy. Gasto un calentador lleno de agua. Preparo café en la cocina de butano. No hay leche. Subo un poco la radio. Noticias de Bijeljina y de Dubrovnik. En las escaleras silencio y fresco. En algún lugar ruge el agua. Me encamino por el puente de Vrbanja cubierto de niebla. Hundo más las manos en los bolsillos. La calle desierta. Un policía pasea delante de la parada de la iglesia con un fusil de asalto al hombro. Dos vigilantes despabilados frente al hospital. Me hacen señas para que pase. La planta baja a oscuras. Llamo a la puerta de cuidados intensivos. Sale una enfermera. Le pido que me deje entrar.
Justo estaban haciendo algo. ¡Espera!
Espero. Las manecillas avanzan lentamente. Se oye el ascensor, pero no se detiene en esta planta. Estoy solo en el pasillo. Salen a la vez un médico y un celador. Voy a preguntar. Me tienden la mano.
¿Qué?
Lo siento.
¿Ha muerto?
Lo acabo de firmar. Hicimos todo lo que pudimos.
¿No se pudo hacer nada más?
No.
¿Muerta?
Completamente.
Me da dos palmaditas en el hombro. Me siento en las escaleras. Una de las enfermeras me invita a entrar en voz baja.
La máquina pita detrás de los tabiques transparentes. El cuerpo en la cama articulada cubierto con una sábana blanca. Nos separa la tela. Me acuerdo de lo escrito sobre que la muerte también será algo enteramente humano. Desde el cuarto de guardia las voces de las enfermeras. Se asoman. El celador coloca la sábana y empuja despacio la cama. La radio apagada. Viento a través de la ventana en el otro lado. Olor de primavera.
¿Adónde vamos, qué pasa ahora?
Él sonríe disculpándose.
Al depósito de cadáveres.
Vuelvo de alguna manera a la entrada al hospital. Me siento en el muro que da a la calle. La mañana fresca. Me repongo en un segundo. El Escarabajo azul se aproxima por la calle Kranjčevićeva. Con la matrícula de Sarajevo, la estrella roja de cinco puntas y los seis números en una combinación memorizada hace tiempo. Marcha atrás aparca frente al viejo edificio al otro lado de la calle. Sale. Endereza la espalda y se desabrocha la chaqueta. No me ve. Me he quedado sin voz. Se dirige al hospital mirando hacia las ventanas. Yo sigo en el muro. Va hacia la portería. Consigo levantarme. No mira hacia mí. Todavía no he recuperado la voz. Voy hacia él. Unos diez metros entre nosotros. Estoy fuera de su campo de visión. Intento gritar. No puedo. Corro. Sus ojos verdes.
Prohibida la entrada. Tocamos el timbre del depósito de cadáveres. Un hombre bien entrado en la cincuentena se baja las gafas y tiende la mano, primero a uno y luego al otro. Vuelve a colocarse las gafas, señala hacia la izquierda del pasillo. Habla con prudencia y leve compasión. La ventana de la oficina está abierta, mira hacia la colina. Edificios austrohúngaros grises. Ellos dos se van al fondo del pasillo. Yo echo un vistazo al calendario de 1992 de los Ferrocarriles Yugoslavos. Estoy a punto de ir tras ellos y me detengo. Vuelvo hasta la puerta de entrada. Allí no se oye nada.
Nos tiende la mano al salir. Yo me vuelvo una vez más hacia la oscuridad. Los dos bajamos andando sin decir palabra a la planta baja. Él a la oficina y yo a una silla roja de plástico. En el pasillo, una viejecita de piel casi amarilla en una cama con ruedas. Una enfermera intenta meterla en el ascensor.
Vamos arriba.
La anciana tumbada de costado farfulla. Intenta señalar algo, gira la mano. Luz amarilla en el pasillo sin ventanas.
Todo saldrá bien. Espera, mujer. Vamos, ahora. Eso es.
La puerta se cierra.
Mi padre abre el Escarabajo. Se inclina para quitarle el seguro a la otra puerta. Tengo la ventanilla bajada. El vigilante del aparcamiento indica que pasemos. La primavera ha irrumpido en Sarajevo. Saco la mano por la ventanilla. Pofalići, Malta, Čvila, Otoka. En Neđarići, a la derecha delante de las residencias de estudiantes y luego la primera a la derecha por la avenida. Los tilos todavía sin hojas. En el poste, el número de autobús y el nombre de la parada. La carnicería de al lado, cerrada. A la derecha también, en la primera planta de la Casa de la Cultura, está la biblioteca. Un coche de policía con las puertas abiertas aparcado delante. Centinelas en los portales del cuartel. Cuando se celebraba la carrera de relevos por el cumpleaños de Tito nos traían aquí. Delante del cuartel, en varios puntos, sacos de arena. Sol a lo largo de la calle.
La vecina en el balcón. Espero a que baje él. Se yergue junto al coche. No dice nada, nada pregunta la mujer. Yo subo primero. La vecina llorando en la puerta.
Él en el sillón. Yo en el sofá con la cara hundida en el respaldo. En el aparcamiento un partido.
No es gol, no es gol.
¡Pita penalti!
Suena el teléfono. Él habla. Yo encima del acumulador. Dos van al colegio cruzando el aparcamiento. Alguien en la puerta. Medicinas en la mesa. La radio con el volumen bajo derrama noticias y llamamientos. Braman las voces de los reporteros desde distintos lugares. Las manecillas lentas. El día largo. Mi padre de la cocina al cuarto de estar. Yo de la ventana a la cama. Cojo un libro, pero no me engancha. El pan reseco. En la nevera todavía hay comida que ella compró. Los tarros en la alacena rotulados con su letra. Los periódicos en su lado de la cama en el dormitorio. La bata sobre el respaldo. Las cremas al pie del espejo. Notas debajo del teléfono. Papeles en el borde de la mesa de la cocina. El teléfono suena a menudo. Me entreno para controlar la voz y respirar con moderación.
La noche ha caído sobre el aparcamiento. Enfrente, luz y un televisor con el volumen muy alto. Mi padre no cierra los ojos en el sillón. Yo me levanto y preparo un té. La luz de la cocina es intensa. Silencio en el edificio. La ropa de mi madre en el sofá. En la radio, las noticias largas llenas de advertencias. Se pide que alguien haga algo. Infusión de arándanos en el cuarto de estar. Luego hablamos brevemente sobre qué y cómo será, quién acudirá dónde y lo que yo debo saber pero que él mismo no sabe y a lo mejor debería saber. Apunto unas frases mientras la infusión se enfría y él se acuerda de algo importante, luego callamos, la radio descansa de los discursos emitiendo música melancólica. Desde el aparcamiento alguien grita desaforadamente a través de la noche. Al otro lado del jardín luz en un balcón.
¡Vamos a dormir! Si es que alguna vez de verdad se puede volver a conciliar el sueño.
Cierro los ojos y decido no abrirlos al menos por una hora mientras se oye durante un rato largo el rumor del agua en el baño. Un coche acelerando ruidosamente en dirección al supermercado. Doy vueltas en la cama sin abrir los ojos. Supongo que ha transcurrido una hora y diez minutos y puedo mirar el reloj. Una hora y cinco minutos. La noche oscura. El aparcamiento silencioso. El sauce del jardín se balancea con el viento.
La vecina en el balcón encima de nuestro garaje. El Escarabajo arranca a la primera. Gente por la calle con su rutina diaria. Nosotros hacia Neđarići. Tenderetes con chocolatinas y fruta junto a la parada. Alipašino, Otoka, Čvila, Malta, Marindvor, Skenderija, Baščaršija. Gente con bolsas en las aceras. Reservistas de la policía con el gorro cuartelero azul patrullan. El tranvía número 3 da la vuelta. En los escaparates de las pastelerías tulumbas6 en almíbar y pequeñas baklavas.7 Los taxistas aguardan. El cielo se ha despejado. Los montes todavía blancos.
El hombre explica cuánto cuesta cada cosa, dónde queda sitio, qué es lo que la gente hace en estas situaciones. En las habitaciones comunicadas entre sí de una casa en la calle Kovači, en la parte antigua de la ciudad, todos hablan en voz baja. El empleado con bigote menciona a menudo a Dios. Acordamos el cementerio de Vlakovo. Delante de la casa, en plena Baščaršija, está aparcada una furgoneta Volkswagen.
Ponemos una decena de esquelas en el asiento trasero del Escarabajo. Color verde y letras árabes encima de los nombres. El mío en primer lugar. Hacia la catedral y luego por la calle Titova hacia los grandes almacenes. Por la vía principal con los semáforos sincronizados hasta Marindvor. Giramos a la izquierda a la calle Ljubljanska. En el año 76 y parte del 77 vivíamos realquilados en una de las villas judías. Petar Tješić, viejo pintor, vivía encima de nosotros. El baño estaba al fondo del pasillo. Recuerdo también la valla verde, el gato amarillo y blanco y el puesto de polos en el puente de Vrbanja. La tarde de hoy tranquila. Gente con bolsas de plástico sube la cuesta. Con el coche a la vía rápida y doscientos metros más adelante a la izquierda colina arriba. La calle empinada. Casas cuadradas con tejados a cuatro aguas. El invierno en retirada, pero todavía hay leña delante de las casas. El Escarabajo toma un respiro en la cima de la colina. La carretera continúa a la izquierda hacia el monte Trebević y nosotros detrás de un Zastava 101 amarillo hacia abajo, hacia Lukavica. Unas pocas casas a la derecha de la carretera. A la izquierda un pueblo al pie del monte. Todavía nieve en algunas laderas. Ramas sin hojas. Empiezo a decir que me acuerdo de este camino del día en que nos mudamos en el verano del 77, pero me paro. Sus ojos en la carretera. Ha abierto la ventanilla. Fuera del portal fijamos el lugar para la esquela. Un hombre del otro portal le tiende la mano, menciona a Dios y se aleja calle abajo. Yo corto cinta adhesiva. Él pone la esquela en la puerta de entrada, yo la pego. La foto de hace cinco años. Una más en la puerta de casa.
Él tranquilo en el sillón. Televisores desde todos lados. Suena el teléfono. Yo contesto la llamada y mientras hablo tranquilamente intento prever cuál es la siguiente frase que me van a soltar. Llaman a la puerta. Dos parejas en la entrada. Estrecho la mano a todos escuchando atentamente lo que cada cual tiene que decir. Se sientan en el cuarto de estar. Yo me dispongo a preparar café. En la alacena zumo de sobra. Recuerdan el día en que nos mudamos. Era agosto. Todo ha pasado muy deprisa. Qué tiempos aquellos. A nadie le importaba qué era cada uno. Todo se fue al traste. La gente muere sin orden ni concierto. Se vive con miedo.
Los dos damos las gracias en la puerta. Ellos ofrecen cualquier tipo de ayuda. Las escaleras frías. Debajo del vidrio templado en el rellano tiestos con toscas plantas verdes.
Medianoche. Él en el sillón. Yo en el sofá. Faros en la oscuridad. Una ráfaga de disparos en alguna parte.
El acumulador se ha enfriado y me paso a la cama. Mi padre ha dejado abierta la puerta de la habitación. Las manecillas lentas a través de la noche. En sueños olvido todo lo que ha pasado. Cuento hasta tres mientras me vuelven los recuerdos del día de ayer.
El agua en el baño empieza a correr. El amanecer gris y lento. Aire caliente del acumulador. Mi padre en la cocina junto al horno. Me da unas palmaditas.
¿Qué voy a hacer allí?
Juntos haremos lo que sea necesario.
Suena el teléfono. Escucho y hablo previendo la siguiente palabra del interlocutor. Afuera, los niños van al colegio.
Al mediodía la vecina trae dos tarteras con pita de espinacas y burek. El cerezo todavía desnudo. La radio emite muy bajito las noticias y luego los partes de los municipios que ahora parecen tan lejanos. Yo de ventana en ventana y del sofá al sillón. Él ensimismado en unos papeles. En su rostro, la edad madura.
Vámonos.
Yo cierro con llave. Él al lado del coche charla brevemente con alguien. Yo por las escaleras fijándome en quién nos observa y desde dónde.
El autobús rojo número 25 delante de nosotros. Pasamos por la calle Kasindolska en dirección a Ilidža y luego por el puente todo seguido junto a la iglesia. Metros cúbicos de leña delante de las casas. Día despejado. Ha llegado la primavera. Estrías de nieve en el monte Igman.
Cortinas pesadas en las capillas abiertas. Dibujos sobre las puertas. Nosotros dos delante. La gente tiende la mano y habla en voz baja. Llegan tres furgonetas. Se forman varias filas. Estamos un poco abrumados.
Oración fúnebre por un varón adulto. Los hombres se vuelven hacia la izquierda, hacia la derecha, alzan las manos.
Oración fúnebre por una mujer adulta.
A la dos menos diez arrancan las furgonetas. Caminamos en fila. Nombres y apellidos, fechas y símbolos a izquierda y derecha. En una elevación a la izquierda, dos hombres cavan. Se yerguen mientras el grupo se acerca. El imán viene corriendo. Se levanta un poco la gabardina mientras se apresura entre las tumbas. De la furgoneta blanca con rótulo verde baja el hombre de Baščaršija de ayer. Abre la puerta trasera. El ataúd envuelto en fieltro verde con letras árabes. Lo cogemos. Pasa de unas manos a otras. Cinco, diez, quince metros. Me adelanto para cogerlo de nuevo.
Nos ponemos en cuclillas. Las mujeres y varias personas se quedan atrás. Los que nos rodean vuelven las palmas de las manos hacia el cielo, se las pasan por la cara, recitan en voz baja. El imán dice que esta tumba llama y advierte tres veces cada día.
Nosotros repetimos que la salud viene de Dios, pero que también la enfermedad es un regalo para el hombre.
¡Ponte delante!
¿Aquí?
Aquí.
Agárralo con la izquierda.
Así, así, bajadlo despacio.
Primero la cabeza, así, está bien.
Colócalo mejor.
Coge las tablas.
¡Ponlas aparte!
Tú colócalo.
¡Así! Hacia este lado. Pon este terrón bajo el hombro en el lado izquierdo. Asííí. Está bien.
Un poco más.
Sal fuera.
Despacio, ten cuidado.
Rozo las tablas con la palma de la mano cuando me tiende la suya para sacarme fuera. Tropiezo. Tira de mí con fuerza. Barro en mis vaqueros, en las manos y en la cazadora. Nos ponemos en cuclillas. Tres palas. Yo cojo una, mi padre la segunda, alguien la tercera. Empieza a caer la tierra. La primera paletada, la segunda, la tercera, cuarta, quinta, sexta, séptima, octava, novena, décima.
¡Suéltala, vamos, suelta la pala!
El imán pregunta en voz alta si a esta mujer se le perdonan todas sus deudas.
Mi padre coloca la losa. Están escritos el nombre, el apellido y los años. Dos veces seis letras y una con el signo diacrítico.
¿Cómo se llamaba la madre?
¿De quién?
De ella.
Se lo digo. Él introduce ese nombre en su sermón fúnebre. Yo escarbo con las uñas en la tierra. El sol límpido encima del monte Igman. Las nubes veloces hacia el este. Las montañas grandes al sur. La primavera tibia. La chica que estaba en la calle Lenjinova espera ahora junto a la fuente al principio del cementerio. Él pasa de largo, yo me detengo. Ella hace un amago de abrazarme. Ahora los dos caminamos juntos hacia el aparcamiento. Delante del cementerio, losas para las lápidas. El autobús rojo en el gran aparcamiento. Él dentro del Escarabajo. Con el brazo derecho sobre el asiento del copiloto.
Ella se despide a través del cristal en la parte trasera del autobús. Nuestro coche ruidosamente hacia la carretera de Blažuj. Saco el brazo por la ventanilla y toco la puerta con la mano. Una persona apila la leña. Un Zastava 101 en dirección contraria. Las gallinas juguetonas delante de una casa baja con tejado a cuatro aguas. Casas de ladrillos rojos sin barandilla en los balcones. Cajones de madera amontonados. Un depósito de fuel pintado de color naranja. Llegamos a la vía principal. A la izquierda, el edificio de una empresa y luego una iglesia. Un autobús rojo en dirección contraria. En el puente un señor mayor en bicicleta ralentiza el tráfico. Nosotros por delante de la escuela secundaria y luego seguimos la valla del aeropuerto hasta la calle Kasindolska. En el barrio despacio por la calle Akifa Šeremeta y luego a la izquierda a la Franca Prešerna. Por este lado de la calle solíamos regresar del colegio. Dos veces seis letras de las cuales una con el signo diacrítico en la puerta de la entrada. El sol a través de las cortinas del piso. Yo en el sofá. Mi padre en el sillón verde. Pita de espinacas y té en la mesita. Pésames por teléfono.
Té en la mesa. Las tazas encima del periódico. Bijeljina en la portada. El suplemento del Oslobođenje se llama Nedjelja.8 En la portada pone No entregaremos Bosnia.
La puerta entreabierta. Mi padre en el sillón. Paso las hojas de derecha a izquierda. Memorizo, repito, escribo. Una noche fría. Luces en dirección al supermercado. Un perro en el aparcamiento. Televisores en el edificio de enfrente.
6Pastelillo típico de la cocina otomana hecho de masa frita empapada en almíbar.
7Pastel elaborado con pistachos o nueces y masa filo bañado en almíbar.
8Nedjelja significa domingo.
En la parada de Pofalići un autobús abandonado. El gentío en dirección al Parlamento exige la paz ruidosamente. Detrás de la valla del cuartel, sacos de arena. Los centinelas detrás del parapeto. Nosotros dos hacia Marindvor. Un kilómetro delante de nosotros, una muchedumbre. Pasa un Zastava 101 con la inscripción Empresa Municipal de Transporte. Una mujer llega corriendo desde donde está el hotel y grita que están disparando contra la multitud. Nos damos la vuelta. Ella quiere ir a casa y yo propongo ir a Grbavica. No quiere. Delante del portal en Blagoja Parovića, hombres de mediana edad. Ella me presenta como un compañero. Uno dice: adelante, compañero. Nos vamos parando hasta llegar a la duodécima planta. Susurramos, nos detenemos, jadeamos. Por las puertas se cuelan los olores de los guisos. Los niños gritan. Las televisiones cantan. Tito, hermano, cómprame un habano, todavía atrae desde la pared.
Venga, entra tú también.
No, no. Me voy a casa.
Espera, tómate un café. Mamá quiere darte el pésame.
Ahora no. Mejor cuando haya menos lío.
¿Cuándo quedamos?
Quizá mañana. Allí.
Y por las escaleras al pasillo oscuro entre la duodécima y la undécima planta. En el portal los mismos tipos.
Adiós, compañero.
Bajo por la calle Darovalaca krvi hacia Urgencias. Por el oeste un Yugo burdeos desacelera. Un hombre mayor abre la ventanilla. Lleva una gorra de visera. Me pregunta qué está pasando. Me encojo de hombros. Hombres de mediana edad delante del edificio Šibica. Sigo por Malta hasta Čvila. Un autobús aparcado en el ensanche del ambulatorio Kumrovec. Gente delante de los portales de los rascacielos en el barrio de Alipašino. En Neđarici, en el cruce, hay menos transeúntes. Voy por Vojničko. Ni un alma en dirección a la antigua escuela. Los árboles de la calle han echado hojas. Un hombre con bigote gris grita que no vaya por allí. Retrocedo hacia la carretera de Dobrinja y luego hacia el barrio olímpico. Nubes gruesas por encima de los edificios azules en dirección a la calle del trolebús. En el lavado de coches, un grupo de jóvenes. De la dirección contraria se acerca despacio un Escarabajo azul. En la matrícula, la abreviatura de Sarajevo, la estrella de cinco puntas y seis números en una combinación conocida. Agito el brazo. Se escapa hacia el cruce. Atravieso la calzada corriendo y sigo hasta que me parece que la calle se inclina hacia el norte. Grito y agito el brazo detrás de él. Se para. Vuelve.
Qué sorpresa más buena.
¿Dónde has estado?
Por ahí. ¿Y tú?
Te estaba buscando.
Pues aquí estoy.
Nos da la vuelta hacia Dobrinja. Las flores han crecido delante del portal. Desde el balcón la vecina nos pregunta cómo estamos. Ha hecho pita de espinacas. Calor y nubes por la tarde. Abril.
Tomamos café en la cocina. Frases cortas. Pausas largas. La leche muy caliente. La radio bajita.
Toco una rama de sauce desde el balcón. Una mujer me saluda al otro lado del jardín. De pequeño me cuidaba. Le pregunto cómo está. Lo siente por mi madre. Mucho. Lo siente muchísimo.
Silencio en el aparcamiento. Noticias. El locutor enumera los ayuntamientos y municipios en los que se negocia. Suena el teléfono. Que si he conseguido llegar a casa y cómo.
Claro, y en el Escarabajo. ¿Dónde estás tú?, ¿qué haces?
Pues aquí.
O sea, tú allí y yo aquí.
Parece que es así.
A saber hasta cuándo.
Todavía hay café en la džezva. Mi padre con tres bidones de diez litros del sótano, vacíos y polvorientos. La puerta abierta. La vecina del piso de la izquierda recomienda que tengamos agua.
En Sedrenik ya no hay.
Llevo los bidones de plástico al baño. Las judías en marcha en la cazuela azul con lunares blancos. Un auto muy deprisa hacia el supermercado UPI. El alumbrado urbano no funciona. Se acuerda vigilar el portal. Yo también me ofrezco. No aceptan.
Mi padre en el sillón. Yo en el sofá. La televisión se explaya sobre temas difíciles. Los reporteros de diversos lugares, alterados. Oscuridad en el aparcamiento. A través del jardín, las televisiones. En la calle, silencio. Leo cincuenta páginas y escribo lo que ha sucedido hoy y lo que ha dicho cada cual. Treinta páginas más. Él espera su turno de vigilancia. Comentamos qué hacer si pasa esto o aquello. Una hora para la medianoche. Él abajo al portal, yo lo oigo andar. Cuando vuelve, se sienta a mi lado al acecho detrás de la puerta. Yo dormito. En sueños, sucesos tranquilos y lejos de todo. En un segundo me espabilo y sé dónde estoy y lo que pasa.
En el edificio al otro lado de la calle luces y ruido de televisión. Dos pisos en el lado derecho a oscuras.
Se va la luz. Busco velas. No hay. Me asomo al portal. Él junto a la puerta. Salen dos vecinos, uno del piso al lado del nuestro, otro del piso de arriba. Hablan. Se enciende la luz.
Escribo lo que pasa y cómo ha sido. Leo y repito una decena de renglones. Copio lo que leo y lo compruebo. Hay errores.
Un perro cerca del supermercado UPI. Hora y media sin un solo coche. Al otro lado del jardín, la luz en el piso del medio no se apaga. La radio ha pasado a la música. Leo veinte páginas más. Estoy a punto de dormirme. No apago la radio. Del portal llega algún rumor del vigilante.
En sueños, imágenes inconexas y palabras que no puedo memorizar.
El agua ha empezado a hervir. En la radio suena Si te acercas más. Las siete pasadas. El aparcamiento desierto. Detrás de la caseta de alta tensión, una mujer con las bolsas de la compra, despacio. Debajo del sauce, un perro ladra lacónicamente y desaparece en dirección al kiosco de abajo. Mi padre parte pan, yo hago café. La leche ha hervido. Un coche en dirección al supermercado. Un informe largo y vacío en las primeras noticias. Nosotros nos ponemos de acuerdo sobre lo que vamos a hacer hoy y cómo. Las palabras se agotan enseguida. El teléfono suena escandaloso. Yo al aparato, mi padre a la ventana. Ella, que vive en lo alto, dice que por su barrio está tranquilo. Gente en la calle principal. De vez en cuando algo explota en dirección al Trebević. Ha hablado con alguien de Ilidža. Allí el mercado también está abierto. Los cafés llenos, solo el tranvía no circula. Contemplo el pueblo nevado naif colgado en la pared de nuestro pasillo mientras ella habla.
¿Cuándo nos vemos?
Antes de que la nieve llegue a la barra superior del guardanieves.
¿Qué?
En mi edificio, en el tejado, hay un guardanieves con dos barras horizontales. Cuando nieva como Dios manda, llega hasta la barra superior.
Venga ya, seguro que nos vemos antes.
¿Se puede ir a Grbavica? ¿Qué te parece?
Se ve gente en el puente. Se puede.
¿Lo intentamos?
Ni hablar. Es peligroso.
Lo intentaré hoy o mañana, en algún momento antes de que nieve.
¿Por qué piensas hoy en la nieve?
También pienso en ti.
A mí me parece que cada vez menos.
A mí no me lo parece.
Pues a mí sí.
Pues te equivocas. ¿Hay nieve en el Trebević?
Ya no hay. El Trebević está ahora lejos.
El transistor Grundig informa de que en alguna parte de la ciudad vieja han caído granadas. Dos casas dañadas. Dicen que los accesos a la ciudad están bajo el control del ejército yugoslavo. La televisión muestra el nudo vial de Vogošćanska con unos cuantos tanques y vehículos con cañones cortos. Alrededor, soldados con uniforme verdigrís.
El agua hierve en el fuego. La cucharita roza la džezva. El calentador, lleno. En el estante, tres tubos de pasta de dientes todavía de reserva. Una bolsa de detergente apoyada en la lavadora. El borboteo del agua en el piso de arriba. Una ráfaga en alguna parte. Soleado y cálido. Un día precioso para el fútbol.
Delante del portal, en las escaleras, mi padre con dos vecinos. Yo saco la bici al camino y enfilo la calle en dirección norte. Las ruedas flojas. Las llantas chirrían. Hace al menos tres años que nadie ha montado en ella. El cuadro azul, sucio, con el rótulo de UNIS despegado en parte. El freno de atrás funciona, el de delante hace tiempo que está estropeado. Algunas personas en las ventanas. Una mujer en el balcón del entresuelo en el portal 10. Varias personas tomando café delante del portal 8.
¡Dónde vas!, ten cuidado.
Mayo. La violinista delante de su portal. Me hace un saludo breve y cruza los brazos sobre el pecho. Me llama por mi nombre, lo que me suena risueño e íntimo. Se ha recogido el pelo en una coleta. Lleva una cazadora vaquera y los pantalones del chándal. Delante del portal, dos abedules y debajo cinco personas tomando café. En la parrilla trozos de carne para que no se estropee. Con los cortes de luz, la comida se está descongelando masivamente. La bicicleta apoyada en la entrada de la tienda de ultramarinos que han abierto en su garaje. La han llamado Torino y han escrito las letras en tres colores. Me toca el hombro mientras nos sentamos. Ella se va a Italia. Y ahora va al centro. Parece que un autobús sale desde Dobrinja. Que si quiero ir con ella.
¿A Italia?
Al centro. Dentro de media hora.
Su madre asiente escéptica con la cabeza.
Tened cuidado, niños, esto ya no es la escuela.
Aparco la bici detrás del Escarabajo en nuestro angosto garaje.
Voy a ir al centro.
También aparta para mí un bocadillo de pan casero con un trozo de ternera a la parrilla.
Hay que comerse este montón de carne, no contábamos con que iba a faltar la electricidad.
¿Adónde?
Al centro.
¿Cómo vas a ir?, no seas bobo.
En autobús.
Tú no vas a ninguna parte.
A las tres estoy de vuelta.
Por favor, no vayas, te lo ruego.
Venga, hombre, un ratito nada más.
¡Olvídate del centro! Aquí estás bien.
Me da una taza. Dos vecinos lo apoyan. Una de las mujeres que sujeta una taza de café, dice, bah, los niños, ellos tienen que hacer su vida, déjalo.
Y yo en casa marco sus seis números. Lo coge al segundo timbrazo. Dice que luce el sol y la gente anda por todas partes. Los tranvías circulan, el Trebević ha reverdecido. Nos veremos delante de su bloque, que llame al timbre cuando llegue si llego, que tenga cuidado, que esté atento, que le hace ilusión verme pero que no quiere que me pase nada. Me arreglo un poco para salir. Delante del portal, la violinista. Me pregunta si voy yo también y mi padre renuncia a discutir.
¿Cuándo volverás?
A las tres o las cuatro.
En el aparcamiento, cuatro piedras desiguales a guisa de portería. Alguna puerta de garaje levantada a lo largo de la calle. Unos hombres delante de los portales 18 y 24. A un Lada azul le han quitado las ruedas. El kiosco está destrozado, los periódicos tirados por el suelo. En lo alto de la calle me doy la vuelta. Abajo veo a mi padre. Me dice adiós alzando muy alto la mano derecha. Un hombre delante de la frutería, pero no es el frutero que tenía una novia en nuestro portal. Tres tipos con uniforme de reservistas de la policía en un Land Rover viejo delante del edificio marrón. El autobús 31 lentamente hacia la parada. Corremos a la primera puerta. Nos reímos. Hablamos de cuando éramos niños. Te acuerdas de esto y de aquello. Te acuerdas de cuando fuimos, de cuando tuvimos, de cuando hicimos, de cuando aquel, de cuando aquella. Ella explica cómo va a intentar matricularse en la facultad en Italia, en alguna ciudad cerca de Venecia. Le da mucha, muchísima pena, de mi madre, y de mí también.
El tranvía 3 medio lleno hacia Neđarici. Dentro sobre todo jóvenes. El día despejado, gente por doquier. Pocos coches. Muchas palabras nuestras. Ella continúa hacia Marindvor, yo hacia la puerta en Pofalići. Nos vemos en Skenderija alrededor de las tres. El tranvía rojo con letras amarillas sigue hacia el centro. Yo hacia Blagoja Parovića. Mediodía. Delante del portal, el hombre del otro día dice dónde andas, compañero.
¿Vas a buscarla tal como están las cosas?
O vivo ahora o no vivo nunca.
¡Anda, vive!
Los dos ascensores de la planta baja están parados, así que yo por las escaleras a oscuras. Niños delante de la puerta abierta de algunos pisos. Una mujer vieja de mirada desconfiada pregunta qué busco allí. Le explico brevemente a quién no busco. Llamo. Me abre su madre. Me estrecha la mano. Lo siente mucho, me invita a entrar. Ella ya está lista. Una falda azul y negra y un jersey morado.
Junto a la valla del cuartel, nadie. Al otro lado, los árboles se cubren de hojas. La gente de paseo. Delante de la comisaría, sacos de arena, un vehículo con ruedas enormes, policías con uniformes pesados y uno de ellos con uno de camuflaje. Basura alrededor del Parlamento. Ventanas rotas en un hotel.
¿Adónde?
Vamos a dar una vuelta por la calle Lenjinova.
Pues, la verdad, no sé ahora.
Venga, mujer. He hecho un camino muy largo.
Nos dirigimos hacia Vrbanja entre la Facultad de Filosofía y el Consejo Ejecutivo del Gobierno. Policías con fusiles en las escaleras de la facultad. Los ultramarinos de la esquina saqueados. Un coche desde Skenderija hacia Grbavica. Nosotros a través del puente lleno de cristales. Obstáculos de erizos checos antes del puente. Dos tipos salen de la floristería de Kovačići y se dirigen al centro. Un kiosco destrozado. La gasolinera de la calle Ljubljanska desvalijada, los anuncios naranja rasgados y pintarrajeados con símbolos nacionalreligiosos. Gente por la calle Zagrebačka. Un día soleado. Un Golf I blanco aparca delante del edificio.
¿Tienes tú la llave?
Y si no la tengo, forzamos la cerradura.
¿Nos volvemos?
Vamos a ver cómo está.
Las puertas abiertas en el portal más cercano al puente en la calle Lenjinova. Y en el número 1 la puerta también está abierta. La que vive en el primero se sorprende cuando me ve. La mira a ella y luego a mí. Lleva las bolsas de la compra.
¿Qué haces aquí?
Pues nada. ¿Se puede ir arriba?
En lo que a mí concierne, se puede.
¿Cómo está tu abuela?
Vieja. ¿Tienes la llave del portal? A veces está cerrado. Tengo dos, alguna será la del portal.
Ocho escalones entre las plantas. El aire caliente.
Igual no teníamos que haber venido.
Venga ya, entremos.
Cierro la puerta y ella recalca que el tiempo pasa muy deprisa.
¿Qué hacemos?
No hay tiempo para nosotros hoy. Pero hay vida.
Venga, un poquito.
¿Qué?
Pues ya sabes.
¿Cómo?
Pues igual que la última vez, pero mejor, al menos por mi parte.
Espera.
Espera tú.
Necesitamos más tiempo. Vas a llegar tarde.
No voy a ir. Dijimos que no íbamos a esperarnos.
Tu padre se va a preocupar. Y más si ve llegar a tu vecina. ¡Llámalo!
Marco. Suena seis veces.
Seguro que está en el garaje.
Yo también me tengo que ir a casa.
Tardas un segundo en llegar.
En Radio Sarajevo ponen una canción sobre la primavera. Suena el teléfono.
Hola. Ah, eres tú.
¿Por qué no has venido?
Voy enseguida.
¿Dónde está la vecina?
Se habrá ido. Los autobuses circulan.
Ven a casa volando.
Voy enseguida.
Nada de enseguida. Más loco estoy yo por haberte dejado. Ven aquí de inmediato. De inmediato.
Que sí. Aquí no pasa nada.
De inmediato. Venga.
Vale.
Ella está lista y mira nerviosa a su alrededor, preferiría irse. ¿Hago un café?
Vámonos.
Espera un poco. Probemos algo.
Oye, hablemos un poco. Yo he pensado que, si las cosas se tuercen, me voy a Croacia con la familia.
¿De verdad?
Quizá intente estudiar en Rijeka.
¿El qué?
Derecho.
Pues no es mala idea.
Es solo una opción.
Eso, de ahí a aquí, es lo que me merezco por haber llegado tan lejos en este delicado momento político poco proclive a ideas como esta.
¿Esto?
Esto y lo de más allá. Sobre todo, esto.
Música alegre. El sol ha calentado el piso. En algún lugar han subido el volumen de la radio. Las tres y media. Alguien en las escaleras. Un Zastava 101 hacia la calle Splitska.
Venga, vámonos.
Con la mano se alisa el pelo. Se abre la puerta de enfrente. Todavía no son las cuatro. Tres niños se pasan el balón en un solar al borde de la vía principal.
Anda, vete a casa y yo buscaré un taxi.
Voy por abajo, por la orilla del río. Te llamo más tarde.
Agita el brazo. En la calle Zagrebačka no se ve ningún coche desde arriba. Una farmacia con el escaparate hecho añicos. La zapatería Planika, vaciada. Los tres niños del balón en dirección a la calle Splitska. En la facultad, un taxi en el ensanche. Un Mercedes Colas antiguo de un color azul desvaído. Corro, agito el brazo. Se dirige hacia el estadio. Corro un par de metros más. Se va. En el bloque al lado del mío, gente en las ventanas. Delante, niños en el portal. Alguien se apresura por la orilla del río Miljacka. Una cálida tarde primaveral. Ella se ha perdido entre los edificios. Me dirijo hacia Skenderija. Un Zastava 101 de la policía baja por la calle Trnovska hacia la parada de taxis. Delante de la pastelería Jadranka varios soldados con un enorme vehículo militar en el que pone Vinkovci, Borovo, Nuštar, Romanija. El Zastava aparece por la parada del trolebús. Salen dos tipos con el uniforme de los reservistas de la policía. Tienen banderas serbias en las mangas y distintivos en cirílico. Yo por el otro lado sin apenas mirarlos. Una mujer en el primer portal los ve y les hace señas. Me paro. Doy la vuelta fingiendo despreocupación. Tres viejos delante están de charla. El portal está abierto. Llamo al primero. Ella me mira interrogante y preocupada.
No tengo cómo volver a casa, voy arriba a llamar a mi padre para que venga a buscarme, y quería que lo supieras, la situación aquí es un poco extraña.
Avísame si no te vas. Ven a comer algo con nosotros. Por la mañana te será más fácil ir a casa.
Acierto con la llave a la segunda. Dentro, hace calor. Las tazas del café en un extremo de la mesa. Abro de par en par las dos ventanas para que me despeje el frescor de mayo. La calle silenciosa. En alguna parte, la radio alegre a todo volumen. El Zastava 101 de la policía abre las puertas. Los tres viejos se pasean lentamente. En las puertas del coche está pegada la bandera tricolor. El teléfono de mi casa suena siete veces. Cuelgo. Miro hacia los árboles verdes y frondosos en la calle. En el piso de arriba la radio próxima a la ventana. Suena el teléfono. Lo cojo después del primer timbrazo. La que se ha ido hace un rato a la otra orilla del Miljacka. Está triste porque todavía estoy aquí. Solo llama para comprobar. En mi casa nadie coge el teléfono. ¿Qué vamos a hacer? Ella es la culpable. Podíamos haber esperado.
Tú insististe, yo me resistí, jaja.
Ojalá te hubieras resistido más. ¿Qué vas a hacer?
Probaré a pie. Abajo hay unos policías serbios. Si consigues hablar con mi padre dile que pasaré en algún punto a la orilla del tranvía. Te llamaré.
Silencio y aroma de café tostado en el horno a lo largo de las escaleras. Un viejo Skoda amarillo circula despacio por la calle principal. Me dirijo por la Zagrebačka al puente. La tarde es cálida. Allá, sobre Ilidža, todavía un sol intenso. Cuento cincuenta y seis pasos. En la floristería, un poco retirado hacia la Beogradska, el Zastava 101 de la policía de hace un rato. Estoy solo en la calle. Un hombre con el uniforme de reservista sujeta un fusil de asalto contra el pecho. Me hace una seña brusca. Pienso en echar a correr hacia el puente. No corro. Me acerco.
¡Quédate ahí!
Va al coche y habla algo con el que está en el asiento del copiloto. Me miran. Vuelve el mismo.
¡Documentación!
En el estrecho bolsillo superior delantero. El librito rojo. Lee pomposamente mi nombre y apellido.
¿Adónde ibas?
A casa.
¿Dónde está tu casa?
En Dobrinja.
Y entonces, ¿qué haces aquí?
Estaba en el centro y he venido a dar una vuelta, tenemos un piso aquí.
¿Quééé?
Que he venido a echar un vistazo y ahora vuelvo a casa y ya.
El otro sale del coche. Él también coge mi documento de identidad. El primero le explica mi historia.
Un poco complicado, farfulla. Tiene un distintivo nuevo en la manga izquierda. Es un poco mayor que yo. Lleva el anorak azul marino de la policía. En la mano izquierda un fusil de asalto con culata plegable.
No puedes ir ahora allí.
¿Por qué?
Es otro Estado.
Yo no tengo nada que ver con eso.
¿Que no tienes qué?
Con los Estados, nada.
Conque nada, ¿eh? ¿Y tienes armas?
Qué voy a tener.
¡Arriba las manos! Apóyate en el coche.
Me cachean. También las perneras del pantalón. Uno va al coche con mi documentación. Busco a alguien con los ojos, donde sea. Las ventanas en la Beogradska con las cortinas echadas. En la radio, voces de buen humor entre interferencias. Alguien a quien llaman comandante. Otro al que llaman jefe. Un tercero al que llaman mayor.
El tipo del bigote se da golpecitos con mi documentación en el muslo derecho.
Bueno, vamos. Te vas a volver donde estabas.
Yo extiendo la mano hacia mi documento contando con que iré hacia el centro y luego a casa. Me pongo de mejor humor tratando de memorizar los detalles y la matrícula del 101.
La documentación se queda con nosotros.
¿Por qué?
Para comprobar una cosa. Tú te vuelves a ese piso que dices que cuidas. Nosotros te acompañamos hasta allí para cuidarte a ti.
¿Puedo ir a mi casa de alguna manera?
Cuando se compruebe que todo está en orden.
Pero si todo está en orden, ¿qué podría no estar en orden?
No preguntes demasiado.
Anda tú con él.
Este tiene una cazadora de paño pesado, cruzada por un correaje marrón de los hombros a la cintura. Lleva el fusil con las dos manos apuntando el cañón al cielo con los brazos doblados por el codo. Mis manos en los bolsillos de los vaqueros. Un centenar de pasos hacia la Lenjinova. Callamos. En las ventanas del primero y del tercero del edificio de ladrillo rojo alguien se esconde. Un Zastava 101 amarillo por el paseo Wilson. Nos detenemos delante del portal. Vidrios rotos en la oficina de correos, los mostradores arrancados.
Aquí está.
¿Quién puede confirmar que tienes un piso aquí?
Lo saben todos los vecinos.
¡Llama a uno!
El portal cerrado con llave. Él golpea, aporrea con la culata. Llama a varios timbres intactos. Nada.
¡Hola! ¡Abre! ¡Policía! ¡Abre! ¡Hola! ¡Abreee!
Miro a las ventanas. En el edificio de enfrente, unos cuantos detrás de las cortinas. Un minuto, dos, tres. Todavía no ha atardecido. Huele a primavera.
¡Que abras!
Golpea con la culata. Ella aparece en la ventana del primero.
¿Sí?
¡Te digo que abras de una vez!
Pasos por las escaleras. Ella empuja la puerta hacia delante y él tira hacia sí.
¿Vives aquí?
Sí.
¿Cómo te llamas?
Ella dice un nombre y un apellido que le gustan.
¿Conoces a este?
Sí.
¿Desde cuándo?
Hace mucho. Quince años quizá.
¿Vive aquí?
Tienen un piso aquí. Sus padres vivían antes en este portal.
Cuando dice padres hace una pequeña pausa.
¡A ver tu documentación! ¿Con quién vives?
Con la abuela. La documentación está en casa.
Subo el primero, ella detrás y él va el último con el fusil en las dos manos. Dos veces por ocho escalones desde la planta baja hasta el primero. En la puerta de su piso, la voz de la abuela.
¿Quién ha venido?
Llama a la nieta por el nombre y se deja ver, toda de negro, en la puerta del cuarto de estar.
¿De dónde vienes, hijo? ¿Qué ha pasado?
Nada, nada, señora. ¡Vamos arriba!
¡Dejad a la criatura!
Todo va a ir bien, dice él, mientras con la cabeza me indica que salga. La chica se queda en la puerta explicando que nosotros somos gente educada y honrada.
Ahora todos son educados.
Sube detrás de mí. Yo abro el piso, él pasa primero. Mira todo con detalle. Se sienta en el sofá con el fusil en el regazo.
Mañana por la mañana vendrá alguien, cuando verifiquemos tu documentación. Quédate aquí hasta mañana, no des problemas. ¡Lo sabemos todo, dónde está cada cual y quién está donde tiene que estar! ¿Nos hemos entendido?
Por supuesto. Me gustaría ir cuanto antes a casa si se puede; si no se puede, pues mañana, qué le voy a hacer.
Ya se verá mañana qué se puede y qué no se puede hacer. No están los tiempos para paseos y cuidar pisos y yo qué sé qué más. Se está construyendo un país.
Yo no sé…
¡Cierra el pico! Esa chica responde por ti, ni se te ocurra largarte y que la culpemos a ella.
No he hecho nada malo.
¿Tú crees?
Que yo sepa.
Ya sabéis vosotros de lo que sois culpables. Aquí estamos nosotros, vigilando alrededor.
Con la mano izquierda traza un círculo en el aire.
No nos obligues a buscarte.
Sale dejando la puerta abierta. Yo lo sigo desconcertado. Da un portazo en la planta baja. Espero un minuto dentro, en el portal, por si aparece alguien para preguntarme algo.
Nuestro teléfono en Franca Prešerna suena seis veces. Marco los seis números de ella. Al segundo timbrazo, contesta.
¿Estás en casa?
En Lenjinova.
¿Qué ha pasado?
Iba hacia Skenderija y me detuvo esa policía suya.
¿Y?
Que si dame la documentación, malo lo que pone en ella, que adónde vas, a casa, y etcétera, hasta que se quedaron con mi carné y me mandaron aquí a esperar hasta que comprueben si soy de fiar.
Ayayay. ¿Lo sabe tu padre?
No me coge el teléfono. Quizá ha salido a buscarme. Mejor que no venga, también lo retendrán a él y a saber qué nos hacen.
Voy a preguntarle a mi padre a ver si a él se le ocurre algo. Te llamo luego, pensaremos algo.
Un Yugo por la calle del trolebús. Un Golf hacia la facultad. Yo en el sillón. Algunas voces debajo de la ventana. Tranquilidad en las escaleras. Me como un trozo de pan duro.
El crepúsculo. El timbre y luego unos golpes en la puerta. La misma que ha confirmado que me conoce, que soy bueno y que pertenezco a este lugar.
¿Estás bien?
Vaya. He estado mejor. ¡Entra!
Lleva un chándal gris con capucha.
¡Siéntate!
¿Qué te parece si vamos juntos hacia el otro lado, hacia Pofalići? Si nos paran, puedo decir que me ayudas con la abuela y que buscamos algo, transporte, medicinas, esto o aquello.
Voy a llamar a mi padre, a ver qué propone él.
Suena ocho veces.
Voy a traerte algo de comer.
No te molestes.
Te prepararé un bocadillo ahora mismo.
Baja corriendo las escaleras. Silencio en el rellano. Oscuridad. Suena el teléfono, vibra el pesado aparato negro colocado en una mesita baja en el pasillo.
Dígame.
Ehhh. Pero ¿dónde andas?
No lo he conseguido.
¿Qué ha pasado?
Me detuvieron.
¿Quién?
Pues esa policía suya. Me obligaron a regresar de Kovačići, iba hacia el puente cuando de repente un control. Ya ves.
¿Cómo que a regresar? ¿Puedes salir ahora?
Están haciendo guardia, un puesto de control, me temo que me cogerían los mismos. Se han quedado con mi documentación, dicen que me la devolverán mañana cuando comprueben algo.
Ayyy. Yo lo intuía, ya ves, yo sabía que no iba a salir bien. Voy para allá, que me tomen a mí para hacer comprobaciones.
Espera, hombre. ¿Conoces a alguien en este lado? Parece que ellos controlan desde Vrbanja hacia el estadio, no sé cuánto más ni cómo.
No se me ocurre nadie ahora, llamaré a todas partes. Te sacaré de allí antes de mañana. Espera hasta que te diga qué vamos a hacer. ¿Tienes algo de comer?
Algo encontraré, me lo va a traer la del primero, me lo ha dicho ahora.
¿Quién?
Nadie, venga. La chica del primero, la conoces.
Ah, sí. Vale, te llamo enseguida. No te preocupes, apareceré ahí pronto.
Pero no como un fantasma, por favor.
Llegaré en el Escarabajo cual Fortimbrás.
La del primero con el bocadillo. Un trozo de fiambre de pollo, queso amarillo, pepino y crema de queso con sabor a pimiento. Pan casero, de corteza marrón oscuro, rebanadas anchas. Coloca una tetera en la mesita y vierte agua caliente en una taza en la que pone el nombre de una marca de café. Se ha recogido el pelo en una coleta. Me tiende el bocadillo con cuidado. El té me calienta. Pronto será noche cerrada.
¿Qué te parece si lo intentamos abajo, junto al mercado, como si buscáramos algo, y tú atraviesas el puente corriendo? Parece que estos controlan hasta el puente de Bratsvo i jedinstvo.
No sé.
Voy a echar un vistazo al sitio ese donde antes estaba el patio. Vuelvo enseguida.
Baja las escaleras y va hacia los locales comerciales inacabados. Donde hace un par de años estaba el patio.
Habla con alguien. Una voz masculina. Pasos de regreso. Un minuto después abre la puerta.
Por ahí no está nada fácil. Ni se te ocurra ponerte cerca de la ventana en ese lado. Abajo hay unos de fuera. Armados hasta los dientes. Está con ellos otro que fue conmigo al colegio, pero no lo conozco tanto como para explicarle tu situación. Él les ha dicho que estaba bien, esta es una de las nuestras, ha dicho. Que a nadie se le ocurra tocarla. Y eso que nunca fuimos tan amigos. Bueno, probemos a través de este edificio hacia el mercado y la Galería Comercial. Si nos paran me inventaré algo. Tengo un apellido bueno, hace tiempo que estoy en Grbavica, los conozco a todos del colegio o de algún sitio.
El té rojo. El bocadillo grande y bien relleno. Ella en la ventana. Yo con la cazadora puesta. El teléfono.
La otra, la que está mirando por la ventana hacia Grbavica, pregunta si hay algo nuevo. Le digo que he hablado con mi padre, que voy a intentar algo, y a lo mejor me presento en su casa a pasar la noche dentro de nada, que me espere, que me llame si no aparezco, que esté preparada, que llame a mi padre si no habla conmigo o no me ve dentro de una hora.
En el primero, ella se viste mientras yo espero en la puerta. Como si estuviéramos solos en el edificio.
Yo salgo la primera, si hay alguien tú te vuelves arriba, o sea, si hay policía o soldados.
Vamos allá.
Abre la pesada puerta de metal. Yo en el rellano hacia el sótano. Nueve segundos.
Vamos.
Oscuridad. Salimos fuera. Ella en la oscuridad del pasaje, yo en la puerta del portal.
¡Alto! ¡Acércate!
La veo como una sombra.
¿Quién eres? ¿Adónde vas?
A casa de mi tía a traer algo, tengo a una enferma en casa.
Conque Caperucita Roja, ¿eh? ¡Documentación!
Se la da.
Buen nombre. El apellido todavía mejor. Nada de tía a estas horas. Te acompaño hasta tu casa. ¿Dónde vives?
Aquí al lado.
Me asomo. Vuelta de costado señala hacia Lenjinova 1. El guardia rondará los veinticinco años. Lleva una cazadora de paisano con la bolsita de la munición colgada del cinturón. Un fusil largo con la culata de madera y con un cargador de reserva pegado con cinta adhesiva. Se presenta con un apodo. Propone que lo invite a tomar café alguna vez. Están construyendo el país para ella y para todos. Que no vaya en la oscuridad a ninguna parte. Le conseguirá un salvoconducto auténtico. El cuartel general lo tienen en el café Roma. Controlan Sarajevo. Le da un papel para que lo llame si tiene problemas. Se acercan a la entrada. Ella abre. Él explica que va a suceder de todo, que tenga cuidado. Los turcos están cerca y tienen francotiradores en el Consejo Ejecutivo del Gobierno. Que se ponga en contacto con él para lo que haga falta. La conoce de alguna parte. Cierra con llave la puerta del portal. El guardia vuelve lentamente hacia el pasaje.
Yo en el primero delante de su piso.
Mañana será más fácil.
Le digo que no tiene que pasar ella disgustos por culpa de mi estupidez. Vamos arriba de mal humor. Ella en el sofá. Yo en la ventana. El teléfono. No se puede hacer nada hasta mañana. Que ni por asomo intente hacer algo esta noche, que encontrará a alguien, que no tenía que haberme dejado salir, que él tiene la culpa y él lo solucionará.
Venga, hombre, tú no tienes culpa de nada. La vecina me arrastró esta mañana, en qué momento se me ocurrió hacerle caso.
Ha venido a preguntar dónde estabas.
Pues vaya, sí que me alivia.
Dice que no estabas en la parada y que cogió el autobús sin problemas.
Me retrasé, qué le vamos a hacer.
Paciencia.
Son más de las nueve.
Bueno, voy a traerte algo.
Cuento sus pasos escaleras abajo. Oigo el televisor de enfrente, pero nadie sale. En mi planta, dos pisos vacíos. En el baño hay pasta de dientes, dos jabones, una pastilla de jabón de colada, una botella medio vacía de un producto de limpieza, dos paños, tres toallas en la estantería. En la cocina, un paquete mediado de un kilo de harina, un tarro de mermelada a medias, una lata de sardinas en la vitrina, cinco bolsitas de manzanilla y un poco de pan de hace días. Llama con gracia a la puerta. Trae pan con unas lonchas de queso, pepinillos y salami. Y una manzana.
Mira, aquí tienes cuatro cosillas, voy abajo por café.
La televisión de enfrente funciona sin descanso. Afuera, un silencio pesado. No hay coches en dirección a Skenderija. El coche de la policía guarecido junto al edificio amarillo. La radio informa de la situación poco clara en Grbavica. Las canciones apelan a la buena conducta y añoran tiempos mejores. Cuento sus pasos hacia arriba. Una džezva grande con motivos rojos, dos tacitas y una caja de galletas en una bandeja.
Qué abundante.
Ya ves, para que las penas de esta noche sean menos.
Es mucho.
Ella en el sofá, yo en el sillón, el café entre los dos. Alguien grita a lo lejos. El televisor resuena en el rellano. Música local de temática exageradamente romántica en la radio. Hablamos del pasado, de la muerte, del futuro, de sus estudios terminados y los míos sin empezar, de lo que sucedía cuando las cosas iban bien y cuando cualquier muerte era lejana y poco convincente y de si volverá a suceder que cualquier muerte sea normal y lejana, de la organización hipotética de mi estancia aquí si se prolonga un día más, de los vecinos, de las reservas, de la otra que se ha ido felizmente a su piso alto, aunque no muy distante, de mi barrio, ahora muy lejano. Se nos pasa el tiempo volando. Ella mira el reloj, yo por la ventana. El alumbrado no funciona. Suena el teléfono.
¿Estás bien?
Sí. Bueno, todo lo bien que se puede estar para lo que podría ser.
¿Y tú?
¡Cómo voy a estar sin ti!
No sé.
He contactado con gente. En cuanto amanezca uno llegará en persona hasta allí y te trasladará al estadio o aquí.
¿Es de fiar?
Lo ha sido toda la vida. Tiene familia y conocidos allí, así que no debería salir mal. Además, hay otros dispuestos a ayudar.
Me dice nombres a los que puedo recurrir si algo se tuerce. Ella se esfuerza por no escuchar y hace señales de que se marcha para no molestar mientras hablamos. Niego con un gesto rápido pero decidido. Va a la cocina, mira por la ventana. Limpia el fregadero mientras yo atiendo y hablo.
Te llamo más tarde, voy con los vecinos a comprobar si un tipo puede hacer algo si es necesario.
Vale.
Ella que se va. No quiero ser pesado insistiendo en que se quede. Recoge la džezva y deja la comida.
Ven si te hace falta algo, si alguien llama a la puerta, lo que sea. La situación no es precisamente buena.
Por hoy ya me has salvado bastante.
Las diez y media. Ha vuelto la luz. Una veintena de ventanas iluminadas aquí y allá. La calle a oscuras. Una ráfaga en alguna parte. Las balas centellean en el Trebević. La radio dice que la noche en la ciudad es relativamente tranquila. De vez en cuando disparan desde el monte contra la parte antigua. En los suburbios, un montón de problemas. Se ignora hasta qué punto se ha llegado en el este del país. Se acuerdan reuniones. Se pide que se protejan las vidas y el decoro. Negociaciones en Portugal. El teléfono. Descuelgo antes del segundo timbre. La que vive en las alturas, lo bastante lejos, pero cerca.
¿Hay algo nuevo?
Nada. ¿Qué tal por ahí?
Casi todo normal. ¿Por qué no me habrás acompañado hoy en lugar de otros días cuando no hacía falta?
Me he hecho el importante.
Anda, muchas gracias, pues no te lo hagas más.
No me lo haré, no.
Lo harás.
Verás que no.
Lo verás tú.
Verás quién va a ver.
¿Tienes algo de comer?
La verdad es que ahora no me apetece comer nada.
Da igual. Tendrás que comer. ¿Tienes a alguien a quien pedirle?
Me quedaría sin comer hasta mañana al mediodía con tal de salir de aquí. Hasta mañana por la noche. Bueno, hasta por la tarde.
Yo te haré un bizcocho. Es lo único que sé hacer. Te llamo mañana por la mañana.
Si todo va bien, te llamaré yo desde casa.
Y como decías, ven alguna vez a tomar algo.
Alguna vez por sorpresa. Ahora va a ser un poco difícil.
¡Lo importante es que vengas!
Iremos en cuanto podamos, vengan ustedes cuando quieran.
En el armario de madera maciza hay una manta amarilla doblada. En el baño un cepillo de reserva. El calentador está lleno. El teléfono. Ella, que se preocupa y se siente culpable, dice que ha preguntado a alguien de la policía, que sabe que la policía serbia controla hasta la Galería Comercial, pero que se puede cruzar con más facilidad en dirección al edificio Loris. Que por la mañana coja una bolsa, como si fuera a comprar pan, y vaya hacia ese lado y pase a Elektroprivreda.
Otra vez el teléfono. Él me explica a quién ha llamado y las garantías que le han dado. Suena convincente y claro. Hablamos de nuevo más tarde. O por la mañana temprano. Mejor por la mañana temprano.
Yo debajo de la gruesa manta en un piso que me resulta ajeno. El silencio detrás de las ventanas. En el duermevela, el reloj marca las horas. Dos de mayo. Siento que me voy a dormir. Noche profunda cuando me espabilo, pero me doy la vuelta hacia el otro lado y continúo. El amanecer lejano. Algo pesado en sueños, veo el patio del antiguo colegio en una tarde soleada.
Ruido en la puerta. Las cinco. Amanece.
¿Quién es?
¡Abreeee!
Consigo ponerme los vaqueros y echarme por encima la camisa cuando ya hay tres tipos en el pasillo.
¿Sí?
¿Cómo que sí?
Uno en el sofá. Sujeta un fusil de asalto. La bayoneta le cuelga. El gorro cuartelero sin la estrella de cinco puntas. En la manga algo escrito en cirílico. Otro como si fuera el jefe. Habla despacio, muy despacio, y coge una silla. El tercero lleva una cazadora vaquera. Espero a ver cuál de ellos va a decir que han venido a petición de este y este para trasladarme al lugar acordado. No lo hacen ni tienen pinta de hacerlo. Da igual, todavía tengo esperanzas.
Tú estabas ayer aquí y querías largarte cuando viste la situación. Nuestros polis te retiraron la documentación.
Así es.
¿Qué haces en Grbavica?
Pues ayer fui al centro a tomar un café, no tengo ni idea de nada.
¿No tienes?
No, ni idea, todavía voy a la escuela secundaria.
Os hacéis los ingenuos y queréis un Estado, queréis lo nuestro. ¿Eh?
Que no, que no.
¡Ven con nosotros!
Me abrocho la camisa y agarro la cazadora. Dos registran el piso, abren los armarios, tiran las cosas de la vitrina.
¿Por qué tienes este piso? ¿Qué andas buscando aquí?
Nosotros, mi familia, ha heredado el derecho de vivir aquí, yo no sé más, los míos antes vivían aquí y tal.
¡Camina!
Uno delante, yo detrás, los otros dos nos escoltan. En el primero, ella en la puerta, envuelta en una bata azul marino.
Por favor, conocemos a este chico desde siempre, no hay nada conflictivo.
Cómo que no, a ver si nos vas a enseñar tú ahora. Bravo por tu familia, pero vosotros todavía no sabéis lo que está pasando.
No te preocupes, me susurra, y me acaricia el brazo.
Va a ir bien.
La abuela sale del cuarto. Me llama por mi nombre. Pregunta qué sucede. La chica dice ese vecino nuestro, lo buscan por algo. Delante de la entrada amanece. Uno me señala el pasaje. Otro a voz en cuello grita buenos díaaaassss. Se ríen. Nadie en las ventanas. Delante del café Roma un guardia con capote. Sostiene el cañón del fusil de asalto vuelto hacia el cielo. Dos se quedan con él. Uno conmigo. En los sofás del café, dos tipos con uniforme verdigrís fuman y toman café. Las mesas del local retiradas a un lado. En otro espacio, una oficina y en ella un hombre con uniforme de camuflaje. En la mesa, una boina, un walkie-talkie Motorola y una pistola. La bandera roja, azul y blanca con cuatro eses desplegada en la pared. Sobre ella una bufanda con el nombre en cirílico de una ciudad de Croacia. El hombre escribe algo cuando me llevan delante de él. Me mira dos, tres, cuatro segundos.
¿Qué haces en Grbavica?
Se lo explico.
Tiene un marcado acento sarajevita.
¡Venga, chaval! ¿Eres del Partido de Acción Democrática? No.
¿De los Boinas Verdes?
Desde luego que no.
¿Con quién vives?
Con mi padre.
¿Dónde?
En Franca Prešerna, 16. En el barrio del Aeropuerto, en Dobrinja.
¿Tu madre?
Ha muerto.
Levanta la vista.
¿Hace mucho?
Un par de días.
Vaya, lo siento.
Gracias.
¿Hermanos?
Ninguno.
¿Vas a la universidad?
Estoy en el último curso de secundaria.
¿En qué rama?
En Electrotecnia.
¿La escuela de los que se suben a los postes de la luz?
En Buća Potok, sí.
No has hecho la mili, no estás casado, no tienes hijos. Verás, nosotros somos aquí la autoridad. No estás en casa. Es raro que aparecieras precisamente ayer, así como que no tengas ni idea de lo que sucede y tal. Hay muchos espías, fingen no saber nada e informan de dónde están las posiciones y tal. Veo que eres decente, así que no te haremos nada. Quédate en ese piso donde estás hasta que todo este lío se resuelva y sepamos quién va adónde y cómo. Hasta entonces, todas las mañanas a las siete y al mediodía tienes que presentarte aquí en el cuartel general. ¿Me has entendido?
¿No hay forma alguna de que me vaya a casa?
Ya veremos cuando comprobemos quién es tu padre y tal. No vaya a estar él metido en algo, a ver si es alguien en política y está contra nosotros.
Pues claro que no. A nosotros nos pilló lo de mi madre hace un par de días y no estamos para políticas precisamente.
A todo el mundo le ha pasado de todo.
Llama a uno. Al veinteañero risueño vestido mitad de paisano y mitad de militar.
Acompáñalo hasta el edificio aquel.
Suena el teléfono. El que ha entrado espera a que se confirme lo que tiene que hacer conmigo.
Hola, Momo. Aguantamos, aguantamos. ¿Qué te ha dicho el compañero? ¿Arriba donde la escuela? Pero si no tienen ninguna posibilidad. Ninguna, tío, qué van a hacer.
Hace una señal para que me saquen de allí. Los otros dos siguen con el café y los cigarrillos. Me miran en silencio.
Así que cuidas el piso, ¿eh?
Di una vuelta y me tomé un café ayer, no tenía ni idea de lo que estaba pasando.
Ay, chaval.
Frío pero soleado. El portal está abierto. Llamo en el primer piso. Ella en chándal. El pelo húmedo suelto.
¿Qué te han dicho?
Que tengo que presentarme, que no puedo ir a casa, tienen que comprobarme y tal.
Vamos, ahora mismo llevo un café arriba, a tu casa. Hay luz.
Empiezo a marcar mi número de teléfono. No hay señal. Abajo el Zastava 101 en el mismo lugar de ayer. Delante de él cinco tipos armados, vestidos desigualmente y despreocupados. Del lado de Skenderija, nada, nadie. Abro la ventana para que entre la primavera. Ella llama suavemente. Pone el café en la mesita.
Ahora mismo ha funcionado el teléfono en nuestra casa. Apenas hace un minuto hemos llamado a Kasindo. Vamos abajo y luego volvemos.
Por las escaleras algún ruido detrás de las puertas. Miro atentamente los apellidos. En su casa, un aparato verde de forma cuadrada. Funciona. Al otro lado de la línea descuelga nuestra vecina. Mi padre le ha rogado que atienda el teléfono. Ha ido a algún sitio. Está tratando de sacarme. Que me cuide, que sea paciente, que no me preocupe, que no me exponga, que no tengo culpa de nada, que también su marido buscará a algún conocido que me pueda sacar. Apunta el número desde el que he llamado. Va a buscarlo para que me llame cuanto antes, que me espere aquí. Esta, que a veces se recoge el pelo en una coleta, va arriba a buscar el café. La abuela asoma un ratito, que siente lo de mi madre, y le apena que yo tenga que estar aquí solo y con estos contratiempos, y toda la gente, la juventud que está sufriendo.
Muchas gracias.
Radio Sarajevo muy bajita. El edificio rojo sin nadie en las ventanas. Desde la calle Lenjinova, voces. El sol sobre la calle Splitska. Un coche en la facultad. Abro la puerta avergonzado. Ella con la bandeja a su cuarto. En las estanterías libros en dos idiomas. Dos cuadernos al lado de la cama. Yo en el sillón, ella sirve el café. Dice que han preparado la antigua cocina de leña.
Mira que pararte a ti precisamente ayer. Se va a solucionar, vas a ver, no tienes la culpa, no le has hecho nada a nadie, no pueden así sin más. Todo el mundo tiene derecho a vivir y a ir adonde quiera y como quiera. Ni que fueran ellos la Comisión de Vivienda, encargada de adjudicar los pisos. Nos reímos con lo de la Comisión de Vivienda. Más café en otra džezva. Yo saco un libro y leo fragmentos de las cubiertas. El aparato verde suena estridentemente.
Sí, sí, ¿cómo está usted? Pues claro que se va a solucionar, aquí está con nosotros, tenemos comida, se encontrará una solución, sí, sí, nada, nada. Ya ve, aquí estamos, se pone, adiós, adiós.
Hola. Ya ves. ¿Qué tal por ahí?
He llamado a una gente. Lo van a intentar. No va a ser fácil. Ten paciencia.
El tipo de esta mañana parecía comprensivo. Es el mandamás aquí.
Llamaré.
Vale.
Noticias en la radio. Atiendo por si sale Grbavica, pero no dicen nada de este barrio y casi nada de otros. Se habla mucho de Lisboa. Ella prepara unos bocadillos. Huele a pepinillos recién sacados del tarro. Pone crema de queso con pimiento, una loncha de fiambre de pollo y otra de queso amarillo entre dos rebanadas de pan casero aún caliente en un plato con el borde azul. Un paño de ganchillo en la mesa baja del cuarto de estar. Si quiero me enseña a hacer pan.
¿La levadura y lo demás?
No tengo.
Pues que coma con ellas. Para ella será también más divertido.
¿Puedo hacer otra llamada?
Por supuesto.
Ella a la cocina. El agua corre. La abuela escucha la radio en su cuarto.
Este bocadillo es bueno. También este tiene buena pinta.
Voy a preparar una sopa, hay que comer caliente mientras haya electricidad. Han dicho que en algún lado se corta la corriente y la gente no tiene leña.
Yo definitivamente no tengo y tampoco soy gente.
Nosotros tenemos un poco. Somos de la vieja escuela.
Y yo ni siquiera estoy preparado para la vida moderna.
A las diez y media arriba. Un día despejado. Doy una treintena de vueltas por el piso. Me fijo en los detalles de las paredes. Abro todos los cajones para ver qué hay y cómo ha sobrevivido hasta hoy. Leo veinte páginas de un libro antiguo. Encuentro un cuaderno medio lleno con recetas de cocina, el papel amarillento, y la caligrafía me resulta conocida, de modo que empiezo a imaginar a la mujer detrás de esa letra y la época y las circunstancias de su escritura y de su vida y de mi vida que surge de la suya y llega hasta este momento de lectura. Escribo en el cuaderno un breve informe de lo sucedido el día anterior y esta mañana y lo retoco una vez y luego otra, y por fin decido escribir también los diálogos, que corrijo al menos doce veces hasta que llega la hora de presentarme en el cuartel general. La radio emite música y noticias de que es un día tranquilo, pero que del centro de Sarajevo llegan informes contradictorios.
Hora de presentarme. En el portal mucha luz, olor de guiso y bastante ruido de radio y televisión. Dos viejos delante. En el pasaje hacia el café me reconoce el guardia. Dos tipos delante de la oficina. Explico que tengo que presentarme.
¡Espera!
Me observan con atención. Los fusiles al lado. En la mesa botellas de cerveza Sarajevsko. El mandamás de la mañana dice que vuelva a presentarme al día siguiente y que no me mueva del piso porque no puede prometerme nada. Marca un número. Delante del cuartel general diez individuos más armados. Delante de la facultad un Pinzgauer. Un hombre con barba y una bandera negra en la manga izquierda del anorak del Ejército Popular Yugoslavo en las escaleras junto al café. Otro con uniforme de camuflaje y pistola habla por un walkie-talkie.
Sí, sí, nos mantenemos, vale, de acuerdo, entiendo.
Se menciona la Presidencia, Lukavica, el aeropuerto, vehículos Pinzgauer en Skenderija. Yo despacio por el pasaje. El guardia detrás. Fuego nutrido en el centro de la ciudad. Una explosión. Otra. Sirenas. Ráfaga. Explosión. La calle Lenjinova desierta. Una primavera cálida.
Ella en la ventana con el pelo recogido en una coleta. En la escalera me desvía a su casa. Unas judías calentitas en dos platos. Dice que la abuela ya ha comido. Siempre come al mediodía. Dos vasos y una jarra de zumo de polvos en el centro de la mesa y el pan cortado uniformemente en la cestita de mimbre sobre un hule con estampado azul.
No estarás incómodo.
A ver, cómoda la situación no es, pero también es agradable que no sea cómoda. Si es que me he explicado bien, que creo que no.
Creo que lo he entendido. Más o menos.
En fin. Las judías están buenas. Anótamelo todo en un libro de deudas, por favor.
Por supuesto. Cuando se tranquilicen las cosas me llevas a tomar unas buenas alubias y estamos en paz.
Yo te invitaré antes a judías y a no judías. A un café si tuviera arriba te invitaría inmediatamente. Me crees, ¿verdad?
Te creo. Yo tengo.
Esto, ¿puedo telefonear, si no te molesta?
Claro que puedes.
Se va a la cocina mientras yo giro el antiguo dial. Suena. Lo coge la de ayer. Afirma que no ha pegado ojo. Ella tiene la culpa. Yo insisto en que el único culpable soy yo. Ella no está de acuerdo, pero quiere hablar de otro asunto, a ver cómo se resuelve la situación. Hablamos brevemente, yo le explico que me han desconectado el teléfono y le doy este número y le digo algo más y que hablamos más tarde, que tengo miedo, que el día pasa y mi padre sigue sin venir aunque estaba seguro de que en cuanto amaneciera él estaría en este edificio o muy cerca. Pero no ha podido y la cuestión es ahora cuándo podrá y si podrá venir. Entonces ella repite que antes de la noche se arreglarán las cosas, y que quizá mañana deambularemos por la ciudad como si casi todo fuera normal. Y yo albergo esperanzas y lo veo como si lo tuviera delante de los ojos. Acordamos cuándo volveremos a hablar. Cuando cuelgo, la anfitriona aguarda un par de segundos y entra con el café listo y el zumo de polvos preparado para llevarlo arriba, a mi piso.
La radio interrumpe la música porque hay combates intensos en el centro. Incendios alrededor de la Presidencia. En la tele, personas sin uniforme con distintivos azules y banderas blancas en la calle Titova. El teléfono no funciona. Ha ardido la centralita de correos y teléfonos en la orilla del río, así que los números que llevan el 2 no suenan. En las escaleras el señor mayor del segundo lleva un bolso y dos cestas, se entretiene con ella charlando un buen rato mientras que apenas y de mala gana se fija en mí. Se va a Romanija a llevar a su mujer para que cuide a su madre, que está gravemente enferma, y luego volverá. Le va a dar la llave a mi benefactora. Yo con la bandeja y ella abajo para coger la llave. En el piso huele a primavera. Doy tres vueltas, compruebo el teléfono, abro la nevera, compruebo si hay bidones para coger agua de reserva y me pongo a mirar a los escasos transeúntes en la calle Zagrebačka hacia la Splistka y la Beogradska. Cuento tres civiles, el Zastava 101 en el sitio de siempre y cinco tipos armados hasta que ella llama a la puerta.
Parece que hoy no ha conseguido venir.
Es que las cosas se han complicado un montón.
Un montonazo.
¿Te traigo algo para leer?
Y un cuaderno y un lápiz si tienes de sobra.
Algo encontraremos. ¿Qué te gusta leer?
Pues literatura.
¿Cuál?
La que está bien escrita.
Me ofrece unos cuantos rusos conocidos y otros tantos desconocidos. Me decido por un conocido. Ella cargada con la bandeja y yo la acompaño hasta la puerta. Las noticias de la radio no ofrecen muchas opciones. Por la ventana veo solo a un hombre hacia la calle Splitska y a tres más alrededor del coche. Debajo de la ventana, en los locales comerciales una guardia de al menos tres hombres muy ruidosos. Hacia el edificio rojo una decena como mínimo bien armados. Entran a través de los cristales rotos en las tiendas de la planta baja. Nadie en dirección a Skenderija. En el centro se oye una sirena. Un carro de combate en la vía rápida. El sol se ha retirado hacia el oeste. Ella llama igual que hace un rato. Trae dos toallas, comida, una manta, un libro, un lapicero y dos bolígrafos. Yo le digo que se siente y charlemos. Ella se excusa diciendo que tiene que atender a la abuela. Yo que se quede al menos un rato. Se quedará diez minutos.
¿Vemos dibujos animados?
Si hay dibujos animados es que se ha resuelto el asunto. ¿Qué vas a escribir?
Lo que estamos hablando.
¿Cómo?
Pues así.
¡A verlo!
Mira, espera que escriba esto de a verlo.
¡Escribe!
Ya.
Tienes una letra enrevesada.
Hay uno que tiene una canción que dice que sufre mucho cuando escribe, que enreda los reglones, la mala letra, la puntuación, y está a punto de dejarlo.
Anda, no vale que lo deje. Tengo que irme.
Que te vaya bien.
Que te vaya a ti.
Aquí me tienes.
Si pasa algo baja corriendo y llamaremos a alguien, está mi tía en Kasindo, conoce a esos paletos a los que ahora hay que dirigirse.
¿Qué le vas explicar a tu tía?
Ella os conoce, no hay que preocuparse.
Yo no me enfadaré si apareces en mitad de la noche, así que ya sabes, eres bienvenida en cualquier momento.
Halaaaaa.
Bueno, es un decir, no me lo tengas en cuenta.
No lo haré, aunque quizá sí lo haga.
¿El qué?
Aparecer de repente.
Bienvenida.
Gracias.
De nada. Llama igual que antes.
Ea, vengan ustedes cuando quieran, iremos en cuanto podamos.
¡No nos lo tengan en cuenta!
A las siete y media, estallan las noticias en el viejo aparato. La carne de la lata de conserva roja en una rebanada de pan que me han dado en el primer piso. En la radio la voz del Presidente de la Presidencia del Estado. Dice que está en Lukavica, pero no porque le apetezca. En la calle un blindado delante de la pastelería Jadranka. Viene hacia aquí. Aplasta todo a su paso. Se detiene unos cincuenta metros más abajo, hacia la calle Splitska. Ráfagas largas y frecuentes a través del río en ambas orillas. Algo impacta en alguna parte del edificio. Hago un recuento de todo lo que hay comestible y aprovechable en el piso. Un billete de marcos alemanes en la camisa. Otro de más valor escondido. Descuelgo el teléfono y solo el vacío. Contemplo la oscuridad, abajo faros. Carros de combate en algún punto hacia Vraca. El Pinzgauer hacia la Beogradska. En los locales comerciales una decena de voces masculinas serias. Me visto del todo por si acaso irrumpe alguien. Me tumbo en el sofá mientras la radio funciona. Escucho con atención. Se mueve una puerta abajo, una voz masculina cortante y severa y otra más, pasos de botas por las escaleras y llamadas a una puerta del primero o del segundo. Me pongo la cazadora, compruebo dónde he puesto las cosas y cuento a ver cuánto tardarán en subir. Cuento hasta doscientos. Parece que las pisadas bajan. Luego una voz de mando advierte a todos de que tengan mucho cuidado con lo que hacen y la puerta metálica del portal chirría.
Alguien sube. Pasos hacia mi planta. De mujer. Llama con la clave. Abro. Trae té y tres rebanadas de pan con mermelada. Hay luz por todas partes. Dice que, en el edificio, además de nosotros hay quizá otras cinco personas en dos viviendas. Hace un rato han estado dos del cuartel general para decir que hay que encerrarse con llave. A ella le han encargado que los avise si hay problemas. Le han preguntado si sabe que estoy arriba, quién más hay en el edificio, si son nuestros o suyos, que el edificio es zona de peligro, han puesto centinelas alrededor, nadie puede pasar.
Coge esto y guárdalo bien, porque a mí ya de poco me vale.
No, quédatelo tú, puede salvarte la vida.
O quitármela. Yo tengo otro, y tú coge esto y cuando puedas cómprame, ya me disculparás, una muda, en el mercado o donde sea, mientras puedas salir.
Intentaré ir a una tienda en la primera oportunidad si es que no se ha resuelto antes tu problema.
Se va a ir. ¿Podré despertarme solo para presentarme por la mañana a las siete? ¿Trae el despertador? A ellas no les hace falta. En la radio, llamamientos, música y noticias en bucle. Los reporteros desde lugares en el río Sava, en el Drina, en Krajina. Se está formando esto y aquello, un ejército de esta manera, una policía así, allí, y asá, aquí, una defensa territorial, cuarteles generales, estados de crisis, reservas, Naciones Unidas, puestos de control, carreteras, bloqueos. Sirenas en la ciudad. Balas desde el monte Trebević. Cerca alguien grita ¡alto! Ventanas iluminadas en las calles hacia el oeste. Del centro no llega nadie, ni ruido. El 101 se ha movido hacia el fondo, a la calle Trnovska. Un grupo enorme abajo en los locales sin terminar. El teléfono sigue mudo. La música en la radio dura poco mientras las noticias se alargan repitiendo las antiguas y dosificando cautelosamente las nuevas sin verificar. Doy veinte vueltas al piso. Compruebo todo lo que hay en él. Abro y cierro los cajones. Compruebo las ventanas. Escribo todo lo que he oído, dicho y visto hoy y me acuesto a oscuras vestido a la espera de lo que venga. Pasa la medianoche. Partes desde distintas zonas de la ciudad en la radio. En Dobrinja, la situación no está clara. Silencio en las escaleras. También los televisores se han tranquilizado. Parece que voy a dormirme.
Sueño que estoy en el acumulador debajo de la ventana de mi casa en el barrio del Aeropuerto, sin ser consciente de que es un sueño, pero consciente de que algo duro ha sucedido y terminado. Me espabilo en dos segundos y me repito dónde estoy y qué soy. La manta caliente. La noche ventosa, como si la lluvia golpeara las ventanas. Fuera, voces lejanas, faros cegadores. Ráfagas hacia la calle Ljubljanska frecuentes y largas. En la radio anuncian quién ha muerto, dónde y cómo. Que Dobrinja está bloqueada. En las escaleras, ruidos ligeros pero repetidos. Me vuelvo del otro lado pensando que de nuevo sueño que estoy tumbado en el acumulador en mitad del invierno y en mi casa de verdad. Parece que voy a dormirme.

Retumba la puerta del portal. Sobresaltado hago memoria de quién soy y dónde estoy, de lo que ha pasado, y qué golpes son esos abajo. Consigo ponerme lo imprescindible y empiezo a contar. Delante del bloque alguien grita por un megáfono que todos salgan inmediatamente de los pisos y esperen. Abro. Salgo a la puerta. Los ancianos vecinos, originarios de algún pueblo de Croacia, silenciosos, en pijama debajo de la bata, de pie, apoyados en la pared pintada con pintura oleosa azul. Las gafas puestas. Les pregunto cómo están, la mujer se lleva una mano a la cara, el hombre dice que él está bien teniendo en cuenta los tiempos que corren, pero que su esposa está muy, muy débil, que ellos no pueden soportar esto, que va a pedir que los dejen regresar al lugar del que vinieron en los años sesenta para construir esta ciudad. Le trae a ella una silla y una manta y me cuenta que aquellos eran buenos tiempos, que se construía, que él trabajó en la construcción del edificio de correos del barrio de Malta, del edificio de la empresa Elektroprivreda, del de la escuela de Grbavica y del de la escuela de música 29 de Noviembre, que fueron de los primeros en comprarse un Fićo en Sarajevo, que todos los de correos salieron para verlo. Sienten lo de mi madre, ¿cómo está mi padre?, ¿qué planes tengo yo para cuando acabe este lío? Dos pisos vacíos. En la escalera asoma primero el cañón de un fusil, luego una šajkača, el gorro tradicional serbio, y una cabeza con mechones de pelo bajo el gorro, una camisa de camuflaje, arremangada, la bandera roja, azul y blanca con las cuatro eses, un tipo en la cuarentena y detrás de él otro de mi edad con cazadora vaquera y bolsa de munición en el cinturón marrón y por fin uno más con uniforme de reservista de la policía. Que me ponga contra la pared. Me cachean. También las perneras. Que bajemos. Entran en las casas buscando armas. En la planta baja cuatro tipos más, la abuela y la nieta particularmente amistosas y un poco protectoras conmigo y con los ancianos de mi planta, también están con dos jubilados no muy mayores. No los conozco mucho y responden con reservas a mi buenos días. Solían conducir un Lada cuadrado. No parecen preocupados. Hay que poner orden y que se sepa qué es de cada uno, ellos no le desean mal a nadie, pero ya era hora de parar el desmoronamiento y la ruptura del Estado. Le preguntan a la abuela por la salud y a la nieta por el trabajo. Que cuándo ha terminado la carrera. Que qué trabajo va a encontrar con Filología Rusa.
Ya saldrá algo, lo principal es que este lío se acabe.
A mí me llaman arriba. Ella me mira con complicidad. Me posa una mano en el hombro, dice que no me preocupe. Oigo a la mujer del funcionario del fondo de pensiones, ¡bah, a esos ni caso!, ellos saben de sobra de qué va esto, se hacen los tontos, pero se están organizando, quieren su Estado, lo quieren todo. Subo las escaleras saltando los escalones de dos en dos.
¡Siéntate!
Yo al sofá.
Mira, no tienes la resolución de la Comisión de Vivienda sobre la adjudicación del piso, no tienes carné de identidad, te están verificando, no estás en el lado bueno ni en el lugar adecuado, desde luego. ¿Armas?
No.
¿Dinero?
Saco los dinares y los pongo en la mesita. Unos cuantos billetes marrones y azules con muchos ceros. Que repita qué hago yo aquí. Lo cuento con pocas frases.
¿Dónde está tu padre?
Digo la dirección.
¿Está en los Boinas Verdes, en la policía o algo por el estilo?
No.
El tipo cuarentón se me acerca con profundo disgusto en los ojos, levanta la mano izquierda y me da un bofetón con el dorso. Uno de ellos se ríe, otro calla como si se sintiera un poco incómodo. Yo sorprendido. Que les cuente qué he hecho y dónde he estado el último mes. Se lo describo con un par de imágenes. Que vuelva abajo. Ella me pregunta con la mirada y unas breves palabras y yo con un ademán de la cabeza le confirmo que estoy bien. Bajan llevando algo en bolsas. Los tres tipos los últimos.
¿Puedo ir ahora allí donde debo presentarme?
¡Piérdete!
Ella me acompaña hasta la puerta del portal y se queda esperando. La abuela la llama y ella contesta que volverá enseguida. Delante del portal un centinela treintañero, sin afeitar, con casco verde y máscara antigás colgada del muslo izquierdo. En la planta baja del edificio rojo una decena de hombres con uniformes distintos. El mandamás parece uno con mono negro, un fusil de asalto y chaleco con munición extra. Les han traído el desayuno. Una ráfaga desde el puente, luego otra, y del edificio más cercano al puente, una ametralladora.
¿Quién eres? ¿Adónde vas?
Se lo explico.
¡A ver, el documento de identidad!
No tengo, lo están verificando.
Hala, ya te he verificado yo quién y qué eres, ¡largo!
Yo hasta el pasaje. En el extremo, un parapeto para que no se vea desde el Parlamento. De guardia, un hombre mayor con un capote muy pesado. También le explico a él el asunto y llama a la puerta del cuartel general. Dentro, el mismo de ayer.
Vamos a ver, camarada. Tú tienes que contribuir un poco a nuestra lucha justa, ¿no te parece?
No sé qué hacer con las manos. Las cruzo a la espalda, luego delante, miro un cartel, la bandera, los papeles en la mesa.
Teniendo en cuenta que eres lo que eres y no tienes la culpa, voy a intentar ayudarte. Te vamos a destinar a un pelotón de trabajo, recibirás un carné, nadie más podrá movilizarte, estarás para cuando se necesite algo, ayudarás a llevar cosas a la gente y tal. Pronto, en cuanto la situación se calme, tú por tu lado, nosotros por el nuestro y sanseacabó. Ya ves todo este desastre. Han venido estos amigos, ellos tienen unos métodos un poco diferentes, son bastante impacientes, así que, hasta que les expliques quién eres y qué haces aquí y que tus tataratatarabuelos cambiaron de religión, mal asunto. Si alguien te toca, recurre a mí con toda libertad. Diles Zoka.
En la calle del trolebús están poniendo barreras en dirección a Skenderija. Un camión de la arteria principal se repliega entre los edificios de la calle Lenjinova. Una ráfaga desde el cementerio judío. Por encima del hombro echo un vistazo a la otra orilla del río y capto un trocito del museo y del hotel soleado. Ella en la ventana y de allí a la puerta mientras subo por las escaleras. Le comento algo de lo que me han dicho. Ella menea ligeramente la cabeza y me indica que vayamos arriba a comer algo, tomar café y charlar un poco. Acepto sin vacilar. A través de las puertas la radio emite en la segunda planta unas noticias y en la tercera otras.
Ella me sigue con una bandeja llena. Se ha hecho un moño. La pareja que espera poder marcharse a Croacia habla en las escaleras de que tal vez les hayan desaparecido algunas joyas, que les han revuelto toda la casa, que ellos no pueden soportarlo y que van a pedir que los dejen irse, que esto es horrible y que no tienen culpa de nada. En el piso contiguo al mío la puerta forzada. Dentro está todo tirado y reina el silencio. En mi cuarto de estar, huellas de barro y ceniza en la alfombra. Ella pone en la mesita una džezva azul con dos tazas y un azucarero. Dice que le han dado un permiso para moverse, que puede ir y venir por esta primera zona de guerra. Le han ofrecido trasladarse a un lugar más seguro. Ni ella ni su abuela quieren.
La abuela quiere morir en su casa.
Y yo preferiría no morirme de ningún modo.
Claro. Morirse no es precisamente una suerte.
Te traeré una escoba para que pongas un poco de orden.
Tú realmente estás empeñada en salvarme.
Empeñadísima.
¿Por qué?
Vaya pregunta.
Es que tengo que saberlo.
Pues creo que debo hacer algo bueno.
Qué bonito por tu parte.
Y por tu parte también.
Más bonito por la tuya. ¿Está enfadada tu abuela porque me visitas?
En absoluto. Ella es una mujer cabal.
Tú también lo eres.
Pero no soy una abuela.
No lo eres.
Es cierto que soy un poco mayor que tú, pero tampoco una abuela.
Definitivamente no. De ninguna manera.
Gracias.
Entonces, ¿ya no estoy en deuda contigo por la comida, el café, las toallas y las mantas?
Al contrario, ahora soy yo la que debe.
Yo con ella hasta la puerta, baja por las escaleras y se despide con una señal de la mano entre la barandilla. Leo treinta páginas de golpe y, un poco retirado de la ventana, atisbo la calle Zagrebačka durante unos diez minutos. Doy unas veinte vueltas por el piso y me trago cuarenta páginas más. Me tumbo en el sofá hasta que acaban las noticias, augurándome a mí mismo la necesidad de sentadillas y flexiones. Leo mientras hay luz. Me acuesto con la primera oscuridad. Sirenas. Ráfagas. Silencio. Ráfagas. Un coche hacia el oeste. Granadas hacia Pofalići. Disparos hacia Skenderija. Me parece que alguien llama a la puerta. Silencio en el portal. Una ametralladora del edificio rojo dispara a la otra orilla del río. Pasos escaleras arriba. A mi planta. Una persona. Femenina. Golpecitos rítmicos, como una clave. Entra. Ha traído el té en un termo para que yo me lo quede. Solo estará un ratito. Se echa en el sofá donde estaba tumbado yo y se envuelve con la misma manta. Yo en la silla. Pregunta si tengo mucho sueño. Yo dormiré cuando muera, como decía el famoso aquel. Que va a regresar abajo. Yo me opongo. Ella se deja caer en el sofá.
La acompaño hasta el segundo. Me hace señas desde la oscuridad. Fuera los tipos en los locales cada vez más ruidosos. Repiquetea la clave con los nudillos y cierra la puerta. Calor debajo de la manta. Seguro de dormirme, elijo con qué voy a soñar. Fuera faros desde la pastelería Jadranka y voces groseras abajo en los locales. En la radio muchas noticias emitidas a través de teléfonos corrientes desde diferentes calles. Ponen música. La dejo encendida.
Amanecer gris desde Skenderija. En el baño, fresquito. Debajo del paño, una rebanada de pan de ayer con un trozo de carne en conserva en un plato blanco con borde azul. Compruebo las ventanas. Cierro la puerta con llave. Silencio en las escaleras. La puerta del portal cerrada. Acierto con la llave al segundo intento. En correos, dos tipos mayores en los sillones haciendo vigilancia de retaguardia envueltos en pesadas mantas grises. Uno con un fusil de asalto y el otro con uno semiautomático en el regazo. Se llevan un ligero sobresalto. Los informo. Uno pregunta si soy lo que él supone.
Pues sí, en algún sentido.
Lo eres en todos los sentidos.
En el pasaje, un centinela. Que espere. Dentro una decena de personas en silencio. En medio del humo de tabaco uno pregunta algo a otro en voz baja. El segundo me suena, como si hubiera trabajado en la oficina de correos al lado de mi portal en la calle Lenjinova. Calla, aguanta, sufre, le recomienda otro recién afeitado y vestido como si fuera a una excursión. Al que le han recomendado callar, aguantar y sufrir repiquetea con el pie. Sale el que me pidió que apoyara su lucha justa y otro con el uniforme de protección civil. El jefe del cuartel general presenta al jefe de protección civil para su zona de responsabilidad diciendo que trabajará con nosotros para que todo acabe bien. Nosotros ayudaremos al ejército, nos alimentaremos con los soldados, nadie debe intentar huir porque, incluso si lo logra, cosa que no sucederá de ninguna manera, los demás lo pagarán con la vida. Se trabajará tanto como sea necesario, probablemente hasta que caiga la noche. Dormiremos en nuestras casas y eso solo los que trabajen como es debido. Si no, en prisión. Hay que presentarse a las siete. El jefe de protección civil, con una pistola en el cinturón, elabora una lista. Me han apuntado. Las manecillas en posición, sería la hora de ir a la escuela. Uno saca una cajetilla de tabaco, se enciende un cigarrillo sin ofrecernos a ninguno de los que estamos en este lado y se la guarda de nuevo en el bolsillo delantero.
Corremos en fila india con la cabeza agachada. Nos metemos de un salto en un local de una planta baja. Una ametralladora en lo alto del edificio. También desde el otro lado algo explota. Desde el cementerio judío, a menudo fuego pesado. Colocamos sacos de tierra. Delante del edificio hay tres palas. Tres cavan, llenan los sacos, los demás cargamos. Un muchacho de mi edad cava. El jefe de protección civil habla en voz baja, muy baja. Un ciudadano corpulento llena el saco. El sudor se le acumula rápido en la frente, se quita las gafas, se seca la nariz en el punto donde las gafas se apoyan. Un hombre de unos cincuenta años baja la cabeza tanto como puede en cuanto se oye el silbido de una bala.
Un boquete abierto en la pared del bajo. Ocho escalones que no se pueden ver desde el río. En la primera planta, un hombre con mono negro y boina roja ordena silencio, más rápido, acá. Detrás de la pared una ametralladora con otros dos en sillas de playa. El guardia, fornido y con barba canosa, nos reprende por ser demasiado lentos.
Y queréis vuestro propio Estado. Pues estáis listos. ¡Bah!
El otro, menos locuaz, con pantalón verdigrís y una cazadora de paño pesado, señala dónde debemos depositar el saco. En el piso todavía quedan cosas, un aparador con las puertas reventadas, partes de un armario, dos sillas con el asiento tapizado de florecitas, una mesa de televisor, cortinas, cristales rotos. Llevamos los muebles escaleras abajo. El comandante está acordando algo con el del mono negro. Desde el tercero arrastro una lavadora con otro tipo. Yo la agarro por el extremo afilado. El metal se me clava en la palma de las manos. El otro apenas puede levantar su extremo, yo todavía con más dificultad el mío.
¡Suéltala!
Coloco un trozo de periódico entre las palmas y el borde de la lavadora. Las puertas de los pisos desmontadas. Cromos de una película japonesa de dibujos animados pegados en un pasillo. La lavadora hace que nos tambaleemos y el bamboleo nos obliga a despatarrarnos mientras la bajamos. Él maldice en voz baja al Estado y al Gobierno democráticamente elegido e invoca al antiguo presidente vitalicio y tres veces héroe popular para que vuelva y solucione esta nueva situación por el bien de todos. A través de las ventanas sin cristales veo por un instante las plantas superiores de los edificios que rodean la Facultad de Filosofía, árboles que verdean, un trocito de la calle que conduce a la estación de ferrocarril y el borde del hospital militar. El río murmura en dirección a Ilidža. Las pequeñas cascadas marcan un ritmo uniforme. Una bala de quién sabe dónde alcanza nuestro edificio. Por fin llegamos con la lavadora a la planta baja. Cada vez más impactos en las paredes. Abajo, cajones de munición apilados. El día avanza.
El tipo mayor con uniforme de protección civil y una bandera roja, azul y blanca en la gorra de visera arrastra un caldero de campaña. Lleva gafas con cristales gruesos.
Aquí tenéis, es para vosotros. Para que no os quejéis después de que no os hemos alimentado. Cierto es que tal vez no os gusten los ingredientes, pero el pecado no entra por la boca.
Bajamos el aparador, la mesita del televisor, una estantería, un arcón para las sábanas, partes del armario roto, dos escritorios parcialmente dañados, un armarito de baño, un fregadero, un lavabo cuidadosamente desmontado en la tercera planta, las tuberías del lavabo, un sillón con el reposabrazos derecho roto, tres sillas de cocina marrones. Trasladamos el montón de cosas formando una cadena hacia el boquete y más allá, bordeando el edificio alargado con las ventanas de las plantas superiores acribilladas. Ropa esparcida por doquier. Acarreamos la lavadora hasta un camión. Uno que lleva uniforme de protección civil dirige la carga del electrodoméstico. En el camión con capó picudo y el rótulo Autoprevoz Krsmanović Rogatica, tres lavadoras. Detrás, alrededor y encima una gran cantidad de muebles. Al fondo, contra el panel divisor de la cabina, tres sillones. Sofás, mesas, escritorios, frigoríficos, cocinas. Una cocina económica de leña de la fábrica Sloboda de Čačak.
Lo haremos así, tú levanta allí, agarra, así, así, un poco más, no la sueltes, casi está, vaya con los eslovenos, mira que fabricar algo tan pesado.
El comandante mira el reloj y dice: Muchachos, basta por hoy.
Las palmas de las manos llenas de cicatrices. Caminamos en fila hacia mi edificio con la cabeza gacha. Yo pregunto si puedo irme a casa.
Vete, chico. Mañana por la mañana a las siete delante del cuartel general.
Tarde nublada. Ella espera delante del piso a que yo suba.
Tengo agua caliente, te la traeré.
Trae el agua. Las palmas me sangran un poco. Sirve té y corta pan. Limpia la mesa de mi cocina y pone un sándwich y un plato de judías. En el sofá, una bolsa con ropa interior limpia. Encima, el segundo libro de su colección rusa.
Eres mi ejército de salvación.
Ella sonríe discretamente. Una granada de mortero en alguna parte en dirección al centro.
Vaya.
Mira por la ventana hacia el sitio donde hemos cargado en el camión los armarios, las sillas, las neveras, las lavadoras, las mesas e incluso una litera desmontada.
Un hombre con dos pistolas y una metralleta, guerrera de camuflaje y boina gris con escarapela delante de la casa en la calle Splitska. Detrás de él dos tipos con camisa verde. Uno con las cuatro eses en el sombrero. El otro con una bayoneta muy larga y la ametralladora, como en las películas de partisanos, apoyada en la valla. Sonríen y preguntan por qué estamos tan alicaídos. Formamos una fila. Delante de la puerta de entrada, sacos de arena apilados. Era un supermercado y ahora es el cuartel general sobre el que ondea una bandera negra con escarapela junto a otra tricolor con la cruz serbia dorada. El comandante saluda. El de las pistolas, malhumorado, dice que en el cementerio judío hay que afianzar las posiciones con bloques de hormigón, con sacos, con todo. Nos señala con la mano sin mirarnos y dice que nos matarán si un compañero de trabajo decide cambiar de bando en esta guerra. Los dos de la camisa verde ríen, uno señala la bayoneta y dice, aquí estamos, haremos lo que haya que hacer. El sol todavía oculto tras el monte Trebević. En la calle Radnička cruzamos por debajo de la vía rápida y luego entre las casas alineadas en el monte hacia el viejo cementerio de un pueblo muy antiguo. Han mandado a esos dos con nuestro comandante, cuyo apellido elogian. Calor.
El nombre de la calle Trebevićka todavía en la casa destruida. La colina alta. Sarajevo en la hondonada. Alguien respira profundamente. Uno de los voluntarios armados se levanta, despliega la culata del fusil y dispara a ciegas hacia la ciudad. Se ríe. El otro le dice que es tonto, porque un francotirador puede liquidarlo en un instante.
El comandante se pone las gafas y guarda el pañito de algodón en el bolsillo del pantalón azul.
Ahora sin decir palabra.
Nos deslizamos al lado de un garaje. Él, primero a la trinchera. Espera que los demás salten dentro. Tierra húmeda. Las deportivas se hunden en el barro. Muy cerca una ráfaga de ametralladora y luego unos disparos sueltos. Continuamos tropezando en el barro una decena de metros en silencio. Inscripciones y nombres en las lápidas blancas. Años, 1924, 1936, 1940, 1918, letras hebreas y nombres de gente del barrio de Bijelava. Mediados de mayo. Tres individuos en el primer búnker. Dentro una ametralladora. En el suelo cinco cajas y granadas de fusil. Un hombre bigotudo que habla en voz baja y cortante y lleva una cazadora de lona señala dónde colocar los sacos de arena. Los transportamos hasta el búnker formando una cadena de una decena de metros.
Después del vigésimo saco explota una granada, luego ráfagas de ametralladoras y ráfagas de fusiles de asalto.
¿Qué día es hoy?
Martes.
Rápido, rápido, dos allí arriba.
El comandante señala el búnker hasta el que asciende la trinchera. Designa a dos para que vayan arriba.
En una camilla, uno con barba y cazadora de paño. Le han desabrochado el cinturón. Respira con dificultad sin abrir los ojos. En el pecho, un apósito pegado con cinta blanca. Nosotros recostados contra la pared de la trinchera. Lo llevan con cuidado.
¡Vamos, vosotros dos, relevadlos!
Me señala también. Lo transportamos unos treinta metros. Allí espera una ambulancia Pinzgauer. El hombre en la camilla tiene estertores, llama a su madre, pregunta dónde está.
Me muero.
No es tan peligroso, solo una rozadura de bala.
Los últimos diez metros una mujer con un brazalete de la Cruz Roja viene corriendo a nuestro encuentro.
¡Bajadlo!
Con ella uno que lleva un maletín. Ella coloca la venda mientras el herido escupe sangre. El paño verde se tiñe de rojo. La mujer le acaricia el rostro.
Todo saldrá bien, héroe mío.
El del maletín se dirige a ella tratándola de doctora.
Rápido, rápido.
Lo depositamos en la salida de la trinchera y dos hombres uniformados lo llevan a la ambulancia. La doctora detrás de ellos. Se cierra la puerta. El conductor espera. También nosotros dos nos quedamos quietos.
El vehículo con la cruz roja todavía en la calle Trebevićka. Nos sentamos en una piedra a la entrada de la trinchera. Miramos al suelo, luego al cielo y al monte, a los tejados y a las ramas que se inclinan en el cálido día de primavera. La mujer sale del vehículo. Da un traspié al saltar al suelo. Botas militares y pantalón negro bastante ceñido. Cincuenta años más o menos.
Se acabó. Ha muerto.
Los uniformados que nos rodean se santiguan. Nosotros, incómodos, miramos al suelo. Alguien se acerca con pasos veloces.
¿Estáis contentos vosotros dos? ¿Eh?
Nos insulta sin escatimar palabras. Nosotros sin levantar los ojos del suelo. La médica dice, no tienen la culpa. Déjalos, estamos en guerra, no han disparado ellos.
¡Todos ellos han disparado siempre!
Allí abajo tienes a los verdaderos turcos armados, métete con ellos.
Nada de dejarlos.
Siento un golpe de algo metálico en el brazo derecho. Me tambaleo y él me da una patada en la cadera. Caigo de costado. Alguien acude corriendo. Yo me levanto lo más rápido posible. A él lo empujan hacia la casa.
Vosotros, volved.
Señala la trinchera.
Déjame ver dónde te ha golpeado. ¡Súbete la manga!
No es nada.
¡Espera! ¡Cuídate!
Es lo que hago.
Ríe. Me da unas palmaditas.
El tiroteo ha parado. Una detonación sorda y un silbido entre las casas desiertas. El Trebević verde. El viento trae el olor del monte. Abajo, muy hondo en la ciudad, unas diez explosiones.
¿Estás bien?
No es nada.
Suerte que ha aparecido esa mujer.
Nos traen potaje a la trinchera. Compartimos dos panes.
Agárralo por debajo, agáchate más, inclinaos juntos. Aaasí.
Y ahora vamos despacio.
Dejamos el bloque de hormigón en la entrada del búnker. Los tres tipos de dentro gritan, blasfeman, disparan con la ametralladora pesada. Invocan el nombre del Presidente de la Presidencia en un contexto muy crítico. Nosotros dos en la trinchera.
Que lo levantemos primero hasta la altura de la cintura y luego de un tirón lo saquemos fuera.
No puedo más.
Estamos en cuclillas en la trinchera. Él habla con voz ahogada.
Algunos van de piso en piso, no te puedes ni imaginar las cosas que hacen. Está el tal Bulgaria, no estoy seguro, pero creo que lo llaman así. Es el peor. Mató a puñetazos a un muchacho, allí creo, donde antes estaba la empresa Drvorijeka, le dio una paliza sin más y encima le pegó un tiro con el fusil. Yo conocía al chico, era cartero creo, no tenía nada que ver con todo este lío. Tuvieron el cadáver dos días en los garajes. El matón empieza siempre pidiéndote dinero. Algo así como que dos mil marcos y compras tu vida. Arriba, en algún lugar de Vraca, tiene su prisión y el almacén para los objetos robados. Y si alguien además es muy alto no lo salva nada si se topa con este tipo. Y, por desgracia, yo soy bastante alto. El miserable enano supuestamente ha sido boxeador. Al cartero seguro que lo conocías tú también, más o menos de mi estatura, detente, cuentan que le dijo, manos arriba. El hombre pensó que era una broma, ya sabes, nunca había estado en contacto con un fusil, totalmente inexperto en estos temas. Quiso sortearlo. Pobre desgraciado. No lo soltó hasta que la espichó. Un puñetazo tras otro en la cabeza. El pobre cae, el otro consigue levantarlo, los demás partiéndose de risa, y vuelta a empezar. Igual le estampó unas diez veces la cabeza contra el hormigón. Ya no estaba ni consciente, ensangrentado, los dientes arrancados a golpes, la cara irreconocible, y le pegó un tiro a una distancia de un metro. Y eso que uno de los suyos intentó convencerlo de que lo soltara. Ni caso. Lo mató por nada. Se lo han llevado a algún sitio en el Trebević, dicen que allí hay tirados muchos de los nuestros del barrio, de Grbavica, ya sabes, arriba en los alrededores de las aldeas de Miljevići y Petrovići, en el arroyo de Trebević, y también en el propio Grbavica.
Venga, vamos a levantar esto y ponerlo allí donde va. Venga, a la una, a las dos y a las tres.
Lo sacamos a la altura del borde de la trinchera. El comandante nos indica que regresemos a la entrada. Hace el recuento de la cuadrilla delante de la casa en la que no hay nada en la planta superior y en la planta baja un dormitorio. En la placa se ve el número y el nombre de la calle Trebevićka.
Ya está, vámonos.
Delante de nosotros cuatro tipos con uniforme, despechugados. Los fusiles apoyados alrededor de una mesa. El que nos acompaña saluda estrechando la mano a cada uno de ellos. Se va, dice, a devolver a estos ciudadanos extranjeros para que los suyos, señala la ciudad, no presenten una protesta diplomática. ¡Es lo que hay!
Camina delante y luego detrás de nosotros por la escalera debajo de la vía rápida y más allá por la calle Radnička hasta la Splitska y a lo largo del edificio al otro lado de la calle Zagrebačka. Respiramos aliviados. Tengo la sensación de que el día ha pasado rápido. Entro a la planta baja a través del balcón. Dentro ambiente fresco. Ella en la escalera.
¿Qué tal el trabajo?
Le digo que algunos participantes mostraron bastante nerviosismo en la tarea y que nosotros, los del pelotón de trabajo, bajo el mando profesional, hemos cumplido orgullosamente con los objetivos un tanto ambiciosos de garantizar la fortificación de las instalaciones. Alaba mi explicación precisa y exhaustiva y anuncia que me traerá una olla de agua caliente dentro de unos minutos. Si yo quiero. Acepto.
Se ha soltado el pelo, que le cae a los lados enmarcándole el rostro claro, ligeramente maquillado. Desde el sofá comenta que la pareja de mi planta se ha marchado hacia Vraca de alguna manera. Tenían la esperanza de llegar a Pale y luego a Kiseljak. Y de allí a Rijeka. Ellos son originarios de aquella parte. Eran íntimos de los Planojević, probablemente estos vinieron a recogerlos y se apañarán para trasladarlos. Fueron de los primeros en instalarse en nuestro edificio. El marido había construido el barrio entero, y ya ves, ahora se han ido.
No creo que vuelvan.
¿Cómo está tu abuela?
Muy mal no está, pero le faltan medicinas para la diabetes y para la hipertensión. Mi tía ha dicho que las va enviar a través de alguien o ella misma pasará por aquí cuando pueda. Kasindo parece un manicomio. ¿Dónde habéis trabajado hoy?
En el cementerio.
Lleva unas mallas y una camiseta. Yo en la silla de enfrente. Oscuridad. Disparos desde el cementerio judío. Una granada de mortero explota al otro lado del río, luego una más, otras dos y una más.
Quédate un ratito. Para charlar.
¿Adónde os llevarán mañana?
A algún lugar arriba. Pero en este momento el mañana me parece lejano, muy lejano.
A ti todo te parece lejano.
Pues todo no. Hay algo que me resulta cada vez más cercano.
Lo que sea para que puedas volver a tu casa.
Ciertamente, lo que sea, pero que sea bueno y bonito…
¿Qué? He oído en las noticias que también en Dobrinja hay problemas.
La guerra está todavía en pañales. Cuando crezca un poco, se sabrá todo.
Sí. Y qué hay de aquella novia tuya, debe de estar preocupada.
Se preocupa, seguro, y luego se preocupará un poco menos y así sucesivamente. Se acostumbrará.
Oye, no seas así. Debe de sentirse fatal. Vinisteis juntos aquí. No sabe si estás vivo o muerto. En la radio dijeron que por aquí merodean unos que llaman águilas, que hay asesinatos, prisioneros, de todo.
Cierto que la situación es difícil, pero también hay elementos bonitos.
Mira que estás empecinado con estos otros elementos. ¿Cuáles son?
Pues unos que se encuentran aquí mismo.
¿Dónde?
No están lejos.
¿Así que no están lejos?
No. No se puede decir que lo están si no lo están.
Quizá solo te resultan aceptables porque no hay otros.
No es eso.
Venga, en realidad no ves bien. Ha oscurecido. Son muy viejos para ti.
En lo que a mí respecta, no tendría que amanecer en varios meses. Pero si me arrimo un poco para verlos mejor…
¿Ahora mejor?
Un poquito más.
Oye, será demasiado.
No.
Tuviste un espejismo. Tal vez ayer no te fijaste bien. Cosas de la guerra. De la situación.
Ayer no fui capaz de ver nada. Y tampoco esto.
Eres un poeta.
Aficionado. Tú también lo eres.
Tengo que echar un vistazo a la abuela. Volveré.
¿Cuándo?
Pronto.
Se me hará larga la espera.
Habrá tantas cosas por las que aún tendrás que esperar.
En cuanto salgas, pensaré que todo fue un sueño.
No lo fue.
¿Te acompaño abajo? Te esperaré delante de la puerta.
No lo hagas, tardaré menos en acostar a la abuela.
La puerta cerrada. Yo en el sofá. La noche honda. Alguien grita, altooo, dispararé. Un cohete ilumina la calle. Un coche a lo lejos. Un tanque por la vía rápida. Una ametralladora cerca. Algo retumba en el tejado. La puerta se abre y se cierra. Hace girar la llave en la cerradura.
Muévete un poco.
Ponte aquí.
No sé si hay sitio.
Hay sitio y tiempo. Hasta que amanezca y ojalá nunca más lo haga.
Primavera avanzada. El comandante secándose la frente escoge a dos. Yo soy uno de ellos. El otro tiene miedo porque es muy alto. En la calle Splitska un guardia con mono de camuflaje delante del cuartel general sobre el que ondea una bandera negra con una calavera junto a la bandera roja, azul y blanca con letras. Sacude la ceniza del cigarrillo. Dos con uniforme de policía sacan libros de un piso de la primera planta. Cosas tiradas en un trozo de césped. Una camisa estampada colgada de un arbolito de hojas perennes. Otro también con uniforme de camuflaje sacude la ceniza de su cigarrillo acodado en la ventana del tercero. Tres adolescentes delante del garaje. Preguntan a nuestro jefe qué va a hacer con los turcos. Él hace un gesto con la mano.
Largo de aquí, chicos.
Ellos descontentos con la respuesta. El hombre los riñe. Hay que poner orden.
Seguidme por aquí, muchachos. Incluso los niños se han vuelto locos, oyen todo tipo de cosas. Seguro que han bajado de la zona de Miljevići.
Asentimos con la cabeza.
Nos han llamado para que limpiemos algo en la calle Radnička.
Un trozo de calle protegido entre edificios. En el asfalto unas niñas juegan al tejo saltando sobre los cuadrados, círculos y números pintados con tiza.
Las ventanas y las puertas acristaladas de los locales en el edificio de la derecha rotas. En la tienda de ultramarinos en la entrada a la izquierda está escrito en alfabeto cirílico Protección Civil. Nos mandan a un edificio nuevo de cinco plantas al otro lado de la vía rápida. En la planta baja una tienda con la bandera con letras. Nadie dentro. En las escaleras un hombre de unos sesenta años con gafas de cristales gruesos tuerce un poco la boca y menea la cabeza. El problema está en un piso de la cuarta planta.
La mujer y la hija se quedaron y el marido parece que está en el otro lado. Lo llamaron para que volviera aquí. Uno de los combatientes afirma haber trabajado con él en la empresa Unis, o donde sea, dice que había una deuda, que el marido le debía dinero, que tenían que devolvérselo.
¿No será aquel que fue director de algo?
No, no. Basta que te encuentres donde no debes y ya ves, se presentan los de Sokolac. A ver si me va a oír alguien, y yo también acabo mal. Se fueron después como si no hubiera ocurrido nada. Se han llevado unas cosas, hace unos momentos las han cargado en el coche. Yo estaré por aquí si aparece alguien.
En la planta baja una mujer pregunta si somos de la policía militar. Los ha llamado hace unos instantes. Ya está bien de caos.
Nosotros somos de protección civil. Para limpiar algo. Es lo que nos dijeron.
Pues no te lo dijeron bien.
La puerta de enfrente entreabierta. La palabra decisión escrita con gruesas letras cirílicas.
Amigo mío, no pinta bien.
En la segunda planta llora un niño detrás de una puerta marrón cerrada. Una voz femenina intenta calmarlo. Huele a sofrito. Una puerta forzada. Dentro el respaldo de un sofá marrón. Las cosas tiradas por el pasillo. En el tercero la puerta del ascensor abierta. Piso un casquillo. La puerta a la derecha en el cuarto abierta. El agujero de una bala. La placa con un apellido largo. El comandante entra primero.
¡Esperad! ¿Y por qué recurren a mí?
Una cocina con una gran mesa debajo de la ventana abierta. En el suelo del salón una mujer de unos sesenta años con la cabeza apoyada en el sofá. Junto al cuerpo unas gafas con montura plateada pisoteadas. Los objetos del armario tirados alrededor. Las balas han dejado agujeros en todas las paredes. Libros en el suelo. A través de la ventana voces de niños. Un tanque en la vía rápida. Nos deja sordos. El día luminoso por la puerta abierta del balcón. El jefe en una silla marrón se seca la frente. Que busquemos una sábana. El piso es grande. En la mesilla de noche un espejo pequeño. Debajo unas fotos del veraneo. En una postal pone Saludos desde Pula. El anfiteatro en primer plano. Una caja gris de Nivea en la repisa. Ventana abierta hacia la vía rápida. Una sábana planchada en un armario empotrado. Le bajamos los brazos a lo largo del cuerpo. Los ojos abiertos.
¿Qué hacemos?
Llevárnosla.
¿Nosotros?
Nosotros.
¿Adónde?
Al monte.
¿Cómo llegamos allí arriba?
Vendrá un vehículo.
Pisadas de botas en el pasillo. Se presentan con porte severo dos con uniforme de camuflaje y correaje blanco. Uno con boina y metralleta habla y el otro con casco calla. Nuestro jefe explica.
Probablemente se trata del grupúsculo de Sokolac. Nosotros los detenemos, pero en balde. Los sueltan y ya ves. Así es la política.
Aquí había también una muchacha, dice el vecino. Se la han llevado a alguna parte.
¡Uf ! Me temo que deseará no haber nacido. Nadie ha visto nada. Y de todos modos los tribunales ni existen.
¡Lleváosla!
Nosotros envolvemos a la mujer en la sábana. Yo guío. En el segundo todavía llora el niño. La dejamos en el suelo. El comandante en el rellano inferior. Ofrece cigarrillos. Los dos evocan sus comienzos de fumadores. Las escaleras en penumbra. Una puerta abierta en el primero. El sol deslumbra en el portal. Varias personas en las ventanas y en los balcones. El cuerpo envuelto en la sábana. El jefe consulta con los policías militares cómo proceder. En la calle un Zastava 101 de la policía. Parece el mismo que me hizo dar la vuelta en el puente. Dos con uniforme azul con bandera roja, azul y blanca en las mangas y el nombre República Srpska, Bosnia y Herzegovina en cirílico. El vecino les dice no saber mucho. Que la muerta estaba en el piso. Él había oído no recuerda a quién que también estaba una hija que se llevaron unos tipos para interrogarla, no sabe ni quiénes son ni lo que hacen. Mientras habla indica a los policías que en las ventanas hay gente que escucha con atención. El policía nos señala y pregunta qué pasa con nosotros. Nuestro comandante les explica. Se acerca una furgoneta Volkswagen. El tubo de escape está perforado y la calle retumba. Niñas en las escaleras a la derecha. Una de las crías en posición de firmes hace un saludo militar. Las otras dos se ríen. Del vehículo sale un hombre de mediana edad que dice no saber qué debe transportar ni adónde. Apoyado en el murete de la explanada delante del edificio, el policía se lo aclara en voz baja. Fuera los asientos traseros de la furgoneta. Los sacos de patatas enrollados. La furgoneta circula por la calle Radnička. El cuerpo resbala hacia la puerta trasera. La Volkswagen se detiene en el cruce de la pizzería Aleksandrija. La calle desierta. Al fondo un hombre en la torreta de un blindado aparcado junto al semáforo. Nuestro comandante fuma en el asiento delantero. Ofrece cigarrillos al conductor y a nosotros. Comentan que hoy se ha constituido la Primera Brigada Mecanizada de Sarajevo. Tiene una plana mayor y policía militar. El vehículo se arrastra hacia la vía rápida. En el cruce hombres con diferentes uniformes alrededor del blindado verde.
¿Dónde andas, Čađo?
Čađo es el puto amo. Es el que está en la ametralladora, con él ahí no tendrán ni un momento de descanso.
Mientras cruzamos el barrio de Vraca delante de nosotros un Zastava 101 de la policía. Cuesta arriba dos mujeres con bolsas de la compra apoyándose en la barandilla en el lado derecho de la calle. El motor sufre.
El tubo de escape está a punto de cascarla.
Lo importante es que aún marcha. Los teutones lo han fabricado así para que los serbios no padezcan.
El cuerpo resbala hacia la puerta trasera. El sol alto y fuerte. En lo más alto de la calle al pie del monumento una bandera blanca con la cruz roja. Un Pinzgauer con distintivos del cuerpo sanitario aparcado. El guardia en la calle nos indica que pasemos. La furgoneta gira a la izquierda monte arriba. Niños en el muro al pie del monumento.
Un tanque mirando a la ladera debajo del recinto del Osmice. A su alrededor cinco tipos. También ellos levantan los brazos con las camisas remangadas, le gritan al jefe, ¡cómo estás voivoda de todos los pelotones de trabajo! Antes de que la carretera gire hacia el Osmice se bifurca un camino forestal. La furgoneta traquetea entre casas, toca el claxon, desacelera, saluda al dueño, un perro ladra. Nos detenemos en una pendiente donde ya no hay casas ni dueños ni perros ni camino. Pájaros muy alto, montaña arriba, contra el cielo despejado.
¡Sacadla!
Agarramos la manta por los extremos. El jefe coge el pico y la pala. El conductor el fusil.
En fin, mejor esto a que nos entierren a nosotros.
¡Sin ninguna duda!
Abajo despuntan los tejados rojos de Lukavica. Se divisan los últimos edificios de los barrios Dobrinja IV y Dobrinja I. El verdor del monte Igman. Resplandece al sol la pista de esquí. En el monte tabletea una ametralladora. A lo lejos pasa un camión. Las suelas de mis zapatillas de deporte llenas de barro. Tropezamos. Resbalamos. Nos detenemos. El jefe muestra el lugar. La pala se estrella contra la tierra pedregosa. Hincamos el pico y la pala una decena de veces. Yo calculo cuántos palazos más habrá que dar para terminar esta parte y qué hora será cuando volvamos abajo y a qué hora podré regresar por fin a casa.
Basta.
¡Bajadla!
La colocamos. Allanamos.
Si queréis decir algo según vuestras costumbres…
El perro no deja de ladrar. Se oyen los pájaros en las alturas. Un camión renqueante hacia el hotel Prvi šumar.
Yo no sé.
Yo sé unas pocas palabras en nuestra lengua.
Se queda mirando absorto la punta de las botas y hunde las manos en los bolsillos del pantalón.
Pues, venga, lo que sea.
Yo me pongo en cuclillas. Durante dos, tres, cinco, diez segundos no logro recordar nada. Luego mascullo una decena de palabras. Me doy cuenta de que he olvidado una aleya. Repito. Mi compañero de trabajo acuclillado a mi lado.
El comandante permanece pensativo a la sombra de unos pinos. En el suelo muchas pinochas.
En el cruce de Vraca, mucha gente. Varias mujeres de luto rodeadas de niños. Un policía devuelve fumando el saludo del conductor de nuestra furgoneta. Abajo Hum, Pofalići, Malta, con sus casas de tejados rojos. Tres tipos armados con fusiles en dirección a la pastelería Jadranka. Corro desde la tintorería hasta los locales detrás de nuestro edificio. En la oficina de correos dos hombres mayores. Llamo suavemente a su puerta.
Quizá esta noche la oscuridad dure más. Quizá nunca más amanezca como pensabas ayer.
También a mí me da la sensación de que la oscuridad perdurará. ¿Compartimos los tiempos oscuros?
Te subiré agua. Acabo de calentarla.
Echo la llave tras ella.
Por si viene una inspección, una redada, o la policía. Entonces tú también estarías en el lugar equivocado.
Me esconderé. Diré que he venido para mandarte adonde tu pueblo está en mayoría.
Eso suena muy bien. Has venido para hacer limpieza étnica y traído agua caliente para desinfectar la vivienda.
Exacto. Incluso puedo ganarme una mención honorífica por semejante acto. Hoy he oído que hay una mujer, una arpía, que le chiva al Bulgaria dónde y a quién puede desvalijar. Luego coge las cosas de esas mujeres, las joyas, los abrigos de piel, y los reparte o los vende. Una idiota. Y corren tiempos ideales para idiotas.
Pues aquí ni joyas ni pieles.
Si oímos golpes abajo, nos esconderemos en uno de esos pisos.
Da igual, también lo registrarán. Es mejor que me encuentren a mí solo aquí que contigo en el otro lado. No existe lugar seguro.
Espero que esta noche no venga nadie. Es la hora de mis cinco minutos.
Si viene alguien, diles que te he engañado respecto a la cuestión nacional.
A lo mejor dicen que he podido ver por mí misma que estás circuncidado.
Les contestas que tú no eres una de esas.
El sol desde el monte Trebević. A mí y a un hombre de la edad de mi padre nos destinan al ayuntamiento, los demás a la calle Ljubljanska. Corremos desde los locales de la planta baja hacia la tintorería. La parte de la facultad más cercana a mi edificio llena de agujeros de balas. Delante de la entrada, a la derecha, uno con uniforme de policía en la reserva. Lleva un fusil largo. En la gorra la bandera de tres colores y cuatro letras. El jefe le dice que nosotros dos debemos quedarnos allí delante mientras él va a ver una cosa. El hombre da tres pasos hacia un lado y luego cuatro hacia el otro. Pasa una mujer con el pelo cardado. Él cordial, qué tal está hoy, jefa. Ella repite rápidamente dos veces su nombre como hacen las maestras con los niños, lo reprende porque es poco serio, que ella no es ninguna jefa. Él la sigue atentamente con la mirada, repasándola de arriba abajo y meneando satisfecho la cabeza. Un Golf II blanco aparca delante del edificio. Baja un tipo con uniforme de camuflaje, se mencionó su nombre en relación con el reparto de la policía, también alguien contó que regenta la tienda de ultramarinos en el barrio de Hrasnica. Lo acompaña otro con gafas de sol y fusil en ristre. El centinela se cuadra.
¿Cómo está, ministro?
Le tiende la mano.
Ya ves, trabajando. ¿Cómo estás tú? ¿Está Milorad arriba?
Sí, arriba está. ¿Sabe usted que somos paisanos? Yo soy también de Kalinovik.
El tipo nos mira.
¿Qué hacéis vosotros aquí?
Esperamos para limpiar algo.
¿Qué?
Lo que nos digan. Ayudamos en cosas diversas.
Ajááá. Eso.
Se van por las escaleras. En la placa recién colocada figura República Srpska, Bosnia y Herzegovina, Ayuntamiento de Nuevo Sarajevo. Vuelve nuestro jefe.
Vamos cerca.
En la entrada un hombre alto da la mano al jefe. Incómodo, nos tiende la mano también a nosotros. Yo le pregunto qué tal está esta mañana. Él me contesta y da las gracias. Luego nos ponemos en marcha entre los rascacielos y los edificios marrones detrás de la facultad y a través del parque infantil y de la cancha de juego. Árboles alrededor de la escuela. Delante del garaje un coche inservible. Gente en la entrada. Unos parapetos hechos con mantas hacia el río. Entramos en el rascacielos por una puerta de pesados cristales. En la planta baja un jubilado relativamente joven. Lo que hay que hacer está en el octavo. Del ascensor sale una mujer con una džezva de café en una bandeja. En el quinto el hombre mayor se detiene. Se quita las gafas de montura gris y se sienta en la escalera. Reuma. El jefe lo anima. Tengo una edad similar, si es que no soy mayor. Uno al lado del otro en la escalera. Fuman. Una ametralladora desde uno de los edificios junto al río y luego algún disparo amortiguado y una explosión hacia el centro. Se levantan. El hombre del reuma se sujeta los riñones. Desde arriba un tipo uniformado con fusil. Nos para con severidad.
¿Adónde?
El jefe lo explica. En el séptimo un niño de unos doce años con un haz de leña entre los brazos. En el octavo dos mujeres cuchichean y se callan al vernos. Un vidrio pesado roto contra la pared del ascensor. La puerta abierta de uno de los pisos. En el pasillo cosas tiradas. En el cuarto de estar un sofá marrón de tres plazas rajado a cuchillazos. Al lado de la mesita café derramado y una džezva grande azul en la alfombra. Dos cuadros descolgados y depositados en el parqué debajo de una ventana. Por otra se ve el monte Trebević. En el dormitorio dos cuerpos. Un hombre de unos cincuenta años. Debajo de la ventana una mujer en bata. Yace de costado. Alrededor cosas desparramadas. En la pared encima del cabecero cinco orificios. Junto a la cama una almohada con funda azul y florecitas blancas. El jefe entra, gime, se santigua. Se sienta en la silla a la derecha de la cama de matrimonio. Saca el pañuelo, se seca la frente y luego las gafas. Mantiene el pañuelo desplegado y luego lo dobla por los bordes. Mi compañero empieza a llorar en silencio, dice nos van a matar a todos y se sienta en el suelo. Hacia el mercado los árboles se han vuelto frondosos. El paseo Wilson verdea tanto en dirección a Hrasno como hacia Skenderija. El jefe me reprende, que me aparte de la ventana para que no me mate mi propia gente, es lo último que le faltaba. Quito la sábana de la cama y tapo a la mujer. Los ojos cerrados. La bata muy floreada. Arrastramos al marido a su lado. Un paño de encaje hecho a mano sobre el arcón de la ropa de cama. Una sábana planchada y almidonada. Silencio en las escaleras. Del piso de enfrente asoma una mujer. Dice vosotros sois de los nuestros. Asentimos, pero señalamos que dentro está nuestro jefe, que no es de los nuestros. Ella sigue asomada y se calla. En la placa que ahora veo figura el apellido y debajo Ing. dipl. El jefe pregunta, ¿qué tal está, señora? Baja el primero zapateando con las botas. Nosotros con la mujer en la penumbra del rellano en el octavo. Cuenta que primero vino uno al que llaman Patata o Cebolla o algo así, y pidió dinero. El matrimonio le dio mil marcos alemanes. Luego entró otro y pidió dinero. Al ver que el marido era ingeniero se alegró. Ella escuchó todo desde su piso. Rompió la puerta de una patada. Ya dentro oyó que le gritaba a la mujer que debía dispararle al marido, oyó que ella gritaba que no tenían dinero, que lo conseguirían como fuera para el día siguiente, y cómo sollozaba, lloraba, suplicaba. A la vecina se le ocurrió llamar al encargado del portal, pero tuvo miedo de abrir la puerta. Se oyeron chillidos, llantos, el primer hombre gritaba que tenía que disparar, mientras que el otro se reía, alentándolo, vamos, así se hace, eres el puto amo. Luego un disparo, llanto, chillidos y otro tiro precedido de las voces del que se reía como un loco que gritaba que la mujer había matado a su marido y no merecía seguir viviendo. Los dos salieron, dejaron la puerta abierta, dispararon varios tiros y desaparecieron. Se oyeron sus pasos medio minuto más en las escaleras. Ella encontró a la pareja muerta. No se atrevió a tocar nada. Bajó y solo le dijo al encargado, el cual la atendió con frialdad, que había oído gritos y disparos en el piso de los vecinos de su planta. Este subió con ella, echó un vistazo, no dijo nada y se fue. En la planta no había nadie más, ya que ellos eran las dos últimas familias que quedaban. Al cabo de dos horas aparecieron unos tipos con correajes blancos, dijeron que eran policía militar del cuartel de Lukavica, que ellos se ocuparían del asunto, que sabían quién lo había hecho, que nadie tocara nada en el piso, hicieron un informe y se fueron. El encargado llamó a su puerta y le ordenó que estuviera atenta para que nadie entrara en el piso hasta que llegara la gente de protección civil y limpiara el terreno. Tal cual lo dijo, limpiar el terreno. Y parece que no se tranquilizarán hasta que no limpien el país de nosotros. Debemos haberles hecho algo. Nos ofrece agua, tiene pita hecha de hace unos días, a ella no le entra nada. El jefe nos apremia. En la tercera planta asoma una mujer de la puerta entreabierta de su piso y cierra enseguida. Bajamos a la mujer muerta a la entreplanta. Ellos dos se sientan y fuman. Cuentan quién ha trabajado dónde y cómo obtuvo el piso y cuándo se torció todo. Fuera, delante de la entrada, el encargado echa a los niños a otro portal. Nosotros sujetamos en alto los extremos de la manta y caminamos un poco encorvados hacia la biblioteca. Detrás del edificio la furgoneta azul. El conductor levanta la puerta trasera. En el vehículo el pico y la pala. Colocamos el cuerpo de costado. Mi compañero de trabajo se sienta en el bordillo de la acera, para descansar, dice que si no se morirá. El jefe no se lo permite.
¡Fuera de ahí, niños! No estamos en el circo.
En las ventanas del primero frente a la biblioteca una mujer con la mano derecha en la boca. Se oculta detrás de la cortina. Nosotros de nuevo al portal. Nos acompaña el encargado. Cuenta que ellos no querían la guerra, pero que no podían permitir que se les obligara a vivir en tres o cuatro Estados diferentes, que se los separara, que no quedaba otro remedio, que su pueblo aún recuerda vivamente la última guerra y todas las guerras y los quinientos años de esclavitud. Tal vez han muerto unas cuantas personas, pero qué es eso comparándolo con un Estado propio y la salvación del pueblo. Al final será mejor para todos nosotros. La historia no se contempla a corto plazo. Nuestro comandante lo aprueba en parte.
Estas personas no han hecho daño a nadie.
Puede que ellos no, pero sí lo han hecho diversos criminales y ladrones como el tal Jusuf «Juka» Prazina, o Ramiz «Ćelo» Delalić y delincuentes parecidos. Allí al otro lado del río hay cárceles, un manicomio, burdeles. ¿Por qué nadie habla de esto?
No es justificación para lo ocurrido aquí. Nosotros poseemos un ejército de verdad, un pasado, una tradición, honor, fe y decencia. No se puede tirar todo esto por la borda sin ton ni son. Quedará como una mancha para todo el pueblo.
A saber quién estará mañana vivo y quién muerto. Ya ves que aquí a nosotros los francotiradores tampoco nos dan un respiro.
El jefe deja a mi compañero en la cuarta planta para que descanse. Nosotros a la octava. La mujer que nos ofrecía pita atisba por la mirilla, pero no abre. En el piso, el viento cierra de golpe la ventana. El sol sobre Sarajevo. Ráfagas lejanas y esporádicas. Yo agarro la manta por dos extremos, el encargado del portal sujeta la parte de los pies. Él va delante. El cuerpo pesa más que el primero. Bajamos dos plantas. Luego dos más. Descanso. El cadáver en el rellano entre el primero y el segundo, el encargado suelta una broma macabra, no veas qué resfriado cogerían en este hormigón si no hubierais traído mantas. Delante del portal vuelve a echar a dos niñas. Una pregunta a quién llevamos y qué le ha ocurrido. Le contesta que lo ha alcanzado un francotirador desde el edificio de Elektroprivreda, que ahora puede ver por qué él siempre está advirtiendo a los niños de que deben tener cuidado y no correr de acá para allá. Que se vayan a casa. El comandante del pelotón de trabajo y yo introducimos el cuerpo en la furgoneta.
Arranca.
Hablan sobre la compañía militar del Trebević al mando de la cual está Mina. Dejando atrás la parada de la calle Zagrebačka, monte arriba. Al lado de la pizzería Aleksandrija el vehículo desacelera.
¿Dónde andas, Rato?
Se trata de un hombre de unos treinta años. Por un instante nos mira fijamente a nosotros dos. Lleva una boina gris con un águila. Enseña los dientes separados al sonreír. El comandante pide al conductor que se detenga. Baja y le da la mano. Le alegra verlo en Grbavica. Se siente inmediatamente mejor en cuanto ve que muchachos como él han bajado aquí al zoológico urbano.
Quién va a hacerlo si no lo hace Rato.
Rato llama a alguien.
Njego, ven aquí.
Hombre, pero si es Miro.
Se acerca un tipo bastante alto que también lleva un chaleco antibalas, y nuestro jefe le pregunta por su salud y le agradece que esté en el lugar donde más se le necesita y donde es más difícil. Lo fácil es darse aires de gran serbio en Pale.
El encomiado se inclina sobre la parte trasera del vehículo, alza el mentón en una señal breve e inquisitiva hacia nuestro jefe, el cual se encoge de hombros. De nuevo le da un apretón de manos y vuelve al coche. Anima al tipo del chaleco a que permanezca allí y a que no abandone a esta gente. Nos explica que Rato es uno de los muchachos más peligrosos de Sarajevo. Pero no de los descarados. Solo machaca a los poderosos y villanos. Conoce muy bien a su familia en Pale.
Lo importante es que estén aquí, en nuestro bando, tanto unos como otros, ya que somos pocos y en el otro bando solodiossabecuántos.
El vehículo berrea monte arriba. Un carro de combate se dirige hacia la calle Radnička. La furgoneta pasa junto al parque memorial de Vraca en segunda marcha. El tubo de escape completamente perforado.
¡Oye, tienes que reponerlo por mucha guerra que haya!
El hombre a mi lado otra vez empieza a llorar bajito. Está enfermo, no podrá aguantar esto durante mucho tiempo.
En la cima de Vraca, al pie del monumento una veintena de personas. El sol ha iluminado el paisaje en dirección a Jahorina y el Igman hasta Treskavica. El coche con el tubo de escape estropeado desacelera en el pueblo de Miljevići y continúa por una senda forestal hasta un punto donde se acaba el camino. El conductor fuera con el fusil de asalto. El hombre a mi lado tiene los ojos entornados, madre mía, madre mía, nos van a matar. Le digo que yo ya he hecho trabajos similares. Él tiembla. Descargamos uno de los cuerpos. El comandante dice que ellos dos cogerán el otro para no perder tiempo.
¿Qué hacemos si intentan escaparse?
No digas bobadas, hombre, míralos. ¿Adónde irían?
Nosotros primero. El compañero tropieza. El cuerpo resbala y golpea con un ruido sordo contra el suelo cubierto de pinochas. El cielo despejado entre las espaciadas ramas de pino. Una ametralladora a lo lejos. Hacia Sarajevsko polje dos tejados a cuatro aguas. Un perro desde la carretera. El conductor blasfema, el comandante lo silencia. Depositan el cuerpo junto a un tocón.
Vamos, despacio.
¡Sujeta bien los extremos de la manta!
Ahora con cuidado.
¡Suéltalo aquí!
¿No hemos cavado aquí hace unos días?
Por aquí fue, sí.
Mi compañero respira más tranquilo. El conductor va por las herramientas. La tierra dura. Muchas piedras. Una fosa poco profunda y ancha. La cubro de tierra yo solo. Ellos debajo del pino. El tema son los otros pelotones de trabajo y sus jefes.
Hay un inútil que supuestamente vigila un poco a la chusma que conoce de los bares alrededor del mercado y del estadio del Željezničar, pero solo se esfuerza lo necesario para que los suyos no puedan hacerle ningún reproche. Y cuando hay tiros él es el primero que se larga. Como un conejo. Y son los que hoy en día suben como la espuma.
El jefe me hace un guiño. Vuelve las palmas de la mano hacia el cielo por un instante. Yo recito las diez líneas sin repetir ni trabarme, con voz sosegada para que se oiga a varios metros a mi alrededor.
La furgoneta a través del pueblo. El conductor charla por la ventanilla con los pueblerinos. Pita a un perro que salta delante del coche. A lo largo de la carretera una columna con un blindado. La policía en el cruce al pie del monumento en Vraca. El conductor dice algo en voz baja y el coche se precipita hacia la vía rápida. Una vista del Hum y de la ciudad con sus altos edificios y numerosos tejados rojos. Humo en el centro urbano. Sobre el monte Igman un sol impoluto. La furgoneta hasta la parada del trolebús en la Zagrebačka. Delante de la pastelería Jadranka tres con uniforme verde y cervezas en la mano. En un balcón, una mujer de unos treinta años llama a un niño por su nombre. El jefe dice que ya es suficiente por hoy y me señala el camino a casa. Al otro hombre le ordena acompañarlo al mercado porque así estará más seguro. En el edificio donde antaño había un dentista hay un cuartel general y es mejor que no transite por allí solo. Yo junto al Golf blanco en la acera, una carrera hasta la tintorería, hasta los locales en el patio del edificio de la calle Lenjinova. Dos tipos en taburetes abajo y ella arriba con un pañuelo azul en el pelo. Hornea una pita. Me la traerá enseguida. La abuela está bien hoy. Ha venido una gente para ver los pisos. También han preguntado por el mío. Ella les ha dado largas. En el piso olor a primavera por la ventana entreabierta. Un bidón de agua en el baño, la mitad de un pan casero y margarina Buenos Días. Un libro entreabierto en la mesa. Todavía hay gas en la bombona de la cocina. Llama con un toque corto según lo acordado y se presenta con mallas y una camiseta blanca de tirantes. En la mesa, junto al libro, deja tres trozos de pita.
Vuelvo enseguida, me falta el agua.
Cierra suavemente mi puerta. Cuento sus veinte pasos por la escalera. Abre la puerta de abajo. Subo un poco la radio con noticias de todas partes. Una veintena de pasos hacia arriba. Bajo hasta la entreplanta y recojo la cazuela con el agua. Se me derrama un poco delante de la puerta.
¿Dónde te has metido?
Sale de la cocina.
Todavía no he logrado verte de verdad.
En realidad, nadie ve ni conoce a nadie.
Le resplandece la piel del hombro y de la rodilla. Deposita las gafas en la mesita.
Por esto merece la pena haber estado en el pelotón de trabajo.
Pagar con tu vida por esto no es una buena opción. Lo podrías haber obtenido de otra forma.
No me habría atrevido.
Te habrías atrevido, seguramente. No veo por qué no.
Me daba miedo.
Y ahora no te da miedo acabar en el cementerio judío o en Vraca en alguna zanja.
Sí, me da miedo en el momento, pero ahora menos.
¿Menos?
Menos.
Entreabrimos la puerta despacio, ella se asoma a las escaleras. Abrimos con llave el piso. El cristal de la ventana que da a la Lenjinova roto. Oscuro y poco ventilado. Ella en la cocina.
Aquí está. ¿Cómo se desengancha esto?
Desenrosco el tubo azul. En la bombona pone 12,1. De un armario empotrado saca un paquete de harina de dos kilos. En la nevera tres latas de sardinas con envoltorio azul y un frasco de mayonesa estropeada de la marca Thommy. Yo la bombona, ella la comida. Todo al descansillo de mi piso. Ella vuelve para cerrar con llave. Enganchamos la bombona a la cocina. Nos ilumina la llama azul.
Es mejor que esté abajo en vuestra casa.
Déjala por ahora aquí. Así para cocinar tendré que venir siempre a tu casa.
¿Puedes hacerlo?
Pero no cuentes luego que me he aprovechado de ti aquí donde no estás precisamente en la mejor posición.
Ahora estoy en la mejor posición de toda la ciudad. De momento al menos. Aunque todavía existe la esperanza de que no amanezca.
Tal vez no amanezca, sí.
Ahora estamos en un compartimento nocturno.
Una ráfaga debajo del edificio. Golpes contra la puerta del portal. Los centinelas de correos dicen algo en voz baja. El que ha golpeado grita. Ellos vuelven a explicarle algo. Solo entiendo bueno, bueno. Una granada de mortero cerca del río. Desde el puente una serie de ráfagas y a continuación desde diferentes direcciones. Una granada de fusil hacia la calle Ljubljanska. Un carro de combate por la vía rápida. Por la ventana tres estrellas en el sur.
Me tengo que ir.
¿Tu abuela estará dormida ahora?
Probablemente.
¿Querrás que mañana hablemos de los tiempos remotos?
Cuando vuelvas de allí yo subiré en un pispás.
¿Y qué haremos entonces?
Practicar.
¿Cómo?
Pues como hoy o quizá otra cosa, ni idea. ¿Escribirás todo esto?
Al amanecer si hay oportunidad.
Todo lo que hablamos.
Y hacemos.
Qué bonito por tu parte.
Y por la tuya.
De la calle el ruido de un blindado no muy lejos superado por el de un carro de combate en dirección a Vraca. Varias explosiones. Debajo del edificio el centinela grita algo a alguien. En el edificio de la izquierda candiles en dos ventanas y el rescoldo de un cigarrillo en el balcón. En las escaleras sonido breve de radio. Ella dice que ya es la hora porque si se desvela la abuela podría pensar que se han llevado a su nieta, y últimamente se despierta cada vez con más frecuencia, cuando uno menos se lo espera. Se dirige a la puerta. Los zapatos en la mano. Un coche en la calle. Yo doy dos vueltas por el piso y como un poco del bocadillo preparado para el desayuno y escucho las noticias de Radio Sarajevo con el volumen bajo en su transistor esperando el parte sobre Dobrinja y Grbavica. Del primero comentan algo y del segundo nada. Noto que se me cierran los ojos, así que repito las frases y los diálogos que quiero apuntar a primera hora de la mañana. Si puedo. Si no, habrá que memorizarlo hasta la siguiente ocasión.
Un transporte blindado, en el que con espray rojo está escrito: policía, república srpska bh s s s s, aparcado delante del jardín de infancia. Varios de nosotros en las escaleras. El comandante en el jardín de infancia con un oficial del ejército yugoslavo que explica la misión.
Un francotirador dificulta con sus disparos el paso por la carretera que cruza el monte Trebević, hay que parapetarla y acabar con ello. Arriba donde el hotel Prvi Šumar. Os esperará alguien.
El jefe comenta que es mejor hacerlo por la noche, pero el oficial replica que no hay tiempo porque deben tener la carretera transitable.
Pero está la otra por Tvrdimić.
Pero esta es indispensable, es más rápida. Llévatelos.
Llega la furgoneta azul. Nos apretujamos dentro.
Desde arriba un Jeep de la policía. Nuestro comandante les hace señas. El Jeep para. El hombre lleva la cazadora corta de la policía regular. Explica que hay tiros arriba en la carretera, que todos moriremos, que de colocar parapetos nada de nada. Hay que hacerlo por la noche.
Más quisiéramos, la orden militar es la que es.
Uno susurra, nos matarán, lo de trabajar allí no es más que una treta. Me dice sin que el conductor lo oiga que a dos de su portal se los han llevado unos días atrás y están desaparecidos. Sus mujeres los buscan, gritan, alguien dijo que están en los garajes. Otro asegura que están en alguna institución en Vraca, que arriba reina la locura. Otros del vecindario dicen que no es nada, que la gente se alarma sin motivo, que los están interrogando en la cárcel de Kula. Averiguarán que no tienen ninguna culpa, los soltarán pronto. Las mujeres duermen en el balcón. Para tirarse abajo si vienen también por ellas. No les queda ninguna esperanza.
¿Qué garajes son?
Pues por el ambulatorio. Y en la calle Radnička. La policía hace la vista gorda. Y la policía militar por otra parte dice que ellos supuestamente solo están si se trata de soldados y estos no son oficialmente soldados sino al parecer voluntarios adscritos a la policía. Allí el peor es un montenegrino.
Al pasar por Vraca el motor casi revienta por el esfuerzo. El comandante promete que encontrará un tubo de escape.
No podemos seguir así.
En la cima, la policía. El ejército ha prohibido cualquier tránsito por la carretera de Trebević a Jahorina. Hoy no puede pasar nadie, ni siquiera protección civil. El mayor no quiere tener que responder por ocurrencias estúpidas como esta. Nuestro jefe exige que el policía con la bandera tricolor en el hombro llame por radio a alguien y compruebe si él tiene que presentarse con su gente arriba en el Prvi Šumar. Órdenes son órdenes. Este lo invita a acompañarlo al kiosco rodeado de sacos de arena. Los de los asientos de en medio abren las ventanillas. Desde el Trebević baja una columna de dos blindados y cinco camiones pequeños. Soldados con uniforme verdigrís y los rifles apuntando al cielo. Niños en el murete de piedra bajo el monumento. Los chicos se levantan y saludan con la mano corriendo junto a la carretera. Las niñas se quedan sentadas. Un ruidoso Lada azul cuesta abajo. El conductor lleva una šajkača y el que va a su lado una boina gris. Dispara al aire la pistola. El comandante regresa y llama al conductor. El policía nos da paso libre. Nuestro vehículo a la izquierda y luego despacio hacia el pueblo de Petrovići. En el borde de la carretera, en la gran curva, una columna de soldados con uniformes dispares en dirección al pueblo. El conductor pita, el comandante levanta el brazo. Baja la ventanilla, saluda.
¿Cómo están hoy las cosas arriba?
Están disparando desde Zlatište y Čolina Kapa sobre una parte de la carretera. Nosotros hemos estado tres días arriba, ahora ha venido el relevo. Hay que cubrir la vía.
Nosotros lo haremos.
No podéis ahora, hay un francotirador letal, os liquidará a todos.
Lo haremos con cuidado. Yo sé cómo.
Sepas mucho o poco, el que salga a la carretera está muerto.
Órdenes son órdenes. Hay que hacerlo, aunque muramos todos.
Venga, patrón, habrá tiempo de sobra para morir.
Los soldados de la columna saludan con la mano de vez en cuando, nuestro comandante devuelve el saludo a cada uno y les desea la suerte de los valientes. Desde la parte recta de la carretera contemplamos la ciudad, una masa de ordenadas edificaciones de hormigón al pie del monte. Al otro lado se ve a lo lejos el estadio. La furgoneta en el aparcamiento del Prvi Šumar. El motel calcinado y el aparcamiento lleno de vehículos militares. Se oye un radiotransmisor. Huele a pino. El sol alto y fuerte. Más abajo de la carretera, un soldado indica a nuestro comandante que vayamos con él. El conductor se queda al lado del vehículo. Bordeamos lentamente la pista de hormigón de bobsleigh entre los árboles, debajo de ellos un grupo de soldados en un refugio. Uno con barba viste un jersey militar gris. Nos mira con frialdad, estrecha la mano tendida del comandante sin levantarse. Otro con anorak, pelo rubio peinado hacia un lado, dice, muchachos, tenéis que ayudar un poco. El tercero tiene aspecto de haber sido taxista. El comandante del pelotón de trabajo explica con rodeos herzegovinos que somos gente honrada y podemos hacer lo que sea necesario, ya que estamos en guerra y nada marcha como es debido. Cincuenta metros a través de la trinchera. En el búnker tres centinelas. Apenas un poco mayores que yo. Uno con uniforme de camuflaje me resulta conocido. También él se fija en mí y luego se vuelve a mirar entre los arboles hacia los edificios en el valle. Recibo una pala para ampliar la trinchera en un punto.
Echamos la tierra fuera sobre nuestras cabezas. El sol hacia el oeste. Huele a pan cocido en horno de leña.
Vamos, vamos.
La trinchera ensanchada. Estamos sentados cuando una granada de fusil impacta en un árbol cercano. Los centinelas de al lado empiezan a disparar con la ametralladora. Las balas dan en los árboles. Desde arriba varias series de ráfagas y luego silencio. El comandante susurra, muchachos, ya está, regresemos. El fuerte olor a montaña y pinos reconforta. La hierba crecida. Sarajevo en la hondonada. Los tres todavía delante del refugio. Descansad un poco, dice el que tiene aspecto de estudiante y sujeta un fusil de asalto con culata plegable. Lleva una gorra de camuflaje y explica en voz baja algo sobre los relevos de esa noche. También hay que reforzar hasta esta noche, dice a nuestro comandante, la trinchera junto al Mirador. Y proteger un poco la carretera. Otro sirve café de una džezva roja en las tacitas.
Ahora examinad dónde hay que colocar los parapetos para que sepáis qué hacer cuando caiga la oscuridad. ¿Qué queréis que os diga? ¡Son las órdenes!
Desde la ladera donde está el edificio, hoy en día quemado, hasta donde llegaba el teleférico varias cabinas se mecen al liviano viento de mayo y raspan los cables. Somos cinco. Uno está a punto de llorar. Otro que dice a menudo la palabra colega. El tercero cuenta que antes de la guerra lo tenía casi todo para vivir feliz. El cuarto calla. Y yo. Llevamos sacos llenos de tierra a un lugar donde un hombre con cazadora de paño y máscara antigás en el muslo derecho sujeta la culata de una ametralladora apoyada en el borde del foso y dice que al otro lado están los nuestros y seguramente no dispararán si nos ven. Abajo los árboles se han cubierto de hojas. Las balas impactan en los pinos. El hombre, que lleva una chaqueta azul de protección civil y está a punto de llorar mientras arrastramos un saco de cincuenta kilos a través de la trinchera golpeándonos la espalda contra la tierra llena de raíces y piedras, dice que nos matarán a todos en cuanto terminemos la faena. Yo replico que nuestro comandante es un hombre razonable y estos militares de aquí no parecen unos criminales, que probablemente los nuestros de abajo no dispararán contra nosotros, ya que saben quién tiene que cargar con los sacos, que saldremos de esta, que habrá un intercambio de prisioneros. Él me contesta que todavía soy joven e ingenuo, que no hay salvación para los que nos hemos quedado atrapados en este lado. Ni los nuestros nos buscan ni los suyos son gente responsable. Por doquier reina el caos y hay camiones llenos de muertos. A quién le importan unos pelotones de trabajo. Si solo de su edificio ya han desaparecido dos que él conocía bien. Sus mujeres volvieron de Vraca y ninguna de ellas habla, solo lloran. Yo le respondo que cada mañana tengo la esperanza de que los nuestros del otro lado arremetan cruzando el río Miljacka y los del barrio de Grbavica huyan en desbandada. Al fin y al cabo, estamos en el centro de la ciudad, y no se olvidarán de nosotros así sin más. Ya, ya, dice, se coloca las gafas y susurra, madre mía, ¿por qué tenía que pasarme?, perder la vida ¿por quién?, ¿por qué no me he marchado a Alemania como otros? Estamos sentados en el suelo de la trinchera. Yo mirando las puntas de los pinos y él las de sus zapatos. Me pregunta quién me queda de familia. Se lo explico.
Ay, hijo mío. Ni siquiera has empezado a vivir.
El de la ametralladora indica que tenemos que levantar cinco sacos al borde de la trinchera.
Levantamos el primero.
Ten cuidado.
Colocamos el segundo. Un silbido sobrevuela nuestras cabezas y una granada de fusil cae detrás de la trinchera,
Al suelo, al suelo.
Me palpo. El otro se seca la frente, dice, ves que a nadie le importa, ni a los nuestros, no jorobes, aquí cada uno intenta salvar la vida y dispara contra lo que quiere.
Esperad un poco a que esto se tranquilice.
Ya veis que los vuestros no reconocen prisioneros.
Tres sacos más. Viene el comandante de nuestro pelotón.
Todo va bien.
Todavía este y nos vamos, por aquí ya basta.
Levántalo y apóyalo, así, y ahora a la vez.
Empujamos el saco hasta el borde.
¡Colocadlo mejor! Quién sabe cuánto tiempo nos tocará quedarnos aquí.
Levanta un poco más.
Espera, venga, ahora juntos.
Que este vaya un poco más adelantado que el otro.
Algo cae en la trinchera. La explosión parece pequeña e inofensiva. Mi compañero se desploma. Sangre en su espalda. Yo me palpo.
Oye, muchacho, métete en el búnker. Deja a este por ahora, va a caer otra.
Voy al búnker a trompicones. El hombre herido gime, invoca a su madre, susurra, se acabó, estoy acabado.
Corre, muchacho, corre.
Desde el búnker la ametralladora dispara una ráfaga larga. Desde abajo alguien grita algo y las balas se estrellan contra los sacos. De nuevo el silencio. El comandante y yo hacia el herido. Respira.
Traed la camilla.
Desde el búnker llaman por el teléfono de campaña, tenemos un herido del pelotón de trabajo. El del mono de camuflaje trae una camilla cuyos extremos tropiezan con el suelo. El hombre no está consciente, pero respira. Una herida en la espalda. Un chorro espeso de sangre. Se le han caído las gafas y se las guardo en el bolsillo delantero de la chaqueta azul. Colocamos el cuerpo en la camilla. Los brazos cuelgan. Respira. La sangre tiñe de rojo la camilla. Llama a su madre. Entonces, la cabeza se le cae sin más hacia el lado izquierdo. En algún lugar otra vez una ametralladora y una granada y a través del silencio el teleférico chirría. Quedan pocos días de mayo. Junto al puesto del mando, el cabo con gorra de camuflaje y un sanitario con un brazalete en la manga. Se acercan a la camilla cuando la depositamos.
Dios quiera que…
El hombre en la camilla tiene estertores. Una decena de soldados y nosotros dos inmóviles con los brazos colgando a lo largo del cuerpo. Alguien susurra, ¿sigue vivo?
Sigue, al menos por ahora.
El jefe se coloca las gafas y hunde las manos en los bolsillos del pantalón. El conductor de la furgoneta pregunta si se lo lleva.
No, viene la ambulancia.
Es el Pinzgauer con la cruz roja pegada en la puerta. El sanitario explica el caso al médico que baja del vehículo: que le ha colocado una venda, que la herida está en la espalda, que aún tiene pulso. El doctor ronda los cuarenta. Debajo de la bata blanca una camisa verde. Se dirigen a él llamándolo capitán. Se acerca a la camilla. Palpa la yugular. Nos pide a todos que nos alejemos. Nosotros nos vamos lo más lejos posible. Nos sentamos aparte. Tarde cálida. Las ramas de los pinos en el viento ligero. El sol en lo alto. Alguna explosión en el valle. Una ráfaga en las inmediaciones. El camino hacia la cima del Trebević bloqueado por un blindado con las cuatro eses. ¿Así que ya nada?, pregunta nuestro jefe mientras el doctor lo confirma con la cabeza.
Le ha perforado el cuerpo, los pulmones, y probablemente le ha dañado el corazón. Morirá dentro de unos diez minutos. Ya no se puede hacer nada.
¿Qué hacemos con él?
Nos levantamos en cuanto el jefe nos hace un gesto con la cabeza. El comandante de la unidad señala el bosque en la parte de arriba de la carretera. Nuestro jefe nos apunta con el dedo a mí y al silencioso, que ahora solo resopla. El soldado del jersey gris trae un pico y una pala. El jefe los coge. Que agarremos la camilla. Los otros dos sentados nos miran partir. Ascendemos unos cincuenta metros por el bosque abrupto al otro lado de la carretera. Él va delante, yo elevando la parte posterior de la camilla le pido que vaya más lento. Ramas, raíces y pedruscos nos estorban. Las deportivas llenas de barro.
Despacio, muy despacio.
Entre los pinos y las rocas, el jefe fija un sitio.
Bueno, he cogido su documento de identidad.
El muchacho silencioso empieza con el pico.
Yo aparto la tierra con la pala y luego lo relevo con el pico. El cuerpo de la camilla debajo de una pesada manta militar. Cambiamos el pico por la pala. Desde una roca el comandante se ofrece a reemplazarnos.
No hace falta, lo haremos solos.
Entonces él enciende un cigarrillo, se coloca el fusil que le han dado en el puesto de mando, carraspea y mira más allá de las frondosas copas de los pinos. Aire fresco. El sol en algún lugar encima de Kiseljak.
Es suficiente.
Despacio, despacio, el chico sabe cómo se hace. Así. Y ahora tú si quieres di algo, ya sabes.
El silencioso sale de la fosa y se sienta en una piedra.
Dice, yo no tengo ni idea de esas cosas. Yo repito que tampoco sé cómo se hace correctamente, que en realidad no sé nada.
Sabes, sabes, desde luego más que yo, ¿no es cierto?
Tal vez sí.
Me pongo en cuclillas. Mi voz es apenas perceptible y el susurro de las ramas rumoroso. Cuando el comandante se vuelve hacia mí, mi compañero extiende hacia arriba por un instante las palmas de las manos y se las pasa por la cara.
Enterradlo.
El otro se levanta y dice, déjamelo a mí. Yo, un poco más arriba de la fosa que llena y alisa con la parte plana de la pala, me limpio el barro de las Adidas con una rama. Silba una granada más abajo. Pasa un coche a toda velocidad. Unas balas impactan en los árboles y en las rocas.
Ese ha conseguido pasar. Esta noche hay que cubrirlo.
A las seis y media el jefe habla por el teléfono de campaña.
Los míos han hecho bastante, tengo uno muerto, déjame regresar. Que venga otro, a ellos les das sitios más fáciles y yo rara vez vuelvo con el pelotón completo. Así no se puede. ¿Quién?
Alguien le grita algo por el auricular. Intento oír más. El de la gorra de camuflaje menea la cabeza y dice, puta miseria.
Yo ya estaba en la organización cuando tú todavía te repantigabas en las reuniones del partido y hacías buenas migas con estos que hoy atacas. Burro, que eres un burro. Yo llevo a los míos de vuelta y tú detenme si puedes.
Cuelga y se lo explica al comandante de la guarnición, que eso no puede seguir así, que su gente muere sin sentido, que nadie se pregunta si estos jóvenes también son hijos de alguien, y quién responderá mañana por todo, el oficial está de acuerdo con él.
Al carajo el Estado nuevo y lo que sea si yo tengo que pasar el resto de la vida con grilletes. ¿Para quién? Arriba en Pale de merendolas y vanidades de grandes serbios y nosotros nos matamos para que ellos tengan un camino más rápido al cuartel de Lukavica. ¿No has visto al tipejo ese, Simo? ¿Qué Estado se construye de esta manera?
Llama al conductor. El del jersey gris con barba ofrece té. Nosotros incómodos.
Venga, tomadlo.
Nos unimos cohibidos a ellos alrededor de la pequeña hoguera delante del refugio. El té huele a hierbas del bosque. Otro con anorak dice que tienen pan y mermelada para darnos de cena una rebanada. Nosotros insistimos en que no es necesario.
Por supuesto. ¡Dáselo!
El conductor ha arrancado la furgoneta. Oscuridad en el bosque.
En el vehículo que baja por la carretera sinuosa con las luces cortas el jefe explica al conductor que ya está harto de estos jueguecillos. Sería más fácil para mí coger también un fusil y dormir abajo en los edificios como otros que solo piensan en cómo arramplar con una televisión, con una nevera, o en cómo despojar a alguien de marcos alemanes, del coche o de cualquier cosa.
De veras estoy harto, amigo. Me llevé a este hombre bajo mi responsabilidad, qué voy a decirles ahora a los suyos, si aún le queda alguien, cómo decirles qué ha ocurrido, dónde está, o al menos cuándo será el funeral.
El conductor asiente con la cabeza. Añade que estamos en guerra, que sucede de todo. Él se preocupa de nosotros como si fuéramos su familia y no corren tiempos para hacer el bien sino para salvar la propia vida antes que las demás.
Es inútil, mañana ya nadie sabrá quién ha protegido a quién, y quién ha sido un canalla. Di que se lo han llevado para un intercambio de prisioneros y ya está.
Y que luego los familiares recorran las planas mayores en su busca, y me den la lata con el dichoso intercambio.
Les dices que está en la lista, que todavía espera a que los dos bandos se pongan de acuerdo y se acabó. Tú ya no puedes hacer nada más. Lo has intentado, has hecho todo lo humanamente posible. No se puede más.
En Vraca un policía sujeta un bastón luminoso y nos detiene. La barrera bajada. Dos más con fusiles al lado. El conductor abre la ventanilla.
Ah, eres tú.
Un día duro hoy.
Durísimo.
¡Pasa!
Hace una seña a uno para que suba la barrera. La furgoneta con las luces cortas Vraca abajo. Desacelera a la altura de la pizzería Aleksandrija. Alguien nos para. Un policía con cazadora de paño y la bandera tricolor en el brazo derecho aclara que abajo ha sido un día feo y que mejor acompañen a los del pelotón a sus casas. El conductor nos deja junto al jardín de infancia, un niño grita algo en uno de los balcones. Nadie delante del portal en la calle Zagrebačka. El comandante me dice que vaya con él hasta unos edificios, señala hacia el sur, escoltamos a la gente a sus casas y luego también me acompañará a mí. Nos dirigimos por las escaleras hacia la calle Radnička. Dos tipos delante del garaje. Uno con mechones de pelo rubio asomando del sombrero. Fuma. Se ríen y luego, cortante, pregunta a nuestro jefe quién es, quiénes somos nosotros y qué piensa hacer con nosotros.
Aquí ya no hay sitio.
¿Qué sitio?
Para alojarse, no te joroba. El hotel de cuatro estrellas está lleno, todas las reservas. Esta noche ya no podemos dar servicio.
¿De qué estás hablando, chico?
Ellos se ríen.
Venga, tío, esto está completo. Llévalos a Vraca si hay que encerrarlos. Las reservas aquí se pagaron hace tiempo.
Nos dirige hacia un edificio en la calle Radnička. La calle ancha de tan vacía. Dos se meten en el primer portal. Velas en algunas ventanas. Una ráfaga desde el cementerio judío y luego una granada hacia el centro. El comandante da unos golpes en el portal al principio de la calle donde cargué con el cuerpo de aquella mujer. Se cierran las puertas. Un hombre del fondo del portal le da las gracias al jefe y luego se abre y se cierra otra puerta. Nosotros dos por la calle Splitska. El comandante intercambia saludos con el centinela delante de la casa de la que cuelga la bandera negra con la calavera y la tricolor. Unos pocos pasos más desde la zapatería Planika hasta los locales con vigilancia debajo de mi edificio. La puerta no está cerrada con llave.
Muchas gracias.
¡Cuídate! Aquí hay vigilancia.
La escalera oscura y silenciosa. Desde el edificio rojo una ráfaga y luego alguien grita algo.
Estaba preocupada. Te espero desde las cinco.
Aquí estoy.
Indica con la barbilla hacia arriba.
¿Cómo te fue hoy?
Me fue. Ahora estoy aquí.
¿Por dónde estuvisteis?
En el monte.
¿Cavando?
Cavando.
¿Fue peligroso?
Más o menos.
Te calentaré el agua.
El gas tiñe de azul la cocina. El cristal de la puerta del balcón roto y pegado con cinta adhesiva marrón. Pone en la mesa pan y un plato de patatas cocidas con un trozo de tomate.
¡No mires ahora!
No lo haré, lo prometo. Hay que lavarte también esto.
No tengo otra cosa.
Al menos los cepillo un poco. Espera que apague el agua.
Espera tú, que yo…
Peso demasiado para ti.
Ni hablar. Así haré ejercicio.
Un vehículo blindado brama hacia el cementerio judío. Una noche cálida.
Una zanja excavada en la calle lleva hasta los rascacielos blancos junto al río. Nosotros dentro, el asfalto roto a la altura de la cabeza y debajo piedras, gravilla, tierra y agua de la lluvia de ayer. Basura alrededor. Llevamos sacos y cajas de madera con munición al rascacielos. En la planta baja sofás en los que soldados con uniformes variopintos están sentados y charlan, fuman, miran revistas con mujeres desnudas, escuchan la radio, dormitan, juegan a las cartas. Dos con los ojos clavados en un tablero de ajedrez. Ha crecido la hierba entre el río y el paseo. En la trinchera que atraviesa la calle nuestro comandante de charla con un capitán de la reserva. Deben de andar por la misma edad. El capitán con guerrera verde y gafas oscuras de miope. Habla con acento montenegrino. Los tilos frondosos frente a nosotros y detrás de ellos los contornos de los edificios de Marindvor. Murmura el río. El capitán explica las causas y consecuencias de la guerra. ¡Hay que saber historia! Él, personalmente, confiesa que está obsesionado con la historia. Da gracias a Dios por haberle ofrecido la oportunidad de participar en la creación de este Estado, participar en el sueño eterno con el que soñaron los mejores héroes y rapsodas. Allí estaba ahora este sueño, delante de su casa, y a punto de cumplirse.
Pues sí, hermano, hay que separarse. ¡Si Yugoslavia no puede seguir existiendo, no vamos a permitir que los recién llegados nos impongan qué camino tomar! Como si nosotros fuéramos una minoría y no pintáramos nada.
Día despejado. Un cuarentón, cuyo peso, dice, ha disminuido a ojos vistas en el último mes y que hoy colabora estrechamente conmigo, comenta que la visita del presidente francés a nuestro país tal vez resolverá algo. Ha dado un plazo determinado para liberar el aeropuerto. El hombre susurra y mira alrededor.
Es el comienzo de la intervención. Solo Occidente puede salvarnos. ¿Cómo íbamos a hacerlo solos? Nosotros ni idea de ejércitos ni de Estados. En un mes nos liquidarán a todos si esto continúa así.
El capitán obsesionado con la historia afirma en voz alta que las imágenes de ayer en las que aparecen veintiséis muertos en la calle Vase Miskina son un montaje. Ha hablado con un experto que se lo explicó todo. Asintiendo con la cabeza subraya que está absolutamente convencido de que los musulmanes colocaron actores y bastidores.
Lo de la granada es un cuento.
Nosotros a través de la trinchera. El jefe por delante con un fusil al hombro. Se sujeta las gafas mientras salimos de la zanja al lado del edificio de la biblioteca. Entre bloques de cinco plantas dispuestos en un cuadrilátero y dos rascacielos de fachada amarillenta, una cancha y más trabajo para hoy.
Allí tres tipos rodean a otro. El comandante se acerca. Nosotros a unos metros de distancia. Un hombre mayor con camisa blanca y jersey marrón por encima explica. Se presenta. Apellido tradicional musulmán. Ha trabajado cuarenta años en el hospital militar. Todos lo apreciaban, solo hay que preguntar a la gente.
Cualquiera que sea honrado se lo confirmará. Y aquí tenemos al vecino, se ha tirado de la azotea hace unos instantes. Cuando oyó que la policía militar subía de nuevo a su planta no pudo aguantar más y se tiró. Sin embargo, esta vez no venían por nosotros, sino que buscaban a los suyos para movilizarlos. Por así decirlo.
Levanta el brazo delgado hacia la solapa del comandante del pelotón mientras baja la voz.
Y miren, aquí he encontrado una puerta tirada y me he dicho, a ver si podemos colocarlo encima y enterrarlo casi según la costumbre.
Sí, sí. Por supuesto. Mi gente lo ayudará.
Nosotros al lado de unos arbustos. Uno de los tres, sin mirar a nadie a la cara, empieza a excavar la hierba junto a la cancha.
Otro lo releva. El comandante me dice que los ayude un poco. Sobre la madera prensada con los herrajes arrancados, un hombre cubierto por una manta marrón con grandes motivos amarillos.
A la fosa de medio metro de profundidad baja el señor mayor y coloca la puerta con el cuerpo. Otro con mirada trastornada sujeta los brazos y las piernas para que no resbalen de la blanca madera prensada.
Hay que darle la vuelta, eso no puede molestar a nadie.
Ten cuidado, amigo, ya sabes que ese lo anota y se chiva de todo, te cortarán la cabeza como a un pollo por esto.
No lo harán, yo fui bueno con todo el mundo. ¿A quién le puede molestar esto? Las costumbres son costumbres. A mí me dan igual los Estados. El hombre no es un carnero para arrojarlo así sin más a la tierra.
En el balcón de la planta primera un hombre de unos sesenta años.
Allí lo tienes.
¿A quién?
Al que nos vigila.
Nuestro comandante se aproxima al balcón y pregunta si hay algún problema. Él lo reconoce y, subrayando su apellido, lo saluda diciendo que hay que vigilarlo todo.
Pues allí los tienes al otro lado del río, ¿por qué no los vigilas un poco a ellos?
Yo lo vigilo todo, cómo y qué hace cada cual, y los de ahí ya me conocen, tú no te preocupes por mí y mi aportación.
Veo que eres un gran héroe. Justo lo que necesitamos, héroes verdaderos.
Los tres en cuclillas al lado de la fosa. Hombres de mediana edad observan desde dos ventanas.
Echan tierra al hoyo. El jefe se aproxima a mí y me dice que me fije en que no siempre me toca a mí. El hombre que apela a sus muchos años de servicio en el hospital militar vuelve las palmas de las manos hacia sí y se las pasa rápidamente por la cara.
Venga, vosotros ahora a casa.
Recordad bien donde está y cuando la situación se tranquilice un poco solucionaremos el asunto como es debido.
La tierra cuarteada. Basura alrededor de la nueva tumba. El sol encima del edificio se inclina hacia el monte Igman.
El comandante me deja en la entrada. En el piso de la planta baja antes de la guerra se abrió una consulta de neuropsiquiatría. Queda una silla desfondada y un calendario en el suelo. A través del piso al portal. Llamo a la puerta en el primero. Abre sonriente.
¿Cómo te fue hoy?
Día tranquilo. ¿Podría contártelo?
Debes contármelo. Tengo que atender a la abuela y enseguida subo.
Yo reviso si las cosas en la escalera siguen igual que por la mañana y si se han movido las puertas en las plantas. En mi piso todo igual. Desde la calle Lenjinova, un Golf rápido y ruidoso. Desde la Beogradska, una ametralladora durante un buen rato y luego un intercambio de gritos. Abajo una radio con el volumen un poco alto. Inspecciono el piso. El olor de la primavera penetra por la ventana entreabierta.
¿Quieres hacer ejercicio?
¿Tienes fuerza y necesidad de entrenar después del trabajo?
Tengo. ¿Tú tienes?
Para mí es fácil.
Te llevo en brazos.
Me dejarás caer.
¿A ti? Nunca.
Espera, ten cuidado.
Ya ves, va como una seda.
De todos modos, cierra, cierra con llave.
Dijeron hace unos días que no debemos cerrar la puerta de entrada y mucho menos con llave.
Abajo el portal está cerrado con llave, eso no lo ven.
Pueden oírlo por la ventana.
La cerraré. ¡Ea!, todos están lejos.
Voy a probar.
Primero así.
Ahora. Así va bien.
¿Pesada?
Justo lo necesario y donde hace falta. Y hace falta.
Un transporte blindado por la ruta del trolebús dispara con la ametralladora pesada hacia el otro lado del río. Luego pone música por el altavoz, mataremos, degollaremos a cualquiera que se ponga en nuestro camino. De los edificios rojos salvas de ametralladoras y fusiles de asalto. Una granada de fusil cae en la calzada y el blindado continúa. Alguien grita desde los locales comerciales, eeeso es, ¡Čađo, dales fuerte! Desde el puente tiros al ritmo de tum tumtumtum tum tuuum tum tumtumtum.
Un transporte blindado delante del jardín de infancia. En letras cirílicas rojas pone policía y las cuatro eses entre las dos líneas en forma de cruz.9 El morro forma una suerte de pico de pato. El hombre a mi lado en las escaleras señala furtivamente hacia los garajes y la esquina donde se encuentra el edificio Digitron Buje. Se pasa rápidamente la mano por el cuello con el gesto de rebanárselo, luego extiende los brazos y continúa mirando al frente. El comandante sale del jardín de infancia con dos tipos. El de la derecha, con pistola en una funda negra, dice que ha sido deportista y sabe de estas cosas. El otro se aleja hacia la Zagrebačka sin despedirse muy cordialmente que se diga de los dos primeros. El hombre a mi lado susurra, Žilmar.
¿Quién?
Žilmar, fue portero suplente en el equipo del Željezničar. Pobres los que trabajan en su pelotón. Yo conozco a dos de ellos. No hacen más que rezar a Dios para que los trasladen a nuestro grupo. Así que imagínate cómo es. Suelen estar arriba del estadio. Este nuestro, a pesar de todo, es una persona razonable y procura que regresemos vivos. Lo que es cierto es cierto. Aunque cuando oyes su apellido piensas, se acabó.
Y no es así. Igual que el que cubre el cementerio judío y los alrededores de la calle Ljubljanska, ¿lo conoces?, quizá lo has visto, es un tipo con pelo largo, escarapela y barba, es mejor que estos sin barba. Al parecer es más fácil cuando les ves la barba que cuando no se la ves.
Un hombre de mediana edad que está sentado unos escalones más arriba le dice en voz baja que no sea ingenuo.
Él puede conversar contigo amablemente y luego envía a alguien y dice, liquida a ese, no me gusta mucho. ¡No confíes en nadie! Si hubiera alguien bueno, no estaría ocurriendo esto. Saben que no pueden eliminarnos a todos, por eso prefieren aparentar al menos un poco de bondad entre todas estas matanzas. ¡Déjate de cuentos! Hay que ver cómo cruzar el río, tú, yo y todos nosotros mientras todavía estemos vivos y no lo estaremos por mucho tiempo si esto sigue así. No nos ayudará nadie. Yo estoy esperando a ver si por fin los nuestros lanzan una ofensiva, cruzan el río y nos salvan del sufrimiento y de la vergüenza, pero ellos nada. Aguardan una intervención internacional. Así que podemos hartarnos de esperar que otros nos salven.
El jefe reparte las tareas. Yo con él, y los demás, que coloquen unos sacos detrás del jardín de infancia. Ayer cayó una granada, hay que restaurar el parapeto. Nosotros a través de la Zagrebačka y por la facultad. Un Zastava 101 blanco aparcado delante. Hacia la biblioteca y luego entramos en el rascacielos de fachada amarillenta. En la entrada un hombre lee el periódico Politika, el encargado del portal. Sí, ha llamado él. En el octavo. Escaleras oscuras con olor a guiso. El comandante se queda sin aliento en el cuarto y los dos se sientan en los escalones. Encienden un cigarrillo. El encargado me ofrece uno. Conversan sin hablar mucho. Comprendo que se trata de un médico y de algo que tuvo lugar la tarde anterior. Dos veces algo.
¿Y estuvo la policía?
La militar, pero dicen que no es de su competencia. Ese y su grupo, uno narigudo y dos aparentemente borrachos, que al parecer colaboran con la policía. Tienen una autorización especial desde muy arriba.
Ay, madre mía, con gente como ellos y un Estado que autoriza a semejantes tipejos. Y además autorizaciones especiales.
Continuamos subiendo. Un descanso breve en el sexto. Nadie en el rellano del octavo. Cuatro viviendas. Una puerta abierta. Figura un apellido de diez letras y a continuación un piso lleno de aire primaveral. Silencio. En la mesa un mantel multicolor. El mueble de la tele vacío. Un jarrón roto. Cristales azules en el parqué. Una enciclopedia de medicina de varios tomos y las obras completas de Tolstói en la estantería de color madera. Dos cuadros en el suelo, uno abstracto con predominio del rojo, el otro una mujer de estilo renacentista. Cosas tiradas alrededor. Un pedazo de pan casero debajo de la mesa de la cocina. Hojas del Oslobođenje del mes de abril pisoteadas en la alfombra. Entramos en las tres habitaciones. Ellos delante, yo me asomo. En el dormitorio una ventana abierta que da a la ciudad. El sol sobre Sarajevo. Una mañana tranquila.
Parece que se lo han llevado. Es lo que pensé, sin embargo, me dije, mejor comprobarlo.
En la escalera, movimientos detrás de una puerta sin placa. La mirilla se oscurece. Ellos dos empiezan a bajar diciendo que avisarán de que el piso está vacío y de que al médico probablemente lo están interrogando en algún lugar. Detrás de mí se abre la puerta y una mujer hace señas con la mano para que me espere mientras ellos se alejan.
Tú eres de los nuestros, veo que trabajas en el pelotón.
Los pasos de los hombres bajando por las escaleras. Ella tira de mí para que entre en el pasillo. Me ofrece un trozo de pita. El piso huele a pita de patatas. Susurra que al doctor se lo llevaron la noche pasada. Vinieron dos veces. La primera hace tres días. El encargado del portal, un auténtico canalla, ya ha entrado tres veces solo al piso y ahora se hace el loco y finge amabilidad. Unos tipos pegaron al doctor en la escalera. Ella lo oyó todo.
Pedían dinero. Él les dio algo, y volvieron a golpearlo, se caía, lo levantaban, lo rociaban con agua, lo pateaban, a mí se me partía el alma. Estaba convencida de que yo tampoco me salvaría, como no tengo dinero lo único que podrían hacer era matarme. Supongo que contaban con que él tuviera más dinero. Así que no tienes, ¿eh?, gritaba uno. Creo que lo golpearon durante media hora, estaba completamente morado cuando se marcharon. Entré en su piso, lo puse en la cama, su mujer se había ido mucho antes. Es un médico respetado. Creo que les dio unos setenta mil, es lo que dijo. Me rogaba que no llamara a nadie, lo habían amenazado con degollarlo si se lo decía a la policía. A qué policía, pensaba yo, si la policía son ellos. La cara entera era una herida. Me pidió que le trajera algo del baño, una especie de alcohol, le limpié las heridas, no podía incorporarse. Insistió en que me fuera, pensaba que volverían, le habían mencionado a uno que era tres veces peor que ellos, imagínate. No había pasado ni una hora, ya era de noche, oigo pisotones de botas. Pienso, la policía. Ni hablar. No pude ver cómo era. Venía solo, abrió la puerta de un golpe. Grita, ¡conque no tienes! Lo arrastró hasta las escaleras. El pobre no podía andar, así que lo levantaba, lo empujaba, yo solo oía los insultos, y ahora tienes que explicarme de dónde sacaste el dinero y por qué se lo diste a ellos y no a mí. El mandamás aquí soy yo, gritaba. Tengo la sensación de que incluso yo me estaba muriendo de pena y de miedo. El encargado del portal vio que se lo llevaba, ahora se hace el loco. Son todos iguales, no confíes en nadie. Si puedes, sea como fuere, escápate de aquí. Yo soy vieja, no puedo.
Me llama el jefe. La mujer cierra la puerta.
Tuve que ir…, ya sabe.
Vamos, chico, lo último que me faltaba, preocuparme por ti.
Delante del rascacielos uno se acerca al comandante. Hace un aparte con él y le señala a la Zagrebačka. Él se encoge de hombros y el hombre le explica.
¡Nos vamos!
Delante de un edificio dos viejos apilan leña. Una mujer en una ventana de la planta baja. Nosotros entramos. El comandante charla brevemente con la gente sobre la leña, la situación y las expectativas. Un Fićo amarillo hasta la entrada. Dentro unos tipos de uniforme. Nosotros dos continuamos hacia la facultad.
Que entre con él. Abajo un guardia alegre con fusil semiautomático en el regazo. No me mira. Yo me siento en las escaleras de la entrada. Pasa una mujer vestida para ir a trabajar, maquillada, de buen humor. Bromea con el guardia y los dos se ríen cómplices. Ahora llegarán la paga y los extras, dice. El comandante baja y me indica que nos vamos. De vuelta al edificio. Hace calor. Él se aproxima a tres contenedores quemados.
Tenemos que solucionar una cosa.
Los dos al jardín de infancia. Por la Zagrebačka dos blindados despacio hacia Kovačići. Un grupo de mujeres, tras ellas una especie de guardián, hacia el mercado. Una con un vestido estampado y una cesta entra en el portal contiguo a la pastelería Jadranka. El comandante a la carrera hasta el jardín de infancia. Tres del pelotón de trabajo todavía en la escalera. Uno comenta que ya han empezado a llevarse a trabajar también a las mujeres, a las nuestras, por supuesto.
Ahora un grupo se ha ido a limpiar el mercado. También las traen aquí y les reparten las tareas. Imagínatelo.
El jefe sale con un gran bidón. Me lo pasa.
Vosotros seguid con los sacos. Nada de estar sentados para que todo el mundo os vea y luego me fastidien porque protejo a los turcos.
Otra vez cruzamos la calle. Un Golf burdeos sube hacia Vraca. Arrastro el bidón de la época de las estufas de gasóleo. En las ventanas, alguien aquí y allá. Calor. Último día de mayo. Un hedor pesado del contenedor.
¿Cuál era el contenedor de antes?
Creo que este.
Nos inclinamos. Debajo de la basura, mantas, botellas, asoma algo.
¿Es un animal?
Un hombre. Parece que lo han tirado así sin más.
¿Y qué hacemos ahora?
Este lleva ya varios días aquí.
¿No se ocupará la policía?
Ni hablar, nosotros somos los encargados en estos casos. Hasta que se tranquilice la situación, para que no haya más problemas.
¿Y qué hacemos?
No nos queda más remedio.
Todos observan desde las ventanas.
Venga, hagámoslo así.
Vierte gasóleo en el contenedor. Tira un fósforo, aparta la tapa y se aleja. La cara arrugada. La llama salta alto, el hedor insoportable. Dos guardianes del orden, uno con la chaquetilla corta de la policía prebélica, el otro con cazadora de camuflaje y la tricolor cosida con hilo negro. Me miran fugazmente. El comandante explica que soy un buen muchacho con una tarea de gran responsabilidad. Solo nosotros cuatro entre los edificios. En uno de ellos encima del ambulatorio se cierran varias ventanas. Me tapo la nariz y la boca con la camisa. Los policías han entrado en el edificio y nos llaman. Una mujer aparece en la sombra del portal. Preparará café. El jefe quiere lavarse bien las manos y me dice que lo acompañe. La señora nos lleva a un piso de la planta baja. El baño pequeño y oscuro. En el lavabo un jabón de piedra y al lado un bidón de agua de reserva. Ella abre el grifo y dice que traerá toallas. Primero se restriega él las manos durante un buen rato con náuseas. Yo después. El agua se escurre por el lavabo sucio. La mujer en la puerta con una toalla azul.
Ellos tres alrededor de una mesa pequeña debajo de los buzones. Se les une un hombre entrado en años, responsable del portal. Les estrecha la mano cordialmente a los tres. Yo miro al suelo. Pregunta qué se está quemando. El jefe explica que es por las infecciones, que ahora hay que quemar la basura, que puede haber de todo en los contenedores, que pronto habrá solución para la recogida de basura, que los niños no se acerquen, lo mejor es que no salgan de los portales durante un tiempo. El policía mayor dice que no es fácil construir un Estado, que hace ya veinte años que es un profesional, que sabe muy bien lo que es el orden, que hay que ser severo con todos, que ellos no han tenido elección, que el referéndum los ha destrozado, que no han querido la guerra, que dentro de uno o dos meses estará todo controlado. El otro policía pregunta al anfitrión si hay problemas en su portal. Este explica que a menudo los visita la policía militar, que tienen varios inquilinos que son musulmanes y croatas, pero que también se les protege a ellos. La mujer trae café y azúcar. En la bandeja además hay una pequeña botella de aguardiente. Insiste en que tomen un trago. Llena las pequeñas copas. A mí me pasa una tacita de café en un platito con un terrón de azúcar al lado. Ten, hijo, dice. El policía, el que se considera profesional, lo rechaza. Y a su compañero le advierte de que tome solo una, ya que deben marcharse. El comandante se sirve una y luego otra, se levanta y dice que nosotros también debemos continuar con el trabajo.
Corren días duros para todo el mundo.
Ha anochecido y quiere acompañarme hasta el portal. Pregunta si alguien me da problemas en el edificio.
Nadie, no hay mucha gente.
Él ha oído hablar de un tipo por aquí que unos días atrás casi estrangula a un hombre con sus propias manos. Pero ahora ya nadie se atreve, desde que el voivoda está aquí. Que descanses bien para mañana, me dice. Ella en la puerta abierta de su piso.
¿Qué has hecho hoy?
Quemar contenedores.
¿No era peligroso?
No. Un día fácil. ¿Te alzarás a las alturas?
Enseguida.
Un cálido verano precoz.
En la radio dijeron que Dobrinja está bloqueada. Supuestamente existe un paso a través de un bosque, pero no pueden pasar coches, ni abastecimiento, ni nada.
Tampoco pensaba irme allí esta noche.
¿Por qué?
Tengo trabajo aquí.
¿Es difícil?
Más bien exige responsabilidad. No quiero meter la pata. Quedar como un palurdo.
¿Qué haremos cuando esto termine?
Ni siquiera pude imaginar que empezaría. Mucho menos puedo imaginarme cómo podría terminar.
De alguna manera terminará y la vida continuará. ¿Qué haremos entonces?
También nosotros vamos a continuar de alguna manera.
¿Qué le contarás a la chica aquella de lo que hacías aquí?
Pues que quemaba contenedores.
¿Y qué más?
Y que confiaba en que no amaneciera.
Soy una fresca.
¿Por qué?
Pues por esto.
¿Y qué deberías haber hecho?, ¿pedir la conformidad de todas las partes constituyentes? Lo demás tal vez ni siquiera ha ocurrido. Quizá la vida la soñamos.
Me vas a matar con esa poesía tuya.
¿Un masajito para que te olvides de mi patetismo?
¡Venga!
Para curarte el sentimiento de culpa.
¡Vamos a soñar con la vida que vendrá!
Ya está aquí. Esta parte tuya me parece mejor de lo que he soñado.
¿Qué sueñas cuando sueñas durmiendo?
Sueño que ella todavía está viva.
Un carro de combate da en algún blanco y toda la ciudad se estremece. Luego solo oscuridad.
Ella escaleras abajo a través de la oscuridad. Tamborilea el ritmo de la canción Si te acercas más. Yo respondo. Ella cierra.
El volumen del transistor muy bajo. Yo en el sofá repito y pulo frases y luego las ordeno para anotarlas por la mañana. Tengo sueño. Recuerdo que alguien dijo que morir es lo mismo que dormirse. Cada noche mueres cuando te duermes, o algo parecido. Doy vueltas a este pensamiento probando diferentes variantes, cómo lo empaquetaría yo, cómo él y cómo otros.
9Se refiere a la cruz de Serbia, un símbolo nacional, parte del escudo y de la bandera de Serbia. Las cuatro eses responden al lema Samo sloga Srbina spasava, «solo la unidad salva a los serbios»
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