Kitabı oxu: «Didáctica del nivel inicial en clave pedagógica»

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Daniel Brailovsky

Didáctica del nivel inicial en clave pedagógica


Brailovsky, Daniel

Didáctica del nivel inicial en clave pedagógica / Daniel Brailovsky ; prólogo de Elisa Spakowsky. - 1 a ed. - Centro de Publicaciones Educativas y Material Didáctico, 2020.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-538-794-2

1. Educación Inicial. 2. Didáctica. 3. Pedagogía. I. Spakowsky, Elisa, prolog. II. Título.

CDD 372.21

Diseño de cubierta y diagramación de interior: Andrea Melle

Fotografía de cubierta: 123rf.com/locrifa

1º edición, noviembre de 2020

Edición en formato digital: diciembre de 2020

Ediciones Novedades Educativas

© del Centro de Publicaciones Educativas y Material Didáctico S.R.L.

Av. Corrientes 4345 (C1195AAC) Buenos Aires - Argentina

Tel.: (54 11) 5278-2200

E-mail: contacto@noveduc.com www.noveduc.com

ISBN 978-987-538-794-2

Conversión a formato digital: Libresque

Dedicado a mis alumnos, futuros maestros, y a los maestros que saben seguir aprendiendo.

La educación es una obra de arte, y el maestro es también un artista. El educador es un esteta que rehace el mundo, redibuja el mundo, repinta el mundo, recanta el mundo, redanza el mundo.

Paulo Freire

¡Gracias!

A mis colegas del profesorado, interlocutores constantes en aulas, pasillos y pantallas.

A Ruth Harf y a Elisa Spakowsky.

A Carlos Skliar, Iván Castiblanco Ramírez y Laura Duschatzky, por compartir y alimentar este espacio intermedio entre la Didáctica y la Pedagogía.

A María Laura Inda, Adriana Hernández, Jennifer Guevara y Diana Jarvis por sus lecturas e intercambios.

A Paula Arella, por los juegos de la infancia que vuelven aquí.

A Horacio Ferreyra, por confiarme proyectos que empujaron las ganas de hacer este libro.

A UNADENI, por engrandecer la Educación Inicial y abrir el diálogo.

A Daniel Kaplan, por su renovada confianza.

A Ángela Menchón y a los interlocutores de <www.nopuedonegarlemivoz.com.ar>, espacio fértil para el pensamiento.

A Clara, mi luminosa compañera de vida, siempre la primera en escuchar y apoyar mis proyectos.

Daniel Brailovsky. Doctor en Educación, Especialista y Magíster en Educación (UdeSA), Profesor de Educación Inicial y de Educación Musical. Profesor de Formación Docente y coordinador del CFG en el ISPEI Sara Eccleston, Profesor Investigador en FLACSO Argentina, donde integra el equipo del Diploma Superior en Pedagogías de las Diferencias. Profesor de licenciatura y postítulos en UdeSA. Autor de Estrategias de escritura en la formación: La experiencia de enseñar escribiendo (Noveduc, 2014); La escuela y las cosas: La experiencia escolar a través de los objetos (HomoSapiens, 2012); El juego y la clase: Ensayos críticos sobre la enseñanza post-tradicional (Noveduc, 2011); y La didáctica en crisis (Ediciones Novedades Educativas, 2001). Ha creado y desarrolla junto a Ángela Menchón el proyecto www.nopuedonegarlemivoz.com.ar

Índice

  Cubierta

  Portada

  Créditos

  Dedicatoria

  Epígrafe

  ¡Gracias!

  Sobre el autor

  Prólogo por Elisa Spakowsky

  Introducción Miradas Una didáctica que echa mano de la reflexión pedagógica Libros de didáctica para el nivel inicial El para qué de este libro

  Capítulo 1. ¿Por qué la didáctica es importante para un maestro? Didáctica: problemas y alternativas Didáctica, enseñanza y curriculum Esto sí, esto no: dioses y demonios de la buena enseñanza 1. En el intercambio inicial de la jornada 2. El silencio de Matías 3. Pintando sobre diarios 4. Jugando en los rincones 5. Compartiendo la merienda 6. Cantando para hacer un tren Neurociencias, métodos infalibles y panaceas “Los chicos vienen cada vez más inteligentes” 17

  Capítulo 2. Energías esenciales de la enseñanza: las “variables didácticas” La enseñanza y la planificación 1. Objetivos de enseñanza 2. Contenidos de la enseñanza Los contenidos enunciados como títulos, como afirmaciones y como preguntas 3. Las estrategias de enseñanza Tiempo, espacio, orden, equilibrio, jerarquía y pertinencia como analizadores de la práctica Tipos de actividades de enseñanza habituales en el nivel inicial 4. Las estrategias de evaluación Estructuras didácticas

  Capítulo 3. Unidades didácticas, proyectos áulicos y secuencias didácticas La unidad didáctica “Hacer estallar los contenidos” Red de contenidos Las propuestas de la unidad didáctica Escribir la unidad didáctica El sentido de un proyecto: un escenario en movimiento Los dos objetivos de un proyecto Las propuestas del proyecto áulico Escribir el proyecto áulico Unidades didácticas y proyectos como energías inspiradoras Las secuencias didácticas La secuencia del narrador

  Capítulo 4. El juego-trabajo Fritzsche, Ardiles de Stein y Masvélez: el juego-trabajo como novedad histórica Principios del juego-trabajo

  Capítulo 5. La evaluación en el nivel inicial La especificidad de la evaluación en el nivel inicial 2 Primer nudo crítico: la evaluación de aprendizajes se superpone en forma confusa con las prácticas de disciplina y los contextos de vida de los niños Segundo nudo crítico: las referencias con que se valora a los alumnos tienden a ser imprecisas, y a basarse en el “promedio” Tercer nudo crítico: se usa como referente de evaluación la psicología evolutiva, confundiéndose así las esferas del desarrollo y el aprendizaje Cuarto nudo crítico: se confunde evaluación “formativa” (no sumativa) con “ausencia de evaluación”, o “evaluación menos necesaria” Quinto nudo crítico: se confunde “evaluación de procesos” con un mero relato de “lo que pasó”, centrado en la participación y el disfrute Instrumentos de evaluación funcionando La observación dialogada La observación con registro de acciones El video y el invitado La agenda de la sala Tres modos de convertir las actividades de enseñanza en oportunidades para asomarse a los aprendizajes de los alumnos 1. Duplicar y comparar 2. Analizar producciones 3. Evaluar en el juego Los trayectos de juego Las acciones Los episodios La observación focalizada en dos momentos, para ponderar un proceso La observación a partir de una pregunta Instrumentos para la sala Instrumento para la observación de trayectos de juego Instrumento para la observación de las acciones Instrumento para la observación de episodios

 Capítulo 6. Evaluar y comunicar: los informes de los alumnosEl informe como instrumento de comunicaciónTipos de informesRedacción abierta o ítemsLogros académicos o descripción global del alumnoLa organización del informeProblemas usuales de escrituraLas afirmaciones categóricasCuando la reflexión viene en paquete: los “ítems escritos”MatemáticaDominio de la serie numéricaLas reiteracionesImaginando escrituras

  Capítulo 7. Interludio: una conversación con Ruth Harf 1 Mandatos e ideas sobre la enseñanza Didáctica es poder pensar Tener un fundamento Unidades didácticas, proyectos, secuencias y mai fangulen

  Capítulo 8. El juego y la enseñanza Cuatro escenas de juego Los juegos y los climas lúdicos Jugar, enseñar y aprender son tres cosas bien diferentes, que felizmente pueden encontrarse Enseñar utilizando formatos de juegos y creando climas lúdicos El desafío de ver más allá de lo superficial Variar juegos conocidos para acercarnos al contenido El juego ensalzado en visiones románticas: un llamado de atención El juego dramático Las críticas a la “pedagogía del juego” 1. La crítica del sentido común 2. La crítica de la “domesticación” del juego 3. La crítica al juego de lucha televisivo 4. La crítica al aprendizaje “a traición” 5. La crítica a la escasez de juego real Juego y transmisión: ¿es necesario dejar de explicar para enseñar jugando? 1. La clase-lupa: enseñar mirando lo pequeño 2. La clase-rompecabezas: enseñar construyendo sentido 3. La clase-relato: enseñar cautivando 4. La clase-trompo: enseñar desde lo circular 5. La clase-caleidoscopio: enseñar puntos de vista

  Capítulo 9. Tres voces en juego. Fröebel, Huizinga, Scheines

  Capítulo 10. Mirar didácticamente el espacio y los objetos del jardín Las paredes hablan (a cuatro voces)3 Objetos como piezas de un escenario Los objetos son testigos, porque vienen desde lejos en el espacio y el tiempo Los objetos son evidencias de los sistemas a los que pertenecen Los objetos son espejos en los que podemos mirarnos Los objetos tironeados: ¡es mío! Los “objetos del hijo” y los “objetos del alumno” Dar y quitar objetos como formas de explorar las relaciones entre pares Lo que el maestro toca, se cotiza Tener el objeto del otro, es tener al otro: es ser el otro

  Capítulo 11. Los muy señoritos: maestros varones en el nivel inicial Prejuicios positivos y negativos Imagen, presencia y figura Quiénes son, dónde están

  Epílogo

  Bibliografía

Prólogo
por Elisa Spakowsky

Siempre sostuve que escribir un prólogo no es tarea fácil. En primer lugar porque si bien un libro puede comenzar a leerse por el índice o por algún capítulo en particular, su lectura, generalmente, comienza por el prólogo. En este sentido, el mismo es la antesala del libro en sí mismo. Con lo cual, cuando el autor/a cede esta tarea a alguien, seguramente espera que el mismo sea una ventana que abre al entusiasmo y al interés de la lectura.

A mí, me pasaron las dos cosas. Personalmente disfruté mucho de su lectura. A medida que iba recorriendo las páginas, el contenido desarrollado en las mismas me ha llevado a bucear en los temas y problemas más nodales de mis propias reflexiones profesionales. En ocasiones es como si la voz de Daniel, fuese la mía propia. En esos momentos volvía a releer temiendo que la familiaridad con lo expresado hiciese que perdiera la mínima objetividad posible para no perder la mirada crítica.

Es un libro escrito por un maestro, para maestros, con la particularidad y la complejidad que significa esto. Es un libro que se lee con placer. Su autor, permanentemente pone en juego la complejidad teórica de los temas y problemas que desarrolla, asumiendo que esa complejidad tiene que plasmarse en la cotidianeidad de la tarea. En este sentido permanentemente echa mano a los ejemplos y analogías que permiten, a las/los maestros de carne y hueso que se comprometen todos los días con la educación de los niños/as en las instituciones de educación infantil, revisar sus prácticas, reflexionar sobre el sentir, el pensar y el hacer en el aula. Esta lógica, lograda con tanta precisión, permite no solo poner a la tarea en diálogo con uno mismo, interpelando la propia formación docente para preguntarse por el docente que uno es y el que quiere ser, sino que da cuenta de su amplia trayectoria como maestro y de su capacidad de análisis crítico de las diferentes situaciones escolares.

En los ejemplos variados a los que apela desdemoniza algunas prácticas mostrando que es posible hacer “más de lo mismo”, o elegir llevar a cabo prácticas superadoras. Si bien tiene una mirada aguda y crítica sobre ciertas prácticas pedagógicas habituales en los procesos de enseñanza y de evaluación, y, que sin lugar a dudas, son reales, cabe destacar que aporta permanentemente herramientas teóricas y prácticas para repensar las mismas, para desanudar los nudos más críticos, generando condiciones de posibilidad para llevar a cabo propuestas alternativas y superadoras.

El autor sin temores, pone en juego permanentemente en sus reflexiones, su propia subjetividad, como docente y profesional. Se pregunta por ejemplo: ¿en qué se convierte la palabra cuando llega a oídos de otros/as?, ¿para qué el libro?, ¿por qué un libro de didáctica en clave pedagógica?, ¿qué es la didáctica y qué la pedagogía?, ¿por qué hablar de didáctica y de pedagogía?, ¿para qué sirve la didáctica?, ¿por qué la didáctica es importante para un maestro?, ¿qué relaciones existen entre la pedagogía y la didáctica?, ¿qué implica enseñar?, ¿qué es el juego?, ¿para qué y cómo se planifica? ¿Para qué, cómo y cuándo se evalúa? ¿Cuáles son los mejores modos de registrar aquello que se observa?, ¿qué es observar y qué hay que saber para observar?, ¿cómo se escribe un informe? ¿Cómo se construye la mirada para que sea una “ventana hacia la valoración y apreciación de aprendizajes”?

La pregunta es un recurso permanente que abre a la reflexión y que coloca en el centro los problemas a analizar, así como pone en tensión las prácticas. Sus reflexiones están cargadas de sentido, imbuidas de su propia mirada y de su propia voz, pero también de la mirada y la voz de los/las maestros/as. Pone en palabras y en conceptos, la palabra de los/las maestros y los/las niños/as. Su mirada está construida de experiencias personales, de conocimientos construidos vivencialmente pero además, del aporte que otras prácticas que permitieron ampliar dicha mirada.

Otro recurso que utiliza con mucha soltura es la problematización de la realidad cotidiana en los procesos de enseñanza y de evaluación, mostrando y demostrando las relaciones que existen entre los problemas, así como las tensiones que es necesario asumir para comprender esas relaciones y para superar la linealidad de la mirada sobre las acciones escolares en general y las vinculadas a la enseñanza y a la evaluación en particular. Propone ir más allá del sentido común como práctica habitual en el trabajo docente. Invita a poner en práctica la observación, la descripción exhaustiva, el análisis de la complejidad, la búsqueda de sentido de las diferentes acciones didácticas, pedagógicas y políticas.

Trae otras voces al diálogo didáctico y pedagógico. Las mismas está representadas por pedagogas prestigiosas que sentaron las bases de la didáctica y la pedagogía en la historia del nivel inicial en nuestro país. Voces más lejanas como la de Cristina Fritzsche y Hebe San Martín, de Soledad Ardiles de Stein, Marta Masvélez entre otras. Voces actuales como la de Ruth Harf, con quien dialoga en el presente sobre los sentidos de la didáctica, la pedagogía, la enseñanza y la planificación, el juego y la evaluación. Problemáticas todas relacionadas a sus genuinas preocupaciones vinculadas a la educación infantil y a la formación docente que tiene a cargo la enseñanza y la evaluación en el contexto y tiempo escolar.

Agradezco a Daniel la posibilidad de escribir el prólogo, la confianza y el placer de haber recorrido las páginas de un libro que espero disfruten los maestros/as como lo disfruté personalmente.

Elisa Spakowsky, San Miguel, diciembre 2015

Introducción
Miradas

Hace algunos veranos quise conocer un poco mejor el cine latinoamericano contemporáneo y conseguí unas cuantas películas de origen uruguayo, colombiano, mexicano y brasileño. Una de ellas, cuyo nombre ya no recuerdo, me causó una fuerte impresión, a causa de un recurso muy original que empleaba el director: en algunos diálogos sólo se podía oír la voz de uno de los que hablaba. El interlocutor aparecía silenciado: sus labios se movían, pero el sonido era ininteligible. Esto producía una extraña e intrigante sensación de desorientación, de ansiedad, que otorgaba a la película un ritmo y un suspenso adicionales, que se sumaban a un guión complejo y a una fotografía sublime. Acallar al interlocutor en un diálogo, pensé mientras veía la película, es un modo sutil de destacar una idea inquietante: la conversación siempre se habita desde un punto de vista, donde probablemente habrá retazos de soledad, malos entendidos per se y una dosis de narcisismo. Todo acuerdo, podríamos pensar a partir de allí, es una forma de malentendido. Y tal vez, viceversa.

Terminada la película, quise leer alguna crítica para ver cómo otros habían interpretado este original recurso, y me dirigí al buscador de Internet para obtener alguna reseña. Pero no encontré ninguna. Los pocos comentarios que había sobre el film lo referían como una producción de poca monta propia de un género comercial, trillado y para nada interesante. Rápidamente comprendí, entre desahuciado y maravillado, que la omisión de algunas voces en la película no era producto de un director genial, sino de un parlante roto o un archivo incorrectamente descargado de internet.

Esta pequeña anécdota abre una serie de preguntas inquietantes acerca de lo que se dice, lo que se quiere decir, lo que se escucha y entiende. Y también acerca de lo que pasa con la palabra cuando llega a oídos del otro. Estoy seguro de que el director del film en cuestión no habrá imaginado ni en el más surrealista de sus sueños que luego de ver su película (y luego de ver una copia en mal estado) yo terminaría escribiendo estas líneas. ¿Y qué hay de nuestros alumnos? ¿Qué de aquellas ambiciosas listas de objetivos con las que respaldamos nuestras conversaciones con ellos? ¿Qué de la pretenciosa puntería de los diseños curriculares, que enlistan sensaciones, capacidades, experiencias a ser reproducidas en las aulas?

Hablar de la enseñanza es hablar de este necesario conjunto de ambigüedades, de desfasajes. En la enseñanza hay siempre ambiciones truncas y utopías imprescindibles, que son dos modos diferentes de nombrar la misma cosa. Y hablar de didáctica es, también, hablar del otro, de la alteridad y de la brecha que conecta a la persona con los demás, el espacio donde la enseñanza tiene lugar. Esta es la principal razón por la que la didáctica no puede ser el territorio de un lenguaje puramente técnico, donde se perfeccionen métodos y sistemas, sino que demanda ser, también y sobre todo, un espacio de pensamiento sobre la enseñanza situada, sus sujetos, sus experiencias, sus ambiciones, sus límites y sus potencias. Esto no significa que no deba haber métodos, estructuras de trabajo o reglas prácticas a ser pulidas para concebir una buena enseñanza. Pero hay varios riesgos en la didáctica que se limita a decir cómo deben hacerse las cosas. Aportar una sugerencia para la práctica, por ejemplo, podría (y suele) ser interpretado como una regla que, de allí en más deberá aplicarse en forma universal. Presentar nuevas propuestas (o nuevos nombres para viejas prácticas que demandan ser resignificadas) nos lleva también a sentir que debemos estar al día, actualizarnos, como si necesitáramos comprar ropa nueva porque la vieja se nos ha gastado. En cambio, pensar la didáctica más allá de las prescripciones es un llamado de atención sobre el hecho (negado durante tanto tiempo, a pesar de ser tan evidente) de que los alumnos nunca verán todos la misma película, aunque los maestros usemos siempre las mismas planificaciones. Y que además nunca verán la película que nosotros creímos que verían. Verán genialidad en nuestros errores y odiarán nuestras genialidades. Y de vez en cuando, claro, nuestras miradas se cruzarán y sucederán cosas mágicas.

Vivimos tiempos en los que la reflexión acerca de la enseñanza comienza a sacudirse el polvo de un antiguo y prolongado malentendido: el que surge de no considerar lo que impulsa a las personas a aprender. Es cierto que abundan los textos que teorizan la cuestión de la “motivación”. Pero no es acerca de eso que estoy hablando aquí. La motivación invita a pensar en estos impulsos como una variable más que incide en el aprendizaje, junto con el empleo de nuevas tecnologías, el nivel socio económico o el horario de las clases, por mencionar sólo algunas de las que suelen considerarse en este ecléctico abordaje de las relaciones de enseñanza. Cuando digo que es preciso considerar qué impulsa a las personas a aprender me refiero más bien a la diferencia que existe entre, por ejemplo:

 aprender algo porque estoy dentro de un aula en el jardín de infantes o la escuela primaria o secundaria, y un maestro me lo enseña. Aquí, aprender forma parte de la definición de una situación que, aunque los niños no construyen ni deciden, los define también como niños. Aprenden porque son niños. Son niños porque van a la escuela y aprenden. Y aunque no aprendan literalmente lo que el maestro les enseña, las experiencias escolares constituyen un aprendizaje en un sentido más amplio que justifica las experiencias más puntuales, y les da sentido. O bien:

 aprender porque necesito o resolver ciertos problemas que demandan conocimiento; o porque quiero pertenecer a ciertas comunidades que se definen por ese conocimiento; o porque quiero enriquecerme simplemente con esos conocimientos, traducibles también en habilidades, en cosas que sabré y podré hacer con mi cuerpo, con mi lenguaje y sobre todo, con otras personas. O aprender sufriendo golpes, experimentando frustraciones o desengaños, surgidos de mi falta de conocimiento o habilidad. O también:

 aprender sin darme cuenta, porque paso tiempo en contacto con ciertos universos complejos, que de a poco van invitándome a sumergirme en una determinada lógica.

Una de las cosas que intentaré considerar en los análisis didácticos de este texto, es ese marco de sentido de la enseñanza, que son las relaciones en las que la misma se significa. Una misma acción de enseñanza puede alojar infinidad de sentidos e intenciones, dependiendo de lo que les esté pasando a las personas que la habitan.

Ambas cuestiones, la de la no prescripción y la de una alteridad que demanda ser considerada, pretenden ser piedras de base de las reflexiones, mitad didácticas y mitad pedagógicas, de este libro.

Una didáctica que echa mano de la reflexión pedagógica

Por todo lo anterior, podría decirse que este es un libro de didáctica y también un libro de pedagogía. O un libro de didáctica que echa mano de la reflexión pedagógica. Y este componente pedagógico sirve para construir opiniones fundadas acerca de los problemas de la educación que están todo el tiempo cruzándose con los asuntos de la didáctica. Es cierto que la pedagogía no tiene una aplicación práctica “inmediata”. Sin embargo, sirve a los maestros porque da profundidad, sentido y vuelo creativo a las cosas que se hacen, se dicen y se piensan en la escuela. Esa es la razón por la que resulta necesario e interesante reunir los modos de pensar de la didáctica y de la pedagogía.

Este libro contiene comentarios prácticos, ejercicios, ejemplos y modelos de aplicación al aula. Aquí se habla de la enseñanza, de su planificación, de las estructuras didácticas más usuales del nivel inicial (la unidad didáctica, el proyecto, la secuencia) y del juego. No obstante, aunque nombra, ejemplifica y analiza la práctica constantemente, no es sólo ni principalmente un libro práctico. Es más bien un texto de tesitura reflexiva y dialógica. Está oportunamente interrumpido por dos conversaciones de las que he tenido el placer de participar. Una, real y cercana, con Ruth Harf. Otra, literaria y ficcionada, mediando un debate sobre juego entre Johan Huizinga, Federico Fröebel y Graciela Scheines.

Pero para hablar de este libro antes es necesario recorrer, aunque sea brevemente, el escenario de los libros de didáctica para el nivel inicial de las últimas décadas, para ponernos en contexto.

Libros de didáctica para el nivel inicial

Libros de didáctica para el nivel inicial, ha habido muchos a lo largo de la historia. Varios textos fueron escritos en las décadas del 40 y 60 1del siglo XX, que instauraron un formato para las didácticas del nivel: contenían algunas consideraciones acerca del mejor modo de organizar los espacios y los tiempos, sugerencias sobre el perfil y las aptitudes de la maestra jardinera, desarrollo de métodos de enseñanza centrados en la actividad y el juego del niño, y algunas infaltables nociones de psicología infantil. En casi todos estos libros aparecen también referencias, casi a modo de homenaje, a los llamados “precursores” del nivel inicial: Federico Fröebel, María Montessori, Ovidio Decroly, las hermanas Rosa y Carolina Agazzi, y se comentan algunos de sus principios. Parte de la misión de estos textos era, sin más, explicar qué era un jardín de infantes y formular el valor educativo de ese espacio. Los jardines de infantes eran una realidad relativamente nueva, y su expansión un desafío, tanto en lo político como en lo cultural. Se profundizaba entonces en una infinidad de detalles de la vida cotidiana en las instituciones, las relaciones con las familias, la elaboración de materiales didácticos, las diferencias que debían atenderse en relación a la edad de los niños, etc. La falta de un desarrollo de diseños curriculares para el nivel probablemente contribuyó a que los textos asumieran en esas épocas parte de los compromisos que más adelante, asumirían los diseños: formular una declaración de principios, establecer coordenadas para la enseñanza, y hasta enumerar contenidos de enseñanza organizados en áreas.

Desde el regreso a la democracia y en las últimas décadas del siglo XX, varias didácticas llegaron para dialogar con aquella primera ola bibliográfica moderna y renovar sus contenidos. Nuevos autores y autoras (y nuevas visiones de autores ya consagrados del nivel inicial) trajeron aportes en términos de la organización de la enseñanza, de uso de tiempos y espacios, se incorporaron nuevas corrientes psicológicas, se jerarquizó la dimensión política e institucional y creció el capital teórico de las didácticas disciplinares en el nivel (con los recaudos que siempre se tuvo al hablar de disciplinas en el marco de un curriculum integral y centrado en el alumno) y de las teorías sobre juego y enseñanza. La misión de un libro de didáctica para el nivel inicial dejó de ser la difusión y la definición del espacio educativo, y pasó a ser la instalación y profundización de ejes teóricos y metodológicos más sólidos, y la búsqueda de un nuevo eje político que renovara y enriqueciera los debates dentro del campo de la educación infantil.

Baste un ejemplo para dar cuenta de la bisagra entre estas dos épocas. En 1958 Madeleine Faure defendía la planificación didáctica argumentando que “la vida en el Jardín de Infantes no se improvisa, aunque así lo haría creer la espontaneidad de sus huéspedes. Es rica, cómoda o fructuosa en la medida en que la jardinera sabe crearla y mantenerla como tal”. Y afirma luego que la maestra jardinera “instintivamente ama a los niños con amor sincero y fuerte, que la induce a olvidar, desde su llegada al jardín, todo lo que no sea ellos; preocupaciones personales, fatiga”, etc.2 El argumento reposa en la idea de que la planificación es un recurso naturalmente opuesto a la improvisación, que otorga una racionalidad (universal, única, ligada al sentido común, invisible para los niños) a la tarea, y que proporciona un recurso de cierto encauzamiento sistemático del “amor natural” que habilita a la maestra en su rol. Cuarenta años más tarde, Elisa Spakowsky inicia un libro sobre la organización de los contenidos en el nivel inicial afirmando que “existen diversas maneras de estructurar el quehacer en el aula, que se han desarrollado a lo largo de la historia del nivel inicial, basándose en alguna tendencia pedagógica y didáctica. Por lo general cuando éstas llegan a los maestros lo hacen desprovistas de la fundamentación a la cual responden; motivo por el cual suelen aparecer como ‘modas didácticas’ y no como un enfoque didáctico estructurado alrededor de concepciones explícitas sobre la función de la escuela, para qué, cómo y qué enseñar”.3 Aparece aquí una visión histórica, política y social de la enseñanza, y los maestros son vistos como una comunidad profesional que debe cuestionar e interrogar su tarea, que ya no es vista como una forma de “amor natural”.

Similares recorridos tuvieron los documentos curriculares oficiales del nivel. Los diseños curriculares para la educación inicial suelen presentar dos grandes secciones. Por un lado, una sección de fundamentos o encuadre general en la que se ofrecen orientaciones relativas a un amplio abanico de cuestiones, que van desde la organización del espacio y el tiempo en la jornada escolar hasta la planificación de las reuniones de padres o las experiencias directas. Por otra parte, los diseños tienen una sección central donde propiamente se despliegan los contenidos de enseñanza formulados para el nivel, divididos por edad. En el encuadre o marco general (amplio compendio que, tratándose de un documento oficial, funciona de algún modo como una declaración de principios) se hace referencia destacada a las estructuras didácticas más empleadas en el nivel inicial: la unidad didáctica, el proyecto áulico, la secuencia didáctica, el juego-trabajo. Pero también se presentan grandes ideas que guían las prácticas, los discursos y los debates. No es lo mismo hablar de “educación preescolar” que del “nivel inicial”, por ejemplo. Los diseños curriculares instalan, impulsan o consolidan nuevos vocabularios, ideas y propuestas. Otros ejes que suelen desarrollarse en los encuadres generales de los diseños curriculares guardan relación con pilares destacados de la pedagogía del nivel: el juego, la socialización, la autonomía. En la sección de contenidos del currículum de distintas jurisdicciones pueden hallarse diversos criterios organizativos, que podrían resumirse en dos tendencias. Una tendencia a la organización disciplinar por áreas (Matemática, Lengua, etc.) y otra que procura crear categorías amplias que eludan la clasificación disciplinar, del orden de las “experiencias de indagación del ambiente socionatural”, donde se integran los rasgos sociales y naturales del ambiente en procesos y fenómenos que ameritan un abordaje holístico, adecuado a la mirada infantil. Por lo general, los diseños curriculares integran, en distintas proporciones, ambas tendencias, que también aparecen en los documentos curriculares de la formación docente para el nivel inicial. El espíritu pedagógico de estos diseños curriculares puede entenderse desde un mandato fundacional del nivel iniciar de reeditar creativamente y mejorar los dispositivos escolares, incorporando activamente la perspectiva infantil. Allí donde la escuela primaria constituyó una respuesta histórica eficaz a la necesidad existente a fines del siglo XIX de emancipar y normalizar, dar identidad y cohesión a un naciente proyecto de Nación, el jardín de infantes nace en cambio con finalidades y herencias diferentes, más asociadas a un proceso de puesta en cuestión de algunas de las premisas que sostienen clásicamente a la enseñanza tradicional. Hay en los diseños curriculares de la educación inicial, entonces, un permanente trasfondo crítico hacia filosofías educativas anteriores, ante las cuales asume una postura revisionista. Los libros, escritos muchas veces por los mismos especialistas que colaboraron en la elaboración de los diseños de distintas jurisdicciones, siguen una línea similar, pero pueden permitirse ahondar en perspectivas alternativas, en el ensayo, en los ejemplos. Tienen, en fin, un margen mucho mayor de libertad para desplegar debates.

El para qué de este libro

Ahora bien, tras este fugaz recorrido por el contexto histórico e ideológico en el que nacen estas páginas, la pregunta que emerge es ¿qué desafíos asume un libro sobre la enseñanza en el nivel inicial que llega en estos tiempos? Si ya no se trata de explicar qué cosa es el nivel inicial, ni de jerarquizar los saberes psicológicos, ni de presentar o pulir métodos ya consagrados. ¿Qué sentidos persigue hoy la reflexión didáctica?

La primera y principal hipótesis al respecto: un libro de didáctica demanda hoy eludir el mandato de constituirse en una lista ordenada de “comohacerlos”, y asumir más bien el propósito de entablar una conversación en el camino. Otra, igual de importante: la didáctica del nivel inicial necesita seguir acercándose al terreno de la reflexión abierta, de la enseñanza creativa e imaginativa, y desprenderse de sus mitos, tabúes, mandatos y prohibiciones. Necesita correrse del lugar místico que se le otorga a veces, cuando las propuestas teóricas y prácticas son interpretadas como verdades inamovibles, que el maestro debe absorber para estar “actualizado”, como si adquirir los últimos avances de la didáctica nos ayudara a estar al día, a armarnos, a eludir los territorios prohibidos. Nuestra didáctica necesita ser cada vez más un espacio con permisos, con muchas voces, donde los autores sean cada vez menos parecidos a semidioses iluminados, y cada vez más interlocutores calificados que invitan a hacer, pero también a pensar, a crear, a inventar y a experimentar. Nuestra didáctica necesita ser, como dice Luis Pescetti, “una ciudad con muchos barrios diferentes”.4 La agenda de cuestiones relevantes para una didáctica del Nivel Inicial en nuestros días no es ya la aspiración a definir una suerte de manual integral del buen maestro, abarcativo de todas las dimensiones de su tarea. Los ejes relevantes son, en cambio, los que dictan las preocupaciones contemporáneas de la didáctica y la pedagogía, y los desafíos que en estos tiempos encaran los maestros y las instituciones de nuestra educación infantil.

Y en lo que se refiere a las preocupaciones actuales de la didáctica como disciplina enfocada en la enseñanza, podríamos señalar tres cuestiones clave que, entre otras importantes, se destacan: 1. El tránsito de lo prescriptivo a lo analítico-explicativo. 2. La sensibilidad cultural, social y política de la enseñanza, y su necesidad de acercarse a las preguntas más generales de la pedagogía, y 3. El desafío de conjugar las contradicciones que surgen del hecho de que la enseñanza es, al mismo tiempo, una relación singular y un gran sistema de proporciones industriales. Así formuladas, pueden parecer cuestiones algo técnicas, pero creo que no lo son. Se trata de asuntos que viven en la voz y en la piel de los maestros de carne y hueso, a quienes están dirigidas estas páginas. Digamos algo acerca de cada una de estas cuestiones.

El tránsito de lo prescriptivo a lo analítico-explicativo surge de la distinción entre una didáctica aplicada (disciplina del método y la acción, preocupada por “estar al día” y “saber cómo hacerlo”, con los términos, los procedimientos, el léxico, los rituales de la planificación, etc.) en contraste con una didáctica reflexiva, escenario del pensamiento del docente, que provee herramientas para tomar decisiones consistentes. No se trata meramente de la distinción (a veces banalizada, pero crucial en este terreno) entre la teoría y la práctica, sino del modo en que decidamos responder a la pregunta: ¿para qué sirve la didáctica? En el primer capítulo de este libro se procura responder extensamente a esa pregunta, y se ofrece una respuesta que toma ambas caras de la moneda: diremos que la didáctica nos brinda herramientas para pensar los problemas de todos los días y para enseñar mejor, considerando un enorme abanico de alternativas que siempre existen, y comprendiendo las ventajas y desventajas que presenta cada una de esas alternativas. Y diremos también que su función primordial es, hoy, invitarnos a pensar la enseñanza más allá del sentido común, estableciendo relaciones entre lo que pasa en el aula, lo que pasa en la escuela y el sistema educativo, y lo que pasa en el mundo social. La misión central de la didáctica fue alguna vez responder a la pregunta ¿cómo enseñar bien? Y también ¿cómo enseñar bien a muchos alumnos, en muchas escuelas? Hoy, sin embargo, esas preguntas han comenzado a girar sobre sí mismas, y existe un acervo tan rico y tan completo de ideas relacionadas con esos interrogantes esenciales (e indeclinables) que parece necesario ampliar la pregunta hacia los contextos no sólo de masificación, sino también de sensación de pérdida de sentido de los dispositivos escolares, de burocratización de la planificación, de mercantilización de las relaciones y de inserción de las prácticas en un mundo extremadamente intoxicado de información, y cada vez más carente de prácticas genuinas de conocimiento.

La didáctica suele presentarse como una disciplina que creció, mudando sus intereses desde una pura preocupación por el método (es decir por la forma concreta de realizar la enseñanza) hacia una reflexión más amplia sobre el encuentro entre enseñantes y aprendientes, sus condiciones y variables, las motivaciones y los climas, entre muchas otras cuestiones. Respecto de la didáctica del nivel inicial, sin embargo, podría decirse que esa mudanza aún adeuda algunos pasos. Allí donde los debates de la educación superior se circunscriben al análisis de “políticas universitarias” y los profesores bregan por (y agradecen cuando aparece) un enfoque más centrado en la enseñanza, en el nivel inicial en cambio el enfoque privilegiado de análisis (y muchas veces el único) es el de la didáctica aplicada. Y no es que no sea pertinente la pregunta ¿cómo lo hago?, claro que sí lo es. Pero el excesivo centramiento en aquélla redunda en un exilio de la duda, de la reflexión necesaria sobre el sentido. Parece más o menos imprescindible, como dirá Ruth Harf en el interludio del capítulo 7, volver a centrarnos en los fundamentos de la enseñanza.

La sensibilidad cultural, social y política de la enseñanza y su necesidad de acercarse a las preguntas más generales de la pedagogía, constituye un camino posible para formular los términos de una didáctica contemporánea. En los profesorados y universidades, los estudiantes suelen identificar a la didáctica como una asignatura de aplicación, y a la pedagogía como una de carácter reflexivo, más teórica y con una gran carga de bibliografía. Pareciera que la reflexión, los modelos teóricos, sirvieran para crear una especie de “colchón de conocimientos” que nos definen profesionalmente, pero que no tuvieran la función de convertirnos en actores de una buena enseñanza. Y allí donde este problema se ha encarado casi siempre tratando de “ver la utilidad” de la reflexión amplia, la apuesta de este libro es en un sentido diferente: dotar de un mayor vuelo conceptual a los recorridos prácticos.

Finalmente, la didáctica enfrenta el desafío de conjugar las contradicciones que surgen del hecho de que la enseñanza es, al mismo tiempo, una relación singular y un gran sistema. Algunas visiones de la enseñanza tienen más presente el hecho de que ésta puede funcionar sobre la base de un método o un sistema, y ponen el interés en la sistematización, la eficiencia, y el modo en que ésta se incrusta en un modelo social. Otras piensan en la enseñanza como una relación, más que como un método. Conjugan la escala pequeña del aula con la escala amplia de la formación vital, y se detienen en consideraciones éticas y micropolíticas. Las acciones del docente en el aula están guiadas por ambas esferas, por ambos propósitos. Y aquello que podríamos llamar la “ideología didáctica” de muchos educadores, de hecho, puede explicarse por los tránsitos intermitentes entre una y otra esfera.

Si se acusa a la enseñanza de ser neoliberal, mercantilista, ocupada por los términos de una sociedad capitalista industrial, concebida como una relación bancaria (al decir de Freire), suele tratarse de una crítica dirigida a la “insensibilidad del sistema”, desde la “calidez de la relación”. Si la enseñanza es en cambio puesta bajo la lupa a partir de una sospecha sobre su consistencia, su falta de resultados, de definiciones curriculares o de fundamentos, se trata más bien de una mirada que se afirma en la necesidad de un sistema y apunta a revisar la enseñanza como relación espontánea, impermeable a los cambios y reformas, enviciada por los hábitos y las modas, etc. Ambos conjuntos de argumentos forman parte habitual de los debates dentro de la educación inicial.

Algunas de las cosas que pasan en las aulas se explican desde la relación: las palabras, las expectativas, los afectos, las intuiciones, el diálogo, la mirada, la espera, los silencios. Otras, sólo son concebibles desde la inserción de esas relaciones en un sistema: la organización del tiempo y el espacio, los ritos de la planificación, el modo de ejercer el poder político entre colegas, directivos o familias, los recursos, objetos y materiales, las estéticas. En el medio de la relación y el sistema, hay otras cosas: la comunidad, la cultura institucional, los grupos. Y una didáctica consciente de estas tensiones, podríamos decir, tiene mejores posibilidades de resolver saludablemente algunos viejos dilemas. Un ejemplo bastante claro es el lugar otorgado por los docentes y las instituciones a la planificación. Allí donde la planificación está claramente configurada por las demandas del sistema educativo para controlar las prácticas, muchas veces se asume como un requisito intrínseco de la enseñanza, y se tiñen los conceptos tecnicistas con una épica o una filosofía más propia de las relaciones. Ahondaremos en este punto en el apartado titulado “La enseñanza y la planificación”. El otro ejemplo evidente es la evaluación, que con sus jergas técnicas viene imponiendo en los últimos años una agenda de debates que se ha convertido en un fructífero campo de batalla, al que este volumen pretende aportar desde una propuesta sensible a esta distinción entre relaciones y sistemas. La llamada “cultura de la evaluación” que ocupa tanto espacio en las agendas educativas produce, en ese sentido, una falsa sensación de consenso entre los partidarios de las “prácticas reflexivas” y los partidarios del “control total”. Nuevamente, se trata de un desfasaje tácito entre la enseñanza vista desde las relaciones o desde el sistema.

Finalmente, y a los efectos de evitar una engorrosa (y siempre imprecisa) descripción de cada capítulo, que es como suelen finalizar las introducciones, he procurado nombrar cada sección y cada apartado con títulos sugerentes que permitan realizar esa anticipación recorriendo el índice. Queda entonces desear sinceramente que estas páginas sean leídas y disfrutadas con la misma pasión y compromiso con que fueron escritas. Y agradecer a quienes aportaron sus comentarios, lecturas previas, aportes bibliográficos, ejemplos y relatos, colegas de pensamiento y de acción.

Notas

1. Por ejemplo: Sourge y Leandri, 1958; Bosch, 1969; Fritzsche y Duprat, 1968; Guillén de Rezzano, 1940; Vogt, 1972; Wills y Stegeman, 1951; Bosch, 1992; López y Homar, 1948; Storni, 1960; Alemandri, 1941; Guillén de Rezzano, 1940; entre muchos otros.

2. Faure, M.: El Jardín de Infantes, Buenos Aires: Kapelusz, 1958 (p. 115).

3. Spakowsky, Elisa; Label, Clarisa; Figueras, Carmen. La organización de los contenidos en el Jardín de Infantes. Buenos Aires: Ediciones Colihue SRL, 1998.

4. “Infancia, empatía, añoranza del terruño: Una conversación con Luis Pescetti”, disponible (audio y texto de la entrevista) en www.nopuedonegarlemivoz.com.ar

Capítulo 1
¿Por qué la didáctica es importante para un maestro? 1
Didáctica: problemas y alternativas

La didáctica es la disciplina que se ocupa de estudiar la enseñanza. Esto significa, en pocas palabras, que hacer didáctica es ponerse a pensar detenidamente qué problemas y qué alternativas se nos presentan a la hora de ayudar a otras personas (los alumnos) a aprender. Y las palabras “problemas” y “alternativas” no están elegidas al azar: con esas palabras podemos sugerir que la enseñanza plantea una serie de preguntas teóricas, filosóficas, conceptuales (a las que podemos llamar problemas), y que también nos invita a tomar decisiones sobre cómo hacer las cosas, es decir que nos plantea alternativas frente a la acción. Examinemos algunos ejemplos de cada una. O sea, ejemplos de problemas de orden reflexivo que plantea la didáctica, y de alternativas prácticas que se nos presentan a la hora de enseñar, y que la didáctica nos ayuda a pensar.

Un conjunto de problemas teóricos de la didáctica, tal vez algunos de los más importantes dentro del pensamiento didáctico de esta época, son los que se abren a partir de las siguientes preguntas, que han guiado la agenda de esta disciplina durante el último medio siglo:

 ¿Siempre que yo enseño mis alumnos aprenden? ¿si yo enseño y ellos no aprenden, esto significa que lo que yo hice no fue enseñar?

 ¿Durante el tiempo dedicado a la enseñanza, mis alumnos aprenden otras cosas diferentes de las que yo quería que aprendieran? Y si así fuera ¿qué lugar podría otorgarse a estos aprendizajes “fuera de programa”?

 ¿A mis alumnos, les puedo enseñar lo que yo quiera, y del modo que mejor me parezca? ¿quién debe decidir lo que se enseña en los jardines de infantes? Y una vez que alguien lo ha decidido ¿qué tan obediente se supone que sea el maestro, respecto de esas decisiones?

 ¿Todos los niños de una misma edad deberían aprender más o menos lo mismo cuando van a la misma sala del jardín, o al mismo grado de la escuela? Y si a la pregunta anterior alguien contestara que sí (argumentando, por ejemplo, que deben aprender todos lo mismo porque todos viven en esta sociedad y deben prepararse para vivir juntos y compartir espacios públicos, reglas de la sociedad, lugares de trabajo), entonces, otra pregunta que surge inmediatamente es: ¿qué relación hay entre las partes de las plantas, por ejemplo, y la vida en sociedad? ¿Por qué se supone que aprendiendo las mezclas de colores, los medios de transporte o el mapa del barrio las personas habrían de convertirse en mejores ciudadanos, o estarían más preparadas para convivir con sus semejantes?

 Si parece evidente que es justo enseñar a todos los alumnos los mismos conocimientos, para que vivan en la misma comunidad… ¿cómo conjugar esta idea con la evidencia de que los alumnos, las personas, son diferentes entre sí, vienen de diferentes mundos simbólicos y seguramente aspiran a formas diversas y muy distintas entre sí de realización personal?

 Si en el jardín de infantes se enseña a partir de la experiencia, y respetando los intereses de los niños ¿cómo es posible enumerar en un diseño curricular todo lo que se espera que aprendan, incluso precisando qué corresponde enseñar en cada sección del nivel?

Las preguntas que hemos enumerado son algunos ejemplos relevantes de las preguntas de la didáctica. Una de las tareas que enfrenta esta disciplina es, precisamente, pensar a partir de algunas de esas preguntas, y crear modelos, teorías e investigación en general que ayude a desarrollar respuestas, métodos sensibles a estos problemas y, por supuesto, nuevas preguntas.

Pero habíamos dicho que la didáctica también nos ayuda a pensar algunas alternativas prácticas para ayudar a las personas a aprender. Aquí las preguntas son más bien del orden de ¿cómo deberíamos hacer para…? Veamos un ejemplo. Digamos que queremos que nuestros alumnos de sala de 5 años aprendan a prestar sus juguetes, u otras pertenencias, a sus compañeros. Queremos, en definitiva, que aprendan a compartir. Veamos algunas opciones que podría plantearse un maestro o maestra que por primera vez enfrentara este propósito:

a) Decirles, sentados en la ronda al comienzo de la jornada, más o menos lo siguiente: “es muy importante compartir con los compañeros los juguetes y otras pertenencias. De este modo, cuando otros niños tengan cosas que a nosotros nos gustan también nos las prestarán, y todos nos sentiremos mejor pudiendo disfrutar juntos de todo ”.

b) Invitarlos a jugar un juego en el cual, para ganar, es necesario pasar e intercambiar objetos con los compañeros del mismo equipo.

c) Esperar al momento en el que surja un conflicto entre los niños, y tratar de demostrarles en la práctica que si establecen (y cumplen) ciertas reglas sobre prestar y compartir, estos problemas pueden resolverse.

d) Contarles un cuento en el que los personajes tienen dificultades para prestar, pero luego logran hacerlo, y así se sienten mejor.

e) Otras… (hay muchas más).

La primera respuesta consiste en comunicar a los alumnos una “verdad”, una idea, algo que queremos que ellos sepan. A primera vista, parece insuficiente como estrategia de enseñanza, al menos para aprender a compartir las pertenencias con los compañeros. Pero tal vez sea una estrategia adecuada para enseñar otro tipo de conocimientos. La segunda opción (proponer un juego en el que esa habilidad es necesaria para participar) resulta interesante y plantea a la vez otras dudas: ¿cómo sabremos si los niños aprenden? ¿Cuánto “control” podremos tener de la enseñanza y las oportunidades de aprender de los chicos, al proponerles jugar en forma libre? De igual forma, las siguientes alternativas presentarán posibles virtudes y problemas.

Respondiendo entonces al interrogante que nos planteábamos inicialmente (¿por qué la didáctica es importante para un maestro?) tal vez ya puede formularse una respuesta: la didáctica es importante porque nos brinda herramientas para pensar los problemas de todos los días y para enseñar mejor, considerando un enorme abanico de alternativas que siempre existen, y comprendiendo las ventajas y desventajas que presenta cada una de esas alternativas. La didáctica es importante, además, porque nos invita a pensar la enseñanza más allá del sentido común, estableciendo relaciones entre lo que pasa en el aula, en la escuela, en el sistema educativo y en el mundo social.

Las personas que deciden ser maestros o profesores cursan carreras en las cuales nunca faltan varios niveles de psicología evolutiva, psicología del aprendizaje o psicología de la educación. Esto se debe a que existe una muy bien fundada suposición que afirma lo siguiente: si deseas enseñar, debes saber algo acerca del aprendizaje que pretendes promover. Pero enseñanza y aprendizaje, aunque estén relacionados entre sí, son cosas muy distintas: la enseñanza es explícita, puede ser organizada, sistemática y está en manos de un maestro que en muchos casos utiliza algún método o algunas técnicas para desarrollarla. El aprendizaje, en cambio, es una experiencia personal e interior que, aunque pueda impulsarse con estudio y práctica, por lo general tiene lugar de una manera más o menos inconsciente o poco controlada. Especialmente en el nivel inicial, donde los alumnos no “estudian”, en modo alguno. Es fácil responder a las preguntas: ¿qué enseñé ayer? ¿Cómo lo enseñé? Pero es mucho más difícil tratar de darnos cuenta cómo, bajo qué circunstancias o influencias, o incluso en qué medida, aprendimos algo. El aprendizaje es algo oscuro y misterioso acerca de lo que es muy difícil saber algo, incluso cuando se trate de nuestros propios aprendizajes. ¿Qué decir entonces acerca de la pretensión de comprender el aprendizaje de otras personas? O peor aún: de comprender el aprendizaje en general, para aplicar ese conocimiento a la experiencia de personas que ni siquiera conocemos todavía. No sólo es absurdo sino que, además, es en cierto sentido violento pretender saber cosas acerca de personas que todavía no conocemos. Esta es una de las razones por las que la didáctica no se limita, como en otros tiempos se creyó, a elaborar métodos de enseñanza justificados en teorías psicológicas del aprendizaje, sino que es una disciplina más amplia y reflexiva que nos ayuda a pensar lo que sucede cuando intentamos enseñar.

Didáctica, enseñanza y curriculum

Feldman define a la didáctica como “una disciplina volcada de diferentes maneras hacia el campo práctico de la enseñanza (o distintas dimensiones de él), que produce una gama variable de conocimientos y que abarca principios teóricos, modelos comprensivos, reglas prácticas, métodos y estrategias articuladas de distinta índole” 2. Retomando lo que ya habíamos dicho sobre la didáctica, podemos reconocer aquí que, entre los tipos de conocimiento que esta definición le atribuye a la didáctica, se hallan los “principios teóricos” y las “reglas prácticas”, que son las dos cuestiones que veníamos señalando. La didáctica, entonces, se ocupa de la enseñanza. Esto no significa que no puedan estudiarse, desde un ángulo didáctico, infinidad de asuntos que también atraviesan las esferas de otras disciplinas. Las fronteras entre didáctica, pedagogía, psicología educativa, sociología de la educación o política educativa, por mencionar sólo algunas de las “ciencias de la educación”, no están allí principalmente para delimitar rígidamente sus objetos de estudio, ni para demarcar territorios, sino para permitirnos abrir la mirada, y construir un pensamiento más completo y más complejo.

En cuanto a la enseñanza, para definirla es más o menos imprescindible tener en cuenta esa otra cuestión que, aunque diferente, está íntimamente relacionada: el aprendizaje. Porque enseñar es, en principio, ayudar a otros a aprender algo. Y podríamos decir que la enseñanza es ese esfuerzo que realiza el enseñante por ayudar a aprender algo a alguien que, por alguno de los muchos motivos disponibles (deseo, obligación, necesidad), se presta a asumir ese compromiso.

Para Fenstermacher, la enseñanza es “un acto entre dos o más personas, una de las cuales sabe o es capaz de hacer más que la otra, comprometidas en una relación con el propósito de transmitir conocimientos o habilidades, de una a otra” 3. Parece una definición bastante sencilla e intuitiva. Pero sorprenderá descubrir los complejos planteos que pueden hacerse sobre esta definición. Hay, por ejemplo, una manera muy conocida de representar estos tres componentes de la definición (el que enseña, el que aprende, lo que es enseñado): el llamado triángulo didáctico.4 Se lo dibuja del siguiente modo:


Hay, claro, una serie de cuestionamientos y reformulaciones de este esquema 5. Por ejemplo ¿por qué pone los tres términos en forma equivalente, si dos de ellos son personas y otro es un elemento de diferente naturaleza? ¿Por qué representa al contenido (conocimiento) como una “cosa” independiente, si nunca podría existir sin los sujetos que “conocen”? ¿Dónde quedan las otras variables involucradas en la enseñanza, como las razones por las que se enseña, el contexto, los métodos de enseñanza, las estrategias para averiguar si el alumno efectivamente aprendió?

Fenstermacher y Soltis proponen una fórmula que aspira a representar la situación de enseñanza en forma genérica, incluyendo algunos de los elementos que en el triángulo se omiten. Su fórmula contiene cinco elementos: el profesor (indicado con la P), el estudiante (indicado con la E), el contenido a ser enseñado (representado por una x), la finalidad, objetivo o motivación de la enseñanza (que aparece como una letra y) y finalmente las acciones que P desarrolla para que E se apropie de X. Estas acciones se expresan con la letra griega Phi, cuyo símbolo es: φ. Así, la formula “D φ Exy” podría traducirse en la frase: el profesor (P) enseña (φ) a los estudiantes (E) un contenido (x) con una determinada finalidad (y). Tanto el triángulo didáctico como la fórmula propuesta por Fenstermacher y Soltis son conceptualizaciones, modelos que se esfuerzan por brindar un mapa simbólico de la enseñanza, como objeto de estudio de la didáctica.6

Refirámonos ahora brevemente al concepto de curriculum. Podría decirse que el término currículum hace referencia a, por lo menos, dos cosas diferentes. En primer lugar, se habla de currículum para referirse al conjunto de orientaciones, posibilidades y restricciones que se brindan para la enseñanza desde una instancia macro, en general el Estado. En ese sentido, la palabra curriculum se usa muchas veces casi como sinónimo de corriente, filosofía o espíritu. Entonces cuando decimos, por ejemplo, “en los años 50’ el currículum de nuestro nivel era marcadamente disciplinar”, lo que queremos decir es que en aquella época se le daba mucha importancia a las disciplinas (o sea, a las materias escolares). O cuando decimos que nuestro currículum es “un currículum centrado en el niño”, nos referimos a que en nuestras formas de pensar la enseñanza se tienen muy en cuenta los intereses de los alumnos. Las llamadas “teorías del currículum” se conformaron a comienzos del siglo XX, de la mano de los planteos fundantes de Bobbitt, Tyler, Taba, Bloom y otros teóricos, como un intento por catalogar lo enseñable y los principales modos de enseñar.7 Hoy, sin embargo, conforman un campo tan amplio que sus objetos de estudio se extienden desde los documentos curriculares confeccionados en instancias estatales, hasta la gestualidad del docente en el aula, pasando por los procesos de segregación sexista de los programas. Tal es la amplitud de una definición de currículum como marco amplio de posibilidades y restricciones políticamente atravesado.8

Curriculum es, al mismo tiempo, otra cosa, mucho más específica: se llama curriculum (o “diseño curricular”) a un documento que edita el Estado para dejar escritas y asentadas esas ideas generales que hablan de su espíritu, su filosofía y las corrientes que lo definen en lo que se refiere a la enseñanza. Ese libro es elaborado por equipos de especialistas contratados por el Estado, y se vuelve a escribir periódicamente. Cada cinco, diez o quince años (la frecuencia con que los diseños curriculares se renuevan no es absolutamente regular, en parte porque se trata, justamente, de un proceso político) se presenta un nuevo documento que sustituye formalmente al anterior, y propone a los docentes nuevos campos de contenidos, nuevos vocabularios, nuevas estrategias o resignificaciones de debates y métodos en vigor. De esta manera, las ideas pedagógicas van cambiando y se van reflejando en estas publicaciones oficiales, a las que llamamos curriculum o diseño curricular. Las llamadas reformas educativas suelen tener, de hecho, un fuerte asiento en los documentos curriculares.

Por supuesto que no todo el mundo está siempre de acuerdo: el curriculum es un campo político de debates y conflictos. Es por definición un terreno de tensiones, no sólo acerca de algunos temas polémicos (como la educación sexual, o la educación religiosa) sino de cualquier asunto relacionado con los deseos de distintos grupos de proponer sus ideas como “oficiales”. En cualquier caso, estas discusiones son importantes e interesantes porque los diseños curriculares terminan estableciendo qué es lo que se debe enseñar en las escuelas, y brinda algunas pistas sobre cómo se supone que debe enseñarse. Como dijimos antes al mencionar los problemas “teóricos” de la enseñanza –que como puede verse ahora, de teóricos no tienen casi nada– estos principios expresan una voluntad oficial, pero no son reglas inamovibles que los docentes deban obedecer. En el nivel inicial especialmente, los diseños funcionan mucho más como declaración de principios y orientaciones, como fuente de inspiración y guía, que como un programa cerrado de trabajo.

Esto sí, esto no: dioses y demonios de la buena enseñanza

La idea genérica de enseñanza ha abierto un lugar en los debates didácticos a la idea de buena enseñanza. La distinción entre ambas tiene que ver con el grado de compromiso con ciertas filosofías específicas acerca de cómo enseñar. Pongamos como ejemplo las siguientes definiciones de enseñanza:

1 Enseñar es: transmitir conocimientos a alguien que no los posee, partiendo desde lo simple hacía lo complejo, y desde lo general hacía lo particular, procurando en todo momento un orden y una coherencia. Para que la enseñanza sea auténtica, además, es conveniente buscar evidencias en las experiencias de la naturaleza y las relaciones.9

2 Enseñar es: ofrecer a los alumnos una cantidad a amplia y diversa de experiencias ejemplares, que les permitan acercarse a los distintos modos de pensar y actuar que tienen las disciplinas científicas, artísticas, técnicas, etc. Al enseñar, lo esencial no es la transmisión de “todo”, ni de “lo más importante”, sino ayudar a los estudiantes a pensar, y a buscar y analizar esa información.10

Ambas definiciones tienen algo en común. En ambas se hacen presentes dos tipos de actores –los que enseñan y los que aprenden– y en ambas el conocimiento es concebido como algo susceptible de ser apropiado por los segundos, bajo las influencias de los primeros. Podríamos decir que ambas definiciones coinciden en las ideas genéricas de enseñanza que se expresan en los modelos del triángulo didáctico y la fórmula “D φ Exy” 11. Sin embargo, difieren en lo que entienden por buena enseñanza. La primera definición destaca la importancia de una racionalidad en el orden de lo enseñado, y en el uso de la realidad natural o social como evidencia de ese orden. La segunda, pone en primer plano la metacognición, y la fuerza del “aprender a aprender” por sobre la transmisión de contenidos específicos susceptibles de organizarse por enumeración. Como puede verse, el debate en este terreno no tiene que ver con la epistemología del término, o con lo que la enseñanza es, sino con las distintas concepciones acerca de cómo debería llevarse a cabo. Esto se traduce muchas veces en una serie de reglas –algunas explícitas, otras tácitas– acerca de lo que está bien y mal hacer cuando enseñamos.

Si conversáramos con una maestra de nivel inicial y le preguntásemos qué opina sobre una serie de prácticas relacionadas con la enseñanza, es probable que no necesite pensar mucho para pronunciarse a favor o en contra. Así, entonces, podría decirnos que:

 está bien indagar saberes previos, tomar el emergente, evaluar procesos (y no sólo resultados), enseñar jugando, promover los juegos tradicionales como la rayuela, las rondas, etc.;

 está mal intervenir en las producciones de los chicos (p.e. escribir sobre sus dibujos), enseñar “dando clase”, recurrir a imágenes estereotipadas o comerciales, ofrecer juguetes bélicos, etc.

Para cada una de esas cuestiones, sin embargo, existen también posiciones encontradas y contraargumentos que se erigen sobre pilares diferentes. Las ideas de Rancière en El Maestro Ignorante sobre la enseñanza y la explicación, por ejemplo, son poco compatibles con la idea de los “saberes previos”, a los que consideraría un banal artilugio adoctrinante y embrutecedor destinado a instalar la idea de un poder de control por parte del maestro de todo lo que el alumno sabe, sabrá, e incluso lo que sabía antes.12 La idea de emergente puede discutirse desde la necesidad de sostener una planificación centrada. Las críticas a las pedagogías lúdicas (no las críticas conservadoras de quienes no comprenden el potencial educativo del juego, sino las críticas éticas que defienden al juego de los pedagogos, en la línea, por ejemplo, de Scheines) perfectamente tendrían cosas para decir sobre la idea genérica de “enseñar jugando”; y dentro del universo teórico del juego, la idea de que los juegos “tradicionales” son en efecto tradicionales 13puede refutarse desde una crítica a los estereotipos acerca de la imaginación infantil como algo idealizado y arquetípico. Hay quien ha sostenido, con gran fundamento, que toda tradición es, en parte, un invento contemporáneo.14 De igual modo, podrían hallarse argumentos que sostienen las bondades de aquellas prácticas a las que la maestra de nuestro ejemplo respondía con un “está mal…”.

En los siguientes ejemplos, examinaremos algunas situaciones tomadas de la vida cotidiana del Nivel inicial, sus actividades y conversaciones, para ver cómo una misma escena puede interpretarse como un ejemplo de buena enseñanza, o todo lo contrario. Casi siempre –con algunas obvias excepciones, por supuesto– hay argumentos más o menos consistentes para sostener o cuestionar una intervención. La idea al analizar estas oposiciones no es la de defender un relativismo paralizante, sino, al contrario, reforzar una invitación (más o menos imprescindible para quienes enseñan) a examinar sus prácticas y sus fundamentos, animándose a desconfiar cada tanto de las “verdades” en las que creen apoyarse. La propuesta de este apartado es recorrer las consecuencias de la idea de “buena enseñanza”, revisando y discutiendo aquellas cosas que tácitamente damos por buenas o por malas: darles otra vuelta de tuerca. De este modo, podríamos avanzar en pos de superar esta concepción binaria, de blanco sobre negro, para reconocer que detrás de cada postura puede existir un argumento diferente, y que el verdadero objetivo es, más que tomar partido en las modas cambiantes de cada época, apoderarnos de una decisión autónoma, bien fundada y en la que genuinamente creamos .

Tanto las ideas sobre lo que es pertinente hacer como las que hablan de “malas” prácticas, son todas ellas coordenadas didácticas frecuentes. A veces las cosas se hacen con un objetivo, en positivo, y a veces se hacen “en contra de” las ideas más o menos demonizadas que, de algún modo, nos sirven para definirnos, por contraste. Lo que sigue es pensar algunas intervenciones que la didáctica cotidiana dicta desde su energía prescriptiva, y otras que aparecen como contraejemplos y que caen bajo la órbita de lo sancionado negativamente. Los ejemplos elegidos no son transparentes, y el “bien” y el “mal”, como dice la canción de Divididos 15, definen por penal: no es nítido cuál de las opciones está ahí para seducirnos y cuál para distanciarnos. El ejercicio consiste, digamos, en ver cómo se construyen posiciones dicotómicas, encontradas, y tratar de pensar los problemas desde más de un lugar. En eso consiste, dicen, el pensamiento complejo.

1. En el intercambio inicial de la jornada

Una maestra coordina el intercambio inicial de la jornada. Como en toda discusión grupal, desea cuidar que todos y todas participen, y que nadie se quede sistemáticamente al margen. Para lograrlo, hace que los niños y las niñas se sienten intercalados: un nene, una nena, un nene, una nena… De este modo, sostiene ella, mezcla los géneros y evita que se sectoricen los varones de un lado, las nenas del otro. ¿Está bien o está mal?

Está bien, porque los chicos tienden a auto-segregarse. Las nenas charlatanas acaparan toda la conversación y los nenes, más traviesos, se distraen fácilmente si están sentados juntos. Si los intercalamos, les damos la oportunidad de encontrarse con quienes no se encontrarían en forma espontánea. Para eso está la escuela: para ampliar y enriquecer la experiencia.

Está mal, porque tratándose de una iniciativa que busca justicia (repartir en forma justa un bien valioso: el lenguaje) no debería convertirse en una forma de control de la disciplina. La maestra que hace eso, lo hace para que los alumnos no la molesten, para que estén más quietos y callados, y no para que hablen más o mejor. Es una medida falsa e hipócrita.

2. El silencio de Matías

Otro problema que se le plantea a esta maestra, que trabaja en un jardín de infantes de una gran ciudad, es que hay un niño, proveniente de un pequeño pueblo de una provincia norteña, que raras veces trae sus relatos o sus comentarios en las discusiones grupales. Asume más bien una postura contemplativa y escucha a los demás. Su maestra conversa con una colega:

— ¿Por qué no habla Matías en la ronda de intercambio?

— Es bastante callado.

— ¿Pero tiene alguna dificultad de lenguaje?

— No, pero como él viene de un pueblito pequeño del norte, tal vez porque posee una cultura diferente y usan el lenguaje de otro modo, nos parece que es más calladito.

— Ah, sí… Y hay que respetar la cultura que cada uno trae.

¿Está bien o está mal?

Está bien, porque el lenguaje acelerado propio de la ciudad no necesariamente es el que mejor permite a ese niño expresarse. Las particularidades de cada cultura en cuanto al uso de la lengua –y no sólo en lo relativo a folclorismos pintorescos, como suele hacerse– deben ser tenidas en cuenta y respetadas.

Está mal, porque con el argumento de que las diferencias culturales deben ser respetadas la maestra está siendo injusta y poco equitativa. Con un argumento progresista (hay que respetar su cultura) la maestra del ejemplo justifica su falta de intervención para integrar al niño a la actividad.

3. Pintando sobre diarios

La maestra deja entonces la ronda grupal e invita a los chicos a trabajar en las mesas, en una actividad con témperas para la que utilizan como soporte un papel de diario. Ha elegido ese material porque está desarrollando una unidad didáctica en base al recorte de “El quiosco de diarios y revistas”. ¿Está bien o está mal?

Está bien, porque la mirada amplia y holística que está en el espíritu de una unidad didáctica implica llegar al objeto de conocimiento desde distintos lugares. Una unidad didáctica es siempre interdisciplinaria. Al pintar sobre los diarios que obtuvieron en la visita al quiosco, integran el estudio de esa realidad a sus actividades expresivas habituales.

Está mal, porque los diarios no son principalmente para pintar sobre ellos… La relación entre la actividad y el recorte es superficial y espuria. Las actividades de la unidad didáctica deben aportar al conocimiento del quiosco de diarios, sus rasgos sociales, políticos, naturales, etc., y dibujar sobre diarios claramente no aporta a eso.

4. Jugando en los rincones

Los chicos han terminado de pintar y se vuelven a reunir en la ronda. La maestra les propone jugar en los rincones. Conversan unos minutos sobre qué sector elegirá cada uno, y ella les anticipa: “pueden elegir el rincón que quieran, pero una vez que están ahí, no vale cambiarse”. ¿Está bien o está mal?

Está bien, porque de ese modo se favorece la elección fundada. En otras sesiones de juego cada niño podrá optar por un sector diferente. No es un límite irracional, porque se basa en la búsqueda de una autonomía responsable. Por otra parte, si los chicos cambiaran de sector todo el tiempo, no se estaría favoreciendo la realización de proyectos de juego más elaborados. Paradójicamente, para alcanzar la autonomía se necesita la ayuda de un Otro que nos ayude a acercarnos a cosas nuevas.

Está mal, porque uno de los aspectos más importantes del juego-trabajo es su cualidad de favorecer la autonomía. En el juego-trabajo el niño elige a qué, con qué, con quién y dónde jugar. Si se coarta esa posibilidad, la permanencia forzada no redundará en constancia, sino en un pseudo juego del niño, para complacer los caprichos del adulto.

5. Compartiendo la merienda

“Bueno”, dice la maestra, “ahora vamos a merendar”. Dispone el espacio, los chicos se sientan, y un “ayudante” (un niño que ha sido designado por la maestra) reparte los vasos. Cuando los chicos los reciben, algunos comienzan a golpearlos contra la mesa. El golpeteo seduce al resto, y enseguida todos están golpeando la mesa con los vasos, rítmicamente. La maestra les dice: “No golpeo el vaso, chicos, que voy a servir la leche”. Siguen. “Basta, sala verde…”. Siguen. “Más tarde tocamos los toc-toc, ahora estamos merendando…”. Pero los chicos siguen golpeando, muy divertidos y sin prestar la menor atención a lo que la maestra les dice. En ese momento, entonces, la maestra golpea con fuerza la mesa. Silencio absoluto. “No se pueden usar los vasos de batería. ¡No son para eso!”, dice finalmente. Y sirve la leche. ¿Está bien o está mal?

Está bien, porque toda libertad se basa en la imposición de un límite. El “no”, el “basta”, es una experiencia que funda el propio psiquismo. De un modo u otro, siempre hay un límite, y ese límite siempre será vivido con cierto desagrado por quien resulta limitado. No les haríamos ningún favor a los niños “edulcorando” siempre los límites con canciones o juegos (la lechuza, el brochecito, etc.). La moral no es siempre democrática: hace falta interiorizar la Ley (que nos protege, que nos convierte en personas sociales) y eso sólo se logra sometiéndose a ella.

Está mal, porque el límite impuesto ignora que las reglas sólo se aprenden en un contexto significativo. El niño, para incorporar las normas, debe sentir que son justas y necesarias. El docente no debe actuar como un dictador poderoso, sino como un juez bondadoso y siempre dispuesto a escuchar y contemplar opciones.

6. Cantando para hacer un tren

Llegado el momento de trasladarse al salón de música, la maestra convoca a los chicos con una canción que habla de un tren que sale de la estación. ¿Está bien o está mal?

Está bien, porque las acciones rutinarias de la vida escolar se vuelven más gratas, y se inundan de una sensación de alegría y disfrute si se las acompaña con una canción. Hay muchos ejemplos de esto en la vida social: los cantos que acompañan el trabajo, el uso del canto para festejar, para protestar, para celebrar rituales. La música es en el jardín más que un lenguaje artístico: también es un espacio de significación subjetiva de las actividades.

Está mal, el uso “instrumental” de las canciones hace que este preciado bien cultural se convierta en “camuflaje” de mensajes que deberían entregarse en forma explícita. Ordenar los juguetes, hacer una fila, sentarse, etc. no deberían ser las razones para cantar juntos en el jardín. Deberíamos cantar sólo cuando deseamos brindarnos una experiencia estética o artística.

La pregunta “¿Está bien o está mal?” Es una de las que más frecuentemente nos hacemos, junto con otras que siempre llevamos a mano: ¿esto sirve? ¿Cómo hacerlo? ¿Qué pasaría si…? ¿Por qué se hace de esa manera? El ejercicio que nos convoca a partir de estos ejemplos “ambiguos”, en los que no estamos siempre seguros de cuál es la opinión “correcta”, es revisar estas situaciones y discutir juntos el modo en que construimos nuestras convicciones.

Neurociencias, métodos infalibles y panaceas

Las escenas comentadas en el apartado anterior nos invitan a pensar que toda práctica ejercida con responsabilidad y compromiso es valiosa sólo a la luz de sus fundamentos. Y esta visión no sólo nos sirve para crear nuevas, originales y creativas situaciones de enseñanza, sino que también nos previene de las promesas vacías y las panaceas empaquetadas que tantas veces intentan seducirnos con su apariencia de eficiencia transparente. Tomemos el ejemplo de la (poco discutida) idea de que los educadores transitan tiempos revolucionarios pues las investigaciones en neurobiología aportan nuevos y ricos conocimientos para comprender qué estímulos construyen mejores condiciones para el aprendizaje en los niños. Prestos a desconfiar de esta promesa, podemos considerar el modo en que el cruce entre ambas disciplinas (neurobiología y pedagogía) se funda en una serie de malentendidos, el primero de los cuales es la visión deformada que cada una de ellas tiene de la otra. Los educadores aceptan con demasiada ingenuidad todo lo que proviene de las investigaciones neurológicas, y los expertos en neurociencias tienen en general una visión algo simplificada de lo que significa educar. Los reduccionismos a ambos lados de la relación, entonces, no ayudan.

Los defensores de una alianza entre las neurociencias y la pedagogía utilizan en general argumentos parecidos a los de la vieja psicología evolutiva: “si entendemos cómo funciona la mente, educaremos mejor”. La diferencia reside en que al menos la psicología emplea metáforas surgidas de la experiencia, y no resultados de laboratorio. En ambos casos, sin embargo, el riesgo es similar: se intentan reemplazar los esfuerzos que demandan las relaciones educativas (complejas, cambiantes, políticas, insertas en instituciones) por fórmulas esenciales sobre “el alumno” o “el aprendizaje”.

Por eso, desde esta visión crítica, parece improbable que los aportes de las neurociencias a la educación constituyan algún tipo de revolución copernicana para la educación infantil y sus prácticas. Los modos de la educación de cambiar de paradigma, de atravesar sus “revoluciones”, en general tienen que ver con cosas pequeñas, pero muy trascendentes: cómo establecemos una conversación maestros y alumnos, cuánto y cómo sabemos escucharnos, cómo imaginamos el futuro común, qué permisos habilitamos para ser uno mismo dentro del aula. Es acertado leer el interés por las neurociencias como síntoma de una necesidad genuina del mundo educativo por poner el foco en la experiencia de los alumnos, por defender el carácter auténtico de los aprendizajes. Por eso a veces los argumentos a favor de esta corriente se plantean como superadores de cierta pedagogía tradicional, centrada en el docente. El problema es que esos conocimientos “científicos” acerca del niño no son el modo óptimo de fortalecer el lugar de los alumnos en las relaciones educativas. Y no lo son, porque en lugar de acercar a maestros y alumnos en una relación más libre, más sincera y más comprometida, estos saberes neurocientíficos ponen al aprendizaje y a la enseñanza en lugares rígidos y supuestamente asépticos. Se dice, por ejemplo: “tales investigaciones han demostrado que si los maestros X, entonces los alumnos Y”. Y puede ser útil saber qué límites impone la biología a los tiempos de un bebé, por ejemplo. Pero lo cierto es que las acciones de los maestros se significan en sus relaciones con los alumnos, y no hay un modo de estandarizar ni medir en forma absoluta sus efectos. El terreno para construir esta reflexión no es el de la ciencia dura, sino el de la ética.16

Hemos analizado brevemente el ejemplo de las neurociencias, pues es un caso paradigmático de adopción más o menos acrítica de una corriente teórica con consecuencias prácticas, pero esto no significa que sea el único ejemplo ni que se pretenda desmerecer aquí los gigantescos aportes de esta disciplina en muchos otros aspectos.

Los métodos totalizantes, las pretensiones de “regular” las emociones de los niños, las caracterizaciones demasiado simples de la vida social, las reglas prácticas sobre modos imprescindibles de intervenir, sobre acciones prohibidas y sancionadas simplemente porque así lo dicta cierta nueva pedagogía recién llegada, recién publicada, superadora –y llegada para reemplazar– a todo lo anterior, todo esto es un atentado absurdo contra la libertad de los que enseñan. La búsqueda desesperada de “lo último”,el desdeñoso abandono de lo anterior, quitan complejidad a la enseñanza y restan autoridad a los maestros y maestras.

“Los chicos vienen cada vez más inteligentes” 17

Otra dimensión de las verdades totalizantes e indiscutidas que obtura el discurso pedagógico en el nivel inicial –y también en otros niveles de enseñanza– es el que se basa en una admiración y confianza absoluta en las nuevas tecnologías y en la naturaleza de la infancia que las domina. Como los chicos manejan las pantallas, se dice, resulta que ya prácticamente nacen con una capacidad aumentada de interactuar con los artefactos y eso es prueba suficiente de que los llamados nativos digitales 18pertenecen a una nueva era de alumnos, a una nueva era de niños. Se cree entonces, sin demasiados argumentos, que los chicos de hoy son distintos. Más bravos, más astutos, más cínicos. Más difíciles de llevar, más propensos a la transgresión, más sutiles. Más independientes. Pero, por sobre todas las cosas, más inteligentes.

Esto significa –y aquí interviene el discurso pedagógico más orgullosamente posmoderno que puede hallarse revolviendo viejas carpetas– que logran interactuar más eficazmente con la realidad, muy especialmente en lo que se refiere al manejo de las herramientas tecnológicas. Entienden y emplean las pantallas en forma fluida y dinámica. Aprenden solos. Por eso, se cree, son más inteligentes si se los compara con los niños de otros tiempos, o incluso con los adultos. Hasta se ha llegado a afirmar que, dada la alta eficacia comparativa de los niños y los jóvenes frente al universo de las pantallas, la propia asimetría entre las generaciones se ve alterada o trastocada: hoy los chicos les pueden a enseñar a sus padres o a sus abuelos cómo usar la tablet, la computadora o la TV inteligente.

Tras creer esto, claro, a los educadores nos empieza a pasar lo mismo que a los chicos cuando les dicen “¡vos no podés, no ves que no sabés nada!”. Nos excluimos, nos recluimos, nos aferramos a la nostalgia… Y creemos firmemente que nuestra autoridad está en crisis, que se han perdido los valores y otras tantas premisas que acompañan esta tácita destitución de la adultez frente a la rebelión de una infancia emergente.

Puede ser que algo (e incluso bastante) de todo lo anterior sea más o menos cierto. Pero estas ideas también esconden una falacia, que permanece sorprendentemente silenciada: estos diagnósticos de época se sitúan en un nivel de análisis que naturaliza el escenario de “lo tecnológico”, viéndolo como un mero desafío cognitivo sin trasfondos políticos. “Usar bien las computadoras” o “dominar las pantallas” parecen ser eventos casi sobrenaturales que vinieron a acaecerle a los nuevos niños, venidos a un mundo ateórico, neutro y tan aséptico como la lavandina.

Lo que se omite al decretar esta nueva era de superniños es el hecho de que las computadoras son objetos que además de surgir de nuestro progreso tecnológico, surgen de nuestra economía y de nuestra cultura. Como puede constatar cualquiera que las haya utilizado un poco, no están pensadas para un usuario racional que opera por medio de categorías lógicas y esquemas que asimilan y se acomodan en un terreno simbólico (que son algunos de los rasgos que venimos asociando a la inteligencia desde que leímos a Piaget), sino que proponen permanentemente un acercamiento intuitivo, de tanteo y error, casi lúdico, y bastante orientado a la mimetización práctica del usuario a un escenario de pocos elementos y muy simples.

Algunas pistas para entender por qué la fluidez de los chicos con las computadoras no implica que sean “más inteligentes”, pueden reconocerse mirando las propias computadoras, y reconociendo que:

 la mayor parte de los programas informáticos poseen una estructuración de la interacción en base a opciones cerradas: sólo hay que elegir,

 donde hay constantes advertencias que solicitan confirmación (“¿está seguro que desea eliminar este archivo?”), es decir que cuentan con la torpeza e ineptitud del usuario,

 hay una interfase netamente visual que prescinde todo lo posible de los textos, y

 promueven una constante sensación de manipuleo exploratorio que subyace al manejo de ventanas y recuadros móviles.

Todas estas características explican la eficacia de los niños frente a las computadoras con mejores argumentos que una supuesta “mejora genética” propia de estos tiempos. No es que la máquina no interpele a la inteligencia del sujeto, claro, pero parece evidente que no demanda una inteligencia superior, sino una más intuitiva, o automatizada en ciertos procedimientos. El paso del algoritmo escrito al mouse, y de éste a la pantalla táctil, sugieren un proceso más regresivo que progresivo. Los dispositivos que vengan a continuación, podríamos pensar, deberían poder ser manejados por medio de la succión oral. Cuando un adulto (de los que quedaron atrás en el tiempo, según estas hipótesis) se ve frente a una máquina cuyo funcionamiento desconoce, necesita un “manual de instrucciones”. ¿Por qué? (¿Por qué, abuelita, no metés simplemente los dedos en el teclado y probás a ver qué pasa? Seguro que vas a darte cuenta que no es tan difícil). Y no, la abuelita cree que no puede. Formado en la lógica de los procedimientos y los métodos, el adulto procura confiar en ciertas pautas establecidas de interacción con las herramientas (que están antes del mundo, pero que no “son” el mundo) y se aferra a un principio de coherencia. El niño, en cambio, el cyber-niño de este presente con aires de futuro, ese niño que deslumbra o enoja a las señoras mayores, cuenta con una ventaja. Pero esta ventaja es extraña: no se basa en algo que tiene (exigencias de consistencia, esquemas pulidos de intervención) sino en algo que no tiene. En principio, no aspira a dominar la herramienta, sino a habitar el escenario. Y lo hace sin cautela y sin miedo.

Los adultos somos destinatarios de una trampa similar. Nos la pasamos buceando en Internet, procurando todo lo que necesitamos saber en los buscadores, esas despensas que contienen, como la cartera mágica de Mary Poppins, muchas más cosas de las que uno podría imaginar. Es casi imposible tener presente que son apenas máquinas que no piensan, no razonan, no discriminan ni especulan; que hacen simplemente lo que saben hacer las máquinas: siguen instrucciones. El diseño de estas máquinas, sin embargo (y aquí está la trampa) fue cuidadosamente realizado con la intención expresa de negar esta realidad. Desde una hipótesis benévola, podríamos decir que las empresas que desarrollan estas herramientas disfrazan su tosquedad de simples maquinarias para ir más allá y dar un giro copernicano en la relación de las personas con la tecnología… ¿A quién no seduce la idea de hablar con una máquina, como lo hacían los personajes de Star Trek? Desde una visión crítica, digamos que esa interfase humana de las máquinas está allí para crear la idea, espuria y engañosa, de que podemos ser inteligentes sin ningún esfuerzo, a costa de las máquinas. Y allí es donde se nos engaña como a niños (como a niños que no vienen cada vez más inteligentes): nos tientan con la idea de que el buscador (o el celular, o el GPS, o el horno a microondas, que para el caso son la misma cosa) nos relevan en la tarea de pensar. Si tenemos un “smart-phone”, entonces, podemos sentirnos un poquito más inteligentes, aunque en el fondo sigamos siendo los mismos perejiles de siempre.

Los chicos, entonces, no vienen cada vez más inteligentes. Lo que sí podría estar sucediendo es que se los tiene cada vez más en cuenta. No sólo (aunque también) como sujetos de derecho, como los embriones nacidos del “siglo del niño”, como nuevos sujetos de las nuevas pedagogías y como emergentes de las nuevas infancias; sino como actores trascendentes a la hora de diseñar tecnologías, escenarios para las relaciones sociales y económicas, y perfiles para el consumo. Y el perfil ideal del consumo no es el niño-sujeto-crítico, ni el niño-explorador-creativo, aunque las marcas de jabón acepten (muy estratégicamente) que “ensuciarse hace bien”.19 El consumidor ideal es, por desgracia, el que se aliena y acepta delegar en las máquinas su capacidad de pensar.

Un buen modo de repensar este escenario como desafío para los educadores es, tal vez, aprovechar este gran entusiasmo por enfocar la infancia y por acercarnos a los chicos con una nueva y vital capacidad de asombro, y convertirlo en esa forma particular de confianza que da fuerza al acto de enseñar. De asombrados a confiados, de atónitos ante una improbable inteligencia funcional a promotores de una inteligencia sensible a la herencia histórica y al marco político, probablemente juguemos nuestras mejores cartas, y nos salvemos de perder esa impronta utópica que nos caracteriza como maestros.

Notas

1. La referencia al maestro en masculino refiere, naturalmente, a ambos géneros. Aun sabiendo –y coincidiendo con– que este rasgo del lenguaje castellano expresa un sesgo sexista, y tratándose además de una profesión altamente feminizada en la que para generalizar sería oportuno emplear el femenino, se ha optado aquí por priorizar una lectura ágil, más que una políticamente correcta.

2. Daniel Feldman: Ayudar a enseñar, Buenos Aires: Aique, 1999.

3. Fenstermacher, Gary D. “Tres aspectos de la filosofía de la investigación sobre la enseñanza”, en: La investigación de la enseñanza: enfoques, teorías y métodos, Barcelona: Paidós, 1989.

4. Ref. Houssaye, J.: Le triangle pédagogique, Berna: Peter Lang, 1988.

5. Para hacerse una idea de las reelaboraciones que suelen hacerse a partir de este sencillo dibujo, puede revisarse el siguiente artículo: José Manuel Serrano González-Tejero Y Rosa María Pons Parra: “La Concepción Constructivista de la Instrucción. Hacia un replanteamiento del triángulo interactivo”, RMIE, julio-septiembre 2008, Vol. 13, Nº 38. Disponible en: www.comie.org.mx

6. Fenstermacher, G. y Soltis, J.: Enfoques de la enseñanza. Buenos Aires: Amorrortu, 2001.

7. P.e. Bobbitt, John Franklin. The curriculum. Houghton Mifflin, 1918. Tyler, Ralph Winfred, et al. Perspectives of curriculum evaluation. Chicago: Rand McNally, 1967. Tyler, Ralph. Principios básicos del currículum. Buenos Aires: Troquel, 1973. Véanse también los trabajos posteriores de Stenhouse.

8. Feldman, D.: “Aportes para el debate curricular. Didáctica y Currículum”, documento curricular publicado por el GCBA, disponible en: www.buenosaires.gov.ar

9. Comenio escribió, hace ya casi 400 años, que “no requiere otra cosa el arte de enseñar que una ingeniosa disposición del tiempo, los objetos y el método. Si podemos conseguirla, no será difícil enseñar todo a la juventud escolar, cualquiera que sea su número, como no lo es llenar mil pliegos diariamente de correctísima escritura valiéndonos de los útiles tipográficos (…)”. Y a la vez, alienta el contacto con las fuentes naturales del saber, cuando agrega que hay que enseñar a los hombres, en cuanto sea posible, no por los libros, sino por el cielo y la tierra, las encinas y las hayas, esto es: conocer e investigar las cosas mismas y no las observaciones y testimonios ajenos acerca de ellas. Todo debe deducirse de los principios inmutables de las cosas, no se debe enseñar nada por la mera autoridad, sino que todo debe exponerse mediante la demostración sensual y racional, y en nada se empleará únicamente el método analítico, la síntesis con preferencia en todas las cosas.

10. Tomamos esta idea de uno de los tantos lugares en los que ha sido desarrollada, el libro de Howard Gardner La educación de la mente y el conocimiento de las disciplinas (Barcelona, Paidós, 2000). Vale la pena reproducir la cita literal de ese texto, donde se afirma que “lo importante es que los estudiantes exploren con una profundidad suficiente un número razonable de ejemplos para que puedan ver cómo piensa y actúa un científico, un geómetra, un artista, un historiador. Este objetivo se puede alcanzar aunque los estudiantes sólo investiguen un arte, una ciencia o un período histórico. Debo insistir en que el propósito de esta inmersión no es hacer de los estudiantes unos expertos a escala reducida en una disciplina dada, sino conseguir que empleen estas formas de pensamiento para comprender su propio mundo. Más adelante, si desean profundizar en estas disciplinas o seguir una carrera centrada en alguna de ellas, ya encontrarán el momento y los instrumentos necesarios para hacerlo”. Un análisis interesante a partir de esta definición puede hallarse en: Beech, J.: “Cambio social y educación: algunas reflexiones acerca del rol de la Escuela en la actualidad”, documento del Ministerio de Educación de la Pcia. de Córdoba, disponible en: www.igualdadycalidadcba.gov.ar

11. El profesor (P) enseña (φ) a los estudiantes (E) un contenido (x) con una determinada finalidad (y). Fenstermacher, G. Y Soltis, J.: Enfoques de la enseñanza. Buenos Aires: Amorrortu, 2001.

12. Rancière, J.: El maestro ignorante. Cinco lecciones sobre la emancipación intelectual. Buenos Aires: Libros del Zorzal, 2007. Esta revisión de la idea de saberes previos se desarrolla en el capítulo siguiente, bajo el título “Contenidos de la enseñanza”.

13. Scheines, G.: Juegos inocentes, juegos terribles. Buenos Aires: Eudeba, 1998. Giddens, A. Un mundo desbocado: los efectos de la globalización en nuestras vidas. Madrid: Taurus, 1999. Capítulo: “La tradición”.

14. Montes, G.: El Corral de la Infancia, acerca de los grandes, los chicos y las palabras. Buenos Aires: Libros del Quirquincho, 1990.

15. “Qué ves”, de Divididos.

16. Desde la propia neurología se ha cuestionado fuertemente la idea de reducir el análisis de las relaciones al aspecto orgánico. Véase por ejemplo el interesante diálogo con Steven Rose: “La falacia de reducir la persona a nada más que biología”. Disponible en: www.laizquierdadiario.com

17. Este apartado reelabora una idea que fue publicada anteriormente en: Revista La Tía, Cuadernos de Pedagogía de Rosario, segunda época, Nº 10, diciembre de 2012 (disponible en: www.revistalatia.com.ar.

18. Ver, por ej.: Prensky, M.: “Nativos digitales, inmigrantes digitales”. On the horizon, 2001, Vol. 9, Nº 6; y también: Cassany, D. y Ayala, G.: “Nativos e inmigrantes digitales en la escuela”, Participación educativa: revista del Consejo Escolar del Estado 2008; 9 (4): 57–75., 2008.

19. La referencia alude a una publicidad de jabón para la ropa en la que el slogan era: “ensuciarse hace bien”, y mostraba a niños jugando.

Capítulo 2
Energías esenciales de la enseñanza: las “variables didácticas”

Cuando un maestro se plantea la enseñanza dirigida a sus alumnos, sabiendo que dispone de espacios y tiempos limitados y que debe seguir en alguna medida un currículum, necesita sentarse un buen rato a pensar cómo va a organizarse, antes de comenzar. Hay unas cuantas decisiones que necesita tomar antes del encuentro concreto con los alumnos. Y estas decisiones pueden ordenarse en cuatro grandes categorías, a las que llamamos variables didácticas. Y éstas son:

1. Los objetivos de enseñanza.

2. Los contenidos de la enseñanza.

3. Las estrategias de enseñanza.

4. Las estrategias de evaluación.

Antes de avanzar sobre cada uno de estos conceptos, sin embargo, es importante anticipar algo acerca de su empleo en la enseñanza, y su formulación en la planificación. Estas categorías suelen aparecer en las planificaciones, y es muy probable que cualquier docente puesto a responder a la pregunta ¿qué son estas cuatro palabras (objetivos, contenidos, estrategias, evaluación)? suponga que son, naturalmente, “las partes de una planificación”. Sin embargo, las estamos presentando como variables didácticas, esto es, como dimensiones relevantes de la enseñanza, y no meramente de su planificación. Dediquemos entonces unas palabras a la distinción –tal vez evidente, pero no por ello menos esencial e imprescindible– entre la enseñanza y la planificación.

La enseñanza y la planificación

La enseñanza es un problema de profundo interés para cualquier maestro, que lo enfrenta a dilemas éticos, prácticos, políticos, técnicos. Aquello a lo que llamamos enseñanza es un entramado profundo y desafiante de conocimientos, encuentros, conflictos, relaciones de poder, de amor, de tiempo, compromisos personales y sociales, arraigo crítico en la historia y muchas otras cosas más. La planificación, en cambio, o aquello a lo que habitualmente llamamos planificación, no necesariamente es un problema de profundo interés ni reviste este carácter complejo. La planificación es un modo estandarizado (algunas veces de bello diseño y disparador de ideas, y muchas otras burocratizado y carente de sentido) de pensar la enseñanza. La planificación es un intento de los sistemas educativos de garantizar una cierta dosis mínima de intencionalidad lógica y consistencia en las prácticas de enseñanza de los maestros, concebidos éstos como un lejano e inconmensurable ejército de ejecutantes de políticas curriculares que los trascienden. Esto no significa que muchas veces por medio de la planificación, de su apropiación creativa por parte de los educadores, se lleguen a desplegar bellísimas experiencias de enseñanza. Pero la planificación, tal como la conocemos, no es un impulso natural de la enseñanza, sino un requisito demandado por el sistema educativo, entendido como una inmensa maquinaria. Esto tampoco significa que la planificación sea perniciosa o que se pueda o deba prescindir de ella. La existencia de un sistema demanda instrumentos para gestionarlo y controlarlo. Pero vale la pena revisar la apropiación discursiva de estos instrumentos como si no pertenecieran al nivel del sistema, sino al propio compromiso ético del enseñante. Por esta razón, hay que discernir entre las palabras objetivos, contenidos, evaluación, etc. empleadas para hablar de la enseñanza, o para hablar de la planificación.

Algo que puede decirse para comprender las funciones de la planificación es que la misma es más, y a la vez es menos, que un recurso didáctico. Más, porque es también un herramienta social, que permite considerar, en la enseñanza, aquello que no se ve o que está más allá del sentido común. Bien entendida, la planificación amplifica la mirada del maestro en dirección al mundo social en que su enseñanza tiene lugar. Y decimos que la planificación es, también, menos que la enseñanza, porque en el marco de la relación de enseñanza –singular, experiencial, intensa, compleja– la tosquedad de los formularios que estandarizan las acciones y su comprensión, contrasta con toda la riqueza de lo que sucede en el aula. No hay conversación posible entre un maestro que se encuentra apasionado con su enseñanza, y otro que vive obsesionado con sus planificaciones. Los objetivos, los contenidos, las propuestas de enseñanza y las de evaluación ordenan eficientemente el qué y el cómo de la enseñanza, pero finalmente dicen poco sobre su sentido profundo, sobre el para qué esencial que la fundamenta. Incluso cuando se escriban unos párrafos bajo el título “Fundamentación”. Por eso, es importante otorgar a la planificación didáctica el lugar que le corresponde: es una herramienta práctica para que la enseñanza pueda desarrollarse en el marco de instituciones y sistemas de enseñanza.

Sin duda es saludable que la enseñanza sea ordenada. El tipo de orden que propone la planificación estandarizada, sin embargo, podría funcionar (y muchas veces funciona) como un camuflaje de la completa falta de enseñanza. Son estructuras de trabajo que poseen la cualidad de albergar potentes propuestas creativas e interesantes, pero que a la vez pueden invitar a acomodarse en una serie de procedimientos ritualizados, carentes de contenido, intención y compromiso. Lo que define a la enseñanza no es, finalmente, un conjunto de procedimientos. Lo que la define es, como afirma Fenstermacher, el compromiso que existe entre ambas partes de que suceda algo del orden de la transmisión y el aprendizaje. Esto no es, ni puede ser, garantizado por las estructuras de planificación, pues éstas se encuentran en un nivel operativo que da por supuesta la existencia de tal compromiso.

La enseñanza es voluntad e intento por hacer realidad un mundo deseado: mundo de relaciones, de saberes, de emociones. La planificación es un punto de partida para ordenar las ideas y para conversar con otros sobre ese intento, sobre ese deseo. La enseñanza se mueve al ritmo de las conversaciones, los tropiezos, los ajustes, las dudas, las reconsideraciones. La planificación es una plataforma de apoyo: principalmente quieta, a veces sanamente tachonada en márgenes y bordes, otras veces archivada en el escritorio de los burócratas que la visan. Lo contrario de la enseñanza, en la piel de un maestro, es la indiferencia. Lo contrario de la planificación es la improvisación (que puede venir con su técnica, su magia, su talento latente) o la espontaneidad. La planificación, en tanto mecanismo estandarizado, nos ofrece la tranquilidad de las certezas, reservando para la incertidumbre propia de una relación pedagógica lugares aceptables (la “flexibilidad de la planificación”, la “planificación como hipótesis”, etc.). La enseñanza, en cambio, sea como fuere que se organice y se anticipe, se caracteriza por ser un espacio de descubrimiento en el que rigen las reglas de la conversación (orientada, contextuada, pero conversación al fin) antes que las del método.

La idea de una “planificación flexible” suele presentarse como contrapeso de las rigideces a las que aludimos. En ese sentido, pensar que la planificación no es un mandato inamovible, nos abre la puerta a concebir algunas metáforas que ayuden a las prácticas de enseñanza a pensarse desde diseños de planificación capaces de contener estos dilemas, estas complejidades. Pensar la planificación como una herramienta para ordenar las ideas, por ejemplo, o para dar encuadre institucional a la enseñanza, pensarla como un pronóstico razonable, como un tendido de puentes, como un espacio de pensamiento y puesta en diálogo, son formas de significarla en sus potencias, y de preservarnos de planificar lo no planificable: el afecto, el valor del encuentro, la experiencia, la relación. Una secuencia didáctica con objetivos y contenidos que se centra en el lavado de manos de los chicos de dos años, por ejemplo, y que incluye entre sus objetivos el establecimiento de un vínculo afectivo, es un sinsentido. Y lo es, porque las relaciones pueden ser objeto de reflexión, y pueden favorecerse, pero no pueden secuenciarse en objetivos, ni planificarse.

1. Objetivos de enseñanza

Volvamos a las variables didácticas, estas cuatro coordenadas de la enseñanza, y digamos algo sobre cada una de ellas. Un modo interesante de comenzar sería refiriéndonos a los objetivos. Éstos son, como su nombre lo indica, formulaciones de un punto de llegada deseado. Formulamos objetivos para expresar de manera ordenada y precisa qué nos gustaría que suceda a partir de nuestro encuentro con los alumnos. Se trata de una práctica que tiene arraigo y puntos en común (aunque también algunas diferencias) con otros ámbitos profesionales donde se formulan objetivos, como la investigación científica, el gobierno o los negocios. Sucede que, a diferencia de esos ámbitos, la enseñanza tiene lugar en el marco de una relación personal, intensa y sostenida en el tiempo. Y este carácter intenso y extenso de las relaciones de enseñanza, hacen que las metas, el sentido y los fundamentos de lo que se hace, se vayan también negociando, ajustando y repensando desde actitudes menos formales y rigurosas que en la investigación, el gobierno o los negocios.

Muchas veces se dice que se formulan objetivos para, tiempo después, constatar si se han cumplido, y así poder valorar lo realizado. En el gobierno, por ejemplo, esto tiene mucho sentido: un intendente se plantea el objetivo de mejorar la red cloacal, o los servicios de alumbrado, y un tiempo después puede (o no) decir que ha cumplido su propósito, para el que fue investido con un mandato. El objetivo funciona allí como una especie de promesa. Un maestro puede pensar de este modo cuando enseña ciertas habilidades o procedimientos, pero también debe considerar que los objetivos que apuntan a lograr efectos en la vida (el saber, el sentir, la experiencia) de los alumnos, muchas veces no pueden constatarse tan fácilmente, y no siempre terminan de entenderse hasta que se ha puesto el cuerpo en la situación. No es frecuente que los efectos de la enseñanza (y los objetivos se aventuran en ese terreno) sean precisos, previsibles, medibles y cuantificables. Por eso, hay una gran diferencia entre considerar a los objetivos de enseñanza como una lista de resultados esperados, que considerarlos como una manifestación del propósito amplio y la orientación de la enseñanza. Veamos cómo estas dos concepciones se expresan en los modos de formular los objetivos.

A veces los objetivos se formulan en términos de lo que queremos que los alumnos sean capaces de hacer, decir o pensar como consecuencia de la enseñanza que les ofrecemos. Por eso, es común que se escriban de la siguiente manera: se comienza con la expresión “Que los alumnos …” y a continuación se enumeran en un punteo, como una lista, las cosas que nos gustaría que los alumnos puedan hacer, decir, pensar, comprender, sentir, imaginar, etc.

Ésta, sin embargo, no es la única manera de formular objetivos. Nos atreveremos a sostener aquí que, muchas veces, tampoco es la mejor. Especialmente en el nivel inicial. Un objetivo puede también formularse como un propósito más general, y planteando de ese modo una imagen que oriente la enseñanza. Por ejemplo: “Promover en los chicos un primer acercamiento a la cuestión de…”. O también: “Ayudarlos a formularse preguntas acerca de…”. O bien: “Profundizar por medio de experiencias directas el conocimiento de…”. Es decir que, en lugar de puntualizar lo que queremos que sean capaces de hacer, decir, saber, etc. (cuestiones que, como veremos, pertenecen más bien a la esfera de los contenidos) podemos formular el objetivo desde lo que nos proponemos hacer nosotros, como enseñantes, en relación a los alumnos. De este modo, el objetivo abre un mundo posible que nos gustaría recorrer junto a nuestros alumnos, antes que un itinerario de metas específicas. Feldman desarrolla una distinción similar al explicar la diferencia entre “objetivos” y “propósitos”.1

Puede decirse que, en general, las acciones se orientan de dos maneras. Una de ellas corresponde a la realización de un modelo previamente establecido. Su eficacia puede analizarse por el ajuste del resultado final a ese modelo. Otro tipo de acción se orienta, más bien, por un principio de acción, [donde] (…) se cuenta con un modelo para actuar más que con un resultado predefinido para conseguir. O sea, es posible definir las intenciones de enseñanza en términos de lo que los alumnos harán o en términos de lo que el profesor hará.2

En un caso, el objetivo se dirige al resultado, mirando al alumno. En el otro, a las energías desplegadas, mirando a ambos y especialmente al docente. Hemos adelantado algunas de las ventajas de los propósitos amplios y estratégicos por sobre los objetivos operativos, que podríamos ahora resumir del siguiente modo: pensados como imágenes amplias que inspiran la enseñanza, los objetivos conciben al docente como un sujeto creativo y estratégico, conectado con el sentido de sus acciones, más que con el chequeo de logros puntuales. Esto no significa que se deba cultivar la indiferencia respecto de los logros concretos de los alumnos, por supuesto. Pero esto, como enseguida veremos, es algo que se expresa más eficazmente por medio de los contenidos.

Formular los objetivos en términos de acciones que los alumnos podrían realizar, palabras que podrían decir, ideas que podrían pensar, afectos que podrían sentir (es decir, escribiendo “Que el alumno…”) presenta algunos problemas, de los que comentaremos dos.

El primero de estos problemas reside en el efecto que tiene sobre la enseñanza el hecho de pensarla como una “contabilidad”. Si el fin de la relación de enseñanza es hacer que lleguen a destino una lista de saberes, concebidos como objetos que se poseen, y que se deben entregar a los alumnos, hay algo del orden de lo “bancario”, como gustaba llamarlo Paulo Freire, que se impone al sentido más amplio y trascendente de la enseñanza. Usar el espacio de los objetivos para enumerar puntos de llegada que deberán luego ser constatados equivale de algún modo a malgastar la oportunidad de expresar por medio de los objetivos ese otro principio o modelo de acción, como lo llamó Feldman unos párrafos atrás.

El segundo problema tiene que ver con la reiteración en la que a veces recaen algunos planes de enseñanza. Observemos el siguiente ejemplo. Una maestra de sala de tres años, ha escrito en su planificación didáctica los siguientes objetivos y contenidos:


Objetivo : que el niño se inicie en el uso de los números para el conteo, en contextos cotidianos.

Contenido : uso de los números para el conteo, en contextos cotidianos.

Es evidente que la formulación es, al menos, redundante y poco operativa. Se trata claro, de un mal empleo de las variables didácticas en la planificación que hace sentir al maestro que está “llenando un formulario”, antes que expresando y explicitando el sentido de sus acciones. Tratándose de un error muy frecuente, sirve como indicio de algo que vale la pena pensar: las descripciones más detalladas de los saberes, habilidades o disposiciones que quisiéramos ver en los alumnos como resultado de nuestra enseñanza, caben mejor en la categoría de contenidos, bajo algunas de las diferentes modalidades de formulación, a cuya presentación procederemos enseguida. Las categorías “objetivos” y “contenidos” están relacionadas, y es habitual que, si se confecciona un plan de enseñanza con excesivo celo por la forma, se superpongan en forma redundante.

2. Contenidos de la enseñanza

Los contenidos son la expresión detallada de todo aquello que enseñamos. Los conocimientos, habilidades o capacidades que esperamos puntualmente que los alumnos hagan propias. Si el objetivo es desarrollar habilidades en el área de la comunicación y la expresión, por poner un ejemplo sencillo, los contenidos podrían ser: el intercambio oral en situaciones de conversación o la comunicación verbal de necesidades, deseos y sensaciones. Si se tratara de iniciarse en prácticas relacionadas con la medida, en el área de matemática, los contenidos podrían ser: el empleo de unidades informales de medida, los instrumentos de medición que se emplean en la vida cotidiana, entre otros. En fin, los contenidos describen de alguna manera el programa explícito de la enseñanza. Claro que los alumnos aprenderán posiblemente otras cosas que no estaban previstas en la enseñanza. Es por eso que hablamos del programa explícito de la enseñanza, y no de lo que los alumnos efectivamente aprenden.

Lo que se sabe y lo que no se sabe son territorios con límites difusos. Hablar, por ejemplo, de los “saberes previos” de los alumnos puede parecer una idea evidente para el sentido común: hay que ver qué saben, para partir desde allí y avanzar, para relacionar lo sabido con aquello que se está por aprender. Esta es, de hecho, la base de un aprendizaje significativo.3 Sin embargo, vista de más cerca la cuestión podría no ser tan lineal. El saber no es una “cosa” que se posee y sobre la que se pueden apoyar otras cosas, sino un estado, un modo de relación. Lo no sabido, el mundo amplio de las cosas que están por descubrirse, por incorporar a lo que somos capaces de decir, hacer o pensar, actúa sobre nosotros de distintas maneras. Pensemos en la sensación previa a resolver un acertijo o una adivinanza, por ejemplo. Esta sensación, incómoda y a la vez atrapante, desafiante y angustiante, es un buen ejemplo de esta relación con lo no sabido. Las “ignorancias previas”, así, pueden ser tan importantes como los “saberes previos”. Las planificaciones que enumeran contenidos crean la falsa sensación de que hay un saber finito, abarcable, resumible a un plan o programa. Y lo que hay, en realidad, es un mundo fértil de experiencias que tratamos de acercar a los alumnos de un modo lo más inteligente, sensible y abierto que sea posible.

Esta idea de “un mundo fértil de experiencias” es interesante para comprender la diferencia entre saber y contenido. Una situación puede albergar una infinidad de oportunidades para el aprendizaje. La existencia de objetos, estímulos, otras personas, etc. hace que si quisiéramos enumerar todo lo “aprendible” de un escenario de juego, por ejemplo, la lista sería muy extensa. Sin embargo, como afirma Ullúa, “el maestro no puede, en una situación de enseñanza, enseñar todos esos contenidos, (…) sólo puede orientar sus procedimientos de enseñanza en relación con uno o unos pocos de ellos”. Lo que sucede en relación a esa riqueza potencial de saberes aprendibles, plantea Ullúa, es que conforma un “cámpo fértil”, en el sentido de que abre posibilidades dentro de una oferta pedagógica amplia.4 La falacia del saber previo, entonces, es confiar demasiado en lo que se sabe, como si se tratara de una pieza a ser rescatada. Más que “indagar saberes previos”, lo que el docente hace es iniciar una conversación: no tanto para diagnosticar lo que los alumnos ya saben, sino para acercarse a ellos y conocer él mismo algo sobre sus interlocutores.

Formular contenidos es, de algún modo, hacer un esfuerzo por complejizar los objetos de conocimiento que ofrecemos, descubrir todo lo que hay para llegar a saber a partir de ellos, desplegar sus elementos. Pero también implica siempre una reducción, una simplificación de la realidad. Analizar la enseñanza en términos de contenidos equivale a mirarla por dentro, a descubrir las diferentes pistas que pueden seguirse, las oportunidades que pueden aprovecharse, pero cuidando de no creer, falsamente, que esa enumeración es el fin último de la enseñanza.5 Los diseños curriculares ofrecen una gran inspiración en ese sentido, ya que enumeran exhaustivamente los contenidos de las distintas áreas. No obstante, hay un trabajo personal de cada maestro, que consiste en construir una reflexión sobre hasta dónde –y por qué caminos– se puede llegar al objeto de conocimiento amplio al que apunta la enseñanza. No siempre es fácil –o posible, o deseable– formular de modo minucioso los contenidos. Como más adelante se verá, hay estructuras didácticas (esto es, modos de organizar la enseñanza) que favorecen una formulación explícita de los contenidos, y otras en las que es más difícil hacer una anticipación precisa.

Los contenidos como expresiones de lo que se espera que los alumnos aprendan no se reducen a la información, el concepto o la teoría. Se enseña el significado y uso de las palabras, se enseña una descripción comprensiva del mundo, los argumentos, los razonamientos. Pero se habla también, por ejemplo, de contenidos que son habilidades (nadar, lanzar una pelota, u otras destrezas físicas; o habilidades conceptuales, como formular preguntas, inventar ejemplos o esbozar hipótesis) y de contenidos que son valores, actitudes o disposiciones. Una clasificación que fue muy empleada en los años 90’ para discernir entre estas categorías de contenidos los nombraba como conceptuales, procedimentales y actitudinales. Un documento curricular de 1996 decía que “(…) saber, saber razonar, saber hacer y saber ser organizan la propuesta de contenidos conceptuales, procedimentales y actitudinales para el desarrollo de las capacidades personales y sociales que la escuela debe promover (…)”.6 Estas formas de catalogar los saberes han sido un disparador para discutir en qué medida puede decirse que un saber es puramente conceptual, por ejemplo, disociándolo de los procedimientos o las actitudes por los que se adquiere y cobra sentido en la práctica. En parte por eso, documentos curriculares posteriores fueron dejando de lado esta clasificación, y adoptando otros modos de organizar los contenidos.7 Lo que la búsqueda de una distinción y el debate que suscita ayuda a ver, en todo caso, es que el saber que enseñamos no se limita al registro enciclopédico de una información archivada que se pone al alcance de los alumnos, sino que incluye también dimensiones prácticas, experienciales, subjetivas y asociadas a las situaciones reales en las que esos saberes tienen sentido y razón de ser.8

Toda iniciativa de enseñanza se enfrenta a la necesidad de discernir entre lo que una vez enseñado se traduce en habilidades, destrezas o conocimientos concretos de los alumnos (distinguir letras de números, nombrar los colores, dibujar un rectángulo, etc.) y aquellos otros efectos de la enseñanza que inciden de una manera más vaga, más amplia y más lenta en la disposición general de los alumnos y que tienen alguna influencia en sus modos de pensar o de sentir su relación con el mundo. Freire marca esta diferencia en sus Cartas a quien pretende enseñar del siguiente modo:

“(…) enseñar ya no puede ser ese esfuerzo de transmisión del llamado saber acumulado que se hace de una generación a la otra, y el aprender no puede ser la pura recepción del objeto o el contenido transferido. Por el contrario, girando alrededor de la comprensión del mundo, de los objetos, de la creación, de la belleza, de la exactitud científica, del sentido común, el enseñar y el aprender también giran alrededor de la producción de esa comprensión, tan social como la producción del lenguaje, que también es conocimiento”.9

Como ejemplo de esta segunda forma de enseñanza (menos medible, menos “enumerable” en contenidos concretos) podríamos mencionar cuestiones tales como interiorizarse de la racionalidad de un procedimiento científico, sensibilizarse respecto de los impulsos del artista, comprometerse con la necesidad de justicia, sentirse capaz de emplear ciertas sutilezas o giros del lenguaje para dar a entender pensamientos e ideas, desarrollar un sentido del humor agudo e inteligente. No es que estos saberes no puedan listarse en una planificación, pero hacerlo es un poco absurdo: se trata de construcciones muy complejas a las que, si una enseñanza aporta, lo hace siempre parcial y fragmentadamente. Así, enseñar es transmitir en forma ordenada una cantidad medible de saberes y habilidades o destrezas funcionales a una inteligencia práctica, que favorece las interacciones productivas con el mundo, y al mismo tiempo enseñar también es ofrecer oportunidades para ir tallando la forma y el estilo de esas interacciones, y un cierto modo personal y profundo de habitar el mundo, haciéndose eco de herencias, dilemas y cosmovisiones. En términos generales, a ambas cosas se las puede llamar contenidos (con todas sus variantes y tipologías).

Cuando en una institución educativa se debe decidir si se le otorga a un estudiante una “equivalencia” 10, por ejemplo, el responsable se ve en la difícil tarea (si no en la imposible tarea) de determinar si la experiencia de aprendizaje que el estudiante ya tuvo en otro momento equivale a la que podría tener en la actualidad. Las experiencias de aprendizaje son difíciles de comparar, pero en este caso el profesor echará mano a la única evidencia con pretensión de información objetivable: programas, calificaciones, actas de examen. En un sentido amplio, los contenidos son al saber lo que la planificación a la enseñanza, lo que el examen a la reflexión comprensiva, lo que la descripción al hecho. Hay una distancia insalvable entre contenido y saber, pero su formulación contribuye a dar a la enseñanza una orientación, un orden y una consistencia. Por eso, aunque en algún punto sea absurdo, también es necesario pensar qué aprenderán (qué podrían aprender) los chicos en el nivel inicial cuando les proponemos desafíos, situaciones de juego, conversaciones, etc.

Así como antes comentamos dos maneras diferentes de formular los objetivos (a partir de la expresión “Que los alumnos…” y como un planteo más amplio de una imagen que oriente los propósitos de la enseñanza), podemos reconocer distintos modos en los que se puede hablar de los contenidos. Comentaremos brevemente tres modos de decir qué es lo que queremos que los alumnos aprendan: los contenidos enunciados como títulos, como afirmaciones y como preguntas .

Los contenidos enunciados como títulos, como afirmaciones y como preguntas

La forma más usual en los programas curriculares suele ser la enumeración de los contenidos como “cosas”, como unidades de sentido que se parecen mucho a títulos. Así, en el marco de una experiencia de enseñanza que involucra libros, por ejemplo, podría decirse que algunos de los contenidos que se enseñan son: el libro como objeto, sus partes, la idea de autor, las formas de ordenar los volúmenes en la biblioteca, etc. Esta forma de enunciar un contenido, frecuente en diseños curriculares, programas de materias, seminarios y cursos de distinta naturaleza, pone el acento en la enumeración, en lo analítico del objeto de conocimiento, en el desmenuzamiento de todo lo que podría hallarse en los distintos temas y problemas de estudio. Al enunciar los contenidos como títulos ponemos el acento en la descripción exhaustiva de los elementos de un objeto de conocimiento (siempre amplio, complejo e inabarcable) en los que elegimos focalizar.

Otro modo de formular contenidos es por medio de afirmaciones, frases que uno puede imaginar en la voz de los alumnos, cuando han aprendido algo. Así, siguiendo con el mismo ejemplo de los libros, la maestra podría enunciar lo que desea que los alumnos aprendan, mediante expresiones como:

 Existen libros de distintos tamaños, materiales, colores y formas.

 Muchas veces estas diferencias tienen que ver con los lectores a los que están dirigidos.

 La persona que escribió un libro es llamada “autor” o “autora”.

Este modo de formular los contenidos pone el acento en la apropiación de estas ideas, datos, procedimientos o valoraciones por parte de los alumnos, ya que los imagina en su propia voz. El contenido crece descriptivamente, al invitar al maestro a ponerse en el lugar del alumno.

Un tercer modo de enunciar contenidos es mediante la formulación de preguntas. Se trata de un modo de formular aquello que esperamos que los alumnos aprendan donde lo que se pone en primer plano es el proceso que conduce al conocimiento, la curiosidad, la búsqueda. Es apropiado enunciar los contenidos de esta forma en el marco de estructuras de enseñanza que tienden a ser abiertas y flexibles, como el proyecto áulico. Retomando el ejemplo anterior, en esta versión de la formulación de contenidos, el maestro podría preguntar: ¿qué es un libro? ¿Qué contienen los libros? ¿Quién los escribe y para qué? ¿Cómo podríamos hacer para guardarlos ordenadamente, de modo de poder encontrarlos fácilmente? ¿Qué necesitaríamos saber para poder escribir un libro?

Si pensar en objetivos de enseñanza implica construir alguna reflexión sobre la finalidad y el sentido, formular los contenidos guarda relación con los efectos que esperamos que la misma tenga en los conocimientos de los alumnos. En el siguiente apartado nos enfocaremos en la tarea de anticipar las acciones concretas que habremos de realizar, que es de algún modo la parte más comprometida, porque es en las actividades donde finalmente pondremos el cuerpo.

3. Las estrategias de enseñanza

Las actividades o propuestas de enseñanza son las acciones que el docente realiza –o invita a los alumnos a realizar y desarrollar juntos– para concretar la enseñanza. Mediante estas acciones, el maestro procura hacer todo lo posible para que los alumnos realicen efectivamente los aprendizajes que expresan los contenidos. Puede hacerse una enorme variedad de cosas para que los alumnos aprendan. La lista que se muestra a continuación es sólo un ejemplo del abanico de propuestas que un enseñante tiene a su disposición:

 Exponer oralmente

 Escribir en el pizarrón

 Mostrar un esquema gráfico

 Mostrar cómo se hace algo

 Dictar

 Dar instrucciones sobre cómo usar una herramienta

 Hacer preguntas

 Repartir fotocopias en la clase y leer juntos un texto

 Analizar grupalmente una frase

 Plantear un problema teórico y conducir un debate

 Proponer una situación como “disparador” y analizarla, debatir.

 Prestar a lo alumnos el rol de docente

 Dramatizar una situación

 Realizar un experimento

 Jugar

 Trabajar a partir de objetos y su análisis

 Pedir a los alumnos que lean un texto o fragmento en la clase

 Pedir a los alumnos que expongan un tema, una lectura, etc.

 Pedir a los alumnos que lean un texto

 Pedir a los alumnos que escriban un texto

 Pedir a los alumnos que hagan algo y corregirlos

 Pedir a los alumnos que dibujen

 Pedir a los alumnos que canten

 Pedir a los alumnos que fabriquen o realicen cosas

 Ver videos

 Realizar salidas a lugares “educativos” (como museos, centros culturales, bibliotecas, etc.)

 Realizar salidas a lugares no “educativos” para verlos con otros ojos

 Realizar proyectos: una revista de estudio, un video, un viaje…

 Desarrollar una experiencia solidaria (ayudar a alguien)

 Proponer una experiencia de investigación (un trabajo de campo)

 Traer un invitado

 Establecer normas de trabajo y de comportamiento

 Crear un ambiente estético determinado

 Dar recompensas y/o sanciones

 Crear un ritual, una estructura de trabajo en los encuentros.

Algunas de estas acciones serán más oportunas para alumnos de ciertas edades, en ciertos momentos de la relación de enseñanza o bajo diferentes tipos de experiencias educativas. Hay además algunas tradiciones filosóficas e ideológicas asociadas a cada una de estas formas de concretar la enseñanza. Y hay, claro, una enorme variedad de formas de realizar y concebir cada una de estas acciones.

Un libro clásico de Hans Aebli, discípulo de Jean Piaget, proponía desarrollar una didáctica basada en la psicología piagetiana, donde las acciones de la enseñanza se fundaran en el conocimiento profundo de los procesos de aprendizaje de los alumnos. Enseñar sin entender el aprendizaje del alumno, decía, equivale a la posición del operario que acciona una máquina cuyo funcionamiento desconoce.11 Algunas de las formas de enseñar que propone Aebli son narrar y referir, mostrar, contemplar y observar, leer con los alumnos, escribir y redactar textos, elaborar cursos de acción, solucionar problemas y ejercitar. Se trata, digamos, de cosas que pueden hacerse para promover aprendizajes, y que en este caso se fundan en una hipótesis acerca de cómo aprenden las personas. La justificación psicológica, sin embargo, no es la única base de las acciones de la enseñanza. Uno puede pensar en las intervenciones del maestro teniendo en cuenta también otras cuestiones, tales como la experiencia previa de los alumnos, sus actividades habituales, las propias fortalezas y habilidades del maestro, la naturaleza del contenido a enseñar y hasta la disponibilidad de ciertos recursos.

Una pregunta interesante que podemos formular a esta altura es la siguiente: ¿existen algunas acciones de enseñanza que sean específicas del nivel inicial? Y en relación a este interrogante hay dos cuestiones que parecen más o menos evidentes. En primer lugar, que la acción de jugar decididamente ocupa un lugar central en las prácticas de este nivel de enseñanza, y por eso más adelante dedicaremos dos capítulos al juego exclusivamente. En segundo término, que las actividades centradas en habilidades que los niños del jardín aún no han desarrollado lo suficiente –esencialmente, la lectura y la escritura– han de ser pensadas desde una perspectiva diferente. Hechas estas dos observaciones, puede decirse que, por lo demás, la lista de acciones de enseñanza presentada más arriba habla de cosas que pueden hacerse junto a personas de cualquier edad, con los ajustes que fueran oportunos en cada caso.

Otra inquietud interesante en relación a las acciones del maestro para favorecer el aprendizaje de los alumnos tiene que ver con la relación entre actividades y filosofías o concepciones de la enseñanza. Páginas atrás discutimos la idea de “buena enseñanza”, y planteamos que desde distintas perspectivas y fundamentos, la enseñanza bien entendida y desarrollada se materializa en distintas acciones y criterios de intervención. Sin embargo, cabe preguntarse si realmente hay una relación directa entre formas de actuar y formas de concebir la enseñanza. Por ejemplo: ¿una enseñanza basada en la explicación y la exposición oral, es necesariamente una enseñanza tradicional ? ¿Una propuesta de enseñanza que propone actividades de exploración a los alumnos, es necesariamente constructivista ? ¿Organizar a los alumnos en pequeños grupos, es necesariamente un indicio de que se está proponiendo una enseñanza basada en la producción cooperativa ? Puede decirse que, si bien ciertas acciones de enseñanza están asociadas, en el discurso y en las tradiciones de las aulas, a determinadas filosofías educativas, el sentido que las acciones de enseñanza van cobrando a lo largo de la historia es cambiante. Definitivamente no significaba lo mismo dar una clase a fines del siglo XIX, que a comienzos del siglo XXI.

Existe una vieja fábula, repetida hasta el cansancio en conferencias y disertaciones, que pretende probar la “desactualización” de la educación respecto de, por ejemplo, la medicina. La historia conjetura que un médico de otros tiempos, puesto a viajar en el tiempo y a operar a un paciente en la actualidad se sentiría muy desorientado en un quirófano contemporáneo, pero que en cambio, un educador de otros tiempos que debiera dictar sus clases en la actualidad, podría hacerlo sin mayores inconvenientes. El relato propone una falacia tentadora. Pero si aceptamos que no hay una relación lineal entre las acciones de enseñanza y los sentidos de estas acciones, podríamos afirmar con certeza que esta fábula es completamente falsa. Incluso sin considerar el modo en que las nuevas tecnologías han ampliado las experiencias del aula, un educador del siglo XIX puesto a enseñar en un aula del siglo XXI se sentiría profundamente extrañado del modo en que los alumnos lo miran, en que sus colegas esperan que los estudiantes hablen y participen, y hasta en los modos de moverse y conversar dentro del aula. La enseñanza cambia, y mucho. Y los cambios pasan, entre otras cosas, por los diferentes sentidos que van cobrando las mismas acciones.

La relación entre objetivos, contenidos y propuestas de enseñanza es dinámica. A veces los maestros organizan actividades a partir de una cierta confianza en su eficacia para abrir un universo de saberes al cual apunta el objetivo de su enseñanza, o toman como impulso inicial la disponibilidad de un material, sin tener certezas precisas de qué contenidos más específicos quieren enseñar, y éstos van precisándose a medida que la actividad se desarrolla. Otras veces, se parte de una certeza mayor sobre lo que se quiere enseñar, y se diseñan actividades que resulten eficaces para enseñarlos. La enseñanza suele reposar sobre fundamentos más o menos consensuados, discutidos, puestos en diálogo, pero la idea de que el maestro es siempre un actor racional que ejecuta un plan minuciosamente trazado es (afortunadamente) falsa. Más habitualmente, el que enseña se comporta como un líder de un grupo que aprende, como un guía que combina racionalidad e intuición, y que decide sus intervenciones en base a los avatares de la relación en el marco de la que la enseñanza tiene lugar.

Tiempo, espacio, orden, equilibrio, jerarquía y pertinencia como analizadores de la práctica

Las propuestas de enseñanza son el punto de concreción de todo el proceso. La instancia donde se pone el cuerpo y las cosas suceden. Por eso, es el lugar donde mayores reflexiones y ajustes se generan y donde más cosas pasan. Los intercambios entre docentes y directivos son un buen referente de las discusiones acerca de cómo deberían ser las propuestas de enseñanza. En los últimos años, hemos podido reunir un amplio corpus de carpetas didácticas de docentes de nivel inicial, que ha permitido realizar un análisis centrado en las observaciones realizadas por las personas encargadas de supervisar o asesorar (director/a, coordinador/a pedagógico, supervisor/a, etc.). Este repaso de sugerencias, correcciones, propuestas, indicaciones, ha permitido identificar algunas observaciones usuales. La recurrencia de algunos criterios de corrección en vistas a mejorar las propuestas de enseñanza muestra, si no el ideal de perfección de un conjunto de actividades, al menos el tipo de errores que, en la visión de directivos o supervisores, los docentes suelen cometer cuando planifican.

Las principales categorías en las que aparecen incluidas estas observaciones son seis: tiempo, espacio, orden, jerarquía, pertinencia y equilibrio. Estas categorías pueden entenderse en (y se desprenden de) términos y aspectos muy precisos. Tiempo, espacio, orden, equilibrio, jerarquía y pertinencia serían, en una ajustada síntesis, los elementos que habitualmente se toman en cuenta a la hora de evaluar las prácticas. Y es por ello que merecen especial atención los elementos que definen cada una de estas variables. Aunque esta enumeración pueda parecer algo obvia, debe mirarse con detenimiento pues, al decir de Foucault “lo que hay que hacer con los hechos banales es descubrir –o por lo menos intentar descubrir– qué problema específico, y quizás original, está ligado a ellos”.12 Veamos en detalle cada una de estas categorías, contemplándolas como analizadores de las propuestas de enseñanza. En suma, lo que los siguientes comentarios se proponen ofrecer, es un conjunto de criterios empíricos que surgen del trabajo cotidiano de acompañamiento de los directivos a las planificaciones de los docentes, que podrían ayudarnos a pensar qué se piensa en las instituciones cuando se piensa la enseñanza en el lenguaje ecléctico y versátil de las planificaciones didácticas.

1. Tiempo. En lo referido a la duración que se espera de una propuesta en el aula, a sus distintos momentos (generalmente se busca un inicio, un desarrollo y un cierre), y también en relación al momento oportuno en que la propuesta debería ser ofrecida. Esta variable rige observaciones del tipo de “aquí debería quedar un rato para hacer un cierre”, “¿no sería mejor que esta actividad la dejaras para el viernes?” o “quizás no te alcance el tiempo para desarrollar todas estas actividades en el día”.

2. Espacio. Esta categoría aparece vinculada a la disposición de los materiales, al uso de los ambientes y dimensiones disponibles y a la previsión de un dispositivo para ocupar el espacio (rondas, grupos, filas). Cuando una actividad es puesta bajo la lupa desde este ángulo, el tipo de sugerencias que se ofrecen es: “¿No sería mejor realizar esta actividad en un lugar más amplio?”, “¿Crees que serán suficientes dos afiches para emplear como soporte de esta técnica?” o “¿Por qué no hacer un círculo usando las sillas?”.

3. Orden. En referencia a los dos sentidos de la palabra: a la disponibilidad de materiales en forma cómoda y accesible, y a la mejor manera de poner en secuencia las propuestas, encadenadas unas con otras. Aquí es habitual hallar sugerencias que apuntan a poner en evidencia que hay experiencias que es oportuno presentar antes que otras. Un ejemplo sencillo, casi banal, pero muy ilustrativo: una directora sugería que “al repartir los materiales de plástica, deberías entregar primero los pinceles, luego las hojas, y sólo al final las bandejas con la pintura”. Otra interesante observación de una coordinadora decía: “Creo que la actividad no salió mal porque estuviera mal pensada, sino porque el salón estaba lleno de cosas que distraían a los chicos. Inténtalo de nuevo otro día, luego de guardar todas las cosas que andan sueltas por ahí”.

4. Jerarquía. Esta categoría tiene que ver con la mayor importancia de unas propuestas respecto de otras, lo que está sujeto a los objetivos que se persigan con la propuesta. En un proyecto o en una unidad didáctica, podría decirse, hay propuestas “centrales” que ocupan un lugar de mayor importancia (como la experiencia directa, el juego dramático, el juego-trabajo, las puestas en común) y otras más accesorias. Una de las observaciones relevadas, por ejemplo, sugería: “¿Por qué postergas tanto tiempo la salida, con tantas actividades anticipatorias? ¡Ya la podrían haber realizado!”

5. Pertinencia. Una de las principales observaciones que se realizan a las propuestas de enseñanza en el nivel inicial responde a la pregunta ¿es esto apropiado para niños de esta edad? Si bien es una variable de amplia interpretación (pues hay muchas razones por las que una propuesta puede considerarse inapropiada: peligrosidad, falta de interés, etc.), es en general entendida como pertinencia respecto de la edad y nivel evolutivo del grupo de niños. Las anotaciones o correcciones suelen mostrar expresiones tales como “Esto es demasiado complejo para sala de 3”, o “esto se supone que ya lo vieron el año pasado”.

6. Equilibrio. Finalmente, el equilibrio es una variable aplicada a una visión a más largo plazo, semanas o meses, en la que se contempla la presencia de elementos de distintas áreas de conocimiento, sin excesos ni ausencias de unas u otras. “En toda la semana no has incluido ninguna propuesta de expresión corporal”, o “Hace rato que no encaras algún proyecto de ciencias” son modos en los que esta categoría se expresa en las correcciones.

Tipos de actividades de enseñanza habituales en el nivel inicial

Así como en la escuela primaria es muy habitual trabajar sobre el cuaderno de clase, en la carrera de arquitectura se realizan con frecuencia diseños o maquetas y en los conservatorios de música se ejercitan habilidades de ejecución con instrumentos, en el nivel inicial es habitual que se realicen ciertas actividades, con más frecuencia que otras. No se trata de tipos de actividades según aquello que enseñan (p.e. “actividades de matemática”, etc.) sino de modos habituales de organizar la actividad. La siguiente es una lista orientativa de algunas alternativas comúnmente desarrolladas en el nivel inicial.

1. Los intercambios grupales. Se trata de conversaciones coordinadas por el docente alrededor de una determinada temática. Habitualmente, los intercambios están conectados con una actividad que se realizará luego (un juego, una actividad de producción, una salida, etc.). En otras ocasiones, el intercambio grupal puede ser una propuesta en sí misma, sin tener este carácter anticipatorio, y ocasionalmente puede incorporarse algún objeto disparador, un soporte de registro (como el pizarrón, un afiche, etc.). En estos casos, podríamos decir que se trata de una actividad de observación o de búsqueda de información en grupo, como suelen proponerse a veces en las didácticas de las ciencias sociales.13 En los intercambios grupales, el docente despliega sus habilidades para coordinar una conversación grupal, dar la palabra, facilitar a los niños y niñas recursos de lenguaje para precisar sus intervenciones, formular preguntas interesantes que los ayuden a pensar e invitarlos a su vez a interrogarse.

2. Los juegos reglados. Generalmente se trata de un tipo de propuestas de juego en las que se demanda usar ciertos saberes y destrezas. Y muchas veces, el contenido a enseñar mediante la actividad no es el juego en sí mismo, sino ese saber o destreza que se necesita para jugarlo. Dentro de esta categoría caben los juegos que se desarrollan sobre una estructura predeterminada de mecanismos de interacción, tiempos, espacios y objetos: juegos de tablero, juegos físicos pautados, similares a las disciplinas deportivas, y también, estirando un poco la definición, ciertos juegos de palabras y juegos gráficos. En este tipo de propuestas, el maestro debe enseñar el juego, mostrar cómo se aplican sus reglas, brindar momentos de ejemplos compartidos donde algunos niños intentan jugarlo y los demás observan, y finalmente abrir un período de tiempo en el que los niños desarrollen el juego en forma más autónoma.

3. El juego socio-dramático. Las propuestas de juego donde los niños despliegan roles, son espacios donde por excelencia es posible profundizar en el conocimiento de las relaciones sociales, los conflictos, y donde los niños despliegan sus concepciones acerca del mundo social. El juego socio-dramático “conlleva la asunción de roles y la construcción de una historia dramática o guion a partir de los cuales los niños despliegan diferentes acciones y sostienen una trama narrativa”.14 Al ofrecerlo, los docentes buscan en general poner en escena las concepciones de los niños sobre el mundo social y de relaciones que los rodea.

4. El juego-trabajo. Aunque en rigor es discutible que el juego-trabajo se defina como una propuesta de enseñanza, dado que su complejidad permite considerarlo como una estructura didáctica, es oportuno mencionarlo aquí pues se trata de una modalidad de organización de la actividad del grupo que aparece con frecuencia en las salas. Se trata de la distribución del grupo en pequeños subgrupos, que se distribuyen en espacios de actividad denominados sectores o rincones. En cada sector se desarrollan actividades diferentes, que dan un nombre al sector. Algunos ejemplos de sectores son: el sector de construcciones, de lectura o biblioteca, de juegos tranquilos o juegos de mesa, de dramatizaciones, de arte, de ciencia, entre otros que pueden crearse y desarrollarse a partir de los intereses del grupo y los propósitos del docente. La actividad suele desarrollarse en distintas etapas: el momento de reunión previa donde el docente presenta los nuevos materiales que hay en cada rincón y los niños eligen un sector, el período de desarrollo del juego, el momento de puesta en común posterior al juego y el orden de los materiales.

5. Las experiencias directas y las entrevistas. Se trata de propuestas de apertura al mundo social, de ventanas por las cuales el grupo “se asoma” a distintas realidades y que por ello funcionan como un verdadero trabajo de campo. Como actividades de conocimiento, aportan una visión rica e interesante sobre cualquier temática que se trabaje en la sala. Un buen aprovechamiento de estas experiencias demanda una anticipación, un trabajo posterior, la previsión de modos variados de registro y el trabajo reflexivo sobre las preguntas que la experiencia ayudará a formular y responder.

6. Las actividades de producción. Se trata de un período de trabajo del grupo, a partir de una consigna ofrecida por el docente. Los alumnos podrán producir con su voz, con su cuerpo, con materiales de construcción, de dibujo o pintura, con herramientas diversas, etc. Lo que define a las actividades de producción es la realización de una tarea, que puede estar atravesada de un espíritu lúdico, artístico, laborioso, constructivo, o varias de estas alternativas a la vez. Por lo general, de estas actividades resulta un producto que con frecuencia sirve al docente para realizar valiosos análisis y conocer algo más acerca del aprendizaje de los alumnos.

7. Las propuestas de exploración de espacios y materiales. Muchas veces, ya sea porque se desea promover un encuentro íntimo entre los niños y los objetos, o porque se propone ofrecer un espacio de familiarización con ciertos materiales, herramientas, etc. en vistas a un trabajo posterior, se proponen sesiones de juego no estructurado, de manipulación y uso abierto de espacios, materiales, objetos o herramientas.

Estos siete tipos de actividades habituales no agotan lo que puede y suele hacerse en las salas del nivel inicial. Hay otros formatos y denominaciones, que podrían leerse como variaciones interesantes, como el llamado juego heurístico, que combina distintas formas de juego con predominio de la exploración física de objetos (no juguetes), el trabajo-juego, la multi-tarea, el juego centralizado, entre otros. No obstante, podrían reconocerse en estas estructuras un panorama general de los dispositivos del trabajo pedagógico frecuentes en este nivel de enseñanza.


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