Kitabı oxu: «Un imperio eterno: Un viaje a las sombras»

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Daniel Correa Escribano

UN IMPERIO ETERNO

Un viaje a las sombras


© Daniel Correa Escribano

© Un Imperio eterno. Un viaje a las sombras

Enero 2021

ISBN: 978-84-685-5490-7

Editado por Bubok Publishing S.L.

equipo@bubok.com

Tel: 912904490

C/Vizcaya, 6

28045 Madrid

Maquetación: CaryCar Servicios Editoriales

Diseño de cubierta: CaryCar Servicios Editoriales

Editado en Madrid, para España y toda América Latina

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Índice

  C1

  C2 Diario Aquella misma noche Diario

  C3 Diario Diario

  C4 Finales de abril

  C5 Lejos de allí, a finales de abril

  C6 En algún lugar del Mediterráneo, finales de abril

  C7

  C8

  C9

  C10

  C11

  C12

  C13

  C14

  C15

  C16 En el Palacio Imperial

  C17 Diario Perdidos en un descampado En la villa En el descampado

  C18

  C19

  C20

  C21 En los prados

  C22

  C23

  C24 Primero de junio

  C25

  C26 Un día de boda

  C27

  C28 En tierra A bordo

  C29

  C30

  C31 Diario Diario

  C32

  C33

  C34 Diario

  C35

  C36 Diario

  C37 En el suburban

  C38 Diario

  C39 En el despacho de Anne

  C40 Diario

  C41 En la oscuridad de la noche

  C42

  C43

  C44

  C45

  C46

  C47

  C48

  C49

  C50

  C51

  C52

  C53

  C54

  C55

  C56

  C57

C1

—Bien, supongo que tendrá muchas preguntas que hacerme. Lleva tiempo buscándome y por fin me tiene aquí, en la misma habitación.

—¿Cómo puedo llamarle? Durante mi investigación he podido comprobar que le han dado un sinfín de nombres.

—Lucius, puede llamarme Lucius si lo desea, este es mi verdadero nombre.

—Tiene un extraño acento. ¿De dónde es?

—Soy romano.

—¿Cuánto tiempo lleva aquí?

—¿Aquí… en Madrid, se refiere?

—Sí.

—Dentro de dos días se cumplirán diez años, ya echo de menos mi hogar, pero ser cazador es una obligación para los romanos, y un honor.

—¿Por qué ahora?, ¿por qué se ha decidido a ponerse en contacto conmigo? Sabe que llevo detrás de usted muchos años. He pagado un precio muy alto. Mi matrimonio, mi carrera, soy el hazmerreír de mis compañeros.

—Precisamente ese es el motivo por el que le he elegido, para contar mi historia, la historia de mi pueblo, del pueblo romano. Su tenacidad es admirable, no es nada fácil seguirme los pasos y usted siempre se las ha ingeniado para estar cerca, a tan solo minutos de mí. Debo felicitarle y por ello hemos decidido que es usted quien debe abrirnos al mundo.

—¿Ha dicho que es un cazador?

—Sí, todos los romanos somos cazadores. Durante diez años una generación es enviada a un rincón del mundo, a cazar.

— ¿Cazar? ¿Y qué cazan?

—Monstruos, señor Ruiz, seres antiguos, seres oscuros, que se esconden en las entrañas de la tierra, en el fondo de un espeso bosque o aquí entre nosotros. Llevamos siglos cazándolos, cientos de generaciones.

—Así que monstruos, ¿así es como ve a los cientos de personas que ha asesinado durante tantos años?

—No son personas, señor Ruiz, o al menos no del tipo de personas al que usted se refiere. Algunos les sirven con una maldad que ha conseguido corromperles hasta las entrañas, aunque la mayoría son simples disfraces que les ocultan de vuestras miradas, de su verdadero ser.

La brisa primaveral entraba por la ventana de aquella habitación tenuemente iluminada, Óscar sentía cómo el sudor resbalaba por su cuello y cómo al contacto del aire se convertía en escalofríos que le estremecían hasta lo más profundo de su ser. Se sentía en una situación extrema en aquella habitación de aquel hotelucho de la Gran Vía en compañía de quien decían era el asesino más mortífero de todos los tiempos.

Llevaba más de ocho años detrás de él siguiéndole los talones, pero jamás se imaginó en una posición semejante, estar a solas con él. Se debatía entre estar asustado o emocionado, no sabía qué sentir, no se lo imaginaba así; apenas tendría treinta años, eso significa que, si era cierto que era un asesino, había empezado a matar con veinte años. No podía creerlo, su cara transmitía tranquilidad y su voz aterciopelada hacía sentirle relajado, protegido, no era como creería que se sentiría delante de un asesino en serie.

Tenía la certeza de que aquel hombre, de una forma u otra, sería diferente a los demás, pero jamás imaginó que sería romano. ¿A qué se refería con querer contar su historia, la historia de su pueblo, de Roma?

—De modo que no son personas. Son monstruos disfrazados, o tal vez monstruos capaces de cambiar de forma.

—No se burle, señor Ruiz. Hay seres mucho más antiguos que vosotros ahí fuera, les servís de alimento. Viven ocultos al mundo igual que nosotros.

—Pero vosotros, si se refiere a los romanos, no viven ocultos al mundo, todos conocemos su existencia. Es cierto que son muy reservados y que no dejan que nadie se acerque a su isla y mucho menos pisarla.

Aquel hombre se acercó a la ventana y la cerró, empezaba a hacer frío y su compañía no paraba de dar respingones en la silla.

—El misterio no reside en nuestra existencia, señor Ruiz sino en lo que hacemos y en por qué lo hacemos. Usted es inteligente y tiene curiosidad, algo básico para su profesión. ¿Nunca ha reparado en cuánta gente desaparece al cabo de un año en todo el mundo? Se esfuman sin dejar ni rastro. Seguro que alguna vez se habrá preguntado dónde ha ido a parar tanta gente.

—De modo que nos protegen.

—No exactamente, procuramos manteneros a salvo. Investigamos todas las desapariciones y acabamos con el ser que las haya causado.

—Y ¿qué quiere de mí exactamente? Si no me equivoco, se va en dos días a su querida Roma.

—No es lo que yo quiera, señor Ruiz, es lo que me han ordenado.

—¿Y qué debe hacer?

—Debo llevarle a Roma conmigo, como mi invitado. Sí, señor Ruiz, va usted a pisar Roma, como ha acertado a decir antes muy pocos no romanos han pisado suelo imperial, es afortunado. Allí descubrirá que no todo lo que ha aprendido en los libros es necesariamente real.

Sin más, aquel hombre, aquel cazador romano, se levantó y salió de la habitación, no sin antes avisarle de que tuviera todo listo, en un par de días le recogería para emprender el viaje, el viaje de su vida, un viaje hacia lo desconocido hacia tierras que no habían sido documentadas desde hacía cientos de decenas de siglos.

Repasó en su mente lo que sabía de Roma: el viejo imperio se había reducido a tres grandes islas del Mediterráneo entre España e Italia, y la antigua capital de su antaño gran imperio, Roma, era una ciudad estado, donde recibían a las autoridades mundiales. Aunque lo intentó no consiguió recordar el nombre de las tres islas.

Cuando el imperio se deshizo a causa de los sucesivos ataques de las tribus bárbaras del norte, sus últimas legiones se refugiaron en las islas y defendieron la capital del imperio de las hordas enemigas. Después de años de asedio y una gran cantidad de sangre derramada, lo que quedaba de Roma consiguió resistir y debilitar tanto a su enemigo que no tuvo más remedio que firmar una paz que a decir verdad no fue duradera. A causa de aquello evolucionaron de una forma desmedida y desde entonces vivieron a espaldas del mundo, desconectados y autosuficientes, celosos de su historia y su forma de vida. Hasta ahora.

C2

Pasaron dos días y no podía olvidar aquellos ojos azules, penetrantes, clavándose en sus pupilas. Eran las cuatro de la mañana y su décimo cigarrillo en una hora, no se consideraba fumador, solo, como suelen decir aquellos que se niegan admitir que lo son, se decía que era fumador social, y esta espera le estaba atacando los nervios.

No podía expresar cómo se sentía: en su interior se gestaba una batalla entre si fue real o solo un sueño. Apenas recordaba cómo llegó a su casa, tan solo sabía que paró en todos los bares que encontró de camino para hacer frente a lo que había sucedido en aquella habitación. Había estado con unos de los asesinos en serie más sanguinarios que hayan existido y había salido ileso, no solo eso, había salido con una invitación. Estaba aterrorizado, pero por extraño que pareciera, durante esos dos días algo estaba creciendo dentro de él, una necesidad de saber, de conocer la verdadera historia.

Apagó el que se juró sería su último cigarrillo, al menos hasta el siguiente, y se decidió a escribir una carta a quien sin ninguna duda dentro de poco sería su exmujer. Ella no soportó sus continuos fracasos, ni su obsesión por este caso, pero por fin había dado con algo. Aún no sabía dónde le llevaría ni cómo saldría de todo aquello, pero tenía que compartirlo con ella, darle una razón para que siguiera creyendo en él y pedirle perdón.

Seguía lloviendo, no había parado de llover durante toda la noche, aquel día sería frío. Hizo la maleta sin saber qué metía en ella ni siquiera sabía si vendría, aún creía que todo aquello no era más que una broma de ese cabrón de Armando, disfruta haciendo leña del árbol caído y su situación profesional no podía caer más; él fue buena causa de aquello, destrozando y tergiversando todo su trabajo.

—Buenos días, señor Ruiz, ¿tiene todo listo?

El corazón casi se le sale del pecho cuando entró en el salón y descubrió su figura sentada en el sofá, con aquella sonrisa blanca y su traje de seda azul. No supo qué decir; se quedó completamente paralizado. No podía dejar de pensar en cuántas de sus víctimas se vieron así, sorprendidas por aquel hombre. ¿Cómo habría entrado? Tenía todo cerrado, o al menos eso creía.

—Veo que tiene una Nikon D5200, muy buena cámara, muy ligera; aunque yo prefiero la Canon EOS 6D.

—Es a todo lo que llegaba mi presupuesto —titubeó Óscar—. ¿Cómo ha entrado?

—Por la puerta, por dónde si no. Podrá llevar cámara de fotos, pero nada de vídeo, ¿de acuerdo? —Óscar asintió con la cabeza y con la boca abierta—. Bien, ¿tiene su equipaje listo? No hace falta que eche mucha ropa, solo lo esencial. Allí le proporcionaremos todo lo que necesite, es mejor viajar ligero, además en Roma se sentirá más integrado si viste como nosotros. Como ya le dije, se hospedará en mi casa. Está en isla de Equus, es la que está más al norte.

—Equus significa caballo en latín, ¿verdad?

—Sí, señor Ruiz, nuestra isla venera al caballo y nos dedicamos básicamente a la cría del mismo, todo romano tiene un caballo de la isla de Equus.

—Si voy a ser su invitado creo que deberíamos empezar a tutearnos, ¿no cree? Llámeme Óscar, por favor.

—De acuerdo, Óscar. Pues si tienes todo listo, lo mejor será que nos vayamos ya. Tenemos un largo viaje hasta Barcelona. Eso no será más que el inicio de su aventura. Sígueme, por favor.

Diario

Y sin más salimos por la puerta camino de aquella supuesta aventura con aquel hombre misterioso. Mi corazón no podía dejar de palpitar cada vez con más fuerza, tenía que tranquilizarme y relajarme, afrontar aquel viaje que empezaría en la estación de Atocha y quién sabe cuánto duraría.

Cada vez que paso por aquellas puertas y entro en los jardines de la estación vienen a mí aquellas tardes de domingo, jugando con mi hermano y desesperando a mi padre. Hace tiempo que no les llamo, no les veo desde Navidad y de eso hace ya cuatro meses. Quería haberles llamado antes de salir, pero no he tenido valor. Me engaño a mí mismo diciéndome que no lo he hecho para no preocuparles, pero no es así; desde la muerte de mamá todo ha cambiado: ella era el vínculo que nos unía y sin ella no sabemos estar juntos, sin un árbitro que ponga fin a nuestras eternas discusiones. Quizás tengan razón y no sepa tomar las decisiones adecuadas, no hay más que mirarme, a punto de coger un tren a Barcelona y luego quién sabe adónde, con quien sé que es un asesino en serie y que no muestra ningún tipo de arrepentimiento, es más, catalogó a sus víctimas de monstruos, quizás sea verdad que estoy perdiendo la cabeza, que este caso me ha sobrepasado, pero la sola idea de poder pisar Roma embriaga a cualquiera, descubrir sus secretos, sus ciudades, su cultura…

Aquella misma noche

—Óscar, venga, date prisa, es por aquí.

—¿Qué debemos buscar, el andén 9 3/4?

—Muy gracioso; venga, date prisa, que llegamos tarde.

Tuvieron que salir a la carrera hasta el andén 5, donde les esperaba el AVE que les llevaría a Barcelona. No es tan mágico como se había imaginado. Se sentaron en sus asientos de turista; cerró los ojos, respiró profundamente, se preparó para la que sin ninguna duda sería la aventura de su vida. O al menos eso esperaba.

Sin darse cuenta se quedó completamente dormido en su asiento; fue como si hubiera perdido toda la presión que acarreaba los últimos días y se hubiera rendido al placer de un sueño reparador.

El aviso de llegada le despertó; aún era de día, aunque bien entrada la tarde; debían de ser sobre las siete y media, con las prisas se dejó el reloj en casa y una de las muchas condiciones que le puso Lucius fue no llevar móvil.

Lucius parecía pensativo, no se atrevió a preguntarle, aún no estaba seguro de si debía confiar en él, pero no le queda más remedio si quería ir a Roma.

—¿Cuál es el plan, Lucius?

—Ahora debemos esperar. Solo hay una forma de ir a Roma y es en uno de nuestros barcos.

—¿Hasta cuándo debemos esperar?

—Mañana llegará el Esturión al puerto de Pineda del Mar. Alquilaremos un coche y pasaremos la noche allí. Mañana por la mañana embarcaremos rumbo a Equus. Allí podremos descansar y hablar tranquilamente. Explicarte el porqué de este viaje y lo que esperamos de ti.

—¿No puedes adelantarme nada?

—No es seguro, Óscar, es mejor que esperemos a cuando lleguemos a mi hogar. Solo puedo decirte que queremos que escribas un libro. Bien, antes de nada, ten.

—¿Qué es esto?

—Es tu nuevo DNI, es por precaución, no queremos que nos sigan los pasos. A partir de ahora tu nombre es Mario Sanz, y somos hermanos. Yo alquilaré el coche; tú, solo asiente.

Cuando llegaron al mostrador de Rent a car se sorprendió de la capacidad de invención de Lucius. Seguro que no era el primer papel que interpreta, ni su primer DNI falso. En ese momento comprendió por qué era tan difícil de ver un romano lejos de Roma. Se esconden tras identidades falsas para poder pasar desapercibidos. Pero, ¿por qué? Lucius, a pesar de ser unos de los hombres más buscados en Europa, había conseguido que la policía no conociera su verdadera identidad ni su aspecto físico, no tenían ni una foto suya. Aquella era una de las muchas preguntas que se apuntó mentalmente aquella noche.

Diario

Hemos llegado a Pineda del Mar a las nueve de la noche. Hemos dejado el coche y nos hemos instalado en un hostal cerca del puerto. No está siendo un viaje a todo lujo. Según Lucius así es mejor, es más fácil esconderse entre la gente que en una suite de hotel. Me ha repetido varias veces que debemos pasar desapercibidos.

Tumbado en la cama por fin tengo un momento de tranquilidad, aunque no dejo de darle vueltas: por qué tanto misterio, por qué yo también tuve que usar un DNI falso. Después de un rato recordé algo a lo que no le había dado importancia: el revisor que me picó el billete me llamó Mario; yo lo dejé correr, pero ¿por qué no me dijo entonces Lucius lo del carnet falso?, ¿creería que me echaría atrás al ver tanto misterio? No lo sé. Otra pregunta más a mi bloc mental. Ahora será mejor que me asee un poco antes de bajar a cenar.

C3
Diario

Esta mañana el olor a mar se coló por la ventana, siempre me ha parecido la mejor forma de despertarse. Es temprano, apenas hace media hora que ha amanecido. Sigo escribiendo en este cuaderno; he decidido escribir un diario de viaje donde apuntar unas notas de los sucesos que me acompañen durante este viaje y donde volcar también todas las preguntas pendientes por hacer: apenas me queda espacio en la memoria.

Anoche, en la cena, Lucius no quiso adelantarme nada sobre qué tipo de libro quería que escribiera; me dijo que era otra persona quien debía hablarme de ello, que él no estaba autorizado; a esta gente le encanta el misterio, espero que una vez en Roma dejen este rollo porque es frustrante que te den migajas de información y tener que conformarte solo con eso.

Son las ocho, será mejor que baje a desayunar: he quedado con Lucius en el comedor, y para ellos la puntualidad es asunto de estado.

En el comedor el aroma a café recién hecho lo envolvía todo. Era un hostal pequeño decorado como no podía ser de otra forma con motivos de pesca, con paredes blancas que adquirían diversos colores con la luz de la mañana. En una esquina al fondo estaba Lucius disfrutando de una taza de café. Óscar se acercó vacilante, no quería molestar, aún no sabía qué humor se gastaba por las mañanas y prefirió ser cauto.

—Buenos días.

—Buenos días Óscar. Siéntate, por favor; te recomiendo el café, está excelente; y la mermelada de melocotón la hacen ellos mismos, deliciosa.

Óscar se sentó frente a él. No podía dejar de pensar lo cómodo que se sentía con aquel hombre, como si ya fuera un amigo fiel, alguien en quien confiara completamente, y acaso no era así, desde hacía dos días se dejaba llevar completamente. Él pensaba que eran sus ganas de aventura las que le hacían superar el miedo, pero, ¿y si no fuera así, y sin darse cuenta estuviera naciendo una amistad? Eso es algo que solo el tiempo diría.

—¿Se sabe algo del Esturión?

—Llegó con el alba, está fondeado a una milla del puerto, aún tenemos tiempo; están descargando la mercancía de las bodegas.

Aunque Roma vivía aislada del resto del mundo, comerciaba con algunos países del Mediterráneo, entre ellos España. Según le explicó Lucius, en Roma no dan valor al dinero y realizan un tipo de trueque de varios productos. Cambian cacao y café por su artesanía, muy apreciada en todo el mundo que, como siempre cuando algo procede de un lugar exótico y misterioso, adquiere de inmediato un éxito de deseo en la gente.

Subió a su habitación para recoger las pocas pertenencias que le estaba permitido llevar, un par de mudas, su documentación y su cámara de fotos, lo metió todo en su bolsa y se dispuso a salir de su habitación cuando sorprendió a Lucius en el pasillo, discutiendo con otro hombre mayor que él.

—¿Todo bien? —preguntó sin mucha convicción.

—¿Es él, este es el periodista?

—Sí, este es —contestó Lucius con una sonrisa en la boca—. Ven, Óscar, quiero presentarte a Manius, es el capitán del Esturión.

—Encantado de conocerte, Manius. —Óscar adelantó su mano en forma de saludo. Vio lo que le pareció un titubeo en aquel robusto hombre, pero con un rápido movimiento que le sorprendió, Manius le cogió el antebrazo a modo de saludo.

—Bueno, es deseo del emperador y del Senado tu presencia en Roma, supongo que alguien habrá visto algo en ti.

Sin mediar más palabras, Manius se fue, solo se despidió de Lucius con un leve movimiento de cabeza.

—¿Por qué discutíais?

—Manius no entiende el porqué de tu presencia en Roma. Además, serás el primer no romano en embarcar en el Esturión. Muchos cambios seguidos para un viejo lobo de mar.

—Entiendo. ¿Qué ha querido decir con que el emperador y el Senado habrán visto algo en mí? ¿Habéis estado espiándome?

—Llevas ocho años detrás de mí. ¿Te sorprende que también hayamos seguido tus pasos?

—No, supongo que no; pero, ¿a qué se refería con que han visto algo en mí?

—Como ya te dije, seguiste con tu investigación a pesar de los fracasos profesionales, los sacrificios personales, las mofas de tus compañeros… y eso es algo que valoramos. Supongo que habrán visto en ti el tesón, la energía de quien nunca se rinde a pesar de las circunstancias, alguien abierto a conocer nuestra cultura y darla a conocer al resto del mundo.

—¿Por qué ahora? Me consta que muchos escritores y periodistas han intentado ponerse en contacto con vosotros. No me digas que soy el elegido y que estabais esperando a que naciera. —Se le escapó a Óscar una leve sonrisa que contagió en seguida a Lucius.

—Son cosas de las que no debemos hablar aquí, Óscar. Hay algo que está despertando, algo que por ahora podemos mantener en secreto, pero que pronto se nos escapará de las manos y no podremos controlar, y deberemos combatirlo abiertamente, a la vista de todos. Antes que eso ocurra queremos poner a todos sobre aviso. Nadie te creerá, pero no podrán decir que no dijimos nada. Ahora, date prisa, Manius no espera.

Diario

Salimos del hostal hacia el puerto. Mi cabeza estaba a punto de estallar, apenas tenía espacio para la cantidad de preguntas instintivas que se generaban en mi cerebro, estaba deseando llegar al barco y encontrar un sitio tranquilo donde poder anotarlas en mi blog y descargarlas de mi mente.

Lucius y Óscar se dirigieron a una cala cercana al puerto. Cuando Óscar pudo ver al fin el Esturión no pudo reprimir innumerables calificativos difíciles de escribir. El Esturión era un velero de unos veinte metros de eslora, fabricado en nácar y plata. Su reflejo al sol cegaba los ojos. Tenía una línea clásica rica en el detalle, con multitud de relieves de temática marina. A Óscar se le antojaba que no había visto nada más hermoso en la vida.

A bordo del Esturión una mueca de orgullo se dibujó en la cara de Manius al ver la expresión de incredulidad y fascinación de Óscar al subir a la cubierta superior del barco.

—Bienvenido a bordo del Esturión —saludó Manius con voz potente y el pecho henchido de aire. La sombra que producía aquel marino se le antojaba a Óscar inmensa, como la de una montaña.

Manius era un hombre muy robusto, fácilmente superaba los dos metros; tenía cicatrices por los brazos, quién sabe cómo se las produjo, pero seguro que no fueron cortando pescado. Era mayor que Lucius, o al menos eso creía por las canas que se dibujaban en sus trenzas y las finas arrugas de su piel; su forma física era perfecta, a su lado Óscar parecía un niño enclenque, maravillado por todo lo que le rodeaba.

Enseguida dos marineros les condujeron a sus camarotes. Vestían ropas blancas de lino, pantalones y una especie de camisa con detalles azul claro de dejaba ver una parte de su torso.

Si no fuera porque tenían las orejas normales Óscar habría jurado que todos ellos eran elfos. Era increíble la belleza de sus rostros y de sus cuerpos. Tanto los hombres como las mujeres con las que se cruzaron camino a su estancia tenían extraños tatuajes en distintas partes del cuerpo, muchos de ellos tenían un tatuaje que recorría su dedo anular hasta perderse en la muñeca, supuso que el arte del tatuaje forma parte de la cultura romana. Lucius también tenía uno de esos tatuajes que recorría desde su dedo hasta la muñeca, imaginó que simbolizaría algo, en cualquier caso, aquellos símbolos eran el complemento perfecto para sus cuerpos, tan bellos como aquel maravilloso barco. No habían escatimado en el detalle: los pasillos de la cubierta inferior eran de un blanco puro, que contrastaba con los suelos de la cubierta de madera oscura, como las puertas de los camarotes. Uno de los marineros se paró delante de una de esas puertas y la abrió, dejándole paso a Óscar, no sin antes advertirle que estuviera listo en un par de horas: el capitán quería comer con ellos.

Si los pasillos dejaron boquiabierto a Óscar, podéis imaginar su expresión al ver el camarote que le asignaron. A diferencia del resto de lo que había visto del barco, su camarote estaba forrado de maderas nobles y ornamentado con piezas de oro hábilmente labradas. En ese momento se dio cuenta del valor de los objetos con que comerciaban. Realmente los artesanos romanos eran los mejores en su labor.

El espacio disponía de dos ojos de buey por los que se filtraban unos cálidos rayos de luz que iluminaban una cama que se le antojaba demasiado grande. También había una pequeña estufa de hierro fundido para las frías noches de invierno.

Cuando pudo recomponerse, sacó su bloc y se sentó en un pequeño escritorio tallado en madera que estaba bajo unas de las ventanas y empezó a escribir todo tipo de preguntas y anotaciones de aquel viaje. No quería olvidar nada.

Apenas se dio cuenta, enfrascado como estaba en la escritura, pero las dos horas ya habían pasado y casi no se había aseado en todo el día. Rápidamente se quitó la camisa, y se disponía a coger una de la mochila cuando reparó en un armario junto a la puerta que no había visto al entrar. Lo abrió y encontró un traje igual al que había visto que llevaban los marineros.

Terminaba de atarse los cordones cuando aquel marinero llamó a su puerta.

—Adelante.

—Señor, es la hora: el capitán espera.

—Un segundo, ya estoy. —Óscar se levantó de la cama y salió de la habitación detrás de aquel marinero del que ni siquiera conocía su nombre. Iba a preguntárselo cuando de improviso Lucius salió de un camarote contiguo al suyo.

—Hola, Óscar, ¿tienes apetito?

—La verdad es que sí, no he comido nada desde el desayuno.

—Te dije que comieras una tostada en el hotel, la mermelada estaba deliciosa. Me he traído un par de botes, luego te daré uno.

—Gracias.

Pasaron por varios pasillos hasta llegar a dos puertas de madera y cristal, todo ricamente decorado. El salón era bastante grande, no estaba forrado de madera como su camarote, estaba forrado de mármol serpenteado con innumerables formas de oro creando distintas figuras. Había una gran chimenea al fondo de la sala. Sin duda con tanto mármol aquella estancia debía de ser muy fría en invierno.

En una esquina estaba sentado Manius, solo, les estaba esperando; se levantó y les invitó a sentarse con él a la mesa.

Al momento, varios marineros trajeron platos con todo tipo de comida, pero sobre todo pescado y verduras. Aquello parecía un festín, Óscar no podía dejar de salivar, pero desconocía las costumbres romanas de modo que decidió esperar una invitación.

—Adelante, comamos antes que se enfríe todo.

Se sirvió un poco de todo. Todo tenía una pinta extraordinaria y el olor era embriagador. El pescado y las verduras se deshacían en la boca, cada bocado era una frutopía de sabores.

—Está todo delicioso —comentó Óscar a uno de los marineros. Las carcajadas de Manius retumbaron por todo el barco.

—Muy educado nuestro invitado, ¿no crees, Spirus?

—Sí, capitán —contestó el marinero con una gran sonrisa en su rostro.

Óscar no entendía nada. No creía que hubiera dicho nada tan gracioso. Lucius, al ver la cara de contradicción de Óscar, quiso ponerle en antecedentes.

—Veras, Óscar; en nuestra cultura no es muy común hacer cumplidos. Ya damos por supuesto que la comida está deliciosa. Decir que está deliciosa es haber dudado de ello, lo que has dicho en forma de cumplido no lo ha sido en absoluto, por eso tiene tanta gracia. Tranquilo, te acostumbrarás. Más te vale que el cocinero no se entere.

Óscar quiso disculparse, pero prefirió cerrar la boca no fuera a ser que metiera la pata otra vez; así que fijó sus ojos en el plato y siguió comiendo.

C4
Finales de abril

Amanecía sobre el Mediterráneo, Óscar subió a cubierta para poder disfrutar de un amanecer en el mar. Era increíble la cantidad de colores que reflejaba el barco con aquella luz. Fotografió el horizonte sin la confianza de poder capturar por completo aquella belleza.

Los marineros se afanaban en desplegar las velas para aprovechar el viento de la mañana, aquí arriba todo estaba movimiento, cada grupo de marineros cumplía una función, formaban parte de una máquina bien engrasada.

Volvió a su camarote, tanta actividad le incomodaba sin tener nada que hacer. Por el camino se encontró con aquel camarero, ¿cómo se llamaba?, Spirus.

—Señor Ruiz, le estaba buscando.

—Estaba en cubierta disfrutando del amanecer y haciendo unas fotos.

—Lucius quiere verle, le está esperando en la biblioteca; por favor, venga conmigo.

Bajaron a la segunda cubierta. Había cientos de libros, todos colocados en estanterías que cubrían toda la pared. También había grandes mesas de madera maciza y sillones de cuero. Sentado en uno de ellos estaba Lucius, disfrutando de un café y leyendo un libro.

—Buenos días, Óscar. ¿Ya has desayunado, quieres algo?

—Un café estaría bien, gracias.

—Por favor, Spirus, ¿podrías traernos un café?

Spirus asintió con la cabeza y con una sonrisa se marchó sin más.

—Ten, Óscar, esto es para ti.

Lucius cogió del suelo un bote sin etiquetas, aunque no hacían falta: Óscar sabía perfectamente qué era.

—Vaya, gracias, mermelada de melocotón. Debí pedirle a Spirus unas tostadas.

—Eso se puede arreglar. —Entonces ocurrió algo que Óscar no entendió muy bien, Lucius se tocó la oreja y fue como si hablara directamente con Spirus.

—Spirus puedes traernos unas tostadas… muchas gracias.

Al ver la expresión de Óscar, Lucius se hurgó en el oído y extrajo un pequeño aparato.

—Es un comunicador, basta con apretarlo y pensar en la persona con quien quieres hablar, de esa forma te pone en contacto directamente; ingenioso, ¿verdad? Es el siguiente paso de vuestros smartphones.

—Parece que estáis más evolucionados que nosotros.

—Vamos un par de pasos por delante, sí. Nosotros no innovamos para ganar dinero, como el resto de las empresas; simplemente evolucionamos según vamos descubriendo. Eso aligera mucho las cosas. No nos anclamos en tablas de beneficios, simplemente hacemos lo que sabemos que es mejor para el bien común. Esa es una de las grandes razones por las que nos aislamos tanto del resto del mundo.

—Una pena, seguro que habríais sido una gran influencia.

—Nosotros siempre hemos puesto a disposición de vuestros gobiernos nuestra tecnología en energías limpias, pero es algo que no les interesaba. Les interesa más nuestra tecnología armamentística.

—Imagino que será otra de las razones de vuestro asilo, evitar que se filtre esa tecnología.

—Sí, es otra de las razones. Verás, Óscar, sabemos que Estados Unidos, Rusia y China han creado organizaciones secretas para intentar descubrir nuestros secretos. Conocen algunas de nuestras identidades falsas, pero no sabemos cuáles, por eso te di esa documentación falsa, si supieran o simplemente sospecharan que has tenido contacto con algunos de nosotros, irían a por ti.

—Entiendo.

—No, no lo entiendes, ya han estado investigándote a causa de tu obsesión por encontrarme, ellos, aunque desconocen mi identidad saben que soy romano y utilizarán cualquier herramienta que crean útil para dar conmigo.

—Pero yo solo te buscaba por los asesinatos. No tenía ni idea de que fueras romano.

—Pero ellos sí sabían que yo era romano. La marca que dejo en la frente de los cuerpos es una marca romana, significa «libérate». Ellos te seguían por si dabas conmigo.

En ese momento llego Spirus con el café y las tostadas. A Óscar le ardía una pregunta en la boca, pero temía hacerla, temía la respuesta. Tuvo que armarse de todo el valor que tenía dentro.

—¿Por qué las mataste? ¿Por qué mataste a tanta gente?

—Te lo dije, Óscar, no son gente, no son personas.

—Venga ya, Lucius, vi los cuerpos, eran personas como tú y como yo.

—Me temo que aún no puedes entenderlo, Óscar. ¿Y si te dijera que hay seres que son puro mal, seres que se esconden entre vosotros, en vuestras ciudades, seres que han evolucionado hasta adquirir vuestro aspecto?

—¿Qué tipo de seres?

—Seres antiguos, seres viles. En esta biblioteca hay libros que hablan de todos ellos. Aún quedan dos días para llegar a Equus. Están a tu disposición, léelos y después hablaremos.

C5
Lejos de allí, a finales de abril

La frustración y la impaciencia recorrían una vieja fábrica textil en la ciudad de Des Moines, Iowa. En realidad no era tal sino la base de una agencia secreta estadounidense dedicada al espionaje y al seguimiento de todo lo referente al pueblo romano.

El director de la agencia, John Keterman, no tenía un buen día. Había perdido la pista de un periodista español que se estaba acercando mucho a un legionario, así los llamaban.

En la agencia sabían que tenían varios legionarios escondidos en su país, sospechaban que tenían una base, pero eran escurridizos. También se producían asesinatos misteriosos. Los cuerpos aparecían con heridas de arma blanca y con una marca romana en la frente. Sabían que era una marca romana, pero no sabían lo que significaba.

Había ruinas romanas por toda Europa, África y Asia, del antiguo imperio, y había una gran cantidad de expertos, pero esa marca que ya aparecía en muros de antiguas ciudades se les escapaba.

El Gobierno quería descubrir los avances armamentísticos para adaptarlos a su ejército. Sus agentes habían tenido varios enfrentamientos con legionarios. Estos vestían extrañas armaduras negras que les cubrían completamente e iban armados con dos espadas. Aunque no eran las únicas armas de las que disponían, también arcos, lanzas y una especie de látigos con cabeza de lobo.

Creían que estas armaduras otorgaban al legionario más velocidad, más fuerza y más agilidad, además de una resistencia a cualquier tipo de proyectil, eran prácticamente invencibles, y eso asustaba mucho a los Estados Unidos y a otros países, que se afanaban en crear agencias secretas para descubrir todos sus enigmas.

El director Keterman se dirigía al centro de operaciones de seguimiento que tenían en la base. Del periodista español al que habían perdido la pista sabían que había tenido en un hostal en la Gran Vía madrileña una reunión con un sujeto desconocido. Tenía una orden para detenerle y sacarle toda la información que pudiera de la forma que fuera necesaria. En estos mundos tras las sombras, los derechos humanos no existen, ni las órdenes de detención convencionales, si creen que alguien tiene información se le secuestra y se le exprime hasta que diga todo lo que sepa. Eso sí, con el consentimiento del presidente, que era de las pocas personas que conocían la existencia de la agencia.

—Bien, ¿qué ha ocurrido? —dijo el director Keterman al jefe de equipo de seguimiento.

—Hemos perdido al objetivo de España.

—¿Cómo ha ocurrido?

—No lo sabemos, señor, su última ubicación era en su apartamento. Nos llegó la orden de su detención y procedimos a ejecutarla. Cuando entramos en el apartamento no lo encontramos allí. Había ropa revuelta y varias maletas por el suelo. Creemos que salió a toda prisa.

—¿No tenemos ninguna imagen?

El técnico agachó la cabeza y, temiendo la reacción del director, contestó:

—No, señor, las cámaras están muertas.

El director contuvo su ira, ya habría tiempo de mandar al técnico a Siberia; de momento necesitaba aclarar todo aquello.

—Creemos que le ayudaron a salir sin ser visto.

—¿Que le ayudaron? ¿Quién, y por qué?

—No lo sabemos, señor —contestó el jefe de grupo—. Hemos empezado a barrer todas las cámaras de estaciones de buses, tren y del aeropuerto Alfonso Guerra Barajas. Pronto tendremos algo. Si ha salido de la ciudad, lo sabremos.

—¿Y si ha salido en coche? —replicó el director.

—No nos consta que supiera conducir; además, hemos investigado todos los coches que circularon desde la última cámara operativa hasta la zona de sombra. Todos están localizados en la ciudad, ninguno ha salido.

—¿Cómo es posible que hayamos perdido todas las cámaras de esta zona? ¿Cómo sabían dónde estaban? —gritó el director, esta vez sin reprimir su ira.

—No lo sabemos, señor —se atrevió a decir con media voz el subordinado—. Es posible que se hayan podido colar en nuestro sistema y descubrir que le estábamos haciendo un seguimiento.

La cólera del director estaba a punto de traspasar todo límite conocido para él. Pensaba mandar a aquel estúpido y a todo su equipo al rincón más oscuro que encontrara. Tuvo que salir de aquella sala, sabía que había perdido una ocasión única. Aquel periodista sabía algo, tenía que saber algo. ¿Quién le había ayudado? Tenía que haber sido un legionario. ¿Quién si no? ¿Quién podría saber que estaban detrás de él? ¿Quién podría saber dónde estaban las cámaras? No cabía duda: aquel periodista estaba en contacto con un legionario, y le habían perdido.

C6
En algún lugar del Mediterráneo, finales de abril

Óscar estaba fascinado. Apenas había salido de la biblioteca en dos días. Había podido estudiar decenas de libros según los cuales había bestias que vivían escondidas al mundo, algunas completamente, otras solo salían para atrapar algún excursionista perdido y saciar su apetito.

En los montes Urales vivían los karlov. Vivían en cuevas profundas y en bosques espesos. No sabían el número exacto, algo que ocurría con casi todas las criaturas, solo sabían que cazaban excursionistas, habitantes de la zona, incluso militares rusos que hacían maniobras por la zona.

Su aspecto era monstruoso, medirían unos tres metros, cubiertos de pelo y con ojos negros y profundos, supuso que después de todo el yeti sí que existía, aunque le costaba creerlo.

En el desierto del Sahara vivían los maios. Moraban bajo las dunas en pequeños agujeros que ellos mismos construían. Eran seres delgados que vivían en comunidad, de un aspecto espeluznante, completamente blancos, con un solo ojo y una boca circular con infinidad de dientes. Cazaban a sus víctimas y las escondían en sus madrigueras, donde se alimentaban de ellas absorbiendo sus efluvios hasta dejar el cuerpo completamente seco.

Los yunos vivían en las selvas amazónicas, eran pequeños seres que vivían en las raíces de los árboles. En este caso se sabía que su número era elevado, lo que los hacía muy peligrosos. Siempre cazaban en grupos numerosos con venenos extraídos de la naturaleza. Sus presas favoritas eran individuos de las tribus que habitaban el Amazonas. Eran extremadamente sigilosos, su aspecto con esos dientes afilados y pelo espinoso hacía temblar a cualquiera.

Había decenas de seres como estos por todo el mundo, sobre todo en las zonas subdesarrolladas, montañas y bosques.

En los Cárpatos había un sinfín de túneles. En ese lugar habitaban unos seres medio humanos que, como en los casos anteriores, no eran simples animales, poseían una inteligencia y un dialecto, eran seres muy antiguos que habían conseguido vivir sin que nadie reparara en ellos. Habían conseguido llegar a ser mitos de leyendas populares. En estos túneles vivían los fresos, Óscar solo podía describirlos como unos orcos de Mordor. Habitaban los túneles donde componían una sociedad semicompleja. Solo salían para cazar y no lo hacían muy a menudo: se alimentaban de seres oscuros que vivían en lo más profundo de las cuevas, pero si algo apetitoso se acercaba a las lindes de sus puertas no dudaban en atraparlo.

Quizás los seres que más pánico le dieron fueran los arsar. Vivían en las grandes ciudades a la vista de todo el mundo, tenían vidas normales, con trabajos e incluso familias. Habían evolucionado tanto que habían adquirido el mismo aspecto que sus víctimas para pasar desapercibidos. Vivían en comunidades pequeñas y cazaban por todo el país en el que vivieran. Eran la principal preocupación de los romanos, sabían que su número estaba creciendo y que cada vez estaban adquiriendo más poder, pronto dejarían de vivir escondidos. Mostrarían su auténtica forma y someterían a la raza humana. Era un enemigo invisible que vivía entre nosotros alimentándose de nuestras vidas, deseos de una guerra.

Los romanos llevaban siglos cazándolos. Allá donde tuvieran pistas iban, investigaban y cazaban. A eso se dedicaba Lucius. Aún le costaba creer en todo aquello, pero si era verdad cualquiera estaba en peligro. Continuó leyendo, los arsar no son fáciles de matar, parece ser que tienen una fuerza extraordinaria y una gran velocidad, se le antojaba que eran como vampiros. Si los arsar eran reales quizás Bram Stoker se cruzó con ellos y le sirvieron de inspiración, aunque en aquellos libros no decían nada de que les afecte la luz del sol ni el ajo.

Óscar se levantó del sillón tambaleándose, demasiada información en tan pocos días, estaba sobrecogido con todo lo que había descubierto. No podía, más bien no quería creerlo, pero si así fuera le consolaba tener la amistad que estaba consolidando con Lucius. Desde luego, tenía que hablar con él de todo esto, pero no ahora, dejaría pasar unos días para digerir todo lo leído, que aun así era una muy pequeña parte de todo lo que escondía aquella biblioteca y era solo la biblioteca de un barco, no podía imaginar lo que guardarían en otro lugar.

Un sonido extraño alarmó de pronto a Óscar, seguido de unas palabras que no acertó a entender. Spirus se le acercó: durante el viaje Spirus no se separó de él, se le asignó la tarea de atender en exclusiva a Óscar durante el viaje.

—Hemos llegado, pronto desembarcaremos en el puerto de Equus, debería ir a su camarote y organizar su equipaje, Óscar.

Rápidamente Óscar se levantó para seguir el consejo de Spirus, el orden no era una de sus facetas y sabía que tardaría en recoger todo su camarote. Tenía hojas de anotaciones por doquier.

C7

El director Keterman estaba perdido en sus pensamientos cuando una llamada le interrumpió. Al parecer había noticias referentes al periodista español, el nuevo equipo comenzaba a dar resultados.

Keterman se dirigía hacia la sala de control cuando se cruzó con el agente Parker y el agente Wallis. Tenían nuevos avances acerca de la operación que llevaban entre manos. Estudiaban la metodología de los legionarios, dónde habían sido vistos más regularmente, si había algún patrón en su forma de actuar… Su misión era encontrar una posible base romana en suelo norteamericano y tenían indicios para creer que habían encontrado algo, pero eso debía esperar, antes tenía que comprobar qué había descubierto el nuevo equipo de vigilancia.

Eran las cinco de la tarde cuando Keterman llegó a la sala de control. Había mucha excitación en el ambiente, parecía que tuvieran algo.

—¿Qué era tan urgente, Smith? —preguntó el director con voz ronca y autoritaria.

—Creo que tenemos algo, director Keterman —contestó Smith con un tono nervioso—. Tenemos una coincidencia del periodista del 80 %, compruébelo usted mismo.

—¿De dónde es esa imagen?

—De la estación de Atocha, en Madrid. Creemos que cogió un tren.

—¿Lo creen? —preguntó el director un tanto irritado; no quería deshacerse de otro equipo de vigilancia, pero la falta de resultados no podía continuar.

—Sí, director, debió de usar una documentación falsa y en los andenes no hay cámaras, señor, no hay forma de saber dónde ha ido, pero tenemos algo. —El técnico amplió una imagen de Óscar en la estación—. Mire, el hombre que le acompaña, creemos que es quien le ayudó a escapar, señor, y mire esto. —El técnico volvió a ampliar la imagen, esta vez sobre la mano de su acompañante—. Mire, señor, el tatuaje; son símbolos romanos, según los expertos se los tatúan cuando se casan.

Aquello consiguió dibujar una mueca de sonrisa en el rostro de Keterman. Por fin tenían algo, nada más y nada menos que el rostro de un legionario; eso era un gran avance, habían puesto rostro al enemigo y el rostro era el de Lucius.

—Buen trabajo, Smith. Sigan en esta línea de investigación, filtren la foto de ese legionario a todos los agentes de campo y a todas nuestras bases. Por el momento dejaremos al FBI y a la CIA fuera de esto. —Keterman era un hombre duro, pero también sabía reconocer el trabajo bien hecho, sabía recompensar a sus subordinados, y sin duda descubrir por fin el rostro de un legionario merecía una recompensa, no le gustaba premiar a sus hombres con alcohol, los quería frescos y al 100 %, prefería usar un buen filete Wellington de 750 gramos con su guarnición. Cuando el resto les vieran comer sin duda les darían la motivación suficiente para que se pusieran las pilas en sus operaciones, aquella era una técnica que Keterman tenía muy depurada.

C8

Por lo que le dijeron, el puerto estaba en una pequeña ciudad llamada Equo Albo, situada al noroeste de la isla. Parecía increíble, pero estaba caminando por un puerto romano que no había cambiado prácticamente nada en dos mil años. Era como si de pronto hubiera aterrizado en la antigua Roma.

La ciudad no era muy grande, apenas la habitaban ocho mil personas. Tenía dos grandes avenidas donde confluían calles más estrechas. Óscar no podía cerrar la boca al contemplar la rica arquitectura de los edificios. Palacios milenarios custodiaban toda la calle salpicada por grandes jardines, plazas y edificios públicos. Las calzadas estaban decoradas con suntuosos mosaicos geométricos, salvo en las plazas, donde se representaban alguna escena. Óscar no podía creerlo, pero parecían hechos en oro.

Durante el viaje, Lucius explicó a Óscar que las familias romanas viven juntas en el palacio familiar. Él y su familia vivían en una villa situada al norte de la isla. Donde los caballos podían criarse con espacio y tranquilidad.

—Bienvenido a Equo Albo, Óscar. ¿Qué te parece? —preguntó Lucius, apoyando su mano en el hombro.

—Aún no puedo creerlo, todo esto es como un sueño, Lucius.

Aquel comentario produjo una sonora carcajada en Lucius.

—Bueno, Óscar, nosotros también hemos evolucionado, aunque estos edificios tengan dos mil años no es la misma Roma de entonces.

—Mi latín está muy oxidado, pero creo que Equo Albo significa «caballo blanco».

—Tienes buena memoria, Óscar. Como te dije, en esta isla veneramos a los caballos. Podrás comprobar que en muchos edificios públicos hay relieves que representan escenas de la cría de caballos, la monta o la batalla.

Lucius quiso enseñar la ciudad a Óscar antes de encaminarse a su villa. Le mostró la fabulosa biblioteca de la ciudad donde se guardaban lo más antiguos manuscritos sobre la cría de caballos, además de alguna de las obras literarias más importantes de Roma y del resto del mundo. Aquella no era la biblioteca más importante del imperio, pero eran increíbles las tallas en madera y piedra de las diferentes salas.

Como en el mundo antiguo, los ciudadanos de Equo Albo podían disfrutar de termas, teatro y de un pequeño coliseo situado en el centro de la ciudad. Lucius explico a Óscar que ya no había luchas a muerte de gladiadores, pero Roma era un pueblo guerrero y adoraba la representación de batallas o de un buen combate.

Por supuesto, hace siglos que se abolió la esclavitud en Roma. Todo romano tiene los mismos derechos, ninguno está por encima de nadie, ni tan siquiera el emperador. Lucius le comentó que cualquier ciudadano era libre de combatir en el coliseo, que era un honor. Caminando por una calle estrecha desembocaron en una pequeña plaza con un foso de arena rodeado por una columnata. En él había dos hombres luchando a espada. Ambos lucían cortes y sangraban. Óscar se quedó petrificado, no sabía muy bien qué decir.

—Veo que aún no dominas la guardia, Aulus.

Los dos contrincantes pararon. Estaban semidesnudos, tan solo vestían una especie de falda de cuero que les llegaba por la mitad del muslo, unas botas de cuero, unas muñequeras de cobre, se le antojo a Óscar, y unos cascos que les cubrían por entero la cabeza. La seguridad, ante todo, pensó Óscar.

Los dos guerreros salieron del foso y se quitaron los cascos.

—Vaya, vaya, mira lo que ha traído el perro, hermano —dijo uno de ellos con una sonrisa.

—Tendremos que enseñarle a que no nos traiga animalitos asustados —completó el otro guerrero.

Los tres estallaron en sonoras carcajadas y se abrazaron efusivamente.

—Quiero presentaros a Óscar, es un periodista español, requerido por el emperador.

—Requerido por el emperador, ¿eh? Debes de ser muy importante. Yo soy Aulus, y este es mi hermano Gaius. —Los dos romanos saludaron de la misma forma en que le había saludado el capitán Manius, cogiéndole del antebrazo.

—¿Entrenáis para luchar en el coliseo? —preguntó Lucius.

—Así es, dentro de tres días, cinco mil gargantas gritarán nuestros nombres. Espero que vengáis a vernos. Te vendrá bien vernos luchar, Lucius, quizás aprendas algo… —De nuevo los tres estallaron en carcajadas.

—¿Tenéis prisa? —preguntó Gaius—. Podríamos tomarnos algo en la taberna. Ardo en deseos de saber todo lo acontecido en tu misión.

—En la taberna en una hora, pues —respondió Lucius.

Óscar no podía creer cómo aquellos hombres, heridos como estaban, podrían estar listos en una hora y más aún para ir a una taberna. Si fuera él, necesitaría una semana para poder volver a levantarse.

El olor a vino contaminaba el ambiente. Al contrario de lo que Óscar pensaba, la taberna no era un antro sucio, tampoco es que fuera el Ritz, pero tenía un carácter acogedor, una gran chimenea, bancos, mesas y sillas de madera tallada, todo respaldado por una gran barra custodiada por un tabernero que al contrario del estereotipo general, no era gordo ni calvo ni mucho menos sucio o mal parecido.

—¿Qué os dan aquí de comer? —preguntó Óscar, sonriendo.

Lucius sonrió.

—Dentro de unos días comprobarás los beneficios de una dieta sana, ejercicio, y el aire puro libre de humos.

El tabernero salió de la barra para saludar a Lucius. Parecían grandes amigos, en realidad parecía que había mucha camaradería entre los romanos, todos se sonreían y se respetaban. En las pocas horas que llevaba allí no vio ninguna mala cara ni ningún mal gesto, ni siquiera para él mismo. Algo que, la verdad, temió viendo la reacción de Manius al conocerle.

El posadero condujo a los dos amigos a una mesa al fondo del local. Al pronto volvió con una jarra de vino, un par de vasos, queso y pan. Óscar esperó que todo aquello no fuera el principio de otro banquete, apenas tenía hambre: el bote de mermelada que le regaló Lucius estaba realmente bueno y no tuvo reparo en terminarlo esa misma mañana con una buena cantidad de tostadas.

A los pocos minutos aparecieron Gaius y Aulus por la puerta. Óscar apenas podía creerlo. Aquellos dos hombres antes cubiertos por cortes, sangre y moratones ahora estaban impolutos, limpios y vistiendo ropa de lino, unos pantalones negros uno, azules el otro y ambos con camisetas blancas con cuellos anchos. A causa de la sangre no se fijó en los tatuajes de los hermanos. Al igual que Lucius tenían tatuados el dedo índice hasta las muñecas, y alguno más que se podían ver asomando por el cuello y las mangas.

Lucius no pudo reprimir la sonrisa al ver la cara de incredulidad de Óscar. Le dio un toque en el brazo y le dijo:

—Tenemos buenos médicos.

Óscar asintió con la boca abierta hasta sentir de nuevo un golpe en el brazo.

Los dos hermanos se sentaron uno frente al otro y sin mediar palabra alargaron el brazo para coger la jarra y servirse sendos vasos de vino, que se bebieron de un trago.

—Agggggg. No hay nada como un vaso de vino romano después de un gran combate, ¿verdad, hermano?

—Verdad —contestó Gaius, limpiándose con el brazo restos de vino de su barba.

—Bueno, pongámonos serios. ¿Cómo están las cosas más allá de la frontera, Lucius? —preguntó Aulus.

—El momento se acerca, cada vez se exponen más, y eso solo quiere decir una cosa. Ya están listos. Además, la agencia estadounidense está detrás de nosotros.

—Lo de los americanos no es problema, no son rivales para nosotros, pero sí me preocupa que pienses que los arsar ya están listos. Los americanos junto a los demás nos temen, sin duda nos creen su enemigo. Qué sorpresa se van a llevar.

—Por eso está Óscar aquí.

Entonces Aulus miró con los ojos entreabiertos a Óscar, este no sabía dónde meterse, cada vez se sentía más pequeño rodeado por aquellos guerreros.

—¿Y qué vas a hacer tú? —preguntó Gaius.

Óscar titubeó; no sabía qué contestar, realmente no sabía qué querían de él, qué esperaban de él. Tan solo sabía que debía escribir un libro. Viendo el apuro que estaba pasando, Lucius se adelantó.

—Eso es algo que ninguno sabemos, es algo que debe comunicarle el emperador.

Pasaron varias horas en mutua compañía, circulando jarras de vino por doquier y contando historias de antiguas batallas y combates en el coliseo de los que Óscar tomó buena nota, para que en el caso de que tuviera que escribir aquel misterioso libro sobre estas gentes tuviera algo que contar.

—Se hace tarde y aún os queda un camino para llegar a tu villa, Lucius. Será mejor que salgáis ya.

—Es cierto, el tiempo pasa volando en buena compañía. Vamos, Óscar, debemos irnos: el bosque es peligroso por la noche.

Sin más, se despidieron hasta dentro de tres días. Óscar estaba ansioso por que pasaran rápido. No veía el momento de entrar en el coliseo y ver luchar a esos dos guerreros hermanos. En un momento le vinieron a la mente todas las películas de romanos que había visto: Ben Hur, Quo vadis, Gladiator… No podía creerse que fuera a ver un combate real entre gladiadores.

Óscar y Lucius salieron de la taberna en dirección a las cuadras de la ciudad, donde tenían dos monturas preparadas para continuar el viaje.

Óscar nunca había montado a caballo, ni siquiera estaba seguro de haber estado delante de uno alguna vez en su vida. Aquel animal le parecía gigante, no imaginaba cómo iba a poder subirse a él, le avergonzaba tener que pedir ayuda. Además, la silla de montar no se parecía en nada a ninguna de las que había visto en las películas, tan solo era una piel de oveja con unos estribos colgando. Como pudo, metió el pie en uno de los estribos, se agarró a las crines y tomo impulsó hacia arriba. No quería mirar hacia ningún lado, estaba seguro que más de uno se rio de él, aunque él no lo vio, porque subió con los ojos cerrados, a pesar de todo ya estaba encima del caballo que, con varios aspavientos, dejó claro que no le gustaban las técnicas tan bruscas de aquel jinete.

—¿Has montado alguna vez a caballo? —preguntó Lucius.

—Nunca, ni siquiera se conducir —completó Óscar, con una sonrisa nerviosa.

—No te preocupes, Taranto es un caballo muy dócil. Tú solo agárrate a las riendas, él hará el resto.

El camino serpenteaba por el bosque. Era un camino ancho y enlosado, con piezas de pizarra. Según se adentraban en el bosque, los olores se le amontonaban. Era un olor a verde, a naturaleza, no recordaba cuándo había sido la última vez que estuvo en medio de tanto aire puro.

Era principios de mayo, el bosque rebullía de vida, allá donde Óscar fijaba la vista podía ver brotes verdes o pequeños animales con sus crías. Entonces recordó las palabras de Aulus, y no podía imaginar qué peligros pudiera haber.

—Lucius, cuando Aulus dijo que el bosque era peligroso, ¿a qué se refería? ¿Acaso hay bandidos?

—¿Bandidos? No, Óscar, no hay bandidos en estos bosques, ni en toda Roma. Se refería a los lobos.

—¿Lobos? —Un frío helado recorrió su espalda.

—El bosque cambia mucho de noche, Óscar, debemos darnos prisa.

Sin que Óscar hiciera nada, Taranto aceleró el paso, como si también sintiera que la noche se les echaba encima.

El viaje transcurrió en silencio, tan solo el canto de los pájaros lo rompía. En su mente imaginaba grandes bestias de pelo azabache, con afilados dientes y ojos brillantes; temblaba solo de pensar en ellas. Entonces se fijó en el tatuaje de Lucius. Aquel podría ser un buen momento para preguntarle por su significado y apartar sus pensamientos de bestias nocturnas.

—Lucius, he visto que muchos de vosotros estáis tatuados —comentó Óscar con la mirada fija en su mano.

Lucius siguió la vista de Óscar hasta su mano y con la mirada fija en ella le contestó:

—Sí, son muy importantes para nosotros, son nuestra vida. Representan cada momento importante de ella.

—¿Qué significa el tatuaje de la mano? Me he fijado que muchos lo lleváis en el mismo lugar, aunque con distintos símbolos.

En ese momento, Lucius posó su mirada en Óscar:

—Es un tatuaje matrimonial, en vuestra cultura os regaláis alianzas, nosotros nos hacemos tatuajes. Mi esposa tiene uno igual.

—¿Estás casado?

—Sí, se llama Gnaea.

—¿Cuánto tiempo llevas sin verla?

—Unos días, desde la noche en que nos conocimos. Ella volvió antes que yo a Roma. Aún me quedaba una misión por realizar.

—¿Puedo preguntar cuál? —Óscar conocía la respuesta, pero quería confirmarlo.

—Tú —respondió Lucius.

De nuevo silencio. La temperatura caía rápidamente, apenas quedaba una hora de sol. Los pájaros apagaban sus cantos y se preparaban para pasar la noche.

—Óscar, no te preocupes. ¿Ves esa colina? —Óscar asintió—. Pues detrás está mi hogar. Llegaremos en unos minutos.

Y en unos minutos llegaron hasta un muro de piedra invadido por enredaderas, dividido por una verja de hierro. El muro daba paso a un camino de teselas de colores, custodiado por una columnata y esculturas de mármol.

—Bienvenido a mi hogar. —Una lágrima resbaló por su mejilla cuando susurrándose a sí mismo dijo—: Por fin en casa.

La villa era inmensa, estaba construida con piedra caliza de color amarillento, las plantas del entorno trepaban por su fachada. Era como si la casa formara parte de la ladera.

La entrada principal estaba porticada con grandes ventanales abiertos que dejaban volar cortinas de un blanco puro. Fue entonces cuando se fijó en ella. Tendría unos veinticinco años, su melena rubia bailaba con el viento y sus ojos azules se distinguían a distancia.

Lucius saltó de su caballo y salió a la carrera hacia la joven; ella se lanzó para abrazarle.

—Hermano —gritó ella con lágrimas en los ojos.

Óscar bajó del caballo torpemente, apenas sentía las piernas, las tenía atenazadas, tuvo que apoyarse en Taranto para no caerse. En ese momento, la muchacha reparo en él.

—¿Quién es, hermano?

—Vivia, quiero presentarte a Óscar, ha sido requerida su presencia ante el emperador y se alojará con nosotros.

—Bienvenido, Óscar —La dulce voz de aquella muchacha invadió todos sus nervios.

Óscar apenas pudo tartamudear un «gracias». En ese momento, más gente salía de la casa. Había una mujer bellísima, quizás la mujer más bella que había visto nunca; era morena de pelo y de tez, con unos profundos ojos azules. Óscar supuso al instante que sería Gnaea. También salió una pareja mayor.

—Óscar, ven, quiero presentarte a mi familia. Ella es mi mujer, Gnaea. —Ambos se saludaron con una sonrisa—. Y mis padres, Marcus y Appia.

Los padres bajaron por la pequeña escalinata directamente hacia él. La madre cogió sus manos y le dio la bienvenida. Su padre le saludó al estilo romano, cogiéndole del antebrazo, posó su mano en la espalda de Óscar y le invitó a entrar.

—¿Dónde están los demás, padre? —preguntó Lucius.

—Están en las cuadras, hace dos días parieron dos hembras.

—Magnifico, padre.

Los padres, aunque parecían mayores, tenían una forma física envidiable; vio sus tatuajes matrimoniales y por instinto se fijó en las manos de Vivia. Eran blancas y finas, y no había tatuaje alguno. Un nuevo escalofrío volvió a recorrer su cuerpo, esta vez diferente al que sintió al pensar en los lobos. Era un escalofrío cálido, jamás había sentido nada igual.

Al poco tiempo de su llegada la noche lo cubrió todo. Las estrellas brillaban más blancas y puras que en ningún lugar en el que hubiera estado.

—Imagino que estaréis cansados después de un viaje tan largo —puntualizó Marcus, pensando más en Óscar que en su hijo.

—Sí, padre —contestó Lucius, verbalizando el gesto afirmativo de Óscar.

—Entonces sacaremos algo para que podáis cenar —diciendo esto, Appia se dirigió hacia la cocina con Vivia.

—Después Vivia te enseñará tus aposentos para que puedas descansar —comentó Marcus a Óscar.

En pocos minutos la mesa estaba repleta de manjares suculentos; en ese momento Óscar iba a decir algo, pero como un rayo un recuerdo atravesó su mente. Las carcajadas de Manius y los marineros del Esturión.

—Padre, ¿hay alguna noticia del emperador? —preguntó Lucius mientras mordía un muslo de pollo.

—Habrá tiempo de hablar de todo ello mañana, ahora terminad de comer y descansad.

—Vivia, por favor, conduce a Óscar a su habitación —ordenó su padre.

Vivia se levantó e invitó a Óscar a que le siguiera. Óscar estaba embelesado con el movimiento de su cintura y los pliegues que se formaban en aquel vestido de seda. Apenas podía oír lo que le estaba diciendo.

—Aquí es. —Abrió entonces una puerta de roble con molduras cuadradas. La habitación era muy espartana, de paredes lisas, blancas y con pinturas de figuras geométricas color rojo. Había una cama grande, un escritorio con una silla y un armario repleto de ropa romana. También había un balcón que daba al jardín y al mar—. Espero que esté todo a tu gusto —comentó Vivia.

—Está todo perfecto —respondió Óscar con un hilo de voz—. Muchas gracias.

—Buenas noches, que descanses. —Y se alejó por el pasillo escoltada por la mirada de Óscar.

Estaba completamente agotado. Cerró la puerta y se dejó caer sobre la cama, quedándose dormido prácticamente al instante. Mañana sería un día importante, ese fue su último pensamiento, junto al rostro de Vivia.

C9

El bramido de las olas al golpear las rocas despertó a Óscar. Se sentía muy bien, despejado. No podía recordar la última vez que había podido disfrutar de un sueño tan profundo.

Se incorporó y se sentó en la cama. Al poner los pies sobre el suelo descubrió unas zapatillas de piel de algún animal, que no acertaba a descubrir. Aspiró hondo. Un aire puro hinchó sus pulmones, un aire con una mezcla a cientos de fragancias.

Se levantó y se acercó al balcón. El sol apenas le dejaba ver. Cuando sus ojos se adaptaron a la luz pudo descubrir lo que la oscuridad le ocultaba la noche anterior.

La villa estaba sobre un verde acantilado. El inmenso azul se perdía en el horizonte. Afinando la vista pudo distinguir un camino que bajaba a una pequeña playa blanca como la nieve. Allí pudo ver dos figuras, estaban desnudas bañándose en el mar. Sin duda debía de tratarse de Lucius y Gnaea. Volvían a disfrutar de su hogar.

Óscar tenía la mirada fija casi por encantamiento sobre los amantes cuando Vivia entró en la habitación. No se percató de su presencia.

—Llevaban diez años alejados de esa playa —comentó Vivia, a la vez que posaba su mano sobre el hombro de Óscar.

El corazón casi se le sale del pecho y la vergüenza se apodero de él, manifestándose con un rojo intenso que recorría todo su rostro. Apenas pudo balbucear dos palabras, algo que dibujó una sonrisa en Vivia.

—Siento haberte sobresaltado. Quería comprobar que habías descansado.

Una vez que recuperó el aliento, Óscar pudo contestar:

—Sí he podido descansar, gracias.

—Cuando te asees puedes bajar y desayunar con mi padre. Quiere hablar contigo y con Lucius.

Diciendo esto salió de la habitación, dejando a un cada vez más sorprendido Óscar por lo que aquella muchacha le hacía sentir.

Lucius le estaba esperando al final de la escalera. Vestía pantalones de lino rojos y una especie de camisa blanca que le llegaba hasta las rodillas anudada en su cintura por una cinta de seda. Por el contrario, él vestía completamente de blanco.

—¿Has descansado? —preguntó Lucius.

—Sí, hacía años que no dormía tan bien —contestó Óscar, esperando alguna crítica respecto a la ropa.

—Veo que te has decidido por vestir ropa romana.

—Sí, y debo decir que es realmente cómoda, muchas gracias.

Lucius sonrió.

—Ven, sígueme, nos están esperando.

Los frescos de las paredes eran maravillosos, dependiendo de las salas los temas variaban, los había de caza, jardines, batallas… Después de cruzar varias estancias entraron a un salón abierto hacia un pequeño jardín inundado de flores de todo tipo de colores. El olor era embriagador. Allí les esperaba el patriarca de la familia.

—Buenos días —saludó Marcus.

—Buenos días —respondió Óscar.

Al instante aparecieron Appia y su hija con sendas bandejas repletas de fruta y bollos e invitaron a sentarse a los dos recién llegados. Vivia sirvió leche fresca a Óscar y se sentó a su lado.

—¿Has encontrado todo a tu gusto? —preguntó Marcus mientras alcanzaba una manzana.

Óscar levantó la cabeza del tazón de leche

—Sí, señor. —Se sentía un poco incómodo, no sabía cómo dirigirse a él.

—Por favor, Óscar, llámame Marcus, vamos a dejar lo de señor para vuestro dios —completó Marcus con una sonrisa—. ¿Eres creyente?

—No, no soy creyente —titubeo Óscar. No sabía muy bien qué contestar, había visto dos templos pequeños en unos de los jardines. Marcus esbozó una sonrisa.

—Supongo que habrás visto los templos cuando venías hacia aquí. —Óscar asintió con la cabeza—. Son en honor a Ceres y al Arión —continuó Marcus, que pudo ver cómo una gota de sudor recorría la frente de Óscar. Viéndolo, Marcus quiso liberarle de la presión que sentía—. Tranquilo, Óscar, no me has ofendido. Nosotros hace siglos que no adoramos a los dioses, hemos cambiado las deidades por lo que representaban. Ya no adoramos a Ceres, sino al trigo que nos proporciona la tierra. Tampoco adoramos a Arión, sino al caballo.

Óscar se sintió aliviado, aunque creyó que su suspiro volvía a dejarle en una situación comprometida. Pero no fue así, lo cierto es que provocó un sinfín de carcajadas en la mesa.

—Bien —continuó Marcus—. Debemos hablar de cosas serias. —Las risas se cortaron de golpe.

—El emperador nos ha emplazado en Roma a finales de semana. Quiere conocer a Óscar y ponerle al día de lo que se espera de él.

Óscar tragó saliva, la presión volvió a su pecho.

—No te preocupes —continuó Lucius—, ya no echamos a la gente a los leones. —Las risas volvieron a la mesa. La broma consiguió lo que Lucius pretendía. Óscar se sintió de nuevo algo más relajado. Aquello era como una montaña rusa de sensaciones.

—Puedo adelantarte que lo que el emperador quiere de ti es que ejerzas de vínculo entre nosotros y el resto del mundo.

—¿Por qué yo? Yo no soy nadie. Nadie me escucha, soy el hazmerreír entre los periodistas.

—Porque a pesar de eso seguías luchando en lo que creías. Tienes pasión, y esa pasión hará que te escuchen.

Óscar se sentía confundido y excesivamente halagado por aquellas gentes.

—Debemos ir a la ciudad —continuó Appia—. Debemos hablar con los patrones de los barcos para el trasporte de los caballos, querido.

—Cierto —afirmó Marcus—. Mis hijos te pondrán al día de la cultura romana, Lucius. De momento podríais enseñarle los campos de cría y presentarle a tus hermanos.

Sin más, Marcus y Appia se levantaron de la mesa para dirigirse a la ciudad, mientras Lucius y Vivia se disponían a recoger los restos del desayuno.

—¿Dónde está tu esposa? —preguntó Óscar.

—Se ha ido a cazar al bosque. Hacía diez años que no podía disfrutar de ello y ahora se pasa allí horas para recuperar el tiempo pasado fuera.

—Es toda una amazona —quiso completar Óscar.

—Sí —sonrió Lucius—. Una de las cosas que debes saber de los romanos es que nos sentimos iguales entre nosotros. Los tiempos de las clases sociales o en los que los hombres nos sentíamos superiores pasaron hace siglos.

—Sin duda habéis evolucionado mucho más que el resto de las sociedades —comentó Óscar con la mirada fija en Vivia.

Lucius se percató de ello.

—Otra de las innumerables cosas que debes saber de nosotros, y que irás descubriendo día tras día es que los romanos solo nos enamoramos una vez en la vida y para siempre.

Óscar se sonrojó de inmediato y clavó su mirada en el suelo, lo que produjo una enorme carcajada en Lucius.

—Verás, los romanos un día somos sorprendidos por un complejo cúmulo de sensaciones al conocer a quien estábamos destinados. Es como una especie de conexión. Normalmente ocurre entre romanos y no necesariamente entre hombre y mujer, puede ocurrir entre hombres o entre mujeres, eso es algo que solo el destino nos descubre, pero en algunos casos ocurre que algún romano o romana se enamora de alguien de más allá de las islas.

Lucius observó intensamente a Óscar, quería ver la reacción de este al pronunciar estas últimas palabras, y pudo ver cómo se erizaba cada centímetro de su piel. No había duda de lo que estaba sucediendo.

Óscar estaba completamente ensimismado con las últimas palabras de Lucius. ¿Era eso lo que estaba sintiendo él? Desde luego se le acercaba mucho. ¿Era posible que ella pudiera estar sintiendo lo mismo? A Óscar eso se le antojaba imposible, no se sentía digno de ella, pero las últimas palabras de Lucius le hicieron vibrar, le dio una posibilidad, un quizás. Tan solo la conocía desde hacía unas horas y el mero hecho de pensar en ella hacía que su corazón se desbocara.

Lucius tuvo que levantar la voz para volverlo a traer al mundo de nuevo.

—Acompáñame, debemos cambiarnos para ir al campo de cría.

Óscar le siguió, aunque con los pensamientos en otra parte. Fueron a una estancia junto a las cuadras. Allí descansaba Taranto junto al resto de sus compañeros equinos.

El caballo no pudo evitar un suspiro reprimido al volver a ver a aquel jinete de maneras bruscas. Era como si nunca hubiera montado a uno de sus semejantes.

Óscar ahora vestía un pantalón de cuero curtido que le llegaba por encima de los tobillos, unas botas cerradas de cuero y una camisa negra un poco más basta que la anterior. Estaba claro que era ropa de trabajo, por lo que ya sabía lo que esperaban de él, al menos aquella mañana, y no era otra cosa que ensuciarse las manos.

El relincho de Taranto sobresaltó a los demás caballos, que parecían reírse tras un comentario de este. Como pudo, Óscar volvió a subir al resignado caballo y partió detrás de Lucius y su flamante caballo negro camino a los campos de cría.

Tardaron algo más de una hora en llegar a los prados. El reflejo de la luz sobre aquel verde apenas dejaba ver a Óscar, tuvo que ponerse la mano sobre la frente para poder ver aquella alfombra verde que se extendía delante de él. Había dos edificaciones: una torre y una gran nave de piedra y madera. Cientos de caballos con sus crías pastaban en la llanura.

Al llegar a la torre, dos chicos de unos veinte años salieron a recibirles. La sonrisa no podía ser mayor. Lucius, de un salto, se apeó del caballo y corrió hacia ellos con los brazos abiertos, en un instante los tres se fundieron en un intenso abrazo. En ese momento Óscar se acordó de su hermano y de su padre, y de lo que le hubiera gustado tener una relación con ellos como la que tenía Lucius con los suyos. Cuando llegara a casa estaba dispuesto a hacer todo lo que fuera necesario para que así fuera. Lucius le cogió del brazo sacándole de nuevo de sus pensamientos.

—Ven, quiero presentarte a mis hermanos. —El tono de la voz de Lucius era vibrante, estaba claro que estaba emocionado por volver a ver a sus hermanos.

—Este es mi hermano mediano, Plubius. —El hermano cogió el antebrazo de Óscar y le dio la bienvenida—. Y este chico de aquí es mi hermano menor, Sextus. —Apenas tendría veinte años, pero su mirada era intensa.

—Veo que venís con ropa de trabajo —comentó Plubius con cierta ironía.

—Alguien tendrá que arreglar todos vuestros estropicios. —Ambos hermanos estallaron en carcajadas y se fueron juntos hacia las naves de piedra.

Óscar se quedó a solas con Sextus. Hubo un silencio tenso, era como si aquel muchacho de ojos azules estuviera estudiándole.

—Sígueme —ordenó.

Se dirigieron hacia la mitad del prado. Tuvieron que saltar la valla de madera del cercado de los caballos. Allí recogieron una serie de herramientas tiradas en el suelo, una gran maza, un par de azadas y unas estacas.

—Hace unos días hubo una gran tormenta —comenzó explicando Sextus—. Parte de la valla del lado sur se derrumbó. Nuestra labor es rehacerla.

Óscar seguía a aquel muchacho asintiendo con la cabeza y sin decir nada. Iba a ser un día duro.

—Primero debemos apartar la madera vieja. —Ambos cogieron la madera estropeada y la amontonaron a un lado. Luego serviría como leña.

Óscar se sentía incómodo al estar tan callado, a pesar de ser varios años mayor que él le imponía bastante.

—Tu padre nos comentó anoche que dos yeguas han parido. —Óscar andaba con pies de plomo, no quería decir ninguna estupidez.

—Sí —contestó Sextus—. Estamos en la época de cría. Ahora hay mucho trabajo.

—¿Os quedáis aquí todo ese tiempo?

—Sí, bueno, solemos turnarnos, pero depende de las yeguas y de cuándo deciden parir. —Sonrió.

La sonrisa contagio a Óscar. Así pasaron la mañana, cavaban un agujero, ponían dos estacas a modo de guía y luego turnándose con la maza clavaban un pilote de madera en la tierra; para terminar, unían los pilotes con tres travesaños.

Al cabo de unas horas Óscar apenas podía doblar los dedos, le dolía cada falange. Sextus no podía dejar de sonreír al verle sufrir cada vez que cerraba la mano. Habían hecho buenas migas aquella mañana. Nada como el trabajo duro para comenzar una nueva amistad.

Sextus quiso tranquilizar a Óscar:

—No te preocupes, los dedos permanecerán en su sitio, solo se están endureciendo.

Óscar asintió con una sonrisa un poco forzada, temiendo que en cualquier momento los dedos se le cayeran. Mientras, volvían a la torre a saciar el hambre voraz que sentían después de un trabajo duro.

Al pasar adentro, un olor a carne estofada abrió aún más si cabe el apetito a Óscar. Allí, sentados a la mesa y acompañados de un buen vino, les esperaban Lucius y Plubius. Los cuatro comieron como si no hubiera un mañana, solo descansando para dar un sorbo de vino o de agua fresca, no había más donde elegir. Al terminar se sentaron junto al hogar encendido y los tres hermanos contaron historias de su niñez y adolescencia. Óscar envidiaba sus vidas tan libres, tan salvajes. La mayor parte de su infancia la había pasado en un piso de sesenta metros cuadrados en Carabanchel. No es que hubiera tenido una mala infancia, pero nada comparable con lo que ellos contaban.

Sin darse cuenta, Óscar cayó en un profundo sueño. Se imaginaba de niño en aquellos parajes, escapándose con los tres hermanos al bosque a vivir mil y una aventuras, haciendo trastadas a Decimus, el molinero…

Al despertar se encontró solo, con apenas unas ascuas en la chimenea; salió fuera en busca de sus compañeros de trabajo. El sol aún estaba alto y el cielo estaba bastante despejado, de un azul intenso. En ese momento oyó varias voces dentro de las cuadras y se encaminó hacia allí.

Cuando entró vio a los tres hermanos alrededor de una preciosa yegua de color gris. Estaba tumbada hacia un lado gimiendo y resoplando. En ese momento Lucius alzó la vista y descubrió a un medio dormido Óscar.

—Ven y échanos una mano —le dijo. Óscar se arremangó y se puso a su lado sin saber muy bien qué hacer—. Se ha puesto de parto, tenemos que hacer que se relaje. Tú colócate aquí y acaríciale la cabeza.

Óscar se sentó junto a la inmensa cabeza y empezó a acariciarla con movimientos circulares. Pudo sentir cómo se relajaba, cómo su respiración pasaba a ser más pausada. En ese instante la yegua colocó su cabeza sobre las piernas de Óscar y comenzó a parir.

Al momento, un delgado pero sano potrillo salió de su interior. Lo colocaron junto a la madre para que lo pudiera limpiar. A los pocos minutos el potro intentó ponerse en pie, pero no pudo; Sextus comentó que aún tenía los cascos muy blandos, que tardarían unas horas en endurecerse para que pudiera caminar. Todos salieron de los establos y dejaron descansar a madre mientras el potrillo mamaba por primera vez.

—Esta noche la pasaremos aquí —anunció Lucius—. Os ayudaremos con el nuevo potro.

Ambos hermanos asintieron. Una ligera tristeza ensombreció el rostro de Óscar porque pasaría todo un día sin poder ver a Vivia. Era extraño, pero se sentía unido a ella.

La tarde la pasaron turnándose por parejas para vigilar al recién llegado. Durante el turno de Óscar y Sextus, este le explicaba todo lo que debía saber sobre cómo debía comportarse un potro recién nacido sin ningún tipo de problemas.

Apenas transcurrieron cinco horas desde su nacimiento y el potro ya estaba de pie, caminando, todo parecía indicar que todo iba bien, aun así deberían continuar con la vigilancia toda la noche. El primer turno lo hicieron Óscar y Sextus. Amontonaron un buen montón de paja junto a un rincón y lo cubrieron con unas mantas para poder estar más cómodos. Estuvieron hablando durante horas, sobre la infancia de Óscar y la vida fuera de Roma. Pronto llegaría el momento en el que Sextus debería asumir su papel como cazador. Estaba ansioso.

C10

El director Keterman salía del despacho oval después de una intensa reunión con el presidente Johnson. Tenía nuevos avances en su investigación y necesitaba de la aprobación del presidente para poder continuar.

Al llegar a su oficina en Des Moines ordenó a su ayudante que buscara inmediatamente a los agentes Parkers y Wallis. Una vez reunido quiso ponerse al día de la situación de la investigación de los dos agentes.

—¿Alguna novedad? —preguntó Keterman.

—Hemos escaneado la imagen del desconocido y la hemos pasado por el sistema de búsqueda facial —se adelantó Parker.

—¿Algún resultado?

—Hemos tenido varios resultados poco fiables, salvo uno de hace dos años en Nueva York —continuó Wallis.

—¿En Nueva York, en la zona del apartamento caliente?

—A dos manzanas —puntualizó Parker. Los dos agentes tenían en vigilancia un apartamento en Queens, en la calle 162. Hacía unos meses un agente de policía fue a ese domicilio por una llamada de violencia de género. Tomó declaración a un vecino que salió en ayuda de la mujer. Según el agente de policía, el buen samaritano tenía extraños tatuajes en los brazos y unos intensos ojos azules. Algo poco concluyente para el presidente, que no dio luz verde a un registro intensivo.

—Esta mañana, como sabéis, he tenido una reunión con el presidente. Quiere resultados. Nos ha dado carta blanca para hacer lo que tengamos que hacer.

—¿Cuáles son las órdenes, señor? —preguntó algo emocionado el agente Wallis.

—Debemos saber qué se esconde en ese apartamento, saber si es una prueba fiable o no. Preparara un operativo para mañana. Nos vamos a Nueva York.

C11

Cada vez se sentía más cómodo sobre el caballo y Taranto sentía que la confianza de su jinete aumentaba, cada vez resoplaba menos.

Ya habían pasado tres días desde su llegada a Roma y, como habían prometido, iban camino de la ciudad para ver el gran combate entre los hermanos Gaius y Aulus. Durante el camino, Lucius le habló sobre las distintas técnicas de combate, quiénes fueron los más grandes gladiadores de Roma y cómo fueron sus combates sobre la arena.

Estaba impaciente por entrar en el circo de Equo Alba, ver a los dos contrincantes luchar arropados por las gargantas de miles de romanos, sería como viajar dos mil años en el tiempo. Aun así, Lucius comentó que no había nada como disfrutar de unos juegos en el coliseo de la capital, el coliseo de la ciudad de Roma. A Óscar se le ponían los pelos de punta solo de pensar en ello. Había oído tantas historias sobre esos juegos, había leído tantos libros de historiadores y expertos del Imperio romano, que no podía creer que en un futuro podría disfrutar de ellos. De momento estaba en Equo Alba donde asistiría a una excitante lucha de gladiadores, el Coliseo Flavio tendría que esperar. Ahora tocaba disfrutar de una lucha de gladiadores.

Dentro de las tripas del circo se encontraban Gaius y Aulus preparándose para su combate, serían los últimos en salir, tenían que esperar, estaban inquietos y la única forma que conocían para tranquilizarse era luchar. Aquel día también habría combates entre hombre y bestia. De las profundidades emergían escalofriantes rugidos que helaban la sangre de los hombres.

Al entrar al circo Óscar sintió un sinfín de sensaciones. Había estado en muchos estadios de futbol más grandes incluso que aquel circo, pero la historia que manaba de esas piedras, los olores a pescado asado o a pan, le trasportaban a un pasado que había imaginado en innumerables ocasiones.

—Ven, es por aquí. —Lucius también estaba emocionado, no porque hiciera diez años que no disfrutaba de un combate, sino porque recordaba sus momentos en la arena. Durante el viaje confesó que quería volver a luchar, y que pronto comenzaría su entrenamiento; no era lo mismo que luchar contra los arsar, un romano conoce tus técnicas y a pesar de sus nervios templados el público siempre afectaba.

De repente, una enorme puerta se abrió y de la oscuridad surgieron unos rugidos que hicieron enmudecer al público. Las pisadas de aquello que fuera que estuviera saliendo por aquella rampa eran atronadoras y hacían vibrar la arena. Por otra puerta salió un hombre con una extraña armadura negra con una especie de tribales dorados que daban forma de un dragón. Lucius le explicó que cada familia romana tenía un símbolo que les representaba, en este caso se trataba de Quintus, cuyo símbolo familiar era el dragón, y lo lucía con orgullo en sus armaduras.

Como un rayo, un gigantesco oso emergió de la oscuridad: su pelo era negro y estaba completamente erizado. Dio una vuelta a toda velocidad dejando al guerrero en medio del círculo de arena.

—Como ves, no lleva ningún tipo de armas, esta será una lucha cuerpo a cuerpo entre hombre y bestia. —Lucius hablaba sin poder apartar la mirada, pero Óscar no podía mirar: una cosa era una lucha entre iguales, pero aquello resultaba tremendamente desigual, aquella bestia destrozaría al guerrero de tan solo un zarpazo.

El oso, al no encontrar salida, se detuvo y advirtió la presencia de su contrincante, fijó su mirada en el gladiador. Clavó las garras en la arena y salió disparado hacia él, se paró y se puso a dos patas justo delante de Quintus. La sombra de aquella bestia no tenía fin y Quintus permanecía quieto, estático.

Una zarpa rasgó el aire golpeando violentamente la figura del guerrero lanzándole varios metros hacia los muros. Un zarpazo mortal para cualquiera, pensó Óscar, pero Quintus se levantó, parecía algo dolorido, pero no había sangre. En ese momento se lanzó sobre el oso. La pelea fue brutal. Quintus evitaba los golpes del oso ágilmente y hábilmente respondía con golpes certeros en las zonas blandas de la bestia, si es que tenía alguna aquella masa de músculos.

La lucha duro más de treinta minutos, el intercambio de golpes era salvaje pero el oso sentía que sus fuerzas poco a poco disminuían. En un descuido de la bestia, Quintus, de un salto, consiguió ponerse a lomos del oso. Agarró su cuerpo y lo apretó hasta dejarle sin aire. En menos de un minuto cayó sobre la arena. Todo el estadio vibró con el peso de la bestia y el bramido del público.

—Una lucha espectacular —dijo Lucius, completamente exaltado. Ese joven Quintus será un gran cazador.

—Supongo —contestó Óscar—. ¿Ahora qué hacéis con tanta carne?

Lucius estalló en carcajadas, había almacenado mucha tensión viendo el combate.

—El oso no está muerto, solo esta inconsciente. Ya te dije que las peleas a muerte eran cosas del pasado. Aunque debo concretar que solo se pelea a muerte en los juegos del coliseo contra bestias capturadas más allá de la frontera, karlov, maios… Esos combates son mucho más peligrosos y no siempre gana el guerrero romano. Si uno de esos seres sale vencedor se le devuelve a su sitio, como haremos con este oso.

Aquello relajó enormemente a Óscar. Aunque ahora ardía en deseos de poder disfrutar los juegos del coliseo y poder ver aquellos seres y comprobar que verdaderamente eran reales.

Los combates se siguieron sucediendo, entre guerreros y guerreras jóvenes, con diferentes armas y sin armaduras, tan solo con prendas de cuero que tapaban ciertas partes de sus cuerpos.

Algo que tenía completamente obnubilado a Óscar era la belleza de los rostros y de los cuerpos de los romanos. Hasta él se sentía más en forma que nunca, hacía tiempo que no tenía la necesidad de fumar y el trabajo duro, la buena comida y el descanso reparador habían logrado en tres días tonificar algo su cuerpo. Nunca se había sentido tan bien.

Llevaban algo más de dos horas disfrutando de los combates cuando por fin se anunció el combate fratricida que todo el mundo estaba esperando. Los dos hermanos salieron a la arena, cada uno por un extremo del círculo de arena. Los dos empuñaban dos espadas cortas, vestían faldas y sandalias de cuero, muñequeras de cobre y un casco del mismo material. Ambos tenían el tatuaje de una serpiente en la espalda. Al instante pensé que se trataría del símbolo familiar.

En un instante comenzaron los golpes de espada. La lucha era feroz, era como si se odiaran a muerte. Aulus parecía tener ventaja, era más alto y fuerte que su hermano, pero este con un movimiento rápido y certero consiguió cortar la piel del muslo de su hermano. Un alarido rasgó el silencio del público, tan solo se oía el golpear de las espadas. Aulus contraatacó con fuerza, como si no sintiera dolor.

En ese momento le vino a la mente la milagrosa recuperación de sus profundas heridas el día que les conoció. Era un misterio en el que le gustaría indagar…

El intercambio de golpes continuó: Aulus consiguió herir el pecho y el gemelo de su hermano, pero eso solo consiguió enfurecer más a Gaius, que aumentó la velocidad de sus golpes consiguiendo herir sendos brazos de su contrincante.

La sangre manaba por las heridas y empezaba a pasar factura en los dos guerreros, que cada vez estaban más débiles. La vista era cada vez más borrosa y los golpes perdían intensidad y fuerza.

Aulus se despojó del casco, apenas podía visualizar a su enemigo en la arena y hermano fuera de ella. Los cortes en los brazos hacían que cada vez pesaran más, pero siguió luchando hasta que se desplomó en la arena. Pocas veces salía un vencedor cuando luchaban entre ellos, pero estaba vez Gaius se llevó la victoria y los honores del público.

Finalizados los juegos Óscar y Lucius decidieron pasar la noche en una posada de la ciudad y disfrutar de su ambiente y de una buena cena en compañía de algunos amigos de la familia y por supuesto de Aulus y Gaius. Pero antes, Lucius quería visitar unas termas para poder relajarse y disipar la tensión que le habían producido los combates.

Estando relajados en una de las piscinas de agua caliente, Óscar le volvió a preguntar acerca de las milagrosas curaciones. Lucius se levantó y le pidió que le acompañara.

Sin que pudiera reaccionar, Lucius le hizo un corte en el brazo, de inmediato sintió un ardor intenso y cómo su cálida sangre manaba hacia su mano.

—¿Estás loco? —gritó Óscar, retorciéndose de dolor.

—¿No querías saber cuál era el misterio de las milagrosas curaciones? Pues para eso es mejor vivirlas en primera persona.

Lucius le condujo a una sala enlosada con un mármol blanco impoluto, apenas veteado. Allí un hombre con una túnica blanca y largos cabellos también blancos tomó el brazo de Óscar y aplicó en él unos extraños ungüentos de olor a hierbas. A los pocos minutos de entrar en contacto con la piel se endurecieron como si de yeso se tratarse, salvo que era de color verde. El dolor disminuía rápidamente, le soltó el brazo y sin decir nada le indicó que saliera de la sala.

—En unos minutos tu herida habrá sanado —comentó. Lucius pudo leer la pregunta en sus ojos—. Nuestros médicos son druidas muy sabios. Llevan milenios buscando remedios en la naturaleza para paliar nuestros males y se lo transmiten unos a otros. Solo un druida conoce el secreto de este ungüento.

Media hora después aquella especie de costra se fue desprendiendo poco a poco y dejó a la luz un brazo ileso, sin cicatriz alguna.

C12

Eran las cuatro de la mañana, cuando un grupo de diez hombres fuertemente armados se preparaban para iniciar un asalto. La noche era oscura y las calles de Queens estaban desiertas. Uno de los hombres abrió las puertas del camión, de él salieron uno a uno silenciosamente, no dijeron una palabra, no querían alertar a nadie, el efecto sorpresa era crucial. Subieron la calle 162 pegados a la pared de un viejo edificio algo destartalado.

Rodearon la puerta del apartamento 512. Uno de ellos intentó manipular la cerradura, pero no consiguió abrirla, la cerradura no era nada corriente y desiste. El jefe del grupo analizó la puerta, era demasiado sólida para un ariete. Decidió usar pequeñas cargas de explosivo plástico que colocó en las bisagras. La explosión reventó la pared y el marco de la puerta sin apenas producir ruido. Entraron como un rayo en fila con los fusiles de asalto listos para abrir fuego contra todo aquello que se moviera.

No había nadie. Al encender la luz comprobaron que el apartamento desentonaba con el resto del edificio. Estaba lujosamente decorado, con maderas nobles, cortinas de seda. Era como si estuvieran en un apartamento de Park Street.

Cuando comprobaron que no se escondía ningún peligro, varios hombres entraron. Entre ellos se encontraba el director Keterman y los agentes Parker y Wallis. Todos sorprendidos por la belleza del apartamento.

Debían darse prisa en encontrar cualquier pista, aquella no era una misión legal y por supuesto no tenían ninguna orden que les permitiera poder registrar aquel apartamento: debían entrar y salir sin que nadie les viera.

A las pocas horas, uno de los técnicos descubrió unos extraños signos en una pared. Estaban tallados sobre ella. Sin duda eran romanos. Keterman apartó al técnico. Palpó las marcas, parecía que se movían; llamó a uno de los expertos en signos romanos.

El experto examinó los extraños símbolos.

—Son símbolos romanos, de eso no hay duda. Hay algo escrito en latín. Dice «no dejes cabeza sobre los hombros, hermano».

El corazón de Keterman se aceleraba, apenas le cabía en el pecho.

—Espera un momento, este símbolo está al revés —continuó el técnico. Al girarlo, algo crujió en la pared y se abrió de golpe. De la oscuridad emergieron tres relucientes espadas. Sus brillos eran cegadores incluso en medio de aquella oscuridad.

Ya no cabía duda: habían dado con una guarida de algún legionario y tenían sus armas; lástima que no encontraran también una armadura, pero no tenían más tiempo, estaba a punto de amanecer y debían desaparecer.

La mañana siguiente Keterman se reunió en su base de Nueva York con sus altos cargos. Habían podido probar que aquel desconocido que acompañaba al periodista español en realidad era un legionario de Roma. Tenían que actuar, y rápido.

—¿Qué sabemos del periodista español? —preguntó Keterman a sus jefes de grupo allí reunidos.

—Nada, señor, es como si hubiera desparecido —dijo uno de ellos.

—Entiendo. La última imagen que tenemos de él es en Atocha con el legionario, ¿verdad? —continuó Keterman.

—Sí, señor. Creemos que cogieron un tren hacia la costa este de España. Rumbo a… —no se atrevía a continuar.

—A Roma —completó Keterman.

—Sí, señor —afirmó uno de los jefes de grupo, agachando la cabeza.

—¿Tiene familia? —inquirió el director.

—Tiene a su padre, un hermano y una exmujer.

—¿Los tenemos localizados?

—Sí, señor. El padre y el hermano viven juntos en un piso de un barrio llamado Carabanchel, en Madrid. La exmujer vive en París.

—Nos bastará con el padre y el hijo. No se suele tener mucho afecto a las exmujeres, ¿no creen? —Las carcajadas de Keterman retumbaron en la sala y rápidamente contagiaron a todo el grupo.

De este modo se dio la reunión por terminada, salvo para uno de sus jefes de grupo, aquel en quien más confiaba, el agente Harrison.

—Tengo algo para ti, Harrison —comenzó Keterman.

Harrison permaneció de pie frente a su director, esperando la orden. Aquel era un hombre completamente entregado a la causa, un patriota.

—Debes ir a España con un pequeño grupo de nuestros mejores hombres y traerme al padre y al hermano de… —Keterman dudó un instante, no recordaba su nombre.

—Óscar, señor, Óscar Ruiz —completó Harrison.

—Sí, del periodista. Sé discreto, no queremos dar ningún tipo de publicidad a esto, ¿está claro?

—Sí, señor.

Harrison salió de sala de reuniones con una difícil misión. Un secuestro silencioso en suelo extranjero.

C13

Tan solo faltaban dos días para la reunión con el emperador y los nervios crecían en el corazón de Óscar, suerte que por fin habían vuelto a la villa de Lucius y podía aplacarlos con Vivia. Pasaba la mayor parte del día con ella. Paseando por los alrededores, montando a caballo o navegando en el mar en un pequeño bote.

Durante todo el tiempo que pasaban juntos, ella intentaba hacerle ver el sentido de la vida romana. Qué era lo más importante para un romano, o qué era lo que amaban. En definitiva, un curso sobre los usos y costumbres del romano.

Óscar no dudaba en hacer todo tipo de preguntas. En uno de sus paseos a caballo por el bosque se encontraron con una alta torre de piedra culminada por una especie de telescopio.

—¿Qué es esto, Vivia?

—Es el observatorio de un druida de las estrellas. Viven en ellos observando el cielo y estudiándolo. Después usan todo lo que han aprendido para crear mapas estelares.

—Estáis mucho más avanzados de lo que pensaba.

Vivia sonrió.

—Eso es lo que queremos que creáis. En realidad, nosotros también tenemos satélites allí arriba, y un sistema de comunicación por delante del resto.

—Tu hermano me lo enseñó cuando viajábamos en el Esturión. Me pareció algo increíble.

Durante esos días visitaron varios pueblos y fue tratado por los lugareños con respeto y curiosidad.

Se sentía tremendamente feliz entre aquellas gentes, pero sobre todo al lado de Vivia, cada noche en silencio se preguntaba qué sentiría ella. Quizás solo fuera amable con él porque su padre se lo pedía, quizás se sintiera obligada como anfitriona. La verdad es que estaba algo acomplejado entre tanto cuerpo escultural. No podía imaginar que alguien como Vivia se pudiera enamorar de alguien como él. Tampoco es que creyera que fuese un tipo feo o desagradable, tan solo alguien normal, sin ningún tipo de virtud salvo la supuesta que había parecido ver el emperador. Quizás con eso fuera suficiente, quizás realmente tenía algo.

El día se acercaba antes del viaje a Roma, los padres de Lucius quisieron hacer una fiesta en su villa. Invitaron a gentes de toda la isla. Todo aquel que quisiera podía asistir.

Óscar sintió que tanto su respiración como su corazón se paraban de pronto cuando vio a Vivia en unos de los jardines. Llevaba un vestido de seda de color azul abierto hasta la cintura y con la espalda al aire. Su larga melena rubia estaba recogida con lo que se le antojaba un peinado complicadísimo. Se acercó a ella atravesando el jardín. Él vestía un pantalón largo de lino con una camisa azul rematada con dibujos geométricos cosidos con hilos de oro que Lucius le había prestado.

—Aún no rellenas la ropa de mi hermano —observó ella mientras colocaba los hombros de la camisa.

—Él insistió… yo ya le dije que era demasiado grande pero…

—No te preocupes. —Sonrió—. Resalta el color de tus ojos. Ven, bailemos. —Tomó su mano y con fuerza lo arrastró hasta una zona del jardín donde otros habían empezado a bailar al son de una música suave.

Apenas sabía bailar los bailes tradicionales, siempre había creído tener dos pies izquierdos, pero agarrado a la cintura de Vivia podía moverse grácilmente por los mosaicos del jardín. No podía apartar la vista de ella, sus ojos azules le tenían completamente atrapado. Pero no se sentía con confianza para hacer lo que tanto deseaba, besarla, aún no. Tenía miedo de estropear aquello, quería mantener la esperanza.

Pasaron la noche riendo y jugando a extraños juegos con Lucius, Gnaea, Plubius, Sextus y los hermanos Gaius y Aulus. Óscar intentaba aprender deprisa, pero algunos eran ciertamente complicados. Uno de ellos se le daba mejor, era parecido a la diana salvo que en vez de acertar a los números debía de dar con el dardo dentro de unos círculos de distintos colores y tamaños repartidos en una plancha de madera.

Ya de madrugada dieron por terminados los festejos y cada uno se retiró a descansar a sus habitaciones o a sus hogares. En unas horas saldrían rumbo a Roma y tenían que estar despejados. El capitán Manius también asistió a la fiesta. Óscar pudo hablar con él, la aspereza con que le trató los primeros días había desaparecido casi por completo; después de todo, parecía que volverían a compartir travesía, ya que serían él y su Esturión quienes les llevarían a Roma.

C14

Apenas hacía unos minutos que había amanecido y la villa ya bullía de actividad. Había muchos preparativos que hacer antes de embarcar.

Desde el primer momento Óscar creyó que aquel viaje lo realizaría tan solo con Lucius, pero la noche anterior durante la fiesta se anunció que Appia y Marcus también les acompañarían junto a su hija, Vivia, saber aquello le alegró de veras. No sabía cuánto tiempo debía estar en Roma, eso oprimía su pecho, el no saber cuándo podría volver a verla; no podía seguir así, tenía que sincerarse con ella. Todo aquello le parecía una locura, tan solo la conocía desde hacía una semana aun así ya sabía lo que quería.

Sintió que Sextus no les acompañara. Había crecido una amistad entre los dos aquellos días, pero debía quedarse con su hermano Plubius para atender a las yeguas en los partos.

El sol aún no estaba alto. Debían de ser las diez de la mañana cuando comenzaron a embarcar en el Esturión. Esta vez no tuvieron que ir a Equo Albo, les esperaba en la cala junto al acantilado, Óscar podía verlo desde el balcón de su dormitorio. Los marineros se afanaban en cargar todos los enseres ayudados con botes de madera blanca adornados con el nombre del barco escrito en letras de oro.

Ya en la mar comprobaron que el agua estaba en calma, una brisa agradable recorría la cubierta del barco. Óscar aprovechó esos momentos para fotografiar a las distintas aves que les acompañaban en aquel viaje, el sol ya estaba alto y la luz era perfecta. Le habían informado de que si no había contratiempo en dos horas desembarcarían en el puerto de Roma.

Vivia estaba apoyada en la barandilla con la mirada fija en el horizonte, perdida en sus pensamientos. Con aquella luz su melena al viento parecía oro puro. Óscar se sentó en uno de los bancos de cubierta y la fotografió. Se dijo a sí mismo que sería imposible capturar tanta belleza.

Sin percatarse Lucius se sentó a su lado rompiendo la magia de aquel momento. Aun así fue muy bienvenido. Debían hablar de lo que sucedería aquella tarde, Óscar le acompaño a la cámara de Magnus, allí les esperaba Marcus.

Recorrieron las entrañas del barco hasta llegar al camarote del capitán, situado en la popa del barco; durante el camino, a Óscar le extrañó escuchar la canción Innuendo, de Queen. Lucius le sonrió y le dijo:

—También nos gusta la buena música.

La puerta de caoba generosamente tallada anticipaba el hogar del capitán en el inmenso azul. El camarote era mayor que el suyo, en las paredes colgaban pinturas de temática marina y del arte de la pesca. En el centro, frente al ventanal había una robusta mesa de madera, en la que estaban dibujados los océanos y los mares del mundo. Manius y Marcus les esperaban sentados, sus rostros estaban relajados, Óscar supuso que querían hablar de su audiencia con el emperador.

—Siéntate, Óscar —le invitó Magnus.

Óscar junto a Lucius se sentó frente a los viejos guerreros. Marcus tomó una jarra de cristal y se sirvió agua en un vaso antes de comenzar hablar.

—Hemos concertado esta reunión porque queremos informarte de lo que va a ocurrir esta tarde.

Óscar asintió con la cabeza, a la vez que echó un fugaz vistazo a Lucius, que tenía el rostro serio, lo que le produjo algo de inquietud.

—Te llevaremos ante el emperador, tendrás una audiencia privada con él —continuó Marcus—. Quiere conocerte.

Aquellas últimas palabras tensaron sus músculos, todos en aquella mesa se percataron de ello. Lucius quiso relajarle.

—No te preocupes, Óscar, recuerda que tuviste las agallas de acudir solo a una habitación de motel con quien creías era un asesino.

Aquello era cierto, pudo con aquello y ahora se encontraba entre amigos, y estaba Vivia. Pensar en ella le insuflaba valor, un valor que no tuvo como ayuda la noche que conoció a Lucius. Aquel día le empujaba la desesperación, no sentía que tuviera nada que perder, su vida no le parecía tan importante. Simplemente saltó.

La reunión se alargó durante una hora, y en ella le contaron historias en común con el emperador, de esa forma pudo hacerse una clara idea de cómo era aquel hombre que guiaba el imperio.

—¿Cómo se llama? —dejó escapar la pregunta entre los dientes. Apenas había hablado en todo el encuentro. Los presentes le miraron fijamente.

—Su nombre es Augusto, pero debes llamarle emperador, solo él puede darte permiso para poder llamarle por su nombre —contestó Lucius.

Óscar asintió con la cabeza, pero no entendía por qué aquella pregunta les había producido aquellos gestos de incredulidad. Él era nuevo en aquel mundo.

Tras la reunión volvió a subir a cubierta, pero Vivia ya no estaba allí, supuso que algo había requerido su presencia, porque aquella vista invitaba a cualquiera a quedarse durante horas. Se sentó en uno de los bancos y contempló el horizonte. En unos momentos llegarían a Roma.

Roma, primeros de mayo

Decenas de barcos se amontonaban en el muelle del puerto, Vivia junto a él susurraba que venían de todos los rincones del mundo. Comerciaban y exploraban. Llevaban a los legionarios a distintos puntos del mundo para realizar sus misiones, llegando a ríos que atravesaban sinuosas selvas hasta las costas de los desiertos más áridos.

Cientos de carros tirados por musculosos caballos se afanaban por repartir las mercancías traídas de tierras lejanas a sus destinos finales.

Por las calles de Roma Lucius y Marcus le escoltaban, a su lado Vivia contestaba todas las preguntas que podía. Su emoción aumentaba a medida que se adentraban en la ciudad. De nuevo era como haber viajado en el tiempo, se preguntó si el Esturión no sería realmente una máquina del tiempo.

Al doblar una esquina, salieron a una plaza coronada por una inmensa construcción. Óscar apenas podía cerrar la boca, sentía que la mandíbula se le desencajaba.

—El circo Claudio. —Se notaba el orgullo de Marcus en sus palabras.

—El coliseo. Es magnífico —susurró Óscar.

Cruzaron la plaza, pero Óscar no podía apartar la mirada de aquella maravilla. Hasta que guiado por las palabras de Vivia miró hacia adelante.

—Aquel es el Palacio Imperial.

Era blanco como la más pura perla. Al acercarse pudo comprobar que estaba construido en mármol y custodiado por estatuas de antiguos emperadores.

Subieron por la escalinata, guardada por dos soldados. Un hombre anciano, aunque como todos aquellos romanos de una forma física envidiable, habló:

—Os esperaba. —Se dirigió directamente a Óscar—: Mi nombre es Claudio. El emperador te espera.

Tras dedicar una gran sonrisa a los demás les invitó a que lo siguieran. Lo primero que llamó la atención a Óscar fue el relajante sonido del agua que fluía por pequeños canales hacia distintos estanques que guardaban jardines exuberantes de mil flores, los cantos de cientos de pájaros invitaban a perderse. Entre aquellas plantas, al otro lado del jardín se encontraron con dos puertas imponentes que guardaban dos soldados.

—Al otro lado está la sala de audiencias —explicó Claudio—. El emperador quiere verte a solas. —Unos de los soldados abrió una de las puertas. El sonido de las bisagras rompió el ambiente idílico que creaban las aves y el agua.

El corazón de Óscar estaba acelerado, era como si se le fuera a escapar del pecho. Apenas podía fijar la vista en nada, recorría la sala con los ojos admirados. El suelo era de mármol negro y en él había representaciones de batallas antiguas en líneas de oro. Altas columnas flanqueaban la sala. Óscar siguió con la vista una de ellas hasta un techo donde contempló una bóveda de cañón decorada por exquisitas pinturas. Era como si estuvieran al aire libre, la bóveda representaba un cielo despejado, tan solo salpicado por algunas nubes blancas, había pájaros de todos los colores, todos diferentes. El sonido de una pisada le hizo saber que no estaba allí solo. Una figura emergió de entre las columnas. Era un hombre de unos cuarenta años, rubio, con unos intensos ojos verdes. Vestía unos amplios pantalones de seda verde y una camisa negra.

—Tú debes de ser Óscar —dijo a la vez que se acercaba a él y le tendía la mano.

—Sí—contestó Óscar, forzando un poco la voz para dar una sensación de falsa seguridad.

El emperador se percató del estado de nervios de aquel muchacho, algo que por supuesto sabía que ocurriría. Óscar estaba blanco como la nieve, se sentía al borde del desmayo. Todo aquello le otorgaba una imagen fantasmal.

El emperador se apiadó de él, abandonó su rostro serio esbozando una gran sonrisa.

—Tranquilo, Óscar, aquí estás entre amigos, no debes temer nada.

Aquello fue como si un peso infinito cayera de golpe. Es extraño el efecto que puede producir una sonrisa. La piel de Óscar poco a poco volvía a su color original, cuando el emperador le invitó a sentarse en las escalinatas que subían al trono.

El emperador Augusto no era un hombre que se perdiera entre las palabras, siempre iba directo al problema o a lo que pretendía conseguir de alguien.

—Quiero que escribas sobre nosotros, Óscar. Necesitamos dar a conocer nuestra lucha. Ya son demasiados siglos luchando a espaldas del mundo.

Óscar llevaba días queriendo hacerle una pregunta al emperador.

—¿Por qué yo, emperador?

Augusto esbozó una nueva sonrisa.

—Imagino que esa pregunta se la habrás hecho a varias personas durante estos días.

Óscar asintió con la cabeza.

—Sí, señor.

—Pero supongo que solo mi respuesta es la que te dejará satisfecho. —Óscar volvió a asentir con la cabeza, esta vez sin decir nada—. Bien, supongo que te habrán dicho que la razón es por tu investigación, el coraje y la fuerza que has demostrado ante las adversidades. Todo eso es cierto, pero la razón por la que te invité a que vinieras y a encargarte este importante trabajo es Lucius. Él fue quien te propuso, te estuvo observando durante meses, te fue poniendo a prueba dejándote pistas para que las siguieras, y según tengo entendido estuviste a punto de descubrirle en más de una ocasión. Yo solo confié en él la misión de encontrar a alguien que pudiera amar tanto a nuestro pueblo como nosotros mismos, y te encontró a ti.

Óscar lo intuyó desde el primer momento, sabía que Lucius tenía mucho que ver en toda aquella historia.

El emperador y Óscar pasaron horas hablando de cómo su pueblo llegó a formar parte del Imperio romano. Sus antepasados habitaban las islas desde el principio de la creación. Vivían en paz hasta que un grupo de hombres les atacaron desde la costa hoy conocida como Francia. Fue el primer contacto con los arsar. La necesidad y la batalla hicieron que evolucionaran más rápido que el resto del mundo. Desde ese momento fueron conscientes del peligro de aquella raza extraña y sangrienta que se alimentaba de sus caídos. Desde ese preciso momento decidieron combatirlos hasta extinguirlos y proteger todo pueblo amenazado, una lucha que continúa en nuestros días. Aquel viaje en el que se embarcaron les obligó a ir a lugares que ningún ser humano había pisado aún. A vencer los miedos de mitos y leyendas que a otros atenazaban. De esta forma descubrieron seres escalofriantes que vivían en la oscuridad, ocultos, dejando solo el rastro de la muerte y el misterio de desapariciones extrañas. Decidieron crear destacamentos permanentes en aquellos lugares para mantener a raya aquellos seres.

Mientras, en el horizonte, un gran imperio emergía. Aquello podría suponer un problema, no podían sumar un enemigo más y no querían luchar contra aquellos que creían debían defender. De modo que las islas se unieron por voluntad propia a aquella república aún en pañales. La tecnología de las armas con la que contaban los isleños ayudó al imperio a extender sus fronteras. En aquella época eso les permitió luchar contra los arsar, pero fue un error que los romanos de hoy no volverían a cometer. Sabían que si sus armaduras traspasaban sus fronteras harían más mal que bien. No podían dejar que ese poder cayera en manos de nadie.

Llegó un momento en el que la decadencia de Roma estaba completamente descontrolada, los isleños nunca se habían involucrado demasiado en el control del imperio. Había habido emperadores formidables, pero también auténticos tiranos. Creían que aquello debía formar parte de la evolución del pueblo y no se inmiscuían en su gobierno, pero aquella decadencia hizo que los isleños les perdieran el respeto y simplemente se apartaron. Las fronteras empezaron a caer hasta que tuvieron al enemigo en las mismas puertas de la capital del imperio. Pero amaban aquella ciudad y lo que representó en el pasado, así que la defendieron de las hordas bárbaras. Proclamaron a un nuevo emperador, alguien a quien seguir.

Desde entonces heredaron lo que quedaba del imperio y siguieron a la familia del emperador Augusto.

Aquella fue la lección de historia más amena que Óscar había tenido jamás, era como si las palabras del emperador se grabaran a fuego en su cerebro. Sería un buen comienzo para su libro. Llegados a este punto, el sol comenzaba a caer y la sala antes bien iluminada caía en penumbra. Fue entonces cuando decenas de antorchas se iluminaron por combustión espontánea, pensó Óscar. El emperador sonrió al ver la cara de su invitado ante lo que acababa de ocurrir.

—Nos gusta la luz que emite el fuego. Creemos que es cálida y da calidad de hogar.

Óscar asintió mientras se acercaba a unas de las antorchas. Era raro, no emitían calor.

—No es fuego corriente —se anticipó Augusto—. Es energía.

Óscar nunca había visto nada parecido; desde luego, su tecnología, aunque no lo parecía a primera vista, estaba siglos por delante del resto del mundo.

—Qué te parece si vamos con el resto y disfrutamos de una buena copa de vino.

—Formidable, emperador.

—Puedes llamarme Augusto, Óscar. —Aquello, sin saber por qué, llenó de orgullo su pecho. Sin más, ambos salieron de la sala en dirección a uno de los jardines. Mientras, Augusto le instruía sobre cómo conseguían energía limpia de la naturaleza, energía ilimitada y verde para todo su pueblo. Óscar sintió odio hacia los jefes de estado del mundo que, movidos por la codicia de las energéticas, no aceptaban el regalo que el pueblo romano les ofrecía, energía limpia y pura para iluminar el planeta entero.

Al llegar a uno de los jardines del palacio se encontraron una imagen bucólica: una sensación cálida invadió el alma de Óscar al contemplar a Lucius y Gnaea junto a Marcus y su esposa, charlando animadamente con Claudio; como no podía ser de otra manera se quedó cautivado al ver a Vivia jugando con unos cachorros junto al estanque.

—Buenas tardes, familia —espetó Augusto con una gran sonrisa y los brazos abiertos. De inmediato se fundió en un abrazo con Lucius y el resto de la familia.

Cuatro hombres entraron cargados con jarras de vino y viandas variadas para regocijo de los invitados y del propio emperador. Todos se sentaron alrededor de la mesa para disfrutar de una cena y de una conversación relajadas, pero fue entonces cuando Augusto compartió sus planes con los allí presentes.

—Lucius —comenzó—. Gran trabajo encontrando a Óscar, es la persona idónea para la empresa que nos espera. Debemos hacer pública nuestra lucha. La osadía de los arsar aumenta día a día, pronto mostrarán su verdadera cara y dejarán de esconderse, su número y poder aumentan mientras hablamos. Son más peligrosos que nunca. Debemos avisar al resto del mundo de la que se les viene encima y debe ser alguien de ellos. A causa de nuestra negativa a comerciar con nuestras armaduras no hemos generado muchas amistades en las grandes esferas. No tardarían en boicotearnos.

Todos en la mesa asintieron con la mirada fija en el emperador. Pero Augusto observaba a Óscar.

—Es preciso —continuó— que vayas a los bosques, las montañas, los desiertos y las selvas donde se esconden, de esta forma podrás experimentar la emoción de la caza, descubrir el hábitat y la forma de vida de estos seres, porque, no te confundas, Óscar, no son animales, son inteligentes y forman estructuras sociales complejas. Nada de lo que hacen es por instinto, son conscientes del daño y el dolor que generan. Es una motivación más para ellos. En unos días, Lucius y tú os embarcaréis en un viaje que os llevará a los lugares más escondidos del planeta. Allí descubrirás tu verdadero valor. A tu regreso nada podrá detenerte.

Óscar miró a Lucius. Tenía el rictus duro y una mueca de preocupación.

—No será un viaje sencillo —dijo directamente.

—Lo sé, pero debe hacerse, es necesario sacar a esas bestias a la luz. Creemos seriamente que se ha producido una alianza entre ellos y los arsar. No podemos ignorar esa alianza.

—Haremos lo que sea necesario, Augusto. —El tono con que Lucius pronunció aquella frase consiguió poner de punta cada vello del cuerpo de Óscar. Si debía emprender aquel viaje se alegraba que fuera él quien le acompañara.

—Partiréis en seis días desde Equus. Debes recoger allí tu armadura, Lucius, a Óscar se le forjará una aquí con el símbolo de vuestra familia, el caballo. —Augusto se levantó de la mesa—. Se hace tarde y debéis descansar. Tendremos tiempo estos días para poder seguir hablando.

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