Kitabı oxu: «La Vida en la Casa del Padre»

Şrift:

La Vida en la Casa

del Padre

Un Manual para Membresía

en la Iglesia Local

Dr. Wayne A. Mack

David Swavely

Con Guía de Estudio

Publicaciones Faro de Gracia P.O. Box 1043Graham, NC 27253

Publicado por:

Publicaciones Faro de GraciaP.O. Box 1043 Graham, NC 27253 www.farodegracia.org

ISBN 978-1-629462-36-3

Agradecemos el permiso y la ayuda brindada por el Dr. Wayne Mack y P & R Publishing, (P.O. Box 817, Phillipsburg, New Jersey, 08865) para traducir e imprimir este libro, Life in the Father’s House, al español.

© 1994 Todos los Derechos Reservados, Wayne A. Mack Traducido por David Rivera

Ninguna parte de esta publicación se podrá reproducida, procesada en algún sistema que la pueda reproducir, o transmitida en alguna forma o por algún medio – electrónico, mecánico, fotocopia, cinta magnetofónica u otro – excepto para breves citas en reseñas, sin el permiso previo de los editores.

© Las citas bíblicas son tomadas de la Versión Reina-Valera © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina. © renovada 1988, Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso.

Este libro está dedicado a mi hijo, Josué Mack, que ha sido mi amigo durante muchos años y mi co-pastor en la Fellowship Church de Lehigh Valley desde 2000 a 2005.

Wayne Mack

Este libro está dedicado a la Faith Church en Sonoma, California, que fue mi familia espiritual, mi rebaño amado, y mis mejores amigos durante seis años maravillosos.

Dave Swavely


Contenido

Prefacio

Introducción

1 Comprendiendo la Importancia de la Iglesia Local

2 Comprometiéndonos con la Membresía de la Iglesia

3 Escogiendo una Buena Iglesia

4 Relacionándonos con los Líderes de la Iglesia

5 Cumpliendo Nuestras Funciones como Hombres y Mujeres

6 Participando en los Cultos de Adoración

7 Usando Nuestros Dones Espirituales

8 Corrigiéndonos los Unos a los Otros en Amor

9 Preservando la Unidad en el Cuerpo

10 Orando los Unos por los Otros

Conclusión

Guía de Estudio

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Otros Títulos por el Dr. Jay Adams

Prefacio

En estos días cuando muchos que profesan ser cristianos piensan solamente en su relación personal con Jesucristo y, en consecuencia, vagan libremente sin ninguna consideración de su relación con la iglesia, es de suma importancia tratar el asunto del cristianismo corporativo.

Dios ha ordenado que estemos unidos no sólo a Él, sino también a Su iglesia. Las metáforas del Nuevo Testamento que describen la iglesia son muy instructivas al manifestar la importancia de este énfasis. Dios ha llamado y ha puesto a todos los redimidos dentro de Su iglesia, la cual Él ha definido como:

• Un sacerdocio santo y real que ofrece a Dios sacrificios espirituales

• Una raza escogida que pertenece a Dios

• Una nación separada cuyo rey es el Dios eterno

• Un templo habitado por el Espíritu de Dios

• Un conjunto de ramas conectadas a Jesucristo como la vid

• Un rebaño guiado por el Buen Pastor

• Una casa o familia que comparte la vida común del Padre eterno

• Un cuerpo del cual el Señor Jesús es la cabeza.

Todas estas metáforas muestran las características comunes de unidad, vida compartida y comunión.

Los creyentes componen un sacerdocio, una nación, una raza, un templo, una planta, un rebaño, una familia, y un cuerpo. Todos nosotros hemos sido hechos uno espiritualmente, estamos hechos el uno para el otro en comunión, para vivir esa unidad en iglesias locales.

Se nos ordena “no dejar de congregarnos”, de tal manera que podamos “estimularnos al amor y a las buenas obras” (Hebreos 10:24-25).

Ha habido una gran cantidad de enseñanza sobre lo que los creyentes deben ser en sus propias vidas con el Señor, y hay abundante material sobre el llamamiento y los deberes de los líderes de la iglesia. Lo que se ha echado de menos es la instrucción necesaria para los creyentes acerca de cómo deben conducirse en la iglesia a la cual pertenecen eternamente y donde expresan localmente su fe.

Este libro tan práctico expone el modelo crucial para la conducta en la asamblea de creyentes que lleva al cumplimiento del deseo de nuestro Señor en la iglesia que Cristo “compró con su propia sangre” (Hechos 20:28).

John F. MacArthur, Jr.

Grace Community Church

Sun Valley, California

Introducción

El Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia Española define la palabra “iglesia” como:

1. Congregación de los fieles cristianos en virtud del bautismo. 2. Conjunto del clero y pueblo de un país donde el cristianismo tiene adeptos. Iglesia latina, griega. 3. Estado eclesiástico, que comprende a todos los ordenados. 4. Gobierno eclesiástico general del Sumo Pontífice, concilios y prelados. 5. Cabildo de las catedrales o colegiatas. 6. Diócesis, territorio y lugares de la jurisdicción de los prelados. 7. Conjunto de sus súbditos. 8. Cada una de las comunidades cristianas que se definen como iglesia. Iglesia luterana, anglicana, presbiteriana. 9. Templo cristiano.

Estas definiciones de la palabra iglesia revelan la confusión que existe en nuestros días con respecto a esa institución. Nosotros reflejamos estas definiciones cuando decimos cosas como: “ya es hora de que pintemos la iglesia”, “hoy disfruté mucho de la iglesia”, “mi iglesia es la iglesia luterana”, o “yo creo en la separación de iglesia y estado”. Pero ninguno de esos significados se puede encontrar en la Biblia. Por el contrario, la palabra griega traducida de esa manera (ekklesia) es usada más de cien veces en el Nuevo Testamento, y siempre se refiere a “un grupo de adoradores”, que es [en parte] la primera definición del Diccionario de la Lengua Española.

La iglesia, según la Escritura, no es un edificio, una denominación, o una actividad; es un grupo de personas. Esto es cierto tanto de la iglesia universal (o invisible), que es el que grupo de personas que por todo lo largo y ancho del mundo creen verdaderamente en Jesucristo (Mateo 16:18; Efesios 5:25-27), como de la iglesia local (o visible), que es el grupo de personas que profesan conocer a Cristo y se reúnen en un lugar particular para la adoración (Mateo 18:17; 1 Corintios 1:2). La palabra ekklesia se usa en ambas maneras en el Nuevo Testamento, pero el segundo significado es mucho más frecuente. Así que a lo largo de este libro nos referiremos a “la iglesia” en ese sentido: el cuerpo local de creyentes que se reúnen para adorar a Dios y servirse unos a otros.

Técnicamente hablando, esas personas no adoran “en una iglesia” o participan “en la iglesia”; ¡ellos son la iglesia! Y si tú eres un miembro del cuerpo de Cristo, tú no “vas a la iglesia”, ni “te sientas en la iglesia”; tú eres una parte de la iglesia que se reúne para adorar con el resto del cuerpo. Es importante entender esto porque la calidad de una iglesia no se mide, por lo tanto, por la condición de su edificio o lo atractivo de sus cultos, sino por el estado de la propia gente. Ellos son la iglesia, así que la iglesia sólo es tan buena como ellos.

Esta es la razón por la que este libro es “una guía para los miembros de la iglesia local”. La mayor parte de las personas en una congregación particular no son líderes de la iglesia; son simplemente miembros de la iglesia, o “laicos” como se les ha llamado con frecuencia. Pero casi todos los libros escritos acerca de la iglesia local han sido orientados hacia los líderes. Uno tendría que investigar por todas partes para encontrar otro libro como éste que hable directamente y de manera extensa de las responsabilidades de la gente “común” que son parte de una iglesia local.

Puesto que este libro está escrito para satisfacer esa carencia específica, no contiene, por lo tanto, ninguna discusión sobre ciertos asuntos sobre los que los líderes de la iglesia deben decidir, tales como el modo del bautismo o la forma del gobierno de la iglesia. La verdad contenida aquí se aplica a los miembros de cualquier cuerpo local que trata de obedecer las Escrituras, sin tener en cuenta a qué denominación están afiliados ni otros distintivos.

En nuestros días no sólo se entiende de manera equivocada la palabra “iglesia”, sino que muchos cristianos son ignorantes o están confundidos con respecto a su papel y sus responsabilidades en un cuerpo local. Por ejemplo: ¿Sabes por qué la mayor parte de las iglesias tienen un procedimiento para la membresía? ¿Hay una diferencia sustancial entre un “miembro” y “una persona que asiste regularmente”? ¿A que qué clase de iglesia debe asistir un cristiano, y que buenas razones hay para dejar una iglesia por otra? ¿Qué clase de relación deberías tener con los líderes de tu iglesia, y qué papel deben desempeñar ellos en tu vida? ¿Cómo puedes evitar que los cultos del domingo se conviertan en una rutina? ¿Y cómo puedes tú causar o evitar una “división de iglesia”?

Estas preguntas y muchas otras son respondidas concienzudamente en las páginas siguientes. Esperamos que para cuando hayas terminado de leer este libro, entiendas completamente lo que Dios quiere que tú hagas como una parte de la iglesia local, y cómo Él quiere que lo hagas. Nuestra oración también es que pongas en práctica cada verdad que aprendas, de tal manera que tu Vida en la casa del Padre le sea agradable a Él.

1
Comprendiendo la Importancia de la Iglesia Local

“¡JESÚS SÍ! ¡IGLESIA NO!” Así decía un cartel que llevaba un estudiante. En esta edad espiritualmente hambrienta, el interés en la persona de Jesús es inconfundible... Al mismo tiempo la imagen popular de la iglesia es la de edificios vacíos y deteriorados, congregaciones femeninas y avejentadas, y un clero deprimido e irrelevante. Así el entusiasmo creciente por Jesús parece trágicamente contrarrestado por el desencanto casi total con la iglesia.1

Esas palabras escritas hace dos décadas por el pastor inglés David Watson captan con precisión el espíritu de nuestros tiempos en el mundo evangélico. El “Movimiento Jesús” de los años sesenta y setenta, ha generado cientos de organizaciones paraeclesiales dedicadas a proclamar el Evangelio y la enseñanza de la Biblia, y en la mayoría de los casos, esas organizaciones han desviado la atención de los creyentes lejos de la iglesia local. Toda una generación de líderes estaba ejercitando sus dones espirituales en otros contextos paralelos a las asambleas a las que asistían los domingos. Este “robo” paraeclesial y una sociedad que corre aceleradamente hacia el secularismo a una velocidad vertiginosa, se combinan para reducir la asistencia en las iglesias locales hasta un mínimo sin precedentes.

El final de los ochenta y los noventa, por el otro lado, han traído tanto buenas como malas noticias para la institución llamada la iglesia local. Las buenas noticias son que el interés en la iglesia es mayor de lo que ha sido durante muchos años (especialmente en América), y muchas iglesias pueden presentar un crecimiento tremendo en el número de personas que asisten a sus cultos. Las malas noticias son que este “movimiento para el crecimiento de la iglesia” se ha acomodado ampliamente al uso de técnicas de mercado y ha mantenido una tendencia desafortunada a diluir o camuflar los rasgos más polémicos del mensaje bíblico.2 Por lo tanto tampoco ha conseguido producir un compromiso con la iglesia en las vidas de muchos, como ha indicado recientemente William Hendricks en un libro enigmático, Exit Interviews, (Entrevistas de Salida).

Hendricks hace una crónica del fracaso del “movimiento para el crecimiento de la iglesia” en mantener a las personas en la iglesia, como explica la contraportada del libro:

Hay un lado oscuro en los informes recientes sobre el vertiginoso aumento de la asistencia a la iglesia en Norteamérica. Mientras que un número incontable de personas “de fuera de la iglesia” pueden estar acudiendo en masa a la puerta delantera de la iglesia, un flujo constante de los “de dentro de la iglesia” está abandonándola por la puerta trasera. ¡Se estima que 53.000 personas dejan las iglesias cada semana para no regresar jamás!3

El libro documenta estas afirmaciones por medio de estadísticas actuales y numerosas entrevistas con individuos que han dejado la iglesia. La tendencia que describe es verdaderamente triste, pero lo que es más alarmante aún acerca del libro son las propias opiniones del autor acerca de la importancia de la iglesia local, que están intercaladas a todo lo largo de sus interpretaciones de las entrevistas. Aunque hace varias afirmaciones en el sentido de que él no quiere minimizar la importancia de la iglesia, está claro que considera que ésta es sólo una de las muchas opciones para el crecimiento espiritual de los creyentes.

A pesar del entusiasmo en los informes sobre el aumento vertiginoso en la asistencia a la iglesia, más y más cristianos en Norteamérica se están sintiendo desilusionados con la iglesia y otras expresiones institucionales del cristianismo.

Esto no quiere decir que estos “creyentes de la puerta de atrás” han abandonado la fe. Por el contrario, pueden estar muy articulados con respecto a los asuntos espirituales. De hecho, algunos tienen vidas espirituales extraordinariamente vibrantes y amistades conmovedoramente íntimas con una o dos personas del mismo espíritu. Pero por regla general, tienden a nutrir sus relaciones con Dios aparte de los medios tradicionales de iglesia y para-iglesia.

“¡Imposible!” responderá alguno. “Uno simplemente no puede crecer como cristiano a menos que sea parte de una iglesia, un cuerpo local de creyentes.” Así lo expresaría la sabiduría convencional…4

¿Por qué sacar a relucir algo que pone una nota negativa al cristianismo [es decir, las entrevistas]? Como creyentes, ¿No deberíamos ahondar en lo positivo, en las cosas edificantes que Dios está haciendo entre Su pueblo y por medio de Su pueblo? Sí, pero las preguntas asumen que no está sucediendo nada edificante, cuando en muchos casos eso es exactamente lo que está sucediendo: Dios está haciendo Su maravillosa obra en la vida de alguien, incluso aparte de la iglesia, lo creamos o no.5

Refiriéndose a aquellos con quienes él ha hablado que han dejado la iglesia completamente, el autor dice:

Después de languidecer por un tiempo donde estaban, escogieron salir y encontrar un camino mejor…6

Con mucha frecuencia se describían a sí mismos como: ¡trasladándose más cerca de Dios pero más lejos de la iglesia! 7

Finalmente, dedica un capítulo a dirigirse a los “marginados” (los que han abandonado la iglesia), a los cuales ha entrevistado y a cualquiera de sus lectores que también han dejado la iglesia. He aquí su reflexivo mensaje para ellos:

Yo soy extremadamente reacio a sacudir el dedo delante de ti y decir: “¡Date la vuelta y vuelve a una iglesia!” Yo no conozco tus circunstancias. Podría ser que hubiera montones de alternativas alrededor de ti, en cuyo caso te animaría ciertamente a explorarlos diligentemente hasta que encontraras algo que funcione…8

La tradición sostiene que tú no puedes crecer aparte de una iglesia. Entonces, ¿cómo has de seguir adelante (asumiendo que quieras seguir adelante)? Unas pocas de las personas a las que he entrevistado han dado un paso adelante al poner la tradición patas arriba y recibir el sostenimiento espiritual de cualquier lugar donde han podido encontrarlo: en libros, en revistas, en los ministerios de la radio y la televisión, en uno o dos amigos comprensivos, tal vez en las artes y la música, tal vez en la obra voluntaria. Con el paso del tiempo, han llegado a ser muy ingeniosos para hallar maneras de encontrar a Dios aparte de una iglesia local…9

No os culpo por haberos echado fuera.10

El libro, Entrevistas de Salida, fue escrito por un autor cristiano respetado y bien conocido, y publicado por una editorial cristiana conservadora. También se ha mantenido durante algún tiempo en lo más alto de la lista de los diez libros cristianos más vendidos. A la luz de estos hechos se puede decir sin temor a equivocarse que el concepto general de la iglesia local entre los que profesan ser cristianos no ha mejorado mucho desde los sombríos años 60 y 70. Y esta indiferencia contemporánea hacia la iglesia representa un cambio descomunal desde los valores mantenidos desde antiguo sostenidos a lo largo de la historia por aquellos que se han considerado a sí mismos el pueblo de Dios.

Sí Entrevistas de Salida hubiera sido escrito en cualquier otro siglo distinto del nuestro, muy probablemente se hubiera encontrado con un coro de protestas justamente indignadas por parte de los líderes cristianos del momento. Nuestros antepasados, que llamaban apóstatas a las personas que dejaban la iglesia en lugar de llamarlos “creyentes de la puerta de atrás”, incluso lo habrían etiquetado como una “herejía”.

Considera, por ejemplo, algunas afirmaciones de tres de los nombres más reconocidos en la historia de nuestra fe. Agustín dijo: “nadie puede tener a Dios como su padre sino tiene a la iglesia como su madre”.11 Martín Lutero describió: “aparte de la iglesia, la salvación es imposible.” Y la Institución de la Religión Cristiana de Juan Calvino, que es la obra más ampliamente leída y atesorada desde la era apostólica, contiene unas afirmaciones tan vehementes acerca de la iglesia local como las siguientes:

Mi intención es tratar aquí de la iglesia visible, y por eso aprendamos ya de sólo su título de madre qué provechoso y necesario nos es conocerla, ya que no hay otro camino para llegar a la vida sino que seamos concebidos en el seno de esta madre, que nos dé a luz, que nos alimente con sus pechos, y que nos ampare y defienda hasta que, despojados de esta carne mortal, seamos semejantes a los ángeles (Mat.22:30). Porque nuestra debilidad no sufre que seamos despedidos de la escuela hasta que hayamos pasado toda nuestra vida como discípulos. Anotemos también que fuera del gremio de la iglesia no hay remisión de pecados ni salvación... Con estas palabras se restringe el favor paternal de Dios y el testimonio de la vida espiritual a las ovejas del aprisco de Dios, para que advirtamos que el apartarse de la iglesia de Dios es pernicioso y mortal.12

Porque tanto aprecia el Señor la comunión de su Iglesia, que tiene como traidor y apóstata de su religión cristiana a todo el que de manera contumaz se aparta de cualquier compañía cristiana en que se hallare el ministerio verdadero de su Palabra y de sus sacramentos.13

Agustín, Lutero, y Calvino, simplemente representan a los miles de líderes cristianos que a lo largo de los siglos han creído que la iglesia era absolutamente indispensable para nuestro crecimiento como cristianos. Aparentemente nuestros días han traído un cambio tremendo en la manera en que la gente ve la iglesia local, especialmente cuando un libro de gran éxito de ventas da a entender repetidamente que podemos crecer de la misma manera sin ella. ¿Pero, qué dice la Palabra de Dios con respecto a la iglesia de Dios? Nuestra autoridad no es ni la corriente del pensamiento actual ni el dogma de teólogos falibles. Por el contrario, nosotros debemos averiguar lo que Dios piensa acerca de esta institución que Él ha diseñado, por el Libro que Él nos ha escrito.

¿Es posible tener una vida espiritual vibrante y nutrir satisfactoriamente nuestra relación con Dios aparte de una iglesia local? ¿Es simplemente la “sabiduría convencional” la que nos dice que debemos formar parte de una iglesia local? ¿Es posible acercarse a Dios y alejarse de la iglesia? ¿Existen “montones de alternativas” a la iglesia en lo que respeta a nuestro crecimiento espiritual? Y ¿aquellos que abandonan toda relación con la iglesia están verdaderamente libres de culpa por esa decisión?

La respuesta a todas esas preguntas, según la Escritura, es un sonoro ¡no! Lejos de ser sólo una de entre muchas opciones para el cristiano, la iglesia es el medio principal por el cual Dios lleva a cabo Su plan en el mundo. Es el instrumento ordenado por Él para llamar a los perdidos a Sí mismo en el contexto en el que Él santifica a aquellos que son nacidos en Su familia. Por lo tanto, Dios espera (e incluso demanda), un compromiso con la iglesia de todo aquel que afirma conocerle.

Incluso una lectura superficial del Nuevo Testamento deja clara la centralidad de la iglesia en el registro bíblico. Jesucristo proclamó que Él edificaría Su iglesia (Mateo 16:18), le otorgaría la autoridad para actuar con el imprimátur del cielo (Mateo 18:17-20), y en última instancia reveló que Su plan era llenar el mundo con cuerpos locales de creyentes (Mateo 28:18-20). La mayor parte de las epístolas están escritas a iglesias locales, y tres de las otras escritas a individuos (1 y 2 Timoteo y Tito), analizan cómo debe funcionar la iglesia local. Finalmente, las maravillas del Apocalipsis estaban dirigidas expresamente a siete iglesias locales en Asia menor, y fueron enviadas a ellas por el apóstol Juan siguiendo el mandato del Cristo resucitado (Apocalipsis 1:4,11).

Ningún otro versículo proclama la importancia de la iglesia local de una manera más poderosa que 1 Timoteo 3:15, y ese versículo nos servirá como marco de trabajo para una discusión de esta doctrina en la Escritura. Allí Pablo le dice a Timoteo: “Esto te escribo... para que si tardo, sepas cómo debes conducirte en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad.” Pablo quería que su joven aprendiz entendiera la importancia y el significado de sus instrucciones, y por ello se refiere a la asamblea local de creyentes con cuatro términos descriptivos que tienen el propósito de enfatizar la importancia que Dios le da. Estos términos siguen siendo designaciones apropiadas para la iglesia, y entenderlos nos ayudará a compartir el amor y el respeto de Pablo por esta santa institución.

La Casa de Dios

La palabra “casa” viene del griego oikos, que puede significar un edificio para habitar o una familia integral. En la Escritura se aplican ambos significados a la iglesia, y ambos proveen un testimonio profundo de su origen divino y su significado.

La Iglesia Es la Morada de Dios

Si Pablo usó la palabra en el sentido de una vivienda, entonces esto da testimonio del hecho de que Dios mismo vive en Su iglesia y entre Su iglesia. La iglesia misma es la casa de Dios. Hay que entender que no estamos hablando del edificio de la iglesia. Las mismas palabras “casa de Dios” traen a la memoria imágenes de un viejo diácono mirándonos por encima del hombro cuando éramos niños y diciendo: “¡Jovencito, no se puede correr en el santuario, esta es la casa de Dios!” (Por supuesto, podíamos correr en el gimnasio o en las clases, que formaban parte del mismo edificio, pero había algo especialmente santo respecto de la habitación con el púlpito y los bancos.)

Aquel viejo diácono estaba usando incorrectamente el término “casa de Dios”, porque no se refiere en absoluto a un edificio, excepto en un sentido metafórico. El término es una alusión al tabernáculo y al templo del Antiguo Testamento, los cuales son llamados de esa manera con frecuencia en la Escritura (ej. Juan 2:16; Hechos 7:47). Por lo tanto se refiere al hecho de que, a todo lo largo de la historia, Dios ha decidido trabajar con grupos de personas y manifestar Su presencia de una manera especial cuando ellos se congregan.

En 1 Corintios 3:16-17, Pablo dice a toda aquella iglesia (no a individuos): “¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es.” También le dice al mismo grupo: “Porque vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo: Habitaré y andaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo” (2 Corintios 6:16). Y en Efesios 2:19-22 dice que nosotros somos “miembros de la familia de Dios, edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu.”

La aplicación de estos versículos a nuestra discusión debería ser obvia: Si queremos estar donde Dios está, necesitamos estar en Su iglesia, porque allí es donde Él mora. Y la manera en que nosotros nos relacionamos con Él depende en buena parte de la manera en que nos relacionamos con Su iglesia, pues es la casa que Él ha construido con Sus propias manos (1 Pedro 2:5).

La Iglesia Es la Familia de Dios

El significado más probable de la palabra “casa” en 1 Timoteo 3:15 es el de una familia, porque Pablo lo usó de esa manera en los versículos 4, 5, y 12 del mismo capítulo. La idea de ser una parte de la familia de Dios no es nueva para la mayoría de los cristianos; nosotros hablamos a menudo de ser “nacidos de nuevo” en ella, nos referimos a Dios como nuestro Padre celestial, y Le alabamos por adoptarnos como hijos, y por hacernos Sus herederos (Romanos 8:15-17). También cantamos: “estoy tan contento porque soy parte de la familia de Dios.” Rara vez (si es que lo hacemos alguna vez), pensamos en esa “familia de Dios” como la iglesia local, pero eso es exactamente lo que la frase significa en este versículo.

Sin duda Pablo usó esta frase con el propósito de convencer a Timoteo de la importancia de una conducta correcta en la iglesia. Si se les demanda a los ancianos y diáconos que tengan sus casas en orden (vv. 4,5, y 12), ¡cuánto más necesita estar en orden la propia casa de Dios! Pero su lenguaje nos deja con una lección adicional pertinente para esta discusión. No sólo necesitamos estar en Su iglesia si queremos estar donde Dios está, sino que también necesitamos estar en Su familia si queremos considerarle a Él nuestro Padre. Con las palabras de Pablo en mente, ¿cómo podría la gente llamar a Dios su Padre mientras rehúsan ser parte de Su familia? Sin embargo, esa clara contradicción describe esencialmente la posición de aquellos que dicen que tienen fe y salvación aparte de la iglesia.

La Iglesia del Dios Viviente

El énfasis en esta segunda descripción de la iglesia recae en las palabras “del Dios viviente.” La iglesia procede de Dios y pertenece a Dios. Este Creador y Dueño de la iglesia es el Dios; el único Dios verdadero. Y en contraste con los templos de los ídolos paganos muertos, Pablo dice que esta iglesia es del Dios viviente. Así que en todo momento, Él está involucrado personal y activamente en la operación y las actividades de la iglesia.

A lo largo de todo el Nuevo Testamento, Dios nos deja bien claro que la iglesia es Su creación y posesión más querida. De hecho, cada miembro de la Santísima Trinidad es descrito repetidamente como atesorándola por encima de todas las demás instituciones terrenales.

Dios el Padre ha revelado Su amor por la iglesia por medio de Su elección soberana de ella antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4-5; Apocalipsis 13:8) y por las promesas que Él dio a Abraham y a los otros patriarcas, muchas de las cuales han sido cumplidas al menos parcialmente en la iglesia del Nuevo Testamento (Hechos 2:39; Gálatas 3:6-9). El Padre pagó el precio final por la iglesia enviando a Su Hijo amado a morir (Juan 3:16; 1 Juan 4:14), de tal manera que se dice que ha sido comprada “por su propia sangre” (Hechos 20:28). Él participa continuamente en la comunión de la iglesia (1 Juan 1:3), y ella funciona principalmente con el propósito de darle gloria a Él (Efesios 3:21).

El Hijo de Dios también “amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella” (Efesios 5:25; cf. Tito 2:14). Él dio Su propia vida por Sus ovejas (Juan 10:11-16). Por lo tanto Dios Le ha hecho la “cabeza de la iglesia” (Efesios 5:23; cf. 1:22), y se le llama repetidamente “el cuerpo de Cristo” (Efesios 4:12; cf. 1 Corintios 12:12). Jesús ha prometido estar presente personalmente cuando la iglesia se reúne para aprobar Su proceso de disciplina amante (Mateo 18:20) y cuando va adelante para llevar a cabo Su mandamiento de hacer discípulos de todas las naciones (Mateo 28:19-20). La iglesia es también donde se observa regularmente Su amada ordenanza de la comunión en conmemoración de Su muerte (Lucas 22:17-20; 1 Corintios 11:23-26).

Finalmente, el Espíritu Santo inició la iglesia del Nuevo Testamento en Pentecostés por medio de señales y milagros maravillosos (Hechos 2:1-4) y confirmó la inclusión de los gentiles con una actuación semejante (Hechos 10:44-48). Él introduce a cada miembro en el cuerpo de Cristo por medio de Su milagro de la regeneración (1 Corintios 12:13; Juan 3:6-8) y garantiza su glorificación final (Efesios 1:13-14). En cumplimiento de las promesas de Cristo en Juan 14, el Espíritu le otorga poder a los miembros de la iglesia, habita en ellos, e ilumina sus mentes a la verdad de las Escrituras, que Él mismo ha producido por medio de los profetas y apóstoles (vv.16-17, 26; cf. 2 Pedro 1:21; Hebreos 2:4). Él también obra para promover unidad y paz en el cuerpo (Efesios 4:3) y provee los distintos dones espirituales que la capacitan para funcionar adecuadamente (1 Corintios 12:7-11).

1 Pedro 1:1-2 menciona a los tres miembros de la Trinidad cuando dice que las iglesias por toda Asia Menor fueron elegidas “según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo.” La entera Deidad está profunda e íntimamente involucrada en el origen y el funcionamiento de la iglesia. Por lo tanto, nosotros, que deseamos ser “llamados hijos del Dios viviente” (Romanos 9:26) debemos estar involucrados en Su iglesia. Y sin duda, las duras advertencias del libro de Hebreos se aplican hoy a aquellos que desdeñan el involucrarse en la iglesia: “Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo” (Hebreos 3:12) y: “¡Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo!” (Hebreos 10:31). Haríamos bien en recordar que este celoso Dios viviente es Aquél a quien pertenece la iglesia.

La Columna de la Verdad

El siguiente nombre descriptivo de Pablo para la iglesia, “columna” (del griego stulos), nos dice que la iglesia realmente sostiene la verdad. O para ponerlo en términos más gráficos (y tal vez asombrosos), la verdad de Dios no puede permanecer firme sin la iglesia. Si se elimina la columna de un edificio, como probó Sansón en su último acto en el templo filisteo (Jueces 16:29-30), el edificio se derrumbará y la gente que está dentro quedará herida o muerta. La implicación de las palabras de Pablo es que la verdad caería de manera desastrosa si no existiera la iglesia.

Por supuesto, ese temible evento nunca ocurrirá, porque Dios ha prometido que Su iglesia se sostendrá siempre (Mateo 16:18). Él ha ordenado que tanto la verdad como su “columna” permanezcan firmes para siempre (cf. 1 Pedro 1:25; Efesios 3:21). Pero como las palabras de Pablo tenían el propósito de ayudar a Timoteo a comprender la importancia vital de una conducta recta en la iglesia, también tienen el propósito de convencernos del papel indispensable que desempeña la iglesia en nuestras vidas individuales. Nuestra propia relación con Dios y Su verdad está en peligro mortal si la iglesia no ocupa su lugar adecuado en nuestras vidas. Así que cuando consideramos a aquellos que abandonan la iglesia como un medio de crecimiento espiritual, es muy improbable que ellos estén manteniendo la verdad o cultivando una relación significativa con Dios por sí mismos. A la luz de 1 Timoteo 3:15, es mucho más probable que su fe se haya desmoronado, porque han eliminado la columna que sostiene la verdad.

¿Cómo funciona la iglesia como una columna de la verdad? Las siguientes son algunas de las maneras en que la iglesia ha sido diseñada para sostener la verdad de Dios:

La revelación. Dios decidió revelar la verdad del Nuevo Testamento en la iglesia y por medio de la iglesia. Pablo escribió:

A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, me fue dada esta gracia de anunciar entre los gentiles el evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo, y de aclarar a todos cuál sea la dispensación del misterio escondido desde los siglos en Dios, que creó todas las cosas; para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia a los principados y potestades en los lugares celestiales, conforme al propósito eterno que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor. (Efesios 3:8-11)

1 Corintios 12:28 dice: “Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas”, y esos son los hombres cuyas bocas y plumas nos trajeron Su Palabra inspirada (cf. Efesios 4:11). Deberíamos añadir, no obstante, que los apóstoles y profetas sirvieron sólo como el fundamento de la iglesia (Efesios 2:20), y por lo tanto ese ministerio de revelación no continúa en nuestros días. La fe “ha sido una vez dada a los santos” en el primer siglo (Judas 3; cf. Apocalipsis 22:18-19), y por lo tanto, cualquier iglesia que afirme añadir una revelación subsiguiente a las Escrituras es una iglesia falsa.14

La proclamación. Aunque la iglesia ha concluido su tarea de revelar la verdad de Dios, continúa siendo el instrumento que Él ha escogido para proclamar esa verdad al mundo. Como escribió R. B. Kuiper:

La iglesia de Roma está en grave error cuando afirma que la Iglesia dispensa la gracia salvadora. También están en error los que no se fijan en el hecho de que la iglesia debe dispensar los medios de la gracia salvadora.

Dios emplea un sólo medio para impartir la fe al hombre. Ese medio es su Palabra, la Biblia. “Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” (Romanos 10:17). Es el sagrado deber de la iglesia proclamar la palabra de Dios. Cuando le place al Espíritu Santo llamar eficazmente a los pecadores por la Palabra predicada por la iglesia, es entonces que los pecadores llegan a ser creyentes. Es por este importante papel de la iglesia en el nacimiento de los creyentes, que ella merece ser llamada la madre de los creyentes. Los creyentes son nacidos de Dios a través de la iglesia.15

Obviamente la mayor parte de la proclamación del evangelio tiene lugar fuera de la asamblea de la iglesia, pero en la Escritura siempre es la iglesia la que inicia y sanciona tal evangelismo. Hechos 13:1-3 nos dice que la iglesia de Antioquía ordenó oficialmente a Pablo y a Bernabé como misioneros, y Pablo dijo más tarde que Tito “también fue designado por las iglesias como compañero de nuestra peregrinación” (2 Corintios 8:19).

Dios también ha designado a la iglesia para ser la institución en la cual la Palabra de Dios es proclamada a los creyentes. Hechos 2:42 dice que la iglesia primigenia se reunía regularmente para estudiar la enseñanza de los apóstoles, y Efesios 4:11-12 nos dice que a la iglesia le fueron dados “pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo”.

La administración . La iglesia también actúa como una columna de la verdad porque sólo en ella el pueblo de Dios puede disfrutar la estructura y el orden que Él ha concebido para su adoración y crecimiento. Dios nunca ha provisto instrucciones sobre cómo una organización paraeclesial debe funcionar, mucho menos para cómo las personas pueden adorar y crecer totalmente por sí solas. Pero Él ha revelado un plan exhaustivo con respecto a cómo debe funcionar la iglesia para Su gloria y para el bien de sus miembros (1 Timoteo 3:15). Ese plan incluye directrices para el bautismo y la Cena del Señor (que son ordenanzas de la iglesia), para las ofrendas, el liderazgo, la adoración, la predicación, las funciones de los hombres y las mujeres, y una multitud de otros asuntos esenciales (la mayoría de los cuales discutiremos en el resto de este libro). Lo primordial es que Dios ha designado que la iglesia sea el contexto en el cual nos trasladamos de la pecaminosidad a la santidad. ¡Intentar crecer en Cristo fuera de la iglesia es como intentar aprender a nadar sin meternos jamás en la piscina!

La protección. Finalmente, la iglesia sostiene la verdad protegiéndola del error. Ella juzga la enseñanza de los falsos profetas, declara que son divisivos, y renuncia a ellos si persisten en su herejía (Romanos 16:17; Tito 3:9-11; 2 Juan 9-11). Cuando una disputa surge entre dos hermanos, la iglesia es llamada a arbitrar su caso y determinar quién está en lo correcto y quien está equivocado (1 Corintios 6:1-6). Y la iglesia también protege la verdad de la influencia dañina de aquellos que viven modos de vida impíos.

Jesús dijo que si una persona rehúsa responder a una confrontación reiterada, nosotros debemos tenerle “por gentil y publicano. De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo” (Mateo 18:17-18; 1 Corintios 5; 2 Tesalonicenses 3:6-15). Sólo a la iglesia se le da la habilidad y la autoridad por parte de Dios para tomar ese tipo de acción contra el error y el pecado, y sin ella la verdad queda desprotegida en un alto grado. Cuando la columna desaparece, es mucho más probable que la verdad sea tergiversada, comprometida y pasada por alto.

El Baluarte de la Verdad

A primera vista esta descripción de la iglesia parece idéntica a la anterior, pero traduce una palabra griega completamente diferente (hedraioma) y comunica un matiz de significado considerablemente diferente. A la luz de su etimología y de su emparejamiento con “columna,” esta palabra griega probablemente significa “fundamento,” como indican la mayor parte de las herramientas léxicas. Algunos eruditos han estado renuentes a traducirla de esa manera porque la iglesia Católica Romana ha usado esa traducción para apoyar la idea de que la verdad procede de la iglesia. Pero, de hecho, la traducción “fundamento” no otorga validez a esa doctrina católica, porque la palabra no contiene en absoluto la idea de fuente. Más bien habla sólo de estabilidad y permanencia.

Un diccionario teológico dice esto acerca de otra forma de la palabra usada a menudo en el griego clásico:

El adjetivo hedraios (derivado de hedra, asiento, silla, morada, lugar)... originalmente era usado por los hombres en el sentido de “sentarse”, “sedentario”, y luego de manera más general para “firme”, “inquebrantable”, “estable”. De esta manera, hedraios es usado... en asuntos acerca de una certeza absoluta y de la base final de toda la existencia (especialmente usado por Plotino). La referencia es siempre a algo seguro y permanente en sí mismo.16

¿Por qué escogió Pablo esta palabra en su intento por ayudar a Timoteo a comprender la primacía y la importancia de la iglesia local? El quería que Timoteo conociera que la iglesia es la única institución que Dios ha prometido preservar a lo largo de todos los tiempos. Siempre permanecerá, y siempre tendrá éxito, sin tener en cuenta los muchos asaltos y catástrofes que la amenazan. Jesús afirmó este hecho en los términos más firmes cuando dijo: “[Yo] edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mateo 16:18). Y Efesios 3:21 dice que Dios recibirá “gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos”.

La verdad de que la iglesia siempre será edificada y bendecida por Dios mismo provee una tremenda fuente de esperanza y confianza para nosotros como cristianos. También presenta un argumento convincente para la idea de que deberíamos dirigir nuestras energías y esfuerzos principalmente hacia la edificación y el crecimiento de la iglesia local y no a organizaciones e instituciones fuera de ella. Dios ha prometido preservar y bendecir la iglesia, pero los esfuerzos de los cristianos en esas otras arenas no producirán necesariamente un fruto duradero.

Por ejemplo, muchos cristianos (y líderes cristianos) en nuestros días están gastando cantidades tremendas de energía para poner freno a la ola creciente de secularismo y relativismo moral en América. Nuestra cultura de hecho se ha convertido tristemente en poscristiana, y sin duda, en el futuro se irá convirtiendo cada vez más en anti-cristiana. Pero la Biblia nunca nos manda a dedicar nuestros mayores esfuerzos para asegurarnos de que la sociedad en la que vivimos permanece tolerante hacia el cristianismo. Y si invertimos nuestros esfuerzos y esperanzas en esa lucha, simplemente nos expondremos a una tremenda decepción, porque no tenemos garantía de que nuestro gobierno será jamás tolerante hacia los cristianos. Dios puede muy bien permitir que se haga como la Alemania nazi o la Rusia comunista. Si lo hace, eso no sería “el fin del mundo” para nosotros los creyentes, ni tampoco sería un golpe horrible para los propósitos de Dios. El glorioso plan de Dios para edificar Su reino espiritual continuará, sin tener en cuenta si América mantiene su libertad religiosa.

No obstante, si estamos luchando principalmente por y para la salvación de las almas y la edificación del pueblo de Dios (particularmente en el contexto de la iglesia local), nuestra esperanza nunca será sacudida, porque esas benditas obras continuarán incluso si la cultura alrededor de nosotros cae en picado. Puesto que la iglesia actúa como un fundamento permanente para la verdad de Dios, siempre permanecerá como un lugar emocionante y satisfactorio en el cual servirle.

• La morada y familia de Dios.

• El cuerpo amado profundamente por cada miembro de la Trinidad.

• La columna indispensable que sostiene la verdad de las Escrituras.

• El fundamento estable y eterno de nuestro servicio a Cristo.

¿Qué más se podría decir acerca de la importancia de la iglesia que comunicó Pablo en estas cuatro descripciones tan vívidas? Sólo queda preguntarnos si la iglesia es tan importante para nosotros como lo es para el Señor, y cómo podemos asegurarnos de que tiene el lugar que le corresponde en nuestras vidas y ministerios. El resto de este libro nos ayudará a entender lo que Dios espera de nosotros en relación con su iglesia, pero por ahora estas palabras de Robert Saucy servirán como un resumen adecuado y una conclusión a lo que hemos discutido hasta aquí:

A lo largo del curso de la historia Dios ha obrado en una variedad de maneras por medio de individuos, naciones, y personas. El epicentro de su obra presente es la iglesia. Aquello que fue comenzado en las Escrituras, cuando hombres y mujeres fueron llamados a reconocer el señorío de Cristo, continúa hoy en cumplimiento de la promesa de Cristo de edificar su iglesia. Cristo no sólo está edificando Su iglesia, sino que ésta es el instrumento principal por medio del cual Él ministra en el mundo. Como Cristo fue enviado por el Padre, así la iglesia cumple el papel de embajadora de su Señor como enviados con un mensaje de reconciliación al mundo (Juan 20:21).

La realidad de que la iglesia como el instrumento de Dios y como Su principal preocupación es recibida con escepticismo e incredulidad, no sucede enteramente sin razón. En medio de la contracorriente bravucona de nuestros tiempos, que ha sacudido todas las instituciones de los hombres hasta dejarlas por los suelos, y en algunos casos, incluso los fundamentos están peligrando, si es que no han sido destruidos ya, la iglesia no ha permanecido indemne. Aquello que lleva el nombre de Dios ha sufrido confusión con el resto de las cosas. La tan extendida debilidad resultante y la incertidumbre han hecho que muchos se aparten, rechazando con censura a la iglesia como el lugar de la actividad de Dios. Aunque es cierto que algunas formas de vida eclesiástica, adiciones del tiempo más que modelos bíblicos, deben ser rechazadas, el seguidor de Jesucristo no puede profesar lealtad a Él y negar Su iglesia. Lo que se necesita mucho más que las denuncias son una crítica constructiva y un esfuerzo renovado por buscar los caminos de Dios en los cuales uno pueda ser parte del proceso de edificación. Porque su propósito aún permanece: su iglesia perdurará.17

Preguntas para la plática y la aplicación:

1. Cuando la iglesia es llamada “el cuerpo de Cristo” en la Escritura, ¿qué implica esto para la importancia de la iglesia? ¿Y qué sucede con la expresión “la familia de Dios”

2. Hechos 20:28 dice que Dios compró la iglesia “con su propia sangre”. ¿Cómo habla eso de la importancia de la iglesia? Analiza también Efesios 5:25-27.

3. ¿Por qué dice la confesión de fe de Westminster que fuera de la iglesia “no hay posibilidad ordinaria de salvación”? ¿Qué dos extremos crees que está tratando de evitar esta afirmación?

4. ¿Cómo valorarías la importancia de la iglesia en tu propia vida personal? ¿Cuán importante es comparada con otras instituciones humanas, como la familia, el gobierno, la escuela, las organizaciones paraeclesiales, los equipos de deporte o los clubes? ¿Y comparada con tus pasatiempos y otras actividades de ocio?

2
Comprometiéndonos
con la Membresía de la Iglesia

Hace varios años, el Dr. Jay Adams estaba respondiendo un panel de preguntas en una conferencia de orientación en San Diego. Un hombre levantó la mano y preguntó: “¿Debemos aplicar la disciplina eclesiástica a las personas que no son miembros de nuestra iglesia?”

“No, por supuesto que no,” respondió Jay en su inimitable estilo de firmeza afectuosa. “La disciplina de la iglesia es sólo para creyentes.” Un estruendo inquisitivo atravesó la sala, así que se explicó más detalladamente: “Las personas que no son miembros de una iglesia deberían ser tratadas como no creyentes, porque ellos se están tratando a sí mismos como no creyentes.”

Una ola de murmullos aún más fuerte corrió por toda la audiencia, y una multitud de manos salieron disparadas a lo alto.

“¿Y que ocurre si tu iglesia no tiene membresía?”, fue la siguiente pregunta.

La persona que preguntó continuó explicando que era de una determinada denominación (como lo era la mayoría del resto de asistentes a la conferencia) cuyos líderes no creían en la necesidad de tener un registro de ningún tipo porque sentían que eso era un requisito innecesario y legalista que se impone sobre las personas. Así que, de hecho, Jay Adams acababa de decirle a varios cientos de pastores, consejeros y laicos comprometidos, ¡que todos ellos deberían ser tratados como no creyentes!

El Dr. Adams tenía conocimiento de la política de esa denominación antes de hacer aquellos comentarios, y su intención no era insultar a aquellos hermanos y hermanas. En lugar de eso, él quería atraer la atención de ellos y hacerles pensar en el asunto de la membresía de la iglesia. Aparentemente funcionó, porque escucharon con mucha atención mientras él hablaba y continuó explicando y matizando sus provocativos comentarios. Varios pastores de aquella misma denominación se acercaron a él posteriormente y le dijeron que habían sido convencidos por sus razonamientos y estaban planeando poner en práctica la membresía en sus iglesias.

Aunque puede ser que no usemos las mismas palabras que utilizó Jay (¡al menos no sin un montón de matizaciones!) estamos de acuerdo con él en que la membresía de la iglesia es muy importante. De hecho, creemos que toda iglesia local debería tener un sistema de membresía, y que todo cristiano debería comprometerse con la membresía cuando la oportunidad esté al alcance. Este capítulo analizará tres razones básicas por las que la membresía de la iglesia es bíblica y esencial: (1) el mandato para el compromiso con una iglesia local, (2) la obligación de obedecer a los líderes de una iglesia local, y (3) los privilegios de la asociación con una iglesia local.

El Mandato para el Compromiso

La Biblia claramente ordena a todo creyente a estar profundamente involucrado en las vidas de otros creyentes. Hebreos 10:24-25 dice: “Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca.” Dios dice que no debemos abandonar el “congregarnos”, pero Él no quiere decir sólo que debemos asistir a los cultos de la iglesia regularmente. El significado del pasaje es mucho más pleno que eso, tal como revelan los otros mandatos que contiene. Si nosotros no estamos considerando (o planeando) cómo estimular a los demás al amor y a las buenas obras, si no estamos implicados de todo corazón en ese proceso, y si no estamos animando a los otros más y más todo el tiempo, entonces estamos desobedeciendo al Señor.

El contexto principal en el que Dios quiere que tenga lugar ese compromiso es el cuerpo local de creyentes, y por ello, el compromiso que se está demandando es también un compromiso con la iglesia. Casi todas las veces que ocurre la expresión “los unos a los otros” en el Nuevo Testamento son dichas directamente a iglesias locales, y tienen el propósito de ayudar a esas iglesias a ser lo que Dios quiere que sean. Para nosotros no es suficiente decir que somos meramente parte de la iglesia universal o invisible (todos aquellos que creen por todo el mundo, sin considerar su afiliación a una iglesia). También debemos comprometernos con un grupo local o visible del pueblo de Dios. De hecho, de la misma manera que se requería que todo creyente en los tiempos del Antiguo Testamento se identificara externamente con el pueblo del pacto de Dios (Gén. 17:9-14, 23-27; 34:14-17), así mimo el Nuevo Testamento no contiene ni siquiera una insinuación de alguien que fuera verdaderamente salvo y no fuera miembro de una iglesia local. Como escribió R. B. Kuiper:

Es claro que en los días de los apóstoles fue una práctica universal recibir a los creyentes dentro de la iglesia visible por medio del bautismo.

¿Qué cosa podría ser más lógica? El que cree en Cristo se une a Cristo. La fe le une a Cristo. Ahora es miembro del cuerpo de Cristo, la iglesia invisible. Ahora bien, la iglesia visible es sólo la manifestación externa de la iglesia invisible. Cada miembro de la iglesia invisible debería, por supuesto, ser miembro de la iglesia visible. Muy significativo es en relación con este asunto Hechos 2:47: “Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos”. El Señor no sólo quiere que aquellos que son salvados se unan con la iglesia, sino que Él mismo les une a la iglesia. Y la referencia es inequívocamente con relación a la iglesia visible.

¿Hay que concluir que los que están fuera de la iglesia visible están también fuera de Cristo? No, de ninguna manera. Es posible que un verdadero creyente por razones circunstanciales poco comunes no se una a la iglesia visible. Se puede concebir, por ejemplo, que uno puede creer en Cristo y morir antes de recibir el bautismo. Pero la circunstancia es excepcional. La regla bíblica es que, mientras el ser miembro de la iglesia no es un requisito para la salvación, es, en cambio, una consecuencia necesaria de la salvación. Fuera de la iglesia visible “no hay posibilidad ordinaria de salvación” (Confesión de Fe de Westminster, Capítulo XXV, Sección II).18

El compromiso con una iglesia local no es sólo la responsabilidad asumida por cualquiera que afirme ser parte de la iglesia universal, sino que también es la única respuesta apropiada a las verdades que aprendimos en el capítulo 1 acerca de la importancia de la iglesia. Algunos de los versículos mencionados en aquella discusión se referían al cuerpo invisible, mundial; pero esos constituyen sólo una pequeña minoría de los usos de la palabra griega ekklesia en el Nuevo Testamento. De las 110 veces que esa palabra es traducida como “iglesia”, sólo 17 son referencias claras a la iglesia universal, mientras que 90 indican sin duda alguna a la iglesia local. Incluso en aquellas pocas veces en que los escritores del Nuevo Testamento se están refiriendo a la iglesia universal, no se puede eliminar de la palabra la idea de una iglesia local, porque las dos están unidas de manera muy inseparable, siendo una la manifestación visible de la otra.

Si la iglesia es la casa de Dios, la columna y el baluarte de la verdad, el cuerpo por el que Cristo murió, y la forma presente de Su reino y de Su pueblo, entonces toda persona que afirma pertenecerle a Él, debiera pertenecer a la iglesia local. Carlos Spurgeon habló de manera muy significativa acerca de esa verdad hace más de cien años:

Yo sé que hay algunos que dicen: “Yo me he entregado al Señor, pero no tengo la intención de entregarme a ninguna iglesia.” Ahora bien, ¿por qué no? “Porque yo puedo ser un cristiano sin ella.”

¿Estás completamente seguro de eso? ¿Puedes ser tan buen cristiano desobedeciendo a los mandatos de tu Señor como siendo obediente? Piensa en un ladrillo. ¿Para qué está hecho? Para ayudar a edificar una casa. No tiene ningún sentido que ese ladrillo te diga que es un ladrillo tan bueno mientras que está dando vueltas por ahí, como cuando está en la casa. Es un ladrillo bueno para nada. Así mismo, vosotros cristianos que andáis de acá para allá, yo no creo que estéis cumpliendo con vuestro propósito. Estáis viviendo contrariamente a la vida que Cristo quiere que viváis, y sois responsables del daño que hacéis.19

Muchas de las personas que asisten a las iglesias en nuestros días, tal vez, la mayoría de ellas, no están familiarizadas con un compromiso bíblico con la iglesia. Si simplemente llegasen a ser conscientes de su importancia e hiciesen ese compromiso, entonces el problema de la membresía de la iglesia quedaría resuelto en sus vidas porque estarían dispuestos a unirse a la iglesia a la cual se están comprometiendo. O si están en una iglesia que no tiene membresía, deberían hacer todo lo que les sea posible en esa situación para estar comprometidos con el cuerpo. Pero nos damos cuenta de que también hay muchos cristianos que ya están comprometidos con una iglesia local y dirían que no hay necesidad de pasar por ningún proceso de entrevistas ni de ser incluidos en una lista. Dicen que el compromiso con la iglesia no tiene que reflejarse necesariamente en un proceso formal de membresía. Entre ellos están algunos de los propios líderes de iglesias, como aquellos en la denominación mencionada al principio de este capítulo.

El resto de este capítulo está dirigido tanto a estas personas como a aquéllas que no se comprometen. Creemos que los principios bíblicos y la sabiduría sostienen la idea de identificar específicamente, públicamente, e incluso legalmente a aquellos que son parte de una iglesia. Lo ideal sería que cada iglesia tuviese una lista de miembros que contuviera los nombres de cada creyente que adora allí con regularidad. Y cada creyente que adora allí debería estar dispuesto y deseoso de ser identificado con la iglesia de esa manera.

La Obligación de la Obediencia

En ambas iglesias donde nosotros ministramos, los ancianos le han pedido a cada creyente que ha decidido adorar con nosotros que se una a la iglesia por medio de un proceso formal de membresía. Ese proceso implica una clase en la que se explica la membresía, una entrevista con uno de los líderes de la iglesia, y un compromiso público y una bienvenida durante uno de nuestros cultos. La mayoría de las demás iglesias tienen un proceso similar desarrollado y fomentado por sus líderes. Esta debería ser una razón suficiente para cualquier cristiano en esos cuerpos para convertirse en miembros de iglesia, basada en la clara enseñanza de estos pasajes:

Os rogamos, hermanos, que reconozcáis a los que trabajan entre vosotros, y os presiden en el Señor, y os amonestan; y que los tengáis en mucha estima y amor por causa de su obra. Tened paz entre vosotros. (1 Tes. 5:12-13)

Obedeced a vuestros pastores y sujetaos [a ellos;] porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta. Permitidles que lo hagan con alegría y no quejándose, porque eso no sería provechoso para vosotros. (Heb. 13:17 LBLA)

Así que si los líderes de tu iglesia quieren que te hagas miembro de ella, entonces Dios mismo quiere que te hagas miembro, porque Dios los usa para guiarte a su voluntad. Y observa que ese último pasaje no sólo te dice que obedezcas y que te sometas a tus líderes, sino que contiene un tercer mandato que con frecuencia se pasa por alto. Dice que debemos ayudar a nuestros líderes a cuidar de nuestras almas con gozo. No sólo hemos de hacer lo que nos dicen que hagamos (a menos que nos digan que pequemos), sino que también hemos de hacer todo lo que podamos para facilitarles que lleven a cabo su supervisión.20 Sin lugar a dudas, la membresía de la iglesia facilita a los líderes el pastoreo del rebaño, por las siguientes razones. Estas razones no sólo deberían ayudar a quienes asisten a la iglesia a ver la importancia de hacerse miembros, sino también de convencer a algunos de los propios líderes a establecer y animar un proceso de membresía:

La membresía es esencial para una administración ordenada de la iglesia. Dios ha otorgado a la iglesia su multiforme gracia, la verdad de Su Palabra, y las almas de Su pueblo redimido. La iglesia debe ser una administradora fiel de estos tesoros, y para hacerlo debe poner mucho cuidado en el desarrollo y el mantenimiento de su estructura y organización. ¿Por qué los negocios que luchan por una ganancia económica de corta duración han de ser administrados de una manera más prudente, seria y comedida que una institución que está trabajando para almacenar tesoros en el cielo (Juan 6:27; Mat. 6:19-21)? Por el contrario, nosotros debemos hacerlo todo “decentemente y con orden” (1 Cor. 14:40), y la membresía juega una parte vital en la estructura de cualquier iglesia. Eric Lane escribió:

En la Biblia, algunas veces la iglesia es comparada a un cuerpo, otras veces a una familia o una casa, algunas veces a un reino, algunas veces a un ejército. Para que cualquiera de esos organismos funcione adecuadamente, se requiere algún tipo de orden. Lo mismo se aplica a la iglesia. La iglesia no es simplemente una colección vaga de individuos, sino una estructura íntimamente tejida como un cuerpo humano (Ef. 4:16), y por lo tanto tiene que estar correctamente organizada. Para ese ordenamiento, se necesita conocer exactamente quien pertenece a ella. Una familia que se sentase a la mesa para cenar o que cerrase sus puertas por la noche, sin saber quien se supone que debe estar allí y quien no, sería un fenómeno sumamente extraño. Un batallón del ejército que no supiese a quien se espera para desfilar pronto acabaría en el caos. Si la iglesia ha de ser una verdadera familia y una fuerza de combate efectiva, necesita conocer exactamente quien pertenece a ella.21

La membresía clarifica la diferencia entre la iglesia y el mundo. O, como dijo Jay Adams, ayuda a conocer quienes deben ser tratados como creyentes y quienes deberían ser tratados como “no creyentes”. La membresía nunca nos dirá quién es, y quién no es un verdadero cristiano, porque siempre habrá no-miembros que son salvos y miembros que no son salvos (cf. Mat. 7:21-23; 13:36-43). En otras palabras, la lista de miembros de la iglesia invisible siempre será diferente de la lista de miembros de la iglesia visible, en algún grado. Pero habrá momentos en que se hará necesario tener algunos criterios por los cuales decidir si alguien debería ser tratado como un cristiano o no (o como lo pone el Nuevo Testamento, un “hermano” o una “hermana”). Un ejemplo sería el matrimonio – un creyente no se debería casar con un no creyente (2 Cor. 6:14); otro ejemplo es el divorcio – se dan instrucciones diferentes a aquellos casados con no creyentes (1 Cor. 7:15; 2 Cor. 5:17); y un tercer ejemplo es los requisitos para los ancianos – deben tener “hijos creyentes” (Tito 1:6). En situaciones como esa, ¿cómo pueden determinar los líderes de la iglesia y los demás si alguien está en la categoría de creyente o de no creyente? La teología bíblica y la sabiduría práctica indican que una mera profesión de fe no es suficiente en este sentido. Pero un compromiso de responsabilidad con la iglesia, junto con una profesión de fe creíble, es un camino más seguro por el que andar. No obstante se requiere una instrucción paciente, porque son tantos los cristianos en nuestros días a los que no se les ha enseñado sobre la membresía de la iglesia, y muchos han estado en iglesias que ni siquiera la practican. Así, por ejemplo, si una pareja de jóvenes quiere que un pastor celebre su boda, puede preguntarles desde el principio si son miembros de una buena iglesia. Si la joven lo es, pero el hombre no, entonces el pastor puede preguntar las razones e instruirle sobre la importancia de la membresía. No obstante, si después de dicha instrucción el joven rehúsa comprometerse con la iglesia, entonces el pastor tiene que considerarlo en la categoría de no creyente, y rehusar casarlos, porque de otra manera estaría creando un “yugo desigual”.

La cuestión de quién ha de ser tratado como un creyente puede ser de lo más pertinente en el asunto de la disciplina de la iglesia (véase el capítulo 8). Si un “hermano” o una “hermana” está viviendo un estilo de vida pecaminoso y rehúsa responder a la confrontación privada, entonces la iglesia tiene la orden dada por Dios de tratar con el pecado (Mt. 18:15-17; 1 Co. 5). Pero, ¿cómo sabemos si una determinada persona que asiste es un “hermano” o una “hermana” sin un sistema por el cual la persona puede, de manera oficial, unirse a la iglesia o rechazarla? Y, ¿cómo podemos poner fuera de la iglesia oficialmente a la parte ofensora, si nunca ha entrado en ella oficialmente? Si las personas que han de ser tratadas como no creyentes cometen pecado, nuestra respuesta a eso no sería excomulgarles, sino evangelizarles.

Las consideraciones legales también entran en juego con respecto a la disciplina de la iglesia. En los últimos años varias iglesias han sido demandadas por personas a las cuales se les ha nombrado desde el púlpito y han surgido preguntas sobre la legalidad de la disciplina de los no-miembros.22 A la luz de estos acontecimientos recientes, probablemente no es prudente ejercer el proceso disciplinario sobre aquellos que no son miembros. Así que, si los líderes de la iglesia permiten que un porcentaje alto de su rebaño sean no-miembros, se pueden ver grandemente maniatados cuando una de esas personas cae en pecado. Pueden ser incapaces de obedecer varios mandatos importantes de la Escritura, se verán impotentes para quitar del cuerpo la influencia ruinosa de una persona inmoral o que causa divisiones.

La membresía hace que la iglesia local refleje mejor la iglesia invisible. Este punto es similar al anterior, pero tiene una naturaleza más teológica. R. B. Kuiper lo expresó de manera clara y elocuente:

La iglesia visible es gloriosa a medida que refleja la iglesia invisible. La visibilidad y la invisibilidad son dos aspectos de la única iglesia de Jesucristo. Por esa simple y determinante razón, la iglesia visible debe ser una manifestación de la iglesia invisible. Hay que admitir, no obstante, que la semejanza de la una a la otra nunca es perfecta. Pero en algunas ocasiones la iglesia visible no es más que una simple caricatura de la iglesia invisible; entonces no es gloriosa. En muchísimas otras ocasiones la iglesia trata de reflejar en forma muy tenue la iglesia invisible; entonces su gloria es opaca. Por la gracia de Dios hay también ocasiones en las cuales la iglesia visible emula con claridad a la iglesia invisible; tal iglesia es ciertamente gloriosa.23

Por causa de su testimonio ante el mundo, la iglesia local debería parecerse tanto como fuera posible al cuerpo espiritual de Cristo, el cual disfruta de una unidad perfecta (Juan 17:22-23), de una sumisión incondicional a Él (Ef. 5:22), y de una estabilidad absoluta (Mat. 16:18). Eso significa que no se le debería permitir unirse a la iglesia a nadie que niega el evangelio, pero también significa que todo aquel que es parte de la familia espiritual de Dios debería ser un miembro de la iglesia local. Si ese fuera el caso, aquellos que sólo asisten a la iglesia de vez en cuando con corazones insinceros no serían considerados parte de la iglesia con tanta frecuencia como sucede en nuestros días. También tendrían menos probabilidades de manchar la reputación de la iglesia ante el mundo llamándola “mi iglesia” mientras están viviendo vidas impías.

Dos razones finales apoyan el hecho de que es sabio para los líderes de la iglesia enfatizar la membresía.

1) La membresía promueve la participación de aquellos que están en la “periferia” de la iglesia. Esto es especialmente cierto cuando comprenden que deben tomar una decisión entre estar comprometidos o no comprometidos. Un énfasis en la membresía provee una vía para que las personas den un gran paso en su santificación al trasladarse desde “la multitud” a la “congregación”. También es más probable que sirvan en la iglesia cuando han hecho la inversión de un compromiso de membresía. Como dijo Jesús, “Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón” (Mt. 6:21; Lc. 12:34).

2) La membresía provee una oportunidad para educar a las personas acerca de la naturaleza y los distintivos de la iglesia. Esto librará a las personas que están involucradas regularmente de ser ignorantes en asuntos tales como la disciplina de la iglesia y los dones espirituales, incluso cuando no son discutidos frecuentemente desde el púlpito. En nuestras iglesias, hemos encontrado que las personas pueden asistir durante un largo período de tiempo antes de que se les enfrente a algunas doctrinas concretas de suma importancia, simplemente porque esas verdades no han surgido en la exposición bíblica por largo tiempo. Así que nosotros consideramos el proceso de la membresía como un ingrediente vital en nuestros intentos por amonestar “a todo hombre, y [enseñar] a todo hombre en toda sabiduría, a fin de presentar perfecto en Cristo Jesús a todo hombre” (Col. 1:28).

Los Privilegios del Compañerismo

Carlos Spurgeon en una ocasión le contó a su congregación esta historia con respecto a la membresía de la iglesia:

Me acuerdo muy bien de cómo me uní a la iglesia después de mi conversión. Yo mismo me forcé a ello al decirle al ministro (que era poco estricto y lento, y después de haber intentado hablar con él en cuatro o cinco ocasiones sin poder verle), que ya había cumplido con mi deber. Y que si él no me recibía, yo convocaría una reunión de la iglesia y les diría que había creído en Cristo, y les preguntaría a ellos si me querían admitir.24

¿Por qué estaba el joven Spurgeon “aporreando la puerta” de la iglesia para entrar en ella? Sin duda, él sabía que el compromiso con una iglesia local y la obediencia a los líderes eran necesarios para su crecimiento espiritual, y temía enormemente al Señor que había dictado esos mandamientos. Pero también puede haber habido otra razón imperiosa para que él forzara su camino hacia la membresía en la iglesia: los beneficios que obtendría siendo parte de ella.

La membresía de la iglesia no es sólo un compromiso por parte del miembro con la iglesia, sino que también es un compromiso de la iglesia para con el miembro. Tanto la iglesia como un cuerpo, como sus líderes, se comprometen a cuidar del miembro proveyendo las siguientes ventajas:25

Oportunidades ministeriales . El liderazgo, la enseñanza, el evangelismo, el manejo de los fondos, la música, el cargo de ujier, e incluso las tareas aparentemente mundanas como el cuidado de la guardería, y el mantenimiento del edificio, deberían ser realizados por aquellos que aman a Cristo y están comprometidos con la iglesia. Esto es así porque los miembros del cuerpo son dotados por el Espíritu con el propósito de llevar a cabo la obra del ministerio (1 Co. 12; Ef. 4:11-16). Una manera de asegurarse de que eso sucede es haciendo de la membresía un requisito necesario para tal servicio. Muchas iglesias hacen justamente eso; así que en muchos casos, aquellos que rehúsan convertirse en miembros están diciendo básicamente que no están dispuestos a cumplir los ministerios para los que pueden haber sido dotados por Dios. Por otro lado, aquellos que son miembros tienen la libertad de obedecer a Dios en cualquier manera que Él les llame a servir.

Servicios útiles. Una iglesia que conocemos tiene un ministerio de orientación bíblica dotado de más de veinte hombres y mujeres cualificados para aplicar las Escrituras a los cuidados del alma. Han sido tantas las personas que han expresado un deseo por recibir este servicio que la iglesia ha tenido que limitar el acceso a recibir este ministerio solamente a los miembros. De la misma manera el personal pastoral agotado por el trabajo, a menudo tiene que tomar decisiones respecto a quien pueden ofrecer su tiempo, y aquellos que son miembros tienen prioridad sobre los que no lo son. La iglesia incluso se ha visto forzada a limitar las bodas en sus edificios a los miembros debido a la gran demanda y a lo limitado de su personal.

Puede ser que todas las iglesias no estén tan abrumadas como lo está ésta, pero es probable que muchas se encuentren en una situación similar. Y otras iglesias pueden incluso decidir (como lo hemos hecho nosotros en algunos casos) limitar intencionadamente sus servicios a los miembros con el propósito de animar a los creyentes a tomar ese compromiso. De cualquier manera, en muchos cuerpos locales aquellos que se han comprometido oficialmente encuentran que les resulta más fácil ser ministrados por la iglesia.

Responsabilidad amante. Otro beneficio de pertenecer a una iglesia local es que se nos pueden pedir responsabilidades ante sus líderes y miembros según el proceso de disciplina eclesiástica mencionado anteriormente en este capítulo. La posibilidad de ser amonestados por nuestro pecado o de ser puestos fuera de la iglesia es algo que de manera natural no vemos como beneficioso, pero esto es así sólo porque nuestro punto de vista está nublado por nuestra carne pecaminosa. Realmente deberíamos recibir con agrado e incluso buscar tal responsabilidad, porque es una herramienta poderosa que Dios usa para moldearnos a la imagen de Su Hijo.

La amonestación es un acto de amor que beneficia enormemente al amonestado, e incluso la disciplina más severa es llevada a cabo por el bien del ofensor. Considera estos versículos:

Que el justo me castigue, será un favor, Y que me reprenda será un excelente bálsamo. (Sal. 141:5)

No reprendas al escarnecedor, para que no te aborrezca; Corrige al sabio, y te amará. Da al sabio, y será más sabio; Enseña al justo, y aumentará su saber. (Pro. 9:8-9).

El que ama la instrucción ama la sabiduría; Mas el que aborrece la reprensión es ignorante. (Pro. 12:1)

El que tiene en poco la disciplina menosprecia su alma; Mas el que escucha la corrección tiene entendimiento. (Pro.15:32)

Mejor es reprensión manifiesta Que amor oculto. Fieles son las heridas del que ama; Pero importunos los besos del que aborrece. (Pro. 27:5-6)

El tal sea entregado a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús. (1 Cor. 5:5).

De los cuales son Himeneo y Alejandro, a quienes entregué a Satanás para que aprendan a no blasfemar. (1 Tim. 1:20)

Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, Ni desmayes cuando eres reprendido por él; Porque el Señor al que ama, disciplina, Y azota a todo el que recibe por hijo. (Heb. 12:5-6)

La responsabilidad y la amonestación por parte de otros creyentes pueden tener lugar en nuestras vidas si no somos miembros de una iglesia, pero como tratamos anteriormente, las últimas fases del proceso con frecuencia no pueden llevarse a cabo. De tal manera que si nosotros persistiéramos en algún pecado (¡Dios nos libre!), todos los medios que Dios ha diseñado para sacarnos del pecado no estarían a nuestra disposición. Así que, en efecto, el no estar dispuestos a unirnos a una iglesia local equivale a decir que no estamos interesados en la responsabilidad ante Dios en nuestras vidas.

Considerando los privilegios de la pertenencia a la iglesia local, toda persona que no es miembro de una debería estar “aporreando la puerta” para entrar. La suma del mandato para comprometernos con la iglesia y nuestra obligación de obedecer a nuestros líderes, nos lleva a ver por qué la membresía no es una mera opción para un verdadero creyente. Por esto es certero decir que en un sentido aquellos que rechazan la membresía de la iglesia “se tratan a sí mismos como no-creyentes” (especialmente después de haber sido enseñados en las verdades anteriores), porque son voluntariamente desobedientes a los mandatos de Dios y se niegan a sí mismos neciamente los beneficios de la comunidad de Dios.

Eric Lane dice que la relación de un creyente con la iglesia es análoga a un matrimonio. Compara a los cristianos que rechazan la membresía de la iglesia con un hombre y una mujer que meramente se declaran a sí mismos casados y se ponen a vivir juntos sin someterse jamás a una ceremonia legal de matrimonio.

Han pensado sólo en sí mismos y no en la sociedad de la cual forman parte. El matrimonio es un asunto público, porque, por mucho que algunos individuos lo consideren un asunto privado, los demás miembros de la sociedad tienen el derecho de saber quien pertenece a quien y quien es el esposo o la esposa de quien. Una sociedad en la que todo el mundo se comportara como esta pareja sería un caos absoluto. Por otra parte, su egoísmo rebota sobre su propia cabeza, porque al rehusar registrarse como matrimonio, se excluyen a sí mismos de ciertos beneficios que el estado otorga a las personas casadas.26

Tomando la misma analogía del matrimonio, necesitamos honrar a Cristo siendo Su esposa en todo sentido, externamente tanto como internamente, de manera visible tanto como invisible, y oficialmente en la iglesia local tanto como espiritualmente en el cuerpo universal.

Preguntas para la plática y la aplicación:

1. ¿Piensas que las iglesias deberían tener un listado de membresía, y un proceso por el cual las personas se pueden unir a la iglesia? ¿Por qué o por qué no?

2. Si tu iglesia tiene un listado de miembros, ¿estás tú en él? ¿Por qué o por qué no?

3. ¿Qué votos de membresía o qué compromisos hiciste tú cuando te hiciste miembro, o harías si te hicieras miembro? ¿Cómo piensas que el hacer esos votos podría afectar a tu vida?

4. ¿Cuáles son algunas maneras en que tú has vivido esos votos en el cuerpo, y cuáles son algunas maneras en que planeas hacerlo en el futuro?

3
Escogiendo una Buena Iglesia

Cuando los cristianos comprenden la importancia de la iglesia y buscan una en la cual involucrarse, con frecuencia caminan hacia una plétora de posibilidades. El número estimado de denominaciones que afirman formar parte de la religión cristiana en todo el mundo era en 1980 de 20.800,27 y sin duda, ese número ha crecido desde entonces. En muchas comunidades americanas, hay más iglesias que escuelas, tiendas de comestibles, o incluso restaurantes. (En algunas ciudades del Sureste, ¡parece haber más iglesias que la suma de esas tres otras cosas!)

Así que, comprender la importancia de la iglesia y de la membresía no es el final de la guerra para muchos creyentes; luego tienen que luchar la batalla terrible de encontrar una iglesia en la cual puedan adorar y servir a Dios. La Grace Community Church (Iglesia Cristiana Comunitaria) y el ministerio Grace to you (Gracia para ti), reciben más de trescientas cartas cada mes con preguntas acerca de la Biblia o expresando necesidades personales. Con mucho, las peticiones más frecuentes son las de recomendaciones de iglesias o las de consejos sobre cómo encontrar una buena iglesia.

Este capítulo tiene el propósito de ayudar a tales personas a saber qué cosas buscar en una iglesia local. Para aquellos de nosotros que ya estamos involucrados en buenas iglesias, también nos proveerá un patrón por el cual podremos juzgar la calidad y el progreso de esos cuerpos. Tendremos una buena idea de lo que debe ser una iglesia local mirando atrás a los primeros cristianos en Jerusalén. Hechos 2:42-47 describe a aquellos creyentes de esta manera:

Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones. Y sobrevino temor a toda persona; y muchas maravillas y señales eran hechas por los apóstoles. Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno. Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos.

La iglesia primigenia descrita en este pasaje tenía éxito en todas las áreas. Era efervescente, agradable a Dios, y creciente a pasos agigantados. Por lo tanto podemos aprender mucho de ella. También, porque encarnaba los principios que se enseñan a lo largo de todo el Nuevo Testamento y que son aplicables a todas las iglesias de todos los tiempos, sabemos que nuestros cuerpos eclesiásticos de hoy pueden llegar a ser como ella en sus énfasis y su filosofía.

Para que no haya ningún malentendido, no estamos diciendo que deberíamos ni que podemos hacer todas las cosas exactamente de la manera en que lo hacía la iglesia en Jerusalén. Había diferencias incluso entre las distintas iglesias en los tiempos del Nuevo Testamento, y creemos que hay lugar para las diferencias entre las iglesias de nuestros días. No se puede esperar de nosotros que copiemos su ejemplo en cada detalle. Si lo hiciéramos, deberíamos tirar nuestros trajes, suéteres, y vestidos y comprar túnicas; deberíamos dejar de hablar español y aprender griego o arameo; deberíamos vender nuestros coches e ir andando a todas partes, con sandalias en nuestros pies y no zapatillas Nike ni zapatos de tacón.

Así que Dios no quiere que hagamos todas las cosas como lo hacía la iglesia primigenia,28 pero sin duda hay algunos rasgos que deberían caracterizar también a la iglesia del siglo XXI. Estas se podrían resumir diciendo que una buena iglesia local exhibe una devoción a la enseñanza de los apóstoles, un enfoque centrado en Dios, y un interés amante por las necesidades de las personas. La presencia de esas características hizo apasionante y efectiva a la iglesia primigenia, y las mismas deben estar presentes en cualquier iglesia en nuestros días para que sea verdaderamente exitosa a los ojos de Dios.

Una Devoción a la Enseñanza de los Apóstoles

La primera característica de la iglesia primigenia que se menciona en Hechos 2:42, y el rasgo más fundamental que ha de tener cualquier iglesia que honre a Dios, es una devoción continua a la enseñanza de los apóstoles. La iglesia del Nuevo Testamento fue fundada como resultado directo de la enseñanza de los apóstoles (Hch.2:14-41), y después nuestro texto dice que los creyentes en Jerusalén “perseveraban” en ella. La palabra griega traducida como “perseveraban” (proskarterountes), significa literalmente “ser fuerte hacia”. Eso nos dice que los primeros creyentes se dedicaban de todo corazón y perpetuamente a la enseñanza de los apóstoles; también puede significar entusiasmo e interés en ello.

La palabra griega traducida como “enseñanza” (didache) engloba tanto el contenido como la manera de la enseñanza de los apóstoles. El entender ambas cosas de manera plena nos ayudará a evaluar cualquier iglesia de nuestros días.

El Contenido de la Enseñanza Apostólica

¿Qué enseñaron los apóstoles exactamente? Encontramos la respuesta a esa pregunta en el resto del libro de los Hechos, y en el resto del Nuevo Testamento, porque todo él fue escrito por los apóstoles o por aquellos que trabajaban con ellos. También se encuentran en todo el Antiguo Testamento, porque esas eran las Escrituras inspiradas que los apóstoles estudiaban y de las que enseñaban. Hechos 17:2 dice que Pablo fue según su costumbre a la sinagoga de los judíos y durante tres sábados razonó con ellos basándose en las Escrituras. Las Escrituras que él tenía en aquel momento eran el Antiguo Testamento.

Así que la enseñanza apostólica es todo lo que está contenido en la Palabra de Dios, o “todo el consejo de Dios”, como lo pone Pablo en Hechos 20:27. Esto incluye la verdad acerca del carácter de Dios: la soberanía de Dios, la justicia de Dios, el amor de Dios, el poder de Dios, la gracia de Dios, y la omnisciencia de Dios. Incluye la verdad acerca de la elección, la predestinación, la justificación, la redención, la gracia irresistible, la perseverancia de los santos, el pecado, la justicia, la salvación, el juicio, el perdón, el nacimiento virginal de Cristo, la vida sin pecado de Jesucristo, la expiación sustitutoria, Su gloriosa resurrección, y Su ascensión a la diestra de Dios el Padre.

La enseñanza apostólica también incluye amonestaciones prácticas e instrucciones sobre el matrimonio, las finanzas, las relaciones empleador-empleado, las relaciones padre-hijo, las misiones, y la manera de responder a las autoridades. En resumen, la enseñanza apostólica incluye “todas las cosas pertenecientes a la vida y a la piedad” (2 Pe. 1:3). Así que cuando abordamos cualquier tema que cae dentro de la categoría de “la vida y la piedad”, el asunto principal no es qué es lo que dicen los grandes teólogos de la iglesia, no es lo que dice la tradición, no es lo que dicen las personas educadas de nuestros días, y tampoco es lo que dicen los predicadores muy conocidos de la iglesia. En lugar de eso, el asunto es ¿qué es lo que dice la Palabra de Dios? De eso es de lo que se ocupaba la iglesia primigenia, y ese debe ser el énfasis de nuestras iglesias hoy. John MacArthur ha escrito:

La función principal de la iglesia es proclamar la Palabra de Dios. He oído a personas criticar a la Grace Church (Iglesia de la Gracia) diciendo: “Hay demasiada predicación y enseñanza en la Grace Church, y no lo suficiente de otras cosas.” ¡No puedo ver cómo puede haber nunca demasiada predicación y enseñanza! Eso podría suceder si todas las personas conociesen todo sobre la revelación de Dios, pero eso es imposible. La razón por la que ponemos tanto énfasis en la predicación y la enseñanza es que ellas ayudan a que las demás cosas sucedan. Debemos saber lo que la Biblia dice acerca de algo antes de que podamos saber cómo actuar. No sabremos como adorar, orar, evangelizar, disciplinar, pastorear, adiestrar, o servir, a menos que sepamos lo que dice la Palabra de Dios.29

Una buena prueba de la solidez de una iglesia en particular es si podría estar expuesta a esa clase de crítica (que hay “demasiada enseñanza”). Si ese es el caso, la iglesia probablemente comprende la importancia de comunicar la verdad y se ha comprometido con ese énfasis bíblico. Otra buena pregunta que se puede formular para evaluar una iglesia es si la enseñanza allí incluye todas las verdades enumeradas anteriormente. Si es así, ese cuerpo probablemente está haciendo un esfuerzo coordinado por darle a la enseñanza apostólica el lugar al que tiene derecho.

La Manera de la Enseñanza de los Apóstoles

¿Cómo enseñaban los apóstoles? Podemos vislumbrar la manera de su enseñanza en el sermón de Pedro registrado en Hechos 2:14-36, y deberíamos desear formar parte de una iglesia que practica el mismo tipo de enseñanza. El mensaje de Pedro fue efectivo y agradable a Dios debido a las siguientes características:

Era relevante. En los versículos 14-15, Pedro comenzó su sermón relatando los eventos que ocurrieron en su audiencia y en el entorno de la misma. Respondió a las preguntas que le estaban haciendo y proveyó la información específica que necesitaban para entender la situación que estaban viviendo.

Era bíblica y expositiva. En los versículos 16-21, 25-28, y 34-35, Pedro citó pasajes del Antiguo Testamento. Luego procedió a explicar el significado de todos aquellos pasajes e hizo una aplicación de los mismos a las vidas de sus oyentes.

Era Cristo-céntrica. El tema central del mensaje de Pedro era la persona y la obra de Jesucristo (vv. 22ss.), y el mismo tema dominó toda la predicación subsiguiente de los apóstoles (cf. 1 Co. 2:2; 15:1ss.; 2 Co. 4:5; Col. 1:28).

Era específica y personal en cuanto a su aplicación. Pedro se dirigió directamente a sus oyentes, diciendo: “vosotros mismos sabéis” (v. 22), “vosotros matasteis clavándole [a Cristo] en una cruz” (v. 23 RVA), y “sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis…” (v.36). El no se limitó meramente a darles una charla sobre unos hechos, sino que trató vigorosamente de dejar una impresión de esa verdad sobre sus almas.

Era autoritativa. Pedro no se limitó simplemente a compartir su opinión para que la audiencia la considerase. El declaró con atrevimiento los hechos innegociables del evangelio. Les ordenó “escuchar” la verdad acerca del hombre que había sido “aprobado” (o avalado) “entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales” (v. 22).

Era resueltamente con propósito. Sus palabras tenían el designio de persuadir a aquellos que le oyeron; él quería producir un efecto en ellos por medio del poder del Espíritu Santo, e incitarles a actuar sobre la verdad que escuchaban (v. 37 ss.).

Ese era el tipo de enseñanza que los apóstoles presentaron a la iglesia primigenia, y a esta clase de enseñanza es a la que se consagraron continuamente. Aquellas personas no se reunían para ser entretenidas; no se reunían para hablar de sus sentimientos en una especie de sesión de “terapia de grupo”; no se reunían para discutir sus opiniones o exhibir de alguna manera su ignorancia; y tampoco se reunían para contemplar las ideas de Sócrates, Epicuro, Platón, o cualquier otra autoridad secular. Más bien se reunían con la intención primordial de aprender de la enseñanza de los apóstoles.

Además, los primeros cristianos examinaban todo a la luz del modelo de los apóstoles. Cualquier creencia o práctica que no estaba de acuerdo con él, era rechazada inmediatamente, y cualquier organización religiosa que no se atenía al mismo era considerada una iglesia falsa.30 Juan escribió lo siguiente en su nombre propio y en el de los demás apóstoles:

Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo. En esto conoced el Espíritu de Dios: Todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo. Hijitos, vosotros sois de Dios, y los habéis vencido; porque mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo. Ellos son del mundo; por eso hablan del mundo, y el mundo los oye. Nosotros somos de Dios; el que conoce a Dios, nos oye; el que no es de Dios, no nos oye. En esto conocemos el espíritu de verdad y el espíritu de error.(1 Jn. 4:1-6)

Efesios 2:20 dice que la iglesia ha sido edificada “sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo.” En nuestros días ya no hay más apóstoles ni profetas: el fundamento de su enseñanza ya ha sido asentado y no necesita ser asentado de nuevo. Pero debemos asegurarnos de que la iglesia se conforma al fundamento que ha sido puesto por los apóstoles. Si un edificio ha de permanecer en pie, debe tomar la forma de su fundamento: si una iglesia en nuestros días ha de pasar la prueba de la Palabra de Dios, debe adherirse completamente a la enseñanza de los apóstoles.

En 1 Timoteo 6:20, Pablo le dijo a su joven protegido, Timoteo, que entonces pastoreaba la iglesia en Éfeso: “guarda lo que se te ha encomendado, evitando… los argumentos de la falsamente llamada ciencia.” Y en su segunda carta a Timoteo, Pablo escribió:

Te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos en su manifestación y en su reino, que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oir, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas. (2 Tim. 4:1-4)

En este pasaje Pablo habla de personas que amontonan para sí mismos maestros que les digan lo que ellos quieren escuchar. No quieren escuchar la enseñanza de los apóstoles, pero quieren escuchar la idea o la filosofía más nueva, o la moda del mundo que les haga sentir mejor respecto de sí mismos y de sus estilos de vida. Pero ese no era el caso de la iglesia de Jerusalén descrito en Hechos 2, y no debe ser el caso en nuestras iglesias hoy. Una buena iglesia es aquella en la que la gente desea y responde a una enseñanza y predicación bíblicas, y donde los líderes están comprometidos con proveerles eso de manera regular y perpetua.

Desafortunadamente, nuestras iglesias hoy en día a menudo le dan a la Biblia la autoridad titular en lugar de darle la autoridad funcional. Muchos de ellos relegan la Palabra de Dios a un papel semejante al de la Reina de Inglaterra. La Reina tiene el título de gobernante, pero participa muy poco en las decisiones del gobierno del país. El verdadero poder y la influencia residen en el Primer Ministro y en el Parlamento. De manera similar, muchas iglesias de hoy despliegan de una manera prominente la Biblia y afirman creer en ella, pero cuando se trata de las funciones cotidianas de la iglesia, la Biblia no es su autoridad final. Así que, cuando consideramos nuestro compromiso con una iglesia en particular, necesitamos averiguar si está caracterizada por practicar la Palabra o simplemente por oírla (Stg. 1:22-25). Como escribió Calvino con respecto a Hechos 2:42,

¿Buscamos la verdadera Iglesia de Cristo? Aquí se describe el retrato de su vida. El comienza con la doctrina, que es el alma de la Iglesia. No nombra la doctrina de ninguna clase, sino la de los apóstoles, que el Hijo de Dios ha entregado en las manos de ellos. Por lo tanto, dondequiera que suena la voz pura del Evangelio, donde los hombres permanecen en la profesión de la misma, donde se aplican a escucharla regularmente para ser beneficiados por ella, allí, sin duda alguna, está la Iglesia.31

Un Enfoque Centrado en Dios

Hechos 2:43 dice que en la iglesia de Jerusalén “sobrevino temor a toda persona”. El poder de la enseñanza de los apóstoles y las numerosas señales y prodigios realizados entre el pueblo afectaron profundamente a la actitud de ellos hacia Dios. Un comentarista observa: “La convicción de pecado que siguió a la predicación de Pedro no fue un pánico momentáneo, sino que llenó a las personas con un sentido de sobrecogimiento duradero. Dios estaba obrando en ellos; ellos estaban siendo testigos del amanecer de una nueva era.”32 El sobrecogimiento de las personas estaba dirigido hacia Dios, por supuesto, y este asombro se podría llamar de manera más precisa “un temor respetuoso”. La palabra griega traducida como “temor” es phobos, que casi siempre se traduce como “temor” en el Nuevo Testamento (cf. Hch. 5:5, 11).

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