Kitabı oxu: «Los almogávares»

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LOS ALMOGÁVARES

La expansión mediterránea

de la Corona de Aragón

David Agustí


ISBN: 978-84-15930-13-6

© David Agustí, 2013

© Punto de Vista Editores, 2013

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Índice

El autor

El origen de los almogávares

Las grandes crónicas medievales

Jaume I el Conqueridor [Jaime I el Conquistador]

Bernat Desclot

Ramón Muntaner

Pere el Cerimoniós [Pedro el Ceremonioso)]

Los antecedentes históricos

La cuestión siciliana

Las astucias del rey Pere

Una herencia peliaguda

El conflicto mediterráneo, al rojo vivo

La ambición de un joven guerrero

La Gran Compañía Catalana en Oriente

El inicio de la aventura

Constantinopla antes: la Cuarta Cruzada

Los catalanes en Bizancio

Los almogávares en Asia Menor

El desafío de los alanos

La victoria de Aulax

La llegada de Rocafort

Las Puertas de Hierro

Las artes de la guerra

El peligro búlgaro

La llegada de Berenguer de Entenza

El asesinato de Roger de Flor

El cerco a Gallípoli

La venganza catalana

La ruptura del acuerdo de vasallaje

La Armada catalana

La captura de Entenza

Una nueva república

La victoria de Aprós

El inicio de la venganza

La defensa de Gallípoli

El regreso de Entenza

La llegada de Ferran de Mallorca

La muerte de Berenguer de Entenza

Muntaner abandona la Gran Compañía Catalana

Al servicio de Francia

En el monte olimpo: Jasón y los argonautas

La traición de Cepoy

Al servicio del duque de Atenas

La batalla de Cefis

Los ducados de Atenas y Neopatria

Cuenta la crónica de Ramón Muntaner:

La Atenas medieval

La organización política

La alianza catalano-turca

Los enfrentamientos con Venecia

La contienda con la Santa Sede

La política interna de los ducados catalanes

Pere III el cerimoniós

El fin de los ducados catalanes

Los restos de la Grecia catalana

Anexo: La expansión comercial de la Corona de Aragón desde sus inicios

El Mediterráneo, un mar de beneficios

Las ciudades de Barcelona y Valencia

Las rutas comerciales

Sicilia y Cerdeña: una puerta a Oriente

El comercio con el Imperio bizantino

Los consulados de mar

La economía de la Corona de Aragón durante la Baja Edad Media

Los vínculos entre la monarquía y la burguesía

La expansión económica. ¿la creación de un imperio?

Bibliografía

El autor

David Agustí (Barcelona, 1971) es licenciado en Historia Moderna y Contemporánea por la Universitat Autònoma de Barcelona. Gestor cultural y profesor asociado en la Universitat Internacional de Catalunya ha publicado diversos artículos en revistas comoHistoria de Iberia Vieja, en la revista de la Fundación el Legado Andalusí y en periódicos de ámbito catalán como el Diari de Girona. Ha publicado para Sílex ediciones: Historia Breve de Cataluña, Los almogávares, Los cátaros, Historia Breve de Barcelona y El franquismo en Cataluña.

El origen de los almogávares

La reconquista del Reino de Aragón, así como del Reino de Valencia y Murcia, provoca la aparición de grandes espacios de tierras vacíos donde no rige señor ni rey alguno. Las fronteras entre el territorio islámico y el cristiano son muy poco seguras y a ambos lados se forman grupos que intentan robar animales o capturan personas para venderlas más tarde como esclavas. De ello deja constancia el hecho de que la Compañía Catalana que conquista Oriente, los almogávares, está formada indistintamente por catalanes, aragoneses y musulmanes. Las incursiones son constantes y la población que vive en estas zonas se ve obligada a refugiarse en bosques y montes alejados de las villas y los castillos, lo que provoca que su forma de vida cambie notablemente, ya que –ahora desprotegidos– no pueden trabajar la tierra ni cuidar de sus rebaños. Algunos empiezan a buscar una nueva forma de ganarse el pan y deciden robar y guerrear contra los sarracenos. Algunos nobles vecinos de las tierras fronterizas les ayudan con comida para que lleven a cabo las incursiones en territorio infiel. Estas gentes visten y viven como pastores. Su atuendo normal es una zamarra de piel, calzas de cuero y abarcas, y una redecilla en la cabeza en lugar de casco. Los montañeses descubren que su nueva vida es mucho más rentable y fácil; su manera de actuar es rápida: penetran en terreno enemigo, roban y saquean todo lo que pueden, y se marchan tan veloces como han llegado. Está manera de actuar se denomina “algara”, y de ahí que los musulmanes llamen a estos feroces combatientes almogávares, “soldado que va en algara”. Los almogávares (mugawir) realizan algaras (gara); de ahí su nombre. Bernat Desclot, cronista contemporáneo describe a los almogávares de esta manera:

“Aquestes gents qui han nom almogavers són unes gents qui no viuen sinó d’armes, e no estan en ciutats ne en viles, sinó en muntanyes e en boscs; e guerregen tots jorns ab sarra’ins, e entren dins la terra dels sarra’ins una jornada o dues, enladroint e apresent, e en traen molts sarra’ins preses e molt d’altre haver”.

[Son gente que no vive más que de la guerra, lejos de villas y ciudades, en montes y bosques, y guerrean todos los días contra los musulmanes. Entran en la tierra de los sarracenos una jornada o dos, robando y cogiendo cautivos y de eso viven].

Los almogávares se caracterizan por su manera de efectuar las incursiones y luchar. En una época en la que el pesado hierro se impone en el atuendo de los soldados, los almogávares usan ropas y armas ligeras que les permiten un veloz ataque y aun una más rápida huida. Las armas que utilizan son lanzas cortas, dardos arrojadizos y un cuchillo largo de doble filo, el colirtell. Las incursiones son a pie, lo que a priori les da desventaja sobre las imponentes caballerías existentes, pero son hombres hábiles y tremendamente fuertes. El modo que tienen de luchar es muy curioso: cuando se enfrentan a soldados a pie arrojan sus lanzas y dardos contra ellos con tal fuerza que atraviesan sus corazas; pero el problema aparece cuando se tienen que enfrentar a los caballeros montados en grandes caballos. Los almogávares lanzan sus armas contra los caballos, hiriéndoles o matándolos, y cuando las monturas caen se lanzan con sus largos cuchillos contra los caballeros. Son guerreros implacables que nunca se rinden y que no tienen piedad con los enemigos. Luchan con bravura y al grito de “Desperta ferro” [Despierta hierro] animan a su arma que despierte y combata con fiereza. El cronista Ramón Muntaner nos relata cuáles son las armas de los almogávares y cuáles sus costumbres, pues su condición de soldado le da conocimiento de la fabricación y el uso del armamento. Hace referencia al colirtell como una espada que puede ir recubierta con piel de serpiente o de cuero negro. Aunque el colirtell o coutell suele ser espada de caballero, el coutell catalanesc se parece más a un cuchillo de cortar. Muntaner hace referencia a otra arma de uso frecuente entre los almogávares, la lanza. Describe que la parte inferior se llama aristol y no suele ser muy larga, y la parte superior, relló [rejón]. El relló es la punta de hierro, de la que proviene el famoso grito de guerra de los almogávares: “Desperta ferro”. Muntaner relata con exactitud a qué se debe este grito, durante la narración de la batalla de Gagliano, en el año 1300:

“E com cascuna de les host se veeren, los almogavers del comte Galcerán e de don Blasco cridaren: Desperta, ferro! Desperta!; e tots a colp van ferir les ferres de les llances en les pedres, si que el foc ne fa’ia cascun eixir, així que paria que tot lo món fos llumenaria, e majorment com era alba. E los francesos, qui veeren aço, meravellarense’n e demanaren que volia allo dir; e cavallers que hi havia, qui ja s’eren atrobats ab almogavers en Calabria en fet d’armes, diguerenlos que aço era costum d’ells, que tota hora que entraven en batalla despertaven les ferres de les llaces”.

[Cuando las huestes se vieron, los almogávares del conde Galcerán y de don Blasco gritaron: ¡Despierta, hierro! ¡Despierta! Y todos golpearon a la vez los hierros de las lanzas en las piedras, haciendo aparecer fuego y así iluminando a todo el mundo, aunque fuera al alba. Los franceses, viendo esto y maravillándose, preguntaron qué era aquello; los caballeros, que ya se habían encontrado a los almogávares luchando en Calabria, contaron que eso era costumbre de ellos, que antes de entrar en batalla despertaban a los hierros de sus lanzas].

El uso de las lanzas, a veces, perjudica a los almogávares, ya que tienen que luchar junto a su propia caballería y hieren a sus caballeros y sus caballos. Para evitar estas situaciones, los mismos soldados prefieren romper las lanzas y utilizarlas como arma corta junto a las mazas. El no vivir en castillos ni ciudades y refugiarse en las montañas les obliga a organizarse, aunque no lo hacen como un ejército tradicional. Nadie acepta el liderazgo de nadie como general porque no creen en un único guía. Se rigen por una peculiar democracia castrense en la que ellos mismos eligen a un grupo de jefes. La graduación dentro del grupo es muy simple: almogávar o soldado, almocadén o sargento y adalid o capitán. Solo cuando se agrupan con un ejército eligen a un general, el cual debe ser un bravo combatiente que haya demostrado su valor en la batalla. Se agrupan en reducidos grupos de 50 a 200 soldados, aunque esto varía en el momento en que se unen a un ejército. Cuatro mil son los almogávares que llegan a Sicilia para defender la isla. A medida que las tierras aragonesas se van pacificando, los almogávares no tienen enemigos contra los que luchar y deciden unirse al ejército aragonés como cuerpo de mercenarios. Su primera actuación se produce junto a Pere el Gran en la lucha por Sicilia. Al llegar a la isla, la gente se asusta de ellos, puesto que su apariencia física no es la de los nobles caballeros medievales; incluso Muntaner, que luego les sigue en todas sus aventuras orientales, los describe así:

“[…] al verlos tan mal vestidos, con las antiparas en las piernas, las abarcas en los pies y las redecillas en la cabeza, exclamaron: ¡Dios mío! ¿Qué clase de gente es ésta que van desnudos y sin ropas y sin llevar más que unas calzas y no llevan ni siquiera un escudo? Poco podemos confiar si todos los soldados del rey de Aragón son como éstos”.

Pero los recién llegados son poseedores de un carácter y una fortaleza moral increíbles. Una anécdota que demuestra perfectamente su fuerza interior sucede cuando en 1304 entran en Anatolia (la actual Turquía asiática). Después de una larga y fatigosa marcha por territorio ocupado por los turcos, se encuentran ante las llamadas Puertas de Hierro frente a un poderoso ejército. Las Puertas de Hierro están situadas en un estrecho desfiladero en la cordillera del Tauro. Los almogávares, capitaneados por Rocafort, no superan los ocho mil soldados, mientras que el ejército turco alcanza los veinte mil y diez mil a caballo. Ante tal desventaja, la reacción de los almogávares es felicitarse unos a otros por luchar en un lugar como éste, tan lejos de su hogar y contra un enemigo muy superior. Su voluntad les lleva a vencer. Los almogávares no solo son fuerzas de asalto contra las tierras enemigas, sino que también realizan acciones defensivas: se agrupan cuando los musulmanes realizan incursiones, vigilan los pasos y los caminos para así coger desprevenido al enemigo… y además llevan a cabo servicios de espionaje y vigilancia para el ejército aragonés. Penetran sigilosamente en territorio enemigo para observar cualquier movimiento extraño. Pero volvamos a sus orígenes. Aunque son grupos bien organizados y con clara dedicación militar, su modo de vivir y las incursiones provocan que algunos se dediquen al bandolerismo e incluso saqueen pueblos de musulmanes que viven en paz en territorio cristiano, haciendo prisioneros y vendiéndolos como esclavos. Los almogávares peninsulares van desapareciendo con el paso del tiempo: la recuperación de las fronteras cristianas y el hecho de que la mayoría se embarque en la aventura mediterránea con la Gran Compañía Catalana hacen disminuir considerablemente el número de efectivos. El final de los almogávares como tal en la Península se produce con la toma de Granada por parte de los Reyes Católicos. La victoria sobre Granada significa que no queda ninguna frontera peninsular directa con territorio musulmán; el trabajo de los almogávares ha tocado fin. Los que sí hacen fortuna y dejan una fuerte impronta son los almogávares que se enrolan en la guerra contra los franceses para defender Sicilia. Primero, sorprenden al todopoderoso ejército medieval francés con una estrategia de combate hasta entonces nunca vista, mediante la cual un cuerpo de infantería vence por primera vez a la caballería, en la batalla de Cefis (Cefiso), de la que se hablará más adelante. Segundo, se adentran en Oriente Medio y expanden el territorio catalán más allá de los límites mediterráneos.

Las grandes crónicas medievales

El relato de toda esta época y de la conquista de Oriente por parte de los almogávares queda recogido en las cuatro grandes crónicas catalanas escritas. Alfonso I el Batallador, rey de Aragón y Navarra (1104-1134) Genealogía deis Reis de la Corona d’Aragó. Monasterio de Poblet Son las de Jaume I con su Llibre delsfeyts [Libro de los hechos], la crónica de Bernat Desclot, la de Ramón Muntaner y, finalmente, la de Pere III. Las tres primeras crónicas abarcan todo el periodo de expansión mediterránea de la Corona, desde el año 1213 hasta 1327. Relatan la vida de los monarcas de la dinastía de los Condes de Barcelona. En realidad, ninguno de los tres autores realiza una narración propagandística de la corona catalana, pero sí es cierto que las tres crónicas están enfocadas para que la historia de los reyes de la dinastía catalana sea leída y estudiada por posteriores monarcas y para ser recitada en público. La prueba de ello es que están escritas como los antiguos poemas provenzales, las “chansons”; son poemas recitados por trovadores y cuentan las hazañas de los grandes reyes. Las crónicas de los reyes catalanes influyen en la literatura medieval y llegan a inspirar obras tan importantes como Curial e Guelfa y Tirant lo Blanc. Son narraciones de tono épico, tanto es así que Muntaner y Desclot sitúan a sus reyes a la misma altura que personajes artúricos como Lancelot.

Jaume I el Conqueridor [Jaime I el Conquistador]

La primera de las crónicas es el Llibre delfeyts del rei en Jaume de Jaume I. La crónica narra los hechos acaecidos desde la muerte de su padre, el rey Pere I en Muret en 1213, hasta el propio fallecimiento de Jaume I. Como el mismo rey Jaume es el autor, esta crónica se diferencia de las otras en que se trata de una autobiografía, aunque a lo largo de la historia algunos autores han dudado de la autenticidad de esta narración. Sin embargo, existen claras pruebas de que realmente es Jaume I el autor: utiliza la primera persona y narra hechos concretos de su vida; puede que algunos pasajes de la obra aparecen versos, y puede que éstos los hubiera escrito algún trovador, pero es impensable que un poeta pueda narrar con tanta precisión y seguridad toda la vida del monarca. Sí es probable que tanto el prefacio de la obra como los últimos capítulos no estén escritos por el rey, ya que en el prefacio encontramos muchas citas eruditas y el enfoque de la obra no es el de una narración histórica, sino que está escrita desde una perspectiva mucho más moralista. Este hecho nos puede dar a entender que el autor pueda ser un clérigo, en concreto el obispo de Huesca, Jaime Sarroca, que acompañaba siempre al rey en su séquito. El resto de la obra relata la vida del monarca con gran precisión y con detalles netamente autobiográficos. Claro ejemplo es la narración de sus pensamientos cuando, siendo todavía un adolescente, se dirige a ocupar la isla de Mallorca:

“[…] nós anam en est viatge en fe de Déu, e per aquells que no el creen; e anam sobre ells per dues coses: o per convertirlos o per destruirlos e que tornem aquell regne a la fe de nostre Senyor. E pus en nom d’Ell anam, havem fiança en Ell que Ell ens guiara”.

[…] vamos en este viaje con la fe en Dios, y para aquellos que no creen en Él; vamos sobre ellos por dos razones: para convertirlos o para destruirlos y volver aquel reino a la fe de nuestro Señor. Vamos en su nombre y con la confianza de que Él nos guíe].

Pero no podemos olvidar el carácter épico de las crónicas, y en el Llibre deis feyts la narración de la conquista de Mallorca y Valencia se parece notoriamente a algunas canciones cantadas por los trovadores. Esta primera gran crónica finaliza con la muerte, en el año 1276, del gran monarca Jaume I el Conqueridor [Jaime I el Conquistador].

Bernat Desclot

La segunda gran crónica se debe a Bernat Desclot. El autor escribe su obra entre los años 1283 y 1288, Y en ella narra las vicisitudes de la dinastía de los condes de Barcelona, pero centrando su relato en la figura de Pere II el Gran (Pedro II el Grande). La narración es contemporánea a los hechos y finaliza el relato con la muerte de Pere (1285). Desclot, clérigo y funcionario de la corte del rey, utiliza en su obra un lenguaje épico, lejos de la estructura de los informes administrativos que realiza un funcionario de la corte. No se conoce el lugar de nacimiento del autor, pero se cree que procede de las cercanías de Lérida. Un estudio realizado por Miquel Coll i Alentorn refleja que durante el reinado de Pere II fue nombrado tesorero real un funcionario llamado Bernat Escrivá, perteneciente a una larga saga familiar de funcionarios. Coll i Alentorn, cree que este funcionario de nombre Escrivá decide cambiarse el apellido por el nombre de su lugar de origen, Es Clot, una casa situada cerca del castillo de Castellnou, en el Rosellón. De ahí deriva su nombre a Desclot. La crónica de Desclot rememora la historia de la dinastía catalana durante 168 capítulos, de los que 50 están dedicados a los hechos del rey Pere. Desclot elige al soberano como ejemplo de monarca medieval y lo ensalza como si de los grandes héroes de la época se tratara. Tras el retorno del rey del famoso desafío de Burdeos, Desclot empieza a escribir la crónica. El nombramiento como tesorero de otro funcionario le permite retirarse a su casa de Barcelona y acabar la obra. Debido a su cargo, recibe información y documentación privilegiada, lo que le permite describir con exactitud todos lo sucesos de la vida de Pere el Gran. Pero más allá de la aventura, del tono épico y de la descripción de las hazañas del monarca, Desclot se centra en el retrato del carácter del soberano. La crónica de Desclot tiene un gran valor histórico, ya que narra con gran exactitud todos los sucesos. En cierto modo, parece como si hubiera vivido los hechos personalmente (es posible que participara activamente en la expedición a Túnez). Hay un incidente puntual en que por primera y única vez el narrador aparece como testimonio del hecho; sucede en el momento que una flecha se clava en la silla de montar del monarca durante el combate de Santa María de Agosto:

“[…] e d’açó fa testimoni cell qui aço reconta en aquest llibre, que veé la sella del rei e lo ferro que hi era romas”.

[… y de esto hace de testimonio aquel que escribe este libro, el cual ve la silla del rey y el hierro que estaba clavado].

La crónica de Desclot se diferencia de las otras por mostrar, además de los hechos históricos, el perfil psicológico del monarca, desde la bravura de su juventud hasta la magnificencia de su vejez. Y a su lado, la evolución de todos aquellos personajes importantes en esta historia: Carlos de Anjou, Roger de Llúria y Jaume III de Mallorca, entre otros.

Ramón Muntaner

La tercera crónica que hace referencia a la expansión mediterránea de la Corona catalano-aragonesa es la escrita por Ramón Muntaner. Esta crónica es la que nos acerca más a la aventura catalana en Oriente. Muntaner vive directamente las hazañas de los almogávares al formar parte de la Gran Compañía Catalana. Ramón Muntaner nace en Perelada, en el año 1265. Desde su infancia, sigue con curiosidad la vida de los monarcas; siendo muy pequeño conoce personalmente al rey Jaume I, quedando muy impresionado con la figura del monarca. Años más tarde conoce asimismo al infante Pere durante su estancia en el albergue que regenta su padre. Estos dos encuentros le marcan profundamente y, muy pronto, en 1276, con tan solo once años, abandona su casa en Perelada y se incorpora al grupo que dirige Roger de Llúria. Diez años más tarde se traslada a vivir a Mallorca, pero al poco tiempo se desplaza a Sicilia, donde conoce a Roger de Flor. Este momento es crucial en su vida. El vínculo de amistad y lealtad que le une a Roger le lleva a seguirle a Constantinopla y a convertirse en su hombre de máxima confianza. Vive como guerrero y cronista las aventuras catalanas de Oriente desde 1303 hasta 1307, ya muerto Roger de Flor, momento en que decide abandonar la Compañía y ponerse al servicio del infante Ferran de Mallorca (Fernando de Mallorca). Durante su ayuda al infante es capturado por los venecianos en el Negroponte y devuelto a los almogávares. Los venecianos creen que los almogávares tratarán como un traidor a Muntaner, pero éste es recibido con grandes vítores y grandes demostraciones de afecto, no en vano es uno de los guerreros más valorados de toda la Compañía. Una vez más abandona a los almogávares y, después de ver al infante en Tebas, se dirige a Mesina para poder ser recibido por el rey Federico III. Éste le encarga el gobierno de las islas de Djerba, situadas frente a la costa tunecina. A ello se dedica desde 1309 hasta 1315. En el año 1316 se establece en Valencia, donde trabaja como procurador de Bernat de Sarriá. Aún en Valencia, a los sesenta años empieza a escribir la crónica de sus aventuras junto a Roger de Flor y los almogávares. La crónica abarca el periodo histórico desde 1205 hasta 1327 y la escribe durante tres años. A pesar de su avanzada edad, Muntaner no puede estar en un lugar durante mucho tiempo y se establece de nuevo en Mallorca (1331), donde ocupa un cargo de confianza del monarca Jaume III (Jaime III) como batlle (cargo administrativo parecido al de alcalde actual) de Ibiza. A los setenta y un años, el guerrero y cronista muere en aquella isla.

La crónica de Muntaner relata la vida de los almogávares en Oriente. El autor utiliza un leguaje épico y, al igual que Desclot, compara al monarca y a Roger de Flor con héroes míticos como Roland o Lancelot. Pese a narrar los hechos con gran dosis de fantasía, la imaginación utilizada no quita veracidad al relato. El autor inicia su crónica dándole forma de sueño, un sueño en el que él mismo se imagina en un viaje en el que participa activamente. Durante este sueño se le presenta un hombre vestido de blanco que le ordena:

“Muntaner, lleva sus e pensa de fer un llibre de les grans meravelles que has vistes qué due ha fetes en les guerres on tu és estat, com a Déu plau que per tu sia manifestat”.

[Muntaner, despierta y haz un libro de las grandes maravillas que has visto en las guerras dónde has estado, como a Dios le place que por ti sea escrito].

La narración de Muntaner, aunque fantasiosa en algún pasaje, relata a la perfección el comportamiento de los almogávares y los hechos que se van sucediendo a su alrededor. La mayoría de las veces nos cuenta la historia en primera persona, mostrándose así como un testigo de excepción. Un ejemplo claro es cuando narra el asesinato de su gran amigo Roger de Flor:

“I encara féu majar malvestat el ditxor Miqueli: que ordanat hac que els turcoples, amb partida deis alans, que hac trameses a Gal’lípol, i hac ordenat que aquell dia que el cesar moriria”.

[Aún hace mayor maldad el llamado Miguel: ha ordenado que los turcos, junto con los alanos que han llegado a Gallípoli, que ese día muera el césar].

Muntaner, además, destaca por ser un brillante estratega y guerrero; y lo demuestra en la audaz defensa de Gallípoli, en la que tan solo partici pan mujeres y niños.

Pere el Cerimoniós [Pedro el Ceremonioso)]

La última de las cuatro grandes crónicas es la que el rey Pere II el Cerimoniós (Pedro III el Ceremonioso, 1336-1387) ordena escribir sobre su reinado. Una crónica donde hace balance de su política y del futuro de la casa dinástica de Barcelona. Pide a su secretario, en 1375, que describa en la narración todos los hechos, buenos y malos. La crónica aún tiene un claro estilo medieval, sobre todo en la concepción providencialista del poder del monarca. El rey Pere concibe la crónica cómo el paso por la historia de una corona poderosa en el Mediterráneo; conoce la historia de sus antepasados y confía en seguir sus pasos. La narración de Pere el Cerimoniós sigue el estilo del Llibre deis feyts de Jaume I; es una narración biográfica, aunque, a diferencia de las otras tres crónicas, esgrime en el relato una dramatización de la historia. Esta crónica marca el fin de la expansión catalana por el Mediterráneo y, prácticamente, de la dinastía de la Casa de Barcelona; con ella se cierra un ciclo importantísimo en la historia de la Corona de Aragón. La crónica está dividida en seis capítulos, aunque dada la extensión de cada uno de ellos se puede considerar que la estructura de la narración está dividida en seis libros. En toda la obra, pero sobre todo en el inicio, Pere el Cerimoniós alaba a Dios por su poder y por su participación en el momento histórico en el que él es protagonista. La obra comienza así:

“Non nobis, Domine, non nobis, sed nomini tuo da gloriam”.

[No para nosotros Señor, no para nosotros, sino para la gloria de tu nombre].

Los antecedentes históricos

La cuestión siciliana

Nacido en el año 1240, Pere el Gran [Pedro el Grande], hijo del rey Jaume I el Conqueridor [Jaime I el Conquistador], se dedica durante su juventud a gobernar los reinos peninsulares mientras su padre expande el territorio por el Mediterráneo, sobre todo cuando decide llegar hasta Tierra Santa. Por lo tanto, nos encontramos con un joven que antes de reinar conoce a la perfección sus territorios. Su experiencia bélica la inicia con los enfrentamientos contra los sarracenos, rebeldes valencianos, y ayudado por un cuerpo militar que empieza a adquirir notoria importancia, los almogávares. Según cuentan las crónicas de Ramón Muntaner, el infante Pere se caracteriza por su enorme dureza, su gran capacidad táctica y su gran experiencia política, todo ello unido a una gran nobleza. Además de la tarea de pacificación de sus territorios, Pere el Gran se enfrenta a la revuelta de los barones catalanes. Estos se quejan de que el rey no se ha presentado a jurar los privilegios de Cataluña y de que exige una serie de tributos sin el permiso de las Cortes catalanas. Finalmente, cuando consigue pacificar todos sus territorios, se despierta en Pere la necesidad de la búsqueda de nuevos objetivos, sobre todo el que ha perseguido su padre, Jaume I, constantemente: la ampliación mercantil del reino; pero para ello resulta imprescindible el control sobre Sicilia. Aunque en primer lugar debe ocuparse de la definitiva pacificación de las fronteras exteriores de la corona catalana-aragonesa. El primer reto que tiene que afrontar es llegar a un acuerdo con el Reino de Castilla. Y para ello aprovecha un inesperado golpe de fortuna, una ventaja insospechada para llegar a un pacto con el reino castellano. Fernando, primogénito de Alfonso X el Sabio, fallece en un encuentro con los sarracenos. La política castellana se agrava con la disputa por la sucesión al trono de Castilla. Por un lado, se sitúan los infantes de la Cerda, Fernando y Alfonso, hijos del difunto Fernando. Por otro lado, Sancho, segundo hijo de Alfonso X, reclama su derecho sucesorio. La disputa se prevé sangrienta. Blanca, viuda de Fernando, para evitar la muerte de sus dos hijos, huye al Reino de Aragón junto a la reina Violante de Castilla, hermana de Pere el Gran. El rey catalán resuelve retenerlos en Aragón para así tener a Sancho de Castilla a su merced. El monarca dispone que si el rey castellano no cede a sus designios, puede provocar una guerra civil e instaurar a Alfonso en el trono castellano. Pere el Gran acepta entrevistarse con el rey Alfonso X en la frontera castellana, en Campillo y Agreda, ambas localidades puestos fronterizos; las decisiones tomadas allí el 27 y el 28 de marzo de 1281 favorecen a Pere el Gran: el infante Sancho renuncia a su parte de la conquista de Navarra y son entregadas algunas plazas fuertes a la Corona catalano-aragonesa, Murcia entre ellas.

El segundo reto para Pere el Gran es solucionar el contencioso con su hermano Jaume II de Mallorca. Jaume I había dispuesto que sus reinos se repartieran entre sus dos hijos: la zona comprendida por las islas Baleares, el condado de Rosellón y Montpelier sería gobernada por Jaume, mientras Cataluña y Aragón quedarían bajo el mandato de Pere. Sin embargo, Pere el Gran quiere que su hermano rinda vasallaje a la Corona catalanoaragonesa, aun manteniendo el gobierno de los territorios hereda dos de su padre. Al principio Jaume II se resiste, pero acaba aceptando el 20 de enero de 1279. Todos estos esfuerzos de Pere están encaminados a frenar el creciente poder de Carlos de Anjou, hijo de Luis VIII de Francia y amigo de Jaume II, que muestra gran antipatía y recelo hacia Pere. El monarca catalán no solo se emplea a fondo en adquirir alianzas con los reinos europeos, sino que, además, esgrime la política matrimonial para afianzar su reinado: casa a su hija Isabel con el rey Dionisio de Portugal (1281) Y promete a su hijo Alfons con Eleonor de Inglaterra. Pero le falta el principal enlace para llegar a una total estabilidad, la alianza con la Santa Sede.

El papa Nicolás III ayuda a Pere el Gran por temor al poder que Carlos de Anjou empieza a ejercer sobre Italia, pero la mala suerte acompaña al rey catalán y el 22 de agosto de 1280 muere el papa. Carlos de Anjou encarcela a todos los cardenales contrarios a su persona e impone a Martín IV como nuevo pontífice. Las líneas del futuro enfrentamiento se han marcado: Pere el Gran se encuentra frente a la oposición de Francia y de la Santa Sede. Pero su tenacidad le lleva a utilizar todos los medios a su alcance para conseguir nuevas alianzas exteriores. Uno de sus objetivos es pactar con Granada y con Túnez para, de este modo, poder contar con un puerto africano que le sirva de puente para llegar a las costas sicilianas. Una vez en Túnez, se encuentra con que el rey tunecino con el que había de tratar, Ibn Al-Uazir, ha sido asesinado, y no tiene más remedio que enfrentarse a los sarracenos que le han matado, con la desventaja de no poder recibir ni comida ni ayuda de sus territorios debido a la gran distancia entre Cataluña y Túnez. Con gran astucia, Pere el Gran envía una embajada a la Santa Sede y solicita al papa Martín IV los subsidios necesarios para resistir y vencer a los sarracenos. La respuesta negativa del Papado refuerza la idea de Pere de fiscalizar el poder que ejercen la Santa Sede y Carlos de Anjou.

Mientras, el 31 de marzo de 1282, los sicilianos inician una revuelta, las Vísperas Sicilianas, para liberarse del dominio francés que ejerce Carlos de Anjou, quien se prepara para desembarcar en Sicilia y repeler el levantamiento. Pero los sicilianos buscan el apoyo de un monarca europeo; en definitiva, el auxilio de Pere el Gran, ya que su mujer, Constanza, es la heredera real de Sicilia. Los sicilianos ofrecen a Pere la corona siciliana. Aunque tarda en contestar, Pere decide aceptar la propuesta y el 30 de agosto de 1282 llega a Trapani. Una vez coronado rey de Sicilia en Palermo, el monarca inicia la ofensiva, con más de dos mil almogávares, contra Carlos de Anjou, que por entonces controla la ciudad de Mesina. Un mes después de su llegada, el soberano catalán ya ha conseguido grandes victorias.

Ha llegado el momento –decide también– de controlar parte del Mediterráneo, por lo que envía a Roger de Llúria (Roger de Lauria) a conquistar la plaza de Malta; en pocos días Malta y Gozzo caen. Llúria nace en el sur de Italia del matrimonio entre Constanza de Sicilia y Pere II de Aragón. Tras las largas y victoriosas contiendas en el Mediterráneo es nombrado, en 1297, conde de Djerba, aunque pocos años más tarde se retira de la vida militar. Muere en el año 1305, en sus posesiones valencianas.

El rey Pere piensa que una buena manera de debilitar definitivamente a Carlos es ocupar las tierras de más allá del estrecho de Mesina; se propone conquistar Calabria. Carlos de Anjou, atemorizado por el peligro que significan Pere el Gran y sus tropas, decide pedir ayuda al Papado. En noviembre de 1282, Martín IV excomulga a Pere y le amenaza con desposeerlo de sus reinos a favor de la Iglesia si no se somete a la autoridad papal. Al mismo tiempo, Carlos acusa a Pere de poca fe y deslealtad hacia la Iglesia por ocupar Sicilia. Pere el Gran responde que él no es desleal ni actúa con poca fe, y reta a Carlos a un enfrentamiento con seis soldados por bando en Burdeos. El desafío debe realizarse el 1 de junio de 1283 y bajo la tutela de Eduardo I, rey de Inglaterra, al cual pertenece la ciudad. El reto radica en que el monarca que no se presente en el campo de batalla quedará como perjuro y traidor y se le arrebatarán los honores reales. Carlos de Anjou es astuto y sabe que si Pere acude a Burdeos, se verá obligado a abandonar la iniciativa de ocupar Calabria. Y acepta el duelo.

Las astucias del rey Pere

Pere el Gran decide llamar a su mujer y a su hijo Jaume para que se queden en Sicilia y la gobiernen mientras él esté en Burdeos; y deja a su primogénito Alfons al frente de Cataluña y Aragón. El 6 de mayo de 1283 se embarca hacia la Península. El viaje resulta más que accidentado, los vientos son desfavorables y finalmente el monarca decide servirse de una pequeña embarcación a remos para llegar a la costa; le acompañan cuatro hombres. Pero el cansancio y la mala mar les desvían hasta Al-Coll, la ciudad tunecina de donde habían partido hacía meses para iniciar la aventura siciliana. Finalmente, el 17 de mayo encuentran puerto en Menorca. Parte al día siguiente a Valencia y viaja sin detenerse hasta Tarazona, donde se encuentra con su primogénito Alfons. Es el 24 de mayo. Allí, Alfons le cuenta las novedades sobre el duelo en Burdeos: el rey Eduardo I de Inglaterra, sometido a las presiones papales, ha renunciado a ser árbitro de la contienda y cedido el papel al rey francés, Felipe III. A pesar de ello, el duelo sigue en pie. El rey de Francia envía tropas a Burdeos, donde ya se encuentra su hijo Carlos. Pere el Gran resuelve ir al encuentro, pero acompañado solo por cuatro personas: un guía y tres caballeros. El monarca se disfraza de mayordomo para pasar desapercibido. La noche del 31 de mayo, se presenta de incógnito al senescal de Burdeos para que le enseñe el campo de batalla antes de la llegada del rey francés. Este cae en la trampa y accede; una vez en el campo, el rey se descubre y se pasea con su caballo. Pere el Gran se ha presentado en el campo de batalla, la justa está resuelta. Con la misma rapidez con la que ha llegado, el rey se va.

La astucia y bravuconería del monarca provocan las iras de Carlos de Anjou y de Felipe III. Para contrarrestar el ridículo hecho, durante el mes de agosto un contingente franco-navarro penetra en Aragón y asalta y quema algunas poblaciones fronterizas. Los aragoneses aprovechan la ocupación militar para plantear al rey sus quejas: temen a la vez las incursiones francesas y el olvido que el monarca muestra por Aragón. El rey catalán cede a sus propuestas en la reunión de las Cortes en Tarazana (septiembre de 1283). Pere se encuentra en una encrucijada, pero decide –con acierto– atacar Navarra con un ejército formado por catalanes, aragoneses y almogávares. A finales de septiembre entra en Navarra como vencedor.

Mientras, en Sicilia las batallas se suceden. Roger de Llúria resuelve las contiendas con gran fuerza y prueba de ello es que el 5 de junio de 1284, durante la batalla de Tagliacozzo, Carlos de Anjou es derrotado y hecho prisionero.

La victoria catalana en el Mediterráneo provoca que el papa y Felipe III inicien una cruzada contra Cataluña. La Santa Sede y Francia reúnen un gran ejército cruzado en la ciudad de Tolosa. El rey Pere espera controlar territorios como el Rosellón y la Cerdaña, gobernados por su hermano Jaume II, pero éste prefiere ayudar al rey francés y le facilita el paso precisamente por el Rosellón. Pere el Gran, pues, se encuentra solo frente al gran enemigo, únicamente con la ayuda de los catalanes. Los cruzados disponen de cerca de cuatro mil caballeros, mientras que el número de la tropa catalana es claramente inferior. La situación es muy grave. Pere tiene que encontrar una solución si no quiere perder la batalla. De improviso, se le ocurre cubrir una amplia zona boscosa con hogueras y antorchas que provoquen mucha luz. Felipe III se cree entonces rodeado por las tropas catalanas y retrocede precipitadamente hasta el Rosellón. La retirada del monarca francés concede un tiempo de oro al rey catalán para reorganizar la defensa. El ejército cruzado consigue atravesar finalmente el Pirineo por el collado de la Maçana y se dirige a sitiar Gerona. La ciudad resiste y Pere el Gran envía un mensaje ordenando que las naves dirigidas por Roger de Llúria regresen rápidamente para poder afrontar la guerra. La noche del 3 de septiembre, la armada catalana se enfrenta en un duro choque a la flota francesa establecida en el golfo de Rosas. El ejército cruzado es vencido sin piedad alguna. Después de la victoria, Roger de Llúria se dirige a Barcelona, a la que llega victorioso el 23 del mismo mes. La cruzada contra Cataluña ha sido derrotada. El ejército francés se retira completamente vencido y el mismo rey Felipe III muere enfermo durante la huida. (En un mundo repleto de intrigas y supersticiones, las crónicas de Desclot cuentan que el ejército francés quedó diezmado por una extraña enfermedad producida por unas moscas que habían surgido de la tumba de Sant Narcís, en Girona, debido a la profanación de la tumba del santo por parte de los cruzados.) Al final de su reinado, Pere se ve obligado a enfrentarse al levantamiento de protesta social promovido por un personaje barcelonés, Berenguer Oller, quien llega a controlar el poder municipal de Barcelona; pero es detenido por orden del rey y finalmente ahorcado. La paz por fin reina en Cataluña. Finalmente, el rey Pere, aquejado de graves dolencias, muere la noche del 10 de noviembre de 1285. Desde ese momento gobierna su primogénito, Alfons.

Una herencia peliaguda

Alfons el Franc (Alfonso el Franco) inicia su reinado en el año 1285 con la intención de mantener unidos sus territorios, no duda ni un momento en conservar bajo su vasallaje a Mallorca ni en ayudar al reino siciliano a permanecer bajo su dinastía. El 16 de diciembre de ese mismo año, su hermano Jaume se corona rey de Sicilia después de haber recibido de las manos de Roger de Llúria la promesa de defensa y colaboración de Al fans. La situación vuelve a ser la misma que con Pere el Gran: la Corona catalano-aragonesa enfrentada a Francia y a la Santa Sede por el control de Sicilia. Alfons hereda de su padre las cualidades guerreras y diplomáticas y lo demuestra con afán; para el monarca es más importante la paz mediterránea que los problemas internos de sus reinos. A pesar de ello, Jaume de Mallorca continúa sin aceptar el vasallaje establecido con la Corona de Aragón y negocia con Francia para promover la invasión de algunas zonas del reino. De hecho, intenta penetrar en el Emporda, pero la presencia allí de Alfons provoca su inmediata retirada.

Para alcanzar la soñada paz en el Mediterráneo Alfons debe conquistar el único reducto musulmán de las islas Baleares, Menorca. El 5 de enero de 1287, desembarca en la isla y se encuentra con un duro adversario. La lucha no es tan fácil como el monarca había supuesto, ya que los sarracenos han recibido ayuda de Túnez; el propio Alfons cae herido en una de las contiendas. Al final, la lógica vence y el día 21 los sarracenos se rinden. Alfons entra en Ciutadella y se establece durante unos meses, hasta que la isla está debidamente repoblada. Es durante este periodo cuando se funda la ciudad de Mahón y cae la isla de Ibiza. El monarca convierte en esclavos a los prisioneros musulmanes, pero permite que los ricos paguen su libertad y se exilien a Túnez. La victoria sobre Menorca le propicia una ventaja inicial para llegar a un acuerdo en la conferencia de paz de Burdeos, pero el encuentro no llega a realizarse debido al repentino fallecimiento del papa Martín IV. Sin embargo, aunque la conferencia se hubiera llevado a cabo, la posición de Francia y de la Santa Sede continúa siendo la de no llegar a acuerdo alguno mientras Carlos de Anjou siga retenido como prisionero.

Eduardo de Inglaterra, siempre empeñado en convertirse en el mediador del conflicto, intenta llegar a un acuerdo de paz y pide a Alfons una entrevista en la localidad de Oloro, fronteriza entre Aragón y la Gascuña, el 27 de julio de 1287. Eduardo argumenta que el ejército catalán es más fuerte que el de la coalición de la Santa Sede y Francia, aunque no lo suficiente para una victoria definitiva. El monarca inglés ofrece la liberación de Carlos de Anjou a cambio de conservar las posiciones conquistadas por Alfons en Sicilia. Según el tratado, Carlos debe entregar como rehenes a tres hijos suyos y sesenta barones provenzales que juren fidelidad a Alfons y, además, al cabo de un año, entregar a su primogénito como rehén. Todo ello bajo la condición de una solución definitiva del conflicto si Carlos acepta una paz perdurable para Aragón y Sicilia. Si no cumple con estas condiciones, Carlos deberá volver al cautiverio, junto a sus hijos, y los sesenta barones permanecerán bajo el vasallaje de Altons. El monarca acepta el acuerdo, pero éste nunca llega a buen término porque Alfons nunca ha tenido intención de cumplirlo. El propio rey pide, durante la primera mitad de 1288, la abolición del pacto. Además, el nuevo papa, Nicolás IV, rechaza el pacto y Francia se prepara en Carcasona para la invasión de Cataluña. De este tratado se pasa a otro en octubre del mismo año, pero la situación no avanza. Las posiciones están estancadas y nada hace prever un desenlace rápido. Sin embargo, el equilibrio se rompe cuando Castilla sella una alianza con Francia. El rey catalán, siguiendo una vieja idea de su padre, instaura a Alfonso de la Cerda, prisionero desde que lo retuviera Pere el Gran, como rey de Castilla. Pero este ardid no surge ningún efecto, todo lo contrario, y Alfons se queda aislado políticamente por completo. El monarca se ve obligado a aceptar el acuerdo de paz que le ofrece la Santa Sede. En febrero de 1290 se firma el tratado de Tarascón, por el que Alfons debe viajar a Roma para pedir perdón por todas las acciones realizadas por su padre, Pere el Gran, y marchar en una cruzada contra los sarracenos en Oriente. Sobre la cuestión de Sicilia, Alfons se mantiene firme y no acepta enfrentarse a su hermano, pero el papa le obliga a hacer regresar a todos sus súbditos a tierras catalanas.

Mientras se suceden los problemas exteriores, la cuestión aragonesa que arranca con Pere el Gran continúa sin resolverse. Los aragoneses, agrupados en la Unión General, que ahora ya reúne todas las ciudades del reino, piden al monarca el control sobre la política exterior e interior, exigen el seguimiento de la política del rey sobre Cataluña y la obligación de que los valencianos adopten los fueros aragoneses; todo ello controlado por una delegación de nobles, caballeros y ciudades aragonesas. Alfons se niega en redondo, pero mientras permanece en Menorca los aragoneses se reúnen con los opositores al rey y deciden invadir Valencia. Alfons no con sigue doblegarlos ni con el uso de la fuerza, y entonces el monarca decide confirmar todos los privilegios de Aragón (28 de diciembre de 1287) con la imposición de jurar que nunca se atacarán los intereses aragoneses. Solo entonces Alfons recibe ayuda militar aragonesa para luchar contra Francia, aunque a cambio debe entregar una docena de castillos como ratificación de los privilegios jurados.

Después de superar todas las tensiones internas y externas, las fuerzas del soberano empiezan a fallar durante los preparativos de su enlace con Eleonor de Inglaterra. El monarca no puede realizar ni los más sencillos ejercicios de caballería ni celebrar las fastuosas fiestas de su boda y, finalmente, la muerte le llega la noche del 17 de junio de 1291. Los cinco años de reinado de Alfons no han modificado mucho la situación internacional dejada por su padre. En su testamento, entrega Aragón a su hermano Jaume de Sicilia, quien, sin embargo, no acepta la separación de las coronas de Aragón y Sicilia, por lo que accede a la Corona de Aragón, mientras deja a su hermano Federico como virrey de Sicilia.

El conflicto mediterráneo, al rojo vivo

Jaume II (Jaime II, 1291-1327) reina bajo una gran presión bélica y asimismo de refuerzo de la Corona, basado en el concepto de monarquía que dejó su padre y no en la que viene impuesta por su hermano. Con este propósito, llega a Barcelona el 13 de agosto de 1291.

Durante el juramento de los privilegios y libertades de Cataluña, Jaume II plasma un discurso equilibrado con el que pretende recuperar la Corona tal y como la dejó Pere el Gran, con la incorporación de la Corona de Sicilia. Cabe recordar que hasta este momento la monarquía catalano-aragonesa estaba en permanente lucha con el Reino de Castilla. El deseo de volver a tener bajo la Corona el Reino de Sicilia hace que Jaume II intente un pacto de amistad con Castilla.

El 29 de noviembre de 1291, en la ciudad de Monteagudo, se reúnen para hablar de paz Jaume II de Aragón y Sancho IV de Castilla. De las negociaciones surge un acuerdo que en principio favorece mucho más a Sancho que a Jaume. El monarca castellano asistirá con 500 lanzas al Reino de Aragón en el caso de un ataque de Francia y cede en matrimonio a su hija la infanta Isabel, de ocho años, al monarca catalán. Por el contrario, Jaume II debe ayudar a defender las fronteras castellanas de las constantes invasiones musulmanas y, no tan solo eso, también cede en el mantenimiento de las fronteras entre Aragón y Castilla.

El matrimonio de la infanta Isabel y el monarca catalán se celebra en Soria el 1 de diciembre del mismo año. La jovencísima infanta vivirá a partir de ese instante en la corte aragonesa para conocer las costumbres de su nuevo hogar hasta la consumación del matrimonio. Pero pronto Jaume II tiene que cumplir con el segundo de los pactos: su suegro le pide ayuda para reconquistar Tarifa. Así lo hace el rey aragonés, y Berenguer de Montoliu, persona de con fianza del rey, dirige varias galeras castellanas en la guerra de Tarifa.

Pero durante todo este periodo la Corona de Aragón continúa desgastándose con el conflicto mediterráneo. El ansia de retener Sicilia obliga a Jaume II a enfrentarse –otra vez la eterna cuestión– con Francia y con el papa. Pero esta vez Jaume da un giro a su modo habitual de hacer y aprueba que todas las negociaciones diplomáticas las dirija su suegro, Sancho IV. Este asume con gran firmeza la propuesta de su yerno con la intención de potenciar, a su vez, su reino internacionalmente. Sancho IV entra de lleno en esta historia: su ambición y la situación geográfica de Castilla hacen que Sancho no quiera enfrentarse a Francia, aunque la paz firmada con Aragón no le ayude mucho. Tiene que convencer al rey francés de que la paz con Jaume II de Aragón es totalmente necesaria para mantener los reinos cristianos intactos, ya que cabe la posibilidad de que los musulmanes ataquen Castilla y que Aragón se alíe con ellos. Felipe de Francia plantea entonces la posibilidad de que Sicilia vuelva a manos papales, y así Carlos de Anjou renunciaría a sus pretensiones aragonesas. Con este pacto, Sancho reforzaría su amistad con Francia, ésta recuperaría Sicilia, y Aragón no tendría conflictos en el Mediterráneo. Pero Jaume sigue con el empeño de retener la isla.

Sancho de Castilla consigue reunir a Jaume y a Carlos de Nápoles para llegar a un acuerdo. Antes de la reunión, y para mayor seguridad, Sancho ha dispuesto que los hijos de Carlos estén en manos de Jaume hasta la consecución de un pacto. La cita es en Logroño a finales de julio de 1293. Jaume II no se fía en absoluto de su suegro y entre vacilaciones sobre el pacto redacta un escrito secreto en el que cuenta que accede a todo lo que proponga Sancho debido a que se encuentra bajo coacción, pero que lo estipulado no tendrá ningún valor. Asimismo, se da cuenta de que tiene posibilidades de pactar con Carlos sin la molesta presencia de su suegro.

El monarca aragonés se reúne en diciembre de 1293, en la localidad de La Jonquera, con Carlos el Cojo, hijo de Carlos I de Anjou, con el que llega al acuerdo de que él renuncia a Sicilia y a cambio se casa con la segunda hija del rey francés, Blanca de Anjou, ya que el primer matrimonio con la hija de Sancho IV no se ha consumado. El pacto incluye también que su hermano Federico tenga una compensación territorial. Pero el cumplimiento de este acuerdo sufre continuos retrasos por los cambios constantes en el Papado, hasta que en diciembre de 1294 es nombrado pontífice Bonifacio VIII, gran precursor de la paz.

Meses más tarde el pacto de paz se hace realidad. El 25 de junio de 1295, en la ciudad de Anagni, cercana a Roma, se llega a un acuerdo de paz entre la Santa Sede, Nápoles, Francia y la Corona de Aragón. Durante la reunión en Anagni el papa anula el anterior matrimonio, de Jaume con la infanta Isabel de Castilla, al no consumarse el matrimonio y acepta el compromiso entre Blanca de Anjou y Jaume II de Aragón. La dote que Carlos da a su hija es de cien mil marcos. Jaume II devuelve a manos pontificias el Reino de Sicilia, re tira a todos sus súbditos de la isla y libera a los hijos de Carlos el Cojo. Para compensar a Aragón de la pérdida de Sicilia, el papa entrega Cerdeña y Córcega a Jaume II. El pacto se extiende a la paz con Francia; Carlos de Anjou renuncia a sus pretensiones a la Corona de Aragón y el reino balear de Mallorca es devuelto al tío de Jaume II, el rey Jaume de Mallorca, pero con la condición de que este último acepte el vasallaje a la Corona aragonesa.

El pacto resulta insultante para los sicilianos, que se reúnen en su Parlamento e intentan convencer al monarca aragonés que se desdiga del tratado. Pero el monarca está más pendiente de resolver su futuro matrimonio con Blanca de Anjou. Finalmente, después de las nupcias celebradas el 25 de octubre de 1295, el monarca decide recibir a los embajadores sicilianos, que le trasladan las resoluciones acordadas en el Parlamento. Los embajadores protestan las decisiones tomadas por el rey, pero este les hace caso omiso. Por esta razón deciden regresar a Sicilia, sabiendo que ahora están dirigidos por sus antiguos enemigos, los Anjou.

Bonifacio VIII, al darse cuenta de lo sucedido, decide enviar a Jaume II una carta recordándole que debe cumplir los pactos y, además, lo nombra capitán general de la Santa Iglesia Romana (2 de enero de 1296). El papa envía una embajada pontificia a Sicilia para empezar a gobernar, pero los sicilianos les niegan la entrada y son expulsados de mala manera solo con pisar puerto. El papa no puede controlar la situación y escribe una carta al hermano de Jaume, Federico, para reiterarle su voluntad de casarlo con Catalina de Courteux, emperatriz de Constantinopla. Todo ello no sirve para nada: el único camino que deciden tomar los sicilianos, y con ellos Federico, es el enfrentamiento abierto. Los sicilianos rechazan de pleno el tratado de Anagni y coronan rey a Federico el 25 de marzo de 1296. Este, mediante una misiva a su hermano Jaume, le solicita la adhesión a su nombramiento. Pero Jaume, demasiado atado por el tratado de Anagni, no puede ayudarle y reitera su compromiso a Bonifacio VIII. Es el inicio de una cruenta guerra entre hermanos y gentes de una misma nación.

Federico inicia su reinado con pretensiones expansionistas y un fuerte ejército que comienza a cosechar éxitos. El papa advierte del peligro a Jaume II y le presiona para que colabore en una guerra contra Sicilia. Al principio Jaume se niega alegando el coste del conflicto armado que aún mantiene con Castilla. Pero el papa le hace una oferta que no puede rechazar: aprovechando el enlace matrimonial de Roberto de Anjou con la infanta Violante, hermana del monarca aragonés, le corona rey de Córcega y Cerdeña (4 de abril de 1297) y le obliga a participar en la contienda contra los sicilianos. Finalmente, Jaume accede a un pacto de paz con Castilla para así poder enfrentarse a su hermano. A pesar de ello, el papa no se fía de las verdaderas intenciones de Jaume. El soberano aragonés, bajo la bandera de la Santa Sede, se prepara para atacar a Federico, pero este, anticipándose, ataca las galeras de su hermano. Durante el verano de 1298, Federico consigue grandes victorias y que las tropas catalanoaragonesas se retiren. Pero Jaume de Aragón no es un monarca que se rinda fácilmente y un año más tarde decide volver a la acción. Junto a los genoveses, consigue rápidas victorias, siendo la definitiva la de cabo de Orlando (julio de 1299). Pero pese a ser el vencedor, Jaume II de Aragón se limita a realizar un canje de prisioneros con Federico y abandona la isla. Esta postura abona la idea de Bonifacio VIII de que el rey catalán es un traidor.

Por su parte, Federico reanuda la contienda, pero ahora se enfrenta a un antiguo colaborador, Roger de Llúria. Este, de origen siciliano, se había de cantado del lado papal en el momento en que el Parlamento de Sicilia no aceptó el tratado de Anagni. Roger de Llúria inflige una severa derrota a Federico en Ponza (1300). Sin embargo, Federico no se rinde, decide impulsar un nuevo ejército y contrata a personajes de relevancia militar y de experiencia marítima. Uno de ellos es Roger de Flor, que pocos años después se con vertirá en el protagonista de la mayor aventura militar catalana. El rey Carlos intenta reunir más fuerzas para atacar Sicilia y pone al frente del ejército a su hijo Felipe, príncipe de Tarento. Felipe recibe un duro castigo en Falconara (diciembre de 1300) por el ejército capitaneado por Roger de Flor y cae mal herido y prisionero de los sicilianos. La guerra continua con sucesivos fracasos y victorias de ambos lados, pero sin perfilarse un horizonte final.

La ambición de un joven guerrero

La larga guerra de casi seis años consigue que los dos monarcas enfrenta dos, Federico de Sicilia y Carlos de Nápoles, piensen en establecer un tratado de paz. Aunque también es posible que ambos lados ya hubieran mantenido contactos con anterioridad, lo cierto es que ambos monarcas se reúnen en Caltabellota (Italia). El 31 de agosto de 1302 se firma el tratado de paz. Por este acuerdo, Carlos de Nápoles renuncia a sus pretensiones sobre Sicilia, reconoce a Federico como rey de la Trinacria (antiguo nombre de Sicilia), pero –según una fórmula de Bonifacio VIII– solo en vida de éste, ya que luego el reino pasará a manos de Carlos II de Nápoles, hijo de Federico con Eleonor, hija de Carlos de Nápoles; mientras, Federico debe abandonar las tierras ocupadas en Calabria.

La paz de Caltabellota deja sin ocupación a un joven guerrero cuya ambición será la que logre la verdadera expansión mediterránea de la Corona catalano-aragonesa, Roger de Flor. Hijo de un halconero del emperador Federico II de Alemania y de madre italiana, Roger nace en la ciudad de Brindisi. Muy joven, a los ocho años, queda huérfano y es recogido en una nave de la todopoderosa orden del Temple. Allí, el frailesoldado templario Vassall le enseña todos los conocimientos sobre las armas y la navegación; de hecho, a los quince años ya es reconocido como un experto nave gante. Poco después es asimismo aceptado dentro de la orden y nombrado fraile-sargento. Se le concede la capitanía de una de las galeras más pode rosas del Temple, “El Halcón”. Con esta nave, participa en la evacuación de la derrotada ciudad de San Juan de Acre (actualmente Akko, en Israel), donde salva heroicamente a muchas mujeres del ataque de los turcos. Sin embargo, la derrota final conlleva que los defensores cristianos sean acusados de negligencia y tampoco se escapa de ello Roger de Flor. El gran maestre del Temple le acusa de apoderarse de las grandes riquezas de la ciudad abatida; es despojado de todos sus bienes, de sus cargos y buscado para ser encarcelado, aunque logra escapar y se dirige a Génova. Una vez allí, decide que su experiencia y su fortaleza pueden prestar servicio al rey Federico de Sicilia y, además, mientras esté al servicio de Sicilia queda a cubierto de las posibles persecuciones del Temple.

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Litresdə buraxılış tarixi:
22 oktyabr 2025
Həcm:
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ISBN:
9788415930136
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Bookwire
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