Kitabı oxu: «El arte de persistir»

Título original: L’art de persistir.
© del texto: David Bueno, 2020.
Originalmente publicado en catalán, en 2020, por Ara Llibres.
© de la traducción: Ana Isabel Sánchez Díez, 2021.
© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S. L U., 2021.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
rbalibros.com
Primera edición: octubre de 2021.
REF.: ODBO975
ISBN: 978-84-9187-909-1
EL TALLER DEL LLIBRE, S. L. • REALIZACIÓN DE LA VERSIÓN DIGITAL
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PRÓLOGO A ESTA EDICIÓN
Pensemos en esta última semana. Fijémonos en lo que queríamos hacer y comparémoslo con lo que finalmente hemos terminado haciendo. ¿Ya lo han pensado? Bien, este ejercicio es solo un precalentamiento para activar las neuronas de nuestro cerebro, especialmente las relacionadas con la memoria y con la capacidad de fijar la atención en aquello que nos interesa. Ahora viene la pregunta importante. Hagamos un repaso rápido de nuestra vida y fijémonos en algunos de los objetivos que nos marcamos durante la adolescencia o la juventud. Posiblemente hemos alcanzado algunos o muchos de ellos, mientras que otros han resultado ser muy escurridizos. Y ahora planteémonos la siguiente pregunta: ¿qué nos resulta más satisfactorio, alcanzar completamente los objetivos que nos planteamos o el hecho de ir anticipando su consecución a medida que íbamos avanzando y de habernos esforzado por conseguirlo, aunque al final a lo mejor solo los alcanzásemos parcialmente?
El azar sin duda juega un papel importante en que consigamos nuestros objetivos, y parece que poco podemos hacer a este respecto. Muy bien, demos inicialmente por buena esta afirmación; ya la matizaremos más adelante, en uno de los capítulos del libro. Expresado de forma mucho más poética, cuando pienso en el azar y en las incertidumbres que nos rodean y que de alguna manera van condicionando nuestra vida siempre me viene a la cabeza una de las estrofas de la famosa canción de Rubén Blades, «Pedro Navaja»: «La vida te da sorpresas, sorpresas te la da la vida, ay, Dios». Para quien no le conozca, Rubén Blades, conocido como «el poeta de la salsa», es un cantautor, músico, actor, abogado, político y activista panameño que ha desarrollado gran parte de su carrera artística en Nueva York. Ciertamente la vida nos da sorpresas. Pero más allá del azar que salpica nuestra existencia, la mejor manera de llevar a cabo nuestros objetivos vitales ante un futuro que nos es desconocido es analizando y buscando la manera de superar los obstáculos que se presentan a través de...
No, no voy a nombrar aquí la palabra, no ha llegado todavía el momento, pero sin duda el lector sabe cuál es. Escribo este prólogo para puntualizar cuatro aspectos que creo interesantes en esta edición que el lector tiene entre las manos. El primero es que la capacidad que tenemos para marcarnos objetivos y buscar estrategias para conseguir hacerlos realidad reside en un órgano muy curioso de nuestro cuerpo, el cerebro. El cerebro es especial por diversos motivos: por su forma de funcionar; por la manera como se construye y reconstruye durante toda nuestra vida; por el hecho de que cualquier experiencia pasada deja una huella que de algún modo puede influir en cómo afrontamos las experiencias futuras; y porque es capaz de convertir impulsos eléctricos y señales químicas en pensamientos e ideas etéreos, pero extraordinariamente complejos. De un órgano físico de naturaleza cien por cien biológica surge la mente, que engloba procesos tan sutiles y a la vez cruciales como la percepción, el pensamiento, la conciencia, la memoria, la imaginación, la creatividad, la resiliencia, la capacidad de planificar y de tomar decisiones, etcétera. Por este motivo, conocer las bases de cómo es y cómo funciona este órgano de nuestro cuerpo sin duda nos ayudará a conocernos un poco mejor a nosotros mismos. El cerebro es, pues, uno de los protagonistas de este libro.
Segundo, a pesar de su transcendental importancia, el cerebro sigue siendo un gran desconocido. ¿Qué pasa en su interior cuando nos enfrentamos a un cambio inesperado? ¿Cómo es capaz de gestionar las incertidumbres asociadas al azar, al mismo tiempo que mantiene los objetivos que nos hemos marcado? ¿O por qué a veces renunciamos a nuestros objetivos? ¿Cómo es que hay personas a quienes les cuesta aceptar los cambios y tienden a rehuirlos mientras que otras se adaptan con mucha más facilidad? ¿Y qué consecuencias tiene todo ello en la forma como nos percibimos a nosotros mismos y a nuestro entorno, y en cómo nos relacionamos con los demás? Como he dicho, para conocernos mejor a nosotros mismos debemos saber más cosas sobre el órgano que genera nuestra mente. Por ejemplo, una de sus funciones principales es anticiparse a los cambios, a las novedades y las incertidumbres que puedan representar una amenaza. Y también a los que pueden suponer una oportunidad. Sin embargo, si no lo gestionamos correctamente puede aumentar la sensación de miedo, y este estado mental nos conmina a escondernos o a huir, no a decidir. Así que ¿hasta qué punto seremos capaces de alcanzar nuestros objetivos si las inevitables incertidumbres que nos acechan nos llevan a escondernos o a huir? ¿Cómo podremos aprovechar las oportunidades si, por temor, no nos atrevemos a analizarlas? ¿De qué manera los mensajes que nos llegan de la sociedad influyen en cómo se construye nuestro cerebro y, por consiguiente, en cómo es nuestra mente? ¿Hay alguna manera de compensarlo? Conocer cómo es, cómo se construye y cómo funciona nuestro cerebro nos puede ayudar a comprender no solo cómo somos, sino muy especialmente cómo queremos ser. Y esto incluye analizar nuestro entorno y cómo se van sucediendo las novedades y los cambios. Así que otros de los protagonistas principales van a ser el entorno donde vivimos, especialmente el entorno social, y los azares que inevitablemente conllevan los cambios que se producen.
Porque posiblemente este sea el quid de la cuestión: cómo queremos ser. Este es el tercer punto que quiero especificar en el prólogo de esta edición. Para ser lo que queremos ser, para avanzar hacia nuestros objetivos vitales, necesitamos buenas dosis de empoderamiento. Pero resulta que a nuestro cerebro le resulta mucho más fácil y cómodo seguir la corriente que buscar sus propios objetivos y cavilar sobre cómo hacerlos realidad. Más aún, el cerebro no solo necesita marcarse objetivos y ver cómo conseguirlos, sino también disfrutarlos por el camino, porque no siempre los vamos a conseguir al cien por cien. Las sensaciones de placer y de recompensa que obtenemos por el camino van a ser una de las claves que nos permitirán continuar adelante sin enrocarnos. Y es aquí donde se presenta la dualidad entre resistir y persistir. Esta es la palabra que no quería mencionar todavía en los primeros párrafos: persistir. Esta es la estrella principal del libro, qué ventajas vitales conlleva el hecho de persistir, en base a los conocimientos actuales en neurociencia.
Este libro que el lector tiene entre las manos trata, precisamente, de las ventajas mentales y emocionales de ser persistentes en nuestra vida. Una persistencia que implica necesariamente flexibilidad y adaptabilidad, sensaciones de recompensa y de placer, y que conlleva un incremento de optimismo. De nuevo, como ya he dicho antes, para tomar consciencia de la importancia de todo ello creo que es útil conocer algunos aspectos del cerebro, que de forma sencilla irán saliendo a lo largo de los capítulos. Este es el tema fundamental, entender qué implica la persistencia para el cerebro y qué ventajas tiene en nuestra vida.
Finalmente, hay un cuarto punto que considero importante clarificar. Empecé a escribir el libro durante el confinamiento obligatorio al principio de la pandemia de covid-19, una época excepcional que creo que nos ha demostrado la importancia de la persistencia. A mí, personalmente, escribir este libro, tener un objetivo cada día sin saber a ciencia cierta si terminaría fructificando, me hizo mucho más llevaderas las horas. Tener la mente ocupada en un proyecto que llevaba meses acariciando fue muy recompensante. Disfruté cada minuto de escritura y cada segundo de búsqueda de información. Por este motivo, en algunos puntos de los distintos capítulos he aprovechado esta experiencia colectiva como paradigma para ejemplificar los conceptos y las reflexiones que incluye. Por supuesto que contiene otros muchos ejemplos, pero este va apareciendo con cierta periodicidad.
Ahora bien, y pienso que aquí es donde reside el punto fuerte de este trabajo, no se trata de un libro sobre la pandemia. El objetivo es mucho más íntimo y al mismo tiempo completamente extrapolable a la sociedad. Se trata de aprovechar los conocimientos actuales que tenemos sobre el cerebro para ver de qué manera las sensaciones de recompensa, el optimismo y la persistencia se relacionan dentro de este órgano, para que cada uno lo pueda aprovechar de la mejor manera posible. Crecer a través del conocimiento y la reflexión. Porque siempre hay, y siempre habrá, situaciones complejas que debemos superar, en muchos aspectos de nuestra vida. Y la manera como lo hagamos hoy influirá en cómo seremos mañana. Empoderarnos de cómo queremos ser. Este es el arte de persistir. Espero que disfruten leyendo tanto como yo disfruté escribiéndolo.
DAVID BUENO
Barcelona, julio de 2021
PRÓLOGO
Este es un libro comprometido. Su objetivo es contribuir a desarrollar una sociedad transformadora, con un mayor nivel de responsabilidad individual y colectiva por parte de sus miembros. Dicho así, puede dar la sensación de que es un tratado de política, un ensayo filosófico, un análisis sociológico o incluso una propuesta educativa. Y, sin duda, tiene derivaciones políticas, filosóficas y sociológicas, y además acaba haciendo propuestas educativas, pero el contenido central se basa en la neurociencia. En este ensayo divulgativo analizo una dicotomía que considero fundamental para la vida personal y social, sobre todo en situaciones excepcionales en las que nos sentimos atrapados en un callejón sin salida. Cuando creemos que vienen mal dadas, ¿debemos resistir o debemos persistir? Como veremos más adelante, las diferencias y las implicaciones asociadas a estas dos actitudes vitales nacen en el cerebro y, al mismo tiempo, lo condicionan, cosa que influye en la percepción que tenemos de nosotros mismos y en la relación con el resto de las personas y con el entorno.
Hacemos política, filosofamos, alcanzamos descubrimientos científicos y analizamos la sociedad porque tenemos un cerebro que presenta una serie de características muy especiales. Este cerebro se va construyendo y reconstruyendo a lo largo de la vida, alimentado por las experiencias y los aprendizajes, por los pensamientos y las percepciones y, de manera muy destacada, por cómo vivimos, aprendemos e interiorizamos todo eso. No obstante, su actividad también condiciona cómo vemos el mundo y cómo nos relacionamos con él. Por tanto, si queremos entender un poco mejor por qué somos como somos, por qué reaccionamos de un modo u otro ante las dificultades, por qué en algunas ocasiones nos encastillamos y optamos por resistir mientras que en otras preferimos seguir adelante y persistir, y por qué cimentamos sociedades como las que cimentamos, con todas sus virtudes y contradicciones, debemos comprender cómo es, cómo se construye y cómo funciona el cerebro. Debemos conocer cómo se genera nuestra vida mental. Entenderlo es el primer paso para modelarla de una manera algo más intencionada. Este libro no es, quiero dejarlo bien claro, una obra de autoayuda, sino un ensayo cuyo objetivo es contribuir, desde la ciencia y la neurociencia, a que podamos comprendernos un poco mejor. Como dice la filósofa Marina Garcés en el ensayo Nueva ilustración radical: «Las creencias son necesarias para la vida y el conocimiento. La credulidad, en cambio, es la base de la dominación, porque implica una delegación de la inteligencia y de la convicción [...]. Necesitamos herramientas conceptuales, históricas, poéticas y estéticas [y añadiríamos también científicas y neurocientíficas] que nos devuelvan la capacidad personal y colectiva de combatir los dogmas y sus efectos políticos».
Comenzaremos analizando los acontecimientos que vivimos a lo largo del año 2020, con una crisis sanitaria que nos pilló desprevenidos y que provocó otras, tanto económicas como políticas. Fue una época llena de cambios y de incertidumbres, durante la cual vivimos situaciones que desconocíamos, como el confinamiento obligado, pero la extrapolaré a los cambios y las incertidumbres que se dan de manera periódica en la vida de cualquiera. Es necesario aclarar que no se trata de un libro sobre la pandemia y sus consecuencias, sino que aprovecharemos esa coyuntura por la que todos hemos pasado para hablar de un tema mucho más global: cómo gestionamos los cambios y las incertidumbres que, de una manera u otra, se suceden en la vida. No hay vidas planas, todas son dinámicas, cambiantes e inciertas. Exploraremos, concretamente, las diferentes formas que tenemos de gestionar el cambio, ya sea por medio de respuestas dogmáticas o reflexivas, mediante estrategias de resistencia o de persistencia, y analizaremos, por medio del estudio de la construcción y el funcionamiento del cerebro, las consecuencias de gestionarlas de una manera u otra.
Con este análisis, pretendemos aportar datos que nos ayuden a reflexionar sobre nosotros mismos, sobre nuestra manera de relacionarnos con el entorno y sobre las consecuencias que todo esto puede tener en nuestra vida, tanto en el ámbito personal como en el colectivo, aunque no seamos conscientes de muchas de ellas. La divulgación científica, así como la de otros campos del saber, por ejemplo la economía o la filosofía, es una herramienta muy valiosa (diría que incluso imprescindible) para fortalecer las sociedades que aspiran al máximo nivel de democracia y de corresponsabilidad social, porque favorece un acceso adecuado al conocimiento de cualquier persona a la que le interese. Un conocimiento que puede contribuir a inducir la reflexividad y la transformación, y a propiciar la persistencia proactiva. El lector juzgará si lo hemos conseguido.
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CUATRO PUNTOS DE PARTIDA PARA INTRODUCIR LA GESTIÓN DEL CAMBIO
Vivimos en un mundo dinámico, cambiante e incierto. Dinámico porque en él intervienen muchas fuerzas que interaccionan y que son de muy diversos tipos: físicas, biológicas, históricas, políticas, económicas, sociales... Cambiante porque este dinamismo induce transformaciones que hacen que nada sea exactamente igual que en cualquier instante pasado. Incierto porque desconocemos qué dirección tomarán dichas transformaciones, ya que, aunque muchas sigan una progresión determinada, a menudo se producen también sucesos inesperados que alteran de forma repentina el curso de los acontecimientos. Por ejemplo, el meteorito de quince kilómetros de diámetro que cayó en lo que ahora es la península del Yucatán, en México, hace sesenta y cinco millones de años, que puso punto final a la hegemonía de los dinosaurios y dio comienzo a la era de los mamíferos, unos organismos que pudieron adaptarse mejor a las nuevas características climáticas. Todos los días caen meteoritos en la Tierra (se calcula que unos quinientos), pero la mayoría son tan pequeños que se desintegran cuando entran en la atmósfera. De vez en cuando, cae alguno un poco más grande que causa un impacto fuerte, y, pese a que los verdaderamente peligrosos son muy poco frecuentes, existen. Por tanto, que a lo largo de la historia se hayan producido unas cuantas colisiones es un hecho previsible, pero que uno tan grande cayera justo en el período en el que los primeros mamíferos luchaban por hacerse un hueco en los ecosistemas fue cosa del azar. En este primer capítulo expondremos el objetivo del libro y justificaremos la manera de abordarlo, desde una perspectiva neurocientífica, con todos los condicionantes que eso implica.
YODA
Una de las muchas frases míticas que nos ha legado el poderoso y entrañable maestro Yoda, el jedi más carismático de La guerra de las galaxias, resume en pocas palabras el punto de inicio de este libro: «Difícil de ver. Siempre en movimiento el futuro está». Nada permanece inmutable, todo cambia y no sabemos hacia dónde. Podemos intentar inferir qué cambios se producirán y qué dirección tomarán, pero la fiabilidad de las predicciones disminuye cuanto más alejados en el tiempo nos encontremos. Solo nos funcionarán a corto plazo, y siempre con un grado de incertidumbre importante. Si vemos que se acercan nubes de tormenta por el horizonte, lo más probable es que acabe lloviendo allá donde estemos, pero cuanto más lejos se encuentren, menos fiable será nuestra predicción. Hace tres mil quinientos millones de años, en el origen de la vida, es posible que ninguna de las bacterias primigenias imaginase que, miles de millones de años más tarde, la evolución azarosa, que también implica dinamismo, cambio e incertidumbre, haría que de sus descendientes surgieran animales complejos como nosotros. Tampoco los primeros mamíferos, del tamaño de un ratón y, en general, nocturnos para pasar desapercibidos entre los grandes dinosaurios, debían de imaginarse que algún día uno de sus herederos colonizaría todo el planeta y sería capaz de hacerse preguntas sobre su existencia, de analizarla desde el punto de vista científico y filosófico, de modificar el entorno por medio de la tecnología, de generar estructuras sociales y culturales enormemente complejas y de crear obras de arte y composiciones musicales magníficas. Los conceptos de dinamismo, cambio e incertidumbre han llenado muchas páginas en tratados de filosofía, de política, de economía y de sociología, y también son habituales en conversaciones de sobremesa. Así lo reflejan varias de las preguntas clásicas que todo el mundo se ha hecho en algún momento u otro, en especial durante la adolescencia, dado que es un período vital muy dinámico en el que los cambios profundos que se producen, que nos llevan de la infancia a la edad adulta, generan muchos momentos de incertidumbre, que a veces se viven con miedo y a veces con curiosidad: ¿dónde estamos? ¿Quiénes somos? ¿Qué futuro nos espera? ¿Qué será de nosotros?
Pero no hace falta que retrocedamos tanto en el tiempo ni tampoco que hablemos de otros seres vivos que sabemos a ciencia cierta que no tenían la capacidad de imaginar. Hemos utilizado esos ejemplos, el de las bacterias primigenias y el de los mamíferos originarios, como reclamo para llamar la atención. Los conflictos cognitivos, como el que puede surgir cuando asociamos las bacterias con la capacidad de imaginar a pesar de que todo el mundo sabe que no poseen dicha competencia, o por el simple hecho de explicar anécdotas, como que los primeros mamíferos eran nocturnos para pasar desapercibidos, hacen que se active una zona del cerebro denominada tálamo. El tálamo es el centro de la atención, y no solo eso, sino que además determina el umbral de la conciencia. Como veremos, la conciencia será uno de los ingredientes de este libro. Pero no adelantemos acontecimientos.
Dejemos la prehistoria y desplacémonos a tiempos mucho más recientes, por ejemplo, a la Navidad de 2019. Seguro que muy pocas personas podían imaginarse, mientras comíamos turrón rodeados de familiares y amigos, charlábamos y nos divertíamos, que a mediados de marzo comenzaríamos un período de confinamiento obligado de más de dos meses de duración y de varias semanas más de desconfinamiento gradual, siempre con la espada de Damocles de un rebrote. La covid-19 alteró nuestra vida a un nivel muy profundo, de modos que es posible que ni siquiera imaginemos todavía. Como veremos, la imaginación es una facultad cognitiva muy interesante de cara a la gestión del cambio. Pero a veces también puede jugarnos malas pasadas, según como la utilicemos, sobre todo cuando nos arrastra hacia temores innecesarios. Al comenzar el desconfinamiento gradual, por ejemplo, se constató que un porcentaje de la población había desarrollado el denominado «síndrome de la cabaña» (que, por cierto, no es un síndrome en el sentido médico de la palabra, aunque se le haya puesto ese nombre): consiste en un estado anímico, mental y emocional que puede surgir tras una reclusión forzosa y que genera miedo irracional, e incluso pánico y fobia, a volver a la situación anterior al confinamiento, y eso incluye aprensión a salir a la calle o a retomar las relaciones sociales, entre otras cosas. Puede afectar tanto a los adultos como a los niños, y se origina a partir de una sensación de temor excesivo ante los cambios y, de manera muy especial, ante las incertidumbres que conllevan. El miedo, como veremos, se encuentra en la base de muchas de nuestras actitudes e implica alteraciones, de las que muchas veces no somos conscientes, en la manera de percibir el mundo y de relacionarnos con él. Sin embargo, los cambios y las incertidumbres son una parte inextricable de nuestra vida.
EL DÚO DINÁMICO
Durante el confinamiento tuvieron lugar muchas iniciativas ciudadanas que nos ayudaron a mantener un cierto contacto social, aunque fuese en la distancia (o en la proximidad) de los balcones, y también se utilizaron entornos digitales, como por ejemplo recuperar canciones famosas antiguas y cantarlas juntos. Una de las que más se oyó durante las primeras semanas de confinamiento fue la célebre «Resistiré», compuesta y cantada originalmente por los músicos catalanes Manuel de la Calva y Manuel Arcusa, más conocidos por el nombre artístico de Dúo Dinámico. Las redes sociales se llenaron de gran cantidad de versiones caseras de esa canción. Una asociación gallega dedicada a la educación emocional con la que este autor ha colaborado en varias ocasiones le propuso participar en una de esas iniciativas. Le pidieron que cantara un par de versos desde su casa, pero rechazó la invitación. El motivo que les dio, del todo sincero, es que no le gusta la palabra resistir. En un mundo dinámico, cambiante e incierto, ¿es resistir lo mejor que podemos hacer? ¿O hay alternativas que pueden resultarnos más satisfactorias y provechosas? Cuando una situación, cualquiera, altera de una manera profunda nuestra dinámica diaria, ya sea a nivel colectivo, como ocurrió en este caso, ya sea a nivel individual, como sucede mucho más a menudo, ¿debemos pedirnos los unos a los otros que resistamos? ¿Es la única opción que tenemos? ¿Qué mecanismos neuronales se ponen en marcha cuando resistimos y qué consecuencias tienen?
Este es uno de los elementos centrales sobre los que queremos reflexionar en este libro, y lo haremos desde la perspectiva de la neurociencia. Más en concreto, lo abordaremos desde el punto de vista de la neuroeducación, que hace ya una docena de años que se convirtió en el campo de trabajo del autor. Su viaje por el mundo de la ciencia comenzó investigando aspectos concretos de la genética y la neurociencia de los platelmintos, un tipo de gusanos, pero varios cambios y acontecimientos fortuitos, sumados a sus intereses personales planificados con un poco más de esmero, lo han traído hasta aquí. La neuroeducación es una disciplina académica nueva que tiene como objetivo aplicar, ampliar y difundir los conocimientos sobre el cerebro en el terreno de las estrategias educativas y los procesos de aprendizaje: cómo se forma el cerebro, cómo funciona, cómo va cambiando a lo largo del tiempo, cómo le afectan los sucesos externos y nuestro propio pensamiento, cómo almacenamos todo lo que aprendemos y las experiencias que vivimos, cómo lo utiliza después el cerebro, y cómo la adquisición de conocimientos condiciona su funcionamiento futuro e, indirectamente, la percepción que tenemos de nosotros mismos y del entorno, incluida nuestra forma de gestionar las incertidumbres. El cerebro es el órgano del pensamiento y, desde la perspectiva del comportamiento, una de sus funciones principales es la de anticipar futuros dinámicos y cambiantes y gestionar las incertidumbres que llevan asociados. Tal como planteábamos más arriba, ¿es resistir la única o, si acaso, la mejor opción que tenemos para afrontar los cambios?
ALEXANDER FLEMING
Antes de continuar, queremos poneros otro ejemplo, el de un científico que revolucionó el mundo de la medicina, el biólogo, bacteriólogo y profesor universitario escocés Alexander Fleming. La historia del descubrimiento que lo hizo famoso, y gracias al que fue galardonado con el Premio Nobel de Medicina y Fisiología en 1945, nos permitirá introducir el contrapeso a la palabra resistir. Dicen que Fleming era una persona muy desordenada. Hemos estado en muchos laboratorios de investigación y hay que reconocer que la mayoría tienen un aspecto relativamente caótico, también el de este autor. Parece que un cierto desorden resulta estimulante desde el punto de vista intelectual. O, dicho con otras palabras, un orden intelectual excesivo limita la creatividad. Más adelante, en el capítulo 4, veremos el porqué, y también qué consecuencias tiene este hecho para la tesis del libro. A causa del relativo desorden que imperaba en el laboratorio de Fleming, en septiembre de 1928 se le contaminó un cultivo de bacterias de la especie Staphylococcus aureus sobre el que estaba trabajando. Seguro que no era la primera vez que le ocurría, ni debió de ser la última. Este autor ha trabajado unos cuantos años con cultivos celulares, mientras hacía la tesis doctoral, y sabe por experiencia que ver un flóculo filamentoso flotando en un frasco de cultivo es una señal inequívoca de que un hongo se ha colado dentro y lo ha contaminado. La única manera de eliminarlo es destruir con lejía todo lo que contiene el frasco, y eso incluye las células cultivadas para los experimentos, y empezar otra vez, con la paciencia que dicen que caracteriza a los científicos (pese a que hemos conocido a unos cuantos que no tienen mucha).
Sin embargo, aquel día Fleming en lugar de disgustarse (o además de disgustarse) y eliminar de raíz el cultivo contaminado, decidió conservarlo y observarlo con atención. Sintió curiosidad por la relación que establecía aquel hongo con las bacterias del cultivo, y en vez de destruirlo lo analizó. Una de las muchas citas del escritor y divulgador científico Isaac Asimov dice que «la frase más emocionante que puede oírse en ciencia, cuando se anuncia un nuevo descubrimiento, no es “¡Eureka! ¡Lo he encontrado!”, sino “es curioso”». En realidad Asimov escribió «es extraño» y no «es curioso», pero creemos que lo dijo en este sentido, el de la curiosidad que nos despiertan las cosas que nos sorprenden por su extrañeza. Así fue como Fleming se dio cuenta de que, en torno a aquel hongo, llamado Penicillium notatum, las bacterias morían, y estableció la hipótesis de que debía de producir alguna sustancia bactericida. Sin buscarlo a propósito, sin proponérselo a priori, había descubierto la penicilina, el primero de una lista de antibióticos que han salvado millones de vidas en todo el mundo. No era su objetivo, pero ante aquella situación inesperada reaccionó con curiosidad. Así fue como esa curiosidad, que a nivel cerebral se relaciona con la creatividad, el optimismo y la motivación, permitió un avance científico y médico impresionante. Una curiosidad que, además, venía impulsada por un carácter persistente.
Este es el nudo central del libro, el esqueleto que lo vertebra. Fleming no resistió el infortunio del hongo que había contaminado su cultivo bacteriológico (o no solo lo resistió), sino que, sobre todo, persistió, movido por la curiosidad a partir de una situación que previamente era imprevisible y que le alteró los planes. La tesis de este libro sostiene que, para dejar atrás y solucionar los problemas de manera proactiva y en la dirección deseada, resistir no es la mejor estrategia. La opción más ventajosa es persistir. Como esperamos demostrar, la persistencia supera con creces a la resistencia en lo que a la gestión de los cambios y las incertidumbres se refiere, si queremos hacerlo de manera proactiva y transformadora, dadas las características cognitivas que potencia y la traslación social que implica. Como ya se ha adelantado en el prólogo, no nos centraremos solo en el caso de la pandemia de 2020, sino que nuestra intención es ampliar el marco. El confinamiento obligado colectivo supuso una alteración profunda que nos afectó a todos, pero en todas las vidas se producen muchas otras situaciones inesperadas que también nos alteran la existencia de manera individual.
Hay muchos argumentos posibles a favor de las ventajas de persistir en lugar de resistir, como por ejemplo los que provienen de la filosofía, la economía, la política y la sociología, pero lo abordaremos desde el punto de vista de la neurociencia, que nos aportará una visión complementaria. Esto no quiere decir que queramos desacreditar por completo el hecho de resistir, un comportamiento que en algunas situaciones también puede ser útil, al menos mientras planificamos de manera reflexiva la estrategia de persistencia. Los límites entre estas dos actitudes vitales no son tan nítidos como puede sugerir el hecho de que las mostremos como contrapuestas y, además, es frecuente que nuestros sesgos mentales nos lleven a pensar que estamos persistiendo cuando en realidad estamos resistiendo, o viceversa. En la ciencia, como en cualquier otro aspecto de la vida, las cosas no son blancas o negras, sino que presentan un abanico infinito de grises. Aquí pretendemos enfatizar, mediante el estudio de los procesos cerebrales asociados, la enorme importancia individual y social de persistir.
Resistir quiere decir, según el diccionario, ‘aguantar, soportar sin ceder, conformarse y tolerar las adversidades’. Proviene de la palabra latina resistere, que está formada por el prefijo re-, ‘hacia atrás’, y por sistere, ‘tomar posición’. Persistir, en cambio, significa ‘mantenerse firme en una cosa’, y viene del latín persistere, de per-, ‘a través’, y de nuevo sistere, ‘tomar posición’. La diferencia está clara: persistir nos empuja a seguir adelante, a tomar posición a través de alguna acción, y eso implica gestionar futuros inciertos de manera proactiva. Resistir, en cambio, nos mantiene anclados donde estamos o nos hace retroceder, nos hace tomar posición hacia atrás. De hecho, en un mundo dinámico y cambiante mantenerse anclado ya implica directamente ir hacia atrás. ¿Conocéis la historia de la Reina de Corazones? Es uno de los personajes de Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll. En el país de esta reina todos los habitantes tienen que correr sin parar porque el suelo se mueve tan rápido que si se paran se quedan atrás. En biología, esta idea se convierte en una metáfora muy potente. En un sistema natural, en cualquier ecosistema, todos los organismos tienen que ir adaptándose y readaptándose los unos a los otros y al entorno de forma dinámica y constante solo para mantener el lugar que ocupan dentro del sistema, porque todos están sometidos a procesos de evolución y cambio.
En el ámbito cerebral, las diferencias entre resistir y persistir son importantes, como veremos, y condicionan muchos aspectos vitales y sociales. No debemos olvidar que somos una especie social y que cualquier comportamiento individual repercute en la sociedad, de la misma manera que cualquier cambio social repercute en nuestros comportamientos individuales. Como argumentaremos, resistir contribuye a configurar cerebros que nos llevan hacia personas, y en consecuencia también hacia sociedades, más conformistas y menos transformadoras, más propensas a aceptar, e incluso a reclamar y promover visiones más autoritarias de sí mismas. Persistir, por el contrario, favorece los caracteres más transformadores y con más capacidad de análisis crítico, reflexivo y de autogestión personal, y por tanto con algo menos de propensión a los dogmatismos autoritarios.
Se trata de un terreno pantanoso, pero, a pesar de que es un tema que se inserta de pleno en la filosofía, la sociología y la política, creemos que también debe discutirse desde la neurociencia para aportar una visión complementaria. Es una cuestión que tiene una importancia fundamental en una sociedad que aspira, o que debería aspirar, a la máxima corresponsabilidad democrática, la cual depende de la autogestión y reflexividad individual.
RAIMON
Los datos que emplearemos en este ensayo provienen de la investigación en neurociencia y neuroeducación, pero, como ya hemos dicho, tienen consecuencias sociológicas, filosóficas y políticas. Todas estas dimensiones humanas nacen de la actividad del cerebro, que es el órgano donde se generan y se gestionan todos nuestros comportamientos. Además, el cerebro está en construcción y reconstrucción permanente, y se ve influido de manera constante tanto por el entorno como por las decisiones propias e, incluso, por sus mismos pensamientos. Por eso, en el sentido cerebral, resistir no implica las mismas actividades que persistir, y ambas acciones tienen consecuencias personales que pueden reflejarse en la organización social. También por este motivo hay que abordar estos temas desde una perspectiva neurocientífica y educativa, y no solo desde la sociología, la política, la economía o la filosofía, aunque eso también debe hacerse, claro está.
Ahora bien, antes de seguir adelante debemos tener claro cuál es la función de la ciencia en general y de la neurociencia en particular. La ciencia es el método sistemático y sistematizado de adquirir conocimiento que permite y potencia el intercambio reflexivo, razonado y racional de resultados y conclusiones o, dicho de otro modo, es una actividad humana que nos permite explicar la naturaleza del mundo en que vivimos. Se sustenta en la observación y la experimentación, y sigue unas normas muy estrictas que tienen la finalidad de eliminar los aspectos subjetivos inherentes a la actividad humana. Los resultados que se obtienen por medio de la aplicación del método científico son, por tanto, objetivos. Eso no implica que no puedan discutirse, sino todo lo contrario. Deben discutirse, pero siempre desde la objetividad, desprovistos de ideas preconcebidas que no se basen en el método científico.
Por ejemplo, la ciencia no puede abordar la cuestión de si las alas de los ángeles tienen plumas o no, porque no se ha demostrado que los ángeles tengan alas, ni siquiera que los ángeles existan. Creer o no creer en la existencia de ángeles alados es un preconcepto dogmático que no se sustenta en el método científico. Podría decirse lo mismo, por ejemplo, de las presuposiciones racistas, según las cuales habría razas humanas más evolucionadas. Todas las investigaciones científicas que se han llevado a cabo en el campo genético y neurocientífico, del todo objetivas, indican claramente que en la especie humana no se puede hablar de razas y que las diferencias entre etnias no son significativas en ningún caso. En el ámbito genético o neuronal podemos tener más diferencias con nuestro vecino de toda la vida que con una persona que haya nacido en la otra punta del planeta. Las distinciones que percibimos son sobre todo culturales y, por tanto, se deben al aprendizaje. Eso, por desgracia, no evita ciertos preconceptos extendidos en muchas sociedades que bordean el racismo y que, en situaciones de crisis, cuando la incertidumbre se gestiona desde el miedo, hasta lo promueven. Son preconceptos subjetivos y, por tanto, alejados del método científico.
No obstante, cualquier dato o resultado obtenido a través del método científico, pese a ser cien por cien objetivo, puede utilizarse de maneras muy distintas dependiendo de la finalidad deseada, ya que esa finalidad es subjetiva: depende de nuestros intereses, de la situación en que nos encontremos, etcétera. El conocimiento de la estructura atómica de la materia, por ejemplo, nos permite adentrarnos en las particularidades del mundo físico, pero la utilización de ese conocimiento puede llevarnos a generar nuevas fuentes de energía, como la energía nuclear de fusión (que es la que se produce en el interior de las estrellas) o nuevos materiales mucho más sostenibles y ecológicos; pero también puede usarse para fabricar armas de destrucción masiva. De hecho, ese fue el primer uso al que se destinó. Lo que queremos decir con esto no es que de los estudios neurocientíficos sobre el cerebro podamos deducir que, ante cualquier obstáculo, cambio o incertidumbre de la vida, persistir sea más beneficioso que resistir. Lo que sí podemos afirmar es que, si queremos contribuir a potenciar una sociedad más transformadora y con más capacidad de gestionar de manera reflexiva las incertidumbres inevitables asociadas al cambio, desde la mayor corresponsabilidad democrática posible (y estas propuestas son sin duda subjetivas), las acciones que deben emprenderse tienen que priorizar la persistencia por encima de la resistencia. Os proponemos un último ejemplo para aclarar este punto.
En 2017, al autor le pidieron que participara como conferenciante en la «7a Escola d’Estiu de l’Institut de Seguretat Pública de Catalunya», un encuentro de los cuerpos y las fuerzas de seguridad, para que hablara, en calidad de especialista, de por qué los adolescentes tienen más tendencia a enfrentarse con la policía. La conferencia debió de gustar, porque desde entonces impartimos una similar, pero más genérica, en un curso sobre gestión de grandes emergencias que se celebra anualmente en la misma institución. En el caso de los adolescentes, les explicaba que la reconfiguración neuronal típica e inevitable de tal edad implica un incremento enorme de la sensibilidad y la reactividad emocionales y, al mismo tiempo, una cierta disminución en la eficiencia del funcionamiento de las redes neuronales que permiten racionalizar y gestionar las emociones. Eso permite entender buena parte de los comportamientos que muestran los adolescentes: favorece que reaccionen de manera sobredimensionada ante situaciones externas y ante las emociones que perciben en las demás personas, y al mismo tiempo les cuesta racionalizarlos y reconducirlos.
En este contexto, la principal fuente de información sobre el estado emocional de los demás es la mirada. A través de la mirada de una persona sabemos si está contenta, triste, enfadada, airada o atemorizada, entre otras posibilidades. Y de manera automática ajustamos nuestro comportamiento para hacer frente a ese estado emocional o compensarlo. También influye, claro está, la actitud general de la persona, que va acompasada con la mirada y que puede transmitir agresividad, miedo, prudencia o, incluso, apoyo. Así es como se lo explicamos a los asistentes de ese curso, muchos de los cuales son miembros de los cuerpos de seguridad. Con imágenes ilustrativas, les hacemos ver que la forma en que ellos miran en un principio a los adolescentes, y la actitud general que adoptan cuando tienen que pedirles cualquier cosa, contribuyen a definir su respuesta posterior. Si los miran con rechazo, rabia y odio, algunos huirán impulsados por el miedo, que es una de las emociones básicas; otros, en cambio, según el carácter que tengan, las experiencias previas que hayan tenido, sus convicciones y las actitudes de sus compañeros, se mostrarán agresivos como un simple mecanismo de autodefensa emocional. Y además les costará mucho darse cuenta de lo que están haciendo, porque las redes neuronales de regulación emocional les funcionan de manera poco eficiente.
Por supuesto, los agentes también reaccionan de manera preconsciente a las miradas y a la actitud general del resto de las personas y de sus compañeros. No es lo mismo, por ejemplo, salir del vehículo y ver que los compañeros que ya lo han hecho tienen comportamientos prudentes, que ver que se muestran hostiles; tampoco es igual que las personas que hay alrededor los miren con rechazo a que los miren como si fueran de los suyos, cosa que hace que las conductas, sean las que sean, se vayan retroalimentando. Pero en su caso se les supone una formación adecuada para estas ocasiones que incluye, o debería incluir, una dosis importantísima de gestión emocional. Estos son los datos científicos y objetivos que se explican en las sesiones. Ahora bien, cómo se empleen dependerá de la estrategia policial y de las consignas políticas que reciban. Y eso es subjetivo. De la misma forma que se puede contribuir a rebajar los estados de tensión mostrando prudencia y contención, también se pueden acentuar y exacerbar transmitiendo agresividad e ira. Últimamente hemos tenido ejemplos de ambas situaciones que nos han dejado testimonios gráficos muy impactantes, en uno y otro sentido. Repito, los datos científicos son los mismos, pero pueden utilizarse de maneras muy distintas dependiendo de la subjetividad de cada uno. Eso también lo veremos en este libro.
Como cantaba el cantautor valenciano Raimon:
Parlàvem de tot
i del bé i del mal.
Amb poques coses clares:
la incertesa del futur
l’avidesa d’uns infants.
«Molt lluny», 1972
Hablábamos de todo
y del bien y del mal.
Con pocas cosas claras:
la incertidumbre del futuro
la avidez de unos niños.
En este sentido, la tesis que expondremos sostiene que ante las incertidumbres del futuro, en un mundo dinámico y cambiante, si se quiere contribuir a potenciar una sociedad formada por personas capaces de transformarse desde dentro, por sí solas, y con la voluntad de afrontar el reto de la corresponsabilidad democrática, hay que hacerlo desde la persistencia, no desde la resistencia. Y eso condiciona nuestra manera de ver el mundo.
2
EL CEREBRO ANTICIPA EL FUTURO
Las personas podemos reaccionar de muchas formas ante las situaciones que implican una alteración repentina e inesperada de nuestra vida o del entorno en el que nos desarrollamos. En pocas palabras, hay personas que prefieren resistir, aunque corran el riesgo de quedarse atrás si el entorno continúa cambiando, mientras que otras optan por continuar avanzando, es decir, deciden persistir. En el capítulo anterior hemos distinguido entre estos dos conceptos, resistir y persistir, partiendo de su etimología, y eso nos ha servido para presentar la tesis que exponemos en este libro: la importancia de persistir como forma proactiva de gestionar las incertidumbres que nos rodean. En este capítulo, hablaremos de por qué tenemos la necesidad imperiosa de anticiparnos al futuro. También debatiremos hasta qué punto es predecible el futuro y veremos que no todo el mundo reacciona de la misma manera ante las novedades asociadas a los cambios. Algunas personas lo hacen movidas sobre todo por el miedo, mientras que otras muestran una elevada proporción de curiosidad. Examinaremos cómo predice el futuro el cerebro y los distintos factores que condicionan nuestra respuesta a los cambios.
EL ESTUDIO DEL CEREBRO
El cerebro es el órgano más desconocido del cuerpo. Esto se explica debido a varios motivos, y entre ellos hay dos que son particularmente relevantes. Por un lado, es un órgano lleno de conexiones entre neuronas, y son tantas, tan diversas y tan finas que no pueden distinguirse a simple vista. Para verlas se requieren técnicas histológicas especiales, y eso implica trabajar con cerebros diseccionados. Algunas de estas técnicas vienen de antiguo, de los trabajos pioneros llevados a cabo por Santiago Ramón y Cajal y Camillo Golgi en el siglo XIX y, aunque se han incorporado muchas técnicas nuevas, más sensibles y específicas, el principio básico, que es el de detectar las neuronas allá donde se encuentran, es similar a nivel conceptual. Eso nos permite averiguar la estructura morfológica y anatómica del cerebro, pero no ver los aspectos funcionales. El segundo motivo es que se halla muy bien protegido dentro de un cráneo óseo y, durante mucho tiempo, la única manera que hemos tenido de llegar hasta él y observarlo en funcionamiento ha sido abrir la cabeza.
Pero eso era antes. A lo largo de los últimos treinta años, la investigación en neurociencia aplicada al estudio del cerebro humano ha dado un salto cualitativo y cuantitativo importantísimo, y eso se está traduciendo en un alud de datos y conocimientos nuevos de lo más fascinante. Por un lado, el desarrollo de técnicas no invasivas que permiten analizar la actividad cerebral en vivo y en directo ha permitido que nos adentremos en el funcionamiento de este órgano durante cualquier situación cotidiana. Hasta hace treinta años, podría decirse que la única manera de obtener registros más o menos precisos de la actividad cerebral era haciéndolo de manera invasiva: había que poner electrodos directamente sobre el cerebro para capturar los destellos de actividad eléctrica, y eso dificultaba los experimentos. Esos destellos provienen del funcionamiento de las neuronas, que utilizan un sistema mixto eléctrico y molecular para comunicarse entre ellas. Dentro de una misma neurona, el impulso nervioso viaja de un extremo al otro mediante una pequeña corriente eléctrica de unos setenta milivoltios que dura menos de una milésima de segundo. Para pasar de una neurona a la siguiente, el impulso nervioso suele servirse de un neurotransmisor, una molécula química que transporta la información y que hace que se active un nuevo impulso eléctrico en la neurona siguiente, y así una y otra vez.
Como antes era necesario poner los electrodos sobre el cerebro, esta técnica solo se empleaba en personas a las que se estaba sometiendo a una cirugía intracraneal, por lo general para extirparles un tumor. En un momento dado de la intervención, y siempre con el consentimiento previo de los afectados, se les despertaba, se les conectaban los electrodos y se les pedía que realizaran varias actividades simples, como mover la mano o pronunciar unas cuantas palabras. Eso permitía identificar las redes neuronales a través de su funcionalidad eléctrica, pero los resultados no siempre eran extrapolables a personas sanas ni a cualquier otra actividad. Por cierto, esto que os explicamos no debe provocaros ningún tipo de angustia: el cerebro no tiene terminaciones del tacto ni del dolor, así que aquellas personas no notaban nada en absoluto mientras les hacían las pruebas.
Con el desarrollo de las técnicas de neuroimagen no invasivas, como la resonancia eléctrica o magnética funcional o la tomografía por emisión de positrones o de captura de voltaje, entre otras, puede monitorizarse la actividad cerebral de una persona mientras lleva a cabo cualquier actividad cotidiana: hacer deporte, dormir, meditar o tomar decisiones; cuando está estresada y ansiosa o cuando se siente feliz; mientras hace una actividad por motivación o por simple obligación; cuando siente miedo, ira o está alegre... Los primeros ensayos tuvieron lugar en 1992, y desde entonces se ha avanzado mucho. Como es lógico, esto ha permitido que se produzca un salto cualitativo brutal en el conocimiento del cerebro, lo cual ha propiciado, a su vez, un salto cuantitativo que se ha traducido en el número de artículos publicados en los que se analizan aspectos funcionales del cerebro humano. Para que nos hagamos una idea, desde el año 2000 hasta este momento, el número anual de publicaciones científicas sobre la utilización de técnicas no invasivas de neuroimagen se ha multiplicado casi por cuatro. Todo esto ha permitido incorporar la neurociencia a muchos otros campos del conocimiento que tienen que ver con aspectos concretos del funcionamiento del cerebro, como la neuroeconomía, la neuropolítica, la neurofilosofía, el neuroarte, la neuroeducación y, también, el neuroliderazgo, entre otros muchos. Queremos presentaros un caso concreto muy ilustrativo, extraído del campo del neuroliderazgo, que nos permitirá establecer los primeros conceptos clave para la temática de este libro, el arte de persistir.
CÓMO VEMOS EL FUTURO
Hay personas que se autodenominan adivinas o videntes y que aseguran que pueden ver el futuro. Nadie puede ver su futuro ni el de ninguna otra persona, pero todos tenemos la capacidad de imaginar cómo esperamos y cómo queremos que sea (dos aspectos que no tienen por qué ser coincidentes), y de analizar de qué manera pueden influir en él las acciones que emprendemos ahora o las que llevamos a cabo en el pasado. No podemos adivinarlo, pero sí podemos inferir, a partir de cómo se desarrolla el presente y de las acciones que pensamos realizar, cómo podría ser y cómo querríamos que fuera. Para el cerebro, imaginar el futuro es como recordar el pasado de manera creativa. Es decir, para imaginar el futuro utilizamos los datos del presente y nuestras experiencias pasadas, los recombinamos de manera creativa y hacemos inferencias, así que a veces acertamos.
En el ámbito cerebral es evidente. Con las técnicas mencionadas en el apartado anterior, cuando se le pide a alguien que se imagine un acontecimiento futuro, se conectan varias redes: las redes neuronales implicadas en los recuerdos, que se gestionan desde una parte del cerebro que se llama hipocampo; las redes relacionadas con la memoria de trabajo, que se encuentran en la denominada corteza prefrontal y que permiten valorar el presente más inmediato; las redes implicadas en el raciocinio, para inferir las distintas posibilidades, que también se encuentran en la corteza prefrontal del cerebro; las redes involucradas en el pensamiento creativo que, sorpresa, también se hallan en la corteza prefrontal (más adelante veremos qué tiene de especial esta zona del cerebro); las redes emocionales, y, por último, las redes que generan sensaciones de recompensa, que se encuentran en una zona profunda del cerebro, muy primitiva desde la perspectiva de la evolución, conocida en conjunto como sistema límbico. Las emociones se generan en unas agrupaciones de neuronas que se llaman amígdala, y las sensaciones de recompensa, en una zona que se llama cuerpo estriado. Sin embargo, cualquier inferencia sobre el futuro es una proyección que parte de la incertidumbre. Fijémonos en los puntos clave de esta breve explicación: cuando gestionamos las incertidumbres del futuro intervienen nuestros recuerdos, y eso enfatiza la importancia de las experiencias vitales que ha tenido cada persona, la situación presente y la capacidad que tengamos de racionalizarla, el estado emocional asociado a las experiencias pasadas y al momento presente, y la posibilidad de obtener sensaciones de recompensa. De hecho, se ha comprobado que el cerebro está evaluando de manera constante las posibles recompensas que obtendrá de cada una de las acciones que llevamos a cabo, pero la inmensa mayoría de las veces lo hace de forma preconsciente, sin que nos demos cuenta, comparando el momento actual y la inferencia de futuro con las recompensas que le han proporcionado otras experiencias pasadas similares.
Ahora bien, pese a que en general a todo el mundo se le activan estas mismas áreas cerebrales, no todo el mundo ve el futuro del mismo modo. Simplificando, podríamos decir que hay personas que tienden a verlo de manera más esperanzadora que otras. Estas diferencias se han estudiado desde diversas perspectivas y disciplinas, como por ejemplo desde el neuroliderazgo. El neuroliderazgo utiliza datos y estudios neurocientíficos para investigar y profundizar en aspectos del liderazgo personal, social, empresarial y político, no tanto en lo que se refiere a las características psicológicas que caracterizan a los líderes apreciados por su entorno, como respecto a cuáles son los correlatos neuronales que permiten explicarlo. La primera persona que utilizó la palabra neuroliderazgo fue el consultor y formador en temas empresariales David Rock en una publicación de 2006. Un par de años después, en 2008, en plena efervescencia de este campo del conocimiento, cuatro investigadores del Center for Responsible Leadership (Centro para el Liderazgo Responsable) de una prestigiosa escuela de negocios alemana (la Otto Beisheim School of Management) publicaron un artículo en el que, sirviéndose de técnicas de neuroimagen cerebral combinadas con test psicológicos que permiten detectar determinados rasgos de la personalidad, identificaron cuáles son las características biológicas cerebrales que favorecen ser un líder transformador, capaz de reconvertir o, como mínimo, de intentar reconvertir, las dificultades en oportunidades. Aunque lo probaron con líderes empresariales, no olvidemos que cada uno de nosotros tendría que liderar su vida (esto último es subjetivo, claro, es nuestra visión personal).
Pidieron a decenas de hombres y mujeres de entre cuarenta y sesenta años que ejercían cargos de liderazgo que contestaran una encuesta denominada de capital psicológico. Este test permite diferenciar el llamado comportamiento organizativo positivo de otros tipos de comportamientos organizativos. El comportamiento organizativo positivo se caracteriza, entre otros factores, por estar abierto al desarrollo y ejercer un impacto favorable en el rendimiento de los lugares de trabajo, tanto en el ámbito económico como en el de la satisfacción personal. En cuanto a los rasgos de personalidad, los líderes que obtienen una puntuación alta en este test se caracterizan por hacer atribuciones positivas sobre el presente y el futuro, es decir, por ser optimistas, por perseverar en los objetivos que se han trazado, por mostrar confianza cuando deben enfrentarse a tareas difíciles, por hacer los esfuerzos necesarios para superarlas y por ser resilientes ante la adversidad. Fijémonos en que en esta descripción aparecen cuatro conceptos que también serán fundamentales en el desarrollo de este ensayo: el optimismo, la perseverancia, la confianza y la resiliencia. Por eso hemos querido comenzar con este caso.
Continuamos con el experimento. Una vez completado el test, los conectaron a un aparato de neuroimagen que registra la actividad cerebral gracias a las pequeñas corrientes eléctricas que se generan en las redes neuronales cuando están activas. Consiste en unos electrodos que se fijan a la piel del cráneo y generan mapas dinámicos en tiempo real de la actividad cerebral en cualquier situación, acción o pensamiento. Estos mapas permiten comparar las zonas que se activan y el nivel de activación en diferentes personas, y eso puede correlacionarse con los resultados del test de capital psicológico para ver si hay concordancias. Es decir, en conjunto, permite deducir si las personas con una puntuación elevada en lo que se refiere al comportamiento organizativo positivo presentan alguna diferencia de funcionamiento cerebral con respecto a las que obtienen una puntuación baja.
Pidieron a los voluntarios que se imaginaran cómo sería su negocio en el futuro, pero esta pregunta podría reformularse para aplicarla al futuro que cualquier persona pueda imaginarse para sí misma o para su entorno próximo. La relevancia de pedirles que se imaginaran algo así se debía a que pensar en el propio futuro tiene un componente emocional mucho más crucial que imaginar cualquier otro futuro. Para facilitar que todos siguieran los mismos procesos de razonamiento, algo necesario para poder comparar después los resultados, fueron guiándolos con una serie de preguntas: cómo irían creciendo sus respectivos negocios, cuáles serían los valores básicos que los impregnarían y cómo serían sus empleados y clientes, entre otras cuestiones.
El análisis de los mapas de neuroimagen permitió distinguir los dos tipos principales de liderazgos, en función de las zonas cerebrales que se activaban. De forma resumida, los líderes que habían obtenido una puntuación elevada en comportamiento organizativo positivo (es decir, que en el test psicológico mostraban más optimismo, perseverancia, confianza y resiliencia) también presentaban más actividad en la corteza prefrontal. Esta área, como veremos en otros apartados del libro, se relaciona con los sentimientos subjetivos de felicidad, con la capacidad de razonamiento, la anticipación realista de las situaciones, la toma de decisiones, la gestión emocional, la capacidad de automotivación, la confianza y la resiliencia, que justas forman las llamadas funciones ejecutivas, un conjunto de procesos cerebrales necesarios para el control cognitivo de la conducta.
En cambio, las personas con una puntuación baja mostraban más actividad en la amígdala cerebral. La amígdala es la estructura que genera las emociones, y se muestra especialmente activa ante las situaciones que se perciben como una amenaza y que generan miedo, ira o estrés con facilidad. Dicho de otro modo, las diferentes formas de ver el futuro y de imaginarlo dependen de parámetros de funcionamiento cerebral asociados de forma directa a características de la personalidad como el optimismo, la perseverancia, la confianza y la resiliencia. Eso no quiere decir que la estructura cerebral determine tales diferencias, y mucho menos que nos venga dada desde el nacimiento. Recordemos que las experiencias pasadas y el momento presente influyen en cómo se construye y reconstruye el cerebro. Como veremos más adelante, todos estos aspectos van formándose poco a poco, por interacción, a lo largo de la vida. Será necesario explicar, entonces, en qué consisten esas actividades dentro del marco cerebral, qué relaciones se establecen y de qué manera se correlacionan con nuestras actitudes diarias. Sin embargo, os pedimos un poco de paciencia, porque lo iremos desgranando poco a poco. Solo adelantaremos que guardan relación con la actitud de persistir.
CISNES NEGROS Y RINOCERONTES GRISES
Volvemos al origen de todo. Vivimos en un mundo dinámico, cambiante y muy incierto. Y una de las funciones principales del cerebro es la de gestionarlo. La incertidumbre implica falta de seguridad y genera dudas. Surge cuando el entorno no es determinista. El antónimo técnico de determinista es estocástico. Implica que no podemos predecir de manera cien por cien fiable cómo y cuándo se producirán los cambios, ni qué dirección tomarán. Hay procesos de cambio que pueden intuirse con una cierta anticipación, mientras que otros se producen de manera repentina e imprevisible por completo. Acostumbran a denominarse rinocerontes grises y cisnes negros, respectivamente.
La expresión cisne negro se utiliza de forma metafórica para describir cualquier suceso puntual inesperado e imprevisible por completo que ejerza un fuerte impacto. No obstante, una vez que se ha producido lo racionalizamos de manera que acaba pareciéndonos que era predecible o, como mínimo, esperable. Eso hace que los cisnes negros alteren situaciones que se daban por establecidas desde hacía tiempo y que hagan tambalearse paradigmas que se consideraban asumidos y bien consolidados. Este concepto lo desarrolló el ensayista, investigador y economista estadounidense de origen libanés Nassim Taleb en un libro titulado El cisne negro, publicado en 2007. Sacó el nombre de una de las sátiras del poeta romano Juvenal, «rara avis in terris nigroque simillima cycno» (‘un ave rara en la tierra y parecida a un cisne negro’), una expresión que hoy en día abreviamos como rara avis. Hace dos mil años, cuando Juvenal escribió estas palabras, no se conocían los cisnes negros. Todos los que se habían visto en los territorios ocupados por el Imperio romano eran blancos, sin excepción, de manera que ver un cisne negro equivalía a un suceso del todo inesperado e impredecible. Los cisnes negros sí existen, pero están en Australia, motivo por el que en el resto del mundo no se descubrieron hasta la llegada de los europeos, aunque los primeros habitantes de dicha isla ya hacía cuarenta mil años que los habían descubierto y conocido. No obstante, el significado de la expresión de Juvenal se mantiene, y todavía hoy interpretamos que un cisne negro es una cosa muy extraña, imprevista e impredecible, que tiene lugar de manera impensada e inesperada y que altera una situación establecida desde hace tiempo.
Aunque el libro de Taleb está enfocado a explicar sobre todo los desastres económicos, las hipótesis que plantea se pueden aplicar a cualquier otro aspecto. De hecho, algunos de los ejemplos que utiliza como muestras de cisnes negros son el inicio de la Primera Guerra Mundial, la gripe española de 1918 y los atentados de Nueva York de 2001. Según otros investigadores, también podrían ser ejemplos de esto algunas revoluciones sociales y políticas, como la Primavera Árabe o la caída del muro de Berlín; las victorias o derrotas bélicas imprevistas, como las de Pearl Harbor o Vietnam; los fenómenos naturales parecidos a los tsunamis o los meteoritos, como el que causó la extinción de los dinosaurios y permitió la expansión de los mamíferos, y los accidentes catastróficos, como los de Chernóbil o Fukushima. Según Taleb: «Una reducida cantidad de cisnes negros lo explica casi todo en nuestro mundo, desde el éxito de las ideas y las religiones hasta la dinámica de los acontecimientos históricos, pasando por los elementos de nuestra vida personal». Sin embargo, ¿eran todos estos sucesos tan contingentes, estocásticos e imprevisibles como parecían? Enseguida volveremos sobre esta pregunta.
Muchas personas han vivido como un cisne negro la situación que, a principios de 2020, nos llevó al confinamiento obligado a causa de la pandemia de la covid-19. Es un caso que irá apareciendo en el libro, como muestra de que la persistencia supera a la resistencia, dadas las características cognitivas que potencia y su traslación social. En este caso, el cisne negro sería la propia pandemia, del todo inesperada e imprevisible para la inmensa mayoría de nosotros solo un par de meses antes de que se iniciara. Ahora bien, tal como propone la hipótesis de Taleb, una vez que se ha producido el suceso y que lo hemos racionalizado, la sensación general es que era predecible o esperable, y más si tenemos en cuenta la gran cantidad de casos históricos, anteriores, similares como las epidemias de peste de la Edad Media o la misma gripe española de 1918. Hay que decir que dicha gripe no se originó en España, como podría hacernos pensar su nombre. La razón de que se llame así es que se produjo durante la Primera Guerra Mundial, y todos los países en guerra restringían los datos sobre sus bajas para que el enemigo no se aprovechase de ellos. España no estaba en guerra, y por tanto informaba de una forma mucho más libre, con unas cifras reales altísimas, y por eso, a escala mundial, llegó a conocerse como gripe española.
No obstante, cuando comenzó la pandemia que nos llevó al confinamiento, el propio Taleb dijo que no se trataba de un cisne negro, porque los informes científicos ya habían alertado de esta posibilidad y su alcance, aunque fuese solo unos cuantos meses antes. Eso nos lleva a otro concepto, el de los rinocerontes grises. El nombre de esta otra hipótesis, como el lector ya debe de sospechar, proviene del color de estos magníficos animales. En África hay dos especies de rinocerontes, los blancos y los negros. En realidad todos son grises, pero el rinoceronte blanco tiende a ser un poco más claro que el negro. La principal diferencia se encuentra en la forma de su cara, y en que los negros son mucho más agresivos y, por tanto, más peligrosos que los blancos. Sin embargo, vistos de lejos, cuesta distinguirlos. Y de aquí nace esta expresión metafórica: si vemos que un rinoceronte echa a correr hacia el vehículo desde el que lo estamos observando, si es blanco es posible que no lo embista, pero si es negro las posibilidades aumentan. Ahora bien, mientras se acerca solo veremos el color gris. La precaución nos dice que, de cualquier manera, tendríamos que marcharnos de inmediato, por si acaso. Pero a veces los turistas fotográficos, por curiosidad, esperan a que esté cerca para verlo mejor, hasta que la situación ya no tiene remedio. Esta expresión metafórica se utiliza, por tanto, para describir acontecimientos poco probables pero previsibles con cierta dosis de atención, como la embestida de un rinoceronte negro, aunque esto no evita que a menudo no nos percatemos del peligro que representan hasta que ya es demasiado tarde. Las expresiones cisne negro y rinoceronte gris se emplean en los contextos que implican una amenaza, pero debemos decir que también hay muchas situaciones nuevas que generan oportunidades, y que no podemos olvidarlas cuando hacemos inferencias sobre un futuro incierto.
La analista política estadounidense Michele Wucker, especialista en economía y en anticipación de crisis, escribió en 2016 un libro titulado The Gray Rhino: How to recognise and act on the obvious dangers we ignore, en el que distingue cuatro categorías. Los rinocerontes que atacan son el símbolo de los problemas que se presentan de repente y que deben abordarse a toda prisa; los rinocerontes recurrentes son los problemas que ya se han producido en alguna otra ocasión y de los que tenemos una cierta experiencia que puede servirnos para tratar el actual; los metarrinocerontes son los factores estructurales que nos impiden tratar los problemas de manera adecuada; y los rinocerontes no identificados son los que no dejan entrever cuál es el verdadero problema.
Una de las cuestiones que se debaten en este ámbito es cómo establecer la frontera entre un cisne negro y un rinoceronte gris. O, tal como plantean algunos autores, si los cisnes negros existen siquiera, porque puede que al final todos terminen siendo rinocerontes grises. Como ya preguntábamos con anterioridad, ¿eran todos los casos que se mencionan como ejemplos de cisne negro tan contingentes, estocásticos e imprevisibles como parecían? ¿O solo eran más difíciles de prever, por toda una serie de factores, a pesar de que ya había señales previas que, analizadas con cuidado, podían detectarse? Resulta complejo discernir qué opción es la real, porque el propio concepto de cisne negro implica que, una vez que ha pasado, lo racionalizamos, de manera que acaba por parecernos que era predecible o esperable. Lo cual no quiere decir que lo fuera de verdad.
Esta es también una de las funciones del cerebro: analizar y reanalizar las situaciones para buscar regularidades que nos permitan hacer mejores anticipaciones futuras. Cuando creemos que las hemos encontrado, las redes neuronales que las sustentan establecen conexiones con las que mantenían las experiencias previas. Eso hace que se nos mezclen y que, a partir de ese momento, pensemos que eran indicadores, aunque eso no significa que lo sean de verdad. Quizá se trate tan solo de una simple coincidencia, pero eso nos hace ganar confianza, como si controlásemos mejor la situación. Es posible que este sea el origen de muchas supersticiones. Además, el hecho de que un suceso sea un rinoceronte gris a nivel social no quiere decir que no haya personas que lo perciban como un cisne negro, es decir, a las que les resulte completamente imprevisible y las altere de manera profunda y repentina. En cualquier caso, y con independencia de que puedan diferenciarse o no, tanto los cisnes negros como los rinocerontes grises inciden de forma directa en la percepción de incertidumbre ante los cambios. Ha llegado el momento de empezar a hablar del cerebro.
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