Kitabı oxu: «La niña del barrio rojo»

Şrift:

La niña del barrio rojo

Los personajes, eventos y sucesos que aparecen en esta obra son ficticios, cualquier semejanza con personas vivas o desaparecidas es pura coincidencia.

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación, u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Art.270 y siguientes del código penal).

Diríjase a CEDRO (Centro Español De Derechos Reprográficos) Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. Puede contactar con CEDRO a través de la web www.conlicencia.com o por teléfono en el 91 702 19 70 / 93 272 04 47.

© de la fotografía de la autora: Archivo de la autora

© Davinia Váfer 2020

© Editorial LxL 2020

www.editoriallxl.com

04240, Almería (España)

Primera edición: marzo 2020

Composición: Editorial LxL

ISBN: 978-84-17763-44-2

La niña del barrio rojo

Davinia Váfer

Bilogía Kalighat vol.1

Aprendí que el coraje no es la ausencia del miedo,

sino el triunfo sobre él.

El valiente no es el que no siente miedo,

sino el que vence el temor.

Nelson Mandela

El amor es la fuerza más humilde, pero la

más poderosa de la que dispone el ser humano.

Mahatma Gandhi

Esta novela está dedicada a los que ya no están y tanto añoro.

ÍNDICE

Nota de la autora 10

Agradecimientos 12

CAPÍTULO 1 15

CAPÍTULO 2 39

CAPÍTULO 3 76

CAPÍTULO 4 110

CAPÍTULO 5 148

CAPÍTULO 6 173

CAPÍTULO 7 212

CAPÍTULO 8 245

CAPÍTULO 9 282

CAPÍTULO 10 312

CAPÍTULO 11 343

CAPÍTULO 12 383

CAPÍTULO 13 418

CAPÍTULO 14 435

CAPÍTULO 15 467

CAPÍTULO 16 495

CAPÍTULO 17 531

CAPÍTULO 18 553

CAPÍTULO 19 582

CAPÍTULO 20 615

CAPÍTULO 21 637

CAPÍTULO 22 678

CAPÍTULO 23 703

CAPÍTULO 24 730

CAPÍTULO 25 753

CAPÍTULO 26 775

CAPÍTULO 27 798

CAPÍTULO 28 820

CAPÍTULO 29 863

CAPÍTULO 30 888

CAPÍTULO 31 928

CAPÍTULO 32 967

Continuará… 981

Biografía 982

Nota de la autora

Hay personas que llegan a tu vida para complementar lo que a uno le falta. Esas que ven en ti lo que uno no es capaz de ver. Si no fuera por ti, David Suazo, este proyecto jamás habría existido, tu intuición y visión fueron clave. Gracias a que me invitaste a que escribiera, me animaste a que confiase y me empujaste a que probara suerte, puedo decir que uno de mis sueños se ha cumplido. Sabes que siempre estarás ligado a mis novelas.

Gracias a toda mi familia por creer en mí. A mi padre, por dejarme crear en horas de trabajo. A mi pequeño, por permitirme escribir cuando lo único que quiere es jugar con su madre. A mis lectoras cero: Lucia y Olga, vuestra opinión fue decisiva. A mis amigos, por confiar e ilusionaros con este proyecto. A Carol RZ, por guiarme cuando estaba perdida y me faltaba seguridad. A Raquel Antúnez, por el maravilloso trabajo que hizo antes de decidirme a enviarlo a una editorial. A Angie, mi editora, por apostar por mí y darme la oportunidad de publicar con Editorial Lxl. A ti, lector, por elegirme entre un millón de libros. A la vida por inspirarme y darme tiempo. A los personajes por surgir sin esfuerzo. Y a quien corresponda por hacer que esta historia se escribiese sola y a su debido momento.

Bahut shukriya, o lo que es lo mismo, muchas gracias.

Agradecimientos

Si hace unos años me hubiesen dicho que escribiría una novela y que me haría sentir la mujer más orgullosa y capaz de este mundo, les habría respondido que estaban locos. Pero, ahora que está hecho y que he tenido la gran suerte de ir encontrándome en el camino a unos angelitos que han guiado mis pasos y que me han aportado el valor suficiente para que perdiese el miedo a enfrentarme a los lectores, puedo decir que paso página y comienzo un nuevo capítulo.

La historia aún no está cerrada. La carrera de fondo que emprendí hace cinco años con este proyecto no ha llegado a su fin, pues las musas no me han permitido acabar en un solo libro esta novela.

No puedo deciros que vais a leer la mejor novela que hayáis leído nunca, pero puedo aseguraros que estáis a punto de disfrutar de un proyecto único hecho con mucho amor y cariño. Uno tan maravilloso y especial que, con que sintáis una mínima parte de lo que yo experimenté cuando lo escribí y lo leí terminado, me sentiré la mujer más agradecida y feliz de este planeta.

No soy escritora ni me consideraré como tal cuando termine de escribir esta bilogía porque estaría faltando a esos autores que tanto amo, pero sí puedo aseguraros que soy una lectora exigente, alguien que necesita que algo le sacuda el corazón cuando lee a un autor para poder catalogarlo de bueno.

No tenía ni idea de lo que quería contaros cuando tuve ante mí aquella primera hoja en blanco, pero sí tenía claro que debía narrar algo que a la primera que sorprendiera y enamorase fuera a mí. Porque hay historias que embellecen una vida y otras que destruyen el alma. Esta, en la que estáis a punto de embarcaros, surgió de una realidad desoladora y apabullante que removió mis entrañas al descubrir lo que viven niñas y mujeres en Calcuta.

Visionando el documental de ochenta y tres insignificantes minutos Born into Brothels: Calcutta’s Red Light Kids, pude hacerme a la idea del perfil de mujer que quería crear como personaje principal. Una mujer fuerte, perseverante y luchadora que sacase de quicio en momentos al lector, al cargar con unos traumas y unos miedos tan terroríficos que marcasen su presente y no la dejaran avanzar en la vida. Que, aunque todo pareciera perdido y las esperanzas se agotasen al intentar salir de ese pozo oscuro y profundo en el que se vio superada cuando solo era una niña, viera renacer en ella las esperanzas al reencontrarse con su esencia, dejando a un lado el ego y el victimismo al que se aferrará para poder sobrevivir.

Porque, al fin y al cabo, cuando te desprendes del temor y dejas de lamentarte por lo que sufriste en el pasado y por lo que te deparará el destino, empiezas a vivir y a disfrutar de lo que es entregarse en cuerpo y alma al amor verdadero. La batalla estará ganada de antemano, aunque la oscuridad sea tu próximo destino.

Os presento la primera parte de la bilogía Kalighat: La niña del barrio rojo I. Espero que lo disfrutéis y que abra conciencias. Porque ante la crueldad y la ignorancia de una nación, hay que revolverse y encararse. Es imprescindible poner granitos de arena sobre una montaña que debe derrumbarse y desaparecer para siempre. Porque muchos pocos acaban sumando.

Davinia Váfer

CAPÍTULO 1

Se despertó aterrorizada. El pecho le subía y bajaba como si en realidad hubiese corrido de la manera que había visionado en su agónica pesadilla. Las gotas de sudor provocaban que su pijama de algodón rosa se le pegara a la espalda como si fuera un traje de neopreno y su lisa melena negra se viera ondulada por el sudor.

¿Cómo acabar con los sueños? ¿Había llegado la hora de contarle a su madre adoptiva y a su terapeuta lo que le ocurría cada noche? Una pregunta que siempre se contestaba con un «no» rotundo, aunque la asiduidad fuera en aumento y las escenas de sus sueños fuesen tan reales como un gélido viento de invierno que se convierte en escalofrío.

Había llegado a un punto en que sentía pánico cuando llegaba el momento de cerrar los ojos en la noche, detalle que sí conocían tanto su madre como su terapeuta, porque los sufría desde niña, aunque antes eran diferentes. Los ojos de la inocencia todo lo cambiaban. Sin embargo, había conseguido aprender de esas insufribles visiones, forjándose un carácter fuerte en el que la determinación y el arrojo eran imprescindibles para caminar por la vida.

La agonía no acababa con unos sudores sofocantes o un inesperado grito en la noche para terminar incorporándose de un salto en la cama, sino que el maldito ritual continuaba con unos sollozos que amenazaban con ahogarla y la dejaban con un estremecimiento en el cuerpo que la hacían sentir la mujer más triste del planeta.

En sus sueños, una hermosa mujer la observaba con adoración, como si ella fuera una nueva estrella descubierta por un astrónomo, a la cual contemplara antes de que el resto del mundo supiera de su existencia. Los ojos de aquella mujer transmitían el amor y la protección que promete una madre a su hijo cuando lo acuna por primera vez entre sus brazos. E, incluso, aunque no entendiera correctamente los susurros de la dama, ella sabía que eran palabras de cariño y de consuelo. No obstante, esa placidez le duraba poco porque siempre el quebrantador sonido de una especie de crujido se encargaba de que su expresión se tiñera angustiosa, dejara huérfanos sus ojos y con ganas de preguntar qué sucedía. Sus delicadas manos desatendían sus mejillas y se ocupaban de sellarle la boca posándole el dedo índice sobre los labios.

Algo le decía que conocía a esa mujer, que compartieron caminos en un pasado, aunque no quería ni imaginar que ella pudiera codearse con hombres ebrios y drogados con ansias de sexo barato. Esa imagen era de las pocas cosas que recordaba al rememorar su dura infancia, aunque también se acordaba de ese edificio mugriento de angostos pasillos mientras ratas se cruzaban con personas sin alma. En sus recuerdos, todo estaba muy confuso y oscuro.

En su sueño, esa señora lucía elegante y distinguida, cubierta con una indumentaria típica de su tierra natal, la India. Era un largo lienzo de ligera seda que se enrollaba alrededor del cuerpo formando un vestido fino llamado sari. El que surgía en su sueño era de color fucsia con bordados en hilo dorado que dibujaban hojas refinadas y estilosas.

No podía ser su madre, aunque, con los años, la imagen que había creado de su madre biológica prácticamente había desaparecido. Ya no recordaba sus ojos, su rostro ni siquiera su perfume… En ese momento de su vida, solo era una silueta borrosa que intentaba que se grabase a fuego en su mente para no olvidar lo poco que quedaba de ella.

Después de mandarla callar y que el miedo desfigurase sus facciones volviéndolas tan marcadas como las de una anciana, la señora cogía sus manos con fuerza y escuchaba su voz por primera vez. Le decía que corriera, que no se dejara atrapar por él, pero, si la mala fortuna la traía de vuelta, debía quitarse la vida.

Aún sentía cómo acariciaba las verdeazuladas venas de sus muñecas, acto que le encrespaba el vello y agitaba su cuerpo de miedo.

La miraba desesperada, como si el fin del mundo estuviera cerca. Aquel gesto la llenó de una confusión, que rápidamente se esfumó al ser zarandeada por la señora, mientras le pedía en un grito ahogado que corriera.

Sin sopesar nada, obedecía. No sabía por qué actuaba así, por qué le hacía caso, ni siquiera sabía el motivo por el cual de su boca no salió un «¿por qué?». Solo percibía el peso de sus palabras, que se volvían incuestionables.

De un brinco, se incorporó de una vieja colchoneta que estaba tirada en el suelo y en la que estaban sentadas. En ese momento, fue capaz de contemplar las instalaciones por primera vez. Era como si el aura que desprendía esa mujer dejara de protegerla, de ocultarla de todo lo que las rodeaba.

Las paredes pintadas en un azul suave estaban sucias y ennegrecidas por el paso de los años y por el uso indiferente que se le daba a ese cuarto. Había una cama con un colchón raído a un lado, enfrente, una destartalada silla calzada con un trozo de cartón, unas cacerolas sucias y andrajosas, demasiado renegridas por el desgaste, y un armario verde con las puertas abiertas, donde ropa y otros enseres se amontonaban sin ningún tipo de cuidado.

De un fuerte empujón, aquella mujer la impulsaba hacia una tela corroída y mugrosa que, a su vez, hacía de puerta y ella, temerosa, salía de la habitación, topándose con un pasillo largo y estrecho e igual de sucio y descuidado que el del cuarto que había ocupado hacía unos instantes. Su corazón comenzaba a latir con fuerza, aunque todavía no lo sentía en su garganta. Eso vendría después, cuando corriera como un guepardo tras su presa en dirección hacia esa luz cegadora que aseguraba su salvación. Por más empeño que ponía en alcanzar su objetivo, jamás conseguía llegar a esa luminiscencia que, como si fuera inalcanzable, se alejaba cada vez más. «¡Corre, corre!», se escuchaba gritar a la señora con voz temblorosa por la angustia al final del pasillo. «¡Corre!».

Solo podía gritar de impotencia y llorar desesperada mientras intentaba que sus piernas no se rindieran jamás, y así ocurría, porque lo último que recordaba antes de despertarse sobresaltada y llorando era correr y correr, como si su supervivencia dependiera de ello.

Después, y ya en su habitación, se despertaba incorporándose en la cama y en un estado de shock en el que lo único que podía hacer era tomar aire para auxiliar a sus pulmones, limpiarse las lágrimas y controlar esos temblores que le hacían parecer un animalillo desvalido. Cuando su mente volvía a la normalidad y reconocía el amarillento tono de las paredes de su cuarto, los músculos se le destensaban, dejando un incómodo dolor en todo su cuerpo que, a las pocas horas y no siempre, desaparecía del mismo modo que tan abruptamente la pesadilla tocaba a su fin. Con la angustia en el cuerpo, se recostaba hecha un ovillo y se tapaba por completo con el edredón nórdico, cubriendo hasta la última hebra de su cabello. Los temblores poco a poco cesaban, pero aún sentía las manos y los pies entumecidos como si la sangre que corría por sus venas no fuera suficiente para calentarlos.

Envuelta en esa oscuridad, comenzaba una nueva batalla interna donde su lado experto llevaba la voz cantante. Era licenciada en Psicología, y esa parte de su cerebro, repleta de conocimientos y entrenada para el estudio, se encargaba de hacer lo que tantas veces su terapeuta le pedía que no hiciese, psicoanalizarse.

Si al menos todo se quedara en intentar comprender por qué esas situaciones traumáticas, vividas cuando fue una niña, aún seguían almacenadas en su inconsciente, no sería tan grave hacerlo. Pero eso no quedaba ahí, ella se convertía en el peor e implacable verdugo que juzgaba y recriminaba su comportamiento y capacidades. Psicoanalizándose se hacía daño y nadie podría lastimarla tanto como ella misma.

Con seis años —y todavía en su ciudad natal, Calcuta—, Daniela, su madre adoptiva y psiquiatra de profesión, empezó a tratar su trastorno de estrés postraumático con amplias dosis de amor y paciencia. Cuando la llevó a Madrid, con toda la documentación en orden y siendo oficialmente su hija, contaba ya con siete años.

Durante aquel tiempo, su madre hizo grandes avances en su recuperación, consiguiendo que dentro de los barómetros de la normalidad se relacionara con niños de su edad, mantuviera interés en las actividades que elaboraba para su recuperación e, incluso, que hablara de lo que vivió en su más tierna infancia, causante de esas pesadillas que su mente inocente no comprendía.

Ya en la adolescencia, siguió superando secuelas, enfrentándose a sus miedos y luchando contra sus fantasmas a golpe de perseverancia y cabezonería. Usaba sus logros como un aliciente para aumentar su autoestima y seguridad, por lo que, con esa determinación y ese aplomo, consiguió forjar lazos de amistad duraderos con amigos del colegio.

Cuando llegó el momento de abandonar la escuela y pasar al instituto, tuvo una fuerte recaída que casi la lleva a sumergirse en una depresión espantosa, pero su carácter tan definido y fuerte pudo sacarla a flote.

Con cierta dificultad, logró hacer nuevos amigos. Con ellos, vinieron sus primeros flirteos con el sexo masculino y sus primeras relaciones sexuales, las cuales, la gran mayoría de las veces, nunca llegaban a ser completas o satisfactorias.

Como psicóloga que era —aunque no ejerciera como tal—, reconocía cuáles eran los traumas de los que no conseguía zafarse e incluso podría decirse que dominaban su vida.

La primera gran secuela de esa infancia traumática eran los repentinos ataques de ira, a los que ella llamaba el Monstruo, que seguía apareciendo con demasiada asiduidad, nublando su cordura y transformándola en un ser despreciable al que detestaba y del que se avergonzaba cuando volvía todo a la calma.

La segunda gran secuela que guardaba en lo más profundo de su alma era su frigidez. La combatía en soledad y con cierto apoyo de su amigo Toni, que era el único que sabía todos los detalles de su infancia y lo complicado que se estaba volviendo convivir con ellos. Jamás reconoció a su terapeuta y a su madre la inapetencia sexual o la insatisfacción que sentía al mantener relaciones sexuales. No entendía por qué se negaba a exponer el problema a su médico, ¿no se suponía que para ese tipo de dificultades estaban los expertos en la mente humana, psicólogos, psiquiatras y demás especialistas? E, incluso siendo ella psicóloga, ¿por qué no abordar el tema con naturalidad? «Los toros dan menos miedo desde la barrera», recordó la frase de su madre que durante años le escuchó repetir cuando vivían juntas.

En sus primeros escarceos con el sexo masculino, entendió que todo llevaba un proceso de adaptación y conocimiento, así que se armó de paciencia para asimilar que las cosas no llegaban de la noche a la mañana. Pero, cuando los meses pasaron y vio que sus sensaciones eran muy diferentes a las de sus amigas, empezó a preocuparse. Ella sentía todo lo opuesto a ellas. En lugar de placer, le repugnaba que la tocasen, aunque se tragaba el asco que le daban esas manos ajenas e intentaba clausurar el acto como cualquier mujer normal. Sin embargo, las cosas no salían como quería, el orgasmo se mutaba en la insatisfacción y en la aversión más horrorosa jamás vivida. La apetencia se convertía en desgana, y el amor, en una palabra que no hallaba en su vocabulario.

Fingió durante años que los orgasmos eran tan reales como los que sus amigas sentían para no ser diferente, de ahí que se acostase con todo hombre con el que se enrollara una noche con la esperanza de que uno de los elegidos llegara a ser el que, de una vez por todas, rompiera esa coraza que la privaba de estímulo alguno. ¿No dice el refrán que siempre hay un roto para un descosido? ¿O carne a carne, amor se hace? ¿Y si de alguno de ellos se enamoraba y conseguía avivar el fuego que ni siquiera humeaba? Llegó hasta tal punto la obsesión en sanar esa parte que la hacía tan diferente al resto que su amigo Toni tuvo que pararle los pies contándole los bulos que empezaban a correr de boca en boca por las discotecas que frecuentaban.

Así que, por el bien de su reputación y, sobre todo, por su bienestar, decidió dejar a un lado esa obsesiva y destructiva «terapia» dando por zanjado el tema del sexo masculino.

Una vez controló su respiración, que empezaba a tornarse tranquila, se destapó de esa burbuja hecha de mantas que comenzaba a ser claustrofóbica. El aire limpio y fresco enfrió el sudor de su frente. La necesidad de olvidar todo y dejar de pensar la impulsó a levantarse de la cama de un salto e ir hacia el baño para refrescarse la cara. Le sentaba bien entrar en movimiento, era lo mejor que podía hacer para dejar de pensar.

Observó en el espejo su imagen ojerosa y la tristeza que se dibujaba en sus ojos. El brillo que producían las gotas de agua al acariciar su rostro era lo único que percibía con vida, su piel estaba apagada.

—Todo está bien —susurró al reflejo.

Al escuchar cómo se daba ánimos, algo que se había vuelto parte de su rutina, sonrió, aunque sus ojos verdes aún lucían entristecidos y opacos.

—Dani, ¿estás despierta? —la llamaba su amigo y compañero de piso.

—Sí, Toni, ya voy.

Salió del baño corriendo para evitar que el frío de las baldosas le congelara los pies desnudos y se dirigió al salón pensando que la voz de su amigo venía de allí. Para su sorpresa, el salón estaba vacío y helado. Se tiró en el sofá verde botella y corrió a refugiarse con una de las mantas color café que usaban para taparse mientras disfrutaban de sus tan habituales sesiones de cine.

La puerta del cuarto de su amigo —que daba al salón— se abrió de improvisto y una pierna enfundada en unos leggins negros y una bota de caña alta hasta la rodilla asomó haciendo círculos en su dirección, dando comienzo a un espectáculo que solo a Toni se le ocurriría dar.

La canción de Madonna, Vogue, surgió a máximo volumen dentro de la habitación, inundando el silencio de la sala donde se encontraba Chandani, la cual estalló en carcajadas, recolocándose en el sillón para no perderse ni un solo instante de esa actuación improvisada.

When all else fails and you long to beSomething better than you are todayI know a place where you can get awayIt’s called a dance floorand here’s what it’s for, so 1 .

Toni accedió al salón interpretando los movimientos que hacía la rubia artista en el videoclip, aunque algo más exagerados y estrambóticos. Era como si una drag queen de los carnavales de Gran Canaria se hubiese colado en su salón.

El maquillaje no estaba terminado, solo llevaba los labios maquillados en un tono rojo cereza y las pestañas teñidas con capas y capas de rímel negro. El efecto en sus ojos era como el de un gato montés, parecían más grandes de lo que ya eran.

Chandani analizó sus labios, que no paraban de gesticular con un falso playback, y pensó en la mano que tenía el jodío de su amigo para maquillarse. Ni ella misma era capaz de lograr aquella perfección, y eso que llevaba años haciéndolo. Había conseguido que sus finos labios lucieran tan gruesos y perfectos como los que anunciaban las empresas de cosmética en televisión.

Toni era un hombre muy atractivo. El cabello castaño y desordenado, además de una nariz fina y simétrica con su rostro, lo convertía en un adonis para las mujeres. No obstante, el género femenino no tenía nada que hacer, ya que su amigo sentía fascinación por los hombres.

—Toni, ¡eres único! —exclamó entre risas sin que su amigo detuviese su humorística función.

Los carnavales eran el sábado de la siguiente semana. Toni estaba eufórico con la fiesta que se organizaba en el centro de Madrid. Las carrozas, los fuegos artificiales y los conciertos auguraban una noche única y esas eran las salidas preferidas de su amigo. Además, aprovechaba para alardear de sus aptitudes como diseñador. Él disfrutaba disfrazándolos a todos.

Chandani se secó las lágrimas con la manga del pijama y siguió el movimiento de sus brazos, que jugueteaban sensualmente con el disfraz. Era extravagancia pura se mirara por donde se mirase. Los leggins eran tan ajustados que marcaban la delgadez de sus piernas, a la vez que bien definidas, ya que Toni pasaba horas en el gimnasio todas las semanas para estar siempre en forma. Aunque dijera que no, era tan coqueto como una mujer. Le gustaba verse guapo.

Toni sabía que su amiga no comprendía sus extravagantes gustos, pero él disfrutaba tanto disfrazándose y fingiendo ser alguien que no era que, cuando tenía ocasión, se daba el capricho de buscar al personaje más peculiar. Y Madonna, en sus comienzos, fue la diosa de las diosas.

Su amiga no le quitaba ojo, detalle que supo aprovechar haciendo un movimiento sexi con las caderas, obligándola a centrar la atención en su entrepierna. Chandani abrió los ojos como si fuera un búho, aunque con la expresión de sorpresa de un gato que escucha un desconocido ruido, y los tapó rápidamente, no pudiendo ocultar el color sonrosado de sus mejillas, que confirmaban el éxito de la broma.

Toni no pudo resistirse y comenzó a reírse con unas ganas irrefrenables, así que volvió a repetir la guasa, pero esta vez con su trasero. Ella, ni corta ni perezosa, lo escrutó descaradamente como si fuera una de esas mujeres que estaban loquitas por sus huesos.

—No puedo creerme que vayas a salir a la calle con eso puesto. ¿Dónde has dejado la vergüenza?

—¿Eso qué es? —preguntó él con una sonrisa pícara.

En la parte superior, un corpiño de color marfil estilizaba su figura, resaltando la anchura de su espalda y la estrechez de la cintura. Se veía tan prieto y ajustado que dudaba que pudiera sentarse sin caer desmayado por falta de oxígeno. Para cubrirse el pecho, el corpiño disponía de dos conos protuberantes por los que podían entreverse zonas oscurecidas por el vello del torso. Además, se había puesto una peluca rubia platino agarrada en una coleta alta. «Menudas pintas», pensó.

Toni se aproximó a Chandani y extendió su mano para que se uniera a esa danza alocada mientras, a escasos centímetros de ella, exageraba los gestos de su boca.

Come on Vogue.Let your body move to the music.Hey, hey, hey.Come on Vogue.Let your body go with the flow.You know you can do it 2 .

Chandani aceptó la invitación y se unió al alocado baile entre risas y gestos divertidos que duraron pocos minutos porque sus pulmones empezaron a reclamar oxígeno de forma urgente. Levantó las manos a modo de rendición y se dejó caer extenuada en el cómodo sofá que presidía el salón.

—¿Qué te parece el modelito? —preguntó su amigo tirándose a su lado con la respiración desacompasada.

—No quieras saberlo.

—¡Venga, no te cortes! —la animó burlón. Ella jamás se reprimía en decirle nada. Uno de los principales pilares fundamentales de su amistad era la sinceridad.

—Es excesivo para unos carnavales. ¡Hala! ¡Ya lo he dicho!

—¡Venga ya! Es perfecto, Dani. Los carnavales son para reírse de todo, desinhibirse, soltar amarras y dejarse llevar por el descaro.

—A eso le llamo yo el Día del Orgullo Gay y, para ese día, todavía faltan meses —rebatió con una sonrisa.

—¿Tú no has visto los carnavales de las islas Canarias?

—Sí, pero estamos en Madrid. Allí no destacarías porque estarías rodeado de locas como tú —bromeó, imitando los movimientos de brazos que había hecho hacía unos momentos.

—Tú sí que estás loca. —Se lanzó hacia ella para que dejara de hacerle burla.

Esa frescura innata de su amigo era como un bálsamo sanador en la vida de Chandani. Era su ancla, su salvavidas…, esa última esperanza que te queda cuando todo está perdido. Eso era Toni para ella. Además, lo quería con locura.

Después de dos meses compartiendo techo con la soledad, la tristeza y la acechante depresión que poco a poco iba apoderándose de ella, apareció él, que solo con su presencia diaria la rescató del abismo en el que se hundió solita al independizarse.

Sí, reconocía su tozudez. La misma que usó con su madre y su terapeuta cuando les planteó en la consulta que había decidido emanciparse.

Su madre se llevó las manos a la cabeza y puso el grito en el cielo porque su pequeña y amada niña quería escapar de su protección. El terapeuta, en cambio, dejó que se explicara y diera su versión de cómo veía las cosas y por qué necesitaba demostrarse que era capaz de ser independiente. No obstante, la conversación pausada y lógica no pudo evitar el conflicto familiar. Chandani, como otras tantas veces, tampoco pudo controlar que la rabia apareciera en forma de ese monstruo huraño y malvado que atacaba a su madre con palabras hirientes que, más que para defenderse, salían de su boca para despedazar a su oponente sin compasión ni humanidad.

Sin embargo, después de la tormenta vino la calma y, en este caso, tenía nombre y apellidos. Toni le propuso compartir piso. Ella aceptó encantada y más esperanzada si era posible, ya que era una gran oportunidad —por no decir la única— que le permitiría no regresar a casa de su madre con el «rabo entre las piernas», pues, por más que le pesara, era consciente de que la depresión le estaba ganando terreno.

Recordaba con especial cariño la primera noche que Toni pasó en su casa. Vieron películas y hablaron y hablaron hasta bien entrada la madrugada. Para ella, fue como si hubiera disfrutado de una terapia intensiva, con la única salvedad de que quien tenía delante no contaba con títulos, másteres ni ningún certificado que acreditara que era un experto en el comportamiento humano. Simplemente, un amigo que, en silencio, la escuchaba sin juzgar y le daba ánimos frente a los relatos más duros.

Se conocían desde hacía seis años. Los dos trabajaban para una multinacional de telecomunicaciones y, desde el primer momento que entablaron conversación, conectaron a la perfección. La convivencia afianzó su amistad, transformándola en una más sincera y fuerte, llegando a tal punto que sabían lo que le ocurría al otro con solo mirarse.

—¿Y tú de qué te vas a disfrazar? —preguntó Toni.

—Todavía no lo tengo claro, pero no te preocupes, que algo encontraré.

—No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy —dijo, al tiempo que se quitaba la peluca y zarandeaba la cabeza para colocar su cabello encaracolado.

—Hay tiempo, todavía queda una semana. No te agobies.

—La que vas a agobiarte vas a ser tú como tenga que elegirte yo el disfraz. Ya sabes cómo me gustan las extravagancias. —Le guiñó un ojo para chincharla. Él sabía que, como siempre, sería el encargado de elegir su atuendo, a lo que ella respondió poniendo los ojos en blanco.

—Tú eres capaz de disfrazarme de putón verbenero.

—Te doy dos días para que me enseñes el disfraz. En caso contrario, lo dejas en mis manos.

Chandani arrugó los labios, girándolos ligeramente a un lado.

—Está bien, pero nada de fulanas ni locas gais —contestó.

Toni sonrió con malicia.

—¡Dos días! —añadió.

El inspector jefe, Rodrigo Torres, analizaba las pistas en el despacho de su casa, intentando descifrar con cuántos negocios sucios e ilegales contaba la organización.

Desde hacía un año, investigaba varios secuestros llevados a cabo en el suroeste de Madrid en circunstancias parecidas y con modus operandi similar. Dos mujeres y tres niños eran los encargados de desvelar sus sueños, pues estaba atado de pies y manos con tantas coincidencias y tan pocas pistas. ¿Cuándo cometerían un error?

La investigación comenzó con una filmación tomada por una empresa de transporte situada en un polígono industrial del extrarradio de Madrid. El vídeo, a las 19:33 horas, mostraba a una mujer de entre treinta y cinco a cuarenta años caminando mientras miraba su teléfono móvil.

Un furgón blanco estacionado, modelo Renault Bóxer, aparecía en escena a escasos metros de ella. Nada especial, una de tantas situaciones que se dan al cabo del día. Una mujer camina en dirección a su trabajo, a su casa o, simplemente, dando un agradable paseo por cualquier calle de Madrid. Sin embargo, la imagen que unos quince segundos más tarde aparecía en la secuencia resultaba desgarradora.

Cuando la desaparecida, y ya identificada Sonia Abrantes, llegaba a la altura del furgón, la puerta lateral se deslizaba en un fuerte y enérgico empujón, provocando que la mujer se sobresaltara y buscara con ojos curiosos ese sonido lacerante. Un individuo que ocultaba la mitad de su rostro con lo que parecía un pañuelo negro, saltaba al exterior interrumpiendo su camino y llevándosela con él al interior del habitáculo sin darle tiempo a que pudiera defenderse, ya que el paño con el que le tapaba la boca y la nariz debía estar impregnado con alguna sustancia anestésica por inhalación, que la dejó KO en cuestión de segundos.

Los ficheros policiales identificaron la matricula como un vehículo de alquiler de una multinacional distribuida por toda Europa, Car-rent.

Cuando el inspector jefe Torres se personó en las instalaciones y exigió a la recepcionista que le entregara la documentación que cumplimentó el arrendatario del furgón, la empleada, no autorizada a ello, lo puso en contacto con su superior, el cual por fin se la facilitó sin ningún impedimento.

En la ficha, aparecía la copia del carné de conducir, una tarjeta de crédito y el Documento Nacional de Identidad.

Irina Petrov, mujer de veintiocho años y de origen ruso, era la principal sospechosa. Sus cuentas bancarias no manifestaban movimientos de dinero inusual ni ingresos sospechosos, aunque indagaciones posteriores desvelaron que había sido detenida en España por tráfico de drogas y por desempeñar la prostitución tiempo atrás. Había cumplido la totalidad de su condena en el centro penitenciario de mujeres de Alcalá de Henares, por lo que, de momento, parecía que había cumplido con la ley.

Vivía en un barrio humilde de Madrid. Si preguntaras a más de un anciano por el camino de Portazgo, lo identificarían rápidamente con la zona del puente de Vallecas. El bloque de cuatro plantas era uno de los tantos que se construyeron en el barrio en los años sesenta. Su ficha de la Seguridad Social mostraba que había llevado un cambio de vida absoluto. Su paso por prisión la colocaba en una escala de reinserción admirable, ya que, en los años que estuvo privada de libertad, se licenció en Enfermería.

En la actualidad, trabajaba como enfermera en el hospital privado San Gregorio Magno, en las inmediaciones del centro de Madrid.

El inspector, aunque tuviera sus dudas de que esa mujer recientemente adherida al camino del bien pudiera estar envuelta en las desapariciones, les ordenó a dos de sus mejores agentes, y amigos, a realizar una vigilancia encubierta de la única pista fehaciente que disponían. Los agentes Sierra y Tamayo descubrieron que la señorita Irina Petrov mantenía encuentros con un individuo con rasgos similares al hombre que aparecía en las imágenes de la cámara de seguridad de la empresa de transporte. Animados por tal descubrimiento, el grupo de agentes que constituía la Brigada Central de Delitos contra las Personas (BCDP) se volcó aún más en la investigación.

Konstantin Sokolov, el principal sospechoso, tenía treinta y cinco años y era de nacionalidad rusa. Al igual que la señorita Petrov, llevaba en España diez años. Sus antecedentes eran amplios: tráfico de estupefacientes, robo con violencia e, incluso, había estado involucrado en casos de prostitución.

Su paso por el Centro Penitenciario de Alcalá Meco entre los años dos mil ocho y dos mil doce, cumpliendo cuatro años de condena de los ocho que le habían impuesto, así como el hecho de no poseer datos en la Seguridad Social ni cuentas corrientes a su nombre, le hacían estar en el punto de mira del inspector. Por no mencionar la similitud con el individuo de las imágenes del vídeo.

No podían detenerlo porque, por sí solas, las imágenes no valían nada. Necesitaba recopilar pruebas más sólidas para que ningún juez pudiera desestimarlas y dejarlo en libertad, con el riesgo que supondría para la ciudadanía que un delincuente de ese calibre anduviese deambulando libremente por las calles de Madrid o por cualquier otra ciudad. No obstante, con la paciencia, la templanza y los años de experiencia que contaba el inspector jefe a sus espaldas, al sospechoso le sería muy complicado salir airoso de ese juego ilegítimo, si es que estaba involucrado.

David Sierra y Arantxa Tamayo dejaron a cargo de otros dos compañeros la vigilancia de Irina Petrov y ellos mismos se centraron en seguir de cerca al señor Sokolov. El inspector confiaba en sus instintos y alababa su buen hacer, que en otros casos fue clave para desarticular más de una banda criminal. Además, pondría la mano en el fuego por ellos porque sabía que sus dos mejores compañeros, desde que ingresaron en la academia de policía en Ávila, darían todo lo mejor de ellos como agentes, priorizando la investigación a sus propias vidas. Desmontarían y separarían cada pista como si de un rompecabezas se tratase, llevando a buen puerto el desmantelamiento de la organización. Sí, él y sus compañeros pensaban que estaban tras la pista de un caso de gran envergadura y esperaban que, en un futuro próximo, alimentasen durante una larga temporada las cadenas de televisión pública y privadas del país.

El inspector Torres centró su atención en la fotografía de Dimitri Sokolov, hermano de Konstantin Sokolov y con el que compartía hogar, y volvió a fijar su interés en la parte final del informe que había redactado el agente Sierra.

Los rusos vivían en una planta baja con un amplio patio, que les facilitaba una posible puerta de huida. Estaba ubicada en el barrio de Pan Bendito, uno de los tantos distritos obreros de Madrid, una zona humilde donde la diversidad de culturas y los vecinos más antiguos convivían entre sentimientos de amor y odio.

La imagen de un muchacho de veintiocho años —con pose cansada, semblante ausente y sin antecedentes penales en España— le creaba ciertas dudas de si ese hombre era conocedor de los tejemanejes de su hermano. Aquellos ojos negros no decían gran cosa, solo denotaban cierta ansiedad por esas sustancias que destruyen el cuerpo y la vida, aunque el inspector jefe también se atrevía a mencionar que podía ver en ellos cierta tristeza.

Rodrigo estaba obsesionado con el caso Bóxer. Tal era su desasosiego, que las horas de trabajo y la falta de sueño empezaron a pasarle factura en su rostro. Su mirada del color del mar, aunque carente de brillo, denotaba la cantidad de preguntas y conjeturas que su mente inquieta e intuitiva no dejaba de lanzarle.

Apretó sus globos oculares con aquellas curtidas manos con la intención de que la presión contuviera los pinchazos que castigaban su sentido de la vista como agujas al rojo vivo, y se acercó al tablón con paso firme, donde colgó la fotografía de Dimitri Sokolov junto al resto de sospechosos y desaparecidos.

CAPÍTULO 2

Rodrigo llegó a las siete de la mañana a la oficina. Agradeció el silencio que reinaba en el departamento de la UDEV, que en breve se tornaría en un ambiente ensordecedor por el ir y venir de agentes que, disciplinados, empezarían a trabajar, dándole vida a la planta. El simple hecho de pensar en ello le acrecentó el dolor de cabeza, que no había desaparecido desde que se acostó bien entrada la madrugada. Se dejó caer en la curtida butaca de cuero y cerró los ojos, alimentándose de ese silencio que tan bien le hacía. Interrumpiéndose, unos instantes después, por un golpeteo de nudillos en el tablero metálico de la puerta de su despacho que le hizo dar la primera orden del día.

—Pase.

—Buenos días, inspector. ¿Puedo entrar? —preguntó la agente Tamayo.

—Sí, claro, Arantxa. ¿Qué me traes?

—Inspector, acaban de enviarme desde la Interpool los antecedentes penales de los sospechosos. Todos empezaron en la misma banda en Rusia —resumió—. Los informes muestran que, a medida que pasaban los años, los delitos iban en aumento. En un principio, se encargaban de tráfico de drogas a pequeña escala, robos de vehículos o hurtos sin violencia, pero, por lo que he podido leer —continuó hablando mientras tomaba asiento frente al inspector—, con los años iban escalando puestos dentro de la banda y se les asignaban tareas de mayor índole, tras lo cual, los delitos pasaron a ser considerablemente graves: homicidio, explotación sexual, tráfico de drogas, y así una larga lista. Como puedes ver, las entradas y salidas de prisión son constantes, aunque los tres han cumplido con la justicia en Rusia —dijo tendiéndole el informe y señalando la parte donde figuraba.

Durante unos minutos, el inspector ojeó el dosier.

—Quiero que Sierra y tú vayáis al hospital donde trabaja la señorita Irina Petrov y le preguntéis por el furgón que alquiló. Además, debéis mostrarle una fotografía de Konstantin Sokolov, a ver si nos cuenta de qué lo conoce o si, por el contrario, nos miente.

—De acuerdo, inspector. ¿Alguna cosa más? —preguntó la agente Tamayo.

—Sí, quiero que hagas un perfil psicológico de Konstantin Sokolov, tu perspectiva puede sernos de gran ayuda. También ponte en contacto con la policía científica para ver si tienen el informe de las muestras del furgón. Con suerte, habrán encontrado restos de ADN o de tejido de la desaparecida.

—Está bien, jefe.

Arantxa Tamayo era una mujer meticulosa y especializada en realizar perfiles criminales. En numerosas ocasiones, había acertado de pleno, pudiéndose adelantar al criminal. Además de inteligente, era una mujer explosiva. Cabello moreno, ojos azules, rostro fino y aniñado que desentonaba con los voluminosos pechos y curvas de infarto que tantas veces había degustado Rodrigo.

Las relaciones sexuales que mantenían eran asombrosas y adictivas. Era una amante magnífica, cuya nula existencia de límites y vergüenza en la cama hacían que los juegos amatorios que compartían quedaran muy por encima de lo que cualquier mente perversa pudiera imaginarse.

Llevaban saciándose sexualmente durante años. Los dos sabían las condiciones de ese acuerdo y cuáles serían las líneas que no tendrían que rebasar para que no se diera por concluido. Nada de enamorarse y, mucho menos, extrapolar su relación al trabajo, términos principales que ambos debían cumplir. Arantxa aceptó las condiciones y con un simple wasap, donde se especificaba hora y lugar, el alivio estaba asegurado.

Rememoró ese último encuentro y el palpitar de su miembro hizo que se endureciera. Ese maldito corsé negro que se le resistió en su momento, pero que tanto lo había excitado, le volvió a la mente, teniendo que levantarse para que cesara la presión en su entrepierna.

La primera parte de la mañana pasó en un abrir y cerrar de ojos. Rodrigo estaba tan absorto leyendo informes, firmando documentos e intentando aclarar cuestiones que, al interrumpirlo una llamada interna informándole de que una mujer lo buscaba, se dio cuenta de que en un par de horas tendría que pensar en ir a comer.

Un gesto de disgusto se dibujó en su rostro cuando vio asomar la cabeza de su hermana Lucía por una pequeña rendija que quedaba entre la persiana metálica de la ventana de cristal y el marco de aluminio. Ella hizo una mueca divertida tras el cristal y, a continuación, abrió la puerta de su despacho como si estuviera en su casa. No se molestó en llamar.

—¡Rooodriii! —gritó alegremente, atravesando la mesa y tirándose sobre su hermano.

—Yo también me alegro de verte, hermanita —ironizó—. ¿Qué haces aquí? Sabes que no me gusta que vengáis a visitarme al trabajo.

—Venga, no seas rancio e invítame a desayunar. —Le golpeó el hombro para que suavizara ese gesto huraño.

—Está bien… Vamos. Pero la próxima vez llámame antes. Sabes que no me gustan las sorpresas.

El camino a la cafetería fue toda una tortura. Lucía, con su peculiar y desbordante alegría, relataba cómo había podido escabullirse del trabajo sin siquiera pararse a respirar. «Pero ¿qué toma esta niña por la mañana?», pensó exhausto de tan inagotable verborrea. Además, no le quedó otra que aguantar la reprimenda de su hermana pequeña que, como si fuera la mayor de los tres, no se amilanaba a la hora de echarle en cara su habitual y descarado gesto de fastidio cuando no podía controlar el mundo. Así lo definía por querer tener todo bajo control.

—¿Y no se extrañará tu jefe de que tardes tanto en recoger las entrevistas? —preguntó Rodrigo con la intención de que dejara de martillearle con lo mismo de siempre.

—Sí, sí, cambia de tema, hermanito, pero no me cansaré de decirte que no puedes controlar el mundo ni proteger a todos los que habitamos en él.

Ahí estaba la frasecita.

—Lucía, ¡eres más pesada que los zapatos de Frankenstein!

—¡Y tú más seco que una empanada de polvos de talco! —replicó veloz con gesto guasón.

Rodrigo miró a su hermana, sorprendido, y los dos explotaron en una unísona carcajada. Ese juego absurdo que inventaron en su infancia todavía conseguía divertirlos.

—Anda, ven aquí. —Le echó el brazo por el hombro y besó su coronilla—. Bueno, ¿y a tus jefes no les extrañará que tardes tanto?

—Pues si cree que tardo en recogerlas, que vaya él mismo. Estoy cansada de ser la estúpida becaria que hace todos los recados en ese maldito periódico. Estoy harta de que no me valoren como periodista —bufó—. Me tienen con un contrato de risa, con un sueldo de pena y con obligaciones de periodista —expresó indignada—, pero ¡¿sabes una cosa, Rodrigo?! Algún día tendré una gran exclusiva —vaticinó decidida—, y cuando se la venda a la competencia, me suplicarán —añadió con malicia, aunque el brillo de sus ojos no conseguiría intimidar ni a un muchacho de preescolar—. Intentarán comprarme con una subida de sueldo al nivel de las veteranas, pero yo me reiré en su cara y saldré con la exclusiva bajo el brazo.

Lucía había intentado persuadir a su hermano en varias ocasiones para que le contara de primera mano alguno de los casos mediáticos en los que estaba trabajando. Pero su respuesta era siempre la misma: «Sácate eso de la cabeza. No pondré en riesgo mi puesto por tus ambiciones».

—No empecemos con las indirectas de siempre, Lucía. Sabes que eso no ocurrirá.

—¡Ya estamos! Nunca digas de esa agua no beberé, que al final te ahogas —contestó divertida.

—Me aburres. —Soltó un largo suspiro de agotamiento. «Esta niña acaba con mi paciencia», pensó.

—Vale, vale… Dejemos la fiesta en paz, que he venido a desayunar con mi hermano el divertido, no el borde.

Rodrigo adoraba a su hermana pequeña, aunque, en ocasiones, la ahogaría como Homer Simpson a su hijo Bart en la serie de dibujos más popular en los últimos años. Su insistencia y perseverancia eran unas cualidades que él y su hermana habían heredado de su madre, aunque en Lucía contrastaba con una alegría y frescura envidiables que la hacían única y entrañable.

Él la sobreprotegía y lo sabía. En repetidas ocasiones, su hermana le había recriminado que él no era su padre y que no tenía derecho a agobiarla de esa manera, aunque Rodrigo la ignoraba y seguía controlándola.

Desde la muerte de su madre, y en el estado en que se encontraba su padre, se consideraba el cabeza de familia. Su hermano Alejandro estaba en tierras inglesas, y a Lucía, aunque cuidaba a su padre con auténtica devoción, no la consideraba lo suficientemente responsable para tirar de la casa, a pesar de que jamás le dio motivos para ello.

Sentados en los taburetes anclados al suelo que disponía la barra de la cafetería, Rodrigo pidió el desayuno que siempre tomaba su hermana y él se rindió al tercer café de la mañana.

—¿Vas a venir a cenar mañana a casa? —preguntó ella, acomodándose en el taburete.

—No sé si podré, Lucía, tengo mucho trabajo.

—¡Siempre la misma excusa! ¿No te sabes otra? Porque la verdad es que esta huele a rancio. —Rodrigo prefirió obviar el comentario y fingió no haber escuchado lo que la lengua viperina de su hermana había dicho. Si no, tendría que aguantar la cantinela de nuevo—. Últimamente, nos tienes abandonados. Papá todavía no se ha recuperado de la muerte de mamá, necesita sentirse rodeado de sus hijos —expresó molesta—. Alejandro está en Londres y no puedo arrastrarlo hasta aquí, pero tú estás en España, así que necesito tu ayuda para hacerle sentir que es importante para nosotros. Sabes que soy capaz de llevarte a rastras, ¿verdad? —preguntó tan seria que Rodrigo pensó que, realmente, sería capaz.

—Haré todo lo posible, aunque no te prometo nada.

Su madre había fallecido hacía un año. Un fulminante cáncer de colon que apareció de improvisto se llevó su vida en tres escasos meses sin darles tiempo a asimilar que no volverían a disfrutar de su amor y de su compañía.

María era el pilar de todos, la confidente de sus hijos y la vida de Ramón. Su padre se derrumbó con la muerte de su mujer de igual modo que se desplomaron las Torres Gemelas de Nueva York. Él intentaba aparentar que, poco a poco, iba asumiendo su pérdida con resignación, pero el brillo en su mirada y su estampa apocada de hombros caídos, que resaltaba su cheposa espalda, le hacían parecer un hombre mustio, carente de alma y espíritu. Si su madre lo viera en el estado en que se encontraba, volvería a morirse del disgusto.

—Lucía, tengo que volver a la oficina —dijo, dejando un billete de diez euros en la barra.

—Mañana te veo, Rodri, que no se te olvide —le recordó llevándose la taza a la boca y rematando el poco café que quedaba. Ni siquiera lo miró.

—Está bien, lianta. —La besó en la mejilla mientras los ojos de su hermana se achinaron felices al entrar en contacto con los de él.

Chandani acababa de recibir un ultimátum por parte de su jefe y estaba que echaba chispas. El muy idiota, el cual no sabía hacer la «o» con un canuto, le recriminaba las dos averías sin resolver que le traían de cabeza desde hacía días.

El problema tenía fácil solución, como le repitió en varias ocasiones. Con los medios que disponía desde el ordenador, le era imposible hacer la instalación correctamente. No había otra solución que enviar a un técnico a la vivienda para que verificara qué estaba ocurriendo en la PTR. Claro está, al orangután de su jefe no le parecía buena idea porque acarrearía gastos a la empresa y sus objetivos se verían diezmados ante sus superiores. Así que no le quedó otra que aguantar el rapapolvo con la cabeza en alto y soportar esa sonrisa mezquina y de víbora que evidenciaba el poder que tenía. Si se descontrolase y le gritara en la cara lo que pensaba de él, estaría de patitas en la calle en un abrir y cerrar de ojos y, otra cosa no, pero necesitaba ese trabajo, aunque cada día le gustara menos.

Un sabor a óxido le reveló que debía relajar la mandíbula y liberar su lengua. El monstruo aullaba, quería salir fuera como fuese.

Abandonó el edificio sin mirar atrás, dejándose llevar por un remolino de destrucción que la elevaba a un estado emocionalmente crítico. Estaba rabiosa, su semblante furibundo y sus pupilas dilatadas escondían una expresión de felino encrespado a punto de saltar sobre su presa. Cualquiera que la hubiese visto abandonar en ese estado la oficina se hubiera preguntado qué tan grave era lo que su jefe le había dicho. ¿Acaso no tiene todo solución menos la muerte? Cuando el enfado enturbiaba su cerebro, daban igual las críticas, la educación y el respeto. El estado en que quedara el mundo tras su paso se la traía al pairo.

Atravesó la amplia avenida como un torbellino que levanta la materia a su paso y sin mirar hacia ambos lados, pero el chirriar de unos frenos al accionarse la devolvió a la realidad ipso facto, extinguiendo la conversación interna que mantenía y activando el murmullo mundano de la ciudad. «Casi me atropellan», se dijo desorientada.

Chandani se disculpó por su torpeza con el hábil conductor, aunque no tuvo que parecerle suficiente porque el muy trastornado no dejaba de increparle, a pleno pulmón, que si estaba loca.

Dejó al cincuentón allí plantado y se montó en su coche un tanto azorada.

Con manos temblorosas, introdujo la llave en el contacto y se dio unos minutos para tranquilizarse. Apoyó la cabeza en la parte habilitada del asiento para aquel fin, cerró los ojos y dio dos fuertes inspiraciones para intentar controlar esos resquicios de amargura que aún recorrían su cuerpo.

Abrió los ojos despacio y el reflejo de su rostro en la luneta delantera le hizo saber que ya había amainado la tormenta de sentimientos destructivos, pero aún sentía esa brizna fría en el cuerpo. No obstante, se veía capaz de conducir sin que corrieran peligro el resto de transeúntes o ella misma. Pulsó el botón de la radio y dejó que la música la envolviera. Una vez se vio preparada, pisó el acelerador y se incorporó al tráfico.

Una fuerte colisión contra su coche la dejó aturdida. Se llevó las manos a la cara para comprobar que no sangraba después del golpazo que se había dado contra el volante y miró al frente para intentar comprender qué había sucedido. Una nube de humo blanco y espeso como el de un cigarro fue lo único que encontró. «Pero… ¿qué narices ha pasado?».

El nubarrón blanco comenzó a disiparse como si Vaiu —el dios hindú del viento— arrasara con él de un fuerte soplido. Ante ella, un hombre aporreando el volante con una violencia salvaje dejaba sacar toda su rabia, lo cual le hizo pensar que había sido ella la que había cometido alguna imprudencia. Miró a cada lado y se encontró con que estaba bien situada en su carril, y que ese hombre solo podía haber salido del aparcamiento que se encontraba a su derecha. Así que la que tendría que estar echando chispas era ella, no él.

La indignación comenzó a calentar su torrente sanguíneo al pensar que, después de pasarse cinco largos años pagando las letras de su querido Volkswagen Polo, era muy probable que se fuera a la chatarra. Vamos, que se había quedado sin coche casi seguro.

El Monstruo, agarrándose aquella frustrante posibilidad, salió de su cueva, al igual que Chandani se bajó enfurecida del coche y fue hacia ese hombre que no la amedrentaría por mucho que maltratara a ese aro de cuero.

—¡Joder…, joder…, joder! —repitió Rodrigo sacudiendo el volante para calmar su enfado. «Pero ¡en qué estabas pensando, gilipollas! ¡Parece mentira que te pasen a ti estas cosas!», se recriminó dejando de dar golpes.

Ya más calmado y pensando que el mal ya estaba hecho, intentó abrir la puerta del conductor para salir del coche, pero, tal y como estaba el guarnecido interior, pensó que sería misión imposible. Tendría que bajarse por la puerta del acompañante. Se recostó en el asiento para llegar al tirador y, al abrir la puerta, un punzante dolor de costillas lo dejó sin respiración. Se sujetó la zona magullada y, como buenamente pudo, salió del vehículo.

Antes de que pudiera cerrar la puerta, y mucho menos disculparse por no haber estado todo lo atento que se tiene que estar al volante, una muchacha con el ceño fruncido y ojos de Lucifer se abalanzó sobre él y comenzó a golpearlo como si fuera un saco de boxeo.

—¡Tranquila! Señorita… Tranquila… ¡No se ponga usted así! —postuló Rodrigo, intentando detener sus envites.

Esa muchacha estaba fuera de sí. La locura dominaba totalmente su sentido común. Era tal su estado que, si no hacía algo para detenerla, le sacaría los ojos al igual que los pájaros de la película de Alfred Hitchcock.

Ahí estaba el mal dándolo todo. Parecía bipolar, una enferma que ha dejado la medicación y no es capaz de mantener a raya a sus fantasmas. Ya no había vuelta atrás, ya nadie podría detenerla. El Monstruo era quien mandaba en ella, el que hablaba y dominaba sus actos.

Un fuerte bofetón hizo reaccionar a Rodrigo. Había aguantado estoicamente los puñetazos en el pecho, los empujones, los zarandeos e, incluso, su intención —que pudo evitar— de tirarle del pelo. Pero eso no, ese guantazo casi le afeita la mejilla. «Pero ¿qué se ha creído esta niñata? Uno tiene sus límites».

Totalmente consciente de lo que le podrían acarrear sus actos siendo policía, inmovilizó a la muchacha como si de un delincuente agresivo se tratase. Con maestría, bloqueó sus golpes y secuestró sus muñecas llevándoselas a la espalda. Si tiraba de sus brazos hacia arriba, la obligaría a flexionar las rodillas y clavarlas en el suelo.

—¡Tranquilícese, señorita! ¡Respire! —pidió Rodrigo. Sin embargo, parecía que sus palabras no le llegaban, ya que forcejeaba como si tuviera alguna posibilidad de soltarse. Pobre muchacha, qué errada estaba—. No se preocupe, señorita, yo me hago responsable de lo ocurrido… Ha sido culpa mía. Si se calma, la soltaré y podremos tramitar un parte amistoso de accidente.

—¿Que me calme? ¡Estás diciendo que me calme! —gritó Chandani sin quitar los ojos del suelo—. ¿Tú eres gilipollas o qué? ¡Me has destrozado el coche!

—Ha sido un accidente… No era mi intención que esto ocurriera…, se lo aseguro —titubeó Rodrigo.

—¡Maldito cabrón! ¡Suéltame ahora mismo! —vociferó mientras braceaba para intentar liberarse.

Si le hubieran dicho, cuando se despertó por la mañana, que iba a sufrir un percance con el coche y que su cuerpo iba a servir para que una señorita se descargara de lo lindo, jamás se lo hubiese creído. No le gustaba tratar a nadie así e, incluso cuando era agente de calle, siempre intentaba que la persona a la que tenía que detener colaborase; no le gustaba que pensaran que abusaba de la placa, aunque esa muchacha no le estaba poniendo las cosas fáciles.

Los gritos e improperios que soltaba estaban provocando que los transeúntes se arremolinaran alrededor de ellos y que Rodrigo tuviera que aguantar miradas lacerantes cargadas de reproches por la evidente superioridad que había entre esa mujer y él.

—De acuerdo, ya estoy calmada. Por favor, suélteme —rogó ella, aunque no sonó muy convincente.

Rodrigo había escuchado en muchas ocasiones esas palabras en boca de delincuentes que intentaban engañarlo diciéndole que se comportarían, pero, cuando accedía y los soltaba, la situación se descontrolaba y empeoraba aún más si cabe.

No podía comparar a un delincuente con esa señorita, ya que la única arma que portaba encima eran sus propias manos, pero, tal y como las usaba, eran peligrosas. Un mal golpe en las costillas y vería las estrellas por el dolor. El impacto que se había llevado en el costado estaba empezando a enfriarse y no podía jugársela.

Chandani aguantó unos segundos quieta y en silencio, esperando que las palabras que había usado causaran el efecto esperado en ese señor. Sin embargo, lo único que sacó en claro fue que aquel hombre no se había creído ni una sola. Esa posición la estaba matando. Le dolían los brazos, la espalda y, sobre todo, el orgullo. Ella no era ninguna delincuente para que la tuviera retenida de aquella manera. Sí, reconocía que no había actuado de la mejor forma, que ese monstruo que la dominaba había vuelto a tomar el control sin que hubiese hecho nada para contenerlo, pero eso no quería decir que pudiera hacer lo que le diera en gana y tratarla de aquel modo. Además, ¿quién había destrozado su Polito?

Estaba furiosa, no sabía cómo convencerlo de que, aunque hubiera empezado con mal pie, ella era una mujer con la que se podía hablar, con la que podías mantener una conversación.

Volvió a revolverse contra esas esposas de carne y hueso consiguiendo que el tipo elevara sus brazos y ella tuviera que flexionarse aún más.

La impotencia y el dolor en el cuerpo estaban comenzando a calentar a ese personaje interno que no quería que la dominase de nuevo. Volvió a agitarse para intentar pillarlo desprevenido, pero solo consiguió que sus rodillas al final probaran el frío suelo. Ese fue el detonante que hizo que todo volviera a ponerse borroso.

Chandani comenzó a gritar desesperada. Los insultos que escupía por su boca eran tan despiadados y crueles que estaba consiguiendo que el público que los observaba cambiara de bando y se posicionara a favor de Rodrigo, el cual intentó mantener la calma, aunque le hubiese gustado levantarla y darle un par de guantazos para que se controlara. Lo único que podía hacer era llamar a su compañero Ramiro —policía nacional del distrito donde estaban— para que se encargara de esa situación que, muy a su pesar, se le había escapado de las manos.

Avistó una luz azul girando a toda velocidad que se dirigía hacia ellos al final de la calle y una sensación de alivio le hizo soltar un suspiro y enviar un pensamiento de agradecimiento a la persona que había llamado a las autoridades.

Como era de esperar, Ramiro se bajó del coche patrulla y se encaminó hacia ellos tan profesional y competente como siempre.

Disimulaba una sonrisa provocada por la sorpresa al ver al distinguido inspector en esa situación, aunque no añadió ningún comentario por prudencia. Rodrigo lo agradeció. No quería que las personas que allí se encontraban pudieran sacar conjeturas erróneas, ya que estaban deteniendo a esa mujer y la llevaban hacia el coche patrulla esposada.

Ya con la mujer controlada y con una sensación extraña en el cuerpo, Rodrigo se dirigió a su compañero para explicarle lo que había pasado.

—¿Y qué vais a hacer con ella? ¿La soltareis en unas horas? —preguntó Rodrigo sin quitarle ojo, pues lloraba desconsolada mientras se cubría el rostro con las manos.

—En casos como este, es conveniente que pase unas horas en el calabozo. Tendrá tiempo para pensar y relajarse —dijo el agente—. Pero no se preocupe, inspector, la encerraremos sola en una de las celdas para que no corra peligro. Mañana a primera hora la dejaremos irse.

—Está bien, Ramiro. Mañana a primera hora me paso a prestar declaración por comisaría e intentaré hablar con ella.

Impotente, y con un sabor amargo en la boca, vio partir el coche patrulla calle abajo y girar hacia la derecha en dirección a la comisaría. No se explicaba cómo, con los años de experiencia que disponía como agente de calle y tres como inspector jefe de la BCPD, no había sido capaz de controlar la situación.

Chandani no fue consciente de lo que había ocurrido hasta que se vio acurrucada en una esquina de la celda. Había dejado salir al Monstruo de nuevo. Le había dejado que rigiera su juicio, que mandara en ella. Se había atrevido a pegarle a un hombre sin pensar en las consecuencias. «Pero ¿qué clase de persona eres, Chandani? ¿Un animal?», se recriminó sin poder dejar de llorar.

Estaba tan avergonzada, tan decepcionada consigo misma que solo podía repetirse que tenía lo que se merecía volviendo a usar esa terapia autodestructiva como si de un mantra se tratara.

—¿Cómo he llegado a esto? —sollozó nuevamente desconsolada.

Cuando los hipitos y las lágrimas remitieron, decidió abordar el tema como una persona civilizada. Bastante la había liado como para seguir comportándose como una niñata estúpida y consentida.

Se secó el rostro con las manos y se obligó a respirar para serenarse. No sabía cuánto tiempo la tendrían allí encerrada o cuándo decidirían liberarla, si es que lo hacían, porque si los acontecimientos seguían su cauce natural, ese hombre la habría denunciado por agresión, algo que hubiera hecho ella si estuviera en su lugar.

Ponerse en lo peor solo consiguió que las lágrimas volvieran a agolparse en sus ojos y que su cuerpo se estremeciera por la vergüenza, aunque con pericia y, sobre todo, con determinación, consiguió mantenerlas al borde del precipicio.

Para empezar, debía disculparse con los agentes y, después, y lo más importante, disculparse con aquel hombre al que había golpeado cruelmente. Quizá, si veían que estaba arrepentida, la cosa se quedaba en una mala experiencia que olvidar y de la cual tendría mucho que aprender. Sí, eso haría, debía tratar el tema como la mujer adulta que era, aunque su comportamiento en un primer momento hubiera parecido el de una loca de psiquiátrico.

Ya más tranquila, aunque con los ánimos por el suelo, se levantó de ese rincón donde mantuvo su guerra interna y se dirigió hacia el incómodo banco que hacía las veces de cama.

Le dolía tanto la cabeza que parecía que un ogro estuviera aporreándola con un tronco. Le dolía todo el cuerpo por la tensión acumulada en sus músculos en forma de agujetas. Necesitaba dejar de pensar y de sentir, así que, recostándose e intentando dejar la mente en blanco, el sueño la venció.

Una sucesión de golpes huecos y rítmicos la despertaron de un sobresalto.

«¿Dónde estoy?», se preguntó creyendo que todo lo sucedido había sido parte de una de esas pesadillas que tan asiduamente sufría. «¡El accidente!». La dura realidad la golpeó de lleno en la cara como el airbag que explotó en el rostro de ese hombre al que agredió.

—Buenos días, señorita —la saludó un hombre que iba sin uniformar y el cual la miraba con gesto arduo e inflexible que denotaba los serios problemas en los que se había metido. Chandani frotó sus ojos para desperezarse y, antes de poder responder al saludo, el agente volvió a hablar—: Veo que ya está más tranquila, incluso, podría atreverme a decir que parece una mujer normal —ironizó.

Ella se retrajo avergonzada, ocultando su rostro tras esa cascada de cabello largo y negro que la caracterizaba, no obstante, se atrevió a saludar al agente.

—Buenos días —susurró.

Sentir el intenso escrutinio y esas frías palabras la intimidaron. Hacer lo correcto iba a costarle más de lo que en un primer momento imaginó.

La tensión entre ellos dos podía cortarse con cuchillo. Estaba juzgándola y ella no podía hacer otra cosa que entender la situación. Esa era la primera consecuencia. Tragó saliva para intentar controlarse, pero, de sus traidores ojos, comenzaron a brotar las lágrimas que demostraban su arrepentimiento. «A tomar por saco mi estrategia de mujer adulta», pensó resignada.

—¿Se da cuenta del problema en el que está metida, señorita Villamayor? Ayer agredió a un hombre.

Chandani sorbió por la nariz su pena y se tragó la vergüenza con amargura. Si quería que todo acabara lo más rápido posible, tenía que empezar a hablar.

Limpió sus mejillas con pulso tembloroso.

—Discúlpeme, agente. Sé que lleva razón, me he comportado como una salvaje —añadió, mirando las manos que golpearon sin tregua a aquel hombre y que, en ese momento, temblaban como las patitas de un perrillo asustadizo—. Me ha denunciado, ¿verdad? Afrontaré las consecuencias. Merezco todo lo que me ocurra, este comportamiento no tiene perdón.

Era la primera vez que Rodrigo podía contemplar cómo era esa muchacha porque, en la soledad de su casa, intentando rememorar lo ocurrido, no lograba ponerle cara. Solo consiguió recordar el perfil tan perfecto y proporcionado cuando la vio montada en el coche patrulla. El resto de las imágenes venían a él movidas y desfiguradas, como si hubieran sucedido subido en una montaña rusa.

El arrepentimiento marchitaba su hermoso rostro, pero, aun así, era preciosa. «¿Cómo una mujer con esa dulzura puede sacar la fiereza de un león?», se preguntó sin poder quitarle los ojos de encima. Era bonita la condenada.

Mujer de rasgos exóticos y de piel tostada. Con tupidas pestañas que resaltaban y embellecían sus ojos almendrados, de un color verde intenso que no era capaz de definir exactamente debido a las lágrimas. De nariz fina y ligeramente levantada, labios gruesos que enloquecerían a cualquier hombre y un cabello, tan negro, brillante y sedoso que parecía que estuviese seduciéndolo para que la tocase.

Un sollozo, que a Rodrigo le pareció proveniente de un ángel celestial, le hizo volver a esa celda de aislamiento donde Ramiro la encerró para que no estuviera en contacto con el resto de detenidos.

—Bueno…, bueno…, señorita, deje de llorar. Seguro que podemos hacer algo para que todo se quede en un malentendido.

Chandani asintió y volvió a ocultar su rostro bajo el pelo, cosa que a él le incomodó.

—Si se ve preparada, podemos subir a comisaría y arreglar esto, ¿le parece?

—Sí, agente. Necesito disculparme con sus compañeros y con ese hombre. ¿Usted podría ponerme en contacto con él? —preguntó nerviosa—. Estoy tan avergonzada por lo que hice…, necesito disculparme —insistió.

—Señorita Villamayor, ya lo está haciendo.

La sorpresa embelleció aún más los ojos de Chandani. Con vergüenza y pasmo, puso toda su atención en él por primera vez. Ese hombre de mirada comprensiva la observaba como si estuviera pasando un rato divertido a su costa.

—¡Fue a usted! —exclamó estupefacta—. ¡A usted fue al que golpeé! —reiteró.

A Rodrigo lo enterneció, arrancándole una sonrisa, ver el rostro enrojecido por la humillación de aquella muchacha.

—Y entiendo que es policía, ¿no es así?

El inspector asintió embelesado.

Peor suerte no podía correr, no solo le había pegado a una persona, sino que había golpeado a un policía. Ya nada ni nadie la salvaría.

—Perdóneme —rogó a su víctima—, me dejé llevar por la rabia… Perdóneme, por favor. —Un brillo, como el que desprende la luna sobre el océano, se reflejó en sus ojos entristecidos. Las lágrimas brotaron de sus párpados sin esfuerzo. Jamás se había sentido tan abochornada como en ese momento.

—Está bien, señorita. Aceptaré sus disculpas si deja de llorar de una vez.

Chandani, con un tenaz regateo, burló el llanto ahogando el disgusto en lo más profundo de su estómago.

Ver esa carita tan hermosa que luchaba con todas sus fuerzas por dejar de llorar y complacerlo le pareció lo más enternecedor que había visto nunca.

—¡Hagamos una cosa! Vamos a empezar de nuevo, ¿le parece?

La joven se mordió el labio inferior, dubitativa, y controló el movimiento nervioso de sus manos, asintiendo con ojos agradecidos.

Rodrigo no pudo evitar que su mirada se dirigiese a esos labios carnosos que, como si fuesen un dulce irresistible, lo llamaban de una manera desconcertante.

«Necesitas inmediatamente una dosis de sexo, Rodrigo», se dijo, saliendo del embelesamiento al que esa mujer lo estaba sometiendo sin que moviera un dedo.

—Me llamo Rodrigo Torres y usted es…

Sin tiempo a terminar la frase, ella extendió el brazo y ambos dijeron al unísono: «Chandani Villamayor».

Los dos rieron relajados. Parecía que la tensión con la que se habían conocido por fin quedaba atrás.

Rodrigo pudo analizar ese rostro que, sin penurias, parecía el de una ninfa del paraíso capacitada para quitar el juicio de los hombres. Todo en ella era digno de alabar.

Receptivo, tragó saliva para que bajara el incómodo calentón que amenazaba con achicharrar su miembro, invitando a Chandani a que saliera de la fría y lúgubre celda, la cual, al subir al piso de arriba, se sintió como si pisara por primera vez la comisaría. No recordaba nada de la sala, ni siquiera ese amplio mostrador donde todo detenido tenía que depositar sus pertenencias, algo que, con toda seguridad, había tenido que hacer.

Mientras observaba aquella escena como si fuera la de una película policiaca, un policía demasiado joven, o eso le pareció a ella, le entregó su bolso y el teléfono móvil.

—Revise su bolso y compruebe que no le falta nada. Después, firme este documento donde confirma que ha recogido sus pertenencias y que está todo en orden.

Chandani, deseando salir de allí, revolvió el interior del bolso sin prestar mucha atención.

—Está todo. Gracias, agente. —Firmó el recibo de entrega.

—Tome, Chandani, este es el parte amistoso que rellené ayer tras el accidente aceptando mi culpabilidad. Preséntelo en su aseguradora para que le arreglen el coche. —Le entregó una hoja tamaño folio en color amarillo pastel y de un azul eléctrico en el dorso.

—Gracias de nuevo, Rodrigo, no merezco tanta comprensión por su parte. —La vergüenza volvió a percibirse en sus ojos, aunque, en ese instante, lo miraba sin ocultarlos.

—Ahí tiene mi número de teléfono. Si necesita cualquier cosa, no dude en llamarme —añadió él recolocándose el moño desordenado, que tan poco le gustaba a su padre que se hiciera pero que tan suyo era a su vez, para acallar a ese lascivo duendecillo que analizaba esa sugerencia tan amplia. «Sí…, sí…, para cualquier cosa. ¿Está ligando, inspector?». Rodrigo carraspeó.

—Gracias otra vez, agente. — Chandani le estrechó la mano dejando en ese saludo la nefasta experiencia de ser una delincuente.

Abandonó la comisaría abrumada. Después de lo ocurrido, por fin estando sola, ya podía dejar de fingir que aquello solo había sido un error más en su vida. No le quedaba otro remedio que asumir que necesitaba más ayuda de la que se imaginaba. Su madre llevaba razón, no estaba tan recuperada como ella se creía.

La realidad era que, para Chandani, todo aquello fue como permitir que la cicatriz de su corazón se viera amoratada al revivir los traumas de su infancia. Sacudió la cabeza dejando el victimismo a un lado, aunque lo apuntó en tareas pendientes que tratar con su terapeuta. En aquel momento, lo importante era encontrar un taxi que la llevara a tiempo al trabajo.

Sacó su teléfono móvil del bolso y la oscuridad en la pantalla le hizo recordar que la última vez que lo miró marcaba un treinta y cinco por ciento de batería. «Genial, no puedo llamar a un taxi», pensó.

—Las cosas siempre pueden ir a peor —dijo con sorna. Sin tiempo que perder, salió corriendo en dirección al trabajo con la esperanza de encontrar un taxi mientras se dirigía hacia allí.

—Chandani, ¿quiere que la lleve a su casa? —le preguntó ese hombre tan condescendiente al que había conocido y al que, de nuevo, parecía que los dioses ponían en su vida para enderezar su destino.

—No, gracias, bastante considerado ha sido conmigo para también hacerle perder el tiempo. Cogeré un taxi.

—¡Suba! —exigió Rodrigo.

—No… No…, se lo agradezco, pero tengo que ir al trabajo.

—Mejor aún, llegaremos antes —añadió el inspector, usando esas palabras mágicas que necesitaba escuchar la joven si no quería meterse de nuevo en un lío.

Sin pensar demasiado en lo caradura que era, aceptó.

—No sé cómo voy a pagarle el favor que me está haciendo, agente.

«Ya me encargaré yo de cobrarte», pensó el libertino duendecillo que convivía en el subconsciente del inspector.

—Por favor, llámeme Rodrigo. Dejé de ser agente hace unos años —declaró con naturalidad observando al conductor que los precedía.

—¡Disculpe! Pensé que trabajaba en la comisaría —se sorprendió.

—Hace unos años que no trabajo allí. Ahora soy inspector jefe de la Policía Judicial. ¿Y usted, dónde trabaja? —preguntó.

—Estoy trabajando en una empresa de comunicaciones justo al lado de donde tuvimos el accidente. Aunque solo es temporal, en realidad. Soy psicóloga.

—Interesante…

—¿Por qué es interesante? —preguntó extrañada.

—El trato que tengo con psicólogos y trabajadores sociales en el trabajo no es que sea muy habitual, pero siempre me han parecido personas tranquilas, con gran sentido de la empatía y mucha facilidad para escuchar. Muy diferente a como se comportó usted ayer. —Chandani se ruborizó al mencionar lo ocurrido—. ¡Perdone! No quería incomodarla. Quedamos en que todo estaba olvidado.

—No se disculpe, lleva razón, no fue el comportamiento más ejemplar. No tuve un buen día, de hecho…, ¡fue un día de mierda! —confesó.

—¿Y qué le pasó? —preguntó Rodrigo con una sonrisa para cambiar de tema.

—El orangután de mi jefe…

—¿Su jefe es un orangután? —bromeó Rodrigo.

Ella, con gesto risueño, sonrió.

Rodrigo no era de esos hombres a los que con facilidad les salían solas las bromas, sin embargo, con ese banal chascarrillo, pudo escuchar el murmullo de su risa que, como si fuera la melodía de un instrumento ancestral, lo cautivó.

—Más bien, su comportamiento es el de un orangután —rectificó—. Llevo unos días teniendo problemas con unas averías y él no quiere mandar a un técnico para que las solucione. Ayer amenazó con despedirme —confesó.

—Entiendo. —Rodrigo no quería llegar a su destino. Deseaba seguir conociendo a esa muchacha, seguir conversando y saber de ella—. Ya estamos cerca —dijo para ocupar el silencio que se había instalado entre sus pensamientos y el habitáculo.

—¡Aquí, inspector! ¡Trabajo aquí! —agregó efusiva al ver a su amigo Toni buscándola entre sus compañeros.

Rodrigo detuvo el coche de inmediato, tal y como haría un taxista por exigencias de su cliente, y pulsó un botón, con el que se accionó el freno de mano.

—Muchas gracias otra vez, y disculpe por lo de ayer —añadió.

Se bajó del vehículo tras ella para acompañarla.

—Si tiene algún problema con la aseguradora, llámeme.

Ella asintió ligeramente y, en compensación a sus atenciones, le regaló de nuevo esa dulce sonrisa que Rodrigo se obligó a guardar en su retina. No quería despedirse de ella, pero tampoco tenía excusa para no hacerlo.

—¡Dani… Dani! —gritó su amigo Toni.

—¡Toni! ¿Qué haces aquí? ¿No se supone que entras en el turno de tarde? —preguntó Chandani.

—Amiga, esa no es la pregunta. ¿Dónde narices te has metido toda la noche? —exigió saber preocupado y con gesto molesto—. Me tenías acojonado. ¿Es que no puedes llamar o coger el teléfono? —la riñó. Aunque, al ver la presa que había cazado su amiga, empezó a comprender todo—. Ya entiendo —susurró cómplice—, solo hay que ver con quien vienes para entender lo que ha sucedido —añadió con picardía sin dejar de abrazarla. La petarda de su amiga se lo había hecho pasar fatal toda la noche.

Chandani se ruborizó ante las insinuaciones de su amigo.

—Anda, Toni, no digas tonterías. —Intentó quitarle importancia al comentario mordaz que su amigo acababa de hacer—. Mira, te presento al inspector Torres. Rodrigo, este es mi amigo y compañero de piso.

—Encantado.

Ambos extendieron sus manos para saludarse.

—Entonces, si no has pasado la noche con él, ¿se puede saber dónde te has metido? No he pegado ojo pensando que algo malo te había pasado.

Chandani puso los ojos en blanco y rogó para que la tierra la tragase. Pero ¿cómo se podía ser tan descarado? ¿Qué iba a pensar el inspector de ella si su amigo con tanta ligereza decía esas cosas?

—Luego te cuento. Es una larga historia —murmuró incómoda.

—Entonces, vamos a desayunar a la cafetería, que todavía te quedan diez minutos para entrar y me haces un resumen. ¿Le apetece acompañarnos, inspector?

—No, gracias, se me hace tarde.

—Muchas gracias de nuevo, Rodrigo —se despidió Chandani.

Sin más que hacer allí, se montó en su coche y se marchó.

Mientras bajaba por el aparcamiento del edificio de la Policía Judicial, el inspector Torres no dejó de pensar en esa mujer y en lo que su amigo había insinuado. Ya le hubiera gustado a él pasar la noche con tal preciosa muchacha. Ese tal Toni le caía bien. Le gustaba su forma de pensar.

«¿Volveré a verla?», se preguntó. Algo en él le decía que le gustaría volver a coincidir con ella. Le despertaba un sentimiento extraño al que no le sabía poner nombre. Sin embargo, su cuerpo parecía que sí tenía claro cómo identificar esa desazón que sentía. Protección y deseo.

Al final, iba a llevar razón su hermana Lucía en que quería controlar el mundo y proteger a todos.

El veneno de esa diosa lo hizo divagar en el recuerdo de ser fiel a una sola mujer, lo que se siente cuando se ama de verdad. «¿Cuántos años hacía de eso?». Había perdido la cuenta del tiempo que llevaba solo. Ya no recordaba cómo se detiene el mundo cuando esa compañera a la que adoras te acompaña cada día. Llevaba tanto tiempo centrado en su trabajo y desahogándose con Arantxa que había olvidado lo que se siente al amar a alguien.

Esa mujer le había gustado. No podía negar lo evidente porque, si no, estaría engañándose como un verraco y él no era de esos hombres que tienen ese tipo de hábitos, requisito que tuvo que aprender cuando decidió hacerse policía.

La verdad solo tiene un camino y ese camino a Rodrigo le hubiera gustado recorrerlo mientras la iba conociendo, por decirlo delicadamente, claro está. Porque lo cierto era que le hubiera encantado llevársela a la cama. Esa hermosa carita tendría que estar increíble con las mejillas encendidas por el éxtasis más sublime. Esa manera de morderse el labio… «Puf…», suspiró. Su miembro viril se activó con aquellos pensamientos y su «amiga», la que siempre estaba dispuesta, le hizo saber con una ligera molestia que si seguía creciendo de esa manera, sería mejor que la liberase del encierro de algodón y fibra. «Estás fatal, Rodrigo», se dijo recolocándose el paquete.

Sacó el teléfono móvil de la chaqueta de cuero y le escribió un wasap a Arantxa. Eso lo arreglaría él en un santiamén.

Sentados en la cafetería, Chandani le narraba a su amigo Toni todo lo que le había sucedido el día anterior. Como no era de extrañar, su amiga fue marchitándose como si fuese una flor de temporada con cada relato que le iba ilustrando.

A Toni no le asombraba nada de lo que pudiera contarle, ya que siempre le ocurrían los sucesos más inverosímiles posibles. Él sabía que mucha culpa la tenía ese carácter suyo, tan fuerte e impulsivo, que provocaba que se viera envuelta en aquellas tesituras. No obstante, tampoco podía decirle cómo veía las cosas, porque sería como tirarle un cubo de agua helada a la cara y no se lo merecía. Bastante tenía con sus fantasmas del pasado.

Era una pena que no pudiese hacer nada para ayudarla. Todo lo que le ocurría solo podía detenerlo ella misma. Necesitaba aprender a controlar su ira y no hacer montañas de arena donde solo había una pequeña duna. Toni pensaba que el destino no dejaría de regalarle esas desagradables situaciones hasta que no aprendiera de ellas. Para él, todo en la vida traía una enseñanza y, en el caso de su amiga, tenía que ser una muy grande.

Eso lo entristecía, porque sabía que era una mujer excepcional, con un alma pura, repleta de solidaridad por los demás y con un sentido de la lealtad subdesarrollado. Pocas serían las personas que tendrían la suerte de contar con una amiga como ella, aunque en alguna ocasión se hubiera visto obligado a lidiar con ese monstruo implacable que la transformaba en alguien muy diferente. Pero… ¿quién en su lugar no actuaría así con lo que le tocó vivir en su niñez? Muy mendruga tendría que ser la persona que no entendiese sus tormentos. Quitando esa tara, su amiga valía mucho.

—Sí…, sí… —afirmó con retintín—, me parece a mí que tú lo has hecho adrede —expresó con una sonrisa para animarla—. ¿No me digas que no te has fijado en lo buenorro que está ese hombre? Porque ya lo querría yo para mí.

—Toni, ¡déjate de tonterías! Lo que te estoy contando es muy serio —lo increpó molesta—, he insultado y pegado a un hombre. Si no llega a ser porque es policía y supo detenerme, podría haberle hecho daño o, peor aún, me podían haber dado la paliza del siglo. —Un gesto de preocupación trasformó su expresión—. Yo no sé qué me creo…

—¿Wonder Woman? —bromeó con la pregunta.

Chandani arrugó el ceño.

—Tengo que hablar con mi terapeuta. Esto no puede volver a ocurrir, me prometí que no volvería a caer tan bajo —concluyó angustiada.

—Exageras.

—Qué fácil ves tú las cosas. Cómo se nota que no has tenido que pasar la noche en el calabozo como un delincuente.

—¡Vamos a ver una cosa, bonita! —le dijo cansado de tanto afán por autodestruirse—. Como sigas con eso de que eres una mala pécora que no mereces ni el aire que respiras, solo vas a conseguir sentirte como una mierda.

—¿Y cómo te crees que me siento?

—Eso me queda claro —respondió poniendo los ojos en blanco. «Pero ¿cómo se puede ser tan cabezota?», se dijo—. La cuestión es sacar algo bueno de lo ocurrido, no seguir machacándote. Sé que has metido la pata, pero ya está… ¿Quién no la ha metido alguna vez? —preguntó a la nada. Aunque ella no pareció entenderlo.

—Parece que yo le estoy cogiendo el gusto a hacerlo —murmuró entristecida. Como siempre, su amigo tenía razón. Flagelándose, no conseguiría nada.

—¡Ya está! Deja las cosas como están. Ese hombre se ha portado como todo un caballero, ha sido comprensivo, te ha ayudado y no va a denunciarte —añadió mirándola muy serio—. Piensa que has tenido suerte.

Chandani agitó la taza de café que tenía entre las manos como si, con ese gesto, pudiese prever el futuro. Su amigo llevaba razón, no podía coger el camino fácil. Recriminándose sus errores, no conseguiría nada, solo sentirse peor consigo misma. Debía ser inteligente y analizar la situación con cautela.

—¿Tú también vas a regañarme? Mira que ya he tenido suficiente —gruñó molesta.

Ya era hora de que Chandani actuara. Parecía que había vuelto su amiga de siempre.

—Esa es mi chica…, carácter en estado puro. —Le guiñó un ojo. Sonriendo, la joven dejó que la silla cargara con el peso de su espalda—. Bueno, y ahora que hemos dejado atrás toda esa polémica de que he sido mala, pégame, dame fuerte —bromeó Toni agitando la mano al aire como quien azota una alfombra—, ¿qué pasa con ese hombretón? Porque espero que te hayas dado cuenta de cómo te miraba ese chicarrón del norte. Menudas miraditas te ha echado el inspector.

Chandani no pudo hacer otra cosa que soltar una escandalosa risotada. Su amigo no tenía remedio.

—¿Qué mirada ni qué ocho cuartos?

—¿Le has dado tu número? Mira que hombres como él son difíciles de encontrar —añadió con un ramalazo de esos que le gustaba interpretar cuando se juntaba con sus amigas «las locas de Chueca».

—Sí, claro. Le he dado el mío, el tuyo, el de mi madre y el de mi terapeuta, no vaya a ser que no me localice —dijo con sorna—. Pero ¿tú te crees que un hombre como él tiene tiempo de fijarse en una loca de psiquiátrico?

—Ay, amiga…, qué poco sabes de hombres —añadió en un suspiro—. Si fueras un callo malayo que tiene una verruga en la punta de la nariz y un ojo que vigila al otro, lo entendería, pero resulta que estás muy buena, mi niña. Ese detalle no se le ha podido escapar a este hombre. —Elevó una ceja al mismo tiempo que la comisura de su boca.

—Pero mira que te gusta el marujeo… Anda, dejemos el tema, que tengo que irme a trabajar.

—Se me olvidaba decirte que estás en casa con unas fiebres africanas.

—¿Qué?

Su amigo se había vuelto loco de remate.

—Sí, le he dicho al orangután que estabas en cama muy malita —dijo a la carrera quitándole importancia al asunto—. No te encontraba…, quiero decir, no sabía si iba a encontrarte, así que me tomé el atrevimiento de mentir al jefe. —Sonrió pícaro.

—Un día, me tienes que contar cómo lo haces.

—¿El qué?

—Ser tan perfecto —lo piropeó.

—Anda, zalamera, vete a casa y descansa. —Chandani asintió—. Y si no vas a llamar al inspector, pásame el número. Lo mismo le gustan las emociones fuertes.

—En eso, cojeas.

—Algún fallo debía tener —bromeó y le guiñó un ojo.

CAPÍTULO 3

—Inspector, tiene una llamada del comisario Morales.

—Pásemela a la oficina, agente García —pidió Rodrigo mientras estudiaba el dosier que le había entregado la agente Tamayo—. Buenos días, comisario Morales. Usted dirá.

—Rodrigo, me ha llamado la secretaria del juez Alcázar, quiere que en una hora nos presentemos en su despacho.

—¿Qué es lo que quiere? ¿Le ha dicho algo? Es muy raro que tenga tanta prisa en hablar con nosotros, ¿no le parece?

—Solo me ha dicho que no estaba autorizada a dar esa información, así que te espero en la puerta de los juzgados.

—Está bien, jefe, voy para allá —se despidió Rodrigo.

Rodrigo se quedó pensativo unos minutos. «¿Qué querrá el magistrado?». Debía ser importante, porque cuando ellos querían reunirse con algún juez, casi había que pedir audiencia.

Cerró el dosier, olvidando por dónde se había quedado, descolgó el teléfono de su despacho y marcó el número interno que comunicaba directamente con la mesa del agente Sierra.

—Sierra, cuando puedas, ven a mi despacho, por favor.

A Rodrigo no le dio tiempo a colgar el auricular en la base del teléfono cuando su amigo llamó a la puerta y, sin esperar respuesta, entró.

—Usted dirá, jefe —saludó llevándose la palma de la mano a la frente y clavando el talón al suelo.

Rodrigo no recordaba cuándo fue la última vez que vio a su amigo entrar en su despacho sin hacer la estupidez esa del saludo militar.

—Anda, payasito, descansa —le pidió Rodrigo sin poder reprimir una media sonrisa. «Este amigo mío cumplirá con su palabra, aunque le corten los brazos», pensó divertido.

David sonrió socarrón, elevando una de sus rubias cejas un par de centímetros de su lugar de origen.

—Te prometí hace dos años que si el puesto de inspector era tuyo, me verías todos los días saludarte así. Es lo que tienen las apuestas entre borrachos. —Hizo un sonido hueco con su lengua—. Así el próximo día dudas menos de tus aptitudes, camarada. —Tomó asiento.

—Ahora mismo me estoy arrepintiendo de haberme emborrachado a tu lado y de haber largado más de la cuenta —bromeó Rodrigo.

David levantó los hombros y puso un gesto que sin duda decía: «¡Ah! ¡Se siente!».

—Y bien, ¿qué necesita mi queridísimo jefe?

Rodrigo negó con un movimiento de cabeza fingiendo una resignación que no sentía.

—¿Sabemos algo de los sospechosos? ¿Ha habido algún cambio?

—Por el momento, todo sigue igual. Tamayo y yo estábamos a punto de hacerle una visita a Irina Petrov. Según los compañeros, no sale del hospital. Parece que echa más horas que el rey.

El gesto en su superior le hizo saber que debía dejar las bromas de lado.

—Enseñadle una foto de Konstantin. —David asintió—. Me ha llamado el comisario. El juez Alcázar quiere que nos reunamos en su despacho en una hora, así que imagino que pasaré prácticamente toda la mañana fuera. Si ocurre algo relevante que no pueda esperar, me llamas.

—Por supuesto, jefe.

Rodrigo, junto al comisario Morales, escuchaba con atención el relato que el magistrado les estaba explicando sobre un caso que estaba juzgando y el cual se le estaba complicando porque uno de los acusados tenía información con la que poder negociar su condena. Básicamente, la trama estaba clara: políticos corruptos les adjudicaban edificios oficiales a importantes empresas promotoras para realizar grandes eventos en fechas señaladas, sin necesidad de pasar por un concurso público. Como era de esperar, esos políticos no lo hacían por amor al arte, sino por adquirir suculentas tajadas económicas que hinchaban sus cuentas bancarias. Aunque ahí no quedaba la cosa. Esos distinguidos empresarios, de manera encubierta, reaparecían en aquellas fiestas comercializando con cocaína. Otro gran negocio ilegítimo que les acarreaba más ganancias si cabía.

Hasta ahí la cosa estaba clara, aunque Rodrigo y el comisario Morales no lograban hilar los casos que ellos estaban investigando con el que les hablaba el juez Alcázar con tanto ímpetu.

—Perdone, señor Alcázar —lo interrumpió el comisario—. Ese acusado al que se refiere, ¿qué tipo de información puede tener sobre el caso que lleva el inspector Torres? Con esto quiero decir que no encuentro ningún punto de unión entre un caso de tráfico de drogas con el de las desapariciones.

—Este hombre dice que tiene información de uno de los desaparecidos —concretó con amargo rictus.

Rodrigo tensó la mandíbula por la noticia, aunque esperó paciente a ver adónde llegaba la conversación que estaba manteniendo su superior.

—¡Eso es estupendo! —añadió el comisario demasiado entusiasta. Algo que molestó aún más al juez.

—No se haga ilusiones, comisario. Esto parece más una artimaña de un suspicaz abogado que quiere demorar el proceso y marcarse un par de puntos con su cliente a costa de mejorar su condena que una feliz realidad —auguró—. Pondría la mano en el fuego a que nos hace perder el tiempo. Estos abogaduchos se las saben todas.

—¿Cuándo será la reunión? —preguntó un inalterable Rodrigo.

—Será en dos días, aquí mismo, en mi despacho. Aunque tengo que decirles que no sé si aceptaremos ese acuerdo, señores. Este hombre está pidiendo demasiado y dudo de que la información que nos facilite tenga tanto valor como para que aceptemos sus exigencias. —El juez Alcázar puso una expresión tan recelosa que Rodrigo miró a su jefe pidiéndole permiso para que le dejara hablar, aunque el comisario lo censuró de manera sutil, abriendo los ojos deliberadamente sin que su señoría lo viera.

—¿Y si no es así y tiene pruebas? Entiendo sus dudas, magistrado, pero el caso Bóxer es un caso complicado. Con esto no quiero decir que sea más importante que el proceso que está usted juzgando —aclaró el comisario Morales—, pero esta organización tiene todo muy bien atado y el inspector Torres está intentando desmantelarla, sin embargo, tiene muy pocos hilos de donde tirar. Cada vez que encuentra una pista fiable y cree que el hilo esta tenso, se rompe y tiene que volver a buscar el ovillo —comparó con acierto.

La franqueza que usó el comisario obligó al juez Alcázar a levantarse de su butacón ergonómico y colocarse tras él a modo de barrera, claro gesto de no querer seguir hablando.

Rodrigo podría haber aprovechado el momento para argumentar lo que él mejor que nadie sabía del caso en cuestión, pero prefirió dejar que esos dos gallos de pelea se explayasen en discutir ciertos detalles importantes que, en realidad, ninguno de los dos conocía de primera mano. Solo él y sus agentes sabían cómo se movían aquellos desalmados.

—Señor Alcázar, tengo al fiscal del caso Panteón esperando fuera. Dice que es muy importante y que no se marchará hasta que no hable con usted —informó su secretaria.

Rodrigo ni siquiera la escuchó llamar a la puerta, estaba tan irascible que tuvo que levantarse de la silla para tomar distancia y darse unos minutos para pensar.

El pulcro y pálido color de las paredes confrontaba con los oscuros pensamientos que no dejaban de comprimir su cerebro. Necesitaba relajarse, estaba demasiado tenso y eso no era nada bueno. Debía empezar a hablar claro. Solo él sabía cómo iba el caso.

La tarima, en un tono nogal oscuro, crujió como si quisiera avisar a los allí presentes de que el dueño de ese despacho estaba a punto de explotar.

—¡No arriesgaré todos estos años de pistas recabadas para que ese hijo de puta quede libre al día siguiente! —gritó un enfurecido juez.

Los sentidos de Rodrigo se activaron. Parecía que estuviese perdido en un limbo atemporal.

—No tenemos nada —susurró Rodrigo sin mirar a ninguno de esos dos hombres con los que compartía estancia. El silencio que se creó podría compararse con el de la antesala de la muerte.

—¿Cómo que no tienen nada, inspector? ¡Explíquese! —ordenó el juez.

—Cada una de las pistas que seguimos nos llevan a un callejón sin salida, magistrado. Ese ruso tiene mucho cuidado en no cometer errores. Solo han cometido uno y no es suficiente para detenerlo. Las pruebas serían desestimadas nada más presentarlas. Este caso necesita un empujón —concluyó Rodrigo, buscando con la mirada al juez Alcázar—, y ese hombre puede ser el encargado de darlo.

Ante las presiones de Rodrigo, el juez arrugó el gesto de tal modo que las gafas de montura al aire se le escurrieron de su minúscula nariz. Nervioso, se las recolocó al tomar asiento de nuevo. El comisario siguió a su ilustrísima señoría.

La tensión se podía equiparar a la de una torre de alto voltaje. Los tres habían acabado levantándose de sus asientos intentando defender sus argumentos.

—De acuerdo, inspector, veamos qué información nos facilita. Pero no se haga ilusiones, no puedo asegurarle que lleguemos a un acuerdo. Escucharemos las exigencias del abogado y la supuesta información que tiene sobre las desapariciones. Sin embargo, le repito que, si no justifica lo que nos dice, se encontrará de nuevo en un callejón sin salida. ¡¿Ha quedado claro?! —sentenció con sus palabras como si estuviera ante los tribunales. — Rodrigo y el comisario asintieron sin añadir nada. Bastante habían conseguido como para seguir jugando al gato y al ratón —. El viernes los quiero a los dos en mi despacho. —Con esas abruptas palabras, dieron por concluida la reunión.

Rodrigo y su jefe abandonaron el despacho del juez Alcázar sumidos en un mutismo absoluto. Parecía que ninguno de los dos tuviese fuerzas para comentar lo que ahí se había dicho. El comisario Morales no es que no hablara por miedo a que diera comienzo una discusión absurda entre ellos dos, sino porque no podía dejar de observar que su inspector jefe —ese hombre paciente, astuto y obstinado— estaba demasiado susceptible. No sabía cómo acabaría Rodrigo si el caso no avanzaba.

Se le notaba ausente, pensativo y tenso. Era como si su mente estuviera maquinando el nuevo paso a dar con la información que había recibido hacía unos minutos. Ese rostro ojeroso y de mirada perdida hablaba por sí solo y este decía que el caso se le estaba haciendo cuesta arriba.

—¿En qué piensas, Rodrigo? —preguntó Eduardo.

—Pienso en que necesitamos esa información. Es la única oportunidad que tenemos para agarrarlos por los huevos. —Ya has escuchado al juez Alcázar, no es seguro que lleguen a un acuerdo. Tenemos que estar preparados para lo peor.

—Esa opción no me vale, necesito esa información.

El comisario suspiró. No había nada peor que ver cómo uno de sus mejores hombres se involucraba demasiado. —Rodrigo, debes tener paciencia. Sé que antes o después los atraparás. Necesitas descansar para pensar con claridad. ¿Hace cuánto que no sales? —Rodrigo no contestó—. Me lo imaginaba… Evadiéndote, podrás ver las cosas desde otra perspectiva. No puede ser todo trabajo.

—¿No me has escuchado hace un momento? No avanzamos, Eduardo. Se me agotan las ideas. Cada día que pasa, rezo para que no nos llegue una nueva desaparición. —El tono de voz sonó tan desesperado que Eduardo se compadeció.

—No puedes dejar que los acontecimientos te superen. Es trabajo. Tú haces todo lo que puedes con los medios que dispones.

—Ya lo sé, pero… ¿cómo lo hago? ¡Venga! Dime, ¿cuál es el truco? —preguntó con sorna.

Eduardo conocía a Rodrigo desde que, prácticamente, era un chiquillo. Tenía veinte años cuando aprobó las oposiciones para ser policía y fue en la primera comisaría que le asignaron donde lo conoció. Era un muchacho ávido por saber, por aprender y superarse en la vida, de esas personas que sabes que llegarán lejos porque les apasiona lo que hacen y disfrutan aprendiendo cosas nuevas cada día.

Él, que era uno de los inspectores jefe más valorados en la UDEV, parecía que había perdido esa chispa que años atrás era el motor en su carrera, y a Eduardo le dolía tener que ver a ese hombre tan ambicioso y perseverante dejándose arrastrar por un caso que, con el tiempo y como siempre ocurría, acabaría resolviéndose y quedando atrás como tantos otros. Aunque parecía que su amigo y subalterno lo había olvidado.

—Rodrigo, me obligas a hablarte como tu jefe —sostuvo impasible—. O te tomas este trabajo como lo que es o, si veo que tu integridad física o psicológica corre algún riesgo o incluso percibo que el caso puede salir perjudicado porque te pases de la raya, te retiro del mismo inmediatamente. ¿Me has entendido?

Rodrigo apoyó la frente en la fría madera que cubría el bastidor del ascensor y alzó a ambos lados sus manos. «Lo que me faltaba», pensó. Su jefe sería capaz de eso y mucho más.

Así que, con los ojos cerrados y ejerciendo una presión que le comprimió el rostro de impotencia, contestó:

—Entendido, jefe.

—Puedo parecer un cabrón, pero, si lo analizas, te darás cuenta de que lo hago por el bien de todos. Sobre todo, por ti. Solo hace falta mirarte para saber que el caso está empezando a hacer mella en tu salud.

—Descuida, que, de momento, la cabeza me rige —ironizó con desdén, separando la frente de la madera lacada y recolocándose el alborotado cabello tras las orejas.

—¿Te has mirado en el espejo, Rodrigo? Y no me digas que lo haces todos los días porque, si fuera así, no estaríamos manteniendo esta conversación —se adelantó Eduardo a decir, un tanto exaltado—. Sal este fin de semana, disfruta con tus amigos, deja de pensar en el maldito tema o tu obsesión tendrá graves consecuencias.

—Lo intentaré —fue lo único que consiguió decir.

Arantxa, sentada al volante del Citroën C4, sopesaba cómo abordar a la sospechosa con la única intención de ganarse su confianza y hacer que hablara de Konstantin Sokolov.

Su desarrollado instinto le decía que algo gordo se estaba cociendo y que aquella mujer podría ser la que contestase a esas preguntas que aún figuraban con un interrogante o, simplemente, ni siquiera se habían planteado.

Las fotografías que les tomaron cuando Sierra y ella se encargaban de la vigilancia encubierta de la señorita Irina evidenciaban que Konstantin y ella se conocían, aunque, para Arantxa, esa manera que tenía de mirarse y controlar sus impulsos le hacía suponer que entre ellos había más que una bonita amistad. Arantxa estaba segura de que esos dos compartían colchón, si no era algo más. Esperaba que no fuera amor lo que los uniera, porque si no, estarían jodidos. ¿Qué mujer enamorada traicionaría a su pareja y lo lanzaría a las garras de la justicia? Ahí estaba el problema, el muro firme y resistente que tendría que derruir si entre esos dos sujetos hubiera más que un simple aquí te pillo, aquí te mato.

—Ya estoy aquí, Tamayo. Arranca —avisó David montándose a su lado—. Te he traído un café con leche y con tres azucarillos, bien dulce, como a ti te gusta. —Le ofreció el vaso desechable tipo take away.

—Gracias, Sierra.

—Para ti, todo lo que necesites, preciosa. —Le regaló el guiño de uno de sus casi traslúcidos ojos, junto a una ladina sonrisa—. ¿Y a ti qué te pasa que estás tan seria?

—Pensaba en la rusa y en Konstantin Sokolov. Creo que no va a soltar prenda sobre los hermanos.

—Tú también crees que esos dos están liados, ¿verdad? —Arantxa asintió—. Este es el pan nuestro de cada día —parloteó resignado—. No nos anticipemos, a ver qué conseguimos de ella. —Volvió a asentir—. Pero bueno, cambiando a un tema más interesante, este sábado nos vamos de carnavales, ¿no?

—Sí, en eso quedamos.

—Y también quedamos en que iríamos disfrazados de pareja. —Sonrió, juguetón.

—¿Algún cambio de última hora, Sierra? —preguntó Arantxa, conociendo la respuesta de antemano—. Si quieres, puedo cederle el puesto a una de esas niñatas con las que te acuestas.

—¿Celosa, Tamayo? Ya sabes que tú eres mi preferida —apostilló David, sabiendo que los celos no eran algo muy común en su amiga.

Sabía que Arantxa no era de ese tipo de mujer. A su amiga le sobraba seguridad y confianza en sí misma. Era una mujer de armas tomar, de esas que a pocas cosas temía y que sabía todo lo que podía conseguir con ese cuerpo y esa carita bonita que Dios le había impuesto. Aun así, había uno al que no era capaz de embaucar con su belleza, y no era otro que a su amigo Rodrigo.

David sabía que llevaban demasiados años acostándose sin tener que rendirse cuentas y sin necesidad de mantener exclusividad. David respetaba a sus amigos, aunque no entendía el porqué de ese juego absurdo que podría llevarlos a confundir sentimientos. Algo que pensaba que le estaba sucediendo a su amiga Arantxa, aunque ese detalle ella no dejaría que lo viera.

David tenía claro que Arantxa, en ocasiones, lo utilizaba. Un abuso exquisito que lo llevaba derechito a los brazos de su amiga. Sí, ese jueguecito que mantenía con Rodrigo en ocasiones lo beneficiaba, y él no iba ser el tonto que le dijera que no quería disfrutar de aquellos apasionantes momentos porque, a su lado, todo era demasiado intenso.

Era cierto que esas aventuras le estaban causando más de un quebradero de cabeza porque, sin quererlo, se estaba volviendo un adicto a ella y él no era como Rodrigo, que podía nutrirse de sus atenciones cuando le viniera en gana. Para Arantxa, David era como el segundo plato en el que siempre quedan restos porque el primero sació tu buche, y cada día que pasaba lo llevaba peor porque, sin quererlo, estaba enamorándose de su amiga.

Para él, era frustrante no saber qué se cocía en esa cabecita que le volvía loco. Toda ella se estaba volviendo un arduo misterio que descifrar, ya que Arantxa era tan suya que no necesitaba hombro donde descargar los reveses que a todos nos da la vida. Conociéndola como la conocía, sabía que prefería ahogarse en su propio llanto a dejar que el mundo viera cómo lo hería el juego que mantenía con Rodrigo. Tanto autocontrol no podía ser bueno o, por lo menos, él no concebía una vida así.

David pensaba que ese era el contrapunto que los unía. Él era más impulsivo, más atrevido, más trasparente mostrándose al mundo; un temerario sin frenos que, en ocasiones, lo llevaba a salir escaldado. Aunque con Arantxa se reprimía, estaba usando un doble freno para que no se fuera todo al garete. No obstante, de vez en cuando, dejaba salir una de sus mordaces pullas que le hacían saber cuánto sentía por ella. ¿Por qué ocultarlo?

Aun así, David no le guardaba voto de castidad, era demasiado apasionado como para no disfrutar de la vida junto a esas mujeres que quisieran regalarle su tiempo. Era joven, soltero y lo suficientemente atractivo y divertido como para quedarse en casa lamentándose porque Arantxa no sintiera lo mismo por él. Mientras hubiera mujer en el mundo dispuesta a pasar un buen rato, ahí estaría él para acompañarla.

—Ya te gustaría a ti, campeón.

David comprimió los labios y cerró los ojos disfrutando de ese apelativo. Siempre lo usaba cuando se acostaban juntos.

—Cómo me conoces, preciosa. Solo tú sabes cómo provocarme.

Traspasaron una doble puerta eléctrica de cristal y se dirigieron al mostrador de información. Allí, un hombre de unos cincuenta y tantos años, con un cráneo tan despoblado que en pocos años parecería una bola de billar, los saludó con una efusiva sonrisa. Gesto que no hubiera sido tan expresivo si no fuera por la fémina que tenía ante él. Arantxa siempre causaba ese efecto en los hombres.

—¿En qué puedo ayudarlos?

Arantxa, con sus dotes de mujer fatal, centró la mirada en la tarjeta que, con un imperdible, colgaba de la bata blanca que llevaba puesta.

—Buenos días, don Joaquín. Nos gustaría hablar con la señorita Irina Petrov. ¿Podría decirnos en qué planta se encuentra?

—¿Y ustedes son…? —preguntó cordial.

David sacó la cartera de su bolsillo trasero del pantalón y, con un rápido movimiento, le enseñó la placa.

—Agente de la Policía Judicial Sierra, y ella es la agente Tamayo. ¿Podría decirle que tenemos que hablar con ella?

Arantxa levantó una de sus cejas y le sonrió como si fuera el tachán que suena tras una actuación del circo.

El señor Alonso, con gesto controvertido, comenzó a tener problemas con su locuacidad.

—Sí…, sí…, ahora la-la-la llamo —tartamudeó mientras todo su rostro adquiría una tonalidad púrpura y su frente comenzaba a transpirar.

Arantxa le guiñó un ojo y trazó una sonrisa traviesa en sus labios, algo que le puso aún más nervioso. Al coger el teléfono, se le escurrió de las manos como si fuera un pez recién pescado.

Azorado, y sin querer mirar a la mujer causante de tal ridículo, se dirigió a David:

—Ehhh… Pueden espe-rar en la sala de… espera —añadió mientras aguardaba a que contestasen la llamada.

—Tranquilo, Joaquín, que solo venimos para hablar con ella. Porque… usted no ha hecho nada malo, ¿verdad? —volvió a provocarlo.

Joaquín, esta vez, prefirió no añadir nada, solo negó con la cabeza y los colores en sus mejillas dijeron el resto.

David se compadeció de él. Esta amiga suya no tenía remedio, cómo le gustaba jugar.

—Está bien, esperaremos allí —confirmó Sierra.

La sala de espera era todavía más aburrida de lo que normalmente son esas estancias en los hospitales. Esta, en concreto, no disponía ni siquiera de máquinas expendedoras de alimentos ni bebidas, solo contaba con unas sillas unidas entre sí en un azul eléctrico a lo largo de todo el perímetro de la sala y, en las esquinas, unas pequeñas mesas repletas de revistas aguardaban a ser ojeadas para amenizar la espera.

—Cómo eres, Arantxa, has dejado al pobre hombre noqueado. Un día de estos, tenemos un disgusto —ironizó David.

Arantxa, simplemente, le guiñó un ojo y sonrió. Ese toque descarado en ella lo volvía loco.

Después de quince minutos de espera y con Arantxa a punto de perder la paciencia, apareció una mujer rubia con el pelo recogido en una coleta alta. Llevaba puesta una sonrisa forzada y un gesto tan ensayado que fue suficiente para que Tamayo y Sierra se mirasen.

—Hola, buenos días. Disculpen por la espera, pero no podía desatender a mis pacientes.

Su acento era claro, aunque un seseo al terminar cada frase denotaba que era extranjera, era complicado descifrar de qué parte del mundo procedía. Suerte que ellos sabían mucho más que su lugar de nacimiento.

—No se preocupe, entendemos que sus obligaciones están por encima de todo —expresó Arantxa comprensiva—. Agente Sierra y agente Tamayo —se presentaron—. Veníamos a hablar con usted respecto a un furgón que alquiló el día quince de febrero en la empresa Car-rent.

—Ustedes dirán. ¿Qué quieren saber? —preguntó tranquila.

—En primer lugar…, ¿por qué necesitaba usted un furgón de tan grandes dimensiones?

—Una pregunta fácil. —Sonrió a los agentes—. Me he mudado no hace mucho a una nueva casa. Los muebles pequeños los pude transportar en mi coche, pero, para llevar el resto, necesitaba un vehículo más grande. Por eso, alquilé el furgón.

Arantxa, ante la respuesta de Irina, no le quedó más remedio que asentir y aceptar sus explicaciones, aunque todavía tenía cosas que preguntar.

—¿Conoce a este hombre? —Arantxa le tendió una fotografía de Konstantin.

La enfermera cogió la fotografía y, sin prestar demasiada atención a la imagen, contestó:

—No, señora.

—¿Está segura? —insistió el agente Sierra—. Mírelo bien, señorita, es importante.

Irina volvió a mirar la fotografía más detenidamente, aunque no sirvió de mucho porque volvió a negar con la cabeza.

—No, agente, lo siento. ¿Algún problema con él?

—Si no hubiese ningún problema con este hombre, no se lo mostraría —retomó la palabra Arantxa—. Creemos que está implicado en el secuestro de una mujer.

—¿Y qué tengo que ver yo en eso? Yo no conozco a esa persona.

«Primera mentira», pensó Arantxa.

—Mucho, Irina. —Pensó en tutearla con intención de instaurar confianza en la sospechosa—. El furgón que alquilaste el día quince de febrero aparece ese mismo día en una grabación de una cámara de seguridad. Este hombre estaba secuestrando a una mujer.

La expresión de Irina cambió. La noticia que estaba recibiendo por parte de la agente la había dejado helada. «¿Para eso la quería?», se preguntó intranquila. Aunque se recompuso en décimas de segundo intentando simular que no pasaba nada. No obstante, dudó que su gesto hubiera pasado desapercibido para los policías.

—Agentes, la verdad es que, aunque yo alquilé la furgoneta, no fui quien hizo la mudanza. Vamos, que si me ponen varios furgones delante, no sabría decirles cuál es. Yo solo me encargué de alquilarla.

Los agentes se miraron sin entender a qué se refería la sospechosa.

—Explíquese, señora Petrov —ordenó David.

Una sonrisa nerviosa se escapó de los labios de Irina.

—Como les he dicho antes, el tamaño de los muebles me obligó a alquilar ese furgón, pero, como podrán entender, yo sola tampoco podía cargar con ellos, así que, después de intentar convencer a unos amigos para que me ayudasen sin tener mucho éxito, una compañera de trabajo me dijo que, en plaza Elíptica, a la altura del restaurante Yakarta, hay hombres dispuestos a hacer cualquier trabajo con tal de ganarse unos euros. Sin más, fui para allá y pregunté si a alguno de los presentes le interesaba el trabajo por un módico precio. Unos hombres se ofrecieron. Les di la dirección donde tenían que ir a por los muebles y me encargué de llevarlos a la empresa de alquiler para que recogieran el furgón. Yo me vine al trabajo.

El agente Sierra y Arantxa se comunicaron cruzando un par de miradas.

Explicación a la carrera, tono de voz sutilmente elevado, gesticulación en exceso, pupilas dilatadas… Mentiras de manual. Además, también había mentido en que no conocía a Konstantin.

—¿Ninguno de los hombres que la ayudaron con la mudanza se parecía al de la fotografía que le acabamos de enseñar? —insistió Tamayo para ver de nuevo su reacción.

—Si le soy sincera, no los recuerdo muy bien, aunque sí puedo asegurarle que no tenían el pelo rapado como ese —dijo señalando la foto que tenía David en sus manos.

—Una última pregunta, señorita Petrov. Hay algo que no entiendo. ¿Usted dejó a esos hombres en su casa solos, sin que nadie los vigilara? ¿No tenía miedo de que le robasen? —volvió a preguntar Arantxa.

—Agente, yo no he dicho que los dejara solos —corrigió Irina con astucia—. ¿Cómo cree usted que sería capaz de dejarlos solos sin conocerlos? —Fingió sorpresa, como si Arantxa se hubiese vuelto loca—. Una vecina se encargó de estar atenta a ellos, es una mujer mayor que está jubilada y a la que quiero mucho. Como buenas vecinas, nos ayudamos y, cuando le pedí ese favor, me ayudó encantada.

—Muy bien, señorita Petrov, no la molestamos más —continuó la agente Tamayo.

—No es molestia. Si necesitan cualquier otra cosa, ya saben dónde encontrarme. —Les tendió la mano para despedirse.

—Señorita Petrov, tome una tarjeta nuestra. Si recuerda cualquier cosa, no dude en ponerse en contacto con nosotros. —Se la entregó David.

—Si recuerdo algo, los llamaré. Vayan tranquilos.

David y Arantxa abandonaron el hospital irritados. Esa mujer les había mentido y debían averiguar el motivo. Probablemente, no estaba tan rehabilitada como pensaron después de haber cumplido condena en España. Por lo cual, debían contrastar su coartada y toda la información que les había facilitado. Así que lo primero que harían sería hacer una visita a esa anciana que se prestó a ayudar a la rusa.

—¿Hay alguien en casa? —preguntó Toni cerrando la puerta tras de sí.

—¡Estoy en mi cuarto! —gritó Chandani desde el fondo.

Fue directo a la habitación de su amiga y entró en el cuarto con esa sonrisa que pocas cosas podían hacer que se esfumara.

Chandani se incorporó de la cama y recibió a su amigo sentada con las piernas cruzadas.

Toni se percató al instante de que tenía mejor aspecto. Los surcos negruzcos bajo sus ojos habían desaparecido y esa poca luminosidad de su piel ya no la encontró por ninguna parte de su rostro.

—¿Cómo está mi chica? ¿Más tranquila? —preguntó y sentó a su lado.

—Sí, ya estoy mejor. La ducha y las horas de sueño me han despejado las ideas. —Se anudó el pelo en un alto moño desordenado—. ¿Sabes una cosa, Toni? He estado pensando y llevas razón, voy a olvidar lo que ocurrió ayer. Ya se ha arreglado todo y no quiero preocupar a mi madre.

—Cariño, yo siempre llevo razón. Parece mentira que, con los años que hace que nos conocemos, todavía lo dudes. —Le dio un manotazo en la pierna y puso un gesto ocurrente para hacerse el interesante y robarle una sonrisa a su amiga, la cual puso los ojos en blanco ante tan arrogante comentario.

—Con esto, no quiero decir que lleves razón en todo. No te emociones, loquita.

—Te equivocas —contratacó Toni—, también llevo razón en que al inspector le gustas. ¿Lo has llamado?

—Haré como si esa pregunta no la hubiese escuchado porque eres como un disco rayado. —Suspiró agotada.

—Vale, dejaré el tema del inspector para cuando estés más tranquila. Pero solo por esta vez —añadió atrayéndola hacia él.

Chandani se dejó mimar.

—¿Ha dicho algo el primate de nuestro jefe?

—Nada, a ese lo tengo dominado —bromeó Toni.

Chandani, efusiva, se tiró encima de él, quedando a horcajadas.

—¡Qué haría yo sin ti! —exclamó a escasos centímetros de su boca.

—Nada —contestó con una falsa soberbia—. Compartes piso con un encantador, hermoso e inteligentísimo hombre, así que te rogaría que no te enamorases de mí; aunque sé que es algo difícil de pedir, ya que soy un irresistible adonis que no puede ocultar sus encantos —bromeó—. La pena es que me gustan más los pitos que el chupete a un bebé.

Chandani lo escuchaba con atención desmedida mientras esbozaba un gesto de tristeza fingida al no poder ser la candidata que disfrutase de esas cualidades tan espectaculares de las que estaba presumiendo.

—¡Serás cerdo! —increpó a gritos.

—No, soy sincero —contestó entre risas, agarrándola de la cintura y echándola a un lado para que pudiese incorporarse a coger aire—. Por cierto, tengo una sorpresa para ti —dijo cuando las risas cesaron.

—¿Para mí? —Se incorporó en la cama y se quedó sentada junto a su amigo.

Toni la miró de manera enigmática, algo que acrecentó aún más su curiosidad.

—Sí, para ti. Espera que vaya a mi cuarto a por ello.

Salió corriendo de la habitación de Chandani y, a los pocos minutos, volvió con una percha enfundada con una bolsa protectora.

—¡El disfraz! —adivinó efusiva.

—Va a quedarte de muerte, Dani. Es perfecto para ti. El color es divino, la tela, una maravilla, y la pedrería… —describió emocionado—. Me pasé toda la noche sin pegar ojo pensando en algo que fuera contigo y que consiguiera emocionarte para carnavales —argumentó a la carrera—. Sí…, sí, ya sé que no te gustan las aglomeraciones ni este tipo de fiestas, pero este disfraz va a conseguir que cambies de idea.

—¡Miedo me das cuando te emocionas de esta manera! —exclamó desconfiada, aunque, en el fondo, tenía ganas de saber qué había elegido su amigo para ella.

Toni bajó la cremallera de la funda con delicadeza y ella intuyó que lo que protegía ese envoltorio debía de ser una prenda de las caras. Su amigo, esta vez, había tirado de contactos.

—¿A que es perfecto, Dani?

No fue capaz de contestar, se llevó las manos a la boca y se quedó embobada deleitándose con ese elegante disfraz de bailarina de la danza del vientre.

—¡Es precioso, Toni! Pero ese disfraz tiene que costar una millonada —exageró levantándose de la cama. Fue directa a tocar el top azul eléctrico que parecía que la llamase.

—Sí, pero no te preocupes, que me lo han dejado. No me he gastado ni un duro.

La parte superior del disfraz, si es que se podía denominar así, era un top color azul añil que estaba confeccionado con una seda luminosa y cubierto con una doble tela de gasa en el mismo tono. En las copas del top, unas brillantes lentejuelas en tonos dorados acompañaban a una pedrería refinada y demasiado cara, aportando la cantidad de abalorios perfecta. Además, del centro del pecho colgaban unas hileras de gemas con diferentes formas en desiguales medidas.

Chandani acarició las cintas de pedrería un tanto embobada.

—¡Madre mía, es perfecto!

—Y todavía no has visto el pantalón. —Dejó la funda sobre la cama y lo sacó de la percha para que sus ojos confirmaran lo que acababa de decir.

La parte inferior eran unos pantalones bombachos de cintura baja del mismo color azul intenso. La pedrería, a juego con la parte superior, recorría la cinturilla y los laterales de los amplios pantalones.

—¿Y se puede saber quién ha sido el inconsciente que te ha prestado una prenda como esta? —preguntó acariciando la delicada gasa.

—Adivina —la retó Toni.

Chandani dejó de mirar la tela que acariciaban sus manos y, suspicaz, buscó los ojos de su amigo.

—¡No me digas que es de quien estoy pensando!

Toni asintió varias veces sin poder reprimir la ilusión.

—Va a venir para carnavales, Dani. ¡Charles viene a verme desde París!

Contagiada por la emoción, lo abrazó con fuerza y le dio un delicado beso en los labios.

—Cómo me alegro. Ya era hora de que ese hombre viniera a visitarte. Jamás encontrará a otro tío como tú.

Toni conoció a Charles cuando fue a estudiar diseño de moda a París. Era su profesor de patronaje y, como decía su amigo, el amor de su vida. Charles era algo mayor para él, pero eso no le importaba. Toni decía que el amor no entiende de edades, y no le quitaba razón, aunque debía reconocer que le hubiera gustado que la pareja de su amigo fuese algo más joven. No obstante, lo importante era que fuese feliz y, viéndolo cómo estaba, nadie podía negar que solo con nombrarlo se le iluminaba la cara.

Cuando Toni terminó la carrera de diseño en París, decidió que lo mejor era volver a España, él quería ejercer de diseñador en su país. Además, el clima en Francia lo deprimía y la poca alegría que se respiraba lo asfixiaba. Necesitaba el sol del Mediterráneo, la alegría de sus gentes y la fiesta española. Así que, sin más, aunque con todo el dolor de su corazón, volvió a su tierra intentando que esa relación perdurara luchando contra los envites de la distancia.

Chandani no lo conocía. En todos aquellos años, había ido a ver a su amigo en contadas ocasiones y eso no le gustaba lo más mínimo. Tema que debía evitar si no quería salir riñendo con él.

Para Toni, era natural que su novio no lo visitara con asiduidad, ya que, siendo uno de los diseñadores más punteros de todo París y un especialista en dar conferencias en las universidades de diseño, no tenía tiempo ni para respirar. De ahí que su amiga no lo conociera en persona y que solo lo hubiera visto en la fotografía que adornaba una de las baldas del mueble del salón, donde Toni y él posaban divertidos con unas gafas de la bandera inglesa en el mercado de Camden Town, en Londres. Prácticamente, todas las visitas que le hacía Charles a su amigo durante el año eran relámpago. Y las que realizaba en verano, si es que las había, siempre coincidían con que ella estaba de vacaciones con su madre en la costa.

Fuera como fuese, e intentando mantenerse al margen, lo apoyaba y, en el fondo, lo entendía. ¿No dicen que el amor todo lo puede? Pues esperaba que el de su amigo pudiera con esa distancia y con mucho más, porque le horrorizaba la idea de verlo sufrir.

Chandani volvió a poner la atención en la prenda prestada.

—¿Y si lo estropeo? —preguntó.

—Eso no ocurrirá —aseguró—. Pero, para que te quedes tranquila, Charles jamás me lo habría mandado si no fuera posible arreglarlo.

—Pues dale las gracias de mi parte.

La mañana transcurrió sin imprevistos. Su jefe no se dirigió a ella para preguntarle qué le había pasado y ella lo prefirió. Cuanto menos se cruzara con él, mejor que mejor.

Había sido un día extenuante, de esos que no dejaban de entrar llamada tras llamada con averías insufribles donde los clientes te insultaban y gritaban porque no dabas con la solución a sus problemas en el momento.

—Toni, ¿me dejas en el comedor? —le preguntó Chandani.

—¿No sería mejor que te fueras a casa y te relajases?

—Llevo toda la semana sin ir. Necesito hacer vida normal, seguir con mis rutinas.

—Está bien, te entiendo. Pero, si necesitas que te recoja cuando salgas, llámame.

—Sí, papá… —replicó con guasa.

Cuando Chandani se enteró de que iban a abrir un comedor social cerca de su trabajo, se presentó allí y, sin dudarlo, se involucró en el proyecto. El comienzo de la crisis —hacía ya seis años— estaba volviéndose un gran problema para muchas de las familias españolas de clase baja y media del país. Con la nueva ley sobre la reforma laboral que implantó el gobierno, los pequeños empresarios, ahogados por el incesante descenso de sus ventas y con el terror en sus cuerpos por tener que echar el cierre a sus negocios, se vieron obligados a acogerse al despido objetivo para beneficiarse de una gran reducción en las indemnizaciones. Sin embargo, las multinacionales usaron esta nueva ley para hacer despidos en masa, con la excusa de que sus márgenes de ganancias habían mermado o, simplemente, corrían peligro. ¿Cómo era posible que quienes tenían que preocuparse por el bienestar de su pueblo permitieran que eso sucediera? Todo un sinsentido. Un claro signo de la falta de sentido común de nuestros gobernantes.

Esto causó un índice de desempleados desbordante en toda España. Por este motivo, muchos individuos de corazones nobles y bondadosos se agruparon para ayudar a sus conciudadanos con iniciativas como esta, donde el único objetivo era intentar paliar la carga en sus casas y que encontraran el ánimo que les faltaba en otras personas que, en iguales condiciones, estaban viviendo esa mala racha.

—Chao, Toni. Luego te llamo.

—¡Sí, llámame! —gritó desde dentro del coche.

La nave que les había facilitado el Ayuntamiento de Madrid se encontraba situada en un polígono industrial, aunque la zona estaba muy bien comunicada por el transporte público. El interior era enorme, tenía un aforo de doscientos comensales, aunque la manera en que se distribuyeron las mesas estaba meticulosamente cuidada para poder dar de comer a alguna familia más. A ambos lados, una sucesión de tablones creaba grandes mesas con bancos de madera y, en el centro, un enorme pasillo dejaba paso a los voluntarios para que sirvieran gustosos a todo el que allí fuera.

—Buenas tardes, chicos. ¿Dónde hace falta que eche una mano?

—Hola, Dani —contestó Paula mientras le servía a una mujer un plato de sopa—. Por aquí, todo está en orden. Si quieres, ve al almacén. Por lo visto, acaban de traer un montón de palés y cajas con alimentos que hay que colocar en las despensas. Además, tengo entendido que querían confeccionar los menús para la próxima semana.

Chandani asintió. Donde la necesitasen, allí iba.

Cuando entró en el almacén, se encontró con la fabulosa imagen de una gran pila de cajas con alimentos perecederos y varios palés con diferentes productos enlatados. Todo un regalo caído del cielo.

—Buenas, chicos… ¡Qué ha pasado hoy! ¿Han venido los Reyes Magos? —bromeó.

—Eso parece. La pena es que no durarán mucho —añadió Ricky un tanto decaído—. Cada día son más las personas que vienen al comedor a que los alimentemos y las fábricas no pueden abastecernos con más productos. Chicos, necesitamos más colaboradores, si no, esto se irá a la mierda. —Arrojó los albaranes sobre las cajas, molesto.

Ricky estaba muy comprometido con la asociación, prácticamente, podía decírse que era él quien hacía que todo lo que ocurría allí funcionase. Si no fuera por él, el proyecto de María ya hubiera cerrado sus puertas.

Era un chico responsable y, sobre todo, un acérrimo aventurero. De esas personas que no teme a salir de su zona de confort y adentrarse en una nueva andadura, siempre y cuando le tocara un poquito su corazoncito.

Fue uno de los primeros en formar parte del comedor social cuando acababa de llegar de pasar una larga temporada en Londres como guitarrista en una banda de heavy metal. Su aspecto era peculiar: uñas pintadas de negro, brazos repletos de tatuajes y cabello largo y liso, al que acompañaban una ristra de pendientes en las orejas que podrían considerarse un muestrario de bisutería satánica. No obstante, aunque su apariencia pudiera malinterpretarse con la de un maleante, era un muchacho de lo más inteligente y cariñoso.

Gracias a sus iniciativas y a su poder de convicción, había organizado múltiples conciertos de heavy metal con su banda, la cual al principio no estaba por la labor de tocar sin ver ni un céntimo. Sin embargo, valiéndose de esas cualidades, consiguió que sus compañeros de banda se involucraran en el proyecto y, gracias a ellos, el comedor seguía subsistiendo.

—Alegrémonos de que tenemos alimentos para una semana más. La semana que viene, ya veremos qué hacer —lo animó Chandani.

—Sí, será lo mejor —dijo poco convencido.

Después de colocar todos los alimentos y debatir y confeccionar el menú que se realizaría la semana siguiente junto a las voluntarias, que cocinaban como los ángeles, Ricky, Paula y Chandani se sentaron con un café humeante entre las manos en los bancos donde servían las comidas. Ya estaba todo recogido y preparado para el día siguiente.

—¿Qué te ha pasado esta semana, Dani? No has pisado el comedor —preguntó Paula.

—He tenido unos días muy complicados, pero estaba ansiosa de volver a ver cómo andaba todo por aquí.

—Por aquí, como siempre —respondió Ricky—. Han venido quince personas nuevas a ver si podíamos alimentarlos. Una de ellas fue una mujer acompañada por dos niños pequeños. Teníais que haber visto la cara de la mujer, estaba muerta de vergüenza y no podía dejar de llorar mientras sus hijos la miraban asustados sin entender lo que ocurría. —Se llevó la taza de café a la boca mientras su rostro reflejaba el mal momento que pasó—. Le dije que aquí podía venir siempre que lo necesitase. Que otra cosa no, pero un plato de comida caliente no les faltaría.

—Pobre mujer, otra víctima del sistema —comentó Paula.

—Lo peor fue ver a esos pequeños que no entendían qué pasaba. Les dijo a sus hijos que iban a un restaurante para celebrar las buenas notas que habían sacado. Para ellos, era un día de fiesta. —Miró a sus compañeras, sobrecogido.

—Menos mal que nos tienen a nosotros —dijo Paula, al tiempo que pasaba la mano por la espalda de Ricky—, hacemos una buena labor.

—Sí, pero como Ramón no coja las riendas del comedor, será por poco tiempo —auguró Ricky.

—¿Has hablado con él? —preguntó Chandani mientras reagrupaba los vasos sucios para llevarlos a la cocina.

Ricky negó sin poder ocultar la preocupación en su rostro.

—Me habría gustado evitar tener que hacerlo. Sé que no levanta cabeza, pero no va a quedarme más remedio que contarle cómo están por aquí las cosas. Esto es lo único que le queda de su mujer…, su proyecto, sus deseos de ayudar a los demás. Espero que reaccione y vuelva a formar parte de todo esto, si no, ya podemos ir despidiéndonos del comedor social.

—Ricky, no nos adelantemos. Habla con él, cuéntaselo todo, dile que necesitamos colaboradores, asociados y propuestas para recaudar dinero. Estoy convencida de que, entre todos, encontraremos una solución —propuso Chandani, levantándose de la mesa para ir a la cocina.

—Claro. Hay que ser optimistas. Seguro que no permite que esto se cierre —lo animó Paula.

—Bueno, chicos, se me hace tarde. Mañana trabajo y todavía tengo un largo camino hasta llegar a casa —comentó Chandani, que acababa de traspasar la puerta abatible que daba a la cocina.

—¿No has venido en coche? —preguntó Paula extrañada.

—Qué va, Paula. El otro día tuve un accidente y creo que de esta no sale. Si vuelvo a conducirlo, será un milagro. —Se puso el abrigo mientras una mueca de pena fue dirigida a su amiga.

CAPÍTULO 4

Cuando Chandani atravesó la puerta de entrada del comedor social, que podría confundirse con la puerta de un taller de mecánica de coches porque dos líneas trasversales en color blanco y rojo resaltaban sobre ese fondo azul pitufo, una brisa invernal le acarició el rostro y sacudió su cabello al compás del viento.

Ya faltaba poco para que la primavera llegase con sus tibias temperaturas y revolucionara las hormonas de todo ser viviente, aunque todavía el invierno estaba presente y, desde la media tarde, un cielo grisáceo y encapotado conseguía entristecer hasta el alma más optimista.

Se cobijó en su bufanda celeste de mullida lana, para evitar que el viento frío y desapacible cortara su piel. Resguardó las manos en los bolsillos de su abrigo de paño, mientras un fugaz recuerdo de su maltrecho coche pasó por su mente.

Tuvo el impulso de llamar a Toni para que viniera a buscarla, pero enseguida lo descartó diciéndose que no podía imponer a su amigo la obligación de estar pendiente de ella. Él tenía su vida y no podía condicionarla a sus deseos. No sería justo para él. Aunque estaba totalmente convencida de que no debía llamar a su amigo, también sabía que había una llamada que estaba demorando más de la cuenta y que antes o después debía afrontar, y no era otra que a su madre.

El seguro de su coche estaba puesto a nombre de Daniela, así que imaginaba que la aseguradora ya se habría puesto en contacto con ella para preguntar qué había sucedido. Raro era que su madre no la hubiera llamado. Conociéndola como la conocía, mucho estaba tardando.

Sacó el teléfono de su bolso y buscó el número en la agenda. Cuanto antes la llamara, antes aguantaría su reprimenda. Los túneles del metro serían sus aliados para acabar pronto con la temida conversación.

—Hola, mi niña. Estaba a punto de llamarte —dijo Daniela usando un tono de voz que le confirmó a Chandani que ya lo sabía todo.

—Hola, mamá. ¿Y eso?

—¡Cómo que «y eso»! ¿No tienes nada que contarme?

Se mordió nerviosa el labio inferior y puso un gesto de «por dónde empiezo».

—Hablas de lo del coche, ¿no es así?

—¿Cuándo pensabas decírmelo? Porque me da mucha pena saber que mi hija no me tiene confianza. No hay nada peor para una madre que enterarse por terceros de que su hija ha sufrido un accidente. No soy un ogro, ¿sabes?

—Ya lo sé, mamá…, perdona, pero no quería preocuparte… Estoy bien… Simplemente, ha sido un golpe de chapa.

—¿Y no crees que me preocuparé menos si lo escucho de tu boca que de la de una desconocida? Chandani, ¡por favor! ¡Piensa un poco! Porque con la excusa de no querer preocuparme, consigues que me preocupe aún más.

—Llevas razón, mamá, lo siento. Ya sé que no es excusa, pero he tenido mucho trabajo y se me pasó completamente.

—¿Y cómo fue? Porque no he podido explicarle nada a la señorita que me llamó. Quedé en que la llamaría cuando supiera cómo ocurrió todo.

Chandani le explicó por encima cuáles fueron las causas del accidente, omitiendo la parte donde se volvió loca de remate y fue encerrada en el calabozo. Si se enteraba de que había sufrido una nueva crisis de ira, la haría ir a ver a su terapeuta en ese mismo momento.

—Me dijo la señorita que el coche ha quedado siniestro total. Así que, hija, la cosa ha debido ser más grave de lo que intentas hacerme ver.

—El coche ya tenía unos años, mamá. Además, todo el golpe se lo llevó el frontal, era de esperar que me quedara sin él.

—Está bien, lo importante es que tú estés bien. —Suspiró—. Les diré que se encarguen de todo y que te ingresen el dinero de la indemnización en tu cuenta.

A Chandani todo le pareció estupendo. Si se encargaban de tramitar toda la documentación, sería una cosa menos que tendría que hacer ella, aunque eso la hizo caer en la cuenta de que tenía que buscar un coche nuevo porque no había nada peor que depender de la gente o del insufrible transporte público.

—Si quieres, podemos ir a ver coches este fin de semana —propuso Daniela como si estuviera leyendo la mente de su hija.

—Mamá, sabes que no aceptaré que me compres un coche. Ya lo hablamos cuando me compré el Polito y no he cambiado de parecer.

—Pero, hija…

—Por favor, mamá, tengamos la fiesta en paz.

Mientras escuchaba a su madre, sintió una presencia extraña tras ella. Era como si los ojos de alguien tuviesen la habilidad de clavarse en su espalda y dejar caer todo su peso.

Miró por instinto hacia atrás y lo único que encontró fue la acera vacía y escasamente iluminada, aunque le extrañó ver la tenue luz de las luces de un todoterreno oscuro que circulaba por la calzada a una velocidad demasiado reducida. Parecía que la estuviera siguiendo.

Un escalofrío recorrió su cuerpo de pies a cabeza al sentir tan malas vibraciones. Pensar que los ocupantes de ese coche la estaban observando la animó a acelerar el paso para salir de allí lo antes posible y llegar a una zona concurrida como era la boca del metro.

—Mamá…, mamá, ya hablaremos del tema en otro momento —cortó a Daniela, a la que había dejado de escuchar hacía ya un rato—. Ahora tengo que dejarte porque voy a meterme en el metro y allí no hay cobertura —mintió.

—Está bien, mi niña. Luego hablamos. Te quiero.

—Yo también te quiero —susurró intranquila.

Nerviosa, volvió a mirar hacia atrás, aunque esta vez puso toda su atención en ese coche que parecía que la estuviera vigilando.

Giró por la primera calle que pudo para comprobar si sus sospechas eran ciertas, y el coche hizo lo mismo. Cuando atravesó la fachada de un edificio que hacía chaflán, volvió a girarse para confirmar si ese conductor estaba interesado en saber adónde se dirigían sus pasos o si se había vuelto loca y era parte de una paranoia suya debido a las películas policiacas que veía con Toni. Sin embargo, el conductor giró en su dirección sin que el cuentakilómetros aumentara de velocidad.

La angustia se apoderó de su temperatura corporal. El tacto de su sedosa bufanda le parecía en aquel momento una lija de grano grueso.

Sin poder controlar sus piernas, que parecía que tuviesen iniciativa propia, aceleró aún más el paso.

Cuando quiso buscar de nuevo ese automóvil de alta gama, lo encontró a escasos metros de ella. Salió corriendo, pero con la astucia de quien se siente la víctima, volviendo tras sus pasos para ganar tiempo y pillar al conductor desprevenido. Solo pensaba en llegar al comedor social. Esa era su meta, su única voluntad. Si sus amigos aún seguían allí, podrían ayudarla.

Volvió a girarse para ver cuánta distancia había conseguido con tan picaresco acto, pero se encontró con unas luces incandescentes y a un hombre que se bajaba del coche y se dirigía hacia ella como si diera comienzo una maratón.

A lo lejos, vio las estridentes puertas de chapa en color azul pitufo del comedor social cerradas, por lo que la esperanza de que sus amigos estuviesen dentro se disipó de su mente y le comprimió el estómago.

Chandani respiraba con dificultad, sabía que no soportaría mucho tiempo la carrera que estaba llevando a cabo. Sintió temblar sus músculos y una presión molesta sobre las sienes por la lucha interna que mantenía su cerebro para encontrar un lugar donde ponerse a salvo.

La noche ya había llegado. No sabía en qué momento había visto cerrarse el cielo, pero parecía que se estuviera confabulando con ese individuo para ocultar sus actos delictivos. Las calles estaban huérfanas. Solo la oscuridad, el frío y el miedo eran lo que podía percibirse en el ambiente.

Buscó entre los edificios alguna luz en las ventanas, pero, siendo un polígono industrial donde la gran mayoría de edificaciones eran oficinas, tuvo que descartar la idea de encontrar refugio en el interior de alguno de ellos.

Tomó la siguiente calle a la derecha y vislumbró ante ella una zona ajardinada, era la entrada a un complejo de edificios moderno y acristalado. Antes de llegar a sus puertas, se encontró con un amplio jardín delimitado por grandes setos sin podar y árboles de gran envergadura decoraban aquella majestuosa obra arquitectónica. Saltó como pudo esa valla vegetal y se acurrucó en un minúsculo hueco que encontró dentro de unos arbustos.

Estaba asfixiada, su garganta gemía con cada inhalación con el único objetivo de saciar su ahogo. Aunque, cuando vio la silueta de ese hombre buscando minuciosamente entre los coches más próximos al jardín, tuvo que taparse la boca con las manos para que no la escuchase.

Su cuerpo temblaba descontrolado. Un estremecimiento le hizo cerrar los ojos con fuerza para intentar aplacar el torbellino de sensaciones que le estaba provocando náuseas.

«¿Por qué me sigue este hombre?», quiso saber. El miedo paralizaba sus músculos. Valiente, abrió los ojos despacio como si un sol cegador la retara a un pulso para ver quién miraba entre los setos antes.

Un hombre delgado, de edad media y con el cabello excesivamente cano para los años que debía tener, se adentró en la zona ajardinada y se puso a buscarla entre los arbustos. Estaba enfadado. La mandíbula comprimida y su gesto amenazante así lo demostraban.

Chandani analizó su indumentaria y se preguntó cómo un hombre con esa elegancia y exquisitez podía hacer el trabajo de un delincuente. Llevaba un traje de chaqueta en azul marino con una corbata en un rojo intenso que le aportaba un aire juvenil.

Estaba inquieto, angustiado…, como si no dar con ella fuese un gran problema.

Con movimientos rudos y precisos, apartaba los setos a manotazos buscando entre ellos un rincón donde hubiese podido esconderse.

Por suerte, la oscuridad la protegía, parecía que había cambiado de bando y quisiera fusionar a Chandani con las sombras que la vegetación proyectaba. Sin embargo, aquel individuo no se daba por vencido. Cada vez estaba más cerca de ella y su presencia, cada segundo que pasaba, era más palpable.

Con un solo paso, se puso a su altura y se colocó frente al matorral que le valía de refugio.

Chandani apretó con fuerza las manos contra su boca y las aletas de su nariz palmearon nerviosas para hacerse con oxígeno. Bajó la mirada al suelo y unos zapatos negros encerados con cordones aparecieron como por arte de magia.

—Por mucho que te escondas, no te servirá de nada. Más tarde o más temprano, vendrás conmigo.

El convencimiento en las palabras de ese hombre le hizo cerrar sus ojos anegados en lágrimas y comenzó a rezar en silencio. El aroma de un perfume caro la hizo temblar en su escondite mientras suplicaba al dios que correspondiera que la protegiera, que no dejase que la encontrara. El crujir de una rama la sobresaltó, por lo que no pudo evitar dar un respingo en el sitio y provocar con eso que ese hombre volviera a situarse a escasos centímetros de ella.

Chandani aguantó la respiración y volvió ceñir sus ojos, hasta que unas diminutas arrugas de miedo se plasmaron en la comisura de sus párpados.

El pánico corría por su cuerpo, paralizando su mente y desbocando sus sentidos. Escuchaba sonidos misteriosos y veía figuras espeluznantes que le aceleraban el corazón.

El intenso perfume de ese hombre se fusionaba con el de la vegetación, de tal manera, que se hacía irreconocible. Aún sentía su presencia. Aunque le sacaran los ojos de sus cuencas, sabía que seguía allí, que seguía buscándola. Alzó los brazos para cubrir con las manos sus orejas y, meciéndose lo suficientemente despacio como para que ni una sola hoja que la envolvía se moviera, esperó lo peor. El silencio enmudeció los sonidos de la naturaleza, dándole un respiro. Solo se escuchaba a sí misma, a esos pensamientos que no la llevaban a nada, pero que, veloces como la luz, estaban induciéndola a entrar en estado de pánico. «Uno, dos, tres, cuatro, cinco…», enumeró veloz para acallar a su descontrolada mente. Parecía haber perdido el juicio, pero se sentía bien, cada número que decía aplacaba al miedo. «Cuarenta y dos, cuarenta y tres, cuarenta y cuatro, cuarenta y cinco, cuarenta y seis, cuarenta y siete…», continuó turbada. «Sesenta y cinco, sesenta y seis, sesenta y siete, sesenta y ocho, sesenta y nueve, setenta…». Toda ella estaba absorta, perdida en una burbuja de números correlativos.

Su nariz aleteó de nuevo, avisándola de que esa espesa fragancia había desaparecido. En su lugar, la frescura de la hierba mojada le revelaba que todo había pasado. «Noventa y cinco, noventa y seis, noventa y siete, noventa y ocho, noventa y nueve, cien». Con ese último número, sus ojos se abrieron. Era como si se hubiese accionado la palanca que la llevaba de nuevo al camino de la cordura.

Los nervios habían vuelto, pero de forma pausada y cabal. Miró por los irregulares agujeros que formaban los matorrales y vio a su captor alejarse. Lucía frustrado, con la corbata aferrada en su mano derecha.

Con el miedo aún en el cuerpo y las mejillas anegadas de lágrimas, vio desde su escondite cómo se dirigía al coche mientras seguía buscándola entre los coches aparcados.

Abrió la puerta trasera y, antes de que pudiera cerrarla, el coche arrancó dejando el chirrido de sus ruedas como melodía.

Chandani suspiró aliviada al verse a salvo. Sin embargo, su cuerpo comenzó a temblar de nuevo. Ya no sabía si era por la intensa bajada de adrenalina que había sufrido o el gélido frío que se había levantado con la caída de la noche.

Como pudo, salió aturdida de su escondite, siendo esa sensación la que guiaría sus pasos en sentido opuesto adonde ese todoterreno se había dirigido.

—¡Cómo se te ha podido escapar, Ranjit! Estaba sola.

—Perdone, mahāna bābā3. Cuando he girado la calle, ya no estaba. Ha debido esconderse en algún edificio. Algunos de ellos tienen porteros —se justificó—, seguro que la han refugiado dentro.

—Quiero que la sigáis y cuando encontréis el momento, me la traigáis. Eso sí —avisó—, no quiero que sufra ningún daño. Si por casualidad viene con algún rasguño, tú serás el culpable y el que cargue con las consecuencias —lo amenazó.

Para Ranjit, era muy importante no decepcionar a su pitā4, aunque sería más preciso llamarlo mentor, porque la sangre que manaba por su cuerpo nada tenía que ver con la de él.

Cuando vivía en la India, y con solo diez años, sus progenitores lo vendieron por trescientas míseras rupias a un comerciante. Esos escalofriantes negocios eran muy habituales en su país natal. Las familias con muchas bocas que alimentar y pocos ingresos para subsistir vendían a sus hijos mayores a empresarios para quitarse una carga en casa. En el caso de él, con cinco hermanos más pequeños, sus padres no tuvieron otra alternativa que venderlo a un comerciante que tenía una fábrica de souvenirs.

Allí pasó dos años, aunque, en esos momentos, parecía que había sido una vida entera. Trabajaba los siete días de la semana fabricando artículos a bajo costo que luego se vendían en Europa a un precio irrisorio. Su jornal consistía en un plato de comida caliente al día y un catre donde pasar la noche dentro de la fábrica.

Esa situación, para Ranjit, se volvió insostenible, así que, cansado de malvivir de aquel modo, ideó un plan para escaparse. Era eso o quitarse la vida y, con solo doce años, esa opción no la contemplaba. Así que, una noche, sin mirar atrás, y sabiendo que a partir de aquel momento su hogar serían las calles de Calcuta, y las ratas sus compañeras, se fue de esa fábrica y no volvió jamás.

La vida en la gran ciudad de Calcuta fue difícil para Ranjit, aunque mucho mejor que en la fábrica. Para sobrevivir, no le quedó

más remedio que robarles a los turistas, mendigarles a los vecinos del barrio y compartir lo poco que tenía con sus compañeros de viaje, otros como él.

Allí, las malas compañías abundaban día sí y día también, por lo que Ranjit enseguida cayó en los malos vicios de las drogas, el alcohol y la prostitución. Su vida iba en decadencia a pasos agigantados, así que, cuando ya era más un rastrojo humano que una persona, acabó mendigando en la entrada del templo de Kalighat cuando contaba con dieciocho años.

Prácticamente, todo el dinero que conseguía con las limosnas lo gastaba en comprar opio y hachís para colocarse. Una mañana, mientras dejaba que el humo de la hierba lo transportara a un mundo donde todo parecía más sencillo y feliz, un hombre le pidió que lo acompañara. Él, perdido en su adicción, le preguntó para qué y la respuesta que obtuvo le hizo levantarse del suelo y seguirlo. «Voy a cambiar tu vida», fue lo que le dijo.

Como bien prometió, su vida cambió. Su pitā, como le gustaba llamarlo, le enseñó los tejemanejes de los negocios fraudulentos y la manera inteligente de tratar con ellos. Si consumía, la droga lo llevaría a la decadencia, pero si sabía moverla, le haría poderoso. Esa fue la primera lección que tuvo que aprender.

La deuda que había adquirido con él era inestimable. Una vida de lujos, poder y esperanzas no podría compensarlo ni en dos vidas reencarnadas. Así que su lealtad sería la moneda de cambio con la que pagaría.

—Entendido, mahāna bābā. Le prometo que se la entregaré sin ningún daño.

Montado en el coche de sustitución que le había facilitado la compañía de seguros, Rodrigo se dirigió a casa de su padre para cumplir con la promesa que le hizo a su hermana de ir a cenar con ellos, aunque, antes, se había aliviado con Arantxa en los aseos del garaje. Era una misión imprescindible si no quería que le estallasen las joyas de la corona.

Salió del aparcamiento del edificio de la UDEV y se incorporó al tráfico con prudencia. No estaba dispuesto a que le ocurriera lo mismo dos veces.

Se detuvo en un semáforo en rojo, bajó el parasol y, con destreza, se anudó el pelo en un moño desordenado. A su padre no le gustaba que llevase el cabello largo, decía que el pelo así estaba hecho para las mujeres, que los hombres parecían maricas; apelativo que odiaba escuchar, por lo que, siempre que iba a verlo, se lo recogía para evitar rifirrafes incómodos entre ellos. Aunque en ese momento en que la tristeza ocupaba por completo su vida, dudaba que prestara atención a aquel detalle.

Le vino a la mente su madre; era diferente. Dudaba que alguna vez volviera a existir alguien como ella. Adoraba su pelo largo y no podía resistirse a acariciarlo cuando estaban juntos o intuía que algo le preocupaba. Era la manera que tenía de calmar a sus hijos, como traspasándoles su energía tranquilizadora. Y, aunque Rodrigo no era de esas personas que creían en la curación con la energía, en manos de su madre, parecía que sí funcionaba.

Otra de las cosas que echaba en falta de ella eran sus sabios consejos o, como decía él, su manera de ver la vida y vivirla. Para ella, la vida era como era, no había que cuestionarla, solo había que abrazarla y amarla como se ama a un hijo. Decía que esas situaciones que conseguían irritarnos siempre tenían un inicio y un fin y, por lo tanto, lo único que podíamos hacer era aprender de esas etapas para ir creciendo como personas. Que los problemas, al igual que las alegrías, de la noche a la mañana se van. Lo que se apodera de tu sueño y no te deja pegar ojo, al día siguiente, puede lograr que duermas como un recién nacido. Ese es el regalo de la vida, la improvisación, la sorpresa, la capacidad de cambio.

Así era su madre, una mujer sencilla, sabia y tan bondadosa que prestaba su ayuda a cualquier persona a cambio de nada.

Con ojos vidriosos, miró al semáforo y vio que estaba en ámbar. Sin darse cuenta, había vuelto a ponerse en rojo. Enjugó con sus manos la melancolía que rebosaba de sus ojos y sorbió por la nariz la tristeza.

Esperando a que volviera a abrirse el semáforo de nuevo, una mujer menuda atravesó la carretera a la carrera como si fuera un espectro de otra dimensión. Intentaba ocultarse bajo una bufanda del color del cielo, y miraba hacia atrás como si alguien la persiguiera. En sus movimientos, se leía el pánico, era evidente que algo malo le ocurría.

Aceleró despacio y la rebasó, intuyendo que necesitaría ayuda. Sin embargo, su corazón se aceleró cuando reconoció ese perfil que lo cautivó días atrás.

—Chandani —la nombró en la soledad de su coche.

Rodrigo, consciente de que podría complicar más las cosas si la abordaba como un vulgar ladrón, decidió detener el vehículo uno metros antes que ella, así podría frenar esa desasosegada carrera.

—Chandani, soy Rodrigo, ¿te encuentras bien? —le preguntó antes de que llegara a su altura.

La joven estaba confundida, solo sabía que debía correr, llegar a casa y estar a salvo junto a su amigo Toni. La noche se advertía peligrosa y el que no hubiera nadie en las calles la convertía en un lugar escalofriante donde estar. Sin embargo, ese nombre que acaba de escuchar no sabía si se lo estaba gritando su descontrolada conciencia, que deseaba burlarse de ella, o era la necesidad de encontrar refugio en unos brazos que seguro la protegerían.

Chandani aminoró la carrera, necesitaba dar un respiro a sus sofocados pulmones y un momento a su desordenado cerebro. No podía ser, Rodrigo no podía estar allí.

—Chandani, soy Rodrigo…, el inspector Torres —detalló.

Temblorosa, se aferró a la mullida bufanda, cerró los ojos y comenzó a llorar como no recordaba haberlo hecho nunca. Era Rodrigo. Quien tenía enfrente era un policía. Por fin, todo había acabado.

—¡Rodrigo! —lo llamó acongojada, sintiéndose rescatada del infierno. Desesperada, se arrojó a sus brazos.

—¿Qué ha pasado? ¡Cuéntame qué ha ocurrido! —No fue capaz de contestarle. Un llanto desgarrador fue lo único que consiguió expresar—. ¡Tranquila! —susurró abrazándola con fuerza. Era lo único que podía hacer para detener los temblores que ese menudo cuerpo sufría.

Rodrigo estaba cómodo. Le agradaba tenerla rodeada entre sus brazos. Esa protección le hacía sentir poderoso, único para ella. Absorbió el aroma de su cabello, que tenía un olor dulzón con una intensidad floral que hizo vibrar sus fosas nasales, un perfume enloquecedor que lo empujó a acariciar sus sedosos mechones de tacto suave y resbaladizo.

Notaba en su pecho el calor que desprendía. El llanto calaba su camisa, pero lo que más le preocupaba era no poder detener ese temblor en su cuerpo. Tenerla entre sus brazos en ese estado le dejó un sabor agridulce, la satisfacción no sería plena hasta que no supiera qué le había sucedido.

—Chandani, mírame, por favor —le insistió separándola de él.

Poco a poco, contuvo el llanto, posó la mano sobre su pecho e intentó serenarse. Respiró conscientemente mientras las yemas de sus dedos hormigueaban al sentir el calor de aquel fibroso pecho. Casi podía percibir su vello tras la escurridiza camisa negra.

Buscó sus ojos para confirmar que a quien estaba abrazada era a Rodrigo y su mundo volvió a zarandearse al encontrarse con esos ojos azules que la miraban discrepantes. Sintió la intensidad y la fuerza de ese hombre en la mirada. Hablaba de turbación, de vehemencia y sensualidad, de un deseo reprimido que hizo palpitar su corazón.

Su cuerpo volvió a temblar, pero, esta vez, por el efecto que estaba causando Rodrigo en ella. «¿Qué me pasa?», se preguntó. Él volvió a protegerla entre sus brazos.

Chandani comenzó a llorar de nuevo, sin explicarse el motivo. Ya no estaba asustada ni temía que ese hombre volviera, pero, aun así, no podía controlar el llanto.

Respiró con fuerza para intentar serenarse y el olor que degustó en el inspector le hizo cerrar los ojos de nuevo. La mezcla de esa colonia con la emanación natural de su cuerpo le resultó exquisita, por lo que lo abrazó con fuerza, haciéndole saber que no se separaría de él.

Rodrigo perfiló una sonrisa en su boca. Después de todo, era ella la que lo estaba abrazando como si quisiera evitar que alguien pudiera robarle algo que consideraba suyo.

—Ven, vamos al coche.

Ella asintió, aunque se resistió a separarse de él por completo. Ese gesto lo cautivó, por lo que le echó el brazo por el hombro y la guio hasta la puerta del copiloto de su coche.

Rodrigo la abrió, buscó sus ojos y la invitó a que se montara. Le puso el cinturón de seguridad y rodeó el coche para ocupar su lugar.

—¿Qué ha pasado? —quiso saber.

Chandani no contestó ni tampoco lo miró, estaba absorta en sus pensamientos y con la mirada fija en sus manos, que descansaban en el regazo. Su mente se encontraba a años luz de allí. No entendía qué había sucedido allí fuera, por qué su cuerpo había reaccionado de ese modo al entrar en contacto con él. Su mirada, su presencia, su olor…, todo le pareció apetecible. Jamás había sentido nada parecido por un hombre. De ninguno fue capaz de disfrutar. Sin embargo, con él, parecía que las puertas del deseo se habían abierto un diminuto instante.

Era la primera vez que se fijaba en él. Su amigo se había encargado de repetirle una y mil veces lo buenorro que estaba ese hombre, pero ella no quiso mirarlo de esa forma. Sin embargo, estando a escasos centímetros de su boca, tenía que reconocer que Toni estaba en lo cierto.

Le vino a la mente sus ojos y ese olor picante, pero a su vez cálido, que deseaba volver a sentir sobre ella. Esos brazos fuertes y definidos que la habían hecho temblar solo con un abrazo.

Cerró los ojos, agotada de pensar, y soltó un suspiro al recordar lo que le había hecho sentir.

—Chandani, ¿estás bien? —volvió a preguntar Rodrigo preocupado.

Ella alzó los párpados lentamente y giro la cabeza, sin levantarla del reposacabezas, para volver a ver a aquel hombre que le había robado el aliento.

Sus miedos se habían esfumado, dejándole el cuerpo cansado, pero en estado de alerta por la presencia de ese hombre que, sin dudas, avivaba sus instintos más primitivos.

Sus ojos la miraban traspasando sus barreras y aportaban una intensidad que le imponía, pero ni un ápice de temor. Estaba muerta de curiosidad de saber por qué le había calado tan hondo que se podía decir que la dominaba lujuriosamente.

«¿Por qué esos ojos me hacen sentir así? ¿Qué tiene que me acelera el corazón y me hace sentir mujer?», se preguntó confundida, sin poder dejar de escrutar su rostro en busca de respuestas.

Bajó la mirada a su mandíbula y una sequedad en su boca la obligó a tragar saliva para que sus papilas gustativas volvieran a restablecer la humedad en la lengua. Su mentón era cuadrado, fuerte, robusto… y con una incipiente barba negruzca que le aportaba un aire de chico malo que estaba descontrolándole las hormonas. Esa sensación le hizo desviar la atención a su boca. Labios gruesos y proporcionados, tan perfilados en el arco de cupido que se detuvo sobre ellos más tiempo de la cuenta.

Imaginó su tacto, su sabor, su deseo… y el vello se le erizó de pies a cabeza. «¿Eres tú?», se preguntó movida por una lujuria tan imparable que desordenó su lado sensato.

Descarada, siguió con su exhaustivo análisis. Dos mechones de cabello acariciaban su rostro y ella, celosa, los colocó tras su oreja. El contacto la hizo arder, desear que la tocara, que la comiera a besos.

Rodrigo respondió a su gesto con una sonrisa en los ojos. «¿Qué está pasando?». Le había analizado la cara como si fuera un escáner en busca de anomalías y esa delicadeza con que le recolocó el pelo le provocó deseos de besarla.

—¿Qué ha ocurrido, Chandani? —repitió para dejar de pensar en lo que le gustaría hacer. Sin embargo, sonó como si estuviera preguntando por lo que estaba sucediendo entre los dos. Ella no contestó—. Háblame. —Suplicó con la mirada.

—Estoy bien —contestó azorada, dejando de mirarlo y volviendo a centrar la atención en sus manos—. Pero sácame de aquí, por favor.

Rodrigo arrancó el coche y dejó las preguntas para más tarde, ya tendría tiempo de averiguar lo ocurrido. Lo único que podía hacer, por el momento, era llevarla a su casa e intentar que todo volviera a la normalidad.

El trayecto fue en silencio, aunque plagado de miradas furtivas que Rodrigo no pudo reprimir. Chandani seguía ausente, absorta en la imagen de las calles que pasaban de manera fugaz por la ventana. No obstante, su rostro estaba relajado, con esa tonalidad tostada que le hacía saber al inspector que estaba volviendo a ser la misma de siempre.

Rodrigo aparcó el coche en su plaza de garaje y, raudo, rodeó el vehículo para ayudarla a bajar. Aferrado a ella, se dirigieron al ascensor. No pudo evitar estrecharla entre sus brazos al notarla tan desvalida y ausente, y en esa postura se mantuvieron hasta que llegaron al tercer piso, donde estaba su hogar.

Una sensación reconfortante volvió a recorrer el cuerpo de Chandani, así que lo abrazó con necesidad y volvió a perderse entre esos brazos y su aroma.

Rodrigo se sentía cómodo ceñido a ella, protegiéndola, pero ¿por qué? ¿Qué tenía aquella muchacha para provocar eso en él? Las puertas del ascensor se abrieron y la cogió de la mano, sintiendo en su pecho un molesto abandono.

La casa de Rodrigo estaba impoluta, el orden que mostraba el salón revelaba que era meticuloso y ordenado. Pero lo que la impresionó fue el tamaño de la televisión plana colgada en la pared, demasiado grande para las dimensiones de la sala. El cheslón, de tres plazas en color café a juego con el mobiliario, hacía la estancia elegante y señorial.

Rodrigo tiró la chaqueta en el sofá y le ofreció asiento.

—Aquí estás segura. Cuéntame qué ha pasado, Chandani.

—Creo que han intentado secuestrarme —le reveló al fin.

El inspector se quedó descolocado y sorprendido de igual modo. Jamás imaginó que eso fuera lo que había ocasionado que estuviera corriendo despavorida por las calles de Madrid a esa hora de la noche.

—¿Dónde ha sido? —preguntó de inmediato.

—A la salida de la asociación donde soy voluntaria —contestó revolviéndose nerviosa al recordar lo sucedido.

—Quiero que me cuentes todo lo que ha pasado, cualquier detalle puede ser importante.

—Un todoterreno negro me seguía mientras hablaba con mi madre. Empecé a correr y me escondí en un jardín, entre los setos —especificó sin poder controlar la angustia que empezaba a dominarla—. Un hombre me estaba buscando, pero no me encontró —añadió como si fuera una niña orgullosa de haber ganado una partida al escondite. Sin embargo, las lágrimas comenzaron a empañar sus ojos aguamarina.

—¿Cómo era? —Quiso saber—. ¿Era alto, bajo, moreno, delgado…? —preguntó siguiendo sus impulsos.

—No lo sé…, era de noche y… —Las lágrimas volvieron a acariciar sus mejillas—. Era un hombre de mediana edad…, pero de cabello canoso. —Fue lo único que pudo mencionar antes de romper en llanto.

Rodrigo maldijo en silencio, aunque, al ver el estado en que se encontraba la joven, se avergonzó por su falta de sutileza. «Serás estúpido».

—Tranquila, pequeña. No pasa nada…, todo está bien. Ya no puede hacerte daño, aquí estás a salvo. —La consoló estrechándola con cariño en su pecho—. Esta noche, vas a quedarte en mi casa, ¿entendido? Mañana, iremos juntos a comisaría y denunciaremos lo que ha ocurrido. Seguro que cuando descanses, serás capaz de recordar más detalles.

—No puedo, Rodrigo, mañana tengo que trabajar. Además, no creo que sea buena idea que me quede en tu casa. —Se incorporó para liberarse de sus brazos.

Ella y él solos en una casa no podían estar. De ahí, nada bueno saldría.

—Nada de eso, tú te quedas aquí —sentenció—. Con lo que acabas de contarme, no me quedaría tranquilo si te fueras a tu casa. Si, como dices, han intentado secuestrarte, es posible que sepan dónde vives y podrían estar esperándote allí. Estás más segura aquí.

Chandani no se había planteado esa posibilidad. Escucharla en boca de Rodrigo le hizo entrar en pánico, aunque fue capaz de serenarse. Con él, estaba a salvo. No había razón para preocuparse.

—Está bien, pero tengo que llamar a Toni. Él está en casa…, pueden hacerle algo.

—Entonces llámalo y dile que pase la noche fuera, así correrá menos riesgos. Yo, mientras, voy a la cocina a preparar algo para que te relajes.

Chandani llamó a Toni y de manera escueta le contó lo sucedido. No entró en detalles, simplemente, le dijo que tenía que pasar la noche fuera porque no era seguro estar en casa. Se quedó tranquila al saber que su amigo estaba con unos compañeros del gimnasio y pasar la noche con ellos no suponía mayor problema.

Rodrigo, en la cocina, estaba empezando a perder los nervios porque no daba con la maldita infusión que quería preparar. Sabía que andaba cerca, pero, al no ser hombre que le gustasen esos brebajes naturales, no recordaba dónde los guardaba. Aunque, para ser sinceros, esa no era la verdadera causa que lo tenía intranquilo. Todo lo que le había sucedido a Chandani le olía mal, ese era el verdadero motivo por el que tenía el ánimo encrespado. Abrió el pequeño armario que había encima de la campana extractora y allí ubicó la caja de las infusiones.

—¿Puedo? —susurró ella asomando la cabeza por la puerta de la cocina.

—Por supuesto, siéntete como en tu casa —sugirió, llenando la taza de agua y llevándola al microondas.

—Prefiero estar acompañada, no dejo de darle vueltas a lo que me ha pasado. Creo que voy a volverme loca…, estoy confundida, ¿sabes?

—Después de un episodio como el que acabas de sufrir, es normal que te sientas así. —Volvió a sonreír, obligando a que Chandani tuviera que tachar esos ojos de irresistibles.

—Gracias, Rodrigo. No sé cómo habría terminado todo si no hubieses aparecido.

Él no contestó, simplemente, atendió al pitido del microondas y le tendió la taza con la infusión. Al cogerla, acarició los dedos del inspector involuntariamente, un impulso que les sirvió para que sus miradas se encontrasen.

El tiempo se detuvo como si el habitáculo en el que se encontraban hubiera pasado a estar en otra dimensión cargada de magnetismo. Cada centímetro de piel reaccionaba al otro y no hacía falta decir nada para que ambos supieran que había una fuerte atracción.

El cuerpo de Chandani dinamitó por dentro, provocando que un calor abrasador ruborizara sus mejillas, y se quedó desarmada ante él. Sus piernas, como si hubiese aumentado tres mil veces su peso, se estremecieron y la desafiaron a caer de bruces allí mismo. Dio un paso hacia atrás para alejarse de esa sensual y desbordante energía, pero sus rodillas cedieron sin que pudiese evitarlo.

Rodrigo, igual de impactado que ella, reaccionó a tiempo y la detuvo antes de que tocara el suelo. La cogió en brazos sin que le resultara un esfuerzo, aunque una intensa sacudida lo alcanzó de lleno, como si hubiese sido golpeado por la atracción de un fuerte imán que lo acercaba hacia ella. Además, la respiración acelerada sobre su cuello lo estaba volviendo loco. Estaba aturdido, no sabía qué estaba pasando entre ambos, pero esa era la segunda vez que advertía aquel magnetismo que enloquecía sus instintos.

Su entrepierna había crecido considerablemente y sentirla tan liviana y frágil entre sus brazos acrecentaba aún más esa sensación. Rodrigo aguantó la respiración para controlar sus deseos, pero ella acarició su piel con la delicada brisa de su respiración. El hombre tomó una fuerte bocanada de aire para aplacar las ganas que sentía de llevarla a la cama y hacerle el amor hasta que le suplicase que se detuviera.

Quería verla tocar el séptimo cielo entre sus brazos, erizar su piel hasta que le doliera, escuchar sus gemidos convirtiéndose en la melodía más exquisita y estimulante que los acompañara mientras la embestía como un animal. La deseaba para él en ese mismo instante, en ese lugar… Un escozor recorrió las palmas de sus manos al no poder dar rienda suelta a sus impulsos. Necesitaba tocarla, sentir la calidez de su piel. «¡Joder, Rodrigo, para! No es el momento ni el lugar», se obligó a reaccionar ocultando su frustración al comprimir la mandíbula.

Sin querer ahuyentar a las musas que los tenían embrujados, la llevó en brazos al salón y la tumbó en el sofá. No quería romper el encantamiento que se había gestado entre ellos, aunque el calentón de su entrepierna bramó aumentando un par de centímetros. Si no se refrescaba en el baño, nada podría evitar que le hiciera el amor esa noche.

—No me sueltes, quédate conmigo, Rodrigo —suplicó Chandani, apresando la camisa entre sus manos.

«Me lo pones difícil, pequeña», pensó volviendo a tomar aire para infligir resignación a su enloquecido miembro. El inspector asintió, tomó asiento con ella en su regazo y le quitó la taza de entre las manos para que estuviese más cómoda.

«Pero ¡por qué le había pedido eso! ¿Es que se había vuelto loca?», se recriminó confundida, pero siendo incapaz de separarse de su lado. Parecía que ese irrefrenable apetito no se saciaba solo con tenerlo cerca. Su cuerpo le pedía más, pero ella no estaba dispuesta a volver a caer en malos hábitos. El tiempo de acostarse con todo hombre que se cruzaba en su camino se acabó hace años. Aun así, no pudo evitar erizarse entera teniéndolo cerca.

—Gracias —susurró contemplando el precioso cuello que le servía de refugio y que la animaba a caer en las redes de la locura.

Rodrigo buscó sus ojos.

—No tienes que darme las gracias, yo jamás permitiré que te hagan daño —añadió con voz entrecortada. Buscó sus labios reprimiendo el impulso. Deseaba devorar aquella boca en ese instante.

Hipnotizada, buscó sus labios de igual modo. No podía resistirse, no podía luchar contra algo que era más grande que ella, que se movía a una velocidad apabullante y que, en cada acercamiento, se le hacía más irresistible. Así que, dejándose llevar como tantas veces había hecho, se tiró de cabeza a devorarlos. Suaves y jugosos, le proporcionaron una sensación indescriptible, regalándole besos placenteros e insaciables.

La lengua de Rodrigo pidió permiso con elegancia y Chandani la aceptó con deseo, invadiendo su interior y enroscándose en ella.

Las respiraciones agitadas tomaron las riendas, y los gemidos que traspasaban sus gargantas, rogaban que se dejaran llevar por el deseo y el placer que los dos estaban sintiendo.

Lo que estaba haciendo era una locura, pero bendita locura que la estaba llevando a un nuevo mundo de sensaciones.

Rodrigo se sintió explotar. Estaba en un punto donde poco debía hacer para dejarse ir. Estaba sobrexcitado, demasiado eufórico por un simple beso. Sin embargo, lo prohibido, a veces, se convierte en lo más estimulante y haber deseado a esa mujer le estaba pasando factura.

Los gemidos en Chandani le pedían más, le suplicaban que se alimentara de cada recoveco de su cuerpo, que saciara ese palpitar que, con sus movimientos, le pedía más acción.

—Para, Dani…, nena, para… —pidió con una entereza que no supo de dónde había conseguido sacar mientras intentaba saciar el ansia que lo dominaba.

Chandani no escuchaba, estaba perdida en ese camino del placer donde los sentidos enloquecen por el sabor de los besos y por la fragancia que desprenden los cuerpos al estar excitados. Se había vuelto egoísta y exigente, no podía detenerse, quería seguir descubriendo qué se sentía cuando el placer atravesaba como un rayo el cuerpo y nublaba los sentidos. Era la primera vez que se sentía así, que experimentaba una cosa igual, y no estaba dispuesta a perder la oportunidad de descubrir cómo terminaba todo.

—Así no, pequeña —murmuró Rodrigo en su boca, dejando de acompañar el baile de sus labios.

Esas palabras la paralizaron de inmediato, dejándola confundida y perturbada en los brazos de quien la estaba rechazando.

—Perdona, Rodrigo…, me he dejado llevar por el momento —se justificó azorada.

La vergüenza le provocó deseos de escapar de allí.

—No… ¡No te muevas! —La atrajo hacia sí para que no se levantara—. No hay nada que perdonar, Dani. Sería un estúpido si no quisiera hacer el amor contigo. Eres como un manjar irresistible. —Sonrió contemplando esos labios que estaban enrojecidos por los besos—. Pero creo que no es el mejor momento. Has sufrido un intento de secuestro, estás confundida…, tú misma acabas de decírmelo. Encantado, te haría el amor aquí mismo, pero necesito que estés segura de que quieres acostarte conmigo. No quiero que hagas algo de lo que mañana puedas arrepentirte. ¿Me entiendes?

Chandani asintió con un tímido gesto de cabeza, aunque no tenía muy claro a qué estaba dando su aceptación. Deseando que la tierra la tragase, solo podía sentir vergüenza, rechazo y el bochorno más colosal.

—No quiero que pienses que te estoy rechazando, pequeña. Todo lo contrario, quiero hacer las cosas bien por una vez. Hace demasiado tiempo que no presto atención a estos detalles…, quiero que contigo sea diferente. —Le acarició la mejilla para fortalecer el poder de su palabra.

Chandani no sabía muy bien qué decir o qué hacer. «¿Qué se dice cuando te alejan en un momento como este?», pensó apabullada.

Rodrigo, impaciente por la falta de respuestas, no hacía más que elucubrar qué se estaba fraguando en la mente de su acompañante. Aquel silencio incómodo le empezó a preocupar. «¿Qué está pasando en esa complicada cabeza?».

—Dani, dime algo…, por favor. —Acarició su barbilla elevándola para que sus miradas volvieran a encontrarse—. Dime qué piensas.

Volvió a quedarse prendado de esos ojos verdes, aunque mucho más comedido que cuando la lujuria les nubló el juicio. La incertidumbre de haber hecho lo correcto o, por el contrario, haber metido la pata hasta el fondo, lo llevó a buscar su boca, besándola con delicadeza. Tras esos besos, había sinceras intenciones, nada de un polvo como los que echaba con Arantxa. Chandani era diferente.

—No quiero que te avergüences de nada si es lo que esa cabecita te está repitiendo —le susurró entre sus labios—. Eres preciosa… Por favor, Dani, dime que me entiendes y no sientes que te estoy rechazando.

Ella, al sentir sus labios, volvió en sí y acalló a sus fantasmas.

—Te entiendo, Rodrigo, sé que no me rechazas —contestó como una autómata para calmarlo más que por propia convicción.

—Me gustas mucho, Dani. —Rozó sus labios tan despacio y delicadamente que parecía que estuviese haciéndolo con una sedosa pluma.

Chandani no encontraba las palabras precisas para justificar sus actos ante él, para disculparse por haberlo abordado de ese modo, aunque ella tenía claro que su comportamiento fue debido al desorden que estaban experimentando sus terminaciones nerviosas. Se lanzaba a explorar lo que estaba sintiendo o podía ser que perdiera la oportunidad de vivirlo de nuevo. Sin embargo, aquello no podía decírselo a Rodrigo. Ese era su secreto, uno tan humillante que moriría con ella el día que abandonara ese mundo.

La culpa la golpeó como cuando recibes un bofetón inesperado porque, al no confesarle la verdadera razón por la que había actuado de aquel modo, le daba a entender que era una mujer fogosa, sexualmente activa y experimentada, muy lejos de la realidad. Sus problemas psicológicos, sus miedos, su insatisfacción al estar con los hombres, todo eso era su realidad, su verdad.

Uno de sus trastornos floreció como las secuelas que la llevaban a sentirse culpable. Se sentía mezquina y vil, una maldita mentirosa y demente que lo engañaba sin escrúpulos y que, a su vez, no entendía por qué debía darle explicaciones si jamás se las dio a ningún otro hombre. Eran sus problemas, sus traumas, su vida… Sin embargo, con él era diferente, le debía mucho porque, desde el primer día que lo conoció, se había portado con ella como un caballero. A Rodrigo no podía situarlo en esa misma lista de hombres porque era el único que le había removido algo por dentro y, sencillamente por eso, debía situarlo donde correspondía. No merecía menos. Con él, debía sincerarse, aunque se guardara para ella ciertos detalles que no tenía por qué conocer. Lo que había entre ellos no tenía futuro, y nadie mejor que ella lo sabía. Estaba rota, lastimada por dentro, aunque no se viera. Porque, por mucho que su cuerpo hubiera reaccionado a sus besos, no quería decir que, cuando no hubiera vuelta atrás, no le diera asco sentir sus manos sobre la piel.

—Rodrigo, creo que… —comenzó a decir Chandani, aunque una llamada en el teléfono del inspector la interrumpió.

—Tengo que contestar. —Tras un fugaz beso a modo de disculpa, ella se levantó aturdida de entre sus brazos.

Rodrigo le regaló una sonrisa de sus ojos y un guiño antes de contestar.

—Inspector jefe Torres, dígame.

—¡Tú no tienes vergüenza! —estalló su hermana tras la línea sin tiempo a que dijera nada—. Estamos papá y yo esperándote como si fueras el mismísimo rey y lo que eres es un auténtico egoísta que piensa que todo el mundo tiene que besar el suelo que pisas. ¿Qué te habría costado hacerme una simple llamada? Te habría tapado ante papá…, pero, claro, tú no ves la desilusión en sus ojos porque su hijo prefiere estar en cualquier otro lugar antes que pasar un rato a su lado.

Se escabulló hasta la cocina, enfadado con su hermana, para poder hablar sin ser observado.

—Lucía, si me dejaras explicarme.

—Tus excusas ya las conocemos, Rodrigo. Siempre son las mismas… Pero, vamos, déjame averiguar. —Un sonido de sus cuerdas vocales se alargó como si estuviera pensando—. Trabajo, ha sido eso, ¿verdad? ¿A que no me equivoco? —dijo con saña.

Rodrigo no negó las palabras de su hermana.

—No sé qué decir, Lucía, sé que llevas razón…, pero mi trabajo es complicado y surgen imprevistos que no puedo desatender.

—Claro…, pero a nosotros sí puedes desatendernos porque sabes que siempre estaremos cuando nos necesites. Pues ¡¿sabes lo que te digo?! —añadió indignada por las palabras de su hermano—. Que lo mismo estás equivocado y no nos tienes cuando nos necesites.

—No digas eso, sabes que siempre me acuerdo de vosotros.

—Pues con tus acciones das a entender otra cosa, Rodrigo.

Cuando su hermana se enfadaba, era de armas tomar. No sabía a quién había salido la pequeña de la familia.

—Lucía, te prometo que mañana voy a cenar con vosotros. —Un silencio incómodo se formó tras la línea telefónica—. Lucía, ¿estás ahí? —preguntó sabiendo que no había colgado. Era una acción muy típica en su hermana cuando se enfadaba. Necesitaba unos segundos para pensar.

—Claro que estoy aquí, tonto.

—Hoy se me ha complicado el trabajo justo cuando salía hacia casa, pero mañana, sin falta, voy.

—Está bien, está bien… —repitió resignada—. Pero, por favor, ven a ver a papá. Esta semana lo veo muy desanimado.

—De acuerdo, tengo que dejarte.

—Sabes que te quiero, ¿verdad? Aunque a veces no te lo merezcas y me den ganas de darte una paliza —frivolizó.

—Yo también te quiero, empalagosa —bromeó Rodrigo ocultando con esa expresión lo importante que era para él su familia—. Mañana nos vemos, Lucía.

Chandani se recostó en el sillón sin que desapareciera esa confusión en su cabeza. Había sido un día agotador que, por fin, tocaba a su fin y, estando sola, se había dado cuenta de lo necesitada que estaba de un descanso físico y mental. «Demasiadas emociones juntas», se dijo cerrando los ojos y disfrutando del silencio de la casa.

—Yo también te quiero… —Escuchó decir a Rodrigo.

Abrió los ojos impactada, afinó el oído y se mantuvo tan inmóvil como una muñeca de trapo.

—Mañana nos vemos, Lucía. —Volvió a escucharlo decir.

«¡Lucía! ¿Quién era esa mujer? ¿Su novia, tal vez?», quiso saber. Aunque, al contemplar esa posibilidad, sintió cómo las mariposas que revoloteaban en su estómago fueron cayendo fulminadas por esa probabilidad.

Escuchó unos pasos que se dirigían al salón y Chandani, aguantando esa sacudida de celos, cerró los ojos con rapidez y fingió haber caído plácidamente dormida en ese lapso en el que había atendido la llamada. Lo de ser sincera con él ya no le parecía tan buena idea.

Lo que menos esperaba Rodrigo cuando entró al salón era encontrar a Chandani dormida y aún más hermosa que cuando la había tenido entre sus brazos. Su rostro estaba relajado y tranquilo, aunque una pequeña arruga entre sus cejas dejaba ver la cantidad de emociones que había sufrido durante el día. Aun así, sus rasgos orientales lucían en todo su esplendor, siendo la feminidad el punto más exótico que resaltaba sus facciones.

La contempló en silencio. Era una ninfa, una diosa hindú que, sin esfuerzo, conseguiría de él todo lo que quisiera si le dejaran ver cada noche esa bella imagen a su lado.

Se arrodilló a su altura y, movido y sometido por el hechizo de su belleza, besó su frente, dejando una pregunta al aire que se le escapó al entrar en contacto con su piel.

—¿Qué tienes que me gustas tanto?

El corazón de Chandani, como si quisiera responder a esas palabras que no tendría que haber escuchado, comenzó a palpitar tan rápido como los pistones de un coche de carreras. Para no ser descubierta, se giró, camuflando la desazón que había despertado Rodrigo con aquella simple pregunta.

A las cinco de la mañana, Chandani se despertó desorientada, aunque, al ojear el cuarto donde se encontraba, entendió que tuvo que quedarse dormida cuando el calor de la manta con que la cubrió Rodrigo llegó a sus músculos.

Clavó pensativa los ojos en el techo y comenzó a rememorar todo lo que le había ocurrido desde que salió del comedor social. Su cuerpo se estremeció de miedo, pero cuando siguió recordando cada detalle, vibró de emoción. Volvió a la realidad de un batacazo al venirle a la mente el nombre de esa mujer. No debía estar ahí. Su lugar no era aquel salón ni aquella casa, ni siquiera esos brazos en los que buscó refugio. Rodrigo merecía a alguien mejor que ella. Ella no tenía futuro…

Una lágrima se escapó de sus ojos al escuchar su verdad, el motor que dirigía su vida desde que se marchó de Calcuta. Secó sus lágrimas de un manotazo y, sin hacer ruido, se calzó sus botas y abandonó la casa de Rodrigo sigilosamente.

CAPÍTULO 5

Cuando Chandani llegó a su casa, eran alrededor de las seis de la mañana, y dio gracias porque, en el barrio en el cual vivía Rodrigo, los servicios de transporte público eran penosos, a pesar de ser una nueva zona residencial plagada de vecinos e inmejorables instalaciones. Aunque esa mañana parecía que la suerte la acompañaba porque, nada más poner un pie en la calle, un taxi pasó por la puerta.

Se metió en el baño sin pasar siquiera por su cuarto. Abrió el grifo del agua caliente al máximo, hasta que el espejo de encima del lavabo se empañó por completo.

Necesitaba quitarse esa extraña sensación del cuerpo y nada mejor que una ducha para despejarse. Como imaginó, al entrar en contacto con su rostro el agua caliente, relajó su cuerpo y atenuó los nervios. El agua caliente siempre conseguía serenarla, aunque en otros tiempos la usó de manera muy distinta. Cuando era adolescente, se autoinfligía maltrato físico a base de castigos abrasadores, nunca mejor dicho. Otro mal hábito que había superado hacía tiempo, pero que, en alguna que otra ocasión, cuando sentía que la vida la superaba, se aplicaba en secreto. Hacía meses que no retomaba esas insanas prácticas. Esa era otra de las muchas consecuencias de lo que le ocurrió en el país que la vio nacer.

Cogió la esponja vegetal que colgaba de la barra anclada en la pared donde se colgaba el grifo y echó una abundante cantidad de gel de coco, que la transportó con su aroma a los días de sol y playa que tanto le gustaba pasar con su madre en verano.

«¿Qué voy a hacer a partir de ahora? —se preguntó—. ¿Tengo que ir al despacho de Rodrigo para denunciar lo ocurrido? ¿O será mejor ir directamente a comisaría?», se planteó. Elevó el rostro para buscar el agua y dejó que, al chocar con su cara, se fuera la respuesta por el sumidero. No tenía nada claro cómo debía proceder.

Solo con recordar esa carita bonita y esos intensos ojos, los nervios se apoderaron de su estómago. No quería verlo, pero, a su vez, moría por encontrarse con él. Era todo tan difícil de entender que se sentía navegar en un mar de dudas. Recordó sus besos, sus caricias, su aroma, su protección…, esa última pregunta que lanzó pensando que estaba dormida y ese «te quiero» dirigido a otra mujer. Todo se le hacía demasiado grande, eran demasiadas sensaciones en muy poco tiempo. Un sollozo acompañó a su recuerdo.

Cómo le había gustado besarlo, sentir cómo se excitaban mientras descubrían a qué sabían sus labios. Cómo sus cuerpos se expresaban sin acariciarse… Para ella, todo era nuevo y le resultó tan increíble que el desconsuelo le oprimió el corazón. Así que lloró como un bebé cuando se cae, cuando siente que necesita ser mecido y consolado porque le duele haber recibido ese golpe. Sí, ese golpe era conocer lo que durante años buscó en brazos de esos hombres, el tiempo perdido y el maltrato que se autoimponía sin poder evitarlo. Su cuerpo se lo exigía y su conciencia, también. Eran dos en contra de ella y cuando el corazón, la mente y los actos no van en sincronizada sintonía, se desencadena la tormenta perfecta. Y ella, de tormentas, sabía un rato.

Dejó caer la cabeza hacia abajo y vio cómo el sumidero hizo un remolino perfecto al engullir el agua jabonosa. Ella no quería, pero su cuerpo lo necesitaba tanto… Abrió el grifo al máximo y aguantó como un animal a ser marcada con un hierro incandescente. El agua abrasaba su espalda, el dolor le hizo apretar los dientes y cerrar los ojos con fuerza para soportar ese escozor que se volvía menos intenso al acariciar sus glúteos y sus muslos. No supo el tiempo que se implantó su penitencia, pero, al percibir el placer en su cuerpo por el dolor, cerró el grifo y rompió en llanto, esta vez de culpa.

—¿Te queda mucho, Dani? —escuchó preguntar a su amigo Toni.

—No…, ya salgo.

Más calmada y aceptando con pesar lo que se había visto obligada a hacer, salió del baño envuelta en una toalla XXL. Fue a la cocina a buscar a Toni, necesitaba verlo, contarle lo que ocurrió a la salida del comedor social y, por qué no, lo que había experimentado en los brazos de Rodrigo. Su amigo iba a gritar como esa loca que fingía ser cuando salían de fiesta.

Entró en la cocina y el aroma a café recién hecho hizo gruñir a sus tripas. Estaba hambrienta, llevaba sin probar bocado desde el día anterior. El tostador se accionó y, de su interior, salieron disparadas hacia arriba un par de tostadas humeantes. Chandani estaba famélica. Que Toni la perdonara, pero se había quedado sin desayuno. —Sí, inspector, ha llegado bien a casa. —Escuchó decir a Toni—. Yo llegué media hora antes que ella y todo estaba tranquilo por aquí. —Entró en la cocina y se sirvió un café.

Chandani no daba crédito a lo que estaba viendo. Su amigo estaba hablado con Rodrigo como si se conociesen de toda la vida.

Cargó el tostador con dos rebanadas de pan de molde y se sentó frente a ella con su café caliente entre las manos. Toni le guiñó un ojo y rasgó su boca con una ladina sonrisa.

—Ahora se está duchando y, de aquí a una hora, nos iremos a trabajar —explicó—. Ajá…, claro…, claro, entiendo… No se preocupe.

Estaba ansiosa por saber qué le estaba contando Rodrigo.

—Por cierto, inspector, ¿cómo ha localizado mi número de teléfono? Ajá…, ajá. —asintió Toni sin borrar la sonrisa de su boca—. Tome nota del teléfono de Dani.

Chandani, apoyada en la isla de la cocina que usaban de mesa para desayunar cuando iban con prisa, no podía creerse lo que estaba haciendo su amigo. «Maldita celestina gay», espetó entre dientes.

Si no lo conociera como lo conocía, diría que su amigo estaba preocupadísimo por su amiga del alma, de ahí que le diera su número de teléfono al inspector por si sucedía algo. Sin embargo, sabiendo cómo era, lo primero era el ligoteo y, el resto, ya se arreglaría.

—Sí, ese es, inspector. Imagino que tendrá el teléfono apagado… Ya sabe cómo son estas tecnologías, no aguantan encendidas ni veinticuatro horas seguidas. —Miró a su amiga y, con un gesto travieso, le mostró su perfecta dentadura—. Sí…, también tome nota de la dirección.

Chandani abrió los ojos como platos.

«Primero, le da mi número de teléfono sin mi consentimiento y, ahora, le dice dónde vivimos. ¿Qué será lo siguiente…? ¡¿La talla de mi ropa interior?! Esto es increíble», se dijo sarcástica.

Molesta, le frunció el ceño y rasgó la tostada con violencia. «¡Este va a enterarse!», se juró abandonando la cocina y encerrándose en su cuarto. Aunque, antes de entrar, dio un portazo para que su amigo supiera en el lío que se acababa de meter por hablar más de la cuenta.

—Dani, tu hombre estaba preocupadísimo. —Abrió la puerta del cuarto sin llamar.

—Tu educación, ¿dónde la has dejado, Toni? —soltó furiosa dejando ver su enfado en cómo se abrochaba los botones del pantalón vaquero.

—Ya veo que la noche que has pasado junto al inspector no ha sido todo lo gratificante que esperabas —añadió tan natural—. Pero dale tiempo, que a este lo tienes bajo tu ala de aquí a un par de días.

—No digas tonterías, Toni, sabes que estoy enfadada contigo. Deja a Rodrigo en paz.

—Claro…, ya entiendo. Estás enfadada porque he intentado darle tu número de teléfono, pero resulta que ya lo tenía, así que un punto para mí —frivolizó.

Ese gesto en su amigo hizo que ella se enfureciera aún más.

—La cuestión no es si lo tiene o no lo tiene, sino quién te ha dado derecho para darle mi teléfono y mi dirección. Me haces pensar que se lo darías a cualquiera.

—Venga, Chandani… ¡No sean ingenua! Ese hombre es policía y, desde que te pusiste como una fiera con él y te llevaron a comisaría, sabe hasta tu número de pie. Además, el inspector no es cualquiera. —Alzó los dedos al aire y un gesto de abrir comillas enfatizó sus palabras.

«Dos puntos más para mi amigo», confesó indignada.

—Si se lo he dado, es porque te quiero, so tonta.

—A ver, so loca —imitó ese apelativo, pero de manera ácida—. Venga…, ilumíname con esa explicación. —Cruzó los brazos sobre el pecho, sentándose en la cama.

—Tú estás más ciega que Mariano, el que vende los cupones de la ONCE en el bar de abajo. ¿De verdad que no lo ves? —El desconcierto le hizo rotar sus ojos, dejándolos en blanco—. Déjalo, Dani, porque cuando te pones cabezota, es mejor dejar las cosas como están.

—Qué tonterías dices, Toni. Claro que entiendo dónde quieres llegar, pero no pienso dejar que me embauques con tus historias de cuentos de hadas. La vida no funciona así.

—Dani, al inspector le gustas —dijo sin más—. Cuando he hablado con él y me ha contado lo que te pasó anoche, se le notaba preocupado por ti. ¿Por qué te fuiste sin despedirte? ¿Por qué saliste de madrugada sin ni siquiera dejarle una nota para que no se preocupara?

—No caí —improvisó.

—No te creo, a mí siempre me dejas una nota cuando te marchas o me llamas cuando has llegado a casa. A ti no te gusta dejar a nadie preocupado. ¿Por qué al inspector sí? No te entiendo —preguntó.

—Es complicado, Toni. —Se dejó caer en la cama para dejar de sentir sobre ella el peso de las palabras de su amigo.

—No es complicado. —La cogió del brazo para evitar que se alejara—. Solo es que estás asustada porque esto que está pasando te ha pillado con el culo al aire. Ese inspector te hace tilín, ¿verdad? —Le sonrió con cariño—. Aunque no me extraña, ¿a quién no le gustaría tener la oportunidad de pasar un ratejo con ese machote? Puf…, me deshago solo de pensarlo. —Puso la mano en su frente e hizo como si se fuera a desmayar al más puro estilo de Broadway.

Chandani sonrió débilmente ante tal melodrama.

—Estoy confundida, Toni. Ayer nos besamos.

—¡Pero, chocho! —marujeó—. ¡¿Cómo se te ocurre enfadarte conmigo después de lo que acabas de confesarme?! Ahora sí que no entiendo nada. O yo vivo en otro planeta o eres tú la que se empeña en no querer salir de esa cajita de cartón donde te escondes.

—Fue todo tan distinto… Me da miedo solo de pensarlo. Jamás he sentido nada igual. —Se abrazó a sí misma para encontrar consuelo—. No podía parar de besarlo…, quería más… Fue… —Chandani enmudeció al recordar todo lo que los besos de Rodrigo despertaron en ella.

—¡La hostia! —concluyó él con una sonrisa pícara—. ¡Bienvenida al mundo de los calentones, el erotismo y los benditos orgasmos! Cuando los pruebes, no vas a querer dejar de tenerlos. Ay, amiga… cómo me alegra que, de una vez por todas, hayas encontrado a tu príncipe azul.

Chandani forzó una sonrisa.

—O la rana encantada —espetó afligida—. Fue todo tan extraño, tan diferente a como lo conozco.

—Eso no es extraño, Dani. Lo extraño es no sentir nada. Esto es lo que sucede cuando alguien te gusta. Tú no lo reconoces porque nunca lo habías experimentado, pero lo normal es perder la cabeza y pasar un momento divertido. Todo eso es normal, princesa. —Agarró sus manos para tranquilizarla.

El rostro de Chandani era un verdadero poema, la confusión y la incertidumbre se dejaban ver como sus hermosos ojos. A Toni le pareció enternecedor. De repente, su amiga se había convertido en una adolescente asustadiza, de esas que están a punto de dar su primer beso.

—No tengas miedo. Eso es lo más hermoso que puede ocurrirte. Es lo que has estado buscando durante meses cuando te acostabas con esos hombres. ¿No lo entiendes? Has dado un nuevo paso en tu recuperación. Acabas de dar una patada en el culo a esos fantasmas que no te dejan vivir —declaró entusiasmado.

—Me siento perdida, Toni. —Se escondió tras sus manos. Quería llorar, reír… Ni ella se entendía.

—Deja que el inspector te encuentre. —Retiró las manos de su cara—. Déjale que te guíe, que te enseñe a disfrutar el momento. ¿Qué mejor que un policía para que te defienda de esos fantasmas? —bromeó sin olvidar la picardía que se dibujó al levantar su ceja derecha—. Anda que no has tenido suerte, amiga. Ya querría yo uno así para mí.

Toni estaba intentando quitarle hierro al asunto. Esa era una de las cualidades que más le gustaba a Chandani de su amigo. Sabía cómo robarle una sonrisa, aunque las cosas estuvieran muy negras. Rezumaba positivismo.

—No le he contado mis problemas… Cuando se entere, va a salir corriendo.

—No creo, ese hombre no tiene pinta de salir huyendo cuando las cosas se ponen difíciles. —Guiñó un ojo—. De todas maneras, vamos a comprobarlo pronto porque me ha dicho que tienes que pasar por su despacho para que le cuentes todos los detalles que recuerdes de lo que pasó ayer. —Se levantó de la cama y fue hacia la puerta—. Termina de vestirte y en el coche me lo cuentas todo, porque lo que te pasa a ti no le pasa a nadie, guapa. Menos mal que terminaste el día saboreando los labios de ese machote, que si no… —Sonrió.

—¡Anda, inspector! ¿Todavía por aquí? Pensaba que tenía que reunirse hoy con el comisario y el juez Alcázar —se sorprendió David al ver a su amigo en el despacho.

—Sí, ahora mismo iba a salir para los juzgados, pero primero he querido pasarme por la oficina para hablar contigo y con Arantxa. ¿Qué ha pasado con Irina Petrov? ¿Os ha dicho algo interesante?

—La información no ha sido de gran ayuda. Le enseñamos una fotografía de Konstantin y, según ella, no lo ha visto en su vida. Miente como una cosaca. —Se dejó caer en su silla.

Esta vez era Rodrigo quien estaba frente a su humilde escritorio.

—También nos explicó lo del alquiler del furgón. Dice que lo alquiló para hacer una mudanza, pero que, como ella no podía con algunos muebles, contrató a dos hombres de los que piden trabajo en plaza Elíptica. Su vecina fue la encargada de vigilar a los hombres. Arantxa y yo fuimos a visitar a la mujer. Es una señora de unos setenta años que habla de ella como si fuera su hija. Nuestra conclusión es que dice la verdad sobre la mudanza, pero en algún punto de la ecuación tiene que aparecer Konstantin y no sabría decir dónde.

—¿Alguna otra cosa relevante? —preguntó el inspector.

—Mi percepción es que Irina Petrov está acostumbrada a mentir. Aunque a mí y a Tamayo no nos la mete. —Levantó la mejilla astutamente.

—Está bien, Sierra —dijo Rodrigo tamborileando con sus dedos sobre el escritorio. Se levantó de la silla y se abotonó la americana—. Tengo que ir al juzgado, a ver qué más consigo averiguar de los desaparecidos. Que la vigilancia de Irina continúe. Tú y Tamayo seguid con la del sospechoso. Alguno de los dos tendrá que dar un paso en falso en algún momento y nosotros tenemos que estar presentes cuando eso ocurra.

David asintió.

—Amigo, qué elegante te has puesto. Quién diría que vas a ver a un juez. —Elevó ambas cejas al aire. Rodrigo sonrió.

Efectivamente, su amigo estaba en lo cierto. Sin saberlo, había dado en la diana. La elección de su ropa nada tenía que ver con ir a ver a un delincuente y a un astuto abogado. Chandani era a quien tenía en mente cuando eligió esos pantalones vaqueros grises, la camisa negra y el blazer entallado. Arantxa siempre le decía que su cuerpo estaba hecho para llevar aquel tipo de americanas. Y la verdad es que hacía más robustos los hombros y estrecha la cintura.

—Estás en todo, amigo —espetó sin disimular su entusiasmo y sin darle ninguna pista más.

—Está bien, ya me enteraré de quién es la víctima. Aunque, si quieres, puedes traértela en carnavales. Hemos quedado, ¿te apuntas? —dijo con gesto guasón.

—Ya veré.

—Como quieras, jefe —se despidió David con su especial y habitual saludo militar.

Sentados junto al juez, el fiscal, el comisario y Rodrigo ansiaban conocer qué información les facilitaría el acusado. Habían pasado cinco minutos de la hora acordada y la tensión por la espera se palpaba en el ambiente.

Pidieron permiso para entrar con dos fuertes golpes. Los allí presentes, por instinto, se recolocaron en sus asientos. El momento por fin había llegado.

El juez Alcázar, con tono serio e imponente, ordenó que pasaran. El resto se levantó de un salto de sus asientos, poniendo especial atención a esa doble puerta veteada que se abrió demasiado lenta.

Un hombre latino que no superaba el metro setenta, de tamaño menudo y rollizo y piel bronceada fue el primero que entró en el despacho.

Caminaba con paso firme y seguro, como si el ser escoltado por dos agentes a cada lado fuera algo con lo que convivía cada día. Sin embargo, esos dos funcionarios estaban allí porque eran los encargados de que ese hombre volviera a estar entre rejas cuando terminara la reunión.

Tras ellos, un hombre delgado con gafas de pasta y un maletín marrón se presentó como el letrado del detenido.

El juez, con un gesto impávido, les pidió a los dos policías que esperasen fuera.

Rodrigo escrutó al acusado para intentar descifrar qué tipo de hombre era. Una persona, solo por su aspecto, puede dar tanta información de uno mismo que la documentación que escoltaba el juez Alcázar podría quedarse en una ridícula libreta con apuntes. Solo hace falta saber dónde hay que mirar.

Vestía una prenda de alta calidad, el corte dejaba entrever que un sastre había confeccionado con esmero la chaqueta gris marengo. Sin embargo, el abogado iba ataviado con una chaqueta color café de alguna firma conocida. Ambos denotaban el alto nivel económico que tenían.

—Señor Corrales, tome asiento y empecemos cuanto antes —profirió el juez.

El letrado del señor Iñigo Corrales, conocedor de cómo se llevaban a cabo esos acuerdos, extendió al juez y al fiscal un escrito con las condiciones que exigía su cliente antes de que les brindara la información que disponía. El juez, sin más, cogió el folio bien redactado y leyó su contenido en silencio.

Rodrigo, sin quitar los ojos del magistrado, se dio cuenta enseguida de que la sonrisa suspicaz que se iba dibujando en la comisura de su boca no traería nada bueno.

—Señor Iñigo, para que aceptemos el documento que nos está presentando, tendría que demostrarnos con pruebas irrefutables la información de la que dispone.

—Su señoría —dijo el abogado del señor Corrales—, mi cliente no facilitará ninguna información si antes no firman este documento.

—Entonces, no hay nada más que decir. Señores, hemos terminado —se dirigió al resto de los presentes deslizando el documento que le había entregado el abogado como si le quemara en las manos.

Rodrigo no podía creerse que, con todas las esperanzas que tenían puestas en esa reunión, esta se hubiera volatilizado así, sin más. No podía ser que todo terminara tan rápido.

Aguantó la respiración y apretó los puños a cada lado. El comisario, con gesto plano, le recordó a Rodrigo que aquello podía pasar.

—Espere, su señoría —pidió el detenido sin que la decisión tomada por el magistrado lo hubiera pillado de improviso—. Si le digo dónde pueden encontrar el cuerpo de Nuria Requena, ¿podremos empezar con la negociación? —preguntó el señor Corrales manteniendo la mirada al frente sin inmutarse porque el juez Alcázar se disponía a despedir a los que habían asistido a la reunión—. Si le digo dónde está el cuerpo de la mujer, tendrá que asegurarme que la condena será de tres años —reivindicó mirando al fiscal—, es lo único que no negociaré. Del resto, estoy dispuesto a hablar.

El juez Alcázar, tal y como hizo el señor Corrales, miró al fiscal. Una mujer de mediana edad, regordeta y con unos carrillos tan desprendidos como los de un bulldog asintió a desgana.

—De acuerdo, díganos el lugar y, cuando lo comprueben los agentes del inspector Torres, hablaremos.

—Carretera M-506, km 36,300. Al pasar la gasolinera, encontrarán una señal de vivero. Sigan esa dirección. Cuando lleguen a un vivero abandonado, continúen recto; a medio kilómetro fuera de la finca, nada más pasar una torre de alta tensión, hallarán el cuerpo semienterrado de la señorita Nuria Requena.

Rodrigo, sin recibir la orden del juez Alcázar para que corroborara la información, llamó al agente Tamayo y le indicó lo que el acusado les había referido.

En escasos veinte minutos, el teléfono de Rodrigo comenzó a sonar. Miró al comisario y este asintió para que contestase la llamada.

Rodrigo se levantó de un salto y, sin ser consciente de los allí presentes, se alejó de ellos para hablar con Tamayo. Sentía el corazón en la garganta. Si Arantxa le confirmaba lo que el acusado les había dicho, tendrían nuevas pistas con las que empezar a trabajar. Y eso era algo que le sirvió para renovar fuerzas.

—Dime, Tamayo, ¿qué tenemos? Sí, sí, vale —contestó el inspector.

Se guardó el teléfono en el interior de la americana y, nervioso, buscó al juez Alcázar entre los presentes.

—Han encontrado el cuerpo de una mujer donde nos ha dicho el señor Corrales.

El semblante de Iñigo no cambió ni un ápice ante la sorpresa de los presentes. Él sabía que el cadáver de esa mujer llevaba enterrado desde hacía seis meses o, al menos, eso calculó él cuando lo descubrió.

El día que se enteró, de manera fortuita, de dónde se hallaba el cuerpo de la desaparecida que mostraban todos los medios de comunicación, se propuso recopilar toda la información que le fuera posible. Las autoridades lo tenían acorralado, así que necesitaba algo que le sirviera de moneda de cambio cuando fuese detenido. Era algo inevitable, lo habían cercado como una manada de hienas hambrientas.

Cuando desmantelaron el piso donde procesaban y cortaban la cocaína, sabía que su nombre saldría a la palestra de manera inminente. Había llegado el momento de girar las tuercas para conseguir la mínima condena.

—Señor Corrales, ¿tiene más información con la que podamos negociar? —quiso saber el magistrado.

Iñigo miró a los ojos del juez con la confianza que da el tener el poder en las manos y le ofreció el documento que su abogado le había entregado al comienzo de la reunión y que él, muy inamoviblemente, rechazó.

—Ya he demostrado que no miento y que tengo importante información que puede servirles de ayuda, así que no seguiré hablando hasta que no vea estampada su firma en este documento.

El juez Alcázar no apartó la mirada del acusado, era como un reto de titanes que se desafiaban antes de entrar en combate.

—Está bien, señor Corrales, acepto sus condiciones. Su condena será de tres años y estará aislado para salvaguardar su seguridad. No tendrá contacto con los demás presos y los funcionarios de la prisión donde cumpla condena serán de plena confianza, teniendo que responder ante mí si le ocurriera algo. Ahora quiero que nos diga qué más sabe. —Se incorporó con violencia de su butaca, dejándole ver que no permitiría por más tiempo que fuera él quien pusiera las reglas en esa negociación.

—Se olvida de que hay más condiciones, su señoría —lo desafío Iñigo sin consultar con su letrado.

—No juegue con fuego, que al final se quema, señor Corrales. Aunque, si se queda más tranquilo, le aseguro que hablaremos del resto de las condiciones cuando nos cuente qué más sabe.

—¿Y tengo, simplemente, que fiarme de su palabra? —preguntó sin el respeto que merece la persona que tenía en sus manos su destino.

—Mi cliente quiere decir… —añadió el abogado.

El juez Alcázar pisó sus palabras, sin dejarlo continuar.

—¡Mi palabra es la ley, señor Corrales! Por lo que acatará lo que yo le diga. ¡¿Me ha entendido?! —gruñó enfurecido por tal desfachatez.

—Disculpe, su señoría, son los nervios del momento. —Intentó quitarle peso a la insolencia que había cometido su cliente.

—No se disculpe por su cliente, letrado. Todos los presentes sabemos las cartas que quiere jugar el señor Corrales. Así que, si le digo que seguiremos hablando de sus condiciones cuando nos cuente todo lo que sabe, puede quedarse tranquilo, que hablaremos. Se lo aseguro. —Iñigo Corrales asintió sin inmutarse por el enfado que sufría el magistrado, desvió su arrogante mirada hacia su abogado y este asintió, dándole permiso para que procediera—. Díganos dónde está el cuerpo de la señorita Requena —espetó el juez volviendo a tomar asiento en la cabecera de la gran mesa rectangular.

—Como comprenderá, señor Alcázar, con la información que voy a facilitarle, mi vida quedará en sus manos; por eso, confío en que entenderá el porqué de mi insistencia en que acepte las demás de las condiciones. —Miró al resto de los presentes por primera vez.

—Comencemos, no tenemos todo el día —ordenó el juez.

—Hace seis meses, aproximadamente, quedé con uno de mis clientes en el pub Veinti7 en la calle San Mateo. ¿Lo conocen? —preguntó sin obtener respuesta de ninguno de los presentes—. Está bien, entiendo… Como iba diciendo, había quedado con uno de mis clientes para hablar sobre un negocio que nos traería suculentas ganancias si nos asociábamos, aunque eso no viene al caso. —Carraspeó, aclarando su voz—. Durante la espera, mientras disfrutaba de un gin-tonic en uno de los sillones de los que dispone el local, un chico con no más de treinta años llamó mi atención. No era la típica persona que frecuentaba este tipo de establecimientos, iba vestido de manera informal, una camiseta básica, con unos vaqueros desgastados y unas zapatillas deportivas. Creo que ni los camareros llevan una indumentaria tan descuidada cuando salen de trabajar.

—¿Es este el muchacho al que vio? —lo interrumpió Rodrigo enseñándole una fotografía del menor de los rusos.

El acusado miró al juez Alcázar solicitándole permiso para coger la fotografía.

—Adelante, mírela y conteste al inspector.

—Sí, este es —espetó sin dudar.

—Continúe.

—Como iba diciendo, ese muchacho desentonaba en ese establecimiento y no fui el único que se dio cuenta, se lo aseguro —se dirigió al inspector Torres—. Aunque no sé qué llamaba más la atención, que un chico como él estuviera en un pub de ejecutivos o el colocón que llevaba encima. Tenía los ojos tan cristalinos y con las pupilas tan dilatadas que parecía que estuviera perdido en una ciudad sin ley. Estaba nervioso, intranquilo. No dejaba de mirar la puerta de salida como si esperara al mismísimo diablo —relató absorto en su recuerdo—. Empecé a sentir curiosidad por ese muchacho. No parecía mala persona, pero algo muy grave le tenía que haber sucedido para que su rostro luciera tan desencajado.

»Mi futuro socio me llamó para informarme de que llegaría tarde a la cita. Yo casi lo agradecí, quería conocer a la persona que traspasaría esa puerta y, con mi socio delante, me sería muy complicado no perderme algo de lo que allí sucediera. En menos de cinco minutos, descubrí quién era la misteriosa persona que tenía a ese muchacho en tal estado. Fue verlo y su semblante cambió, se puso tan blanco como la cal y tan exaltado que me dieron ganas de preguntarle si podía ayudarlo. Sin embargo, en cuanto vi a ese otro sujeto supe que no era buena idea.

»Un hombre corpulento, vestido con unos pantalones vaqueros negros y un chaquetón de cuero se aproximó al muchacho y tomó asiento a su lado. Su expresión era amenazante. Cuello ancho, cabeza afeitada y mandíbula cuadrada. Se le veía enojado, como si intuyera que ese muchacho traía malas noticias y, por consiguiente, su vida se pondría patas arriba.

—¿Este es el hombre? —volvió a preguntar Rodrigo, pero esta vez con la fotografía de Konstantin.

—Sí —confirmó con la misma seguridad que con la fotografía anterior. Aunque un resquicio de sorpresa matizó el oscuro de sus ojos—. Ese chico le tenía más que respeto y ese fue uno de los motivos por los que quise averiguar qué estaba pasando entre esos dos hombres. Con disimulo, y cierto temor porque el que acaba de entrar se diera cuenta de que estaba prestando atención a todo lo que allí hablaban, lo escuché preguntar al muchacho cómo había ido el trabajo. El chico, con voz temblorosa y tan nervioso que tuvo que sujetarse las manos, le contestó que lo había hecho, pero que hubo algún que otro inconveniente.

»El gesto del hombre corpulento cambió de inmediato. Si antes era amenazador, ahora, con lo que le había dicho el chico, se había vuelto peligroso. La manera en que lo miró casi le hace cagarse encima, ¿saben? —murmuró—. El muchacho le explicó que el padre no le había cogido el teléfono. Que incluso lo había llamado a él, pero que tampoco le contestó. Hablaba tan rápido que casi no lo entendí cuando le dijo que no había podido hacer otra cosa. Pensaba que iba a echarse a llorar, jamás he visto a nadie tener tanto pavor a alguien —puntualizó—. Le mencionó a quién había tenido que pedir ayuda y ahí fue cuando la cosa empeoró. Tanto sacó de quicio a aquel hombre que fue en ese momento cuando averigüé cómo se llamaba el muchacho.

El señor Corrales hizo una pausa manteniendo la expectativa entre los allí presentes, menos el comisario y el inspector. Ellos se sabían de memoria el historial delictivo de los sospechosos. Lo único que le confirmaba a Rodrigo la historia que le estaba contando el señor Corrales era que Dimitri estaba tan involucrado como su hermano Konstantin. Las dudas de si conocía o no los tejemanejes de su hermano se evaporaron.

—Continúe, por favor —le pidió su señoría.

—Dimitri. Así se llamaba. —Miró al inspector y él, a su vez, dirigió su atención al comisario.

—¿Qué más pasó, señor Corrales? —quiso saber Rodrigo.

—Dimitri se justificaba diciendo que no podía cargar él solo con la mercancía, que necesitaba a alguien y que por eso tuvo que llamar al Drogas. Ese otro tipo no le tenía que caer muy bien al hombre corpulento porque, sin importarle que estuvieran en un sitio público, se abalanzó sobre Dimitri y, sin percatarse de que más de uno de los allí presentes se había girado para ver qué es lo que estaba sucediendo, le cogió por la pechera y le gritó que esta vez no le salvaría el culo, que cargaría con las consecuencias por haber sido un inepto.

»Uno de los camareros se acercó a ellos y les pidió que se comportasen, en caso contrario, se verían obligados a invitarlos a que abandonaran el establecimiento. El hombre se disculpó con el camarero mientras recolocaba la camiseta del muchacho. Sin embargo, su sonrisa me hizo saber que no había acabado con él. Y así ocurrió porque, en cuanto volvieron a estar solos, el hombre se pegó a su cara y, hablándole en un susurro, le dijo que era un puto drogadicto que no valía para nada, un despojo de la sociedad y una carga para él. Que estaba deseando ver su nombre escrito en una lápida.

El señor Corrales acabó su relato pidiendo una botella de agua a su abogado.

—Espero que su historia no termine ahí, porque esa información que nos está facilitando ya la conoce el inspector. Esas dos personas son sospechosas. Y, en cuanto a la tercera persona que usted nombra con el seudónimo del Drogas, creo que el inspector no podrá hacer mucho si no dispone de más datos —explicó el magistrado con la intención de que le diera más información.

—Eso es lo que escuché, su señoría —declaró tan tranquilo como cuando había traspasado las puertas del despacho en el que estaban—. Pero, sí, hay más —murmuró suspicaz—. Yo mismo me encargué de averiguar quién era ese Drogas.

—Pues, entonces, hable —ordenó el magistrado.

—Sabía que no me sería difícil dar con él, ya que su mismo nombre me daba toda la información que necesitaba saber sobre los círculos donde se movía, así que hice unas cuantas llamadas y enseguida supe dónde podía encontrarlo. Mandé a uno de mis hombres a que le hiciera una visita. Le pedí que consiguiera, como fuera necesario, averiguar qué trabajo hizo con Dimitri ese día.

»La información que me trajo fue la que les acabo de dar sobre la mujer. También nos recomendó que dejáramos de hacer preguntas por ahí sobre los rusos. Que nos mantuviéramos al margen de todo eso, que aquellas personas movían negocios muy turbios de los que era mejor no saber nada. Porque, si el mayor de los hermanos se enteraba de que estábamos metiendo las narices en sus asuntos, íbamos a conocer cómo se las gastaba y, si eso sucedía, no lo contaríamos.

—¿Tiene algún dato más de ese hombre? —quiso saber el inspector.

—Ja, ja, ja… Llamarlo hombre es mucho decir —añadió entre risas—. El Drogas es una buena imitación de Dimitri. Es un camello de poca monta, un pequeño distribuidor, como los identificamos nosotros, pero tiene pinta de avispado.

—Señor Corrales, sobre el padre…, ¿puede decirnos algo? —preguntó el inspector.

—No, eso deberá averiguarlo usted. No querrá que también haga yo su trabajo, ¿verdad, inspector? —preguntó malintencionadamente.

—Quiero que nos facilite dónde podemos localizar a ese tal Drogas —concluyó el juez Alcázar.

—Está bien —dijo el señor Corrales—. Ahora, hablaremos sobre las condiciones.

CAPÍTULO 6

Irina salió de la sala de espera estremecida. La conversación que había mantenido con los agentes le martilleaba la cabeza. Necesitaba llegar a los vestuarios para estar sola, sentarse y procesar toda la información.

Sabía que debía llamar a Konstantin para contarle lo que estaba pasando. Que iban tras él y lo vigilaban, aunque esa manera de proceder se contradijera con el cambio de vida que se había propuesto llevar. Él era su gran amor y, gracias a los contactos que Konstantin tenía, ella estaba donde estaba, trabajando en el hospital como una ciudadana modelo. Le debía mucho.

Cuando partió de Rusia, se juró que no pisaría una cárcel más, que vivir en otro país, con nuevas amistades y nuevos aires, la ayudaría a empezar de nuevo. Pero no fue así. Desesperada por no tener para sobrevivir, volvió a ejercer el oficio más antiguo del mundo. Se vio obligada otra vez a vender su cuerpo por cuatro duros mal pagados a viejos repugnantes que ansiaban disfrutar de carne joven.

Las drogas y la corrupción que envuelven esa profesión y el no saber parar a tiempo la llevaron a estar de nuevo encerrada entre cuatro paredes.

El tiempo que pasó en prisión le hizo bien, se planteó su vida con perspectiva. No quería volver a perder el tiempo ansiando la libertad, así que creó un plan de acción para sacarle partido a su encierro. Lo primero que tenía que hacer era estudiar, forjarse un futuro para que no volviera a suceder lo mismo. Decidió estudiar enfermería. Tantas vidas se le escaparon de entre las manos en su juventud que la decisión de salvarlas fue lo que la impulsó a mirar con esperanza el futuro. No estaba dispuesta a caer de nuevo en ese mundo de decadencia y perversión que la había acompañado en su adolescencia.

Konstantin era el único que la unía a su pasado, a ese pasado en el que tanto había sufrido y en el que tantas lágrimas arrojó. Pero lo amaba tanto que no tiraría la toalla hasta verlo salir de toda la mierda en que estaba metido.

Irina deseaba que, al igual que ella, eligiera el camino correcto. Sin embargo, él era diferente, un alma libre que no conocía de límites ni de normas. Y su corazón, como si estuviese enfermo, necesitaba de esa rebeldía que le brindaba para poder seguir latiendo.

Marcó el número de teléfono de Konstantin y esperó ansiosa escuchar su voz. Tenía que contarle lo que había sucedido.

—Dime, Irina —contestó al otro lado.

—Amor, no sé cómo contarte lo que ha pasado hoy en el hospital. Es horrible, cariño —titubeó angustiada.

—Cuéntame —añadió tan seguro como siempre.

—Han venido a verme dos agentes de policía para preguntarme por qué alquilé el furgón —sollozó.

—¿Qué les has contado?

—Lo que me dijiste que dijera si venían preguntando, que lo alquilé para hacer la mudanza y que contraté a unos hombres para que la hicieran por mí.

—Entonces, tienes que estar tranquila. No te pasará nada.

—Pero es que… ahí no termina todo, Konstantin. —Se estremeció al recordar cómo los agentes le seguían la pista—. Me enseñaron una fotografía tuya. Me preguntaron si te conocía —susurró—. No quiero que vuelvas a la cárcel.

Escuchaba atentamente lo que Irina decía, aunque estaba empezando a crisparlo ese lloriqueo incesante. Odiaba a las personas que perdían los nervios cuando se complicaban las cosas. La astucia se escondía tras la histeria y los errores se cometían al dejarse llevar por ella. Y eso no podía dejar que le ocurriera a él, así hubiera cometido un descuido, tras el cual se vería envuelto en ese problema.

Guardaba la esperanza de que las cámaras que custodiaban la entrada en la empresa de transporte estuvieran desconectadas, que solo se usaran para persuadir a los ladrones e intentar que no robasen en sus instalaciones. Pero, según parecía, las hijas de puta estaban encendidas y grabaron el secuestro desde primera fila. Y, como consecuencia, los agentes lo tenían en el punto de mira. Sin embargo, todavía no estaba todo perdido porque, si pudiesen demostrar que era él quien secuestró a esa mujer, ya estaría entre rejas y, por el momento, seguía en libertad.

Si no hubiera sido por ese maldito detalle, el rapto habría salido redondo. La calle estaba despejada y la mujer cayó plácidamente dormida en cuanto le cubrió la boca y la nariz con el pañuelo. Todo fue limpio y rápido. Como a él le gustaban los trabajos.

«Aún no está todo perdido», se dijo. Solo debía andar con cuidado y no hacer ningún movimiento que lo pusiera en peligro.

—No va a pasarme nada, Irina —la tranquilizó—. No tienen pruebas contra mí, si no, ya habrían venido a buscarme.

—¿Qué has hecho, Konstantin? ¿Qué hiciste con el furgón? —preguntó envuelta en un mar de lágrimas.

—Cuanto menos sepas, mejor. No quiero verte involucrada en esto. Por eso te dije que contaras eso a la policía si iban a verte.

—Pero, mi amor… —sollozó.

—Solo quiero que estés tranquila y, si por casualidad vuelven, les repitas lo mismo. No cambies la versión en nada. Mantente firme.

—Sí —gimoteó—. Tienes que abandonar este tipo de vida. Podemos ser felices sin necesidad de estar envueltos en tanta mierda.

Konstantin se sabía de memoria ese maldito discurso. Cuando tenía ocasión, Irina no dudaba en repetírselo. Era como un puto disco rayado.

Ella quería que saliera de ese mundo complejo en el que él se movía como pez en el agua. Su vida era esa: los trapicheos, las amenazas, los ajustes de cuentas…, esos trabajos que poca gente quería hacer o, mejor, que pocos se atrevían a hacer. Y, en eso, él era el mejor.

—Quiero que te relajes —le propuso. Aunque, para Irina, fue una orden en toda regla—. Esta tarde voy a ir a verte al hospital, me contarás todo lo que te han dicho y no volveremos a hablar de este asunto.

—Está bien, como tú digas —añadió entristecida.

A esas alturas, no sabía cómo seguía guardando la esperanza de que él cambiara de vida.

—Luego te veo.

Konstantin colgó y maldijo por tener que llamar a su jefe para informarle de lo que había sucedido. Si por él fuera, no lo molestaría y se encargaría de solucionarlo todo, como había hecho en otras ocasiones. Para eso estaba él, para hacer el trabajo sucio y liberar a su jefe de la morralla. Sin embargo, aquella vez era diferente. Lo que le había contado Irina era algo prioritario, algo que debía tratar directamente con Ranjit porque era él quien estaba en contacto directo con los de arriba. Si la cosa se complicaba, sería quien tendría que hablar con esos tipos que tiraban de talonario sin importarles los ceros que tuvieran que escribir.

Conocía a Ranjit lo suficiente como para saber que no le gustaría escuchar lo que tenía que decirle, aunque también sabía que su descuido se quedaría en una insignificante anécdota cuando le contase la que había liado su hermano. Ese sí que había metido la pata hasta el fondo. De nuevo, tenía que salir en su defensa como si fuera un puñetero superhéroe.

—Hola, jefe. Necesito hablar con usted. ¿Podría venir esta tarde al hospital?

—Tengo clientes a los que atender, Konstantin. Tendrá que ser mañana.

—Es importante, jefe. De lo contrario, no lo molestaría —insistió.

—Está bien, a las siete donde siempre. —Ranjit cortó la comunicación sin despedirse.

Lo primero que haría antes de hablar con su jefe sería ir a ver a Irina. Debía calmarla, hacerle entender que no pasaba nada, que no tenía de qué preocuparse porque, si no, cabía la posibilidad de que cayera en la tentación de contarle la verdad a los agentes si volvían a visitarla. Además, no quería que se viera involucrada en el secuestro de esa mujer y, mucho menos, en sus delicados negocios. Si eso llegara a suceder, Irina descubriría el verdadero motivo por el que estaba trabajando en el hospital y, con toda probabilidad, la organización se vería expuesta. Si eso ocurriera, sería un verdadero problema. Todo se iría al traste y las consecuencias serían desastrosas.

En ese momento, se daba cuenta de adónde lo habían llevado la pena y el egoísmo, cuáles eran las consecuencias de ser débil ante los problemas de los demás. Porque, si él no hubiese sentido lástima por Irina y no le hubiese permitido cargar con sus delitos, ahora no se vería en esa tesitura. Por ayudarla, tuvo que pedir un favor a Ranjit y, aunque su jefe se ofreció gustoso, sabía que tendría un gran coste el aceptar sus servicios. Porque, como él siempre decía, «los favores se pagan con favores» y, en este caso, sería atender a esos enfermos especiales que ordenara Ranjit. Así que, sin que Irina fuera consciente, era un eslabón primordial dentro de la organización.

Cuando terminó su jornada laboral, Chandani esperó a Toni en la recepción. No quería salir sola a la calle por miedo a que ese hombre que intentó atacarla estuviera allí fuera, agazapado, esperando la oportunidad para llevársela a la fuerza.

Recelosa, ojeó la calle tras los cristales de la puerta principal mientras intentaba ocultarse tras el marco de hierro. Parecía que todo estaba tranquilo fuera, aunque ni siquiera se fiaba de lo que veían sus ojos. Esa avenida era amplia y disponía de demasiados rincones donde camuflarse sin que ella pudiese verlo.

—¿Qué mira mi chica preferida? —preguntó Toni tras ella, provocando que se sobresaltara—. ¿Has visto al coco o ya se ha ido? —bromeó con una sonrisa.

—Toni, me has asustado. —Frunció el ceño por la impresión.

—No era mi intención. —La atrajo hacia él con cariño.

Lo que menos quería era que su amiga se enfadase con él después de la discusión que habían tenido aquella misma mañana.

—Perdona, estoy un poco susceptible —añadió abatida—. Después de lo de ayer, me siento como si ese hombre estuviese controlándome desde todas partes.

Toni separó a Chandani de su pecho, pero no retiró el brazo que la rodeaba con cariño.

—No pasa nada, mi niña. Si ese hombre se atreve a acercarse a ti, probará los zarpazos de una gata que defiende a su cachorro. —Hizo un gesto cómico de felino con las manos, mientras un bufido se escapaba de entre sus dientes.

Chandani estalló en una carcajada.

—Vamos, gatita. —Abrió la puerta dejándole paso a su amigo.

—¿Adónde? ¿A ver al inspector? —susurró volviendo a poseerlo ese hombre divertido, pero singular, que ocultaba su inclinación sexual en público—. Tiene que estar loquito por volver a verte —rumió en su oreja como si le estuviera dando las coordenadas de un tesoro escondido.

Ya en la calle, Chandani sintió cómo sus previsores sentidos se disparaban al verse rodeada de todos sus compañeros que, igual que ella, acababan de salir de trabajar.

Inquieta, buscó entre la multitud al hombre de cabello plateado y al todoterreno negro que se le había grabado en la mente al rojo vivo. Su cauteloso instinto le repetía que debía estar preparada por si volvía a encontrarse con aquel tipo que se lo hizo pasar tan mal la noche anterior. Unos resquicios de ansiedad permanecieron latentes en su interior, aunque no hubiese nadie sospechoso esperándola.

—¡Mira qué sorpresa, Dani! —exclamó divertido—. Parece que tu hombre no ha podido aguantar la espera.

Chandani esquivó a un par de compañeros que caminaban delante de ellos y, sin más, allí apareció Rodrigo apoyado sobre su coche con unas gafas de aviador que encajaban a la perfección con esas facciones que la habían vuelto loca hacía menos de veinticuatro horas.

La joven aminoró la marcha y Toni tuvo que tirar de ella ligeramente para animarla a que continuase.

Aunque Rodrigo ocultase sus ojos tras los cristales oscuros, Chandani sentía esa imponente mirada sobre ella. No sabía si estaba enfadado porque hubiera salido corriendo de su casa sin avisarlo, pero, lo que sí percibía desde la distancia que los separaba era que la mecha imaginaria que los unía había sido encendida y corría a toda velocidad hacia ella, amenazándola con hacer que explotase. Su estómago se contrajo por los nervios y una extraña sensación de felicidad erizó su piel, acompañada de un estimulante escalofrío.

Apartó la mirada de él para darse un respiro. Necesitaba unos minutos para procesar que estaba allí, frente a ella. En cambio, su caprichoso cerebro proyectó el recuerdo de sus besos, de su aroma, del tacto de su pelo… Su estómago se sacudió violento y su boca salivó, hambrienta, al rememorarlo. De nuevo, sentía que se descontrolaba estando cerca de él.

—Tranquila, mi chica —la animó Toni al sentir bajo el brazo la tensión de su espalda.

Esas palabras de ánimo fueron suficientes para saber que no estaba sola, que su amigo estaría con ella cuando hablase con el inspector. No se veía capaz de quedarse con él a solas porque era posible que el fuego de la noche anterior se avivara y, como bien se había repetido durante toda la mañana, ellos dos no tenían futuro. Por eso, debía enfrentarse a Rodrigo, confesarle que todo había sido un error. Otro gran error que había cometido en la vida.

Sin embargo, viéndolo como lo estaba haciendo, desde la distancia, no pudo negar que el muy condenado estaba arrebatador apoyado en su coche con esa pose arrogante que, a medida que se acercaban, más fuerza iba adquiriendo.

Ese look casual le quedaba soberbio. La chaqueta marcaba sus bíceps y se ajustaba a los hombros como anillo al dedo. Y pensar que esos brazos, durante unos minutos, rodearon su cuerpo… «Ay, Diosito, ¡dame fuerzas!», suplicó.

Sí, por qué no reconocerlo. Se moría de ganas por volver a besar sus labios y sentir su imponente magnetismo sobre ella, esa fuerza torrencial que desencajaba sus instintos. «¿Se puede ser más guapo?», se preguntó queriendo liberar su cabello de ese moño desordenado. Daba igual lo que se pusiera ese hombre, para ella, era como la kryptonita para Superman. Solo con tenerlo cerca, perdía la fuerza.

—Hola, inspector —lo saludó Toni. Rodrigo, con un gesto de cabeza, le devolvió el saludo—. Nos dirigíamos a su oficina.

Chandani, acalorada y abrumada, se sentía como si se hubiese comido una pelota enmarañada de cables cargados de corriente que infligían descargas incesantes en su estómago. Los nervios iban a perforar su vientre. Aunque lo que más le estaba costando sobrellevar era la vergüenza de volver a verlo después de lo que había ocurrido entre ellos. La sangre corría por sus venas a una velocidad tan apabullante que no sería extraño que le apareciera un sarpullido.

—Hola —murmuró Chandani.

Pero él no contestó, tomó aire un par de veces y sintió una pequeña mejoría en su pecho. Las palpitaciones de su corazón se ralentizaron.

Rodrigo todavía no la había mirado, era como si se hubiese convertido en un fantasma al que no pudiese ver. En ningún momento se había dirigido a ella, parecía que esa necesidad de protegerla había desaparecido en las horas que habían estado separados.

«Seguro que está enfadado —se dijo para sus adentros—. O, lo mismo, ha recapacitado esta noche y, si es verdad que tiene novia, no quiere engañarla. Aunque… si esa Lucía es su novia…, ¡la que no quiere nada con él soy yo! No pienso destrozar una relación por mucho que me guste. Pero ¿no decías que no querías estar con él? Me estoy volviendo loca de remate». Su mente divagaba.

—Perfecto. Así me da tiempo a hacer unas cosas que tengo pendientes —escuchó que decía Toni.

Confundida, buscó los ojos de su amigo. «¿Hacer el qué?», le preguntó sin palabras. Tantas emociones juntas la habían llevado a no enterarse de lo que habían acordado esos dos.

Toni elevó las cejas y los párpados, consiguiendo con ello que la expresión de sus ojos fuera más redondeada.

—Entonces, luego te lleva el inspector a casa.

Chandani entreabrió los ojos y, desafiando a su amigo, añadió:

—No, prefiero que vengas tú a buscarme. No quiero causarle más molestias al inspector. —Inclinó la cabeza sutilmente para enfatizar adónde quería llegar con lo que le estaba diciendo.

Toni estaba entendiendo a la perfección esa conversación de morsas marinas que su amiga intentaba mantener con él.

«Pero ¡¿a qué estás jugando, pequeña?!», rumió Rodrigo, irritado.

—No es molestia. Luego te llevo yo a casa —añadió tan frío como fría fue la primera mirada que le acababa de echar a la joven. De nuevo, volvió a usar esa indiferencia irritante con ella.

Chandani se dispuso a replicar, pero el inspector volvió a posar sobre ella esos penetrantes ojos que, aunque estuviesen ocultos tras esas gafas de sol, la censuraron.

Estaba enfadado, tan molesto e irritado que se le estaba atravesando en la garganta todo lo que quería decirle, aunque no tuviera derecho porque no era nada suyo.

Sí, era un neurótico, un puto enfermo que tenía que controlar todo lo que le importaba, alguien que odiaba los imprevistos, las sorpresas… Pero él era así y no podía evitarlo. Era un saqueador de momentos y un controlador del tiempo ajeno. Por eso estaba furioso con ella, porque, si le hubiera dicho que quería volver a su casa, él la habría llevado encantado. Sin embargo, optó por lo fácil: huir, salir corriendo sin decir nada. La peor opción de todas. Para él, no había excusa para exponerse gratuitamente al peligro que podía estar sufriendo.

—Bueno, como veo que la cosa ya está decidida, me marcho. —Toni dejó un beso en la mejilla de su amiga—. Llámame si necesitas cualquier cosa —murmuró muy cerca de su oído para que Rodrigo no pudiese escucharlo.

Chandani asintió nerviosa. Otra vez volvía a estar a solas con él.

Toni extendió la mano hacia él.

—Cuídemela, inspector, que esta mujer es un tesoro. —Chandani volteó los ojos dejándolos en blanco. «Este chico no tiene remedio»—. Te veo luego, mi niña. —Le guiñó un ojo, cómplice.

Rodrigo tragó saliva y apretó la mandíbula. «¿Mi niña? ¿Cuídemela? ¿Qué hombre utiliza esas expresiones con una amiga?», pensó molesto. Él no usaba ese tipo de zalamerías con sus amigas ni cuando se acostaba con ellas. Llamar «mi niña» a una mujer era como decir «te quiero», algo que le creó ciertas sospechas sobre la relación que mantenían ellos dos.

Sin embargo, no tenía derecho a recriminarle nada de lo que tuviera con Toni porque, aunque se hubieran besado y estuvieran a punto de acabar en la cama, él no era nada para ella. Ni siquiera su amigo.

No obstante, esa mujer, con sus besos y esa huida repentina, había conseguido muchísimo más que ninguna otra. Y esa quemazón rabiosa por no estar en la primera posición en su vida no le estaba cayendo nada bien. Rodrigo era de los hombres que estaban acostumbrados a ser los que rompían los corazones y no al contrario. Pero, fuera como fuese, y ocurriera lo que ocurriese, necesitaba hablar con Chandani para aclarar lo que pasó entre ellos y, lo más importante, averiguar si había recordado algo nuevo de lo sucedido a la salida de esa asociación donde colaboraba. Necesitaba descubrir si lo que había vivido se trataba de un intento de secuestro.

En el momento de quedarse solos, Chandani era un manojo de nervios andante. No dijo nada, prefirió esperar a que Rodrigo tomara las riendas de la conversación. Aunque, si quería hablar, hablarían. ¿Para qué demorar más lo inevitable? O, mejor, ¿para qué perder el tiempo en algo que no los llevaría a ninguna parte? Por la integridad de ella y, sobre todo, por el bien de él, era mejor que se alejara de una mujer que sufría tantos desajustes emocionales como raíces tiene un árbol.

—Móntate en el coche —exigió el inspector fríamente.

Chandani lo miró impasible y se tragó el comentario de «vas a mandar a tu…».

—Pero ¿no se supone que trabajas aquí al lado? Podemos ir andando —dijo al fin.

Él y ella solos, en un habitáculo reducido sin capacidad de movimiento, cercanía absoluta a su cuerpo… Buff, demasiados contras para hacerle caso.

—No vamos a mi oficina —contestó lacónico. Ella arrugó el ceño—. Tampoco a mi casa.

Chandani, sin ganas de entrar en controversias, abrió la puerta del coche y se montó con hostilidad. Para ella, estar de nuevo a solas con él era como intentar cruzar a nado un río de lava hirviendo. No había manera de salir vivo de ahí.

Cuando sintió el peso de Rodrigo a su lado y su esencia invadió el interior del habitáculo, los nervios tensaron su estómago. Ya estaba otra vez su cuerpo reaccionando a su libre albedrio. «¿Será posible?», pensó ofuscada.

—Maldita sea —gruñó Chandani al verse incapaz de ponerse el cinturón de seguridad. Sus manos también parecían querer ir a su aire.

Rodrigo la miró contrariado, conteniendo una sonrisa al observar su torpeza.

—Déjame a mí.

Con delicadeza, cogió el dorso de su mano y le quitó el cinturón de seguridad. Ese ligero contacto deliberado le mostró todo lo que quería saber. Con una simple caricia, las mejillas se le ruborizaron y su respiración se vio interrumpida. A Chandani no le era indiferente y eso hizo que su pecho gorgoteara.

Enfurruñada —por no ser capaz de hacer algo tan simple como ponerse el cinturón de seguridad, pero, sobre todo, por lo mucho que le había agradado ese dulce contacto—, retiró la mano en un enérgico movimiento intentando evitar caer en la tentación de desear más.

Rodrigo elevó la comisura de sus labios hacia arriba plasmando con ello una sonrisa triunfal. Chandani, en cambio, miró por la ventana como si su único deseo fuese salir corriendo lejos de él.

«¡Se acabó el enfado!», se dijo risueño. Esa mujer era una caja de sorpresas que deseaba averiguar qué contenía, imposible de abrir con la tensión que se producía entre ellos.

No le quedaba más remedio que jugar sucio, caldear un poco el ambiente y eliminar el aroma fétido que, aunque no estimulara sus fosas nasales, sí que se percibía espeso.

Rodrigo controló las ganas de echarse a reír por lo absurdo de la situación, aunque, obstinado y juguetón como era, no pudo evitar provocarla un poco más.

Se colocó las gafas a modo de diadema y, descaradamente, y con toda la intensidad de la que pudo valerse, posó su mirada sobre ella para comprobar de nuevo cómo se inquietaba.

Estaba tan acostumbrado a tener que descifrar cómo eran las personas en realidad que dar con una mujer como Chandani, la cual ante su presencia se mostraba tan receptiva por mucho que quisiera ocultarlo, le pareció sorprendente.

Ella se revolvió incómoda en su asiento porque, aunque fingiera que estaba entretenida observando a través de la ventana, lo cierto era que sentía sobre ella cada mirada de su acompañante.

—¿Se puede saber por qué me miras tanto? ¡Y esa sonrisita a qué viene! —Clavó la vista en él mostrándole su enfado.

—¡Por fin te dignas a mirarme! —añadió Rodrigo con un brillo juguetón en sus ojos.

—Igual que me has mirado tú cuando has venido a buscarme al trabajo —contestó mordaz.

El inspector no pudo controlarse más y comenzó a reírse con ganas. «Sí que le ha afectado mi indiferencia», pensó divertido.

—¡Y encima te ríes! Este es el colmo de los colmos, de verdad —murmuró ante su reacción—. ¿Adónde me llevas?

—Vamos a un sitio tranquilo donde podamos hablar de lo que pasó entre nosotros anoche —expresó tan natural.

Chandani, con solo escucharlo, entró en modo histeria. «¿Cómo consigue este hombre mantener la calma?», se preguntó.

—Como quieras. Pero suponía que hablaríamos sobre lo que me ocurrió anoche al salir de la asociación.

—De eso también hablaremos.

Aparcó el coche frente a su establecimiento preferido. Para él, esa cervecería irlandesa era algo más que un simple bar que servía un heterogéneo número de bebidas fermentadas. Era como su segunda casa, el lugar donde había pasado infinidad de horas en compañía de sus amigos David y Arantxa. Allí, habían cenado, se habían emborrachado e, incluso, había pasado la noche en compañía de una de las dueñas. Sin embargo, desde que asumió el cargo de inspector jefe en el departamento de la UDEV, no había vuelto a pisarlo, ya no disponía de tiempo libre.

Lo último que le había contado David era que Ileana y Joanna habían traspasado el negocio porque querían volver a su tierra. Así que, si era cierto lo que le había dicho su amigo, allí ya no quedaría rastro de esas dos preciosas mujeres de sangre caliente.

Chandani quedó impresionada con el interior de la cervecería, que contrastaba con la fachada moderna y de pizarra blanca que recubría el edificio. Su interior era rústico, con paredes forradas de madera en un tono cálido, pero con pinceladas oscuras. En casi todas las esquinas del local habían colocado unas barricas de vino antiguas que se usaban a modo de mesa, aunque el punto destacable del establecimiento era la barra. Su frente imitaba la forma de esas mismas cubas que decoraban las esquinas, pero desde un plano horizontal. Además, los farolillos que desprendían una luz tenue sobre la gruesa encimera —también de madera— tenían forma de globo, con pequeños enrejados de forja por donde se filtraba la luz.

Rodrigo la guio hacia los amplios bancos, donde la altura de los respaldos los aislaría de miradas curiosas, y la invito a que tomara asiento frente a él.

Chandani, por un momento, olvidó su enfado y disfrutó de la serenidad que le trasmitía el ambiente. Esos carteles ingleses de estilo vintage que estaba leyendo mantenían en un segundo plano la desazón que se apoderaba de ella cuando ambos estaban cerca.

Rodrigo llamó al camarero con un gesto de mano al que, sin demorarse ni un segundo, atendió un muchacho de complexión delgada y gesto amable.

Ella pidió un refresco y él decidió recordar viejos tiempos con una auténtica Guinness de espuma espesa y cremosa con el sabor a café amargo y tostado de la cebada. Para Rodrigo, era simplemente exquisita.

Mientras esperaban las consumiciones, el inspector no quitó la vista de Chandani. Estaba tan bonita allí sentada, entretenida leyendo esos carteles de chapa, que, por un momento, percibió que había dejado de estar a la defensiva.

—¿Te gusta el sitio? —preguntó, embelesado por el cambio de actitud.

—Nunca he estado en un establecimiento con tanto encanto. A las cervecerías irlandesas que conozco les falta todo esto por lo que esta destaca.

—Entonces, me alegra haber acertado en nuestra primera cita.

Chandani dejó de escrutar los carteles y, confundida, miró a Rodrigo.

—¡Esto no es una cita! —exclamó molesta—. Estoy aquí porque tú has decidido que este es el lugar adecuado para hablar, pero no porque yo quiera. Las citas son de mutuo acuerdo, inspector, y esta no lo es.

Rodrigo esbozó una sonrisa igual de divertida que la que puso cuando estaban en el coche y Chandani volvió a la vida real, donde estremecerse cuando él la miraba de esa manera era tan habitual como acalorarse bajo el sol.

Su dentadura perfecta y aquellos labios tan apetitosos eran las astutas tretas de las que se valía un maquiavélico Lucifer para embaucarla y hacer que cayera en la tentación. Pero, aquella vez, tenía que ser fuerte. De lo contrario, todo se complicaría y, al final, quien saldría tocado y hundido sería Rodrigo. Y eso era lo que ella menos quería.

Chandani masajeó sus manos bajo la mesa para hacerlas regresar a la vida. Las notaba glaciales, heladas como témpanos de hielo, uno de los tantos estigmas que le ocurrían cuando algo la perturbaba.

Rodrigo caló a la primera su estado emocional, recordándole a aquel día en el calabozo. Aunque había evolucionado, ya no parecía el mismo ser sumiso. En ese momento, estaba dejando que viera cómo era ella en realidad.

Para él, era divertido enfrentarse a aquel tipo de situaciones. Esas lindes eran su pasatiempo preferido y por las que se movía con soltura. Su personalidad, templada y observadora, junto con esas cualidades que lo convertían en un magnífico conquistador, le otorgaban una ventaja que no pensaba desaprovechar. Porque, desde que probó sus besos y se sumergió en ese deseo tan desbordante que tuvo que rehuir para hacer las cosas bien, no había podido quitársela de la cabeza. Chandani se había convertido en otra obsesión que tenía que aprender a gestionar. Y eso, para él, era algo demasiado complicado.

El joven camarero hizo su aparición y depositó sobre la agreste mesa las consumiciones y un cuenco con unos chips salados. Después, desapareció.

—No estoy de acuerdo contigo —musitó antes de darle un gran trago a la cerveza negra. Cerró los ojos y disfrutó del manjar—. ¿Por qué te fuiste así de mi casa, Dani? —preguntó cordial, aunque haciéndole saber, por la preocupación en su rostro, lo intranquilo que se quedó cuando no la encontró en el salón.

Chandani a punto estuvo de atragantarse con el refresco.

—No…, no podía dormir y decidí irme —se inventó.

Rodrigo agudizó su expresión y esperó paciente a que ella le contara la verdad. Aquella preciosura no sabía mentir.

Ella cogió una patata rizada del cuenco, se la llevó a la boca y, elevando los hombros al aire, le respondió con su silencio. No había nada más que añadir.

—¿Fue porque te sentiste rechazada por mí? —lanzó sin paños calientes.

Chandani dudó con su gesto y eso fue suficiente para ser descubierta por el astuto cazador que tenía enfrente.

—¡Qué más da por qué! —contestó reconociendo su engaño. Aunque rehusó esos ojos brillantes que la estaban juzgando.

—Porque nada pasa porque sí, Dani.

Algo en ella se paró de repente, se sentía como si estuviera en una de las charlas con su terapeuta. Esas palabras formaban parte de su vida tanto que incluso se planteó si había sido ella la que las había dicho.

Rodrigo traspasó sus barreras, leyendo las perlas verdes que tenía por ojos y que lo miraban de aquella manera tan profunda que ya conocía. Aunque Chandani enseguida reaccionó apartando su mirada de él.

—Rodrigo, yo no te conozco y tú no me conoces —dijo al fin. Miró sus manos, y sus dedos, nerviosos, comenzaron a juguetear con uno de sus anillos. Había llegado la hora de mantener esa incómoda conversación—. No sé por qué ocurrió lo que ocurrió, pero creo que lo mejor es olvidarlo y que tú vuelvas a tu vida, al igual que yo a la mía. De verdad que siento si he podido crearte algún problema con tu novia —dijo sin pensar—, pero… me dejé llevar… Yo no suelo comportarme así, supongo que necesitaba algo de consuelo y cariño… Y las circunstancias fueron tan surrealistas que…

Rodrigo esbozó una sonrisa socarrona y Chandani quiso arrancarse la lengua por el error garrafal que había cometido al no pararse a pensar antes de hablar.

—Espera, espera… ¿Mi novia? Yo no tengo novia. —Arrugó la frente mientras una sonrisa amortiguada rasgó sus labios al imaginarse lo que decía.

—Pensaba que Lucía… Bueno, esa mujer con la que hablaste por teléfono… —Rodrigo fue a responder, pero ella, con su locuaz verborrea, no lo dejó—: No…, por favor. —Dejó caer su espalda en el respaldo de madera—. No tienes que explicarme nada.

—Es mi hermana —soltó, sin más, con una sonrisa tunante que le hizo elevar una ceja de manera juguetona.

Chandani se quedó petrificada en el sitio. Si la pinchaban con una aguja, seguro que no sangraba. ¿Se podía ser más tonta? Pues sí que la había hecho buena. Rodrigo seguro que pensaba que estaba celosa. Y, la verdad, es que razón no le faltaba, pero eso él no lo sabía ni lo sabría jamás. Lo importante era que creyera sus palabras cuando le decía que no podía ocurrir nada entre ellos.

—Pues eso no cambia nada, Rodrigo.

—Eso lo cambia todo —contradijo pausado.

Chandani soltó un suspiro cansado y, con una pose de rendición absoluta, se preparó para enfrentarse a lo inevitable.

—No sé por qué estoy a punto de contarte esto… e, incluso, no sé si entenderás lo que quiero decirte, pero mi vida es complicada. Como mujer, estoy marcada —se descubrió, dejando que viera que no mentía—. Te has portado muy bien conmigo. Has sido un hombre comprensivo, generoso e, incluso, todo un caballero cuando ocurrió lo que ocurrió en tu casa. Pero… —dudó de por dónde empezar—, ¿recuerdas cómo me puse cuando tuvimos el accidente?

—Un mal día lo tiene cualquiera —añadió a lo que estaba intentando explicarle.

—¡No es cuestión de un mal día! —exclamó apurada—. No puedo negarte que el beso estuviera bien y que, si no me hubieras parado, habríamos acabado en la cama juntos. Pero tú mereces una mujer con menos problemas de los que yo llevo a mis espaldas. Yo soy… complicada —se describió.

Rodrigo escuchaba sus explicaciones, pero no lograba comprender adónde quería llegar.

—Si no eres más precisa, no entenderé lo que quieres decirme, Dani. Todos tenemos problemas y, de una manera u otra, somos complicados. Pero, si hay algo de lo que estoy seguro, es de que lo que sucedió entre nosotros fue increíble, algo que no suele ocurrirme, ¿sabes? Hace mucho que no me gusta una mujer tanto y lo que sentimos fue diferente.

—Esa es la cuestión, todo fue demasiado intenso…, demasiado distinto…, y yo no puedo corresponderte de igual modo. ¡Yo no puedo enamorarme! —La angustia matizó su belleza.

Chandani había vuelto a convertirse en ese animalillo angustiado y perseguido.

—¿Qué te ha pasado para no poder concederte el lujo de saber lo que es amar? —Quiso saber, entrecerrando sus ojos mientras intentaba leer los de ella con curiosidad.

La joven lo miró suplicante, pero la oscura profundidad de sus pupilas ansiaba respuestas.

—Pocos hombres saben esto, Rodrigo. En realidad, serás el segundo en conocer mi verdad. —Una triste sonrisa se dibujó en sus labios—. Antes de ser adoptada, sufrí un acontecimiento que me marcó tanto que me impide ser una mujer completa. Por mucho que lucho contra ello, siempre me persigue y me destruye. Así que hazme caso cuando te digo que lo mejor es que cada uno siga su camino y así evitaremos enredarnos en algo que acabará roto.

—Pero…, no entiendo.

—¡No hace falta entender nada! Tú solo hazme caso y aléjate de mí —suplicó mientras una lágrima se desprendía de uno de sus ojos.

El inspector estaba confundido y ansioso por saber más. Chandani estaba intentando explicarle algo de lo que no era capaz de hablar con claridad y eso le ocasionaba un sinfín de preguntas que empezaban a agolparse en su cabeza.

La mirada inquisidora de él por querer saber qué le ocurrió cuando era una chiquilla la aplastó como si le cayera encima un muro de hormigón. No quería contarle nada más, no estaba preparada para sincerarse con él.

—No me preguntes nada, te lo ruego —le pidió entre sollozos.

Rodrigo la agarró de las manos para tranquilizarla y trazó en sus labios una sonrisa comprensiva.

—Está bien, tranquila. No voy a presionarte. No quiero saber nada que tú no quieras contarme —susurró con cariño—. Pero tengo que decirte que, como bien has dicho, no nos conocemos y eso hace que des por zanjado el tema como si yo no tuviera vela en este entierro —añadió ocurrente—. Soy un hombre paciente, tozudo y con un poder de convicción increíble —bromeó—, así que me temo que no te va a ser tan fácil deshacerte de mí. Entiendo que no te lances al vacío porque no me conoces, pero quiero que sepas que haces que algo extraño se mueva aquí. —Posó la mano en su pecho—. No sé qué es, pero lo siento —confesó con ternura—. Por eso te pido que me dejes conocer a esa maravillosa mujer que cree que está dañada.

Chandani ahogó el llanto e intentó calmar a su cuerpo, que temblaba acobardado por todo lo que le estaba diciendo su acompañante.

—Pero, a la larga, saldrás tocado y hundido —susurró para evitar que esas lágrimas que se agolpaban en sus ojos no se precipitaran de nuevo al exterior.

—Eso ya lo veremos. —Sonrió triunfal—. Ahora que todo está aclarado entre nosotros, empecemos desde el principio. ¿Qué pasó cuando saliste de la asociación? —habló el inspector por primera vez.

Konstantin miró el reloj y vio que eran las seis de la tarde. Todavía disponía de una hora antes de reunirse con su jefe. El tiempo necesario para ir a ver a Irina.

Atravesó la puerta de cristal automática del hospital y fue hacia las escaleras, evitando así coger el ascensor donde pudiese coincidir con el personal del hospital. Si la policía volvía por allí y empezaba a interrogar a los trabajadores, existía la posibilidad de que lo identificaran, y eso era algo que no podía suceder.

Encontró a Irina tomándole la tensión a un paciente y él prefirió esperarla en el pasillo observando todos sus movimientos sin que se diera cuenta.

Conversaba cordialmente con el anciano, intentando amenizar ese momento en que hacía sus funciones. Anotó sus constantes en una carpeta y, con una sonrisa, se despidió de él.

Que lo llamasen fetichista, pero ese uniforme verde le ponía cardíaco, tan cachondo que, si tuviese tiempo, se la follaría en cualquier habitación de ese hospital. Pero simplemente era eso, una necesidad humana que debía atender, un instinto primario al que había que dar salida porque, para él, Irina era la compañera que le puso la vida para sustituir a su amada esposa. Una mujer buena y sumisa, pero que jamás conseguiría hacer vibrar su corazón como todavía lo hacía Lena, simplemente, al recordarla. Ella fue su mundo, su motor, su paz, su alegría, todo lo que más quiso y querría hasta que la muerte lo llevase junto a ella.

Esa maldita adicción que dominaba a su mujer fue la culpable de todo, la responsable de que él estuviera solo y que engañara a Irina con sus sentimientos. Si no hubiera probado esa maldita droga nunca, tendría una preciosa familia, un futuro, y no se dedicaría a hacer ese tipo de trabajos. Su vida hubiese sido muy distinta a lo que era, ya que su pérdida hizo que se embarcarse en negocios peligrosos sin que le importase acabar con un tiro entre ceja y ceja o estar encerrado en prisión para el resto de sus días. Sin ella, todo daba igual.

Hizo lo indecible para alejarla de ese veneno que la desgastaba y estaba destruyéndola. Sin embargo, pudo más la necesidad que su determinación. El krokodil o cocodrilo, como lo conocían en las calles de Rusia, era mucho más que una simple droga que te consume y mata poco a poco. Creaba tanta necesidad en el cuerpo y en la mente que, aunque viera cómo la carne se desprendiera de sus huesos, la seguía pidiendo como el aire que inhalaba. Era vital para su supervivencia, aunque cada día lo alejara más de ella.

Su hermosa piel, pálida y sedosa como un fragmento de seda, desapareció como la ilusión de tener hijos y compartir una vida juntos. Lena se olvidó de todos sus sueños, las promesas y, por consiguiente, de él. Su mundo dejó de existir como lo conocía porque, desde que el vicio la atrapó, para ella, lo único importante era tener una dosis cuando el efecto desapareciera de su cuerpo.

Cuando la vio partir a ese otro mundo donde volvía a ser libre, fue cuando se dio cuenta de que el saco de huesos y vísceras que protegía, comido en llanto, había dejado de ser su mujer desde hacía mucho tiempo. De ella, no quedaba nada, ni su cuerpo ni su alma ni la esencia que la hizo única cuando la conoció. No obstante, por mucho que el declive al acabar sus días fuera tan dramático, nada ni nadie podría borrar los recuerdos y el amor que lo acompañarían por siempre, porque su Lena, como le gustaba llamarla, siempre sería especial.

No podía negar que le tenía cariño a Irina e, incluso, que intentó enamorarse de ella de todas las formas habidas y por haber, pero ni las horas de encierro que el destino les impuso sirvieron para que eso ocurriera.

Cuando Irina se recuperó de la paliza que su anterior jefe le asestó, que por poco la mata, y volvió a ser la mujer que era, Konstantin no pudo hacer otra cosa que agarrarse al amor que Irina sentía por él como un salvoconducto para seguir dando pasos en la vida. Sabía que estaba siendo un egoísta y un desgraciado por usarla así, pero… ¿qué otra opción tenía? Era lo único bueno y puro que había en su vida y por lo que valía la pena agarrarse para superar la pérdida de su mujer. Sabía que Irina no lo merecía, que esa guapa mujer había hecho mil veces más por él que lo que Konstantin podría hacer algún día por ella. Pero también sabía que era una mujer fuerte y valerosa que, cuando descubriese cómo era en realidad el hombre del que se había enamorado, sabría cómo afrontarlo.

—¿Cómo estás, amor? ¿Llevas mucho esperándome? —preguntó Irina posando un ligero beso en sus labios.

—No, acabo de llegar —dijo escueto—. Vamos a otro lado, tenemos que hablar.

En la intimidad de la sala de espera que disponía la Unidad de Trasplantes donde ellos se encontraban, Irina le relató a Konstantin, lo más explícito que le fue posible, la conversación que mantuvo con los agentes cuando fueron a verla.

—Irina, tenemos que dejar de vernos y de hablar por teléfono —decidió, sabiendo lo que eso supondría para ella—. Puede que me estén pinchando la línea y no quiero verte involucrada en esto.

—¡Pero, amor! ¿Qué voy a hacer yo sin verte? Eres lo único que tengo… —suplicó angustiada. Irina no podía afrontar la idea de no estar junto a él cada día, era totalmente dependiente de ese hombre.

—Si no quieres volver a la cárcel, es mejor no tentar a la suerte. Hay que ser cautos y más inteligente que ellos.

Volver a estar separada de él le recordó a esa época donde hasta para ir al baño tenía que hacerlo custodiada por su compañera de celda. Esos años que tuvo que luchar sola y enfrentarse a todas aquellas mujeres que la tomaron con ella por no querer formar parte de sus complots para gestionar el mercado negro que, tras bastidores, se movía en prisión.

—Si no hay más que pueda hacerse… —El desconsuelo la alcanzó, pero cedió resignada.

Haría cualquier cosa que Konstantin le pidiera, lo amaba demasiado como para negarse a algo que pudiera perjudicarlo y eso era de algo de lo que él se aprovechaba cada vez que podía. Le dolía ver que a él no le afectara la separación como a ella, que sus sentimientos no eran correspondidos con la misma intensidad que los suyos porque, por él, había cargado con una culpa que no le correspondía cuando llegaron a España, viéndose de nuevo, y durante una temporada, encerrada en una cárcel con tal de que él no pasara un sinfín de años preso. Apechugó con su condena por amor, dándole prioridad a Konstantin antes que a sus propias promesas, algo que pocas personas hacen por alguien. Era verdad que no podía echarle la culpa de nada, porque nadie la obligó a que lo hiciera; además, gracias a esa decisión, era una enfermera respetable. Esa vez fue ella la que eligió su propio destino.

Por eso, pensaba que él jamás dejaría de transitar por esa otra cara de la vida donde la corrupción, la extorsión o cualquier otro trabajo que estuviese al margen de la legalidad eran el carburante que necesitaba para sentirse vivo porque, si después de lo que hizo por él no había cambiado, poco podría hacer ya.

Cuando salió de prisión en Madrid, Konstantin le prometió un futuro juntos, una recompensa que se quedó en promesas huecas y gestos amañados que intentaban burlar su inteligencia. Sin embargo, no era ninguna necia ni una estúpida, y si aceptaba sus mentiras era porque lo quería y no contemplaba una vida lejos de él.

—¿Cuándo tendré noticias tuyas? —preguntó con un mohín en los labios mientras aprovechaba los últimos minutos de tiempo que les quedaban.

—Yo me pondré en contacto contigo. —La estrechó entre sus brazos para intentar compensarla de algún modo—. Sé que el sacrificio que tienes que hacer es duro, pero no será por mucho tiempo.

—De acuerdo, mi amor, lo haré por nosotros. —Besó con ternura su cuello antes de refugiarse en él—. No veo el momento de formar una familia a tu lado.

Konstantin acarició su espalda contestando a eso que jamás le daría.

Mientras Irina se alejaba por el largo pasillo que disponía la planta de Trasplantes, él esperó pacientemente para abandonar aquella sala donde habían hablado.

Al salir, tomó el pasillo de la derecha en dirección hacia las escaleras por donde había subido. Sin embargo, sus pasos, por el momento, no tomarían esa dirección, sino que lo llevarían a esa puerta que solo podía traspasar personal autorizado y que era vigilada por una cámara de seguridad en el techo.

Miró, desafiando al visor de la cámara, y esperó a que accionasen el botón de apertura que separaba la otra ala del hospital que pocos conocían y, mucho menos, transitaban.

Recorrió el sombrío corredor dejando a cada paso una serie de puertas blancas, de donde se filtraban unos sonidos irreconocibles que hacían eco al golpear con las paredes del pasillo por el que caminaba. Era una zona fría y solitaria, algo tenebrosa si la observaban ojos asustadizos.

Cuando vislumbró esa puerta donde un cartel ponía «despacho», la tensión empezó a aflorar. En ese despacho era donde se realizaban las transacciones y operaciones de mayor índole y donde se activaban los engranajes de aquella organización internacional.

Hablar con Ranjit nunca era fácil. Su jefe era de esos hombres en los que, tras su sonrisa, habitaba un ser pernicioso y pérfido al que era mejor no echarse de enemigo. Un auténtico profesional en dar lecciones cuando algo salía mal y un experto en saber dónde había que escarbar para hacer daño. Su alma no entendía de compasión ni remordimientos. Y Konstantin, en cierto modo, admiraba a ese hombre bien vestido y de pose distinguida que aprendió del verdadero fundador de aquella estructura universal con sedes por las principales capitales del mundo, una organización a la que solo podían acceder los que tuvieran un poder económico tan sustancial que pudiesen sufragar los gastos de lo que solo ellos podían conseguir.

Llamó a la puerta y esperó expectante a que Ranjit autorizara la entrada.

—Pasa…, pasa. —Escuchó que le decía—. Konstantin, siéntate y cuéntame qué es eso tan importante que tienes que decirme.

Konstantin obedeció y tomó asiento, aunque un escalofrío le cruzó la espalda al ver con qué quietud le habló su jefe. Eso no era nada usual en él. Ese gesto inexpresivo junto a esa habitación de paredes y mobiliario insulso le hacían sentirse como si estuviese en la consulta del médico.

—Jefe, no le traigo buenas noticias —anunció con cierta desazón.

Ranjit retiró la vista de la pantalla del portátil y recrudeció su mirada, clavándola en él sin disimular la desgana de tener que escucharlo.

—¡Dime!

—La policía se ha presentado en el hospital preguntando por Irina. —Ranjit cerró el portátil y lo escuchó con atención—. Dos agentes vinieron preguntando por mí y por el furgón que la obligué a alquilar para secuestrar a la mujer en el polígono.

Ranjit se atusó el pelo blanquecino como si un falso mechón necesitase ser recolocado, mientras, dejó salir su inquietud con una extensa inhalación.

—¿Qué les dijo ella?

—Que no me conocía y que alquiló el furgón para hacer una mudanza.

Ranjit analizó sus palabras con gesto indescifrable, dejando a un angustiado Konstantin atento a cada una de sus expresiones.

—¡Ay, Konstantin…, Konstantin! —repitió sin mirarlo—. Me decepcionas —espetó con tono turbador—. ¿Cuánto tiempo llevas en este negocio? Dos años, tres…, cuatro, quizá. ¿Qué descuido has cometido para que esto esté sucediendo?

—La cámara de seguridad de una empresa me grabó… —Ranjit lo mandó callar desplegando una de sus manos como haría un agente de tráfico.

—¿Cómo es posible que cometieras un descuido de principiante con los años que tienes de experiencia? —quiso saber, pero continúo con su sermón—: Esto me pone en cierta tesitura que me veo obligado a atajar de inmediato, y las opciones que considero no creo que te gusten demasiado.

Ranjit apretó los dientes y arrugó su nariz fingiendo un pesar que, en realidad, no sentía. Sus dientes chistaron como si su cerebro estuviera intentando encontrar alguna otra mejor opción para él.

Konstantin tragó saliva con disimulo y permaneció inerte esperando a que su jefe decidiera qué hacer con él. Aunque Ranjit pareciese un alma caritativa con todo ese teatrillo que estaba representando, Konstantin sabía que nada bueno traería. Aún recordaba cómo, después de ese astuto guiño, le clavó una pluma estilográfica en la palma de la mano a un chivato que habló más de la cuenta y se negaba a darle la información que necesitaba saber.

—Si hubiera alguna esperanza… —musitó como si pensara en alto.

—Si me hubiesen reconocido, ya estaría entre rejas —añadió en su defensa. Haría lo que fuera para mejorar su situación.

—Por fin algo bueno —frivolizó con su sonrisa—, la pena es que eso no me deja más tranquilo —añadió glacial, interpretando ese papel de indecisión—. No obstante, si la memoria no me falla, este es el primer error que cometes desde que llevas trabajando con nosotros, ¿no es así? —Konstantin asintió con la cabeza, aunque no mostró ni un ápice de esperanza por sus palabras. Con su jefe, esa palabra no existía—. Por los años que nos has sido fiel y por desempeñar un trabajo que pocos ejecutan como tú, te mereces una segunda oportunidad —sentenció al fin.

Por un momento, se relajó, aunque cuando recordó que todavía tenía malas noticias que darle, volvió a ponerse alerta.

—Se lo agradezco, jefe, pero aún hay más.

—Al final, harás que cambie de idea, Konstantin. —Trazó un gesto tan lúgubre que se planteó no continuar hablando.

—Es Dimitri.

—¿Qué estupidez ha cometido tu hermano esta vez? Sabes que está caminando por la cuerda floja, ¿verdad?

Konstantin asintió.

—Le ordené que recogiera uno de los cuerpos de la morgue del hospital y se lo llevara al padre Antonio, pero, por lo visto, don Antonio no contestó a su llamada y no le quedó otro remedio que deshacerse del cadáver.

—¿Qué hizo con él?

—Lo enterró a las afueras, en un vivero abandonado.

—¿Lo hizo solo? —preguntó con gesto perspicaz.

Ranjit sabía que, aunque corriera la misma sangre por sus venas, Dimitri jamás destacaría por su valentía ni por su determinación. Todo se le hacía demasiado grande.

—Ese es el problema, jefe. Un amigo de mi hermano lo ayudó a transportar y a enterrar el cadáver.

Ranjit evaluó el nuevo suceso y, sin que le temblara el pulso, y mucho menos la voz, dijo:

—Quiero que vigiles al amigo de tu hermano y si, por casualidad, habla más de la cuenta o sospechas que nos la está jugando, te deshaces de él. No quiero cabos sueltos. Además, ve a ese vivero y comprueba si tu hermano enterró bien el cuerpo.

—Sí, jefe, yo me encargo.

—En cuanto a lo de tu novia… Quiero que tomes las medidas necesarias para que no ponga en riesgo a la empresa. Mantén los ojos abiertos y no vuelvas a llamarme por una línea que no sea segura. ¿Entendido?

—Sí —afirmó.

—¿Alguna otra desafortunada noticia que tenga que saber? —preguntó severo.

«Otra mala noticia y no sería tan misericordioso», se dijo Ranjit.

—No, jefe.

—Entonces, hemos terminado, Konstantin. Vete y mantente lejos del hospital. Nada de riesgos innecesarios.

Se levantó de la silla de escay, tan rápido como si le escocieran las nalgas por estar sentado sobre brasas incandescentes, para cumplir con las órdenes recibidas.

—¡Ah! Se me olvidaba —exclamó Ranjit antes de que saliera por la puerta de su despacho—. Hazle saber a tu hermano que esta es la última oportunidad que le doy. Si vuelve a cometer una imprudencia de este calibre, le auguro un desafortunado futuro. —Sonrió con maldad.

Konstantin, con una ligera reverencia, se despidió, aceptando esa advertencia como la amenaza que era.

CAPÍTULO 7

Apostado en la puerta de casa de sus padres, Rodrigo cogía fuerzas para enfrentarse a la pena abrumadora que lo embargaría cuando la traspasase. Desde que su madre había partido a ese otro mundo, donde estaba seguro de que todo sería más fácil y menos doloroso, el hogar había oscurecido. Parecía que el dolor que sentía su padre por la pérdida de su madre también lo sentían las cuatro paredes donde se refugiaban él y su hermana. Era como si, en su interior, jamás hubieran disfrutado y reído en familia.

Todo lo que recordaba en compañía de los suyos era como si formara parte de una película ochentera de esas que hizo Steven Spielberg y que tanto le gustaban cuando era un niño. Ya nada se percibía igual. Ni siquiera los bonitos recuerdos que tenía con su hermano y él haciendo trastadas a Lucía le parecía que fuesen ciertos. Era como si su madre se hubiera llevado a la tumba todo lo que quiso y vivió algún día.

La nostalgia y el desconsuelo eran tan grandes que por eso siempre le ponía alguna excusa a Lucía para no ir a casa de sus padres. No aguantaba ver lo que fue su antiguo hogar en otro tiempo y en lo vacío y asfixiante que se había convertido. Para Rodrigo, su padre era la prueba viviente de cómo se quedaron todos cuando su madre murió, con la única salvedad de que todos decidieron tirar hacia delante menos su padre, que no se veía capaz de seguir viviendo sin ella.

—Como no venga, no se lo voy a perdonar en la vida. —Escuchó que le decía Lucía a su padre.

Rodrigo sonrió melancólico y abrió la puerta con el juego de llaves que disponía.

—Hermanita, ya estoy aquí, así que guarda tu enfado para otro día —murmuró antes de saludarla.

—¿No sabes que es de mala educación escuchar tras la puerta? —se quejó su hermana—. Te recuerdo que, en esta casa, el trabajo tiene prohibida la entrada.

Rodrigo le hizo un gesto burlesco y, con cariño, le dio dos besos.

—¿Y papá?

—En el salón. Ve, seguro que tiene ganas de verte.

—¿Cómo está? —quiso saber antes. Aunque no esperaba que la depresión hubiera abandonado su cuerpo. Quien no quiere seguir viviendo no tiene intención de alejarla.

—Ve y júzgalo tú mismo.

Rodrigo salió de la cocina y se dirigió al salón sin que pudiese evitar cruzar ese pasillo que lo preparaba para afrontar la tristeza que secuestraría su ánimo cuando viera a su padre. Ese paso que se veía obligado a recorrer le mostraba un gigantesco collage en marcos de madera negra, que su madre hizo a lo largo de su vida, de las personas que más quería. Cada momento que colgó en esa pared era como si una parte de ella aún siguiera viva, como si supiera, mientras elegía su lugar, que sería la primera en partir al otro mundo y necesitara dejar constancia de unas últimas palabras con cada instantánea. Todas ellas eran tan especiales, y de momentos tan señalados, que tuvo que faltar su madre para darse cuenta de que ella aparecía en contadas ocasiones. Ese pasillo retrataba todo lo que fue prioritario e importante para ella. El nacimiento de sus hijos, sus primeros días de colegio, sus graduaciones, su primera salida en fin de año y un sinfín de vacaciones en la playa y en la montaña… Todos ellos momentos maravillosos que le hacían elevar los labios y achinar los ojos de felicidad. Sin embargo, después de lo ocurrido, esos recuerdos le dejaban dentelladas de dolor en el corazón.

Entró en el salón y encontró a su padre de espaldas a la puerta, sentado en el butacón individual que siempre se había considerado su zona de descanso. Llevaba el pijama puesto, uno azul de rayas, y abotonado hasta el cuello.

Cuando se aproximó a su altura, la chihuahua color canela de ojos saltones y expresión noble se incorporó y comenzó a saludarlo vigorosamente, reconociéndolo como un miembro familiar.

—¿Qué tal, hijo? No te he escuchado entrar —lo saludó Ramón, incorporándose para ir hacia él.

—¿Qué tal, papá? ¿Cómo estás?

—Como siempre, hijo… Luchando con tu hermana y contando los días que me faltan para reunirme con tu madre.

Escuchar esas palabras en boca de su padre acrecentaba la necesidad de salir corriendo de la casa para evitar que esa desazón siguiera haciendo mella en él.

—Papá, a mamá no le gustaría escucharte decir eso —lo reprendió Rodrigo con cariño.

—Hijo, yo ya me he convertido en un estorbo para vosotros, soy un lastre con el que cargáis día tras día y os retrasa para que empecéis a vivir vuestra vida —añadió cansado.

—No digas eso.

—Yo ya estoy muerto. Dejé de sentirme vivo cuando vi tomar sepultura a tu madre. —El brillo cristalino de sus ojos le recordó ese terrible día.

Los ojos de su padre eran tan parecidos a los suyos que no dudaba que, cuando tuviese su edad, lucieran igual de cansados y opacos. Sin embargo, rogaba que ese vacío incierto que veía en ellos jamás ocupara sus pupilas porque, viendo a su padre, había entendido que, cuando la muerte de la persona que amas se cruza en tu camino, solo hay dos senderos por los que se puede elegir transitar. Uno, el de la resignación, la espera y el aprender a vivir con esa pena que sesga tu vida en dos hasta que se apague la luz para siempre; u otro, dejarse morir y rezar para que esa noche fuese la última. Y su padre, sin duda, había elegido el último camino.

Acarició la espalda de su padre con cariño e hizo hincapié sobre su hombro, que estimuló con una ligera presión para darle ánimos.

Como hijo, no entendía cómo con el paso de los años, y en ese momento en que ya no estaba su madre, su padre podía seguir amándola con la misma intensidad. Con esto, no quería decir que la olvidara o que dejara de amarla, sino que ya no estaba entre ellos y no entendía cómo esa pasión que siempre los había caracterizado en el matrimonio seguía tan latente como el primer día.

Desde que él tenía uso de razón, recordaba a sus padres como un matrimonio cariñoso y tan unido que no le extrañaba que hubieran despertado alguna que otra envidia entre sus amigos. Pocas veces los había visto discutir o enfadarse, eran almas afines que forjaron su amor con trabajo, respeto mutuo, gratitud, admiración y, sobre todo, mucho amor. No obstante, aunque el amor que se profesaban pareciese hermoso y algo que muchos matarían por tener, a Rodrigo se le antojaba enfermizo y destructivo, algo que, antes o después, acabaría con su padre.

Sin embargo, aunque fuese caótico y, aun si cabe, difícil de creer, a Rodrigo le gustaría conocer el amor de aquel modo, porque gozar de una compañera eterna que acompañe tu camino hasta el final de tus días, demostrando un amor tan grande, un cariño tan inmenso y una pasión tan desbordante, serían pocos los que tendrían el honor de disfrutarlo.

Sin quererlo, el rostro de Chandani vino a él en respuesta, consiguiendo que ese desánimo que comprimía su pecho después de haber visto a su padre fuera menos punzante y molesto. De la mano de ella, iba la ilusión, la esperanza, y ansiaba que también lo acompañara un halagüeño futuro, porque… ¿sería ella esa mujer especial?

—Hijo, vamos a ayudar a tu hermana, que si no, nos va a tocar aguantar su regañina —murmuró Ramón, sacándolo de su aturdimiento—. Es tan parecida a tu madre… —Un suspiro evocó los recuerdos en el hombre—. El mismo carácter impulsivo y perseverante, la misma personalidad activa e incansable. No me abandonará nunca, aunque su condena sea estar atada a mí…, jamás lo hará. —Cogió a la chihuahua en brazos, que, posesiva, no dejaba de pedirle cariño rascando sus pantorrillas—. Lo que más me pesa es que, por mi culpa, no encontrará a ese hombre que se merece —se lamentó.

—¡Venga, papá, no seas dramático! Si Lucía no ha encontrado a nadie, es porque todavía no ha llegado su momento. No busques culpables donde no los hay.

—No sé yo, hijo —expuso taciturno.

Después de vestir la mesa, acomodar los cubiertos y adecuar la cristalería, Lucía hizo su aparición en el salón con una bandeja de cristal donde una humeante tortilla de patatas lo obligaba a salivar como un perro. La portaba orgullosa, satisfecha por cómo lucía el suculento manjar. Iba ataviada con un delantal rojo salpicado por lunares blancos y volantes en los bolsillos. Parecía la protagonista de un anuncio que promocionaba la marca España.

—¿Qué os parece? No podéis negarme que no es preciosa —presumió de lo redondeada y dorada que le había quedado la tortilla de patatas.

—Demasiado folclórico para mi gusto —repuso Rodrigo para provocarla, refiriéndose al pintoresco mandil.

—Me refiero a la tortilla, hermanito —replicó con retintín.

Rodrigo sonrió y su padre negó con la cabeza ante las ocurrencias de su hijo mayor. Siempre estaban igual. En ocasiones, parecían niños.

—Esperad, que todavía hay más.

Cuando Lucía volvió a irrumpir en el salón, iba cargada con una bandeja de pimientos rellenos, un bol de ensalada fría de hortalizas y una barra de pan bajo el brazo.

—Tú has perdido el norte… Pero ¿cuántas personas te crees que vienen a cenar?

—Unos tanto y otros tan poco —susurró Ramón.

—Que no cunda el pánico, que tiene que sobrar porque mañana no vengo a comer.

—Por mí, puedes llevar toda la comida al comedor social. Seguro que alguien lo necesita más que yo.

El silencio enmarcó la conversación y ambos hermanos se miraron sin saber muy bien qué decir ante las palabras de su padre.

—¿Cómo va el comedor social? —preguntó al fin Rodrigo.

—No muy bien, hijo.

—Ayer llamó uno de los voluntarios —repuso Lucía—. Por lo visto, las cosas no andan muy bien por allí. Según parece, han aumentado las familias que van a pedir un plato de comida. Con las donaciones y asociados que tenemos, no podemos alimentar a tantas personas.

—Tengo olvidada una de las cosas que más amaba vuestra madre…, pero se me hace tan duro ir allí.

Rodrigo solamente fue una vez al comedor social que gestionaba su madre, un día que lo llamó porque no se encontraba muy bien debido a los efectos secundarios de la quimioterapia, y ni siquiera llegó a entrar porque ella lo esperó en la cafetería de enfrente. María intentaba no preocupar a su marido, ya que sabía lo mal que estaba llevando su enfermedad. Le ocultaba, siempre que le era posible, los estragos que estaba haciendo el veneno al pasar por su cuerpo porque sabía que eso le partía el corazón.

Como mujer solidaria y caritativa, decidió que, en vez de ocupar su tiempo en preocuparse por una enfermedad que, poco a poco y sin remedio, iba apagándola, sería más saludable y productivo volcarse en los que más lo necesitaban porque, aunque su cuerpo fuera consumiéndose como la cera de una vela, su espíritu se fortalecía ayudando a esas otras personas.

En cierto modo, Rodrigo y su madre eran muy parecidos, y no porque sus rasgos físicos fueran similares, porque la verdad es que no lo eran, sino porque su carácter y su naturaleza se asemejaban demasiado. Él eligió ser policía porque le reconfortaba hacer lo correcto y ayudar a los demás, y su madre decidió aligerar la carga que muchas familias tenían en sus hogares, aunque solo fuera con un plato de comida. A ambos les gustaba sentirse útiles.

Ese punto en común fue lo que les sirvió para que madre e hijo estuviesen más unidos que nunca los últimos meses de vida que le quedaban porque, sin siquiera planteárselo, Rodrigo llegó a convertirse en el confidente de su madre y el que la encubría, de cara a su padre, cuando más lo necesitaba. Para él, era lo único que podía hacer por ella.

—Le he estado dando vueltas al problema y se me ha ocurrido que podríamos organizar una cena benéfica —propuso Lucía.

—No es mala idea —manifestó Rodrigo.

Ramón no añadió nada, él solo tenía ojos para ese trozo de tortilla que mareaba de un lado para otro del plato.

—Yo creo que, si hago unas llamadas y me cobro unos favores, puedo conseguir que venga gente importante relacionada con la industria alimenticia —añadió Lucía—. Además, podríamos pedir a los voluntarios que preparen algo para amenizar la cena —sugirió con un brillo de emoción en los ojos.

—¿Y se puede saber qué es lo que pueden preparar para amenizar la cena, hermanita? —preguntó Rodrigo con gesto demudo.

La mente de su hermana estaba empezando a maquinar demasiado rápido, aunque de su boca no salieran esas ideas que, sin palabras, dejaba que su hermano viese. Rodrigo, muerto de curiosidad, contrajo sus párpados hasta que formaron una delgada línea.

—¿Y qué quieres hacer…? ¿Una subasta a lo Christian Grey? —se burló Rodrigo sin saber que había dado en el clavo.

—¡Y por qué no! —exclamó imperativa—. Es evidente que no podrá ser como la que narró E. L. James en su novela, pero sí que podemos hacer algo que provoque, y a su vez enternezca, a los que tienen la cartera llena. Tenemos que encontrar nuevos asociados que se unan a la causa. —Rodrigo comenzó a entender adónde quería llegar su hermana. Pon a dos personas poderosas una frente a la otra y toca sus egos. Verás lo que consigues—. A esas personas les gusta sentirse superiores a los demás, levantar la admiración y el aplauso de la gente. He dado con alguno que necesita los halagos hasta para mear, hermanito. Algunos son… —Chistó como si le dieran grima—. Ponles una cámara delante y escribe un artículo agasajándolos, obtendrás de ellos todo lo que quieras —dijo antes de llevarse un trozo de tortilla a la boca—. Un día leí un artículo que decía que la vanidad es la hermana de la arrogancia, hija del ego y madre de las apariencias. Y las personas que no saben los ceros que tienen en sus cuentas usan esa máscara social constantemente.

—No son todas así, hija. Si no, tu madre no habría conseguido llevar a cabo este proyecto. Si esa gente no colaborase con ONG y asociaciones benéficas, poco podría hacerse.

—Sí, claro, siempre que se puedan desgravar esas aportaciones como gastos de empresa, seguirán siendo solidarios —añadió mordaz.

—¿Y una becaria tiene tantos contactos? —quiso chincharla Rodrigo.

—Hermanito, te he dicho una y mil veces que soy una periodista desaprovechada. Tú déjame a mí, que vas a ver el festival que organiza tu hermana pequeña. —Una sonrisa petulante encuadró sus dulces rasgos.

Rodrigo le sonrió, sagaz. Su hermana sería capaz de todo con tal de darle en las narices.

—Muchas gracias, hijos —murmuró su padre con los ojos vidriosos de emoción—. Me conmueve ver que estáis dispuestos a hacer lo que sea para que no se hunda el comedor social. Vuestra madre estará muy orgullosa de vosotros allá donde esté.

Lucía acarició la mano de su padre que reposaba sobre la mesa y, con una sonrisa melancólica, contestó:

—No hay nada que agradecer, papá. Esto es todo lo que nos queda de ella.

Daniela y Chandani atravesaron la puerta de la consulta del terapeuta como quien se siente orgulloso al comprobar que ha hecho un buen trabajo. Por norma general, ella iba sola a terapia, pero, una vez al mes, hacían terapia de familia; por eso, cuando les tocaba ir juntas, se tomaban la noche para ellas y cenaban fuera para contarse sus cosas.

Algo preocupaba a Daniela desde hacía unas semanas. Ella, sin informar a su hija de sus intenciones, gestionó una cita con su colega y terapeuta Roberto Engel para que la informara de cómo veía los progresos de su hija. Algo le decía que se encontraba en un estancamiento transitorio, pero necesitaba contrastarlo con quien de verdad la trataba desde hacía años.

Según la corta conversación que mantuvo con su colega por teléfono, Chandani se hallaba en un punto en que no reaccionaba al tratamiento, donde los ataques de ira, en vez de remitir, parecía que iban cogiendo fuerza por momentos. La causa principal que ocasionaba tal desmesurado comportamiento, según el diagnóstico de Roberto, era la falta de aceptación por parte de su hija a expresar abiertamente lo que le sucedía cuando sufría una crisis. Era como si los sentimientos y los sucesos que la frustraban y la hacían estallar los quisiera ocultar en lo más profundo de su ser para que así nadie pudiera juzgarla. Hacía meses que no le contaba por propia iniciativa a su terapeuta ninguno de sus ataques, pero, como las mentiras tienen las patas muy cortas, al final, en sus charlas, siempre acababa pillándola. Parecía que su hija tenía miedo de sí misma, de esa oscuridad que todos albergamos en nuestro interior y que, en ocasiones, cubre la luz que nos hace diferentes unos de otros. Y, hasta que no se enfrentase al miedo, no conseguiría avanzar.

Daniela conocía lo suficiente a su hija como para identificar que ciertas evasivas y excusas las disfrazaba para quitarle importancia a esos momentos de cólera que sabía que la avergonzaban por la clase de persona en que se convertía cuando se le nublaba el juicio. Sus gestos no mentían y esa era una de las principales señales que aprendió a leer en ella cuando la trató en la India. Sería capaz de poner la mano en el fuego porque la última crisis que tuvo fue cuando sufrió el accidente de coche. Daniela sabía lo que su hija quería a esa chatarra con ruedas a la que llamaba Polito.

Si de su mano estuviera, borraría la maltrecha infancia que le tocó padecer cuando solo era una niña, pero, por desgracia, eso no era posible. Aún veía en ella a esa pequeña de ojos verdes, pero tristes, que se adueñó de su corazón desde el primer momento en que empezó a tratarla en Calcuta. De ahí, que hiciera todo lo indecible para adoptarla y alejarla de esa sociedad que linchaba a las mujeres y, además, si eras pobre, se veían con el derecho de pisotearte cual rata de cloaca.

La primera persona a la que acudió para saber más de la procedencia de la menor fue al policía local que la trajo a la ONG New light, donde trabajaba como voluntaria en Calcuta, y al que tuvo que sobornar para que hablara.

Ese agente le explicó cómo y en qué condiciones había llegado la menor al cuartelillo, aunque de eso ya pudo hacerse una idea por el convulso estado en que la conoció y el silencio que se autoimpuso cuando empezó a tratarla.

Las palabras del policía no solo relataron su apariencia y su desgraciada vida, sino que, con su narración, dio comienzo una historia que, más que empezar por el inicio de su existencia, narraba el desenlace más atroz que jamás imaginó escuchar Daniela.

No necesitaba saber de dónde venía la pequeña porque todas las mujeres que pisaban la ONG tenían la misma procedencia, ese barrio de Calcuta donde la aglomeración de mujeres y el exceso de niños eran la consecuencia de un trabajo denigrante y esclavo.

Sin embargo, sí que necesitaba conocer qué fue lo que ocurrió entre esas cuatro paredes, a las que la pequeña llamaría hogar en cuanto se animara a hablar, y así entender por qué el desenlace fue tan desgarrador y traumático para ella.

El policía, basándose en el relato de la mejor amiga de la madre de Chandani, detalló todo lo que sucedió aquel fatídico día en el que la madre biológica de la niña perdió la vida.

Daniela lo escuchó con atención desmedida hasta que el corrupto guardia entendió que, con lo pagado, ya era suficiente; así que, ansiosa, abandonó la comisaría y fue en busca de esa mujer que tanto sabía de la pequeña y de su familia. Si quería ayudarla, necesitaba descubrir con detalle qué había pasado.

Con cierto temor, se adentró en el oscuro y peligroso barrio. Era difícil de creer que, en una ciudad como Calcuta, hubiera un rincón tan inhóspito y concurrido a la vez.

Sin emplear demasiados esfuerzos, encontró a la señora de ojos de color carbón, una mujer aviejada por las miserias que el destino le asignó y que, con cierta sumisión, aceptaba.

El mundo que le describió estaba atestado de infortunios, adversidades y, sobre todo, de una profunda desdicha. Según la amable mujer, la madre biológica de Chandani tuvo que luchar con uñas y dientes para que la vida de su pequeña no fuese a parar al declive en que se vio envuelta la suya, aunque con eso perdiera la vida en el intento, como al final ocurrió.

Después de saber la verdad y superar una fase de duelo en la que, sin darse cuenta, se vio inmersa, Daniela se prometió que la cuidaría y le proporcionaría el futuro halagüeño que cualquier niño se merecía por su condición. Le regalaría una nueva infancia y recuperaría esa inocencia que se borró sin compasión ni misericordia. A su lado, le esperaba una infancia feliz y un futuro prometedor.

Daniela no creía en las coincidencias, más bien era de esas mujeres que creían que las cosas tenían una razón de ser. No sabía el motivo de por qué debía encargarse de la pequeña, pero algo en lo más profundo de su ser le repetía concienzudamente que no podía darle la espalda porque, si no, jamás se lo perdonaría. Para ella, el universo pone en tus manos oportunidades y experiencias que, aunque parezcan duras y extremadamente complicadas, debes afrontar y amar, porque algo magnífico acompañará al inesperado reto.

Antes de que decidiera hacerse responsable de la menor, Daniela empezó a tratar a Chandani al igual que trataba a todos y cada uno de sus pequeños pacientes en la ONG. Sin embargo, la manera de actuar y la tristeza que se vislumbraba en ese pequeño cuerpo le decían que aquel caso no era como otros tantos, sino, más bien, un desconocido desafío que necesitaría de toda su argucia y paciencia.

Las dos primeras cosas que debía atajar eran los ataques de rabia que, de manera fortuita, se presentaban cada día y las inmensas crisis de ansiedad que sufría por las noches y que dejaban a los responsables del turno nocturno de la casa de acogida con una impotencia en sus cuerpos y un sabor amargo en sus gargantas.

Con el paso de las semanas, los tratamientos comenzaron a hacer efecto y la enfermedad psicosomática que manifestaba su cuerpo por la ansiedad empezó a remitir siguiendo su curso natural. La continuaron unas horribles pesadillas y un desmedido pánico a la oscuridad, al que también le hicieron frente para seguir avanzando. En cambio, las crisis de agresividad y los ataques de ira aún seguían persistiendo y Daniela aprendió a contenerlos con grandes dosis de paciencia y cariño que sirvieron para que Chandani confiara en ella.

No obstante, su pequeña paciente aún se mostraba reticente a que alguien escuchara su dulce voz, seguía manteniendo ese mutismo escalofriante como si con ello quisiera decirles que, con la pérdida de su madre, también se fueron sus cuerdas vocales.

El contacto diario con la pequeña despertó en Daniela ese instinto maternal que toda mujer lleva consigo cuando abandona su húmedo y acogedor saco amniótico al nacer, dejando que la pequeña fuese ocupando aquel espacio reservado en su corazón, que aguardaba paciente a ser ocupado por una nueva vida.

Las terapias cognitivas no funcionaron. Chandani no expresaba ninguna emoción cuando se le mostraba una sucesión de imágenes con la esperanza de comprender mejor sus pensamientos y emociones. Sin embargo, los métodos didácticos funcionaban en ella a las mil maravillas. Dibujar le encantaba, y Daniela, enternecida, disfrutaba viendo ese gesto sonriente que la niña no podía reprimir porque le hacía feliz. Para su sorpresa, hacer las actividades en compañía de otros también sacaba a Chandani de ese bucle en el que las circunstancias la habían llevado.

Así que esa era la terapia y la manera de proceder que usaba Daniela para intentar salvar aquel corazón que estaba hecho pedazos y el cual se había propuesto recomponer para que siguiera latiendo.

Las primeras palabras que la menor pronunció fueron realizando una actividad en compañía de otra paciente a la que trataba. Adhira, ese era su nombre. Una tarde, Daniela mandó a las dos obedientes niñas a que dibujasen lo que más les gustaría conseguir si tuvieran una varita mágica con la que poder hacer todos sus sueños realidad. Adhira, nerviosa y feliz por poder fantasear durante un tiempo con que sus deseos al fin se cumplieran, empezó a dibujar con sus diminutas manos trazos confusos y poco reales en su hoja de papel. En cambio, para Chandani, el juego divertido y emocionante que era para su compañera de terapia se convirtió en un conflicto interno sobre si debía o no dejar ver a su terapeuta qué ocurría en esa pequeña cabecita.

Cuando Daniela dio por concluido el tiempo para dibujar y fue a ver las obras de arte que habían hecho sus pequeñas pacientes, se encontró con la sorpresa de que Chandani, dentro de su desorden emocional, había dibujado algo claro y real que anhelaba volver a tener.

—Dani, ¡qué dibujo más bonito! Pero te había pedido que dibujaras algo que quisieras conseguir —preguntó Daniela, aun sabiendo que la pequeña no hablaría.

Ese instante, donde Daniela pensaba que la contestación se quedaría en el limbo de las respuestas, se volvió mágico y asombroso cuando escuchó por primera vez esa vocecita que respondía con temor después de meses y meses de silencio:

—Eso es lo que he hecho, Daniela —contestó temerosa—. Yo quiero volver a estar con mi mamá.

—¿Esta es tu mamá, Chandani? —preguntó impresionada y a punto de echarse a llorar.

La niña solo asintió.

A partir de ese momento, la confianza en ella creció cada vez más y Daniela cayó rendida ante esa pequeña criaturita que la buscaba cuando estaba asustada o sufría una de esas crisis que no comprendía.

—Me han dicho que en este restaurante hacen una comida casera increíble, ¿te parece si cenamos aquí? —preguntó Daniela.

—Cualquier sitio es bueno, mamá.

Madre e hija entraron en el local. Era el típico restaurante asturiano con mesas y sillas de madera que daban un aspecto familiar y acogedor. Eligieron una de las mesas desocupadas que había al fondo del local. Enseguida, un hombre con aspecto bonachón pero algo rudo les cantó el menú, acompañándolo de una escueta explicación que costaba interpretar por la tendencia a cerrar mucho las vocales finales, donde la «o» parecía claramente una «u».

El olor a parrilla y marisco dificultaba bastante la elección, pero, al final, Chandani se decantó por un pescado a la plancha. Lo mismo eligió Daniela.

—Dani, ¿vas a contarme qué te pasa? —preguntó Daniela antes de meterse en la boca un trozo de emperador.

—¡Qué va a pasarme! No sé por qué piensas que me ocurre algo.

A Daniela no se le escapaba una, sabía que algo rondaba por la cabeza de su hija.

—Porque te conozco —dijo con cariño—. ¿Estás así porque te has quedado sin coche? Sabes que yo estaría encantada de regalarte uno. En esta vida, no hay mal que por bien no venga y, en este caso, me alegro de que ese trasto haya acabado en la chatarra. No era nada seguro, es lo mejor que te ha podido ocurrir.

—Mamá, sabes que no aceptaría que me compraras un coche —añadió molesta. Aunque Chandani no sabía si le estaba cayendo peor que hablaran así de su difunto Polito o de que se volviera a ofrecer para comprarle otro.

—Está bien…, está bien… No insistiré. —Hizo una danza con el tenedor para que entendiera que no le volvería a sacar el tema.

Chandani dio gracias de que tuvieran la fiesta en paz. Su madre, en ocasiones, podía ser demasiado pesada y, en ese tema, sabía que tenía la partida perdida de antemano. Un coche era un capricho y los caprichos se pagan, no se regalan.

La cena fue amena. Rieron, hablaron de banalidades y, como siempre, acabaron conversando sobre los pacientes que su madre trataba. Aunque pudiese parecer que Daniela era una mujer poco discreta porque explicaba a Chandani algún que otro caso de los que estaba llevando, no se podía estar más equivocado. Ella creía que, aunque su hija tuviera en su cabeza ciertos fantasmas que no conseguía ahuyentar, eso no impedía que pudiera ejercer como la psicóloga que era. Pensaba que, si se centraba en ayudar a esas personas que no sabían cómo salir del pozo en el que estaban metidas y se centraba menos en sus problemas, mejoraría considerablemente. Por eso, Daniela siempre intentaba buscar en su hija esa segunda opinión como profesional en su campo. Sin embargo, Chandani era de las que pensaba que, si ella no estaba bien psicológicamente…, ¿cómo iba ayudar a alguien? Esa falta de entendimiento entre ellas constataba lo compleja que es la mente humana. Por lo tanto, el tema del trabajo era otro a tratar con pinzas si no querían discutir madre e hija.

El teléfono móvil de la joven canturreó con la melodía de Sinsajo, que caracterizó el levantamiento y la rebelión en la trilogía Los juegos del hambre, de Suzanne Collins, avisándola de que tenía un mensaje pendiente de leer. Desbloqueó el terminal, dibujando el patrón en la pantalla, y todo su mundo se detuvo cuando vio el nombre de Rodrigo ante ella. Su madre seguía exponiendo el caso de ese adolescente de trece años que sufría bullying en la escuela, pero Chandani se perdió en algún momento de la conversación.

Las manos, como si las hubiese sumergido bajo alguna sustancia helada y pringosa, empezaron a sudarle hasta que las sintió acartonadas y de tacto desagradable. Un calor agobiante invadió sus mejillas y se alojó en su nuca creando una molesta pesadez.

El mensaje era directo.

Rodrigo:

Te invito a cenar el sábado. No aceptaré un no por respuesta.

—No sé ni quién ni qué te han escrito, pero ha conseguido más que yo en años.

Chandani cerró el mensaje y dejó la respuesta para más tarde.

—¿Por qué dices eso? —preguntó antes de llevarse el vaso de agua a la boca.

—Porque creo que jamás he visto ese brillo en tu mirada —añadió Daniela con un cálido gesto.

—Es el chico con quien tuve el accidente.

—¿Y qué quiere? ¿Hay algún problema?

—No, no…, es solo que quiere invitarme a cenar —aclaró nerviosa.

—Todo un caballero —contestó sagaz—. Sí que tiene que estar arrepentido ese hombre si quiere invitarte a cenar. —Volvió a sonreírle a su hija deseando que le contara qué más había pasado con él.

Chandani la miró de medio lado.

—¡Cómo eres, mamá! —exclamó entre risas.

Pulsuz fraqment bitdi.

11,44 ₼
Yaş həddi:
0+
Litresdə buraxılış tarixi:
13 noyabr 2024
Həcm:
780 səh.
ISBN:
9788417763442
Naşir:
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
Yükləmə formatı:

Oxşar kitablar