Kitabı oxu: «Ultramaratón»
ULTRAMARATÓN
por
DEAN KARNAZES

Publicado según acuerdo con Jeremy P. Tacher, miembro del Penguin Group (USA) Inc.
Título original: Ultramarathon Man. Confessions of an All-Night Runner
Traducción: Andrea Fuente Vidal
Diseño cubierta: Rafael Soria
©2013, Dean Karnazes
Editorial Paidotribo
Les Guixeres
C/de la Energía, 19-21
08915 Badalona (España)
Te.: 93 323 33 11
http://www.paidotribo.com
Email: paidotribo@paidotribo.com
3ªreimpresión de la 1ªedición
ISBN: 978-84-8019-936-0
ISBN EPUB: 978-84-9910-958-9
BIC: WSKC
Fotocomposición: Bartolomé Sánchez /bgrafic@bgrafic.es
Este libro está dedicado a mi hermana, Pary,
que me animó siempre a guiarme por el corazón.
ÍNDICE
PRIMERA PARTE
CAPÍTULO I
El largo camino a Santa Cruz
CAPÍTULO II
Los años de formación
CAPÍTULO III
Corre con tu corazón
CAPÍTULO IV
Corre por tu vida
CAPÍTULO V
La mancha del Lexus
CAPÍTULO VI
Abandono de la normalidad
CAPÍTULO VII
Por montañas y bosques
CAPÍTULO VIII
El rey del dolor
CAPÍTULO IX
Hacia la oscuridad
CAPÍTULO X
Cambiar para siempre
SEGUNDA PARTE
CAPÍTULO XI
Badwater
CAPÍTULO XII
Frío helador
CAPÍTULO XIII
El mundo de la ultrarresistencia
CAPÍTULO XIV
El relevo
CAPÍTULO XV
Mitad del camino
CAPÍTULO XVI
El equipo Dean
CAPÍTULO XVII
Corre por el futuro
CAPÍTULO XVIII
El don de la vida
EPÍLOGO
APÉNDICE
Diario de comidas de El Relevo
AGRADECIMIENTOS

Capítulo I
El largo camino a Santa Cruz
DORMIR ES DE DÉBILES
Christopher Gaylord,
leyenda de resistencia subterránea
Valle de Napa, California
Se acercaba la medianoche mientras iba zigzagueando por la calle desierta, llevaba nada más que unos pantalones cortos y un chaleco, y el teléfono móvil guardado en un bolsillo de mi mochila. Habían pasado horas desde mi último contacto con la humanidad, y el aire de la noche era silencioso y cálido.A la luz de la luna llena, podía ver los viñedos a lo largo de mi camino, y oírlos crujir con la brisa. Pero no estaba apreciando el paisaje completamente; seguía pensando en comer.
Estaba famélico. Esa noche temprano había comido un plato de macarrones con queso, una bolsa grande de galletas saladas, dos plátanos, una barrita PowerBar y un éclair de chocolate. Pero de eso hacía más de tres horas. En grandes ocasiones como ésta, necesitaba más comida.Y la necesitaba YA!
Con menos del cinco por ciento de materia grasa, mi cuerpo tiene el corte del de un boxeador, sin nada más que perder. Mi dieta es estricta, alta en proteínas, grasas saludables, sin azúcares refinados, sólo carbohidratos de metabolismo lento, pero esa noche tenía que ser imprudente. Sin comilonas hipercalóricas: hamburguesas, patatas fritas, helados, pasteles y tartas, mi metabolismo se pararía en seco y sería incapaz de cumplir mi misión.
En ese momento mi cuerpo me pedía una pizza enorme y grasienta.
El problema era que no había tenido acceso a comida en las últimas horas. Me dirigía hacia el oeste a través de las remotas afueras de Sonoma, lejos de cualquier lugar habitado, sin comida a la vista. Al alejarme más de la civilización, había visto que el indicador de señal de mi móvil había disminuido hasta el punto de no tener cobertura, dificultando mi contacto con el mundo exterior. La medianoche se acercaba, y yo estaba exhausto.
El aire de la noche era fresco y seco, y a pesar del hambre, era capaz de disfrutar de la tranquilidad del entorno. Era un extraño momento de serenidad en una vida cotidianamente frenética. A ratos me encontraba a mí mismo hipnotizado por la luna llena, que brillaba sobre las laderas de las montañas.
Y a ratos, lo único en lo que podía pensar era en encontrar el próximo Seven-Eleven.
Cuando ese día salí de la oficina temprano, recibí palmaditas en la espalda y mensajes de ánimo de varios compañeros de trabajo, la mayoría de los cuales están al corriente de mi otra vida. En un minuto yo era todo negocios, discutía sobre informes de beneficios y estrategias corporativas vestido con mi ropa informal pero impecablemente planchada de los viernes. Y al siguiente minuto salía disparado por la puerta, como un adolescente enloquecido por la inminente fiesta del fin de semana. Había aprendido a cambiar del trabajo al juego en el intervalo de pocos pasos. Me gustaba mucho mi trabajo, pero me encantaba lo que estaba a punto de hacer.
A las cinco de la tarde apreté un botón de mi cronómetro y la misión se puso en marcha, por decirlo de algún modo. Empezó en la bucólica y pequeña ciudad de Calistoga, en la frontera norte del Valle de Napa. La tarde era cálida y despejada y la gente del pueblo paseaba tranquilamente por las calles. Un tipo se llevó la mano al sombrero y dijo «hola» cuando yo pasé, y una mujer que barría la acera con una escoba de mimbre se paró y sonrió. Eran amables, pero a juzgar por las peculiares miradas que recibí, estaba claro que me estaban fichando: sabemos que no está aquí para causar problemas, pero ¿qué es exactamente lo que está haciendo?
A mi lado, en nuestra caravana VW(Volkswagen) (alias la Nave Nodriza) estaba mi familia: mis padres, mi mujer, Julie, y nuestros dos hijos, Alexandria y Nicholas. La Nave Nodriza sería nuestro «centro neurálgico» de operaciones para los próximos tres días. Eso, sin embargo, implica un nivel de pulcritud que no existía. La Nave Nodriza era como una casita rodante vagabunda, abarrotada de mapas, juguetes, revistas de viaje, prismáticos y tarros caseros atrapabichos. Entre los asientos había trozos de galletas y pescado rancio mezclado con arena de la playa. Era el perfecto ambiente anti Feng-Shui, y nos encantaba.
Los macarrones con queso de sobre eran fáciles de cocinar en el pequeño hornillo de la nave Nodriza, y eso era lo que teníamos de cena esa noche. Por culpa de mis dos vidas, no comíamos en familia tan a menudo como me hubiera gustado, así que valoré mucho esa comida, con o sin queso en polvo.
Éramos como cualquier otra familia feliz cenando junta, sólo que estábamos sentados sobre el quitamiedos, en el arcén de una autopista. Los niños no parecían verlo raro –en realidad es que no conocían otra cosa– y mis padres se habían acostumbrado a beber el vino en vasitos de papel mientras guardaban equilibrio sobre el estrecho borde cuando los coches pasaban zumbando. Esa noche no había demasiado tráfico en la carretera, así que entablamos una agradable conversación.
Tomé segundos y terceros platos, y luego me terminé la comida de mi mujer. Siguió el postre: dos plátanos una PowerBar, y un éclair de chocolate.
«Odio cenar y salir», dije, sin poder estar un rato sentado, «pero tengo que ponerme en marcha».
«Papi, ¿estarás fuera toda la noche?» preguntó mi hija Alexandria. Sus enormes ojos marrones se llenaron de una curiosidad entusiasta, como si intentaran entender por qué su papi tenía ese extraño anhelo que no era compartido por muchos otros papis.
«Sí cielito, así es. Pero desayunaremos juntos mañana por la mañana».
Aunque esa conversación había sucedido hacía pocas horas, ahora tenía la sensación de que hacía mucho más tiempo. A pocos minutos de la medianoche, ya estarían todos durmiendo felizmente dentro de la nave Nodriza mientras yo recorría mi camino a través de Sonoma y continuaba por el oeste hacia la ciudad de Petaluma.
Conocida por sus almacenes de gangas y sus boleras, Petaluma no es una metrópoli bulliciosa. Pero a su favor, la ciudad cuenta con un Round Table Pizza, una de las franquicias más grandes del planeta.
Ya sabe usted, otras compañías de pizza no son tan flexibles como Round Table. La mayoría de ellas tienen reglas y políticas de reparto a domicilio muy complicadas –detalles remilgados como pedirte que dés una dirección para que te entreguen la pizza. Imagínatelo– ¡de hecho, tienes que decirles exactamente dónde estás! Round Table, por el contrario, entregará una pizza en cualquier sitio.
A lo largo de los años, he puesto a Round Table en situaciones realmente complicadas, pero ellos han superado contundentemente a las otras cadenas de pizza. Tenía tanta confianza en su destreza para entregar las pizzas, que una vez incluso les pedí que me trajeran una a casa.
Al coronar la cima y ver que mi móvil tenía cobertura, marqué. La señal era débil.
«Round Table», contestó una voz joven. Sonaba una altísima música rock de fondo.
«Necesito pedir una pizza».
«¿Cómo? ¿Necesita una pizza?»
¿Por qué si no iba nadie a llamar al servicio de reparto de Round Table? «SÍ, ¡NECESITO PEDIR UNA PIZZA!¡NECESITO PIZZA!»
«Vale, tío, no hace falta gritar».
«Perdón».
«No se preocupe.Ya sé cómo se pone la gente de nerviosa por su pizza».
«No estoy nervioso, estoy hambriento» dije yo en un tono muy nervioso.
«Lo que sea, tío. Estate seguro que te vamos a dar los bocados más sabrosos que puedas imaginar. Soy el encargado.Y ahora ¿qué va a ser?»
«Tomaré la de estilo hawaiano, con doble de queso. Doble de aceitunas. Doble de jamón.Ah! Sí… y también doble de piña».
«¿Doble de todo? De acuerdo; le echaré de todo encima. ¿De qué tamaño la quieres?»
Ésta era una pregunta difícil. No tenía intención de cargar con raciones de sobra, pero si la pedía demasiado pequeña, me quedaría sin combustible y nunca llegaría a Marin antes del amanecer.
«¿Para cuántas personas es la grande?»
«Cinco, con todos estos extras. ¿Cuántos sois en el grupo?
«Sólo yo. Cogeré la grande».
«¡Caramba, tío! Sí que debes de tener hambre».
Si tú supieras, pensé. «¿Qué postres tenéis?»
«Tarta de queso y cerezas. Está de muerte, la he probado esta tarde».
«Vale, tomaré una».
«¿Una ración?»
«No, quiero toda la maldita tarta».
«Tío, ¡esto es mítico!»
«¿Cuánto crees que tardaréis?»
«Veinte, treinta minutos. ¿Tienes prisa?»
«No es prisa exactamente, estaré fuera un rato. Es que necesito saber cuánto tardaréis para poder deciros dónde me podéis encontrar»
« Vale… pues, digamos veinticinco minutos».
«Entonces nos encontramos en la esquina de la autopista 116 con Arnold Drive».
«¿Qué?¿ Justo en la esquina?» preguntó. «Ése es un tramo bastante solitario de la autopista. ¿De qué color es su coche?»
«No voy en coche» dije. «Pero seré fácil de identificar. Soy el único aquí fuera que está corriendo».
«¿Corriendo?» Hubo un breve momento de silencio. «Alguien te está persiguiendo?»
«No», me reí.
«¡Pero si es medianoche!» dijo.
«Sí, es tarde. Por eso necesito la pizza. Me estoy muriendo de hambre».
«Vale, lo pillo». [Larga pausa] «Tiene mucho sentido. ¿Hay algo más que te pueda llevar?»
«¿Hay un Starbucks en la ciudad?»
«Sí, pero seguro que a estas horas está cerrado. Pero yo tengo mi propio alijo de granos justo aquí. Prepararé un poco mientras se hace la pizza. Tú sigue corriendo todo recto por la autopista 116 que ya daremos contigo».
Después de darle mi número de móvil y colgar, bajé la cabeza y seguí adentrándome en la oscuridad. Si me iban a localizar en la ruta, no hacía falta que esperara en la esquina, de lo cual me alegré. Estar de pie holgazaneando en la brisa de la noche era un modo seguro de tener un calambre de piernas que me debilitara.
Al guardar el móvil en el bolsillo trasero de mi mochila, saqué la foto de una niña pequeña. Incluso con tubos y agujas clavados por todo su cuerpo, su cara se veía brillante. Pero estaba enferma; de hecho estaba al borde de la muerte, y yo estaba corriendo para ayudar a salvarla. Di un último vistazo a la foto y la volví a guardar.
Exactamente veinticinco minutos después, una furgoneta polvorienta de ruedas gigantes se acercaba por la carretera. Mi pizza había llegado. Para mi sorpresa, el joven encargado iba al volante.
«¡Tío!»gritó él mientras salía del coche de un salto. «Estás como una cabra. ¡Esto es chulísimo!»
Sacó la pizza del asiento del pasajero y abrió la caja. Era una obra de artesanía, casi tan alta como ancha, con un montón de piña y aceitunas apiladas encima. Parecía algo con lo que alimentar a un rinoceronte. Pagué la cuenta, le di las gracias y me preparé para la carga.
«¿Vas a seguir corriendo?» preguntó. «¿No quieres que te lleve?»
«Ahora que tengo buen combustible», le contesté sujetando la comida, «Voy a darle buen uso».
«Pero ¿Hasta dónde vas a llegar?»
«Me dirijo a la playa», le dije.
«¡A la playa!» gritó. «¡Tío, la bahía de Bodega está por lo menos a 48 kilómetros de aquí!»
En realidad me dirigía a la playa de Santa Cruz, que estaba a más de 241 kilómetros de allí, pero pensé que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentarse a esa realidad.
«No puedo creer que sea humanamente posible correr 48 kilómetros» gritó sofocado. «¿Eres como una especie de Carl Lewis o algo así?»
«Oh… sí», contesté. «Soy como Carl Lewis, sólo que más lento».
«¿Dónde dormirás?»
«No dormiré»
«¿Vas a correr toda la noche seguida? Esto es una locura. ¡Me encanta!» Volvió a meterse en la furgoneta de un salto. «No puedo esperar a decírselo a los chicos de la tienda». Salió a toda prisa.
Me gustó ese chico. Para la mayoría de los no corredores, correr es lo más aburrido y los más terriblemente doloroso y sin sentido que hay. Pero él parecía genuinamente intrigado por la aventura y por eso conectamos enseguida, aunque no me daba la impresión de que él fuera a hacer algo de deporte en los próximos días.
Con la tarta de queso apilada encima de la pizza, empecé a correr otra vez, comiendo mientras marchaba. Con los años había perfeccionado la técnica de comer en plena marcha. Llevaba balanceando la caja de pizza y la tarta de queso en una mano y comía con la otra. Era un buen ejercicio para la parte superior del cuerpo. Afortunadamente, mis antebrazos estaban bien desarrollados y no tenían problemas para llevar el exceso de peso. Para mayor eficiencia, enrollaba cuatro trozos de pizza formando un gran tubo, como un enorme burrito italiano. De ese modo, era más fácil de meter en la boca.
Justo cuando estaba terminando el primer plato, oí la furgoneta del encargado acercarse otra vez. El ruido de su silenciador suelto era inconfundible. Se había olvidado de darme el café. Llenamos una de mis botellas de agua con la oscura bebida y me bebí el resto. Intenté pagarle por ello, pero no aceptó nada de dinero.
Cuando estaba a punto de marcharse otra vez, el joven sacó su cabeza por la ventanilla de la furgoneta y me preguntó, «entonces tío ¿me permites que te pregunte por qué estás haciendo esto?».
¿Por dónde empezar? y «jo, tío», le respondí, «Tendré que contestarte a eso en otro momento».
Yahora es el momento de pensar en la pregunta. Millones de americanos corren. Corren por hacer ejercicio, por su salud cardiovascular, por el aumento endorfinas. En 2003, cuatrocientas sesenta mil personas completaron una de las muchas maratones del país estableciendo un récord. Desafiaron los límites de su propia resistencia para completar los 43 kilómetros.
Y dentro de esto, hay un pequeño grupo de corredores fuertes, una especie de subgrupo dentro de los corredores, que se llaman ultramaratonianos. Para nosotros, una maratón es sólo un calentamiento. Corremos carreras de 80 kilómetros, de 160 kilómetros. Corremos veinticuatro horas o más sin dormir, a penas parando para comer y beber, o incluso para usar el baño. Corremos por las montañas arriba y abajo; a través del Valle de la Muerte al final del verano; en el Polo Sur. Llevamos nuestros cuerpos, mentes y espíritus mucho más allá de lo que la mayoría de los humanos consideraría los límites del dolor y el esfuerzo.
Soy uno de los pocos que ha corrido más de 160 kilómetros sin descansar, lo que creo que me hace un extra-ultra-maratoniano. O simplemente un pirao. Cada vez que la gente oye que he corrido 160,9 kilómetros de un tirón, inevitablemente me hacen dos preguntas. La primera es «¿cómo puedes hacerlo?». La segunda, y mucho más difícil de contestar, es la misma que me hizo el chico de la pizza: «¿Por qué?».
Es una pregunta excelente, aunque las adicciones nunca se pueden definir claramente. Cuando le preguntaban por qué intentaba ser el primero en escalar el monte Everest, George Mallory ofrecía la famosa frase lacónica: «Porque está ahí». Esta frase se ha convertido en un dicho famoso, así que parece satisfacer a la gente lo suficiente. Pero, en realidad, no se trata de una respuesta muy buena. A pesar de ello, puedo entender la breve respuesta de Mallory. Cuando la gente me pregunta a mí por qué corro distancias tan imposibles durante la noche muchas veces me he visto tentado a contestar con algo como, «Porque puedo». En realidad es cierto, pero los atletas no son siempre los espíritus más introspectivos. Sin embargo, no es una respuesta completa. Ni siquiera me satisface a mí.Tengo mis propias preguntas.
¿Qué me impulsó a correr?
¿Para quién estoy corriendo?
¿Hacia dónde estoy corriendo?
Todos los corredores tienen una historia.Aquí tienen la mía.
Capítulo II
Los años de formación
DE TODOS LOS ANIMALES, EL NIÑO ES EL MÁS INMANEJABLE
Platón
Los Ángeles
He corrido mucho en mi vida. Crecí siendo el mayor de tres hijos. Mi hermano Kraig es un año menor que yo, y mi hermana Pary vino al mundo dos años después que él.
Uno de mis primeros recuerdos es correr a casa al salir del colegio. Éramos una familia de clase obrera que vivía en Los Ángeles, y mi padre tenía dos trabajos para llegar a fin de mes.Yo no quería cargar a mi madre con la tarea de venirme a buscar al colegio todos los días, así que empecé a correr.
Al principio, mi ruta era la más directa desde la escuela hasta nuestra casa. Con el tiempo, sin embargo, empecé a inventar rutas alternativas que alargaran la carrera y me llevaran a través de territorios inexplorados y nuevos barrios. Correr a casa desde la escuela se hizo más interesante que asistir a clase. Correr me dió una sensación de libertad y exploración que la escuela nunca me dio. La escuela consistía en sentarse e intentar comportarse mientras alguien explicaba cómo era el mundo. Correr consistía en salir y experimentarlo de primera mano. Veía cómo se construían los edificios, era testigo de los pájaros que migraban al sur, veía las hojas caer y los días acortarse con el cambio de las estaciones. Ningún libro de texto se podía comparar con esa lección de vida real.
Cuando estaba en tercer curso, participaba en carreras organizadas (alguna de las cuales las organizaba yo mismo). Las distancias eran cortas, a menudo sólo la longitud de un campo de fútbol.A veces era difícil encontrar otros chicos con los que correr, y era yo mismo quien hacía campaña para que mis compañeros de clase se apuntaran. Mis parientes del Old Country a menudo me recordaban que los griegos eran grandes corredores. La maratón, al fin y al cabo, fue concebida en Grecia.
«Constantine», decían usando mi apodo, «Serás un gran corredor griego, igual que tus ancestros». Luego servían otra ronda de ouzo y sellaban mi destino con un «¡Oppa!» colectivo.
No importa que Pheidippides, el corredor griego que fue desde la llanura de Maratón a Atenas con la noticia de que los atenienses habían vencido a los persas, hubiera caído muerto por el agotamiento después de entregar su mensaje. Esa parte de la historia nunca se mencionaba.
Al hacerme mayor, me fue apasionando más el hecho de llevar mi cuerpo a los extremos. Superar los límites de resistencia personal parecía ser parte de mi maquinaria; me resultaba difícil hacer cualquier ejercicio con moderación. Cuando cumplí once años, ya había caminado por todo el borde del Gran Cañón, un viaje de una semana con todos mis enseres a la espalda, y había escalado hasta la cima del monte Whitney, la montaña más alta de Estados Unidos continental.
Mi 12 cumpleaños quise celebrarlo con mis abuelos, pero vivían a más de 64 kilómetros. Como no quería molestar a mis padres para que me llevaran allí, decidí ir montado en mi bicicleta. No tenía ni idea de cómo llegar a casa de mis abuelos. Pero no dejé que eso arruinara mi sentido de la aventura. Intenté convencer a Kraig de que viniera conmigo, pero no hubo manera. Ni siquiera un soborno con algo de dinero funcionó. Así que metí el dinero en mi bolsillo, le dije a mi madre que iba al centro comercial local, y me puse en marcha hacia Pasadena.
Recibí un montón de miradas confusas y preocupadas cuando pedí indicaciones.
«Eso tiene que estar a más de 64 kilómetros», me dijo el empleado de una gasolinera.
«¿Para qué lado voy?» le pregunté. «Puedes tomar esta autopista e ir hasta la 210 Norte, creo», contestó dudosamente.
Por supuesto, no podía ir en mi bicicleta por la autopista. Necesitaría ir por carreteras secundarias.
«¿Estás seguro de que no quieres llamar a tus padres?», me preguntó.
«No hace falta», le dije con aire despreocupado, señalando a la autopista. «¿Así que usted piensa que Pasadena está en esa dirección?»
Él asintió con la cabeza, aunque no parecía muy convencido.
«Gracias», sonreí y me puse en marcha hacia la carretera secundaria más cercana en la dirección que él me había indicado.
Diez horas más tarde llegué a Pasadena. El camino que había seguido iba serpenteando irregularmente a través de la cuenca de Los Angeles, y no puedo decir cuántos kilómetros había recorrido durante el camino. Paré un par de veces en otras gasolineras para pedir indicaciones y también para comprar un refresco y usar el lavabo. Mi dinero se había esfumado completamente, pero eso no importaba. Lo que importaba era que había conseguido llegar a Pasadena. ¿Y ahora qué?
No sabía el nombre de la calle de mis abuelos, ni su número de teléfono. De hecho, ellos ni siquiera vivían en Pasadena, sino en las proximidades de San Marino. Pero después de vagar un rato por los alrededores, reconocí una referencia que me resultaba familiar:The Galley, una gran nave en la esquina de una intersección que se había convertido en un antro de pescado y patatas fritas. Habíamos comido allí muchas veces, y sabía el camino a casa de mis abuelos desde allí. Había unos ocho kilómetros desde The Galley hasta San Marino.
Pedaleando por su calle, cubierto del polvo negro de la carretera, tuve una fuerte sensación de realización.Tan bien como si hubiera estado de pie en la cima del monte Everest o en la luna. Fue el mejor de mis cumpleaños.
Por suerte estaban en casa, quedaron encantados y afectados al mismo tiempo al verme. Llamamos a mis padres, quienes sintieron gran alivio al saber que estaba a salvo. No estaban enfadados, sólo agradecidos de que estuviera bien. Nadie me dijo nunca que lo que yo había hecho era peligroso. Creo que estaban demasiado impresionados para regañarme. Y yo esperaba que estuvieran, de hecho, orgullosos de mí. Mis abuelos pusieron mi bicicleta en el maletero de su coche y me llevaron a casa. La familia entera nos dio la bienvenid, una fiesta de cumpleaños con primos, tías, tíos, y muchos vecinos. Había música y baile, mucha comida y abundante bebida para la gente mayor.
La conversación de la fiesta volvía siempre a mi aventura. Para un chico de mi edad, hacer lo que yo había hecho era casi impensable, y podía sentir el poder de mi hazaña, la habilidad de inspirar. Todo lo que necesitaba hacer era montar en una bici o empezar a correr distancias extraordinarias, y la familia se reuniría y congregaría a mi alrededor para celebrarlo. Aunque parezca inocente, esa es la lección que me llevé de aquel día.
Al hacernos mayores, Kraig se convenció de que mi comportamiento era excesivo. Era el hijo mediano y era propenso al cinismo, y, en mi caso, dado que la pieza central de mi fin de semana normalmente giraba en torno a alguna aventura extrema, sus sentimientos estaban probablemente justificados. Pary, por otro lado, parecía apreciar mis peculiaridades y siempre me animaba a seguir mi pasión, sin importar lo rara que pareciera.
«Si correr te hace feliz, sigue haciéndolo», me dijo una vez. Ella era así, incluso de niña era alentadora.
Correr me hacía feliz, así que seguí haciéndolo hasta el instituto, donde conocí a mi primer mentor y aprendí más sobre el extraño atractivo de las carreras de larga distancia.
C orría el rumor de que siendo un joven alistado, Jack McTavish podía hacer más flexiones, abdominales y levantamientos que nadie en su sección, oficiales incluidos. Y podía hacerlas más deprisa. Otros reclutas temían que los emparejaran con él; su fuerza y su enfoque los dejaba en evidencia. Su manera de ver la vida era muy rígida: se levantaba más temprano, entrenaba más duro, y aguantaba más que ningún otro. Si algún día sentía que no podía dar el cien por cien, se forzaba a sí mismo a dar el ciento veinte.
Ese vigor tan tozudo y la disciplina le sirvieron mucho como militar, pero como entrenador de marcha del instituto, me resultaba intimidatoria su manera de ver la vida. No creo que muchos de los otros estudiantes o miembros del claustro realmente supieran qué hacer con él. Estábamos en la Baja California de los setenta, y él estaba ligeramente fuera de lugar. Los otros profesores llevaban collares de conchas, camisas teñidas con nudos, y el pelo largo y enmarañado. McTavish conservaba su pelo con un estricto corte de soldado. Llevaba la misma ropa todos los días, sin importar la estación o el ambiente: pantalones cortos grises de gimnasia, una camiseta blanca perfectamente ajustada, de manga corta con el cuello en pico y zapatillas negras. Siempre parecía recién afeitado y perfectamente arreglado. Con 1,73 de alto y 70 kilos, tenía una estructura tan sólida como el tronco de un árbol. No había un gramo de grasa en ese hombre, tenía forma como de pera invertida.
El entrenador McTavish no hablaba mucho, y cuando lo hacía era directo e iba al grano. La charla ociosa no estaba en sus planes.
Conocí al entrenador por primera vez fuera de los vestuarios masculinos, donde estaba haciendo abdominales en el suelo. Se puso de pie, me dio un fuerte apretón de manos, se presentó mientas me miraba fijamente a los ojos, luego volvió a los abdominales sin apenas perder el ritmo.
Todos los del equipo de marcha éramos chicos de séptimo y octavo curso, pero el entrenador siempre se refería a nosotros como hombres. Había dos clases de personas en el mundo a su modo de ver: aquellos que recibían órdenes, y aquellos que las daban. Nosotros éramos felices de obedecer.
El concepto que el entrenador tenía de la carrera no venía en ningún libro de texto; simplemente nos enseñaba a correr tan rápido como pudiéramos hasta que cruzáramos la línea de meta. Las palabras de consejo y aliento eran pocas y distanciadas. Su instrucción más frecuente que recibia era: «Sal con más fuerza».
Una vez, intenté explicar que si yo salía más deprisa, tendría menos tirón al final.
«Tonterías», replicó. «Sal con más fuerza y termina con más fuerza».
Esa fue una de las pocas frases completas que el entrenador me dijo nunca. En dos años, cambiaríamos probablemente menos de cincuenta palabras. Y de todos los corredores del equipo, yo fui al que más habló, como si hubiera hecho alguna promesa y pudiera cumplirla por él.
Él siempre tenía mi atención total. Había algo extrañamente atractivo en su técnica de entrenamiento a vida o muerte, y llegué a respetar, e incluso disfrutar, de la práctica de empujar mi cuerpo hasta el borde del colapso. La teoría era simple: cualquiera que quisiera correr más fuerte, entrenar durante más tiempo, y sufrir lo máximo, ganaría las recompensas de la victoria.
En el campeonato estatal de larga distancia de California de final de temporada, un evento prestigioso que se hacía en el legendario camino Mount Sac-, el entrenador proclamó su frase: «Sal con más fuerza que esos otros bobos», dijo. Y luego se fue andando.
Todas las otras escuelas parecían saber lo que estaban haciendo. Sus corredores llevaban chandals conjuntados y bien diseñados que relucían en el sol de la mañana. Estaban haciendo esprines y estiramientos, luego hacían consultas a sus entrenadores como si tuvieran el control total de la situación. Nuestra escuela llevaba lo mismo que el entrenador, pantalones cortos grises de gimnasia y camisetas blancas de cuello de pico.
Me quedé de pie en la línea de salida, temblando de ansiedad. Pensaba que los otros corredores a mi alrededor sabían cosas que yo no sabía, sobre cómo entrenar mejor e ir más rápido. Estaba aterrado. Pero correr una milla (1,6 km) era mi especialidad. Era la carrera más larga en el instituto, y la más lastimosa físicamente. Incluso sin una estrategia formal de carrera, yo podía soportar más dolor que nadie. De eso estaba seguro. Nadie, estaba seguro, había trabajado tan duro como yo, o iba a aguantar tanto como yo estaba a punto de aguantar.
La pistola se disparó y yo hice exactamente lo que el entrenador había mandado: salí con tanta fuerza como me fue posible. Corrí como si estuviera en un esprín en lugar de en una carrera de 1,6 kilómetros. La salida tan agresiva me puso inmediatamente en cabeza y mantuve un paso devastador, que fue aumentando mi distancia con respecto al resto del grupo a medida que avanzaba la carrera.