Kitabı oxu: «Un mar de amor»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2013 Debbie Macomber

© 2019 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Un mar de amor, n.º 300 - septiembre 2020

Título original: Navy Baby

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com

I.S.B.N.: 978-84-1348-960-5

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

DE rodillas en el baño, Hannah Raymond sentía cómo su estómago se bamboleaba como una pequeña canoa en medio de un torrente. Gruesas gotas de sudor bañaban su frente. Cerró los ojos tratando de contener las náuseas.

«Dios mío», oró en silencio. «Por favor, que no esté embarazada».

No hizo más que terminar su ruego y no pudo aguantar más. Sintió cómo una oleada ácida le hacía devolver todo el desayuno.

Dos meses habían transcurrido desde su última regla. Creyó que esta demora se debía al estrés y a la pena. Hacía cuatro meses que Jerry había muerto. Había sufrido mucho su pérdida y estaba segura de que así sería hasta el final de sus días. Lo había amado durante seis años y creyó que viviría siempre a su lado. Ahora no se celebraría la boda que habían planeado para principios de año. Jerry ya no existía.

Cerró los ojos para contener las lágrimas. No sólo era el sufrimiento que sentía por la pérdida de Jerry, sino la certeza de que si estaba embarazada no era de él.

El rostro del marinero se había grabado en su mente. Era alto, bien formado y fuerte. Trató de borrar su imagen, negándose a pensar en aquella noche de julio.

—¿Hannah? —su padre tocó suavemente en la puerta del baño—. Querida, debes darte prisa o llegarás tarde a la escuela dominical.

—No me siento muy bien, papá.

Su estómago se revolvió y vomitó nuevamente.

—Parece como si tuvieras gripe.

Hannah lo bendijo por ofrecerle una disculpa.

—Sí, creo que es eso —respondió.

Rogó a Dios que fuera un virus intestinal. Hija de un predicador, siempre se había comportado como una buena chica con todo el mundo, así que había llegado el momento de hacer algo por ella misma.

—Vuelve a la cama y si te mejoras, ven más tarde. Hoy voy a predicar sobre la Epístola a los Romanos y me gustaría saber tu opinión.

—Seguro, papá.

Pero lo cierto era que si se seguía sintiendo así, probablemente no saldría de la cama en una semana.

—¿Podrás arreglártelas tú sola? —dijo el padre preocupado.

—Estaré bien. No te preocupes.

Sintió que su estómago atacaba de nuevo y volvió a vomitar.

—¿Estás segura de que estarás bien?

—Me pondré bien enseguida —respondió con un hilo de voz.

—Si me necesitas —insistió George Raymond— llámame a la iglesia.

—Por favor papá, no te preocupes por mí. Me pondré bien pronto.

Hannah oyó los pasos de su padre alejándose por el pasillo y suspiró con alivio. No sabía qué iba a hacer si estaba embarazada. Pensó en desaparecer hasta que naciera el bebé. Era preferible antes que tener que decírselo a su padre frente a frente.

George Raymond había dedicado toda su vida al servicio de Dios y de los demás. Hannah no podía soportar la idea de tener que confesarle lo que había hecho. Lo amaba profundamente y al pensar en que podía herirlo se le llenaron los ojos de lágrimas.

Volvió a rogar a Dios para que su embarazo no fuera verdad y se incorporó lentamente. El cuarto de baño giraba a su alrededor. Se dirigió tambaleándose hacia su dormitorio y cayó pesadamente sobre la cama. El sueño la envolvió suavemente como si un mar en calma la acariciara con sus olas. Sintió que escapaba de la realidad y su alma atormentada lo agradeció.

Había ocurrido a mediados de julio, sólo tres semanas después del trágico accidente que había costado la vida a su novio. Su padre tenía que ir a Yakima a oficiar una boda y no volvía a Seattle hasta el sábado por la tarde. Hannah también había sido invitada, pero no podía soportar la idea de acudir al feliz acontecimiento cuando su vida estaba llena de angustia. Se había sentido muy agradecida de que su padre no le hubiera pedido que lo acompañara, aun cuando ella sabía que le habría gustado que lo hiciera.

Antes de marcharse, George Raymond le había pedido que llevara unas cajas a la Casa de la Misión en el centro de Seattle. Hannah sabía que se lo había pedido para sacarla del letargo en el que estaba sumida desde la muerte de Jerry.

Esperó a que avanzara la tarde, retrasando el encargo tanto como pudo, y colocó las cajas en la parte trasera de la vieja furgoneta Ford de su padre, sin mucho entusiasmo. Le sorprendió el intenso tráfico que había en la ciudad, hasta que recordó que ese fin de semana Seattle celebraba la Feria del Mar, el festival de verano. Había algunos barcos de la marina atracados en la bahía de Elliott y esa tarde tendría lugar el famoso desfile de las antorchas.

Sin embargo, nada de esto le interesaba. Cuanto antes entregara las mercancías más rápidamente podría regresar al seguro refugio que era su hogar. Ya se marchaba de la Misión cuando la interceptó su director, el reverendo Parker. Estaba muy preocupado por saber cómo se encontraba e insistió en que tomara una taza de café con él. Tuvieron una amable charla hasta que Hannah, impaciente por marcharse, le dijo en tono firme que estaba bien. Era una mentira, bien lo sabía, pero no quería hablar de lo enfadada que estaba y de la gran desilusión que sentía. Otros habían sufrido pérdidas aún mayores que la suya, y el tiempo había restañado sus heridas. Pero su dolor era muy reciente, muy lacerante.

El reverendo Parker la acompañó cariñosamente hasta la puerta.

—Los caminos de Dios son insondables —dijo.

Hasta la muerte de Jerry, Hannah nunca se había cuestionado su papel en la vida. Cuando otros sufrían ella los había confortado, consciente de que su pena era la voluntad de Dios. Eso era lo que había aprendido desde pequeña, pero… si Dios era tan amoroso y bueno, ¿por qué había permitido que Jerry muriera? No tenía sentido para ella. Jerry era un hombre singular, bueno y amante de Dios. Estaban muy enamorados y aunque se iban a casar, sólo se habían besado y acariciado. Se deseaban como todas las parejas profundamente enamoradas; pero Jerry se las había arreglado para que no sucumbieran a la tentación. Ahora Hannah deseaba aunque fuera sólo una vez más poder estar en sus brazos. Daría todo lo que pudiera tener en este mundo por haber sentido su tacto y entregarle su virginidad.

Pero eso ya no sería posible.

Hannah se despertó temblando. Miró fijamente a la pared y sintió que su estómago se había calmado. Miró el reloj y vio que ya era muy tarde para ir a la iglesia. De todas maneras no le apetecía escuchar el sermón de su padre. No le haría ningún bien. Las lágrimas inundaron sus ojos y el sueño se apoderó de ella nuevamente.

Los ojos oscuros del marinero volvieron a mirarla como aquella noche en que la llevó a la habitación del hotel. Hannah nunca olvidaría su mirada conmocionada al darse cuenta de que ella era virgen. El tormento y la incredulidad que había leído en sus ojos la perseguirían hasta la tumba. Por un momento temió que la alejara de él, pero se alzó en la punta de los pies hasta alcanzar su boca, y lo besó con fruición. Entonces…

Hannah lanzó un gemido y con un gran esfuerzo volvió a apartarlo de su mente. No quería pensar en Riley Murdock. No quería recordar nada de él. Ni siquiera la afectuosa manera en que la consoló después ni las graves preguntas que adivinaba en su mirada al abrazarla.

«Vete», pensó Hannah sin fuerzas. «Déjame en paz».

Y volvió a caer en un sueño agitado donde la esperaba Riley.

Después de su conversación con el reverendo Parker, Hannah había ido hacia el callejón donde había aparcado la furgoneta. Disgustada, vio que varios coches habían bloqueado la salida. Podía haber ido a la policía para que remolcaran los coches con cargo a los dueños, pero eso habría sido un comportamiento mezquino.

Como el desfile estaba a punto de comenzar, Hannah había decidido quedarse en el centro para verlo. No tenía ninguna prisa por volver a casa.

Los muelles estaban abarrotados de turistas. Los marineros estaban por todas partes. Sus blancos uniformes destacaban entre la multitud.

Las gaviotas, que volaban en círculos, proyectaban sombras gigantes sobre los embarcaderos. El fresco olor a mar se mezclaba con el aroma del pescado frito y la sopa de almejas. El olor a comida le hizo recordar que no había comido nada desde el desayuno. La sopa de almejas se le antojaba un delicioso manjar, pero las colas eran largas y no le apetecía esperar.

Qué diferente habría sido todo esto si Jerry estuviera a su lado, había pensado Hannah en se momento. Recordó los innumerables momentos felices que habían pasado juntos. El año anterior Jerry había participado en la carrera de la feria y se habían quedado al desfile, riendo y bromeando, abrazados uno al otro.

Se sentía extenuada después de subir desde el muelle hasta el mercado Pike. De pronto se encontró en la ruta del desfile, la gente apiñada junto al bordillo de la acera.

Los vendedores recorrían la calle y los niños, como pequeños juglares danzantes, les compraban sus artículos. Hannah los había mirado distraída, sin fijarse por donde caminaba. Antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo, tropezó y fue a dar contra un sólido pecho masculino. Por un momento pensó que había chocado contra un muro de ladrillos, pero el par de fuertes brazos que sujetaron sus hombros la convencieron de que no era así.

—Lo siento —se disculpó con voz trémula.

Era un marinero alto y musculoso. Aunque se le antojaba una tontería, a Hannah le pareció que se trataba de un pirata. Un pirata osado y valiente. Tenía el pelo y los ojos oscuros. No era precisamente guapo. Sus facciones eran demasiado marcadas. Entonces el hombre esbozó una encantadora sonrisa, sus dientes blancos y perfectos.

—Lo siento —volvió a disculparse Hannah, avergonzada de la forma en que lo había mirado, tan detalladamente.

No había podido evitar ser curiosa. Él parecía tan distante y retraído, que Hannah se había sentido forzada a ampliar su disculpa.

—No estaba mirando por dónde iba —agregó con una débil sonrisa.

—¿No se habrá hecho daño? —preguntó el joven.

—No, estoy bien. ¿Y usted?

—Perfectamente —respondió y continuó su camino tras mirarla de arriba abajo.

Después de este breve encuentro, Hannah había decidido quedarse en un lugar desde donde pudiera ver bien el desfile, que acababa de empezar.

Cautivada casi contra su voluntad, se había quedado hasta el final, cuando ya había anochecido. Cuando la multitud comenzó a dispersarse se dirigió hacia el callejón, con la esperanza de que la furgoneta no estuviera bloqueada. Como todavía había bastante gente en la calle, no pensó que habría ningún peligro en ese lugar apartado de la ciudad. Pero según se acercaba al callejón se dio cuenta de que apenas se veía a nadie.

Cuando vio las dos sombras que la seguían pensó ingenuamente que no había ningún problema, al tratarse de dos personas. Pero al darse la vuelta y ver que se acercaban demasiado y con actitud amenazante, supo que estaba en peligro.

A medida que se acercaba a la calle de la Misión, detrás de la cual había aparcado, vio que todavía la seguían. Apretó el paso y agarró su bolso fuertemente. El miedo recorría su cuerpo. Aunque caminaba todo lo rápidamente que podía, los dos individuos acortaban la distancia cada vez más. Había hecho mal en separarse de la multitud. Su padre siempre le había advertido sobre eso. Quizá deseaba morir. Pero de ser así, ¿por qué estaba tan terriblemente asustada?

De pronto vio las luces de un bar del muelle y sin pensarlo dos veces entró apresuradamente. Atravesó una gruesa cortina de humo de cigarrillos y sintió como si todos los hombres la miraran fijamente por encima de sus vasos de cerveza. Al fondo había una mesa de billar donde jugaba un grupo con cazadoras de cuero negro, lo que le hizo pensar que se trataba de una banda de moteros.

Maravilloso. Había saltado directamente de la sartén al fuego. Hannah trató de comportarse naturalmente, como si estuviera acostumbrada a frecuentar esos sitios, pero se había convertido en el centro de atención.

Entonces lo vio. Era el marinero con quien había chocado esa tarde. Estaba en una mesa, su mirada fija en el vaso de cerveza que sostenía. Parecía ser el único que no se había fijado en ella.

Nunca se había preguntado de dónde sacó el valor para dirigirse a él.

—¿Esta silla está ocupada? —preguntó.

Él la miró sorprendido y después frunció el ceño. Lo único que lo hacía menos amenazador que el resto de los que estaban allí era su uniforme de marinero.

Sin esperar respuesta, Hannah se sentó. Sus rodillas temblaban tanto que no sabía si podría mantenerse erguida mucho tiempo.

—Dos hombres me seguían —dijo—. No quiero ser descortés, pero pensé que lo mejor era entrar aquí. Por lo menos ha funcionado por ahora.

—¿Por qué escogió sentarse conmigo?

Parecía divertido y mostró una media sonrisa que Hannah no estaba segura que fuera de bienvenida.

—Usted era el único que no llevaba cazadora de cuero y pinchos.

De todas formas no sabía si había sido ése el motivo o el hecho de haberlo visto antes. Además él era tan serio, tan irresistible. Presentía que era un hombre íntegro.

El marinero sonrió ampliamente ante el comentario sobre la cazadora y los pinchos. Levantó la mano para llamar al camarero.

—Dos de lo mismo —pidió.

—No sé si es una buena idea —dijo Hannah.

Sólo pretendía quedarse un rato hasta que los dos que la esperaban afuera desistieran de su empeño.

—Estás temblando como una hoja.

Tenía razón. Hannah estaba temblando, pero no sabía si era el miedo o algo en su interior que la hacía sentirse atraída hacia él, segura de que nunca le haría daño.

El camarero sirvió dos vasos de una bebida que ella no conocía y al probarla sintió una bola de fuego en el estómago, aunque el sabor no era desagradable, sólo muy fuerte.

—¿Tienes nombre? —le preguntó.

—Hannah. ¿Y tú?

—Riley Murdock.

Hannah sonrió, intrigada por el nombre.

—Riley Murdock —repitió la joven lentamente.

Lo observó mientras llevaba el vaso a sus labios y se admiró de lo sensual que era su boca. Hannah había notado que en algunos hombres los ojos eran lo más expresivo de su rostro. Pero Riley era diferente. Sus ojos eran impersonales, pero su boca expresaba sus pensamientos claramente. La forma en que levantaba las comisuras de sus labios le decía que se sentía intrigado y divertido con ella.

—¿Estás aquí para la feria? —preguntó Hannah.

Riley asintió.

—Estamos en el puerto sólo por unos días.

—¿Te gusta Seattle? —añadió la joven, tratando de establecer una conversación normal.

Tomó otro trago y sintió que el calor asomaba a sus mejillas. Estaba más relajada, aunque un poco mareada, pero no era una sensación desagradable.

—Seattle está bien —respondió él, con el tono de quien estaba acostumbrado a visitar muchos puertos—. Termina de beber y te acompañaré hasta tu coche.

Hannah agradeció su oferta y su paciencia. Demoró todavía algunos minutos hasta vaciar el vaso. Murdock no parecía muy conversador y ella tampoco tenía demasiadas ganas de hablar.

Afortunadamente los dos hombres que la seguían habían desaparecido. Hannah se sintió aliviada, pues no le apetecía una confrontación, aunque se sorprendió al ver la formidable estructura de Murdock cuando se puso en pie. Tenía dos metros de altura o tal vez un poco más y era sólido como una roca. Además de su fuerza física, se adivinaba en él gran fortaleza emocional. Aparentaba tener treinta y pocos años. Hannah sólo tenía veintitrés.

Comenzaron a andar bajo el cielo estrellado. Riley descansaba su mano sobre el hombro de la joven con gesto protector. Hannah se sentía muy bien. Si cerraba los ojos era como si Jerry estuviera a su lado y no un marinero que apenas conocía. Estaba tan cerca de ella, era tan fuerte… Hacía que desapareciera el dolor que la había acompañado las últimas semanas. No quería que este momento terminara. Todavía.

Se pararon en una esquina y Hannah le sonrió tímidamente, aunque con más atrevimiento que nunca, quizá por la bebida, pensó. Murdock la estudiaba atentamente, intentando leer sus pensamientos. Hannah le sostuvo la mirada. Él acarició suavemente el cuello de la joven y Hannah, seductora, rozó los dedos de él con su barbilla. Una cálida sensación de bienestar la embargó. La misma que había perdido. Sin pensarlo, rodeó el cuello de Riley con sus brazos y lo besó. Sabía que lo había sorprendido, pero aunque existían otras formas más sutiles de hacerle saber lo que quería, Hannah era nueva en el juego amoroso y reaccionaba impulsivamente, sin obedecer a razones. Besar a un extraño era algo impensable para alguien como ella. Todo era tan irreal…

Riley no estaba seguro de lo que ella quería. Hundió los dedos en el cabello de la joven y la miró fijamente durante algunos segundos antes de besarla. Hannah suspiró y se inclinó hacia él. Sus besos eran cada vez más intensos, cálidos, húmedos. La lengua de Riley exploró la boca de la joven ansiosamente.

Cuando se apartaron, ninguno habló. Hannah sentía que la escudriñaba, pero no quería pensar y volvió a besarlo. Sus besos borraron cualquier pensamiento lógico de su mente y gradualmente sintió cómo el placer se apoderaba de la parte inferior de su cuerpo. Hannah comenzó a mover sus caderas, presionando donde más le dolía a Riley.

Él la tomó por la cintura y la hizo estarse quieta.

—Hannah —susurró su nombre de forma extremadamente sexy antes de continuar—. ¿Sabes lo que me estás pidiendo?

Ella asintió.

—Entonces vamos a un hotel, pero no a uno cualquiera.

Hannah debería haberse detenido en ese mismo instante. Tal vez lo habría hecho si él no la hubiera besado otra vez. El caos que sentía dentro de ella cuando él la tocaba era demasiado fuerte para resistirse, sus inhibiciones se desplomaban como fichas de dominó.

Hannah sólo recordaba haber entrado en la habitación del hotel y que Riley la tomó en sus brazos. No encendió las luces. Las cortinas estaban abiertas y la luna, como un río de plata, se derramaba suavemente sobre la cama.

Él la besó apasionadamente, tomando la cara de Hannah entre sus manos. Lentamente, desabotonó su blusa, se la quitó y después hizo lo mismo con el sostén. Tomó sus pechos suavemente entre sus manos, levantándolos.

—Eres muy hermosa.

Hannah pestañeó, sin saber qué decir.

—Y tú también.

Él sonrió y besó sus pezones. Hannah gimió de placer y se movió instintivamente hacia su sexo.

—Tranquila, nena —murmuró y abrió la cremallera de los vaqueros de Hannah.

Una vez desnudos, la tomó en brazos y la llevó hacia la cama. Ansioso, sin poder controlarse, se puso sobre ella. Hannah no estaba segura del dolor que experimentaría. Apretó los dientes y volvió la cabeza hacia un lado. Él la penetró implacablemente y sólo paró al encontrar la barrera de su virginidad.

Se detuvo, congelado. Hannah advirtió su confusión.

—Está bien —le susurró suavemente, con temor de que no continuara.

Rodeó el cuello de Riley con sus brazos y lo besó salvajemente. Era una batalla de voluntades.

Hannah no estaba segura de quién había ganado. De todas formas no importaba. Lentamente, determinado a darle todo el placer que pudiera, Riley continuó hacia delante, poco a poco, hasta el fondo, seguro de haber llegado a lo más profundo de ella.

Hannah se debatía entre el dolor y el placer. Poco a poco este último venció al dolor. Riley se movía lentamente dentro de ella. Al final la joven sintió por primera vez una explosión inenarrable que elevaba su cuerpo por encima de la cama una y otra vez.

Riley la abrazó largo tiempo. Acarició suavemente la cabeza de la joven y eliminó la humedad que había en sus ojos. Quería preguntarle muchas cosas, pero no lo hizo. Se limitó a abrazarla y eso fue más que suficiente.

Hannah se durmió y cuando despertó estaba helada. Riley la arropó con las mantas y la atrajo hacia sí.

—¿Por qué? —preguntó impaciente.

Hannah no podía explicarlo con palabras. Volvió a besarlo.

—Eso no explica nada —dijo Riley.

—Lo sé —respondió la joven.

No tenía respuestas. La sensación de vacío la invadió de nuevo y para calmarla volvió a besarlo. Él quería respuesta, no besos, pero pronto el deseo se antepuso a todo y le hizo el amor por segunda vez.

Hannah se despertó al amanecer. Se sintió culpable y se recriminó por su comportamiento. Salió sigilosamente de la habitación. Ésa fue la última vez que vio a Riley Murdock.

Se quedó en la cama con los ojos abiertos mirando al techo. Había llegado el momento de saber la verdad. Hacía una semana que había comprado un test de embarazo en la farmacia y lo había escondido debajo de una revista hasta llegar a la caja. Ahora estaba en el cajón de su ropa interior.

Siguió las instrucciones cuidadosamente y esperó los quince minutos más largos de su vida para conocer el resultado.

Positivo.

Estaba embarazada. Según sus cálculos, estaba de casi tres meses. ¡Dios mío! ¿Qué podía hacer? Hannah no tenía ninguna respuesta. Si su madre viviera tal vez podría haber confiado en ella y seguir su consejo. Pero su madre había muerto cuando ella tenía trece años.

Puso un asado en el horno y esperó a que su padre regresara de la iglesia. A las doce y media entró por la puerta de atrás y sus ojos se iluminaron cuando la vio sentada a la mesa de la cocina.

—¿Así que te sientes mejor?

Hannah le dirigió una débil sonrisa y apretó las manos sobre su regazo.

—Papá —susurró sin mirarlo a los ojos—. Tengo algo que decirte.

Capítulo 2

RILEY Murdock había estado de un humor de todos los diablos durante casi tres meses. Había hecho todo lo que estaba a su alcance para localizar a la misteriosa Hannah y se maldijo a sí mismo mil veces por no haberle preguntado su apellido.

Si la hubiera encontrado, no sabía qué le hubiera hecho. Estrangularla le parecía una buena idea. Esa joven lo había vuelto loco desde el primer momento en que tropezó con él en la acera durante el festival de Seattle.

Cuando se despertó aquella mañana y vio que ella se había marchado se había sentido desolado y se recriminó su actitud. Después se puso furioso. Las semanas siguientes su rabia no disminuyó. No sabía a qué jugaba ella pero por todos los medios trató de saberlo.

Si había alguien a quien culpar de este fracaso, Riley sabía que era él. Desde el principio supo que ella no era como las demás mujeres que frecuentaban los bares de los muelles. La historia que le había contado sobre dos hombres que la seguían era verdad. Ella estaba realmente asustada, temblando de miedo. La mirada de sus ojos, de sus preciosos ojos grises, no podía ser simulada. Riley no sabía por qué se había dirigido a él. Aquella joven estaba llena de sorpresas.

Si se asombró por el hecho de que ella se hubiera sentado a su mesa, debió de ser un buen candidato para un trasplante de corazón al descubrir que era virgen. Mientras más vueltas le daba a lo que había pasado entre ellos, no podía explicárselo.

Ella se le había acercado. Fue la primera en besarlo. ¡Demonios! Prácticamente lo había seducido. Seducido por una virgen. Debería haberse dado cuenta. En lugar de eso había tenido que enfrentarse a su increíble sentido de culpa. Si tan sólo no hubiera desaparecido sin explicarse. La ira se apoderaba de él cada vez que recordaba aquella mañana cuando al despertar se encontró con que ella había desaparecido. A punto estuvo de destrozar al encargado de la recepción para que le diera noticias de ella. Pero nadie la había visto marchar.

Riley todavía se culpaba. Temía que la hubiera asustado tanto que escapó aterrorizada. ¿La habría lastimado? Era tan frágil, tan pequeña… Todo lo que podía hacer era golpear la pared con sus puños cada vez que recordaba su fugaz encuentro, y eso era cada maldito minuto del día. ¿Qué habría sido de ella? ¿Estaría enferma? ¿Sola? ¿Asustada? ¿Embarazada?

Él había mantenido el control hasta que ella lo había besado. Recordaba la dulzura y timidez con que lo había hecho, sus labios con sabor a algodón de azúcar. Era cálida y delicada. Pero eso no era sólo lo que le atormentaba. Su fragancia continuaba obsesionándole. No era un perfume comercial. Sólo podía describirlo como si caminara por un campo de flores silvestres que le llegaran a la cintura.

La joven había irrumpido en su vida removiendo todos sus sentidos, y después, sin una palabra, se había desvanecido, dejándolo en medio de la confusión y la amargura.

¡Maldición! Había empleado demasiado tiempo y energía tratando de encontrarla. Regresaría a su vida ordenada y se olvidaría de esa joven, algo que probablemente ella ya habría hecho.

Si tan sólo pudiera olvidarla…

—Papá — suplicó Hannah suavemente y contuvo los sollozos—. Di algo.

La verdad estaba dicha y Hannah esperaba el estallido de ira que merecía.

Para su sorpresa, su padre no dijo nada. Se sentó en su silla, los ojos muy abiertos, aunque sin mirarla, y la cara carente de expresión. Se incorporó trabajosamente, como si hubiera envejecido de pronto, y salió por la puerta de atrás sin decir palabra.

Hannah lo siguió con los ojos llenos de lágrimas. Su padre atravesó el césped y entró en la antigua y blanca iglesia. Hannah esperó quince minutos y lo siguió. Lo encontró arrodillado delante del altar.

—Papá —susurró como una niña asustada.

Estaba asustada. No por lo que él pudiera decir o hacer, sino por las complejas circunstancias que rodeaban su embarazo.

George Raymond abrió los ojos y se incorporó apoyando la mano sobre su rodilla. La miró y trató de sonreír en un débil intento de consolarla. La tomó de la mano y juntos se sentaron en uno de los bancos.

La joven trataba de contener las lágrimas. Lo que había hecho era una irresponsabilidad. Motivada por su angustia se había rebelado contra todo lo que le habían enseñado, una actitud completamente opuesta a la que había observado siempre.

Si podía dar alguna excusa era que no había sido ella misma. Las horas pasadas al lado de Riley habían sido las primeras en días, en semanas, en las que pudo superar su pena por la pérdida de Jerry, el único hombre al que había amado. Se sentía abatida y había buscado el consuelo de un extraño. Y ahora debía enfrentarse al hecho de que la mayor indiscreción de su vida iba a dar frutos.

Aun cuando no hubiera estado embarazada, aun cuando hubiera podido esconder durante toda su vida lo que había ocurrido esa noche, ella había cambiado. No sólo física, sino emocionalmente. Había pensado que una vez que abandonara el hotel nunca pensaría en Riley otra vez. Pero pensaba en él constantemente, aun en contra de su voluntad.

—Lo siento, papá —susurró—. Lo siento tanto….

El reverendo la estrechó en sus brazos tiernamente.

—Lo sé, Hannah, lo sé.

—Se había equivocado… Estaba enfadada con Dios por haberse llevado a Jerry. Lo quería tanto…

Con una ternura que hirió su corazón, su padre le quitó los cabellos de la cara.

—Necesitaba estar a solas unos minutos para pensar en esta situación y me han recordado que Dios no comete errores. Ese niño que crece en tu interior está ahí por una razón. No puedo explicarlo, como tampoco puedo explicar por qué Dios se llevó a Jerry, pero tú vas a tener un bebé y lo único que podemos hacer es aceptarlo.

Hannah asintió sin saber qué decir. No se merecía un padre tan maravilloso.

—Te quiero, Hannah. Sí, estoy herido. Sí, estoy disgustado por tu falta de juicio. Pero no hay nada que puedas hacer para que deje de quererte, porque eres mi hija.

Hannah cerró los ojos y respiró hondo.

—Ahora dime su nombre —dijo y se apartó de ella.

—Riley Murdock —susurró y bajó los ojos—. Sólo nos vimos una vez, la noche del desfile de las antorchas. Está en la Marina, pero no sé dónde.

Encontrarlo sería imposible y Hannah se alegraba de ello. No quería pensar en lo que diría o haría al saber que esperaba un hijo suyo. No sabía siquiera si la recordaba.

George Raymond tomó la mano de su hija entre las suyas y nuevamente Hannah comprobó lo frágil que parecía. Las líneas de su rostro estaban muy acentuadas y tenía muchas canas. Era curioso que no lo hubiera notado antes. Los cambios habían ocurrido a partir de la muerte de Jerry, pero ella estaba tan sumida en su dolor que no se había dado cuenta de que él también compartía su pena.

—Lo primero que tenemos que hacer —dijo suavemente— es pedir una cita con el médico. Estoy seguro de que Doc Hanson te verá a primera hora del lunes. Lo llamaré personalmente.

Hannah asintió. Como no quería afrontar la verdad, había demorado la visita con el médico más de lo conveniente. Doc Hanson era amigo de la familia y sería discreto.

—Entonces —dijo Hannah con un profundo suspiro—, debemos decidir adónde debo ir.

—¿Ir? —preguntó el reverendo Raymond, su noble rostro oscurecido por la tristeza.

—No podré seguir viviendo aquí —dijo la joven.

No pensaba en ella, sino en su padre y en la memoria de Jerry.

—Pero ¿por qué, Hannah?

—Todos creerán que el niño es de Jerry y no puedo mentirles.

—Simplemente les explicaremos que no lo es.

—¿Crees honestamente que la congregación me creerá? Tengo que marcharme, papá —dijo con firmeza.

Por el bien de su padre debía irse de Seattle. Siempre había sido muy buen padre y seguramente habría en la iglesia quienes lo calumniarían por lo que ella había hecho. Por supuesto que habría también quienes lo apoyarían, pero ella no podría soportar verlo sufrir por su causa.

—Iré a vivir con tía Helen hasta que nazca el bebé.

—¿Y después qué? —preguntó su padre.

—No lo sé. Ya veré qué hago cuando llegue ese momento.

—Todavía no tenemos que decidir nada —dijo su padre, aunque con rostro preocupado.

La preocupación no desapareció del rostro de George Raymond a partir de entonces. Hannah había ido a ver a Doc Hanson, quien le confirmó lo que ella ya sabía. Le mandó a hacer análisis y le recetó hierro y vitaminas porque tenía anemia. Fue amable y no le hizo ninguna pregunta, lo cual Hannah agradeció.

Un viernes por la tarde Hannah llegó a casa extenuada después de su trabajo como auxiliar financiera de una importante compañía de seguros. Habían pasado dos semanas desde que le dijera a su padre que estaba embarazada. Al entrar, lo encontró sentado en su silla, algo que era inusual a media tarde.

—Buenas tardes, papá —lo saludó con una sonrisa y lo besó en la mejilla—. ¿Está todo bien?

—Sí, todo está bien —dijo devolviéndole la sonrisa con una expresión ausente—. No te quites el abrigo. Vamos a salir.

—¿A salir? —Hannah no recordaba que tuviera ninguna cita.

Su padre la tomó cariñosamente del brazo y la ayudó a bajar los escalones de la entrada. La furgoneta estaba aparcada enfrente.

—¿Adónde vamos? —preguntó Hannah. Raras veces había visto a su padre con una actitud tan resuelta.

Raymond no respondió y condujo en silencio algunos minutos antes de llegar a la autopista.

Una vez en ella, se dirigió a Tacoma. Hannah no pudo evitar quedarse dormida. Parecía como si no pudiera transcurrir el día sin que echara un sueñecito.

Hannah abrió los ojos cuando cruzaron el Puente Estrecho hacia la Península de Kitsap. Su padre paró el vehículo frente a unas dependencias militares.

—¿Dónde estamos, papá?

—En Bangor. Vamos a ver a Riley Murdock.

Riley estaba sentado en la oficina del capellán Stewart frente a Hannah Raymond y su padre. Miraba a la joven, pero ella no se dignó hacerlo ni una vez. Estaba sentada con la espalda tan rígida como la de él.

El día anterior, a primera hora, Riley había sido llamado por el teniente Steven Kyle, su jefe inmediato superior, y por el capellán Stewart.

—¿Conoces a una mujer con el nombre de Hannah Raymond? —le preguntó el capellán.

Riley reaccionó con sorpresa. Había estado buscándola frenéticamente durante tres meses. Había frecuentado los muelles de Seattle todos los fines de semana libres, preguntando si alguien había visto a una mujer con su descripción. Sus esfuerzos habían resultado inútiles.

—La conozco —respondió Riley.

—¿Cuánto?

—Lo suficiente —respondió muy serio.

—Entonces tal vez te interese saber que está embarazada —dijo abruptamente el capellán Stewart y lo miró como si Riley fuera un engendro del mal.

Riley sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—Embarazada —repitió atónito, como si nunca antes hubiera oído esa palabra.

—Dice que el niño es tuyo —añadió su jefe—. Dice que ocurrió durante la Feria del Mar, lo que significa que está embarazada de tres meses. ¿Estás de acuerdo con la fecha?

La furia y la rabia se unieron dentro de Riley hasta dejarlo sin habla. Todo lo que pudo hacer fue asentir con la cabeza y apretar los puños con fuerza.

—¿En la Feria del Mar? —insistió el jefe.

—Puede ser —asintió nuevamente Riley.

—¿Cómo se puso en contacto contigo? —preguntó su jefe.

—No lo hizo —contestó el capellán Stewart.

—¿Entonces quién lo hizo? —preguntó el teniente.

—Su padre, George Raymond. Ha realizado una amplia investigación hasta dar con Riley.

Magnífico. Fantástico. Ahora tendría que enfrentarse a un padre airado. Eso era exactamente lo que necesitaba para empezar su día libre con el pie equivocado.

—George y yo fuimos juntos al seminario —continuó el capellán.

Estaba claro, por la forma en que hablaba, que habían sido buenos amigos.

—Cuando Hannah confesó que el padre de su bebé estaba en la Marina, George contactó conmigo para que te localizara.

Riley no podía creer lo que estaba pasando. El deseo de retorcerle el cuello a Hannah aumentaba por momentos.

¡Hannah estaba embarazada! Con suerte todo saldría mal. Bueno, ahora era él el que no pensaba correctamente. Pero fue ella quien se acercó a él. Riley había dado por hecho, al menos al principio, que ella usaba alguna protección. De no haber sido así, él habría tomado medidas al respecto. Sólo cuando supo que era virgen se preocupó.

—¿Qué es lo que quiere? —preguntó.

Pensó que tal vez estaba pidiendo apoyo, que pagara las facturas del médico, quizá hasta una asignación para cubrir sus gastos mientras no podía trabajar. Riley no tenía intención de evadir su responsabilidad. Él era el responsable y estaba dispuesto a afrontarlo.

El capellán Stewart se puso en pie, caminó por la habitación y se puso una mano en la nuca, como si tratara de ordenar sus pensamientos.

—Como ya te he dicho, George Raymond es un ministro de la Iglesia. En su mente sólo hay una cosa que se deba hacer.

—¿Y ésa es? —preguntó Riley sin olvidar que había dejado la chequera en su apartamento.

—Quiere que te cases con su hija.

—¿Qué? —Riley estaba tan conmocionado que casi suelta una carcajada—. ¿Casarme con ella? ¡Diantre! Si casi no la conozco.

—La conoces lo suficiente —le recordó el capellán—. Mira, hijo, nadie te va a obligar a casarte con ella.

—Puede estar completamente seguro de eso —respondió Riley acaloradamente.

—Hannah no es como las demás mujeres.

Riley no necesitaba que se lo recordaran. Ninguna otra a la que había besado sabía tan bien ni olía tan agradablemente como ella. Ninguna lo había amado como ella. Tanto era así que no podía pensar en aquella noche sin desearla ardientemente.

—Tienes que comprender que Hannah ha sido criada en la iglesia —continuó el capellán—. Su madre murió cuando ella tenía trece años y ella asumió las responsabilidades de la casa. Su hermano mayor es misionero en la India. Esta joven procede de un entorno muy tradicional.

Todo era perfecto. Ella había cuidado de su familia y no dudaba que poseía muchas cualidades, pero Riley no estaba convencido de que el matrimonio fuera la mejor solución al problema.

—Como no quería que su familia sufriera vergüenza, Hannah optó por alejarse de ellos para protegerlos —añadió el capellán.

—¿Adónde? —preguntó Riley alarmado y pensó que acabaría siguiéndola por todo el país antes de que todo esto terminara.

—Espero que no sea necesario que aleje de la zona —dijo el capellán Stewart.

—Lo que quiere decir el capellán… —recalcó el teniente Kyle— es que si te casaras con esa joven se solucionarían algunos problemas. Pero esa decisión es sólo tuya.

Riley se puso tenso. Nadie lo iba a obligar a casarse contra su voluntad. Prefería pudrirse en la cárcel antes que casarse con una mujer que no deseaba. Ante su silencio, el jefe de Riley hojeó una carpeta que estaba abierta sobre su mesa. Riley podría obtener un ascenso en un par de años, lo cual era muy importante para él. Muy importante.

—Piensa en lo que ha dicho el capellán Stewart —dijo el teniente Kyle—. La Marina no puede obligarte a casarte con esa mujer.

—Eso es cierto —añadió el capellán—. Pero creo que es la única cosa decente que puedes hacer.

Los dos hombres lo miraban como si él hubiera seducido a Hannah Raymond. ¡No podían creer que había sido ella quien lo había seducido!

Riley había meditado toda la noche sobre la reunión con el teniente Kyle y el capellán Stewart. Hannah esperaba un hijo suyo y el capellán le echaba la culpa a él. Aunque el teniente no lo había dicho, Riley tenía la impresión de que su ascenso estaba en peligro. Todo el mundo parecía saber lo que debía hacer. Todos excepto él.

Ahora, frente a Hannah, se sentía aún más inseguro. La recordaba como una encantadora criatura, pero no tan delicada y etérea. Estaba muy delgada y pálida, por lo que temía que el embarazo estuviera afectando su salud. No podía dejar de preocuparse por su bienestar. La necesidad de cuidarla y protegerla era muy fuerte, pero la apartó para dar lugar a la rabia que había estado anidando durante los últimos meses.

Tenía muchas razones para estar furioso con ella.

—¿Estás convencido de que el niño es tuyo? —le preguntó el capellán Stewart directamente.

El silencio se apoderó de la habitación, como si todos estuvieran en vilo esperando su respuesta.

—El bebé es mío —respondió firmemente.

Hannah lo miró con dulzura, como si le agradeciera que dijera la verdad. Riley deseó levantarse y recordarle que había sido ella quien había huido de él, que si alguien merecía una recriminación, era Hannah.

—¿Estás preparado para casarte con mi hija? —preguntó George Raymond.

—Papá —le rogó Hannah—, no hagas esto, por favor.

Su voz era suave y honesta, y Riley dudó que algún hombre pudiera rechazarla.

—Como tu padre, debo insistir en que este joven haga lo correcto.

—Capellán Stewart —dijo Hannah—. ¿Podríamos Riley y yo hablar unos minutos a solas?

—Está bien, Hannah —respondió el capellán—. Quizá eso sea lo mejor. Vamos, George, tomaremos una taza de café y dejaremos que resuelvan el problema a su modo. Tengo fe en que Murdock lo hará bien.

Cuando la puerta se hubo cerrado Riley se puso en pie y miró a Hannah fijamente, sin saber qué debía hacer, si sacudirla con rabia o tomarla dulcemente en sus brazos y preguntarle por qué estaba tan mortalmente pálida. Antes de que pudiera hablar, lo hizo ella.

—Estoy muy apenada por todo esto —murmuró—. No tenía la menor idea de que mi padre hubiera contactado contigo.

—¿Por qué te fuiste? —preguntó Riley con los dientes apretados, sin saber todavía qué decirle.

—Creo que también te debo una explicación por eso —dijo Hannah.

—Por supuesto que me la debes.

—Yo no quería que nada de esto sucediera.

—Evidentemente —replicó Riley con ira—. Nadie en su sano juicio lo querría. La cuestión es ¿qué diablos vamos a hacer ahora?

—No te preocupes. No es necesario que te cases conmigo. No sé por qué mi padre lo sugirió.

—Aparentemente tu padre no es de tu misma opinión. Parece que cree que si me caso contigo salvaré tu honor.

Ella asintió. Parecía una frágil muñeca de porcelana a punto de romperse.

—Mi padre es un hombre anticuado con valores tradicionales. El matrimonio es lo que esperaría ante una situación así.

—¿Y qué esperas tú? —preguntó Riley con tono más suave.

Hannah puso la mano sobre su vientre como si quisiera proteger al niño. Riley la miró y trató de analizar sus propios sentimientos. Allí crecía un niño. Su hijo. Pero sólo sentía arrepentimiento mezclado con preocupación.

—No estoy segura de que lo quiero de ti —respondió Hannah—. Como intenté decirte antes, me siento muy mal por haberte metido en este lío.

—Hacen falta dos. Tú no has creado ese niño sola.

—Sí, lo sé —dijo Hannah con una tímida sonrisa—. Es que nunca quise implicarte… después de todo.

—¿Así que pretendías huir y tener a mi hijo sin decírmelo?

—No tenía la menor idea de cómo encontrarte —respondió Hannah.

—No parece que tu padre haya tenido ningún problema para hacerlo.

—No sabía si querías que contactara contigo.

—La próxima vez no supongas nada —gritó—. ¡Pregunta!

—Te pido disculpas.

—Eso es otra cosa. Pro, por favor, deja de disculparte.

Riley se sujetó la cabeza con las manos, como si la presión sobre su cráneo lo ayudara a pensar.

—¿Es siempre tan difícil hablar contigo? —preguntó Hannah.

A Riley le gustó el tono de su voz. No se había equivocado. Era una mujer con entereza y fuerza de voluntad, lo que le aseguró que su salud no era tan mala como había sospechado.

—Sí, cuando estoy acorralado —explotó Riley.

Hannah se levantó y fue a buscar su abrigo.

—Entonces déjame asegurarte que no soy yo quien te fuerza a un matrimonio que evidentemente no deseas.

—Tienes razón. No eres tú. Es la Marina de Estados Unidos.

—¿La Marina? No entiendo.

—No espero que lo hagas —rugió Riley—. O bien me caso contigo o digo adiós a un ascenso que llevo varios años esperando. Así me lo ha insinuado el teniente Kyle.

—No tenía ni idea.

—Es obvio que no. Mi carrera podría irse al traste, cariño.

Era una exageración, pero de alguna forma Riley sentía que podía ser verdad.

Hannah hizo una mueca ante la forma despectiva en que pronunció la palabra «cariño».

—Pero seguro que si yo les hablo…si les explico…

—No hay nada que hacer —dijo Riley con tono sarcástico—. Tu padre se aseguró de ello.

—No lo sabía.

—De la forma en que lo veo, no tengo otra maldita elección que casarme contigo.

Ante esto, Hannah levantó la cabeza.

— No puedes pensar seriamente en la boda.

—Nunca en mi vida he hablado tan en serio.

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Litresdə buraxılış tarixi:
23 oktyabr 2024
Həcm:
171 səh. 3 illustrasiyalar
ISBN:
9788413489605
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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