Kitabı oxu: «Un mar de nostalgia»

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Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2003 Debbie Macomber
© 2019 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Un mar de nostalgia, n.º 290 - mayo 2020
Título original: Navy Blues
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com
I.S.B.N.: 978-84-1348-421-1
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Si te ha gustado este libro…
Dedicado a
Mary Magdalena Lanz,
2 de julio de 1909 - 1 de mayo de 1988
Amada tía
Agradecimiento especial a
Rose Marie Harris, esposa del capitán Ralph Harris, marino retirado de la Armada de EE.UU; Debbie Korrell, esposa del oficial Steven Korrell; Jane McMahon, de la Armada Real
Capítulo 1
CAROL Kyle pensó que seducir a su ex marido no iba a resultar nada fácil, pero estaba convencida, decidida. Y nadie mejor que Steve Kyle sabía lo testaruda que ella podía llegar a ser cuando deseaba algo.
Y Carol deseaba un bebé.
Naturalmente, no tenía intención de dejar que él interfiriese en sus planes. Cuanto menos supiera Steve, menos sufriría. Su matrimonio había durado cinco años buenos y seis meses malos. Según la manera de pensar de Carol, que en ese momento era un poco retorcida, Steve le debía al menos un embarazo.
Cumplir los treinta la había hecho darse cuenta de que las medidas drásticas eran necesarias. Tenía las hormonas revolucionadas, pidiéndole una oportunidad a la maternidad. Su reloj biológico seguía corriendo y Carol juraría que podía oírlo. Allá donde miraba, siempre veía a una mujer embarazada, que le servía para darse cuenta de que el tiempo se acababa. Si leía una revista, siempre había un artículo sobre algún aspecto de la paternidad. Incluso sus personajes favoritos de las series de la televisión estaban embarazados. Cuando se encontró a sí misma deambulando por la sección de niños de su tienda favorita, Carol se dio cuenta de que tenía que tomar medidas drásticas.
Hacer el contacto inicial con Steve no había resultado fácil, pero sabía que el primer movimiento tenía que salir de ella. Ponerse en contacto con su ex marido después de más de un año de silencio le había supuesto dos semanas de preparación. Pero había conseguido tragarse el orgullo y hacerlo. Al oír a una mujer contestar al teléfono, Carol había visto cómo sus planes se iban por la borda, hasta darse cuenta de que la mujer era Lindy, la hermana de Steve.
Su antigua cuñada parecía contenta de saber de ella, y le había dicho algo que hizo que Carol recuperara la esperanza: Lindy decía que Steve la echaba terriblemente de menos. Esperaba que eso fuera cierto. De ser así, significaría que no salía con nadie. Habría complicaciones si Steve estaba implicado con alguna otra mujer. Por otra parte, también podría haber problemas si no salía con nadie.
Carol sólo lo necesitaba para una noche tempestuosa y luego, si todo salía según sus planes, Steve Kyle desaparecería de su vida una vez más. Si no se quedaba embarazada… bueno, ya se enfrentaría a ese problema cuando llegara.
Carol le había dejado un mensaje a Steve una semana antes y él no le había devuelto la llamada. No estaba muy preocupada. Conocía bien a su ex marido; lo sopesaría cuidadosamente antes de volver a ella. Querría que sufriera durante un tiempo primero. Carol había contado con el factor tiempo para su plan.
Su cena hervía en la cocina, y Carol bajó el fuego tras echarles un vistazo a los boniatos con un tenedor de cocina. Miró los tubérculos con odio y suspiró. Cuando se quedara embarazada, no volvería a comer un boniato en su vida. Un reciente informe decía que aquel tubérculo asqueroso ayudaba a incrementar los niveles de estrógeno en el cuerpo de la mujer. Con esa información, Carol llevaba comiendo boniatos todos los días desde hacía dos semanas. Debía de haber suficientes hormonas en su cuerpo para engendrar trillizos.
Al notar que los boniatos ya estaban tiernos, les quitó el agua y los metió en el vaso de la batidora. Entonces una sonrisa asomó a sus labios. Comer boniatos era un pequeño precio para conseguir un bebé precioso… el bebé de Steve.
—¿Le has devuelto ya la llamada a Carol? —le preguntó Lindy Callaghan a su hermano mientras entraba en la pequeña cocina del apartamento de dos habitaciones que compartía con su marido y con Steve.
Steve Kyle la ignoró hasta que no sacó la silla y se sentó frente a él al otro lado de la mesa.
—No —admitió secamente. No veía razón para darse prisa. Ya sabía lo que Carol iba a decirle. Lo había sabido desde que salieron del juzgado con los papeles del divorcio. Iba a volver a casarse. Bueno, pues no pensaba quedarse sentado y viendo cómo se lo restregaba por las narices.
—Steve —insistió Lindy—. Podría tratarse de algo importante.
—Me has dicho que no lo era.
—Claro, eso es lo que dijo Carol, pero… No sé. Tengo la sensación de que debe de serlo. No creo que te haga ningún daño devolverle la llamada.
Metódicamente, Steve pasó la página del periódico de la tarde y lo dobló por la mitad antes de dejarlo a un lado. Era lógico que Lindy y Rush, su marido, no comprendiesen su reticencia a la hora de llamar a su ex mujer. No les había contado los detalles que habían llevado al divorcio. Prefería mantener los recuerdos de aquella relación desastrosa fuera de su mente. Había muchas cosas que podría haber perdonado, pero no lo que Carol había hecho, no la infidelidad.
Siendo capitán de fragata a bordo del Atlantis, Steve pasaba en el mar seis meses al año. Desde el principio, a Carol no había parecido importarle mucho que se fuera. Incluso solía bromear con ello contándole todos los planes que tenía para cuando él estuviera en el mar, y diciéndole lo contenta que estaba de quitárselo de encima durante un tiempo. Cuando él regresaba, ella siempre parecía feliz de que estuviera en casa, pero no exuberante. Si había pasado algo durante su ausencia, ella se había ocupado de todo y apenas lo había mencionado.
Steve estaba tan enamorado de ella por aquel entonces, que no había comenzado a captar los pequeños detalles hasta mucho después. Se había engañado a sí mismo ignorando lo evidente. La necesidad física que sentían el uno por el otro había acabado con sus dudas. Hacer el amor con Carol era una de las experiencias más calientes que había tenido. Hacia el final, ella se había mostrado ansiosa por acostarse con él, pero no tan entusiasta como al principio. Steve se había mostrado confiado, ciego e increíblemente estúpido en lo que respectaba a su ex mujer.
Entonces, por accidente, descubrió por qué ella se mostraba tan indiferente ante sus idas y venidas. Cuando Steve abandonaba la cama, su esposa infiel lo reemplazaba con su jefe, Todd Larson.
Era incluso sorprendente que Steve no se hubiera dado cuenta antes, pero, aun así, pensando en ello, casi podía averiguar el día exacto en que había comenzado la aventura de su mujer.
—¿Steve?
La voz de Lindy irrumpió en sus pensamientos. Steve levantó la vista y la miró a los ojos, que parecían llenos de preocupación. Se sintió culpable al pensar en el modo en que había reaccionado ante el matrimonio de su hermana con Rush. Al enterarse de que su mejor amigo se había casado con su única hermana tras sólo dos semanas saliendo, Steve se había puesto furioso. Se había mostrado claro a la hora de explicarles cómo se sentía al respecto. Ahora se daba cuenta de que su propia experiencia matrimonial había influido en sus pensamientos, y hacía tiempo que se había disculpado. Era evidente que estaban locos el uno por el otro y Steve había permitido que su propia miseria influyera en su reacción ante la noticia.
—De acuerdo. Le devolveré la llamada a Carol —contestó. Sabía que Lindy quería que arreglase las cosas con Carol. Lindy era feliz, auténticamente feliz, y se sentía disgustada al ver que la vida de su hermano era tan desastrosa.
—¿Cuándo?
—Pronto —prometió Steve.
En ese momento se abrió la puerta de la entrada y Rush entró en el apartamento con los brazos cargados de paquetes de Navidad. Se detuvo en la cocina e intercambió una mirada sensual con su mujer. Steve contempló aquella mirada acalorada y fue como si le tirasen ácido ardiendo en las heridas a medio curar. Aguardó un momento hasta que el dolor disminuyó.
—¿Cómo han ido las compras? —preguntó Lindy con voz sedosa y cargada de deseo al ver a su marido.
—Bien —contestó Rush fingiendo un bostezo—, pero me temo que me han dejado agotado.
Steve miró hacia el techo, se puso en pie y se dispuso a abandonar el apartamento.
—¡No me digáis que vais a echaros otra cabezadita!
Lindy se sonrojó y miró para otro lado. En los últimos días, los dos habían echado más cabezaditas que un recién nacido.
—De acuerdo —añadió Steve alcanzando su chaqueta de cuero—. Os dejaré algo de privacidad.
Una mirada de Lindy le indicó que se sentía agradecida. Rush detuvo a Steve de camino a la puerta y sus ojos revelaron una gran apreciación.
—Hemos decidido buscar un lugar para nosotros inmediatamente, pero no creo que podamos mudarnos hasta principio de año. Sé que es una inconveniencia que tengas que marcharte, pero…
—No te preocupes —dijo Steve riéndose y dándole una palmadita a su amigo en la espalda—. Yo también fui un recién casado una vez.
Steve trató de sonar indiferente al decir aquello, pero no creyó conseguirlo. Estar expuesto constantemente al amor que había entre su amigo y su hermana era difícil, porque comprendía su necesidad demasiado bien. Había habido un tiempo en que una sola mirada entre él y Carol bastaba para hacer saltar chispas. Su deseo parecía prenderse fuego con sólo un roce y no les daba tiempo ni a llegar a la cama. Steve había estado locamente enamorado de ella. Carol había despertado todos sus sentidos, encendiendo su deseo de poseerla por completo. Las únicas veces en las que sentía que había conseguido eso era cuando hacían el amor. Sólo entonces, Carol había sido enteramente suya. Y esas veces habían sido demasiado breves.
En la calle, el cielo estaba oscuro y cubierto de nubes grises. Steve comenzó a andar y se dirigió hacia el centro comercial. No tenía muchas compras navideñas que hacer, pero le parecía tan buen momento como cualquier otro para realizar esa tarea.
Dudó un instante frente a una cabina telefónica y dejó escapar un suspiro. Sería mejor que llamara a Carol y zanjara todo el asunto. Quería regocijarse delante de él, y se lo permitiría. Al fin y al cabo, era una época para ser caritativo.
El teléfono sonó cuando Carol entraba por la puerta. Se detuvo, dejó el bolso sobre la encimera de la cocina y observó el aparato. El corazón le latía con tanta fuerza que tuvo que pararse y aclarar sus ideas. Era Steve. Era como si el teléfono estuviera deletreando su nombre en código Morse.
—¿Sí? —dijo al contestar finalmente.
—Lindy me ha dicho que habías llamado —dijo él secamente y sin emotividad alguna.
—Sí, te llamé —murmuró ella.
—¿Quieres decirme por qué voy a tener que adivinarlo? Confía en mí, Carol, no estoy de humor para jugar a las adivinanzas contigo.
Aquello no iba a ser fácil. Steve sonaba frío y distante. Ya lo había imaginado, pero eso no disminuía el efecto que le producía.
—Pensé que… que podríamos hablar.
—Te escucho —dijo él tras un silencio.
—Preferiría que no lo hiciéramos por teléfono, Steve —dijo ella suavemente, pero no porque hubiera planeado que su voz sonara suave y sedosa. Sus cuerdas vocales estaban agarrotadas y había acabado sonando así. Tenía los nervios a flor de piel y el corazón le palpitaba en el oído como una locomotora.
—De acuerdo —contestó él.
—¿Cuándo? —miró el calendario. El momento era sumamente importante en su plan.
—¿Mañana? —sugirió él.
Carol cerró los ojos aliviada. Su mayor preocupación era que sugiriera quedar después de las fiestas, pero entonces sería demasiado tarde y tendría que cambiarlo todo a enero.
—Sería perfecto —dijo finalmente—. ¿Te importaría venir a casa? —la casa de dos habitaciones había sido puesta a su nombre como parte del acuerdo de divorcio.
—De hecho, sí me importaría.
—De acuerdo —contestó Carol recomponiendo sus ideas con rapidez. El hecho de que no quisiera ir a casa no debería haberla sorprendido—. ¿Qué te parece quedar a tomar café en Denny’s mañana por la tarde?
—¿A las siete?
—De acuerdo. Te veré entonces.
La mano aún le temblaba tras colgar el teléfono. Desde el principio había imaginado que Steve no se metería en su cama si no lo instaba a ello de manera sutil, pero, a juzgar por su tono seco y cortante, probablemente eso resultara completamente imposible… aquel mes. Eso la molestaba. Su principal objetivo era que todo ocurriese con rapidez. Una noche de cegadora pasión podría olvidarse con facilidad. Pero, si tenía que seguir invitándolo una noche al mes durante varios meses, quizá Steve acabara por darse cuenta de lo que se proponía.
Aun así, cuando se trataba de interpretar sus acciones en el pasado, Steve había mostrado una sorprendente falta de perspicacia. Por suerte, sus problemas siempre se habían quedado fuera del dormitorio. Su relación matrimonial había sido un mar de dudas y malentendidos, de acusaciones y arrepentimientos, pero su vida sexual siempre había sido potente y lujuriosa hasta el divorcio, por sorprendente que pudiera parecerle en ese momento.
A las siete en punto de la tarde siguiente, Carol entró en el restaurante Denny’s del barrio de Capitol Hill, en Seattle. Durante el primer año de matrimonio, Steve y ella solían ir a cenar allí una vez al mes. El dinero era escaso en su momento, porque tenían que pagar la casa, de modo que una noche fuera, incluso en Denny’s, siempre había sido un lujo.
Tras dar dos pasos, Carol divisó a su ex marido sentado en uno de los asientos junto a la ventana. Se detuvo y experimentó tal emoción, que avanzar un paso más habría resultado imposible. Steve no tenía derecho a tener tan buen aspecto, mucho mejor de lo que ella recordaba. En los trece meses que hacía que no lo veía, había cambiado considerablemente. Había madurado. Sus rasgos eran más agudos, más claros, más intensos. Su atractivo era más prominente, sus rasgos masculinos, vigorosos y bronceados incluso en diciembre. Unas hileras de pelo gris adornaban su sien, dándole un aire distinguido.
En ese momento la miró, y Carol tomó aliento antes de decidirse a avanzar hacia él con pasos temblorosos. Observó que lo que más había cambiado en él eran sus ojos. Una vez habían sido cálidos y cariñosos, pero en ese momento parecían fríos y calculadores.
Carol experimentó un momento de pánico cuando Steve pareció despojarla de su orgullo con la mirada. Le costó un gran esfuerzo sonreír.
—Gracias por venir —dijo ella sentándose frente a Steve.
La camarera apareció con una cafetera de cristal y Carol dio la vuelta a su taza, la cual la mujer llenó de café antes de dejar los menús en la mesa.
—Hace tanto frío que podría nevar —añadió Carol tratando de comenzar una conversación. Era extraño que hubiera estado casada con Steve y, sin embargo, le pareciese un completo extraño. Aquel hombre duro e impasible era uno al que no conocía tan bien como a aquél que había sido su amante, su amigo y su marido.
—Pareces en forma —dijo Steve finalmente.
—Vaya, gracias —contestó ella con una débil sonrisa—. Tú también. ¿Cómo te trata la Armada?
—Bien.
—¿Sigues en el Atlantis?
Steve asintió.
Silencio.
—Fue una sorpresa descubrir que Lindy está viviendo en Seattle —añadió Carol tratando de seguir con la conversación.
—¿Te dijo que se casó con Rush?
Carol observó cómo Steve fruncía el ceño y su rostro se oscurecía al mencionar el tema.
—Ni siquiera sabía que Lindy conociera a Rush —dijo ella antes de dar un sorbo al café.
—Se casaron tan sólo dos semanas después de conocerse. Aún no me lo creo.
—¿Dos semanas? Eso no parece típico de Rush. Recuerdo que era muy metódico en todo.
—Al parecer, se enamoraron.
Carol conocía a Steve demasiado bien como para no reconocer el tono sarcástico en su voz, como si le estuviera diciendo lo absurdo que era ese sentimiento. En su caso, había sido un sentimiento malgastado. Tristemente malgastado.
—¿Son felices? —eso era lo importante, en lo que a Carol respectaba.
—Tuvieron un periodo difícil hace un tiempo, pero, desde que el Mitchell amarró, parecen haberlo arreglado.
Carol se quedó mirando la taza al sentir cómo la realidad la golpeaba en el corazón.
—Eso es más de lo que hicimos nosotros.
—Como recordarás —dijo él en voz baja—, en nuestro caso no había nada que arreglar. La noche que comenzaste a acostarte con Todd Larson, destruiste nuestro matrimonio.
Carol no aceptó el desafío, aunque aquello había sido como una bofetada en la cara. No había nada que pudiera decir para exculparse, y había dejado de intentar explicar los hechos hacía más de un año. Steve había elegido creer lo que quería. Ella lo había intentado. Todd había sido su jefe y su amigo, pero nada más. Carol le había rogado a Steve una y otra vez, pero de nada había servido. Volver a tener la misma discusión no iba a servir de nada.
El silencio se extendió entre ellos, y fue roto por la camarera, que se acercó a su mesa para tomarles nota.
—¿Saben ya lo que van a tomar?
—¿Tienen pastel de boniato? —preguntó Carol sin ni siquiera mirar la carta.
—No, pero el de pacana es la especialidad este mes.
Carol negó con la cabeza ignorando la extraña mirada de Steve.
—Entonces sólo café.
—Lo mismo para mí —dijo Steve.
La mujer les rellenó las tazas y se marchó.
—¿Y cómo está el bueno de Todd?
Su pregunta carecía por completo de interés real, y Carol ya había decidido que su antiguo jefe era un tema que sería mejor evitar.
—Bien —mintió. No tenía ni idea de cómo le iba a Todd, dado que llevaba más de un año sin trabajar en Artículos de Deporte Larson. Le habían ofrecido un trabajo mejor en Boeing y llevaba trabajando allí desde antes de que el divorcio fuera oficial.
—Me alegra oírlo —dijo Steve—. Supongo que me has hecho venir para decirme que vais a casaros.
—No. Steve, por favor. No te he llamado para hablar de Todd.
—Me sorprende. ¿Qué pasa? ¿La esposa número uno sigue dándole problemas? ¿Vas a decirme que no han llevado a cabo su divorcio?
—Preferiría no hablar de Todd ni de Joyce.
—De acuerdo. ¿De qué quieres hablar? —preguntó él mirando su reloj, como indicando que tenía muchas otras cosas que podría estar haciendo en ese momento y que no quería perder su preciado tiempo con ella.
Carol había planeado detalladamente todo lo que iba a decir. Había ensayado cada frase varias veces en su mente, pero en ese momento parecía tan ridículo, que se sentía incapaz de decir palabra.
—¿Y bien? —insistió Steve—. Dado que no quieres restregarme en las narices que te vas a casar con Todd, ¿de qué podrías querer hablarme?
—Es Navidad —murmuró ella.
—Enhorabuena, veo que has mirado el calendario recientemente —contestó él con sequedad.
—Pensé que… bueno, ya sabes, que podríamos dejar de lado nuestras diferencias durante un tiempo y ser civilizados el uno con el otro.
—¿Qué razón podría haber para que quisiéramos tener algo que ver el uno con el otro? —preguntó él entornando los ojos—. No significas nada para mí, y estoy seguro de que el sentimiento es mutuo.
—Fuiste mi marido durante cinco años.
—¿Y?
—Hubo un tiempo en que nos queríamos —dijo ella tras una larga pausa.
—También hubo un tiempo en que quería a mi perro —respondió él—. ¿Qué tiene que ver que nos quisiéramos hace tiempo con el hecho de que estemos aquí?
Carol no podía responder a su pregunta. Sabía que el divorcio lo había convertido en una persona amarga, pero había imaginado que, durante todo ese tiempo, algo de su animadversión hacia ella habría pasado.
—¿Qué hiciste el año pasado en Navidad? —preguntó, negándose a discutir con él. No iba a permitir que le hiciera perder los nervios. Ya había utilizado ese truco demasiadas veces, y estaba prevenida.
—¿Qué más te da cómo pasé las pasadas Navidades?
Aquello no iba bien. No estaba saliendo en absoluto como lo había planeado. Steve parecía pensar que ella quería que admitiera lo miserable que se sentía sin ella.
—Yo pasé sola la pasada Navidad —dijo ella suavemente. Su divorcio se había hecho oficial tres semanas antes de las fiestas y Carol se había sentido incapaz de enfrentarse a las tradiciones de dichas fechas.
—Yo no estuve solo —respondió Steve con una sonrisa burlona que sugería que, fuera quien fuera con quien hubiera estado, había sido una compañía agradable y que no la había echado de menos en lo más mínimo.
Carol no sabía cómo alguien podía parecer tan insolente y tan sensual al mismo tiempo. Era sumamente duro mantener la barbilla levantada y mirarlo a los ojos, pero lo consiguió.
—Así que estuviste sola —añadió Steve—. Eso es lo que pasa cuando te lías con un hombre casado, querida. Por si no lo sabes ya, la mujer y la familia de Todd siempre serán lo primero. Eso es lo triste para la otra mujer.
Carol se quedó de piedra. Casi no podía respirar, no se movía, ni siquiera parpadeaba. El dolor se extendía por su cuerpo, aferrándose a su garganta, luego a su pecho, bajando hacia el abdomen. La habitación comenzó a dar vueltas, y lo único que supo fue que tenía que salir del restaurante. Y rápido.
Los dedos le temblaban cuando abrió el monedero. Depositó unas monedas junto a la taza de café y se levantó del asiento.
Sin decir nada, Steve observó cómo Carol salía del restaurante y se maldijo a sí mismo. No había pretendido decir todas esas cosas. No quería fustigarla de ese modo, pero no había podido evitarlo.
También había mentido, en un esfuerzo por salvaguardar su orgullo. Había mentido en vez de darle a Carol la satisfacción de saber que había pasado la anterior Navidad solo y sintiéndose miserable. Habían sido las peores fiestas de su vida. El dolor del divorcio era por aquel entonces demasiado intenso, y el hecho de que todo el mundo a su alrededor estuviese feliz no había conseguido sino amargarlo más. Ese año tampoco parecía que fuese a ser muy feliz. Lindy y Rush preferirían pasar el día solos, aunque habían hecho todo lo posible por convencerlo de lo contrario. Pero Steve no era estúpido y ya había hecho otros planes. Se había ofrecido voluntario para trabajar el día de Navidad para que un oficial amigo suyo pudiera pasar tiempo con su familia.
Volviendo a pensar en Carol, Steve experimentó una sensación de arrepentimiento por el modo en que se había comportado con su ex mujer.
Admitió que Carol tenía buen aspecto, mejor de lo que él había deseado. Desde que se habían reencontrado, había sentido la energía que irradiaba de ella. Trece meses separados no habían cambiado eso. Había sido consciente del momento en que Carol había entrado en Denny’s; había sentido su presencia desde el momento en que se abriera la puerta. Su pelo rubio estaba más corto de lo que recordaba, con las puntas hacia dentro. Como siempre, sus ojos azules parecían magnéticos, atrayendo su mirada irremediablemente. Parecía pequeña y frágil, y el deseo de protegerla y amarla lo había invadido con toda la fuerza de un tornado. Sabía que no era así, pero aquello no parecía haber cambiado el modo en que se sentía. Carol lo necesitaba casi tanto como la Armada necesitaba el agua del mar.
Steve se levantó del asiento, depositó un billete sobre la mesa y se marchó. Fuera, el viento del norte soplaba con fuerza, subiéndole por los brazos mientras se dirigía hacia el aparcamiento.
La sorpresa hizo que se detuviera al divisar a Carol apoyada contra el guardabarros de su coche. Tenía los hombros caídos y la cabeza agachada, como si soportase una enorme carga.
Una vez más, Steve se sintió arrepentido. No había logrado averiguar la razón por la que lo había llamado. Comenzó a caminar hacia ella sin saber lo que pretendía hacer o decir.
Carol no levantó la cabeza cuando llegó a ella.
—No me has dicho por qué llamaste —dijo él tras un momento de silencio.
—No es importante… ya se lo dije a Lindy.
—Si no era para decirme que te ibas a casar de nuevo, entonces es porque quieres algo.
Carol levantó la mirada y trató de sonreír, y aquel esfuerzo hizo que Steve se olvidara de su decisión de fingir que jamás la había amado. Era inútil intentarlo.
—No creo que funcione —dijo Carol con tristeza.
—¿El qué?
Ella negó con la cabeza.
—¡Si necesitas algo, pídemelo! —gritó él, utilizando su rabia como mecanismo de defensa. Rara vez había querido Carol algo de él. Debía de ser importante, si se había puesto en contacto con él, sobre todo después del divorcio.
—La Navidad —susurró ella finalmente—. No quiero pasarla sola.
Capítulo 2
HASTA que Carol no habló, no sabía lo mucho que deseaba que Steve pasara el día de Navidad con ella, y no por las razones que había tramado. Echaba de menos a Steve. Había sido amigo y amante, y ahora no era nada; el sentimiento de pérdida era abrumador.
Él siguió observándola, y el arrepentimiento pudo verse en su cara. El éxito de su plan dependía de su respuesta, así que esperó, casi temiendo respirar.
—Carol, escucha… —Steve hizo una pausa y se pasó la mano por la nuca.
Carol lo conocía bien y sabía que estaba recomponiendo sus pensamientos cuidadosamente. También sabía que iba a rechazarla. Lo sabía sin necesidad de decirlo en voz alta. Se tragó el dolor, aunque no pudo evitar que sus ojos se agrandaran a causa de esa sensación. Cuando Steve se había presentado con los papeles del divorcio, Carol se había prometido a sí misma que nunca le daría el poder para herirla de nuevo. Y, sin embargo, allí estaba, entregándole el cuchillo y exponiendo su alma.
Sentía cómo el corazón le latía con fuerza en el pecho y trató de controlar sus emociones.
—¿Es tanto pedir? —susurró ella.
—Tengo que trabajar.
—En Navidad… —no estaba preparada para aquello, no figuraba en sus planes. En otras palabras, la excusa de la Navidad no iba a funcionar. Su estrategia fracasaría y acabaría pasando el día sola.
—Lo haría si pudiera —dijo Steve de tal manera que supo que decía la verdad. De algún modo, Carol se sintió menos decepcionada por ello.
—Gracias —dijo ella tocándole la mano. Sorprendentemente, él no la apartó, lo cual volvió a darle esperanzas.
El silencio se hizo entre ellos. Había habido un tiempo en que parecía que tenían mil cosas que decirse, pero ya no quedaba nada.
—Supongo que será mejor que regrese —dijo Steve.
—Sí, y yo también —añadió ella alegremente, quizá demasiado alegremente—. Me alegro de haber vuelto a verte. Tienes buen aspecto.
—Tú también —Steve dio un par de pasos hacia atrás, pero no se dio la vuelta. Tragándose la decepción que sentía, Carol sacó del bolso las llaves del coche y se dio la vuelta para subir a su Honda. Entonces se dio cuenta. Si no era el día de Navidad, entonces…
—Steve —dijo girándose.
—Carol —dijo él en ese mismo momento.
Los dos se rieron, y aquel sonido pareció extraño entre ellos.
—Tú primero —dijo él con una sonrisa.
—¿Qué hay de la Nochebuena?
—Yo estaba pensando lo mismo.
Carol dejó que la excitación burbujeara en su interior, como el gas en una soda. Una sonrisa asomó a sus labios al darse cuenta de que no se había perdido nada y que aún quedaba mucho por ganar. En la distancia, Carol estaba segura de poder escuchar las notas de una nana de Brahms.
—¿Podrías venir lo suficientemente pronto para la cena?
—¿A las seis?
—Perfecto. Estoy impaciente.
—Yo también.
Entonces Steve se dio la vuelta y se alejó de ella, y Carol tuvo que controlarse para no comenzar a hacer una danza de guerra alrededor del coche. En vez de eso, se frotó las manos como si la fricción pudiera disminuir parte de la excitación que sentía. Steve no tenía ni idea de lo memorable que sería esa noche. ¡Ni idea!
—Tu humor ha mejorado últimamente —le comentó Lindy a Steve cuando éste entró en la cocina silbando un villancico navideño.
—¿Mi humor? —preguntó Steve deteniéndose en seco.
—Llevas toda la semana muy vivaz.
Steve se encogió de hombros con la esperanza de que ese gesto disimulara su actitud alegre.
—Será la época.
—Supongo que no tendrá nada que ver con tu encuentro con Carol.
Su hermana lo miró con escepticismo, buscando confidencias, pero Steve no iba a dárselas. La cena con su ex mujer era sólo el encuentro de dos personas solitarias luchando por sobrellevar las fiestas. Nada más y nada menos. A pesar de desear que Carol negara que estuviera saliendo con Todd, ella no había dicho nada. Steve interpretó su negativa a hablar del otro hombre como una admisión de culpa. Ese bastardo la había dejado sola en Navidad durante dos años consecutivos.
Si Lindy tenía razón y su humor había mejorado, sería simplemente porque iba a pasar la velada lejos de su hermana y de Rush; los recién casados podrían pasar su primera Nochebuena solos sin una tercera persona incordiando.
Steve alcanzó su abrigo y Lindy se dio la vuelta mirándolo con sorpresa.
—Te marchas.
Steve asintió mientras se abrochaba los botones de la chaqueta de lana.
—Pero… si es Nochebuena.
—Lo sé —dijo golpeando suavemente la caja de bombones que llevaba bajo el brazo y levantando la flor de pascua que había comprado por impulso aquel día.
—¿Adónde vas?
A Steve le hubiera gustado decir que iba a casa de una amiga, pero eso no sería cierto. No sabía cómo clasificar su relación con Carol. No era una amiga. No era una amante. Más que una conocida, menos que una esposa.
—Vas a casa de Carol, ¿verdad? —insistió Lindy.
Lo último que Steve quería era que su hermana se hiciese una idea equivocada sobre su velada con Carol, porque eso era lo que iba a ser.
—No es lo que piensas.
Lindy levantó las manos fingiendo estar consternada.
—No pienso nada, salvo que me alegra verte sonreír de nuevo.
—Bueno, pues no veas cosas donde no las hay.
—¿Vais a hablar? —preguntó Lindy.
—Vamos a cenar, no a hablar —explicó Steve—. Ya no tenemos nada en común. Probablemente estaré en casa antes de las diez.
—Lo que tú digas —contestó Lindy con una sonrisa—. Pásalo bien.
Steve decidió no contestar a eso y abandonó el apartamento, pero, tan pronto como estuvo fuera, se dio cuenta de que estaba silbando de nuevo y se detuvo de golpe.
Carol metió el CD en la minicadena y la música navideña comenzó a sonar por toda la casa. En el horno había un pequeño pavo relleno. Dos pasteles estaban enfriándose sobre la encimera de la cocina. Uno era de calabaza, para Steve, y el otro de carne picada, para ella. Además, en el frigorífico había un pastel de boniato y pacanas.
Carol eligió un vestido de seda rojo que se ajustaba a su piel. Se había puesto maquillaje y algo de perfume, aunque de manera sutil. Todo estaba listo.
Bueno, casi todo.
Steve y ella eran dos personas diferentes, y no había más vueltas que darle al tema. Arrepentirse del pasado era una futilidad, y, aun así, Carol llevaba varios días dándose cuenta de que el divorcio había sido un error. Un gran error. Todas las emociones que había conseguido enterrar durante el último año habían salido a la superficie desde su reunión con Steve, y no podía recordar un momento en que se hubiera sentido más confusa.
Deseaba tener un hijo, y estaba utilizando a su ex marido. Más de una vez a lo largo de la semana, se había visto obligada a enfrentarse a su sentimiento de culpa. Pero ya no había marcha atrás. Sería imposible volver a tener lo que había existido entre ellos antes del divorcio. No habría reconciliación. Pero más que con el pasado, a Carol le costaba enfrentarse con el presente. No podían verse sin que saltaran chispas, y eso hacía que todo fuera más difícil. Los dos eran demasiado testarudos, demasiado temperamentales, demasiado obstinados.
Y eso les estaba arruinando la vida.
Carol sentía que no podían retroceder, pero tampoco podían avanzar. La idea de seducir a Steve y quedarse embarazada había sido completamente egoísta al principio. Deseaba un bebé y consideraba que Steve era el mejor candidato… el único candidato. Después de su encuentro en el restaurante, Carol sabía que la elección del padre del bebé era algo más que práctica. Una parte de ella seguía queriendo a Steve, y probablemente siempre lo haría. Deseaba tener un hijo suyo porque era la única parte de él que sería capaz de tener.
Todo dependía del desenlace de aquella cena. Carol se llevó las manos al estómago y deseó en silencio ser fértil. En la última hora se había tomado la temperatura dos veces, rezando para que su cuerpo jugara su papel en ese plan maestro. Su temperatura era ligeramente alta, pero podría ser debido a la sensación de calor que la invadía cada vez que pensaba en volver a compartir una cama con Steve. O podrían ser simplemente nervios.
Llevaba todo el día sintiéndose ansiosa e inquieta. Estaba convencida de que Steve la miraría y sabría que quería que se quedara a pasar la noche. La clave de su plan era que Steve pensara que la idea del sexo fuera de él. Una y otra vez, sus planes para esa noche daban vueltas en su cabeza, como si fueran las aspas de un molino de viento agitando el aire.
Sonó el timbre, Carol tomó aire y forzó una sonrisa antes de atravesar la sala y abrir la puerta.
—Feliz Navidad —dijo ella suavemente.
Steve le entregó la flor de pascua como si tuviese ganas de deshacerse de ella. No la miró a los ojos. De hecho, parecía estar evitando mirarla, lo cual complacía a Carol, pues sabía que el vestido rojo estaba teniendo el efecto que deseaba.
—Muchas gracias por la planta —dijo ella colocándola en la mesa del café—. No era necesario.
—Recordé que solías comprar tres o cuatro plantas de éstas cada año, así que pensé que por una más, no pasaría nada.
—Muy considerado por tu parte, muchas gracias —dio ella estirando la mano para recoger su abrigo.
Steve colocó un pequeño paquete bajo el árbol y la miró.
—Son Frangos —explicó—. Supongo que seguirán siendo tus bombones favoritos.
—Sí. Yo también tengo algo para ti.
Steve se quitó la chaqueta y se la dio.
—No espero regalos de ti. He comprado la planta y los bombones porque quería contribuir con algo a la cena.
—Mi regalo es una tontería, Steve.
—Pues entonces guárdalo para otra persona, ¿de acuerdo?
Carol estuvo a punto de perder los nervios, pero consiguió contenerse. Su sonrisa era un poco más forzada cuando terminó de colgar su chaqueta en el perchero de la entrada y se dio la vuelta, pero esperaba que Steve no se hubiera dado cuenta.
—¿Te apetece un ponche caliente antes de la cena? —preguntó ella.
—Suena bien.
Steve la siguió hasta la cocina y bajó la botella de ron del armario mientras ella ponía agua a hervir.
—¿Cuándo te cortaste el pelo? —preguntó él.
—Hace algunos meses.
—Me gustaba más cuando lo llevabas más largo.
Apretando los dientes, Carol consiguió no decirle que se cortaba el pelo para ella, y no para él.
Steve vio el brillo de irritación en los ojos de su ex mujer y se sintió un poco mejor. El comentario sobre su pelo no era lo que ella quería oír; seguramente esperaba que le dijera lo guapa que estaba. El problema era que no había sido capaz de quitarle los ojos de encima a Carol desde que había entrado a la casa. El causante era un mechón de pelo rubio que se le movía cada vez que se giraba. No había sido capaz de ver más allá de ese mechón rizado. Ni tampoco podía dejar de mirarle los labios ni la curva de la barbilla, ni el azul de sus ojos. Al reencontrarse con ella en Denny’s la otra tarde, él se había mostrado a la defensiva, esperando a que Carol soltara la bomba. Pero ya había bajado todas sus barreras defensivas. Querría haber culpado de ello a las fiestas navideñas, pero se daba cuenta de que era algo más que eso, y lo que vio le dio razones para echarse a temblar. Carol era tan sensual y atractiva como siempre lo había sido. Quizá incluso más.
Él ya sabía lo que iba a ocurrir. Pasarían la mitad de la velada hablando y tratando de encontrar algo en lo que estuvieran de acuerdo. Pero ya no había nada en lo que pudieran estar de acuerdo. Esa noche era una noche fuera de lugar y, cuando terminaran, volverían los dos a sus respectivas vidas.
Cuando Carol terminó de preparar las bebidas, regresaron al salón y hablaron. El alcohol parecía aliviar parte de la tensión. Steve llenó el silencio con detalles de lo que había ocurrido en la vida de Lindy y con su trabajo.
—Veo que te ha ido bien —admitió Carol.
Steve no le preguntó por su carrera porque eso implicaría preguntarle por Todd, y ese hombre era un tema que se había jurado no sacar. Carol tampoco dio información al respecto. Sabría que no debía.
Media hora después, Steve la ayudó a llevar la cena a la mesa.
—Debes de haber estado cocinando todo el día.
—Me ha dado algo que hacer —dijo ella sonriendo.
La mesa estaba repleta de pavo, patatas, salsa, relleno, brócoli, boniatos y ensalada de fruta.
Carol le pidió que encendiera las velas y, cuando Steve lo hizo, los dos se sentaron a cenar. Sentado frente a ella al otro lado de la mesa, Steve se encontró a sí mismo ensimismado por su boca mientras comía. Trató de recordar con todas sus fuerzas las razones por las que se había divorciado de Carol. Pero era cautivadora. Sus manos se movían alegremente, levantando el tenedor del plato y llevándoselo a la boca con movimientos elegantes. Steve no debería disfrutar tanto de mirarla, y se dio cuenta de que pagaría el precio más tarde, cuando regresara al apartamento y la soledad se apoderara de él una vez más.
Cuando hubo terminado de cenar, se recostó en la silla y se colocó las manos sobre el estómago.
—No recuerdo una cena tan buena en mi vida.
—Hay pastel…
—Ahora no —dijo él negando con la cabeza—. Estoy demasiado lleno como para dar otro bocado. Quizá más tarde.
—¿Café?
—Por favor.
Carol llevó los platos al fregadero, guardó los restos en el frigorífico y regresó con la cafetera. Llenó las tazas, regresó a la cocina y luego volvió a sentarse frente a él. Apoyó los codos en la mesa y sonrió.
A pesar de sus intenciones durante la cena, Steve no había sido capaz de quitarle los ojos de encima. El modo en que estaba sentada, echada hacia delante, con los codos sobre la mesa, hacía que sus pechos se juntaran, rellenando el más que generoso escote del vestido. Habría jurado que no llevaba sujetador. Carol tenía unos pechos fantásticos y Steve lo observó, cautivado por el modo en que sus pezones sobresalían bajo la seda. Parecían señalarlo directamente, como invitándolo a saborearlos. Contra su voluntad, su ingle comenzó a palpitar hasta colmarlo de deseo. Desconcertado, miró la taza de café. Con manos temblorosas, dio un sorbo y estuvo a punto de abrasarse la boca.
—Ha sido una cena excelente —repitió tras un momento de silencio.
—No te arrepientes de haber venido, ¿verdad? —preguntó ella inesperadamente y sin dejar de mirarlo. Aquella mirada intensa demandaba toda la atención de Steve. Su piel era pálida y cremosa a la luz de las velas, sus ojos grandes e inquisitivos, como si la respuesta a la pregunta fuera de vital importancia.
—No —admitió Steve—. Me alegro de estar aquí.
Su respuesta la complació y Carol sonrió, haciendo que Steve se preguntara cómo había podido dudar de ella. Sabía lo que había hecho, sabía que había destruido su matrimonio adrede, y, en aquel momento, no le importaba. La deseaba de nuevo. Deseaba abrazarla y sentir su cuerpo caliente. Quería meterse dentro de ella para que nunca volviera a desear a otro hombre mientras los dos vivieran.
—Te ayudaré con los platos —dijo él poniéndose en pie.
—Ya los lavaré más tarde —dijo Carol levantándose también—. Pero, si quieres hacer algo, podrías ayudarme con el árbol.
—¿El árbol?
—Sí, está a medio decorar. No alcanzo las ramas más altas. ¿Me ayudarías?
—Claro —dijo Steve, y habría jurado que Carol pareció aliviada, aunque no sabía por qué. A él le parecía que el árbol estaba perfecto. Había algunas partes sin adornos, pero nada importante.
Carol llevó una silla del comedor al salón y sacó una caja con adornos de debajo de una mesa.
—¿Haces punto? —preguntó Steve al ver el ovillo. A Carol debía de dársele fatal hacer punto, pero aun así enlazaba un proyecto tras otro y parecía ajena a la falta de talento. Había habido un tiempo en que podía bromear con ella al respecto, pero no sabía si apreciaría su ocurrencia en esos momentos.
Carol apartó la mirada como si temiera su comentario.
—No te preocupes, no voy a burlarme de ti —dijo Steve recordando la vez en que se había presentado orgullosa con un jersey que había hecho para él. La manga izquierda era diez centímetros más larga que la derecha. Él se lo había probado y, al verlo, Carol se había echado a llorar. Era uno de los pocos recuerdos que tenía de ella llorando.
Carol colocó la silla junto al árbol y levantó la pierna para subirse encima.
Steve la detuvo y dijo:
—Pensé que querías que eso lo hiciera yo.
—No. Necesito que me des los adornos y luego te apartes para ver cómo quedan.
—Carol, si yo colocara los adornos en el árbol, no necesitarías la silla.
—Prefiero hacerlo yo —dijo ella con un suspiro—. No te importa, ¿verdad?
Steve no sabía por qué estaba tan decidida a colgar ella los adornos, pero le daba igual.
—No, si quieres arriesgarte a partirte el cuello, tú misma.
Ella sonrió y se subió a la silla.
—De acuerdo, dame uno —dijo dirigiéndole una mirada por encima del hombro.
Steve le entregó una bombilla de cristal brillante y notó lo bien que Carol olía. A rosas y a otra fragancia que no lograba identificar. Carol estiró los brazos para alcanzar la rama más alta. El vestido se le subió unos diez centímetros, dejando ver la parte de atrás de sus muslos suaves y la curva de sus nalgas. Steve apretó los puños para evitar tocarla. Habría podido agarrarla y decir que tenía miedo de que se cayese de la silla. Pero, si dejaba que eso ocurriera, sus manos se deslizarían y pronto acabarían en sus nalgas. Cuando la tocara, Steve sabía que no podría parar. Apretó los dientes y tomó aire por la nariz. Tener a Carol ahí de pie era más de lo que un hombre podía resistir. En aquel punto, estaba dispuesto a utilizar cualquier excusa para estar cerca de ella una vez más.
Carol bajó los brazos y el vestido regresó a su sitio. Steve creyó estar a salvo de más tentaciones hasta que ella se dio la vuelta. Sus pechos firmes estaban apretados contra la seda del vestido, proporcionándole una vista clara de su forma redondeada. Si antes no estaba seguro sobre lo del sujetador, ya no le quedaba la menor duda. No llevaba.
—Ya estoy lista para el siguiente adorno —dijo ella.
Steve se giró y tomó otro adorno. Se lo dio e hizo todo lo posible para evitar mirarla a los pechos.
—¿Qué te parece ése? —preguntó Carol.
—Bien —contestó Steve.
—¿Steve?
—¿No crees que ya hay bastantes adornos?
Su tono áspero lo pilló tan por sorpresa a él como, evidentemente, a Carol.
—Sí, claro.
Sonaba decepcionada, pero no se podía hacer nada al respecto. Steve se colocó a su lado y le ofreció la mano para bajarse. Su pie debió de golpear una de las patas de la silla porque se movió hacia delante. Quizá fue algo que hizo ella, pero, fuera lo que fuera, hizo que la silla se tambaleara sobre la alfombra.
Con un pequeño grito, Carol levantó los brazos.
Gracias a sus años de entrenamiento en la Armada, los reflejos de Steve reaccionaron a tiempo y estiró las manos para agarrarla. La silla cayó al suelo, pero Steve agarró a Carol por la cintura, presionándola contra su torso. Los dos tenían la respiración agitada, y Steve suspiró aliviado al ver que no se había caído. Estuvo a punto de reprenderla, de decirle que era una tonta por no dejarle a él colocar los adornos. No podía ponerse en peligro por algo tan banal como un árbol de Navidad. Pero no consiguió que las palabras le salieran de la boca.
Sus miradas estaban a la misma altura. Los ojos de Carol lo miraban y decían su nombre con la misma claridad que si lo hubieran dicho en voz alta. Los pies de Carol estaban a unos centímetros del suelo y, aun así, Steve seguía sujetándola, incapaz de soltarla. El corazón le latía con fuerza mientras él levantaba un dedo y le tocaba el cuello sin dejar de mirarla. Quería dejarla sobre la alfombra, liberarlos a los dos de aquel abrazo invisible antes de que acabara con ellos, pero no encontraba la fuerza para soltarla.
Lentamente, ella se deslizó hacia abajo, haciendo que su falda se le subiera y, cuando aterrizó en el suelo, Steve se dio cuenta de que su abdomen estaba apretado con fuerza contra su ingle. Entonces las palpitaciones comenzaron de nuevo y tuvo que contener un gemido que amenazaba con escapar de lo más profundo de su pecho.
Deseaba besarla más de lo que había deseado nada en toda su vida, y sólo su gran fuerza de voluntad hizo que se controlara.
Carol ya lo había traicionado una vez. Steve había jurado que jamás volvería a permitir que lo utilizara, pero sus argumentos se hicieron cenizas, como la madera seca en medio de un incendio.
Le acarició los labios con el pulgar, como si aquella simple acción fuese suficiente para satisfacer a los dos. No fue así. Al contrario. Hizo que su deseo aumentara. El corazón le latía cada vez más rápido y, antes de poder evitarlo, le levantó la barbilla con el dedo y la besó.
Carol suspiró.
Steve gimió.
Ella se acomodó entre sus brazos y cerró los ojos. Steve la besó una segunda vez, invadiendo su boca con la lengua. Le tocó el pecho con la mano, acariciándole el pezón hasta que estuvo erecto. Carol gimió.
Necesitaba tocarle los pechos de nuevo. Tenía que experimentar aquella suavidad. Con un suspiro rasgado, condujo las manos por detrás de ella y le bajó la cremallera del vestido. Ella parecía tan ansiosa como él cuando le bajó la parte delantera del vestido, dejando ver su piel desnuda.
Carol le rodeó el cuello con los brazos mientras lo besaba y dejaba caer el peso contra su cuerpo. Steve pronto abandonó sus labios para explorar con su boca la curva de su cuello y, finalmente, sus pechos sonrosados. Su lengua húmeda comenzó a trazar círculos alrededor de los pezones hasta que Carol se estremeció, enredando los dedos en su pelo.
—Steve… oh, te he echado tanto de menos… —ella repitió las palabras una y otra vez, pero las palabras no se grababan en la mente de Steve. Cuando lo hicieron, se quedó de piedra. Quizá Carol lo hubiera echado de menos, pero no le había sido fiel. Aquel pensamiento hizo que se quedara totalmente quieto.
Carol debió de sentirlo también, porque dejó caer los brazos a los lados.
Steve la soltó de golpe y dio dos pasos hacia atrás.
—Esto no debería haber ocurrido —dijo él con voz áspera.
Carol lo miró, pero no dijo nada.
—Tengo que salir de aquí —añadió Steve.
Carol abrió mucho los ojos y negó con la cabeza.
—Carol, ya no estamos casados. Esto no debería estar ocurriendo.
—Lo sé —dijo ella mirando a la alfombra.
Steve se acercó al perchero y agarró su chaqueta. Era como si lo estuviera haciendo a cámara lenta, como si toda la fuerza de la gravedad del universo cayera sobre él.
—Gracias por la cena —dijo con la mano en el picaporte.
Carol asintió y, cuando Steve se dio la vuelta, vio que tenía los ojos llenos de lágrimas y que se estaba mordiendo el labio inferior para contenerlas. Tenía una mano cubriéndose los pechos desnudos.
—Carol…
Ella lo miró y estiró la mano.
—No te vayas —rogó—. Por favor, no me dejes. Te necesito tanto…
Pulsuz fraqment bitdi.