Kitabı oxu: «GuíaBurros El porqué de las frases hechas I»
El porqué de las frases hechas II
Delfín Carbonell
Agradecimientos
En su “Breve prólogo sobre mis prólogos” 1, el Dr. Gregorio Marañón dice que escribir prólogos: “… es un acto de convivencia intelectual; y puesto que la vida intelectual necesita, como aire respirable, de la cordialidad, he aquí que no sólo no debe rechazarse jamás escribir un prólogo que se nos solicita, sino que, cualquiera que sea la calidad del autor y del libro prologado, ha de estimarse como un deber honroso y una eficaz obligación.” Así lo sintieron los autores que aceptaron prologar libros míos. Me regalaron su tiempo y sus palabras, y su amistad también, ejerciendo conmigo ese acto de cordialidad y convivencia intelectual.
Dedico este librito a mis prologuistas, de quienes estoy muy orgulloso, en prenda de mi agradecimiento y estima, por orden cronológico:
Joaquín de Entrambasaguas, catedrático, crítico e historiador literario.
Camilo José Cela, novelista. De la Real Academia Española. Premio Nobel.
Luis María Anson, escritor, periodista. De la Real Academia Española.
Alonso Zamora Vicente, escritor, catedrático. De la Real Academia Española.
Hugh Rawson, lexicógrafo, editor y columnista.
J. Edward Gates, lexicógrafo. Fundador de la Dictionary Society of North America.
John Simpson, catedrático Universidad de Oxford. Former Editor-in- Chief, Oxford English Dictionary.
José Jiménez Lozano, escritor, periodista. Premio Cervantes 2002.
Enrique Vila-Matas, novelista. Premio RAE.
James A. Parr, cervantista, catedrático University of California.
Carlos París, filósofo. Presidente, Ateneo de Madrid.
Antonio Muñoz Molina, novelista. De la Real Academia Española. Premio Príncipe de Asturias.
Fernando Sánchez Dragó, novelista, presentador.
José María Carrascal, novelista, historiador, periodista, presentador.
Felipe Fernandez-Armesto, historiador. University of Notre Dame.
Antonio Garrigues Walker, abogado, jurista, político.
Sobre el autor

Delfín Carbonell. se formó en la Duquesne University;M.A. University of Pittsburgh; también es Doctor en Filología Románica y Licenciado en Filosofía y Letras en la Universidad Complutense.
Ha colaborado en: Espiral, Cuadernos Hispanoamericanos, Duquesne Hispanic Review, Revista de la Universidad de Yucatán, Actas do Primer Coloquio Galego de Fraseoloxia,Revista Galega de Ensino, Huffington Post, VOXII, Fox News, etc.
Entre sus publicaciones más relevantes destacan: Escribir y comunicar en inglés, (Anaya/Oberón, 2017); Phonética inglesa (Anaya 2015); Escribir bien (Anaya, 2014); Gramática inglesa (Anaya, 2013); La lengua de Cervantes (Serbal 2011); El laberinto del idioma ingles (Serbal 2009); Diccionario panhispánico de citas (Serbal, 2008); Diccionario soez de uso del español cotidiano (Serbal, 2007); Diccionario de clichés (Serbal, 2006); Diccionario de modismos, inglés y castellano (Serbal, 2004); Breve diccionario coloquial inglés y castellano (Serbal, 2004); Diccionario panhispánico de refranes, de autoridades... (Herder, 2002); Gran diccionario de argot (Larousse, 2000); Diccionario inglés y castellano de argot y lenguaje informal (Serbal, 1997); Diccionario de refranes (Serbal, 1996); Diccionario fraseológico (Serbal, 1995); Diccionario malsonante (Istmo, 1992); GuíaBurros: Aprender inglés (Editatum); GuíaBurros: Hablar y escribir con corrección (Editatum); GuíaBurros: Las mejores citas (Editatum); GuíaBurros: Los mejores refranes en español e inglés (Editatum).
Prólogo
Evolución y fraseología
En 1859 Charles Darwin escribió que el mundo, la vida, no son estáticos sino cambiantes; que todo está sujeto a las leyes de la evolución, incluso la manera que empleamos para comunicarnos. Las palabras y las frases nacen, desaparecen o mueren y tienen mutaciones en el tiempo, su devenir propio, su historia, su vida íntima, oculta y secreta; secreta por desconocida pero que se puede rastrear y descubrir. ¿Quién fue posiblemente el primero en emplear una frase feliz por escrito? ¿Cuándo entró una locución en los diccionarios? ¿Por qué se convierten las metáforas geniales en manidos clichés, en lugares comunes, en frases zombis? ¿Qué misterios ocultan? ¿Por qué la principal fraseología tópica aparece principalmente en los siglos XIX y XX? ¿Por qué los diccionarios cambian sus propias definiciones? Los misterios de las palabras unidas: las frases zombi, los clichés y el enigma de cómo los vocablos hacen amistad los unos con los otros y van siempre juntos a todas partes, como si estuviesen casados. Sorprendente visión de una importante faceta del idioma. Y como conviven con el hombre, veremos quién los ha utilizado y cuándo, ya que en muchos casos tenemos partida de nacimiento oficial. Que empleemos el cliché o no ya es otra cuestión y asunto de cada cual, aunque posiblemente fuese buena idea consultar esta obra y pensárselo bien antes de escribir pongo por caso, ni que decir tiene, broche de oro, a bote pronto, ser de juzgado de guardia, nube de fotógrafos, por enésima vez, a ciencia cierta, acto seguido, a renglón seguido, de alguna manera, a estas alturas, salvo honrosas excepciones y más. Los muertos vivientes no existen, pero la fraseología zombi sí, las frases inertes y muertas que todavía deambulan por la mala literatura, por los diarios, y los medios de comunicación.
Los lugares comunes y el lugar de uno mismo
Quien habla o escribe lo hace ineluctablemente de dos maneras, echando mano de una lengua meramente comunicativa, o instrumental para hacerse entender, que es la lengua “ahí-a-la- mano” que dice Heidegger, o utiliza una lengua que nombra la realidad y, además, posee una resonancia en la inteligencia y el ánima de quien lo habla o lo escribe, y de quien escucha o lee. Y tal sería, por ejemplo, el lenguaje del yo que ama, sufre, siente alegría o hace confidencias, el de la inteligencia que nombra el mundo para desvelar lo real, o el lenguaje poético o literario.
En el caso de aquel lenguaje meramente comunicativo, lo que nos importa es la eficacia de manera que va de suyo entonces que echemos mano de los instrumentos lingüísticos ya estereotipados que están en el lenguaje comunicativo común, con sus formulaciones ya hechas y continuamente repetidas, que son exactamente los lugares comunes o clichés del habla. Pero ese lenguaje instrumental y sus lugares comunes no nos sirven para comunicar nuestro propio lugar singular en el mundo, ni nuestro mundo interior, ni lo que vemos y experimentamos desde él, como decía.
En el plano literario, cabría añadir, además, que el uso del lugar común no sólo se revela, enseguida, como lenguaje impostado y no significativo, sino que, de hecho, torna así todo el texto, a poco que esos lugares comunes se prodiguen. Y esto es lo que ocurriría, igualmente, con el lenguaje propio de la confidencia y de la expresión en el plano más profundo, si en este orden de cosas se empleasen esos lugares comunes; es decir, que esos clichés rebajarían la totalidad del lenguaje a la condición de una comunicación retorica hueca y no significativa o llena de tópicos y palabras convenidas que no significan sino lo que se desee en cada caso.
Ésta es “la lengua de madera”, que dicen los franceses y que podemos emplear en la simple comunicación o en la vida comercial o política, pero no podemos utilizar esta lengua para nombrar lo real o cuando queda afectado nuestro yo.
Teresa de Jesús escribe con cierta frecuencia, cuando parece que no acierta a nombrar o describir exactamente lo que quería decir: “A esto llamo yo”, y también seguimos diciéndolo nosotros, hoy mismo, o acudimos, en su caso, al lenguaje gestual o al silencio. Como nos ocurre, pongamos por caso en una situación en la quedamos heridos por el dolor de alguien, y enseguida nos percatamos de que los lugares comunes del lenguaje, que se utilizan normalmente para estas situaciones, no nos sirven para declarar nuestro pesar.
Otras veces, ciertas fórmulas lingüisticas que se han tornado lugares comunes serán incluso inevitables para expresar o comunicar la interioridad más profunda y nombrarla; y pensemos, por ejemplo, en fórmulas como “estar en un pozo” o “atravesar una noche”, que se utilizan en las más diversas culturas y en todos los idiomas, porque el imaginario de la especie es universal y con sus nombres se expresan unas mismas profundas experiencias anímicas espirituales. Y no son estas fórmulas verbales lugares comunes ni clichés, porque no son fórmulas meramente instrumentales, sino significativas y nos afectan; son símbolos universales.
Se echa mano también de la expresión hecha o cliché lingüístico para que dore nuestro lenguaje porque, a los ojos de quien habla o escribe, posee incluso una vitola de distinción retórica y su uso parece afirmar un cierto status culturalmente diferenciado que ha sido objeto de graciosas burlas por parte de Molière y de Quevedo.
Otras veces, y parece que cada vez con mayor amplitud al irse recortando por diversas razones la disponibilidad del lenguaje propio, esos lugares comunes lingüísticos se han instalado en nuestra habla y en nuestra escritura, porque constituyen nuestro lenguaje impostado y aceptado con funciones de relleno de conceptos y de tautologías o redundancias muy o efectistas, que difícilmente se renuncian. Y tanto es así, que lo verdaderamente aterrador de todo este asunto es que los clichés o lugares comunes, que este libro muestra que han llenado y siguen llenando el lenguaje hablado o escrito, nos hacen la tremenda pregunta sobre si una inmensa parte de nuestra expresión no sería una pura impostación de lugares y referencias conceptuales ajenas, y se usa tranquilamente en la vida privada y pública
De este modo, este libro de Delfín Carbonell Basset resultará un necesario y leal avisador de que estamos ante un cliché o lugar común del lenguaje con todo su peligro de no significatividad, de pereza o impotencia del decir, e incluso de mendacidad, como decía; y que entonces debemos detener ahí nuestra lengua, o nuestra pluma, o nuestra escucha y nuestra lectura, para rechazarlo, porque es ruido y apariencia solamente, “flatus vocis”, puro nominalismo.
Y el asunto importa, e incluso de manera decisiva, a nuestra convivencia. Mandelstam pedía que la gramática se considerase un asunto moral, pensando en la política y la vida pública precisamente, porque éstas, como nuestro vivir verdadero, se hacen igualmente con palabras verdaderas de cada uno de nosotros o de otro modo, el debate de la cosa pública tampoco será significativo, y se torna perverso, si está hecho de verborrea, o palabreo de palabras huecas, clichés verbales, etiquetados y muertos, o como soñados, y en estado “zombi”.
Y, a este respecto, en fin, no puede dejar de evocarse el peor lenguaje, entre las lenguas de madera, que a sí mismo se denomina “políticamente correcto”, y es pura y simple imposición de una ortodoxia que pretende conseguir que “moviendo los labios del mismo modo” también el pensamiento se conforme a esa ortodoxia, exactamente como en la Torre de Babel bíblica del rey Nimrod, que es figura de todo totalitarismo, y que allí se frustró solamente porque cada quien y cada cual fue liberado y pudo pensar sus pensares y hablar sus decires, palabra propia de cada persona. Es decir, estas palabras que los hacedores de diccionarios y léxicos aman tanto y fijan para la expresión exacta de nuestro yo y la pureza de la lengua española, que todavía reluce admirablemente en el mundo y, a veces - como entre los sefardíes europeos y norteafricanos, y los inditos iberoamericanos - hasta con la antigua y maravillosa cantilenación castellana.
José Jiménez Lozano
Premio Cervantes
Ll
A lo largo y ancho.
En, por, por todo.
Medidas geométricas, largo y ancho, que han trascendido al habla popular. Me avisa de este cliché Alejandro Gándara, sagaz columnista español que escribía mucho en Blanco y Negro Cultural (luego ABCD las Artes y las Letras), cuando confiesa con desparpajo “La verdad es que yo he fumado a lo largo y ancho de mi vida...” Mucho fumar debe haber sido eso. La Academia Española no se ha percatado de la existencia y uso de esta frase boba pero sí, menos mal, el Diccionario fraseológico documentado del español actual, (2004), de Manuel Seco. Esto es importante porque demuestra que no siempre andan despistados todos los lexicógrafos. Quien no se despista nunca es Internet y el buscador Google, que nos da 679.000 resultados (febrero, 2020) con “a lo largo y ancho”, aunque tengamos en cuenta que estos resultados varían en el tiempo. Pero lo verdaderamente importante es que somos capaces de emplear cinco palabras en una secuencia sintáctica para expresar una idea simple como “en”, “por”, lo cual me hace pensar que simplemente repetimos una frase que sabemos de memoria, sin considerar qué es lo que realmente expresa. Eso es el cliché, el lugar común. Casi siempre se refiere a una cuestión física, como cuando Mariano José de Larra describía en 1834 a su personaje que “... paseaba a lo largo y a lo ancho en una habitación de que ciertamente no era él el dueño.” Pero Sánchez Dragó nos habla de “... a lo largo y a lo ancho de un tercio de siglo.” Ya se percató Amando de Miguel de que esta frase era un tópico en 1994: “... se han ido convirtiendo en tópicos sin mucho sentido: a lo largo y a lo ancho de la geografía española.” Es curioso que la lengua inglesa tiene un cliché similar: length and breadth.
Largo y tendido.
Mucho.
Corominas nos dice en su Breve diccionario etimológico..., que “largo” viene del latín “largus”, abundante, considerable. Pero, ¿por qué no comparamos diccionarios para ver qué sorpresas nos regalan? Vamos a seguir la pista a este cliché tal y como queda reflejado en diferentes definiciones:
Aunque aparece ya en la segunda parte del Quijote (1615), en 1884 el Diccionario de la Real Academia Española lo reseña por primera vez y dice “Con profusión.” Nada más.
El Diccionario ideológico de Julio Casares, de 1942, nos dice lo mismo “Con profusión.” Posiblemente copió la definición.
María Moliner, en 1965, nos informa: “Con hablar o verbo equivalente, mucho.”
Pero el Diccionario de uso del español de América y España, de Vox, lo define como: “Durante mucho rato y con detenimiento y profusión.”
En su edición del 2001 el DRAE cambia de opinión y escribe: “Extensamente y sin prisa.”
Y terminamos con el Clave, 2002, “Durante mucho tiempo.”
El Diccionario fraseológico documentado del español actual, 2004, explica “Se usa ponderativamente, indicando totalidad de una extensión no geográfica.”
No sé qué pensar. Aquí tenemos definiciones donde escoger. Yo me quedo con la mía, con la confirmación y apoyo de Moliner, a la cual he llegado después de leerme muchas citas, actividad que recomiendo al lector interesado en estos asuntos, a quien remito también al buscador Google, de Internet, donde encontrará más, unos 444.000 resultados, que no es nada deleznable. Pero no estoy satisfecho; la cita de Cervantes da que pensar: “… el palo con que te dieron largo y tendido, te cogió todas las espaldas...” (Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha, 1615). El rechazo absoluto a diferentes puntos de vista, por desgracia, tiene una larga tradición en la lingüística y en la lexicografía (y en la vida cotidiana española, claro). Alfred López nos da esta versión del origen de la frase, el 17 de abril 2017, en 20minutos.es “Se origina en base a cómo eran muchas de las reuniones que se celebran en la antigüedad (civilizaciones romana, griega, egipcia…) en la que era común que los asistentes a las mismas estuvieran recostados mientras hablaban de sus asuntos. Una postura que les permitía estar largo tiempo de conversación, mientras les eran servidas bebidas y comida.”
Dormirse en los laureles.
Conformarse con el éxito o logros obtenidos sin esforzarse más.
Don Felipe de Borbón me avisó de este cliché en discurso que pronunció en Nueva York y televisado por TVE1, el 8 de octubre del 2004: “No podemos dormirnos en los laureles.” Pero que el actual rey de España repita clichés esclerotizados no es culpa suya, sino de los que le escriben los discursos, que no saben de estas cuestiones. La Real Academia Española le expide fe de vida en su diccionario de 1970. Ya en 1734 el Diccionario de Autoridades nos dice que Laurel es metafóricamente, premio. En los juegos atléticos de Delfo, en la antigua Grecia, que eran tan importantes como los olímpicos, se distinguía y premiaba a los ganadores con una corona de laurel que perdura como símbolo de victoria y honor. La palabra laureado tiene este origen. En los juegos Olímpicos de Atenas del 2004 se empleó la corona de laurel de nuevo. Google nos da 400.000 resultados de este cliché que creo es relativamente moderno como indica su entrada en el diccionario académico en el año 1970, como ya se ha apuntado. Y los ingleses dicen “to rest on one’s laurels”, y los franceses, para no ser menos, “se reposer, s’endormir sur ses lauriers.” No nos durmamos en nuestros laureles y tratemos de recrear el idioma con más frescura, más ingenio y más inteligencia. Nuestros lectores lo agradecerán.
Sin ir más lejos.
Por ejemplo, sin buscar más.
En La comedia nueva, de 1792, Leandro Fernández de Moratín (1760-1828) que también escribió El sí de las niñas, nos explica: “Ayer, sin ir más lejos, me lo dijeron...” Y en 1852 repitió la frase Manuel Bretón de los Herreros, (1796-1873) y así hasta 1956 (repito: 1956) cuando la Real Academia Española la incluye en su diccionario como: “Sin ser necesario buscar más datos o informes que los que están a la vista.” Creo que es una definición poco feliz. Podrían los dos autores citados haber escrito: “ayer, por ejemplo...”, o “... por ejemplo, hoy...” El último en avisarme de la vigencia del cliché ha sido Alejandro Gándara –y ya no añado más- que en Blanco y Negro Cultural (11/9/2004) me advierte: “Antiguamente iban de cacería (Cascos, sin ir más lejos, era el terror de los urogallos)...” El misterio es por qué los escritores de prosapia caen en las redes de las frases largas como lo haría un hablante del idioma de los que no van en carruaje, de los de a pie. Y es que una cosa son las palabras y otra las frases, vayamos con mucho cuidado.
¿Qué nos comentan los diccionarios? María Moliner nos dice con su peculiar manera de puntuar: “Expresión con que se denota que, con lo que se dice a continuación, que está reciente o a la vista, hay bastante para confirmar algo que se ha afirmado: ‘Ayer, sin ir más lejos, me lo encontré borracho’.” Debemos recalcar que doña María no dice “me la encontré borracha.” Sin más comentarios.
El Gran diccionario de frases hechas de Larousse: “Frase con la que se da a entender que no es preciso seguir buscando más personas o cosas que las que se conocen o están próximas.”
El Diccionario del verbo español, hispanoamericano y dialectal, explica “Fr. fig. con que se indica no ser necesario buscar más datos o informes que los que ya estén a la vista o sean sobradamente conocidos.”
El Clave2 no lo registra.
El Diccionario de uso del español de América y España, de Vox, tampoco tiene noticia de su existencia.
El Diccionario ideológico de la lengua española, de Julio Casares no lo tiene.
¡Para que nos fiemos de los diccionarios! Pues bien, desterremos este bobo cliché y volvamos a un simple “por ejemplo”, que ahora volvería a quedar mejor.
Al pie de la letra.
Literalmente, tal cual.
El Diccionario de Autoridades (1726-39) lo explica bien: “Al pié de la letra. Phrase adverbial, que vale puntual y exactamente.” La versión latina es ad peden litterae, que significa tal cual se escribe, sin artificios, ciñendose a las instrucciones. Por lo menos lleva seiscientos años en el idioma aunque el Diccionario fraseológico documentado del español actual no sabe de su existencia. Creo que “literalmente” es siempre más breve y mejor que “al pie de la letra” aunque algunos autores no lo han creído así, como Santa Teresa, Cervantes, Mayans y Ciscar, Pedro Antonio de Alarcón, Clarín, Rómulo Gallegos, Elena Quiroga y otros.
Todo el peso de la ley.
Castigar por medio de las leyes.
Hace tiempo, Don Juan Carlos I me alertó del cliché en su discurso televisivo de Navidad del año 2003, cuando me dijo, comentándome sobre las mafias que se han afincado en España: “... unas mafias sobre las que debe caer todo el peso de la ley.” De estos deslices tienen culpa los “negros” que le escriben los discursos y no él. Es una imagen curiosa que nos trae recuerdos de grilletes, galeras, mazmorras, escribanos y jueces. Lo que es cierto es que la ley pesa más para unos que para otros, como siempre. En 1868 Antonio Pirala se quejaba de que “... lo cierto es, que se me carga con todo el peso de la ley...” Pobrecillo. ¿Cuánto pesará la ley? Para el Diccionario fraseológico documentado del español actual, 2004, nada, porque no lo menciona.
Por libre.
Solo, independiente, sin ayuda, sin ataduras y sin importarle los demás.
El que andaba por libre era el que no era siervo, como indica el Fuero Juzgo (1250-60), pero ahora que nos creemos libres, “por libre” significa sin ataduras, independiente, solo, como en el ejemplo de El País: “Yo, que siempre he hecho un periodismo un poco golfo y he ido por libre, máxime desde que los sicarios de Fraga me negaron el carnet...” Resulta una buena traducción del inglés free lance que tanto se emplea en estos tiempos. Este significado es reciente. Para el diccionario académico es “sin someterse a las costumbres establecidas.”
Situación límite.
Situación extrema, desesperada, que pone a prueba.
Llegar a un punto extremo cuando es necesario actuar y se pone a prueba la situación. Luis Rosales da una pequeña definición: “La situación límite, el borde del abismo...” Es reciente pero ha caído bien y prolifera mucho. “… expulsaban a Valdés de su grupo, tras acusarle de «ir por libre» y de...” leemos en el diario español Levante, del 20 de diciembre del 2004.
Lisa y llanamente.
Símplemente, con claridad.
De “liso y llano” nos habla la edición del 2001 del diccionario de la Academia como “dicho de un negocio: que no tiene dificultad.” Y ya se empleaba la frase en el siglo dieciocho pero como “lisa y llanamente”, porque el llamado Diccionario de Autoridades de 1734 dice de liso: “Metaphóricamente vale llano, patente, claro, sin embarazo ni tropiezo alguno” y de ahí la repetición. La Real Academia Española acepta la frase en su edición de 1803, después de que la empleara nada menos que José Cadalso en sus Cartas marruecas de 1773 y antes Gonzalo Céspedes en 1612. Y luego decimos que los idiomas cambian con rapidez.
Pasto de las llamas.
Incendiarse, quemarse.
Si pasto es alimento o cualquier cosa que alimenta el funcionamiento de algo, “pasto de las llamas” es lo que da vigor y nutrición a las llamas, al fuego. Me percaté de este cliché con motivo del incendio del trece de febrero 2005 de la torre Windsor en Madrid, cuando en todas las telenoticias lo usaban constantemente. Recordemos que algunas emisoras de televisión retransmitieron el incendio en directo durante más de doce horas. Como la catástrofe dio mucho que hablar, los periódicos y las tertulias también repitieron el cliché mucho, que ya existía en el siglo XIX, empleado, por ejemplo, por Antonio Pirala en 1868: “... y estos héroes hubieran sido pasto de las llamas: los habeis salvado, los volveis á sus familias y á la patria...” Y ahora, marzo del 2020, Google nos da 67.000 resultados de “ser pasto de las llamas”. Hasta Ramón Tamames, el economista, emplea este cliché tan manido.
Llorar a lágrima viva.
Llorar mucho, desconsoladamente.
Frase que para Santiago de Cárdenas en 1762 fue un hallazgo (“... donde se venera la imájen de aquel santo doctor San Jerónimo que lloró a lágrima viva el tiempo perdido empleado en la lectura de Ciceron.”) y que ha degenerado en un cliché muy celebrado y que tiene seguidores como la Pardo Bazán, Fernán Caballero, Galdós, Cortázar, García Márquez, Álvaro Pombo... La gente también llora a moco tendido, que es frase más chusca.
Llover mucho desde (entonces).
Transcurrir mucho tiempo, ocurrir muchas cosas (desde la fecha en cuestión).
Descubro este cliché en El dardo en la palabra, del profesor Fernando Lázaro Carreter que, al mencionar al alcalde socialista de Madrid Tierno Galvan, dice: “Tierno, por supuesto, no milita en esa tropa, porque ha llovido mucho desde entonces...” y me ha chocado, porque –he pensado yo- también ha tronado y granizado y nevado mucho desde entonces, así como también ha muerto mucha gente desde entonces... y sin embargo todo eso no ha tenido éxito, sólo “ha llovido mucho desde entonces.” Y quizá fuese don Benito Pérez Galdós, que reflejaba tan bien la vida y el idioma de su época, el que copiase la frase, ya posiblemente popular, en su Fortunata y Jacinta de 1885. Han pasado muchas cosas y ha pasado mucho tiempo desde entonces, desde la publicación de esa maravillosa novela, tanto que hasta la Academia Española acepta su existencia en 1984, cien años después de que apareciese escrita y de que la utilizase Rómulo Gallegos, Joaquín Calvo-Sotelo y otros. Y esto no es un reproche, es simplemente la realidad de los misterios del idioma y de sus hablantes. En mi opinión la locución ya se ha hecho rancia, por mucho que se emplee y creo que el pensamiento original no debe expresarse por medio de frases hechas, si no estaremos siempre estancados, lo cual, quizá, tenga poco remedio.
Ejemplos de uso: “Pero habrá llovido mucho desde entonces.” Benito Pérez Galdós, Fortunata y Jacinta, 1885-87. “Ha llovido mucho desde entonces.” El País, 30/7/2017.
Llover sobre mojado.
Repetirse una acción que desagrada y que se recibe con peor ánimo que la primera vez.
Al principio fue una frase feliz que a fuerza de repetición se ha convertido en un cliché ajado e inerte. Ya aparece en el Diccionario de Autoridades (1726-39) donde se dice: “Phrase metafórica, con que se significa, que algún trabajo, desgracia o contratiempo, ha caído sobre otro antecedente.” Y sigue vigoroso el cliché que para el Diccionario de uso (2002), de Vox es: “Venir u ocurrir algo desagradable después de que otra del mismo carácter haya predispuesto el ánimo.” La definición del Diccionario fraseológico documentado del español actual, 2004, es: “Suceder una cosa desagradable después de otra, aumentando así su efecto negativo.” Tenemos, pues, definiciones para elegir, incluyendo la mía. Mi admirado prologuista Jiménez Lozano nos dice en su Los cuadernos de letra pequeña, de 2003, “Me quedo perplejo, aunque no mucho porque ya llueve sobre mojado por lluvia de esta clase.” No está solo porque las citas hacen una nómina de expertos y muy conocidos escritores, encabezando la lista Feliciano Silva, de 1534, nada menos.
No (nunca) llover a gusto de todos.
Estar contentos todos.
La posibilidad de que todos estén contentos con un acontecimiento es siempre remota. Ya lo indicaba Ramón de Mesonero Romanos en 1833: “... que así como no siempre llueve a gusto de todos, tampoco esta serenidad complacía a mi hija única.” Este dicho, casi refrán, responde a lo que he explicado en la introducción, que los refranes son verdaderas frase tópicas que se repiten insconscientemente cuando la situación parece requerirlos. Sin embargo es ya una expresión rancia exenta de frescura.
Lógicamente.
Naturalmente, por supuesto.
Este bordón conversacional no tiene nada que ver con la lógica formal y es simplemente una muletilla de la que se abusa, tanto en la conversación como en escritos. No añade nada a la idea que se quiere expresar y se puede prescindir de esta palabra de relleno que muchos emplean porque el tema de la “lógica” suena bien, especialmente porque lo que nosotros decimos nos parece lógico; lo que dicen los demás, no.
Nada más lógico.
Resultado natural de algo.
En los medios de incomunicación (sic) de masas se emplea mucho ahora la coletilla, bordón o estupidez “lógicamente”. Todo parece lógico para el que habla o escribe o pontifica, que hay de todo. Si algo es lógico, no puede otra cosa ser más lógica, aunque Benito Pérez Galdós nos dice: “Verdaderamente esto era lógico; pero más lógico era no desamparar a la que de él tan cordialmente se amparaba.” Todo esto parece una cuestión baladí, de sofismas, pero debemos suponer que hablar de lógica en cuestiones de lenguaje es buscarle “los tres pies al gato.” Este cliché y sus variantes “lógicas” no aparecen en diccionarios a pesar de que nació en el siglo XIX. Claro, la Lógica fue el resultado de los trabajos y esfuerzos de Aristóteles, pero todavía queda mucho por recorrer en el campo neuronal y ya nos infomarán los neurocientíficos sobre cómo funciona la “lógica” en el cerebro humano. Paciencia.
Luto riguroso.
Vestir de color negro en señal de duelo.
El Diccionario de Autoridades, 1734, nos dice de luto: “El vestido negro, que se ponen los immediatos parientes de los difuntos, o las personas de su obligación, en señal de dolor y tristeza. En lo antiguo era trage singular; oy está reducido al mismo que ordinariamente se trahe, sin más diferencias que ser negro.” Luego se añadió lo de luto riguroso o riguroso luto, que es vestir completamente de negro en señal externa de duelo por la muerte de un pariente. Después venía el “medio luto o luto de alivio” cuando se permitía llevar un atuendo más claro, alternando con el negro. El color del luto, como símbolo de dolor por la muerte en los pueblos europeos, es el negro. Estas cosas han cambiado y ya nadie lleva luto en señal de duelo o pesar, y en los tanatorios se ven vestidos de todos los colores. No se crea, no obstante, que la frase ha decaído en uso: Google nos da, marzo del 2020, 130.000 ejemplos de uso con “luto riguroso” y 22.000 con “riguroso luto”. La primera citación escrita es del siglo XVIII, y nos han hablado de este luto riguroso Larra, Pérez Galdós, Mesonero Romanos, Camilo José Cela y Francisco Umbral. Para reforzar el cliché, el diccionario Clave define “medio luto” como “el que no es riguroso.” La última citación es del periódico La Razón, 16/11/2004: “... en la sala se oyó una exclamación de «por esto, por esto», proferida entre lágrimas por una mujer vestida de riguroso luto, madre de...” Pero veo que nunca habrá “última citación” porque los clichés se repiten... “Eso mismo debió sentir una mujer vestida de riguroso luto...” nos dice César Lumbreras en La Razón del 3 de marzo de 2005. Y la televisión que tanto aporta al idioma, malo y bueno, nos dice, en un despiste o con deseos de innovar: “…apareció de riguroso negro, compungida.” (Antena5 TV, “Aquí hay tomate”, 20/6/2005). Y paremos de contar.
A todas luces.
Claramente, indudablemente, evidentemente.
Para el María Moliner de 1966 es: “por cualquier lado o de cualquier manera que se mire.” Para el Clave es “de cualquier forma o sin ninguna duda.” “A todas luces” es una frase posiblemente afortunada que se ha convertido en un bordón de la cual podemos prescindir. Google, el buscador de internet, nos da ahora (2020) 470.000 resultados y ejemplos de uso, lo que indica que la expresión sigue muy viva y empleada. Me aventuro a pensar que “claramente” puede sustituir a “a todas luces” en todos los casos.
“Por todas partes, de todos modos”, nos define el cliché la Real Academia Española en su diccionario de nueva planta (dice). Claro que esto de consultar y comparar diccionarios revela sorpresas.
Veamos “luz”, por ejemplo: “DRAE: “Agente físico que hace visible los objetos.”
Vox: “Forma de energía que ilumina las cosas, las hace visibles y se propaga mediante partículas llamadas fotones.”
Clave2: “Forma de energía que ilumina y hace posible la visión.”
María Moliner, 1965: “Forma de energía emitida naturalmente por el sol y producida artificialmente de distintas maneras que se propaga en forma de radiación...”
“A todas luces” entra en el Diccionario de Autoridades (1726-39) como “Phrase adverbial, que vale por todas partes, de todos modos.”
Total, para todos los gustos. Sin embargo nuestra frase implica la existencia de varios tipos de luces, lo cual no está mal. Yo prefiero prescindir del cliché, “a todas luces” ñoño, pero que empleó el Padre Feijoo (Benito Jerónimo Feijoo, 1676-1764), nada menos, “... que no es menos claro y sutil quanto contiene, como es a todas luces seguro y evidente quanto defiende...” Hay despistados (Más vale refrán en mano…) que creen que es “expresión tomada del mundo del cine.” Que se lo digan al P. Feijoo.
Luz verde.
Visto bueno, aprobación, permiso.
Del inglés americano green light. De muy reciente acuñación, tiene por origen la luz del semáforo que da paso a los automóviles. Este invento que trata de poner orden en la circulación –con poco resultado, creo yo- entró en funcionamiento en Londres en 1925, aunque el primer semáforo provisto únicamente de luces rojas y verdes se instaló en la ciudad de Cleveland, Estados Unidos. Me consta que en 1963, el profesor Joaquín de Entrambasaguas, Catedrático de la Universidad Complutense entonces, no conocía la expresión. Lo mencionaba Fernando Lázaro Carreter en uno de sus dardos de 1991: “La autorización de Bush para emprender la gran balumba, se ha convertido unánimemente en luz verde, metáfora semafórica que destelló el día 24 en prensa y ondas, de tal modo que Schwartzkopf ‘con la luz verde en el bolsillo’, dio la orden de avance.”
Luz y taquígrafos.
Claridad, transparencia, verdad.
La taquigrafía es un método de escritura de signos que permite escribir a la velocidad que se habla, que adquirió vigencia e importancia en la segunda mitad del siglo XIX, y que en España la inventó D. Francisco de Paula Martí (1762-1827) que escribió Estenografía o arte de escribir abreviaturas en 1800 y luego se publicó su Taquigrafía castellana. Las posteriores invenciones de grabación de la voz y la imagen han dejado obsoleto el invento, aunque una variante se emplea en juzgados y parlamentos. Como el diccionario de la Academia no recoge la frase, ni tampoco el Gran diccionario de frases hechas de Larousse, ni el Clave, suponemos que es una acuñación de los años setenta, cuando aún se estudiaba la taquigrafía y se empleaba en oficinas. El Cultural nos da un buen ejemplo de uso: “Otra pregunta más: ¿Quién va a fiscalizar el dinero que empresas e instituciones han destinado al evento. Luz y taquígrafos, por favor.” Y para estrenar el nuevo ABCD las Artes y las Letras (antiguo Blanco y Negro Cultural) Javier Cortijo nos escribió (30/5/2005) “Además Baxter arroja luz y taquígrafos sobre facetas poco conocidas...” que resulta un poco ambiguo.
Mm
De tal magnitud.
Tan grande, importante.
Aparece ya en el almanaque satírico Gran Piscátor de Salamanca, 1732, de Diego de Torres y Villarroel (1693-1770). Para el DRAE 2001, magnitud es: “Tamaño de un cuerpo.” Se trata de expresar lo grande o importante que es algo sin tener que recurrir a estas palabras simples, y así vemos que hay “aumento de tal magnitud”, “comercio de tal magnitud”, “ambición de tal magnitud”, “acontecimiento de tal magnitud”, “problema de tal magnitud”, “herejía de tal magnitud”, “derrota de tal magnitud”, “zarandeo de tal magnitud”, “críticas de tal magnitud”, “succión de tal magnitud”, “acontecimiento de tal magnitud” y todo ello por “importante” o “grande”. Se emplea tanto este cliché que el buscador de internet Google nos regala 490.000 resultados en mayo de 2020, a pesar de que los diccionario generales y fraseológicos no han reparado en él por ahora. Que el lector juzgue si debe emplearlo o no en sus escritos o en su conversación, como hace Manuel Ángel Martín en ABC (11/6/2005): “No es frecuente asistir a un experimento real de tal magnitud y trascendencia…” Yo no lo empleo porque soy perseguidor oficial de cliché en inglés y en castellano.
Poner de manifiesto.
Evidenciar, demostrar, descubrir.
M. Díaz Rubio en su libro Lecciones de patología y clínica médica. Aparato digestivo, 1964, repite el cliché nada menos que veinte veces, aunque tiene la excusa de tener al Padre Feijoo como uno de los precursores en 1739, y antes aún a Mateo Alemán, en 1581, apoyados después por Andrés Bello, Juan Valera, Ortega Gasset y Eugenio d’Ors, grandes glorias del idioma castellano. El caso es repetir la fraseología tópica, zombi, para no tener que parar y pensar en algo más original, o más simple, como “demostrar”, por ejemplo, o el más moderno “evidenciar.” El Diccionario de frases hechas de Larousse nos explica lo siguiente: “Tecnicismo de la jerga judicial que se emplea cuando se dejan los autos a la vista de las partes para que estas puedan conocerlos e instruirse de ellos.” que creo debemos tomar cum grano salis, por si acaso ya que el uso no parece avalar esta afirmación. Y Fernando Lázaro Carreter en un dardo de 1980, “Dígalo con rodeos” nos dice: “Es notable la aversión al vocablo simple cuando éste puede descomponerse en un verbo seguido de complemento que significan aproximadamente lo mismo. Ahí están empedrando el lenguaje periodístico –y también el de los libros- dar comienzo por comenzar, darse a la fuga, por fugarse [...] poner de manifiesto...” El problema es que esto viene de lejos, como hemos visto más arriba.
Pulsuz fraqment bitdi.