Kitabı oxu: «Confesiones de Dorish Dam»

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CONFESIONES DE DORISH DAM

Gafas Moradas

Delia Colmenares

CONFESIONES DE DORISH DAM

Prólogo de Claudia Salazar Jiménez


Confesiones de Dorish Dam

© Herederos de Delia Colmenares, 2021

De esta edición: © Editorial Gafas Moradas EIRL, 2021

Calle Navarra 277-301, Pueblo Libre

lizbeth@editorialgafasmoradas.com

www.editorialgafasmoradas.com

Primera edición: julio de 2021

Prohibida la reproducción de este libro por cualquier medio, total

o parcialmente, sin permiso expreso de la editorial.

ISBN (eBook): 978-612-48579-7-3

Índice

Prólogo de Claudia Salazar Jiménez «Sentí por ella un algo raro que me atraía»

Confesiones de Dorish Dam

PARÉNTESIS

PREFACIO

LIMA, FECHA, SIGLO XX

CONFESIONES DE DORISH DAM

EL PALACIO DE LA BARONESA DE SOLIMÁN

CANSANCIO

LA ESCULTURA

LAS CARRERAS

MÁSCARAS

UNA VISITA INESPERADA

OPIO

LA FIESTA DE CARIDAD

EL RECITAL

EN EL CIRCO

UN DIA TRISTE

LA NOTICIA

ELSA MARIN

UN BAILE EN EL PALACIO DE TORRE TAGLE

LA FIESTA DEL SEÑOR DE LOS MILAGROS

UNA CORRIDA DE TOROS

ANCÓN

EL YATE LOHENGRIN

DESESPERACIÓN

PEREGRINANDO

NUEVA YORK

PARÍS

LONDRES

BERLÍN

SAN PETERSBURGO

ROMA

MADRID

ORIENTE

EN EL MAR PACÍFICO

EPÍLOGO

POST DORISH DAM

Sobre Delia Colmenares Herrera

«Sentí por ella un algo raro que me atraía»

Prólogo a Confesiones de Dorish Dam

A la memoria de la profesora

Esther Castañeda Vielakamen

A fines de los años noventa, en su curso de Literatura peruana escrita por mujeres, la profesora sanmarquina Esther Castañeda nos presentó la que se considera la primera novela lésbica del Perú: Confesiones de Dorish Dam. Recuerdo el impacto que nos causó su lectura, especialmente por esas imágenes que representan el deseo lésbico de un modo inédito en la literatura peruana del siglo XX: «Y el deseo lujurioso de la Baronesa se revelaba en la mirada ávida por ver y palpar nuevamente mis senos que saqué a su vista para convencerme de lo que iba a hacer. Enseguida sus manos los cogieron y los acariciaron. Y luego los besó».

La leímos, como buena parte de nuestros libros universitarios, en fotocopias que circulaban anilladas. No fuimos muy conscientes de que en realidad los originales de la novela eran prácticamente inubicables. Desde su publicación, en el año 1929, no volvió a ser editada y había caído prácticamente en el olvido. De no ser por ese rescate en el curso de la profesora Castañeda, el acceso a esta novela hubiera sido bastante difícil. Poco se ha hablado de ella en la tradición de la literatura peruana y poco también se ha hablado (o se conoce) de su autora Delia Colmenares. Ambos silencios, sin embargo y tristemente, no son sorpresivos. Corresponden a lo que ha sido una constante práctica de la crítica tradicional en el Perú, al menos hasta inicios del presente siglo: relegar a un segundo plano la escritura de autoras mujeres. Y si a esto le agregamos que su temática se refiere a la pasión lésbica y a las sexualidades fluidas, es un doble motivo para su exclusión del canon literario.

De los pocos datos biográficos que constan sobre Delia Colmenares, sabemos que nació en Piura en 1902 y falleció probablemente en 1968. Sus primeras publicaciones fueron los poemarios Iniciación en 1922 y Meteoros: versos en 1926. Además de Confesiones de Dorish Dam publicó otros libros de narrativa: Con el fusil al hombro. Epistolario del soldado desconocido en 1926 y la colección Cuentos peruanos en 1964. Cabe destacar que en la edición original de las Confesiones no consta el año de publicación, pero ciertas referencias de la novela como la alusión a la Primera Guerra Mundial o la mención al gobierno del presidente Augusto B. Leguía, y también la dedicatoria al historiador Jorge Guillermo Leguía (en el ejemplar que se conserva en la biblioteca de la Universidad de Wisconsin, Madison) permiten ubicar como fecha original de su publicación el año 1929, lo que la hace anterior a Duque la novela de José Diez-Canseco considerada la primera novela peruana de temática gay, publicada recientemente por la Editorial Gafas Moradas.

La novela se presenta como un manuscrito que la bella Dorish Dam entrega a una joven escritora a la que conoció en un barco durante una travesía por el Pacífico de vuelta al Perú. En esos papeles, estructurados a manera de una confesión, la protagonista revela aspectos de la que ella llama su «vida infernal». Este proceso de contar su propia vida articula la novela como un bildungsroman.

A contrapelo de la típica educación recibida por las jóvenes limeñas, la educación de Dorish es bastante laxa, en parte por su origen extranjero y en parte por su clase social. Sus padres, unos aristócratas ingleses fascinados con los viajes, dejan su cuidado en manos de una tía. Luego de este abandono, al alcanzar la mayoría de edad, la Baronesa de Solimán aparece en la vida de Dorish como una especie de maestra en la vida del hedonismo y el pacer erótico. La Baronesa convierte a Dorish en el centro de sus fiestas con intelectuales y artistas: «En una noche del mes de julio, la Baronesa daba en su palacio un banquete a la usanza romana, remontándose a la lejana época neroniana. En aquel banquete hubo derroche de los siete pecados capitales. Los convidados no pasaban de cien. No había uno solo que no fuera artista. Había poetas, pintores, músicos, bailarinas, dramaturgos, novelistas, etc.».

La sexualidad ocupa un lugar primordial en estas Confesiones y su figuración recala en expresiones artísticas como la danza y la escultura. Confesiones de Dorish Dam es un hito en la representación literaria de las subjetividades lésbicas en el Perú. La representación de esta sexualidad participa de los imaginarios literarios de la época: una de las dos asume el rol pasivo y la otra el rol activo. Por otro lado, la protagonista también declara una visión fluida del deseo: «Que se amen como mejor les parezca. La forma es lo de menos»; y también siente que «todos se enamoran de mí, hasta las mujeres». Visibilizar este deseo del modo explícito en que lo hace, coloca a esta novela en una situación bastante transgresora para la época en el Perú y con muy escasos pares en América Latina.

Dorish Dam, la protagonista, es una mujer aristocrática que transgrede diversas convenciones a las que estaban sometidas las mujeres peruanas a inicios del siglo XX: es una mujer independiente, que vive su sexualidad de la manera en que lo desea, de manera desbordada y decadente. Sin embargo, si bien el impulso del deseo parece acercar a la protagonista a una libertad irrestricta, tal posibilidad se ve constreñida en ciertos momentos por el discurso de la culpa religiosa del catolicismo. Esa constante tensión entre la libertad y el moralismo ponen en evidencia la complejidad de la situación de las mujeres y su experiencia de la sexualidad. Por otro lado, la libertad de la que disfruta depende en gran medida de su posición aristocrática. La voz narrativa es consciente tanto de aquella tensión, así como de esta posición privilegiada y presenta una serie de crónicas costumbristas de la vida limeña donde la clase alta será el objeto principal de su mirada crítica. La propia Dorish Dam declara en el epilogo de su manuscrito: «Seguramente habrá gente de la sociedad “dorada” que traten mis confesiones de perversas porque alcé el velo para mostrar la llaga y quité el guante blanco para enseñar la mano sucia. La verdad desnuda es chocante, no se soporta, pero lo perverso está en el hecho y no en lo que se dice. […] que yo anduve en el mundo de la gente “dorada” y desgraciadamente me contaminé de la podredumbre que tenía».

Delia Colmenares era consciente de las reacciones que esta novela podía provocar. De ahí que Confesiones de Dorish Dam se inicia con una página titulada «Paréntesis» en la que figura una cita de Oscar Wilde: «No existen libros morales y libros inmorales. Hay libros bien escritos y libros mal escritos». Esta cita proviene de El retrato de Dorian Gray, texto de Wilde con el que estas Confesiones ejercerá un interesante contrapunto sobre las relaciones entre arte y moralidad. La estrategia de Colmenares al recurrir a la autoridad literaria de Oscar Wilde es explícita: intenta enfocar las lecturas de la novela en una perspectiva estética y tratar así de eximirla de cualquier juicio de valor moral. Sin embargo, la novela fue relegada al olvido de la crítica.

En la segunda década del siglo XX, Lima apenas iniciaba su proceso de modernización, mientras que Confesiones de Dorish Dam está en sintonía con otras escrituras lésbicas de la época. Particularmente, en el año 1928 aparecen diversas novelas como El pozo de la soledad de Radcliff Hall, novela que fue considerada por muchos años como una referencia inevitable de la literatura lésbica; inicialmente fue objeto de cierta controversia por ser considerada inmoral. También destaca El almanaque de las mujeres, donde Djuna Barnes subvierte la historia patriarcal e introduce una manera distinta de pensar las relaciones entre mujeres. Ese mismo año se publica la maravillosa Orlando, novela de la gran escritora inglesa Virginia Woolf, dedicada a su amante Vita Sackville West. En esta novela, Woolf crea un personaje que cambia de sexo durante la historia y discurre sobre cuestiones como la situación de las mujeres, la sexualidad femenina y la creación literaria.

Es poco probable que Delia Colmenares haya leído algunas de estas novelas mientras escribía las Confesiones, pero situarla en este contexto destaca su relevancia para la representación de sexualidades disidentes y pone en evidencia el olvido en que ha caído por tanto tiempo. Olvido del cual es rescatada, por fin, con esta nueva edición. Escuchemos estas Confesiones sobre la complejidad de sentir «por ella un algo raro que me atraía».

Claudia Salazar Jiménez

Nueva York, solsticio de verano 2021

Paréntesis

«No existen libros morales y libros inmorales. Hay libros bien escritos y libros mal escritos. La divergencia de opiniones que suscitan algunas obras de arte indica que estas son nuevas, complejas, vitales».

Oscar Wilde

«Confesiones de Dorish Dam es un libro sincero, triste, lleno de emociones y de ironías. Es un libro humano, demasiado humano, con grandes verdades y, por ello, un libro bello».

Delia Colmenares

Prefacio

Vapor «Orcoma», alta mar, fecha, siglo XX.

El capitán del barco «Orcoma», un inglés sumamente simpático y agradable, con el rostro y las manos tostadas por el sol y la brisa marina, me presentó una mañana, en alta mar, a Dorish Dam. La bella figura de esta mujer me llamó enormemente la atención. Diríase la sublime y diablesca creación de una estampa de Leonardo da Vinci. Había en sus ojos de un azul de horizonte algo extraordinario de vida y misterio.

Elegantemente vestida con un traje de seda gris y una chalina de vivos colores en el cuello, y en su cabeza un flexible sombrero de lana blanca, Dorish Dam lucía morbosamente unos veinticinco años. Ni alta ni baja, delgada, de una palidez deliciosa y el cabello de un oro tenue. El perfil era griego y la boca vívidamente roja y diminuta. Su cuerpo fino y delicado, al caminar, lo inclinaba ligeramente hacia atrás con graciosa actitud y aristocrática elegancia. En sus manos blancas y finas ostentaba dos anillos: en el índice de la derecha tenía una grande esmeralda y en el dedo que se llama del corazón un purísimo diamante que daba multitud de tonos. Al darme la mano, más arriba de su muñeca, pude ver un finísimo brazalete de platino, un hilo de rubíes que parecía un hilo de sangre. Al darme la mano, tuvo una sonrisa de princesa y de cortesana que le dejaba lucir la admirable perlería de su dentadura.

El capitán del barco interrumpió el miraje minucioso que yo hacía de Dorish Dam, y llamó su atención al prestarme su lente de larga vista para que viera una interesante lucha de ballenas y tiburones.

Súbito, Dorish Dam me convida a sentarme en un sofá de mimbre. El capitán inclina la cabeza y se despide de nosotras. Le es urgente ir al puente, porque una imprevista neblina ha cubierto la clara atmósfera.

Dorish, cruzando la pierna, me mira simpáticamente y enseguida añade con el educado timbre de una voz grata al oído:

—Usted tal vez se ha dado cuenta de mi enorme simpatía hacia su persona. Desde que la vi por primera vez en el comedor de este barco, no sé qué cierta afinidad me atraía hacia usted. Cuando yo fijé la mirada a su mesa, usted comía con tanto gusto unos melocotones que yo me entusiasmé por ellos. No se sonroje, esos detalles son cosas muy mías, tan mías que nadie podrá arrebatármelas. Yo sé de usted y de las bellas páginas de arte que ha escrito y, por ello, yo la admiro y la quiero. Sé que ha escrito unas páginas estupendas que ha titulado Las princesas malditas. En esas páginas que he leído sin que usted sepa cómo ni cuando están muy bien relievadas las almas diablescas de Cleopatra y Salomé. Yo soy también como ellas: una maldita.

Dorish, advirtiendo en mi rostro un raro azoramiento, afirmó enérgicamente:

—Sí… es cosa que pasa. Estoy enferma de muerte, soy una mujer maldita; tres veces millonaria y de noble familia. Viajo mucho, he recorrido Europa y Oriente. Soy sudamericana y he visitado lo invisitable y he vivido lo invivible... Sí, soy una visionaria infernal. Yo le agradecería, con esta alma extraña y este corazón que no es igual a los demás porque supo sentir demasiado y afrontar de la vida todos los excesos, que me ponga entre las páginas de sus princesas malditas. Yo, alma bohemia, con luz, con locura, con ideas, con embriaguez de deseos de laberintos sensuales; bohemia que también ha subido al cielo para ver de cerca las estrellas y conversar con la luna...

Yo que tengo vida de bulevar, de vino, de rezo, de ensueño, que, riéndome de la humanidad, de la vida, de mí misma, he querido como regenerar a los demás en una carcajada clownesca, mezcla de llanto y de ironía, conjunción de emociones de pecado y de virtud; en una fuerte y larga carcajada decidora. Yo soy de espíritu artista del Barrio Latino de París, al que fui a convidar al poeta y al pintor para ir a la ópera y aplaudir la sinfonía soberbia del cantante al que luego ofrecí la cena en el cabaret. Yo soy la cínica complicada, difícil de analizarme porque tengo variaciones como el mar: unas veces soy sutil, exquisita, dulce, ingenua, Julieta; y otras, terrible pecadora, Thais. Excuse usted, señorita, ante todo, este atropellamiento mío de decir tantas cosas. Compréndame como si fuese un ánfora que por fuera está untada de lodo, que se ha volcado y que de su boca salen raras piedras preciosas y diabólicas. Sobre todo, estoy en vísperas de emprender un largo viaje. Ahora vengo de Oriente, pero este otro viaje que voy a hacer será un viaje vulgar, pero novedoso para mí porque no sé en qué estación he de quedarme: si en el Purgatorio, el Cielo o el Infierno. No se vaya a alterar, señorita literata, que estoy en mis cabales. He de repetir que estas cosas son muy mías, tan mías que nadie podrá arrebatármelas. Usted va a saber de mis terribles cosas, va a enterarse de los lodos en que he estado y va a dolerle la cabeza o, por lo menos, a vacilar ante aquello de: «La vida es sueño y los sueños, sueños son».

Con este viaje que voy a hacer, quiero librarme de la fantasmagoría de cosas que bailan en mi cerebro y llenan de horror mis noches, porque esa fantasmagoría murmura en mis oídos como latigazos sobre carne virgen. Yo he tenido la divina y caprichosa audacia de ir anotando en cuartillas la turbulenta vida mía, anotando los teatros en que he actuado, anotando a las marionetas que han tomado parte en la tragicomedia de la existencia mía. Esas cuartillas las tengo en desorden y siempre van en mi maleta de viaje; esas cuartillas son para mí como perversos cilicios, pero en este largo viaje que voy a emprender quiero legárselas a usted. Permita que se las entregue, me es tan necesario que alguien sepa, me compadezca o goce de mi vida vivida, que si no lo hiciera habría de morirme de rabia. Sufra usted también leyéndome. Usted ha sido destinada a ser mi confidente por mi propia voluntad. Hágame el honor… Venga… al camarote 101.

Y con paso ligero seguí a Dorish hasta donde me llevaba.

—Aquí es, señorita. Entre. Este es el maletín de las cuartillas.

Dorish, terriblemente pálida y perversa, puso las cuartillas en mi pecho e hizo que las abrazara.

—Sí, así, fuertemente, como quien abraza a un hijo que no ha visto en mucho tiempo. Ahora, yo, de rodillas, besando sus manos que han de hojear una y cien veces las cuartillas en que está anotada toda mi vida infernal.

Yo me quedé estática. El barco comenzó a cabecear y todas las cosas que había en el camarote caían al suelo. Aquel estupendo cuadro, mientras viva, estará dentro de mi cerebro y de mi corazón.

Lima, fecha, siglo XX

Desde el abordaje, no he vuelto a ver a Dorish Dam. Sé que se quedó en Lima, mas no me quiso decir dónde se iba a alojar. La busqué en vano por todas partes. No la encontré. A esta mujer la envolvía un solemne misterio…

Tengo en mi poder las páginas que me entregó en el barco y que ella ha titulado Confesiones de Dorish Dam. No sé por qué han temblado mis manos ante el contacto de los papeles que los hay de todos los colores. Seguramente, fue escribiendo al azar, en cualquier sitio, en cualquier momento, cuando su capricho la empujaba a dejar anotado en papel lo que iba viviendo.

Todavía no me he atrevido a leer las Confesiones de Dorish Dam. Es inaudita la pereza a pesar de que Dorish me ha interesado enormemente. ¿Será miedo o desilusión de saber de su vida puesto que ella ha dado a la mía una nota de profunda meditación?

Los muchachos vocean por las calles «El Comercio». Vocean: «El suicidio de una noble dama».

Mi corazón ha dado un brusco vuelco de angustia: me he quedado muda… Los muchachos siguen voceando: «El extraño caso de Dorish Dam».

La boca se me puso amarga y los ojos se me humedecieron y entre mí repetía: ¿Dorish, pero fue cierto lo que me dijiste? «Voy a hacer un largo viaje, pero no sé en qué estación he de quedarme, si en el Purgatorio, el Cielo o el Infierno». Dorish, ¿en qué solemne misterio te envolvió la vida? ¿Eras tan aventurera que quisiste ir a la última aventura de la vida que es la muerte? ¿Quién te inoculó la sangre del pecado? No sé cómo juzgar el último acto de tu vida si de heroico o de cobarde. Yo creo que es mitad heroísmo y mitad cobardía. Sí, heroico, porque te has ido a lo desconocido, penetrando al misterio; y de cobardía, porque has sido débil al no soportar la lucha de la balumba de tentaciones que danzan incesantemente en el mundo terrestre. Pero, con todo, el suicida es un admirable y formidable loco, es un enfermo de sensaciones. Quién sabe qué espíritu malévolo o divino le tira de la mano…

Dorish, ¿tan pronto te cansaste de la jornada de tu vida? ¿Sangraron mucho tus plantas de zigzagueo del camino? ¿Fue tan pesada la cruz que doblegó tus hombros y rendida del peso protestaste de ella? ¿Fue intencional o sin querer penetraste por todas las puertas del pecado? ¿Fue que caíste al abismo descuidadamente o alguien te arrojó a él? Si así fue ¿por qué no te levantaste de la fatal caída y te erguiste como águila o león y devoraste al traidor? ¿O te gustó la caída y te quedaste ahí para que los demás se rieran de ti haciendo de tu persona un cínico instrumento? ¿Acaso te vendaron y te lanzaron al mundo al azar, a la merced de los payasos y los vampiros? Pero ¿y tu alma y tu corazón qué hicieron? ¿Protestaron, consintieron? No lo sé, Dorish. Eras demasiado bella para ser buena y demasiado sensible para ser mala. ¿Había en tu persona una doble naturaleza? Dorish, ¿o fuiste una mártir o una criminal? Lo ignoro aún. Voy a dar lectura a tus confesiones.

Principian así:

CONFESIONES DE DORISH DAM

Tiene que ser un espíritu artista, con alma de ángel y cerebro de Salomón, para que pueda comprender justamente mi existencia nómada, compleja y fatal.

Era una perla lujosamente guardada dentro de un estuche de finísimo cristal. Estuche tentador que fue violado por una mano vampiresa robándose la perla para lucirla insolentemente en el capricho de fiestas de cínico placer.

Cuando era muy niña perdí a mis padres. Mi padre fue Lord Dam y mi madre Lady Wast, ambos nacidos en Londres y poseedores de una gran fortuna. Viajeros incansables, que por azar del destino llegaron a Lima y me engendraron a mí. A los pocos años, ávidos por la insaciable sed de la inquietud de viajar, me entregaron al cuidado de una nodriza francesa. Yo entonces tenía seis años. Hasta ahora no he podido comprender por qué tan tierna me dieron al cuidado de una nodriza y una tía que no tendrían mayor interés por mí que mis padres. No sé si por falta de amor, si por el temor de que siendo tan tierna los distintos climas me causaran la muerte, por un brutal exotismo tan propio de la raza inglesa o por un misterio que no he alcanzado a descifrar. Lo único que sé es que aquello fue inhumano, aunque en la belleza e insolencia del siglo XX haya seres que aprueben tales actos. Aunque a la luz y al cinismo del siglo, haya quienes glorifiquen el error y coronen la audacia del malévolo.

Sí, entregada a una nodriza francesa y a una tía inocente, puesto que le faltaba carácter y carecía de voluntad.

A los ocho años se me puso en el Colegio del Sagrado Corazón con todo el lujo consiguiente de millonaria e hija de un lord. Allí no se me decía nada, se hacía todo a mi capricho. Claro está, cómo me iban a decir algo si todos los fines de mes, las «buenas madrecitas» recibían una gran renta. Qué educación la que se me daban: la mayoría del tiempo era empleado en rezos, novenas, confesiones y comuniones y algunos cuartos de hora en francés, bordados y música, y el resto en recreo. ¿Y la instrucción sólida, la instrucción y cultura para afrontar la vida? Aquello era un mito. Querer saber del mal del mundo para no caer tan fácilmente en él era pecatus; ser liberal y franca en todos los actos era pecatus; no ensalzar ridículamente a los representantes de Cristo era pecatus; y, en fin, a todo ser de clara inteligencia que presentaba las cosas desnudas sin el cínico manto de la hipocresía era llamado anormal. Horrenda barbaridad, como si la religión cristiana fuera una pantalla que cubre la luz. Perdonen las «madrecitas» que diga la verdad. La verdad es amarga, pero hay necesidad a veces de decirla para regenerarnos. Pues bien, allí, en ese colegio de donde en lugar de salir bañada de modestia se sale bañada de vanidad y de soberbia, estuve ocho años y salí a la edad de dieciséis para habitar en la casa de la tía donde mis padres me dejaron confiada. Yo era una mujercita que me mandaba sola y que estaba acostumbrada a que nadie me hiciera una observación. Mis padres, al poco tiempo de irse de mi lado, murieron. Murieron yo no sé si por castigo, de peste negra, allá por Bombay. Y digo castigo por haberme dejado tan tierna como si fuera cualquier cosa, vedándome del calor y del cariño paternal. No sé si pueda llamarlos malditos o perdonarlos y rogar porque estén en el Paraíso.

Mi vida, pues, desde tierna, fue como un barco sin timón a merced del oleaje del mar. Barco que tuvo un malvado timonel que por recrearse le echó a pique. Este timonel fue la Baronesa de Solimán con quien entré al mar de las tentaciones...

Seguidme...

EL PALACIO DE LA BARONESA DE SOLIMÁN

El palacio de la Baronesa de Solimán se lucía soberbiamente en el amplio y hermoso Paseo Colón. Bello palacio en cuyos aleros calados, semejando finísimos encajes de Bruselas, se paseaban impávidas e inquietas blancas y tornasoladas palomas mensajeras. Estas, cuando en las mañanas la Baronesa iba al jardín que rodeaba el palacio, se le posaban en los hombros y en la cabeza, y luego volaban alrededor de los surtidores que en lluvia continua mojaban constantemente los rojos rosales que quedaban junto a las dos escalinatas de mármol rosa que conducían hacia el primoroso hall de la parte alta del palacio. A la subida de cada escalinata había un maravilloso desnudo que era el comentario del vulgo y la admiración del artista que gozaba de la línea purísima. Estupendos desnudos de Afrodita. En la parte alta del frente del palacio, bajo la preciosura del alero, había doce cariátides de lindos rostros y primorosos senos. La Baronesa era una exquisita escultora y en cada pieza de su palacio era irresistible la tentación de tener por lo menos una o dos estatuas de los mejores escultores del mundo. Además, en su amplio estudio escultórico había infinidad de modelos hechos por ella en sus horas felices de inspiración. Mujer caprichosa e inteligente. Lo decía el raro arreglo de su palacio. En la pieza anterior de su estudio había un salón que llamaba «Las palmeras». Y en efecto era algo raro, caprichoso, miliunanochesco. De noche, aquello era fantástico. En el salón no había ni un solo mueble. Únicamente debajo de cada palmera cuatro o seis almohadones de seda y de vivos colores. Y en el salón había doscientas palmeras. Pavos reales dorados, blancos y azules paseaban entre los almohadones abriendo sus colas que eran bellísimos abanicos. De noche, por una grande ventana de cristales, cuando había luna, entraban sus rayos; y cuando no, era la combinación celeste artificial, hecha a propósito para dar una especial belleza, un encanto de una faja de luz, tenue, que venía de lejos para que las cosas no se percibieran claramente, sino fantásticas, como sombras… Tal era la originalidad artística y extraña de la Baronesa de Solimán que, con sus cuarenta y ocho años bien conservados, era el encanto de quien la trataba. Atrayente en extremo: en sus ojos grandes y negros había algo de diablesco, de divino, de seductor. En conjunto, era una mujer que incitaba al amor y al deseo.

En una noche del mes de julio, la Baronesa daba en su palacio un banquete a la usanza romana, remontándose a la lejana época neroniana. En aquel banquete hubo derroche de los siete pecados capitales. Los convidados no pasaban de cien. No había uno solo que no fuera artista. Había poetas, pintores, músicos, bailarinas, dramaturgos, novelistas, etc.

La Baronesa había querido dar una fiesta solo para artistas. Y la fiesta fue brillante y suntuosa. En la sala del banquete había una mesa en forma de una lira cubierta de flores y de centelleantes vajillas. Alrededor de la lira, en lugar de asientos, había una especie de camas con tapices de raso de tonos fuertes. Al centro de la mesa se alzaba una torre de concha de perla rodeada de seis sátiros de cuyas bocas salía el vino para tomar. Los invitados, tanto hombres como mujeres, vestíamos a la romana y otros a la griega.

Los hombres vestián con manto rojo, celeste, violeta, y en la cabeza llevaban puesta una corona de laurel. Las mujeres llevábamos túnicas de tul de tonos tenues, muchas estaban descalzas y en la cabeza lucían una corona de rosas. La orquesta la componía música de arpas y flautas. Había diez bailarinas que danzaban con cestos de manzanas y granadas; parecían vírgenes atenienses. Entre ellas se destacaba una por las maneras trágicas de danzar. Esa era yo. Soberbiamente pálida, terriblemente estilizada, aérea, frágil, deliciosa, había en su ser un complejo y exquisito refinamiento de sensaciones. Semidesnuda, con el cabello dorado y suelto, con los pies descalzos que parecían dos palomas inquietas y los senos, las manos y el vientre temblorosos como lirios mecidos por la brisa en una tarde rosa. La danzarina era como una aparición, como la diosa de la tentación. Y era que había en la artista gestos extraños de vagos exotismos. ¡Oh! La maravilla de la danza que bailaba al compás de las flautas embriagó de locura a los convidados. Qué prodigio de agilidad, que musicalización del cuerpo, qué tropel de encantos los que creaba su carne rítmica en el tentado vaivén de su vientre, en los ondulantes giros de sus brazos, en el enarcar de su cuello y en su entreabierta boca osculante. Bailó múltiples danzas…

—¿Quién es esa maravilla de tentación? —gritó frenéticamente uno de los convidados.

—Es Dorish Dam —exclamó la Baronesa—, es la más bella y aristocrática muchacha que existe en todo Lima. Es una consumada bailarina, es una estupenda artista. He querido dar con ella, una de las más bellas sorpresas que hayáis sentido. He querido presentarla al gran mundo: primero entre un valioso núcleo de artistas y después será entre esa gente que no tiene ningún valor artístico sino monetario e intrigante… Gente «bien», de sociedad.

—Bravo, bravo, Baronesa —repitieron al unísono todas las voces de los convidados.

—Sí, tomemos por ella. Que abran la boca los sátiros y den vino y más vino para celebrar tan magno acontecimiento. Todos de pie para rendir homenaje a la danzarina de los dieciocho años que tan bien y tan artísticamente los sabe llevar.

—¡Saludo por la danzarina!

—¡Salud! A la hija de Terpsícore.

—¡Por la tentadora!

—¡Por la que ha de hacer padecer a los hombres!

—¡Por la manzana de la discordia!

—¡Por la triunfante!

Dejé que pasara el ruido ensordecedor de los elogios y dirigiéndome a la Baronesa, cuya alegría por mi triunfo en su fiesta la mostraba no solo en su rostro sino en todo el cuerpo que no sabía estarse un solo momento en quietud, le dije:

—Baronesa, estoy completamente aturdida de que en esta soberbia fiesta se me haya aclamado como a una enorme artista. La galantería de los convidados me parece excesiva. Yo les agradezco sus palabras tan ardientes como sonoras. Estoy grandemente satisfecha del derroche de elegancia y buen gusto de este banquete. La sabiduría de la Baronesa es enorme. Yo pido que a ella se le aplauda, porque ella, como cada uno de ustedes, son unos consumados artistas. Perdónenme mi pobre palabrería, el que no sepa hablar mejor. Siento rubor, siento que las mejillas me arden y siento frío en mis manos y en mis pies por la vergüenza de que todos ustedes estén atentos a lo que hablo, a mis palabras tan simples, pero es que me han abrumado con el aplauso por mis bailes que no me queda otro remedio que dar las gracias como pueda. Que me disculpen los señores poetas y literatos, que bien quisiera, si estuviera en mí, enseñarles cómo palpita de emoción en estos momentos mi joven corazón.

Nuevos aplausos estallaron en la sala mareante de lujo y esplendor. Una voz débil y afeminada exclamó:

—Sea bienvenida y admirada, Dorish, la que profesa el culto a Terpsícore. Regocijémonos y bebamos que el tiempo huye y hay que vivir embriagados de algo como dijo Baudelaire.

—Bravo, valiente, poeta, adelante, improvise unos versos a Dorish —dijo una voz ronca.

—Maestro, me obliga a algo que yo deseo vivamente, pero que ahora no lo podría hacer como lo anhelo.

—Anda, muchacho, es una fiesta de artistas. Aquí no hay jurado que dé premio y que por ello haya que tener miedo. Aquí no somos esos señores académicos que en su estupenda vanidad andan poniendo puntos y quitando letras al lenguaje para hacer rabiar a los otros, a los no académicos.

—Magnífico. Maestro, me ha alentado, voy a inspirarme, pero antes que abran las bocas los sátiros y me den vino. Yo amo a Baco que da la alegría y el fuego, porque el vino da impulsos para todo.

Las bocas de los sátiros se abrieron y parecían cintas rojas y doradas los chorros de vino que de ellas salían. El poeta niño, grácil y pálido, con los ojos negros como abismo y la mirada vaga, después de apurar varias copas de licor y de derramar una de ellas sobre su ropa, parándose de su asiento (¡Oh! Poeta memorable, pálido poeta clásico con rostro de mártir) con voz temblorosa describió hermosamente los bailes:

A DORISH DAM

¡Oh! Dorish Dam, yo quiero creer que tú has vivido

de reina de las danzas en el numen de Dante

cuando iba dando a su comedia el colorido

de su admirable Infierno torvo y espeluznante.

Tú has tenido que estar en sus cerebraciones,

en el vaivén de ideas diabólicas cuando

pensaba a su Beatriz entre extrañas pasiones…

Tú has tenido que estar en su Infierno, danzando,

y, por eso, tú tienes ese algo inimitable

de exótico y de bello de una mujer de Sueño,

que comprende del ritmo de la línea inestable,

del secreto de la geometría de Ensueño.

Y si no fuese así, no serías la hermosa

princesa enamorada de múltiples bellezas

que nadie como tú, sultana deliciosa,

nos las enseñas con adorables rarezas…

Y es el milagro: Anitra, danza desconcertante,

todo un bello poema de amor grande y fiero.

Pero ofreciéndole oro como si fuese amante

Y ella bailando loca con su alegre pandero.

¡Oh! Rubinstein. ¡La alegre bacanal tentadora!

Qué bien que te interpreta la sabia danzarina

embriagada en la fiesta... ¡Dorish Dam pecadora

en la gran bacanal roja, exalta y domina!

Y está qué misteriosa, supremamente triste

en esa Muerte de Asa: supremamente bella…

En esa Muerte de Asa, trágica padeciste;

la palidez tenías de solitaria estrella.

Místico Buccalossi. La danza del Incienso

Dorish envuelta en humo muy triste se lamenta

hecha sacerdotisa pide a su Dios inmenso

aplaque su amargura que es tan honda y cruenta.

¿Y la linda muñeca de linda porcelana?

La muñeca costosa, de frágil figurita;

bailando el dulce vals, se hizo una filigrana...

Si tú supieras cómo te pones de bonita.

Marcha fúnebre la danza que cuenta de la muerte.

Danzarina siniestra, desfalleces qué bien

que causas el dolor, que causas daño al verte...

Y para qué más. ¡Oh! Dorish divina.

Si mis versos quisieran convertirse en diamantes,

yo los arrojaría por tus pies bailarina

con el fervor del más bueno de tus amantes.

Cuando acabó de leer los versos, el poeta me entusiasmó tanto, que corrí hacia él y lo abracé por algunos momentos. Los demás convidados al vernos enlazados nos hicieron una rueda para contemplar tan bello como conmovedor cuadro. Enseguida, uno a uno, fueron a abrazarlo. Cómo quedaría el pobre muchacho de tantos fuertes estrujones. Como un gran homenaje, lo llevaron en hombros por toda la sala. Luego, todas las mujeres que había en la fiesta fuimos donde él llevándole muchas flores que deshojamos sobre su sabia testa quedando el suelo cubierto de pétalos.

En la mesa las bandejas humeaban. De pronto, la Baronesa grita con irónica sonrisa:

—Camaradas: de todo un poco. Un momento poesía, otro momento prosa. Así podemos continuar viviendo por los siglos de los siglos.

Todos volvimos la mirada hacia ella para ver lo que pasaba.

—¿No miran cómo humean las bandejas? Aquí la prosa, vengan. Se nos ha servido pichones. Esto es algo delicioso.

—Vale un Perú esa Baronesa —dijo un viejo filósofo—. Vamos a sentarnos y apoderarnos de los pichones. Se vayan a volar para burlarse de nosotros.

Y el viejo fue el primero que corrió a su asiento y, entusiastamente, comenzó a comer el pobre pichón. Yo lo miraba, seguía atenta sus movimientos. En su rostro, terriblemente ajado, se dibujaba una sonrisa de satisfacción. ¿Sería por el placer de encontrarse reunido únicamente con artistas o sería el placer de la deliciosa y blanda carne del fino animalito alado?

Quién sabe. Sería como penetrar lo íntimo de las almas para convencerse de lo que adentro pasa.

Súbito, Doretta Panini, cantante de ópera, irónicamente dijo en voz baja, cerca al oído del joven teólogo Dominico:

—Habrá sufrido usted terriblemente de vernos comer a estos pobres animalitos. Usted que es tan piadoso. Su amargura se revela en las tristes miradas que da a los platos de los convidados. Usted opina que no se les debe de matar y mucho menos comerlos. Pregúntenle al filósofo sobre si es bueno o malo comer el ave que guste al paladar, poseer lo que a uno le place y mirar lo que a los ojos parece bello. Usted, Dominico, no puede negar que le gusta lo bello porque hace rato que mira a Dorish. El don de aquella mujer debe de atraerle, el don de la belleza y el don de ser toda alma y armonía.

Ei joven Dominico se ruborizó; yo aún más que él. ¿Qué significaba aquella malicia de la cantante para con el teólogo? Mi cerebro trabajaba demasiado en aquella fiesta. ¿Así son las reuniones entre los artistas? Me preguntaba. Tal vez, yo no las conocía. Esta es la primera vez que asisto a una de ellas. Hay ratos en que me encuentro aturdida. Cada sorpresa es un nuevo conocimiento de la vida para mí, a pesar de que en el tiempo que conozco a la Baronesa me ha enseñado bastante del mal de ella, pero veo que hay muchas cosas que ignoro aún. Mas ¿por qué la cantante la ha tomado con el joven teólogo? ¿Tendrá celos? ¿De quién? Pero ¿por qué? ¿Acaso a Dominico le he interesado? A mí él, sí. Es tan suave y sereno… Habla poco y observa mucho. En su rostro pálido revela un raro misticismo. Cómo quisiera hablar con él… Y diciéndome esto, la Baronesa me aturdió gritándome:

—Dorish, mira tu plato. ¿En qué piensas que no comes? Saborea la crema, así estarás más dulce. Dorish, todos te miran y quisieran amarte.

Yo miré mi plato de crema, crucé la mirada con Dominico y estrujé entre mis manos unas violetas que llevaba puestas en la cintura.

—Cállate —dijo el filósofo a la Baronesa—. Los secretos del amor no deben ser nunca violados. Hay que dejarlos ocultos para no volvernos locos queriéndolos descifrar. Bien quisiera que me besara la roja y ardiente boca de nuestra buena y adorable Dorish. Cuando ella quiera oír los ruegos de todos y no de uno, entonces será la generosa niña que alivie a los enfermos de amor.

—Cuidado, filósofo, viejo verde —prorrumpió una voz—. Deja que el amor sea para nosotros los jóvenes, los que principiamos vivir.

—Quién dice eso —añadió colérico el filósofo—. La carne bien puede estar vieja, pero el espíritu vivir eternamente joven.

—Bravo, bravo, maestro, eso es bello —a un solo golpe corearon todas las voces de los convidados.

Había momentos en que renegaba de haber ido a la fiesta y había otros momentos en que estaba encantada de ella.

Los platos de crema fueron levantados presentándonos enseguida copas de miel con vinos. Dominico se levantó de su sitio y lo vi palidecer. Apenas llevó a sus labios la copa que luego dejó llena y que a propósito derramó.

—Camaradas, que cada cual esté donde mejor le plazca estar —murmuró la Baronesa—. Bebamos por la alegría de vivir siempre alegres. Dominico, alce su copa, hay que beber. Sabio teólogo, no hay que ser tan místico. Querer saber de las estrellas es un asunto muy oscuro, ocupémonos de lo terrenal, de lo que vemos, oímos y palpamos. Salud, todos, ¡salud!

Al levantar yo la copa para beber, me encontré con la mirada de Dominico. No sé por qué obedecí a ella. No hice más que besar el vino. La Baronesa seguía hablando.

—Salud por todos los presentes. Dominico, levante la copa, hay que embriagarse, aunque sea de lo que usted quiera. Salud, salud.

Dominico al fin contestó:

—Baronesa, yo me embriagaré de divinidad, aunque todos sonrían.

Luego hablé yo:

—Baronesa, yo no tengo ningún arte para embriagarme con él.

—¿Cómo? Y Terpsícore... Va a ofenderse Terpsícore.

El poeta que me había hecho los versos se interpuso hablando:

—Que baile, que baile Dorish para que desagravie a Terpsícore.

—Sí, sí —respondieron todos a una.

No tuve más remedio que darles gusto. Me puse en medio del salón. No quise mirar a Dominico para que no me perturbara. En aquel momento la evocación por la danza fue suprema. Debí bailar maravillosamente, porque después de haber acabado, después de que todos me felicitaron, se acercó Dominico y emocionado vino también a darme un fuerte apretón de manos y a decirme en voz muy baja:

—Es usted maravillosa, danzando enloquece.

Estas palabras llegaron a mí tan hondo, que me creí egoístamente la reina de la fiesta y que los demás no eran más que unos esclavos. Enseguida, pasé a descansar y me cubrí con un tapado color oro. La Baronesa abrió un bello estuche de marfil y obsequió a todos unos cigarrillos olorosos y elegantes. Todos fumábamos. La atmósfera olía a vino y a flores. La charla se hacía interesante.

—Baronesa —dijo el pintor Julián—, es preciso que riamos, tengo ganas de reír. ¿Qué es del bufón? ¿Por qué no lo hace traer?

—Sí, vendrá enseguida.

—Que venga.

La Baronesa tocó un timbre y apareció un paje vestido de rojo y azul. También llevaba el vestido que se usó en la antigua Roma.

—Tartarín, haga venir al bufón.

El paje inclinó la cabeza y desapareció. A los pocos momentos apareció el bufón. Era un hombre pequeñito y gordo, calvo, y con el vientre elevado, unos ojos de avispa y una boca grande. Pero con todo era un ser simpático.

—Aquí está el bufón —exclamó la Baronesa—. Venga todo el que quiera reír.

Todos nos acercamos al bufón.

—A ver, haznos reír, chiquitín regordete —dijo Doretta Panini—. Si te parecieras a Rigoletto, yo te premiaría.

—No señora, yo no quiero parecerme al pobre Rigoletto, al desgraciado padre a quien se le quitó su hija para entregarla al Duque de Mantua. No, señora, yo no quiero ser ese hombre.

—Cállate, bufón. Te hemos llamado para que nos hagas reír.

—Muy bien, Baronesa.

El pobre bufón comenzó a cantar:

Dicen que las solteronas

cuando se están pasando

y se ven jamonas

andan regañando

a las pollitas

por sus amores

a solitas

con los señores…

Ja, ja, ja, —el filósofo reía—. Tiene gracia.

—¿Por qué, filósofo?

—Baronesa, porque tiene gracia el bufón.

—A mí me parece estúpido. A ver si eres más feliz en otra cantata.

A mi lado cuchicheaban el pintor y el poeta diciendo que la Baronesa se había enojado por la copla del bufón que le venía bien a ella.

El bufón comenzó de nuevo:

Dicen que los vejetes

tienen hoy día

a pesar de sus ribetes

la gran osadía

de querer gozar

muy largo y a oscuras

con las niñas puras

que se dejan engañar.

—Ahora sí que me rio con ganas —dijo la Baronesa.

—Voy a premiarte, bufón. ¿No ves que la copla ha estado como para el filósofo?

—Baronesa, esta copla va por la otra que ha sido dedicada a usted —respondió el filósofo.

Yo temí un desagrado entre el filósofo y la Baronesa. Pero no, eran tan amigos que resolvieron ambos reír grandemente. Para eso habían hecho traer al bufón.

Dominico se retiró del grupo y yo también. Para ninguno de los dos tenía gracia el pobre bufón. Por el contrario, veíamos en él al obrero que trabaja para que no le falte el pan. El trabajo de este hombre era el de hacer reír a los demás. La orquesta de flautas y arpas comenzó a tocar. El bufón desapareció de la sala. Algunos de los invitados veían fantásticos mundos a consecuencia del mucho vino. El vino comenzaba su alegre o diablesca acción.

Un grupo de artistas discutía seriamente, mientras otros recostados en divanes se acariciaban gozando de la libertad de aquella fiesta romana, especie o casi bacanal. Quién iba a criticar allí si todos eran civilizados y si para ellos no existía prejuicio ninguno. Era el arte y el vicio unidos. Quién iba a hablar mal si todos eran de la misma sociedad de «embriagarse de lo que cada uno desee».

La mesa lira en que habíamos comido lucía un bello desorden de bandejas, flores, copas y luces. Seis eran los artistas que hablaban en tono bullicioso y en tema serio. Yo, desde lejos, escuchaba. La Baronesa se me acercó y besándome la frente me dijo:

—¿Estás contenta? ¿Te gusta la fiesta? ¿De qué quieres embriagarte?

—De saber y de entender todas estas cosas que estoy viendo y oyendo.

—Haces muy bien, escucha, mira y practica.

Al ver la Baronesa que miraba atentamente a los seis artistas que discutían se alejó de mí.

Así hablaban los seis artistas:

El pintor

No les parece que debemos inclinarnos ante la seriedad de las canas de uno de los más grandes filósofos que con nosotros comparte de esta fiesta. Está pensativo el filósofo. Algún nuevo tratado de filosofía seguramente le preocupa. ¿Será la filosofía del que se divierte o la virtud del que no se divierte?

El filósofo

No, ni una ni otra cosa es. Estoy en el tratado de la filosofía del mediocre. Estoy pensando en el pobre bufón. En aquel hombre que tal vez en medio del dolor tiene que divertir a los otros por la grave necesidad de tener que vivir fuere como fuere.

El crítico

Ya comprendo. Ahora quieren hacer virtud del bufón que divierte, donde solo hay el negocio como otro cualquiera. Hágame a mí también virtud, puesto que digo la verdad de los demás.

El filósofo

Tú chanceas, crítico. Siempre vives de burla.

El teólogo

Porque siempre vive del comentario de los otros.

El crítico

Calla, tú, traficante de creencias y rebuscador de religiones y de falsos dioses.

El teólogo

Sí, traficante, pero de almas para que tengan una sola creencia religiosa, una elevada fe de bien. Para que no tengan falsos dioses.

El crítico

¿Cuál es el Dios que tú quieres que sea el único?

El teólogo

Cristo. Aquel divino mártir de las catorce estaciones en su vía crucis. Cristo, únicamente él.

El poeta

Yo estoy con el teólogo. No hay poema más bello que el de la «Pasión y muerte». Jesús de Nazaret, espíritu divino, regó su sangre por los mortales y su huella santa ha quedado en el mundo por los siglos de los siglos. Quien lo niegue es un desequilibrado. La religión de Cristo es la única religión verdadera. La prueba de ello es la que más creyentes tiene y sobre la que se ha escrito cosas más bellas.

La cantante

La Biblia, por ejemplo…

El poeta

¡Ah! «El Cantar de los Cantares». ¿Queréis algo más hermoso?

La cantante

Filósofo, ¿qué opina de esto de religiones?

El filósofo

Con tal de que cada cual crea en algo superior, bien puede ser su dios y adorarlo, una planta, una estrella, el sol o la luna. Todo ello no llegamos a comprenderlo. Pero en sí, hay algo que tememos y respetamos. No importa la forma de adoración ni el nombre que le ponga. Que el espíritu se eleve puro hacia el Dios que adoramos, eso es todo, porque al querer el ser humano discernir, comprender de la existencia de ese algo superior, sería caer en la locura. Hay una leyenda sobre San Agustín. Se dice que este santo, una noche, yéndose a las orillas del mar y mirando hacia el cielo, se preguntaba quién habría hecho a Dios y no pudiendo explicárselo y sintiéndose con el cerebro confuso, oyó que una voz misteriosa le decía: «Desiste de tu idea, eso no lo podrá comprender mortal alguno. Es como si quisieras ahora contar cuántas estrellas tiene el cielo».

El crítico

Hermosa filosofía. ¿Quiere ahora el filósofo contarnos algo sobre la creación del mundo y sobre el valor de Adán y Eva?

El teólogo

¿Y el filósofo al describirnos a la pareja, a quién va a darle la supremacía espiritual y material?

La cantante

Claro que a nosotras. A la mujer, la supremacía espiritual; y al hombre, la material, la bruta. Baronesa, Baronesa, venga pronto. Se discute de algo grave.

El poeta

La Baronesa está pensativa, no oye ahora. Fuma. Fíjense que sigue con atención las espirales que se forman del humo de su cigarrillo. Crea seguramente alguna maravillosa escultura. Está embelesada.

La cantante

Baronesa, interrumpa su sueño, venga.

La Baronesa con la mirada cansada y soñolienta se puso de pie y arrojando sobre un platillo de oro el cigarrillo acudió presurosa a la llamada de la cantante.

La Baronesa

¿De qué se trata? ¿Qué pasa? ¿Qué sucede?

El poeta

Usted estaba seguramente embebida en alguna creación.

La Baronesa

Sí, una cabeza… Un cuerpo…

El crítico

De hombre o de mujer.

El pintor

¡Qué indiscreción!

La Baronesa

Creaba la copia de un cuerpo divino de mujer.

La cantante

Magnífico, porque lo ideal pertenece a la mujer. Baronesa, se discute aquí sobre si la supremacía espiritual nos pertenece a nosotras o no. Dé su fallo.

La Baronesa

Que dé el fallo el pálido y meditabundo teólogo.

El teólogo

Sí, la supremacía espiritual le pertenece a la mujer, porque se eleva fácilmente sobre las cosas sublimes. Tiene el don de la rápida comprensión y de un hondo sentimiento. Sus fibras son más sensibles que las del hombre; por eso, se eleva siempre a lo «azul». Llamemos en este caso «azul» a todo lo bello. Y pese a quien le pese de los que estamos aquí. Que lo repliquen y lo diga el pintor, el poeta y la escultora, que tienen alma de artistas, por qué la mujer espiritualmente es superior al hombre. ¿Acaso porque fue hecha para gobernar moralmente el mundo por medio de su ingenio y hermosura?

La serpiente fue sabia al darle el dominio, al dirigirse a Eva para dar el principio, el discernimiento del bien y del mal por los siglos de los siglos. ¿Por qué la serpiente no se dirigió a Adán? Porque Eva era hecha del barro purificado, porque era su presencia el objeto triunfante de su obra, porque la mujer es lo más hermoso que hay en la creación. Porque sí. Este porque sí, que el filósofo lo analice si quiere y dé explicación.

El filósofo

Bello orador es el teólogo. Porque sí, es una filosofía tan sabia que ni el mismo Salomón hubiera podido darle a esa frase una precisa síntesis de su valor. Porque sí, sencillamente, es una resolución de la voluntad.

Yo, que desde lejos escuchaba tan profunda discusión y teniendo a mi lado un montón de flores, estrujándolas, fijé la mirada en el teólogo que tan bellamente había defendido a la mujer. Ese hombre me encantaba, me atraía. Tenía que agradecerle a la Baronesa una fiesta tan original y hermosa. Llena a cada hora de sensaciones gratas. ¡Ah! el talento de la Baronesa. Cómo ha podido su cerebro organizar una diversión tan hermosa y exótica, con libertades de cortesana y caprichos diabólicos de artista. Con todo, me sentía feliz en ese ambiente. La discusión seguía:

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9786124857973
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