Kitabı oxu: «Viajes a los confines del mundo»
Seek: Reports from the Edges of America & Beyond
© 2001, Denis Johnson. Todos los derechos reservados
Dirección editorial: Didac Aparicio y Eduard Sancho
Diseño: Mikel Jaso
Maquetación: Endoradisseny
Primera edición: Octubre de 2020
Primera edición digital: Octubre de 2020
© 2020, Contraediciones, S.L.
c/ Elisenda de Pinós, 22
08034 Barcelona
www.editorialcontra.com
© 2020, David Paradela López, de la traducción
El autor desea agradecer a la colección National Millenium Survey del College of Santa Fe que le haya permitido reproducir «Hippies».
El fragmento «La serotonina y los alucinógenos…» aparece reproducido por cortesía de la revista Omni, vol. 14, n.º 1, «Finding God in the Three-Pound Universe: The Neuroscience of Transcedence».
ISBN: 978-84-18282-35-5
Composición digital: Pablo Barrio
Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual.
ÍNDICE
1 GUERRA CIVIL EN EL INFIERNO
2 HIPPIES
3 SEIS VECES CONTRA EL SUELO
4 MOTEROS DE CRISTO
5 TRES DESIERTOS Hospitalidad y venganza Distancia, luz y sueños Despacho desde la Tercera Guerra Mundial
6 EL MILICIANO QUE HABITA EN MÍ
7 CORRE, RUDOLPH, CORRE
8 EL BAR MÁS BAJO DE MONTANA
9 GUÍA DE SOMALIA PARA ANARQUISTAS
10 JUNGLE BELLS, JUNGLE BELLS
11 EL BATALLÓN DE LOS NIÑOS
Durante la revisión de estos artículos, me he dado cuenta de hasta qué punto estoy en deuda con Will Blythe, que encargó y editó varios de ellos, y con mi esposa, Cindy Lee Johnson.
Este libro está dedicado, con gratitud, a Cindy y Will.
GUERRA CIVIL EN EL INFIERNO
CORRE FINALES DE SEPTIEMBRE y en Liberia la guerra civil lleva estancada, en su punto álgido, casi tres semanas. Las distintas facciones se cuecen a fuego lento bajo las pesadas nubes de África Occidental. Charles Taylor y sus rebeldes andan por aquí; controlan gran parte del país y la zona norte de la capital, Monrovia: es la zona donde se encuentra la emisora de radio, y muchas noches Taylor arenga su rincón del universo con discursos en los que habla de a quién ha matado y a quién piensa matar, regurgita cifras con una generosidad y una despreocupación que lo delatan como embustero, y se refiere a sí mismo como «el presidente de la nación» y a su archirrival como «el difunto Prince Johnson». Entretanto, Prince Johnson, que está vivito y coleando, controla buena parte de la capital. Johnson ostenta los títulos de mariscal de campo, general de brigada y presidente en funciones de Liberia; «Prince» no es más que su nombre. Los hombres de Johnson liquidaron al presidente hace dos semanas y desde entonces deambulan por la capital, exterminando a los soldados del presidente muerto, apilando los cadáveres en las calles —hasta doscientos en una sola noche— o diseminándolos por las playas. Los otros, las diezmadas Fuerzas Armadas de Liberia del presidente, ocupan una tierra de nadie situada entre los puntos de control de Taylor y los de Johnson, más o menos en el centro de la ciudad, un paisaje asolado donde el hambre campa por sus respetos, los soldados roban, saquean y queman, y ciudadanos esqueléticos vagan agonizando por el cólera y la inanición. En el sector de Johnson se hallan acantonadas las tropas de la CEDEAO (la Comunidad Económica de los Estados del África Occidental), una coalición de dieciséis Estados que ha enviado sus fuerzas de pacificación a Monrovia con órdenes, básicamente, de no hacer nada. Las fuerzas de la CEDEAO gozan de una extraña alianza con Prince Johnson. Todo el mundo creía que iban a arrestarlo; en lugar de ello, las tropas de la CEDEAO optaron por no hacer nada mientras los hombres de Johnson abrían fuego y secuestraban al presidente, Samuel K. Doe, el primer día que este puso los pies fuera de su mansión tras varias semanas tratando de pasar inadvertido, y corrieron a ponerse a cubierto mientras los rebeldes de Johnson perseguían y mataban a sesenta y cuatro de los guardaespaldas de Doe, cazándolos de puerta en puerta por el cuartel de la propia CEDEAO. A todo esto, dos buques estadounidenses aguardan frente a la costa con un contingente de marines y todo el mundo se exaspera al verlos flotando y flotando mientras los cadáveres se amontonan… Y es que nadie quiere que ninguno de los rebeldes gobierne el país y el único capaz de instaurar un Gobierno de transición con personas razonables es el Cuerpo de Marines, por dos razones que resultan absurdamente obvias a cualquier liberiano: primero, porque son americanos, y segundo, porque son marines. Los liberianos no quieren otro golpe de Estado como el de 1980, cuando Samuel K. Doe, por entonces oficial del ejército, se hizo con el poder y ejecutó al gabinete en pleno en una playa frente a las cámaras de televisión. Los miembros del pelotón de fusilamiento estaban tan borrachos que algunos tuvieron que recargar y disparar de nuevo desde más cerca.
Doe era de los krahns, la más rural y desaventajada de las tribus de Liberia, tachada de primitiva y a menudo acusada de violenta y caníbal. De un día para otro, los krahns se encontraron al frente del país. Suele haber consenso en que Doe gobernó de una forma estúpida y cruel. Duró diez años. Hacia la mitad de su presidencia tuvo que capear una tentativa de golpe. Su instigador, el general Quiwonkpa, fue desmembrado, sus pedazos se pasearon por toda la ciudad y luego, para apropiarse de la fuerza del audaz pretendiente y frente a testigos de confianza, los hombres de Doe se los comieron. Ahora, cinco años después, Doe ha caído en manos de Prince Johnson. Según Johnson, Doe ha muerto «como consecuencia de sus heridas».
Los primeros colonos estadounidenses llegaron a Liberia en la década de 1820, gracias al patrocinio de la Sociedad Estadounidense de Colonización, fundada por Bushrod Washington, sobrino del presidente Washington. Se trataba de esclavos liberados que regresaban a su continente de origen. En 1847 se establecieron como nación independiente y empezaron a gobernar, de forma más o menos legítima, sobre los gios, los manos y los krahns. Los americoliberianos, como se llamaba a los descendientes de los colonos, se mantuvieron en el poder hasta 1980, con la llegada de Doe. Para la mayoría de los liberianos, su historia está íntimamente ligada a la de Norteamérica. Estados Unidos es objeto de una veneración casi mística en la región. Los liberianos no son conscientes de que en Estados Unidos casi nadie sabe en cuál de los siete continentes está Liberia, de que la televisión apenas ha emitido imágenes de su guerra, ni de que la radio rara vez habla de los problemas del país. No alcanzan a entender por qué Estados Unidos no envía tropas ni exige la formación de un gobierno de transición ni se brinda para organizar conversaciones de paz. No entienden que en Estados Unidos no tienen ninguna circunscripción ni que, incluso entre los congresistas negros, disponen de muy pocos valedores. No saben por qué Estados Unidos los hace esperar tanto.
África Oriental es el lugar al que Dios fue para aprender a esperar. A esperar y a esperar. El carguero nigeriano River Oil lleva ocho días esperando para zarpar del puerto de Freetown, en Sierra Leona, y trasladar a quinientos efectivos de la CEDEAO y doscientas toneladas de arroz y comida enlatada a Monrovia. Había que esperar a que llegase el arroz. A que se encontrara combustible para el barco. A que se decidiera quién debía pagar el combustible. A que aparecieran las eslingas con las cuales cargar el arroz. A que se localizara al hombre que tiene la llave del cuarto donde se guardan las eslingas. A que se decidiera si había que derribar o no la puerta al saberse que el hombre que tenía la llave no la encontraba. A que se forzara la puerta. A que se cargara el arroz. A que los soldados embarcasen. A que alguien decidiera que por fin todo estaba a punto. A que varias prostitutas y dos policías de Freetown desembarcasen de mala gana a primera hora mientras acababan de ponerse bien sus gruesos cinturones negros. El River Oil zarpa doce días más tarde de lo previsto, ocho días y medio después del día en que se había jurado y perjurado que saldría, cuatro días después de que en África Occidental todo el mundo dejara de creer en su partida. Los soldados ghaneses que viajan a bordo cantan «Abool-ya, abool-ya» («pan, pan») mientras cae la noche y la luna se alza y los bancos de peces se disgregan como una perdigonada al paso de la proa.
El carguero tarda dos días en atracar en el puerto libre de Monrovia. Por motivos que nadie entiende, y en contra del consejo de sus oficiales, el capitán ha decidido prescindir del práctico y encargarse él mismo de atracar el buque. Se estampa contra el muelle, abriendo una grieta considerable y combando un larguero de hormigón de quince metros como si fuera un puente levadizo.
El humo asciende en volutas desde los edificios calcinados de la ciudad. Disparos esporádicos procedentes de algún lugar elevado llegan a los oídos de los soldados ghaneses que están en la cubierta; de repente, con un ruido como de yunque que se estrella contra el suelo, quinientos fusiles G-3 de fabricación israelí se ponen a punto. Los hombres bajan la pasarela para ocuparse de sus labores de pacificación al mismo tiempo que empieza a caer la lluvia de la tarde. Las fuerzas de la CEDEAO se ponen a descargar las doscientas toneladas de alimentos.
No es suficiente, ni mucho menos. Nadie sabe cuánta gente queda en la ciudad, pero sin duda más de cuarenta mil personas. Monrovia lleva diez semanas aislada de cualquier fuente de aprovisionamiento. La gasolina oscila entre los tres y los cinco dólares el litro, pero es posible comprar algo más de siete litros a cambio de dos kilos de arroz. Los krahns encarcelados en los centros de detención —a cuya tribu pertenecía el difunto presidente— llevan un mes sin nada que comer, y a veces, cuando alguno consigue cocinar un cuenco de caldo, otro se lo tira de las manos por terror o por envidia. Las mujeres suben y bajan por la calle con sus bebés inconscientes pegados al pecho vacío. «Dan ganas de llorar», admite un médico militar ghanés. «A veces se me caen las lágrimas», confirma el agente de prensa de la CEDEAO. Ambos lucen cicatrices rituales en las mejillas y no dan la impresión de ser hombres dados al sentimentalismo fácil. Un monroviano que acaba de ver pasar a Prince Johnson en coche dice: «Yo era el que estaba más cerca. Nos ha señalado. No hemos podido oír lo que decía, pero sabemos que nos ama y se compadece de nosotros». El hombre no ha comido nada en ocho días. «Como intente caminar, los ojos se me darán la vuelta y me caeré.» La gente está dispuesta a comerse lo que sea, y de vez en cuando alguien se para por la calle y vomita algo que no ha acabado de funcionar como alimento. En las alcantarillas pueden verse latas de insecticida Pestall abiertas; algunos monrovianos famélicos que no saben leer las etiquetas comen de ellas.
Los rebeldes iniciaron su campaña en diciembre y penetraron en el norte y el este del país procedentes de su exilio en Costa de Marfil. Poco después, Johnson se separó de Taylor, quizá por desacuerdos de tipo estratégico —según Johnson— o porque Taylor —como él mismo afirma— sentenció a muerte a Johnson por haber asesinado a sus propios hombres. Sea como fuere, la guerra de guerrillas se abrió paso a trancas y barrancas por el sur, bajo la lluvia, en dirección a la capital. Nadie esperaba que consiguieran llegar, pero de repente, a finales de junio, aquí estaban. La facción de Taylor cerró el aeropuerto. Johnson se aproximó desde el otro lado de la ciudad, se adueñó de la capital, aisló al presidente en su mansión y confinó a su ejército en un espacio de unas pocas manzanas del centro. Entonces llegaron las tropas de la CEDEAO. La población empezó a huir. La mayoría de los diplomáticos británicos regresaron a su país. Los franceses se marcharon en bloque. En cuanto a los estadounidenses, media docena de miembros del cuerpo diplomático permanecieron en la ciudad y los marines instalaron nidos de ametralladoras alrededor de la embajada. En Monrovia se interrumpió el suministro eléctrico. También se cortó el agua corriente. La comida desapareció. La guerra civil devino una carnicería nauseabunda. Una atmósfera de alegre terror dominaba las horas mientras los hombres de Taylor, ataviados con vestidos de novia saqueados y gorros de ducha, se enfrentaban a los soldados que defendían la mansión. Los gorros de ducha eran para la lluvia. Lo de los vestidos de novia no tiene explicación. Entretanto, los hombres de Johnson, tocados con boinas rojas y pelucas de mujer, recorrían las calles a todo gas en Mercedes Benz puenteados, repartiendo balazos. Los vecinos que vivían cerca de la embajada británica tuvieron los arrestos de pedirles a los rebeldes de Johnson que no arrojaran los cadáveres de sus víctimas en la playa porque olían mal. Los rebeldes dijeron que de acuerdo, que ningún problema. Al fin y al cabo, será que no hay kilómetros de playa en Liberia.
Hasta los libaneses se estaban marchando, deseosos de regresar a Beirut. La mayoría de los refugiados salían a pie de la capital, cruzaban el territorio de Taylor y continuaban hacia el oeste por la mejor carretera de Liberia en dirección a Sierra Leona, marchando como la multitud a la salida de un partido de fútbol. En circunstancias normales, serían cinco días de camino por un terreno relativamente llano, pero la ruta estaba erizada de dificultades porque los rebeldes de Taylor —muchachos de las tribus gio y mano, la mayoría entre los once y los quince años, armados con AK-47 y M-16— se dedicaban a parar y asesinar a los miembros de las tribus krahn o mandinga, así como a los del ejército del presidente y del anterior Gobierno. Sesenta kilómetros más allá, en una población llamada Klay, los refugiados se topaban con el primer punto de control. «¿Hueles eso? —preguntaban los rebeldes, refiriéndose al hedor putrefacto que llegaba con la brisa—. Más vale que sepáis quiénes sois —decían— o terminaréis en el sitio de donde sale ese olor.» Cualquiera que no hablase el dialecto adecuado, cualquiera que pareciera demasiado próspero o bien alimentado, era fusilado, decapitado o quemado con gasolina. A algunos los ahogaban en el río Mano. Los refugiados que llegaban a Sierra Leona hablaban de puestos de control rodeados de postes rematados con cabezas cortadas. Empezó a hablarse de vudú: los hombres de Taylor eran inmunes a las balas, se disparaban unos a otros para rascarse la espalda; antes de cada batalla, sacrificaban a una mujer joven, se bebían su sangre y devoraban su corazón; podían transformarse en serpientes y elefantes, podían alargar o encoger los brazos y las piernas a voluntad, podían volverse invisibles. Las violaciones y las matanzas no fueron peores en este conflicto que en otras guerras civiles, pero de ellas parecía extraerse una conclusión morbosa: en la medida en que la superstición les atribuía la práctica de cierto poder oscuro, esas atrocidades eran inescrutables.
Y ahora, el 28 de septiembre, el arroz y la comida enlatada, los refuerzos y la munición, así como unas cuantas toneladas de aceite de cocinar y un puñado de periodistas europeos, han llegado en el River Oil. Los recién llegados no acaban de asimilar lo que están viendo en Monrovia. Nada funciona, nada se vende, todo se cae, este lugar está acabado. En la calle principal, U. N. Drive, el agua y la basura llegan a los tobillos. La muchedumbre pulula de aquí para allá destrozando muros y vallas, rebuscando voraz en el interior de los edificios, pero ya no queda nada que saquear. Los soldados de la CEDEAO disparan al aire de continuo por encima de la multitud para impedir que se acerque al litoral. DOE: EL COÑO DE TU MADRE, se lee en un grafiti, HUYE/QUEREMOS ARROZ, y DIOS SALVE A LIBERIA y PAZ, NO GUERRA. No hay superficie que no tenga su porción de agujeros de bala. Estructuras chamuscadas flanquean la avenida, y por el suelo se esparcen escombros retorcidos. Un tráiler bloquea dos de los cuatro carriles; debajo, una de las farolas de la mediana yace aplastada como si fuera un hoja. Los escaparates de los concesionarios están rotos y dentro se ven los espacios vacíos donde ahora acampan varias familias para resguardarse de la lluvia. Curiosamente, los perros están sanos. Los periodistas averiguan que nadie se come a los perros porque estos se alimentan de los cadáveres. La gente se muere de hambre, pero los perros han engordado.
El lugar más seguro para dormir es Mamba Point, el distrito de las embajadas. Los hombres de Johnson rondan por las calles de la zona y el ruido de los disparos es más o menos constante, pero hay un cuadrante de un par de manzanas donde reina una especie de inmunidad diplomática que huele a magia negra, y a la gente le gusta pensar que ahí está protegida. Aun así, el tableteo de las armas suena demasiado cerca y demasiado a menudo, y sin embargo resulta imposible decir de dónde provienen los disparos. Los no combatientes se mueven entre los edificios con cuidado: ¿estaré avanzando en la dirección fatídica? ¿Cómo estará el percal ahí delante? Colina abajo, la playa huele a muerte, a pesar de que la mayoría de los cadáveres han sido cubiertos con arena y señalados aprovechando los maderos que arroja la marea. Hay algo de comercio, quizá, con las embajadas británica y estadounidense, que reciben provisiones en helicóptero. En Mamba Point todo el mundo pasa hambre, pero nadie ha muerto todavía de inanición. La estación húmeda se está acabando, pero todavía llueve lo suficiente para mantener los barriles medio llenos.
El mariscal de campo Prince Johnson —general de brigada, presidente en funciones de Liberia y comandante en jefe del Frente Patriótico Nacional Independiente de Liberia (INPFL)— libra, como parte de su lucha revolucionaria, una azarosa y, en ocasiones, enigmática campaña de relaciones públicas. A finales de agosto recibió a diez periodistas nigerianos llegados con la CEDEAO y se los llevó a dar una vuelta de tres cuartos de hora por su sector de Monrovia, durante la cual abrió fuego contra un coche en el que iba una pareja europea, matando al hombre e hiriendo a la mujer, que fue sacada a rastras por los soldados de Johnson y de la cual no ha vuelto a saberse; también ejecutó a un saqueador disparándole en la cara a bocajarro con una pistola. Hoy, día 29 de septiembre, Prince Johnson ha dado un paso más al abrir las puertas de su cuartel general a la prensa: ha invitado a una pareja de periodistas estadounidenses y a un equipo de la televisión francesa, recién llegados en el River Oil.
La base del mariscal de campo se encuentra en las afueras de la capital, en el complejo residencial de la Bong Iron Ore Mining Company, U. N. Drive arriba, pasado el puerto libre; pasado el concesionario de BMW, donde actualmente se aloja un pelotón de la CEDEAO; pasada la Liberian Nail Factory y el Templo de la Cura de Fe de Jesucristo y la Liberian Marble and Terrazzo Tile, Inc.: todo destrozado, quemado, saqueado, con algunos de los rebeldes de Johnson en el balcón del segundo piso lanzando botellas de cerveza Star a la acera; pasados los puntos de control de la CEDEAO y el INPFL, donde las tropas ghanesas inspeccionan los vehículos o los muchachos de Johnson, morenos, rubios o pelirrojos, observan desde detrás de sus flequillos artificiales e introducen el cañón de sus fusiles en los coches; siguiendo por una pista de tierra y dejando atrás la granja de café Caldwell y la Iglesia y Escuela Misionera de la Nueva Vida, donde solo hay un aula. Ahí empiezan la docena de edificios de la compañía minera. El centro de operaciones de Johnson se encuentra en un edificio de viviendas de hormigón rodeado de equipos de artillería, soldados ociosos, tiendas y coches. La estructura, no mayor que la casa media americana, parece flotar en un mar de vehículos, sobre todo sedanes Mercedes con el capó levantado. Fuera, en los campos, suena el estampido de los fusiles —se dice que el INPFL ejecuta a varios liberianos todos los días—, y en el interior del edificio, los bajos amortiguados de un altavoz.
Dentro, el mariscal de campo Johnson celebra uno de sus conciertos matutinos. El amplio salón principal está lleno de soldados con boinas rojas, y en el centro se encuentra Prince Johnson, que sostiene una guitarra acústica mientras canta «Rivers of Babylon», una versión en reggae criollo del salmo 137. Lo acompañan otros guerrilleros con las congas, dos guitarras eléctricas y un viejo órgano eléctrico algo tronado. Tocan bien. Podrían ganarse la vida en algún club nocturno de Los Ángeles. «And then we wept —canta Johnson—, when we remembered Zion.» («Y entonces lloramos cuando nos acordamos de Sion.») El grupo que lo rodea se mueve y da palmas al ritmo de la música, haciendo un coro a cinco voces, balanceando los AK mientras las máscaras de gas rebotan contra sus caderas y sus bandoleras destellan bajo las potentes luces del equipo de vídeo de Johnson, que graba la actuación. El mariscal no deja de tocar cuando entran los visitantes, sino que sonríe y asiente vigorosamente, arrastra los pies a lo Michael Jackson y clava una rodilla en el suelo a lo Elvis Presley; los soldados lo aclaman. Es un hombre de constitución mediana, de un metro ochenta, fornido y con una voz aguda de tenor que parece incongruente con su persona, algo gritona, como de cantante de blues. Su boina no es roja, sino de camuflaje, como el uniforme. En el pecho luce una Cruz por Servicio Distinguido, un escorpión de plata y una placa de sheriff verde y dorada. Da otro paso de baile para animar a la tropa. Calza unas botas amarillas, de piel de lagarto.
El campamento funciona con generadores y el salón dispone de aire acondicionado, pero se nota el calor humano y el sudor pegajoso de los eufóricos guerreros adolescentes. El mariscal de campo se seca la cara mientras toma asiento tras un gigantesco escritorio de madera. Los demás apartan los instrumentos y colocan en su lugar unas sillas plegables. Los dos periodistas estadounidenses se sientan juntos delante del escritorio. Johnson tiene un gran martillo de juez, pero no lo usa; en lugar de ello, un joven agregado de prensa los invita a proceder. Empieza así la entrevista, o más bien una rueda de prensa que, al principio, no difiere demasiado de cualquier otra. Johnson parece tener preparadas las respuestas a varias preguntas relativas a sus opiniones, objetivos y conducta. Para contestar a las que no tiene preparadas, se hace el tímido: «Eso ya se verá» o «Sin comentarios». Cuando se explaya con alguna respuesta, tiende a introducir frases en criollo. Cuando los periodistas insisten sobre algún punto, actúa como si no lo hubieran entendido; elabora y reelabora explicaciones sobre asuntos elementales: explica la diferencia entre la guerra y un alto el fuego, entre los soldados y los políticos, entre un presidente en funciones y uno electo. Varias mujeres uniformadas dan vueltas por la sala con cestos repletos de latas de cerveza; Prince Johnson deja su puro en uno de los numerosos ceniceros con publicidad de los cigarrillos Kool. Detrás de él, en la pared, cuelgan dos retratos de Jesús y un pequeño dibujo a plumilla de Yasir Arafat. En el centro de la estancia hay un león de madera de medio metro de alto en el que alguien ha pegado un par de chicles de color rosa. Johnson se ofende cuando sus invitados le preguntan de dónde sale la cerveza.
—¿Se creen que la hemos robado? ¿Le preguntarían a George Bush de dónde saca las cosas que tiene en el despacho?
Entrega a cada periodista estadounidense una camiseta en la que pone: QUEREMOS A PRINCE PARA QUE HAYA PAZ y GLORIA A DIOS EN LAS ALTURAS Y PAZ PARA LIBERIA y BRAVO INPFL. «Charles Taylor mató a mi madre y a mi padre. Mató a mi tío, a mi hermana y a mi hija —dice—, pero esa no es la cuestión. El motivo de nuestras diferencias es una diferencia estratégica. Taylor quiere librar una guerra de nervios. Yo prefiero luchar con balas.» Tilda a Charles Taylor de «inmaduro». Dice que nadie busca venganza, pero que «hay que perseguir» a los krahns, la tribu del presidente. Habla del difunto presidente.
—Su cadáver estuvo en la clínica Island casi un mes. Justo ayer tuvimos que enterrarlo porque ya olía.
El cadáver, asegura, está sepultado «en alguna parte». Insiste en que Doe murió a consecuencia de las heridas sufridas durante su captura. No fue ejecutado. Simplemente lo interrogaron. ¿Que qué le preguntó a Doe? La mirada de Johnson denota cierta confusión.
—Le pregunté por el dinero del pueblo de Liberia. Le pregunté muchas cosas. Y sí —agrega—, le corté las orejas y lo obligué a comérselas.
Los periodistas creen no haber oído bien. ¿Que lo obligó a qué?
—Tengo el interrogatorio grabado en una cinta de vídeo —dice Johnson de repente—. ¿Les gustaría verlo?
Sacan las sillas afuera, a la terraza, donde está el televisor. Los hombres de Johnson se apelotonan delante del aparato. La Budweiser vuelve a correr. Durante unos minutos, Johnson permanece de pie ahí cerca, visionando la cinta con una amplia sonrisa en el rostro, pero luego lo llaman para que vaya a conferenciar con Varney, su segundo de toda la vida.
En la pantalla, Samuel K. Doe, presidente de Liberia, está sentado en calzoncillos en el suelo, con la camisa abierta, las manos atadas a la espalda, las piernas ensangrentadas extendidas delante, atadas con fuerza a la altura de los tobillos. Le han pegado un tiro en la rodilla derecha y presenta un tajo considerable en el muslo izquierdo, resultado, según parece, de un segundo balazo. Es un hombre fofo y con el pelo raleante, pestañea con frenesí por culpa de las luces, la cámara y el sudor que se le mete en los ojos, y, desesperadamente y sobre todo, intenta sonreír: Sí, hay una guerra en marcha, un terrible malentendido, sí, hemos estado matándonos, pero intentemos acercar posturas y hacerlo todo más agradable. Mueve la cabeza de un lado para otro cada vez que sus captores lo golpean con los fusiles.
—Tengo algo que decir —repite todo el rato.
—¡Dilo! ¡Dilo! —gritan a su alrededor, pero, sea lo que sea, no le dejan decirlo.
—¿Qué has hecho con el dinero del pueblo de Liberia?
El que ha hablado es Prince Johnson, y la cámara se gira para enfocarlo sentado detrás de una mesa. En lugar de medallas, luce dos granadas en el pecho. Delante tiene una Budweiser.
—¿Dónde está? ¿Dónde está el dinero? —gritan sus seguidores.
—Si me aflojan las ataduras —insiste el presidente, pestañeando y sonriendo—, podré hablar. Me duele todo, me duele mucho —explica.
Le echan cerveza en la cabeza y le arrancan la camisa.
—¿Qué? —dice una y otra vez, tratando de entender lo que le preguntan, escrutando las caras que lo rodean, mirando arriba, abajo, a derecha, a izquierda—. ¿Qué? Perdón, ¿qué?
—Te voy a matar —dice Johnson alzando la voz. Los chavales tiran del presidente hasta ponerlo mirando a su captor.
—Quiero decir algo —repite Doe—. Cuando dos hombres luchan y uno gana… —Lo hacen callar a gritos—. Se lo ruego, ya me ve —dice—. Por favor, suélteme. Déjeme atados los pies, pero las manos se me hinchan.
Se inclina hacia delante y se sopla en la piernas. Al parecer, intenta aliviar el escozor de las heridas.
—Quizá te perdone la vida, pero no me toques los cojones —le dice Johnson, que lleva un reloj de oro en la muñeca. Juguetea con él mientras contempla al presidente sentado en el suelo. Una mujer le seca la cara con un trapo. Detrás de él, los retratos de Jesús y el de Arafat. De hecho, el interrogatorio tiene lugar en la misma estancia donde acaban de celebrarse la rueda de prensa y el concierto de himnos reggae. El presidente está en el suelo, en el lugar que ahora ocupan las guitarras y los amplificadores. En la pantalla, el mariscal de campo se abre otra Bud.
—Todos somos iguales —suplica Doe. Un muchacho le coloca una pistola en la cabeza. Un coro de voces confusas lo acusa de asesinato y corrupción—. Déjenme que les diga algo —dice jadeando—, lo que sea que ocurrió fue por mandato de Dios.
—Cortadle las orejas —ordena Johnson, y dos de los muchachos sujetan al presidente, que rompe a gritar mientras otro le corta la oreja con un cuchillo de montaña y se la arroja en el regazo—. ¡He dicho que le cortéis las orejas! —repite Johnson. Doe forcejea como un poseso y chilla mientras le cortan la otra oreja. El muchacho de la pistola apoya el pie sobre el cuello doblado del presidente.
De pronto, se va la electricidad. Los generadores se paran, el televisor se apaga. Los insectos zumban por todo el complejo y, al instante siguiente, los generadores vuelven a camuflar el rumor de la jungla al encenderse de nuevo. Pero el televisor no funciona.
Uno de los hombres examina el enchufe de la pared y el cable de la extensión. Llama a otro hombre, que repite el proceso, y luego se marchan juntos y regresan con otro cable. Nada parece funcionar. El televisor no se enciende. Debe de ser el enchufe. El chófer de los periodistas parece ansioso por marcharse.
—No se puede estar aquí después de la una —les dice— porque todo el mundo se emborracha y puede ocurrir cualquier cosa.
Pero los periodistas quieren quedarse.
Alguien encuentra un cable más largo. Hay que cambiar de sitio varias lámparas y demás equipos para liberar un enchufe. Al cabo de veinte minutos, el televisor vuelve a encenderse. En ese momento, aparece un asistente que saca la cinta del reproductor de vídeo.
—Vengan afuera —ordena.
Fuera, el mariscal de campo Johnson está dirigiéndose a cincuenta o sesenta de sus hombres. «Violad —grita—, ¡y os mato!» ¡Sí, señor! «Saquead, ¡y os mato!» ¡Sí, señor! «Robad, ¡y os mato! ¡Joded a alguien, y os jodo yo a vosotros!» ¡Sí, señor! ¡Sí, señor! ¡Sí, señor! De pronto, hace gala de una elocuencia inesperada, los exhorta a aguantar, a aceptar su misión, «a estar dispuestos a arriesgar la vida para que vuestro nombre pase a la historia…».
Finalmente, se despide y se marcha de forma abrupta, sonriendo. Dentro, se reanuda el concierto. «Oh, how I love Jesus —cantan los rebeldes—, because he first loved me…» («Oh, cómo amo a Jesús, porque él me amó antes a mí.»)
¿Y qué pasa con la cinta?, le preguntan los periodistas al oído, mientras él no deja de cantar y rasguear la guitarra. ¿Vamos a ver el resto de la cinta?
Acto seguido, empieza otra rueda de prensa. Johnson se sienta en el mismo escritorio desde el que interrogó al presidente Doe.
—Creemos que ahora no es el momento de ver el resto de la cinta —explica.
—¿Qué van a decir sobre el mariscal de campo en sus artículos? —quiere saber su agregado de prensa.
Con delicadeza, los periodistas tratan de hacerle ver que, digan lo que digan, dará mala impresión que no les haya mostrado el resto de la cinta. Corren rumores de que al presidente le faltaba algo más que las orejas.
—No le cortamos los genitales —insiste Johnson—. No lo fusilamos. Lo encerré en el baño, atado. Se pasó toda la noche gritando, pidiéndome que lo soltase. Pero él era un hombre con formación militar. Esas tácticas no funcionan con gente así. A las tres y media de la noche, falleció.
Efectivamente, Max Hill, uno de los médicos de la clínica Island, adonde se llevó el cadáver, confirmó que Doe murió de resultas de las heridas o de miedo. Que no fue ejecutado.
—En la cinta no se ve nada más —insiste el agregado de prensa—. Solo las últimas preguntas que le hicimos.
Aun así, dicen los periodistas, aun así… Habría que verla entera.
Johnson se pone en pie y abandona la estancia.
—Veremos el resto —anuncia el agregado.
La cinta pasa rápidamente a otro momento del interrogatorio, varias horas más tarde. Doe está desnudo, a excepción de un taparrabos de trapo húmedo, le faltan las orejas, sigue atado como antes y está sentado a orillas de un río. Cada dos por tres pierde el conocimiento y la cabeza se le cae sobre el pecho ensangrentado.
—Si me aflojan las ataduras… —repite todo el rato—, si me aflojan las ataduras…
—Podemos desatarte los codos —le dice un ayudante—, pero no las manos.
Prince Johnson no parece hallarse presente en esa parte del interrogatorio.
—¿Qué hiciste con el dinero del pueblo de Liberia? —siguen preguntándole.
—Me duele todo, me duele todo —responde el presidente.
—¿Qué le hiciste a la economía? —repiten ellos.
—Por favor, séquenme la cara —dice, y un joven rebelde le enjuga la cara y el cuello con un paño. Esto hace enfurecer al ayudante.
—¿Por qué lo secas? —pregunta.
—No lo sé —dice el muchacho.
—¿Por qué lo has hecho? —dice el ayudante.
—Lo siento —dice el muchacho. Parece incapaz de recordar los asesinatos y la depravación que le han acarreado la ruina al presidente.
—¿Por qué le has secado la cara a ese hombre? —inquiere el ayudante.
Pero hasta el ayudante parece caer en la cuenta de que esa persona, despojada de sus herederos, de su cargo, de su ropa, privada de su orgullo y hasta de algunas partes de su cuerpo, ya no es el criminal Samuel K. Doe, sino un hombre reducido a una esencia anónima e inocente. El presidente pierde el conocimiento, le echan agua en la cabeza con un cubo y continúa suplicando: «Si me perdonan la vida, se lo contaré todo…».
Es ya bien entrada la tarde. Sirven un almuerzo en cuencos de plástico que los periodistas sostienen entre las manos con cierto recelo.
Esa noche no llueve nada. Se acerca la estación seca. Pronto se acabará el agua y la situación será desesperada de verdad. Es cuestión de días que la CEDEAO vaya a por Charles Taylor. Es difícil predecir el destino de Prince Johnson, pero a poco que Liberia recupere la cordura, no cabe esperar que sobreviva, a menos que salga del país.
Ha oscurecido, pero el retronar de las armas no cesa. Ha terminado un breve alto el fuego. En Mamba Point, para no ponerse en el camino de las balas, los periodistas se alojan en un piso sin agua ni luz, como todos los pisos, pero bien arreglado, un apartamento de lujo abandonado por el personal de la embajada estadounidense. Escuchan los noticieros internacionales con sus transistores; el mundo entero está en guerra, o preparándose para la guerra, o tratando de salir de alguna guerra: guerras civiles, guerras tribales, incluso, en Oriente Próximo, por fin, la Tercera Guerra Mundial; disputas fronterizas, choques entre facciones, bombardeos de castigo, guerras santas; conflictos que hay que fotografiar, catalogar, monitorear, sacar a la luz, solo que en los periódicos no hay espacio para cubrirlos todos, ni siquiera la mitad. La cuota de tiempo que Liberia tiene en las ondas es más bien escasa. Aun así, los periodistas se acurrucan junto a sus pequeños equipos de radio con la esperanza de oír noticias referentes a esta guerra africana, como si las noticias llegaran de alguna región remota y su fuente no fueran ellos mismos. La pregunta es: ¿dónde está Liberia? ¿A alguien le importa?
HIPPIES
A PESAR DE TODO, presentía que la International podía aguantar un último viaje. Dos de los amortiguadores habían reventado, el bastidor tenía grietas y gran parte del sistema eléctrico no funcionaba. El trasto era de 1970 y llevaba una temporada sin rodar, pero de algún modo presentía que le quedaba un último viaje. Y Joey decía que esa gente a la que había conocido en Austin lo recogería en Long Beach de camino al Encuentro Arcoíris en un bosque nacional del centro-norte de Oregón. Antes lo llamaban el Encuentro de las Tribus: decenas de miles de hippies en un bosque, siete días de Paz y Amor. Más de seiscientos kilómetros hasta mi destino: una distancia seguramente al alcance de la International, que a lo mejor hasta podría cubrir el trayecto de vuelta a casa. Se sentía que le quedaba un último viaje.
¡Paz y Amor! En los setenta, aquel tipo alto, enclenque y miserable de Iowa City tenía un póster con el signo de la paz en el que se veía una Y del revés, el símbolo de la paz, a la que con un rotulador le había pintado las aspas de una esvástica y en cuyo lema de Paz y Amor podía leerse ahora: PAZ EN LA ACCIÓN/AMOR AL DINERO. Jamás lo olvidaré… Yo, que tanta paz y tanto amor he tenido, y que nunca he acabado de creer ni en una cosa ni en la otra.
El Misterioso Mensaje Mágico para ir al Arcoíris me había llegado a través de un par de personas, no solo de Joey y nuestro pasado adolescente. Mike O, un amigo mío del norte de Idaho, llevaba tiempo insistiéndome para que fuera. Mike O, la viva imagen de míster Natural: Mike el Descalzo, Mike el Subterráneo, uno de los originales, ya casi sesentón; su pelo blanco no ha visto una tijera ni un peine desde sus años mozos y su barba blanca parece dotada de vida propia. ¿En qué momento nos hicimos tan viejos? Seguramente la culpa la tiene todo ese tiempo que estuvimos riéndonos de nuestros mayores.
¿Cuánto hacía que no veía a Joey? Él y yo nos habíamos pegado juntos nuestro primer viaje de ácido: Carter B y él, y yo y Bobby Z. Con Carter llevábamos casi treinta años sin vernos. Con Joey, desde… buf, desde el 74. Yo ese verano estaba con Miss X. Bobby Z y Joey se presentaron en aquella caja calorífica donde vivíamos, situada en una segunda planta. Me debían una visita intempestiva, por lo menos Joey, ya que Bobby y yo habíamos invadido su casa dos años antes, cuando vivía en las laderas de Hollywood y estudiaba —o quizá ya trabajaba— para ser una especie de peluquero.
—¿Qué queréis? —dije al abrir la puerta—. Aquí no podéis quedaros.
El piso solo tenía un dormitorio, una cocina del tamaño de un baño y un baño del tamaño de un armario. Y no había armarios.
Miss X y yo siempre estábamos a la gresca. Cada vez que alguien llamaba a la puerta teníamos que dejar de gritar y poner buena cara.
—Es que estamos economizando espacio —dije cuando vi quién era esta vez.
—Se nota —dijo Bobby.
Joey tenía el estuche de la guitarra de pie a su lado y el brazo apoyado encima, como si fuera un hermano pequeño. Miss X estaba detrás de mí, resollando fatigosamente y con el rímel corrido por las mejillas, radiante de lágrimas y furia, con las pestañas húmedas como estrellas a punto de estallar.
Resumiendo: tres o dos o una semana más tarde monté una escena durante la cual lancé vagas acusaciones que obedecían sobre todo al calor de agosto. La cosa terminó con Bobby Z y Joey dirigiéndose al norte, hacia Minnesota, llevándose con ellos a Miss X.
Yo estaba ocupado rasgando el estor de la ventana con un par de tijeras cuando bajaron por la escalera de atrás, y no volví a ver a Bobby hasta hace cinco años, en Virginia, enfermo en su lecho de muerte; a Joey no lo he visto desde entonces.
Tiene gracia, pero Joey me llamó anoche desde Huntington Beach —dos años después de este viaje con los hippies que me propongo describir— nada más que para saludar, en parte, y en parte porque su banda se ha separado y se ha metido en Alcohólicos Anónimos y ha empezado a medicarse para la depresión y necesita un sitio donde quedarse, porque no tiene casa. Mencionó que había recibido noticias de Carter B. Carter le dijo que tiene hepatitis C y que cree que a lo mejor yo también, porque debió de pillarla tiempo atrás, cuando compartíamos agujas de chavales. Yo me encuentro bien. No me siento enfermo. Pero tiene gracia. Pueden pasar treinta años, y las decisiones del pasado nunca dejan de amenazarnos.
La International pincha un neumático en Hanford, Washington. En el asfalto hace tanto calor que se me embota la cabeza y me olvido de volver a poner las tuercas después de cambiar la rueda, con lo que la llanta se suelta y se pasa un buen rato rajando la goma, hasta que me doy cuenta de lo que está ocurriendo, me paro en el arcén y me veo obligado a empujar el trasto durante casi un kilómetro hasta que encuentro un garaje donde puedan arreglar el estropicio. El caso es que la camioneta todavía funciona. Cuando llego a las montañas, empiezo a alegrarme por haber aceptado. Nuestros vehículos, nuestros poblados y nuestro comercio parecen miniaturas a la sombra de estas montañas… ¿ERES LIBRE?: una furgoneta Volkswagen con matrícula de Minnesota en la población de Mitchell, de una sola calle, no lejos del Bosque Nacional Ochoco. Cinco jóvenes veinteañeros y un perro, repostando.
El extremo oriental del bosque Ochoco parece bastante tranquilo, un buen ejemplo de la administración pública de la naturaleza: carreteras estrechas con el asfalto intacto y zonas llanas de acampada repartidas a los lados. La web del Encuentro Arcoíris incluye un mapa para llegar a la zona más salvaje de la montaña, donde una pista de tierra conduce hasta una nube de polvo donde cientos de camionetas, furgones y pequeños turismos destartalados han estacionado siguiendo las indicaciones de un grupo de jóvenes piratas de asilvestrado aspecto que se resguardan, con sus radios de mano, bajo un toldo de plástico y una bandera sucia e ilegible. Incluso aquí, donde los asistentes esperan a que las furgonetas-lanzadera los trasladen montaña arriba hasta el lugar del encuentro, o donde se echan las mochilas al hombro para emprender el ascenso a pie, vestidos todos con las cenizas de sus mejores prendas, largas faldas y camisetas desteñidas, como los hippies de hace treinta años, incluso aquí reina una especie de anarquía tercermundista: el cobertizo de postes y lonas, la gente con los ojos brillantes, los que se echan por el suelo, los que caminan sin rumbo, las explosiones repentinas de locura, solo que esta es una locura más alegre y festiva que furiosa o violenta. La lanzadera pasa por varios controles donde unos hippies con aire autoritario y circunspecto se aseguran de que nadie, por pereza, suba con su propio vehículo e impida el paso a otros. Pasamos el primer campamento, el Campamento A, el único lugar donde se permite el alcohol, si bien esta limitación es de carácter voluntario y nadie está dispuesto a velar por que se cumpla. Pasamos más campamentos con tipis, tiendas de campaña, cabañas hechas con ramas y lonas de plástico, y llegamos a un cartel de BIENVENIDOS A CASA que se alza al inicio de un sendero. El sendero conduce a una zona de claros y arboledas adonde un ejército de hippies, nadie sabe exactamente cuántos, han ido a celebrarse a sí mismos, básicamente, al menos por ahora, vagando de un lado para otro, sendero arriba y sendero abajo, paseándose por las cocinas instaladas bajo una serie de toldos caseros y marquesinas de tela que hacen las veces de centro de reparto de alimentos, donde quienes desean dar sirven a quienes necesitan tomar. Mike O me ha aconsejado que me lleve una gran taza esmaltada, una cuchara y un saco de dormir: para gorronear con confianza no hace falta más. Aquí el dinero no cambia de manos, o por lo menos esa es la idea, todo funciona a base de trueques. De todos modos, llevo un par de cientos de dólares en el bolsillo, pues es posible que a Joey y a mí nos dé por pillar hongos para alcanzar juntos algún tipo de comunión espiritual por la vía de los agentes químicos exóticos, como en los viejos tiempos, y la gente dirá lo que quiera pero yo nunca he visto a nadie que dé droga a cambio de nada que no sea sexo o dinero contante.
Las cifras que se oyen varían considerablemente y para todo hay once opiniones distintas: que si estamos a 1.200, a 2.000 o a 2.400 metros de altitud. En cuanto a los asistentes, se habla de entre 10.000 y 50.000 personas. En fin, pongamos algo más de diez mil hippies deambulando por la América deshabitada, como hacíamos en Telegraph Avenue, en Berzerkely hace casi treinta años. ¡Sí! ¡Siguen igual! Siguen moviéndose y buscando, rastreando las avenidas a por amistades fugaces y buenos subidones, curtidos y sucios y demacrados, los mayores rondando los cincuenta y las nuevas generaciones entre la adolescencia y la veintena, siguen con sus mochilas, los pies descalzos, el pelo enmarañado, sus filosofías de segundo de carrera, sus ojos relucientes, sus perros con nombres como Plomo y Bandido y Cucaracha y Kilo y Estrella Oscura. Y cuando se cruzan se dicen: «¡Que el amor sea contigo!». ¡Que el amor sea contigo! Vale para todo, para el que llega, para el que se marcha, para el que pasa, como «aloha», y cualquiera puede salirte con eso en cualquier momento y a propósito de nada, como un enfermo de Tourette. La gente no deja de decirlo.
Repartidas a lo largo de un kilómetro y medio cuadrado en la zona de Indian Prairie del Bosque Nacional Ochoco, encontramos los postes y toldos de las cocinas, así como los campamentos de varias tribus y familias y clanes de hobos más o menos espontáneos: la Cocina Elvis, la Cocina 12 Pasos, la Granola Funky, la Avalón, la Greenwich Village. El mapa situado cerca de la entrada, donde está el cártel de BIENVENIDOS, enumera e indica vagamente la localización de los distintos grupos que desean ser localizados y que han informado de su emplazamiento a alguien situado en alguno de los anárquicos estratos que van desde los Ancianos a los niños:
Aloha
Pez Oso
Estación Gloriosa Rehidratación
Brebaje Ja-ja
Café Cannabis Confusión
Café Carnívoros
Cibercampamento
Campamento de las Hadas
Asamblea del Libro Eterno
Tetería de Mala Muerte de Madam Frog
Tribu Northwest
Tribu Ohana
Ohmklahoma
Shama Lama Ding Dong
Burbuja Solar Arcoíris
Tribu Sorda
Cocina de Jesús
Ida No & Amy Kemekuentas
Familia Libre
Iglesia de la Cabeza Sagrada
Tribu BC
Doce Tribus [con Estrella de David]
Campamento de las Gracias
Campamento de la Discordia
… aparte del infame «Campamento A», el único sector cuyos residentes temporales han acordado entre ellos que el alcohol sea uno de sus agentes químicos de la felicidad.
Alcohol: Cerca del aparcamiento hay un sitio llamado «Campamento A». En el Arcoíris somos partidarios de «amar al alcohólico, no el alcohol». El alcohol (y las drogas duras) provocan cambios en la personalidad. A veces las personas pierden el control sobre sí mismas. Por tanto, os pedimos respetuosamente que dejéis el alcohol en el Campamento A antes de dirigiros a las zonas principales del encuentro.
Eso es lo que pone en la Web No Oficial del Arcoíris. La zona controlada por las tribus Arcoíris —como siempre, sin permiso alguno del Servicio Forestal—, aparcamiento incluido, comprende algo más de seis kilómetros cuadrados. Los abnegados, esos que reparten comida y se ocupan de las cosas en la medida en que es posible ocuparse de ellas; esos que instalan las letrinas portátiles y las duchas y los puestos de primeros auxilios y esos rótulos rudimentarios como el mapa-directorio o el pequeño cartel donde se ilustra cómo los gérmenes pasan de la mierda de perro a las moscas, de estas a la comida y de ahí a los dedos y la boca de la gente, a la vez que aconseja lavarse las manos para interrumpir dicho proceso; esos que hacen que todo esto sea posible empezaron a instalar sus campamentos más o menos una semana antes de que aparecieran los primeros celebrantes de a pie, los gorrones, esa panda de gente que, como yo, simplemente se materializa, guarda sus cosas bajo un matojo y sale por ahí con su tazón esmaltado para que alguien se lo llene de cereales calientes, por ejemplo los harekrishnas, que con su atuendo anaranjado y su cabeza afeitada reparten entre trescientos y cuatrocientos almuerzos cada uno de los días que dura el festival.
Joey y yo hemos quedado en encontrarnos en el campamento de la tribu Ohana, una familia nómada de una veintena de miembros que recorre Norteamérica en caravana alojándose exclusivamente en bosques de propiedad gubernamental, como el Ochoco. No consigo dar con Joey y no tengo motivos que expliquen mi presencia ahí, pero a los adolescentes que parecen integrar buena parte de los Ohana los trae sin cuidado dónde plante mi tienda y no parecen tenerme en cuenta el hecho de que parezca un miembro de un equipo de televisión: pantalón corto verde oliva, camisa caqui, gorra de béisbol y zapatillas de correr. Eh. Incluso calcetines. Por lo demás, tampoco parecen interesados en conversar conmigo. A primer golpe de vista entienden que no tiene sentido preguntarme si tengo grifa. Ohana significa algo en hawaiano, dicen. Paz. O Amor. No están muy seguros.
He localizado a Joey. Está idéntico, solo que más viejo, igual de triste, o quizá más, no en balde han pasado treinta años y tiene más razones para estarlo.
Joey y yo nos sentamos enfrente de mi tienda, en el suelo, mientras él afina. Lleva décadas actuando como profesional y ya casi nunca toca por simple diversión. Pero bueno, por complacerme… Cantamos unos cuantos temas antiguos mientras, a un par de metros de nosotros, los Ohana adolescentes encienden una hoguera y empiezan a hostigar amablemente a todo aquel que pasa, por si lleva algo de droga.
Es 2 de julio y cabe suponer que todo aquel que tuviera pensado venir aquí ya ha llegado. En el bosque no hay silencio. Puede oírse el murmullo general de varios miles de personas, como en un gran estadio, amortiguado apenas por los árboles. El cielo enrojece y muere el día y Joey no tiene más remedio que guardar la guitarra por culpa de la competencia: por todas partes empiezan a sonar tambores, y su reclamo, a ratos distante, a ratos cercano, llega desde algún punto indeterminado del bosque, da una idea de la profundidad y de la distancia, y retumba como si fuera el producto de sus pensamientos.
Pasamos trompicando entre ellos bajo la oscuridad: tambores, tambores y más tambores. Por todo el bosque, comparsas de cien, doscientos bailarines, se congregan en torno a grupos dispersos de diez o veinte percusionistas enajenados con sus congas y sus bongos y sus panderetas y cualquier otro artilugio susceptible de ser aporreado, y el ritmo se acelera desde todas direcciones rumbo a la oscuridad del espacio, hasta que hace temblar el cúmulo galáctico del corazón de Andrómeda. La amarilla luz estroboscópica de las fogatas y la sombra de los bailarines sobre el humo. Hombres desnudos con el pene rebotando y mujeres en toples bamboleando sus hermosos pechos. De vez en cuando, cuando les da la vena, alguien da un grito y cien voces entonan un aullido colectivo que, por un instante, anula la gravedad y poco a poco va muriendo.
Oímos que hace un par de noches llovió a raudales, pero hoy todo son estrellas y quietud, el humo de las fogatas se eleva entre la luz anaranjada y el suelo no resulta especialmente incómodo; aun así, acampar al raso siempre me produce una sensación desagradable: dormir al aire libre se me antoja propio de gente desesperada, pobre y solitaria; me recuerda las noches bajo aquel cartel publicitario en Wilshire, donde Joey, Carter y yo encontramos un matojo en el cual escondernos, cuando éramos unos pipiolos que pordioseaban por la Costa Oeste, borrachos de vino y soñando con estar en otra parte; me recuerda las noches pasadas en un saco de dormir en las colinas de Telegraph Avenue, cuando yo era literalmente —y digo literalmente porque mira que lo intenté— incapaz de hacer que me arrestaran por vagabundo y me metieran en la cárcel, donde al menos habría podido disfrutar de una cama y tres comidas. No consigo dormir bien en mi tienda plantada en el suelo del bosque Ochoco. Joey tampoco. A la mañana siguiente hablamos de buscar un motel. El día ha amanecido demasiado caluroso y el festival no pinta bien: hay más gente buscando drogas que colocada y a los krishnas se les ha acabado el rancho a los veinte minutos de abrir el tenderete. Joey y yo nos dirigimos a lo que llaman el Círculo: unas mil personas sentadas en el suelo —que nadie se quede de pie, por favor— a las que se les reparte una cucharada sopera por cabeza de un insulso caldo vegetal, cortesía, según parece, de los Ancianos del Arcoíris.
Algún día, en el cataclísmico futuro —eso dicen las leyendas del Arcoíris, que beben de las tradiciones hopis y navajas a través de la nebulosa intuición de una gente que cada dos por tres va colocada—, «cuando la tierra quede devastada y los animales agonicen», asegura la página de internet no oficial del Arcoíris, que dice remitirse a una antigua profecía de los nativos americanos, «una nueva tribu poblará la tierra, una tribu de múltiples colores, clases y credos que, con sus acciones, hará que la tierra vuelva a florecer. Se los conocerá como los guerreros del Arcoíris». Apenas veo negros o indios de ningún continente, aunque resulta asombroso ver a tanto veinteañero, como si un determinado segmento de población de los años sesenta hubiera dejado de crecer.
La Familia Arcoíris, compuesta al parecer por todo aquel que desee formar parte de ella, no solo tiene un mito, sino también un credo que Ralph Waldo Emerson ya expresó sucintamente tiempo atrás en su ensayo «La confianza en uno mismo»: «Dedícate a lo tuyo». Además, aunque no sin renuencia, han dejado que la preciada desorganización de estas celebraciones evolucione hacia una especie de estructura y una autoridad opcional, es decir, una autoridad que nadie impone, la cual recae sobre los abnegados, los que hacen posible que ocurran cosas como este encuentro y otros muchos similares que se celebran por todo el país cada año desde el primero, en 1972; y los abnegados responden ante los Ancianos, sean quienes sean estos.
En un foro de internet hay un hilo titulado «Es posible encontrar a Dios en el LSD» que termina instando a quienes participen en esos experimentos espontáneos de fomento de la comunidad a que:
tengan confianza en sí mismos;
sean respetuosos;
mantengan la paz;
limpien lo que ensucian.
Todo lo demás no es asunto de nadie, a menos que esté en juego la integridad de alguien. «En tales casos, nuestro sistema de Pacificación (lo llamamos “Shanti Senta”, no “Seguridad”) se activa para resolver la situación de inseguridad.» Aunque soy un escéptico congénito, debo admitir que, hasta donde se me alcanza, ninguna situación de este tipo se verifica en todo el fin de semana. Aparte de eso, nadie sabe decirme qué significa «Shanti Senta».
Salgo a caminar por el bosque con Mike O, que se ha pasado los últimos días bajo un pequeño toldo repartiendo información sobre el Curso de Milagros, una especie de variante gnóstica y herética del pensamiento cristiano que no reconoce la existencia del mal y cuyo texto sagrado está escrito casi por entero en pentámetros yámbicos. Mike es un tipo de pelo cano y ya entrado en años, nervudo e hirsuto, vive en las montañas de Idaho, en una casa bajo tierra que él mismo ha cavado a golpe de pala, y entre abril y octubre siempre va descalzo. Se para un par de veces a fumar hierba con una pipa, y un par de veces más a compartir una calada con alguien que pasa por ahí, porque Mike es un hippie bueno y generoso de verdad, y después de eso tiene que pararse y sentar el culo en algún tronco de vez en cuando porque se siente mareado. Nos cruzamos con una mujer imponente y completamente desnuda, embadurnada con barro negro. Ha estado revolcándose con sus amigas en un lodazal. Supongo que me habré quedado mirándola, porque me dice:
—¿Te gusta lo que ves?
—En un día lleno de visiones eróticas, tú eres la más erótica de todas —le digo. Para mí es pura poesía, pero para ella no soy más que un puto tarado.
De algún modo, los flower power estos intuyen que no estoy del todo aquí. Me ven. Y yo, creo, también los veo a ellos: en una porción de diez kilómetros cuadrados del bosque Ochoco, las desventuras de toda una generación siguen su curso. Aquí, en este grupo de entre diez mil y cincuenta mil personas que, por algún motivo, son incapaces de contarse, veo el epítome de mi generación: una generación Peter Pan mimada por unas Wendys maternales como Bill y Hillary Clinton; con una ideología confusa en la que lo Rojo y lo Verde se confunden bajo la negra bandera de la Anarquía; una generación bizca, pagada de sí misma, autocomplaciente; estrecha de miras, hipócrita, intolerante… ¡Que el amor sea contigo! Sieg Heil!
Joey y yo hemos descubierto que si nos hacemos pasar por sanitarios que trasladan suministros, los no vigilantes de los puntos de control nos dejan pasar y nos ahorramos la molestia de estacionar abajo y tener que esperar a que llegue alguna de las furgonetas Volkswagen y similares que integran el parque de lanzaderas; desde la comodidad de un automóvil, el Volvo más que decente de Joey, podemos ir y venir cuando nos plazca. Al regresar de comer una hamburguesa en el pueblo, recogemos a un chaval que hace autoestop. Dice que se aloja en el Campamento A.
—Tampoco es que me vaya el rollo de todo el día mamado —dice—, pero al menos ahí la gente entiende que yo solo vendo a cambio de cash.
—¿Y qué es lo que vendes?
—Setas. Veinticinco un octavo.
No le pregunto de qué es el octavo, sino que me limito a decir:
—¿Cuánto necesitaríamos para pegarnos un viaje él y yo?
—Oh, con un octavo vas que te matas, a menos que seas consumidor habitual y tengas tolerancia. Por veinticinco pavos tenéis para ir al infinito y más allá, te lo garantizo.
Y este es el motivo por el que ciertas personas no deberían jugar con estas sustancias:
—Mejor ponme cien pavos —digo.
Debo admitir, para consternación mía, que cuando terminamos la transacción el chaval me suelta:
—Dabuten, tío.
Ya tenemos nuestra bolsita llena de vegetación arrugada y seca, y, definitivamente, parece alguna especie de hongo. Ya en la tienda, saco la cantimplora y me preparo para dividir la mercancía, sea lo que sea, entre Joey y yo, mientras él busca su cantimplora para que la cosa baje mejor. Y he aquí por qué no puedo permitirme ni siquiera intentar coexistir con estas sustancias: le digo que voy a hacer partes iguales, pero solo le doy un cuarto. Menos de un cuarto. Ya. Nunca fui muy hippie. Y nunca dejaré de ser un yonqui.
Pasamos media hora o así sentados en el suelo entre su tienda y la mía, viendo desfilar al personal. Un poco más arriba de donde estamos, entre los árboles, los Ohana han formado un círculo de tambores y se hipnotizan poco a poco con su ritmo enfurecido. Joey confiesa que a veces se mete cosas de estas y que probablemente haya desarrollado cierta tolerancia. De hecho, no le está haciendo mucho efecto.
—Oh —digo yo.
Al cabo de unos minutos, Joey dice:
—Pues nada, que no acabo de despegar.
Yo solo puedo responder:
—Pues nada.
Estoy sentado en el suelo, con la espalda contra un árbol. Tengo las extremidades y el torso rellenos de un plomo psicodélico fundido que me impide moverme. A las cosas les salen protuberancias, como si fueran cactus. Unas protuberancias elaboradas, metódicas, intrincadas. Todo parece labrado, cada superficie está moldeada con una intención indescifrable.
La gente sigue pasando por el sendero. Todo el mundo lleva a cuestas un secreto profundamente íntimo y bochornoso, no, un chiste inconfesable, sí, y la conciencia de ello hace que sus cabezas bramen de manera insoportable, y sus almas cargan a rastras a los cuerpos.
—Poca broma esos tambores.
Todo lo que uno diga parece un eufemismo. Pero ponerse hiperbólico equivaldría a insinuar horrendamente la verdad de que no hay hipérbole posible; dicho de otro modo, es de todo punto imposible exagerar el impacto sin precedentes de los tambores. Ni el tono siniestro, divertido, impotente, derrotado, venerable, extático, sobrecogido, insidioso, incierto, feliz, criminal, resignado e insinuante de su mensaje. Sobre todo no queremos cometer el grave error de aludir a la verdad de los tambores y con ello, quizá, abrirle la puerta al pánico. Pánico ante lo definitivo, pánico ante el hecho de que en esos tambores, y con esos tambores, y ante esos tambores, y sobre todo a causa de esos tambores, el mundo se acerca a su fin. Eso es lo que no queremos ni tocar: el apocalipsis que nos circunda. Todos estos conceptos se hallan comprimidos en las palabras «poca broma», como las capas de goma que se apretujan explosivamente en el interior de las pelotas de golf.
—Poca broma, ya te digo —dice Joey.
¿Cómo? ¿Qué? ¡Ay, Dios mío, se refiere a los tambores! ¡A punto ha estado de admitir lo indescriptible! Joey es un capullo hijo de perra y también mi mejor amigo y, aparte de mí, la única persona del universo.
¡Que el amor sea contigo!
Según los psiquiatras que se han embarcado en una exploración molecular de eso que gustan de llamar «el universo de un kilo y medio» —es decir, el cerebro humano—, todo lo que está ocurriendo ahora mismo se debe a la serotonina: la 5-hidroxitriptamina, o 5-ht, «el Rolls Royce de los neurotransmisores», el agente químico que regula el flujo de información en el sistema nervioso.
Un día leí en la revista Omni un artículo titulado «La neurociencia de la trascendencia» donde se explica todo. Al ingerir la alucinógena psilocibina, y más de la que me correspondía, he estimulado los receptores de serotonina y perturbado el delicado equilibrio con el que el cerebro regula la entrada de mensajes procedentes del mundo exterior, y eso genera efectos especiales.
Al mismo tiempo, los mensajes que parten en dirección a la corteza motora se ven perturbados por esa oleada de potentes moléculas sagradas, las cuales bombardean los receptores de serotonina y envían mensajes no debidos a ningún estímulo externo. Lo que ocurre aquí dentro parece provenir de ahí fuera. La cualidad subjetiva subyacente a toda experiencia acaba revelando su pertenencia al todo. La mente interior se convierte en la mente de todo cuanto nos rodea.
La serotonina y los alucinógenos que actúan como agonistas de la serotonina —como el LSD, la mescalina, la DMT y la psilocibina— también viajan al tálamo, un repetidor de todos los datos sensoriales que se dirigen a la corteza. Ahí es donde se producen las racionalizaciones conscientes, el filosofar y la interpretación de las imágenes. Ahora la corteza cerebral atribuye significado a las visiones que emanan del lóbulo límbico, ya sea un arbusto que arde o la sensación de flotar en comunión con la naturaleza. El flujo de las imágenes tiene forma de guion y está montado para conformar un espectáculo absolutamente novedoso.
¡EXACTO!
¡SÍ! Bugs Bunny empuña una escopeta de dos cañones del calibre 12 y te revienta la cabeza con un milagro.
Observo impotente cómo dos seres confluyen en el sendero. Dos figuras a las que se hace difícil atribuir categoría de realidad. Pero no son alucinaciones, simplemente se aproximan de manera muy formal y exótica, como para alguna especie de ceremonia, cubiertas con unos motivos negros y plata ornamental. Se saludan y transaccionan. El encuentro es breve y sin palabras, con muchos gestos secretos, la transacción más siniestra que haya presenciado nunca, la más privada, la más profundamente de mi no incumbencia. Iniciados de lo insondablemente inescrutable. Mi vista sigue unos patrones demasiado geométricos como para ponerles cara. En el lugar de la cabeza, tienen mitos.
Después de eso concluyo que ya he tenido más que suficiente. Gateo hasta la tienda. Se halla a menos de metro y medio pero, por alguna razón, también algo más lejos que el fin de los tiempos. Está oscura y cerrada y me encuentro a salvo de lo que hay ahí fuera pero no de lo que hay aquí dentro: el cataclismo inminente, la inmensidad implosiva, la jocosa enormidad.
Han pasado entre veinticinco minutos y veinticinco mil años desde que ingerí las setas, y disponemos ya de los resultados de este experimento. La pregunta era: ahora que ha transcurrido un cuarto de siglo desde mi última experiencia química, ahora que mi alma está despierta y he dejado de ser un delincuente hedonista para convertirme en un ciudadano de la vida que cree en la eternidad, ¿tiene algo que aportarme espiritualmente un viaje psicodélico? Y la respuesta definitiva es sí; creo que es posible; gracias; y ahora, ¿cómo se apaga esto?
Porque ¿y si llega el fin del mundo y Jesús baja montado en una nube y me encuentra atrapado en esta birriosa bola de fuego, hecho cisco por culpa de los químicos? ¿Se acerca el fin del mundo? Dios acecha fuera del cuarto de juegos. La revelación y el fin de los juguetes. La espantosa posibilidad de tener que vérmelas con algo.
Y los tambores, los tambores, los tambores. Cincuenta mil viajes de ida y vuelta a la luna con cada golpe de tambor.
Cuatro horas después consigo descorrer la cremallera del saco de dormir: una hazaña equiparable a la conquista del Everest. Me meto dentro y ahí me hago fuerte.
¡Yo y mi saco de dormir! ¡Ahora sí que estamos progresando, amigo mío!
Al cabo de varias horas salgo a gatas al universo y tomo posesión del lugar que me corresponde en el espacio exterior, apuntalado sobre la superficie del planeta. No es lluvia lo que llueve, solo luz de estrellas.
El músico ese de Austin, el amigo de Joey, ese tal Jimmy G, está sentado a mi lado con una guitarra alucinógena y me canta serenatas casi hasta el amanecer. Ronda los cincuenta años, tiene el pelo blanco, está muy flaco y sobre su piel discurre un incesante caleidoscopio de colores tenues. Me parece inconcebible que un genio de este calibre, cuyas rimas dicen todo cuanto decirse pueda y cuyos temas son más dulces y más tristes y más salvajes y más alegres y más melódicos que ningún otro en la historia, viva en Austin como una persona cualquiera, componiendo sus canciones. Canciones sobre cómo dirigir bien nuestro corazón, amarnos los unos a los otros, vivir en paz, compartir la riqueza, cuidar de la madre tierra.
Para entonces, los tambores han cesado en todo el mundo. En la tienda que hay junto al sendero, unos adolescentes de los Ohana preparan té sobre una hoguera sin dirigirse la palabra. Nadie habla en todo el bosque Ochoco; es el momento de la meditación. Hoy es Cuatro de Julio, la hora central del Arcoíris. Ha habido mucha fiesta, pero hoy es el día de la fiesta. La idea es guardar silencio y meditar desde el amanecer hasta mediodía. Y luego, a ponerse bien alegres.
Joey y yo deambulamos por ahí viendo cómo el personal empieza la jornada sin hablar. Lo único que quiebra el extraño silencio son dos perros que ladran y un tipo en cueros que delira como si estuviera borracho, pero que delira de verdad, que finta y embiste a la gente como un toro, trompicando entre las hogueras del Círculo de Trueque.
A las doce en punto, empiezan los aullidos. El salvaje lamento de los hippies humanos imitando a los lobos. Minutos después, los tambores. En el gran prado donde el Círculo se reúne a las horas de comer, todo el mundo danza dando brincos, algunos desnudos, otros con ropa, otros vestidos de barro. El sol cae a plomo y el grupo crece hasta convertirse en una turba del tamaño de un campo de fútbol. Un tipo vierte Gatorade con una jarra en la boca abierta de la gente, otro los riega con una manguera conectada a una mochila llena de agua, estilo exterminador de plagas: es el cazasudores. ¡Y sube y sube de volumen! Me echo a dormir debajo de un arbusto.
Poco antes del atardecer, me levanto, regreso al Círculo y percibo una disminución clara y palpable de las vibraciones. Falta comida y faltan drogas. El grupo se ha disgregado por los distintos campamentos, el son del círculo de tambores, formado por aproximadamente un centenar de percusionistas delirantes, resuena de forma intermitente desde un par de rincones escondidos en el bosque.
Mientras el sol se pone por el oeste, negros cumulonimbos se acumulan en el sur: una tregua, un punto muerto, un regreso al silencio matinal mientras la Familia Arcoíris observa la formación de la borrasca, que se concentra en la mitad meridional de un cielo por lo demás despejado.
De pronto, un arcoíris se derrama desde las pálidas alturas.
La imagen del cuadrante, abigarrado y perfecto, suscita una salva de aullidos simultáneos que crecen y no cesan, y los tambores arrancan desde todas direcciones. El arcoíris se hace doble, triple, y los tambores y los aullidos no pueden compararse con nada que haya oído nunca, es una Señal de las Alturas —¡que el amor sea contigo!—; empieza entonces un monstruoso espectáculo lumínico: los cumulonimbos de tonos carmesíes frente al sol poniente, los tres arcoíris, y ahora el zigzagueo de los rayos y el trueno profundo e invencible; cada relámpago y cada estallido es contestado por el ululato salvaje de diez mil voces: ¡una conversación con el Espíritu del Todo durante el Espectáculo del Divino Cuatro de Julio! ¡Eso sí es dabuten! ¡La Gran Diosa Materno-Paternal es una hippie!
Y este es el motivo por el que determinadas personas no deberían jugar con pociones mágicas: durante toda la función no dejo de pensar que tendría que haberme dejado algo para hoy, que debería estar de colocón para disfrutar del espectáculo. Olvidando lo mucho que he disfrutado la noche anterior con la luz de las estrellas a fuerza de revolotear en torno a una inmensa mente negra desde mi saco de dormir y sin apenas ver el cielo.
Después de los arcoíris y la tormenta cae la noche, y durante un rato me vienen flashbacks: cierro los ojos y recuerdo ese primer viaje de ácido, recuerdo despertar detrás de un volante tras el cual debía de llevar sentado varias horas, intentando averiguar qué hacer con él; y ahí estaban Joey y Carter B y Bobby Z, los cuatro regresando a la periferia más desolada de la Tierra, ese lugar que nunca volveríamos a tomarnos demasiado en serio porque lo habíamos visto obliterado y ahora nos encontrábamos aquí; ninguno de nosotros había tomado ácido antes ni había hablado del tema con nadie, cuatro aspirantes a beatnik que retornan de una odisea absurda para la que ninguno de ellos estaba mínimamente preparado y a la que teníamos la sensación de haber sobrevivido por los pelos; recuerdo ver a Joey caminando con Bobby, viajando de algún modo por unas calles como ríos detrás de ese volante —¡quinientos microgramos de ácido!—; recuerdo conducir magníficamente por Alexandria, Virginia, en una taza de té gigante que en tiempos fuera un Chevrolet, bajo unas farolas cuyas cabezas parecían refulgentes y quebradizas corolas de diente de león, recuerdo el vehículo estacionando solo y me recuerdo a mí flotando en dirección a un edificio y por los corredores del bloque de apartamentos de Fort Ward Towers, recorriendo la sinuosa curvatura de los pasillos y la imagen, al fondo de aquel laberinto palacial, de ¡mamá! ¡Mamá en bata y zapatillas! ¡Con unos rulos marcianos! ¡Mamá como un ser de otra especie! ¡Mamá diciendo: Son las cinco de la madrugada! ¡Estaba a punto de llamar a la policía! DÓNDE te habías METIDO, y recuerdo girarme hacia Bobby Z, que murió de sida y en cuyo funeral arrojé tierra sobre su ataúd mientras su hermana, mi novia del instituto, gemía y daba gritos, recuerdo girarme hacia Bobby Z y decir: ¿Dónde estábamos? Y que él también se quedaba atónito y desconcertado y aturdido ante semejante pregunta, y que ambos decíamos: ¿Dónde estábamos? ¿DÓNDE ESTÁBAMOS?
Bobby, los tambores galopan hasta el límite extremo y lo rebasan como si nada. ¿Dónde dónde dónde estábamos?
¿Adónde fuimos?
SEIS VECES CONTRA EL SUELO
EN JULIO, EN EL SUBÁRTICO, volar de noche no supone ningún problema. Por las noches no oscurece. Hace rato que ha pasado la hora de la cena en Anchorage cuando el prospector Richard Busk atornilla un par de asientos adicionales en su avioneta De Havilland Beaver e introduce el cargamento destinado a su concesión minera de los montes Bonanza, en el centro-sur de Alaska.
Busk se está construyendo una casita, así que lleva madera para los marcos de las ventanas, contrachapado para las paredes y un neumático nuevo para uno de sus vehículos todoterreno; aparte de eso, hoy lleva también a dos absurdos recién casados del norte de Idaho.
No es que sus pasajeros tengan una pinta extraña: lo que los hace absurdos es el hecho de que les parezca buena idea pasar la luna de miel cribando oro en los montes alaskeños. Ambos tienen el pelo castaño y corto, ambos visten vaqueros: Luna Uno y Luna Dos. Llevan algunos instrumentos para cribar —bateas y picos y pinzas— y hasta una draga portátil de gasolina (pesa como cuarenta kilos; pronto verán que no es tan portátil), y, en su delirio, pretenden volver a casa con suficiente oro como para forjarse las alianzas de matrimonio.
Los recién casados han comprobado que Alaska es más dura de lo que creían. Aquí todo parece regirse por la ley de Murphy. En lo que llevan de viaje ya han metido la pata unas cuantas veces. Han tenido que pedir que les remolquen el jeep desde la cima de una montaña al final de Nabesna Road, al este de Anchorage, donde han pasado dos días acampados bajo la lluvia y rezándole a su batería muerta (Luna Uno se había dejado la llave puesta en el contacto) antes de darla por perdida. La reciente esposa ha escrito en su diario:
12 de julio: Llevamos dos noches atrapados en una montaña cerca de una mina abandonada. Estoy asustada, casi lloro del miedo. DJ me ha dejado aquí para ir a buscar ayuda. Ojalá estuviera en casa con mis hijos. Este sitio me pone los pelos de punta. Temo por las avalanchas.
Pero las cosas empiezan a pintar mejor. Han conseguido deshacerse de ese coche traicionero y ahora se encuentran a bordo de esta avioneta con el prospector, volando rumbo norte por la ensenada de Cook y sus verdes riberas pantanosas para virar después hacia el oeste, entre los restos de nubes bajas, y proseguir de frente —aunque al final, felizmente, por encima— hacia los montes Blockade, enharinados de nieve y blanquiazules por efecto de las sombras que proyectan los ventisqueros a las 21.30, tres buenas horas, casi cuatro, antes del ocaso.
Hasta donde alcanza la vista —un centenar y medio de kilómetros a esta altitud—, no se divisa nada salvo los picos que descuellan entre la soledad auténtica y natural del planeta Tierra. Nada ocurre aquí que no venga ocurriendo desde hace eones: las montañas que se alzan y se derrumban, la nieve que cae y se derrite, la interminable migración de los glaciares a través de los arroyos. Nada ocurre salvo el ciclo del viento y las estaciones y las aguas, la vida de los animales y las plantas, el granito y la lava y la arena. Y el oro: los enormes campos de hielo que, con su color azul mugriento y su intrincado relieve, se deslizan valle abajo, desmenuzando el oro de las rocas de cuarzo, llenando el río Tlikahila de agua de escorrentía, de pepitas y polvo y escamas de oro. Y así en la totalidad de los… ¿cuántos kilómetros cuadrados tendrá este páramo? ¿Quinientos mil? ¿Un millón? ¡Más de un millón de kilómetros cuadrados de oro!
Los montes Bonanza deben de estar bien surtidos. Solo es cuestión de seguir volando con esta Beaver monomotor algo anticuada. Ni siquiera Busk sabe qué edad tiene el aparato. Lo compró hace más de cinco años en Ottawa, Canadá. Es una máquina sencilla, de batalla, sin más ornatos que una inscripción de los indios crees garabateada en el costado. Los recién casados no ven más que una cafetera medio escacharrada, pero les han asegurado —Richard Busk, concretamente— que no hay de qué preocuparse. El motor, un Pratt & Whitney radial, fue reconstruido hace menos de un año y no tiene ni cien horas de vuelo desde entonces, 87,6 para ser exactos. Es verdad —aunque nada serio— que una de las juntas pierde aceite sobre la boca del escape derecho, lo cual explica el pequeño chorro de humo negro que despide la cubierta de proa (remendada con parches de aluminio de tres colores: plata, rojo y azul), y Luna Uno se pregunta si no fue algo así —¿algún problema en una junta?— lo que hizo que el transbordador Challenger explotara en pleno vuelo…
Estos dos cheechakos (recién llegados) se han plantado aquí con el mismo sueño que todo el mundo: ser bien acogidos en esta región inhóspita, recibir la bendición de la prosperidad en una tierra que ha maltratado a muchos de sus semejantes, devorándolos o matándolos de hambre, abandonándolos y congelándolos, rompiéndoles los huesos para dejarlos imposibilitados a cientos de kilómetros de quien pudiera socorrerlos, ahogándolos o sepultándolos vivos, atacándolos y desgarrándolos hasta la muerte.
El plan original era reunirse con un amigo prospector de Montana, que sería el encargado de guiarlos hasta el oro. Sin embargo, ha sido imposible dar con él en Anchorage y ya empezaban a sentirse como si la propia Alaska se les hubiera perdido en algún lugar de la principal carretera del estado. Quizá la hubieran extraviado en las proximidades de Tok, ese pueblo donde los camioneros hacen parada y al que llegaron tras cruzar la frontera y recorrer cincuenta kilómetros de carretera vacía. De repente, en todas direcciones, empezaron a ver objetos que aterrizaban y despegaban, que cruzaban el horizonte con suministros para alguna gran empresa. El estado se denomina a sí mismo la «Última Frontera», y ciertamente estaban bien lejos de los centros comerciales y las cadenas de comida rápida, pero aun así no podían evitar la clara sensación de que la Última Frontera estaba siendo devorada a toda prisa por los Últimos Pioneros del país. El rugido de los tráileres, el zumbar de los helicópteros y el constante ir y venir de los aviones de hélice emitían un runrún de comercio a nivel básico: la pareja de cheechakos podía sentir cómo las compañías petroleras saqueaban el suelo bajo sus pies y cómo los empresarios del turismo excursionista aspiraban la soledad de los alrededores y se servían de inventos portentosos, sobre todo del avión, para poner esa tierra salvaje al alcance de cualquiera. Aquel afanarse bajo la perpetua luz del día tenía cierto regusto a Vietnam.
Pero entonces, en Anchorage, donde peinaron los mohosos aeródromos en busca de alguien, quien fuera, que pudiese acompañarlos hasta una veta de oro, toparon con Richard Busk, confiado valedor de la Nueva América, miembro destacado del Partido América Primero, soñador del Gran Sueño, el sueño del oro, la libertad, la autosuficiencia. Fue el empleado de una oficina de flete de avionetas quien les habló de Busk: «Un tipo pintoresco. Es famoso».
Cuando lo vieron, Busk parecía el espectro del primer pionero americano: alto y flaco, mirada límpida, rostro magullado. En el bolsillo llevaba unas fotos de sí mismo junto a una pieza cazada recientemente, de un flechazo, cerca de su cabaña de los montes Bonanza: una criatura grande y muerta similar a un elefante, solo que con pelo.
—Más de quinientos kilos de oso pardo —dijo—. Tres metros de envergadura de pata a pata.
¿Cómo se mata semejante bicho de un flechazo?
—Le di en el pulmón, corrió unos cientos de metros y se desplomó. Se desangran rápido —explicó.
Había instalado temporalmente su negocio en un reservado de un restaurante de Anchorage frecuentado por alaskeños veteranos. El reservado estaba a más de ciento cincuenta kilómetros de su explotación minera, pero muchos habitantes de las zonas rurales habían bajado a la ciudad ese verano para hacer campaña por el coronel Bo Gritz, candidato presidencial y antiguo héroe de los boinas verdes. Esperaban que los guiase hacia una Nueva América hecha para gente como ellos, esa que vive, según sus propias palabras, «en la vanguardia de la libertad». Estaban dispuestos a hacer lo que fuera por Gritz, si bien es cierto que en términos generales no sienten excesivo aprecio por los políticos ni los burócratas. El propio Busk se niega a pagar impuestos sobre el dinero que gana.
Richard Busk no se parecía a nadie que los recién casados hubieran conocido, pero aun así confiaron en él al instante y saltaron de alegría cuando los invitó a pasar dos o tres días en los montes Bonanza aprendiendo a buscar oro. Aunque algunas de sus ideas sonaban, por así decir, extremas, Busk como persona tendía a granjearse las simpatías de la gente por su carácter abierto y natural, así como por su forma de hablar clara y sin tapujos. Parecía conocer a cada persona con la que se cruzaban. Llevaba ahí desde los años setenta y saltaba a la vista que era uno de los personajes emblemáticos de la región.
El sol estival ha conseguido desnudar los picos, que ahora se alzan grises y negros, tirando a verdes allá donde asoma una escasa sombra de vegetación. La pequeña Beaver pasa con lentitud ilusoria entre un par de cordilleras, conduciendo a Richard Busk y sus dos cheechakos hacia los montes Bonanza.
En un momento dado, el motor, que solo tiene 87,6 horas de vuelo, ronca y borbotea violentamente para luego dar paso a medio segundo de imponente y catedralicio silencio, hasta que Busk se las arregla para devolverlo a la vida. Después de eso el aparato empieza a emitir una amplia variedad de intermitentes y totalmente inidentificables ruidos percutivos que van y vienen por debajo del zumbido general del motor, asomándose y escondiéndose una y otra vez como hacen los fantasmas en el tren de la bruja, aunque esto da mucho, pero que mucho más miedo.
Busk ya tuvo problemas con esta misma avioneta hará unos cuatro años, regresando de la bahía de Bristol por la tundra con un cargamento de salmón. El motor de marras, con solo 170 horas de vuelo tras una reconstrucción, se caló de forma inexplicable y la hélice dejó de girar. Lo que ocurrió entonces fue que el anillo del cigüeñal estaba mal colocado, de modo que al rato, de repente, finalmente —muy finalmente— el ensamblaje acabó fallando. Hacer aterrizar la avioneta en esa región llana y anchurosa no tuvo mayor dificultad, pero Busk tardó dos semanas en conseguir otro motor y volar el aparato hasta su destino. Son cosas que ocurren de vez en cuando.
De hecho, el piloto que esa vez lo sacó de allí también estuvo a punto de estamparse al aterrizar en la pista de Busk: tomó tierra con una deriva de cuarenta y cinco grados e hizo un trompo que lo puso de través. A veces la suerte tiene estas jugadas.
Ahora mismo, por ejemplo. En estos momentos, el famoso Richard Busk intenta mantener estables las revoluciones por minuto del motor con la convicción de que cualquier cambio inesperado podría ahogarlo, al tiempo que no deja de avizorar por la ventanilla derecha en busca de un lugar decente donde aterrizar con el cacharro. Ahí abajo no se ve más que el impetuoso río Tlikahila, glaciares abruptos, marjales de color metálico y cientos de miles de abetos que apuntan hacia arriba como las estacas de una trampa.
Luna Uno tiene su cuaderno en el regazo y, por si alguien lo encuentra algún día entre los cientos de miles de kilómetros cuadrados de superficie vacía que hay en Alaska, acaso en el estómago de un oso grizzly, garabatea: «El aceite forma manchas caleidoscópicas por todo el parabrisas derecho; humo gris que sale del suelo». Luna Dos busca su mirada y Luna Uno le sonríe, le guiña un ojo, se encoge de hombros. Luna Dos parece aliviada. Luna Uno anota: «ruidos metálicos y estampidos aleatorios…», pero no puede seguir escribiendo porque dentro de la avioneta está demasiado oscuro: el aceite que se pierde por la cubierta de proa empaña todo el parabrisas. Detrás de ellos, el humo se esparce por el cielo formando un chorro de medio kilómetro de largo.
A todo esto, Busk se gira sobre su asiento y estira el brazo para agarrar una lata de aceite, mientras con la otra mano sigue sujetando los mandos. Al hacerlo se le cae la pistola sobre el regazo de Luna Dos, que trata de devolvérsela educadamente, pero el hombre está muy ocupado vertiendo el aceite por la boca de un manguito que sobresale del suelo entre los dos asientos delanteros. Su cara adopta un gesto cómico y sus labios se mueven frente al micro de la radio, repitiendo dos sílabas que suenan como «jersey, jersey» pero que probablemente sean «¡Mayday! ¡Mayday! ¡Mayday!».
Está lloviendo cuando efectúan un humeante aterrizaje de emergencia en Port Alsworth, un poblado consistente en un hangar, una pista de aterrizaje y unos cuantos edificios a orillas del lago Clark, a algo más de cien kilómetros de su destino en los montes Bonanza.
La parejita empieza a dudar de que vayan a llegar ahí algún día. Ni ahí ni a ningún lado. Quizá tengan que quedarse aquí el resto de sus vidas, quizá por toda la eternidad, quietos como estatuas junto al famoso Richard Busk y su Beaver, contemplando cómo el aceite se desliza por el parabrisas y se derrama desde el fuselaje. La varilla indica que apenas quedan unas gotas: Busk calcula que el motor habrá estado perdiendo como un litro por minuto, y que en cinco o diez minutos más la cosa se hubiera puesto fea y habrían tenido que tomar tierra en algún marjal semihelado.
Se comen unas hamburguesas con queso de quince dólares en la minúscula cafetería y pasan la noche en una habitación de cien pavos con dos literas y sin baño a diez metros del cobertizo de la letrina. Pueden dar gracias de que siguen respirando. Richard Busk está sentado en una de las camas de abajo, aturdido aún por la reciente maniobra. Los recién casados lo escuchan mientras habla; es medianoche y fuera la luz se torna algo más azulada, sin llegar a oscurecer del todo.
—Seis veces, seis, he estado a punto de estamparme contra el suelo, y es agotador. Te destroza los nervios —les explica Richard, por si no se habían dado cuenta.
Luna Uno piensa: «¿Pero qué dice este? ¿Seis veces?».
—Bueno, alguna más si contamos las emergencias menores, como la de hoy.
Glenn Alsworth, que a pesar de su aspecto juvenil parece el dueño de todo lo que hay aquí, incluido el Servicio Aéreo del Lago Clark, en cuya pista han aterrizado, se ha acercado a saludarlos después de su milagrosa aparición:
—¿Qué se cuenta el famoso Richard Busk?
Ellos no son de por aquí y no tienen ni la menor idea de que ese tipo es Richard Busk, el famoso Richard Busk. Famoso no por prospector ni por sus dotes de piloto. Famoso por sus aterrizajes de emergencia.
Famoso por todas las veces que se ha quedado en la estacada en mitad de este paisaje despiadado, con su clima vengativo y su gigantesca soledad; famoso por sus descensos repentinos, inexplicables, siempre con un motor recién reconstruido con el que se abalanza raudo y silencioso desde lo alto de las nubes; famoso por su manera de impactar contra el suelo dejándose pedazos del tren de aterrizaje, parabrisas, alambres, estabilizadores y demás piezas y fragmentos de su ingenio volador, cuando no alguno de sus dientes. Por lo visto, la misma extraña Fuerza que le ha permitido salir vivo de todos estos lances ha decretado también que el lugar de Richard Busk no está en los cielos, porque no deja de caerse.
Esa misma Fuerza ha tenido a bien no cebarse en exceso con la pareja de cheechakos. Puede que hayan experimentado algo parecido a aquella vez que Richard Busk, tras ir a cazar muflones a las montañas Wrangell, hizo aterrizar su Piper PA-12 en un glaciar a mil setecientos metros de altitud, cobró sus piezas, se arrojó por el precipicio, ganó velocidad y de repente se encontró con que el motor había dejado de funcionar. «Aunque yo estaba seguro de que tenía combustible», les explica a la pareja en la inoscura oscuridad alaskeña. Resultó que en algún momento unas abejas se habían introducido por las aberturas del sistema de inyección y habían obstruido los conductos. Tras planear siguiendo un tortuoso cañón, el Piper volcó entre las rocas del río Nizina. Busk consiguió salir de la cabina y subsistir, según explica, «con cuatro uvas pasas al día», hasta que dio con él un helicóptero. Sacude la cabeza. «Estas cosas te destrozan los nervios.»
Hace unos años, su avioneta terminó boca abajo después de recorrer varios cientos de metros sobre el tren trasero. Se dirigía a Port Moler, adonde pretendía llegar antes de que estallara una tormenta, pero una «turbulencia» lo sorprendió en pleno vuelo: de repente, un golpe de viento puso el aparato boca abajo y Richard salió disparado a través del parabrisas, dejando la avioneta hecha añicos a su espalda.
Una noche, al partir de King Salmon a bordo de su primera Beaver con el último cargamento de pescado de la jornada y un viento de veinticinco nudos, de repente se encontró ascendiendo en ángulo recto sin motivo aparente, lo que lo obligó a bajar el morro y aterrizar a media luz en una playa llena de botes, anclas y aparejos, donde tuvo que ejecutar un giro de noventa grados nada más tocar el suelo; logró completar la maniobra y detenerse a pocos pasos de un terraplén de nueve metros. Lo que había ocurrido era que, durante el despegue, había golpeado una roca y se había cargado la cola del aparato.
En todos estos casos hubo que ir a recoger las avionetas a los extraños parajes donde las había estrellado: desoladas tundras, arenales, playas, picos de montañas. Hubo que extraerlas de barrancos, ríos o cavidades, enderezarlas, reensamblarlas y convertir el lugar del accidente en una pista de despegue para poder ponerlas en el aire nuevamente. Una de estas, tras un amerizaje imprevisto, tuvo que ser remolcada por todo el pueblo de Naknek —por la calle principal, entre los postes telefónicos y los edificios de las tiendas— hasta un estanque, donde la sumergieron para eliminar la corrosiva agua marina.
¡Y los cheechakos sin saberlo! Este es el famoso Richard Busk, padre de seis chicos y dos chicas, con otra en camino para otoño… «Aunque —admite— he tenido más accidentes de avioneta que hijos.»
Aparte de ellos, todo el mundo lo sabía. Ahora todos duermen, mientras los recién casados escuchan y aprenden. La gente de por aquí —unos cuantos pilotos y mecánicos, la familia Alsworth y sus empleados domésticos— duerme el sueño de quien nunca se ve metido en bretes de esa magnitud, de quien nunca se queda tirado en medio de Alaska ni va por la vida reventando avionetas. Los recién casados no pueden dormir, no hasta que se les baje la adrenalina. No les queda otra que escuchar las historias para no dormir de Richard y el sonido de la lluvia.
Llueve con ganas cuando, dos días después, Glenn Alsworth, su nuevo piloto, posa su Cessna en una mesa de los montes Bonanza y deja ahí a la pareja de recién casados de Idaho y su equipaje.
—Vendré a recogerlos dentro de nueve días —dice.
—Apúnteselo, por favor —le ruega Luna Uno.
Por de pronto, él y Luna Dos tendrán que arreglárselas solitos. Richard Busk espera en Port Alsworth velando a su difunta Beaver. Los cheechakos no le preocupan. Sabrán arreglárselas. Les ha dibujado un mapa en una servilleta y les ha dado su mejor consejo: «El secreto está en no dejarse dominar por el pánico».
Al ver elevarse la avioneta en dirección a los negros cumulonimbos, Luna Uno se siente menguar de tamaño hasta acabar desapareciendo del todo. Mientras la buena de su esposa solloza, él, de pie bajo el chaparrón, hace un cortés intento de orientarse sosteniendo el mapa dibujado a mano donde se indica cómo llegar al sendero y a un cuatriciclo. El papel se le hace pedazos entre las manos. También tienen un mapa general de la región del Servicio Geológico, pero evidentemente ahí no pone dónde están.
La parejita no consigue localizar el sendero con esa borrasca, pero sí divisa unas cuantas cabañas y máquinas como de juguete diseminadas por los alrededores, unos quinientos metros más abajo, siguiendo el curso del arroyo. Luna Uno hurga en el equipaje, carga una mochila con lo que cree y espera que sea lo esencial para la supervivencia y, sin reparar en lo engañosos que resultan los tamaños y distancias en espacios tan abiertos, guía a Luna Dos hasta el borde de la mesa para descender entre la maleza; tienen frío y están empapados, cualquier cosa suelta restalla enloquecidamente bajo el viento, tropiezan, se caen, ruedan por el lodo, se levantan una y otra vez, recorren como pueden esos quinientos metros que resultan ser tres kilómetros, ella llorando y él sonriendo y tratando de animarla, aunque también, y a menudo, blasfemando cual poseso, hasta que por fin dejan atrás los matorrales y alcanzan la orilla del arroyo, que por lo visto es más bien un río enfurecido.
Desde hace un par de semanas llueve de forma intermitente en toda la región, y a pesar del aguacero y el viento racheado, la atónita pareja distingue el rugir estrepitoso y constante de los ríos Synneva y Bonanza, que, convertidos en vorágines, bajan en tromba por el valle a cincuenta kilómetros por hora, arrastrando rocas y vegetación. Al otro lado del curso de agua, puede verse la cabaña. No queda otra que buscar el punto menos profundo y vadearlo. Alaska está hoy magnánima: ni los ahoga ni los magulla demasiado. Se arrastran hasta la cabaña y abren la puerta.
Luna Dos está chorreando y tiembla. Su marido la ayuda a sentarse en una silla. Hay que prender el fuego. Pero antes será mejor que dé un discurso. Toma las manos de ella y le hace una promesa:
—Pase lo que pase en esta vida, cuando salgamos de aquí, nunca, nunca volveremos a poner los pies en Alaska.
Por fortuna, a su mujer le rechinan tanto los dientes que no puede compartir con él lo que piensa. Luna Uno busca algo que decir.
—Nunca —repite.
Probablemente ella sabe que es mentira. Como de costumbre, su marido ha vuelto a joderlo todo, pero claro, no puede divorciarse de él ahí, en medio de la nada…
¡La nada! ¡Alaska!
Tras examinar el mapa pasado por agua del Servicio Geológico, Luna Uno dibuja un círculo de unos ciento cincuenta kilómetros de diámetro: ahí está él, ahí está ella. Dentro de ese círculo no hay nadie más. Concluye que se encuentran por lo menos a un centenar de kilómetros de la persona más próxima.
Se acerca a la puerta, donde la lluvia pura de Alaska, cuya temperatura excede apenas la de la nieve, cae incesante, y calcula la distancia recorrida por la ladera, que desde esa perspectiva se ve muy claro que en realidad es un barranco. ¡La única región aún nueva del Nuevo Mundo! Se acerca a una pila de leña y se pone a partir los troncos de abeto húmedos con una hachuela. ¡La Última Frontera! Que para él será literalmente la última como no se ponga las pilas.
Al día siguiente, aprovechando que la lluvia concede un receso, salen a inspeccionar la zona de la mina: la cabaña, la letrina exterior vandalizada por los osos, tres cobertizos, dos pisos de una futura construcción de tres alturas más un ruinoso galpón prefabricado propiedad de otro minero y una cabaña de abeto de cuatro por cuatro metros francamente bonita, con la letrina todavía intacta, propiedad de un amigo de Richard. Tres o cuatro personas tienen concesiones aquí: Richard las vende a unos 15.000 dólares por dieciséis hectáreas. Luna Uno fantasea con cómo sería ser el titular de una de estas concesiones, uno de los huraños prospectores que viven aquí rodeados de recursos naturales.
Otra opción sería adentrarse en esta inmensa soledad y reclamar algún terreno como propio. Para ello solo hace falta encontrar minerales en terrenos de titularidad del Gobierno —el tamaño habitual de una concesión es de unas ocho hectáreas— y registrarse en la sucursal del distrito de la Oficina de Administración de Tierras. Después de eso, hay que invertir cien dólares anuales en la explotación —un par de días de bateo bastarían para satisfacer este requisito— y abonar veinte dólares en metálico por año y concesión.
Cruza el río, descubre el sendero que no han conseguido encontrar durante la tormenta y sube hasta la cumbre, donde Richard Busk tiene aparcado el cuatriciclo. Nuestro flamante prospector carga las cosas que se han quedado en la pista de aterrizaje y desciende la ladera embarrada de la montaña a horcajadas sobre esa extraña máquina. Una vez abajo, prefiere no vadear los quince metros del arroyo subido al vehículo; en lugar de ello, carga los bultos a hombros y se prepara para iniciar su andadura en el negocio del oro.
Según lo que ha leído, los montes Bonanza abundan en «intrusiones graníticas»: bloques de granito que se abren paso desde las profundidades, señal de que se han formado a una temperatura y una presión muy elevadas, lo cual favorece la presencia de vetas de cuarzo que, a su vez, suelen contener oro.
De acuerdo con los cálculos de un equipo de prospección geológica, la zona del lecho principal del arroyo contiene unos diez dólares de oro por metro cúbico de tierra: unos quinientos millones de dólares del precioso metal solamente en esta porción de la concesión de Richard.
Otros antes que él ya habían encontrado oro. El primer depósito de oro de los montes Bonanza se construyó en un árbol junto al río en 1913 y pertenecía a una pareja de prospectores que hicieron ese mismo viaje por río y a pie, acarreando el equipo sobre su espalda. La pequeña casa del árbol sigue ahí, pero dentro ya no hay nada. En cuanto a Richard Busk, todo lo que usa, incluidas dos retroexcavadoras, se lo hace traer en avioneta o helicóptero. Necesita toda la maquinaria que pueda transportar hasta ahí, ya que su concesión cubre un total de unas seis mil hectáreas. Adquirió el terreno hace once años y resulta evidente que ha encontrado oro, solo que nunca le ha dicho a nadie cuánto exactamente. Lo suficiente para ir pagando avionetas.
Al cabo de unos días deja de llover. La parejita sube a la loma que hay al otro lado y echa un vistazo a la nada que se despliega en un radio de cien kilómetros: los montículos de tintes oliváceos se extienden hasta los confines del mundo, y desde todas partes llega una especie de suave música de violín que parece no provenir de ningún sitio pero que se propaga entre los matorrales y los abetos bajos cada vez que el viento se desplaza por el paisaje.
A lo largo de los días siguientes, descubren una huellas de oso de tamaño preocupante, aunque el oso en sí no se deja ver en ningún momento. Hacen amistad con una marmota gigantesca a la cual alimentan cada día y bautizan como Smithers, nombre de un pueblo de la Columbia Británica por el que pasaron hace dos semanas, cuando todavía no vivían solos en el monte sin demasiadas esperanzas de volver a ver la civilización. Los espacios que los rodean parecen infinitos, pero el mundo se va haciendo más pequeño y amistoso. La vida, reducida a lo básico y eterno, se estabiliza y canaliza su fuerza a través de unos pocos elementos: el fuego, el agua, la comida, el sexo, el oro.
Debido a su peso, el oro se mueve, cuando se mueve, corriente abajo siguiendo una trayectoria lo más recta posible y abrazándose a la cara interna de los meandros. Cuando las crecidas bajan con fuerza pueden remover los sedimentos de la orilla, arrastrando las escamas y las pepitas, pero cuando la corriente se detiene, el oro se detiene también.
Luna Uno instala su «cajón elevador» de la marca Keene —una especie de superbatea— en la confluencia de los ríos Bonanza y Synneva, donde un meandro pronunciado augura buenos resultados. Se trata de un combo portátil, con un motor Briggs & Stratton de tres caballos. El aparejo cuesta en torno a mil dólares, pero eso es calderilla comparado con el montón de oro que con él puede extraerse de las profundidades de Alaska. Una vez montado y puesto en marcha, cosa que tampoco cuesta tanto, el artilugio se alza a un metro del suelo y le ahorra a uno el 95 por ciento del trabajo. El cajón, con sus abrazaderas de acero y sus mangueras blancas, todo tan nuevo y reluciente y de aspecto casi aséptico, no desentonaría en el arsenal de un equipo de neurocirujanos. Chupa todo lo que se le pone a tiro en el lecho del río y luego, al escupirlo sobre el filtro, arma un estruendo considerable que compite con los rugidos del Bonanza.
Tiene potencia y resistencia, pero no cerebro. El operador, en teoría, debe suplir esa carencia, así como el buen hacer sin el cual el oro no sale de su escondrijo.
Porque el oro se esconde —de algún modo, parece saber que todo el mundo aspira a capturarlo, fundirlo y encerrarlo en sitios como Fort Knox— y, aprovechando su relativa pesadez, se entierra con misteriosa habilidad hasta tocar el lecho de roca, donde se oculta entre grietas y fisuras mientras toneladas de otros materiales suben a la superficie, materiales como los que Luna Uno, con sus botas de pescador, aspira ahora mismo en el río Bonanza, cuyas aguas casi heladas bajan a gran velocidad, dejándolo insensible de la cintura para abajo. El movimiento del oro es predecible, y sin embargo es condenadamente difícil de encontrar. Mientras tanto, cada pequeña cosa que brilla —cada guijarro humedecido, cada fragmento de esquisto o cuarzo reflectante, cada minúscula ala de escarabajo— exige ser inspeccionada con palpitante excitación.
Luna Uno dedica un par de horas todos los días a dragar en busca de oro en el Bonanza, y luego pasa un rato más acuclillado con la batea en el agua, lavando los sedimentos concentrados hasta obtener una arenilla negra, de la que luego se obtiene… absolutamente nada. ¡Ni rastro del oro!
Dentro de aproximadamente una semana, si es que Glenn Alsworth vuelve a recogerlos, podrán saber que Richard Busk ha regresado sano y salvo a la civilización. Con todo, al aterrizar en el aeródromo de Lake Hood, en Anchorage, el piloto con el que iba descendió demasiado deprisa y con demasiada brusquedad y acabó clavando el morro de la avioneta en la pista.
De vez en cuando oyen en el cielo el débil sonido de un motor lejano. Cuando eso ocurre, a Luna Uno le gusta subirse a la loma, gritando y agitando los brazos. Todavía falta para que Glenn Alsworth vaya a recogerlos; pasan buena parte del tiempo acordándose de Glenn y esperando que él también se acuerde de ellos.
Nuestro prospector novato no encuentra oro, pero está viviendo la gran experiencia de su vida, y si la vida fuera lo suficientemente larga, está seguro de que acabaría dragando una fortuna. Algo hay en este reluciente arroyo desbordado que sabe a oro. Y algo hay también en su interior que siente una atracción lujuriosa al contemplar esas voluptuosas aguas bajo las cuales se va puliendo el oro.
Los recién casados tendrán que renunciar a sus alianzas de matrimonio —o por lo menos a hacérselas con el oro de los montes Bonanza—, pero lo cierto es que en este Edén tampoco les hacen ninguna falta. Pasan los días vagando por la soledad, descubriendo cosas que uno no puede gastar, solo guardarse dentro. Encuentran algo de paz y algo de magia, y hasta cierto punto inician el proceso de encontrarse el uno al otro.
MOTEROS DE CRISTO
EL JUEVES POR LA NOCHE, Mark estaciona su Ford Econoline en un pequeño declive que domina el recinto de Eagle Mountain donde se ha organizado el retiro del reverendo Kenneth Copeland y acampa demasiado cerca de una familia que parece incapaz de hacer que sus hijos se comporten. El alboroto de los pequeños supone una irritación de cierta magnitud para un hombre que acaba de conducir tropecientos kilómetros desde Misuri con la mismísima lanza que mató a Cristo crucificado clavada en el espinazo. Además, suficiente cuesta ya conciliar el sueño cuando en casa tu matrimonio se desmorona, tu mujer te la tiene jurada, tus seis hijos no entienden nada y el pastor y su esposa tratan de convencerte de que representas un trastorno para la congregación.
Sin embargo, hasta donde alcanza su memoria, Mark siempre ha sentido en su interior el espíritu de Dios, tanto es así que duda de que otros lo sientan con tanta fuerza, de que estudien las Escrituras con tanto ahínco o de que se sepan tan generosamente tocados con el don del discernimiento. Y ahora eso lo hace sufrir, sufre por el aislamiento que su don le impone, ahí acampado bajo la bóveda celeste, en el recinto de esta antigua base de la Guardia Nacional del Aire de Texas, mientras contempla las chispas de unas cuantas fogatas dispersas y escucha la solitaria voz de algún piadoso cowboy que rasga la guitarra y entona himnos solitarios y quejumbrosos. «A quien mucho se le da, mucho se le exige.» El verano pasado, durante el encuentro de Montreal, fueron varios los videntes espirituales que se acercaron a Mark para decirle que podían ver la lanza de Cristo alojada en su espalda. Simboliza sus penas.
El viernes por la mañana sale a inspeccionar el campamento, donde por el momento solo se han apostado unas pocas docenas de grupitos. En su fuero interno, saluda a su Creador y Salvador, y el Salvador le dice que baje la furgoneta de la loma y la estacione al lado de una Ford azul nueva de fábrica, alquilada en el aeropuerto, junto a la cual un escritor de Idaho ha plantado una vieja tienda de nailon con un colchón hinchable y un saco de dormir para luego darse cuenta de que se ha dejado el vehículo cerrado con las llaves puestas y el motor en marcha.
Como suele hacer cuando actúa bajo las órdenes directas de Jesucristo, Mark empieza a exponer su mensaje antes de que el otro haya tenido ocasión de examinar al mensajero: un mensajero menudo y de aires intelectuales, con gafas y perilla y un modo de hablar serio y cauteloso que recuerda a un médico o un científico. De hecho, él mismo se define como científico de profesión, aunque no entra en pormenores al respecto, y al cabo de dos minutos de charla se ve a las claras que Mark es un avezado biblista, el equivalente espiritual de un genio informático, y por qué su pastor ve en él a una especie de hacker exegético, no tanto a un santo como a un rompepelotas que echa mano de los versículos sagrados con el ojo puesto en sus intereses personales. En cualquier caso, eso es lo que piensa su pastor; aparte de eso, la mujer de Mark se niega a seguir sometiéndose al cabeza de familia y la esposa del pastor la anima a rebelarse, lo cual se traduce en un clima de tensión constante y groseros desaires. He aquí por qué Mark ha acudido ya a varios encuentros espirituales como este, en mitad de la llanura texana, donde busca… algo que no concreta. Solaz. Confirmación. Cura.
En el caso de este, el Motoencuentro de Eagle Mountain, cerca de Newark, a sesenta kilómetros de Dallas, lo importante para Mark es buscar esta cosa, sea lo que sea, entre hombres. Aquí espera encontrar hombres en abundancia, pues a fin de cuentas es un motoencuentro, y de hecho, tanto hombres como motos han llegado ya unos cuantos. En el aire campestre resuenan los tubos de escape y el distorsionado serrucheo de los golpes de acelerador. Mark se ha traído su Honda de motocrós, un cacharro de 90 c. c. que pesa cuatro veces menos que una moto de carretera, el tipo de motocicleta en la que ahora mismo puede verse montados a los críos que andan por aquí, rodando despacio con los pies estirados para guardar el equilibrio o haciendo ceros alrededor de los cubos de basura.
Aun así, nadie va a reírse de él por venir con esa moto. La mayoría de los asistentes no son moteros, y aunque algunos tienen todo el aspecto de ser unos chungos de cuidado, lo cierto es que no son de los que van por ahí comparando y criticando. Esta gente son cristianos serios, como el otro vecino de Mark, por ejemplo, Beauford (pronúnciese Boufort) Knabe, antiguo dealer de anfetas al por mayor para una banda de moteros del sur de Illinois y en la actualidad mecánico de Harleys, limpio, sobrio y casto desde hace ya unos años, el cual, sin manifestar síntoma de hilaridad ninguno, intenta, sin conseguirlo, ayudar al de Idaho a forzar su vehículo con el alambre de una percha.
—No te preocupes —dice Beauford, que parece un extra de una película de Roger Corman de los sesenta—. Estoy seguro de que encontraremos a algún ladrón de coches reformado entre toda esta tropa.
A casi un kilómetro, en un altozano, puede verse la iglesia de Eagle Mountain de Kenneth Copeland, cuya visita no entra en el programa. Ministerios Kenneth Copeland, una empresa televangélica dedicada a salvar almas a escala masiva, espera la llegada de diez mil personas este fin de semana, y los sermones se darán desde un escenario al aire libre como esos cuyo diseño fue perfeccionándose gracias a los conciertos de rock de los setenta: la estructura mira hacia una pista de aterrizaje asfaltada donde hay dispuestas trescientas filas de sillas plegables; el escenario tiene a cada lado dos pantallas tamaño cine y dos banderas de Estados Unidos de veinticinco metros de largo que cuelgan como tapices de los soportes del equipo de sonido; en cuanto al escenario en sí, está decorado con varias Harley-Davidson que relucen vivamente. A lo largo del lateral oeste del pavimento se han instalado una veintena de quioscos de comida, y detrás del escenario se alza un espacioso hangar donde cabe un avión de carga y en el que ahora hay tenderetes y mesitas donde se vende parafernalia de toda especie: camisetas, artesanía, libros, cintas de casete y parches para la ropa, tanto religiosos como de motero. Detrás de los puestos de comida, un tipo rechoncho, con bigote y de aspecto afable distribuye unos rollos escritos a mano donde pueden leerse un centenar de versículos del Viejo y el Nuevo Testamento en los que se describe la relación entre Dios y el hombre y otros doscientos sobre la relación entre el hombre y Dios.
—Son gratis —dice de pie al lado de su caballete, mientras reparte los rollos que va sacando de un par de cubos de plástico—. Dios me dijo que los hiciera —explica.
El evento en sí también es gratuito: solo hay que ir y buscar sitio. Incluso la leña está incluida.
Un ayudante del sheriff del condado de Saginaw recorre durante una hora o así las calles de esta urbe de tiendas de campaña. No encuentra nada que lo haga detenerse, salvo el hombre de Idaho, que le ruega que lo ayude a abrir el vehículo.
Durante toda la mañana, los asistentes van llegando en flujo constante y se instalan en una docena de hectáreas de prado deslucido en el que se han pintado con tiza unos carriles para que circulen los coches. En la zona asfaltada del acceso hay unos carteles altos hasta la rodilla donde pone cámping y una flecha; aparte de eso, no se ven más indicaciones. Aunque nadie lo impide y nada lo prohíbe —no hay ningún reglamento, ni rótulos, ni interdicciones de ninguna clase—, la cerveza brilla por su ausencia. Y apenas se ve a alguien entre todo este gentío —desde el campista suburbano con aires de suboficial retirado, con su pantalón militar y su gorra de béisbol, al motero hirsuto con hechuras de bigfoot, con los colores de su club y sus chaparreras de cuero— que fume cigarrillos. Ninguno de estos motoristas parece ya un psicópata peligroso, a pesar de que muchos han pasado años en prisión, y no sin motivo: este ha matado por honor, aquel ha violado por divertirse, el otro ha robado, traficado, extorsionado o vendido su cuerpo a cambio dinero. Antiguos yonquis deambulan limpios por el recinto, instalan sus tiendas, montan sus caravanas, encienden fogatas y parrillas de carbón, abren las cajas de las camionetas para bajar sus Harleys customizadas.
No muchas de las diez mil sillas están ocupadas el viernes por la tarde cuando Gloria Copeland, una mujer vagamente dollypartonesca vestida con vaqueros blancos y blusa negra, inaugura el fin de semana con un himno y una oración. En tono amistoso a la par que directo, explica que el encuentro de este fin de semana tiene un propósito especial: velar por los convictos. Los sermones se emitirán vía satélite para que puedan seguirlos desde todas las cárceles de Texas.
—Da igual dónde estés, dónde hayas estado o qué hayas hecho… Dios te ama.
La alocución termina y la mujer abandona el escenario antes de que gran parte del público haya acabado de congregarse. A continuación actúa un grupo de cantantes con música enlatada. Algunos parecen personal del ministerio, sobre todo las mujeres jóvenes, cuya voz, imperfecta tanto para el canto como para la alabanza, emana imparable de los gigantescos altavoces —no hay montañas ni colinas donde su eco pueda rebotar—, como en una especie de magnífico y fastuoso karaoke. Tras un arranque algo insípido frente a un público disperso, Isaac Petrie, un joven cantante negro acompañado por la misma falsa orquesta con coro de fondo, se suelta y consigue que la gente se levante de la silla con la carne de gallina y el rostro arrasado de lágrimas… Mark no puede ni quiere contenerse, llora, llora y llora. El joven maestro de ceremonias sube al escenario dando palmas y gritando versículos de Isaías, Isaías el que conforta y brinda esperanza, el que profetizó las más dulces promesas del Señor en un Israel que se había ido al infierno.
—¡Todo el mundo arriba! —exclama, y la gente se pone en pie y sigue el compás con las manos en el aire.
Se han reencontrado con Dios, con América, con su patria: la América de los 57 canales, la América de las terminales de aeropuerto, la América de la Visa-MasterCard, la América de las cámaras en el triunfo y la tragedia. Hasta los moteros se reencuentran con América, ese país donde puedes conducir largas distancias, regentar tu propio negocio, ocuparte de tus propios asuntos, ser quien eres. Se mecen como espigas de trigo con las manos arriba, solo que no están detenidos, sino santificados; forman parte de un nuevo club: el CLUB MOTOCICLISTA DE LOS HIJOS DE DIOS, se lee en sus colores, TRIBU DE JUDÁ; LA BANDA DESENCADENADA/ESPADAS DE JESUCRISTO.
Es un fin de semana fresco y soleado, el segundo de octubre, fin de semana de luna llena. El mapa del tiempo del USA Today muestra el estado de Texas rodeado por un gran frente azul de altas presiones que desvía el huracán Opal hacia el este. Claro que aquí a nadie se inquieta por minucias tales como un huracán.
No hay manera de explicar de dónde proviene esta impresión de enfático bienestar que destila la psique de los anodinos suburbanitas que por aquí se ven, salvo que hayan estado larga y profundamente perdidos y por fin hayan encontrado el camino de vuelta a casa. En el corazón de alguien que pudiera haber caído aquí por azar, pongamos el hombre de Idaho, cristiano converso desde hace quince años, aunque del tipo sofisticado y pomposo, todo este tinglado no deja de ser un enorme fastidio: si va a ir al cielo, ¿no debería sentir más entusiasmo? Pero ¿va a ir al cielo? ¿Acaso sus preguntas, sus dudas, su incapacidad para entregarse incondicionalmente no lo convierten en un mirón, un consumidor cualquiera? Absorto en la teatralidad de su propia conversión —pero como teatro más que como conversión—, ¿en algún momento ha llegado a tocar fondo de verdad? Y lo que es más, ¿en algún momento ha llegado a curarse de verdad?
En la carretera 287, la que sube hacia el noroeste desde Fort Worth atravesando Saginaw para después adentrarse abrupta, casi inmediatamente en un mundo mitad hierba, mitad cielo, hay un cartel publicitario de Ministerios Kenneth Copeland que domina la pradera baja y desierta; es el único objeto cuya altura rebasa el horizonte, como los restos de una estructura construida por una raza superior, y alcanza a verse desde una distancia tal que durante un buen rato su mensaje resulta ilegible para el viajero que se acerca; hasta que de pronto las dos últimas palabras, las de mayor tamaño, se concretan para enseguida perderse a nuestra espalda: UNA PALABRA DE DIOS PUEDE CAMBIAR TU VIDA… PARA SIEMPRE.
No les importa decir a las claras qué es lo que está en juego. Es lo que tienen los cristianos puros y duros. Los encuentros multitudinarios al aire libre forman parte del paisaje americano desde finales del siglo XVIII. Ya por entonces, y también más tarde, en la década de 1840, no era extraño que veinte mil pioneros de la frontera se congregasen en tiendas de campaña en medio de la nada para que alguien los salvase del pecado, ese «propiciador» de la muerte; o lo que es lo mismo, para que los salvase de morir. La desesperación, aunque pesase sobre muchas almas, en el fondo no era más que el miedo al Infierno. La náusea existencial era el morbo de una mente atrapada por el Demonio. La vida era dura en todas partes, y más aún en la América rural, pero el problema no era la vida. El problema era la eternidad. Lo que está en juego en Eagle Mountain es lo que ha estado en juego siempre, aunque salta a la vista que, aparte de las diferencias tecnológicas —las grandes distancias que se cubren en poco tiempo, los remolques personalizados, las duchas, los baños, las telecomunicaciones—, ahora se hace un énfasis distinto en la idea cristiana de renacimiento espiritual. Las cosas ya no giran solamente alrededor del Para Siempre. Jesús ha salvado a estas almas del sufrimiento y el sinsentido, de las drogas, del alcohol, del latrocinio y los afanes. Las ha salvado no solo para que renazcan como criaturas de Dios resucitadas tras la muerte, sino para que renazcan en calidad de hijos e hijas de América: para que se renueven, se reinventen, vuelvan a empezar, algo a lo que todo americano tiene derecho.
Cuando eran pecadores no solo ignoraban las enseñanzas de la Biblia, sino que malinterpretaban las reglas de la prosperidad americana. En lugar de buscar los sólidos valores sobre los cuales se afianza el éxito de América, valores inspirados en la Biblia, ansiaban la carne, el dinero y demás cosas que al final nada significan. Algunas de esas cosas todavía pueden permitírselas —no son antibíblicas ni antiamericanas—, pero solo después de haber edificado sobre nuevos cimientos, y entonces vaya si se las permiten: a todo gas, quemando rueda y con el volumen a todo trapo. Kenneth Copeland enseña que la pobreza es una maldición, y los testimonios que se publican en Victory, el boletín mensual de Ministerios Kenneth Copeland, suelen hablar de la gloriosa transición de algunos fieles que de la nada han amasado una fortuna («De la indigencia a la prosperidad», «El ABC de la abundancia»), una transición a la que el propio Copeland no es ajeno y de la que no se arrepiente lo más mínimo.
Para que renazcan en la senda que conduce al cielo pero también aquí: en este rutilante escenario decorado con Harleys y banderas americanas de veinticinco metros de alto. Y de pronto aparece el hijo de Kenneth Copeland, John Copeland, encima de una Harley, con su bebé delante y su mujer detrás, vestida con un chaleco de la bandera americana.
Este es un encuentro motero, pero Copeland atrae a personajes de todo tipo y condición. Así como hay una tienda de la Iglesia Motociclista de Cristo, también hay otra que alberga a los compañeros de la Iglesia de los Vaqueros. Hombres y mujeres parecen estar representados por igual. Aparte, unos cuantos negros: una familia por aquí, una pareja por allá, una pareja joven, una pareja mayor. Empieza a tocar un grupo de raperos cristianos negros traídos de Los Ángeles.
Los afroamericanos estaban mejor representados en los encuentros de la frontera de principios del siglo XIX, pero sus campamentos y servicios estaban segregados. Por entonces, los encuentros al aire libre hacía tiempo que se habían convertido en una forma de adoración sumamente atractiva para los marginados y las personas espiritualmente reticentes. En fecha tan temprana como 1739, en Inglaterra, John Wesley celebraba reuniones de este tipo en las que, según cierto diarista, «ladrones, rameras, locos, gentes de toda especie y gran número de pobres que jamás habían puesto los pies en un lugar de culto se congregaban y aprendían a ser temerosos de Dios». No era un negocio lucrativo. En Estados Unidos, los predicadores que cubrían el circuito metodista recibían un salario de 80 dólares al año en 1816 y de 100 dólares en 1840. Un movimiento religioso populista caracterizado por el fervor emocional, la aversión a los credos abstractos y los ritos formales, un liderazgo laico y un mensaje cimentado en las virtudes sencillas y los versículos de las Escrituras: eso fue lo que movilizó a las multitudes de aquella joven América.
El hilo de esta historia nos lleva directamente al televangelismo de lentejuela y oropel, una evolución de los modernos medios de comunicación en la que la mayor parte de la sociedad ve una farsa abominable. Sus suspicacias no se deben al evangelismo, sino a la televisión. Dada la atracción que suscita en las masas y lo amplio de su alcance, la televisión ablanda, diluye y tergiversa: toda cara que aparezca en la pantalla tiene que ser, por fuerza, la cara de un embustero, y para la mayoría de los televidentes el predicador televisivo es una figura que aflora de vez en cuando entre la espuma de la caja tonta, alguien vestido con ropa de pésimo gusto que apela al corazoncito de las ancianas y a los desconcertados padres de unos adolescentes en pleno despertar sexual, alguien que parece deleitarse especulando sobre el día y hora en que ha de producirse la muerte de la Tierra.
Pulsuz fraqment bitdi.