Kitabı oxu: «Semiótica del texto fílmico»



Colección Biblioteca Universidad de Lima
Semiótica del texto fílmico
Primera edición digital: noviembre, 2017
© Desiderio Blanco
De esta edición:
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ISBN versión electrónica: 978-9972-45-428-8
Índice
Presentación
I Constitución del texto fílmico
1. Signo visual
2. Nivel icónico
2.1 Eje significante-referente
2.2 Eje referente-tipo
2.3 Eje tipo-significante
3. Nivel plástico
4. Nivel iconográfico
5. Códigos del sonido
6. Sintagmática del texto fílmico
7. Tensividad del texto
8. Final
II Presencia esquiva
El año pasado en Marienbad (Alain Resnais, 1961)
1. Campo de presencia
2. Actantes posicionales
3. Actantes transformacionales: Esquema de la prueba
4. Una lógica cognitiva
5. Hacia la “vasta metáfora”.
6. Una forma de vida.
III Apariencias que no engañan
Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958)
1. Contratos de veridicción
2. El modelo de la veridicción
3. Funciones veridictorias
4. Niveles y recorridos de los simulacros
5. Transformacoines veridictorias
6. Una estructura díptica
7. Fascinación por la apariencia
8. [Ser/parecer] en la “carne” de la puesta en escena
8.1 Comportamientos
8.2 Espacios
8.3 Vestidos
8.4 Iluminación
8.5 El trabajo de la cámara
IV La pasión según Buñuel
Nazarín (Luis Buñuel, 1958)
1. Pasiones “vividas”/pasiones “dichas”
2. Naturaleza de la pasión
3. Dimensión pasional de Nazarín
4. Estructura inmanente de la pasión
5. La pasión de don Nazario
6. El discurso pasional
7. Alcances de la ambigüedad
V Producción del efecto estético
Muerte en Venecia (Lucchino Visconti, 1971)
1. El “efecto estético”: un efecto de sentido
2. Un debate sobre el arte como punto de partida
3. Constitución de un objeto estético
4. Estructura narrativa y efectos estéticos
5. Efectos estéticos de la sintagmática audiovisual
6. Sistemas semisimbólicos y efectos estéticos
7. Efectos estéticos en la instancia de la enunciación
8. De cara al enunciatario
VI Figuras de la violencia
Tiempos violentos (Pulp Fiction, Quentin Tarantino, 1994)
1. El nivel de las “figuras”
2. Base sintagmática de las figuras
2.1 Sucesión narrativa del relato
2.2 Programas narrativos
3. Temas y figuras
4. Plano de la expresión/plano del contenido: Sistemas semisimbólicos
5. Configuración de la luz
6. La praxis enunciativa
VII Las estipulaciones del deseo
El piano (Jane Campion, 1992)
1. Estructura contractual
2. Funciones narrativas del contrato
3. Contrato y modalización
4. Determinaciones discursivas del contrato
5. Repercusiones del contrato en el universo semántico
VIII La enunciación cinematográfica
Ciudadano Kane (Orson Welles, 1942)
1. Naturaleza de la enunciación cinematográfica
1.1 Función de la enunciación
1.2 Formas de la enunciación cinematográfica
1.3 Manifestación de la enunciación cinematográfica
2. Figuras de la enunciación cinematográfica
2.1 Figuras discursivas de la cámara
2.2. Figuras sintagmáticas
3. Figuras enunciativas del relato
4. Iconización y trabajo de la expresión
Bibliografía
Presentación
Los ensayos de investigación semiótica que componen el presente volumen han sido elaborados al calor de la docencia y a lo largo de varios años. No obstante, todos ellos han sido pensados con vistas a este libro. Desde que seguí los seminarios de posdoctorado con Christian Metz y A.J. Greimas, en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París, acaricié la ilusión de escribir un texto como éste que, finalmente, me atrevo a poner en tus manos de inquieto lector. Para mí, esta obra constituye una meta lograda; para ti, tal vez, el inicio de una nueva curiosidad intelectual.
Habitualmente, los textos que han sido producidos a lo largo de algunos años se colocan, cuando pasan a formar parte de un libro, en orden cronológico de producción. Sin embargo, la teoría semiótica nos enseña que los programas narrativos adquieren sentido desde el estado final. Y la trayectoria intelectual de un investigador constituye un verdadero programa narrativo. En tal sentido, aquí hemos optado por colocar los textos en orden inverso —alguna vez los últimos han de ser los primeros—, situando en los primeros lugares los que han sido escritos más recientemente, dejando para el final los que fueron producidos primero. De esa manera, el lector tendrá la oportunidad de ponerse en contacto inmediato con las nuevas adquisiciones de la semiótica, para luego ir recalando en aspectos más clásicos y conocidos.
Como podrá advertir el lector, cada texto ofrece un acercamiento diferente. Esa elección es arbitraria, y depende siempre de la relación que se establece entre el analista y el texto analizado. Sin embargo, es evidente que cada texto presenta al investigador determinados rasgos saltantes que atraen su atención, y que se presentan como estesias altamente significativas, que invitan a una lectura analítica. Lo que significa que cada texto fílmico ofrece determinadas vías de abordaje, que el analista tiene que saber aprovechar para ingresar al texto que se propone estudiar. Una vez dentro, el investigador podrá moverse en varias direcciones, de conformidad con las relaciones y correlaciones internas que vaya descubriendo. Ésa es una tarea que depende básicamente de la intuición y de la competencia analítica del investigador. De tal modo que, aplicando el mismo modelo, dos investigadores pueden llegar a conclusiones diferentes sobre el mismo texto.
No encontrará el lector en este libro modelos teóricos originales, sino apenas una aplicación, pretendidamente didáctica, de aquéllos que han sido elaborados en otras latitudes. En América Latina, por desgracia, no existen aún las condiciones mínimas que permitan desarrollar la creatividad científica; nos hemos limitado generalmente a aplicar y a promover modelos elaborados en otra parte. La razón de esa carencia es muy sencilla: no existe todavía una masa crítica de semióticos suficiente para producir ese “acmé” del pensamiento teórico.
En tal sentido, El año pasado en Marienbad ofrece vías de entrada especialmente propicias para aplicar los modelos elaborados por la Semiótica tensiva (Fontanille y Zilberberg) sobre el campo de presencia y sus operaciones elementales: mira y captación, así como sobre los actantes posicionales y su conversión en actantes transformacionales. Desde esos modelos es posible acceder a los problemas que plantea el discurso en acto, acerca de las diferentes formas de “captación”, hasta alcanzar los niveles de la “vasta metáfora”.
El acercamiento al sentido de Vértigo se ve favorecido por los juegos sobre el ser y el parecer, que atraen desde un comienzo la atención del espectador más ingenuo. Los desarrollos más recientes del modelo de la veridicción nos han permitido observar cómo procede el discurso para tratar de descubrir el “ser” que habita más allá del “parecer”, para aferrarse luego en “reconstruir” el “parecer” significativo a partir del “ser” insignificante.
En cuanto a Muerte en Venecia, las entradas resultan más misteriosas y parcialmente personales. Hemos encontrado en el conjunto del filme un “aura” de carácter estético que nos ha invitado a indagar cuáles son las operaciones discursivas que generan el efecto de sentido que denominamos “efecto estético”. Considerando que cualquier efecto de sentido es un “valor”, y que la teoría del valor ha sido novedosamente desarrollada por la semiótica tensiva, hemos intentado introducir sus logros en el estudio del efecto estético, tal como se presenta en esa película. Pero, al mismo tiempo, consideramos que el “efecto estético” se inscribe en el ámbito de las pasiones, razón por la cual incorporamos también los aportes de la semiótica de las pasiones, en sus diferentes versiones y modelos.
Tal vez ese “eclecticismo” de modelos ha llevado a pensar, según algunos estudiantes de posgrado, que el texto de ese estudio resulta un tanto heterogéneo. Y lo es, sin duda. Sin embargo, queremos señalar que la confluencia de modelos, si bien puede llevar a la confusión, puede igualmente enriquecer los alcances del análisis. Es bien cierto que en el estudio de Muerte en Venecia se introducen dispositivos de la semiótica clásica: Modelo constitucional de la significación (llamado habitualmente “cuadrado semiótico”) —esquema narrativo— veridicción; dispositivos de la semiótica tensiva: esquematismo tensivo; dispositivos de la semiótica de las pasiones: arquitectónica de las pasiones (Parret), y algunos otros. Sin embargo, todos esos “dispositivos” son tributarios de un modelo hipotético-deductivo, teóricamente coherente y metodológicamente operativo, elaborado por J. Greimas y sus discípulos de la llamada “Escuela de París”. En consecuencia, a pesar de las variantes que puedan ofrecer, los dispositivos puestos en marcha en ese estudio son radicalmente coherentes, y se complementan unos con otros. Es muy posible que la “incompetencia” del investigador no haya logrado articularlos adecuadamente, impidiéndoles actualizar la eficacia que en potencia albergan. En todo caso, hemos tratado de incorporarlos a un análisis integral del efecto estético, sin traicionar los principios reguladores de su propia articulación. Al menos, eso esperamos.
Tiempos violentos (Pulp Fiction) es un texto fílmico posmoderno, que presenta características muy diferentes. De la impresión “molar” que proporciona la película, hemos considerado que la “puerta” de entrada más productiva es el “nivel de las figuras”. Pero entendemos que las “figuras” no se reducen a las figuras perceptivas del mundo cosmológico, sino que también incorporamos a ese nivel figuras noológicas como la “estructura” discursiva del relato, así como las correlaciones entre la estructura temático-narrativa y la estructura de las figuras propiamente dichas. Tal opción nos ha llevado a estudiar conjuntamente los programas narrativos y la organización del universo figurativo. Un estudio semejante quedaría inconcluso, en un texto tan particular como Pulp Fiction, si no estableciéramos nuevas correlaciones entre el plano de la expresión y el plano del contenido, poniendo a producir los sistemas semisimbólicos dentro del texto.
Con Nazarín nos encontramos de nuevo con la dimensión de las pasiones. Pero esta vez nos limitamos a detectar, para explicar, las pasiones como estructuras modales, con su propia morfología y sintaxis, con la finalidad de construir la identidad del actante sujeto: Don Nazario. Aplicamos, en este análisis, los modelos elaborados por A.J. Greimas y J. Fontanille en Semiótica de las pasiones. Las operaciones analíticas nos conducen a contrastar las posiciones “enunciativas” entre el enunciador implícito (Buñuel) y el enunciador del enunciado (Nazarín). Contraste que permite explicar la intencionalidad discursiva que anima a la película como discurso de autor.
El piano abre desde el primer momento una “puerta” muy clara para introducirse en su interior y “escuchar” el avance del filme. Toda la película avanza a base de “contratos”, aceptados o infringidos. Dichos contratos condicionan el “ser” y el “hacer” de los actantes, llevándolos a la adquisición de competencias muy definidas a fin de conseguir sus “objetos de deseo”. Tanto la “aceptación” como la “infracción” de los contratos estipulados determinan el mundo de los actores y sus destinos vitales. Los contratos gobiernan los programas narrativos que se consideran necesarios para cumplirlos en vista de la sanción final. Del mismo modo, los contratos estipulados, cumplidos o quebrantados, nos permiten alcanzar el “sentido del sentido” del filme.
Finalmente, el Ciudadano Kane nos ha ofrecido la oportunidad de un acercamiento a las distintas “figuras” con las que se manifiesta en el texto la enunciación implícita. Si bien “implícita”, la enunciación deja “huellas” en el enunciado; y, sólo a partir del enunciado podemos “catalizar” su presencia. Observamos así “figuras” enunciativas de la cámara, de la planificación, de los ángulos de toma. Analizamos luego las “figuras” sintagmáticas y las de la sintaxis actorial, espacial y temporal. Tratamos de conectar una vez más el plano del contenido con el plano de la expresión, ya que esa relación resulta imprescindible para comprender los textos artísticos. Pero, además, existen “figuras” enunciativas que surgen de la organización del relato, pues con esa “organización” el enunciador “habla” también al enunciatario.
Hemos colocado en el primer lugar, presidiendo los ensayos de investigación que componen este libro, un texto de reflexión teórica sobre la constitución del texto fílmico. Bien sabemos que el texto fílmico es un texto sincrético, en el que concurren códigos de diferente naturaleza: códigos visuales y sonoros, los cuales actualizan otros muchos subcódigos excesivamente complejos: comportamientos, gestos, vestimenta, colores, urbanísticos, etc. Nos limitamos en ese ensayo a describir los dos órdenes fundamentales que contribuyen a la constitución del texto fílmico: códigos visuales y códigos sonoros, así como la articulación entre ambos.
La elección de un punto de vista tiene importantes consecuencias sobre el análisis realizado. Un punto de vista permite “una” lectura interpretativa y no otra. Ningún “punto de vista” permite la única lectura, por la sencilla razón de que “la” lectura (única) no se alcanza jamás. Ni siquiera la “visión estelar” de un Valle-Inclán lo logró; lo que logró fue otra cosa: la visión esperpéntica del mundo y de los hombres. Toda “lectura” es una lectura parcial, y depende ciento por ciento del punto de vista adoptado. Como, de hecho, existen múltiples puntos de vista, existe, en consecuencia, una pluralidad de lecturas.
Sin embargo, las “lecturas” tienen un límite. En un texto dado, no es posible “leer” lo que a uno se le antoje. El texto mismo impone límites a la pluralidad de lecturas. Pero, respetando la naturaleza y estructura del texto, es evidente que puede ser “leído” desde distintos puntos de vista. Los límites impuestos a la “lectura” alcanzan a los resultados del análisis: todo resultado es parcial, y sobre un mismo texto, aplicando el mismo modelo analítico, analistas diferentes pueden llegar (y, seguramente, llegarán) a resultados diferentes.
En ese sentido, los distintos puntos de partida que hemos adoptado frente a cada texto sometido a estudio, nos han conducido a resultados diversos, válidos únicamente (y eso limitadamente) para el punto de vista adoptado. Toda pretensión de generalidad choca irremediablemente con la radical falibilidad del ser humano.
En consecuencia, proponemos al lector interesado en el conocimiento del cine y en el conocimiento de la semiótica, los resultados parciales que la “relatividad” del punto de vista adoptado nos ha permitido alcanzar.
Varios intereses pueden promover la lectura de esta obra: Habrá quien se interese en observar cómo se aplica un modelo teórico a un determinado texto concreto; habrá quien dé preferencia a los resultados obtenidos para renovar su visión y su manera de acercamiento al cine; no faltará quien se entusiasme con el juego de espejos que se genera al articular textos con métodos; y no faltará, claro está, quien se sienta desencantado, y hasta aburrido, después de leer los primeros párrafos del libro. Para estos últimos, es preciso recordar que todo texto, también el texto de investigación semiótica, reclama determinadas “competencias”, siquiera sean mínimas, en el lector que con él se enfrenta. Todo texto construye a su lector; en la medida en que cada uno de nosotros encajemos en ese “rol” virtual, nos sentiremos capaces de seguir la lectura con relativa facilidad.
La puerta está abierta; la entrada es libre.
I Constitución del texto fílmico
Se ha dicho repetidas veces que el texto fílmico es un texto sincrético porque a su constitución concurren diversos códigos; el texto fílmico se construye ciertamente con códigos de textualización diferentes: códigos visuales y códigos sonoros: lengua, música, ruidos.
Como bien señala Ch. Metz (1971: 154), el “signo cinematográfico” no existe. En el cine existen múltiples “signos” que pertenecen a diferentes códigos. El más importante, sin duda, es el “signo visual”. Y por él vamos a empezar nuestro análisis.
1. SIGNO VISUAL
El “signo visual” está en la base de la imagen cinematográfica. La imagen cinematográfica se caracteriza, según Ch. Metz (1971: 171), por los rasgos de la materia significante: imagen obtenida mecánicamente, múltiple, móvil, combinada con tres clases de elementos sonoros (palabras, música, ruidos) y con menciones escritas. Esta imagen compleja pretende copiar los rasgos significantes del “mundo natural”; pero jamás lo logra. Como tampoco lo logra la visión normal. Pues el significante del “objeto” natural es construido por la percepción. El mundo que nos rodea nos invade con una cantidad millonaria de estímulos heterogéneos y desarticulados, que afectan simultáneamente todos nuestros sentidos. Los órganos humanos de la sensación no son capaces de procesar tan ingente cantidad de estímulos. Ateniéndonos a la vista solamente, por ser el órgano que va a ponernos en contacto con los signos visuales del cine, sabemos que la luz cubre un espectro de 70 octavas, desde los rayos gamma hasta las ondas hertzianas, y que los órganos de recepción visual sólo son sensibles a una zona media, que abarca una sola octava (Grupo µ, 1992: 62). Esta banda de estímulos, que va de 390 a 820 nanómetros, es la que actúa sobre nuestros ojos para dar origen a la sensación de luz.
Por otro lado, el conjunto de estímulos recibidos, supuestamente continuo, es inmediatamente discretizado por la retina, compuesta como está de células aisladas, capaces solamente de transmitir puntos. La retina contiene dos tipos de células: los conos y los bastoncillos, los cuales se encuentran conectadas al nervio óptico y, por su intermedio, al cerebro. Si bien el número de conos asciende a los 7.000.000 y los bastoncillos pueden llegar hasta los 150.000.000, el nervio óptico no es capaz de transmitir al cerebro más de 1.000.000 de puntos (Encyclopaedia Britannica: Eye and Vision), lo cual supone ya una sustancial reducción de los datos recibidos. Por su parte, el cerebro introduce nuevas reducciones en función del programa cultural internalizado por los procesos de socialización a los que se ha visto expuesto durante el aprendizaje. El programa cultural internalizado no es otra cosa que lo que Eco llama códigos de reconocimiento (Eco, 1972: 270). En términos de la teoría de la información, el problema consiste en pasar de un caudal de 107 bits (capacidad del canal visual) a un caudal muchísimo inferior de 16 bits por segundo (capacidad de la conciencia). A estas coerciones cuantitativas se añaden exigencias de tipo cualitativo, entre ellas, la intensidad sensorial: existe un umbral mínimo y un umbral máximo de excitabilidad visual. El órgano receptor no es excitado por debajo de una millonésima de bujía por metro cuadrado, ni tampoco por un estímulo que supere las 10.000 bujías por metro cuadrado. Además, todo estímulo requiere de un tiempo mínimo para producir una excitación sensorial, que se conoce como “tiempo útil”, sin el cual la excitación no se produce. Por tanto, la percepción visual es inseparable de una actividad integradora; lo que quiere decir que el sistema perceptivo humano está programado para detectar similitudes. Pero, al mismo tiempo, está capacitado para identificar diferencias. La identificación de diferencias es precisamente el primer acto de una percepción organizada.
El análisis de los mecanismos de la percepción nos lleva a la conclusión de que la actividad visual es una actividad programada. Esta programación está ya inscrita en los detectores de figuras (tanto si el término se toma en el sentido de la Gestalt como si se lo acepta en el sentido de la glosemática). Pero desde el momento en que interviene la actividad de la memoria, pasamos de la “ocurrencia” a la “serie”, del “acontecimiento” al “tipo”, el cual permite introducir el concepto de “objeto”. Y con eso entramos inevitablemente en el ámbito cultural y, por tanto, en el campo de lo semiótico, porque
... el objeto percibido es una construcción, un conjunto de informaciones seleccionadas y estructuradas en función de la experiencia anterior, en función de necesidades, de intenciones del organismo implicado activamente en determinada situación” (Reuchlin, citado por Grupo µ, 1992: 80).
Y el objeto, así concebido, nos conduce directamente a la noción de “signo”. Y es aquí donde la función perceptiva se conecta con la función semiótica. En sus mismos fundamentos, la noción de objeto no es radicalmente separable de la noción de signo. Tanto en un caso como en el otro, es el sujeto percibiente y actuante el que impone un orden a la materia inorganizada, transformándola, por la imposición de una forma, en una sustancia (Hjelmslev, 1971: 51-52).
Resumiendo, resulta claro que la percepción es una operación semiotizante, y que la noción de objeto no es nada objetiva, en el sentido vulgar del término. Es, a lo sumo, un compromiso de lectura del mundo natural (Grupo µ, 1992: 81). Estas rápidas constataciones nos conducen a una conclusión inquietantemente obvia: el mundo es como lo vemos, no lo vemos como es. Y eso es así por la sencilla razón de que si no lo ‘vemos’1, no es. No es “como mundo”, claro está. La física cuántica y sus desarrollos más recientes llegan a plantear la hipótesis de que “el universo no existe si una inteligencia consciente no lo está observando”. Según J.A. Wheeler (1998), nuestras observaciones determinan la constitución misma del universo. Cuando los físicos analizan los elementos constituyentes de la realidad —los átomos y su interior, o las partículas de luz llamadas fotones—, lo que ven depende de cómo han organizado el experimento. Las observaciones de un físico determinan si un átomo se comporta como una onda fluida o como una partícula dura, o qué camino sigue al desplazarse de un punto a otro. Desde la perspectiva cuántica, el universo es un lugar de intensa actividad interactiva. De las infinitas opciones posibles (=modo de existencia potencializado) sólo se actualizan y se realizan aquéllas que pasan por la observación de seres inteligentes; las otras permanecen en la mera potencialidad. El efecto de sentido generado de esa manera depende entonces de la posición que ocupa el cuerpo percibiente en el campo de observación o campo de presencia.
Para el físico Andrei Linde el universo parece haber existido antes de que alguien comenzara a mirarlo. Sin embargo, el universo y el observador existen unidos, uno en función del otro.
Sólo se puede decir que el universo existe cuando hay un observador que puede afirmar: ‘Puedo “ver” el universo ahí’. Como ser humano, no veo ninguna lógica ni sentido en afirmar que el universo existe sin observadores. En ausencia de observadores, el universo está muerto (Linde, 2000).
Las ciencias cognitivas, por su lado, están llegando a las mismas conclusiones. F. Varela, E. Thompson y E. Rosch avanzan la tesis de que ni el yo ni el mundo tienen algún fundamento permanente en sí mismos; que no hay nada que los fundamente como tales:
El organismo y el entorno se desarrollan y se despliegan mutuamente en la circularidad fundante que es la vida misma. (…) Las cosas son creadas de manera codependiente; en sí mismas, están desprovistas de todo fundamento” (Varela, Thompson y Rosch, 1993).
El principio de emergencia codependiente es aplicable a los sujetos y a sus objetos, a las cosas y a sus atributos, a las causas y a su efectos y, en general, a la inteligencia consciente y al universo. Los autores se reafirman en su posición: “Tenemos la firme convicción de que la cognición, lejos de ser la representación de un mundo dado de antemano, es el advenimiento conjunto de un mundo y de un espíritu” (Varela, Thompson y Rosch, 1993).
Y, sin embargo, como señala Eco (1999), hay algo ahí que ofrece resistencia, que envía estímulos, y con lo cual tenemos que contar.
El plano de la expresión del signo visual es similar al plano de la expresión del “mundo natural”, aunque no igual. Lo que quiere decir que las figuras del contenido lingüístico, propuestas por A.J. Greimas, corresponden también al plano de la expresión del código visual. Esta equivalencia ya había sido prevista por Ch. Metz al establecer la correspondencia entre código lingüístico y código visual. Reproducimos a continuación el esquema propuesto por Ch. Metz (1977: 152) para ilustrarla mejor:

Y Metz comenta:
La correspondencia entre visión y lengua se establece en dos niveles diferentes: de una parte, entre sememas y objetos identificables; de otra parte, entre semas y rasgos pertinentes del reconocimiento visual. (...) En el código del reconocimiento visual, el significante no es jamás el objeto (descubierto o simplemente sospechado), sino el conjunto del material con el que se descubre (o se sospecha de) su existencia: formas, contornos trazados, sombreados, etc.; es la sustancia visual misma, la materia de la expresión en el sentido de Hjelmslev. (…) Gracias a los rasgos pertinentes del significante icónico, el sujeto identifica el objeto (=establece el significado visual); de aquí, pasa al semema correspondiente de su lengua materna (=significado lingüístico); éste es el momento preciso de la nominación, del tránsito intercódico. Una vez que dispone del semema, puede pronunciar la palabra o lexema al que se vincula dicho semema; y ahora puede producir el significante (fónico) del código lingüístico. El rizo queda así rizado (Metz, 1977: 145).
Sin embargo, la experiencia común (es decir, comunitaria) nos enseña que no siempre es necesario acudir al semema de la lengua para identificar un “objeto” del mundo natural. Puede bastar con la intervención de sus equivalentes: el tipo o el prototipo, como se verá en el acápite siguiente.
En ese orden de cosas, existen tipos visuales, tipos auditivos, tipos táctiles, tipos olfativos, tipos gustativos, que nos permiten identificar los “objetos” sin la necesaria intervención de la palabra. J. Fontanille aclara muy bien estas posibilidades:
La imagen de un árbol no es imagen de árbol porque podamos llamarla “árbol” sino porque se aproxima al tipo visual /árbol/. Del mismo modo, si reconocemos una forma redondeada elíptica, no es porque podamos llamarla “elipse” sino porque hemos reconocido el tipo visual /elipse/. Si alguien no conoce el nombre de “elipse”, se verá obligado a utilizar una perífrasis (“algo redondo aplastado”); pero no por eso dejará de reconocer el tipo visual /elipse/ (Fontanille, 1998b: 42).
Y lo mismo sucede con los tipos auditivos y demás tipos: “ruido de lluvia”, “ruido de viento”, “ruido de motor”, “ruido de pasos”, “ruido de puerta”; “color de rosa, “color de violeta”...; “sabor a lúcuma”, “sabor a ciruela”.
De todos modos, el esquema anterior nos permite advertir que en el significante lingüístico no existe ningún rasgo visual. Los semas figurativos del modelo de A.J. Greimas corresponden al significante de la semiótica del “mundo natural”. La iconicidad cinematográfica es directamente visual, despojada de giros retóricos, inmediata. La percepción simultánea de los diversos aspectos de un paisaje: extensión, horizonte, formas, colores, matices…, que permite el signo visual, produce una concentración de sensaciones, de estesias, que elevan la intensidad de la emoción.
Resulta muy difícil, en cambio, expresar con imágenes los procesos del razonamiento, e incluso los estados de ánimo. En este sentido, el cine y el texto fílmico que permite construir, tienen que limitarse a captar los comportamientos exteriores e inferir de ellos los estados anímicos correspondientes. Desde esta perspectiva, el texto fílmico es eminentemente conductista. Solamente por la incorporación de la palabra, el texto fílmico, en el estadio actual del desarrollo del cine, puede expresar la dimensión interior del hombre. Como se ve, la famosa sentencia china, según la cual una imagen vale por mil palabras, encuentra aquí su vuelta de guante, pues es igualmente cierto que una palabra vale por mil imágenes cuando se trata de expresar razonamientos o procesos mentales.
2. NIVEL ICÓNICO
En el signo visual hay que distinguir dos planos diferentes: el signo icónico y el signo plástico, con sus respectivos significante y significado. Ya hemos señalado que el signo icónico no es una copia del mundo natural, sino una reconstrucción. El signo icónico es el producto de una triple relación entre tres elementos. No es suficiente para explicar el signo icónico la aplicación de la relación binaria, con la que se puede dar cuenta del signo lingüístico. Los tres elementos necesarios para la construcción del signo icónico son: el significante icónico, el tipo y el referente del “mundo natural”, entendiendo siempre este referente como otro signo. Entre estos tres elementos se establecen relaciones de ida y vuelta, como lo indica el modelo siguiente, elaborado por el Grupo µ (1992: 136):

El referente que aquí se propone es el objeto entendido no como la suma inorganizada de estímulos, sino como miembro de una clase, lo que no quiere decir que el referente sea necesariamente “real”. Por lo pronto, ya hemos señalado que el objeto no existe como realidad empírica, sino como ente de razón, como construcción y, en último término, como signo. La existencia de esta clase de objetos es validada por la existencia del tipo.
Tipo y referente son, sin embargo, distintos: el referente es particular, y posee características físicas. El tipo es una clase, y tiene características conceptuales. Por ejemplo, el referente del signo icónico árbol es un objeto particular, del que podemos tener la experiencia, visual o de otra naturaleza (táctil, olfativa). Pero ese objeto sólo es referente en cuanto puede ser asociado a una categoría permanente: el ente-árbol.
El significante es un conjunto modelizado de estímulos visuales que corresponden a un tipo estable, identificado gracias a los rasgos de dicho significante, y que puede ser asociado a un referente reconocido, el cual es a su vez hipóstasis de un tipo. El significante establece relaciones de transformación con dicho referente.
El tipo es un modelo interiorizado y estabilizado, que, confrontado con el producto de la percepción, se ubica en la base del proceso cognitivo. En el ámbito icónico, el tipo es una representación mental, constituida por un proceso de integración. Su función es la de garantizar la equivalencia del referente y del significante. Referente y significante se encuentran en una relación de cotipia. Por lo demás, los tipos son formas (en el sentido hjelmsleviano del término): no se trata de realidades empíricas brutas, anteriores a toda estructuración. Se trata, una vez más, de modelos teóricos. Entre una forma tipo y la forma percibida, entre el color tipo y el color percibido, entre el objeto tipo y el objeto percibido, existe la misma relación que entre el fonema y todos los sonidos que lo pueden realizar, entre el nombre y todos los objetos que se le pueden asociar.
En cuanto modelos, los tipos constituyen una definición. La clase a la que se aplica esta definición es una clase de perceptos agrupados en categorías que desdeñan ciertas características consideradas no pertinentes. La presencia, por ejemplo, de una arruga no invalida ni confirma la pertenencia de un objeto a la clase de cabeza; una variación en la saturación no invalida ni confirma la pertenencia de tal color a la clase del rojo, y así por el estilo. El aparato perceptivo semiotiza por medio de la acentuación de contrastes, por medio de la creación de contornos, por medio de la igualación de zonas coloreadas, etc. Con tales operaciones, lo que hace es extraer una información útil, liberar una señal de los ruidos que la rodean y evitar la creación de un repertorio infinito de tipos. Semiotizar consiste, finalmente, en constituir clases, extrayendo los rasgos invariantes (=específicos) y relegando los rasgos particulares (=individuales).
Entre los tres elementos del signo icónico se establecen tres relaciones dobles:
2.1 Eje significante-referente
Ese eje conecta de forma inmediata los términos de la relación, lo que señala una notable diferencia con la relación que establecen estos términos en el signo lingüístico. En este último caso, significante y referente no tienen ninguna relación inmediata ni en materia ni en forma. En el signo icónico, en cambio, por el hecho de contar ambos términos con características espaciales, son los dos igualmente mensurables. Es precisamente en esa mensurabilidad en la que descansa la famosa ilusión referencial, a la que aluden los autores más perspicaces en la descripción del signo visual. Esto quiere decir que algunos caracteres del objeto son traducidos en los signos icónicos, mientras que algunos rasgos del signo no pertenecen al objeto. En este punto, U. Eco (1972: 234) habla más bien de homologación entre dos modelos de relaciones perceptivas. Podríamos ahora completar el esquema de Ch. Metz (1977: 152) relacionando el signo visual y el signo lingüístico con la semiótica del “mundo natural”, referente obligado de los dos signos anteriores:

Como puede observarse en el esquema anterior, todos los sistemas semióticos se comunican entre sí en el nivel del significado —nivel semémico—, razón por la cual es posible la traducción de un sistema a otro. Pero, además, el sistema visual y el sistema del “mundo natural” se interrelacionan entre sí en el nivel del significante, ya que el signo visual extrae del “mundo natural” algunos rasgos —aquéllos que son necesarios y suficientes, dentro de cada cultura— para construir el significante. En cambio, el significante lingüístico no participa en nada de los rasgos del significante del “mundo natural” ni de los rasgos del significante del signo visual. Lo que sí sucede con el significado lingüístico, pues los semas figurativos del significado mantienen una correspondencia con algunos rasgos del significante del sistema semiótico del “mundo natural” y del orden visual.
Las relaciones en las que se basa la mensurabilidad, e incluso la homologación, que no la identidad, de los modelos perceptivos, se denominan transformaciones. El Grupo µ propone cuatro tipos fundamentales de transformaciones: a) transformaciones geométricas; b) transformaciones analíticas; c) transformaciones ópticas; d) transformaciones cinéticas (Grupo µ, 1992: 156 ss.).
Las transformaciones geométricas se producen sobre “formas” extendidas en un espacio, y se generan por traslación: operación por la que todos los puntos de una figura F pasan a una figura F’ de conformidad con vectores equipolentes y paralelos; por rotación: operación por la cual todos los puntos de F’ se obtienen como en el caso anterior, pero añadiendo una operación de rotación en torno a un centro O; por simetría: operación por la que de cada punto M de F se pasa al punto correspondiente M’ de F’ por un segmento de recta, de forma tal que O sea siempre el punto medio de MM’; y por homotecia, según la cual, se operan reducciones o ampliaciones de las figuras. Estas diversas transformaciones elementales pueden combinarse entre sí para generar transformaciones complejas como desplazamientos (combinación de una traslación y de una rotación), similitudes (obtenidas por un desplazamiento y una homotecia), y congruencias (composición de traslaciones, rotaciones y reflexiones). Las congruencias permiten explicar por qué dos entidades que tienen la misma “forma” (en el sentido de la Gestalt) son posibles signos icónicos una de otra, como sucede en el calco y en la huella. Los reflejos en el espejo son también congruencias.
Las homotecias resultan sobremanera interesantes, en la medida en que rigen las reducciones y las ampliaciones, tan frecuentes en el caso de la fotografía y, por tanto, del cine. Estas transformaciones conservan algunas propiedades de la figura original (en particular, los ángulos), pero no la longitud ni la orientación. Asistimos con estas operaciones a las transformaciones familiares de los triángulos iguales y, en general, a las de las figuras “semejantes”.
La transformación por proyección conserva sólo algunas propiedades proyectivas de la figura original (por ejemplo, “ser una línea recta” o “una curva de segundo grado”) y algunas propiedades topológicas (“estar dentro de”). Todos los sistemas clásicos de perspectiva entran aquí en juego. Y la proyección se encuentra igualmente en la base de aquellos signos que se producen por la proyección de objetos y figuras sobre una superficie plana, tales como fotografías y dibujos, razón fundamental del cine, tal como lo conocemos.
Finalmente, las transformaciones topológicas no conservan más que algunas propiedades muy elementales como la continuidad de las líneas la relación de interior y de exterior y el orden. Y así, una línea recta puede convertirse en curva, conservando sus propios elementos; los ángulos pueden desaparecer; las superficies y las proporciones pueden cambiar. La introducción de estas transformaciones en nuestro universo icónico es muy reciente, al menos en su uso masivo. Se aplican en la elaboración de esquemas, diagramas, organigramas, etc. Como ejemplos especialmente significativos, podemos citar el plano del metro, los circuitos eléctricos integrados, los planos de las ciudades y hasta las transformaciones topológicas que se observan en algunas pinturas de J. Miró.
Las transformaciones analíticas son mucho más finas y tal vez más fundamentales para la formación del signo visual que interviene en la constitución del texto fílmico. Se trata de transformaciones tales como la diferenciación y el filtraje. La diferenciación se aplica a los fenómenos de luminancia, que varía de un punto a otro del campo de visión. La diferenciación permite pasar de una imagen “continua” a una imagen “a trazos”. Se opera aquí una transformación diferencial del campo percibido: cada “pico” corresponde a un punto del “trazo” y entre los “trazos” no hay nada, o mejor dicho, entre los “trazos” hay un espacio neutro en cuanto vector de información.
Las transformaciones por filtraje permiten analizar la información visual como una red de puntos que son explorados por medio de un “barrido” o exploración. Toda la información obtenida en un “punto” se confunde para producir un estímulo medio que afecta al ojo, el cual lo analiza y, en respuesta, produce una señal nerviosa en forma de vector con tres componentes: luminancia, saturación y cromatismo. El filtraje consiste en anular alguno de los componentes de ese vector, operando así una proyección de puntos sobre un plano (si se suprime un componente) o sobre una línea (si se suprimen dos componentes). Hablando con propiedad, los componentes no se suprimen, sólo se “fijan”: conservan un valor constante y dejan de ser “variables” Si en lugar de establecer un valor fijo para un componente, se le asignan dos o más valores discretos, excluyendo la variación continua del parámetro seleccionado, obtenemos una variante del filtraje, que se conoce como discretización. La discretización constituye una forma menos radical de filtraje, intermedia entre las degradaciones ilimitadas y la fijación arbitraria de un valor único. La transformación de filtraje en fotografía y en cine es la que conduce del color al blanco y negro por la supresión o fijación del cromatismo. La discretización, por su parte, conduce a la “estilización”.
Las transformaciones ópticas afectan las características físicas de la imagen, y son bien conocidas por los fotógrafos. Trabajan la intensidad y la convergencia de los rayos luminosos. Entre las principales transformaciones ópticas se encuentra el contraste, que radica en la relación de “luminancia” entre las zonas extremas del “negativo” o del objeto, tal como es percibido por el ojo. Es evidente, sobre todo para el fotógrafo, que hay que tener en cuenta en cada toma los contrastes del “objeto”, del negativo y del positivo, que no son necesariamente equivalentes. Por la relación de contraste podemos atenuar o acentuar las variaciones en la luminancia del objeto, produciendo efectos de sentido significativamente diferentes. El llamado estilo negro en el género del cómic adopta el contraste máximo de que disponen los mecanismos de impresión. Del mismo modo, el expresionismo y el llamado cine negro americano utilizan los máximos contrastes que permiten los “negativos” de la época. Pero se puede trabajar con la gradación de un referente en un significante, desplazando “en bloque” la luminancia hacia los valores “oscuros” o hacia los valores “claros” de la gama, como sucede en los grabados de Goya. Invirtiendo los contrastes de luminancia, se obtiene el negativo. El efecto negativo es bien conocido por los fotógrafos, pero se halla igualmente presente en los dibujos a lápiz y en las siluetas o contraluces.
Otro complejo de transformaciones ópticas es el comprendido por la nitidez y por la profundidad de campo. En la visión normal existe un ángulo de visión sólido, conformado por un campo de unos 14º, en el que se distinguen las siguientes zonas fundamentales: en el centro se sitúa la zona de visión nítida o foveal, en la que se da el máximo de discriminación de formas y de colores; alejándose hacia la periferia, se encuentran sucesivamente un campo central de 25º y, luego, un entorno de 60º; el resto constituye el campo periférico de la visión. Como el ojo es móvil, puede “barrer” el campo y desplazar la zona de visión nítida hacia cualquier punto del campo. Pero en ningún caso puede ver toda la imagen con la misma nitidez. Y en esto radica el “tiempo” de la visión, que introduce la temporalidad en la comunicación visual. Finalmente, la visión binocular permite apreciar la distancia entre diversos puntos del campo visual. A partir de esta visión fisiológicamente “normal”, es posible proceder a transformaciones del ángulo de visión, de la zona de visión nítida y de la profundidad de campo.
La zona de visión nítida ha obligado a los artistas a inventar infinidad de “trucos” y de “trampas”. Cuando todo el campo de la imagen se presenta con nitidez constante, como en la pintura clásica o en la fotografía corriente, el ojo sólo percibe esa nitidez localmente, a lo largo de su recorrido por el campo; el resto queda difuminado. Si, por el contrario, examinamos una pintura cuyo centro es nítido y los bordes difuminados (Renoir, por ejemplo), el ojo sólo encontrará una visión satisfactoria si se fija en el centro; todos los demás puntos de la imagen producirán una visión difuminada. Tal dispositivo pictórico tiene por efecto atraer el ojo con eficacia hacia un centro de la imagen, que no necesariamente tiene que estar en el centro del cuadro. La profundidad de campo puede ser fuertemente reducida por medio de un objetivo de “focal” largo, poco diafragmado; y puede ser acentuada por un objetivo de “gran angular”. El efecto “profundidad de campo”, que resulta de la aplicación del “gran angular”, permite apreciar en la imagen, con la misma nitidez, los primeros términos y los fondos de la imagen.
Las transformaciones cinéticas se basan en el desplazamiento del observador con respecto al objeto observado, y es ese desplazamiento el que crea la relación entre el significante y los otros elementos del signo visual. Las principales transformaciones cinéticas son la integración y la anamorfosis. La integración permite incorporar en una unidad visual elementos dispersos como los de las “tramas” y los del “sombreado”. Al alejarse de la imagen, se ve emerger lo lejano, ya que el ojo abarca zonas de imagen cada vez más amplias en las que se suma y se promedia toda la información, integrándose en una totalidad. Es lo que sucede con las vallas publicitarias, confeccionadas en base a tramas gruesas y discontinuas. Y es lo que sucede también en la visión normal ante fenómenos como el que Proust describe frente al surtidor de Hubert Robert2.
La anamorfosis se presenta en dos formas diferentes: la primera se basa en la multiestabilidad y hace ver dos imágenes en una sola; la segunda, en cambio, se apoya en un efecto cinético. Cuando desfilamos en torno a la Gioconda, la joven mujer nos sigue mirando siempre. Lo mismo sucede con las imágenes fotográficas de la moderna publicidad, que se encuentran en la vía pública.
En resumen, las transformaciones permiten dar cuenta de la ilusión referencial, la cual surge de la relación entre significante y “referente”, dicho ahora con mayor propiedad y rigor, entre el significante visual y el significante del referente, así como también de la equivalencia entre dos o más significantes: como la que se genera entre una fotografía y un dibujo, o entre una fotografía en color y otra en blanco y negro.
2.2 Eje referente-tipo
En este eje se establece una relación de estabilización y otra de integración. Los elementos pertinentes extraídos del contacto perceptivo con el “referente” se reúnen en paradigmas, que a su vez dan origen al tipo. En la dirección [tipo ∏ referente] se produce la operación que consiste en una prueba de conformidad. La conformidad se establece entre los rasgos pertinentes que han sido seleccionados en el “referente”, es decir, en el significante del referente, y los rasgos paradigmáticos que integran el tipo. Los rasgos pertinentes retenidos del “referente” constituyen precisamente las “figuras” en el sentido de A.J. Greimas, que pueden descomponerse en semas figurativos (Greimas y Courtés, 1979, [sema]).
Aunque el tipo, en el signo icónico, y el significado, en el signo lingüístico, ocupan distinto lugar en la estructura sígnica, existe de todos modos una cierta equivalencia entre ambos: forman parte, al menos, del significado lingüístico los semas figurativos, que son aquéllos que tienen una correspondencia con los significantes del “mundo natural”, los cuales intervienen activamente en la construcción del tipo. En este sentido, y ateniéndonos a la coherencia del modelo semiótico greimasiano, no se puede desalojar totalmente el “referente” del signo lingüístico, ya que algunos de sus rasgos (= semas figurativos) son incorporados al significado. Hay que insistir, sin embargo, en el hecho de que tal referente no es más que un elemento (= significante) de la semiótica del “mundo natural”, y de lo que se trata, entonces, es de un problema de intersemioticidad (Greimas y Courtés, 1979, [referente]). Es esa relación entre significado y tipo la que permite verbalizar, aunque no en todos los casos, el signo icónico.
2.3 Eje tipo-significante
El tipo es un conjunto de paradigmas. En consecuencia, los estímulos visuales pueden ser sometidos, igualmente, a una prueba de conformidad, la cual permitirá o no hipostasiar los rasgos sensoriales, seleccionados por el programa cultural, con el tipo. La prueba de conformidad consiste en confrontar un objeto singular con un modelo general, es decir, los rasgos pertinentes del significante-objeto con los rasgos estabilizados del tipo. Como el modelo está estructurado sobre la base de paradigmas, diversos objetos pueden corresponder a un tipo único, sea por la vía del significante, sea por la vía del “referente”. En la dirección [significante ∏ tipo], se produce una operación de reconocimiento del tipo. Los criterios de reconocimiento son de naturaleza cuantitativa y cualitativa: tanto el número como la naturaleza de los rasgos que autorizan el reconocimiento, son importantes. Por ejemplo, el tipo “árbol” será fácilmente reconocido si los rasgos que corresponden a los tipos /”tronco”/, /”ramas”/ y /”hojas”/ están presentes, aunque no todos sean necesarios al mismo tiempo. No existe un producto necesario de rasgos de identificación; sólo es necesario un conjunto mínimo de tales rasgos, o sea, un conjunto de rasgos necesarios y suficientes, el cual se consigue por medio de la asociación libre de elementos, cuyos tipos son limitados en número. El reconocimiento del tipo a partir del significante es necesariamente conjetural, en virtud del estatuto lógico de los conceptos, de las relaciones y de los procesos implicados en el funcionamiento del signo icónico.
La producción-emisión de signos icónicos puede definirse como la producción de simulacros del “referente”, gracias a una serie de transformaciones, aplicadas de tal manera que su resultado esté conforme con el modelo propuesto por el tipo correspondiente al “referente” (=relación de cotipia). La recepción de los signos icónicos identifica un conjunto de estímulos visuales (= significante)como si procedieran de un “referente” que les corresponde, por medio de transformaciones adecuadas. Significante y “referente” pueden considerarse correspondientes, ya que ambos se configuran de acuerdo con un tipo (=cotipia), el cual da cuenta de la organización particular de sus características espaciales.
3. NIVEL PLÁSTICO
A.J. Greimas, en su texto fundador Sémiotique figurative et sémiotique plastique (1984), estableció la clara diferencia entre el nivel icónico y el nivel plástico del signo visual. Si en el nivel icónico se establece, como hemos visto, una necesaria relación ternaria entre /significante/ /tipo/ y /referente/, en el nivel plástico la relación se reduce de nuevo a una relación binaria: significante/significado. Ningún tipo interviene entre ambos funtivos para asegurar la identificación de algún posible “referente”. Sin embargo, esta relación no es ni clara ni precisa. Postular la existencia de un sistema semiótico plástico, como señala acertadamente A.J. Greimas (1984: 13), no impide reconocer al mismo tiempo que dicho sistema nos es prácticamente desconocido. Desconocido en su constitución, no en existencia. Un sistema semejante sólo puede ser captado y explicitado a partir del examen de los procesos semióticos plásticos —es decir, a partir de los textos plásticos —, en los que dicho sistema se encuentra realizado.
El código plástico moviliza valores excesivamente variables. Al pretender analizarlos al margen de sus actualizaciones —aparte de su presencia en los textos plásticos—, se corre el riesgo de hablar de generalidades.
Un enunciado plástico puede ser analizado desde el punto de vista de las formas (en el sentido de la Gestalt), de los colores o de las texturas, así como desde el punto de vista del conjunto formado por esos elementos. En realidad, nos enfrentamos siempre a sintagmas de formas, a sintagmas de colores y a sintagmas de texturas, y los significados reposan más en sus relaciones que en las formas o en los colores en sí. El significado plástico es relacional y topológico, y sus unidades son estructuradas por el sistema textual más que por el código. De todas maneras, cualquier análisis plástico que pretendamos hacer, nos obliga a utilizar determinadas oposiciones estructurales que permiten dar cuenta de las formas, de los colores y de las texturas: /alto vs. bajo/, /abierto vs. cerrado/, /simple vs. compuesto/, /claro vs. oscuro/, /liso vs. rugoso/...; tales oposiciones, que se encuentran en diversos enunciados plásticos, aparecen como la actualización en sintagmas de estructuras que existen en un paradigma general, potencializado en la competencia de los usuarios. Los objetos plásticos son verdaderos objetos semióticos y, por tanto, podemos indagar la relación que en ellos se establece entre una expresión y un contenido.
En el plano del significante, constatamos que las unidades simples no existen jamás aisladas, al margen de la actualización. Una determinada /claridad/, una /rugosidad/, una /abertura/ sólo son lo que son en función de oposiciones que existen no solamente en el paradigma sino también y necesariamente en el sintagma. Pero, por el hecho de que cada realización en el enunciado cristaliza experiencias anteriores, en las que estímulos semejantes han sido ya estructurados y permanecen potencializados en la memoria de los actores semióticos, cada forma reconocida puede recibir un lugar en la pareja de opuestos que constituyen los elementos de un sistema.
Y lo mismo sucede en el plano del significado. No es posible asignar un valor preestablecido a los elementos aislados, al margen de toda relación sintagmática. Por tal razón, en el nivel plástico, el dispositivo que mejor puede explicar la generación de la significación es el dispositivo de los sistemas semisimbólicos. En tal sentido, es posible descubrir tres niveles de investimiento semántico en el nivel plástico del signo visual (Grupo µ, 1992: 194):
• Semantismo correlacional plástico. - Algunas oposiciones de la expresión plástica pueden aparecer frecuentemente, en los enunciados plásticos, investidas de los mismos valores semánticos, en virtud de asociaciones contraídas en otros textos por su conexión con elementos icónicos o con otros elementos extravisuales: el cielo es azul, la hierba es verde, la sangre es roja. En una determinada cultura, esas repeticiones pueden asociar, de manera más o menos estable, oposiciones de la expresión con oposiciones del contenido. Este fenómeno es el que da origen a lo que A.J. Greimas y sus colaboradores de la Escuela de París (Türlemann, Floch, Fontanille, Courtés) han denominado sistemas semisimbólicos. Tales sistemas se caracterizan por establecer correlaciones semióticas no entre términos aislados de la expresión y términos aislados del contenido, sino entre categorías del plano de la expresión y categorías del plano del contenido.
Así, por ejemplo:


Lo importante es reconocer que esas homologaciones y correlaciones se establecen en el proceso del texto y no están dadas a priori. En tal sentido, cualquier otro texto las puede invertir con toda libertad, estableciendo correlaciones y homologaciones como la siguiente:

Un ejemplo clásico de esta inversión aparece muy claramente en Alexander Nevski (S.M. Eisenstein, 1938), película en la que los teutones invasores y perversos —los “malos”— aparecen revestidos de túnicas blancas, mientras que los rusos defensores y heroicos —los “buenos”— visten ropas de tonos oscuros. El cine expresionista y el cine negro nos habían acostumbrado a la homologación siguiente:

Eisenstein, en cambio, establece la homologación del modo siguiente:

La expresión del luto, asimismo, genera diferentes homologaciones en las distintas culturas: En Occidente nos hemos acostumbrado a la correlación semisimbólica:

Mientras que en Oriente la correlación es como sigue:

(Aunque, por contagio, también se aplica, a veces, en Occidente, la homologación anterior).
• Semantismo iconoplástico.- El elemento plástico puede coexistir con signos icónicos, interpenetrándose mutuamente con mayor o menor fuerza. Los valores semánticos, asociados por el código al sistema icónico, pueden fácilmente vincularse a elementos del sistema plástico.
• Semantismo extravisual.- Sobre la base de experiencias repetidas del nivel iconoplástico, o por otras asociaciones culturales e históricas, se atribuyen valores semánticos más o menos permanentes a determinados elementos plásticos, al margen de su actualización en el sintagma. Se trata, en este caso, de sistemas simbólicos en los que a cada término del plano de la expresión corresponde un término del plano del contenido. En este nivel se inscribe el tradicional “simbolismo de los colores”, por ejemplo. Así, el verde se asocia con la esperanza; el amarillo, con la traición; y, el rojo, con la violencia o con la revolución.
• El signo plástico incluye, como ya dijimos, tres aspectos diferentes, aunque interrelacionados entre sí: la textura, la forma (Gestalt) y el color, cada uno con su significante y su significado.
– La textura es una propiedad de la superficie, y consiste en el tejido granulado o liso, modelado o plano, que produce una sensación táctil: esa “sensación” táctil constituye una unidad de contenido que corresponde a una expresión formada a partir de un estímulo visual. La textura de una superficie visual es una microtopografía, constituida por la repetición de elementos granulados. Los elementos y su repetición son los texturemas, que pueden aparecer bajo los aspectos de /granulado/, /liso/, /rayado/, /lustroso/, /estampado/, /pata de gallo/raspado/, etc. Una superficie cualquiera puede ser identificada únicamente por su textura, al margen de toda forma y de todo color.
El significado global de la textura está dado por tres rasgos semánticos muy generales: a) efecto de /tridimensionalidad/, b) efecto de /tactilidad/, c) efecto de /expresividad/, rasgos que serán precisados en cada caso por la estructura sintagmática del enunciado plástico.
– Toda forma (Gestalt) aparece siempre sobre un fondo, del que destaca. Corresponde a lo que A.J. Greimas (1984: 16) ha llamado categoría eidética. La forma, sin embargo, no es nada simple, y está definida por cuatro parámetros o formemas: el contorno, la posición, la dimensión y la orientación. La noción de forma supone la existencia de características invariantes aplicadas a las figuras que aparecen en una superficie. (Figura tiene aquí el sentido que le atribuye la teoría de la Gestalt, y no la que le asigna Hjelmslev). El formema /posición/ remite al dispositivo topológico de Greimas (1984: 14).
La forma, con sus respectivos formemas, es una expresión (significante) que puede ser correlacionada de maneras diferentes con un contenido. Resulta, sin embargo, difícil establecer el semantismo de la forma gestáltica, ya que su campo semiótico no está rigurosamente codificado en la cultura. En primer lugar, porque es imposible aprehender una forma pura, desprovista de color y de textura: la forma es una realidad teórica. En tal sentido, no es posible establecer un inventario de contenidos asociados a formas actualizadas. Existen, no obstante, algunas formas genéricas con las que nuestra cultura ha asociado determinados valores semánticos, igualmente generales: la forma cuadrada, la forma triangular, la forma circular, por ejemplo, se asocian generalmente con valores semánticos como los siguientes:
Cuadrado: /detención/, /instante congelado/, /cosmos/. Triángulo: /divinidad/, /armonía/, /proporción/. Círculo: /tiempo cíclico/, /perfección/, /mundo espiritual/, /unidad primordial/.
Sin embargo, la solución más productiva para resolver esa indefinición es, otra vez, la aplicación del dispositivo semiótico de los sistemas semisimbólicos, de conformidad con la actualización de dichas categorías en el enunciado plástico. Por ejemplo, el formema /orientación/ puede relacionarse en un enunciado concreto con el semantismo del equilibrio:

Nuevos semantismos pueden ser generados por la correlación entre formemas, por su integración en la forma global del enunciado y por la organización sintagmática de las diversas formas integradas.
– El color aislado es un modelo téorico; no tiene existencia empírica si no se asocia, dentro del signo plástico, a una forma y a una textura. Pero aun como entidad teórica, el color no es un objeto simple. En el plano de la expresión, se articula sobre la base de tres componentes, que denominamos cromemas: dominancia (tono o matiz), luminancia y saturación. Corresponde este elemento plástico a lo que Greimas (1984: 16) llama categoría cromática.
Los cromemas, así como los formemas y las texturemas, son unidades significativas. Las oposiciones que determinan en el plano de la expresión corresponden a oposiciones en el plano del contenido. Para alcanzar aquí una mínima validez en esa correlación entre expresión y contenido, será preciso acudir de nuevo a los sistemas semisimbólicos, en lugar de pretender instaurar una correlación término a término. Es cierto, no obstante, que en el campo de los colores la tradición cultural ha trabajado más ampliamente con el simbolismo. Y así, se han hecho numerosos intentos de correlacionar colores con contenidos. Pero incluso los intentos más logrados se han limitado a correlaciones entre nombres de colores y no entre colores mismos. Para una semiótica del signo plástico, lo importante es encontrar la función semiótica entre el color como expresión y el contenido que se le pueda asociar.
Entre los cromemas es evidentemente la dominancia (= tono, matiz) la que convoca correlaciones semióticas más numerosas, aunque se trate, en la mayoría de los casos, de oposiciones graduales y tensivas, como [caliente vs. frío]. Por otro lado, tales oposiciones son casi siempre sinestésicas, de alcance más o menos general.
La luminancia (=luminosidad) tiende a correlacionarse con contenidos tales como:

El cine negro y la comedia sofisticada serían buenos ejemplos de esos efectos de sentido, claramente polares, independientemente del color (=dominancia) utilizado.
La saturación se correlaciona con la categoría tónica:

con todas las variantes que pueden asociarse a los términos de la categoría:

Es indudable que las correlaciones entre colores y contenidos se complejizan a medida que de los cromemas pasamos a los colores como unidades integradas, y de éstos, a los sintagmas de colores. Y que, en definitiva, tales correlaciones sólo pueden establecerse en los enunciados concretos.
4. NIVEL ICONOGRÁFICO
Hasta ahora nos hemos detenido en la descripción del nivel icónico del signo visual. Pero a partir del nivel icónico se dibuja otro nivel de significación que conocemos como nivel iconográfico. Ya E. Panofsky (1972) había señalado estos dos niveles del texto visual. Según este autor, en el texto visual de la pintura podemos distinguir tres niveles de significación: el contenido temático natural o primario, subdividido en fáctico y expresivo; el contenido secundario o convencional; el significado intrínseco o contenido propiamente dicho.
• El contenido temático natural o primario
... se percibe por la identificación de formas puras, es decir, de ciertas configuraciones de línea y color, o de ciertas masas de bronce o piedra de forma peculiar, como representaciones de objetos naturales, tales como seres humanos, animales, plantas, cosas, instrumentos, etc., identificando sus relaciones mutuas como hechos, y percibiendo sus cualidades expresivas como el carácter doloroso de un gesto o una actitud, o la atmósfera hogareña y pacífica de un interior. El mundo de las formas puras, reconocidas así como portadoras de significados primarios o naturales, puede ser llamado el mundo de los motivos artísticos (Panofsky, 1972: 15).
• El contenido convencional o secundario
... lo percibimos al comprobar que una figura masculina con un cuchillo representa a San Bartolomé (...) que un grupo de figuras humanas sentadas a una mesa, en una disposición determinada y en unas actitudes concretas, representan la Última Cena, o que dos figuras luchando de una forma determinada, representan el Combate del Vicio y la Virtud. Al hacerlo así, relacionamos los motivos artísticos y las combinaciones de motivos artísticos (composiciones) con temas o conceptos. Los motivos, reconocidos como portadores de un significado secundario o convencional, pueden ser llamados imágenes, y las combinaciones de imágenes son lo que los antiguos teóricos del arte llamaron invenzioni; nosotros estamos acostumbrados a llamarlos historias y alegorías. La identificación de tales imágenes, historias y alegorías constituye el campo de la iconografía, en sentido estricto (...). Es evidente que un análisis iconográfico correcto en el sentido más estricto presupone una identificación de los motivos. Si el cuchillo que nos permite identificar a San Bartolomé no es un cuchillo sino un sacacorchos, la figura no es un San Bartolomé (Panofsky, 1972: 16-17).
• El significado intrínseco o contenido
... lo percibimos indagando aquellos supuestos que revelan la actitud básica de una nación, un período, una clase, una creencia religiosa o filosófica. (...) Apenas hace falta decir que esos principios son manifestados y, por tanto, esclarecidos a la vez por los “métodos compositivos” y por la “significación iconográfica”. (...) Concibiendo así las formas puras, los motivos, las imágenes, las historias y las alegorías como manifestaciones de principios fundamentales, interpretamos todos esos elementos como lo que Ernst Cassirer llamó valores simbólicos (Panofsky, 1972: 17-18).
Dejando de lado la terminología usada por Panofsky, que proviene de la historia del arte y que resulta un tanto anticuada en estos momentos, es evidente que el “contenido temático natural o primario” se identifica con nuestro nivel icónico del signo visual, que es el que nos permite reconocer las formas de los objetos. El “contenido secundario o convencional” corresponde, lo mismo que en Panofsky, al nivel iconográfico de la imagen.
Por el nivel iconográfico ingresan al texto fílmico los códigos que Ch. Metz (1971: II, X) llama no específicamente cinematográficos. Encontramos aquí códigos como el del relato, el de los gestos, el de la vestimenta, el de los colores, el código del comportamiento espontáneo, los códigos incluidos en eso que se llama vagamente “la realidad”, pues “eso que se llama la realidad no es otra cosa que un conjunto de códigos. El conjunto de códigos sin los cuales esa realidad no sería ni accesible ni inteligible” (Metz, 1971: 78). Todos esos códigos que “nos hablan” la realidad se instalan en el nivel iconográfico del texto fílmico. En rigor, el nivel iconográfico es el que concita la atención del “gran público”; en el nivel icónico solamente se detiene el especialista, el cinéfilo, el crítico de cine y pocos más. Y sin embargo, como señala Panofsky (1972: 17) la “lectura” correcta del nivel iconográfico presupone una identificación correcta de los motivos, es decir, de los objetos naturales, de los seres humanos, animales, plantas, cosas, instrumentos, hechos, actitudes que ofrece el nivel icónico. Toda “lectura” del nivel iconográfico pasa necesariamente por el nivel icónico del texto fílmico.
En tal sentido, el nivel icónico se convierte en significante del nivel iconográfico, que funciona entonces como su significado. Lo cual introduce en la reflexión semiótica el controvertido problema de la “cinematografización” de los códigos no cinematográficos. Ch. Metz lucha a brazo partido contra la teoría de la “cinematografización” con el argumento de que ningún código no cinematográfico que ingresa al texto fílmico cambia su naturaleza “no cinematográfica” por el hecho de incorporarse al texto fílmico. Y a demostrar esa tesis dedica interminables páginas de Langage et cinéma (1971). Sin embargo, aquí y allá, a lo largo de un recorrido laberíntico, el autor va reconociendo que en el texto fílmico, el contacto de unos códigos con otros introduce un cierto contagio “cinematográfico”, ya que el tratamiento cinematográfico de los códigos no cinematográficos, sin cambiar su naturaleza, los tiñe de cierto grado de “cinematograficidad” (V, 1). Y, lo que es más contundente, bajo el principio de que “la forma hubiera sido diferente de haber sido inscrita en otra materia” (X, 3), resulta claro que la forma de cualquier código —el gesto, por ejemplo— adquiere un aspecto, un matiz diferente al inscribirse en un código icónico o en un código verbal. Es decir, un gesto “visto”, una pelea “vista”, no producen exactamente, los mismos efectos de sentido que un gesto o una pelea “leídos”, aunque en ambos casos mantengan su autonomía como códigos. Y la razón de ese contagio reside en el hecho, ya señalado, de que tales códigos constituyen el plano del contenido de otros códigos que son específicamente cinematográficos, que los invisten de ciertos rasgos específicos, como por ejemplo la iconicidad. Y es en ese sentido en el que se puede seguir hablando de “cinematografización”.
El fundamento más profundo de los efectos de “cinematografización” reside, no obstante, en el postulado del isomorfismo (Hjelmslev), según el cual los dos planos de un “lenguaje” son heterogéneos pero isomorfos entre sí: por un lado, sus materias son heterogéneas; por otro, sus formas pueden superponerse, es decir, se rigen por la misma lógica. La secuencia de los grados de iconicidad, por ejemplo, ha de ser isomorfa con la secuencia de los grados de la emoción.
El isomorfismo no está dado de antemano, sino que se construye a cada instante por la “función semiótica”, es decir, por la reunión de los dos planos del “lenguaje” por medio del “cuerpo propio” (propioceptividad). Y así, un conjunto de elementos que puede entrar en relación con muchos otros conjuntos cambiará, aunque sea ligeramente, de forma a cada nueva asociación. Con cada aproximación surgirá un nuevo isomorfismo. En consecuencia, los grados de iconicidad no serán los mismos cuando expresen una “figura” del mundo, un concepto o una emoción. Y a la inversa, una “figura” del mundo, un concepto o una emoción no serán los mismos cuando sean expresados por códigos con diferentes grados de iconicidad. La iconicidad cinematográfica, que incluye el movimiento y el tiempo, produce un alto grado de “cinematografización”.
El inventario de los códigos que se incorporan al texto fílmico a través del nivel iconográfico es un inventario abierto, pues los códigos de la “realidad” y los códigos de la cultura son innumerables.
5. CÓDIGOS DEL SONIDO
El sonido es un elemento fundamental del texto fílmico a partir de los años treinta. Por el sonido ingresan al texto fílmico nuevos códigos que ostentan una autonomía indiscutible, como son los de la lengua y los de la música, principalmente. Los códigos de los llamados “ruidos” son más difíciles de precisar, aunque no por ello menos importantes. Todos ellos, juntos o por separado, se asocian a los códigos de la imagen para producir ese complejo inextricable que constituye el texto fílmico en su totalidad. Al igual que los códigos de la imagen, son códigos del plano de la expresión, distintos de aquellos códigos que, por relación con ellos, pertenecen al plano del contenido, como ya lo hemos señalado en páginas anteriores.
El código de la lengua es suficientemente conocido como para que nos detengamos en su descripción. Sin embargo, su presencia en el texto fílmico demanda algunas observaciones, que anotaremos a continuación.
Las lenguas naturales pueden intervenir en el texto fílmico de múltiples maneras: la más frecuente y cuasi “natural” es la forma dialogada. Por medio de un desembrague enunciativo, el enunciador pone en escena personajes que toman la palabra para dirigirse a otros personajes, los cuales, a su vez, asumen la palabra para contestar a las propuestas y demandas de los primeros. Se “simula” así la conversación ordinaria entre dos o más personas.
Las personas así representadas se convierten en “enunciadores” dentro del “mundo representado”. Esta estrategia discursiva no se diferencia mucho de la utilizada en la representación teatral. Sin embargo, esas diferencias son importantes, y ellas radican en la estructura sintagmática que adoptan en el texto fílmico. Mientras que en el teatro la palabra se convierte en el vehículo fundamental de la “representación” —de donde resulta que la obra de teatro puede ser leída sin mayor pérdida de significación—, en el cine el soporte fundamental de la significación es la imagen, y la palabra cumple un papel de “anclaje”, como señalaba R. Barthes (1970), un papel de apoyo, de esclarecimiento. De ahí que el tratamiento de la palabra en el texto fílmico, aun permaneciendo siempre el mismo código, tiene que ser distinto que en el teatro. Y lo es, efectivamente. La palabra en el texto fílmico ostenta los rasgos de /brevedad/, /concisión/ y /precisión/. No se permite duplicar aquello que las imágenes muestran, administra con rigor las referencias contextuales, rehúye convertirse en conductora del relato, sacrifica las alusiones superfluas. Por otra parte, el ritmo de la imagen la obliga a adoptar soluciones rápidas y funcionales. Es decir, que la palabra “dicha” en el cine es una “palabra” que no se dice en otra parte: ni en el teatro, ni en la novela, ni en la vida cotidiana. Podríamos decir que es una palabra “cinematográfica” por no decir “fílmica”, como preferiría decir Ch. Metz. El contagio que se produce dentro del texto fílmico entre los diferentes códigos, determina las características de “textualización” de los códigos que en él intervienen. Porque hay que señalar, para hacer justicia, que también la imagen se contagia de los efectos que produce la presencia de la palabra. Basta para convencerse de eso comparar una película muda con otra de la época sonora. Se podrá observar fácilmente que las imágenes del filme mudo se esfuerzan por “decir” cosas que la película sonora dice más fácilmente con palabras. (No olvidemos que el cine, desde muy pronto, se vio obligado a acudir a la “palabra escrita” para completar lo que, a pesar de sus esfuerzos, no lograba “decir” con las solas imágenes. Esa solución dio origen a los intertítulos, textos escritos que se intercalaban entre secuencias de imágenes para conducir el relato y “explicar” la situación en la que se encontraban los personajes). La presencia de la palabra hablada obligó a las imágenes a reducir su innecesaria multiplicación, su redundancia, en favor de una mayor fluidez y economía. No se puede negar que, con todas sus limitaciones, el cine mudo hizo de la necesidad virtud, y logró obras cumbres del arte cinematográfico.
En conclusión, la palabra en el texto fílmico es el resultado de un conjunto de operaciones —denominadas “tratamiento”— que le otorgan un perfil particular, un perfil que podríamos llamar “cinematográfico”; es decir, que la palabra en el cine sufre también un proceso de “cinematografización”, pese a la opinión de Ch. Metz. En rigor, y para ser justos con Metz, habría que decir que la que sufre el proceso de “cinematografización” es el habla y no la lengua.
En cuanto a la música ésta se construye igualmente con un conjunto de códigos específicos, que son bien conocidos de los compositores. Tampoco entraremos aquí en la descripción de tales códigos, por ser materia demasiado especializada en la que no tenemos competencia. Pero sí es necesario hacer algunas observaciones sobre el comportamiento de la música en el texto fílmico para poder apreciar siquiera someramente los efectos de sentido que produce al ser asociada con las imágenes.
Ante todo, es preciso desterrar la opinión, instalada incluso entre los especialistas como uno de los “ídolos” de los que hablaba F. Bacon, de que la música no tiene significación, aunque produce sentido. Dicho en términos semióticos, la música no incluye un componente semántico, sino que se reduce a determinadas relaciones sintácticas. Esa opinión olvida que el componente semántico de cualquier código no se reduce a los “conceptos” o ideas abstractas, sino que incluye invariablemente tres dimensiones fundamentales: dimensión conceptual, dimensión figurativa y dimensión tímica o afectiva.
La teoría greimasiana es muy explícita al respecto, al señalar que el componente semántico se puede descomponer en unidades mínimas, llamadas “semas”. Y esos semas son: semas conceptuales (abstractos-interoceptivos), semas figurativos (exteroceptivos) y semas tímicos (propioceptivos) (Greimas y Courtés, 1979: 333). Y ya la estilística había adelantado esa visión del significado. Según Dámaso Alonso:
... los “significantes” no transmiten [sólo] “conceptos”, sino delicados complejos funcionales. Un “significante” emana en el hablante de una carga psíquica de tipo complejo, formada generalmente por un concepto (en algunos casos, por varios conceptos; en determinadas condiciones, por ninguno), por súbitas querencias, por oscuras, profundas sinestesias (visuales, táctiles, auditivas, etc.) (Alonso, 1962: 22).
Lo que sucede es que no todos los “lenguajes”, y menos aún todos los textos que produce cada lenguaje, desarrollan de la misma manera las dimensiones semánticas del código; en unos casos, por impedirlo la naturaleza del código; en otros, por opción del enunciador. Un sencillo cuadro nos permitirá observar las tendencias semánticas de aquellos códigos que nos preocupan en estos momentos:

Como se puede observar en este cuadro, en la lengua predomina la dimensión conceptual; en el cine la dimensión figurativa, y en la música la dimensión afectiva. En la lengua las dimensiones figurativa y tímica tienen una presencia notable; en el cine, la dimensión conceptual puede ser menor o mayor, según el “tratamiento” que obtengan en el texto fílmico los distintos elementos que lo componen, incluida la palabra que arrastra siempre una gran carga conceptual; en la música, la dimensión conceptual es nula, mientras que la dimensión figurativa puede hacerse presente en composiciones imitativas (Pedro y el lobo, de Prokofiev) y en la llamada “música de programa”, género en el que se puede incluir desde la Sexta sinfonía de Beethoven hasta El Moldava de Smetana. En cuanto a los ruidos, nos limitaremos a decir que no conllevan ningún rasgo de la dimensión conceptual, pero que se asocian fácilmente con ciertos rasgos de la dimensión figurativa (auditiva) y con rasgos de la dimensión afectiva. Así, por ejemplo, la introducción al final de Nazarín (Buñuel, 1958) de los redobles de tambor produce una carga semántica sumamente afectiva.
Lo más significativo, no obstante, es que textos producidos con uno solo de los códigos pueden potenciar, por designio del enunciador, una u otra dimensión por medio de procedimientos diversos de “puesta en discurso”.
Así, por ejemplo, el movimiento llamado conceptismo en la literatura española (B. Gracián, F. de Quevedo), acentúa sobremanera la dimensión conceptual del discurso; mientras que Góngora potencia la dimensión figurativa. En la moderna literatura peruana, Chocano desarrolla desmesuradamente la dimensión figurativa, mientras que Vallejo acentúa los valores tímicos y patémicos.
En el ámbito del cine, un mismo autor como Alain Resnais, por una singular asociación entre imágenes y palabras, eleva la dimensión conceptual en El año pasado en Marienbad (1961), y por otro giro en el tratamiento de esos mismos elementos, acentúa poderosamente la dimensión afectiva en Hiroshima mon amour (1958).
Los códigos de los “ruidos” son códigos muy débiles estructuralmente hablando. Apenas conocemos algo de sus unidades constitutivas, de su morfología y de su sintaxis. Nos limitaremos a hacer unas ligeras observaciones sobre su presencia en el texto fílmico. Como ha señalado acertadamente Ch. Metz (1971: 146), no podemos esperar a identificar las unidades mínimas de un código para observar su comportamiento en los textos. Es posible describir determinados efectos de sentido que su presencia textual produce, sin necesidad de llegar a los niveles más finos del análisis. En ese sentido, los diversos códigos de los “ruidos” actúan por unidades “molares”, es decir, como enunciados. El ruido de un motor de automóvil, el sonido de una sirena de ambulancia, un disparo, el golpeteo de una ventana movida por el viento, el barullo ruidoso de los cacharros en la cocina, unas pisadas en el corredor, etc., constituyen otros tantos enunciados sonoros.
Dichos enunciados se pueden incorporar, por medio de la grabación microfónica, al texto fílmico. La primera observación que se impone es la de que esos ruidos, en el texto fílmico, ya no son los mismos que los que se produjeron en el “mundo real”. Han quedado reducidos a “imágenes” (sonoras) de aquellos ruidos iniciales, y como tales imágenes, pueden ser trabajados expresivamente: se pueden encoger o alargar; se puede manipular su intensidad y su timbre; es posible igualmente alterar su ritmo y su tempo. Con tales estrategias, el enunciador es capaz de producir una infinidad de efectos de sentido, que no se pueden reducir a un inventario cerrado. En general, los “ruidos” contribuyen a crear un ambiente, una atmósfera determinada: calle, fábrica, fiesta.
6. SINTAGMÁTICA DEL TEXTO FÍLMICO
Las unidades descritas en los acápites anteriores se combinan de muy diferentes maneras en el texto fílmico. Cada uno de los códigos que intervienen en el tejido textual se rige por su propia y particular sintagmática.
Por un lado, los códigos icónicos e iconográficos prescriben determinadas formas de combinación que tienen por finalidad producir efectos de sentido particulares, más allá de la simple “corrección”.
Para centrarnos en la “banda de imágenes” del texto fílmico, existen dos tipos generales de combinaciones sintagmáticas: a) combinaciones que apuntan a producir un efecto de continuidad: continuidad espacial, continuidad temporal, continuidad de la acción, continuidad del movimiento; b) combinaciones que no pretenden producir esos efectos de sentido, sino más bien una “continuidad” noológica, discursiva: combinaciones basadas en analogías o en contrastes, en diferencias o en similitudes.
En el primer caso, la sintagmática cinematográfica, es decir, el conjunto de “reglas” de corrección para que el efecto “continuidad” sea producido, es “cerrada”: impone operaciones de combinación rigurosas. Por citar algunas, la prohibición del “salto de eje” en la toma de vistas, el “empalme en el movimiento”, las angulaciones correspondientes, acercamiento/alejamiento en la misma dirección, la combinación clásica “campo/contracampo”, etc. Tales operaciones —bien conocidas de los hombres de cine— constituyen una especie de “gramática cinematográfica”, que es preciso aplicar so pena de no dejarse entender por el espectador. Como todas las reglas, también éstas pueden ser transgredidas, cuando el talento del enunciador-cineasta logra con tales transgresiones efectos de sentido novedosos y hasta insólitos.
Por otro lado, es posible aplicar las combinaciones orientadas a producir el efecto “continuidad” para crear una ruptura de continuidad, es decir, para operar un salto de tiempo o de espacio o de acción, o de todo al mismo tiempo. Los ejemplos abundan. Citaremos sólo una secuencia de Fresas salvajes, de I. Bergman (1957): Durante un viaje en automóvil, conversan el viejo profesor y su nuera sobre problemas familiares. La secuencia se desarrolla por medio de angulaciones correspondientes: plano del profesor/plano de la nuera. Después de una sucesión de planos regidos por esta “regla” de continuidad y sin previo aviso, es decir, continuando supuestamente con la misma norma sintagmática, a una imagen de la nuera no sigue la esperada imagen del viejo profesor, sino la imagen de su marido en el sitio que ocupaba el profesor, pero en otro viaje y en otro automóvil, aunque hablando sobre el mismo asunto familiar.
En el caso de la sintagmática “libre”, “abierta”, no existen reglas rígidas; por el contrario, las combinaciones son plurales y creativas. Es en este campo donde ha surgido lo que Ch. Metz denominó la gran sintagmática del filme narrativo, que ofrece una variedad de soluciones para construir la unidad noológica del texto fílmico, por encima de la discontinuidad narrativa. Según Metz (1971), la segmentación de un texto fílmico nos conduce a detectar diferentes tipos de segmentos: a) segmentos autónomos constituidos por un solo plano o encuadre; b) segmentos autónomos constituidos por varios encuadres o planos, formando sintagmas. Dentro ya de los sintagmas, podemos distinguir sintagmas a-cronológicos y sintagmas cronológicos. En los primeros, la sucesión de planos no denota relación temporal alguna entre los hechos presentados en las diferentes imágenes; en los segundos, la relación temporal está claramente denotada. Los sintagmas cronológicos, a su vez, pueden servir a la descripción o a la narración propiamente dicha. Estos últimos tienen la posibilidad de presentar las acciones en alternancia o en sucesión lineal, en cuyo caso nos encontramos ante los sintagmas clásicos, conocidos como “escena” y “secuencia”. La secuencia, a su vez, ofrece dos formas de sintagmatización: la secuencia por episodios y la secuencia ordinaria. La tabla siguiente reúne articuladamente los diferentes sintagmas identificados por Ch. Metz (1971: 146):

Según puede observarse, la “gran sintagmática” de Metz constituye un verdadero paradigma de sintagmas. Como todo paradigma, es del orden virtual, y la instancia de enunciación es la encargada de actualizar una u otra de las posibilidades que ofrece en el discurso concreto.
En la banda sonora los problemas sintagmáticos se multiplican por los diversos códigos que intervienen en su composición: palabra-música-ruidos. Conocidas son las “reglas” sintagmáticas que gobiernan las combinaciones de las lenguas, desde la “concordancia” hasta el “régimen” y la “subordinación de tiempos verbales”. Asimismo, los compositores conocen las “reglas” de la composición musical, reglas que constituyen la sintagmática musical. No vamos a entrar en esos dominios en estos momentos. De los ruidos nada se conoce al respecto.
Lo que sí es importante es la forma como los códigos del sonido se articulan con la banda de imágenes en una sintagmática “vertical” o simultánea, propia del texto fílmico.
La banda de imágenes se combina en simultaneidad con la banda sonora de maneras muy variadas. Un simple diagrama nos permitirá percibir las posibilidades de combinación vertical o simultánea entre las dos bandas:

El diagrama configura algo así como una partitura musical. La más constante es, obviamente, la banda de imágenes, ya que el texto fílmico se construye fundamentalmente con imágenes y, raras veces, son interrumpidas, y eso por breves momentos. El diagrama elaborado sugiere uno de esos casos excepcionales, que puede ser ilustrado con Carnal Knowledge (Ansias de amar, M. Nichols, 1971). En esa película existe un momento en el que la pantalla se queda en negro, y el acto de amor se sugiere únicamente con “ruidos”: ruidos de la cama al moverse, “ruidos” guturales de los amantes, quejidos y respiraciones entrecortadas, amplificados por los recursos técnicos de grabación y de reproducción, etc. La música, tanto la de fondo como la que surge de una fuente sonora in u off, se interrumpe con frecuencia y reaparece más adelante. Los “ruidos” pueden acompañar a la música y a las palabras, conformando una “polifonía” que, a su vez, se correlaciona con las imágenes. La palabra, por su parte, aparece y desaparece, según las necesidades de los personajes y del discurso, si se trata de la palabra “en off ”, la cual puede cumplir diversas funciones, desde la narrativa hasta la de comentario y la de “monólogo interior”, hecho audible por convención.
Y lo más importante, finalmente, es que el sonido permite valorar el silencio, el cual no constituía un elemento “pertinente” en el cine mudo, pues era mera carencia.
Los efectos de sentido de la sintagmática vertical o simultánea han de ser observados en cada texto concreto, ya que cada texto constituye un sistema singular (Metz, 1971: 69 ss.). También aquí son aplicables los sistemas semisimbólicos para dar cuenta de tales correlaciones sintagmáticas.
7. TENSIVIDAD DEL TEXTO
Los más recientes estudios sobre semiótica tensiva (Fontanille y Zilberberg, 1998; Fontanille, 1995, 1998; Zilberberg, 1998, 1999), dirigen nuestra atención a las tensiones que se producen en el texto fílmico para apreciar cómo generan la significación, tanto desde el plano de la expresión como desde el plano del contenido. Hjelmslev (1987: 242) señala que el plano de la expresión está integrado por dos dimensiones: la dimensión de los constituyentes, o sea los fonemas, y la dimensión de los exponentes, es decir, los acentos y las modulaciones (=variaciones de la entonación). Los acentos son intensos y localizados; las modulaciones, extensas y distribuidas. En virtud del isomorfismo entre el plano del contenido y el plano de la expresión, los exponentes pueden proyectarse al plano del contenido: “A grandes rasgos, los morfemas extensos son los morfemas ‘verbales’; los morfemas intensos son los morfemas ‘nominales’” (Hjelmslev, 1987: 326). El acento y las modulaciones se manifiestan de maneras muy diversas de acuerdo con la materia significante que dichos “exponentes” informen. Así, en el texto fílmico un acento puede ser producido por la inserción de un primer plano en la cadena sintagmática de una secuencia; por un movimiento de zoom-in; por un procedimiento de iluminación; por un ajuste focal; por la ubicación del objeto en un punto privilegiado del espacio (en primer término, apartado del grupo, en posición más alta o más baja); por un picado o contrapicado de la cámara; por la acentuación del cromatismo; y por cualquier otro dispositivo de la puesta en escena. La modulación puede ser producida por medio de la alternancia de planos de larga duración con planos de duración más corta; de planos cercanos con planos lejanos; por medio de los movimientos de cámara (travelling y panorámica); por medio de la modulación de la luz y del color, etc.
Todo hecho semiótico —declara Cl. Zilberberg (1998: 10)— está constituido por la “compenetración de dos dimensiones”: la intensidad y la extensidad, que corresponden de alguna manera a lo sensible y a lo inteligible. La correlación de esas dos valencias da por resultado un valor, tanto en el plano de la expresión como en el plano del contenido.
Dichas valencias configuran dos grandes campos: el espacio externo, conformado por ambas valencias, denominado espacio de control, y el espacio interno, en el que son definidos los valores (Fontanille, 1998: 24).
El esquematismo tensivo es un dispositivo que permite pasar de un valor a otro del campo tensivo en forma continua, evitando la ruptura que produce la categorización. De esta forma, cualquier dispositivo cinematográfico encuentra su explicación adecuada en una correlación entre intensidad y extensidad. Así, por ejemplo, la escala de planos, que nos lleva desde el plano general al primer plano, justifica la continuidad de sus valores expresivos en un diagrama como el siguiente:

El primer plano (P.P.) está marcado por una fuerte intensidad perceptiva y emotiva y concentra la atención en una extensión reducida; el plano general (P.G.), en cambio, ofrece un amplio espacio a la percepción, pero es emotivamente átono. Los planos intermedios definen sus valores en función de una mayor o menor intensidad correlacionada con una menor o mayor extensidad, respectivamente.
La correlación expresada en un esquema como el anterior es una correlación inversa: a más intensidad, menos extensidad; a más extensidad, menos intensidad. El arco tensivo puede ser recorrido en ambas direcciones. En cada texto fílmico, la praxis enunciativa escogerá la dirección preferida para conducir la atención del espectador, con los consiguientes efectos de sentido que la acompañan. En otros casos, es posible trabajar la correlación conversa: a más intensidad, más extensidad; a menos extensidad, menos intensidad. El trabajo de la luz, como señala J. Fontanille (1998: 26), se distribuye en el campo tensivo de la manera siguiente:

La iluminación generalizada invade el espacio perceptivo con una alta intensidad luminosa; el color, en cambio, se sitúa en ciertas zonas restringidas y con baja intensidad luminosa.
Afinando el análisis en aras de la exhaustividad, las dimensiones de la intensidad y de la extensidad pueden ser descompuestas en dos subdimensiones cada una. Cl. Zilberberg (1998: 24) lo aclara con el diagrama siguiente:

La correlación entre dimensiones y subdimensiones produce en cada texto efectos particulares que es preciso captar para poderlos describir con estos dispositivos.
Pensemos en el “tempo”, aspecto que ha sido utilizado desde siempre por el texto fílmico.
Un solo ejemplo para confirmar los efectos de la tensividad en su constitución. El suspense de las películas de A. Hitchcock surge de una operación muy simple: alargando la duración de los planos consigue acelerar el “tempo” y la intensidad de la emoción. Como puede observarse, el suspense de Hitchcock trabaja una correlación conversa: a mayor duración —subdimensión de la temporalidad —, mayor rapidez del “tempo” y mayor tonicidad de la intensidad.

El mismo Hitchcock es consciente de esta correlación. En sus conversaciones con F. Truffaut, explica:
La diferencia entre el suspense y la sorpresa es muy simple: Estamos conversando aquí mismo tranquilamente y tal vez debajo de la mesa han dejado una bomba. Nuestra conversación es totalmente intrascendente, no pasa nada de especial, y de golpe, ¡bum!, ¡explosión! El público ha sido sorprendido, ciertamente; pero antes de serlo, se le ha mostrado una escena absolutamente banal, desprovista de todo interés. Veamos ahora como funciona el suspense. La bomba está debajo de la mesa y el público lo sabe. Y sabe que va a explosionar a una hora determinada, y sabe que faltan unos minutos para el momento de la explosión —minutos que se irán señalando por medio de un reloj que está en el decorado—. La misma conversación anodina de antes se carga súbitamente de interés porque el público forma ya parte de la escena. En el primer caso, le hemos ofrecido al público quince segundos de sorpresa; en el segundo caso, le hemos proporcionado quince minutos de suspense (Truffaut, 1991: 61).
Claro que aquí y en otros textos fílmicos de Hitchcock intervienen distintos elementos que contribuyen a crear el suspense, como el mismo director señala: la distribución del saber en el discurso fílmico, por ejemplo, dispositivo que nos llevaría necesariamente a tratar el nivel discursivo de las modalidades y que no podemos desarrollar en los límites de este ensayo. Baste con decir, para cerrar estas consideraciones, que en Intriga internacional (1959), la tensión nace del hecho de que el espectador sabe tanto como el protagonista, mientras que en Frenesí (1972), el suspense surge de que el espectador sabe más que la protagonista. La economía del saber se convierte así en una fuente constante de tensiones afectivas en el texto. Y es siempre la instancia enunciativa la que gobierna esos dispositivos.
8. FINAL
El texto fílmico está constituido por múltiples códigos, que se ubican en distintos niveles de pertinencia. Los códigos que intervienen en la configuración del texto se interrelacionan unos con otros en un tejido inconsútil, determinándose mutuamente y generando efectos de sentido particulares en cada texto singular en el que intervienen. El código dominante en el texto impone sus condiciones a los demás códigos, los cuales, sin dejar de ser lo que son, sin perder su autonomía de códigos, se contagian de ciertos rasgos de la materia y de la forma significante del código dominante. En el texto fílmico los códigos no cinematográficos se tiñen de iconicidad y, más ampliamente, de “cinematograficidad”. Porque —ya lo hemos dicho— la forma de un código se modula de acuerdo con la materia en la que se inscribe.
Ésa es precisamente la razón de que “ver” una película no sea lo mismo que “leer” una novela. No son experiencias intercambiables, aunque ambos textos “relaten” la misma historia, ofrezcan los mismos comportamientos, presenten los mismos ambientes.
Los efectos de sentido producidos por ambos textos son en parte los mismos y en parte distintos. La comparación se puede hacer fácilmente con dos textos clásicos de un nivel de calidad similar, cada uno en su ámbito: La dama de las camelias, novela de Alejandro Dumas (1848) y Camille, película de George Cukor (1935). La historia de un amor imposible adquiere tales rasgos específicos en cada texto, que terminan por ser diferentes, siendo siempre el mismo melodrama. Ambos textos son obras clásicas, referencia obligada en su género. Uno de los textos no es ni mejor ni peor que el otro; simplemente son diferentes. Y la diferencia radica precisamente en la forma en que los distintos códigos que en ellos concurren se han entretejido, y en los rasgos de la materia significante que los soporta: rasgos icónicos-cinematográficos/rasgos lingüísticos-literarios.
Los múltiples códigos que hemos analizado hasta el momento, y otros más que puedan aparecer en el futuro, se trenzan bajo sus propias normas y con las reglas que los correlacionan entre sí, para constituir, en cada caso, el texto fílmico concreto que se ofrece a nuestra contemplación.
II Presencia esquiva
El año pasado en Marienbad (Alain Resnais, 1961)
1. CAMPO DE PRESENCIA
La presencia es la propiedad mínima de una instancia de discurso, cuya realización semiótica más corriente es la deixis. La instancia de discurso toma posición en un campo de presencia sensible y perceptivo. Y el operador elemental de esa toma de posición es siempre el cuerpo propio, definido por J. Fontanille como “la forma significante de una experiencia sensible”.
Eso es lo que sucede en El año pasado en Marienbad, donde, por un desembrague primordial, la instancia de discurso se pone en escena por medio del “grano de la voz” (R. Barthes) antes que por los contenidos representativos de las estructuras semánticas, lingüísticas o icónicas. El cuerpo propio que toma posición instala, por el mismo hecho, un campo de presencia que, en este caso, es puramente noológico, interior: un campo imaginario que pretende ser un campo de rememoración. Ese campo del recuerdo, ese campo imaginario es, igualmente, un campo sensible.
El cuerpo propio instalado en el campo ofrece dos vertientes: la que da al exterior, y por la cual recibe los estímulos sensibles del mundo exterior; y la que da al interior, y por la cual recibe los estímulos sensibles del mundo interior. Ya los escolásticos hablaban de sentidos interiores, tales como el sentido común, por medio del cual sentimos que sentimos, es decir, sentimos que vemos, que oímos, que tocamos, etc.; la fantasía o imaginación, cuya función era definida como “la facultad por medio de la cual aprehendemos las imágenes de las cosas sensibles incluso en ausencia de dichas cosas”; la memoria sensitiva, distinta de la memoria intelectiva, por medio de la cual evocamos las impresiones que han dejado en el cuerpo los estímulos del mundo exterior; la estimativa, orientada a la evaluación sensible de lo que percibimos, en cuanto que es útil o nocivo.
La instancia de discurso en El año pasado en Marienbad pone en marcha dos de esos sentidos interiores: la fantasía y la memoria.
Con la fantasía crea una “realidad” noológica en la que quiere incluir el mundo que la rodea; con la memoria se esfuerza por incorporar a su campo de presencia al actante que ha convertido en su “blanco”.
En El año pasado en Marienbad los personajes no tienen nombre; en el guión son identificados con las letras X, el desconocido; A, la mujer interpelada; M, el tercero en discordia (¿marido? ¿protector?). Antes de que aparezca alguna imagen en la pantalla, y mientras se presentan los créditos de la película, el “grano de la voz” de X toma posición en el campo de presencia. Esa voz es una presencia pura, sin representación de ninguna clase, puro susurro de una voz de hombre, que instaura una presencia y su campo propio. De cuando en cuando emerge la “representación” semántica del “campo de presencia” construido por medio de la palabra. Cuando las imágenes llegan, no existe coincidencia exacta entre lo que evocan las palabras y lo que muestran las imágenes. Resulta imprescindible reproducir aquí el comienzo de esas palabras, que por momentos imponen su valor semántico “representativo”, pero que pronto son reabsorbidas por el “grano de la voz”:
Una vez más (…) camino, una vez más, a lo largo de estos pasillos, por entre estos salones, estas galerías de este edificio (…) de otro siglo, este hotel inmenso, lujoso, barroco (…) lúgubre, en el que pasillos interminables suceden a otros pasillos (…) silenciosos, desiertos, sobrecargados de una sombría y fría decoración de arrimaderos de madera, estucos, paneles con molduras, mármoles, espejos negros, columnas, pesadas colgaduras (…) marcos de puerta esculpidos, hileras de puertas, de galerías (…) de pasillos transversales que desembocan, a su vez, en salones desiertos, salones sobrecargados de adornos de otro siglo, salas silenciosas…
… en que los pasos del que camina son absorbidos por alfombras tan pesadas, tan gruesas que ni el ruido de sus propios pasos llega a sus oídos, como si el oído mismo del que camina, una vez más, a lo largo de estos pasillos (…) por entre estos salones, estas galerías de este edificio de otro siglo, este hotel inmenso, lujoso, barroco (…) lúgubre, en el que pasillos interminables suceden a otros pasillos (…) silenciosos, desiertos, sobrecargados de una sombría y fría decoración de arrimaderos de madera. Estucos, paneles con molduras (…) mármoles, espejos negros, cuadrados de tonos negros, columnas, pesadas colgaduras (…) marcos de puerta esculpidos, hileras de puertas, de galerías, de pasillos transversales (…) que desembocan, a su vez, en salones desiertos, salones sobrecargados de adornos de otro siglo (…) salas silenciosas en que los pasos del que camina son absorbidos por alfombras tan pesadas, tan gruesas, que ni el ruido de sus propios pasos llega a sus oídos (…) como si su oído mismo estuviera muy lejos, muy lejos del suelo, de las alfombras, muy lejos de esta decoración pesada y vacía, muy lejos de este friso complicado que corre bajo el techo, con sus ramas y sus guirnaldas, igual que follajes antiguos, como si el suelo fuese, también, de arena o de grava…
… o de losas de piedra, sobre las que yo caminaba, como si fuera a su encuentro (…) entre estos muros cargados de arrimaderos de madera, estucos, molduras, cuadros, grabados enmarcados, por entre los que avanzaba (…) entre los que estaba ya esperándola, muy lejos de esta decoración en que me encuentro ahora, ante usted, esperando todavía al que ya no vendrá, al que ya no puede venir, ni separarnos de nuevo, ni arrancarla de mí (…) ¿Viene usted?…
Se diseña aquí, por la palabra, que es el primer elemento de la expresión que aparece en el filme, un claro campo de presencia, con su deixis propia: un Ego, centro de referencia; un aquí: “estos” pasillos, “estos” salones, “estas” galerías, “este” edificio; y un ahora: “camino”; pasillos interminables “suceden” a otros pasillos; pasillos transversales que “desembocan” en salones desiertos; los pasos del que “camina” son absorbidos por alfombras tan pesadas, tan gruesas que ni el ruido de sus propios pasos “llega” a sus oídos. La instancia de enunciación se desdobla, a su vez, en un “yo” y en un “tú (usted)”, antes incluso de que aparezcan en la imagen ni “yo” (X) ni usted” (A); “… como si el suelo fuese, también, de arena o de grava… o de losas de piedra, sobre las que “yo” caminaba como si fuera a “su” encuentro…; entre los que estaba ya esperándola, muy lejos de esta decoración en que “me” encuentro ahora, ante “usted” (…) ¿Viene “usted”? Por otro lado, frente al centro del campo, ocupado por Ego, se abre un horizonte ilimitado, vago, confuso: “… entre los que estaba ya esperándola, ‘muy lejos’ de esta decoración en que me encuentro ahora…”. En ese campo de presencia, totalmente interior, se produce una profundidad particular, la profundidad de la memoria, en la que vendrán a inscribirse tanto A (la mujer) como M (el tercero) y los demás “fantasmas” que serán llamados a habitar dicho campo.
Cuando hacen su aparición las imágenes, se limitan a configurar las apariencias del espacio de ese campo de presencia, ya que son imágenes vacías de personas y, como imágenes, carecen de dimensión temporal, pues toda imagen está siempre en presente. Pero eso mismo permite ubicarlas en cualquier momento del tiempo: la misma imagen puede colocarse cerca o lejos del centro del campo de presencia, en el pasado o en el futuro, siempre con su carácter presentificador. En eso consiste buena parte de su magia. La instancia de discurso las aleja o las acerca por medio de procedimientos diversos, de naturaleza claramente retórica. En El año pasado en Marienbad la imagen se conjuga al vaivén de la palabra. Y no será posible, ni pertinente siquiera, ubicar con precisión el momento de las distintas imágenes que estamos percibiendo. Ya en el primer texto verbal que hemos transcrito podemos observar que los tiempos cambian sin previo aviso y que, por tanto, las imágenes que comienzan a aparecer en la pantalla se quedan sin pistas que permitan ubicarlas: “Una vez más (…)camino, una vez más, a lo largo de estos pasillos (…) que desembocan, a su vez, en salones desiertos (…) en el que pasillos interminables suceden a otros pasillos (…) que desembocan, a su vez, en salones desiertos (…) o de losas de piedra, sobre las que yo caminaba como si fuera a su encuentro (…) por entre los que avanzaba, entre los que estaba ya esperándola, muy lejos de esta decoración en que me encuentro ahora, ante usted…”.
La naturaleza fluyente de las imágenes que vemos desfilar por la pantalla, permite desplazarlas por el campo de presencia, trasladándolas al horizonte temporal más lejano —horizonte de la memoria— o acercándolas al centro deíctico de la instancia de discurso.
2. ACTANTES POSICIONALES
En el campo de presencia así constituido, se inscriben los actantes posicionales que conducen los actos semióticos de la “mira” y de la “captación”. Entendemos la “mira”, con J. Fontanille (2001: 37), como
... el afecto que nos toca, esa intensidad que caracteriza nuestra relación con el mundo, esa tensión en dirección al mundo; en cambio, la posición, la extensión y la cantidad caracterizan los límites y el contenido del dominio de pertinencia, es decir, la “captación”.
La presencia entraña, pues, dos operaciones semióticas elementales: la “mira”, más o menos intensa, y la “captación”, más o menos extensa. Los actantes posicionales de los actos de “mira” y de “captación” son la fuente, el blanco y los actantes de control, que pueden convertirse en obstáculos. Hay una fuente, un blanco y un control de la “mira”; hay una fuente, un blanco y un control de la “captación”. En la “mira”, la presencia se convierte en una relación intensiva entre la fuente y el blanco; en la “captación”, la presencia se convierte en una relación extensiva/cuantitativa entre la fuente y el blanco.
En la dimensión de la intensidad, que es patrimonio de la “mira”, el cuerpo propio, centro del campo, siente una tensión que atribuye al efecto de una presencia en el campo; él la pone en la “mira” pero sólo para reconocerla como origen de esa tensión: paradójicamente, él es la fuente de la “mira” pero el blanco de la intensidad. Así funciona el modelo en El año pasado en Marienbad: X percibe en el campo de presencia instalado por la instancia de discurso la fascinación (=intensidad) de A, y desde ese instante mismo, la “pone en la mira”; pero, a su vez, X es el blanco de la fascinación que emana de A. Por otro lado, X instala de inmediato el juego de la persuasión, otra figura de la intensidad, de la que X es la fuente y A, el blanco.
La persuasión (= intencionalidad) de la que X es la fuente, consiste en lograr que A acepte que el año anterior, en ese mismo lugar en el que ahora se encuentran, A y X se dieron cita para tomar la decisión de irse juntos a alguna parte no identificada. Ése es el “contenido” de la “captación” que X pretende imponer a A; ése es el dominio de pertinencia en el que se desarrollan las relaciones entre X y A. Los actantes de control son diversos: en primer lugar, el comportamiento de la memoria. A no recuerda al desconocido, no recuerda la cita, no recuerda los acontecimientos evocados. Probablemente, no existieron; son todos “inventados”, imaginados por X. Otro actante de control, que entorpece esa relación entre “mira” y “captación”, es M, el tercero, cuya función narrativa es ambigua: nunca sabremos si es el marido o un protector o un guardián. Pero es claro que, a nivel del campo de presencia, es un actante de control, que modula las tensiones posicionales entre X y A.
Existe una sintagmática muy precisa en el proceso de esas tensiones posicionales en El año pasado en Marienbad. Curiosamente, el primero que aparece en el campo de presencia visual es M, aunque el espectador no está en condiciones de reconocer aún su rol posicional. Sucede esa aparición en la sala de teatro, mientras el texto verbal de X se funde con el “parlamento” del actor (de teatro), y la actriz le contesta: “tenemos que esperar todavía… unos minutos todavía… sólo unos minutos, unos segundos…”. Terminada la representación, por entre las figuras de personajes estáticos, por momentos animados, A se desplaza, como una sombra animada. X aún no aparece en la imagen, pero es obvio que es él el centro del campo de la imagen. En ese sentido, el campo de presencia visual va adquiriendo sus contornos, sus horizontes, a partir del centro del campo de presencia, y ese campo se va poblando con otras presencias, que ocupan diversos puntos en la profundidad del campo. La primera aparición de X tiene lugar en la secuencia Nº 41:
X, en P.P., mirando fijamente hacia la izquierda, fuera de cuadro. Al fondo, reflejados en un espejo, una pareja que lleva una conversación con un motivo similar al que viene comentando X:
Hombre: “No puedo aguantar por más tiempo este silencio, estos muros, estos cuchicheos en los que usted me encierra…”.
Mujer: “Hable más bajo, se lo ruego”.
Hombre: “Estos cuchicheos, peores que el silencio, en los que usted me encierra. Estos días, peores que la muerte, que vivimos, aquí, uno al lado del otro, usted y yo, como dos ataúdes enterrados uno junto al otro, en un jardín, asimismo inmovilizado…”.
Mujer: “¡Cállese!”.
En esa misma secuencia aparece claramente A, recostada ligeramente en una columna, con la mano izquierda apoyada sobre la parte derecha del cuello (la misma postura de la actriz al final de la obra de teatro, aunque invertida, como en un espejo: la actriz llevaba la mano derecho al lado izquierdo del cuello; A aparece con la mano izquierda apoyada en la base derecha del cuello).
A pesar de su presencia nítida en el campo posicional, A no marca ninguna relación con X hasta ese momento.
En la secuencia Nº 6, en la que aparecen A y M, se hace alusión por primera vez al “año pasado”. Resulta de particular importancia esta referencia en la medida en que circunscribe el horizonte temporal de la instancia de discurso:
Hombre: “¿No sabe usted esa historia?… El año pasado no se hablaba de otra cosa…”.
Quedan así delimitados los horizontes del campo de presencia. Horizonte espacial: un hotel barroco, con pasillos que se cruzan, con salones que se prolongan en pasillos, con un amplio jardín francés al que dan terrazas con estatuas…; horizonte temporal: el año pasado. La deixis enunciativa puede ya recorrer esas distancias espaciales y temporales, yendo y viniendo desde el centro hasta la periferia, desde la periferia hasta el centro.
Mientras se desarrolla el juego enigmático del dernier (cartas, fósforos o fichas de dominó, colocadas en cuatro filas: de siete, de cinco, de tres, de una), aparece, en primer plano, A como si estuviera observando a los jugadores: M y X. En ese momento, la voz de X (en off) precisa la primera relación intencional con A: “Usted sigue siendo la misma. Tengo la impresión de haberla dejado ayer ”.
Se suceden varias secuencias breves, en las que A aparece apoyada en la esquina de un pasillo, con la mano izquierda sobre la base derecha del cuello, actitud que la va a caracterizar a lo largo de todo el discurso fílmico; aparece luego, de blanco, en una habitación de paredes también blancas, con la misma postura de antes; se la ve, vestida también de blanco, avanzar por un pasillo. Y la voz de X señala: “Usted siempre tan hermosa”. Después de unos instantes, X: “Pero parece que usted no se acuerda de nada…”.
Poco después, en la sucesión textual cuando menos, X y A se encuentran en un salón de baile, entre otras parejas que bailan.
A: “¿Por qué me mira así?”…
X: “No parece que se acuerde mucho de mí”.
La secuencia de los hombres alineados para el tiro al blanco (Nº 14 de nuestra numeración) termina cuando X se vuelve y apunta. En la imagen siguiente aparece A, en un pasillo oscuro y abovedado, surgiendo del fondo y acercándose a la cámara. Al escuchar el disparo, se detiene y lleva la mano izquierda al lado derecho del cuello. La voz de X dice en ese momento: “La primera vez que la vi fue en los jardines de Frederiksbad…
A: “Creo que usted se equivoca. No creo que se tratase de mí”.
Hasta aquí, X es la fuente de la “mira intencional” y A el blanco de esa “mira”; pero A es la fuente de intensidad (de la fascinación que ejerce sobre X), convertido por ese hecho en blanco de la intensidad. Sin embargo, A no se reconoce como blanco frente a X: A esquiva permanentemente su presencia en el campo posicional construido por X.
Podemos observar que, desde el comienzo, la “mira” de X está cargada de una fuerte intensidad, y que su dominio de pertinencia se reduce a un solo objeto: A.
Por tanto, la estrategia que impone al discurso se caracteriza por la electividad, de acuerdo con el modelo elaborado por J. Fontanille (1999: 50):

El resto de personajes permanecen alrededor de A como sombras, algunas más animadas que otras. En esa relación intencional, M y los espacios barrocos del hotel modulan, en cuanto actantes de control, los acercamientos entre fuente y blanco. Sin embargo, no siempre la cercanía física entre la fuente y el blanco significa acercamiento en el campo de presencia noológico. En la secuencia del baile que hemos mencionado (Nº 13 de nuestra numeración), fuente y blanco están fundidos en un abrazo, pero muy lejos uno del otro en el espacio noológico:
A: “¿Por qué me mira así?”.
X: “No parece que se acuerde de mí”.
Lo mismo sucede en la secuencia Nº 15. Al escuchar el disparo, A se detiene, adoptando su actitud característica. Se escucha en off la voz de X: “La primera vez que la vi fue en los jardines de Frederiksbad”. La cámara gira a la derecha, y en el mismo espacio visual aparece X. A contesta, en diálogo directo, a X:
A: “Creo que usted se equivoca. No creo que se tratase de mí”.
Como se puede apreciar, A se niega una y otra vez a entrar en el campo de presencia construido por X; se niega a ser convertida en blanco de la mira intencional de X.
A partir de ese momento X intensifica su “acoso” mental a fin de instalar a A en el mundo de la memoria que le está construyendo. En la secuencia Nº 17, sobre la imagen en plano general del jardín francés, la voz de X insiste: “Recuerde. Fue en los jardines de Frederiksbad”. Y la voz de X comienza a describir cómo se encontraba A en aquella ocasión. Es interesante observar que la descripción de X no coincide exactamente con las posturas de A. Una estrategia del texto fílmico para mostrar que el mundo construido por las palabras de X no coincide con las imágenes elaboradas por A. ¿O son todas elaboradas por X? Lo más probable es que sean de los dos, sin que podamos precisar con exactitud cuáles pertenecen a cada uno de ellos.
Después de la secuencia de la estatua, y para terminar la conversación, X dice: “Sígame, se lo suplico…”. Corte a secuencia Nº 18. X y A en los peldaños inferiores de la gran escalera. X le extiende la mano, repitiendo: “Se lo suplico…” A no extiende la suya; no acepta la invitación.
A se niega a entrar en el juego de X. En la secuencia Nº 25, A, vestida de brocado, color beige, sube por la gran escalera; al llegar a la curva, apoya la mano en la baranda y vuelve la cabeza hacia atrás. Contracampo, en picado, de X al pie de la escalera.
X: “Usted me esperaba”.
Contracampo.
A: “No; yo no lo esperaba”.
A se da la vuelta y sigue subiendo.
La voz de X continúa “construyendo” la historia, mientras en la pantalla se ven imágenes diversas de los ambientes y de la vida en el hotel. Hasta que en la secuencia Nº 35, en el bar del hotel, X dice: “Una tarde, subí a su habitación…”. Se produce entonces una sucesión de planos breves, que permiten adivinar que A comienza a ingresar en el espacio de X. Es una serie de planos fugaces (10 en total), pero que cada vez duran en la pantalla un poco más, hasta que A aparece agachada, en el centro de la habitación, rodeada de zapatos. Escoge entre ellos y se prueba uno. Luego, levanta la cabeza y mira de frente. Inicia una carcajada. En el bar, una mujer continúa la carcajada de A.
En la secuencia Nº 53, X y A se encuentran en la habitación. A, asustada ante la presencia de X, se reclina sobre su izquierda hasta recostarse casi por completo.
Ahora A comienza a defenderse de su debilidad. En la terraza, frente al gran jardín (secuencia Nº 61), A se defiende de sí misma: “¿Qué quiere, pues, de mi?… Sabe muy bien que es imposible”. X insiste: “Una noche subí a su habitación… (secuencia Nº 82). La secuencia siguiente nos ofrece un plano de conjunto de la habitación. A en el centro, con el mismo vestido de la secuencia Nº 60, mueve ligeramente la cabeza a uno y otro lado. Luego repite: “¡Déjeme… se lo suplico…”. Y repite una vez más en la secuencia Nº 63, aunque ahora X y A se encuentran en un cruce de pasillos.
A: “¡Déjeme!…”.
En la secuencia Nº 66, a partir de una imagen del jardín, contra el estanque de agua, la cámara gira hacia la derecha hasta descubrir a X y A, contra un macizo de arbustos. X inicia una caricia erótica sobre A.
A desvía la cara hacia su izquierda y la cámara resbala siguiendo esa misma dirección, mientras insiste en su negativa.
A: “¡Déjeme!”.
En la secuencia Nº 71, X hace una invitación a A, que se encuentra fuera de cuadro: “Acérquese”, y A entra en cuadro, se detiene.
X: “Acérquese más”.
Y A se acerca hasta la proximidad de X. Se repite, siempre con variaciones, la parte final de la secuencia Nº 66. A rechaza delicadamente la caricia erótica, diciendo: “¡Déjeme, se lo ruego!”.
El discurso fílmico va llevando a A, entre aceptaciones implícitas y denegaciones explícitas, al rol posicional de blanco para la “mira” de X. El proceso avanza con exquisita sutileza. De pronto, A se interesa por X.
A: “¿Cómo se llama usted?”.
X: “Eso no tiene importancia…”.
Para terminar con la misma negación.
A: “¡Déjeme, déjeme…!” (secuencia Nº 71).
X: “Es demasiado tarde…” (secuencia Nº 72)
De nuevo, al lado de la estatua, X continúa su asedio: “Usted me dijo que era imposible, naturalmente; pero usted sabe que es posible…”.
A: “¿Por qué yo? ¿Por qué a mí? No, no… Yo no lo esperaba”.
X (insiste): “¿Se acuerda?… Acuérdese… Era por la tarde…”.
En la secuencia Nº 75 aparece al fondo M, se acerca a X y A, que están sentados, aunque a cierta distancia uno de otro. M se detiene y, sin decir nada, da media vuelta y se va hacia el fondo. X, sin mirarlo, pregunta: “¿Quién es él?, ¿su marido?”. El desempeño de M como actante de control comienza a acentuarse poco a poco. A se levanta, gira a su derecha como buscando a M, a quien no ha visto pero cuya presencia ha “sentido”.
A pesar de las protestas: “Yo nunca estuve allí… Yo no lo conozco…”, A comienza a aceptar los datos que X le proporciona, aunque desdiciéndose a cada instante: “No sé de qué ventana me habla… No lo conozco… No conozco esa habitación, esa cama ridícula, esa chimenea con su espejo”. Y ahora es X quien introduce la duda: “¿Qué espejo?, ¿qué chimenea?, ¿qué dice?…”. La imaginación de A corre más rápidamente que las palabras de X. Inmediatamente A se rectifica: “Sí… Ya no sé. Todo esto es falso… Ya no sé”.
A partir de ese momento X acentúa su “asedio” a fin de que A acepte convertirse en blanco de su “mira intencional”.
X: “Yo sí me acuerdo muy bien de esa habitación, en la que usted me esperaba…”.
A: “¡No…, no! Usted inventa… Estoy segura de que inventa… Nunca he tenido una bata blanca…”.
X avanza con detalles más íntimos: “Yo la amaba… Había algo en sus ojos…, era usted algo viviente… Al fin… la poseí, casi por la fuerza…”.
La imaginación de A, sin embargo, construye una imagen gozosa de la “forzada” violación (secuencias Nº 111 y 112).
Pero X insiste también en el “miedo” de A ante la decisión que debe tomar.
X: “Tiene miedo… Tiene miedo… ¿Es él quien le da miedo? Es él, él, cuya invisible vigilancia usted imagina, es quien se levanta, de pronto, ante usted… Y tiene miedo…” (secuencias 75 y 79).
Y A elabora escenas imaginarias de asesinato y tal vez de suicidio. Después de una sucesión de planos, en los que vemos que A se sienta, sucesivamente, en el borde derecho de la cama y luego en el borde izquierdo, A abre una carpeta negra, saca una hoja de papel y se pone a escribir algo. Se oyen unos golpes en la puerta de la habitación. A no hace caso; luego se oye que la puerta se abre. A levanta la cabeza y mira más atrás de la cámara. Contracampo: desde la espalda de A. En la puerta está M. Comienza a caminar por la habitación, se acerca a una cómoda-tocador, en la que descubre unas fotografías. M se acerca a una ventana, levanta ligeramente la cortina y mira hacia fuera. Luego le pregunta:
M: “¿Qué va a hacer esta noche?”
A: “Nada”.
M: “Vendré a buscarla”.
M se acerca lentamente a la cama,
M: “Parece inquieta… debe reposar. No olvide que para eso estamos aquí”.
M se dirige a la puerta.
A: “¿Se va?”
M: “Voy a la sala de tiro”.
Instantes después (secuencia Nº 103), igualmente en la cama, A hace un gesto de susto. P.A. de M, mirando por la ventana. Tiene una pistola en la mano. Después de mirar por un momento a A, levanta la mano y dispara.
P.G. de A, en la cama, como muerta. P.P. de A, muerta en la cama. P.A. de A, boca arriba, en el suelo, con el dedo índice de la mano izquierda en los labios.
En otro momento, A se angustia por buscar una salida de su habitación, tal vez para decidir el suicidio (secuencia Nº 94):
Habitación imaginaria. A sale de atrás de un biombo. Viste de blanco: vestido de cuello y mangas emplumados. Da algunos pasos por la habitación, inquieta: no hay salida posible. Luego, avanza hacia el centro; se detiene y mira por una ventana. A en su habitación. Se aparta al lado izquierdo de la ventana, sin dejar de mirar. Se desplaza hacia la izquierda, pegada a la pared; se refleja en un gran espejo. Sigue avanzando, pegada al espejo, luego a la pared que continúa a la izquierda. Después regresa de la misma forma, en dirección contraria. X, en off, va comentando y hasta “dirigiendo” lo que hace A; incluso le hace advertencias:
X: “No, no… La puerta estaba cerrada…”.
Finalmente, parece que A se resigna a constituirse en blanco de la intencionalidad de X: “Me iré esta noche, llevándomela conmigo…”. “Hace un año que esta historia habría comenzado…, que yo la estaría esperando… Usted no hubiera podido seguir viviendo en medio de esta arquitectura falsa, entre estos espejos y estas columnas…”.
Pero el miedo de A sigue vigente, y el actante de control continúa retrasando la asunción del rol actancial que X ha destinado para ella. (secuencia Nº 122): P.P. de A echada en la cama, mirando a la cámara. Una mano le acaricia delicadamente la cabeza.
M (en off): “¿Dónde está… mi bien perdido…?”.
A: “Aquí…, estoy aquí…, estoy con usted, en esta habitación…”.
M: “Que no, que ya no es verdad”.
A: “Ayúdeme…”.
M: “Usted se va a ir ahora… Sí; usted va a encontrarse con ese tal Anderson o Patterson, con el que va a cenar mañana…”.
A: “¡Ayúdeme!, se lo ruego. ¡Ayúdeme! Tiéndame la mano… Apriéteme las manos bien fuerte… Abráceme… No me deje marchar…”.
M: “Bien sabe que es demasiado tarde. Mañana estaré solo. Entraré en su habitación: estará vacía…”.
Ése es el encuentro más íntimo que se produce a lo largo de toda la película entre A y M. Y en él se comprueba el grado de hipotética intimidad que existe entre ambos actantes. En todo caso, a nivel textual, M es para A frente a X un verdadero actante de control, en la medida en que retrasa la asunción del rol de blanco ante la mira intencional de la fuente X. Y es, por lo demás, uno de los momentos más líricos de la película, tanto en el decurso verbal como en la construcción de las imágenes.
La situación final —¿pero es que hay “situación final”?— se presenta con una total ambigüedad.
Secuencia Nº 122: A se queda sola, en la cama; levanta la cabeza apoyándose en los codos y sigue con la mirada la salida de M. La voz de X: “Una vez que se alejó el que es tal vez su marido, aquél a quien tal vez ama…”.
A se acuesta otra vez en la cama, atravesada, con los brazos extendidos, como crucificada. La voz de X sigue:“… ordenó algunos objetos personales… y preparó lo que necesitaba para cambiarse rápidamente de traje…”. Pero en la imagen, A no hace ni un solo movimiento para levantarse de la cama (secuencia Nº 122). P.C. de una mesa de juego, en picado. Hombres y mujeres, sentados alrededor. La voz de X: “Estaba convenido que nos marcháramos de noche. Pero usted, al parecer, quiso dejar todavía una oportunidad a aquél que aún la retenía…”. P.G. de un pasillo del hotel: aquél en el que aparece el cartel que anuncia una obra de teatro.
Voz de X: “El hotel estaba desierto…”.
La cámara entra, como al comienzo, en la sala de teatro. P.C. del escenario con los dos actores que actuaban al comienzo. Ahora representan, visiblemente, otra obra. No se escuchan los diálogos.
Secuencia Nº 125: P.E. de A, sentada junto a una columna que da acceso a la gran escalera. A, de negro, con vestido de viaje, espera con las manos recogidas en el regazo. Rompe un papel y deja los trozos encima de una mesita que tiene al lado.
La voz de X: “Usted se había vestido para marcharse… Por una superstición, me había pedido que la dejase hasta medianoche… No sé si esperaba o no su llegada… O bien, usted pensaba que yo, tal vez, no vendría”. La cámara hace una panorámica hacia arriba hasta encuadrar lo alto de la escalera. Al fondo, en lo alto aparece X, que baja la escalera lentamente, mirando hacia abajo. P.E. en picado vertical de A, sentada. Mira hacia arriba. La voz de X: “Yo vine a la hora convenida…”.
P.P. de A, en la misma actitud del plano anterior. Picado casi perpendicular. P.C. de X en la escalera. Sigue bajando lentamente, con la mano sobre la baranda.
Al llegar al piso se detiene, sin mirar a A. P.P. de A, de frente. Tiene la expresión seria y triste. Vuelve lentamente la cara sin levantar los ojos. Luego, los alza y mira tristemente en dirección de X. Cierra nuevamente los ojos, y suena un timbre. P.P. de X, serio, de perfil, mirando a la derecha del encuadre. El timbre suena de nuevo. P.C. de A, sentada, vuelta hacia X; X, de pie, con los brazos caídos, mirando de frente. Suena el timbre por tercera vez (¿obra de teatro?).
A se levanta e inicia el acercamiento a X. Cuando se encuentra a su altura, inicia la marcha, adelantándose un poco; X la sigue. Ambos avanzan lentamente por un pasillo; llegan casi hasta el fondo y, entonces, doblan a la izquierda hasta salir de cuadro.
Secuencia Nº 126: P.C. de M en lo alto de la escalera. Se presenta del mismo modo que apareció X. Se detiene, mira hacia abajo y no ve a nadie. La voz de X comenta: “El parque de este hotel era una especie de jardín de estilo francés, sin árboles, sin flores, sin vegetación alguna…”.
M levanta los ojos y mira, serio, de frente, como adivinando la ruta que llevan A y X.
La voz de X: “La grava, la piedra, la línea recta creaban espacios precisos, superficies sin misterio…”.
Secuencia final: Plano general, de noche. El hotel al fondo, casi en silueta, con algunas ventanas iluminadas. Delante, el estanque, en el que se refleja el edificio. No se ve a nadie ni hay movimiento alguno. La voz de X continúa: “Parecía imposible, a primera vista, perderse en su recinto…, a primera vista…, a lo largo de los paseos rectilíneos, entre las estatuas con ademanes congelados y las losas de granito, por los que usted, ahora, se perdía ya para siempre, en la noche tranquila, sola conmigo”.
La música eleva su intensidad.
Era imprescindible transcribir esas secuencias finales para poder observar hasta qué punto A se resiste a aceptar el rol de blanco que trata de imponerle X. No sólo en las palabras, sino también en la imagen se expresa la negativa de A a aceptar ese rol posicional. El gran picado sobre A, en la secuencia Nº 125, señala, por medio de un sencillo sistema semisimbólico:
picado: contrapicado:: abatimiento: exaltación
la denegación de A ante la insistente propuesta de X. La ambigüedad de las imágenes finales, así como la mezcla de tiempos verbales y de abverbios del comentario final de X, no permiten decidir acerca de una indubitable aceptación de A para asumir el rol que se le propone. Es probable que A y X sigan dando vueltas, de año en año, por los pasillos laberínticos de ese hotel barroco, fuera del cual no existe nada, como el mismo Roble-Grillet señala en la introducción a la edición del guión de El año pasado en Marienbad.
Podemos observar, igualmente, que no ha habido cambio en la estrategia discursiva de X: ha mantenido siempre su estrategia de tipo electivo, sin alterarla jamás a lo largo del discurso. De ahí el carácter obsesivo del texto fílmico.
Si tomamos ahora en cuenta que tanto la “mira” como la captación pueden ser afectadas, simultáneamente, por las dimensiones valenciales de la intensidad y de la extensidad, obtendremos diferentes actitudes discursivas de los actantes posicionales:

Desde el primer momento y antes, incluso, de que aparezcan en la imagen los actantes posiciones, X ha focalizado ya su blanco. No existe para él nadie más en ese universo noológico que representa el hotel barroco. Ni siquiera M altera esa focalización exclusiva. Y esa actitud la mantiene hasta la secuencia final, sin variación alguna.
En cambio A, en cuanto blanco de la “mira”, no asume una actitud claramente calificada; se limita a resistir: nunca pone en la “mira” a X, ni pretende su captación afectiva, a pesar de ser la fuente de su fascinación. Sin embargo, asume por momentos una débil actitud de exploración, aunque sólo sea mental. Si bien es cierto que al momento siguiente deniega dicha actitud. Ni siquiera la resolución final ofrece algún rasgo semántico que permita decidir si es que A cambia de actitud frente a X. Su comportamiento en ese momento, expresa más bien una actitud nuevamente pasiva: ni su “mira” ni su captación parecen modalizadas por la intensidad o por la extensidad. A lo sumo, podríamos calificarla de actitud dispersa o indiferente.
Por otro lado, la “mira” resulta aspectualizada cuando es modulada por las subdimensiones de la tonicidad y del tempo. En cuyo caso contamos con las posibilidades siguientes:

X se instala en su campo de presencia con una “mira” abatida, marcada por la atonía y por un tempo lento, como puede observarse releyendo el texto verbal con el que se inicia la película, antes incluso de que aparezcan las primeras imágenes en la pantalla. La “mira” de X continúa desarrollándose bajo ese mismo “aspecto” hasta la secuencia de la estatua (Nº 17). A partir de ese momento, la tonicidad aumenta aunque el tempo conserva su lentitud, y la “mira” adopta entonces un “aspecto” de exaltación, de transportación. Las subdimensiones van modulando la “mira” de X hasta convertirla en una “mira” agitada. Ese clímax se inicia en la secuencia Nº 71, en la que X dice: “Y ahora está aquí, adonde yo la he conducido. Y todavía se esquiva. Pero está aquí, en este jardín…, al alcance de mi mano, al alcance de mi mirada, al alcance de mi voz, al alcance de mi mano…”. La tonicidad sigue subiendo, el tempo se sigue acelerando durante las secuencias en las que se presentan las escenas del imaginario “asesinato”, y la fascinación por el “suicidio”, hasta culminar con la “violación” también imaginaria de A. En ese momento las palabras de X, al igual que las imágenes, adquieren una tonicidad extrema y son pronunciadas con un tempo cada vez más rápido:
X: (en off) “¡No, no, no!… ¡Es falso! No fue por la fuerza. Durante días y días, cada noche… Todas las habitaciones se parecen…, pero aquella habitación, en opinión mía, no se parecía a ninguna otra. No había ya ni puertas, ni pasillos, ni hotel, ni jardín… No había ya ni siquiera jardín”. Las secuencias finales se desarrollan bajo una “mira” aspectualizada por la tranquilidad, producto de una tonicidad débil (átona) y un tempo rápido. El recorrido sintáctico de la “mira” aspectualizada de X en El año pasado en Marienbad es el siguiente:

Dada la tendencia del texto a la circularidad permanente, podemos muy bien proyectar ese recorrido hipotético final (4), indicado con la flecha punteada, pues es muy probable que la “mira” de X retorne al abatimiento inicial, en ese juego incesante de búsqueda y persuasión, por los laberintos del mundo interior, representado por los pasillos, por las escaleras y por los jardines de ese hotel barroco, fuera del cual ninguna otra cosa existe.
3. ACTANTES TRANSFORMACIONALES: ESQUEMA DE LA PRUEBA
Los actantes posicionales se convierten en actantes transformacionales, según J. Fontanille (2001: 139), por la adopción de otra lógica discursiva, y por desdoblamiento de la estructura. Los actantes transformacionales son definidos por su participación en las fuerzas que transforman un estado de cosas, o que pretenden transformarlo; la intencionalidad que los caracteriza reposa en el juego de la transformación, juego que se apoya a su vez en un sistema de valores. La lógica de las fuerzas es una lógica transformacional; define a los actantes únicamente a partir de su participación en una transformación entre dos estados y de su compromiso en vista de esa transformación. Descubrir el sentido de esa transformación consiste, ante todo, en evaluar los efectos que produce en los actantes posicionales. Y el primer efecto es, precisamente, el de convertirlos en actantes competentes, lo cual quiere decir que han adquirido un poder y/o un querer y/o un saber hacer.
X no se limita solamente a estar en el centro del campo de presencia, sino que lo que quiere es que A se incorpore a él, y su saber hacer se desarrolla en una serie de estrategias por medio de las cuales trata de inducir en A un querer paralelo a fin de transformar el estado de disjunción amorosa en un estado de conjunción final. Sin embargo, en esta pugna, A insiste en rechazar la invitación, convirtiéndose así en un verdadero antisujeto.
Por lo que se refiere al desdoblamiento de la estructura actancial, la tradición semiótica distingue dos clases de transformaciones: de una parte, las que dependen del deseo y de la búsqueda, que asocian el sujeto y el objeto; de otra parte, las que dependen de la comunicación, que asocian al destinador y al destinatario. En la primera dimensión, los valores son encarnados, buscados y conquistados (aunque no siempre; hay búsquedas frustradas) por los sujetos; en la segunda dimensión, los valores son propuestos, garantizados, intercambiados y puestos en circulación por los actantes. Sobre cada una de esas dimensiones, la categoría del actante se escinde en dos roles, produciendo el par sujeto/objeto, en la primera, y en la segunda, el par destinador/destinatario. Podemos observar ahora que el par sujeto/objeto es homólogo al par fuente/blanco (el sujeto pone en la mira el objeto y lo capta); lo mismo sucede con el par sujeto/objeto (Fontanille, 2001: 138).
No siempre se actualizan en discurso todas las estructuras desdobladas. En ausencia de destinador, como sucede en El año pasado en Marienbad, el sujeto se convierte en un actante autónomo, que se destina a sí mismo el objeto de valor; y la ausencia de destinatario como un tercero que se beneficiaría de la comunicación del objeto-valor, pone en primer plano la construcción misma del objeto de valor que, como podemos advertir en nuestro texto fílmico, es la clave principal del relato. Todas las estrategias discursivas de X concurren a construir con A un objeto de valor: objeto de amor.
La lógica de las transformaciones nos conduce directamente al ámbito de la acción. La sintaxis discursiva de la acción está determinada por los esquemas narrativos.
Para A.J. Greimas (1979: 245), un esquema narrativo constituye una suerte de marco formal en el que se inscribe “el sentido de la vida”, al menos “un” sentido de la vida. Entre los esquemas narrativos canónicos encontramos el “esquema de la prueba”. El esquema de la prueba adopta la forma sintagmática siguiente:

J. Fontanille (2001: 99) hace notar con toda razón que ni la confrontación ni la dominación pueden ser traducidas en términos de programas narrativos, como sí puede hacerlo la apropiación o la desposesión. La confrontación es simplemente la puesta en presencia de dos actantes y de sus programas: sin ese encuentro, que asegura el “discurso en acto” en el campo de presencia, la prueba jamás tendría lugar. Para poder disputarse el objeto, los dos sujetos en confrontación deben tomar posición en un mismo campo de discurso. A veces, la puesta en juego del conflicto se puede limitar a esa sola confrontación: se trata entonces solamente de apoderarse de la posición, de ocupar, solo, el centro del campo de referencia, sin que se dé ninguna transferencia del objeto. Antes de ganar o de perder el objeto, los sujetos deben comparar sus fuerzas, deben enfrentarse para saber quien sacará ventaja sobre el otro. Ése es precisamente el sentido de la dominación. Y en ese mismo sentido la dominación es un asunto de intensidad y de cantidad.
Pero no siempre la confrontación adquiere la figura de la lucha. Otras figuras son igualmente posibles, y entre ellas la figura de la “persuasión”. A. Roble-Grillet apunta, en la introducción a su cine-novela, que El año pasado en Marienbad es la “historia de una persuasión”. Exactamente. La confrontación en este texto fílmico se produce entre un sujeto (X), que quiere a toda costa traer a su campo de presencia a otro sujeto, para convertirlo en objeto de su amor, y un antisujeto (A), que se resiste, con todas sus débiles fuerzas, a ocupar el lugar que se le ofrece, y a constituirse en ese objeto de amor que X pretende. Podríamos decir que en este discurso fílmico, la confrontación existe, pero resulta invertida: no se trata, para X, de defender su posición en el campo de presencia, sino de incorporar a ese campo y a esa posición al sujeto que se le resiste, para convertirlo en objeto de su amor.
Desde un comienzo X señala: “… como si el suelo fuese, también, de arena o de grava… o de losas de piedra, sobre las que yo caminaba como si fuera a su encuentro (…) entre estos muros cargados de arrimaderos de madera, estucos, molduras, cuadros, grabados enmarcados, por entre los que avanzaba (…) entre los que estaba ya esperándola, muy lejos de esta decoración en que me encuentro ahora, ante usted, esperando al que ya no vendrá… ¿Viene usted?”.
Pero a esta invitación inicial de X para que A venga a ocupar “su” campo de presencia, no contesta A, sino una actriz en el escenario: “Tenemos que esperar todavía… unos minutos todavía… sólo unos minutos, unos segundos…”.
Las primeras palabras que A intercambia con X son anodinas, las de cualquier extraño que se encuentra con alguien desconocido:
“ A: Nunca había tenido un cicerone tan bueno”.
Luego, mientras bailan, A, intrigada, pregunta: “¿Por qué me mira así?”. Tras un corto silencio, X inicia la estimulación de la memoria, o de la imaginación, de A.
X: “No parece que se acuerde mucho de mí”.
A lo mira con evidente sorpresa, pero no dice nada.
Posteriormente se inicia el ascenso de esa confrontación invertida, ascenso en intensidad fundamentalmente, pues los aspectos cuantitativos permanecen siempre los mismos:
X: “La primera vez que la vi fue en los jardines de Frederiksbad…”.
A inicia, a su vez, la anticonfrontación, es decir, la resistencia:
A: “No creo que se tratase de mí. Debe confundirse”.
X insiste: “Recuerde…”, y la evocación comienza por el “grupo de piedra”, ese grupo escultórico que aparece y reaparece, una y otra vez, en la película, como un leitmotiv estimulador de la memoria. La tensión de la confrontación va siendo marcada, de cuando en cuando, por X: “Y una vez más nos encontrábamos separados”. Para volver, con una insistencia casi enfermiza, a la estimulación primigenia:
X: “Recuerde. Fue en los jardines de Frederiksbad. Estaba sola, apartada. Se apoyaba, un poco oblicuamente, en la balaustrada de piedra, sobre la que descansaba su mano, y tenía el brazo medio extendido…”.
Sin embargo, las grietas de la evocación comienzan a notarse: la imagen no se ajusta exactamente a los ademanes y posturas que propone el texto verbal. Tales “desajustes”, a veces mínimos, de la escritura cinematográfica, señalan la resistencia de la memoria a incorporarse al mundo que se construye para ella.
La negativa de A para incorporarse al mundo de X y para convertirse en objeto de amor, tiene dos vertientes: mientras que en el plano de la palabra, A niega esa posibilidad hasta el último momento, en el plano de la imagen, que es un plano eminentemente noológico, comienza a jugar imaginariamente con diversas posibilidades: violación, asesinato, suicidio, y otros devaneos fantasiosos que suscitan las palabras de X.
Paulatinamente, se va acentuando la dominación de X sobre A. La evocación de la “habitación” (X: “Una noche subí a su habitación…”, secuencia 44) desencadena en la imaginación de A una serie de imágenes en las que podemos observar el proceso insidioso de la dominación. La habitación evocada por las palabras de X va creciendo, se va organizando en la mente de A, desde una presencia apenas fugaz hasta un espacio consistente, en el que van a desarrollarse incidentes de extraña complicidad y denegación al mismo tiempo. A, en la secuencia Nº 10, se halla sentada a la izquierda del encuadre; X, de pie, a la derecha mirando a A.
A: “Yo no estuve allí… Yo no lo conozco… No conozco esa habitación, esa cama ridícula, esa chimenea con su espejo…”.
X, sorprendido, se vuelve hacia A. A ha añadido por su cuenta elementos que él nunca ha mencionado anteriormente:
X: “¿Qué espejo?, ¿qué chimenea?, ¿qué dice?”.
A: “Sí... Ya no sé... Todo es falso... Ya no sé...”.
X: “Si fuera falso, ¿por qué iba a estar usted aquí?... ¿Cómo era el espejo?”.
A: “No hay ningún espejo encima de la chimenea... Es un cuadro: un paisaje, creo... un paisaje nevado. El espejo está encima de la cómoda... Hay, también, un tocador con espejo... Y algunos muebles más, evidentemente”.
X: “¿Y qué clase de cama?”.
A: “Una cama grande, sin duda...”.
X: “¿Y a dónde daban las ventanas?”.
A: “No sé... Las ventanas... ¡No sé de qué habitación me habla! ¡No he estado nunca con usted en ninguna habitación!”.
La imaginación de A se acelera notablemente, y empieza a inventar sucesos extraños que van a tener lugar en esa habitación: primero es la tentación del suicidio. Secuencia Nº 119: Habitación. A sale de una especie de biombo; da algunos pasos por la habitación, inquieta; busca alguna salida, alguna ventana abierta. Luego se arrastra, pegada a las paredes y regresa hasta la posición inicial. La voz de X describe lo que hace A, y hasta le da indicaciones y le hace advertencias.
X: “¿Por qué quiere huir, todavía?, ¿dónde está?, ¿a dónde se ha marchado?, ¿por qué quiere huir, todavía?... Sí... Había... Sí, es verdad, había un gran espejo, junto a la puerta, un espejo inmenso, al que no se atrevía a acercarse, como si le tuviera miedo... La puerta estaba ya cerrada... ¡No! ¡No! La puerta está cerrada... Escúcheme...”.
Después, la escena del asesinato: A se sienta por cuarta vez consecutiva en el borde de la cama, abre una carpeta, saca una hoja de papel y se pone a escribir (¿una despedida, tal vez?). La voz de X continúa su relato-recuerdo-invención: “No... ¡No!... Ya no me acuerdo... Ni yo mismo me acuerdo ya... Ya no me acuerdo”. Se oyen unos golpes en la puerta, A no les hace caso, y sigue escribiendo sobre la cama. Se escucha el ruido de la puerta al cerrarse. A levanta la vista.
Contracampo: desde la espalda de A. En la puerta, de pie, se encuentra M. Se desplaza lentamente por la habitación; en una cómoda descubre unas fotografías. Después se acerca a una ventana, levanta ligeramente los visillos y mira hacia fuera. P.M. de A con el vestido blanco de plumas recostada en la cama. La voz de X continúa su recitativo: “Una vez que la puerta se cerró, usted acechó el ruido de unos pasos...”. A se revuelve lentamente en la cama, boca arriba, mientras la voz de X continúa: “Usted esperaba oír el ruido de sus pasos sobre la grava”... A se dirige de nuevo hacia la cámara, mira hacia el fondo, medio asombrada. P.G. de la habitación. X aparece en cuadro en el momento en que cierra la puerta, y permanece en el mismo sitio que antes ocupó M. P.P. de X con la mirada tensa y fija en A. P.G. de la habitación: A recostada en la cama. Hace un gesto de susto, de terror casi. P.A. de M mirando por la ventana como en la secuencia Nº 100. Tiene una pistola en la mano. Después de mirar a A unos instantes, levanta la mano derecha y dispara. P.G.: A en la cama, como muerta. P.P. de A. en la cama: parece muerta. P.E. de A, en la alfombra, con los pies aún sobre la cama. P.M. de A, boca arriba, en la alfombra, con el dedo índice en los labios (secuencias 101, 102, 103).
Y, finalmente, la escena de la violación. Un largo travelling, progresivamente acelerado, termina sobre un P.P. de A, que abre gozosamente los brazos con expresión de suprema felicidad. Y el final del movimiento de cámara se repite diez veces seguidas sin interrupción. X comenta entre tanto: “¡No! ¡No, no!... ¡Es falso! No fue por la fuerza...” (secuencia 112).
Las fantasías que hemos descrito permiten descubrir hasta qué punto la sumisión de A va creciendo frente a la dominación de X. No obstante, las denegaciones de A continuarán repitiéndose una y otra vez hasta el final del relato.
La resolución del esquema de la prueba no es nada clara ni definitiva. El texto fílmico no permite decidir si el avance final por los pasillos del gran hotel llega a ser una “salida” del hotel, una “fuga” y, en consecuencia, una “apropiación” para X; o si la vuelta a la izquierda para ingresar a otro pasillo o a otro salón de ese espacio laberíntico que es el hotel, es el comienzo de una historia que se repite sin cesar. Esa ambigüedad se acrecienta aún más si atendemos al texto verbal con el que X termina el discurso fílmico: “El parque de ese hotel era una especie de jardín de estilo francés, sin árboles, sin flores, sin vegetación alguna... La grava, la piedra, la línea recta creaban espacios precisos, superficies sin misterio. Parecía imposible, a primera vista (...) perderse en su recinto (...) a primera vista (...) a lo largo de los paseos rectilíneos, entre las estatuas con ademanes congelados y las losas de granito, por los que usted, ahora, se perdía ya para siempre, en la noche tranquila, sola conmigo”.
Todos los tiempos verbales del texto final se encuentran en pasado. Y entre ellos y el “ya para siempre” (futuro) se instala ese “ahora” que perfora la isotopía temporal. Ese “ahora” ¿es un presente en el pasado, o es un “ahora” en el presente de las imágenes que vemos?
El mito del “eterno retorno” circula libremente por el texto fílmico. En un momento del filme (secuencia Nº 117), la voz de X reitera sus imágenes obsesivas; pero con una variante altamente significativa: “Y una vez más caminaba a lo largo de estos mismos pasillos, yendo desde hacía días, desde hacía meses, desde hacía años, a su encuentro…”. Ya no se trata solamente del “año pasado”, sino de muchos “años pasados”, que pueden sucederse indefinidamente. Y eso nos lleva a la expresión con la que se inicia la voz de X, y que se repite persistentemente a lo largo de todo el filme: “Una vez más… camino, una vez más…”. ¿Cuántas veces más seguirá caminando X por los interminables pasillos de ese hotel barroco? ¿Cuántos “años pasados” más seguirá reproduciéndose esa historia de “amor interminable”?
Por otro lado, en la secuencia 119 se introduce un condicional más perturbador aún: “Haría un año que esta historia habría comenzado..., que yo la estaría esperando..., que usted también me estaría esperando a mí...”.
Al parecer, toda la “historia” es fruto de la imaginación de X, que secunda a su vez, enriqueciéndola, la imaginación de A. Y no por eso la historia es menos “real”, puesto que finalmente es “vivida” por ambos actantes transformacionales con plena intensidad.
Pulsuz fraqment bitdi.