Kitabı oxu: «Biblioteca histórica. Libros XIII-XIV»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 371


Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .

Según las normas de la B. C. G., las traducción de este volumen ha sido revisadas por ÓSCAR MARTÍNEZ GARCÍA.

© EDITORIAL GREDOS, S. A. U., 2008.

López de Hoyos, 141, 28002 Madrid.

www.editorialgredos.com

REF. GEBO447

ISBN 9788424937447.

LIBRO XIII


SINOPSIS

Índice antiguo del libro XIII.

1

Prólogo.

2

Preparativos y expectativas de los atenienses y sus aliados ante la expedición a Sicilia. La mutilación de los hermes.

3

La flota zarpa del Pireo. Escala en Corcira y llegada a Italia.

4

Sicilia ante la llegada de la expedición ateniense. La flota llega a Catana.

5

Acusaciones contra Alcibíades. La Salaminia regresa sin él, que se refugia en Esparta. Atenas lo condena en contumacia.

6

Los atenienses en Egesta e Hícara. Estratagema, desembarco y victoria atenienses junto a Siracusa. Diágoras, el Ateo. Los romanos toman Labico.

7

Siracusa pide ayuda a Corinto y Esparta. Éxitos atenienses en torno a Siracusa y desánimo siracusano. Gilipo llega a Sicilia.

8

Tras una primera derrota, Gilipo vence en las Epípolas. Muerte de Lámaco. Los dos bandos piden refuerzos. Carta de Nicias a Atenas. Esparta rompe la tregua.

9

Comienza la Guerra de Decelia. Los atenienses obtienen una victoria naval en Siracusa, pero pierden Plemirio.

10

Espera de la llegada de Demóstenes. La táctica siracusana del ataque frontal con las proas reforzadas. Victoria naval siracusana en el Puerto Grande.

11

La llegada de la expedición de Demóstenes y Eurimedonte provoca el desánimo de Siracusa, cuya victoria nocturna en las Epípolas cambia la situación (julio del 413).

12

Desmoralización ateniense. Postura de los estrategos atenienses respecto a la retirada. Los retiene un eclipse de luna.

13

Batalla por tierra y en el Puerto Grande de Siracusa (septiembre del 413).

14

Los siracusanos cierran la bocana del Puerto Grande y se prepara la batalla decisiva.

15

Arenga de Nicias. Se inicia la batalla. Los atenienses obligados a retroceder tras el ataque a la barrera de la bocana.

16

El fragor de la batalla.

17

Reproches de la infantería a las naves que se retiraban. El descalabro ateniense.

18

Comienza la retirada ateniense. La estratagema de Hermócrates.

19

Persecución y destrucción del ejército ateniense de Sicilia. Asamblea en Siracusa sobre la suerte de los prisioneros.

20

Discurso de Nicolao. La tragedia personal cede ante el interés general.

21

La arrogancia castigada. Necesidad de la moderación.

22

Beneficios de la magnanimidad.

23

Los giros de la vida aconsejan el uso de la misericordia.

24

La debilidad de la condición humana aconseja la moderación.

25

Es preferible la amistad con Atenas.

26

Atenas acreedora al agradecimiento.

27

Atenas, maestra y opresora. Sus aliados y Nicias merecen clemencia. Mutabilidad de la Fortuna.

28

Discurso de Gilipo. Los siracusanos deben odiar a los atenienses tanto como han amado a sus caídos.

29

Los prisioneros atenienses merecen el castigo de los agresores, no el perdón de los suplicantes.

30

La codicia, la insidia y la arrogancia de los atenienses indignas de piedad. Su conducta con Mitilene, Melos y Escione.

31

El pueblo ateniense es responsable de la agresión.

32

Ni la conducta de Nicias, ni ningún otro argumento justifica el perdón. Gilipo pone fin a su discurso con una exhortación al castigo.

33

Se aprueba la propuesta de Diocles sobre el castigo de los vencidos. Anécdota sobre Diocles.

34

Descrédito de la hegemonía ateniense. Los Cuatrocientos. Derrota naval en aguas de Oropo. Siracusa concede recompensas y Diocles modifica la constitución.

35

La legislación de Diocles.

36

Reacción de Atenas ante el desastre de Sicilia. Incompetencia de los dirigentes atenienses. Descrédito de Atenas entre los aliados. Persia se inclina por Esparta.

37

Intervención de Alcibíades ante Persia. Su regreso da un nuevo impulso a Atenas.

38

Abolición de la oligarquía de los Cuatrocientos. Terámenes y el regreso de Alcibíades. Movimientos de las flotas de Atenas y de Esparta en aguas de la costa asiática.

39

Movimientos navales en el Helesponto. Entre Abido y Sesto: se prepara la batalla naval de Cinosema.

40

Victoria ateniense en la batalla de Cinosema. Trasibulo toma Cícico.

41

Naufragio de una flota espartana en el Atos. Alcibíades se reúne con la flota ateniense de Samos.

42

Atenas reintegra a Alcibíades, que, tras una expedición a Halicarnaso y Merópide, regresa a Samos. Tucídides interrumpe su Historia y Jenofonte y Teopompo inician sus obras. Guerra de Roma contra los ecuos.

43

Egesta teme las represalias de los siciliotas y, ante su conflicto con Selinunte, recurre a Cartago.

44

Cartago envía refuerzos a Egesta. Selinunte ataca Egesta y es derrotada. La Guerra Cartaginesa. Aníbal prepara una expedición a Sicilia.

45

Combates en el Helesponto. Pericia de los pilotos atenienses.

46

La llegada de la escuadra de Alcibíades decide la batalla naval de Abido.

47

Los atenienses regresan a Sesto y los espartanos a Abido. Planes de Míndaro. Eubea solicita la colaboración de Beocia. La obra del Euripo. Expediciones de Terámenes.

48

Guerra civil y masacre en Corcira. Intervención de Conón.

49

Arquelao toma Pidna. Reorganización y movimientos de las flotas peloponesia y ateniense. Hacia Cícico.

50

La batalla de Cícico.

51

Victoria ateniense.

52

Optimismo ateniense y propuesta de paz de Esparta. Discurso de Endio.

53

Atenas, excitada por Cleofonte, rechaza la propuesta de paz.

54

Expedición de Aníbal contra Selinunte.

55

Resistencia de Selinunte ante el asedio cartaginés.

56

Los selinuntios piden ayuda a Siracusa, Acragante y Gela. Caída de Selinunte.

57

Selinunte bárbaramente saqueada.

58

Crueldad de los cartagineses. Refugiados selinuntios en Acragante.

59

Llega tarde el socorro siracusano. Concesiones de Aníbal a los exiliados selinuntios. Asedio de Hímera.

60

Salida de los himereos y batalla fuera de las murallas.

61

Evacuación de Hímera.

62

Caída y saqueo de Hímera. Cartago recibe a un Aníbal victorioso.

63

Éxitos de Hermócrates, exiliado de Siracusa, en la zona bajo control cartaginés.

64

La flota ateniense en el Helesponto. Esparta recupera Pilos.

65

Los megareos toman Nisea y la recuperan los atenienses. Intervención espartana en Quíos.

66

Éxitos atenienses en Calcedón y Bizancio.

67

Estratagemas en la toma de Bizancio, que acuerda una alianza con Atenas.

68

Atenas recibe a sus estrategos victoriosos. Elogio de Alcibíades.

69

Atenas admira y rehabilita a Alcibíades. Expediciones a Andros, Cos y Rodas.

70

Esparta da el mando a Lisandro, que reúne una flota en Éfeso. Ayudas de Persia y de las ciudades jonias.

71

Alcibíades frente a Lisandro. Indisciplina de Antíoco. Derrota ateniense en Notio.

72

Trasibulo en Tasos y Abdera. Agis ataca Atenas y su caballería sufre una derrota.

73

Agis se retira al Peloponeso. Alcibíades ataca Cime. Acusaciones contra Alcibíades en la Asamblea ateniense.

74

Alcibíades, caído en desgracia y desposeído del mando, se condena al exilio.

75

Muerte de Plistoanacte. Sinecismo de Rodas. Muerte de Hermócrates tras fracasar en su intento de regresar a Sicilia.

76

Conón toma el mando de la flota ateniense y Calicrátidas de la espartana. Ataques de Calicrátidas a Delfinio, Teos, Metimna y Mitilene.

77

Estratagema de Conón.

78

Calicrátidas bloquea a Conón en el puerto de Mitilene.

79

Batalla encarnizada frente al puerto de Mitilene. Embajada siracusana a Cartago. Fundación púnica de Terma.

80

Cartago prepara una nueva expedición a Sicilia.

81

Preparativos siciliotas ante la amenaza cartaginesa. La prosperidad de Acragante.

82

Esplendor de Acragante. El templo de Zeus. Testimonios del lujo acragantino.

83

La fama de Telias de Acragante.

84

Otros ejemplos del lujo de Acragante. El caso de Antístenes.

85

Acragante sitiada tras rechazar las proposiciones cartaginesas.

86

Peste en el ejército cartaginés. Muerte de Aníbal. Siracusa se decide a intervenir.

87

Victoria del socorro siracusano sobre un contingente bárbaro. Indignación contra los generales de Acragante por haber desperdiciado una ocasión.

88

Tras los apuros cartagineses, la fortuna cambia de bando y Acragante se encuentra en una situación desesperada.

89

Evacuación de Acragante.

90

Saqueo de Acragante. Heroísmo de Telias. El toro de Fálaris y crítica de Timeo.

91

Pánico en Sicilia tras la derrota de Acragante. Acusaciones contra los generales e intervención de Dionisio, apoyado por Filisto.

92

Dionisio convence al pueblo de Siracusa y planea la tiranía. Llamamiento a los exiliados.

93

Intervención de Dionisio en Gela.

94

Dionisio acusa a sus colegas y se gana a la asamblea de Siracusa.

95

Pasos de Dionisio hacia la tiranía.

96

Dionisio instaura la tiranía. Preparativos cartagineses contra Gela.

97

La flota ateniense rumbo a las Arginusas. Los adivinos de ambos bandos desaconsejan la batalla.

98

Espartanos y atenienses ante la batalla de las Arginusas.

99

La victoria ateniense de las islas Arginusas.

100

Una tempestad impide retirar los cadáveres. Eteónico se retira de Mitilene. Saqueos atenienses desde la base de Samos. Petición de ayuda de los aliados de Esparta.

101

La Asamblea de Atenas condena a los estrategos vencedores de las Arginusas.

102

Intervención de Diomedonte. Ejecución de los estrategos.

103

Arrepentimiento de los atenienses, que condenan a Calíxeno. El historiador Filisto. Muerte de Sófocles y de Eurípides.

104

La flota ateniense de Conón y Filocles rumbo al Helesponto. Lisandro en Éfeso. Instauración de la oligarquía en Mileto. Lisandro conquista Yaso y Lámpsaco.

105

La flota ateniense llega tarde a Lámpsaco y fondea en Egospótamos. Los estrategos rechazan el ofrecimiento de Alcibíades.

106

La derrota de Egospótamos. Acciones de Lisandro. Conón se refugia en Chipre. Condena de Gilipo.

107

Capitulación de Atenas. Fin de la guerra del Peloponeso.

108

Destrucción de Acragante y resistencia heroica de Gela.

109

Intervención de Dionisio de Siracusa en ayuda de Gela.

110

La batalla de Gela. Fracasa el plan de Dionisio.

111

Retirada del ejército de Dionisio. Evacuación de Gela y de Camarina.

112

Conjura contra Dionisio.

113

Dionisio entra en Siracusa y somete a los conjurados.

114

Se acuerda la paz y los cartagineses regresan a África. Fin del libro XIII.


EL CONTENIDO DEL LIBRO XIII DE DIODORO ES EL SIGUIENTE 1 :

La expedición que hicieron los atenienses contra los siracusanos con grandes fuerzas terrestres y navales (1 -3 ).

El desembarco de los atenienses en Sicilia (4 ).

Citación al estratego Alcibíades y su huida a Lacedemón (5 ).

Cómo los atenienses entraron en el Puerto Grande de Siracusa y ocuparon la zona del Olimpieo (6 ).

Cómo los atenienses ocuparon las Epípolas y, después de vencer en una batalla, bloquearon Siracusa por los dos lados (7 ).

Cómo, tras el envío de socorros por los lacedemonios y los corintios, recobraron el ánimo los siracusanos (8 ).

Batalla entre siracusanos y atenienses y la gran victoria de los atenienses (9 ).

Batalla entre los mismos adversarios y victoria de los siracusanos (10 ).

Cómo los siracusanos, tras apoderarse de las Epípolas, obligaron a los atenienses a concentrarse en un solo campamento cerca del Olimpieo (8 ; 11 -12 ).

Cómo los siracusanos prepararon sus fuerzas navales y decidieron presentar batalla por mar (13 ).

Cómo los atenienses, después de la muerte de su estratego Lámaco y de la citación de Alcibíades, enviaron en su lugar a los estrategos Eurimedonte y Demóstenes con refuerzos y dinero (8 ).

Ruptura de la tregua por los lacedemonios y guerra contra los atenienses, la llamada guerra del Peloponeso (8 ).

Batalla naval entre los siracusanos y los atenienses y la victoria de los atenienses; la conquista de los fuertes por los siracusanos y su victoria en tierra (9 ).

Batalla naval con las flotas completas en el Puerto Grande y victoria de los siracusanos (11 -17 ).

Llegada de Demóstenes y Eurimedonte procedentes de Atenas con fuerzas considerables (11 ).

Gran batalla en las Epípolas y victoria de los siracusanos (8 ).

La retirada de los atenienses y la captura de todo su ejército (18 -19 ).

Cómo los siracusanos se reunieron en asamblea para deliberar sobre la suerte de los prisioneros (19 ).

Los discursos pronunciados sobre la cuestión en uno u otro sentido (20 -32 ).

Las decisiones de los siracusanos respecto a la suerte de los prisioneros (33 ).

Cómo, después del desastre de los atenienses en Sicilia, se sublevaron muchos de sus aliados (34 ).

Cómo el pueblo de los atenienses, presa del desánimo, renunció a la democracia y entregó el gobierno a los Cuatrocientos (34 ; 36 ).

Cómo los lacedemonios consiguieron victorias navales frente a los atenienses (34 ; 36 ).

Cómo los siracusanos honraron con importantes regalos a quienes se habían distinguido en la guerra (34 ).

Cómo Diocles fue elegido legislador y redactó un código para los siracusanos (34 -35 ).

Cómo los siracusanos enviaron refuerzos considerables a los lacedemonios (34 ).

Cómo los atenienses derrotaron en una batalla naval al navarco de los lacedemonios y tomaron Cícico (39 -40 ).

Cómo, cuando los lacedemonios enviaron cincuenta naves desde Eubea en ayuda de los derrotados, todas fueron destruidas con sus tripulaciones por una tempestad a la altura del Atos (41 ).

El regreso de Alcibíades y su elección como estratego (41 -42 ).

La guerra entre los egesteos y los selinuntios por un territorio en litigio (43 -44 ).

La batalla naval entre los atenienses y los lacedemonios en aguas de Sigeo y victoria de los atenienses (38 -40 ; 45 -46 ).

Cómo los lacedemonios construyen un terraplén en el Euripo y unen Eubea al continente (47 ).

Sobre las discordias civiles y las matanzas en Corcira (48 ).

Cómo Alcibíades y Terámenes obtuvieron notables victorias sobre los lacedemonios por tierra y por mar (49 -51 ).

Cómo los cartagineses transportaron ingentes fuerzas a Sicilia y tomaron al asalto Selinunte e Hímera (54 -62 ).

Cómo Alcibíades arribó al Pireo con abundante botín y fue objeto de una calurosa acogida (68 -69 ).

Cómo el rey Agis con un gran ejército trató de asediar Atenas, pero fracasó en su intento (72 -73 ).

Exilio de Alcibíades y fundación de Termas en Sicilia (74 ; 79 ).

Batalla naval entre los siracusanos y los cartagineses y victoria de los siracusanos (80 ).

Sobre la prosperidad de Acragante y los edificios de esta ciudad (81 -84 ).

Cómo los cartagineses con un ejército de trescientos mil hombres emprenden la guerra en Sicilia y ponen sitio a Acragante (85 -86 ).

Cómo los siracusanos con sus aliados acudieron en ayuda de los acragantinos con diez mil soldados (86 ).

Cómo, cuando les salieron al encuentro cuarenta mil cartagineses, los siracusanos los vencieron y mataron a más de seis mil (87 ).

Cómo, cuando los cartagineses les cortaron los suministros, los acragantinos, debido a la falta de víveres, se vieron obligados a abandonar su patria (88 -89 ).

Cómo Dionisio, después de ser elegido general, instauró la tiranía en Siracusa (92 -96 ).

Cómo los atenienses, tras la espléndida victoria naval de las Arginusas, condenaron injustamente a muerte a los estrategos (97 -103 ).

Cómo los atenienses, derrotados en una gran batalla naval, se vieron obligados a concluir la paz a cualquier precio, y de este modo terminó la guerra del Peloponeso (104 -107 ).

Cómo los cartagineses, víctimas de una epidemia, se vieron obligados a concluir la paz con el tirano Dionisio (114 ).


Prólogo

Si estuviéramos escribiendo una historia [1 ] semejante a las de los demás historiadores, sería posible introducir digresiones sobre algunos puntos según fuera oportuno en cada prólogo y reconducir luego nuestra narración a los acontecimientos sucesivos; en efecto, ciñendo el tiempo de nuestro relato, tendríamos la oportunidad de sacar partido de los prólogos 2 . Pero, dado que [2] no sólo nos hemos comprometido a registrar en pocos libros los acontecimientos en la medida de nuestras capacidades, sino también a abarcar un período de tiempo de más de mil cien años 3 , es necesario evitar las largas digresiones de estos prólogos y pasar directamente a la exposición de los hechos, limitándonos a decir como preámbulo tan sólo que en los seis libros precedentes hemos expuesto los acontecimientos comprendidos entre la guerra de Troya y la decisión de los atenienses de declarar la guerra a los siracusanos, hasta la cual, partiendo de la conquista de Troya, transcurrieron setecientos sesenta y ocho años 4 .

[3] Y en el presente libro, para completar la narración relativa al período siguiente, comenzaremos por la expedición contra los siracusanos y acabaremos en el comienzo de la segunda guerra de los cartagineses contra Dionisio, el tirano de los siracusanos 5 .

415-414 a. C. Preparativos y expectativas de los atenienses y sus aliados ante la expedición a Sicilia. La mutilación de los hermes.

[2 ] Cuando Cabrias 6 era arconte en Atenas, los romanos designaron, en lugar de los cónsules, tres tribunos militares, Lucio Sergio, Marco Papirio y Marco Servilio 7 . Este año, los atenienses, después de decretar la guerra contra los siracusanos, se pusieron a equipar las naves y, una vez reunido el dinero, prepararon con gran empeño todo lo necesario para la expedición 8 . Eligieron tres estrategos, Alcibíades, Nicias y Lámaco 9 , y les dieron plenos poderes en todo lo relativo a la guerra 10 . De los ciudadanos privados que poseían una gran fortuna [2] y estaban deseosos de complacer el anhelo del pueblo, algunos equiparon trirremes a sus expensas mientras que otros se comprometieron a entregar dinero para el aprovisionamiento de las fuerzas; y fueron muchos los ciudadanos y extranjeros de Atenas de tendencia democrática, y también los aliados, que se presentaron espontáneamente a los estrategos para pedir con insistencia que les alistaran entre sus soldados 11 ; de este modo todos, excitados por las expectativas, acariciaban la esperanza de participar en seguida en el reparto de Sicilia.

Pero, cuando el cuerpo expedicionario ya estaba preparado, [3] ocurrió que en el curso de una sola noche los hermes 12 , que se encontraban por todas partes en la ciudad, fueron mutilados 13 . El pueblo entonces, pensando que la acción no era obra de gente sin importancia, sino que se debía a ciudadanos eminentes que pretendían derribar la democracia, se indignó ante aquella fechoría y se puso a buscar a los culpables, ofreciendo grandes [4] recompensas a quien los denunciara 14 . Se presentó ante el Consejo un particular 15 y declaró que hacia la medianoche (en el novilunio) había visto a algunos entrar en casa de un meteco y que entre éstos se encontraba Alcibíades. Interrogado por el Consejo respecto a cómo, siendo de noche, había podido reconocer las caras, contestó que las había visto gracias a la luz de la luna. De este modo, pues, el hombre fue sorprendido en su mentira y su testimonio no fue creído 16 ; y de los otros, nadie fue capaz de hallar el menor indicio de los autores de la fechoría.

[5] Fueron equipadas ciento cuarenta trirremes, y transportes de guerra y naves pasacaballos, y también era grande el número de cargueros destinados al transporte de víveres y de los restantes equipos. Había hoplitas y honderos, y además tropas de caballería y más de siete mil hombres de los aliados 17 , aparte de las tripulaciones [6] de los barcos 18 . Entonces los estrategos se reunieron en una sesión secreta con los miembros del Consejo y determinaron qué medidas era necesario adoptar respecto a Sicilia si conseguían apoderarse de la isla. Decidieron reducir a la esclavitud a los selinuntios y los siracusanos e imponer a los otros pueblos simplemente un tributo que pagarían anualmente a los atenienses 19 .

La flota zarpa del Pireo. Escala en Corcira y llegada a Italia.

Al día siguiente, los estrategos con [3 ] los soldados bajaron al Pireo, y toda la población de la ciudad, ciudadanos y extranjeros juntos, les seguía, acompañando cada uno a sus parientes y amigos 20 . Las trirremes se encontraban atracadas unas junto a otras a lo [2] largo de todo el puerto, más bellas todavía con las insignias en las proas y con el resplandor de las armas; toda la circunferencia del puerto estaba llena de incensarios y de cráteras de plata 21 , desde las que ofrecieron libaciones con copas de oro, honrando a la divinidad y rogando por el éxito de la expedición 22 .

[3] Tras zarpar del Pireo, circunnavegaron el Peloponeso y atracaron en Corcira 23 ; se había dispuesto que se detuvieran allí para añadir a sus fuerzas las de los aliados de aquella región. Una vez que todos se hubieron reunido, hicieron la travesía del mar Jonio y arribaron a la punta extrema de Yapigia 24 , desde donde comenzaron [4] a costear Italia. No fueron acogidos por los tarentinos 25 y pasaron a lo largo de la costa de los metapontinos 26 y los heracleotas 27 ; pero cuando arribaron a Turios, fueron recibidos con todas las atenciones 28 . De allí se hicieron a la mar rumbo a Crotón 29 y, después de recibir provisiones de los crotoniatas, pasaron por delante del santuario de Hera Lacinia y doblaron el promontorio conocido como Dioscurias 30 . A continuación pasaron [5] de largo por la llamada Esciletio 31 y por Locros 32 , y fondearon cerca de Regio, donde trataron de convencer a los reginos para que fueran sus aliados; pero éstos les contestaron que querían consultarlo con los otros italiotas 33 .

Sicilia ante la llegada de la expedición ateniense. La flota llega a Catana.

[4 ] Los siracusanos, tan pronto como supieron que las fuerzas atenienses se encontraban en el estrecho 34 , eligieron tres generales con plenos poderes, Hermócrates, Sicano y Heraclides 35 , que reclutaron un ejército y enviaron embajadores a las ciudades de Sicilia para pedir que participaran activamente en la causa de la libertad común, afirmando que los atenienses, con el pretexto de emprender la guerra contra los siracusanos, lo que realmente [2] querían era el sometimiento de toda la isla 36 . Entonces los acragantinos y los naxios declararon su intención de aliarse con los atenienses, mientras que los camarineos y los mesenios manifestaron su voluntad de mantener la paz 37 , y rechazaron las peticiones de alianza; los himereos y los selinuntios, en cambio, a los que se agregaron los gelenses 38 y los cataneos, anunciaron que combatirían al lado de los siracusanos. Las ciudades de los sículos, pese a que su simpatía se inclinaba por los siracusanos, permanecían neutrales aguardando con ansia los acontecimientos 39 .


1. Sicilia y Grecia.

Al confirmar los egesteos que no aportarían más de treinta [3] talentos 40 , los estrategos atenienses, después de reprochárselo, zarparon de Regio con sus fuerzas y arribaron a Naxos, en Sicilia. Fueron recibidos amistosamente por los habitantes de esta ciudad 41 y desde allí prosiguieron a lo largo de la costa hasta [4] Catana. Los cataneos no admitieron a los soldados en el interior de la ciudad, pero permitieron que entraran los estrategos y convocaron una asamblea de ciudadanos, en la que los estrategos de los atenienses hicieron sus propuestas de alianza. Pero mientras Alcibíades hablaba ante la asamblea del pueblo, unos soldados forzaron una poterna e irrumpieron en la ciudad. Ésta fue la causa por la que los cataneos se vieron obligados a participar en la guerra contra los siracusanos.

Acusaciones contra Alcibíades. La Salaminia regresa sin él, que se refugia en Esparta. Atenas lo condena en contumacia.

[5 ] Mientras ocurrían estos acontecimientos 42 , los que en Atenas odiaban a Alcibíades por motivos personales, tomando como pretexto la mutilación de las estatuas 43 , lo calumniaban en sus intervenciones ante la Asamblea acusándolo de haber tramado una conspiración contra la democracia 44 . Corroboró sus acusaciones un episodio ocurrido en la ciudad de los argivos, donde los huéspedes personales 45 de Alcibíades se habían confabulado para derrocar la democracia en Argos y habían sido todos condenados a muerte por los ciudadanos 46 . Así pues, el pueblo dio crédito a las acusaciones y, [2] terriblemente excitado por los demagogos, envió la nave Salaminia 47 a Sicilia con la orden de que Alcibíades se presentara a juicio lo más pronto posible. Cuando la nave llegó a Catana, Alcibíades, una vez escuchada la decisión del pueblo de boca de los embajadores, hizo embarcar en su propia trirreme a los que compartían acusación con él y zarpó junto a la Salaminia 48 . Pero cuando arribó a Turios, o porque tenía mala conciencia [3] por el sacrilegio cometido, o porque tenía miedo por la magnitud del peligro, Alcibíades, juntamente con los otros acusados, se dio a la fuga y desapareció. Los embajadores que habían llegado a bordo de la Salaminia en un primer momento se pusieron a buscar a Alcibíades y a los otros; pero, en vista de que no los encontraban, se hicieron a la mar rumbo a Atenas e informaron al pueblo de lo sucedido 49 . Entonces los atenienses [4] denunciaron ante un tribunal los nombres de Alcibíades y de los otros fugitivos y los condenaron a muerte en contumacia 50 . Alcibíades pasó de Italia al Peloponeso y se refugió en Esparta, donde exhortó a los lacedemonios a atacar a los atenienses 51 .

Los atenienses en Egesta e Hícara. Estratagema, desembarco y victoria atenienses junto a Siracusa. Diágoras, el Ateo. Los romanos toman Labico.

[6 ] Los estrategos que se quedaron en Sicilia con la armada ateniense navegaron a lo largo de la costa rumbo a Egesta 52 y conquistaron Hícara 53 , una pequeña ciudad sícula, de cuyo botín obtuvieron cien talentos 54 ; y tras recibir los treinta talentos de los egesteos, emprendieron el regreso hacia Catana 55 . Luego, queriendo apoderarse, sin [2] correr riesgos, de un lugar cercano 56 al Puerto Grande de Siracusa, enviaron a un cataneo, un hombre leal a ellos que también gozaba de la confianza de los generales siracusanos, con la orden de comunicar a los jefes siracusanos que algunos cataneos se estaban organizando para capturar por sorpresa a los numerosos atenienses que pasaban la noche en la ciudad lejos de sus armas, y después incendiar las naves fondeadas en el puerto; y que para la ejecución de este plan los cataneos pedían que los generales acudieran con sus fuerzas, a fin de evitar que fracasara su empresa 57 . Cuando el cataneo se presentó ante los [3] jefes siracusanos y les comunicó lo que se había acordado, los generales dieron crédito a sus palabras, determinaron la noche en la que sacarían sus tropas y enviaron al hombre de regreso a Catana.

En la noche prefijada, mientras los siracusanos conducían [4] su ejército hacia Catana, los atenienses, con toda tranquilidad, navegaron a lo largo de la costa hacia el Puerto Grande de Siracusa, se apoderaron del Olimpieo 58 y, después de ocupar toda la [5] zona circundante, levantaron allí su campamento. Pero los generales de los siracusanos, tan pronto como se dieron cuenta del engaño, se volvieron atrás y atacaron el campamento ateniense. Cuando los enemigos les salieron al encuentro, tuvo lugar una batalla en la que los atenienses dieron muerte a cuatrocientos [6] adversarios, obligando a la fuga a los siracusanos 59 . Los estrategos de los atenienses, observando la superioridad de la caballería enemiga y deseando preparar mejor todo lo necesario para el asedio, regresaron por mar a Catana. Luego despacharon unos hombres a Atenas con una carta dirigida al pueblo, en la que pedían que les enviaran fuerzas de caballería y dinero, sosteniendo que el asedio sería largo; y los atenienses votaron enviar a Sicilia trescientos talentos y un contingente de caballería 60 .

Mientras ocurrían estos hechos, Diágoras, llamado el Ateo 61 , [7] implicado en una acusación de impiedad y temiendo al pueblo, huyó del Ática; y los atenienses anunciaron una recompensa de un talento de plata para quien matara a Diágoras.

En Italia, los romanos hicieron la guerra a los ecuos y tomaron [8] Labico después de un asedio 62 . Éstos fueron, pues, los acontecimientos de aquel año.

414-413 a. C. Siracusa pide ayuda a Corinto y Esparta. Éxitos atenienses en torno a Siracusa y desánimo siracusano. Gilipo llega a Sicilia.

Cuando Tisandro era arconte en Atenas 63 , [7 ] los romanos designaron, en lugar de los cónsules, cuatro tribunos militares, Publio Lucrecio, Gayo Servilio, Agripa Menenio y Espurio Veturio 64 . Este año, los siracusanos despacharon embajadores a Corinto y Lacedemón 65 con la petición de que les ayudaran y no miraran con indiferencia [2] la ruina total que les amenazaba 66 . Alcibíades abogó en su favor 67 y los lacedemonios votaron enviar ayuda a los siracusanos y eligieron general a Gilipo 68 ; los corintios por su parte se prepararon para enviar un número mayor de trirremes, pero de momento despacharon por delante a Pites 69 , para que acompañara a Gilipo, con dos trirremes rumbo a Sicilia.

[3] En Catana entre tanto, Nicias y Lámaco, los estrategos atenienses, una vez que les hubieron llegado de Atenas doscientos cincuenta hombres de caballería y trescientos talentos de plata, embarcaron a todas sus fuerzas e hicieron vela rumbo a Siracusa; arribaron a esta ciudad de noche y ocuparon las Epípolas 70 sin que se percataran los siracusanos. Cuando éstos se dieron cuenta, acudieron a toda prisa en su defensa, pero perdieron trescientos [4] soldados y fueron perseguidos hasta la ciudad 71 . Después de estos hechos, una vez que se hubieron unido a los atenienses trescientos soldados de caballería procedentes de Egesta y doscientos cincuenta de los sículos, el número total de sus hombres de caballería ascendió a ochocientos 72 . Luego construyeron un fuerte en Lábdalo 73 y comenzaron a cerrar la ciudad con un muro, con lo que infundieron un gran miedo en los siracusanos. En consecuencia, éstos, saliendo de la ciudad, trataron de [5] impedir la construcción del muro, pero tuvo lugar un combate de caballería, en el que los siracusanos tuvieron muchas bajas y se dieron a la fuga 74 . Entonces los atenienses con una parte de sus tropas ocuparon la zona que dominaba el puerto y, con la fortificación de la llamada Policna 75 , circundaron el templo de [6] Zeus, y así sitiaron Siracusa por ambos lados 76 . Ante esta situación adversa en torno a Siracusa, los habitantes de la ciudad cayeron en el desánimo; pero cuando supieron que Gilipo había desembarcado en Hímera y que estaba reclutando soldados, [7] recuperaron el ánimo 77 . Gilipo, en efecto, después de arribar a Hímera con cuatro trirremes, puso las naves en seco y, tras persuadir a los himereos a entrar en guerra como aliados de los siracusanos, se puso a reclutar soldados entre ellos y entre los gelenses, y asimismo entre los selinuntios y los sicanos; y cuando hubo reunido en total tres mil soldados de infantería y doscientos de caballería, los condujo hacia Siracusa por el interior de la isla 78 .

Tras una primera derrota, Gilipo vence en las Epípolas. Muerte de Lámaco. Los dos bandos piden refuerzos. Carta de Nicias a Atenas. Esparta rompe la tregua.

[8 ] Pocos días después, Gilipo, en compañía de los siracusanos, condujo sus fuerzas contra los atenienses. Tuvo lugar una violenta batalla y Lámaco, el estratego ateniense, cayó en el combate; y después de producirse muchas bajas en ambos lados, la victoria se inclinó por los atenienses 79 . [2] Después de la batalla, al haber llegado trece trirremes de Corinto, Gilipo tomó consigo a los hombres de las tripulaciones y con ellos y los siracusanos lanzó un ataque contra el campamento enemigo y asedió las Epípolas. Cuando salieron los atenienses, los siracusanos les presentaron batalla y, después de dar muerte a muchos atenienses, obtuvieron la victoria y arrasaron el muro que se extendía a lo largo de las Epípolas; entonces los atenienses abandonaron la zona de las Epípolas y trasladaron todas sus fuerzas a otro campamento 80 .


2. Sitio de Siracusa en el 414-413 (según D. Kagan).

[3] Después de estos acontecimientos, los siracusanos enviaron embajadores a Corinto y a Lacedemón en busca de ayuda; los corintios, juntamente con los beocios y los sicionios, les enviaron [4] mil hombres, y los espartiatas, seiscientos 81 . Gilipo por su parte recorrió las ciudades de Sicilia e indujo a muchos pueblos a aliarse, y condujo tres mil soldados que obtuvo de los himereos y los sicanos por el interior de la isla. Pero los atenienses, informados de la llegada de aquellas tropas, las atacaron y eliminaron a la mitad; y los supervivientes se refugiaron en Siracusa 82 .

Después de la llegada de los aliados, los siracusanos, deseosos [5] de medir sus fuerzas en los combates por mar, no sólo botaron las naves que ya tenían, sino que también prepararon otras, y se pusieron a efectuar maniobras en el Puerto Pequeño 83 . Entonces [6] Nicias, el estratego de los atenienses, envió una carta 84 a Atenas en la que manifestaba que los siracusanos contaban con muchos aliados, y que, habiendo equipado un importante número de naves, estaban decididos a presentar batalla por mar; pedía, en consecuencia, que le enviaran a toda prisa trirremes, dinero y estrategos para colaborar con él en la dirección de la guerra, dado que, después de la huida de Alcibíades y de la muerte de Lámaco, había quedado como único estratego, y para colmo en malas condiciones de salud 85 . Los atenienses, en el [7] solsticio de invierno 86 , enviaron a Sicilia diez naves bajo el mando del estratego Eurimedonte y ciento cuarenta talentos de plata 87 ; y para la primavera se disponían a enviar una gran expedición. Con este fin alistaban soldados por todas partes entre sus aliados y reunían dinero.

[8] En el Peloponeso, los lacedemonios, incitados por Alcibíades, rompieron la tregua con los atenienses 88 , y la guerra que siguió se prolongó durante doce años 89 .

413-412 a. C. Comienza la Guerra de Decelia. Los atenienses obtienen una victoria naval en Siracusa, pero pierden Plemirio.

[9 ] Transcurrido aquel año, Cleócrito 90 fue arconte en Atenas, mientras que en Roma, en lugar de los cónsules, hubo cuatro tribunos militares, Aulo Sempronio, Marco Papirio, Quinto Fabio y Espurio [2] Naucio 91 . Durante su mandato, los lacedemonios en compañía de sus aliados invadieron el Ática, guiados por Agis y el ateniense Alcibíades. Se apoderaron de la plaza fuerte de Decelia 92 , de la que hicieron su bastión contra el Ática; por esta razón la guerra que siguió fue llamada Guerra de Decelia 93 . Los atenienses, como contrapartida, enviaron treinta trirremes a las costas de Laconia bajo el mando de Caricles 94 , y votaron enviar a Sicilia ochenta trirremes y cinco mil hoplitas 95 .

Los siracusanos, una vez que hubieron decidido entablar una [3] batalla naval, equiparon ochenta trirremes y se dirigieron contra el enemigo. Los atenienses se les enfrentaron con sesenta naves, y cuando la batalla se hallaba en su punto culminante, todos los atenienses que estaban en las fortificaciones bajaron al mar, unos movidos por el deseo de contemplar el combate, otros con la esperanza de prestar su ayuda a los fugitivos, en la eventualidad de una derrota 96 . Previendo lo que estaba ocurriendo, los generales [4] siracusanos habían ordenado a sus tropas de la ciudad que marcharan contra los fuertes atenienses, que estaban llenos de dinero, de efectos navales y de todo tipo de armamento 97 ; y al estar defendidos por un número de hombres del todo insuficiente, los siracusanos los asaltaron y los ocuparon, y dieron muerte a muchos de los que acudían en su defensa desde la orilla del mar 98 . Al producirse un enorme griterío en los fuertes y el campamento, [5] los atenienses empeñados en la batalla naval, consternados por el hecho, dieron la vuelta en retirada para dirigirse a toda prisa hacia lo que quedaba de los fuertes; entonces los siracusanos se pusieron a perseguirlos desordenadamente, pero los atenienses, ante la imposibilidad de encontrar un lugar seguro en tierra dado que los siracusanos controlaban dos fuertes 99 , se vieron obligados a dar la vuelta de nuevo y reanudar la batalla [6] naval. Y aprovechando la circunstancia de que los siracusanos habían roto su orden de batalla y se habían dispersado en la persecución, los atenienses, navegando contra el enemigo en formación compacta, les hundieron once naves y persiguieron al resto de la flota hasta la Isla 100 . Cuando la batalla hubo acabado, unos y otros levantaron un trofeo, los atenienses por la batalla naval y los siracusanos por sus éxitos en tierra 101 .

Espera de la llegada de Demóstenes. La táctica siracusana del ataque frontal con las proas reforzadas. Victoria naval siracusana en el Puerto Grande.

[10 ] Una vez que la batalla naval tuvo el final descrito, los atenienses, informados de que la flota de Demóstenes llegaría en pocos días, decidieron no correr más riesgos hasta que se les unieran aquellos refuerzos; los siracusanos, por el contrario, deseosos de entablar un combate decisivo antes de que llegara la expedición de Demóstenes, cada día hacían rumbo contra las naves atenienses y les [2] presentaban batalla 102 . Al aconsejarles el piloto corintio Aristón que acortaran y rebajaran las proas de las naves, los siracusanos le hicieron caso y gracias a ello tuvieron muchas ventajas en los combates que siguieron 103 . En efecto, las trirremes áticas tenían [3] las proas más débiles y muy altas; debido a eso ocurría que en sus embestidas dañaban las partes que emergían por encima del mar, de modo que en los abordajes no causaban graves deterioros a los enemigos; las de los siracusanos, en cambio, que tenían una estructura de proa fuerte y baja, con las acometidas de sus espolones 104 , hundían, a menudo de un solo golpe, las trirremes de los atenienses.

[4] Así pues, día tras día, los siracusanos dirigían sus ataques por mar y por tierra contra las posiciones enemigas, pero no conseguían nada, dado que los atenienses permanecían quietos. Sin embargo, una vez que algunos trierarcos 105 , no pudiendo soportar más las provocaciones de los siracusanos, se lanzaron contra el enemigo en las aguas del Puerto Grande, se entabló una batalla [5] naval con la participación de todas las trirremes 106 . Los atenienses, que tenían trirremes más veloces y que eran superiores por su experiencia en el mar y también por la técnica de sus pilotos, no podían sacar partido de estas ventajas, dado que la batalla naval se desarrollaba en un lugar estrecho. Los siracusanos, en cambio, buscando el contacto y no dando al enemigo ninguna posibilidad de maniobra, disparaban flechas contra los hombres que estaban en las cubiertas y con el lanzamiento de piedras les obligaban a abandonar las proas, tras lo cual, embistiendo sin dificultad a muchas de las naves que tenían enfrente, se lanzaban al abordaje de los barcos enemigos y entablaban en sus cubiertas [6] una verdadera batalla campal 107 . Acosados por todas partes, los atenienses se dieron a la fuga, y los siracusanos, durante la persecución, hundieron siete trirremes y dejaron inservibles otras muchas 108 .

La llegada de la expedición de Demóstenes y Eurimedonte provoca el desánimo de Siracusa, cuya victoria nocturna en las Epípolas cambia la situación (julio del 413)

Mientras los siracusanos estaban exultantes [11 ] y llenos de confianza debido a la victoria sobre sus enemigos por tierra y por mar, llegaron Eurimedonte y Demóstenes. Habían hecho la travesía desde Atenas con numerosas fuerzas y en su navegación a lo largo de la costa se habían procurado refuerzos de los aliados turios y mesapios 109 . Iban al mando de una flota de más de [2] ochenta trirremes 110 y de un ejército de cinco mil soldados, sin contar las tripulaciones; en los barcos mercantes llevaban armas y dinero, y además máquinas de asedio y toda clase de equipos. El resultado fue que las esperanzas de los siracusanos de nuevo se vinieron abajo, puesto que pensaban que sería difícil restablecer el equilibrio entre sus fuerzas y las del enemigo.

Demóstenes persuadió a sus colegas en el mando a asaltar [3] las Epípolas, dado que de otro modo no era posible bloquear la ciudad con un muro, y, con diez mil hoplitas y otros tantos soldados de infantería ligera, atacó a los siracusanos de noche 111 . Al haber efectuado una irrupción inesperada, los atenienses consiguieron apoderarse de algunos fuertes y, precipitándose hacia el interior de la fortificación de las Epípolas, derribaron [4] una parte del muro 112 . Pero, cuando los siracusanos acudieron a la carrera a aquel lugar desde diversas partes, y también llegó la asistencia de Hermócrates con sus tropas de élite, los atenienses fueron rechazados y, en la oscuridad de la noche, debido al desconocimiento de los lugares, se dispersaron en diversas direcciones 113 . [5] Los siracusanos y sus aliados, yendo en su persecución, dieron muerte a dos mil quinientos enemigos, hirieron a un buen número y capturaron muchas armas 114 . Después de la batalla, los siracusanos enviaron a Sicano, uno de sus generales, con doce trirremes 115 , a otras ciudades para anunciar la victoria a sus aliados y pedirles refuerzos.

Desmoralización ateniense. Postura de los estrategos atenienses respecto a la retirada. Los retiene un eclipse de luna.

Los atenienses, viendo que las cosas [12 ] les habían ido de mal en peor y que, debido a la zona pantanosa circundante 116 , una peste se había abatido sobre el ejército, se reunieron para deliberar sobre cómo debían afrontar la situación 117 . Demóstenes pensaba que era preciso zarpar [2] rumbo a Atenas lo más pronto posible, afirmando que era preferible arriesgar la vida combatiendo contra los lacedemonios en defensa de la patria a permanecer en Sicilia sin conseguir nada 118 . Nicias, en cambio, sostenía que no se debía abandonar el asedio de manera tan vergonzosa, teniendo en cuenta que tenían a su disposición trirremes, soldados y dinero suficientes; además, decía, si concluían la paz con los siracusanos y zarpaban hacia su patria sin el consentimiento del pueblo ateniense, corrían el riesgo de ser acusados por aquellos que tenían la costumbre de calumniar a los estrategos 119 . [3] De los participantes en el consejo, unos estaban de acuerdo con Demóstenes respecto a la partida con las naves, mientras que otros manifestaron la misma opinión que Nicias; por esta razón no se tomó ninguna decisión clara ni se emprendió acción [4] alguna. Por otra parte, al llegar a Siracusa refuerzos de los sículos, de los selinuntios y de los gelenses, y también de los himereos y los camarineos, los siracusanos cobraron más confianza y los atenienses se asustaron mucho 120 . Además, al haber tomado la epidemia grandes proporciones, habían muerto muchos soldados, y todos se arrepentían de no haber levado anclas hacía tiempo 121 . En consecuencia, dado que la muchedumbre [5] protestaba y todos los otros se disponían a embarcar, Nicias se vio obligado a dar su consentimiento para zarpar rumbo a su patria 122 . Cuando los estrategos estuvieron de acuerdo, los soldados comenzaron a cargar los equipos y, una vez dispuestas las trirremes, levantaron las antenas; y los estrategos dieron orden a las tropas de que, cuando se diese la señal, nadie se quedara en el campamento, amenazando con dejar en tierra a quien se retrasara. Iban a zarpar al día siguiente; [6] pero, cuando se hizo de noche, se produjo un eclipse de luna 123 , razón por la cual Nicias, que por naturaleza era supersticioso y abrigaba un temor religioso a causa de la enfermedad que se había extendido por el campamento, consultó a los adivinos; y, al manifestar éstos que era necesario diferir por tres días la partida, según la costumbre 124 , Demóstenes y los otros se vieron igualmente obligados a consentir por temor a los dioses.

Batalla par tierra y en el Puerto Grande de Siracusa (septiembre del 413)

[13 ] Cuando los siracusanos fueron informados por algunos desertores respecto a la causa por la que se posponía la partida, equiparon todas las trirremes, setenta y cuatro en total, y, haciendo salir a sus fuerzas de tierra, atacaron al enemigo por tierra [2] y por mar 125 . Los atenienses, después de equipar ochenta y seis trirremes, confiaron el mando del ala derecha al estratego Eurimedonte, frente al cual los siracusanos situaron a su general Agatarco; en el otro flanco se alineó Eutidemo, frente al cual se situó Sicano, comandante de los siracusanos; y la zona central estuvo al mando de Menandro por parte de los atenienses y del [3] corintio Pites por la de los siracusanos 126 . La línea de combate de los atenienses era más extensa debido a que entablaban la batalla con un mayor número de trirremes, pero precisamente por aquella razón, por la que pensaban que sacarían ventaja, se encontraron en situación de inferioridad. En efecto, Eurimedonte trató de envolver el ala contraria, pero, cuando se separó de la formación, los siracusanos se volvieron contra él y quedó aislado en la ensenada llamada Dascón, que estaba en poder de los siracusanos 127 . Encerrado en un espacio estrecho [4] y forzado a buscar refugio en tierra, fue herido gravemente por un enemigo y perdió la vida; y siete de sus naves fueron destruidas en aquel lugar. La batalla ya se desarrollaba con la total [5] participación de las flotas, y cuando se propagó la noticia de que el estratego había muerto y se habían perdido algunas naves, en un primer momento sólo se retiraron las naves más cercanas a las que habían sido destruidas, pero a continuación, al acosarles los siracusanos, que por el éxito obtenido combatían animosamente, todos los atenienses se vieron forzados a darse a la fuga. Durante la persecución hacia aquella parte del [6] puerto de aguas poco profundas, un buen número de trirremes encallaron en los bancos de arena 128 . Entre tanto, el general siracusano Sicano cargó a toda prisa un barco mercante con sarmientos, ramas de pino y pez, y trató de incendiar las naves embarrancadas en los bajíos 129 . Aunque el fuego prendió en [7] ellas 130 , los atenienses apagaron rápidamente las llamas y, al no poder hallar otro medio de salvación, rechazaron vigorosamente de las naves a quienes las atacaban, mientras las fuerzas de tierra acudían en su ayuda hacia la playa en la que habían [8] ido a parar las naves. Todos afrontaron valientemente el peligro; los siracusanos fueron derrotados en tierra, pero obtuvieron la victoria en el mar y regresaron a la ciudad. Las bajas de los siracusanos fueron escasas, mientras que los atenienses perdieron no menos de dos mil hombres y dieciocho trirremes 131 .

Los siracusanos cierran la bocana del Puerto Grande y se prepara la batalla decisiva

[14 ] Los siracusanos, considerando que la ciudad ya no corría ningún peligro y que más bien el objetivo de la lucha que se avecinaba era la conquista del campamento y la captura del ejército enemigo, bloquearon [2] la bocana del puerto mediante una barrera 132 . Anclaron, en efecto, no sólo embarcaciones pequeñas y trirremes, sino también cargueros y, ligándolos con cadenas de hierro, dispusieron sobre los barcos puentes de tablas, llevando a término la [3] obra en tres días 133 . Los atenienses, viendo que por todas partes se les cerraba cualquier posibilidad de ponerse a salvo, decidieron equipar todas sus trirremes y embarcar en ellas a sus mejores soldados, con el propósito de que tanto el número de las naves como la desesperación de hombres que iban a combatir por su salvación inspiraran temor en los siracusanos 134 . Embarcaron [4] pues a los mandos y a los mejores hombres de todo el ejército, equipando de este modo ciento quince trirremes, y situaron al resto de las tropas en tierra a lo largo de la costa. Los siracusanos por su parte dispusieron el ejército de tierra delante de la ciudad y equiparon setenta y cuatro trirremes, seguidas por las naves auxiliares confiadas a los muchachos de condición libre que por sus años aún no estaban en la edad de servir y querían participar en la lucha junto a sus padres 135 . Los muros que se encontraban [5] alrededor del puerto y cualquier altura situada en el interior de la ciudad estaban llenas de gente, ya que las mujeres y las muchachas y cuantos por su edad no podían prestar servicio en la guerra, al estar ésta en su momento decisivo, seguían las fases de la batalla con gran ansiedad.

Arenga de Nicias. Se inicia la batalla. Los atenienses obligados a retroceder tras el ataque a la barrera de la bocana.

En aquellas circunstancias, Nicias, el [15 ] estratego de los atenienses, observando las naves y considerando el alcance del encuentro, no quiso permanecer a la espera entre las tropas alineadas en tierra, sino que, abandonando a la infantería, subió a una nave y recorrió la línea de las trirremes atenienses. Llamando a cada trierarco por su nombre, les tendía las manos y les suplicaba a todos que, entonces más que nunca, se asieran fuertemente a aquella única esperanza que les quedaba, puesto que del valor de aquellos que se disponían a librar aquella batalla naval dependía su propia salvación y la de su patria 136 . [2] A quienes eran padres les traía a la memoria a sus hijos, y a los nacidos de padres ilustres les suplicaba que no deshonraran las virtudes de sus progenitores; a quienes habían sido distinguidos por el pueblo les exhortaba a mostrarse dignos de sus coronas 137 , y a todos, con el recuerdo de los trofeos erigidos en Salamina 138 , les pedía que no empañaran la universalmente famosa gloria de su patria, y que no se entregaran como esclavos a los siracusanos.

[3] Una vez que hubo pronunciado palabras de este tenor, Nicias volvió a su puesto, y los hombres de la flota avanzaron entonando el peán 139 y, anticipándose al enemigo, comenzaron a romper la barrera 140 . Pero los siracusanos, zarpando a su encuentro a toda prisa, dispusieron sus trirremes en orden de batalla y, alcanzando a sus enemigos, les obligaron a retirarse [4] de la barrera y a trabar combate. Al efectuarse las maniobras de retroceso, unas hacia la playa, otras hacia el centro del puerto y otras en dirección a los muros, en seguida todas las trirremes se encontraron separadas unas de otras y se alejaron de las cadenas que cerraban la bocana, y todo el puerto estuvo [5] lleno de naves combatiendo en pequeños grupos. Por ambas partes se luchaba con audacia para obtener la victoria; los atenienses, confiando en el número de sus naves y no viendo otra posibilidad de salvación, se arriesgaban audazmente y afrontaban la muerte combatiendo llenos de valor; y los siracusanos, que como espectadores de la batalla tenían a sus padres y a sus hijos, rivalizaban entre ellos, ya que cada uno quería que su propia intervención fuera decisiva para la victoria de su patria.

El fragor de la batalla

En consecuencia, fueron muchos los [16 ] que, cuando su propia nave era dañada por el espolón de otra, saltaban a las proas de los navíos contrarios y se encontraban rodeados de enemigos. En algunos casos lanzaban arpones de hierro 141 y obligaban a sus adversarios a luchar sobre las naves como si combatieran en tierra. A menudo hombres cuyas naves habían sido destrozadas se lanzaban [2] sobre las de los enemigos y, después de haber dado muerte a unos y haber arrojado al mar a otros, se apoderaban de las trirremes. En pocas palabras, por todo el puerto resonaban el estruendo de las embestidas de las naves y del griterío de los combatientes que caían en uno u otro bando. Cuando una nave era [3] rodeada por varias trirremes, por todas partes recibía las acometidas de los espolones y, al invadirlas el agua, el mar se las tragaba con sus tripulaciones. Algunos hombres, mientras sus naves se hundían, trataban de salvarse a nado, pero acababan gravemente heridos por las flechas y perecían rematados por las lanzas. Los pilotos, ante la confusión de la batalla, observando [4] que por todas partes reinaba el tumulto y que a menudo varias naves se abalanzaban contra una sola, ya no sabían qué señal debían dar, ya que las mismas órdenes no convenían a las diversas situaciones, ni era posible, debido a la lluvia de proyectiles, que [5] los remeros vieran a quienes les daban las órdenes. En suma, nadie podía oír ninguna de las voces de mando en medio de barcos que se partían e hileras de remos que se quebraban, a lo que se añadía el griterío de los hombres que combatían en las naves y el de los que desde tierra rivalizaban en dar ánimos a los contendientes. [6] En efecto, toda la costa estaba ocupada, de tropas de infantería atenienses por una parte y de siracusanos por otra, de modo que algunas veces los que combatían en las naves cerca de tierra contaban con el apoyo de los que estaban en sus posiciones [7] de la costa. Los que se encontraban sobre los muros, cuando veían que el éxito acompañaba a los suyos, entonaban el peán, pero cuando los veían en peor situación, gemían y con los ojos llenos de lágrimas dirigían sus plegarias a los dioses; algunas veces, en efecto, ocurría que trirremes de los siracusanos eran destruidas junto a los muros y sus tripulaciones encontraban la muerte a la vista de sus familiares, de modo que los padres asistían a la muerte de sus hijos, y las hermanas y esposas al terrible final de sus maridos y hermanos 142 .

Reproches de la infantería a las naves que se retiraban. El descalabro ateniense.

[17 ] Aunque ya había pasado mucho tiempo y eran numerosos los muertos, la batalla no llegaba a su fin, ya que ni siquiera los que se encontraban en una situación apurada se atrevían a emprender la huida hacia tierra. Los atenienses, en efecto, a quienes abandonaban la batalla y dirigían sus naves hacia la costa les preguntaban si pensaban navegar hacia Atenas por tierra; y las tropas de tierra de los siracusanos, a sus compatriotas que maniobraban hacia la costa les pedían cuentas de por qué motivo, tras haberles impedido participar en la batalla a ellos, que querían embarcar en las trirremes, ahora traicionaban a su patria; y les preguntaban si la razón por la que habían cerrado la bocana del puerto era para, después de haber bloqueado al enemigo, ir ellos a refugiarse en la playa; y, dado que la muerte era el destino de todos los hombres, qué final más hermoso, les decían, podían tener que morir por la patria, la patria que pretendían abandonar vergonzosamente en el momento en que era testigo de su lucha 143 . Tales fueron los reproches que los soldados dirigían desde [2] tierra a los hombres de las naves que se acercaban a la costa; y los que buscaban refugio en la playa volvían atrás, aunque sus naves estuvieran destrozadas y ellos mismos estuviesen cubiertos de heridas. Pero cuando los atenienses que combatían junto [3] a la ciudad fueron obligados a retroceder y se dieron a la fuga, también se fueron retirando, unos tras otros, los que se encontraban a continuación, de modo que en poco tiempo toda la flota ateniense fue puesta en fuga 144 . Los siracusanos persiguieron [4] las naves hasta tierra con gran griterío; y los atenienses que habían escapado de la muerte en el mar, una vez que llegaban a sitios de poco fondo, se arrojaban desde sus naves y buscaban refugio junto a las tropas de tierra 145 . El puerto estaba lleno de [5] armas y de restos de naufragios; la flota ática había perdido sesenta naves, y de la de los siracusanos ocho navíos fueron completamente destrozados y dieciséis sufrieron daños parciales. Los siracusanos trataron de sacar a tierra el mayor número posible de trirremes y, después de haber recuperado los cuerpos de sus conciudadanos y de sus aliados, les honraron con unos funerales públicos 146 .

Comienza la retirada ateniense. La estratagema de Hermócrates.

[18 ] Los atenienses acudieron en tropel a las tiendas de los comandantes y pidieron a los estrategos que no se preocuparan de las naves, sino de librarles a ellos mismos de la muerte. Demóstenes dijo que, dado que la barrera que cerraba el puerto había sido rota, era preciso equipar las trirremes a toda prisa, y aseguró que si atacaban [2] por sorpresa, tendrían éxito en su empresa. Pero Nicias aconsejó abandonar las naves y retirarse por el interior de la isla hacia las ciudades aliadas. Este plan fue aceptado por todos, por lo que incendiaron algunas naves y se prepararon para la retirada 147 .

[3] Cuando fue clara la intención de los atenienses de levantar el campamento de noche, Hermócrates aconsejó a los siracusanos que sacaran a todo el ejército durante la noche y ocuparan [4] todos los caminos anticipándose al enemigo 148 . Y al no estar de acuerdo con él los generales, debido a que muchos soldados estaban heridos y a que todos estaban físicamente agotados por las fatigas de la batalla, despachó algunos jinetes al campamento de los atenienses para advertirles de que los siracusanos ya habían enviado hombres a ocupar los caminos y los lugares estratégicamente más importantes. Era ya de noche cuando [5] los jinetes realizaron lo ordenado. Los atenienses, creyendo que eran unos leontinos quienes, como prueba de amistad, les comunicaban aquella noticia, quedaron desconcertados y pospusieron la partida. Si no hubieran sido engañados con esta estratagema, se habrían marchado con toda seguridad 149 . Los [6] siracusanos, a la primera luz del alba, enviaron los destacamentos encargados de ocupar con antelación los pasos estrechos de los caminos. Y los estrategos atenienses, dividiendo sus soldados en dos contingentes, situaron a los animales de carga y a los enfermos en el centro, y, tras colocar a los hombres aptos para el combate en la vanguardia y en la retaguardia, unos a las órdenes de Nicias y los otros bajo el mando de Demóstenes, se dirigieron hacia Catana 150 .


3. Retirada ateniense de Siracusa (según D. Kagan).

Persecución y destrucción del ejército ateniense de Sicilia. Asamblea en Siracusa sobre la suerte de los prisioneros.

Los siracusanos remolcaron las cincuenta [19 ] naves abandonadas 151 y las llevaron a la ciudad, y a continuación, hicieron desembarcar de las trirremes a todas sus tripulaciones, las armaron y, con todas sus fuerzas, se pusieron a seguir a los atenienses, pisándoles los talones y obstaculizando su avance. Durante tres días les siguieron de cerca y les cerraron el camino [2] por todas partes impidiendo que avanzaran directamente hacia Catana, ciudad aliada, y les obligaron a volver sobre sus pasos a través de la llanura de Eloro 152 , hasta que les cercaron junto al río Asínaro 153 ; mataron a dieciocho mil hombres e hicieron prisioneros a siete mil 154 , entre los que estuvieron los estrategos Demóstenes y Nicias; y los restantes fueron capturados [3] como botín por los soldados 155 . Los atenienses, pues, al cerrárseles las vías de salvación por todas partes, se vieron obligados a entregar las armas y a rendirse al enemigo 156 . Después de estos hechos, los siracusanos levantaron dos trofeos, clavando en cada uno de ellos las armas de un estratego, y regresaron a la ciudad 157 .

En primer lugar celebraron sacrificios en honor de los dioses [4] con la participación de todo el pueblo, y al día siguiente reunieron la asamblea para deliberar sobre qué medidas debían tomarse en relación a los prisioneros de guerra 158 . Un cierto Diocles, que era el más afamado entre los cabecillas del pueblo, expuso su opinión en el sentido de que los estrategos atenienses debían sufrir la ignominia de la ejecución, mientras que todos los demás prisioneros de momento tenían que ser encerrados en las canteras 159 ; a continuación, dijo, venderían como esclavos a los aliados de los atenienses, y los atenienses trabajarían como prisioneros, recibiendo dos cótilas 160 de harina de [5] cebada 161 . Una vez que se hubo leído esta moción, se adelantó Hermócrates y comenzó a hablar a la asamblea, afirmando que, más que el hecho de vencer, era hermoso un uso humano de la [6] victoria 162 . Al alborotar el pueblo manifestando que no toleraba aquel discurso, subió a la tribuna, sostenido por unos sirvientes a causa de su edad avanzada, un hombre llamado Nicolao 163 , que había perdido a dos hijos en la guerra. Cuando el pueblo lo vio, cesó el alboroto, dado que todos pensaban que hablaría contra los prisioneros. Se hizo pues el silencio, y el viejo comenzó con estas palabras:

Discurso de Nicolao. La tragedia personal cede ante el interés general.

[20 ] «De las desgracias provocadas por esta guerra, siracusanos, me ha correspondido una parte no pequeña. Porque, siendo padre de dos hijos, a los dos los envié para que arriesgaran su vida en defensa de la patria, y en su lugar recibí un mensaje en el que se [2] me comunicaba su muerte. Por ello cada día echo de menos su compañía y reflexiono sobre su muerte, y a ellos los considero felices, pero me compadezco de mi propia vida, considerándome [3] el más infeliz de todos los hombres. Ellos, en efecto, la muerte, que es nuestra deuda a la naturaleza, la han ofrecido para la salvación de la patria, y han dejado para la posteridad una gloria inmortal; yo, en cambio, ya en el fin de mis días, al verme privado de los que eran el sostén de mi vejez, sufro un doble dolor al sentir vivamente su falta, tanto por ser hijos de mi sangre como por su valor. Cuanto más noble ha sido su final, [4] tanto más vivo es el recuerdo que han dejado detrás de ellos. Es natural, pues, que yo odie a los atenienses, ya que ellos son la causa de que yo haya sido conducido aquí no por mis hijos, sino, como veis, por mis sirvientes. Así pues, siracusanos, si [5] ahora viera que la deliberación que nos ocupa tiene como objeto a los atenienses, naturalmente, tanto por las desgracias sufridas por nuestra patria, que todos hemos padecido, como por mis desdichas particulares, reaccionaría duramente contra ellos; pero dado que, juntamente con la piedad debida a los desgraciados, aquí se decide no sólo sobre lo conveniente para toda la ciudad, sino también respecto a la opinión sobre el pueblo siracusano que se extenderá entre todos los hombres, voy a presentar una propuesta que apunte estrictamente a la conveniencia 164 .

La arrogancia castigada. Necesidad de la moderación.

»El pueblo ateniense ha recibido el [21 ] justo castigo por su locura, en primer lugar de parte de los dioses, pero también de nosotros mismos, que hemos sido víctimas de su insolencia. Es un bien, en [2] efecto, que la divinidad envuelva en desgracias inesperadas a quienes han dado comienzo a una guerra injusta y no han sabido servirse humanamente de su supremacía 165 . ¿Quién habría [3] esperado que los atenienses con los diez mil talentos sacados de Delos 166 , con doscientas trirremes enviadas a Sicilia y con un ejército de más de cuarenta mil hombres pudieran caer en un desastre de tal envergadura? De un dispositivo militar tan imponente ni una nave, ni un solo hombre han regresado a la patria, de modo que ni siquiera ha quedado quien pueda anunciar [4] el descalabro a sus conciudadanos 167 . Así pues, siracusanos, si sabéis que los arrogantes son odiados por los dioses y por los hombres, inclinaos ante la Fortuna 168 y no hagáis nada que sobrepase los límites de la condición humana. ¿Qué nobleza hay en dar muerte a quien ya está postrado a vuestros pies? ¿Qué gloria os proporcionará saciaros de venganza? Quien mantiene su crueldad inmutable frente a las desgracias ultraja asimismo [5] la debilidad común de la naturaleza humana 169 . No existe en efecto un hombre tan sabio que pueda superar el poder de la Fortuna, la cual, por su naturaleza, se complace en las humanas desdichas y provoca las rápidas mutaciones de la felicidad.

Algunos tal vez objetarán que ellos han obrado injustamente [6] y que nosotros tenemos el derecho de vengamos. Pero ¿no os habéis desquitado del pueblo ateniense con una venganza muy superior? ¿No juzgáis suficiente el castigo infligido a los prisioneros? Se entregaron a vosotros con sus armas, confiados en la magnanimidad de los vencedores. No es, pues, justo que se vean defraudados respecto a nuestra humanidad. Aquellos que [7] alimentaban un odio pertinaz contra nosotros han muerto combatiendo, pero los que se han puesto en nuestras manos ya no son enemigos, sino suplicantes 170 . Porque los que en las batallas ponen sus personas en manos de los adversarios lo hacen con la esperanza de salvar sus vidas; y si, pese a haberse fiado, son objeto de una venganza tan cruel, ellos, al sufrirla, encontrarán la desgracia, pero los ejecutores del castigo serán tachados de inicuos. Es preciso pues, siracusanos, que quienes reivindican la hegemonía [8] cuiden no tanto de hacerse fuertes en las armas como de mostrarse moderados en su conducta.

Beneficios de la magnanimidad

»Indudablemente, los pueblos sometidos, [22 ] cuando encuentran la ocasión propicia, debido al odio que alimentan, tratan de rechazar a quienes mantienen su dominio sobre ellos valiéndose del miedo; pero manifiestan constantemente su afecto a quienes ejercen su supremacía con humanidad, contribuyendo a acrecentar su hegemonía. ¿Cuál fue la causa de la decadencia del imperio [2] de los medos? La crueldad con los más débiles 171 . Así, al sublevarse los persas contra ellos, la mayor parte de los pueblos se unió a la rebelión 172 . ¿Y con qué virtud Ciro, de ciudadano privado que era, se convirtió en rey de toda Asia? Con su clemencia con los vencidos. En efecto, cuando cogió prisionero al rey Creso, no sólo no lo trató injustamente, sino que incluso fue su benefactor. Y se comportó de igual manera con otros reyes y [3] con otros pueblos. Fue ésta la causa por la que, cuando la fama de su benignidad se extendió, todos los pueblos de Asia rivalizaban por entrar en la alianza del Gran Rey 173 .

[4] »Pero ¿por qué me entretengo hablando de hechos distantes en el tiempo y en el espacio? En nuestra misma ciudad y no hace mucho tiempo, Gelón, de simple particular, se convirtió en señor de toda Sicilia, ya que las ciudades se sometieron voluntariamente a su autoridad; la moderación de este hombre, en efecto, unida a su indulgencia con los desafortunados, le granjeó [5] la simpatía de todos los hombres 174 . Así pues, dado que desde aquel tiempo nuestra ciudad reivindica la hegemonía de Sicilia, no echemos por la borda los elogios que se granjearon nuestros antepasados ni nos mostremos brutales e implacables ante la desventura humana. No conviene dar pábulo a la envidia contra nosotros ofreciéndole el pretexto de afirmar que no merecemos la buena suerte que gozamos; además, es hermoso tener, cuando la Fortuna es adversa, a alguien que comparta tu dolor y, cuando de nuevo se enderezan las cosas, a quien se complazca por ello. La superioridad obtenida por las armas depende [6] frecuentemente de la Fortuna o de la oportunidad, mientras que la clemencia que se manifiesta en los éxitos es un signo distintivo de la virtud de los hombres afortunados. En consecuencia, no privéis a la patria de la posibilidad de ser famosa entre todas las gentes, por haber superado a los atenienses no sólo en las armas, sino también en humanidad. Se pondrá de manifiesto [7] que ellos, que se jactan de superar a los otros pueblos en civilización, han sido objeto de las atenciones de nuestra magnanimidad; y quienes fueron los primeros en consagrar un altar a la Misericordia 175 encontrarán este altar en la ciudad de los siracusanos. Y esto demostrará a todo el mundo que ellos han sufrido [8] una justa derrota y que nosotros merecemos el éxito conseguido, siendo así que ellos han cometido una agresión contra unos hombres que han tratado con magnanimidad incluso a sus enemigos, mientras que nosotros hemos vencido a quienes han osado maquinar contra un pueblo que hace partícipes de su misericordia hasta a sus más acérrimos enemigos. En vista de lo cual, los atenienses no sólo serán objeto de las acusaciones de otros pueblos, sino que ellos mismos se condenarán como culpables de una agresión contra hombres tan magnánimos.

Los giros de la vida aconsejan el uso de la misericordia

[23 ] »Es hermoso, siracusanos, establecer las bases de una amistad y poner fin a la discordia mostrando misericordia con los que han sufrido un infortunio; es necesario, en efecto, mantener un afecto perenne a nuestros amigos, pero la enemistad hacia nuestros adversarios ha de ser perecedera; de este modo aumentará el número [2] de los aliados y disminuirá el de los enemigos. Por el contrario, mantener eternamente las discordias y transmitirlas a los hijos de nuestros hijos no es ni noble ni seguro, ya que en algunas ocasiones ha ocurrido que quienes aparentemente eran más poderosos, en un breve espacio de tiempo, han pasado a ser [3] más débiles que aquellos que antes les estaban sometidos. Y nos ofrece una prueba la guerra recientemente concluida, dado que los hombres que vinieron para asediar nuestra ciudad y gracias a su superioridad levantaron un muro en torno a ella, se han convertido, por un giro del destino, en nuestros prisioneros, como podéis constatar. Es conveniente, pues, mostrarnos clementes en los infortunios ajenos, y tener así a nuestro alcance la misericordia de todos en el caso de que nos afectara alguna de las desgracias inherentes a la condición humana. La vida, en efecto, conlleva muchas situaciones inesperadas, discordias civiles, robos, guerras, circunstancias en las que no es fácil rehuir el peligro, dada nuestra naturaleza humana. En consecuencia, si [4] prescindimos de la misericordia hacia los que ahora están a nuestra merced, nos impondremos a nosotros mismos una dura ley para el futuro; porque es imposible que quienes han actuado con otros sin ninguna compasión reciban alguna vez un trato humano de parte de otros y que quienes han cometido atrocidades contra otros encuentren los beneficios de la magnanimidad; no es posible ciertamente que, si damos muerte a tantos hombres en contra de las costumbres de los griegos, invoquemos, en los giros de la vida, los usos comunes de toda la humanidad. ¿Quién, [5] pues, entre los griegos, ha tenido por justa una condena inexorable contra hombres que se han rendido confiando en la magnanimidad de los vencedores? O ¿quién ha sostenido que la misericordia valga menos que la crueldad, y la precaución menos que la precipitación?

La debilidad de la condición humana aconseja la moderación

»Todo el mundo suele oponerse con [24 ] firmeza al enemigo que se le enfrenta en el campo de batalla, pero generalmente se es tolerante con los que se han sometido, abatiendo así la osadía de los primeros y mostrando piedad por el infortunio de los segundos. Nuestro ardor se calma cuando el enemigo de antes, por un giro de la suerte, se ha convertido en un suplicante que está dispuesto [2] to a sufrir el castigo que decidan los vencedores. Y los espíritus de los hombres civilizados, pienso, son conquistados de algún modo por la misericordia, debido a la comunidad de sentimientos de la naturaleza humana; los atenienses, por ejemplo, durante la Guerra del Peloponeso, bloquearon a muchos lacedemonios en la isla de Esfacteria y los hicieron prisioneros, pero [3] los restituyeron a los espartiatas tras el pago de un rescate 176 ; y a su vez los lacedemonios actuaron del mismo modo en una ocasión en la que habían capturado muchos prisioneros entre las filas de los atenienses y de sus aliados 177 ; fue noble el comportamiento de los unos y de los otros. Entre los griegos, en efecto, la enemistad sólo debe mantenerse hasta la victoria, y las represalias hasta el momento en el que se ha sometido al adversario. [4] Más aún, quien se venga en el que se le ha sometido y ha buscado refugio en la magnanimidad del vencedor, éste no castiga simplemente al enemigo, sino que comete el error mucho [5] mayor de no tomar en cuenta la debilidad humana. Ante una dureza tal, podrían citarse sentencias de los antiguos sabios: “Hombre, no seas soberbio”; “conócete a ti mismo”; “date cuenta de cómo la Fortuna es señora de todo” 178 . ¿Por qué razón, pues, los antepasados de todos los griegos, para celebrar las victorias en la guerra establecieron la costumbre de levantar trofeos no de piedra, sino con las maderas que tenían a mano? ¿No fue tal vez para que los recuerdos de la enemistad duraran [6] poco tiempo y desaparecieran rápidamente? En suma, si queréis mantener la discordia eternamente, sabed que no tomáis en cuenta la debilidad de la condición humana, ya que un breve momento, un rápido giro de la Fortuna, abaten frecuentemente la arrogancia de los soberbios.

Es preferible la amistad con Atenas

»Si, como es natural, queréis poner [25 ] fin a la guerra, ¿qué ocasión vais a encontrar mejor que la que ahora se os presenta, aprovechando la cual podréis hacer que un acto de humanidad con los que han sufrido una derrota constituya el punto de partida de una amistad? No penséis, en efecto, que el pueblo de los atenienses se encuentra en un estado de completo agotamiento a causa del desastre sufrido en Sicilia; mantiene su dominio sobre prácticamente todas las islas de Grecia y conserva su hegemonía en las costas de Europa y de Asia 179 . Tiempo atrás, después [2] de haber perdido en Egipto trescientas trirremes con sus tripulaciones 180 , obligaron al Rey 181 , que se consideraba vencedor, a aceptar unas condiciones de paz ignominiosas; y en otra ocasión, cuando su ciudad fue arrasada por Jerjes, en poco tiempo consiguieron vencerlo y se hicieron con la hegemonía de [3] Grecia. Esta ciudad, en efecto, tiene la gran capacidad de conseguir sus mayores logros en medio de las más grandes desgracias y de no tomar jamás decisiones humillantes. Es conveniente, por lo tanto, en lugar de acrecentar su enemistad, hacer de ellos nuestros aliados respetando a los prisioneros. Además, [4] si los condenamos a muerte, simplemente nos dejaremos dominar por nuestra cólera, dando satisfacción a una pasión estéril; si, por el contrario, respetamos sus vidas, no sólo nos granjearemos la gratitud de los que habrán sido beneficiados, sino que también obtendremos la aprobación de todos los pueblos.

Atenas acreedora al agradecimiento

»Sí, se podría objetar, pero algunos [26 ] griegos han ejecutado a sus prisioneros de guerra. ¿Y qué pasa con eso? Si esta acción les reportó elogios, imitemos a estos hombres que han velado por su reputación; pero si, por una acción tal, nosotros hemos sido los primeros en acusarlos, no cometamos los mismos crímenes que ellos, a juicio de todo el mundo, han perpetrado. En tanto que quienes [2] se han confiado a nuestra buena fe no sufran ningún daño irremediable, todos dirigirán justamente sus reproches al pueblo de los atenienses; pero si reciben la noticia de que, en contra de las normas aceptadas por todo el mundo, hemos traicionado la fe jurada a los prisioneros, trasladarán su acusación contra nosotros. Por otra parte, si hay un pueblo que sea merecedor de que se tomen en cuenta los méritos de su ciudad, y que se tribute gratitud a sus ciudadanos por los beneficios dispensados a la humanidad, este pueblo no es otro que el de los atenienses. Ellos fueron, en efecto, los primeros que hicieron partícipes a [3] los griegos del cultivo del alimento 182 , que habían aprendido de los dioses para su propio provecho y que compartieron con todo el mundo. También fueron ellos quienes descubrieron las leyes, con cuya aplicación la vida común, de una existencia salvaje e injusta, ha pasado a ser una convivencia civilizada y justa. Fueron asimismo los primeros que, tutelando a quienes se refugiaban en su ciudad, hicieron que las leyes a favor de los suplicantes estuvieran en vigor entre todas las gentes, por lo que no es justo que privemos de la protección de estas leyes a quienes son sus autores 183 . A todos os he dirigido estas consideraciones, pero a algunos en particular os quiero traer al espíritu los sentimientos de humanidad.

Atenas, maestra y opresora. Sus aliados y Nicias merecen clemencia. Mutabilidad de la Fortuna.

[27 ] »¡Vosotros, todos los que en esta ciudad disfrutáis de los beneficios de la elocuencia y de la cultura, tened misericordia de quienes han ofrecido su patria como escuela común de toda la humanidad 184 ! ¡Vosotros, todos los que tenéis parte en los más sagrados Misterios 185 , salvad las vidas de quienes os han iniciado en ellos 186 ! ¡De este modo los que ya habéis gozado de esta benevolencia divina mostraréis vuestra gratitud por los beneficios recibidos, y los que se preparan para participar en ellos no renunciarán a tal esperanza a causa de un arrebato [2] de cólera. Porque ¿qué lugar será accesible a los extranjeros que busquen una educación liberal, una vez destruida la ciudad de los atenienses 187 ? Pasajero es el odio suscitado por sus errores, pero son importantes y numerosas sus obras que invitan a tratarlos con benevolencia.

»Pero, dejando aparte la consideración hacia la ciudad, si [3] alguno de vosotros examina el caso de los prisioneros individualmente, concluirá que despiertan justamente sentimientos de misericordia. Los aliados de Atenas, por ejemplo, se vieron obligados a participar en la expedición, forzados por la superioridad de sus opresores. Por lo tanto, si es justo castigar a aquellos que han actuado mal a sabiendas, a quienes han cometido un error contra su voluntad convendría considerarlos dignos de clemencia. ¿Y qué decir de Nicias, de este hombre que desde el principio defendió una política favorable a los intereses de los siracusanos, que fue el único en oponerse a la expedición contra Sicilia 188 , y que, preocupándose continuamente de los siracusanos residentes en Atenas, no dejó de servirles como próxeno 189 ? Es absurdo, ciertamente, que sea castigado Nicias, la persona [4] que en Atenas ha propugnado una política favorable a nosotros, y que no reciba un trato humano como contrapartida de su buena disposición hacia nosotros, sino que sea víctima de una venganza inexorable por su actuación al servicio de su país; y que, por el contrario, Alcibíades, el hombre que ha provocado la guerra contra los siracusanos, escape de nuestra venganza y de la de los atenienses, mientras que el que ha sido reconocido unánimemente como el más humano de los atenienses 190 no pueda obtener [5] la conmiseración general. Por mi parte, pues, viendo la mutación que ha sufrido su vida, siento piedad por su suerte. Antes se contaba entre los griegos más ilustres y, alabado por su hombría [6] de bien, era feliz y admirado en toda la ciudad; ahora, en cambio, con las manos atadas detrás de la espalda, con un aspecto lamentable, experimenta la miserable situación de la cautividad, como si la Fortuna, por medio de la vida de este hombre, hubiera querido manifestar todo su poder. Es conveniente pues que nosotros usemos con humana moderación la prosperidad que ella nos otorga, y que no mostremos una crueldad propia de bárbaros con hombres de nuestra propia raza.»

Discurso de Gilipo. Los siracusanos deben odiar a los atenienses tanto como han amado a sus caídos.

[28 ] Así pues, una vez que hubo expuesto estos argumentos ante los siracusanos, Nicolao puso fin a su discurso con el que se ganó la simpatía del auditorio. Pero el laconio Gilipo, que mantenía inalterable su odio a los atenienses, subió a [2] la tribuna y comenzó su discurso con estas palabras 191 : «Me maravillo en gran manera, siracusanos, viendo con qué rapidez, en un asunto por el que habéis sufrido terriblemente en los hechos, os dejáis inducir a cambiar de parecer por las palabras. Si vosotros, que habéis corrido el riesgo de ser destruidos, renunciáis a vuestra cólera frente a quienes vinieron con vistas a la ruina de vuestra patria, ¿qué necesidad tendremos ahora de implicarnos, nosotros, que no somos las víctimas de la agresión? Perdonadme, siracusanos, en nombre de los dioses, si os expongo [3] con sinceridad mi parecer; soy espartiata y hablo con la franqueza de un espartiata. En primer lugar, cabría preguntarse cómo Nicolao puede decir que nos apiademos de los atenienses, los cuales, al privarle de sus hijos, han hecho que su vejez inspire piedad, y cómo se presenta en la asamblea vestido de luto y con lágrimas en los ojos para decirnos que es preciso compadecerse de los asesinos de sus propios hijos. No es justo, en [4] modo alguno, el hombre que echa en olvido a sus familiares más queridos, después de su muerte, y prefiere salvar a sus enemigos más acérrimos. Porque ¿cuántos de vosotros que estáis en esta asamblea habéis sufrido la pérdida de hijos en la guerra?». En este momento muchos de los reunidos prorrumpieron en exclamaciones. Y Gilipo, retomando la palabra, dijo: «¿Ves, Nicolao, [5] cuántos manifiestan su desgracia con sus voces? ¿Y cuántos sois los que buscáis en vano a vuestros hermanos, parientes o amigos caídos?». Entonces un número mucho mayor levantó la mano. Y Gilipo prosiguió: «¿Observas, Nicolao, la multitud [6] de los que son desgraciados por causa de los atenienses? Todos estos hombres, sin ser culpables de nada respecto a ellos, se han visto privados de las personas más queridas, y alimentan un odio tan grande hacia los atenienses como grande era el amor que profesaban a los suyos.

Los prisioneros atenienses merecen el castigo de los agresores, no el perdón de los suplicantes

[29 ] »Así pues, ¿cómo no considerar absurdo, siracusanos, que los caídos hayan elegido voluntariamente la muerte mirando por vosotros y que vosotros, por el contrario, en su recuerdo, no queráis tomar el desquite de la agresión de vuestros enemigos más acérrimos? ¿Y no es asimismo absurdo que por una parte exaltéis a aquellos que han dado su vida por la libertad de todos y que por otra os preocupéis más de la salvación [2] de los asesinos que del honor de los caídos? Habéis votado adornar las tumbas de los difuntos a expensas públicas; y bien, ¿qué adorno podríais encontrar más bello que el castigo de quienes les han dado muerte? ¡A menos que, por Zeus, no queráis conceder la ciudadanía a estos asesinos y dejarlos como trofeos [3] vivientes de vuestros muertos! Pero, puede objetarse, han renunciado al nombre de enemigos y se han convertido en suplicantes. Y yo os pregunto: ¿A partir de qué base se les concede este tratamiento tan humano? Quienes en un principio fijaron las normas a este propósito prescribieron la piedad para los infortunados, pero el castigo para los culpables de una agresión [4] injusta. ¿Y en qué categoría colocaremos a los prisioneros? ¿En la de las víctimas de la Fortuna? ¿Y qué Fortuna les forzó, sin haber sido provocados, a emprender la guerra contra los siracusanos, a renunciar a la paz, objeto de las alabanzas de todo el mundo, y a presentarse aquí con la idea de destruir vuestra ciudad? [5] En consecuencia, dado que han elegido voluntariamente el camino de una guerra injusta, que soporten con valor las terribles consecuencias de su decisión; que aquellos que, en el caso de vencer, os hubieran tratado con una crueldad implacable, ahora, cuando han sido derrotados, no recurran a vuestra [6] humanidad hacia los suplicantes a fin de evitar el castigo. Si son convictos de haberse precipitado en un descalabro de tal envergadura debido a su maldad y a su insaciabilidad, que no acusen a la Fortuna ni se atrevan a invocar la palabra “súplica”. Este término está reservado a quienes tienen un corazón puro y se han visto alcanzados por un injusto infortunio. Pero éstos, cuya [7] vida está llena de todo tipo de crímenes, no han dejado ninguna posibilidad de misericordia ni escapatoria alguna.

La codicia, la insidia y la arrogancia de los atenienses indignas de piedad. Su conducta con Mitilene, Melos y Escione.

»En efecto, ¿cuál de las decisiones [30 ] más ignominiosas no han tomado? ¿Qué acción entre las más funestas no han perpetrado? Es distintivo de la codicia no contentarse con los propios bienes concedidos por la Fortuna y ambicionar aquellos que están lejanos y pertenecen a otros. Tal ha sido su comportamiento. Los atenienses, en efecto, eran los más felices de todos los griegos, pero no han sabido soportar tanta fortuna, como si fuera una pesada carga, y, pese a estar separada por un mar tan vasto, han tratado de repartirse Sicilia y de reducir a la esclavitud a sus habitantes 192 . Es horrible emprender la guerra [2] cuando no se ha sido previamente víctima de una provocación; y esto es lo que han hecho ellos. En el tiempo precedente, en efecto, eran amigos vuestros, pero de repente, sin que nadie lo esperara, pusieron sitio a los siracusanos con un ejército tan impresionante 193 . Es propio de arrogantes decretar el castigo de [3] pueblos que todavía no han sometido anticipándose al designio de la Fortuna; y tampoco en eso se han quedado atrás. En efecto, antes de poner el pie en Sicilia, aprobaron la resolución de reducir a la esclavitud a los siracusanos y a los selinuntios y de obligar a todos los otros a pagar un tributo 194 . Así pues, cuando en los mismos hombres se reúnen la codicia, la insidia y la arrogancia, ¿qué persona dotada de inteligencia podría apiadarse de [4] ellos? Porque, pensadlo, ¿cómo se comportaron los atenienses con los mitileneos? Después de haber sometido a aquel pueblo, que no tenía intención de causarles perjuicio, sino que sólo ambicionaba la libertad, decretaron exterminar a todos los habitantes [5] de la ciudad. Fue un hecho cruel y bárbaro 195 . Y este mismo crimen lo perpetraron contra otros griegos, contra aliados y contra pueblos que a menudo les habían prestado servicios. Que no se quejen pues ahora si, después de haber actuado de tal modo contra otras gentes, ellos reciben un castigo semejante, porque es de toda justicia que quien ha impuesto una ley a otros [6] no se queje cuando se ve afectado por la misma ley. ¿Y qué decir de los melios, a los que redujeron mediante un asedio y dieron muerte a toda su juventud 196 ? ¿Y qué de los escioneos, quienes, perteneciendo a la misma estirpe, compartieron la suerte de los melios 197 ? La consecuencia fue que de estos dos pueblos que incurrieron en la cólera ática no quedó nadie que pudiera tributar honras fúnebres a los cuerpos de sus muertos. Y no [7] fueron los escitas quienes perpetraron tales atrocidades, sino el pueblo que, jactándose de ser superiores por su humanidad, ha exterminado completamente a estas ciudades en virtud de decisiones públicas. Considerad pues ahora qué hubieran hecho si hubieran conseguido saquear la ciudad de los siracusanos; quienes fueron capaces de tratar tan cruelmente a pueblos afines habrían urdido un castigo mucho más atroz frente a gentes con las que no tenían relación alguna.

El pueblo ateniense es responsable de la agresión

»No es, por lo tanto, justa la piedad [31 ] destinada a éstos; ellos mismos ciertamente la han hecho imposible en sus situaciones difíciles. ¿Dónde, pues, podrían merecidamente encontrar un refugio? ¿Acaso junto a divinidades cuyo culto tradicional han pretendido suprimir? ¿O junto a hombres en cuya tierra se han presentado para reducirlos a la esclavitud? ¿Invocan a Deméter y a Core y a sus Misterios 198 después de haber devastado la isla a ellas consagrada 199 ? Sí, se objetará, pero la responsabilidad [2] no es del pueblo de los atenienses, sino de Alcibíades, que promovió la expedición 200 . Descubriremos, sin embargo, que, en la mayor parte de los casos, los consejeros están atentos a los deseos de su auditorio, de modo que el que va a votar sugiere al orador las palabras más adecuadas a sus propias preferencias. No es cierto que el que habla domine a las masas, sino que el pueblo, deliberando sobre lo que es útil, lleva al orador [3] a pronunciar las palabras que más le agradan. Si concedemos el perdón a quienes son culpables de injusticias irreparables, en el caso de que hagan recaer la responsabilidad en sus consejeros, ofreceremos a los malvados una fácil defensa. Sinceramente, pienso que es la mayor injusticia por parte de quienes han sido favorecidos dar las gracias de los beneficios no a los consejeros sino al pueblo, y descargar, en cambio, sobre los [4] oradores el castigo por las injusticias sufridas. Algunos se han apartado hasta tal punto de la lógica que sostienen la necesidad de castigar a Alcibíades, que no está en nuestras manos 201 , y de soltar, por el contrario, a los prisioneros de guerra, destinados al castigo merecido, a fin de demostrar así a todo el mundo que el pueblo de los siracusanos no ha tenido la capacidad de una justa [5] indignación contra la maldad. Si quienes han aconsejado la guerra son los auténticos responsables, que el pueblo pida cuentas a los oradores de sus engaños; pero vosotros haced pagar al pueblo con toda justicia las injusticias que habéis sufrido. En suma, si os han agredido plenamente conscientes de lo que hacían, por este mismo propósito merecen el castigo; pero si han emprendido la guerra a raíz de una decisión tomada a la ligera, no por eso han de ser liberados, a fin de que no adquieran la costumbre de hacer planes sobre las vidas ajenas. No es justo, en efecto, que la necedad de los atenienses cause la ruina a los siracusanos ni que, en las situaciones en las que el daño es irreparable, se conceda una posibilidad de defensa a los culpables.

Ni la conducta de Nicias, ni ningún otro argumento justifica el perdón. Gilipo pone fin a su discurso con una exhortación al castigo.

»Sí, por Zeus, pero Nicias, dirá alguno, [32 ] defendía una política favorable a los siracusanos y fue el único que aconsejó que no se emprendiera la guerra 202 . Ahora bien, las palabras que allí se pronunciaron las conocemos de oídas, pero los hechos que aquí han tenido lugar los hemos visto con nuestros propios ojos. ¡Quien allí habló contra la expedición [2] aquí fue estratego del ejército! ¡El que tomó partido por los siracusanos cercó vuestra ciudad con un muro! ¡El hombre que, con un espíritu moderado, se mostraba bien dispuesto hacia vosotros, cuando Demóstenes y todos los demás querían levantar el asedio, fue el único que les forzó a permanecer y a continuar la guerra 203 ! En consecuencia, yo por lo menos, creo que entre vosotros sus palabras no deben tener más peso que los hechos, y que los relatos no han de contar más que la experiencia directa ni lo que no se ha visto más que lo que todos han podido ver.

»Sí, por Zeus, se objetará, pero no es bueno prolongar las [3] enemistades eternamente. Bueno, en este caso, después del castigo de los agresores, si os parece oportuno, poned fin a la enemistad de un modo conveniente. No es justo ciertamente que quienes, en caso de victoria, tratan como esclavos a sus prisioneros, cuando son vencidos, obtengan el perdón como si no hubieran cometido ninguna agresión. Y si se ven liberados de pagar la pena por todo lo que han hecho, se acordarán de la amistad, con palabras fingidas, sólo durante el tiempo que les [4] parezca útil. Paso por alto el hecho de que, actuando así, ofenderéis a muchos pueblos, y entre ellos a los lacedemonios, que por vosotros han sostenido la guerra allí 204 y han enviado hasta aquí su ayuda, pese a que les era posible permanecer en paz, satisfechos, [5] y despreocuparse de que Sicilia fuera saqueada. Por todo ello, si liberáis a los prisioneros y selláis la amistad con ellos, apareceréis como traidores a los ojos de vuestros aliados; y, teniendo la posibilidad de abatir al enemigo común, al restituirles un tan gran número de soldados, haréis que los atenienses recuperen su fortaleza. Por lo que a mí respecta, no lograríais convencerme de que los atenienses, después de haber mantenido una hostilidad tan grande, lleguen a conservar una amistad duradera; al contrario, mientras sean débiles, fingirán una buena disposición, pero, una vez que se hayan recuperado, [6] llevarán a término su antiguo propósito. Así pues, yo, en nombre de Zeus y de todos los dioses, os pido solemnemente a todos vosotros que no salvéis a los enemigos, que no abandonéis a los aliados y pongáis de nuevo en peligro a vuestra patria. Por lo que a vosotros respecta, siracusanos, si liberáis a éstos, en el caso de que acontezca alguna contrariedad, no os dejaréis a vosotros mismos ninguna posibilidad de defensa razonable 205 ».

Se aprueba la propuesta de Diocles sobre el castigo de los vencidos. Anécdota sobre Diocles.

Después de esta argumentación del [33 ] lacón, el pueblo cambió súbitamente de opinión y aprobó la propuesta de Diocles 206 . Por ello los estrategos 207 fueron ajusticiados inmediatamente y también los aliados 208 , y los atenienses fueron encerrados en las Latomías 209 ; pero algunos de ellos, los que tenían una mejor formación, más tarde fueron sacados de allí por los siracusanos más jóvenes y así pudieron salvarse, pero los restantes, casi todos, a causa de las penurias sufridas en aquella prisión, acabaron su [2] vida miserablemente 210 . Después del fin de la guerra, Diocles escribió un código de leyes para los siracusanos 211 ; y, en relación con este hombre, tuvo lugar una sorprendente peripecia. Él era implacable en la aplicación de las penas y castigaba duramente a los transgresores; y en su código había escrito una ley según la cual si alguien se presentaba armado en el ágora, la pena era de muerte, y no preveía atenuante alguno ni por ignorancia [3] ni por cualquier otra circunstancia. Y en una ocasión en que fue anunciada la presencia de enemigos en el territorio, salió de su casa con una espada; luego, al producirse un imprevisto movimiento popular y un tumulto en el ágora, se presentó allí armado sin percatarse de ello. Entonces un simple ciudadano se dio cuenta y le acusó de transgredir sus propias leyes, a lo que Diocles a voz en grito contestó: «No, por Zeus, esto no ocurrirá, sino que yo mismo confirmaré su vigencia». Y, desenvainando la espada, se atravesó.

Tales fueron, pues, los acontecimientos de este año.

412-411 a. C. Descrédito de la hegemonía ateniense. Los Cuatrocientos. Derrota naval en aguas de Oropo. Siracusa concede recompensas y Diocles modifica la constitución.

Cuando Calias era arconte en Atenas 212 , [34 ] los romanos designaron cuatro tribunos militares con potestad consular, Publio Cornelio ... Gayo Fabio 213 , y entre los eleos se celebró la Olimpíada nonagesimosegunda, en la que Exéneto de Acragante 214 obtuvo la victoria en la carrera del estadio. En este año, a raíz de la caída de los atenienses en Sicilia, ocurrió que su hegemonía fue sometida a discusión 215 . Inmediatamente, [2] en efecto, los quiotas, los samios, los bizantinos y muchos aliados hicieron defección para pasarse a los lacedemonios 216 . Debido a ello, el pueblo, presa del desánimo, renunció voluntariamente a la democracia y eligió a cuatrocientos hombres, a los que confió la dirección de los asuntos públicos 217 . Y los que estuvieron al frente del régimen oligárquico emprendieron la construcción de un número de trirremes y enviaron cuarenta de [3] ellas al mando de los estrategos 218 . Aunque entre ellos había división de pareceres, zarparon rumbo a Oropo, donde estaban fondeadas las trirremes enemigas. Tuvo lugar una batalla naval, en la que vencieron los lacedemonios, que se apoderaron de veintidós barcos 219 .

Entre tanto, los siracusanos, concluida la guerra con los atenienses, [4] a los lacedemonios que habían combatido a su lado bajo el mando de Gilipo les recompensaron con el botín de guerra, y enviaron con ellos hacia Lacedemón, como refuerzo para su guerra contra los atenienses, treinta y cinco trirremes al mando de Hermócrates, su primer ciudadano 220 . Y ellos mismos, [5] tras reunir todos los objetos valiosos ganados en la guerra, adornaron sus templos con ofrendas y con los despojos del enemigo, y a los soldados que se habían distinguido los premiaron con regalos adecuados. A continuación, Diocles, el más influyente [6] entre los dirigentes de las masas, persuadió al pueblo para modificar la constitución, introduciendo el sorteo en el nombramiento de las magistraturas, y para que designaran legisladores a fin de ordenar el sistema político y redactar privadamente un nuevo código 221 .

La legislación de Diocles

[35 ] En consecuencia, los siracusanos eligieron como legisladores a los ciudadanos que se distinguían por su buen juicio, el más ilustre de los cuales era Diocles; y éste sobresalía tanto sobre los otros por su inteligencia y por su fama que, aunque la redacción del código fue tarea de todos en común, las leyes fueron llamadas [2] «Leyes de Diocles». Los siracusanos no sólo admiraron a este hombre mientras vivía, sino que, después de su muerte, le honraron con los honores que se tributan a los héroes y, a expensas del Estado, le levantaron un templo, que luego fue derribado [3] por Dionisio para la construcción de la muralla 222 . Este hombre fue asimismo objeto de la admiración de los restantes siciliotas. Muchas ciudades de la isla ciertamente se sirvieron de sus leyes y las mantuvieron en vigor hasta el momento en el que todos los siciliotas merecieron la ciudadanía romana 223 . Por otra parte, los siracusanos, aunque en tiempos más recientes tuvieron las legislaciones de Céfalo, en época de Timoleonte 224 , y de Polidoro, bajo el reinado de Hierón 225 , a ninguno de ellos le llamaron «legislador», sino que les dieron el título de «intérprete del legislador», debido a que las leyes, escritas en lengua antigua, presentaban dificultades de interpretación. Profunda es la [4] reflexión en la legislación de Diocles, que se muestra como un acérrimo enemigo de la maldad, ya que de todos los legisladores es el que dispone las penas más severas contra todos los transgresores de la ley; pero es justo, dado que, de modo más adecuado que sus predecesores, atribuye en cada caso la pena de acuerdo con la gravedad del delito; y manifiesta un espíritu práctico y una gran experiencia, ya que a toda inculpación o disputa, pública o privada, le aplica una pena bien definida; y en su estilo es conciso, y ofrece a sus lectores la posibilidad de muchas reflexiones. De su virtud, en fin, y de la austeridad de su [5] espíritu da testimonio la peripecia de su muerte. Y me ha inducido a este relato más detallado el hecho de que la mayor parte de los escritores han dicho muy poco sobre este personaje.

Reacción de Atenas ante el desastre de Sicilia. Incompetencia de los dirigentes atenienses. Descrédito de Atenas entre los aliados. Persia se inclina por Esparta.

Cuando los atenienses se enteraron [36 ] de que sus fuerzas de Sicilia habían sido completamente destruidas, recibieron con enorme disgusto la noticia de la magnitud del desastre. Pero no por esto abandonaron su ambición de hegemonía, sino que se pusieron a preparar una flota más numerosa y a procurarse dinero a fin de competir por la primacía hasta el límite de las esperanzas. Designaron cuatrocientos [2] hombres, a los que dieron plenos poderes en la dirección de la guerra; estimaban, en efecto, que, en las circunstancias que atravesaban, la oligarquía era más conveniente que la democracia 226 . [3] Los hechos, sin embargo, no se desarrollaron de acuerdo con las expectativas de quienes así pensaban, sino que los Cuatrocientos dirigieron la guerra de un modo mucho peor. En efecto, despacharon una flota de cuarenta naves y enviaron juntos al mando de ellas a dos estrategos que tenían sus diferencias entre ellos. Precisamente cuando la situación de los atenienses era más baja, y el momento requería la máxima concordia, [4] los estrategos estaban en desacuerdo 227 . Finalmente, se hicieron a la mar rumbo a Oropo sin la debida preparación y entablaron una batalla naval con los peloponesios; el planteamiento de la batalla fue malo y afrontaron el peligro sin entusiasmo, de modo que perdieron veintidós naves y apenas pudieron poner a [5] salvo a las restantes en Eretria 228 . Después de estos acontecimientos, los aliados de los atenienses, a causa del desastre de Sicilia y por la incompetencia de los gobernantes atenienses, fueron tomando partido por los lacedemonios 229 . Por otra parte, al ser Darío, el rey de los persas 230 , aliado de los lacedemonios, Farnabazo 231 , que tenía el mando militar 232 de la zona de la costa, se puso a suministrar dinero a los lacedemonios e hizo venir de Fenicia una flota de trescientas trirremes con la intención de enviarla en ayuda de los lacedemonios.

Intervención de Alcibíades ante Persia. Su regreso da un nuevo impulso a Atenas.

Al confluir sobre los atenienses al [37 ] mismo tiempo tal cúmulo de acontecimientos adversos, todos asumían que la guerra había llegado a su término; nadie esperaba ya que los atenienses pudieran resistir aquella situación, ni siquiera durante un breve tiempo. Los hechos, sin embargo, no tuvieron el final que la opinión de la mayoría esperaba, sino que, por el contrario, lo que ocurrió fue que, debido a la excelencia de quienes se empeñaban en la prosecución de la guerra, toda la situación cambió por las razones que seguidamente expondré.

[2] Alcibíades, que estaba exiliado de Atenas, colaboró durante algún tiempo con los lacedemonios y les prestó importantes servicios en la guerra; era, en efecto, el más hábil orador y por su audacia aventajaba en mucho a sus conciudadanos; y, además, por nacimiento y por riqueza era el primero de los atenienses. [3] Entonces, deseoso de conseguir la autorización para regresar a su patria, ponía todo su empeño en hacer algo útil para los atenienses, particularmente en aquellos momentos, [4] cuando parecía que su inferioridad era total 233 . Al mantener relaciones de amistad con Farnabazo, el sátrapa de Darío, cuando se dio cuenta de que tenía la intención de enviar una flota de trescientas naves en ayuda de los lacedemonios, procuró convencerlo para que desistiera de su propósito; le explicó que no convenía al Rey hacer demasiado fuertes a los lacedemonios, que aquello no era ventajoso para los persas, por lo que era preferible dejar que los dos contendientes mantuvieran sus fuerzas parejas, a fin de prolongar la recíproca hostilidad el mayor [5] tiempo posible 234 . A raíz de ello, Farnabazo, comprendiendo que Alcibíades tenía razón, reenvió la flota a Fenicia. En estas circunstancias, pues, Alcibíades consiguió privar a los lacedemonios de una ayuda tan importante 235 . Algún tiempo después, obtuvo el permiso para regresar a su patria y, puesto al frente de sus fuerzas armadas, venció a los lacedemonios en muchas batallas y finalmente logró dar un nuevo impulso a la debilitada situación de los atenienses 236 . Pero de esto hablaremos con más detalle en el relato del período correspondiente, a fin de evitar que nuestra narración se anticipe al tiempo violentando el orden natural de los acontecimientos.

411-410 a. C. Abolición de la oligarquía de los Cuatrocientos. Terámenes y el regreso de Alcibíades. Movimientos de las flotas de Atenas y de Esparta en aguas de la costa asiática.

Transcurrido el lapso de un año, en [38 ] Atenas fue arconte Teopompo 237 y los romanos, en lugar de cónsules, nombraron cuatro tribunos militares, Tiberio Postumio, Gayo Cornelio, Gayo Valerio y Cesón Fabio 238 . En este período los atenienses abolieron la oligarquía de los Cuatrocientos 239 e instituyeron una [2] forma de gobierno con la participación de los ciudadanos 240 . El promotor de todos estos cambios fue Terámenes 241 , un hombre ordenado en su sistema de vida y con fama de superar a los demás en inteligencia; y fue él solo quien aconsejó el regreso de Alcibíades, gracias al cual los atenienses recobraron los ánimos, y también fue él el inspirador de muchas iniciativas que fueron positivas para su patria y por las que obtuvo no pocos reconocimientos 242 . Pero estos hechos ocurrieron algún tiempo después. [3]

Entre tanto, los atenienses nombraron estrategos para la dirección de la guerra a Trasilo y Trasibulo 243 , los cuales, reuniendo una flota en Samos, se pusieron a ejercitar a los soldados para el combate naval con maniobras cotidianas. Por su [4] parte, Míndaro, el navarco de los lacedemonios, estaba inactivo, ya desde hacía algún tiempo, en aguas de Mileto, esperando los refuerzos de Farnabazo; y cuando recibió la noticia de que trescientas trirremes se habían hecho a la mar desde Fenicia, estaba exultante en sus esperanzas, creyendo que con una flota tan imponente acabarían con la hegemonía de los atenienses. [5] Pero cuando, poco después, algunos le informaron de que el sátrapa se había dejado convencer por Alcibíades y había dado la orden de que la flota regresara a Fenicia 244 , renunció a las esperanzas que había puesto en Farnabazo y, contando con sus propios medios, después de equipar las naves que había traído del Peloponeso y las recibidas de los aliados de fuera, envió a Dorieo con trece naves a Rodas, dado que se había enterado de que algunos rodios se habían conjurado con vistas a un cambio político 245 , [6] (Recientemente, algunos griegos de Italia habían enviado en ayuda de los lacedemonios las naves de las que acabo de hablar). Él mismo, con el resto de la flota, ochenta y tres naves en total, zarpó rumbo al Helesponto al haber sido informado de que la flota de los atenienses se encontraba en Samos 246 . En seguida los estrategos atenienses, viendo que los enemigos [7] navegaban a lo largo de la costa, pusieron rumbo contra ellos con sesenta naves. Y dado que los lacedemonios se dirigieron a Quíos, a los estrategos atenienses les pareció oportuno hacer vela hacia Lesbos y reunir allí trirremes de sus aliados, a fin de evitar que la flota enemiga les superara en el número de naves 247 .

Movimientos navales en el Helesponto. Entre Abido y Sesto: se prepara la batalla naval de Cinosema.

Los atenienses, pues, se ocupaban de [39 ] estos preparativos. Pero Míndaro, el navarco de los lacedemonios, de noche, se hizo a la mar con toda su flota y a toda prisa puso rumbo al Helesponto, y el día siguiente arribó a Sigeo 248 . Los atenienses, tan pronto como se enteraron de la partida, no esperaron a recibir todas las trirremes de los aliados, sino que, sólo con las tres que se les habían [2] unido, se pusieron a perseguir a los lacedemonios 249 . Una vez que llegaron a Sigeo, encontraron que la flota enemiga ya había zarpado, pero vieron que habían quedado atrás tres naves, de las que se apoderaron rápidamente 250 . A continuación arribaron a Eleunte y se pusieron a efectuar los preparativos para la batalla [3] naval 251 . Los lacedemonios, viendo que los enemigos se preparaban para la batalla, también ellos se pasaron cinco días haciendo maniobras y ejercitando a los remeros; luego dispusieron para la batalla una flota de ochenta y ocho naves. Situaron sus naves en la parte de Asia, mientras que los atenienses se les enfrentaban desde la de Europa, inferiores en número, pero [4] superiores en experiencia 252 . Los lacedemonios colocaron en el ala derecha a los siracusanos, mandados por Hermócrates, mientras que los mismos peloponesios ocupaban toda el ala izquierda, bajo el mando de Míndaro. En el ala derecha de los atenienses se situó Trasilo, y en la izquierda Trasibulo 253 . Desde el principio unos y otros mostraron un gran empeño en la disputa [5] por las posiciones, a fin de evitar la corriente contraria. Por esta razón navegaron en derredor unos y otros durante mucho tiempo, tratando de cerrar los estrechos y disputándose las posiciones; dado que la batalla tenía lugar en el estrecho entre Abido y Sesto, la corriente constituía un obstáculo de no poca importancia en aquellos espacios estrechos. Sin embargo, los pilotos de los atenienses, al tener una mayor experiencia, desempeñaron un importante papel en la victoria 254 .


4. Helesponto.

Victoria ateniense en la batalla de Cinosema. Trasibulo toma Cícico.

[40 ] Aunque los peloponesios fueran superiores por el número de sus naves y por el valor de su infantería de marina, la pericia de los pilotos atenienses anuló la superioridad enemiga. En efecto, todas las veces que los peloponesios se lanzaban ardorosamente a una carga con todo el grueso de su flota, los pilotos atenienses maniobraban sus naves con tanta pericia que aquéllos no lograban tocarlas por ninguna parte y se veían obligados a encontrarse únicamente [2] de frente, espolón contra espolón. Por eso Míndaro, viendo que resultaba inoperante la acometida de los espolones, dio orden de entablar combate en pequeños grupos y nave contra nave. Pero ni siquiera así contrarrestó la pericia de los pilotos atenienses, que, esquivando hábilmente la embestida de los espolones de las naves enemigas, las atacaban por los flancos y hundían [3] a un gran número. El espíritu de emulación se apoderó de ambos bandos, y no sólo recurrían a las tácticas de ataque con los espolones, sino que entrecruzaban sus naves para combatir con la infantería de marina. Pese a verse imposibilitados de conseguir grandes éxitos por la fuerza de la corriente, combatieron durante bastante tiempo, pero ninguna de las dos flotas pudo obtener la victoria. Mientras la batalla estaba indecisa, aparecieron por detrás [4] de un promontorio veinticinco naves enviadas por los aliados de los atenienses; entonces los peloponesios, presa del miedo, se retiraron hacia Abido, y los atenienses, precipitándose en pos de ellos, se pusieron a perseguirlos con gran empeño 255 . Éste fue el [5] final de la batalla naval; y los atenienses capturaron ocho naves de Quíos, cinco de los corintios, dos de los ambraciotas, y de los siracusanos, peleneos y leucadios una de cada uno de estos pueblos, mientras que ellos perdieron cinco, todas hundidas 256 . A continuación, Trasibulo y sus hombres levantaron un trofeo en [6] el promontorio, donde se encuentra la tumba de Hécuba 257 , y enviaron mensajeros a Atenas para anunciar la victoria, mientras que ellos, con toda la flota, hicieron vela hacia Cícico 258 , que, antes de la batalla naval, se había pasado a Farnabazo, el sátrapa de Darío, y a Clearco, el comandante de los lacedemonios. Al encontrarla sin fortificación alguna, consiguieron su objetivo fácilmente y, después de obtener dinero de los cicicenos, zarparon rumbo a Sesto.

Naufragio de una flota espartana en el Atos. Alcibíades se reúne con la flota ateniense de Samos.

[41 ] Después de la derrota, Míndaro, el navarco de los lacedemonios, se refugió en Abido, donde hizo reparar las naves averiadas; y envió al espartiata Epicles a las trirremes que se encontraban en Eubea con la orden de conducirlas consigo lo más rápidamente [2] posible 259 . El enviado, después de arribar a Eubea, reunió las naves, que eran cincuenta, y se hizo a la mar a toda prisa; pero cuando las trirremes navegaban a lo largo del monte Atos, sobrevino una tempestad tan violenta que todas las naves zozobraron [3] y de los hombres sólo se salvaron doce 260 . Este acontecimiento encuentra confirmación en una ofrenda que está en el templo de Coronea, como afirma Éforo 261 , y que lleva la siguiente inscripción:

Éstos, de los hombres de cincuenta naves, de la muerte fugitivos,

en los escollos del Atos pusieron en tierra sus cuerpos,

sólo doce; el inmenso abismo del mar se tragó a los otros

con sus naves azotadas por vientos espantosos 262 .

Por la misma época, Alcibíades, con trece trirremes, se reunió [4] con los atenienses estacionados en Samos, los cuales sabían, ya desde hacía tiempo, que él había persuadido a Farnabazo a no ayudar a los lacedemonios con las trescientas naves. Al acogerlo cordialmente las tropas de Samos, Alcibíades trató [5] con ellos el asunto de su regreso, asegurando que prestaría muchos servicios a su patria, y al mismo tiempo defendiéndose de las acusaciones vertidas contra él y lamentando su propia suerte por haber sido obligado por los enemigos a dar pruebas de su valor a expensas de su patria 263 .

Atenas reintegra a Alcibíades, que, tras una expedición a Halicarnaso y Merópide, regresa a Samos. Tucídides interrumpe su Historia y Jenofonte y Teopompo inician sus obras. Guerra de Roma contra los ecuos.

Al acoger los soldados de buen grado [42 ] sus palabras y enviar sobre ellas informes a Atenas, el pueblo 264 decidió absolver a Alcibíades de las imputaciones que pesaban sobre él y hacerle partícipe del mando; considerando la eficacia de su audacia y la fama de la que gozaba entre los griegos, pensaban, y no sin razón, que la presencia de aquel hombre inclinaría la balanza de un modo decisivo hacia su causa. Y fue aquel que entonces dirigía la política [2] ateniense, Terámenes, un hombre con fama de inteligente como nadie, quien aconsejó al pueblo que llamara a Alcibíades 265 . Una vez que las decisiones fueron comunicadas a Samos, Alcibíades añadió nueve naves a las trece que ya tenía y, tras zarpar con ellas rumbo a Halicarnaso, obtuvo dinero de esta ciudad. [3] A continuación saqueó Merópide y se hizo a la mar de regreso a Samos con un gran botín 266 . Y después de reunir todo lo que había saqueado, lo repartió entre los soldados estacionados en Samos y entre sus hombres, por lo que pronto se granjeó la simpatía de quienes habían recibido el beneficio.

[4] Por el mismo tiempo, los antandrios, en cuya ciudad había una guarnición 267 , pidieron a los lacedemonios que les enviaran soldados, con la ayuda de los cuales expulsaron a la guarnición, y así administraron su ciudad en un régimen de libertad. Los lacedemonios, que reprochaban a Farnabazo la devolución a Fenicia de la flota de trescientas naves, se aliaron con los habitantes de Antandro.

[5] De los historiadores, Tucídides terminó aquí su Historia, que abarca un período de veintidós años en ocho libros (aunque algunos la dividen en nueve) 268 ; Jenofonte y Teopompo inician su relato a partir de los hechos que Tucídides dejó interrumpidos. Jenofonte abarca un período de cuarenta y ocho años 269 , mientras que Teopompo nos deja escritas unas Helénicas que comprenden diecisiete años e interrumpe su historia, de doce libros, en la batalla naval de Cnido 270 .

Ésta era pues la situación en Grecia y en Asia. Entre tanto [6] los romanos, prosiguiendo su guerra contra los ecuos, invadieron su territorio con fuerzas considerables; pusieron sitio a la ciudad de Bolas y la tomaron 271 .

410-409 a. C. Egesta teme las represalias de los siciliotas y, ante su conflicto con Selinunte, recurre a Cartago

Cuando los hechos de aquel año llegaron [43 ] a su fin, en Atenas fue arconte Glaucipo 272 , y en Roma fueron elegidos cónsules Marco Cornelio y Lucio Furio 273 . En este período, los egesteos, que en Sicilia habían sido aliados de los atenienses contra los siracusanos, al acabar la guerra, eran presa de un miedo atroz, ya que temían, como era natural, que los siciliotas les hicieran pagar caro los errores que habían cometido con ellos. Así, al declararles la guerra los selinuntios por un territorio [2] en litigio, se retiraron de él voluntariamente, por temor a que con este pretexto los siracusanos emprendieran la guerra al lado de los selinuntios y ellos corrieran el riesgo de la ruina [3] total de su patria 274 . Pero cuando los selinuntios, aparte del territorio en litigio, trataron de apoderarse de gran parte de las tierras circundantes, los habitantes de Egesta enviaron embajadores a Cartago para pedir ayuda y poner su ciudad en manos de [4] los cartagineses. A su llegada, los embajadores expusieron al senado el encargo que el pueblo les había dado, y los cartagineses se vieron en una disyuntiva no sin importancia, porque por una parte deseaban recibir una ciudad estratégicamente situada, pero por otra temían a los siracusanos después de ver hacía [5] poco la derrota de las fuerzas atenienses 275 . No obstante, dado que el primer ciudadano, Aníbal, aconsejó hacerse cargo de la ciudad, respondieron a los embajadores que les prestarían su ayuda, y que, para la dirección de la empresa, si había necesidad de entrar en guerra, confiaban el mando a Aníbal, que entonces ocupaba legítimamente la suprema magistratura 276 . Este Aníbal era nieto de Amílcar 277 , el que había combatido contra Gelón y había muerto junto a Hímera, e hijo de Gescón, el cual, a causa de la derrota de su padre, había sido exiliado y había acabado sus días en Selinunte.

[6] Así pues, Aníbal, que por naturaleza sentía odio por los griegos y que al mismo tiempo quería reparar la deshonra de sus antepasados, estaba impaciente por llevar a término, personalmente, alguna empresa ventajosa para su patria 278 . Viendo, pues, que los selinuntios no estaban satisfechos con la cesión del territorio en litigio, envió, juntamente con los egesteos, embajadores a los siracusanos, confiándoles el arbitraje en aquel problema; de palabra simulaba que quería actuar rectamente, pero en realidad calculaba que, si los selinuntios no querían aceptar el arbitraje, los siracusanos no estarían dispuestos a combatir a su lado. Los selinuntios también enviaron embajadores, [7] que rechazaron el arbitraje y replicaron largamente a los embajadores cartagineses y egesteos, y al final los siracusanos decidieron por votación mantener la alianza con los selinuntios y la paz con Cartago 279 .

Cartago envía refuerzos a Egesta. Selinunte ataca a Egesta y es derrotada. La Guerra Cartaginesa. Aníbal prepara una expedición a Sicilia.

Después del regreso de sus embajadores, [44 ] los cartagineses enviaron a los egesteos cinco mil libios y ochocientos campanos. Estas tropas habían sido llamadas [2] como fuerzas mercenarias por los calcideos 280 para ayudar a los atenienses en la guerra contra los siracusanos y, a su regreso después de la derrota, no tenían a nadie que reclamara sus servicios; pero entonces los cartagineses compraron caballos para todos y, dándoles unas considerables soldadas, los enviaron a Egesta.

[3] Los selinuntios, que en aquellos tiempos gozaban de una gran prosperidad y contaban con una población numerosa 281 , menospreciaban a los egesteos; primero, desplegando sus tropas, devastaron el territorio limítrofe gracias a la gran superioridad de sus fuerzas, pero a continuación, manifestando su [4] menosprecio, se extendieron por todo el territorio. Los generales de los egesteos, aguardando la ocasión oportuna, los atacaron con la ayuda de los cartagineses y los campanos y, dado lo inesperado del ataque, fácilmente pusieron en fuga a los selinuntios; dieron muerte a unos mil soldados y se apoderaron de todo el botín que les fue posible. Después de la batalla, las dos partes enviaron embajadores rápidamente en busca de ayuda, los selinuntios a los siracusanos y los egesteos a los cartagineses. [5] Y dado que ambos pueblos prometieron su ayuda, éste fue el principio de la Guerra Cartaginesa. Los cartagineses, previendo la importancia de aquella guerra, confiaron la dirección a su general Aníbal, a cuya disposición pusieron [6] con entusiasmo todos los medios. Aníbal, durante aquel verano y el invierno siguiente, reclutó muchos mercenarios de Iberia y también alistó a no pocos de sus conciudadanos; recorrió Libia eligiendo a los hombres mejores de cada ciudad y preparó una flota con la intención de cruzar el mar a principio de la primavera.

Tal era, pues, la situación en Sicilia.

Combates en el Helesponto. Pericia de los pilotos atenienses.

En Grecia, el rodio Dorieo, almirante [45 ] de las trirremes venidas de Italia, después de haber reprimido las algaradas que estallaron en Rodas 282 , se hizo a la mar rumbo al Helesponto, deseoso de unirse a Míndaro, que se encontraba en Abido y hacía venir de todas partes las naves de los aliados de los peloponesios 283 . Y cuando Dorieo [2] ya se encontraba cerca de Sigeo, en la Tróade, los atenienses que estaban en Sesto, al enterarse de su paso por aquellas aguas, zarparon contra él con todas sus naves, setenta y cuatro en total 284 . Dorieo, todo el tiempo que estuvo ignorante de lo que [3] sucedía, navegaba por alta mar; pero cuando se percató de la importancia de la flota enemiga, viendo que no había otra posibilidad de salvación, se refugió en Dárdano 285 . Después de [4] haber desembarcado allí a sus hombres y de haber tomado consigo a los soldados que estaban de guarnición en la ciudad, se puso a recoger a toda prisa una gran cantidad de proyectiles y a algunos de sus soldados los situó en las proas, mientras que a otros los colocó en tierra, en posiciones favorables. Los atenienses, navegando [5] hacia tierra con gran diligencia, trataron de sacar de la costa a las naves enemigas y, extendiéndose por todas partes gracias a su superioridad numérica, abrumaban a sus adversarios 286 . Tan [6] pronto como fue informado, Míndaro, el navarco de los lacedemonios, zarpó rápidamente de Abido con toda su flota e hizo rumbo al promontorio Dardanio con ochenta y cuatro naves a fin de ayudar a las fuerzas de Dorieo; también acudió el ejército de tierra de Farnabazo para prestar su ayuda a los lacedemonios 287 .

[7] Cuando las flotas se encontraron una cerca de la otra, en ambos bandos ordenaron las trirremes para la batalla naval; Míndaro, que tenía consigo noventa y siete naves, situó a los siracusanos en el ala izquierda y él mismo tomó el mando de la derecha; en la parte de los atenienses, Trasibulo mandaba el ala derecha y [8] Trasilo la otra 288 . Una vez dispuestos de este modo, los comandantes dieron la señal de batalla, los trompetas al unísono comenzaron a tocar la señal de guerra y, dado que los remeros no se mostraron inferiores en ardor y los pilotos maniobraban los [9] timones con pericia, la lucha que siguió fue terrible. Todas las veces que las trirremes se lanzaban a la carga, entonces los pilotos, dependiendo de la situación que en cada caso se creaba, hacían girar sus naves con tanta efectividad que evitaban las embestidas a los flancos dirigiendo sus espolones contra el [10] adversario. Así, pues, los marineros, cuando veían que sus naves presentaban los flancos a las trirremes de los enemigos, eran presa del terror, temiendo por su vida; pero cuando los pilotos, con su experiencia, esquivaban las embestidas, se mostraban por el contrario muy alegres y mantenían altas sus esperanzas.

La llegada de la escuadra de Alcibíades decide la batalla naval de Abido

Tampoco era inútil por cierto el empeño [46 ] de aquellos que estaban situados en los puentes de las trirremes, sino que algunos, pese a hallarse a mucha distancia del enemigo, lo cubrieron con una lluvia ininterrumpida de dardos, y en seguida el lugar estuvo lleno de proyectiles, mientras que otros, cada vez que lograban acercarse, arrojaban las lanzas y rivalizaban por alcanzar bien a los infantes de marina que defendían sus naves, bien a los mismos pilotos; y todas las veces que las naves se arrimaban, no sólo combatían con las astas, sino que, saltando a las trirremes enemigas en el momento del contacto, luchaban cuerpo a cuerpo con sus espadas. Siempre que se producía una situación de inferioridad, [2] los vencedores lanzaban gritos de guerra, mientras que los otros acudían con gran griterío en auxilio de los que habían sufrido el daño; de este modo, por todo el espacio en el que tenía lugar la batalla naval, se alzaba una confusión de clamores.

Durante mucho tiempo, pues, el resultado de la batalla fue incierto 289 debido al extraordinario pundonor que reinaba en ambas partes. Pero después de estos hechos, inesperadamente, apareció Alcibíades, que venía de Samos con veinte naves y navegaba casualmente hacia el Helesponto 290 . Mientras estas naves [3] se encontraban todavía lejos, unos y otros, en la creencia de que acudían en su ayuda, mantenían altas sus esperanzas y arrostraban el peligro con mayor audacia; pero, cuando la flota ya estuvo cerca y no apareció ninguna señal para los lacedemonios, mientras que para los atenienses Alcibíades alzó en su propia nave la enseña rojo púrpura, que era la señal convenida, los lacedemonios, espantados, se dieron a la fuga 291 , y los atenienses, animados por la ventaja conseguida, se pusieron a perseguir [4] con empeño a los fugitivos. En seguida capturaron diez naves 292 ; pero a continuación sobrevino una tempestad y la fuerza de los vientos incesantes les impidió la persecución; debido a la altura de las olas, los barcos no obedecían a los timoneles y los espolones también resultaban ineficaces, ya que [5] las naves, en el momento de la embestida, retrocedían. Finalmente los lacedemonios tocaron tierra y encontraron refugio uniéndose a las fuerzas de tierra de Farnabazo; y los atenienses, en un primer momento, trataron de tirar de las naves de la costa y afrontaron con audacia el peligro, pero fueron rechazados [6] por el ejército persa y regresaron a Sesto 293 . Por su parte Farnabazo, queriendo defenderse de las acusaciones de los lacedemonios, ponía más energía que nunca en luchar contra los atenienses, y, al mismo tiempo, a propósito de las trescientas naves que había reenviado a Fenicia, explicó que había tenido que actuar así porque se había enterado de que el rey de los árabes y el de los egipcios tenían sus miras puestas en Fenicia 294 .

Los atenienses regresan a Sesto y los espartanos a Abido. Planes de Míndaro. Eubea solicita la colaboración de Beoda La obra del Euripo. Expediciones de Terámenes.

Una vez que la batalla naval hubo [47 ] concluido de la forma que hemos relatado, los atenienses regresaron entonces a Sesto, puesto que ya era de noche, pero, al llegar el día, recogieron lo que quedaba de las naves dañadas y levantaron otro trofeo junto al precedente 295 . Por su parte Míndaro, hacia la primera [2] guardia de la noche 296 , regresó a Abido y reparó las naves averiadas, y desde allí envió un mensaje a los lacedemonios solicitando refuerzos navales y tropas de tierra; tenía la intención, mientras se ponía a punto la flota, de asediar las ciudades de Asia aliadas de los atenienses con el ejército de tierra y la ayuda de Farnabazo.

Los calcideos y casi todos los restantes habitantes de Eubea [3] se habían separado de los atenienses y, debido a ello, estaban muy asustados temiendo, dada su condición de insulares, que los atenienses, que eran dueños del mar, los bloquearan y les obligaran a capitular; y por ello pidieron a los beocios su colaboración para cerrar el Euripo 297 de común acuerdo y así unir Eubea a Beocia. Los beocios dieron su consentimiento, ya que [4] pensaban que les convenía que Eubea fuera una isla para los demás y se convirtiera en una parte del continente sólo para ellos 298 . Por eso todas las ciudades colaboraron con empeño en la construcción del terraplén y rivalizaron unas con otras; movilizaron no sólo a sus ciudadanos en masa, sino también a los extranjeros residentes, de modo que, gracias al concurso de un tan gran número de participantes en la obra, el proyecto estuvo [5] terminado en poco tiempo. En la parte de Eubea, el terraplén se inició en Calcis, y en Beocia en las cercanías de Áulide, dado que aquél era el sitio en el que el canal era más estrecho. Desde antiguo se había visto que en aquel lugar había corrientes y frecuentes movimientos del mar, pero entonces la fuerza de la corriente era mucho más intensa debido a que el mar había sido encerrado en un espacio demasiado estrecho; se había dejado, en efecto, una abertura que permitía el paso de una sola nave. También construyeron unas torres elevadas en los dos extremos y tendieron puentes de madera sobre el canal.

[6] Terámenes, enviado por los atenienses con treinta naves, trató primero de parar a los que trabajaban en la obra; pero el gran número de soldados presentes en apoyo de los que construían el terraplén, le disuadió de aquel intento e hizo rumbo a [7] las islas. Y dado que quería aligerar a los ciudadanos y a los aliados del peso de los tributos, devastó el territorio de los enemigos 299 y recogió un abundante botín; también visitó las ciudades aliadas, en las que exigió dinero a los que tramaban cambios [8] políticos. Luego desembarcó en Paros y, al encontrar la oligarquía establecida en la ciudad, restituyó la libertad al pueblo y reclamó grandes sumas de dinero a quienes habían tenido relación con la oligarquía.

Guerra civil y masacre en Corcira. Intervención de Conón.

En este período, una importante revuelta [48 ] civil y una masacre tuvieron lugar en Corcira; se dice que las causas fueron diversas, pero que la principal fue el odio recíproco que existía entre las facciones 300 . Nunca, en efecto, en ninguna ciudad, se dieron tantos [2] asesinatos de ciudadanos ni una lucha política más exacerbada, ni una rivalidad que condujera a tal derramamiento de sangre 301 . Parece, ciertamente, que el número de los que fueron eliminados por sus adversarios antes de este enfrentamiento civil fue de unos mil quinientos, y en todos los casos se trató de ciudadanos eminentes. Y a estos infortunios ocurridos en el pasado la Fortuna [3] quiso añadirles una nueva desventura, alimentando de nuevo las discordias entre las facciones. Los corcireos de mayor categoría, que deseaban un gobierno oligárquico, apoyaban la causa de los lacedemonios, mientras que la masa partidaria de la democracia se afanaba por la alianza de guerra con los atenienses. Diversas eran, en efecto, las orientaciones políticas [4] que seguían los pueblos que luchaban por la hegemonía; los lacedemonios, en las ciudades aliadas, ponían al frente de la administración del Estado a los ciudadanos eminentes, mientras que los atenienses solían establecer gobiernos del pueblo en sus ciudades. Así pues, los corcireos, viendo que los ciudadanos [5] más poderosos intentaban poner la ciudad en manos de los lacedemonios, solicitaron a los atenienses el envío de un contingente [6] para proteger su ciudad 302 . Entonces Conón, estratego de los atenienses 303 , hizo rumbo a Corcira y, dejando en la ciudad seiscientos mesenios de Naupacto 304 , él se fue a fondear las naves [7] en la costa cerca del templo de Hera 305 . Los seiscientos, actuando en combinación con los partidarios de la democracia, hacia el mediodía 306 , atacaron de modo imprevisto a los defensores de la causa de los lacedemonios; a algunos de ellos los apresaron, a otros los asesinaron y a más de un millar los condenaron al exilio; además, concedieron la libertad a los esclavos y el derecho de ciudadanía a los extranjeros como medida de precaución ante el gran número y la influencia de los exiliados. [8] Los ciudadanos expulsados de su patria se refugiaron en la costa del continente situada enfrente. Pero, al cabo de algunos días, algunos de los que en la ciudad sostenían la causa de los exiliados ocuparon el ágora y, tras mandar a buscar a los exiliados, tuvo lugar un enfrentamiento en el que se jugaron el todo por el todo. Finalmente, al sobrevenir la noche, se llegó a un pacto y, poniendo fin a la rivalidad, volvieron a vivir de común acuerdo en su patria. Tal fue, pues, el final de la masacre de Corcira.

Arquelao toma Pidna. Reorganización y movimientos de las flotas peloponesia y ateniense. Hacia Cícico.

Arquelao, el rey de los macedonios 307 , [49 ] ante la desobediencia del pueblo de Pidna, puso sitio a su ciudad con un gran ejército. En ayuda del rey, llegó Terámenes con una flota, pero, al prolongarse el asedio: puso rumbo a Tracia para unirse con Trasibulo, que tenía el mando de toda la flota 308 . Entonces Arquelao prosiguió el asedio de Pidna con mayor empeño [2] y, una vez que la hubo tomado, trasladó la ciudad al interior, a unos veinte estadios del mar.

Entre tanto Míndaro, cuando ya acababa el invierno, reunió trirremes de todas las procedencias; le habían llegado en gran número del Peloponeso e igualmente de los otros aliados 309 . Los estrategos de los atenienses que estaban en Sesto, informados de la magnitud de la flota reunida por los enemigos, estaban alarmados, temiendo que aquéllos, haciendo rumbo contra ellos con todas sus [3] trirremes, se apoderaran de sus naves. Po eso, botaron las naves que estaban en Sesto, navegaron en torno al Quersoneso y fondearon en Cardia 310 ; desde allí enviaron hasta Tracia unas trirremes a Trasibulo y Terámenes, pidiéndoles que acudieran en su ayuda con la flota lo más rápidamente posible; también hicieron venir a Alcibíades de Lesbos con todas las naves que tenía. De este modo toda la flota se reunió en un solo lugar, y los estrategos estaban resueltos [4] a correr el riesgo de un encuentro decisivo 311 . Pero Míndaro, el navarco de los lacedemonios, zarpó rumbo a Cícico, donde desembarcó a todas sus fuerzas y puso sitio a la ciudad; Farnabazo se presentó allí con un gran ejército, y con su ayuda Míndaro prosiguió el asedio de Cícico y la tomó a viva fuerza.

[5] Entonces los estrategos atenienses, tomando la decisión de poner rumbo a Cícico, zarparon con todas sus naves y navegaron en torno al Quersoneso. Llegaron primero a Eleunte; a continuación pusieron todo su empeño en sobrepasar la ciudad de los abidenos de noche, a fin de que los enemigos no conocieran [6] el número de sus naves. Una vez que hubieron llegado a Procorteso 312 , pasaron la noche allí y, al día siguiente, trasladaron las tropas transportadas en los barcos al territorio de los cicicenos y a su comandante Quéreas le dieron la orden de conducir el ejército contra la ciudad 313 .

La batalla de Cícico

Por su parte los estrategos dividieron [50 ] la armada en tres escuadras, de las que Alcibíades mandaba una, Terámenes la otra y Trasibulo la tercera 314 . Alcibíades con su escuadra avanzó mucho más que los otros, intentando incitar a los lacedemonios a la batalla naval; Terámenes y Trasibulo planeaban una maniobra envolvente, a fin de cerrar la retirada hacia la ciudad de las naves enemigas que se hicieran a la mar 315 . Míndaro, en efecto, viendo [2] solamente el avance de las veinte naves de Alcibíades e ignorando la presencia de las otras, se confió y salió al ataque con ochenta naves alejándose temerariamente de la ciudad. Luego, cuando estuvo cerca de las naves de Alcibíades, los atenienses, como les había sido ordenado, simularon la huida, y los peloponesios, con gran euforia, se lanzaron en su persecución como si tuvieran la victoria en sus manos. Pero Alcibíades, una vez [3] que los hubo alejado a una considerable distancia de la ciudad, levantó la señal convenida, después de lo cual sus trirremes viraron todas a un tiempo y pusieron proa al enemigo, mientras Terámenes y Trasibulo hicieron rumbo a la ciudad y cortaron la [4] retirada de los lacedemonios 316 . Entonces los hombres de Míndaro, contemplando ya el gran número de naves enemigas y dándose cuenta de que habían caído en una trampa, fueron presa de un miedo atroz. Finalmente, dado que los atenienses aparecían por todas partes y cortaban a los peloponesios el acceso a la ciudad, Míndaro se vio obligado a buscar refugio en tierra, en un sitio llamado Cleros, donde Farnabazo tenía su ejército. [5] Alcibíades, iniciando la persecución sin vacilar, consiguió hundir algunas naves y a otras las dañó o las capturó; y al grueso de las naves que habían fondeado en la costa trató de sorprenderlas lanzando las manos de hierro, con las que intentó tirar de [6] ellas para sacarlas de tierra. Pero las tropas de tierra acudieron en auxilio de los peloponesios y se produjo una gran carnicería, ya que los atenienses, a causa de la ventaja obtenida, combatían con más audacia que provecho, mientras que los peloponesios tenían la ventaja de su superioridad numérica. El ejército de Farnabazo apoyaba a los lacedemonios y, al combatir desde [7] tierra, contaba con una posición más segura. Entonces Trasibulo, al ver que las tropas de tierra acudían en auxilio del enemigo, hizo desembarcar al resto de la infantería de marina que llevaba a bordo, apremiándoles a que ayudaran a Alcibíades; y exhortó a Terámenes a unirse a las tropas de tierra de Quéreas y acudir a toda prisa, a fin de afrontar el combate en tierra.

Victoria ateniense

Mientras los atenienses estaban en [51 ] esta situación, Míndaro, el comandante de los lacedemonios, se enfrentó él mismo con Alcibíades en defensa de las naves que iban a ser arrastradas, y envió contra Trasibulo al espartano Clearco con una parte de los peloponesios; y con él envió asimismo a los mercenarios que se encontraban en el ejército de Farnabazo. Trasibulo, con sus infantes [2] de marina y sus arqueros, al principio hizo frente con decisión a los enemigos y mató a muchos de ellos, aunque tampoco fue pequeño el número de sus hombres que cayeron ante sus ojos; pero, cuando los mercenarios de Farnabazo estaban rodeando a los atenienses acosándolos por todas partes gracias a su superioridad numérica, apareció Terámenes al frente de sus soldados y de los de Quéreas. Entonces los hombres [3] de Trasibulo, que estaban rendidos de fatiga y habían perdido la esperanza de salvarse, recuperaron súbitamente el aliento así que vieron que se acercaba aquel socorro tan importante. La batalla duró mucho tiempo y fue encarnizada; pero después [4] los mercenarios de Farnabazo fueron los primeros en emprender la huida y la formación, antes compacta, se fue rompiendo; finalmente los peloponesios de Clearco, abandonados, después de haber infligido y sufrido muchos daños, fueron rechazados.

Una vez que éstos fueron derrotados, los hombres de Terámenes [5] corrieron en auxilio de las tropas que afrontaban el peligro al mando de Alcibíades. Aunque las fuerzas atenienses se reunieron rápidamente en un frente, Míndaro no se espantó ante el ataque de los hombres de Terámenes, sino que, después de haber dividido a los peloponesios en dos partes, respondió con una mitad al enemigo que atacaba, mientras que él mismo con la otra mitad, una vez que hubo exhortado a cada hombre a no deshonrar el buen nombre de Esparta, y con mayor motivo tratándose de una batalla de tierra, se alineó enfrente de las tropas de [6] Alcibíades. Así dio inicio a una heroica batalla en torno a las naves y, arriesgándose él mismo en primera línea, mató a muchos enemigos que se le enfrentaron, pero al final, luchando de un modo digno de su patria, cayó a manos de los hombres de Alcibíades. Una vez que hubo muerto Míndaro, los peloponesios y todos sus aliados se replegaron a toda prisa y, presa [7] del miedo, se dieron a la fuga. Los atenienses persiguieron un trecho al enemigo, pero, al enterarse de que la numerosa caballería de Farnabazo avanzaba a galope tendido, regresaron a las naves; luego tomaron la ciudad 317 y levantaron dos trofeos en conmemoración de las dos victorias, uno por la batalla naval que tuvo lugar en aguas de la isla llamada de Polidoro, otro por la que se libró en tierra, en el lugar donde habían puesto en [8] fuga por primera vez al enemigo. Los peloponesios que estaban en la ciudad y todos los que habían huido en el campo de batalla encontraron refugio en el campamento de Farnabazo; los estrategos atenienses se apoderaron de todas las naves y capturaron muchos prisioneros, y reunieron un innumerable botín al haber conseguido al mismo tiempo dos victorias sobre fuerzas tan poderosas 318 .

Optimismo ateniense y propuesta de paz de Esparta. Discurso de Endio.

Cuando la noticia de la victoria llegó [52 ] a Atenas, el pueblo, viendo la inesperada fortuna que había llegado a la ciudad después de las anteriores desgracias, estaba exultante por los éxitos obtenidos y en masa ofrecía sacrificios a los dioses y acudía a las asambleas de celebración; y para la guerra eligieron mil hoplitas, los mejores, y cien soldados de caballería, y con ellos enviaron treinta trirremes a las fuerzas de Alcibíades, a fin de que, al tener el dominio del mar, saquearan sin ningún temor las ciudades favorables a los lacedemonios 319 . Por el contrario los lacedemonios, [2] al conocer la desgracia que habían sufrido en Cícico, enviaron embajadores a Atenas para tratar sobre la paz; al frente de la delegación iba Endio 320 . Cuando se le dio la palabra, se adelantó y habló de forma sucinta y lacónica. Por eso he juzgado oportuno no omitir las palabras que pronunció:

«Queremos hacer la paz con vosotros, atenienses, y así [3] mantener las ciudades que cada parte tiene en su poder, suprimir las guarniciones existentes en el territorio de los otros e intercambiar los prisioneros de guerra, a razón de un lacón por un ateniense. No ignoramos que esta guerra es perjudicial para unos y para otros, pero lo es sobre todo para vosotros. Podéis [4] desoír mis palabras, pero examinad los hechos. Nosotros cultivamos todo el Peloponeso, pero vosotros sólo una pequeña parte del Ática 321 . La guerra ha sumado muchos aliados a los laconios, mientras que ha restado a los atenienses todos los que ha dado a sus enemigos. El más rico de los reyes del mundo habitado 322 nos financia la guerra, mientras que vuestra financiación [5] proviene de los más pobres de la tierra 323 . Es ésta la razón por la que nuestros hombres, atraídos por la generosidad de las soldadas, van a la guerra con entusiasmo, mientras que los vuestros, al tener que sacar las contribuciones de sus propios bolsillos, tratan de evitar tanto los padecimientos como [6] los gastos. Además, cuando nosotros hacemos la guerra por mar, sólo arriesgamos las naves del Estado, pero vosotros en vuestra naves tenéis embarcados sobre todo a ciudadanos. Y lo que es más importante, nosotros, incluso sufriendo derrotas en las acciones por mar, conservamos sin discusión la hegemonía por tierra; un soldado de tierra espartiata, ciertamente, no sabe lo que es huir, pero vosotros, si perdéis el dominio del mar 324 , no lucháis por la hegemonía en tierra, sino por vuestra supervivencia.

[7] »No me queda sino explicaros por qué razón, aun gozando de tantas y tales ventajas en la guerra, pedimos la paz. Yo no afirmo que Esparta saque provecho de las situaciones de guerra, sino que sufre en ellas menos daños que los atenienses. Pero es de estúpidos complacerse en compartir los infortunios de los enemigos, cuando es posible no experimentar en absoluto el infortunio. La destrucción de los enemigos, en efecto, no proporciona una alegría tal que pueda compararse a la tristeza causada por el sufrimiento propio. No sólo por esta razón, sin embargo, [8] nos esforzamos por poner fin a la guerra, sino porque queremos observar la costumbre de nuestros padres, puesto que al ver los muchos y terribles sufrimientos provocados por las porfías bélicas, consideramos que es necesario dejar claro a todos los dioses y los hombres que nosotros no somos en absoluto responsables de todo esto.»

Atenas, excitada por Cleofonte, rechaza la propuesta de paz

Una vez que el laconio hubo expuesto estos y otros razonamientos semejantes, [53 ] los atenienses más moderados se inclinaron por la paz, pero aquellos que se habían habituado a la práctica de la guerra y que obtenían ganancias personales de las agitaciones públicas preferían proseguir las hostilidades 325 . A sostener esta opinión contribuyó Cleofonte 326 , entonces el más influyente líder [2] del pueblo, que, saliendo a hablar y exponiendo numerosos argumentos favorables a aquella propuesta, consiguió excitar al pueblo, apoyándose en la magnitud de los éxitos obtenidos, como si la Fortuna no estuviera acostumbrada a otorgar los premios de la guerra alternativamente. Así pues, los atenienses, [3] mal aconsejados, se arrepintieron cuando ya nada se podía hacer y, engañados por discursos pronunciados sólo para halagar, fueron a precipitarse de tal modo en un desastre total que ya nunca más han sido capaces de recuperarse realmente 327 . [4] Pero éstos son acontecimientos posteriores, que serán objeto de descripción en el período correspondiente. Por el momento los atenienses, exaltados por los éxitos obtenidos y cifrando todas sus esperanzas en el hecho de que Alcibíades estaba al frente de sus fuerzas, en seguida pensaron que habían recuperado la hegemonía.

409-408 a. C. Expedición de Aníbal contra Selinunte

[54 ] Una vez que tuvieron fin los hechos de aquel año, Diocles asumió el arcontado en Atenas 328 , y en Roma recibieron el mando consular Quinto Fabio y Gayo [2] Furio 329 . En este período Aníbal, el general de los cartagineses, reunió a los mercenarios que había elegido en Iberia y a los soldados que había reclutado en Libia, equipó sesenta navíos de guerra y preparó unos mil quinientos cargueros, en los que, además de sus tropas, transportó máquinas de asedio, proyectiles y todo el armamento necesario para la guerra. Una vez que con su flota hubo atravesado el mar Líbico, arribó a Sicilia, al cabo situado enfrente de Libia que recibe el nombre de Lilibeo 330 . En este momento unos jinetes selinuntios [3] que se encontraban en aquella zona, y que vieron la magnitud de la flota que arribaba, advirtieron rápidamente a sus conciudadanos de la presencia del enemigo; y los selinuntios enviaron inmediatamente correos a los siracusanos solicitando su ayuda. Entre tanto Aníbal desembarcó sus tropas y plantó su [4] campamento a partir del pozo que en aquel tiempo se llamaba Lilibeo y que muchos años después daría su nombre a la ciudad que allí fue fundada 331 . Aníbal disponía en total de doscientos [5] mil infantes y cuatro mil soldados de caballería, según las cifras dadas por Éforo, pero, según Timeo, sus fuerzas armadas apenas superaban los cien mil nombres 332 . Luego sacó a tierra todas sus naves en la ensenada situada cerca de Motia 333 , ya que quería dar la impresión a los siracusanos de que no estaba allí para hacer la guerra contra ellos ni para avanzar a lo largo de la costa contra Siracusa con aquellas fuerzas navales. Después, una vez recibidos los soldados de los egesteos [6] y de los otros aliados, levantó el campo de Lilibeo y se puso en marcha contra Selinunte. Cuando llegó al río Mazaro, tomó en un rápido asalto el centro comercial que se encontraba allí 334 y, una vez que estuvo delante de la ciudad, dividió su ejército en dos partes; luego, cuando hubo puesto sitio a la ciudad y hubo situado las máquinas de guerra, inició los asaltos con [7] todo empeño. Levantó seis torres de una altura extraordinaria y acercó a las murallas un número igual de arietes revestidos de hierro; además, valiéndose de un gran número de arqueros y honderos disminuyó la efectividad de todos los que combatían en las almenas.

Resistencia de Selinunte ante el asedio cartaginés

[55 ] Los selinuntios, que desde hacía tiempo no habían tenido la experiencia de un asedio, y que habían sido los únicos siciliotas que habían combatido al lado de los cartagineses en su guerra contra Gelón 335 , no esperaban verse impelidos a una situación tan tremenda por quienes habían sido objeto de sus beneficios 336 . [2] Pero, al contemplar el gran tamaño de las máquinas de guerra y la multitud de los enemigos, fueron presa del pánico y se quedaron atónitos ante la magnitud del peligro que les amenazaba 337 . [3] Pese a ello, no perdieron en absoluto la confianza en la salvación, sino que, esperando que en breve acudirían los siracusanos y los otros aliados, se pusieron todos a una a rechazar [4] al enemigo de las murallas. Los adultos en plenitud de sus fuerzas afrontaban el peligro empuñando sus armas, mientras que los viejos no sólo se ocupaban de los preparativos necesarios, sino que, recorriendo la muralla, exhortaban a los jóvenes a que no les dejaran caer en manos de los enemigos; las mujeres y los niños llevaban vituallas y proyectiles a los que combatían en defensa de la patria, sin preocuparse del pudor y la modestia que tenían en tiempo de paz. Tan grande era la consternación [5] sobrevenida que la trascendencia de la situación hizo incluso necesaria la ayuda de las mujeres.

Por su parte Aníbal, que había prometido a sus soldados que les entregaría la ciudad para saquearla, acercaba las máquinas de guerra y con sus mejores soldados lanzaba continuos asaltos contra los muros. Las trompetas tocaban al unísono la señal de [6] ataque y a una sola voz de mando el ejército cartaginés lanzaba el grito de guerra; los muros retemblaban al ser golpeados con violencia por los arietes y, gracias a la altura de las torres, los asaltantes daban muerte a muchos selinuntios. Éstos, en efecto, [7] al haber vivido un largo período de paz, en el que no habían tenido el más mínimo cuidado de los muros, fueron sometidos fácilmente, ya que las torres de madera eran mucho más altas que los muros. Y cuando la muralla cedió en un punto, los campanos, ansiosos de llevar a cabo una acción notable, penetraron rápidamente en el interior de la ciudad. En un primer momento [8] aterrorizaron a los hombres que, en pequeño número, les presentaron resistencia; pero a continuación, cuando, en ayuda de éstos, acudieron numerosos defensores, fueron rechazados y sufrieron muchas bajas; no estaba aún completamente abierta la brecha del muro por donde habían forzado la entrada y, al caer allí muchos de sus hombres en la irrupción por un espacio difícil, fueron fácilmente derrotados. Luego, al caer la noche, los cartagineses interrumpieron el asalto.

Los selinuntios piden ayuda a Siracusa, Acragante y Gela. Caída de Selinunte.

Entonces los selinuntios eligieron a [56 ] sus mejores jinetes y de noche, sin dilación, los enviaron, unos a Acragante, otros a Gela y a Siracusa, con la petición de que acudieran a toda prisa en su ayuda, ya que su ciudad no podía resistir más tiempo el asalto enemigo. [2] Los acragantinos y los gelenses se dispusieron a esperar a los siracusanos, ya que querían reunir sus fuerzas para marchar conjuntamente contra los cartagineses. Los siracusanos por su parte, una vez informados sobre la situación del asedio, pusieron fin a la guerra que sostenían con los calcideos 338 y, reuniendo las tropas que tenían en su territorio, pasaron el tiempo efectuando grandes preparativos, creyendo que la ciudad sería tomada en asedio, pero que no sería arrasada.

[3] Entre tanto Aníbal, una vez pasada la noche, al rayar el día se lanzó al asalto desde todos los lados, y con los ingenios de guerra derribó la parte del muro de la ciudad que ya había cedido [4] y otra contigua a la brecha. Luego despejó los escombros de la zona derribada y, lanzando a sus mejores tropas en ataques sucesivos, consiguió hacer retroceder un poco a los selinuntios; pero no fue posible reducir a aquellos hombres que [5] estaban jugándose el todo por el todo. Cayeron en gran número de una y otra parte; pero en el campo de los cartagineses fuerzas de refresco tomaban el relevo en la batalla, mientras que a los selinuntios no les llegaban los refuerzos. Durante nueve días de asedio 339 se luchó con un pundonor insuperable, y los cartagineses [6] sufrieron e infligieron daños terribles. Cuando los iberos consiguieron penetrar en la ciudad por donde el muro había cedido, las mujeres que estaban en las partes altas de las casas se pusieron a gritar, por lo que los selinuntios, convencidos de que se estaba tomando la ciudad, fueron presa del pánico y, después de abandonar los muros, fueron a situarse, todos unidos, en los accesos de las vías estrechas y se pusieron a obstruir las calles con barricadas, con lo que pudieron resistir mucho tiempo al enemigo. Al presionar con fuerza los cartagineses, [7] la multitud de mujeres y niños corría a refugiarse en las cubiertas de las casas, desde donde lanzaban piedras y tejas contra los enemigos. Durante mucho tiempo los cartagineses se encontraron en una situación difícil, dado que los muros de las casas les impedían cercar a los hombres apostados en las vías estrechas y que tampoco podían combatir en condiciones de igualdad debido a los proyectiles que les arrojaban desde los tejados. Sin embargo, el combate se prolongó hasta la tarde, cuando a [8] quienes luchaban desde las casas se les agotaron los materiales arrojadizos, mientras que en el bando de los cartagineses los que relevaban a los que se encontraban en apuros seguían combatiendo con sus fuerzas intactas. Finalmente, cuando el número de los defensores del interior se redujo, los enemigos penetraron en la ciudad con fuerzas cada vez más numerosas, y los selinuntios se vieron obligados a abandonar las vías estrechas.

Selinunte bárbaramente saqueada

En consecuencia, mientras la ciudad [57 ] era tomada, podían verse los lamentos y las lágrimas de los griegos, mientras que entre los bárbaros todo eran alalás de victoria y gritos de todo tipo. Los unos, teniendo ante los ojos la magnitud de la desgracia sobrevenida, eran presa del terror; los otros, en cambio, exaltados por el éxito, incitaban a sus camaradas al degüello. Los selinuntios corrieron [2] a concentrarse en el ágora, y allí, con las armas en la mano, todos encontraron la muerte. Por su parte los bárbaros se pusieron a recorrer toda la ciudad y saquearon todos los objetos de valor que había en las casas. En cuanto a los habitantes, a los que sorprendieron en el interior de las viviendas los quemaron vivos juntamente con las casas, y a los que forzaron a salir a las calles, sin distinción de sexo o edad, tanto si eran niños, mujeres o viejos, los asesinaron sin mostrar ninguna compasión. [3] Siguiendo una costumbre de su pueblo, algunos exhibían ristras de manos en torno a sus cuerpos y otros llevaban de un lado a otro cabezas que habían empalado en la punta de sus lanzas y jabalinas 340 . Respecto a todas las mujeres que sorprendieron en los templos, donde se habían refugiado con sus hijos, dieron la orden de no matarlas, y sólo a ellas les garantizaron la vida. [4] Pero no actuaron así por piedad hacia aquellas desdichadas, sino por el temor de que las mujeres, al perder toda esperanza de salvación, incendiaran los templos, impidiéndoles de este modo saquear las innumerables riquezas que en ellos estaban consagradas. Hasta tal punto los bárbaros se distinguían de los demás [5] hombres por su crueldad, que, mientras que todos los otros pueblos, para no incurrir en impiedad con la divinidad, salvaban a quienes se refugiaban en los templos, los cartagineses, por el contrario, perdonaban a los enemigos a fin de poder saquear [6] los templos de los dioses. Al sobrevenir la noche, la ciudad ya había sido saqueada; las casas fueron incendiadas o demolidas y todo el lugar estaba cubierto de sangre y de cadáveres. Se contó un total de seis mil cuerpos y además se reunieron más de cinco mil prisioneros de guerra.

Crueldad de los cartagineses. Refugiados selinuntios en Acragante.

[58 ] Ante aquel cambio de la vida de los selinuntios, los griegos que eran aliados de los cartagineses sintieron piedad por el infortunio de aquellos desdichados. Las mujeres, privadas de las comodidades habituales, pasaron toda la noche sometidas a la arrogancia de los enemigos sufriendo terribles vejaciones; y algunas de ellas fueron obligadas a ver a sus hijas núbiles sufrir ultrajes inimaginables para su edad. La crueldad de los bárbaros, en efecto, [2] no respetaba ni a los muchachos nacidos libres ni a las vírgenes y causaba tremendas desventuras a estos infortunados. Por eso las mujeres, al reflexionar sobre su próxima situación de esclavitud en Libia, y verse ellas mismas juntamente con sus hijos, sin derechos y entre ultrajes, obligadas a someterse a sus amos, constatando además que éstos usaban una lengua incomprensible y que tenían un carácter salvaje, lloraban por sus hijos que habían quedado con vida y, ante cada injuria que se infligía a éstos, sufrían terriblemente, como si se clavaran agujas en su corazón, y lamentaban vehementemente su propia suerte. Consideraban felices, en cambio, a sus padres y hermanos, que habían muerto combatiendo por su patria y no habían presenciado ningún acto indigno de su valor. Los selinuntios que habían evitado [3] la cautividad, en número de dos mil seiscientos, se salvaron en Acragante, donde todo el mundo los acogió con sentimientos humanitarios; los acragantinos, en efecto, les distribuyeron a expensas públicas una cantidad de grano por familia y exhortaron a los particulares, que ya estaban bien dispuestos, a proporcionarles todo lo necesario para vivir.

Llega tarde el socorro siracusano. Concesiones de Aníbal a los exiliados selinuntios. Asedio de Hímera.

Mientras ocurrían estos hechos, llegaron [59 ] a Acragante tres mil soldados escogidos de los siracusanos, que acababan de ser enviados a toda prisa para prestar su ayuda. Al enterarse de que Selinunte había caído, enviaron embajadores a Aníbal pidiéndole que pusiera en libertad a los prisioneros mediante un rescate y que dejara intactos los templos de los dioses. Aníbal respondió que los selinuntios, al no haber sido [2] capaces de mantener su libertad, deberían experimentar la esclavitud, y que sus dioses habían partido de Selinunte, resentidos [3] con sus habitantes. No obstante, los exiliados enviaron como embajador a Empedión 341 , y a éste Aníbal le restituyó sus bienes, dado que siempre había apoyado la causa de los cartagineses y, antes del asedio, había aconsejado a sus conciudadanos que no emprendieran la guerra contra los cartagineses; también le concedió la gracia para sus parientes que se encontraban entre los prisioneros; y a los selinuntios que estaban en el exilio les concedió permiso para habitar la ciudad y cultivar las tierras pagando un tributo a los cartagineses.

[4] Así pues, cayó esta ciudad, que desde su fundación había estado habitada durante un período de doscientos cuarenta y dos años 342 , y Aníbal, después de derribar los muros de Selinunte, levantó el campo y con todo su ejército marchó contra [5] Hímera con la firme intención de arrasar esta ciudad; por su culpa, en efecto, su padre había sido un exiliado, y junto a sus muros su abuelo Amílcar había sido vencido por Gelón gracias a una estratagema y había encontrado la muerte, y con él habían muerto ciento cincuenta mil hombres y otros tantos habían caído prisioneros 343 . Éstas eran las razones por las que Aníbal ansiaba [6] la venganza. Así, con cuarenta mil soldados estableció su campamento en unas colinas no lejanas de la ciudad, y con el resto del ejército, al que se unieron veinte mil soldados enviados por los sículos y los sicanos 344 puso sitio a la ciudad. Una [7] vez dispuestas las máquinas de guerra, comenzó a golpear la muralla por diversos puntos y, lanzando al asalto en oleadas sucesivas a un gran número de hombres, sometía a presión a los sitiados, máxime al estar sus soldados enardecidos por los éxitos obtenidos. Además, hizo minar los muros, y en las galerías [8] colocó soportes de madera y los prendió, con lo que en seguida se desplomó una buena parte de la muralla. Entonces la batalla alcanzó una violencia extraordinaria; por una parte se esforzaban por irrumpir en el interior del recinto amurallado, mientras que por la otra tenían miedo de sufrir la misma suerte de los selinuntios. Así, al encontrarse en una lucha decisiva por sus hijos, [9] por sus padres y por la patria en cuya defensa todos habían acudido, los himereos rechazaron a los bárbaros y reconstruyeron rápidamente aquel sector de la muralla. Acudieron en su ayuda las tropas siracusanas, procedentes de Acragante, y parte de los otros aliados, cuatro mil hombres en total, a cuyo mando iba el siracusano Diocles.

Salida de los himereos y batalla fuera de las murallas

[60 ] Entonces, cuando la noche puso fin a la porfía de los combatientes, que ya había llegado al máximo, los cartagineses desistieron del asedio. Y al amanecer, los himereos decidieron no aguardar a verse encerrados innoblemente, como habían hecho los selinuntios, y así situaron centinelas en los muros e hicieron salir al resto de sus soldados con los aliados que habían llegado; eran unos diez mil [2] hombres. Al salir inesperadamente al encuentro del enemigo, provocaron el estupor de los bárbaros, que creyeron que se trataba de fuerzas aliadas que acudían en ayuda de los sitiados. Los himereos, al ser muy superiores en audacia y destreza y, lo que es más importante, al hacer depender la única esperanza de salvación de la victoria en aquella batalla, en seguida dieron muerte a [3] los primeros adversarios que se les enfrentaron. Y los bárbaros, al acudir a la carrera, en masa y con mucho desorden, debido a que no esperaban de ninguna manera que los sitiados se atrevieran a tanto, se encontraron en una situación bastante desventajosa, ya que ochenta mil soldados que corrían desordenadamente hacia un mismo lugar acabaron chocando los unos contra los otros y sufriendo más daños por la acción de sus propios conmilitones [4] que por la de los enemigos. Los himereos, que desde los muros tenían como espectadores de sus actos a sus padres, a sus hijos y a todos sus parientes, arriesgaban sus vidas sin ningún miramiento [5] por la salvación común. Combatieron con vehemencia, y los bárbaros, atónitos ante aquella audacia y aquella reacción inesperada, se dieron a la fuga; huyeron sin ningún orden hacia los campamentos situados en las colinas, y los himereos se pusieron a perseguirlos exhortándose unos a otros a no coger a ningún enemigo vivo; dieron muerte a más de seis mil hombres según Timeo 345 , o a más de veinte mil según la afirmación de Éforo. Pero Aníbal, viendo que sus hombres estaban abrumados, hizo [6] bajar a las fuerzas acampadas en las colinas y, al acudir en ayuda de las tropas que estaban siendo castigadas, sorprendió a los himereos, que efectuaban la persecución sin ningún orden. Siguió [7] una batalla tremenda y el grueso de los himereos emprendió la retirada, pero se quedaron tres mil hombres que trataron de formar una barrera frente al ejército de los cartagineses; estos hombres realizaron muchos actos heroicos, pero fueron aniquilados.

Evacuación de Hímera

Cuando esta batalla ya llegaba a su [61 ] fin, arribaron a Hímera veinticinco trirremes de los siciliotas; eran las enviadas anteriormente en apoyo de los lacedemonios que ya habían regresado de su misión 346 . Entonces se difundió en la ciudad el rumor de que [2] los siracusanos en masa juntamente con sus aliados estaban llegando para socorrer a los himereos, y que Aníbal equipaba con sus mejores hombres las trirremes que tenía en Motia para dar la vuelta rumbo a Siracusa y ocupar la ciudad desprovista de defensores 347 . Ésta fue la razón por la que Diocles, el comandante [3] en jefe de las fuerzas destacadas en Hímera, recomendó a los jefes de la flota que zarparan rumbo a Siracusa lo más pronto posible, a fin de evitar la posibilidad de que la ciudad fuera tomada al asalto mientras las tropas mejores estaban [4] ausentes 348 combatiendo en aquella batalla. Por este motivo les pareció que lo más conveniente para ellos era evacuar la ciudad y hacer embarcar a la mitad de la población en las trirremes, para transportarla fuera del territorio de Hímera, y estar en guardia con la otra mitad hasta que regresaran las trirremes. [5] Los himereos se quejaron por aquella decisión, pero no tenían otra alternativa; así, de noche y a toda prisa, llenaron las trirremes, mezclando mujeres, niños y otros habitantes, y se hicieron a la mar rumbo a Mesene. Diocles, al frente de sus hombres [6] y abandonando los cuerpos de los caídos en la batalla, se apresuró a marchar de regreso a casa, y con él partieron muchos himereos con sus hijos y mujeres, puesto que las trirremes no tenían capacidad para tanta gente.

Caída y saqueo de Hímera. Cartago recibe a un Aníbal victorioso.

[62 ] Los hombres que quedaron en la ciudad pasaron la noche con las armas en la mano sobre los muros. Al rayar el día, los cartagineses, tomando posiciones en torno a la ciudad, la sometieron a continuos asaltos, y los himereos que quedaban lucharon despreciando [2] el peligro, confiados en la llegada de las naves. Durante aquel día consiguieron resistir, pero al día siguiente, cuando ya se veían las trirremes en el horizonte, el muro comenzó a desplomarse por la acción de las máquinas de asedio y los iberos irrumpieron en tromba en el interior de la ciudad. Una parte de los bárbaros se puso a rechazar a los himereos que acudían a prestar su ayuda, mientras que los que ya habían tomado posiciones en los muros, facilitaban la entrada a sus camaradas. La [3] ciudad fue tomada a viva fuerza y los bárbaros estuvieron durante mucho tiempo matando sin piedad a todo el que caía en sus manos. Sólo cuando Aníbal dio orden de hacer prisioneros, cesó aquella carnicería y empezó el saqueo de cuantos objetos de valor había en las casas. Aníbal ordenó asimismo saquear [4] los templos y, después de obligar a salir a los suplicantes que se habían refugiado allí, los incendió; y arrasó la ciudad desde sus cimientos doscientos cuarenta años después de su fundación 349 . En cuanto a los prisioneros, a las mujeres y a los niños los distribuyó en el campamento y los puso bajo vigilancia; a los hombres capturados, que eran cerca de tres mil, los condujo al sitio donde antaño su abuelo Amílcar había sido muerto por Gelón y, después de torturarlos, los mató a todos. A continuación [5] disolvió el ejército; envió a sus patrias a las tropas aliadas de Sicilia, a las que siguieron los campanos, los cuales se quejaron a los cartagineses de que, pese a haber sido los principales artífices de los éxitos, no habían recibido una recompensa en consonancia con sus empresas. Luego Aníbal [6] embarcó su ejército en las naves de guerra y de transporte y, después de dejar a los aliados un número suficiente de soldados, dejó la costa de Sicilia. Y cuando arribó a Cartago con el inmenso botín, todo el mundo salió a su encuentro homenajeándolo y honrándolo ya que en poco tiempo había llevado a término empresas más importantes que las realizadas por los generales anteriores.

Éxitos de Hermócrates, exiliado de Siracusa, en la zona bajo control cartaginés

[63 ] Entre tanto el siracusano Hermócrates había regresado a Sicilia. Este hombre, que había tenido el mando durante la guerra contra los atenienses y había prestado muchos servicios a su patria, había alcanzado una extraordinaria influencia entre los siracusanos, pero después, cuando fue enviado como almirante al mando de treinta y cinco trirremes para combatir al lado de los lacedemonios 350 , fue objeto de las maquinaciones de sus adversarios políticos y, al ser condenado al exilio, había entregado la flota destacada en el Peloponeso 351 a los que habían sido enviados [2] para relevarle en el mando 352 . Pero a raíz de aquella expedición militar entabló amistad con Farnabazo, sátrapa de los persas, del que recibió una gran suma de dinero, con la que, cuando arribó a Mesene, construyó cinco trirremes y asoldadó a mil [3] hombres. Tomó también consigo a un millar de himereos después de la caída de su ciudad y trató de volver a Siracusa contando con la ayuda de sus amigos, pero, al fracasar en su intento, partió hacia el interior de la isla y, después de apoderarse de Selinunte, fortificó una parte de la ciudad y envió a buscar de todas partes a los selinuntios que se habían salvado 353 . Acogió [4] en aquella plaza a otras gentes, en gran número, y reunió un ejército de unos seis mil hombres escogidos. Partiendo de aquella base, devastó primero el territorio de los motienos 354 y, en la batalla que se entabló con los que salieron de la ciudad para hacerle frente, mató a muchos hombres y a otros los persiguió hasta la muralla. A continuación saqueó el territorio de los panormitas 355 y se apoderó de un inmenso botín y, cuando los panormitas se situaron en orden de batalla delante de la ciudad, dio muerte a cerca de quinientos y a los otros los obligó a encerrarse en el interior de la ciudad. Devastando de modo semejante [5] todo el restante territorio que estaba bajo el control de los cartagineses, se granjeó el elogio de los siciliotas. Y pronto los más de los siracusanos cambiaron de opinión, considerando el exilio de Hermócrates indigno de su valor. Así, después de muchos [6] debates sobre su persona en la asamblea, era evidente que el pueblo quería llamar a aquel hombre del exilio. Y Hermócrates, al estar al corriente de lo que se decía sobre él en Siracusa, preparaba con cuidado su regreso, sabedor de que sus adversarios políticos maniobrarían en sentido contrario. Tal era entonces la situación en Sicilia.

La flota ateniense en el Helesponto. Esparta recupera Pilos.

[64 ] En Grecia, Trasibulo 356 , enviado por los atenienses con treinta naves, un gran número de hoplitas y cien soldados de caballería, arribó a Éfeso; allí desembarcó a sus hombres en dos puntos e inició el ataque. Los habitantes salieron de la ciudad contra ellos y se trabó una violenta batalla; los efesios en masa participaron en el combate y cayeron cuatrocientos atenienses 357 ; entonces Trasibulo 358 hizo embarcar a los restantes y zarpó rumbo a Lesbos. [2] Los estrategos atenienses que estaban en la zona de Cícico hicieron una expedición naval a Calcedón 359 , reforzaron la fortaleza de Crisópolis 360 , dejaron allí una guarnición suficiente para su defensa y ordenaron a los comandantes de la plaza que cobraran el diezmo a los barcos que salieran del Ponto. A continuación dividieron sus fuerzas; Terámenes. con cincuenta [3] naves, fue dejado en aquella zona para sitiar Calcedón y Bizancio 361 , y Trasibulo fue enviado a Tracia a fin de poner bajo control ateniense las ciudades de aquella región. Por su [4] parte Alcibíades, después de haber llamado a Trasibulo 362 con las treinta naves, hizo rumbo al territorio que estaba bajo el mando de Farnabazo y, con sus fuerzas reunidas, saquearon una gran parte de aquel territorio, y no sólo colmaron de botín a sus soldados, sino que ellos mismos también obtuvieron dinero del saqueo, con el que querían aligerar al pueblo de la presión de los tributos.

Los lacedemonios, al enterarse de que todas las fuerzas atenienses [5] se encontraban en la zona del Helesponto, emprendieron una expedición contra Pilos, ocupada por una guarnición de mesenios; por mar fueron con once naves, de las que cinco procedían de Sicilia y seis estaban equipadas por ciudadanos 363 , mientras que por tierra avanzaron con un ejército adecuado; después tomaron posiciones en torno a la fortaleza y comenzaron a asediarla por tierra y por mar 364 . Tan pronto como lo supo, [6] el pueblo ateniense envió en ayuda de los asediados treinta naves al mando del estratego Ánito, hijo de Antemión 365 . Éste se hizo a la mar, pero, al no poder doblar el cabo Malea debido al temporal, regresó a Atenas, con lo que provocó la cólera del pueblo, que lo acusó de traición y lo llevó a juicio. Al correr grave peligro, Ánito salvó su vida con dinero, y al parecer fue [7] el primer ateniense que corrompió a un tribunal. Los mesenios de Pilos resistieron durante un cierto tiempo, aguardando la ayuda de los atenienses. Pero, dado que los enemigos lanzaban un asalto tras otro, mientras que en sus filas unos morían a consecuencia de las heridas y otros se encontraban en una situación extrema a causa de la falta de víveres, se vieron obligados a pactar y a abandonar la plaza. De este modo, pues, los lacedemonios se convirtieron en señores de Pilos, después de haberla ocupado los atenienses durante quince años 366 , desde el momento en el que Demóstenes la había fortificado.

Los megareos toman Nisea y la recuperan los atenienses. Intenrvención espartana en Quíos.

[65 ] Mientras ocurrían estos hechos, los megareos conquistaron Nisea, que estaba en poder de los atenienses 367 . Entonces los atenienses enviaron contra ellos a Leotrófidas y a Timarco 368 con mil hombres de infantería y cuatrocientos de caballería. Los megareos salieron a su encuentro con todas sus fuerzas armadas, a los que se añadieron algunos hombres procedentes de Sicilia 369 , y se situaron en orden de batalla en las colinas llamadas Cérata 370 . Al combatir los atenienses gallardamente y poner en fuga a los [2] enemigos, que eran mucho más numerosos, cayeron muchos megareos, pero sólo veinte lacedemonios 371 ; ello se debió a que los atenienses, muy molestos por la conquista de Nisea, no persiguieron a los lacedemonios, pero hicieron una degollina de megareos, con quienes estaban irritados.

Entre tanto los lacedemonios eligieron como navarco a Cratesípidas 372 [3] y, equipando veinticinco de sus naves con tropas de los aliados, le ordenaron que acudiera en auxilio de sus aliados. Cratesípidas pasó algún tiempo en aguas de Jonia sin realizar ninguna empresa digna de mención; pero después, cuando recibió dinero de los exiliados de Quíos, los restableció en su ciudad y ocupó la acrópolis de los quiotas 373 . Los quiotas que volvieron [4] del exilio expulsaron a sus adversarios políticos que habían sido responsables de su destierro, cuyo número era de unos seiscientos. Éstos ocuparon un lugar de la costa continental de enfrente llamado Atarneo, una posición dotada de seguras defensas naturales, de la que a partir de entonces se sirvieron como base para hacer la guerra a sus adversarios instalados en Quíos.

Éxitos atenienses en Calcedón y Bizancio

[66 ] Mientras ocurrían estos hechos, Alcibíades y Trasibulo, después de fortificar Lámpsaco, dejaron allí una guarnición suficiente 374 y ellos mismos zarparon con sus fuerzas para encontrarse con Terámenes, que estaba sitiando Calcedón con setenta naves y cinco mil soldados. Una vez reunidos los dos ejércitos en un único sitio, levantaron una empalizada de madera que iba de [2] un mar a otro 375 bloqueando la ciudad. Hipócrates, al que los lacedemonios habían puesto al frente de la ciudad como gobernador (harmosta 376 según la denominación laconia), hizo avanzar contra ellos a sus propios soldados y a todos los calcedonios. Tuvo lugar una violenta batalla, y los hombres de Alcibíades combatieron valerosamente; Hipócrates cayó, y de sus hombres, unos encontraron la muerte y los otros, heridos, corrieron a buscar [3] refugio en la ciudad 377 . A continuación Alcibíades se hizo a la mar rumbo al Helesponto y al Quersoneso con la intención de recoger dinero 378 , mientras que Terámenes con sus hombres concluyó un acuerdo con los calcedonios, según el cual los atenienses recibirían de ellos un tributo igual al de antes. Desde allí condujo sus tropas contra Bizancio, puso sitio a la ciudad y con gran empeño emprendió la construcción de un muro de bloqueo. Alcibíades entre tanto, después de haber reunido el [4] dinero, convenció a muchos tracios para que se unieran a su ejército y también recibió el apoyo de toda la población del Quersoneso; luego emprendió la marcha con todas sus tropas y en primer lugar tomó Selibria 379 , de la que se apoderó gracias a una traición; allí obtuvo mucho dinero y, después de dejar una guarnición en aquella plaza, marchó rápidamente a Bizancio para reunirse con las tropas de Terámenes 380 . Una vez reunidas [5] las tropas, se pusieron a preparar el asedio; tenían que vencer a una ciudad muy poderosa y llena de defensores; aparte de los bizantinos, que ya eran muchos, Clearco, el harmosta lacedemonio, tenía en aquella ciudad un importante contingente de peloponesios y mercenarios 381 . Así pues, pese a los asaltos que [6] durante un cierto tiempo lanzaron los atenienses, los asediados no sufrieron ningún daño digno de consideración. Pero, cuando el gobernador lacedemonio marchó para obtener ayuda económica de Farnabazo, entonces algunos bizantinos, que soportaban mal la severidad de su gobierno, ya que Clearco era un hombre despiadado, pusieron su ciudad en manos de Alcibíades y sus colegas 382 .

Estratagemas en la toma de Bizancio, que acuerda una alianza con Arenas

[67 ] Los estrategos atenienses, para hacer creer al enemigo que renunciaban al asedio y trasladaban sus fuerzas a Jonia, al atardecer zarparon con todas sus naves y alejaron el ejército de tierra durante un tiempo, pero después volvieron atrás y hacia la medianoche se acercaron a la ciudad, y enviaron las trirremes con la orden de apresar los barcos enemigos y provocar una gran algarabía, a fin de dar la impresión de que todas las fuerzas atenienses se encontraban allí reunidas 383 . Y con las tropas de tierra tomaron posiciones cerca de los muros aguardando la señal convenida de los que querían poner la ciudad en sus manos. [2] Las tripulaciones de las trirremes ejecutaron las órdenes recibidas; a una parte de los barcos enemigos los embistieron con los espolones y a otros trataron de arrastrarlos con las manos de hierro, y todo ello lo hicieron con un griterío extraordinario. Entonces los peloponesios que estaban en la ciudad y todos los que ignoraban el engaño salieron hacia los puertos [3] para prestar su ayuda. Y al ocurrir esto, los que traidoramente entregaban la ciudad izaron la señal en lo alto de la muralla y recibieron a los hombres de Alcibíades, que entraron valiéndose de escalas y con toda seguridad, ya que todo el pueblo había marchado a la carrera hacia el puerto. Tan pronto como se [4] enteraron de lo ocurrido, los peloponesios dejaron a la mitad de sus hombres en el puerto y con los restantes acudieron a toda prisa a defender los muros ya ocupados por el enemigo; y aunque casi todas las fuerzas atenienses ya habían conseguido [5] penetrar en la ciudad, no por eso fueron presa del pánico, sino que, resistiendo valerosamente durante mucho tiempo, mantuvieron a raya a los atenienses con la ayuda de los bizantinos. Y finalmente los atenienses no se habrían apoderado de la ciudad gracias a su empeño en el combate, si Alcibíades, reflexionando sobre la situación, no hubiera proclamado que no se causaría ningún daño a los bizantinos 384 ; de este modo, pues, los ciudadanos cambiaron de opinión y dirigieron sus armas contra los peloponesios. La consecuencia [6] fue que la mayor parte de éstos encontró la muerte después de haber combatido valerosamente; y los supervivientes, cerca de quinientos, se refugiaron en los altares de los templos. Los [7] atenienses devolvieron la ciudad a los bizantinos una vez que hubieron sellado una alianza con ellos, y aceptaron la rendición de los suplicantes refugiados en los altares a condición de desarmarlos y conducirlos a Atenas para someterlos a la decisión del pueblo 385 .

408-407 a. C. Atenas recibe a sus estrategos victoriosos. Elogio de Alcibíades.

[68 ] Transcurrido aquel año, los atenienses confiaron el arcontado a Euctemón 386 , los romanos eligieron cónsules a Marco Papirio y a Espurio Naucio 387 y se celebró la Olimpíada nonagesimotercera, en la que Éubato de Cirene 388 obtuvo la victoria en la carrera del estadio. En este período, los estrategos de los atenienses, después de haberse hecho con el control de Bizancio, penetraron en el Helesponto y conquistaron todas sus ciudades a excepción de [2] Abido 389 . A continuación, dejaron allí como superintendentes a Diodoro y a Mantiteo 390 al mando de un número de fuerzas suficiente, y ellos mismos con las naves cargadas de botín se hicieron a la mar rumbo a Atenas, después de haber llevado a cabo muchas y grandes empresas en beneficio de su patria. Cuando ya estuvieron a la vista, todo el pueblo salió a recibirlos, rebosante de alegría por los éxitos obtenidos, y al Pireo acudió un gran número de extranjeros y asimismo de mujeres y niños. La entrada [3] en el puerto de los estrategos provocó una enorme admiración; llevaban no menos de doscientas naves apresadas, un gran número de prisioneros de guerra y abundante botín; y sus propias trirremes estaban adornadas con armas doradas, con coronas, despojos de guerra y todo tipo de objetos. Pero los más acudían a los muelles para ver a Alcibíades, de modo que la ciudad quedó completamente desierta, ya que los esclavos compitieron en el empeño con los ciudadanos libres. En aquel tiempo, en efecto, [4] era admirado hasta tal punto que los atenienses poderosos pensaban que habían encontrado al hombre fuerte capaz de oponerse al pueblo abierta y decididamente, mientras que los pobres creían que tenían en él al mejor líder para agitar la ciudad con audacias inusitadas y remediar su situación de miseria. Superaba [5] ciertamente en gran manera a los otros por su coraje; era un orador muy elocuente, el mejor como estratega e insuperable en sus actos de audacia; de aspecto era extraordinariamente bello, y poseía un espíritu brillante y muy emprendedor. En suma, casi [6] todos tenían una opinión tan entusiasta respecto a su persona que creían que con su regreso volvería asimismo a la ciudad la buena fortuna en las empresas. Además, así como los lacedemonios habían obtenido la primacía cuando él combatía a su lado, del mismo modo esperaban que a su vez enderezarían su suerte al tener a su lado a un hombre como aquél 391 .

Atenas admira y rehabilita a Alcibíades. Expediciones a Andros, Cos y Rodas.

[69 ] Así pues, cuando la flota atracó, la multitud se dirigió hacia la nave de Alcibíades y, tan pronto como éste bajó a tierra, todos le dieron la bienvenida, congratulándose a la vez por sus éxitos y por su regreso del exilio 392 . Él, después de haber saludado afectuosamente a las masas, convocó la asamblea, donde pronunció un largo discurso en defensa de su conducta 393 , y fue tanta la simpatía que inspiró en la muchedumbre que todos estuvieron de acuerdo en considerar culpable a la ciudad por los decretos [2] votados contra él. En consecuencia le restituyeron las propiedades que le habían confiscado y después arrojaron al mar las estelas en las que estaban inscritas la sentencia condenatoria y las otras decisiones tomadas contra él; votaron asimismo que los Eumólpidas revocaran la maldición que habían pronunciado contra él en el tiempo en que se creía que había profanado los [3] Misterios 394 . Finalmente lo nombraron estratego con plenos poderes por tierra y por mar, pusieron en sus manos todas las fuerzas armadas y eligieron a los otros estrategos que él quiso, es decir, a Adimanto y a Trasibulo 395 .

Alcibíades, después de equipar cien naves 396 , se hizo a la mar [4] rumbo a Andros, donde ocupó el fuerte de Gaurio 397 y lo reforzó con un muro; y cuando los andrios, juntamente con los peloponesios que vigilaban la ciudad, salieron en masa, tuvo lugar una batalla en la que vencieron los atenienses; muchos de los que salieron de la ciudad encontraron la muerte, y los que se salvaron se dispersaron por el territorio o se refugiaron detrás de las murallas 398 . Alcibíades, después de haber lanzado algunos asaltos [5] contra la ciudad, dejó una guarnición adecuada en el fuerte ocupado y designó a Trasibulo como comandante; y él mismo con sus tropas se hizo a la mar y devastó Cos y Rodas, donde reunió abundante botín para el mantenimiento de sus soldados 399 .

Esparta da el mando a Lisandro, que reúne una flota en Éfeso. Ayudas de Persia y de las ciudades jonias.

[70 ] Aunque los lacedemonios habían perdido completamente sus fuerzas navales y con ellas a su comandante Míndaro, no por ello desesperaron, sino que eligieron como navarco a Lisandro, un hombre que parecía superar a los otros por sus dotes de mando y que poseía una audacia capaz de afrontar cualquier circunstancia. Éste, una vez que hubo tomado el mando, reclutó en el Peloponeso un número importante de soldados y equipó asimismo [2] el mayor número de naves que le fue posible. Se hizo luego a la mar rumbo a Rodas, donde tomó consigo todas las naves que tenían las ciudades de la isla, y desde allí hizo rumbo a Éfeso y Mileto. También se procuró trirremes en estas ciudades y envió a buscar las de Quíos, con lo que armó en Éfeso una [3] flota de cerca de setenta naves 400 . Habiéndose enterado de que Ciro 401 , el hijo del rey Darío, había sido enviado por su padre para ayudar a los lacedemonios en la guerra, marchó a Sardes para entrevistarse con él y, despertando en el joven el interés por la guerra contra los atenienses, recibió inmediatamente diez mil daricos para la soldada de sus hombres 402 , y para el futuro Ciro le invitó a efectuar sus peticiones sin ninguna reserva, ya que había recibido instrucciones de su padre de financiar cualquier [4] plan que propusieran los lacedemonios 403 . Después de regresar a Éfeso, Lisandro envió a buscar a los hombres más influyentes de las ciudades, con los que trató sobre la organización de sus facciones 404 , prometiéndoles que, una vez enderezada la situación, pondría en sus manos el gobierno de las respectivas ciudades. Ésta fue la razón por la que estos hombres, rivalizando entre ellos, prestaron más ayuda de la que se les pedía, y en un espacio de tiempo extraordinariamente breve procuraron a Lisandro todo lo que era necesario para la guerra.


5. Jonia y Caria.

Alcibíades frente a Lisandro. Indisciplina de Antíoco. Derrota ateniense en Notio.

Alcibíades, informado de que Lisandro [71 ] estaba preparando su flota en Éfeso, se hizo a la mar con todas sus naves rumbo a aquella ciudad. Se acercó a los puertos, pero, al no salir nadie a su encuentro, fondeó la mayor parte de las naves cerca de Notio 405 , confiando el mando a Antíoco, el piloto de la nave almirante, con la orden de no presentar batalla en su ausencia; luego, con los transportes de tropas, navegó a toda prisa hacia Clazómenas; esta ciudad, que era aliada de los atenienses, estaba sufriendo entonces las correrías efectuadas por algunos exiliados 406 . Pero Antíoco, que por naturaleza era impulsivo y que [2] ansiaba realizar por su cuenta alguna acción brillante, descuidó las órdenes de Alcibíades; armó las diez naves mejores, ordenó a los trierarcos que tuvieran dispuestas las restantes para una posible batalla e hizo rumbo contra el enemigo desafiándolo a [3] presentar batalla 407 . Lisandro, informado por unos desertores de la partida de Alcibíades con sus mejores soldados, pensó que se le presentaba la ocasión de realizar una empresa digna de Esparta. Salió por tanto al encuentro del enemigo con todas sus naves, hundió a la más avanzada de las diez naves adversarias, en la que el mismo Antíoco se había situado para el ataque, y puso en fuga a las demás, persiguiéndolas hasta que las otras naves que habían equipado los trierarcos atenienses acudieron a [4] prestar su ayuda sin ningún orden. La batalla naval que siguió tuvo lugar con todas las naves agrupadas a escasa distancia de la costa; los atenienses, debido al desorden, llevaron la peor parte y perdieron veintidós naves; de sus tripulaciones sólo unos pocos fueron capturados, y los otros alcanzaron a nado la orilla 408 . Alcibíades, tan pronto como se enteró de lo sucedido, regresó rápidamente a Notio y, equipando todas las trirremes, hizo rumbo contra los puertos donde fondeaba el enemigo, pero, en vista de que Lisandro no se atrevía a salir a su encuentro, emprendió la travesía hacia Samos.

Trasibulo en Tasos y Abdera. Agis ataca Atenas y su caballería sufre una derrota.

Mientras tenían lugar estos hechos, [72 ] Trasibulo, el estratego de los atenienses, con quince naves navegó contra Tasos, venció en una batalla a los hombres que habían salido de la ciudad y mató a cerca de doscientos. Después de haber sometido la ciudad a un asedio, la obligó a restaurar a los exiliados, partidarios de la causa de los atenienses, a aceptar una guarnición y a ser aliada de los atenienses 409 . A continuación hizo rumbo a Abdera y atrajo [2] a la causa ateniense una de las ciudades que en aquel tiempo se contaba entre las más poderosas de Tracia 410 .

Éstas fueron pues las acciones de los estrategos atenienses después de su partida de Atenas. Entre tanto Agis, el rey de los [3] lacedemonios, que entonces se encontraba con su ejército en Decelia 411 , al enterarse de que las mejores fuerzas atenienses se encontraban en una expedición a las órdenes de Alcibíades, aprovechando una noche sin luna, condujo sus tropas contra Atenas. Disponía de veintiocho mil hombres, la mitad de los cuales eran hoplitas escogidos y la otra mitad infantería ligera; también estaban a sus órdenes cerca de mil doscientos soldados de caballería, de los cuales novecientos habían sido puestos a su disposición por los beocios, mientras que el resto había sido enviado [4] por los peloponesios 412 . Cuando estuvo junto a la ciudad, consiguió acercarse a los centinelas de los puestos de guardia sin ser descubierto y fácilmente los puso en fuga debido a la sorpresa del ataque; dio muerte a unos cuantos y a los otros los [5] persiguió hasta que se refugiaron detrás de las murallas. Viendo lo ocurrido, los atenienses ordenaron a todos los hombres de mayor edad y a los jóvenes más maduros que se presentaran con sus armas. Inmediatamente se dio cumplimiento a la orden y todo el recinto amurallado se llenó de gente que acudía corriendo [6] para hacer frente al peligro común. Pero cuando los estrategos atenienses pudieron contemplar a la luz del día el ejército enemigo desplegado en orden de batalla, con un frente que tenía cuatro líneas de profundidad y que se extendía a lo largo de ocho estadios 413 , al principio se alarmaron, al ver que casi [7] dos tercios de la muralla estaban cercados por el enemigo; pero a continuación hicieron salir a la caballería, que era numéricamente igual a la adversaria; y cuando los dos cuerpos de caballería trabaron combate enfrente de la ciudad, tuvo lugar una violenta batalla que se prolongó durante algún tiempo. El frente de las tropas de infantería distaba unos cinco estadios del recinto amurallado, pero las fuerzas de caballería trabaron combate [8] al pie de las mismas murallas. Los beocios, que anteriormente habían vencido ellos solos a los atenienses en Delio 414 , pensaban que era indigno mostrarse inferiores a hombres a quienes ya habían derrotado; por su parte los atenienses, al tener como espectadores de su valor a los que se encontraban sobre los muros, que los conocían personalmente, estaban dispuestos a afrontar cualquier peligro para obtener la victoria. Finalmente [9] lograron rechazar a sus adversarios, matando a un gran número de ellos y persiguiendo a los demás hasta las líneas de la infantería; a continuación, al avanzar contra ellos las tropas de infantería, se retiraron a la ciudad.

Agis se retira al Peloponeso. Alcibíades ataca Cime. Acusaciones contra Alcibíades en la Asamblea ateniense.

Entonces Agis no juzgó oportuno emprender [73 ] un asedio, pero acampó en la Academia 415 ; sin embargo, el día siguiente, cuando los atenienses levantaron un trofeo, alineó su ejército en orden de batalla y desafió a las tropas atenienses encerradas en la ciudad a entablar combate por el trofeo. Los atenienses [2] hicieron salir a sus soldados y los situaron a lo largo de la muralla; los lacedemonios primero avanzaron para entablar batalla, pero, cuando cayó sobre ellos una lluvia de flechas disparadas desde los muros, apartaron sus tropas de la ciudad. A continuación, después de devastar el resto del Ática, se retiraron hacia el Peloponeso.

Alcibíades zarpó de Samos con todas sus naves rumbo a [3] Cime, donde lanzó falsas acusaciones contra los cimeos, dado que quería saquear su territorio valiéndose de un pretexto 416 . Primero capturó un gran número de prisioneros y los hizo marchar hacia las naves. Pero los habitantes de la ciudad salieron en [4] masa en ayuda de los suyos y se precipitaron inesperadamente contra el enemigo; las tropas de Alcibíades resistieron durante un tiempo, pero después, al llegar un gran número de refuerzos de la ciudad y del territorio, se vieron obligados a abandonar a [5] los prisioneros y a refugiarse en las naves. Alcibíades, afligido por el fracaso, envió a buscar a los hoplitas de Mitilene y, después de situar a sus tropas delante de la ciudad, retó a los cimeos a presentar batalla; pero, al no salir nadie a su encuentro, [6] devastó el territorio y se hizo a la mar rumbo a Mitilene. Los cimeos enviaron una embajada a Atenas y denunciaron a Alcibíades por haber saqueado una ciudad aliada que no era culpable de nada. Se presentaron otros muchos cargos contra él; algunos soldados de las tropas de Samos que no simpatizaban con Alcibíades navegaron hasta Atenas y lo acusaron en la Asamblea de favorecer la causa de los lacedemonios y mantener relaciones de amistad con Farnabazo, con ayuda del cual esperaba que, una vez acabada la guerra, sometería a sus conciudadanos a una tiranía 417 .

Alcibíades, caído en desgracia y desposeído del mando, se condena al exilio

[74 ] La multitud pronto dio crédito a las imputaciones; la fama de Alcibíades estaba tocada por la derrota en la batalla naval 418 y por los errores cometidos en Cime, y el pueblo ateniense, que miraba con recelo la audacia de aquel hombre, eligió diez estrategos: Conón, Lisias, Diomedonte, Pericles y, además, Erasínides, Aristócrates, Arquéstrato, Protómaco, Trasibulo y Aristógenes 419 . Entre éstos otorgó la primacía a Conón 420 , al que envió inmediatamente para relevar a Alcibíades al mando de la flota 421 . Alcibíades, una vez que hubo cedido el mando a Conón y [2] le hubo entregado sus tropas, renunció a regresar a Atenas y con una sola trirreme se retiró a Pactia, en Tracia, porque, aparte de la cólera de las masas, temía los procesos que se habían incoado contra él. Ya eran muchos ciertamente los que, al [3] ver que había caído en desgracia, habían promovido numerosas acusaciones contra él, la más importante de las cuales era la querella relativa a los caballos, en la que estaba en juego una suma de ocho talentos. Diomedes, en efecto, un amigo suyo, le había enviado con una cuadriga a Olimpia; y Alcibíades, en el momento de la inscripción usual, había registrado los caballos a su nombre; y después, cuando obtuvo el primer puesto con la cuadriga, se había atribuido la gloria de la victoria y no había devuelto los caballos a quien se los había confiado 422 . Reflexionando [4] pues sobre todo eso, tuvo miedo de que los atenienses aprovecharan la ocasión para hacerle pagar todos los errores que había cometido en perjuicio suyo; y por ello se condenó a sí mismo al exilio 423 .

Muerte de Plistoanacte. Sinecismo de Rodas. Muerte de Hermócrates tras fracasar en su intento de regresar a Sicilia.

[75 ] En aquella Olimpíada se introdujo la carrera de bigas 424 ; y entre los lacedemonios murió el rey Plistoanacte, después de haber reinado cincuenta años; le sucedió en el trono Pausanias, que reinó catorce años 425 . Los habitantes de la isla de Rodas transfirieron sus sedes de Yaliso, Lindo y Camiro a una única ciudad, la que actualmente se llama Rodas 426 .

El siracusano Hermócrates 427 , con los hombres que participaban [2] en la expedición, partió de Selinunte y, al llegar a Hímera, acampó en las afueras de la ciudad, que estaba en ruinas. Se informó sobre el lugar en el que los siracusanos se habían situado en orden de batalla, recogió los huesos de los caídos y, después de preparar unos carros espléndidamente adornados, los cargó en ellos y los transportó a Siracusa. Él se quedó en los [3] límites del territorio siracusano debido a que las leyes impedían a los exiliados traspasarlos; pero envió a algunos de sus hombres, que condujeron los carros a Siracusa. Hermócrates actuó [4] así a fin de que Diocles, que maniobraba en contra de su regreso, apareciera ante la opinión pública como culpable de haber dejado sin sepultura a los caídos y chocara por ello con las masas, y él, en cambio, comportándose humanamente con los muertos, llevara al pueblo a su anterior simpatía hacia su persona. Cuando llegaron los huesos, estalló un movimiento popular, ya [5] que Diocles prohibía los funerales, mientras que la mayoría de los ciudadanos era partidaria de que se celebraran. Finalmente los siracusanos dieron sepultura a los restos de los caídos y participaron en masa en las honras fúnebres. Diocles fue condenado al exilio, pero ni aun así readmitieron a Hermócrates, ya que recelaban de su audacia, no fuera que, al verse con el poder en sus manos, se proclamara tirano. Así pues, Hermócrates, dándose [6] cuenta de que no era el momento oportuno para intentar un golpe de fuerza, se retiró de nuevo a Selinunte. Algún tiempo después, al llamarle sus amigos, se puso en marcha con tres mil soldados y, después de atravesar el territorio de Gela, llegó de noche al lugar convenido. Al no poder aún acompañarle todos [7] sus soldados, Hermócrates avanzó con unos pocos hombres hasta la puerta de Acradina 428 y, después de haber encontrado a algunos de sus amigos que habían ocupado previamente aquel lugar, se reunió allí con los soldados que se habían retrasado. [8] Pero los siracusanos, al enterarse de lo que ocurría, se presentaron con sus armas en el ágora; compareció allí una gran multitud y dieron muerte a Hermócrates y a la mayor parte de sus cómplices. A los que no cayeron en el combate los llevaron ante [9] un tribunal y los condenaron al exilio. Y a algunos hombres que quedaron mal heridos se los llevaron sus parientes como muertos, a fin de que no se vieran expuestos a la cólera de la multitud, y entre éstos se encontraba Dionisio, el que después sería tirano de Siracusa 429 .

407-406 a. C. Conón toma el mando de la flota ateniense y Calicrátidas de la espartana. Ataques de Calicrátidas a Delfinio, Teos, Metimna y Mitilene.

[76 ] Una vez que llegaron a su fin los hechos de aquel año, Antígenes 430 se hizo cargo del arcontado en Atenas, y los romanos eligieron cónsules a Gayo Manio Emilio y a Gayo Valerio 431 . En este período, Conón, el estratego ateniense, después de haber tomado el mando de las fuerzas estacionadas en Samos 432 , puso en buen estado las naves que se encontraban allí y reunió en aquella base las de los aliados, afanándose por preparar una flota capaz de enfrentarse en condiciones de igualdad a las naves enemigas. Entre tanto [2] los espartanos, habiendo transcurrido el período del mando naval asignado a Lisandro, enviaron a Calicrátidas para proceder al relevo 433 . Éste era un hombre muy joven, sin malicia y de espíritu simple, falto de experiencia en las costumbres extranjeras y el más justo de los espartiatas. Se reconoce de modo unánime que durante su mandato no cometió ninguna injusticia ni respecto a la ciudad ni a ningún ciudadano privado, sino que, cuando algunos trataban de corromperlo con dinero, reaccionaba con energía y los castigaba severamente 434 . Calicrátidas arribó [3] a Éfeso y tomó el mando de la flota; y al haber ya enviado a buscar las naves de los aliados 435 , juntamente con las recibidas de Lisandro tomó el mando de un total de ciento cuarenta unidades 436 . Dado que los atenienses ocupaban Delfinio, en el territorio de los quiotas, se hizo a la mar contra ellos con toda su [4] flota y emprendió el asedio de la plaza. Los atenienses, que eran unos quinientos, se espantaron ante la magnitud de las fuerzas enemigas y abandonaron la plaza atravesando las líneas contrarias en virtud de un acuerdo. Calicrátidas ocupó la fortaleza y la destruyó, después de lo cual hizo rumbo a Teos, irrumpió de noche en el interior de las murallas y saqueó la ciudad 437 . [5] A continuación hizo vela rumbo a Lesbos y lanzó sus tropas contra Metimna, donde había una guarnición ateniense. Sus continuos asaltos no dieron ningún resultado al principio, pero algún tiempo después, gracias a la traición de algunos ciudadanos que le entregaron la ciudad, irrumpió en el recinto amurallado y saqueó los bienes de sus habitantes, pero respetó sus vidas y restituyó [6] la ciudad a los metimneos 438 . Después de estos hechos, se puso en movimiento contra Mitilene 439 ; confió el mando de los hoplitas al lacedemonio Tórax con la orden de avanzar a marchas forzadas, y él mismo al frente de su flota navegó a lo largo de la costa siguiendo la misma dirección.

Estratagema de Conón

Conón, el estratego ateniense, tenía [77 ] una flota de setenta naves perfectamente dispuestas para la batalla, con un grado de preparación que ninguno de los estrategos anteriores había conseguido. Y ocurrió que se hizo a la mar con todas ellas para acudir en ayuda de Metimna; pero, al encontrar que había sido tomada, fue a pasar [2] la noche en una isla del archipiélago de las Cien Islas 440 . Al despuntar el día, dándose cuenta de que las naves enemigas hacían rumbo contra él, juzgó que sería peligroso entablar batalla en aquel sitio contra un número doble de trirremes 441 , por lo que decidió huir del enemigo saliendo de aquellas aguas y, después de atraer en su persecución a algunas de las trirremes adversarias, presentar batalla junto a Mitilene; pensaba que de este modo, en caso de victoria, pasaría a ser perseguidor, mientras [3] que, si era derrotado, podría refugiarse en el puerto. Haciendo pues embarcar a sus soldados, se puso a navegar remando a ritmo lento, para que las naves peloponesias pudieran acortar distancias. Los lacedemonios, por su parte, a medida que se acercaban, aceleraban cada vez más la velocidad de sus naves con [4] la esperanza de alcanzar la retaguardia enemiga. Mientras Conón se retiraba, los comandantes peloponesios que tenían las mejores naves lo perseguían a toda prisa, con lo que por una parte agotaron a sus remeros, debido a la incesante boga, y por otra acabaron encontrándose a una gran distancia del resto de la flota. Conón, al darse cuenta de ello, cuando ya estaba cerca de Mitilene, izó en su nave el estandarte purpúreo, que era la señal [5] convenida con los capitanes de las trirremes 442 . Al ver esta señal, las naves, que ya estaban siendo alcanzadas por el enemigo, súbitamente dieron la vuelta todas a la vez, mientras las tripulaciones cantaban el peán y los trompeteros tocaban la señal de ataque. Los peloponesios, aterrados por lo que estaba ocurriendo, rápidamente trataron de alinear sus naves en orden de batalla para repeler el ataque, pero, al no tener tiempo de cambiar de posición, se encontraron en una situación de gran confusión, dado que las naves que llegaban retrasadas habían abandonado su formación habitual.

Calicrátidas bloquea a Conón en el puerto de Mitilene

[78 ] Conón, aprovechando hábilmente la circunstancia favorable, se puso a acosar inmediatamente a las naves enemigas, e impidió que se situaran en orden de batalla, causando daños importantes en algunos barcos y destrozando los remos en otros. De las naves que se habían enfrentado a Conón, ninguna se dio a la fuga, sino que, ciando, trataban de resistir, en espera de las naves rezagadas; pero los atenienses que ocupaban el ala izquierda, poniendo en [2] fuga a los enemigos situados enfrente, los acosaron con gran empeño y los persiguieron durante mucho tiempo. Y cuando los peloponesios ya tuvieron reagrupadas todas sus naves, Conón, temiendo la superioridad numérica del enemigo, renunció a la persecución y con cuarenta naves se retiró al puerto de Mitilene 443 , [3] mientras que los atenienses que insistían en la persecución se encontraron rodeados por el grueso de la flota de los peloponesios y fueron presa del pánico; y al serles cortado el camino de la retirada hacia la ciudad, se vieron forzados a huir hacia la costa. Dado que los peloponesios les presionaban con todas sus naves, los atenienses, dándose cuenta de que no existía otra posibilidad de salvación, se refugiaron en tierra y, abandonando los barcos, se pusieron a salvo en Mitilene.

Calicrátidas capturó treinta naves, con lo que consideró acabado [4] el poder naval enemigo; esperaba que sólo le quedaban los combates por tierra. Por eso puso proa a la ciudad. Conón por su parte, temiendo que al desembarco le seguiría el asedio, se puso a preparar obstáculos en la entrada del puerto; en los bajíos del puerto hizo hundir pequeñas embarcaciones cargadas de piedras, y en las aguas más profundas ancló cargueros llenos de piedras para lanzar. Así pues, los atenienses y una gran multitud [5] de mitileneos, que a causa de la guerra se habían trasladado de los campos a la ciudad, se prepararon rápidamente para afrontar el asedio. Por su parte Calicrátidas, una vez que hubo desembarcado a sus soldados en la costa cercana a la ciudad, instaló el campamento y levantó un trofeo por la batalla naval. Al día siguiente, después de haber elegido las naves más fuertes y de haber ordenado que no se separaran de su propia nave, se hizo a la mar con la intención de dirigirse al puerto y romper [6] la barrera enemiga. Conón hizo embarcar a parte de sus hombres en las trirremes, que situó con las proas dirigidas hacia el paso que quedaba abierto, dispuso a otros en los barcos grandes 444 , y a algunos los envió a los rompeolas del puerto, para [7] asegurar la defensa por todas partes, por tierra y por mar. Luego el mismo Conón al frente de sus trirremes presentó batalla, llenando con sus barcos el espacio intermedio entre las barreras; los soldados apostados en los barcos grandes se pusieron a lanzar piedras desde las vergas contra los navíos enemigos; y los hombres que se encontraban situados en los rompeolas del puerto obstaculizaban a los enemigos que se aventuraban a desembarcar en aquella zona 445 .

Batalla encarnizada frente al puerto de Mitilene. Embajada siracusana a Cartago. Fundación púnica de Terma.

[79 ] En cuanto a pundonor, los peloponesios no fueron en absoluto inferiores a los atenienses. Se lanzaron al ataque, en efecto, con sus naves en formación compacta y con sus mejores hombres dispuestos en las cubiertas, de modo que de la batalla naval hicieron una auténtica batalla de tierra. Abordando decididamente a las naves que tenían enfrente, saltaban a sus proas con audacia, convencidos de que quienes poco antes habían sido derrotados no resistirían la violencia de un nuevo encuentro. Pero los atenienses y los mitileneos, viendo que su [2] única posibilidad de salvación dependía de la victoria, estaban resueltos a morir heroicamente antes que abandonar el puesto que se les había asignado. Así, apoderándose de los dos bandos un insuperable pundonor, se produjo una gran matanza, al exponer todos sus vidas sin preocuparse del peligro. Los hombres [3] que estaban en cubierta eran alcanzados por la multitud de proyectiles que les caían encima; algunos, heridos gravemente, caían al mar, y otros, sin sentir sus heridas aún calientes, seguían combatiendo; muchísimos caían golpeados por las piedras de las vergas, ya que los atenienses podían lanzar piedras enormes desde posiciones elevadas. No obstante, cuando la batalla duraba [4] ya mucho tiempo y eran muchos los muertos en ambos lados, Calicrátidas ordenó que la trompeta tocara a retirada, queriendo dar un poco de descanso a sus soldados. Poco tiempo [5] después dispuso de nuevo a sus hombres en las naves y reemprendió un largo combate, y con gran esfuerzo, gracias al mayor número de sus naves y a la fortaleza de sus tripulaciones, logró rechazar a los atenienses; y al refugiarse éstos en el puerto interior de la ciudad, atravesó las barreras y fondeó junto a la ciudad de los mitileneos. La bocana por cuya posesión se había [6] combatido da acceso a un buen puerto, que, sin embargo, es exterior a la ciudad. La ciudad antigua, en efecto, es una pequeña isla, mientras que la parte añadida posteriormente se levantó enfrente, en la isla de Lesbos; y en medio de las dos hay un estrecho canal, que da mayor seguridad a la ciudad 446 . Entonces [7] Calicrátidas, después de desembarcar sus tropas, asedió la ciudad y se puso a lanzar asaltos contra ella desde todas las direcciones. Así estaba pues la situación en Mitilene.

[8] En Sicilia 447 , los siracusanos enviaron embajadores a Cartago no sólo para presentar sus quejas por la guerra, sino también para pedir que en el futuro cesaran las diferencias. Los cartagineses les dieron respuestas ambiguas, y se pusieron a preparar un importante ejército en Libia, puesto que deseaban someter a todas las ciudades de la isla. Pero antes de trasladar sus tropas a Sicilia, eligieron un grupo de voluntarios entre sus conciudadanos y otros habitantes de Libia y fundaron en Sicilia, en la zona de las fuentes calientes, una ciudad, a la que dieron el nombre de Terma 448 .

406-405 a. C. Cartago prepara una nueva expedición a Sicilia

[80 ] Cuando los acontecimientos de aquel año llegaron a su fin, Calias 449 se hizo cargo del arcontado en Atenas, y en Roma los cónsules elegidos fueron Lucio Furio y Gneo Pompeyo 450 . En este período los cartagineses, exaltados por sus éxitos en Sicilia y empeñados en apoderarse de toda la isla, decidieron preparar un gran ejército; y eligieron como comandante en jefe de la expedición a Aníbal, el que había arrasado la ciudad de los selinuntios y la de los himereos, y le otorgaron plenos poderes para la dirección de la guerra. Y dado que él rehusaba debido a su edad avanzada, [2] nombraron como agregado a otro comandante, Himilcón, hijo de Hanón, que era de su misma familia 451 . Una vez que los dos hubieron deliberado y se hubieron puesto de acuerdo, enviaron a algunos ciudadanos que gozaban de gran consideración entre los cartagineses con importantes sumas de dinero, unos a Iberia y otros a las Islas Baliárides 452 , con la orden de reclutar al mayor número posible de mercenarios. Ellos mismos [3] recorrieron Libia, alistando a libios y fenicios y a sus mejores conciudadanos. También enviaron a buscar soldados de los pueblos y reyes que eran aliados suyos, los maurusios, los nómadas y otras gentes que habitan en las regiones que se extienden hasta Cirene 453 . Asimismo reclutaron en Italia mercenarios [4] campanos 454 y los trasladaron a Libia; sabían, en efecto, que su ayuda les sería de gran utilidad, mientras que los campanos dejados en Sicilia, al haber chocado con los cartagineses 455 , se alinearían al lado de los siciliotas. Finalmente, una vez que estos [5] contingentes estuvieron reunidos en Cartago, la suma total de tropas a su disposición, incluidas las fuerzas de caballería, ascendió, según Timeo, a un poco más de ciento veinte mil hombres, o a trescientos mil según Éforo.

Así pues, los cartagineses prepararon todo lo necesario para su travesía a Sicilia y no sólo pusieron a punto todas sus trirremes, sino que también reunieron más de mil barcos mercantes. [6] Antes de la partida de la expedición, enviaron a Sicilia una flota de cuarenta trirremes, pero aparecieron rápidamente los siracusanos en aguas de Érix 456 con una flota que tenía aproximadamente el mismo número de naves. Tuvo lugar una batalla naval que se prolongó mucho tiempo, y en ella quince naves fenicias fueron destruidas, mientras que las otras, al caer la noche, [7] huyeron rumbo a alta mar. Cuando llegó a los cartagineses la noticia de la derrota, el general Aníbal zarpó con cincuenta naves, con la intención de impedir que los siracusanos no explotaran su ventaja y de preparar el terreno para un desembarco seguro de sus propias fuerzas.

Preparativos siciliotas ante la amenaza cartaginesa. La prosperidad de Acragante.

[81 ] Cuando se difundió en la isla la noticia de los refuerzos de Aníbal, todos esperaban la travesía de las fuerzas invasoras de un momento a otro. Las ciudades, al enterarse de la magnitud de los preparativos y colegir que iban a jugarse el todo por el todo, [2] sentían una angustia inmensa. Los siracusanos enviaron peticiones de alianza a los griegos de Italia y a los lacedemonios, y también despacharon embajadores a las ciudades de Sicilia con la misión de exhortar a las masas a afrontar el peligro en defensa [3] de la libertad común. Por su parte los acragantinos, cuyo territorio confinaba con el imperio de los cartagineses 457 , se daban cuenta, y estaban en lo cierto, de que el peso de la guerra recaería primero sobre ellos, por lo que les pareció oportuno trasladar del campo al interior de las murallas no sólo el grano y los otros productos agrícolas, sino también todos sus bienes. En aquel tiempo [4] tanto la ciudad como el territorio de los acragantinos gozaban de una gran prosperidad; y me parece que no será inadecuado decir unas palabras sobre ella. Sus viñedos se distinguían por sus dimensiones y por su belleza, y la mayor parte de sus tierras estaban cubiertas de olivos, de los que obtenían abundante fruto que vendían a Cartago; al no tener todavía Libia en aquel tiempo [5] estas plantaciones 458 , los habitantes del territorio acragantino, recibiendo grandes sumas de Libia a cambio de sus exportaciones, acumularon fortunas incalculables. De esta riqueza quedan aún muchos testimonios, sobre los cuales no resulta inapropiado efectuar una breve exposición.

Esplendor de Acragante. El templo de Zeus. Testimonios del lujo acragantino.

La construcción de los edificios sagrados, [82 ] y sobre todo el templo de Zeus, evidencian la magnificencia de los hombres de aquel tiempo. De los otros edificios sagrados, unos fueron destruidos por incendios y otros fueron completamente demolidos en el curso de las numerosas conquistas sufridas por la ciudad 459 , pero el templo de Zeus Olímpico estaba dispuesto para recibir su cubierta y la guerra impidió su terminación; a partir de entonces, al ser arrasada la ciudad, los acragantinos jamás recuperaron una prosperidad que les permitiera llevar a término la construcción de los edificios.

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