Kitabı oxu: «Historia romana. Libros L-LX»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 395

Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por JUAN MANUEL GUZMÁN HERMIDA .
© EDITORIAL GREDOS, S. A., 2011.
López de Hoyos, 141, 28002-Madrid.
www.editorialgredos.com
Primera edición: junio de 2011
REF.: GEBO465
ISBN 9788424937621
LIBRO L
Estos son los acontecimientos que figuran en el libro cincuenta de la Historia romana de Dion:
1.De cómo César y Antonio comenzaron a hacerse la guerra.
2.De cómo César venció a Antonio en Accio.
La duración es de dos años en los que fueron cónsules las personas que a continuación se enumeran:
Año 32 a. C.: Gneo Domicio Ahenobarbo, hijo de Lucio, nieto de Gneo, y Cayo Sosio, hijo de Cayo, nieto de Tito.
Año 31 a. C.: César, cónsul por tercera vez, y Marco Valerio Mesala Corvino, hijo de Marco.
El pueblo romano fue privado de su democracia 1 sin que por eso llegara a una monarquía en sentido estricto. Antonio y César 2 todavía gobernaban en pie de igualdad puesto que se habían repartido entre ellos la mayoría de los asuntos y consideraban común el resto, al menos nominalmente. Pero en realidad trataban de apropiarse de esas parcelas de poder, en la creencia [2] de que cada uno de ellos podía obtener alguna ventaja. Fue a partir de ese momento, y puesto que Sexto había muerto 3 y el rey de Armenia había sido hecho prisionero 4 , dado que los pueblos que se habían enfrentado a César estaban pacificados 5 , y el rey parto 6 no daba señal alguna de inquietud, que ellos dos se enfrentaron ya abiertamente y que el pueblo fue literalmente esclavizado. Las causas y pretextos que esgrimieron para aquel [3] enfrentamiento fueron los siguientes. Antonio acusaba a César de haber privado a Lépido de su poder y de haberse apropiado del territorio y del ejército tanto de Lépido 7 como de Sexto, cuando deberían haber sido consideradas propiedades comunes a ambos. Le reclamaba la mitad de todo aquello así como de los soldados que César había reclutado en Italia, puesto que la península [4] pertenecía a ambos 8 . César acusaba a Antonio de haberse apropiado de Egipto, entre otros países, sin que le hubiese correspondido en el sorteo 9 , y de haber asesinado a Sexto —César alegaba que por propia voluntad le había perdonado la vida—. Lo acusaba también de haber engañado al rey de Armenia, de haberlo arrestado y encadenado, y de haber acrecentado así la mala reputación del pueblo romano. También le reclamaba [5] la mitad del botín y, sobre todo, le reprochaba su relación con Cleopatra, los hijos que en ella había concebido, los dones que les había otorgado 10 y, muy especialmente, que llamara a Cesarión con ese nombre y lo hubiese introducido en la familia de César 11 .
Estos eran los reproches que se hacían así como, de alguna [2] manera también, los argumentos que utilizaban para justificarse, tanto en el intercambio privado de cartas como cuando César hablaba en público y Antonio escribía mensajes abiertos 12 . Continuamente, y por este motivo, se intercambiaban embajadores, tanto con la intención de que se creyera que las acusaciones que se hacían eran justísimas como con el propósito de espiarse. Mientras tanto, y hasta el consulado de Gneo [2] Domicio y Cayo Sosio 13 , ambos partidarios de Antonio, siguieron reuniendo dinero como si fuera para otros fines y se prepararon para la guerra como si lo hicieran para luchar contra otros enemigos. En aquel momento se dejaron de disimulos y abiertamente entraron en conflicto 14 . Así fue como sucedió.
[3] Domicio, dado que ya había sufrido múltiples desgracias, preparó la revolución con discreción. En cambio Sosio, que todavía no había sufrido revés alguno, pronunció grandes elogios de Antonio ya en el primer día del año y lanzó graves acusaciones contra César 15 . E incluso hubiese tomado medidas inmediatas contra él si no lo hubiese impedido el tribuno Nonio Balbo 16 . César sospechaba lo que Sosio pretendía hacer y, [4] puesto que no quería que diera la impresión de que no conocía perfectamente la situación ni de que empezaba la guerra al enfrentarse a él, ese día ni se presentó en la curia ni estuvo en la ciudad. Tras esgrimir alguna excusa marchó fuera de la ciudad, y no lo hizo sólo por esta razón sino también para, tras deliberar con tranquilidad sobre todas aquellas informaciones, hacer lo que debía después de haberlo meditado profundamente. Más [5] tarde regresó y reunió al Senado, al que rodeó con una guardia de soldados y amigos que llevaban sus armas escondidas. Se sentó en medio de los dos cónsules, en su silla curul 17 , y desde aquella cátedra habló largo tiempo y con moderación en su defensa y lanzó muchas acusaciones contra Sosio y Antonio. [6] Puesto que ninguno de los cónsules, como tampoco ninguna otra persona, se atrevió a pronunciar palabra alguna, les ordenó a los senadores que se volvieran a reunir el día señalado por él para demostrar con algunos documentos la culpabilidad de Antonio. Los cónsules no tuvieron valor para rebatirlo pero tampoco pudieron soportar aquella situación en silencio; abandonaron la ciudad a escondidas y a continuación se pusieron en camino al encuentro de Antonio. Y los siguieron no pocos senadores 18 . Cuando César se enteró, dijo que por su propia voluntad [7] los había dejado marchar para que no pareciera que los cónsules lo habían abandonado por cometer alguna injusticia, y permitió a todos los que quisieran que marcharan al encuentro de Antonio con garantías.
[3] La gravedad de aquella acción fue compensada por aquellos que, por su parte, huyeron de Antonio y se pasaron a César. Entre estos figuran Ticio 19 y Planco 20 , aunque Antonio los había [2] tenido en alta estima y conocían todos sus secretos. Después de aquella acción de los cónsules, de que, además, César convocara el Senado en su ausencia y de que allí leyera y dijera todo lo que consideró oportuno, Antonio, informado de todo aquello, reunió una suerte de Senado con todos los senadores que le acompañaban y, tras largas deliberaciones desde ambos puntos de vista, declaró la guerra y repudió a Octavia 21 . Y fue entonces cuando aquellos, Ticio y Planco, desertaron, ya fuera porque estaban en desacuerdo con Antonio ya fuera porque estaban enfrentados con Cleopatra 22 .
[3] César los acogió con enorme alegría y de sus bocas llegó a conocer todos los demás planes de Antonio, tanto aquellos que ya había emprendido como aquellos que tenía en mente, así como las disposiciones contenidas en su testamento y quién lo custodiaba, pues en verdad ellos mismos eran quienes lo habían sellado 23 . Todas aquellas noticias lo encolerizaron aún más y no [4] vaciló en buscar el testamento y apropiarse de él, como tampoco en llevarlo y leerlo, primero en el Senado y después en la asamblea. Tales eran las disposiciones que contenía aquel documente que nadie censuró la actitud de César, aunque había obrado de manera absolutamente ilegal 24 . En él Antonio otorgaba [5] testimonio como si en verdad Cesarión fuera hijo de Julio César, concedía a sus hijos concebidos en la egipcia dones desmesurados y ordenaba que su cuerpo se enterrara en Alejandría, junto al de ella 25 .
Indignados por todas estas noticias, llegaron a creer que todos [4] los demás rumores eran ciertos, es decir, que si salía vencedor habría de regalar la ciudad a Cleopatra y habría de trasladar [2] la sede del imperio a Egipto 26 . Tanto se enfurecieron por todas aquellas noticias que todos, y no sólo sus enemigos o aquellas otras personas que habían procurado mantenerse neutrales sino también sus amigos más cercanos, lo acusaron con dureza. Atónitos por todo lo que se había dado a conocer y en el intento de alejar de sí las sospechas de César, se expresaban de la misma [3] manera que los demás 27 . Privaron a Antonio del consulado para el que previamente había sido designado, así como todos sus restantes poderes 28 , pero no lo declararon formalmente enemigo por temor a sus partidarios, dado que también hubiese sido necesario declararlos a ellos enemigos si no lo abandonaban 29 . Pero con sus hechos demostraron con toda claridad que por tal [4] lo tenían. Para quienes militaban en sus filas decretaron la inmunidad y elogios si desertaban. Declararon públicamente la guerra a Cleopatra 30 y cambiaron sus ropas por la clámide como [5] si la guerra ya hubiese comenzado. Marcharon al templo de Enio 31 y dieron cumplimiento a todos los ritos guerreros de acuerdo con la costumbre, bajo la dirección de César como fecial 32 . Esta ceremonia formalmente iba dirigida contra Cleopatra pero en verdad iba encaminada contra Antonio.
Pues ella lo había esclavizado de tal modo que lo había convencido [5] para que desempeñara el cargo de «gimnasiarca» en Alejandría 33 . Él la llamaba reina y señora; ella llevaba soldados romaños en su guardia personal 34 ; todos los soldados de Antonio habían inscrito el nombre de ella sobre sus escudos. Ella [2] frecuentaba el ágora en su compañía, con su concurso organizaba las fiestas y con él presidía los tribunales. Cleopatra montaba a caballo por la ciudad con él a su lado, o se hacía llevar en silla mientras que Antonio, a pie, la acompañaba entre sus eunucos. Y él, a su cuartel general, lo llamaba palacio real 35 ; en ciertas ocasiones, de su cintura colgaba un alfanje 36 , también usaba ropas [3] ajenas a la tradición romana y se presentaba en público sobre una litera dorada o en una silla similar. Se había hecho representar en compañía de Cleopatra, tanto en pinturas como en esculturas, pretendiendo él ser Osiris o Dioniso 37 y ella, Selene o Isis 38 . Con tales actitudes demostraba con claridad que había perdido el juicio por culpa de ella y de alguna de sus brujerías. [4] Pues no sólo a Antonio, sino incluso a todos los que podían ejercer alguna influencia sobre él, tanto los engatusaba y dominaba que concibió la esperanza de gobernar sobre Roma y, cuando pronunciaba un juramento, convertía en su mayor deseo dictar justicia sobre el Capitolio 39 .
[6] Por todas estas razones declararon la guerra a Cleopatra aunque, naturalmente, no hicieron lo mismo con Antonio. Bien sabían que, en cualquier caso, él se dejaría arrastrar a la guerra porque, ciertamente, nunca apoyaría la causa de Cesar y traicionaría a Cleopatra. Querían tener también la posibilidad de reprocharle que, por propia voluntad, hubiese escogido hacer la guerra contra su patria por defender a la egipcia sin que él, personalmente, hubiese recibido un trato infamante en su patria. [2] Con diligencia se reclutó a la juventud por ambos bandos y se recaudaron fondos de todas partes. Se acopiaron con rapidez todos los pertrechos para la guerra. El conjunto de los preparativos [3] fue el mayor que nunca antes se hizo. ¡Tantas naciones lucharon en esta guerra, en uno u otro bando! 40 Con César estuvo Italia, pues había conseguido ganarse la voluntad de todos a los que Antonio asentó como colonos, a unos tras asustarlos en razón a su escaso número, y a otros con favores. Además, César instaló de nuevo a los colonos de Bononia para que pareciera que él era su auténtico fundador 41 . Así, con él estuvieron Italia, [4] Galia, Iberia y el Ilírico y, de los libios 42 , aquellos que ya antes habían adoptado las costumbres romanas, salvo los que viven en la región de Cirene 43 y los pueblos que habían pertenecido a Bogud y Boco 44 . En su bando estuvieron también Cerdeña, Sicilia y las demás islas próxima a los países ya citados. Con Antonio [5] lucharon las regiones de Asia que estaban sometidas a las órdenes de Roma, así como las mismas zonas de Tracia, Grecia, Macedonia, los egipcios y cireneos con los pobladores de sus regiones vecinas, los isleños que viven junto a los países citados y podría decirse que todos los reyes y dinastas de los territorios colindantes con la parte del Imperio romano que estaba bajo el control de Antonio; unos lucharon en persona y otros, representados por sus lugartenientes 45 . Ambos dieron muestras [6] de tanto celo que consolidaron sus respectivas alianzas por medio de juramentos 46 .
[7] Estas eran las fuerzas rivales. Antonio, por su parte, juró ante sus soldados que lucharía de manera implacable. Prometió también que depondría el mando a los dos meses de su victoria y que restituiría la soberanía absoluta al Senado y al pueblo 47 . [2] Con cierta dificultad, aparentemente, algunos lo convencieron para que así obrara a los seis meses con la intención de que, con tranquilidad, reorganizara los asuntos públicos. Y Antonio, aunque evidentemente no iba a actuar de esa manera, hizo esa promesa como si fuera a obtener una victoria total y absoluta. Pues sabía que sus fuerzas eran muy superiores en número 48 y esperaba debilitar las de sus adversarios por medio de la corrupción. [3] Enviando dinero a todas partes, y especialmente a Roma y a todo el resto de Italia, causaba inquietud e intentaba usurpar fidelidades individualmente. Precisamente por esto César actuó con la mayor de las precauciones y repartió dinero entre sus soldados.
[8] Tales eran el ambiente de excitación y los preparativos en cada uno de los bandos. Muchos y variados rumores circulaban entre la gente; muchos y claros signos enviaron los dioses 49 . Un mono entró en el templo de Deméter 50 una ceremonia y arrasó con todo lo que había dentro. Un búho voló, en un primer [2] momento, por encima del templo de la Concordia y, a continuación, por encima de casi todos los demás lugares más sagrados y al final, cuando se le echó de aquellos lugares, se posó sobre el templo del Genio del pueblo 51 . Y ni se le consiguió capturar ni levantó el vuelo hasta pasado mucho tiempo. El carro de Zeus se precipitó contra el circo romano y una centella, que muchos días había estado titilando sobre el mar griego, subió hacia el cielo. Una tormenta causó numerosos destrozos; [3] así, por ejemplo, un trofeo levantado en el Aventino se cayó, una estatua de la Victoria se precipitó sobre la escena del teatro 52 y el puente de madera fue totalmente arrasado 53 . Muchos otros edificios fueron destruidos por el fuego y, además, del Etna brotó mucha lava y ciudades y campos quedaron dañados. Los romanos, [4] al ver y saber todo esto, recordaron la historia de aquella serpiente, que también tuvo un valor premonitorio de todo lo que entonces sucedía. En Etruria, poco antes de todo aquello, apareció de improviso una serpiente bicéfala, tan grande que pudo haber alcanzado los ochenta y cinco pies. Después de haber causado mucho daño fue fulminada por un rayo. Estos prodigios [5] se referían a todos los romanos, pues igualmente romanas eran las tropas que iban a luchar en la primera línea de cada uno de los bandos y muchos, de ambos lados, estaban destinados a morir en aquella guerra, y finalmente todos los supervivientes [6] estarían a merced del vencedor. Los niños de Roma predijeron a Antonio su derrota. Sin que nadie se lo hubiese ordenado, se organizaron en dos bandos y se hicieron llamar los Antonianos y los Cesarianos. Lucharon entre ellos durante dos días y resultaron derrotados los que llevaban el nombre de Antonio. Su muerte se la profetizó una de sus estatuas que estaba levantada en el monte Albano, junto a la de Zeus: aunque era de piedra, de ella manó mucha sangre.
[9] Los espíritus de todos estaban en suspenso ante aquellos prodigios pero en aquel año nada más ocurrió. César estaba ocupado organizando los asuntos de Italia, especialmente después de haber sido informado del dinero que llegaba de manos de Antonio, [2] y no pudo salirle al encuentro antes del invierno. Antonio, en cambio, se puso en marcha con la intención de hacerles la guerra en Italia por sorpresa 54 . Pero cuando llegó a Corcira y supo que las naves de reconocimiento enviadas para espiar sus movimientos estaban fondeadas cerca de los montes Ceraunos 55 , [3] creyó que el propio César ya había llegado con toda su flota y no continuó avanzando más allá. Puso rumbo de nuevo hacia el Peloponeso, pues ya estaba avanzado el otoño, y se preparó para pasar el invierno en Patras. Distribuyó a sus soldados por toda aquella región para que sirvieran de guarnición del territorio y se [4] pudieran proveer con facilidad de todo lo que necesitaran 56 . Y durante este tiempo, tanto algunos senadores como otras personas se estuvieron cambiando de bando por propia voluntad. César capturó a un espía, Lucio Mesio 57 . Pero, después de haberle enseñado todas sus fuerzas, lo liberó a pesar de que era uno los que ya antes había sido capturado en Perusia. Le escribió una [5] carta a Antonio proponiéndole la siguiente alternativa: que se retirase de la orilla del mar a la distancia que recorre un caballo en un día y le permitiera desembarcar con seguridad bajo el compromiso de entablar combate en un plazo de cinco días, o que Antonio cruzase el mar hasta Italia en las mismas condiciones descritas. No lo hizo porque pensara que alguna de estas [6] opciones podría hacerse realidad —y, por cierto, Antonio se estuvo burlando mucho de aquel mensaje y preguntaba: «¿Quién será nuestro árbitro si se emprende alguna acción contra lo convenido?»—, sino porque estaba convencido que con este gesto infundía valor a sus soldados y temor a los enemigos 58 .
César y Antonio eran los cónsules que habían sido designados [10] para el año que empezaba. Así se estableció desde que, de una sola vez, se repartieron las magistraturas para los siguientes ocho años, y aquel nuevo año era el octavo 59 . Pero como Antonio había sido depuesto de todos sus cargos, tal y como ya dije 60 , Valerio Mesala fue nombrado cónsul al lado de César, aunque en otro tiempo ellos mismos lo habían declarado proscrito 61 . [2] Fue en aquellas mismas fechas que un loco irrumpió en el teatro durante una celebración, cogió la corona del primer César y se la ciñó. Pero fue descuartizado por los demás asistentes. Un lobo entró en el templo de Fortuna pero lo capturaron y lo mataron. [3] Y en el circo, durante una carrera de caballos, un perro mató a otro y lo devoró. Un incendio destruyó, entre otros monumentos, una parte considerable del propio circo, así como el templo de Deméter y uno de los dos templos de la Esperanza 62 . [4] Se creyó que habían sido los libertos quienes habían hecho aquello, pues a todos los libertos que vivían en Italia y poseían una fortuna superior a cincuenta mil dracmas se les había ordenado que pagaran, en calidad de tributo, la octava parte 63 . A raíz de aquella disposición provocaron numerosos disturbios, crímenes e incendios y no se restableció el orden hasta que fueron [5] dominados por las armas. A consecuencia de aquello, también los hombres libres que tenían un predio en Italia, asustados, se mantuvieron en calma. También se les había ordenado que entregaran un cuarto de sus ingresos anuales y, aunque estuvieron a punto de sublevarse por ese motivo, no se atrevieron a rebelarse [6] y pagaron, sin resistencia aunque de mala gana. Y así, por esas razones, se creyó que el fuego había sido provocado por los libertos premeditadamente. No obstante, y en razón del gran número de edificios que habían ardido, aquel suceso se consideró) entre los más destacados presagios.
Aunque se produjeron tales presagios, ni se asustaron ni disminuyeron [11] sus preparativos para la guerra. Ambos pasaron el invierno espiándose y hostigándose mutuamente. César se hizo a la mar desde Brindisi y navegó hasta Corcira con la intención de atacar por sorpresa las naves fondeadas delante de Accio pero, como se encontró con una tempestad y sufrió algunas pérdidas, regresó a su base. Cuando llegó la primavera Antonio [2] decidió no moverse hacia ningún sitio. Sus remeros, que eran una mezcla de todas las naciones y habían pasado el invierno lejos de su comandante, no habían hecho ningún ejercicio y además habían sido diezmados por la enfermedad y las deserciones. Por su parte, Agripa había tomado Metone 64 en un golpe [3] de mano, durante el que había matado a Bogud. Acechaba también los fondeaderos de las naves de carga de Antonio y realizaba continuas incursiones, cada vez contra un lugar diferente de Grecia. Todo esto tenía muy preocupado a Antonio. César, [4] en cambio, cobró ánimo con todas aquellas acciones y quiso utilizar inmediatamente el ardor de su ejército, que estaba bien entrenado, y llevar la guerra a Grecia, cerca de las bases de Antonio, mejor que luchar en Italia y en las cercanías de Roma. Reunió en Brindisi todas las unidades que podían ser de alguna [5] utilidad, así como a todos los hombres de cierta influencia, tanto senadores como caballeros, a los primeros, para que cooperaran con él y a los segundos, para que, al encontrarse solos, no provocaran una revolución. Pero quería, sobre todo, demostrar a todo el mundo que la mayor y mejor parte del pueblo romano estaba con él. Ordenó a todos menos a los soldados que tomaran consigo un número determinado de domésticos y que llevaran su propia comida. Y desde allí atravesó el mar Jónico con toda la escuadra reunida.
[12] No condujo la flota ni hacia el Peloponeso ni contra Antonio, sino sobre Accio 65 , donde se encontraba anclada el grueso de la flota de Antonio, con la intención de atraérselos a su bando, ya por propia voluntad, ya por la fuerza. Y por esta misma razón desembarcó a la infantería a los pies de los montes Ceraunos [2] y la envió hacia aquel mismo lugar. Él, con sus naves, tomó Corcira 66 , que había sido abandonada por su guarnición, y después puso rumbo hacia un puerto que se llama Dulce 67 . Este puerto recibe este nombre porque el río que allí desemboca endulza sus aguas. Construyó allí una base naval y desde aquel [3] lugar realizaba incursiones contra Accio. Dado que nadie le salía al encuentro pero tampoco se acercaban a negociar, aunque él les había ofrecido ambas posibilidades, o llegar a un acuerdo o combatir —y no aceptaron la primera propuesta por fidelidad 68 ni la segunda por temor—, ocupó el lugar donde ahora se asienta la ciudad de Nicópolis 69 . Acampó en la zona más elevada [4] de aquel lugar, desde donde se tenía una vista sobre toda la región, tanto hacia el mar abierto, en dirección a la isla de Paxos, como hacia el interior del golfo de Ambracia y de las aguas situadas entre ambos lugares en las que están situados los puertos cercanos a la ciudad de Nicópolis. Fortificó aquel lugar y extendió los muros desde aquella posición hasta el puerto exterior de Comaro 70 . Y desde allí vigilaba y bloqueaba Accio, [5] tanto por tierra como por mar. He oído también que trasladó algunas trirremes desde el mar abierto al interior del golfo a través de las fortificaciones. Para eso hizo uso de unos cueros nuevos untados de aceite en lugar de esas máquinas que se usan para sacar a tierra las naves 71 . Pero como no puedo citar ninguna [6] acción de esta naves que estuvieron en el golfo, tampoco puedo dar credibilidad a esta fabulosa historia, pues no hubiese sido una empresa pequeña transportar aquellas naves sobre unos cueros por un lugar tan estrecho y desnivelado. En cualquier [7] caso, así se dice que sucedió. Accio es un lugar que está consagrado a Apolo 72 y está situado en la embocadura del estrecho del golfo de Ambracia, frente a los puertos de Nicópolis. Ese estrecho es de una reducida anchura a lo largo de toda su extensión y permite no sólo navegar por él sino fondear, al [8] igual que en todos los lugares que lo preceden. La flota de Antonio había ocupado con antelación estas posiciones. Construyeron a ambos lados del estrecho baluartes y ocuparon las aguas centrales con algunas naves de tal manera que se les facilitara tanto las salidas a mar abierto como las entradas. Los soldados habían establecido su campamento en uno de los lados del estrecho, junto al templo, sobre un terreno llano y liso, más apropiado para luchar que para acampar. Por esa razón especialmente fueron víctimas de la enfermedad en invierno y, más aún, en verano 73 .
[13] Antonio, tan pronto como se enteró de la llegada de César, no se demoró sino que se apresuró hacia Accio con los soldados que tenía 74 . Llegó poco después pero no se dispuso para el combate [2] inmediatamente. No obstante, César constantemente formaba su infantería en orden de combate delante del campamento de Antonio y con frecuencia organizaba una salida contra sus naves, capturando sus cargueros, para que, antes de que Antonio pudiera reunir todas sus fuerzas, entablara batalla sólo con [3] las fuerzas que entonces disponía. Pero por esa misma razón Antonio no estaba dispuesto a arriesgarlo todo y durante muchos días se limitó a realizar tentativas y escaramuzas, hasta que reunió a todas sus tropas. Y puesto que César ya no presionaba tanto, Antonio atravesó con sus tropas el estrecho y estableció [4] un campamento no lejos del de aquel 75 . A continuación envió su caballería alrededor del golfo y lo sitió por ambos lados. César, en cambio, conservó la tranquilidad y no corrió voluntariamente ningún riesgo, sino que envió algunas de sus fuerzas a Grecia y Macedonia para atraer hacia aquellas regiones a Antonio. Mientras realizaban estas maniobras, Agripa [5] capturó, haciendo una salida imprevista, Leucada 76 y las naves que había en la isla. También se apoderó de Patras 77 tras derrotar a Quinto Nasidio 78 en el mar. Y por último sometió Corinto 79 . Después de todos aquellos éxitos, Marco Ticio y Estatilio Tauro 80 , con una salida por sorpresa, derrotaron a la caballería de Antonio y se ganaron a Filadelfo, el rey de Paflagonia 81 . Y [6] mientras, Gneo Domicio, enfadado con Cleopatra 82 , cambió de bando aunque en verdad no fue de utilidad ninguna para César porque cayó enfermo y no mucho después murió. Pero, como parecía que había desertado porque estaba en desacuerdo con lo que hacían los de su bando, otros muchos acabaron imitándolo. [7] Antonio ya no volvió a confiar en ellos como antes y empezó a sospechar de todos. Por esa razón hizo matar a algunos de sus partidarios, entre los que se encontraba Jámblico, rey de algunas tribus árabes 83 y al que sometió a tortura, y el senador Quinto Postumio 84 , para lo que ciertas personas recibieron el encargo [8] de su asesinato. Y al final, por temor a que tanto Quinto Delio 85 como el gálata Amintas 86 , a los que había enviado a Macedonia y Tracia para reclutar mercenarios, se pasaran al bando de César, partió a su encuentro con la excusa de socorrerlos en caso de que sufrieran un ataque del enemigo.
[14] Entonces se produjo una batalla en el mar. Sosio 87 , con la esperanza de acometer alguna acción digna de recuerdo y antes de que llegara Agripa, al que se le había encomendado el mando supremo de la flota, se lanzó contra Lucio Tario 88 , que estaba fondeado con unas pocas naves. Al amanecer izó las velas por [2] sorpresa, aprovechando la densa bruma para que Tario no huyese al ver el gran número de navíos atacantes. Al primer ataque y de manera inmediata lo puso a la fuga, y aunque lo persiguió, no pudo capturarlo. Por fortuna, Agripa apareció en aquel lugar y no sólo privó de la victoria a Sosio sino que este y otros muchos, entre los que se encontraba Tarcondimotos 89 , murieron.
Antonio, tanto a raíz de aquel suceso como porque cuando [3] regresaba sufrió una derrota en un encuentro de su caballería con los exploradores de César, decidió no mantener por más tiempo a sus hombres divididos en dos campamentos. Abandonó de noche el campamento más próximo al enemigo y acampó al otro lado del estrecho, donde estaba estacionada la mayor parte de su ejército. Cuando los víveres empezaron a escasear porque les resultaba [4] imposible el reabastecimiento de trigo, convocó un consejo para decidir si debían permanecer en aquel paraje y arriesgarse al enfrentamiento, o si debían trasladarse a algún otro lugar y alargar durante algún tiempo más la guerra 90 . Aunque los distintos [15] miembros del consejo expusieron opiniones diversas 91 , prevaleció la de Cleopatra, quien aconsejó que se confiara a algunas guarniciones los lugares más estratégicos y las restantes unidades se pusieran en camino hacia Egipto junto con todos ellos. Ella hizo esta propuesta porque algunos presagios le habían generado inquietud. Unas golondrinas habían anidado sobre su tienda y [2] sobre la nave capitana, en la que ella navegaba. De un cirio había manado leche y sangre. Las estatuas de Antonio y de ella misma, que los atenienses les habían erigido en la Acrópolis bajo la apariencia de dioses, habían sido derribadas por unos rayos y habían [3] caído dentro del teatro 92 . Por todos esos prodigios, además de por la desmoralización que en el ejército causaban y de la enfermedad que lo diezmaba, la propia Cleopatra sintió miedo y amedrentó a Antonio. No obstante, no querían zarpar en secreto, pero tampoco abiertamente, como si fueran unos fugitivos, para no provocar el pánico entre sus propias filas. Pretendían hacerlo aparentando prepararse para la batalla naval con el fin de que, además, en el caso de que se encontraran con alguna oposición, [4] pudieran abrirse paso por la fuerza. Por esta razón y en primer lugar, eligieron los mejores navíos, puesto que el número de marineros se había visto mermado tanto por los fallecimientos como por las deserciones, y quemaron el resto 93 . A continuación, pero ya de noche, introdujeron a escondidas en aquellas naves todas sus posesiones más preciadas. Y cuando todo estuvo preparado, Antonio convocó a sus soldados y así les habló:
[16] «Soldados, listo está, y en cantidad suficiente, todo aquello de lo que debía proveerme para esta guerra. Aquí estáis vosotros, en gran número, toda la flor escogida de los súbditos y aliados 94 . Y vuestra destreza en cualquiera de los tipos de lucha que entre nosotros se usa es tanta que incluso cada uno de vosotros resulta un rival formidable para nuestros enemigos. Ved con [2] vuestros propios ojos la flota tan numerosa e imponente que poseemos, y cuántos y de qué valía son nuestros infantes, jinetes, honderos, infantes ligeros y arqueros, tanto los de a pie como los montados. Nuestros enemigos carecen de la mayoría de estas unidades, y aquellas que poseen son mucho más pequeñas y débiles que las nuestras. Además, sus recursos financieros son pequeños [3] y provienen de contribuciones forzosas. Así, no habrán de durarles mucho, además de haber conseguido que sus contribuyentes estén mejor dispuestos hacia nosotros que hacia sus exactores. Y por eso no sólo no sienten afecto alguno por ellos, sino que, además, se les sublevarán abiertamente. En cambio nuestros recursos, disponibles en abundancia, a nadie han causado perjuicio mientras que a todos nos resultarán beneficiosos.
»A estos elementos que son tan abundantes como importantes, [17] todavía no me había atrevido a sumar otro factor digno de consideración y que tiene que ver conmigo mismo. Pero, puesto que es uno de esos factores que conduce a la victoria en la guerra y todos los hombres lo consideran un elemento esencial —y me refiero al hecho de que quienes vayan a luchar por la victoria cuenten con el mejor general—, la misma coherencia del [2] argumente ha hecho absolutamente necesario que ahora hable de mí, para que comprendáis, sin ninguna duda, que si vosotros sois de esa clase de hombres capaces de conseguir la victoria incluso sin un buen general, yo también soy de esa clase de hombres capaces de imponerse incluso en compañía de malos soldados. He alcanzado esa edad en la que los hombres se encuentran, [3] especialmente, en la plenitud de sus fuerzas físicas e intelectuales, y no se ven perjudicados ni por la temeridad propia de la juventud ni por la debilidad propia de la vejez, sino que, en plena madurez, entre aquellas otras dos edades, gozan de la plenitud de sus fuerzas 95 . Además he sido dotado de una [4] naturaleza tal y he gozado de una educación tan buena que soy capaz de juzgar lo que es conveniente y de explicarlo con suma facilidad. También he podido adquirir toda esa experiencia que hace que incluso los necios y las personas carentes de instrucción parezcan dignas de alguna consideración; la he adquirido [5] a través de toda suerte de vivencias políticas y militares. Desde mi juventud, y hasta hoy, siempre he estado metido en estos asuntos. He cumplido con muchas órdenes y también he dado otras muchas, y gracias a eso he aprendido tanto lo que debe hacer quien tiene el mando como cuanto deben hacer quienes [6] reciben las órdenes. He conocido el miedo y el valor; gracias a eso estoy acostumbrado a no asustarme con facilidad, así como a no correr riesgos innecesarios. He conocido el triunfo y el fracaso; gracias a eso soy capaz de no desesperarme, pero también de no ensoberbecerme.
[18] »Hablo así ante personas que ya me conocen, y os hago testigos, como oyentes de mis palabras, de que no lo hago para pavonearme —pues para mi gloria me basta con que vosotros me conozcáis—, sino para que por mis palabras comprendáis [2] cuánto mejor preparados estamos que el enemigo. Y puesto que ellos son inferiores a nosotros tanto en el número de soldados y de recursos materiales como en la variedad de equipamiento, en nada son tan inferiores como en la edad e inexperiencia de su comandante. No hay necesidad alguna de hacer una relación detallada de todo lo que se puede decir [3] de él. Resumiéndolo, diré sólo lo que ya vosotros sabéis tan bien como yo. Físicamente es una persona muy débil 96 . Jamás ha conseguido en batalla una victoria memorable, ni en tierra ni en el mar 97 . En las llanuras de Filipos, cuando ambos estábamos en el mismo bando, yo salí vencedor y él, derrotado 98 .
»Grande es la diferencia entre ambos bandos y, en la mayoría [4] de los casos, la victoria es de aquellos que están mejor preparados. Y si ellos son poderosos en algún aspecto, encontraréis que su fuerza está en la infantería pesada y en el combate terrestre, pero con sus naves nunca podrán oponerse a nosotros. Contemplad [5] por vosotros mismos el tamaño y la robustez de nuestros navíos. Incluso si el número de sus naves igualara el nuestro, ningún daño podrían causarnos por las razones ya dichas, ni cuando nos atacaran con sus espolones ni cuando pretendieran abordarnos. En efecto, el grosor de nuestros maderos, así como la altura de los navíos, lograrían contener sus ataques incluso si nadie los rechazara. ¿Por dónde podrían acercarse a [6] estas naves para atacarlas cuando llevan embarcados tantos arqueros y honderos que, además, podrían alcanzarlos desde lo alto de sus castillos? Y si alguien consiguiera acercarse, ¿cómo podría escapar de acabar hundido bajo la masa de nuestros remos? ¿Cómo podría librarse de no ser arrojado al mar tras recibir los impactos de las flechas desde los castillos?
»No creáis que, porque Agripa venció en los mares de Sicilia 99 , [19] poseen una técnica naval que va más allá de aquel suceso. No se enfrentaron a Sexto sino a sus esclavos 100 ; no se enfrentaron a una flota tan bien preparada como la nuestra sino contra otra bastante diferente. Y si alguien quiere otorgar una gran importancia [2] a aquel golpe de suerte, será justo que tenga en cuenta también aquella derrota que sufrió personalmente César 101 , cuando el propio Sexto lo venció 102 . Y así se comprenderá que no se enfrentan dos fuerzas iguales, sino que todos nuestros medios son mucho más numerosos e importantes que los que [3] ellos tienen a su disposición. En resumen, ¿qué parte de todo el imperio representa Sicilia?; ¿qué parte de nuestros preparativos representa la flota de Sexto para que nosotros debamos, en efecto, temer a la flota de César —que sigue siendo la misma y no se ha convertido ni en una fuerza mayor ni mejor—, en lugar [4] de llenarnos de confianza en razón de sus fracasos? Y así, teniendo en consideración todo eso, no he querido arriesgarlo todo en una única batalla de infantería, en donde, de alguna forma, parecen tener alguna fuerza, para que ninguno de vosotros pierda el ánimo si salimos derrotados de ese encuentro. He preferido jugármela en el mar, donde somos más poderosos y los superamos ampliamente 103 , para que una vez que los hayamos [5] derrotado podamos desdeñar su infantería 104 . Comprended bien que el resultado total de la guerra depende, ahora y para ambos bandos, de la flota. Si de esta situación salimos vencedores, no volveremos a vernos amenazados por el resto del ejérci to enemigo. Por el contrario, y como si lo hubiésemos rodeado en un islote ya que todos los territorios que lo circundan nos pertenecen, lo someteremos sin lucha, por hambre o por cualquier otro medio.
»Creo que mis palabras no serán necesarias para que os deis [20] cuenta de que no nos vamos a batir por asuntos insignificantes o de poca importancia; de que, si nos mostramos llenos de ardor guerrero, obtendremos el mayor triunfo pero de que, si nos descuidamos, sufriremos el más terrible de los destinos. ¿Qué no [2] nos harán si ellos son los vencedores? Ellos, que mataron a casi todos los nobles que estaban con Sexto e hicieron perecer a los muchos partidarios de Lépido que lo apoyaron con sus armas 105 . ¿Y por qué digo esto cuando al mismo Lépido le han privado de [3] todo su poder, aunque no sólo no cometió ningún delito sino que, además, combatió a su lado, y lo tienen bajo arresto como si fuera un prisionero 106 ? Además han impuesto un nuevo tributo a todos los libertos de Italia y a todos los propietarios de algún terreno, de manera que han obligado a algunos a tomar las armas y, así, arruinar sus vidas 107 . ¿Es posible que tengan piedad [4] de nosotros quienes no han tenido piedad de sus aliados? [¿Mantendrán sus manos apartadas de nuestros bienes quienes no han tenido piedad de sus aliados?] 107b ¿Mantendrán sus manos apartadas de nuestros bienes quienes han establecido nuevos impuestos sobre los bienes de sus partidarios? ¿Podrán ser clementes cuando obtengan la victoria quienes, incluso antes de resultar vencedores, ya obraron así? Y para no perder más tiempo hablando de todos los sufrimientos de los demás, enumeraré [5] lo que se han atrevido a hacer contra nosotros. ¿Quién ignora que yo, que fui declarado asociado y colega de César en la magistrature, que recibí la dirección de los asuntos públicos en igualdad de condiciones y que obtuve los mismos honores y magistraturas, magistraturas que he ostentando durante un tiempo considerable, de todo eso me he ido viendo despojado conforme él ha podido hacerlo, y me he convertido en un ciudadano particular aunque era uno de los dirigentes, y privado de [6] mis derechos cívicos aunque era cónsul? Y no por decisión ni del Senado ni del pueblo —¿cómo podría haber sido así cuando tanto los cónsules como algunos otros senadores huyeron de la ciudad abiertamente para no decretar nada semejante?—, sino úlinicamente por la voluntad de ese y de quienes le apoyan 108 , que no comprenden que han fabricado un tirano 109 que sufren, en primer [7] lugar, ellos mismos. Ese que, aunque todavía estoy vivo, poseo un ejército considerable y estaba en guerra con los armenios, se ha atrevido a buscar mi testamento, a arrebatárselo por la fuerza a quienes lo custodiaban, a abrirlo y leerlo en público; [8] ¿cómo queréis que tenga piedad ni de vosotros ni de nadie? Ese, la misma persona que se ha comportado así conmigo, su amigo, su compañero de mesa, su pariente, ¿con qué humanidad se comportará con las demás personas con las que ningún lazo le une?
[21] »En verdad, y si debemos juzgarlo por los decretos que ha hecho aprobar, a vosotros os amenaza directamente —pues a la mayoría os ha convertido abiertamente en sus enemigos 110 —, mientras que a mí no me ha otorgado ese apelativo aunque sí me hace la guerra y actúa en todos los órdenes no sólo como si ya me hubiese derrotado sino incluso como si ya me hubiese dado muerte. De esta manera, cuando a mí, al que todavía hoy [2] no ha proclamado tener como enemigo, me ha hecho todo eso, mucho menos os habrá de perdonar a vosotros con los que reconoce abiertamente estar en guerra. ¿Qué significa el hecho de [3] que nos haga la guerra a todos sin distinción pero que afirme en su decreto que sí lucha contra unos y no contra otros? ¡Por Zeus! No lo hace para establecer distinciones entre nosotros, ni para ofrecer un trato diferente a unos y a otros en el caso de que venciera, sino para enfrentarnos, generando disputas entre nosotros, y debilitarnos, por tanto. Pues no ignora que mientras [4] que nosotros nos sigamos manteniendo unidos y actuando todos a una, él nunca, de ningún modo, será el vencedor; pero que si nos dividimos y unos elegimos una cosa y otros otra, quizá pueda vencer. Por esta razón se comporta así con nosotros.
»Y así como yo, y los romanos que me acompañan, que [22] vemos el peligro, aunque gocemos, según esos decretos, de una suerte de inmunidad, y comprendemos cuál es su intención, no os hemos abandonado y seguimos cuidando de nuestros intereses comunes y no de los nuestros particulares, así vosotros, a [2] los que desprecia y considera no ya simplemente enemigos sino sus mayores enemigos, debéis reflexionar sobre todo esto, en la consideración de que tanto los peligros como las esperanzas son comunes. Y debéis apoyar totalmente nuestra causa así como prestar vuestra colaboración con ánimo resuelto, colocando en un lado de la balanza cuánto sufriremos si somos derrotados, como ya os dije, y en el otro, las oportunidades de las [3] que dispondremos si vencemos. Pues si de algún modo es importante que nosotros, en el caso de que caigamos derrotados, no suframos sus abusos ni sus insolencias, más importante es que, tras la victoria, hagamos todo cuanto deseamos. Nuestra mayor vergüenza será que, aunque somos tantos y tan valerosos, y tenemos armas, dinero, naves y caballos, hagamos la peor elección en lugar de la mejor y que, aun cuando nos es posible proporcionar la libertad incluso a nuestros enemigos, prefiramos [4] compartir esclavitud con ellos 111 . Tanta es la distancia que nos separa que, mientras que él desea reinar incluso sobre vosotros, yo quiero devolverles la libertad incluso a ellos, como ya atestigüé con mis juramentos 112 . Y puesto que nosotros vamos a luchar a favor de ambos bandos y a conseguir bienes comunes para todos, esforcémonos, soldados, en vencer ahora y en ser dichosos para siempre».
[23] Tras aquellas palabras, Antonio hizo que embarcaran todos los miembros más destacados de su bando para que, aislados unos de otros, no pudieran preparar ninguna revuelta como hicieron Delio y algunos otros cuando desertaron. También embarcó [2] muchos arqueros, honderos e infantes. Ya que Sexto había sido derrotado principalmente por el tarnaño de las naves de César y por el número de soldados que había embarcado, él aparejó navíos mucho más grandes que los de sus adversarios —había hecho construir pocas «trieres», pues la mayoría fueron «tetraeres» y «deceres» y del resto de órdenes intermedios 113 —. [3] Sobre esos barcos había instalado castillos muy altos así como embarcado muchos hombres de tal manera que lucharan como si estuvieran encima de unas murallas. César observaba los preparativos de sus adversarios y realizaba los suyos. Cuando conoció, tanto por Delio como por algunas otras personas, las intenciones de los enemigos, reunió también el ejército y así habló:
«Soldados, yo sé, tanto por lo que he aprendido de oídas como [24] por mi propia experiencia, que triunfan en la mayoría de las más importantes empresas militares, o mejor, en la mayoría de empresas humanas de cualquier tipo, quienes piensan y obran con mayor justicia y piedad. Siempre tengo en mente este principio y os animo a que vosotros también lo tengáis en consideratión. Y [2] si bien tenemos un ejército grande y poderoso, gracias al que podríamos esperar la victoria incluso si hubiésemos elegido la causa menos justa, sin embargo yo me muestro más confiado en el motivo que me ha llevado a esta guerra que en mi propio ejército. Pues el hecho de que a nosotros, romanos como somos y [3] gobemantes de la mayor y mejor porción de la ecúmene 114 , nos desprecien y nos arrojen a los pies de una mujer egipcia es indigno de nuestros padres, que abatieron a Pirro, Filipo, Perseo y Antíoco 115 , que arrasaron Numancia y Cartago 116 , y de aquellos que destrozaron a los cimbrios y a los ambrones. 117 Pero también [4] es indigno de nosotros mismos 118 que hemos conquistado la Galia, que hemos subyugado a los panonios, que hemos avanzado hasta el Danubio, que hemos cruzado el Rin y que hemos atravesado [5] el mar hasta Britania. ¿Córno no habrían de dolerse todos aquellos que hicieron realidad las citadas gestas si comprendieran que nosotros hemos sido arrojados a los pies de esa infecta mujer? ¿Cómo no habríamos de sentirnos terriblemente avergonzados si, a pesar de que superamos a todos los pueblos de todo el mundo en valor, al final soportamos con mansedumbre los abusos [6] de esas gentes? Hombres, por Heracles, que son alejandrinos y egipcios 119 —¿de qué otra manera más dura pero más certera podría llamarlos?—, que prestan culto a las serpientes y a otras bestias salvajes como si fueran dioses y embalsaman sus cuerpos [7] en la esperanza de la inmortalidad; gentes extremadamente propensas a la insolencia a la vez que absolutamente incapaces de comportarse como hombres y que —y esto es lo peor— son esclavos de una mujer y no de un varón. Estos son los que se han atrevido a pretender nuestros bienes y a apropiarse de ellos con nuestro auxilio, de tal manera que nosotros les cedamos voluntariamente la prosperidad de la que ahora gozamos.
[25] »¿Quién no habría de llorar viendo soldados romanos haciendo de guardias de Corps de la reina 120 ? ¿Quién no habría de entonar lamentos al oír que caballeros y senadores romanos la [2] adulan como eunucos? ¿Quién no cantaría un treno al oír y ver que Antonio, quien ha sido dos veces cónsul 121 , quien ha sido varias veces vitoreado como emperador 122 , al que se le ha encargado, junto a mí, la dirección de los asuntos públicos, a quien se [3] le han confiado tantas ciudades y legiones, ahora ha abandonado la forma de vida de nuestros padres y se dedica a imitar todas aquellas costumbres extrañas y barbáricas? No honra ni nuestras leyes ni nuestros dioses ancestrales, sino que se prosterna ante aquella mortal como ante una Isis o Selene y ha puesto a los hijos de aquella los nombres de Helios y Selene, y, por último, [4] ha adoptado para sí los sobrenombres de Osiris y Dioniso y por esto, como si fuera el dueño de toda la tierra y de todo el mar, les ha hecho don de islas enteras y de algunas regiones continentales 123 . Sé bien, soldados, que todo esto os parece algo [5] increíble y sorprendente; por eso se debe acrecentar vuestra ira. Pues si todo esto que no creéis cuando lo oís, si todo es realmente así y aquel lo ha ejecutado con la máxima desvergüenza 124 , aunque no haya nadie que no se duela al saberlo, ¿cómo no deberíais estar encolerizados con toda justicia?
»No obstante, yo mismo, y en un primer momento, tanto [26] respeto he mostrado por él que lo hice partícipe de nuestro poder, le entregué a mi hermana como esposa y le concedí algunas legiones. Después me he seguido comportando con él con tanta [2] prudencia y de manera tan amistosa que, ni siquiera cuando abusó de mi hermana, ni cuando descuidó a los hijos que en ella engendró, ni cuando prefirió a la egipcia antes que a aquella, ni tampoco cuando donó a los hijos de aquella mujer lo que, en pocas palabras, es vuestro, ni por ninguna otra razón he querido declararle la guerra. La causa de esta actitud fue, en primer lugar, [3] que siempre he considerado que no era necesario comportarse del mismo modo con Antonio que con Cleopatra. Pues ella, y en razón de su condición de extranjera, es directamente nuestra enemiga por todo lo que ha hecho; mientras que a él, y en virtud de su ciudadanía, era posible devolverlo a la prudencia. [4] Además, tenía la esperanza de que, aunque no actuara por propia voluntad sino forzado, él cambiaría de opinión a la vista de los decretos promulgados contra ella. Por estas razones no le he declarado la guerra. Pero puesto que él ha hecho caso omiso de todo esto y lo ha menospreciado, no ha querido aceptar ni el perdón que le ofrecíamos ni la piedad que hacia él hemos mostrado. [5] Y ya sea por irreflexión o por locura —pues yo estoy convencido, porque así lo he oído, de que él ha sido embrujado por esa maldita mujer 125 —, en nada ha considerado nuestros gestos benéficos y nuestra humanidad, sino que, esclavo de aquella mujer, ha emprendido la guerra y ha asumido voluntariamente estos riesgos a favor de ella y en contra de nosotros y de su patria. ¿Qué otra cosa nos queda por hacer salvo defendernos de él y de su compañera Cleopatra?
[27] »¡Que nadie lo considere ya romano, sino egipcio! ¡Que nadie lo llame ya Antonio, sino Serapión 126 ! No tengamos en cuenta que alguna vez fue cónsul o emperador sino “gimnasiarca“ 127 . [2] Ha sido él, por propia voluntad, quien ha elegido esos nombres en lugar de aquellos otros. Y después de haber renunciado a todas las costumbres patrias más dignas de respeto, se ha convertido en uno de aquellos que tocan el címbalo en Canopo 128 . Nadie deberá temerlo como si hubiese de ejercer una influencia [3] decisiva en la batalla. Ya antes nada valía, como bien sabéis los que lo derrotasteis en Mutina 129 . Y si en algún momento, durante la campaña que emprendió con nosotros, demostró cierto valor 130 , sabed bien que ahora lo ha liquidado todo con su cambio de vida. Pues es imposible que quien vive rodeado de un lujo [4] propio de reyes y se ha ablandado como una mujer, pueda pensar y actuar como un hombre, ya que es absolutamente necesario que cada uno se adapte al modo de vida al que se entrega. Y [5] esta es la prueba: en la única guerra que ha emprendido durante todo este tiempo y en la única campaña que ha dirigido, él hizo perecer a muchísimos ciudadanos en combate, se retiró vergonzosamente de Praaspas y perdió muchos más hombres durante la huida 131 . Y así las cosas, si alguien tuviera que bailar haciendo [6] el ridículo o ejecutar un kórdax 132 , necesariamente sería superado por Antonio, pues esas son las cosas en las que él se ejercita. Pero puesto que de lo que se trata es de armas y de capacidad de lucha, ¿qué deberíamos temer de él? ¿Su vigor físico? Pero él ya pasó la flor de la edad y se ha ablandado. ¿La fuerza de su alma? Pero es un afeminado y un disoluto. [7] ¿La piedad hacia nuestros dioses? Pero lucha contra aquellos y contra su patria. ¿La fidelidad hacia sus aliados? ¿Quién no conoce cómo hizo prisionero al armenio tras haberlo engañado totalmente 133 ? ¿La bondad hacia sus amigos? ¿Quién no los ha visto morir miserablemente bajo su mano? ¿Su fama entre los soldados? ¿Y qué soldado no lo ha condenado? La prueba está [8] en que todos los días muchos de sus soldados se pasan a nuestro lado. Y yo, por mi parte, creo que todos nuestros conciudadanos actuarán de la misma manera, como ya ocurrió en otra ocasión [9] anterior, cuando fue de Brindisi a Galia 134 . Pues mientras mantenían la esperanza de enriquecerse sin correr riesgos, algunos, encantados, han estado de su lado. Pero esos mismos no estarán dispuestos a luchar contra nosotros, sus congéneres, a favor de gentes que nada tienen que ver con ellos, mientras que entre nosotros podrán encontrar, con seguridad, la salvación y la prosperidad.
[28] »Siempre habrá alguien que diga que tiene muchos aliados y mucho dinero. Y bien, que nosotros estamos acostumbrados a vencer a los habitantes del continente asiático, lo saben tanto el famoso Escipión Asiático, como el afortunado Sila, Lúculo, Pompeyo, César, mi padre, y vosotros mismos, los que derrotasteis [2] a quienes hicieron campaña con Bruto y Casio 135 . Y puesto que esto es así, cuanto más creáis que sus riquezas superan a la de los demás, tanto más debéis esforzaros en apropiaros de ellas. Pues por conseguir los mayores premios merece emprender [3] las mayores pruebas. Pero además, yo os diría que no os encontráis ante tarea más importante que la de salvar la dignidad de vuestros antepasados, salvaguardar el orgullo patrio, castigar a quienes os han traicionado, vengaros de quienes os injuriaron, gobernar a toda la humanidad tras haberla derrotado, e impedir que ninguna mujer se equipare con ningún hombre 136 . Contra los tauriscos, yápiges, dálmatas y panonios, vosotros [4] mismos, los aquí presentes, habéis combatido, llenos de ardor, por unas pocas plazas fuertes y por una tierra desierta. Y habéis sometido a esos pueblos aunque la creencia general es que son pueblos de extrema belicosidad. E igualmente, por Zeus, habéis combatido contra Sexto, sólo por Sicilia, y contra el mismo Antonio, sólo por Mutina, de tal manera que a ambos derrotasteis. ¿Demostraréis peor ánimo contra una mujer que maquina contra [5] todas vuestras posesiones, contra su marido, que ha entregado vuestros dominios a los hijos de ella, y contra sus bellos compañeros y comensales, a los que ellos mismos llaman “bufones“ 137 Y ¿por qué? ¿Porque son muy numerosos? Nunca el [6] mayor número de efectivos se impuso al valor. ¿Por su linaje? Ellos están más interesados en cargar con sus bienes que en hacer la guerra. ¿Por su experiencia? Ellos saben remar mejor que combatir en el mar. Yo mismo me avergüenzo de tener que combatir contra hombres de esa clase, puesto que si los vencemos no conseguiremos gloria alguna y si resultamos derrotados nos veremos cubiertos de ignominia.
»No penséis que la grandeza de sus naves y el grosor de sus [29] maderos equilibran nuestras virtudes. ¿Qué nave, por sí misma, ha herido o matado a alguien? ¿Acaso su propia altura y robustez no las harán inmanejables para sus remeros e ingobernables para sus pilotos? ¿Qué ventaja tendrán quienes luchan desde [2] esas naves si no pueden romper ni envolver las líneas enemigas, que son las maniobras básicas del combate en el mar? Pues, ciertamente, ellos no van a combatirnos en el mar con la infantería como tampoco están preparados para resistir un sitio, como si estuvieran encerrados en esos castillos. Y en verdad he [3] aquí una de nuestras grandes ventajas; me refiero a atacar empalizadas de madera. Pues si sus naves permanecieran quietas en el mismo lugar, como si estuvieran ancladas, no nos sería posible dañarlas con nuestros espolones; pero sí podríamos dañarlas con nuestras máquinas desde la distancia así como quemarlas con [4] proyectiles incendiarios. Y si se atreviesen a moverlas, no podrían alcanzar, en la persecución, ninguna de nuestras naves ni podrían dar media vuelta para huir, pues son incapaces de maniobrar así a consecuencia de su peso, mientras que están predispuestas a sufrir estos inconvenientes en razón de su enormidad.
[30] »¿Es necesario que sigamos perdiendo el tiempo hablando de estos asuntos cuando siempre que nos hemos enfrentado a ellos, tanto en Leucada como, recientemente, aquí mismo, no sólo no fuimos inferiores sino que nos mostramos absolutamente superiores a ellos? Así que, animados no tanto por mis palabras como por vuestras acciones, concebid el deseo, ante todo, [2] de acabar con esta guerra. Sabed bien que, si hoy nosotros los vencemos, no volveremos a encontrar ninguna dificultad. Ciertamente todos los hombres, por naturaleza, cuando fracasan en los primeros combates, se desaniman para los restantes. Y sin ninguna duda nosotros somos mejores que ellos en tierra, de tal manera que podríamos vencerlos aunque sus fuerzas estuvieran [3] intactas. Y de esto ellos están tan convencidos —pues no quiero ocultaros lo que sé— que ya están desanimados por todo lo que ha venido ocurriendo y han perdido la esperanza de salvarse si se quedan en la región. Por esta razón están intentando encontrar el medio de huir a algún otro lugar y van a realizar esta salida no con la intención de librar la batalla en el mar sino de darse a la fuga.
[4] Han metido dentro de sus barcos sus mejores y más valiosas pertenencias para, si pudieran, huir con ellas. Y puesto que ellos admiten que son más débiles que nosotros y llevan ya en sus naves el premio de la victoria, no les permitamos irse a ningún otro sitio. ¡Apropiémonos de todas sus riquezas con nuestra victoria aquí!».
Tales fueron también las palabras de César. A continuación [31] decidió dejar pasar a los enemigos para caer sobre ellos por la espalda mientras huían. Tenía la esperanza, navegando a mayor velocidad, de capturarlos en breve tiempo y, puesto que estaba claro que ellos intentarían huir a cualquier precio, esperaba que sin lucha, y a raíz de la huida, lograría atraerse al resto de aquel ejército. Pero Agripa lo hizo desistir de aquel propósito. Temía [2] este llegar demasiado tarde puesto que ellos ya se disponían a izar las velas 138 . Agripa confiaba, en cambio, en imponerse sin dificultad porque en aquel momento cayó una fuerte tormenta, acompanada de un gran oleaje, únicamente sobre la flota de Antonio y todo lo trastornó 139 . Y así César abandonó su primera [3] idea. Embarcó muchos infantes e hizo también que sus compañeros subieran a las naves de enlace 140 , para que, circulando a gran velocidad entre las naves combatientes, les indicaran lo que debían hacer así como que le comunicaran cualquier noticia pertinente. Y vio partir las naves enemigas.
Estas se hicieron a la mar al son de las trompetas. Dispusieron [4] sus naves en formación cerrada un poco más allá del estrecho y no continuaron con su avance. César levó anclas con la intención de entrar en combate si mantenían sus posiciones o, al menos, de hacer que se retiraran. Pero como ni les salían al encuentro ni tampoco se daban la vuelta, sino que conservaban sus posiciones estrechando fuertemente la formación 141 , César [5] se vio en un aprieto. Ordenó a los remeros que dejaran los remos sobre el agua y durante un tiempo estuvo sin moverse. A continuación, y por sorpresa, hizo que avanzaran ambas alas de su flota, curvando su despliegue con la intención de rodearlos o, al menos, de deshacer su formación 142 . Antonio, por temor a aquella maniobra envolvente que amenazaba con desbordarlo, avanzó todo lo que pudo y entró en combate aunque en contra de su voluntad.
[32] Y así, lanzándose unos contra otros, combatieron en el mar. Por cada uno de los bandos constantemente se lanzaban a sus propias fuerzas soflamas sobre la habilidad y el valor propios; también escuchaban los gritos de quienes desde tierra firme animaban a los suyos 143 .
[2] No se combatía en ambos bandos de la misma manera. Los hombres de César, dado que tenían las naves más pequeñas y rápidas, aprovechaban la fuerza de las olas y se lanzaban contra el enemigo gracias a que habían sido blindadas por todas partes para no sufrir los impactos. Algunas veces conseguían hundir algún navío y, si no, daban marcha atrás con los remos antes de [3] llegar al combate cuerpo a cuerpo. Y de nuevo se lanzaban rápidamente contra las mismas naves o, renunciando a su presa, se dirigían contra otras. Y después de haberles causado todo el daño que permitía la brevedad de la operatión, se dirigían contra otras naves distintas y, luego, contra otras, de manera que atacaban siempre a quienes menos se lo esperaban. Pues como temían [4] tanto la capacidad de combatir a larga distancia del enemigo como la lucha cuerpo a cuerpo, no se demoraban ni en la maniobra de aproximación ni en el combate cerrado. Interceptaban por sorpresa la nave enemiga de manera que se anticiparan a sus dardos, y, tras causarle algunos daños o, simplemente, de hostigarlos con la intentión de escapar a los intentos de captura, volvían a alejarse fuera del alcance de sus proyectiles.
Los soldados de Antonio atacaban las naves que se les acercaban [5] con una lluvia abundante y espesa de piedras y flechas, y lanzaban contra quienes entraban en contacto los garfios de hierro para el abordaje. Si tenían éxito en esta operatión salían [6] vencedores, pero si fracasaban, y puesto que sus naves podían haber sufrido algún daño, se iban a pique o, mientras se empeñaban en impedir el hundimiento, se convertían en excelentes blancos de nuevos ataques. Dos o tres naves se lanzaban contra el mismo barco de Antonio; unas le causaban todo el daño que podían, mientras que las otras lo sufrían. En uno de los bandos, [7] los mayores esfuerzos y trabajos recaían sobre los pilotos y los remeros; en el otro, sobre los soldados embarcados. Los de César se parecían a la caballería, atacando y retirándose alternativamente, dependiendo de si estaban realizando una maniobra de embestida o de marcha atrás. Los de Antonio se parecían a la infantería, que se protege contra quienes se les acercan e intenta, principalmente, imponerse sobre ellos. Y así ambos gozaban [8] de ciertas ventajas sobre sus rivales. Unos se ponían debajo de las filas de remos de las naves enemigas y los rompían mientras que los otros los hundían desde arriba con piedras y máquinas. Pero, por otra parte, los de Antonio se veían en una situatión de inferioridad porque no podían causar daño alguno a quienes se les aproximaban, mientras que las naves de César eran inferiores en tanto que no podían luchar en pie de igualdad con las de Antonio en el combate cercano cuando no habían conseguido hundir las naves al embestirlas.
[33] La batalla, que durante mucho tiempo se mantuvo igualada y en la que ninguno de los bandos conseguía imponerse de ninguna manera, terminó del siguiente modo. Cleopatra, que permanecía fondeada detrás de los combatientes, no soportó más [2] aquella espera indecisa e incierta. Cohibida, tanto por su condición de mujer como de egipcia, por aquel largo e indeciso enfrentamiento y por aquella espera temerosa de un desenlace u otro, se lanzó, por sorpresa, a la fuga y dio la señal a sus súbditos. [3] Y así, inmediatamente izaron sus velas y se hicieron a la mar justo en el momento en el que se levantaba una brisa favorable. Antonio, que creyó que huían por miedo, porque se daban por vencidos, y no porque siguieran una orden de Cleopatra, [4] los siguió. Ante estos acontecimientos los demás soldados se sintieron descorazonados y confundidos. Todos querían huir a cualquier precio; unos izaron sus velas, otros arrojaron al mar los castillos y la impedimenta para aliviar la carga y darse a la [5] fuga. Mientras se entretenían en esas maniobras, sus adversarios se lanzaron sobre ellos. Renunciaron a perseguir a los que huían porque no llevaban velas, ya que sólo estaban equipados para la batalla, pero hicieron que varios de sus navíos atacaran a cada una de las naves enemigas, tanto desde la distancia como en combate cercano. Y así, tanto en un bando como en otro, la [6] lucha se hizo más diversa e intensa. Los soldados de César causaban daños a las partes bajas de las naves, a todo su alrededor, rompiendo los remos y arrancando los timones. Escalaban hasta el puente y a unos los cogían y los tiraban y a otros los hacían retroceder; cuando se encontraban en igualdad numérica se [7] veían obligados a luchar. Los hombres de Antonio los echaban abajo con sus pértigas, los golpeaban con las hachas y les lanzaban las piedras y los proyectiles que tenían preparados. Rechazaban a quienes habían conseguido subir y luchaban contra quienes buscaban el combate cuerpo a cuerpo. Al ver lo que [8] estaba ocurriendo, y si se pudiera comparar lo pequeño con lo grande, aquellas naves parecían fortificaciones o un poblado archipiélago asediado desde el mar. Y así, unos intentaban subir a aquellos navíos como si estuvieran en tierra firme o sobre algún tipo de fortificación, y aplicaban con ahínco todos los medios que podían llevarlos a conseguir su objetivo; los otros los rechazaban recurriendo a todo cuanto en circunstancias similares se suele utilizar.
El combate se mantenía equilibrado. César, sin saber qué [34] hacer, mandó traer fuego desde el campamento 144 . Él no había querido utilizarlo antes porque pretendía salvar los tesoros del enemigo pero, cuando comprendió que iba ser imposible veneer de otra forma, recurrió al fuego como el único medio que podría darles la victoria. Y entonces comenzó una batalla diferente. [2] Los hombres de César, asediando desde todas las direcciones al mismo tiempo al enemigo, disparaban sobre aquellos barcos dardos incendiarios, les arrojaban antorchas cuando estaban más cerca y desde mayores distancias disparaban con sus catapultas ollas llenas de carbones y pez. Los soldados de Antonio [3] intentaban rechazar cada uno de esos proyectiles. Pero cuando uno de ellos prendía la madera, causaba inmediatamente un gran incendio. Al estar en un navío, recurrían en primer lugar al agua potable que llevaban embarcada y conseguían así apagar alguno de aquellos fuegos; pero cuando consumieron sus reservas de agua potable comenzaron a sacar agua del mar. [4] Y si hubiesen conseguido disponer de esta agua salada en abundancia y de manera continua, habrían conseguido, a la fuerza, dominar el fuego. Pero como eran absolutamente incapaces de hacerlo, puesto que no tenían muchos cubos grandes y los subían medio llenos puesto que estaban muy nerviosos, no sólo no obtuvieron provecho alguno de su esfuerzo sino que lograron avivar el fuego. El salitre del mar, si se vierte en pequeñas [5] cantidades sobre el fuego, hace que arda con mayor fuerza. Superados por aquellas circunstancias, arrojaron sobre el fuego sus mantos más gruesos y los cadáveres. Gracias a esto conseguían que el fuego disminuyera momentáneamente y parecía que, de alguna manera, remitían los incendios. Pero a continuación, y entre otras razones porque la brisa soplaba cada vez con mayor fuerza, el fuego volvía a avivarse alimentado por todo lo [6] que le habían echado. Y mientras que sólo ardía una parte del navío, algunos marineros continuaban haciéndole frente. Saltaban sobre las llamas y cortaban las partes que ardían y las tiraban. Unos las arrojaban al mar y otros las tiraban sobre los enemigos [7] con la esperanza de causarles algún daño. Los demás se iban a la parte del navío todavía intacta. Con los ganchos metálicos preparados para el abordaje y con las lanzas más largas trataban de arrimarse todo cuanto podían al navío enemigo para pasarse a él o, si no, al menos para que acabara ardiendo junto con su propio barco.
[35] Pero como ningún navío enemigo, guardándose de esa maniobra, se les acercaba y puesto que el fuego se extendía alrededor de los costados de los buques y descendía ya hasta las sentinas, los soldados de Antonio tuvieron que afrontar el más [2] cruel de los destinos. Algunos de ellos, especialmente los marineros, murieron a consecuencia del humo antes de que les alcanzaran las llamas; otros, en cambio, se asaron en medio del incendio como en un horno. También otros perecieron abrasados por sus propias corazas, que alcanzaron temperaturas muy altas. Antes de sufrir una muerte semejante y aun medio abrasados, [3] algunos se desembarazaron de su coraza pero entonces fueron alcanzados por los dardos que les disparaban desde la distancia. Otros se arrojaron al mar y se ahogaron; o se hundieron después de haber sido golpeados por sus enemigos, o fueron devorados por las bestias marinas. Sólo tuvieron un destino tolerable, [4] como suele suceder en tales circunstancias, quienes, antes de verse en tal trance, se dieron muerte entre ellos o se suicidaron. No sufrieron tormento alguno y sus cadáveres ardieron con sus naves, como en una pira funeraria 145 .
A la vista de aquello, los hombres de César, en un primer [5] momento, cesaron en sus ataques, aunque todavía algunos de sus enemigos eran capaces de defenderse. Pero cuando el fuego invadió las naves y aquellos hombres no podían socorrerse ni a ellos mismos y mucho menos causar algún daño a sus enemigos, se dieron prisa en acercarse a sus barcos por si podían salvar sus tesoros e intentaron apagar el fuego que ellos mismos habían provocado. Y así también perecieron muchos cesarianos, [6] víctimas de las llamas y de sus ansias de rapiña.

1 El término demokratía lo utiliza Dion para designar la libera respublica de Roma, aunque evidentemente no agotaba sus significados con esta ecuación que se enriquecía, en la mente del lector griego, con todos los valores de la filosofía politica. Véase el libro LII. M. L. FREYBURGER -GALLAND , Aspects du vocabulaire politique et institutionnel de Dion Cassius , París, 1997, págs. 116-117.
2 Con el nombre de César, que se ha mantenido en la traducción, Dion se refiere a Octavio quien, tras la adopción póstuma por el dictador, pasó a llamarse C. Julio César Octaviano: SUET ., Cés . 83, 2. No obstante, no utilizaba este último cognomen sino que prefería hacerse llamar con el recientemente adquirido. Que Dion asuma este nombre indica dos cosas: las fuentes favorables a Octavio a las que recurre y la aceptación de la legitimidad imperial nacida de Accio.
3 Sexto Pompeyo, quien tras ser derrotado en Nauloco huyó a Oriente, donde cayó en manos de Antonio y fue asesinado en el 35 a. C., D. C., XLIX 18.
4 Artavasdes de Armenia. Antonio creyó que lo había traicionado durante la campaña contra los partos del 36 a. C. Desfiló encadenado en el triunfo ce-lebrado en Alejandría en el 34 a. C.
5 Son los pueblos que habitaban Iliria y Dalmacia, pacificados por Octavio durante sus campañas de los años 35 y 34 a. C., D. C., XLIX 34.
6 El rey Fraates IV. D. C. XLIX 23, 3.
7 M. Emilio Lépido fue privado de su mando, de sus provincias. África, y de su ejército, en el 36 a. C. por Octavio. D. C. XLIX 12. No obstante, conservó la vida y el Pontificado Máximo hasta el 12 a. C.
8 En el acuerdo de Brindisi se estableció que Italia sería responsabilidad común de Antonio y Octavio, por lo que ambos podrían reclutar legionarios en la peninsula. De hecho, Italia era el principal vivero de legionarios porque todos sus habitantes poseían la ciudadanía romana.
9 Egipto era un reino independiente y no una provincia de Roma. Para una visión de Cleopatra como reina de Egipto: J. TYLDESLEY , Cleopatra , Madrid, 2008.
10 Las «donaciones» de Alejandría.
11 Cesarión era el hijo de Julio César y Cleopatra. Recibió el nombre de Ptolomeo XV como heredero del reino materno. Augusto negaba la paternidad de César para reivindicar en exclusiva la herencia del dictador. H. HEINEN , «Caesar und Kaisarion», Historia 18 (1969), 181-203.
12 Los motivos y los medios de la propaganda han sido estudiados por K. SCOTT , «The political propaganda of 44-30 B.C.», Mem. Amer. Acad. Rome 11 (1933), 7-49.
13 Año 32 a. C. Gneo Domicio Ahenobarbo era hijo del cónsul del 54 a. C., partidario de Pompeyo, y nieto de Catón. De firmes convicciones republicanas, tras ser proscrito fue rehabilitado por Antonio en Brindisi. C. Sosio gobernó Siria desde el 38 al 36 y dirigió la guerra contra los judíos. En Roma levantó un templo a Apolo que llevó su nombre.
14 El 32 a. C. planteaba un grave problema legal y político a Octavio y a C. Antonio: el final de sus poderes triunvirales. Estos les habían sido concedidos por la ley Ticia de noviembre del 43. Los primeros cinco años —y un mes— se cumplieron el 31 de diciembre del 38. Pero el triunvirato no se renovó hasta el acuerdo de Tarento, en el verano del 37, que establecía un nuevo plazo de cinco años a comenzar, con carácter retroactivo, el 1 de enero del 37 y terminaba el 31 de diciembre del 33. Así lo reconoce el propio Augusto: Res Gestae VII I, SUET ., Aug . 27, I. Por lo tanto, y a la espera del año 31, en el que los debían asumir el consulado. ambos quedaban como particulares bajo la autoridad de unos cónsules partidarios de Antonio. V. FADINGER , Die Begründung des Prinzipats , Berlin, 1969, págs. 98-133. E. GABBA , «La data finale del secondo triumvirato», Riv. Fil. Istr. Class . 98 (1970), 5-16.
15 Las acusaciones tenían como objetivo que Octavio depusiera. efectivamente, sus poderes triunvirales. Posiblemente la fecha de principios de año está equivocada puesto que Sosio asumió las fasces el 1 de febrero. E. W, GRAY , «The crisis in Rome at the beginning of 32 B. C.», Proceed. Afr. Class. Ass . 13 (1975), 15-29.
16 Partidario de Octavio. Parecía que las instituciones republicanas volvían a funcionar.
17 La acción de Octavio, apoyada por la fuerza, era la reivindicación de legitimidad para sus poderes triunvirales que le otorgaban una posición superior a la de los cónsules.
18 No es posible establecer el número con precisión pero, puesto que el Senado cesariano rondaba los mil miembros y Augusto proclama en Res Gestae XXV que setecientos estuvieron a su lado. R. SYME , La revolución romana , Madrid, 1989, pág. 352, propuso que fueron unos trescientos los que marcharon con Antonio. SUET ., Aug . 17 y 37. Los cónsules huidos fueron sustituidos por partidarios de Octavio: L. Comelio Cina y M. Valerio Mesala. Este últimoes una persona distinta que el cónsul del año siguiente: M. Valerio Mesala Corvino.
19 M. Ticio fue el asesino de Sexto Pompeyo. Sirvió a Antonio en la campaña pártica y gobemó Siria. Su deserción se recompensó con el consulado en el 31 a. C.
20 Lucio Munacio Planco, tío del anterior, se alió con Antonio en fecha temprana, el año 43. y prestó servicio como gobernador de Asia. Ya en el bando del vencedor él fue quien propuso el título de Augusto. SUET ., Aug . 7, 2.
21 Posiblemente la notificación del repudio se hizo desde Atenas a principios del verano del 32: Eus., Crón . II 140. PLUT ., Ant . LVII.
22 PLUT ., Ant . LVIII, [4] cree que fue el desacuerdo sobre la posición de Cleopatra lo que los llevó a la derserción. VELL . PAT ., II 83, cree en cambio que fue el descubrimiento de sus abusos financieros lo que los obligó a huir.
23 El testamento se había depositado ante las Vestales. PLUT ., Ant . LVIII, 4. F. DUMONT , «Le testament d’Antoine», Mélanges H. Levy-Bruhl . París, 1959, págs. 85-104.
24 La acción de Octavio no sólo era ilegal sino que se realizó en tales condiciones —él sólo entró a leer el documento, PLUT ., Ant . LVIII— que fue imposible comprobar la veracidad de sus noticias. Así la investigación hoy sigue manteniendo posiciones divergentes. J. CROOK , «A legal point about Mark Antony’s will». Jour. Rom. Stud . 47 (1957), 26-38, considera el contenido divulgado una falsificación. J. R. JOHNSON , «The authenticity and validity of Antony’s will», Ant. Class . 53 (1984), 494-503, cree, en cambio, en la veracidad de las noticias. Quizá lo sensato sea una postura intermedia, de forma que se admita que las disposiciones originales se alteraron a favor de la propaganda. F. A. SIRIANNI , «Was Antony’s will partially Forged?», Ant. Class . 53 (1984), 236-241.
25 De las tres disposiciones, las dos primeras ya eran públicas tras el triunfo celebrado en Alejandría: D. C., XLIX 41. Y la tercera tuvo que haber sido tomada con cierta antelación puesto que las obras de su mausoleo en Alejandría ya estaban muy avanzadas en el 31. Sin duda, esta voluntad de Antonio provocó que Augusto comenzara la construcción de su mausoleo en Roma lo más pronto posible, en el 28 a. C. SUET ., Aug . 100, 4.
26 La voluntad de Cleopatra de gobemar Roma se evidenciaba en uno de sus juramentos: D. C., L 5, 4. El traslado de la sede imperial: VELL . PAT ., II 82, 4. LIV ., Per . 132. HOR ., Od . I 37, 5-12. OVID ., Met . XV 826-828. P. CEAUSESCU , «Altera Roma. Histoire d’une folie politique», Historici 25 (1976), 79-108.
27 PLUT ., Ant . LIX, recuerda a Geminio, un amigo de Antonio, que marchó a su encuentro con la intención de hacerlo cambiar de opinión y conseguir un distanciamiento de Cleopatra, pero fracasó.
28 Antonio, como Octavio, había sido designado cónsul para el 31 a. C. Por esos otros poderes, Dion quizá piense en los triunvirales. PLUT ., Ant . LX.
29 No obstante, a comienzos del 31 sí fue declarado enemigo: APIANO , Gue. Civ . IV 193. SUET ., Aug . 17, 2.
30 De esta forma, la guerra fue declarada contra un enemigo exterior puesto que las guerras civiles habían sido declaradas ofícialmente terminadas tras la victoria de Nauloco. APIANO , Gue. Civ . IV 130.
31 Enio es la diosa griega de la guerra con la que se identificaba Belona, la diosa romana. El templo de Belona estaba situado fuera del pomerio, en el Campo de Marte. Allí se celebraba el ritual de los feciales.
32 Augusto fecial: Res Gestae VII. Los feciales formaban el colegio sacerdotal encargado de declarar la guerra y la paz conforme a derecho. El ritual de declaración de guerra, posiblemente de origen muy arcaico, se recreó para la ocasión. LIV ., I 24. J. BAYET , «Le rite du fécial», Mél. Éc. Fr. Rom . 52 (1935), 39-76. M. REINHOLD , «The declaration of war against Cleopatra», Class. Journ . 77 (1982), 97-103.
33 El gimnasiarca era el magistrado cívico encargado de dirigir y financiar las actividades del gimnasio. pilar fundamental de la educación y la identidad griega. La acusación pretendía demostrar la dejación de romanidad en la que Antonio había incurrido. Este puesto también lo desempeñó en Atenas: PLUT ., Ant . XXXIII 4.
34 Según JOSEF ., Ant. Jud . XV 217, no eran ciudadanos romanos sino soldados galos. SERV ., Com. En . VIII 696, afirma que la fuente de esta noticia era la propaganda de Octavio.
35 El praetorium romano que se confundía con el basíleion helenístico. Antonio vivía en el palacio de Cleopatra y por eso había instalado allí su cuartel general.
36 La espada curva oriental frente a la corta romana: era un mensaje dirigido a mermar la lealtad de los legionarios de Antonio.
37 Antonio, tras Filipos, empezó a ser saludado en Oriente como Nuevo Dioniso, favoreciendo su identificación con Alejandro. PLUT ., Ant . XXIV 5 y XXVI 5. La vinculación con Osiris se establece por el vínculo con Cleopatra-Isis. H. JEANMAIRE . «La politique religieuse d’Antoine et de Cléopatre», Rev. Arch . 19(1924), 241-261.
38 La identificación de Cleopatra con Isis y Selene-Artemis hacía referencia a la fertilidad, y no sólo en Egipto sino también en Asia, especialmente en Éfeso. Cleopatra también fue asociada a Afrodita. PLUT ., Ant . LIV 9. VELL . PAT ., II 89.
39 PROP ., III 11, 45-6. OVID ., Met . XV 825-6. FLOR ., II 21, 2. EUTR ., VII 7, 1.
40 VIRG ., En . VIII 675-688.
41 Bononia, la actual Bolonia, era una colonia fundada por Antonio y por eso fue excluida del juramento de fidelidad a Octavio. SUET ., Aug . 17, 2. E. GABBA , «Sulle colonie triumvirali di Antonio in Italia», Par. Pass . [8] (1953), 101-110. Octavio la refundó, Ins. Lat. Selec . 5674, y tras Accio expulsó a los colonos originarios.
42 Res Gestae XXV, 2: en esa lista no aparece el Ilírico.
43 Dependiente de Egipto por obra de Antonio, quien le entregó la provincia a Cleopatra.
44 Mauritania estaba dividida en dos reinos. Boco había sido reconocido como rey por Julio César y se alió con Octavio. Bogud, en cambio, era partidario de Antonio y salió de África para reunirse con él. Entonces su reino, la Mauritania Tingitana, fue ocupado por Boco, quien murió en el 33 a. C. Bogud mnurió en el 31 en un enfrentamiento con Agripa. ESTRAB ., VIII 4, 3.
45 PLUT ., Ant . LXI: Boco de Libia, Tarcondimotos de Cilicia, Arquelao de Capadocia, Filadelfo de Plafagonia, Mitrídates de Comágena, Sadalas de Tracia, Malco de Arabia, Herodes de Judea, Amintas de Galacia, Artavasdes de Media.
46 El juramento a favor de Antonio quizá se tomase en Samos. aprovechando la reunión de los reyes y representantes de las ciudades orientales. PLUT ., Ant . LVI 4-5. El juramento a favor de Octavio, quizá provocado por el oriental. tuvo mayor trascendencia pues sirvió para soslayar las dificultades legales que ofrecían los poderes de Octavio. Se constituyó en una fuente de legitimidad paralela a la de las instituciones cívicas. M. O. B. CASPARI , «On the luratio Italiae of 32 B. C.», Class. Quart . 5 (1911), 230-235. P. HERRMANN , Der römische Kaisereid , Gotinga, 1968, págs. 78-89.
47 Ya había hecho esta promesa en una ocasión anterior: D. C., XLIX 41, 6.
48 Es difícil establecer la cifra pero parece que Antonio disponía en aquel momento de unos cien mil infantes, frente a los ochenta mil de Octavio. y de unas quinientas naves. PLUT ., Ant . LXI.
49 Otra lista de presagios diferentes que, no obstante, apuntaban también a la derrota de Antonio: PLUT ., Ant . LX.
50 Ceres. Su templo más importante estaba situado en el Aventino y era compartido con Liber y Líbera.
51 En el Capitolio. El término Genio está transcrito del latín en el original griego.
52 Posiblemente, el teatro de Pompeyo.
53 El puente Sublicio, levantado por Anco Marcio y considerado sagrado. D. C., XXXVII 58, 3.
54 La posibilidad de la invasión de Italia fue más una fantasía muy difundida que una opción militar real. Las circunstancias políticas que rodeaban a Antonio la hacían imposible. LIV ., Per . 132; VELL . PAT ., II 82, 4; PLUT ., Ant . LVIII 1-3.
55 Los montes Ceraunos están situadas en Iliria, al noroeste del Epiro, y marcan el límite entre el Adriático y el Jónico. Panormo está situado entre ellos y la costa.
56 Antonio se vio obligado a dispersar sus fuerzas durante el invierno del 32-31 a. C., para asegurar la región y la rutas de aprovisionamiento orientales así como para facilitar el avituallamiento de sus tropas.
57 Personaje desconocido aunque, por lo que se dice a continuación, estuvo ligado a Lucio Antonio en la guerra de Perusia.
58 PLUT ., Ant . LXII 2-4.
59 La designación de los magistrados tuvo lugar en el 39 a. C., D. C., XL-VIII 35, 1. Era el término previsto para la restauración de la República. APIANO , Gue. Civ . V 313.
60 D. C., L 4, 3. No obstante, Antonio se siguió considerando cónsul: Brit. Mus. Coins II 531.
61 M. Valerio Mesala Corvino era hijo del cónsul del 61. En el 44 se alineó con los tiranicidas y fue proscrito. Recibió el perdón tras Filipos y militó con Antonio, al que abandonó en el 36 para pasarse a Octavio. Fue uno de los más activos propagandistas contra Antonio. A. VALVO , «M. Valerio Messalla Corvino negli studi piu recenti», Auf. Nied. Rom. Welt II 30, 3, Berlín, 1983, págs. 1.663-1.680.
62 Estos templos de Ceres y Spes estaban en el Foro Boario.
63 Las necesidades financieras de la guerra obligaron a imponer contribuciones desorbitadas. D. C., LI 3. 3. PLUT ., Ant . LVIII 1-2, quien sitúa esta decisión en el 32. R. T. RIDLEY , «The Economics of Civil War», Helikon 20-21 (1980-1981), págs. 39-40.
64 Metone, al suroeste del Peloponeso, era un puerto importante en las rutas de suministro para Antonio desde el Oriente.
65 Accio es el promontorio a la entrada del golfo de Ambracia. El conocimiento geográfico de Dion parece derivar, por su precisión, de la experiencia personal. Es posible que visitara la ciudad de Nicópolis en algún momento de su vida, quizá para asistir a los festivales que allí se organizaban en conmemoración de la batalla.
66 OROS ., VI 19, 7, afirma que fue Agripa quien tomó la isla.
67 Glykýs , puerto de la costa del Epiro en la desembocadura del río Aqueronte. Hoy es Fanfari.
68 El término griego es pístis , cuyo signifícado aquí ofrece algunas dificultades. No parece, tal y como señaló Boissevain, que pudiera traducirse por «confianza» en sus propias fuerzas, puesto que hubiese supuesto aceptar la batalla que se ofrecía. Por eso el editor proponía dos posibilidades: apistía o ou pístei , con el signifícado, en ambos casos, de «descontianza» de Antonio hacia sus tropas. Pero también podría mantenerse el texto con dos posibles significados: exceso de confianza o, mejor, «fidelidad», como se hace en la traducción, para indicar la lealtad de las tropas a Antonio puesto que la primera oferta era la de negociar.
69 El golfo de Ambracia estaba cerrado por dos promontorios. En el meridional, donde se encontraba el templo de Apolo, Antonio había instalado su campamento aprovechando el puerto. El promontorio septentrional es el que ahora ocupa Octavio y donde tras la victoria fundó la ciudad de Nicópolis.
70 Octavio no podía cruzar la boca del golfo de Ambracia que estaba bien fortificada por Antonio. Por eso tuvo que recurrir al puerto exterior de Comaro aunque ofrecía una protección insuficiente a la armada. Además de los muros que conectaban el puerto con el campamento, levantó también un malecón del que quedan todavía algunos testimonios.
71 Holkós es el nombre de la máquina.
72 El culto a Apolo en Accio tenía hondas raíces en el tiempo: F. SOKOLOWSKI , «From the History of the Worship of Apollo at Actium», Harv. Theol. Rev . 52 (1959), 215-221. No obstante, fue la victoria de Octavio, que se atribuyó a la intervención directa del dios, la que hizo del santuario uno de los templos más importantes del imperio. J. GAGÉ , Apollon romain , París. 1955.
73 Posiblemente se trataba de malaria, favorecida por el carácter pantanoso de la zona.
74 Había pasado el invierno en Patras, en el Peloponeso.
75 Dion es el único en ofrecer esta noticia. El campamento de Antonio quizá se ubicó en la colina de Smyrtoula.
76 Leucada es la isla situada al suroeste de Accio, a muy poca distancia. Su control se constituyó en una pieza fundamental para el cerco que Octavio, gracias a Agripa, estaba organizando sobre Antonio. VELL . PAT ., II 84. FLOR ., II 21, 5.
77 Ciudad fundamental en el plan de Antonio porque protegía el golfo de Corinto, vía fundamental hacia el Oriente. VELL . PAT ., II 84, 2.
78 Quinto Nasidio y su padre, Lucio, caballero romano, sirvieron ambos en las filas de Sexto Pompeyo. Quinto se enroló con Antonio en el 35 a. C.
79 Para PLUT ., Ant . LXVII 7, Corinto sólo cayó tras Accio. Quizá fuese posible suponer una recuperación temporal de la ciudad por el bando de Antonio.
80 Tito Estatilio Tauro era el segundo comandante de Octavio, por detrás de Agripa. Aunque había comenzado su carrera militar y política con Antonio, se había cambiado de bando para la guerra de Sicilia. Acompañó a Octavio en la guerra del Ilírico.
81 Deyotaro Filadelfo, nieto de Deyotaro de Galacia, había recibido el trono de Paflagonia de manos de Antonio. Fue el primero en desertar, aunque acompañado de Rumetalces de Tracia: PLUT ., Apot. Cés. Aug. 2 .
82 Gneo Domicio Ahenobarbo encamaba los valores republicanos, difícilmente compatibles con la influencia de Cleopatra sobre Antonio. Su nuevo cambio de bando suponía un duro golpe para Antonio, que perdía así a uno de los cónsules del año anterior.
83 Jámbilico I. rey de Emesa. R. D. SULLIVAN , «The Dynasty of Emesa», Auf. Nied.Rom. Welt II 8, Berlín, 1977, págs. 210-211.
84 Personaje desconocido.
85 Quinto Delio fue un miembro destacado del ámbito de Antonio y facilitó, en un primer momento, la relación con Cleopatra. Con el tiempo se fue distanciando hasta llegar a la deserción justo antes de la batalla. Dio a conocer a Octavio parte de los planes de huida de sus rivales. PLUT ., Ant . XXV 3 Y LIX 6-7.
86 Amintas había sido el secretario de Deyotaro de Galacia. Antonio lo convirtió en rey de Galacia y Licaonia.
87 La identificación de este Socio con C. Sosio ofrece una diticultad: Dion afirma que el protagonista de esta batalla murió durante la misma, mientras que C. Sosio. el cónsul antoniaño del 32 a. C., luchó en Accio y fue rehabilitado posteriormente por Octavio.
88 El nombre no está bien fijado en los manuscritos. En uno se lee Taresíou , lo que llevó a la identificación con L. Arruntio. uno de los jefes de la flota de Octavio. Boissevain se inclina por la otra lectura, Tarríou , que permitiría la identificación con L. Tario Rufo, gobernador de Macedonia hacia el 17-16 a. C. y cónsul sufecto en el 12 a. C.
89 Rey de una región de Cilicia. PLUT ., Ant . LI 2, lo incluye en la lista de aliados de Antonio.
90 Sobre la estrategia de los dos bandos en la batalla: J. KROMAYER , «Kleine Forschungen zur Geschichte des zweiten Triumvirats, VII: Der Feldzug von Actium und der sogennante Verrath der Cleopatra», Hermes 34 (1899), 1-54.
91 PLUT ., Ant . LXIII 3-5. Canidio Craso ofreció una tercera propuesta, distinta a la de luchar allí o huir a Egipto: retirarse a Tracia y Macedonia y luchar allí.
92 El teatro de Dioniso, a los pies de la Acrópolis. Estos mismos presagios en PLUT ., Ant . LX 7. En su lugar los atenienses levantaron más tarde una imagen de Agripa: Ins. Graec . II2 4.122.
93 PLUT.,Ant . LXIV 1.
94 Las fuentes que Dion utiliza para la reconstrucción, o quizá mejor invención, del discurso de Antonio son claramente favorables a Octavio. Así, por ejemplo, se recoge aquí uno de los tópicos de la propaganda rival: el carácter abigarrado del ejército de Antonio.
95 Antonio tenía cincuenta y un años.
96 Para la debilidad física de Octavio, que le acompañó toda su larga vida: SUET ., Aug . 59, 72, 81-82.
97 La propaganda contra Octavio pretendía que todas sus victorias eran obra de sus generales, especialmente de Agripa. SUET ., Aug . 16.
98 El ala de Octavio fue superada por las tropas de Bruto.
99 Las victorias de Milas y Nauloco: D. C., LIX [2] y 8.
100 D. C., LIX 12, 4-5. El argumento también fue utilizado por Octavio: Res Gestae XXV 1.
101 Evidentemente, Antonio nunca habría utilizado este nombre para Octavio.
102 Al día siguiente de Milas, cuando Octavio intentaba cruzar el estrecho de Mesina. D. C., XLIX 5. SUET ., Aug . 70.
103 Las fuerzas navales de Antonio eran superiores a las de Octavio aunque estaban en permanente disminución a causa de las derrotas parciales, las enfermedades que diezmaban a los marinos y las deserciones. La interpretación de las noticias conservadas está todavía en discusión. J. KROMAYER , «Die Entwickelung der römischen Flotte von Seeräuberkierge des Pompeius bis zur Schlacht von Actium», Philologus 56 (1897), 458-466, cree que Antonio sólo disponía de ciento setenta naves. W. W. TARN , «The Battle of Actium», Jour. Rom. Stud . 21 (1931), pág. 191, en cambio, las contabiliza, y posiblemente con razón, en cuatrocientas, incluidas las sesenta de Cleopatra. Ciento setenta sería el número de navíos bajo el mando directo de Antonio en el ala derecha de la formación.
104 La duda sobre la conveniencia de combatir en el mar se extendía por las filas de Antonio: PLUT ., Ant . LXIV.
105 Sobre el destino de los senadores y caballeros que militaron con Sexto: D. C., XLIX 12, 4. En cambio, no hay ninguna otra noticia de la persecución de los partidarios de Lépido.
106 Lépido fue privado de sus poderes triunvirales y de sus provincias africanas aunque mantuvo el Pontificado Máximo hasta su muerte. D. C., XLIX 11-12. SUET .,Aug . 16.
107 D. C., L 10, 4-5.
107b Parece tratarse de una repetición de la frase anterior y posterior.
108 Las decisiones contra Antonio se tomaron en el Senado, durante unas sesiones que Antonio se niega a reconocer como legítimas porque los cónsules que debían convocarlas habían huido a su encuentro.
109 El término griego es mónarchos , que sólo utiliza Dion en dos ocasiones, para referirse a los poderes otorgados a Julio César, D. C., XLIII 45, 1, y aquí. El término es para Dion peyorativo por lo que se ha traducido aquí por tirano. M. L. FREYBURGER -GALLAND , Aspects du vocabulaire politique ..., pág. 138.
110 Parece referirse a los aliados orientales, contra los que formalmente se había declarado la guerra.
111 Ambos bandos se acusaban mutuamente de querer imponer un gobiemo tiránico eliminando la libertad propia de la República: Res Gestae I 1.
112 Parece referirse a los juramentos de restaurar la República: D. C., L 7.
113 Para las diversas naves de Antonio: D. C., LI 1, 2.
114 Sobre las pretensiones ecuménicas del imperio con Augusto: J. M. CORTÉS COPETE , «Ecúmene, imperio y sofística», Stud. Hist. Hist. Ant . 26 (2008), 131-148.
115 Los reyes helenísticos derrotados por Roma a lo largo de los siglos III y II a. C.
116 Destruidas por Escipión Emiliano en el 133 y el 146 a. C.
117 Tribus bárbaras derrotadas por Mario en el 102 y el 101 a. C.
118 Se refiere a los veteraños de César que sirvieron en Galia, Germania y Britania a las órdenes del dictador y luego combatieron con Octavio en Iliria. Agripa también cruzó el Rin en el 38 a. C., D. C., XLVIII 49, 3.
119 El desprecio hacia los egipcios, arraigado entre los romanos, era muy intenso en Dion. M. REINHOLD . «Roman Attitudes towards Egyptians», Anc. World [ 3] (1980), 97-103.
120 D. C., L 5, 1.
121 En el 44 y en el 34 a. C., Octavio no cuenta, evidentemente, el consulado del 31 a. C.
122 En cuatro ocasiones recibió la aclamación imperial, propia de los generales victoriosos.
123 Una referencia a las donaciones de Alejandría: D. C., XLIX 41, 1-3.
124 Tryphé es el término que se utiliza aprovechando todas sus connotaciones peyorativas: molicie, afeminamiento, insolencia... Pero para los reyes helenísticos podía tener un valor positivo al referirse a la superioridad y, por lo tanto, al exceso de su positión. A. PASSERINI , «La tryphé nella storiografia ellenistica», Stud. Fil. lnstr. Class . 11 (1934), 35-56.
125 La creencia de que Antonio había dejado de ser dueño de su propia voluntad a causa de las malas artes de Cleopatra es una idea de la propaganda de Octavio que Dion asume en diversos pasajes: D. C., XLIX 33, 4; L 5, 1; LI 9, 5. Y no sólo Dion: HOR ., Od . I 37, 21.
126 El nombre de los servidores de Serapis.
127 D. C., L 5, 1.
128 Canopo es una pedanía de Alejandría que sufría la mala reputación de ser un lugar de depravación. ESTRAB ., XVII 1, 17. PROP ., El. III 39. PLUT ., Ant . XXIX 7.
129 En el 43 a. C. Antonio fue derrotado en Mutina, la moderna Módena. D. C., XLVI 38, 4-7.
130 Una nueva referencia a Filipos.
131 Antonio fue obligado a levantar el asedio de la capital de Media, Praaspas, y a retirarse sufriendo graves pérdidas. D. C., XLIX 23-33.
132 Una danza lasciva.
133 D. C., XLIX 39; L 1, 4.
134 Recuerda un aconlecimiento del 44 a. C., cuando dos legiones venidas de Oriente para unirse a Antonio que luchaba contra Bruto en Galia desertaron y se pasaron a Octavio. D. C., XLV 12-13.
135 Hace una lista de los romanos vencedores de reyes orientales —Antíoco III, Mitrídates, Tigranes, Farnaces— para terminar orientalizando también a los defensores de la República: Bruto y Casio.
136 Antonio había acuñado monedas romanas con su retrato y el de Cleopatra, visualización de esta equiparación inaceptable para los romanos, tanto por su condición de extranjera como de mujer. M. H. CRAWFORD , Roman Republican Coinage . Cambridge, 1976, nº 543.
137 La palabra kopría tiene dos significados que, sin duda, Octavio quiere mezclar aquí: «basura» y «bufón», sentido último que pasará al latino copreae .
138 El hecho de que los barcos de Antonio hubiesen sido equipados con sus velas se considera la prueba fundamental de que sus intenciones eran romper el contacto con el enemigo y huir. No obstante, todos los navíos embarcaban siempre al menos una vela para las batallas.
139 Ningún otro relato de la batalla recuerda esta tormenta que parece una invención retórica de Dion. PLUT ., Ant . LXV informa de un fuerte viento que impidió el combate durante los tres días previos a la batalla. Sería, por lo tanto, un factor que afectó a ambos por igual.
140 Estas naves de enlace, llamadas en latín liburnae , eran barcos de dos órdenes de remos destinados a mantener las comunicaciones durante la batalla. S. PANCIERA , «Liburna». Epigraphica 18 (1956), 130-156.
141 Antonio aplicaba una norma básica de la guerra naval: cerrar filas en caso de inferioridad numérica. PLUT ., Ant . LXV.
142 Para PLUT ., Ant . LXV 5. fue el ala izquierda de Antonio, la mandada por Celio. la que inició el combate. Enfrente tenía a Octavio. Antonio mandaba su ala derecha trente al ala izquierda rival comandada por Agripa.
143 Son las tropas legionarias y auxiliares comandadas por Estatilio Tauro para Octavio y Canidio Craso para Antonio. PLUT., Ant . LXV 3.
144 Las consecuencias trágicas del uso del fuego como arma que a continuación se narran parecen, de nuevo, invención retórica de Dion. De hecho, Plutarco no dice nada de este asunto. No obstante, los poetas de Augusto sí lo recuerdan: HOR ., Od . I 37, 12-13. VIRG ., En . VIII 696. W. W. TARN , «The Battle of Actium», págs. 183-184.
145 Las cifras de bajas conocidas no hablan de una carnicería. PLUT ., Ant . LXVIII 1, que dice citar al propio Augusto, recuerda cinco mil muertos y trescientas naves capturadas, indicio de que el fuego no afectó sino a una mínima parte de los navíos de Antonio. Augusto, en Res Gestae III, cifra en seiscientas las naves mayores capturadas, cifra a la que habría que sumar un número indeterminado de otros navíos menores, aunque posiblemente se refiere a la totalidad de naves capturadas a lo largo de su vida. Los cálculos de W. W. TARN , «The Batttle of Actium...», págs. 178-179, le llevan a concluir que fueron hundidos unos quince navíos de Antonio.
LIBRO LI
Estos son los acontecimientos que figuran en el libro cincuenta y uno de la Historia romana de Dion:
1.De cómo César, después de haber obtenido la victoria en Accio, organizó los asuntos inmediatos.
2.Sobre Antonio y Cleopatra y lo que hicieron tras la derrota.
3.De cómo Antonio, derrotado en Egipto, se suicidó.
4.De cómo César sometió a Egipto.
5.De cómo César retornó a Roma y celebró el triunfo.
6.De cómo se consagró la Curia Julia.
7.De cómo se conquistó Mesia.
Periodo: el resto del tercer consulado de César y de Marco Valerio Corvino Mesala y otros dos años en los que fueron cónsules las personas que a continuación se enumeran:
Año 30 a. C.: César, cónsul por cuarta vez, y Marco Licinio <Craso> , hijo de Marco.
Año 29 a. C.: César, cónsul por quinta vez, y Sexto Apuleyo, hijo de Sexto.
Aquella batalla naval entre Antonio y Cleopatra tuvo lugar el [2] de septiembre 1 . Y no lo digo —pues no acostumbro a dar fechas precisas 2 — por otra razón salvo porque entonces, por [2] primera vez, César tuvo, él solo, todo el poder 3 . De esta manera el cómputo exacto de los años de su gobierno en solitario parte de este momento. Para honrar aquel día consagró a Apolo Actiaco una triere , una tetraere y otros barcos hasta alcanzar la decere 4 , provenientes de las naves capturadas en la guerra. Construyó un templo más grande 5 e instituyó un certamen sagrado —pues así se llaman los juegos que incorporan la distribución de alimentos— y cuadrienal, con pruebas gimnásticas, musicales e hípicas y se le dio el nombre de Juegos Actiacos 6 . [3] Fundó una ciudad en el lugar donde estaba ubicado su campamento, para lo que reunió a algunos pueblos vecinos y trasladó a otros. Le dio a aquella ciudad el nombre de Nicópolis 7 . En el lugar donde levantó su tienda, cimentó una terraza con sillares y la adornó con los espolones de las naves capturadas. En aquel lugar consagró a Apolo un templo a cielo abierto 8 .
Pero todo esto sucedió más tarde. En aquel entonces despachó [4] una parte de su flota en persecución de Antonio y Cleopatra. Las naves salieron tras ellos pero, cuando vieron que no estaban a su alcance, regresaron. Con el resto de la flota consiguió capturar el campamento naval enemigo sin resistencia alguna, dado el escaso número de defensores. Y después, tras alcanzar al resto del ejército que se retiraba hacia Macedonia 9 , [5] hizo que se rindiera sin entablar batalla. Pero algunos otros ya habían conseguido huir. De estos, los ciudadanos romanos se marcharon con Antonio y los demás aliados, cada uno a su país. No obstante, estos últimos ya no volvieron a hacer la guerra contra César, sino que se mantuvieron en paz. Y todos los pueblos que ya estaban bajo dominio romano, unos antes y otros [2] más tarde, llegaron a acuerdos con César. Este castigó a las ciudades con exacciones de dinero y con la derogación de los restos de poder que en las asambleas les quedaban a sus ciudadanos 10 . A los príncipes y reyes, a todos menos a Amintas 11 y Arquelao 12 , les quitó todos los territorios que habían recibido [2] de Antonio 13 . Desposeyó de sus dominios a Filópatro, hijo de Tarcondimotos 14 ; a Licomedes, que reinaba sobre una parte de la Capadocia Póntica 15 , y a Alejandro, el hermano de Jámblico 16 . A este último, puesto que había conseguido su reino en pago de una denuncia que presentó contra él, lo hizo desfilar [3] en la celebración de su triunfo y después lo mató. El reino de Licomedes se lo entregó a un cierto Medeyo, porque antes de la batalla naval había sublevado contra Antonio a los mesios de Asia y con ellos había combatido contra los partidarios de aquel. Concedió la libertad a los habitantes de Cidonia y Lampa 17 porque le habían prestado cierta ayuda. Ayudó a los habitantes de Lampa a reconstruir su ciudad. De los senadores, caballeros [4] y otros prohombres que habían colaborado con Antonio, a la mayoría los castigó en sus bienes, a otros los hizo matar 18 y, por fin, de algunos otros tuvo compasión. Entre estos últimos se hicieron famosos Sosio —pues aunque este siempre lo había combatido y entonces estaba huido y escondido, algún tiempo después de ser encontrado se le perdonó— y un tal Marco Escauro. Este era hermano de Sexto 19 por parte de madre y, aunque [5] había sido condenado a muerte, más tarde fue perdonado por la intervención de su madre, Mucia 20 . De aquellos que fueron castigados, gozaban de mucho renombre los Aquilio Floro y Curión. Este último era hijo de aquel otro Curión que tiempo atrás, y en múltiples ocasiones, había tomado las armas en defensa del primer César. Los Floro murieron ambos, aunque se [6] había dado la orden de que sólo lo hiciera uno de ellos, al que la suerte designase. Eran padre e hijo. El hijo, antes de que se realizara el sorteo y por propia voluntad, se ofreció al verdugo, y el padre, transido de dolor, se suicidó.
Así sucedió con ellos. El grueso de las tropas de Antonio se [3] incorporó en las filas del ejército de César y, a continuación, envió a Italia, sin ninguna recompensa, a los legionarios de ambos bandos que habían superado la edad de servicio. A los demás [2] los dispersó. Puesto que en Sicilia, tras la victoria allí, se habían convertido en un peligro, temía que ahora también provocaran desórdenes. Y por esta razón se apresuró, antes de que intentaran una rebelión, a apartar a unos completamente del servicio [3] de armas y a dispersar a la mayoría. Y dado que todavía, por aquel entonces, se mostraba receloso con los libertos, les perdonó el cuarto pago que todavía debían de la suma que se les había exigido 21 . Y ya no le guardaron ningún rencor por cuanto les había robado, sino que se mostraron agradecidos como si [4] hubiesen ganado cuanto no habían pagado. Los soldados que todavía entonces permanecieron en filas no intentaron provocar ningún disturbio porque estaban sometidos a la autoridad de sus oficiales y porque, sobre todo, tenían la esperanza puesta en las riquezas egipcias. Por el contrario, quienes habían colaborado en su victoria y habían sido apartados del ejército estaban resentidos porque no habían conseguido botín alguno. Y no mucho [5] después comenzaron las revueltas. César recelaba de ellos y temía que despreciaran a Mecenas, al que se le había encargado el gobierno de Roma y del resto de Italia 22 , porque era un caballero. Y así, como si fuera por otro asunto, envió a Italia a Agripa. Concedía a Agripa y a Mecenas tanta autoridad en todas las materias que incluso les daba a leer con antelación las cartas que pensaba enviar tanto al Senado como a cualquier otro, y en [6] ellas cambiaba todo lo que ellos consideraban. Por esta misma razón recibieron de él su anillo, para que pudieran sellar sus cartas. Había mandado hacer duplicados del sello que por entonces usaba con preferencia, tallando en cada uno la misma imagen. Pues no fue hasta más tarde que, tras hacerse un sello con su propio retrato, con él todo lo sellara 23 . De este último [7] sello se sirvieron todos los emperadores que le sucedieron, excepto Galba. Este utilizaba un sello que había pertenecido a su familia. En él figuraba un perro que se inclinaba hacia delante de la proa de un barco. Y cuando debía comunicarles algún secreto, les escribía, tanto a aquellos dos como a algunos otros amigos íntimos, sustituyendo cada letra de cada palabra por la siguiente en el alfabeto 24 .
Creyendo que no existía ningún peligro con los veteranos ya [4] licenciados, César organizó los asuntos de Grecia y tomó parte en los misterios de las dos diosas 25 . Después se trasladó a la provincia de Asia y la estuvo organizando mientras que aguardaba con ansias noticias sobre Antonio. Todavía no había conseguido [2] ninguna noticia segura de adónde había huido; estaba preparado para hacerse a la mar contra él tan pronto como estuviera seguro. Pero mientras tanto, los veteranos empezaron a demostrar su malestar abiertamente, aprovechando que él estaba muy lejos. Se temía que, si se daban un jefe, cometieran alguna tropelía. Y por esta razón ordenó a otros que siguieran [3] buscando a Antonio mientras que él partió para Italia, aunque era pleno invierno, en el año en que ocupó el consulado junto con Marco Craso. Este, aunque había defendido las causas de Sexto y Antonio, compartía el consulado con él, a pesar de que no había sido pretor 26 . Cuando llegó a Brindisi no continuó viaje 27 . [4] Cuando el Senado conoció su llegada a Italia, todos salvo los tribunos y dos pretores, que permanecieron en la ciudad de acuerdo con lo decretado, partieron a su encuentro. Iban con ellos el orden ecuestre, la mayor parte del pueblo y otros muchos, [5] algunos como legados y otros por propia voluntad. Y ante la llegada de César y las muestras de afecto tan multitudinarias, ya nadie volvió a intentar una revuelta. A Brindisi fueron también los veteranos, unos por miedo, otros con esperanzas y otros porque habían sido llamados. A algunos de ellos César les dio dinero, pero a aquellos que habían prestado servicio con él durante [6] todo el tiempo les repartió, además, tierras 28 . Tras expulsar a las comunidades italianas vinculadas con Antonio, regaló aquellas ciudades y tierras a sus soldados. A la mayoría de los desplazados les entregó Dirraquio, Filipos y algunos otros lugares para que se instalaran allí como colonos 29 . Y al resto les repartió, [7] o les prometió, dinero a cambio de sus tierras 30 . Había conseguido mucho dinero con la victoria, pero ya había gastado mucho más. Por esta razón puso en venta tanto sus bienes como los de sus amigos para que, si alguien quería comprar alguno de ellos o hacerse con él, lo hiciera. Pero nada se vendió ni nada se [8] cambió. ¿Quién se habría atrevido a hacerlo? Por esta razón consiguió una moratoria decorosa para sus promesas y al futuro remitió su cumplimiento, al botín egipcio.
Atendió a estos y a otros asuntos que se presentaron, otorgó [5] a quienes habían recibido el indulto el derecho a residir en Italia —pues no les estaba permitido— y perdonó al pueblo que se había quedado en Roma por no haber salido a su encuentro. Y, después, zarpó inmediatamente hacia Grecia, a los treinta días de su llegada. Hizo cruzar las naves por el istmo del Peloponeso, [2] porque todavía era invierno. Y con tanta rapidez alcanzó de nuevo la provincia de Asia 31 que Antonio y Cleopatra se enteraron a la vez de ambas noticias, tanto de que se había puesto en camino como de que ya había regresado. Al huir de la batalla, [3] se fueron al Peloponeso y tras despedir a algunos de sus compañeros de los que no se fiaban —muchos ya habían desertado contra los deseos de sus jefes—, Cleopatra se marchó hacia Egipto para que sus súbditos, cuando conocieran su derrota, no se sublevaran. Y para hacer más segura su arribada, engalanó [4] las proas de sus barcos como si hubiese obtenido la victoria y ordenó a los flautistas entonar cantos de victoria. Cuando se encontró segura, mandó asesinar a muchos nobles que siempre se habían sentido a disgusto con ella y que en aquel momento estaban exultantes con su derrota. Reunió mucho dinero proveniente [5] de los bienes de aquellos nobles y de otros tanto de carácter profano como sagrado, sin respetar ni los templos más santos 32 . Reorganizó sus fuerzas y revisó sus alianzas. Tras matar al rey de Armenia envió su cabeza al rey medo 33 , creyendo [6] que por este medio les prestaría ayuda. Antonio, por su parte, navegó hacia Libia para presentarse ante Pinario Escarpo 34 y ante el ejército que, bajo sus órdenes, estaba congregado para la defensa de Egipto. Pero Escarpo se negó a recibirlo, mató a quienes Antonio había enviado por delante y, además, hizo ejecutar a algunos de los soldados que estaban a sus órdenes porque habían mostrado su disgusto. Antonio tuvo que volver a Alejandría sin haber conseguido nada.
[6] Entre todos los preparativos que hicieron para una guerra que consideraban inmediata, inscribieron a sus hijos entre los efebos, Cleopatra a Cesarión y Antonio a Antilo, el hijo nacido de Fulvia y que se encontraba con él 35 . Lo hicieron para que los egipcios recobraran el ánimo, pues de alguna forma ya tenían a un varón que los reinaba, y para que los demás, al tenerlos como jefes, continuaran resistiendo aunque a Antonio y a Cleopatra [2] les sucediera alguna calamidad. Aquella decisión fue la causa de la ruina de los muchachos. A ninguno de los dos César les perdonó la vida puesto que de alguna manera ya eran hombres y poseían cierta forma de mando. Antonio y Cleopatra hicieron sus preparativos como si fueran a luchar en Egipto tanto por [3] mar como por tierra. Por esta razón llamaron en su ayuda a las naciones vecinas y a los reyes que eran amigos. Estaban preparados nada menos que para navegar hasta Iberia, si fuera necesario, y poner en pie de guerra a las gentes de aquella región por los más diversos medios, además de por su abundante dinero. También estaban preparados para trasladarse al Mar Rojo. Y [4] con la intención, o bien de ocultar estos preparativos o de engañar a César de algún modo o, incluso, de asesinarlo a traición, le enviaron emisarios con propuestas de paz que, además, llevaban dinero para quienes rodeaban a César. Mientras tanto, y sin [5] que Antonio lo supiera, Cleopatra le envió un cetro y una corona, de oro ambos, y una silla real, con la intención de que pareciera que le estaba entregando su reino por medio de aquellos símbolos, para que, aunque odiara a Antonio, tuviera piedad de ella 36 . César aceptó los regalos puesto que los consideró un presagio, [6] pero no dio ninguna respuesta a Antonio. A Cleopatra, aunque públicamente le contestó con diversas amenazas y le dijo que si renunciaba a las armas y al reino él podría pensar qué debía hacer con ella, en secreto le comunicó que si mataba a Antonio le concedería el perdón y su reino intacto.
Mientras sucedía todo esto, los árabes 37 , instigados por Quinto [7] Didio, el gobernador de Siria, incendiaron las naves que se habían construido en el golfo arábigo para navegar hasta el Mar Rojo. Y todas las naciones y príncipes rechazaron sus peticiones de ayuda. No me deja de causar asombro que todos aquellos, [2] aunque habían recibido muchos bienes de sus manos, los abandonaran, mientras que aquellos entrenados como gladiadores, quienes figuran entre la escoria de la humanidad, dieran tal muestra de fidelidad hacia ellos y lucharan con tanto valor. Estos [3] se habían estado entrenando en Cícico para celebrar los juegos por la victoria —esos juegos que tenían la esperanza de organizar por su victoria sobre César—. Pero tan pronto como se enteraron de lo sucedido, partieron para Egipto con la intención [4] de prestarles ayuda. Y lucharon con valentía contra Amintas en Galacia 38 , contra los hijos de Tarcondimotos en Cilicia, pues aunque habían figurado entre los principales aliados de Antonio y Cleopatra, entonces, ante los nuevos acontecimientos, habían cambiado de bando. También lucharon contra Didio, quien les [5] impedía el paso. Pero no pudieron abrirse camino hasta Egipto. E incluso cuando fueron totalmente rodeados, no aceptaron ninguna propuesta de rendición aunque Didio les había prometido muchas cosas. En su lugar hicieron llamar a Antonio con la idea [6] de que lucharían mejor en Siria bajo su mando. Pero como ni Antonio acudió ni les envió noticia alguna, creyendo que había muerto, llegaron al acuerdo, contra su voluntad, de no servir como gladiadores en ningún lugar. De Didio recibieron Dafne, el suburbio de Antioquía, para que se instalaran allí hasta que se [7] informara de todo a César. Más tarde, engañados por Mesala 39 , cada uno fue enviado a un lugar diferente, bajo la creencia de que iban a ser alistados en el ejército, y fueron eliminados de la manera que pareció más oportuna.
[8] Antonio y Cleopatra, tras escuchar de sus emisarios las propuestas de César, de inmediato le contestaron: ella, prometiendo entregarle mucho dinero; él, recordándole su amistad y sus vínculos familiares, justificándose por su relación con la egipcia y recordando los amores que en otro tiempo habían compartido y las aventuras juveniles que habían vivido juntos. Y finalmente [2] le entregó a Publio Turulio 40 , que era senador y había sido uno de los asesinos de César, y que por aquel entonces compartía amistad con él. También le anunció que él mismo se mataría si con eso conseguía que Cleopatra se salvase. César mandó [3] matar a Turulio. Precisamente había sido él quien había talado, para la flota, los árboles del bosque sagrado de Asclepio en Cos. Y puesto que allí fue ejecutado, se creyó que también se le había hecho justicia al dios. Pero nada respondió a Antonio. [4] Este le despachó una tercera embajada y con ella envió a su hijo Antilo con una gran cantidad de dinero. César tomó el dinero y le devolvió al muchacho con las manos vacías, sin darle respuesta alguna. En cambio, a Cleopatra, tal y como había hecho tanto en la primera embajada como en las dos siguientes, no sólo la amenazó sino que también le hizo muchas promesas. Temía que ellos, renunciando al perdón que él pudiera otorgarles, [5] ofrecieran resistencia y, a pesar de todo, consiguieran salvarse por sus propios medios, zarpasen para Iberia o para Galia, o, incluso, destruyesen sus tesoros que él sabía cuantiosísimos. Cleopatra había reunido todos sus tesoros en el sepulcro que [6] estaba construyendo en el palacio real y amenazaba con quemarlos todos consigo si fracasaba, incluso, en la más insignificante de sus pretensiones. Y por eso César le envió a Tirso, uno de sus libertos, para que le hiciera llegar sus galanterías y le dijera que también estaba enamorado de ella, por si de este [7] modo, ya que ella estaba convencida de resultar irresistible para todos los hombres, se deshacía de Antonio y conservaba intactas tanto sus riquezas como su persona. Y así fue como sucedió.
[9] Pero antes de que eso sucediera, Antonio supo que Cornelio Galo 41 se había apoderado del ejército de Escarpo y que con ellos, y a marchas forzadas, había capturado Paretonio 42 . Por eso no se puso en camino hacia Siria, aunque deseaba partir hacia [2] allí tras la llamada de los gladiadores, sino que avanzó contra Galo con la esperanza de granjearse el favor de sus soldados sin necesidad de luchar. Entre aquellas unidades había quienes le tenían aprecio por haber prestado servicio juntos en otras campañas. Y si de este modo no hubiera podido conseguirlo, los habría sometido por la fuerza pues llevaba consigo un gran ejército, [3] tanto naval como terrestre. No obstante, no pudo hablar con los soldados aunque se acercó a la muralla y gritó. Galo había dado la orden de que se hiciera sonar las trompetas y no dejó que nadie oyera una sola palabra. Además, fracasó en su ataque por sorpresa y, a continuación, con las naves volvió a ser derrotado. [4] Galo, de noche, había extendido unas cadenas bajo el agua a través de la boca del puerto y no puso, visible, guarnición alguna en él, sino que les permitió entrar en el puerto sin encontrar ningún obstáculo y llenos de altanería. Cuando estuvieron dentro, alzó las cadenas con ayuda de unas máquinas y tras aislar de una sola vez las naves de Antonio tanto de tierra, es decir, de su [5] campamento, como del mar, incendió algunas y hundió otras. Mientras tanto, César capturó Pelusio 43 , aparentemente por medio de la fuerza pero, de hecho, traicionada la ciudad por Cleopatra. Esta, como nadie la ayudaba, comprendió que César no tenía rival. Y, lo que es más importante, tras escuchar las palabras que César le transmitía por medio de Tirso, creyó realmente que César la amaba. Creía esto, en primer lugar, porque así deseaba creerlo y, en segundo lugar, porque había conseguido dominar del mismo modo tanto al padre de César como a Antonio 44 . Por esta razón no sólo esperaba conseguir el perdón y [6] mantener su reino de Egipto, sino incluso tener el poder en Roma. Y así, inmediatamente, le entregó Pelusio. Impidió también que los alejandrinos salieran a atacar a César mientras se acercaba a la ciudad. Lo impidió en secreto, puesto que por cuanto decía a gritos y abiertamente, los animaba a hacerlo.
Antonio, ante la noticia de Pelusio, regresó de Paretonio y [10] delante de Alejandría se enfrentó con César. Lo consiguió vencer con su caballería porque cogió a su rival cansado por la marcha. Recobró el ánimo gracias a esta escaramuza y a que, [2] por medio de flechas, había conseguido lanzar unas octavillas al campamento de César en las que prometía mil quinientas dracmas a cada soldado. Y lanzó un nuevo ataque con la infantería, pero fue derrotado. El propio César había leído gustoso [3] aquellas octavillas a sus soldados. Lo hizo para denigrar a Antonio y para colocar a sus soldados entre la vergüenza de la traición y el entusiasmo por su jefe. De esta forma ellos combatieron con empeño, irritados por la estratagema de Antonio y para demostrar que no estaban dispuestos a parecer traidores mostrándose cobardes. Y Antonio, derrotado contra toda expectativa, [4] se inclinó por la flota e inició los preparativos tanto para ofrecer batalla en el mar como para navegar hacia Iberia. Pero cuando Cleopatra vio todos aquellos preparativos, hizo que los marineros desertaran. Y ella se fue corriendo hacia el [5] sepulcro. Lo hizo bajo el pretexto del temor que sentía por César y del deseo de darse muerte de alguna manera pero, en realidad, con la intención de hacer entrar allí también a Antonio. Este sospechó la traición pero no podía darle crédito a sus pensamientos porque estaba enamorado. Pero además, podría decirse [6] que casi sentía más piedad de ella que de él mismo. Cleopatra, que bien lo sabía, esperaba que cuando se enterase de su muerte no soportaría seguir viviendo y se daría muerte inmediatamente. Y por eso entró en el sepulcro acompañada por un eunuco y dos sirvientes y desde allí le envió la noticia de que [7] había muerto. Cuando Antonio se enteró de aquello, no lo dudó más y mostró su deseo de morir tras ella. En un primer momento pidió a uno de los presentes que lo matara. Pero cuando aquel, desenvainando su espada, se suicidó, él se mostró dispuesto a imitarlo y se clavó la espada. Cayó de bruces y esto [8] hizo creer a los presentes que estaba muerto. Se produjo un gran alboroto. Cleopatra lo oyó y bajó desde la parte alta del sepulcro. En efecto, las puertas del sepulcro una vez cerradas ya no podrían volver a abrirse gracias a un ingenioso mecanismo, pero la parte superior, cercana al techo, todavía no había [9] sido completamente terminada. Y cuando algunos la vieron bajar de allí gritaron con tanta fuerza que hasta el propio Antonio lo oyó. Este, cuando comprendió que ella seguía con vida, se levantó como si pudiera seguir viviendo. Pero había perdido mucha sangre y comprendió que no había esperanza de salvación. Rogó a los presentes que lo llevaran a la cámara sepulcral y lo subieran con las cuerdas que se utilizaban para subir las piedras. Y allí, de aquella manera murió en el regazo de Cleopatra.
[11] Cleopatra, de algún modo, confiaba en César. Inmediatamente le informó de lo sucedido, aunque no estaba completamente segura de no sufrir algún perjuicio por eso. Se mantuvo dentro del sepulcro para que, si no podía salvarse por ninguna otra razón, al menos pudiera comprar su inmunidad y su reino con el miedo a que se perdieran sus tesoros. Y aunque se encontraba [2] en una situación tan desgraciada, tan consciente era de su dignidad real que prefería morir bajo el título de reina que vivir como una mujer particular. Naturalmente disponía de fuego para sus tesoros y de un áspid y de algunos otros reptiles para ella. Había hecho con ellos una primera prueba en algunos hombres para ver en qué forma cada uno de ellos mataba. César deseaba convertirse en el dueño de todos aquellos tesoros y [3] capturar a aquella mujer con vida para hacerla desfilar en la celebración de su triunfo. No obstante, no quería asumir la posición de un estafador después de haberle dado alguna confianza, para poder tratarla como prisionera y como quien ha sido sometida, de alguna manera, contra su voluntad. Por esto le envio [4] al caballero Cayo Proculeyo 45 y al liberto Epafrodito, a los que les había dictado todo lo que debían decir y hacer. Aquellos, cuando se reunieron con Cleopatra, estuvieron dialogando con ella con calma pero después, por sorpresa, la hicieron prisionera antes de que pudieran llegar a un acuerdo. A continuación [5] quitaron de en medio todo con lo que pudiera matarse y le permitieron que pasara en aquel lugar algunos días mientras embalsamaba el cadáver de Antonio. Después la llevaron al palacio real sin privarla ni del séquito ni del servicio para que así siguiera conservando, mientras, la esperanza de alcanzar sus propósitos y no se causara ningún daño. Habiendo expresado su [6] intención de reunirse y hablar con César, se vio satisfecha. Y para reforzar el engaño, César prometió que iría a verla.
[12] Ella preparó una estancia espléndida y un lujoso triclinio, y se arregló con estudiado descuido, pues su belleza incluso brillaba en su enlutado vestido. Y se tumbó en el triclinio. Había puesto por todas partes muchas imágenes del padre de César y [2] llevaba en su seno todas las cartas que aquel le había escrito. Cuando, más tarde, entró César, se alzó sonrojada 46 y dijo: «Salve, señor. A ti Dios te ha dado lo que a mí me ha quitado. Pero podrás ver tú mismo, de alguna manera, cómo era tu padre cuando con frecuencia a mí venía. Habrás oído que él me honró [3] de las más diversas maneras y que me hizo reina de Egipto. Y para que comprendas lo que por mí sentía, coge y lee las cartas que me enviaba, escritas de su puño y letra».
Mientras decía estas cosas, leía muchas de las palabras de amor de César. Lloraba y besaba las cartas. Se arrojaba sobre [4] las imágenes y se arrodillaba ante ellas. Volvía los ojos a César y rompía en lamentaciones. Además pronunciaba dulces palabras, llegando una vez a decir: «¿Para qué me sirven tus cartas, César?». Otras veces decía: «Pero tú me vives en ellas». O bien: «Ojalá hubiera muerto antes que tú». Y de nuevo: «Teniéndolo a él te tengo a ti».
[5] Recurría a muy variadas expresiones y poses mientras le dirigía dulces miradas y palabras. César no podía permanecer impasible ante la excitación de aquella mujer que se daba golpes en el pecho pero, no obstante, fingía mantenerse indiferente. Y clavando sus ojos en el suelo le dijo: «Ten confianza, señora; [6] manten el buen ánimo. No sufrirás ningún daño». Cleopatra, dolorida en extremo porque él nunca la miraba ni pronunciaba palabra alguna sobre el reino ni sobre su amor, se arrojó a sus rodillas y, rompiendo a llorar, dijo: «¡César, no quiero ni puedo vivir! Por la memoria de tu padre te pido esta gracia: ya que el destino me entregó a Antonio tras tu padre, haz que muera con él. ¡Ojalá hubiera muerto entonces con César! [7] Pero puesto que el hado ha querido que sufra así, envíame con Antonio y no me niegues compartir con él la sepultura, para que en el Hades pueda vivir con él ya que muero por su causa».
Así habló con la intención de despertar en César la piedad, [13] pero él nada contestó a aquellas palabras. Pero como temía que se suicidara, la exhortó de nuevo a mantener el ánimo. No le quitó su servicio y la mantuvo bajo vigilancia para que su triunfo brillara más. Cleopatra lo sospechaba y, considerando que [2] esto sería peor que mil muertes, realmente deseó morir. Pedía a César, constantemente, que la matara de alguna forma; ella misma, una y otra vez, maquinaba hacerlo. Al no conseguir [3] nada, fingió que había cambiado de parecer, aparentando que ahora sus mayores esperanzas estaban tanto en César como en Livia. Afirmaba que navegaría gustosa y preparó como regalos algunos adornos que tenía atesorados. Su intención era infundir confianza, de alguna forma, en que no se mataría para que se la sometiera a una vigilancia menos estricta y poder acabar así con su vida. Y así fue como sucedió 47 . [4]
Tanto Epafrodito, a quien se le había encomendado, como todos los demás, en la creencia de que realmente decía la verdad, relajaron el rigor de su vigilancia. Y ella pudo hacer sus preparativos para morir de la forma menos dolorosa. Entregó a Epafrodito una carta sellada en la que rogaba a César que diera las órdenes para que la enterraran junto a Antonio. Su intención [5] era que el liberto se apartara de ella con el pretexto de la entrega de una carta que parecía que contenía otra noticia diferente. Y así ella pudo poner en marcha su plan. Vistió sus más bellas ropas y se arregló para estar hermosísima. Asumió un aspecto digno de reyes y se suicidó.
[14] Nadie sabe a ciencia cierta cómo se suicidó, pues sólo se encontraron unas pequeñas picaduras sobre un hombro. Hay quien dice que se las había causado un áspid que estaba oculto [2] dentro de una vasija de agua o escondido entre las flores; otros afirman que fue con una de las agujas con las que sujetaba su cabello y que contenía un veneno tan poderoso que en circunstancias normales no dañaba el cuerpo pero que si llegaba a tocar, aunque fuera de manera muy leve, la sangre, causaba una muerte rápida e indolora. Hasta aquel momento la había llevado en la cabeza como acostumbraba, pero entonces se dio un pinchazo en el hombro y puso el veneno en contacto con la [3] sangre. Y así, o de algún modo muy similar, murió en compañía de dos sirvientas. El eunuco, por su parte, en el momento del arresto de Cleopatra, se había arrojado voluntariamente a las serpientes y, tras recibir sus mordiscos, había saltado dentro del ataúd que estaba preparado para él. Cuando César se enteró de la noticia de la muerte de Cleopatra quedó sobrecogido. Fue a ver su cadáver y ordenó que se recurriera a fármaeos [4] y a psilos 48 por si conseguían devolverle la vida. Los psilos son unos hombres —pues no nacen psilas mujeres— capaces de sorber cualquier veneno de cualquier tipo de serpiente al instante, antes de que la persona muera. Ellos no sufren ningún [5] perjuicio porque no han sido mordidos por ninguna de ellas. Se reproducen entre ellos y los reconocen lanzando a los recién nacidos inmediatamente a las serpientes o, también, arrojándoles sus pañales. Las serpientes no le causan ningún mal al niño [6] o quedan adormecidas entre sus ropas. Esto es así. César, incapaz, de ningún modo, de hacer revivir a Cleopatra, se dejó llevar por la admiración, y también por la piedad, hacia ella. Sintió, asimismo, gran aflicción porque su victoria había sido privada de toda su gloria.
Antonio y Cleopatra, que fueron los causantes de muchos [15] males tanto para los egipcios como para los romanos, así lucharon y así murieron. De la misma forma fueron embalsamados y en la misma tumba fueron enterrados. La naturaleza de sus respectivas almas y la fortuna de sus vidas fueron como sigue. Antonio no tenía rival cuando se trataba de comprender su [2] deber, pero muchas veces actuó como un insensato. En algunas ocasiones destacó por su valor y con frecuencia fracasó como un cobarde. Mostró por igual grandeza y miseria de espíritu. Arrebató a los demás sus bienes y dejó perder los propios. Sintió compasión de muchos sin razón alguna pero castigó injustamente a otros 49 . Por todo esto, después de haberse convertido en [3] un hombre extraordinariamente poderoso, aunque venía de una debilidad extrema, y en riquísimo desde la mayor de las pobrezas, no supo gozar de ninguna de estas circunstancias, sino que acabó provocando su propia muerte con la esperanza de convertirse en el único señor de Roma. Cleopatra tuvo un carácter [4] insaciable en el amor, insaciable en la riqueza. Alimentaba en su interior tanto una enorme ambición, que aspiraba a la gloria, como un enorme y arrogante desprecio. Por amor ganó el reino de Egipto y, con la esperanza de apoderarse de Roma por el mismo medio, no sólo fracasó sino que además destruyó su reino. Fue señora de los dos romanos más grandes de su época y se suicidó por el tercero.
Así vivieron y así murieron. De sus hijos, a Antilo lo mataron [15] inmediatamente, aunque estaba comprometido en matrimonio con la hija de César 50 y se había refugiado en el mausoleo que Cleopatra había mandado construir para su padre. Cesarión, cuando intentaba huir hacia Etiopía, fue capturado por el camino [6] y muerto. Cleopatra se casó con Juba 51 , el hijo de Juba. El joven Juba había sido educado en Italia y combatido al lado de César. Y por eso este le entregó tanto a Cleopatra como el reino de su [7] padre. Y por ellos perdonó a Alejandro y a Ptolomeo 52 . A sus sobrinos, los hijos de Octavia nacidos de Antonio y que ella había criado sola, repartió dinero del patrimonio de su padre. Y ordenó que los libertos de Antonio entregaran inmediatamente a Yulo 53 , el hijo de Antonio y Fulvia, todo lo que debían dejarle en herencia según la ley cuando ellos murieran.
[16] De todos los demás que habían ayudado a Antonio hasta el momento final, a unos los castigó y a otros los dejó libres, ya fuese por propia voluntad o por influencia de sus amigos. En Alejandría encontraron muchos hijos de príncipes y de reyes que allí eran educados, algunos como rehenes y otros por afán de grandeza. A algunos de ellos los envió a sus casas, a otros los [2] desposó entre sí y a otros los continuó reteniendo. Guardaré silencio sobre la mayoría pero quiero recordar a dos de ellos por sus nombres. Por propia voluntad devolvió a Iotape 54 al rey de Media, que tras la derrota había buscado refugio junto a él. Pero a Artaxes, aunque se lo había pedido, no le devolvió a sus hermanos 55 puesto que había matado a los soldados romanos que habían quedado rezagados en Armenia.
Con estos así se hizo. Fue clemente con todos los egipcios y [3] alejandrinos, de tal manera que ninguno murió. La verdad es que no consideraba justo cometer algún acto irreparable contra un pueblo tan numeroso y que en tantas ocasiones había sido de tanta utilidad para los romanos. Sin embargo, adujo como motivos [4] al dios Serapis, a Alejandro, su fundador, y, en tercer lugar, a Areyo 56 , su conciudadano y de cuya filosofía y enseñanzas él había disfrutado 57 . Pronunció en griego el discurso con el que les concedía el perdón para que así pudieran entenderlo. A continuación fue a visitar el cadáver de Alejandro y lo [5] estuvo tocando de tal modo que, según dicen algunos, le rompió la nariz. No quiso ver, por el contrario, los cadáveres de los Ptolomeo aunque los alejandrinos pretendían, con mucho empeño, enseñárselos. Él dijo: «Deseo ver un rey y no unos cadáveres 58 . » Por la misma razón no quiso ir al encuentro de Apis, pues afirmaba que él acostumbraba a postrarse ante los dioses, no ante los bueyes.
[17] A partir de entonces hizo a Egipto tributario 59 y se lo confió a Cornelio Galo. Por el carácter populoso de sus ciudades y sus campos, por el carácter afable y vano de sus costumbres, por el suministro de trigo y sus tesoros, no sólo no se atrevió a poner Egipto en manos de ningún senador sino que no les permitió residir en aquel país, salvo a aquellos a los que expresamente él [2] les diera permiso 60 . Por otra parte, no permitió que los egipcios fueran senadores en Roma. Ordenó también que a los egipcios se les gobernara como correspondía a cada uno; pero que a los alejandrinos, sin consejo cívico 61 . Tan aficionados a las revueltas [3] los consideraba. De aquellas decisiones que entonces se tomaron, casi todas todavía hoy se mantienen estrictamente en vigor, aunque ahora sí hay senadores locales en Alejandría —empezaron con el emperador Severo— y también senadores alejandrinos en Roma, puesto que durante el reinado de Antonino 62 , el hijo de Severo, fueron inscritos en el Senado por primera vez.
Y así fue sometido Egipto. Todos los que durante algún [4] tiempo continuaron ofreciendo resistencia fueron sometidos 63 , tal y como puntualmente había predicho la divinidad. Pues en una región donde nunca llueve no sólo cayeron gotas de agua sino también de sangre. Y mientras de las nubes llovía sangre, también aparecieron en el cielo armas. En otro lugar se oyó el [5] resonar de tambores y címbalos y el sonido de flautas y trompetas. Se pudo también ver, de repente, una serpiente de tamaño descomunal que silbaba de manera indescriptible. Durante la misma época se vieron algunos cometas y aparecieron los fantasmas de algunos muertos. Las estatuas tenían un aire sombrío y Apis mugía lamentándose y lloraba.
Y así fue como sucedió. En el tesoro real se encontraron [6] enormes riquezas pues, tal y como tuve oportunidad de decir, Cleopatra, al retirar incluso las ofrendas de los templos más sagrados, no había hecho otra cosa que aumentar el botín para los romanos sin que estos cometieran sacrilegio. También se reunieron importantes cantidades provenientes de aquellas personas que fueron sometidas a juicio. Y, además, a todos aquellos [7] a los que no se les pudo hacer una acusación concreta, se les exigió las dos terceras partes de sus bienes. Gracias a aquellos recursos todos los soldados recibieron cuanto se les debía. Los soldados que seguían militando bajo los estandartes de César recibieron, además, doscientas cincuenta dracmas, a condición [8] de no saquear la ciudad. Devolvió todo a quienes le habían concedido dinero prestado. A todos los senadores y caballeros que habían tomado parte en la guerra en su bando se les concedieron enormes sumas. En resumen, el Imperio romano se enriqueció y sus templos se embellecieron.
[18] Cuando César terminó de hacer todo lo que acabo de contar, fundó una ciudad en el lugar de la batalla, a la que dio el mismo nombre y donde organizó el mismo tipo de juegos que los de aquella primera ciudad homónima 64 . Hizo que se limpiaran los canales y mandó construir otros de nuevo 65 . Organizó todos los demás asuntos de la manera más conveniente. A continuación se puso en camino hacia la provincia de Asia a través de Siria. Allí pasó el invierno. Ordenó en todos sus detalles los asuntos de sus súbditos así como las relaciones con los partos.
[2] Los partos vivían una guerra civil puesto que un cierto Tiridates se había levantado contra Fraates. En un primer momento, mientras estaba ocupado con la guerra de Antonio, e incluso después de la batalla naval, no pudo prestar atención a sus peticiones de alianza y nunca le contestó otra cosa que la promesa de meditarlo. Esgrimía como motivo sus dificultades en Egipto, aunque en verdad actuaba de esa forma para que, durante el [3] intervalo, agotaran sus fuerzas luchando entre sí. Pero en aquel entonces, después de la muerte de Antonio, Tiridates, derrotado, huyó a Siria, y Fraates, vencedor, le envió embajadores. A estos, César los atendió cordialmente mientras que, sin llegar a prometer ayuda a Tiridates, le permitió que se quedara en Siria. Cuando recibió de manos de Fraates un hijo como muestra de buena voluntad, él lo envió a Roma y lo convirtió en su rehén 66 .
Mientras tanto, e incluso antes, los romanos en su patria le [19] estuvieron decretando continuos honores por su victoria naval. Le concedieron el triunfo por su victoria sobre Cleopatra, un arco triunfal en Brindisi y otro en el foro romano. Decidieron [2] que el podio del templo de Julio fuera adornado con los espolones de las naves capturadas, que se celebrara un festival cada cuatro años en su honor 67 , que se ofrecieran gracias a los dioses tanto en el día de su natalicio como también en el que se dio la noticia de su victoria. También le otorgó el honor de que, cuando llegara a la ciudad, salieran a recibirle las vestales, el Senado y el pueblo, acompañados estos de sus mujeres e hijos. Es innecesario [3] decir que se le decretaron plegarias, estatuas, la presidencia de los espectáculos y otros honores semejantes. Pronto le decretaron aquellos honores pero, mientras, derribaban y anulaban los monumentos y honores en memoria de Antonio. Declararon nefasto el día de su nacimiento y prohibieron que alguno de sus descendientes llevara el nombre de Marco 68 . Por otra parte, cuando supieron que había muerto —la noticia fue [4] comunicada en aquellos meses del año que fue cónsul Cicerón, el hijo de Cicerón— hubo quien consideró que aquello no podía haber ocurrido sin la ayuda de los dioses, puesto que el padre del cónsul había muerto, principalmente, por culpa de Antonio. [5] Y entonces se le volvieron a decretar a César coronas y plegarias de acción de gracias, además de concederle el derecho a celebrar un segundo triunfo por su victoria en Egipto. Pues ni antes, ni tampoco en aquella ocasión, hicieron referencia a Antonio o a los demás romanos que con él habían sido derrotados, porque no parecía oportuno que unos romanos celebrasen su [6] victoria sobre otros. Declararon fasto el día en que se tomó Alejandría 69 y decretaron que aquella fecha fuera el inicio de un nuevo cómputo de los años para los habitantes de aquella ciudad. Decretaron también que César poseyera, de forma vitalicia, la potestad tribunicia 70 y que pudiera prestar su amparo a quienes lo invocaran tanto dentro del pomerio como fuera de él, hasta una distancia de siete estadios y medio, lo que a ningún [7] otro tribuno se le permitía 71 . Ordenaron también que juzgara todas las apelaciones 72 y que en todos los tribunales tuviera el voto de Atenea 73 . Establecieron también que tanto los sacerdotes como las sacerdotisas, durante las plegarias por el pueblo y el Senado, elevaran súplicas por él y que en los banquetes, no sólo en los públicos sino también en los privados, todos le ofrecieran una libación.
Entonces fue cuando se decretó todo esto. Durante su quinto [20] consulado, en compañía de Sexto Apuleyo 74 , en el primero de enero confirmaron por juramento todos sus actos. Y cuando llegó la carta que traía las noticias de los partos 75 , tomaron estas otras decisiones: su nombre se inscribiría en los himnos del mismo modo que los de los dioses 76 ; una de las tribus recibiría [2] el nombre de Julia en su honor 77 ; él podría usar la corona triunfal en todas las fiestas; los senadores que habían colaborado en su victoria desfilarían con él durante la celebración del triunfo, [3] vistiendo sus mantos bordados de púrpura; el día en que entrase en la ciudad debería engrandecerse por todo el pueblo con sacrificios y siempre habría de ser considerado fasto; él podría elegir tantos sacerdotes como quisiera, incluso por encima del número establecido. Desde el momento de aquella concesión el número de sacerdotes ha crecido hasta el infinito, de modo que [4] no es necesario que dé referencia exacta de las cifras 78 . César aceptó todo aquello salvo algunas pocas excepciones, pero rechazó de un modo terminante que entrara en vigor una de las disposiciones: aquella por la que todos los que estaban en la ciudad saldrían a su encuentro. No obstante, los decretos que más le agradaron de todos fueron aquel por el que las puertas del templo de Jano deberían cerrarse 79 , como si todas las guerras hubieran terminado definitivamente para ellos, y aquel otro por el que se debía tomar el «Augurio de la Salud», pues por aquel entonces, y por las razones que ya dije, había sido abandonado 80 . [5] Pero todavía estaban en pie de guerra los tréveros, quienes habían arrastrado a los celtas, y también los cántabros, vaceos y astures. Estos tres últimos pueblos fueron derrotados por Estatilio Tauro 81 ; mientras que los primeros, por Nonio Galo 82 . Pero había también disturbios continuos por todas las zonas. Sin embargo, como de ellos no se derivaban grandes combates ni los hombres de aquel tiempo se consideraban en guerra, no tengo nada notable que escribir sobre los mismos.
César, mientras tanto, además de encargarse del gobierno de [6] tantos asuntos, mandó que se consagrasen santuarios a Roma 83 y a su padre, César, al que se le debería llamar el Héroe Julio, tanto en Éfeso como en Nicea 84 . Por aquel entonces, aquellas ciudades de Asia y Bitinia, respectivamente, eran las que gozaban de mayor reputación. Ordenó a los ciudadanos romanos [7] que habitan en aquellas provincias que les rindieran honores a ambos. A los extranjeros, a los que él denominó griegos, les permitió que levantaran unos santuarios consagrados a su propia persona, a los asiáticos en Pérgamo 85 y a los bitinios en Nicomedia 86 . Esta práctica, que tuvo aquí su comienzo, se siguió dando bajo otros emperadores, y no sólo entre los pueblos griegos sino también entre todos los otros que deben obediencia [8] a Roma. Pues ni en la propia ciudad de Roma ni en el resto de Italia ningún emperador, aunque haya sido digno de todos los honores, se ha atrevido a hacerlo. No obstante, a los emperadores ya fallecidos y que han gobernado bien se les otorgan los demás honores propios de los dioses y se les construye, además, un templo para su culto como héroes 87 .
[9] Todo esto ocurrió durante el invierno. Los pergamenos también obtuvieron el festival sagrado —así lo llaman— en honor [21] del templo de César. Durante el verano, César pasó primero a Grecia y después a Italia. Cuando entró en la ciudad, el cónsul Potito Valerio 88 y todos los demás realizaron sacrificios en su honor. Durante todo aquel año, como en los dos años precedentes, César ocupó uno de los dos consulados, mientras que Potito [2] había sucedido a Sexto. Fue precisamente el cónsul quien, públicamente y en persona, procedió, con motivo del regreso de César, a sacrificar los bueyes en favor del pueblo y del Senado. Esto era algo que nunca antes se había hecho por nadie. Y a continuación César ensalzó y honró, como era su costumbre, a [3] sus lugartenientes. A Agripa lo honró, además de con otras distinciones, con un estandarte azul marino, propio de su dominio del mar 89 . Dio también algunos regalos a sus soldados. Al pueblo le distribuyó cien dracmas por cabeza, primero entre quienes tributaban como adultos pero más tarde incluso se lo dio a los niños en nombre de su nieto Marcelo 90 . Por todo esto y porque [4] no sólo no aceptó de las ciudades italianas el oro de la corona 91 , sino porque también les devolvió todo lo que él mismo debía y no reclamó, en cambio, lo que los demás le debían, como ya se dijo, los romanos olvidaron todas sus desgracias y vieron con placer la celebración de su triunfo, como si los derrotados hubieran sido extranjeros. Corrió tal cantidad de dinero [5] por toda la ciudad, sin distinción, que los precios subieron y los préstamos que antes eran, de manera aceptable, por una dracma ahora se convirtieron en préstamos por un tercio de esta. El primer día celebró el triunfo sobre los panonios y dálmatas 92 , sobre los yápidos y sus vecinos, sobre algunos celtas y galos. Cayo Carrinas 93 sometió a los morinos y a algunos otros [6] pueblos que se habían levantado con ellos, y rechazó a los suevos que habían cruzado el Rin en pie de guerra. Con este motivo no sólo celebró el triunfo Carrinas —aunque su padre había sido condenado a muerte por Sila y él mismo había sido apartado, en el pasado, de las magistraturas, como algunos otros de la misma condición—, sino que también celebró el triunfo César, puesto que la atribución de la victoria corresponde a su mando supremo. Este fue el triunfo que celebró en aquel primer día. Al [7] segundo día se celebró el triunfo por la victoria naval de Accio y al tercero, por la captura de Egipto 94 . Los desfiles fueron magníficos gracias al botín de Egipto —pues tanto se había conseguido reunir que hubiera bastado para todas las celebraciones—, pero el desfile por el triunfo egipcio fue el más caro y [8] majestuoso. Entre otras cosas se hizo desfilar a una representación de Cleopatra, tumbada en el triclinio como si estuviera muerta, de tal modo que incluso Cleopatra, en cierta forma, acompañada por los demás prisioneros y por sus hijos, Alejandro Helios y Cleopatra Selene, pudo ser vista como parte de la [9] procesión. Y finalmente, detrás de todos, entró César. Todo lo hizo según la costumbre aunque permitió que su colega en el consulado y los demás magistrados, contra la norma, fueran tras él, al lado de los demás senadores que habían participado en la victoria. La costumbre era que los magistrados desfilaran delante y los senadores, detrás.
[22] Cuando terminó la celebración del triunfo, consagró el templo de Atenea llamado Calcidíco 95 y la Curia Julia, que había sido construida en honor a su padre. En su interior colocó la estatua de la Victoria que todavía hoy puede verse allí, con la intención de dejar claro que de sus manos había recibido el imperio, [2] como es evidente. Esta imagen había sido propiedad de los tarentinos y, cuando fue traslada a Roma, se colocó en la sede del Senado y se adornó con piezas del botín egipcio. Lo mismo se hizo con el templo heroico de Julio, que entonces fue [3] consagrado 96 . Importantes cantidades de aquel botín se dedicaron en este templo, así como otras partes del mismo se consagraron en el templo de Zeus Capitolino, de Hera y de Atenea. Esto se hizo después de que se purificaran, como si estuvieran contaminadas, todas las ofrendas que se sabía que estaban allí consagradas, o que simplemente allí se encontraban. Y así, incluso Cleopatra, a pesar de haber sido derrotada y convertida en prisionera, fue glorificada puesto que sus ornamentos quedaron expuestos en nuestros templos y ella misma, incluso, aparecía en el templo de Afrodita en forma de una estatua dorada 97 .
Para la consagración del templo heroico de Julio se organizaron [4] competiciones de todas clases. Hijos de patricios sirvieron como jinetes en los Juegos de Troya 98 . Hombres del mismo orden compitieron en carreras de caballos, de bigas y de cuadrigas. E incluso un senador, Quinto Vitelio, luchó como gladiador 99 . [5] Se mataron bestias y animales domésticos de todas clases; entre aquellas hubo incluso un rinoceronte y un hipopótamo, animales que por primera vez se veían en Roma. Cómo es un hipopótamo, es algo que muchos han descrito e incluso visto. El rinoceronte, en cambio, se parece en el cuerpo, bastante, a un elefante, pero lleva sobre el hocico un cuerno, que es la razón de su nombre. [6] Además de la presentación de estos animales, innumerables dacios y suevos lucharon entre sí. Los suevos son celtas, mientras que los dacios, de alguna forma, son escitas. Los primeros, para hablar con exactitud, son los que habitan en el otro lado del Rin, pues en verdad son muchos otros pueblos los que también reivindican el nombre de suevos. Los dacios, en cambio, se distribuyen [7] a ambos lados del Danubio, pero los que habitan al sur del río, cerca de Tribalica, están adscritos a la provincia de Mesia y todos los conocen como mesios, salvo sus vecinos más cercanos. A los que habitan al otro lado del río los llaman dados, ya sean getas o tracios, aquella otra estirpe dácica que en [8] otro tiempo pobló Ródope. Estos dacios, tiempo atrás, habían enviado embajadores a César, pero como no obtuvieron nada de lo que habían pedido, se inclinaron por Antonio. Pero no le fueron de gran utilidad, puesto que se estaban peleando entre ellos. Y a continuación, tras la captura de algunos, se unieron a los suevos.
[9] Todo aquel espectáculo, naturalmente, duró muchos días, y no se suspendió ni cuando César cayó enfermo. Durante su ausencia otros fueron los que presidieron los espectáculos. Durante aquellas celebraciones los senadores ofrecieron, por turnos, un banquete diario a las puertas de sus casas. No sé qué los llevó a hacerlo, puesto que no me ha llegado otra noticia.
[23] Eso fue lo que entonces sucedió. Mientras César desempeñaba su cuarto consulado, Estatilio Tauro terminó, a su costa, un teatro en piedra destinado a los espectáculos de caza en el Campo de Marte 100 . Lo consagró con un combate de gladiadores. Por esta razón recibió del pueblo el derecho a elegir, todos los años, a uno de los pretores. [2] Durante aquellos días en los que tenía lugar todo lo ya dicho, Marco Craso, que había sido enviado a Macedonia y Grecia, luchó contra los dacios y los bastarnos 101 . Ya he tenido ocasión [3] de aclarar quiénes son los primeros y por qué se les combate. Los bastarnos deben ser considerados, con exactitud, escitas. Por aquel entonces habían cruzado el Danubio y se habían apoderado, primero, de la región de Mesia que está al otro lado del río y, a continuación, de los tribalos, que lindaban con aquella comarca, y de los dardanos, que también habitaban la misma zona. Mientras lo hicieron no tuvieron ningún problema con Roma. Pero cuando franquearon el Hemo y realizaron una incursión [4] por la Tracia de los denteletos, que estaban ligados a Roma por medio de un tratado, entonces Craso, ya fuere para prestar ayuda a Sita, el rey ciego de los denteletos, ya fuese —y es lo más seguro— porque temiese por Macedonia, cargó contra ellos. Con su sola presencia los espantó y los expulsó de aquella región sin batallar. Y a continuación, mientras los perseguía [5] cuando huían a su patria, ocupó la región que tiene por nombre Segética y penetró en Mesia 102 . Devastó aquella región y asaltó una sólida fortaleza ante la que fracasó con su vanguardia, puesto que los mesios, al creer que era la única fuerza atacante, realizaron una salida desde la muralla. Pero cuando llegó con el grueso del ejército los hizo retroceder y, tras sitiar la ciudadela, la conquistó. Mientras Craso estaba ocupado en [24] esta empresa, los bastarnos suspendieron su retirada y se instalaron junto al rio Cedro, observando lo que iba a suceder. Y cuando Craso, después de derrotar a los mesios, se puso en movimiento contra ellos, le enviaron una embajada para convencerlo de que no los persiguiera, puesto que ellos no habían cometido ningún desafuero contra los romanos. Craso retuvo a los [2] embajadores con el pretexto de darles la respuesta al día siguiente. Empleó toda su cortesía con ellos y los hizo beber hasta que consiguió averiguar todas sus intenciones. Toda la nación escita abusa, de forma insaciable, del vino y pronto [3] estuvieron aún más borrachos que él. Mientras, Craso, durante la noche, avanzó hasta un bosque, colocó delante del mismo un destacamento de exploradores y detuvo el ejército en él. Los bastarnos, creyendo que los exploradores estaban solos, los atacaron y los persiguieron mientras se retiraban hacia la espesura. Allí mismo, Craso mató a muchos y a otros tantos mientras [4] huían. Los carros que estaban colocados a sus espaldas les impidieron el paso y, puesto que además querían salvar a sus mujeres e hijos, sufrieron una grave derrota. El propio Craso mató a Deldona, su rey. Y hubiese podido dedicar, como opimos, los despojos del rey a Zeus Feretrio, si hubiese sido el general con [5] mando supremo 103 . Así se desarrollaron aquellos acontecimientos. Unos bastarnos huyeron al bosque y los romanos le metieron fuego por todos los lados; otros, que habían conseguido saltar dentro de un fortín, fueron también aniquilados. Algunos otros murieron arrojándose al Danubio o dispersos por la región. [6] Algunos supervivientes consiguieron apoderarse de una plaza fuerte. Craso los sitió en vano durante algunos días. Al [7] final los aniquiló con la ayuda de Roles, rey de algunos getas. Roles, cuando se presentó ante Craso, fue proclamado amigo y aliado. Los prisioneros fueron repartidos entre los soldados.
[25] Tras terminar aquí, Craso se volvió contra los mesios y los sometió, a unos con persuasión, a otros por miedo y a algunos otros por la fuerza, a todos salvo a unos pocos, con mucho esfuerzo y riesgo. Y entonces, puesto que ya era invierno, se retiró [2] a territorio amigo, tras haber sufrido mucho por el frío y aún más por los tracios, por cuyo territorio pasó en la creencia de que eran amigos. Y entonces concibió la idea de darse por satisfecho con todo lo conseguido. Además, no sólo se decretaron sacrificios y triunfos para César, sino también para él. No obstante, no recibió el título de emperador como algunos afirman, sino que fue César únicamente quien lo asumió 104 . Los bastarnos, [3] que estaban avergonzados de sus derrotas y no creían que Craso fuera a atacarlos de nuevo, se dirigieron contra los denteletas y su rey, Sita, a los que consideraban la principal causa de sus desgracias. Y así, en contra de sus deseos, Craso tuvo que volver a atacarlos. Avanzando a marchas forzadas, cayó sobre ellos por sorpresa y, tras derrotarlos, impuso las condiciones de paz que quiso. Puesto que de nuevo se encontraba en pie [4] de guerra, concibió la idea de vengarse de los tracios 105 , quienes le habían estado hostigando durante su regreso desde Mesia. Además, llegaron noticias de que estaban fortificando el país y de que estaban dispuestos a combatir. De aquellos tracios consiguió someter, y no sin esfuerzos, a los medos y a los serdos, a los que derrotó en sendas batallas y a cuyos prisioneros les cortó las manos. Y después estuvo saqueando todas aquellas comarcas salvo la de los odrisos. A estos los trató con consideración [5] porque estaban consagrados a Dioniso y, en aquella ocasión, le salieron al encuentro desarmados. Les donó la región en la que adoraban al dios, tras habérsela quitado a los besos, quienes entonces la tenían.
[26] Mientras estaba ocupado en estos asuntos lo mandó llamar Roles, quien estaba siendo atacado por Dapige, también rey de algunos getas. Fue en su ayuda y, tras empujar la caballería enemiga contra su propia infantería, a la que asustó así, no llegó a entablar una auténtica batalla con ellos sino que causó una [2] enorme matanza entre los que huían. A continuación sometió a asedio a Dapige, que se había refugiado en una fortaleza. Durante las operaciones de sitio, alguien, desde la muralla, lo saludó en griego y entabló conversaciones con él. Y así acordó la traición. Los bárbaros capturados se lanzaron unos contra otros. Dapige murió junto con otros muchos. Craso, tras haber capturado al hermano de Dapige, no le causó ningún daño, sino que lo dejó en libertad.
[3] Tras estas acciones, llevó su ejército hacia una gruta llamada Kiris. Era tan grande y tan segura aquella gruta que las leyendas cuentan que los titanes se habían refugiado en ella tras la derrota sufrida a manos de los dioses. Las gentes del lugar, que en gran número se habían reunido en aquella cueva, habían introducido [4] en ella sus más valiosas pertenencias, además de sus rebaños. Craso buscó todas las entradas de la cueva, por muy recónditas y difíciles de encontrar que fueran, y las cegó con un muro. Así consiguió someterlos por hambre. Así fue como tuvo éxito en esta empresa. No perdonó a los demás getas, aunque no tenían [5] ninguna relación con Dapige. Se dirigió contra Genucla, la fortaleza mejor protegida del reino de Zuraxo, porque había oído que allí se encontraban los estandartes que los bastarnos habían arrebatado a Cayo Antonio junto a la ciudad de los istrianos. La atacó tanto por tierra como desde el río —pues la ciudad había sido levantada junto al Danubio—, y la consiguió tomar en no mucho tiempo aunque sí con mucho esfuerzo. Pero Zuraxo no [6] estaba allí. El rey, tan pronto como supo del ataque de Craso, había partido con todo el tesoro hacia territorio escita para establecer una alianza y no había regresado a tiempo.
Estas fueron las acciones de Craso entre los getas. Por medio de sus lugartenientes volvió a someter a aquellos mesios que, aunque subyugados, se habían vuelto a levantar. Él marchó [27] contra los artacios y algunos otros pueblos que por aquel entonces todavía no habían sido sojuzgados y no estaban dispuestos a mantener buenas relaciones con Roma. Estos pueblos se sentían muy orgullosos de su determinación e infundían en los demás bárbaros cólera y ansias de rebelión. Pero consiguió reducirlos, a unos por la fuerza, aunque viéndose obligado a trabajar mucho, y a otros por miedo de los que habían sido capturados.
Todas estas operaciones exigieron mucho tiempo, pero las [2] estoy narrando, junto con todo lo demás, tal y como se han transmitido, y lo mismo hago con los nombres. Antiguamente los mesios y los getas se distribuían toda la región que está entre los ríos Hemo y Danubio. Con el paso del tiempo algunos de estos pueblos cambiaron de nombre y, así, toda aquella región [3] que el río Sava —río que desemboca en el Danubio— separa de Panonia, aquella región al norte de Dalmacia, de Macedonia y Tracia, tomó el nombre de Mesia. En aquellas regiones viven otros muchos pueblos. Entre ellos figuran aquellos que en otro tiempo se llamaban tribalos, así como los dadanios, que todavía hoy continúan llamándose así.

1 2 de septiembre del 31 a. C.
2 Dion, en su proyecto historiográfico, renuncia voluntariamente a los detalles. también en las fechas, lo que le permite libertad de disposición dentro del relato, ya sea por motivos retóricos, dramáticos o de coherencia temática. Aquí se salta su norma incidiendo en la importancia de aquella batalla para el destino de Roma. F. MILLAR , A Study of Cassius Dio , Oxford, 1966, págs. 43-44.
3 Augusto definió su posición como potitus rerum omnium (Res Gestae Divi Augusti XXXIV 1). Esta posesión total del poder por parte de Augusto es, para el historiador, una realidad pragmática, derivada de los hechos y no de atribuciones institucionales. Por eso, en otras fechas posteriores fijará la instauración de la monarquía: año 29 (LII 1, 1) o año 27 (LIII 17, 1). B. MANUWALD , Cassius Dio und Augustus , Wiesbaden, 1979, págs. 77-102.
4 Los navíos griegos no recibían sus nombres por el número de órdenes de remos que poseían, como generalmente se ha creído, sino por el número de remeros que trabajaban en cada columna de propulsión. En una triere , los tres remeros estaban dispuestos de tal forma que cada uno manejaba un remo en tres niveles diferentes. Es la única realidad cierta. Cómo se organizaban en navios de rango superior es algo desconocido en sus detalles, aunque es seguro que una decere no tenía diez órdenes de remos puesto que varios hombres, sin que sepamos su distribución exacta, trabajaban sobre el mismo remo. En cualquier caso, una decere era un navio de guerra gigantesco. J. S. MORRISON y J. F. COATES , The Athenian Trireme. The History and Reconstruction of an Ancient Greek Warship , Cambridge. 1989.
5 Se trata del antiguo templo de Apolo Actiaco de la Liga Acarnanea. Estaba situado en el lado sur de la desembocadura del golfo de Ambracia. donde Antonio había establecido su campamento.. SUET ., Aug . 18. 2.
6 También aquí Augusto aprovechó los antiguos Juegos Actiacos, que ya poseían carácter sagrado, pero que se celebraban cada dos años. Augusto los equiparó, al hacerlos cuadrienales como los Juegos Olímpicos, a los grandes festivales de Grecia y así se mantuvieron durante todo el imperio. B. T. TIDMAN , «On the Foundation of de Actian Games», Class. Quart . 44 (1950), 123-125.
7 Esta nueva ciudad, fundada siguiendo el ejemplo de los reyes helenísticos, no fue una colonia romana sino una ciudad griega donde se reunieron poblaciones de ambos lados del golfo de Corinto, de Etolia, Acarnania y Ambracia. U. KAHRSTEDT , «Die Territorien von Patrai und Nikopolis in der Kaiserzeit», Historia 1 (1950), 549-561.
8 Los testimonios arqueológicos del imponente conjunto arquitectónico han sido estudiados en W. M. MURRAY y P. M. PETSAS , «Octavian’s Campsite Memorial for the Actian War», Trans. Am. Phil. Ass . 79.4 (1989), 1-172. La inscripción monumental aclara que estaba dedicado a Marte y a Neptuno y fecha la obra en el 29 a. C.
9 PLUT ., Ant . LXVII-LXVIII, cifra en diecinueve legiones y doce mil jinetes los restos del ejército de Antonio que se retiraban a Macedonia guiados por Canidio.
10 No es posible establecer con precisión el alcance de estas decisiones contrarias a las ciudades, de las que escapó Esparta, la única ciudad de la Hélade que apoyó a Augusto antes de Accio. G. W. BOWERSOCK , Augustus and the Greek World , Oxford, 1965, págs. 85-86.
11 Rey de Galacia. Augusto le donó la Cilicia Tráquea.
12 Rey de Capadocia.
13 En general, sobre los reyes aliados de Roma y que formaban parte de su sistema imperial: D. BRAUND , Rome and the Friendly King , Londres, 1984. La política de Augusto, de respeto de la obra de Antonio y de modificación de la misma: G. W. BOWERSOCK , Augustus and the Greek World , págs. 42-61 y 152-158.
14 Rey de Cilicia interior, muerto en Accio como aliado de Antonio. La dinastía se reinstaurará en el 20 a. C. con Tarcondimotos II, D. C., LIV 9, 2.
15 En verdad era rey de la Comana Póntica, una ciudad del Ponto.
16 Rey de Emesa. El reino también se restituyó en el 20 a. C., D. C., LIV 9, 2.
17 Dos ciudades de Creta.
18 Además de los dos citados más abajo, Curión y Floro, sólo se conoce el nombre de otros cuatro partidarios de Antonio ejecutados: P. Canidio Craso, el último comandante de Antonio; P. Turulio (LI 8, 2-3); Casio de Parma, el último asesino de César todavía vivo, y Q. Ovinio, un senador vinculado a Cleopatra. R. SYME , La Revolución romana , Madrid, págs. 377-378.
19 Sexto Pompeyo.
20 Tercera mujer de Pompeyo Magno.
21 D. C., L 10, 4.
22 Posiblemente. Mecenas recibió la responsabilidad del gobierno de Italia antes de Accio, batalla en la que no habría participado.
23 SUET ., Aug . 50 da una información más precisa. Los sellos de Augusto fueron tres: el primero con una esfinge, el segundo con una imagen de Alejandro y el tercero, y definitivo, con un retrato suyo.
24 SUET ., Aug . 88.
25 Augusto participó en los cultos de Deméter y Córe de Eleusis en dos momentos diferentes. En el 31 se hizo iniciar en los misterios y diez años más tarde alcanzó la epoptía , el grado supremo de iniciación. P. GRAINDOR , Athénes sous Auguste , El Cairo, 1927, págs. 19-23.
26 Era el nieto del triunviro Craso. Las irregularidades electorales durante el triunvirato fueron comunes; F. MILLAR , «Triumvirate and Principate», Jour. Rom. Stud . 63 (1973), 51-53.
27 Veintisiete días estuvo en Brindisi. SUET ., Aug . 17, 3.
28 Entre ochenta y noventa mil veteranos fueron desmovilizados tras Accio. De ellos, unos cincuenta mil recibieron tierras en Italia. P. A. BRUNT , Italian Manpower. 225 B. C.-A. D. 14 , Oxford, 1971, págs. 335-342. L. KEPPIE , Colonisation and Veteran Settlement in Italy, 47-14 B.C ., Londres, 1983, págs. 75-82.
29 Los desplazados se asentaron no sólo en Dirraquio y Filipos, sino también en Dion y Casandrea, en Macedonia, en el norte de Italia, Bononia y Brixia, y quizá también en Cartago. P. A. BRUNT , Italian Manpower ..., págs. 322 y 598-599.
30 Res Gestae XVI 1. El pago por las tierras expropiadas fue una gran innovación, pero con seguridad más limitada de lo que el propio Augusto quiso hacer creer en su testamento.
31 Samos era el cuartel general de Augusto en Asia. SUET . Aug . 17, 3.
32 Durante toda la dinastía Lágida se vivió en una situación de tensión entre la tendencia a la autonomía de los templos y la voluntad centralizadora y recaudadora de la monarquía, que quería aprovechar los enormes recursos sagrados de Egipto. W. OTTO , Priester und Tempel im hellenistiches Aegyplen, I-II , Leipzig-Berlin, 1905-1908.
33 Artavasdes de Armenia estaba detenido en Alejandría desde el triunfo de Antonio. D. C., XL 25, 1.
34 Prosop. Imp. Rom ., P. 311. Escarpo era pariente de César. Entregó sus cuatro legiones a Cornelio Galo y Octavio lo mantuvo como gobernador de Cirene.
35 Cesarión era el pretendido hijo de César y Cleopatra, destinado a ser Ptolomeo XV. Tenía entonces dieciséis años. H. HEINEN , «Cäsar und Kaisarion», Historia 18 (1969), 181-203. Antilo deriva de Antonillus, «Antoñito». Tenía catorce años.
36 PLUT ., Ant . 69-77 es la otra fuente que relata en detalle los acontecimientos que condujeron a la muerte de Antonio, coincidiendo con Dion en las líneas principales del relato.
37 Se trata de árabes nabateos que estuvieron al servicio de Egipto como mercenarios proporcionados por los reyes clientes Malichus I y Obodas III. Este último decidió pasarse a Octavio. M. SARTRE , «Rome et les Nabtéens à la fin de la République (60-30 av. J. C.)», Rev. Étud. Ane . 81 (1979).
38 Amintas había recibido el trono de Galacia del propio Antonio hacia el 37 o 36. D. C., XLIX 32, 3.
39 M. Valerio Mésala Corvino, cónsul en el 31. Este personaje fue cambiando de alianzas, de Bruto y Casio pasó a Antonio y, cuando abandonó a este, se pasó a Octavio. Fue gobernador de Siria en el 28 a. C., lo que supone que los gladiadores ocuparon Dafne durante dos años. A. VALVO , «M. Valerio Messalla Corvino negli studi più recenti». Auf. Nied. Rom. Welt II 30, 3, Berlín, 1992, 1.663-1.680
40 Hay un error en la transmisión del nombre, que realmente era Décimo Turulio.
41 C. Cornelio Galo provenía de Forum Iulii, Frejus, en la Galia Narbonense. Hace su aparición en la vida pública como innovador poeta dentro de la corriente helenística a finales de la década de los cuarenta. Tras perderse su rastro aparece en el bando de Octavio como un general de éxito. Será el primer gobernador de Egipto, donde encontrará su perdición. J. P. BOUCHER , Caius Cornelius Gallus , París, 1966.
42 La moderna Misra Matruh. Era un puerto fortificado situado en los ramales occidentales de la desembocadura del Nilo.
43 Era un puerto fortificado situado en los ramales orientales de la desembocadura del Nilo.
44 El término griego utilizado es ededoúloto , «había esclavizado». El tópico de la esclavitud amorosa parece haber sido una invención de Propercío y utilizada por la propaganda de Octaviano. J. GRIFFIN , «Propertius and Antony», Jour. Rom. Stud . 67 (1977), 17-26.
45 Cayo Proculeyo Varrón Murena. Este acaudalado caballero era amigo íntimo de Octaviano. Su medio hermana, Terencia, estaba casada con Mecenas (D.C., LIV 3, 5). Participó en la batalla de Accio. S. J. BASTOMSKY , «Proculeius and Augustus», Latomus 36 (1977), 129-131.
46 El texto está corrupto. Se ha elegido el término que aparece en JIFILINO , erythricisméne , «sonrojada», en lugar de la reconstrucción de BOISSEVAIN , errythmisméne . que vendría a significar algo así como «con elegancia».
47 El suicidio de Cleopatra: PLUT ., Ant . 78-86.
48 SUET ., Aug . 17, 4.
49 Se recogen aquí como bondades de Antonio las virtudes imperiales, pietas, virtus, magnanimitas, liberalitas , y clementia , aunque anuladas por sus vicios. M. P. CHARLESWORTH , «The Virtues of the Roman Emperor. Propaganda and the Creation of Belief», Procc. Brit. Acad . 23 (1937), 105-133.
50 Este compromiso matrimonial con Julia se estableció en el 37 a. C., en el marco de los acuerdos de Tarento.
51 Este matrimonio se celebró en torno al 20 a. C. Cleopatra Selene había nacido hacia el 41-40 a. C.
52 Alejandro Helios, nacido con Cleopatra Selene, y Ptolomeo Filadelfo, el más joven de los hijos de Antonio y Cleopatra, pasaron, junto con su hermana, al cuidado de Octavia y desaparecen del relato histórico.
53 Este niño, el más joven de los hijos de aquel matrimonio, gozó del favor de Augusto. Casó con Marcela, sobrina del emperador, y llegó al consulado en el 10 a. C. No obstante fue obligado al suicidio bajo la acusación de traición. D. C., LV 10, 15.
54 Iotape era la hija del rey Artavasdes de Media Atropatene. Estaba prometida en matrimonio a Alejandro Helios (D. C., XLIX 40, 2 y 44, 2).
55 Artaxes era rey de Armenia. Sus hermanos, Tigranes y Artavasdes, quedaron en manos de Octavio y se trasladaron a Roma. Tigranes recibió el trono de Armenia de manos de Tiberio en el 20 a. C., tras el asesinato de Artaxes. D. C., LIV 9, 4-5 y Res Gestae XXVII 2.
56 Areyo Didimo de Alejandría fue el maestro de Octavio en literatura y filosofía griega. H. BARDON , Les empereurs et les lettres latines d’Auguste à Hadrien , París, 1940, págs. 10-11.
57 Tres razones son las que también se citan en PLUT ., Ant . 80. aunque aquí se sustituye al dios Serapis por la belleza y grandeza de la ciudad. En cualquier caso, Octaviano no sintió especial devoción por los dioses egipcios por lo que, de haberse citado, sólo sería un recurso político. P. LAMBRECHTS , Augustus en de egyptische godsdienst , Bruselas, 1956.
58 SUET ., Aug . 18.1. La costumbre funeraria de los Ptolomeo era la incineración, por lo que pretendían enseñarle sólo las urnas.
59 Sobre el estatuto de Egipto dentro del imperio: A. PIGANIOL , «Le statut augustéen de l’Egypte et sa destruction», ΜH 10 (1953), 193-202. Res Gestae XXVII 1 y Corp. Inscrip. Lat . VI 701-702. G. GERACI , «La concezione augustea del gobernó d’Egitto», Auf. Nied. Rom. Welt II 10. 1, Berlín, 1988, 383-411.
60 M. A. LEVI , «L’esclusione dei senatori romani nell’Egitto augusteo», Aegyptus 5 (1924), 231-235.
61 Con respecto al consejo cívico, la bulé , de Alejandría y la decisión de Augusto se mantienen dos posturas. Algunos sostienen que ya no existía el consejo en tiempos de los Ptolomeo y que Augusto no quiso reinstaurarlo, H. I. BELL , «The Problem of the Alexandrian Senate», Aegyptus 12 (1932), 173-184, mientras que otros sostienen que fue Augusto quien lo suprimió, P. M. FRASER , Ptolemaic Alexandria , Oxford, 1972, págs. 94-95.
62 Caracala. El primer senador egipcio fue Elio Cerano, incluido en la asamblea por Caracala en el 212. D. C., LXXVI 5, 3-5. Él y su hijo homónimo son los dos únicos senadores egipcios atestiguados en el siglo III. M. HAMMOND , «Composition of the Senate A. D. 68-235», Jour. Rom. Stud . 47 (1957), 79-80.
63 Cornelio Galo tuvo que reprimir sublevaciones en Heroonpolis, cerca de Suez, y en la Tebaida. ESTRABÓN , XVII 819. El propio prefecto recuerda sus victorias en una inscripción trilingüe: J. M. CORTÉS (ed.), Epigrafía griega , Madrid, 1999, págs. 377-380.
64 Nicópolis.
65 El cuidado de los canales, que era una de las más antiguas labores del rey de Egipto, se realizó de manera sistemática algunos años más tarde, entre el 27 y el 25 a. C., ya con el segundo prefecto de Egipto. W. L. WESTERMANN . «Aelius Gallus and the Reorganization of the Irrigation System of Egypt under Augustus», Class. Philol . 12 (1917), 237-243.
66 Estos acontecimientos son preludio de aquellos otros que se desarrollan a mediados de la década siguiente. Res Gestae XXXII 1. D. C., LIII 33, 2. JUSTINO , XLII 5, 6-9. A. OLTRAMARE , «Auguste et les Parthes», Rev. Etud. Lat . 16 (1938), 122-131. D. TIMPE , «Zur augusteischen Partherpolitik zwischen 30 und 20 v. Chr.», Würzh. Hist. f. d. Altertumsw . 1 (1975), 155-169.
67 En honor de Octaviano. Se celebraron en el 28 a. C. por primera vez: D. C., LIII 1, 4-5.
68 C. L. BABCOCK , «Dio and Plutarch on the Damnatio of Antony», Class. Philol . 57 (1962), 30-32.
69 El 1 de agosto se convirtió en el día simbólico de la liberación de Roma frente a la amenaza de dominación egipcia. Corp. Inscrip. Lat . I2 págs. 323, 244 (Fasti Amitermini) . OROS ., VI 19, 16. W. F. SNYDER , «Public Anniversaries in the Roman Empire», Yale Class. Stud . 7 (1940), 231-232.
70 En el desarrollo y adquisición de la potestad tribunicia por parte de Octaviano-Augusto se distinguen tres hitos fundamentales. En el 36 recibió la sacrosanctitas y el ius subselli , es decir, el derecho a sentarse entre los tribunos en el Senado (D. C., XLIX 15, 5-6). La segunda fase tendría lugar en el 30. Es posible que se le ofreciera toda la potestad tribunicia pero que él sólo aceptara el ius auxilii que a continuación se explica. El último paso se dio en el 23, con la posesión plena de la potestad ( D. C., Lili 32, 5). Será este el momento en que empiece el cómputo de años de ejercicio de la potestad, que en el caso de sus sucesores coincidirá con los años de reinado. En las Res Gestae X, él sólo recuerda el primer y el tercer momento. A todas luces, las decisiones del año 30 fueron las de menor importancia. H. M. LAST , «On the tribunicia potestas of Augustus», Rend. Ist. Lamb . 84 (1951), 93-110.
71 La noticia de Dion es contradictoria. Una milla romana equivalía a siete estadios y medio. La potestad de los tribunos de la plebe se extendía, ya en época republicana, hasta el primer miliario y no se limitaba al pomerio de la ciudad. T. MOMMSEN , Römisches Staatsrecht I , Leipzig, 1887, págs. 69-70. Quizás el texto presente alguna corrupción y la última cláusula se refiera al derecho de apelación, que se explica a continuación y que los tribunos no poseían. J. M. KELLY , Princeps Iudex , Weimar, 1957, pág. 18.
72 De nuevo el contenido real de esta noticia es incierto: ¿Augusto era el tribunal supremo de apelación o un tribunal de primera instancia universal? P. GARNSEY , «The Lex Julia and Appeal under the Empire». Jour. Rom. Stud . 56 (1966), págs. 185-187.
73 El voto de Atenea era una tradición legal ateniense por la que, cuando empataban los votos de condena y de absolución en un jurado, el conflicto se resolvía con una sentencia absolutoria. ESQUILO , Euménides 735. Más difícil es saber a qué poder pretende referirse Dion con esta expresión proverbial.
74 Año 29.
75 Debe de tratarse de una carta dando noticia de los acontecimientos de los que se informa en LI 18, 2-3.
76 Res Gestae X 1. Se trata del himno de los Salios, que estaba destinado a asegurar la buena fortuna de Roma en las guerras.
77 La asignación de una tribu al gobernante era una tradición ateniense de la época helenística que se mantuvo bajo el imperio. Octaviano no aceptó este honor en Roma.
78 Esta es una noticia imprecisa y generada a luz de los acontecimientos del siglo III más que en los sucesos de época de Augusto. M. W. HOFFMAN -LEWIS , The Official Priests of Rome under the Julio-Claudians , Roma, 1955.
79 Res Gestae XIII 1. Las puertas de Jano debían permanecer abiertas mientras el ejército romano estuviera en campaña: LIV ., I 19, 2. Antes del reinado de Augusto se habían cerrado en dos ocasiones: durante el reinado de Numa y tras la Primera Guerra Púnica. Bajo Augusto se cerraron tres veces, la primera de ellas ahora, en el 29. V. EHRENBERG y A. H. M. JONES , Documents Illustrating the Reings of Augustus and Tiberius , Oxford, 1955, pág. 45.
80 Otro ritual antiguo y vinculado al fin de las guerras en Roma, que había sido abandonado. Debía celebrarse todos los años si se vivía en paz y no se estaba preparando ninguna nueva guerra.
81 Homo novus , fue uno de los jefes principales del partido de Octaviano, tercero en el escalafón, por detrás, únicamente, de Agripa. Participó con Augusto en las campañas de Iliria y en Accio. Cónsul en el 26 a. C., participó en la campaña en Hispania, por la que recibió la aclamación imperial (Corp. lnscrip. Lat . II 3556). Entre el 16 y el 13 a. C. fue prefecto de la ciudad (D. C., LIV 19, 6). R. SYME , La Revolución ..., pág. 411.
82 M. Nonio Galo también recibió una aclamación imperial por su victoria frente a los tréveros a pesar de estar a las órdenes de C. Carrinas, gobernador de la Galia Comata: Corp. lnscrip. Lat ., IX 2642.
83 R. MELLOR , The Worship of the Goddess Roma in the Greek World , Gotinga, 1975.
84 Éfeso era la sede del gobernador provincial. Se ha identificado como el templo doble cercano a la sede del consejo local. Nicea es caracterizada como la metrópolis de su provincia. S. R. F. PRICE , Rituals and Power , Cambrige, 1984, págs. 54-57, 254, 266.
85 Se trataba de un templo y un recinto sagrado consagrados tanto a Roma como a Augusto y conocidos como Sebasteion . S. R. F. PRICE , Rituals ..., pág. 252
86 S. R. F. PRICE , Rituals ..., pág. 266.
87 I. GRADEL , Emperor Worship and Roman Religion , Oxford, 2002, págs. 109-139.
88 Potito Valerio Mesala fue cónsul sufecto posiblemente a partir del 1 de julio del 29. A. E. GORDON , Potitus Valerius Messalla Consul Suffect 29 B. C . University of California Publication in Classical Archaeology 3.2, Berkeley, 1954.
89 Este fue un honor único en la Antigüedad. J.-M. RODDAZ , Marcus Agrippa , Roma, 1984, págs. 185-187.
90 Res Gestae XV. SUET ., Aug . 41, 2.
91 Res Gestae XXI. El aurum coronarium era un impuesto cobrado en forma de regalo al emperador o al general. F. MILLAR , The Emperor in the Roman World (31 B.C.-A.D. 337) , Ithaca, 1977, págs. 140-141.
92 Se celebran las acciones de Octaviano durante los años 35 y 33 a. C., campañas de logros muy limitados que estaban destinadas a mejorar la seguridad del norte de Italia y a mantener protegida la ruta con Oriente. APIANO , ll ir; 14-28 y D. C., XLIX 34-38. 43.8. R. SYME , «Augustus and the South Slav Lands», Danuhian Papers , Bucarest, 1971, págs. 13-39.
93 Procónsul de la Galia Cornata entre el 30 y el 29 a. C. Prosop. Imp. Rom 2 . C 447.
94 Triple triunfo: Res Gestae IV, LIVIO , Per . 133, SUET ., Aug . 22.
95 Se trataba de un pórtico conectado con la Curia Julia. E. NASH , Pictorial Dictionary of Ancient Rome, I , Nueva York, 1961, págs. 230-231 y 301-303.
96 El 18 de Agosto del 29. E. NASH , Pictorial Dictionary ..., págs. 512-514.
97 Esta estatua fue una donación de Julio César. APIANO , Gue. Civ . II 102.
98 Los Juegos de Troya (lusus Troiae) , a partir del 29. tuvieron gran importancia en el proyecto de recuperación moral de Augusto. A través de ellos se asociaba a la juventud con la formación premilitar. VIRG ., En . V 545-603. SUET., Aug . 43,2.
99 Desde el 38 estaba prohibido que los senadores lucharan como gladiadores. D. C., XLVIII 43, 3.
100 Este anfiteatro, el primero en piedra de la ciudad, se terminó un año antes. SUET ., Aug . 29, 5 y D. C., LIX 10, 5.
101 Las fechas fueron los años 30-29 o 29-28 a. C. B. MANUWALD , Cassius Dio ..., págs. 80-81. El valor de las noticias que siguen es grande puesto que son la principal fuente de aquella guerra. A. MÓCSY , «Der vertuschte Dakerkrieg des M. Licinius Crassus», Historia 15 (1966), 511-514. A. MÓCSY , Pannonia and Upper Moesia , Londres, 1974, págs. 31-52.
102 Región de Tracia que corresponde a las modernas Serbia y Bulgaria. Originalmente su nombre era Misia, que es el que recoge Dion, para cambiar posteriormente a Mesia como nombre de la provincia romana y que ha sido el elegido en la traducción para evitar la confusión con la región de Asia Menor.
103 Las razones para negárselo estuvieron en el carácter del mando de Craso, delegado de Octaviano, y la inexistencia de precedentes. Sobre este último aspecto, la tradición fue sometida a abuso. LIVIO , IV 19-20 recordaba el triunfo y los spolia opima de Cornelio Coso, tribuno militar en el 437. Octaviano, en cambio, sostuvo que Coso había sido cónsul. Para J. W. RICH , «Augustus and the spolia opima», Chiron 26 (1996), 85-127. en verdad nunca se le negó el derecho a Craso de ofrecer los spolia opima , aunque él renunció, posiblemente sometido a presión.
104 En verdad sí recibió su aclamación imperial: Inscrip. Lat. Selec . 8810. Pero Octaviano también recibió su séptima aclamación. Inscrip. Lat. Selec . 81.
105 C. M. DANOV , «Die Traker auf dem Ostbalkan». Auf. Nied. Rom. Welt II 7, 1, Berlín, 1979, págs. 123-126.
LIBRO LII
Estos son los acontecimientos que figuran en el libro cincuenta y dos de la Historia romana de Dion:
1.De cómo César decidió renunciar a la monarquía.
2.De cómo César comenzó a ser llamado emperador.
Periodo: el resto del quinto consulado de César y del consulado de Sexto Apuleyo.
Estos fueron los logros y los padecimientos de los romanos, durante setecientos veinticinco años, bajo la realeza 1 , la democracia 2 y aquel periodo de dominios personales 3 . A partir de entonces empezaron a regirse, de nuevo y en sentido estricto, por una monarquía 4 , aunque César había concebido el proyecto de deponer las armas y entregar el gobierno al Senado y al pueblo 5 . Fraguó su decisión con el auxilio de [2] Agripa y Mecenas 6 , pues con ellos solía consultar todos los asuntos de carácter confidencial. Agripa fue el primero en exponerle su opinión con las siguientes palabras 7 .
[2] «No te sorprendas, César, si mi intención es hacerte desistir de la monarquía 8 , a pesar de que yo, personalmente, hubiese podido obtener innumerables beneficios mientras fueses tú quien la detentase. Pues si la monarquía fuera a resultar beneficiosa [2] para ti, yo habría tomado partido por ella abiertamente. Pero puesto que no produce los mismos resultados en quien detenta el poder autocrático que en sus amigos —estos últimos disfrutan de todo cuanto desean sin provocar envidias y libres de todo riesgo, mientras que sobre los primeros recaen las envidias y los peligros 9 —, he considerado justo, en esta circunstancia como en todas las demás, cuidarme, no de mis intereses particulares, sino de los tuyos tanto como de los públicos.
[3] »Consideremos con tranquilidad todo lo que concierne a la monarquía y adónde podría conducirnos el razonamiento. Seguramente nadie sostendría que nosotros debamos elegir ese régimen en cualquier circunstancia, aun cuando no fuera de ninguna [4] utilidad. En caso contrario, ciertamente parecería que hemos sido víctimas de nuestra propia buena fortuna y que nuestros éxitos nos han hecho perder la razón; o bien, podría parecer también que, con esa pretensión originaria, pusimos como pretexto a tu padre y a la piedad que le debíamos, y adujimos como excusa al pueblo y al Senado, no con el propósito de liberarlos de quienes conspiraban contra ellos sino con el de someterlos a nuestra propia autoridad 10 . Ambas explicaciones suponen una censura para nosotros. ¿Quién, sabiendo lo que [5] dijimos, no habría de indignarse al descubrir lo que realmente pensábamos? ¿Cómo no habrían de odiarnos, en ese caso, con más ahínco que si desde el principio y con claridad hubiésemos desvelado nuestro propósito y nos hubiésemos lanzado directamente a por la monarquía? Es creencia general que forma parte, [6] de algún modo, de la naturaleza humana 11 atreverse a algún acto de violencia, aunque pudiera parecer arrogante. Pues todo el que se siente superior en algo considera justo tener más que sus inferiores y, cuando obtiene algún éxito, lo atribuye a la fortaleza de su espíritu mientras que, cuando yerra, lo imputa al capricho de la divinidad. Pero a quien da cumplimiento a su [7] propósito por medio de maquinaciones y engaños, se le considera un hombre falso, desleal, maligno y perverso —y sé que eso es algo que no tolerarías que nadie dijera de ti, incluso si hubieses podido gobernar toda la tierra por esos métodos—. Cuando ese individuo tiene éxito, parece que ha conseguido imponerse de manera injusta, pero cuando fracasa parece que ha [3] recibido una derrota justa. Y puesto que esto es así, no podrían menos que reprocharnos que ahora, al final, nos mostrásemos deseosos de algo que no habíamos concebido al principio. Ciertamente es mucho peor dejarse vencer por las circunstancias y no ser capaz de dominarse para no abusar de las oportunidades que ofrece la fortuna que acabar cometiendo alguna injusticia [2] como consecuencia de un fracaso. Algunos, llevados por sus propias desgracias, son forzados, con frecuencia y contra su propia voluntad, a delinquir por las exigencias de su interés particular; otros, en cambio, acaban perdiendo, por propia voluntad, el dominio de sí mismos, aunque esto no les sea de ningún provecho. ¿Qué esperanza podría haber en que hombres cuyas almas carecen de honestidad o que son incapaces de mantener la moderación ante los bienes que se les ofrecen, fueran capaces de gobernar adecuadamente a los demás o en que supieran hacer [3] frente con rectitud a la adversidad? Pero puesto que no sufrimos de ninguno de estos males ni tampoco queremos actuar de manera irreflexiva, sino que estamos dispuestos a optar por lo que nos parezca lo mejor después del proceso de deliberación, procedamos al diagnóstico de la situación. Hablaré con toda franqueza. No podría expresarme de otra manera. Y sé que a ti tampoco te agradaría oír mentiras bien adobadas de lisonjas.
[4] »La igualdad de derechos y deberes 12 posee un nombre glorioso y proporciona el resultado más justo. Hombres que poseen la misma naturaleza, que son de la misma raza, que han sido criados en las mismas costumbres y educados en las mismas leyes y que ofrecen a su patria tanto su cuerpo como su [2] alma, ¿cómo no va a ser justo que participen de todo lo demás? ¿Cómo no va a ser lo mejor que reciban honores por su virtud más que por cualquier otra razón? Pues la igualdad de nacimiento [3] exige igualdad de derechos 13 , y cuando se ha obtenido produce alegría pero cuando esta igualdad queda frustrada produce dolor. Todo el género humano, puesto que proviene de los dioses y a los dioses habrá de regresar, eleva su mirada y no desea ser gobernado por la misma persona eternamente. Tampoco [4] soporta participar de trabajos, peligros y gastos pero verse privado de su participación en los bienes superiores. Y si se ve forzado a sufrir una situación semejante, odiará a quien así lo fuerza y, si llegara a tener oportunidad, se vengaría de aquella situación odiosa. Pues todos los hombres se consideran dignos [5] de gobernar y por esta razón están dispuestos a tolerar ser gobernados por turnos. No quieren que otros se consideren superiores y por esto no se ven obligados a sentirse superiores los demás. Se complacen con los honores otorgados por sus iguales y aprueban las sanciones que provienen de las leyes. Si viven [6] bajo semejante régimen, en la consideración de que son comunes tanto sus bienes como sus contrarios, no desean que ningún ciudadano sufra mal alguno y hacen votos para que la mejor de las suertes recaiga sobre todos ellos. Y si alguno de ellos posee [7] alguna virtud, la hacen visible de manera natural, la practican llenos de buena voluntad y la exhiben plenos de alegría. Si ven esa misma virtud en otra persona, la promueven decididamente, colaboran con diligencia a su acrecentamiento y le otorgan los [8] más insignes honores. Por otra parte, si alguno se pervirtiera. todos lo odiarían; si alguno sufriera una desgracia, todos tendrían compasión de él, puesto que consideran común a toda la ciudad tanto el perjuicio como la vergüenza que proviene de estos casos.
[5] »Así es la naturaleza de la democracia. Pero bajo la tiranía todo acontece de manera inversa 14 . ¿Es necesario, quizás, extenderse en la discusión de todos sus detalles? Lo fundamental es lo siguiente: nadie quiere dar la impresión de que posee algún conocimiento o alguna posesión de carácter superior pues el poder, normalmente, se volverá, por esta razón, su enemigo [2] más absoluto; por otra parte, haciendo del carácter del tirano el modelo de vida, se va en busca de lo que se esperaría conseguir gracias a él, avasallando a los demás sin correr riesgo alguno. Por esta razón la mayoría de ellos sólo se esfuerzan por lo que es de su interés exclusivo y odian a todos los demás, considerando los triunfos ajenos, derrotas propias, y las desgracias de los demás, ganancias particulares.
[3] »Siendo esto así, no veo qué puede impulsarte razonablemente a desear la monarquía. Pues además del hecho de que este régimen resulta penoso para las comunidades cívicas, para ti mismo resultaría muy desgraciado. ¿O no ves cómo todavía hoy la ciudad y sus negocios siguen alterados? Es difícil, después [4] de haber vivido tantos años en libertad 15 , acabar con nuestro pueblo; pero también es difícil reducir de nuevo a la esclavitud a nuestros aliados y súbditos, cuando algunos de ellos viven bajo un régimen democrático desde antiguo y otros han recibido la libertad de nuestras propias manos 16 , y más difícil aún cuando estamos rodeados de enemigos.
»Y para empezar por el aspecto menos importante, será necesario [6] que consigas mucho dinero de todas partes, pues es imposible que nuestros actuales ingresos cubran los gastos, no ya los de otras necesidades, sino sólo los de la manutención del ejército. Ocurre lo mismo en las democracias, pues es imposible mantener un régimen político sin recursos 17 . Pero en las democracias [2] serán muchos los ciudadanos que hagan grandes contribuciones por propia voluntad, convirtiendo esa práctica en una muestra de sana rivalidad cívica y recibiendo honores acordes con sus acciones 18 . Y si llegara el momento en que fuera necesario imponer contribuciones obligatorias, las soportarán porque ellos mismos estarán convencidos de lo que hacen y [3] estarán contribuyendo a su propio provecho. Pero en los diversos regímenes personales 19 , todos creen que quien detenta el poder, al que consideran inmensamente rico, debe ser quien, de manera exclusiva, corra con todos los gastos. Pues todos son capaces de averiguar sus fuentes de ingresos pero nadie repara en sus gastos. Y por eso, ni con satisfacción ni por voluntad propia, hacen ninguna contribución de sus bienes privados, como tampoco consideran que las contribuciones públicas sean [4] libres. Pues nadie estaría dispuesto a hacerlas —ya que nadie admitiría fácilmente que es un hombre rico—; ni conviene al gobernante que esto ocurra. Pues ese individuo, tras adquirir ante el pueblo la reputación de valedor de la ciudad, enseguida se llenaría de orgullo y provocaría una revolución 20 . Por otra parte, los impuestos oprimen, sobre todo, al pueblo, y la razón principal es que el pueblo es el que soporta sus perjuicios mientras [5] que son otros quienes obtienen sus beneficios. En las democracias, en cambio, quienes contribuyen con su dinero son, generalmente, quienes sirven también en el ejército de modo que, de alguna forma, reciben a su vez ese mismo dinero. Pero en las monarquías, por regla general, unos son los que trabajan la tierra, los que practican los oficios, los que se hacen a la mar y los que participan en la vida pública —y a quienes, en la mayoría de los casos, se les aplican los impuestos— y otros distintos quienes se dedican al oficio de las armas y cobran un salario.
»Ya este solo asunto, que es tal y como te lo he descrito, te [7] causará problemas. Pero aún hay más. Es absolutamente necesario que todo aquel que delinca siempre sufra condena. Y ya que la mayoría de los delincuentes no se enmiendan ni con advertencias ni con ejemplos, resulta totalmente necesario que sean condenados a la pérdida de derechos, al exilio o a la pena de muerte; algo que es natural que ocurra en un imperio tan grande y entre una población tan numerosa, especialmente durante los periodos de mutación constitucional. Si nombraras a [2] otras personas para juzgar estos asuntos, ellas se esforzarían por liberar a los encausados, especialmente cuando creyeran que tú los odias. Pues los jueces adquieren cierto aire de autoridad cuando actúan en contra de los deseos del gobernante. E incluso [3] cuando algunos sean condenados, siempre parecerá que han sido considerados culpables por tu intervención y de forma amañada. Pero si tú fueras quien en persona juzgaras, te verías obligado a condenar a personas de tu mismo rango —una desafortunada situación— y, sin duda, parecería que a algunos de ellos los has llevado a juicio por celos más que por un verdadero sentido de la justicia. Nadie cree que quienes pueden usar la [4] fuerza, cuando juzgan, practiquen la justicia. Más bien sospechan que, corriendo, por vergüenza, un velo y una cierta apariencia de legitimidad constitucional delante de la verdad, dan satisfacción a sus propias pasiones bajo el legítimo nombre del tribunal. Así sucede en las monarquías. En las democracias, en [5] cambio, si alguien es acusado de haber cometido un delito de carácter privado, es enjuiciado en un proceso de derecho privado ante jueces de su mismo rango. Si es acusado de un delito público, también se sentarán en el tribunal jueces de entre sus semejantes a los que la suerte habrá designado. De esta forma, los hombres pueden soportar mejor lo que pudieran decidir aquellos jueces, puesto que consideran que lo que les ocurra no se deberá ni al poder del juez ni al favor debido 21 .
[8] »Y aparte de aquellos que han delinquido, muchos otros hombres, unos por linaje, otros por su riqueza, algunos por otras razones, y sin ser malas personas, son contrarios, por naturaleza, al régimen monárquico 22 . Si se permitiera que adquirieran poder e influencia, el rey no podría vivir seguro pero, si intentara [2] reprimirlos, no podría hacerlo con justicia. Y entonces, ¿qué deberá hacer con ellos?; ¿cómo deberá tratarlos? Pues si aniquilases a sus familias, menoscabases sus patrimonios y hundieses su orgullo, no conseguirías de tus súbditos la menor muestra de afecto. ¿Es que acaso podría ser de otra manera cuando a nadie se le permite nacer de una noble cuna, enriquecerse [3] legítimamente, ni llegar a ser poderoso, valiente o discreto? Pero si permitieras que todos acrecentaran sus cualidades, no podrías manejarlos con comodidad. Pues si tú solo te bastases para gestionar los asuntos políticos y militares de forma honrosa y oportuna, y no tuvieras necesidad de ningún ayudante para [4] ninguno de ellos, mi razonamiento sería bien distinto. Pero en las presentes circunstancias y puesto que gobiernas un imperio tan vasto, es absolutamente necesario que cuentes con muchos colaboradores. Y es conveniente que todos sean hombres valerosos y prudentes. Pero, efectivamente, si confías las legiones y las magistraturas a hombres de esas características, existirá el riesgo, tanto para ti como para el régimen, de acabar siendo destruidos. Pues no es posible que un hombre digno carezca, [5] por naturaleza, de orgullo, como tampoco es posible que alguien que proviene de un ambiente servil adquiera sentido del orgullo. Pero tampoco es posible que alguien que se tenga en estima no desee la libertad y odie el despotismo. Y si, por el [6] contrario, no encargases ninguna de estas tareas a esas personas y se las encomendases a otras de baja estirpe o al primero que te encontrases, de forma inmediata te harías acreedor de la ira de los primeros, en la idea de que no los considerabas dignos de confianza, y de forma inmediata también fracasarías en las más importantes empresas. Pues, ¿qué podría hacer bien una persona [7] ignorante y plebeya? ¿Cuál de nuestros enemigos no acabaría por desdeñarlo? ¿Cuál de nuestros aliados lo obedecería? ¿Qué soldado nuestro no desdeñaría que alguien así estuviera al mando? En verdad no es necesario que te exponga todos los males que generaría esta situación, cuando tú tienes ya cumplido conocimiento de ellos. Pero sí creo que es necesario que te [8] diga lo siguiente. Si alguna de esas personas no cumpliera con su deber, te acabaría causando más daño que tus enemigos. Pero si consiguiera dar cumplimiento a alguno de sus deberes, él mismo se convertiría en un ser terrible para ti, incapaz de dominarse por su falta de educación 23 .
»Sin embargo, esta no es una situación propia de los regímenes [9] democráticos. Cuanto más ricos y valerosos sean sus ciudadanos, tanto más rivalizarán y engrandecerán la ciudad. Y la ciudad se beneficia de ellos y se complace con ellos, salvo que alguno conciba la idea de convertirse en su tirano. Pero a [2] este lo castigarán con el máximo rigor. La historia de Grecia también demuestra que, efectivamente, así sucede y que las democracias son muy superiores a las monarquías. Pues mientras que los griegos se rigieron por monarquías nada importante realizaron, pero cuando empezaron a vivir bajo aquella otra forma [3] de gobierno, se hicieron extremadamente célebres 24 . Las historias de los demás pueblos también lo evidencian. De todos estos, los pueblos que todavía hoy se mantienen bajo regímenes tiránicos siempre han sido esclavos y siempre han estado conspirando contra sus gobernantes 25 , mientras que aquellos otros que han recurrido a magistraturas anuales, e incluso de mayor [4] duración, siguen siendo libres y autónomos. ¿Y qué necesidad hay de recurrir a ejemplos de otros pueblos cuando aquí mismo, en casa, los tenemos? Nosotros mismos, los romanos, al principio usábamos de otra forma de gobierno pero, más tarde, tras sufrir un sinnúmero de terribles desgracias, concebimos el deseo de libertad. Y cuando la conseguimos 26 fuimos avanzando [5] hasta nuestra actual grandeza porque hicimos valer no otros bienes salvo los de nuestra democracia. Y gracias a ellos, el Senado deliberaba, el pueblo ratificaba, el ejército daba muestras constantes de celo y la oficialidad de ambición. Nada de esto se logra bajo una tiranía. Y como es natural, nuestros antepasados romanos concibieron un odio tan grande hacia la raonarquía por todas estas razones que llegaron incluso a convertirla en un régimen prohibido.
»Aparte de todo esto, y si es necesario que diga alguna palabra [10] sobre aquello que te atañe a ti en tu vida privada, ¿cómo podrías soportarlo, ejerciendo el gobierno sin interrupción, día y noche? ¿Cómo te las arreglarías cuando no gozaras de salud? ¿De qué bienes humanos podrías disfrutar, y cómo podrías ser feliz si careces de ellos? ¿Dónde encontrarías realmente el placer? ¿Cuándo no estarías profundamente afligido? Pues es absolutamente [2] inevitable que quien detenta un poder de estas características se preocupe de todo y por todo tema; que no pueda disfrutar, salvo en grado ínfimo, de los placeres; que oiga y vea, siempre y en todos los lugares, las mayores desgracias; pero también que las cause y las sufra. Y esta es la razón, según creo, de que algunos griegos y bárbaros no hayan aceptado la realeza cuando se la ofrecieron 27 .
»Conociendo de antemano todo esto, piénsatelo bien antes [3] de meterte. Pues es vergonzoso o, mejor todavía, imposible renunciar a esta posición una vez que se ha asumido. No te dejes engañar ni por la grandeza de su poder ni por su abundancia de bienes, como tampoco por la formación de sus guardias personales ni por la muchedumbre de sus cortesanos. Quien tiene [4] mucho poder tiene también mucho de lo que preocuparse. Quien tiene grandes propiedades también está obligado a realizar grandes gastos. Cuenta con multitud de guardias por la multitud de conspiradores. Los cortesanos estarían más dispuestos a destruirte que a salvarte. Y así, a consecuencia de todo lo dicho, un hombre sensato no debería desear el poder absoluto. [11] Pero si alguien cree que por el hecho de que los hombres que se encuentran en esa posición puedan tanto enriquecer como salvar la vida a otras personas, así como realizar multitud de buenas acciones —aunque, por Zeus, también les resulta posible cometer abusos sobre ellos y perpetrar la maldad que se les ocurra—, si alguien cree que por estas razones la tiranía es digna de [2] su empeño, por completo yerra. No es necesario que te diga que una conducta insolente y malhechora no sólo es tan vergonzante como arriesgada, sino que también es merecedora del odio de los dioses y de los hombres. Y puesto que tú no eres así, no elijas por estas razones la monarquía. Añadiré además que ahora yo no hablo de todo aquello que podría realizar quien administra mal el gobierno, sino de todo lo que están obligados a hacer y a sufrir quienes hacen un buen uso del mismo.
[3] »Pero, por otro lado, la posibilidad de otorgar favores generosamente es un privilegio digno de desearse. Pero lo que cuando se es un ciudadano particular resulta bueno, digno, glorioso y seguro, cuando se ocupa una monarquía no compensa los demás inconvenientes como para que por esta capacidad se elijan también estos últimos; especialmente cuando a los demás se ofrecerá el provecho de su acción y él sufrirá los inconvenientes que de [12] ella se deriven. Y en segundo lugar, esta magnanimidad no es tan simple como normalmente se piensa. Pues nadie podría satisfacer las peticiones de todos. Podría decirse que son todos los hombres los que se consideran merecedores de recibir algún favor de las manos del rey, incluso si en aquel momento no se les [2] debe ninguna gracia. Todo el mundo, por naturaleza, se siente satisfecho consigo mismo y quiere alcanzar algún beneficio de quien puede dárselo. Pero pronto descubrirá que los beneficios que puede entregarles —me refiero a honores y magistraturas, y en algunas ocasiones también dinero— son muy pocos para la multitud que los solicita. Y puesto que esto es así, será más odiado por los que se han visto frustrados en sus peticiones que amado por quienes sí han conseguido sus propósitos. Estos últimos, [3] que reciben su beneficio como si se saldara una deuda con ellos, no consideran que sea necesario mostrar agradecimiento a quien se lo otorgó, puesto que no obtuvieron nada que no esperaran. Y además, incluso temen mostrarse agradecidos para no parecer, por este gesto, que no merecían el beneficio recibido. Los que [4] han visto fracasar sus esperanzas se afligen por dos razones. La primera, porque se sienten despojados de un bien propio, ya que todos consideran que tienen derecho a aquello que desean. En segundo lugar, se afligen también porque, si tolerasen con facilidad el hecho de no haber conseguido lo que esperaban, equivaldría a admitir algún error propio.
»Es evidente que quien otorga tales dones con rectitud debe [5] examinar con atención, antes de nada, el mérito de cada uno de los peticionarios. Y a unos honrará y a otros despreciará, de manera que, a partir de esta decisión, a unos infundirá orgullo y a otros resentimiento por la propia conciencia de sus méritos. Pero si un rey, olvidándose de esto, decidiera repartir sus favores de forma arbitraria, también erraría de forma absoluta. Pues los viles, honrados contra toda esperanza, se volverían aún peores [6] puesto que, o bien se creerían ensalzados como si fueran los mejores ciudadanos, o bien se considerarían dignos de ser cortejados por su terrible poder, mientras que los virtuosos, descubriendo que no han recibido nada más que los otros sino que han sido valorados en pie de igualdad con los otros, se enfadarían por la igualdad del reparto más que alegrarse por haber sido considerados dignos de algún beneficio. Y, en consecuencia, renunciarían [7] a la conducta de los mejores hombres y se lanzarían a la imitación de la vida de los peores. Y, en consecuencia, de estos honores ningún beneficio habría obtenido quien los otorga y por ellos se habrían vuelto peores quienes los recibieron. Y así, lo que para algunos sería lo mejor de la monarquía, para ti se convertiría en el problema más difícil de solucionar.
[13] »Tras meditar sobre todo esto así como sobre aquello que antes dije, actúa con prudencia mientras te sea posible y entrega al pueblo el ejército, las provincias, las magistraturas y los dineros. Si hicieras esto de forma inmediata y voluntaria, te convertirías en el hombre más célebre y, al mismo tiempo, el que goza de mayor seguridad. Pero si aguardases a que alguna fuerza te empujara a hacerlo, quizá tuvieras que soportar alguna [2] desgracia que viniera acompañada de una mala reputación. La prueba está en que Mario 28 , Sila 29 , Metelo 30 y Pompeyo 31 , al principio, tras hacerse con el control del Estado, no quisieron ejercer un poder absoluto y no sufrieron ningún mal por ello. Pero Cinna 32 , Estrabón 33 , aquel otro Mario 34 , Sertorio 35 y el mismo Pompeyo después 36 , aspirando al poder absoluto, perecieron de modo miserable 37 . Pues es difícil que esta ciudad, [3] que ha vivido tantos años bajo un régimen democrático y que gobierna sobre tantos hombres, esté dispuesta a convertirse en esclava de alguien. Sabes que desterró a Camilo porque utilizó caballos blancos en su triunfo 38 ; sabes que depuso a Escipión [4] porque se le acusó de una ambición desmedida 39 ; recuerda cómo atacaron a tu padre porque tenían sospechas de que aspiraba a la monarquía 40 . Y, sin embargo, nunca hubo hombres mejores que aquellos.
»No obstante, no te estoy aconsejando que, simplemente, [5] renuncies al poder, sino que, antes de eso, hagas todo lo que convenga al interés público y que dejes bien atado con decretos y leyes todo lo que convenga, tal y como hizo Sila. Pues aunque algunas de sus medidas fueron derogadas más tarde, la mayoría de ellas, y las más importantes, se mantienen todavía en vigor 41 . Y no me digas que algunos empezarán la lucha de facciones [6] para que no tenga que contestarte que los romanos mucho menos habrían de tolerar un gobierno monárquico. Pues si debemos tomar precauciones contra todo lo que pudiera suceder, sería totalmente absurdo que temiéramos más las disensiones que pudiera acarrear la democracia que las tiranías en las [7] que degeneran naturalmente las monarquías 42 . Sobre el carácter terrible de las tiranías voy a intentar no decir nada, pues en verdad no he querido atacar una realidad que con tanta facilidad puede censurarse, sino que quiero mostrarte que la naturaleza de la monarquía es tal que ni los hombres nobles...** 43
[14] »... no podían convencer fácilmente a quienes no son de la misma condición con un diálogo franco y tienen éxito en sus empresas porque ellos no están de acuerdo entre sí 44 . De modo que si en algo te importa la patria por la que has librado tantas batallas, por la que de buen grado hubieses entregado el alma, refórmala y reorganízala en la dirección más prudente. Pues la [2] posibilidad de actuar y de hablar simplemente tal y como se quiera, si la pones a prueba con personas de buen juicio, se convierte en causa de prosperidad para todos, pero si la pones a prueba con necios, se convierte en fuente de desgracias. Y por esta razón, quien les entrega a estos necios el poder, entrega una espada a un niño o a un loco; pero quien se lo entrega a los primeros, les ofrecerá la salvación no sólo de todos sus asuntos sino incluso a los necios, aunque no la quieran. Por esta razón, [3] precisamente, te pido de forma encarecida que, aunque te fijes en la buena reputación de algunos términos, no te dejes engañar. En cambio, te pido que, después de examinar con detenimiento las consecuencias de cada forma de gobierno, termines con la insolencia de la muchedumbre y que pongas el gobierno de los asuntos públicos tanto en tus manos como en las de los demás nobles, con el fin de que los más prudentes sean los que deliberen y los más capacitados los que manden el ejército, y para que sirvan en el ejército y cobren un salario por ello los hombres de mayor fuerza y de menos recursos. Pues así, cuando [4] todos cumplan, llenos buena voluntad, con las tareas que les han correspondido y se proporcionen apoyo mutuo con diligencia, no advertirán las desventajas que los colocan por detrás de los otros, y conseguirán una verdadera democracia y una segura libertad 45 . Pues aquella libertad del populacho se convierte en [5] la más amarga servidumbre de los mejores y acarrea la perdición general a ambos. En cambio, esta otra forma de libertad, puesto que siempre prefiere la moderación y proporciona a todos la igualdad que conviene a su dignidad 46 , hace del mismo modo felices a todos los que de ella se sirven.
[15] »Pues no pienses que te estoy aconsejando instaurar una tiranía y que esclavices al pueblo y al Senado. Nunca me atrevería a decir nada semejante ni a animarte a que tú aplicaras ese consejo. La propuesta que te hago sería buena y provechosa tanto para ti como para la ciudad. Es la siguiente. Tú mismo, con la colaboración de los mejores hombres 47 , promulgarías todas las leyes que convinieran, sin que nadie del pueblo se opusiera [2] ni les hiciera frente 48 . Dirigirías las guerras según vuestros propios designios, mientras que todos los demás cumplirían cabalmente las órdenes. La elección de los magistrados recaería sobre vosotros. Vosotros estableceríais los honores y las penas, para que tuviera rango de ley, de manera automática, todo aquello que decidieras, tras haberlo sometido a deliberación entre [3] tus pares. Todo eso habría que hacerlo para que las guerras se emprendieran con el necesario secreto y en el momento oportuno; para que aquellos a los que se les confiara alguna misión fueran designados por el mérito y no por el azar o por la lucha por los cargos; para que los mejores pudieran recibir honores sin sufrir envidias, y se pudiera contener al populacho sin llegar a la contienda civil. Pues así se administraría de la manera adecuada [4] la mayoría de los asuntos que se emprendieran sin necesidad de remitirlos a la asamblea, de que se discutieran en público, de que tuvieran que ser confiados a los propios partidarios o de que tuvieran que ser expuestos a los riesgos de la rivalidad. Y nosotros disfrutaríamos con agrado de los bienes que se nos ofrecen sin tener que afrontar peligrosas guerras ni impíos enfrentamientos civiles. Pues la democracia conlleva todo [5] esto, ya que los poderosos, pretendiendo la primacía y odiando a los más débiles, lo confunden todo. Esto ha ocurrido con mucha frecuencia entre nosotros y no hay manera de pararlo. La [6] prueba está en que ha sido larguísimo el periodo que llevamos luchando y enfrentándonos en guerra civil. La causa es la población abundante y la grandeza de nuestros negocios. La población, formada por gente de todas las procedencias, tanto por su linaje como por su naturaleza, tiene los más variados caracteres y deseos. Los asuntos públicos, por su parte, han alcanzado tal dimensión que con enormes dificultades podrían ser administrados.
»Nuestro pasado atestigua que digo la verdad. Pues mientras [16] no fuimos muchos y no nos diferenciábamos mucho de nuestros vecinos, nos gobernábamos bien y conseguimos someter casi a toda Italia. Pero desde que salimos fuera de Italia 49 , [2] cruzamos el mar hacia la mayoría de los continentes e islas y pusimos todo el mar y toda la tierra bajo nuestro nombre y nuestro poder, no hemos recibido ningún beneficio 50 . En un primer momento discutíamos en casa y dentro de las murallas organizábamos facciones, pero después llevamos esta plaga a [3] nuestros ejércitos. Y por esta razón, nuestra ciudad, como una enorme nave cargada de una muchedumbre formada por gentes de todos los orígenes y sin piloto, y, empujada durante muchas generaciones por un fuerte oleaje, ha estado siendo sacudida y [4] llevada de arriba abajo como si no tuviera timón 51 . No permitas que siga expuesta a los efectos de la tempestad, pues ves cómo hace aguas por todas partes. No permitas que se destroce contra los escollos, pues está podrida y no podrá resistir durante mucho tiempo. Pero ya que los dioses han tenido piedad de ella y te han puesto al frente como su juez y protector, no traiciones a tu patria para que, del mismo modo que ahora ha recobrado algo de aliento gracias a ti, así pueda vivir segura en los siglos venideros.
[17] »Desde hace tiempo pienso que tú estás convencido de que tengo razón cuando te aconsejo que gobiernes al pueblo con un régimen monárquico. Y si esto es así, acepta su jefatura inmediatamente y de buen grado, en vez de dejarlo pasar. Pues no estamos discutiendo sobre la oportunidad de tomar algo, sino sobre la necesidad de no perderlo y, además, de no ponernos en [2] peligro por ello. ¿Quién te respetaría si entregaras el Estado al pueblo o, incluso, si lo cedieras a cualquier otra persona, cuando muchos han sido a los que tú has hecho daño y casi todos aspiran a la monarquía? Y ten en cuenta que ninguno de ellos quiere quedarse sin venganza por todo lo que les has hecho, ni quiere dejar con vida a su enemigo. La prueba es que incluso [3] Pompeyo, cuando renunció a su poder, fue despreciado y objeto de conspiraciones, y como fue incapaz de recuperarlo, en consecuencia, acabó muerto. Tu propio padre, César, después de haber caído en el mismo error 52 , perdió la vida. Y desde luego, tanto Mario como Sila habrían sufrido el mismo destino si no hubiesen muerto antes. E incluso hay quien afirma que Sila, por [4] temor a que le ocurriera, se adelantó y se suicidó 53 . Y, de hecho, muchas de las leyes que él había hecho aprobar empezaron a derogarse cuando aún él estaba con vida. Por lo tanto, debes temer que muchos serán los que se conviertan para ti en otros Lépidos 54 y, no menos, en otros Sertorios, Brutos o Casios 55 .
»Con la mirada puesta en estos hechos y en la consideración [18] de todos los demás factores, no te abandones a ti mismo ni abandones a tu patria simplemente para no dar la impresión de que deseas el poder. Pues si alguien sospechase algo así, en primer lugar habría que decirle que la ambición no es ajena a la naturaleza humana y supone un hermoso riesgo. Y además, ¿quién no conoce las circunstancias que te han conducido a esta situación? De esta manera, si hubiese que buscar alguna responsabilidad [2] en ellas, debería atribuírsele, en total justicia, a los asesinos de tu padre 56 . Pues si estos, en contra de cualquier idea de justicia y piedad, no lo hubiesen matado de aquella manera, no habrías tenido que levantarte en armas, ni reclutar ejércitos 57 , ni habrías tenido que aliarte con Antonio y Lépido, ni [3] defenderte, más tarde, de ellos. Nadie ignora que todo aquello lo hiciste justa y rectamente. Y si se cometió algún error, ahora no podemos remediarlo sin consecuencias. Así que, tanto por nosotros mismos como por la ciudad, ten fe en la Fortuna, que [4] te está ofreciendo la monarquía. Mostrémonos extremadamente agradecidos con ella porque, no sólo nos ha librado de nuestros patrios males, sino que ha hecho que sobre ti recaiga la restauración de la República 58 para que, al cuidar de ella como se merece, les demuestres a todos que, si bien los otros la turbaron y la maltrataron, tú sí eres una persona virtuosa.
[5] »No temas la grandeza del imperio pues, cuanto más grande es, tanto más numerosos son sus elementos salutíferos, y más fácil de conservar que de adquirir, pues apropiarse de lo ajeno exige tanto esfuerzo como afrontar riesgos; pero para conservar [6] lo que ya se tiene basta con un mínimo desvelo. Si quisieras administrarlo tal y como yo te aconseje, no deberías tener ningún temor a no poder vivir, una vez instalado en el poder, con total seguridad y gozando de todos los bienes dignos de los hombres. Y no pienses que estoy saliéndome con mi discurso del problema que se nos plantea, si hago una detallada exposición [7] del imperio. No lo voy a hacer por el simple placer de hablar, sino con la voluntad de que comprendas que no sólo se puede, sino que incluso resulta sencillo para una persona sensata, gobernar bien y sin correr riesgos 59 .
»Afirmo que, entre las primeras medidas que debes tomar, [19] es necesario que de inmediato hagas una criba y selecciones a todos los miembros del Senado, puesto que algunas personas indignas, gracias a nuestras guerras civiles, consiguieron entrar en él; debes mantener a aquellos que conserven algo de virtud y expulsar a los demás 60 . No obstante, no expulses a ningún varón [2] virtuoso porque sea pobre, sino, mejor, dónale el dinero que necesite. En el lugar de los expulsados inscribe a los más nobles, los más virtuosos y los más ricos, haciendo la selección no sólo en Italia sino también entre los aliados y súbditos 61 . Pues [3] de esa manera podrás contar con numerosos colaboradores y tendrás bajo control a los elementos más distinguidos de todas las provincias. Así no se producirá tampoco ninguna sublevación en las provincias puesto que no tendrán ningún jefe reputado. Además, sus prohombres te apreciarán ya que los habrás convertido en copartícipes del imperio 62 .
»Haz exactamente lo mismo con los caballeros y enrola en [4] el orden ecuestre a todos los que ocupen, en cualquier parte del imperio, el segundo lugar en el escalafón social, ya sea por nacimiento, virtud o riqueza. Inscribe en este orden a todos cuantos te parezca bien, pero sin fijar con exactitud su número máximo. Cuantos más sean los hombres de cierta dignidad que estén vinculados contigo, más fácilmente administrarás cualquier asunto [5] cuando lo necesites 63 . Y convencerás a tus súbditos de que no recurres a ellos como si fueran esclavos o como si, de alguna forma, fueran tus inferiores, y de que no sólo compartes con ellos todos los bienes que te han correspondido, sino también el poder. De esta manera mostrarán tanto celo en tu servicio como [6] si se tratara de un asunto propio. Estoy tan lejos de cambiar de opinión, dándola por errónea, que afirmo que es necesario dar participación a todos ellos en la vida política para que, al participar de ella todos por igual, sean para nosotros aliados seguros, de manera que vivan en nuestra ciudad como si fuera la única y consideren que sólo Roma es una ciudad verdadera mientras que las suyas no son más que campos y aldeas 64 .
»Por otra parte, más adelante examinaremos de nuevo y con detalle lo que se debe hacer para que no les concedamos todos [20] esos privilegios juntos de una sola vez. Se debe enrolar en el orden ecuestre a jóvenes de dieciocho años, pues en esa edad se goza del vigor físico pleno y de la buena disposición de las almas. Pero en el Senado deben enrolarse los hombres a los veinticinco años. ¿No resultaría vergonzoso y pernicioso que se encargase a esos jóvenes los asuntos públicos, cuando a nadie con esa edad se le confían los asuntos domésticos? Tras la cuestura [2], la edilidad o el tribunado, desempeñarán la pretura, ya con treinta años. Te digo que es necesario que establezcas para el servicio en la ciudad, además de esas magistraturas, sólo la del consulado, tanto en recuerdo de nuestros antepasados como para que no parezca que has subvertido el orden constitucional en su totalidad 65 . Pero elígelos tú mismo y no confíes la elección [3] de ninguno de ellos ni a la plebe ni al pueblo, pues acabarán provocando disturbios. Pero tampoco se la confíes al Senado, pues caerán en la corrupción electoral 66 . No preserves los poderes antiguos de esas magistraturas para que no vuelva a suceder lo mismo. En cambio conserva su dignidad, pero despójalos de tanto poder que, sin privarlos de un ápice de su dignidad, no puedan sublevarse aunque deseen hacerlo. Así será si [4] les asignas, principalmente, los asuntos domésticos y no le entregas a ninguno de ellos ejércitos, ni durante el ejercicio de su magistratura ni inmediatamente después. Hazlo sólo cuando haya pasado algún tiempo, el que tú consideres oportuno para cada uno. Y así no se sublevarán, puesto que no estarán al frente de los ejércitos mientras gozan del prestigio del título sino, sólo, tras haber vuelto a ser ciudadanos particulares durante algún tiempo. Ellos organizarán los festivales que les correspondan 67 [5] y serán jueces en los casos que sean de su competencia —salvo los casos de homicidio— durante su tiempo de mandato en Roma 68 . Los tribunales deberán estar formados también por otros senadores y caballeros, pero lo principal de cada caso deberá recaer sobre ellos.
[21] El prefecto de la ciudad 69 deberá ser designado de entre los primeros ciudadanos que hayan ocupado todos los puestos de la carrera política. Su misión no será sólo gobernar la ciudad [2] cuando los cónsules estén ausentes 70 , sino también dirigir los demás asuntos relacionados con ella. Juzgará, asimismo, todas las apelaciones contra las decisiones de los magistrados ya citados, todos los casos que esos mismos magistrados le remitan, así como los procedimientos capitales; de estos últimos no sólo los referidos a quienes viven en Roma —excepto aquellos casos que ya citaré—, sino también los de quienes viven fuera de ella en un círculo de setecientos cincuenta estadios 71 .
[3] »De entre las personas de esta misma categoría se elegirá a otro magistrado cuya misión será examinar y supervisar los linajes, las propiedades y las costumbres tanto de los senadores como de los caballeros —de los hombres así como de los niños [4] y mujeres emparentados—. Él deberá corregir todo aquello que, aunque no merezca castigo, si se pasa por alto se acaba convirtiendo en causa de muchos y grandes males. Pero en los asuntos de mayor trascendencia deberá consultar contigo. Al frente de esta magistratura se debe poner a un senador, al mejor de ellos después del prefecto de la ciudad, antes que a un caballero. Sería conveniente que recibiera un título derivado de tus [5] competencias como censor —es absolutamente necesario que seas tú quien se encargue del censo— de tal manera que sea “vicecensor” 72 . Estos dos, el prefecto de la ciudad y el “vicecensor”, ejercerán su magistraturas de por vida, siempre que ninguno de ellos se pervierta de alguna manera, enferme o sea muy anciano. Ningún perjuicio podría derivarse de un mandato [6] tan prolongado pues desempeñarán sus funciones, uno, sin ejército a su mando, y el otro, aunque con una pequeña fuerza, ejerciendo su magistratura, la mayor parte del tiempo, bajo tu atenta mirada. En cambio, si se tratase de una magistratura [7] anual, su titular no se atrevería a enemistarse con nadie y temería actuar con contundencia en previsión de su regreso a la condición de ciudadano particular y del poder de los demás. Deberán recibir también un salario, tanto por el tiempo que le dedican a su labor como por la dignidad del puesto.
»Este es el consejo que te doy sobre estas magistraturas. [8] Quienes hayan desempeñado la pretura deberán ocupar algún puesto de gobierno entre los súbditos. Creo que antes de ocupar la pretura no deberían hacerlo, pues deberían prestar servicio, una o dos veces, como legados de los propretores ya mencionados. Deberán ocupar otro puesto entre los súbditos después de desempeñar el consulado, siempre que hayan ejercido el mando con rectitud 73 . Tras el consulado habrán de asumir las más importantes [22] responsabilidades de gobierno. Te aconsejo que esto lo organices de la siguiente manera. Divide, por estirpes y naciones, toda la Italia que está a más de setecientos cincuenta estadios de la ciudad, así como todos los demás territorios, tanto los isleños como los continentales, que están bajo nuestro gobierno, y todas las ciudades lo suficientemente importantes para ser administradas por un único gobernador con plenos poderes [2] 74 . Estaciona en cada uno de esos distritos guarniciones y envía a cada uno de ellos un gobernador que haya desempeñado el consulado y otros dos que hayan sido ya pretores. A uno de ellos, tan pronto como haya salido de la ciudad, se le encargarán los asuntos de derecho civil así como la provisión de las necesidades materiales, mientras que el otro, alguien que ya haya ocupado este tipo de cargo, será quien administre los asuntos públicos de las ciudades y comande los ejércitos, salvo en los casos en los que se deriven la privación de derechos o la muerte 75 . [3] Pues estos asuntos sólo deben depender del gobernador de rango consular, salvo cuando afecten a centuriones que figuren en las listas de servicio activo o a los ciudadanos particulares más preeminentes de cada comunidad 76 . No deberías permitir que nadie castigara a ninguna persona de estos dos grupos para que no teman tanto al gobernador que emprendan también alguna acción contra ti. Lo que más arriba dije, que uno de los dos legados [4] de rango pretorio debe estar al frente de las tropas de la provincia, significa lo siguiente. Si se tratara de pocos soldados prestando servicio en unidades auxiliares extranjeras, o en una única guarnición legionaria, esta medida sería suficiente. Pero si invernaran dos legiones en la misma provincia —pues nunca podría aconsejarte que encargaras el mando de una fuerza mayor de dos legiones al mismo general—, probablemente sería [5] necesario que los dos propretores tuvieran el mando de las mismas, cada uno de una legión independientemente, así como de los demás asuntos, tanto públicos como privados. El procónsul <tendrá> estas funciones y además juzgará tanto las apelaciones como los casos remitidos por los legados de rango pretoriano durante sus visitas. Y no te extrañes si te recomiendo también [6] que dividas Italia en regiones de esas mismas características 77 . Pues al ser grande y estar bien poblada es imposible que los magistrados de las ciudades puedan gobernarla adecuadamente. Pues es necesario que el magistrado esté presente siempre en sus distritos y que a los magistrados municipales sólo se les encargue lo que puedan hacer.
Todos los que se encarguen de magistraturas que se ejerzan [23] fuera de la ciudad recibirán un salario, que será mayor para los más importantes, inferior para los magistrados de menor importancia, e intermedio para las responsabilidades intermedias 78 . Pues no pueden vivir de sus propios recursos domésticos cuando están en el extranjero pero tampoco es posible que recurran, [2] como ahora, a recursos variables e ilimitados. Deberán ejercer el gobierno durante no menos de tres años, siempre que no cometan ninguna ilegalidad, ni más de cinco 79 . Pues las magistraturas anuales y aquellas otras de corta duración, tras enseñar a su titular lo estrictamente necesario, lo despiden antes de que puedan usar sus conocimientos. Pero, por otro lado, las magistraturas más largas y de mayor duración ensoberbecen de algún [3] modo a muchos de sus titulares y los conducen a la rebelión. Y por esa misma razón no creo que sea conveniente que los mandos más importantes se otorguen uno tras otro sin interrupción. Pues no hay ninguna diferencia entre gobernar sobre una misma provincia o sobre muchas de forma continuada y durante un tiempo mayor que el que convenga. Además, se vuelven mejores cuando dejan un tiempo intermedio, regresan a su hogar y vuelven a ser ciudadanos particulares.
»Afirmo que los senadores deben ocuparse de estas tareas y [24] de la manera dicha. Los dos mejores caballeros deben mandar tu guardia personal 80 . Es peligroso que esta tarea se encargue a una sola persona, pero es fuente de confusión que se encargue a más 81 . Así, los prefectos del pretorio deberán ser dos, para [2] que si alguno de ellos cayera enfermo no te quedes sin guardia. Deberán ser nombrados entre quienes tengan una larga carrera militar y además se hayan encargado también de la administración de los asuntos civiles 82 . Mandarán tu guardia así como todas [3] las tropas instaladas en Italia 83 , de tal modo que podrán condenar a muerte a quienes hayan cometido algún delito, excepto a los centuriones y a aquellos soldados que hayan sido asignados a los magistrados del orden senatorial. Serán los senadores [4] quienes juzguen a esos soldados para que puedan utilizarlos sin ninguna restricción ya que poseerán la potestad de sancionarlos o recompensarlos. Estos dos prefectos, con la ayuda de lugartenientes 84 , mandarán a los demás soldados instalados en Italia así como también a los cesarianos 85 , tanto a los que están a tu servicio como a todos los demás de cierta importancia. Lo conveniente [5] y adecuado será que administren estos asuntos para que, al no verse con mas obligaciones de las que pueden atender adecuadamente, no se queden sin tiempo para lo imprescindible o no puedan mantenerse al frente de todas sus obligaciones. [6] Ocuparán su cargo de por vida, igual que el prefecto de la ciudad y los vicecensores. Además habrá que nombrar un comandante de la guardia nocturna 86 así como un oficial encargado del abastecimiento de grano y de todo el mercado 87 . Se nombrarán de entre los primeros miembros del orden ecuestre, tras los prefectos del pretorio, pero por un tiempo limitado, como los magistrados designados del orden senatorial.
[25] Serán caballeros quienes deban hacerse cargo de la administración de las finanzas, y me refiero tanto a las del pueblo como a las del imperio 88 , a las de Roma, Italia y a las de los [2] demás distritos exteriores. Deberán cobrar un salario tanto estos como aquellos otros que administren asuntos relacionados con ellos, mayor o menor el salario según la dignidad y la [3] importancia de su misión. Esto debe ser así porque no es posible que estas personas, de menos recursos que los senadores, vivan de su propio patrimonio ni aun cuando se encarguen de la administración de algún negocio en la propia Roma. Y la razón de la primera recomendación está en que no es posible ni conveniente para ti que las mismas personas sean las dueñas de las fuerzas militares y de los recursos económicos. [4] Pero además es bueno que todas las tareas relacionadas con la administración del imperio sean desempeñadas por un gran número de personas para que sean así muchos también los que promocionen juntos y se conviertan en expertos de los negocios públicos. Y así los súbditos mostrarán buena disposición hacia ti, puesto que disfrutarán de múltiples ventajas al gozar de los bienes comunes, y tú, sin levantar envidias, podrás recurrir a los mejores para atender todas las obligaciones. En [5] Roma será suficiente con un solo caballero para cada uno de los tesoros y fuera, en cada una de las provincias, también un caballero, que tendrán tantos agentes provenientes del mismo orden, o de tus libertos, cuantos sus obligaciones exijan. Se debe asignar algunos libertos a aquellos caballeros para que el servicio al emperador conlleve una recompensa a la virtud y para que no te falten personas que, incluso contra su voluntad, puedan dar a conocer la verdad si se hubiese cometido algún delito.
Si alguno de estos caballeros, tras haber desempeñado muchas [6] tareas de responsabilidad, llegara a ser una persona tan insigne que mereciera entrar en el Senado, la edad no deberá ser un obstáculo para enrolarlo en el Senado, sino que deberán ser incluidos en él incluso si sólo hubiesen mandado una centuria en unidades ciudadanas, excepto aquellos que hayan prestado servicio como soldado de línea. Pues es una vergüenza [7] merecedora de censura que en el Senado figuren algunos de aquellos que sirvieron de porteadores de cereal y de carbón. Pero nada debe impedir que los más distinguidos de aquellos que empezaron su carrera como centuriones formen parte del Senado 89 .
[26] »Sobre los senadores y caballeros estos son los consejos que puedo darte, además de este otro, por Zeus. Mientras sean niños, habrán de ir a la escuela con regularidad y, cuando lleguen a la adolescencia 90 , se dedicarán tanto a los caballos como a las armas para lo que tendrán maestros, públicos y asalariados, de [2] ambas disciplinas 91 . Pues así, aprendiendo y ejercitándose desde niños en todo aquello que tendrán que hacer cuando se conviertan en hombres, te serán de mucha mayor utilidad para cualquier tarea. Pues un gobernante excelente, el que resulta útil, no sólo debe cumplir con todas sus obligaciones, sino que también debe cuidar de que los demás se conviertan en las mejores [3] personas posibles. El título de la excelencia no te corresponderá si, tras permitirles que hagan cuanto deseen, te limitas después a censurar a quienes erraron, sino si, antes de que cometan alguna falta, les has ofrecido formación en todos los campos en los que, una vez instruidos, serán más provechosos tanto para ellos mismos como para ti; te corresponderá, asimismo si no permites que nadie, de ningún modo, aduzca excusa [4] alguna —ni la riqueza, ni la alta cuna ni la posesión de cualquier otra virtud— para disimular la indolencia, la molicie o incluso alguna actividad desleal. Pues son muchos los que, por temor a exponerse a envidias o a algún peligro por estas causas, acometen actos indignos de ellos mismos, en la esperanza de vivir con mayor seguridad gracias a esos actos. En consecuencia, [5] estos hombres se hacen merecedores de nuestra piedad, como si hubiesen sido víctimas de una injusticia, puesto que no creen que se les haya permitido vivir con rectitud. Pero también a su gobernante se le provoca un perjuicio con la privación de aquellos hombres buenos y con la mala reputación que va unida a aquella acusación. Por eso, no permitas nunca que esto ocurra. No temas, además, que alguien, criado y educado como te he propuesto, se atreva a rebelarse. Por el contrario, debes sospechar [6] de los que carecen de instrucción y de los que poseen costumbres inmorales 92 . Pues son tales personas las que con facilidad son inducidas a cometer todas las acciones más vergonzosas y terribles, en primer lugar, contra ellas mismas y, después, contra las demás. En cambio, los que han recibido una buena educación y crianza no decidirán cometer injusticia alguna contra nadie, y mucho menos contra quien se preocupó de su crianza y educación. Y si alguno de estos resultara ser un malvado y [7] un desagradecido, no deberías confiarle ningún puesto desde donde pudiera causar algún daño. Y si, aun así, se rebelase, que se le procese y se le castigue. Y no debes tener ningún miedo a que alguien te acuse por esto, siempre que hayas hecho lo que te dije. Pues tú no cometerías ninguna falta castigando a quien [8] ha cometido algún crimen, como tampoco lo hace el médico cuando recurre a cauterizar o a la amputación. Todos lo condenarán puesto que se sublevó contra ti aunque disfrutó de la misma crianza y educación que los demás. Estas habrán de ser las disposiciones respecto a los senadores y a los caballeros.
[27] »Conviene mantener un ejército permanente, reclutado tanto entre los ciudadanos como entre los súbditos y aliados, un ejército más o menos numeroso en cada provincia, según las [2] necesidades impuestas por las circunstancias. Es necesario que estas tropas estén siempre en armas y realicen sus ejercicios bélicos en todo momento, una vez que hayan construido sus cuarteles de invierno en los lugares más adecuados. Deberán prestar servicio de armas durante un periodo preestablecido, de tal manera que algún tiempo de vida les quede antes de alcanzar [3] la vejez. No podemos depender, en los momentos críticos, de las tropas auxiliares puesto que estamos muy alejados de las fronteras del imperio y tenemos enemigos como vecinos en todas ellas. Pero si, por otra parte, permitimos que todos los que estén en edad de servir como soldados tengan armas y se ejerciten en las tácticas guerreras, siempre estarán rebelándose [4] y provocando guerras civiles entre ellos. Y, no obstante, si les impedimos que hagan eso, después, cuando necesitemos su ayuda para la guerra, estaremos asumiendo un enorme riesgo al tener que recurrir a soldados inexpertos y sin ninguna preparación. Por todas estas razones, esta es mi opinión: la mayoría de los hombres deberán vivir sin armas ni fortificaciones pero se habrá de alistar y entrenar a los más valerosos y a los que [5] carezcan de medios de vida. Estos combatirán mejor puesto que dedicarán su tiempo únicamente a esta profesión, mientras que los demás podrán, con mayor facilidad, cultivar la tierra, navegar y hacer todo aquello para lo que es necesaria la paz, si no son forzados al servicio militar y tienen a otros que los defiendan. Así, también, la población más vigorosa y con mayor fuerza física, que con frecuencia se ve forzada al bandolerismo 93 , obtendrá un sustento sin causar sufrimientos y el resto de la población vivirá libre de peligro 94 .
»¿De dónde saldrá el dinero para estos soldados y para los [28] demás gastos imprescindibles? 95 Yo te lo enseñaré. Te he de indicar previamente, pero con brevedad, que, incluso si fuéramos una democracia, de todas formas necesitaríamos dinero, pues no se puede vivir seguro sin un ejército y nadie quiere servir como soldado sin recibir una paga. Por consiguiente, no [2] suframos en la creencia de que la necesaria acumulación de fondos es sólo una obligación de la monarquía, ni rechacemos este régimen por esta razón. Pensemos mejor de esta otra manera: siempre y en cualquier régimen por el que nos rijamos habrá necesidad de recaudar dinero. Así, sostengo que es necesario [3] que tú, como primera medida, vendas todas las posesiones que son públicas —puesto que puedo observar que son muy numerosas como consecuencia de las guerras—, salvo aquellas, pocas, que te sean útiles y necesarias. Presta todo el dinero proveniente [4] de su venta a un interés moderado 96 . Así se conseguirá que la tierra vuelva a ser productiva puesto que se habrá vendido a dueños que la trabajarán por sí mismos. Estos se convertirán en hombres ricos tras recibir la aportación de capital, mientras que el tesoro público tendrá unos ingresos suficientes y perpetuos. En segundo lugar deberás hacer una estimación de estos ingresos 97 y de aquellos otros que puedan venir, con seguridad, [5] tanto de las minas 98 como de cualquier otro lugar. A continuación, también será necesario que calcules los gastos, no sólo los militares sino también aquellos otros gracias a los que la ciudad puede ser bien administrada, así como cuánto es necesario gastar en campañas imprevistas y en los demás asuntos [6] que suelen presentarse al hilo de las circunstancias. Seguidamente y para atender cualquier carencia, deberás establecer un impuesto, simplemente, sobre toda propiedad que genere algún beneficio a sus propietarios, así como tasas sobre todos aquellos a los que gobernamos. En verdad, es justo y conveniente que ninguno de ellos esté exento de tributar, ya sea un particular o una comunidad cívica, cuando también ellos disfrutan, al igual que los demás, de los beneficios que se derivan de la tributación 99 . Deberás nombrar recaudadores para esos tributos [7] que se encargarán de su gestión en cada territorio, de manera que ellos mismos sean quienes se encarguen de exigir el cobro de la totalidad que corresponda al tiempo de su mandato y de todas las fuentes de ingreso. Esta medida no sólo les hará el cobro mucho más sencillo, sino que también les proporcionará un beneficio no pequeño a los contribuyentes. Me refiero a [8] que ellos podrán pagar poco a poco todo lo que de impuestos deban y no que, cuando se descuiden durante algún tiempo, no se les reclame de una sola vez todo el impuesto debido 100 .
»No ignoro que algunos se verán cargados si se implantan [29] estos tributos y tasas. Pero también sé que, si no son víctimas de ningún abuso y se convencen, de hecho, de que pagan todas esas contribuciones a cambio de seguridad para sí mismos y del libre disfrute de sus demás propiedades, y acaban convencidos, [2] además, de que recibirán la mayoría de esos mismos tributos nadie más que ellos mismos —unos, cuando sean magistrados, y otros, procuradores o soldados—, te estarán muy agradecidos. Y será así porque entregarán, sin abuso alguno, una parte mínima del total de los beneficios que pudieran obtener, y también así será si ven que tú gastas sus impuestos con prudencia, [3] moderación y nunca en vano. Pues si se ve que eres muy parco en tus propios gastos pero generoso en los de la comunidad, ¿quién no habría de contribuir por propia voluntad, en la consideración de que el hecho de que tú seas rico significa su seguridad y prosperidad 101 ?
[30] »Habrían de ser muy abundantes los recursos que provengan de estos impuestos. Te aconsejo que los demás asuntos los administres de la siguiente manera. Adorna esta ciudad con toda magnificencia y hazla espléndida con toda suerte de festivales. Pues conviene que nosotros, que gobernamos sobre muchos pueblos, los superemos a todos en todo; estas cosas inspiran respeto en nuestros aliados y espanto en nuestros enemigos 102 . [2] Atiende los asuntos de las demás ciudades como sigue. En primer lugar, los pueblos no deberán ser soberanos y no deberán reunirse, nunca, en asamblea, pues nunca conseguirían tomar una buena decisión y siempre, y de manera constante, serían origen de disturbios. Por esta misma razón sostengo que el pueblo de nuestra ciudad no debe reunirse ni en los tribunales, ni para la elección de magistrados, ni en ninguna otra asamblea en [3] la que se deban tratar asuntos públicos 103 . En segundo lugar, no deberán incurrir ni en multitud ni en grandiosas obras públicas como tampoco consumir sus ingresos en numerosos y múltiples juegos con el objeto de que no acaben agotando sus recursos en vanos esfuerzos ni se enfrenten entre ellas por rivalidades sin sentido 104 . Pues deben tener sus festivales y espectáculos, además [4] de las carreras del hipódromo que aquí se celebran, pero de tal modo que no se vean perjudicados ni el bien público ni los patrimonios privados, sin que ningún extranjero domiciliado en la ciudad se vea forzado a gastar dinero en esas cosas 105 , y sin que se otorgue una manutención perpetua a todos los que, simplemente, consiguieron una victoria en un festival 106 . Pues no [5] tiene sentido que las personas pudientes, fuera de su patria, estén obligadas a correr con estos gastos. Por otra parte, para los participantes en estos juegos deben bastar los premios recibidos en cada uno de ellos, excepto cuando se consiga la victoria en los Juegos Olímpicos, Píticos o en alguno de los que se celebra aquí, en Roma. Sólo deben ser estos los que reciban la manutención, [6] para que las ciudades no realicen gastos inútiles y para que nadie, salvo quienes sean capaces de obtener una victoria, se prepare para los juegos cuando sea capaz de dedicarse a alguna otra empresa más útil tanto para él mismo como para el bien común. Esta es mi opinión sobre estos temas. Pero considero [7] que no es necesario encomendar a ninguna otra ciudad la organización de las carreras de caballos que se celebran sin el complemento de ninguna otra suerte de competición atlética, de modo que no se tire dinero en grandes cantidades y que la población no enloquezca, y, lo más importante, con el objeto de que los soldados dispongan de los mejores caballos sin sufrir [8] envidias. Es por esta razón que desaconsejo absolutamente que se organicen carreras en ningún otro lugar salvo en Roma. Los demás juegos deberán celebrarse con comedimiento para que se pueda ofrecer distracción, tanto para la vista como para el oído —como cada uno quiera hacerlo—, a buen precio, con la mayor mesura y sin causar tantos disturbios cívicos.
[9] »Ninguna ciudad tendrá su propio sistema de monedas, pesos y medidas, sino que todas tendrán que utilizar los nuestros 107 . No deberán, tampoco, enviarte embajadas salvo que el asunto sea de esos que requieren una decisión tuya. Pero primero deberán exponer al gobernador todas sus demandas y, por su intermedio, te harán llegar aquellas de sus pretensiones a las [10] que se les haya dado el visto bueno. Y así no gastarán dinero y no incurrirán en conductas vergonzosas, pero recibirán respuestas íntegras, sin gasto y sin el esfuerzo de nadie 108 .
[31] »Con respecto a los demás asuntos me parecería que tomarías la mejor decisión si, en primer lugar, remitieras al Senado las embajadas que lleguen de nuestros enemigos o de nuestros aliados, de reyes o de ciudades 109 . Pues entre otras razones, es honroso y digno que el Senado parezca tener la competencia en todos los asuntos y que sean muchos los que se opongan a las desconsideradas palabras de los embajadores. En segundo lugar, [2] creo que convendría que legislaras siempre por medio del Senado y no impusieses ninguna norma de validez universal salvo por la vía de los decretos del Senado 110 . Así se afirmaría con mayor solidez la dignidad del imperio, y la justicia que emana de las leyes sería inapelable y perfectamente reconocible por todos. En tercer lugar, si algún miembro del orden senatorial [3] —ya sea de los que ocupan un puesto en el Senado, sus hijos 111 o sus mujeres— fuera acusado de un delito tan grave que el convicto mereciera la privación de derechos, el exilio o, incluso, la muerte, deberás someter el caso a la autoridad del Senado sin prejuzgar su culpabilidad 112 . Dejarás que recaiga sobre los senadores [4] toda la decisión sobre su culpabilidad, sin ninguna intervención de tu parte, para que aquellos que cometieron el delito, declarados culpables por un jurado de sus pares, sean castigados sin levantar ningún resentimiento contra ti. Y así los demás, cuando vean el procedimiento, se volverán mejores por temor a verse también ellos expuestos en un procedimiento público.
[5] »Digo todo esto sólo sobre aquellos delitos para los que haya leyes en vigor y sentencias que hayan sido promulgadas conforme a estas. Pues cuando alguien te hubiese injuriado o hubiese pronunciado alguna otra palabra hostil, no prestarás [6] atención a quien lo denuncia, ni lo perseguirás judicialmente. Resulta vergonzoso creer que alguien ha podido insultarte cuando tú no has cometido ninguna injusticia y sólo estás beneficiando a todo el mundo. Esta es una conducta propia de malos gobernantes, pues juzgan por su propia conciencia que algo [7] creíble le han dicho sus informantes 113 . Es malo enojarse por cosas que, si son verdad, es mejor no hacerlas, pero que, si son mentira, es mejor no pretender enojarse. Muchos fueron los que, por esta actitud, acabaron por conseguir que se inventaran [8] muchas historias aún peores sobre ellos mismos. Este es mi consejo sobre aquellos que, de palabra, te injurien. Tú debes estar por encima y ser superior a cualquier ultraje, de la misma manera que es necesario que nunca llegues a la idea, ni que tú lleves a nadie a la idea, de que alguien puede mostrarse insolente contigo, para que así acaben pensando sobre ti lo mismo que [9] sobre los dioses, que eres augusto 114 . Pero si alguien fuera acusado de conspirar contra ti —lo que en verdad también podría ocurrir—, no deberías juzgarlo ni tomar ninguna determinación antes del juicio, pues resulta extraño que una misma persona sea acusación y juez. Ponlo bajo la autoridad del Senado y permítele que se defienda, y si fuera declarado culpable, castígalo con toda la moderación que puedas en la aplicación de la pena, para que resulte creíble su culpabilidad. Es muy difícil que la [10] mayoría pueda creer que un hombre desarmado conspiró contra otro armado. Sólo así podrás ganarte sus voluntades, si no ejecutas aquella pena ni con ira ni implacablemente, en tanto que sea posible. Este es mi parecer, salvo que alguien que tenga el mando de un ejército se levante abiertamente contra ti. Entonces no convendrá que ese individuo sea sometido a juicio sino que se le castigue como a un enemigo 115 .
»Y en efecto, todos estos asuntos, además de la mayoría de [32] los de cierta importancia que interesan al pueblo, debes confiarlos al Senado. Los asuntos que son de interés público debes administrarlos públicamente. Es consustancial a todos los hombres alegrarse por todos los actos que, recibidos de sus superiores, suponen el reconocimiento de su igualdad, así como no sólo elogiar, como si fueran medidas propias, todo lo que se haya decidido con su aprobación, sino también acoger esas medidas como si las hubiesen aprobado con plena libertad. Por [2] todo esto afirmo que esos asuntos deben remitirse a la curia. Sobre la mayoría de ellos, todos los senadores presentes deberán dar su opinión pero, cuando se trate del juicio de uno de ellos, no todos deberán manifestarse, salvo que el encausado sea alguien que todavía no ha entrado en el Senado o que sólo [3] haya llegado a desempeñar la cuestura. Es absurdo que quien todavía no ha sido ni tribuno ni edil vote contra alguno de los que sí lo fueron como, por Zeus, también lo es que algún tribuno o edil vote contra alguien que ocupó la pretura o que un pretor lo haga contra quien ocupó el consulado. Estos habrán de tener autoridad para decidir sobre cualquier senador mientras que los demás, sólo sobre sus iguales e inferiores.
[33] »Pero sé tú quien juzgue, en privado, las apelaciones 116 y los casos remitidos por los más importantes magistrados y procuradores, por el prefecto de la ciudad, por el vicecensor y por los prefectos encargados del abastecimiento de trigo y de la vigilancia nocturna. Pues ninguno de ellos debe poseer una jurisdicción tan independiente y absoluta que no pueda haber un juicio de [2] apelación contra él. Así pues, juzga tú esos casos así como aquellos que afecten a caballeros, a centuriones que estén en servicio y a ciudadanos principales, cuando estén acusados de delitos que puedan suponer la pena de muerte o la privación de derechos. Pues estos casos sólo a ti te deben corresponder; nadie más debe juzgar estos asuntos en virtud de su propia autoridad por [3] las razones que ya expliqué. Y contigo siempre deberán dictar sentencia los más distinguidos senadores y caballeros, además de algunos antiguos cónsules, unas veces, y, otras, antiguos pretores 117 , para que tú, ya que tienes la posibilidad de conocer a la perfección las personalidades de cada uno de ellos cuando juzgan, puedas recurrir a sus servicios con el mejor resultado, y ellos, sólo tras haber conocido tus costumbres e intenciones, marchen a hacerse cargo del gobierno de las provincias. No les [4] pedirás que en público expresen sus opiniones cuando los asuntos exijan un análisis detallado. Así no rehusarán la posibilidad de expresarse con libertad al tomar la decisión de seguir el parecer de los primeros. Deberás solicitar sus opiniones escritas en tablillas. Tras haberlas estudiado en privado, da la orden de que nadie más las lea y de que inmediatamente sean destruidas. Podrás conocer la verdadera opinión de cada uno si tienen la seguridad de que nadie más la leerá.
»Además deberás tener algunos ayudantes y asistentes, de [5] rango ecuestre, para la administración de justicia, la correspondencia, los decretos de las ciudades, las peticiones de los particulares y todo lo que pueda importar a la administración del imperio. Así se podrá desarrollar cada una de las operaciones con mayor facilidad, no te equivocarás decidiéndolo todo por ti mismo, y no acabarás agotado al tenerlo que hacer tú todo 118 .
»Concede el derecho a hablar con franqueza, y sin temor, a [6] todo el que quiera darte algún consejo sobre cualquier asunto 119 . Pues si sus palabras te fueran de alguna utilidad, mucho habrías ganado; mientras que si no te convencieran, ningún daño podrían causarte. Ensalza y honra a los que acierten con su opiniones, [7] pues tú mismo serás honrado gracias a sus propuestas, pero no deshonres a quienes yerren, ni los censures, pues debes considerar [8] sus intenciones y no reprocharles su fracaso. Guárdate de este mismo error en los temas militares. No seas severo con un infortunio involuntario ni sientas envidia de los éxitos ajenos. Así todos, llenos de ardor y buena disposición, asumirán los riesgos por ti, en la seguridad de que, aunque sufrieran una desgracia, no serán castigados, ni, en el que caso de que tengan éxito en su [9] empresa, serán víctimas de tu insidia. En efecto, muchos son los que, por temor a la envidia de sus gobernantes, prefieren fracasar antes que tener éxito. De su derrota no sólo obtienen más seguridad sino que además les infligen un castigo a sus jefes. Y puesto que tú vas a recibir las consecuencias más importantes tanto de las derrotas como de las victorias, no te permitas sentir envidia, formalmente, de ellos, pero, en verdad, de ti mismo.
[34] »Todo cuanto quieras que tus gobernados piensen y hagan, dilo y hazlo tú. Pues así conseguirás educarlos más que si los intimidaras con las penas previstas en las leyes. De la primera manera conseguirás admiración, mientras que sólo miedo con la segunda. Todo el mundo imita lo que es bueno cuando ve que realmente se pone en práctica y evita el mal cuando oye que está [2] prohibido de palabra. Haz todo con diligencia, sin permitirte ninguna indulgencia contigo mismo, en la total seguridad de que todos aprenderán inmediatamente cuanto digas y hagas. Vivirás como en un teatro formado por toda la ecumene y no podrás [3] ocultarte ni cuando cometas el error más insignificante. Pues nunca podrás hacer nada a solas, sino siempre rodeado de otras muchas personas. La mayoría de los hombres sienten un cierto placer al entrometerse en lo que hacen sus gobernantes de modo que, si alguna vez descubren que les ordenas en público una cosa pero luego haces la contraria, no temerán tus amenazas sino que imitarán tus actos.
[4] »Vigila la vida de los demás pero no la sometas a un riguroso examen. Juzga, en cambio, cuanto te sea remitido por otros y finge que no conoces lo que nadie haya denunciado, salvo cuando las faltas afecten al interés público. Conviene que estos últimos casos [5] reciban la conveniente atención, incluso si nadie ha presentado una denuncia judicial. Conoce también todos los aspectos de sus vidas privadas para que no cometas el error de recurrir, para alguna misión, a un servidor inapropiado. Pero no lo sometas a acusación formal. Muchas veces la naturaleza empuja a los hombres a [6] cometer abusos contra las leyes. Y si estás dispuesto a perseguirlos a conciencia, no deberías dejar impune a uno solo. Pero si, con carácter humanitario, unieses lo razonable con las prescripciones legales, rápidamente conseguirás devolverlos al buen sentido. [7] Pues la ley, aunque necesariamente establezca los más duros castigos, no puede siempre dominar la naturaleza. Y algunos hombres, cuando creen que su falta ha pasado desapercibida o, incluso, cuando son reprendidos con moderación, se vuelven mejores, unos porque están avergonzados por haber sido investigados y los otros porque su propio orgullo les impide errar de nuevo. Pero si [8] su delito ha sido sacado a la luz, han perdido el pudor o han sido castigados en exceso, acaban por violar todas las leyes y por pisotearlas. Se convierten en esclavos de los impulsos de su naturaleza. Por eso no es fácil castigar a todo el mundo ni es conveniente dejar pasar abiertamente algunas faltas.
»Te aconsejo que trates de este modo los errores humanos, [9] excepto aquellos que son absolutamente incorregibles, y que, por otra parte, honres las buenas acciones que hayan acometido incluso por encima de lo que se merecen. Pues así conseguirás que se aparten de las conductas erróneas gracias a tu benevolencia, y que deseen tener un comportamiento correcto gracias a la generosidad de tus dones. No deberías temer que algún día te faltara [10] el dinero u otra suerte de bienes con los que recompensar a quienes se comportan bien pues, sinceramente, creo que serán muy pocos de ellos los que se merezcan algún beneficio tuyo teniendo en consideración que gobiernas sobre una tierra y un mar tan grandes. Tampoco deberías temer que algunos de los que hayan [11] recibido tus favores actúen con ingratitud. Pues nada subyuga tanto y cimienta tanto la amistad como, aunque se trate de un extranjero o incluso de un enemigo, no ya sólo la seguridad de no sufrir ningún abuso, sino, además, la de ser bien tratado.
[35] »Te doy este consejo para que te comportes así con todos los demás. Con respecto a ti mismo, no permitas que se te otorgue ningún honor, ni de palabra ni de obra, ni por el Senado ni por [2] ningún otro, que sea excepcional ni que lleve a la insolencia. Pues mientras que el honor que tú concedes proporciona prestigio a los demás, a ti nada se te podría conceder mejor que lo que ya posees, provocando, además, la grave sospecha de doblez. Pues no parece posible que algún súbdito decrete tales honores, voluntariamente, a su gobernante. Y puesto que, en verdad, el gobernante recibe esos honores de su propia mano, no sólo no recibe loa alguna sino que además se hace merecedor de burlas. [3] Así pues, procúrate nuevos honores por medio de buenas obras, y no permitas que te levanten nunca estatuas de oro o plata, pues no sólo son muy caras sino que además están expuestas a atentados y resultan ser poco duraderas 120 . Labra en el alma misma de los hombres otra suerte de imágenes, sinceras e inmortales, [4] gracias a tus actos benéficos. Tampoco permitas nunca que haya un templo dedicado a tu persona 121 , pues en vano se gastan grandes sumas de dinero en tales empresas. Es mejor utilizar esos recursos en auténticas necesidades, pues una fortuna en su buen sentido no se forma tanto por los muchos ingresos como por la contención del gasto. Además, esos templos no proporcionan gloria. Pues es la virtud la que convierte a los hombres en semejantes [5] a los dioses y nunca nadie se ha convertido en dios por votación 122 . Toda la tierra podrá ser para ti tu recinto sagrado si eres bueno y gobiernas bien; todas las ciudades serán tus templos y todos los hombres tus estatuas, pues habrás enraizado en su mente acompañado siempre de gloria. Tales honores no sólo [6] no ensalzan a quienes atienden de manera bien distinta sus dominios —incluso si en todas las ciudades se le hubiesen consagrado templos—, sino que aumentan el resentimiento contra él al convertirse en trofeos de su maldad y en memoriales de su injusticia. Y cuanto más tiempo resistan en pie, tanto más perdurará su mala reputación. De tal manera que si realmente estás [36] ansioso por ser inmortal, actúa tal y como he dicho y muestra, además, piedad ante los dioses en todas partes y de todas las formas, conforme a las costumbres de tu patria, y obliga a los demás a honrarlos. Aborrece y castiga a quienes introduzcan 2 cultos extranjeros en la piedad tradicional, no sólo por los propios dioses —pues quien los desprecia no honrará a nadie—, sino también porque quienes introducen nuevos dioses en el lugar de los antiguos convencen a los demás de que acepten costumbres extrañas, de donde nacen conjuras, facciones y asociaciones que convienen muy poco al poder monárquico 123 . No [3] consientas que nadie sea ateo o mago. Pues es necesario el arte de la profecía; sin duda, deberás nombrar a algunas personas como arúspices y augures, a quienes se dirigirán todos aquellos que quieran hacer alguna consulta. Pero de ningún modo conviene que haya magos. Pues estos, aunque algunas veces puedan decir la verdad, en la mayoría de los casos mienten y animan a [4] muchos a intentar revoluciones 124 . No pocos de los que pretenden ser filósofos actúan de un modo semejante. Y por esta razón te aconsejo que te guardes de estos individuos 125 . Y no porque hayas sido discípulo de Areyo y Atenodoro 126 , hombres virtuosos, debes creer que todos los demás que dicen dedicarse a la filosofía se les parecen, pues algunos de los que utilizan la filosofía como pretexto han causado innumerables males tanto a pueblos enteros como a simples individuos.
[37] »Bajo la convicción de no desear más de lo que posees, debes ser una persona extremadamente deseosa de la paz. Pero, en lo que se refiere a los preparativos, también deberás estar dispuesto para la guerra, con el objetivo principal de que nadie quiera ni intente cometer algún abuso contra ti. Y si esto no se pudiera lograr, así podrás castigarlo con facilidad y rapidez 127 . [2] Tanto por estas razones como por otras muchas, es necesario que algunas personas tengan sus oídos atentos y escudriñen todo lo que tenga relación con tu acción de gobierno, para que no vivas ignorando lo que necesita precaución o enmienda 128 . Pero recuerda que no debes creer, sencillamente, todo lo que ellos te cuenten; deberás examinar sus informaciones con la máxima atención. Pues son muchos los que calumnian a otras [3] personas con la acusación de sedición, o con la de planear o decir algo contrario al emperador. Lo hacen porque los odian o porque codician sus bienes; otros, porque quieren beneficiar a un tercero o, también, porque les pidieron dinero prestado y no se lo concedieron. Por lo tanto, no debes fiarte de ellos abiertamente [4] y con facilidad, sino que debes verificarlo todo muy bien. Pues mostrándote reticente a darles crédito no sufrirás un gran perjuicio pero, si sigues sus indicaciones con celo, posiblemente acabarás cometiendo algún error que no podrás reparar.
»Es también tu deber y obligación recompensar a todas las 5 personas honradas que trabajan contigo, tanto a los libertos como a todos los demás. Esta medida no sólo te proporcionará prestigio sino también mayor seguridad. Pero los libertos no deberán adquirir un poder desmesurado, sino que deberán mantenerse en una posición de moderación para que nadie pueda [6] censurarte por su causa 129 . Pues todo cuanto de bueno o de malo hagan se te imputará a ti y la consideración que todos te tengan dependerá de lo que tú les permitas hacer.
»No permitas que los hombres poderosos se sientan superiores ante nadie pero tampoco permitas que sean calumniados por nadie. No permitas que ninguno de ellos sea acusado simplemente por ser un hombre poderoso, aunque no haya cometido [7] ningún delito. Pero socorre con decisión a las masas cuando hayan sufrido algún abuso 130 . No prestes atención inmediatamente a sus denunciantes, sino examina con detalle únicamente los hechos, sin desconfiar de los superiores por el simple hechode [8] serlo y sin creer todo lo que digan los inferiores. Honra a los que trabajan con provecho y a los que practican algún arte, y desprecia a quienes se mantienen desocupados y a quienes se esfuerzan en negocios inútiles. Hazlo para que tus súbditos, emulando a los primeros por las recompensas recibidas y apartándose de los segundos por temor a los castigos, se hagan mejores en sus asuntos privados y más provechosos para los públicos.
[9] »Es bueno resolver las disputas entre particulares de la forma más abreviada posible, dando las sentencias con la máxima celeridad. Pero todavía mejor es reprimir los deseos de las ciudades. Si algunas, pidiéndotelo en nombre de tu imperio, salvación o fortuna, intentan arrancar algunas ventajas por la fuerza, o emprender alguna acción o gasto contrario a sus posibilidades, no se lo permitas. Es también bueno erradicar los odios y [10] las rivalidades entre las ciudades, así como impedir que asuman vanos títulos o alguna otra cosa por las que pueda surgir un enfrentamiento. Y todos, ya sea individual o colectivamente, te obedecerán con facilidad, tanto en este asunto como en cualquier otro, si nunca permites que nadie actúe contra la norma. Pues la arbitrariedad destruye incluso las leyes mejor fundadas. Por esta misma razón no debes dejarlos que pidan algo que, por [11] principio, no les concederás, sino que debes forzarlos a que sean ellos mismos los que se guarden de solicitar lo que les está vedado 131 .
»Esto es lo que debo decir sobre los súbditos. Te aconsejo [38] que no hagas uso nunca de tu poder contra todos tus súbditos, pero también te aconsejo que no consideres una merma de tu poder el que no hagas de una sola vez todo lo que podrías. Cuanto más capacitado estés para llevar a cabo todo cuanto quieres, tanto más decidido debes estar a querer lo que convenga. Pregúntate siempre, en conciencia, si estás actuando con [2] rectitud o no, y qué estás haciendo para que ellos te aprecien o no, para que así puedas emprender algunas acciones y evitar otras. No creas que ellos piensan que tú estás actuando de la manera correcta por el simple hecho de que no oigas a nadie censurarte. Y no esperes que nadie esté tan fuera de sus cabales que te censure en público. Nadie lo haría nunca, ni aunque hubiese [3] sido víctima de una terrible injusticia. Pues más bien al contrario, muchos son los que se ven forzados a ensalzar públicamente a quienes los han injuriado, esforzándose en no demostrar su resentimiento. Pero el gobernante debe intentar reconocer sus verdaderas intenciones, las intenciones no de lo que dicen sino de lo que probablemente piensan.
[39] »Así deseo que actúes, aunque voy a dejar de lado otros muchos asuntos porque no es posible hablar de todos ellos cuando se abordan en una única ocasión. Pero sí voy a darte un único consejo más, a modo de resumen tanto de todo lo dicho como de [2] lo que he omitido. Si por propia voluntad hicieras todo lo que querrías que cualquier otro gobernante hiciera contigo, nunca te equivocarás y tendrás éxito en todo. Y en consecuencia lograrás [3] tener una vida no sólo más cómoda sino más segura. Pues, ¿cómo no te habrán de mirar todos como a un padre, como a su salvador, y te amarán cuando vean que eres ordenado, respetable y un guerrero valiente que ama la paz; cuando no des muestras de insolencia ni de arrogancia, cuando tus relaciones con [4] ellos se establezcan en pie de igualdad; mientras tú no te estés enriqueciendo y exprimiendo, a la vez, las riquezas ajenas; mientras tú no estés viviendo en la molicie y hagas sufrir a los demás; mientras no estés viviendo libertinamente y reprimas las conductas ajenas, cuando vivas, en definitiva, de la misma manera que ellos? Y así, puesto que tienes tu mejor salvaguardia en no cometer injusticia alguna contra nadie, ten confianza y créeme cuando te digo que así nunca serás odiado ni víctima [5] de ninguna conjura. Y puesto que así es, resulta absolutamente necesario que tengas una vida feliz. Pues, ¿qué placer y felicidad hay mayor que disfrutar de todo lo bueno de la vida, si van acompañados de la virtud y de la posibilidad de concederlo también a los demás?
[40] »Piensa en esto y en todo cuanto dije y déjate convencer por mí; no desperdicies la fortuna que de entre todos te eligió y que te puso al mando. Pues si eliges el régimen monárquico pero temes el título de rey porque está maldito, no aceptes ese título [2] y gobierna utilizando sólo el nombre de César. Y cuando tengas necesidad de otros títulos, que te otorguen el de emperador de la misma manera que se lo otorgaron a tu padre, y que te veneren con algún otro título, de tal modo que disfrutes de toda la esencia de la realeza sin sufrir la envidia que provoca su denominación 132 ».
Tras estas últimas palabras, Mecenas terminó su discurso. [41] César elogió con ardor a ambos por la riqueza de sus ideas, su elocuencia y su franqueza, pero se inclinó más por las opiniones de Mecenas. De todas formas, de inmediato no emprendió todo lo que se le había sugerido porque temía que pudiera fracasar si intentaba cambiar por completo a los hombres de una sola vez. De manera inmediata introdujo algunas reformas mientras [2] que otras las pospuso para otro momento; e incluso dejó algunas otras para que las llevaran a cabo quienes detentaran el poder con posteridad, en la esperanza de que encontraran una más feliz oportunidad con el paso del tiempo 133 . Agripa, por su parte, aunque había expresado una opinión contraria, colaboró con él en todas las reformas con entusiasmo, como si él mismo hubiese sido el proponente de todas aquellas medidas.
Todo esto, más cuanto dije más arriba, fue lo que César hizo [3] durante su quinto consulado 134 . También asumió el título de emperador. No me refiero al título que se otorgaba por las victorias conseguidas según una antigua costumbre. Ese título lo recibió muchas otras veces, antes y después, por sus acciones de guerra, de tal modo que fue aclamado emperador hasta en [4] veintiuna ocasiones 135 . Me estoy refiriendo a aquel otro título que con claridad designa su poder, tal y como se le decretó a su padre, Julio César, y a sus hijos y sucesores 136 .
[42] A continuación actuó como censor 137 en compañía de Agripa 138 y, entre los asuntos que enderezó, también procedió a una revisión de la composición del Senado 139 . Pues en el Senado se sentaban muchos hombres que provenían del orden ecuestre e, incluso, de los soldados de infantería, contra todo derecho y a consecuencia de las guerras civiles. Y así el número de senadores [2] había alcanzado los mil. Aunque él mismo deseaba someterlos a escrutinio, no fue él quien borró a nadie de la lista. Encargó a los propios senadores que se convirtieran en jueces de la nobleza de sus linajes y de sus vidas. Así, en un primer momento, consiguió convencer a cincuenta individuos para que abandonaran voluntariamente la curia y, después, forzó a otros ciento [3] cuarenta a imitarlos. A ninguno de estos privó de sus derechos aunque sí expuso públicamente una lista con los nombres de los segundos. A los primeros los exoneró de la vergüenza pública porque no habían mostrado ninguna resistencia y lo habían obedecido con celeridad. Y de esta forma sus nombres no fueron dados a conocer. Así, por voluntad propia, retornaron a sus vidas privadas. En cambio a Quinto Estatilio 140 , muy en contra de su voluntad, lo apartó del tribunado de la plebe para el que había sido designado. A algunos otros los hizo senadores e inseribió [4] entre los consulares a otros dos senadores, Cayo Cluvio y Cayo Furnio 141 , porque aunque habían sido designados para la magistratura no pudieron ocuparla, ya que otras personas se les adelantaron. Aumentó el número de los patricios tras haberle [5] confiado el Senado, naturalmente, la tarea 142 . La mayoría de los patricios había perecido: nadie como los nobles había sufrido tanto durante las guerras civiles. Y siempre se los consideró imprescindibles para el funcionamiento de las instituciones tradicionales. Así actuó. Prohibió a todos los senadores que salieran [6] de Italia salvo que él mismo se lo ordenara o permitiera 143 . Esta norma se ha mantenido en vigor siempre, hasta hoy, de modo que sigue estando prohibido que ningún senador vaya a ninguna provincia salvo a Sicilia y a la Galia Narbonense. En [7] virtud de que son las provincias más cercanas, de que son provincias carentes de fuerzas militares y del carácter pacífico de sus gentes, se les ha concedido a los senadores que poseen tierras en ellas marcharse para allí siempre que quieran sin tener que pedir la venia. Puesto que veía que muchos de los que habían [8] apoyado a Antonio en sus pretensiones, tanto senadores como de otras categorías sociales, mantenían mucha desconfianza hacia su persona, y ante el temor a que organizaran alguna rebelión, proclamó la quema de todos los documentos encontrados en los archivos de Antonio. Y ciertamente destruyó algunos. Pero custodió muy bien la mayoría de ellos y no tuvo reparos en utilizarlos más tarde.
[43] Así dispuso estos temas. Volvió a colonizar Cartago puesto que Lépido había abandonado una parte de la ciudad y por este acto parecía que estaban derogados los derechos de la colonia 144 . Mandó llamar a Antíoco de Comágena porque había matado a traición a un legado que su hermano, con el que estaba enfrentado, había enviado a Roma. Remitió su caso al Senado [2] y, tras ser condenado, lo ejecutó 145 . Arrebató Capri a la ciudad de Nápoles, a la que pertenecía desde antiguo, a cambio de algún otro territorio. Esta isla está situada cerca de la costa de Sorrento; no produce nada, pero todavía hoy es famosa porque allí vivió Tiberio.

1 El término Basileia lo utiliza aquí Dion para designar a los primeros reyes de Roma, siendo equivalente, por lo tanto, al Rex latino. U. ESPINOSA , Debate Agrippa-Mecenas en Cassius Dio , Madrid, 1982, págs. 71-75. M.-L. FREYBUROER -GALLAND , Aspects du vocabulaire politique et institutionnel de Dion Cassius , París, 1997, págs. 113-114.
2 El término Demokratía lo utiliza Dion, a lo largo de toda su obra, como el equivalente a la libera res publica , es decir, al periodo republicano romano. No obstante, en la traducción se ha preferido mantener el término «democracia», en lugar de traducirlo directamente por República como hacen la mayoría de los traductores, puesto que así se mantienen las connotaciones ideológicas de la elección terminológica. La palabra Demokratía había conseguido salvar su prestigio como concepto político, aunque la inmensa mayoría de los pensadores y de los activistas políticos renegaran de la experiencia ateniense de los siglos ν y IV . a C. (No obstante, véase más adelante el valor positivo en boca de Agripa del ejemplo ateniense, LII 9, 2-3.) De hecho, desde finales del siglo IV a. C., el término se utilizaba para designar a los «sistemas políticos», es decir, a aquellos que Aristóteles denominaba politeía y que no suponían más que el derecho a la dirección política de un pequeño grupo selecto dentro de la comunidad, es decir, de auténticas oligarquías. Así podía utilizarse para la República romana. Pero cuando Dion elige la palabra Demokratía lo hace para oponerlo a las formas de poder personales —ya fuesen la monarquía, la tiranía e, incluso, las dictaduras—, como gran alternativa de gobierno, y para mantener los principios de la teoría constitucional griega. U. ESPINOSA , Debate Agrippa-Mecenas , págs. 99-106. M. REINHOLD , From Republic to Principale ..., págs. 168-169. M.-L. FREYBURGER -GALLAND , Aspects du vocabulaire politique , págs. 116-117. G. E. M. DE SAINTE -CROIX , La lucha de clases en el mundo griego antiguo , Barcelona, 1988, págs. 352-82.
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