Kitabı oxu: «Discursos LXI-LXXX»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 274

Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por ÓSCAR MARTÍNEZ GARCÍA .

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 2000.

www.editorialgredos.com

REF. GEBO371

ISBN 9788424932909.

LXI
CRISEIDA


INTRODUCCIÓN

Una vez más, recurre Dión a las obras y personajes de Homero para desarrollar sus dotes literarias. En este discurso, corresponde el turno a un personaje de los más tempranos en el poema de Homero: Criseida. La primera escena de la Ilíada nos pone ante la reclamación de Crises, sacerdote de Apolo y padre de una cautiva, a quien viene a rescatar armado con las ínfulas del dios y portando los preceptivos rescates. El rechazo de Agamenón provoca la ira del dios, la peste, la discusión de los griegos y, en definitiva, la cólera de Aquiles que da origen al poema homérico.

Dión traza el perfil de la personalidad de Criseida, basando su juicio en las palabras del mismo Agamenón. Criseida no tenía nada que envidiar a la misma Clitemestra, esposa del Atrida. Más aún, toda su conducta, prudente, moderada, inteligente, la recomienda como un personaje digno de un rey. Digna de ser amada por el generalísimo de los griegos, pero con dignidad sobrada para comprender que ha llegado el momento de una separación que, para ella, va a ser también una liberación.

Si Briseida abandonaba la tienda de Aquiles con tristeza, Criseida se va del lado de Agamenón sin un mohín de contrariedad. Ello demuestra que la joven estaba de acuerdo con la gestión de su padre. Diez años habían sido suficientes para conocer al personaje, tan egoísta y arrogante como nos lo describe Homero y lo presentan sus hechos. Las intimidades de la convivencia la habían hecho conocer las interioridades de una familia, tocada por el dedo de la desgracia. Criseida no hubiera caído en los desastres que pusieron punto final a las hazañas de Agamenón Atrida. Quizá consciente de los sucesos que se avecinaban, prefirió alejarse de la fuente de las desdichas, aunque tuviera que echar mano de la autoridad moral de su padre Crises.

La figura de Criseida no ha merecido de los autores griegos ningún tratamiento dramático, aunque su problema humano tenía contenidos más que suficientes para ello. Dión lo aborda y lo trata con la originalidad que pone siempre en sus estudios histórico-literarios. De Criseida no se nos conserva ninguna palabra concreta. Todo son conjeturas o, a lo más, gestos. Pero son suficientes para trazar la personalidad de la que, al menos en teoría y en leyenda, pudo haber sido la reina de Micenas.


CRISEIDA

DIÓN .—Puesto que, casualmente, alabas de forma no [1] mezquina a Homero, y no haces alarde de admirarle, como la mayoría, fiándote de la fama, sino que percibes aquello en lo que el poeta es más hábil, la experiencia sobre los sufrimientos de los hombres, dejemos pasar por el momento, si quieres, las demás cosas, como los asuntos de los reyes y los generales, y reflexionemos sobre una sola mujer de entre los cautivos, cómo representa el poeta a la hija del sacerdote, a la que menciona enseguida al principio de su poema 1 . Pues Agamenón parece ensalzar no solamente la hermosura, sino también el carácter de la joven. Dice, en efecto, que no era inferior a su propia esposa en inteligencia 2 . Está claro, pues, que pensaba que su esposa era inteligente.

INTERLOCUTOR .—¿Pues qué? ¿No dijo eso precisamente [2] engañado por causa de su amor?

DIÓN .—Vale la pena observarlo. Y es que resulta muy difícil convencer a los enamorados. Porque desconfían, la mayoría de ellos, y se enfadan con facilidad, y nunca reconocen que son queridos por sus amantes como merecen, sobre todo, cuando son bastante superiores y están unidos por razones de autoridad.

INT .—Esto, digo yo, les sucede a los enamorados de clase inferior.

DIÓN .—Ahora bien, si Agamenón era de la clase superior, opinaba correctamente sobre aquélla; pero si era igual que la mayoría, no es fácil que una mujer de clase inferior agradara a un hombre así hasta el punto de considerarla distinguida. Mas, ¡ea!, veamos también los demás detalles.

[3] INT .—¿Y qué otra prueba tienes en Homero del carácter de esta mujer? En todo caso, la representa sin hacer ni decir nada, sino entregada en silencio a su padre.

DIÓN . — ¿Pues qué? ¿No podría deducir cualquiera su mentalidad por lo sucedido con ella, si considera el asunto no con absoluta sencillez ni con simpleza?

INT .—Posiblemente.

DIÓN .—¿Hemos de creer, acaso, que Crises, contra la voluntad de su hija llegó al campamento con el rescate, a la vez que llevaba las ínfulas del dios para rogar a la asamblea y a los reyes que la liberaran, o por el contrario, porque aquélla suplicó a su padre que la ayudara si en algo podía? [4] Porque si Criseida estaba satisfecha con su situación y prefería vivir con Agamenón, Crises no hubiera elegido en modo alguno entristecer a su hija y hacerse a la vez odioso al rey, al no desconocer lo que sentía hacia ella. Pues el que Criseida conviviera con el rey, siendo amada por él, le interesaba por igual a Crises. En efecto, tanto la región, como el templo y él mismo habían caído bajo el poder de los aqueos, [5] y Agamenón era su soberano. Además, ¿cómo es que inmediatamente después de ser hecha prisionera, ni vino el padre ni se acordó del rescate, cuando lógicamente el asunto era más difícil de soportar, y sí algún tiempo después, cuando la tristeza se había hecho más ligera, y más íntima la relación con Agamenón? Pues el poeta cuenta que fue en el año décimo del asedio cuando tuvo lugar la llegada del sacerdote y la aportación del rescate. En cuanto a las ciudades limítrofes, sobre todo, las más pequeñas, era natural que fueran capturadas enseguida hacia el principio de la guerra; entre ellas se encontraba Crisa 3 y su templo.

INT .—Por consiguiente, este relato demuestra el gran absurdo de Criseida que, en primer lugar, siendo cautiva sobrellevaba su suerte, aunque privada recientemente de su padre y de su patria, pero pasados diez años, la soportaba con dificultad.

DIÓN . —No vendrá mal que escuches lo demás. Porque [6] nunca es agradable para las mujeres libres abandonar a cualquiera, una vez que se ha convertido en su amante, por no decir nada del más famoso y rico, el rey de todos los griegos, el que tenía el mayor poder entre los hombres de aquel tiempo, y era señor no sólo de la joven, sino también de su padre y de su patria, y esperaba conquistar en poco tiempo también el Asia. Pues Troya se encontraba desde hacía tiempo en baja forma, y a duras penas sus ciudadanos podían custodiar la misma ciudad, y nadie se lanzaba a la batalla. Y eso que el rey no se portaba con Criseida con indiferencia, sino que reconocía abiertamente que la prefería a su propia esposa 4 . ¿No sería un absurdo que menospreciara tales cosas y tan grandes ventajas, y lo más importante, a un amante que no sólo era un gran rey y valiente como pocos, sino joven y hermoso, como dice Homero cuando lo compara con Zeus 5 , para llegar a su patria que estaba conquistada, y convivir con alguno de los siervos de Agamenón, si es [7] que pensaba casarse con alguno de sus paisanos? Porque el ser una cautiva y, por eso, no querer al hombre que la ha tomado, no es suficiente explicación. Briseida 6 , por su parte, parece que amaba a Aquiles, y eso que se dice que había matado al marido y a los hermanos de aquella joven. Agamenón no había realizado nada parecido con relación a Criseida.

INT .—Estupendo. Bueno, pues de estas consideraciones se deduce que Criseida no quiso separarse de Agamenón, sino que Crises hacía estas gestiones por su cuenta. O si es que quería, sería más bien una insensata, y habrías dicho un razonamiento contrario a lo que prometiste 7 .

[8] DIÓN .—Pero no emitas una sentencia, como dicen, sin escuchar a ambas partes. ¿No dices que Homero era un sabio?

INT .—Posiblemente.

DIÓN .—Ahora bien, opinas que dice unas cosas, pero deja otras para que las perciban los que las encuentren. Y éste no es de los casos totalmente oscuros. Pues Criseida, en un principio, prefería, al parecer, quedarse con Agamenón por las razones que he dicho, y daba gracias a los dioses porque no había sido entregada a ninguno de los menos ilustres, sino al rey de todos, y aquel no se comportaba con ella indiferentemente de modo que nada hacía por ser rescatada. Pero cuando empezó a oír en qué difícil situación se [9] encontraban los asuntos de la casa de Agamenón, y conoció la crueldad y osadía de Clitemestra, entonces tuvo miedo de su llegada a Argos. El resto del tiempo lo había pasado posiblemente enamorada de Agamenón. Pero cuando la guerra tocaba a su fin, y corría el rumor de que los troyanos no podrían resistir por más tiempo, no quiso aguardar la captura de Ilión. Pues sabía que, en términos generales, los vencedores se vuelven arrogantes y que la superstición acerca de los dioses se hace más fuerte cuando los hombres están en guerra.

Por eso, llamaba entonces a su padre y le ordenaba que [10] suplicara a los aqueos; pues se enteró, al parecer, de que los Atridas estaban dominados por sus mujeres, y de que sus mujeres se consideraban superiores a esos varones no sólo por su belleza, sino porque creían que era a ellas a quienes correspondía más bien la facultad de gobernar. Ellos eran descendientes de Pélope 8 y recién llegados a Grecia, mientras que las mujeres aqueas eran hijas de Tindáreo y de Leda 9 . Tindáreo era famoso y rey de Esparta, de manera que por eso los nobles de Grecia pretendieron en matrimonio a Helena, y juraron que prestarían ayuda si fuera necesaria. Además, eran hermanas de Cástor y Polideuces 10 , quienes [11] fueron considerados como hijos de Zeus, y que parece a todos hasta ahora que son dioses por el poder que entonces tuvieron. Fueron superiores a todos los habitantes del Peloponeso. En cuanto a los de fuera del Peloponeso, el mayor poderío era el de Atenas, y combatiendo contra ella la destruyeron durante el reinado de Teseo. Más aún, primo suyo era Meleagro 11 , el mejor de entre los griegos.

No es que Criseida conociera estos detalles, pero oía hablar del temple de aquellas mujeres, y sabía cuán superior era Helena a su marido. De modo que cuando ésta tuvo noticia de las grandezas de Asia a causa de la bondad del terreno, la multitud de pobladores y la abundancia de riquezas, despreció no sólo a Menelao, sino también a Agamenón [12] y a Grecia entera; y prefirió aquellas cosas a éstas. Menelao, por su parte, no sólo vivía anteriormente sometido en todo a Helena, sino que después de haber conseguido una cautiva, trataba a su mujer con gran consideración. Y Agamenón, engreído a causa de su poder, menospreció a Clitemestra, de modo que estaba claro que no se aguantarían el uno al otro, sino que las cosas serían prácticamente como luego sucedieron 12 . Porque Criseida ni siquiera se alegró cuando Agamenón dijo aquellas cosas, y eso que fue públicamente en la asamblea de los aqueos, a saber, que la prefería a su propia mujer y que en nada la consideraba inferior. Pues sabía que [13] aquellas palabras provocaban envidia y celos. Y, por Zeus, veía el carácter de Agamenón, que no era estable sino engreído e insolente, y consideraba lo que haría con ella, que era una cautiva, cuando dejara de desearla, siendo así que mencionaba en términos tan negativos a su propia mujer, que era reina y de la que había tenido sus hijos. Las mujeres insensatas se alegran con sus amantes cuando les parece que ultrajan a las demás. Pero las inteligentes se fijan en el carácter del que hace y dice tales cosas.

A la vez se daba también cuenta de que se portaba con [14] ella misma insolentemente, y ello cuando estaba más enamorado. Pues el rechazar de esa manera al padre de su amada y no tratarle con miramiento por ella, y no ya intentar tranquilizar al anciano diciéndole que su hija no tenía nada que temer, sino al contrario, no sólo amenazarle a él, sino ultrajar a Criseida cuando decía:

Pero a ella no la libertaré antes de que la vejez la alcance

en mi casa de Argos, lejos de su patria,

mientras trabaja en el telar y comparte mi lecho 13 .

¡Qué gran arrogancia! ¿Qué no hubiera hecho después, cuando estando enamorado hablaba así de ella? Por lo tanto, guardarse frente a estas cosas y preverlas es propio de una mujer nada vulgar. Y lo que sucedió en Argos a Casandra y [15] al mismo Agamenón demostró, creo yo, que Criseida era inteligente como para salvarse a sí misma de aquellos males. Por consiguiente, el que no se ensoberbeciera por el amor, ni por la realeza ni por las cosas que parecían ilustres y nobles ella que era una jovencita, ni se dejara arrastrar a situaciones de riesgo ni a una familia complicada, ni a la envidia ni a los celos, es propio de una mujer prudente, y digna, en realidad, de ser la hija de un sacerdote, educada en la casa de un dios.

INT .—¿Qué dices, pues? ¿Concluyes que por estas cosas Agamenón la consideraba inteligente?

[16] DIÓN .—De ningún modo. Pues no era lógico que ella le dijera nada por el estilo, sino que él lo comprendió por los demás detalles.

INT .—Entonces, ¿por qué el poeta no afirma que se marchó alegre, como dice que Briseida se fue triste 14 ?

DIÓN .—Porque hasta en eso obró ella con prudencia, para no exasperar a Agamenón ni inducirle a reñir. Pero el poeta lo deja entrever, sin embargo, cuando dice que ella fue entregada por Odiseo a su padre junto al altar:

Habiendo hablado así, la puso en sus manos, y él recibió alegre a su hija amada 15 .

Pues, creo yo, el padre no la hubiera recibido alegre si ella hubiera estado triste. Ni posiblemente la hubiera llamado «amada» a no ser que ella amara a su padre por lo sucedido.

INT .—Bueno. Pero ¿por qué Criseida se hacía estas reflexiones [17] que mencionas tú mejor que Crises por su propia cuenta?

DIÓN .—Porque era lógico que Criseida se interesara más bien por lo que se refería a Clitemestra. Pero si, incluso cuando el padre era el que se hacía estas reflexiones, ella estaba de acuerdo y le daba la razón, tampoco esto era un asunto sin importancia. Pues en efecto, muchas mujeres, insensatas ellas, aman a sus enamorados más que a sus padres.

INT .—¿Por qué, pues, ya que era persona sensata, no impidió a Crises que suplicara en público a Agamenón para que se disgustara menos?

DIÓN .—Porque sabía que los enamorados prefieren en [18] todas las ocasiones entregarse en privado al amor, pero a veces sienten respeto ante la multitud, y pensaba que las ínfulas del dios tenían un cierto poder ante la muchedumbre, como así ocurrió.

INT .—Pero estoy pensado una cosa. ¿Cómo pudo ocurrir que Agamenón se enamorara entonces de la hija del sacerdote, y más tarde, de Casandra 16 , joven poseída por un dios y sagrada?

DIÓN .—Porque también esto es señal de arrogancia y de lujo, el desear más las cosas prohibidas y raras que las realizables.

INT .—No niego que Criseida fuera prudente, si las cosas sucedieron así.

DIÓN .—¿Preferirías tú oír cómo sucedieron realmente las cosas o cómo estaría bien que hubieran sucedido?


1 El aludido es Crises, sacerdote de Apolo. Su hija es Criseida, la que da título a este discurso de Dión. El sacerdote vino para rescatar a su hija portando los signos del dios y el consiguiente rescate. El menosprecio de Agamenón provocó la peste en el ejército griego (cf. Ilíada I 10 ss.).

2 Cf. este juicio de Agamenón sobre Criseida en Ilíada I 113-115.

3 Ciudad portuaria de la Tróade, que Homero relaciona con Cila y la isla de Ténedos, como centro del culto de Apolo, que allí tenía un templo (cf. Ilíada I 37-38).

4 Ilíada I 113-115.

5 Ilíada II 477-478: «semejante a Zeus, que se deleita con el rayo, en los ojos y en la cabeza».

6 Era la cautiva que había tocado en suerte a Aquiles, que mató a su esposo y a sus hermanos para convertirla en esclava propia. Cuando Crises vino para rescatar a su hija Criseida, Aquiles tuvo que renunciar a Briseida en favor de Agamenón, lo que provocó la cólera del héroe (cf. Il . I 184 ss.).

7 Se refiere el Interlocutor de Dión a lo que éste se proponía en el § 1 de este mismo discurso.

8 Pélope, padre de Atreo y Tiestes, era, según una tradición, oriundo de Frigia en Asia Menor. Establecido en territorio griego, dio nombre a la península del Peloponeso.

9 Tindáreo y Leda, reyes de Esparta, eran los padres de Clitemestra y de Helena, entre otros hijos que tuvieron. A Tindáreo le sucedió en el trono de Esparta Menelao, esposo de Helena.

10 Eran los Dioscuros o hijos de Zeus y Leda, la mujer de Tindáreo. En el discurso XI, Dión se sorprende de que estos dos hermanos no movieran un dedo en la hipótesis —que él niega— del rapto de Helena, cuando en otro rapto, hicieron la guerra nada menos que a Teseo de Atenas.

11 Meleagro, hijo de Oineo y Altea de Calidonia en Etolia, fue uno de los argonautas que fueron en busca del vellocino de oro en la nave Argos. Su madre era hermana de Leda, la mujer de Tindáreo.

12 Es evidente que Dión alude al resultado de las relaciones entre Agamenón y Clitemestra. Como se sabe, la esposa infiel acabó asesinando a su marido y a Casandra cuando éstos volvieron de la guerra de Troya.

13 Ilíada I 29-31. Es el principio de la negociación, cuando Agamenón mantiene una actitud de dureza y frialdad frente al anciano sacerdote.

14 Ilíada I 348. Briseida, en efecto, salió de mala gana de la tienda de Aquiles para pasar a la de Agamenón.

15 Ilíada I 446-447.

16 Casandra era hija de Príamo y Hécuba. Enamorado Apolo de ella, le confirió el don de la profecía. Pero cuando ella rechazó el amor del dios, Apolo la castigó a que nadie creyera en sus predicciones. Fue lo que ocurrió con el famoso caballo de madera. Caída Troya, formó parte del botín de Agamenón y murió, como él, víctima de Clitemestra.

LXII
SOBRE LA REALEZA Y LA TIRANÍA


INTRODUCCIÓN

El discurso LXII ofrece algunas aporías acerca de su carácter de discurso. La forma de empezar sugiere una referencia a fragmentos anteriores. Y el final deja pendiente una larga pregunta múltiple a la que no se da la respuesta consiguiente. Además, el título promete un trato de los dos temas, la realeza y la tiranía, cuando no se dice nada prácticamente de la segunda. Ya sabemos que Dión tiene una clara mentalidad demócrata de estilo griego. Amigo de la libertad, tiene la osadía de recomendar al emperador que se la conceda generosamente a sus súbditos.

De todos modos, el tema es recurrente en la obra de Dión, que ya dedicó a su estudio los cuatro primeros discursos de su colección. Para él, las figuras del buen rey y del tirano son diametralmente antagónicas. Como lo son las realidades positivas y su eventual corrupción. En este breve alegato, que bien pudiera ser desgajado de otro conjunto más extenso e importante, Dión juega a la antítesis y a la paradoja. Nunca podrá ser un buen rey, capaz de gobernar multitudes lejanas quien no sabe gobernarse a sí mismo, el más íntimo y cercano. Es como el que pretende ver el cielo y las estrellas cuando es incapaz de ver lo que pisan sus pies.

Pero todo lo que exige Dión del rey puede resumirse en la moderación y el dominio de sí mismo que lo conducen a un sentimiento innato de libertad. No debe dejarse dominar por los placeres, sino dominarlos y administrarlos. Ni debe dejarse arrastrar por resentimientos ni por ambiciones, aunque tenga que arrostrar gastos para cimentar su poder de mandar y salvar.

El rey, en suma, debe poseer esas cuatro virtudes que el catecismo denomina cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza, porque tienen algo de los puntos de apoyo fundamentales de la existencia humana. Las virtudes de las que careció, y de qué manera, el Sardanápalo que quedó en la memoria y en la tradición de los griegos. Pero el mal rey es como un ciego que ejerce de guía, como una regla torcida, como un león con corazón de ciervo, como un hierro más blando que la cera.


SOBRE LA REALEZA Y LA TIRANÍA

En verdad, si alguien no es capaz de gobernar a un solo [1] hombre, aunque sea el más cercano a él, con el que realmente convive 1 , ni lo es siquiera de dirigir a una sola alma, la suya propia, ¿cómo podría reinar sobre incontables miríadas dispersas por todas partes, como haces tú 2 , y sobre muchos que habitan los confines de la tierra, a la mayoría de los cuales ni los ha visto ni los podría ver jamás, y cuya lengua ni siquiera entendería? Pues sería lo mismo que si alguien dijera que uno, tan impedido de la vista que no puede ver ni siquiera lo que tiene a los pies sino que necesita un lazarillo, llega con su vista hasta los objetos más alejados, como los que desde el mar ven a lo lejos las montañas y las islas; o como si uno que no puede hablar a los que están a su lado fuera capaz de hablar y hacerse entender de pueblos enteros y de ejércitos. Pues el entendimiento tiene algo similar [2] a la vista. Cuando ésta se encuentra estropeada, no puede ver ni siquiera lo que está más cerca, pero cuando está sana alcanza hasta el cielo y las estrellas. Esto mismo pasa con la inteligencia del hombre sensato, que es capaz de gobernar a todos los hombres, mientras que la del insensato no puede custodiar ni siquiera a una sola persona ni a una sola casa.

Pues la mayoría de los que están instalados en el poder, como les está permitido recibirlo todo, lo desean todo; como la justicia reposa sobre ellos, por eso son injustos; como no temen las leyes, creen que ni siquiera existen; como no están obligados a trabajar, nunca cesan de vivir en el lujo; como nadie se defiende cuando es ultrajado, nunca dejan de ultrajar; como no carecen de ningún placer, nunca se hartan de placeres; como nadie los censura en público, no se privan en absoluto de injustas habladurías; como nadie los quiere disgustar, por ello se enfadan con todos; como a los que están irritados se les permite hacer todo, por eso se irritan [3] continuamente. En cambio, el buen gobernante, como tú, adopta una actitud contraria. Nada ambiciona porque piensa que lo tiene todo; es parco en el uso de los placeres porque no se vería privado de ninguno que le apeteciera; es más justo que los demás dado que administra justicia para todos; disfruta con el trabajo, porque trabaja con gusto; ama las leyes porque no las teme.

Y tiene razón al pensar así. ¿Pues quién tiene necesidad de mayor sensatez que el que delibera sobre temas tan importantes? ¿Quién necesita una justicia más exacta que aquel que es más grande que las leyes? ¿Quién, una prudencia más constante que aquel a quien todo le está permitido? [4] ¿Quién necesita mayor valentía que aquel que es el protector de todo? Más aún, el que ha de gobernar sobre otros muchos, necesita hacer, por una parte, toda clase de gastos, por otra, necesita ejércitos, tanto de infantería como de caballería, y además, murallas, naves y máquinas de guerra, si pretende tener sometidos a sus súbditos, y defenderse de sus enemigos, y si alguien se aparta de su autoridad, reducirlo a su dominio. Pero el dominarse uno a sí mismo es lo menos costoso de todo, lo menos complicado, lo menos arriesgado. Pues la vida del hombre que se domina a sí mismo ni es costosa, ni trabajosa ni inestable. Pero, sin embargo, siendo así, resulta la más difícil de todas.

Cuando aquel famosísimo Sardanápalo 3 poseía Nínive y [5] poseía Babilonia, las ciudades más importantes de las que existieron en la antigüedad, le estaban sometidas todas las gentes que habitaban el segundo continente 4 hasta las partes llamadas desérticas de la tierra. Pero de la realeza no le iba nada, no más que a cualquiera de los cadáveres putrefactos. Porque lo que es deliberar, o juzgar o dirigir el ejército 5 ni quería ni podía. Y cuando estaba en palacio, retirándose al [6] gineceo, permanecía sentado con las piernas encima de un lecho de oro, lo mismo que Adonis cuando es llorado por las mujeres 6 , hablando con voz más aguda que los eunucos, inclinando el cuello, pálido y tembloroso por la ociosidad y la oscuridad, lívido de cuerpo, vueltos los ojos como si se estuviera ahogando; de forma que no era posible distinguirlo de las concubinas. Y sin embargo, retuvo el poder, al parecer, durante algún tiempo, llevado por el azar, como una nave sin timonel, arrastrada muchas veces por el mar sin nadie que la dirija, a la aventura, mientras reina el buen tiempo. Luego, un pequeño movimiento de mar que se levanta, [7] una única ola fácilmente la sumerge. Igualmente es posible ver un carro dando vueltas en la batalla sin que nadie lleve las riendas, el cual no conseguirá posiblemente la victoria, pero siembra la confusión y hasta la destrucción entre la multitud de espectadores que están cerca.

Pues no podrá haber jamás un rey insensato, como no podría un ciego llegar a ser guía del camino; ni un rey injusto, como no podría una regla ser torcida, desigual y necesitada de otra regla; ni cobarde, como no podría haber o un león con espíritu de ciervo o un hierro más blando que la cera o el plomo. En cambio, ¿quién tiene un dominio de sí mismo más estricto que el que vive en medio de los mayores placeres, el que administra los asuntos más importantes, el que disfruta de menos tiempo libre y el que se preocupa de los asuntos más importantes y numerosos?


1 Se supone que se trata del individuo que no sabe gobernarse a sí mismo.

2 Probablemente, Trajano, amigo y admirador de Dión.

3 Sardanápalo, la versión griega de Asurbanipal, el último de los grandes conquistadores asirios (668-625 a. C.), dejó honda huella en el recuerdo de los griegos. Por HERÓDOTO (II 250, 3) sabemos de sus inmensas riquezas. De su molicie y costumbres afeminadas nos llegó la noticia a través de Ctesias, el médico de Artajerjes II, a quien acompañó en la batalla de Cunaxa.

4 Se trata de Asia, considerada por los griegos como «el otro» continente.

5 Tres actividades, propias de un ciudadano de primera línea: presidir el Consejo, administrar justicia y dirigir el ejército.

6 Lo era en las Adonias, fiestas en honor de Adonis, que duraban dos días. En el primero prevalecían los lamentos por la muerte del dios. En el segundo, las mujeres se entregaban a una desenfrenada alegría por su resurrección. Cf. ARISTÓFANES , Lisístrata 389.

LXIII
SOBRE LA FORTUNA (I)


INTRODUCCIÓN

Este discurso es el primero de una serie de tres, dedicados al tema de la Fortuna, un tema que hace furor en las épocas helenística y romana, al que varios autores dedicaron su atención. Cuando quiebra el concepto de la polis, cuando el mundo griego se abre a nuevos horizontes y mentalidades, cuando la filosofía penetra con decisión en el campo de la religión, aparece una diosa a la que se atribuyen los éxitos o los fracasos de la vida. Si no son los dioses los responsables de los sucesos, si es el azar caprichoso, hay que tratar de intervenir de alguna manera en ese azar. En consecuencia, la Fortuna, personificación del azar, es objeto de un culto creciente, primero entre los griegos y luego en los ambientes romanos. En las representaciones, la Fortuna solía llevar en la mano el cuerno de la abundancia o un timón.

Otro problema planteado por los críticos desde la Antigüedad es el de la autenticidad de este discurso. Von Arnim la niega por dos razones fundamentales: a) La presencia del hiato, descuido incomprensible en un sofista cuidadoso como era Dión. Es de por sí un argumento suficiente para cuestionar la autenticidad en autores como Dión o Plutarco, ambos contemporáneos, preocupados ambos por criterios similares de pureza estilística; y b) La escasa gracia con que el autor trata y desarrolla el tema. Pero este argumento siempre tiene el riesgo de subjetivismo.

El autor recurre, como acostumbra, a numerosas comparaciones, particularmente, a las de la vida marítima. Y para basar su argumentación, hace uso de los temas históricos y mitológicos. La historia atormentada de la Atenas de Demóstenes es el fruto de la ausencia de la Fortuna. El éxito de Heracles en sus trabajos es consecuencia de su presencia. El fragmento, posiblemente, más sugestivo del discurso es la anécdota del caballo pintado por Apeles (§§ 5-6) con detalles descriptivos que delatan una notable capacidad de observación.


SOBRE LA FORTUNA (I)

Los hombres parecen comportarse frente a la Fortuna lo [1] mismo que los navegantes frente a los vientos favorables. Pues perseveran alegres en su curso; y aquéllos, a quienes acompaña el viento, llegan a donde pretendían, mientras que los que se sienten abandonados en medio del mar, se lamentan en vano. Pues de este modo también, cuando acompaña la Fortuna, los hombres se alegran y se gozan, pero cuando falta, se entristecen y desconciertan. Pues todo es obra de esta divinidad. En efecto, lo difícil parece fácil, lo débil fuerte, lo feo hermoso y la pobreza se convierte en riqueza.

Por ejemplo, cuando la Fortuna se da en el mar, el barco [2] tiene una buena navegación; cuando se muestra en el aire, el campesino es feliz. Y el alma está gozosa cuando se siente elevada por la Fortuna; pero si la Fortuna falla, sucede lo que al cuerpo en una tumba. Pues ni aunque alguien diga algo a su favor, se siente estimado, ni si hace algo por él, se cree afortunado, ni hay ninguna ventaja en haber nacido noble si falta la Fortuna. Pues cuando no está presente, no se consigue ni instrucción ni ningún otro bien. Así pues, la misma virtud es alabada por sus obras sólo entonces cuando la Fortuna está presente. Pero si se deja sola a la virtud, es una palabra que no produce ningún buen efecto. Ella es, cuando hay guerra, victoria; cuando hay paz, concordia; entre los casados, benevolencia; entre los enamorados, placer; en una palabra, es el buen éxito en todos los acontecimientos.

[3] Cuando a un territorio lo abandona la Fortuna, entonces sufre sacudidas y tiembla, y las cosas hermosas que hay en él se desmoronan. Eso es una enfermedad de la tierra cuando no está presente la Fortuna. Pues como una nave es arrastrada a la deriva y se hunde enseguida si está privada de timonel, y como las murallas se vienen abajo cuando están mal los cimientos, así una ciudad camina a la ruina total cuando carece de Fortuna. Hubo un tiempo en que Atenas sufrió injusticias contra sus oradores, y Demóstenes fue arrestado 1 , porque ya la Fortuna no se cuidaba de Atenas. Pero yo pienso que hasta el cielo tiene Fortuna cuando reina el buen tiempo y no la oscuridad.

[4] Pero es preciso fijarse también en la habilidad de la Fortuna. Por ejemplo, hasta se dio el caso de que, caído un hombre de la nave en alta mar, tuvo la suerte de salvar su vida porque la Fortuna vino en su ayuda. Vale la pena referir lo que le sucedió a Apeles 2 , el pintor, gracias a la Fortuna. Según se cuenta, estaba pintando un caballo no de labor sino de guerra. Era erguido de cuello y altivo, con las orejas enhiestas y de mirada fiera, como el que acaba de llegar de la guerra, con la pasión de la carrera reflejada en sus ojos; sus patas se levantaban en el aire y tocaban levemente una tras otra la tierra. El auriga sujetaba el freno, dominando la marcha guerrera del caballo en plena carrera. Pero aunque [5] la imagen ofrecía toda la verosimilitud, faltaba el color de la espuma, como resultaría al mezclarse la sangre con la saliva en una mezcla constante, no sólo al expulsarse por el jadeo la humedad de los labios, sino al echar espuma por lo entrecortado del aliento y al desparramar sangre con espuma la crueldad del freno. Pero no lograba el pintor representar la espuma de un caballo fatigado por la batalla. Estando en la mayor incertidumbre, en el colmo de la desesperación, lanzó su esponja a la pintura sobre el lugar del freno. Y como la esponja tenía muchos colores semejantes a la espuma sanguinolenta, acomodó el color a la pintura. Apeles, al verlo, se alegró con la obra realizada por la Fortuna cuando estaba desesperado, y terminó su pintura no por su arte, sino por la Fortuna.

¿Qué otra cosa hizo de Heracles 3 el personaje más importante? [6] Pues que apretando a un león, lo asfixió; persiguió animales alados del aire; eliminó la hidra del pantano aplastándole las cabezas; y no tuvo miedo del propio jabalí de Erimanto; sino que, incluso, se dirigió hacia el Occidente y se llevó el fruto de sus árboles. Robó las vacas de Gerión que estaban muy lustrosas; al tracio Diomedes 4 le amonestó para que diera de comer cereales y no hombres a sus caballos; y demostró a las Amazonas 5 que eran mujeres. Pues bien, todas estas cosas las realizaba porque le acompañaba la Fortuna.

[7] Y tampoco están mal los enigmas de los antiguos sobre la Fortuna. Pues unos la colocaron sobre una navaja de afeitar 6 , otros sobre una pelota, otros le dieron un timón para que lo sujetara. Otros, representándola de la mejor manera, le dieron el cuerno de Amaltea 7 lleno y rebosante con los frutos de las estaciones, que Heracles arrancó a Aqueloo 8 luchando con él.

La navaja de afeitar significa lo repentinamente que cambia la buena suerte; la pelota, la facilidad con que cambia, pues se da la circunstancia de que lo divino está siempre en movimiento. El timón demuestra que la Fortuna dirige la vida de los hombres. El cuerno de Amaltea representa la entrega de cosas buenas y la felicidad. No llamemos, pues, mala a ninguna fortuna, lo mismo que tampoco llamaría nadie mala a la virtud, ni a lo bueno malo.


1 Posiblemente, Dión alude a los sucesos motivados por la actuación de Harpalo, el general de Alejandro Magno, quien, después de robar los tesoros de Babilonia, se refugió en Atenas y arrastró a Demóstenes a conspirar contra el rey.

2 Apeles fue un pintor famoso de la época de Alejandro Magno. Pintó los retratos de varios reyes de Macedonia. Fue particularmente apreciado su «Nacimiento de Afrodita». De su obra sólo tenemos las descripciones de los antiguos y algunas pinturas de Pompeya, consideradas como copias de sus cuadros.

3 Heracles es el héroe griego por excelencia. Se le atribuyen los famosos doce trabajos, varios de los cuales describe Dión en este pasaje.

4 Se refiere a Diomedes, hijo de Ares y rey de Tracia. Tenía la bárbara costumbre de dar de comer a sus caballos los hombres extranjeros que llegaban a su país. Heracles le castigó haciéndole sufrir la misma suerte.

5 Eran una tribu de mujeres guerreras que habitaban la zona del Ponto. Ayudaron a los troyanos contra los griegos. Heracles se apoderó del cinturón de su reina Hipólita. La leyenda, basada en la etimología del nombre, cuenta que se amputaban el seno derecho para poder manejar mejor el arco.

6 La imagen está ya recogida en Homero, Ilíada X 173.

7 Según la mitología, Amaltea era la cabra que amamantó a Zeus durante su estancia en Creta. Zeus, agradecido, transformó uno de sus cuernos en el «cuerno de la abundancia». Otra versión de la leyenda hace de Amaltea una ninfa que alimentó a Zeus con miel y leche de cabra.

8 Aqueloo es el río más importante de Grecia, en la frontera entre Acarnania y Etolia. Es también el nombre de la divinidad de ese río. Luchó transformado en toro con Heracles por la posesión de Deyanira (cf. APOLOD ., Biblioteca II 7, 5, y OVID ., Metam . VIII y IX). Sobre el encuentro de Heracles con Aqueloo puede verse SÓFOCLES (Traquinias 504-530) y el discurso LX de Dión.

LXIV
SOBRE LA FORTUNA (II)


INTRODUCCIÓN

Este segundo discurso sobre la Fortuna ha concitado algunos debates sobre su autenticidad. Von Arnim la pone en duda por su monotonía y el poco cuidado del autor en evitar el hiato. La monotonía, para el sabio alemán, es impropia de la gracia habitual en los escritos de Dión. Los descuidos en el hiato son, en los autores de la época, un criterio que ayuda a distinguir lo auténtico de lo espurio. Lamar Crosby, en su edición de la Biblioteca Loeb, añade el prurito de erudición de que hace gala el autor.

Sin embargo, hemos de reconocer que en este discurso se dan las constantes de la obra de Dión; su mirada al pasado, sus múltiples referencias a Homero, sus ejemplos que le sirven para ilustrar los temas tratados. Es verdad que multiplica los detalles de erudición. Hasta sesenta y cuatro personajes distintos, sin contar a los dioses, son una abundancia considerable de testimonios. Pero con ello consigue, a mi parecer, demostrar la tesis de todo el discurso: que la Fortuna es, en definitiva, la que determina la suerte o desgracia de los hombres. Lo prueban todos esos personajes que experimentaron en sus propias carnes los caprichos de esta diosa.

La Fortuna es el blanco de muchas iras y de muchas quejas (§ 1). Es no solamente la que impone el peso en la balanza de los dioses. Es, dice Dión, el todo que marca y fija los destinos (§ 23). Y en un pasaje que nos recuerda el Gran Teatro del Mundo de Calderón, a partir de una cita de la Ilíada, se nos dice que en el umbral de Zeus hay dos toneles. Uno está lleno de bienes; otro, de males. Los toneles están en el palacio del Padre de los Dioses, pero la que administra esos tesoros es la Fortuna (§ 26).

De ahí, la insensatez de los hombres que actúan y deciden siguiendo opiniones y criterios, cuando todo depende de ese divino azar que es la diosa de moda.

A quién iba destinado el discurso, no es fácil descubrirlo. Sus variadas referencias a las relaciones de Atenas con Eubea podrían hacer pensar en alguna de las ciudades de la isla. Pero Dión distingue Eubea, tierra áspera, de la otra en la que parece hablar: «aquí» (§ 13), «esta tierra» (§ 15), «sois griegos» (§ 17), los oyentes han experimentado un cambio notable, de pobres se han hecho ricos. Por todo, se ha pensado en que Dión podía haber dirigido el discurso a un grupo selecto de napolitanos, oriundos del Ática. Ellos podían sentirse orgullosos, como Sócrates, por ser atenienses. Estrabón (V 246) nos informa de que, una vez fundada Nápoles por los habitantes de Cumas, acudieron atenienses a establecerse en la «ciudad nueva», una ciudad que no es áspera como Eubea, pero sí criadora de jóvenes (§ 15).

Otro detalle que merece la pena subrayar es la forma abrupta con que termina el discurso. El autor inicia una interesante comparación —la vida del hombre es como una procesión— que deja sin el desarrollo correspondiente. No es la única vez que esto ocurre en los discursos de Dión. La pieza podía haber quedado inacabada en espera de un último y definitivo remate.


SOBRE LA FORTUNA (II)

Las acusaciones que se hacen por parte de los hombres [1] contra la Fortuna yo las consideraría como los mayores elogios que se pueden hacer a su favor. Por ejemplo, los cambios inciertos de los asuntos se los atribuyen los hombres a ella, y si fracasan en las cosas que emprenden inadvertidamente, creen que han sido despojados de ellas por la Fortuna; como si ella, si quisiera, pudiera conseguirlo todo. Podrías, pues, escuchar cómo la acusan los campesinos, los comerciantes y los ricos por razones de dinero, los hombres hermosos por defectos en su cuerpo, Pantea 1 por su marido, Creso 2 por su hijo, Astiages 3 por su derrota y Polícrates 4 por su apresamiento. También los persas reprochaban a la Fortuna después de la muerte de Ciro 5 , lo mismo que los macedonios después de la muerte de Alejandro.

[2] Los hombres llegan a echar en cara a la Fortuna algunos de sus padecimientos: Medea su pasión amorosa 6 , Midas su plegaria 7 , Fedra su calumnia 8 , Alcmeón que anduviera errante 9 , Orestes que enloqueciera. Os voy a contar también un cierto relato chipriota, si queréis. El género de vida de los antiguos produjo también mujeres famosas: Rodogune, la guerrera 10 ; Semíramis, la reina 11 ; Safo, la poetisa 12 ; Timandra 13 , la hermosa. Igualmente, en Chipre hubo también una Demónasa 14 , mujer a la vez política y legisladora. Dio [3] tres leyes a los chipriotas: que la mujer adúltera fuera rapada y se prostituyera. Su propia hija cometió adulterio, se le rapó la cabellera según la ley, y se la dedicó a la prostitución. Que el suicida fuera arrojado sin recibir sepultura era la segunda ley de Demónasa. La tercera prohibía que se matara a un buey de labor. De los dos hijos varones que tenía, uno murió por haber matado un buey; y al otro, que se suicidó, [4] lo dejó insepulto. Durante cierto tiempo, perseveró firme sin sus hijos y legislando; pero habiendo visto mugir a una vaca junto a un ternero que se estaba muriendo, y habiendo reconocido su propia desgracia en aquel caso, fundió bronce y saltó sobre él. Y hubo allí una torre antigua con una estatua de bronce sumergida en bronce para seguridad de la estatua y para memoria del suceso. Cerca, en una columna, había una inscripción:

Sabia fui, pero en todo desafortunada 15 .

¡Ea, pues! Que la Fortuna no sea condenada sin su comparecencia, [5] ni temamos el estrépito de sus acusadores. Pues quizás ella misma nos ayude en algo para hablar bien. En primer lugar, da la impresión de que los artistas han puesto de manifiesto el poder de la Fortuna en la forma en que está representada. En primer lugar, está como dispuesta para su tarea; luego, con su mano derecha sujeta un timón y, como cualquiera podría confirmarlo, está viajando por mar. ¿Qué quiere decir esto? ¿Acaso porque los navegantes necesitan más que nadie de la Fortuna, o porque dirige nuestra vida como una gran nave y protege a todos los que van a bordo? ¿A los asirios hasta que llegaron los lujos de Sardanápalo 16 , a los medos hasta la educación de Ciro 17 , a los persas hasta su travesía 18 , a los atenienses hasta la toma de la ciudad 9 , a Creso hasta la visita de Solón? 20 .

[6] Era Edipo al principio un varón afortunado 21 .

Ahora bien, la Fortuna, tratando de darle el don de no sufrir nada, le concedió la ignorancia, lo que era lo mismo que no sufrir. Después, a la vez que cesó su buena suerte, empezó también a conocer 22 . Pero yo denomino buena suerte incluso a su ceguera 23 . Que Gelo se fije en sus hijos 24 , y también Cidipe 25 y Eolo 26 , y cualquier otro padre que haya sido afortunado. En cuando a Edipo, por su ceguera

se evitará visiones vergonzosas 27 .

Con la otra mano la diosa sostiene frutos selectos, prestos [7] para el consumo, indicando la cantidad de bienes que ella proporciona. Por lo tanto, esto vendría a ser una Edad de Oro 28 y unas Islas de los Bienaventurados que producían espontáneamente alimentos, y el cuerno de Heracles 29 y la vida de los Cíclopes 30 , porque a los que se esfuerzan en la vida les sobreviene en adelante la abundancia de bienes. Tántalo fue perezoso en su vejez. Por eso, era feliz hasta los labios, y afortunado solamente con los ojos 31 . Pues todas aquellas cosas que codiciaba, el lago, los frutos, la comida y la bebida, se desvanecieron por obra de la Fortuna, como por un golpe de viento.

[8] La Fortuna ha recibido muchas denominaciones entre los hombres. Por su imparcialidad ha sido llamada Némesis; por su incertidumbre, Esperanza; lo que tiene de inevitable, Destino; lo que tiene de justo, Ley. Es, en realidad, una divinidad de muchos nombres y muchas formas. A ella le han puesto también los campesinos el nombre de Deméter; los pastores, el de Pan; los marinos, el de Leucotea; los timoneles, el de Dioscuros 32 .

Fácilmente quebranta al eminente, y al oscuro acrecienta, fácilmente endereza al torcido y humilla al altanero 33 .

[9] Pues así era Zeus cuando sujetaba con la mano derecha su arma 34 , y con la izquierda el cetro, porque a los hombres guerreros les da también la realeza.

Además, Eurípides reprende al marinero

que pretende atravesar a destiempo las olas del ancho mar 35 ;

y por lo que sigue le censura diciendo:

se animan a sí mismos con esperanzas menguadas.

[10] Oh hijo de Mnesarquides, eras ciertamente un poeta, pero no un sabio. Pues los marinos no encomiendan su vida ni a la pez, ni a las cuerdas, ni los salva un madero de pino de tres dedos de ancho, sino que la encomiendan a un asunto seguro e importante, la Fortuna. La riqueza es frágil si no la acompaña la Fortuna, la amistad es insegura si la Fortuna no la ayuda. Ella es la que salva al enfermo que está en las últimas, al que está nadando en el mar, a Agamenón en sus mil naves, a Odiseo arrastrado sobre la balsa. ¿Qué temes, [11] cobarde? ¿Tienes miedo de la extensión del mar? Poseidón te verá, convocará a los vientos, tomará el tridente y agitará todos los huracanes; pero no te matará, pues la Fortuna no quiere.

Así, tras padecer muchos males, vaga ahora por el ponto, hasta que te reúnas con los hombres, nutridos por Zeus 36 .

¡Palabra de un dios vencido por la Fortuna!

Ella fue la que condujo al principio desde Atenas a Eubea 37 [12] a la antigua raza de vuestros antepasados, los autóctonos y primeros de los atenienses, que se glorían de tener por madre a la tierra, a Deméter como nodriza y a Atenea como epónima y aliada. Pero cuando a los que residían allí ni el mar podía agradarles ni la tierra alimentarlos, y como no soportaban tampoco la vergüenza de la situación, convertidos en isleños en vez de continentales, la Fortuna les aconsejó por segunda vez una solución mejor. Porque Eubea es [13] verdaderamente magnífica. Pero ¿quién de vosotros podía soportar el habitar una tierra escabrosa, vivir junto a un mar tan estrecho, aguantando tantos cambios de la situación, más numerosos que los cambios en la corriente del Euripo? 38 . De vez en cuando teníais que soportar a los beocios, y la insensibilidad de los tebanos 39 , después a los atenienses que os trataban no ya como hijos sino como esclavos. Por eso, os trajo y os estableció aquí la Fortuna, la cual con una mano maneja y dirige la navegación, y con la otra da y otorga frutos en abundancia 40 .

Ahora bien, resulta difícil expresar mi opinión sobre el [14] resto de los detalles. Pero yo, oh Fortuna —pues posiblemente se podrían dirigir a ti con justicia estas palabras—, si alguien me levantara en vilo y me llevara en volandas sobre los lomos de Pegaso 41 o los carros alados de Pélope 42 , ofreciéndome la tierra entera y sus ciudades, no elegiría el lujo de los lidios, ni la frugalidad del Ática 43 , ni la penuria de los lacedemonios, ni Crotona ni Síbaris 44 porque no se fatigan, ni los escitas porque no cultivan la tierra 45 , ni los egipcios porque la cultivan para otros 46 .

Ni a Libia, donde a los corderos en seguida les brotan los cuernos 47 , [15]

para felicidad de los pastores. Ni a Tebas de Egipto

que tiene cien puertas, y por cada una de ellas doscientos varones salen con caballos y con carros 48 ,

una vida para palafreneros y porteros.

Una vez vi en Delos un árbol tal junto al altar de Apolo 49 .

No me satisface un altar cuando no tengo que ofrecer sacrificios, no me satisfacen unos árboles que no pueden alimentarme.

Áspera, pero buena criadora de jóvenes 50 ;

pero ésta no es áspera, aunque sí criadora de jóvenes 51 .

Ciudad de Atenas, dueña y señora de todas 52 . [16]

Hombre, no digas eso, pues los atenienses ya no son dueños.

Qué hermoso parece también tu arsenal.

Pero después de lo del Helesponto y Lisandro 53 , es feo.

Pero el Pireo es hermoso.

Porque todavía lo miras con sus murallas 54 .

¿Qué otra ciudad poseía tales bosques?

Pues los tenía, pero ha quedado arrasada, como una mujer que se rapa en tiempo de desgracias.

Y de clima, según se dice, está en lugar favorable 55 .

¿Pero cómo, si unos sufren epidemias y enfermedades, y la mayor parte de ellos perece por los vientos antes que por los enemigos? 56 .

[17] Que nadie se enfade porque recuerdo así a sus antepasados. Pues no podríamos alcanzar los primeros puestos sino compitiendo con los mejores. Más aún, un soldado antiguo se enorgullecía de ser más valiente que su padre 57 , y a los padres atenienses tampoco les resultaba vergonzoso ser superados por sus hijos. Pues siendo inferiores en sus propios méritos, tendrán parte en el vuestro. ¿Cómo, pues, no ibais a dar gracias por todo esto a la Fortuna no sólo por la estirpe, porque sois griegos, sino por el cambio, porque de pobres os hicisteis ricos? Sócrates, por ejemplo, se consideraba feliz tanto por ser un animal racional como por ser ateniense. Y [18] Diógenes el cínico, de forma grosera y totalmente descortés, se gloriaba contra la Fortuna, de que aunque había lanzado contra él como blanco no pocos dardos, no había podido alcanzarle. No puedo soportar a un filósofo tan insolente. No mientas, pues, contra la Fortuna; no te alcanza con sus disparos porque no quiere. Pero cuando la Fortuna quiere, le resulta fácil en cualquier parte. Y no quiero recurrir a aquellas concisas expresiones lacónicas 58 : esclavos de los persas, Dioniso en Corinto 59 , la condena de Sócrates, el destierro de Jenofonte 60 , la muerte de Ferécides 61 , la felicidad de Anaxarco 62 . Sin embargo, ¿con cuántos disparos no alcanzó este mismo blanco tan difícil? 63 . Te envió al destierro; te llevó a Atenas; te hizo huésped de Antístenes 64 ; te vendió para ser llevado a Creta. Pero si un bastón, unas alforjas y una vida frugal y sencilla te hacen caer en la vanidad, da también por esto gracias a la Fortuna, pues por la Fortuna te dedicas a la filosofía.

[19] Hubo también un Timoteo 65 , general ateniense, que fue afortunado en todo y que no soportaba ser objeto de burlas. En una ocasión, se insolentó contra la Fortuna, y empezó a sufrir desgracias. ¿Quién hubiera podido esperar que un barbero mandaría sobre los indios, que un pastor sería rey de los lidios 66 , que una mujer tendría el gobierno de Asia 67 , que una túnica y una mujer matarían a Heracles 68 , y a Alejandro un esclavo y una copa? 69 . Tiene la Fortuna en sí misma de manera muy notable el espíritu de la realeza, y a los que se enaltecen al margen de la naturaleza los aniquila. En efecto, Alejandro realizó muchas cosas atrevidas: no [20] soportaba que se le llamara hijo de Filipo; mentía contra Zeus 70 ; despreciaba a los Dioscuros; ultrajaba a Dionisos y, sin embargo, disfrutaba abundantemente de los dones de este dios. Dio muerte incluso a Clito su salvador, a Filotas el hermoso, al anciano Parmenión y a su maestro Calístenes; a Aristóteles estuvo a punto, y la de Antípatro la preparó 71 . Por todo esto, la Fortuna le obligó a reconocer, cuando aún vivía, que era un hombre. Pues estando herido, dijo a sus [21] amigos: «Pero esto que corre no es ícor, sino sangre auténtica» 72 . Y a la hora de su muerte reconoció totalmente que la Fortuna era en verdad algo grande e invencible. En fin, aquel que había escapado de los hoplitas tebanos, de la caballería tesalia, de los tiradores etolios, de los tracios portadores de cuchillos, de los belicosos persas, de la raza inexpugnable de los medos, de montañas enormes, de ríos infranqueables, de Darío, de Poro y de otros muchos pueblos y reyes, estando en Babilonia, sin batalla ni heridas, aquel soldado murió.

¿Qué debemos decir de los que heredaron su imperio o [22] de los que llegaron después de ellos y de sus jactanciosas denominaciones: Rayos, Sitiadores de ciudades, Águilas, Dioses? 73 . De ellos, a uno la muerte lo puso en evidencia; otro descubrió que la Fortuna era muy superior a él, aun cuando la considerara banal; Demetrio, el Sitiador de ciudades, hecho prisionero, murió vergonzosamente por el vino y las borracheras sitiado por la Fortuna 74 . ¿Por qué, pues, los tiranos se enorgullecen de sus murallas? ¿Por qué Anfión 75 canta, Deyoces 76 se fatiga, Semíramis construye? ¿Por qué Apolo trabaja a sueldo? 77 . ¿Por qué Meles da la vuelta a la muralla en compañía del león? 78 . Pues Ciro acabará por dominar a los Medos, Zópiro a los babilonios 79 , un mardo a Sardes 80 y el caballo a Troya.

[23] En efecto, como alguien ha dicho 81 , la Fortuna es determinante, mejor dicho, lo es todo. Ella encontró a Píndaro abandonado en Beocia, a Télefo en Arcadia y a los reyes de los romanos en Italia. A Píndaro le envió abejas 82 ; a los reyes romanos, pastores 83 ; a Télefo, una cierva 84 ; y a Ciro o un perro o una mujer 85 . Eumenes era hijo de un carretero y, sin embargo, llegó a ser rey 86 ; Heracles fue hijo de Alejandro, pero no fue rey 87 ; su cuerpo, insepulto, fue llevado a Olimpia 88 , la cual después de guardarle duelo, murió también ella, la madre de un dios. La madre de Darío no sólo se [24] arrodilló ante Alejandro, sino, lo que era más infamante, ante Hefestión 89 . ¿Y qué decir del rey de los libios? ¿No saqueó quinientas ciudades de los romanos? Y levantándose la túnica, ¿no la mostró a sus ciudadanos llena de anillos de sello romanos, de los que tenía como despojo uno por cada enemigo que había matado? 90 . Y con todo, aunque realizó todas estas cosas, murió de forma deshonrosa después de haber mantenido en vano muchos altercados con la Fortuna 91 .

[25] Por eso, me parece que los hombres encomiendan a la Fortuna todos sus asuntos importantes, cuando reparten por sorteo las magistraturas y los cargos de general; los hermanos reparten también así su patrimonio. En consecuencia, también Polinices, si hubiera reflexionado correctamente, tenía que haber sorteado el reino con su hermano; pero ahora, no sólo murió él, sino que también destruyó a su hermano al encomendar el asunto a la edad y no a la Fortuna 92 .

[26] Echad suertes ahora unos y otros a ver a quién le toca; pues ese ayudará a los aqueos de hermosas grebas 93

Y el así elegido resultó provechoso. En cambio, Héctor fue vencido porque confió en opiniones, no en la Fortuna.

Pues yacen dos toneles en los umbrales de Zeus 94 .

Allí están los tesoros para los hombres al cuidado de los dioses. La Fortuna es la que los administra por sorteo: al orador y al general, al pobre y al rico, al anciano y al joven 95 . A Creso le da oro, a Candaules una mujer 96 , a Peleo [27] una espada 97 , a Néstor un escudo 98 , a Pterelao una cabellera rubia 99 , a Niso una trenza de púrpura 100 , a Alcibíades hermosura, a Sócrates prudencia, a Arístides justicia, a los lacedemonios tierra, a los atenienses mar. Además alternativamente se lo quita a unos y se lo da a otros. Y tengo la impresión de que la vida de los hombres, en sus cambios de cada día, en nada se distingue de una procesión 101 .


1 Pantea era esposa del rey de Susa, Abradatas, y fue hecha cautiva por Ciro el Grande. Su marido murió a manos de Ciro, y Pantea se suicidó sobre la tumba de su marido. Jenofonte nos comunica muchas noticias sobre ella, que era la mujer más bella de Asia. Pero nunca dice que Pantea acusara a la Fortuna de su suerte.

2 Creso, rey proverbialmente rico, lo fue de Lidia desde el 561 hasta el 546. Había recibido un oráculo sobre la futura muerte de su hijo Atis por una punta de hierro. Pretendió apartarlo del destino, que al final se cumplió durante una cacería. Su involuntario homicida se suicidó sobre su tumba. Cf. HERÓD ., I 34-45.

3 Astiages, último rey de los medos, fue destronado por Ciro (HERÓD ., I 107-130), el hijo de una hija de Astiages según había anunciado el oráculo.

4 Polícrates fue tirano de Samos desde el 540 al 522 a. C. Poseyó una potente flota que fue dueña del Egeo, y firmó pactos con Amasis de Egipto. Su corte fue centro de artistas y poetas. A Polícrates se deben el famoso templo de Hera en Samos y el Acueducto. Cayó en una trampa que le tendió el sátrapa Orestes, quien lo desolló vivo y lo crucificó (HERÓD ., III 120-125).

5 Ciro, aunque advertido por un sueño, quiso someter el país de los masagetas. Pero fue derrotado y muerto por el ejército masageta dirigido por la reina Tómiris (cf. HERÓD ., I 205-214).

6 Medea, enamorada de Jasón, uno de los argonautas, fue luego repudiada por él, lo que provocó en ella un amargo resentimiento que la llevó a sacrificar a sus propios hijos.

7 La insensata plegaria de Midas consistió en pedir que todo lo que tocara se convirtiera en oro. El resultado provocó su ruina.

8 Fedra, enamorada de su hijastro Hipólito, le acusó falsamente de quererla corromper, con lo que provocó la muerte del inocente joven.

9 Tanto Orestes como Alcmeón fueron perseguidos por las Furias por haber matado a sus propias madres.

10 Rodogune era hermana de Mitradates 1 (o Arsaces VI), rey de los partos. Cuando capturó a Demetrio Nicator en el 138 a. C., le dio a su propia hermana por esposa.

11 Reina mítica de los asirios, a la que se atribuye la edificación de las murallas de Nínive y de Babilonia.

12 Safo de Lesbos, la gran representante del género lírico. Literalmente, Dión la denomina la «música», como autora de poemas destinados a ser cantados.

13 Probablemente, se trata de una de las amigas de Alcibíades, la que recogió el cadáver del héroe, muerto en su propia casa en enfrentamiento con los bárbaros (PLUT ., Alcibíades 39).

14 Es la única noticia que tenemos de una Demónasa en Chipre.

15 A. NAUCK , Trag. Graec. Fragm ., Adesp. 124.

16 Cf. lo dicho sobre este rey en el discurso LXII 5-6.

17 Ciro fue, en efecto, el destructor del imperio medo al expulsar a Astiages de Ecbatana en el año 550 a. C.

18 Se refiere a la travesía del mar para invadir Grecia en las Guerras Médicas.

19 Al final de la Guerra del Peloponeso.

20 Se refiere Dión a la visita que hizo Solón a Creso en Sardes, en la que el lidio quedó defraudado porque Solón no le consideró como el hombre más feliz (cf. HERÓD ., 1 29-33).

21 NAUCK , Trag. Graec. Fragm ., EURÍPIDES , frag. 157.

22 Edipo fue feliz mientras ignoró que había matado a su padre y se había casado con su madre. Cuando empezó a conocer la verdad de su vida, acabó también su buena fortuna.

23 Edipo, cuando se enteró de su triste destino, se sacó los ojos. Con ello, dice Dión, se ahorró muchas visiones desagradables.

24 Gelo fue el personaje que Solón juzgó el hombre más feliz del mundo, en respuesta a la pregunta de Creso. Fue un ateniense que tuvo muchos y bellos hijos en una ciudad próspera. Murió gloriosamente combatiendo por su patria en Eleusis, posiblemente en la guerra por la posesión de Salamina (cf. HERÓD ., I 30).

25 Los hijos de Cídipe fueron Cleobis y Bitón, los segundos en felicidad según el juicio de Solón (HERÓD ., I 31). Cídipe era sacerdotisa de Hera en Argos. Tenía necesidad de entrar en el santuario en su carro. Pero al no llegar a tiempo los bueyes, sus hijos tomaron el carro y recorrieron los 45 estadios portando a su madre. Cídipe pidió para los hijos una recompensa, y la diosa les envió la muerte en el santuario.

26 Eolo Hipótada moraba en la isla flotante Eolia. Tuvo seis hijos y seis hijas, que disfrutaron de una vida totalmente afortunada (cf. Odis . X 2-12).

27 A. NAUCK , Trag. Graec. Fragm ., Adesp. 125.

28 HESÍODO (Trabajos y Días 109-126) habla de la Edad de Oro en el contexto del mito de las edades del mundo.

29 Es el Cuerno de Amaltea o de la abundancia, del que habla DIÓN en el discurso LXIII 7.

30 De la vida, tranquila y despreocupada de los Cíclopes, habla la Odisea IX 106-111.

31 Una vez más Dión reinterpreta el mito. Según la versión tradicional, Tántalo fue castigado por haber violado los secretos de los dioses y robado néctar y ambrosía. Para Dión, el castigo fue debido a su pereza. No podía apagar su sed porque el agua le llegaba sólo hasta los labios. Y no podía comer porque los frutos se retiraban cuando alargaba la mano para cogerlos. Era, pues, feliz sólo hasta los labios y con la vista.

32 Todas éstas son divinidades epónimas y tutelares de las mencionadas denominaciones.

33 HESÍODO , Trab . 6-7.

34 El arma de Zeus es el rayo.

35 Cf., para este verso y el siguiente, NAUCK , Trag. Grace. Fragm ., EURÍPIDES , frag. 921.

36 Odisea V 377-378. Son palabras pronunciadas por Poseidón cuando Odiseo, destruida su balsa por las olas, trataba de sobrevivir al naufragio.

37 Es la gran isla que se extiende a lo largo de las costas de Beocia. Separada del continente por el estrecho de Euripo, fue ocupada por Atenas ya en el s. VI a. C. Sus montañas y valles ofrecían una rica opción para los pastos del ganado, que no tenía posibilidades en las estrechas y secas tierras del Ática.

38 El Euripo es el estrecho que separa Eubea del continente. Por su situación geográfica y la orientación del NO al SE, los cambios de la corriente son frecuentes en la zona. Con ellos compara Dión los riesgos de cambio en la situación social de la isla.

39 Beocia, en efecto, quedaba al otro lado del Euripo, en cuya orilla de la parte de Eubea se asentaba Calcis, una de las dos principales ciudades de la gran isla. Por otra parte, la fama de la estupidez de los tebanos era paradigmática en la historia y literatura griegas.

40 Alusión a la representación de la diosa Fortuna, que portaba en una mano un remo, y en otra el cuerno de la abundancia.

41 El caballo alado Pegaso era hijo del dios del mar Poseidón.

42 Hijo de Tántalo y padre de Atreo y Tiestes. Casado con Hipodamia, reinó en el Peloponeso, que de él tomó la denominación.

43 De la que presumía Pericles según TUCÍDIDES , II 40.

44 Crotona y Síbaris son dos colonias griegas del sur de Italia, que conocieron una gran prosperidad y mantuvieron una rivalidad que fue en el fondo la que las llevó a la ruina.

45 Los escitas, como los demás nómadas, no cultivaban la tierra.

46 Egipto, desde los tiempos bíblicos, era conocido por su rica agricultura, meta de muchos pueblos vecinos menos afortunados.

47 Odisea IV 85.

48 Ilíada IX 383-384.

49 Odisea VI 162. Suplimos la palabra «árbol» que falta en la cita de Dión, pero que aparece en el verso siguiente de la Odisea, referido a un retoño de palma.

50 Odisea IX 27. Odiseo habla refiriéndose a su patria Ítaca.

51 H. LAMAR CROSBY , cree que Dión habla de Nápoles, lugar en el que probablemente pronunció esta alocución.

52 TII . KOCK , Com. Att. Fragm ., Adesp. 340. Se cree que éstos y los cuatro siguientes podrían pertenecer a la obra de ÉUPOLIS , Demes .

53 Alusión a la batalla de Egospótamos, en los Dardanelos, en la que el almirante espartano Lisandro destruyó la armada ateniense, con lo que terminó la guerra del Peloponeso (año 404 a. C.).

54 Las murallas de Atenas y del Pireo fueron destruidas por orden de Esparta al final de la guerra.

55 La cita lleva una gran carga de ironía.

56 Posiblemente, Dión se refiere a la peste de Atenas, tan vívidamente descrita por TUCÍDIDES (II 47-52).

57 De ello se gloriaba Esténelo, hijo de Capaneo, en la Ilíada IV 405-410. Y es lo que Héctor auguraba para su hijo en Ilíada VI 479.

58 Con estas expresiones lacónicas, pone Dión de relieve los errores de la Fortuna, sucesos paradójicos de desgracias que cayeron sobre personajes honorables, o de éxitos de hombres indignos.

59 Dionisio el Joven (397-344 a. C.), hijo del tirano de Siracusa Dionisio el Viejo, a pesar de ser inteligente y honrado, fue desterrado por Timoleón a Corinto.

60 Jenofonte fue desterrado por su particular amistad con Ciro, quien apoyó a Esparta en la Guerra del Peloponeso (cf. Anábasis III 1, 5)

61 De Ferécides nos cuenta PLUTARCO (Pelópidas 21) que lo mataron los lacedemonios para cumplir un oráculo y que su piel es celosamente custodiada por los reyes de Esparta.

62 De Anaxarco, filósofo de la escuela de Demócrito, admirado por Alejandro Magno, nos habla Dión en el discurso XXXVII 45. Llamado «el feliz», tuvo un final desgraciado.

63 El difícil blanco es el mismo Diógenes. Se refiere aquí Dión a los aciertos que la Fortuna tuvo con el original personaje.

64 Antístenes (444-366 a. C.), fundador de la escuela cínica, nació en Atenas, fue discípulo de Sócrates y maestro de Diógenes.

65 Timoteo de Atenas (s. IV a. C.), hijo de Conón, fue el organizador de la Segunda Liga marítima de Atenas. Víctima de intrigas, se refugió en Eubea, donde murió.

66 Giges, rey de Lidia (685-657 a. C.), era servidor del rey Candaules. Presumiendo éste de poseer la mujer más hermosa, hizo que Giges la contemplara desnuda. La reina, ofendida, tramó la muerte del rey a manos de Giges, que tomó a la reina por esposa y reinó sobre los lidios. Fue el primer lidio que atacó las colonias griegas de Asia Menor. Cf. HERÓD ., I 9-14 y PLATÓN , Rep . 359 c- 360 a).

67 Semíramis de Babilonia.

68 La historia de la muerte de Heracles está narrada en SÓFOCLES , Traquinias . Dión trata el tema en el discurso LX.

69 PLUTARCO recoge las tradiciones sobre la muerte de Alejandro en Alejandro 75-76. Aunque insiste en que la causa de su muerte fue la fiebre, también refiere que Alejandro bebió vino abundantemente, incluso para apagar la sed que le producía la fiebre.

70 Se cuenta que Olimpia, su madre, dijo a Alejandro que su verdadero padre era Zeus. Y el sacerdote de Amón en Egipto le saludó llamándole «hijo de Zeus», lo que agradó en gran manera al macedonio.

71 PLUTARCO (Alej . 48-55) describe todos estos tristes sucesos. Alejandro acabó por matar a sus propios generales. A Parmenión, padre de Filotas, lo mató cuando el héroe partió hacia Oriente por temor a su extraordinario influjo y prestigio.

72 Refiere la anécdota PLUTARCO (Alej . 28). El ícor era el licor sutil que corría por las venas de los dioses como consecuencia de su alimentación con néctar y ambrosía.

73 Estas cuatro denominaciones se refieren: la primera (Rayo) a Ptolomeo Soter o a Seleuco II; las otras tres a Demetrio, Pirro y a Antíoco II respectivamente.

74 Demetrio (336-283 a. C.), hijo de Antígono I de Macedonia, pasó a la Historia con el título de Poliorcetes, a causa de la ingeniosa invención de máquinas de asalto. Invadido su reino por Pirro y Lisímaco, se refugió en Asia, donde murió prisionero de Seleuco I.

75 Era hijo de Zeus. Con su hermano Zeto construyó las murallas de Tebas. Para ello pulsó la lira con tanto primor que las piedras solas se colocaban en los muros.

76 En un país donde reinaba la injusticia, se esforzó en juzgar con rectitud e imparcialidad, con lo que logró ser elegido rey de los medos, dando así principio a su imperio (HERÓD ., I 96-100).

77 Aunque lo hizo en varias ocasiones, es paradigmático su trabajo al servicio de Laomedonte para construir las murallas de Troya.

78 Meles era rey de Sardes. Una de sus concubinas dio a luz un león. Y un oráculo dijo que las murallas de Sardes serían inexpugnables si les daba la vuelta con el león. Él lo hizo por donde la ciudad era más accesible, pero omitió hacerlo por la ciudadela por considerarla imposible de conquistar. Por allí lanzó Ciro el asalto (cf. HERÓD ., I 84).

79 Zópiro, hijo de Megabizo, conquistó, en efecto, Babilonia para Darío. Una de sus mulas parió, lo que fue interpretado como el presagio expresado por los mismos babilonios. Cf. HERÓD ., III 153-158.

80 Los mardos constituían una tribu nómada entre los persas (HERÓD ., I 125; cf. también I 84).

81 Ese «alguien» es DEMÓSTENES (Olintíaca II 22).

82 En efecto, una tradición, recogida por Focio, contaba que unas abejas depositaron miel en la boca de Píndaro mientras dormía en el monte Helicón.

83 Alude a la historia de Rómulo y Remo.

84 Télefo, hijo de Heracles y de Augea, fue abandonado en el monte Partenio y recogido por unos pastores.

85 Una mujer, cuyo nombre era Cino en griego y Spako («perro») en medo, fue la que salvó de la muerte a Ciro, a quien su abuelo Astiages quería hacer perecer para salvar su reino contra lo dispuesto por el oráculo (HERÓD ., I 110-113).

86 Eumenes (361-317 a. C.), en efecto era hijo de un pobre carretero, dice PLUTARCO (Eumenes 1). Según el mismo PLUTARCO , Eumenes fue sátrapa, no rey, de Capadocia y de Paflagonia (Eumenes 3).

87 Este Heracles fue hijo de Alejandro y de Barsine, la primera mujer a quien amó en Asia. Más adelante la entregó como esposa a Eumenes. Fue muerto por Poliperconte (cf. DIODORO , 20, 280).

88 Olimpia, esposa de Filipo y madre de Alejandro, era abuela de este Heracles. Decía que su hijo Alejandro era hijo, no de Filipo, sino de Zeus.

89 Uno de los generales de Alejandro.

90 Dión se refiere, con toda probabilidad, a Aníbal. Sin embargo, según TITO LIVIO (XXIII 12), fue su hermano Magón el que protagonizó la anécdota de los anillos.

91 Con toda probabilidad, Dión está pensando en Aníbal.

92 Eteocles y Polinices, hijos de Edipo, rey de Tebas, pelearon por la posesión del reino. Ambos acabaron matándose mutuamente. Para Polinices primaba su primogenitura, cuando, según Dión, tenía que haber encomendado el tema a la Fortuna. La leyenda está tratada por ESQUILO en Los siete contra Tebas .

93 Ilíada VII 171-172. Palabras pronunciadas por Néstor a la hora de elegir al héroe que combatiría con Héctor. La suerte cayó entonces sobre Ayante.

94 Ilíada XXIV 527. En uno de ellos están los bienes; en el otro, los males. Zeus los reparte a los hombres como él quiere.

95 En El gran teatro del mundo , de Calderón, es Dios el que reparte los papeles que han de desempeñar los actores del teatro. Aquí, es la Fortuna.

96 Cf. la nota 65.

97 Fabricada y ofrecida por Hefesto.

98 El escudo de Néstor, todo de oro, incluidas las abrazaderas, era un objetivo de Héctor, según el relato de la Ilíada VIII 192-193.

99 Nieto de Poseidón, fue hecho inmortal por el don de una trenza de oro. Cf. APOLODORO , Biblioteca II 4, 5.

100 Niso, rey de Mégara, estaba en guerra con Minos de Creta. Su hija Escila enamorada de Minos, cortó a su padre la trenza de púrpura a sabiendas de que con ello le quitaba la vida y arruinaba a su patria. Cf. OVID ., Metam . VIII y APOLOD ., Biblioteca III 15, 8.

101 El discurso parece inacabado por la forma abrupta en que termina. La comparación de la vida de los hombres con una procesión queda sin el esperado desarrollo.

LXV
SOBRE LA FORTUNA (III)


INTRODUCCIÓN

Una diferencia que distingue este discurso de los dos anteriores es su etiqueta de auténtico, que le reconocen los especialistas. Y ello a pesar de la coincidencia temática. Sin embargo, un detalle fácilmente perceptible es su falta de unidad, tanto más sorprendente cuanto que se trata de una pieza pequeña. Más que un discurso uniforme, parece una serie de breves fragmentos un tanto repetitivos, prendidos unos de otros por el tema. Se notan, en efecto, demasiado los cortes en puntos como los inicios de los párrafos 8, 10 y 13.

La posible diversidad de origen de los fragmentos nos lleva al convencimiento sobre la mentalidad de su autor acerca del tema de la Fortuna. En efecto, Dión se mueve en todos ellos según las pautas de la religión helenística. Desaparecida en gran manera o transformada la fe en los dioses, es la fortuna la que rige los destinos humanos, una fortuna que desde su concepto de azar va evolucionando hasta convertirse en la diosa Fortuna. Porque, efectivamente, la Fortuna es una diosa (§ 6), pero no es una máquina que fabrica siempre los mismos productos. En el concepto de la Fortuna, un ingrediente esencial lo constituyen los cambios. Y de ellos deriva el desconcierto de los hombres, particularmente de los insensatos. Es fácil creer en las bondades y aciertos de la Fortuna para los que son favorecidos con sus dones. Cuando las cosas cambian, llegan también las protestas y los malos humores.

Dión nota la incoherencia entre la insensatez y la Fortuna. Es la idea expresada por Platón en la oración de Sócrates al dios Pan, que pone fin al diálogo Fedro (279 b-c). Por eso, cuando los insensatos sufren en sus carnes los cambios de la Fortuna, la acusan de desleal e inestable. Pero debieran reconocer que si les retira sus favores, es porque se han hecho indignos de ellos. La responsabilidad de los cambios no es de esta diosa, sino de nuestra propia naturaleza.

Sin embargo, algo debe quedar claro. La Fortuna tiene derecho a repartir sus bienes a su absoluta discreción. Por eso, no debemos, ni podemos, buscar una coincidencia total entre los afortunados/buenos y los desafortunados/malos. Esta realidad patente es otro de los motivos del desconcierto, y raíz de muchas acusaciones que se le hacen a la Fortuna: inestable e infiel (§ 4), inconstante e injusta (§ 7), insegura (§ 10), loca y pródiga (§ 12), pérfida y envidiosa (13). Y una conclusión final, acorde con los más íntimos sentimientos de Dión: para que los bienes de la Fortuna resulten gratificantes deben ir acompañados de una buena dosis de sensatez.


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