Kitabı oxu: «100 escritores del siglo XX. Ámbito Internacional»
© Domingo Ródenas (ed.) y cada autor de su texto, 2012.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2014.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: OEBO696
ISBN: 9788415541240
Composición digital: Víctor Igual, S. L.
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Índice
Prefacio
La literatura del siglo XX: hacerlo todo nuevo, de nuevo, por Domingo Ródenas de Moya
Guillaume Apollinaire, por Mar García
John Ashbery, por Carmelo Medina
W. H. Auden, por Carmelo Medina
Paul Auster, por Manuel Brito
Isaak E. Bábel, por Natalia Arsentieva
John Barth, por Cristina Garrigós
Samuel Beckett, por José Luis Rodríguez
Saul Bellow, por Cristina Garrigós
Thomas Bernhard, por Xavier Jové
Bertolt Brecht, por Michael Pfeiffer
André Breton, por Mar García
Hermann Broch, por Marisa Siguán
Mijaíl Bulgákov, por Natalia Arsentieva
Italo Calvino, por Luis Beltrán Almería
Albert Camus, por Mar García
Elias Canetti, por Michael Pfeiffer
Truman Capote, por Cristina Garrigós
Raymond Carver, por Domingo Ródenas de Moya
Constandinos P. Cavafis, por Juan José Lanz
Paul Celan, por José Luis Rodríguez
Louis-ferdinand Céline, por Mar García
John Cheever, por Manuel Broncano
J. M. Coetzee, por Fernando Galván
Joseph Conrad, por Alberto Lázaro
Alfred Döblin, por Ernesto Calabuig
John Dos Passos, por Manuel Brito
Lawrence Durrell, por Alberto Lázaro
T. S. Eliot, por Juan José Lanz
William Faulkner, por Manuel Broncano
David Foster Wallace, por David Roas
Max Frisch, por Ernesto Calabuig
Jean Genet, por Carles Besa
André Gide, por Carles Besa
Witold Gombrowicz, por Juan Herrero Senés
Julien Gracq, por Mar García
Günter Grass, por Marisa Siguán
Graham Greene, por Fernando Galván
João Guimarães Rosa, por Isabel Soler
Ernest Hemingway, por Juan Herrero Senés
Aldous Huxley, por Alberto Lázaro
Eugène Ionesco, por Carles Besa
Henry James, por Fernando Galván
James Joyce, por Juan Antonio Masoliver Ródenas
Ernst Jünger, por Marisa Siguán
Franz Kafka, por Marisa Siguán
Milan Kundera, por Domingo Ródenas de Moya
Giuseppe Tomasi Di Lampedusa, por Piero dal Bon
D. H. Lawrence, por Alberto Lázaro
Doris Lessing, por Javier Aparicio Maydeu
Malcolm Lowry, por Alberto Lázaro
Thomas Mann, por Marisa Siguán
Vladimir Mayakovski, por Natalia Arsentieva
Ian McEwan, por Fernando Galván
João Cabral de Melo, por Isabel Soler
Arthur Miller, por Pere Gifra
Henry Miller, por Cristina Garrigós
Eugenio Montale, por José María Micó
Alberto Moravia, por Javier Aparicio Maydeu
Toni Morrison, por Ana María Navales
Haruki Murakami, por Carlos Rubio
Iris Murdoch, por Ana María Navales
Robert Musil, por Marisa Siguán
Vladimir Nabokov, por Javier Aparicio Maydeu
V. S. Naipaul, por Fernando Galván
Eugene O'neill, por Pere Gifra
Kenzaburo Oe, por Carlos Rubio López
George Orwell, por Miquel Berga
Pier Paolo Pasolini, por Piero dal Bon
Cesare Pavese, por Piero dal Bon
Georges Perec, por Mar García
Fernando Pessoa, por Isabel Soler
Harold Pinter, por Miquel Berga
Luigi Pirandello, por Piero dal Bon
Ezra Pound, por Manuel Broncano
Marcel Proust, por Carles Besa
Thomas Pynchon, por Manuel Brito
Rainer Maria Rilke, por Michael Pfeiffer
Alain Robbe-grillet, por Mar García
Joseph Roth, por Xavier Jové
Philip Roth, por Javier Aparicio Maydeu
J. D. Salinger, por Cristina Garrigós
José Saramago, por Isabel Soler
Jean-paul Sartre, por José Luis Rodríguez
Arthur Schnitzler, por Teresa Vinardell
Francis Scott Fitzgerald, por Manuel Brito
W. G. Sebald, por Teresa Vinardell
Mijaíl A. Shólojov, por Natalia Arsentieva
John Steinbeck, por Manuel Brito
Wallace Stevens, por Manuel Broncano
Italo Svevo, por Javier Aparicio Maydeu
Michel Tournier, por Carles Besa
John Updike, por Cristina Garrigós
Paul Valéry, por Carles Besa
Robert Walser, por Teresa Vinardell
Peter Weiss, por Marisa Siguán
Tennessee Williams, por Pere Gifra
William Carlos Williams, por Manuel Broncano
Virginia Woolf, por Gayle Rogers
William Butler Yeats, por Carmelo Medina
Marguerite Yourcenar, por Carles Besa
Índice de autores y obras
Relación de colaboradores
PREFACIO
La literatura no intenta en absoluto subvertir, sino descubrir y revelar la verdad de un mundo que el hombre o bien raramente puede conocer, o bien apenas conoce, o bien cree conocer y en realidad no conoce. Quizá sea esta, la verdad, la cualidad más básica e irrefutable de la literatura.
GAO XINGJIAN
Mi fe en el futuro de la literatura consiste en saber que hay cosas que solo la literatura, con sus medios específicos, puede dar.
ITALO CALVINO
Si hoy me pregunto por qué amo la literatura, la respuesta que acude a mi mente de forma espontánea es: porque me ayuda a vivir.
TZVETAN TODOROV
Este libro sigue siendo, como lo fue en su primera aparición en 2008, una invitación apasionada y firme. A abonar y ennoblecer la vida, a ensancharla y hacerla más espaciosa con el optimismo de la voluntad (y me temo que a fortalecer el pesimismo de la inteligencia), a desembarazarse de las mordazas y ligaduras que impone lo que debe ser pensado, sentido, expresado y acatado, a plantar cara a la estafa de las doctrinas panacea y al fanatismo y al pensamiento augusto y angosto y a impugnar el adocenamiento y el fraude oscurantista del irracionalismo. Hoy, sin embargo, todo parece un poco más difícil y esa invitación puede parecer tocada de inoportuno idealismo o, aun peor, de boba ingenuidad. Pero no ha de bastar el temor a que eso sea así para disimular que este libro quiere ser también una invitación a la libertad de pensar y actuar y a la reflexión crítica de esas mismas libertades, al lujo intelectual y al inconformismo y a la desmitificación del heroísmo manufacturado y la suspicacia ante las marcas registradas y los dueños fatuos de la verdad y a la impaciencia con la necedad y con la violencia, la que se hace de puñetazos y la que se ejerce por la extorsión de la amenaza expresa o latente. Y sigue siendo también y quizá por encima de todo una invitación al conocimiento, a la fulguración de la palabra y al oasis de la imaginación. Por eso, este libro está lleno hasta el borde de luz y de tiniebla, de sublimidad y atrocidad, de clamores e imprecaciones y llamadas de socorro y susurrada aflicción o descarnado espanto y también, aunque en menor medida, de cánticos, risas y delicia, porque en él resuenan algunas —solo algunas pero muy cernidas— de las voces más vigorosas y verdaderas, más lúcidas y escalofriantes, de la literatura del siglo XX.
No es un libro sobre literatura, sino sobre la felicidad. Porque toda la literatura, toda, gira alrededor de ese fuego inalcanzable cuyo lejano resplandor nos orienta y cuya promesa de calor nos impulsa, abruma y envenena. Aunque no lo parezca, toda la literatura habla de la felicidad, aunque casi siempre, indefectiblemente, acabe haciéndolo sobre su imposibilidad o su ocaso o sobre las murallas y grilletes que los sistemas políticos y morales o las perversiones del juego social, laboral o sexual nos colocan para trabarnos el esfuerzo de alcanzarla o para degradarlo en empeño iluso además de inútil. A veces la literatura dice en voz audible qué es, cómo nos incendia por dentro la felicidad (o sus vísperas, que es donde echa las raíces), pero solemos juzgar ese tipo de canto una fantasía idílica, cuando no una impudicia o una forma de sonrojante cursilería. Es lo cierto que casi toda la literatura trata de las infinitas maneras que tiene la infelicidad de gobernar los destinos humanos o de las ingeniosas maneras que los humanos inventamos para destruir nuestras oportunidades, que nunca son muchas.
Pero si digo que este es un libro sobre la felicidad es también porque, para muchos, la literatura constituye una de esas oportunidades infrecuentes en la medida en que proporciona una experiencia muy similar (si no idéntica) a la de la felicidad. En el mero tránsito de la lectura —pues esta siempre es un traslado a otro lugar— reside el gozo, en el viaje a un espacio mental cuyo perímetro vamos empujando, como quien amplía los metros cuadrados de su vivienda, libro tras libro. Y esa alegría nunca se parece a sí misma, es cambiante e inesperada porque unas veces la causa el choque milagroso de dos palabras que designan con quirúrgica precisión lo que parecía sustraerse a ser nombrado, otras deriva del poder envolvente y suspensivo de una trama o de la empatía suscitada por un personaje, otras del reconocimiento de las propias dudas, miedos y ansiedades o de la deslumbrante claridad con que se exhibe la mecánica de cierta realidad, incluso de la representación suntuosa del acontecer histórico o del altruismo o de la maldad, que solo puede ser humana... y cuyas sinrazones, cuando quedan atrapadas en el lenguaje como un insecto en una perla de ámbar —y a lo mejor justo por eso—, también inspiran una forma de júbilo, turbia, aturdida y turbadora, pero júbilo al fin y al cabo.
El título de este libro, 100 escritores del siglo XX, tan simple y denotativo, requiere, sin embargo, alguna explicación, que ha de empezar por desmentir que albergue solo a cien autores, puesto que se compone de dos volúmenes independientes de breves ensayos interpretativos sobre cada uno de ellos, Ámbito internacional y Ámbito hispánico, que suman una galería de doscientos nombres. Conviene, además, aclarar que, en el título, «escritores del siglo XX» no denota únicamente el emplazamiento cronológico en la pasada centuria (para la mayor parte de nosotros la nuestra), sino que alude al hecho menos obvio de que los creadores de que aquí se habla han escrito el siglo XX de la misma manera que se escribe un poema, una novela o un artículo, pero también con la misma fuerza de fijación, con la misma perdurabilidad, con que Thomas Mann ha narrado la historia de la familia Buddenbrook o Gabriel García Márquez ha escrito la de los Buendía. Los avatares del siglo pasado, su cambiante fisonomía, su biografía convulsa y su espíritu atormentado han quedado inscritos no tanto en los periódicos y revistas, en la profusa documentación audiovisual que nos ha legado, como en las novelas, poemas, obras de teatro y ensayos de los que se trata en esta obra. La imagen que compone ese acervo de textos no se asemeja a la de una fotografía o a la que ofrece un reportaje, a menudo engañosas en su inmediata evidencia, sino a la de un escáner o una tomografía que revela las intimidades del organismo, sus lesiones profundas. Es la imagen que el futuro tendrá del Novecientos y cada uno de los escritores que aquí se allegan es responsable de un trazo fundamental de la misma. Ellos, pues, han escrito el siglo XX.
Pero no solo ellos, desde luego, sino tantos otros creadores que no figuran en estos dos centenares y que podrían haberlo hecho sin desdoro alguno ni méritos inferiores, o que figuraron en la edición de 2008 y que, por motivos diversos ajenos a su relevancia, ahora ya no lo hacen. No han podido entrar en el arbitrario cupo al que, por serlo, no le es menester justificación más allá de la redondez de las cifras: 100 más 100. No hay otras razones para que autores como Flann O’Brien, Anna Ajmátova, Raymond Roussel, Georg Trakl, E. M. Forster, Gertrude Stein, Karl Kraus, Henri Michaux, Hermann Hesse, Saint-John Perse, Paul Éluard, Yasunari Kawabata, Alexandr Solzhenitsyn, Dylan Thomas, Czesław Miłosz, Christa Wolf, Isaac Bashevis Singer, Wole Soyinka, Jun’ichirō Tanizaki, Carson McCullers, Dino Buzzati, André Malraux, Djuna Barnes, Jack Kerouac, Jorge Amado, Nikos Kazantzakis, Philip Larkin, Stefan Zweig, Sylvia Plath, Yukio Mishima, Simone de Beauvoir, Jean Rhys, Romain Rolland, John Fowles, Cormac McCarthy, E. E. Cummings, Julian Barnes, Paul Theroux, Salman Rushdie, Jean-Marie Le Clézio, Martin Amis, A. S. Byatt o Jonathan Franzen... (¡pero también H. G. Wells, Dashiell Hammett, Simenon, Lovecraft, Colette, J. R. R. Tolkien, John Le Carré, Stanisław Lem, Umberto Eco o John Irving!) se hayan quedado fuera que las razones que he considerado para incluir a los que están dentro. Y si he amontonado algunas ausencias (solo algunas) en el volumen internacional, habría de hacer lo propio respecto al hispánico, donde podrían (o deberían) figurar Juan Larrea, Cintio Vitier, Alfonso Castelao, Martín Luis Guzmán, J. V. Foix, Jesús Fernández Santos, Gabriel Aresti, Fernando del Paso, Óscar Hahn, José Eustasio Rivera, Cristina Peri Rossi, José Donoso, Benjamín Jarnés, José Juan Tablada, Josep Carner, Delmira Agustini, Roberto Arlt, León Felipe, Leopoldo Marechal, José Bergamín, Julio Ramón Ribeyro, José María Arguedas, José Emilio Pacheco, Manuel Puig, Blanca Varela, Pere Calders, Julián Ríos, Quim Monzó, José María Merino, Fernando Vallejo, Bernardo Atxaga, Carlos Monsiváis, Ricardo Piglia... Entre las razones que han conducido a los dos centenares de nombres finales se mezclan la excelencia literaria y la representatividad (que concurren en tantos de los ausentes), pero también, sin remedio, las arbitrariedades del gusto personal (aunque contrastado y corregido en diálogo con muchos de los redactores de los ensayos y con otros omnívoros y antiguos lectores con los que tengo contraídas deudas de gratitud) y, last but not least, las condiciones materiales de realización del proyecto.
No es inconveniente, pues, advertir que este libro no pretende proponer un enésimo y preceptivo canon literario à la Bloom porque no está elaborado con criterios de objetividad ni exhaustividad ni inapelable selectividad —ni, aún menos, desde una autoridad sancionadora de controvertible legitimidad— que suelen concurrir en la determinación de un canon. El censo de escritores de la centuria pasada, en los dos volúmenes, es impugnable porque es insuficiente y felizmente cuestionable, pero ese es tal vez uno de los beneficiosos efectos secundarios que podría tener, el de convocar a los ausentes y estimular también su lectura (una buena porción de ellos son mencionados a lo largo de la obra). Así pues, lector, no tienes en tus manos ni un canon preceptivo —y siempre antipático— ni un mausoleo de ilustres, sino un conjunto de acercamientos a grandes escritores del siglo XX que han transformado el concepto de arte literario y a través de los cuales se consigna y examina la transformación de la vida humana.
Cada uno de los breves ensayos que componen el libro pretende ser una pasarela hacia un universo literario particular y una concisa sugerencia de ruta por su geografía. Dada su extensión, necesariamente limitada, no se ha podido ceder a todas las seducciones del camino, pero cuando menos se ha colocado un rótulo de alerta: «Hacer posada aquí unos días tiene su recompensa». Para quienes deseen permanecer una larga temporada en uno de estos destinos y explorarlos con más detenimiento, se ofrecen unas sumarias indicaciones bibliográficas al final de cada capítulo.
De un texto literario debemos esperar —y exigir implacablemente— vigor estético y hondura semántica, superioridad expresiva (o sublimidad poética, si esto no suena inapropiado) y coraje intelectual, vale decir la ambición de formular preguntas difíciles a las normas, rituales, instituciones y valores humanos, privados y públicos, morales y políticos. Porque todo lo que no sea esto es trivialidad o ganga y la ganga no tiene acomodo en este libro.
Barcelona, julio de 2012.
LA LITERATURA DEL SIGLO XX: HACERLO TODO NUEVO, DE NUEVO
por
DOMINGO RÓDENAS DE MOYA
El lector sabe, en el acto, que el mundo puede distraer de la tierra y puede no habitarla.
PASCAL QUIGNARD
El más breve de los siglos, iniciado en 1917 con el reparto del mundo resultante de la Primera Guerra Mundial y clausurado en 1991 con el desplome de los regímenes comunistas, fue también, para las artes, el más prolífico, boscoso, contradictorio e incitante. Siglo de los extremos —como lo ha llamado Eric Hobsbawm— y de las catástrofes. La humanidad ha pasado, en el intervalo de una vida humana, de inventos asombrosos como la aviación, la bombilla eléctrica, el automóvil, el cine o la telegrafía sin hilos a la simultaneidad de las tecnologías de la información, Internet y la consolidación irreversible de la aldea global que pronosticaba McLuhan en los lejanos años sesenta. De una sociedad de clases en la que era posible alimentar la hoguera de la utopía política (la Revolución proletaria) con la madera de los sueños individuales (la esperanza de una vida mejor de cada hombre y mujer obreros) hemos acabado en una sociedad-escenario donde todo sucede con impúdica inautenticidad. No es solo aquella sociedad del espectáculo que describía Guy Debord en 1967, en la que todo se había convertido en representación de lo que fue y ese reflejo en mercancía, sino que los ciudadanos-figurantes pugnan hoy por triunfar a todo trance y a toda prisa en su papel, sin importar qué papel sea este ni poner en cuestión qué significa eso del éxito o el «triunfo».
El más breve de los siglos es también, si bien se mira, el más largo y, se mire como se mire, el más cruento: «No puedo dejar de pensar que ha sido el siglo más violento de la historia humana», ha dicho el novelista inglés (y Premio Nobel) William Golding. Es posible considerar que comenzó con la primera exhibición de poderío militar de Estados Unidos en 1898, que les reportó el control de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, y terminó su agonía el 11 de septiembre de 2001, con el primer ataque sufrido por esa nación en su propio territorio. En medio, un inconmensurable torrente de muertos en guerras, genocidios y represiones totalitarias, un caudaloso río de sangre. Y casi siempre al dictado de una sinrazón disfrazada de razones políticas: el delirio de la supremacía étnica combinada con el fascismo en la Alemania nazi, el estalinismo en la Unión Soviética, el maoísmo mezclado con un nacionalismo exacerbado en la Camboya de los jemeres rojos, las dictaduras militares latinoamericanas, la matanza de los tutsis en Ruanda perpetrada por los hutus, la limpieza étnica de los Balcanes... Qué fácil y vertiginoso ampliar esta enumeración abominable, tan fácil como sentir que la literatura se desinfla ante tanta barbarie con piel de civilización. Después de 1945, una vez descubierta la espantosa eficiencia con que la muy racional planificación nazi se puso al servicio de la irracional industria de muerte del Lager, pareció imposible restablecer la confianza en el poder civilizatorio de la música, el arte y la literatura. Escribir un poema después de Auschwitz es un acto de barbarie, proclamará Theodor Adorno en 1949. Es indecente añadir a la montaña de cadáveres fabricados por una nación de refinada cultura (la de Kant y Hegel, Goethe y Hölderlin, Bach y Wagner...) unos versos sobre la desafección amorosa o una novela sobre la vida contemplativa de un tuberculoso o sobre el ajetreo del hormiguero urbano... La cultura europea que había alumbrado la filosofía de la Ilustración y los derechos humanos revelaba una cara oscura corrompida por los vapores tóxicos de la irracionalidad. Y no escapaba a esa sombra oprobiosa el lanzamiento de bombas atómicas sobre las poblaciones japonesas de Hiroshima y Nagasaki. Ni la creación en 1930, en la Unión Soviética, de campos de trabajos forzosos conocidos por el acrónimo Gulag (en origen el término solo denominaba la Dirección General de esos campos) y que fueron inmensos mataderos: al acabar la Segunda Guerra Mundial, el colmo del horror, muchos prisioneros rusos de campos nazis fueron trasladados a gulags soviéticos; en menos de cinco años los reclusos superaron la cifra de dos millones. Aun sin conocerse los crímenes estalinistas, era tal la aplastante enormidad de lo sucedido y conocido que solo en el silencio cabía dar una respuesta.
El siglo quedó partido en 1945 y el mundo dividido en dos bloques político-militares. Ninguna actividad intelectual posterior a esa fecha podía ignorar esa grieta profunda y, muy especialmente, la brutal desautorización que había sufrido la cultura como garantía de humanidad. Pero el tiempo y la humana necesidad de rebelarse contra lo inadmisible —y la no menos humana y consuetudinaria necedad— se conjuran para que prosiga la Historia..., incluso la de la literatura. En 1947 veía la luz un libro que rebatía por adelantado a Adorno: Si esto es un hombre, donde Primo Levi narraba su inenarrable vivencia del horror en Auschwitz y confesaba escribir porque aquello era, literalmente, indecible y pertenecía a un orden de experiencia para el que solo la escritura ofrece una vía de drenaje. Hay abominaciones de las que no es posible decir nada pero sobre las que escribir es un deber en quien puede hacerlo. Y solo en la ordenación de la experiencia que brinda la escritura, en la distancia que impone el acto mismo de eslabonar las palabras, solo ahí es hacedero exteriorizar en forma verbal el abismo. El propio Adorno enmendó, ya en los años sesenta, su condena de la literatura al formular un nuevo imperativo categórico para los artistas e intelectuales según el cual era preciso actuar de modo que se estorbaran las condiciones propicias a la repetición de Auschwitz. Otras víctimas del infierno concentracionario nazi dejarían su enmudecedor testimonio (Paul Celan en Amapola y memoria, Jorge Semprún en El largo viaje o Imre Kertész en Sin destino) porque, como ha repetido Semprún, la verdad de aquella atrocidad solo se vuelve asimilable a través de la ficción, pero también porque, en versos de Celan, «Nadie / testimonia por el / testigo». Sin embargo, los testimonios no detienen la Historia y esta siguió alimentándose de nuevos holocaustos, de ignominias periódicas. Desdichadamente, el siglo, en su avance, ha ido agigantando el alarido del coronel Kurtz al final de El corazón de las tinieblas (1902) de Joseph Conrad: «¡El horror! ¡El horror!».
Desde 1900 y durante casi cuarenta años resonó en la literatura occidental aquel il faut être absolument moderne promulgado por Arthur Rimbaud al final de Una temporada en el infierno, su adiós a la literatura. Un imperativo, hay que ser absolutamente moderno, absolutamente paradójico, puesto que lo moderno es lo transitorio, lo fugitivo, lo contingente, lo temporal y mudable (así lo definió Charles Baudelaire) y, en consecuencia, lo que no puede ser absoluto en modo alguno, sino siempre provisional y relativo. Relativo a los requerimientos del tiempo presente. Artistas y escritores se lanzaron a la aventura de vivir lo contingente como absoluto, de convertir la actualidad en horizonte único y el mundo inaugurado con el Novecientos, con sus nuevos estilos de vida, sus nuevos juguetes técnicos (automóviles, trenes y aviones, telégrafos y teléfonos, luz eléctrica, la radio...), sus nuevas perspectivas (los viajes transoceánicos, la aviación, la velocidad ganada por el automóvil...) y las nuevas ocupaciones del ocio (el deporte, el baile, el cine) en el sustrato en que enraizar su obra. No solo había que dar testimonio de ese brave new world del siglo XX, sino que había que fundirse en su tejido de novedades de la manera más congruente: mediante el rechazo del pasado y la búsqueda de la innovación a todo trance. Así, el mandato de Rimbaud, que exigía obediencia incondicional a la moda transitoria, conduce a otra divisa del modernismo, el make it new! del poeta norteamericano Ezra Pound. «¡Innova!», otro mandato, como si el arte y la literatura del siglo XX estuvieran condenados a acatar dócilmente órdenes o consignas y como si no hubiera más alternativa para la continuidad de la institución (u oficio, si se prefiere) que la del culto a lo nuevo, a menudo confundido con lo hodierno, lo reciente e identificado con lo joven. Porque, en efecto, juventud, novedad y vindicación de lo último (de lo considerado «último»), fuera en los años veinte Proust y la proustitución (por decirlo como algunos detractores del novelista francés), el tennis, los cocktails, el fox-trot o fueran, en los noventa, la estética pordiosera del grunge, el piercing, la PlayStation y el tripi o la rayita de coca —fuera, pues, la generación del jazz o a la que Douglas Coupland ungió con una X—, han ido enlazados desde el postsimbolismo hasta el post-posmodernismo, sea lo que sea esto. De la tecnolatría de los veinte (de Metrópolis de Fritz Lang) al cyberpunk de los noventa (a Matrix de los hermanos Wachowski) solo hay un cambio de acto en la misma comedia.
La conquista de lo nuevo fue el programa de los modernos (o modernistas), hasta que al crecer algunas de las novedades (o negatividades, puesto que la mayoría se sustanciaron como impugnaciones: al liberalismo, a la democracia, al positivismo, al racionalismo burgués...) se transformaron en leviatanes incontrolables llamados, por ejemplo, fascismo o estalinismo que acabaron zampándose a muchos de ellos. Pablo Neruda o Ernst Jünger, por poner algún nombre, sin perder su condición de grandes escritores, fueron engullidos por el huracán de las utopías totalitarias que se había iniciado con las refrescantes brisas de las vanguardias. Algunos pupilos de la Vanguardia fueron regurgitados y transformados en precursores posmodernos (o posmodernistas), eso sí, tras una muy larga y convulsa digestión. Por un extremo de ese tubo digestivo ingresaba, pongamos, un poeta ultraísta como Jorge Luis Borges y por otro egresaba un fabulador metafísico saturado de irónica autoconsciencia; por un lado entraba un novelista moderno, pongamos Samuel Beckett, nutrido a los pechos de Joyce (del que fue secretario) y Proust (sobre el que escribió un magnífico ensayo en 1931) y emergía un huraño nihilista o un turbador cronista de la entropía.
El imperativo de la novedad implicaba la recusación de lo caduco, toda vez que lo caduco se identificaba con lo que oliera a arte realista burgués y a establishment. En el primer número de la revista Littérature, dirigida por André Breton, Louis Aragon y Philippe Soupault, se proclamaba: «Table rase, j’ai tout balayé. C’en est fait. Je me dresse nu sur la terre vierge, devant le ciel à repeupler». Esto era en 1919, pero la impaciencia venía de atrás porque el fermento de insurrección procedía de los arrabales del simbolismo decimonónico, donde los trascendentalismos de Mallarmé se amenizaban con el piano de Erik Satie (en las veladas de Le Chat Noire) y de donde salió el duende gamberro de Alfred Jarry, el muchacho que en diciembre de 1896 había escandalizado con el estreno de Ubú rey (solo hubo dos sesiones y a una acudió William B. Yeats), cuya primera palabra era un estallido de humor iconoclasta: «¡Mierdra!». Tabula rasa y recomenzar desde cero, renombrar las cosas, repoblar el país del arte previamente arrasado. El mito adánico fue el de las vanguardias. Hacer mesa limpia, empezar desde el génesis, inventándolo todo, con gesto resuelto y juvenil y sin utilizar nada de la escombrera del arte pasado. Como París todavía era la meca del arte, Marinetti publicó allí en 1909 su Manifiesto Futurista cargado de proclamas cuya toxicidad social no era entonces visible: no hay belleza sino en la guerra —«¡queremos glorificar la guerra, única higiene del mundo!», exclama—, no hay obra maestra sin asalto agresivo, hay que «destruir los museos, las bibliotecas y las academias de toda índole» y hay que fomentar «el desprecio de la mujer». El conjunto de dislates de aquel manifiesto, escrito «en la cima extrema de los siglos», su canto a «la violencia destructora e incendiaria» iba a convertirse en tópico de todas las mojigangas antisistema del siglo, incluidas bastantes vanguardias y neovanguardias. Aunque lo peor de aquellos ladridos fue que en 1914 cobraran la categoría de ominosas señales. Era de prever que Marinetti y sus acólitos futuristas se sintieran a sus anchas desde octubre de 1922 en la Italia fascista, de la que obtuvieron prebendas no pequeñas. La grandilocuencia del caposcuola italiano era muy contagiosa y, así, en 1910, en una España anclada en su historia, un jovencísimo Ramón Gómez de la Serna encontraba en ella el aire fresco que en Madrid no tenía y hacía pública su propia «Proclama futurista a los españoles» mezclando churras con merinas: «¡Futurismo! ¡Insurrección! ¡Algarada! ¡Festejo con música wagneriana! ¡Modernismo! ¡Violencia sideral!». Lo que importaba era juntar todo cuanto sirviera para escupir al rostro de los biempensantes (como su propio padre, que financiaba la revista donde se publicó el papel), desde la revuelta anarquista y la ópera de Wagner hasta la apelación programática al Futuro y lo Moderno. Lo moderno era el programa para la conquista del futuro, era un viático para ese viaje terminal y su jurisdicción era el presente ancho y ajeno. Una vez aniquilado el Pasado, el arte solo podía mirar al Futuro, una terra incognita cuya geografía había que dibujar estaba dibujándose ya gracias al progreso científico-técnico y a la profunda metamorfosis del mundo.
Para muchos, la utopía prorrumpió en el presente real en octubre de 1917. La Revolución rusa parecía diseñada para satisfacer los furores antipasatistas con que había nacido el arte del siglo: el poder pasaba de las manos de aristócratas y burgueses a las del pueblo trabajador. Cómo no entusiasmarse con aquella utopía hecha carne, cómo no arrimar el hombro y el talento al nuevo Estado, que es lo que hicieron Vladimir Maiakovski —que se quitó la vida— y Isaak Bábel —que murió en el paredón— y tantos escritores y artistas que, antes o después, en una proporción muy alta, acabarían fusilados, suicidados o deportados al Gulag, como Boris Pasternak u Osip Mandelshtam, o ninguneados, como Anna Ajmátova. Ya se estaba gestando otra utopía antiburguesa, la del fascismo nacionalista que en intelectuales de toda Europa iba a concitar semejante —aunque en algunos más discreto— entusiasmo. En la Italia de Mussolini, no solo Marinetti, sino también el novelista Curzio Malaparte o el prestigioso Giovanni Papini..., y en Alemania Gottfried Benn, el filósofo Martin Heidegger, y los franceses Drieu La Rochelle y Louis-Ferdinand Céline, el noruego Knut Hamsun, el norteamericano Ezra Pound o Eugenio d’Ors... Pero antes de estos entusiasmos, en febrero de 1916 y en plena guerra, la obscena montaña de cadáveres que estaba surtiendo la lucha, junto a la espesa atmósfera de sinsentido que se vivía en la Suiza neutral, habían provocado la coagulación del desprecio antipatriótico, el asco antimilitarista y la repulsa de la civilización —incluida en lugar preeminente su cultura— que fue Dadá. Ese rechazo radical lo había protagonizado un grupo de artistas polifacéticos reunidos en el Cabaret Voltaire de Zúrich bajo la bandera común del absurdo dadaísta: Hugo Ball —el local era suyo—, Tristan Tzara —escritor diestro que redactó los numerosos manifiestos dadaístas—, Hans Arp —llamado a hacer en el futuro una notable obra pictórica—, Richard Hülsenbeck —vocero del dadaísmo en Alemania— y Marcel Janco. No fue casual que en una de sus enloquecidas veladas se hiciera una lectura de Ubú rey, como no lo había sido que Guillaume Apollinaire agradeciera a Alfred Jarry su lirismo jocoso, o como no lo sería que André Breton lo reivindique en su Manifiesto del Surrealismo como un precursor, «surrealista en la absenta». Dadá no produjo obras duraderas porque no nació para producir nada sino para desbaratar. Si en 1913 Apollinaire podía escribir en «Zona» (de Alcoholes): «A la fin tu es las de ce monde ancien» («Al final estás cansado de este mundo antiguo»), para Dadá el mundo antiguo llegaba hasta el estricto presente y el cansancio se había transformado en violenta recusación. Su programa consistía en la negación de todo, incluso de Dadá. Su legado, en consecuencia, no podía ser otro que un anecdotario de gestos irreverentes y una actitud de burla desaforada hacia todo, empezando por el concepto mismo de arte. Dadá rebrotará en los años cincuenta en el cinismo crematístico de Salvador Dalí y en los sesenta en su discípulo Andy Warhol, pero estos (y tantos otros después) estaban resabiados y sabían que las bufonadas dadaístas y la altivez antiburguesa cotizaban alto en el mercado.
Desde las vísperas del siglo XX hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial, la literatura occidental procedió a una voladura metódica de todas las convenciones formales y lingüísticas que la habían caracterizado. Echó por la borda el estrofismo clásico y el verso medido, las narraciones apoyadas en un argumento claro y en unos personajes forjados a semejanza de los lectores, la coherencia y la linealidad, y la confianza en la capacidad del lenguaje para copiar el mundo real. Pero esta empresa de derribo no fue tarea exclusiva de las vanguardias. Antes de que el espíritu de vanguardia conspirara contra la institución literaria, la literatura ya había iniciado su lento cambio de piel en la obra de gentes viejas como Henry James, que transformó crucialmente el arte de novelar experimentando con el punto de vista narrativo (La copa de oro es de 1904), Joseph Conrad, con el que la novela adquirió una desconocida intensidad para significar las zonas de sombra del espíritu humano (entre 1900 y 1902 publicó Lord Jim y El corazón de las tinieblas), o August Strindberg, cuyas chocantes piezas teatrales (Danza macabra o El sueño, estrenadas en 1905 y 1907) están atravesadas por sueños e incongruencias, por elementos irracionales y simbólicos. Y, obviamente, esa metamorfosis se reflejaba en la producción de gentes nuevas, con escasa o nula obra anterior al cambio de siglo, como Arthur Schnitzler, que hace un precoz uso del monólogo interior en su novela El teniente Gustl (1900) o articula una obra teatral como La ronda (1903, pero estrenada en 1920) en torno a la relación sexual de una serie de personajes representativos de diversos grupos sociales, o como Thomas Mann, que renueva en la novela río Los Buddenbrook (1901) la fórmula del naturalismo novelístico, o como Luigi Pirandello en El difunto Matías Pascal (1904), donde (como Strindberg o Schnitzler) apunta la disgregación de la personalidad humana sobre la que dejará páginas definitivas; o, en fin, como Robert Walser, que en El ayudante (1907) capta bien lo inconsistente de la existencia moderna que en Jakob von Gunten (1909) se eleva satíricamente a programa educativo. O como Hugo von Hofmannsthal, quien en la breve Carta de Lord Chandos levantó acta de la renuncia a la escritura ante el fracaso del lenguaje para capturar la sutil complejidad de la experiencia. Antes, pues, de las fanfarrias del futurismo en 1909 y de los desplantes vanguardistas, la literatura contemporánea había emprendido un rumbo de renovación formal y ampliación de sus asuntos tan extraordinario que iba a transformar para siempre el modo y el sentido de la escritura.
A esta revolución en las artes y al clima intelectual en que tuvo lugar se ha convenido en llamarlo Modernismo. Es una etiqueta cómoda y borrosa con la que tendemos a identificar a una serie de escritores y obras tan citados como poco leídos, tan fascinantes como distintos entre sí: Marcel Proust y En busca del tiempo perdido, Franz Kafka y El proceso o El castillo, Rainer Maria Rilke y los Sonetos a Orfeo, James Joyce y Dublineses o Ulises, Virginia Woolf y La señora Dalloway o Las olas, André Gide y Los sótanos del Vaticano o Los monederos falsos, Paul Valéry y El cementerio marino, T. S. Eliot y La tierra baldía o Cuatro cantos, Thomas Mann y La montaña mágica, Francis Scott Fitzgerald y El gran Gatsby, William Faulkner y El ruido y la furia o ¡Absalón, Absalón!, Ezra Pound y Los cantos pisanos, Italo Svevo y La conciencia de Zeno, D. H. Lawrence y El amante de Lady Chatterley, Robert Musil y El hombre sin atributos, Hermann Broch y Los sonámbulos o La muerte de Virgilio... La lista es farragosa, pero contiene algunas de las más grandes conquistas de la expresión literaria, lo que significa también del conocimiento humano. En cumplimiento de su deber, la crítica se ha esforzado por exprimir algunas características comunes a la imaginación literaria del extenso medio siglo que abarcaría el Modernismo y sus conclusiones menos dudosas subrayan algunas evidencias: la dificultad de sus estrategias y procedimientos y la ambigüedad de su significado (de ahí la acusación de elitismo o aristocratismo), su interés por el modo en que la conciencia aprehende y confiere forma comprensible a la realidad, por el modo en que damos sentido a la experiencia y al mundo y por el modo en que reproducimos, mediante códigos artísticos renovables, el mundo y la experiencia. Los cambios acelerados que las primeras décadas del siglo produjeron en la vida cotidiana —sobre todo urbana— y en el conocimiento de la naturaleza (la física relativista y cuántica) y de la psicología humana (el psicoanálisis freudiano) ayudan a entender el sentimiento de perplejidad y la sugestión de aluvión, rebosamiento y desorden. La realidad nueva, donde el tiempo y el espacio fluctuaban en función del observador, donde la materia se descomponía en partículas diminutas cuyo comportamiento contravenía las familiares leyes newtonianas, donde los individuos dejaban de ser entidades de una pieza para escindirse en un yo consciente con todas las trazas de un testaferro manso a las órdenes de un yo subconsciente imperioso..., esa realidad no podía ser ya representada ingenuamente como si fuera posible conocerla y abarcarla. Solo a través de una conciencia pensante y sintiente era viable asomarse una realidad súbitamente extraña, con tanto de amenaza como de apremio. Solo desde la perspectiva de un sujeto, o varios, desde su singular ángulo de visión, era posible echarle una ojeada al mundo... y a lo que sucedía dentro de ese sujeto. Toda la literatura modernista se afilió al subjetivismo y a una denodada experimentación formal (o «desesperación formal», para el eminente crítico Frank Kermode) para expandir los cauces por lo que escudriñar lo invisible. Por eso la escritura basada en la exploración de la conciencia, fuera la libre asociación de ideas, el discurso anárquico (o no) de una mente asediada por sus propios fantasmas, fuera la rememoración de lo vivido o el excurso filosófico, constituyó uno de los rasgos formales característicos del Modernismo.
Con los procedimientos de inmersión en el alma (de los personajes, del narrador o del poeta) se descubrió un paisaje subacuático vasto y penoso, habitado por complejos y traumas, pulsiones reprimidas y deseos inconfesables. La obra de Sigmund Freud tuvo una repercusión inmensa entre los escritores, que aprendieron en ella cómo funcionaban los engranajes secretos de la mente humana, su lábil tendencia a la autoprotección mediante la censura o la transferencia de unos objetos a otros, su motor libidinal y sus trastornos inhibitorios y compulsivos. En las frustraciones y deseos sexuales encontraron muchos autores una fuente insondable de exploración que fue desde las turbadoras tramas de Arthur Schnitzler (así en Relato soñado, de 1926) a las novelas escandalizadoras de D. H. Lawrence o la retadora lubricidad machista de Trópico de Cáncer (1934) de Henry Miller.
Si Friedrich Nietzsche había arrojado una ingente cantidad de incertidumbre en el escenario moderno, Freud iba a terminar el trabajo llevando esa incertidumbre al interior de cada individuo. Nietzsche había exigido una radical emancipación del ser humano mediante el enfático anuncio de la muerte de Dios y la demanda de una transmutación de todos los valores, derribando con ello dos de los pilares en que se asentaba la visión tradicional del mundo: la existencia de un Dios garante de la vida trascendente y la obediencia a los valores heredados, reguladores de la vida terrenal. Al comienzo del Libro del desasosiego de Bernardo Soares escribía Pessoa (quizás hacia 1912): «He nacido en un tiempo en que la mayoría de jóvenes habían perdido la creencia en Dios, por la misma razón que sus mayores la habían tenido: sin saber por qué». En un remolino de incertidumbre, parecía quedar a salvo el ser humano individual, encerrado en su inmanencia y dueño forzoso de su destino, pero también ese aguerrido superhombre iba a ser desvencijado por Freud, reducida su voluntad a un duelo consigo mismo, contra impulsos no conscientes y a menudo destructivos. De ahí la desesperada orfandad y la búsqueda de asideros de las voces en la poesía moderna, de ahí los personajes faltos de sustancia o atributos en la ficción teatral o narrativa, de ahí los hombres sin cualidades (Musil), sin identidad (Unamuno), de personalidad doble o múltiple (Pirandello), los hollow men de T. S. Eliot. Y de ahí que el arte y la literatura asumieran una función consoladora y prometeica, semejante a la de la religión, al prometer una visión unificadora del mundo, una rehabilitación del firmamento, por decirlo con palabras de Álvaro Pombo. La literatura se convirtió en una forma de trascendencia no sobrenatural, en una práctica casi sacramental en la que buscar refugio, aun a sabiendas de su fragilidad. Desde la literatura se conjuraron los terrores, se aventaron los miedos, pero no se restituyeron las antiguas certezas y la oquedad seguiría produciendo vértigo a quien se acercara al borde: «Nadie nos volverá a amasar de tierra y barro, / nadie conjurará nuestro polvo. / Nadie. // Loado seas tú, nadie. / Por tu amor queremos / florecer. / Hacia / ti», escribirá sombríamente Paul Celan mucho después. La literatura se convirtió en un antídoto contra el vértigo del vacío.
Y, con todo, la realidad, pese a quedarse suspendida en el aire, sin fundamentos, seguía siendo una y coherente, aunque su unicidad no cupiera en una sola mirada y su coherencia escapara a una comprensión global. El mundo aguardaba fuera del texto y el escritor se proponía arañar en su superficie, hurgar en sus grietas, observarlo por sus intersticios, contribuir a explicarlo, aunque fuera denunciando su apariencia caótica y el empobrecimiento de la vida espiritual («Nos hemos hecho pobres —escribió en 1933 Walter Benjamin—. Hemos ido entregando una porción tras otra de la herencia de la humanidad, con frecuencia teniendo que dejarla en la casa de empeño por cien veces menos de su valor para que nos adelante la pequeña moneda de lo “actual”»). Pero la literatura moderna, quizá no del todo consciente de la pignoración de la herencia humanista, confiaba en su tarea cognoscitiva y, con una reserva de escepticismo, confiaba en el lenguaje como herramienta para llevar a cabo esa tarea, aunque fuera a tientas y sin la arcaica fe en la univocidad semántica de las palabras. La literatura moderna a menudo recurre a mitos antiguos para explicar la experiencia moderna, como si la experiencia de los seres humanos fuera esencialmente la misma a lo largo de la historia y hubiera cristalizado en unos arquetipos universales. La sólida estructura narrativa y simbólica del mito permite utilizarlo como una matriz que se superpone al promiscuo mundo contemporáneo y lo dota de orden y sentido (lo hacen Joyce con la mitología griega, Eliot con los mitos bretones, Mann con la Biblia, y Hofmannsthal, Pound, Giraudoux, Unamuno...), pero es solo un procedimiento para hacer fructificar la inseguridad (la expresión es de Gide). A muchos les había revelado ese camino la lectura de La rama dorada de Frazer, y otros habían confirmado el método al conocer la psicología de los arquetipos de Carl G. Jung. Fuera como fuera, el escritor se sentía responsablemente vinculado a su época, de cuyo proteísmo, multiplicidad, desorientación y brillantez debía dar fe y elucidación con unos medios artísticos adecuados.
Y es que el desmontaje de las convenciones de escritura, la creación de nuevas técnicas y procedimientos, la insatisfacción con los instrumentos expresivos recibidos y la constante reflexión sobre todo ello fue común a la inmensa mayoría de los creadores. Había que representar con palabras un sinnúmero de sensaciones y prácticas nuevas y eso requería unos códigos también nuevos. Había que reproducir el bombardeo de estímulos en las agitadas urbes modernas, su bullicio y estilos, la simultaneidad de acciones decisivas en una misma trama vital: el collage o la disposición en contrapunto lo permitían, como probaron Apollinaire, Eliot, John Dos Passos o Alfred Döblin. Había que hacer aflorar los niveles más profundos de la conciencia, antes de que el superyó ejerciera su derecho de veto: el monólogo interior (o la corriente de conciencia), muy próximo a la escritura automática de los surrealistas, lo facilitaba. Todos y cada uno de los componentes técnicos y formales de la composición literaria fue puesto en cuarentena, sometido a chequeo y actualizado. Para los narradores no quedaron indemnes ni el tiempo ni el espacio (se eclipsaron o cobraron valor de signo metafórico), ni la caracterización del personaje ni el cañamazo del argumento. Los poetas rechazaron las convenciones métricas a favor del verso libre o blanco, pero ante todo divorciaron la voz que suena en el poema de la suya, poniendo de manifiesto cuánto tiene aquella de artificio, cómo «el poeta es un fingidor», según Fernando Pessoa, pero también cómo el artificio poético expresa una verdad profunda: «Y finge tan completamente / que finge el dolor / que de verdad siente».
Narradores, poetas y dramaturgos hicieron de la dimensión técnica y formal uno de sus objetivos prioritarios, lo que redundó en un oscurecimiento de sus obras, que resultaban difíciles cuando no ininteligibles a los lectores profanos. El arte se enajenó de las masas, se hizo impopular a fuerza de hacerse autónomo y, por la vía de la desrealización, pudo antojarse un arte no solo minoritario sino «deshumanizado», que es el término que puso en circulación Ortega y Gasset en La deshumanización del arte (1925) para referirse a la voluntad de estilización racionalista del artífice moderno. La ingeniería de la forma literaria en los grandes creadores corrió pareja con el ingenio derrochado por los partidarios de la vanguardia más audaz y se produjo un enriquecedor intercambio de fruslerías ingeniosas e inventiva estructural. La clara conciencia que el escritor tenía de sus materiales quedaba muy a menudo registrada en la obra con absoluta explicitud, a través de una reflexión metaliteraria que formaba parte indisociable de la novela o el poema o mediante un juego de espejos en el que se reflejaba la escritura del texto que se estaba leyendo. Al final de En busca del tiempo perdido descubrimos que la descomunal novela cuenta cómo el protagonista (Marcel, como el autor) ha devenido escritor; en Los monederos falsos, el novelista Édouard está escribiendo una novela titulada Los monederos falsos y sus dudas, confesadas en un cuaderno de bitácora, son las mismas del autor, André Gide, según se comprueba en el diario que el propio Gide llevó mientras escribía la novela.
Y esa reflexión constante sobre el quehacer literario, unida a la vocación aventurera, en un paisaje cultural erizado de incitaciones, tuvo que conducir a tanteos y ensayos en las fronteras de los géneros literarios y de los lenguajes artísticos. La novela se hizo poemática y su prosa de volvió lírica, plagada de tropos e imágenes que traducían la percepción de la realidad en una conciencia y no la inaprensible realidad objetiva, como en Virginia Woolf, Hermann Hesse, Djuna Barnes o William Faulkner; al mismo tiempo, la novela absorbió la energía reflexiva de la época incorporando largas digresiones filosóficas o culturales en boca de los personajes o del propio narrador, que se convertía transitoriamente en ensayista, como en Aldous Huxley, Thomas Mann, Robert Musil o Hermann Broch. A la promiscuidad de los géneros literarios se sumó el deseo de imitación de otras artes. El cubismo poético pretendió crear imágenes con palabras, y no solo delineando tipográficamente un dibujo icónico como en los Caligramas de Apollinaire, sino convirtiendo la imagen poética en célula básica de su retórica, ambición en la que lo había precedido hacia 1912 el imaginismo liderado por Ezra Pound y que Ortega y Gasset captó aforísticamente: «La poesía es hoy el álgebra superior de las metáforas». En cuanto a la música, que los simbolistas habían elevado a máxima aspiración del poeta, se convirtió para dramaturgos y novelistas en un modelo perfecto de abstracción exonerado de sentido. Algunos, como Broch, escribieron sus obras como fugas o en contrapunto, como variaciones de un único tema en despliegue sucesivo. Aunque el arte que cautivó a los artistas modernos fue la fotografía en movimiento: el cine, sus posibilidades de encuadre, ángulo y cambio de óptica (la macroscopía y microscopía), la pureza de su narración sin palabras y la técnica del montaje. La división de la narración fílmica en planos y su ensamblaje posterior de acuerdo con una intención significativa fueron envidiados e imitados por medio de la fragmentación del discurso narrativo literario (por ejemplo en la trilogía USA de John Dos Passos) y, así como el cine se nutrió para sus argumentos de la narrativa del siglo XIX, la novela se miró en el cine desde entonces como en un espejo mágico y perverso.
Cuando, en los años treinta, la crisis económica y el descrédito de la democracia liberal reabrió la herida de la falta de ideales, los fascismos y el comunismo estaban ahí para ofrecer sus miríficas y aterradoras mercancías utópicas. La gran literatura modernista se cubrió de tonos sombríos pero no capituló, si bien un contingente considerable de escritores (algunos ya citados) se entregaron a una causa política. Paralelamente a la oferta ideológica de las doctrinas totalitarias, con sus respuestas manufacturadas ante cualquier zozobra humana, crecía una literatura movida por la desazón espiritual y la falta de certezas, en cuyo sótano retemblaba el sentimiento trágico, la comezón religiosa, y que había sido anticipada por dos novelas inconclusas de Franz Kafka, El proceso (1925) y El castillo (1926), y de hecho por toda su admonitiva y triturada escritura. Pero los tambores de guerra resonaban cuando los combatientes del 14 aún conservaban frescas las imágenes del horror. Jünger había celebrado su participación en la contienda en Tempestades de acero (1920) en tanto su compatriota Erich Maria Remarque condenaba sin paliativos el militarismo en Sin novedad en el frente (1929) o el checo Jaroslav Hašek desmitificaba con humor amargo el heroísmo y el aparato del Estado en Las aventuras del valeroso soldado Schwejk (1926), un humor que Louis-Ferdinand Céline hace acerbo en Viaje al fin de la noche (1932) para narrar, con vitriolo a chorro, las vicisitudes de Bardamu desde las trincheras en la guerra hasta los bajos fondos del París coetáneo. Tenía algo de fin de fiesta esta novela, algo de apocalipsis del cosmos moderno, con ese remolcador final que remonta el río llevándose consigo «a la ciudad entera, y al cielo y al campo y a nosotros; todo se lo llevaba, el Sena también, todo, no se hable más». Pero las trompetas de Jericó habían empezado a sonar con fuerza por doquier. En la Unión Soviética, pronto se percibió que la utopía colectivista en la que iba a redimirse el proletariado iba a convertirse en una enorme cárcel gobernada por una casta de burócratas, pero nadie lo intuyó antes que Evgueni Zamiatin, que solo un par de años después de la Revolución escribió la distopía Nosotros sobre la despersonalización de los ciudadanos en un Estado totalitario (la novela consiste en el diario del matemático D-503, cuya inicial ceguera doctrinaria se resquebraja al conocer a la disidente I-330, con la que reaprende el valor del Yo frente al Nosotros dictado por el Estado). En 1932 Aldous Huxley presentaría en Un mundo feliz el futuro de un Estado mundial altamente tecnificado y dividido en castas donde los hombres son producidos industrialmente y se promueve la satisfacción de todos los placeres como narcótico de los ciudadanos. Cuando, en 1949, George Orwell imagine el mundo de 1984, en su visión antiutópica (pasada la guerra, conocidos los horrores nazis y estalinistas) habrá algo más que totalitarismo autoritario y control de las personas: habrá omnipresencia del poder en la vida privada y omnipotencia en la construcción de la verdad, sin excluir la verdad histórica, de cuya manipulación se ocupa el Ministerio de la Verdad. Casi ni es pertinente, de tan obvio, llamar la atención sobre el lúcido pronóstico de estas novelas. Aunque el sentimiento crepuscular, de liquidación de época, no se expresó solo en la fantasía de futuros amenazadores, sino en la evocación de mundos perdidos, como el Imperio Austrohúngaro, en la novela extraordinaria de Joseph Roth La marcha Radetzky (1932) o en las primicias de unos escritores jóvenes que tendrían mucho que contar en el futuro: Auto de fe (1935) de Elias Canetti o los riesgos del aislamiento del intelectual (aquí el sinólogo Peter Kien recluido en su inmensa biblioteca) respecto a la vida verdadera; los versos de Trabajar cansa (1936) de Cesare Pavese, La náusea (1938) de Jean-Paul Sartre o los vértigos de un mundo desacralizado y vacío; Ferdydurke (1938) de Witold Gombrowicz o sobre la dicotomía entre infancia y madurez, la autoridad magistral y los rituales de los adultos; Murphy (1938) de Samuel Beckett o el sinsentido de una vida corriente contado por un humorista erudito. Y en ese año, en Buenos Aires, ya estaba escribiendo Jorge Luis Borges, como un Peter Kien ahíto de libros, que ha rebajado la erudición a ornamento y ha mezclado metafísica y humor, los relatos de El jardín de los senderos que se bifurcan (1941), volumen que acabaría inserto en Ficciones (1944).
Con Canetti, Sartre, Gombrowicz, Beckett y Borges había despegado un modo de enfrentarse a la literatura que prefiguraba direcciones futuras. Los sueños revolucionarios fascista y comunista se enfrentaron durante casi diez años; desde 1936 en un ensayo general en el teatro español y desde 1939 hasta 1945 en múltiples escenarios internacionales. A pesar de que los frentes surtían su generosa remesa de muerte (o quizá también por ello), la palabra literaria no se replegó ni debilitó. André Malraux, Georges Bernanos, W. H. Auden, Hemingway o John Dos Passos escribían sobre la guerra cainita en España, a la vez que Antonin Artaud convertía el arte dramático en una desinfección colectiva en El arte y su doble (1938), abriendo el camino a Ionesco o Jean Genet, o Wallace Stevens abundaba en la indagación sobre la escritura poética en El hombre con la guitarra azul (1937) o Eugenio Montale conciliaba el viejo dolce stil novo con la epifanía modernista en Las ocasiones (1939) o Bertold Brecht escribía La vida de Galileo (1938) o Madre Coraje y sus hijos (1939, estrenada en Zúrich en 1941). No fueron años baldíos para la creación literaria. El terreno conquistado durante las tres primeras décadas del siglo no dejó de ser cultivado con el mismo refinamiento técnico, aunque las preocupaciones vinculadas con la angustia e incertidumbre de la guerra anegaron la conciencia de la mayoría de escritores. Sin necesidad de abordar de frente la sinrazón bélica, el colosal tributo de dolor o la maldad, el espanto y el absurdo, es fácil encontrar rastros en novelas como El extranjero (1942) de Albert Camus, El juego de los abalorios (1943) de Hermann Hesse, La muerte de Virgilio (1945) de Hermann Broch, en los versos de Salvatore Quasimodo, Francis Ponge, William Carlos Williams, Alberto Moravia, Benjamin Péret... o en piezas teatrales como Las moscas (1943) de Sartre, el Calígula (1945) de Albert Camus, e incluso, como un polvo suspendido en el aire, en Un tranvía llamado deseo (1947) de Tennessee Williams o Muerte de un viajante (1949) de Arthur Miller...
Pero sobre las heridas políticas, sociales y psicológicas de la guerra, sobre sus causas, complicidades y consecuencias, sobre los fraudes y crímenes que la sostuvieron, empezó a escribirse cuando se pudo, es decir después de la batalla de Stalingrado, después de Hiroshima, unos años después, aunque no siempre pudiera publicarse lo que se escribía. Y lo hicieron, en la «era de la ansiedad» de la posguerra (así la llamó W. H. Auden), nombres eminentes como Thomas Mann en la excepcional Doctor Faustus (1947), que encierra una dura requisitoria contra toda Alemania como cómplice de la ignominia y que, aupada por el compromiso ético con la denuncia de lo acontecido, tan lejos se encuentra del intelectualismo encastillado del póstumo y fragmentario Mi Fausto (1946) de Paul Valéry; y Camus en la cuarentena angustiosa de La peste (1947) o Malcolm Lowry en el no menos angustioso descenso a los infiernos del cónsul en Bajo el volcán (1947). Pero estos eran nombres de antaño (la genialidad de Lowry no se extendió más allá de esa novela), y, aunque algunos de los grandes creadores del Modernismo todavía darían obras maestras (El viejo y el mar de Hemingway es de 1952), lo cierto es que el telón (y no solo el de acero, partiendo en dos bloques adversarios el mapa político) ya se había echado. A las muertes de Scott Fitzgerald en 1940, Virginia Woolf y James Joyce en 1941, siguieron las de Robert Musil y Stefan Zweig en 1942, Valéry en 1945 y Gertrude Stein un año después y la de Broch, exiliado en Estados Unidos, en 1951, el año que André Gide era enterrado en París.
Aquel mismo 1951 se publicaban varios libros que pueden servir como hitos de un cambio de rumbo: en Molloy, Samuel Beckett iniciaba trilogía novelesca sobre el precario estatuto ontológico del hombre contemporáneo, sobre su condición de ser mutilado, risible y menesteroso (esa misma visión, no exenta de humor, de la naturaleza humana inspirará en 1952 su farsa existencial Esperando a Godot); Julio Cortázar se revelaba en los ocho cuentos fantásticos de Bestiario como el narrador ya inexorable de un universo impredecible; Marguerite Yourcenar ponía distancia respecto a la Europa rota de la posguerra mediante la autobiografía apócrifa de un emperador romano, Memorias de Adriano, en cuyas meditaciones era sencillo adivinar la transposición del mundo del lector; Jerome David Salinger publicaba otra autobiografía ficticia, esta la del teenager airado Holden Caulfield, El guardián entre el centeno, en la que, estilizando el habla juvenil, lanzaba dentelladas contra la puritana Norteamérica; y Julien Gracq apostaba en El mar de las Sirtes por una prosa preciosista para describir la inminencia de la revelación (el pálpito del advenimiento que no se producirá).
Cuando Billy Joel evoque esa época en su canción «We didn’t Start the Fire», barajará entre otros referentes la novela de Salinger: «Rosenbergs, H-Bomb, Sugar Ray, Panmunjom, Brando, The King and I, and The Catcher in the Rye, Eisenhower, Vaccine, England’s got a new queen, Marciano, Liberace, Santayana goodbye». La subida al trono de Isabel II en 1952, la explosión de la primera bomba H en un atolón del Pacífico ese mismo año, el fin de la guerra de Corea, firmado en 1953 en Punmunjom, la ejecución del matrimonio Rosenberg acusado de espiar para la URSS, el violento Stanley de Un tranvía llamado deseo interpretado para siempre por un prodigioso Marlon Brando en 1951, la muerte, en fin, del filósofo de origen español George Santayana, todo parecía confluir en una época ambivalente de ocaso y comienzo. Y la literatura reflejó con inexorable fidelidad el desacordado clima de aquel tiempo, la incertidumbre general y la búsqueda de nuevos estímulos y compromisos, pero casi invariablemente desde la disconformidad, la protesta o el rechazo del estado de cosas predominante. Pero también cupo el pasmo, la abstención impertérrita ante la realidad, expresable mediante una objetividad llevada a su límite inhumano, convertida en pormenorizada (y a menudo tediosa) descripción de las apariencias (espacios, cosas, personas y conductas), sin interpretación, sin significado presupuesto, tal como son captadas por los sentidos: fue el Nouveau Roman. Aquella corriente nació en la Francia de la posguerra y, aunque Beckett fue considerado un precursor y Natalie Sarraute —uno de los nombres pronto asociados a la escuela— publicó Retrato de un desconocido en 1948 (aunque esta siguió siendo una exploración en los pliegues de la conciencia, como muchas ficciones modernistas), fue Alain Robbe-Grillet quien iba a convertirse desde 1952 con Las gomas (se tradujo como La doble muerte del profesor Dupont) en el más claro exponente. Su liderazgo se confirmaría con El mirón (1955) y La celosía (1957), novelas sobre la mirada de lo superficial (los títulos son elocuentes) o implícitas negaciones de lo que no se ve, es decir el sentido de las cosas. Aun así, resultan más perdurables novelas como El empleo del tiempo (1954) o la fascinante mudanza a través de un monólogo interior de La modificación (1957) de Michel Butor. (Y es irónico que fuera el menos leído —pero más prolífico— de aquellos nouveaux romanciers, Claude Simon, quien recibió en 1985 el Premio Nobel.)
La voz de los que habían sido inveteradamente excluidos o marginados empezó a cobrar una presencia literaria que había sido muy escasa. Autores de raza negra (James Baldwin, Ralph Ellison en El hombre invisible...) delataban el profundo racismo de la sociedad norteamericana y abrían el camino para la obra futura de Toni Morrison, en la que, ya en los setenta y ochenta, se fundirá la discriminación racial con la de género. A esta, a la diferencia femenina y las gabelas impuestas por la primacía de los hombres, había consagrado muchas páginas Virginia Woolf, pero ningún libro había tenido la repercusión de El segundo sexo (1949) de Simone de Beauvoir ni, quizá, la eficacia representativa de narraciones como las tres de La mujer rota, ya en 1968. El sexo había sido uno de los baluartes de la pudibundez asaltados en los años veinte y treinta (el Ulises de Joyce llegó a ser tachado de pornográfico, aunque distara de la explicitud de, por ejemplo, El amante de Lady Chatterley de Lawrence), pero la homosexualidad apenas había recibido un tratamiento oblicuo y velado (en Proust, E. M. Forster o Virginia Woolf), aparte de ciertos desafíos de André Gide (sus memorias Si el grano no muere de 1926 o, aun antes, en el ensayo Corydon). Nada de recato tendrá el tratamiento que Jean Genet da al tema en su novela Querelle de Brest (1947), aunque la crudeza de su mirada se extiende al ámbito total de las normas sociales desde Nuestra Señora de las Flores (1944), donde se sumerge en el inframundo de las noches parisinas, y, en suma, a toda su escritura, que exhibe la impronta del excluido. Y no menos escandaloso pudo resultar en la Italia de 1955 Chicos del arroyo de Pier Paolo Pasolini. Con semejante impulso autobiográfico, William Burroughs abordó en 1953 la adicción a las drogas en Yonqui, aunque la novela que le iba a dar celebridad es El almuerzo desnudo (1959). Liberación homosexual, toxicomanía, rechazo visceral de las normas sociales y de los modos de vida establecidos, exaltación de la rebeldía destructiva (principalmente hacia el lenguaje) forman parte de la ideología contracultural de Burroughs y, junto con un vago orientalismo filosófico y un no menos vago deseo de igualdad social, también del grupo de poetas (encabezado por Allen Ginsberg) y prosistas norteamericanos que se conoció como Beat Generation, cuyo famosísimo manifiesto, la novela En el camino (1957), firmó Jack Kerouac. Henry Miller fue el maestro de aquellos hippies y Charles Bukowski un discípulo indirecto aventajado.
Pero, como decía antes, los años cincuenta fueron también los de la reconciliación del escritor con su responsabilidad cívica, en especial en Europa, donde era fácil que se sintiera acusado por las cenizas de la guerra reciente. En Alemania y en Italia, las antiguos aliados del Eje, esa exhortación al compromiso se tradujo en una literatura preñada de vocación testimonial y denunciadora que no podía sino adoptar las maneras del realismo. En Alemania, desde el lanzamiento en 1946 de la revista Der Ruf en Múnich se hizo evidente el deseo de reconstrucción de una cultura de aliento democrático que desalojara el espectro del Tercer Reich, pero solo en 1947 se configuró un grupo de jóvenes intelectuales con ese objetivo, el autodenominado Gruppe 47. Para auspiciar la aparición del talento inhibido o en ciernes, convocó un premio que daría a conocer a autores como Heinrich Böll en 1951, Ingeborg Bachmann en 1953 o Günter Grass en 1958 con la brillante mixtura de fábula, depurado naturalismo, denuncia del inmediato pasado y magia que es El tambor de hojalata. Aunque para entonces las letras alemanas contaban ya con otro frente de renovación en dos autores suizos germanófonos, el dramaturgo Friedrich Dürrenmatt y el novelista Max Frisch. Este obtuvo una notable repercusión con su mordaz visión de la sociedad suiza No soy Stiller (1954) y afianzó su prestigio con Homo Faber (1957), un categórico cuestionamiento del racionalismo exacerbado a través del ingeniero protagonista y su reencuentro desestabilizador con el pasado (con las sombras del nazismo al fondo).
Muy presente había estado el reciente acontecer histórico (el fascismo y la guerra) en las letras italianas desde los años cuarenta, cuando, a la vez que la poesía prolongaba el enclaustramiento en el hermetismo de Salvatore Quasimodo y Giuseppe Ungaretti, se impuso en la narrativa una forma de testimonialismo costumbrista que se llamó «neorrealismo». Esta tendencia produjo, en su vertiente cinematográfica, joyas como Roma, ciudad abierta (1945) de Rossellini, pero no fue menos fecunda para novelistas como Elio Vittorini (Conversación en Sicilia, 1941), Vasco Pratolini (Crónicas de pobres amantes, 1947), Alberto Moravia (La romana, 1947) o Cesare Pavese. Este, sin embargo, prefirió ahondar en la manifestación de formas ancestrales de la vida rural (De tu tierra, 1941) y en la persistencia de arquetipos míticos (La luna y las fogatas, 1949) con una prosa cuajada de imágenes y tonos poéticos. Pavese no podía sospechar (o no del todo) que su nombre estaría asociado para siempre a un impresionante diario póstumo, El oficio de vivir, que se publicó tras su suicidio en 1950 y que conviene leer junto a los versos póstumos de Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (1951). Tras ellos, un grupo de escritores más jóvenes (Carlo Cassola, Giorgio Bassani) se dedicaron a contar la guerra o a radiografiar el tejido social y las lacras morales. Uno de ellos, Italo Calvino, tras publicar la novela política El sendero de los nidos de araña (1946) y algunos cuentos del mismo jaez, pronto se alejó de la estética neorrealista rumbo a una mezcolanza de fabulación fantástica e implícito compromiso social cuya máxima cristalización fue, entre 1952 y 1959, la trilogía narrativa Nuestros antepasados (compuesta por El vizconde demediado, El barón rampante y El caballero inexistente). Por la vía fantástica, Calvino iba a llegar a la ciencia-ficción de Cosmicómicas (1965) y al juego de recombinar los signos lingüísticos y manipular la estructura del relato de El castillo de los destinos cruzados (1969) y Las ciudades invisibles (1972). En estos libros deja su huella el estructuralismo lingüístico entonces en boga, la lectura del Borges de los laberintos, la ironía culturalista y la metaficción, y sobre todo su colaboración con los escritores experimentales de OULIPO (acrónimo derivado de «Ouvroir de littérature potentielle»), comandados por Raymond Queneau y François Le Lionnais. El grupo cobrará importancia con la incorporación en 1966 de Georges Perec, cuya idoneidad para los retos verbales iba a convertir las constricciones oulipianas (el lipograma u omisión sistemática de una letra o las variaciones sobre una misma anécdota) en un mecanismo generador de jugosa creatividad. Quizá su logro más célebre sea, en 1965, la novela policiaca El secuestro (La disparition en su título original), escrita con la supresión sistemática de la letra «e», pero su obra maestra será La vida, instrucciones de uso (1978), amenísimo puzzle narrativo donde el fragmentarismo viene a ser fiel transposición de las vidas que comparten un edificio de la rue Simon-Crubellier.
Eso había empezado a suceder en los años sesenta, cuando la dimensión política de la creación literaria retrocedió ante el avance de las seductoras teorías estructuralistas que subrayaban que un texto es ante todo una red de significantes (de signos a los que hay que atribuir sentido), un artefacto fabricado con palabras que funciona de acuerdo con unas reglas. Y, siendo que la palabra lo único que ofrece al lector de verdad es su presencia material, las letras o sonidos que la forman, con un concepto asociado convencionalmente con ellos, era evidente que la cosa, el referente, solo comparecía como ausencia. Por consiguiente, la literatura no podía incurrir en la ingenuidad de creer que a través del lenguaje se podía «convocar» lo ausente, la realidad material. Pretender utilizar el texto como receptáculo de otra materia diferente del lenguaje (por ejemplo de sentimientos o emociones, de historias interesantes o aleccionadoras, de personajes de ejemplar o atormentada personalidad...) era, no ya reprobable por aprovecharse de la buena fe del lector (de hecho el lector de buena fe dejó de importar un carajo), sino cometer un delito de lesa modernidad (o posmodernidad, aunque el terminacho estaba aún por acuñar); la osadía de contar una historia constituía un anacronismo estético, era enfangarse en una concepción retardataria de la literatura. Por eso, cuando el ruso Alexandr Solzhenitsyn publicó su primera novela en 1962, Un día en la vida de Iván Denisovich, en la que narraba de manera convencional su experiencia carcelaria bajo el régimen estalinista, fue recibido en la Europa occidental con suficiencia y cierto desdén. Al cabo se trataba de un libro de estética caduca, una vieja novela testimonial, y se subestimó la denuncia de la atrocidad que iba a ser el eje de toda la trayectoria del disidente ruso hasta Archipiélago Gulag (1973). (Sin embargo, cuando pudo al fin ver la luz El maestro y Margarita, que Mijaíl Bulgákov había empezado a escribir en los años treinta, la sutileza técnica, la ironía y el simbolismo de esa novela espléndida pareció de perlas.) Aquel mismo año de 1962 habían aparecido dos novelas, Pálido fuego de Vladimir Nabokov y El cuaderno dorado de Doris Lessing, que sí marcaban el norte de la nueva ortodoxia moderna: superposición de voces narrativas, confusión entre realidad y simulacro, conciencia expresa de la escritura y su retórica, juegos de impostura y usurpación, ruptura de la expectativa del lector e implicación del mismo. Claro que era posible conciliar el legítimo deseo de búsqueda artística con la cortesía hacia el lector (Nabokov lo había hecho, con escándalo para pacatos incluido, siete años antes con Lolita, una escabrosa historia de pederastia narrada por el propio pederasta) y esa sería la opción de los creadores más dotados, pero la resurrección del espíritu vanguardista en los sesenta iba a alentar una práctica literaria que haría de la oscuridad y el enmarañamiento pretendidos valores en sí mismos. La concesión del Premio Formentor —otorgado por el Congreso Internacional de Editores— en 1961 ex aequo a Jorge Luis Borges y Samuel Beckett acertó a señalar a dos de los escritores modernistas que mayor influencia iban a ejercer en la literatura posterior, aun cuando ni las transgresiones formales del segundo ni las fábulas paradójicas del primero tienen nada de gratuitas o intrantisivamente lúdicas. Y si Beckett, que se consideró siempre un novelista, convertía el teatro en un oratorio del absurdo, Peter Weiss lo transformaba, en Marat Sade (1964), en un manicomio donde se libraba la suerte de los principios de la Revolución.
Por entonces, albores de los años sesenta, el novelista norteamericano John Hawkes declaró en una entrevista: «Empecé a escribir ficción convencido de que los verdaderos enemigos de la novela eran la trama, el personaje, el escenario y el tema y que una vez descartadas estas formas familiares de pensar la ficción, lo único que de hecho permanecía era la visión de conjunto, la estructura. Y la estructura —la coherencia psicológica y verbal— es todavía mi máxima preocupación como escritor». Sus palabras las podrían haber suscrito innumerables narradores que combinaban la obsesión por los diseños estructurales y el lenguaje con un conglomerado de nihilismo, existencialismo y estructuralismo, a los que, según los casos, podía añadirse algo de marxismo o, en cualquier caso, anticapitalismo. Habían regresado los ismos, menos ingenuos, más encanallados y cínicos que en los años veinte. Se propagaba un espíritu neodadá y se desempolvaban lugares comunes del desván surrealista (el amour fou, el azar objetivo, el absurdo y la irreverencia, la agresividad antisocial, el simbolismo onírico...), como era visible en la Rayuela (1963) de Cortázar. Mientras en Europa la teoría de la escritura nacida en torno a la revista Tel Quel (fundada en 1960 y alrededor de la que pululó la plana mayor del estructuralismo: Roland Barthes, Julia Kristeva, Jacques Derrida, Michel Foucault, Jean Ricardou o Philippe Sollers) inspiraba la obra de Robbe-Grillet, Natalie Sarraute, Claude Simon, Robert Pinget o Michel Butor (y luego la de Italo Calvino), en Estados Unidos, en cuyas universidades iba a encontrar devota acogida los teóricos citados, la literatura se dividía entre los experimentales que iban a convergir con los franceses y los renovadores que renunciaban a cortar la comunicación con sus lectores. El citado Hawkes militó entre los primeros, pero careció de la relevancia de John Barth, que había debutado en 1957 con una novela sobre el suicidio, La ópera flotante, y que desde El plantador de tabaco (1960) y sobre todo los cuentos metaficcionales de Perdido en la casa encantada (1968) había de convertirse en uno de los narradores más destacados. Casi tanto como Thomas Pynchon, aunque desprovisto del halo de misterio que envolvió pronto a este novelista huidizo desde la publicación en 1963 de V. La negativa de Pynchon a conceder entrevistas y a ser fotografiado (como Salinger) ha contribuido a crear un mito en torno al escritor, pero esto no pasa de ser anecdótico al lado de la magnitud de sus empeños literarios, de una ambición extraordinaria, en los que suele abarcar vastos períodos históricos con personajes evanescentes y simbólicas conspiraciones para retratar críticamente las sociedades acomodadas (en particular la norteamericana) de la segunda mitad del siglo. Sin embargo, fue su segunda novela, La subasta del lote 49 (1966), la que sirvió de modelo a bastantes aspirantes a la corona de posmoderno: parodia, absorción de la cultura pop, juegos intertextuales y metaficcionales, crítica ácida contra el sistema y la convenciones sociales y divertimentos textuales varios. Al menos hasta que en 1973 publicó El arco iris de la gravedad, novela desmesurada en todos los órdenes, inmensa fragua donde se funde la alta cultura del modernismo con la cultura popular del cine, el cómic, la subliteratura... pero también las ciencias teóricas (la física) y aplicadas (ingeniería, economía, psicología...) y donde el espíritu crítico (casi diría crítico-paranoico) de Pynchon se aplica a denunciar las tramas de intereses espurios que subyacen a la realidad (aquí el final de la Segunda Guerra Mundial y la primera posguerra). Como ellos, Robert Coover, Donald Barthelme, Ronald Sukenick, Raymond Federman y una caterva de aprendices de mago se lanzaron a subvertir todas las convenciones de la ficción narrativa, todas las que habían sobrevivido a las galernas del modernismo.
Otros escritores norteamericanos prefirieron cultivar formas avanzadas de la novela moderna que, sin renunciar a una cierta sofisticación técnica, resultaran accesibles a sus lectores porque tenían cosas que decir y querían ser entendidos sin tener que ser antes descifrados. Como Norman Mailer en su potente visión de la guerra en Los desnudos y los muertos (1948), John Updike desde Corre, Conejo (1960), donde da a luz a su alter ego Harry Angstrom, protagonista de varias novelas más sobre las vicisitudes de un protestante de clase media, o Saul Bellow desde la seudopicaresca Las aventuras de Augie March (1953) o la introspección desoladora de un intelectual fracasado, judío por añadidura, de Herzog (1964). Otro judío crítico, Philip Roth, había hecho su aparición en 1959 con los cuentos de Goodbye, Columbus, premiados con el Premio Nacional, pero fue El lamento de Portnoy (1969) el que, debido al explosivo tratamiento de la represión sexual masculina, proporcionó inmediata notoriedad al autor, que luego se ha convertido en uno de los más grandes novelistas estadounidenses. Aquel mismo año aparecieron otras tres novelas llamadas a ser referentes futuros de un cambio de guardia estético: en Matadero cinco, Kurt Vonnegut desandaba la historia reciente para enfocar, entre el humor negro y el delirio (al protagonista lo abducen unos extraterrestres), el terrible bombardeo norteamericano de la ciudad de Dresde en la Segunda Guerra Mundial; con semejante originalidad formal, en Pricksongs and Descants (se tradujo como El hurgón mágico), Robert Coover, echando mano de mitos y arquetipos como había hecho John Barth y barajando materiales pop como Pynchon, hurga en la fragilidad del hombre contemporáneo; y en La mujer del teniente francés, el inglés John Fowles (famoso ya por su angustiosa narración de un secuestro en El coleccionista, de 1963, que William Wyler llevó al cine un par de años después) realizó un impecable ejercicio de pastiche y autoconciencia literaria imitando nostálgicamente una novela victoriana y rompiendo la ilusión narrativa con sus propias dudas y disquisiciones de autor.
Esta inclinación a deshacer el juguete literario, recomponiéndolo en otro orden contra la lógica racional, causal o temporal, este gusto de los escritores por advertir a los lectores que la novela no es más que un montón de palabras enfiladas por su ingenio, esta compulsión a convertir el texto en tapiz de alusiones, casi siempre irónicas, a todas las tradiciones culturales y a todos los acervos informativos, recibió cuando despuntaba la década de 1970 el nombre de «Posmodernismo». Eso hizo que, entonces, la literatura posmoderna se identificara con la literatura autorreferencial, de un experimentalismo jeroglífico y lúdico, que contaba con un auditorio exiguo (y sectario en el orbe académico) de lectores. Pero eso, claro, no era en absoluto todo, porque la autoconciencia literaria también comprendía una reprise multiforme de la narratividad, una reinterpretación de la Historia y un discurso crítico hacia las formas de control ideológico y represión obscena o subliminal de la libertad. La novela de John Fowles, pese a su ruptura de la ilusión narrativa, no requería un fatigoso esfuerzo de lectura, sino que proponía una historia bien contada a la antigua usanza, y también fue considerada característicamente posmoderna. Por aquellos años, Cien años de soledad (1967), de Gabriel García Márquez, y Viernes o los limbos del Pacífico (1967) de Michel Tournier, fueron revelaciones de talentos deslumbrantes y ambos volvían al gozo de narrar, aunque sin la omnisciencia paternalista de los antiguos contadores, sino, más bien, desde la propuesta de compartir un universo de imaginación y experiencia, un universo que podía nacer de un fondo de arquetipos ancestrales como en García Márquez o de la misma historia de la literatura, como en Tournier. De este modo, la rehabilitación del deleite narrativo se convirtió también (y un tanto paradójicamente) en un rasgo del posmodernismo, término que iniciaba así su hipertrofia semántica hacia la inoperatividad. En la holgura de la etiqueta cupieron también los escritores procedentes de las antiguas colonias que, desde mediados de siglo, habían empezado a denunciar las consecuencias perniciosas de la codiciosa política colonialista, de modo que tanto el indotriniteño V. S. Naipaul, que había alcanzado renombre en 1961 denunciando en Una casa para Mr. Biswas la mutilación de las ambiciones individuales infligida por el colonialismo, como el indio Salman Rushdie en su exuberante Hijos de la medianoche (1980), ingresaron por derecho en el club posmoderno. Y también cupieron los escritores pertenecientes a minorías étnicas (algunas no tan minoritarias, como la comunidad negra norteamericana) o grupos diferenciados por razones de género. En la medida en que expresaban la voz silenciada de los desposeídos, de los segregados, de los márgenes y las fronteras sociales en definitiva, constituían plausibles negaciones de la ortodoxia autoritaria representada por los hombres blancos detentadores del poder y ofrecían perspectivas hasta entonces acalladas, las voces de la diferencia. O, como se diría desde que Jean-François Lyotard brindó la fórmula en La condición posmoderna (1979), desautorizaban con sus pequeñas narraciones los «grandes relatos» en que se había sustentado la Historia de Occidente (el cristianismo, la Ilustración, el marxismo...). Arquitectos (ellos lanzaron el concepto y el debate), filósofos, sociólogos, historiadores, críticos de arte..., todos adoptaron el término y todos lo utilizaron con significados diferentes. A la ceremonia de la confusión contribuyó la casta académica con una caudalosa producción de uso interno, pero no tardaron en sumarse a la fiesta los periódicos y con ellos se propagó el uso (tan posmodernos era ya cineastas distintos entre sí como Almodóvar, David Cronenberg o Quentin Tarantino como ¡el Quijote, el Tristram Shandy de Sterne o Denis Diderot!). «Posmodernismo» acabó siendo la carabina de Ambrosio o, si se quiere un símil literario, la cueva de Montesinos de críticos y teóricos literarios, que se zambullían en el concepto para encontrar dentro su propio conciliábulo de fantasmas. La fluctuación semántica del término, con todo, manifiesta palmariamente el eclecticismo de la literatura de la época contemporánea (si se quiere decir «posmoderna», sea), su irrestricta multiplicidad, que convalida cualquier modelo o fórmula, que habilita cualquier estética o antiestética, que reactiva la novela histórica —en lo que se ha llamado metaficción historiográfica— y la futurista y utópica, a condición —es el único peaje— de perder la inocencia.
El escepticismo, el distanciamiento descreído e irónico y la exhibición de una actitud de suspicacia inespecífica nutrieron el corazón de la literatura posmoderna. Aquel viejo verso de «Brise marine» de Mallarmé: «La chair est triste, hélas! et j’ai lu tous les livres» («La carne es triste, ay, y he leído todos los libros») podría reformularse así: «La carne es triste —para quien no la goza— y he leído (o como si lo hubiera hecho) todos los libros, de los que estoy de vuelta». En 1980, el semiólogo Umberto Eco, uno de los europeos que parece haber leído todos los libros, probó suerte como novelista con un homenaje a las bibliotecas infinitas de Borges pero también a la ficción de intriga absorbente, cuya quintaesencia es el relato policiaco, el que va en pos de una verdad escurridiza. El nombre de la rosa fue un éxito en todo el mundo y pronto cayó sobre el libro la unción de posmoderno. Eco se animó a explicar algunos secretos de taller de su novela en las deliciosas Apostillas a El nombre de la rosa, donde hubo de plantarse cara a cara con la definición de lo posmoderno, que para él constituye una suerte de espíritu de época. «Desgraciadamente —escribe— “posmoderno” es un término que sirve para cualquier cosa»; no obstante, si algo significa es una posición ante la cultura del pasado, pues «consiste en reconocer que, puesto que el pasado no puede destruirse —su destrucción conduce al silencio—, lo que hay que hacer es volver a visitarlo; con ironía, sin ingenuidad». De este modo, el arte y la literatura del pasado cobran la categoría de un parque temático (o un hipermercado) al que el artista puede acudir con plena libertad de elección, un espacio deshistorizado en el que escoger modelos, formas, géneros, códigos ya archivados: un soneto renacentista o barroco, una novela bizantina, un cuento didáctico, un bestiario o una fábula moralizante, una narración realista o futurista o una ficción introspectiva modernista. El único tributo (a atributo) que hay que satisfacer es la autoconsciencia, el empleo de cualesquiera estratagemas para comunicarle al lector el artificio de la obra, lo que esta tiene de artefacto verbal y de simulación de la experiencia, no vaya a pensar el lector que el autor se toma eso en serio... (Aunque ciertos autores cetrinos se tomen el “no tomarse en serio la literatura” con la maravillosa seriedad de los profetas.) Un año antes, Italo Calvino había demostrado en los principios de novela que componen Si una noche de invierno un viajero (1979) —y que imitan a Gombrowicz, Nabokov, Onetti, Solzhenitsyn, Schnitzler, Greene y otros— hasta qué punto la literatura contemporánea puede ser reescritura y en qué medida el lector actual está obligado a ser cooperativo. No tiene nada de extraño, pues, que cuando en 1980 John Barth —canonizado como posmoderno— tenga que señalar con el dedo a un autor genuina, auténticamente posmoderno, apunte a Calvino, encantador y proteínico, que, a su juicio, ejemplifica como nadie lo que llama «programa posmoderno», a saber: la síntesis o trascendencia de las antítesis formadas por los principios premodernos (el realismo y la linealidad del XIX, el orden causal y temporal, el lenguaje transparente, la consistencia psicológica, el sistema moral burgués, la racionalidad aplicada a un argumento articulado...) y los principios modernos (antirrealismo, autonomía del arte, irracionalismo, disgregación psicológica, simultaneidad y fragmentarismo, lenguaje opaco, elitismo, relativismo moral...). En resumidas cuentas, Calvino ilustra el pluralismo estético que define la literatura posmoderna.
La dialéctica entre lo anterior y lo venidero, lo heredado y lo creado, lo viejo y lo nuevo ha dictado su ley a lo largo de todo el siglo, incluso cuando esa tensión parecía haber caducado para convertirse en un atractivo catálogo de destinos vacacionales. Lo nuevo tiene una cita con su propia decrepitud, a la que los creadores más jóvenes se encargarán de que no falte porque ellos llegarán pertrechados de sus novedades para sustituir las anteriores. Un crítico habló del ocaso de lo nuevo (Irving Howe), pero sería más adecuado hablar de la perennidad de lo viejo como blanco contra el que arremeter. Lo nuevo tiene unas demarcaciones tan vastas y unos cauces tan diversos desde los años setenta que no puede caracterizarse en conjunto más que por esa vastedad multidireccional, su propensión a la autorreflexión y, con escaso margen de error, su condición de mercancía, aunque a veces esta circule en un mercado reducido, y no por gusto de quienes la fabrican.
Cuando la novela de Eco se convierte en un bestseller y John Barth ironiza sobre los críticos que se fatigan dando vueltas alrededor del «posmodernismo», hace algún tiempo que han empezado a publicar sus primicias autores que servirán para esclarecer con su obra el sentido del marbete, como Martin Amis o Ian McEwan o Julian Barnes (aunque este no debuta hasta 1980 con Metroland), y otros a los que una concepción reduccionista del mismo expulsaría a las afueras, como el austriaco Thomas Bernhard, que ya ha publicado la extraordinaria Corrección (1974) o el norteamericano Raymond Carver, que ha reunido los cuentos adustos y desolados de ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? (1976). Y, con ellos, los grandes creadores del último cuarto de siglo habían empezado a hacerse oír: el sudáfricano J. M. Coetzee había emprendido su autopsia del cadáver social de su país en En medio de ninguna parte (1977) —como también haría Nadine Gordimer en La hija de Burger (1979)—; el húngaro Imre Kertész lograba que viera la luz, casi sin eco, su novela autobiográfica sobre su reclusión en Auschwitz Sin destino (1975); Toni Morrison invocaba en La canción de Salomón (1977) la necesidad de que los afroamericanos asuman las marcas en esa comunidad ha infligido el pasado de esclavos y la discriminación racial; o, por terminar, el checo Milan Kundera describía en El libro de la risa y el olvido (1979), a través de varias historias entrelazables, la opresión de un Estado comunista en la conciencia de los intelectuales y en la vida cotidiana de cualquier ciudadano. En estas obras y en otras semejantes de los setenta, el utillaje técnico desarrollado a base de sucesivas oleadas de creativo inconformismo, más que supeditarse, se funde con unos temas y preocupaciones muy reales, cuando no acuciantes (las iniquidades del totalitarismo, el apartheid o la exclusión, por ejemplo). Aunque la forma y el contenido no puedan discernirse en una valoración responsable de un texto artístico, en estas obras la elaboración del discurso y la dimensión significativa se ennoblecen mutuamente y orientan el curso de la mejor y más perdurable literatura del fin de siglo.
Ese equilibrio entre elaboración del discurso y designio comunicativo, en efecto, distingue la gran literatura de los últimos veinte años del siglo XX. Lo ponen de manifiesto pronto autores excepcionales como los portugueses José Saramago con Memorial del convento (1982) y El año de la muerte de Ricardo Reis (1984) y António Lobo Antunes desde su debut con Memoria de elefante (1979); como Peter Weiss en su trilogía Estética de la resistencia (1975-1981), como Paul Auster, que publica su Trilogía de Nueva York entre 1985 y 1987, como Mario Vargas Llosa desde La guerra del fin del mundo (1981) o García Márquez con Crónica de una muerte anunciada —y novelas muy distintas pero de la misma añada como Perorata del apestado del siciliano Gesualdo Bufalino o La costa de los mosquitos de Paul Theroux—, como Javier Marías con El siglo (1983) o Martin Amis con Dinero (1984) o Milan Kundera con La insoportable levedad del ser (1984) o Cormac McCarthy con Meridiano de sangre (1985, aunque de 1979 es otra novela rotunda, Suttree) o, en fin, Thomas Bernhard con su obsedente y terminal Extinción (1986). Aunque se publicaron textos rayanos en el hermetismo, residuales respecto al experimentalismo de los sesenta y setenta, prevaleció la necesidad de expresar, comunicar o contar algo y superar el funambulismo verbal o la probatura intrascendente. La innovación arriesgada se interiorizó como parte indisociable de la ética del creador genuino, que sin embargo había aprendido que no puede operar en el vacío sino en una comunidad de lectores potenciales. El inglés Julian Barnes demostró haber asimilado esa lección en la brillante —y divertida— El loro de Flaubert (1986), donde, a la vez que narraba delicada y casi imperceptiblemente una historia triste, embutía toda la reflexión posmoderna sobre las aporías de la representación histórica (del pasado) y literaria (de lo imaginado) en una ristra de pastiches y burlas de diversos géneros discursivos.
Fueron los tiempos del «realismo sucio» capitaneado por Raymond Carver y sus amigos Tobias Wolff y Richard Ford, quien con El periodista deportivo puso en 1986 la cabeza del puente que le conduciría en 1995 (El día de la independencia) y 2007 (Acción de gracias) a la enésima realización de la «gran novela americana». La apuesta fuerte por el realismo seguía encarnándola en Estados Unidos Truman Capote —lejano ya el boom de la non-fiction novel que desató A sangre fría en 1966—, quien en 1980 publica los cuentos Música para camaleones amasados con harina documental, así como el preboste del new journalism norteamericano, Tom Wolfe, se proponía levantar acta, con modos dickensianos, del ascenso y caída de uno de los dueños de Wall Street. Pero también fueron los años del diseño a ultranza y la estetización de la violencia que supo representar en grado sumo, ya en 1991, Breat Easton Ellis en American Psycho (obscena en su charcutero naturalismo). El mismo Easton Ellis había sido recibido como un genio precoz al retratar la degradación moral de la juventud de clase acomodada (como él) en Menos que cero (1985). Y también fueron tiempos de bestsellers internacionales con más o menos hechuras literarias, fuera El perfume (1985) de Patrick Süskind, fuera La casa de los espíritus (1981), ficción con la que Isabel Allende rentabilizaba los tópicos del realismo mágico latinoamericano, fuera, en fin, la novela de espías de John Le Carré (sobre todo desde La gente de Smiley, 1979, y La chica del tambor, 1982). La literatura inglesa se regeneraba y diversificaba con un coro de voces procedentes de todos los rincones del mundo anglófono y de grupos sociales hasta entonces poco audibles, y ese proceso continuará hasta hoy mismo. Hanif Kureishi describió con humor en Mi hermosa lavandería el día a día de unos jóvenes londinenses de familia paquistaní (y Stephen Frears la trasladó al cine con acierto), Salman Rushdie confirmaba su talento en Vergüenza (1983) sin sospechar que a la vuelta de un lustro iba a ser condenado a muerte por el fanatismo de un ayatolá iraní por publicar la novela Versos satánicos, Kazuo Ishiguro se había dado a conocer con Pálida luz en las colinas (1982), pero hasta Los restos del día (1989, con su subsiguiente película) no consiguió una merecida notoriedad. Sandra Cisneros narraba en La casa de Mango Street (1984) las peripecias de una familia de inmigrantes en los suburbios de Chicago para conseguir y mantener una vivienda digna. Mucho después, la india Arundhati Roy iba a seducir a millones de lectores con la sensibilidad y el presumible autobiografismo de El dios de las pequeñas cosas (1996).
Pero ya entonces abundaban las pistas que conducían a los ambulacros y pasajes de la literatura del fin de siglo menos dócil a rutinas y consignas. Por un lado, la guerra contra las demarcaciones rígidas entre géneros literarios, que se había iniciado en las vanguardias de los años veinte, libra su batalla final. Como consecuencia, los límites entre novela y ensayo se desdibujan y vuelven porosos, permitiendo que la reflexión inunde el texto narrativo, y lo mismo sucede con lo novelesco y lo autobiográfico, que dejan de estar claramente delimitados y un yo pertrechado de atributos y experiencias que son las del autor penetra en la ficción y la electriza. Esta colonización de la novela por la autografía acentúa la perplejidad del lector cuando ese yo adopta el nombre mismo del autor o sus rasgos externos; un artificio este que forma parte de la deliberada ambigüedad entre datos ficticios o imaginados y datos verídicos o documentados. Todo se vuelve incierto excepto la existencia material del texto que leemos y, con frecuencia, la robusta dimensión ética de la obra, reforzada ineluctablemente por ese yo que finge poseer toda la fuerza compromisiva de la palabra en el mundo real. Desde mediados de los ochenta fueron muchos los escritores que proveyeron su obra en su experiencia biográfica o que se instalaron en una tierra de nadie disputada por varios géneros. De manera ejemplar lo hizo Claudio Magris en Danubio (1986) y Microcosmos (1997) y W. G. Sebald en casi toda su corta producción, en Vértigo (1990), Los anillos de Saturno (1999) y Austerlitz (2001) y J. M. Coetzee en Diario de un mal año (2007) y, entre los de lengua española, Fernando Vallejo, Javier Marías o Enrique Vila-Matas... La escritura extraterritorial, gobernada en cualquier caso por un yo imperioso, tornadizo o fugitivo, ejerce una fascinación irresistible en los escritores del fin del milenio, como si la subjetividad de la poesía, la autobiografía o el diario y el libre discurrir del ensayo, que permite aquilatar todas las facetas de la realidad, supusieran desafíos que el viejo arte de contar historias, no pudiendo hacerles frente, engulle y metaboliza. El futuro de la ficción literaria estriba en el reservorio de la escritura autobiográfica y ensayística. «Yo» nunca ha significado tanto, ni tan líquido al mismo tiempo. Parafraseando un título de John Ashbery, todos los autorretratos se realizan en espejos cóncavos.
D. R. DE M.
GUILLAUME APOLLINAIRE
por
MAR GARCÍA
Te acuerdas del largo orfelinato de las estaciones.
Atravesamos ciudades que giraban todo el día
Y de noche vomitaban el sol de las jornadas.
(Alcoholes, 1913)
Guillaume Apollinaire (Roma, 1880-París, 1918) fue un hombre-época cuyo nombre resucita instantáneamente el París artista donde se fraguó buena parte de la modernidad literaria de principios del siglo XX. La imagen de un Apollinaire entusiasmado con la estética cubista y las nuevas tendencias, escribiendo sus versos en la esquina de una mesa de café, preocupado por seducir y sorprender, espontáneo y locuaz, amante de la caricatura y la parodia, hábil inventor de retruécanos, capaz de absorber como propio todo aquello que escuchaba o leía, sin ser falsa, es incompleta. El trabajo de escritura que contienen los manuscritos de este poeta, prosista y pornógrafo que nunca llegó a asumir su condición de hijo ilegítimo revela una obra marcada a sangre y fuego por la fractura en todas sus formas. Vocación tanto como modo de subsistencia, la literatura de este mal amado, perseguido a lo largo de su breve y difícil existencia por las dificultades económicas y por los desengaños amorosos, encuentra su unidad en la ruptura de formas, temas y espacios, en la oposición constante de contrarios. La participación de Apollinaire en distintas colecciones eróticas y en la elaboración del catálogo del «infierno» de la Biblioteca Nacional Francesa (1913) no obedece solo, como se ha dicho, a razones pecuniarias. La práctica de la escritura erótica o pornográfica constituye una modalidad más, junto al teatro o la prosa poética, del espacio privilegiado de libertad que fue la literatura para Apollinaire. Más allá del impacto incontestable de los acontecimientos en su escritura (guerra, desamor, innovaciones artísticas), Apollinaire es el poeta de la desintegración. De ella surge el torbellino de su obra, elaborada en menos de veinte años. Alcoholes (1913) y Caligramas (1918), los dos libros de poemas por los que el autor se consideró a sí mismo como un artista maduro, son la punta del iceberg.
Nacido en Roma de A. de Kostrowitzky, una joven procedente de la nobleza polaca que se dejó seducir por un oficial del ejército real de Dos Sicilias, el futuro Apollinaire fue bautizado como Guillelmus Apollinaris Albertus de Kostrowitzky. Ni en sus libros, ni en sus cartas menciona el poeta al padre, que lo abandona cuando tenía tres años junto a su madre y a su hermano Alberto. La etapa transcurrida en Mónaco y Niza, donde continúa sus estudios, lo familiariza con los sonidos, los olores y los colores del sur. A ellos debe, decía Gómez de la Serna, el desbordamiento pagano y el exceso de su obra. Sus primeras composiciones, poemas y relatos eróticos, muestran ya una marcada propensión a la invención fabulosa y a la superchería que se confirma en El encantador putrefacto, escrito hacia los veinte años. En 1899 se establece en París, donde sobrevive con ocupaciones poco lucrativas y se construye como poeta, ciudad que Apollinaire evoca en El paseante de las dos orillas (póstumo). En 1901, realiza una estancia en Renania como preceptor al servicio de la vizcondesa de Milhau, quien le permite entrar en contacto con el paisaje y las leyendas germanas (Las once mil vergas podría ser el eco licencioso de una leyenda de Colonia en la que perecen once mil vírgenes). También durante este período, determinante en la formación de su sensibilidad poética, Apollinaire se enamora de la joven ama de llaves de la vizcondesa, Annie Playden. Sus amores rechazados ocupan un lugar importante en Alcoholes (1913), cuya composición inicia en esta época. El paisaje de los poemas «Otoño enfermo» o «Los cólquicos» es el del amargo otoño renano que Apollinaire acaba asociando a cada nuevo amor. Dos años después de su regreso a París en 1902, el poeta es nuevamente rechazado por Annie cuando va a visitarla a Londres. La canción del mal amado, composición de notable longitud, es la crónica caótica de estos años. A partir de 1905, Apollinaire escribe para La Revue blanche y La Plume, llegando a fundar su propia revista, Le Festin d’Ésope. Amigo de Jarry y Max Jacob, acude con frecuencia a los talleres del Bateau-Lavoir, donde se gesta el cubismo pictórico. Fascinado por la obra de Picasso, el poeta reclama en Meditaciones estéticas. Los pintores cubistas (1913) una mayor libertad en la creación de imágenes y en el lenguaje poético: sin renunciar a lo anterior, el arte debe ser generador de un esprit nouveau que deje atrás el servilismo de la imitación realista, ahora suplantada por la técnica fotográfica. Su relación con Marie Laurencin, joven artista de la que Picasso le había hablado e inspiradora silenciosa de los versos de «El puente Mirabeau», también acaba en ruptura (1912). La breve estancia en prisión del poeta, acusado de complicidad en un robo cometido en el Louvre no propició un desenlace feliz. Apollinaire fue objeto de comentarios poco lisonjeros sobre su posible implicación en el robo, su origen extranjero y su contribución a la reedición de obras de carácter licencioso. Aunque fue absuelto al poco tiempo, ante el temor de ser expulsado de Francia, el poeta que mejor personificaba el espíritu vanguardista en París se vio obligado a multiplicar sus demostraciones públicas de patriotismo y a distanciarse de sus contemporáneos alemanes. El estallido de la guerra deja al poeta sin recursos económicos. Alistándose como artillero, consigue cubrir sus necesidades vitales y alejarse de Lou, su último fracaso amoroso. Apollinaire vuelve a ilusionarse con Madeleine Pagès, a quien conoce en un trayecto en tren de Niza a Marsella y que convierte en la confidente epistolar de su trabajo poético (las tres cuartas partes de Caligramas fueron compuestas en las trincheras). En marzo de 1916, un peligroso impacto de obús le perforó el casco, llegando hasta la sien, por lo que el poeta tuvo que someterse a una trepanación. Su estado de salud y su carácter se ven sensiblemente afectados y, aunque a su regreso del frente Apollinaire es considerado como un maestro por los poetas que le rodean, abandona su noviazgo con Madeleine. Tras una época de malestar profundo, surge Jacqueline Kolb, la «linda pelirroja» de Caligramas, con quien acaba casándose en mayo de 1918, seis meses antes de sucumbir a una epidemia de gripe infecciosa.
A pesar de la discreción con la que Apollinaire resume a Breton su bagaje literario, la bulimia documentalista de este cliente asiduo de las bibliotecas parisinas lo induce a anotar compulsivamente listas de palabras, ocurrencias de todo tipo que descubre en revistas de vulgarización científica, tratados de egiptología y de folclore, libros de temática obscena o insólita, manuales de esoterismo, textos literarios preferentemente marginales y populares. Esta práctica poco ortodoxa de la lectura le proporciona una reserva inagotable de la que extrae fragmentos más o menos largos, versos o vocablos insólitos hallados en léxicos especializados y cuya sonoridad o poder evocador atraen su atención, tejiendo, de título en título, un texto único. Mediante la acumulación de datos y conocimientos, el sujeto satura y sutura el agujero sin fondo de su origen bastardo. La libido sciendi de Apollinaire se convierte, así, en una vía de autoengendramiento, al igual que su pretensión de abrazar la totalidad de tendencias que atraviesan el arte de su tiempo. Abierto a todas las innovaciones artísticas, Apollinaire desconfía en sus escritos sobre arte del intelectualismo y del academicismo y privilegia la intuición y la emoción. La importancia del cubismo en la arquitectura de su poesía no le impide preferir a las personalidades carismáticas como Picasso y, si se interesa por la audacia futurista, permanece escéptico ante el automatismo y la especulación teórica. Su práctica de los poemas-conversación, en los que se propone recoger el sonido ambiente, los poemas simultáneos, los caligramas o el collage, sin olvidar la estrofa regular y el verso libre, da cuenta de una estética ecléctica que, sin romper del todo con la tradición, persigue renovar la expresión poética. No en vano, Apollinaire subtituló «drama surrealista» —acuñando el término, no el concepto— su obra teatral Las tetas de Tiresias (1917), convirtiéndola en emblema de la vanguardia.
En la medida en que hacen posible la fabricación de un yo literario a la vez divino e indigno, todopoderoso y humillado, las técnicas de la modernidad literaria son para Apollinaire más que una moda. Su obra constituye un inmenso puzle sin recomponer donde un sujeto desmembrado experimenta todas las metamorfosis. «La falsedad es una madre fecunda», afirma Apollinaire quien, sin embargo, no entiende la función de la poesía como un juego de malabares formalistas, sino como la fabricación de una realidad paralela más auténtica y sólida que la de las apariencias. Así como el barón d’Ormesan, en El Heresiarca y cía (1910), con el fin de filmar un asesinato verosímil, organiza junto a su equipo un crimen obligando a un transeúnte a asesinar a una pareja que también encuentra en la calle, Apollinaire hace que las cosas dejen de ser lo que se nos dice que son... a través del simulacro y la superchería. Las novelas de caballería le brindan personajes y hazañas excepcionales y maravillosas, toda la imaginación, en definitiva, del mundo celta, antítesis del cristianismo, al que responsabiliza de su nacimiento mancillado. La contestación de las apariencias comienza, así, para Apollinaire, por la irreverencia: también en El Heresiarca y cía, un cura lucha contra la falta de fe consagrando todos los panes de las panaderías de la ciudad, lo que provoca un sacrilegio colectivo, y el judío Fernisoun, convencido de que se salvará si es bautizado antes de morir, se declara culpable de todos sus pecados sin contar con que el poder redentor del agua bautismal podía quedar anulado al tornarse esta orina de caballo.
Personajes marginales que violan las reglas de buena conducta habitan esa realidad paralela cuyo principio unificador es, paradójicamente, la ruptura. Recurrente en toda su producción poética, la ruptura se manifiesta tanto en el plano formal —en la sintaxis, en la puntuación, en la tipografía, en la disposición de los elementos en la página— como en el temático —fundando un universo mítico poblado por figuras de identificación que asocian poderes sobrenaturales con sufrimiento y castigo—. El encantador putrefacto, su primer libro, ilustra, comenzando por el título, la necesidad de reinventar, bajo el signo del oxímoron, un origen en el que conviven magia y degradación. La segmentación del cuerpo —la cabeza que el soñador de «Onirocrítica» toma en sus manos para interrogarla lanzándola al mar a causa de su ignorancia, el ojo azul que en El poeta asesinado (1916) ronda obsesivamente a los pequeños moradores de un pensionado— se convierte en metáfora de un yo a la vez fragmentado y múltiple. Los poderes sobrenaturales —gigantismo, ubicuidad— de diversas figuras de identificación denotan una voluntad intermitente de inmortalidad basada en la omnipotencia creativa. El Merlín de El encantador putrefacto ve, a la vez muerto y consciente, cómo se congregan en torno a él seres reales e imaginarios de todas las épocas, mientras que la estatua del poeta Croniamantal, alter ego de su autobiografía mítica El poeta asesinado, está esculpida con un curioso material: la nada.
Alcoholes (1913) fue considerado escandaloso por muchos en el momento de su publicación. Otros lo compararon con una trastienda en la que se amontonaban todo tipo de mercancías poéticas. Las composiciones más antiguas, de inspiración simbolista, se alternan con otras, como «Zona» (la más reciente de todas), que marcan la invención de una nueva estética basada en el asíndeton, la ruptura, la dispersión y la simultaneidad. También se alternan y se yuxtaponen puntos de vista y emociones contradictorios, lo que proporciona al conjunto un aspecto de construcción cubista que incluye efectos de simetría y de circularidad. Los poemas, de temática amorosa (ciclos de Annie, de inspiración renana, y de Marie Laurencin) y elegíaca principalmente —aunque algunos abordan la naturaleza del lenguaje poético—, expresan el dolor y la tristeza que experimenta el mal amado. «Zona», el caótico balance espiritual y sentimental que abre el poemario, se presenta como un deambular urbano durante el que irrumpen retazos inconexos del pasado infernal del sujeto poético. El alcohol, que arde como la vida, simboliza sufrimientos y fracasos a la vez y remite a su transfiguración poética por medio del fuego purificador. Ambos aspectos, opuestos y complementarios, pueden observarse en la distribución temática de los poemas: por una parte, los que abordan la muerte (el paso del tiempo, el otoño, el crepúsculo, la falsedad del sentimiento amoroso); por otra, los poemas de resurrección (el martirio regenerador, el fuego como símbolo de la llama poética).
Caligramas, seguido del subtítulo «Poemas de la paz y de la guerra (1913-1916)», aparece unos meses antes de la muerte de Apollinaire (1918). Aunque el libro no contiene solo caligramas, llamados en un primer momento «ideogramas líricos», la elección del título muestra la voluntad del poeta de subrayar el carácter innovador y la dimensión visual de su obra. A quienes solo vieron en Caligramas un divertimento inofensivo, incapaz de hacer emerger una voz poética singular (se culpó de ello a la disposición visual del poema como composición gráfica), les pasó por alto lo esencial de una poesía que, no por sorprendente, es menos emotiva. La primera parte, «Ondas», contiene las composiciones más innovadoras escritas en su mayoría antes de la guerra (de ahí el subtítulo). El resto del libro se ordena siguiendo la cronología del período de guerra. Apollinaire captaba instantáneamente los gustos e ideas de sus interlocutores. Según parece, esta proverbial capacidad de mimetismo le llevaba a adoptar sus formas de hablar y sus entonaciones, lo que favoreció la incorporación en sus poemas de retazos de expresiones populares o regionales y de canciones de cuartel que oía a sus compañeros. Al igual que muchos combatientes, el poeta quiso ver en la guerra el surgimiento de un mundo nuevo para soportar la convivencia diaria con la muerte. La energía con la que Apollinaire habla de su vida en el frente se corresponde con un momento de su existencia rico en emociones en el que la espera de la victoria se asocia con el amor y la esperanza en un porvenir mejor.
De lo maravilloso a lo macabro, de lo sublime a lo abyecto, la dinámica del imaginario de Apollinaire confronta al lector con un mundo en el que no existe superación ni resolución de la ruptura que opone a los contrarios. De un extremo a otro de su obra, las más diversas situaciones en las que se oponen luz y oscuridad, ascensión y caída, inmortalidad y podredumbre remiten a una misma ficción de los orígenes en la que el nacimiento de la poesía exige un sacrificio, el desamor, ofreciendo a cambio una recompensa, el travestismo de identidades que permite al poeta disimularse detrás del mito.
Bibliografía
Guillermo de Torre, Apollinaire y las teorías del cubismo, Barcelona, Edhasa, 1967; Pascal Pia (1988), Apollinaire, Valencia, Ahimsa, 2001; Jean Burgos, Claude Debon y Michel Décaudin, Apollinaire, en somme, París, Honoré Champion, 1998; Anna Boschetti, La poésie partout: Apollinaire, homme-époque (1898-1918), París, Seuil, 2001; M.ª Elena Fernández-Miranda, Apollinaire y la guerra, Madrid, Servicio de Publicaciones de la Universidad Complutense de Madrid, 2003.
JOHN ASHBERY
por
CARMELO MEDINA
Cierra los ojos y podrás percibir millas a la redonda.
Ahora ábrelos sobre un estrecho sendero vertical.
Podría darnos —¿qué?— ¿algunas flores tempranas?
(«What is Poetry» [‘Qué es poesía’])
La infancia de John Ashbery (Rochester, Nueva York, 1927) transcurre en la granja de su padre en Sodus, Nueva York, y con sus abuelos. Con ellos encontraba el afecto del que carecía en su domicilio paterno, particularmente en relación con su padre, a quien describe como poseedor de un carácter violento. Además, en casa de sus abuelos pudo disfrutar de una excelente biblioteca, con numerosos autores clásicos de la literatura inglesa; el abuelo era profesor universitario especialista en Física y fue el primer americano en experimentar con los rayos X. La muerte de su hermano cuando aún él era niño, hecho al que se refiere en uno de sus poemas, resultaría una experiencia traumática para él.
Durante sus estudios de bachillerato en Deerfield Academy, Massachusetts, comenzó a escribir poemas al mismo tiempo que leía a W. H. Auden, Dylan Thomas y Wallace Stevens. Continuó su formación en la Universidad de Harvard, lugar en el que conoció a los poetas Frank O’Hara y Kenneth Koch con quienes posteriormente, junto con James Schuyler, formaría parte de la conocida como escuela poética de Nueva York. En Harvard se graduó y realizó su tesis sobre W. H. Auden. Completaría sus estudios de posgrado en inglés y literatura francesa en Columbia y en la Universidad de Nueva York.
Una beca Fulbright, en 1956, le permitió marcharse a París. En Francia permanecerá durante nueve años trabajando como periodista y crítico de arte en la edición europea del New York Herald Tribune. A su vuelta a Nueva York, en 1965, continuaría colaborando con sus artículos sobre arte en conocidas revistas de su país, llegando a ser editor de ARTnews, labor que desempeñó durante años. Su interés por el arte será permanente a lo largo de su vida, algo que ya reflejó en uno de sus primeros poemas, escrito en Harvard, «El pintor» (1949), en el que se puede apreciar la influencia de Auden. El poema utiliza la forma tradicional, una sextina —forma que practicaron Dante y Petrarca y de la que hay ejemplos en sus contemporáneos, T. S. Eliot, E. Pound y Auden— y describe la labor del pintor en la creación de su obra que, una vez finalizada, acaba siendo arrojada «desde lo más alto del edificio» para ser devorada por el mar y permanecer en el tiempo «como una plegaria», algo indeterminado a lo que ya se apuntaba en su segunda estrofa y que concluye el poema.
Comenzó su actividad como profesor de literatura en 1974, en Brooklyn College, y la continuó en Bard College. Ha sido galardonado con numerosos premios, entre ellos los más importantes de su país: Pulitzer, National Book Award, National Book Critics Circle, Lenore Marshall, y el Bollingen de la Universidad de Yale; los tres primeros por su obra, Autorretrato en espejo convexo (1975), y los dos últimos por Una ola (1984). Su poesía es admirada tanto por los poetas academicistas como por los experimentales; así lo manifiesta su elección como Director de la Academia de Poetas Americanos y su nombramiento como Poeta Laureado de Nueva York, en los años 2001 y 2003. Ashbery está considerado como un clásico de la poesía contemporánea y su obra se ha traducido a los principales idiomas.
Además de sus volúmenes de poesía ha publicado un libro sobre crítica de arte, Reported Sightings (‘Informes de lo visto’, 1985), fruto de sus colaboraciones con ARTnews, Art International, Newsweek, New York Herald Tribune; una novela, Nido de bobos (1969), que escribió en colaboración con el también poeta de la escuela de Nueva York James Schuyler; tres obras de teatro, y varias recopilaciones con sus escritos en prosa.
En cuanto a su obra poética, labor por la que es más conocido, estamos ante un autor prolífico, que no deja de publicar nuevos volúmenes; el más reciente, Notes from the Air: Selected Later Poems (‘Notas desde el aire: poemas tardíos seleccionados, 2007), ha sido seleccionado en 2008 para el Premio Internacional Griffin Poetry. Su primer volumen de poesía publicado es Some Trees (‘Algunos árboles’, 1956); fue elegido por W. H. Auden para el Premio de Jóvenes Poetas de la Universidad de Yale, que publicó con una introducción del propio Auden. En este volumen podemos apreciar la influencia de W. Stevens, Auden y los poetas vanguardistas franceses Raymond Roussel y Max Jacob. Uno de sus poemas más célebre, «Manual de instrucciones», aparece en este volumen; en él, a lo largo de sus setenta y cinco versos, va describiendo un supuesto viaje a la ciudad de Guadalajara, México, «¡ciudad de flores de color rosa!». Escrito en una época de su vida en la que Ashbery trabajaba en las oficinas de una editorial, refleja su deseo de viajar a otros países. He aquí su comienzo:
Estoy sentado mirando por la ventana del edificio
me gustaría no tener que escribir el manual de instrucciones sobre los usos de un nuevo metal
miro a la calle y veo a la gente, caminando con paz interior,
y los envidio —¡están tan lejos de mí!
ninguno tiene que preocuparse de tener este manual a tiempo.
Su siguiente volumen lo realizó en Francia, El juramento de la pista de frontón (1962). En él radicaliza su estilo poético, juega con un lenguaje fragmentado, con imágenes desconcertantes que surgen como impulsos de su imaginación, y todo ello con una exuberante mezcla de ideas inacabadas, una especie de collage no al uso que desconcertó a sus más distinguidos mentores en América, como Harold Bloom. De este volumen puede destacarse el largo y difícil poema «Europa», o «Nuestra juventud», en el que escribe: «Los árabes nos atraparon. Conocimos / los caballos muertos. Descubrimos el café, / cómo debe tomarse caliente, descalzo / en Canadá. Y la música inmortal de Chopin». Ashbery utiliza en este volumen y en sus poemas de esa época un procedimiento afín con la escritura automática, término mencionado o sugerido por él y que más tarde él mismo rechazaría como inapropiado.
De vuelta en su país publicó Rivers and Mountains (‘Ríos y montañas’, 1966), y El doble sueño de la primavera (1970). El título del segundo es un homenaje al pintor Giorgio de Chirico, a quien él admiraba, y corresponde a uno de sus cuadros. En ambos se aprecia una vuelta a elementos líricos discursivos más familiares para el lector en general. Como el poema «Rivers and mountains», que da título al volumen, a lo largo de sus ochenta y cinco versos, en los que apenas hay signos de puntuación, se ofrece de forma fragmentaria el entorno natural, montañas, valles, ríos, árboles, viñedos, que se entremezclan con alusiones a sus moradores, animales, hombres y pájaros, a las ciudades y la actividad de sus habitantes, que completan ese paisaje, y todo ello insertado dentro de un siniestro plan o propósito imaginario que sirve de contexto al fluir de sus versos:
Los pájaros sobrevolaban
siéntate —no había otra cosa que hacer.
No confundas su silencio con orgullo o fortaleza
o la cascada con un puerto
lleno de barcos que está ahí
operando para millares de personas
Ashbery vuelve al experimentalismo más puro con Tres poemas (1972), poema en el que predomina la prosa, intercalada de elementos líricos, y que se considera uno de sus volúmenes más difíciles. Como indica el título, lo componen tres largos poemas: «Nuevo espíritu», «Sistema» y «Recital»; en los dos primeros se sucede una lucha entre opuestos, como lo viejo y lo nuevo, presente y futuro, amor físico y espiritual, que encuentran su resolución final en el tercero de los poemas. En «Sistema», su autor introduce la dimensión histórica personal, coincidente con el momento de realización del poema, realizando una referencia a la guerra del Vietnam y a la necesidad cultural y religiosa que propone de rebelarse contra la misma en pro de una filosofía de vida y amor.
Sin duda, el reconocimiento público de Ashbery como uno de los grandes poetas americanos contemporáneos, lo alcanzó en 1975, a raíz de la publicación de Autorretrato en espejo convexo. El título del volumen es un homenaje al cuadro del pintor manierista del Renacimiento Francesco Parmigianino (1524). Menos experimental que los anteriores, contiene temas como el paso del tiempo y, algo que tiene en común con los otros poetas de la escuela de Nueva York, la relación entre el arte y la vida. El mensaje que quiere transmitir es el de la importancia del conocimiento completo de uno mismo, incluso si a este no podemos llegar sin la ayuda externa, de la gente que nos rodea, que a veces distorsiona, como hizo Parmigianino, nuestra propia imagen. Este conocimiento puede venirnos del quehacer diario y del entorno físico, como expresa en «Mientras venías de Tierra Santa», un poema de cuarenta y siete versos de diversa factura, divididos en tres estrofas sin signos de puntuación, que van fluyendo a impulsos, sin sincronizar, ofreciendo en los intervalos de sus versos una sucesión de hechos aparentemente anodinos enmarcados en el tiempo. Comienza el poema con una referencia «al oeste del estado de Nueva York», lugar del que él es originario y que se convierte en la «tierra santa» del mismo. He aquí sus últimos cinco versos:
ni aquí ni ayer en el pasado
solo en el intervalo de hoy rellenándose él mismo
mientras el vacío se distribuye
con la idea de que el tiempo existe
cuando ese tiempo es ya pasado
A pesar de su reconocimiento público, Ashbery ha sido y es considerado por muchos como un poeta difícil y controvertido, algo de lo que él mismo es consciente. Así lo refleja en un artículo que escribió sobre su compatriota Elizabeth Bishop (1911-1979), cuya poesía admiraba, publicado en su Selected Prose (‘Prosa escogida’). En el mismo comenta sobre sí que había sido descrito como «un disparatado surrealista local cuya poesía desafía incluso las reglas y lógica del surrealismo». Sin embargo, incluso en sus poemas más experimentales, intenta «mantener significación junto al ritmo del azar», aunque a veces lo hace ofreciendo varios contextos y saltando de una reflexión a otra. Ocasionalmente en sus poemas aparecen frases que él toma de las más diversas fuentes escritas, como revistas y periódicos, o de sus lecturas en general. Va insertándolas dentro de sus poemas sin ofrecer explicación alguna por su parte, o que estas tengan una aparente conexión lógica para el lector; se trataría de algo que brota esporádicamente, fruto de su propia atracción por la inspiración repentina que surge de sus lecturas.
De su amistad con los otros poetas de la escuela de Nueva York destaca su gusto por temas relacionados con el arte, el color, y la utilización de los poemas como una forma de comunicación entre ellos. Gracias a la correspondencia entre los componentes de este grupo, que solían intercambiar sus poemas por medio de cartas, se han podido recuperar y publicar poemas que se habrían perdido. Este es el caso de O’Hara, que murió trágicamente en un accidente, en 1966, que trabajaba en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, MoMA, y que, junto a Ashbery, fue editor asociado de la revista ARTnews. En algunos casos este intercambio se trataba de secuencias de poemas entre los cuatro componentes de la escuela de Nueva York que eran realizados en colaboración.
También ha sido relacionado Ashbery con L=A=N=G=U=A=G=E, aunque en este caso, más por ser un referente o una ascendencia en su forma de hacer poesía para los poetas que aparecían en sus páginas, que por considerársele uno de los poetas asociados a este movimiento, en particular por sus poemas más experimentales, El juramento de la pista de frontón y Tres poemas. En realidad, L=A=N=G=U=A=G=E es el título de una revista que dejó de publicarse en 1984, después de cuatro años, y que junto con otras dos, This y Roof, publicaban poemas y ensayos sobre poesía. Los poetas agrupados bajo esta denominación, muy prolíficos en el campo de la teoría y la práctica poética, surgen a final de los años setenta y los ochenta en San Francisco y Nueva York, y se preocupan por el método de hacer poesía, su teoría, concediendo especial importancia a la indeterminación del significado y la importancia del medio, la lengua escrita.
La temática de los poemas de Ashbery abarca las más diversas cuestiones, coincidiendo con diversas etapas de su vida, tal y como queda recogido en sus volúmenes. Predominan, junto a los relacionados con el mundo del arte y la vida, temas como la inseguridad de la existencia, las dudas que provocan la convivencia íntima, y el transcurso del tiempo, que le lleva a plantearse la estabilidad del propio yo. Ofrece meditaciones sobre una realidad siempre cambiante, que él presenta como si se tratase de sueños, utilizando asociaciones personales y respuestas sensoriales, para lo que no hay que pretender encontrar un argumento coherente.
Su estilo es inimitable, irónico, poseedor de un lirismo seductor que en muchos casos resulta opaco, al faltar una secuencia temática o sintáctica lógica, algo que, sin embargo, ha provocado la atracción de muchos imitadores. Desafiando con sus poemas la lógica convencional, provoca que el lector no preparado, que sigue las teorías convencionales de poesía, lo encuentre difícil de entender. Se ha destacado de él la habilidad para mantener su homosexualidad al margen de su actividad poética, o el saber referirla con naturalidad y sin ruido, algo que ya hicieron Auden y Elisabeth Bishop, poetas a los que admiraba, especialmente durante los años en los que imperaba el conservadurismo del senador McCarthy, que en lo político dominaba su paranoia anticomunista y que también alcanzaba las más diversas esferas del comportamiento social.
La lista de poetas con los que se le ha asociado es bastante extensa; a varios de ellos ya se les ha mencionado. Solo habría que añadir los nombres de Gertrude Stein y John Cage. Importa sobre Gertrude Stein señalar la ascendencia que tuvo en él su concepto de literatura cubista, de acuerdo con el cual, fruto del análisis multidimensional del contenido de un texto dado, el significado adquiere una dimensión más enriquecedora. Al hablar de lo evocativo de sus imágenes y la musicalidad de sus poemas hay que indicar que Ashbery incorpora en sus poemas elementos musicales que surgen como un fiel reflejo de hechos cotidianos y de la gente ordinaria. Coincidiendo así, como apuntan la crítica, con el compositor John Cage, asociado con los poetas Black Mountains, también de Nueva York, a quien le gustaba indagar en el aparente caos significativo de algunos poemas de Ashbery, como también lo ha hecho, según propia afirmación, con la última obra de James Joyce, Finnegans Wake; Cage ha utilizado a ambos autores como fuente de inspiración en sus composiciones musicales.
Para terminar, debo referirme a uno de sus últimos volúmenes, Por dónde vagaré (2005), que contiene una recopilación de sus poemas, muchos ya publicados en diversas revistas especializadas. Su variada temática está dominada por un toque personal casi íntimo, que consigue que todo el volumen pueda considerarse un mosaico de vivencias cotidianas, cercanas al lector actual, en las que puede reconocerse con frecuencia. Los elementos que podrían considerarse menos cotidianos o exóticos, como las referencias a otras culturas, modos de vida y países que aparecen en este volumen, añaden un componente que no resulta del todo extraño al lector actual que se siente inmerso en el contexto de la aldea global, y que lo hacen más atractivo. Son como un homenaje a ese mestizaje predominante en Nueva York y en tantas grandes ciudades occidentales, a la vez que nos recuerda uno de los temas predominantes en su poesía: la atracción por los viajes. La amplitud y variedad de su producción poética, la evolución de su estilo, unido a lo variopinto de su temática y las interpretaciones que han provocado, así como la intensidad de sus vivencias, la riqueza de los momentos vividos fruto de su larga e intensa existencia, que Ashbery refleja en el conjunto de su poesía, queda en parte reflejado en el poema publicado en este volumen, «En aquellos días», cuyos primeros y últimos versos se ofrecen a continuación como colofón:
Música, comida, sexo y sus acompañantes
tropos como un muro de luz en la puerta
una vez salpicada de carcajadas
...
Tengo que irme, incluso si es solo el sarcasmo
del habla lo que se pierde, mientras su bendito
sentido se desangra,
abierto a todo tipo de interpretaciones.
Bibliografía
David Shapiro, Ashbery: An Introduction to His Poetry, Nueva York, Columbia University Press, 1979; Geoff Ward (ed.), Statues of Liberty: The New York School of Poetry, 2.ª ed., Nueva York, Palgrave Macmillan, 1993; John Shoptaw, On the Outside Looking Out: John Ashbery’s Poetry, Cambridge, Harvard University Press, 1994; Mutlu Konuk Blasing, Politics and Form in Postmodern Poetry: O’Hara, Bishop, Ashbery, and Merrill, Nueva York, Cambridge University Press, 1995; Susan M. Schultz (ed.), The Tribe of John: Ashbery and Contemporary Poetry, Tuscaloosa, University of Alabama Press, 1995; David Lehman, The Last Avant-Garde: The Making of the New York School of Poets, Nueva York, Doubleday, 1998; David Herd, John Ashbery and American Poetry: Fit to Cope with Our Occasions, Manchester, Manchester University Press, 2000; Andrew DuBois, Ashbery’s Forms of Attention, Tuscaloosa, University of Alabama Press, 2006.
W. H. AUDEN
por
CARMELO MEDINA
En los desiertos del corazón
Deja brotar la fuente sanadora,
En la prisión de sus días
Enseña al hombre libre como alabar.
(«In memory of W. B. Yeats»,
[‘En memoria de W. B. Yeats’], 1939)
Wystan Hugh Auden (York, 1907-Viena, 1973) fue el tercero de tres hermanos; con solo un año sus padres, él médico y ella enfermera, se trasladaron a Birmingham. Mantuvo buena relación con su padre y su madre, la cual, de espíritu religioso, le inculcó la atracción por la música, interpretando a veces juntos canciones al piano. Como sus hermanos mayores, desde los ocho años estuvo en internados, volviendo a su casa solo en vacaciones. De estos años recuerda sus visitas a los páramos y los montes Peninos, en el norte de Inglaterra, así como las minas de plomo y la industria derivada, que evocó en su poema «Amor Loci» y que le hicieron interesarse por los estudios de geología. A los quince años le sugieren escribir poesía y un año después, con solo dieciséis años, publicó sus primeros poemas en el periódico de su colegio, Gresham’s School, en Holt, Norfolk. En 1925 comenzó Biología en Oxford, en Christ Church, estudios que dejó al acabar el primer año por los de Literatura.
En Oxford conoció e hizo amistad con Cecil Day Lewis, Louis MacNeice y Stephen Spender, poetas que compartían una preocupación social común motivada por la crisis económica e ideológica dominante en Europa durante esos años. Era el período entre las dos guerras mundiales. En lo político, el fascismo se imponía en Italia, donde gobernaban desde 1922, avanzando en otros países europeos como Francia; en Inglaterra, Oswald Mosley fundó la British Union of Fascists, y en Alemania, Hitler era nombrado canciller en 1933. En lo social se sucedieron la depresión económica, la huelga general de 1926 y el colapso de la Bolsa de Nueva York en 1929. Estos hechos afectaron a todas las economías occidentales y al Reino Unido en particular; numerosas fábricas se cerraron y cientos de miles de trabajadores quedaron sin trabajo en todo el país, teniendo lugar las conocidas hunger marches («marchas de hambrientos»). La poesía de Auden y de los tres poetas mencionados se vio afectada por este período de crisis generalizada, como también lo sería la temática de toda la producción literaria de esos años. Sin embargo, a pesar de que estos poetas han sido con frecuencia identificados como «el grupo de Auden», en reconocimiento a la preeminencia de este autor, no puede hablarse de que constituyeran un grupo establecido ya que cada uno seguiría su propio camino. En opinión del propio Auden:
Desde un punto de vista literario, la costumbre periodística de unir los nombres de Auden, Day Lewis, MacNeice y Spender siempre ha sido y es un absurdo. Incluso si, según parece, existe una preocupación común —digamos que política—, nuestra aproximación a la misma, nuestras sensibilidades y nuestras técnicas fueron siempre diferentes.
Asimismo, mantuvo una intensa amistad con Christopher Isherwood, a quien ya conoció en la escuela primaria y que reencontró en Oxford; juntos escribieron varias obras. Al acabar sus estudios en Oxford, en 1928, Auden se marchó nueve meses a Berlín, ciudad que gozaba de unos años de gran dinamismo cultural; después continuaría viajando a Alemania para visitar a Isherwood. Esta estancia le ayudó a imbuirse en la cultura alemana y a conocer mejor el pensamiento de Sigmund Freud, cuya influencia puede percibirse tanto en su obra poética como en la evolución de su pensamiento; estando en América le dedicó el poema «In memory of Sigmund Freud» (‘En memoria de Sigmund Freud’). También recibiría influencias del dramaturgo Bertolt Brecht, con quien incluso colaboró en una adaptación de La duquesa de Malfi, escrita en 1623 por el dramaturgo inglés John Webster. De vuelta en su país comenzó a trabajar como profesor en centros de enseñanza no universitaria de Escocia e Inglaterra, desde 1930 a 1935, actividad de la que él conservó un grato recuerdo y en la que era y se sintió apreciado.
Si algo hay que destacar de la producción literaria y poética en particular de Auden, es una actitud proteica en su aproximación a los hechos que le rodeaban. Podemos distinguir dos claros períodos en su obra: antes y después de abandonar su país y establecerse en Estados Unidos a comienzos de 1939; decisión que fue muy criticada en los círculos literarios de su país, llegando a considerarlo un acto de cobardía en un momento en el que estaba a punto de comenzar la Segunda Guerra Mundial. Durante su estancia en América adoptará un tono más personal en la temática de su poesía, desmarcándose así del compromiso social que había mantenido en su país y llegando a corregir algunos de los poemas más comprometidos de la época anterior e incluso a eliminarlos de su canon poético.
Antes de comenzar con su importante producción poética conviene hacer una breve incursión en otros campos de su actividad literaria. Como dramaturgo, escribió tres obras junto con Isherwood entre 1935 y 1939; también colaboró en la puesta en escena de varias obras con el Group Theater. Además, escribió numerosos ensayos y reseñas sobre los más variados temas. El mismo año de su muerte se publicó una recopilación, Prólogos y epílogos. También escribió libretos de óperas, como Paul Bunyan, en 1941, para Benjamin Britten y, en colaboración con Chester Kallman, para los compositores Igor Stravinsky, Werner Henze y Nicolas Nabokov. Cuando dejó su trabajo como profesor colaboró con una productora cinematográfica y escribió el texto de un documental, Night Mail (‘Correo nocturno’). A Auden, como a muchos otros escritores de esos años, le interesaba el cine por las posibilidades que ofrecía para experimentar nuevas técnicas narrativas. No obstante, junto con otros escritores de izquierda, criticaba que el potencial educativo que el cine ofrecía como medio de educar a las masas a quienes va dirigido era dejado en manos del capitalismo. La experiencia de Auden con este medio no fue satisfactoria.
Una reedición en 1994 de los poemas que escribió Auden entre 1922 y 1928, Juvenalia, ha puesto de relieve cómo desde sus comienzos mostraba una excelente técnica y dominio del medio poético. La primera edición significativa de sus poemas fue Poems (‘Poemas’, 1930), en Faber and Faber, avalada por T. S. Eliot. Una edición revisada aparecerá en 1932, año en el que publicó The Orators: An English Study (‘Los oradores: un estudio inglés’), en el que compagina el verso y la prosa. En ellos, además de poesía amorosa, hay una crítica a la clase dirigente y un cierto aire revolucionario, envuelto en un lenguaje que puede resultar algo contradictorio ya que compagina lo coloquial y lo arcaico, trivial y distinguido, y que adolecían de cierta oscuridad. Auden era consciente de ello y en Los oradores quiso publicar una introducción justificándola, cosa que no hizo a petición de Eliot. A partir de esos años se convertiría en un referente poético a escala nacional y líder del grupo de poetas de izquierdas de los años treinta. En los años siguientes, su atención se dirigió al teatro, como ya se ha apuntado.
Su siguiente volumen de poesía será Look Stranger! (‘¡Mira desconocido!’, 1936), que dedicó a Erika Mann, hija del novelista alemán Thomas Mann, con quien, a pesar de su homosexualidad, había contraído matrimonio en 1935 para facilitarle un pasaporte inglés con el que pudiera evitar la persecución nazi. Este volumen, que se publicó en América con el título On this Island (‘En esta isla’), contiene treinta y un poemas sobre la naturaleza del amor y sobre el amor erótico. Auden va evolucionando hacia la temática social utilizando una mayor claridad y simplificación para facilitar su comprensión. A este respecto cabe señalar que tanto él como el grupo de poetas de Oxford ya mencionado intentaban una poesía más cercana al lector y criticaban la oscuridad de los poetas modernistas, porque consideraban que era una poesía elitista. En 1936 viajó a Islandia con Louis MacNeice. Fruto de este viaje es el volumen en versos y prosa Cartas de Islandia (1937), que incluye el poema autobiográfico «Carta a Lord Byron», en el que rechaza la autonomía del arte y la superioridad del artista que defendían los románticos y los modernistas.
En enero de 1937, Auden fue a España en solidaridad con la lucha contra el fascismo y con la intención de colaborar conduciendo una ambulancia. Estuvo poco tiempo, siete semanas, y su experiencia fue desilusionadora. No obstante, de vuelta a su país, escribió su poema más importante de compromiso y acción política de izquierdas, «Spain 1937» (‘España, 1937’), con sus veintiséis estrofas y ciento cuatro versos, apareció publicado de forma individual cediendo los derechos de su venta a Medical Aid for Spain. Su mensaje más controvertido es el de «la necesidad de matar» para mantener la revolución, que aparece en los versos 93 y 94: «Hoy el incremento deliberado en las probabilidades de muerte / la aceptación consciente de la culpa en la necesidad de matar». Un concepto que Auden ya había defendido en un informe previo sobre la guerra, «Impressions of Valencia» (‘Impresiones de Valencia’), publicado en enero de 1937. He aquí los versos 89 a 92, estrofa 23, y 101 a 104, los cuatro últimos del poema, estrofa 26:
Mañana para los jóvenes poetas que explotan como bombas,
los paseos junto al lago, el invierno en perfecta comunión;
mañana las carreras de bicicletas
por los suburbios en las tardes de verano. Pero hoy la lucha.
[...]
Las estrellas están muertas. Los animales no mirarán.
Nos han dejado solos con nuestros días y el tiempo es breve, y
la Historia a los derrotados
puede decir ¡ay de mí! pero no puede ni ayudar ni perdonar.
Este poema será revisado por Auden, que, en un primer momento, eliminó los elementos más controvertidos; más adelante lo eliminaría de su canon poético y dejó de publicarlo (la versión de 1940, que es la que normalmente aparece en las antologías, contiene solo 92 versos y 23 estrofas). También eliminó de su canon otros poemas suyos de implicación política, como «September 1, 1939» (‘1 de septiembre de 1939’), escrito con motivo del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, y que él justificó porque correspondían a una «década deshonesta». Se ha dicho que «Spain» evita una clara implicación en defensa del gobierno republicano, algo que Auden ya había hecho en el conocido documento «Authors Take Sides» (‘Los autores toman partido’), un cuestionario realizado para expresar la opinión de los escritores sobre la guerra en España y que fue contestado por numerosos escritores. En él su respuesta es nítida a favor del gobierno republicano, e insiste en lo que era una decisión moral de los años treinta, la lucha entre fascismo y sus oponentes en Europa, «una victoria fascista en España crearía una atmósfera en la que el artista y todo aquel que se preocupa por la justicia, la libertad y la cultura encontraría difícil trabajar e incluso existir».
En noviembre de 1937, considerado ya como uno de los máximos exponentes de la poesía de aquellos años, la revista New Verse le dedicó un número doble para celebrar el treinta aniversario de su nacimiento. En 1938, junto con Isherwood, recibe el encargo de escribir un libro sobre China de las editoriales Random House de Nueva York y Faber and Faber de Londres; ambos viajaron a este país coincidiendo con el comienzo de la guerra chino-japonesa. Fruto de siete meses en la zona fue Viaje a una guerra (1939), un libro en prosa con una secuencia de versos al final. En una segunda edición, revisada en 1973, ambos ofrecen unas breves consideraciones, second thoughts, que Auden desglosaba en literarias y políticas, sobre su contenido más acorde con su distanciamiento político. Destaca al final del libro una excelente secuencia de veinte sonetos, «En tiempo de guerra», seguida de un comentario a sus versos que pueden aplicarse a cualquier guerra: «Piensa en este año qué le gustó más a los bailarines / cuando Austria murió, cuando China fue abandonada / Shangai en llamas y Teruel retomada». De vuelta a su país, realizaron una breve estancia en Nueva York; unos meses después volverían a Estados Unidos para establecerse, adquiriendo la nacionalidad americana en 1946.
Dos días después de su llegada a América murió W. B. Yeats; a él dedicó como tributo uno de sus mejores poemas, que comienza: «Tierra recibe a un ilustre huésped: / William Yeats se entrega para descansar», en el que Auden, a lo largo de sus sesenta y cinco versos, divididos en tres partes de distinta longitud, se refiere a Yeats pero también se refleja a sí mismo como poeta. Muestra su posición respecto a la implicación política del poeta: «La loca Irlanda te lastimó en la poesía», y advierte que «la poesía no hace que suceda nada»; en su última estrofa, que se ofrece encabezando este estudio, Auden reflexiona sobre el poder terapéutico de la poesía. Era el anuncio de una nueva etapa en la vida de Auden, lejos de su implicación política anterior, en la que continuaría escribiendo excelentes poemas. Pronto se le ofrecieron puestos de responsabilidad en universidades americanas; en Yale dirigió la serie Yale Younger Poets, irradiando su influencia entre los jóvenes poetas americanos y publicando los primeros volúmenes de algunos de los que se convertirían en famosos poetas, como John Ashbery.
A los pocos meses de estancia en Nueva York conocería a Chester Kallman, un joven con el que permanecería unido el resto de su vida, tanto en Nueva York como posteriormente en sus estancias en Europa. Su primer volumen, publicado en América, fue Otro tiempo (1940), que contiene cincuenta poemas, entre ellos algunos de sus más celebrados sobre arte y artistas, además de la elegía a Freud y sus poemas eróticos que habían surgido influidos por su encuentro con Kallman, como «Canción de cuna», con cuarenta versos, que comienza con «Reposa tu cabeza dormida, amor mío». En este volumen los poemas transmiten optimismo y un tono más directo y personal.
A partir de este momento aparece en Auden una dimensión más religiosa, de carácter existencial, en la línea del filósofo danés Sören Kierkegaard. Fue una vuelta al anglocatolicismo de sus padres, cuyo gusto por lo ritual y sus manifestaciones externas tienen gran similitud con el catolicismo; este fue el grupo protestante también elegido por T. S. Eliot en su conversión. Su renacido interés por lo religioso queda reflejado en el volumen The Double Man (‘El hombre doble’, 1941). En su siguiente volumen, For the Time Being (‘Por ahora’, 1944), contiene los largos poemas: «El mar y el espejo: comentario a La tempestad de Shakespeare» y «For the Time Being: A Christmas Oratorio» (‘Por ahora: un oratorio navideño’), dedicado a la muerte de su madre. Le siguió The Age of Anxiety (‘Tiempo de ansiedad’, 1947), volumen dedicado a John Betjeman y que le valió el Premio Pulitzer. Es un largo poema, definido como joyceano por la utilización del monólogo interior, que trata del hombre moderno representado en cuatro personajes de diferentes edades, profesiones y orígenes, que se encuentran durante la guerra en un bar de Nueva York. En estos años Auden realiza un primer intento de establecer el canon de su poesía con The Collected Poetry of W. H. Auden (‘Poesía escogida de W. H. Auden’, 1945), que contiene poemas revisados. A algunos les cambia el título y otros simplemente no los publica; algo que volvió a realizar en sus Collected Shorter Poems, 1927-1957 (‘Selección de poemas breves, 1927-1957’).
Desde 1947 y hasta el final de su vida, Auden gozará de unos años de creatividad y reconocimiento público: en 1953 recibirá el Bollingen Prize, el año siguiente fue elegido miembro de la Academia Americana de las Artes y las Letras, y en diferentes países europeos también recibirá prestigiosos premios. Durante este cuarto de siglo hay que destacar sus estancias en la isla italiana de Isquia, en la bahía de Nápoles, y posteriormente en Kirchstetten, cerca de Viena; asimismo cabe mencionar los cinco años como profesor de poesía en Oxford, 1956-1961. Fueron unos años de gran actividad poética, en los que encontramos un renovado interés por la naturaleza, la utilización de un estilo coloquial y un tono relajado. Comenzó con la publicación de Nones (‘Ningunos’, 1951), que contiene el conocido poema en ritmo silábico «In Praise of Limestone» (‘Alabanza de la piedra caliza’), de noventa y tres versos, uno de los poemas favoritos de Auden en el que destaca el tema de la individualidad y que comienza así: «Si forma el paisaje del que nosotros, los inconstantes / estamos nostálgicos, es primordialmente / porque se disuelve con el agua». Con The Shield of Achilles (‘El escudo de Aquiles’, 1955), recibió el National Book Award, e incluye la secuencia de siete poemas de Viernes Santo, «Horae Canonicae», que se refieren a las horas específicas de rezo de los monjes, además de «Bucolics» (‘Bucólicas’) sobre la relación entre el hombre y la naturaleza, a los que siguen otros poemas como «The Shield of Achilles»; en él se hace una alegoría de la cultura de la violencia en el mundo occidental, utilizando el escudo hecho para Aquiles por el dios Hefestos, en el que puede verse reflejadas diferentes escenas. De sus sesenta y siete versos y nueve estrofas, se ofrece la estrofa séptima, versos 45 al 52, en los que aparece Tetis, la madre de Aquiles:
Ella miró sobre sus hombros
para ver atletas practicando sus juegos,
hombres y mujeres danzando
moviendo sus dulces extremidades
rápido, rápido al son de la música,
pero allí en el escudo brillante
sus manos no habían preparado ninguna pista de baile
sino un campo ahogado en malas hierbas.
De sus últimos volúmenes destacamos: Homage to Clio (‘Homenaje a Clío’, 1960), About the House (‘Sobre la casa’, 1965), con poemas dedicados a cada una de las habitaciones de su nueva casa en Austria; City Without Walls (‘Ciudad sin muros’, 1970); Epistle to a Godson (‘Epístola a un ahijado’, 1972), y el volumen póstumo, Gracias, niebla (1974), traducido al español en 2000. La crítica no ha sido unánime en la valoración de los poemas de esta última época, aunque contiene poemas de gran calidad, en los que utiliza nuevos estilos y un lenguaje más directo. Los temas de la muerte y de la edad son más frecuentes, siendo tratados con una actitud que evita el sentimentalismo. Asimismo, es frecuente la utilización que hace del haiku japonés que, con su concisión, le permitía expresar mejor sus imágenes y sentimientos.
Auden fue un hombre de su tiempo, que vivió con intensidad algunos de los años más decisivos en la historia del mundo moderno. En poesía combinó diferentes temas y estilos, armonizándolos, utilizando gran variedad de formas en sus poemas, tradicionales y no; revitalizó la balada y el soneto, y utilizó un lenguaje de gran riqueza, coloquial y elegante a la vez. Se implicó sucesivamente en lo social y lo político, lo individual y lo religioso, las relaciones interpersonales y su amor por la naturaleza. A pesar del desencuentro con su país de origen, motivado por su establecimiento en América en unas fechas difíciles, el Reino Unido le tributó un sentido homenaje el 21 de febrero de 2007, con motivo del centenario de su nacimiento, reconociéndole su estatus como uno de los grandes poetas ingleses del siglo XX.
Bibliografía
Stephen Spender, W. H. Auden: A Tribute, Nueva York, Macmillan, 1975; Samuel Hynes, The Auden Generation. Literature and Politics in England in the 1930s, Londres, Bodley Head, 1976; Humphrey Carpenter, W. H. Auden: A Biography, Boston, Houghton Mifflin, 1981; Edward Mendelson, Early Auden, Nueva York, Viking Press, 1981; Ronald Carter, Thirties Poets: ‘The Auden Group’, Londres, Macmillan, 1984; Alan Ansen (1990), Charlas con W. H. Auden, Valencia, Institució Alfons el Magnànim, 1993; Richard Davenport-Hines, Auden, Londres, Heinemann, 1995; John Fuller, W. H. Auden: A Commentary, Princeton, Princeton University Press, 1998; Edward Mendelson, Later Auden, Nueva York, Farrar, Strauss and Giroux, 1999; Stan Smith (ed.), The Cambridge Companion to W. H. Auden, Cambridge, Cambridge University Press, 2005.
PAUL AUSTER
por
MANUEL BRITO
Mucho más tarde, cuando pudo pensar
en las cosas que le sucedieron, llegaría
a la conclusión de que nada era real excepto el azar.
(Ciudad de cristal, 1985)
Paul Auster (Newark, Nueva Jersey, 1947) es sin lugar a dudas uno de los novelistas norteamericanos más significativos de cuantos han surgido en los últimos treinta años. Su extensa obra narrativa se complementa con libros de poesía, obras de teatro, colecciones de ensayos, guiones cinematográficos y traducciones de escritores franceses. También ha dirigido cuatro películas, la última de ellas en el año 2007 con el título de La vida interior de Martin Frost, en la que, entre otras curiosidades, participa como actriz su propia hija, Sophie Auster. La faceta cinematográfica de Auster ha contribuido a incrementar su popularidad y ha logrado reunir un grupo cada vez mayor de adeptos fieles a sus novelas en todo el mundo. De hecho, sus libros han sido traducidos a más de quince idiomas. Es justo reconocer que Auster posee una creatividad abrumadora que le ha proporcionado gran variedad de tramas y formas que luego desarrolla en sus novelas. Esta habilidad lo ha convertido en un autor de culto, pero, al mismo tiempo, en un autor popular.
Nacido en el seno de una familia judía de clase media, su padre era el propietario de un negocio familiar de alquiler de apartamentos y tenía una posición económica acomodada. Sin embargo, en el hogar de los Auster no reinaba la armonía, pues el matrimonio de sus padres no era feliz. Paul Auster creció en los barrios de South Orange y Maplewood de Newark. Ya en su época de adolescente se sentía como «un emigrante interno, un exiliado en su propia casa», como nos cuenta en su libro de memorias A salto de mata (1997). La dinámica familiar marcada por el distanciamiento y divorcio de sus padres cuando él tenía alrededor de diecisiete años y los problemas psicológicos de una hermana tres años más joven, provocaron en el joven Auster ese sentimiento de soledad dentro del hogar. El viaje de su tío Allen Mandelbaum a Europa dejándole varias cajas llenas de libros fue un acontecimiento decisivo en su adolescencia, ya que comenzó a devorar toda esa literatura, conociendo por primera vez un universo inmenso de realidades imaginadas que provocaron el deseo de convertirse él mismo en forjador de historias. Su interés por la literatura se gestó en esos años y tras terminar la enseñanza secundaria en el Instituto de Maplewood realizó su primer viaje a Europa, visitando España, Italia, Francia e Irlanda. Fue por entonces cuando comenzó a gestar su primera novela.
Al volver de Europa se matriculó en la Universidad de Columbia de la ciudad de Nueva York, que le ofreció la posibilidad de pasar un año en París como parte del programa de estudios en el extranjero. Pero desilusionado por la rutina del programa académico abandonó la universidad y vivió en un pequeño hotel de la rue Clément en París. Al volver a Estados Unidos, un decano indulgente lo restituyó en la Universidad de Columbia, donde se licenció en 1970. Los siguientes cuatro años los pasó en París. Sus estancias en esta ciudad le ayudarían a ganarse la vida durante una temporada como traductor de escritores franceses, entre ellos Stéphane Mallarmé y Joseph Joubert.
El 6 de octubre de 1974 Paul Auster se casó con la también escritora Lydia Davis. En Why Write? (‘¿Por qué escribir?’, 1996), Auster nos cuenta la anécdota que ocurrió ese día al recibir una llamada del poeta Charles Reznikoff en su apartamento justo momentos antes de que empezaran a llegar los invitados a la ceremonia. A Auster le habían encargado un artículo para conmemorar el octogésimo cumpleaños de Reznikoff, y se lo había enviado por correo sin advertir que el anciano escritor vivía bastante cerca de su casa. Pasaron varias semanas sin tener noticias del poeta y cuando por fin se puso en contacto con él fue precisamente en la mañana de su boda. A Reznikoff todo esto le pareció muy gracioso y a partir de ahí entablaron una amistad cordial. Entre otras cosas, a Reznikoff le gustaba mucho contar historias y la manera en que Auster lo describe como «relator» ilustra de alguna manera el estilo que el propio Auster desarrollaría posteriormente: «Tenía la paciencia necesaria para contar una buena historia —y la habilidad de saborear hasta el último detalle que aparecía en el camino. Lo que en principio parecía una interminable serie de digresiones [...], al final se convertía en la construcción elaborada y sistemática de un círculo». Efectivamente, la prosa narrativa de Auster se caracteriza también por una tendencia similar a las digresiones, aparentemente inconexas, que al final cobran sentido global dentro de la historia.
Su matrimonio acabaría en 1978 tras el nacimiento de su hijo Daniel el año anterior. Otro hecho importante en esta década fue la muerte de su padre, acaecida en 1979, lo que le supuso heredar lo suficiente para no tener que preocuparse por pagar el alquiler y, por ende, para dedicarse plenamente a la escritura. Además de este beneficio económico, el fallecimiento de su padre impulsó a Auster a escribir La invención de la soledad (1980), una reconstrucción de la figura de su padre antes de que sus recuerdos se desvanecieran. La primera parte de este libro se titula significativamente «Retrato de un hombre invisible», en alusión a la ausencia del padre en su vida y para quien nunca contó en absoluto, incluso cuando todavía vivían juntos. Aunque este libro no es una novela, Auster ha reconocido que fue el «catalizador que puso en marcha toda (su) carrera como novelista».
En febrero de 1981, Auster conoció durante un recital de poesía en Nueva York a la que sería su segunda esposa: Siri Hustvedt. Se casaron ese mismo año y tienen una hija en común, Sophie. La década de los ochenta fue muy fructífera y positiva para Auster, tanto a nivel privado como profesional. A la felicidad personal junto a su nueva esposa se le unió la publicación de una obra fundamental en su trayectoria. Se trata de La trilogía de Nueva York, que sigue siendo la obra más conocida y leída de este escritor. Está compuesta por tres novelas que publicó originalmente por separado: Ciudad de cristal (1985), Fantasmas (1986) y La habitación cerrada (1986). Sobre esta trilogía descansa la calificación de Auster como autor posmodernista, que muchos críticos le han atribuido. Y, desde luego, un análisis de los tres textos revela varias similitudes con esta tendencia narrativa que surgió en la década de los sesenta en Estados Unidos en las figuras de Donald Barthelme, Thomas Pynchon o John Barth. Auster participa de la filosofía posmodernista que implica, entre otras cosas, un lenguaje que nos llena de dudas sobre sus propias capacidades comunicativas y, paralelamente, un sujeto siempre al borde del abismo ontológico, que no sabe quién es ni cómo llegar a conocerse. Una de las ideas más influyentes dentro del posmodernismo literario es la muerte del autor formulada por Roland Barthes y que desbanca al autor de la posición central que tenía en la narrativa realista como único artífice de la obra, y pone el énfasis en el texto mismo. Como consecuencia, los escritores posmodernistas ponen en práctica una serie de técnicas como la metaficción, la autorreflexión, la parodia, el absurdo o la intertextualidad, que subvierten las pretensiones del realismo literario y ponen al descubierto la materialidad del texto. En este sentido, la novela posmodernista nos sugiere que las historias se remiten a sí mismas y son, por tanto, autosuficientes. Precisamente, en Ciudad de cristal encontramos algunas de estas ideas de una forma más o menos evidente. Quinn, el protagonista, es un escritor de novelas de misterio que escribe bajo el seudónimo de William Wilson (personaje original de Edgar A. Poe) y que inventa un narrador para esas novelas llamado Max Work. Quinn se va alejando cada vez más de William Wilson y se acerca más al narrador, mostrando una confusión de identidades que se radicalizará con la asunción por parte de Quinn de la identidad de Paul Auster. Además de ser el autor, Paul Auster será un personaje a quien Quinn conocerá más tarde en la novela. Esta situación confusa hace reflexionar sobre la autonomía de las historias y, justamente, se nos dice de Quinn que «lo que le interesaba de las historias que escribía no era su relación con el mundo, sino su relación con otras historias». Por otro lado, Quinn reniega de su propia existencia, y adjudica al narrador inventado por él toda conexión con la realidad: «Hacía mucho tiempo que había dejado de considerarse real. Si seguía viviendo en el mundo era únicamente a distancia, a través de la persona imaginaria de Max Work». En este universo fantástico se han invertido todos los roles: el protagonista pierde consistencia y en su lugar destaca un narrador ideado por el propio protagonista, que, a su vez, pierde su entidad como tal para pasar a ser un Doppelgänger falso del propio autor. Aquí vemos la muerte simbólica no solo del autor, sino también de un concepto de sujeto soberano y racional. Este sujeto está fragmentado, carece de certezas e incluso duda de lo que ve, como se dice Quinn a sí mismo: «Si todo esto está sucediendo realmente debo mantener los ojos abiertos». Esta nueva dimensión narrativa nos alerta sobre el carácter incierto de la realidad y, por tanto, también de la idea del yo, que se desenvuelve ahora por unos vericuetos inestables y desarticulados. Quinn es un protagonista que ha perdido el contacto con su realidad más inmediata, la de su propia identidad y hace observaciones del tipo de: «Mientras deambulaba por la estación, recordó quién se suponía que era». Y, así sucesivamente, Auster va perfilando el personaje de Quinn dejando en entredicho su estatus como protagonista.
En la segunda novela de la trilogía, Fantasmas, un detective privado llamado Azul investiga a un hombre llamado Negro por cuenta de un cliente que se llama Blanco. Al final Negro y Blanco resultan ser la misma persona, un escritor que escribe una historia sobre el hecho de que está siendo investigado por Azul. La identidad insuficiente de los personajes se manifiesta en su nominación como simples colores, sin más prerrogativas. Son, por tanto, fantasmas cuya existencia se pone en cuestión incluso dentro del texto. Y en la tercera entrega de la saga, La habitación cerrada, el protagonista es un escritor que mientras investiga la vida de un escritor desaparecido para redactar su biografía, se encuentra con que va asumiendo paulatinamente la identidad de esa persona. Las tres novelas de la trilogía inciden en la confusión y el azar como elementos que están presentes en la vida de los personajes. Muchas veces las coincidencias y los accidentes destruyen cualquier intento racional de regular nuestras experiencias cotidianas. De ahí que estas tres novelas se nos presenten como una estructura laberíntica cuyo hilo conductor lleva al lector a desempeñar un rol detectivesco.
Al igual que sus novelas rompen con las convenciones del realismo, también otras obras suyas, entiéndase ensayos por ejemplo, desarticulan nuestras expectativas como lectores. Así, de su libro Why Write?, se podría esperar que explique sus motivaciones para escribir y el sentido que él ve en la escritura. En vez de eso, el libro es una colección de historias que ilustran su práctica literaria y su énfasis una vez más en la importancia de contar historias, sin más. En una entrevista del año 2007 Auster definía sus novelas como «de muchos estratos y con varias historias al mismo tiempo». Eso es realmente lo relevante para él. La capacidad para entretejer diversas historias es lo que cuenta y el concepto de verdad, o de verosimilitud, pasa a un segundo plano, dándole a su narrativa unas connotaciones casi oníricas que nos recuerda la naturaleza imprevisible de la vida.
La década de los noventa supone para Auster el comienzo de su relación con el cine sin abandonar su faceta de escritor. El 25 de diciembre de 1990 Auster publicó «El cuento de Navidad de Auggie Wren» en el periódico The New York Times, una historia que tiene a alguien llamado Paul como narrador y donde de nuevo se ve al Doppelgänger austeriano. Paul es un autor que ha recibido una petición de The New York Times para escribir un cuento de Navidad para la edición matutina del periódico. No se le ocurre nada hasta que le menciona el problema a Auggie Wren, propietario de un quiosco en el barrio donde vive. Wren, que es también fotógrafo, le promete contarle el mejor cuento de Navidad que haya oído nunca si le compra algo para almorzar. Desde hace doce años se ha dedicado a fotografiar la misma esquina durante todas las mañanas y a la misma hora. La historia que Wren le cuenta a Paul es cómo empezó su carrera como fotógrafo pero al final no queda claro si esta historia realmente ocurrió o es una invención del propio Wren quien, a su vez, es una invención de Paul, el narrador protagonista que establece un juego especular con Paul Auster, el autor real. En la conclusión, el narrador nos dice que ha sido engañado por Wren y, por lo tanto, por Paul (es decir, él mismo), pero que lo importante es que «mientras haya alguien que la crea, no hay ninguna historia que no pueda ser verdad». Esta historia sería la base de la película que dirigieron Wayne Wang y Paul Auster con el título de Smoke (1995). En el mismo año también dirigen Blue in the Face, una vuelta de tuerca sobre la primera y donde personas reales como el cantante Lou Reed o el director de cine Jim Jarmusch hacen cameos mientras hablan en el quiosco de Wren. Tres años más tarde será solamente Auster quien dirija Lulu on the Bridge para centrarse, de nuevo, en los enigmas sobre la identidad y conflictos irresolubles de los dos protagonistas. El saxofonista Izzi ha conocido al amor de su vida en la persona de una joven actriz llamada Celia, con la que comparte una serie de acontecimientos misteriosos que complican la trama de la película. Al final, Izzi se despierta del sueño y todo lo ocurrido se revela como una ilusión. Los espectadores observan que el verdadero sentido de la película es que trata sobre la filmación de una película. La autorreflexividad es llevada por Auster al terreno cinematográfico también.
Los años noventa son una época muy prolífica para Auster. En 1992 publicó Leviatán, una novela donde nuevamente desarrolla un juego especular de coincidencias entre el personaje inventado, Peter Aaron (nótese la igualdad de iniciales con Paul Auster) y el propio autor. Aaron es traductor y escritor, como Auster, y su esposa se llama Iris, mientras que la de Auster se llama Siri, que es obviamente «Iris» al revés. Ambos tienen un hijo de un matrimonio anterior y ambos escriben la historia de otro escritor: Aaron la de su amigo Benjamin Sachs y Auster la de Aaron. Otras novelas de esta década son Mr. Vértigo (1994) y Tombuctú (1999), narraciones fantásticas en las que Auster presenta en la primera a Walt, un chico que puede levitar y volar. En la segunda, el protagonista es Mr. Bones (Sr. Huesos), un perro inteligente donde los haya, que no habla inglés pero lo entiende perfectamente y acompaña a su dueño en un viaje desde Brooklyn a Baltimore. En ambas el autor nos ofrece tramas alejadas de situaciones convencionales y nos hace reflexionar una vez más sobre las fronteras entre realidad y ficción, verdad y artificio.
Los primeros años del siglo XXI han visto la publicación de cinco libros por parte de Paul Auster. En 2002 editó Creía que mi padre era Dios, donde el autor llevó a cabo un experimento inusual: invitó a los oyentes de un programa de radio a contar una historia verdadera. De los más de 4.000 relatos que obtuvo como respuesta, Auster escogió 180 y los publicó en esta colección de historias, todas distintas y contadas por gentes de todas las edades, orígenes y clase social. Hay algunas divertidas, como la que relata cómo el perro de un miembro del Ku Klux Klan apareció corriendo por la calle durante el desfile anual del Klan y le arrebató la capucha a su amo mientras la ciudad entera estaba mirando.
El resto de los libros publicados a lo largo de esta década son novelas. Por ejemplo, El libro de las ilusiones (2003), un libro de varios estratos narrativos, según la definición del propio Auster y donde el narrador, después de perder a su mujer e hijo en un accidente, se dedica a beber y ver la televisión hasta que un día proyectan una comedia protagonizada por Hector Mann, estrella del cine mudo desaparecido misteriosamente en los años veinte. Es tal el efecto que esta comedia hace en el protagonista, haciéndole reír y rescatándolo del estado patéticamente decadente en que se encontraba, que decide buscar las películas de Mann, archivadas en una serie de museos de todo el mundo. El protagonista, David Zimmer, llega a obsesionarse tanto con Mann que acaba escribiendo un libro sobre su vida, hasta que un día recibe una llamada telefónica de una mujer diciendo que es la esposa de Hector Mann. Como suele suceder en las novelas de Auster, una serie de azares y casualidades otorgan un final sorprendente y abierto.
De igual manera, en su siguiente novela, La noche del oráculo (2004), Auster nos propone otra ocasión de disfrutar con el mundo de casualidades en que viven los personajes, pero sin tener que buscarle una relación causa-efecto. Sidney Orr es un escritor que se recupera de una enfermedad a la que nadie esperaba que sobreviviese. Compra un cuaderno azul y descubre que puede volver a escribir. Su amigo y también escritor John Trause (nótese que Trause es un anagrama de Auster), le ha hablado de Flitcraft, un personaje fugaz de El halcón maltés (novela publicada por Dashiell Hammett en 1930) que logra eludir la muerte y abandona todo para inventarse otra vida. En la novela que Orr está escribiendo, Flitcraft se ha convertido en Nick Bowen, un joven editor que parte rumbo a Kansas, tras salvarse milagrosamente de la muerte, llevándose el manuscrito de una novela inédita de una escritora famosa en los años veinte y cuyo título precisamente es La noche del oráculo.
En muchas ocasiones, las novelas de Auster están llenas de referencias intertextuales que parecen sugerir que la literatura tiene su más elevado significado en hacer referencia a sí misma. En Ciudad de cristal el escritor de novelas inventado por Quinn se llama William Wilson, que es el título de una historia de Edgar Allan Poe sobre los dobles. En La habitación cerrada, el narrador busca a Fanshawe, título de una novela de Nathaniel Hawthorne publicada en 1828, personaje misterioso cuya esposa se llama Sophie Fanshawe, igual que la esposa de Hawthorne, también llamada Sophie. El universo ficticio de Auster nos depara un entresijo de autorreferencias de unos personajes a otros dentro de la misma novela, o extraídos de otras novelas, así como de referencias al propio autor en una suerte de juego entre diversos alter egos que vamos siguiendo a lo largo de sus obras.
En Brooklyn Follies (2005) Auster hace un homenaje a las gentes de Brooklyn, donde él reside desde hace treinta años. Pretendía mostrar la forma de vida en ese lugar anterior a la caída de las Torres Gemelas. Y para ello idea un personaje, Nathan Glass, un hombre de sesenta años que vuelve al sitio donde pasó su infancia supuestamente para «morir», ya que ha sobrevivido a un cáncer de pulmón. Una vez allí, decide escribir un libro sobre lo que ocurre a su alrededor, y ese libro está lleno de anécdotas, equívocos y coincidencias extrañas, curiosamente todas relacionadas con los sentimientos. Al final, el protagonista se da cuenta de que no ha regresado a Brooklyn para morir sino para vivir. Es una comedia «necesaria», como ha declarado el propio Auster, escrita con la convicción de que vivir en Nueva York ya nunca sería igual que antes del ataque terrorista.
Viajes por el Scriptorium (2007) se origina en una imagen que Auster vio durante semanas en su cabeza. Era la de un hombre mayor sentado al borde de la cama, en pijama y con las manos sobre las rodillas mirando hacia el suelo. Tras pensar sobre esta imagen durante algún tiempo, Auster llegó a la conclusión de que ese hombre mayor era él mismo dentro de veinte años. Lo llamó Mr. Blank (Sr. Vacío) porque es un personaje que siempre lo olvida todo. En una entrevista ha afirmado que esto nunca le había pasado, pues normalmente el proceso de gestación de sus novelas es muy lento, incluso llevándole años dilucidar los personajes y la historia de una novela. De ahí que este libro sea una especie de excepción dentro de toda la trayectoria del autor. Aunque algunos críticos como Garan Holcombe se refirieron a su siguiente obra, Un hombre en la oscuridad (2008), como la novela donde Auster ha comenzado a perder su magia por su excesivo sentimentalismo, el protagonista August Brill destila una vez más los recursos imaginativos de un Auster que cuestiona aspectos sustanciales del Imperio norteamericano al contrastar realidad y ficción. La primera está relacionada con el neoconservadurismo de la primera década del siglo XXI, especialmente tras la elección de George W. Bush como presidente de Estados Unidos, y la segunda para referirse a las posibilidades de un mundo diferente. La pérdida de familiares íntimos en tres generaciones diferentes, como son la esposa de Brill por cáncer, el divorcio de su hija y la muerte del novio de su nieta en Irak haciendo negocios, se engarzan en su mente insomne con la invención de otro narrador, Owen Brick, que cuenta su historia: la de un soldado que vive en un país donde el World Trade Center todavía permanece en pie e Irak nunca ha sido invadido. Sin embargo, sí existe una guerra civil en Estados Unidos que ha motivado la creación de Estados Unidos de Canadá (formados por Canadá y los llamados «estados azules» votantes de los demócratas en las polémicas elecciones presidenciales de 2004) y la Tierra de Jesús (formada por aquellos estados republicanos que votaron a Bush, Jr.). La novela progresa así a través de la controversia ideológica con un cierto trasfondo pacifista. Junto a ello, la nocturnidad física y psicológica del narrador incrementa la intensidad de los mundos múltiples típicos de la novela posmoderna, donde uno de los personajes le comenta a Brick que él puede parar esta guerra civil si logra matar a Brill ya que fue él quien la inventó. Matar al narrador principal, sin embargo, no servirá de nada ya que no se puede evitar el destino y que este mundo siga girando y girando a pesar de la dura realidad.
El prolífico Auster publicó al año siguiente Invisible (2009), que es un título apropiado para el clásico juego metafictivo que lleva a cabo Auster entre autor, narrador y personajes. La cuestión de la identidad explorada a través del uso alternativo de la primera, segunda y tercera persona en las tres primeras secciones tituladas «Primavera», «Verano» y «Otoño», desnuda la década de los sesenta en Estados Unidos con personajes incapaces de controlar el sexo y la violencia, a la vez que están envueltos en la atracción por exponer la inteligencia asociada a la crueldad. Pero también sirve para profundizar en la complejidad de los personajes literarios que cuestionan a su propio autor. En «Primavera», un estudiante de la Universidad de Columbia, Adam Walker, judío como Auster y de su misma edad, es seducido durante la primavera de 1967 por su profesor de ciencia política, Rudolph Born, primero a nivel profesional al prometerle apoyo para publicar una revista y, en segundo lugar, a nivel sexual, a través de la novia de este, Margot. Las relaciones posteriores que derivan en arengas políticas, traiciones y dramas personales culminan en cada una de las cuatro secciones del libro con una huida física de algunos de los protagonistas, logrando Auster eclipsar cualquier final conclusivo. Treinta y ocho años separan la primera de la segunda sección, donde Walter se va a vivir con su hermana, y ya moribundo envía su manuscrito basado en su experiencia sobre 1967 a un nuevo personaje, James Freeman. El laberinto de autor, narrador y personaje se complica aún más cuando el propio James en la tercera parte confiesa a la hermana de Adam, Gwyn, que él ha trastocado los nombres y situaciones del manuscrito original para preservar la identidad del autor. En la última y cuarta parte diversos personajes que aparecen en la narración de Adam Walker ofrecen su particular versión sobre la historia que él ha narrado. Esta investigación del yo y sus múltiples identidades sigue la estela de las anteriores novelas de Auster, dominadas por el protagonismo del azar y por una maravillosa prosa que no solo entretiene sino que nos deja al borde del abismo de las incertidumbres de la vida.
El escenario de Sunset Park en Brooklyn, Nueva York, con sus casas de ladrillo marrón y edificios de finales del siglo XIX y principios del XX, es adonde vuelve uno de los protagonistas de Sunset Park (2010), Miles Heller, después de haber abandonado a su familia neoyorquina, dejar sus estudios en la Universidad de Brown y su subsiguiente experiencia en Florida, donde se dedicaba a limpiar las casas abandonadas por propietarios que no pudieron pagar sus hipotecas debido a la recesión económica de 2008. Heller no retorna por su propia voluntad sino para esperar a que su novia de origen cubano, Pilar, cumpla la mayoría de edad y evitar así el chantaje que le hace la hermana de esta. Volver significa hacer nuevas relaciones con tres okupas veinteañeros con los que se va a vivir y que se convertirán en sus amigos, pero también implica reencontrarse con un mundo que ahora ha cambiado. Las desviaciones del hilo narrativo principal sirven para conectar con una de las aficiones preferidas de Auster, el béisbol, con sus preocupaciones pacifistas, cuando se refiere al disidente chino Liu Xiaboo, o con sus preferencias cinematográficas, que en este caso se ejemplifican en la película de William Wyler, Los mejores años de nuestra vida (1946), cuyos protagonistas veteranos de la Segunda Guerra Mundial ya observaron en su momento que la vida anterior se ha desintegrado y se les ha ido entre los dedos, como le ocurre ahora a Miles. Los demás personajes también están imbuidos de esta conciencia de pérdida, donde el sexo y las relaciones personales necesitan una reconstrucción para afrontar el presente y el futuro de sus vidas. Una vez más el uso de varios narradores ofrece diferentes puntos de vista sobre la sociedad norteamericana. La técnica pulida de Auster con su narración en tercera persona y en pasado ayuda a una estructuración diáfana de la vida de los protagonistas, donde los cambios sociales y económicos aparecen como inevitables para que cristalicen sus nuevas aspiraciones.
En Diario de invierno (2012), Auster vuelve a la escritura biográfica iniciada con El cuaderno rojo (1993) para recorrer los episodios persistentes en su memoria, los recuerdos sobre las experiencias que lo han marcado, sobre todo las de amor, enfermedad y muerte. Es este un libro evocativo y, por momentos, intenso en el que el escritor se dirige a sí mismo en segunda persona, acentuando con ello el carácter intimista de este álbum de estampas dispersas.
Auster ha logrado consolidar su carrera literaria y ha demostrado poseer un don para inventar historias impactantes que no dejan indiferente a ningún lector. Él ha afirmado que sus historias surgen de «las profundidades del subconsciente, de un abismo al que no tengo acceso. Anidan ocultas dentro de mí mismo hasta que un día surgen y entonces las observo: ideas, personajes, palabras». Efectivamente, los relatos de Auster tienen una naturaleza irracional, que parecen nacidos en el reino semiótico teorizado por Julia Kristeva, en la etapa en que el ser humano es incapaz aún de articular el lenguaje simbólicamente. Esta idea nos ayuda a entender muchos elementos de su ficción: el absurdo, la confusión, las digresiones, los enigmas, los misterios, pero también el juego y la complicidad con los lectores, que acaban rendidos ante la evidencia de que el azar es muchas veces el único desencadenante de los acontecimientos.
Las obras de Paul Auster son eclécticas y, aunque participan de algunas ideas posmodernas, no se pueden encuadrar estrictamente en ese movimiento porque, al fin y al cabo, en todas ellas se puede recomponer un orden cronológico lineal y una trama más o menos explícita que otorgan cierto aire de realismo. Como él mismo ha dicho, sus novelas no dan respuestas sino que formulan preguntas, destruyendo así las lógicas aspiraciones de abarcarlas total e infaliblemente.
Bibliografía
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ISAAK E. BÁBEL
por
NATALIA ARSENTIEVA
Yo era un niño mentiroso. La culpa era de la lectura. Tenía una imagen siempre incandescente. Leía en clase, en el recreo, camino de casa, de noche bajo la mesa, tapándome con un mantel que llegaba al suelo. Debido a los libros pasé por alto todas las cosas de este mundo.
(«En el sótano», Cuentos de Odesa, 1931)
Isaak Emmanuílovich Bábel (Odesa, 1894-Moscú, 1941) fue primogénito en la familia de Emmanuel Bábel, comerciante judío. Desde niño en casa le hacían aprender el Talmud y el yidis. Máxim Gorki inicia al joven autor en el mundo de las letras entre 1915 y 1916 y le echa una mano con la publicación de sus relatos, prohibidos por la censura por «exceso» de erotismo. Siguiendo los consejos de Gorki, Bábel abandona la capital para conocer mejor la vida, las gentes, la actualidad, para llenar en definitiva su vida de nuevas impresiones y deshacerse del peso de conocimientos petrificados.
Después de realizar el servicio militar, en otoño de 1917, y estar un tiempo en la Checa, la policía secreta soviética, Bábel trabaja en el Comité de instrucción pública. Muy pronto es destinado como corresponsal a la Caballería roja durante la campaña militar soviética contra la Guardia Blanca y Polonia. Las impresiones de estos años de hambre y penurias desembocan en Diario de 1920, muy objetivo y documental en comparación con la literatura halagadora del naciente «realismo socialista». El autor del Diario, marxista convencido, sabe valorar lo bueno y lo malo que trae la revolución. Le animan los cambios en la sociedad, el respeto hacia la mujer, la mejora de las condiciones de trabajo, el espíritu de reformas, pero no puede aceptar los poderes destructivos del proceso revolucionario, los sacrificios humanos, el sufrimiento de miles de personas, como los niños huérfanos o los minusválidos de guerra abandonados y desprotegidos por la nueva vida. Le apena ver cómo mueren elefantes, avestruces y serpientes en el zoo, abandonados por sus dueños, cómo se pudre la carne de miles de caballos, sus animales predilectos, en los mataderos. Pero más que la ruina económica y la crisis de los tiempos de la guerra, le afecta la pérdida de los valores positivos del pasado. Educado en el respeto a la religión, el joven periodista lamenta el derrumbe de los centros cultuales, de las catedrales cristianas y las sinagogas, pilares necesarios en la vida del hombre afectada por el desastre de la guerra. Describe la atmósfera de su época, que precede a la celebración del triunfo revolucionario en forma de premonición, como una realidad espectral, llena de malos presagios, en tonos oscuros y casi decadentes, que anuncian la caída del poder de la Tercera Roma en favor de algo desconocido y preocupante.
En la década de 1920 Bábel escribe cuentos de ficción divididos en dos ciclos: Caballería roja y Cuentos de Odesa. En el primero prevalece el espíritu crítico, que le motiva a profundizar en el conocimiento de la realidad histórica de su tiempo; en el segundo, el vitalismo con su desbordante gozo por la vida. Ambas tendencias se deben a una corriente espiritual que Bábel conoció durante su estancia en la región de Volin, que formaba parte de una vasta zona de la Europa del Este. Era la cuna del hasidismo, poderosa rama del pensamiento cabalístico de múltiples y antiguas raíces, de perfil neoplatónico. A Bábel le tocó conocerla gracias a los contactos con las comunidades judías de los territorios de Polonia, Rusia y Ucrania occidental que se ocupaban del comercio, constantemente agredidas por los celosos nativos. El escritor llegó a conocer su forma de ser y pensar cuando esta ya estaba afectada por el desastre de una guerra civil que les puso al borde del abismo. Vivían en extrema pobreza agravada por la decadencia de la vida espiritual, habitualmente muy densa en estas tierras, con debates filosóficos y enfrentamientos religiosos entre los partidarios de la teología rabínica y librepensadores, comentadores de la Biblia y de la Torá, entre los cuales predominaban portavoces del hasidismo. Bábel tuvo la suerte de conocer a algunos de estos últimos mohicanos del saber heterodoxo, tales como el rabino Motale Bretslavski, representante de la dinastía de Chernóbil. Gracias a estos nuevos contactos y encuentros llegó a conocer la literatura exegética, los trabajos del filósofo cordobés Maimónides y los de Ibn Ezra, un sabio de la taifa de Zaragoza, precursores del movimiento que surgió opuesto a la teología tradicional rabínica. Bábel conoció las enseñanzas del rabino Mendl Menakhem, predicador judío del pueblo polaco de Kotz, famoso por su probidad, pureza de pensamiento y hechos, y una singular capacidad de fundir el ascetismo con el sentimiento de la alegría por la vida, el culto de la razón con la éxtasis mística. Con sus ideas, el rabino Menakhem abría nuevos horizontes para el pleno desarrollo del alma. Dejó una profunda huella en el alma del joven periodista Bábel.
En el trasfondo del ciclo de cuentos Caballería roja se percibe la influencia de la filosofía hasídica. El autor afirma en esta obra que «las ventanas y las puertas de la ardiente mansión del hasidismo han sido arrancadas, pero este es inmortal como el alma de la madre. Con los ojos anegados, el hasidismo continúa aún de pie en la encrucijada de los vientos de la historia». La misma intención literaria que motiva la creación de los relatos de Bábel está expresada en los escritos de Maimónides: el estudio del mundo material como condición indispensable para el conocimiento de las verdades superiores. Para abordar el tema del estudio del sentido de la guerra civil entre el Ejército Rojo y los restos de la resistencia contrarrevolucionaria, Bábel se vale de la figura del narrador ficticio Lutov («El feroz»), que revela la esencia del hombre que vive la época de las revueltas, siendo testigo ocular de «acontecimientos de importancia mundial». Las gentes y los ambientes vistos por el narrador que desempeña la función del sujeto de la narración no dejan lugar a duda: no estamos ante el episodio heroico digno de una epopeya, sino ante el fenómeno de la decadencia global del ser humano: biológica, moral y espiritual. La lógica del argumento está sometida al cronotopo del camino vinculado a la realidad histórica: Budionni, el jefe militar de la Caballería roja, se empeña en tomar las estaciones de ferrocarril y los centros administrativos de Rusia occidental, Bérdichev y Zhitomir, antiguas ciudades rusas con predominio de población judía. Junto a destacamentos cosacos, Lutov se desplaza hacia la parte ucraniana de la zona del conflicto, conociendo por el camino muchas personas de distintas etnias y edades. Gracias a ellos, el discurso narrativo de la primera persona se complementa con elementos que desarrollan otras estrategias narrativas: epistolar, documental, recuerdos, etcétera. Las estéticas naturalistas de los cuentos, similares a las de Zola, presentan una rica amalgama de impresiones visuales y acústicas. El conjunto narrativo está constituido por las descripciones del entorno en su cotidianidad, así como por el espacio individual del personaje y el espacio colectivo de los cosacos del Ejército Rojo. Bábel nos deja ver un cuadro desolado, invadido por imágenes de monstruosos cadáveres, casas sucias donde duermen niños devastados por enfermedades genéticas y epidemias. Todo está dominado por un espíritu de perdición. Bérdichev, en un pasado reciente morada de mercaderes, una ciudad siempre alegre y llena de bullicio ferial, lugar de confluencia de emprendedores y comerciantes de toda Europa y del sur de Rusia, con sus pasos subterráneos, llenos de contrabando y talleres de falsa moneda, se convierte en una auténtica cloaca por la cantidad de personas que acuden a ella en busca de refugio. Asimismo está en crisis el pensamiento hasídico, propio de esta zona. Bábel señala que el movimiento, que dio cabida a las ideas revolucionarias, en los tiempos de la guerra civil, decae. Los sabios judíos como Guedali, «fundador de una Internacional quimérica», tenían la ilusión de que «la dulce revolución» de sus ensueños liberara su comunidad judía del dominio polaco, tomara «todas las almas bajo su tutela» y les diera «un racionamiento de primera categoría». No obstante, la revolución real en forma del poder soviético con su férrea política respecto a cualquier manifestación del pensamiento libre, le demostró que «se come con pólvora aliñada con sangre». Guedali se aleja a rezar para no presenciar cómo el ejército revolucionario siembra terror y muerte en todas partes. Inducido por el miedo, el clero, tanto el católico como el ortodoxo, huye de la Caballería roja, dejando sus parroquias. Las sinagogas se quedan vacías, los cabalistas se esconden en sus beit midrash, degradando su saber en magia, curanderismo y adivinación. Los hijos de los rabinos, élite intelectual de la comunidad judía, seducidos por la revolución, en vano sacrifican sus vidas, como el «príncipe» judío Ilia Brazlavski, que muere sin pena ni gloria en medio de la barbarie. Para el narrador es angustioso ver al príncipe que «había perdido sus pantalones y avanzaba doblado por la mitad bajo el peso de la mochila militar», donde el retrato de Lenin estaba junto al de Maimónides. Bábel demuestra que el hasidismo, religión de «piadosos», casa mal con el marxismo, capaz de sacrificar miles de vidas humanas persiguiendo sus objetivos. Sus héroes se han convertido en asesinos sádicos, crueles y despiadados, dominados por un instinto de violencia que les lleva a disfrutar de la sangre derramada.
Son numerosos los personajes de Caballería roja que representan las categorías elaboradas por la ética filosófica del hasidismo, en concreto, los trabajos de Maimónides. El autor lleva esas categorías a su manifestación extrema, de manera que sus personajes son las encarnaciones simbólicas de estas propiedades. Entre los combatientes de la Caballería roja hay auténticos demonios, despiadados asesinos y ángeles como Sashka el Cristo. Según Bábel, en los hombres debe predominar el espíritu fraternal basado en la afinidad de las almas. Lutov, de origen judío, es hermano en espíritu de Jlébnikov, soldado ruso. Almas gemelas, comparten pasiones, afectos, intereses, tienen el mismo apego al mundo material por donde andan «mujeres y caballos». Las huellas de hasidismo en la obra de Bábel se perciben asimismo en el concepto de la misión del ser humano, destinado a buscar en medio de la terrible realidad las chispas de lo ideal, caídas de las divinas alturas, para hacerles brillar con más intensidad. Es exactamente lo que hace Bábel a la hora de presentar los destellos de lo prístino y divino que todavía permanecen en este mundo cruel y manchado de toda clase de vicios. Se manifiestan en precisas y múltiples formas. Los cuerpos viriles, fuertes y hermosos de los cosacos evocan imágenes ideales de la antigua belleza griega con su gracia carnal. La misma gracia está en los movimientos de caballos que penetran en el río «hasta el lomo», con chorros de agua que se desliza «entre centenares de patas». Las ilustraciones del libro de historia que disfruta leyendo un soldado ruso recuerdan el esplendor de un gran imperio: «Sobre su combada espalda relucían las almenadas ruinas del Capitolio y la arena del circo iluminada por el ocaso». La luz ideal fluye por la catedral gótica, en la cual entran los cansados combatientes de la caballería: «Relucía bajo el tibio sol como una torre de loza. Los reflejos del mediodía centelleaban sobre sus lustrosos flancos». El espíritu de la eternidad reina sobre un cementerio judío con sus seculares piedras grises cubiertas de escritura asiria. En Bábel no hay contraste entre el paisaje idílico y la vida humana: la solemne naturaleza estival penetra en el espacio de las míseras casuchas y lo invade con su paradisíaca y sobrenatural belleza cósmica.
El artista pan Apolek, otro personaje del ciclo, doble del autor, sabe iluminar con la gracia de sus pinceles la ruda realidad de la vida: en sus cuadros, la gente del pueblo está representada en las imágenes de santos y vírgenes. El hastío monótono de la cotidianidad que reina en la vida diaria de la Caballería roja rompe la voz de Sashka el Cristo, que libera la chispa divina de su cárcel terrenal.
Simultáneamente con el ciclo de la Caballería roja, Bábel escribe con un dejo de nostalgia Cuentos de Odesa, un poema «centrado en color, forma y factura», en la ciudad de su infancia, donde «cada joven hasta que se case, sueña con ser grumete de un crucero oceánico, ansioso de ver nuevas y hermosas tierras, pero siempre, de una manera casi obstinada acaba casándose». El ciclo dibuja la vida de Moldavanka, un barrio judío de Odesa, «invadido por niños que maman, ropa que se seca al sol de la luz del sur y noches matrimoniales llenas de besos y de incansable pasión soldadesca». Al autor le atrae el mundo brillante y feroz de los contrabandistas y de la mafia del puerto, las fuertes personalidades de los gánsteres, como Ben Krik (Mishka el Japonés), los reyes no coronados, que hablan una graciosísima jerga y viven de acuerdo con sus propias leyes.
En la década de 1920, Bábel está en plenitud de sus capacidades artísticas y se convierte en el centro de atención en los círculos literarios de Odesa. Este sabio irónico de estatura baja, con su muy modesta manera de vestirse, es para la joven élite recién iniciada en las Bellas Letras toda una autoridad. Bábel se distingue marcadamente de los escritores que pertenecen a la llamada Escuela Literaria Meridional (Ilf, Petrov, Thinianov, Olesha, Kataev). Sus seguidores solo disfrutan de las manifestaciones externas de un denso trabajo interno espiritual que se realiza en este hombre de modestos modales, sin saber que, en el fondo de su carisma personal están las desconocidas enseñanzas del rabí Menakhem.
En la década de 1930, Bábel experimenta un brusco cambio de fortuna: ya es un escritor capitalino, tiene hijos de tres esposas distintas, vive en un piso tranquilo, en el que disfruta de confort y buena comida, viaja mucho al extranjero, hace constantes visitas a Francia y Alemania, pero es abandonado por las musas: «Mi espíritu está triste, hay que curarlo», confiesa en una de sus cartas. Efectivamente, escribe muy poco, lo cual es sospechoso para los comisarios de la literatura soviética ansiosos de ver a este gigante literario entre los adeptos del régimen. Obligado a escribir un artículo de prensa titulado «Mentira, traición, legado de Smerdiakóv», en apoyo a las famosas campañas contra los «enemigos del pueblo» y nombrado director de la más prestigiosa editorial soviética de literatura de ficción, Bábel no puede evitar las represalias. Acusado de participar en actividades contrarrevolucionarias y de espionaje «a favor de los gobiernos francés y austríaco», es condenado a muerte y fusilado en el año 1941 en las mazmorras subterráneas de Lubianka.
La obra de Isaak Emmanuílovich Bábel, prohibida y olvidada, es devuelta al lector a partir de la década de 1980 y aparece como un puñado de diamantes arrojado sobre el desolado y gris paisaje de la realidad artística soviética. A través de su trágico destino y la imagen de sus personajes, vislumbra la verdad a la que él aspiraba llegar con sus escritos, a la cual se dirigía por unos caminos difíciles y por la cual sacrificó al final su vida de escritor solitario y no comprometido.
Bibliografía
Patricia Carden, The Art of Isaac Babel, Ithaca, Cornell University Press, 1972; James E. Falen, Isaac Babel, Russian Master of Short Story, Knoxville, University of Tennessee Press, 1974; Eliot Borenstein, Men without women. Masculinity & Revolution in Russian fiction, 1917-1929, Durham, Duke University Press, 2000; Christine Rydel (ed.), Dictionary of Literary Biography: Russian Prose Writers between the World Wars, Detroit, Gale, 2003.
JOHN BARTH
por
CRISTINA GARRIGÓS
Mi novela posmodernista ideal estaría, de algún modo, por encima de la confrontación entre realismo e irrealismo, forma y contenido, literatura pura y comprometida, novela literaria y popular.
(«La literatura del agotamiento», 1967)
John Barth (Cambridge, Maryland, 1930) es uno de los nombres claves del posmodernismo estadounidense. Su obra, hasta la fecha, se compone de doce novelas, dos libros de relatos y dos libros de ensayos. Nacido en Cambridge, en el estado de Maryland, la mayor parte de su vida y obra se han desarrollado en este entorno de la Costa Este, de manera que algún crítico ha calificado su escritura de regionalista. Cierto es que el mar y la navegación cobran pronto un gran protagonismo en su obra, en la que podemos encontrar varios temas recurrentes, como son la metaficción, la sexualidad, la navegación y la reescritura de mitos, cuestiones que desde el principio de su carrera han preocupado al escritor. Nacido el 27 de mayo de 1930 en una familia de origen alemán de clase media, Jack y su hermana gemela, Jill, se educaron en el sistema semirrural, semisureño de su ciudad natal. Tras completar la educación secundaria, Jill se inclinó por los estudios de comercio, mientras que Jack, siguiendo su vocación musical, se desplazó a Nueva York para estudiar en la prestigiosa Academia Juilliard de música, donde estudiarían músicos como Miles Davis. Sin embargo, a pesar de la afición de Barth por el jazz y la batería, su vocación musical no era tan fuerte como para continuar en esta dirección y decidió seguir el camino de las letras aceptando una beca para asistir a la Universidad de Johns Hopkins, donde se graduó en 1951 con una licenciatura en escritura creativa. En esta universidad completó también sus estudios de máster, que finalizó en 1952 con la escritura de una novela aún sin publicar, Shirt of Nessus (‘La túnica de Neso’) en la que ya muestra signos de su interés por la mitología. Por aquella época, y a pesar de su juventud, Barth ya se había casado con Harriete Anne Strickland en 1950, con quien tendría tres hijos, Christine y John, nacidos en 1951 y 1952 respectivamente, y Daniel, nacido en 1954, mientras Barth daba clase como profesor de composición inglesa en la Universidad estatal de Pensilvania, donde trabajaría desde 1953 hasta 1965, año en que la familia se mudó a Búfalo. Fue en este espacio de tiempo en el que publicó sus primeras novelas, La ópera flotante (1956), El final del camino (1958) y El plantador de tabaco (1960), que pronto le confirmaron como uno de los escritores jóvenes más interesantes del panorama literario norteamericano. Barth y su esposa se separaron en 1969 y un año después contrajo matrimonio con Shelley Rosenberg, una antigua estudiante, cuyo romance relata en «Teacher» (‘Profesora’), un ensayo incluido en Further Fridays (‘Más viernes’).
Su primera novela, La ópera flotante, es, según el propio autor, una comedia nihilista, en la cual el protagonista, Todd Andrews, relata en primera persona, desde 1954, los acontecimientos que se desarrollaron a partir del día que tomó la decisión de suicidarse, en 1937. El final de la novela, influida por el existencialismo francés de Camus y Sartre, no gustó a los editores, que obligaron a Barth a cambiarlo si quería publicarla y Barth, que había sido rechazado por otras seis editoriales, aceptó. Sin embargo, en 1967, consolidada ya su carrera, pudo publicarla con el final que él había escrito. La novela fue nominada para el Premio Nacional de Literatura, premio que obtendría, sin embargo, con su obra Quimera en 1973.
Su segunda novela, El fin del camino, se debe leer en relación con la anterior, pues continúa en la misma línea, y si la primera se consideró, según el propio autor, una comedia nihilista, esta sería una tragedia o catástrofe nihilista, cuyo título original, que de nuevo tuvo que cambiar por exigencias editoriales, era «Qué hacer hasta que llegue el médico». Los narradores de estas dos primeras novelas, Todd Andrews y Jacob Horner, se ven envueltos en unos triángulos amorosos y sufren una «alienación radical» que les hace extraños ante sí mismos y ante los demás. Tras estas dos obras, aún en una línea realista, Barth comienza a experimentar con el posmodernismo narrativo en sus siguientes novelas, El plantador de tabaco y Giles Goat-Boy (‘Giles, el chico cabra’, 1966). El plantador de tabaco es un ejercicio de virtuosismo literario en el que Barth crea una sátira de la historia colonial estadounidense haciendo una crítica feroz al mito fundacional, desde John Smith y Pocahontas, a las plantaciones de tabaco y la piratería. En esta novela, el protagonista, Ebenezer Cooke, basado en un referente real, es un poeta quijotesco embarcado en la tarea imposible de escribir un poema épico sobre el estado de Maryland, la «Marylandiada». Esta novela, como indica Enrique García Díez en su introducción a la edición española, «desarrolla básicamente la visión y espíritu de las dos anteriores: un universo minado por la falta de valores y la crisis de identidad». En esta ocasión, sin embargo, Barth va más allá para escribir sobre mitos tan americanos como el de la inocencia y el de la reconciliación, a partir de los cuales crea su novela. A través de la relación de Ebenezer con su tutor, Burlingame, mitad indio, mitad europeo, veremos cómo Barth desmitifica la identidad del hombre norteamericano y sus valores. El camino satírico iniciado por esta novela continúa con la siguiente, Giles Goat-Boy, para trasladarse a los campus universitarios haciendo uso también de la parodia literaria en referencia a obras básicas de la literatura occidental, como son la Biblia o Edipo rey. Dado que la crítica consideró que la novela anterior, El plantador de tabaco, estaba basada en la obra de Joseph Campbell, El héroe de las mil caras, Barth, que desconocía este texto, decidió en esta ocasión seguirlo y diseñó la novela para que Giles, el héroe, siguiera paso a paso el círculo que, según Campbell, debe completar todo héroe para cumplir su destino. Giles Goat-Boy narra la historia de Georges Giles y de su proceso de aprendizaje, desde su infancia «caprina» hasta la universidad, donde descubrirá que su verdadero padre es un ordenador, Wescac. Podemos considerar Giles como la primera obra en la que Barth lleva al lenguaje a un primer plano, advirtiendo al lector del artificio de la creación literaria. En este sentido, es posible ver en ella el principio de la metaficción que más adelante dominaría la obra de Barth y que ha hecho que se le considere un escritor posmodernista.
John Barth nunca ha renegado de esta etiqueta. De hecho, en sus propias palabras: «Nunca me he resistido al término posmodernista; de hecho [...] si no lo he abrazado, al menos lo he aceptado y he tratado de comprender cómo se aplica a lo que he hecho y hago en mi práctica diaria. Nunca he escrito nada porque fuera posmodernista; he escrito lo que he escrito porque me parecía que era lo que debía hacer, mientras que a otros (a mí también, más o menos) les ha parecido que lo que debían hacer era clasificar el producto como posmodernista» (Further Fridays, pág. 310). No es sencillo definir el posmodernismo como género literario. Brenda K. Marshall lo ha definido como un «momento» de decisiva importancia en la cultura estadounidense, sobre todo entre las décadas de 1960 y 1980, en el que se une la tradición norteamericana con la experimentación que se desarrolló en Latinoamérica y Europa occidental. Escritores como Donald Barthelme, Robert Coover, John Hawkes, William Gass o Grace Paley cuestionan en su obra la noción de la literatura como mímesis de la realidad y optan por experimentar con el lenguaje literario para exponer el artificio que supone la escritura. En este sentido, emplean la parodia, la sátira, la ironía o el pastiche como técnicas narrativas que propician el «extrañamiento» del lector en el texto, exigiendo de este una mayor colaboración y participación activa en el desarrollo de la lectura. De hecho, son frecuentes las intrusiones del autor en el texto, así como las llamadas de atención a los lectores. Emplean estos autores en gran medida la metaficción, de manera que autores como Fogel y Slethaugh señalan esta doble escritura (experimentación narrativa y las teorías sobre cómo escribir) como característica de la ficción posmodernista.
La publicación en 1967 del artículo «The Literature of Exhaustion» (‘La literatura del agotamiento’) en la revista The Atlantic Monthy significó, de hecho, su incursión en el terreno crítico, pues además de hacer posmodernismo, teorizaba sobre ello. Este artículo fue muy mal interpretado por la crítica en general, que vio en él un ataque a la narrativa modernista. Es cierto que este artículo proclamaba la necesidad de crear un nuevo tipo de literatura que superara a la modernista de Joyce, Faulkner o Eliot, pero eso no quería decir que esta no fuera válida, sino que era inútil seguir imitándola en la segunda mitad del siglo XX y que había que buscar otros patrones. Como explicaba en otro artículo, que se puede considerar como continuación de este, «The Literature of Replenishment» (‘La literatura de la regeneración’), la literatura posmodernista vendría a cubrir este hueco, y uno de sus mayores representantes sería Jorge Luis Borges.
El interés por el autor argentino es ya manifiesto en Perdido en la casa encantada (1968), colección de relatos inspirada, como él mismo aclara en el prólogo, por la lectura de la obra Ficciones de Borges y en la que se reflexiona sobre el papel del autor, su relación con los lectores y el artificio que supone toda creación literaria. De hecho, el escritor norteamericano utiliza recursos narrativos habituales en la obra del argentino, como la mise en abîme, la imagen del laberinto y la de los espejos como metáfora de la literatura. También incluye Barth en este volumen cuentos como «Echo» (‘Eco’) o «Menelaiad» (‘Menelaiada’) que anticipan el interés por la reescritura de mitos que desarrollará en su siguiente obra, Quimera (1972), una colección de tres novelas breves, que tratan sobre los mitos de Sherezade («Dunyazadiada» [‘Dunyazadiada’]), Perseo («Perseid»[‘Perseida’]) y Belerofonte («Bellerophoniad»[‘Belerofoniada’]). Barth reescribe los mitos griegos y el de la narradora oriental desde un punto de vista diferente al habitual; en el caso de Sherezade, por ejemplo, desde el de su hermana Dunyazade, proporcionándole a los lectores una visión contemporánea de los mitos.
De las obras publicadas con posterioridad, quizá sea LETTERS (‘LETRAS’, 1979) la que ha merecido mayor atención por parte de la crítica especializada. Calificada por Enrique García Díez como «autofagia literaria», esta obra es una parodia de las novelas modernistas. De nuevo utiliza recursos considerados posmodernistas, como la intrusión del autor en el texto o la interactuación entre autor y personajes, pues aparecen personajes suyos de obras anteriores que se cartean con él. De las novelas publicadas a partir de ahí, podemos afirmar que la respuesta de la crítica ha sido desigual, pues el autor tiende a repetir sus temas favoritos constantemente. Así, Sabático (1982), The Tidewater Tales. A Novel (‘Los cuentos de la marea: una novela’, 1987) formarían un tándem sobre la relación entre la navegación y el relato. The Last Voyage of Somebody the Sailor (‘El último viaje de Alguien, el marino’, 1991) retomaría personajes de Las mil y una noches como Simbad el marino o la propia Sherezade, para volver a embarcarlos en la narración de una historia, como hace también en On With The Story (‘Que siga la historia’, 1996).
Los últimos libros publicados por Barth son Coming Soon!!! (‘¡¡¡Ya llega!!! ’, 2001), The Book of Ten Nights and a Night. Eleven Stories (‘El libro de las diez noches y una noche. Once historias’, 2004) —sobre los atentados del 11 de septiembre en Nueva York y Washington—, Where Three Roads Meet (‘En el cruce de los tres caminos’, 2005), The Developement (‘El desarrollo’, 2008) y Every Third Thought: A Novel in Five Seasons (‘Cada tercer pensamiento: una novela en cinco temporadas’, 2011). Si bien el interés de Barth por la experimentación con el lenguaje literario ha ido en aumento a medida que avanzaba su producción literaria, también ha crecido su interés por las relaciones humanas, de forma que no son pocos los críticos que han señalado que sus últimas obras son una celebración del compañerismo entre el hombre y la mujer. Los críticos han señalado también la existencia de dos fases en la obra de Barth: la primera, desde La ópera flotante hasta Quimera, en la que los protagonistas se debaten por la necesidad de encontrar sentido a las cosas y la imposibilidad de encontrarlo; y una segunda, derivada de la primera, más metafictiva, en la que, convencidos de que es imposible encontrar sentido al mundo, la narración se convierte en centro de la narración.
Es posible que la obra de cada escritor se deba entender como un todo, según dijo Roland Barthes en «De la obra al texto», pero en el caso de Barth más que nunca, porque todos sus libros están conectados, de manera que parece que, desde su primera novela, estuviera escribiendo siempre un mismo volumen, alrededor de cuestiones como la mitología, las relaciones entre parejas, la sexualidad, la narración literaria o la duplicidad. En su autobiografía novelada, Once Upon a Time. A Floating Opera (‘Érase una vez. Una ópera flotante’, 1994), Barth retoma estos temas para escribir lo que él califica de «memorias embotelladas en una novela». El protagonista de la misma, Jack Barth, se reúne con personajes de novelas anteriores y se convierte así en autor, narrador y protagonista de su propia historia. Estructurada como una ópera que se desarrolla en un barco, los actores de la misma rinden homenaje a la primera novela de Barth y así, al propio autor, quien de forma irónica señala sobre sí mismo: «En una palabra, aunque no soy egoísta, sí soy decididamente egocéntrico». Es posible que una metáfora adecuada para definir la obra de John Barth sea la cinta de Moebius que proponía en Perdido en la casa encantada y que representa su concepto de literatura posmodernista caracterizado por la repetición de viejos patrones que adoptan una nueva forma y que le dan vitalidad a la narración. Es por ello que la narrativa de John Barth simboliza ese encuentro entre el pasado y el futuro que encuentra en el lenguaje posmodernista la forma ideal de repetición infinita sin llegar nunca al agotamiento.
Bibliografía
Charles B. Harris, Passionate Virtuosity. The Fiction of John Barth, Chicago, University of Illinois Press, 1983; Stan Fogel y Gordon Slethaug, Understanding John Barth, Columbia, University of South Carolina Press, 1990; Max F. Schulz, The Muses of John Barth, Baltimore, Johns Hopkins University Press, 1990; Enrique García Díez, «Introducción» a El plantador de tabaco, Madrid, Cátedra, 1991; Cristina Garrigós, John Barth: un autor en busca de cuatro personajes, León, Universidad de León, 2000.
SAMUEL BECKETT
por
JOSÉ LUIS RODRÍGUEZ
VLADIMIR: Esperamos a Godot.
ESTRAGÓN: Es cierto. Entonces, ¿qué hacemos?
VLADIMIR: No hay nada que hacer.
(Esperando a Godot, 1947)
Es incuestionable que el destino literario de Samuel Beckett (Dublín, 1906-París, 1989) está marcado por el estreno de Esperando a Godot, que tuvo lugar a comienzos de enero de 1953. Cuando ya ha escrito la más importante parte de su obra novelesca —de Watt a El innombrable—, recibida fríamente por la crítica, es la obra de teatro, cuya lectura había entusiasmado a Tzara y a Roger Blin, quien dirigirá el montaje en París, la que sitúa a Beckett en la primera línea de la literatura europea del siglo XX. Se trata de un acontecimiento tan injusto como satisfactorio, ya que Beckett pretendía ser ante todo un novelista y, de hecho, su destino literario está indisolublemente unido a la fortuna de la novela como género. Otras obras teatrales posteriores como Fin de partida, Acto sin palabras o Krapp´s Last Tape (‘La última cinta de Krapp’) contribuirán a que Beckett se considere miembro de esa trayectoria ambigua y compleja que es el teatro del absurdo junto a Ionesco o Adamov.
Pero la fortaleza literaria de Beckett radica en su producción novelesca. Frederick R. Karl, prologuista de El innombrable, ha remarcado que «es en sus seis novelas donde se hace patente su originalidad» y es que, en efecto, es en las páginas de su monumental trilogía, y, más tarde, en Cómo es, donde se revela la sorprendente peculiaridad beckettiana, ese esfuerzo paradójicamente baldío que juega hasta el extremo con lo que es la novela en tanto que género. Muy certeramente, Klaus Birkenhauer ha apuntado que «Beckett procura ante todo, lógicamente, hacer de cada una de sus obras, ya sean poesías, ensayos, relatos, novelas o piezas de teatro, una unidad cerrada y total».
La novela es su vocación. Después de estudiar en el prestigioso Trinity College de Dublín, y establecido en París en 1928, donde impartirá clases de inglés en la École Normale Supérieure de la rue d’Ulm, entra en contacto con Joyce y los círculos surrealistas, con lo que iniciará sus colaboraciones en distintos medios. Retornará a Dublín en 1930 para incorporarse a su viejo colegio como profesor de francés, puesto al que renunciará dos años más tarde. Conviene insistir en que, aparte de coyunturales ensayos sobre otros escritores, entre los que destaca su Proust, Beckett está centrado en la producción de una embrionaria obra de ficción cuyo primer fruto consolidado será Murphy y, oculto en el Rosellón y huyendo de la Gestapo, que había descubierto su colaboración con la resistencia, escribirá otra novela: Watt. Es el momento en que comienza a escribir en francés: entre 1947 y 1949, creará la trilogía Molloy, Malone muere y El innombrable. Trilogía monumental, sorprendente. Pero es tan escasamente leída como reducidamente considerada por la crítica: tan solo la perspicacia de Bataille motivará una elogiosa crítica de Molloy en las páginas de Critique.
¿Cómo es posible un despegue de semejante calibre? ¿Cómo atribular hasta el sarcasmo la tradición teatral? ¿Cómo situarse en la convicción de que «ya no escribimos novelas»? ¿Cómo, a pesar de ello, escribir teatro y ficción?... Es indudable que es necesario apuntar a las influencias absorbidas, cuidadas. Pero con una cautela previa y fundamental: la aproximación de Beckett a unos y otros marca una complicidad afectuosa y a un tiempo distante. Las influencias estimadas por Beckett son siempre aceptadas con reservas. Joyce, por ejemplo. Y, sin embargo, como ha apuntado Jenaro Talens, «nada más alejado de Joyce que Beckett». Lo que no corrige la impresión de una proximidad patente: más bien ocurre que Beckett, asumiendo el proyecto joyceano, lo distorsiona y lo radicaliza por entender que su paisano aún alberga una concepción de la escritura que pretende decir y compartir un sentido. Y similar consideración puede hacerse a propósito de Proust, a quien Beckett dedica en 1931 un breve y sugerente ensayo. Proust, el emperador de la memoria a la que recurre como agente y potencia de la literatura: «La creación del mundo no ocurrió de una vez por todas sino que se renueva cada día», observa Beckett para ofrecer una cabal explicación de la apertura apasionada y divergente de la misma vida recordada por unos y otros. Caleidoscopio que, a juicio de Birkenhauer, favorece «una especie de deserción del campo de atracción joyceano». Fascinado por el juego proustiano, la novelística beckettiana no se somete, sin embargo, al ordenado cuaderno proustiano: el empeño de En busca del tiempo perdido es fortalecer un acontecimiento vivido por unos y otros, mientras que la oscura y mortecina pasión de Molloy, Malone o de quien carece de nombre es algo no vivido, o, si se quiere, vivido por otro que es también materia del recuerdo como un sujeto que recuerda incomprensiblemente el sujeto que fue, que ya no es, que vivió lo que acaso se esté recordando ahora, o quizá fabulando.
Joyce y Proust marcan la orientación estilística de Beckett, tejida por la invocación a la memoria y por su compleja reproducción lingüística. Acaso sea preciso aludir a otras influencias que marcan el sentido de su juego literario. La influencia de Sartre, por ejemplo, es reconocida por sus numerosos intérpretes con mayor o menor insistencia. García Landa ha observado que «el existencialismo sartreano es el marco de referencia más obvio para la versión de la subjetividad dramatizada» de El innombrable. Y otro filósofo está presente en la obra de Beckett, reapareciendo como una sombra huidiza que no se resiste a desaparecer. Se trata de Descartes, bajo cuyo amparo escribiría Beckett su breve y premiado poema Whoroscope. El filósofo le seduce en virtud de esa dualidad radical cuerpo-alma que se va a convertir en fundamental en sus procesos novelescos y, especialmente, en su gran trilogía, sin que esto signifique que Beckett sea «cartesiano», como tampoco puede afirmarse que sea «sartreano», sino que opera a partir de un ánimo o sugerencia de este o aquel.
Inútil sería aventurar los motivos que convierten la escritura beckettiana en una ilustración del sinsentido de la existencia humana. La apariencia no parece ser otra, en efecto. Vladimir y Estragón esperan inútilmente: es más, sabemos que aguardarán hasta la muerte a quien no va a llegar... Krapp, «un viejo deteriorado» se escucha en Krapp´s Last Tape. Su vida es esa cinta que le recuerda a sí mismo: «Quizá mis años han pasado. Cuando existía alguna probabilidad de ser feliz», se confiesa al término de la breve obra. Ha llegado el inevitable fin de partida. Y los protagonistas novelescos de Beckett son monstruos que creen recordar su vida cuando, en verdad, no sabremos nunca si se recuerdan o si fingen desde el deterioro de una corporalidad que, desvencijada, es en verdad incapaz de reconocerse. «Del gran viajero que fui... no queda más que el tronco (en estado lamentable)», reconoce la sombra de El innombrable, quien caza moscas con la boca, lo que le produce verdadera rabia: «¡Haber perdido los miembros y conservar los dientes, qué escarnio!». Molloy: tuerto, asmático, incapaz de orinar... Molloy ofrece una explicación a lo que ocurre: «En el relajamiento de la descomposición recuerdo aquella prolongada emoción confusa que fue mi existencia... Descomponerse también es vivir, lo sé, lo sé, no insistáis más, pero nunca es posible entregarse a ello del todo». El pesimismo-nihilismo, tan solo edulcorado por algunos acentos de humor negro o una ironía muy medida como subraya Pol Popovic Karic, parece condensar el sentido general de su obra.
¿Por qué entonces Molloy, Malone hablan y hablan, se inventan? ¿Por qué «estoy obligado a hablar. No me callaré nunca. Nunca»?, como anuncia el personaje de El innombrable, aunque le invada la sospecha de que acaso hable «para no decir nada, pero absolutamente nada». La insistente fortaleza de Murphy, Watt y los protagonistas que se acaban de recordar refieren, antes que un pesimismo universal, una nueva forma de esperar, más radical y sustancial. Talens se refirió a una «nueva apología del deseo» que anuncia «la vuelta de la fiesta y la utopía», contradiciendo, así, las consideraciones más tópicas sobre la literatura de Beckett. Debe entenderse, en efecto, que la promesa y el autoconvencimiento de los personajes novelescos y teatrales de Beckett de que estarán ahí, esperando o hablando, aguardando la epifanía que ha de retrasarse hasta nunca, corrige fuertemente su pesimismo nihilista. No hay sino la urgencia de esperar que es preciso esperar. La utopía o la sombra del futuro se reduce en pura, esforzada y heroica espera en lo que no ha de venir.
Esta libertad, sea cual sea su alcance, puede realizarse en la inmensidad de las posibilidades lingüísticas. No se trata en Samuel Beckett de un juego vanguardista. Ni mucho menos. Como, según Olga Bernal, «quien escribe, forma parte de un mundo en el que todo se encuentra en incesante mutación», el valor y sentido de su decir es contingente y banal excepto como posibilidad prometedora y vana de la memoria. Mutación del mundo, esto es, de las cosas del mundo y de los individuos que habitan el mundo que he de contar. La literatura se convierte en representación de esta mutación radical que hace del mundo vivido y del narrado dos mundos, y del sujeto que vivió y el que recuerda dos sujetos, dos cuerpos desvinculados de la hipótesis de un alma que permanece.
Ahora bien, como se preguntaba Alain Badiou, «¿de qué habla el habla? ¿De qué puede hablar?» en un mundo en el que el pasado es líquido y el sujeto una ficción. ¿Por qué resistirse a callar cuando se sabe que nada de lo que se dice tiene sentido, hoy y para mí? ¿Por qué empeñarse si se ha caído en la cuenta, como Molloy, de que «no saber nada no es nada, no querer saber nada tampoco, pero lo que es no poder saber nada, saber que no se puede saber nada, este es el estado de la perfecta paz en el alma del negligente pesquisidor»?
Ya lo sabemos. Los personajes de Beckett hablan o esperan para reiterar que no hay nada que decir y que la espera es inútil, pero que es preciso estar para verbalizar la inutilidad del estar que deja de ser absurda al tomarse como destino y fatalidad. Beckett escribió un poema que acaso represente la paradoja con claridad: «Ganas un día más / de un día más estar vivo / pero no sin lamentar / haber un día nacido». ¿Puede escribirse tan solo, y fundamentalmente, para subrayar lo absurdo de lo que se escribe, puesto que todo es fuga y sombra, ficción que se toma como lo vivido? Olga Bernal percibió con lucidez el extraño destino de una literatura que tomó como horizonte decir la inutilidad del habla, la irrisión que ha de provocar todo decir: al final de la consideración de la obra novelística de Beckett «descubriremos que nada hay en el interior de las palabras», que toda representación carece de consistencia, que, en suma, solo resta «condenarse al drama de la imposibilidad de decir». Hablaremos una y otra vez, aunque la razón de nuestra habla sea indicar que para qué hablamos si lo vivido es galaxia invisible y el que recuerda un cuerpo al que el Tiempo acaba de transformar.
Resulta difícil una nueva vuelta de tuerca, insistir con originalidad en la advertencia de que solo se puede escribir sobre la inutilidad del escribir, sobre la falacia de la representación en un universo sin valores constantes, sin situaciones mantenidas, sin cuerpos ordenados y duraderos. ¿Qué resta? Breves textos, pavesas que alcanzan un nivel insuperable de depuración: fragmentos interrumpidos, apenas iniciados, sketches mudos, colaboraciones radiofónicas. Dos obras que pueden considerarse mayores: Los días felices, que se publica en Nueva York en 1961, el mismo año en que aparece Cómo es, el más arriesgado combate literario emprendido por Beckett y, acaso con el joyceano Finnegans wake, la más osada aventura de la literatura del siglo XX, y que merecerá el Premio Internacional de los editores compartido con Jorge Luis Borges: radicalización de su trilogía novelesca, Cómo es relata el arrastrarse de un personaje en las tinieblas, hundido en el lodo, infatigable.
Acaso astucia del destino, en 1964 rodará Film, un corto de veintidós minutos con Buster Keaton, quien no entendió nada de lo que ocurría en escena.
En 1969 le es concedido el Premio Nobel. Veinte años más tarde, el 22 de diciembre, fallece en un hospital de París.
Bibliografía
Olga Bernal, Lenguaje y ficción en las novelas de Beckett, Barcelona, Lumen, 1969; Fernando Ponce, Beckett, Madrid, Ediciones y Publicaciones Españolas, 1970; Georg Hensel, Samuel Beckett, México, Fondo de Cultura Económica, 1972; Klaus Birkenhauer, Samuel Beckett, Madrid, Alianza, 1976; Jenaro Talens, Conocer Beckett, Barcelona, Dopesa, 1979; Ludovic Janvier, Beckett, París, Minuit, 1982; José Ángel García Landa, Samuel Beckett y la narración reflexiva, Zaragoza, Universidad de Zaragoza, 1992; Anthony Cronin (1997), Samuel Beckett, el último modernista, Segovia, La Uña Rota, 2012; Manuel Montalvo, Samuel Beckett, Madrid, Ediciones del Orto, 2000; Alain Badiou, Beckett. El infatigable deseo, Madrid, Arena Libros, 2007; Julián Jiménez Heffernán (ed.), Tentativas sobre Beckett, Madrid, Círculo de Bellas Artes, 2007.
SAUL BELLOW
por
CRISTINA GARRIGÓS
Soy norteamericano, de Chicago, sombría ciudad, Chicago, y encaro las dificultades como he aprendido a hacerlo, sin rodeos. Así será esta crónica, pues: de estilo libre; quien antes llama, antes es atendido, ya fuere inocente o no tan inocente su llamado.
(Las aventuras de Augie March, 1948)
Dentro de la llamada literatura étnica norteamericana, la producida por escritores judíos ocupa una posición especial, pues es tal su dimensión literaria, en calidad y en cantidad, que resulta cuestionable considerar como minoría a un grupo que cuenta entre sus miembros con nombres tan reconocidos como Philip Roth, Bernard Malamud, Isaac Bashevis Singer o Saul Bellow (Lachine, Canadá, 1915-Brookline, Massachusetts, 2005). Este último, de hecho, recibió el Premio Nobel de Literatura en 1976 y la Medalla Nacional de las Artes en 1988, y fue el primer novelista que ganó el Premio Nacional de Literatura tres veces. De él se ha dicho que, junto con William Faulkner, es la piedra angular de la literatura norteamericana del siglo XX (Philip Roth), que es el heredero de Dickens (Ian McEwan), que la música, el lirismo de su prosa y la belleza del lenguaje literario hacen que todos los escritores contemporáneos —Updike, DeLillo, Roth— parezcan aprendices junto a él (James Wood), que en su nombre hay una errata: en lugar de ser Saul debería ser Soul («alma», en inglés) (Martin Amis), que es el gigante de entre todos los novelistas norteamericanos de la segunda mitad del siglo XX (J. M. Coetzee). Sin embargo, Bellow cuenta también con un nutrido grupo de detractores, entre los que se cuentan posmodernos y feministas, que le achacan el hacer una literatura más propia del siglo XIX que del XX, siguiendo la corriente realista de los novelistas rusos o de Dickens, y el retratar personajes femeninos que resultan ofensivos. Nabokov dijo de su literatura que era de una mediocridad miserable. En lo personal, se le ha acusado de racista, e incluso se llegó a impedir que se pusiera una calle con su nombre en su barrio de Chicago.
De nombre originalmente Solomon Bellows, el escritor nació el 10 de junio de 1915 (aunque algunas biografías señalan julio) en Lachine, en el Quebec canadiense. Hijo de emigrantes rusos de origen judío, Bellow vivió en el gheto de Montreal su primera infancia. A los nueve años, la familia se mudó a Chicago, una ciudad que ocuparía un papel fundamental en muchas de sus novelas. Educado dentro de la ortodoxia judía en una casa en la que se hablaba y leía en inglés, francés, hebreo y yidis, su madre hubiera querido que fuera rabino o violinista. En lugar de ello, el joven Saul desarrolló una gran afición por la literatura que, al parecer, se despertó con la lectura de La cabaña del tío Tom de Harriet Beecher Stowe y se consolidó con obras que consideraba como sus libros de cabecera, entre los que destacan la Biblia, Shakespeare y las novelas rusas del XIX.
Tras un breve período en la Universidad de Chicago, trasladó sus estudios a la Universidad Northwestern, de la que se licenció en 1937 en Antropología y Sociología. Continuó los estudios posgraduados en este campo en la Universidad de Wisconsin, aunque pronto cambiaría de rumbo para dedicarse a la literatura. Su carrera académica se vio, además, interrumpida por la Segunda Guerra Mundial, un conflicto en el que participó activamente, pues estuvo alistado, y durante el que escribió parte de su obra. Después de la guerra, Bellow residió en Nueva York durante unos años, pero regresó a Chicago en 1962 para trabajar en la universidad, una ciudad en la que viviría más de treinta años y que consideraba su fuente de inspiración para poder escribir una prosa que estuviera conectada con la vida real. En 1993 se mudó a Brookline, cerca de Boston, en cuya universidad enseñaría hasta su muerte el 5 de abril de 2005. Bellow está enterrado en el cementerio judío Shir He Harim en Brattleboro, Vermont. Se casó cinco veces y tuvo cuatro hijos.
El joven Bellow formó parte del grupo de Chicago del Federal Writers’ Project (Proyecto federal de escritores) en el que participaron en los años treinta autores como Richard Wright o Nelson Algren, con un posicionamiento político izquierdista, que apoyaba al régimen comunista de Rusia y que promovía la unión entre la intelectualidad y el compromiso político. Bellow era trotskista y, de hecho, años después viajaría a México para conocer a León Trotski, aunque quiso el destino que este fuera asesinado el día antes de conocerse. Las ideas sociales de Bellow eran claras y como tales se plasmaron en su primer relato, «Two Morning Monologues» (‘Dos monólogos matutinos’, 1941), publicado en la Partisan Review, revista de marcada tendencia izquierdista. En esta obra se retrata la angustia de un joven desempleado que espera (y desea) que le llamen para el servicio militar. Esta idea se consolidaría después en su primera novela, El hombre en suspenso (1944), que escribió durante la Segunda Guerra Mundial, mientras estaba embarcado, y en la que refleja el ambiente sofocante y deprimente de la guerra. También su segunda novela, La víctima (1947), sobre la relación entre un judío y un gentil y cómo acaba el uno víctima del otro, ahonda en esta corriente. M.a Eugenia Díaz, en la introducción a la edición española de Las aventuras de Augie March (1948) señala esta novela, junto a El hombre en suspenso y La víctima como pertenecientes a una primera etapa en la carrera literaria de Bellow que duraría desde 1944 a 1955, una etapa de posguerra en la que Estados Unidos se está convirtiendo en una potencia política y económica.
Las aventuras de Augie March supone una transformación de su estilo anterior. Bellow compuso la mayor parte de Las aventuras de Augie March en París, donde residió durante un tiempo gracias a una beca Guggenheim. Esta obra, que le consolidó como uno de los grandes escritores contemporáneos estadounidenses, es una novela que ha sido comparada con el clásico de Cervantes, Don Quijote, que ejercería una importante influencia sobre su producción literaria. A través de las peripecias de su protagonista, Augie, el escritor nos adentra en la comunidad judía de Chicago, ofreciéndonos un retrato de la gran urbe como el lugar en el que se desarrolla la vida del hombre corriente. Esta imagen, muy estadounidense, de la ciudad como experiencia de supervivencia cobra una gran relevancia en la narrativa de Bellow, que ve en el pueblo americano en general un pueblo hecho a sí mismo, y en el pueblo judío, en particular, la imagen de la superación.
Los héroes de Bellow representan la evolución intelectual y el afán por mejorar. Si bien su ideología puede haber variado a lo largo de su vida, desde una perspectiva marxista hasta el neoconservadurismo de los últimos años, su posición como autor comprometido con el pueblo judío se ha mantenido inalterable. Ser autor judío no significa solo pertenecer a esta etnia y participar de la religión semita. Como señala Alfred Kazin, Bellow ejercía de autor judío y la preocupación por esta raza permea la mayoría de sus obras: en casi todas aparecen personajes judíos y los que no lo son, están obsesionados con los judíos. Aparecen barrios judíos, familias judías, se presenta al judío como un intelectual universitario. A Bellow le fascina la experiencia del pueblo judío como pueblo elegido y perseguido. En sus libros, los protagonistas son judíos que consiguen superar las dificultades y sobrevivir en la jungla de la gran ciudad. Sus héroes son personas disociadas, desplazadas, fuera de lugar, que luchan en un mundo hostil rodeado de seres extraños. Son peregrinos que vagan por un mundo que les es ajeno y deben luchar por sobrevivir. El héroe de El hombre en suspenso, Joseph, se pregunta: «¿Cómo debe vivir un buen hombre? ¿Qué debe hacer?». Tales preguntas son claves en la obra de Bellow, prueba del dilema moral que tienen muchos de sus protagonistas y que resuelve en obras como Carpe diem (1956), cuyo título es lo suficientemente indicativo.
Es evidente, por tanto, que no todo es angustioso en la obra de Bellow. «Los manuscritos de Gonzaga» (1954), por ejemplo, nos ofrece un relato ambientado en la España franquista, en el que un joven crítico literario norteamericano, Clarence Feiler, busca unos poemas sin publicar de Gonzaga, un poeta fallecido. Los elementos detectivescos y la sátira sobre la crítica literaria que contiene esta obra recuerda a otras como Los papeles de Aspern de Henry James o, posteriormente, Posesión de A. S. Byatt y muestra también cierta influencia cervantina en la búsqueda utópica de un texto desconocido, que resulta totalmente marginal a la narración, pero que, sin embargo, la articula. Vemos además, en este cuento, el retrato despiadado de una España atrasada y desconfiada que mira a Estados Unidos con una mezcla de admiración y recelo.
La novela Henderson, el rey de la lluvia (1959) nos ofrece una imagen más optimista del mundo que las obras anteriores. En esta ocasión, el protagonista no es judío sino anglosajón. Esta obra, que se ha interpretado como una parodia del psicoanálisis, tan de moda en la época, y de la aventura mítica del héroe (Francisco Collado) nos ofrece la historia de un hombre que, angustiado por la realidad norteamericana en la que vive, decide hacer un viaje a África para tener una experiencia reveladora. Los conocimientos antropológicos de Bellow son evidentes en la novela, como lo es el interés por el psicoanálisis, que ya había mostrado en «Dora», un relato de 1949 en el que hace una referencia intertextual al ensayo de Freud, Análisis de un caso de histeria, para narrar la historia de una joven que comienza a descubrirse a sí misma a través de su implicación para ayudar a un vecino desconocido que se encuentra solo.
Bellow es un escritor famoso por sus reflexiones sobre la soledad y la locura y la fina línea que separa esta última del genio, un tema que explora especialmente en Herzog (1964). Esta novela, que le granjeó fama y reconocimiento, a pesar de considerarse antiintelectual, versa sobre la vida de un filósofo judío que desea relacionarse con los demás, pero es incapaz de resolver su vida. En la misma línea, El legado de Humboldt (1975), también nos presenta a un protagonista intelectual, Humboldt, basado en un poeta amigo suyo, Delmore Schwartz. Esta obra obtuvo el Premio Pulitzer y fue definitiva para que le concedieran el Premio Nobel, galardón que le fue otorgado «por la comprensión y el análisis sutil que realiza de la sociedad contemporánea en sus obras». En su discurso de aceptación del Premio Nobel, Bellow reivindicó la intelectualidad como arma contra la apatía e instó a los escritores a hacerse cargo de su papel de faros de la civilización y luchar contra la desidia espiritual y el materialismo exacerbado.
A Bellow le han criticado por ser demasiado cerebral y por sus largas digresiones y sus reflexiones sobre antropología o religión. Su posición ideológica tampoco deja a nadie indiferente. Noam Chomsky criticó las declaraciones que hizo en su libro Jerusalén, ida y vuelta (1975) donde había dicho que la mayoría de los israelitas era tolerante y que no existía apenas rechazo hacia los palestinos. Es también famosa la entrevista que concedió a The New Yorker en marzo de 1988 en la que, al hablar de multiculturalismo, Bellow lanzaba la siguiente pregunta: «¿Quién es el Tolstói de los zulúes? ¿Quién el Proust de los papúes? Me gustaría leerlo».Quizá lo que quería decir Bellow es que estos escritores estaban aún por descubrir, pero el hecho es que estas afirmaciones fueron interpretadas como un alegato racista y le valieron el rechazo de una gran parte de la comunidad universitaria y la exclusión de las listas de lecturas de algunos departamentos de inglés. En su defensa, Bellow comentó que había hecho el comentario desde un punto de vista antropológico, distinguiendo las comunidades literarias de las preliterarias.
Martin Amis dijo de él que el estallido visionario de la viril madurez de Bellow (Augie March, Herzog, El legado de Humboldt) había dejado paso a un arte más frío y conciso, aunque sus últimas obras habían ganado en claridad y frescura. Amis también señala que el cambio en su posición ideológica es visible en su narrativa, pues mientras que El planeta de Mr. Sammler (1970) presentaba el Holocausto como un acontecimiento histórico comprensible, La conexión Bellarosa (1989) niega cualquier posibilidad de una explicación plausible para este acontecimiento. Algunos críticos han señalado que Mr. Sammler representa la mente de Bellow, su inteligencia. Sammler escapó de los nazis dejando atrás a su esposa muerta y desde su exilio en América hace manifiesto su desprecio por un mundo cruel e injusto. La moralidad del libro reside pues, como en muchas obras de Bellow, en la certeza de sus opiniones, pues sus héroes se muestran seguros de sí mismos y de la verdad de sus convicciones y, por eso mismo, algunos críticos los consideran políticamente incorrectos. Sin embargo, a pesar de ello, como señala Francisco Collado, «Bellow es, sin lugar a dudas, uno de los grandes novelistas norteamericanos del siglo XX. Su narrativa ha llegado a ser tan rica en complejidad a lo largo de su vida literaria que, no en vano, la crítica lo ha definido con una gran variedad de calificativos, tales como autor inteligente, astuto, existencialista, neomodernista, realista, costumbrista o neohumanista». Más allá de su filiación religiosa, Bellow es, en definitiva, un nombre clave en la narrativa contemporánea estadounidense y, como dijo el propio escritor en 1994: «El tiempo dirá lo que el siglo XX hizo por mí y lo que yo he hecho por el siglo XX».
Bibliografía
Cándido Pérez Gállego, El héroe solitario en la novela norteamericana, Madrid, Prensa Española, 1966; Malcolm Bradbury, Saul Bellow, Londres, Methuen, 1982; Jonathan Wilson, On Bellow’s Planet. Readings from the Dark Side, Londres-Toronto, Associated University Presses, 1985; Pilar Alonso Rodríguez, Tres aspectos de la frontera interior: Una concepción mesiánica del hombre en la obra de Saul Bellow, Bernard Malamud y Philip Roth, Salamanca, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Salamanca, 1987; Ruth Miller, Saul Bellow. A Biography of the Imagination, Nueva York, St. Martin’s Press, 1991; Gerhard Bach, The Critical Response to Saul Bellow, Westport, Greenwood Press, 1995; James Atlas, Bellow. A Biography, Nueva York, Random House, 2000; Harold Bloom, Saul Bellow. Modern Critical Views, Nueva York, Chelsea House Publishers, 2000; José Antonio Gurpegui Palacios (ed.), Historia crítica de la novela norteamericana, Salamanca, Almar, 2001.
THOMAS BERNHARD
por
XAVIER JOVÉ
Que el hombre espiritual tiene siempre a la masa,
por naturaleza y por tanto inevitablemente,
dicho de una forma patética,
a toda la humanidad contra él, eso está claro.
(Los comebarato, 1980)
Difícilmente se hallará, entre los autores de la más exigente literatura contemporánea en cualquier lengua, alguno más capaz de crear verdadera adicción en sus lectores que Thomas Bernhard (Heerlen, Países Bajos, 1931-Gmunden, Austria, 1989). Los devotos de Bernhard, aunque reclutados en general en el territorio habitado por el lector más cualificado e inquieto, son una auténtica legión, y no es infrecuente que, tras el descubrimiento —a menudo deslumbrador— del autor austríaco, se pase por una fase adictiva que solo se satisface con la lectura de otras obras suyas, afortunadamente numerosas. A buen seguro todo lector competente (y más aún todo escritor en incubación) debe pasar necesariamente su «fase Bernhard» —del mismo modo que es indispensable que pase también su «fase Kafka» o su «fase Borges»—. Este proceso de adscripción —si no de fascinación o de rendición— lectora, que devino característico durante las últimas décadas del siglo XX, sigue hoy sin duda vigente y acaso resulte más necesario que nunca.
El lector del siglo XXI, en efecto, cuando entra en una librería suele verse inmediatamente rodeado de productos literarios más o menos solventes, más o menos conseguidos, más o menos honestos. Por muy curtido que esté, y por gruesa que sea la capa de distancia escéptica con la que se ha cubierto al penetrar en la tienda de libros, al verdadero lector siempre le aumentan las pulsaciones y le sube el nivel de adrenalina a medida que transcurren los minutos allí, consciente de lo mucho que le gustaría leer aún. Si en ese momento clave e intenso, durante ese rato a veces agotador de la elección de lectura, cae en sus manos una obra de Bernhard, enseguida se da cuenta de que aquello no es un producto al uso, una construcción literaria previsible, una receta cuyos ingredientes resultan obvios. Aquello es otra cosa, a saber: escritura en estado puro. Una escritura torrencial, indómita y absolutamente personal. Un estilo propio (imposible de haber sido aprendido en un taller literario), visceral pero armónico, arrollador pero musical. Una voz narrativa contra todo, contra el mundo, contra el propio lenguaje. Aunque el lector no se decida ese día a llevarse el volumen que ha hojeado, cuando lo devuelva a su anaquel tendrá la sensación —hoy más que ayer— de que cualquier libro de Bernhard es, en medio de tantos y tantos otros libros, como un potro salvaje entre rebaños dóciles.
Eso no significa que la escritura de Bernhard no tuviera su propia cocina, por supuesto. Su literatura podría parecer cruda, pero en realidad está exquisitamente elaborada. Lo que la diferencia de la mayoría es que Bernhard creó su propia receta y fue desarrollando su propia carta —menos variada que intensa y sabrosa— con unos componentes que el paladar del lector pronto aprende a reconocer y a degustar con deleite. En esa comunión íntima que se establece entre la escritura de Bernhard y su receptor parece estar en juego el concepto de «desquite». El narrador bernhardiano, en su permanente diatriba, a menudo atrabiliaria pero también de una inteligente y sutil comicidad, no cesa de pasar cuentas con todas las manifestaciones pasadas y presentes de la estupidez humana. Es un puro, profundo y catártico ejercicio de desquite, y el lector lo sabe y lo agradece; por otra parte, sumergirse en aquella lectura supone también desquitarse de tanta literatura de la corrección, de la mediocridad o del oportunismo como pueda invadir el mercado.
Bernhard solo concibe al ser humano en tanto que individuo, y su obra solo se dirige al individuo; en ella se odia a la masa y se desprecia a la colectividad. Ese rasgo identificador es otro importante polo de atracción para los seguidores de su prosa, pues el lector vocacional, irreductible y veraz suele tener un corazón solitario. Hasta cierto punto (aunque solo hasta cierto punto) sucede con el éxito de Bernhard lo que había sucedido —salvando las distancias de calidad literaria— con Hermann Hesse, que escribía para lectores que se sintieran únicos, diferentes o especiales y acabó por atraer a millones y millones en todo el mundo y a través de varias generaciones. La obra de Bernhard redime al lector o al espectador de teatro, lo purifica en el sentido aristotélico, porque expresa con inclemente veracidad todo aquello que el individuo siente, piensa y cree pero que acaso por sí mismo no osaría verbalizar sin más, pues sabe que con ello se podría rasgar el velo de autoengaño imprescindible para poder construir su vida social, familiar o profesional. Y sin embargo, más allá de su negatividad radical, más allá de su pulsión crítico-destructiva, más allá de su insobornable desdén hacia toda humana institución, la obra de Bernhard es en realidad un hermoso canto a la plenitud de la vida, una elocuente defensa del espíritu creativo, un auténtico acto de amor a la verdad como búsqueda permanente.
Melville, ávido lector de Schopenhauer, dijo que hay una sabiduría que es pesar, pero que hay un pesar que es locura. La voz narrativa bernhardiana no traspasa la frontera de la insania, aunque su hábitat natural parece hallarse justo en el borde de ese abismo. Cualquier lector percibe, palpa, que la lucidez brutal y sin concesiones que ilumina la literatura de Bernhard solo puede ser fruto de un dolor hondo y severo. Bernhard fue toda su vida, desde la adolescencia, un hombre físicamente enfermo. La distinción entre el mundo gregario y vulgar de los sanos, y el mundo clarividente y espiritual de los que conviven con alguna enfermedad, constituye uno de sus temas característicos. En Bernhard ese gesto —de raíz romántica, desarrollo finisecular y extensión contemporánea— del escritor de culto, asocial, outsider o maldito, alcanza un grado de radicalidad difícilmente superable y además particularmente original. Sin duda una de las claves esenciales de la obra de Bernhard es que se erige en una especie de poética del subjetivismo. Quizá la gran lección de esa obra es que, explícita e implícitamente, proclama que la única verdad posible es siempre, en extremo, subjetiva. Se trata de una defensa a todo trance de la razón poética, de la visión personal, de la mirada individual, y de un rechazo sin fisuras de los pilares objetivos del entramado social y de cualquier discurso (ciencia, educación, Estado) que pretenda exhibir su prepotencia objetivizadora ante el sujeto. Bernhard en el fondo no necesita demostrar o argumentar sus invectivas recurrentes: el lector sabe que hay en ellas una verdad propia, justificada e incontestable.
La repetición es el recurso estilístico fundamental en la obra de Bernhard —por ejemplo en Corrección (1975), o en su última novela acabada, Extinción. Un desmoronamiento (1986)—, y de hecho opera a distintos niveles: en la estructura de una determinada oración (a menudo exageradamente larga y repetitiva, abusando de la sintaxis y sometiéndola sin contemplaciones a las necesidades expresivas del narrador); en el andamiaje de una determinada obra (compuesta habitualmente con austeros elementos argumentales, mediante el armónico desarrollo de la partitura narrativa a partir de unos motivos de particular recurrencia); y en la producción bernhardiana vista como conjunto, un personal paisaje literario en el que los temas vuelven de obra en obra como en una letanía global integrada por otras tantas letanías de la introspección, del desvelamiento o del improperio. En su forma más característica, la prosa de Bernhard ignora el punto y aparte; no siempre consigue que el lector no lo eche en falta o no vea su necesidad en determinados momentos del texto, pero en general el narrador sabe mantener a su modo el incesante ritmo de esa propuesta discursiva, que va modelando con su típica melodía desdeñosa y obsesiva en gran medida articulada como una brillante retórica de la digresión, donde, al modo de un contrapunto, los hilos siempre acaban convergiendo.
Los principales maestros de Bernhard (Schopenhauer, Montaigne, Pascal) no son sin duda ajenos a cierto componente aforístico que su literatura contiene. A menudo se parte de un aforismo —hasta el cual el discurso narrativo había llegado de la forma más directa— para irlo entonces desarrollando circularmente, en espiral, insistentemente, envolviendo la conciencia seducida del lector, cerrando (un poco al modo de Kafka) todas las salidas posibles y encaminando ese discurso en una dirección que se convierte en la única necesaria y verdadera. El antiacademicismo del estilo de Bernhard está vinculado a su falta de fe en el lenguaje, al cual considera —siguiendo en eso las huellas de una ilustre tradición literaria austríaca: Hofmannsthal, Kraus, Schnitzler— una herramienta de dudosa eficacia para articular el pensamiento o transmitir cualquier verdad. El inmoderado uso enfatizador de las cursivas, tan típico de su prosa, es como una queja permanente de la insuficiencia expresiva y comunicadora de esa herramienta. El teatro de Bernhard también es formalmente particular, y está escrito sin signos de puntuación y con el texto fragmentado como si se tratara de versos. En el arte cómico-dramático de Bernhard no puede hablarse propiamente de personajes, ni de trama o enredo, ni siquiera de diálogos. Se trata básicamente de una puesta en escena de voces que monologan, de marionetas en soliloquio. La feraz vena provocadora de nuestro autor (que parecía hallarse en su elemento predilecto cuando arreciaba la polémica) brilla en ese teatro textual y estático, fiel por completo al mundo temático de su prosa, y arroja una luz propia sobre cierta concepción, presente también en sus géneros narrativos, de la existencia humana como farsa tragicómica.
Aunque nacido circunstancialmente en la localidad holandesa de Heerlen (su madre estuvo durante un tiempo en los Países Bajos trabajando en el servicio doméstico), Thomas Bernhard se crio en Austria junto a sus abuelos maternos ya desde el primer año de vida. Nunca llegó a conocer a su padre, un carpintero bebedor muerto en 1940 en Berlín en circunstancias inciertas. El hijo ilegítimo adoraba a su madre, aunque su relación con ella fue todo menos fácil: un niño sensible y complicado, una mujer que en él veía el vivo retrato del progenitor que odiaba, unas dificultades económicas permanentes y una época histórica atroz. La pregunta en torno al padre, la incomprensión por el veto estricto que pesaba de aludir jamás a él en casa, aparece en las obras autobiográficas de Bernhard. Hoy sus biógrafos (que escudriñan y documentan todos los aspectos imaginables de su existencia) nos han revelado el hecho determinante que faltó por conocer a nuestro autor para que sus piezas pudieran encajar: todo indica que su nacimiento fue el fruto de una violación. Aunque la madre se casó en 1936 y Thomas Bernhard pasó a tener un tutor, sin duda alguna la figura decisiva en su educación y en su desarrollo fue el abuelo, Johannes Freumbichler (1881-1949), un escritor regional que hoy es recordado precisamente gracias a su nieto. Como si hacia su figura hubiera proyectado Bernhard multiplicadamente —en tanto que abuelo, padre y maestro a la vez— una necesidad de identificación, lo cierto es que alrededor de ella construirá en buena medida su propia identidad de artista. De esa figura tomará Bernhard el radicalismo individualista, el compromiso vital con el arte, el cultivo exigente de una vida espiritual que a menudo se debe desarrollar no solo al margen de la sociedad, sino contra ella. Pero es más: se puede decir que la gran mayoría de protagonistas tanto en la prosa como en el teatro de Bernhard vienen a ser como una mezcla de características identificatorias del propio autor y de su abuelo. Ese típico personaje bernhardiano que vive en el más lúcido aislamiento, implacablemente crítico con todo cuanto juzga, defensor de su esfera creadora aunque conocedor también de sus peligros, entregado vitalmente a la imposible conclusión de alguna importante obra científica o filosófica, es su abuelo.
Todo cuanto escribió Thomas Bernhard es en mayor o menor medida autobiográfico —y paralelamente, su célebre pentalogía autobiográfica contiene también elementos de ficción—. Por otro lado, tanto por los temas principales de que se ocupa como por los que va incorporando a modo de excurso, toda su obra muestra un marcado y atractivo componente culturalista (más orientado en general hacia la música y el pensamiento que hacia la literatura); se trata sin embargo de un culturalismo muy particular, directo, elemental, en cierto modo naíf: en definitiva un culturalismo mucho más propio de un artista que de un erudito —que Bernhard (autodidacta que abandonó el bachillerato) nunca fue—. Sin contar la lírica de sus inicios, su obra más significativa —en lo literario y en su repercusión pública— abarca el cuarto de siglo que media entre su tremenda y premiada novela primeriza Helada (1963) y su último y apoteósico escándalo teatral Heldenplatz (Plaza de los héroes) (1988). Veinticinco años de imprecación contra Austria y de irritación de sus compatriotas. Como personaje público amante del éxito, Bernhard se consagró a una especie de prolongada performance vital que consiguió incluso llevar hasta más allá de su muerte, cuando —y una vez enterrado sin haberse dado a conocer su óbito— se supo que prohibía testamentariamente la edición y la representación futura de sus obras dentro del Estado austríaco.
Bernhard fue un patriota en el más puro sentido del término: no un ramplón cantor de las esencias, sino un intransigente denunciador de las excrecencias. Hoy la germanística lo ha elevado al canon y se ha convertido en un verdadero autor nacional austríaco presente en los libros de texto. En su momento, esa voz insultante encarnó la necesidad colectiva de una reflexión sobre la suciedad nacionalsocialista que había quedado oculta bajo las impolutas alfombras de la neutralidad política y del turismo melómano. Como uno de esos artistas que ahora manipulan atrozmente su cuerpo para mostrar la brutalidad de ciertos valores vigentes, la vida y la obra de Bernhard, el enfermo, el insano, el inadaptado, el autoexcluido, fue y es un síntoma y una metáfora de la enfermedad de Austria: en definitiva, de las enfermedades del mundo.
Dado su carácter en cierto modo más redundante que evolutivo, la producción de Thomas Bernhard permite que el lector la recorra en el orden que desee o que el azar disponga. Sin embargo son los cinco libros de su autobiografía (cada uno con la extensión de una novela breve) los que —además de suscitar la más favorable unanimidad crítica— suelen considerarse como la mejor introducción al mundo bernhardiano. Son sus títulos: El origen. Una indicación (1975); El sótano. Un alejamiento (1976); El aliento. Una decisión (1978); El frío. Un aislamiento (1981) y Un niño (1982). El conjunto constituye no solo una absoluta obra maestra del género, sino una lectura estrictamente imprescindible para todo amante del arte literario. Se encuentran allí muestras en prosa tanto del Bernhard más manierista como también de un narrador que sabe desplegar una efectividad deslumbrante y demoledora. Contiene inolvidables páginas maestras de otros subgéneros literarios como pudieran ser la literatura de balnearios (mucho menos amable, claro está, que en Thomas Mann) o la literatura de internados (la sórdida institución nazi-católica de Bernhard convierte a las de Musil, Joyce o Pérez de Ayala en confortables residencias). El relato abarca —si bien no exactamente en este orden— la infancia, adolescencia y primera juventud, y en cada momento la voz narrativa parece adaptarse maravillosamente (aun cuando siempre habla el hombre adulto) al período descrito. Más allá de cualquier retórica del artista adolescente o enfermo, en ninguna parte se ve como aquí lo que se llamaría «un destino de escritor», y pocas, muy pocas lecturas son tan capaces como esta de reconciliar al lector con el auténtico poder de la literatura.
Bibliografía
Thomas Bernhard (1986), Tinieblas: Relato autobiográfico: Discursos: Textos: Entrevista, estudio crítico dirigido por Claude Porcell, Barcelona, Gedisa, 1987; Kurt Hofmann (1988), Conversaciones con Thomas Bernhard, Barcelona, Anagrama, 1991; íd. (1991), Thomas Bernhard: Un encuentro: Conversaciones con Krista Fleischmann, Barcelona, Tusquets, 1998; Miguel Sáenz, Thomas Bernhard: Una biografía, Madrid, Siruela, 1996; Chantal Thomas, Thomas Bernhard, le briseur de silence, París, Seuil, 2006.
BERTOLT BRECHT
por
MICHAEL PFEIFFER
Los acontecimientos no deben sucederse imperceptiblemente, sino que es necesario que entre ellos quede un espacio por donde pueda entrar en juego la facultad de juzgar.
(Pequeño organon para el teatro, 1948)
El futuro rebelde Bertolt Brecht (Augsburgo, 1898-Berlín, 1956) nace el 10 de febrero de 1898 en una ciudad provinciana de Baviera, en el seno de una familia relativamente acomodada. Aunque el sur de Alemania es predominantemente católico, el joven escolar cursa la educación primaria en una escuela protestante en donde la lectura de la Biblia luterana forma una parte central del plan de estudios. Cuando en el año 1928 le preguntan en una entrevista qué hecho le había impresionado más hasta ese momento en su vida, Brecht contestó lacónicamente: «No se lo van a creer: la Biblia». En 1917 tiene que acabar su bachillerato de forma provisional ya que la Primera Guerra Mundial, en su penúltimo año, marcaba drásticamente el orden del día. No muy convencido, se matricula en Múnich para estudiar Medicina, pero al año siguiente le llaman a filas como auxiliar sanitario en un hospital militar. Si bien el alumno Brecht participaba —como todos los jóvenes de su época— del entusiasmo patriótico por la guerra con poemas de alabanza al emperador, ahora, con la experiencia de los mutilados de guerra, compone en 1919 una balada que enseguida llamaría la atención de jueces y fiscales por un acto considerado de alta traición. Se trata de la provocadora y satírica balada Legende vom toten Soldaten (‘Leyenda del soldado muerto’) donde una comisión médica militar desentierra con una pala bendecida a un soldado, medio podrido ya, para declararle de nuevo apto para el servicio y reenviarlo al frente como carne de cañón. Tal fue el impacto de estos versos que, en 1923, el emergente partido nacionalsocialista colocaría este texto y a su joven autor entre los más odiados de su «Lista negra» y posteriormente serviría al gobierno de Hitler en 1933 como justificación para retirarle la ciudadanía alemana.
Con los años veinte empieza su andadura por las ciudades tal como recoge en un poema autobiográfico de su Hauspostille (‘Devocionario doméstico’): «Yo, Bertolt Brecht, soy de la Selva Negra. / Mi madre me condujo a las ciudades / cuando estaba en su vientre. Y el frío de los bosques / dentro de mí estará hasta que muera. / En la ciudad de asfalto estoy en casa». «Balada del pobre Bertolt Brecht». Primero vive en la ciudad bohemia de Múnich, donde en 1922 estrena Tambores en la noche, que se convierte en una de las obras teatrales más representadas en la República de Weimar y por el cual le sería concedido el prestigioso Premio Kleist. También le atrae la efervescente metrópolis berlinesa donde pasaría a residir en 1924, ciudad que era a la vez, entre Moscú y Nueva York, la capital de las vanguardias artísticas y el escenario del empobrecimiento de las masas debido al paro y a la galopante inflación producto de un capitalismo descontrolado: «Llegué a las ciudades en tiempos del desorden, / cuando el hambre reinaba. / Me mezclé entre los hombres en tiempos de rebeldía / y me rebelé con ellos» («A los hombres futuros»).
En la capital despliega su talento creador en todos los géneros literarios y en las corrientes artísticas del momento. Trabaja tanto en la radio como en el cine, publica en revistas literarias y compone canciones propagandísticas para el Frente Unitario de los Trabajadores. Culmina esta etapa de Berlín con el éxito avasallador de La ópera de cuatro cuartos, estrenada en 1928 en el Theater am Schiffbauerdamm, éxito debido también en gran parte al genial músico Kurt Weill. Esta etapa finaliza bruscamente poco después con el hundimiento de todo el país en el Tercer Reich. «¡Oh Alemania, pálida madre! / Entre los pueblos te sientas / cubierta de lodo. / Entre los pueblos marcados por la infamia / tú sobresales», «Alemania». El 28 de febrero de 1933, el día después del incendio del Reichstag, Bertolt Brecht y los suyos emprenden el largo camino del exilio a través de Praga, Viena, Zúrich, París, Dinamarca, Suecia, Finlandia y Moscú para llegar en 1941, finalmente, a Estados Unidos. «Cambiábamos de país como de zapatos / a través de las guerras de clases, y nos desesperábamos / donde solo había injusticia y nadie se alzaba contra ella» («A los hombres futuros»). Dejando a un lado su colaboración con Fritz Lang en el guion de la película Los verdugos también mueren de 1942, no consigue vender su talento a las productoras de Hollywood mientras que en la neutral Suiza, en el teatro de Zúrich, se estrenan sus grandes obras teatrales, como por ejemplo Madre Coraje y sus hijos o Vida de Galileo. Esta fase acabaría en 1947 con una invitación a declarar ante el Comité de actividades antiamericanas. A la pregunta sobre si había escrito obras revolucionarias responde astutamente que sí porque su intención revolucionaria era derrocar al gobierno de Adolf Hitler exactamente igual que habían hecho los soldados norteamericanos. Ese mismo año regresa Brecht a Europa pasando por París y Zúrich, y, después de haber conseguido la nacionalidad austríaca en 1950, acaba instalándose en Berlín Este, la capital de la República Democrática Alemana. Sus últimos años de vida los dedica casi por completo a la puesta en práctica de su concepción del teatro épico realizando las funciones de director del Berliner Ensemble —fundado por él y su mujer Helene Weigel y ubicado en el Theater am Schiffbauerdamm, el mismo lugar de su primer éxito— y llevando al escenario sus propias obras y las adaptaciones de otros autores dramáticos. En 1955, un año antes de su muerte, no duda en aceptar el Premio Stalin de la Paz en Moscú, pese a que su convivencia con el régimen comunista no había estado exenta de conflictos, como se ve con toda claridad en su reacción a la revuelta de los obreros berlineses del 17 de junio de 1953, con el poema, evidentemente impublicable, «La solución», de las Elegías de Buckow:
Tras el alzamiento del 17 de junio
el secretario de la Unión de Escritores
mandó repartir panfletos en la avenida Stalin
en los que se leía que el pueblo
había perdido la confianza del gobierno
y que solo redoblando el trabajo
podría reconquistarla.
¿Pero no sería
más simple que el gobierno
disolviera al pueblo
y que eligiera otro?
Resulta difícil encajar a Brecht en las corrientes literarias de su época. Él, como tantos de los autores reunidos en el presente libro, creó su propio estilo. La reacción de la crítica al estreno de Tambores en la noche confirma su fuerza innovadora: «El joven poeta de veinticuatro años, Bertolt Brecht, ha transformado de la noche al día la fisionomía poética de Alemania [...] un tono nuevo, una nueva melodía, una nueva manera de ver». Su gran oponente, Thomas Mann, reconoció inmediatamente la valía del joven Brecht señalando que la diferencia entre su generación y la suya era mínima. Pero Brecht, el rebelde antiburgués, no estaba de acuerdo en absoluto con esta afirmación y respondió con un ataque frontal a la comparación de Mann: «En una disputa eventual entre un carruaje y un automóvil, sería el carruaje, evidentemente, quien consideraría mínima esa diferencia». Si bien es Thomas Mann quien en 1929 recibe el Premio Nobel, es Bertolt Brecht quien tiene el honor póstumo de que Gallimard publique sus obras en la Bibliothèque de la Pléiade, junto a Kafka y, curiosamente, Ernst Jünger. Por otro lado, lo que Brecht nunca supo fue que el Premio Stalin que recogió tan diligentemente en Moscú había sido rechazado por el primer candidato a obtenerlo, Thomas Mann.
Suelen distinguirse tres etapas en la obra de Brecht. La primera, entre 1918 y 1928, la podríamos calificar de fase de juventud. Son diez años de una producción prolífica que contrasta con el expresionismo en su fase de decadencia. En esta época se opone con frialdad al patetismo declamatorio del expresionismo y de todo tipo de idealismo. Cabe mencionar aquí la antología poética titulada irónicamente Hauspostille de 1929, que recoge los poemas compuestos entre 1916 y 1925. Tanto la poesía como sus obras teatrales En la jungla de las ciudades o Baal de 1923, se caracterizan por un lenguaje nuevo que ya entonces se consideraba novedoso, brutalmente sensual y melancólicamente tierno, vulgar y a la vez de una tristeza abismal, de un furibundo ingenio y de un lirismo de tonos elegíacos. Este antiidealismo casi nihilista se expresa por ejemplo en la primera estrofa del poema «Verwisch die Spuren» (‘Borra las huellas’), incluido en la antología Aus einem Lesebuch für Städtebewohner (‘Del libro de lectura para los habitantes de las ciudades’): «Sepárate de tus compañeros en la estación. / Vete de mañana a la ciudad con la chaqueta abrochada, / búscate un alojamiento, y cuando llame a él tu compañero: / no le abras. ¡Oh, no le abras la puerta! / Al contrario, / borra todas las huellas». Sin embargo, el último verso de este poema pone en duda la rigidez anónima del conjunto porque concluye con la siguiente constatación, puesta además entre paréntesis: «Esto me enseñaron».
Toda la fuerza innovadora de Brecht se pone de manifiesto en La ópera de cuatro cuartos con el juicio irrevocable que proporciona el éxito. Brecht y Weill consiguen un montaje de estilos que combina en una comedia picaresca tanto formas triviales como cultas, música jazz y tango, cabaret y música de baile, ópera y habaneras, entretenimiento puro y crítica social. La frase «Primero la comida, luego la moral» forma parte ya del acervo cultural alemán, una frase que, por cierto, tiene sus antecedentes en consideraciones similares del soldado Woyzeck de Georg Büchner. Esta obra no ha perdido ni un ápice de su viveza y ha sido interpretada desde sus comienzos por cantantes tan dispares como Louis Armstrong, Ella Fitzgerald, Frank Sinatra o Sting como fácilmente puede comprobarse en YouTube. La paradoja de esta ópera antiburguesa consiste precisamente en el éxito que obtuvo entre el propio público burgués al que Brecht pretendía censurar. Sus instrucciones para los actores delatan claramente su intención crítica:
El bandido Macheath debe ser representado por el actor como un aspecto de la burguesía. En la admiración que la burguesía siente por los bandidos se explica la errónea creencia de que un bandido es un burgués. Este error proviene de otro error anterior: un burgués no es un bandido. ¿De modo que no hay diferencia ninguna? Sí: un bandido a veces no es un cobarde.
No obstante, Brecht no siente ningún rubor por su éxito y aplica todos los trucos de la mercadotecnia para vender su composición y sacar provecho de su interpretación en todos los formatos artísticos. Declara: «Mi nombre es una marca. Y quien use esta marca, que pague». Continúa su colaboración con Kurt Weill en la obra Ascensión y caída de la ciudad Mahagonny, una visión apocalíptica del egoísmo capitalista escenificado en una ciudad fantasma poblada de delincuentes, prostitutas y buscadores de oro.
La segunda etapa creadora, entre 1929 y 1937, podríamos caracterizarla como una fase didáctica debida a la formación de índole marxista de Brecht. Como ya había observado Walter Benjamin en su famoso ensayo La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, una de las vertientes del fascismo emergente fue la estetización de la política, a la cual habría de responder la izquierda con la politización del arte, tarea a la que Brecht se entregó en cuerpo y alma. Es quizás esta etapa la que más está sujeta a sus circunstancias históricas y que en la actualidad menos interés suscita. No obstante, parte del teatro didáctico-dialéctico mantiene su éxito entre grupos de teatro de muchos países en vías de desarrollo o bajo una presión política dictatorial. La obra Terror y miseria del Tercer Reich supone una respuesta inmediata al régimen de Hitler, de igual manera que el golpe de Estado de Franco tiene su réplica en la obra Los fusiles de la señora Carrar (1937), que fue estrenada en París.
La tercera etapa, la fase de madurez entre los años 1938 y 1948 —es decir, hasta su regreso del exilio— y que abarca sus últimas grandes producciones dramáticas, se inaugura con la obra en la que mejor se refleja su condición de exiliado y de oponente al poder: Vida de Galileo escrita en 1938 y estrenada en 1943 en Zúrich. Otras obras destacables y relacionadas con el tema de la guerra y la corrupción moral que conlleva son, por ejemplo, Madre Coraje y sus hijos (1939), La persona buena de Sezuan (1940), La evitable ascensión de Arturo Ui (1941), Schweyk en la Segunda Guerra Mundial (1944) y, finalmente, El círculo de tiza caucasiano (1945).
Esta etapa tiene continuidad en los últimos años de su vida que dedica casi por completo a poner en práctica su concepción teatral sin dejar de trabajar en ningún momento en la lírica. Compone el último ciclo de poemas cuyo título alude al lugar de su retiro en el campo prusiano. Las Elegías de Buckow, con formas sucintas que recuerdan al haikú japonés, ciertamente vuelven a poner de manifiesto el desacuerdo del ya agotado rebelde Bertolt Brecht con el régimen del socialismo real pero también expresan de manera certera su condición humana como por ejemplo en el poema titulado «El humo»: «La casita entre árboles junto al lago / del tejado un hilo de humo. / Si faltase / qué desolación / casa, árboles y lago».
Al bajar el telón de su teatro del Berliner Ensemble, los espectadores podían ver el dibujo de la famosa paloma de Pablo Picasso que Bertolt Brecht denominaba «la combativa paloma de la paz de mi hermano Picasso». Incansables renovadores del arte, los dos nunca dejaron de producir. Su gran capacidad para la autoironía se expresa bien en este diálogo del relato «El esfuerzo de los mejores» (Historias del señor Keuner): «—¿En qué trabaja usted? —le preguntaron al señor Keuner, y él respondió—: Hago grandes esfuerzos preparando mi próximo error».
Bibliografía
Hans Egon Holthusen, Brecht, Barcelona, Seix Barral, 1963; Frederic Ewen, (1967), Bertolt Brecht: su vida, su obra, su época, Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2001; Walter Benjamin (1973), Tentativas sobre Brecht, Madrid, Taurus, 1991; Ronald Hayman (1983), Brecht. Una biografía, Barcelona, Argos Vergara, 1985; Hans Mayer (1996), Brecht, Hondarribia, Argitaletxe, 1998; Jan Knopf (ed.), Brecht-Handbuch, Stuttgart-Weimar, Reclam, 2001-2005.
ANDRÉ BRETON
por
MAR GARCÍA
Por poco que saque la cabeza de mis manos, el pequeño estruendo de lo inútil empieza otra vez a ensordecerme.
(«Discurso sobre la poca realidad», 1917)
Evocar la figura de André Breton (Tinchebray, Francia, 1896-París, 1966) conlleva, inevitablemente, hablar del autor de manifiestos, del portavoz del grupo surrealista, del descubridor de talentos, del guía. Poeta, crítico, teórico y fundador de un arte revolucionario que ambiciona unificar los contrarios (cuerpo y espíritu, realidad y sueño), Breton actualiza la figura romántica del autor investido de una misión redentora. Partiendo de la poesía y la filosofía romántica alemanas, forja una mitología propia en la que la imaginación es la llave de acceso al mundo. Dicha llave no está solo reservada a los poetas. Seres excepcionales como Vaché o Nadja, locos o niños pueden también abrir puertas con ella. Pero la imaginación no conduce a paraísos edénicos, sino a espacios que contienen a su vez otras puertas. En este sentido, Breton se distingue de sus precursores románticos al no creer en el retorno a una edad de oro y, si rechaza en bloque la civilización latina, no cae nunca en un infantilismo anticientífico, probablemente a causa de su formación. Prueba de ello fue su adhesión, aunque problemática, a la causa marxista. A diferencia de lo que ocurre con Éluard o Aragon, Breton suele asociarse a un cierto elitismo, tal vez porque nunca fue un poeta popular y porque, aunque teoriza sobre la escritura automática, aborrece la facilidad. El autor vio en la creación una forma de continuidad de lo cotidiano. Algunas de las exclusiones de miembros del grupo vinieron precisamente motivadas por considerar Breton errónea toda concepción autosuficiente de la literatura. Su modo de entender el sueño como vía privilegiada de acceso al conocimiento supremo y la escritura como medio de liberación de los poderes del inconsciente, además de comportar la invención de una nueva escala de valores artísticos, así como la elaboración de un nuevo modo de lectura y de crítica, se extiende, más allá de la literatura, a todos los ámbitos de la existencia.
La infancia gris y solitaria de André Breton transcurre en el seno de una familia de la pequeña burguesía, en la periferia norte de París. El adolescente descubre entusiasta el simbolismo y envía sus primeros poemas a Valéry. Comienza estudios de Medicina que interrumpe su alistamiento. Presta servicio en diferentes hospitales militares y lee a los clásicos de la psiquiatría, sobre todo a Freud. En 1916, se produce su encuentro con Jacques Vaché en el hospital de Nantes, el cual determina el interés de Breton por el humor. También conoce a Apollinaire y a Reverdy. La amistad que entabla con Aragon y Soupault es el preludio de la aventura surrealista. Con ellos funda la revista Littérature en 1919, donde, durante algún tiempo, apoya las manifestaciones provocadoras de los dadaístas. Entusiasmado con Lautréamont y Rimbaud, rompe con el simbolismo y cuestiona la legitimidad de la práctica literaria. Breton y Soupault viven en un estado de exaltación su primera experiencia de escritura automática: Los campos magnéticos (1920). A partir de 1922, Breton se separa de Tzara y prosigue sus exploraciones mentales (transcripciones de sueños, juegos colectivos, peligrosas experiencias de hipnosis) en el taller de la calle Fontaine junto a Crevel, Desnos y Péret, entre otros. Los poemas, sueños y juegos de Clair de terre (‘Claro de tierra’, 1923) manifiestan ya un deseo de resolver las antinomias en todos los ámbitos, cuestionando, por ejemplo, la frontera entre lo que es considerado arte y lo que no lo es: leída de manera surrealista, la relación, en el listín de teléfonos, de los Breton domiciliados en París, puede convertirse en una insólita familia de indudable valor poético en la que coexisten diputados, carboneros o veterinarios. La publicación del primer «Manifiesto del surrealismo» en 1924 aporta cohesión al grupo y reduce tensiones entre personalidades y opciones políticas diferentes. El «Manifiesto» excede los límites del campo estrictamente literario proponiendo una redefinición del hombre mediante el acceso al «funcionamiento real del pensamiento». El surrealismo, «automatismo psíquico puro», debe estar libre del control de la razón y de toda preocupación estética o moral. Las críticas que Breton dirige contra la novela realista en el «Manifiesto» denuncian la ley del mínimo esfuerzo que conduce a la acumulación de circunstancias arbitrarias. Mientras tanto, el autor no deja de cuestionar la legitimidad del ejercicio de la literatura (el abandono de la misma por parte de Rimbaud ejemplifica para él una actitud consecuente). En 1924, la creación de la revista La Révolution Surréaliste responde a la necesidad de ampliar el campo de acción del movimiento. Hasta 1929, la revista encarna la imagen del grupo surrealista en sus años de máximo apogeo creativo. Aunque en el «Segundo manifiesto del surrealismo» (1930) Breton desconfía de casi todos los autores reivindicados anteriormente por los surrealistas y excluye a Desnos, Artaud y Soupault, contribuye a consolidar la dimensión colectiva del movimiento escribiendo poemas conjuntos con otros miembros del grupo y afirmando su presencia pública mediante declaraciones colectivas, exposiciones o panfletos. Nadja (1928), por su forma y contenido, puede entenderse como el manifiesto de la «belleza convulsiva» que Breton evoca al final del libro. A comienzos de los años treinta, el poeta atraviesa dificultades de orden económico y personal a causa de su separación y de las guerras intestinas entre los miembros del grupo que no comparten su exceso de autoridad. En Los vasos comunicantes (1932), Breton conjuga la exploración del inconsciente que propone el psicoanálisis con la exigencia social marxista. A partir de su lectura de Hegel y de Freud, reflexiona sobre la riqueza poética y subversiva del humor, reacción sublime del espíritu oprimido. Resultado de este interés es su Antología del humor negro (1945), iniciada en 1935. A mediados de los años treinta, la creciente influencia internacional del surrealismo alcanza su punto álgido con la edición del Bulletin International du Surréalisme, propiciada por los frecuentes viajes de Breton, la organización en París de la exposición internacional del surrealismo en 1937 y su encuentro con Trotski en México el mismo año. El autor declara su compromiso con el bando republicano español y protesta contra los procesos de Moscú dirigidos por Stalin. El amor loco (1937) relata su radical y transformadora experiencia del azar objetivo: el encuentro rodeado de casualidades asombrosas con su segunda esposa, Jacqueline Lamba, que él mismo había vaticinado en un poema escrito once años antes. Después de su ruptura con Éluard y del establecimiento del régimen de Vichy, Breton se embarca con su mujer y su hija Aube rumbo a Nueva York, donde vive cinco años difíciles como extranjero a pesar de sus actividades con Marcel Duchamp y otros artistas y de su descubrimiento del socialismo utópico de Fourier mientras visita las reservas de los indios Hopi en Arizona. Todo ello le lleva a condenar el totalitarismo político y a replantearse el surrealismo a partir del mito, a la vez que retoma su interés por el ocultismo y la alquimia. La futura Elisa Breton orienta Arcano 17 (1944), el libro más esotérico del autor. A su regreso a Francia, el poeta inicia una nueva etapa donde combina su pasión de siempre por el coleccionismo de arte primitivo con el estudio de las conexiones entre creación y locura hasta su muerte en 1966. La llave de los campos (1953) ofrece una reflexión sobre las formas de liberación de los mecanismos creativos. En L’Art magique (‘El arte mágico’, 1957) y Le surréalisme et la peinture (‘El surrealismo y la pintura’, 1965), publicado de manera póstuma, el autor prosigue su exploración sobre el arte como modo de expresión de las angustias ancestrales del ser humano.
Nadja (1928) sigue siendo la obra más leída de Breton, la que mejor expresa también su condición de vigía al acecho de signos reveladores de la surrealidad. El libro contiene numerosas ilustraciones (fotografías de lugares, personas, obras de arte). Este uso de la fotografía, que aparece también en Los vasos comunicantes y en El amor loco, pretende acabar con las fastidiosas descripciones que someten la novela realista a una voluntad alienante de reproducción mimética. El relato, autobiográfico a pesar de los silencios y de las incertidumbres que contiene, comienza con un preámbulo en el que Breton se pregunta quién es. No se trata, para el autor, de un cuestionamiento de orden ontológico, sino del deseo de conocer cuál es su deber en este mundo, el que le viene dictado por su destino. De ahí la ausencia de introspección o de análisis psicológico, sustituidos ambos por una relación de anécdotas y de impresiones aparentemente insignificantes o poco consistentes que producen, sin embargo, una emoción enigmática y perturbadora, difícilmente explicable, presagio del acceso a una relación radicalmente diferente con la existencia. Cuando Breton la encuentra en 1926, Nadja habla de manera profética y realiza extraños dibujos. Parece haber sido puesta en su camino por el destino para encarnar al prototipo de mujer surrealista. Su historia se desarrolla en tres tiempos. El primero corresponde al relato detallado de sus intensos encuentros, de sus deambulaciones por París con esta enigmática criatura que se presenta como un «alma errante». En el segundo tiempo, a partir del viaje a Saint-Germain, los encuentros se espacian y el relato se vuelve más reflexivo. Breton intenta dar cuenta de la fascinación que esta mujer marginal y marginada —la miseria la conduce a la prostitución—, consciente a la vez de sus dones proféticos y de su fragilidad mental, ejerce sobre él. Nadja encarna a la vez el amor y el sufrimiento absolutos y su precariedad material no le impide creer que su existencia anuncia un futuro mejor, como expresa su nombre («esperanza» en ruso), escogido por ella misma. Breton parece no poder corresponder al amor que le ofrece Nadja y decide alejarse. En la tercera parte, su retirada ante la perspectiva de verse confrontado al verdadero rostro de la locura concluye con el internamiento sin retorno de Nadja. Ante la imposibilidad de devolver al mundo a la visionaria Nadja de otro modo que no sea la escritura, Breton experimenta un malestar que se transmite al lector. En el epílogo, redactado unos meses después, en un momento en que había iniciado una relación pasional con otra mujer, Breton expone sus dudas sobre la necesidad del libro. Encuentra una justificación al mismo en el hecho de que el testimonio de una mujer que asume, sin límite alguno, todos los riesgos de la existencia lo ha preparado para vivir la aventura de la pasión como «principio de subversión total». La definición de la belleza con la que concluye el libro —«la belleza será convulsiva o no será»— constituye, así, una respuesta a la pregunta inicial sobre la identidad del narrador. Por los espacios en blanco y las rupturas de la narración que aluden al carácter caprichoso de la memoria y al lugar que el silencio y el secreto ocupan en el relato de su relación con Nadja, por el uso sorprendente de la cursiva, las antítesis y las acumulaciones que alejan la expresión del uso utilitario, el ideal convulsivo se transmite a la propia escritura.
En Los vasos comunicantes (1932), Breton propone un intento de conciliar idealismo y materialismo, realidad y sueño. Si, en un primer momento, había reivindicado el derecho del surrealismo a proseguir sus actividades sin límites impuestos (Légitime défense [‘Legítima defensa’]), Breton acaba adhiriéndose al partido comunista francés en 1927, junto a Éluard, Péret y Aragon. En el «Segundo Manifiesto del surrealismo», critica duramente a quienes no se comprometen con la causa política y la revista La Révolution Surréaliste se convierte en Le Surréalisme au Service de la Révolution. Un argumento para la conciliación perseguida en Los vasos comunicantes lo encuentra Breton en el lugar de procedencia de los materiales oníricos, que no es otro que la vida diurna, y en el hecho de que esta última también puede organizarse como los sueños. La continuidad entre ambos espacios lo lleva a distanciarse de Freud, poco apreciado por el partido, por otra parte. Breton persigue ofrecer al sueño un papel de anticipación que lo convierte en respuesta a la necesidad de transformar una realidad injusta. Desmiente, así, el verso de Baudelaire según el cual «la acción no es la hermana del sueño» a través, precisamente, de la imagen de los vasos comunicantes, que supone una realidad contenida en la surrealidad y viceversa. Con todo, Breton no olvida precisar en Los vasos comunicantes que el surrealismo no soportará ninguna mutilación de la vida y que, para transformar el mundo, hay que interpretarlo. Paralelamente, las singulares coincidencias que caracterizan una serie de encuentros con figuras femeninas, impulsan al autor a elaborar el concepto de «azar objetivo». El azar objetivo consiste para Breton en el encuentro de una causalidad externa y de una finalidad interna. Esta coincidencia pone de manifiesto la existencia de vínculos entre el hombre y el mundo ignorados por la razón. Al igual que sucede con la escritura automática, la emergencia de lo inesperado en la cotidianeidad que posibilita el azar objetivo no debe comportar la disolución de la personalidad psíquica, sino su exploración hasta los límites más recónditos. Como el automatismo o el humor negro, el azar objetivo hace estallar las paredes de la lógica para reconstituir la unidad del espíritu consiguiendo resolver todas las antinomias y contradicciones: vigilia y sueño, realidad y sueño, razón y locura, pasado y futuro, representación mental y percepción física.
Se ha insistido mucho sobre la fascinación tiránica que lo irracional ejerció en el surrealismo. Esta idea merece ser revisada. El objetivo de Breton no consiste en sustituir un racionalismo corto de miras por un irracionalismo igualmente pobre, sino en integrar lo que escapa a los límites de la razón. Ya en Los pasos perdidos (1924), su confianza en la poesía como motor para cambiar el mundo se basaba en una reflexión sobre el lenguaje. Breton reclama una liberación del uso utilitario del mismo y de sus manidos referentes colectivos, afirmando que la mediocridad del mundo proviene de la restricción del poder de enunciación. Para evitar la reclusión en prisiones o en sanatorios, hay que seguir «llamando a un gato un gato», cuando la imagen poética es, sin duda alguna, tanto o más real que la realidad: «La idea de una cama de piedra o de plumas me resulta igualmente insoportable: qué quieren ustedes, no puedo dormir sino en una cama de corazón de saúco». La manera de «perderse» que propone Breton no consiste en promulgar el naufragio del significado. En este sentido, su reivindicación de una revolución semántica que sea, a la vez, revolución del pensamiento, tiene una larga vida por delante.
Bibliografía
Michel Carrouges (1950), André Breton y los datos fundamentales del surrealismo, Madrid, Gens, 2008; Alexandrian Sarane (1971), Breton según Breton, Barcelona, Laia, 1974; Gérard Durozoi y otros (1974), André Breton. La escritura surrealista, Madrid, Guadarrama, 1975; Marguerite Bonnet, André Breton. Naissance de l’aventure surréaliste, París, José Corti, 1975; Mark Polizzotti (1995), La vida de André Breton, México, Fondo de Cultura Económica, 2009; Michel Murat (dir.), André Breton, París, Éditions de l’Herne, 1998.
HERMANN BROCH
por
MARISA SIGUÁN
Oh Virgilio, en el canto de tu soledad están todas las voces, están todos los mundos, están a tu lado resonando, y han roto tu soledad para siempre, entrelazados para siempre con todo lo futuro.
(La muerte de Virgilio, 1945)
En un programa de trabajo redactado por Hermann Broch (Viena, 1886-New Haven, Connecticut, 1951) en 1941 y titulado irónicamente «Autobiografía», el escritor resumía como sigue los temas de su escritura: «Esto solamente es una autobiografía en cuanto que en ella se narra la historia de un problema que casualmente tiene mi misma edad, de forma que —como por otra parte cualquier miembro de mi generación que estuviese dispuesto a observarlo—, lo he tenido siempre ante los ojos: es... el problema de la pérdida de lo absoluto, el problema del relativismo, para el que no existe ninguna verdad absoluta, ningún valor absoluto y con ello tampoco ninguna ética absoluta... cuyas consecuencias apocalípticas vivimos hoy en la realidad».
El proceso de pérdida de valores ha alcanzado un punto álgido con la Primera Guerra Mundial, pero no su conclusión; el desarrollo hacia la Segunda Guerra Mundial lo ha incrementado. La historia del desarrollo que ha llegado a esta constelación es el tema de la primera gran obra de Broch, Los sonámbulos (1930-1932), una obra de lectura apasionante y fundamental para entender la época del cambio de siglo XIX al XX y los cambios en la historia del pensamiento que implica este.
Broch se podría catalogar, como Musil, entre los «poetas doctos» del siglo XX. Es decir, los autores que utilizan la escritura como medio de reflexión sobre la realidad y sobre las capacidades de la propia escritura para describir el mundo, algo que está muy entroncado en la literatura austríaca de 1900. Comparte con los escritores de su generación la experiencia de la génesis de los movimientos de vanguardia y también el hundimiento del orden social y político que supone la Primera Guerra Mundial y que otros escritores como Stefan Zweig narran también. Pero Broch va más lejos que Zweig: intenta interpretar su época, teorizarla, en una forma novelística propia y muy reflexiva que reúne todos los registros del lenguaje literario, desde el tono más lírico hasta la escritura ensayística y filosófica, pasando por el registro estrictamente narrativo. En los años veinte las facultades de filosofía de las universidades empiezan a disgregarse en un conjunto de especialidades humanísticas. Dado que ya no se podía esperar una interpretación global de la existencia humana desde las diferentes especialidades, tampoco desde la filosofía neopositivista del momento, la literatura podía reivindicar para sí esta tarea interpretativa. Se trataba de una literatura que se había liberado del patetismo neorromántico de la vanguardia expresionista y que pretendía realizar el análisis de su época mediante experimentos narrativos y mediante una conciencia extremadamente crítica del lenguaje, de la frágil relación entre el lenguaje y el mundo que pretende describir. Broch colabora con su obra espléndidamente a esta literatura experimental y reflexiva.
Es Broch un personaje de amplios conocimientos e intereses. De entrada, no es un hombre de letras. Nace en el seno de una familia judía de fabricantes textiles y sigue los deseos de su padre en el sentido de que, en vez de dedicarse a seguir sus intereses artísticos y científicos, adquiere una formación técnica de ingeniero textil y colabora en el desarrollo de una máquina para mezclar algodón. Tras un servicio militar interrumpido por motivos de salud pasa a ocupar un cargo directivo en las fábricas de su padre. Desde 1908 publica trabajos literarios y ensayos aislados en las revistas Summa y Brenner, inicia estudios autodidactas de filosofía neokantiana. Desde 1912 se introduce en la vida literaria de Viena, conoce a Franz Blei, Robert Musil, Georg Lukács. Admira a Karl Kraus, editor unipersonal de la revista Die Fackel, artífice de un lenguaje afilado y certero para analizar los síntomas de su época, realizar parodias, radiografiarla en diversísimos aspectos de la vida cotidiana, cultural y política. Durante la Primera Guerra Mundial, Broch dirige un hospital militar. Una vez finalizada la guerra se dedica a modernizar las fábricas de su padre, pero tiene que enfrentarse a dificultades económicas cada vez mayores. En 1927 decide definitivamente la venta de todas ellas y se apresta a vivir como escritor independiente entre Viena y Tirol. Entre 1925 y 1929 estudia Matemáticas, Psicología y Filosofía en la Universidad de Viena, y tiene como maestros a los representantes del círculo de Viena, a los filósofos neopositivistas Moritz Schlick y Rudolf Carnap.
Tras la anexión nacionalsocialista de Austria en 1938 es detenido y encarcelado por motivos políticos en Alt-Aussee. El cartero le había denunciado por comunista, puesto que era suscriptor de la revista Das Wort, editada por los emigrantes en Moscú. Poco tiempo después de ser liberado con la orden de dirigirse a Viena huye a Inglaterra y en octubre de 1938 emigra a Estados Unidos. Apoyado por diversas becas americanas, pasó los últimos años de su vida fundamentalmente en New Haven (Connecticut), colaborando a veces con la Universidad de Yale y realizando estudios de psicología de masas.
Desde el inicio de su actividad literaria, Broch compaginó el trabajo literario y el trabajo filosófico. En 1913 escribió el poema «Cantos 1913», que anticipa la temática de Los sonámbulos. En 1918 apareció en la revista Summa la narración «Eine methodologische Novelle» (‘Una novela corta metodológica’), que satirizaba el expresionismo. Entre tanto habían aparecido otros escritos importantes suyos como el ensayo poetológico «Philistrosität, Realismus und Idealismus in der Kunst» (‘Filisteísmo, realismo e idealismo en el arte’). Todo este trabajo revierte en la primera gran obra de Broch, escrita entre 1928 y 1931 después de renunciar a su carrera industrial: Los sonámbulos. La novela (de hecho una trilogía de novelas) traza un espléndido retrato de la época del cambio de siglo hasta los años veinte, es decir desde los años de la fundación del Imperio alemán, de su crecimiento y expansión, hasta el final de la Primera Guerra Mundial y con ella el final del Imperio austrohúngaro, el hundimiento de la monarquía «del Danubio», la monarquía austrohúngara. El texto de Los sonámbulos está dividido en tres partes, centradas en tres personajes y ambientadas en tres hitos temporales: 1888, 1903, 1918. Los subtítulos de las tres partes marcan el valor histórico y filosófico de la evolución que traza el conjunto de la obra. La primera parte se titula Pasenow o el romanticismo, la segunda se centra en Esch o la anarquía, la tercera en Huguenau o el objetivismo. Pasenow es un pequeño aristócrata terrateniente prusiano, Esch un empleado, de hecho pequeñoburgués, de las tierras del Rin, Huguenau un negociante alsaciano. Con su trilogía, Broch quería intervenir en el debate histórico y filosófico de los años veinte en cuyo centro estaba el problema de la modernización, la puesta en cuestión de los sistemas de normas transmitidos por la tradición y la posibilidad de una interpretación de la historia basada en valores éticos. Con la gradación de personajes de la trilogía y la narración de sus peripecias vitales, Broch muestra la disolución de una imagen del mundo asegurada por la tradición y por unos valores aparentemente inamovibles, el mundo que aparece como El mundo del ayer en las memorias que publica Stefan Zweig precisamente con este título. Está representado por Pasenow, heredero de un mundo tradicional y de un concepto de patria y tierra transmitido desde el romanticismo que ya en su época están en crisis. El personaje muestra la degeneración de la nobleza terrateniente prusiana. Esch, el personaje que da título a la segunda parte, alterna la grandilocuencia con la exaltación de los instintos, conformando un proyecto banal y peligroso de superhombre. El final de la evolución lo representa Huguenau, que supera a los dos personajes anteriores en su falta de escrúpulos: un oportunista representante de la disolución generalizada de valores. El pragmatismo radical de Huguenau, que no está limitado ni determinado por ningún tipo de referentes morales, representa la actitud de la nueva época, carente de cualquier sistema de referencias éticas. Es el «verdugo de un mundo que se ha juzgado a sí mismo».
Las dos primeras partes de la trilogía están narradas desde la tradición del realismo del siglo XIX, en la tercera Broch abandona esta forma tradicional y cerrada. El texto recurre al montaje de narraciones individuales insertadas unas en otras, relaciona a modo de contrapunto musical textos líricos como la Geschichte des Heilsarmeemädchens (‘Historia de la chica del Ejército de Salvación’) con fragmentos del excurso filosófico Der Zerfall der Werte (‘La descomposición de los valores’). Con esta realización formal Broch amplía las posibilidades de la ficción épica para dotarla de un ámbito de conocimiento y reflexión que alcanza desde la presencia de lo inconsciente representado en la lírica hasta la conciencia máxima y autorreflexiva representada en la teoría. Así, Broch presentaba el primer ejemplo de su poética de la «novela polihistórica», que desarrolló en su confrontación con el Ulises de Joyce en el escrito James Joyce und die Gegenwart (‘James Joyce y el presente’).
En 1937 escribió Die Heimkehr des Vergil (‘El regreso de Virgilio’), que resultará ser una versión primigenia de La muerte de Virgilio (Der Tod des Vergil). Durante su detención en Alt-Ausee retomaría el tema. La primera de las dos obras narra la decisión del poeta Virgilio, moribundo, de destruir su obra más importante, la Eneida, convencido al final de su vida de la inutilidad social de la poesía. Con la detención de Broch, y en el marco de la nueva situación política, del ascenso al poder del nazismo, el tema adquirió de pronto un peso existencial del que carecía cuando fue redactada la primera versión. Broch inicia en la cárcel una segunda versión, y el texto le acompaña al exilio, donde sigue trabajando en él. Se convertirá en su novela más importante, y se publica finalmente, tras varias versiones intermedias, en 1945 en dos ediciones simultáneas, una alemana y otra inglesa. Broch era perfectamente consciente del carácter de parábola que tenía el tema de su novela, y remite la decisión de Virgilio de destruir su obra no solo a sí mismo, al propio Broch, sino también a Kafka. La novela, una de las más impresionantes de la modernidad clásica del siglo XX, está narrada en la forma de un extensísimo monólogo interior en tercera persona que en los momentos más trágicos pasa a la lírica rimada insertando poesía elegíaca. Todo el lenguaje de la novela de Broch tiene de hecho un tono marcadamente lírico, su prosa suena en ritmos métricos, abundan las imágenes de gran belleza. Broch narra los últimos momentos de la vida de Virgilio: la última noche del poeta que regresa, enfermo de fiebres, de Atenas a Roma, y el día siguiente hasta su muerte en Brindisium, un total de dieciocho horas. En los sueños y las visiones de Virgilio agonizante refleja Broch la confrontación del poeta con su entorno, sus dudas sobre el efecto salvador del arte, que ve reducido a puro juego de apariencias. Virgilio duda de su existencia, contemplativa y observadora, de poeta; se plantea si no hubiese tenido que intervenir activamente en los acontecimientos de su época. El texto está dividido en cuatro partes, que simbolizan los cuatro elementos. En la última parte de la novela, que aporta lo más parecido a una acción exterior al consistir en una larga conversación entre Virgilio y el emperador Augusto, el poeta renuncia por su amor al emperador a destruir su manuscrito y acaba entregándoselo a Augusto. Ante la muerte, ante la expectativa de la inmersión en la gran armonía del ser (la tercera y cuarta parte de la novela se titulan «Tierra-la expectación» y «Éter-el retorno»), se disuelven los antagonismos y las contradicciones, las dudas. Durante la larga conversación los dos personajes discuten sobre el valor y la función del arte, su posible función social, su capacidad de nombrar y describir la realidad. El último pensamiento de Virgilio se dirige a sus esclavos: pide al emperador que los libere después de su muerte. Desde los años treinta, la reflexión sobre la renuncia del arte a reconocer la realidad en una época de crisis, sobre la inutilidad y la falta de sentido del arte se había convertido en el tema esencial en la obra de Broch.
En 1949 el autor reúne, siguiendo una propuesta de su editor, sus narraciones de los años treinta y una serie de narraciones nuevas para convertir el conjunto en un Roman in elf Erzählungen (‘Novela en once narraciones’) que tituló Los inocentes. El título denota la intención política de la obra. Todos los personajes de las narraciones están libres de culpa en el sentido de que no están directamente implicados en crímenes, pero son culpables moralmente del crimen de indiferencia que Broch considera como uno de los determinantes básicos del ascenso al poder del nacionalsocialismo. En el centro de las narraciones está un negociante holandés en piedras preciosas que con cada crisis ha ganado más dinero. Cada una de las tres partes en las que se divide el conjunto de narraciones está introducida por «voces» líricas. El conjunto está introducido por la «parábola de las voces».
También tiene contenido político la última obra de Broch, Bergroman (‘Novela de montaña’), cuya tercera versión empezó a elaborar en 1950, poco antes de su muerte. Se trata de una narración épica de factura tradicional. La historia es narrada desde la perspectiva de un médico rural, y describe los acontecimientos en un pueblo de montaña donde un charlatán y curandero despierta a los habitantes de la tranquilidad algo soñolienta de su vida cotidiana y los arrastra a una serie de acontecimientos desaforados que culminan en un sacrificio humano ritual. Con esta historia, Broch describe por medio de un modelo la ofuscación política de la Alemania de los años treinta. Es interesante que la reflexión sobre la realidad política y social de Alemania, sobre el delirante camino que ha tomado su historia, utilice en estos años modelos tradicionales de narración recurriendo a elementos parabólicos y mitológicos: Thomas Mann vertirá su reflexión sobre la historia contemporánea de Alemania, y su desesperación sobre ella, en la historia del «Doktor Faustus»; Brecht utiliza sistemáticamente la parábola para sus grandes obras de teatro épico del momento.
Bibliografía
Manfred Durzak (1985), Hermann Broch: una biografía, Valencia, Institució Alfons el Magnànim, 1989; Hans Gerd Roetzer y Marisa Siguán, Historia de la literatura alemana. 2. El siglo XX: de 1890 a 1990, Barcelona, Ariel, 1992; Paul Michael Lützeler (ed.), Hermann Broch: Visionary in Exile: the 2001 Yale Symposium, Nueva York, Camden House, 2003; Isabel Hernández y Manuel Maldonado, Literatura alemana, Madrid, Alianza, 2003; Pedro Medina, La Muerte de Virgilio: el final de una institución estética, Valencia, Institució Alfons el Magnànim, 2006.
MIJAÍL BULGÁKOV
por
NATALIA ARSENTIEVA
Los manuscritos no arden.
(El maestro y Margarita, 1966)
Mijaíl Bulgákov (Kiev, 1891-Moscú, 1940), gran escritor ruso del siglo XX, fue el mayor de los siete hijos del profesor de Historia en la Academia de Teología, Afanasi Bulgákov. Su infancia transcurrió en una casa grande en el mismo centro de Kiev. En el seno de su familia cristiana ortodoxa reinaba un espíritu de amor y alegría. De su padre, aficionado a las ciencias exactas y la filosofía, Mijaíl recibió en herencia la lógica y la habilidad de expresarse con precisión; su madre, en cambio, le inculcó el amor por la música y la lectura. Era un gran lector. Le gustaba Chéjov, Dickens, pero sobre todo Gógol. Soñador y observador, escribía cuentos humorísticos, tocaba el piano, cantaba, organizaba espectáculos. El teatro le apasionaba desde niño. Sus padres, no obstante, no se dieron cuenta de que su primogénito vino al mundo como escritor y dramaturgo por antonomasia, y que su obra trascendería su época —(1920-1940)— y traspasaría las fronteras de Rusia. Llegará el momento en que se ganará no pocos enemigos por su carácter burlesco e independiente, sufrirá la inconstancia de los líderes del mundo literario y se convertirá en un escritor muerto en vida cuando se prohíban la publicación y el estreno de todas sus obras; pero en el futuro, cuando ya no esté en este mundo, llegará a ser considerado uno de los grandes autores a los que tocó vivir y trabajar bajo el poder autocrático de Stalin. Se reconocerá su habilidad narrativa y su extraordinario dominio del lenguaje, se editarán todas sus obras silenciadas y confiscadas, se escribirá una Enciclopedia dedicada a su vida y a los orígenes de sus personajes. Correrán ríos de tinta en debates críticos en torno a la lectura exegética de su novela cómica y místico-filosófica El maestro y Margarita, traducida a todas las lenguas europeas. Nada de esto sabía el joven Bulgákov cuando elegía para su futuro la carrera de médico casi obligado por su familia, siguiendo el ejemplo de algunos de sus parientes. Pero el destino se interpuso entre su trayectoria vital y su vocación literaria en forma de tormentosos acontecimientos históricos en su país, sacudido por la revolución y la guerra civil.
«¿Quién no tuvo aventuras increíbles en tiempos de la guerra civil?», pregunta uno de los personajes del autor. En aquellos turbulentos años, cuando cayó sobre Rusia la noche de la miseria y terror, Bulgákov, ya licenciado en la Facultad de Medicina, tiene veintiocho años. Después de trabajar un tiempo en la Rusia de provincias, experiencia reflejada más tarde en las colecciones de cuentos Morfina (1927) y Zapiski molodogo vracha (‘Recuerdos de un joven médico’), vuelve a Kiev, recientemente abandonada por las tropas del general Denikin. En 1919 tiene que alistarse en el Ejército Blanco como médico militar justo en el momento de su retirada hacia el sur. En su memoria quedaron grabados para siempre la lámpara verde, los libros de la biblioteca y el laboratorio con la estufa encendida. Destinado al Cáucaso, viajando en un frío y sucio tren, siente el impulso de escribir las impresiones de los últimos meses de su vida, que pronto aparecerán impresas en un periódico local. A partir de ese momento su decisión de ser escritor es irrevocable. Sus nuevos amigos de Vladikavkaz, cuando se instaura el poder soviético, le ayudan a buscar trabajo en la prensa. Pero ¿qué podría esperar un inexperto y joven periodista? Gana poco con sus folletines y, para sobrevivir, da conferencias públicas sobre la literatura clásica rusa hablando de Chéjov y Pushkin, aportando al pueblo «liberado» el conocimiento de su herencia cultural, hasta que una pandilla de escritores proletarios le denuncia por haber hecho propaganda del «legado burgués» en la Rusia de la Revolución. Solo el apoyo de su joven mujer, Tatiana Lappa, con la que se casó en 1913, le salva de caer en una profunda depresión. Muerto de hambre, atormentado por el miedo a ser perseguido por su breve estancia en la Guardia Blanca, Bulgákov, aprovechando el cobro de unos humildes honorarios, se dirige a Batumi, la ciudad más próxima a la frontera con Turquía, para beber, al igual que sus hermanos, el amargo cáliz del exilio. No obstante, la idea de emigrar le hace temblar ante lo incierto de su futuro en un país extranjero: «No soy Mayne Reid ni Boussenard. Estoy harto de aventuras y devorado por las pulgas». El tifus le impide salir del país. En otoño de 1921, ya recuperado, Bulgákov manda a su mujer a Moscú y luego marcha tras ella, a pie desde Voronezh, hasta llegar a la capital sin dinero ni equipaje. En vano busca allí refugio y sosiego: para sobrevivir y pagar el alquiler hay que despabilarse, y Bulgákov no se niega a hacer ningún trabajo hasta que logra una plaza en la redacción del periódico Gudok y más tarde, colabora con Nakanune. Para este periódico escribe textos que son una mezcla de ensayo, reportaje y folletín, un género donde el detalle conciso, la seriedad y el carácter informativo de un reportaje se combinan con el humor y la subjetividad que aportan las observaciones personales. No obstante, el Bulgákov periodista, sumergido en la rutina diaria, no tarda en empezar a vivir una serie de acontecimientos extraordinarios que fueron reflejados por él mismo muchos años más tarde en Novela teatral. En esta obra autobiográfica, Bulgákov describe su encuentro con la bohemia literaria, cuenta la historia de la creación de su primera novela La Guardia Blanca (1923-1924), y ridiculiza a unos cuantos renombrados personajes, pertenecientes a la flor y nata del mundillo artístico capitalino.
Después de meses de espera, de cavilaciones en torno a su vocación literaria y de resistir los intentos de la censura de cercenar su obra, Bulgákov logra una victoria: la publicación de una novela recortada y el estreno de su adaptación a la escena con el título de Los días de los Turbín en el Teatro de Arte de Moscú. En ella, a través de sus paisajes idílicos vislumbra su juventud, iluminada por el reflejo del sol en las aguas del Dniéper, un mundo desaparecido como símbolo de la felicidad perdida para siempre, en contraste con la tormenta de nieve, imagen simbólica de la Revolución, que enterró todo lo que quería y apreciaba Bulgákov, dejando en su alma cicatrices que no desaparecerían nunca. Inmediatamente después, bajo la evidente influencia de autores clásicos, Bulgákov escribe otro drama histórico de tipo humano y social, Beg (‘La carrera’, 1926), que quizás está mejor acabado. Con esta obra demuestra que en la desdichada época de la Revolución no hay héroes épicos, sino víctimas y verdugos en ambos bandos, como Jludov, general blanco, frío asesino, y los comisarios de la GPU, responsables del terror rojo. Un alud de críticas negativas sobre estas dos obras cae sobre él: «Lanza escupitajos emponzoñados pero impotentes sobre la clase trabajadora y sus ideales comunistas», escribe el periódico Komsomolskaia Pravda el 14 de octubre de 1926. Bulgákov hace caso omiso a los insultos y prosigue escribiendo. Ahora ya le ilusiona escribir una crítica demoledora sobre los cambios sociales, políticos y estéticos en la Rusia soviética. En ese momento de su vida es alegre, encantador, artístico: «Su ironía formaba parte de un sentimiento mayor. Su agudeza siempre estaba presente, a veces sarcástica, pero nunca chocante o vulgar. No despreciaba a la gente, pero odiaba la monotonía, la falta de sinceridad y el engaño» (P. S. Popov, 1940). Tras el divorcio de su primera esposa, Bulgákov se vuelve a casar con Liubov Belozerskaia. Así, entre el trabajo literario, sus quehaceres y sus amores, va transcurriendo su vida, salpicada por éxitos y amarguras sin saber qué le espera en un futuro próximo.
En Corazón de perro Bulgákov anuncia una nueva y amenazante especie humana, el homunculus soviético, generada, de acuerdo con las leyes de transmutación social, por la nueva realidad histórica. A través de la sátira fantástica y de la parábola, el escritor pone al descubierto la mezquindad e idiotez intelectual y moral de la clase burocrática soviética. El protagonista del relato, el catedrático Filip Preobrazhenski (apellido derivado de preobrazhenie, «transfiguración»), científico y médico, consigue llevar a cabo en su laboratorio la transmutación de la materia mediante el trasplante de la hipófisis y las glándulas sexuales de un delincuente en el cerebro de un perro callejero. Los huevos fatales, otra farsa atrevida y fantástica de Bulgákov, trata el tema de la naturaleza y las paradojas del poder soviético adoptando la innovadora forma de la novela de terror. El científico Pérsikov descubre un rayo prodigioso que acelera la actividad vital de los organismos inferiores, pero cae víctima de la furiosa multitud tras haber prestado su invento a un miembro rural del Partido, a quien se le ocurrió utilizar su descubrimiento para regenerar la agricultura nacional afectada por la epidemia avícola. La imprudencia y el descuido en la ejecución del plan desembocan en una terrible catástrofe. Debido a un error, unos huevos de cocodrilo destinados a un zoo son llevados a una granja colectiva. En lugar de pollos, empiezan a salir seres, que bajo los efectos del «rayo de la vida», se han convertido en terribles monstruos que invaden parte del territorio soviético y amenazan con arruinar la población de las grandes urbes hasta llegar a Moscú. La guerra de reptiles contra la especie humana es una alegoría fantástica de la desastrosa situación política en la Rusia soviética de la década de 1920, cuando paradójicamente la máquina represiva del poder soviético se vuelve contra los mismos autores y héroes de la Revolución. Quizás el objetivo de Stalin era evitar que se repitiera la trágica historia de Julio César, por lo que empezó a eliminar a sus antiguos aliados, y con ellos, todo lo que podría amenazar su poder, hasta llegar a tal extremo en que cada opinión independiente y distinta a la suya era castigada.
Bulgákov no es asesinado ni obligado a exiliarse ni condenado a trabajos forzados, como miles de represaliados, por la sencilla razón de que ha sido elegido por el régimen, que no puede negar su talento, para que sacrifique su libertad creativa en favor de la alabanza al tirano y su obra. Para empezar, le presionan con furiosos y casi mortales ataques de la crítica, pero todavía no le ahogan. Hacia el año 1928 en la prensa se publican 298 denuncias que denigran su obra y su personalidad. El dramaturgo se defiende con una risa inteligente y amarga, pegando tales denuncias en las paredes de su habitación y haciendo un desigual uso de los folletines con insultos. Pero cuando dejan de publicar y escenificar todas sus obras, además de quitarle la posibilidad de encontrar trabajo, es víctima de una depresión nerviosa que le obliga a lanzar un SOS a Stalin y al gobierno, en el que Bulgákov les pide la libertad de escribir o que lo expulsen del país. Como respuesta recibe una llamada telefónica del líder soviético. Le conceden la plaza de asistente del director de escena en el Teatro de Arte de Moscú y también vuelven a representar algunas de sus obras. Pero sería un gran error interpretar estos favores del dictador como una muestra especial de cariño hacia Bulgákov, como si se rindiera atraído por el poderoso magnetismo de su creatividad literaria. Con estos «generosos» gestos, Stalin solo prolonga la agonía de Bulgákov, porque su dignidad personal y creativa le hace imposible convertirse en escritor al servicio del poder. No se rinde y sigue escribiendo sobre lo que cree que debe tratar un escritor en los tiempos de la dictadura: el problema del artista y el poder; así que aprovecha para tal objetivo el género hagiográfico. Los protagonistas de sus novelas y dramas Vida del señor Molière, Don Quijote, Kabala sviatosh (‘El yugo de los beatos’) y Poslednie dni Pushkina (‘Los últimos días de Pushkin’) son escritores que tuvieron, como él, que enfrentarse al poder y a un entorno hostil. Con firmes y expresivas pinceladas, Bulgákov presenta en Vida del señor Molière un retrato del comediógrafo francés desde su nacimiento hasta su muerte. A través de la trayectoria biográfica de su héroe, Bulgákov pretende explorar el oscuro laberinto de su propio destino. Al igual que su homólogo francés, Bulgákov toma el material para sus sátiras de la vida cotidiana y se enfrenta al poder político e ideológico. A pesar de la prohibición de sus obras, sigue con su denuncia de los miserables y los mentirosos, de los delatores, los hipócritas y los espías. Cuando llega el momento crítico, al igual que Molière, le pide justicia al tirano sin convertirse en su lacayo y de cara a nuevas presiones no deja de trabajar hasta que le sobreviene la muerte a causa de problemas físicos y psíquicos agravados por una enfermedad renal.
En El maestro y Margarita —la última y más importante novela de Bulgákov, escrita en la década de 1930—, al igual que sus biografías históricas, trata los mismos problemas del hombre y el universo, pero desde una nueva perspectiva metafísica. En este sentido, su autor es discípulo de Gógol y Dostoievski, escritores que en su momento se opusieron al pensamiento imperante en su época, que cultivaba la razón como principio absoluto de todo lo que hay que entender y hacer. Bulgákov, que vive ya en un país convertido en baluarte del ateísmo y el materialismo, pretende restaurar la tradición gnóstica no solo frente a la ideología dominante, sino también frente a la cristología dogmática. Consiste en la dialéctica de dos principios: el Bien absoluto, encarnado en Ieshua Ga Notsri, y el Mal, personificado en el diablo Voland, ambos sometidos a un Principio Creador del Universo. El argumento de la novela gira en torno a la aparición del diablo con su séquito por las calles de Moscú con la misión de denunciar la dictadura y proclamar la existencia de un poder superior, divino, frente al poder del dictador, impostor. Mediante un humor situacional, a veces macabro y barroco, desarrollado en una serie de acciones simbólicas, relacionadas con las actividades del diablo y de su séquito en el Moscú de la década de 1930, Bulgákov denuncia la dictadura. Stalin no solo había concentrado en sus manos la autoridad política, militar y judicial y el control supremo sobre todos los aspectos de la vida humana, sino que también había pretendido apoderarse de la libertad de conciencia, haciendo que las masas populares, fascinadas por su personalidad, lo miraran con una especie de temor religioso, y que los escritores se convirtiesen en sumos sacerdotes de su culto al sacrificar su identidad a cambio de ciertos favores. Bulgákov hace patente esta paranoia colectiva en una escena alegórica en la que los funcionarios de una oficina, hipnotizados por el destacado especialista en la organización de masas, cantan sin parar «Glorioso es el mar sagrado del Baikal» hasta que les llevan al manicomio. A este coro se suman cada vez más cantantes: «Se unieron a la del ordenanza varias voces lejanas y el coro empezó a crecer hasta que la canción sonó en todos los rincones de la sucursal». Cuando en circunstancias misteriosas muere en un accidente de tráfico el jefe de los literatos moscovitas corruptos, fiel siervo de la ideología comunista y atea, su cabeza cortada, aunque todavía viva y parlante, se convierte para siempre en calavera, con lo que se muestra quién es el verdadero diseñador de las vidas humanas. La sesión de magia negra protagonizada por Voland en el Teatro Varieté (otra imagen carnavalesca del régimen) ridiculiza los valores primitivos que sostienen el poder del impostor. Cada uno de los individuos que viven al servicio del régimen revela su vileza y miseria espiritual. No obstante, como autor satírico, Bulgákov no solo se limitó a la denuncia del mal triunfante.
En El maestro y Margarita, Bulgákov presentó lo que no había conseguido en su momento el segundo tomo de Las almas muertas de Gógol, quemado por su autor, que pretendía ser una especie de guía espiritual para las generaciones venideras en su búsqueda del camino de la verdad. A diferencia de Gógol, que no encontró una forma estéticamente válida para su finalidad literaria, Bulgákov supo hallar la clave para que casaran la risa con la seriedad patética. El mensaje que dejó a sus coetáneos era duro y sencillo: tener la suficiente valentía para sacrificar el beneficio personal o incluso la vida misma por valores muy distintos de la ideología reinante. Mediante la técnica de narraciones paralelas, una de las cuales está ambientada en el Moscú de la década de 1930 y la otra en la Judea del Imperio romano, Bulgákov presenta un nuevo tratamiento del tema de las relaciones entre el poder y el individuo. El protagonista de la obra, el maestro, escribe la novela histórica en forma de un drama sacro alegórico sobre Jesucristo y Poncio Pilatos, algo nada habitual en la literatura de aquel período, donde demuestra que además del poder terrenal hay otro poder que no es de este mundo. Su personaje Poncio Pilatos conoce esta verdad cuando ya es demasiado tarde y en sus visiones oníricas sube por una escalera hasta la esfera de la Luna donde le espera el divino ejecutado para concederle el eterno perdón y llevarlo a la Luz. La novela, publicada en fragmentos, le cuesta al maestro penosas humillaciones, que le llevan, a consecuencia de un ataque depresivo, a quemar su manuscrito. Dato autobiográfico: en los días de más amarga tristeza, Bulgákov con sus propias manos arroja al fuego el borrador de la novela sobre el diablo, el borrador de una comedia y el comienzo de Novela teatral, pero encuentra el valor y la fortaleza de espíritu para reescribirlas. Quizá, porque a su lado tiene a su Margarita, Helena Shilovskaya, la mujer con quien se casó en 1932 y que tuvo que abandonar a su marido y sus comodidades para estar con una persona enferma y condenada al ostracismo. En la novela, Margarita sacrifica su reputación: cambia su naturaleza humana en demoníaca, haciéndose bruja, para recurrir a las fuerzas infernales y así salvar a su amante. Consigue que le saquen de las tinieblas y le devuelven su manuscrito quemado y recuperado de las cenizas por efecto de la magia, porque manuscritos como su obra, debido a la verdad que revela gracias a la intuición creativa y la ausencia de cualquier coyuntura en el autor, no arden. Al final de esta novela fantástica y mística, los dos personajes caminan hacia su eterna casa con ventanas venecianas de hiedra a disfrutar de la merecida paz en una de las infinitas casas de Dios perdidas en los espacios cósmicos. Y con ello su autor, también difunto, se encamina también hacia la gloria.
Bibliografía
Nadine Natov, Mikhail Bulgakov, Boston, Twayne, 1985; Lesley Milne, Mikhail Bulgakov: A Critical Biography, Cambridge, Cambridge University Press, 1990; J. A. E. Curtis, Manuscripts don’t burn: Mikhail Bulgakov. A life in Letters and Diaries, Londres, Bloomsbury, 1991; Lesley Milne (ed.), Bulgakov, the Novelist-Playwright, Luxemburgo, Harwood Academic Publishers, 1995; Edythe C. Haber, Mikhail Bulgakov. The Early Years, Cambridge, Harvard University Press, 1998.
ITALO CALVINO
por
LUIS BELTRÁN ALMERÍA
No podemos conocer nada exterior a nosotros pasando por encima de nosotros mismos —piensa ahora—, el universo es el espejo donde podemos contemplar solo lo que hayamos aprendido a conocer en nosotros.
(Palomar, 1983)
El gran tema de la obra de Italo Calvino (Santiago de las Vegas, Cuba, 1923-Siena, 1985) es el camino de la vida en busca de la auténtica sabiduría. Para encontrarla Calvino apuntó en dos direcciones en apariencia opuestas: el universo y el fondo del alma humana. El nexo entre ambos es la risa. Esa investigación sobre el alma del mundo se reviste en la obra de Calvino de una originalísima búsqueda de la forma literaria. Calvino acuñó nuevos géneros. Esos géneros estuvieron emparentados con dos géneros tradicionales: el cuento y la menipea (una forma muy original de sátira que practicó la Antigüedad y que ha sobrevivido a través de las épocas). La más importante de sus creaciones genéricas es la cosmicómica. Se trata de una forma de relato a medio camino entre el cuento y la menipea. Del cuento toma su gran libertad de imaginación. De la menipea toma su enorme libertad de especulación y de indagación. En su denominación reúne los tres elementos esenciales de la literatura calviniana: el cosmos, la risa y el alma humana. Contra la crítica que repite insistentemente que Las cosmicómicas (1965) son relatos de ciencia-ficción, Calvino replica que a él le interesan más los orígenes que el futuro. «Yo quisiera —dice— servirme del dato científico como de una carga propulsora para salir de los hábitos de la imaginación y vivir incluso lo cotidiano en los confines más extremos de nuestra experiencia; en cambio, me parece que la ficción científica tiende a acercar lo que está lejos, lo que es difícil de imaginar, y que tiende a darle una dimensión realista».
Calvino es capaz de ver los asuntos humanos desde la perspectiva más amplia —para eso se sirve de la ciencia— y así consigue despojarse de las miserias individualistas y sectarias, de moralismos hipócritas y dogmatismos ideológicos. Sus escritos tratan de abarcar las grandes dimensiones de la vida —esto es, temporales y espaciales— para descubrir las enormes posibilidades que el espíritu humano apenas comienza a vislumbrar. Este planteamiento ha sido entendido como una utopía. Y, en parte, así es. Es la utopía de la «república mundial de iguales, libres y justos», la sociedad universal a la que aspira Cosimo, el barón rampante. Pero no es solo eso. Es también el resultado de un rechazo a los dogmatismos: el comunista y otros. Calvino, que había sido partisano en la Brigada Garibaldi contra los nazis y militante comunista, rompe con esa concepción del mundo, rígida y burocrática, en 1957. Pero también cabe ver El barón rampante como una crítica de las ideologías de la sujeción a la tierra, a los nacionalismos. Calvino se proclamó neoyorquino, ermitaño en París y habitó las ciudades invisibles.
Varias de las obras de Calvino tienen un carácter autobiográfico. Pero esa tendencia a la autobiografía rehúye cualquier asomo de narcisismo. Quizá la obra autobiográfica más conseguida sea Palomar (1983). Su personaje es un tipo cómico, que ha tomado su nombre del observatorio astronómico del Monte Palomar en California, es decir, que esta figura conecta con la dimensión científico-cómica de las cosmicómicas. El señor Palomar nos confiesa su padecimiento y su dificultad para relacionarse con el prójimo. No se trata solo de un sufrimiento en el terreno de las relaciones personales —aunque también lo es—, sino de una relación problemática con el mundo. Ese malestar en el mundo parece tener su origen en la renuncia a una actitud idealista respecto al mundo: «Hubo una época en que su regla era esta: primero construir en su mente un modelo, el más perfecto, lógico, geométrico posible; segundo, verificar si el modelo se adapta a los casos prácticos observables en la experiencia; tercero, aportar las correcciones necesarias para que modelo y realidad coincidan». Este idealismo ha sido el espíritu dominante en la izquierda europea durante buena parte del siglo XX, al quedar atrás el dogmatismo burocrático que encarnó el comunismo oficial. El testimonio del señor Palomar consiste en la constatación del fracaso de ese método-modelo. Modelar —dice— es programar un sistema de poder, y del poder conviene esperar siempre lo peor. Lo que le interesa a Palomar es lo que sucede a pesar del poder: «La forma que la sociedad va adoptando lentamente, silenciosamente, anónimamente, en los hábitos, en el modo de pensar y de hacer, en la escala de valores». Esta posición lleva al viejo idealista a una forma nueva de escepticismo, de silencio. Incluso los remedios a los males del mundo pueden causar otros males, quizá peores, en manos de reformadores iluminados, tal vez ineptos, tal vez prevaricadores o, incluso, ambas cosas al mismo tiempo. De ahí que la única salida sea «mantener sus convicciones en estado fluido, verificarlas caso por caso y convertirlas en la regla implícita del propio comportamiento cotidiano, en el hacer o en el no hacer, en el elegir o en el excluir, en el hablar o en el callar».
He llamado a este comportamiento nueva forma de escepticismo. Quizás habría que decir falso escepticismo. El mismo señor Palomar no se conforma con esa renuncia al modelo ideal, único o complejo, y prosigue su investigación universal buscando «aplicar esa sabiduría cósmica a la relación con los semejantes». Esa búsqueda es la confesión que contiene este libro. No supone una renuncia a la búsqueda de la verdad o de una escala de valores —por utilizar su propia expresión— sino una nueva búsqueda, una investigación abierta y, en parte, contradictoria. Porque el único momento conclusivo al que llega Palomar constata que el universo es «el espejo donde podemos contemplar solo lo que hayamos aprendido a conocer en nosotros». Lo que busca Palomar en el cosmos es un orden, como siglos antes lo buscó san Agustín («Contempla el cielo, la tierra y el mar y todo cuanto hay en ellos [...] Todas las cosas tienen su belleza, porque tienen su número: quítaselo y no quedará nada», De libero arbitrio). Casi lo podría firmar Calvino. Pero si atendemos un poco más veremos que a Calvino no le interesa en realidad la belleza universal (y menos como manifestación de la existencia de Dios), sino otra cosa distinta: las enormes posibilidades de nuevas simetrías, combinaciones, apareamientos que permite la disgregación del orden del mundo. En otras palabras, le interesa la norma oculta en el fondo de lo existente en la medida en que es el motivo de esperanza en la salvación del género humano. Quizás en expresión teórica, que el propio Calvino elude, podría decirse que el desorden es la esperanza en un nuevo orden más complejo y más profundo. Calvino ilustra esa idea con la anécdota de la pantufla desparejada (epígrafe 3.1.3).
Y este aspecto contradictorio con la doctrina de la contemplación agustiniana nos lleva directamente al núcleo de su estética. Calvino reúne, como autor, dos líneas estéticas que no se reconcilian fácilmente: el humorismo y el simbolismo hermético. El humor de Calvino es fácilmente observable a lo largo de todo el libro. El señor Palomar es una figura que permite el distanciamiento y la ironía respecto a las propias convicciones de Calvino, incluso se reviste de los atributos del tonto, del despistado y, en algún momento, despierta sospechas acerca de su estado mental —por ejemplo, cuando observa los astros en la playa—. El señor Palomar no es un personaje sino una figura para la autoparodia, la ironía moderna, como suelen ser las creaciones de Calvino. Expresa esta figura un método artístico que le permite situarse más allá del individualismo. Nada en esta obra es narcisista, que suele ser una de las formas estéticas más frecuentes del individualismo.
Pero ahora me interesa más la otra dimensión estética de Palomar, su simbolismo. Para empezar, he de señalar que este es un libro en apariencia mucho menos hermético que otros de Calvino, como Las ciudades invisibles (1972). Pero si nos fijamos con algo más de detenimiento veremos en esta obra el perfil clásico del arte hermético. En primer lugar, la disposición de esas meditaciones es hermética porque solo al final podemos percibir claramente que estamos ante una confesión o, quizá mejor, ante un testamento intelectual. El autor —en otro rasgo de humor— juega con el lector proponiéndole variados y curiosos temas y solo paso a paso va destilando con cuentagotas su pensamiento a partir de las percepciones alcanzadas. En segundo lugar, esta obra persigue un único objetivo: aproximarse a la norma oculta de lo existente en la medida en que es el motivo de la salvación del género humano. He reunido en esta frase dos conceptos que aparecen por separado en el escrito de Calvino, pero cuya conexión es esencial para comprenderlo. El simbolismo hermético se mueve hacia un fin: alcanzar la salvación. Las claves para encontrarla están ocultas y solo son reveladas a los iniciados. En este caso el iluminado Palomar pone en práctica una nueva forma de ver (la forma de ver descrita en el epígrafe 3.1.1, «El mundo mira al mundo»).
Acerca de la salvación Calvino-Palomar nos dice que ha llegado tarde a comprender que «reside en aplicarse a las cosas que están ahí». Esta actitud de atención a lo inmediato es lo contrario de la impaciencia juvenil y el voluntarismo («tratar siempre de hacer algo un poco más allá de los propios medios»). Este giro puede comprenderse en primera instancia como un giro generacional. La generación revolucionaria de la posguerra europea es, pasada la efervescencia del 68, una generación integrada, reconciliada. Pero esta sería una lectura superficial. En el espíritu del señor Palomar alienta todavía una actitud rebelde, trascendente y transgresora, aunque el objeto de la transgresión ya no sea la esfera de lo político sino esa otra que está más allá de lo político, del poder y para la que Calvino-Palomar parece no encontrar un término adecuado. Quizá la mejor forma de definir esa segunda esfera sea la de un nuevo pensamiento, más allá del individualismo, que solo es capaz de ver la esfera del poder.
Pero hay todavía una última cuestión que emana de la faz hermética de Palomar. Hemos vuelto en el párrafo anterior a la cuestión generacional que, a mi juicio, fundamenta el testimonio de Calvino. He señalado que en los casos más notables la confesión —en cuanto género literario— alcanza su mayor grado de significación en la encrucijada entre dos épocas. En el caso de Calvino y de nuestra época eso significaría el tránsito del individualismo a otra forma de pensar, sin duda superior, capaz de asimilar un grado de integración del universo y la humanidad, y de conciliación de esta consigo misma. En ciertas regiones de la cultura actual ese grado superior de comunicación humana es conocido como dialogismo, construir un diálogo entre los que deben ser un diálogo —lo que incluye la naturaleza—, según un conocido lema de Gadamer. Y la pregunta ahora debe ser: ¿es Calvino un aventajado heraldo del dialogismo, como Rousseau lo fue del individualismo? Llegados a este punto, conviene que nos impregnemos de una buena dosis de espíritu calviniano para respondernos negativamente. La edad del individualismo no ha concluido. Pese a las secuelas —cada vez más graves— y al alto coste en posibilidades de expansión de la humanidad a todos los niveles, todavía —y no sabemos por cuánto tiempo— el individualismo tiene tareas que cumplir y sigue renovando sus formas y contenidos. El propio Calvino es consciente de ello, pese a que no llegue a verbalizarlo. La prueba de esa conciencia es su hermetismo y su ironía. Este hermetismo irónico es la forma estética de un pensamiento que sabe que no ha llegado su hora y que no sabe cuánto ha de esperar. Al menos, frente al hermetismo clásico, sabe que esa hora ha de llegar alguna vez, pero ha aprendido a liberarse de la impaciencia juvenil y a entender (solo en teoría) que la única salvación reside en aplicarse a las cosas que están ahí. Ese es el testamento de Calvino-Palomar.
La actitud autocrítica y autorreflexiva de Calvino alcanza también a la literatura. Si una noche de invierno un viajero (1979) muestra su aproximación problemática a la novela y cuestiona los límites de la literatura y de su propia forma de entender la novela. En una trama basada en dos personajes —el lector y la lectora Ludmilla, que corren atípicas aventuras perseguidos por el ejército de la mixtificación— se interpolan diez relatos, diez comienzos de novelas. Interrogándose sobre el sentido de esta construcción, Calvino explica que la obra representaría para él «una especie de autobiografía en negativo: las novelas que hubiera podido escribir y que había descartado y, a un tiempo [...] un catálogo indicativo de actitudes existenciales que conducen a otros tantos caminos cortados». Esos caminos cortados van desde la novela de aventuras a la estilización de las obras de Rulfo, pasando por formas diversas, más o menos paródicas, de menipea. La clave de la autocrítica novelística de Calvino parece estar en su expresión «una especie de autobiografía en negativo». En negativo, porque no se propone una solución a la crisis de la novela, como en su día había planteado Cervantes, y más tarde el propio Calvino en Palomar —aunque aquí el carácter de novela se difumina ante el de autobiografía—. Con todo, cabe apuntar que Calvino ofrece cierto homenaje a Dostoievski, cuyo incipit de Crimen y castigo cita y estiliza con la serie de títulos que conforman las diez novelas suspendidas. Ese homenaje puede entenderse bien como el estado actual de la novela que conviene superar, bien como una forma novelística todavía no superada. En cualquier caso, sí que ofrece Calvino dos reflexiones para la superación de la crisis de la novela: una noción crítica del papel del autor y una revalorización de la lectura que conecta con las conclusiones que él mismo extrajo del estudio de los cuentos folclóricos: «El sentido último al que remiten todos los relatos tiene dos caras: la continuidad de la vida y la inevitabilidad de la muerte». En De fábula (1980) había explicado el cuento tradicional como una escuela de aprendizaje de la continuidad de la vida. Habrá que suponer, pues, que la lectura y la novela han añadido el aspecto de la presencia de la muerte individual a la literatura universal.
La obra de Italo Calvino se caracteriza, pues, por un hermetismo abierto y humorístico. En todo hermetismo humorístico hay una contradicción patente: la fe en las posibilidades de desarrollo esencial del género humano que contrasta con la resistencia de actitudes mezquinas y miserables firmemente arraigadas en una época o en una región actuales. Calvino es uno de los autores que ha llevado más lejos esa paradoja entre la desesperanza en la actualidad y la confianza en el futuro. Su serie Nuestros antepasados ha quedado como uno de los monumentos de la literatura universal que consagra esa paradoja. Quizá la obra más interesante de esa trilogía sea El barón rampante. Se trata de una novela didáctica y humorística con rasgos biográficos y herméticos, que se apoya en elementos de menipea. Su eje es la rebeldía ante el mundo, sea por su autoritarismo, por su injusticia o por su necedad. La biografía de Cosimo Rondò es la excusa para exponer un estado de conciencia que aspira a un mundo mejor sin concesiones a la degradación social. Por eso, Cosimo ve el mundo desde arriba, desde los árboles, distanciado de la miseria humana y experimentando todo tipo de fórmulas para mejorar el mundo. No es una biografía heroica y tampoco simplemente didáctica. Es una biografía dramática porque su orientación no es la exposición de tal o cual aspecto o valor, sino el de la existencia comprometida en su totalidad con la aspiración a un mundo mejor. Esa aspiración choca contra la belleza, representado por Viola, una belle dame sans merci. Choca también contra el aislamiento del Caballero Abogado, «advertencia de en qué puede convertirse el hombre que separa su suerte de la de los demás». Choca contra el autoritarismo («sé que cuando tengo más ideas que los otros, doy a los demás estas ideas, si las aceptan; y esto es mandar». Choca también contra el nacionalismo («Mi hogar está por doquier, donde quiera que pueda subir, yendo hacia arriba»). Y su objetivo es una República arbórea, habitada por hombres iguales, libres y justos.
La obra de Calvino pone de relieve la fe en la imaginación, que amplía sin cesar los límites y las posibilidades de la humanidad. Esa fe le lleva a ser un profeta, el profeta de una nueva etapa del espíritu. La muerte le sorprendió el 19 de septiembre de 1985, cuando preparaba un viaje a Estados Unidos para impartir un ciclo de conferencias en la Universidad de Harvard que llevaba el significativo título de Seis propuestas para el próximo milenio (1985).
Bibliografía
María J. Calvo Montoro y Franco Ricci (eds.), Italo Calvino, nuevas visiones, Cuenca, Universidad de Castilla-La Mancha, 1997; Elizabeth Sánchez Garay, Italo Calvino: voluntad e ironía, México D. F., Fondo de Cultura Económica, 2000; Alberto Asor Rosa, Stile Calvino: cinque studi, Turín, Einaudi, 2001; Enrique Santos Unamuno, Laberintos de papel: Jorge Luis Borges e Italo Calvino en la era digital, Cáceres, Universidad de Extremadura, 2002; María J. Calvo Montoro, Italo Calvino, Madrid, Síntesis, 2003; Lucca Baranelli, Bibliografia di Italo Calvino, Pisa, Edizione della Normale, 2008; Letizia Modena, Italo Calvino’s Architecture of Lightness, Nueva York, Routledge, 2011.
ALBERT CAMUS
por
MAR GARCÍA
Pues si hay un pecado contra la vida, acaso no sea tanto desesperar de ella como esperar otra distinta y esquivarse a la implacable grandeza de esta.
(«El verano en Argel», Bodas, 1938)
Albert Camus (Mondovi, Argelia, 1913-Villeblevin, Francia, 1960) personifica a la vez la teorización de una manera de vivir y la puesta en práctica de un pensamiento que su absurda muerte en un accidente de tráfico parece corroborar trágicamente. Merecedora del Premio Nobel de Literatura en 1957, tan criticada como admirada, su obra plantea un compromiso con el hombre y con el presente desde la tensión irreductible entre absurdo y rebeldía, inmanencia y sentido de lo sagrado, soledad y fraternidad. El manuscrito inconcluso de su novela autobiográfica El primer hombre, publicado en 1984, deja sin resolver dicho conflicto. Su propuesta no contentó a quienes encarnaban la opción triunfante de la posguerra —el compromiso político de la izquierda capitaneada por Sartre— ni a aquellos que, algunos años después, hicieron de la literatura un laboratorio de experimentación. Los primeros le reprochan su moderación ideológica, el preferir las verdades medianas, relativas y temporales o las lecciones concretas del cuerpo a la fe incondicional en la Historia; los segundos, su clasicismo formal; en plena efervescencia del Théâtre nouveau (Beckett, Ionesco, Adamov), Camus, cuyo teatro no se sustenta en una estructura de comunicación no literaria, resultaba extemporáneo. La misma consideración pudo aplicarse a sus novelas desde la óptica del Nouveau roman.
Camus elaboró una obra dinámica sustentada por un pensamiento que no dejó nunca de buscarse a sí mismo. Si bien es posible distinguir los ciclos del absurdo y de la rebeldía, en cada uno de ellos los temas camusianos circulan con una interdependencia evidente y sus libros proponen una sucesión discontinua de instantes que oscilan entre la Naturaleza y la Historia, la esperanza y la desesperación, el optimismo y el pesimismo, la sensualidad y la austeridad. La obra de Camus resulta, pues, irreductible a una evolución que llevaría del no al sí, del revés al derecho, del nihilismo al humanismo: su universo conforma una totalidad intuitiva que, en lugar de fijar el sentido de la búsqueda, la deja brutalmente abierta. Si la diversidad de vías de expresión —narrativa, El extranjero, La peste, La caída, El exilio y el reino; ensayo poético, Bodas; ensayo intelectual, El mito de Sísifo, El hombre rebelde; teatro, El malentendido, Calígula, Los justos; crónicas— es otra manifestación de esta búsqueda sin tregua, el filósofo resulta invariablemente inseparable del novelista o del dramaturgo. Mientras que el Camus pensador se esfuerza por elaborar conceptos y por ofrecer una dimensión teórica a sus principales temáticas, el autor de ficciones complica esta labor sembrando la ambigüedad. Así, a pesar de que en La peste se evidencie una preocupación por la objetividad o en El extranjero se persigue una escritura neutra, las novelas de Camus parecen no coincidir nunca con los ensayos, y, en estos, la presencia de una subjetividad viva y de su experiencia sensible del mundo tiñe el registro del análisis filosófico.
La nostalgia de los orígenes que siempre acompañó a Camus es inseparable de la ausencia y el sufrimiento que sugiere la figura paterna, el padre muere en la batalla del Marne en 1914, y del silencio asociado a la madre, de origen menorquín, analfabeta y casi sorda. La escritura es un intento por dar sentido a estas dos formas de ausencia que, unidas a la tuberculosis que aquejaba al autor (alejándolo de la práctica del fútbol y obligándolo a pasar largos períodos de reposo), lo predisponen a una singular comprensión de lo absurdo de la condición humana. Hasta los diecisiete años, su vida transcurre en Argel. Después de un primer y brevísimo matrimonio, cursa estudios de Filosofía en la Universidad de Argel y realiza distintos viajes a Europa. Su adhesión al partido comunista, que abandona poco después a causa de divergencias entre este y el Partido Popular Argelino, defensor de la independencia, tiene lugar a la vez que sus primeras incursiones teatrales. En 1937, el joven Camus publica un conjunto de ensayos, El revés y el derecho. El título escogido para su primera obra anuncia ya el carácter dual que, como se ha dicho, define al conjunto de su producción y que opone la experiencia física de una unión armoniosa con el mundo a la imposibilidad de la dicha. Otro aspecto anunciador de los trabajos que vienen después es la oscilación entre el relato concreto, que introduce elementos de la experiencia personal, y la meditación abstracta. Los ensayos contienen, además, numerosas referencias a la pobreza sobre la que Camus vuelve en su prefacio a la edición francesa de 1958 afirmando que la pobreza material (diferente de la pobreza de espíritu, de la indiferencia o del olvido) es la expresión de la vida verdadera, en unión con el mundo, el hombre y la naturaleza. El sentimiento trágico del absurdo no proviene, pues, de un malestar ante el mundo (la náusea sartriana), sino del deseo de absoluto que despierta la belleza del mismo en el hombre, contrario a la condición humana, sometida al sufrimiento y a la muerte.
A diferencia de esta primera obra, escrita en una etapa dominada por la enfermedad y las decepciones, los ensayos líricos de Bodas revelan una mayor confianza. El más célebre de ellos, «Bodas en Tipasa», es el que mejor traduce la celebración camusiana de la unión sensual del hombre con la naturaleza. A partir de 1938, la actividad periodística de Camus se intensifica. Luego de trabajar como redactor para varios rotativos de Argel donde, además de la crítica literaria, aborda cuestiones de actualidad política y social, decide instalarse en París a causa de sus problemas con la censura. Tras casarse en 1940 con Francine Faure, trabaja como periodista hasta la ocupación de París, que le obliga a regresar algunos meses a Argelia. En 1942, publica El extranjero y El mito de Sísifo.
En el universo amoral de Meursault, el «extranjero» de la novela epónima —ser natural que recibe pasivamente las impresiones del exterior y cuya existencia parece transcurrir ajena al código social—, los conceptos de bien y de mal, de pecado y de arrepentimiento no tienen lugar. En la primera parte se presenta, en forma de diario, un encadenamiento ciego de circunstancias, de sensaciones experimentadas y de reflejos instintivos que concluye con el crimen cometido en la playa sin razón aparente. Meursault solo tiene conciencia de haber roto el equilibrio del día. La segunda parte relata de modo retrospectivo la vida en prisión del acusado y presenta las interpretaciones que la sociedad quiere imponerle. Aunque en prisión Meursault pasa de la pasividad a la actividad reflexiva y en los últimos momentos, antes de la ejecución, deja de ser extranjero a sí mismo mientras contempla la noche, su indiferencia es en realidad su verdadero crimen. La finalidad del interrogatorio al que se somete al reo es, pues, más que establecer la verdad de lo ocurrido, suprimir el carácter inexplicable del hecho y lo azaroso del gesto, imponiéndole un sentido. En última instancia, la transformación del crimen inexplicable o fortuito en un acto monstruoso y premeditado equivale a afirmar, contra Meursault, que el lenguaje es capaz de vencer a la opacidad del mundo. Más allá de la crítica de la justicia que construye Camus, la novela propone dos lecturas posibles del crimen: una, contingente, en la que un hombre, víctima de una insolación acaba matando a un árabe; otra, mítica, donde la muerte del árabe es la manifestación de la fuerza inexorable del destino que priva al ser humano de su libertad. El rechazo a indagar en el porqué de los acontecimientos se traduce en la utilización de frases cortas y anodinas que acusan la influencia de la novela americana. El estilo de la ausencia, que aspira a ser a la vez ausencia de estilo, hace de cada frase un presente cerrado en sí mismo que no encuentra prolongación en la frase siguiente y que corrobora la insuficiencia de la causalidad como principio explicativo. La escritura blanca de Camus se convierte, así, en una rebelión contra el orden que impone el lenguaje (Barthes). El mito de Sísifo, publicado solo unos meses después, forma parte, junto a El extranjero y a Calígula (1944), del ciclo del absurdo. Mientras que Sísifo simboliza el carácter contingente de la repetición cotidiana de gestos y hábitos, Calígula plantea la confrontación de un héroe nihilista con el absurdo que es, también, una reflexión sobre los límites de la libertad.
En 1944, frente al nazismo y al comunismo, el existencialismo es el gran movimiento intelectual de la Liberación. Las obras que suceden al ciclo del absurdo corresponden al período de rebelión y de compromiso con la Resistencia. En esta etapa, Camus decide luchar contra la injusticia, máxima expresión del absurdo. Su colaboración en el diario Combat como redactor en jefe le hace salir del aislamiento nihilista para abrirse a la comunidad y revelarse contra el mal histórico. La peste (1947) puede entenderse como una especie de anti-El extranjero en la medida en que, para escapar del absurdo, funda una moral humana contra toda forma de terrorismo. La novela se sitúa en Orán y el título remite a la enfermedad más contagiosa y agresiva de la época, la «peste brune» (nombre que se daba al nazismo por analogía con el color de las camisas militares). El confinamiento y la condensación de la trama en un breve espacio de tiempo intensifican la dimensión trágica de la novela. Como la ballena blanca en Moby Dick, la epidemia de peste encarna al mal; solo el paso de la conciencia a la acción permite al médico enfrentarse a la epidemia arrastrando consigo a otros individuos. En La peste, gran metáfora de la pulsión de muerte que lleva al hombre a destruir a sus semejantes, Camus adopta una narración impersonal y objetiva para dar mayor autenticidad al testimonio de un narrador cuyo anonimato se mantiene hasta el final —se trata de Rieux— evitándose así el exceso de pathos, la interpretación de los hechos y el enjuiciamiento de las actitudes. Pero Rieux no es un héroe. Como escribe Camus al final de El hombre rebelde, hay que renunciar a ser Dios para ser hombre.
Después de la Liberación, la Historia adopta el aspecto de un teatro del terror (depuración, guerra fría, amenaza de la bomba atómica, guerras de Corea y de Indochina). Los justos (1949) pone en escena a un grupo de socialistas revolucionarios en la Rusia de 1905 y plantea los límites morales de la acción política. En El hombre rebelde (1951), Camus vuelve sobre la reivindicación de una libertad absoluta como exigencia para que la revolución no suplante a la rebelión, pero esta vez, su reflexión posee un valor colectivo: «Me rebelo, luego existimos». El autor critica a todas las ideologías que justifican la muerte, tanto el cristianismo como su sustituto materialista, el marxismo-leninismo, que hace de la Historia la nueva divinidad. Como alternativa, Camus propone una vuelta al pensamiento mediterráneo (pensée de midi), esto es, a la reflexión basada en la realidad concreta, la búsqueda de claridad y la medida (reformismo democrático). Sobre las ruinas nihilistas de una Europa que ha perdido todo amor a la vida, Camus plantea una comprensión del mundo que desconfía de los sistemas abstractos y de sus promesas de una sociedad ideal sin clases. Estos postulados no dejaron indiferente a la comunidad intelectual. Desde la tribuna de Les Temps Modernes, Camus recibe numerosos ataques y Sartre condena sin remisión su posición ideológica y su arrogancia intelectual. Se le acusa también por su falta de compromiso claro con la independencia de Argelia. Agotado por las recaídas de la tuberculosis, Camus atraviesa un período de esterilidad y de depresión en el que pone en duda los valores propuestos en obras anteriores. Sus siguientes libros reflejan esta crisis y abordan las cuestiones que le angustian: la culpa, el egoísmo, la mala fe, la mentira.
El verano (1954) marca un regreso a la inspiración mediterránea de Bodas. Pero es en La caída (1956) donde Camus, identificándose con Clamence, se somete a una confesión en forma de largo monólogo dramático en la que da cuenta de su caída psicológica y social y de la imposibilidad de volver a la vida exitosa anterior después de haber perdido la buena conciencia y la fe en el hombre. Una tarde, paseando por el Pont des Arts en París, una risa le perturba llevándose consigo su seguridad y su confianza optimista en los hombres: el personaje asiste sin intervenir al ahogamiento de una mujer. Los tres primeros capítulos evocan la vida de Clamence antes de la revelación de su mala fe. Los tres últimos lo muestran convencido de su egoísmo. El Mexico-city, un bar dudoso de Ámsterdam y las calles de la ciudad en un universo nocturno, húmedo y frío en el que los canales recuerdan a los círculos del infierno, son el espacio-prisión del exilio. La referencia al sol, a Java o a las islas griegas remite a la nostalgia del paraíso perdido, el del altruismo, la generosidad y el sentido del deber que disimulaban en realidad la búsqueda egoísta de la simpatía del otro. La risa de la lucidez que acaba con todas las certezas morales remite a la risa griega que, en La gaya ciencia de Nietzsche, se afirma ridiculizando a todos los sistemas filosóficos que pretenden fundar una moral. Como Nietzsche en La genealogía de la moral, el testimonio de Clamence muestra que la virtud, la deuda y el error sirven al moralismo para declarar su superioridad espiritual.
En 1957, Camus escribe El exilio y el reino, cuyos relatos mantienen una simetría antitética con la experiencia fundadora de El revés y el derecho. Muere en la carretera en 1960, sin conocer el desenlace de la guerra de Argelia.
Un francés nacido en Argelia en 1913 tenía que tomar obligatoriamente partido, al menos, respecto a Francia, Alemania, Argelia y la URSS. La reprobación de toda forma de violencia por parte de Camus fue interpretada como una traición a esas cuatro causas y su combate contra la opresión fascista, franquista, colonial y soviética, contra la pena de muerte, la depuración o la bomba atómica no bastó para obtener el perdón de la intelligentsia francesa que quiso hacer de él un moralista pesimista, clásico y burgués. La gloria de Camus no parece sin embargo haberse visto afectada por estas presuntas insuficiencias de su obra. La Historia se ha encargado de darle la razón en muchos aspectos y sus lectores saben que lo esencial de su legado, más allá de ambigüedades o paradojas, reside en la aceptación del amor instintivo por el mundo.
Bibliografía
Pierre Nguyen-Van-Huy, La métaphysique du bonheur chez Albert Camus, Neuchâtel, La Baconnière, 1961; Herbert Lottman (1976), Albert Camus, Madrid, Taurus, 2006; Olivier Todd (1996), Albert Camus. Una vida, Barcelona, Tusquets, 1997; Maurice Weyembergh, Albert Camus ou la mémoire des origines, Bruselas, De Boeck & Larcier, 1998; Rosa de Diego, Albert Camus, Madrid, Síntesis, 2006.
ELIAS CANETTI
por
MICHAEL PFEIFFER
Bloqueo: alguien va cercándose de palabras por encima de las cuales no puede saltar. Cuando estas se agujerean, las cambia por otras.
(Apuntes, 1973-1984)
Seguramente no habrá otro autor del siglo XX de andanzas tan variadas y mestizas como las de Elias Canetti (Rustschuk, 1905-Zúrich, 1994) en la Europa de las fronteras y de las dos grandes guerras. De origen judeo-español, nació en la ciudad búlgara de Rustschuk, a orillas del curso bajo del Danubio. Desde sus comienzos tiene un trato continuado con diferentes lenguas: su lengua materna es el ladino (el idioma que los judíos sefardíes conservaron durante siglos). La lengua afectiva de sus padres era el alemán, idioma que el pequeño Canetti escuchaba sin entender. Viena era la capital cultural de Centroeuropa en esa época. «Cuando alguien viajaba Danubio arriba, rumbo a Viena, se decía que iba a Europa. Europa empezaba allí». En las calles de Rustschuk se escuchaban hasta siete idiomas: búlgaro, turco, armenio, griego, albanés, el romaní de los gitanos, etcétera. En 1911 la familia Canetti se muda a Manchester y Canetti comienza su educación escolar en inglés. A la muerte de su padre y en el viaje a Viena, su madre le enseña el alemán a marchas forzadas, «una lengua materna implantada tardíamente y con verdaderos sufrimientos» preparándolo para la continuación de sus estudios en Viena. Posteriormente realiza el bachillerato en Zúrich para acabar esta primera etapa escolar en Fráncfort. En 1924 regresa a Viena donde estudió la carrera de Química obteniendo el título de doctor en esta especialidad. Lleva siempre consigo su pasaporte turco que le sirve de salvoconducto, sobre todo cuando en 1938 tiene que huir de la Viena nazi hacia Inglaterra.
Pese a toda esta mescolanza lingüística y cultural, cuando se le inquiría acerca de sus orígenes, él se consideraba siempre un autor vienés de lengua alemana. En su discurso pronunciado con ocasión de la entrega del Premio Nobel en 1981 declaró: «Lo recibí en nombre de Kafka, Musil, Broch y Karl Kraus, a quienes nunca se había premiado». En sus largos años de exilio en Londres nunca renunció a esta condición de escritor en lengua alemana a la que quiere proteger de la contaminación bárbara del nacionalsocialismo, con la intención de devolver a los alemanes desde fuera un idioma limpio: «Los alemanes podrán quitármelo todo, menos la lengua, la lengua no me la quitarán nunca». Su trabajo en la escritura fue su forma de resistencia. Finalmente regresaría a Zúrich, su ciudad de acogida, su ciudad amada, para vivir sus últimos años. Dejó a esta ciudad sus manuscritos y su biblioteca como su legado intelectual. Añadir en este espacio más detalles acerca de su vida sería casi un pecado porque nuestro autor es uno de los representantes más diestros en el género autobiográfico. Dejamos que sea el lector quien indague por sí mismo en los tres volúmenes de la historia de su vida.
De manera similar a su trayectoria vital, la obra de Canetti destaca por su heterogeneidad y por su singularidad difícilmente encasillable en los esquemas de las corrientes literarias del siglo pasado. Imaginemos por un momento el conjunto de sus libros como uno de esos paisajes fijos que de vez en cuando nos proyectan a cámara rápida: las formaciones geológicas, los montes, los valles, el perfil del horizonte permanecen inmutables, mientras a su alrededor se alternan el día y la noche, el sol y la luna, y las estaciones.
En este paisaje se perfilan dos macizos contundentes: su única novela Auto de fe (1936) y el ensayo antropológico de 1960 Masa y poder cuyas seiscientas páginas le llevaron más de treinta años de estudios preparatorios para su redacción. Canetti nunca tuvo prisa en publicar sus escritos porque estaba completamente convencido de que su obra pasaría sin duda a la posteridad. Como dice el propio autor: «Mientras todos los que me conocían me impulsaban a terminarlo, yo no lo terminé ni una hora antes de lo que me pareció adecuado [...] Ahora me digo que he conseguido agarrar a este siglo por el cuello». En el acelerado mercado actual de bestsellers, una postura como la de Canetti parece ya completamente extemporánea. Sin embargo, creía por completo en el reconocimiento de su obra. Esto es perceptible también en el complejo y accidentado camino de su novela Auto de fe que tarda casi treinta años para llegar finalmente a los lectores alemanes en una reedición de 1963, después del éxito alcanzado por su traducción en Inglaterra.
Alrededor de este núcleo principal —tal como el autor mismo denominó a su obra magna, Masa y poder— se extienden otros territorios más llanos o de pendiente menos pronunciada, como por ejemplo su primer éxito de ventas a los sesenta y cinco años, cuando comienza a poder vivir de sus escritos. Nos referimos a su autobiografía en tres volúmenes publicada a partir de 1971 con La lengua absuelta. Autorretrato de infancia, La antorcha al oído. Historia de una vida, 1921-1931, de 1980, y El juego de ojos, Historia de una vida, 1931-1937, de 1985. Además de ver resucitar ante nuestros ojos un mundo tan remoto como el de una familia sefardita a caballo entre Oriente (el Imperio otomano) y Occidente (el Imperio austrohúngaro) antes de su desaparición tras la Primera Guerra Mundial, en estos tres libros aparece también una serie de figuras imprescindibles para conocer la vitalidad intelectual y artística de la Viena del primer tercio del siglo XX o la babilónica Berlín de la República de Weimar. El lector español dispone de una brillante edición de esta autobiografía con introducciones e índices de nombres, obras y lugares en un único volumen titulado Historia de una vida que forma parte de la obra completa de Canetti que está editando Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, empresa esta que representa una culminación de las primeras ediciones de las obras de Canetti en España a cargo de Mario Muchnik.
Otras llanuras menos conocidas de su producción literaria las conforman sus tres piezas teatrales, adecuadas más bien para una lectura en voz alta que para su representación en escena: La boda (1932), La comedia de la vanidad (1950) y Los emplazados (1964). El propio Canetti las declamaba frecuentemente en público dando una voz personalizada e inconfundible a cada uno de sus personajes. En su manera de declamar no solo su teatro sino gran parte de su obra y en el hecho de otorgar tanta importancia a la voz viva, sigue las pautas de su maestro Karl Kraus, famoso en Viena por sus centenares de lecturas en público, a las cuales asistía el joven Canetti con devoción. Una muestra de esta «escuela del buen oír» la encontramos en el título del segundo libro de su autobiografía, La antorcha al oído, que hace referencia a la revista Die Fackel (‘La antorcha’), editada y redactada por Karl Kraus en Viena. Disponemos también de una insólita edición casi completa en un audiolibro de todas las lecturas, entrevistas y conferencias radiofónicas de Canetti que suman más de treinta horas de audición con la propia voz del autor: Das Hörwerk 1953-1991 (‘Textos hablados 1953-1991’) editado en formato mp3 por Zweitausendeins en el año 2006.
De su antología de breves ensayos La conciencia de las palabras (1975) cabe mencionar una lectura muy atenta de la correspondencia de Kafka en El otro proceso de Kafka. Sobre las cartas de Kafka a Felice, de 1969, su confrontación y distanciamiento de la figura de Karl Kraus o sus reflexiones acerca de asuntos políticos tales como Hitler o Hiroshima.
También es destacable su obra «menor», la prosa breve El testigo oidor, de 1974. Estas cincuenta descripciones de un máximo de dos páginas cada una nos muestra por un lado la fuerza de su fantasía y también el rigor en la composición lapidaria de los vicios humanos expresados en fórmulas que son casi radiografías en las que nos reconocemos todavía a nosotros mismos y a nuestros contemporáneos. El Lengüilargo, por ejemplo, «habla sobre patines y adelanta a los peatones. Las palabras se desprenden de su boca como avellanas vacías». El Maestroso, en cambio, cuando decide desplazarse, «avanza sobre columnas» y donde se emplazan estas «surge un templo y los adoradores se congregan en un abrir y cerrar de ojos». Y entre El Lamenombres, El Caldealágrimas y La Depurasílabas se «desliza sin ser visto» el personaje de El Testigo oidor, el carácter que da título al conjunto y que es el más parecido al propio Canetti que siempre está a la búsqueda de inauditas «máscaras acústicas»: «¡Con tanta habilidad desaparece! [...] Conoce todos los sitios donde hay algo que oír, lo registra bien y no olvida nada».
La amplitud de los géneros literarios que Canetti domina no se agotan aquí. Paralelamente a la larga elaboración de Masa y poder y hasta sus últimos días, el autor creó una especie de válvula de escape, un entretenimiento libre en forma de apuntes y aforismos espontáneos que forman un extensísimo paisaje aparte dentro de su obra, reunidos en su totalidad en el volumen Apuntes (1942-1993), el cuarto volumen de las obras completas mencionadas, y anteriormente publicados en ediciones parciales con títulos tan expresivos como La provincia del hombre. Apuntes 1942-1972, El corazón secreto del reloj. Apuntes 1973-1984 o El suplicio de las moscas. Apuntes 1986-1993. Quien desee familiarizarse con el imaginario de Canetti, tiene aquí la posibilidad de una lectura también espontánea y fragmentada, al azar, como quien deambula por las calles de una ciudad nueva para hacerse una composición del lugar.
Una vez familiarizados con el horizonte literario de nuestro autor en sus obras más accesibles, le aguarda entonces al lector una aventura de mayor calado: entrar en el mundo a la vez cómico, grotesco y sombrío de los personajes de su novela Auto de fe. El título original, Die Blendung, significa traducido literalmente «el deslumbramiento» o «la obcecación, el ofuscamiento» y hace referencia al cuadro de Rembrandt, Sansón cegado por los filisteos del cual el joven Canetti había quedado impresionado durante su estancia en Fráncfort. Esta pérdida de visión del mundo real por parte del protagonista, el sinólogo Peter Kien, se refleja en tres pasos que estructuran el desarrollo catastrófico de la novela: «Una cabeza sin mundo», «Un mundo sin cabeza» y «Un mundo en la cabeza». Lo que Canetti planificó inicialmente como una amplia «Comédie humaine» de la locura, quedó reducido al final a unos pocos personajes que se hacen la vida imposible unos a otros. El lector reconocerá fácilmente en esta novela la huella de Cervantes en la ciega bibliomanía del sinólogo encerrado en su inmensa biblioteca, el influjo de la novela picaresca española en la figura del siniestro personaje del enano jorobado Fischerle, y también los trazos oscuros y fantasmagóricos de los Caprichos y de la pintura negra de Goya. Naturalmente no vamos a destapar el violento desenlace del libro pero sí auguramos al lector una fascinante lectura que oscila entre la angustia y la hilaridad.
No obstante, para dar unos primeros pasos en la obra tan heterogénea de un autor centroeuropeo como Elias Canetti, recomendamos al excursionista inexperto y curioso la lectura de Las voces de Marrakesh, en donde el autor regresa a sus raíces judías y mediterráneas ofreciendo un paisaje urbano y humano en el cual se siente reflejado él mismo, en la plaza del Melah del barrio judío de Marrakesh: «No quería marcharme jamás de aquí, desde hacía cientos de años yo había estado aquí, pero lo había olvidado y ahora todo renacía. Veía expresada toda la densidad y calor de la vida que sentía en mí mismo. Cuando me encontraba allí yo era esa plaza. Pienso que siempre vuelvo a esa plaza».
Bibliografía
Mario Muchnik (ed.), Custodio de la metamorfosis: homenaje a Elias Canetti en su 80º aniversario, Barcelona, Muchnik, 1985; Kristian Wachinger, Elias Canetti: imágenes de una vida, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2005; Sven Hanuschek, Elias Canetti, Múnich-Viena, C. Hanser, 2005.
TRUMAN CAPOTE
por
CRISTINA GARRIGÓS
Después de todo, el arte no es agua destilada: las percepciones personales, los prejuicios, el sentido de selección de cada uno contaminan la pureza de la verdad absoluta.
(Los perros ladran, 1973)
Prolífico, mordaz, genial y carismático, Truman Capote (Nueva Orleans, 1924-Los Ángeles, 1984) puede considerarse uno de los escritores y periodistas norteamericanos cuya personalidad ha dejado casi tanta huella en la historia de la literatura como los protagonistas de sus novelas. Truman Streckfus Persons nació en Nueva Orleáns el 30 de septiembre de 1924. Hijo de Archelaus Persons, comerciante, y de una joven reina de la belleza sureña, Lillie Mae Faulk, sus padres se separaron cuando Truman tenía solo cuatro años. Como consecuencia de este divorcio, le enviaron a Monroeville (Alabama) donde se crio con sus tías y conoció a la que sería su vecina y amiga de por vida, Harper Lee, autora de Matar a un ruiseñor, que, en esta novela, se inspiró en él para el personaje de Dill y que describe de la siguiente forma: «Dill resultaba una curiosidad. Llevaba pantalones cortos de lino azul que se abotonaban a la camisa, tenía el pelo blanco como la nieve y pegado a la cabeza como plumones de pato; yo era más alta que él, a pesar de ser él un año mayor. Cuando nos contaba el cuento de siempre, sus ojos azules se iluminaban y se oscurecían, su risa era franca y feliz; solía tirarse de un mechón de pelo que le caía en el centro de su frente». La infancia de Capote fue decisiva en su formación como escritor. Como él mismo confesó, la sensación de abandono materno nunca dejó de perseguirle e influyó en la formación de su carácter introvertido e inseguro, que buscó refugio en los libros. Fue Capote, sin duda, un niño precoz que a los cinco años, antes de entrar en primer curso del colegio, ya había aprendido a leer y a escribir solo, a pesar de que en casa de los Faulk poco había que leer, aparte de la Biblia. Sus conocidos relatan que a esa temprana edad siempre iba acompañado de un pequeño diccionario, un bloc de notas y un lápiz, y que siempre tuvo claro lo que quería ser de mayor: escritor. En 1935, con nueve años, dejó el Sur para mudarse a Nueva York con su madre y el segundo marido de esta, un hombre de negocios cubano que le dio sus apellidos, García Capote. Tras estudiar en la Trinity School y St. John’s Academy en Nueva York, y posteriormente en Greenwich High School, Connecticut, adonde se mudaron sus padres en 1939 y donde publicó sus primeros textos en el periódico del colegio (como «Lucy», la historia de la criada negra que le acompañó desde Alabama a Nueva York), dejó los estudios a los diecisiete años para aceptar un trabajo en The New Yorker, donde llamaba la atención por su vestuario, entre excéntrico y dandi.
A partir de 1943, Capote publica varios relatos en revistas como The Atlantic Monthly o Harper’s Bazaar, que se recogerían posteriormente en su libro Un árbol de noche (1949), que incluye ocho cuentos, entre los que destaca el que da título a la colección. También en 1943 escribe su primera novela, titulada Crucero de verano, una obra que el autor, insatisfecho con el resultado final, tiró a la basura. Sin embargo, quiso la suerte que el manuscrito fuera rescatado por la siguiente inquilina del apartamento, quien lo guardó hasta su muerte, tras la cual, su sobrino lo encontró y lo subastó en Sotheby en 2004, y así la novela fue publicada póstumamente en 2005. Esta novela presenta a Grady, para algunos la antecesora de Holly Golightly, una entusiasta de la vida social y de las fiestas, que se rebela ante el porvenir convencional que le tienen reservado sus acaudalados padres. Su relación con un apuesto aparcacoches pondrá todo su futuro en juego. El hecho de que esta novela no se conociera hasta fecha muy reciente ha llevado a la crítica a considerar Otras voces, otros ámbitos (1948) durante muchos años como la primera novela de Capote. El propio autor admitió que esta novela era semiautobiográfica y que la había escrito, de alguna manera inconsciente, en un intento de exorcizar su pasado. La foto de la portada que muestra a un joven autor en actitud desafiante y seductora suscitó no poca polémica, pues se consideraba inapropiada y demasiado erótica. De hecho, la novela trata el tema de la sexualidad en la figura del protagonista, un chico de trece años, Joel, que está descubriendo su homosexualidad. La acción transcurre en Alabama, en una mansión decadente que aporta el componente gótico a la novela, y existen numerosas afinidades con la infancia del autor. Por ejemplo, en ella aparece un personaje, Idabel, que rinde tributo a su amiga Harper Lee, tal y como ella hiciera en Matar a un ruiseñor.
La fama de Capote precedió esta primera novela, pues cuando se publicó Otras voces, otros ámbitos, su autor ya había aparecido como la estrella de un reportaje que sacó la revista Life sobre los nuevos valores de la literatura norteamericana, a pesar de haber publicado tan solo algunos relatos. La aparición de esta novela le confirmó como uno de los autores más interesantes de la década, el enfant terrible de las letras norteamericanas, puesto que disputaba a Gore Vidal, y figura imprescindible en cualquier fiesta de la alta sociedad.
Su siguiente obra, la novela breve El arpa de hierba (1951), le granjeó buenas críticas que le confirmaron como un valor seguro en el mercado literario. El arpa de hierba relata la historia de un adolescente huérfano que tras la muerte de sus padres, se va a vivir con sus tías y la criada de estas a un pueblo de Alabama. Por diversas circunstancias, el chico, una tía y la criada se mudan a una casa en un árbol en la que aparecen los demás personajes. Las reseñas de la novela alabaron su sensibilidad y su sentido del humor sureño que convierten en metáfora (como la del arpa) los conflictos raciales, de clase y las relaciones amorosas. Sin embargo, Capote, que escribió esta novela desde Italia, había tenido muchos problemas con los últimos capítulos, ya que a los editores de Random les parecía que el final estropeaba el lirismo de la novela y rompía la magia al hacer bajar a los personajes del árbol y volver a la realidad. En esta novela, como en toda su obra en general, hay muchos elementos autobiográficos ficcionalizados, sobre todo, aquellos episodios relacionados con la infancia del autor en Alabama. Esta obra fue adaptada al teatro, pero a pesar de contar con los mejores profesionales, no tuvo el éxito esperado.
A El arpa de hierba le siguieron algunas incursiones en el cine: escribió, junto a John Huston, el guion de La burla del diablo (1953), basado en la novela de James Helvick, para una película protagonizada por Humphrey Bogart, Jennifer Jones y Gina Lollobrigida; se aventuró con el género musical al producir en Broadway The House of Flowers (‘Casa de flores’, 1956) y escribió numerosos artículos periodísticos, mientras estaba de viaje por la Unión Soviética con el musical Porgy and Bess, que recogió en The Muses are Heard (‘Se oyen las musas’, 1956). Sin embargo, nunca abandonó la producción narrativa y continuó escribiendo relatos como «Un recuerdo navideño», publicado en la revista Mademoiselle (1956), reconocido por el propio autor como una de sus historias favoritas que, de nuevo, trata el tema de la sensibilidad juvenil y las emociones de la adolescencia e introduce personajes inspirados en la vida personal del autor.
A pesar de ser ya un escritor de reconocido prestigio, el cine le dio a Capote la popularidad definitiva a través de la adaptación de Desayuno en Tiffany’s, que se estrenó en España con el título de Desayuno con diamantes (1958), que fue llevada a la pantalla por Blake Edwards con la interpretación protagonista de Audrey Hepburn y George Peppard. Al parecer, Capote quería que Holly Golightly fuera interpretada por Marilyn Monroe, una de sus actrices y personas favoritas, como señala en su ensayo dedicado a la actriz, «Una adorable criatura», en el que describe su fascinación por la frágil actriz, con la que en cierta manera se identificaba, ya que ambos compartían una infancia desgraciada, además de su afición por el alcohol y las drogas. Sin embargo, la productora impuso a Hepburn y en la imaginación de miles de espectadores es ella la que representa a la joven chica de compañía que no encuentra su lugar. El guionista de la película, George Axelrod, mantuvo gran parte de los diálogos de la novela, pero introdujo algunos cambios, a petición de la productora, Paramount, que enfurecieron a Capote, que nunca entendió por qué cambiaron el final de su obra y, con ello, el alcance que él quería darle a la novela. En este sentido, la crítica más reciente, sobre todo desde la perspectiva de los estudios de género, señala la homosexualidad como tema recurrente en la novela, que fue eliminado de la película por razones de censura. Tras su publicación, la mayoría de los críticos, sin embargo, coincidieron en encontrar la novela divertida pero poco realista, romántica y en cierto sentido angustiosa, al mostrar el drama de la soledad en la gran ciudad y la dualidad del alma humana representada por la agitada vida social de Holly y su desamparo. Según Capote, Holly era un compendio de las mujeres frívolas que había conocido, pero no han sido pocos los críticos que han visto en el personaje de Holly Golightly un reflejo del propio autor.
Tras el éxito social y literario que supuso para Capote la publicación de Desayuno en Tiffany’s y su posterior adaptación cinematográfica, el escritor norteamericano impulsó con su siguiente obra lo que sería considerado como un nuevo género literario: la novela de no ficción o nuevo periodismo. Para ello, tomó un caso real, el asesinato de una familia de clase media, los Clutter, en el pequeño pueblo de Holcomb, en Kansas, para escribir una narración ficticia de cómo se desarrollaron los acontecimientos que llevaron a los asesinos a cometer sus crímenes. Capote tardó seis años en escribir A sangre fría (1965), y la novela pronto se convirtió en otro éxito de ventas y de crítica para el autor norteamericano. Muchos consideran que es esta su mejor obra y así se enseña en las universidades como representante de un nuevo género literario, el nuevo periodismo, que más tarde practicarían autores como Hunter S. Thompson, Tom Wolfe o Norman Mailer. La principal característica que diferencia esta novela de otras tradicionales, es, sobre todo, el estar basada en un caso y unos personajes reales. Sin embargo, para dar sensación de alejamiento, el narrador no es un narrador en primera persona, sino un narrador omnisciente en tercera persona que aporta así el toque de deus ex machina, que puede adentrarse en los pensamientos de los personajes. Para Capote, solo un escritor de ficción, con el control de las técnicas narrativas, podía elevar el periodismo a la categoría de arte. Según Gerald Clarke: «El periodismo siempre se mueve en un plano horizontal, contando una historia, mientras que la literatura, la buena literatura, se mueve en vertical, llevándote cada vez más dentro de los personajes y los acontecimientos». Capote se adentró en la historia de los asesinatos de Holcomb y para ello, junto a Harper Lee, se desplazó a Holcomb, entrevistó a los habitantes del lugar y a los investigadores que llevaban el caso; acudió a la cárcel y mantuvo diversas entrevistas con los asesinos, especialmente con Perry King, con el que llegó a entablar una relación de amistad y confianza, que incluso algunos han visto como algo más, y que se ve claramente reflejada en las películas que se han estrenado recientemente, Capote (2005) e Historia de un crimen (2006), que narran el proceso por el cual se escribió la novela.
Tras el éxito de A sangre fría, que estuvo durante treinta y siete semanas en la lista de libros más vendidos de The New York Times, Capote escribió otras dos obras importantes, Música para camaleones, una colección de entrevistas, y Plegarias atendidas (1987), escrita según el modelo de En busca del tiempo perdido de Proust, que no llegó a terminar y que se publicó tras su muerte. Esta obra, que él consideraba su obra maestra, representa una sátira de muchos de sus amigos de la alta sociedad. Y así, después de una vida de éxito social y literario, el final de la vida de Capote se convierte en una progresiva caída en desgracia. Tras la publicación de «La Côte Basque,» en la que el escritor hace una sátira de todos aquellos personajes de la alta sociedad que le habían acogido e invitado durante años a sus fiestas y mansiones, se produce un rechazo total que lleva al autor a una situación de abandono y soledad que agudiza sus problemas con el alcohol y las drogas y los conflictos en sus relaciones amorosas. Capote muere prácticamente solo en Los Ángeles en 1984 a consecuencia de una sobredosis de barbitúricos y a punto de cumplir los sesenta años. La vida de Capote fue, sin duda, una vida de excesos, y es posible que su fama y su agitada vida social eclipsaran en ocasiones su dimensión literaria. Sin embargo, como le ocurriera a Oscar Wilde, su obra ha perdurado, y no cabe la menor duda de que novelas como Desayuno en Tiffany’s o A sangre fría son parte fundamental de la historia de la literatura y de la cultura estadounidense.
Bibliografía
William L. Nance, The Worlds of Truman Capote, Nueva York, Stein and Day, 1970; Lawrence Grobel (1985), Conversaciones íntimas con Truman Capote, Barcelona, Anagrama, 1986; Gerald Clarke (1988), Truman Capote: la biografía definitiva, Barcelona, Ediciones B, 2006; Helen S. Garson, Truman Capote: A Study of the Short Fiction, Boston, Ungar, 1992; Georges Plimpton, Truman Capote: In Which Various Friends, Enemies, Acquaintances and Detractors Recall His Turbulent Career, Nueva York, Doubleday, 1998; Joseph Waldmeir John Waldmeir (eds.), The Critical Response to Truman Capote, Westport, Greenwood Press, 1999; Elena Ortells Montón, Ficción y no ficción: la unidad literaria en la obra de Truman Capote, Valencia, Universitat de València, Servei de Publicacions, 1999.
RAYMOND CARVER
por
DOMINGO RÓDENAS DE MOYA
Adoro el salto repentino de un buen cuento, la excitación que empieza a menudo en la primera frase, el sentido de belleza y misterio [y] que el cuento puede ser escrito y leído en una sentada.
(«Like poems!» [‘¡Como poemas!’],
en Where I’m Calling From
[‘Desde donde llamo’], 1988)
La radical austeridad de medios expresivos y el impiadoso objetivismo en la representación de vidas triviales y desesperanzadas fueron dos de las marcas visibles de Raymond Carver (Clatskanie, Oregon, 1938-Port Angeles, Washington, 1988), el narrador breve más influyente del último tercio del siglo XX. En sus contundentes relatos culmina el minimalismo estético de los años sesenta, la concisión estilística de los cuentos de Hemingway en la línea que va de O. Henry a Salinger y Cheever y la mirada desoladora de Faulkner sobre la ruina y el fracaso servida con impersonal distanciamiento, pero antes que todos esos autores está el magisterio de Chéjov. Siempre juzgó que era el más grande escritor de cuentos de la historia y de él aprendió las leyes de su poética: objetividad y sencillez de estilo, rechazo de las digresiones, verdad realista en la descripción de personajes, atmósferas y acciones, elusión de los clichés, máxima brevedad y humanidad cordial ante los personajes. (Sobre esto último habré de volver más adelante.) Y junto a esos principios, la revelación moral abrupta tan propia de Chéjov, esas epifanías negativas mediante las que todo se vuelve súbitamente claro de las que Carver habló en el ensayo «On Writing» (‘Sobre la escritura’) en el volumen misceláneo Fires (‘Fuegos’, 1983).
Cuando publicó Carver su primer libro, ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? (1976) aún no se había acuñado la etiqueta «realismo sucio» (dirty realism), pero aquella colección de cuentos iba a convertirse en el mascarón de proa de esa corriente y Carver, en el principal representante por encima de Tobias Wolff, Richard Ford o Jayne Anne Phillips. Cuando en 1983 la muy influyente revista Granta de Bill Buford dedica un número monográfico al «Dirty Realism. New Writing from America», Carver será quien ilustre más nítidamente las características de esa forma de realismo urbano desencantado. Había publicado ya cuatro libros de cuentos y ese mismo año aparecería Catedral, su prestigio empezaba a ser tan grande como su modestia y casi tanto como sus problemas con el alcohol, que había superado gracias a su segunda esposa, la escritora Tess Gallagher. Mal podía sospechar que un cáncer le quitaría la vida solo cinco años después.
De su padre, empleado en un aserradero, y su madre, camarera, heredó la inclinación a ahogar la frustración en alcohol y el deseo temprano de llevar una vida distinta. Se casó a los dieciocho años; ella, Maryann Burk, tenía dieciséis y estaba embarazada, y en un par de años ya eran padres de dos niños, lo que les obligó a salir adelante con empleos y mudanzas diversos (bibliotecario, celador nocturno en un hospital...). Las circunstancias familiares no les impidieron trasladarse a Iowa, en cuyo Chico State College se graduó Carver y donde conoció al que fue su mentor literario, John Gardner, quien le enseñó a despojar sus textos de palabrería innecesaria: utiliza quince palabras en lugar de veinticinco, le aconsejó. Nuevo traslado a California, donde prosiguió su formación en el Humboldt State College. Eran los años sesenta y Carver consigue publicar sus primicias narrativas y sus poemas en diversas revistas hasta que en 1968 sale su primer libro, el poemario Near Klamath (‘Cerca de Klamath’, 1968), aunque el momento de gloria para él había sido la selección de un cuento para la llamada Foley Collection de 1967, la muy prestigiosa antología anual de los mejores relatos norteamericanos que editaba Martha Foley. Sin embargo se trataba de pequeñas compensaciones en alguien sin tiempo ni espacio para escribir, que tenía que meterse en su coche para garrapatear en un bloc unas líneas, y que atravesaba por una penosísima penuria económica. Fue entonces cuando Carver empezó a beber desaforadamente hasta alcoholizarse. Decía el escritor que pasó diez años infernales hasta que el 2 de junio de 1977 dejó de beber para siempre, pasando con ello de ser un bebedor a tiempo completo a ser un alcohólico «no practicante». Durante la travesía por el infierno se alejó de su familia y, en 1973, encontró un inesperado cómplice en otro gigante de la narrativa breve, John Cheever, con quien coincidió un semestre en el Taller de Escritura Creativa de la Universidad de Iowa. Meses después de abandonar el alcohol, sujeto a reuniones diarias de Alcohólicos Anónimos, conoció a la poeta Tess Gallagher, que sería su compañera e interlocutora el resto de su vida. Un año después, en 1979, se mudaron a Syracuse, a cuya universidad iban a incorporarse ambos, Tess como directora del Programa de Escritura Creativa y Carver como profesor de literatura. Se inició entonces el período más fructífero de su carrera, coincidente con el creciente prestigio internacional de su obra, que atesoraba ya tres premios O. Henry («¿Qué es lo que quieres?» en 1972, «Póngase usted en mi lugar» en 1974 y «¿Es usted médico?» en 1975), a los que se añadirían tres más en el futuro: «El baño» (1983), «Tres rosas amarillas» (1988) y «Leña» (póstumo en 1999). La notoriedad de la pareja atrajo a su domicilio de Syracuse a tantos curiosos, periodistas, doctorandos y jóvenes aspirantes a escritor que muchos días tuvieron que colgar en la puerta un rótulo que decía «Nada de visitas».
La obra de Carver no es muy extensa y, en su mayor parte, ve la luz en un período de solo doce años, entre 1976 y 1988. La forman esencialmente cuatro libros: el citado ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?, De qué hablamos cuando hablamos de amor (1981), Catedral (1983) y Where I’m calling from (‘Desde donde llamo’, 1988), a los que podrían añadirse los nuevos relatos insertos en Elephant and other stories (‘El elefante y otros relatos’, 1988). Los dos primeros acumulan los relatos que consagraron a Carver como un escritor lacónico e implacable con sus criaturas, seco y despiadado, reacio a la palabrería innecesaria y tan alérgico al sentimentalismo como a la retórica. Un escritor que contempla impasible la tristeza cotidiana de gentes de clase media baja que arden en una desesperación discreta, que asisten a la consunción de sus sueños en una hoguera fría y se comportan como lo que son, seres que se desmoronan desde dentro y cuya fractura interna hay que inferir de sus palabras y gestos. Carver concentra el significado de la vida de sus personajes en una escena falsamente banal y la describe con escrúpulo notarial y el máximo grado de asepsia, concediéndoles la palabra para que se expresen, o lo intenten, y con ello revelen la tupida malla de raíces que ha tejido la neurosis en el subsuelo de los hombres y mujeres contemporáneos.
Los cuentos de ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?, en su mayor parte, fueron escritos entre 1970 y 1971, mientras Carver, en paro tras ser despedido de la editorial de libros de texto en la que trabajaba en Palo Alto, disponía por primera vez de tiempo libre. El que daba título al libro databa de 1967 (fue el incluido por Foley en Best American Short Stories [‘Los mejores relatos cortos estadounidenses’], 1967) y dos de ellos habían obtenido el Premio O. Henry: «¿Es usted médico?» aborda a través de una llamada telefónica equivocada la acuciante necesidad de comunicación en la sociedad actual, y «Póngase usted en mi lugar». En el centro de muchas de estas historias se encuentra un amor menesteroso y averiado, tan añorado como imposible de apresar o reparar, que en forma de carencia o frustración envenena la vida de vendedores y camareras, de oficinistas y obreros. El cuento que sirve de título al conjunto hurga en la enfermiza insistencia de un esposo que se obstina en arrancar a su esposa la confesión de una ocasional infidelidad dos años atrás. Llama la atención el cuidado con que Carver elabora unos diálogos en los que el equilibrio entre lo sólito y lo intenso alcanzan su perfección, donde una charla trivial logra transmitir el terremoto que se anuncia con un ligero temblor. Diálogos que reflejan a la vez la tosquedad expresiva de las criaturas, su lucha por dar forma comunicable a los sentimientos que los enervan o corroen. Esta inocuidad aparente de los diálogos es la misma de los argumentos, rara vez basados en acontecimientos excepcionales. Mediante el enfoque en primer plano de la previsible rutina cotidiana, Carver sugiere las tensiones que se esconden, la crispación contenida, el lecho de ansiedades en que aquella se asienta. En «Gordo», a través de un cliente con obesidad morbosa, se atisba la conmovedora e infundada esperanza de una camarera de que el futuro le depare una vida más risueña.
En los diecisiete cuentos de De qué hablamos cuando hablamos de amor (1981) se prolonga la representación escueta de la desesperación cotidiana que justifica que Carver haya sido considerado un «héroe de la percepción». Algunos de sus relatos más desolados se citan en este libro. Entre 1977 y 1981, habiendo superado una adicción alcohólica que le puso al borde de la muerte y tras la ruptura con su esposa, Carver escribió diversos cuentos sobre ambas experiencias, por ejemplo «¿Por qué no bailáis?» y «El señor Café y el señor Arreglos», que recogió aquí. Pero el alcohol y los desencuentros amorosos figuraban ya antes y así seguiría siendo entre sus temas habituales. Su labor de purga de estos textos fue drástica y no es extraño que afirmara haberlos reducido no ya hasta el hueso sino hasta el mismo tuétano. El minimalismo (término que disgustaba a Carver) alcanza su más alta manifestación: los mínimos elementos para narrar la máxima desesperanza. Chéjov y Hemingway le habían proporcionado la clave de esa estética purgativa: brevedad y elipsis, pero su exacerbación procedía de una fuente distinta y muy cercana a Carver, su editor de Esquire Gordon Lish.
La responsabilidad de Lish en el estilo escueto de Carver y en los finales abruptos fue muy superior a lo que los vagos rumores hacían suponer. Lish no se limitó a aconsejar tal o cual rectificación o cambio en los desenlaces, sino que llegó a reducir a la mitad la extensión de muchos cuentos y reescribió él mismo el final de diez de los trece cuentos de ese libro. No sabemos en qué medida la intromisión del editor fue convalidada de buen grado por Carver. Lo cierto es que el escritor rompió con su editor y los cuentos de Catedral ya no fueron expurgados por Lish. Esta asombrosa reescritura de Lish fue destapada en 1998 por un artículo en el magazine de The New York Times donde se ponía en evidencia cómo el editor trataba de suprimir las relaciones causales en la narración y buscaba un grado mayor de abstracción. El escritor italiano Alessandro Baricco, devoto carveriano, quiso verificar por sí mismo la noticia viajando hasta la Universidad de Indiana, a la que Gordon Lish había vendido todos los originales y cartas de Carver. Y allí comprobó que era cierto. Dos relatos de una dureza diamantina, «Diles a las mujeres que nos vamos» y «Una cosa más» debían toda su gélida contundencia a la injerencia de Lish. Del primer cuento, Lish había descartado las últimas seis cuartillas en las que el atroz crimen de Jerry no constituía una explosión de brutal vesania en una personalidad normal sino la consecuencia previsible de la conducta de un psicópata. Del segundo, en el que una pareja discute violentamente ante su hija y él decide abandonar el hogar, Lish eliminó el diálogo final en el que, de pie y con la maleta, L. D. le dice a su mujer, inopinadamente, que la ama pase lo que pase y solo obtiene una acusatoria mirada terrible y profunda. Baricco descubrió, pues, algo asombroso: que la redacción original de Carver no era menos extraordinaria que la manipulada por Lish, en parte debido a algo parecido a la compasión ante las vidas fracturadas de los personajes. Una compasión que —esto no lo observa Baricco— no es sino otra enseñanza de Chéjov y que inocula en las historias un poder de perturbación mayor, como si el residuo de humanidad que pervive bajo el mal o el horror estuviera «custodiado por el dolor de los verdugos». Dice Baricco: «Yo conocía al Carver que sabía describir el mal como cáncer cristalizado sobre la superficie de la normalidad. Pero en el original era distinto. Era un escritor que buscaba desesperadamente hallar el revés humano del mal, demostrar que el mal es inevitable; dentro de él hay un sufrimiento y un dolor que son el refugio de lo humano —el rescate de lo humano en el paisaje glacial de la vida».
Este «rescate de lo humano» aflorará de una manera evidente tras su ruptura con Lish y, muy acusadamente, en los cuentos escritos en los años ochenta.
El mismo año de su muerte, Carver publicó Where I’m calling from, una antología que incluía un conjunto de new stories entre las que están sus últimos relatos magistrales: «El elefante», «Cajas» y «Tres rosas amarillas» (el título original era «Errand»). No los consideró él como piezas culminantes sino como meros trayectos hacia una escritura narrativa que debía aunar la gravedad ante los destinos humanos con la verdad a que aspiraba Tostói, una forma de realismo moral sobrio y arraigado en la vida social de la gente que trabaja y sufre. Con todo, sabía que el libro reunía algunos de sus mejores cuentos. En estas narraciones se vislumbra un tratamiento distinto de la misma materia de sus libros anteriores, la derrota sigue en el centro de su universo, pero una pátina de estoicismo ha rebajado su filo y aligerado su peso. El nuevo enfoque comprende el manejo de ingredientes humorísticos y la homeopática dosificación de sentimientos que antes parecían proscritos. Humor y emociones que, juntos o por separado, buscan subrayar el lado eterno, divino, de las pequeñas cosas, la posibilidad de que la gloria o la hermosura o la bondad echen raíces momentáneas en el instante de un modo inexplicable, misterioso, por obra de la gracia.
Es imposible no leer «El elefante» sin sonreír a pesar de que no sea la comicidad la intención última. El narrador está ahogado por las cargas económicas: debe mantener a su madre, pagar la pensión a su exmujer, sustentar a su hija y al parásito que vive con ella, sufragar los estudios universitarios de su hijo que, mira por dónde, despotrica del materialismo y se lamenta de no poder hacer carrera de traficante de cocaína al descubrir que es alérgico (lo que le impediría probarla) y encima su hermano Billy, un perdedor irredimible, le pide un préstamo de quinientos dólares, seguido de otro, tiempo después, de mil dólares. Pero hacer frente a esta inmensa hipoteca familiar que le obliga a ciertas privaciones le hace plantearse una huida a Australia. Dos sueños en la misma noche cambian las cosas: en uno su padre lo lleva montado a hombros («Te tengo bien sujeto. No vas a caerte», le dice) y él se siente seguro y feliz, como sobre un elefante; en el otro sigue casado con su exmujer, todo es bienestar hasta que alguien le ofrece un whisky y todo se viene abajo. Por la mañana se siente contento de que lo peor (la recaída en el alcohol, la enfermedad) no haya sido más que una pesadilla y, sin tener que expresarlo, experimenta que, al igual que su padre, él también sostiene y eleva y conduce, como un elefante, a la gente que quiere.
En «Tres rosas amarillas» no hay humor sino una exquisita delicadeza en la narración de las últimas horas de vida de Chéjov, en quien no es erróneo ver una proyección sublimada del propio Carver. La tuberculosis del escritor ha corroído ya sus pulmones, ha sufrido una hospitalización, durante la que lo visita Tolstói, y ahora, en compañía de su esposa Olga Knipper, ha viajado hasta el balneario de Badenweiler en la Selva Negra. Ese será el escenario de su agonía. Sereno, aliviando con mentiras la angustia de su familia, Chéjov sabe que se muere y espera. Hasta que la noche del 2 de julio de 1904 empieza a delirar. Olga llama al doctor Schwöhrer, que comprueba que apenas le quedan unos minutos de vida y conoce la grandeza del escritor, por lo que pide una botella de champán y tres copas. Olga, el doctor y un Chéjov lúcido y agradecido beben sin brindar («¿En honor de qué diablos iban a brindar? ¿De la muerte», se pregunta el narrador). Luego expira. Olga lo acompaña toda la noche y por la mañana aparece el joven camarero con tres rosas amarillas, ignorante de quién pueda ser Chéjov y de que ha fallecido. No entiende el ruego de Olga de que avise con recato a una funeraria y mientras ella habla y habla y él sujeta el jarrón con las rosas, observa con incomodidad el tapón de corcho en el suelo, junto a su zapato, hasta que se agacha y lo recoge encerrándolo en su mano. ¿Sugería Carver que la excepcionalidad de Chéjov iba a ser disuelta en la ignorancia de la masa ignorante, que el genio está condenado a hundirse en el olvido de la mayoría? El relato es de una belleza inolvidable, sutil y vital, y aborda el tránsito de la vida a la muerte con misterioso aplomo. Lejos de las vertiginosas elipsis de sus primeros cuentos, Carver opta aquí por la sugerencia y un suave simbolismo.
Resulta impresionante pensar que poco después de escribir «Tres rosas amarillas» Carver descubrió que estaba enfermo de cáncer y solo seis meses más tarde, en mayo de 1988, supo que la lucha estaba perdida. Las pocas semanas hasta el 2 de agosto en que murió fueron, en palabras de Tess Gallagher, «como si de pronto hubiéramos descubierto que podíamos volar cabeza abajo». Cada instante adquirió una trascendencia incalculable, como si la certidumbre de la muerte próxima produjera la materialización de la felicidad potencial que encierra la vida, algo sobre lo que él mismo había escrito algunos de sus últimos relatos. Desapareció en el ápice de su esplendor, cuando la escritura se le ofrecía como un hospitalario recinto donde merodear lo enigmático de la existencia. Su amigo Richard Ford aseguró tras su muerte: «Ray era un hombre que creía en la inviolabilidad de la gran literatura».
Carver también escribió poesía durante toda su vida, desde Near Klamath (1968) hasta Bajo una luz marina (1986) o el volumen póstumo Un sendero nuevo a la cascada (1989). Parte de su producción ensayística se rescató en el citado Fires (1983) y en el volumen póstumo Sin heroísmos, por favor (1991), ampliado en Si me necesitas, llámame (2000).
Bibliografía
Raymond Carver (1991), Sin heroísmos, por favor: prosa, poesía y crítica literaria, prólogo de Tess Gallagher, Madrid, Bartleby, 2005; Sam Halpert, Raymond Carver: An Oral Biography, Iowa City, University of Iowa Press, 1995; Adam Meyer, Raymond Carver, Nueva York, Twayne, 1995; Kirk Nesset, The Stories of Raymond Carver, Athens, Ohio University Press, 1995; Arthur F. Bethea, Technique and Sensibility in the Fiction and Poetry of Raymond Carver, Nueva York, Routledge, 2001; G. P. Lainsbury, The Carver Chronotope: Inside the Life-World of Raymond Carver’s Fiction, Nueva York, Routledge, 2004; Jesús Pieters, El silencio de lo real: sentido, comprensión e interpretación en la narrativa de Raymond Carver, Caracas, Monte Ávila, 2004; Carol Sklenicka, Raymond Carver. A writer’s life, Nueva York, Scribner, 2009; Ayala Amir, The visual poetics of Raymond Carver, Plymouth, Lexington Books, 2011.
CONSTANDINOS P. CAVAFIS
por
JUAN JOSÉ LANZ
Ten siempre a Ítaca en tu pensamiento.
Tu llegada allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
(«Ítaca», 1911)
El 28 de abril de 1907, en el medio del camino de su vida literaria, un día antes de cumplir sus cuarenta y cuatro años, Constandinos Petros Fotiadis Cavafis (Alejandría, Egipto, 1863-1933), nacido en el seno de una familia de comerciantes algodoneros griegos, escribía en sus notas personales:
Me he acostumbrado ya a Alejandría y lo más probable es que, aunque fuera rico, me quedaría aquí. Pero todo esto, cómo me deprime. Qué dificultad, qué carga es una pequeña ciudad —qué falta de libertad.
Me quedaría aquí (no estoy, por otra parte, completamente seguro si me quedaría) porque es como una patria, porque está relacionado con los recuerdos de mi vida.
Las palabras de Cavafis revelan su decisión de aceptar Alejandría, como su ciudad, como «La ciudad» que le acompañará toda su vida, y de la que no podrá salir; pero también, la decisión de ser el poeta de Alejandría, como lo evocarán años más tarde E. M. Forster o Lawrence Durrell. Tras sus años de vida en Inglaterra, donde había pasado parte de su infancia (1872-1878); tras su estancia en Constantinopla (1882-1885), donde descubrió y comenzó a asumir su homosexualidad; tras sus breves viajes por Francia e Inglaterra (1897), y sus visitas a Grecia en 1901, 1903 y 1905, donde confirmó su identidad cultural y poética; tras la muerte de su madre en 1899, Alejandría, la ciudad, aparecía como el destino indefectible que se asume con determinación. Ahí está, sin duda, el origen de uno de los poemas más representativos de Cavafis, cuya versión definitiva suele fecharse en 1910, aunque se publica un año antes: «La ciudad». El poeta ha estado retocando el poema durante años, para llegar a esa conclusión que asume la fatalidad de su destino:
La ciudad te seguirá. [...]
Como arruinaste aquí tu vida,
en este pequeño rincón, así
en toda la tierra la echaste a perder.
El pesimismo, la fatalidad que circunscribe el texto, que subyace al verso horaciano que le sirve de base («caelum non animum mutant qui trans mare currunt», Epístolas, I, 11, 27), la idea de que quien arruina su vida en un lugar intentará inútilmente rehacerla de un modo más ético en cualquier sitio, todo ello se ve amortiguado, según percibía el propio Cavafis, al circunscribirse a una circunstancia particular. Pero si la ciudad es una ciudad fantástica, tras ella se vislumbra una Alejandría simbólica y compleja, la que el poeta construye a través de sus textos; y si la poesía no se enfrenta a generalidades, sino a una particularidad, como apunta el alejandrino evocando la Poética de Aristóteles, esa circunstancialidad adquiere una dimensión significativa y global.
Estos datos resultan fundamentales para entender, tal como señaló Yorgos Seferis, el cambio que en torno a 1910 se produce en la obra del poeta, que se transforma a partir de entonces en un verdadero work in progress, con un desarrollo unitario. Lo cierto es que, a partir de esa fecha, Cavafis tiene un nuevo comienzo literario, que se va a manifestar en un modo diferente de dar a conocer sus poemas entre sus amigos y lectores, que había sido mediante sendas copias de poemas suyos en 1904 y 1910, y que revela una nueva conciencia de su obra. Ahora van a empezar a darse a conocer algunos de sus textos más representativos, como «Idus de marzo», «El dios abandona a Antonio», «Ítaca», «Reyes alejandrinos», etcétera. Pero también es cierto que en el período que discurre entre 1896 y 1904 habían aparecido poemas importantes, como «Esperando a los bárbaros», cuya primera redacción data de diciembre de 1898, como «Velas», «Murallas», «Voces» o «Deseos», que expresan la superación del simbolismo en que había bebido Cavafis en su formación. No, no puede hablarse del alejandrino como de un poeta exclusivamente de madurez, porque también en esos poemas de juventud hallamos logros indudables, que actualizan la herencia de Verlaine, de Baudelaire o de Tennyson que pudiera haber en sus versos, y que adelantan un cierto sentimiento elegíaco y la aceptación de la fatalidad que se percibirá en sus poemas posteriores. «Y ahora estoy aquí sin esperanza», escribe en «Murallas», y parece hacerse eco de esa frustración que manifiestan los protagonistas de «Esperando a los bárbaros» («¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin bárbaros? / Esta gente, al fin y al cabo, era una solución»), de la asunción de la fatalidad que expresa el protagonista de «La ciudad» o de la mirada desengañada con que contemplan los alejandrinos las ceremonias de sus reyes en «Reyes alejandrinos» («Bien sabían los alejandrinos / que esto eran palabras y teatro»).
Lo cierto es que en 1911 su poesía, que ha de entenderse dentro de la atmósfera de la poesía europea contemporánea, parece despegar del simbolismo precedente, y lo hace en dos poemas que revelan ya su voz más personal: «El dios abandona a Antonio» e «Ítaca». Más allá de la fusión de epicureísmo y estoicismo, desde una visión irónica y una mirada cínica y desengañada ante las debilidades humanas, más allá del desengaño que cuestiona toda utopía en una celebración del tránsito de la vida y la experiencia que gana quien persigue una meta aunque no la alcance, los poemas muestran, como señaló C. M. Bowra, que Cavafis ha comenzado a vislumbrar que los temas del pasado tienen un sentido profundo para el presente y que nos lo revelan de modo diferente. Así, podrá ver en la figura de Antonio tras la derrota de Accio, recreada a través de Plutarco y de Shakespeare, el modelo de la premonición de la ruina inminente, asumida con dignidad y serenidad, y el desengaño ante la futilidad de la vanidad humana («Sobre todo, no te engañes, no digas que fue / un sueño, que tu oído te engañó»); o podrá evocar, a través de la recreación de un pasaje apócrifo de Petronio, un canto a la experiencia y sabidurías que nos otorga el viaje de la vida («Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia, / entenderás ya qué significan las Ítacas»). La Historia, la Cultura, se ha convertido en el cañamazo sobre el que Cavafis va a tejer el texto de sus más memorables poemas. A través de ellos veremos desfilar a Juliano el Apóstata, a Nerón, a Herodes Ático, a Manuel y Ana Comneno, a Apolonio de Tiana, a Ana Dalasena, etcétera; personajes históricos unos e inventados sobre referentes históricos otros, que reconstruyen la Historia de Bizancio, pero también el mundo personal de Cavafis. Es paradójicamente a través de la Historia como el poeta encuentra su expresión más personal, y es en ella donde encuentra la forma de modelar mejor su mundo, de particularizar experiencias generales, de objetivar sus propias vivencias en un modo no tanto narrativo, sino dramático, en tanto en cuanto que lo que le interesa no es tanto los hechos en sí mismos sino sus causas y consecuencias; no tanto la secuencia de los acontecimientos, sino la enseñanza moral que pueda derivarse de ellos («Doy mayor valor —escribirá en 1891, en un artículo sobre Shakespeare— a las observaciones de los grandes hombres que a sus conclusiones. Las mentes geniales observan con exactitud y certeza; y cuando nos muestran los pros y contras de una cuestión podemos nosotros sacar las conclusiones»). El mundo bizantino, el mundo helenístico, le ofrece así una estructura cultural estable, un modo de conformar la realidad; paradójicamente, el poeta griego moderno que se ha transformado en paradigma cultural del helenismo contemporáneo surge y se forma en los márgenes del mundo que conforma: «El helenismo de Egipto es hoy una parte significativa de nuestra raza, en la que naturalmente los de Grecia están interesados», escribirá en 1929. Ese mismo mundo bizantino (Alejandría y Constantinopla, más que Atenas, son, no lo olvidemos, los núcleos de referencia cultural de Cavafis) le ofrece una serie de personajes y una conformación de la realidad acorde con la misma ambigüedad de contrastes y la conciencia decadente que define su propio presente, en una Alejandría cosmopolita, donde conviven griegos, egipcios y británicos; donde un equilibrio inestable preside un mundo a punto de sucumbir. Todo ello contemplado, no se olvide, con la pátina y la mirada distante de una sensibilidad educada, culta y refinada que, con referentes culturales franceses e ingleses, contempla ese mundo también a través de las páginas históricas de Edward Gibbon (cuya lectura condicionará la escritura de «Esperando a los bárbaros») o de las recreaciones decadentistas finiseculares.
De este modo, ese compromiso con el pasado, que caracteriza buena parte de la poesía cavafiana, no supone una deserción del presente, sino una forma más aguda de conformarlo y comprenderlo, de analizarlo y asumirlo. La Historia y la Cultura le otorgan ejemplos concretos, actitudes particulares, que adquieren sentido universal y categoría simbólica, arquetípica, y de ese modo, a través de esa estructura secundaria, el mundo circundante adquiere sentido, es comprendido. Es ahí donde radica la dimensión que el propio Cavafis tenía de sí mismo como historiador: «Yo soy un poeta histórico [...]. Siento en mí ciento veinticinco voces que me dicen que podría escribir Historia. Mas ahora ya es tarde», confiesa en 1929. En efecto, la Historia, la Cultura, le ofrece un repertorio de máscaras útiles que conforman su gesto, un repertorio de correlatos que le permiten objetivar sus sentimientos, y que permiten otorgar a sus poemas una dimensión más realista, nada aficionada a fantasías, y más concreta, en tanto en cuanto sus referentes son personajes históricos concretos situados en una circunstancia decisiva para su existencia, que adquieren a los ojos del poeta una dimensión simbólica. La Historia, en cuyo discurso se funden el relato ficticio y lo real acontecido, le otorga una escenografía concreta, que le permite, con una economía de medios absoluta y un lenguaje rayano en la sequedad y el coloquialismo, expresar las complejidades psicológicas de los personajes que habitan sus poemas, en su ambigüedad contradictoria, en su enfrentamiento con las circunstancias o desde la mirada distante de un narrador que vierte su ironía y su escepticismo sobre los hechos que relata («Anna Comnena», «Viendo Juliano la indiferencia», «Juan Cantacuzeno prevalece», etcétera).
Pero la Historia y la Cultura bizantinas no son solo un mero correlato objetivo en la poesía de Cavafis, sino el modo de actualizar el helenismo desde una perspectiva nueva, que establece su eje, no en Atenas, sino principalmente en Constantinopla. En Cavafis no hay la ausencia de una tradición, de una cultura, no hay pérdida de raíces, sino la conciencia de que estas se encuentran en el espacio que habita, en un estrato más profundo, en el que la cultura helénica se manifiesta en su verdadera extensión mediterránea y oriental. No tanto la Grecia clásica es la base de su helenismo, sino la Grecia helenística y el Imperio de Oriente que ubica su capital en Bizancio; no tanto el mundo homérico es su referente cultural, sino sobre todo el de los ptolomeos y seléucidas, el de los Comnenos, el de Juliano, el de Darío, etcétera. Su helenismo no busca su raíz en la esencialidad de la Grecia clásica, sino en una cultura mixta, donde conviven las creencias («Hijo de hebreos, 50 d. C.»), donde se encuentran Oriente y Occidente, donde el mundo griego se funde con la sensibilidad oriental. «Mi pensamiento sueña con los grandes valores de nuestra raza, / con nuestro glorioso Bizancio», concluye «En la iglesia». La cultura bizantina, de la que Cavafis se siente heredero, muestra la continuidad entre el mundo de la Grecia clásica y el mundo helénico contemporáneo; la tradición poética y cultural bizantina demuestra, como declarará el poeta en 1892, que «la lira griega no solo no se quebró, sino que nunca cesó de emitir dulces ecos». Esa misma conciencia de continuidad, esa conciencia, como dirá Seferis, de «hombre solitario de una última época del Helenismo», condicionará la elección de su lengua poética, que ni asume la lengua demótica característica del habla popular, ni la katharevusa o lengua depurada artificial de la expresión culta; para él, no hay distingos entre una y otra, porque ambas son una y la misma lengua. La lengua griega se convierte así en patria común para el helenismo, tal como evoca en «En el 200 a. C.»:
Nosotros: alejandrinos, antioquenos,
seléucidas y los otros
griegos incontables de Egipto y Siria,
y los de Media y Persia, y tantos otros.
Con estados enormes,
con la rica influencia de nuestra hábil adaptación.
Y nuestra Común Lengua Griega,
hasta el corazón de Bactriana la llevamos, hasta la India.
Su helenismo es la lengua griega, la Cultura, la Historia, donde funda no una realidad ajena a la que él vive, sino un mundo dentro del mundo.
Esa misma fusión puede hallarse en el homoerotismo que caracteriza una parte considerable de sus poemas; homoerotismo que no tiene nada que ver con el mundo de los efebos de la Grecia clásica, sino que se identifica con el de la diáspora helenística. Siguiendo cronológicamente la escritura de estos poemas, de temática marcadamente homoerótica a partir de 1911, podremos descubrir, como señaló Robert Liddell, «la historia de la gradual revelación de su modo de ser». Y es que, si «Los peligros», de 1911, expone de modo sincero su decisión erótica y ética («Entregaré mi cuerpo a los placeres, / a los goces soñados, / a los más osados eróticos deseos, / a los impulsos lascivos de mi sangre»), en «Me fui», de 1913, hay una clara declaración de principios:
Nadie me ató. Me liberé de todo y me fui.
A placeres que, medio reales,
medio soñados, rondaban en mi alma,
me fui en la noche iluminada.
Y de los más fuertes vinos bebí, como
del que beben los héroes del placer.
Es justamente ese «heroísmo del placer» el que va a marcar el proceso de liberación de los prejuicios sociales («Pues la sociedad, que era / muy puritana, / sacaba estúpidas conclusiones», escribirá en «Días de 1896»), del «placer de amores rutinarios» («Con placer») (pero también la liberación estética, en una expresión más directa y desnuda) que ya apunta en una nota personal en noviembre de 1902, y que ha de vincularse a un poema muy anterior, como «Murallas», fechado en 1896. Por otro lado, es significativo constatar el progresivo tono elegíaco que va tiñendo buena parte de estos poemas de temática erótica a medida que transcurren los años, y que viene a señalar, más allá de todo lirismo romántico, del que Cavafis huye, una de las líneas más características de su poesía, donde el recuerdo se funde con el deseo para revivir el placer pasado iluminándolo. Al mismo tiempo, conforma un personaje poético que asume la confesión personal de una manera distanciada, mediante la formulación de un monólogo dramático. Es lo que encontramos en poemas como «La mesa de al lado», «Días de 1903» y sobre todo en «Recuerda, cuerpo» («Ahora que todo se halla en el pasado, / parece casi que a los deseos / aquellos te hubieras entregado»). Ese sentimiento se va acrecentando, sin duda, en poemas posteriores, como «El sol de la tarde», «Perdurar», «Su origen», «A bordo», «En la desesperación», «Antes que el tiempo los cambiara», «Vino a leer», etcétera, hasta sus últimos poemas («A los veinticinco años de su existencia», «En el pueblo deprimente», «Días de 1896», «Dos jóvenes de veintitrés a veinticuatro años», «Días de 1901», etcétera).
Pero en el erotismo cavafiano, y en su mezcla de epicureísmo y ascetismo («hallaré de nuevo en los críticos instantes / mi espíritu ascético de antaño», escribe en «Los peligros»), hay una dimensión epistemológica relevante: la reivindicación de un modo de conocimiento corporal, sensorial, sensitivo, en el que la sensación y el placer, evocados a través del tiempo, otorgan un aprendizaje que se comprende intelectual y estéticamente en el poema. Es el «cuerpo» el que recuerda («Recuerda, cuerpo»); son «los labios y la piel [los que] recuerdan» en «Vuelve». La memoria corporal, la memoria sensitiva (y ahí estamos en uno de los pilares de la poesía moderna), es la que atrae al poema la evocación del pasado y lo dota de sentido, lo comprende; sensibilidad e inteligencia se funden así en el texto poético, son su origen, y el poema acontece como un proceso de «Comprensión»:
Pero no veía entonces el sentido.
En medio de mi vida disoluta de juventud
iban formándose las tramas de mi poesía,
se iba dibujando el contenido de mi arte.
Son esas evocaciones sensitivas, esas imágenes amorosas, recordadas a través del tiempo, «las visiones de tus amoríos» («Cuando despierten») las que se comprenden en el proceso de escritura del poema; son «deseos y sensaciones / [lo que] entregué a mi arte / —rostros o trazos / apenas entrevistos» («Entregué a mi arte»). Es lo que repiten poemas como «Grises», como «Artífice de crateras», entre otros; es lo que, con maestría absoluta, plasmará uno de los poemas cavafianos más memorables: «Su origen».
El ansia de su ilícito placer
se ha saciado. Del colchón se han levantado
y aprisa se visten sin hablar.
Por separado salen, a escondidas, de la casa
y por la calle van inquietos, parece
como si sospecharan que algo en ellos les traiciona
por la clase de lecho en que hace poco cayeron.
Cómo se ha enriquecido, en cambio, la vida del poeta.
Mañana, pasado o años más tarde se escribirán
los versos vigorosos que aquí tuvieron su origen.
La experiencia placentera; su evocación a través del tiempo por la memoria sensorial («Guárdalos, tú memoria, como eran», escribe en «Grises»; «Te imploré, memoria», leemos en «Artífice de crateras»); la comprensión de su sentido profundo en su realización estética en el poema: esos son, sin duda, los tres estratos en la composición de estos poemas. Para ello, no solo hace falta, como señalaron Seferis y Bowra, el desarrollo de una «sensibilidad unificada», como la que T. S. Eliot apuntó en los poetas metafísicos ingleses y que vinculaba estéticamente a estos con los simbolistas franceses, en la que las experiencias son percibidas simultáneamente como sensibles e intelectuales, en la que no existe diferencia entre la experiencia de vida y la experiencia intelectual, porque los pensamientos son percibidos como experiencias que transforman la sensibilidad («con la intensidad del pensamiento [...] / creamos un placer que parece casi real», escribirá en «Media hora»); no solo hace falta un tipo de sensibilidad así, sino también una aguda percepción del tiempo como unidad, que permite evocar las experiencias sensibles a través de la memoria y dotarlas de un preciso contorno intelectual por el que estas se tornan significativas, simbólicas. «Yo soy poeta de vejez —declarará Cavafis en 1929—. Los acontecimientos vivos no me inspiran inmediatamente. Es preciso primero que pase el tiempo. Después los evoco y me inspiro». Es necesario, por lo tanto, que la sensación percibida, la impresión, se altere a través del tiempo, envejezca, para que así se produzca esa aprehensión sensual del pensamiento, para que esa sensación vivida adquiera el contorno intelectual que, a través de la creación estética, lo dote de sentido. El tiempo se convierte, así, en un elemento central en la construcción poética, que revela de este modo una profunda dimensión elegíaca.
Esa dimensión elegíaca que adquieren estos poemas, ese modo de conocimiento sensorial que reivindican, revierte la poesía cavafiana a la raíz del bizantinismo en que se inscribe. En ella, el conocimiento acontece como una intelección sensible, en que se funden el racionalismo del modelo clásico con la sensualidad y el misticismo materialista oriental. Por otro lado, en la poesía del alejandrino, la dimensión elegíaca, el paso del tiempo, no es percibida en absoluto como pérdida, sino como ganancia, puesto que el helenismo en el que se inscribe Cavafis es aquel que, como escribe en «Demetrio Soter (162-150 a. C.)», «incluso en su fracaso, / muestra al mundo su propia bravura indomable». El tiempo no deshace la experiencia, sino que la dota de sentido; de igual modo, la supuesta derrota de Bizancio era su manera de permanecer en la Historia y de influir a través de las épocas. La lección que la cultura bizantina le aportaba a su experiencia personal era evidente: la aparente derrota se transforma en victoria gracias a la permanencia de su recuerdo en el tiempo; el tiempo, la memoria, transforma las pérdidas en ganancias, el olvido en permanencia. Sus poemas, así, celebran la vida desde la nostalgia; cantan la juventud desde la vejez; construyen toda una moral del placer, un sentimiento ético extraído de la entrega.
Enfermo de cáncer de laringe desde junio de 1932, Cavafis, el poeta de Alejandría que había enriquecido la tradición bizantina con su obra, fallecía la madrugada del mismo día en que cumplía setenta años, el 29 de abril de 1933. Quienes lo acompañaron en sus últimos meses de vida recuerdan cómo lloró al poner sus objetos personales para ir al hospital donde sabía que la muerte le esperaba, en una maleta que había comprado treinta años atrás para irse a El Cairo en busca de placer. «Como dispuesto desde hace tiempo, como un valiente», había escrito más de veinte años atrás en «El dios abandona a Antonio».
Bibliografía
C. M. Bowra (1974), Kavafis: Una biografía crítica, Barcelona, Paidós, 2004; Luis Rodríguez de Cañigal, Constantino Cavafis, Madrid-Gijón, Júcar, 1981; José Ribas Sanpons, Kavafis, Barcelona, Barcanova, 1982; Joseph Brodsky, Less Than One. Selected Essays, Harmondsworth, Penguin, 1987; Charles Robinson, C. P. Cavafy, Bristol, Bristol Classical Press, 1988; Ramón Irigoyen, Ocho poetas griegos del siglo XX, Madrid, Mondadori, 1989; Yorgos Seferis, Diálogo sobre la poesía y otros ensayos, Madrid-Gijón, Júcar, 1989; Luis Antonio de Villena, Carne y tiempo. Lecturas e inquisiciones sobre C. Kavafis, Barcelona, Planeta, 1995; Miguel Castillo Didier, Alejandría y Kavafis: Ensayo de crónica de una ciudad y su poeta, Santiago de Chile, Universidad de Chile, 2007; página web oficial: <http://www.cavafy.com/>.
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