Kitabı oxu: «Un profeta de nuestro tiempo»
Un profeta de nuestro tiempo
DON ORIONE
Un profeta de nuestro tiempo
LAS MÁS BELLAS PÁGINAS DEL SANTO DE LA CARIDAD

GEO - Grupo de Estudios Orionitas
Argentina - Uruguay - Paraguay
Índice de contenido
Portada
Portadilla
Legales
PRÓLOGO a la tercera edición
PRÓLOGO a la primera edición
1 CATECISMO Y CARIDAD
2 DIOS Y MI MADRE
3 EN EL TRABAJO, BUSCAR SÓLO A DIOS
4 ESA VOZ QUE INVITA A REZAR Y AMAR
5 NO PARA LOS JUSTOS, SINO PARA LOS PECADORES
6 ¡ÁNIMO, HERMANOS: CRISTO AVANZA!
7 HACE FALTA MÁS FE
8 LA IGLESIA DEBERÁ TRATAR CON LOS PUEBLOS
9 ¡TRABAJADORES Y TRABAJADORAS!¡LLEGÓ LA HORA DE LA REIVINDICACIÓN!
10 MUJER, FAMILIA, SOCIEDAD
11 HACER QUE LA SOCIEDAD VUELVA A DIOS
12 UNA GRAN CARIDAD, PRODUCIRÁ UNA GRAN RENOVACIÓN
13 MARCHAR A LA CABEZA DE LOS TIEMPOS
14 QUISO MORIR CON LOS BRAZOS ABIERTOS LLAMANDO A TODOS A SU CORAZÓN TRASPASADO
15 NAVIDAD: ¡DULZURA DE DIOS!
16 UNA NUEVA CIVILIZACIÓN: ¿ESPARTACO O PABLO?
17 HACIA EL TRIUNFO DE LA FE Y DE LA IGLESIA EN LA CARIDAD
18 QUE TODA MI POBRE VIDA SEA UN CÁNTICO DE DIVINA CARIDAD
19 ¡SANTA IGLESIA CATÓLICA, MADRE SANTA Y MADRE DE SANTOS!
20 LA LEYENDA DE FRAY AVEMARÍA
21 LA EUCARISTÍA
22 ¡TODA NUESTRA CONFIANZA ESTÁ EN TI, SANTA PROVIDENCIA DEL SEÑOR!
23 COMO CUANDO era niño e IBA CON MI POBRE MADRE A ESPIGAR
24 DAR LA VIDA POR EL PAPA
25 NI ARROGANTES, NI MIEDOSOS
26 ¡AMO A MARÍA Y CANTO!
27 ESA NOCHE,LA LUZ DE LA LÁMPARA ERA MÁS BRILLANTE
28 DAR LA VIDA CANTANDO AL AMOR
29 SOÑÉ CON LA SANTÍSIMA VIRGEN...
30 ¡HONREMOS Y AMEMOS A MARÍA!
31 ¡TRABAJAR! SEMBRAR E IMPLANTAR A JESUCRISTO EN LA SOCIEDAD
32 ¡AÑO NUEVO, VIDA NUEVA!
33 ¡SIEMPRE ADELANTE EN EL BIEN!
34 ¡CRISTO RESUCITÓ! ABRAMOS NUESTROS HORIZONTES
35 MIENTRAS HAYA LÁGRIMAS Y ESCLAVOS, CRISTO VOLVERÁ SIEMPRE...
36 SALVE, MADRE BONDADOSA
37 ¡NAVIDAD ES PAZ PARA TODOS!
38 SEMBREMOS A NUESTRO PASO OBRAS DE BONDAD Y AMOR
39 LA VICTORIA FINAL ES DE CRISTO, Y VENCERÁ EN LA MISERICORDIA...
40 ABRAMOS NUESTROS CORAZONES A LA CONFIANZA MÁS PLENA
41 ¡CUÁNTAS VECES SENTÍ A JESÚS JUNTO A MI!...
42 LA GRAN MADRE QUE NO MUERE
43 MARÍA, NOS DISTE HAMBRE Y SED DE ALMAS
44 DISPERSOS POR EL MUNDO Y UNIDOS AL PAPA EN LA FE
45 DIFUNDAMOS SERENIDAD Y BONDAD
46 LA ORACIÓN Y LA UNIÓN CON DIOS: SECRETO DE LA PASTORAL
47 LA PEQUEÑA OBRA DE LA DIVINA PROVIDENCIA
48 VER Y SENTIR A CRISTO EN EL HOMBRE
49 ESTAMOS TODOS EN LAS MANOS DE DIOS
50 CADA HOJA QUE CAE ME RECUERDA QUE LA VIDA PASA
51 SERVIR EN LOS HOMBRES, AL HIJO DEL HOMBRE
52 SIEMPRE FELICES Y ALEGRES EN EL SEÑOR
Cronología de la vida de Don Orione
| Don OrioneUn profeta de nuestro tiempo : las más bellas páginas del santo de la caridad / Don Orione ; adaptado por Jorge David Silanes ; Santiago Vicente Solavaggione ; prólogo de Card. Eduardo Pironio ; Ramón Dus. - 1a ed adaptada. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : GEO - Grupo de Estudios Orionitas, 2021.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descargaTraducción de: Enzo Giustozzi.ISBN 978-987-47702-8-81. Santos Cristianos. 2. Espiritualidad Cristiana. 3. Espiritualidad Sacerdotal. I. Silanes, Jorge David, adapt. II. Solavaggione, Santiago Vicente, adapt. III. Pironio, Eduardo, Card., prolog. IV. Dus, Ramón, prolog. V. Giustozzi, Enzo, trad. VI. Título.CDD 235.2 |
Original: Le più belle pagine di Don Orione, Tortona, Edizioni Don Orione, 1980
© 2021 GEO - Grupo de Estudios Orionitas
1ª edición digital: octubre 2021
Adaptación y revisión: Jorge Silanes; Santiago Solavaggione
Prólogo: Mons. Ramón Dus; Card. Eduardo Pironio
Traducción: Enzo Giustozzi
Publicación en base a la edición impresa de la misma obra a cargo del Área Generación de Recursos y Comunicación
Diseño de tapa: Marcos Pampin
Foto de tapa: Don Orione, entre 1917 y 1918, imagen editada (fuente: Archivo Don Orione, Roma).
Pequeña Obra de la Divina Providencia - Don Orione
Carlos Pellegrini 1441
C1011AAC – Ciudad de Buenos Aires
Argentina
geo@donorione.org.ar · www.donorione.org.ar
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático.
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto451
En el centenario de la primera llegada
de San Luis Orione a Latinoamérica:
Brasil, Uruguay y Argentina
PRÓLOGO a la tercera edición
“En espíritu de humildad, de bondad, de alegría”
1. La luz en los surcos. He leído todas las páginas de este volumen; varias de ellas más de una vez. Testimonian la vida de un santo que también estuvo en el Noreste argentino; su memoria es presencia y su mensaje tan vigente. Don Orione buscó ser alimento espiritual para la gente hambrienta de verdad y de vida. Sus escritos reflejan la ansiedad de ofrecer el Don de Dios a corazones signados por necesidades y miserias; desafían al servicio para con los indigentes y abandonados. Animan al amor simple y desinteresado; esa caridad que llena con la luz de Dios los surcos de nuestra tierra, que aguarda con alma de pobre.
Estas confidencias escritas tienen la fuerza pura y generosa de un hombre de bondad que tiende las manos y el corazón para recoger debilidades y carencias. Todo es una ofrenda impresa con la marca sagrada de la misericordia y el servicio. Inspiran vivir de su luz con la necesidad de la alegría, de la alegría casta, que nace de un corazón compasivo. Hay un estímulo a la misericordia que trae la paz, y que sostiene en y desde Dios, por encima de cualquier circunstancia. Invocamos a Don Orione para acoger con alegría el desafío de “la caridad, que no puede ser ociosa, que está hambrienta de acción, de actividad que conoce lo eterno y lo divino”, porque “el que escribe esta locura de amor está asistido por la gracia de Dios”.
2. Enviado a los pobres. Este es el espíritu de Don Orione cuando, a inicios de 1937, aceptó la misión en el Chaco, como coronación de su impulso evangelizador: “Pusimos pie en el Chaco, por la insistencia de los dos Obispos y la Nunciatura, y por la necesidad de esas almas. Acepté… cuando todos habían rechazado... Creo que los otros no aceptaron por el calor insoportable y la enorme pobreza; pero nosotros queremos ser pobres y para los pobres... Pensé en todas aquellas almas y en Jesucristo; y lo que mi madre decía que a falta de caballos, trotan los asnos, y nosotros somos precisamente los pequeños asnos de la Providencia o, al menos, deseamos serlo… Pediría ir al Chaco para morir allí, para consumirme y vivir como un verdadero misionero...”.
Para una Iglesia que busca vivir el espíritu de las bienaventuranzas, la presencia de la Obra de Don Orione aparece también hoy como el signo providencial de un carisma destinado a todos. Durante el viaje por barco hacia Chaco y Corrientes (Itatí) escribe: “Esta obra es tan querida al Señor que parecería ser la Obra de su Corazón; ella vive en el nombre y en el espíritu y la Fe en la Divina Providencia: el Señor no me ha mandado a los ricos sino a los pobres, a los más pobres, y al pueblo” (24.06.1937).
La luz de este carisma alienta a nuestra Iglesia a encarnar “el sentido social de la existencia, la dimensión fraterna de la espiritualidad, la convicción sobre la inalienable dignidad de cada persona y las motivaciones para amar y acoger a todos”, como expresa el Papa Francisco (Fratelli tutti, 86). Porque “La inclusión o la exclusión de la persona que sufre al costado del camino define todos los proyectos económicos, políticos, sociales y religiosos” (ib., 69).
3. Para tiempos nuevos. De estas páginas recogemos el compromiso para trabajar con valentía creativa por la Iglesia, por la patria y por la sociedad: “¿Son tiempos nuevos? Fuera los temores y las vacilaciones: marchemos a la conquista de los tiempos con ardiente e intenso espíritu de apostolado, y de sana e inteligente modernidad. Lancémonos a nuevas formas, a los nuevos métodos de acción religiosa y social, bajo la guía de los Obispos, firmes en la fe, pero con amplitud de criterios y de espíritu. Nada de espíritus tristes o cerrados: siempre con el corazón abierto, en espíritu de humildad, de bondad, de alegría. Hay que rezar, estudiar, avanzar. No nos fosilicemos. Los pueblos avanzan: avancemos también nosotros, con la mirada en lo alto, en Dios, con la Iglesia, empujando y no a la rastra” (“¡Trabajar! Sembrar…”; 1934).
Mezclados con la realidad presente estamos desafiados a vivir por el Reino de Dios en la Iglesia de Cristo. Ni arrogantes, ni miedosos, con parresía y entrega generosa, con despojo de sí que se apoya en la confianza de la fe: “¡De la fe, nace la vida! ¡No avanzar, es retroceder!”. Así el santo aconsejaba a sus seguidores. Y estas exhortaciones renovarán, en el oyente o lector, el desafío presente de vivir por la fraternidad y la amistad social que “nos invita a que resurja nuestra vocación de ciudadanos del propio país y del mundo entero, constructores de un nuevo vínculo social” (Fratelli tutti, 66).
* * *
Nuestra memoria agradecida se hace comunión con la vida y el mensaje de Don Orione. En este caminar eclesial, recogemos de su inmenso amor a la Virgen, un fragmento de la invocación a María, que nos ayuda a servir a su Hijo, presente en los miembros de su Cuerpo, que es la Iglesia:
“Llévame, Virgen bendita,
a las muchedumbres de las plazas y caminos;
empújame a abrazar huérfanos y pobres,
a los miembros abandonados, dispersos,
sufrientes, del Cuerpo de Cristo,
tesoros de la Iglesia de Dios”
(abril de 1933: Oración a María, fragmento).
+ Mons. Ramón Alfredo Dus
Arzobispo de Resistencia, Chaco.
Argentina
Resistencia (Chaco), 16 de mayo de 2021 Solemnidad de San Luis Orione
PRÓLOGO a la primera edición
He tenido la gracia de conocer personalmente, siendo yo seminarista en La Plata, a Don Orione. “Ese sí que es un santo de verdad”, nos lo presentó el arzobispo Mons. Francisco Alberti, de indudable fama de santidad. Nos hizo besar las manos de ese sacerdote humilde, pequeño, con los ojos bajos. No puedo olvidar su figura y la irradiación serena de su presencia. Los santos contagian santidad e invitan a vivir con humildad. Pero el encuentro con un santo no queda en un momento. Se ahonda y se prolonga. Yo no puedo olvidar aquella mañana fría de agosto (era la fiesta del Santo Cura de Ars), la irradiación del encuentro de dos santos: monseñor Alberti, a quien yo debía espiritualmente la vida y el sacerdocio, y Don Orione, a quien veía por primera vez en su pequeñez de hombre grande. Mi vida y mi ministerio han tenido mucho que ver con la vida y la obra (con la pequeñez y la humildad) de Don Orione.
El encuentro con los santos toca profundamente las almas y las cambia. No es únicamente una presencia pasajera; queda grabada en el alma como una irresistible atracción a la santidad. Yo la encuentro ahora en estas “bellas páginas” que se ofrecen como un don de Dios a las almas sencillas. Harán un bien inmenso a los sacerdotes y religiosos, a los pobres y profesionales, a los que gozan y buscan. En un mundo como el nuestro ‒cargado de dolor y de angustias‒ ¡qué bien nos hacen estas “bellas páginas” que nos hablan de la Divina Providencia, nos invitan a la caridad y nos abren el corazón a la esperanza! ¡Cómo quisiera que las leyeran, con sencillez de pobres, todos los que buscan la paz y la alegría, la seguridad y la fortaleza, la serenidad y la confianza! Que las leyeran sin prisa y sin temor los que buscan la fecundidad de la esperanza y la fortaleza de la caridad.
Nos hace bien leer y releer la Divina Providencia, la confianza en el amor del Padre, la realidad sorprendente de Dios-Madre, en la bondad y el amor de un Dios que habita en nosotros, nos hace fuertes y felices. Y cuánto bien nos hace sentir la presencia materna de la Virgen. Siento la fuerza de la invitación de Don Orione: “Ave María y adelante!”. Quisiera que estas “bellas páginas” que nos ha regalado Dios, por intermedio del beato Don Orione, nos ayudaran a recrear el mundo, a las puertas del Tercer Milenio. Que nos ayudaran a vivir en la bondad y en la sencillez, en la caridad heroica y cotidiana, en la confianza filial, en la entrega gozosa a la Divina Providencia. Que nos abrieran el corazón al amor profundo y sencillo a la Virgen, que nos entregaran gozosamente a su amor de madre y que nos enseñaran a vivir como Ella en la humildad y en el amor a los pobres.
Vuelvo a insistir que estas “bellas páginas” de Don Orione nos harán muchísimo bien y nos abrirán senderos de santidad. Nos darán paz y alegría. Pondrán en nuestro corazón bondad y confianza, amor a la Divina Providencia, caridad a los más necesitados y profundidad de amor a Dios Padre y a María Santísima, nuestra Madre. Acogemos estas “bellas páginas” de Don Orione con amor y gratitud y auguramos para todos un aumento de alegría, de paz y de esperanza.
Eduardo F. Card. Pironio
Roma, 10 de noviembre de 1997
1 CATECISMO Y CARIDAD
Publicado en la revista “L’Opera della Divina Provvidenza (04.09.1898)”; en este escrito de juventud -tenía 26 años- Don Orione se refiere con entusiasmo al anuncio de la verdad cristiana y al testimonio de la caridad.
La Obra de la Divina Providencia [la congregación] comenzó hace siete años, un día de cuaresma en que yo me puse a enseñarle un poco de Catecismo a un niño que se había escapado de la iglesia y estaba llorando.
Así, ese niño fue más bueno y más cristiano, y hoy que está en el servicio militar, sigue recordando con gusto aquel día tormentoso y feliz al mismo tiempo.
Y detrás de ése, ¡cuántos otros niños fueron más buenos y más cristianos, por el Catecismo y la gracia de Dios!
Ah, la eficacia del Catecismo. Hijos míos ¿saben ustedes qué es y qué importancia tiene el Catecismo? Jesús transformó totalmente la sociedad: en las ideas, las costumbres, las leyes, en todo.
¿Con qué medio visible? Con uno muy sencillo. Escuchen. Un día llamó a su alrededor a doce pobres pescadores y, después de haber escrito durante tres años el Catecismo en sus mentes y corazones, les dijo: “Vayan e instruyan a todos los pueblos; y enséñenles lo que yo les he enseñado a ustedes, y que sus sucesores hagan lo mismo hasta el fin de los tiempos”.
Y ellos lo hicieron, y el mundo se convirtió al cristianismo.
¿Y qué es lo que hace la Iglesia, hoy? Le entrega a los misioneros una Cruz y un pequeño libro, el Catecismo, y los envía en medio de los bárbaros y salvajes, y éstos entran de a miles en las pacíficas carpas de la Iglesia.
Así, con la gracia de Dios y con el Catecismo el mundo se convirtió, y se sigue convirtiendo.
Así como el Cristianismo nació y se arraigó gracias a la predicación simple y pura del evangelio, o sea con el catecismo, así ahora lo tenemos que conservar y reavivar entre los pueblos.
¡Oren, hijos míos! Con la oración de ustedes la doctrina de Jesús volverá a entrar en las familias y las escuelas, como primer elemento de educación moral, como la enseñanza más necesaria y la base de todo lo demás.
¡Padres y madres, recen! Nuestra juventud, principalmente en las ciudades, se está desviando de manera preocupante, ¡pero Dios escuchará la voz de ustedes y tendrá piedad de tantos pobres ilusos! ¡Tendrá piedad de las lágrimas de la Iglesia que, como una nueva Raquel, llora desconsolada la masacre de tantos hijos desviados y miserablemente arrastrados por la impiedad! Hijos de la Providencia, esparcidos en tantos pueblos, ¿no podrían durante las vacaciones ayudar a los párrocos en la tarea catequística?
¿Quieren atraer a la Iglesia el mayor número posible de niños, entusiasmarlos y hacer todo lo posible por instruir en la suavísima doctrina de Jesús las almas de sus compañeros?
¿Quieren conocer el secreto para ganarse el afecto de los niños y lograr que los sigan en masa?
El gran secreto es éste: ¡revístanse de la caridad de Jesucristo!
Para implantar y mantener viva la obra del Catecismo basta una sola cosa: la caridad viviente de Jesucristo.
Si los eligen para el alto privilegio de ayudar al párroco en la enseñanza del Catecismo, pidan al Señor que les dé una gran caridad. Esa caridad paciente y benigna, humilde, amable, que todo lo sufre, todo lo espera, todo lo soporta, y nunca desfallece [1 Cor 13, 7]
Llenos de esta caridad, salgan a buscar a los niños que, especialmente los domingos, andan por calles y plazas, y con esa caridad conquístenlos. No se cansen jamás, pasen por alto los defectos, sepan soportarlo y comprenderlo todo.
Sonrían, tengan una palabra afectuosa y amable para con todos, sin hacer diferencias; hijos míos, háganse todo para todos [cf 1 Cor 9, 22] para llevar todas las almas a Jesús. Estén dispuestos a dar la vida por un alma ¡mil vidas por una sola alma! Queridos hijos, con la dulzura de Jesús ganarán y conquistarán todos los niños de su pueblo.
Hijos y hermanos míos, la caridad de Nuestro Señor Crucificado: ¡éste es el secreto, el arte de atraer y tocar los corazones, y de convertir, iluminar y educar a los niños, esperanza del mañana y delicia del Corazón de Dios!
¡Caridad viviente! ¡caridad grande! ¡caridad, siempre! ¡Con caridad lo lograremos todo; sin caridad, nada!
¡Ven, caridad santa e inefable de Jesús, triunfa y conquista los corazones de todos, y enciende ardientemente mi pobre alma!
2
DIOS Y MI MADRE
A los 27 años, el 26 de noviembre de 1899 Don Orione publica este artículo pedagógico, expresión profunda de su dedicación pastoral por los jóvenes.
¡... Dios y mi madre! Estas dos ideas fundamentales constituyen la luz, la guía de los jóvenes que van por el buen camino.
Pero todo joven sale un día del ámbito familiar y entra en la sociedad. En esa circunstancia difícil se encontrará con personas que hablan un lenguaje totalmente opuesto al que solía escuchar en su casa o en el colegio cristiano donde se educó; personas que desprecian todo lo que su madre y el sacerdote le han enseñado a valorar. Estas personas, con sus máximas, sus ejemplos, su influencia, su desprecio, son lo que suele llamarse “el mundo”.
En ese momento cada uno tiene que hacer una opción. O superar el respeto humano, mis queridos jóvenes, y seguir a Jesús el primer amigo de la infancia, que nos indica el camino de la cruz; o sofocar la voz de la conciencia y optar por el camino del mundo.
Hay muchísimos que optan por el segundo grupo. ¿Por qué? Porque Jesucristo impone una ley de humildad y mortificación, y promete una felicidad a largo plazo, mientras que el mundo promete libertad sin límites y felicidad inmediata.
Si ustedes siguen el mundo tendrán una gran libertad de opinión, sin preocuparse mayormente por su alma. Tendrán una vida libre, sin la incomodidad que suponen los deberes religiosos. Tendrán amplia libertad para sus gustos; ya que mientras Jesucristo nos dice que el que peca comete el mal [cf. 1 Jn 3, 4], el mundo nos asegura que aún haciendo lo que el evangelio llama pecado podemos ser honestos y caminar con la frente alta.
Esto es lo que el mundo promete. Pero, ¿son verdaderas estas promesas de felicidad y libertad? ¡Absolutamente no, hijos míos, de ninguna manera!
Miren, ¡yo he conocido tantos jóvenes! Eran buenos y me querían, y yo también los amaba en el Señor, y eran felices. Pero de pronto se levantó como un viento abrasador y varios se alejaron, ¡pobres hijos míos! se perdieron entre la gente en busca de una felicidad turbia, muy distinta. Y cada tanto alguno, desilusionado y arrepentido, se acuerda de los tiempos felices y me escribe... y son cartas que conmueven y hacen llorar, ¡mis queridos pobres muchachos!
Es verdad que en un primer momento el joven que se entrega a sus pasiones tiene la sensación de respirar más libremente. Ya no siente la obligación de los mandamientos de Dios y los preceptos de la Iglesia, y ello le parece una gran conquista. Como el potro que rompe la cuerda y sale al galope, pisoteando plantas y flores. Pero después, ¿qué pasa? Se cae en una esclavitud peor que la anterior. Jesucristo es un Padre, pero el mundo es un tirano y nos trata como tal.
De ahí que el joven que creía haber conquistado su independencia, rebelándose contra la fe de sus padres, no tardará en caer en manos de compañeros perversos que lo dominarán; y tendrá que pensar como ellos, ir donde van ellos, gastar como gastan ellos... Maldecirá su yugo, pero tendrá que cargarlo.
¡Vaya libertad, la que ha conquistado!
Mis queridos jóvenes, ¡Dios los libre de la libertad y la felicidad que este mundo malvado les promete!
¡En el lecho de muerte, es donde tendrían que ver cómo mantiene sus promesas!
Recuerdo la muerte de un joven que hubiera podido llegar a ser un excelente escritor, pero sólo se dedicó a escribir cosas blasfemas y a ofender las buenas costumbres.
Al acercarse su prematuro fin, sintió la necesidad de la antigua fe y decía:
“De mis sencillos padres, Dios antiguo Dios de mi madre, en quien yo siendo niño,inocente, creí!”
Con todo, pobre, no tuvo la fuerza suficiente como para romper con el mundo. Y, ¿qué pasó? Escuchen lo que escribió un amigo en el prefacio a sus poesías: “La profunda desesperación de esa alma era indescriptible: Su agonía fue terrible, desgarradora”.
Murió en la desesperación.
¿Para qué sirve, entonces, hijos míos, abandonar a Jesucristo y seguir al mundo?