Kitabı oxu: «Dios salve al primo»

Şrift:

Título original inglés: God Save the Mark

© Donald E. Westlake, 1967, 1995

© de la traducción: Ramón de España, 2013.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2014.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: OEBO631

ISBN: 978-84-9056-186-7

Composición digital: Víctor Igual, S. L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Dedicatoria

Cita

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Notas

PARA NEDRA

Olvidándome de lo que dejo atrás

y dirigiéndome hacia lo que tengo por delante

me apresuro hacia la meta.

EPÍSTOLA DE PABLO A LOS FILIPENSES

Tienes que alcanzar tu meta.

HORATIO ALGER

1

El viernes 19 de mayo fue un día muy completito. Por la mañana, le compré una papeleta de apuestas falsa a un manco en una barbería de la calle Veintitrés Oeste, y por la noche me llamó a casa un abogado para informarme de que acababa de heredar trescientos diecisiete mil dólares de mi tío Matt. Yo nunca había oído hablar del tío Matt.

En cuanto colgó el abogado, llamé a mi amigo Reilly del Escuadrón Tocomocho a su casa de Queens.

—Soy yo —le dije—, Fred Fitch.

Reilly suspiró y repuso:

—A ver, Fred, ¿qué te han hecho esta vez?

—Dos cosas —le informé—. Una esta mañana y otra ahora mismo.

—Pues ándate con ojo. Mi abuela siempre decía que los problemas llegaban de tres en tres.

—Ay, Dios mío —clamé—. ¡Clifford!

—Y ahora, ¿qué pasa?

—Te vuelvo a llamar —le dije—. Creo que ya está aquí el tercero.

Colgué, me fui escaleras abajo y llamé al timbre del señor Grant. Se plantó en la puerta con una enorme servilleta blanca colgándole del cuello y sosteniendo un tenedor pequeño con las púas hacia arriba, empalando una retorcida gambita. Lo cual resultaba algo redundante, dado que el señor Grant también es pequeño y retorcido, se está quedando calvo, suele llevar gafas con montura de acero y trabaja como profesor de historia en no sé qué instituto de Brooklyn. Nos cruzamos junto a los buzones una vez al mes, o así, y solemos intercambiar vulgaridades, pero aparte de eso, nuestro contacto social es nulo.

Le dije:

—Usted perdone, señor Grant, ya sé que es la hora de cenar, pero ¿tiene usted un nuevo compañero de piso que se llama Clifford?

Se puso pálido.

Se le deslizó el tenedor con la gamba hacia la palma de la mano. Parpadeó muy lentamente.

Aunque sabía que era inútil, yo seguí a lo mío:

—Aspecto agradable, como de mi edad, pelo corto, camisa blanca con el cuello abierto, corbata floja, pantalón oscuro...

A lo largo de los años, me había vuelto bastante hábil a la hora de hacer descripciones sucintas, lamentablemente. Debería haber añadido a esta la altura y el peso aproximado de Clifford, pero no me pareció algo fundamental.

No lo era. Con la gamba a media asta, el señor Grant repuso:

—Yo creía que era su compañero de piso.

—Me dijo que había un paquete contra reembolso.

El señor Grant asintió con cara de asco.

—A mí también.

—Y que no tenía el efectivo suficiente en el apartamento.

—Ya le había soplado algo a Wilkins, el del segundo piso.

Asentí.

—Llevaba unos cuantos billetes arrugados en la mano izquierda.

El señor Grant tragó bilis.

—Yo le di quince dólares.

Tragué bilis a mi vez.

—Yo le di veinte.

El señor Grant contempló su gamba como si no supiese quién se la había ensartado en el tenedor.

—Supongo... —dijo lentamente—. Supongo que deberíamos... —Cada vez se le oía menos.

—Vamos a hablar con Wilkins —propuse.

—Vale —dijo él.

Suspiró, salió al rellano y cerró cuidadosamente la puerta a su espalda. Subimos al segundo piso.

Esa manzana de la calle Diecinueve Este consistía casi por completo en edificios de tres y cuatro plantas con grandes apartamentos dotados de chimenea, jardín trasero y techos altos, y yo no tenía ni idea de cómo se había conseguido evitar la demolición hasta ahora. En el nuestro, el señor Grant ocupaba el primer piso, en el segundo vivía un oficial retirado de la Fuerza Aérea y yo estaba arriba de todo, en el tercero. Los tres éramos solteros, apacibles y sedentarios, y nada dados al ruido fuerte y molesto. Yo era el más joven de los tres, a mis treinta y uno, y Wilkins el más viejo, con diferencia.

Cuando el señor Grant y yo llegamos a la puerta de Wilkins, llamé al timbre y nos quedamos ahí de pie, con esa incomodidad tan bochornosa que suelen experimentar los mensajeros con malas noticias.

La puerta se abrió al cabo de un instante y ahí apareció Wilkins, con aspecto de ser el encargado de la correspondencia del Boletín del Jubilado. Lucía manguitos rojos en su camisa azul, una mancha verdosa en la frente y una vieja pluma fuente en su mano derecha manchada de tinta. Me miró a mí, miró al señor Grant, miró la servilleta del señor Grant, miró el tenedor del señor Grant, miró la gamba del señor Grant, volvió a mirarme a mí y dijo:

—¿Qué?

Entoné:

—Discúlpeme, señor, pero... ¿ha venido a verle esta tarde un tal Clifford?

—Su compañero de piso —dijo, señalándome con la pluma—. Le di siete dólares.

El señor Grant gimió. Wilkins y yo nos pusimos a mirar a la gamba, como si fuese ella la responsable del gemido. Y luego yo dije:

—Señor, ese tal Clifford, o como se llame, no es mi compañero de piso.

—¿Qué?

—Es un timador, señor.

—¿Qué?

Tenía los ojos entrecerrados en mi dirección como quien observa Texas en pleno día.

—Un timador —repetí—. Alguien que abusa de tu confianza. Un cantamañanas. Una especie de chorizo.

—¿Chorizo?

—Sí, señor. Un timador es alguien que te cuenta una mentira de lo más convincente, para que te la creas y le des dinero.

Wilkins echó la cabeza atrás y contempló el techo, como si pretendiera atravesarlo con la vista y ver mi apartamento para comprobar que Clifford no andaba por allí, en mangas de camisa, ejerciendo tranquilamente de compañero de piso de un servidor. Pero no logró verle —o no consiguió atravesar el techo con la vista, vaya usted a saber— y volvió a mirarme a mí, diciendo:

—Y ¿qué fue del paquete? ¿Acaso no era suyo?

—Señor, no había ningún paquete —le dije—. En eso consistía el timo. O sea, la mentira que le contó a usted era que había un paquete, un envío contra reembolso, y que...

—Exacto —dijo Wilkins, apuntándome con la pluma y salpicándome levemente de tinta—. Eso dijo exactamente: «contra reembolso».

—Pero el paquete no existía —insistí—. Era una mentira para sacarle el dinero.

—¿No había paquete? ¿No es su compañero de piso?

—Nada de nada.

—Pero bueno —dijo Wilkins, súbitamente indignado—. ¡Ese tío es un fraude!

—Así es, señor.

—Y ¿por dónde anda ahora? —quiso saber Wilkins, poniéndose de puntillas para mirar más allá de mi hombro.

—Yo diría que ya está a kilómetros de aquí —le dije.

—¿Le estoy entendiendo bien? —preguntó, mientras me lanzaba una mirada asesina—. ¿Usted ni siquiera conoce a ese hombre?

—Pues no.

—Pero venía de su apartamento.

—Cierto, señor. Me acababa de soplar veinte dólares.

Intervino el señor Grant:

—Yo le di quince.

Parecía estar a punto de sumarse al destino de la gamba.

Me dijo Wilkins:

—Y ¿usted creía que era su compañero de piso? Eso no tiene ningún sentido.

—No, señor —le contesté—. A mí me contó que era el compañero de piso del señor Grant.

Wilkins le dirigió a este una mirada severa:

—¿Y lo es?

—¡Claro que no! —chilló el señor Grant—. ¡Si me sopló quince dólares!

Wilkins asintió.

—Ya veo —dijo. Y a continuación, como si lo hubiera considerado todo muy a fondo, añadió—: Creo que deberíamos ponernos en contacto con las autoridades.

—A eso íbamos, precisamente —dije—. Había pensado en llamar a un amigo que tengo en el Escuadrón Tocomocho.

Wilkins apretó los párpados de nuevo.

—¿Cómo dice?

—Forma parte del cuerpo de policía. Son los que se dedican a los timadores.

—¿Tiene usted un amigo en esa organización?

—Nos conocimos por cuestiones de trabajo —informé—, pero con los años, nos hemos ido haciendo amigos.

—Pues no se hable más —sentenció Wilkins, decidido—. Nunca he visto que se resuelva nada por la vía legal, pero vamos a ver a su amigo.

Así pues, subimos los tres a mi casa, Wilkins con la mancha verde y la pluma en la mano, y el señor Grant arrastrando la servilleta, el tenedor y la gamba. Entramos en el apartamento y les ofrecí asiento, pero prefirieron quedarse de pie. Volví a llamar a Reilly, y en cuanto le dije quién era, me espetó:

—Clifford CR.

—¿Qué?

—Clifford Contra Reembolso —me aclaró—. Al principio no relacioné el nombre, pero me acordé de él cuando colgaste. Era ese, ¿no?

—Yo diría que sí —reconocí.

—Era el nuevo compañero de piso de otro inquilino.

—Y le había llegado un paquete contra reembolso.

—Es él, no hay duda —concluyó Reilly, y me lo imaginé asintiendo ante el auricular.

Reilly tiene la cabeza grande, con una espesa mata de pelo negro y un bigote igual de espeso y de negro, y cuando asiente, lo hace con tan juiciosa autoridad que siempre acabas convencido de que en su mente anida la más genuina verdad. A veces pienso que a Reilly le va tan bien en el Escuadrón Tocomocho porque él mismo tiene algo de timador.

Wilkins meneó la pluma en mi dirección, susurrando con voz ronca:

—Diga que son doce. Para el registro oficial, doce.

Dije por teléfono:

—El señor Wilkins dice que, a efectos oficiales, le han soplado doce dólares.

Reilly se echó a reír mientras Wilkins ponía mala cara. Me dijo:

—Hay un timador en cada uno de nosotros.

—Excepto en mí —protesté amargamente.

—Un día de estos, Fred, algún psiquiatra escribirá un libro sobre ti y te hará famoso para siempre.

—¿Como el conde Sacher-Masoch?

Siempre hago reír a Reilly. Él cree que soy el pringado más simpático que conoce y, lo que es peor, siempre me lo recuerda.

Ahora me dijo:

—Vale, tú, añadiré tu nombre a la lista de capullos de Clifford, y cuando lo trinquemos, te invitaré a verlo.

—¿Necesitas una descripción?

—No, gracias. Ya tenemos un centenar, y hay bastantes que se parecen mucho. Tranquilo, que a este le echamos el guante. Trabaja demasiado y está tentando a la suerte.

—Si tú lo dices...

Según mi experiencia en este campo, que es asaz extensa, los profesionales del timo a corto plazo no suelen ser atrapados. Con esto no pretendo decir nada en contra de Reilly y el resto del Escuadrón Tocomocho: solo me refiero a la imposibilidad del trabajo que les ha caído encima. Para cuando llegan a la escena del delito, el mangante ya ha desaparecido y la víctima ni siquiera sabe muy bien en qué consiste lo que le acaba de pasar. Aparte de espolvorear a la víctima en busca de huellas dactilares, la verdad es que los Reilly de este mundo no tienen mucho más que hacer.

Esta vez me pidió que le diera los nombres de mis compañeros de pringue, me aseguró una vez más que nuestra queja se sumaría al abultado expediente de Clifford y luego me preguntó:

—Y ahora, ¿qué más?

—Bueno... —empecé, un tanto avergonzado por tener que hablar delante de mis vecinos—. Esta mañana, en una barbería, un manco...

—Billete de lotería falso —me cortó.

—Reilly —le pregunté—, ¿cómo es que conoces a toda esa gentuza, pero nunca detienes a nadie?

—Trincamos al Chaval del Muestrario, ¿no? ¿Y a Slim Jim Foster? ¿Y a Able Mabel?

—Tú ganas —le contesté.

—Pues vamos a por el manco —dijo Reilly—. Se trata de Wingy St. Charles. ¿Cómo es que lo has pillado tan pronto?

—Esta tarde me entró una sospecha repentina —dije—. Con cinco horas de retraso, como de costumbre.

—Qué me vas a contar a mí...

—El caso es que me fui a la Oficina de Turismo de Irlanda, en la calle Cincuenta Este, y le enseñé el billete al tío que estaba allí, quien me dijo que era falso.

—Y lo habías comprado por la mañana. ¿Dónde?

—En una barbería de la calle Veintitrés Oeste.

—Vale, aún estamos a tiempo, igual sigue por la zona. Tenemos una probabilidad. No muy grande, pero nunca se sabe. Bueno, ¿qué más te ha pasado?

—Cuando llegué a casa —continué—, sonaba el teléfono. Era un tío que decía ser abogado, llamarse Goodkind y tener el bufete en la calle Treinta y ocho Este. Me dijo que acababa de heredar trescientos diecisiete mil dólares de mi tío Matt.

—¿Lo comprobaste con la familia? ¿Ha muerto el tío Matt?

—No tengo ningún tío Matt.

—Vale —concluyó Reilly—. A este lo trincamos fijo. ¿Cuándo vas a ir a su despacho?

—Mañana, a las diez de la mañana.

—Perfecto. Lo solucionaremos en cinco minutos. Dame la dirección.

Se la di, me dijo que ya nos veríamos por la mañana y ambos colgamos.

Mis dos invitados me miraban fijamente. El señor Grant, pasmado, y Wilkins, con una especie de hostilidad permanente. Fue Wilkins el que dijo:

—Eso es un montón de dinero.

—¿De qué dinero habla?

—De trescientos mil dólares —señaló el teléfono con la cabeza—. Lo que le va a caer.

—Pero si no me van a caer trescientos mil dólares —le dije—. Es otro timo, como lo de Clifford.

Wilkins entrecerró los ojos.

—¿Qué? ¿Está usted seguro?

Intervino el señor Grant:

—Pero si le dan el dinero...

—Ya basta —salté—. No hay ningún dinero. Es una engañifa.

Wilkins torció la cabeza a un lado.

—No lo entiendo —contestó—. No sé qué pueden sacar de eso.

—Hay mil maneras de sacar algo —le dije—. Por ejemplo, igual me dicen que meta todo el dinero en cierta inversión, donde lo tenía mi supuesto tío Matt, pero resulta que hay un problema de impuestos o unos gastos de transferencia y ellos no pueden tocar el capital sin poner en peligro toda la inversión, así que yo tengo que sacar de algún sitio dos o tres mil dólares en efectivo para cubrir los gastos. O el dinero está en algún país sudamericano y tenemos que pagar las tasas de la herencia en billetes de aquí para que dejen salir el dinero. Cada día inventan un truco nuevo y siempre hay diez capullos dispuestos a picar.

—Ya lo dijo Barnum —sentenció Wilkins—, por cada primo hay dos engañabobos.

—Y se quedó corto —rematé.

Con un hilillo de voz, el señor Grant me preguntó:

—Y ¿esto le pasa constantemente?

—No lo sabe usted bien.

—Pero ¿por qué a usted? —inquirió—. A mí es la primera vez que me sucede algo así. ¿Por qué habría de sucederle a usted con tanta frecuencia?

Fui incapaz de responderle. No se me ocurría nada que decir ante semejante pregunta. Así pues, opté por quedarme ahí de pie, mirándole, y al cabo de un rato, Wilkins y él se marcharon. Pasé la noche pensando en la pregunta que me había planteado el señor Grant y ensayando las distintas respuestas que podría haberle dado, que oscilaban entre «Supongo que así están las cosas» y «Muérase», aunque ninguna de ellas resultaba en absoluto satisfactoria.

2

Me temo que todo empezó hace veinticinco años, cuando volví a casa sin pantalones tras mi primer día en el parvulario. Me sonaba vagamente que se los había cambiado a un compañero de clase, pero no recordaba qué había obtenido a cambio ni parecía tener en mi posesión nada que no tuviera ya cuando me fui a la escuela a las nueve de la mañana, tan feliz y contento. Tampoco me constaba con total certeza la identidad del niño que me había engatusado, así que nunca di con él ni con mis pantalones.

Desde ese día, mi vida ha consistido en una serie interminable de descubrimientos tardíos. Los timadores me echan un vistazo, me largan el rollo y no tardan nada en pirarse felices a cenar filetes mientras el pobre Fred Fitch se queda en casa comiéndose los mocos. Acumulo recibos inútiles y cheques sin fondos como para empapelar el salón, poseo miles de boletos de rifas, partidos, bailes, barbacoas y fiestas inexistentes, tengo el armario lleno de maquinitas que dejaron de obrar milagros en cuanto desapareció el vendedor, y parece que estoy en todas las listas de primos del Hemisferio Occidental.

La verdad es que no sé a qué se debe. No soy el típico pardillo, o víctima, o eso aseguran Reilly así como todos los libros que he leído al respecto. No soy avaricioso, no soy un analfabeto, no soy especialmente idiota, no soy un inmigrante poco familiarizado con el idioma y las costumbres. Solo soy —y con eso ya basta— un tío crédulo. Me resulta imposible creer que un ser humano le pueda mentir a otro en sus narices. A mí ya me ha pasado cientos de veces, pero no me lo acabo de creer, vaya usted a saber por qué. Cuando estoy solo, me siento fuerte, cínico y de lo más suspicaz, pero en cuanto se materializa ante mí un desconocido con labia y se lanza a largar, se me funde el cerebro en una nube de credulidad. Y esa credulidad abarca toda mi naturaleza. Debo de ser la única persona en toda Nueva York del siglo XX con una máquina de fabricar dinero.

Esa extrema credulidad, como no podía ser de otro modo, ha marcado toda mi existencia. Abandoné mi pueblo de Montana para venir a Nueva York a la tierna edad de diecisiete años, mucho antes de lo que yo hubiese querido de no ser porque en casa estaba rodeado de amigos y parientes que ya me habían visto hacer el tonto con inusitada frecuencia. Fue el bochorno lo que me llevó del hogar al masivo anonimato de Nueva York, pues si de mí dependiera, me habría quedado eternamente a menos de diez manzanas de mi lugar de nacimiento.

Mi relación con las mujeres también se ha visto afectada, y para mal. Desde el instituto, he evitado profundizar con el sexo opuesto por culpa de mi credulidad. En primer lugar, cualquier chica que se hiciera íntima amiga mía acabaría viendo tarde o temprano —más temprano que tarde— cómo me humillaba algún artista del tocomocho. En segundo lugar, si me llego a interesar mucho por una muchacha en concreto, ¿cómo iba a descubrir jamás lo que ella pensaba de mí? Podría decir que me quería, y yo la creería al momento, pero al cabo de una hora, al cabo de un día...

No. La soledad tiene algunos aspectos siniestros, pero entre ellos no figura la autotortura.

Algo parecido ocurre con mi elección de un trabajo. No se ha hecho para mí el empleo gregario en una oficina, sentado junto a mis compañeros, escribiendo a máquina o dándole al coco en esa alegre reunión de tíos con camisa blanca. También en este caso la soledad era la respuesta, así que, durante los últimos ocho años, he ejercido de investigador autónomo, y cuento entre mis clientes con muchos escritores, eruditos y productores de televisión por los que me pateo las bibliotecas locales en busca de conocimientos específicos.

O sea, que aquí estoy, a los treinta y uno, hecho un solterón, una especie de recluso que sufre las típicas enfermedades del sedentarismo vocacional: hombros redondos, gafas redondas, tripa redonda y frente redonda. Sin darme cuenta, parece que he conseguido saltarme algunas décadas, pasar de los veintitantos a los cincuenta y pico y quedarme ahí mientras pasaban los años grises y nada rompía el ordenado flujo del tiempo, como no fuese el timador de turno dispuesto a soplarme diez pavos.

Hasta que ese viernes 19 de mayo recibí la llamada telefónica del abogado Goodkind que me cambió —y casi se cepilló— la vida.

3

En un esfuerzo por eliminar tripa, o por lo menos contenerla, me ha dado por caminar todo lo posible cada vez que salgo a la calle, así que el sábado por la mañana recorrí a pie el trayecto entre mi apartamento de la calle Diecinueve Oeste y el despacho del supuesto abogado, Goodkind, que estaba en la Treinta y ocho Este. Hice un solo alto en el camino, en un estanco situado en la esquina de la Veintitrés Oeste con la Sexta Avenida, para comprar un paquete de tabaco.

Apenas había recorrido la mitad de la siguiente manzana, en la Sexta Avenida, cuando oí que alguien me llamaba: «¡Eh, usted!». Me volví y vi cómo un sujeto más bien corpulento venía hacia mí, haciéndome señas para que no me moviese de donde estaba. Llevaba un traje oscuro, con la chaqueta abierta, una camisa blanca apelotonada en la cintura y una arrugada corbata marrón. Parecía un ex marine que empezara a ponerse fondón.

Cuando llegó hasta mí, dijo:

—Acaba usted de comprar tabaco en la tienda de la esquina, ¿verdad?

—Pues sí —repuse—. ¿Por qué?

Se sacó la cartera del bolsillo de la cadera y la abrió para mostrarme la placa.

—Policía —dijo—. Solo queremos que colabore.

—Estaré encantado de hacerlo —le aseguré, con esa cierta sensación de culpabilidad que tenemos todos cuando nos damos de bruces con la ley.

Me preguntó:

—¿Qué clase de billete ha usado?

—¿Qué clase? ¿Se refiere a...? Bueno, uno de cinco.

Sacó un billete arrugado del bolsillo de la chaqueta y me lo pasó, diciendo:

—¿Es este?

Miré el billete, pero, como es natural, no hay manera de distinguir uno de otro, así que acabé por decirle:

—Supongo que sí, pero no estoy seguro.

—Mírelo bien, hermano —insistió, y de repente sonó más duro que antes.

Lo miré más de cerca, pero... ¿cómo podía saber si era o no el billete que yo había utilizado?

—Lo siento —contesté, cada vez más nervioso—, pero no puedo estar seguro ni de una cosa ni de la otra.

—El del mostrador dice que fue usted el que se lo endilgó.

Miré al policía y capté su aire severo.

—¿Que se lo endilgué? ¿Me está diciendo que es falso?

—Exactamente —afirmó.

—Me ha vuelto a pasar —dije mientras observaba con tristeza el billete que tenía en la mano—. La gente me endilga dinero falso constantemente.

—¿De dónde sacó este billete?

—Lo siento, pero no lo sé.

Bastaba con mirarle para darse cuenta de que sospechaba de mí, cosa que confirmó diciendo:

—No le veo muy ansioso por colaborar, hermano.

—Oh, sí que lo estoy —afirmé—. Lo que pasa es que no recuerdo de dónde saqué este billete en concreto.

—Véngase al coche —me dijo, y me guió hasta un Plymouth de color verde, hecho caldo y sin distintivos policiales, que estaba aparcado junto a uno de esos chismes a los que los bomberos enganchan la manguera.

Me hizo sentar delante, en el asiento del copiloto, y luego dio la vuelta al vehículo y se deslizó tras el volante. Bajo el salpicadero, una radio de la policía emitía ruidillos y alguna que otra palabra incomprensible.

Dijo el inspector:

—A ver si nos identificamos.

Le mostré los carnés de la biblioteca y de la Seguridad Social, y él apuntó cuidadosamente mi nombre y mi dirección en un cuaderno de tapas negras. A esas alturas, ya se había incautado del billete de cinco dólares y estaba escribiendo su número de emisión en la misma página. Entonces me preguntó:

—¿Lleva más billetes?

—Sí, claro.

—Vamos a verlos.

Yo llevaba treinta y ocho dólares en efectivo: dos billetes de diez, tres de cinco y tres de uno. Se los entregué y él los estudió uno por uno de manera meticulosa, poniéndolos contra la luz, frotándolos entre el pulgar y el índice y escuchándolos crujir hasta que, finalmente, los dejó sobre el salpicadero en dos montoncitos.

Cuando terminó la inspección, resultó que había otros tres billetes falsos, uno de diez y dos de cinco.

—Habrá que requisarlos —me informó, y luego me devolvió el resto—. Le extenderé un recibo, pero es evidente que no se los podemos cambiar por dinero auténtico. Si estos billetes llevan a una condena de los falsificadores, cabe la posibilidad de que usted recupere parte del dinero perdido, pero si no es así... Pues me temo que le habrán timado.

—No pasa nada —dije con una sonrisita floja.

En primer lugar, estaba acostumbrado a que me timaran; y en segundo lugar, estaba encantado de que ese individuo se hubiese quitado de la cabeza mi posible pertenencia a una banda de delincuentes.

Llevaba un bloc de recibos en la guantera. Lo sacó, me extendió un recibo en el que se incluían los números de serie de los billetes y, mientras me lo entregaba, dijo:

—Tenga más cuidado a partir de ahora. Revise el cambio cuando se lo den y no volverá a cometer errores tan onerosos.

—Así lo haré —le prometí.

Bajé del coche, consulté el reloj y vi que tenía que darme prisa si quería llegar al despacho de Goodkind a las diez en punto. Eché a andar con rapidez hacia la parte alta de la ciudad.

No fue hasta que llegué a la calle Treinta y dos cuando me di cuenta de que me habían timado. En ese momento, me quedé tieso en la acera y, mientras notaba que se me iba la sangre de la cabeza, saqué el recibo y le eché un vistazo.

Veinte dólares. Acababa de comprar un trozo de papel garabateado por veinte dólares.

Di media vuelta y eché a correr, pero, claro está, cuando llegué a la calle Veinticuatro el tío ya hacía tiempo que se había dado el piro. Me puse a buscar una cabina telefónica, con la idea de llamar a Reilly al Cuartel General, pero entonces recordé que le iba a ver en el despacho del supuesto abogado algo después de las diez.

¿Algo después de las diez? Volví a mirar el reloj y vi que faltaba un minuto para las diez. ¡Se supone que ya debería estar allí!

Paré un taxi, lo que significaba añadir un dólar a los que ya me había soplado el poli chungo. Me instalé en el asiento de atrás, el conductor puso en marcha el taxímetro y nos fuimos hacia arriba hasta acabar incrustados en el atasco habitual de la zona.

Llegué al bufete de Goodkind a las diez y veinte. El pasillo, la recepción y el despacho particular de Goodkind estaban infestados de agentes del Escuadrón Tocomocho, que habían puesto en marcha la trampa para ratones antes de que llegara el queso. Me abrí camino entre ellos, farfullando saludos a los que conocía e identificándome ante los demás, hasta que di con Reilly en el despacho de Goodkind, junto a otros dos colegas. Sentado tras su escritorio, había un tío muy elegante, con pinta de lobo hambriento y ojos de ónice, que tenía que ser el tal Goodkind.

Me espetó Reilly:

—¿Dónde coño te has metido?

—Un policía ful me ha pegado el timo de los billetes falsos —repuse.

—Por el amor de Dios... —dijo Reilly, y de repente pareció que iba a derrumbarse.

Goodkind, dirigiéndome una sonrisita malévola, me dijo con una voz muy similar a la que la serpiente debió de utilizar con Eva:

—Hola, Fred. No sabes cómo lamento tenerte de cliente.

Me lo quedé mirando.

—¿Qué?

—Es legal, mamarracho —contestó Reilly—. Y de altos vuelos.

—¿Quieres decir que...?

—Cómo me gustaría empapelarle —me dijo alegremente Goodkind—. Con todo el dinero que tiene...

—No hay trampa alguna —me informó Reilly—. Realmente has heredado trescientos diecisiete mil dólares: que Dios se apiade de todos nosotros.

—De todos modos —dijo Goodkind, frotándose las manos—, igual podemos arreglar las cosas.

Me caí al suelo y perdí el conocimiento.

4

Jack Reilly es un tío muy grandullón que suele ir espolvoreado de tabaco de pipa. Al cabo de tres frenéticas horas de quedarme traspuesto en el suelo del despacho del abogado Goodkind, Reilly y yo entramos en un bar de la calle Treinta y cuatro. Me dijo:

—Fred, si me vas a obligar a beber, lo menos que puedes hacer es pagar.

—Eso me temo —contesté—. Ahora mismo.

Y me volvieron a temblar las rodillas.

Reilly se me llevó a un reservado de la parte de atrás, no paró de gritar hasta que apareció una camarera, pidió Jack Daniels con hielo para los dos y me dijo:

—Yo de ti, Fred, lo primero que haría es buscarme otro abogado.

Repuse, dubitativo:

—No me parece justo, ¿sabes? A fin de cuentas, es el que se encarga de la herencia.

—Se encarga de ella como yo de mi chica —dijo Reilly, trazando en el aire el gesto de sobar a alguien—. Goodkind está excesivamente enamorado de tu dinero, Fred. Quítatelo de encima.

—De acuerdo —le prometí.

Aunque la verdad es que no estaba muy seguro de reunir el valor necesario para entrar en el despacho de Goodkind y despedirle. Sin embargo, siempre cabía la posibilidad contratar a otro abogado para que lo despidiera.

Dijo Reilly:

—Y otra cosa, Fred: encuentra un sitio seguro donde guardar el dinero.

—Preferiría no pensar en eso —declaré.

—Pues vas a tener que hacerlo —insistió él—. No quiero que me llames cada vez que te soplen cien dólares hasta que ya no te quede nada.

—Luego lo hablamos —le dije—. Después de que me tome un trago y me calme.

—Es muchísimo dinero, Fred —dijo él.

Eso ya lo sabía yo. Eran trescientos diecisiete mil dólares, céntimo arriba, céntimo abajo. Y no solo eso: se trataba de trescientos diecisiete mil dólares limpios, tras descontar las tasas de la transmisión, los gastos legales y toda la pesca, ya que la herencia en sí se elevaba a casi quinientos mil dólares. Medio millón.

Cinco millones de monedas de diez centavos.

Parece que sí que tenía un tío Matt; o mejor dicho, un tío abuelo que se llamaba así. Mi bisabuela por parte de madre se casó dos veces y tuvo un hijo de su segundo marido, quien, a su vez, tenía tres esposas, pero ningún crío. (Una rápida llamada telefónica a mi madre, que seguía en Montana, desde el despacho de Goodkind arrojó dicha información.) El tío Matt, o Matthew Grierson, pues ese era su nombre completo, había dedicado casi toda su vida a ser un inútil y, probablemente, a alcoholizarse. Todos sus parientes, sin excepción, le ponían verde, pasaban de él y le negaban la entrada en sus hogares. Excepto yo, claro está. Nunca me porté mal con el tío Matt, básicamente porque nunca había oído hablar de él, ya que mis padres eran demasiado educados como para mencionar a semejante individuo en presencia de sus hijos.

Pero fue esa tolerancia inconsciente la que propició mi buena fortuna. El tío Matt no había querido dejar su dinero a un hospital para perros y gatos o un fondo para becar a espásticos carentes de medios, pero detestaba a todos sus parientes con la misma fuerza con la que ellos le odiaban a él. Exceptuándome a mí. Así pues, parece que el tío Matt se interesó por mí, estudiándome a distancia, y llegó a la conclusión de que yo era un solitario, como él, alguien que vivía su propia vida como Dios le daba a entender, convenientemente alejado de aquella familia de miserables. No sé por qué no vino a verme nunca, como no fuese porque temiera que yo, visto de cerca, resultara ser tan lamentable como toda su parentela. En cualquier caso, me examinó a fondo y sintió cierta afinidad hacia mí, motivo por el que me acabó dejando su dinero.

El origen del dinero en sí era algo confuso. Ocho años atrás, el tío Matt se había ido a Brasil con una suma de capital imprecisa que, aparentemente, llevaba ahorrando desde hacía tiempo, y volvió al cabo de tres años con algo más de medio millón de dólares en efectivo, más gemas y acciones varias. Cómo lo había conseguido era algo que nadie sabía. De hecho, según me informó mi madre por teléfono, nadie de la familia había sabido jamás que el tío Matt fuese rico. Como dijo mamá: «Mucha gente le habría tratado de otra manera al saberlo, créeme».

La creí.

En cualquier caso, el tío Matt había pasado los últimos tres años en Nueva York, viviendo en un apartamento de un hotel de Central Park Sur. Había muerto hacía doce días, siendo enterrado sin alharacas, y su testamento fue abierto por su abogado, Marcus Goodkind. Entre las instrucciones impartidas en el documento, figuraba la de que el abogado cumplimentara todas las posibles fruslerías legales antes de informarme de la muerte de mi tío o de su legado. «Mi sobrino Fredric es de natural sensible y delicado», decía de mí el testamento. «Los funerales le causarían una gran agitación y la cinta roja le daría urticaria».

La cosa había tardado doce días, pero yo casi deseaba que hubiesen sido doce años. O mil doscientos. Estaba sentado en el reservado con Reilly, hecho un millonetis, esperando mi Jack Daniels con hielo, y lo único que sentía era malestar y terror.

Y lo peor todavía estaba por llegar. Tras la retrasada aparición de nuestras bebidas, y después de que yo me zampara la mitad de la mía de un trago, Reilly dijo:

—Fred, vamos a solucionar ya este asunto del dinero. Tengo otras cosas que comentarte.

—¿Como cuáles?

—Primero, el dinero.

Me incliné hacia delante.

—Su procedencia, ¿tal vez?

Puso cara de sorpresa.

—Pero ¿todavía no lo has pillado?

—¿Que si lo he pillado? Si no te pillo ni a ti.

—Fred, ¿tú has oído hablar de un tal Matt Gray, alias el Toalla?

El nombre me sonaba vagamente. Repuse:

—¿No escribió algo Maurer sobre él?

—No lo sé, es posible. Timador del Medio Oeste, más de cuarenta años en el tajo. Repartió recibos por el centro del país cual hojas muertas en octubre.

Dije:

—Mi tío se llamaba Matthew Grierson.

—Y el Toalla también. Matt Gray era lo que se podría denominar su nombre profesional.

Me hice con el vaso, nervioso. Aunque solo quedaba la mitad, me las apañé para salpicarme el pulgar. Me bebí lo que había, me chupé el pulgar, parpadeé ante Reilly y contesté:

—O sea, que he heredado trescientos mil dólares de un timador.

—Y la pregunta es —dijo él—: ¿cuál es el mejor sitio para guardarlo?

—Un timador —afirmé—. Reilly, ¿no lo pillas?

—Sí, hombre, sí —repuso con impaciencia—. Fred, esto va en serio.

Solté una risita.

—Esto sí que es justicia poética —dije, y me reí—. Un timador —seguí, y solté una risotada—. Estoy heredando mi propio dinero —concluí, satisfecho.

Reilly se apoyó en la mesa y me cruzó la cara de un sopapo.

—Te estás poniendo histérico, Fred —señaló.

Así era. Saqué los dos cubitos de hielo del vaso, me metí uno en la boca y me planté el otro sobre la mejilla afectada por la bofetada irlandesa de Reilly.

—Supongo que me la merecía —declaré.

—Pues sí.

—En ese caso, gracias.

Apareció la camarera, con expresión suspicaz, y dijo:

—¿Pasa algo por aquí?

—Sí —le contestó Reilly—. Estos vasos están vacíos.

La camarera los recogió, nos miró de nuevo con suspicacia y se marchó.

Dijo Reilly:

—La cosa es: ¿qué piensas hacer con el dinero?

—Comprar un ladrillo con pintura dorada, me temo.

—O el puente de Brooklyn —sugirió Reilly en tono siniestro.

—Mejor el puente de Verrazzano —dije yo—. Puestos a gastar, quiero el más nuevo, el más moderno.

—¿Dónde está el dinero ahora? —preguntó él.

—Las acciones están en un par de cajas de seguridad; las piedras preciosas, en la cripta de la Winston Company; y el tío Matt tenía siete cuentas de ahorro distintas en otros tantos bancos de la ciudad. Más una cuenta para gastos. Y además contaba con algunas propiedades.

La camarera nos trajo las copas, nos observó con suspicacia y se volvió a marchar.

Dijo Reilly:

—Las acciones y las gemas están muy bien donde están. Déjalas ahí y que tu abogado se encargue de organizarte el papeleo. Para la pasta habrá que inventar algo. Tiene que haber algún modo de que no le puedas echar la mano encima.

Le pregunté:

—Me querías hablar de algo más, ¿no?

—Aún no has bebido lo suficiente —me soltó.

—Cuéntamelo ya —le dije.

—Bebe un poco, por lo menos —insistió él—. Te lo vas a tirar todo por encima.

—Cuéntamelo ya —repetí.

Se encogió de hombros.

—Muy bien, chaval. Hay un par de tíos de Homicidios que te van a hacer una visita esta tarde, a las cuatro en punto.

—¿Quiénes? ¿Por qué?

—A tu tío Matt lo mataron, Fred. Se lo cargaron con el típico objeto contundente.

Se me derramó el Jack Daniels frío sobre el regazo.

5

Media hora después, mientras volvía caminando a casa a través de Madison Square Park, una chica con pechos de mazapán se me echó encima, me besó de forma sonora y me susurró al oído:

—¡Haz como si me conocieras!

—Oh, venga —repuse en tono irritado—, ¿tan tonto me consideras? —Y la aparté de un empujón.

—¡Cariño! —gritó ella, impertérrita, extendiendo los brazos hacia mí—. ¡Cómo me alegro de volver a verte!

Se adivinaba el pánico en sus ojos, y su bello rostro se veía afeado por las marcas de la tensión.

¿Iría en serio? A fin de cuentas, siempre pasan cosas raras. Y estábamos en Nueva York, a escasas manzanas de Naciones Unidas. Igual había una red de espionaje que...

¡No! Por primera vez en mi vida, tenía que mantenerme escéptico. Y si esto no era el inicio de alguna variación del timo de la estampita, yo no era el bueno de Fred Fitch, conocido y estimado por todos los sacacuartos del país. («La verdad, Fred —me dijo una vez Reilly—, es que no andas en coplas porque esa gente no canta».)

Dije:

—Señorita, usted se confunde. Yo no la he visto en mi vida.

—Si no me ayudas —repuso ella rápidamente, echando el bofe—, me quitaré la ropa y juraré que me atacaste.

—¿En Madison Square Park? ¿A la una menos diez de la tarde? —pregunté, señalando hacia las hordas de oficinistas comiendo bocatas, viudas que alimentan a las palomas y jubilados en trance hipnótico que llenaban los bancos y senderos que nos rodeaban.

Ella miró a su alrededor y se encogió de hombros.

—Bueno, vale —aceptó—. Merecía la pena intentarlo. Venga, Fred, vamos a tomar algo y a hablar del asunto.

—¿Sabes quién soy?

—Claro que lo sé. ¡Si el tío Matt se pasaba la vida hablando de ti! De las veces que te había tenido en sus rodillas cuando no levantabas un palmo del...

—No vi al tío Matt en toda mi vida —afirmé—. Eso no hay quien se lo trague.

Se irritó sobremanera, se llevó las manos a las caderas y me espetó:

—Muy bien, listillo. ¿Quieres saber qué ocurre o no?

—No estoy muy seguro.

Aunque claro que quería saberlo. La hermana gemela de la credulidad es la curiosidad.

Se me acercó de nuevo, tanto que el mazapán casi me rozó la camisa.

—Estoy de tu parte, Fred —me susurró.

Se puso a tocarme la corbata. Contemplando sus propios dedos, juveniles y sexis al mismo tiempo, murmuró:

—Tu vida está en peligro, ¿sabes? Poderosos intereses en Brasil. Los mismos que asesinaron a tu tío Matt.

—Y ¿tú qué pintas en todo eso?

Echó un rápido vistazo alrededor y dijo:

—Aquí no. Pásate por casa esta noche... Calle Setenta y ocho Oeste, número 160. Smith. Preséntate a las nueve.

—Pero ¿se puede saber de qué va esto?

—No nos pueden ver juntos —contestó ella—. Es demasiado peligroso. Esta noche, a las nueve.

Dicho lo cual, se alejó de mí y echó a andar velozmente hacia Madison Avenue, con la falda revoloteando en torno a sus piernas. Hasta los jubilados de los bancos abandonaron momentáneamente su sopor para contemplar el espectáculo.

Murmuré para mi capote: «Setenta y ocho Oeste, número 160», dispuesto a memorizar esa dirección. Pero luego, cabreado conmigo mismo, meneé la cabeza, pues estaba a punto de caer en una nueva trampa. Adoptando una actitud decidida, eché a andar hacia el sur, sin tener ningún otro incidente, y me encontré frente a la puerta de casa a la rubia más espectacular que he visto en mi vida. Si la otra estaba hecha de mazapán, esta era de acero relleno de almohadas. Parecía una de esas que salen en los dibujos animados poniendo cara de dura mientras la suben al furgón policial.

Estaba apoyada contra la puerta, con los brazos cruzados —canturreando unas estrofas de Lili Marleen, probablemente—, pero cuando aparecí yo, se puso tiesa, se llevó las manos a las caderas —ya era la segunda en quince minutos que me hacía lo mismo— y me espetó:

—Así que tú eres el sobrino, ¿eh? Pues no pareces gran cosa.

—Ni lo intentes —le advertí—. No sé qué pretendes, pero te he clichado.

—Seguro que te pareces cantidad al lechero —dijo ella—. Yo ya le dije a Matt que no eras más que un sarasa, pero no me hizo ni caso.

—¿Un qué?

—Un sarasa. Un lila. Una locaza. Un mariquita.

—Oye, mira...

—Mira tú... —me interrumpió, y abrió un bolso de cuero negro del que extrajo una carta—. Léela.

Mi nombre estaba escrito en el sobre por una mano masculina incapaz de ir más allá del tembleque y el garabato. Me hice con la carta, le di la vuelta sin abrirla y añadí:

—Supongo que dentro habrá una nota que, en teoría, es del tío Matt.

—¿En teoría? Pero ¿qué expresión es esa? ¿No habrás estado viendo al abogado maricón?

—¿Te refieres a Goodkind?

—A ese me mismo refiero. Y nada de «en teoría», esa carta es fetén.

—Te voy a hacer un favor —le dije—. Ni siquiera la abriré. Te la devuelvo y sigues con tus asuntos. No te entregaré a la policía y quedaremos en paz.

—Eres un encanto —me soltó ella—. Eres un príncipe de la hostia. Léete la carta mientras busco el violín.

—No pienso leerla —le aseguré—. Y si lo hiciera, no me creería ni una palabra.

Me dedicó una mirada especialmente gélida y siguió plantada ante mi puerta con los brazos en jarras.

—¿Con que esas tenemos? —inquirió.

—Esas tenemos —repuse, esperando que en cualquier momento se lanzara a darme de puñetazos.

En vez de eso, me señaló con un dedo culminado en escarlata y dijo:

—Te voy a decir una cosa, guapo. Hace falta alguien mejor que tú para deshacerse de la pequeña Gertie. Más vale que te andes con ojo.

—¡La pequeña Gertie! ¿Se supone que esa eres tú?

—Eres de lo que no hay —dijo ella—. Deja de hacer el gilipollas y léete la maldita carta.

—No te rindes nunca, ¿eh?

—¡Que te leas la carta!

—Vale. Discúlpame un minuto. Apártate, ¿quieres?, que voy a abrir la puerta.

Se apartó, yo abrí la puerta y ambos entramos en el apartamento.

—Oh, qué mono —declaró ella mientras le echaba un vistazo al salón—. Aunque no le iría mal algún toque masculino.

—Serías la persona ideal para ello —le solté mientras me dirigía hacia el teléfono.

Me observó sorprendida durante cinco segundos, y luego soltó una mezcla de carcajada y ladrido y me dijo:

—Vaya, vaya, ¡si aún va a resultar que tiene carácter!

Tiró el bolso de cuero en el sofá —que respondió con un crujido de disgusto— y añadió:

—¿Tienes algo para beber? Aparte de licor de melocotón, claro está.

—Tampoco te vas a quedar mucho tiempo —le dije, y me puse a marcar el número del despacho de Reilly.

—No te pongas del todo en evidencia, chato —dijo ella, dando vueltas a la habitación y haciendo muecas ante mis cuadros—. Primero llama a Goodkind y pregúntale por mí. Gertie Divine, el Súper Cuerpo

Levantó los brazos, se dio media vuelta hacia mí y pegó un brinco que sonó como una explosión.

Se la veía muy segura de sí misma. Pero todos parecían estarlo, ¿no? ¡Anda que no iban sobrados el manco, Clifford y el poli ful de esta mañana!

De todos modos, yo ya había cometido un grave error al enviarle a Reilly a Goodkind. ¿Estaría metiendo la pata de nuevo? Dejé de marcar el número de Reilly, colgué, me hice con el listín, busqué el número de Goodkind y le llamé.

Estaba más suave que un guante.

—Vaya, vaya, pero si es mi cliente favorito. Además del tío al que voy a demandar por difamación y atentado al honor. ¡Je, je!

—¿Ha oído hablar de Gertie Divine? —le pregunté.

—¿Cómo? —Parecía tan pasmado como si le acabase de sacudir con una plancha—. ¿Tú dónde has oído hablar de ella?

—La tengo aquí delante.

—¡Deshazte de ella! No le hagas caso, ¡no escuches ni una sola palabra de lo que te diga! Fred, te lo ruego, te urjo con toda vehemencia a que te quites de encima a esa mujer inmediatamente.

—Preferiría que no me llamaras Fred. —dije.

—Sácala de ahí —insistió, aunque algo más calmado—. No puedo decirte otra cosa: deshazte de ella.

—Dice que tiene una carta del tío Matt —aduje.

Y ahí volvió a perder los estribos:

—¡No la leas! ¡Ni la toques! ¡Cierra los ojos, tápate los oídos, échala!

—¿Debería llamar a Reilly?

—¡Por el amor de Dios, no! ¡Limítate a quitártela de encima!

—¿Podrías decirme una cosa? —le pedí—. ¿Podrías decirme quién es?

Hubo una breve pausa mientras el hombre se tranquilizaba; y acto seguido, en voz muy baja, añadió:

—¿Para qué te quieres liar con esa mujer, Fred? No es precisamente una buena chica, ¿sabes?

—Preferiría que no me llamaras Fred —le repetí.

—Es una cutre —siguió él—. Es analfabeta. Es de clase baja. No es tu tipo en absoluto.

—Y ¿qué tenía que ver con el tío Matt?

—Eeeeeeh... Bueno, vivía allí.

—¿En Central Park Sur?

—Los porteros la odiaban.

—Espera un momento. Me estás diciendo que vivía con el tío Matt.

—Tu tío era muy distinto a ti —matizó Goodkind—. Un tío duro y decidido, una especie de pionero. Nada que ver contigo. Evidentemente, su gusto para las mujeres difiere del tuyo. A él le gustaban las que...

—Gracias —le corté y colgué.

Ella estaba sentada en el sofá, con las piernas cruzadas y un brazo extendido por la parte superior del respaldo. Llevaba zapatos negros de tacón de aguja anudados al tobillo, medias de nailon y una blusa blanca con bordados en el cuello. La blusa se le salía de la falda por el costado, dejando al descubierto una piel muy pálida. También contaba con una chaqueta negra, pero la había dejado colgando del picaporte.

Me dijo:

—Ya te ha informado, ¿no?

—Me ha dicho que debería echarte de aquí. Que no debería hacerte caso. Que eres de clase baja.

—¡No me digas! —Se ofendió un poco pero siguió—: A quien no deberías hacer caso es a él, ¡menudo chorizo! Sería capaz de robarle los caramelos a su propia hermana.

Yo tenía la misma impresión del letrado Goodkind, pero el hecho de que esa mujer —¿de verdad se llamaba Gertie Divine?— y yo compartiésemos una antipatía hacia alguien en concreto no significaba necesariamente que pudiese confiar en ella. Le dije:

—No me hará ningún daño leer la carta, ¿verdad?

—Supongo que no —contestó ella.

La pilló de su propio regazo y me la entregó.

—Mientras te la lees —dijo—, ¿qué tal un poco de hospitalidad?

No quería ofrecerle nada de beber porque no quería proporcionarle una excusa para quedarse en casa más tiempo del necesario, así que hice como que no la oía, le di la espalda y abrí la carta.

Era breve, pungente y difícil de leer, ya que el tembleque y los garabatos del sobre continuaban en el interior. Decía así:

Sovrino Fred:

Permíteme que te persente a Gertie Divine, que fue cabeza de cartel en el Artillery Club de San Antonio. Ha sido mi fiel compañera y enfermera, y es lo mejor que te puedo dejar. Tú hazla feliz y te garantizo que ella te hará feliz a ti.

Tu tío, al que hace tanto tiempo que no ves,

Matt

Levanté la vista de la carta y vi que me había quedado a solas en el salón. Luego escuché el tintineo de los cubitos de hielo y me fui para la cocina, donde me topé con Gertie Divine haciéndose un destornillador con el zumo de naranja de mañana por la mañana.

—Si quieres algo, amable anfitrión —me espetó—, te lo preparas tú mismo.

Levanté la carta y le dije:

—¿Qué significa esto?

—Significa que ahora soy tuya, guapetón —repuso. Agarró la copa y se fue en dirección contraria—. ¿El dormitorio está por ahí?

6

Unos minutos después de que Gertie Divine se fuese al supermercado, se produjo un conato de llamada a la puerta, y cuando la abrí, me encontré a Wilkins, el del segundo piso, arrastrando una vieja maleta negra de gruesas cinchas de cuero. La dejó en el suelo, resopló, meneó la cabeza y dijo:

—Ya no soy tan joven como antes.

De eso no había la menor duda. Y además, yo aún tenía la cabeza llena de problemas con Gertie Divine: ¿qué iba a hacer con ella cuando volviera, si es que volvía? O sea, que me quedé ahí de pie, mirando a Wilkins y su maletón, y seguí pensando en la señorita Divine.

Wilkins iba vestido de azul, como de costumbre, con una de sus viejas camisas de la Fuerza Aérea y la mano derecha manchada de tinta azul. Tras echar un poco más el bofe y menear la cabeza otro ratito, me dijo finalmente:

—Me alegro de verte, chaval. ¿Me concedes un minuto?

—Por supuesto, señor —repuse, aunque no sabía muy bien para qué—. Pase, pase. Permítame que le coja la...

Sin embargo, antes de poder hacerme con la maleta, fue a por ella él mismo, la agarró del asa y la puso fuera de mi alcance.

—No hace falta —dijo con rapidez, cual estafador de película al que alguien se ofrece a llevarle la bolsa con el botín—. Yo me encargo de ella.

Para poder arrastrar la maleta, el hombre tenía que inclinarse en dirección contraria y adoptar la forma del número siete, posición en la que apenas podía andar, impulsando los pies de uno en uno y tambaleándose a cada paso. Fue así como entró trastabillando en mi apartamento, cómico y deforme cual personaje de Beckett.

En medio del salón, volvió a dejar quieta la maleta y procedió a resoplar un poco más. También se pasó la mano por la frente, que tenía manchada de tinta, pintándose tres rayas como esas que, en los tebeos, denotan velocidad, por lo que ahora me recordaba a un provecto y apresurado Mercurio.

Había que mostrarse hospitalario, aunque tampoco sabía por qué, así que le dije:

—Eh... ¿le apetece beber algo?

—¿Alcohol? No, no, gracias. Ni lo huelo. Mi difunta esposa me sacó del vicio hace treinta y siete años. En septiembre hará treinta y ocho. Una mujer maravillosa.

—Y ¿un café?

Me miró como si se lo estuviera pensando.

—¿Té? —preguntó.

—Por supuesto —respondí—. Sin problema. Se lo traigo en un minuto, tome asiento.

Me fui a la cocina a preparar el té, y ahí pude volver a mi monólogo interior sobre Gertie Divine. Todo parecía indicar que se estaba instalando, aunque no exactamente con todas sus cosas, y que daba la impresión de querer quedarse en mi domicilio. Yo no sabía muy bien cómo pretendía organizar la situación esa mujer, pero algo me decía que la cosa no iba a ser de mi agrado.

¿Pero qué podía hacer? Ella lo había dado todo por supuesto y tiraba hacia delante sin pararse a pensar en que alguien pudiera llevarle la contraria. No había más que ver cómo se había puesto a registrarme la cocina, informarme de que carecía de comida digna de ese nombre y decirme, chasqueando los dedos: «Dame diez pavos, que voy a bajar al colmado».

¿Acaso había protestado yo? ¿Me había negado? ¿Le había preguntado quién se creía que era? No. Lo que hice fue sacar la cartera, darle el billete de diez dólares que no me había trincado el poli chungo y abrirle la puerta cuando salió de casa con el bolso de cuero colgándole del antebrazo.

Albergaba valerosas ideas sobre no dejarla entrar en casa cuando volviera —así como la agridulce sensación de que igual salía pitando con mis diez dólares y no le volvía a ver el pelo—, pero en el fondo sabía perfectamente lo que iba a ocurrir. Esa mujer aparecería con dos bolsas de comestibles y me obligaría a almacenarlas mientras ella arrancaba las cortinas del salón.

En fin. Y mientras tanto, había que bregar con Wilkins. Preparé dos tazas de té, y cuando me las llevé al salón, el hombre seguía aún de pie junto al maletón, tal como lo había dejado.

Le sugerí:

—¿Por qué no se sienta, señor?

—Ah, té —exclamó él. Cogió una taza y se quedó con ella ahí de pie, sonriéndome de una manera tan alegre como falsa—. Ya me he enterado de la buena suerte que ha tenido. Permítame que le felicite.

—¿Que ya se ha enterado? ¿Cómo?

—Llamando a las autoridades. ¿Qué nombre me dijo? Ah, sí, el Escuadrón Tocomocho. Me preguntaba cómo habría ido todo esta mañana.

—Y se lo contaron.

—Les dije que era un vecino, un amigo. Hablé con un muchacho muy educado y servicial.

—Qué bien. —Le eché un vistazo al maletón—. ¿Y... hum... eso?

Bajó la vista y ensanchó aún más su sonrisa, diciéndome:

—La labor de toda una vida, hijo mío. Siempre he querido mostrártela, pero nunca había encontrado el momento.

—¿La labor de toda una vida? ¿Se refiere a algo relacionado con las Fuerzas Aéreas?

Hizo una mueca, me guiñó un ojo y consiguió notables expresiones faciales a base de retorcer el rostro. Me contestó:

—Algo así, hijo mío, algo así.

Yo no sabía de qué me estaba hablando y, distraído con Gertie Divine, tampoco me importaba lo más mínimo. Me llevé la taza de té al sillón de lectura y tomé asiento. Wilkins podía captar la indirecta y sentarse o seguir de guardia junto a la maleta por tiempo indefinido, allá él.

Me observó con avidez, esperando que mostrara una curiosidad tremenda por su maldita maleta, pero cuando por fin se dio cuenta de que no era ese el caso, se plantó abruptamente junto a la mecedora, tomó asiento, dejó la taza de té sobre la mesita de mármol de la izquierda y dijo:

—La verdad es que tienes una casa muy bonita. Muy pulcra y arreglada.

—Muchas gracias.

—Hoy día es muy difícil encontrar el material adecuado.

—Sí que lo es —reconocí.

—Sobre todo, con una pensión de jubilado. Las raciones escasas no dan para mucho, ¿verdad? —Soltó una mezcla de risotada y ladrido, agarró la taza y le dio un buen trago.

—Hay que ser cuidadoso al ir de compras —dije, mientras me preguntaba de qué narices estábamos hablando y por qué.

Mientras tanto, en mitad del cuarto, la maleta había empezado a crecer. No de forma literal, claro está, sino en mi mente. Mientras Wilkins iba por ahí arrastrándola, a mí me la traía al pairo, pero ahora que parecía que estábamos hablando de muebles o de compras o de raciones escasas o de lo que fuese, ahora que no nos ocupábamos en absoluto de la maleta, su enigmática presencia en mitad del salón, envuelta en cinchas de cuero con hebillas negruzcas, empezaba a inquietarme. ¿Qué podría haber ahí dentro? ¿Qué contendría el maletón? ¿Un aeroplano en miniatura? ¿Los planos de una nave espacial? ¿Una bomba H?

—Hoy día, lo que un hombre realmente necesita —estaba diciendo Wilkins, ausente por completo de mi creciente curiosidad— es un montón de dinero. Pasta gansa. Evidentemente, lo mejor para conseguirla es lo que te ha pasado a ti: heredarla, que te caiga encima sin haber movido un dedo. Pero los que no somos tan afortunados nos tenemos que espabilar, encontrar una manera de llegar a final de mes y confiar en la providencia, en algo que nos saque de pobres.

Aunque todo ese discurso transcurría de manera alegre, sincera y amigable, yo acabé sintiéndome culpable por haberme caído encima de repente tanta opulencia. Le contesté:

—Bueno, supongo que no es fácil con unos ingresos fijos...

—No durarán mucho —anunció de manera aún más eufórica. Señaló la enorme maleta con la cabeza—. De eso va la cosa, claro está. De forrarse.

—Dijo usted que quería enseñarme algo —comenté de la forma más insustancial posible, en vistas a disimular mi curiosidad.

—Naturalmente —dijo él, sonriendo amistosamente, pero sin levantarse de la mecedora—. Cuando quieras. Cuando te vaya bien.

—Pues ahora mismo —dije. Pero al cabo de un segundo pensé que mostraba excesivo interés, así que añadí—: Si no va usted con prisas, claro está.

—Qué va, qué va. Encantando de enseñártelo.

Por fin se ponía en movimiento, dejando la taza en el platito, incorporándose e hincándose inmediatamente de rodillas ante la maleta. Mientras tumbaba, no sin esfuerzo, la maleta y se ponía a deshacer las cinchas de cuero, me dijo:

—Un joven como... tú... debería estar interesado... Seguro que sí... Treinta y un años de trabajo... hay aquí, treinta y uno. Todo hecho por mí... ¡Aquí lo tenemos!... Todo hecho por mí.

Dicho lo cual, abrió la maleta y me miró como el genio que le da el tesoro a Aladino.

¿Tesoro? La maleta estaba llena de papel, de folios para escribir a máquina, seis montañas de folios que llenaban el interior. La página de arriba de cada montón —y era de temer que también todas las de abajo— estaba cubierta por completo de tinta, de letra pequeña y pulcra. Y la tinta era del mismo tono azul oscuro que la que Wilkins lucía en la mano derecha.

—Y ¿esto qué es? —le pregunté.

—Mi libro —exclamó de manera reverencial. Le dio una palmadita al montón de papel más cercano—. Eso es lo que es.

—¿Su libro? —Me entró cierto mal fario—. ¿Se refiere a su autobiografía?

—¡Oh, no! No, hombre, ni hablar. No tuve una carrera adecuada para eso. Vida tranquila, vida tranquila. —Observó con amor los montones de papel—. No, esto no es la realidad. Pero está basado en ella, eso sí.

—Es una novela, entonces —dije.

—Bueno... En cierta medida. Pero la historia es real. —Entrecerró los ojos como si así quisiera resaltar lo fiel que había sido a la realidad—. Hasta el más nimio detalle. ¿Hechos prácticamente imposibles de descubrir? Pues aquí están todos, al pie de la letra. Estudié la época y me empapé de ella.

Opté por seguir dando palos de ciego:

—O sea, una novela histórica.

—Podríamos llamarla así —dijo él.

Arrodillado junto a la maleta llena de folios, se inclinó hacia mí, con una mano sobre el manuscrito, y susurró:

—Es la historia de las campañas de Julio César, pero añadiéndoles la aviación.

—¿Cómo dice? —inquirí.

—Lo he titulado Veni, vidi, vinci gracias a la aeronáutica. No está mal, ¿eh?

—Nada mal —contesté con un hilillo de voz.

Me miró fijamente, entrecerrando únicamente un ojo.

—Aún no lo has pillado —me dijo—. Crees que el concepto es algo majareta.

—No, qué va, solo que es nuevo —añadí—. Aún no me he familiarizado con él.

—¡Pues claro que es nuevo! Ahí está la cosa. ¿Tú te has preguntado alguna vez qué es lo que arrasa?

—Pues no lo sé muy bien —me defendí.

—¡La originalidad! No hay imitaciones en las listas de los libros más vendidos, solo ideas nuevas, conceptos originales. ¡Como estos!

Le dio una palmada al manuscrito para reforzar su tesis, y ambos nos quedamos sorprendidos ante el ruido que hizo.

—Suena muy original —dije.

—¡Naturalmente que es original! —Ahora ya estaba metido en harina, doblado hacia delante, gesticulando con las manos, dispuesto a explicármelo todo—. He conservado los hechos históricos, todos. Los nombres de las tribus bárbaras, la fuerza de los ejércitos, las batallas auténticas, todo. Lo único que he añadido es la aeronáutica. Gracias a un golpe del destino, los romanos tienen aviones, de un nivel parecido a los de la Primera Guerra Mundial. Y así podemos ver cómo cambian las cosas si situamos la aeronáutica en un momento histórico en el que no existía.

—¿Se refiere a que altera la historia y eso?

—Bueno, tampoco la altera tanto —prosiguió Wilkins—. A fin de cuentas, Julio César ganó prácticamente todas las batallas en las que participó. Con lo que las cosas tampoco cambian tanto. Pero las batallas sí que son diferentes. Así como la psicología de los mandos. Lo tengo todo aquí, ¡todo aquí! La verdad es que Julio César es la monda. Menudo personaje, menudo personaje. Ya verás cuando te lo leas.

—¿Quiere que me lo lea? —pregunté, pero como la cosa no sonaba muy entusiasta, añadí de inmediato—: Estaré encantado de leerlo. Vamos, que me gustaría mucho.

—Claro: porque es una idea muy estimulante —me ilustró—. Así, de sopetón, te puede parecer una chaladura. Una idea desquiciada. Pero tú te has quedado con la copla y lo acabarás pillando todo. Aviones pequeñitos y desvencijados cruzando las colinas hacia la Galia, dejando caer piedras y lanzas...

—¿No tienen armas de fuego?

—Claro que no. La pólvora no se inventó hasta mucho después. Hasta muchísimo después. Yo me tengo que mantener fiel a la realidad. Lo único que tienen son aviones.

—Sin embargo —le dije—, si tienen aviones, eso quiere decir que cuentan con el motor de combustión interna. Y con gasolina. Y petróleos refinados. Y si tienen todo eso, también deberían tener todo lo demás, todas las cosas de las que disponemos ahora. Coches. Ascensores. Y también bombas. Puede, incluso, que atómicas.

—No te preocupes por eso —me dijo él, sonriente, seguro de sí mismo, mientras le daba unas palmaditas más al manuscrito—. Todo está aquí. Aquí se explica todo.

—Y ¿tiene usted editor? —le pregunté.

—¡Editores! —Una rabia repentina le enrojeció el rostro, mientras las manos se le convertían en puños—. ¡Están ciegos! —clamó—. ¡Todos ellos! O te quieren robar tu obra o no captan su potencial. Potencial, esa es la palabra, y ellos no lo ven. Seguir enganchados a lo trillado, eso es lo único que saben hacer. Se presenta uno con algo realmente nuevo, realmente diferente, y no saben qué hacer con ello.

—¿Se lo han rechazado?

—Fui a ver a un tío —dijo, algo más calmado—, me dijo que lo publicaría. Una especie de sistema de colaboración. Yo pagaba los gastos de imprenta y todo eso y él lo publicaba y enviaba los ejemplares a las librerías. No sé, a mí me parecía que eso no era manera de editar, pero él me aseguraba que sí. Me enseñó un montón de libros que había distribuido de ese modo. Tenían buena pinta, algunos estaban bien hechos, colorines en la portada, papel bueno, buena impresión. Eso sí: yo nunca había oído hablar de ellos. Y eso me preocupó. Ya sé que no soy un gran lector, que no leo gran cosa fuera de mi especialidad. Tú igual sí que los conoces. Algunos, por lo menos.

—Yo tampoco leo gran cosa —me defendí—. De material contemporáneo, me refiero. Casi todo lo que leo es a efectos de investigación.

—Igual que yo —dijo él, con alegría—. Somos tal para cual. —Me sonrió, y luego le sonrió al manuscrito—. Ya está hecho.

—Eso está bien —le dije.

—El tío ese dijo que todos los famosos empezaron así —siguió Wilkins, oteando la media distancia—. Publicando sus propios libros, recurriendo a gente como él. D. H. Lawrence, me dijo, James Joyce. Todo tipo de figurones.

—Puede ser —contesté—. La verdad es que no sé gran cosa de la historia de la literatura.

—Naturalmente, la cosa cuesta unos miles de dólares —continuó mi vecino—. Y luego hay que poner más, para la publicidad. Hoy día, no vas a ninguna parte sin publicidad, créeme. Pero tengo mis propias ideas para promocionar este libro. Unos anuncios que quiten el hipo, y en el New York Times, nada menos. Además de otros periódicos de todo el país. Hay que hacer llegar el mensaje a los lectores.

—Eso suena caro —le dije, mientras sentía los temblores típicos de una premonición.

—Hace falta dinero para ganar dinero —afirmó—. Pero piensa en los beneficios. La venta de libros no es más que el principio. Luego hay que publicarlo en el extranjero. Y hacer una película, esto da para una película. Hasta tengo una lista para un posible reparto, Jack Lemmon como el joven Julio César, Barbara Nichols como... La tengo por aquí. —Se puso a hurgar entre las pilas de papel, sin éxito, hasta que al final dijo—: Oh, mira esto. La cubierta. Una idea aproximada.

Me extendió una hoja de papel con una especie de dibujo, hecho también con la inevitable tinta azul oscuro. Dos líneas de texto en la parte de arriba, temblorosas y con un estilo que recordaba al logo de Superman, decían:

VENI, VIDI, VINCI

GRACIAS A LA AERONÁUTICA

—Solo es un boceto —me informó, innecesariamente, Wilkins—. Yo no soy artista, por supuesto. Tengo que contratar a alguien que lo haga bien.

Por lo menos, era consciente de sus limitaciones y estaba en lo cierto cuando decía que no era un artista. Fui incapaz de imaginar en qué se supone que consistía el dibujo. Solo había unas cuantas líneas, unas rectas y otras curvas, algunas largas y algunas cortas, y la mayoría de ellas se entrecruzaban, pero lo que querían representar, francamente, yo no lo entendía. ¿Podría ser eso un desvencijado biplano cruzando las colinas hacia la Galia? Era imposible saberlo. Un poco más y pongo el folio al revés para ver si así me entero de algo, pero me contuve a tiempo, consciente de que Wilkins se ofendería y pensaría que lo había hecho a propósito para reírme de sus habilidades como dibujante.

Le dije:

—Me temo que no soy capaz de... Esto no...

—Son César y los suyos —me explicó Wilkins—, de pie junto a un aeroplano.

Seguía junto a la maleta, de rodillas, y de esa guisa se me acercaba para señalar ciertos garabatos y comentar: «Ahí está el avión», «Ahí está Julio» y «Ese es uno de los godos leales».

No quedaba otra que asentir y decir:

—Claro, claro, muy bonito.

Y eso es lo que hice.

Cuando acabamos con el dibujo, Wilkins lo recuperó, regresó arrodillado a la maleta y lo volvió a colocar por en medio del manuscrito. De esa manera, sin mirarme, dijo:

—Lo que ahora necesito, evidentemente, es financiación. Para poder repartirme los beneficios al cincuenta por ciento con el hombre adecuado. Alguien como yo, pero con dinero para invertir. El tío de la editorial se encarga de imprimir y distribuir solo por dinero, no se lleva ningún porcentaje de los beneficios. Yo me encargo del libro, de los anuncios, de toda la promoción, de salir por la tele y toda la pesca y me llevo el cincuenta por ciento. El tercer socio financia la operación, la pone en marcha y luego se tumba a la bartola a esperar su cincuenta por ciento.

Me estaba empezando a poner muy nervioso. No es que Wilkins fuese un timador, no es que intentara soplarme la pasta por la cara, pero era evidente que pretendía hacerme invertir dinero en la publicación de su novela, y yo no sabía cómo negarme. ¿Qué podía decirle? Cualquier tipo de rechazo representaría un desprecio a la novela, y eso supondría como un insulto para él.

La verdad es que Wilkins me caía bien. Me gustaba su figura manchada de tinta, su manera sincopada de hablar, su tono contenido, pulcro y funcionarial. No quería ofenderle. No quería que ambos mirásemos hacia otro lado cuando nos cruzáramos junto a los buzones.

Y además, ¿qué sabía yo de novelas o de editoriales? Aunque era muy poco probable que Wilkins hubiese escrito un superventas, no hay que olvidar la cantidad de libros de éxito que, al principio, parecían igual de minoritarios que el suyo. Pero la gente adecuada los descubrió y los promocionó, porque era el momento adecuado o había algo adecuado en esos libros, y ya estaba la cosa en marcha. Con publicidad, con una campaña promocional bien financiada, puede que Wilkins consiguiera llegar a alguna parte.

Sin embargo, tenía que ir con sumo cuidado. A fin de cuentas, ahora tenía dinero, mucho dinero, y si en algún momento tenía que empezar yo a ir con ojo con el dinero, era ya mismo. Vale, Wilkins no era un timador, pero eso no significaba necesariamente que su novela fuese un lingote de oro.

Lo que yo tenía que hacer, antes incluso de pensar en una inversión, era hablar con ese editor que Wilkins me había comentado, ver qué decía y qué posibilidades le veía al libro. Regla de oro: Siempre hay que recurrir a un especialista.

Pregunté:

—¿Ha firmado ya algún contrato con ese editor?

—Es que no se puede hacer —repuso Wilkins— sin garantizarle el dinero. El menda tiene sus propios gastos, a fin de cuentas, y no puede ir por ahí firmando contratos con el primer carioco que se le cuela en el despacho. Tienes que demostrarle que vas en serio y ponerle la pasta delante.

—Se supone que volverán a verse, ¿no?

—Dejamos abierta esa posibilidad —dijo él, muy animado—. Me dijo que le llamara si encontraba un socio.

—Supongo que lo que hay que hacer... —empecé, y justo entonces alguien llamó con fuerza a la puerta—. Un momento —le dije a Wilkins mientras me dirigía a abrirla.

Me había olvidado por completo de Gertie Divine, pero ahí la tenía de nuevo, con dos bolsas de comestibles, tal como me la había imaginado.

—Me debes tres pavos —dijo mientras se colaba en el salón y observaba con cierta sorpresa a Wilkins, arrodillado en el suelo junto a su maleta abierta.

—Y ¿esto qué es? —preguntó—. ¿La hora de la plegaria?

—Mi vecino, el señor Wilkins —anuncié—. Señor Wilkins, le presento a... Hum... La señorita Divine. Era amiga de mi tío.

Sin soltar las bolsas, Gertie le echó un vistazo al señor Wilkins y le increpó:

—¿Qué tiene usted ahí, abuelo? ¿La Biblia en verso?

Wilkins cerró bruscamente la maleta y me preguntó:

—¿Es de fiar?

Gertie acogió su suspicacia con la suya propia, que también era de lo más notable. Se dio la vuelta, mirándome entre las bolsas de alimentos, y dijo:

—Fred, ¿de qué va este carcamal?

Wilkins respondió en mi lugar, adoptando un tono gélido:

—El señor Fitch y yo nos estamos asociando. El asunto que nos ocupa es, de momento, confidencial.

—No me diga.

Intervine:

—El señor Wilkins ha escrito una novela...

—Y quiere que se la publiquen —me terminó la frase Gertie—. Y se supone que tú tienes que apoquinar en alguno de esos sitios que editan libros del modelo vanidoso.

Parpadeé.

—¿El modelo vanidoso?

—Cuando escribes un libro infame y nadie lo quiere —me explicó Gertie—, te vas a una editorial de esas que te sacan lo que pueden para publicártelo. Hace tiempo, tenía yo una amiga que escribió un relato sobre la auténtica vida de una stripper y lo tituló La vergüenza del libertino. Le soplaron seis mil quinientos dólares por editárselo; vendió ochocientos ejemplares y cosechó una sola crítica, en la que la ponían verde. El libro no le gustó a nadie.

Con la voz y la cara congeladas, Wilkins dijo:

—Pues resulta que el caballero con el que he estado en contacto es el presidente de una antigua y respetable editorial, que publica todo tipo de...

—Mierdas. —Gertie me miró, señaló a Wilkins con la cabeza y dijo—: Echa de aquí a ese desgraciado.

—Oiga, señorita... —contestó Wilkins, incorporándose entre crujidos corporales.

—Tú tranquilo —me dijo Gertie—. Aguántame esto.

Me enjaretó las bolsas en los brazos, se dio la vuelta, agarró a Wilkins del brazo y lo arrastró con decisión hacia la puerta. Mientras el hombre pasaba por mi lado, vi que estaba blanco de estupor, un estupor que le impidió abrir la boca hasta que estuvo ya en el pasillo, momento en el que consiguió gemir:

—¡Mi manuscrito!

—Marchando —le dijo Gertie.

Dio media vuelta, recogió la maleta como si fuera un paquete de seis cervezas, la sacó al pasillo y ahí la dejó. Me pareció oír una serie de zambombazos, como si algo muy pesado estuviera cayendo escaleras abajo. También me pareció captar una especie de aleteo, un entrechocar de cientos de alitas. Y antes de que Gertie cerrara de un portazo, escuché un grito de desesperación en la voz de Wilkins.

Me quedé ahí de pie, consciente de que debería hacer algo al respecto —controlar a Gertie, ayudar a Wilkins, imponer el orden—, pero lo único que hice fue quedarme donde estaba. Y no por simple cobardía, aunque también. Y es que me sentía aliviado al ver que la decisión sobre la novela de Wilkins ya no era cosa mía. Yo no habría sido capaz de decirle que no al viejo, aunque sabía perfectamente que eso era lo que debía hacer; por consiguiente, experimenté un enorme alivio y cierto placer culpable al permitir que Gertie me quitara el problema de encima.

Gertie regresó al salón, frotándose las manos y muy contenta de sí misma. Me miró, se detuvo, se llevó las manos a las caderas y dijo:

—¿Qué haces ahí como un pasmarote? Pon las cosas en su sitio.

Apesadumbrado, entoné:

—No te cargarás las cortinas del salón, ¿verdad?

—Y ¿por qué coño habría de hacerlo?

—Vete tú a saber —dije, y me fui a la cocina a guardar los alimentos.

7

Entre una cosa y otra, me había olvidado por completo de que Reilly me había hablado de ciertos visitantes que recibiría de Homicidios, así que cuando alguien llamó a la puerta a las cuatro en punto, mi primera reacción —pues pensaba que podía tratarse de Wilkins con una escopeta— fue ignorarle.

Lamentablemente —o puede que afortunadamente—, mis reacciones ya no tenían la menor importancia en ese sitio. Mientras me quedaba sentado en el salón, intentando montar el puzle que tenía en la cabeza, Gertie salió de la cocina a paso de carga, con un afilado cuchillo con restos de apio en la mano derecha, y abrió la puerta antes de que a mí se me ocurriese cómo impedírselo.

No sé qué debieron pensar los inspectores cuando les abrió la puerta una mujer con un cuchillo en la mano. Pero la reconocieron, y supongo que eso disminuyó la sorpresa. En cualquier caso, oí una voz masculina que decía:

—Caramba, pero si es Gertie. ¿Formas parte de la herencia, guapa?

—Has acertado de pleno, Steve —contestó ella—. ¿Venís por trabajo?

—Una visita de lo más oficial —dijo la voz conocida como Steve.

—Pues pasad —les invitó Gertie, y se hizo a un lado para que entraran en casa dos tipos casi clavados al poli chungo que me había dado la del calamar esa misma mañana.

Me dijo Gertie:

—Te presento a Steve y Ralph, un par de maderos.

Y señalándome, les indicó a ellos:

—Fred Fitch, el sobrino de Matthew. Supongo que venís a verle a él.

—No, Gertie, yo he venido a verte a ti —informó Steve, con toda la retranca posible—. Con Fred solo he venido a hablar.

—Estoy liada con la cena —declaró ella—. Me tendréis que disculpar.

—Faltaría más, Gertie —dijo Steve, de lo más galante.

Ella le dedicó una mueca sarcástica y salió de allí. Steve se volvió hacia mí, adoptando un tono repentinamente prusiano:

—¿Tú eres Fred Fitch?

—Pues sí —repuse. Me levanté y añadí—: ¿Queréis tomar asiento?

No se hicieron precisamente de rogar, ninguno de los dos, así que me volví a sentar y empecé a sentirme de lo más tonto. Dije:

—Hum... Jack Reilly me dijo que vendríais.

—Tenemos un informe —me contó Steve—. De él se deduce que no sabías nada de esta herencia hasta que hoy te cayó encima. ¿Es así?

—Exactamente así —dije—. Bueno, no del todo. Oí algo al respecto ayer, pero no me lo creí hasta hoy.

—Pues qué lástima —declaró Steve, con cara de palo— porque ya no puedes seguir siendo el sospechoso número uno.

Ralph, abriendo la boca por primera vez, me lo explicó:

—Ya sabes: nadie tiene un motivo mejor que tú.

—El único posible —remató Steve.

—Por consiguiente —siguió Ralph—, nos incomoda que no supieras nada de la herencia por adelantado.

—Y naturalmente —dijo Steve—, nos gustaría cargarnos esa historia tuya para recuperar a nuestro sospechoso número uno.

Notando un leve aleteo de mariposas en la tripa, contesté:

—No sospecharéis de mí, ¿verdad?

—Ahí le has dado —sentenció Steve—. No podemos, ¿verdad?

—Nos revienta no disponer de esa opción —añadió Ralph.

—Y claro está —prosiguió Steve—, no hay que olvidar los elementos, digamos, extraños del asunto.

—Que tampoco nos gustan —añadió Ralph.

—Los elementos extraños nos ponen nerviosos —apuntó Steve.

Dije:

—No sé a qué os referís con eso de los elementos extraños.

Contestó Steve:

—Según nuestras informaciones, nunca llegaste a ver al tío Matt. ¿Es así?

—Así es.

—De hecho, ni tan siquiera habías oído hablar de él.

—Exacto.

—Pero va y te deja casi medio millón de dólares.

—Trescientos mil —le corregí.

—Antes de impuestos —precisó él—. Medio millón antes de impuestos.

—Sí.

—Y se lo deja a un sobrino al que no ha visto en su vida, un sobrino que ni tan solo estaba al tanto de su existencia.

—Así es —aseguré.

—Pues eso nos parece un elemento extraño —comentó Ralph.

—Y luego está lo de que nadie te informa de la herencia hasta que han pasado dos semanas de la muerte del viejo. Que era una cláusula del testamento. —Steve abrió los brazos—. Eso también lo consideramos entre nosotros un elemento extraño.

—Por no hablar de Gertie —dijo Ralph.

—Exacto —adujo Steve—. Ahí está el carcamal, muriéndose de cáncer, a punto de diñarla, pero...

Le interrumpí:

—¿Se estaba muriendo?

—¿Tú qué crees? Estaba con un pie en la tumba y el otro a punto de pisar una piel de plátano, así que alguien tuvo que meterle prisa.

—Yo eso no lo sabía —me defendí.

—Pues ahí tenemos otro de esos elementos extraños —dijo Steve—. ¿Para qué cargarse a alguien al que le quedan dos telediarios? Por no hablar de Gertie, como ha dicho Ralph.

Pregunté:

—¿De verdad estaba tan cerca de la muerte? ¿A un día o dos?

—Llevaba así cinco años —me informó Ralph—. O eso dice su médico. Matt Grierson estaba en Brasil cuando descubrió que tenía cáncer, y volvió a casa para morirse.

—Por no hablar de Gertie —dijo Steve—. Aunque creo que ya va tocando hablar de ella.

—¿Qué le pasa? —pregunté.

—Tú tío la eligió como enfermera —dijo Steve—. A Gertie Divine, el Súper Cuerpo.

—¿De verdad era stripper? —inquirí.

Steve puso cara de sorpresa.

—Vaya que sí —contestó—. Yo mismo la vi en Passaic no hace muchos años. Y por si te interesa mi opinión, creo que sigue estando como un tren.

Intervino Ralph:

—A Steve le pone Gertie desde que nos hicimos cargo del caso.

—Desde mucho antes —matizó Steve—. Desde Passaic. Pero bueno, no es lo fundamental. Aquí lo fundamental es que un paciente terminal de cáncer, lo que los médicos llaman un paciente terminal de cáncer, va y elige como enfermera a una antigua pelandusca. A continuación, se lo cepillan y su sobrino se queda con el botín. Y cuando aparecemos para charlar tan alegremente con el sobrino en cuestión, ¿a quién nos encontramos? A Gertie. Ahí tienes otro elemento extraño, o lo que en comisaría consideramos un elemento extraño.

Preguntó Ralph:

—¿Cuánto hace que conoces a Gertie, Fred?

Tenía ganas de llamarle Ralph, me apetecía muchísimo. Quería iniciar mi respuesta con Ralph e ir dejando caer un Ralph por aquí y otro por allá en medio de mi contestación, y responder únicamente con palabras que fuesen anagramas de Ralph. Pero soy un cobarde. No le llamé Ralph ni una sola vez. Le dije:

—La he conocido hoy. Estaba aquí cuando volví de ver al abogado.

Parpadearon en mi dirección, al unísono. Steve preguntó:

—¿Estás diciendo que se te coló en casa? ¿Tal cual?

—Tal cual no, Steve —dijo Ralph.

—Vale —reconoció Steve—. Tal cual, no. Pero se presentó aquí. Y tú nunca la habías visto.

—Dejadme que os enseñe algo —propuse, y me puse de pie.

—Me encantaría verlo —afirmó Steve—. Y a este también.

—Me encantaría —confirmó Ralph.

Fui hasta el escritorio y saqué la carta de presentación del tío Matt del escondrijo en el que la había metido. Se la llevé a Steve y se la entregué. La leyó, sonrió y dijo: «Caray, menuda novedad». Le pasó la carta a Ralph, diciéndole: «Esto sí que es algo completamente diferente, Ralph».

Ralph leyó la carta. Cuando acabó, comentó:

—A esta misiva le falta algo.

—¿El qué, Ralph? —preguntó Steve.

—No parece estar fechada —declaró Ralph.

—Me la ha traído ella hoy mismo —dije, un tanto a la defensiva.

—Eso te lo acepto —dijo Ralph—. Lo que no sé es cuándo la escribió tu tío. ¿Me sigues?

—¿Por qué no se lo preguntamos a ella? —propuse.

—No creo que sea necesario, Fred. ¿Tú qué opinas, Ralph? —negó Steve.

—De momento, no hace falta —dijo este.

Al haberme puesto de pie mientras ellos seguían sentados, me sentía mejor que antes, más seguro de mí mismo.

—Si mi tío se iba a morir de todos modos, y le golpearon con un objeto contundente, ¿no es lo más probable que muriese peleando con alguien? Un momento de rabia, sin un motivo real —propuse.

—Es una posibilidad —dijo Steve—. Ahí coincido contigo, Fred, has sacado a la luz una posibilidad. Y creo que ya estamos haciendo algo en esa dirección. ¿Verdad, Ralph?

—Trabajo rutinario en esa dirección —precisó Ralph—. Estamos en ello, sí.

—Pero, claro está, al mismo tiempo —dijo Steve—, debo decirte con toda franqueza y sinceridad que no me importaría cruzarme con alguien que te hubiese visto con el tío Matt hace seis meses. O con Gertie. ¿Verdad, Ralph?

—Nos sería de gran ayuda —dijo Ralph.

—Lo siento —dije—, pero os estoy diciendo la verdad.

—Oh, no lo dudo —Steve adoptó un tono fatalista—, pero soñar es gratis, ¿verdad?

—No habrá nada que nos quieras decir y que aún no sepamos, ¿verdad? —preguntó Ralph.

—¿Sobre el crimen?

—De ese caso nos ocupamos, sí.

—Yo no me había enterado de nada hasta esta misma tarde. No sé nada al respecto. Solo lo que me habéis contado vosotros y Reilly.

—Y lo que te haya contado Gertie.

—Gertie no me cuenta nada. Por lo menos, aún no lo ha hecho.

Steve se echó a reír:

—Una gran chica, esa Gertie. —Se puso de pie, ofreciendo un aspecto fuerte y duro—. Que no me entere de que la tratas mal, Fred —dijo, medio en broma.

—No creo que eso vaya a suceder —contesté.

Ralph también se incorporó.

—Creo que nos vamos a ir —dijo—. Cada vez que quieras ponerte en contacto con nosotros, llama a Homicidios Sur. O inténtalo a través de tu amigo Reilly.

—Así lo haré —declaré—. Si es que tengo algún motivo para llamar.

—Exactamente —puntualizó Ralph.

Mientras se encaminaban hacia la puerta, Steve se volvió hacia mí:

—Despídete de Gertie por nosotros, Fred. Dile que sigue siendo mi chica.

—Así lo haré —le prometí, y me quedé ahí de pie, balanceándome sobre mí mismo hasta que ambos desaparecieron.

El portazo sacó a Gertie de la cocina. Echó un vistazo alrededor y preguntó:

—¿Se han ido?

—Steve te envía saludos.

—Los polis son unos pringados —afirmó ella, con filosofía. Luego me miró mal y dijo—: Cariño, este sitio es un mausoleo. ¿No tienes tocadiscos?

—No creo que te interesen mucho mis discos —le contesté.

—Chato, eso ya me lo olía, pero como se suele decir, algo de música es mejor que nada de música. Pon alguno de tus cuartetos de cuerda, ¿quieres?

Puse la Novena de Beethoven, a toda pastilla. Si quería rock and roll, le iba a dar rock and roll.

8

Las siguientes horas fueron para mí de pánico silencioso. ¡Hay que ver lo cómoda que se había puesto Gertie! Yo solo pensaba en la cama y en qué habría pensado ella en cuanto a medidas de descanso nocturno. Aunque no me consideraba un mojigato, y aunque yo no era técnicamente virgen (me refiero a que mi abstinencia duraba ya tanto que parecía haber vuelto, por lo menos de manera honoraria, al estatus virginal), la idea de acabar como si tal cosa en la cama con una stripper del Artillery Club a las pocas horas de conocerla, me resultaba paralizante, si he de ser sincero. Por otro lado, rechazar a una mujer, y menos todavía a una con la fuerza y la contundencia de Gertie, supone una operación tan extremadamente delicada que me resulta difícil pues no cuento con la experiencia necesaria.

No es que la presencia de Gertie fuese un engorro total, en absoluto. Me había salvado de Wilkins, sin ir más lejos, y cuanto más rememoraba el episodio, más me parecía que había estado a punto de que me timara, por control remoto, el tío que se había ofrecido a editarle el libro a Wilkins a cambio de algo de dinero.

Además de eso, resultó que Gertie era inesperadamente genial en el arte culinario, pues me plantó delante una cena de las que no había disfrutado en años. O nunca. Los ingredientes básicos eran el bistec, las patatas, el brócoli y la ensalada, pero los extras los convirtieron en diferentes variaciones del mítico maná. Me puse las botas.

Durante la cena, para hablar de algo y así olvidarme del pánico que sentía, le pregunté a Gertie qué opinaba sobre el asesinato del tío Matt, y si tenía alguna idea de quién podía ser el responsable.

—Ni la más mínima —contestó—. Nadie vio a nadie, nadie oyó nada. Cuando sucedió, yo no estaba en casa y no había nadie más.

Le dije:

—Ya han pasado casi dos semanas. Me temo que la policía no sabe hacia dónde tirar.

—Polis —repuso ella, despectiva, y se encogió de hombros como diciendo: ¿qué puedes esperar de ellos?

Sentí que debería mostrar cierto interés por la muerte del tío Matt, dado que me había dejado más de trescientos mil dólares, pero no era fácil concentrarse con Gertie ahí, refocilándose espectacularmente con el bistec. Pese a todo, conseguí aferrarme al tema preguntándole:

—¿Tú crees que pudo ser alguien al que timó? Ya sabes, una venganza.

—Matt llevaba años retirado —contestó ella, y se llenó la boca de ensalada.

—Bueno, pues alguien del pasado —argumenté—. Alguien que por fin le había echado el guante.

Levantó la mano para que esperara un momento, se dedicó a masticar la ensalada, tragó, bajó la mano y me dijo:

—¿Te refieres a un primo? ¿A algo que pasó hace veinte años?

—Tal vez —dije.

—Olvídalo, chato —aseguró ella—. Si un pringado se cosca cuando aún está en la tienda, puede que reaccione, pero no pasado el tiempo. Es lo que pasa con los pringados, que son unos pringados. Se limitan a irse a su casa y a darse pena a sí mismos, no van por ahí localizando a la gente para cargársela.

Noté que me ruborizaba. Me había descrito con tanta fidelidad que cuando me volví a llevar a la boca el tenedor con las patatas, me lo clavé en el labio superior.

Mientras tanto, a Gertie le había dado por la evocación y empezó a disertar:

—Es lo que siempre decía el profesor Kilroy: «Un primo es un primo». Esa era su filosofía.

—¿Profesor qué?

—Profesor Kilroy. Matt y él fueron socios durante años.

—Y ¿por dónde anda ahora?

Se encogió de hombros.

—Ni idea. Lo más probable es que siga en Brasil. ¿Qué pasa, no te gusta la comida?

Había dejado el tenedor en el plato.

—Estoy lleno —le contesté—. Estaba delicioso, pero no puedo más.

—Menuda birria de apetito —declaró Gertie, ofendida—. No sé para qué me molesto en perder el tiempo.

Concluimos el ágape con un néctar que me recordaba al café, y luego me arrastré hacia mi sillón de lectura en el salón, donde me quedé tirado una hora, digiriendo y tratando de no pensar en los acontecimientos de la noche inminente mientras sostenía ante mí el Times de la mañana, al revés.

Así estuve hasta que, a eso de las siete y cuarto, Gertie se me plantó delante con la chaqueta negra puesta y el bolso de cuero negro colgándole del antebrazo izquierdo.

—Estaría bien que te diera un poco el aire, ¿no? —dijo—. Acompáñame al metro.

La miré con incertidumbre y le pregunté:

—¿Adónde vas?

—A casa —anunció—. ¿Tú crees que no tengo nada mejor que hacer que rondar por aquí todo el rato?

Se apoderó de mí tal sensación de alivio que un poco más y arrojo al aire el Times y me lanzo a dar vivas, pero me contuve para no ofenderla. De todos modos, saber que Gertie se iba, que no consideraba que mi casa fuese su hogar, que no pensaba quedarse aquí de manera permanente, en plan Bartleby, era una noticia buenísima.

Sonriendo, le contesté:

—Será un placer acompañarte, Gertie.

Doblé el periódico, me levanté del sillón, me puse la chaqueta y salimos del apartamento.

Me sentía extrañamente a gusto recorriendo la acera con Gertie, no experimentaba el bochorno que había previsto mientras bajaba las escaleras. Caminamos hasta la Octava Avenida, en silenciosa compañía, y subimos por la calle Veintitrés, donde estaba la boca del metro y donde se me ocurrió, con retraso —como puede que ya haya mencionado antes, «retraso» es la palabra que mejor me define—, ofrecerle dinero a Gertie para que tomara un taxi.

Su reacción fue tan rápida como exagerada. Se llevó la mano al corazón —que no es tan fácil en su caso—, hizo como que estaba a punto de desmayarse, y gritó:

—¡Caramba con el derrochador! ¡Va tirando billetes como si fueran cáscaras de cacahuete!

Ahora ya sabía cómo tratarla, así que le dije:

—Evidentemente, si te sientes más a gusto en el metro...

Su respuesta consistió en llevarse dos dedos a la boca y pegar un silbido capaz de romper todas las ventanas desde allí hasta el edificio de Naciones Unidas. Un taxi salió rápidamente del tráfico y se detuvo a nuestros pies, gimiendo.

Le di un dólar a Gertie y ella me miró como si nunca hubiese visto algo tan pequeño. A continuación, me espetó con evidente disgusto:

—Que voy hasta la Ciento doce, manirroto.

Algo confuso, le pasé otro dólar, diciendo:

—¿Es suficiente?

—No me des más —dijo—. No sea que vayas a malcriarme.

Le abrí la puerta del taxi y, cuando ya estuvo dentro, le dije a través de la ventanilla: «¿Cuándo volveremos a vernos?». Más porque me sentía turbado que por cualquier otra cosa.

—Nunca —me espetó—. A no ser que te dé mi número de teléfono.

—Oh —exclamé, y me palpé la ropa en busca de papel y lápiz, sin encontrar ni una cosa ni otra. (Casi nunca llevo pluma o lápiz, pues me ayudarían a firmar papeles que en ningún caso debo hacer.)

Finalmente, el taxista, que probablemente era el hermano de Gertie, o por lo menos su primo, se inclinó hacia mí con un trozo de lápiz de lo más asqueroso y un envoltorio de chicle y me dijo:

—Aquí tienes, don Juan.

Aplané el envoltorio de chicle en la capota del taxi y apunté el número de Gertie mientras ella me lo recitaba con todo lujo de detalles, tan necesarios cuando se habla con un niño retrasado:

—University cinco... Eso es U N, ¿sabes? University cinco, nueve, nueve, siete, cero. ¿Lo tienes?

Como no se fiaba de mí, me obligó a leérselo. Luego me lo guardé en la cartera, volví a subirme a la acera y el taxista me gritó:

—Eh, tú, ¡el lápiz!

Me incliné y le miré con los ojos entrecerrados.

—¿Qué?

—El lápiz —repitió.

Así pues, me saqué el lápiz del bolsillo y se lo devolví, momento en el que, por fin, el vehículo se puso en marcha hacia la parte alta de la ciudad. Podía —aunque no quería— imaginarme la conversación entre ellos durante el trayecto, y las orejas me ardían de compasión.

¿Pero qué era esa otra sensación? ¿Celos? ¿Celos de Gertie Divine (el Súper Cuerpo, no lo olvidemos) y un taxista? Me entraron ganas de volver a sacar la cartera para cerciorarme de quién era yo.

Por eso estaba yo tan distraído cuando regresaba a casa, y por eso no prestaba atención a lo que me rodeaba. Estaba pensando en Gertie, cuyo número telefónico descansaba inesperadamente en mi cartera, y me preguntaba qué iba a hacer en el futuro con él.

No las había tenido todas conmigo con la organización nocturna hasta la abrupta desaparición de Gertie, pero era indudable que yo no estaba al mando. Lo que sucedía o pudiera suceder estaba fuera de mi alcance por completo, lo cual puede llegar a ser una sensación liberadora, especialmente para un recluso amordazado.

Pero ahora todo eso había cambiado. De repente, todo dependía de mí. No me cabía la menor duda de que Gertie no volvería a entrar en mi vida si yo no la invitaba a hacerlo, y esa evidencia me sumía en una profunda duda. ¿Yo quería llamarla? Y en caso afirmativo, ¿para qué?

Estos asuntos me ocupaban el noventa y cinco por ciento de la atención, dejando muy poco espacio para el mundo que me rodeaba. Escuché el primer disparo mientras cruzaba la calle Veintiuno, pero no le presté atención. Y oí el segundo mientras torcía por la Diecinueve, casi al mismo tiempo que un cristal se rompía cerca de mí, pero también lo ignoré.

El tercer zambombazo debería haberme impresionado más, sobre todo porque fue inmediatamente seguido por un ¡clonc! procedente de un cubo de basura situado frente al edificio junto al que yo pasaba, pero no le presté más atención que a los anteriores; así pues, me cogió completamente por sorpresa la aparición de un mozalbete callejero de unos doce años, quien me tiró de la manga y me dijo:

—Oiga, señor, le acaban de disparar desde aquel coche.

Me lo quedé mirando mientras seguía pensando en Gertie.

—¿Cómo dices?

—Aquel coche —repitió él, señalando calle abajo—. Le acaban de pegar un tiro.

Dando por hecho que me estaban tomando el pelo, le contesté:

—Claro, claro. Muy gracioso.

—¿Se cree que miento? Pues échele un vistazo a ese cubo de basura.

¿Iba en serio? Le pregunté:

—¿Por qué?

—Pues porque es el que se ha llevado el balazo —contestó el chaval—. Ya verá qué agujero.

De repente, recordé el petardeo, el ruido del cristal roto y el tañido del cubo de basura. Ese chico tenía razón: ¡alguien me estaba disparando!

Mientras le observaba, tratando de asimilar una idea tan inconcebible, señaló hacia detrás de mí y dijo:

—Ahí están de nuevo.

—¿Qué? ¿Quiénes?

—Venga por aquí —me instó, agarrándome de la manga y haciendo que me acurrucara a su lado a la entrada de un sótano—. Usted tranquilo —me aconsejó el chaval—. No nos han visto meternos aquí.

Intenté ver lo que ocurría en la calle, pero era muy difícil si al mismo tiempo tratabas de que no te vieran. Y además, la calle estaba llena de coches aparcados. De todos modos, conseguí atisbar un coche negro que pasaba lentamente, tan ominoso como el silencio en medio de una tormenta. No podía ver quién lo conducía o cuántos iban en el interior, pero me pareció que iba envuelto en una atmósfera de lo más amenazante.

Cuando se fueron, el chico dijo:

—¿Quiere que le vaya a buscar a un poli?

—No, no hace falta —le contesté—. Vivo a pocos números de aquí.

Saqué la cartera, saqué un billete sin saber muy bien de cuánto era —solo sabía que tenía que ser de uno o de cinco— y, con cierto bochorno, se lo enjareté en la mano al chaval.

—Una pequeña muestra de mi agradecimiento —le dije.

Lo cogió sin darle importancia y me contestó:

—Pues gracias. ¿Están intentando impedir que testifique?

—No creo —repuse—. No sé muy bien qué están haciendo.

—Le están disparando —repitió el chico, con gran sensatez.

—Sí. Bueno, adiós.

—Ya nos veremos —repuso él.

Recorrí a toda velocidad la media manzana que me separaba de mi edificio, subí las escaleras hasta el tercer piso al mismo ritmo desquiciado y me quedé plantado ante la puerta porque, de repente, se me había ocurrido: «¿Y si están ahí dentro?».

Me quedé, indeciso, en el pasillo durante un par de minutos, tratando de dar con alguna manera de detectar la presencia de asesinos en mi apartamento, pero al final llegué a la conclusión de que lo único que podía hacer al respecto era entrar en casa y ver qué pasaba. Lo que acabó por decidirme a hacer eso fue la idea de que si ellos —fuesen quienes fueran— tenían acceso a mi domicilio, era poco probable que se dedicaran a recorrer las calles de la ciudad para dispararme desde un vehículo en movimiento.

Mi suposición era correcta: el apartamento estaba tan vacío como lo había dejado. Tras un rápido registro de habitaciones y armarios, me puse al teléfono y llamé a Reilly a su casa, pero no estaba. Así pues, lo intenté en el Cuartel General, pero tampoco lo encontré allí.

Ahora lo que yo quería era informar de esto a la policía, claro está, pero, al mismo tiempo, me sentía un poco tontorrón llamando a algún agente desconocido para decirle: «Hay alguien que se dedica a dispararme desde un coche». El asunto requeriría tantas explicaciones, que la verdad es que yo no me sentía capaz de aportar la mayoría de ellas.

Pensé en llamar a Steve y Ralph, los inspectores de Homicidios —era muy probable que la gente que me disparaba fuera la misma que se había cargado al tío Matt—, pero había algo tan opresivo en esa pareja de graciosillos que dudo mucho que llegase a llamarles aunque tuviera un asesino dentro de cada armario.

No, yo necesitaba a mi amigo Reilly. Que él se lo contara a los demás polis. Volví a llamarle a casa, pues la esperanza es lo último que se pierde, pero seguían sin contestar, así que regresé, desconsolado, a mi sillón de lectura, tomé asiento y conseguí no leer el Times.

Cada cinco minutos, desde entonces hasta las ocho y media, lo seguí intentando con Reilly, pero no hubo manera de encontrarlo en casa. A las ocho y media, súbitamente, recordé a la chica que se me había acercado en Madison Square Park, la que me había advertido de que estaba en peligro y que aseguraba estar de mi lado. En aquel momento, no creí nada de lo que me decía, pero ahora me parecía que, por lo menos, la primera mitad de su declaración era cierta. Si me estaban disparando, todo parecía indicar que me encontraba en peligro.

¿Sería cierta también la segunda mitad? ¿Era posible que ella estuviese de mi lado? ¿Cabía la posibilidad de que me dijera quién me estaba disparando y por qué?

A las nueve en punto, me había dicho, se suponía que a esa hora debería presentarme en su casa... calle Setenta y ocho Este, 160, recordaba la dirección sin haberlo pretendido.

¿Debería ir? Para eso tendría que salir ahora mismo, pues si llegaba después de las nueve, no serviría para nada. Pero me daba grima ir solo, sin Reilly, sin, por lo menos, hablarlo con Reilly, sin explicarle lo que había pasado ni preguntarle qué deberíamos hacer, según él.

Le daré una última oportunidad, me dije. Le llamaré a casa y, si está ahí, le contaré toda la historia. Pero si no está, me iré yo solo a la calle Setenta y ocho y descubriré lo que está ocurriendo. Cualquier cosa es mejor que quedarse ahí sentado, comiéndome los mocos.

Como era de prever, el hombre seguía sin estar en casa.

Pues muy bien. Como ya había tomado una decisión, solo me quedaba por superar un pequeño inconveniente: básicamente, cómo salir del edificio y del barrio sin que volvieran a dispararme. Al fin y al cabo, era imposible que, a la larga, nunca acertasen.

¿Disfrazarme? No. En este edificio había un total de tres inquilinos, y cualquiera me reconocería de inmediato por mucho que me disfrazase de lo que fuera.

Y ¿abrir la puerta y echarse a la calle como si tal cosa? Una vez más, no. Un coche siempre corre más que un ser humano. Y si descubrían que estaba al corriente de su existencia, se dejarían de subterfugios e irían a por mí a lo bestia.

¿La salida trasera? Había un jardincito detrás del edificio, donde reinaba el señor Grant, que estaba rodeado por altas verjas en tres de sus lados. Yo no estaba del todo seguro, pero creía que si lograba saltar una de esas verjas, podría atravesar el edificio que está detrás de este y salir al exterior una manzana más allá.

En cualquier caso, merecía la pena intentarlo. Me puse el traje negro, con un jersey oscuro debajo de la chaqueta, y bajé las escaleras para llamar a la puerta del señor Grant.

¿Es que no hacía nada más que comer? Esta vez llevaba en la mano un muslo de pollo, más la inevitable servilleta al cuello. Le dije:

—Lamento interrumpirle de nuevo, pero me pregunto si me dejaría salir por su puerta de atrás.

Estaba tan atónito que me dio pena.

—¿Mi puerta de atrás? —preguntó.

Y se dio la vuelta, como si la buscara con la vista.

—Sería muy largo de explicar —le contesté—. Se lo aseguro. Pero si usted me dejara atravesar su apartamento y salir por la puerta de atrás...

—¿Hacia mi jardín, quiere usted decir?

—Bueno, también pienso atravesar el jardín. Quiero saltar la verja para pasar al edificio de enfrente.

—¿Al de enfrente?

—Prometo explicárselo todo en cuanto me sea posible —le aseguré.

Creo que si se hizo a un lado, franqueándome la entrada, fue únicamente porque le resultaba más sencillo que tratar de entenderme. Cerró la puerta y luego me guió a través de su pulcro domicilio hacia la salida trasera, le quitó el pestillo y la abrió y volvió a apartarse para dejarme salir. Mientras lo hacía, me preguntó:

—¿No piensa volver?

—Por aquí no —le dije.

Hay que ver qué poco sabemos de lo que nos depara el futuro.

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Litresdə buraxılış tarixi:
14 noyabr 2024
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9788490561867
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