Kitabı oxu: «El ayuno como estilo de vida»

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Contendio

Cubierta

Créditos

Introducción

Ayuno, comida y hormonas Los aspectos científicos del ayuno

La digestión, las hormonas y cómo se almacenan los alimentos para que constituyan fuentes de energía

La insulina y el desarrollo de la diabetes

La medición y el tratamiento de la diabetes

El papel del ayuno

El ayuno y el metabolismo

El ayuno y el cerebro

El ayuno y el cáncer

El ayuno y el síndrome metabólico

Más allá de los aspectos científicos

Las hormonas y el Hambre Acosadora

Hormonas y hambre

El hambre, el ayuno y la grelina

El hambre es un hábito

Olvídate de la restricción calórica

Calorías y metabolismo

Las calorías difieren

Qué tiene de distinto el ayuno

Nuestra cultura ultraconsumidora

Un camino hacia una alimentación más saludable

¿Qué es una dieta baja en carbohidratos?

El índice glucémico y la carga glucémica

La importancia de las grasas

Cetosis y ayuno

Otras consideraciones alimentarias

Prepárate para pensar de manera diferente sobre la comida

La comida es una fuente de energía

¿Qué significa la comida para ti?

Encuentra lo que te haga sentir bien

Cuando el disfrute se convierte en adicción

La importancia de acabar con la adicción a la comida

Acabar con la adicción a la comida y los hábitos no saludables

Prepárate para ayunar Preparados, listos, ¡ya!

Los objetivos empiezan contigo

Cambio de objetivos

¿Qué es lo que te motiva?

Superar los malos hábitos y los malos tiempos

Cuando se pierden de vista los objetivos

Priorizar

Pon tu casa «en forma» e implica a tu familia

«Limpiar» la casa

Vivir y trabajar con otras personas

Implica a tu familia

Diferencias entre hombres y mujeres en lo relativo al ayuno

El sexo, el embarazo y el ayuno

El ayuno y las hormonas sexuales

Quedarse embarazada, de amiga a amiga

El trabajo con el médico

Líbrate de la vergüenza

El problema de la autoestima

Tu plan de ayuno El ayuno simple

El ayuno simple

Ver unicornios

Facilidades para empezar

Preguntas frecuentes sobre el ayuno

Deja de picar entre horas

Primer paso: Cómo evitar picar entre horas

Es posible que debas ir paso a paso

Empezar a ayunar

Segundo paso: Saltarse el desayuno

Tercer paso: Saltarse el almuerzo

Cuarto paso: Saltarse la cena

Quinto paso: Extender el ayuno hasta el segundo día

Haz ejercicio por el bien de tu salud, no para perder peso

Mis dificultades con el ejercicio

El ejercicio durante el ayuno

Darse un banquete sin sentirse culpable

Los nuevos banquetes

El problema con los dulces (y otros alimentos demasiado tentadores)

Darse un banquete no es comer en exceso

Consideraciones científicas sobre los banquetes

Hábitos alimentarios saludables

Hasta la línea de meta y más allá

El seguimiento de tu éxito

¿Te ayuda la báscula?

El seguimiento de las mediciones

Otras formas de efectuar el seguimiento del éxito

Una vez que hayas alcanzado tu objetivo

Cómo lograr objetivos mayores

Cuando tienen lugar (buenos) accidentes

Seguir adelante

Resolución de problemas vinculados al ayuno

La resolución de problemas de salud

Trucos mentales durante el ayuno

Combatir el aburrimiento

Actividades que no debes realizar mientras ayunas

Debes saber que ayunar es algo habitual

Ayunar y tener vida social

La programación lo es todo

No seas un mártir ni un tonto

Cuándo ayunar

Ajusta tus prioridades

Sé consciente de tus límites

El ayuno de veinticuatro horas, tres veces a la semana

El ayuno de treinta y seis o cuarenta y dos horas, tres veces a la semana

El ayuno de setenta y dos horas una vez por semana

Planificar para los días festivos, los períodos vacacionales y cuando se tienen invitados

Volver al buen camino

Encontrar una comunidad

El momento lo es todo

El anuncio de tu nuevo estilo de vida

Crea un equipo de apoyo en línea

Tu nueva vida

Cómo celebrar los logros

¿Te conviene la cirugía bariátrica?

Mi historia

Agradecimientos

Glosario del ayuno

Bibliografía

Capítulo 1: Los aspectos científicos del ayuno

Capítulo 2: Más allá de los aspectos científicos

Capítulo 3: Las hormonas y el Hambre Acosadora

Capítulo 5: El camino hacia una alimentación más saludable

Capítulo 8: Pon tu casa «en forma» e implica a tu familia

Epílogo

Sobre los autores


La información contenida en este libro se basa en las investigaciones y experiencias personales y profesionales del autor y no debe utilizarse como sustituto de una consulta médica. Cualquier intento de diagnóstico o tratamiento deberá realizarse bajo la dirección de un profesional de la salud.

La editorial no aboga por el uso de ningún protocolo de salud en particular, pero cree que la información contenida en este libro debe estar a disposición del público. La editorial y el autor no se hacen responsables de cualquier reacción adversa o consecuencia producidas como resultado de la puesta en práctica de las sugerencias, fórmulas o procedimientos expuestos en este libro. En caso de que el lector tenga alguna pregunta relacionada con la idoneidad de alguno de los procedimientos o tratamientos mencionados, tanto el autor como la editorial recomiendan encarecidamente consultar con un profesional de la salud.

Traducción autorizada de la edición en inglés del libro LIFE IN THE FASTING LANE: HOW TO MAKE INTERMITTENT FASTING A LIFESTYLE – AND REAP THE BENEFITS OF WEIGHT LOSS AND BETTER HEALTH, publicado por Harper Wave.

Traducido del inglés por Francesc Prims Terradas

Diseño de portada: Editorial Sirio, S.A.

Maquetación de interior: Toñi F. Castellón

© de la edición original

2020 de Fung Health Consultants Inc., Eve & Levi LLC y Megan Ramos Nutrition Inc.

Esta traducción al español se ha publicado mediante un acuerdo con International Editors Co., The Cooke Agency International y Rick Broadhead & Associates Inc

© de la presente edición

EDITORIAL SIRIO, S.A.

C/ Rosa de los Vientos, 64

Pol. Ind. El Viso

29006-Málaga

España

www.editorialsirio.com

sirio@editorialsirio.com

I.S.B.N.: 978-84-18000-99-7

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Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Introducción

EVE MAYER

Crecí en el sur de Luisiana, donde no se come para vivir. ¡Se vive para comer! Si Willy Wonka hubiera instalado su fábrica en Thibodaux, mi pueblo natal, se habría especializado en langosta, gumbo, boudin y étouffée en lugar de hacerlo en piruletas, caramelos duros y gominolas. 1

Para colmo, mi madre es una de las mejores cocineras del universo, y en nuestra familia seguíamos el dicho laissez les bons temps rouler, que significa ‘deja que los buenos tiempos rueden’. Celebrábamos absolutamente todo, y esas festividades (que compartíamos con amigos, familiares y vecinos) estaban centradas en la comida. Los pasteles eran amor, el fettuccine de cangrejo era felicidad, los beignets fritos espolvoreados con cantidades generosas de azúcar en polvo significaban comunidad. 2

Cuando yo tenía ocho años, a mi madre le diagnosticaron una enfermedad crónica terrible para la que no había ninguna cura conocida. Durante treinta y cuatro años, la vi luchar por su vida. Acudió a especialistas de todo el país y lidió con tratamientos y medicamentos que a menudo la hacían sentir aún peor. Afortunadamente, en 2016, cuando yo tenía cuarenta y dos años, venció por fin a su enfermedad. Pero hasta entonces no tuve la seguridad de que la persona más importante de mi vida fuera a vivir un año más, y adopté comportamientos poco saludables para hacer frente a esa angustia. Enterré mis sentimientos con la comida: la tomaba a hurtadillas, la escondía y me atiborraba varias veces al día. Me evadí de mi vida dejando que mi cerebro navegara por un mar de gofres, pollo frito, salchichas al estilo cajún y cualquier elemento azucarado que pudiera encontrar en la casa. Diseñé mi propia meditación inducida por carbohidratos, que no me aportó los beneficios saludables que aporta la paz mental.

He estado gorda toda mi vida adulta, y llegué a pesar ciento treinta y seis kilos. Todos los planes dietéticos que probé funcionaron durante períodos cortos, ya que como siempre tenía hambre, me rendía, interrumpía mi dieta y recuperaba más peso del que había perdido. Como muchas de las personas que están leyendo estas líneas que se encuentren en una situación similar, a menudo me he sentido una fracasada. He experimentado vergüenza en la consulta del médico, en la piscina y en la tienda de tallas grandes, y me he sentido incómoda en el gimnasio, en los restaurantes y en los encuentros familiares.

En 2018, decidí tratar de perder peso nuevamente, esta vez siguiendo una dieta baja en carbohidratos y alta en grasas. Creí que esta dieta también fallaría, pero al cabo de un mes, algo parecía haber cambiado. No tenía hambre a cada momento, como siempre me había ocurrido. Transcurridos unos meses, había perdido unos trece kilos y medio, pero acto seguido la pérdida de peso empezó a estancarse. Preocupada por la posibilidad de que el peso volviera a aumentar, como siempre había sucedido, le pedí consejo a mi amiga la doctora Suzanne Slonim, quien me aconsejó que comprara el libro El código de la obesidad, 3 del doctor Jason Fung.

Cuando comencé a leer el libro del doctor Fung, estaba en un avión, con el cinturón abrochado para realizar un vuelo de cuatro horas. Al cabo de unos minutos, quedé enganchada. El código de la obesidad validó mi enfoque de llevar una dieta baja en carbohidratos y alta en grasas, pero a continuación el doctor Fung aconsejaba algo que no esperaba. Recomendaba que las personas que tienen problemas con su peso se beneficiasen de la práctica del ayuno.

¿Cómo? ¡Nunca me había perdido más de una comida en mi vida a menos que fuera por prescripción médica! Pero los estudios que el doctor Fung citaba en su libro tenían sentido para mí, por lo que decidí probar con el ayuno. Esa decisión cambió mi vida. Comencé a perder peso de nuevo, me sentí más sana que nunca y mi cuerpo empezó a cambiar de maneras que nunca podría haber imaginado. Y lo mejor fue que los constantes mensajes de hambre que habían estado inundando mi cerebro cesaron para siempre.

Así es. Dejé de estar muerta de hambre todo el tiempo. Y cuando sentía hambre, no era algo que me molestase. Me preocupaba la posibilidad de desmayarme si me saltaba más de dos comidas, pero no ocurrió tal cosa. Pensé que ayunar me haría sentir cansada y mentalmente confusa, pero no fue así. Pensé que no comer ralentizaría mi metabolismo, pero sucedió lo contrario. Pasé a sentirme como una mujer nueva.

Empecé a cuestionar todo lo que había aprendido sobre la pérdida de peso y la mejora de la salud, y después me enfurecí. ¿Dónde había estado esta información toda mi vida y por qué la estaba escuchando ahora, después de haberlo pasado tan mal?

Visité al doctor Fung, y cuando hablamos, supe que había encontrado un alma brillante y bondadosa que estaba dispuesta a ­colaborar conmigo. También me presentó a su educadora en salud, Megan Ramos, con quien conecté tan pronto como me explicó sus propias dificultades con el peso y otras afecciones médicas. En un mes, trazamos un plan, cuyo fruto es el libro que tienes en tus manos.

Con este volumen, queremos empoderarte para que abordes la pérdida de peso y la salud de una manera completamente nueva. Tal vez hayas buscado ayuno en el buscador de Google, hayas hablado de él con un amigo, lo hayas visto en las noticias o hayas oído decir a alguien que fue una experiencia increíble, y también habrás oído decir a alguien que hará que te mueras de hambre. Parece que hay tantas opiniones sobre el ayuno como estrellas en el cielo, y gran parte de la información puede ser tan complicada y abrumadora que puedes tener ganas de rendirte antes de comenzar. Es posible que tengas la impresión de que el ayuno es solo para quienes luchan contra la obesidad, como era mi caso. Pero esto no es así; el ayuno puede ayudarte a perder dos kilos, cinco kilos...; muchos o muy pocos, según tus objetivos. O quizá necesites un enfoque alimentario que vaya más allá de la pérdida de peso. ¿Puede el ayuno contribuir a mejorar el funcionamiento de tu mente y a que estés menos expuesta(o) a padecer cáncer? Sin duda. ¿Anhelas ver mejorías en relación con el síndrome del ovario poliquístico, la diabetes tipo 2, la esteatosis hepática (hígado graso), una enfermedad cardíaca u otras afecciones? El ayuno te puede ayudar.

Necesitas un amigo que te diga la verdad absoluta, sin filtros, sobre el ayuno, y en este libro tienes tres: una veterana de la guerra de las dietas 4 (yo), una investigadora del ayuno de primera categoría que ha lidiado con sus propios problemas de salud (Megan Ramos) y un médico pionero (el doctor Jason Fung). Hemos estado en la brecha en el tema del ayuno codo con codo, y podemos darte respuestas honestas sobre él.

Este libro es más que un plan de ayuno sistemático. En esencia, es el manual de un nuevo estilo de vida. Te ayudará a prepararte, y te ayudará a preparar tu cocina y a tu familia, para tu nueva rutina alimentaria; también encontrarás la respuesta a preguntas habituales concernientes al ayuno (cómo lidiar con los días festivos y las vacaciones, por ejemplo) y estrategias para abordar cualquier efecto secundario inesperado. Te explicaré exactamente cómo preparar tu mente para ayunar, te ayudaré a encontrar tu modalidad de ayuno y te proporcionaré un plan para que mantengas tu nuevo estado más saludable. Te diré exactamente por qué no eres culpable de tu aumento de peso y por qué esta vez será diferente. Te tomaré de la mano a lo largo de esta andadura nueva y emocionante y, cuando hayamos acabado, celebraremos tu éxito.

Tienes preguntas y nosotros tres tenemos respuestas. El médico, la lega y la investigadora; este es el equipo que necesitas a tu lado. Estamos aquí para apoyarte, así que ¡pongámonos en marcha!

MEGAN RAMOS

Hace apenas una década, padecía el síndrome del ovario poliquístico (SOP), esteatosis hepática no alcohólica y diabetes tipo 2. También tenía sobrepeso. Actualmente gozo de buena salud y he perdido más de treinta y cinco kilos. Soy una investigadora clínica enfocada en la medicina preventiva, y enseño cómo el ayuno y una nutrición adecuada pueden ayudar a perder peso y a mejorar la salud en general.

Durante los primeros veintisiete años de mi vida, comí lo que quise y no gané nada de peso. Era la típica chica detestable que iba por ahí con unos pantalones vaqueros de talla pequeña con un refresco en una mano y una bolsa de patatas fritas en la otra; en uno de mis anuarios de la escuela secundaria, mi mejor amiga escribió: «Te odio porque puedes comer todos los nuggets de pollo y todas las patatas fritas que quieres y aun así pareces perder peso». Estaba claramente delgada, sí, pero ni mi mente ni mi cuerpo estaban sanos. De hecho, no paraba de engañarme pensando que el peso era un indicador del bienestar físico. Pero la verdad se mostró en las enfermedades que empecé a padecer al principio de la educación secundaria.

A los doce años, me diagnosticaron esteatosis hepática no alcohólica, una enfermedad en la que se acumula grasa sobrante en las células del hígado. Posteriormente, a los catorce años, descubrí que tenía el SOP, un trastorno caracterizado por la presencia de quistes en los ovarios que conduce a una ovulación irregular o a la ausencia de ella. Estaba tan delgada que mis médicos no me aconsejaron que cambiara la dieta; supusieron que esos problemas iban a desaparecer por sí solos. Estaban equivocados; el tiempo no arregló nada. Empeoré a medida que seguí transitando por un camino nada saludable, atiborrándome de comida basura sin comprender las consecuencias. ¿Estaba usando la comida para lidiar con mi vida, como hizo Eve, la coautora de este libro? Posiblemente. Al fin y al cabo, mi querida madre también estaba enferma.

Mi madre había sufrido varias afecciones metabólicas y genéticas durante la mayor parte de mi infancia. Había visitado un médico tras otro y la habían operado innumerables veces a lo largo de los años. Uno de los recuerdos más vívidos que tengo es el de oírla gritar de dolor en el pasillo de una sala de Urgencias mientras esperaba que la atendiesen. Decidí que nadie debería estar enfermo de esa manera y que nadie debería ver sufrir tan terriblemente a su madre, así que prometí ser médica de mayor. Quería ser alguien que tuviera la posibilidad de mejorar la salud de los demás, sencillamente.

A los quince años, conseguí un empleo de verano en el ámbito de la investigación médica en una clínica privada en la que trabajé con un grupo de nefrólogos (especialistas en enfermedades renales) entre quienes se encontraba el doctor Jason Fung. En el contexto de este empleo, conocí a muchas personas maravillosas con diabetes tipo 2 que padecían algún grado de insuficiencia renal debido a su enfermedad. Mi investigación se centró en encontrar formas de detectar el daño renal antes, lo cual, en caso de conseguirse, abriría la posibilidad de evitar la insuficiencia total. Trabajé con estos médicos durante el resto de mi educación secundaria y también mientras cursé los estudios universitarios, y estuve encantada. Pero me encontré con un muro: me di cuenta de que, independientemente de la prontitud con la que detectásemos la enfermedad renal, la mayoría de las veces seguía avanzando. El diagnóstico temprano parecía peor que vivir en la ignorancia; recuerdo que pensé lo terrible que debe de ser vivir la vida sabiendo qué es lo que puede matarte.

Sin embargo, yo también padecía enfermedades crónicas, y no estaba haciendo nada al respecto. Peor aún, me decía a mí misma que me apasionaba la medicina preventiva, pero me estaba matando poco a poco con la comida. Consumía refrescos light a las cinco de la mañana y comía golosinas azucaradas todo el día. Tomaba bolsas de comida basura mientras mi compañero estaba fuera haciendo recados. Estoy bastante segura de que era adicta a la comida, y aunque sabía que los refrescos light que escondía dentro del coche y la bolsa de bretzels que ocultaba en el bolso no eran saludables, no podía evitar tomarlos.

Todo el mundo tiene un vicio, y el mío era la comida. Como no eran los cigarrillos, las drogas o el alcohol, me convencía a mí misma de que no pasaba nada. La comida se vende en todas partes, legalmente, y los carbohidratos eran el grupo de alimentos que el Gobierno y mis médicos me decían que comiera. Eran lo que me servían en la escuela y lo que mis padres me daban en casa. ¿Era posible, entonces, que fuesen tan malos? Y, sobre todo, estaba muy delgada. Por lo tanto, ¿había la posibilidad de que estuviese haciendo algo mal?

Pues sí. Mi síndrome del ovario poliquístico se agravó tanto que, a los veintidós años, mi médico me dijo que era probable que no pudiese tener hijos. Ser madre había sido mi mayor deseo durante toda mi vida y, de pronto, vi que ese sueño tal vez no se haría nunca realidad.

Cuando cinco años después me diagnosticaron diabetes tipo 2, fue el peor día de mi vida; la experiencia fue incluso más horrorosa que cuando descubrí que, probablemente, era infértil. Cuando escuché la noticia, mi corazón pasó a latir tan deprisa que pensé que iba a estallar. Todo se volvió brumoso y empecé a jadear para obtener aire. Ese fue mi primer ataque de ansiedad.

Solo tenía veintisiete años, y cuando mi médico me dio los resultados del laboratorio, sentí que me acababa de entregar una sentencia de muerte. ¿A qué tipo de vida me enfrentaba? ¿Padecería insuficiencia renal a los treinta y cinco años, como los sujetos de mis investigaciones? ¿Contraería alzhéimer a los cuarenta? ¿O qué tal un ataque al corazón a los cuarenta y cinco, seguido de un derrame cerebral a los cincuenta?

Me fui a casa, me tiré a la cama y me eché a llorar. Ya podía olvidarme de ayudar a los demás a través de la medicina. Renunciaría a mi sueño de ser médica y haría otra cosa.

Cuando por fin me calmé, decidí que tenía que hacer lo que fuera necesario para recuperar mi salud. El primer paso que di fue empezar a tomar comidas saludables con regularidad. Soy canadiense, y recurrí a la Guía alimentaria de Canadá (que es el equivalente a las pautas proporcionadas por el Departamento de Agricultura de Estados Unidos). Como había sido elaborada por expertos, me propuse seguir sus consejos a rajatabla. Y así lo hice; empecé a tomar tres comidas todos los días, más varios refrigerios entre ellas. ¿Qué ocurrió? Pues que pasé de ser un saco de grasa flaco a ser un gran saco de grasa.

Meses más tarde, ansiando encontrar una solución, pensé en el doctor Fung, con quien todavía trabajaba, y de pronto supe que mi diagnóstico de diabetes pudo haber sido la mayor bendición que había recibido en mi vida.

Jason siempre se salía del pensamiento convencional, y estaba empezando a investigar el ayuno. Una tarde, oí que le decía a un pequeño grupo de personas que era posible que el ayuno fuese útil para revertir la diabetes tipo 2, y pensé: «De ninguna manera. Esto es muy extremo». Pero no tenía nada que perder, y sí mucho que ganar.

Hablé con Jason e inmediatamente comencé a ayunar y a aplicar sus principios relativos a una buena nutrición. Empecé a comer un abanico de alimentos integrales, bajos en carbohidratos y que contenían grasas saludables. En pocas semanas, me di cuenta de que casi todo lo que había aprendido sobre nutrición a lo largo de mi vida era incorrecto. Han pasado ocho años desde que comencé a seguir las recomendaciones del doctor Fung, y he mantenido una pérdida de peso de treinta y nueve kilos. También me he librado totalmente de la diabetes tipo 2, la esteatosis hepática y el síndrome del ovario poliquístico.

Actualmente, soy una mujer de treinta y cinco años muy sana y feliz, que tiene el privilegio de ayudar a nuestros clientes a perder peso y acabar con la diabetes tipo 2. Sigo trabajando con Jason y, juntos, creamos un programa llamado The Fasting Method (‘El método del ayuno’). Es una comunidad en línea con sede en Toronto, en la que instructores que conocen bien el ayuno ayudan a clientes a perder peso y obtener mejorías respecto a sus problemas de salud crónicos. También atiendo a clientes de forma individual, y les doy el tipo de consejos salvadores que mis médicos nunca me dieron. Esta es una de las partes más satisfactorias de mi trabajo, porque me permite conocer a mujeres como Jennifer.

Como yo, Jennifer tenía sobrepeso y el síndrome del ovario poliquístico. Su problema de salud también hacía que tuviese acné y que le creciese vello según un patrón masculino, un desafortunado efecto secundario de las fluctuaciones hormonales provocadas por el trastorno. No tuvo la primera regla hasta los dieciocho años, y a partir de ese momento solo estaba teniendo una menstruación al año, como máximo. Tras haber intentado quedarse embarazada, sin lograrlo, durante años, ella y su marido decidieron que intentarían, a lo sumo, tres rondas de fecundación in vitro. Para asegurarse de que acabarían por tener un bebé, también rellenaron papeles para adoptar uno.

Cientos de inyecciones hormonales más tarde en el curso de las tres rondas de fecundación in vitro, los folículos de Jennifer no maduraron, por lo que los médicos ni siquiera pudieron extraer, y mucho menos fertilizar, un óvulo suyo. Afortunadamente, el papeleo para la adopción dio sus frutos, y Jennifer y su marido dieron la bienvenida a un hermoso bebé llamado Nico a su familia.

Pero Jennifer seguía preocupada por su salud y su peso, por lo que consultó con uno de nuestros instructores en materia de ayuno, que la guio a lo largo de un programa de reducción de la ingesta de azúcar, una alimentación baja en carbohidratos y ayunos. Jennifer perdió algo de peso y se activó su ciclo menstrual. Por capricho, decidió intentar una cuarta ronda de fecundación in vitro. Se quedó embarazada, y su segundo hijo, Oscar, nació cuando Nico tenía dos años y medio. Continuó con sus hábitos saludables y tres años después se quedó embarazada, de forma natural, de su tercer hijo. En la actualidad, Jennifer es una madre de tres hijos sana y delgada; sus períodos son regulares y su vida es más feliz de lo que jamás pudo imaginar.

Debido al ayuno confío en que, como Jennifer, algún día seré madre. Hasta entonces, estoy muy contenta de seguir trabajando para ayudar a los demás a mejorar su vida. Junto con el doctor Fung y Eve Mayer, estoy aquí para ser tu guía; te ofreceré mi perspectiva, como investigadora, sobre cómo el ayuno puede ayudarte a perder peso y detener tus enfermedades crónicas.

DR. JASON FUNG

Soy nefrólogo, es decir, especialista en enfermedades renales. Me licencié y fui médico residente (en la rama de medicina interna) en la Universidad de Toronto, y finalicé mi beca en la Universidad de California en Los Ángeles. 5 Durante los últimos veinte años, he trabajado día tras día en el tratamiento de los riñones de mis clientes, contribuyendo al funcionamiento normal de estos órganos vitales. He recetado los medicamentos adecuados, he recomendado los tratamientos e intervenciones quirúrgicas apropiados y he seguido los procedimientos correctos para ayudar a quienes sufren problemas renales (cálculos, diabetes, cáncer, inflamación, etc.). Por lo tanto, se me hace un poco extraño estar ejerciendo la medicina de la obesidad en la actualidad, y estar haciendo todo lo posible para que las personas dejen de tomar medicamentos, escapen del bisturí y eviten la diálisis. Básicamente, la misión de mi vida es que los nefrólogos como yo nos quedemos sin trabajo.

La razón de ello es que, hace una década, advertí un patrón inquietante. En el pasado, la causa más habitual de enfermedad renal era la presión arterial alta, seguida de la diabetes tipo 2. Con el tiempo, como las pruebas de detección adecuadas y la introducción de medicamentos para la presión arterial ayudaron a reducir las enfermedades causadas por la hipertensión, la diabetes tipo 2 la superó como principal causa de enfermedad renal. Era evidente que los medicamentos y la tecnología no estaban ayudando a estos pacientes, y cada vez fui más consciente de que mis esfuerzos por tratar las enfermedades renales con fármacos, diálisis y otros procedimientos nunca iban a tener éxito a gran escala, porque no abordaban la causa raíz del problema. Estaba claro que el exceso de peso corporal, que conduce a la diabetes tipo 2, era el verdadero culpable. Por lo tanto, la única solución lógica es ayudar a perder el peso que sobra.

Pero ¿cómo se puede lograr una pérdida de peso efectiva a largo plazo? ¿Cuál es el mejor enfoque para alcanzar el objetivo de perder peso y mejorar la salud? Durante décadas, la recomendación predominante por parte de los médicos ha sido la de comer menos y moverse más. Pero esta estrategia no le resulta útil a la gran mayoría de la gente, e innumerables estudios científicos (que citaré en este libro) han demostrado que la restricción calórica no es efectiva. Todo el mundo, yo incluido, ha probado este enfoque alimentario y ha fracasado, tanto si el objetivo era perder dos kilos como si era perder noventa y tres. Desafortunadamente, no aprendí casi nada sobre nutrición y pérdida de peso en la facultad de Medicina, de manera que me puse a estudiar estos dos ámbitos. Podría decirse que el peso era el factor que más influía en la salud de mis clientes, por lo que sabía que debía convertirme en un experto en este tema.

Pero aprender contenidos nuevos no me resultó, ni de lejos, tan difícil como desaprender los paradigmas fallidos que tenía arraigados en la mente. Resultó que la mayor parte de lo que pensaba que sabía sobre la pérdida de peso (lo que había aprendido en la facultad de Medicina) era totalmente erróneo. La restricción calórica es un ejemplo. En la facultad nos habían enseñado que la pérdida de peso se reduce a ingerir menos calorías de las que gastamos. Pero la verdad es que esta estrategia no te ayudará a perder peso, y no porque lo diga yo. La tasa de éxito de la restricción calórica es del 1%, aproximadamente. La obesidad se ha convertido en una epidemia mundial, aunque la gente haya estado contando su ingesta calórica de manera más obsesiva que nunca.

Dada la importancia que tiene la pérdida de peso para la salud, y especialmente para las enfermedades renales, revisé la base científica de esta recomendación. Y me quedé de piedra al descubrir que toda la teoría de la restricción calórica carece de fundamento científico. No hay vías fisiológicas en el cuerpo vinculadas a las calorías. No hay estudios que prueben que reducir la ingesta calórica implique una reducción del peso. Por el contrario, todos los estudios muestran que la restricción calórica es inútil. Si ya sabíamos que este enfoque no tenía sentido, ¿por qué lo defendían los profesionales de la medicina? Me sentí desconcertado.

Decidí buscar métodos más eficaces para perder peso, y encontré algunas estrategias avaladas por el tiempo que habían sido olvidadas. Además de seguir recomendando a mis clientes que comieran menos azúcar y menos cereales refinados, no tardé en presentarles el ayuno. Este consejo fue transformador: perdieron peso, adoptaron hábitos saludables y mejoraron de muchas de sus afecciones crónicas.

Pero hay un componente del ayuno que va mucho más allá de lo que se ve en la báscula o lo que aparece en un análisis de sangre: las dificultades mentales y emocionales relacionadas con la pérdida de peso y una mala salud, como las adicciones, la vergüenza y la culpa. Es tan imprescindible abordar estas dificultades como lo es ocuparse de los problemas de salud.

Dicho esto, reconozco que probablemente no soy la persona más indicada para abordar el aspecto mental y emocional de la pérdida de peso. Mi peso prácticamente no ha cambiado desde que era estudiante de secundaria; de hecho, tenía unos pantalones que me he estado poniendo durante treinta años, hasta que hace muy poco mi mujer, avergonzada, los ha tirado. Por supuesto, he ganado algún kilito de vez en cuando, normalmente después de un período vacacional o unos días de fiesta, y también he perdido un poco de peso, habitualmente cuando he estado muy atareado. El caso es que si bien comprendo las dificultades asociadas a la pérdida de peso, no soy quién para hablar de ellas en primera persona.

Pero estoy convencido de que Eve Mayer, que es una mujer brillante y elocuente, aportará el toque humano a estas cuestiones, y Megan Ramos, que colabora conmigo desde hace mucho t­iempo, conoce la obesidad tanto desde el punto de vista personal como profesional. Juntos, esperamos mostrarte cómo un estilo de vida basado en el ayuno puede ayudarte a acabar con el peso excesivo y con un abanico de afecciones crónicas. Esta es la razón por la que estamos escribiendo esta obra: para enseñar. Para aprender. Para reír. Para llorar. Para crear comunidad. Para derribar mitos y estigmas. Y, sobre todo, estamos escribiendo este libro juntos para ayudarte a entender a una bestia que todos estamos intentando domar: la obesidad.

1 El gumbo es una sopa que se puede encontrar en algunos restaurantes del golfo de México, en Estados Unidos. Contiene dos ingredientes principales, arroz y caldo, el cual puede contener mariscos, aves y otras carnes. El 2boudin es un tipo de morcilla o butifarra (hay muchas variedades). El étouffée es una especialidad de la gastronomía criolla de Luisiana elaborada con marisco. (Fuente: Wikipedia) (N. del T.)

2 El fettuccine es un fideo plano elaborado con huevo, agua y harina (una modalidad de tallarines). El beignet es un dulce que se elabora mojando una fruta o una verdura en una masa bastante líquida y friéndola en aceite. (Fuente: Wikipedia) (N. del T.)

3 Editorial Sirio, 2017.

4 En inglés, diet wars; probablemente, la autora quiere establecer una analogía con Star Wars (La guerra de las galaxias). (N. del T.)

5 En Estados Unidos, la residencia y las becas son un tipo de formación médica de posgrado. (N. del T.)


Ayuno, comida y hormonas

CAPÍTUO 1

Los aspectos científicos
del ayuno

EVE MAYER

Ciencia. Esta palabra me intimida; siempre lo ha hecho. Incluso en la escuela secundaria, donde siempre sacaba sobresalientes y notables sin esforzarme mucho, mi boletín de notas reflejó un aprobado justo, en una ocasión, en la asignatura de Química Avanzada.

Este miedo a la ciencia básica y a la incapacidad de comprenderla contribuyó a que permaneciese gorda durante veinticuatro años. Actualmente ya no soy obesa, y la ciencia no me aterroriza. ¿Me he convertido de pronto en una científica erudita? ¡Por Dios, no! A veces aún me hago un lío con los términos más simples. Pero algo ha cambiado, y sé que parte de la razón por la que perdí tantos kilos y pasé a gozar de mejor salud fue que sentí curiosidad por lo que estaba sucediendo en mi cuerpo.

Voy a hablarte sobre los aspectos científicos del ayuno de la forma en que querría que alguien me hubiese hablado: en términos muy simples. El doctor Fung y Megan ofrecerán a continuación explicaciones más profundas y detalladas sobre lo que ocurre en tu cuerpo después de que has comido, pero permíteme explicarte mi experiencia personal y cómo el hecho de informarme sobre el metabolismo, la digestión, las hormonas y otros aspectos me ha ayudado a cambiar mi vida.

Durante años, estuve gorda sin querer estarlo. También lidié con la prediabetes, la infertilidad, alergias, infecciones sinusales, dolor en las articulaciones, bronquitis y neumonías. Fui de un médico a otro para resolver mis problemas, y como soy muy aplicada, hice lo que me dijeron. Ingerí menos calorías. Hice ejercicio. Tomé medicamentos. Fui a terapia. Comí más frutas y verduras. Para acelerar mi lento metabolismo, consumí comidas más pequeñas con mayor frecuencia. Me operaron dos veces para ponerme una banda gástrica ajustable, y después me practicaron una gastrectomía en manga para reducir para siempre el tamaño de mi estómago. Cada una de estas intervenciones produjo unos resultados, pero lo que ocurría más a menudo era que perdía peso y lo recuperaba más adelante. En todo el proceso, nunca descubrí la raíz del problema.

Pensé que mi cuerpo no tenía remedio. Hasta que probé un nuevo enfoque.

A principios de 2018, eliminé el azúcar de mi dieta y reduje mucho el consumo de carbohidratos, con un resultado asombroso: dejé de tener hambre todo el tiempo. Fue un cambio drástico, y más que bienvenido. De repente, quise saber por qué y cómo había funcionado mi nuevo enfoque. Cuando leí El código de la obesidad, se encendió una luz en mi cabeza y me di cuenta de lo siguiente:

Mi gordura es un problema hormonal. Lo que como y cuándo lo como afecta a mis hormonas. Por lo tanto, si cambio estos dos factores, puedo perder peso.

Los médicos me habían dicho que era prediabética y que tenía problemas con mi insulina, pero nunca me habían explicado qué demonios significaba eso. ¿Por qué es importante la insulina? ¿Qué hace en el cuerpo? ¿Qué es la resistencia a la insulina? ¿Por qué ­toman insulina los diabéticos si el incremento de insulina es problemático? ¿Por qué estaba tomando metformina más allá del hecho de que me ayudaría a no pasar de ser prediabética a ser ­diabética?

El enfoque del doctor Fung me lo aclaró todo. Ahora entiendo que mi cuerpo puede enfocarse en almacenar energía o en quemar energía, pero no en las dos cosas al mismo tiempo. Cuando como a menudo, mi cuerpo está ocupado almacenando energía como grasa. Cuando como con menos frecuencia, mi cuerpo tiene más tiempo para quemar energía y grasa. Ayunar le permite concentrar sus esfuerzos en usar energía en lugar de dedicarlos a almacenarla. Tengo energía almacenada en mi cuerpo en forma de exceso de grasa. Mis sistemas metabólico y digestivo son totalmente capaces de usar esa grasa como energía, pero no a menos que les dé la oportunidad por medio de no comer durante un período de tiempo.

Creo en estas realidades científicas debido a cómo me siento. Mis problemas de salud han desaparecido. No soy prediabética, rara vez me pongo enferma, no tomo medicamentos a diario y me siento genial. Cuando como a menudo, me siento hambrienta, cansada y abatida, y esto se debe a mis hormonas, no a haber tomado una determinada cantidad de comida. El ayuno es como una buena noche de sueño. Me acuesto para dejar que mi cuerpo y mi mente descansen. Durante la noche, mi cuerpo puede centrarse en reponerse y repararse en lugar de dedicarse a los millones de cosas que tiene que hacer cuando estoy despierta. Dormir también le permite a mi mente procesar todo lo que ha sucedido y decidir qué hacer con toda esa información. Es un período eficiente de rejuvenecimiento corporal, como el ayuno.

Si los aspectos científicos del ayuno te fascinan pero a la vez te abruman, como me ocurría a mí, tómatelo con calma y sé amable contigo mismo. Vale la pena que explores el ayuno tanto si quieres perder un kilo y medio como si quieres perder ciento treinta, o si lo que quieres es mejorar tu salud. La mejor prueba científica que puedes obtener es probarlo y sentir los cambios en tu propio cuerpo.

JASON FUNG

Hay muchas razones para incorporar el ayuno a la propia vida. Desde un punto de vista estrictamente médico, muchas enfermedades son causadas, en parte, por un exceso de grasa corporal. Tener sobrepeso incrementa el riesgo de padecer una enfermedad cardíaca, un accidente cerebrovascular o un cáncer. Bajar de peso incrementa los niveles de la lipoproteína de alta densidad (HDL, por sus siglas en inglés), o colesterol «bueno», y reduce los niveles de triglicéridos, lo que ayuda a mitigar el riesgo de padecer estas mismas enfermedades. El exceso de peso puede elevar la presión arterial, provocar o agravar la artritis, perturbar el sueño, causar dolor de espalda, ocasionar enfermedades hepáticas, y más cosas. La diabetes tipo 2, que está estrechamente relacionada con el aumento de grasa corporal, también es la principal causa de ceguera, enfermedad renal, amputaciones no traumáticas e infecciones.

Como nefrólogo, he visto padecer insuficiencia renal a personas de cuarenta años, lo cual las ha obligado a depender de la diálisis durante el resto de su vida. He visto a pacientes de cincuenta años con diabetes tipo 2 que han pasado a tener problemas de circulación en las piernas y les han tenido que amputar una o las dos. He visto perder la visión a más gente con diabetes tipo 2 de la que puedo contar. Sí, en esos casos, perder peso habría mejorado mucho la salud de mis clientes y los habría ayudado a evitar las enfermedades y los efectos secundarios que redujeron su calidad de vida (o que acabaron con su vida).

Pero como decía Megan en su introducción, hay muchas personas que no tienen sobrepeso según el criterio del índice de masa corporal (IMC) y que, aun así, no están sanas desde el punto de vista metabólico. Y hay muchas personas que tienen sobrepeso según el criterio del IMC que se encuentran totalmente sanas. Pero aunque el peso no lo es todo, se ha demostrado que el ayuno ayuda a reducir la prevalencia de muchos síndromes metabólicos, entre ellos la diabetes tipo 2.

Sé que esta información puede resultar abrumadora o, aún peor, que puede parecer demasiado buena para ser verdad. ¿Cómo puede el hecho de saltarse algunas comidas, o incluso una sola comida al día, tener una repercusión tan grande en la salud? Nuestra clienta Natasha ofrece un ejemplo de lo beneficioso que puede ser un estilo de vida que incorpore el ayuno.

A Natasha le diagnosticaron diabetes tipo 2 a principios de 2012. A pesar de que había intentado incidir sobre la enfermedad cambiando la dieta, haciendo ejercicio y tomando metformina (un fármaco que se receta para tratar la diabetes), los resultados habían sido muy pobres. No había logrado quitar peso a su figura de poco más de un metro y medio de altura, la metformina la hacía sentir mal y su azúcar en sangre se disparaba incluso cuando ingería una pequeña cantidad de carbohidratos.

Natasha había probado a ayunar y le gustaba, pero tenía miedo de ayunar más de un día. Su instructor en materia de ayuno alivió sus temores sobre el ayuno prolongado, y actualmente Natasha se abstiene de comer durante cuarenta y dos horas dos o tres veces por semana. Su nivel de azúcar en sangre se encuentra actualmente dentro del rango de normal a prediabético, y ha bajado varias tallas. Tiene muy buen aspecto, se siente genial, y lo mejor de todo es que ha recuperado la salud. El ayuno le ha cambiado la vida.

Sé que, entre quienes están leyendo este libro, hay personas a las que les da miedo la idea de ayunar aunque sea durante unas horas. Incluso la idea de prescindir de algo tan simple como los refrigerios puede generarte ansiedad. Pero si eres como Natasha, puede ser que lo único que te esté frenando sea el miedo. O tal vez no entiendes la razón científica por la que el ayuno funciona y qué puede hacer por ti. El conocimiento es poder, así que permíteme explicarte cómo impactan en tu cuerpo los alimentos que comes, por qué pueden provocar fluctuaciones hormonales que ocasionen aumento de peso y enfermedades crónicas, y cómo puede beneficiarte el ayuno.

La digestión, las hormonas y cómo se almacenan los alimentos para que constituyan fuentes de energía

En el momento en que los alimentos entran en tu boca, tu cuerpo emprende el arduo trabajo de convertirlos en energía celular. Sin embargo, el camino no siempre es fácil o directo, y si comes los alimentos incorrectos o los consumes en exceso, puede ser que tu cuerpo tenga problemas.

El sistema endocrino incluye una extensa red de glándulas que liberan hormonas en el flujo sanguíneo para regular todas las funciones corporales, entre ellas el sueño, el metabolismo (la conversión de los alimentos en energía para que las células puedan llevar a cabo sus funciones), la reproducción, el deseo sexual, el estado de ánimo y el hambre. Cuando comemos, el páncreas (un órgano estrecho de quince centímetros de largo situado detrás del estómago que forma parte de los sistemas endocrino y digestivo) secreta la hormona insulina. La insulina le indica al resto del cuerpo que hay alimentos disponibles para ser convertidos en energía, y esta energía alimentaria (calorías) debe almacenarse para el futuro.

El cuerpo almacena la energía alimentaria de dos maneras diferentes: como azúcar y como grasa corporal. El azúcar está disponible para cuando es necesario generar energía con rapidez, mientras que la grasa se mantiene en reserva, para ser quemada cuando nuestro cuerpo no disponga de azúcar sanguíneo para quemar. Hablemos del azúcar en primer lugar, ya que uno de los beneficios centrales del ayuno es que estabiliza los niveles del azúcar sanguíneo –o azúcar en sangre o glucosa en sangre–.

Una de las formas más fáciles de hacer subir el nivel de azúcar en sangre es ingerir carbohidratos, que, desde el punto de vista químico, son cadenas de azúcares. Cuando comemos carbohidratos, parte de este azúcar es utilizado por las células de los riñones, el hígado, el cerebro y otras. Si quedan carbohidratos disponibles, se almacenan en el hígado como glucógeno, otra cadena de azúcares. Volveremos al glucógeno dentro de un momento.

La otra forma en que nuestro cuerpo almacena energía es la grasa corporal. Cuando comemos grasa alimentaria (que se encuentra en todo tipo de alimentos vegetales y animales, desde las patatas fritas hasta la carne roja y la leche), las moléculas de grasa individuales, llamadas triglicéridos, se absorben directamente en el torrente sanguíneo y se envían a las células almacenadoras de grasa (las denominadas células adiposas o adipocitos). Si ingerimos demasiada glucosa y sobrepasamos la capacidad del cuerpo de almacenarla en el hígado como glucógeno, este órgano convierte esta glucosa en triglicéridos, los cuales se alojarán en las células adiposas.

Estos dos sistemas de almacenamiento de la energía (el glucógeno y la grasa) son complementarios. Al hígado no le cuesta utilizar y procesar el glucógeno, pero cuenta con un espacio limitado para almacenarlo. Le cuesta más acceder a la grasa corporal y descomponerla, pero la grasa ofrece la ventaja de que el espacio que hay para almacenarla es ilimitado (¡como sabe muy bien cualquiera que esté preocupado por sus michelines!). Haciendo una analogía, podemos considerar que el glucógeno es como una nevera, en la que podemos poner comida fácilmente y sacarla en cualquier momento, si bien contiene solamente unos pocos estantes. Y podemos considerar que la grasa corporal es como un congelador que hay en el sótano. Es más difícil llegar a él y cuesta más cocinar los alimentos que contiene (porque están congelados), pero es enorme y casi nunca está lleno.

La insulina y el desarrollo de la diabetes

Como he dicho anteriormente, la insulina es la hormona que le indica al cuerpo cuándo es hora de convertir la comida en energía. Pero su trabajo no termina ahí. La insulina también regula los niveles corporales de glucosa; se asegura de que no se disparen ni caigan en picado. Lo hace ayudando a extraer la glucosa de la sangre para que sea almacenada en el hígado como glucógeno o en el resto del cuerpo como grasa. Puesto que el cuerpo necesita disponer de grasa para protegerse y generar calor y energía en tiempos de hambruna, la insulina también nos impide usar demasiada grasa corporal como fuente de energía.

Si los niveles de insulina son altos, el cuerpo almacenará la energía alimentaria, tanto en la nevera como en el congelador. Los problemas comienzan cuando el páncreas trabaja demasiado y secreta demasiada insulina. ¿Cómo ocurre esto? Todos los alimentos, que contienen diversos macronutrientes (proteínas, grasas y carbohidratos), estimulan la producción de insulina hasta cierto punto, pero algunos de ellos son más efectivos que otros a este respecto. Los peores son los carbohidratos refinados, como el pan blanco, las bebidas azucaradas, los pasteles y las galletas.

Si comemos mucho azúcar o alimentos ricos en carbohidratos con demasiada frecuencia, como ocurre si seguimos la dieta occidental típica, en que la gente toma regularmente seis o siete comidas o refrigerios cargados de carbohidratos al día, nuestros niveles de insulina aumentarán. Los niveles de insulina altos le dicen al cuerpo que siga tratando de almacenar energía alimentaria, lo cual evita que quememos nuestras reservas de grasa. En esencia, no paramos de reabastecer la nevera, mientras nos preguntamos por qué nuestro congelador del sótano está a punto de reventar.

Finalmente, cuando hay demasiada insulina inundando el sistema, las células pancreáticas que la producen no pueden seguir respondiendo, y los niveles de glucosa en sangre pasan a ser ­elevados. Si se mantienen altos, ya podemos considerar que somos uno de los quinientos millones de individuos que tienen diabetes tipo 2 en el mundo (la cifra es aproximada).

La medición y el tratamiento de la diabetes

Si pasas a ser diabético, tus síntomas pueden incluir una mayor sed, fatiga, visión borrosa, hambre aunque comas más de lo normal, micción frecuente, cortes o contusiones que tardan en sanar u hormigueo, dolor o entumecimiento en las manos o los pies. Pero es posible que no percibas ningún síntoma. Muchas personas descubren que están en riesgo de tener diabetes o que ya la tienen después de hacerse un análisis de sangre.

Los médicos acuden a varias pruebas para determinar si alguien tiene diabetes, pero hablaré de dos en concreto porque muchos de mis clientes se someten a ellas con regularidad, y muchos ven que sus resultados mejoran drásticamente después de probar a ayunar.

La primera es la A1c. Este sencillo análisis de sangre mide qué porcentaje de hemoglobina (una proteína transportadora de oxígeno que se encuentra en los glóbulos rojos) está cubierta de azúcar. La prueba A1c mide los niveles promedio de azúcar en sangre durante dos o tres meses, por lo que una comida rica en carbohidratos no tiene por qué afectar a los resultados. Las personas que no tienen diabetes presentan niveles bajos en la A1c, de entre el 4 y el 5,6 %. Si tus niveles están entre el 5,7 y el 6,4 %, estás en riesgo de padecer diabetes; eres un individuo prediabético, como suele decirse. Y si tus niveles son superiores al 6,5 %, tienes diabetes tipo 2.

La otra prueba se llama glucosa plasmática en ayunas. Mide el nivel de glucosa en sangre en un punto en el tiempo, y se administra tras haber ayunado durante ocho horas, generalmente por la mañana. Un resultado alto, indicativo de diabetes, es cualquiera que se sitúe por encima de los 126 mg/dl. El nivel prediabético se encuentra entre los 100 y los 125 mg/dl, y cualquier resultado inferior a los 100 mg/dl se considera normal.

Si los resultados de tu prueba se ubican en el rango prediabético, deberás efectuar modificaciones en tu ingesta alimentaria y, tal vez, plantearte tomar algunos de los fármacos de los que hablaré a continuación. Pero no pienses en la diabetes solamente a la hora de esforzarte en mejorar tu salud. Los niveles medios en la prueba A1c o en la glucosa en ayunas también indican que estás en riesgo de padecer una enfermedad cardíaca, un accidente cerebrovascular, dificultades cognitivas o resistencia a la insulina (una enfermedad en la que el cuerpo no responde bien a la insulina e incrementa la cantidad de azúcar en sangre).

Además de la pérdida de peso, el ejercicio y las modificaciones dietéticas (generalmente, hay que pasar a llevar una dieta baja en azúcar y carbohidratos), el tratamiento más habitual para la diabetes es la prescripción de ciertos medicamentos. La metformina es el fármaco de entrada para el tratamiento de la diabetes; limita la cantidad de glucógeno que el hígado convierte en glucosa, y ayuda al cuerpo a usar la insulina de manera más productiva. Otros medicamentos, como las sulfonilureas, ayudan al cuerpo a producir más insulina o a volverse más sensible a ella, a excretar glucosa en la orina o a ralentizar la digestión. Por lo general, el último recurso para el tratamiento de la diabetes es la insulina, administrada por inyección subcutánea.

Sin embargo, es desalentador, por decirlo suavemente, que la comunidad médica no recomiende el ayuno, ya que este ayuda a controlar la insulina en mayor medida que cualquier fármaco o cambio dietético. La diabetes tipo 2 es esencialmente una enfermedad en la que hay un exceso de azúcar y demasiada insulina. Y ¿qué es lo que reduce tanto el azúcar como la insulina? El ayuno. Cuando la insulina está bajo control, el nivel de azúcar en sangre permanece bajo control, el peso se estabiliza o disminuye, y el riesgo de padecer problemas de salud crónicos desciende.

El papel del ayuno

Si pudiera resumir en una frase qué hace el ayuno, diría esto: el ayuno regula las hormonas. Es más que una dieta; restablece los controles internos del cuerpo, lo que le permite quemar la cantidad correcta de energía para mantenernos con vida.

Cuando no comemos (cuando ayunamos), los niveles de insulina disminuyen, y esto le indica a nuestro cuerpo que no hay más alimentos disponibles. Entonces, para sobrevivir, las células utilizan el suministro de energía almacenada, ya sea en forma de glucógeno o, si se ha gastado completamente, en forma de grasa. Esta es la razón por la que no morimos mientras dormimos todas las noches, o por la que podemos vivir unas horas, o unos días o más tiempo, sin comer. El cuerpo es maravillosamente capaz de almacenar energía alimentaria y, después, encontrarla en su nevera o en su congelador para quemarla.

Por lo tanto, es obvio que la solución más lógica para mantener estables los niveles de azúcar en sangre, y permitir que el cuerpo continúe usando su energía almacenada, es ayunar. Al no comer, permitimos que bajen los niveles de insulina, lo que le dice al cuerpo que ya no hay alimentos disponibles y que es hora de comer algunos de los alimentos que hay en la nevera (glucógeno) o en el congelador (grasa corporal). Perder peso y prevenir la diabetes tipo 2 (así como una serie de afecciones crónicas que detallaré en los capítulos siguientes) pasa por corregir el desequilibrio hormonal subyacente que causó el sobrepeso o la obesidad. Este de­sequilibrio hormonal es un nivel de insulina que se mantiene alto durante demasiado tiempo.

El ayuno y el metabolismo

Pero ¿qué pasa con el metabolismo? ¿Acaso el ayuno no acaba con él, como tal vez habrás oído decir? Bueno, para empezar, ¿qué es el metabolismo? Nuestro metabolismo, o tasa metabólica basal (TMB), es la cantidad de energía (calorías) requerida para mantener el cuerpo vivo mientras descansamos. La TMB es la medida de lo que necesitamos para que no se detengan las funciones más básicas del cuerpo, como la actividad cerebral, la circulación sanguínea y la digestión. Si tienes un metabolismo rápido, tu cuerpo quema energía de manera más eficiente y tiende a no aumentar de peso con rapidez. Si tienes un metabolismo lento, te costará más perder peso.

La TMB no es fija. El cuerpo puede incrementarla o reducirla entre un 30 y un 40 % en función de la dieta, el grado de actividad, la edad, la temperatura corporal y otros factores. Pero desde el punto de vista alimentario, el factor determinante más significativo de la TMB es la insulina.

El cuerpo siempre se encuentra en uno de dos estados: el estado «alimentado», después de haber comido, y el estado «en ayunas», cuando no hemos comido. En el estado alimentado, los niveles de insulina son altos y el cuerpo quiere almacenar energía alimentaria como azúcar o grasa. Nuestro metabolismo está canturreando. En ayunas, cuando los niveles de insulina están bajos, el cuerpo quiere quemar la energía alimentaria almacenada. Por lo tanto, o estamos almacenando calorías o estamos quemando calorías, pero no estamos haciendo ambas cosas al mismo tiempo.

Si elevamos los niveles de insulina (al comer alimentos que la estimulan) y los mantenemos persistentemente altos (al comer constantemente; por ejemplo, al consumir seis o siete refrigerios o comidas al día en lugar de tres), no tenemos más remedio que permanecer en el estado «alimentado». El cuerpo almacena calorías porque esta es la instrucción que le estamos dando. Si todas las calorías se almacenan, utilizamos menos, y, por lo tanto, el cuerpo debe reducir su gasto de energía, o TMB.

Supongamos que estamos comiendo dos mil calorías al día y quemando dos mil calorías diarias. No ganamos ni perdemos grasa corporal. Supongamos ahora que reducimos nuestra ingesta a mil quinientas calorías ingiriendo alimentos ricos en carbohidratos y bajos en grasa seis o siete veces al día, como muchos profesionales de la salud nos instan a hacer. Los niveles de insulina se mantienen altos, pero las calorías descienden. El cuerpo no puede quemar las reservas de grasa corporal porque la insulina está alta, y nos encontramos en el estado «alimentado». Al entrar mil quinientas calorías solamente, el cuerpo también debe reducir su gasto calórico a mil quinientas. No podemos compensar este déficit calórico porque la insulina nos impide quemar grasa. Estamos en modo de «almacenamiento de grasa». Este es el pequeño secreto oscuro de las dietas bajas en grasas. Al principio, el peso baja, pero al descender la TMB, el peso se estabiliza y acaba por regresar.

¿Qué sucede durante el ayuno? Un estudio centrado en cuatro días de ayuno consecutivos, es decir, cuatro días completos en los que no se ingirió ningún alimento, mostró que la TMB aumenta en un 10 % aproximadamente. Sí, la tasa metabólica aumenta cuando no comemos. ¿Por qué? Sabemos que el ayuno reduce la insulina pero incrementa las hormonas contrarreguladoras, llamadas así porque tienen efectos antiinsulínicos. Si la insulina desciende, estas hormonas aumentan. Si la insulina aumenta, estas hormonas disminuyen. Las hormonas contrarreguladoras incluyen la noradrenalina (responsable de estimular la contracción muscular y la frecuencia cardíaca), la hormona del crecimiento (que estimula el crecimiento y la regeneración celular) y el cortisol (la llamada hormona del estrés, responsable de desencadenar la motivación y la acción). Si la noradrenalina aumenta, cabe esperar que la tasa metabólica también se incremente.

El aumento de la TMB es probablemente una respuesta de supervivencia. Imagina que eres un hombre de las cavernas. Es invierno y no hay nada para comer. Si tu tasa metabólica disminuye, eso significa que por cada día que no comes te debilitas un poco. Esto hace que te sea mucho más difícil encontrar y cazar comida. Es una espiral descendente mortal: a medida que te debilitas, es menos probable que encuentres comida. Como no encuentras comida, te debilitas. Si a tu cuerpo le hubiese ocurrido esto, no habrías sobrevivido. Pero tu cuerpo no es tan estúpido.

Lo que hace tu cuerpo es recurrir a otra fuente de combustible. En lugar de seguir dependiendo de los alimentos, acude a los alimentos almacenados (la grasa corporal) y no se colapsa. Se estimula incrementando la noradrenalina, el cortisol y las otras hormonas contrarreguladoras. Te potencias utilizando una fuente de combustible diferente. Tu concentración aumenta. Tu atención también. Por lo tanto, la TMB se eleva durante el ayuno. Si mantienes la TMB durante la pérdida de peso en lugar de quemar quinientas calorías menos al día, esta es una gran ventaja.

Por lo tanto, la clave para la ecuación del equilibrio energético en cuanto a las calorías entrantes y salientes no es la cantidad de calorías que comemos ni el ejercicio que hacemos; esto es prácticamente irrelevante. La clave es controlar el hambre y mantener la tasa metabólica basal. Con esta finalidad, debemos comer alimentos que incrementen las hormonas de la saciedad y mantengan baja la insulina (la hormona que almacena la grasa). El ayuno proporciona los cambios hormonales necesarios para perder peso con éxito a largo plazo. El hambre disminuye a la vez que la TMB se mantiene. Y ¿sabes qué? El ayuno se ha utilizado durante miles de años, durante los cuales la obesidad no ha sido más que una pequeña nota en el panteón de las enfermedades humanas.

MEGAN RAMOS

Cuando pienso en todos los clientes que he conocido a lo largo de los años, ni siquiera puedo contar la cantidad de problemas de salud con los que los ha ayudado el ayuno. La diabetes y la obesidad (o el sobrepeso) son los dos más evidentes, pero también pienso en una mujer llamada Marta, que tenía acné, el síndrome del ovario poliquístico, dolor en las articulaciones, asma, alergias, una enfermedad de la vesícula biliar, el síndrome de las piernas inquietas, cambios de humor, hipoglucemia reactiva, fatiga, acidez estomacal, la enfermedad de Hashimoto y apnea del sueño, además de tener sobrepeso y haber recibido la desoladora noticia de que sufría diabetes tipo 2. Hasta que empezó a tener éxito con el ayuno, Marta no supo que todas estas afecciones pueden estar relacionadas, o que el ayuno puede arreglarlas, como ocurrió en su caso.

Y ¿qué ocurre con las enfermedades más graves, como el cáncer o el alzhéimer, que Marta podría haber padecido en el futuro si hubiese continuado con su estilo de vida no saludable? Actualmente contamos con estudios científicos fiables y convincentes que demuestran que la ciencia que hay detrás del ayuno no termina con la obesidad, la diabetes y la regulación del azúcar sanguíneo. El ayuno es un estilo de vida que puede prevenir una serie de afecciones crónicas que parecen no tener nada que ver con la comida que nos metemos en la boca. El ayuno puede tener beneficios significativos para el cerebro, para el estado de ánimo, en el riesgo de padecer cáncer, etc.

El ayuno y el cerebro

El cerebro es un órgano extraordinario, complejo y resiliente, y no se ve afectado negativamente por el ayuno. Por lo tanto, si te preocupa que el ayuno te vuelva lento a la hora de pensar, te embote el cerebro o te induzca niebla mental, deja de preocuparte.

El ayuno puede incluso ayudar a tu cerebro. Digo «puede» porque, desafortunadamente, no existen estudios fidedignos sobre el impacto del ayuno en este órgano. De todos modos, dos estudios realizados con sujetos humanos, uno que midió la actividad cerebral después de un ayuno de veinticuatro horas y otro que la midió después de dos días de ayuno, establecieron que el tiempo de reacción, la memoria y el funcionamiento general del cerebro no se vieron afectados por el ayuno; tampoco se vio afectado el estado de ánimo. Y en un estudio realizado con ratas que fueron sometidas a ayuno, esos mamíferos mejoraron su puntuación en cuanto a la coordinación motora, la cognición, el aprendizaje y la memoria. Además, mostraron una mayor conectividad cerebral y se observó el crecimiento de neuronas nuevas. Sé que las ratas no son humanos, pero estos resultados son coherentes con lo que dicen muchos de mis clientes: que el ayuno les permite gozar de mayor claridad mental.

La evolución también proporciona algunas pistas sobre la forma en que el ayuno puede ayudar al cerebro. Durante los tiempos de restricción calórica importante, los órganos de muchos mamíferos se encogen para sobrevivir. Pero hay dos excepciones: el cerebro y los testículos. Evidentemente, los testículos conservan el mismo tamaño para que los machos de la especie puedan seguir intentando aparearse, pero ¿qué pasa con el cerebro? Piensa en cómo te sentirías si estuvieras pasando hambre. Querrías gozar de claridad mental y capacidad de concentración para poder buscar comida, ¿verdad? La mayoría de los mamíferos gozan de estas capacidades en estos casos. Por el contrario, cuando comemos demasiado, podemos experimentar confusión mental, o lo que se conoce como coma alimenticio. Piensa en cómo te sientes después de una gran comida de Navidad: letárgico, embotado y capaz de concentrarte solamente en la idea de hacer una siesta.

Las investigaciones más alentadoras que he visto son los estudios realizados con animales que muestran que las ratas que ­fueron sometidas a ayunos mostraron menos síntomas en modelos de las enfermedades de Alzheimer, Huntington y Parkinson. El ayuno induce la autofagia (un proceso celular que ayuda al cuerpo a desprenderse de las partes celulares viejas o dañadas) y, en estos estudios, las ratas que estaban en ayunas mostraron una disminución de la acumulación proteínica que es un sello distintivo del alzhéimer. ¿Te imaginas que el ayuno pudiese prevenir, tratar o incluso revertir estas desgarradoras enfermedades neurológicas degenerativas? Se podrían salvar vidas, se reduciría el sufrimiento y ahorraríamos decenas de miles de millones de dólares en costes de atención ­sanitaria.

El ayuno y el cáncer

El cáncer es la segunda causa de muerte en el mundo; mata a unos diez millones de personas cada año. Una de cada seis morirá víctima de esta enfermedad. Muchos cánceres se desarrollan debido a factores genéticos, una exposición tóxica involuntaria, virus o alguna otra causa, a menudo desconocida. En su mayor parte, estos casos desafortunados son difíciles de prevenir. Pero hay estudios prometedores que muestran que cánceres que antes se consideraban inevitables pueden prevenirse, en cierta medida, mediante el ayuno.

Una de las claves de estos hallazgos, como en el caso de la diabetes tipo 2 y la obesidad, es la insulina. Si extraemos células de cáncer de mama del tejido, es muy sencillo cultivarlas en un laboratorio. Si les añadimos glucosa, el factor de crecimiento epidérmico e insulina, se multiplican con rapidez. Si a continuación les quitamos la insulina, mueren. Déjame repetirlo: las células de cáncer de mama proliferan con altos niveles de insulina y mueren sin ella. Y ¿qué reduce los niveles de insulina? El ayuno.

El segundo factor vinculado con el cáncer que es reversible es la obesidad. Un estudio de 2003 publicado por la Sociedad Estadounidense contra el Cáncer destacó los hallazgos obtenidos al hacer el seguimiento a 900.000 hombres y mujeres estadounidenses. Entre 1982 y 1998, se entró en contacto con estas personas cada pocos años y se midió su IMC (índice de masa corporal) en esas ocasiones. También se tomó nota de las que habían muerto y las causas de los fallecimientos. Ninguna de esas personas padecía cáncer al comienzo del estudio, pero dieciséis años después, algo más de 57.000 habían muerto de esa enfermedad. Sorprendentemente, la tasa de mortalidad debida al conjunto de todos los cánceres fue un 52 % más alta entre los hombres y un 62 % más alta entre las mujeres cuyo IMC era superior a 40. El IMC estaba asociado con la muerte por cáncer de esófago, de colon, de recto, de hígado, de vesícula biliar, de mama, de estómago, de próstata, de útero, de ovario, pancreático, renal, cervical, el linfoma no Hodgkin y el mieloma múltiple. Los investigadores concluyeron que el sobrepeso y la obesidad son responsables del 14 % de todas las muertes por cáncer entre los hombres y el 20 % entre las mujeres. Las pruebas eran claras: la obesidad es un factor de riesgo importante en cuanto al cáncer. Y ¿qué nos ayuda a perder peso? El ayuno.

Finalmente, la autofagia puede ralentizar el crecimiento de los tumores cancerosos o prevenir la aparición del cáncer, un hallazgo que sorprendió a los científicos, que anteriormente habían creído que la autofagia incrementaba el desarrollo del cáncer. Un estudio de 2019 publicado en la revista Nature concluyó que la autofagia desempeñaba un papel importante en la eliminación de ciertas células vinculadas al cáncer. Cuando se detiene la autofagia, estas células dañinas pueden continuar reproduciéndose, lo cual alimenta el desarrollo del cáncer. Y ¿qué causa la autofagia? Una vez más, el ayuno.

El ayuno y el síndrome metabólico

El síndrome metabólico, también llamado síndrome metabólico X, es un conjunto de afecciones que cumplen tres de estos cinco criterios: obesidad abdominal (medida por la circunferencia de la cintura), hiperglucemia (diabetes tipo 2), niveles de triglicéridos altos, niveles de HDL (colesterol bueno) bajos e hipertensión.

El factor que tienen en común estas afecciones es que en todas ellas los niveles de insulina son demasiado elevados. Cuando la insulina está demasiado alta durante demasiado tiempo, el cuerpo almacena más grasa corporal de la necesaria. Las células se sobrecargan de glucosa y se vuelven resistentes a la insulina. La glucosa sanguínea ya no puede entrar en las células y los niveles de glucosa en sangre se elevan. Esta es la enfermedad conocida como diabetes tipo 2. Cuando el hígado está sobrecargado de glucosa, el exceso de azúcar se almacena como grasa y aparece la esteatosis hepática (enfermedad del hígado graso). Intentando librarse de toda esta grasa extra, el hígado exporta la glucosa a la sangre, lo que hace que aumenten los niveles de triglicéridos en la sangre y disminuyan los de HDL. En resumen: el exceso de insulina causa una serie de problemas que se suceden, uno por uno, igual que caen las fichas de dominó dispuestas en una hilera.

Puesto que el síndrome metabólico es una enfermedad vinculada al exceso de insulina, reducir los niveles de esta hormona es fundamental para acabar con él. Los carbohidratos refinados son el factor que más hace subir la insulina, por lo que una buena forma de empezar es llevar una dieta baja en carbohidratos refinados y azúcar. Ahora bien, debido a que todos los alimentos contienen una mezcla de proteínas, carbohidratos y grasas, el nivel de insulina se elevará un poco aunque solo se coman alimentos saludables. Esta es la razón por la que el ayuno es tan efectivo para tratar el síndrome metabólico. Cuando nos abstenemos de comer, los niveles de insulina descienden y permanecen más bajos.

Claramente, el ayuno ayuda a estabilizar el azúcar en sangre. Pero gozar de unos niveles de azúcar en sangre estables no es más que uno de los muchos beneficios de llevar un estilo de vida centrado en el ayuno. Como no tardaremos en ver, el ayuno puede obrar maravillas tanto para la mente como para el cuerpo.

CAPÍTUO 2

Más allá de los
aspectos científicos

Los beneficios mentales y emocionales del ayuno

MEGAN RAMOS

Es lógico suponer que si no estás gordo, enfermo, sobremedicado y exhausto (todas las situaciones que el ayuno puede aliviar y resolver), serás una persona más feliz. Esto es lo que han experimentado miles de clientes a quienes he atendido a lo largo de los años. A medida que pierden peso, toman menos medicamentos y sufren menos síntomas dolorosos, su estado de ánimo mejora. Dejan de estar deprimidos. No se pelean tanto con su cónyuge. Empiezan a realizar actividades que les gustan.

Aunque solo quieras perder un par de kilos, cinco o diez, o aunque tus problemas de salud sean mínimos, el ayuno también te puede cambiar la vida. Me viene a la memoria un cliente de sesenta y siete años que tuve, Paul. Paul comenzó a ayunar para apoyar a su esposa, que tenía un sobrepeso extremo y a quien acababan de diagnosticarle una diabetes tipo 2 «justita» (casi prediabetes). A diferencia de su mujer, Paul no estaba aquejado por problemas de salud, y pensaba que los nueve kilos que le sobraban eran una consecuencia natural del envejecimiento. Pero para acompañar a su mujer, dejó de picar entre horas y se saltó algunas comidas a la semana. Al cabo de algunos meses, había perdido todo su peso extra. Y no solo eso, sino que pasó a sentirse estupendamente bien, tanto desde el punto de vista físico como emocional.

Las propiedades estabilizadoras del estado de ánimo que tiene el ayuno no son meramente anecdóticas. Un estudio de 2016 publicado en la revista Frontiers in Nutrition midió los efectos de un ayuno de dieciocho horas en cincuenta y dos mujeres cuya edad promedio era de veinticinco años. El estudio buscó si se producían cambios en el estado de ánimo, la irritabilidad, las sensaciones de logro y satisfacción, el orgullo y el control. El estudio concluyó que, si bien al final de las dieciocho horas las mujeres se sentían más irritables que antes del comienzo del período de ayuno, experimentaban, en general, una sensación significativamente mayor de satisfacción, logro y orgullo.

Estos hallazgos concuerdan con mis observaciones clínicas a lo largo de los años. Algunas personas que no tienen experiencia con el ayuno pueden experimentar ansiedad, que se puede atribuir a la hormona noradrenalina que se secreta durante el ayuno. La noradrenalina hace que la presión arterial aumente, el corazón palpite más deprisa y el sistema nervioso pase a estar más alerta. El conjunto de estos efectos puede ser experimentado como ansiedad. Por lo general, no duran más de dos semanas, que es el tiempo que tarda el cuerpo en adaptarse a la mayor presencia de noradrenalina.

Sin embargo, la mayoría de mis clientas, de todas las edades, no hacen constar que se sientan irritables con los ayunos cortos (es decir, ayunos intermitentes de cuarenta y dos horas o menos, efectuados tres veces a la semana). En cambio, he advertido que pueden volverse más emotivas o irritables con los ayunos prolongados de cinco días o más, y solo cuando no tienen experiencia con el ayuno. Es posible que estas mujeres se muestren más sensibles a las emociones porque durante un ayuno prolongado se empieza a perder grasa abdominal en grandes cantidades. El exceso de células adiposas produce un exceso de estrógeno, y el hecho de perder muchas de estas células hace que ese estrógeno deje de estar almacenado y pase al torrente sanguíneo. Entonces, durante un corto período de tiempo, las hormonas se disparan, lo que tiene un impacto en las emociones.

He descubierto que las personas que pierden la mayor cantidad de peso líquido (es decir, las que se libran en mayor medida de los líquidos acumulados en los tejidos y las cavidades corporales, acumulación que suele provocar hinchazón; es el fenómeno conocido como retención de líquidos) son las que tienen más probabilidades de informar de que experimentan cambios de humor e irritabilidad. Creemos que esto se debe a la pérdida de electrolitos que se produce cuando disminuye el peso líquido. Sin embargo, este problema no se prolonga mucho en el tiempo, y el estado de ánimo tiende a estabilizarse cuando el cuerpo deja de deshacerse del peso sobrante.

JASON FUNG

El sobrepeso no afecta a la salud física solamente; también afecta a la salud mental y emocional. Si bien creo firmemente que debemos aceptarnos a nosotros mismos y debemos aceptar a los demás sea cual sea su peso, como cultura tenemos un largo camino por recorrer hacia esta aceptación. La verdad es que las actitudes ignorantes sobre el peso impregnan casi todos los ámbitos de nuestra sociedad.

Estas creencias producen un prejuicio inconsciente que da lugar a mucha discriminación. Mucha. Inconscientemente, una gran cantidad de individuos perciben a las personas con sobrepeso como vagas, glotonas y carentes de fuerza de voluntad. Este es el resultado directo del modelo de las «calorías entrantes y salientes» respaldado por la mayoría de los profesionales e investigadores de la salud. Quienes creen en la errónea ecuación del equilibrio energético imaginan que la pérdida de peso obedece a una fórmula tan simple que todos saben cómo perder peso y tienen la capacidad de perderlo; basta con que lo intenten. Basta con que gastes más energía de la que metes en tu cuerpo. Por lo tanto, si estás ganando peso es porque careces de fuerza de voluntad para levantarte del sofá, soltar el tenedor y el cuchillo o mover el cuerpo. Tienes un defecto de carácter. No parece importar que el 99 % de las personas que llevan a cabo una dieta de restricción calórica no pierdan peso a largo plazo. O que todos los estudios realizados sobre el enfoque «come menos y muévete más» hayan fallado. Todos y cada uno.

Opino que quienes creen en la restricción calórica están equivocados. El problema no es el comportamiento del 70 % de los adultos estadounidenses que tienen sobrepeso o están obesos, sino más bien los consejos dietéticos que nos han dado. De hecho, desde que apareció la Guía alimentaria para los estadounidenses en 1977, los datos relativos al consumo ofrecidos por el Departamento de Agricultura de Estados Unidos muestran que los estadounidenses han estado haciendo exactamente lo que se les ha dicho: han estado consumiendo menos carne y productos lácteos y han reemplazado las grasas animales por aceites vegetales. Han estado comiendo más cereales, frutas y verduras. ¿Y qué ha ocurrido? Pues que afrontamos un tsunami de obesidad como el mundo nunca ha visto.

Sin embargo, debido a la opinión predominante de que la obesidad es el resultado de un defecto del carácter, los estudios revelan sistemáticamente que los individuos obesos son vistos como subordinados, compañeros de trabajo y jefes menos deseables. Son percibidos como desagradables, emocionalmente inestables, flojos y carentes de autodisciplina. Esto siempre me ha parecido un poco extraño. Considerando la medida en que la mayoría de las personas han intentado perder peso, no se puede decir que les falte disciplina; esta es una de las valoraciones menos acertadas que se podrían hacer sobre la mayoría de la gente con sobrepeso a la que he atendido en la consulta. Y como suele ocurrir, las mujeres son juzgadas con mayor dureza que los hombres. Un 60 % de las mujeres con sobrepeso consideran que han sido discriminadas por este motivo; en el caso de los hombres, el porcentaje es del 40 %.

El problema es que la mayoría de los defensores del modelo de las calorías entrantes y salientes tienen una visión demasiado simplista del cuerpo humano. Creen que la obesidad es solo un problema en sí misma y no el asunto más complejo que en realidad es.

Comencemos con la parte de las «calorías entrantes» de la ecuación. La mayoría de los «expertos» en nutrición dicen que este aspecto está determinado por los alimentos que consumimos. Esto es verdad. Pero también es un enfoque simplista. ¿Qué es lo que hace que nos metamos esos alimentos en la boca? Hay muchas posibilidades: el hambre. Las emociones. El estrés. Los medicamentos. Debemos abordar la causa raíz del problema, no la causa inmediata.

En cuanto a la parte de la ecuación que son las «calorías salientes», la mayoría de los «expertos» en nutrición creen que este aspecto está determinado por el ejercicio, o la cantidad de pasos que damos en un día. Pero esto solo representa una parte muy pequeña de las calorías que quemamos en un día. El destino de la inmensa mayoría de las calorías es el metabolismo; proporcionan la energía que necesitan el cerebro, el corazón, los pulmones, los riñones, el hígado y los otros órganos y sistemas.

En la enfermedad que es la obesidad, ¿qué es lo que hace que las calorías entrantes superen a las calorías salientes, con la consecuencia de que se acumula grasa? Un simplón diría: «La cantidad de comida que ingieres y la cantidad de ejercicio que haces». Pero un conocimiento más detallado de la fisiología humana permite inferir que el principal problema es el hambre y el metabolismo. Podemos decidir qué es lo que queremos comer, en efecto, pero no podemos elegir tener menos hambre. Y podemos decidir hacer ejercicio, pero no determinar que nuestro hígado use más energía. Por lo tanto, si no podemos tomar decisiones conscientes sobre el hambre y el metabolismo, que son los factores causales más importantes del aumento de peso, la obesidad no es el resultado de un defecto personal. No es el resultado de la falta de fuerza de voluntad. Se debe a que la persona no tiene determinados conocimientos.

Volvamos al tema de los prejuicios en torno al peso. En Estados Unidos, el efecto del peso sobre los ingresos potenciales es asombroso; tiene un impacto significativo en el salario, pero el resultado no es el mismo en los hombres y en las mujeres. En el caso de las mujeres, cuanto más delgada seas, más dinero ganarás, incluso si tu peso es treinta y dos kilos inferior al peso promedio. De hecho, a las mujeres se las castiga por cualquier aumento de peso, y las muy delgadas ganan unos veintidós mil dólares más que las que tienen el peso promedio. Y los ingresos de las mujeres que tienen mucho sobrepeso son unos diecinueve mil dólares inferiores a la media.

En el caso de los hombres ocurre lo contrario; ganan más cuanto más pesan, excepto cuando alcanzan la cima de su profesión. Tanto los hombres como las mujeres se topan con el famoso techo de cristal si están obesos, es decir, si su índice de masa corporal (IMC) es superior a 30. En cuanto a los hombres, según un estudio de 2009, solo el 4 % de los altos ejecutivos eran obesos, en comparación con el 36 % de la población masculina general. Pero el 61 % de los altos ejecutivos tenían sobrepeso (determinado por un IMC de entre 25 y 29,9), lo que es indicativo de un grado de tolerancia hacia quienes tienen un peso que solo es un poco superior al promedio. El mismo estudio reveló unas diferencias mucho más acentuadas en el caso de las mujeres. Solo el 3 % de las altas ejecutivas eran obesas, en comparación con el 38 % de la población general. Pero solo el 22 % de las altas ejecutivas tenían sobrepeso, en comparación con el 29 % de la población general.

Estas estadísticas son impactantes y son uno de los factores que me motivan en mi labor de desestigmatizar la obesidad y dar a todo el mundo las herramientas que necesita para vivir la vida con la mejor salud posible.

Lo que diferencia al ayuno de otros

planes de pérdida de peso

1 ES SOSTENIBLE. No es un plan de alimentación a corto plazo, en el que se elimina un grupo de alimentos durante algunas semanas hasta haber perdido el peso deseado. Es un estilo de vida sostenible a largo plazo.

2 ES GRATIS. No hay alimentos especiales ni artimañas para que compres determinados productos. De hecho, con el ayuno ahorrarás dinero.

3 ES FLEXIBLE. Deja de picar entre horas, sáltate una comida o ayuna durante un día entero. Personaliza un plan que funcione para ti.

CAPÍTUO 3

Las hormonas y el
Hambre Acosadora

EVE MAYER

Antes creía que el hambre era una acosadora. Era más grande, fuerte y mala que yo, y estaba presente en mi casa, en el trabajo, en casa de mis padres, en la calle... En todas partes. Pero a diferencia de lo que uno puede hacer ante los niños acosadores, no podía alejarme de ella corriendo o decirle lo que ocurría a mi maestra. Creía que solo había una forma de hacer que el Hambre Acosadora desapareciera: ¡alimentarla!

El Hambre Acosadora insistía en que consumiera cantidades ingentes de alimentos no saludables para satisfacerla, y comí tanto a lo largo de los años que la cantidad requerida para sentirme llena fue aumentando. Incluso me redujeron el estómago quirúrgicamente (¡tres veces!), lo cual no bastó para aliviar mis ansias. El Hambre Acosadora siempre parecía presentarse en momentos inoportunos, cuando toda mi atención debía estar centrada en lo que estaba sucediendo en mi vida y no en lo que quería meterme en la boca. Mi estómago gruñó ruidosamente en la graduación de mi primo, en el jardín de infancia al que llevaba a mi hija y en una reunión introductoria con un cliente que podría haberme ayudado a hacerme rica.

El Hambre Acosadora me golpeaba el cerebro cientos de veces al día, por lo que comía en exceso, generalmente entre seis y diez veces, tratando de acallarlo. A veces quería azúcar, así que comía el suficiente como para tener un subidón y hacer que el Hambre Acosadora se calmara. Ese subidón fue durando cada vez menos en el transcurso de los años, y mi reacción fue consumir cada vez más dulces. El subidón que obtenía con el azúcar no tardó en verse reemplazado por el dolor de ingerir demasiada comida y un sueño profundo, parecido al coma, que me separaba temporalmente de mis sentimientos en una dulce liberación.

No siempre había pensado que el hambre era una acosadora. Cuando era joven, la veía como una parte natural de la vida. Pero cuando engordé más y mi hambre aumentó en la adultez, me limité a aceptar que se me daba peor que a otras personas lidiar con el hambre. Creí que no tenía fuerza de voluntad y que mi cuerpo y mi mente tenían algún tipo de tara. Esto me parecía extraño, ya que podía superar a la mayoría de la gente en todas las demás situaciones de mi vida. ¿Por qué me sentía tan impotente frente al peso y la salud? No podía entenderlo.

Fue mi hija, Luna, quien finalmente me brindó la respuesta. Cuando Luna estaba en la escuela primaria, era el blanco de acosadores. Un niño en particular se convirtió en un problema persistente, y la intimidación se volvió tan grave que los directivos de la escuela tuvieron que intervenir. Nada cambió, y el comportamiento del acosador siguió empeorando. La escuela adoptó un nuevo enfoque, y decidimos hacer lo mismo en casa. Comencé a trabajar con Luna para ver qué comportamientos podía cambiar para reducir las posibilidades de que fuese objeto de acoso en el futuro.

Cuando hablé con Luna y pensé en profundidad sobre el tipo de niña que era, me di cuenta de que una de sus características más notables era su deseo de encajar, y su voluntad de hacer cualquier cosa para lograrlo. Esa necesidad de ser aceptada la había llevado a tomarse en serio las burlas del acosador. Se obsesionó con sus comentarios, decidió que todo lo que él decía sobre ella debía de ser cierto y, en lugar de defenderse, perdió el poder frente a él. Razonó que si pudiera darle al acosador lo que él quería, el sufrimiento terminaría. Pero esto no sería así, por supuesto. El objetivo de un acosador es causar angustia para adquirir más poder.

Mientras Luna y yo hablábamos acerca de sus motivaciones y reacciones ante el acosador, me di cuenta de que yo también necesitaba aprender esa lección. El hambre era mi acosador, y solo mis acciones y reacciones podían darle poder. Mi creencia de que mi hambre solo se detendría si le daba la comida que quería era ridícula; si lo ignorara, desaparecería, como la mayoría de los acosadores.

Déjame decirte que el hambre es temporal. No siempre se esfumará si le das suficiente comida. Una vez que hube cambiado mi forma de comer y pasé a «ver» al Hambre Acosadora cuatro o cinco veces al día solamente, comencé a percibirla, sin más, en lugar de temerla. No hay por qué ceder ante ella; basta con reconocer el hambre constante que proviene de los hábitos no saludables asentados y comprender que, con el ayuno, estamos trabajando para cambiarlos.

En la actualidad, cuando ayuno, visualizo que mi cuerpo elige quemar la grasa almacenada para producir energía. Incluso pongo una tirita en una parte grasa de mi cuerpo (un muslo, por ejemplo) y me recuerdo que, cuando ayuno, no me estoy privando de algo que necesito. Aunque tenga apetito, no estoy pasando hambre. ¡Solo me estoy dando un atracón con la grasa almacenada en mi muslo derecho, que he reservado para ese día! Puedes hacer lo mismo. Si tienes un exceso de grasa en el cuerpo, ¡ya tienes la energía que necesitas para hacer tu vida un día, tres días, una semana o más tiempo! No necesitas comer; es el Hambre Acosadora la que intenta engañarte para que pienses que sí necesitas llevarte algo a la boca.

Siete cosas que he aprendido

sobre el Hambre Acosadora

1 EL HAMBRE ES UN HÁBITO. El hambre suele aparecer, más o menos, a las horas en que solemos comer. Cuando reducimos la frecuencia de las ingestas, el hambre no tarda en desaparecer.

2 EL HAMBRE ES FLEXIBLE. Cuando empezamos a tomar mejores decisiones sobre aquello que nos metemos en la boca, el hambre disminuye con el tiempo.

3 EL HAMBRE DESAPARECERÁ. Si no comes cuando aparece el hambre, esta acabará por irse.

4 EL HAMBRE NO ES INANICIÓN. Puedes recurrir, y recurrirás, a los abundantes suministros de grasa extra que hay en tu cuerpo para sustentarte mientras ayunas.

5 EL HAMBRE TIENE DIFERENTES CAUSAS. Puede ser un mensaje del cerebro, del resto del cuerpo o de ambos.

6 EL HAMBRE NO SIEMPRE NECESITA SER ALIMENTADA. No hay por qué darle comida al Hambre Acosadora. Si la experimentamos, podemos darle agua u otros líquidos, o ignorarla por completo.

7 EL HAMBRE NO TIENE POR QUÉ SER UNA PALABRA QUE SE ESCRIBA CON MAYÚSCULA. Con unas prácticas mentales fuertes y unos nuevos hábitos, podemos transformar el Hambre Acosadora en hambre, sin más.

JASON FUNG

Probablemente, lo que más preocupa a la mayoría de las personas antes de emprender un régimen de ayuno intermitente es si tendrán hambre. La respuesta es que sí, pero esa hambre no será algo tan tremendo como la mayoría de esas personas creen. El hambre no es un problema si la gestionamos y tratamos de manera diferente a como hemos hecho en el pasado, y si pensamos en ella en otros términos. Tampoco hay que temerla. Entenderla puede ser determinante para superarla.

Hormonas y hambre

¿Por qué comemos? Porque tenemos hambre. ¿Qué es lo que hace que dejemos de sentir hambre? Ciertas hormonas que nos hacen sentir llenos. Se conocen como hormonas de la saciedad, y son muy potentes. El estómago también contiene los denominados receptores de estiramiento. Si el estómago se estira más allá de su capacidad, indicará saciedad y le transmitirá al cerebro que nos haga dejar de comer.

La gente suele imaginar que comemos por el solo hecho de que tenemos comida delante, como si fuésemos máquinas que tragan sin pensar. Esto está lejos de ser verdad. Imagina que acabas de tomar un bistec enorme, de más de medio kilo. Estaba tan delicioso que, aunque pensaste que no podrías terminarlo, lo hiciste. Ahora estás completamente lleno, y la sola idea de comer más te produce náuseas. Si alguien trajera otro bistec y te lo ofreciera gratis, ¿podrías comerlo? Difícilmente.

Nuestro cuerpo libera las hormonas de la saciedad para decirnos cuándo dejar de ingerir alimentos. Y una vez que entran en acción, es extremadamente difícil comer más. Es por eso por lo que hay restaurantes que ofrecen una comida gratis si el cliente puede comer un filete de más de mil cien gramos de una sentada. Créeme si te digo que no están regalando muchas comidas.

Las principales hormonas de la saciedad son el péptido YY, que responde principalmente a las proteínas, y la colecistoquinina, que responde a la grasa alimentaria sobre todo. Otra hormona asociada con el hambre es la grelina, que se denomina, apropiadamente, la hormona del hambre. Me ocuparé de ella dentro de un momento.

La razón por la que la mayoría de las personas tienen hambre todo el tiempo es que han sido condicionadas a creer que lo único que importa en lo que respecta a la pérdida de peso es consumir menos calorías de las que se gastan. Los gobiernos de todo el mundo occidental han promovido una dieta rica en carbohidratos, que son precisamente las sustancias que nos llevan a tener hambre. Piensa en ello. Imagina que te sientas a tomar un desayuno basado en carbohidratos y bajo en calorías consistente en dos rebanadas de pan blanco con mermelada. ¿Cómo afecta esta comida a la saciedad? Es cierto que no implicará una gran ingesta calórica, pero ¿mantendrá el hambre a raya? No. No contiene proteínas, que activarían la liberación del péptido YY. No contiene grasas, que desencadenarían la liberación de colecistoquinina. Y no es una comida abundante, por lo que tampoco se activarán los receptores de estiramiento estomacales. Los almidones que contiene esta comida (los almidones son cadenas de glucosa que, esencialmente, se incorporan al torrente sanguíneo) hacen subir el nivel de insulina. Nos quedamos con hambre porque no le hemos indicado al cuerpo que no tenga hambre. Y a las diez y media ya estamos buscando una magdalena baja en grasa que, una vez más, nos dejará hambrientos al mediodía. A la hora del almuerzo, 1 buscaremos un tazón grande de pasta y salsa bajas en grasa. En este punto, en lugar de comer tres comidas grandes, estamos en camino de tomar seis o siete comidas más pequeñas. A las dos y media 2 volvemos a tener hambre, por lo que tomamos una barrita de muesli baja en grasas. Para cenar comemos arroz, y después exploramos la nevera en busca de un refrigerio nocturno, ya que tenemos mucha hambre.

Pero si tomas beicon y huevos para desayunar, una comida rica en proteínas y grasas alimentarias, ¿quieres volver a comer a las diez y media? No.

El problema es mayor si estamos comiendo carbohidratos procesados y refinados, como hacen la mayoría de las personas. Cuando consumimos carbohidratos refinados, el nivel de azúcar en sangre se dispara, y el páncreas recibe la instrucción de producir una oleada de insulina. La función de la insulina es decirle al cuerpo que almacene la energía alimentaria como azúcar (glucógeno en el hígado) o grasa corporal. Este gran incremento de insulina hace que, inmediatamente, la mayor parte de la energía alimentaria entrante (calorías) pase a ser almacenada (como grasa corporal). Esto deja relativamente poca energía alimentaria disponible para el metabolismo. Los músculos, el hígado y el cerebro siguen pidiendo glucosa para obtener energía, y volvemos a tener hambre a pesar de que acabamos de comer. Este es el peor tipo de efecto dominó si buscamos mantener el peso o perderlo.

Además, como a estos alimentos procesados se les ha quitado la mayor parte o la totalidad de la fibra, no ocupan mucho espacio cuando llegan al estómago; por lo tanto, no activan los receptores de estiramiento de este órgano. A la hora del refrigerio, la mayoría de las calorías ingeridas ya se han depositado en las células adiposas, por lo que no es de extrañar que no tardemos en volver a tener hambre.

El hambre, el ayuno y la grelina

¿Qué sucede con el hambre durante el ayuno? La gente siempre supone que el hambre aumentará hasta volverse inmanejable. La verdad siempre resulta sorprendente: el hambre tiende a disminuir durante el ayuno. ¿Por qué? Hay dos razones, y la primera tiene que ver con los dos medios por los cuales el cuerpo obtiene energía alimentaria.

Durante el ayuno, el cuerpo pasa a obtener el combustible de otra fuente: en lugar de seguir dependiendo de la glucosa en sangre (derivada de los alimentos) para obtener energía, comienza a quemar grasa corporal (que es energía alimentaria almacenada). El cuerpo entra en el denominado estado de cetosis. Cuando empieza la cetosis, el cuerpo tiene acceso a los cientos de miles de calorías almacenadas en la grasa. Lo estamos alimentando, dándole todo lo que necesita; por lo tanto, ¿por qué debería tener hambre?

La grelina es la llamada hormona del hambre y, a diferencia del péptido YY y la colecistoquinina, incrementa el apetito. Por lo tanto, si quieres perder peso a largo plazo, tu cuerpo debe generar menos grelina. ¿Cómo puedes lograrlo? En un estudio, los sujetos realizaron un ayuno de treinta y tres horas, y les midieron la grelina cada veinte minutos.

El nivel de grelina se encuentra en su punto más bajo hacia las nueve de la mañana. Según los estudios sobre el ritmo circadiano, el hambre también es menor a esta hora. En general, coincide con el final del período más largo del día durante el cual no hemos comido. Esto confirma el hecho de que el hambre no es solo el resultado de «llevar un tiempo sin comer». A las nueve, llevamos unas catorce horas sin ingerir alimentos, pero es cuando tenemos menos hambre. La oleada de hormonas contrarreguladoras que se suscita antes del momento de despertar también tiene la función de calmar el apetito.

Por lo tanto, si el hambre no es un mero indicador de que el estómago está vacío, sino que es el resultado de la acción de ­nuestras hormonas, el hecho de comer no hace, necesariamente, que tengamos menos hambre.

Hay tres picos en la manifestación de la grelina, que corresponden al almuerzo, la cena y el desayuno del día siguiente, lo cual permite deducir que el hambre puede ser una respuesta aprendida. Estamos acostumbrados a tomar tres comidas al día, por lo que comenzamos a tener hambre solo porque es «la hora de comer». Pero si no comemos en esos momentos, el nivel de grelina no aumenta continuamente. Después de la ola de hambre inicial, disminuye, y el hambre mengua espontáneamente cuando llevamos unas dos horas sin alimentarnos. Por consiguiente, los estudios permiten inferir que si ignoramos el hambre, desaparecerá.

Si te detienes a pensar en esto, verás que ya has experimentado esta respuesta de reducción del nivel de grelina. Piensa en una ocasión en la que estuviste tan ocupado que trabajaste durante la hora del almuerzo. Tal vez hacia la una tuviste hambre, pero solo bebiste un poco de té, te volviste a enfocar en la tarea y hacia las tres ya no tenías hambre. En esas dos horas, «comiste» tu propia grasa corporal. Tu cuerpo recurrió a sus reservas de energía alimentaria para ayudarte a sobrellevar la situación. Esto es completamente natural; esta es precisamente la razón por la que tenemos grasa corporal. «Montaste una ola» de hambre y pasó porque tu cuerpo cuidó de sí mismo.

Los niveles medios de grelina disminuyen a lo largo de un ayuno de veinticuatro horas, lo que significa que no comer nada durante un largo período de tiempo nos hace sentir menos hambre. Esto también es válido en los ayunos muy prolongados. Un estudio reciente mostró que, a lo largo de tres días de ayuno, la grelina y el hambre disminuyeron gradualmente. Sí, lo has leído bien. Los sujetos del estudio tuvieron mucha menos hambre al no comer durante tres días. Esto concuerda perfectamente con nuestra experiencia clínica con clientes que han hecho ayunos prolongados.

Finalmente, vale la pena señalar que existe una diferencia sustancial entre los hombres y las mujeres en lo que respecta a la grelina. Cuando los hombres ayunan, los niveles de la hormona del hambre solo se reducen un poco, mientras que en el caso de las mujeres bajan enormemente. Por lo tanto, cabe esperar que las mujeres se beneficien mucho más del ayuno, porque su hambre disminuye más. He encontrado que esto es cierto; muchas mujeres me han contado que un ayuno largo pareció acabar totalmente con sus antojos.

En conclusión, la mayoría de las personas que comienzan a ayunar se sorprenden al ver que su hambre no solo es manejable, sino que en realidad disminuye. Por lo general, dicen cosas como «creo que se me ha encogido el estómago» o «ya no puedo comer tanto». Esto es perfecto. Porque si uno ya no tiene tanta hambre, está trabajando con su cuerpo para perder peso en lugar de luchar constantemente contra él. El ayuno intermitente y el prolongado, a diferencia de las dietas de restricción calórica, ayudan a solucionar el principal problema del aumento de peso: el hambre. La cantidad de grelina, la principal causa hormonal del hambre, disminuye con el ayuno, lo cual convierte el hambre en un problema manejable. De hecho, es posible que deje de ser un problema. Entonces, prepárate y no tengas miedo en ningún momento; aprenderás a vencer al Hambre Acosadora tan pronto como empieces a ayunar. Y te resultará mucho más fácil de lo que piensas.

MEGAN RAMOS

¿Alguna vez has comido unas rebanadas de pan de ajo, un tazón de pasta y un tazón de helado y has seguido teniendo hambre? ¿Alguna vez has cenado fuera y al llegar a casa has engullido, sin que nadie te viera, una bolsa de palomitas para llenarte antes de acostarte? No eres el único o la única. Oigo estas historias todos los días, y yo ­misma he protagonizado algunas. La mente de estas personas les dice que están llenas porque tienen que correr una muesca el cinturón, a la vez que su estómago se queja de que está vacío. Estos individuos se sienten indefensos y piensan que no tienen el control; se atiborran de alimentos que saben que no los van a llenar.

Y hay personas a las que les ocurre todo lo contrario: comen medio sándwich o una ensalada pequeña a la hora del almuerzo y a continuación declaran que están totalmente llenas. ¡Y no porque traten de mostrarse modestas! Están llenas y no comerán más, porque les resultaría incómodo hacerlo.

Muchos de mis clientes se han sometido a una intervención de cirugía bariátrica. Su apetito estaba tan descontrolado que sintieron que debían operarse para poder controlar su cuerpo. Pero a pesar de todas las promesas que hacen los médicos a sus pacientes en cuanto a que esta intervención los ayudará a perder peso y mejorar su salud, casi siempre falla. Al principio, la mayoría pierden algo de peso, pero al cabo de unos meses vuelven a ganarlo. Y lo que es aún peor, sienten que su apetito está tan fuera de control como siempre. «¿Cómo puede ser? –preguntan desesperadas–. ¡Me he hecho grapar el estómago para hacerlo más pequeño!».

Este es un ejemplo de lo mucho que malinterpretamos la idea del hambre. No nos sentimos hambrientos porque nuestro estómago sea tan grande que no podemos llenarlo. El hambre tampoco tiene que ver con el autocontrol. No podemos no tener hambre. No podemos decidir tener menos hambre. Tenemos hambre o no la tenemos. El apetito es impulsado por las hormonas, por lo que son estas las que debemos arreglar. Lo que no necesitamos es reconectar quirúrgicamente nuestros intestinos. Ni contar calorías. Si no regulamos el apetito en el ámbito hormonal, nunca recuperaremos el control, por más pequeño que sea nuestro estómago. La clave de la pérdida de peso no es controlar las calorías, sino controlar el hambre.

El hambre es un hábito

Supe que tenía un problema con el hambre cuando estuve a punto de atacar a una mujer en un avión por no comerse toda la bolsa de minibretzels que le había dado la azafata. Yo había devorado mi bolsita en menos de sesenta segundos, y no pude entender cómo esa mujer podía comerse dos bretzels y no tocar el resto. La confusión, la ira, la frustración y, sobre todo, el hambre, inundaron mi cuerpo durante el resto del vuelo, y cuando el avión aterrizó y desembarqué, me eché a llorar. Me sentí patética. Pero ocurría algo más. La parte clínica y racional de mi cerebro se había saturado.

¿Qué estaba pasando? Era una investigadora médica de éxito, pero me estaba volviendo loca por una bolsa de bretzels. Era una persona disciplinada en todas las demás áreas de mi vida, y no había ninguna razón por la que no pudiera serlo con la comida. Algo tenía que estar seriamente mal, y no era falta de fuerza de voluntad o disciplina. No era un defecto de carácter. Mi hambre era una respuesta condicionada. En pocas palabras, era un mal hábito.

Si cada día desayunamos a las siete, almorzamos a las doce y cenamos a las seis, aprendemos a estar hambrientos a esas horas. Incluso si tomamos una comida muy abundante como almuerzo, de manera que lo normal sería no tener hambre para cenar, puede ser que de todos modos nos sintamos «hambrientos» alrededor de las seis por el solo hecho de que es «la hora de cenar». Los niños pequeños, que aún no han desarrollado estos hábitos, muchas veces se niegan a comer cuando es la hora, mientras que los niños mayores aprenden estos hábitos y comen a pesar de no estar hambrientos de forma natural.

Actualmente, no estamos condicionados a comer solo tres veces al día. La mayoría de nosotros tomamos refrigerios o comidas seis veces al día o más. En una conferencia reciente a la que acudí, por ejemplo, se nos dio un desayuno completo a los asistentes. A las diez y media se nos proporcionó un refrigerio de media mañana, y la mayoría de los asistentes, que eran médicos, comieron algo. En las oficinas de Estados Unidos, alguien traerá magdalenas o bagels a la reunión de media mañana o media tarde. Pensemos en esto un momento. Acabamos de comer. ¿Por qué necesitamos volver a hacerlo? No hay ninguna razón en absoluto. Estamos forjando el hábito de comer continuamente, a pesar del hecho de que no es posible que todos tengamos hambre.

Finalmente, el hambre también es un estado muy sugestionable. Es decir, puede ser que no tengamos apetito en un momento dado, pero cuando olemos a pizza caliente, deliciosa y con mucho queso mientras caminamos por la zona de restaurantes de un centro comercial, es posible que pasemos a estar muy hambrientos. Se trata de un estímulo natural. En mi caso, el hecho de oír cómo esa mujer abrió su bolsita de minibretzels fue como si hubiese oído el sonido de una campana que llamase a comer. No tenía hambre, pero una vez que empecé a pensar en comida, no pude soltar ese pensamiento. Era un reflejo; no tenía nada que ver con la disciplina o la fuerza de carácter.

Por lo tanto, la pregunta es: ¿cómo podemos combatir esto? El ayuno ofrece una solución única. Saltarse comidas de forma aleatoria y hacer que los intervalos entre comidas no sean siempre los mismos ayuda a romper el hábito de comer entre tres y seis veces al día. En lugar de tener apetito por el mero hecho de que es hora de comer, solo lo tenemos cuando estamos realmente hambrientos. Del mismo modo, al no comer durante todo el día, podemos romper las asociaciones arraigadas entre la comida y un estímulo: ver la televisión, ir al cine, dar un largo paseo en coche, acudir a la práctica deportiva de nuestro hijo, etc. En mi caso, el estímulo fue estar en un avión; pensar en esas bolsitas de minibretzels despertó mi hambre. Cuando la azafata llegó a la altura de mi asiento para ofrecerme un refrigerio, ya estaba babeando.

El ayuno puede romper todas estas respuestas condicionadas. Si no estamos acostumbrados a comer cada dos horas, no ­empezaremos a salivar como los perros de Pavlov cada dos horas. En cambio, si adquirimos el hábito de comer cada dos horas, no es de extrañar que nos resulte cada vez más difícil resistirnos a los restaurantes de comida rápida cuando estamos caminando por ahí. Cada día se nos bombardea con imágenes de alimentos, referencias a alimentos y tiendas de alimentos. Combinadas, la disponibilidad de alimentos y nuestra arraigada respuesta pavloviana es mortal para nuestra salud.

Pero parar en seco no es la manera más eficaz de acabar con los hábitos. Las investigaciones y mi experiencia clínica permiten concluir que hay una estrategia más efectiva: reemplazar un hábito poco saludable por otro menos dañino. Por ejemplo, supón que tienes la costumbre de comer patatas fritas o palomitas de maíz mientras ves la televisión. El solo hecho de dejar de hacerlo te hará sentir que te falta algo. En lugar de ello, sustituye ese refrigerio engordador por una taza de té verde o una infusión. Al principio encontrarás que esta medida es insatisfactoria, sí, pero la sensación de que te «falta algo» será mucho menor.

Con el tiempo descubrí que me gusta mucho el té verde con jazmín, y acabé por usarlo para satisfacer mi necesidad de consumir alguna cosa. Por esta misma razón, muchos fumadores que intentan dejar de fumar mastican chicle. Durante el ayuno, en lugar de saltarte totalmente el almuerzo (o el desayuno), toma una taza de café. Prueba a reemplazar la cena por un tazón de caldo de huesos casero. Cambiar de hábitos en lugar de frenar de golpe te permitirá sostener más fácilmente la nueva situación a largo plazo.

Las influencias sociales también juegan un papel importante en los hábitos alimentarios. Cuando nos reunimos con amigos, solemos hacerlo alrededor de una comida, un café o un cóctel. Esto es normal y natural; forma parte de la cultura humana en todo el mundo. Intentar combatir estos comportamientos no es, claramente, una estrategia ganadora. Evitar totalmente las situaciones sociales y los encuentros con los amigos tampoco es saludable. ¿Qué puedes hacer? No intentes luchar contra eso. Como te mostraré en el capítulo veinte, puedes adaptar el ayuno a tu agenda.

Un buen día supe que me había curado hormonalmente del hambre, y no gracias a los resultados de un análisis de sangre o de un análisis de composición corporal o a las tallas de ropa que me iban bien. Mi mejor amiga, que era casi una hermana para mí, estuvo a punto de morir durante el parto. Mientras se estaba recuperando y su hijo recién nacido estaba siendo monitorizado en la Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales, fui a verla, angustiada. Cuando entré en el hospital, me vinieron muchas ganas de tomar un té verde con jazmín, por lo que fui a la cafetería del lugar.

Mientras estaba bebiendo el té, me di cuenta de que estaba rodeada de todos los alimentos que antes utilizaba para aliviarme: bretzels, bagels, patatas fritas, patatas fritas de bolsa... Pero todo lo que quería era mi té. No me importaban esos otros alimentos ni la gente que se llenaba la boca con ellos en la mesa de al lado. La batalla había sido larga y dura, pero la había ganado. Había cambiado un hábito destructivo (comer comida basura) por otro inocuo (beber té verde).

El ayuno me ha devuelto el control sobre mi cuerpo. Ni siquiera puedo describir la medida en que este hecho me empodera. Una parte de mí aún se pone triste de vez en cuando por el hecho de que tuve que lidiar con ese tema. Una parte de mí está enojada con el mundo por el estado de nuestro sistema alimentario en su conjunto. Lo que me apacigua es saber que puedo hacer algo al respecto y que puedo enseñar a otros a hacer lo mismo que hice yo, también con éxito.

Un médico joven al que conozco llevaba muchos años luchando contra la obesidad, y finalmente perdió algo de peso gracias a seguir una dieta baja en carbohidratos. No alcanzó su peso ideal, pero se sintió feliz al ver que tenía cierto éxito. Sin embargo, desafortunadamente, aún no podía resistirse a los alimentos poco saludables.

Después de pasar una semana conmigo y de ver todas las formas en que el ayuno había beneficiado a mis clientes, se sintió motivado a intentar realizar un ayuno de siete días, consistente, como habrás adivinado, en no comer durante toda una semana. Comenzó su ayuno sin muchas dificultades, pero le intranquilizaba el problema que sabía que tenía con el hambre. Le dije que no se preocupase y que tuviese paciencia. Cuando lo vi, para hacerle un seguimiento, justo después de que hubo finalizado el ayuno, me dijo lo siguiente, sonriendo: «Por primera vez en mi vida he rechazado comida porque no la quería. No me abstuve porque estuviese ayunando; realmente no tenía hambre. ¡Mi apetito disminuyó! Megan, nunca había rechazado la comida de esta manera».

Cada día atiendo a clientes que tienen este tipo de experiencia. Entran en mi consulta y lloran porque por primera vez en años sienten que tienen el control de su cuerpo. Puedo ver el cambio en su postura. Están más altos y tienen el pecho y la cabeza más erguidos. ¡Incluso parecen tener los ojos más claros! Presenciar este tipo de cambio es lo que me alegra más el día.

Cómo acabar con el hábito del hambre

El hambre suele estar asociado con las horas del día en las que estamos acostumbrados a comer, a un lugar o a una ocasión. Aquí tienes algunas maneras fáciles de interrumpir la respuesta condicionada al hambre:

1 Come en la mesa solamente. No comas en tu escritorio. No comas en el coche. No comas en el sofá. No comas en la cama. No comas durante las clases. No comas en el cine ni en los eventos deportivos.

2 Si tienes la tentación de comer a cierta hora del día, por ejemplo a las tres y media porque siempre meriendas a las tres y media, programa una alarma para que suene a esa hora. Cuando suene la alarma, bebe un vaso de agua o una taza de té en lugar de comer. Lo más probable es que te sentirás lleno.

3 Cuando estés en un avión, ponte los auriculares cuando pase la azafata y rechaza los refrigerios que te ofrezca.

1 En esta obra, almuerzo hace referencia a la comida principal del mediodía. (N. del T.)

2 El autor se basa en el horario típico estadounidense. Es muy posible que las horas de referencia no sean las mismas en otros países. (N. del T.)

CAPÍTUO 4

Olvídate de la
restricción calórica

EVE MAYER

No puedo decirte cuántas veces he oído repetir a alguien alguna versión de la instrucción de soltar el tenedor para perder peso. Si eres como yo, has intentado reducir la ingesta mil veces, y has fallado en todas las ocasiones. Realicé incursiones en el arte de hacer dieta desde los ocho años, que fue cuando empezó a preocuparme el sobrepeso, y casi todos esos esfuerzos implicaron algún tipo de restricción calórica.

Otras formas de decir «restricción calórica»

 Calorías entrantes frente a calorías salientes.

 Comer menos o tomar comidas más pequeñas con mayor frecuencia.

 La ecuación del equilibrio energético.

 Control de las porciones.

 En términos científicos, la ley de la termodinámica.

Mi primera dieta real fue probablemente la versión más ridícula de restricción calórica que te puedas imaginar. Siendo adolescente, engordé siete kilos extra. Después de considerar cuidadosamente cuál era el alimento que me llenaba en todas las ocasiones, diseñé, llena de orgullo, una dieta en torno a él. Señoras y caballeros, les presento mi creación: la dieta de la barra de caramelo.

Me saltaba el desayuno y el almuerzo, y durante las cenas, todas las noches, engañaba a mi madre; revolvía la comida que había en mi plato y comía un bocado o dos cuando no estaba hablando. En la escuela, después del mediodía, cuando mi estómago empezaba realmente a retumbar, me metía sigilosamente en el hueco de la escalera donde estaba la máquina expendedora y compraba un Kit Kat sin que nadie me viera. Le quitaba el envoltorio a la barrita y hacía que mi deliciosa «comida» durara veinte minutos; mordía el chocolate exterior y separaba las capas del producto, una por una, para disfrutarlas por separado. Sabía que en caso de que pudiese comer mil calorías al día perdería peso. ¡Un Kit Kat solo contenía doscientas dieciocho calorías, por lo que no tardaría nada en ­adelgazar!

Estuve una semana con la dieta del Kit Kat y perdí dos kilos y medio. Después de sentirme mal y tener hambre todo el tiempo durante esa semana, dejé oficialmente la dieta, y volví a comer como lo había estado haciendo antes. Durante las dos semanas siguientes, engordé cuatro kilos.

La idea de seguir una dieta siempre empezaba de la misma manera en mi caso: miraba mis michelines o sentía que mis muslos frotaban el uno contra el otro, y pensaba en la promesa de una nueva vida. Elaboraba un plan durante un día o dos, y después me ponía manos a la obra. A lo largo de los años, probé con SlimFast, Nutrisystem, Weight Watchers, la dieta de sopa de repollo y muchas limpiezas a base de zumos. Encontré dietas en revistas –ilustradas con brillantes fotos de platos que contenían porciones controladas–, llevé a cabo dietas diseñadas por spas y organizaciones sanitarias, y seguí un programa alimentario creado por mi médico. He seguido al menos cincuenta dietas que restringían la cantidad de calorías que se debían ingerir, y he contado las grasas, el sodio, el agua, los macronutrientes y casi cualquier otro nutriente que existe. He comido doscientas, seiscientas, ochocientas, mil doscientas o mil ochocientas calorías al día, y en todos los casos he perdido peso al principio. Sin embargo, siempre me he sentido malhumorada, cansada, enojada, frustrada, distraída y abatida al seguir estas dietas.

Cuanto menos consumía, más hambre tenía, y cuantas más veces fallaba a la hora de perder peso, con mayor fuerza creía que era una fracasada. En mi desesperación, comía lo que quería cuando dejaba de hacer la dieta de turno, y no solo recuperaba el peso, sino que engordaba unos kilitos adicionales. A esto lo llamo mi «círculo de desesperación grande y gordo», porque eran aventuras peligrosas de las que nunca podía salir indemne. Solo me sentía feliz el día o los dos días previos al inicio de una nueva dieta.

No lo sabía hace unos años, antes de comenzar a ayunar, pero la restricción calórica es una falsedad. A lo largo de todos los días infelices de mis muchas dietas fallidas, tuve un hambre constante y fui incapaz de liberarme de la obesidad, pero no tenía ni idea de cuál era el motivo.

MEGAN RAMOS

¿Que cuál era el motivo? Pues que la idea de las calorías es demasiado simplista, y que la teoría que hay detrás de la restricción calórica es completamente errónea. Déjame explicártelo.

Calorías y metabolismo

La famosa hipótesis de la obesidad de las calorías entrantes y salientes, llamada más formalmente ecuación del equilibrio energético, se reduce a una fórmula simple: acumulación de grasa = calorías que entran − calorías que salen. Nos pasamos la mayor parte del tiempo obsesionados con las calorías que entran y no prestamos mucha atención a las calorías que salen más allá del ejercicio. La razón por la que la mayoría de las personas no piensan en el gasto calórico en términos más complejos es que la tasa metabólica basal del cuerpo, o TMB, es una cuestión más difícil de comprender. Como decíamos anteriormente, la TMB es la cantidad de energía (calorías) que quema el cuerpo con el único fin de mantenerse con vida. La TMB no incluye el ejercicio; solo hace referencia a la energía que requieren los órganos para funcionar. La TMB es difícil de medir, por lo que la mayoría de los «expertos» suponen que no cambia.

Esto es completamente falso. La tasa metabólica basal puede aumentar o disminuir en un 50 % en función de la ingesta calórica y también de otros factores, como la respiración y el gasto energético total.

Esta es la razón por la que las dietas basadas en la restricción calórica dejan de funcionar. Cuando reducimos la ingesta calórica, nuestra tasa metabólica basal comienza a disminuir. Hemos reducido las calorías entrantes, pero en respuesta, el cuerpo reduce las calorías salientes. Los sistemas orgánicos comienzan a efectuar recortes en el presupuesto energético en todos los ámbitos: le quitan un poco de energía al sistema reproductivo, un poco al sistema respiratorio, un poco a la función cognitiva..., y pronto estamos gastando menos calorías. Por ejemplo, si comemos quinientas calorías menos pero nuestro cuerpo quema quinientas calorías menos, no perderemos grasa corporal. Este es el pequeño secreto sucio de las dietas basadas en la restricción calórica.

No conozco a una sola persona que no haya probado una o más de estas dietas, y la mayoría, si no todas, han perdido peso inicialmente y después se han estancado. Como Eve, tienen más hambre cada día que pasa, y puesto que su cuerpo quema menos calorías, también sienten frío y se cansan. Cuando su tasa metabólica toca fondo, redoblan sus esfuerzos, lo cual funciona, pero solo durante un corto período de tiempo. Después se rinden, convencidas de que su cuerpo no funciona bien, y retoman su antigua forma de comer. En unas pocas semanas pesan más que antes de empezar. Unos meses o un año después, siguen una dieta diferente, pero constituye otra versión de la restricción calórica y no tiene nada en cuenta la TMB.

¿Te resulta familiar?

Déjame mostrarte una mejor manera de pensar en las calorías.

Las calorías difieren

Cuando me encuentro con un cliente nuevo, lo primero que hago es pedirle que me diga cinco alimentos, dejando aparte la comida basura, que debería eliminar de su dieta para perder peso. Por lo general, los clientes mencionan el pan, el arroz, la pasta, las patatas y el maíz. A continuación les explico que, si bien estos alimentos definitivamente engordan, también son extremadamente bajos en grasas y calorías. Sí, lo has leído bien: los alimentos que pueden hacer que ganes peso también son bajos en calorías.

La mayoría de mis clientes se sorprenden, pero no les explico nada de inmediato. Lo que hago es dejar que cale en ellos la idea de que gran parte de la información nutricional que han oído durante años es totalmente incorrecta. Después les hago un par de preguntas más:

¿Qué es más probable que te haga ganar peso? ¿Una lata de refresco o un puñado de almendras crudas?

En todos los casos, mis clientes se animan de repente, porque están convencidos de que dirán la respuesta correcta. Por supuesto, eligen la «lata de refresco». A continuación les pregunto:

¿Un puñado de almendras crudas es bueno o malo para perder peso?

Casi todas las personas dicen que la respuesta es «bueno».

¡Es entonces cuando «entro a matar»!

Una lata de refresco contiene ciento setenta calorías, y es probable que ocasione aumento de peso. Un puñado de almendras crudas también contiene ciento sesenta calorías; sin embargo, es probable que conduzca a perder peso. ¿Cómo pueden tener efectos diametralmente opuestos la misma cantidad de calorías? Si las calorías difieren tanto, ¿cómo afectan al aumento o a la pérdida de peso? Y si en realidad no importa lo que comemos, ¿cabe deducir que una persona puede vivir a base de refrescos (o, si eres Eve, de Kit Kats) y aun así perder peso?

Por supuesto que no. La forma en que nuestro cuerpo procesa los alimentos es más compleja que eso.

La respuesta hormonal de nuestro cuerpo a dos alimentos que contienen las mismas calorías es considerablemente diferente según la composición de esos alimentos. El azúcar presente en un refresco hará subir nuestro nivel de azúcar en sangre y hará que nuestro páncreas produzca grandes cantidades de insulina. Los nutrientes de las almendras, que incluyen proteínas y grasas, no tendrán este efecto. Una vez que se han digerido las almendras, el cuerpo solo experimenta un pequeño incremento del nivel de glucosa en sangre.

Una caloría es una caloría, al igual que un perro es un perro, pero hay muchas razas de perros. Las respuestas hormonales y metabólicas del cuerpo a los refrescos y las almendras son totalmente diferentes y, por lo tanto, los efectos engordadores de esos alimentos también difieren. Además, cada función corporal, desde el control del azúcar sanguíneo hasta la temperatura corporal, está regulada por una red de sistemas hormonales. La hipótesis relativa a la obesidad de las calorías entrantes y salientes nos pide que supongamos que las células adiposas no están reguladas. Pero ¿por qué nuestras hormonas controlarían todo en nuestro cuerpo excepto las células adiposas? Este enfoque no tiene ningún sentido.

Entonces, si las calorías no importan, ¿cómo ganamos peso? La respuesta a esta pregunta no debería sorprender a ningún médico que haya recetado insulina a un paciente con diabetes tipo 2. Tan pronto como empieza a tomar insulina, sube de peso, y cada vez que se le aumenta la dosis, gana peso en mayor medida. No importa si come menos o se mueve más; engordará de cualquier modo.

Por lo tanto, la respuesta a la regulación del peso radica en la insulina.

Qué tiene de distinto el ayuno

Los consejos alimentarios habituales de que evitases la grasa y tomases comidas pequeñas para impulsar el metabolismo no hicieron nada para controlar tu hambre. Durante años te han dicho que te falta fuerza de voluntad para comer menos, y que si tienes sobrepeso es por culpa tuya. Nada podría estar más alejado de la verdad. Son las dietas de restricción calórica las que hacen que tu metabolismo se ralentice hasta ir a paso de tortuga.

El ayuno hace todo lo contrario. La hormona noradrenalina, que se produce durante los períodos de ayuno, incrementa la tasa metabólica. A medida que ayunamos más y con regularidad a lo largo del tiempo, la tasa metabólica aumenta y logramos perder más peso.

Por ejemplo, trabajamos con una mujer de cuarenta y siete años que había probado todas las dietas populares en Estados Unidos, pero cuya tasa metabólica basal había descendido hasta las cuatrocientas ochenta y siete calorías por día. 1 Este nivel es extremadamente bajo. Una mujer de sesenta y un kilos de peso, un metro sesenta y cinco de altura y cuarenta y siete años debería tener una TMB de mil doscientas, aproximadamente. Tras seis meses de ayuno intermitente y de seguir una dieta baja en carbohidratos y alta en grasas, esta clienta pudo elevar su TMB a unas ochocientas cal/día. Un año más tarde, llegó a las mil doscientas (la cantidad es aproximada). No comenzó a perder peso hasta llevar seis meses siguiendo este nuevo estilo de vida, pero entendía las razones científicas y sabía que el ayuno y su nueva dieta eran su solución. Fue paciente, ¡y me alegro mucho de que lo fuera! Empezó a perder peso en serio entre los meses octavo y decimosegundo, y actualmente ha perdido veintisiete kilos. ¡Nunca podría haber obtenido este resultado con una dieta basada en la restricción calórica!

JASON FUNG

Como argumenté en mi libro El código de la obesidad, no es correcto fijarse de forma obsesiva en las calorías. Reflexionemos un poco al respecto. Hasta la década de 1970, había poca obesidad, y eso que la gente prácticamente no tenía ni idea de cuántas calorías consumía. La gente tampoco prestaba atención a la cantidad de calorías que quemaba. El ejercicio no era algo que uno hiciera para divertirse; sin embargo, en todo el mundo las personas estaban mucho más sanas y delgadas que hoy en día. Si la mayor parte de la población mundial era capaz de evitar la obesidad sin contar las calorías, ¿por qué es tan fundamental actualmente contarlas para estabilizar el peso? Nuestra sociedad no tuvo un sobrepeso excesivo durante más de cinco mil años ¿y resulta que desde 1980 no podemos vivir sin contar las calorías y los pasos que damos? No tiene sentido.

La dieta estadounidense ha experimentado dos grandes cambios desde la década de 1970. Primero, se nos aconsejó que comiésemos menos grasa y más carbohidratos. Esta directriz de comer más pan y pasta resultó no ser especialmente adelgazante. Pero también hay otro problema, que ha pasado desapercibido en gran medida: el aumento de la frecuencia de las comidas.

Nuestra cultura ultraconsumidora

Antes de la década de 1980, la gente solía comer tres veces al día: desayunaba, almorzaba y cenaba. Si uno no tenía hambre, era perfectamente aceptable que se saltase una comida. En 2004, la cantidad de comidas diarias había aumentado hasta acercarse a seis; casi el doble. Los picoteos ya no eran un mero capricho, sino que se fomentaban como un comportamiento saludable. Y saltarse comidas estaba muy mal visto. ¿Qué clase de mundo extraño era ese en el que había que comer constantemente para perder peso?

Los médicos, los dietistas y las revistas le decían a la gente que en ningún caso se saltase una comida, pues eso podía tener unas consecuencias nefastas. Pero ¿qué es eso tan malo que ocurre cuando no comemos? Veámoslo. Si no comemos, nuestro cuerpo quema la grasa corporal almacenada para obtener la energía que necesita. Eso es todo. Almacenamos grasa para poder usarla, y si no comemos, utilizamos la grasa corporal.

El comercio minorista y la cultura (social, familiar y comercial) han prosperado en torno a este hábito de sobreconsumo. Hoy en día, tenemos docenas de oportunidades de comer en un solo día: el desayuno, las reuniones de media mañana a las que alguien hace traer magdalenas y bagels, el almuerzo, los descansos para tomar café a media tarde, la cena, las bebidas de después de la cena (acompañadas de algo para picar) y el tiempo en que nos acurrucamos frente al televisor también con algo para picar.

Este es un fenómeno relativamente nuevo y es el resultado de una cultura en la que se producen en masa productos alimenticios baratos y de baja calidad. Si lo piensas, ¿no te parece extraño que consumir sea la norma y que abstenerse de comer sea algo que requiera esfuerzo? Consideremos lo que necesitarías para comer un dónut en el pasado. Si vivieras en una granja en los Estados Unidos del siglo XIX, deberías plantar trigo, criar algunas vacas para producir leche y comprar azúcar. Seis meses después, podrías cosechar el trigo, molerlo para convertirlo en harina, mezclarlo con la leche y el azúcar, y después te pasarías unas horas cocinándolo para disfrutar tu sabroso capricho. Al ser necesario tanto trabajo, probablemente no te molestarías en hacer el dónut, ¿verdad?

Hoy en día, esto ya no es así. En Estados Unidos, hay un Dunkin’ Donuts en cada salida de autopista. ¡Incluso hay una tienda de dónuts en el hospital donde trabajo!

¿Qué ocurría en la década de 1970, antes de la epidemia de obesidad? Que era mucho más fácil conseguir un dónut que en el siglo XIX, pero aún no era socialmente aceptable. Si un niño lo pedía como refrigerio al salir de la escuela, su madre solía decirle: «No, que después no tendrás hambre para cenar». Y si el niño quería un refrigerio antes de acostarse, su madre le decía: «No; deberías haber comido más en la cena». Si hubieses traído magdalenas a la reunión de media tarde en el trabajo, tus colegas te habrían visto como alguien descortés o chiflado. Si eras un niño travieso y te mandaban a la cama sin cenar, a nadie le preocupaba la posibilidad de que perderte una sola comida arruinase tu salud de forma irreversible. Los dietistas, los médicos y todos los demás profesionales de la nutrición tenían muy claro que debíamos tomar tres comidas al día.

Todo eso ha cambiado.

Además, la gran cantidad de gente que antes comprendía y apoyaba el ayuno ha derivado en una población marginal. En el pasado, si uno ayunaba, lo hacía dentro de una comunidad de personas de ideas afines. Por ejemplo, si eras católico, tu sacerdote hablaba del ayuno durante la Cuaresma, y tus familiares y amigos de la iglesia ayunaban contigo. No había platos de comida en cada mesa de las salas de conferencias ni máquinas suministradoras de refrigerios en todos los salones y nadie esperaba que cocinases, porque nadie estaba comiendo. Ocurría lo mismo con los musulmanes, judíos, budistas, hindúes y otros durante sus respectivos períodos de ayuno.

Bajo estas condiciones, no era tan difícil ayunar. Uno podía tener hambre, por supuesto, pero el hecho de saber que todos los demás experimentaban lo mismo era reconfortante. No había alimentos para hacernos caer en la tentación de «hacer trampa», y aunque ayunar no era cómodo, comprendíamos que ese era el sentido de la Cuaresma. Era algo que hacíamos de forma natural en esa época del año. A veces nos dábamos un banquete y a veces ayunábamos.

Situémonos, ahora, en el día de hoy. Tomar refrigerios se fomenta activamente como algo saludable, incluso cuando nos lamentamos bajo el peso de la crisis de obesidad. Si no les damos refrigerios a nuestros hijos, la gente prácticamente considera que estamos cometiendo abuso infantil. Es socialmente aceptable comer en el coche, en el escritorio, mientras caminamos, mientras hablamos por teléfono y en el cine. Hemos puesto portavasos en nuestros autos para que comer allí sea más fácil. Los médicos, nutricionistas y dietistas nos dicen que nos aseguremos de comer constantemente a lo largo del día, porque de lo contrario entraremos en «modo de inanición», y argumentan que saltarnos comidas nos hará engordar.

A menudo pensamos que tenemos el control de las decisiones que tomamos, pero la psicología conductual indica que la ­motivación proviene, en gran parte, de las influencias sociales. El trabajo de Daniel Kahneman y Richard Thaler sobre la economía conductual, que ganó el Premio Nobel, mostró que los humanos son, como dice Dan Ariely, previsiblemente irracionales.

Pongamos, como ejemplo, las tasas de donación de órganos.

En Dinamarca, la tasa de donantes de órganos es de alrededor del 4 % de la población. En la vecina Suecia, la tasa es del 89 %. Los daneses y los suecos son muy similares en casi todos los aspectos; por lo tanto, ¿a qué se debe tamaña discrepancia? La respuesta se encuentra en el estado predeterminado. En Dinamarca, hay que marcar una casilla si se quiere entrar en el programa de donación de órganos. En Suecia, hay que marcar una casilla si no se quiere estar en el programa de donación de órganos. La diferencia no radica en las personas o sus valores.

Voy a poner otro ejemplo. Hace poco me inscribí para probar gratuitamente Amazon Prime. Me admitieron automáticamente. Mucho después de que dejó de ser beneficioso para mí, sigo estando inscrito. Este fenómeno, por supuesto, es bien conocido. Si un problema es demasiado complejo o abrumador, nos dejamos llevar por la inercia. Cuando no sabemos qué hacer, tomamos la decisión que otros ya han tomado por nosotros.

Entonces, ¿por qué la pérdida de peso era automática en la década de 1970 y el aumento de peso se volvió automático en la década de 2000? El problema no es la gente, sino el sistema o modo predeterminado. Lo peor es que vemos la obesidad como un problema de los individuos en lugar de verla como un problema del sistema. Por ejemplo, tomemos en consideración el razonamiento lógico según el cual si hay más obesos hoy que en la década de 1970 es porque las personas de hoy tienen menos fuerza de voluntad. ¿Tiene algún sentido esto? Este argumento es el que hace que la gente se avergüence de estar gorda.

La principal diferencia entre la década de 1970 y la actualidad es que hoy el valor predeterminado es comer, mientras que en la década de 1970 era no comer. Este hecho, como en el caso de la donación de órganos, tiene unas implicaciones tremendas. Por fortuna, no se necesita fuerza de voluntad para cambiar este modelo de comportamiento. Lo que hay que hacer es cambiar el modo predeterminado. Debemos cambiar nuestro entorno, lo cual es mucho más fácil que cambiarse a uno mismo. Si establecemos que el modo predeterminado es el de no comer, la fuerza de voluntad la necesitaremos para comer.

Pongamos como ejemplo una reunión de media tarde. Estás aburrido y no tienes mucha hambre, pero empiezas a pensar en una deliciosa galleta con chispas de chocolate. ¿Abandonarías la reunión de forma descortés y repentina, te subirías al coche, llegarías a la panadería del barrio y comprarías una galleta? ¿Regresarías a la reunión con migajas en la camisa mientras tus colegas te miran en silencio, horrorizados y con gestos de desaprobación? Por supuesto que no harías eso. Pero ¿y si el jefe de personal hubiera mandado traer un plato de galletas y café a la reunión? Quizá el 90 % de nosotros comeríamos sin pensarlo esa galleta ubicada tentadoramente en la sala. ¿Dónde radica la diferencia entre comer la galleta y no comerla? Como ocurre con las tasas de donación danesas y suecas, en el modo por defecto. Podemos ir a por un refrigerio cuando queramos, pero es obligatorio tenerlo delante durante las reuniones. Si corregimos el modo predeterminado, la pérdida de peso pasará a ser automática. El ayuno intermitente, por supuesto, establece como modo predeterminado no comer y ayuda a la gente a perder peso. No comer se convierte en el nuevo comer.

Creo que aporta un gran alivio el hecho de cambiar nuestro punto de vista sobre la cantidad y los tipos de alimentos que comemos, y cuándo y con qué frecuencia los consumimos. Si miramos nuestro entorno de otra manera, reconociendo que comer todo el tiempo no es normal, les quitamos mucha presión y muchas opciones a los entornos alimentarios muy estresantes. La carga de tener que comer constantemente se ha ido. La ansiedad por comprar continuamente y hacer pausas para picar algo ya no está ahí. El hambre ya no es una imposición; constituye una parte natural de la química de nuestro cuerpo. Al principio, el ayuno puede parecer un desafío, pero acaba por liberar nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestro estilo de vida.

1 Las mediciones de la TMB suele tomarlas un profesional de la salud. Para completarlas, las mediciones de los niveles de dióxido de carbono y oxígeno se registran después de que la persona ha ayunado durante doce horas y ha dormido al menos ocho horas. La TMB ideal se puede medir aproximadamente con esta fórmula: Hombres: TMB = 10 × peso (kg) + 6,25 × altura (cm) – 5 × edad (años) + 5 Mujeres: TMB = 10 × peso (kg) + 6,25 × altura (cm) – 5 × edad (años) – 161

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