Kitabı oxu: «Los dobles»

E. T. A Hoffmann
Los dobles
Traducción:
Martín Koval y Marcelo G. Burello
Estudio preliminar:
Marcelo G. Burello

| Hoffmann, Ernst Theodor WilhelmLos dobles. Los bandidos. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2012. - (Trazos; 0)E-Book.ISBN 978-987-599-262-71. Narrativa Alemana. I. TítuloCDD 833 |
La presente edición del relato “Los dobles” ha sido traducida de E. T. A. Hoffmann, Die Doppeltgänger. Erzählung, en Sämtliche Werke, t. V, Lebens-Ansichten des Katers Murr, Werke 1820-1821, H. Steinecke y G. Allroggen (eds.), Francfort d. M., Deutscher Klassiker Verlag, 1992, pp. 755-813 (notas: pp. 1162-1182).
© Libros del Zorzal, 2009
Buenos Aires, Argentina
Printed in Argentina
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Índice
Estudio preliminar | 5
I | 11
II | 20
III | 27
IV | 35
V | 42
VI | 49
VII | 56
VIII | 64
Estudio preliminar
Actualidad de Hoffmann
No cabe duda de que E. T. A. Hoffmann (1776-1822) ha llegado a representar en el actual mercado editorial, sobre todo el hispano parlante, el típico caso de escritor muy nombrado y muy poco leído. Reconocido casi unánimemente como quintaesencia del romanticismo alemán, una dignidad que le ganaron su originalidad y ante todo sus múltiples talentos como artista integral, es hora de preguntarse si tan grandilocuente título no ha desalentado paulatinamente la lectura de sus obras, en vez de promoverla. En efecto, la moderna especialización de saberes y quehaceres y el trillado estereotipo del dolor existencial romántico parecen haberle ido quitando brillo a su figura,1 y el modelo de lector de la narrativa hoffmanniana, por su parte, puede que haya envejecido a manos de la prosa más ágil y moderna que se desarrolló hacia mediados del siglo XIX, una prosa purgada de los desvíos temáticos y las mezclas de tono siempre tan caras a este autor. Cuando se destaca el papel fundacional que Hoffmann tuvo para ciertos subgéneros literarios (como el policial, el relato de terror, la ciencia ficción, etc.), no se debe olvidar que estos, al codificarse, se transformaron en los géneros decimonónicos más leídos por el gran público, y por ende menos prestigiosos entre la literatura alta, cuya escala de valores determina en buena medida la vigencia –o no- de un autor. De este modo, al escritor Hoffmann acabó pasándole casi lo mismo que al músico, más recordado hoy como personaje de la ópera de Offenbach que como compositor él mismo.
Por cierto, la incomodidad a la hora de clasificarlo y encasillarlo es algo que sin duda lo hubiera enorgullecido, de no redundar en una mengua de su audiencia. Ya en sus propias palabras de presentación al compilado Fantasías a la manera de Callot confesaba ser “un poeta o escritor al que las figuras de la vida cotidiana se le muestran en su romántico reino espiritual, y que las expone con ese halo que las baña ataviadas de un modo distinto y fantástico”,2 con lo que anunciaba in nuce todo un programa artístico, que luego desarrolló con innegable consecuencia. Y es que Hoffmann no es propiamente un escritor de género, sino que se lo ha reconocido como padre putativo de muchos subgéneros justamente por su deliberada y romántica voluntad de combinar y contrastar, cuestionando formatos y convenciones. Hasta H. P. Lovecraft, maestro del terror, ha reconocido que “generalmente sus obras tienden a lo grotesco más que a lo terrorífico”,3 desalojándolo incluso de su terreno presuntamente más propicio: el de lo macabro.
Un relato tardío
Estamos ante un relato hasta hoy inédito en lengua castellana y que data de la época tardía del autor, la de Vida y opiniones del gato Murr, marcada por un progresivo incremento de las dolencias físicas que sin embargo no melló en nada la fecunda producción (a tal punto, que en los primeros meses de 1821 se contabilizan al menos cuatro largos relatos íntegros: además de Los dobles hay que contar El espíritu elemental,4 Los bandidos y Los misterios). La intensa recurrencia de elementos prototípicos de la prosa hoffmanniana que aquí se dan cita obliga al lector a decidir entre el carácter meramente cronológico de lo “tardío” o, en cambio, un perfil más bien epigonal, por no decir decadente. De hecho, no han faltado duros juicios críticos sobre sus méritos intrínsecos,5 sin que por ello se desconozca el carácter programático de este relato en cuanto a las más íntimas obsesiones del autor, a saber: el mundo del arte y el mundo de lo oculto (o para decirlo con G. Schubert, el protocientífico predilecto del romanticismo alemán, el “lado nocturno de la naturaleza”); aquí, dichas obsesiones se desarrollan y exploran con nuevos matices, y a menudo se retroalimentan, pues “en Hoffmann, la experiencia de la poesía y del arte no está separada de la alucinación y de los estados mórbidos”, como lo señalara Béguin en su clásico tratado.6
En efecto, esta narración hace gala tanto de un interés por los fenómenos sobrenaturales y lo irracional, en un espectro que va desde las violaciones a las presuntas leyes físicas hasta las perturbaciones y anomalías de la conciencia humana, como de un consabido pendant hoffmanniano, la exaltación de la esfera estética en el seno de la sociedad burguesa. En Los dobles, uno de cuyos protagonistas en un poeta incurable, aparece también la silenciosa sombra de Goethe: la idea de que dos niños nacen idénticos porque sus respectivas madres estaban enamoradas del mismo hombre proviene de Las afinidades electivas.7 Más aun: este relato es el fruto postergado de una proyectada novela grupal que Hoffmann había pensado escribir con sus grandes amigos Hitzig, Contessa y Chamisso, y el solo concepto de “novela grupal” remite a Jean Paul, mentor de nuestro autor e introductor de la idea del “doble” en la moderna literatura germánica.8 Así, la vocación artística y los grandes escritores del 1800 reverberan en lo más granado del último romanticismo alemán, si bien ahora al compás de nuevas melodías.
Pero sin dudas, el principal atractivo de este “relato” –como escuetamente lo define el subtítulo original- es el enésimo tratamiento del tema del doble o Doppeltgänger por parte del autor, un tema que acaso sea el que más lo caracteriza para la historia de la literatura. Y es que tras haberlo abordado en tantas ocasiones y con resultados disímiles, el nombre de E. T. A. Hoffmann y este motivo han terminado constituyendo una férrea sociedad: desde la densa novela gótica Los elíxires del diablo hasta El hombre de la arena (sin vueltas, el más célebre de sus relatos), pasando por narraciones de mediana fama y extensión como La aventura de la noche de San Silvestre, El corazón de piedra, Los autómatas, Princesa Brambilla y otras, la narrativa hoffmanniana rezuma dobles y autómatas por doquier. Y decimos “dobles y autómatas” porque si se los mira de cerca, ambos son, en esencia, un mismo tema: el de la identidad de todo organismo consigo mismo, y a fortiori, el de la identidad humana como categoría moral y como principio gnoseológico. El desdoblamiento del yo y la sustitución de una persona por otro ser son, en efecto, caras de una misma moneda, que no es sino la angustia ante la cualidad polimórfica de la propia personalidad, sobre todo amenazada de desintegración en plena época romántica, dada la creciente alienación social que de pronto invadió la vida en las potencias europeas.9 Así, mandrágoras y espectros, duplicaciones naturales y artificiales se pasean por la narrativa de Hoffmann para cuestionar los límites racionales entre lo muerto y lo vivo, entre lo sabido y lo ignorado, y a menudo el cosmos deviene caos, y no sin alguna buena risotada. Porque como ya apuntamos, he ahí otro rasgo típico del autor: con excepción de Las minas de Falun y alguna que otra página, el horror y el espanto siempre se combinan con el humor y la ironía, suscitando una mezcla de efectos que el ulterior divorcio y especialización de los subgéneros no supo tolerar.
El lector asiduo de narrativa romántica sabrá reconocer, además, toda la gama de procedimientos y arquetipos propios de la corriente, al menos en su faceta germánica. La infaltable escena de carácter auto-reflexivo e irónico es aquí, por supuesto, la siniestra representación de títeres, cuyo contenido y ubicación central delatan su rol de punto de inflexión.10 La heroína, que en ese contexto normalmente tendía a ser representada o bien como un ángel o como un demonio, es a su modo una histérica que finalmente, tras no pocos sobresaltos, se sume en la renuncia ascética.11 Y en esta misma línea hay que mencionar, por último, dos tópicos que delatan más un recurso literario que una genuina preocupación cultural: los gitanos, un modelo de contracultura en tanto pueblo nómada y premoderno, e Italia, ese país de ensueño, de fascinación a veces fatídica, y símbolo de la tentación del arte, para bien o para mal. Ambos, lo gitano y lo italiano, son lugares comunes de la literatura alemana de fines del XVIII y comienzos del XIX, y al echar mano de ellos como contraste de lo moderno-occidental y como terminus ad quem del genio poético, respectivamente, este relato también suscribe de lleno a las representaciones culturales cristalizadas en aquel momento.
Nuestra edición
El relato ha sido tomado de la más reciente –y excelente- edición crítica de las obras completas del autor, la de la editorial Deutscher Klassiker Verlag (Frankfurt a. M.), proyectada en seis volúmenes y desde 1985 por dos grandes especialistas como lo son W. Segebrecht y H. Steinecke, quienes corrigen y comentan profusamente las versiones anteriores. Sin pecar de excesivo celo filológico, nosotros seguimos este texto y anotamos lo necesario para un lector medianamente informado en nuestra lengua, procurando no romper el curso narrativo. En este sentido, nos ha parecido inútil indicar errores insignificantes del original, como por ejemplo las inconsistencias en la forma de los nombres propios (George y Georg), cuya forma en alemán respetamos, dicho sea de paso, para no crear un falso aire de familiaridad, aunque sí hemos traducido aquellos lugares geográficos que por su naturalización española resultaría chocante ver mencionados de otra forma. Salvo por el agregado de algunos conectores que se hacen precisos en la buena prosa castellana y de los que la prosa alemana puede prescindir, hemos procurado ser literales, aun a riesgo de que el texto pueda resultar ocasionalmente anacrónico, pomposo, o repetitivo.
I
El posadero de El Cordero Plateado se quitó la gorra de la cabeza, la tiró al suelo, y gritó, mientras la aplastaba con ambos pies:
—¡Así, así es cómo pisoteas toda integridad, toda virtud, todo amor al prójimo, compadre vil, impío posadero de El Chivo Dorado! ¿Acaso el tipo no ha entrado en gastos para hacer dorar relucientemente su maldito chivo, que cuelga sobre la puerta, de modo que mi lindo corderito plateado ahora resulta bien miserable y pálido en comparación, por lo que todos los viajeros siguen de largo y se van a lo del refulgente animal, y todo meramente para fastidiarme? El bribón se lleva consigo toda la chusma imaginable de funámbulos, comediantes y prestidigitadores, sólo con tal de que su casa esté siempre rebosante de personas divirtiéndose y bebiendo su vino doblemente ácido y avinagrado, mientras que yo mismo tengo que tragarme mis excelentes Hochheimer y Nierensteiner12 sólo para que los consuma un hombre que sabe apreciar el verdadero vino. No ha terminado de irse del maldito chivo la banda de comediantes cuando ya llega para hospedarse la astuta señora con el cuervo, y todos vuelven a precipitarse hacia allí y hacen que se les diga la fortuna y se arruinan comiendo y bebiendo. Y bien puedo imaginarme cómo suele tratar mi malvado vecino a las personas que se hospedan en su posada, pues el apuesto y joven señor que estuvo allí hace apenas uno pocos días y que hoy ha regresado no se aloja en lo de él, sino conmigo... Pero a él también hay que servirlo como a un rey... ¡Ah! ¡Ah! ¡Diablos!... Allá va él, el joven señor, hacia El Chivo Dorado... a esa maldita adivina, debe querer ver. Es la hora del almuerzo... El ilustrísimo señor se va al Chivo Dorado... desprecia los platos del Cordero Plateado... ¡Su gracia! ¡Su merced!
Así gritaba el posadero por la ventana abierta, pero Deodatus Schwendy (tal era el joven señor) se dejó llevar por la corriente de la muchedumbre, que lo arrastró inconteniblemente hacia la posada, no muy distante.
Todos se apiñaban en el pasillo y en el patio, y un silencioso y expectante cuchicheo iba y venía. A algunos se los dejaba ingresar a la sala, otros salían de la misma con rostros ya perturbados, ya pensativos, ya alegres.
—No sé por qué las autoridades no arreglan este desorden —dijo un hombre viejo y serio que se había replegado en un rincón al mismo tiempo que Deodatus.
—¿Por qué? —preguntó Deodatus.
–¡Ah! —prosiguió el hombre—, ¡ah!, es usted extranjero, y por eso ignora que cada tanto viene aquí una vieja que se burla del público con extrañas profecías y oráculos. Trae consigo un gran cuervo, que dice la verdad —o más bien la mentira— sobre todo cuanto la gente quiere saber. Pues si bien es cierto que algunos dictámenes del listo cuervo llegan a cumplirse de una rara manera, estoy convencido de que cientos de veces se lo toma a risa. Tan sólo mire a las personas cuando salen, y se dará cuenta con facilidad de que la mujer, con su cuervo, las engaña por completo. ¿Tiene que haber en nuestra —gracias a Dios— época ilustrada una superstición tan perniciosa?
Deodatus no escuchó más de lo que le decía aquel hombre, que se había acalorado completamente, pues justo entonces un bello joven, lívido y con lágrimas brillando en sus ojos, salió de la sala, a la cual había entrado unos pocos minutos antes, feliz y sonriente.
Entonces le pareció a Deodatus que detrás de aquellas cortinas que cruzaba la gente había realmente un poder oscuro y siniestro, que a quienes se sentían felices les revelaba un futuro desgraciado, aniquilando así, rencorosamente, el placer del momento.
Y sin embargo se fue haciendo a la idea de ir él mismo a preguntarle al cuervo qué podrían traerle los próximos días, incluso los próximos instantes. Deodatus había sido enviado a Hohenflüh desde lejos y en secreto por su padre, el viejo Amadeus Schwendy.
Aquí, en el cenit de su vida, debía decidirse su futuro por medio de un suceso maravilloso que su padre le había predicho con palabras oscuras y misteriosas. Con sus propios ojos vería a alguien a quien sólo había visto en sueños. Comprobaría ahora si este sueño, que, nacido de una chispa en su interior, había ido creciendo, hasta volverse cada vez más vivaz y radiante, realmente podía surgir y manifestarse en el mundo exterior. Si este último era el caso, debía actuar. Ya estaba en la puerta de la sala, ya se corrían las cortinas. Oyó una voz repulsiva y estrepitosa, sintió un escalofrío, era como si una fuerza desconocida lo empujara hacia atrás. Otros se le adelantaron, y así sucedió que, sin pensar en ello ni proponérselo, subió las escaleras y llegó a un cuarto donde se había preparado el almuerzo para los numerosos huéspedes.
El posadero salió amistosamente a su encuentro.
—¡Mire usted! ¡Señor Haberland! Esto sí que es lindo. Por más que usted se hospeda enfrente, en el lugar equivocado, en El Cordero Plateado, no puede dejar de probar los platos mundialmente conocidos del Chivo Dorado. Tengo el honor de reservarle este lugar.
Por supuesto que Deodatus se dio cuenta de que el posadero lo confundía con otro, es sólo que, presa de esa fuerte apatía para hablar que genera toda íntima agitación, no procuró aclarar la confusión, sino que se sentó, en silencio, en su sitio. En la mesa, el objeto de la conversación era la adivina, sobre la cual había las más diversas opiniones: mientras que algunos decían que todo era una broma infantil, otros, por el contrario, confiaban en su capacidad de comprender de la manera más perfecta los entrelazamientos secretos de la vida, deduciendo así su don de visionaria.
Un señor pequeño, viejo y algo gordo, que con frecuencia tomaba tabaco de una lata dorada después de frotarla contra la manga de su chaqueta, y que además sonreía con rara astucia, opinaba que el Honorable Concejo —cuyo miembro de menor jerarquía se enorgullecía de ser— le quitaría pronto el oficio a esa maldita bruja, ante todo porque era una chapucera y no una bruja propiamente dicha. Pues el hecho de que llevara la vida de cada uno en su cartera, y de que hiciera sintéticas predicciones en el acto a través del cuervo, con frases misteriosas y estilísticamente incorrectas, no era, a fin de cuentas, una gran obra de arte. Por otro lado, a la última feria anual había llegado un pintor y comerciante de cuadros en cuyo puesto cada uno podría haber encontrado su fiel retrato.
Todos rieron.
—Esto es —le gritó un joven a Deodatus— esto es para usted, señor Haberland. ¡Usted mismo es un hábil retratista, pero su arte no se ha elevado tanto aún!
Deodatus, habiendo sido llamado por segunda vez “señor Haberland” (quien, como supuso, era un pintor), no pudo evitar estremecerse, pues se le ocurrió de repente que, con su figura y su ser, era él el siniestro fantasma de aquel Haberland a quien no conocía. Este temor se fue intensificando hasta llegar al horror cuando, incluso antes de poder responderle a la persona que se había dirigido a él como Haberland, un joven vestido de viajero se precipitó sobre él y lo abrazó con fuerza, diciéndole en voz alta:
—¡Haberland, mi muy querido George, por fin te encuentro! ¡Ahora podemos proseguir felizmente nuestro camino hacia la bella Italia! ¿Pero por qué te ves tan pálido y turbado?
Deodatus respondió al abrazo del desconocido como si de hecho fuera el tan buscado y esperado pintor George Haberland. Claramente notó que ahora de veras estaba entrando al círculo de los fabulosos acontecimientos al que su padre había aludido con insinuaciones de todo tipo. Tenía que aceptar todo lo que el oscuro poder decidiera respecto de él. Pero lo invadió intensamente la ironía del profundo rencor ante la ajena e inalcanzable arbitrariedad en virtud de la cual nos vemos empujados a proteger y conservar lo propio. Consumiéndose en un fuego ardiente, tomó firmemente al desconocido con ambos brazos y gritó:
—Eh, tú, desconocido hermano, ¿cómo no estar confundido, si acabo de ser transpuesto con mi propio yo a otro hombre, como si se tratara de un nuevo sobretodo, que resulta un poco estrecho o muy holgado aquí y allá, que aún tira y aprieta? Eh, tú, mi muchacho, ¿de veras no soy el pintor George Haberland?
—No sé —dijo el desconocido— de qué modo te me apareces hoy, George. ¿Te ha atrapado de nuevo ese ser maravilloso que se apodera de ti como una enfermedad crónica? Justamente quería preguntarte qué es lo que quieres decir con las expresiones incomprensibles que llenan tu última carta.
Al decir esto, el desconocido sacó una carta y la desplegó. Tan pronto como la miró, Deodatus profirió un grito, como si hubiera sido alcanzado dolorosamente por un poder invisible y hostil. La letra de la carta era exactamente igual a la suya.
El desconocido lanzó una rápida mirada sobre Deodatus y luego leyó, despacio y en voz baja:
¡Ah, querido Berthold, hermano en el arte! No sabes cuánto me posee, a medida que avanzo, una melancolía sombría, dolorosa, y sin embargo, benévola. ¿Creerás acaso que mi arte, más aún, toda mi vida, todo lo que hago y quiero hacer, me parece a menudo algo insípido y mezquino? Pero entonces despiertan los dulces sueños de mi feliz y fresca juventud. Estoy recostado en el pequeño jardín del viejo sacerdote, echado en el pasto, y miro hacia arriba mientras la graciosa primavera llega montada sobre las nubes doradas de la mañana. Las florcillas abren sus adorables ojos al ser despertadas por el resplandor e irradian sus fragancias como una hermosa canción de amor. ¡Ah, Berthold! ¡Mi pecho quiere estallar de amor, de deseo, de celoso anhelo! ¿Dónde la volveré a encontrar, a ella, que es toda mi vida, todo mi ser? Espero verte en Hohenflüh, donde permaneceré unos días. Siento como si justamente en Hohenflüh haya de sucederme algo especial. ¡Dé donde proviene esta creencia, no lo sé!
—Ahora dime —dijo el grabador en cobre Berthold (pues así se llamaba el desconocido), tras haber leído esto—, dime nada más, hermano George, ¿cómo es que sientes un entusiasmo tan débil, siendo que estás en tu feliz y lozana juventud, y que te encuentras en viaje de placer hacia la tierra del arte?
—Pues sí, querido hermano —contestó Deodatus—, lo que me sucede es algo totalmente raro y peculiar. Así como también es incluso muy gracioso, por cierto, que sea yo quien ha escrito desde lo más profundo del alma, en efecto, esto que has leído, y que sin embargo no sea yo el George Haberland al que tú…
En ese instante entró el joven que antes ya había saludado a Deodatus llamándolo George Haberland y opinó que George había hecho bien en regresar una vez más para ver a la adivina. No debía prestar atención a lo que se había dicho en la mesa, pues, aun si las profecías del cuervo no significaban gran cosa, sí que era algo totalmente significativo, de todos modos, cuando las formulaba ella, la adivina en persona, cual una segunda Sibila o Pitonisa, y profería, en un frenesí casi salvaje, sentencias misteriosas al tiempo que unas voces roncas y misteriosas la envolvían. Hoy ofrecería un espectáculo en el espacioso bosquete, y George no debía perdérselo bajo ningún punto de vista.
Berthold se fue a cerrar unos negocios que le quedaban pendientes en Hohenflüh. Deodatus aceptó vaciar un par de botellas con aquel joven y pasar así el tiempo hasta que se pusiera el sol.
El grupo que estaba reunido en la habitación finalmente se deshizo para dirigirse al jardín. Entonces, en el pasillo, un hombre alto, flaco, muy bien vestido y que parecía recién llegado, pasó por delante de ellos. A punto de entrar a su habitación, se dio vuelta una vez más, su mirada recayó sobre Deodatus y, con el picaporte en la mano, ¡se quedó como petrificado! Sus lúgubres ojos irradiaban un fuego salvaje, al tiempo que una palidez cadavérica recubría su convulsivo y trémulo rostro. Dio un paso hacia delante, en dirección al grupo, pero, como si tomara conciencia de golpe, volvió a darse vuelta, entró corriendo en la habitación y cerró violentamente la puerta tras de sí. Nadie pudo entender lo que murmuró entre dientes.
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