Kitabı oxu: «La visión teológica de Óscar Romero»

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Edgardo Colón-Emeric

La visión teológica de Óscar Romero

Colón Emeric, Edgardo Antonio

La visión teológica de Óscar Romero : liberación y transfiguración de los pobres / Edgardo Antonio Colón Emeric.

- 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Guadalupe, 2020.

Libro digital, Book "app" for Android

Archivo Digital: descarga y online

Traducción de: Pablo Rubén Andiñach.

ISBN 978-950-500-803-2

1. Espiritualidad Cristiana. I. Andiñach, Pablo Rubén, trad. II. Título.

CDD 241.6

Diseño de tapa: Patricia Leguizamón

Desarrollo digital: Patricia Peralta

Traducción: Pablo Andiñach.

Ilustración de tapa: Eduardo Colon Emeric

Editorial Guadalupe

Mansilla 3865

(1425) Ciudad Autónoma de Buenos Aires

www.editorialguadalupe.com.ar ventas@editorialguadalupe.com.ar

Facultad de Teología de la Universidad Católica Argentina

Concordia 4422

(1419) Ciudad Autónoma de Buenos Aires

www.uca.edu.ar/facultad-de-teologia Queda hecho el depósito que establece la Ley 11.723

Óscar Romero’s Theological Vision by Edgardo A. Colón-Emeric. Copyright © 2018 Edgardo A. Colón-Emeric.

Spanish language translation rights licensed from the English-language publisher, University of Notre Dame Press, by arrangement with Indiana University Press.

All rights reserved.

Impreso en Argentina–Printed in Argentina

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual.


A Cathleen, Lito y Benben.

Y a mis hermanas y hermanos de América Central.

Cristo vive. De verdad vive.

Abreviaturas

Diario: Óscar Romero, Mons. Óscar A. Romero: Su diario (San Salvador: Imprenta Criterio, 2000).

Evangelii Nuntiandi: Papa Paulo VI, Evangelii Nuntiandi, 8 de diciembre de 1975, http://w2.vatican.va/content/paul-vi/en/apost_exhortations/documents/hf_p-vi_exh_19751208_evangelii-nuntiandi.html.

Gaudium et Spes: Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, 7 de diciembre de 1965. www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_const_19651207_gaudium-et-spes_en.html.

Homilías: Óscar Romero, Homilías: Monseñor Óscar A. Romero, ed. Miguel Cavada Diez, 6 vols. (San Salvador: UCA Editores, 2005–9). También en audio y transcriptas en http://www.romerotrust.org.uk/homilies-and-writings/homilies.

Lumen Gentium: Papa Paulo VI, Lumen Gentium, 21 de noviembre de 1964, www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_en.html.

Medellín: Conferencia II, Medellín, en Las Cinco Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano, ed. Consejo Episcopal Latinoamericano (Bogotá: Ediciones Paulinas, 2014).

Populorum Progressio: Papa Paulo VI, Populorum Progressio: Encíclica sobre el desarrollo de los pueblos, 26 de marzo de 1967, http://w2.vatican.va/content/paul-vi/en/encyclicals/documents/hf_p-vi_enc_26031967_populorum.html.

Puebla: Conferencia III, Puebla, in Las Cinco Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano, ed. Consejo Episcopal Latinoamericano (Bogotá: Ediciones Paulinas, 2014).

Sacrosanctum Concilium: Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, 4 de diciembre de 1963, www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-ii_const_19631204_sacrosanctum-concilium_en.html.

ST: Tomás de Aquino, The Summa Theologica of St. Thomas Aquinas, trans. Fathers of the English Dominican Province (Allen, TX: Christian Classics, 1948). También Suma de Teología (Madrid, España: Biblioteca de Autores Cristianos, 1988).

Voz: Óscar Romero, La voz de los sin voz: La palabra viva de Monseñor Romero, ed. Rodolfo Cardenal, Ignacio Martín-Baro, y Jon Sobrino (San Salvador: UCA Editores, 1980).

Agradecimientos

Durante los últimos años Óscar Romero ha sido para mí una compañía constante. He tenido su imagen a la vista mientras leía las Escrituras y oraba. Los archivos de audio de sus homilías han estado en mis oídos en muchos momentos. El altar en el que fue asesinado ha sido, una y otra vez, el lugar donde renové mi compromiso de vida con Jesús. Y, sin embargo, un pastor Metodista puertorriqueño como yo, que escribe un libro sobre un obispo Católico salvadoreño martirizado, no es una combinación obvia. Reconocer la rareza de esta conjunción es ya un testimonio de fe y un motivo de gratitud.

Escuché hablar por primera vez de Romero durante mis estudios secundarios en una escuela jesuita en Puerto Rico. Los sacerdotes que enseñaban allí conocían muy bien la situación de Centroamérica y compartían con nosotros las noticias sobre lo que estaba sucediendo a fines de los años 70 y principios de los 80. Cuando la película Romero apareció en las pantallas en 1989 no demoré en ir verla. El actor Raúl Juliá, quien interpreta el papel de Romero, era graduado de mi escuela. El estreno de esa película fue seguido por la trágica noticia del asesinato de los sacerdotes jesuitas en la Universidad Centroamericana. Es así que la convergencia de estos eventos me impactó y contribuyeron a que dejara mis estudios de ingeniería para dedicarme a estudiar teología.

Cuando en 2007 ingresé como docente a la Facultad de Teología de Duke Divinity School decidí organizar un grupo de lectura en castellano. No estaba seguro de qué leeríamos hasta que me encontré con uno de los posibles miembros de ese grupo en la biblioteca. Mientras conversábamos en medio de las pilas de libros mis ojos se posaron en una colección de las homilías de Romero. La idea derivó en la formación de un grupo de lectura de Romero. Nos reuníamos todos los miércoles para leer y debatir en castellano (y en spanglish) la homilía de Romero para el leccionario de la semana. Las horas que pasamos con esas homilías nos impactaron mucho. Mis estudiantes y yo quedamos impresionados por las paradojas de la enseñanza y el modo de vida de este prelado: un profeta patriótico, un amante de los pobres y de los papas, un sacerdote sencillo y un poderoso predicador.

Cuanto más leíamos, más nos maravillábamos y nos sentíamos inspirados por la transparencia del testimonio que Romero nos brindaba de Cristo. Pero como es habitual en todo Seminario, los estudiantes vienen y van, y el Grupo de Lectura de Romero desapareció luego de algunos años. Sin embargo, sus palabras encontraron terreno fértil en muchos de nosotros. En algunos de mis alumnos, esas semillas brotaron en ensayos, conferencias e incluso tesis sobre Romero. En mi caso, esas semillas eventualmente se convirtieron en este libro; pero para que eso sucediera fue necesario buscar raíces en el suelo salvadoreño.

Viajé a El Salvador en el invierno de 2007 para sentar las bases de futuras peregrinaciones de estudiantes del Seminario a América Central. Fue entonces cuando visité el Hospitalito donde Romero vivió como arzobispo y murió como mártir. En ese momento, no me imaginé que este sitio de peregrinación se convertiría en una parte tan central de mi peregrinación profesional y espiritual. A través de una peculiar cadena de eventos, en 2010 me convertí en el director de un programa de formación de pastores y pastoras para las Iglesias Metodistas de América Central. Desde entonces la teología de Romero y los sitios de peregrinación asociados con su historia (el Hospitalito, la UCA, la catedral y El Paisnal, por nombrar algunos) se han sumado al plan de estudios del programa, a la formación espiritual de los maestros y estudiantes, y a mis intereses de investigación. El lema episcopal de Romero, “sentir con la iglesia”, se convirtió en el lema de los graduados de nuestro programa centroamericano y uno de los pilares de mi visión para la educación teológica. Más que eso, el testimonio de la Iglesia Metodista en América Central me convenció de que el legado de Romero es tan rico que excede a la Iglesia Católica.

En diciembre de 2015 los estudiantes del Curso de Estudios Metodistas en América Central visitaron la ciudad de Juayúa en El Salvador. La plaza central había sido el sitio de una matanza de personas de ascendencia indígena en 1932. La iglesia está ubicada en el lado oeste de la plaza y se la conoce como la Iglesia del Cristo Negro debido a la enorme figura de un Cristo crucificado de piel oscura que se exhibe por detrás y por encima del altar. Los lugareños dicen que la estatua fue tallada en madera oscura por los misioneros franciscanos en el siglo XVI en su esfuerzo por descolonizar el Evangelio y hacer que Cristo se parezca más a las personas que vivían en la región.

Sin embargo, estudios más recientes han aportado nuevos datos a su historia. La madera del Jesús era en un principio de una tonalidad clara. Siglos de interacción química entre la madera y el humo de las velas han oscurecido el color del Jesús crucificado. En la iglesia los estudiantes centroamericanos se involucraron en un ejercicio de lectio divina. Al pie del Cristo Negro, leyeron la historia de la transfiguración varias veces y reflexionaron sobre preguntas como: ¿Es bueno para nosotros estar aquí? ¿Qué ves cuando miras a este Cristo transfigurado en negro? ¿Crees que el Padre está complacido en esta representación de su hijo? ¿Qué sientes? ¿Temor? ¿Confusión? ¿Cómo te pide Jesús que respondas? ¿Ves la gloria de Cristo en este rostro? ¿Encuentras la liberación en esta imagen? Se nos dice que el semblante de Jesús cambió mientras él oraba (Lucas 9:29), ¿Cómo ha cambiado la apariencia del rostro de Jesús en respuesta a tus oraciones? ¿Qué le dirías a la gente sobre lo que has visto en este lugar? Más tarde tuvimos un tiempo para reflexionar sobre lo que habíamos sentido. Algunos de mis alumnos interpretaron esta representación como errónea. Jesús no era negro. ¿Y por qué lo buscamos en la cruz? Él no está muerto; él ha resucitado. Otros lo interpretaron como una buena noticia. Jesús se viste de piel oscura porque las personas de piel oscura han sufrido durante siglos en esta parte del mundo. En efecto, la piedad de la gente descolonizó a Jesús. Cuanto más oraban, más se oscurecía su piel. Ese encuentro en Juayúa despertó mi interés sobre el tema de este libro. Ya sea negro oscuro o blanco resplandeciente, la transfiguración de Cristo altera nuestras expectativas con respecto a la identidad del Hijo de Dios. Esta es la razón por la que la visión teológica de Óscar Romero no pudo evitar ser un escándalo para algunos, aun cuando fue una buena noticia para muchos.

Después de Juayúa desarrollé aún más el tema de la transfiguración durante varias presentaciones en los EEUU; en el Encuentro sobre Homilética llevado a cabo en Atlanta, en la primavera de 2016; en la Conferencia sobre la Gloria de Dios en la Universidad de Durham en el verano de 2016; y en la Conferencia dedicada a Romero en la Universidad de Notre Dame, en el año 2017. Mientras trabajaba en estos documentos y presentaciones, comencé a comprender el modo en que el estudio de este sacerdote católico centroamericano confirmó la vocación de un teólogo metodista puertorriqueño. Todo es recibido según la condición del receptor, dice Tomás de Aquino. De manera que cuanto más clara se hacía mi visión de Romero, más evidentes eran los paralelos con John Wesley, el fundador del movimiento Metodista.

Ambos son ejemplos de lo que en los círculos académicos metodistas se denomina, en palabras de Wesley, practical divinity, y que hoy llamamos teología práctica. Ambos están interesados en una visión teológica que sea popular, pastoral y profética. Y cuanto más entendía la visión teológica de Romero y procuraba vivir de acuerdo con ella, más auténticamente metodista se hacía mi testimonio de Cristo.

La historia de cómo llegó a ser este libro muestra que no es solo fruto de mi trabajo. El camino desde ver una película sobre Romero a escribir un libro sobre él ha sido largo, pero ha sido bueno porque he disfrutado de buenas compañías en el trayecto. Deseo agradecer al equipo editorial de la University of Notre Dame Press por su especial atención y apoyo desde la propuesta inicial en el otoño de 2016 hasta la edición, el formato y la impresión en 2018 de este libro.

Agradezco a los miembros del Grupo de Lectura de Romero, en particular a Ismael Ruiz-Millán, quien vive y lidera el Grupo en el espíritu de Romero; a Mathew Whelan, cuya valiente tesis sobre Romero y la reforma agraria me convenció de la importancia y viabilidad de una monografía centrada en la enseñanza de Romero. También agradezco a los asistentes de investigación que han apoyado mi trabajo durante este proyecto: Justin Ashworth, Katie Benjamin, Mandy Rodgers-Gates y Alberto La Rosa por su ayuda para reunir materiales, discutir argumentos y leer borradores.

Estoy especialmente agradecido a mi esposa Cathleen y a mis hijos Nate y Ben. Han debido soportar los muchos días y noches que pasé fuera de casa en Centroamérica y mis largas charlas sobre Romero. Sin su paciencia, su amor y su sentido del humor, este libro no hubiera sido posible. Más que eso, siempre me ayudan a recalibrar mis prioridades y a redescubrir la alegría y el valor de mi vocación como esposo y padre.

Por sobre todo agradezco a Dios. La Escrituras dice que “… todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces” (Santiago 1, 17). Romero fue un regalo, un ejemplo de lo que John Wesley llamó la perfección cristiana: el amor perfecto a Dios y al prójimo. Para cuando se publique este libro Óscar Romero ya habrá sido canonizado. El beato Óscar Romero será san Óscar. El hecho de que un santo haya crecido en la tierra de El Salvador muestra la mentira de quienes piensan que lo único que este país ofrece al mundo son las pandillas y su violencia.

Lamentablemente, la elevación del arzobispo a los altares se lleva a cabo en un contexto tan polarizado, injusto y violento como siempre lo ha sido. Sin embargo, aunque la canonización no traerá paz, su declaración como santo es una afirmación de fe: Dios aún no ha terminado su misión a través de Romero. El don de Monseñor Romero sigue entregándose. Para aquellos que están dispuestos a recibir este regalo, descubren que todavía tiene poder para hablar y actuar. Mi esperanza es que seamos más lo movilizados a trabajar por una paz profética y una reconciliación liberadora en nuestra tierra y en todo el mundo. Si Dios lo quiere. Primero Dios.

24 de marzo de 2018,

Fiesta de Óscar Romero.

Agradecimientos para la edición castellana

Dice el salmista dirigiéndose a Dios: “Coronas el año con tus bondades, y tus recorridos fluyen abundancia” (Sal 65, 11). En el tiempo desde que la edición en inglés de este texto fue publicada, Dios me ha coronado con sus bondades y mis agradecimientos abundan. He recibido muchas expresiones de aprecio por este libro, tanto del mundo académico como de tantas otras personas. De hecho, para mi gran sorpresa, este libro fue premiado por la Asociación de Editoriales Católicas de los Estados Unidos. Me siento aún más agradecido por los mensajes alentadores que he recibido de personas comprometidas con la misión en el ámbito católico y de personas que trabajaron junto a Romero. Gracias a la publicación de este libro, he tenido la dicha de conocer a Guillermo Cuéllar. Ya estaba en deuda con él por su música la cual juega un papel importante en el argumento de este libro. Ahora estoy bendecido por su amistad y agradecido por su nueva aportación a con un prefacio.

Deseo agradecer a las editoriales que han facilitado la publicación de este libro. Doy gracias al equipo de la University of Notre Dame Press por permitir la traducción al español y a Pedro Pitura de la Editorial Guadalupe, de Argentina, por reconocer el potencial de divulgar este trabajo en el mundo hispanoparlante.

Estoy especialmente agradecido con Pablo Andiñach. Sin su amistad este libro permanecería en inglés. Él fue el primero en exhortarme a publicarlo en español y en ofrecerse como traductor principal. Estoy también agradecido con su hija Rosaura quien lo apoyó con la traducción. También tengo que dar gracias a mi hijo Benjamín quien me ayudó con las referencias bibliográficas.

Finalmente, doy gracias por el reconocimiento que Romero ha recibido al ser canonizado en Roma. Solo Dios puede santificar a un ser humano, pero el tardío reconocimiento del regalo de Dios que es Romero corrige el agravio de las décadas de olvido y distorsión de su persona y obra. Claro, por años el pueblo lo llamaba san Romero. La canonización expresa el sentir de la iglesia como pueblo e institución y certifica no solamente las virtudes heroicas y los milagros de san Óscar, sino también su misión y enseñanzas. En fin, al declararlo santo, se canoniza la certeza de su visión teológica.

Fiesta del día de Todos los Santos, 2019.

Introducción
La canción latinoamericana y la teología de la transfiguración Guillermo Cuéllar-Barandiarán

Conocí al arzobispo Romero a mediados de la década ’70, cuando me planté ante su presencia, Era yo un imberbe estudiante de filosofía que se encaminaba hacia una casta profesión, aparte de relucir en el mundillo religioso en virtud de mi destreza musical. Todavía no sé qué de este parco currículo le habrá inducido a convidarme al ruedo de sus colaboradores establecidos.

Con el tiempo, el prelado se vio inquirido a causa de alguna de mis interjecciones cantadas, ya que éstas se difundían a través de la emisora católica y, gracias a ello, se introducían alborozadamente en las celebraciones y el accionar de las regiones diocesanas que bullían –unas más otras menos– con el empuje del Medellín1 postconciliar.

En ese preciso instante, Romero advirtió que a su lado campeaba, no sólo un portavoz de la pastoral juvenil, si no, sobre todo, un decidido trovador cuya creatividad se nutría de la “canción protesta” (o “canción latinoamericana”2 como prefiero apodarla).

Sin pensárselo mucho pues, el arzobispo resolvió estar a la escucha de las novedades de tan inopinado arte. Sobrevinieron así algunas conversaciones ásperas. Monseñor nunca tuvo empacho alguno en enrostrarme, con particular franqueza, ciertos pasajes que yo entonaba frente a multitudes cada vez más entusiastas y numerosas. No obstante, he de reconocer que, en estos careos, él nunca se salió de un marco decoroso. Pero lo más relevante en esta trama seguramente será que… ¡Nunca me mandó a callar!

Claramente no puedo precisar las cavilaciones que habrán pasado por la mente del jerarca metropolitano. Lo cierto es que, en medio de sus reservas, algo hizo que le hallara sentido a mi azaroso oficio melodioso. Probablemente haya sido –pienso ahora– la feroz persecución dictatorial que iba diezmando vertiginosamente a la institución eclesiástica en la tolvanera sociopolítica nacional. Eso fue, quizá, lo que propició momentos deslumbrantes en los que el alto vocero en su púlpito se dejó llevar por el soplo de alguna de mis odas creadas para honrar a los cientos de líderes de base, catequistas, misioneras, monjas, clérigos, que iban cayendo, casi a diario, en aquel período de verdadera tribulación:

«Uno de nuestros compositores populares,3 cantando a la muerte del padre Rafael Palacios, dice esta preciosa frase: «Dios no está en el templo, sino en la comunidad», Homilía del 2 de septiembre de 1979. Óscar Romero: Homilías. Tomo V. San Salvador: UCA Editores, 2008, p. 266.

Romero admitió, aun con reparos, el rol de la faena trovadora en sus dominios, donde recrudecía la represión. Los “Mártires de El Despertar”, por ejemplo, tuvieron su canción. Obsérvese la perífrasis del predicador que alude a las armas gubernativas que masacraron a los 4 jóvenes y al sacerdote en la madrugada del sábado 20 de enero del año 1979:

«… esta comunidad… vive en un mundo donde el pecado está entronizado. Y es la lucha del Reino de Dios una lucha para la que no se necesitan tanquetas ni metralletas… La lucha se bate con guitarras y canciones de Iglesia, se siembra en el corazón y se reforma un mundo…», Homilía del 21 de enero de 1979. Óscar Romero: Homilías. Tomo IV. San Salvador: UCA Editores, 2007, p. 193.

La música –mi música– fue, por consiguiente, el punto de conexión con monseñor Romero.4 Ése fue el “gancho” que tuve con él; un “gancho al hígado”, a decir verdad, que en ocasiones logró desnivelarme. Pero como pude me sostuve mientras creía a pie juntillas que yo estaba en lo correcto, y que era él quien se desubicaba a veces.

Un buen día, sin qué ni para qué, el arzobispo me mandó a componerle un himno al “Divino Salvador del Mundo”, patrono espiritual de nuestra nación. ¡Fue un sablazo! Ahora me doy cuenta de que, con la tal petición, me estaba lanzando un puntiagudo desafío para ponerme a prueba. ¡Claro! ¿Cómo iba a confiarme tan relevante pieza sacra si venía impugnando los versos más expresivos que acoplaba en mis canciones?

La historia es larga, y trae cola; por eso la abrevio puntualizando que, después de rumiarlo durante todo un año, logré, por fin, componerle al buen pastor el cántico que él quería. Recuerdo haber dejado a un lado lo escamado que me sentía, aunque no pude borrar de mi cabeza que el último verso del bregado himno me traería problemas.

Por eso, hasta el sol de hoy, siguen conmoviéndome dos hechos: primero, mi instintiva decisión de ir a entregarle la letra apenas dos días antes de que nos lo arrebataran de modo criminal; y luego, su insólita aprobación que le condujo a presentarla, de modo oficial y sin decir “agua va”, en la que llegaría a ser su última homilía pública:

«Una nota simpática también de nuestra vida diocesana: Que un compositor y poeta nos ha hecho un bonito himno para nuestro «Divino Salvador». Próximamente, lo iremos dando a conocer», Homilía del 23 de marzo de 1980. Óscar Romero. Homilías: Tomo VI. San Salvador: UCA Editores, 2009, p. 445.

He retrotraído esta vivencia5, no por una monomanía de restituir mi sensitiva alma artística, sino porque la bienaventurada peripecia llegó a convertirse –décadas más tarde– en una chispa que encendió destellos reflexivos que iluminaron un objeto de estudio no apreciado durante largo tiempo.6

El magnicidio de Óscar Romero ha espoleado la producción de una abundantísima bibliografía que trata, de modos diversos, en tantas lenguas, perspectivas y géneros, la vida y el legado del arzobispo mártir salvadoreño, recién canonizado por decreto romano.

Divisando esta feraz cosecha –más que variopinta, a menudo, repetitiva7– se podría convenir, por moderación, poner en cuarentena cualquier texto que venga a recargar este maremágnum editorial.

Sin embargo, para no caer en intransigencia, bueno será anteponer un prerrequisito: Toda vez que entregue un conceptuoso planteamiento cuya versada argumentación devele una perspectiva inédita –o no examinada aún en profundidad– en ese caso, dígase amén al radiante ejemplar que venga … ¡y a leer se ha dicho!

Allanado el impasse, me dedico entonces a tratar de justipreciar el contenido que alberga el título de reciente cuño: The Theological Vision of Oscar Romero. Liberation and The Transfiguration of the Poor, el cual tenemos entre manos ya traducido.

La Visión Teológica de Óscar Romero: Liberación y La Transfiguración del Pobre constituye un trabajo del teólogo metodista, Edgardo Colón-Emeric, del cual puedo afirmar, anticipadamente, que salda con creces la condición antedicha.

Baste decir que el libro de Colón-Emeric constituye el segundo tratado8 ¡en cuatro décadas! que se consagra de lleno, de modo sistemático y exhaustivo, al inerme objeto de estudio que antes se dejó insinuado: El develamiento de una teología de genuina factura romeriana. “Esto no es comida de hocicones”, como reza el dicho. Y lo que se expone a continuación ofrece el contexto adecuado, para que pueda vislumbrarse el mérito que entraña la investigación consumada por el teólogo metodista.

Hace un par de años se celebró, en la región natal de Óscar Romero, un simposio, a propósito del primer centenario de su natalicio (1917-2017).9 El cónclave se propuso estudiar y discutir a fondo, por primera vez, una etapa sistemáticamente desatendida en la mayoría de los recuentos relativos a la vida del ahora santo salvadoreño.10

Entre las materias que el cónclave puso en relieve y profundizó, hay una en especial que interesa acá. Es aquella que deja ver que, ya desde su arranque como cura en la diócesis de San Miguel (1942-1967), el padre Romero adelantó reflexiones específicas, en recurrentes ocasiones y por diferentes medios, en torno al tenor nacional y al significado teologal que albergaría la festividad de «La Transfiguración». Vale la pena que echemos un vistazo a aquella temprana visión del párroco recién tornado de Roma, la que quedó al descubierto en las ponencias que se inscribieron en las Actas del Simposio que se llevó a cabo en la diócesis de San Miguel entre el 27 y 28 de julio del 2017.11

«El hombre debe amar a su patria. Y cuando el bien de ella lo exige, debe el patriota sacrificarle hasta la vida… Sin arrancar ese amor a la patria –y más bien robusteciéndolo– el católico debe amar hasta el delirio, hasta el sacrificio, a su Iglesia.… Porque el salvadoreño que sabe doblar su rodilla ante el Divino Salvador, el día 6 de agosto, sabe rendir un sincero tributo de patriotismo a El Salvador en lo más íntimo del corazón de la Patria», Óscar Romero (10 de febrero de 1945). Chaparrastique No 1557, tomo I, p. 39; (10 de agosto de 1946). Chaparrastique, No 1632, tomo I, p. 71.

La asamblea y los ponentes del simposio migueleño, en un destello de dos días, arrojaron luz de manera competente sobre pasajes velados, sumamente decisivos, referentes a las varias dimensiones que atañen a la vida y el pensamiento del padre Romero en su primera etapa sacerdotal: su eclesiología, su espiritualidad, su pastoral, su personalidad y su pensamiento.

Leemos y releemos ahora los hallazgos, los avances, las circunspecciones, las conclusiones que surgieron al final del congreso, y nos damos cuenta del “tesoro” que ha sido desenterrado. Llama la atención nada más que, en la programación estudiosa, ninguno de los investigadores de este período inédito pensó en tomar la ruta teológica.

Esta omisión me lleva a pensar que, en efecto, las destrezas teologales del padre Romero se perfeccionarán durante su período arzobispal; cuando apechuga la urgencia de animar a su pueblo, actualizando la palabra sagrada desde su púlpito, en un período sumamente aciago. Ese es el momento en que destella con mayor brillo su filo exegético.

Nunca Romero enfrentó tanto la necesidad de sacar de sí mismo lo mejor de su adiestramiento en las aulas vaticanas, como cuando vivió su periodo de tres años predicando frente a su pueblo que tenía sed de Dios, sed de sentido trascendente, de fortalecimiento en la penuria del cuerpo y del espíritu.

Y si bien es cierto que sus aperos pensadores son notables ya en su época de párroco en San Miguel, Romero no topa con la premura de ir a fondo sobre el misterio salvífico de la Transfiguración de Jesús, sino hasta que se planta desde su púlpito-cátedra como arzobispo de una nación a punto de estallar en una guerra encarnizada.

Este es el momento justamente para hablar de “la emergencia en Romero de una teología de la Transfiguración”.12 Allí se detecta la consistencia de una maestría escatológica que emerge genuinamente del mismo Romero, desde su mente, su memento y su momento.

Alrededor de la figura de monseñor Romero han sido colocados varios rótulos. No son muchos, aunque sí muy explícitos, y aspiran a permanecer en la “larga duración”.13 Uno de esos letreros minimiza el rol de “teólogo” en la trayectoria de Romero. Tal disminución se ampara en el hecho de que muy poco, o nunca, se le vio asociado a menesteres propios del ámbito académico. No obstante, protagonistas religiosos que lo conocieron muy de cerca atestiguan la valía que tuvo para Romero “su paso por la Gregoriana”, habiéndole “marcado para el estudio y los esquemas lógicos”, y propendiéndole a hacerse de una “inmensa y selectiva biblioteca de teología y pastoral”.14

Al respecto, me atengo a mi propio y reposado balance. Es muy improbable que aquel virtuoso seminarista, enviado a estudiar en las doctas cátedras “gregorianas” (1937-1943) para embeber una educación marcadamente teológica15, haya resuelto tirar por la borda esa formación, desatendiendo así, a lo largo de su extenso e intenso servicio sacerdotal y episcopal, el compromiso de erigir su personal pensamiento revestido con apropiadas claves hermenéuticas.

Otro de los tejuelos adheridos a la figura del mártir, lo presenta como no alineado, poco identificado, o renuente, con respecto a la teología de la liberación. Aquí el mismo Romero se encargó de esclarecer el asunto en varias ocasiones.16 Pero lo que aquí realzo es que las franquezas que profirió en su momento no podrían haberse dirigido en su propio perjuicio; es decir, sus declaraciones al respecto no traen como corolario el hecho de que Romero reganara del afán teologal durante su ministerio sacerdotal y episcopal.

Creo que el filtro aplicado a este rol específico en Romero, haciendo hincapié en que “no era un intelectual, no era un teólogo… era sobre todo un pastor”,17 responde más a una urgencia de bajarle el tono a la retórica ultraconservadora que jura y perjura que “Romero fue sobornado por la teología de la liberación”; fue víctima de una “manipulación ideológica del sector marxista” incrustado en la iglesia latinoamericana. Empero también creo que esta persistente relativización del rol teológico en Romero consiguió, simultáneamente, sofrenar cualquier iniciativa que se atreviera a indagar sobre ese aspecto.

¡Pero ya no más! Porque aquí se nos ofrece, listo ya, el valioso trabajo de Colón-Emeric que dirime la cuestión. Ahora es posible asumir que la elaboración exegética, efectivamente, se movió con soltura en el pensamiento de Romero, especialmente durante la postrema etapa de su vida como Arzobispo de San Salvador.

¿Pero qué corona tiene Colón-Emeric como para saltarse las trancas y avanzar tan fresco a zambullirse en el manantial de reflexión teológica que fluye en la pluma y en el verbo del más augusto personaje de la institución católica latinoamericana del siglo XX?

Para empezar, sépase que no es un canónigo que obedece dictámenes procedentes de las riberas del Tíber. Tampoco es un enclaustrado teólogo en las nubes. Edgardo Colón-Emeric es un intelectual de primerísimo nivel, incorporado a una de las universidades más prestigiosas de los Estados Unidos;18 al mismo tiempo, es pastor metodista de originaria cepa sociocultural latinoamericana. De modo que el autor posee, a todas luces, las credenciales idóneas para explorar a sus anchas, sin aprensiones ni circunloquios, el objeto de estudio que se propuso: reconocer y explicar la elaboración teológica característica del ahora santo salvadoreño.

Si se pudiera, hipotéticamente, abstraer su aforo académico, pienso que las dos últimas filiaciones le asistirían divinamente para bregar en su cometido. De modo que, al aplicar todo su bagaje, Colón-Emeric logró comprender el crisol donde confluyeron dos dinámicas tangentes, que, al mezclarse, hicieron mella en el corazón pensante de Romero. He allí el meollo de lo que ha desentrañado el evangélico investigador.

Colón-Emeric plantea que el ritmo del pensamiento teológico del arzobispo se aviva mediante una insólita conjunción entre la narrativa cívico-eclesiástica fundacional de la nación salvadoreña y la emergencia de una expresión artística singular que coincidió con su período como arzobispo. Esta conjunción fue todo un proceso penoso, hay que resaltar; una verdadera proeza para el prelado que no estaba provisto como para asimilar de golpe el impensado fenómeno que saltó ante sus ojos en sus propios fueros: la canción contestataria integrada al quehacer pastoral y a la solemnidad cultual.

Me viene de perlas, para rematar estas deliberaciones, un certero discernimiento redactado por Pablo Andiñach, Pastor de la Iglesia Evangélica Metodista Argentina, Doctor en Teología con especialidad en Antiguo Testamento, y Profesor de la Universidad Católica y de la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino en Argentina. Dicho sea de paso, Andiñach es amigo personal del autor, y es, además, el traductor que ha hecho posible esta edición del libro en idioma español.

Dice así este ilustre varón:

«El autor expone la teología de Romero en base a sus homilías y a su valoración (y crítica) de los cantos litúrgicos, las llamadas “Misas centroamericanas”. El lector de estas líneas quizás no sepa que en la tradición metodista y evangélica de Colón-Emeric, la predicación es el lugar privilegiado para exponer las Escrituras, y los cantos e himnos un espacio particular de exposición de su teología. Al punto que se dice que “los metodistas cantan su teología”. ¿Será que esa particular tradición evangélica allanó el camino para buscar en la predicación y los cantos la teología de Romero?». 19

Con todo lo antedicho, sumamos en este instante un recurso que se aviene, como anillo al dedo, a lo que venimos discurriendo. Se trata de un folio que recientemente ha salido a la luz pública, gracias a una discreta ventana que se ha entreabierto en el acervo documental de Romero luego de concluido el proceso de canonización en Roma. Cabe aclarar que Colón-Emeric nunca tuvo a la vista el documento que se colocará a la vista, ni siquiera en los postreros momentos cuando daba los últimos retoques a su tratado. Por tanto, al presentarse a posteriori, esta verificación documental enaltece de manera contundente el enfoque visionario del teólogo investigador.

Véase a continuación la Ilustración 1 que exhibe el facsímil de una cuartilla de bloc rayada, en la cual se registra el mapa conceptual que, con caligrafía apresurada, Romero redactó para guiarse en la oratoria de su último sermón dominical. El documento nos regala la visión de una de las habilidades eruditas que el arzobispo logró pulir en su época de estudiante de teología en Roma. Ya topamos antes con el testimonio de un fraile que lo conoció y trabajó estrechamente con él durante varias décadas: “Su paso por la Gregoriana lo había marcado para el estudio y los esquemas lógicos”.20


ilustración 1. nótese el primer renglón del folio donde aparece el período litúrgico y la fecha: “5º domingo de cuaresma (23-iii-80).” véase el resto de los renglones donde romero bosquejó, de su puño y letra, el mapa conceptual que le sirvió de guía para la oratoria de su última homilía pública.


ilustración 2. nótese en este enfoque ampliado del literal (c) el avance execético del esquema pergeñado por el arzobispo Romero. Obsérvese que la idea central es la fuerza salvífica de Jesús transfigurado. Romero se propone enarbolar esta noción amalgamada en su pensamiento, justo en la homilía donde “firmó su sentencia de muerte”, dado su dramático llamado a las fuerzas dictatoriales a cesar la represión contra el pueblo indefenso.

Al enfocar con lupa uno de los literales que integran el mapa conceptual, puede ubicarse ipso facto un componente que resulta más que interesante, no tanto porque haya permanecido resguardado durante cuarenta años, si no, sobre todo, porque aporta información relevante que coadyuva a lo que aquí estamos avanzando:

La Ilustración 2 presenta subrayado el sintagma: «La Transfiguración». Es este un arbitrio de quien esto escribe a modo de abrirle la puerta a la glosa que en seguida se hará sobre el documento que se visualizó antes.

Para comenzar, póngase atención al período del calendario litúrgico en aquel momento: Cuaresma. Tal período, de hecho, no prescribe el central o explícito manejo de la expresión subrayada. Aun así, la alusión se inserta, como puede verse, en el mero corazón de la exégesis que Romero pretende exponer ese domingo. Debió existir una precisa razón que indujo al predicador a ubicar la referencia de modo tan destacado en el esquema guía de su peroración.

Ahora sabemos que Romero, entre las notas que alistó antes de subir al púlpito –como el mapa conceptual, por ejemplo– se hallaba entrometida la hoja con la lírica del “Himno al Divino Salvador” que había recibido dos días antes. El arzobispo la incluyó porque había decidido declamarla en algún momento de su predicación. Esta decisión no nace, en absoluto, de personales gustos poéticos o musicales (no había escuchado y no llegó a escuchar nunca la melodía del himno entonada con la letra). El asunto es que el susodicho himno le proporcionó el pretexto perfecto para relanzar su cara imagen exegética de «La Transfiguración»; una idea-fuerza que, al final, se ubica en el corazón de una refinada “teología” que emerge de Romero mismo, desde su mente, su memento y su momento. He ahí la clave que explica la campanada que lanzó el arzobispo aquel domingo frente a la multitud expectante:

«Una nota simpática también de nuestra vida diocesana: Que un compositor y poeta21 nos ha hecho un bonito himno para nuestro «Divino Salvador». Próximamente, lo iremos dando a conocer: «Vibran los cantos explosivos de alegría / Voy a reunirme con mi pueblo en Catedral / Miles de voces nos unimos este día / para cantar en nuestra fiesta patronal.» Y así siguen estrofas muy sentidas por el pueblo. ¡La última es muy bonita! «Pero los dioses del poder y del dinero / se oponen a que haya transfiguración / Por eso, ahora vos sos, Señor, el primero / en levantar el brazo contra la opresión»,22 Homilía del 23 de marzo de 1980. Óscar Romero. Homilías: Tomo VI. San Salvador: UCA Editores, 2009, p. 445.

Colocado Romero en el paso de una mortífera borrasca desatada contra sus agentes (laicos, monjas, curas); tolerando intimidaciones y amenazas contra su vida; hostigado por sus homólogos obispos y desde Roma; arreando a colaboradores que se “salían del huacal” … En medio de toda esa barahúnda, el pastor encontró la forma de proseguir, elevando, con nuevos bríos, el principio central de su “teología”.

«La Transfiguración» representó, en efecto, un concepto estratégico que comandó el pensamiento substancial de Romero, como sacerdote y como jerarca episcopal. La llevó siempre consigo, en su época de párroco en San Miguel, y en su última etapa como arzobispo. No en balde la enarboló en sus postremos días; la mantuvo hasta el último suspiro de su vida.

Repasemos las dos últimas alocuciones que profirió in extremis antes de su asesinato, para corroborar que eso fue así.

En la del domingo 23 de marzo de 1980 –su última homilía pública– una canción le abrió la puerta para darle lustre, por enésima vez, a su carísima imagen teologal, transida siempre de historia fundacional y de raigambre sociocultural salvadoreñas.

Para la siguiente jornada –la última de su existencia en esta tierra– cumpliendo con su agenda, se dispuso a oficiar una misa de aniversario en sufragio de una “querida difunta”. Pero para esa ceremonia, Romero decidió, en una chispa de espontaneidad, modificar algo para nada insustancial. Aquella tarde –con el sol consumiéndose en lontananza– el arzobispo decidió dar un giro a su predicación.


ilustración 3. Aviso que fue publicado en los rotativos más importantes. Allí se anuncia que el arzobispo oficiará la misa. Ante tal imprevisión (¿o premeditación?), colaboradores cercanos sugirieron a Romero que no se presentara, pues el anuncio lo había dejado claramente expuesto. ¡Y tuvieron razón! Esa misa se transformó en la ocasión perfecta para ejecutar la venganza de “los dioses del poder y del dinero” con quien “hablaba mucho”, al decir de ellos. Y en verdad, el día anterior, domingo 23 de marzo de 1980, había hablado demasiado.

Ahora se sabe que “Él cambió las lecturas; tocaban las lecturas de la mujer adúltera y de la casta Susana…”.23 Pero no sólo eso trocó. Además, se permitió introducir “esa página” (según sus propias palabras) “que he escogido para ella [la difunta] del Concilio Vaticano”.24 Así lo justificó ante los pocos orantes “en una misa de tono familiar”.

Su más aventajado biógrafo asevera que “la homilía en memoria de doña Sarita, como la llamaba Romero, no tuvo un contenido extraordinario”.25 ¡Pero quizá no fue así! Su último momento de predicación fue, por ventura, mucho más que una recordación afectuosa en la que “Romero alabó a la difunta” en la medida en que “habría recuperado ‘purificado’, ‘iluminado’ y ‘transfigurado’ todo el bien que había hecho en la tierra”.

¿Qué hace pensar de este modo? El hecho de que el concepto de marras (nuevamente subrayado por arbitrio de quien esto escribe) emana convenientemente de la lectura que el mismo predicador eligió por la libre. Allí el arzobispo estaba dedicándose a sí mismo el contenido de su elección, muy probablemente para darle fuerzas a su propia intimidad sobrecogida.

El texto en cuestión es extraído de un documento del Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, en el numeral 39 que lleva por título: “Tierra nueva y cielo nuevo”:

«… los bienes de la dignidad humana… todos los frutos excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo –después de haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y de acuerdo con su mandato– volveremos a encontrarlos limpios de toda mancha, iluminados y transfigurados, cuando Cristo entregue al Padre el Reino eterno y universal… El Reino está ya misteriosamente presente en nuestra tierra; cuando venga el Señor, se consumará su perfección». Parte de la alocución que pronunció Romero en la misa de aniversario en sufragio de doña Sara Meardi de Pinto. En Pinto, Jorge (1985): El grito del más pequeño. México, Editorial Cometa, Pág. 278.

Parece una salutación bastante escatológica como para conmemorar a una dulce matrona acomodada. Pero Romero se encontraba ya en visión de otro mundo, su espíritu rezumaba trascendencia, y en su cabeza volvió a revolotear la noción de «La Transfiguración» en el sentido de una terrenal condición salvífica transida de glorificación celestial, lo que era su gran divisa como recurso hermenéutico de la realidad salvadoreña; la misma que había enarbolado el día anterior en su épico sermón.

Ese último suspiro exegético representa el sello de fuego para su más caro epítome teologal sostenido a lo largo de su vida dedicada al Reino de los Cielos. Así selló de manera terminante el ahora San Romero su apuesta por la fuerza reflexiva que entrañaba para él la imagen de «La Transfiguración»: frente al altar del sacrificio, minutos antes de que su magnánimo corazón fuese destrozado por la peregrina bala que lo envió al infinito reino del amor divino.

En conclusión, el libro de Colón-Emeric nos ayuda a comprender que:

1) El magisterio de Romero como arzobispo puede auscultarse como objeto de estudio que da de sí para establecer la existencia de un pensamiento teológico acabado y original.

2) Los cimientos de la edificación teológica romeriana son absolutamente clásicos (Escrituras sagradas; Doctos Padres de la Iglesia; Magisterio Vaticano; Cartas y Textos Episcopales latinoamericanos). Y estas basas son las que le conferirían al erudito pensamiento del mártir cuscatleco, un alcance universal, al menos para la porción cristiana occidental del orbe.26

3) El tema de «La Transfiguración», como idea-fuerza teológica, le sale al paso al término “liberación”. Romero, francamente, nunca desautorizó a la teología de liberación. También es verdad que nunca se apegó de manera adusta a ella. Lo que él hizo fue ser fiel, en su reflexión y exposición pública, a la historia y a la cultura salvadoreña. Esta constatación es uno de hermosos puntales de la concienzuda investigación de Colón-Emeric.

Para terminar, quiero afirmar que el concluyente estudio de Edgardo Colón-Emeric nos ha hecho un gran servicio: Finiquitar una tarea que permaneció pendiente durante demasiado tiempo; no por omisión o reticencia del ateneo académico, necesariamente; esta tarea le había quedado pendiente al propio sacerdote, luego obispo y ahora San Óscar Romero. El arzobispo fue violentamente apartado de este mundo, justo en el momento en que, desde su cátedra por excelencia, continuaba discurriendo, con mayor profundidad y urgencia nacional, una “visión teológica” muy desde su mente, su memento y su momento, como ya escribimos antes.

Esta es la auténtica plusvalía que entraña el estudio del teólogo metodista, Edgardo Colón-Emeric. Ha sido él quien ha conquistado la cúspide de esta tarea pendiente con la obra que ahora lanza al mundo hispano, para que sigamos recreando y admirando el legado siempre vigente de “San Romero de América”.

Por consiguiente, como salvadoreño y como romeriano por vivencia propia que soy, rindo mi eterna gratitud al teólogo, al profesor, al cristiano, al latinoamericano, al buen amigo, al hermano, Edgardo Colón-Emeric, por haber develado esta profundidad de nuestro santo Romero que había tardado casi medio siglo en exponerse como Dios manda.

Y ojalá que esta publicación sirva para darle fuego (aunque ese no es el propósito del autor, estoy seguro) a un explosivo petitorio que fuera cañoneado hace exactamente cuatro décadas, y que aparentemente nunca llegó a impactar su destino.

Reza así la exhortación de quien fue un cercano y fiel colaborador suyo, sacerdote y exalumno de “la Gregoriana” como San Romero:

«Licenciado en Teología. No tuvo tiempo de hacer la tesis doctoral que quedó siempre pendiente. (No estaría mal que los Doctores de la Gregoriana tomaran sus “Obras Completas”, Homilías y Cartas Pastorales, y le dieran su visto bueno para darle el Doctorado en Teología)». 27

En el cuadragésimo aniversario de su martirio:

¡Viva San Romero! ¡Mártir Doctor de América!

Guillermo Cuéllar-Barandiarán,

cantautor salvadoreño romeriano,

Filósofo y Antropólogo.

Capítulo 1
Introducción a un escándalo

Durante su estadía en Roma, mientras llevaba a cabo sus estudios de teología, Óscar Romero frecuentaba las calles de los alrededores de la Basílica de San Pedro; allí solía encontrar personas pobres. Luego de una de esas caminatas, en la víspera de la navidad de 1941, Romero escribió en su diario: “Los pobres son la encarnación de Cristo. A través de sus trapos… el alma caritativa descubre y adora a Cristo.”28 Pero no todos pueden ver esta imagen. Privilegios, ideologías y prejuicios se han convertido en algo así como una segunda naturaleza: un velo grueso que impide que veamos la luz de Cristo que ilumina la vida de los marginados. San Pablo tiene razón al decir “...los incrédulos, a quienes el dios de este mundo les cegó el entendimiento…” (2 Cor 4, 4) pero habría que agregar a sus palabras, y también a los creyentes. La humanidad necesita aprender de nuevo a ver, y por esta razón, cree Romero, el mundo necesita de la iglesia.

Es en el monte que es la iglesia donde es eliminado el velo de la vergüenza que envuelve a los pueblos en la oscuridad.29 Pero una iglesia ciega no sirve para un mundo ciego. La iglesia también necesita aprender a ver de nuevo. Necesita aprender a ver la gloria de Cristo en las “rostros de campesinos sin tierra, ultrajados y asesinados por la fuerza y el poder; rostros de obreros despedidos sin causa, sin paga suficiente para sostener sus hogares; rostros de ancianos; rostros de marginados; rostros de habitantes de los tugurios; rostros de niños pobres que, ya desde su infancia, comienzan a sentir la mordida cruel de la injusticia social” (Homilías, 6:346, 2/3/1980).30 Para Monseñor Romero, un lugar privilegiado de encuentro con la gloria de Cristo es en el monte que en la tradición se conoce como Tabor, el monte de la transfiguración. La luz de Cristo transfigurado tiene el poder de transformar la carne de los pobres en un ícono de gloria y de abrir los ojos de los ciegos para contemplar esta gloria y ser cambiados.

Ver la gloria de Dios en el rostro de los pobres de Jesucristo puede ser costoso. En su última homilía dominical el 23 de marzo de 1980, Romero ofreció a su congregación una narración de los eventos más notables en la vida de la arquidiócesis. No había nada inusual en esto. Era su costumbre entretejer los anuncios de la iglesia con la proclamación del Evangelio. Ese domingo en particular, les dio un anticipo de un himno recientemente compuesto por Guillermo Cuéllar en honor al Divino Salvador del Mundo, el patrono de El Salvador (Homilías 6:445, 23/3/1980). El himno sería luego el Gloria de la Misa Salvadoreña.

“Vibran los cantos explosivos de alegría,

Voy a reunirme con mi pueblo en catedral.

Miles de voces nos unimos este día

Para cantar en nuestra fiesta patrona”.

La letra describe al pueblo de Dios que se reúne en San Salvador para celebrar el 6 de agosto la Fiesta de la Transfiguración. Romero dice que le gusta especialmente la estrofa final:

“Pero los dioses del poder y del dinero

Se oponen a que haya transfiguración.

Por eso ahora vos, Señor, sos el primero

En levantar tu brazo contra la opresión”.

La tarde siguiente, los sirvientes de los dioses nombrados por Cuéllar asesinaron al arzobispo. ¿Por qué? Al predicar la muerte de otros mártires, el propio Romero ofreció una explicación: “¿Por qué se mata? Se mata porque estorba” (Homilías 5:354, 23/9/1979). Lo matan porque se interpuso en el camino de aquellos que veían a El Salvador como su propiedad y actuaban de manera de mantener a sus ciudadanos como sus peones. Dicho de otra manera, el mensaje de Romero fue un escándalo. La palabra griega skandalon refiere a un obstáculo, algo que se interpone en el camino. Uno puede estar escandalizado al ver caer a alguien o al tropezar uno mismo. La reacción a la caída puede ser infantil, farisaica o justa.31 El término escándalo puede usarse para nombrar, no solo el acto de ser ofendido sino también el acto de ofender, la causa del tropiezo. El escándalo puede provenir de una persona que pone trampas para impedir el progreso de otra persona. La pobreza es un escándalo en este sentido. La pobreza es el obstáculo en el camino de la vida para la mayoría de las personas en El Salvador. Desde la conquista en el siglo XVI hasta los genocidios del siglo XX, la pobreza ha sido una de las marcas distintivas de El Salvador. Años bajo el mando de oligarquías poderosas que se veían a sí mismas como las dueñas del país llevaron a una distribución tremendamente desigual e injusta de tierras y bienes.

En la época de Romero el 60 por ciento de la población rural no poseía tierra y el 90 por ciento carecía de los medios para el sustento diario. El “hambre de tierra” y el hambre de alimento fueron la realidad del pueblo salvadoreño.32 El escándalo de la pobreza dio lugar al escándalo de la violencia cuando la oligarquía se unió al gobierno para bloquear todos los intentos de reforma agraria. En la infame matanza de 1932, el gobierno ordenó a los militares reprimir un movimiento insurreccional que exigía una reforma agraria en la parte occidental del país. El resultado fue la matanza de aproximadamente el 2 por ciento de la población. Dado que la mayoría de los muertos eran de ascendencia indígena la matanza fue un acto de genocidio. Es debido a esta matanza que El Salvador carece de una población indígena significativa en la actualidad. Siempre parecen estar apareciendo nuevos obstáculos para el progreso del pueblo de salvadoreño. Al igual que la mítica Hidra de Lerna, el enemigo que puso estos obstáculos tiene muchas cabezas (la oligarquía, el ejército estadounidense, las multinacionales, los poderes y los principados, etc.) pero ha causado un solo escandaloso resultado: la muerte de los salvadoreños.

El escándalo puede también provenir de Dios, cuyas marcas en el camino a la salvación pueden hacer tropezar a los que siguen el camino que lleva a la perdición. Pero los medios que Dios emplea para convertir a la humanidad de la muerte a la vida pueden ser en ocasiones ofensivos; como Pablo, Romero sabe que la cruz ha de provocar una crisis (Homilías, 3:215, 20/8/1978). La transfiguración es un escándalo en este sentido y el monte Tabor sorprende la sensibilidad del caminante. Allí se presenta una visión de la gloria que solo se puede lograr a través de la pasión. A medida que avanza hacia la cruz, la visión de Jesús transfigurado emite un imperativo para todos los seres humanos: No se conformen con este mundo. No se conformen con las mediocridades. Sean transformados.

La transfiguración es un escándalo para los pusilánimes que subestiman sus promesas y también es un escándalo para el fariseo. El monte Tabor amenaza con alterar un orden en el que muchos tienen intereses creados ya que el escándalo de la transfiguración tiene también dimensiones políticas.33 Arroja luz sobre un mundo diferente, donde la gloria proviene de la humildad y no del poder y el privilegio. Desde las alturas del monte Tabor, la gloria de Dios brilla más en la carne cubierta de llagas de Lázaro que del suntuoso estilo de vida del hombre rico. En resumen, el escándalo de la transfiguración se expresa en el apostolado de Romero, Gloria Dei, vivens pauper, la gloria de Dios es el pobre que vive.

Óscar Romero, padre de la iglesia latinoamericana

¿Quién fue Óscar Romero? Se han escrito muchas biografías excelentes sobre él.34 De hecho puede parecer que las narraciones sobre su vida, especialmente de su época como arzobispo, es todo lo que se ha escrito sobre él. En cierto modo esto es comprensible. Los años 70 y 80 marcaron un momento dramático para el pueblo en América Central. La gran desigualdad de ingresos, los intentos fallidos de reforma agraria y los rumores de una revolución al estilo cubano contribuyeron a cambiar el panorama social. Algunos esperaban que la iglesia sirviera como bastión de la estabilidad nacional, mientras que otros soñaban con un movimiento guerrillero cristiano. En este contexto, la elección de Romero para el principal cargo eclesial del país fue recibida con consternación por algunos y alivio por otros. Sin embargo, ambas reacciones leyeron mal al hombre y al momento. Días después de su nombramiento, el 12 de marzo de 1977, su amigo el padre Rutilio Grande y dos compañeros (Manuel Solórzano y Nelson Lemus) fueron asesinados mientras conducían hacia El Paisnal.

Algunos de los biógrafos de Romero se refieren a este momento como su conversión. El camino a El Paisnal fue el camino de Romero a Damasco. Ver esos tres cadáveres convirtió al obispo conservador, tímido y ratón de biblioteca en un profeta en llamas. El propio Romero prefirió hablar de la transformación causada por la visión de estos cuerpos no como una conversión sino como una conciencia creciente de lo que el Señor requería de un arzobispo en ese contexto.35 Sea como fuere, la muerte de Rutilio Grande dejó una profunda impresión en el ministerio de Romero como arzobispo. Situó el servicio de Romero como arzobispo bajo el signo del martirio. Ahora no había ninguna duda al respecto: él era el pastor de una iglesia perseguida. Al asesinato de Grande le siguieron los asesinatos de Alfonso Navarro (11 de mayo de 1977), Ernesto Barrera (28 de noviembre de 1977), Octavio Ortiz (20 de enero de 1979), Rafael Palacios (20 de julio de 1979) y Alirio Macías (4 de agosto de 1979), solo por nombrar a los sacerdotes.

Este libro no es otra biografía de Romero. En su lugar ofrezco aquí una reflexión sobre los títulos que la tradición ha perpetuado de su memoria. A esta tradición se la llama romerismo. La placa que cuelga en la pared de la casa donde vivió durante su época como arzobispo presenta los títulos de “profeta”, “mártir” y “santo”; pero la tradición de Romero también ha incluido otros títulos menos conocidos como “hijo de la iglesia” y “padre de la iglesia”.36 Antes de examinar esto, puede ser útil decir algunas palabras acerca de cómo creció la tradición de Romero.

El romerismo comenzó durante los años en que Romero sirvió como arzobispo.37 Sus fuentes principales fueron el púlpito, el camino y la oficina. La mayoría de las personas encontraron a Romero a través de sus homilías. La multitud desbordante en la catedral y la audiencia de radio sin precedentes proyectaron su voz mucho más allá de la del sacerdote típico o incluso del arzobispo. La tradición de Romero creció no solo a partir de la memoria de su palabra, sino también de los encuentros personales que muchos tuvieron con él. Romero visitó los cantones y las comunidades pobres de su arquidiócesis con mayor frecuencia de lo que era canónicamente requerido. Allí Romero experimentó de primera mano las condiciones de vida de su gente y la gente vio a su arzobispo caminando entre ellos. El arzobispado también contribuyó al desarrollo del romerismo. Durante su permanencia en San Salvador las puertas de las oficinas de la arquidiócesis recibieron a personas que buscaban ayuda para encontrar a familiares que habían desaparecido o en busca de justicia para alguien que había sido abusado o asesinado. Ellos encontraron en Romero un pastor compasivo y un fuerte defensor de su rebaño. Esto muestra que incluso antes de ser asesinado la gente tenía una rica colección de recuerdos y experiencias de Romero. Inmediatamente después de su muerte, las piezas del romerismo comenzaron a ensamblarse como en un mosaico. En la homilía de su misa fúnebre del 25 de marzo de 1980, Ricardo Urioste, vicario general del arzobispo, se lamentó: “Nos asesinaron a nuestro “padre”, nos asesinaron a nuestro “pastor”, nos asesinaron a nuestro “profeta” y nos asesinaron a nuestro “guía.”38 Urioste continuó hablando de Romero como “hombre de una profunda fe, de una profunda oración, de una constante comunicación con Dios”.39 Podría haber sido “acusado de blasfemo, un perturbador del orden público, un agitador de las masas”, y ridiculizado como “Marxnulfo Romero” (Arnulfo era su segundo nombre), pero para el clero y los religiosos de su arquidiócesis, su martirio fue la culminación de “una vida de profeta, de un pastor, de padre de todos los salvadoreños, especialmente de los más necesitados”.40 Un pequeño artículo biográfico publicado una semana después de su muerte lo describe de la siguiente manera: “Fue realmente un pastor, un profeta, un amigo, un hermano, un padre de todo el pueblo salvadoreño, especialmente de los más pobres, débiles, y marginados. Fue la voz de los sin voz… Era un hombre de oración, sólo así se comprende su fortaleza ante tanta dificultad. Hombre de gran calidad humana, sabía acoger a las personas, descubrirles sus valores”.41 La rica herencia que se vislumbra en estas descripciones fue ocultada en su entierro.42 Durante los tres años siguientes tras su muerte la jerarquía de la iglesia guardó silencio sobre su líder martirizado. Los aniversarios de su muerte en el Hospitalito, el centro de cuidados paliativos para el cáncer donde vivió y murió, fueron actos de bajo perfil. El nombre de Romero no era pronunciado en público. Su memoria sobrevivió en hogares de familia y organizaciones clandestinas. Pero las cosas comenzaron a cambiar en 1983 con la visita de Juan Pablo II a El Salvador. La imagen del pontífice polaco arrodillado ante la tumba del prelado salvadoreño fijó los ojos del mundo y de El Salvador en una tradición que había sido reprimida pero no quebrada. Las placas que adornaban la tumba dieron testimonio de la continua devoción de la gente y su gratitud por su intercesión en favor de sus vidas, en la muerte y por la vida más allá de la muerte. La visita no programada del Papa a la catedral donde Romero fue enterrado alentó al romerismo a abandonar las catacumbas y hacerse público. El periódico arquidiocesano Orientación comenzó a publicar extractos de sus homilías. La Universidad de América Central “José Simeón Cañas” (más conocido como UCA) construyó una capilla en honor a su memoria y remeras fueron impresas con su rostro. Durante la mayor parte de los años 80 quienes difundieron más enérgicamente el romerismo fueron las organizaciones políticas de izquierda. Naturalmente, el Romero que transmitían estaba pintado de colores populistas y revolucionarios. De hecho, uno de los principales obstáculos para su canonización fue la explotación por los sectores de izquierda de su martirio y memoria.

Una nueva etapa en el romerismo se inauguró con la firma de los acuerdos de paz en 1992. El colapso de la Unión Soviética y el fin de la guerra civil abrieron las puertas a una mayor difusión de su memoria. Se organizaron celebraciones masivas para los 15 de agosto, el aniversario de su nacimiento, y los 24 de marzo, el de su muerte. Estas fechas se convirtieron en días santos en el calendario del romerismo. Curiosamente la Fiesta de la Transfiguración (la fiesta nacional en que Romero publicaba sus cartas pastorales) nunca se ha incluido en este calendario. La creciente aceptación pública de estas celebraciones contribuyó a la consolidación de una geografía del romerismo. El Hospitalito y la catedral (y en menor medida su casa natal) se convirtieron en lugares de peregrinación que atrajeron a católicos y no católicos de todo el mundo. Las personas que conocieron a Romero fueron de especial valor en la transmisión de esta tradición y contribuyeron a crear organizaciones formales con este propósito. La última etapa del romerismo fue posible gracias a los procesos de beatificación y canonización. En la proclamación apostólica de su beatificación, el Papa Francisco llama a Romero “obispo y mártir, pastor según el corazón de Cristo, evangelizador y padre de los pobres, testigo heroico del reino de Dios, reino de justicia, fraternidad y paz”.43 El arzobispo Paglia, quien fue biógrafo de la ceremonia, habla de Romero como defensor de los pobres, el defensor pauperum, como los antiguos padres de la iglesia.44 La investigación que apoyó los procesos y las ceremonias que rodean su beatificación dio la aprobación oficial a las tradiciones heredadas, al mismo tiempo que los transformó incorporándolas al culto de la iglesia universal.

Por otra parte, la beatificación expuso las tensiones que existen dentro del romerismo. Rodolfo Cardenal señala tres versiones sobre su persona en pugna: el nacionalista, el espiritualista y el liberacionista.45 Es así que la declaración del Vaticano reconociéndolo como mártir obligó al gobierno a moldear su propia versión de Romero como héroe nacional. De hecho, todos los viajeros que se encuentran frente a las puertas de salida del Aeropuerto Internacional Monseñor Óscar Arnulfo Romero pasan frente a un mural que muestra al arzobispo al servicio de los pobres. Junto al mural hay una placa con una disculpa del gobierno por su complicidad en la guerra civil. Romero, en esta versión de la historia, es un patriota cuya memoria promueve la unidad nacional dentro de una sociedad fragmentada. Al afirmar que está inspirado por Romero, el gobierno busca que parte de su aura se borre y otorgue credibilidad a su agenda política. Incluso los medios de comunicación se han apoderado de las faldas hagiológicas de Romero y han promovido su figura ampliamente sin tener en cuenta que antes mancillaron su imagen y sin explicar las razones detrás de su cambio de actitud. La versión nacionalista de Romero lo coloca en el altar mayor de la opinión pública, generalmente reservado para los padres fundadores de El Salvador y la selección nacional de fútbol. Dentro de la Iglesia Católica, el proceso de beatificación promovió una imagen de Romero que, en opinión de Cardenal, está excesivamente espiritualizada. Esta versión presentaba a un obispo que era piadoso, compasivo, tradicional y leal al magisterio. Estas características pertenecen a Romero, pero no se puede pintar un retrato completo solo a partir de ellas. El promotor de la versión espiritualista en la que se centra Cardenal es Roberto Morozzo della Rocca. Para Cardenal, la biografía escrita por Morozzo titulada Primero Dios, es deficiente en muchos aspectos: tiene tendencia a espiritualizar a Romero, a minimizar su conversión, a resaltar las tensiones con los teólogos de la liberación y con los grupos de izquierda. De lo que Cardenal acusa a Morozzo no es de una mala historiografía sino de una mala ideología. Su lectura espiritualista de Romero descarta a priori aspectos vitales de su vida con el fin de hacerlo aceptable a un sector de la iglesia que nunca tolerará ni siquiera esta versión diluida de su ministerio.

Finalmente, está la versión liberacionista. Para Cardenal, no hay duda de que esta es la versión más auténtica. “Mientras la Iglesia institucional se desentendía de Mons. Romero, otros sectores eclesiales mantuvieron viva su memoria y cultivaron su tradición. La obstinación de las comunidades, de grupos de laicos, sobre todo de mujeres, de unos cuantos sacerdotes, de religiosos y de religiosas, y en general, de los pobres, mantuvo viva la memoria del arzobispo mártir”.46 A pesar de que Romero pertenece a la iglesia universal y al mundo, la responsabilidad principal de salvaguardar su memoria recae en la Iglesia salvadoreña y en particular en los pobres. El Salvador tiene un largo camino por recorrer antes de que los brillantes títulos atribuidos a Romero se puedan declarar sin sonrojarse. Romero será en verdad “el santo de todo El Salvador” y un “símbolo de paz” recién cuando se haga justicia, se pida perdón y se ofrezca un abrazo sincero. “Solo entonces, Monseñor dejará de ser piedra de tropiezo y de escándalo, porque habrá pasado a ser la roca sobre la cual se levanta un El Salvador reconciliado con su pasado y su presente y abierto al futuro del reino de Dios”.47

Esta visión general del romerismo describe una tradición viva que no se puede reducir a algunos lemas o leyendas. Además de las obras escritas de Romero (homilías, diarios, cartas y columnas en periódicos) y el testimonio de quienes lo conocieron, hay una vasta producción de obras culturales que llegan a una audiencia mucho mayor que los dos primeros medios de comunicación.48 La cara de Romero se puede ver en todo El Salvador en murales, retratos, carteles y remeras. Su historia se cuenta a través de la música en diversos géneros, desde la clásica Violeta para Monseñor Romero hasta el popular Corrido a Monseñor Romero. Se han escrito novelas y se han hecho películas sobre él. Es importante señalar que al transmitir la historia de Romero su historia no es solo de él, sino también de las personas a quienes sirvió y por quienes murió. La densidad y diversidad del romerismo son signos de vitalidad, no de incoherencia, y no nos impiden identificar sus temas recurrentes. Óscar Romero es un profeta. Esta es una de las imágenes más comunes y duraderas de él. La canción El profeta del grupo musical Yolocamba-Ita (el mismo grupo que escribió la música para el Gloria ya mencionado), nos ofrece una imagen vívida:49

“Por esta tierra del hambre

yo vi pasar a un viajero.

Humilde, manso y sincero,

valientemente profeta,

que se enfrentó a los tiranos

para acusarles el crimen

de asesinar a su hermano,

pa’ defender a los ricos”.

En la imaginación popular, el solo acto de elevar la voz contra el status quo se considera una acción profética, ya que un profeta es alguien que le habla al poder. Romero encaja en el modelo popular pero lo excede porque también es un profeta en el sentido bíblico. En las Escrituras, un profeta es un heraldo de Dios para el pueblo de Dios. Los profetas no son simplemente críticos sociales piadosos; también son soñadores que se atreven a imaginar un mundo donde Dios es rey y por esta razón son perseguidos. Las homilías de Romero denuncian enérgicamente las injusticias en la sociedad salvadoreña pero aún más enérgicamente anuncian las buenas nuevas de Jesucristo. Quienes mejor confirmaron la vocación profética de Romero fueron sus enemigos; al asesinar su carácter y su cuerpo, irónicamente confesaron, con los dientes apretados, que él era un profeta.

Óscar Romero es un mártir. En El Salvador las numerosas historias de abusos, desapariciones y muertes giran en torno a una sola historia, la de Óscar Romero.50 Hay otros testigos heroicos y muchas más muertes injustas. Pero la historia de Romero cristaliza la relación entre el heroísmo de los mártires y el sufrimiento de la gente. Las narraciones del martirio en El Salvador están reunidas en una especie de orden jerárquico: Óscar Romero, Rutilio Grande, los mártires de la UCA, las hermanas Maryknoll, las masacres de El Mozote, etc. El orden se vio en las predicaciones de Romero en los funerales, donde se destacó el papel de los sacerdotes. El orden también se ve en las tradiciones populares sobre los mártires locales, cuyas historias siempre están relacionadas de alguna manera con la historia de Romero. En la historia de Romero, dos cosas se manifiestan de manera eminente: “tanto la identificación con la suerte del pueblo pobre como la entrega incondicional por la causa de su salvación en todos los niveles, comenzando por el más inmediato y urgente, el mero hecho de vivir, hasta la participación plena en la vida de Dios”.51 En otras palabras, no es que la vida y la muerte de Romero sean más importantes que las de los miles de salvadoreños que vivieron y murieron en esas décadas, sino que la vida y la muerte de Romero arrojan luz sobre esas otras vidas y muertes.

Óscar Romero es hijo de la iglesia. Con esto quiero decir que creció en el seno de la iglesia. Amaba a la iglesia como madre y al Papa como padre. Su adopción del lema ignaciano sentir con la iglesia en 1970 fue una expresión apropiada de su adhesión filial a la iglesia en su rica complejidad. Como hijo, Romero estaba dispuesto a trabajar donde sus padres eclesiales lo necesitaran. En su caso, esto significaba ser un pastor. Es importante recordar que sus tres años como arzobispo representan una pequeña fracción de la vida de ministerio de Romero. Cuando asumió este rol de liderazgo en 1977, Romero ya había pasado veinticinco años en el servicio sacerdotal en la parroquia de San Miguel y ocho años de servicio episcopal divididos entre San Salvador y Santiago de María. Estos treinta y tres años no deben dejarse de lado en la idea errónea de que representan al viejo Romero, conservador y tradicionalista. Por el contrario, creo que estos años son cruciales para comprender al hombre que fue conocido simplemente como Monseñor. Por mucho que cambió a lo largo de su vida y de la transformación que experimentó la noche que estuvo frente al cadáver de su amigo el Padre Rutilio, el arzobispo de San Salvador siempre fue y siguió siendo hijo de la iglesia.

Óscar Romero es un padre de la iglesia latinoamericana. ¿Qué es un padre de iglesia? En el Nuevo Testamento la figura de Pablo presenta un importante precedente para este título posbíblico. Pablo llama a los cristianos en Corinto sus “hijos amados”, y les dice “…aunque tengáis diez mil maestros en Cristo, no tendréis muchos padres, pues en Cristo Jesús yo os engendré por medio del evangelio” (1 Cor 4, 15). Pablo llama a los gálatas “hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros” (Gal 4, 19). Tradicionalmente, el término padre de la iglesia se ha reservado para los obispos ejemplares que dirigieron a la iglesia a través de las controversias políticas y teológicas de los primeros seis siglos. Si bien no hay una lista oficial, ciertos rasgos comunes caracterizan a los padres de la iglesia. José Comblin identifica cuatro: una vida santa, una fe ortodoxa, una comprensión de los signos de los tiempos y el reconocimiento popular.52 Los padres de la iglesia no eran teólogos académicos sino pastores o monjes dedicados a la edificación de la iglesia.

El título padre de la iglesia es una manera correcta de recordar a Romero. En la era patrística, los obispos de Asia Menor que asistían a los Concilios de Nicea fueron llamados padres porque su enseñanza fue recibida como apostólica por la iglesia universal. En la era contemporánea, Elmar Klinger argumenta: “Los obispos de América Latina ayudaron a establecer el rumbo futuro de la Iglesia tras el Concilio Vaticano II, que según Pablo VI compartió el mismo estatus que el Concilio de Nicea”.53 En particular, los obispos de América Latina han ayudado a la iglesia universal a asumir la opción por los pobres y reconocer la centralidad de la liberación en el mensaje del Evangelio. Los obispos de la era patrística a menudo pagaron un alto precio por su ortodoxia. Muchos de ellos sufrieron persecución, tortura e incluso fueron asesinados por defender las doctrinas de la iglesia. Estas historias están tan lejos de la sensibilidad pluralista de nuestros días que pueden parecer fantasías ideológicas. Así son presa fácil de las historias revisionistas que restan importancia al motivo teológico de la persecución y las reducen a estrategias políticas de poder. La persecución de obispos como Romero por predicar que Dios ama a los pobres a la vez que odia la pobreza, y el contexto religioso en el que fue asesinado, muestran la vitalidad y actualidad del árbol patrístico. A pesar del abandono y el abuso a que ha sido sometido, el viejo árbol ha ganado años, pero continúa fuerte y vivo.

Debe reconocerse que la categoría de padre de la iglesia no está exenta de problemas. Por un lado, pocas mujeres encajan en esta categoría.54 En la antigüedad, sus voces rara vez se registraban, y a lo largo de la historia no han sido bienvenidas a los cargos institucionales que permitían a los padres de la iglesia hablar con autoridad oficial.55 Además el modelo patrístico privilegia la voz individual por sobre los movimientos comunales y privilegia los textos teológicos por sobre el ministerio de la iglesia y los desafíos de la vida diaria. Sin duda que hablar de Romero como padre de la iglesia latinoamericana no rompe con las limitaciones de este modelo, pero la vida y la enseñanza de Romero nos ayudan a resituar la tradición patrística. Los padres de la iglesia no brotan como Melquisedec, “sin padre, sin madre, ni antepasados conocidos”, en palabras de Hebreos 7, 3. Romero puede ser padre de la iglesia solo porque primero fue hijo de la iglesia. El carácter excepcional de su enseñanza no es el producto de un genio solitario, pues no lo fue, sino el buen fruto que da testimonio de la salud y la vitalidad de la iglesia latinoamericana cuyas ramas lo sostuvieron.

El surgimiento de una Iglesia fuente en América Latina

Hasta hace poco, la iglesia en América Latina tenía pocos o ningún teólogo comparable en estatura a los padres de la iglesia de antaño.56 Las razones de esta esterilidad se encuentran en la historia de la iglesia en América Latina. A lo largo de la mayor parte de los quinientos años de presencia cristiana en el continente los líderes eclesiásticos se preocuparon principalmente por el trasplante preciso del cristianismo europeo al suelo americano. Las acciones heroicas y sagradas de los primeros misioneros como Antonio de Montesinos, Pedro de Córdoba y Bartolomé de las Casas al proclamar el Evangelio y defender a los indígenas se ahogaron bajo el deseo del control europeo de los regímenes coloniales. El tiempo de la independencia no alteró esta dinámica. Las iglesias de las repúblicas recién liberadas reaccionaron a los cambiantes vientos políticos con una estrategia agresiva de romanización. El resultado fue lo que Henrique de Lima Vaz denominó una iglesia reflejo (igreja-reflexo) en lugar de una iglesia fuente (igreja-fonte).57 La iglesia reflejo se caracteriza por la dependencia de la iglesia fuente.

Las élites latinoamericanas, ya sea en la esfera social o en la eclesial, buscaron en Europa la orientación para sus proyectos y las respuestas a sus problemas. Hubo una marcada tendencia en la iglesia a depender del personal, la espiritualidad, la teología y las finanzas de Europa. La imitación en lugar de la creatividad es la descripción más adecuada para los actos de la iglesia durante los largos años de la colonia, y estos no fueron superados en el posterior período de la independencia.58 No fue hasta después de la Segunda Guerra Mundial que brotaron las primeras formas locales. La iglesia latinoamericana comenzó a agrietar las calles coloniales y a florecer. La fundación de la Conferencia de Obispos de América Latina desempeñó un papel fundamental en el cultivo de estos brotes.

Con la reunión de obispos en Medellín en 1968, una iglesia fuente comienza a surgir, al menos entre el episcopado. La propia Medellín debe entenderse como resultado de dos desarrollos: los vientos de cambio que soplan desde el Concilio Vaticano II y los conflictos sociales que sacuden a América Latina. El primero consiste en un aggiornamento, una adaptación pastoral basada en una lectura contemporánea de los signos de los tiempos. El segundo se manifiesta como concientización, el despertar de un largo sueño colonial de siglos y tomar conciencia de que hay un papel que desempeñar en los eventos históricos. Anteriormente América Latina se consideraba un satélite que giraba en torno al centro europeo. La periferia era su órbita. Pero en Medellín la iglesia latinoamericana experimentó una revolución copernicana. A medida que la iglesia miraba directamente a la realidad social de América se mostraba menos preocupada por sus características europeas; y comienza a pasar menos tiempo frente a un espejo y más tiempo frente a la ventana. Cuando así lo hizo la iglesia latinoamericana descubrió que no debía sentirse inferior a las iglesias del otro lado del Atlántico.59 El resultado fue un aumento en la capacidad generativa de la iglesia. Dejó de ser un eco de España y encontró su propia voz. Se convirtió en una iglesia fuente.

Las teologías latinoamericanas a menudo son consideradas solo como teología católica de la liberación. La identificación es comprensible pero exagerada. No todos los teólogos latinoamericanos son católicos, y no todas las teologías latinoamericanas son teologías de la liberación. Sin embargo, las teologías de la liberación de raigambre católica representan el desarrollo teológico más sustantivo en la iglesia latinoamericana, y éstas serán el enfoque de nuestro estudio. Estas teologías tenían una serie de fuentes doctrinales.60

En primer lugar, las discusiones sobre la secularidad que tuvieron lugar en Europa después de la Segunda Guerra Mundial volvieron a posicionar a la iglesia en una actitud de diálogo con el mundo. La reflexión subsiguiente sobre las realidades terrenales y los signos de los tiempos encontró su expresión en la “Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual” del Vaticano II, Gaudium et Spes. La segunda fuente fue la encíclica Populorum Progressio de 1967. Con los pueblos de África y América Latina en mira, Pablo VI denunció la creciente brecha económica entre las naciones, lo que condujo a situaciones sociales fundamentalmente injustas e inestables. Detrás de esta encíclica se encuentra la influencia de dos tomistas franceses: la filosofía del Humanismo Integral de Jacques Maritain y la teología del trabajo de Marie-Dominique Chenu. Chenu convocó a un diálogo entre Marx y el cristianismo, análogo a la conversación escolástica entre Aristóteles y el cristianismo. El dominico francés argumentó que así como el Aristóteles no cristiano había ayudado a Aquino a descubrir al hombre natural (homo naturalis), un diálogo con el Marx no cristiano podía ayudar a los cristianos a descubrir el hombre económico (homo œconomicus). Es importante recordar que Chenu fue el maestro de Gustavo Gutiérrez, uno de los fundadores de la teología de la liberación latinoamericana. La tercera fuente doctrinal para la teología latinoamericana fue la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, que tuvo lugar en Medellín, Colombia, en 1968. Los documentos producidos por esta conferencia unieron el lenguaje de los “signos de los tiempos” (signa temporum) del Vaticano II con la realidad social de la pobreza que marcaba a América Latina. La teología latinoamericana también fue alimentada por el nuevo pensamiento de las reuniones de teólogos que tuvieron lugar entre 1964 y 1968. En estas reuniones, teólogos como Juan Luis Segundo, Lucio Gera y Gustavo Gutiérrez presentaron artículos sobre la teología latinoamericana que expresaron y estimularon la reflexión teológica de la creciente audiencia cristiana latinoamericana. También fue importante durante estos años la reunión de jesuitas en Roma para su 31ª Congregación General y el nombramiento del sacerdote vasco Pedro Arrupe como General de la Orden.

La teología latinoamericana que resultó de la confluencia de estos afluentes no era un arroyo estrecho sino un río que corría con varios brazos. Por eso es más preciso hablar de teologías latinoamericanas o teologías de la liberación que de una única teología de la liberación. Juan Carlos Scannone identifica cuatro corrientes de la teología de la liberación.61 Las cuatro están unidas por la importancia que otorgan a la acción o la praxis; no parten de textos antiguos, sino de la presencia contemporánea de Dios en los pobres y en las realidades históricas. Lo que aparece primero es la dimensión teológica de la fe, que escucha en el clamor de los pobres la voz de Cristo. Lo que distingue las diversas corrientes de estas teologías es la manera en que comprenden la relación entre el acto de fe, la lectura de las Escrituras, los signos de los tiempos y los pobres. Las cuatro corrientes surgen de la praxis, pero ¿de quién? Primero, la praxis liberadora podría centrarse en la praxis pastoral de la iglesia. Esta versión se caracteriza por su acento en el contenido integral y evangélico de la liberación. Es la teología que fue promovida en Medellín y ratificada en Puebla. Scannone menciona a Eduardo Pironio como uno de los exponentes de esta posición.62 Observo esto porque, como veremos, Pironio es una de las fuentes más importantes para la comprensión de Romero de la teología de la liberación. Segundo, la teología de la liberación puede hacerse desde la praxis de los grupos revolucionarios. Esta versión se basa en gran medida en el análisis marxista, y su reflexión teológica es de y para los grupos radicalizados que tienen la intención de promover una revolución social. La reflexión de este grupo, aunque es teológica, puede evadir el término “teología de la liberación” teniendo en cuenta la manera en que los practicantes de la primera versión lo “espiritualizaron”. Scannone menciona el nombre de Hugo Assmann y el movimiento de Cristianos por el Socialismo como paradigmático de esta corriente.

La tercera versión trabaja desde la praxis histórica. Su propuesta exige cambios profundos en el ámbito social. Al mismo tiempo, sigue comprometido con la iglesia y con la tradición cristiana. La unidad de la historia de la salvación y la historia secular es reafirmada por esta teología contra las que reducen una a la otra. Como la segunda versión, pero con más cautela, se basa en el análisis marxista como una herramienta para entender y moldear la realidad social. Gustavo Gutiérrez, al menos en sus primeros años, nadó en esta corriente. La cuarta versión trabaja desde la praxis de los pueblos latinoamericanos. Esta versión se conoce comúnmente como teología “del pueblo”. Surge de la apropiación de las enseñanzas de Medellín para el contexto argentino. Lucio Gera suele ser considerado el fundador principal de esta teología.63 Difiere de las corrientes anteriores no solo en su procedencia geográfica sino en cómo entiende el lugar de los pueblos en la reflexión teológica latinoamericana. Para esta versión de la teología, los pueblos se entienden desde una perspectiva histórico-cultural más que desde una perspectiva socio estructural; los pueblos son una nación antes que una clase. “El pueblo” incluye una comunidad diversa de clases sociales e incluso culturas, pero son los pobres, como portadores privilegiados de la cultura nacional, quienes son el foco especial de esta teología.64

Óscar Romero es profeta y mártir, hijo y padre de una iglesia fuente latinoamericana que incluye todas estas poderosas corrientes teológicas. Se habría sentido más cómodo con la primera, pero su identificación primaria no era con una corriente teológica sino con una iglesia concreta: la iglesia en El Salvador, que luchaba por salir de las sombras de la historia para dejar que su luz brillara. Los primeros 1.500 años de nuestra era vieron una sucesión de iglesias alrededor de la cuenca del Mediterráneo que sirvieron como luces de guía para la iglesia universal: Jerusalén, Alejandría, Antioquía, Roma y Constantinopla. En el siglo XVI la iglesia en España fue una fuente para los debates de la Reforma y para las disputas en las Indias. Las iglesias franco-alemanas fueron fuentes del Concilio Vaticano II.65

La teología de la liberación puede entenderse dentro de este marco. Al intentar repensar la teología desde un contexto latinoamericano, la iglesia latinoamericana dio un paso gigantesco de ser una iglesia reflejo a ser una iglesia fuente.66 Las iglesias reflejo pertenecen al coro griego que, en el mejor de los casos, interpreta o explica las acciones las fuentes. Durante cuatro siglos, este fue el único papel para las iglesias latinoamericanas. Incluso en el coro, a la iglesia de El Salvador se le asignó el papel de suplente. A fines del siglo XX, a través de la compañía de actores que se formaron alrededor de Óscar Romero, la iglesia salvadoreña se convirtió en una iglesia fuente. Con coraje y humildad, ofreció respuestas evangélicas latinoamericanas a las situaciones latinoamericanas y al mismo tiempo profundizó la comunión con la iglesia universal. El liderazgo de Romero en este surgimiento recibió un fuerte estímulo de Roma. Dice en una de sus homilías:

“Es precioso ver cómo el Papa, desde su magisterio universal, cuando se dirige a una región como que está pensando solo en esa región. Y dice de la “identidad específica de América Latina”, como para decir: ustedes tienen un modo muy latinoamericano, ustedes son muy especiales, la Iglesia de ustedes tiene un modo de ser que no es la Iglesia de Europa ni de África ni de otra parte. Traten de descubrir cada vez mejor esa su identidad latinoamericana de su Iglesia y vívanla con sus problemas, con sus necesidades, con sus retos” (Homilías, 4:319–20; 25.3.1979).

Una advertencia está en orden. Una iglesia fuente no puede sobrevivir si pierde su conexión con su fuente.67 Sin volver a su manantial, sin ressourcement, la fuente se seca y el pozo se estanca. A Óscar Romero se le puede llamar padre de la iglesia latinoamericana precisamente por la transparencia de su praxis pastoral hacia Jesucristo. Este sabio padre supo extraer buena agua de las fuentes del evangelio y de la tradición para saciar la sed de justicia del pueblo salvadoreño: practicó la ressourcement por el bien del aggiornamento.

Ressourcement desde la periferia

El término ressourcement se lo debemos a Charles Péguy. Representa un llamado a pasar de “una tradición menos profunda a una más profunda”.68 Este giro fue adoptado por los dominicos en la llamada “escuela de Salchoir” como Ives Congar y Marie-Dominique Chenu, y por los jesuitas del “grupo de Fourvière” como Henri Bouillard y Henri de Lubac. El regreso de la menos profunda tradición del neoescolasticismo a la más profunda tradición de los padres de la iglesia fue rechazado enérgicamente por influyentes teólogos como Reginald Garrigou-Lagrange, para quien esta nouvelle théologie era simplemente una nueva cepa del virus del modernismo contra el que la iglesia necesitaba ser inoculada. La “nueva teología” evitó los sistemas demasiado deductivos y cerrados de lo que se llamó la “teología de Denzinger” y bebió de las tres fuentes de la teología: las Escrituras, la liturgia y los padres. Los teólogos del ressourcement se caracterizaron por combinar este retorno a las fuentes de la doctrina cristiana con un compromiso con el mundo contemporáneo. Este compromiso se demostró en la valiente respuesta de muchos de estos teólogos a la amenaza nazi en Europa.69 Al vincular la teología y la vida, el trabajo de estos teólogos del ressourcement sentó las bases para muchas de las “nuevas” direcciones que tomó la iglesia en el Vaticano II.

En este estudio de la visión teológica de Romero, pondremos en práctica lo que los teólogos latinos de los Estados Unidos denominan el ressourcement desde los márgenes.70 Implica un retorno a las fuentes de la teología (las Sagradas Escrituras, la liturgia divina y los padres de la iglesia) pero desde la periferia. Se abordan las fuentes cristianas, no con preguntas europeas como la religión secular o la muerte de Dios, sino con cuestiones latinoamericanas como la explotación y la muerte de los pobres. El Ressourcement desde los márgenes no se limita a acercarse a las fuentes cristianas tradicionales con preguntas desde una ubicación social diferente; también aprovecha nuevos pozos donde abrevar. Los teólogos y teólogas latinos de los Estados Unidos (el movimiento se denomina Latino/a theology) deben aprender, en palabras de Bernard of Clairvaux, a “beber de sus propios pozos”.71 El Espíritu Santo también hace brotar la vida en América Latina. La iglesia en estas tierras puede ser una iglesia fuente porque el Espíritu ha gestado un pozo en su tierra. Gustavo Gutiérrez afirma: “El agua que brota de él nos limpia continuamente y nos hace eliminar inercias y arrugas de nuestro modo de ser cristianos, al mismo tiempo que suministra el elemento vital necesario para fertilizar nuevas tierras”.72 Los pozos de los padres de la iglesia dan vida, ofrecen agua dulce y también son ejemplos de dónde y cómo cavar o no cavar un pozo. Pero uno no puede vivir de la espiritualidad o de la teología de otra persona. La sed de uno no será saciada porque otra persona beba. Necesitamos beber por nosotros mismos. Un ressourcement latino de los márgenes busca fuentes en las tierras, historias y culturas de América Latina. Michelle González agrega que “mientras los teólogos europeos luchaban por redescubrir las fuentes cristianas tradicionales, los teólogos de la liberación luchaban por descubrir las voces de personas olvidadas y marginadas en la historia cristiana. La suya no fue simplemente un retorno a las fuentes históricas, sino una reescritura activa de la historia y la teología cristianas.”73 Esta reescritura activa es precisamente lo que hace Óscar Romero en un discurso que pronunció en la Universidad de Lovaina el 2 de febrero de 1980. En la ceremonia en la que recibió su segundo doctorado honoris causa, Romero habló sobre la relación entre la fe y la política desde la perspectiva de los pobres. Concluyó su discurso con un ejemplo explícito de trabajo desde los márgenes. “Los antiguos cristianos decían: ‘Gloria Dei, vivens homo’. Nosotros podríamos concretar esto diciendo: ‘Gloria Dei, vivens pauper’”.74 Gloria Dei, vivens pauper: “La gloria de Dios es el pobre que vive”. Este dicho es una adaptación de la frase de Ireneo de Lyon, Gloria Dei, vivens homo, “La gloria de Dios es el hombre que vive”. Volver a Romero es un acto de ressourcement desde los márgenes. Es el giro en el espíritu de que hablaba Péguy que va de la teología “menos profunda” de la neoescolástica latinoamericana a la “teología nueva” más profunda de Medellín. También es un retorno a las fuentes de las Escrituras, la liturgia y los padres de la iglesia motivados por el deseo de comprometerse con el mundo contemporáneo, que en América Latina significa el mundo de los pobres. Finalmente, este ressourcement tiene un componente revisionista. No es que los pozos patrísticos sean insuficientes, sino que el Espíritu que una vez los llenó sigue hoy activo, reponiendo los acuíferos antiguos y creando otros nuevos. Romero no es solo un buen ejemplo del ressourcement desde los márgenes; su recuperación de Ireneo de Lyon muestra que lo está poniendo en práctica de modo magistral.

La intención detrás de reintroducir a Ireneo es doble. Primero, ubica la expresión Gloria Dei vivens pauper retomada por Romero dentro de un discurso cristiano diacrónico. El dicho de Ireneo tiene una historia, y entender esta historia nos ayuda a entender la versión de Romero. Segundo, y más importante aún, agrega credibilidad a la madurez de la iglesia latinoamericana en su desarrollo desde ser una iglesia reflejo hasta convertirse en una iglesia fuente. El arzobispo de San Salvador no está simplemente repitiendo las palabras del obispo de Lyon. Las reescribe para El Salvador. La teología de Romero es evidencia de que el mismo Espíritu que movió a Ireneo a actuar contra las herejías en Lyon está actuando en El Salvador predicando el mensaje apostólico de la vida.

Una visión ireneana de Dios y la humanidad

La popularidad de la fórmula de Ireneo es un fenómeno relativamente reciente.75 La frase no aparece en los manuales de teología que circularon durante la primera mitad del siglo XX. Hans Urs von Balthasar es uno de los primeros teólogos en usar esta frase. En The Glory of the Lord, von Balthasar interpreta la frase como una síntesis de la teología de Ireneo.76 En los años inmediatamente anteriores al Concilio Vaticano II la frase se utiliza como clave teológica para la doctrina de la creación (donde la realización humana y gloria divina convergen), la historia de la salvación (donde la culminación de lo humano se cumple en el Hijo y el Espíritu), la eclesiología (donde todos los cristianos son sacerdotes llamados a glorificar a Dios, viviendo para Dios) y la teología moral (en la cual la vida virtuosa glorifica a Dios). En ninguno de los escritos de este período se estudia la fórmula de Ireneo en su contexto original. Se aplica, no se analiza. No se menciona el aforismo de Ireneo en las versiones finales de los documentos del Concilio Vaticano II, pero estuvo presente en el proceso de redacción de estos mismos documentos. Por ejemplo, la frase aparece en los borradores de Gaudium et Spes y sabemos que alentó el desarrollo de un humanismo cristiano con énfasis cristocéntrico. La primera parte de la frase (Gloria enim Dei vivens homo) respalda la preocupación de la iglesia por los asuntos humanos porque la gloria de Dios está relacionada con la realización humana y, por extensión, con el desarrollo social. La segunda parte de la frase (Vitam autem hominis visio Dei) sostiene el humanismo cristiano al subrayar la novedad de la encarnación que hace posible la visión de Dios. Después del Concilio Vaticano II la frase de Ireneo es recogida por Pablo VI, Juan Pablo II, la Liturgia de las Horas y el Catecismo Católico.

Volviendo a América Latina, la “Carta a los jesuitas de América Latina” de 1968 cita la primera parte de la frase de Ireneo como una orden teológica para la defensa de la dignidad y los derechos humanos.77 Los documentos de las conferencias del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) también recurren a Ireneo con un objetivo similar en mente. Hay referencias indirectas a él en las conferencias en Medellín (1968) y Puebla (1979),78 y hay referencias directas en Santo Domingo (1992) y Aparecida (2007).79 En algunos casos, el homo está subrayado para enfatizar la dignidad humana; en otros se destaca el vivens para conectar la fe y la vida. El aforismo de Ireneo también aparece en los escritos de los teólogos de la liberación latinoamericanos. Por ejemplo, Pablo Richard lo usa para vincular el florecimiento humano con la gloria divina.80 La frase también aparece entre los teólogos latinos de los Estados Unidos. Alejandro García-Rivera recurre al lema de Ireneo como la pieza clave de su estética teológica.81 Miguel Díaz lo usa para darle peso teológico a la lucha de latinos y latinas por la dignidad básica.82 Nancy Pineda-Madrid hace un uso similar para las chicanas.83 Es de notar que ninguno de estos escritores se refiere a las palabras de Romero sobre la frase de Ireneo.

El escándalo de la transfiguración

Ireneo fue el primer padre de la iglesia que reflexionó sobre el misterio de la transfiguración.84 Según el obispo de Lyon, en el Monte Tabor Cristo revela la gloria de Dios y la gloria de lo humano. La manifestación de Dios a los confundidos discípulos afirma la dignidad de los seres humanss, quienes a pesar de ser de unas simples criaturas han recibido el más alto de los posibles llamados, a saber, a convertirse en hijos amados de Dios Padre. La visión de Ireneo del florecimiento humano y la realización final es profundamente teocéntrica. Esto queda claro en la versión completa del famoso dicho que Romero cita solo en forma abreviada: “La gloria de Dios es el ser humano que vive, pero la vida del ser humano es la visión de Dios”.85 La luz de la transfiguración da vida porque da a conocer al Padre en el rostro de Jesucristo. Hans Urs von Balthasar tituló su libro sobre Ireneo El escándalo de la encarnación. El obispo de Lyon predicó el escándalo de la encarnación contra aquellos que creían en la categorización jerárquica de la humanidad y condenaban la vida en la carne como algo que no debía ser salvado. La visión teológica del arzobispo de San Salvador se centra en el escándalo de la transfiguración. Esto puede parecer extraño. La transfiguración no es una fiesta importante en el cristianismo occidental o un tema importante en la teología latinoamericana. Sin embargo, El Salvador es un país dedicado al Cristo transfigurado, El Divino Salvador del Mundo, y la transfiguración, por lo tanto, no es solo una fiesta litúrgica sino también una celebración de la identidad nacional. A lo largo de la mayor parte de su historia esta celebración tuvo un signo patriótico y nacional. Pero se convirtió en un escándalo solo cuando Romero la leyó desde el mundo y la realidad de los pobres. Se convirtió en un obstáculo para las oligarquías cuyas políticas condenaba la vida de los pobres a la miseria y el abandono, y para todos aquellos que estaban comprometidos con el statu quo, cargado de injusticias y violencias. Para Romero, la transfiguración, así como la encarnación, es un acto donde Dios toma partido y lo hace en favor de los pobres. La gloria de Dios primero ilumina los rostros del campesino sin tierra, de la mujer del mercado y del niño hambriento. Cuando estos rostros contemplan a su Dios, se vuelven transparentes a su gloria y muestran el brillo de la iglesia al mundo.

La visión teológica de Romero puede llamarse doxología de la cruz. La voz del Padre glorifica al Hijo y con él toda la carne humana, comenzando con la carne débil y desnutrida. En su homilía final sobre la transfiguración, predicada tres semanas antes de su muerte, Romero pregunta: “¿Con qué derecho nosotros hemos catalogado a hombres de primera clase y hombres de segunda clase, cuando en la teología del hombre solo hay una clase: la de los hijos de Dios?” (Homilías, 6: 346, 2/3/1980). Dios se da a conocer a sí mismo a través de la carne de Jesús, el siervo sufriente que tanto se esperaba, y sus amigos en el camino de la cruz. Este es el escándalo de la transfiguración. La gloria Dei del monte Tabor es más luminosa en el vivens pauper de El Salvador, y la vida y la esperanza para los pobres salvadoreños y los de toda la humanidad está en el Dios que se hizo pobre por ellos.

¿Qué tiene que ver Lyon con El Salvador? Existen sugerentes paralelos entre el siglo II y el XXI. Según John Behr, “Ireneo es par excellence el teólogo de la carne”.86 Ireneo es un buen aliado para aquellos que quieren discutir contra la excentricidad de la gracia. La salvación para Ireneo es algo que ocurre en la historia, incluso cuando su fin trasciende la historia. Ireneo también es un enemigo de las ideologías racistas y de clase. Es por esta razón que J. Kameron Carter se dirige al obispo de Lyon. En Ireneo, Carter encuentra a un teólogo antiagnóstico cuya lucha contra la herejía del supersesionismo ilumina el camino para los intelectuales que luchan contra el racismo.87 “En Ireneo”, dijo Eric Osborn, “Atenas y Jerusalén se encuentran en Patmos”.88 Análogamente, podemos decir que en Romero, Tabor y Roma se encuentran en El Salvador.

Lo fructífero del encuentro entre Romero y los padres de la iglesia ha sido sugerido por diversos autores. Thomas Greenan Mulheron compara a Romero con Juan Crisóstomo.89 Claudia Marlene Rivera Navarrete también encuentra en Romero ecos de las enseñanzas proféticas de Gregorio de Nisa y de Basilio el Grande sobre la riqueza.90 Margaret Pfeil menciona a los padres en sus escritos sobre la teología de la transfiguración de Romero.91 Damian Zynda ofrece una lectura creativa de la vida de Romero desde la perspectiva de la espiritualidad de Ireneo.92 El presente libro amplía estas trayectorias. Aquí sugiero que Romero es como Ireneo, no porque repita al viejo apologista cristiano y defensor de la dignidad humana, sino porque los manantiales del cristianismo que regaron a Lyon brotaron de nuevo en San Salvador. En otras palabras, la relación entre los dos no es tanto genealógica como analógica y, de hecho, lo es una relación teologal. Ambos bebieron del mismo espíritu. Ireneo fue uno de los primeros padres griegos. Romero fue uno de los primeros padres de la iglesia latinoamericana. Su visión teológica es un signo del surgimiento del cristianismo en sur global; de esto que hemos llamado pasar de ser una iglesia reflejo a ser una iglesia fuente. Pero Romero no es solo una figura inspiradora para muchos hoy; es un maestro que desde El Salvador lo es para la iglesia universal. Es el doctor transfigurado, el doctor de los pobres. La esperanza para este estudio es que sus lectores (y su autor) queden cautivados por la doctrina de este humilde pastor e inspirados a pensar más claramente y actuar de manera más decisiva en solidaridad con los pobres.

El plan de este libro

La Fiesta de la Transfiguración se encuentra en el corazón de la vida cívica y religiosa salvadoreña. Por eso llama la atención que haya recibido poca atención de parte de los estudios sobre Romero o de las obras sobre cristología producidas en América Central. El tratamiento de Margaret Pfeil sobre el tema es la excepción más conspicua y significativa.93 Con este libro busco llenar este vacío, al menos en parte, al estudiar la visión teológica de Romero desde la perspectiva del monte Tabor y el dicho de Ireneo que sirve como clave teológica por su misterioso claroscuro: Gloria Dei, vivens pauper. La mayoría de los escritos sobre Romero tratan su versión del dicho de Ireneo como una frase concisa, que expresa solo una idea en un discurso. En contraste, sostengo que la frase Gloria Dei, vivens pauper es la clave interpretativa de su teología. La fórmula sintetiza la comprensión de Romero del evangelio, la salvación, de Cristo, de la iglesia y de la escatología. En este libro me propongo examinar cada uno de estos temas teológicos a la luz del escándalo de la transfiguración. En el capítulo 2 titulado “Micrófonos de Cristo” recorreremos la teología y práctica homilética de Romero.

Él fue ante todo un pastor y por lo tanto prestar atención a su teología y su método teológico requiere considerar su predicación. El capítulo comienza señalando la ambigüedad de la inscripción Ipsum audite (A Él escuchen) grabada en la fachada de la Catedral de San Salvador. El púlpito de la catedral ha sido históricamente un signo de liberación y dominación. Las ambigüedades y contradicciones del Tabor salvadoreño trazaron los contornos de la predicación de Romero. Coloreo estas líneas con una presentación de su homilía más importante sobre la predicación, que pronunció el 27 de enero de 1980. La imagen que surge de este ejercicio se asemeja a un díptico con un panel dedicado a las Escrituras y el otro a los signos de los tiempos.

La tarea de los predicadores es invitar a la congregación a unirse a una contemplación dirigida por el Espíritu de los eventos en la vida de la iglesia y el país a la luz de la Palabra. Cuando esta contemplación es fructífera, la iglesia se convierte en el micrófono de Cristo, que es el micrófono de Dios. Como micrófono de Cristo, Romero ha sido conocido como “la voz de los que no tienen voz”.94 ¿Significa esto que los pobres no tienen voz más que la de Romero?

La parte final de este capítulo considera algunos de los problemas inherentes a la incidencia social del discurso a través de oradores privilegiados como Romero. Al examinar su uso de la distinción agustiniana entre la voz y la palabra, muestro que la predicación de Romero fue realmente fortalecedora de los pobres y que a partir de su práctica podemos nombrar criterios para probar la autenticidad de la predicación en nombre de ellos. Iluminado por el estudio de la homilía de Romero, el capítulo 3, “La transfiguración de El Salvador”, nos lleva a considerar su visión teológica de la salvación. Porque la historia de América Latina ha sido escrita con sangre y los teólogos latinoamericanos reflexionaron sobre la salvación oyendo la voz de la sangre y a ese clamor respondieron con una teología de la liberación. De allí que en este capítulo considero la visión de Romero de la liberación como transfiguración como su contribución al problema de la violencia en El Salvador; este se aborda en la carta pastoral Veo en la ciudad violencia y discordia, escrita por el arzobispo José Luis Escobar Alas en 2016. La carta habla de una pedagogía de la muerte que se ha transmitido desde el momento de la conquista hasta la actual guerra de pandillas.

De hecho, la designación de la transfiguración como la fiesta principal de San Salvador tiene su origen en la victoria de Pedro de Alvarado sobre los cuscatlecos indígenas en 1524. La visión de Romero de la salvación como transfiguración hereda esta problemática y ofrece una solución. La parte principal del capítulo estudia nueve homilías que Romero predicó sobre la transfiguración entre 1946 y 1980. La imagen teológica que surge de este estudio puede compararse con un ícono que se constituye a partir de una variada gama de fuentes: las Escrituras, los doctores de la iglesia, la tradición magisterial y las prácticas litúrgicas de la iglesia salvadoreña. El resultado es un ícono salvadoreño distintivamente católico ortodoxo que invita a la contemplación y mueve a la acción. Quizás el rasgo más distintivo de este ícono de la transfiguración es su representación de los testigos que Jesús reunió en el monte Tabor como personas con una historia de violencia. Unirse a ellos para escuchar a Cristo es una manera de abandonar la pedagogía de la muerte presente en El Salvador y reorientar la agresividad natural de los seres humanos hacia una pedagogía de la vida. Para Romero, la transfiguración tiene el poder de energizar la violencia del amor, esta que puede construir una civilización de paz y reconciliación en el suelo ensangrentado de América Central.

De la obra de salvación, dirigimos nuestra atención a la persona del Salvador. El capítulo “El rostro del divino salvador” considera la cristología de Romero. Comenzamos volviendo a la ambigüedad fundadora de la proclamación del evangelio en las Américas, representada por la multiplicidad de imágenes de Cristo en la catedral de San Salvador. El Cristo de aspecto español supuestamente donado por Carlos V y el Cristo de Colocho que el pueblo desfila cada 5 de agosto plantea muchas preguntas; yo me concentro en indagar quién es Cristo y cuáles son sus imágenes. Empiezo a responder estudiando la serie de sermones de Romero sobre el Divino Salvador en 1979. En esos Romero coloca la transfiguración de Cristo en el marco narrativo de los discursos del “pan de vida” de Juan 6. Completo el cuadro que surge de estos sermones al agregar el sabor que proviene de la celebración ritual del Divino Salvador. Al seguir el movimiento del Cristo Colocho en la procesión conocida como bajada, exploraremos las enseñanzas de Romero sobre la humillación de Cristo. Luego consideraremos la glorificación de Cristo dentro del marco ritual de su descubrimiento en la revelación del Cristo transfigurado. En el camino también estudiaremos la música que acompañó el descenso y ascenso del Divino Salvador. El contexto litúrgico de la teología latinoamericana ha sido pasado por alto por muchos teólogos, pero es crítico porque la ortodoxia, la ortopraxis y la doxología están vinculadas entre sí. Dentro de este movimiento parabólico, examinaremos las cuestiones de la encarnación de Cristo entre los pobres como el “Dios que suda en la calle”, su kénosis y su grito de abandono en la cruz. Veremos la apropiación que Romero hace del lema ignaciano Ad majorem Dei Gloriam (Para mayor gloria de Dios), y las epifanías de esta gloria en la historia de América Central. El capítulo termina con una meditación sobre el Cristo roto, una historia devocional popular que Romero presenta como una parábola de cómo se ve el bello rostro del Divino Salvador en el contexto del sufrimiento en América Latina. De la cristología pasamos a la eclesiología en el capítulo 5 titulado “El pueblo de Dios transfigurado”.

En la capilla de la Universidad Centroamericana en San Salvador hay una colección de estaciones de la cruz cuyas imágenes de cuerpos rotos y desnudos muestran la consecuencia final de la pobreza, a saber, la muerte. Esta introducción a la conexión entre la pobreza y la muerte conduce a un examen del lugar de los pobres en el pensamiento de la iglesia. Desde el Concilio Vaticano II a Medellín y Puebla, se puede trazar una trayectoria teológica distintiva y expresarse de manera concisa como “la opción preferencial por los pobres”. Los pobres son un signo de los tiempos, un imperativo misionológico y un criterio eclesiológico. Con la iglesia de los pobres, la pobreza se convierte en un lugar teológico. Romero aborda la cuestión de los pobres con estas enseñanzas en mente, pero con su propia perspectiva, una perspectiva resumida en su lema episcopal sentir con la iglesia. Consideraremos los orígenes de este lema de Ignacio de Loyola antes de examinar el ressourcement que Romero hace desde los márgenes de esta tradición al estudiar su experiencia con los ejercicios ignacianos. Cada año de su arzobispado Romero publicó una carta pastoral sobre la Fiesta de la Transfiguración.

Un estudio de estas cartas de transfiguración de los años 1977, 1978 y 1979 revela la adaptación de Romero del lema ignaciano. Sentir con la iglesia significa sentir con la jerarquía y mantenerse en unión a la iglesia de las bienaventuranzas y la iglesia de los sacramentos. Sentir con la iglesia significa sentirse con el creyente de la iglesia en El Salvador. Esto significa adoptar un monoteísmo cristiano radical que lucha contra todo tipo de ídolos (seguridad nacional, ganancias, sensualidad). En esta lucha, Romero encuentra aliados entre las iglesias protestantes históricas y enemigos dentro de la propia Iglesia Católica. Más que nada, sentir con la iglesia significa sentir con los pobres. La vida y la misión de la iglesia deben orientarse hacia la vida de los pobres. De hecho, la iglesia está llamada a ser la iglesia de los pobres. Para Romero, el ejemplo paradigmático de esto es María. En el Magníficat de María, la verdadera felicidad y la justicia se combinan. Cuando los pobres se vuelven marianos, se convierten en sacramentos de esperanza.

En el último capítulo de este trabajo pasamos a la escatología. El capítulo 6 titulado “La visión de Dios”, comienza con la visita de Romero al monte Tabor en 1956. Desde esta montaña, Romero dijo ver la historia de la salvación desplegada ante sus ojos, pero fue una visión limitada porque solo a la luz de la gloria la visión es completa. Vuelvo en este capítulo a la versión de Romero del aforismo de Ireneo, Gloria Dei, vivens homo. El primer texto sustantivo de Romero que se tratará en este capítulo es su discurso en Lovaina el 2 de febrero de 1980. Fue para esa ocasión que consideró y reescribió a Ireneo. Para Ireneo de Lyon, el dicho era un contraste ante las herejías del gnosticismo y el docetismo. Para Romero de El Salvador, el dictamen surgió como una defensa de una humanidad amenazada no solo por el secularismo ateo sino por la barbarie económica. Gloria Dei, vivens pauper establece no solo las condiciones mínimas para la justicia y la vida, sino que orienta a toda la humanidad hacia su objetivo: ver a Dios a la luz de la gloria. El estudio de este texto nos permitirá ver aspectos de la visión teológica de Romero que de otra manera serían fácilmente pasados por alto: su descripción de la divinización, su estética teológica y su comprensión ireneana del martirio. El estudio de estos temas arroja dudas sobre la autenticidad del famoso dicho atribuido a Romero “Si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño”. No solo esta declaración es sospechosa debido a su dudosa procedencia, sino que la visión de la escatología de Romero no la respaldaría. La parte final del capítulo está dedicada al estudio de la homilía final de Romero predicada el 24 de marzo de 1980, el primer aniversario de la muerte de Sara Meardi de Pinto. En esta homilía, Romero habla del grano de trigo que cae al suelo y conecta este dicho de Jesús con la muerte de la señora. A partir de esa vinculación Romero ofrece una teología de la esperanza. Esta teología distingue sin separarlos el progreso temporal y la venida del reino y une el trabajo terrenal con la recompensa escatológica.

La visión vista en este punto confirma el ressourcement de Ireneo que Romero hace desde San Salvador. Paradójicamente los mártires son la personificación del ser humano plenamente vivo. Aquí radica el escándalo más profundo de la transfiguración. En la visión teológica de Romero los mártires son provocadores proféticos; ellos ven al Dios que se hace pobre y al hacerlo se vuelve verdaderamente vivo.

Capítulo 2
Micrófonos de Cristo

En el monte de la transfiguración, la voz del Padre emite un imperativo a los discípulos: ¡Escúchenlo! Escuchar a Cristo en su gloria y en su humildad no es una opción sino un mandato que incluye una promesa implícita. Si los discípulos lo escuchan, disfrutarán de la comunión con el Padre y el Espíritu. El plan para la Catedral de San Salvador requería esculpir en piedra la versión latina del mandato del Padre: Ipsum audite.95 La transfiguración de Cristo es un misterio de luz y palabra. No fue un evento pasajero, una experiencia más en la cima de una montaña, sino una invitación a ver, escuchar y ser transfigurado.

Cuando uno lee los relatos de la transfiguración en el Evangelio, es fácil coincidir con Pedro y no saber qué decir. El evento está envuelto en el misterioso lenguaje de las epifanías del Antiguo Testamento: nubes, noche, luz deslumbrante, seres angelicales. La estimulación óptica puede abrumar la entrada por otros canales sensoriales y reducir nuestra mente a las dimensiones auditivas del evento: la voz del Padre. El Padre revela al Hijo a sus discípulos y les ordena que lo escuchen. En el monte Tabor se afirma la capacidad del ser humano para ver y escuchar la revelación de Dios en Cristo. La celebración de este evento como una fiesta de la iglesia se convierte a su vez en una celebración de los orígenes divinos del mensaje cristiano. En las palabras de uno de sus primeros testigos: “… hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día amanezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones” (2 Pe 1, 19). El monte Tabor no es solo el escenario para una gloriosa teofanía, sino también el púlpito para la predicación de una Palabra luminosa.

En este capítulo consideraremos la teología y la práctica de la predicación de Óscar Romero. Como vimos en el capítulo anterior, así como la mayoría de los padres de la iglesia, Romero fue ante todo un pastor. Sus homilías son sus principales textos teológicos, por lo que vislumbrar su visión teológica requiere prestar atención a su predicación.96 Si estas consideraciones parecen pertenecer más a un libro sobre homilética que a uno de teología, eso puede ser un síntoma de un problema para el cual Romero es una respuesta: nos referimos al cautiverio académico de gran parte de la teología moderna. El hecho de que la teología de Romero se deba extraer principalmente de sermones en lugar de trabajos sistemáticos nos debe hacer recordar que la homilía ha sido uno de los principales portadores de la reflexión teológica a lo largo de la historia. Al escuchar estos sermones, uno puede escuchar el corazón de la fe de Romero y también de las personas que lo escucharon por primera vez.

El capítulo está estructurado de la siguiente manera. Primero, ofreceré un bosquejo general de Romero como predicador, describiéndolo en el contexto de la predicación en América. La Palabra luminosa tuvo un viaje difícil desde Tabor hacia América. Algunos predicadores, de hecho, estuvieron atentos a la luz del evangelio “como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro”. Otros fueron atraídos por los fuegos fatuos de la plata y el oro. Es desde el claroscuro de la historia de la iglesia en América que Romero entra al púlpito. La segunda parte del capítulo está dedicada al examen de una homilía predicada el 27 de enero de 1980, titulada “La homilía, actualización de la Palabra de Dios”. En este sermón, Romero nos guía en una catequesis mistagógica de la predicación y nos ayuda a ver que el predicador es el micrófono de Cristo, que es el micrófono de Dios. Como veremos, este micrófono debe usarse para dar voz a los que no tienen voz, lo que plantea una pregunta que se abordará en la tercera parte del capítulo. ¿Puede alguien ser la voz de los que no tienen voz sin ser parte del problema? La teología y la práctica de la predicación de Romero ofrecen criterios para mantener el testimonio de la iglesia genuino para aquellos a quienes se dirige.

Predicar en América

Herman Melville habla del mundo como un barco en un viaje con el púlpito como su proa.97 En su paso a través de la historia latinoamericana, esta proa se ha lanzado directamente al abismo del genocidio una y otra vez. Y sin embargo, desde el vientre del gran pez del imperio, un coro de voces siempre ha predicado una palabra diferente.

En el cuarto domingo de Adviento, el 21 de diciembre de 1511, el padre Antonio de Montesinos predicó desde el púlpito de la iglesia en Santo Domingo.98 Era la voz que gritaba en el desierto a una congregación de conquistadores: “Todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes”. Cuestionó la empresa colonial de esclavitud indígena con una serie de preguntas pesadas: “¿Con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre aquestos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas; donde tan infinitas dellas, con muertes y estragos nunca oídos, habéis consumido? … Estos, ¿no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amallos como a vosotros mismos? ¿Esto no entendéis? ¿Esto no sentís? ¿Cómo estáis en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos?”.99

Montesinos no fue un caso aislado. En la carta pastoral presentada en la Fiesta de la Transfiguración de 1978, La Iglesia y las organizaciones políticas populares, Romero escribe que en América la misión profética de Cristo en nombre de los pobres también contó con apóstoles como “Fray Antonio de Montesinos, Fray Bartolomé de las Casas, el Obispo Juan del Valle y el Obispo Valdivieso asesinado en Nicaragua por oponerse al terrateniente y gobernado Contreras” (Voz, 94).100 Hay una línea que conecta el evangelio luminoso del monte Tabor con la predicación en Centroamérica. Sin embargo, esta línea no es brillante y sólida sino que es discontinua, punteada y rota.

Desde el principio la Iglesia en América tuvo dos caras, dos voces: la dominante, representada por soldados y clérigos que justificaron la violencia en favor de la evangelización y la colonización; y otra en gran parte representada por religiosos que protestaron por estos abusos. Las dos caras no son simplemente un signo de hipocresía:101 no todas las personas equivocadas son hipócritas, ni todas las personas sinceras son buenas. Más bien las dos caras son un signo del drama de la redención que se desarrolla en la iglesia, que recorre la historia como un cuerpo mixto (corpus per myxtum) de personas que son santas y pecadoras (simul justus et peccator), son trigo y son cizaña. Las dos caras de la Iglesia han estado presentes a lo largo de la historia de América Latina, desde las guerras de conquista en el siglo XVI hasta las guerras de independencia del XIX, hasta las guerras civiles del XX. En un aspecto, la iglesia publicó Inter caetera (1493), una bula papal que dividía el mundo entre los españoles y los portugueses para que la religión cristiana se ampliara “y las naciones bárbaras fueran sometidas y llevadas a la fe”.102

En otro aspecto, la iglesia publicó Sublimis Deus (1537), una encíclica que declara que “dichos indios y todas las demás personas que luego puedan ser descubiertas por los cristianos, no deben ser privados de su libertad o de la posesión de sus bienes, incluso aunque estén fuera de la fe de Jesucristo”.103 Un aspecto de la iglesia se muestra en Pedro de Córdoba, que en 1510 predicó el primer sermón conocido a los indígenas, y el otro se muestra en Pedro de Alvarado, quien en la Fiesta de la Transfiguración en 1526 conquistó a la gente de Cuscatlán en lo que hoy es San Salvador.104 Estas son las dos caras de la misma iglesia, y fue en este púlpito precariamente sostenido que Romero predicó y llamó a la gente a “escucharlo a Él”.

Romero era por naturaleza un hombre tranquilo y se transfiguraba al predicar.105 Sus palabras fluían con una confianza y una belleza que aún tienen poder para cautivar el oído, iluminar la mente y cautivar el corazón. Tenía dotes para la retórica que fueron obvias desde los primeros años de su vida como sacerdote. De hecho, fue al menos en parte en reconocimiento de estos dones que Romero fue elegido entre sus compañeros de seminario para continuar sus estudios teológicos en la Universidad Gregoriana de Roma.106 Y estos dones crecieron durante su época como arzobispo. A menudo predicaba durante horas los domingos y muchas veces durante la semana.107

Romero solía dedicar los sábados a preparar sus sermones.108 A partir de agosto de 1977, incluye una sección de noticias de eventos eclesiales y nacionales que sirven para enmarcar la homilía. En algunas ocasiones se refiere a ellos con un título específico (“El boletín sobre la vida de nuestra iglesia”, “Mi diario de esta semana”), pero con mayor frecuencia los eventos se presentan como la realidad que necesita ser iluminada por la Palabra de Dios. Me refiero a este estilo como “el carácter díptico” de la predicación de Romero, la que consideraremos más adelante. Él insiste en que la exposición de la palabra de Dios es la parte más importante de la homilía.109 Pero es la narración de los eventos semanales lo que más distinguió y provocó las reacciones más fuertes (positivas o negativas).

Los sábados por la mañana, se reunía con colegas para discutir los textos del leccionario y los eventos de la semana.110 En las tardes, Romero continuaba su preparación de sermones leyendo textos bíblicos y otros textos teológicos. Los signos de desgaste en los libros de la pequeña biblioteca personal de Romero muestran su aprecio por el Comentario Bíblico San Jerónimo y también por la obra en tres volúmenes de Maximiliano García Cordero Teología de las Escrituras.111 Por sobre estos, Romero se basa en la tradición magisterial. Cualquier persona que lea o escuche los sermones de Romero se sorprenderá de la frecuencia y el tiempo que cita de los documentos oficiales de la Iglesia Católica. Hay más referencias a las enseñanzas de los concilios y los papas que a todos los padres de la iglesia, escolásticos y liberacionistas combinados. La mayor parte de los sábados por la noche y las madrugadas del domingo los pasaba en oración.

Durante sus años como arzobispo, Romero vivió en los terrenos del Hospital de la Divina Providencia, un centro de cuidados paliativos para el cáncer dirigido por monjas carmelitas. El Hospitalito, como se le conoce comúnmente, es un contexto necesario para entender a Romero como un predicador.112

Cuando predicaba en la catedral, Romero declaró: Ipsum audite (¡Escúchenlo! ¡escuchen a Él!). Cuando rezaba en el Hospitalito, escuchó a Dios decir: Ipsos audite (¡Escúchenlos! ¡escuchen el grito de los enfermos!). El Hospitalito era otro lugar donde Romero encontraba sufrimiento. En los cuerpos con cáncer de los pacientes veía la agonía de las madres de los desaparecidos y la esperanza de toda una nación. Fue tanto su hogar como el Getsemaní, un lugar solitario donde conoció a Dios. Todas sus homilías fueron preparadas en el Hospitalito, donde se dice que se mantenía despierto en oración hasta altas horas de la noche. Fue allí donde se predicó su homilía final. “En el Hospitalito, se encuentra la raíz de monseñor. En la catedral, se ven los frutos. En ambos lugares, monseñor vivió con Dios y con el pueblo. Pero se puede decir que en el Hospitalito vivió más íntimamente con Dios y en la catedral, más públicamente con su pueblo”.113

No era su costumbre escribir manuscritos completos de sermones, y usualmente se acercaba al micrófono con solo un puñado de notas. Miguel Cavada Diez, el editor general de la edición crítica de las homilías de Romero, subraya el carácter oral de la predicación de Romero.114 Al pasar al púlpito, el arzobispo “no llevaba por escrito previamente sus homilías, solamente se auxiliaba de un guion y algunos documentos que leía en el momento oportuno”.115 Un estudio de los bosquejos de sus sermones, muchos de los cuales se conservan, muestra el serio cuidado con que Romero preparó sus somilías. No hay nada apresurado o enlatado en el desarrollo de su sermón.116

Los dos polos temáticos de los sermones de Romero eran Dios y el pueblo, y estos dos estaban relacionados a través de la iglesia, que era el tema más constante y común de su predicación. Cincuenta de las 193 homilías en la edición crítica tienen la palabra iglesia en el título del sermón.117 Muchos más tienen la palabra iglesia o términos similares (pueblo, comunión) en los subtítulos. A través de su predicación, Romero procuró consolar a los afligidos, denunciar al criminal, respaldar los reclamos justos del pueblo, dar esperanza y declarar la trascendencia de Dios sobre los planes humanos.118 Los temas de la predicación de Romero surgieron de la intersección del calendario litúrgico y los acontecimientos del día.

Es difícil sobreestimar la importancia del calendario litúrgico en la predicación de Romero. Para Romero, el año litúrgico es una escuela de teología y espiritualidad cristianas.119 Él compara el comienzo de un año litúrgico con el comienzo de un nuevo año escolar con discípulos graduados a un nuevo evangelio y un conjunto de lecciones bíblicas (Homilías, 4:25). La celebración del año litúrgico no es un acto similar a la celebración de la independencia de El Salvador el 15 de septiembre. A través de la liturgia, los feligreses participan en los misterios de Cristo. “Esta es la misa de cada domingo. Y las fiestas litúrgicas del año, la fiesta del 6 de agosto en nuestra catedral, son presencias del misterio de Cristo” (Homilías, 2:26; 27/11/1977).120 Las tres lecciones asignadas por el leccionario guían el encuentro con la Palabra de Dios y también dan forma al sermón. Es costumbre de Romero predicar sermones que tienen tres puntos. Romero asigna títulos a cada uno de estos encabezados, con la esperanza de dar a sus oyentes puntos de anclaje que puedan captar y mantener. Los tres puntos tienden a estar relacionados entre sí de una manera lógica.121

Romero trata el año litúrgico no como una imposición artificial a la historia de El Salvador, sino como una lente cristológica para leer correctamente los signos de los tiempos en el país.122 Los misterios desplegados por el calendario litúrgico y las fiestas nacionales del calendario secular se superponen, pero no hay que confundirlos. La respuesta de Jesús a la pregunta de los discípulos acerca del tiempo para la restauración del reino de Israel (cf. Hechos 1:6–8) evoca esta distinción. Hay una historia sagrada y una historia secular. “A pesar de las negruras de nuestra historia, Dios tiene su historia y hará resplandecer su gloria sobre la oscuridad de nuestra historia patria” (Homilías, 2:475; 7/5/1978). Dios busca transformar la historia secular de cada nación al energizarla con la historia de la salvación. La lectura de los eventos cotidianos en conjunto con el año litúrgico hace que los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan se acerquen a la historia de Centroamérica y de El Salvador, y a su vez hace que la historia secular se acerque a la historia de la salvación.123

Jon Sobrino no exagera cuando escribe que “Las homilías de monseñor Romero fueron – y siguen siendo – un fenómeno eclesial y social sin precedentes”.124 Para la situación particular de El Salvador, así como por el método homilético que desarrolló, en los sermones de Romero se relacionan los personajes y eventos bíblicos con los contemporáneos. Cuando predicaba sobre los efectos de la vida vivida en una carne sin Cristo, Romero presenta el ejemplo de Jezabel, “Mujer mala que, cuando vio que Elías luchaba por los derechos de Dios contra los falsos profetas, le mandó un recado como los que manda la UGB hoy: ´Mañana a estas horas, tú estarás también, con los falsos profetas, muerto’ (Homilías, 5:207; 12/8/1979). La UGB era la Unión Guerrera Blanca, un escuadrón de la muerte de extrema derecha. “Y Elías tuvo miedo. ¿Quién no siente miedo ante una amenaza de muerte? Y Elías emprendió la huida porque la UGB le había amenazado, Jezabel, la perversa mujer de Ajab” (Homilías, 5:207). El estallido de aplausos que se escuchó al pronunciar estas líneas es una clara evidencia de que la congregación entendió las capas de significado en las palabras de Romero. Los aplausos se convirtieron en una respuesta cada vez más notable a la predicación de Romero, tanto que a veces Romero hizo comentarios al respecto.125 Rechazó las acusaciones de quienes afirmaban que su predicación tenía como objetivo obtener aplausos. No acalló el aplauso de su congregación. Él lo apreciaba como una expresión de solidaridad y como una respuesta positiva a la dirección pastoral del ministerio de la iglesia. Al final de su vida, Romero se dio cuenta de que sus homilías eran el aspecto más importante de su ministerio episcopal.126 Fue a través de su palabra hablada que tocó a la mayoría de las personas en El Salvador. Fue en el púlpito que se convirtió en un micrófono de Cristo.

Los micrófonos de Cristo

El 23 de enero de 1980, una bomba hizo estallar el equipo de transmisión del YSAX, la estación de radio conocida como La Voz Panamericana. La bomba fue colocada por un grupo paramilitar de derecha que intentaba silenciar el mensaje de la iglesia. Los técnicos trabajaron arduamente para hacer reparaciones y pudieron terminar justo a tiempo para la homilía dominical de monseñor Romero del 27 de enero. Cuando la voz de Romero fluía por los aires esa mañana gracias a YSAX, no estaba predicando desde la catedral. Miembros de los sindicatos habían ocupado la catedral para protestar por el cierre de sus fábricas. Mientras continuaban las negociaciones con el sindicato y los dueños de las fábricas, el arzobispo trasladó sus misas dominicales a la Basílica del Sagrado Corazón. Si algunos vieron esta reubicación como un acto de temor y cobardía, estaban equivocados. La Basílica no era una fortaleza poderosa que protegiera a Romero de los problemas. El 9 de marzo, una bomba puesta para detonar durante la misa se colocó junto al altar de la Basílica. Por razones desconocidas la bomba no explotó; esto muestra que cuando Romero predicaba exponía su vida. No fue diferente en la mañana del 27 de enero, cuando predicó “La homilía, actualización de la palabra de Dios” (Homilías, 6:223–46). La lección del evangelio del Leccionario era Lucas 4, 14–21. Es el pasaje donde a Jesús en la sinagoga de Nazaret le es dado el rollo de Isaías y predicó “el Espíritu del Señor está sobre mí…”.

Romero entendió que algunos esperaban que él hablara solo sobre política y economía. Fue acusado de ser un polemista partidista. Sin embargo, Romero siempre insistió en que él era ante todo un predicador del evangelio. Su propósito principal en la predicación no era pedirle al gobierno que rindiera cuentas por sus políticas fallidas y fatales (un objetivo lo suficientemente importante), sino desplegar el misterio pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo.127 En este sentido, la predicación de Romero puede bien ser descripta como catequesis mistagógica.128 En el caso del sermón del 27 de enero, las lecturas del leccionario del día son Nehemías 8; 1 Corintios 12 y Lucas 4. El Antiguo Testamento y las lecturas del Evangelio contienen un sermón dentro del texto. Esta feliz convergencia le brinda a Romero la oportunidad de dirigir a la congregación un sermón sobre el misterio de la predicación. La elucidación del misterio se divide en tres secciones.

Primero, Jesús es el sermón viviente del Padre. Romero abre con una cristología de la predicación. En Jesús, la revelación de Dios alcanza su culminación: el plan de salvación de Dios literalmente se encarna. La Encarnación es el sermón más elocuente del Padre. Romero cita un párrafo de uno de los documentos del Vaticano II, la Constitución sobre la Divina Revelación, Dei Verbum 4: “Jesucristo –verlo a él es ver al Padre-, con su total presencia y manifestación personal”.129 Romero modela una apropiación homilética de tradición magisterial.130 Anima a los oyentes a saborear estas palabras y las que los conducen a la acción de gracias porque en Jesús tenemos el privilegio de intimar con Dios. Jesús predica cuando se sienta a hablar en la sinagoga en Jerusalén y Romero se refiere a este hecho como el sermón más sublime jamás predicado. Pero Jesús también predica a través de sus milagros, sus obras y su muerte. Jesús predica cuando echa fuera demonios y cuando sana a los enfermos. La multiplicación del pan es un sermón. La resurrección es una homilía. Predica en la vida y en la muerte; y en la vida más allá de la muerte envía el Espíritu, otro sermón. Cristo no solo predica, él mismo es un sermón.

“El mejor micrófono de Dios es Cristo y el mejor micrófono de Cristo es la Iglesia y la Iglesia son todos ustedes”. Cada uno de ustedes, desde su propio puesto, desde su propia vocación –la religiosa, el casado, el obispo, el sacerdote, el estudiante, el universitario, el jornalero, el obrero, la señora de mercado–, cada uno en su puesto viva intensamente la fe y siéntase, en su ambiente, verdadero micrófono de Dios nuestro Señor. Así, la Iglesia tendrá siempre una predicación, será siempre homilía, aun cuando no tengamos la feliz oportunidad, que yo siento cada domingo, de entrar en comunión con tantas comunidades que, durante esta semana, me han manifestado el deseo de volver a oír esta emisora que casi se ha hecho pan de nuestro pueblo. Pero el día en que las fuerzas del mal nos dejaran sin esta maravilla, de que ellos disponen en abundancia y a la Iglesia se la regatean hasta lo último, sepamos que nada malo nos han hecho; al contrario, seremos entonces más vivientes micrófonos del Señor y pronunciaremos por todas partes su palabra”. (Homilías, 6:231–22; 27/1/1980).

La expresión es cautivadora. Cristo es el mejor micrófono de Dios. La metáfora del micrófono se usa ampliamente a lo largo de la predicación de Romero.131 La metáfora se basó en una práctica ya que Romero usó micrófonos para extender el alcance de su predicación. De esta práctica surge su reflexión sobre la función del predicador. El micrófono se convierte en un símbolo de la relación y distinción entre el predicador y el predicado, o, como veremos más adelante, entre la voz y la Palabra. La humanidad de Cristo es un instrumento que lleva la Palabra de Dios a través de la distinción entre creador y criatura. Su carne humana modula la voluntad eterna al rango audible. Cristo es el mejor micrófono de Dios porque el Dios que parecía lejano se acerca íntimamente a él, como si estuviera hablando justo al lado del oído. Jesús es ungido por el Espíritu o, en el coloquialismo de Romero, Jesús está empapado en el Espíritu, y por el Espíritu sus micrófonos continúan haciéndolo presente a todos.

La homilía facilita un encuentro con Cristo desde las escrituras. “Toda la Biblia y toda la predicación es en torno del gran misterio salvador de Cristo, que culminó en su muerte y su resurrección” (Homilías, 6:224; 27/1/1980). El leccionario es una forma ordenada de guiar a la Iglesia hacia este misterio. No garantiza una buena predicación, pero ayuda a los predicadores a escuchar lo que el Espíritu le está diciendo a la iglesia universal al reunirse en un lugar particular. El encuentro con Jesús facilitado por la predicación no es un fin en sí mismo. “Lo principal no es la predicación, esto no es más que el camino; lo principal es el momento en que adoramos a Cristo y nuestra fe se entrega a él, iluminados con esa palabra; y, desde allí, vamos a salir al mundo a realizar esa palabra” (Homilías, 6:225).

Segundo, la iglesia es la prolongación viva del sermón de Jesús. De la cristología de la predicación, Romero pasa a ofrecer una eclesiología homilética. “En primer lugar, la verdad de la Iglesia depende de la verdad de Cristo” (Homilías, 6:228). El sermón es más (aunque no menos) que una palabra humana. Esto es lo que hace un sermón: “decir que la palabra de Dios no es lectura de tiempos pasados, sino palabra viva, espíritu, que hoy se está cumpliendo aquí” (Homilías, 6:224). La iglesia puede decir: “El Espíritu del Señor está sobre mí” porque es el micrófono de Cristo. Puede decir: “Esto se cumple aquí hoy” todo el tiempo, incluso el domingo 27 de enero de 1980, en la Basílica del Sagrado Corazón, a las 8:00 a.m. La situación en este momento puede ser de crisis nacional; la catedral ahora está ocupada por guerrilleros marxistas, y las estaciones de radio de la iglesia están siendo bombardeadas por las fuerzas de seguridad del gobierno, pero aun así es el día de la salvación. Una y otra vez, el pastor le recuerda a su rebaño que “ Aquí está presente la palabra de Dios, la Iglesia son ustedes, soy yo, somos la continuación de la homilía viva que es Cristo nuestro Señor” (Homilías, 6:226). La iglesia es tanto el quién como el qué de la predicación. “La iglesia”, anuncia Romero, “es la prolongación de la homilía que Cristo inició allá en Nazaret” (Homilías, 6:226; 27/1/1980).

El micrófono de Cristo que es la iglesia es un micrófono compartido. La predicación es un acto comunitario. Romero reflexiona sobre cómo se compuso cada uno de los cuatro evangelios para y en comunidad. Puede imaginar a Lucas, un discípulo que nunca conoció a Cristo, convenciéndose de la fidelidad del testigo que le narró los hechos de Jesús. Las historias de las fuentes de Lucas se convirtieron en los ladrillos para el relato ordenado del evangelista. Los evangelios no están concebidos por la imaginación inspirada de escritores brillantes, sino en el corazón de las congregaciones. Nadie debe asombrarse por las diferencias entre los diversos relatos del evangelio. Las particularidades del Evangelio de Lucas, la forma en que resalta la misericordia y el perdón de Dios, el amor de Dios por los pobres y su llamado a la abnegación; la centralidad de la oración y el Espíritu Santo en la vida de Jesús y sus seguidores, no son motivo de escepticismo respecto a su autenticidad. Los evangelios no son biografías personales; son sermones comunitarios y, como tales, profundamente contextuales.

Tercero, los efectos de la predicación son varios: algunos aceptan a Cristo y otros lo rechazan. Como micrófono de Cristo, la Iglesia predica las buenas nuevas a todos, pero especialmente a aquellos que solo escuchan malas noticias, los pobres. La predicación está prioritariamente dirigida a los pobres; esto es lo que el Consejo Episcopal Latinoamericano refiere como la opción preferencial para los pobres.132 Las raíces de esta postura son más profundas que los concilios eclesiales, la tradición de la enseñanza social católica, o incluso más profunda que el Evangelio de Lucas. Estas raíces crecen desde la tierra misma de la fe de Israel, cuyo pueblo aprendió a través de una experiencia difícil a esperar el año del favor del Señor, el año del jubileo. El Salvador también espera el favor del Señor, no solo en términos de perdón de la deuda sino en términos de una reestructuración social que es la consecuencia de la declaración del Señor de las buenas nuevas: nuevas sociedades, nuevos tiempos. En este sentido, Romero se dirige a las esperanzas de los jóvenes en particular. Romero admira su sensibilidad social y política, pero le preocupa que muchos de ellos estén buscando la liberación por caminos falsos.133 Sólo en Cristo se puede encontrar la verdadera libertad y la justicia. Su enfoque en los jóvenes parece sorprendernos, hasta que recordamos que los obispos que se reunieron en Puebla vincularon la opción preferencial por los pobres a una opción preferencial para los jóvenes.134

La prioridad homilética no es exclusiva de los pobres y los jóvenes. El evangelio ofrece buenas noticias a todos. El arzobispo aclara este último punto al pasar de la lección del evangelio a la primera lección del Antiguo Testamento, que proviene Nehemías 8. En esta lección el pueblo de El Salvador aprende que a la lectura de la ley hecha por Esdras el pueblo de Israel respondió con un cordial amén. Según Romero, esto es lo que todo predicador quiere escuchar. Cada sermón tiene como objetivo obtener un amén de la congregación.

Sin embargo, se trata de alcanzar este objetivo mientras se abandonan las aspiraciones retóricas. El sermón no es una obra de arte de oratoria, sino un vehículo para unir a la gente y a Dios. Un predicador empapado en el Espíritu anuncia el amor de Dios, y el pueblo de Dios, también empapado en el Espíritu, responde con un amén de arrepentimiento, un amén de acción de gracias, un amén por estar maravillado, un amén de compasión.

El amén al sermón no es la respuesta congregacional completa. Romero les recuerda a sus oyentes que después de que la gente escuchó la lectura de la Ley, los sacerdotes les dieron instrucciones: “… comed alimentos grasos, bebed vino dulce y enviad porciones a los que no tienen nada preparado; porque este es día consagrado a nuestro Señor” (Nehemías 8, 10). Este es el tipo de amen que Romero desea escuchar de la gente de El Salvador. ¡Qué hermoso será el día en que una sociedad nueva, en vez de almacenar y guardar egoístamente, se reparta, se comparta y se divida, y se alegren todos porque todos nos sentimos hijos del mismo Dios! ¡Qué otra cosa quiere la palabra de Dios, en este ambiente salvadoreño, sino la conversión de todos para que nos sintamos hermanos! (Homilías 6:235; 27/1/1980). Sin embargo, Romero tiene la experiencia suficiente para saber que este deseo no siempre se cumple. La gente de Nazaret se regocijó cuando escuchaban a Jesús predicar hasta que comenzó a denunciar su incredulidad y falsa piedad. En ese momento, el ambiente de la congregación se volvió amargo y hostil. “¡La suerte de los profetas!”, afirma Romero, “siempre tendrán que decir cosas buenas y, por la felicidad del pueblo, señalarle también sus pecados para que se conviertan; y los que son humildes le atienden y se salvan; pero los que no, se obstinan y se pierden” (Homilías 6:235).

En este punto, uno podría esperar que Romero concluya el sermón. Ha cumplido su promesa de ofrecer una breve catequesis sobre la predicación. Ha estado predicando cerca de cuarenta y cinco minutos, y sin embargo, Romero va por la mitad. “Ahora es la hora de ver, pues, si nuestra Iglesia de la arquidiócesis, si nuestras comunidades y nuestro trabajo eclesial es verdaderamente como un micrófono de Dios” (Homilías 6:236). El arzobispo dirige su atención a dos tareas. Primero, examina la vida de la iglesia en El Salvador durante la semana anterior. Luego, considera la situación en El Salvador en su conjunto durante esa misma semana. En ambos casos, busca iluminar la situación contemporánea con la luz del evangelio. Lo que sigue es momento de anuncios de la iglesia, de noticias, de lectura profética del signo de los tiempos. Como ya mencioné, esta era una práctica homilética genuinamente novedosa para la predicación católica en El Salvador, y estaba lejos de ser apreciada universalmente.135

En ese tercer domingo después de Epifanía en 1980, Romero predica sobre las celebraciones eclesiales de la semana: una misa por el aniversario del fallecimiento de un sacerdote y cuatro niños, la elección de un nuevo líder para una comunidad religiosa y ceremonias que marcan la semana de oración por la unidad cristiana. Romero ve al Espíritu Santo que emanaba de Jesús en el trabajo de una escuela para vocaciones adultas al sacerdocio y en una parroquia donde las mujeres jóvenes hacen votos religiosos mientras se comprometen a vivir dentro de la comunidad que las rodea. “Felices son”, dice Romero, “si se dejan invadir por el Espíritu Santo” (Homilías, 6:236; 27/1/1980). Estos eventos pueden parecer triviales hasta que uno recuerda que una de las consignas de la derecha militante era: “Haga patria, mate a un sacerdote” (Homilías, 1:82; 15/5/1977).

Romero lee de cartas que recibió durante la semana. Lee una de una monja que ofrece palabras de aliento, esperanza y profecía a Romero: “Dios nos ama, no hay que dudarlo, y espera algo de todo esto, algo grande. A mí no me cabe el que tanto dolor y sangre no germinen un día en una buena cosecha” (Homilías, 6:237: 27/1/1980). Lee de la catequesis de Juan Pablo II sobre la unidad cristiana y de su discurso al cuerpo diplomático. Lee en las palabras del Papa un sermón de Dios alentando a todos los cristianos en El Salvador a tomar el micrófono y hablar en nombre del bien común para todos, en lugar de buscar la aprobación de unos pocos privilegiados. Romero también lee una carta de los campesinos que están siendo amenazados de muerte si no se unen a un sindicato de agricultores cristianos. Como los campesinos ni siquiera podían escribir sus nombres, firmaron la carta con la impresión de sus pulgares.

Uno de los aspectos más llamativos de la narración de Romero sobre la vida de la iglesia y los eventos de la semana es su atención a los nombres de las personas. Pide justicia para José María Murillo, Aníbal Corado Tejada, Emilio Estrada Alegría, Santos Rivas Lemus, Antonio Alas Pocasangre, Fidel Américo González, Efraín Ernesto González, Juan Umaña y un joven no identificado, todos campesinos que fueron arrastrados de sus casas, torturadas, asesinados y dejados a la intemperie por las fuerzas del gobierno en represalia por la muerte de dos guardias nacionales. El gobierno también escucha atentamente esta parte de los sermones porque su campaña de mentiras y desinformación era tan efectiva que incluso algunos funcionarios propios no siempre sabían realmente lo que estaba sucediendo en el país.

Romero se solidariza con aquellos que experimentan la presión de las fuerzas de derecha e izquierda. Pide la liberación del Sr. Dunn, ex embajador de Sudáfrica, secuestrado presuntamente por guerrilleros marxistas. Sabiendo que es posible que los secuestradores escuchen el sermón, dice: “Esta es la orientación de la Iglesia, los derechos del hombre, ante los cuales no hay que encapricharse con cosas imposibles, sino saber subordinar a la dignidad del hombre –sea quien sea, porque es hijo de Dios” (Homilías, 6:241; 27/1/1980). Para Romero, los derechos humanos no son una abstracción; tienen nombres y rostros concretos.

En cuanto a los eventos de la semana en la sociedad salvadoreña, Romero centra su atención en una masacre ocurrida el martes anterior, el 22 de enero. Ese mismo día, en 1932, el General Martínez inició una campaña de represión contra un grupo en su mayoría indígena que abogaban por la reforma agraria. Bajo la bandera de la supresión de los comunistas, el general eliminó efectivamente a la población indígena de El Salvador. Cuarenta y ocho años después, en 1980, varias organizaciones de izquierda organizaron la marcha más grande que el país haya visto. Partieron del monumento a El Divino Salvador del Mundo y caminaron hacia el centro de la ciudad. A medida que se acercaban al palacio nacional, los manifestantes se encontraron con fuego de ametralladoras. Algunos fueron asesinados, muchos fueron heridos. La multitud se dispersó y buscó refugio donde pudo. Alrededor de trescientos encontraron refugio en la catedral. Romero trabajó para ayudar a los refugiados en las oficinas de la archidiócesis, donde recibieron comida y cuidados. El gobierno intentó controlar la noticia al tomar control de todas las transmisoras de radio, bombardear YSAX y publicar una versión de los eventos que colocaron la responsabilidad de la violencia sobre los hombros de los manifestantes. El arzobispo nombró rápidamente una comisión especial para investigar los hechos.

Romero recibe el informe de su comisión de investigación y lee diez puntos del mismo. En resumen, la versión gubernamental de los eventos es falsa. Los manifestantes marchaban pacíficamente, y los militares abrieron fuego sin ninguna provocación previa. La narración de los hechos por parte de Romero es frecuentemente interrumpida por aplausos masivos de la congregación. En palabras de uno de sus intérpretes, “la predicación de Romero fue oportuna, no solo porque contó meticulosamente las tragedias lamentables y las injusticias escandalosas de la semana anterior, sino porque frente a esos acontecimientos había llegado a una respuesta cuidadosamente discernida y valientemente articulada, que sus oyentes reconocieron casi instantáneamente como la voz de Aquel que es justo y compasivo”.136

Pero Romero no se queda con solo la lectura del informe. A continuación, ofrece su juicio pastoral. En primer lugar, se dirige a las víctimas y sus familiares. Les ofrece la esperanza del evangelio, las oraciones de la iglesia y su solidaridad pastoral.137 En segundo lugar, se dirige al gobierno. Le pide que cese la represión y detenga a sus fuerzas de seguridad.138 Finalmente, habla a las organizaciones populares. Las elogia por su moderación frente a las acciones provocativas del gobierno y los exhorta a alejarse deliberadamente de la violencia.139

Romero concluye afirmando su convicción de que la homilía ha hecho su trabajo: ha iluminado la realidad de los tiempos a la luz de la palabra de Dios. Invita a sus oyentes a unirse al sacrificio eucarístico de Cristo y a clamar a Dios desde lo más profundo de su alma por su país y su gente, para que todos puedan encontrar los caminos que Dios quiere en lugar de los marcados por la sangre y el sufrimiento. Termina pidiéndole a la congregación que se pare y profese el credo.

La predicación de “La homilía, actualización de la Palabra de Dios” es la reflexión más desarrollada y sostenida de Romero sobre la tarea homilética.140 Ese domingo de enero de 1980, Romero condujo a su congregación al misterio de la predicación. Los sermones de Romero son como dípticos. En un panel está Cristo como la palabra del Padre, la Palabra que da vida a la iglesia. En el otro panel están los eventos en la vida de la iglesia y la sociedad salvadoreña que están iluminados por esta Palabra luminosa. Los paneles deben verse juntos. John Drury ofrece una interpretación de cómo funcionan los dípticos.141 “A diferencia de un tríptico, un díptico no tiene un panel central. Su centro es una bisagra, en un sentido, nada en absoluto. Así el ojo no puede descansar. Sin un centro al que volver después de vagar, debe pasar de un panel a través de la división a otro a través de la división, viajando entre los dos mundos como lo hacen los ángeles”.142

El dinamismo espiritual requerido para la contemplación del díptico es una analogía adecuada para el enfoque homilético de Romero. Su proclamación se mueve hacia adelante y hacia atrás entre la interpretación de las Escrituras y los signos de los tiempos. La luz siempre viene del panel de escrituras. El panel de los hechos refleja la luz y también le enseña a uno dónde y cómo pararse para poder ver mejor esta luz. Los predicadores tienen la tarea de contemplar estos dos paneles juntos. Deben leer los “signos de los tiempos” a la luz de Cristo y luego comunicar lo que se ha contemplado al dejarse servir como micrófonos de Cristo. La bisagra no es “nada”, como lo llama Drury, sino el Espíritu Santo que une la palabra de Dios encontrada en las Escrituras con el cuerpo de la Palabra en la historia, la iglesia. El movimiento entre los paneles no es un ojo errante, distraído, sino un discernimiento dirigido por el Espíritu. En su predicación, Romero no solo está transmitiendo a la congregación lo que ha contemplado, sino que está modelando para ellos una práctica de contemplación que pueden usar para iluminar sus propias vidas diarias.143

La predicación, en consecuencia, tiene dimensiones sacramentales y evangélicas. Es misterio porque la Palabra que se predica es Cristo. Es sacramento porque para aquellos que acogen el mensaje es de gracia. Es liturgia porque la Palabra se proclama dentro del contexto de la adoración y conduce a la adoración eucarística. Es misión porque la respuesta de la gente al sermón del 27 de enero no fue solo su aplauso, sino la profesión del credo con sus anatemas implícitos a todos los demás dioses e ídolos. El antiguo “Credo” de los apóstoles vive de nuevo en un cordial “Creo” salvadoreño.144

La voz de los sin voz

Los sermones de Romero eran transmitidos en todo el país varias veces a la semana. Se estima que el 73% de la población rural y el 47% de la población urbana escucharon sus sermones. Durante sus años como arzobispo uno podía caminar por la calle y escuchar cada palabra de su homilía dominical porque cada radio estaba sintonizada a YSAX.145 El atentado que destrozó la estación de radio le recordó a Romero la fragilidad de su ministerio de predicación. Sin lugar a dudas, la estación de radio YSAX fue el micrófono de Romero. Pero “La iglesia es el mejor micrófono de Cristo”, y todos los cristianos están llamados a ser portadores del mensaje de Cristo. Cuanto más destruye el gobierno las estaciones de radio, más cada creyente debe convertirse en un “micrófono viviente” que declara a Cristo en todas partes. Esto es más que una metáfora. Cuando YSAX fue destruido por otra bomba más grande el 17 de febrero, muchos se presentaron a la Basílica el domingo siguiente cargando grabadoras para que pudieran retransmitir el sermón cuando regresaran a sus comunidades (Homilías, 6:305; 24/2/1980). La comunidad, no YSAX, fue el mejor micrófono de Romero, y Romero usó este micrófono para transmitir la palabra de Dios y la voz de los que no tienen voz.

Los que no tienen voz son aquellos que, de hecho, tienen una voz, pero cuyas palabras no son escuchadas. Pueden estar físicamente vivos, pero están socialmente muertos. La mayoría del rebaño de Romero había sufrido una muerte social debido a políticas injustas que les robaron su dignidad y los hicieron socialmente irrelevantes e invisibles. La invisibilidad y la condena al silencio de los campesinos es la consecuencia de una larga historia de exclusión. Desde la conquista de El Salvador en el siglo XVI hasta los genocidios del siglo XX, la gran mayoría de los salvadoreños han sido relegados al papel de extras en su propia historia. En la época de Romero, la riqueza del país estaba concentrada en manos de catorce familias que se consideraban las únicas y legítimas beneficiarias del auge económico de los años sesenta. En un momento en que el producto nacional bruto creció un 6 por ciento, la proporción de campesinos que no tenían tierras aumentó de un 12 a un 40 por ciento.146 La oligarquía no solo pensaba que este grupo de personas no tenía nada que contribuir al futuro de su país, temían que, si estas masas entraban en el proceso político, pronto vendría una revolución como la de Cuba. Para ellos, mantener a los pobres sin voz era vital para la estabilidad de El Salvador.

Hablar por los que no tienen voz es un imperativo urgente para la iglesia. Frente al violento silenciamiento del pueblo, Romero afirma que “…la voz de la Iglesia hace suya la voz de los que ya no pueden hablar, de los que fueron asesinados en formas tan crueles, tan viles, tan inmorales, para clamar a Dios” (Homilías, 2:157; 28/12/1977). En su ministerio de oración, la iglesia amplifica los deseos de su pueblo ante Dios. Como pastor, Romero escuchó las peticiones de su congregación, diciendo que “la voz de los pobres siempre encuentra eco cuando se oye” (Homilías, 4:61; 10/12/1978). Un micrófono transmite al amplificador lo que primero recoge. Si los que no tienen voz deben ser escuchados, el micrófono de Cristo debe ser cerca de sus labios.

Hablar por los que no tienen voz es un esfuerzo arriesgado. Los sermones de Romero fueron resistidos precisamente porque dieron voz a los gritos de quienes fueron vistos como obstáculos a los planes del gobierno para El Salvador. “Es que estas homilías”, predica Romero, “quieren ser la voz de este pueblo, quieren ser la voz de los que no tienen voz. Y por eso, sin duda, cae mal a aquellos que tienen demasiada voz”, (Homilías, 5:155; 29/7/1979). La irritación se expresó en forma de balas, bombas, propaganda y la interferencia ocasional de las frecuencias de radio.147 Además de estos peligros, hablar por los que no tienen voz conlleva el riesgo de contribuir a su continua marginación. El primero de estos riesgos fue ciertamente el más apremiante en la época de Romero, pero el segundo de ellos es uno que ha acosado incluso a la iglesia como liberadora en América desde la época de Montesinos. En un ensayo sobre el futuro de los pobres, Mark Lewis Taylor plantea una pregunta del primer mundo que debe ser respondida por los defensores del “tercer mundo”. Dijo brevemente: ¿Cómo es posible escuchar y reconocer la voz y el discurso del subalterno, sin participar en controlar los ejercicios que refuerzan su falta de voz?148 Las dificultades para asumir un papel representativo son desalentadoras. A veces, el subalterno se convierte en un podio sobre el que se encuentra el defensor privilegiado para obtener atención y elogios personales. Incluso cuando la defensa no es tan abiertamente cínica, la elocuencia de un defensor puede tener la consecuencia involuntaria de silenciar al subalterno, que carece de la educación y la posición social para ser escuchado. De hecho, algo como esto sucedió durante el período colonial.149 Parece que cuando se trata de los “sin voz”, las opciones para aquellos en posiciones de privilegio están restringidas al paternalismo o al silencio. La ha llegado a un punto muerto.150

La situación de Romero se encontraba muy lejos de la ubicación social que es el principal objetivo de la crítica de Taylor. Romero no era un “intelectual occidental benévolo”. Era un pastor salvadoreño que no estaba teorizando sobre el papel representativo de la iglesia frente a los pobres, sino que estaba desempeñando este papel. Era consciente del peligro de hablar por los demás. Al hablar por los que no tienen voz, él y la iglesia enfrentaron el mismo destino que los que no tienen voz: la marginación y la muerte. Además, criticó a quienes llevaban el manto representativo con demasiada facilidad. “Es una pretensión de los grupos humanos quererse constituir en intérpretes del pueblo. El pueblo es muy autónomo, muy variado, muy pluriforme. Nadie puede arrogarse el derecho de decir: “Yo soy la voz del pueblo” (Homilías, 5:80; 13/1/1980).

En primer lugar, el papel representativo de Romero se basó en la iniciativa previa de Dios, quien llama, unge y envía profetas para que hablen con el pueblo de Dios.151 Es porque “el Espíritu del Señor está sobre él” y sobre el pueblo de Dios en El Salvador que Romero escuchó y predicó buenas nuevas a los pobres.152 Romero nunca afirmó ser único en su papel de voz de los sin voz. Es muy significativo que Romero nunca se haya arrogado este título personalmente. No había recibido un carisma especial. Hablaba de esta vocación como un don eclesial.153 Era la iglesia la que había sido llamada a hablar por los pobres. Todos los bautizados, desde el campesino hasta el arzobispo, compartían esta responsabilidad.

En segundo lugar, Romero afirmó que la iglesia había tomado el micrófono en nombre de las personas sin voz solo por un tiempo. “La Iglesia ha tenido un papel supletorio, ha sido voz de los que no tienen voz; pero, cuando ya pueden hablar, son ustedes los que tienen que hablar, la Iglesia calla” (Homilías, 5:542; 11/11/1979). Se regocija cuando los que no tienen voz encuentran su voz.154 De hecho, esperaba con ansias el momento en que la iglesia pudiera dirigir sus energías más al evangelismo que a la defensa de los derechos humanos porque esto último habría sido ya resuelto por la sociedad (Homilías, 6:43; 9/12/1979). El modo en que el díptico homilético de Romero alentó una conversación dinámica y de oración entre las Escrituras y los hechos de la realidad, tuvo como fin acelerar la llegada del día en que la iglesia pudiera dedicarse al evangelismo.

Tercero, aun cuando Romero reconoció que como arzobispo tenía una voz privilegiada en la sociedad, no quiso monopolizar su acceso a los micrófonos.

Incluso en el contexto de la misa, compartió los micrófonos con su gente. Un hermoso ejemplo de este intercambio se encuentra en su sermón del Bautismo del Señor el domingo 13 de enero de 1980. Cuando Romero pasó de la lectura e interpretación de las Escrituras a la lectura e interpretación del pueblo a la luz del Evangelio, pasó el micrófono a Beatriz, una hermana de la comunidad religiosa en Arcatao. Beatriz leyó una declaración de la comunidad en nombre de José Elías Torres Quintanilla, un oficial de policía que había sido secuestrado por un grupo de izquierda. La hermana Beatriz y sus compañeras también fueron secuestradas, pero más tarde fueron liberadas, y Beatriz fue hasta Monseñor Romero para dar la noticia. Beatriz habló audazmente, solicitando la liberación del oficial mientras denunciaba actos de violencia y venganza de ambas partes. Al mismo tiempo, vio que la raíz de los problemas se encontraba en la opresión de los campesinos, sobre la cual el gobierno tenía la mayor parte de la responsabilidad. En cualquier caso, Beatriz insistió en que su comunidad no era violenta ni tomaba las armas. No necesitaban ser presionados para llevar a cabo su misión cristiana, que incluía “interceder por la vida de cualquier ser humano” (Homilías, 6:183; 13/1/1980).

Hay una cuarta forma en la que Romero superó el impasse de ser la voz de otros. Se basa en la distinción entre la voz y la Palabra. En el tercer sermón de una serie sobre el espíritu de Adviento, Romero predica a partir del cuarto evangelio sobre la relación entre Juan el Bautista y Jesús (Homilías, 4:63–83; 10/12/1978). Jesús es el “Yo soy”, Juan es el “Yo no soy”. Jesús es la luz; Juan no lo es. Jesús es el Verbo; Juan es la voz que clama en el desierto. “La voz es el ruido que llega hasta el oído, pero en esa voz va la palabra, el verbo, es una idea” (Homilías, 4:65; 17/12/1978). Al desarrollar esta relación, el arzobispo de San Salvador recurre a un sermón predicado por Agustín para el día de la fiesta de Juan el Bautista. Allí el obispo de Hipona declara: “Una palabra; si no tiene un sentido significativo no se puede llamar palabra. Una voz, por otro lado, incluso si es solo un sonido y hace un ruido sin sentido, como el sonido de alguien que grita, puede llamarse una voz, pero no puede llamarse una palabra”.155 Agustín ilumina la relación entre el representante y el representado. Una palabra mientras permanece en la mente puede ser expresada de muchas maneras. El obispo de Hipona usa el ejemplo de la palabra Dios. Las sílabas que componen la palabra no son la palabra que está en la mente; no son el concepto, no son lo que la mente ha concebido. Cuando la mente expresa la palabra, adopta un cierto sonido, sílabas definidas. Desde la única palabra que está en la mente, una persona multilingüe puede hablar en muchas palabras externas: Adonai, Kyrios, Dominus, Herr, Lord, Señor, y así sucesivamente. Volviendo a la analogía con Jesús, la única Palabra podría expresarse en muchas voces diferentes: Moisés, Elías, Débora, Miriam. Cuando todas estas voces hablan por el mismo micrófono, por así decirlo, tenemos a Juan el Bautista. Él es “el signo y el sacramento de todas las voces”.156 El representante, Juan el Bautista, es la Voz hecha carne. El representado, Jesús, es el Verbo hecho carne. En la distinción agustiniana entre voz y palabra, Romero encuentra una razón teológica para las transmisiones de radio de sus sermones dominicales. La palabra se transmite por el sonido de la voz y las ondas de la radio. Es la presencia de la Palabra en sus palabras lo que hace que estas transmisiones sean más que un discurso. En la medida que los predicadores abrazan el instrumento en lugar del protagonismo de su voz, la Palabra se escucha con mayor claridad y aumenta el poder del sermón.157 En esta misma distinción, uno puede encontrar una razón teológica para el ministerio representativo de la iglesia en nombre de los pobres. Romero recuerda a sus oyentes cómo la palabra “concepto” se deriva del verbo “concebir” (Homilías, 4:66; 17/12/1978). Todas las palabras se conciben primero en las profundidades de la persona antes de pronunciarlas en voz alta. Análogamente, cuando las personas reciben la Palabra, la conciben de nuevo en sus corazones.

Cuando escuchan a Cristo, los que no tienen voz encuentran su verdadera voz; sus palabras se fortalecen con el poder de la luminosa Palabra del monte Tabor, que da vida. Romero presenta a Ezequiel y Pablo como testigos. Todo salvadoreño que escucha la Palabra puede decir con Ezequiel: “El Espíritu entró en mí y me afirmó sobre mis pies, y oí al que me hablaba” y me envió a la gente de El Salvador (Ezequiel 2, 2). Como explica Romero, “Si Dios llama a un hijo de la tierra para que abra su capacidad de recibir el espíritu de Dios, lo primero que este barro siente es que se pone en pie, que se eleva, que hay una dimensión vertical que lo une con un Dios, en nombre del cual tiene que hablar” (Homilías, 5:83; 8/7/1979). La Palabra humaniza la voz. Al mismo tiempo, escuchar a Cristo es una experiencia de humildad. El ejemplo de Pablo es elocuente en este sentido. Él tiene una visión del tercer cielo y luego recibe una espina en la carne para evitar que caiga por orgullo. Y, sin embargo, incluso mientras está lastimado, Pablo continúa predicando. Romero ve en este incidente una señal muy esperanzadora. Dios usa como sus instrumentos incluso a los débiles, personas con dolores y molestias.

Los micrófonos amplifican las voces débiles. La voz del predicador como micrófono de Cristo sirve como un instrumento del Cristo resucitado que todavía habla a través de las Escrituras y que se identifica con los pobres, las personas que se consideran desechables, las que no tienen voz. ¿Pueden hablar los que no tienen voz? La respuesta de Romero a esta pregunta es un enfático sí. Ser humano es ser capax verbi. “Cada uno de ustedes, desde su propio puesto, desde su propia vocación –la religiosa, el casado, el obispo, el sacerdote, el estudiante, el universitario, el jornalero, el obrero, la señora de mercado–, cada uno en su puesto viva intensamente la fe y siéntase, en su ambiente, verdadero micrófono de Dios nuestro Señor”. Todos están llamados a ser pequeños YSAX que transmiten el amor de Dios a sus comunidades. Esta es la lección de Juan el Bautista, el paradigma de la persona humana (Homilías, 6:232; 27/1/1980). Taylor concibe evitar las trampas del paternalismo y el silencio con un misticismo del delirio.158 Romero fundamenta su esperanza y práctica en la encarnación de la Palabra que ennoblece a todas las voces. ¿Cómo suena la voz de los sin voz? Se pueden encontrar algunos criterios de autenticidad en la práctica homilética de Romero.

Primero, la voz de los sin voz suena como la voz que llora en el desierto. El deseo de Moisés de que todo el pueblo de Dios sea profeta (cf. Números 11, 39) comienza a cumplirse en el bautismo. “Un matrimonio santo está siendo Juan Bautista en su hogar; un abogado santo, un profesional santo, un médico santo, un ingeniero santo, un jornalero santo, una mujer santa son Juan Bautista, de los que Dios se vale para proclamar que el reino de Dios ya está cerca” (Homilías, 5:41; 24/6/1979). Cuando estas personas responden al llamado de Dios, encuentran su voz. Algunos son conocidos por sus poderosos sermones y signos, otros por su devoción tranquila, serena y paciente a Dios. Algunos son ardientes como Elías, otros son silenciosos como Ana.159

Barbara Reid afirma acertadamente que en Romero hay algo de ambos. “Su ayuno y su oración, día y noche, le dieron forma a su espíritu; de modo que, como Ana, podía hablar de la gracia de Dios a todos los que buscaban la redención y, al igual que a Elías, podía llegar a ser ardiente en su denuncia de las fuerzas que impiden la acción de Dios”.160 Los profetas no solo condenan el pecado, sino que también ven visiones. Isaías predica oráculos de juicio contra Israel y también habla de un reino pacífico. Al revisar los acontecimientos de 1979, un año de asesinatos y esperanzas destrozadas de reforma, Romero invita con valentía a su congregación a estar agradecido. “La visión optimissa del cristiano encuentra más cosas buenas que malas” (Homilías, 6:137; 31/12/1979). La voz que llora en el desierto es la voz de un soñador que cree y espera que el Señor venga.

Todos los cristianos tienen un papel en la preparación del camino del Señor. “Todos son llamados a la vida, todos son llamados a la gracia, todos son llamados a la felicidad, todos son un proyecto de Dios”. (Homilías, 5:38). En consecuencia, tomar una vida humana es un pecado contra Dios y una desgracia nacional. Cuando se mata a una persona, uno de los proyectos de Dios se desecha, y Romero se pregunta cuántos Juanes Bautistas, cuántos Pablos, cuántos siervos del Señor se han perdido en El Salvador no solo por la opresión estatal sino también por el aborto. De hecho, uno de los propósitos de la predicación es precisamente alentar a los que no tienen voz a clamar por otros que no tienen voz como los no nacidos. La injusticia y la violencia en El Salvador pueden atribuirse en gran parte a la cobardía de los bautizados. Al no prestar atención a la voz de la víctima los cristianos salvadoreños han traicionado su vocación bautismal.

La existencia de esta contradicción lleva a Romero a exclamar: “Pero, ¿qué están haciendo, bautizados, en los altos campos de la política?, ¿dónde está su bautismo? Bautizados en los partidos políticos, en las agrupaciones populares políticas, ¿dónde está su bautismo? Bautizados en las profesiones, en los campos de los obreros, en el mercado. Dondequiera que hay un bautizado, ahí hay Iglesia, ahí hay profeta” (Homilías, 5:87; 8/7/1979). Es por esto que incluso si todas las estaciones de radio son destruidas y todos los sacerdotes y obispos son asesinados, siempre y cuando un creyente bautizado en El Salvador permanezca fiel a su vocación profética, a Dios no le faltarán micrófonos vivientes de su palabra de verdad y justicia (cf. Lucas 19, 20).

En segundo lugar, la voz de los sin voz suena como muchas voces. La voz que llora en el desierto es siempre parte de un coro eclesial. Se necesita una iglesia para levantar profetas. Los teólogos latinos de los Estados Unidos se refieren a esto como teología en conjunto.161 En este caso, puede ser más exacto llamarlo predicar en conjunto. Toda la profecía cristiana no es más que una participación en el oficio profético de Cristo, una especie de karaoke cristiano, por así decirlo. El yo es siempre eclesial. Esto también era cierto en la época de Montesinos162 y es verdad en la época de Romero. Los obispos reunidos en Medellín escucharon “un sordo clamor brota de millones de hombres, pidiendo a sus pastores una liberación que no les llega de ninguna parte” (Medellín 14.2). Las palabras de Pablo VI a los obispos en América Latina podrían haber sido dichas por los obispos de América Central en el siglo XVI: “Estáis ahora escuchando en silencio, pero oímos el grito que sube de vuestro sufrimiento”.163 Romero no escucha solo el grito de los pobres; escuchó su fe. Los que no tienen voz no eran discípulos perpetuos; eran sus maestros, sus profetas.164 Romero no descarta la existencia de profetas fuera de la iglesia, ni ignora que su audiencia incluye a personas que no son cristianas.165 Pero es el pueblo de Dios que vive en El Salvador quienes son sus profetas. Señalan el camino a seguir a través de la marea de intereses políticos y económicos en conflicto que destruyen la nación. Lo consuelan y, cuando es necesario, lo llaman al arrepentimiento y la conversión. En numerosas ocasiones, Romero insiste en que la Iglesia que predica por los pobres primero debe ser una iglesia que escuche a los pobres. “Porque todo el que denuncia debe estar dispuesto a ser denunciado y, si la Iglesia denuncia las injusticias, está dispuesta también a escuchar que se la denuncie y está obligada a convertirse. Y los pobres son el grito constante que denuncia no solo la injusticia social, sino también la poca generosidad de nuestra propia Iglesia” (Homilías, 6:280; 17/2/1980).

Los pobres conducen el discurso público de la iglesia; son los entrenadores de voz de la iglesia.166 La iglesia debe escuchar a los pobres porque el Cristo crucificado habla a través de su pueblo crucificado. Romero diría un fuerte amén ante las palabras de Francisco en la exhortación apostólica Evangelii Gaudium (La alegría del evangelio) sobre la importancia de los pobres “Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos”.167

Tercero, la voz de los sin voz suena como la voz del buen pastor. Es una voz que llama a las personas por su nombre. Los relatos leídos en la fiesta del nacimiento de Juan el Bautista muestran cómo Dios llama por nombre a las personas para el servicio. Romero ve en la santidad y en el milagro que gira en torno al bautismo de un niño un modo de preparar el camino, un paradigma de la persona humana. Por un lado, el papel de Juan el Bautista es único; él es un puente entre el Antiguo Testamento y el Nuevo. Él es la suma de todos los profetas. Él es el precursor de Cristo. Esta es su identidad y vocación. Por otro lado, su vocación es universal porque, mediante el bautismo, todos los cristianos están consagrados para una misión profética similar a la del precursor. Su llamado mientras aún está en el vientre de Isabel es un paradigma para el llamado de todos los seres humanos. Dios no llama a todas las personas de la misma manera, pero Dios llama a todas las personas al mismo fin: la santidad. No solo los grandes santos y el rey de los santos son llamados por Dios. Es a los que no tiene voz, los invisibles, los desechables; ellos también tienen una vocación, y son llamados por su nombre porque Dios se preocupa por cada uno de ellos como de su propio hijo. También por ellos Dios siente cariño, incluso cuando los llama a la conversión. Por eso, cuando Romero mira a su congregación llena de personas que no valen nada para los ojos del mundo, dice: “Los que estamos aquí, no hay ningún anónimo; cada uno, hasta el más humilde, hasta el chiquito que ha venido más tierno a esta misa, y allá, a través de la radio, hasta el más pobrecito y enfermo de quien nadie platicará nunca en la historia tiene una historia, tiene su propia historia, y Dios lo ha querido a él en singular, es un fenómeno irrepetible” (Homilías, 5:36; 24/6/1979).

Ser humano es tener una vocación.168 El cuidado que Romero toma al llamar a las víctimas de la violencia por su nombre es una forma de dar voz a los que no tienen voz. El acto de nombrar a los que no tienen voz es un acto de fortalecimiento de las víctimas. Restaura la dignidad a quienes a menudo son descartados en el anonimato de los pobres o marginados. Son sujetos, personas con voces, rostros y nombres.

La voz del pastor trasciende las polaridades habituales en los asuntos humanos. No viene de la derecha o de la izquierda sino de arriba. El origen divino de las palabras sobre la voz humana también es la razón por la cual la voz no debe ser como las voces del mundo. Es pastoral y profética. En sus Hojas del cuaderno de un cínico domado, Reinhold Niebuhr comenta sobre lo difícil que es ser profético con una congregación una vez que llegas a amarlos. Romero no experimentó esta tensión entre los oficios sacerdotales y proféticos. El enfoque de Romero fue directo. Al mismo tiempo era pastoral. Un claro ejemplo de esto son las palabras de Romero a los asesinos de Rutilio Grande, el mártir salvadoreño, que Romero imagina que bien podría estar escuchando la transmisión de radio del sermón: “queremos decirles, hermanos criminales, que los amamos y que le pedimos a Dios el arrepentimiento para sus corazones, porque la Iglesia no es capaz de odiar, no tiene enemigos” (Homilías, 1:35; 14/3/1977). Los perpetradores de violencia son delincuentes que necesitan arrepentirse, y también son hermanos a quienes la Iglesia ama.

La palabra luminosa

El día de su muerte, Romero dirigió una carta a Pedro Casaldáliga, obispo de São Félix do Araguaia, en Brasil. El mensaje fue escrito, pero no fue firmado ni enviado. En la carta Romero agradece a Casaldáliga por su demostración de solidaridad en respuesta a la destrucción de la emisora de radio YSAX, La Voz Panamericana, y se compromete a “continuar con nuestra misión de expresar las esperanzas y la angustia de los pobres, en un espíritu de gozo al recibir el privilegio de correr los mismos riesgos que ellos, como lo hizo Jesús al identificarse con las causas de los desposeídos”.169 Romero concluye su breve carta manifestando su confianza en el triunfo de la resurrección. Después de su muerte, Casaldáliga escribió un poema en respuesta:

“San Romero de América,

pastor y mártir nuestro:

¡nadie hará callar

tu última homilía!”.170

La vida y la muerte de Romero constituyeron una homilía coherente y convincente.171 Esta homilía no termina, porque al final del día, Romero ha sido solo un instrumento. Es un micrófono que proclamó la Palabra que viene de los cuerpos torturados y la transmitió con la esperanza de que una nación entera la escuchara y se transfigurara (Homilías, 1:97; 22/5/1977). Aquellos que tenían demasiada voz odiaban escuchar la Palabra que venía de este micrófono e hicieron todo lo posible para silenciarla. La mayoría sintonizó la estación de radio Voz Panamericana y escuchó con alegría la verdad dicha por Romero. José Antonio, un campesino desplazado, declaró: “Yo lloré a ese hombre. Mi gran deseo era conocerlo, pero sólo logré verlo cuando yacía muerto. Solo conocí la voz. Yo amaba esa voz”.172 José Antonio se lamenta, pero no como los que no tienen esperanza, porque en las propias palabras de Romero está el consuelo: “todos los que predican a Cristo son voz, pero la voz pasa, los predicadores mueren, Juan Bautista desaparece, solo queda la palabra. La palabra queda y este es el gran consuelo del que predica: mi voz desaparecerá, pero mi palabra, que es Cristo, quedará en los corazones que lo hayan querido recoger” (Homilías, 4:65; 17/12/1978).

Incluso en su momento más fuerte la voz panamericana de la iglesia ha sido frágil y pequeña. Hasta hace poco, todos los que predicaban la Palabra luminosa que es Cristo eran voces masculinas, e incluso éstas eran muy pocas dado el poder de las voces dominantes dentro y fuera de la iglesia. El discurso profético, hablar por o ante alguien (pro-phetes), es algo delicado. La garganta se inflama; la boca se seca, la lengua se traba; la voz se rompe. Los predicadores mueren. Montesinos se ha ido. Las Casas se ha ido. Romero se ha ido. Generaciones de personas que hablan y anhelan la liberación y la transfiguración se han ido. Y, sin embargo, este es el gran consuelo: Los que no tienen voz todavía hablan porque la Palabra permanece. Escúchalos. Ipsos audite! Escúchalo a él. Ipsum audite!

Capítulo 3
La transfiguración de El Salvador

Conocí a Herbert un jueves por la noche, el 6 de diciembre de 2007, en la Iglesia Metodista Bethel en Zacamil. Esta iglesia está en el corazón del territorio de las pandillas. Los agujeros de bala en el edificio de la iglesia hablaban por sí mismos, pero el testimonio de Herbert fue aún más elocuente. Había sido líder de una pandilla de la Mara Salvatrucha. Temido por su comunidad, era conocido como El Diablo. Acosaba a las personas que iban a la iglesia Metodista del barrio, llamada Bethel, y en una ocasión agredió al pastor, lo golpeó, lo pateó y lo dejó moribundo. Después de años de este accionar macabro, algo sucedió. Herbert fue hospitalizado luego de un tiroteo con la pandilla rival M18. Herbert necesitaba una transfusión de sangre, pero para que esto sucediera, necesitaba un donante. No se pudo encontrar a nadie que quisiera donar. Ni los pandilleros, por miedo; ni su familia por vergüenza. La única persona dispuesta fue Wilfredo, el pastor metodista local. Cuando Herbert salió del hospital, visitó la iglesia metodista en Zacamil. En medio del servicio de adoración, caminó por el pasillo hasta el púlpito e interrumpió al pastor para preguntar: “¿Por qué? ¿Por qué lo hiciste?” La respuesta del pastor fue simple: Cristo hizo lo mismo por mí. La respuesta puede sonar estereotipada o gastada para oídos cultos, pero a Herbert le sonó como un evangelio que lo condujo en ese momento a entregar su corazón a Jesús; y se convirtió en cristiano. Herbert pasó a liderar el grupo juvenil de la iglesia y también se le dio la responsabilidad de una casa de rehabilitación. A través del ministerio de Herbert, tres de sus compañeros pandilleros se convirtieron y eventualmente se convirtieron en pastores. Dos años después de que yo conociera a Herbert, él ya estaba muerto. Un miembro de una pandilla le disparó delante de su hijo mientras vendía periódicos. La acera bañada en sangre era un testimonio de la inexorable regla de la “morgue” común entre las pandillas.173

Desde el encuentro violento en el origen de América, la sangre corre libremente a lo largo de su historia. En palabras de un himno de Justo González: “De los cuatro rincones del mundo, se combina la sangre en las venas…, recia sangre traída de España, noble sangre del indio sufrido, fuerte sangre de esclavo oprimido, toda sangre comprada en la cruz”.174 Al preguntarnos de qué manera la sangre que se derramó en América está relacionada con la sangre del Calvario somos llevados a la cuestión de la salvación que ocupará nuestra atención en este capítulo.

Dado que el tema de este capítulo es la salvación, es apropiado comenzar con una breve historia del nombre de este país de, El Salvador. El país más pequeño de América Central lleva un nombre lleno de contradicciones, posibilidades e ironías. Ha sido elogiado por sus prelados y pueblo como un nombre privilegiado. Al mismo tiempo, el misterio del pecado en el accionar en los conquistadores, dictadores, escuadrones de la muerte y maras (pandillas) hacen del nombre una petición de oración: “Salva, Salvator, Salvatorem” (¡Salvador, salva al salvadoreño!).175 En los primeros tiempos del contacto con los europeos que le dieron el nombre, la gente que habitaba estas tierras necesitaba desesperadamente la salvación.

De la historia del nombre de El Salvador, pasamos a la cuestión de la violencia y la salvación en América. Consideraremos brevemente cómo los teólogos latinoamericanos intentan escuchar y responder a la voz de sangre que llora desde el continente. Las respuestas de estos teólogos establecen el contexto para la propia respuesta de Romero, a saber, la transfiguración de Cristo. En el centro de este capítulo hay un estudio de las homilías de Romero sobre la teofanía del monte Tabor. Lo que emerge de estas homilías es una representación icónica del Cristo transfigurado y del pueblo transfigurado extraída de un rico conjunto de fuentes: las Escrituras, los doctores de la iglesia, la tradición magisterial y la liturgia de la iglesia salvadoreña. El estudio de las homilías de Romero sobre la transfiguración revela una serie de características consistentes, así como un claro desarrollo teológico. La característica más singular que emerge es la presentación de la transfiguración como una vocación eclesial que reorienta la agresividad humana natural en una dirección constructiva.

En la parte final del capítulo, considero la posible contribución de la visión de la transfiguración como liberación propia de Romero a la reciente carta pastoral Veo en la ciudad violencia y discordia, escrita por el arzobispo José Luis Escobar Alas. Esta carta habla de una pedagogía de la muerte que se ha transmitido desde el momento de la conquista hasta hoy, presente en la actual guerra de pandillas. La visión de salvación de Romero complementa el trabajo de esta carta. La transfiguración energiza la violencia del amor que ofrece una pedagogía de la vida capaz de conducir a la paz y la reconciliación.

El nombre de El Salvador

¿Qué hay en un nombre? En este caso, un resumen de los problemas y las esperanzas de un pueblo. Según Jesús Delgado Acevedo, autor de una historia de la iglesia salvadoreña, “la mayoría de los autores modernos gustan vincular el nombre de San Salvador con la fiesta litúrgica de la transfiguración de Nuestro Señor Jesucristo”.176 El vínculo histórico se habría forjado a partir de diferentes fuentes. Algunos historiadores siguen las crónicas del fraile franciscano Francisco Vázquez y afirman que el nombre fue dado en honor de una victoria española sobre los indígenas el 6 de agosto de 1526. Otros siguen al fraile dominico Francisco Ximénez, quien atribuye el nombre a Pedro de Alvarado. La dificultad con estas fuentes del siglo XVII es que, incluso cuando dan una justificación para la fecha de la fiesta patronal, no explican el nombre en sí, ya que el título de Salvador Divino no está asociado con la transfiguración. Los intentos de buscar una base textual para esta asociación en los misales romanos han resultado en vano.177 Los misales entonces y ahora asocian la Fiesta de la Transfiguración con el reinado de Cristo. La imagen de Cristo como salvador es el tema privilegiado de la temporada navideña.178

Delgado propone un par de genealogías alternativas para el nombre El Salvador. Sugiere que el nombre se origina en la llegada de una expedición dirigida por Diego de Holguín, uno de los tenientes de Alvarado, durante la temporada navideña de 1524. Además, Delgado dibuja un paralelismo tentador, aunque no verificable, entre Alvarado y Colón como una explicación adicional. Es bien sabido que cuando Colón llegó a tierra firme el 12 de octubre de 1492, lo llamó San Salvador porque interpretó su llegada como la salvación de una tormenta que había asediado a sus barcos y tripulación. Al igual que Moisés, Colón fue rescatado de las aguas. El nombre de San Salvador para la ciudad de Cuscatlán puede tener una procedencia similar. Pedro de Alvarado soportó muchas dificultades durante las conquistas de estas tierras. Él u otros después de él pueden haber interpretado la victoria sobre los indígenas como una liberación salvadora y nombraron el lugar San Salvador por esta razón, incluso si la batalla más importante se ganó en la Fiesta de la Transfiguración.179

Sin embargo, sin importar cómo las dudas sobre el nombre y la fecha de la fiesta sean resueltas, queda claro que desde el principio se hizo una fuerte asociación entre el nombre dado y la conquista.

Una historia de violencia

El Salvador nace de una historia de violencia. Desde la era colonial en adelante los cronistas ven una similitud entre la victoria española sobre los Cuscatlecos el 6 de agosto de 1526 y la victoria de los cruzados cristianos sobre las fuerzas musulmanas el 6 de agosto de 1456, la que se dedica la Fiesta de la Transfiguración. En ambos casos se había dado un golpe decisivo a los enemigos de la iglesia. A lo largo de su historia, la celebración del Divino Salvador brilló con connotaciones eclesiales y patrióticas, incluso cuando el contenido de ambos elementos variaba. Durante la época colonial la celebración era una ratificación de la lealtad a la corona. Después de la independencia, la celebración pasó a expresar la aspiración política y las preocupaciones de la nueva república. Un volante de 1864 que anuncia la Fiesta del Dios Salvador es explícito en sus esperanzas. “¿Por qué la religión augusta del Salvador del hombre no ha de unirse al interés santo de la patria? ¿Por qué la felicidad y ventura de los hombres sobre la tierra no ha de estar consignada en los decretos del cielo y en la lei de la relijión? El pueblo salvadoreño ha sentido por instinto esta gran verdad, y es acaso el primer pueblo americano que ha unido perfectamente en un solo pensamiento el culto de la relijión y el de la patria”.180

En resumen, la fiesta del Divino Salvador del Mundo se convirtió en un punto de referencia para una identidad nacional nacida de la violenta conquista de los indígenas. Un anuario diocesano de mediados del siglo XX afirma audazmente los hechos: “De esta fecha histórica, en que los guerreros cuscatlecos deponiendo sus armas aceptaron el dominio español, la Iglesia Católica, comenzó su obra de civilización, encausando aquellas nuevas inteligencias, por los senderos de la verdad eterna, y apartándolas así, de sus costumbres primitivas y rudimentarias que hacían de él, un pueblo de baja moralidad”.181

Sin dudas, el respaldo más significativo al nombre de El Salvador a la pequeña república centroamericana fue el que dio el Papa Pío XII en su discurso ante el primer Congreso Eucarístico salvadoreño en 1942:

“Quiso la Divina Providencia, para distinguir unos de otros los hombres y los pueblos, disponer que cada uno recibiera un nombre, «palabra breve – si hemos de definirlo con los exactos términos usados por uno de los príncipes de vuestra hermosa lengua–, que se sustituye por aquello de quien se dice y se toma por ello mismo»; y entre todos los que hubieran podido darse a vuestra tierra, fue escogido el más hermoso que se hubiera podido pensar. Porque no fue tomado de la historia reciente, ni de la antigüedad, ni de cualquiera de aquellos dones naturales con que Dios la había enriquecido: suelo generoso, cielo claro, belleza insuperable en la altivez de sus montañas, en la serenidad de sus transparentes lagos, en la grandeza de sus cascadas, de sus volcanes, de su mar inmenso; sino que permitió que se llamase con un nombre que es propio de su Hijo Divino: República de S. Salvador, República del Salvador. Porque no fue solamente, –queremos pensarlo así– la acendrada piedad de Pedro Alvarado la que en los albores de la conquista americana tan altamente os bautizó, sino más que nada ¡la Providencia misma de Dios!”. 182

En sus sermones sobre la transfiguración Romero permite que su interpretación de la denominación de El Salvador se guíe por el mensaje de Pío XII al Congreso Eucarístico salvadoreño. Romero habla con aprobación de lo que el Papa llamó “la piedad de Pedro Alvarado” sin examinar el lado oscuro de la conquista. Esta omisión es lamentable. Al hacerlo limita el alcance de la cuestión de la violencia al silenciar el colonialismo en el que surge. No dudamos que el análisis de Romero de las estructuras del pecado que necesitan ser transfiguradas no es invalidado por esta omisión, pero es claro que su comprensión debe ampliarse. Esto es precisamente lo que el arzobispo José Luis Escobar Alas hace en su carta pastoral de 2016 sobre el problema de la violencia, Veo violencia y discordia en la ciudad. Sin duda, Romero está profundamente preocupado por el problema de la violencia en El Salvador. De hecho, una buena parte de su tercera carta pastoral, La iglesia y las organizaciones políticas populares, está dedicada a esta pregunta e incluso ofrece una tipología de violencia.183 Veremos esta carta más adelante en el quinto capítulo.

A juicio de Escobar, Pedro de Alvarado no puede ser presentado como un modelo de piedad cuando en realidad era un pedagogo de la muerte. Escobar escribe: “De duro y crudelísimo puede ser tildado el proceso de conquista y colonización que Pedro de Alvarado junto a sus hombres realizó al llegar a tierras cuzcatlecas”.184 Para fundamentar esta afirmación, Escobar apela a la Brevísima relación de la destrucción de las Indias de Bartolomé de Las Casas, que detalla el hambre de oro que llevó a Alvarado a cometer todo tipo de atrocidades en lo que ahora es América Central. Lejos de ensalzar la piedad de Alvarado, Las Casas pinta el retrato de un tiránico carnicero:

“Oh cuántos huérfanos hizo, cuántos orbó de sus hijos, cuántos privó de sus mujeres, cuántas mujeres dejó sin maridos, de cuántos adulterios y estupros y violencias fue causa, cuántos privó de su libertad, cuántas angustias y calamidades padecieron muchas gentes por él, cuántas lágrimas hizo derramar, cuántos sospiros, cuántos gemidos, cuántas soledades en esta vida, y de cuántos damnación eterna en la otra causó: no sólo de indios, que fueron infinitos, pero de los infelices cristianos de cuyo consorcio se favoreció, en tan grandes insultos, gravísimos pecados y abominaciones tan execrables. Y plega a Dios que dél haya habido misericordia y se contente con tan mala fin como al cabo le dio”. 185

El legado de Alvarado no solo fue el hermoso nombre de El Salvador, sino “una pedagogía de la muerte donde se le explicó, se le modeló e indicó cómo matar, a quién matar, con qué medios y por qué razones matar”.186 El plan de estudios de esta pedagogía ha estado desarrollándose desde el violento encuentro entre europeos y amerindios en el siglo XVI hasta nuestros días.

Escobar comienza esta historia trágica en 1524 con la conquista de Cuscatlán por parte de Pedro de Alvarado. La exclusión social de la población indígena introdujo a conquistador y conquistados en una pedagogía de la muerte que justificó el uso de la violencia como instrumento para la reforma social. Escobar llama a este período “la incubadora” de la violencia. Después de la independencia de España en 1821, había esperanza de una mejor situación social, pero las promesas criollas de una sociedad más justa para todos los salvadoreños fueron fugaces. Para los indígenas y para no pocos mestizos, la constitución de la república institucionalizó y legitimó la injusta situación colonial. En 1832, Anastasio Aquino lideró un levantamiento de una gran cantidad de indígenas y ladinos con el objetivo de poner fin a la concentración de tierras en manos de la pequeña élite criolla.

Sin embargo, fueron derrotados por las fuerzas gubernamentales constituidas por un mayor número de indígenas y ladinos. Como describió Escobar, “Hermanos matándose y desangrándose mutuamente por la defensa de intereses que perjudicaban a los suyos”.187 Lo que llamó la primera explosión de violencia alimentó una espiral de violencia que ya había comenzado. La violencia institucionalizada provocó la violencia insurreccional, que a su vez dio lugar a la violencia represiva. En 1932 esta espiral violenta explotó nuevamente en un levantamiento masivo de campesinos e indígenas. Escobar pasa por alto los detalles del papel de Farabundo Martí y la ideología marxista en el levantamiento y los excesos del general Maximiliano. En cambio, llama la atención sobre las advertencias emitidas por su predecesor, Monseñor José Alfonso Belloso y Sánchez, quien en una carta pastoral escrita en 1930 habló de las condiciones injustas que debían modificarse para que El Salvador pudiera disfrutar de una merecida paz. La carta no fue escuchada, y el resultado del levantamiento fue más muerte, produjo la virtual extinción de los pueblos indígenas de El Salvador y el endurecimiento de las estructuras de exclusión social. El polvorín de la injusticia social que explotó en la década de 1930 explotó nuevamente en la guerra civil cincuenta años después, en la década de 1980. A partir de su lectura de esta historia de violencia, Escobar identifica cuatro causas fundamentales que contribuyen a su perpetuación: la exclusión social, la idolatría de la riqueza, el individualismo radical y una cultura de impunidad.

La raíz más antigua y profunda del problema de la violencia en El Salvador es la exclusión social. Pero aun cuando el desempleo y el subempleo contribuyen a una fuerte exclusión social, lo más problemático es la forma en que las personas se sienten desvalorizados y sin poder. No solo su trabajo está subvaluado, sino que ellos mismos lo están.188 Por supuesto que este problema no es nuevo, sino que se remonta al menos a la época de la conquista. Sin embargo, al acto violento original de exclusión ahora se ha integrado con lo que Francisco llama una “economía de la exclusión”.189 En esta economía, algunos recurren a la violencia como una forma de encontrar un reconocimiento e inclusión que de otra manera se les niega.

La segunda raíz del problema de la violencia en El Salvador es la idolatría del dinero. El dinero se ha transformado en la puerta de entrada a la inclusión en una economía que no sirve a las personas, sino que los esclaviza al despilfarro y al consumo. La lógica del mercado conduce a la adquisición de las novedades más insignificantes, las que, a su vez, nublan la conciencia ante las dificultades de quienes carecen de las necesidades básicas para la vida.

La violencia también está potenciada por el individualismo. El debilitamiento de los lazos sociales ha formado individuos cuyo ideal de autorrealización está desconectado o incluso en contradicción con el bien común. El bien individual se ha convertido en el bien más elevado, uno que debe alcanzarse lo antes posible sin preguntarse por su legalidad y mucho menos por su moralidad.

Finalmente, la violencia en El Salvador se ve impulsada por una cultura de impunidad. La firma de los Acuerdos de Paz en 1991 condujo a un cese en las hostilidades, pero no hubo reconciliación nacional. Las ofertas de amnistía crearon un clima donde se percibía que los crímenes más atroces aparentemente no tuvieron sanción ni consecuencias para los perpetradores. Esta cultura de impunidad les impidió a las generaciones mayores mostrar un capital moral que pudiera invertirse en la orientación de las generaciones más jóvenes. Sería incorrecto echar la culpa de esta situación a los artesanos de los Acuerdos de Paz ya que las raíces de este problema son mucho más antiguas. La historia de la violencia en El Salvador desde el momento de la conquista hasta el presente podría describirse como el del reino de la impunidad. Los conquistadores no fueron castigados por matar indígenas. Los criollos no fueron castigados por parcelar y vender tierras que pertenecían a los indígenas. Ni siquiera los asesinos de Óscar Romero fueron llevados ante la justicia. Escobar escribe: “La Paz es fruto de la justicia y la justicia es fruto de la verdad. Nadie puede legislar sobre una mentira; por tanto, nadie puede hacer justicia sobre falsedad resultando de esto la impunidad”.190

La violencia en El Salvador se ha manifestado con muchos rostros a lo largo de la historia. Existe la violencia del período de la conquista que sometió a los indígenas; la violencia usurpadora del período de independencia que privatizó las tierras comunales; la violencia social de la primera mitad del siglo XX; la violencia ideologizada de la segunda mitad; y la violencia criminal del siglo XXI. Hay una dinámica que se repite: un estallido inicial de violencia se institucionaliza y genera un segundo estallido de violencia insurreccional, que a su vez genera un tercer estallido de violencia represiva. El ciclo vuelve una y otra vez, en una espiral cada vez más rápida y más grande. “La pedagogía de la muerte enseñó al pueblo la tortura, la represión, el desmembramiento, el secuestro, las masacres, y múltiples técnicas de asesinato que fueron aprendidas y aprehendidas por el pueblo, quien carente de una pedagogía de la vida y una educación de calidad no supo decodificar enseñanza tan macabra”.191 Cuando la iglesia rechazó esta pedagogía en favor del evangelio de la vida tuvo que enfrentar persecución e incluso la muerte. Ese fue el caso de Antonio de Valdivieso, el primer obispo mártir de la América, y de Óscar Romero, el arzobispo recientemente beatificado.

Salvación y violencia

Desde el comienzo de su encuentro con los europeos que le pusieron el nombre, la tierra de El Salvador ha necesitado desesperadamente la salvación.

Los seres humanos necesitan de Dios para su existencia, para su bienestar y para comprensión de su destino de eternidad. En el corazón de la existencia está la conciencia constante de la dependencia de Dios. Sin embargo, Nancy Pineda-Madrid tiene razón cuando afirma que “nuestra conciencia nunca es más aguda que en la batalla contra el mal”.192 Es en ese momento que nosotros también levantamos la vista hacia las colinas y preguntamos: ¿De dónde vendrá mi ayuda? Basta con escuchar el grito de angustia del salmista: ¿hasta cuándo, Señor? ¿Por qué me has abandonado? ¿De dónde vendrá mi ayuda? Para Romero, su ayuda proviene del monte Tabor, donde el Divino Salvador del Mundo reveló la gloria de Dios y su humanidad. En pocas palabras: salvación significa transfiguración. Antes de profundizar en la teología de la transfiguración de Romero, haríamos bien en considerar brevemente el relato de la salvación que ha dominado el paisaje latinoamericano durante la mayor parte de su historia, la enseñanza de Anselmo sobre la satisfacción.

La salvación entendida como satisfacción es una respuesta clásica al misterio del pecado y el mal. De hecho, el trabajo de Anselmo, Cur Deus homo, respondió a esta pregunta con tanta fuerza y penetración que se convirtió (al menos informalmente) en la respuesta. Dicho brevemente (y que se pueda afirmar brevemente es una de las fortalezas de esta respuesta), al pecar la humanidad ofendió a Dios y necesita responder por esta ofensa. La deuda que la humanidad tiene con Dios es infinita y solo Dios puede pagarla a fin de hacer las paces. Y como solo del lado de la humanidad está la deuda, por lo tanto, se necesita de Jesús, el Dios hecho ser humano. Al dar su vida en obediencia sin haber pecado, esta persona que es divina puede satisfacer (saldar) la deuda de la humanidad que él ha hecho suya. Para decirlo groseramente, una víctima divina e inocente sufre el castigo que corresponde a una humanidad pecadora y de esta manera hace posible un nuevo comienzo para todos. Es importante decirlo groseramente porque es en esta forma de teorías de sustitución penal que la explicación de Anselmo se ha difundido ampliamente.

La soteriología occidental del último milenio puede leerse como un comentario al trabajo de Anselmo. Sin embargo, Pineda-Madrid es una de voces teológicas contemporáneas que han expresado su preocupación sobre la respuesta de Anselmo.193 Primero, existe la preocupación de que su relato esté demasiado centrado en la cruz, por lo cual su crítica se aplica al tiempo presente pero no anuncia el reino venidero. A su vez, glorifica el sufrimiento con Cristo sin atender a la nueva vida que su resurrección hace posible. El enfoque en el sufrimiento es particularmente preocupante para las mujeres, a quienes se les ha enseñado que el camino de la salvación está pavimentado con su sacrificio personal.

En segundo lugar, existe la preocupación de que su relato sea ahistórico. La salvación ocurre por arriba nuestro, en una transacción trascendente entre el Padre y el Hijo encarnado. El resultado es la relajación de cualquier tensión entre la iglesia y el mundo, una aceptación tácita del status quo injusto. Para decirlo de otra manera, uno puede predicar la soteriología de Anselmo desde los estrados sin perturbar las estructuras sociales. Cabe la pregunta de si la lectura de Anselmo que hace Pineda-Madrid es justa para Anselmo. Lo que está fuera de toda duda es que las preocupaciones que menciona (glorificación del sufrimiento, escatología futurista) son reales y han deformado la teología cristiana y la vida en América Latina y más allá. La reducción de la obra salvadora de Cristo a la muerte en la cruz, excluyendo otros aspectos de la vida (especialmente su ministerio público) apoya una separación de fe y vida que deja a la teología particularmente susceptible de ser manipulada ideológicamente.

La insatisfacción ante las respuestas de Anselmo a las preguntas latinoamericanas tiene formulaciones alternativas. Si el problema es la opresión, entonces Gustavo Gutiérrez tiene razón, la salvación significa liberación.194 Si el problema es una injusticia generalizada, entonces Elsa Tamez tiene razón, la salvación significa justificación.195 Si el problema es exclusión, entonces Jon Sobrino tiene razón, la salvación significa solidaridad.196 Si el problema es una historia de violencia, entonces Romero tiene razón, la salvación significa la transfiguración de esta historia. Estas no son preguntas o respuestas mutuamente excluyentes. Cada uno busca su lenguaje para interpretar el escándalo de la sangre derramada en América a la luz del escándalo de la cruz. Al hacerlo, practican un ressourcement desde los márgenes. Gutiérrez traduce la nueva teología. Tamez traduce las perspectivas protestantes sobre Pablo.197 Sobrino traduce la eclesiología profética de Cipriano. Romero traduce la antropología de Ireneo. Todas sus obras son originales. El acto de traducción resulta en el trasplante de la tradición viva del cristianismo en suelo latinoamericano. En el caso de Romero, el trasplante es fertilizado por la historia local y las prácticas que giran en torno a la celebración de la transfiguración. El resultado es una comprensión del ser humano transfigurado que es a la vez ireneano y salvadoreño.

La transfiguración del Divino Salvador

La Fiesta de la Transfiguración se celebra el 6 de agosto. El 6 de agosto de 1456 llegó al Papa Calixto III la noticia de la victoria cristiana sobre los turcos, ocurrida en Belgrado el 22 de julio.198 Las iglesias ortodoxas ya celebraban la transfiguración el 6 de agosto, pero el día tradicional de observancia en occidente era el segundo domingo de Cuaresma.199 Pero dada la importancia de aquel hecho militar, los papas respondieron a las noticias de la victoria agregando la fecha oriental al calendario occidental.

Para El Salvador, cuyo nombre está dedicado al Cristo transfigurado, el salvador del mundo, la transfiguración no es solo una fiesta litúrgica sino una fiesta nacional. Le precede el 5 de agosto con la Bajada, una procesión y servicio al aire libre con una estatua del Cristo transfigurado; luego, el 6 de agosto, el arzobispo ha de predicar sermones donde estarán presentes temas nacionales, litúrgicos y bíblicos. Las lecciones de las Escrituras para el día son casi idénticas. Solo la versión de la historia de la transfiguración que se lee varía de acuerdo con el año litúrgico.200

En esta sección haré una visión diacrónica de la predicación de Romero sobre la transfiguración que abarca desde sus primeros días como párroco hasta las últimas semanas de su vida. La muestra de sermones no será exhaustiva ya que muy pocos de los sermones que Romero predicó antes de convertirse en arzobispo están disponibles. Sin embargo, los sermones de transfiguración que considero aquí cubren un período de tiempo lo suficientemente amplio como para permitir una visión amplia de la teología de la transfiguración de Romero.

La eternidad te contempla (1946)

Óscar Romero predicó en la Fiesta de la Transfiguración el 6 de agosto de 1946, en una misa al aire libre para las tropas estacionadas en San Miguel.201 Esta fue su primera parroquia. Romero tenía solo veintinueve años en ese momento. Como se lee en el texto, es una homilía muy corta, quizás de cinco a siete minutos de duración. Está impregnada de imágenes militares, patrióticas y de transfiguración. Comienza con una historia sobre cómo Napoleón alentó a sus tropas al pasar por las pirámides de Egipto diciéndoles que su valor estaba siendo contemplado por la casi eternidad de cuarenta siglos de historia. Pero las tropas de San Miguel tienen un honor aún mayor. Desde el altar donde se celebrará la Eucaristía, la verdadera eternidad los contemplará. El patrono de El Salvador, el Divino Salvador del Mundo, es el Señor de los ejércitos. Ha hecho de la pequeña república centroamericana su monte Tabor salvadoreño.

Desde esta cumbre, Romero bendice a sus tropas con “la macicez de vuestras armas, la virilidad de vuestros uniformes, el sacrificio de vuestra vida militar”.202 Por esta razón, los soldados pueden decir con los apóstoles: “Señor, es bueno estar aquí”. Es bueno ser salvadoreño. Para el pastor de San Miguel, el patriota más grande es el que ansiosamente se arrodilla ante el Divino Salvador y sirve al país dedicado a su nombre. El mayor traidor es el que aleja al país de su gloriosa herencia religiosa en busca de otras luces. Romero le recuerda a su congregación los soldados que lucharon por la democracia durante la Segunda Guerra Mundial. Por fe, “hasta los cañones y los tanques se convirtieron en altares”.203 El soldado es un sacerdote. Desde el altar de la misa, el Cristo transfigurado contempla a los soldados y sus altares.

La Fiesta de la Transfiguración (1963)

En 1963, el padre Romero tuvo el honor de predicar en la Catedral de San Salvador para la Fiesta de la Transfiguración.204 En términos panegíricos, Romero se refiere al relato de la transfiguración como el evangelio salvadoreño. Incluso el silencio en las Escrituras con respecto al nombre del “monte excelsum” en el que Cristo apareció en gloria se interpreta como una invitación para que los salvadoreños lean su propia geografía en el relato. El paisaje agreste de América Central ha sido preparado por la divina providencia para evocar el monte Tabor. El mismo Papa Pío XII vio esta semejanza en la “belleza insuperable en la altivez de sus montañas, en la serenidad de sus transparentes lagos, en la grandeza de sus cascadas, de sus volcanes y de su mar inmenso”.205 La tierra no solo es adecuada para convertirse en un Tabor americano, sino que su historia también fue guiada por la providencia. La tierra fue el escenario de un drama que tuvo su prólogo en la historia mítica de “Votán y Quetzalcóatl”, pero su primer acto comenzó con la llegada de Pedro de Alvarado.206 Como señalé anteriormente, Romero sigue a Pío XII al pasar por alto el lado oscuro de la conquista para llamar la atención sobre la piedad del conquistador que confió la protección de las tierras de Cuscatlán a la Santísima Trinidad y otorgó a la ciudad de San Salvador su noble nombre.207

La retórica patriótica de Romero interpreta la Fiesta de la Transfiguración como un acto civilizador y cristiano. Su celebración marca el triunfo del cristianismo sobre las fuerzas paganas en Belgrado y Cuscatlán. Para el padre Óscar, “el 6 de agosto y la densa mística del mensaje del monte Tabor vinieron a ser como la vocación de nuestra Patria”.208 Una larga línea de líderes nacionales han prometido su servicio a la iglesia y al estado ante la imagen del Divino Salvador dada a El Salvador por nada menos que Carlos V. La transfiguración y la historia de El Salvador ahora están unidas. El relato evangélico de la revelación de Jesús de su gloria en el monte Tabor es “como el sagrado himno nacional que exalta la belleza de nuestro suelo, interpreta el sentido de nuestra historia y alienta las esperanzas cívicas y religiosas de nuestros pueblos”.209 La transfiguración no es un evento único en la vida de Jesús, sino que su luz sigue brillando en la iglesia, la nación y la historia. Los eventos en la vida de la iglesia como el segundo Congreso Eucarístico a punto de ser convocado en El Salvador son como un nuevo Tabor.210 Romero ve en la transfiguración una síntesis de la historia de las Escrituras y el destino del mundo, y explora tres dimensiones de esta síntesis.

Primero, la teofanía del monte Tabor revela a Cristo como el Divino Salvador de la humanidad. La presencia de testigos del Antiguo y Nuevo Testamento, la nube luminosa, el rostro glorioso y la voz celestial apuntan a la identidad divina de Jesús. Al interpretar los textos del día Romero convoca la asistencia de dos luminarias teológicas: Tomás de Aquino y León el Grande (el Papa). Con la ayuda de Aquino, llama la atención de los fieles sobre el esplendor de Cristo: “no fue aquella claridad el rostro de Cristo una claridad venida de afuera, sino la emanación de la divina persona y la gloria del alma que Jesús llevaba ocultas para poder padecer los misterios de la Redención”.211 En Tabor, Jesús invitó a sus discípulos a verlo con claritas para afianzar su viaje a Jerusalén y al Calvario.212 Así, la transfiguración fue la respuesta de Jesús al rechazo de Pedro a la Pasión. Por el escándalo de la transfiguración, Jesús preparó a sus discípulos para el escándalo de la cruz y una parte integral de esta preparación fue escuchar atentamente la voz del Padre. León el Grande (el Papa) ayudó a Romero a articular lo que un oyente cuidadoso debería esperar escuchar de esta voz.213 En la transfiguración es el Padre quien da a conocer al Hijo y convoca a los discípulos. La voz habla de la unidad de esencia e igualdad de poder entre el Padre y el Hijo y, sobre la base de la identidad de Cristo, le encarga a la humanidad que lo escuche.214

Para Romero, la predicación de la divinidad de Cristo debe preceder a cualquier conversación sobre él como salvador de la humanidad. De allí que antes de que se muestre a los apóstoles la agonía demasiado humana de Cristo en Getsemaní, se les muestra su glorificación. Tabor precede al Calvario no solo cronológicamente sino también teológica y pedagógicamente y a su vez la experiencia en el monte Tabor prepara el camino para el Calvario anticipando la cruz. “En una palabra, la manifestación de Jesús como Dios en el Tabor es también la manifestación de Jesús como víctima doliente de la humanidad. Las mismas credenciales que en el Tabor lo acreditan como Hijo de Dios, sirve también para acreditarlo como “varón de dolores” cuyos sufrimientos por ser de Dios tendrán el suficiente mérito para salvar a los hombres”.215

La segunda dimensión de la transfiguración que Romero considera es la eclesiológica. Moisés y Elías representan al pueblo de Dios que precedió a Cristo. Pedro, Santiago y Juan se presentan como representantes del pueblo de Dios que siguió a Cristo. Los rayos del resplandor de Jesús se remontan a la creación de la humanidad y hacia su consumación. La contemplación de este misterio convierte a los doctores más sobrios de la iglesia en poetas. Romero comenta con asombro que “la teología de Santo Tomás se torna aquí sublime poesía cuando compara estas dos porciones de la humanidad como si fueran una procesión de domingo de Ramos que se vuelve cósmica para abarcar a todos los hombres que marchan delante y detrás del Divino Salvador, clamando “Hossana”, como para implorar de él la salvación”.216 Así, la iglesia prolonga y perfecciona la misión que Dios comenzó en Israel.

La tercera dimensión de la transfiguración que Romero considera es la antropológica. En el monte Tabor, la humanidad vislumbra su destino en Cristo y el papel de la iglesia para alcanzar este destino. Pedro habla por toda la humanidad cuando, al ver un anticipo del glorioso fin prometido, clama: “Señor, es bueno para nosotros estar aquí”. De manera que la transfiguración de Cristo debe encender el deseo de la transfiguración de la humanidad porque la humanidad fue creada para la alegría y la luz. Los anhelos de verdad, grandeza y felicidad que todas las personas tienen expresan un deseo implícito de transfiguración e imparten una obligación para el país cuyos orígenes están vinculados a esta fiesta. Cuanto más cercana sea la armonía entre el presidente y el papa, mejor será el anhelo de la nación de vivir bajo la gloria de la transfiguración. Cuando el gobierno se acerca a Roma, como cuando estableció relaciones diplomáticas con la Santa Sede en 1862, la gente avanza en su transfiguración. Cuando el gobierno olvida su deber solemne, los espectros de la masonería y el marxismo persiguen a la población y amenazan con alejarlos de la iglesia, la única que puede satisfacer el hambre de los corazones salvadoreños.217

Romero termina la homilía con tres objetivos extraídos del mensaje de Pío XII al embajador salvadoreño en la Sede romana. Primero, debería haber relaciones cada vez mejores entre la iglesia y el estado. Esto significa que las leyes y estructuras que implementa el estado para asegurar la provisión de bienes temporales para el bien común de todos deben estar en armonía con la provisión de bienes espirituales de la iglesia para la redención de todos. Segundo, el gobierno necesita comprender y operar de acuerdo con la enseñanza social de la iglesia. La “claridad en el monte Tabor” que brilla en la doctrina social católica “ilumina la verdadera fraternidad de los hombres, la verdadera jerarquía de valores temporales y eternos, y los vigorosos y suaves postulados de la justicia.”218 Tercero, el gobierno debe respetar la libertad de la iglesia mientras lleva a cabo su misión educativa. Estos tres objetivos brillan con la luz del monte Tabor, y su logro avanzaría enormemente en la transfiguración de El Salvador.

El contraste entre este sermón y el de 1946 es marcado por la longitud del texto y su riqueza teológica. Por supuesto, el contexto también es muy diferente. El primer sermón fue predicado en una misa al aire libre; el segundo lo fue en la catedral de San Salvador.

“El divino salvador” (1976)

El obispo Romero regresó al púlpito arquidiocesano en 1976.219 Comienza comparando la lectura del relato evangélico de la transfiguración con escuchar una vieja canción de cuna; en ella los oyentes son transportados de regreso a su infancia. Nuevamente Romero le recuerda a su congregación cómo el conquistador español Pedro Alvarado le otorgó el nombre del país. No comenta sobre las violentas ambigüedades de ese bautismo de sangre, pero en cambio sí hace suyo el mensaje enviado por Pío XII para conmemorar la celebración del Primer Congreso Eucarístico Nacional en El Salvador en 1942. Como vimos en el sermón anterior, Romero aprecia mucho este respaldo papal. Continuando con la naturaleza festiva de su sermón, Romero recuerda nuevamente a sus oyentes los orígenes históricos de la Fiesta de la Transfiguración desde su celebración en el oriente en el siglo V hasta su adopción por occidente en el siglo XV y su transmisión transatlántica en el siglo XVI. Por la providencia de Dios, “la más luminosa teofanía del Evangelio” se ha convertido en la fiesta nacional de un país.220

La luz del monte Tabor ilumina los tres pilares sobre los cuales se construye la realidad de El Salvador en toda su densidad espiritual, histórica y social: Cristo, su salvación y la iglesia. Estos son los tres temas del sermón de 1963. En comparación con aquella homilía, la sección cristológica es relativamente corta. Romero se contenta con reflexionar sobre la identidad del Cristo de El Salvador como el Divino Salvador del Mundo. Solo una persona divina podría ser redentora de la humanidad y por eso es que es en Jesús donde el mensaje y la propuesta de Dios se dan a conocer. “Por una paradoja insospechada”, dice Romero “la luminosa visión del Tabor ha sido un trágico anuncio de la sangrienta transfiguración del Calvario”.221 La brevedad de esta sección puede explicarse por el hecho de que, en esta homilía, a diferencia de la de 1963, Romero no pinta a Jesús con el telón de fondo de Calcedonia, sino con el telón de fondo de Medellín.

Desde la cristología del Tabor Romero va hacia la soteriología. La verdadera liberación de la humanidad se encuentra en el Cristo que se identifica con la historia y la espiritualidad de El Salvador. Los cristianos no tienen que recurrir a pozos de ateísmo para calmar su sed de justicia. Los salvadoreños no necesitan suplicar por un vaso de agua a los extranjeros porque la solución para los problemas de El Salvador no está lejos. Las fuentes de salvación se encuentran en el cuerpo de Cristo, la iglesia en El Salvador.222 Por su parte, la iglesia debe volver a comprometerse a escuchar los gritos de los oprimidos y responder con la liberación que se anunció y alcanzó en Jesucristo.

Sin embargo, la liberación proclamada por la iglesia no puede reducirse a los proyectos históricos que trabajan por la liberación solo en los ámbitos de la cultura, la economía y la política. Además, la liberación proclamada por la iglesia rechaza con énfasis el uso de la violencia. Y desde un ángulo positivo es necesario señalar que la liberación proclamada por la iglesia busca liberar al ser humano para su realización en todas sus dimensiones, horizontal y vertical. En el corazón del mensaje de liberación de la iglesia está la proclamación de la salvación en Cristo y la convocatoria a la conversión. Romero le dice a su congregación que las estructuras sociales deben ser cambiadas y humanizadas, pero que estos cambios serán en vano a menos que las personas que lideran o estén sujetas a ellas sean transformadas y humanizadas.

Como evidencia que corrobora lo dicho, Romero ofrece el juicio de Pablo VI que “aún las mejores estructuras, los sistemas más idealizados se convierten pronto en inhumanos si las inclinaciones inhumanas del hombre no son saneadas”.223 Desde su perspectiva la iglesia prolonga el misterio de la encarnación de Cristo y su transfiguración y en ese sentido es que hace suyas las palabras de la Constitución dogmática sobre la Iglesia. La iglesia tiene una misión: “ardientemente iluminar a todos los hombres, anunciando el Evangelio a toda criatura (cf. Mc 16, 15) con la claridad de Cristo, que resplandece sobre la faz de la Iglesia”.224 En el corazón de esta misión se encuentra el encuentro con Cristo el Divino Salvador, el mismo Cristo que orienta la historia de la nación y toda la creación. “Cualquier otro Cristo y cualquiera otra liberación que no sea el Cristo, ni la liberación predicada por la Iglesia, serán siempre Cristo y liberación imaginados, por más “históricos” que se les quiera llamar”.225 Romero les pide a sus oyentes que concreten esta misión de hacer brillar la luz de la iglesia sobre las realidades del país. Hace un llamamiento a la iglesia y al estado para que trabajen juntos bajo la guía del Divino Salvador del Mundo, el patrono nacional, para transformar el país. Termina como comenzó con un encomio florido a la transfiguración como una fiesta nacional que “nos parecen un plácido retorno a la casa solariega, como quien se inclina, para estampar un beso de fe, de gratitud y de compromiso, sobre la cuna de su infancia y sobre la pila de su bautismo”.226

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