Kitabı oxu: «Complejo materno»
El Complejo Materno, tal cual funciona en la actualidad, como una estructura arquetípica del espíritu humano, ha sido construido por el patriarcado como una fuerza de la cual él se vale para reproducir su ideología y mantener la lealtad de las personas, al orden que impone. De esta manera, el complejo materno es una máscara del orden patriarcal y la disolución de su protagonismo, en la vida de cada quien, supone la posibilidad de liberarse de modos de ser y relaciones que no hacen más que reproducir modelos de desdicha y represión del placer.
En ese sentido, las relaciones clandestinas, todas aquellas ajenas a la moral del Complejo Materno, representan oportunidades de recorrer caminos de individuación. Configuran momentos iniciáticos de la vida, nuevos comienzos que posibilitan alcanzar la realización en amor y libertad.
Este libro habla del Complejo Materno, de las relaciones clandestinas, de la ideología patriarcal, de la historia de los vínculos en la vida de cada uno de nosotros, de la represión del deseo, de la interdicción de la sexualidad, el placer y el goce, de la memoria del cuerpo, de la devastación de la mujer, del desamparo del hombre, de los modelos de identidad y de elección de pareja y del paso arquetípico de Luna a Afrodita, en la mujer, y de Apolo a Dionisio, en el varón.
Y lo hace con un estilo que atrapa al lector entre sus páginas, a la par que va cuestionando sus creencias.
¿Es posible dar una nueva comprensión del Complejo Materno que enriquezca lo que Freud, Reich y Jung han plasmado sobre el tema en sus textos? El autor de este libro, con su aporte da una respuesta positiva a esta pregunta y nos sorprende con la idea de que el Complejo Materno es una construcción necesaria y lógica del orden patriarcal, que, en suma, es un Complejo Materno Patriarcal, que nuestras madres son creaciones patriarcales, que la personalidad es una cristalización del Complejo Materno, que el Complejo Materno impone un sentido trágico a la existencia y que la identidad y las relaciones cumplen sus expectativas. Pero, también, que hay modos de rebelarse a esta dominación como son las relaciones clandestinas. Y esto no refiere a vínculos que circulan a escondidas, prohibidos en el sentido moral, sino a relaciones que escapan a las pautas del Complejo Materno y que, aún más, lo cuestionan.

Eduardo Horacio Grecco nació en Argentina y reside actualmente en México. Formado en el campo de la psicología y el psicoanálisis, investigó la obra de Jung, como así también la Bioenergética y la Psicología transpersonal. Es autor de varios libros de autoayuda y de Terapia Floral, campo en el cual es un reconocido maestro, y como tal lleva varios años impartiendo cursos y conferencias en distintos países de América y Europa.
Algunos de sus libros publicados por esta Editorial son: Terapias Florales y Psicopatología, Volver a Jung; Sexo, amor y esencias florales, Muertes inesperadas; La bipolaridad como don; Despertando el don bipolar, Bipolaridad como oportunidad.
Eduardo Horacio Grecco
Complejo materno Sombra y máscaras del patriarcado

Índice
Cubierta
Contratapa
Biografía del autor
Portada
Palabras preliminares
Introducción
Capítulo primero. Lealtad y fidelidad Lealtad y fidelidad El origen de la lealtad y la fidelidad
Capítulo segundo. Complejo materno y personalidad Cibles y Atis La emancipación del niño El complejo materno
Capítulo tercero. Relaciones clandestinas El dilema de crecer Relaciones clandestinas La tragedia del complejo materno
Capítulo cuarto. Complejo materno e ideología patriarcal La maternidad Las polaridades patriarcales La sumisión de la mujer La devastación de la mujer Dos sociedades animales como ejemplo Una historia posible Pero es posible otra historia
Capítulo quinto. Relaciones de la vida La presencia del pasado La verdad está en el cuerpo, más allá del ego Las relaciones nos completan Relaciones y promesas Las relaciones con pasado Amores entrañables Amor y angustia Amor y otros Las relaciones acaban, los vínculos permanecen
Capítulo sexto. La memoria del cuerpo El cuerpo como territorio, historia y lenguaje Las memorias corporales Relación terapéutica y cuerpo
Capítulo séptimo. Palabras, pasos y trazos El grito y la palabra Los pasos Las letras Palabra, movimiento y letra
Capítulo octavo. El abandono del complejo materno El abandono de los modelos maternos
Epílogo
Adenda Eduardo Grecco y una renovadora teoría. Elsa Levy Hacer alma. Bruno A. Díaz Bonifaz El placer es la mitad del camino. Dinorah Ramos Levy ¡Las relaciones clandestinas son liberadoras! La represión de la sexualidad y el placer… Consigna: ¡Liberarnos del complejo materno! ¡Hasta que no quede nada! Relaciones con alma Sufrimiento por amor y amor a uno mismo. Laura Mayorga La tragedia y el Ser. Rosana Zinni Hija, mujer, madre. Nuria Camps Salat La trilogía lunar. Claudia Leonardini Resignificando nuestra energía masculina. Gabriela Zamarripa No me sometas o te abandonaré. Graciela Bonomelli
Referencias bibliográficas
Créditos
Otros títulos de esta editorial
Para mi amigo y maestro Mario Satz,
que no cesa de iluminar las palabras
Una psicología que ve a la madre en todas partes es un enunciado acerca de la psique del psicólogo, y no sólo un enunciado basado en la prueba experimental. […]
Para que la psique avance a través de su complejo materno inconsciente, la misma psicología tiene que avanzar en su autorreflexión a fin de que su tema, el alma, ya no esté dominada por el naturalismo y el materialismo, y las metas para esa alma ya no se formulen por medio del arquetipo materno como “crecimiento”, “adaptación social”, “relaciones humanas”, “plenitud natural”, etcétera. […]
La magnificación del complejo materno es un signo cierto de que estamos escogiendo el rol heroico, cuyo propósito es menos el espíritu y menos la psique que el ego tradicional, su fortalecimiento y su desarrollo.
James Hillman
Palabras preliminares
Éste es un libro apasionante y valiente, portador de ideas revolucionarias, en el sentido profundo de su significado: “cambio de estructuras”.
Eduardo Grecco despliega en él un nuevo desafío al establishment de lo afectivo-emocional, y una apuesta política al visibilizar y cuestionar un resorte secreto que mueve al mundo: la posición de la mujer como madre —rol asignado pero también rol asumido—, no revisado ni autocuestionado por quienes, simultáneamente, obtienen algún beneficio pero a la vez padecen la opresión que se les impone. Ese lugar desde el cual se instituyen y se manejan los hilos del desarrollo más temprano del ser humano, de la etapa en que se sientan las bases de las matrices de aprendizaje, matrices cognitivas y sociales, es decir… de la etapa primordial de la constitución subjetiva.
La función materna —resultado de múltiples condicionamientos (desde lo intra, inter y transubjetivo)— permanece incuestionada e incuestionable. Grecco plantea la necesidad de revisar-se con mirada crítica en la función del maternazgo, función que determina la propia vida y la de los otros; re-conocerse y analizar las modalidades vinculares e interacciones cotidianas con el/los otro/s; reflexionar acerca de los condicionamientos sociales y culturales que nos determinan a las mujeres, a los varones, las relaciones, las funciones parentales, los vínculos… Productos y a la vez productores…
Esa revisión nos lleva inexorablemente a una ruptura con el pensamiento hegemónico patriarcal que, más allá de imponer el poder del varón sobre la mujer, lo que hace es determinar todas las relaciones como relaciones de poder de unos sobre otros, de jerarquías y no sólo de diferencias. Tal ruptura plantea una nueva revolución copernicana: ¿cómo lograr la separación de la díada madre-hijo para permitir que éste advenga sujeto (es decir autónomo, activo, creativo, y no objeto, pasivo y heterónomo) y simultáneamente poner fin a la hegemonía freudiana del nombre del padre adviniendo interdicción, para permitir que la diferencia no se adjudique jerarquía?
¿Nos hemos preguntado alguna vez acerca de por qué tanta preparación para la vida productiva (escuelas de excelencia, calidad educativa, universidades de avanzada) y tan poca reflexión sobre la vida reproductiva, que implica no sólo la procreación o la “educación” sexual, sino también el análisis de las prácticas y los dispositivos sociales que promueven las configuraciones de los nuevos sujetos, que día a día reabastecen a nuestro mundo y nuestra sociedad de nuevos ciudadanos? Estas prácticas cotidianas que van desde los cuidados tempranos, las formas de vincularse, de sostener, contener, calmar, alimentar, “dejar hacer” o “hacer hacer” a un niño pequeño, hasta la “educación”, tanto en el seno de la familia como en las instituciones que la continúan, son reproducidas en forma automática, perpetuando un statu quo, sin que constituyan categorías a revisarse.
Las mujeres son colocadas en un lugar clave para la reproducción del sistema hegemónico, que va cambiando con características epocales, pero que permanece intacto en su núcleo central, el de crear sujetos funcionales al sistema dominante. Este aprendizaje de la sumisión del cuerpo y de la psiquis encuentra la complicidad de las propias mujeres, pese a la opresión que les impone, complicidad que responde al formateo de nuestra mente en un sistema que elimina la mirada crítica sobre los propios posicionamientos, cuando éstos responden al orden dominante. No hay ideología de cambio, ni revolución política, que haya podido pensar la necesidad de transformación de las bases de la sociedad; el orden patriarcal que configura tanto a los procesos de constitución subjetiva como a las instituciones-organizaciones sociales.
Tal vez nuevos paradigmas de pensamiento permitan emerger estas formas innovadoras de mirar el mundo como las que plantea Eduardo Grecco.
Sabemos, por un lado, de la sujeción del yo a los mandatos originarios, y de la necesidad de trabajar sobre uno mismo en aras de la autonomía.
Advertimos, también, que existe una acción social, invisible, inconsciente, para que nuestra cultura alimente esta dependencia, funcional para mantener el statu quo.
Sin embargo, el sujeto no se constituye de una vez y para siempre. Si bien lo infantil fundamenta su origen, hay otro cuantum de multiplicidad del yo que se juega en cada momento, en el encuentro con un otro, en el reconocimiento de la propia ajenidad en esa confluencia, en la pertenencia a un mundo social.
Si tenemos en cuenta las palabras del historiador Lucien Fevbre,1 los sujetos somos más producto de la época que de los padres. Tal vez esté llegando entonces el momento del cambio, desde dos vertientes: primero, la individual-personal, tomando conciencia de la necesidad de un cambio interior, condición necesaria pero no suficiente; necesitamos también una transformación del ecosistema social. Se hace entonces imprescindible una coherencia entre la búsqueda en nuestro mundo interno y la militancia para la modificación de nuestro mundo externo. Sólo así será posible una verdadera transformación cultural…
Francis Rosemberg
1 Citado por Isidoro Berenstein, en Devenir otro con otros(s), Paidós, 2004.
Introducción
Para salir de la prisión hay que saber que estamos en ella.
Wilhelm Reich
¿Cómo he llegado a escribir este libro? Al retroceder en el tiempo y en el espacio es posible imaginar que es el fruto de la labor de ciertos procesos interiores, que tramaron, a espalda de mi conciencia, gestarlo y hacerlo nacer. Luego, esos trascursos domésticos, íntimos y ocultos se hicieron exteriores, del tipo que, de modo coloquial, llamamos circunstancias.
El diccionario define la circunstancia como ese elemento accidental que va unido a la sustancia de algo. Sin embargo, a poco de andar es posible advertir que no constituye algo ocasional, sino con lo que contamos los seres humanos para hacer de nuestra vida una novela. Resulta ser la materia primordial para tejer nuestra historia. Pero no es a partir de su existencia que damos ámbito a la vida, sino que, en su dinamismo temporal, las circunstancias reflejan la razón esencial de la obra sincronística de nuestra sombra. Así, bajo la figura de casualidades, se revela el destino, lo inconsciente se vuelve letra, la estructura acontecimiento.1
Es posible que la muerte de mi madre no fuera ajena, ni tampoco la memoria de haber visto el estruendo de la triste agitación, provocada por el vértigo y los sollozos de personas sumidas en el dolor, de ser algo que no quieren y estar con quien no desean. O tal vez lo indujo el recuerdo de historias, leídas hace tiempo, en las cuales se narran las cárceles emocionales donde los seres humanos, de un modo incomprensible, por mano propia, nos encerramos. ¿Cuál es la fuerza que nos ata a mitos de desdicha, a oleadas de pasión que exaltan valores que nos hacen penar, a dogmas que nos llevan a convencernos de que la guerra es inherente a la convivencia, el horror a la vida, la infelicidad a las relaciones, que toda herejía libertaria está condenada a ser devastada?
Creo tener una respuesta, que primero asomó como un susurro teórico y luego la obra del tiempo le dio sentido experiencial: el orden patriarcal que persiste grabado en la red arquetípica de la memoria humana es la energía responsable de enhebrar vida con desdicha. Mientras este sistema inconsciente continúe vivo, crueldad, explotación, abuso, posesividad y codicia florecerán en el entretejido de los vínculos humanos, por la simple razón de que esos bienes son los nutrientes que alimentan la regla y el nervio patriarcal. y tal orientación está viva y activa, tanto en el ámbito de lo personal como en las entrañas de sistemas más amplios: familiar, político, religioso, cultural, educativo y económico. Los mismos principios se reiteran, en unos y otros territorios, con nombres diferentes.
El orden patriarcal no es una abstracción. Es algo bien concreto, un sistema basado en una distribución desigual del poder, cuyo escenario, en el imaginario colectivo, se dramatiza en la relación entre hombres y mujeres, en la cual los varones alcanzan preeminencia y dominación.
Sin dejar de aceptar tal condición es oportuno ampliar el concepto y comprender que la lucha intergénero es sólo una plaza singular donde se desarrolla un enfrentamiento más general de la sociedad, por momentos escondido tras el debate de la justa reivindicación femenina. Me refiero al hecho esencial del patriarcado: la desigualdad que hace posible la opresión, la sobreimposición del orden del poder por sobre el del amor.
Mi propuesta no desdice algunas consideraciones históricas, como el hecho de que la sujeción de las mujeres es muy antigua y preexiste al sistema político, social y económico actual, que es también un sistema tiránico que no persigue el bien común sino el logro de poder. Tampoco cuestiona la situación de que el capitalismo es un orden más abarcativo que el patriarcado, aunque no cuesta trabajo imaginar que el primero se asemeja mucho a una consecuencia lógica del último.
Sin embargo, es fácil advertir cómo uno y otro sistema se unificaron de tal manera que la dominación patriarcal no se circunscribe a un conjunto de discriminaciones (filiación, división sexual del trabajo, etc.) sino que se amplía a ser un régimen coherente que afecta a todos los ámbitos de la vida colectiva. Del mismo modo, el capitalismo no se restringe a funcionar en el ámbito económico y social; por el contrario, expande su ideología a todas las dimensiones de la existencia humana. En este sentido, hoy no es posible separar, más que en teoría, el fenómeno patriarcal del capitalismo.
En general, los movimientos feministas llaman patriarcado a la opresión de la mujer que, por el solo hecho de serlo, sufre por parte de los hombres. De tal modo que ser feminista en este contexto es tomar conciencia de esta dominación, que no es un hecho individual y aislado sino un sistema, y promover su disolución y la emancipación de la mujer. Esto supone el ejercicio de una crítica política del patriarcado como poder dinámico, preparado para perpetuarse y resistente a cualquier transformación de su núcleo central que consiste, para este feminismo, en la supremacía de los hombres.
Si bien esto es real, es sin embargo incompleto. Más allá de la lucha de géneros y de la condición de la estructura económica-cultural en la cual vivimos, existe un mecanismo de seguridad del patriarcado para garantizar su permanencia, que traspone la diferencia sexual y social.
En esencia, la propuesta es que el patriarcado ya no es sólo un tema de preeminencia masculina; lo que está en juego es algo más complejo y extenso que una cuestión de hegemonía fálica: se trata de la soberanía desigual del poder y el bienestar a lo largo y ancho de la sociedad humana, de la postergación o anulación de las premisas democráticas de su organización y la destrucción de la ecología del planeta.
Esta comprensión nos remite a interrogarnos sobre los medios a los cuales recurre el patriarcado para subsistir y cómo se preserva como tal, a pesar de su injusticia manifiesta. La consideración de la represión como respuesta no alcanza a explicar el fenómeno de manera cabal. Es imprescindible resaltar otro factor: los mediadores patriarcales, entre los cuales el complejo materno ocupa un lugar de privilegio.
El patriarcado se vale de agentes ideológicos tangibles para perdurar. A través de ellos terceriza su control y se reitera. Precisar algunos de estos actores delegados (pero estelares) significa dar un paso adelante para desnudar y comprender a través de qué recursos se sirve este instituto para encarnar en los seres humanos y en la vida cotidiana. Con esta intención se ha trazado el presente texto.
Entonces, ¿de qué habla este libro? En breves palabras, del complejo materno, de las relaciones clandestinas, de la ideología patriarcal, de la historia de los vínculos en la vida de cada uno de nosotros, de la represión del deseo, de la interdicción de la sexualidad, el placer y el goce, de la memoria del cuerpo, de la devastación de la mujer, del desamparo del hombre, de los modelos de identidad y de la elección de pareja y del paso arquetípico de Luna a Afrodita, en la mujer, y de Apolo a Dionisio, en el varón.
Tanto Sigmund Freud como Carl G. Jung vislumbraron el valor de modelo ejemplar del mito de Edipo y de la tragedia humana que él describe. Así, el relato del mito enseña que a Edipo le toca cancelar los pecados de sus ancestros —como a nosotros los de Adán y Eva—; que su destino, del cual no puede huir, consiste en matar a su padre y yacer (retornar) con su madre; cómo, en el desarrollo de la trama, el héroe, en inocencia, viola los preceptos básicos del orden moral de nuestra cultura, y que tal crimen conlleva un castigo tremendo del cual nadie es ajeno. “Que ninguno se atreva jamás a imitar a Edipo, nadie escapa del destino”, es el aviso. Pero lo que se encubre es el hecho de que Yocasta, su madre, sabía de tal destino y ayudó, en conciencia o no, a cumplirlo.
Sin embargo, hay más. Los postulados edípicos moran dentro de nosotros como una fuerza interior. En esa dirección, Freud comenta:
El complejo de Edipo, cuya ubicuidad he ido reconociendo poco a poco, me ha ofrecido toda una serie de sugestiones. La elección y creación del tema de la tragedia, enigmáticas siempre, y el efecto intensísimo de su exposición poética, así como la esencia misma de la tragedia, cuyo principal personaje es el Destino, se nos explican en cuanto nos damos cuenta de la vida psíquica con su plena significación afectiva. La fatalidad y el oráculo no eran sino materializaciones de la necesidad interior.2
Pero, ¿quién creó esta necesidad interior?
En las diversas concepciones psicológicas entre Freud y Jung, y las que les siguieron,3 el tema de la madre no deja, ni por un minuto, de ser inquietante. Turbadora y contradictoria presencia, que recuerda y enfrenta a la madre nutricia con la devoradora, a la protectora con la siniestra, a un todo que se debe amar pero, de la cual, para Ser, es necesario separarse.
Este comentario no se refiere a la madre biológica o real, sino que alude a la estructura quimérica y arquetípica que el patriarcado instituye como forjadora de nuestra vida psíquica y del sistema de creencias que ella abriga, y que la define en el interior de cada quien.
Al respecto, W. Reich menciona que:
La estructura caracterológica del hombre actual (que está perpetuando una cultura patriarcal y autoritaria de hace cuatro a seis mil años atrás) se caracteriza por un acorazamiento contra la naturaleza dentro de sí mismo y contra la miseria social que lo rodea. Este acorazamiento del carácter es la base de la soledad, del desamparo, del insaciable deseo de autoridad, del miedo a la responsabilidad, la angustia mística, de la miseria sexual, de la rebelión impotente, así como de una resignación artificial y patológica. Los seres humanos han adoptado una actitud hostil a lo que está vivo dentro de sí mismo, de lo cual se han alejado. Esta enajenamiento no tiene un origen biológico, sino social y económico. No se encuentra en la historia humana antes del desarrollo del orden social patriarcal.
A este hecho —la instauración de una instancia interior que garantiza la continuidad del orden imperante— lo denominamos complejo materno —para retomar conceptos Junguianos— incluyendo en esa constelación no sólo lo personal y lo ancestral sino, en particular, la realidad de la trama social condicionante, que el patriarcado ejerce sobre la función materna y que le otorga la tarea de ser garante de la reproducción, no sólo de la vida, sino de la misma ideología patriarcal. Función patriarcal que, al mismo tiempo que le arrancó al matriarcado su poder original, colocó a la madre en el lugar de ser un eslabón decisivo en su sistema de dominación e hizo del complejo materno una herramienta de sostén de su poder. Desfiguró la función materna natural y la convirtió en complejo materno patriarcal.
Ahora bien, en el patriarcado, el precio que la mujer paga por ser madre es dejar de ser mujer, constituirse en una hembra barrada de su sexualidad, oprimida y empujada a disolverse en el todo familiar. Una persona valiosa por su fecundidad, siempre dispuesta al sacrificio y la postergación por el bien común de sus seres queridos. La Iglesia no reza “Pater doloroso” pero si “Mater dolorosa”. ¿Por qué parir con dolor, por qué el útero debe estar crispado, por qué ser madre es estar condenada a sufrir? ¿Por qué conjugar el verbo madre conlleva, en la sociedad, olvidar el deseo?
No es que esto sea realmente así. No es que el útero deba estar crispado, que la maternidad absorba a la mujer, Demeter a Afrodita, el dolor al placer y la agresión al amor. La naturaleza no es así, es la cultura patriarcal la que genera este malestar. Entonces, no alcanza (aunque allí comienza) con la concientización personal para producir un cambio de paradigma, se requiere de la deconstrucción del orden social que nos arranca la dicha.
La madre debe cambiar para que la sociedad sea distinta. La verdadera revolución que el mundo necesita es la transformación del orden maternal actual, y del complejo materno que lo envuelve y hace posible su permanencia en el interior de cada uno de nosotros.
No es que las madres sean culpables; en verdad, son las primeras víctimas de esta dinámica. Pero, ¿por qué el patriarcado se interesa en coaptarlas? La razón radica en que ellas representan los canales de una trasmisión fundante de la persona, las que instalan en cada uno de nosotros el primer sistema de creencias, las que señalan cómo debemos ser, a quiénes tenemos que elegir y qué valores defender. Las madres enseñan el primer modelo de relación, de los cuales el resto de ellas será transferencia.
El patriarcado sabe que es en las relaciones donde se escenifica nuestra vida, la evolución o la sujeción, ya que la traza de pareja que construimos decide el tipo de psiquismo que edificamos; por eso los modelos vinculares que él propone y establece como adecuados están destinados a reforzar su permanencia, aun a costa del padecer y la enfermedad de las personas.
W. Reich expresa:
Las perturbaciones psíquicas son el resultado del caos sexual originado por la naturaleza de nuestra sociedad. Durante miles de años, ese caos ha tenido como función el sometimiento de las personas a las condiciones sociales existentes; en otras palabras, internalizar la mecanización externa de la vida. Sirve el propósito de obtener el anclaje psíquico de una civilización mecanicista y autoritaria, haciendo perder a los individuos la confianza en sí mismos.
Si las relaciones hacen pervivir la infelicidad en lugar de la dicha, si representan la presencia del pasado en lugar de permitir abrirnos a la experiencia de lo nuevo, si nos impone un modelo del amor en vez de empujarnos a descubrirlo en la experiencia, entonces seguimos prisioneros del complejo materno. y no se trata de que sus mandatos sean buenos o malos, correctos o incorrectos, sino de que no son los nuestros. Quedar a merced del complejo materno es permanecer en la dependencia, quedar con una libertad mutilada y viviendo un amor sin alas.
Es claro que damos al complejo materno un valor arquetípico, que lo situamos habitando el universo del inconsciente colectivo, ese mundo que opera a nuestras espaldas, compulsivo e impositivo, del cual tenemos la tarea de despegarnos para restar importancia a su influencia en nuestra vida. Al hacerlo nos individuamos, nos hacemos nosotros mismos y escapamos de la represión que lo funda.
Hay que recordar que el orden arquetípico vigente es el orden patriarcal que impide, por su propia naturaleza de ser, la evolución de los seres humanos y su realización en libertad, amor y unidad. La explotación, las guerras, la represión del placer y el canibalismo social son algunos ejemplos que dan testimonio de esta realidad.
De tal manera que el patriarcado colectiviza (dinámica de la cual la globalización es una cara económico-social), fomenta el dominio de lo arquetípico sobre lo individual, pone el acento en las metas y logros y no en los procesos, y configura, así, un sendero a recorrer cuya línea de inicio es el complejo materno. Esto le permite luego usar la lealtad hacia la madre como recurso inconsciente de dominación.
Sin embargo, el complejo materno no sólo adquiere un alcance arquetípico sino que es, al mismo tiempo, escritura, registro y mandamiento. En él se funden arquetipo y grafía, memoria y trazo, generando una gramática taxativa de la vida: la Ley Patriarcal.
Una antigua interpretación del concepto de arquetipo cobra aquí un valor especial: el arquetipo como punto de partida de una tradición textual. Ésta reproduce literalmente textos, establece el apego a lo original. Lo cual es lo mismo que sustentar, en este enlace, la idea de que el patriarcado es la realidad social genuina y originaria a defender.
Esto nos coloca ante una cuestión que se remonta al origen de la humanidad y la cultura: el enfrentamiento entre las visiones literalistas y gnósticas de la vida, la persona y la evolución.
Las primeras se aferran a mandamientos, moral, dogmatismo, poder y la delegación, en la autoridad, de la responsabilidad de establecer un canon de la existencia que es necesario cumplir. Las segundas empujan la convicción de que cada quien es responsable por sí mismo, de que no hay salvación ni sanación substitutiva y de que el universo está poblado de símbolos a interpretar y no de códigos cerrados a obedecer.
Si bien la imposición del literalismo es bien gráfico en torno a la Iglesia, en todas sus versiones y perversiones, se extiende al conjunto de la existencia humana. Así, el complejo materno posee un valor arquetípico y se lo puede ver como fuente y fundamento de la tradición de nuestra sociedad, como el arquetipo que da lugar a la escritura (y contrato) del orden social en el cual vivimos.
El patriarcado basó su ideología sobre el literalismo: la cesión de la libertad a la autoridad, la censura de la propia experiencia, los decretos en lugar de la práctica y el apego a las normas establecidas como fuente de verdad. En este sentido, el complejo materno, como inscripción arquetípica, adquiere estas intenciones; por ello, evolucionar (individuarse) supone liberarse del yugo de la ley patriarcal y de la determinación del complejo materno.
Ambas estructuras —patriarcado y complejo materno— aseguran que no es por nosotros mismos sino por la gracia de un poder superior (Dios, madre, hombre providencial, etc.) que resulta posible ser libres, que nuestra condición ontológica es estar sujetos a la ley del pecado original: somos, por herencia de nuestros ancestros, pecadores que requerimos ser redimidos.
“Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte” (Rom 8:2). “Así que, queriendo yo hacer el bien hallo esta ley: que el mal está en mí” (Romanos 7:21). “Todo aquel que comete pecado, infringe [quebranta] también la ley; pues el pecado es infracción [quebrantamiento] de la ley.” (1 Juan 3:4). Pero, ¿cuál ley? La ley del Padre. Dicho de otro modo, la rebelión de Edipo a su destino implica no sólo romper los candados del complejo materno y la ley patriarcal sino, además, darse cuenta de que la dominación se escuda, a menudo, tras de la máscara de salvación.
Si caemos en la trampa de imaginar que necesitamos ser salvados, cumplimos el mensaje textual de esperar la llegada de un libertador para nuestra vida, sea éste madre, pareja, terapeuta, líder, maestro, droga, doctrina o dios.
La consagración de esta idea, la necesidad de ser salvados, en diversos textos sagrados, no hace otra cosa más que dramatizar una propuesta arquetípica que incita a acreditar a otro, fuera de nosotros, la realización de la existencia. Sublevarnos a esta invitación es lograr que prevalezca la rebelión de Edipo a su destino.
¿Lo lograremos? La realidad y la historia parecen indicar que no, que en la inercia del destino patriarcal no habrá alteración alguna. Quizás, el sendero para que esto no suceda estribe en que en lugar de luchar contra la fuerza opresora del patriarcado o del complejo materno, hagamos crecer dicha en nuestra vida, que en lugar de oponernos al mal, despleguemos el bien.
La contraseña es, entonces, apostar a transitar de la represión a la expresión, de la dominación a la libertad, de la crueldad a la unidad, del egoísmo al amor, de la ignorancia a la sabiduría, de la maternidad desexualizante a otra capaz de reconocer el erotismo que en ella anida, lo que implica recuperar en la palabra madre la palabra deseo, en la palabra cuerpo la palabra poesía.
La sexualidad femenina es un ovillo gozoso de experiencias; la mujer un ser deseante susceptible de extasiarse ante el descubrimiento en el espejo de la imagen de su propio cuerpo redondeado por el embarazo, pleno de sensualidad en el amamantar y dispuesto al placer, un espacio en donde símbolo y naturaleza se unen sin antagonismos excluyentes.
Hace varios años leí un sugestivo poema en un libro —Meditación en el umbral—, de la pluma de Rosario Castellanos. La poetisa mexicana parece presentir la existencia de otras estrategias de liberación para la mujer, ajenas al suicido, encierro, sumisión, arrobamiento místico, represión o el abandono femenino.4 Es como si ella nos invitara a concebir la posibilidad de encontrar otro modo de ser diferente al actual; un estilo humano, amoroso y libre. En suma, no patriarcal. Pero el umbral que hay que atravesar para alcanzar esa modalidad de existir que nos indica Rosario, consiste en recobrar la Madre hecha cuerpo de deseo; la sociedad hecha cuerpo de amor.
Eduardo H. Grecco
México, verano de 2012
1 Poco después de haber escrito este párrafo, quizás para reafirmar mi fe en la sincronicidad y en la revelación de lo interior en lo exterior, me llegó vía mail el comentario de un amigo, que transcribo: “Releyendo a Lie Tse, un maestro taoísta, he visto hasta qué punto siempre hay que considerar las circunstancias, pues forman parte del diseño de nuestro destino. Ni forzarlas ni evitarlas: sólo hacerlas soplar a nuestro favor” (Mario Satz).
2 La negrita es nuestra.
3 Hay un bello libro al respecto escrito por Patrick Mullahy, con prólogo de Gastón Bachelard: Edipo. Mito y complejo. El Ateneo, Buenos Aires, 1953.
4 No, no es la solución/tirarse bajo un tren como la Ana de Tolstoi / ni apurar el arsénico de Madame Bovary / ni aguardar en los páramos de Ávila la visita del / ángel con venablo / antes de liarse el manto a la cabeza / y comenzar a actuar. // Ni concluir las leyes geométricas, contando / las vigas de la celda de castigo / como lo hizo Sor Juana. No es la solución / escribir, mientras llegan las visitas, / en la sala de estar de la familia Austen / ni encerrarse en el ático / de alguna residencia de la Nueva Inglaterra / y soñar, con la Biblia de los Dickinson, / debajo de una almohada de soltera. // Debe haber otro modo que no se llame Safo / ni Mesalina ni María Egipciaca / ni Magdalena ni Clemencia Isaura. // Otro modo de ser humano y libre. // Otro modo de ser. (Rosario Castellanos)
Capítulo primero
Lealtad y fidelidad
A pesar de los sentimientos ocasionales de rabia que puedan surgir (hacia la madre biológica) parece que existe un sentimiento de lealtad que arranca de la conexión profunda entre la madre biología y su hijo…
Nancy N. Verrier
Desde mis tiempos universitarios he sentido que los verdaderos estudios sobre los afectos humanos no se encuentran en los libros de psicología, pero sí es posible hallarlos en la poesía y la literatura. Así, por ejemplo, La tragedia de Hamlet, príncipe de Dinamarca, o en lenguaje coloquial simplemente Hamlet, quizás la obra teatral más famosa de la cultura occidental y una de las obras literarias que ha originado mayor número de comentarios críticos, indaga, tras la trama argumental en que se sostiene, temas como: locura, tanto real como fingida, el tránsito del dolor profundo a la desmesura de la ira, venganza, incesto y corrupción moral. Pero, en esencia, William Shakespeare presenta en esta historia de desdichas una visión sobre lealtad, fidelidad y traición que conlleva como telón de fondo la cuestión de responder a la pregunta ¿a qué hay que ser fiel y leal? ¿A uno mismo o a algo fuera de nosotros, por más sagrado que parezca?
LEALTAD Y FIDELIDAD
La lealtad es una obligación de fidelidad. Consiste en no dar la espalda, aun ante circunstancias desfavorables, a aquellos con los cuales nos hemos comprometido. Lo contrario es la traición.
Entonces, es posible concebir la lealtad como una conducta que expresa valores que nos llevan a no abandonar o engañar a las personas con quienes nos une un vínculo. Ser leal implica una cuota de franqueza, honradez, sinceridad y rectitud, todo ello amalgamado en la práctica de la fidelidad.
Servir con lealtad, tal como dice Luis Fuenmayor, es servir con la verdad por delante. No somos leales si falseamos, si no decimos la verdad o si apuntamos sólo medias verdades. Tampoco lo somos si nos limitamos a expresar lo que agrada a los demás, lo que éstos desean oír, o si escondemos situaciones y hechos por cualquier motivación que tengamos. Pero, además, ser leal es no desertar, no desatender, no dejar en la estacada a aquellos o aquello a lo cual brindamos adhesión.
Vista así, la lealtad resulta ser una condición humana, en la cual la persona que guarda identidad o afinidad con algo o alguien, decide: 1) perseverar en ello a pesar de que deba renunciar a sí mismo; 2) defenderlo, protegerlo, ampararlo, abrigarlo y respaldarlo, y 3) despojarse de cualquier máscara que le impida expresar, con honestidad, la defensa de sus convicciones y compromisos.
Sin embargo, en un mundo como el actual, en donde la persona honesta es vista como un desadaptado social, la lealtad es concebida no como una ligadura a principios —tal vez encarnados en alguien concreto, pero siempre principios—, un acto generoso y sincero de compromiso, sino como una adhesión incondicional a un dogma, poder o persona, sin importar mucho si dogmas, poder o persona, son perversos o corruptos. La lealtad se ha convertido en un fin en sí mismo, cuando debería ser un camino, un tránsito y no un punto de llegada. Así, la lealtad se ha transfigurado en un argumento para justificar la sumisión y la dependencia, la entrega incondicional, la renuncia a uno mismo o la adherencia a credos idealizados.
En este punto, el desgarramiento interior es inevitable. La realidad nos divide y nos enfrenta en una lucha entre lo real y lo imaginario, entre el adentro y el afuera. Fernando Pessoa expresa de esta manera el conflicto: “Hoy estoy dividido entre la lealtad que le debo a la tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera, y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real por dentro”.
La fidelidad, en cierto sentido la argamasa que da sostén a la lealtad, es, más allá de su etimología de servir a Dios, la capacidad de cumplir con lo prometido. Ser fiel conlleva la idea de que aquel que da su palabra cumple con su voto a pesar de los cambios de circunstancias, sentimientos y convicciones que pudieran suceder a lo largo del tiempo. De manera que faltar a la fidelidad es ser desleal, infiel, perjuro e ingrato.
Si comparamos ambos conceptos percibimos que tanto la lealtad como la fidelidad, como emociones, están relacionadas con un adeudo que la persona toma; pero en el caso de la segunda se trata más de un empeño interpersonal, mientras que en la primera, la orientación es hacia la defensa de una causa. El pacto de la fidelidad es un otro, el de la lealtad un móvil de la vida.
En suma, si cotejamos entre una y otra emoción, se percibe que la fidelidad se vincula con una persona, mientras que la lealtad asume la forma de un ideal; que la fidelidad es una cuestión del corazón, en tanto que la lealtad obliga a la razón; que la fidelidad se relaciona con el amor y la lealtad con un orden considerado legítimo; que la fidelidad se sustenta en la promesa y la lealtad con los acuerdos; que la fidelidad se recuesta sobre la dependencia y la lealtad sobre el asentimiento.
Fidelidad y lealtad, por presencia o ausencia, son valores en nuestras relaciones, se dan por descontados y no preguntamos cuál es su razón de ser en ellas. Pero si indagamos un poco sobre su génesis, se advertirá el rol que ambas juegan, como mandamientos más que como sentimientos, como decretos que atan a las personas a un orden que poco tiene que ver con solidaridad, amor y libertad.
EL ORIGEN DE LA LEALTAD Y LA FIDELIDAD
Algunos pensadores como David Hume, Josiah Royce y Rebecca West, entre otros, colocan el origen de la lealtad en un instinto inconsciente de la humanidad, que manifiesta todo lo que hay de bello y noble en el mundo, que resulta ser el basamento de las virtudes personales y, aun más, el sostén del desarrollo económico y social de los pueblos. Poco menos que aseverar que, si no somos fieles y leales, contribuimos al malestar, retraso e indignidad de la sociedad, y que además esas conductas expresan una cierta perversión, en tanto van en dirección contraria a la naturaleza.5
Sin embargo, la lealtad y la fidelidad pueden imaginarse como fruto de un entrenamiento cultural e ideológico, a la par de la culpa, el pudor y la vergüenza, cuyo fin es contar con recursos de control social interiorizados en el mundo interno de cada quien. Este entramado emocional hace posible la adhesión neurótica de las personas a un sistema moral que coacciona, impone, castiga y lleva al displacer, y al que, aun así, se lo respeta y se le guarda devoción.
De esta manera, hay un punto en el cual la lealtad y la fidelidad parecen enlazarse con la fe, y la fe, “la certeza de lo que se espera y la evidencia de lo que no se ve” (Carta a los hebreos, 11:1), reemplaza muchas veces el vacío que la conciencia de los seres humanos no puede tolerar y que prefiere llenar de esclavitud del espíritu antes que enfrentarse con el desafío de la libertad. La moral, entonces, avalada desde una vivencia interior que configuran aunadas lealtad, fidelidad, culpa, vergüenza, pudor, respeto, se coagula en ser un acto de sumisión y no el acuerdo con valores éticos o un ejercicio de respaldo y consideración por el otro.
Si ahora observamos las consecuencias que produce violar el contrato moral con la fidelidad o la lealtad, se hace evidente la diversidad de secuelas entre uno y otro caso. Mientras la fidelidad coloca su fe en alguien o algo que la trascienda, la lealtad se mantiene dentro de las fronteras de la inmanencia del Ser leal a sí mismo y a las propias convicciones. Esto explica que los fallos de fidelidad sean susceptibles de perdón y los de lealtad resulten indelebles. La lealtad lleva en su alma, en caso de ser traicionada, una reprobación que reedita el drama de la caída edénica. Traicionar implica quedar excluido del círculo del cual se desertó.
El sistema social imperante pretende que las personas sigan amparadas en la creencia de que la lealtad a algo fuera de uno mismo es una virtud que se encuentra en la base del edificio cultural como algo natural, válido y ejemplar, cuando en realidad es un sofisticado mecanismo patriarcal creado con la intención de control y dominación. y no sólo no es natural, sino que resulta antinatural. Una manufactura gestada con fines de apagar rebeldía sin recurrir a sudores represivos.
Sin embargo, y aunque hoy este hecho se halle oscurecido, la única lealtad o fidelidad verdadera es la que se guarda con uno mismo. En esta dirección es que, en el Hamlet, Shakespeare pone en la voz de Polonio, como consejo a Laertes, previo a la partida de éste a Francia, una frase memorable: “Sé fiel a ti mismo, y a eso seguirá, como la noche al día, que no podrás ser entonces falso para nadie”. De lo cual se desprende que la falta de fidelidad a uno mismo nos conduce al adulterio emocional.
El privilegio de una vida es ser quien uno es. (Joseph Campbell)
Creo que huir de mí mismo es la infidelidad que más lamento. (Nemer Ibn El Barud)
5 Derivada de un primitivo instinto de fidelidad a la tribu, la lealtad ensancha su campo de experiencia hasta la consagración de una persona a causas universales que la trascienden. Entonces se hace fundamento de toda moral y toda acción humana. (Josiah Royce) La lealtad nace del instinto de pervivir que tiene el grupo ante las amenazas del entorno. (Rebecca West)
Capítulo segundo
Complejo materno y personalidad
Lo “maternal”: por antonomasia, la mágica autoridad de lo femenino; la sabiduría y la altura espiritual más allá del intelecto; lo bondadoso, protector, sustentador, lo que da crecimiento, fertilidad y alimento; el lugar de la transformación mágica, del renacer; el instinto o impulso que ayuda; lo secreto, escondido, lo tenebroso, el abismo, el mundo de los muertos, lo que devora, seduce y envenena, lo angustioso e inevitable.
C. G. Jung
Al ir ahora a la historia personal, al misterio de cada cual, se hace evidente que la primera fidelidad que instauramos en nuestra vida es con nuestra madre. Una fidelidad que no sólo es un compromiso afectivo y vincular, sino que se inscribe, en cada uno, como una razón de ser.
Esta fidelidad, por ende, adquiere en nuestra vida un valor fundante y articulador. Una virtud que se presenta como incuestionable, que trasciende lo personal e individual. Por este rasgo transpersonal y colectivo es que la fidelidad a la madre se recuerda en mitos y leyendas de modo recurrente. He aquí un ejemplo.
CIBELES Y ATIS
Cibeles, gran diosa anatolia, creadora de la naturaleza, tuvo un hijo: Atis. Desde el primer momento, Cibeles quedó prendada de la belleza y gracia de su hijo, y vivía para procurarle total felicidad. A medida que él iba creciendo, pasando de la niñez a la juventud, su amor se hacía más profundo, y cuando Atis llegó a la virilidad, su madre lo convirtió en su amante y lo inició como sacerdote de sus misterios.
Este acto implicaba para Atis realizar un voto de fidelidad absoluta. El resultado de tal decisión fue que madre e hijo, ahora amantes, se recluyeron a vivir en un cosmos sellado, unidos por un vínculo que imaginaban inquebrantable.
Sin embargo, Atis no podía estar alejado del mundo exterior, y uno de sus mayores placeres era deambular por las colinas y los bosques. En una ocasión, mientras dormía bajo las ramas de un pino, se le acercó una hermosa ninfa: Sagaritis. Al momento de despertar y verla Atis se enamoró de ella, y sin dilación le hizo el amor.
Pero nada quedaba oculto a los ojos y oídos de su madre Cibeles. Al enterarse de la infidelidad de su hijo-amante se sintió dominada por terribles celos, y apaleó a Atis de modo frenético. Éste, en un arrebato de locura, se castró para testimoniar que nunca volvería a quebrantar su voto de fidelidad.
Cuando Atis se recuperó de su rapto estaba mortalmente herido y fue desangrándose hasta morir en los brazos de Cibeles, bajo el pino donde había hecho el amor con Sagaritis. Sin embargo, como Atis era un dios, su muerte no fue definitiva. Cada primavera, el joven renacía para su madre y durante la rica y fructífera estación del verano permanecía con ella. Al llegar el invierno, cuando el sol alcanza su menor fuerza, volvía a morir y Cibeles lloraba su muerte hasta la primavera siguiente.6
Existen muchas vertientes para interpretar este mito. Es posible partir de la idea de que, así como Carl G. Jung señala que la fantasía de incesto se puede comprender como un intento del niño de regresar al seno materno, y de un modo más genérico y simbólico representa la expresión primitiva y recurrente de la nostalgia del ser humano de volver a un estado de seguridad y unión en las circunstancias primigenias, en la dicha plena, en la que todavía era uno consigo mismo y con la causa materna, del mismo modo es dable imaginar que, desde el lado materno, la reintegración del producto cumple una función simétrica semejante. De este modo, madre e hijo estarían atraídos por una fuerza arquetípica que, para llegar a ser autónomos e independientes, tienen que vencer.
Pero la tragedia que el mito de Cibeles y Atis describe reside en la posesión que Cibeles pretende mantener sobre su hijo. Desea que Atis esté ligado a ella, dependiendo en todo de ella, y que sea incapaz de tener vida propia aparte de la de ella. y si bien este sentido de pertenencia absoluta encuentra razón en la psicología, que lo explica como el resultado de una profunda inseguridad que provoca que la persona se sienta amenazada ante cualquier separatividad en sus vínculos, lo cierto es que esta afirmación resulta insuficiente si no incluye la presencia de un poderoso moldeo arquetípico, en esa dirección, que preexiste a cualquier situación particular. Esto significa que madre e hijo/a están destinados a desear reintegrase uno en el otro, deseo que el patriarcado requiere que permanezca y se fomente de un modo sublimado.
La venganza de Cibeles ante la infidelidad de Atis —que es, en esencia, un intento por parte de Atis de construir una identidad independiente— es llevarlo hasta la castración. De este modo, el mito nos ilustra el castigo que conlleva querer ser uno mismo en ajenidad al complejo materno.
Atrapados en semejante red, los seres humanos no alcanzamos a vivir nuestra vida con plenitud. Nos desprendernos del poder de conformar nuestro propio destino debido al miedo de estar solos, ser fieles a nosotros mismos y desafiar los mandatos del complejo materno.
Es cierto que ni Cibeles ni Atis pueden soportar el reto humano fundamental de una existencia independiente, que se condenan a un estado de fusión que genera la repetición cíclica de traición, caos y autodestrucción, que son incapaces de permanecer como seres humanos separados. Pero, tras ese escenario, hay un argumento que ellos dramatizan y que está escrito por el patriarcado. Sin embargo, no hay que olvidar que si bien madre e hijo están prisioneros en la misma celda, es el niño —a causa de su vulnerabilidad— el castrado, el privado de la real posibilidad de crecer en su total integridad y diferenciarse de la madre.
De manera que, por lealtad, no se le puede dar la espalda a la madre, pues sería traicionarla, y no cumplir con sus demandas y mandatos inconscientes comporta romper un pacto que nos deja —en nuestro imaginario— fuera del círculo de amor materno y nos condena al fracaso. “Si se pone por encima del origen de su vida, entonces, ¿cómo puede tener éxito en su vida, si no reconoce el origen?” (Bert Hellinger)
LA EMANCIPACIÓN DEL NIÑO
Sin embargo, la transición del niño de la madre al mundo no materno se halla existencialmente basada en el cese de tal lealtad incondicional: dejar de identificar la existencia propia con la existencia de la madre, quedar fuera del mundo matricial.
Tal situación representa una ruptura del equilibrio emocional en la relación madre-hijo, lo que da lugar a la construcción, en el niño, de una nueva experiencia: la deslealtad a la madre y a los modelos morales que ella le propone, como resultado de la afirmación de la propia identidad.
Esta fractura es, para el orden patriarcal, una falta imborrable e imperdonable, muy superior en trascendencia a la infidelidad personal de un ciudadano con su país o de un padre o un amante perjuro. No se trata, para dar un ejemplo tomado del campo del derecho, de una infracción a un código secundario, sino a la misma constitución de la nación.
La independencia del niño de su madre no es una cuestión que deba entenderse y valorarse desde la moral filial, ni tampoco sólo desde una perspectiva psicológica. Del mismo modo, no es un momento sino un proceso, en el cual participan fuerzas bio-psico-espirituales, pero también sociales y culturales, enfrentadas entre sí. El niño rompe (si es que la logra quebrar) con la imago materna, pero en esa rotura sigue arrastrando, durante un largo tiempo, el peso de la subsistencia de la moralidad patriarcal, como un cuerpo corrompido, hasta el momento en que la lealtad de la persona a sí misma por fin lo entierre y le diga adiós.
La madre es la que construye en nosotros —de modo inconsciente— nuestro primer sistema de creencias, y establece cómo debemos ser y los modelos de elección de amor. De manera que, tanto en nuestra identidad como en nuestras elecciones vinculares, optamos a través del filtro de las pautas maternas.
Nuestras madres nos enseñan de una manera inconsciente y nosotros aprendemos, en esta relación, valores y actitudes. Como consecuencia, al crecer formando parte de este entramado, lo damos por válido, evidente y apropiado, de modo que nuestras conductas, sentires y pensares resultan acordes con este sistema. Así, y casi de una manera espontánea, seguimos los carriles emocionales de nuestra madre; por ese camino incorporamos las formas en las cuales operan los ordenadores afectivos de nuestra cultura y nos adaptamos a ellas. En suma, la cultura en la que nos incluimos es la cultura a la que pertenece y transmite la madre. En esto consiste el COMPLEJO MATERNO.
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