Kitabı oxu: «Santa Resiliencia»

Şrift:

Santa Resiliencia

Santa Resiliencia

Contemplando cómo Dios nos fortalece hoy

P. Eduardo Meana Laporte

Índice de contenido

Portadilla

Legales

Primera Parte: Atendiendo a la resiliencia como signo epocal

El tiempo, el rostro, el don, de los resilientes

Meditemos acerca de la resiliencia

Por qué no intentarlo, ¿sientes el llamado?

Segunda Parte: Reflexionando sobre la resiliencia

Aproximémonos a describir qué es resiliencia

Distingamos qué no es la resiliencia

El proceso que conduce a la resiliencia

Algunos elementos claves en los procesos resilientes

El Espíritu de Dios en los procesos de resiliencia. Una sencilla reflexión de fe

Asomándonos a los resilientes

Tercera Parte: Contemplando el actuar del Espíritu en los resilientes

Breve guía para esta Tercera Parte. 10 claves

1. Resistir

2. Abismarse

3. Sincerar

4. Liberarse

5. Desvictimizarse

6. Diagnosticarse

7. Pernoctar

8. Sentir

9. Contactar

10. Reafirmarse

11. Pilotear

12. Autentificarse

13. Sostenerse

14. Reintentar

15. Valorarse

16. Revivir

17. Poder

18. Protagonizar

19. Decidir

20. Re-versionarse

21. Aceptarse

23. Transitar

24. Revincularse

25. Reinterpretarse

26. Perseverar

27. Compadecerse

28. Misericordiar

29. Curar

30. Cicatrizar

31. Vencer

32. Reidentificarse

33. Pascuar

Cuarta Parte: Concluyendo. La resiliencia en una Espiritualidad de la Identidad


Meana Laporte, EduardoSanta Resiliencia : contemplando cómo Dios nos fortalece hoy / Eduardo Meana Laporte. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Claretiana, 2020.Libro digital, EPUB - (Quién soy. Quién eres) Archivo Digital: descarga y online ISBN 978-987-762-057-31. Espiritualidad Cristiana. 2. Resiliencia. 3. Educación en Valores. I. Título.CDD 248.4

EDITORIAL CLARETIANA ES MIEMBRO DE CLARET PUBLISHING GROUP BANGALORE • BARCELONA • BUENOS AIRES • CHENNAI • COLOMBO • DAR ES SALAAM • LAGOS • MADRID • MACAO • MANILA • OWERRI • SÃO PAULO • WARSAW • YAOUNDÈ

Diseño de tapa: Equipo Editorial

1º edición, diciembre 2018

Todos los derechos reservados

Queda hecho el depósito que ordena la ley 11.723

ISBN 978-987-762-057-3

©Editorial Claretiana, 2018

EDITORIAL CLARETIANA

Lima 1360 - 1138 - Buenos Aires

República Argentina

Tel: 4305-9510/9597 - Fax: 4305-6552

E-mail: contacto@claretiana.org

www.claretiana.org

Digitalización: Proyecto451

PRIMERA PARTE:

Atendiendo a la resiliencia como signo epocal

EL TIEMPO, EL ROSTRO, EL DON, DE LOS RESILIENTES

Jesús miró a la multitud y se compadeció de ellos, pues eran como ovejas que no tenían pastor… (Mc 6, 34).

Mirar a la muchedumbre, mirar al mundo con compasión, desde una unción de Espíritu de ternura, Espíritu de Samaritano bueno, será una constante en el Cristo de Dios; en sus encuentros, en sus enseñanzas a los discípulos, y al enviarlos.

A lo largo de los siglos, mirar como quien contempla —es decir: captando el misterio de vida y amor que se derrama en el mundo por Cristo— mueve a hombres y mujeres a comprender mejor sus vidas, sus épocas, y así a emprender lo nuevo. Pues lo nuevo consiste en secundar lo que ese mismo Espíritu va tejiendo en la trama de la humanidad y las culturas.

Quisiera por eso, en este librito, simplemente, sumarte, hermano mío, hermana mía, esta invitación: miremos juntos, con la compasión de Jesucristo, un rasgo característico de nuestra gente, quizás de nuestras propias historias; un destello del espíritu humano de nuestro tiempo. Destello que es a la vez riqueza de la posibilidad natural del ser humano —de su psicología e historicidad—, y a la vez, me animo a afirmar, un don de la gracia. Atrevidamente diré que es, casi, uno de los “nuevos dones”, o, mejor dicho, “nuevos nombres” de los múltiples dones de la gracia del Espíritu de Cristo, gracia que es puro don amoroso de Dios.

Pues creo profundamente que esa gracia de Dios puede asumir “desde dentro” las cualidades, virtudes y procesos humanos que dan vida; y los hace suyos, volviéndolos “teologales”.

Así, la alegría humana, poseída por el Espíritu, o como fruto de Él, pudo ser llamada “santa alegría”. Y también así otras riquezas o fuerzas interiores humanas —esto significan justamente las “virtudes”— como la paciencia, y entendemos bien lo que decimos cuando hablamos de una “santa paciencia”.

En estas páginas, dialogaremos con un sentir, un nombrar, un sufrir, y un vivir, de nuestro tiempo. Ese destello, luminoso pues arde con la sustancia entregada y hecha holocausto del sí-mismo, es la resiliencia.

Ese es el nombre, la palabra punzante que circula, que se mueve, que describe, que define, y que hoy nos convoca a meditar juntos en estas páginas.

La considero un “signo de los tiempos”. Y considero a estos tiempos, en cierto modo, “los tiempos de los resilientes”; casi una Age of Resilience, una época o era de la resiliencia.

Si en el pensamiento alemán llaman Zeitgeist al espíritu de los tiempos, o sea el espíritu propio de cada época, hablando de nuestro Zeitgeist creo que sería imposible omitir tal rasgo en una descripción de esta humanidad. Si en todos los tiempos vivir implicó luchar, en algunas épocas el peso, la conciencia sufrida, y la experiencia desgarrada y a veces casi insoportable de esa verdad, convierten en un reclamo masivo el aprender a fortalecer el alma.

Desde la fe, esta sencilla fe que intenta atender e ir adonde Dios indica, veo que en este Pentecostés epocal —pues en cada época el Espíritu sigue, con su viento, “desenvolviendo” las riquezas virtuales de las verdades permanentes del Evangelio, como lo reflexionaba el cardenal Newman—, la resiliencia es uno de los “lugares espirituales” adonde se ve la acción de la vida de gracia.

Sí, la resiliencia de las personas es un lugar a contemplar y reverenciar, pues es adonde el don de Dios, ese Dios que se manifiesta en la pascua de Jesucristo, el Dios de la Muerte-Vida, muestra su paso. Es adonde muchas personas son “pascuadas”.

Y lo que, a nivel profundísimo y trascendente, sucede en su espiritualidad, alimenta y acompaña lo que su humanidad íntegra transita —ese proceso complejo y extraordinario cuyo resultado llamamos resiliencia—.

Por eso, provocativamente, nos animamos a hablar de una “santa resiliencia”. No ciertamente como quien incorpora al santoral cristiano a una nueva santita; pero sí como quien busca ver, contemplativa, misericordiosa, pastoralmente, la hondura teologal de un proceso humano vivificador.

Contemplar al mundo captando el misterio de amor y vida pascual presente en los procesos humanísimos de la resiliencia, nos ayuda a integrar la fe y los saberes del acompañamiento humano, nos integra con realismo y humildad en nuestra humanidad de creyentes, nos abre a la adoración de la persona de Cristo en un rango de comprensión humana más abismal, nos vuelve una Iglesia más compasiva, esperanzada y paciente, y nos hermana y hace abrazar el alma dolorida pero viva de nuestra época.

MEDITEMOS ACERCA DE LA RESILIENCIA

Este librito no es “un tratado teórico” —soy incapaz de producir una obra tal—, sino un anuncio reflexionado tras una praxis contemplada. Anuncio que aliente y contagie una mirada y un amor.

Por eso, te propongo este recorrido:

• En esta primera parte, Atendiendo a la resiliencia como signo epocal, nos estamos aproximando a la resiliencia como quien atiende a un signo, capta un primer sentido y valor; y para discernirlo y acompañarlo, se plantea un camino.

• En una reflexiva segunda parte, Reflexionando sobre la resiliencia, intentaremos comprenderla en sus rasgos fundamentales.

El contenido fue rumiado sumando a mi experiencia personal el aporte de profesionales especialistas amigos, a la vez reflexivos desde la fe, que acompañan personas en ámbitos muy diversos (barrios vulnerables, adicciones, educación formal e informal, problemática de adolescencia, pareja, prevenciones varias, acompañamiento espiritual y guía pastoral…). Si bien este librito no es una instrucción en psicología y afines, cuenta con esos saberes desde una perspectiva espiritual y formativo-pastoral.

• En una más descriptiva tercera parte, Contemplando el actuar del Espíritu en los resilientes, contemplaremos lo que en ellos se va dando.

Lo haremos desde una mirada que integre y trascienda: una espiritualidad de la identidad.

No se trata de ventilar detalles de “casos”: el contemplar mira el corazón en su fuente teologal.

Y, como la resiliencia es el resultado de un proceso que podríamos llamar “resilienciar”, lo describiremos con 33 verbos, meditados en brevísimas contemplaciones. 33 verbos indicadores de que una persona está saliendo adelante. Cada breve meditación se acompaña con la letra de una canción, nacida justamente de mi estar andando fe y acompañamiento. La cifra, simbólica, alude al tiempo de maduración y entrega en la tierra de Jesucristo resiliente.

• Es por eso que, finalmente, en la cuarta parte, Concluyendo: la resiliencia en una espiritualidad de la identidad se proponen conclusiones para comprender la resiliencia con una espiritualidad para nuestro tiempo. Que cuente con lo positivo del “ensanchamiento del espacio subjetivo”, propio de la conciencia personal de los hombres y mujeres de nuestra época. Y por eso, enfatice lo valioso, sagrado y único de cada persona, de cada yosoy desde el YoSoy de Dios (siempre en un Yosotros comunional). (1)

Una espiritualidad que aquí estamos llamando “espiritualidad de la identidad”.

POR QUÉ NO INTENTARLO, ¿SIENTES EL LLAMADO?

Así, busco proponernos, a la vez, varias prácticas: que estemos atentos a las palabras que nuestra cultura dice (resilientes, héroes deportivos, frases de motivación para guerreros…). Que practiquemos juntos un estilo de interioridad propia de quienes somos en simultáneo discípulos—apóstoles (la contemplación en la acción). Que nos reconozcamos en estos textos (poniéndonos como sujetos, no como quien habla desde fuera sino siempre testimonialmente, involucrándonos, también como personas en proceso). Que nos entrenemos para ayudar en un arte (el acompañamiento). Que nos veamos estimulados a rehacer opciones pastorales (para personalizar más, desde una espiritualidad de la identidad de base teologal).

Pero además de estos desafíos, como preocupación personal, apunto a algo más: que nos pongamos como barrera ante un terrible mal, que es el del suicidio. La máxima pobreza de los jóvenes y de todos: no poder sostener la propia vida.

Una espiritualidad de la identidad es urgente: que vertebre la Palabra de la Vida ante el grito epocal de “ayúdenme a ser el que soy”. Y para eso fortalezca a las personas… y por eso, aprender la resiliencia, acompañar la resiliencia, es fundamental y masivo.

Contemplando la acción del Espíritu para ver sus caminos en los resilientes, y así estimulándonos a acompañar estos procesos, diremos “no” a esas muertes desesperanzadas.

Sin resiliencia, hay muerte rondando.

Cada suicidio es como el aborto de una resiliencia que nunca pudo nacer.

Por eso, este librito, en su humildad, es también un grito urgente. Para que el abismo no mate más débiles. Asistamos para generar resiliencia. Si de este librito, de su difusión y reflexión, al menos previniéramos o impidiéramos o consoláramos un suicidio o su mero intento, sobre todo de adolescentes y jóvenes… ¿Cuánto vale la vida de una persona? ¡Comprometámonos!

Así, si esta tarea estuvo bien encaminada, quizás quedará propuesta una visión de conjunto; y tendremos más elementos para sumar a una conversación necesaria: cuál es el significado de la relevancia de la resiliencia en nuestro mundo, para nosotros hoy, para la Iglesia, para nuestra educación y pastoral, acompañamiento y espiritualidad.


Sé que estás, querido Espíritu, oh Dios en salida, ternura del alma materna del fondo sin fondo del Amor—Océano, manifestándote en nuestros tiempos, alentando la resiliencia escondida y heroica de tantos hermanitos y hermanitas… Estás soplando, en este Pentecostés epocal, tu santa resiliencia.

1- Para comprender mejor este concepto, ver pág. 135, tercer punto.

SEGUNDA PARTE:

Reflexionando sobre la resiliencia

APROXIMÉMONOS A DESCRIBIR QUÉ ES RESILIENCIA

La resiliencia es la fortaleza del superviviente. Es el resultado de no haber evitado el dolor advenido, sino de traspasarlo, para poder trasmutarlo. Se relaciona con estas virtudes clásicas: la paciencia como aguante, la perseverancia como constancia, y la fortaleza como fruto; todas virtudes que se encuentran en el ámbito de la esperanza —como dinamismo identificador de lo mejor de sí mismo y por eso, vitalizador ante la adversidad amenazante—.

Pues en todo proceso resiliente hay una apertura a soñar con un escenario de superación.

Para muchas escuelas psicológicas, la resiliencia es sinónimo de crecimiento postraumático. En procesos de enfermedad, personas que han sufrido traumas muy difíciles de soportar, que provocarían secuelas psíquicas desgarradoras, después han quedado fortalecidos y bien parados ante en la vida.

Pero, como otras corrientes apuntan, la resiliencia también tiene lugar en procesos de salud, no solo en situaciones patológicas.

Cada proceso de resiliencia es único, porque cada dolor así lo es vivido: como experiencia imborrable, singular, personalísima.

Y, si bien se necesita a otros para poder transitar y confirmar en la propia persona la resiliencia, hay un don que se abre ante la adversidad: el estar llamado a responder desde una profunda autonomía. Y así, se recrea la propia libertad, que ha de ser ejercida desde lo más personal de uno mismo, con una responsabilidad intransferible.

Respecto a su historia, el vocablo “resiliencia” y su concepto, provienen de la física, de la metalurgia y la “resistencia de materiales”: es una propiedad de metales —como el oro y la plata— que tras estar expuestos a una situación de crisis —presiones muy altas sufridas, etc.— mantienen su esencia; pero además salen fortalecidos, más sólidos, más duros, más estables… mejoran su calidad.

De allí, se usó “resiliencia” para hablar de la resistencia de otros materiales; pasó por ejemplo a la ecología, describiendo el caso de ecosistemas dañados que se regeneraban. Y también —siempre refiriéndose a un fortalecimiento tras un grave stress—, a tejidos dañados, vínculos, sociedades, personas...

En la reflexión sobre la resiliencia en procesos de salud, junto con otras escuelas psicológicas, ubicamos la reflexión, praxis, y poderosa experiencia vital de Viktor Frankl (2), fructificada en la corriente logoterapéutica.

Su inolvidable e in-obviable obra El hombre en busca de sentido (actualmente superventas en China y otros mercados extremo-asiáticos, adonde se lo está descubriendo), en sus primeras ediciones, poco exitosas, llevaba como título “Un psicólogo en el campo de concentración”.

Vale la pena siempre contar, entre otras, con la particular y específica referencia de los aportes de esa escuela de reflexión y acompañamiento.

Desde la logoterapia hay una relación entre la resiliencia y los llamados “valores de actitud” que son, básicamente, valores de superación. El valor de actitud es, básicamente, el valor de superación. Resiliencia, desde este punto de vista, es la capacidad de poner en práctica y en juego nuestro “valor de actitud”, nuestra superación.

La logoterapia, además, plantea la apertura trascendente del espíritu del hombre con su reflexión acerca de un “inconsciente espiritual”, dándole forma específica a lo que en muchos pensamientos humanistas se afirma: que la dimensión espiritual de la persona —que es integralmente “una”, con su corporeidad y psiquis— se abre, nutre y regenera en conexión con el Espíritu divino.

DISTINGAMOS QUÉ NO ES LA RESILIENCIA

La resiliencia se manifiesta en una firmeza que no es tanto dureza interior, sino consistencia, nueva templanza. No es la resiliencia una dureza exterior de protección ante todo riesgo, aislamiento o rigidez. Más bien, esos son signos defensivos, miedo encubierto a sufrir de nuevo, dificultad de interrelacionarse adecuadamente con los entornos, cultivo de una imagen disuasiva para mantener distancias, o falta aún de reconciliación con la alegría y la esperanza.

No hay vitalidad espiritual visible en la dureza del que pasó pruebas y ahora está insensible, descreído, aislado.

A la resiliencia se llega, además, con un proceso mucho más complejo, rico, y menos automático y engañoso que lo que parece decir la frase circulante: “Lo que no te mata, te fortalece”.

Primeramente, digamos que la resiliencia no es A+B=C. Como si de “espíritu humano” + “dolor”, surgiera “resiliencia” necesariamente, siempre, fácilmente.

¡Porque se trata del espíritu humano! Que, si se yergue, ejerce su fuerza oposicionista. Sí, ante golpes emocionales, físicos, puede aparecer esa fuerza interior espiritual que resiste, se opone, intenta “reciclar” la situación. Pero esto no es “siempre así”: hay que alentarla, cultivarla, sostenerla.

Además, de hecho, hay muchas cosas que no matan, pero dejan secuelas terribles, inhabilitan, degradan, y no fortalecen. Ese remanido dicho antes citado no se cumple, pues es simplista o falso. Y a esas cosas que no fortalecieron y casi mataron, pues dejaron la vida casi muerta, más hubiera valido no haberlas vivido, sufrido, ni mucho menos dejado que sucedieran.

Pues, además, si algo fortalece, no son precisamente “esas cosas”, sino el espíritu humano que las trabajó. Lo que fortaleció a Frankl o a Mandela no fueron las torturas sufridas, sino sus convicciones, el tiempo sostenido en su esperanza, y su ideal personal ensanchado en un horizonte altruista. ¡A ver si todavía canonizamos lo terrible, como si fuera saludable!

La resiliencia no convierte “lo negativo en positivo” sino, si se da, en algo “que me fortalece”.

No necesariamente estos procesos generan algo mensurable como positivo; esto sería caer en algo superficial, o automático, no acorde con la complejidad de la vida… La resiliencia no nos lleva a un lugar de bienestar, sino de crecimiento. Debemos ser honestos con nosotros mismos y con los que acompañamos. Pero, en esa honestidad, descubriremos horizontes nuevos de verdad y plenificación.

La resiliencia, además, conduciéndome a “lo que me fortalece” implica también llevarme a tocar, aceptar, abrazar, algunos lugares de angustia.

Por eso, es importante animar a las personas que transitan estos caminos a descubrir que tienen dentro de sí estos recursos o herramientas, esta dimensión espiritual, la capacidad de reconocer lo que les pasa, de elegir, de nombrar… y así descubrir que depende de ellos cómo quieren decidir, afrontar, lo que les toca vivir. Aunque ello implique estar sumidos en la angustia; pues, en última instancia, van a poder encontrar un sentido a lo que están viviendo, el sentido de la responsabilidad. La propia responsabilidad está y se mueve dentro del realismo de la situación y de quién—soy.

Resiliencia, por eso, es dar cuenta de la adversidad, atravesarla desde la angustia, desde el sufrimiento, pero la decisión de cómo queremos afrontar eso es nuestra, y esa libre responsabilidad que nos hace dignos es lo que nos puede volver más fuertes.

No necesariamente saldremos más fuertes: Sino que tenemos la dramática posibilidad de emerger más fuertes. Es muy distinto…

No es el: “Ten paciencia… Va a estar todo bien”; ese optimismo mágico hacia el futuro sin sustento, lugar ingenuo e irreal… no es resiliencia.

El mensaje vacío que insiste en que “lo mejor está por venir”, cifra en un destino que “viene” solo, como en una escalera mecánica que transporta sin esfuerzo propio, como si el futuro estuviese predeterminado y contuviera un billete de lotería de mejorías. Como si estuviera escrito. Como si ya no hubiese voluntad humana, compleja, volátil, capaz de paraísos e infiernos posibles.

No es verdad, nunca lo fue, ni lo será, que lo mejor está por venir. Miremos las generaciones pasadas antes de haber elegido y aplaudido festiva y libremente gobiernos desastrosos, o sus golpistas. Miremos a personas antes de cometer errores graves, desde no estudiar y fracasar, hasta ser infieles a su cónyuge… ¿Lo mejor estaba por venirles? No. En cada instante, nada está “por venir”. Dios ofrece su futuro, su gracia, pero es un ofrecimiento a la libertad humana, que su Amor toma y confirma, pero no reemplaza ni mucho menos avasalla. Nos puede estar por venir lo mediocre. Puedes, podemos, estar por elegir lo que nos va a hundir. Nos puede estar por venir la nada, pues nunca nos decidimos en lo que deberíamos, o peor, vivimos “tomando indecisiones”. Y puede estar por venir, quizás estemos por hacer venir, lo malo, lo peor: depende de ti, de mí, de todos nosotros.

Para el que sufre, prescribirle estar frases, administrarle como grandes consejos estas pastillitas falsas de optimismo, como placebo para que sigan enfermos los ingenuos, es una falta de respeto, una superficialidad y una estafa.

Y como personas que deseamos servir, referentes de ayuda, o educadores populares, debemos darnos cuenta de que estamos descomprometiendo a las personas y grupos, con esos mensajes.

Del túnel de nuestros problemas y dolores, de nuestros desafíos y miserias, lo mejor solo será resultado de nuestras mejores acciones, las más abnegadas e inteligentes, las más generosas y comprometidas, con el don amoroso de Dios haciendo nuevo todo por la fuerza de su Espíritu en lo íntimo del yosoy y del yosotros humano. Y todo puede arruinarse si actuamos y mediamos el mal.

Y no habrá resiliencia, recuperación, fortalecimiento, si no ejercemos esa libertad lúcida y luchadora.

No hay Espíritu en el optimismo light, solo intrahumano, la alegría coreográfica a la moda o la simpatía new age, que confía simplemente en la “buena onda” para sostener y transmutar las luchas terribles de lo humano. No hay espíritu en creer que la clave es procurarse armonía y buscar la felicidad, en vez de creer que la felicidad es eventual fruto, en esta vida o más allá, del amor entregado… y que la vida se mide por esas opciones de amor, no por algún “felicidómetro”.

Lo humano requiere opciones serias, responsables, dramáticas; pues está atravesado por la posibilidad de un mal abismal, que mata, que deshumaniza, y que es más que “desarmonías con el Universo” (Auschwitz, cada genocidio y hambruna mata millones, o los Gulags, son, en la historia humana, más que un problemita de malas energías o malas ondas).

Tampoco es resiliencia el voluntarismo del “Tienes que ser fuerte”.

A quien está atravesando ese momento traumático, acomodándose —que suele ser toda la vida— suena algo violento, o apremiante, decirle livianamente: “Supéralo. No te quedes ahí. No seas débil. Esto te fortalecerá. Vamos, es cuestión de voluntad. Si quieres, puedes lograrlo”.

Pues hay algo en lo que hace temblar las vidas, en lo shockeante, sea en el área de lo social, de lo vincular, del alma, de los amores, que merece más respeto… Que pide, al menos un acercamiento que no sea de frases hechas, slogans, ni presuntas comprensiones rápidas o superficiales que conducen a intervenciones frontales.

La conmoción interior de un ser humano permanece en el ámbito de lo inasible. O lo impronunciable.

¿Siempre es: “Si quieres, puedes lograrlo”? ¿Tan simple? ¿Tan omnipotente es el hombre?

Qué peligroso es extrapolar algún logro destacado y realmente admirable (deportivo, académico, de una convalecencia, etc), verdaderamente puntual, y referido a algunos ámbitos de desempeño humano —sobre todo, en ámbitos de una exigencia de rendimientos físicos o de estudio— y creerlo una posibilidad absoluta. Cuánta frustración acarrea creerse verdaderamente que “Imposible es Nada”. Pero es un mensaje como canto de sirenas. ¡Atrae que te digan que eres un superhéroe en potencia y que todo, todo lo podrás y está al alcance de tu voluntad! La secuela de adicciones, la tasa de suicidios por no poder sobrellevar la hipercompetitividad o los fracasos financieros, los derrumbes matrimoniales, el nulo comunicarse real con los hijos, el costo del cultivo de la imagen, etc., a que lleva este tipo de vida en ese tipo de cultura, nos muestran la otra cara de la moneda de estos “dioses del todo lo puedo, todo lo puedes”.

Si pensamos desde esa omnipotencia (alimentada por una constante búsqueda de nuevos y mejores gurúes de una plenitud humana que no requiera el arrepentimiento del buen ladrón y la humildad de los pobres), si vivimos desde esa arrogancia, corremos el riesgo de decirle, al que quedó lastimado junto al camino: “Está todo bien. Ya vas a estar más fuerte”. Que es casi como decirle: “Imperativamente será así; es seguro que mejorarás, porque yo te lo digo… tu destino, firmado en las estrellas es ese: el universo quiere que estés bien… ¡solo depende de ti, hazlo ya!”.

Ese acompañamiento que, más que alentador, parece un postureo; un posar, presumiendo de su propia seguridad. Y entonces aparece como excesivo, precipitado, irrespetuoso, forzado: una especie de “voluntarismo de la resiliencia”.

Es lo que sucede con muchas frases que circulan por allí, cargadas de deber-ser (y, sobre todo: de deber-ser prescrito para los demás). Suponen en el ser humano una voluntad hercúlea, robótica, nítida, fija… no entienden la complejidad del “querer/no poder/no querer/querer muchas cosas a la vez/dudar/cambiar” del ser humano… Pero ahí están, dándonos órdenes disfrazadas de amables consejos para superar todo problema en dos renglones; a veces, hasta interrumpiendo la placidez del desayuno o la cena reparadora, cargando de obligaciones voluntaristas la sencilla pared de una cocina.

Voluntarismo no es resiliencia. No es camino hacia la resiliencia. Claridad sí, asertividad sí, verdad sí, desafío exigente sí; pero voluntarismo, no. Pues no hay Espíritu donde el solo “deber-ser” se erige en divinidad de la vida y verdaderamente se cree dueño, eficaz y omnipotente.

Nunca olvidemos que el sobresaliente film de propaganda que la brillante cineasta Leni Refentahl creó para glorificar al régimen nazi —régimen furibundamente anticristiano, y glorificador de un “superhombre”— se llamó… El triunfo de la Voluntad… Sí, hay posturas intelectuales que no es casualidad que muestren sus parentescos; es cuestión de dejarse guiar por el adagio latino: Historia, Magistra vitae (la historia es maestra de vida).

Y, además, esa simplificación de considerar a los procesos resilientes, como se dijo, como un automatismo —dando por cierto y seguro que “lo que no mata, fortalece”— puede cargar de culpas al sufriente. Como si, además, estuviera obligado a demostrar su valía moral poniéndose bien. Como si seguir mal fuera su culpa. Y debiera recargarse aún más el plano del deber-ser, justamente en ese momento de debilidad. Como si la recuperación fuera un proceso cierto, plácido y a plazo fijo; y no un camino, que a veces se da y a veces no… (y, si se da, es camino que pasa por la libertad parida en opciones muy duras, la toma de conciencia dificilísima, las soledades imprescindibles, los zigzag y los retrocesos y los claroscuros).

Nadie será condenado solo por no ser resiliente: sino que, supongo, serán sus lágrimas enjugadas.

El Espíritu abre esta maravillosa oportunidad, la resiliencia, estimulando al espíritu humano, a su libertad; pero… ante el hombre quebrantado y humillado, no hay desprecio de Dios (cf. Sal 51, 19), ni menos hay reculpabilización, sino compasión.

EL PROCESO QUE CONDUCE A LA RESILIENCIA

El originarse del proceso resiliente

El primer paso del proceso para que el dolor comience a “resilienciarse” es reconocerlo. Y el signo vivo es expresarlo, y su modo más humanizante es ponerle palabras, quizás de queja, enojo, llanto, lamento, maldiciones… empezar a decir: “esto me está pasando”.

Pero para que eso llegue a darse, en el inicio de ese camino, el desencadenante es el propio vigor vital, una cierta “agresividad”, agresividad sana con que se acomete una circunstancia decisiva, sobre todo, una adversidad.

Este movimiento de acción, de acometimiento enérgico, de protagónico entusiasmo básico desde sí-mismo y por sí-mismo, tiene que ver con la energía interna de la persona, que se pone en juego para poder salir de esa situación contraria en la que está sumido.

Pulsuz fraqment bitdi.

11,81 ₼

Janr və etiketlər

Yaş həddi:
0+
Litresdə buraxılış tarixi:
15 aprel 2025
Həcm:
111 səh. 2 illustrasiyalar
ISBN:
9789877620573
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
Yükləmə formatı: