Kitabı oxu: «El cielo en mis zapatos»

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© Elena Beltrán Mateos

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

Ilustracción portada, casas y pecera: Elena Beltrán Mateos

Ilustracción Sirena: Tuan Paniagua

ISBN: 978-84-1114-410-0

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Para mí hija, Alma.

Y para aquellas otras maravillosas personas.

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«Si caminamos lo suficiente, alguna vez

llegaremos a alguna parte», dijo Dorothy

El mago de Oz.

EL CIELO EN MIS ZAPATOS

PRIMERA PARTE

Prólogo

Empezaba a oscurecer en el barrio de La Luz. Me quedé mirando cómo pasaba la vida mientras la noche iba desdibujando los rostros de los caminantes. Todavía no se habían encendido las farolas. La gente caminaba con prisas, deseosa de llegar a su casa y resguardarse del frío que les empezaba a calar los huesos. Les engañó el sol y el cielo despejado de la mañana, pero el frío viento hacía tiempo que se había levantado formando pequeños remolinos en la hojarasca y silbaba entre las callejuelas mientras acunada por el olor de la cena volvía a emerger mi nostalgia.

Yo, que estaba muerta y bien muerta, aunque no recuerdo cuánto tiempo hacía ya de eso.

Como un pájaro en las nubes yo observaba. Veía al tendero de ultramarinos recoger las cajas de fruta mientras contaba los minutos que faltaban para echar el cierre. Miraba cómo dos adolescentes enamorados se besaban y las amigas se despedían en el portal compartiendo un cigarro. El perro de Sofía seguía siendo el más fiero del barrio y los gatos se alinearon todos en lo alto de la valla maullando a una luna que no existía. Tal vez me estuvieran hablando a mí. Las luces de las casas parpadearon y se encendieron a diferentes tiempos, como una sinfonía, pensé, pues me pareció que era una escala de notas musicales. Me sentí ligera, mecida por el viento. Una corriente de aire, dulce como una caricia pero firme en su propósito, me agitó y me elevó aún más por los aires. Sin embargo, no quería alejarme. Tampoco me atrevía a mirar hacia la ventana.

Es curioso que tuviera miedo. Siempre pensé que la muerte estaría exenta de cualquier sentimiento. Sonreí un poco y también me sorprendí de tener una sonrisa o un rostro donde dibujarla, pero yo así lo notaba, o quizás solo lo imaginaba. Todo era muy extraño, incluso me extrañé de mis propios pensamientos. Detrás de la muerte imaginé que no habría nada, pero por lo visto estaba equivocada. O tal vez fuera únicamente un periodo de transición, como un cambio de estado. De sólido a gaseoso sería el más apropiado, teniendo en cuenta donde me encontraba. En el cielo, flotando entre las nubes rojas del atardecer. Aunque había olvidado quitarme los zapatos.

Es absurdo, pero solo me veía los pies, calzados con aquellas zapatillas de deporte blancas y azules que me había regalado mi hija por mi cumpleaños. En mi funeral se empeñó en que las llevara, «Más vale que vaya cómoda», le oí decir, solo faltaba que tuviera que subir al paraíso en tacones. El resto de mi cuerpo había desaparecido, me entró la risa, nunca hubiera imaginado que lo último que vería de mí misma serían unas zapatillas de deporte levitando. Pero ya llevaba tres días flotando y era hora de marcharme. Había sido una experiencia difícil y un examen de conciencia que me había dejado exhausta. Sabía lo que tenía que hacer, pero no sabía cómo. Era la tercera vez que volvía, y estaba resultando más difícil de lo que creía. Me esforzaba en hacerle llegar de alguna manera el mensaje que me mantenía conectada a este mundo. Me aparecía en sueños, le hacía cosquillas en la barba, le dejaba marcas en el espejo, pero nada. Miré una vez más hacia su ventana, ya no me quedaba mucho tiempo y, aunque suene raro decirlo, comenzaba a desesperarme. «Ayyy, Dios», pensé, «¡pero no es hora de descansar!… ¿Qué hay de todos aquellos “Descanse En Paz” que escuché en mi entierro? ¿Dónde está el paraíso?», pregunté, tratando de sonreír.

De pronto, la luz de la estancia se encendió y pude verlo acercarse con la mirada perdida hacia la mesa, la que había frente a la ventana. Parecía muy cansado, quizás estuviera enfermo, y viejo, muy viejo, con lo apuesto que era él, siempre estirado, el cuello de la camisa siempre bien planchado. Ahora andaba en zapatillas, arrastrando los pies, y dos escasos mechones de pelo le colgaban de las orejas. Fue un instante, pero levantó la vista y vi en su mirada una fuerte determinación. Después él también sonrió, aunque le salió una mueca rara. Retiró un poco la silla y se sentó. Abrió el cajón y sacó uno de aquellos sobres verdes que tanto le gustaban. Rebuscó en la estantería y encontró lo que al parecer buscaba, un trozo de papel y un grueso rotulador. Y entonces comenzó a escribir. Solo cuatro palabras. Metió la hoja en un sobre y remató su trabajo con el rotulador que usaba para las ideas brillantes. Aunque no pude ver lo que escribía, supe sin lugar a dudas que era lo correcto. Con aquel último pensamiento, mis zapatillas se desprendieron de lo que quedaba de mis etéreos pies y cayeron en picado hacia la acera de la calle. Poco faltó para dejarle un buen chichón a aquel pobre hombre desaseado que rebuscaba en los contenedores de basura, prendas de ropa usada o algo de comer. Una al lado de la otra aterrizaron (para su sorpresa) junto a él…y yo me vi empujada por un remolino ascendente y cálido que me fue sacando de este mundo, quizás ya para siempre. Una sensación de paz inundó lo que quedaba de mi ser, lo justo como para terminar de ver que aquel hombre se quitaba sus roídos zapatos y se calzaba los míos mirando hacia todos lados.

—Me vienen que ni pintados —exclamó—, ¡vaya, ni que me hubieran caído del cielo!

Capítulo uno:

El cielo en mis zapatos

Me despertó el sol de la mañana entrando a raudales por la ventana. No me hizo gracia, era domingo, mi único día de descanso. Me puse a refunfuñar, otra vez se me había olvidado comprar las cortinas. Los días de semana no las echaba en falta porque me levantaba antes de que saliera el sol, a tientas, con los ojos llenos de sueño y, por qué no decirlo, de legañas. Intenté esconder la cabeza bajo la almohada y entretener a Morfeo un ratito más, pero me espabiló el ruido de unas llaves al abrir la puerta. Pensé que era Saúl, que llegaba con el desayuno. Ummmm, cruasanes o churros, me daba igual. Nos acabábamos de mudar a nuestro nidito de amor, me acordé, ya mucho más despierta, y una sonrisita de satisfacción empezó a aflorar en mis labios. Agucé el olfato, ya me parecía llegar el olor del pan recién hecho y todavía caliente. Me levanté desperezándome, con el pelo enmarañado y el placer de la noche todavía en la piel. Saúl me había sorprendido con una fogosidad que hacía tiempo que echaba de menos, a decir verdad, había disfrutado más que nunca. Me extrañó que me pillara medio dormida y que, con una delicadeza exquisita, fuera despertando mis sentidos y sobre todo que no usara protección, con lo que él era…quizás hubiera cambiado de idea. Abrí la puerta del dormitorio y me topé de bruces con él. O, mejor dicho, con ellos.

—Buenos días, hermanita, ¿has dormido bien? Te traigo un regalo, mira qué monada.

—Miauuuu.

—¿Qué coño es esto?

—Un gato.

—Ya lo sé, bonito, era una pregunta retórica.

—¿Una qué?

—Da igual, saca este bicho de mi casa, ya.

—Venga, ¿no ves que está enfermo? Me lo he encontrado aquí mismo, en la calle, dándose cabezazos contra la pared.

—¿Cómo? Ja, ja, ja, ja, me parece que el que se va a llevar un buen coscorronazo vas a ser tú. Saca a este bicho de mi casa, YAAAA.

Armando trabajaba en el cine, lo mismo era director, que guionista, que actor. A veces me traía a casa restos de los rodajes, regalos que yo aceptaba porque me eran útiles, como la lámpara de mi habitación, o los pantalones del anuncio del tomate frito. ¿Pero un gato?

Hacía un par de años que se había trasladado a Nardid, pero él aprovechaba todos los rodajes que se hicieran aquí, en Malacia, para estar cerca de mí. Su papel de hermano mayor llegaba a veces hasta unos límites desbordantes, pero yo me sentía feliz y protegida con semejantes muestras de amor. Se comportaba así conmigo, por supuesto porque me quería, pero también por un solidario sentimiento, un deseo de entender mi soledad.

Yo era adoptada. Cuando tenía dos años mis padres murieron y me dejaron al cuidado de un orfanato. Los padres de Armando me sacaron de allí, dándome un hogar y una familia, pero la muerte ha sido una negra sombra siempre muy cercana a mí, y hace poco más de un año, mi madre adoptiva también murió, dejando solo a mi padre, un hombre bueno y alegre pero que con los años se había ido alejando de mí. Tenía la impresión de que algún sentimiento, todavía no del todo clasificado, empañaba nuestra relación y si algún nombre tenía que darle, era sin duda la culpa. Creo que él pensaba que no había sido un buen padre.

—Ja, ja, ja, ja —rio Armando—, ¿a quién vas a engañar? No hay otra persona en este planeta más buena que tú ni un gato que pueda caer en mejores manos —dijo (zalamero, capullo, manipulador, ¡cómo sabía qué fibra tocarme!) soltando al peludo pulgoso, que al instante de tocar el suelo salió corriendo sin rumbo como un juguetito de esos a los que les das cuerda, y fue a estrellarse contra la pared de la habitación.

Me quedé estupefacta y con la boca abierta, viendo cómo se estampaba una y otra vez, hasta que le di la vuelta. Parece que se tranquilizó un poco y fue tambaleándose unos cuantos pasos hasta que se acurrucó en la alfombrilla (la de poner los pies cuando te levantas) y ahí se quedó dormido como un ceporro.

—Este gato tiene una lesión cerebral —dije yo, que había trabajado con personas que padecían enfermedades neurológicas—. Pobrecito, ¿has visto cómo le tiembla todo cuando camina?

—Por eso te lo traigo, hermanita. Si hay alguien que pueda enderezarlo eres tú —dijo con total solemnidad.

—Lo llamaré Torete —respondí, y al instante me arrepentí de mis palabras, porque todo el mundo sabe que cuando le das un nombre a un animal, ya es tuyo para siempre.

Me llamo María, mis amigos me dicen que siempre ando perdida. Tengo treinta y un años y hace ya algún tiempo que terminé mis estudios de psicología. He deambulado por todas las facetas de la mente, de la conducta y la cognición emocional y racional y he descubierto que en todas ellas falta algo muy importante, la perspectiva espiritual. Aunque ahora las vertientes están aunando ciencia y espiritualidad, la conciencia de lo desconocido y extrasensorial siempre ha sido motivo de polémica en la conducta humana y algo que me ha traído frecuentemente de cabeza, a los ojos de mis tutores, que siempre me vieron como una especie de psicóloga del alma.

—Tú de científica tienes poco —me decían.

El primer año hice unas prácticas en un hospital psiquiátrico donde pude comprobar la delgada línea entre la locura y la cordura, la fantasía y la realidad y cómo una mente frágil se puede quebrar en mil pedazos y no volver nunca más. No era para mí, decían los doctores, porque solía sentarme con los enfermos más agudos y pasarme horas escuchando sus teorías inverosímiles de cualquier cosa, absorta en lo absurdo de sus creencias y al mismo tiempo sorprendida por tanto derroche de imaginación, o de locura. La mayoría de las veces se me olvidaba darles la medicación y así me quedaba embelesada, con las pastillas en una mano y el bocadillo en la otra. Mis superiores andaban detrás de mí siempre con las caras arrugadas, llenándome de reprimendas la cabeza, pero poco a poco se fueron calmando al ver que los enfermos ya no se agitaban tanto, estaban más tranquilos, dormían y comían mejor y a veces, cuando te miraban, hasta te veían. Quizás solo había que escucharles y observar en lo profundo de sus ojos porqué había momentos en que se te rebelaba el alma. Con Macario me pasó eso. Hacía mil años que lo habían dejado allí y lo único que quería el pobre era comerse una buena longaniza de Salamanca y desmigar pan en el vino, que luego se bebía a grandes sorbos, sonriendo con toda su boca desdentada. No me preguntéis cómo lo descubrí, pero me lo dijeron sus ojos y sus gestos imperceptibles cuando le hablaba de las matanzas que hacía mi abuela y los buenos jamones que nos comíamos. Era lo único de lo que se me ocurría hablar con un señor tan mayor. Desde que le dieron el primer pan con jamón del bueno y una “miajita” de vino, todo cambió. Ahora era feliz, dormía como un niño y ya no le daban las crisis. Los médicos y las enfermeras pensaron que a su edad era el mejor remedio —ja, ja, ja, ja—, ahí siguió muchos años Macario, que se gastaba su paguita en embutidos de Guijuelo y tenía organizada una tarde en el psiquiátrico de merienda y mus. Al director casi le da un patatús.

—Bueno, venga —dijo Armando—, te invito a desayunar.

—Habrá ido Saúl a por algo, digo yo, no sé dónde está, ¿qué hora es?

—Son las diez, venga, ponte algo y vámonos, hace un día estuuupendo.

Armando siempre alargaba la u cuando decía estupendo (y lo decía mucho), yo insistía en que tenía que darle énfasis en la «e» y los dos nos reíamos. Nos llevábamos muy bien, jamás nos habíamos peleado de niños ni tenido ninguna desavenencia de adultos. Siempre estaba ahí, a mi lado.

De pequeño era un niño triste y solitario. Se pasaba el día mirando por el balcón, como si esperara algo. Él decía que solo miraba los pájaros. No tenía amigos, en el patio del colegio se sentaba en un rincón y se quedaba como siempre observando el cielo. Sus padres, preocupados, le preguntaban si es que no quería jugar con otros niños, y un día les contestó que esperaba que la cigüeña le trajera una hermanita. Les decía con grandes ojos llorosos que se ponía muy triste al escucharlos cada día discutiendo por «no poder traer una hija a este mundo», porque era lo que escuchaba todas las noches cuando se acostaba y se le seguía repitiendo en sueños. Poco a poco fue haciéndose la idea de que él no les hacía feliz y empezó a echarse la culpa.

Tenía cuatro años cuando se vistió de mujer por primera vez. Y digo de mujer porque se ponía las prendas de mi madre, claro que le quedaban grandes, pero él cogía tal pataleta si se las quitaban, que algunos días no había manera de llevarlo al colegio. La cosa empeoró cuando sus padres decidieron vestirlo como él quería y así se presentaba, igual de taciturno y solitario, pero con falda. Los niños, claro, empezaron a reírse de él y a señalarlo con el dedo. Y durante un tiempo, todo fue horrible y sus padres tomaron la determinación de darle a Armando una hermanita como fuera y empezó a dibujarse mi destino poco antes de que yo naciera.

Armando era, sin embargo, un niño fuerte e inteligente. Decidió tomar las riendas de su caballo (me explicaba él muerto de risa, porque le encantaba contarme cómo habían sido sus primeros años de vida, los únicos en los que no estuve con él, me decía con cariño). Les plantó cara haciéndoles reír, imitaba a los maestros y maestras y a otros personajes del colegio con tal gracia y desparpajo que los niños olvidaron sus burlas y salían corriendo nada más sonar la campana para coger un sitio de los buenos en las gradas del patio (con ocho años Armando ya tenía un ayudante que cobraba la voluntad, trozos de chocolate, cromos o canicas para ver la función con privilegio). Ese fue su escudo y su defensa. Fue entonces cuando nació su pasión por la interpretación. Se vestía con trapos que sacaba de por ahí y voces que sacaba de por allá y tenía tal vestuario y repertorio que poco a poco fue creando su propio grupo de teatro, donde pasó de la interpretación a la dirección ganándose el respeto y la admiración de todo el colegio. Pero eso fue después de aparecer yo, cuando él cumplió siete años (siempre dice que fui su mejor regalo de cumpleaños) llegué como un ángel, dice él, canija como un palo y con cara de indiecita y que con solo tres años siempre estaba tarareando la musiquilla de una canción, soplando en su corazón una fuerza mágica y llenándolo de confianza.

Así que ahora, Armando vagaba por el mundo de las artes escénicas como pez en el agua y tenía su propia compañía de espectáculos, Varieté, porque hacía de todo: anuncios, cine, teatro, publicidad, musicales… y él era el director, productor, actor y andaba siempre de un lado a otro. Pero todo lo que tenía de creativo y emprendedor, se le iba en desorganización, él no quería atarse a nada ni estar pendiente de un montón de gente, lanzando voces y perdiendo la cabeza… pero en otro sentido, estaba loco como una cabra. Y era muy divertido.

En cuestión de amores, era un pirata, abordaba cualquier barco y les robaba el corazón dejándoles a cambio uno de hojalata. No le iban los dramas, e intentaba dar lo mejor de sí, pero luego sin previo aviso se perdía en otros mares, más tranquilos, decía él, porque cuando estaba en pareja siempre amenazaba borrasca. Le daba igual hombre o mujer, él creía en la belleza de las personas, la que se lleva por dentro (aunque todas sus parejas eran muy atractivas y tenían mucho carisma) pero sobre todo si le hacías reír, ya tenías medio corazón ganado, el otro tenía que ganárselo él…en el fondo era un romántico. Andaba ahora medio enamoriscado de mi compañera de trabajo, Ama, una chica genial, decía él, con ese vocabulario un poco repipi que a menudo le caracterizaba. Armando tenía un lado femenino que a veces se desbordaba, no tenía pluma ni nada de eso, simplemente empatizaba tanto con las mujeres que se las metía enseguida en el bolsillo. Nunca se habían sentido tan comprendidas y admiradas. Se iba de compras con ellas o les pintaba las uñas de los pies mientras las escuchaba despotricar sobre cientos de cosas a la vez. Sin embargo, era varonil al máximo, con su estilo descarado, que le quedaba todo bien, aunque llevara puesto un saco. Con Ama le costó más porque a ella no le interesaban las uñas ni las compras, al revés, le gustaba más vestirse con ropa de hombre y nunca le escuchó una queja que tuviera que consolar. Armando la hacía reír, eso sí, se llevaban bien y empezó a susurrarle palabras de amor que Ama despejaba de un manotazo, provocando una sensación desconocida en mi hermano, que no sabía lo que estaba haciendo mal. Tampoco sabía que, en el horizonte, otros vientos comenzaban a soplar y esta vez no traían calma.

Salimos de casa dejando a Torete dormido y rezando para que cuando volviéramos no se hubiera descalabrado y tuviéramos que recoger los sesos de la pared (pobrecito, qué macabra).

—No te preocupes, María, si ha sobrevivido en la jungla, no le costará mucho hacerse con tu pisito.

—Todavía no te he dicho que me lo quede, tengo que hablarlo con Saúl —advertí yo, pero a mí misma mis palabras me sonaron falsas.

Doblamos la esquina de la calle hablando de cruasanes porque nos íbamos a comer tres o cuatro, cuando tropezamos con un vagabundo que caminaba sin levantar la vista de un cuaderno donde garabateaba algo, con un lapicerito al que no le quedaban ni dos telediarios. Ya me lo había encontrado otras veces en su caminar imparable sin dejar de hacer trazos. La mayoría de las veces andaba sin zapatos, bastante limpio, la verdad, la camisa por dentro, exenta de los típicos lamparones, los pantalones descosidos, eso sí, y faltos de cinturón, pero nunca lo había visto borracho. El pelo, no sé cómo lo hacía, lo llevaba muy limpio, recogido en una trenza hasta mitad de la espalda. Me dio pena, siempre solo, sin rumbo, atravesando campos y ciudades de un lado a otro con su cuaderno en la mano, a saber qué tipo de locura padecía. Quizás estuviera descifrando la teoría cuántica del universo, cualquiera sabe, pensé con una sonrisa en los labios. Le miré los pies y me sorprendí al ver unos zapatos de deporte casi nuevos que relucían, con aquel color brillante azul y blanco, sobre su destartalado atuendo. «De dónde los habrá sacado?, pensé, y no sé por qué me pareció que a aquel hombre estaba a punto de cambiarle la suerte. Y me vino a la cabeza El mago de Oz, con su camino de baldosas amarillas…

Capítulo dos:

Aquellas otras maravillosas personas

Saúl seguía sin aparecer y yo estaba totalmente desconcertada. Acabábamos de mudarnos, hacía poco menos de un mes, después de cuatro años de relación y, con sus más y sus menos, estaba segura de que nos queríamos y nos comprendíamos, y sobre todo no había entre nosotros ningún secreto. Saúl era un hombre encantador, quizás demasiado, puesto que sonreía a todo el mundo (sobre todo a las mujeres) y enseguida se ofrecía para sujetarte la puerta del ascensor. Sin embargo, hacía unas semanas que notaba cierto comportamiento extraño, estaba como ausente, y yo había empezado a preocuparme y eso estaba repercutiendo en mi trabajo. La discusión más grande que habíamos tenido fue hace más o menos un año, porque yo quería tener niños. Las hormonas empezaron a martirizarme y bombardearme el cerebro y reconozco que me puse un poco pesada y yo no soy así. Saúl prácticamente se horrorizó (que no se veía él pinta de papá, cargando todo el día con un niño en brazos) y aunque terminé aceptando la situación, eso hizo mella en mí y comencé a sentir una desazón muy grande, como un martilleo parlante que me decía una y otra vez que aquel hombre no era para mí. Pero estaba enamorada hasta las trancas y mi amiga Ama (se llama Amapola, pero su nombre completo le causa alergia, bromea ella) me decía que tuviera paciencia y que le diera tiempo al tiempo. Fue Saúl quien me propuso ir a vivir juntos, al ver que una sombra gris se había instalado en mis ojos y que no se me quitaba la cara de mal humor. Se lo tenía merecido; ¿qué quería, una mujer dócil que le dijera a todo «Síííí, mi amor»?

Pero en el fondo era feliz, muy feliz (trataba de pensar yo). Había encontrado mi media naranja, me sentía mimada y querida por mi hermano y tenía un trabajo en la Asociación de discapacitados. No era la panacea (y lo digo por el salario, aunque poco a poco comencé a adorarlo), pero al menos me mantenía unida a mi profesión. Al principio me pasaba la mayoría del tiempo en un despacho, entre papeles y llamadas de teléfono, casi siempre luchando para que nos llegara la subvención. Como mucho iba evaluando objetivos, pero no conocía a los usuarios. Estaba algo cansada de hacer maniobras en la oscuridad porque nos faltaban manos, había mucho trabajo y muchas bocas que alimentar, hasta que me cansé de ese sedentarismo, me remangué la falda y los brazos y me dispuse a ayudar en serio. La Asociación tenía bastantes casas repartidas por la ciudad, donde convivían los enfermos al cuidado de los educadores (los que hacían el trabajo de verdad, porque echábamos mano de ellos aunque tuvieran que doblar turno, cosa que pasaba frecuentemente). Los enfermos estaban organizados según sus discapacidades y gravedad (es un decir, porque la verdad es que eso era un popurrí, se ubicaban donde hubiera hueco y no alterara mucho «la paz del hogar»). Era un programa de educación y de integración en la sociedad, pero la mayoría estaban allí porque sus familias no sabían qué hacer con ellos. Había que cumplir objetivos y eso era durísimo entre tanta espina bífida, parapléjico, autista u oligofrénico, sin contar los discapacitados sensoriales, sin ver, oír ni hablar. Eso era un circo difícil de explicar. Sin olvidar la unidad de enfermos mentales, claro, esa es harina de otro costal.

El primer día de trabajo en uno de aquellos pisos me di de bruces con la realidad. Era la casa de la calle Piedad, nombre más que apropiado para lo que me iba a encontrar. Llegué con determinación dispuesta a lo que fuera, pero al poco de llegar toda mi fuerza se escapó y me desinflé como un globo. Aún recuerdo aquellas escaleras por las que me decidí a subir evitando el ascensor (tenía que perder unos kilitos). Había un olor metálico y denso, concentrado, amargo, difícil de respirar, mezcla de colonias y fármacos, lejía, pises, cacas y macarrones con tomate, jamás lo podré olvidar. Llamé a la puerta ya con poca fortaleza en el alma y con el corazón a punto de explotar.

—Pasa —dijo alguien a viva voz desde dentro—, la puerta está abierta.

Nada más entrar ya me quise marchar. Lo primero que me encontré fue a un hombrecito pequeño tirado en el suelo, intentando avanzar. No era tan pequeño, pero tenía las piernas atrofiadas y se arrastraba con los brazos hasta que se agarró a uno de mis pies. Di un grito y un respingo hacia atrás. No lo pude evitar.

—Adolfo —gritó otra vez aquella voz—, haz el favor de estarte quieto, ya se acabó la hora del ejercicio, por favor, vuelve a tu habitación.

Adolfo levantó la cabeza y me sonrió con la lengua ladeada, luego produjo algún sonido que no supe interpretar y la volvió a bajar. En mis ojos las lágrimas estaban a punto de asomar.

—Te está preguntando cómo te llamas —me explicó aquella voz que se fue acercando por el pasillo y fue cobrando cuerpo mientras se limpiaba vigorosamente las manos en algo muy sucio que parecía una toalla y olía fatal (yo no me hubiera secado ahí las manos ni por una cena con Brad Pitt).

En cuanto llegó a la altura de Adolfo lo cogió por los brazos y se lo subió hasta el pecho, mientras él hundía la cabeza y luego la levantaba sin dejar de reír, esta vez a carcajadas, provocando que se le escaparan algunos chorritos de baba.

—Anda que no te gustan ni nada unas tetas, granuja —reía también aquella mujer que me pareció espectacular, y no por su cuerpo o su dulce mirada de agua, ni su pelo negro desparramando mechones sobre el cuello, o su fuerza descomunal (y eso que ella era pequeña y flacucha), sino por su sonrisa sincera, su cariño al hablar, su cuidado y maña al ir a levantarlo y cómo caminaba con Adolfo hacia atrás mientras este arrastraba los pies y lo escuchaba reír apoyada la cabeza en su pecho—. Levanta la cabeza, Adolfo, que te vas a ahogar —reía aquel ángel que, a pesar del olor horrible que de algún lugar venía, desprendía una fragancia que ni el mejor Chanel número cinco.

—Me llamo Ama —me dijo tendiéndome la mano—. Y tú eres la mandamás. Es un honor; en cinco años que llevo aquí, es la primera vez que se acerca un jefazo.

¡Cinco años! ¡Yo llevaba dos minutos y ya me quería marchar!

—María —logré balbucear—. Encantada.

Ella me miró de arriba a abajo, pero sin maldad.

—Ven —me dijo, echándose el mugriento trapo-toalla o lo-que-fuera a la espalda—, me tienes que ayudar.

El piso era coqueto y estaba limpio y alguien había puesto flores en los jarrones desconchados y dibujos en las paredes, algunos bastante buenos, por cierto, más que buenos, sorprendentes. Tenían alma, hablaban por sí mismos y te llenaban de una inquietud sana. Te hacían sentir bien. Casi podía oler la belleza de sus paisajes, escuchar el sonido del agua, despertarme con los colores del amanecer.

—Son de Estela —aclaró Ama viéndome mirar—, le encanta dibujar.

—Sí, lo hace muy bien.

—Para pintar con la boca, lo hace fenomenal —dijo Ama guiñándome un ojo.

—¿En serio? —pregunté yo asombrada de verdad.

—Ja, ja, ja, es broma, tonta —rio Ama—, era por ver si se te quitaba esa cara de susto. Venga, ven, te enseñaré un poco esto, no es tan malo como parece, solo te tienes que acostumbrar. Yo no los cambiaría por nada del mundo.

Y cogiéndome de una mano abrió la primera puerta. Yo me llevé la otra a mi boca abierta.

—Este es Luis —dijo señalando a un jovencito que colgaba con una especie de arnés-grúa desde el techo. Su columna vertebral le impedía estar derecho y prácticamente no tenía movilidad.

—Hola, Luis, ¿cómo estás?

Luis ladeó la cabeza y sonrió.

—Palezco un choliso —logró articular.

—Ja, ja, ja, ja, qué bromista eres, te quedan cinco minutos, después al baño, cuando salga Amparo, que se me va a ahogar —rio Ama de buena gana—. Ampaaroooo, ¿cómo estás?

—Bieeen —se escuchó desde la puerta del baño.

—Agárrate bien, no te des la vuelta, que ya voy.

Nos dirigimos hasta el baño, yo temblaba de la cabeza a los pies, me entraron ganas de santiguarme. Dios mío, ten piedad.

Mi corazón se encogió un poco más.

Amparo flotaba como podía en la bañera, era un pajarillo agarrada con sus bracitos esmirriados a las barras de seguridad. Cabeza arriba sacaba la lengua y sonreía mientras chapoteaba con los pies y ponía todo perdido de agua.

—Vaya, ¿así que estás otra vez nadando con los delfines en el azul mar del Caribe? —bromeó Ama—. Pues, querida Gertrudis —Amparo se reía y se le saltaban las lágrimas—, es hora de salir, que nos espera el masajista y aquel buenorro camarero que te gusta nos está preparando ya el cóctel de champán.

Las risas de Amparo se oían por toda la casa.

—María —me dijo Ama mientras cogía a Amparo por los sobacos—, acércame la grúa…

Ay, Dios mío, otra que no podía andar. ¿Cómo se puede estar preparado para esto? Y lo digo por ellos, bueno, y por Ama, era increíble la naturalidad con que los trataba y cómo despertaba en ellos risas y sonrisas, la debían adorar. Yo estaba haciendo lo imposible por controlar las lágrimas.

—Amparito, vete pensando ya el modelito para la cena del conde.

Y Amparo, con las manos engarrotadas y las piernas hechas un nudo, aplaudía y reía y abría la boca que parecía que me iba a tragar. Con el pelo muy cortito, tenía una cara angelical y una luz y un aura repleta de felicidad. Me quedé paralizada, yo, que estaba buscando el alma.

Me quedaban dos puertas más.

—¿Quién más trabaja aquí? —le pregunté, sorprendida de que estuviera allí sola.

—Pufff —resopló Ama—. Estaba Jorge, pero se marchó, hace un par de meses que no nos pagan.

—¿Cómoooo?

No daba crédito, ¿cómo no sabía yo eso?, ¡me tenían que informar! Aunque no era la contable, claro, ni administradora. Y yo quejándome como una tonta del montón de trabajo que tenía que resolver, con el culo acoplado en la silla entre mis papeles y mi ordenador… Aquello no podía ser, era intolerable y así se lo dejé ver.

—Ja, ja, ja, ja, ja, ya, María, ya. Anda, tráete al ministro pacá, a ver si le quiere limpiar el culo a Antoñito. —Y lo dijo con cariño, lo sé.

—¿Antoñito?

—Antoñito, Antoñito —dijo mirándome con curiosidad, se diría que estaba evaluando mis posibles respuestas al entrar en la habitación del tal Antoñito:

a) salir corriendo

b) salir corriendo y llorando

c) salir corriendo, llorando y vomitando

Pero me quedé, no corrí ni vomité ni lloré, solo sentí un agradecimiento infinito porque en el mundo existieran personas como Ama, y aunque únicamente dedicaran unos meses o semanas o días a cuidar y apoyar a la gente que las necesitaba, ya era suficiente. A mi modo de ver ya tenían ganado el cielo. Yo que quería ir a educar, valorar, hacer tratamientos psiquiátricos… fueron todos ellos los que me enseñaron la lección más grande. El coraje por la vida no se puede tratar, ante esto una solo puede quitarse el sombrero.

—Míralos bien, María, ¿qué crees que les puedes aportar? ¿Crees que puedes hacer algo por ellos?

—Creo que puedo hacer cumplir todos los objetivos y quizás con técnicas de rehabilitación cognitiva… —dije sin mucha convicción, pero no me dejó terminar.

—Y si los haces un poquito más felices, mucho mejor —me respondió Ama, y dándome un beso en la mejilla, me soltó—. Y ahora vamos a trabajar, hay mucho que hacer. Ya has visto cómo ha puesto de caca las paredes Antoñito.

Antoñito medía casi dos metros y llegaba con las manos hasta el techo, así que ya os podéis imaginar.

Después de restregar con agua y jabón toda la habitación, sentía que no podía respirar y pregunté con más desesperación de lo que era mi intención por un balcón o una terraza donde poder respirar un poco de aire fresco. Hacia allí me dirigía, con la sensación de haber estado viviendo en otro mundo, dándole la espalda a la realidad… cuando crucé la puertecilla de la terraza y me encontré con ella, un ángel en aquel lugar. El día estaba cayendo y la luz del atardecer envolvía parte de las montañas entre los edificios. Algunos pájaros rezagados cruzaban el cielo con un escándalo de píos, dejando caer alguna que otra pluma en su alboroto. La luna empezaba a despuntar creando a su alrededor un aura mágica. Una suave música de flautas de la India sonaba. Encima de una silla, sin brazos ni piernas, una mujer bellísima, con su pelo castaño que colgaba de una larga trenza sobre su espalda y mirada de ojos negros como el azabache, sostenía con la boca un pincel, dibujando esa preciosa estampa. Se llamaba Estela y pintaba con sus labios aquellos maravillosos cuadros.

Capítulo tres:

La casa de la calle Trinidad

Llevaba dos años ya, desde ese primer día, entre casas de usuarios y el despacho, removiendo cielo y tierra para conseguir aumentos de salario, más casas de acogida, comida y todo lo que hiciera falta y no daba abasto, pero había encontrado mi lugar, al lado de Ama, que me enseñó más que todos los profesores de la universidad, y es verdad, tal y como ella dijo: no los cambiaría por nada del mundo. Aquellas otras maravillosas personas. Aprendí a vivir con ellas, y aunque deambulé por diferentes casas, mi preferida era la de la calle Trinidad. Ama y yo llegamos a tener verdadera complicidad, no recuerdo haber hecho tantas tonterías y reírme tanto desde que dejé la facultad. Y a veces venía mi hermano, solíamos imitar al resto de los usuarios y personal (con cariño, claro está) y en la casa se retorcían de risa mientras intentaban adivinar y nos aplaudían sin parar. Un par de veces a la semana nos reuníamos con diferentes casas en el centro de día y había allí un follón de amores y desamores, mensajes y cotilleos, que nos tenían entretenidas la mayor parte del tiempo, entregando misivas de un lado a otro, pintando labios y arreglando coletas, pues las mujeres, como siempre, eran de lo más coquetas y yo me asombraba de ese mundo que permanece escondido a los ojos de los demás, tan lleno de vida y superación personal.

Sin embargo, la vida estaba a punto de jugarme una mala pasada.

El primer día de la desaparición de Saúl lo llamé cien veces y el domingo se fue volviendo un espanto, más después de que mi hermano se fuera de vuelta a Nardid y me dejara preocupada y desamparada.

—No seas tonta, me decía, estará por ahí corriendo alguna maratón.

Saúl era profesor de gimnasia y un obseso del deporte que había conseguido que me subiera en una bicicleta, hiciera cien abdominales y me estirara todos los días colgada de una barra… ¡con lo que a mí me gusta un bocadillo de chorizo! Pero en los ojos de Armando vi que algo andaba mal. Si yo llamé cien veces, Armando me llamó cincuenta preguntando a cada rato: «¿Qué tal, hermanita?¿Ha vuelto ya?

Menos mal que tenía a Torete, me entretuve dándole la vuelta una y mil veces y preparándole una tabla de rehabilitación. Pero los ejercicios de equilibrio los llevaba fatal, tendría que reforzarlos más. Así que para despejar la incertidumbre empecé a escribir una lista de todo lo que tenía que comprar y apunté en la agenda lo primero que haría mañana (después de llamar a la policía si Saúl seguía sin dar señales de vida). A primera hora de la mañana iría al veterinario.

El teléfono empezó a sonar. Era Ama, menos mal, necesitaba hablar con alguien, porque me sentía fatal.

—¿Qué pasa, jefa?

—Pufff, no estoy para muchas bromitas, Ama, estoy muy cabreada y hecha un lío y no entiendo nada.

—Sí, ya me ha contado Armando, pero bueno, ¿dónde está ese mequetrefe? No me puedo creer que no te haya dicho nada, alguna explicación habrá.

—Mientras no sea que lo han encontrado muerto en el fondo del mar…—dije yo sin pensar.

—Ayyy, María, hija, no sé de dónde sacas ese lado tan macabro. No seas tan dramática, ya llamará. ¿Le has dejado algún mensaje?

—Mil o dos mil, tiene el teléfono apagado, cuando venga lo voy a matar. Y Ama, hablando de macabra, tengo un gato con una lesión cerebral, como no lo atienda rápido se va a descalabrar. —Una risotada me llegó desde el otro lado del auricular—. Que no, guapa, que es verdad. Este gato camina como si estuviera borracho y tiritando al mismo tiempo. Da pena, la verdad.

—JA, JA, JA —seguía riendo Ama, con esa risa fresca y como un vendaval que le salía de las entrañas.

Al parecer le había hecho gracia, aunque siempre se estaba riendo conmigo, yo no lo entendía muy bien, pero ella decía que tenía mucho salero y un duende especial para darle la vuelta a las cosas.

–Ay, Diosss —decía ella con lo que le quedaba de voz—, ja, ja, ja, venga, mañana te acompaño. Nos vemos en la sede a la hora de comer —Ama llamaba así a la oficina central—, antes tengo que acercarme a Trinidad, han traído un enfermo nuevo y no saben cómo manejarlo.

–Voy contigo —le solté sin pensármelo—, no me apetece nada empezar un lunes viéndole la cara al Fortunato, ya llevaré luego al gato.

«JA, JA, JA, JA», volvía a escucharse al otro lado.

Se llamaba Jacinto, y era el director de la Asociación, un estirado, perfeccionista y remilgado que miraba a los enfermos como si fueran de otro planeta. Me caía fatal y yo a él, la verdad. Pero desde el primer momento me acordé de la serie esa que había hace mil años y que a mí me hacían gracia los nombres y hala, pues le llamaba como me daba la gana. Otras veces en vez de Fortunato me venía a la cabeza ‘El Amargao’ y luego ‘El Margarito’ y así seguía haciendo juegos de palabras hasta que terminaba llamándolo de cualquier forma.

—Ja, ja, ja, ja —seguía riendo Ama—, eres la monda lironda.

Ahora me tuve que reír también. Ama y yo habíamos establecido un juego entre nosotras y nuestra casa de la Piedad, donde cada semana teníamos que usar una frase popular o palabra en desuso (mequetrefe) y ya llevábamos unas cuantas.

—Ay, qué risa, María Luisa.

—Déjate de pamplinas y vamos a arrimar el hombro.

—Ayyy, me traes por la calle de la amargura.

—Jajaja, no te duermas en los laureles, que es tarde.

—Te veo allí, si no hay moros en la costa luego nos tomamos unas birras…

Y así tan simple era hacernos reír.

Dejé a Torete en su alfombrilla bien comido y bebido (un plato de leche y galletas María) y apunté en mi lista una lata de Friskis o como se llamase. Estaba bastante abatida, tenía una sensación extraña como hacía tiempo que no sentía, de desamparo y abandono, como cuando era niña. Aunque tenía una familia, sobre mí flotaba una pesada nube de incertidumbre que a veces no podía controlar. Me sentía sola, incomprendida y asustada, tenía miedo del mundo que me rodeaba. En esos momentos me aislaba y me volvía rara y, a pesar de que Armando hacía lo imposible por consolarme, yo no sabía qué había que consolar. Le pedía que me cantara aquella nana que yo solía tararear y me acurrucaba en sus brazos mientras él me acariciaba el pelo. Solo así me calmaba. Bueno, eso o leyendo historias del Machu Pichu, leyendas sobre las pirámides de Teotihuacán, el volcán del Cotopaxi o el Chimborazo a casi siete mil metros de altura. Era una pasión que tenía por aquellas tierras incas, aztecas, mayas y sus misterios, tan profundos como el origen de mi vida. Mis verdaderos padres habían muerto, eso es todo lo que sabía, eso y que eran de México. Él se llamaba Santiago, ella María.

Pero desde que conocí a Saúl esa sensación prácticamente había desaparecido. Saúl me reconfortaba y me hacía reír, aunque era muy diferente a mí. Me sacó de la calle, ya sé que suena mal, me refiero a un sentido metafórico. Antes de conocerlo yo salía mucho. Tenía varias pandillas y siempre había algo que celebrar. Los fines de semana empezaban los miércoles o los jueves y, la verdad, todos estos años de fiesta estaban haciendo mella en mi estado físico. Él me enseñó otras vías, empezando por el atletismo, senderismo, ciclismo y todo lo que termine en -ismo. Al principio me costaba salir de la cama, pero poco a poco le fui cogiendo el gusto a levantarme sin resaca y era yo la primera que llegaba corriendo a su casa, con las zapatillas impolutas y sin dejar de moverme, llamaba a su puerta.

¿Por qué no me cogía el teléfono? Pensé que nuestras diferencias estaban resueltas. Quizás se había asustado ante aquel gigante paso de compartir nuestro nidito de amor. ¿Por qué lo habría llamado «nidito de amor»?, qué cursilada y qué asco, no me extraña que saliera corriendo. ¡Pero qué digo!, fue él quien lo propuso, prácticamente me obligó a dejar mi pequeño apartamento y, la verdad, estaba empezando a echar de menos mis vistas al mar. Y a él, quería que volviera ya, quería tenerlo cerca.

El domingo por la noche me dormí inquieta y tuve unos sueños raros en los que alguien me acunaba, pero estaba muerta (ella, no yo, que es peor) y me desperté varias veces con la respiración entrecortada, así que en una de estas agarré a Torete, que seguía en la alfombrilla, y lo acurruqué a mi lado. Hizo un ruidito como de un cochecito a punto de arrancar y se sacudió un poco. Ay, Dios, pensé, este se me va a disparar, pero no, el fuelle se apagó y se quedó dormido entre mis brazos.

Con estos ánimos me levanté. Me quedé sentada mirando el lado vacío de la cama; el olor a café caliente entraba por mi ventana y de pronto me sentí totalmente desdichada. La calle comenzaba a despertarse y los vecinos también, los tacones de la de arriba repiqueteaban (cómo podía andar con eso a estas horas tan tempranas). Miré el reloj, eran las siete de la mañana. Un ruido extraño en la puerta me llamó la atención. Era Torete dándose cabezazos para poder salir, y a este paso lo iba a conseguir. Sonreí, más vale que le comprara un casco. A la salida del trabajo lo llevaría al veterinario. Fui a coger el teléfono para llamar a la policía cuando, de repente, comenzó a vibrar en mi mano y al instante la musiquita de I love you baby (nuestra música), sonó y sonó, cada vez más fuerte, y un hormigueo desagradable se desató en mi interior. Era Saúl. Cerré los ojos y respiré tres veces. Antes de gritarle debía esperar a ver qué explicación tenía que darme.

—¿Diga?

—Hola, bonita.

Volví a respirar, o le iba a hacer tragar ese bonita.

—¿Dónde estás? ¿Qué coño haces? Tienes idea de-de-de…

—Tranquila, María, te lo explicaré todo, estoy bien, de verdad, tuve que irme. No te preocupes, luego nos vemos. Te quiero.

Y me colgó. Lo volví a llamar. Pii, piii, piii, me cago en tó, será hdp… No entendía nada, vaya mierda, con lo bien que me iba todo, ¿es que no puede durar la tranquilidad? Bueno, por lo menos estaba vivo…aunque por poco tiempo, porque lo iba a matar.

En este estado de incertidumbre fui conduciendo hasta llegar a la calle Trinidad y, respirando profundamente, sacudí un poco mis pensamientos, aparqué el coche y me encaminé hacia la puerta. Ahora era la casa de Estela, la habíamos trasladado allí porque, según ella, necesitaba cambiar de aires y mucho silencio (lo cual era bastante difícil, por supuesto). Así nos lo pidió. Le encantaba hacer meditación y era una experta en la práctica del yoga. No me preguntéis cómo, pero se ponía de cabeza, hacía la postura de la vela, asanas (posturas) de equilibrio y fuerza y se quería sacar el título para profesora de Ashtanga1. ¡Y vaya que lo conseguiría!, no me cabía ninguna duda. Aceptaron la propuesta de su traslado. Al fin y al cabo, era casi autónoma y no tenía ninguna otra discapacidad. Su mente estaba más lúcida y equilibrada que la mía. Eso por descontado. Y me encantaba charlar con ella y verla pintar.

La casa de Trinidad era sin duda la más tranquila. En ella solo se encontraban los enfermos más profundos (excepto Estela). Eran cinco, dos mujeres y dos hombres, y el nuevo que acababa de llegar. Al parecer, su estado era bastante grave y estaba alterando la paz. Lo habían rescatado de la casa de una tía que había muerto hacía unos días de forma natural. Las vecinas dieron la voz de alarma a los servicios sociales porque aquel ‘animalito’ (como lo llamaban ellas) estaba asustado y aullaba, inquietando a todo el vecindario. Andaba todo nervioso de un lado a otro, dando palmetazos en los muebles y tropezando, emitiendo un sonido lastimero que helaba la sangre. No tendría el pobre más de veintitantos y según dijeron los vecinos, la tía era su único familiar. No es que lo atendiera mal, decían, pero la señora ya era muy vieja y casi no le podía cuidar. Le sacaba poco a la calle y con el escaso dinero que tenían no les alcanzaba para mucho más que una comida al día, si acaso. Vicente era ciego, sordo y mudo, y no sabía apenas nada de este mundo.

Sus padres lo dejaron de niño al cuidado de Eulalia y ya no volvieron nunca más. Lo poco que Vicente reconocía se lo acababan de quitar. El olor de la ropa vieja de su tía. El aire empobrecido que se colaba por debajo de la rendija de la puerta. La suave caricia de los dedos de Eulalia en su pelo. El rasurado de su barba y el olor a colonia fresca. El sabor de la sopa de guisantes con patatas. Y el tacto fresco y suave de las sábanas al acostarse. La hora más preciada, la del sueño, cuando Vicente se relajaba soñando que volaba y corría entre olores embriagadores que le despejaban el miedo y le hacían sonreír ajeno al mundo de la consciencia. Él no lo sabía, pero el olor era el de las flores del parque donde su madre lo llevaba con apenas unos meses, antes de su enfermedad.

El despertar era lo más terrible y lo que tenía a los cuidadores exhaustos y acojonados porque Vicente se levantaba gritando, aunque no emitía ningún sonido (y eso era lo peor, su cara de espanto, su falta de aire al respirar). Al instante estaba sudando y dando puñetazos a todo el que se quisiera acercar. Tenía fuerza, a pesar de su escaso alimento era bastante robusto y entre los dos cuidadores tenían que sujetarlo para ponerle un tranquilizante y que se calmara un poco. Al tercer día ya no podían más y por consejo de Estela, a la que se le partía el alma oyendo a aquel pobre desafortunado, llamaron a Ama.

Ama estaba ya en plena batalla. No quería que se le administraran más drogas a aquel pobre chico, bastante privado estaba ya. Pero Vicente seguía palmoteando cada dos por tres con fuerza y aunque Ama le hablaba con palabras cálidas, él no la escuchaba, solo notaba su aliento que llegaba como una brisa conciliadora y su agradable olor a flores de jazmín (no era Chanel, nunca se me han dado bien los olores), eso lo relajaba un poco y las caricias en el dorso de su mano, también. Pero sin previo aviso se levantaba y volvía a ser incontrolable. El chico de turno miraba asustado desde una esquina del cuarto, poco duraría ya, me dije mirándolo de reojo.

—Trae a Estela —me pidió Ama—, o dile que cante.

—¡Pero si no oye!

—Pues parece que a ella sí.

Ninguna de las dos sabíamos que las vibraciones del aire cambiaban de una forma mágica con el sonido de la voz de Estela, al menos así lo notaba él y casi al instante sus músculos tensos comenzaban a relajarse.

Estela podía andar despacito con lo que le quedaban de piernitas, pero poco a poco se le iban haciendo heridas que ella misma se cuidaba a base de frotes con aceites esenciales (como ella decía) y luego se las envolvía en un trapo y con los brazos, ambos por encima del codo; también tenía cierta autonomía para lavarse un poco su cara de diosa de otro mundo, como una gata, que hasta así parecía bella, cada día más diosa y más serena. Ama la peinaba, no sé si habría hecho algún curso de peluquería, pero era un artista, eso me parecía a mí, que no sabía ni hacerme la raya con una regla.

Fui a buscarla con la silla de ruedas, era urgente. Se subió de un salto desde lo alto de su cama, donde estaba pintando. Me llamó la atención que estuviera dibujando el rostro de una niña. Ella nunca pintaba retratos de «las personas completas», siempre eran los rostros conocidos de los que son diferentes, luego le preguntaría. Y a no ser que estuviera trabajando desde la terraza, la mayoría de los paisajes eran producto de su imaginación.

Nada más entrar en la habitación, Vicente se relajó, bajó los brazos que tenía en alto, dejó caer los hombros y olisqueó el aire como un animalillo (quizás por eso lo llamaban así las vecinas de Eulalia). Poco a poco se soltó de la mano apaciguadora de Ama y se dirigió pausado pero firme hasta la cama. Se sentó en ella, justo enfrente de Estela, que lo miraba sin haber pronunciado todavía una palabra. Acercó su nariz a su pelo y la olió largo rato mientras empezaba a relajarse su cuerpo entero. Luego le palpó los hombros y los bracitos nunca llegados a nacer del todo y para nuestra sorpresa, la levantó en volandas y se la puso sobre las rodillas mientras empezaba a sonreír. Ama, Ricardo (el cuidador apostado en la esquina) y yo nos quedamos mudos, sin querer romper el embrujo. Ricardo fue a decir algo, pero las dos a un tiempo nos pusimos un dedo en los labios.

Estela lo miraba tranquila, aunque parecía alucinada. Lo que vio en el fondo de sus ojos nadie lo sabe más que ella, pero de repente apoyó la cabeza en su hombro, grande y vigoroso (con tantos palmetazos que daba, no me extraña) y Vicente comenzó a acariciar su larga trenza hasta que con dedos hábiles le soltó el lazo y dejó que el pelo de ella flotara sobre su pecho y así se quedaron los dos, abrazándose sin brazos, escuchándose sin voz, viéndose el alma sin los ojos, hablándose sin palabras.

Yo estaba llorando. Ama a mi lado se agarraba el pecho con las dos manos y Ricardo se escondía aún más en aquel rincón. De pronto, se quitó los guantes de látex que llevaba, recompuso un poco la compostura y nos anunció con un cambio radical en su insegura voz:

—A las ocho en punto estaré aquí mañana para llevar a Estela a su examen de Ashtanga. —Y diciendo esto se marchó con paso decidido y desapareció por el pasillo.

Nunca olvidaré aquella escena. Es difícil de explicar, pero tuve la absoluta certeza de que aquel amor que se desató entre ellos no pertenecía a mi mundo. Por eso lloré y supe desde ese mismo momento que Saúl no me amaba. Así se lo dije a Ama.

—Me ha llamado esta mañana y me ha dicho que me quería, pero yo sé que algo va mal.

—¿Pero dónde estaba? —preguntó Ama, y noté que la voz le temblaba.

—No me lo ha dicho, dice que ya me contará.

—Estos hombres… qué le pasará… más vale que se lo digas a Armando, no para de mensajear. Y tú relájate un poco, seguro que no es nada, cualquier chorrada…

Estela y Vicente permanecieron así durante largo rato, después y para sorpresa de todos le volvió a hacer la trenza, (aunque no quedó tan bonita como la de Ama). Ella le dio un beso en la frente y le acarició la cara con su bracito maltrecho, y de un salto volvió a subirse en la silla como si nada.

—Volveré mañana —le dijo con total naturalidad, y salimos de la habitación, dejando a Vicente más suave que la seda.

Pude ver en los preciosos ojos de Estela un brillo especial que los iluminaron aún más y cómo un nuevo capítulo de su vida se estaba escribiendo. Quise preguntarle por aquel cuadro que estaba pintando, era una niña morenita, de ojos tremendamente expresivos y una sonrisa bobalicona. Llevaba el pelo engalanado de flores blancas y amarillas aún sin terminar y detrás de ella el cielo se difuminaba en bellos colores. Pero me pareció que no era el momento apropiado, ya que se encontraba entre las nubes, tan feliz se la veía y con tan pocas ganas de poner los pies en la tierra… (era un decir, claro). Estela se merecía muchos buenos y largos momentos como ese.

Yo recogí mis cosas y salí apresuradamente. Desde la puerta, me despedí de Ama.

—Tengo que ir a por el gato y llevarlo al veterinario —le grité, porque en ese momento me pareció la cosa más importante de este mundo—. Y comprarle un casco —añadí muy seria. Y pude escuchar otra vez la risa de Ama brotando de su garganta.


Capítulo cuatro:

el camino de baldosas amarillas

La noche estaba a punto de caer, sentía cómo el viento iba cambiando y que pronto empezaría a arreciar el frío. Estaba triste porque se habían volado los papeles de la mañana y solo me quedaba un montoncito en blanco. Esta noche dormiría en el albergue, si es que había sitio… tendría que aligerar. En eso estaba pensando cuando cayeron, como del cielo, aquellos zapatos. Fue un momento muy extraño, porque de pronto se me reveló algo y me di cuenta de que mi suerte estaba a punto de cambiar. Me calcé las zapatillas nuevas y me dirigí con paso rápido hacia el albergue, el que está cerca de la calle de la Paz.

No tengo nombre, lo perdí hace cuatro años, como todo lo demás. Prefiero estar así, inexistente para la sociedad. Estuve dos años viviendo en un banco, todos los días borracho, así que no puedo contaros mucho más. Nunca he tenido gran cosa, ni dinero, ni una gran familia, ni nada digno de mención. Pero tenía una madre, pobrecita, cómo sufrió. Y no me sorprende, yo era un loco, de los muy enfermos, y aún lo sigo siendo, aunque ya no bebo. Lo hacía para aturdir aquellas voces extrañas que me hablaban, pero cuando murió la vieja, las voces se volvieron horrendas y solo se callaban cuando me quedaba inconsciente. Me dijeron que tenía una enfermedad mental, con diecisiete años yo era un peligro para mucha gente. Me metieron en un centro para iniciar un tratamiento, pero me escapé mil veces porque allí no me dejaban tener identidad. Me hacían tragar un montón de pastillas y me quedaba atontado, la mayoría del tiempo arrastrando los pies. Esquizofrenia lo llamaron. Ojalá les hubiera hecho caso. Quizás mi madre seguiría viva, pero la maté a disgustos y sé que se fue de este mundo sufriendo por mí. «Deja de beber», me dijo, «y ándate al centro»…

Tardé dos años en darme cuenta de que me estaba matando. No sé cómo pude vislumbrar en mi enferma y podrida cabeza tal realidad un día que, rebuscando en la basura cualquier brebaje asqueroso, encontré los restos de un cuaderno y mi mirada se clavó en las palabras y, poco apoco, aquel borrón de letras comenzó a tomar forma y pude leer lo que decía y adquirí algo de cordura. Era una carta de despedida, tan triste y oscura que algo se encendió en mi interior y pensé en hacer callar a las voces escribiéndolas en las páginas. Y así empecé mi historia y casi sin quererlo, fui dejando de beber.

Al principio no hacía más que emborronar páginas andando incansable de un lado a otro de la ciudad. Después de dos años tirado en un banco del parque, pensé que me venía muy bien caminar. Me he recorrido media Lucianda sin saber muy bien por dónde iba. No me fijaba, ni siquiera levantaba la vista, de vez en cuando me miraba los pies, sucios, pobres, roídos o descalzos y el cielo azul sobre mi cabeza y el sol brillando mientras las nubes de mil formas y colores me acompañaban, y entonces seguía y seguía. Sé que he atravesado ríos, puentes, ciudades y montañas con los papeles en la mano, escribiendo, escribiendo lo que esas voces me decían. Eran incontrolables, historias sin sentido, pensamientos amargos también tristes y oscuros…como los de aquel hombre…el que murió sin darse una oportunidad.

Ha llovido, nevado, he sido mecido por el viento y empujado por vendavales. He llorado, reído y me he quemado por el sol. He caminado desnudo, vestido, sudado, mojado y la mayoría de las veces sin camiseta, porque aprendí que era como más me gustaba ir. Sintiendo en mi piel la vida de loco.

Las voces se fueron apaciguando, poco a poco ya no eran tan caóticas ni aterradoras, ahora me contaban cosas. Me contaban cosas de la gente, lo que llevaban en la mente, lo que no querían contar. A mí me hablaban y yo ordenaba en los papeles todas aquellas palabras que oía, pensamientos, tristezas, alegrías, traiciones, mentiras, y así fui componiendo mil historias y dándome cuenta de que, en el fondo, no eran tan diferentes a las mías. Aunque la que más me gustó fue la de María, sobre todo, María. Esa chica era especial. Aunque ella todavía no lo sabía.

Paso a paso me fui perdiendo el miedo a mí mismo y decidí volver a mi ciudad, al fin y al cabo, era donde murió mi madre, lo único que me unía a algún lugar. Me aseé un poco. Al principio, cuando me acordaba, me daba un refregón en la fuente de los pinos, pero luego fue convirtiéndose en un pequeño placer y se fue haciendo asiduo que me tirara cubos de agua de la cabeza a los pies en verano y en invierno. Pedía flores por las tiendas del barrio y más allá y, aunque la mayoría se marchitaban pronto, conseguía vender algunas, cuando me sentaba muy de vez en cuando, en la esquina de la calle Paz. Allí me sentaba, a esperar. Solía observar a la gente que pasaba, escuchando sus voces y ordenando las palabras. Hasta que una mañana de domingo me llegó, alta y clara, la voz de María. Estaba doblando la esquina y la escuché dentro de mi cabeza y me di cuenta de lo asustada que se sentía. Cuando me choqué con ella, estaban hablando de cruasanes y mantequilla y al instante ella bajó los ojos y se fijó en mis zapatillas, lo recuerdo porque me miró preguntándose cómo habían llegado hasta mí. Aunque nos habíamos cruzado otras veces, fue el primer día que la vi y, no sé por qué, me acordé de la película del El mago de Oz, solo que esta vez el camino que María iba a recorrer no era el de las baldosas amarillas.

La volví a ver al día siguiente, con un gato con tan mala vida como la mía y prácticamente igual de loco. Lo llevaba en una jaulita y supe que venía del veterinario. La seguí con la mirada hasta que entró en el portal que había a solo unos pasos. Allí mismo, en la esquina de la calle Paz, vivía ella. Lo sé porque subió y bajó enseguida, esta vez sin el gato. Caminaba de prisa y en su teléfono marcaba un numero, diría que con desesperación. Supe que le pasaba algo. «Vamos, cógelo», la oí escuchar dentro de mi cabeza, «maldito cabrón». Cuando pasó a mi lado le tendí una flor, ella apenas la miró, sacó una moneda del bolso y me la tiró al platito, pero no la cogió, yo agarré los papeles y me dispuse a escribir para intentar ordenar sus pensamientos.

El día era frío pero agradable, era lunes por la tarde, trece de febrero, la gente caminaba contenta y esperanzada. A otros les romperían el corazón y la mayoría haría lo mismo de siempre, esperar la llamada del amor. Mañana sería San Valentín y había gran movimiento por las calles y las tiendas estaban repletas de corazones y de lazos y globos de colores. Pensé en llegarme a la Asociación, a la unidad de enfermos mentales, y participar en el taller de manualidades recortando corazones y no sé cuántas chorradas más. Pero era insoportable. Desde el albergue me habían inscrito en los programas de integración, rehabilitación y seguimiento (sobre todo de la medicación), pero era una agonía tener que pasar el día entre aquellos enfermos (aunque el peor era yo) cada uno con su locura a cuestas y con los educadores de turno, la mayoría estudiantes en prácticas, que se cagaban en las bragas y en los calzones en cuanto se levantaba voz. Bueno, estaba Candela…esa no se andaba con tonterías, cada vez que me encontraba por la calle, me agarraba del brazo y no sé cómo terminaba a las puertas de la Asociación. Me preparaba un descafeinado y me sentaba con ella a planchar y doblar la ropa que nos llegaba desde Cáritas o cualquier otra labor. Yo lo aguantaba porque me daba cigarrillos que fumaba con avidez mientras me contaba historias del centro, chismorreos sin maldad, pero me iba poniendo al día, quería que yo me sintiera parte del equipo. A mí eso me daba igual. Yo no decía una palabra y en cuanto se empeñaba en darme la medicación o pedirme cita para el centro de salud, yo retiraba la silla de un manotazo y salía dando un portazo. Como siguiera así me iban a poner una sanción y me quitarían unos días mi cartilla del comedor. Aunque tenía mis opciones. Cada día los grandes supermercados tiraban la comida sobrante o a punto de caducar y solían repartirla entre los pobres del lugar. Me gustaban los martes, porque daban sardinas, y los jueves en el de la autovía sacaban todos los pinchitos y brochetas condimentados con especias. Tenía mi hornillo escondido en el túnel, el que da a la montaña, donde me gustaba subir con mis cuadernos a la salida o la puesta del sol. Allí me la encontré otra vez, a María, corriendo con sus zapatillas Nike como si se le fuera la vida, montaña arriba, sudando el dolor que se le escapaba del cuerpo mientras las lágrimas le nublaban la vista y se fundían con la lluvia que caía a sus pies. Pero eso fue unos días después del acontecimiento que le cambió la vida.

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