Kitabı oxu: «Elías Nandino. Prosa rescatada»


UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DE LA CIUDAD DE MÉXICO
DIFUSIÓN CULTURAL Y EXTENSIÓN UNIVERSITARIA
RECTORA
Tania Hogla Rodríguez Mora
COORDINADORA DE DIFUSIÓN CULTURAL Y EXTENSIÓN UNIVERSITARIA
Marissa Reyes Godínez
RESPONSABLE DE PUBLICACIONES
José Ángel Leyva

COLECCIÓN: AL MARGEN

Elías Nandino. Prosa rescatada.
Primera edición 2021
D.R. © Elías Nandino
D.R. © Gerardo Bustamante Bermúdez
D.R. © Universidad Autónoma de la Ciudad de México
Dr. García Diego, 168,
Colonia Doctores, alcaldía Cuauhtémoc,
C.P. 06720, Ciudad de México
publicaciones.uacm.edu.mx
ISBN (impreso) 978-607-8692-05-7
ISBN (ePub) 978-607-8692-31-6
Esta obra se sometió al sistema de evaluación por pares doble ciego y su publicación fue aprobada por el Consejo Editorial de la UACM.
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Nota preliminar
Elías Nandino nació en Cocula en 1900 y murió en Guadalajara en 1993; ambas ciudades del estado de Jalisco. Es conocido en el medio literario mexicano básicamente como poeta. La publicación del libro Elías Nandino: una vida no/velada (1986) de Enrique Aguilar, remozó la existencia del vate jalisciense en el medio literario mexicano, particularmente por las revelaciones que hace sobre su vida íntima, sin embargo este libro no contribuye a la recopilación de la obra «perdida» del autor, pues sus intenciones son otras: la escritura biográfica de un poeta y médico. La aparición de la autobiografía Juntando mis pasos (2000) complementa la faceta biográfica del escritor, quien también pone énfasis en su vida memoriosa, su oficio como médico, así como en la confesión de su intimidad afectiva y sexual. No existen datos en ninguno de estos dos libros que den cuenta suficiente del oficio de ensayista y crítico, salvo la referencia como editor de la revista Estaciones.
Los escritores del grupo Contemporáneos han sido altamente conocidos en el medio cultural mexicano, particularmente por la crítica y las instituciones, al grado de contribuir a su internacionalización a través de reediciones, exposiciones, homenajes y traducciones. Los nombres de autores como Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, Jaime Torres Bodet y Gilberto Owen aparecen registrados en la historia cultural y educativa de México. Por su parte, la obra de Elías Nandino, quien para algunos críticos sí es parte del grupo, sigue en el olvido editorial esperando que se haga una edición crítica de su obra completa en donde se incluyan las páginas con las que colaboró en revistas cubanas, así como sus poemas publicados en periódicos y revistas nacionales y no recopilados hasta el momento en ningún libro. También hace falta rescatar las más de quince canciones que escribió y que compositores como Gabriel Ruiz y Blas Galindo musicalizaron con gran éxito. Debido a la desatención crítica y editorial, nuestro autor es un escritor marginal del siglo XX y un poeta casi olvidado. Quizás las nuevas generaciones de estudiosos emprendan una acuciosa búsqueda por las publicaciones periódicas de la Ciudad de México, Guadalajara e incluso La Habana, en donde Nandino publicó varios poemas casi desconocidos. Sirva como ejemplo el poema «Telepatía», de corte romántico, aparecido en El Universal Ilustrado, para reafirmar que la labor de rescate de la obra de don Elías Nandino Vallarta es necesaria:
Tu mirada se extiende
por el torso del aire
y se estremece
como la piel del agua.
En la antena de mi corazón
se anudan caricias
inalámbricas
y siente el magnetismo de tus ojos
arropando mi alma…
Mil roces infinitos
pasan por mi cuerpo
rodeado por una fuerza
silenciosa que se alarga;
la distancia entrelaza
sus manos transparentes
y en una estela clara
se pierden mis deseos…
¡Los delirios pasan!...
No sé quién eres
y sin conocerte, siento
—como los astros
se hunden en el río—
el hilo de tus besos
en una fuga pálida…
¡Me ahorca tu mirada!1
El presente material es un volumen de los textos en prosa de Elías Nandino que he rescatado. Se trata de cuatro intensos años de búsquedas en periódicos y revistas, principalmente. El hallazgo de un texto siempre lleva a otro y es así como se fue conformando este libro, dividido en siete apartados, según la naturaleza de los textos: ensayísticos, críticos, autobiográficos o de ficción que ahora piden su difusión para que la obra en prosa del poeta sea la muestra de que nunca estuvo ausente y ajeno a las voces de otros autores, ni a ciertas preocupaciones que marcaron su rumbo poético e ideas sobre la vida, la estética y la escritura creativa. Con esta recopilación se agrega a la biografía del autor una faceta no revelada hasta el momento. Si a los Contemporáneos se les elogia su prolífica producción ensayística y de crítica de arte, ahora el doctor Nandino aparece como un intelectual que trabaja en los mismos asuntos de manera paralela e independiente, pues a pesar de que nunca vivió de sus colaboraciones en periódicos y revistas, sí estuvo presente como lector e impulsor de otras voces, tanto clásicas como nuevas. Nandino nunca fue complaciente con sus comentarios que en más de una ocasión fueron agudos y críticos. Tal vez esta será otra de las razones por las que no se ha puesto interés en su producción ensayística, pues la crítica literaria con frecuencia lanza grandes loas a los libros de otros escritores —sobre todo cuando se trata de amigos—; don Elías mereció incluso algunas enemistades, como la de Jaime García Terrés, quien le retiró el saludo después de haber criticado las supuestas deficiencias de su libro Las provincias del aire.
La recopilación de estos materiales es posible gracias a la insistencia del escritor Gustavo Sainz, quien desde 2008 me instó a recopilar los materiales en prosa del doctor Nandino. En más de una ocasión le pedí que fuera él quien escribiera un prólogo a este rescate editorial, ya que me había permitido publicar en el libro colectivo Sobre tus ojos dormidos. Artículos críticos sobre la obra de Elías Nandino (Floricanto Press, 2011) su artículo «Del verso libre al verso extacto: la poesía de Elías Nandino». Aceptó inmediatamente, pero sin premura. Ni Sainz ni yo hablamos más del tema en las ocasiones que nos encontramos en la Ciudad de México ni en la comunicación por correo electrónico que tuvimos a lo largo de nuestros breves años de amistad. Ahora que ya no está, a él le dedico estas páginas.
Hago público mi agradecimiento a José Miguel Caravantes Ibarra, albacea de Elías Nandido quien, generoso, me permitió reproducir la obra que se publica en este tomo. Agradecimiento especial merece Jaime Hernández Moreno, director de la Casa de la Poesía Elías Nandino, en Cocula, Jalisco; Jaime trabaja arduamente para que en la niñez y juventud de Cocula florezca la palabra y el legado de Elías Nandino. Gracias a Daniel Montelongo Aguayo, integrante de la Asociación Ciclos Terrenales, por sus amables gestiones para que este libro viera la luz y el nombre del Dr. Nandino siga vivo. El respeto y afecto de ellos tres hacia el vate coculense ha hecho posible que por décadas, la obra del poeta jalisciente perdure entre su pueblo.
GERARDO BUSTAMANTE BERMÚDEZ
Elías Nandino ensayista y crítico
GERARDO BUSTAMANTE BERMÚDEZ
Nosotros, mi libro y yo, vamos de acuerdo y con la misma marcha. En otros casos puédase elogiar la obra y criticar al obrero, por separado; en éste no: si se ataca al uno, se ataca al otro.
MIGUEL DE MONTAIGNE
Algunos estudiosos del ensayo han señalado que este género nace desde la antigüedad.1 Las formas de representación del discurso a lo largo del tiempo han sido variadas, desde la alta retórica para tratar los temas artísticos, pasando por el ensayo filosófico, didáctico, social, científico, psicológico, literario, político, entre otros. No será hasta que Montaigne en el siglo XVI le dé nombre y exponga algunas de sus características,2 que el ensayo comienza a clasificarse como tal y a considerarse como un género que aún en el siglo XXI nos cuesta trabajo diferenciar y clasificar dentro de la categoría de ensayo debido a su cariz híbrido.
Dice María Elena Arenas Cruz que el ensayo se basa en el estudio de las relaciones entre texto y contexto (sujetos, lugar y tiempo) y que consiste en concebir al texto (producto del intelecto y preocupación temática del ensayista) como una actividad a la que asistimos los lectores, quienes, a través de lo escrito, podemos dialogar con las ideas del autor, apoyar o refutar un discurso.
El ensayo es una forma de expresión generalmente en prosa donde lo que importa es la relación del conocimiento; se trata de expresar el pensamiento en términos no artísticos, pero tampoco coloquiales. Este género refleja el pensamiento del autor y provoca la reflexión en el lector a través de procedimientos sistemáticos de aproximación a un tema. El ensayo habitualmente no es exhaustivo, pero sí refleja los intereses temáticos del ensayista, quien no tiene que ser especialista en un tema para ser reconocido como un sujeto que piensa, escribe y argumenta sus ideas. La libertad del creador admite digresiones, imprecisiones en las citas —si las usa— y un estilo personal que no se sujeta a ningún modelo establecido, pues el estilo del ensayo es tan diverso como la cantidad de ensayos que se han escrito. Lo importante de este género son las ideas que se vierten, los juicios y la argumentación, de ahí que algunos estudiosos hayan considerado que el ensayo es una literatura de ideas. Un ensayista escribe, ensaya sobre un tema de su interés, se acerca a un asunto con el objetivo de comprenderlo desde sus circunstancias y experiencias; manifiesta sus argumentos y es capaz de dialogar y contrargumentar con las ideas de otros.
Dice José Luis Gómez-Martínez que el ensayo es un texto no extenso ni demasiado profundo donde se da cuerpo a un tema a través de la reflexión; en ocasiones produce la duda en el lector e introduce en primer plano el yo del creador.3 A diferencia de otros géneros, el ensayo se sustenta en la sinceridad y subjetividad del ensayista, quien comparte con el lector su discurso sin tratar de convencer; su propósito es establecer el diálogo y discutir ideas, pues «todo acto de escribir, supone, además, un proceso de codificación de un pensamiento: se trata de expresar una idea a través de un sistema de signos que a su vez son incapaces de significar en sí mismos, pues sólo inician un proceso (teóricamente indefinido) de definir el acto de significar en una cadena interminable».4 La finalidad del ensayo esencialmente es la comunicación e interpretación de un tema, sin el fin de agotarlo, es decir no tiene obligatoriamente conclusiones y concluyentes; puede finalizar con preguntas que el propio autor no ha podido responder y que trata de compartirlas con el lector para que éste intente dar una respuesta, o por lo menos, piense sus propios argumentos respecto al tema. En este sentido, el ensayo es una conversación a distancia entre el creador y el lector y una posibilidad de actualizar el tema, replantear asuntos tratados en textos anteriores, o bien, cambiar de opinión. Lo destacable en todo caso es el nivel de argumentación y el diálogo a distancia entre autor-lector.
Dice José Luis Gómez-Martínez que en realidad el ensayista no necesita una especialización del tema, pues de lo que se trata es de mostrar el «perspectivismo» sobre un asunto inquietante, ensayarlo de manera libre y establecer el diálogo con el lector; éste a su vez llegará a sus propias conclusiones e incluso podrá continuar el ensayo, si no de manera escrita, sí a través de la asociación de pensamientos.
Lo que hace que el lector se acerque al texto ensayístico es la experiencia de sentirse cerca del creador que manifiesta sus puntos de vista y argumentos. Arenas Cruz afirma que el ensayo consiste en la personalización de argumentos y de ciertas «marcas lingüísticas propias de la manifestación del yo y de su actitud respecto a lo enunciado (indicadores de persona, espacio y tiempo —deícticos—; modalidades de la enunciación […] A través de estos recursos lingüísticos, el sujeto de la enunciación construye una determinada imagen de sí mismo, pero a la vez proyecta la imagen de un interlocutor».5
El ensayo es un discurso personal que se construye a partir de las inquietudes y preguntas de un autor que, llegado el momento, comienza a hacer disertaciones sobre un tema con el fin de comprenderlo. Así, el ensayo proporciona la libertad al autor para fijar su discurso en un estilo libre, con los préstamos estilísticos y poéticos que mejor le acomoden. Esta falta de unificación de estilos y características definitorias del ensayo llevaron a Alfonso Reyes a calificar al género como un «Centauro» que se nutre de diversos discursos e inquietudes temáticas que se materializan en un escrito.
Por su parte, Liliana Weinberg caracteriza al ensayo como un «género fronterizo», un «híbrido» y un género «mestizo» que seduce y está al servicio del desarrollo de las ideas del creador.
La Real Academia, en tanto, dice en su Diccionario de la lengua española que el ensayo es un «Escrito en el cual un autor desarrolla sus ideas sin necesidad de mostrar el aparato erudito».6
Aunque resulta problemático aun en nuestros días homogenizar los criterios para definir si un texto cumple las características de un ensayo o no, José Luis Gómez-Martínez nos proporciona, a lo largo de su emblemático texto Teoría del ensayo, algunos planteamientos que nos ayudan a comprender y clasificar ciertos textos dentro de la categoría de ensayos. A continuación resumo algunos de estos planteamientos:
• Se trata de un texto cuyas bases de reflexión son la argumentación, la prueba, el examen, la inspección y el reconocimiento del tema desde las marcas del «yo-ensayista».
• Es un texto donde destaca la interpretación y la subjetividad del creador, su intensidad y preocupación para reflexionar y tratar un tema las veces que sea necesario; en ocasiones el acto de pensar y repensar el tema lleva al ensayista a modificar las posturas. El ensayo no busca una verdad absoluta; sólo muestra la verdad del autor.
• Hay un código (un pacto, según Liliana Weinberg) entre el ensayista y el lector; ambos establecen un diálogo a distancia; el mensaje y las ideas contenidas en el discurso permiten la comunicación. Se da el diálogo cuando el lector lee y piensa el ensayo. Si no hay un lector, o bien, es un lector pasivo o poco receptivo, el ensayo es monológico.
• Un ensayo permite leer y conocer una época: si se trata de un tiempo lejano al lector, éste actualiza los referentes, los contextos y los piensa desde su presente, valorando las evoluciones, o bien, las aportaciones sobre el tema.
• El tema de un ensayo es inagotable y con frecuencia no se trata de manera exhaustiva (aunque sí con seriedad). El tratamiento de un tema en el discurso ensayístico es un trabajo no terminado en el sentido de que admite modificaciones a partir de futuras meditaciones donde las perspectivas se modifican.
• En el ensayo literario (a diferencia del académico) hay una imprecisión en las citas textuales y referencias pues lo que importa no es la fuente exacta, sino el sentido y la utilidad que le da el ensayista al momento de escribir su discurso, mismo que tiene un tono artístico como su característica principal.
• En la medida que el ensayista piensa y escribe, inventa su propia poética del género de acuerdo con sus necesidades.
En el México del siglo XX, la proliferación del género ensayístico dio abundantes páginas. Si hablamos de generaciones o grupos, El Ateneo de la Juventud, los Contemporáneos y la Generación del Medio Siglo, por citar a tres destacables generaciones agrupadas alrededor de círculos literarios y publicaciones periódicas, podemos decir que son quizás quienes más textos de carácter ensayístico produjeron y gracias a esos textos mestizos o híbridos ha sido posible tipificar y definir parte de la historia literaria nacional del siglo XX. Esta «literatura de ideas entre periodismo y filosofía», según definió al género el propio Xavier Villaurrutia, ha permitido pensar los contextos literarios, políticos, educativos, históricos, culturales e incluso científicos de la época en la que fueron escritos.
José Luis Martínez en la Introducción a El ensayo mexicano moderno trata de definir la naturaleza híbrida del ensayo como género discursivo y lo emparenta con otras formas literarias, filosóficas y periodísticas, antiguas o actuales como son el tratado, el estudio crítico, la monografía, la crítica literaria, el ensayo teórico, el ensayo expositivo, el ensayo periodístico e incluso las memorias como manifestación de escrituras de yo. El ensayo del siglo XX se ha nutrido de las diferentes manifestaciones argumentativas y géneros. De la categorización que hace José Luis Martínez, las siguientes apreciaciones nos servirán para entender la producción ensayística de Elías Nandino:
1. Ensayo como género de creación. Es la forma más noble e ilustre del ensayo, a la vez invención, teoría y poema. Pueden ilustrarlo, dentro de la producción mexicana moderna, Palinodia del polvo, de Alfonso Reyes, Novedad de la patria, de Ramón López Velarde o Pintura sin mancha, de Xavier Villaurrutia.
2. Ensayo breve, poemático. Semejante al anterior aunque más breve y menos articulado; a la manera de apuntes líricos, filosóficos o de simple observación curiosa. Memorables ejemplos, los ensayos breves de Julio Torri, los ensayos-epigramas de Carlos Díaz Dufoo Jr. y Obras maestras, de Ramón López Velarde.
3. Ensayo de fantasía, ingenio o divulgación, de clara estirpe inglesa. Exige frescura graciosa e ingenio, o ese arte sutil de la divulgación cordial y honda sin que se pierda la fluidez y la aparente ligereza, como en Matrícula 89, de Alfonso Reyes, Tristeza de José Vasconcelos o De las ventajas de no estar a la moda de Salvador Novo.7
Son numerosas las páginas de escritores mexicanos que han disertado sobre temas diversos en su producción ensayística, ya sea desde el tema independentista del siglo XIX hasta las postrimerías del siglo XX. La historia cultural mexicana, los temas literarios e históricos aparecen varias veces como contra-discursos de la oficialidad. El ensayo mexicano del siglo XX se revela como un redescubrimiento, una forma de pensar los temas nacionales, a veces bajo el sello de la etiqueta nacionalista, como sucedió en la época revolucionaria. Por tratarse de ensayistas que también escriben poesía, drama o narrativa, el modo expresivo y su fuerza son tan heterogéneos como la cantidad de ensayistas.
Elías Nandino y los Contemporáneos
Tomando en cuenta los esbozos anteriores sobre la definición y caracterización del ensayo, podemos decir que varios de los textos contenidos en este libro cumplen los requisitos para ser considerados ensayos: argumentación, supremacía del yo autoral, subjetividad, diálogo con el lector, concisión, lectura de una época literaria y cultural, imprecisiones en las citas, incluso acentuadas marcas de lirismo debido al trabajo poético del autor, quien no puede desprenderse del todo del cariz poético.
Como ensayista, Elías Nandino escribió algunas páginas muy interesantes sobre lo que a su juicio fue el llamado grupo Contemporáneos, compuesto por autores como Salvador Novo, Xavier Villaurrutia, Jaime Torres Bodet, José Gorostiza, Jorge Cuesta, Bernardo Ortiz de Montellano y algunos otros que publicaron en la revista que llevó el mismo nombre del grupo. Esta publicación tuvo vida de junio de 1928 a diciembre de1931. Para estas fechas, Elías Nandino vivía en Estados Unidos donde preparaba su tesis médica titulada «Algo más sobre raquianestesia y su aplicación en el niño». Regresa a la Ciudad de México en mayo de 1930 y en agosto recibe el título profesional de Médico Cirujano en la Universidad Nacional de México; sigue escribiendo poesía, editando y apoyando a sus amigos escritores, los consagrados, los jóvenes y los marginados, sobre los que escribe en revistas y periódicos nacionales. De los miembros de Contemporáneos, siente predilección por Jorge Cuesta y Xavier Villaurrutia, dos de sus entrañables amigos. «Retrato de Jorge Cuesta», por ejemplo, es un documento de primera mano para los estudiosos de este poeta alquímico, avejentado y evasivo que presenta Elías Nandino. Entre ambos escritores hay una identificación: trabajan por la poesía impulsando a los escritores a no caer en los vicios de las modas literarias o las influencias extranjerizantes o nacionalistas, uno de los grandes males de las letras, según el propio Nandino. Ninguno de los escritores de Contemporáneos pudo hacer un verdadero retrato de Jorge Cuesta como lo hizo Elías Nandino, quien presenta la parte humana de su amigo, el hombre geométrico, de apariencia decadente, pero con un gran talento artístico e inteligencia comparada con la de Baudelaire, Voltaire, Rimbaud, Nietzsche, Lutero, Wilde o Rilke, según la opinión del ensayista.
Xavier Villaurrutia en su texto «In memoriam: Jorge Cuesta» nos presenta sólo al escritor, pero no al personaje alquímico, evasivo y extraño. Apenas logra dar unas pinceladas al personaje autodidacta que leía a los demás miembros del grupo sus textos en las reuniones literarias que organizaban, que fue parte de los fundadores de Ulises, que publicó en Antena, La Falange y en varias otras revistas notas sobre poesía mexicana y universal, así como creaciones poéticas propias.
Sólo Elías Nandino logra hacer un verdadero retrato de Jorge Cuesta, el hombre hermético para la mayoría de sus compañeros, pero un individuo solo e incomprendido «en un siglo donde lo material brilla más que lo espiritual, y que lo ha condenado a la cicuta de la incomprensión y el desconocimiento». Y es que en realidad, la misma producción literaria de Cuesta, principalmente los ensayos y textos en prosa, dan cuenta de sus preocupaciones temáticas, tanto en el ámbito literario como en el sexual. Ensayos como «Una teoría sexual», «La educación sexual», «La literatura y el nacionalismo» y «La pintura superficial» se convierten en textos de gran provocación al stablisment moral y cultural del momento.
Por otra parte, uno de los poetas sobre los que Elías Nandino escribió importantes ensayos es Xavier Villaurrutia. En «Retrato», «La poesía de Xavier Villaurrutia», «La muerte en la poesía de Xavier Villaurrutia» y en «Xavier Villaurrutia: Nostalgia de la muerte», el ensayista recurre al retrato del poeta y al análisis de su poesía para hablar sobre su entrañable amigo a quien conoció a principios de 1924 y con quien estableció una gran amistad hasta diciembre de 1950, año de la muerte de Villaurrutia. Estos ensayos revelan el gran aprecio de Nandino por la obra y la persona de Villaurrutia y permiten establecer relaciones intertextuales con los poemas que Elías Nandino escribió a la muerte de su amigo, particularmente con «Décimas para un poeta difunto» y «Epílogos a un poeta difunto», de libro Triángulo de silencios (1953), así como el famoso poema «Si hubieras sido tú», perteneciente a Nocturna suma (1955).
En Juntando mis pasos (2000), Nandino dedica un capítulo a la presentación del poeta de la muerte. Estando en Córdoba, Veracruz, Nandino se entera del repentino deceso de su amigo. A partir de este momento el sentimiento de desconsuelo y el dolor lo ponen intranquilo:
Casi quince días anduve con una inquietud que sólo se me quitó cuando, en un lugar que no supe, en una casa rara, mientras dormía, me tocaron. Salí a ver quién era, y era Xavier. Lo hice pasar y platicamos muchas cosas. Me pidió un cigarro y al pararme, para ir a la cómoda donde estaban los cigarros, al querer apoyarme en su pierna la mano se me fue hasta el fondo porque no encontré solidez. Entonces, como quien sale de una profundidad llena de agua, salí a flote de mi sueño para recuperar respiración. Me vino de golpe el conocimiento de que Xavier ya estaba muerto. No me asusté, sino al contrario, sentí consuelo.8
Con este sueño, Elías Nandino comienza el duelo y la despedida; escribe «Décimas a un poeta difunto», compuesto por diez poemas. La mayoría de estos textos retoman las imágenes del sueño —elemento freudiano que Nandino estudió ampliamente en sus cursos de psicoanálisis, impartidos por el doctor Ignacio Ramírez en la Escuela de Medicina.
Tu muerte sigue encendida
en el oculto venero
del misterio verdadero
con que me cercas la vida.
En el aire está escondida
tu esencia, y embelesado
en el lenguaje callado
donde te escucho sin verte,
vivo el área de tu muerte
con que me tienes sitiado.9
La experiencia del amigo ausente fue una constante en la vida de Elías Nandino, quien en varias entrevistas confesó sentirse mutilado a la muerte de Villaurrutia. Al publicarse las cartas que Villaurrutia le dirigía a Novo, Nandino se entera de que en una de ellas, su entrañable amigo confiesa: «“El único que me escribe con frecuencia es Elías, pero ya ves cómo es Elías: no sabe si uno puede resistir su entrega”. Esto me dolió y lastimó la imagen de Xavier, porque yo fui con él no sólo su amigo, sino su hermano».10 Las palabras que refiere Nandino son las siguientes y fueron escritas el 18 de noviembre de 1935:
¿Qué hace Roberto Montenegro? No le he escrito porque no sé cómo recibirá mi carta: en los últimos meses que pasé en México, tenía una actitud llena de reservas hacia mí. Carlos [Pellicer] y Agustín [Lazo] me han escrito poco; Elías lo hace con frecuencia y con ese cariño que pone en todas las cosas, un cariño rápido y como distraído: un cariño de médico que receta cariño sin haber auscultado lentamente al enfermo; sin saber si el enfermo resistirá la dosis de cariño que le receta.11
Los textos ensayísticos donde Nandino habla de Villaurrutia poseen un valor testimonial y una crítica justa: se trata de un poeta hablando de otro poeta, ambos conocedores de los asuntos de la lírica universal e impulsores de la creación artística en el México posrevolucionario: Xavier Villaurrutia como integrante y promotor de los grupos Ulises y Orientación, renovador de la escena teatral mexicana, crítico, ensayista, dramaturgo y poeta; Elías Nandino como poeta y editor de importantes publicaciones periódicas como Cuadernos México Nuevo, Estaciones. Revista Literaria de México y Cuadernos de Bellas Artes donde publicó, entre otros títulos, la farsa Sea usted breve de Xavier Villaurrutia.
Es Elías Nandino uno de los más autorizados para hacer notar la manera en la que aparece el tema de la muerte en la poesía de Xavier Villaurrutia; en sus palabras, en momentos se aprecia un desplazamiento hacia el discurso lírico: «Supo pues, este gran poeta, hacer circular en las venas de su poesía, toda una helada agonía que nos despierta el calosfrío de pensar que la vida es sólo un tiempo que nos da la ocasión, si la aprovechamos, de purificarnos». La poesía de Xavier Villaurrutia es salvadora —según el juicio del ensayista—. La muerte se convierte en una forma de purificación permanente, es compañera y nunca enemiga; es inherente al poeta, renace cada día y se convierte en su eterna compañera.12 «Epitafio» de Villaurrutia es uno de los poemas que más calan la entraña de Nandino:
Duerme aquí silencioso e ignorado
el que en vida vivió mil y una muertes.
Nada quieras saber de mi pasado.
Despertar es morir. ¡No me despiertes!13
Aunque Elías Nandino reconoce la calidad literaria de algunos miembros de Contemporáneos, entre la escritura de los elogiosos ensayos sobre Villaurrutia y algunos otros comentarios vertidos en entrevistas, también hay críticas severas. En su ensayo «Panorama actual de la poesía mexicana» emite fuertes juicios sobre los integrantes del grupo, acusándolos de convertirse en una mafia cultural, una dictadura empeñada en ser una copia/reproducción extranjerizante, que habla desde la crítica literaria para elogiarse mutuamente o para destruir a sus adversarios. Además de las alabanzas a ciertas figuras icónicas de la poesía mexicana como López Velarde y González Martínez, el ensayista anula las aportaciones de sus contemporáneos y afirma que «el movimiento de este grupo hizo un tremendo mal a nuestra poesía […] se volvieron ciegos a nuestras tragedias, nuestros colores, nuestros paisajes y nuestras tradiciones […]». Si el ensayista critica e incluso anula las aportaciones literarias de los Contemporáneos, se debe a que como poeta no comparte la visión de una poesía intelectual hecha por y para intelectuales. Nandino es severo y parcial, sin embargo, el ejericio crítico-ensayístico permite al paso de las décadas valorar la producción de los escritores referidos por Nandino. La poesía para el ensayista debe tocar los sentimientos del lector. En «Balance de la poesía en 1967», Nandino atribuye que la falta de lectores de poesía se debe, entre otras cosas, a que los poetas no comunican y escriben textos indescifrables para quien los lee. La poesía tiene por obligación ser humana, sensible y se debe convertir en un ejercicio libre de los sentimientos y el pensamiento del hombre, al menos desde la apreciación del jalisciense. Sin lugar a dudas, los Contemporáneos se ocuparon por cimentar o afianzar las bases de una literatura mexicana —no nacionalista— y una naciente clase intelectual cosmopolita, no obstante, los ensayos de Elías Nandino donde los reduce a una copia de la literatura extranjera, también deben revisarse para poner en la balanza las verdaderas aportaciones de este grupo y las opiniones de quien fuera no sólo un poeta e intelectual de la época, sino un amigo y médico de los Contemporáneos. Las apreciaciones de Nandino se basan en su propia idea de lo que es la poesía y los grupos literarios.
Una de las características del ensayo como género es la modificación de argumentos que, al repensarse, hacen que el ensayista cambie de opinión o replantee el asunto tratado con anterioridad. Si en «Panorama actual de la poesía mexicana», Nandino descalifica a los Contemporáneos, en su ensayo autobiográfico «Mi relación con los Contemporáneos» se incluye como parte del grupo y dice sentirse deudor en cuanto a las lecturas y formación intelectual:
[A los Contemporáneos] les debo mi orientación en la lectura, mi ejercicio crítico y mi autocrítica. Con ellos adquirí agilidad mental para la respuesta instantánea y la fina ironía para el epigrama. Con Villaurrutia cruzamos influencias mutuas y creo que hasta contagio mental. Compartió mi vida médica y mis guardias en los hospitales, de donde le vino mayor responsabilidad humanitaria.
Siendo muy joven, Elías Nandino se inició como lector de los románticos españoles como Gustavo Adolfo Bécquer, pero también con Juan Ramón Jiménez. Desde sus primeros años como lector descubrió a Manuel M. Flores, Amado Nervo y Enrique González Martínez, de quienes recibió sus primeras influencias, particularmente en libros como Espiral (1928) y Color de ausencia (1932) que tienen una profunda vena romántica y modernista. Pero si Nandino se nutrió de éstos y otros poetas, la verdadera sensibilidad humana la encuentra en el quirófano, en la sala de operaciones de Lecumberri o del Hospital Juárez, donde trabajó por muchos años. El propio Xavier Villaurrutia escribe en el prólogo a Eco (1934): «Yo lo he visto sostener, alternativamente, el lápiz del escritor y el bisturí del cirujano; escribir y operar; escribir con fiebre y operar con frialdad».14
Si Elías Nandino hace hermosos retratos alrededor de escritores como Jorge Cuesta y Xavier Villaurrutia, también lo hará con el poeta Porfirio Barba Jacob, otro personaje marginado de las instituciones culturales de la época así como de los grupos literarios de poder. Este hombre también tiene una personalidad física digna de describirse, tal como se contruye en el retrato físico, intelectual y anímico que hace su amigo: «Hubo momentos en que llegué a creer que era de humo coagulado o de inmateria de endriago vagabundo. Mas en esta confusión de oscuridades, sólo su voz y el aleteo de sus manos lo diferenciaban de un monolito de obsidiana». El poeta que tomaba sus tragos de Tenampa y fumaba cigarros de marihuana, era un poeta cósmico, nacido del silencio; sólo tenía voz a través de su poesía y de las interesantes conversaciones que tenía con Nandino, cuando el colombiano visitaba al jalisciense. Cuarenta y tres años después de la muerte por tuberculosis de Porfirio Barba Jacob, Nandino impulsa, en colaboración con el investigador José Martínez Torres, el rescate y publicación del libro Antorchas contra el viento (1984), texto editado por la editorial Gatopardo.15 En el prólogo, Nandino pretende reivindicar la figura de su amigo y más aún, apela a que el lector encuentre una verdadera comunicación con el poeta a través de su obra sin importarle su vida íntima. Las palabras del prologuista son virulentas: «[…] pienso que ya es hora de taparles la boca a toda esa clase de críticos puritanos, que se han acostumbrado a juzgar la obra del artista, no por su calidad en sí misma, sino, y con mayor rigor, por el placer de sus camas, los cigarros que fuma, los excitantes que usa, o los desmanes de su vida íntima».
Elías Nandino es el primer escritor que se preocupa de que la obra de Barba Jacob siga publicándose en México, pues según el autor de Cerca de lo lejos, su amigo le encomendó la tarea de reeditar su obra. Nandino supo cumplir con esta petición. Lamentablemente él no obtuvo la misma respuesta por parte de los escritores a los que dio a conocer en Estaciones y de quienes esperó que se ocuparan de hacerle una antología memorable que jamás se materializó, entre ellos Carlos Monsiváis y José Emilio Pacheco.
Elías Nandino ejerció la crítica literaria y de arte muchas veces por sentido de justicia poética, como en el caso de la selección de textos poéticos de Porfirio Barba Jacob para el libro Antorchas contra el viento. En otras ocasiones lo hace a petición de escritores que le solicitan un prólogo o presentación, o bien, lo hace en su carácter de editor de las revistas que dirigió a lo largo de varias décadas. Su función como ensayista y crítico es —como sucede con frecuencia en el ámbito de los escritores— aprendida, toda vez que el oficio de crítico literario tiene una tradición en México y en estricto sentido requiere la formación académica profesional. No obstante, el poeta sabe que la función del crítico es valorar la obra desde los parámetros de la estética y el contexto literario en el que el texto, como objeto artístico, se construye. Según Alfonso Reyes en su libro Teoría literaria (1940), todo texto de forma inmanente debe ser juzgado por los siguientes parámetros: 1) el valor semántico y de significado; 2) imitación de la naturaleza o mímesis; 3) intención estética; 4) contenido y comunicación. En el caso de la poesía, además de los anteriores debe agregarse la valor de la sintaxis, el ritmo y la emoción.
Como crítico literario y poeta, Elías Nandino plantea ciertas preocupaciones sobre el quehacer estético. En los textos aquí recopilados en la sección «Manifiestos» se puede notar el interés del autor por establecer parámetros para la escritura. Estos textos sirven también al crítico literario para reflexionar sobre su trabajo de análisis textual. Por momentos, pareciera que Nandino está en contra de la función del crítico: «Si no puedes definir la poesía, confórmate con crearla. Su misma sentencia la define. Los poetas construyen la poesía. Los cíticos la destruyen», no obstante, el autor mismo ejerció el oficio de crítico bajo las exigencias propias de la crítica literaria.
Nandino y los jóvenes escritores
Después de la época posrevolucionaria, México contó con importantes revistas literarias que abrieron el camino para las nacientes generaciones de escritores. Entre estas revistas podemos contar a El Maestro, Prisma, Contemporáneos, La Falange, Taller, Ulises, Examen, entre muchas otras. La cerrazón de los dirigentes literarios de algunas publicaciones, así como el afán por impulsar la moda surrealista en la poesía mexicana de los años treinta, cuarenta y cincuenta, hicieron posible el nacimiento de Estaciones. Revista Literaria de México, publicación de Elías Nandino y Alfredo Hurtado, que tuvo vida de 1956 a 1960. Los veinte números fueron patrocinados casi en su totalidad por el propio Elías Nandino con sus honorarios de médico y algunas suscripciones.
Estaciones nace a partir de una conversación entre Elías Nandino y Alfredo Hurtado mientras desayunaban en el Sanborn’s de los azulejos, a finales de 1955. Según cuenta Nandino en su autobiografía, en la época, «había desorientación por la terquedad de persistir en un surrealismo trasnochado ya asimilado en nuestras creaciones literarias. Sin embargo, la influencia de Octavio Paz, de formación surrealista, insistía en que la juventud practicara ese ejercicio».16 La tendencia a considerar que la literatura mexicana tenía que ser hermética, evasiva y surrealista era el parámetro para juzgar la calidad de una obra literaria, según las afiliaciones estéticas de algunos escritores, de ahí que Nandino en su ensayo «Después del surrealismo… ¿Qué?» arremeta en contra de la imposición de una tendencia estética en la lírica mexicana porque en estricto sentido esto se traduce como una imposición casi obligatoria. Evidentemente, los que no comulgaban con estos postulados y vieron que el surrealismo no tenía que ser una moda, quedaban excluidos de las revistas e incluso de las editoriales. Así pues, con un tiraje de mil 500 ejemplares, pocos suscriptores y patrocinadores, los editores de la revista Estaciones emprendieron una nueva aventura literaria como contrapropuesta a las tendencias extranjerizantes, a los grupos literarios y al ninguneo hacia las plumas jóvenes. El domicilio de Revillagigedo 108, despacho 102, en la Ciudad de México, fue el consultorio médico y la oficina de redacción de Estaciones, publicación que apareció con las estaciones del año y dio acogida e impulso a las nuevas voces literarias del país y el extranjero.
Para esta época, Elías Nandino era un escritor reconocido; había publicado importantes libros de poemas, así que Estaciones no significó un medio para darse a conocer, sino más bien, la política fue impulsar a los escritores jóvenes: «una revista abierta, sin respetar jerarquías o críticas panegíricas, sino apoyando principalmente a la juventud, para remozar la interpretación de la vida y, al mismo tiempo, darle inetidez».17 Como lo haría en los años ochenta en los Miércoles Literarios en el Ex Convento del Carmen, de Guadalajara, Nandino se rodeó de jóvenes literatos talentosos que apenas comenzaban a despuntar. En el primer año de Estaciones, la edición estuvo a cargo del propio Nandino, de la dirección se encargaron Alfredo Hurtado, Alí Chumacero, José Luis Martínez y Carlos Pellicer. En 1957, se adhieren a la dirección Salvador Reyes Nevares y Enrique Moreno de Tagle. Para el número 10 de la revista, el equipo de redacción se integró por Carlos Monsiváis, Sergio Pitol, José Emilio Pacheco, Raymundo Ramos Gómez y Lazlo Javier Moussong. En el verano de 1957, Nandino creó la sección Ramas Nuevas y confía en el joven José Emilio Pacheco y posteriormente también en Carlos Monsiváis, la calidad de dicha sección. Así se expresó en 1982 Pacheco de su labor como periodista cultural en Estaciones:
[Elías Nandino] nos concedió absoluta autonomía, no discutió ni revisó nuestras colaboraciones (por eso no puedo releer las 54 que dejé en Estaciones sin morirme de vergüenza). De modo que fue enteramente voluntaria del clima de hace veinticinco años la nota que perpetré cuando apareció Las peras del olmo. Aunque mi ideal literario de entonces y mis modelos absolutos eran, y no podía ser de otro modo, autores de buena-mala poesía como Plaza, Peza, Campoamor, Núñez de Arce, y por más que mi ingenuidad no me impidió del todo ver de quién estaba hablando, pontifiqué con el aplomo que sólo puede dar la ignorancia.18
Para el número 11 de la revista, se conservan los mismos integrantes en el equipo de redacción, pero se incluye a José de la Colina como jefe de redacción. Ya para el número 13, en 1959, la dirección recae sólo en Elías Nandino, el jefe de redacción es Alí Chumacero y el comité editorial está a cargo de Monsiváis, Moussong, Pacheco y los jóvenes, Hugo Padilla, Gustavo Sainz y Fernando Sánchez Mayáns. Las entradas y salidas de los escritores jóvenes a la redacción de Estaciones no impidió que la publicación decayera; algunos de ellos se habían ido al equipo de trabajo de Fernando Benítez, uno de los principales detractores de Estaciones que siempre denostó la labor editorial de Nandino. Ya para 1960, se conservaban pocos colaboradores y se incluían otros como Raúl Renán, Juan Vicente Melo y Elena Poniatowska.
Con el número 20, invierno de 1960, Elías Nandino cierra la primera época de la revista. Con sesenta años de edad, Nandino continúa su labor poética y el impulso de otras revistas como Cuadernos de Bellas Artes que dirigió de 1960 a 1964 con el fin de seguir impulsando a las nuevas voces de la narrativa, la poesía, la pintura, el teatro, el ensayo y la crítica literaria.
En Estaciones, escritores como José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis, Francisco Zendejas, Guadalupe Dueñas, Salvador Reyes Nevares, Samuel Ramos, Amparo Dávila, Rosario Castellanos, Luisa Josefina Hernández, Emilio Carballido, Beatriz Espejo, entre muchos otros, encontraron un espacio de libertad creadora, a la vez que un impulso para convertirse en escritores destacados.
Estaciones fue el compromiso de Elías Nandino con los jóvenes escritores mexicanos, concentrados la mayoría en la Ciudad de México, pero en 1972, al regresar a Jalisco para hacerse cargo de los talleres literarios del Ex Convento del Carmen de Guadalajara, la disposición y atención al trabajo de los jóvenes jaliscienses lo llevó a escribirles los prólogos de sus libros de poesía o narrativa, la mayoría de las veces a petición de estos jóvenes escritores, a quienes enseñó que la poesía nace de una necesidad por comunicar al otro: «Escribe, poeta, lo que tú sientas. No importa que los demás no sientan lo que tú escribes». Labor imprescindible fue también su trabajo como tallerista literario en el Departamento de Bellas Artes de Jalisco. De este taller surgieron escritores como Jorge Esquinca, Luis Alberto Navarro, Dante Medina, Jorge Souza, Luis Martín Ulloa y Felipe de Jesús Hernández Rubio; a este último le debemos la publicación de Juntando mis pasos, pues supo guardar cariñosamente el manuscrito que «el doc», como él lo llama, le confió para su publicación póstuma.
En este libro de prosa rescatada, Elías Nandino recurre al ensayo y a la crítica literaria para discutir ideas que comparte con su lector, pues el oficio de la crítica no puede ser monológico, sino que su naturaleza reside en el diálogo, las coincidencias o divergencias alrededor de la estética literaria y desde ahí habla en los prólogos, cartas, reflexiones sobre su obra y manifiestos en los que define su propia noción de la poesía; no escatima palabras para hacer un balance de los movimientos poéticos de las décadas de los sesenta y setenta del siglo pasado, los libros publicados, o bien, para definir lo que considera es la poesía. La importancia de este libro radica en hacer visible la voz crítica de Elías Nandino y encontrar su contribución a la crítica literaria y, sobre todo, al registro de sus textos ensayísticos como parte no sólo de su producción, sino de la historia de la crítica y el ensayo en México.
Por otra parte, en este tomo se ha decido incorporar el único cuento del autor, mismo que apareció en América. Revista antológica, que dirigía su gran amigo Efrén Hernández. «El Coronelito» es un texto narrativo de reconstrucción ficcional alrededor de una serie de eposidios vividos por el autor durante su infancia en Cocula, en plena época revolucionaria. Según Nandino, su familia vivía escondida en la casa del párraco y, un día, el futuro poeta salió a la plaza con la intención de mitigar el hastío, pero:
Cuando llegué a la calle Hidalgo, vi venir un pelotón que invadió la plaza, cruzando por la diagonal, hasta el quiosco. Entonces yo me escondí en un cedro pequeño para ver qué pasaba. El que mandaba el pelotón empezó a decir unas palabras, condenando a los que tracionaban al gobierno, y en dos por tres recargaron en la pared del quisco a un muchacho —como de dieciocho años— que llevaban preso. Escuché la orden de ¡Firmes! ¡Apunten! ¡Fuego! y vi cómo aquel muchacho, al recibir los tiros, quiso volar y cayó de cabeza.19
La experiencia traumática de la Revolución mexicana, así como la época cristera son insumos para la construcción de este único relato de Nandino que no encontró su espacio en la poesía, aunque cuenta con pinceladas líricas destacables. En «El Coronelito» se refiere el ambiente hostil de la persecución y el hambre, se narra también la formación —revelación— de un niño de catorce años que ingresa a las filas revolucionarias y será gracias a su valentía e iniciación en la lucha contra las injusticias sociales, que adquiera el mote de «coronelito». Este texto, de acuerdo con Leticia Romero Chumacero, posee elementos de la historia de formación y del Bildungsroman: la iniciación, el tema del viaje y el paso de la niñez a la juventud como elementos definitorios en el cambio de carácter y vida. En este caso, el protagonista debe renunciar a la infancia y convertirse en un hombre que lucha por el bien de su familia y comunidad, pues la guerra civil le exige la búsqueda de una justicia y el sentimiento de lucha. Dice Romero Chumacero que,
A diferencia de otros relatos sobre la Revolución mexicana, cargados de referencialidad, «El Coronelito» brilla por su cariz poético. El narrador Nandino echó mano de su repertorio de imágenes y metáforas para iluminar el paisaje con el recurso de la falacia patética que hermana el sentir de los personajes con su escenario cuando, «con los ojos abiertos en la oscuridad, sentía, al escuchar los golpes de las gotas sonoras, un avance en el tiempo de la eternidad de su insomnio».20
Con este libro, tenemos a un Elías Nandino ensayista, al poeta que hace una labor de crítica literaria y, de alguna manera, un esbozo de la poesía y la literatura mexicana del siglo XX. En estas páginas está él, su visión sobre la literatura y el papel social y artístico del poeta; están sus críticas y valoraciones sobre algunos escritores, está su lúcida/lúdica pluma, su sinceridad y su vida. Está retratado casi todo el siglo XX mexicano, desde la desmitificación a los Contemporáneos, hasta las palabras de presentación que les escribe a los jóvenes que apenas despuntaban como escritores.
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Los Contemporáneos
Retrato de Jorge Cuesta
La Geometría es para las Artes Plásticas lo que la Gramática para el arte de escribir
APOLLINAIRE
Jorge Cuesta era completamente ajeno a su cuerpo. Su existencia se consumaba por su evasión. Como el radium, se hacía presente por el poder que esparcía. Su cárcel molecular quedaba borrada ante la fuerza de su irradiación. Por esto su materia no intervenía en su palabra. Cuando hablaba se hacía oír, pero no se sabía de dónde venía su voz; era como el ventrílocuo de sí mismo y las frases que transmitía daban la impresión de nacer de los fantasmas del aire.
Su cuerpo, en desdibujo, sólo se denunciaba en erguida vertical como la que pinta un solitario ciprés en la soledad de un cementerio enlunado. Daba la impresión de que era de madera, de caoba por ejemplo; por eso sus movimientos se valoraban lentos, mecánicos, antihumanos. Caminaba tieso, sin doblar las rodillas, con la medida matemática de un compás al que, sin disimular su ángulo, se le permitiera la facultad de andar. En pleno día, su color se transfiguraba hasta parecer de cera, y si no hubiera sido por el torpe movimiento de sus manos que no sabían mímica, o su andar miliciano, se hubiera pensando que era una estatua de mármol en preliminar aprendizaje ambulatorio. Había momentos, al atardecer especialmente, en que su piel tomaba un color de cerebro.
Nació con estampa de hombre maduro. Creo, y él lo decía, que ignoraba lo que era la niñez. Yo lo conocí cuando frisaba entre los veintitrés o veinticuatro años y ya cualquier huella juvenil estaba totalmente extinguida. Todas sus facciones eran de amargura escondida, de serenidad simulada, de esmerado desempeño de un actor que tenía que representar fielmente el papel del hielo. La risa no la sentía, la inventaba.
Algo muy raro fluía en él, y en las fuerzas de sus preguntas hacía nacer el titubeo de nuestras respuestas. Tenía actitud de juez y todo lo que pronunciaba llevaba el acento de su sentencia.
En él se adivinaba la encarnación de algún trágico personaje de Dostoievski. No era criatura humana ni inhumana; más bien un rencor pensante que pisoteaba a sabiendas la vida. Si a la existencia se le pudiera apreciar sabor, se podría decir que Jorge Cuesta sabía a polvo de cuasia. Estaba hecho como de dos mitades disímbolas: una de un hombre introspectivo, semivendado, otra, de auténtico demonio que escudriñaba todo, que veía todo, que lo sabía todo. Consumaba la unidad de dos desigualdades en competencia íntima, en ajuste enemigo, en discordancia amistosa. Era como si el cielo y el infierno en matrimonio indisoluble, vivieran bajo el yugo del premio y castigo, en amorosa acción procreadora de una tempestad amortajada en máscara de piedra.
Hablaba en un solo tono, con palabras secas, amargas, desnudas. Era dogmático, impulsivo en el relámpago de sus conclusiones, y no se dejaba vencer ni de él mismo. Más que hombre, parecía una balanza de precisión. Cuando hacía crítica, disecaba con avidez quirúrgica y se deleitaba en sangrar y conocer la más escondida fibra de la obra. No admitía la justicia hecha, sino la que él creaba. Odiaba la inspiración por considerar que era un estorbo para realizar la verdadera obra de arte, que él concebía como el resultado de un acto de conciencia. Exigía la perfección, pero lógicamente, anárquica. Afirmaba que la poesía era un problema de multiplicación que el lector debía resolver.
Jorge Cuesta era químico y quizá por eso vivía analizando, inventando fórmulas y buscando la simpatía entre las palabras y los colores; entre los olores y las imágenes, así como la que tienen los ácidos por los metales, o los cuerpos hidrófilos por la humedad del aire. Para él la pintura tenía su sabor, su temperatura, su solidez, su suavidad y su íntimo engranaje molecular. No la juzgaba solamente desde el punto de vista plástico o significativo, sino también, y especialmente, desde sus secretos físico-químicos y su geometría. De aquí su rigurosidad matemática para reducirla a su mínima expresión y sobre ella descargar la crueldad analítica y fría de un maestro que, por estudio de las reacciones, llega a la desnudez de los elementos. Esto mismo hacía con la poesía y la prosa a las que podaba epítetos y follajes para quedarse con el solo esqueleto de las ideas, y sobre ellas edificar su personal valoración y de «visto bueno o malo».
Como poeta usaba la misma técnica de su crítica. Se la aplicaba con rigor masóquico, razón por la que sus poemas, pesados en balanza, calculados en peso específico y reacción de la palabra al combinarse, resultaban estrictos en su forma y en su fondo, y hechos como la maquinaria de un reloj en la que cada pieza tiene una misión y todas van encaminadas a medir el tiempo. Poesía ensayada, comprobada, pasada por la reflexión y la lógica, decantada sin piedad, y más que hecha para gustar y conmover, premeditadamente estructurada para agudizar la malicia y el pensamiento de quien se asomara a ella. La emoción en los poemas de Cuesta no está ni en la forma, ni en la superficie ni en el fondo, está en lo que de ellos se desprende al incinerarlos con la lectura, igual que lo que pasa con el azufre, la pólvora o el incienso. Por esto, he llegado a la conclusión de que Jorge Cuesta era un hombre químico, de fórmulas audaces, de concepciones mágicas, de un corazón transformado a fuerza de lo corrosivo de la vida en punzante témpano de sal. Su habilidad principal consistía en que se escondía en él mismo, y daba a sus apariencias una verdad que lo ayudaba a que los demás ignoraran la constante combustión de su infierno. Pertenecía a «los modernos poetas malditos» incomparable con los otros de fines del siglo pasado porque tenía la desesperación, la tempestad blasfémica, la rebeldía indomable y la ironía aguda perfectamente encubierta bajo el duro traje de un primitivo ángel de madera. Además, su palabra no era ni detonante ni furiosa, tampoco saturada de veneno o erizada de envidia, no; pero era exacta y desnuda, penetrante y certera, cruel por su verdad y constructiva por la vivisección que producía. Al inepto en el arte lo condenaba irremisiblemente y con esto lo orientaba hacia otro camino; al mediano, lo estimulaba con su causticidad; al potente, lo empujaba descubriéndole horizonte. Era justo y por consiguiente tenía que ser injusto con la mayoría. Él fue sin duda el cerebro del grupo de Contemporáneos.
Oculto bajo su exterior helado, existía el hombre sencillo, tierno, generoso; el que a veces olvidaba su conciencia dictatorial y con lenguaje claro, natural, expresaba sus sentimientos o dibujaba sus recuerdos. Sin embargo, era muy poco comunicativo de lo íntimo. Los secretos de su vida los amurallaba y muy difícilmente daba a conocer sus móviles pasionales o los nombres y complicaciones de sus amores. Su presencia era otra, siempre traía a flor de boca el comentario del último libro leído o su desacuerdo con la teoría del filósofo en turno. La política le interesaba y combatía con valor en artículos de prensa, atacando y poniendo en evidencia los errores del gobierno. Siempre estaba en lucha contra el raquitismo del medio, contra la simulación agraria, contra la demagogia circundante, contra los falsos revolucionarios y, de una manera incansable, contra las viejas escuelas literarias que tenían en estado de atrofia nuestras letras. Él conminó y estimuló a los escritores a que vieran hacia afuera, a que se nutrieran de los desarrollos de las artes europeas, faena útil pero que, desgraciadamente sembró el desarraigo de nuestros artistas que, con muy ligeras excepciones, prosiguieron en la simulación de influencias y olvidaron la autenticidad de sus raíces.
Jorge Cuesta era alto, delgado, con cabello castaño, con ingesticulante tristeza petrificada en la cara, con manos largas y huesudas, con madurez precoz en su conjunto. Casi siempre en negro, azul negro o en gris. Su presencia no era dominante pero sí su palabra. Su frente era amplia y su mentón un poco adelantado y fuerte. Su seriedad era de estatua. Sin deuda ninguna con Adonis, creaba fuera de sí una aureola de fuerza angelical, satánica, sorpresiva, atrayente, que hacía pensar que se estaba junto a un ser superior donde se daban cita la inteligencia y la intuición, la magia y el microscopio. Se trasminaba su vigor cósmico, su premeditado examen, y se sentía bajo su fluido el defraudamiento de ser inspeccionado por fuera y por dentro. Tenía, quizá sin saberlo, un gran poder psicoanalítico.
En él, fuera de él, siempre viajaba la atmósfera de tragedia con disfraz de quietud. Se podía creer que era un hombre como todos, pero lo que dimanaba de él parecía diferente. Parecía hecho de ánimas de varios difuntos: Baudelaire, Rimbaud, Verlaine, quizá también Nietzsche, Voltaire y Martín Lutero. Era como esas nubes que al cruzar por el cielo nos hacen pensar en su parecido con un ángel, con un demonio o con una jirafa. De su conversación surgían los personajes que llevaba ocultos, y del cinismo de un Wilde al jugar con la mentira, pasaba a la sentencia de un Valéry, a la minuciosidad de un Proust, o al delirio angelical de un Rilke.
Yo traté a Jorge Cuesta desde el año de veintisiete o veintiocho. Lo atendí médicamente muchas veces. Supe por él mismo los secretos estudios que hacía sobre la ergotina, la que, ametrallada por diferentes cuerpos enemigos, transformaría en la «panacea» para la mayor parte de padecimientos. Me comunicó muchas veces sus repetidos insomnios y me dejó ver su demonio oculto y también su ángel rilkeano. Cuando hablábamos de su descubrimiento científico, iba eslabonando pensamientos diferentes pero con la dirección única de convencerme, de anonadarme, de hacerme su cómplice en la desequilibrada hilera de carbonos con que se presentaba a la ergotina remozada, plena de actividad y de milagro. Hablando era imperativo y no conversaba, sino que combatía.
Una serie de tragedias minoraron su vida. Vivió quizás cautivo de varios traumas de infancia y, tal vez su demonio guardián, dilató con desenfreno el peso de su cráneo, que resultaba demasiado pesado para su cuerpo. No fue un degenerado superior, ni un santo malo, ni un vidente o profeta, no; fue un hombre singular, íntegro en su desequilibrada sensatez, puro en su crítica cruel, obediente a su estigmático averno y, hombre al fin, mortal para consumar su inmortalidad. Un día murió, no recuerdo la fecha. Se habló poco de su muerte. Ahora está casi a las puertas del olvido porque su obra anda por diferentes manos y parte de su prosa y su obra política, se consideran perdidas. Fue un gran pensador, un hombre que usó el traje de demonio para morir con desnudez de ángel. Su historia íntima será cruel, rara, sin fortuna, pero los que lo conocimos quedamos convencidos de que dilapidó la riqueza de su inteligencia, aquí y allá, por todas partes; pero en un siglo donde lo material brilla más que lo espiritual, y que lo ha condenado a la cicuta de la incomprensión y el desconocimiento.
«México en la Cultura», suplemento cultural de Novedades, núm., 701, México, DF, 19 de agosto, 1962, p. 3. Este texto aparece con el epígrafe que aquí se rescata en Nivel, México, DF, 31 de junio, 1972, pp. 1, 2, 3 y 9. Sin epígrafe se publicó en Estaciones, nueva época, año I, núm., 1, México, DF, primavera, 1988, pp. 22-24.
José Gorostiza
Con el nacimiento del gran poema Muerte sin fin de José Gorostiza, la poesía mexicana adquirió su mayor dimensión de profundidad hacia la sangre y hacia el Universo. Este poema, equilibrio de sensibilidad, inteligencia y desnudez, pone y expone el conflicto entre el cuerpo y el espíritu. Vaso y contenido dialogan con la misma palabra que pronuncian o que callan, y se apoyan en la duda y dudan de su apoyo, para dejar fluir la angustiosa percepción de su mutua e inevitable destrucción. El espíritu es del cuerpo y el cuerpo es del espíritu, pero con esta posesión fabrican su propia muerte con la que devolverán los elementos que les daba unidad. El agua, la tierra, el fuego y el aire, serán la sepultura de nuestra ausencia.
Poema trágico, único, de autodisección, de dolorosa penetración interna, de desintegración espacial, que toca su carne viva y descubre su muerte eterna. Difícilmente se podrá encontrar otro poema de tan perfecta estructura, de tan esférica hondura y de tan religiosa y desesperada sumisión a la muerte.
«Magazine Dominical» de Ovaciones, año XVII, núm. 137, México, DF, 9 de agosto, 1964, p. 3.
Retrato [Xavier Villaurrutia]
Xavier Villaurrutia no tuvo edad. Desde el año de 1924 en que lo conocí hasta el de 1950 en que fue su muerte, jamás descubrí cambio corporal que lo alterara. Fue siempre un niño en plena madurez. Era de baja estatura, pero su inteligencia lo hacía crecer como la luz a la llama. Su tamaño interior le trascendía el cuerpo porque no cabía en él. Caminaba como queriendo alcanzar lo que de él mismo se evadía. Su voz, grave, dominante, aumentaba su presencia como el sonido a la campana.
Su muerte, más que muerte fue una fuga. Nada ni nadie la sospechó. Un veinticinco de diciembre, en unos cuantos instantes, improvisó su viaje y se hizo invisible en lo visible…
Al tratar de sacarlo a flote del removido espejo de mis recuerdos, me lo represento como una sola y enorme mirada, porque Xavier era todo ojos. Igual que las figuras pintadas por el Greco, miraba con el cuerpo entero. Su rostro no era sino el pretexto para sostener dos inmensas pupilas que se salían de sí mismas para vestirlo. Con ellas hablaba, reía, preguntaba o negaba; con ellas desnudaba su estado de ánimo y, únicamente su ceja derecha, negra, indómita, era el timón con que acentuaba sus expresiones. Su ceja izquierda se conformaba con serlo, pero, la derecha, no. Esta tenía voz y voto y el temperamento del poeta y siempre se movía acorde con su pensamiento y denunciando sus climas escondidos. Era como la espada de Damocles, como el arco iris calmando la tormenta, o como un venado malicioso adivinando la proximidad del enemigo.
Una mirada intensa, inapagable, desbordada, y una ceja derecha audaz, nerviosa, formaban en su cara la vanguardia del personalísimo fluido con que el poeta encontraba y envolvía. Conversar con él era escuchar sus ojos y adivinar las señas de su ceja, porque ellos creaban y extendían ya el día o la noche, ya la tempestad o la paz, ya la espera o la desolación, todo lo que imperando desde su entraña les imponía.
Pero esto no era todo. Como complemento de sus ojos y de su ceja derecha, también figuraban sus manos. Manos finas, ágiles, perfectas, casi marfil en demencia, que por instantes se desataban de los brazos para consumar a solas, en el aire, la acrobacia nívea de mímicas de cisne. Con ellas levantaba, dejaba caer, azotaba o llenaba de temperatura sus palabras. Eran como ramas estremecidas que disparaban pájaros, o como aves marinas que se despegaban del agua para caer de golpe. No se sabía si pronunciaba con los labios de los dedos o si con ellos terminaba el dibujo de sus frases. Eran como manos de prestidigitador que sabían desaparecer, y luego aparecer de nuevo, vestidas de palomas y entonando el silencio de un canto muy antiguo. Eran manos en verso y para el verso.
Esto era en síntesis Xavier: unos ojos grandes que rebasaban su cuerpo, una ceja en actitud de bandera, unas manos inquietas como ardillas de nieve y un fondo de luminosa inteligencia que les servía de circulación y de sostén. Por esto, el retrato de este gran poeta, no puede ser estático sino dinámico. Con líneas es imposible trazarlo, pero sí con movimiento. Unir en plena acción la intensa claridad de una mirada, la audacia de una ceja y el vuelo infatigable de dos manos, sólo puede suceder si bajamos los párpados, y dejamos que la imaginación perciba las claras señas de las sombras. Es, con las pupilas a oscuras, como podremos ver, tocar y sentir todo lo inasible, hasta el ritmo giratorio de la tierra que, a pesar de vivirlo, lo ignoramos.
Estos tres elementos eran los que, de una manera dominante, hacían la presencia de Xavier Villaurrutia. Lo demás era el cuerpo del hombre, pero sobre el hombre estaban ellos, como el relámpago que asoma antes del trueno.
Como hombre, era sobrio, elegante, discreto, caballero, amable. Su cabello era negro, su frente amplia, su nariz picassiana, su boca grande, y casi siempre una sonrisa franca le partía la cara. Su piel era pálida, casi de vaso de vidrio verde satisfecho de agua. Era ingenioso y jugaba a las canicas con las palabras. Muchas veces, una de sus frases hería más que un cuchillo y, otras tantas, con sólo una sentencia hacía de la mentira una verdad o desnudaba a la verdad de la mentira. Cuando conversaba era sutil y, afirmación, negación o pregunta, siempre estaban respaldadas por la claridad y por la justeza de su palabra. Siempre daba su amabilidad y pocas veces su amistad. Era de carácter alegre, sabía gozar y transmitir su alegría.
He aquí, en unas cuantas palabras agrupadas, el intento de forjar el retrato del gran poeta Xavier Villaurrutia que, en este mes de diciembre, cumple seis años de habernos dejado. De todas maneras, si estas líneas son ineficaces para representarlo, bastará que cada uno medite en su poesía que es el mejor retrato viviente que nos ha heredado.
Estaciones. Revista Literaria de México, año I, núm. 4, México, DF, invierno, 1956, pp. 457-459.
La poesía de Xavier Villaurrutia
La mañana del veinticinco de diciembre de 1950, apenas cumplidos los cuarenta y siete años, murió repentinamente Xavier Villaurrutia. Su muerte conmovió hondamente a todo el mundo intelectual y apagó una de las más grandes voces de la poesía mexicana moderna.
Varias fueron las actividades artísticas de Villaurrutia pero, para mí, la principal, quizá la definitiva, la que lo sitúa sin distinción en la escala de los grandes valores de México, es su elegante, refinada y honda obra poética. Xavier es a pesar de todas las derivaciones que se impuso, esencialmente un poeta. Él mismo así lo declaró en una entrevista que tuvo con el crítico José Luis Martínez, y también varias veces me lo confesó de viva voz.
Es indudable que siendo un espíritu de excepcional inteligencia, tuviera más o menos éxito en la crítica, en el ensayo, en el teatro; pero, pese a ellos mismos ninguno opaca el justo valor que logra en su poesía.
Podríamos agregar todavía a todos sus valores, el que tuvo como persona. Esto sólo lo sabemos los que tuvimos la fortuna de tratarlo. Xavier era un genial conversador y un fino caballero. Donde él estaba la conversación se saturaba de frases sutiles e ingeniosas. Era una especie de Wilde moderno que agudizaba con su ironía y gracia todo lo que decía, sembrando la malicia del doble sentido, pero siempre tratando de mantenerse dentro de los límites de la más estricta decencia. Sus juegos de palabras a los que era fan afecto, los esgrimía siempre con facilidad y les imponía el ágil giro de su doble significación. La cita oportuna jamás faltaba para dar remate a sus aseveraciones. Óscar Wilde afirmaba que: «su talento lo ponía en sus obras y su ingenio en la vida». Esto, quizá con más conciencia y menos artificio, lo hizo también Xavier. Sus frases siempre perfectamente medidas, decían lo que él quería decir, sin traicionarlo, y dando fielmente en el blanco que había escogido.
Todo lo subrayaba con la mímica discreta de sus manos finas, delgadas, expresivas, que eran como dos ángeles que custodiaban sus sentencias.
Y aún hay que agregar que, junto con todas esas actividades, tuvo otra y no de menos mérito, como animador de teatro moderno. Él fue de los que integraron el grupo Ulises y Orientación y, en todos estos últimos años hasta días antes de su muerte, el que estuvo con mayor dedicación en todos los movimientos teatrales. Ya con obras propias, ya con traducciones de sus autores favoritos, dio la puntilla certera al «mal teatro» y despertó en los grupos experimentales la inquietud y el deseo de una mejor selección de todo lo que se llevara a escena.
Dicho todo esto, pasaré a juzgar lo más justamente posible a Xavier Villaurrutia como poeta, que es su valor esencial.
Fue por los años de 1919 y 1920 cuando Xavier comenzó a escribir sus primeros poemas, que aparecieron en diversas revistas. Sus versos, entonces con manifiesta influencia del gran poeta Enrique González Martínez y después de Ramón López Velarde y de los poetas simbolistas franceses de esa misma época, fueron sin duda titubeos en los que había aciertos que demostraban la existencia de una sensibilidad privilegiada. Después de esta iniciación, consciente el poeta de la inseguridad de su camino, guardó silencio por varios años y no fue sino hasta el año de 1926 cuando publicó su primer libro titulado Reflejos, en el que se encuentran ya veladas las primeras influencias y añadida la de Juan Ramón Jiménez. Sin embargo, en esta colección de poemas, ya se hace presente la palpitación de una inteligencia investigadora y de un avanzado dominio técnico. Todo el libro está hecho con una intención puramente plástica. Es como una serie de fieles instantáneas que reproducen la impresión visual que se las inspiró, sin más trascendencia que la justeza, color y dibujo, que un buen pintor usaría para reproducir en las telas sus «naturalezas muertas» preferidas.
Este libro, tiene la cualidad de estar muy bien escrito y pensado y, además, de hacer presente la curiosidad insaciable y la disciplina inflexible que más tarde serían los cimientos de su verdadera poesía.
El crítico Colín, a raíz de la aparición de Reflejos, opinó que era un libro de un crítico que hacía versos. Debo advertir que el secreto era darnos la ilusión de que inventaba un tiempo nuevo en la poesía de todos los tiempos.
Producto de su discreción y su desecante manera de observar, fue el haber escogido para sus palabras la temperatura del hielo, y al dárselas se solazó, porque tenía la justa idea de que así como el fuego quema, también quema el hielo.
Ya publicado su libro Reflejos que marca su iniciación, guardó un largo silencio, tiempo en el que meditó todas sus influencias preferidas y toda la marea íntima de sus dudas y adivinaciones; pero no fue sino hasta el año 1931, cuando en la revista Barandal, aparecieron sus dos primeros Nocturnos de ya muy marcada personalidad, y dos años después, en la revista Fábula, otros Nocturnos con mucho más profundo y mortal acento.
Se cruzó entonces un viaje que hizo a la Universidad de Yale, becado por el Instituto Rockefeller para estudiar teatro, oportunidad que le sirve para el conocimiento y estudio de la obra poética de Eliot, de la que aprovecha, por misteriosa afinidad, la helada blancura de la nieve, la gris caricia de la ceniza y el rezo silencioso de la sangre, para enriquecer la veta mortal de su poesía.
En 1936, a su regreso de los Estados Unidos, publica en la editorial Hipocampo, el Nocturno de los ángeles, y en 1937 el Nocturno mar, los dos de gran subterránea emoción y cuidadoso oficio. Luego, en 1938, llega de la editorial Sur de Buenos Aires, su nueva colección de poemas titulado Nostalgia de la muerte, que hizo que crédulos e incrédulos admitieran sin reservas la alta calidad de su poesía. La aparición de este libro hizo resonante época en el ambiente literario, por el aire de originalidad con que vino revestido y, como era muy natural, creó difícil escuela entre los jóvenes poetas.
En 1941 publica la editorial Nueva Voz su Décima muerte y otros poemas y, en 1945, la editorial Mictlán hace una nueva impresión de Nostalgia de la muerte, pero enriquecida con todos los poemas no coleccionados, completando así el volumen que realmente representa a este magistral poeta mexicano.
Por último, en 1948, la editorial Floresta imprime un pequeño libro: Canto a la primavera y otros poemas. Desde esta fecha hasta 1950, año de su muerte, solamente escribió unas Décimas amorosas que en 1951, ya muerto él, publicó Cuadernos Americanos, y al año siguiente, en cuaderno especial, volvió a sacar la editorial Nueva Voz. Después de su muerte, solamente se encontró entre sus papeles un soneto a Dios, que también a fines del año pasado, sacó a luz la revista Prometeus con el título de «Soneto del temor de Dios». Poco después la revista Summa de Guadalajara, publicó el título «Tres poemas olvidados: Deseo, Palabra y Mar». Además, en el número dos de la revista Estaciones se dio a conocer otro poema titulado «Crepuscular».
La obra poética de Xavier Villaurrutia fue breve. Sin tomar en cuenta su primer libro Reflejos, se compone apenas de veinticuatro o veinticinco poemas, pero hay que decirlo en justicia, de una gran calidad casi todos. El poeta los trabajó con una verdadera lógica —si es que la lógica cabe en la poesía— que les da una precisión en que se equilibran sin estorbarse: forma, clima y contenido. No hay una sola palabra que no sea indispensable para dar vida a la imagen y, matemáticamente, la colocación de cada una es la que le corresponde para conseguir la intensidad y perfección del poema. Todos sus elementos constructivos, antes de agruparlos, los sometía a la aprobación de su inteligencia y, sólo hasta ser aprobados, se atrevía a edificar sus versos. Es por esta destilación intelectual por lo que a veces su poesía exige, para ser comprendida, la participación activa de la inteligencia del lector, urgencia indispensable para que éste pueda penetrar en el mundo de sutilezas y sugerencias del poeta.
Es necesario hacer notar que las metáforas que usaba para encarcelar y agrandar sus ideas, las hacía de lo más inasible, de lo más incorpóreo, así como del olvido olvidado o de la respiración del silencio. Nada hay sólido en sus visiones, y nos hace caminar viendo sin los ojos, por las entrañas de los ecos, por los horizontes de los recuerdos o entre las difuntas voces vivas del cementerio del aire. Por esto su poesía nos da el contacto directo con el misterio, con lo que de cerca y lejos nos toca sin roce, con lo invisible que continuamente nos arropa, nos castiga y a la vez nos defiende.
La muerte, esa muerte por la que Xavier tenía obsesión, no es la muerte que corta nuestra vida ni la que opaca los ojos; no, la muerte de la que él habla incesantemente, es la muerte de la vida, la constante muerte paladeada, la que instante por instante sufrimos, gozamos y morimos. Villaurrutia jamás temió a la muerte que deja nuestros cuerpos fríos, más aún, creo que nunca pensó en ella, porque él tenía la convicción de que no moriría, porque la muerte en que él pensaba es la que da el principio de la otra vida.
Xavier siempre fue un adolescente, y maduró y murió sin dejar de serlo. La muerte real la creía hecha para los demás, pero no para él. Por esto siempre tenía horror de hablar de la muerte que decapita la vida, y cantaba sin cesar a su muerte hecha con la imaginación, la fuga y la nostalgia inexplicable que nos nace de la entraña. Para Villaurrutia la muerte es el lento regreso que consumamos minuto a minuto hacia la esencia del Universo.
La adopción que hizo este poeta de la muerte como tónica de su poesía, se debe, sobre todo, a la coincidencia del clima de ésta con su sensibilidad. La temperatura helada a la que sometía sus pensamientos, la acrecentaba al máximo con la invocación de la muerte glacial, que paraliza y conserva como el hielo todo lo que atesora, sin dejarlo pasar por el trance corrupto que lo devuelve al polvo. La muerte de Villaurrutia no era asesina, sino salvadora. Él siempre gozó y sufrió paladeando su morir indetenible como una fuga que le daba la oportunidad de poder expresarse. Vivió muriendo con la inteligencia despierta para plasmar en sus angustiados poemas todos sus sueños, sus esperanzas y sus adivinaciones.
Supo pues, este gran poeta, hacer circular en las venas de su poesía toda una helada agonía que nos despierta el calosfrío de pensar que la vida es sólo un tiempo que nos da la ocasión, si la aprovechamos, de purificarnos.
Nadie hasta ahora en la poesía mexicana nos ha hecho sentir el pulso del misterio como lo ha hecho Xavier. Por sus imágenes se tiene que llegar irremisiblemente a lo que no vemos, pero que sentimos que existe. Muchas veces nos engendran vuelo, otras, caída; pero siempre nos separan del cuerpo para llevarnos a un vacío que encontramos, que no está vacío, sino lleno de la vida de todos los muertos. En resumen, la herencia que con su poesía nos deja Xavier Villaurrutia es incalculable. Con su ejemplo se llega a la certeza de que escribir un poema no es agrupar palabras con ciertos ritmos, consonancias o asonancias; sino que su ejecución implica una labor científica de claridad, de idea, de selección de palabras, de armonía de sonidos y de comunicación emotiva.
El lector que observe con cuidado la poesía de Villaurrutia, encontrará que no sobra ni falta una palabra, que lo escrito es necesariamente necesario, que usa el adjetivo con parquedad y que le da la colocación que le corresponde, y que el orden y arquitectura del poema ayudan a la amplificación de sus ideas. Hasta sus juegos de palabras, que son más bien un alarde de inteligencia y no de sensibilidad, obedecen a una intención preconcebida para encerrar al lector en un laberinto de ecos, sueños, imágenes, que le enseñen o le den la facultad de ver o sentir en lo invisible, utilizándolos como para ponerlo en trance… y para que así pueda entrar a sus percepciones de ultratumba.
Toda esta sensibilidad angustiosa, todo este ir hacia la entraña, toda esta adivinación en el espacio y toda esta honda amargura sin llanto, vino a ampliar la dimensión de profundidad en nuestra poesía. Xavier también nos abrió ventanas hacia el exterior y nos trajo, con su inquietud y su observación, nuevas voces que nos han dado insospechadas orientaciones y provechosas disciplinas. Sin Enrique González Martínez, puente de transición; Ramón López Velarde, con su acento recóndito, misterioso, angustiado, mexicanísimo; y Xavier Villaurrutia que pasó por ellos escogiendo y asimilando lo esencial que, junto con los aprendizajes de poesías extranjeras, lo hizo estructurar la alquimia de sus poemas, la poesía de México no hubiera evolucionado hasta la altura que ha llegado. Es indudable que el poeta de Nostalgia de la muerte abrió el rumbo hacia la propia entraña y descubrió el contacto milagroso del universo de la sangre con el gran universo que nos contiene. Él fue un estudioso observador de la geografía interior del hombre y, siguiendo las elegías de Rilke, conoció los ríos de soledad, la nervadura de los bosques musculares, la angustia del océano preso, los huracanes de la desesperación y el constante derrumbe celular que, pereciendo y renegándose, lentamente va agotando la vida y fabricando la muerte. Supo caminar por los corredores oscuros del cuerpo para escuchar los ecos que los días sepultan, vio los crecientes fantasmas del temor y el miedo, sufrió el calosfrío por los relámpagos que caen del cielo, de la piel a las rocas de los huesos y pudo comprender que el hombre es, en verdad, su soledad en ignición.
A su mundo emocional juntó su espíritu de crítico y así, con verdadero rigor, castigó su poema hasta desnudarlo y dejarlo como esas ramas que el mar monda y arroja al lecho de sus playas, con un aspecto de humana y retorcida desesperación. Esta labor, si se quiere, le robaba espontaneidad a su poesía, pero la reconcentraba en congelado clima que, al revés de fuego, quemaba por su frialdad.
Queda pues, la poesía de Xavier Villaurrutia, como un ejemplo de laboriosa búsqueda, de rigor exaltado, de disciplina austera, de justeza imaginativa, y como prueba imborrable de la ley de que todo acto poético es, y tiene que ser, un acto de la conciencia.
Estaciones. Revista Literaria de México, año I, núm. 4, México, DF, invierno, 1956, pp. 460-468. Este ensayo fue divulgado también en Memoranda, publicación del ISSSTE, año II, núm. 8, México, DF, septiembre-octubre, 1990, pp. 39-41.
La muerte en la poesía de Xavier Villaurrutia
Muchos críticos y poetas, nacionales y extranjeros, se han ocupado de la poesía de Xavier Villaurrutia. Han hecho notar, sobre todo, su rigor, su disciplina, su limpieza, su profundidad y sus influencias. Entre el grupo de Contemporáneos del que este poeta formó parte, es indudable que fue uno de los más representativos. Su obra poética, aunque no muy abundante, tiene un sello muy personal y nos hace convencernos de que a pesar de sus otras actividades literarias (teatro, crítica) él fue esencialmente un poeta. A diez años de distancia de su muerte su obra crece y las nuevas generaciones, más y más, admiran su mensaje y su maestría, tratando de tomar ejemplo en la tenaz participación de la inteligencia que hizo que cada uno de sus poemas fuera un acto medido y pensado, y no un caprichoso fluir de lo que antiguamente se ha llamado inspiración. Este poeta mexicano nos enseñó que cada poema debe ser un verdadero acto de conciencia. Lo que más distingue a su poesía de la de los demás poetas de su época, es su preocupación por la muerte. No hay palabra que use sin imponerle una tarea mortal. A cada verso le infunde una temperatura helada. Nada es inmóvil en todo lo que escribe porque todo padece un continuado escalofrío.
La fuerza de su poesía está en la constante estructuración de su propia muerte. El poeta vive muriendo por sentir cómo, minuto por minuto, su muerte crece dentro de él mismo, con la fuerza de un fuego frío que busca desbordarse. Para él la vida es un indivisible cauce de pulsos que trabajan en la construcción de su salida. Se siente habitado por un ángel mortal que dirige sus pasos y, todo goce o dolor, lo piensa y lo traduce como una célula más en el fantasma voraz que teme y que desea. Desde uno de sus poemas iniciales. «Ya mi súplica es llanto», deja asomar su nostalgia mortal que después será el principal móvil de su poesía.
Yo soy un deseo, Señor
ya lo diga mi voz, ya mi concreto
silencio, ya mi supremo llanto
en el supremo dolor,
no soy sino un deseo,
Señor.
Sólo en este poema y en «Estancias nocturnas» se le escucha implorar a Dios. También en uno de sus últimos poemas: «Soneto del temor a Dios». Después de esto, aunque creyente, ya no vuelve a implorar sino a su muerte, pero ya con un amor pagano, suicida… Suple todo misticismo a la Divinidad con la ardorosa pasión de su búsqueda mortal. Podríamos afirmar que cada poeta tiene su manera personal de sentir su muerte. Santa Teresa, Quevedo, López Velarde y Supervielle (de este último es de quien Villaurrutia tuvo mayores influencias) la amaron, la temieron o la expresaron de distinto modo. En cambio, este poeta mexicano la fue labrando como Rilke, de sí mismo, como elaborada por sus propias manos, como fruto irremediable de su existencia y nos la canta con la intensa ebullición de su agonía.
En el prólogo de sus obras completas, que publicó el Fondo de Cultura Económica en la colección Letras Mexicanas, el poeta Alí Chumacero afirma: «Sin embargo, es preciso decir que, entre bromas y veras, se nota cómo, desde sus incipientes ensayos líricos, Villaurrutia se planteó un pretexto que sería el predominante: la muerte». Yo no creo que el símbolo de la muerte haya sido en este poeta un pretexto, sino una verdad intrínseca a su temperamento. El amor, el temor y el deseo que él padecía por la muerte no era de ninguna manera artificial, sino derivación de una sensibilidad atormentada que, a fuerza de consentir un frío autoanálisis en propia carne, llegó a crear en sí mismo el goce de una obsesión indominable. El desequilibrio en el poeta es su estado normal, de lo contrario sería inmóvil e indiferente a todo lo que lo rodea. Su poder no está en el ver la verdad que todos ven, sino en crear la verdad que él quiere que vean. Por eso el poema no es por el poder de su verdad sino por la verdad de su mentira que, en suma, denuncia el tentaleo de un hombre desesperado y rebelde, que lucha contra el misterio para arrancarle la careta de mentira con que nos anonada y nos castiga. ¿Qué es lo desconocido sino una mentira que puede volverse verdad? El poeta miente, sí, pero para decir su verdad, y si proclama que el silencio habla es porque él ha escuchado y entendido su lenguaje. El poeta es un loco, sí, un loco que comprende más que los cuerdos.
Villaurrutia fue un hombre que habitaba en la percepción de su fuga y no sobre la tierra. Nunca pudo olvidar que estaba en un viaje y que su vida era un partir y partir en un derrumbe universal que su pensar estimulaba. Entre zozobra y esperanza disfrutaba de su existencia que sólo era una continuada búsqueda desesperada.
¿Y quién entre las sombras de una calle desierta,
en el muro, lívido espejo de soledad,
no se ha visto pasar o venir a su encuentro
y no ha sentido miedo, angustia, duda mortal?
No hay un poema de Xavier Villaurrutia que no esté transido de un hálito fúnebre, de una espera trágica. Hasta el amor, la pasión, el goce sexual o el paisaje, los unge en no sé qué sabor de muerte que ya no son lo que son, sino espasmos nocturnos que llegan y huyen, que huyen y llegan, como rostros sin facciones que miran a través de lo oscuro con una fuerza agresiva, acariciante y esperanzada.
¡Todo!
circula en cada rama
del árbol de mis venas,
acaricia mis muslos,
inunda mis oídos,
vive en mis ojos muertos,
muere en mis labios duros.
Es una posesión sensual, sexual, física, espiritual y mística la que con obsesiva avidez descubre y exalta en todo lo que ve, lo que no ve o lo que adivina. Ama y defiende ardientemente a su muerte con el temor de no alcanzarla, y con el temor, también, de hacerla suya.
sin respirar siquiera para que nada turbe mi muerte
en esta soledad sin paredes.
A todas las palabras con que construye sus poemas, las hace que olviden su verdadero significado para imponerles un clima mortal. A la misma palabra «fuego» que extiende su poder quemante, la deshace de su poder y la transforma en un inofensivo enjambre de fuegos fatuos. Hielo, temblor, ceniza, niebla, sombra, sepulcro, espejo, sueño, miedo, duda y humo, son el material con que entreteje colores e incolores para darnos la exacta imagen de su muerte viva.
dudo sin responder
a la muda pregunta con un grito
por temor de saber que ya no existo.
El poeta, al sentirse perecedero, se excita y se duele dudando si su vida será la realidad de su muerte, o si su muerte será su verdadera vida. Un constante desconcierto lo hace perder la certidumbre de ser, y llega a pensar en que quizá él sea solamente la ajena fuerza de otras vidas.
Muda telegrafía a la que nadie responde
porque el sueño y la muerte nada tienen ya que decirse.
Xavier Villaurrutia amaba las sombras. Es en ellas en donde cosechaba sus mejores visiones. Aleccionó sus sentidos y debajo de la oscuridad y de sus párpados pudo, exactamente, percibir y dibujar las palpitantes líneas de las múltiples presencias que con atracción hambrienta lo cercaban.
Porque vida silencio piel y boca
y soledad recuerdo cielo y humo
nada son sino sombras de palabras
que nos salen al paso de la noche.
El poeta juzga su existencia como un naufragio invisible y se goza en la reflexión de que es de él mismo de donde va naciendo y creciendo su muerte. Todas sus horas no son sino un diálogo continuado con la marea de asomos, ecos y acechos que sin caras lo circundan. Nunca se siente que camina solo y, ya sea en el muro, en el horizonte o en el silencio, siempre percibe otra voz quemadura, otra voz quema y dura que agresivamente lo envuelve y lo enamora. Sus reacciones oscilan del amor al temor, del deseo a la repulsión, y es así que pasa los días y las noches clamando y huyendo, alcanzando y escondiéndose de una muerte que ya ha dejado se haga nudo en sus entrañas.
Miedo de no ser nada más que un girón de sueño
de alguien —¿de Dios?— que sueña en este mundo amargo.
Miedo de que despierte ese alguien —¿Dios?— el dueño
de un sueño cada vez más profundo y más largo.
[…]
¡Seré polvo en el polvo y olvido en el olvido!
Pero alguien, en la angustia de una noche vacía,
sin saberlo él, ni yo, alguien que no ha nacido
dirá con mis palabras su nocturna agonía.
Es increíble cómo Villaurrutia se siente trascendido por su muerte. Toda emoción la vincula a ella y, hasta en los instantes de deleite junto al cuerpo amado, mide y capta la fuga del tiempo que, más y más, lo acerca hacia la fúnebre quietud de la carne. Con curiosa inteligencia suma y resta la inevitable marcha en el esférico camino que lentamente sabe devorarnos. Pocos poetas han saboreado el lento y amargo goce de morir a pausas.
Cuando cierro los ojos pensando inútilmente
que así estaré más lejos
de aquí, de mí, de todo
aquello que me acusa de no ser más que un muerto
[…]
Siento que estoy viviendo aquí mi muerte,
mi sola muerte presente,
mi muerte que no puedo compartir ni llorar,
mi muerte de que no me consolaré jamás.
[…]
El miedo de no ser sino un cuerpo vacío
que alguien, yo mismo o cualquier otro, puede ocupar,
y la angustia de verse fuera de sí, viviendo,
y la duda de ser o no ser realidad.
Es, en su Décima muerte, donde en diez décimas acendró con inteligente esmero toda la percepción de su muerte. Cada una de ellas es como la perfecta faceta de un diamante que, al beber la luz, la devuelve transformada en la palpitación de una sola llama alcanforada y fría. Todo el poema es como el agua que, al volverse rocío, ya no es agua, sino la redondez transparente de una gota adherida al cáliz de una rosa, que resiste y refleja en su entraña la síntesis de todo el universo.
este caer sin llegar
es la angustia de pensar
que puesto que muero existo.
[…]
¿No serás, Muerte; en mi vida,
agua, fuego, polvo y viento?
[…]
pueda, sin sombra de sueño,
saber que de ti me adueño,
sentir que muero despierto.
[…]
Y será posible, acaso,
vivir después de haber muerto.
[…]
¿qué será, Muerte, de ti
cuando al salir yo del mundo,
deshecho el nudo profundo,
tengas que salir de mí?
[…]
si en vista de tu tardanza
para llenar mi esperanza
¡no hay hora en que yo me muera!
Entre sus últimos poemas, hay un «Epitafio» en que resume toda su fe en el morir. Hay en él todo el fuego de un presentimiento. Es una cuarteta que al leerla se hunde indoloramente en la carne como un delgado y filoso escalofrío.
Duerme aquí silencioso e ignorado
el que en vida vivió una y mil muertes.
Nada quieras saber de mi pasado.
Despertar es morir. ¡No me despiertes!
La Capilla. Revista del Taller de Literatura Elías Nandino, Guadalajara, Jalisco, núm. 3, octubre, 1982, pp. 16-20.
Xavier Villaurrutia Nostalgia de la muerte
En diecinueve nocturnos poemas encierra el autor una esencia de muerte en vida. La muerte, siempre la muerte, llena su esperanza, ¿no será el temor a ella lo que hace que la invoque tan amiga? Muchas veces, meditando sus poemas, yo he creído que nos habla de otra muerte, de alguna que el poeta ha inventado, cuajada de rosas congeladas y de senos de metales opacos; porque la muerte, en su poesía, no es la que nos infunde temor, sino la que nos invita a gozar instantes en coloquio amoroso.
¿Han visto los toros de la sierra plenamente nevada? ¿Han temblado de emoción al contemplar los bosques vestidos con blancos trajes nupciales? Eso es la poesía de Villaurrutia, y la muerte helada y aparente de las selvas, es como el trance de muerte en la que él mismo se goza. Gusta vencer el fuego con el hielo y en esa reacción genera su elán poético y su voz inconfundible.
Su técnica poética, medida en balanza de razón, lo hace templar, pulir y decantar hasta el sacrificio todo su material instructivo y es por eso que nos entrega versos que por su transparencia son, a veces, casi invisibles. Es un poeta químico que conoce las dosis exactas de cada sustancia para producir el poema que busca.
El esmero, la inteligencia para enhebrar sus voces, la exagerada filtración que les impone y el injerto de ingeniosos juegos de palabras, hacen, muchas veces, que su poesía padezca cierto artificio, pero es entonces cuando él recurre a una buscada refrigeración de conjunto para hacernos sentir la semblanza de la muerte y con un oportuno calosfrío hacer temblar los hilos de los nervios. Ya alguna vez, hablando de su poesía, dije: «¿acaso el hielo con la fuerza de su frío no quema tanto como el fuego? El tacto sufre tanto como la llama, como el hielo.
Xavier Villaurrutia escribe con el cerebro sufriendo y no con el corazón sangrando. Disciplina su angustia para salvarla del grito y ajustarla a la pura voz. Reflexiona la emoción y la sujeta al dibujo y a la medida. Anula todos los colores para pintar todo con el solo color de la nieve. Se vuelve sordo al sonido para escuchar el silencio y así, como de materias incorpóreas y de transparencias unidas, hace sus poemas.
¿La poesía de Villaurrutia es sensual? Yo me atrevería a sugerirlo. Los cuerpos fríos en relación con los seres vivos despiertan reacciones de calor. Los seres de naturaleza helada exacerban el amor de los seres ardientes. Es bajo el hielo donde forman sus casas los exploradores polares para aprovechar el calor de las entrañas del hielo y guarecerse del viento y del frío. ¿Por qué de los helados poemas de un poeta polar no había de nacer la sensación ardiente que conmueva la carne? La poesía sensual pura sensualiza por contagio; la poesía de Villaurrutia por reacción contraria. El roce del hielo produce una vasoconstricción periférica que desvía la sangre ardiente a los mundos sumergidos golpeados por la sangre donde se inicia el demonio del sexo.
Viva llama de fuego helado, tránsito de espejos infinitos, calles de soledades nevadas, calosfríos filosos sin descanso, agonía inmóvil, dolor del pensamiento, eso es toda la poesía de Xavier Villaurrutia, que pesca su muerte, para gozarla, de sus propios mares submarinos y de su «sábana nieve de hospital invierno».
Letras de México; núm. 30, México, DF, 1 de agosto, 1938, p. 7.
Textos autobiográficos
Cuando los poetas nos volvimos cancioneros
En noviembre de 1929 regresé de los Estados Unidos de Norteamérica. Fui a hacer mi tesis en un hospital y volví a fin de preparar mi examen final para titularme de médico cirujano. Al volver me instalé en la misma casa de asistencia donde antes vivía. Era una casa antigua, enorme, situada en las calles de Guatemala, exactamente enfrente de donde ahora se están haciendo excavaciones para desenterrar la Plaza Mayor y los templos aztecas. Esa casa en la que vivimos gran parte del tiempo durante nuestro estudiantado y yo hasta después de dos años de recibirme, la bautizamos con el nombre de «La Casa de la Troya», título de una novela muy en boga, editada en España, cuyo autor no recuerdo de momento, y que describe precisamente una casa de asistencia con toda la vida alegre, pícara y alucinada del grupo de estudiantes que en ella se hospedaban.
Nuestra casa de asistencia era propiedad de una gran señora, Guadalupe Vallejo de Navarro, esposa del doctor Manuel Navarro, que tenía tres hermosas hijas y dos simpáticos muchachos. En la parte de enfrente de la casa vivían ellos y en la casa de atrás, dividida por la escalera que servía a ambas, vivíamos los asistidos: dos señoritas maduras, solteras, y diez o doce estudiantes, inclusive Roberto Rivera, condiscípulo mío, y sus hermanas, todos sobrinos carnales de la dueña de la casa.
Describir cómo vivíamos sería imposible. Nos trataban con verdadera familiaridad y cariño. Éramos libres, comíamos hasta hartarnos. Además, si no teníamos para pagar la mesada, nos esperaba la señora y hasta nos prestaba dinero.
Todos comíamos juntos en un comedor muy grande con mesas separadas, siendo la mayor para la familia propietaria, pero eso sí, después de la cena, se levantaba el doctor y la señora y la familia se iba a su casa habitación y nos dejaban. Quizás querían evitar cohibirnos o evitar a sus hijos la contaminación de la muchachez indómita de todos nosotros, porque realmente todos los demás que vivíamos allí, éramos verdaderos demonios.
En esa casa vivíamos la familia Rivera, todos alegres y jaladores, Gabriel Ruiz, Jorge Piñó Sandoval; y nos visitaban sinnúmero de estudiantes, y a nosotros, es decir, a mí por principio y a Roberto Rivera y después a Gabriel Ruiz, que tocaba el piano maravillosamente y estudiaba en el Conservatorio de Música, los que formaban apenas un grupo sin grupo: Xavier Villaurrutia, Salvador Novo, Jorge Cuesta, Gilberto Owen y Roberto Montenegro, en cuyo estudio nos reuníamos también muchas veces y tratamos a Moisés Sáenz, al Doctor Atl, Diego Rivera, Jorge Enciso, María Izquierdo, Dolores Álvarez Bravo… y seguiría una lista interminable.
En Guatemala 44, que ya no existe y no se atina el sitio exacto donde estuvo, fue donde Gabriel Ruiz comenzó a inventar sus melodías, en donde yo fui el primero que les puso letra; después de nuestro grupo, Carlos Pellicer, Xavier Villaurrutia mayormente, Salvador Novo y yo, con más número, por el trato continuo con el compositor, pues vivíamos pared de por medio.
Así fue pues como Gabriel, con gran tino, consiguió unir su creación magistral y romántica con bellas letras de los entonces jóvenes poetas más notables.
Proceso. Semanario de Información y Análisis, núm. 209, México, DF, 3 de noviembre, 1980, p. 44.
Mi relación con los Contemporáneos
Los conocí en 1923 y los traté desde entonces hasta la muerte de cada uno, excepto Novo, Torres Bodet y Carlos Pellicer, que murieron cuando yo había regresado ya a mi tierra natal, Cocula, Jalisco.
Con amistad y confianza tuve trato con Xavier Villaurrutia principalmente, con Novo, Gilberto Owen, Jorge Cuesta. Con los demás, mi trato fue menor, con excepción de Pepe Gorostiza, y se redujo a las actividades literarias a que concurríamos juntos: teatros, exposiciones, conferencias, banquetes y a las lecturas que con frecuencia hacíamos de nuestros propios trabajos.
Mi trato con el grupo fue de 1923 a 1928, tiempo en el que se gestaron sus proyectos; pero a finales del 28 tuve que salir de la capital rumbo a Estados Unidos de Norteamérica para preparar mi tesis médica. En este tiempo ellos publicaron las revistas Ulises y luego Contemporáneos que fue la que les dio el nombre y que yo recibía en Los Ángeles, California. Por esta razón yo no publiqué en la citada revista.
El grupo lo componían Bernardo Ortiz de Montellano, Carlos Pellicer, Jaime Torres Bodet, José Gorostiza, Xavier Villaurrutia, Salvador Novo, Elías Nandino, Jorge Cuesta y Gilberto Owen. La actuación de Enrique González Rojo fue muy corta porque falleció muy al principio de afirmarse el grupo.
El auge de los Contemporáneos abarca de 1928 a 1930. Yo regresé de Los Ángeles a principios del 30 a recibirme de médico cirujano. Reanudamos y estrechamos nuestra amistad con más fuerza y también el intercambio de lecturas y críticas de nuestros trabajos literarios.
A los Contemporáneos les debo mi orientación en la lectura, mi ejercicio crítico y mi autocrítica. Con ellos adquirí agilidad mental para la respuesta instantánea y la fina ironía para el epigrama. Con Villaurrutia cruzamos influencias mutuas y creo que hasta contagio mental. Compartió mi vida médica y mis guardias en los hospitales, de donde le vino mayor responsabilidad humanitaria.
Es indudable que los Contemporáneos, aprovechando el impulso velardiano, dieron nuevo camino a las letras literarias, especialmente a la poesía, aunque infectado de tendencias preciosistas.
Muchas veces pecamos olvidando la significación del poema, por exagerar la delicadeza y la selección del lenguaje. Esta observación la crítica futura la dilucidará.
Yo fui amigo de los Contemporáneos, fui también su médico. Pero en el terreno literario yo tenía mis reservas: la provincia hervía en mi sangre y no podía aceptar del todo esa terca búsqueda de la originalidad. Ahora todos han muerto, sólo yo tengo vida, y esto me ha servido para ratificar o rectificar mi poesía. Más todavía, pertenecía a su grupo; pero yo no quiero ser poeta de grupo, sino poeta que valga por su soledad y su personalidad propia, yo, pese a lo que digan, soy Contemporáneo y ellos son «subterráneos». Agradezco a la vida estos años más en los que he trabajado con mayor oficio, con mayor responsabilidad y, por qué no decirlo: con más experiencia y mayor amor a mi poesía. Yo no escribo para poetas, sino para todos los que me lean.
Cocula, Jalisco, 9 de abril, 1980
Proceso. Semanario de Información y Análisis, núm. 180, México, DF, 14 de abril, 1980, pp. 46.
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