Kitabı oxu: «Psicoanálisis y justicia social»

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Título original: Freud’s Free Clinics. Psychoanalysis

© Elizabeth Ann Danto, 2005.

© de la traducción: De la traducción: Rosalba Zaidel Berger, 2013.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2018.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: GEBO512

ISBN: 9788424938246

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

AGRADECIMIENTOS

INTRODUCCIÓN «LA CONCIENCIA DE LA SOCIEDAD»

PRIMERA PARTE. 1918-1922: LA SOCIEDAD DESPIERTA

1918. «EL TRATAMIENTO SERÁ GRATUITO»

1919. «EL POLICLÍNICO SE ABRIRÁ EN EL INVIERNO»

1920. «LA POSICIÓN DEL MISMO POLICLÍNICO COMO CUARTEL GENERAL DEL MOVIMIENTO PSICOANALÍTICO»

1921. «DEBERÍA EXISTIR UN AMBULATORIUM PARA EL TRATAMIENTO PSÍQUICO EN SENTIDO EXTENSO»

1922. «UN AMBULATORIUM PSICOANALÍTICO EN VIENA»

SEGUNDA PARTE. 1923-1932:. LOS AÑOS MÁS GRATIFICANTES

1923. «ESTA AYUDA DEBERÍA ESTAR DISPONIBLE PARA EL GRAN PÚBLICO...»

1924. «EL HONOR PROCEDE DEL PARTIDO SOCIALDEMÓCRATA»

1925. «UNA CÁLIDA SIMPATÍA ANTE EL DESTINO DE ESTOS DESAFORTUNADOS»

1926. «AUNQUE AUSENTE EN LA APERTURA DE LA CLÍNICA, ESTOY CON VOSOTROS EN TODO»

1927. «ES DE VALOR ESPECIAL EN LA PROMOCIÓN (DEL PSICOANÁLISIS) EL ESTABLECIMIENTO DE INSTITUTOS Y CLÍNICAS PARA EL TRATAMIENTO AMBULATORIO»

1928. FREUD «SABÍA EXACTAMENTE CÓMO ERAN LAS COSAS EN EL MUNDO. PERO, ANTES DE PODER SALIR FUERA DEBÍA SABER QUÉ HABÍA DENTRO»

1929. «EL MISMO GRUPO DE PACIENTES QUE PRECISA NUESTRO TRATAMIENTO CARECE DE RECURSOS»

1930. «LOS ANÁLISIS GRATUITOS O DE BAJO COSTE (FUERON) AL MENOS UN PEQUEÑO COMIENZO»

1931. «COMO CONCEJAL SOCIALDEMÓCRATA, EL DOCTOR FRIEDJUNG HA FAVORECIDO NUESTROS INTERESES COMO PSICOANALISTAS»

1932. «LOS SOLICITANTES MASCULINOS DE TRATAMIENTO (ERAN) MÁS NUMEROSOS REGULARMENTE QUE LAS MUJERES»

TERCERA PARTE. 1933-1938: CONCLUSIÓN

1933. «EL POLICLÍNICO PSICOANALÍTICO DE BERLÍN... LLEGÓ A SU FIN»

1934. «EL PSICOANÁLISIS (COMO) EL GERMEN DE LA PSICOLOGÍA MATERIALISTA DIALÉCTICA DEL FUTURO»

1935. «UN SEMINARIO ESCRITO DE PSICOANÁLISIS MARXISTA SOBRE NIÑOS»

1936. «EL PSICOANÁLISIS SOCIAL»

1937. «FUE UNA ÉPOCA TRAUMÁTICA Y DESPUÉS HABLAMOS POCO DE ELLA»

1938. «EL DESTINO DEL PSICOANÁLISIS DEPENDE DEL DESTINO DEL MUNDO»

BIBLIOGRAFÍA.

NOTAS

PARA PAUL

No somos los primeros

que con la mejor intención hemos logrado lo peor.

WILLIAM SHAKESPEARE, El rey Lear

AGRADECIMIENTOS

Las personas y las instituciones sin las cuales este libro sencillamente no existiría, forman una extensa y generosa lista y les estoy profundamente agradecida.

El decano James Blackburn y la presidenta Jennifer Raab han dado un gran impulso al Hunter College School of Social Work pues, junto con los estudiantes y la facultad, hacen que la Ciudad Universitaria de Nueva York sea un lugar excepcional para enseñar y escribir.

Me honra haber recibido el apoyo en la investigación del TIAA-CREF (2004), del DAAD/German Academic Exchange Service (2002), del Eugene Lang Junior Faculty Development Award del Hunter College (2000), el Incentivo a la Enseñanza e Investigación del presidente del Hunter College (1999), el Fondo para la Investigación del Archivo del Centro Rockefeller (1999, y la beca de la American Psychoanalytic Association durante 1998-1999. Le agradezco a Robert Buckley del Hunter College su brillante administración de estas concesiones.

Entre los documentalistas y bibliotecarios, pilares de este libro, quiero agradecer a Nellie Thompson y a Matthew von Unwerth de A. A. Bill Archives del New York Psychoanalytic Society and Institute; a Sanford Gifford del Boston Psychoanalytic Society and Institute los artículos de Helene y Felix Deutsch y de Grete y Edward Bibring; a Thomas Rosenbaum del Rockefeller Archives Center la ayuda con los documentos del Rockefeller Brothers Fund, los artículos de Laura Spellman Rockefeller, los Rockefeller Foundation Archives, y el Commonwealth Fund; a Rachel Vigneron su ayuda con las Rundbriefe de Otto Fenichel en la Biblioteca del Austen Riggs Center, Stockbridge, Massachusetts; a Marvin Krantz el acceso a Sigmund Freud Archives y los artículos de Anna Freud, Siegfried Bernfeld, Otto Fenichel y Muriel Gardiner en Manuscript Collections, Library of Congress, Washington D. C.; a Eckhardt Fuchs del German Historical Institute, Washington D. C.; a Stephen Novak por el acceso a la biblioteca personal de Sigmund Freud, Biblioteca del Colegio de Médicos y Cirujanos, Columbia University; también a los artículos y transcripciones de Otto Rank del Oral Histories of the Psychoanalytic Movement por Bluma Swerdloff en la Rare Book and Manuscript Collection, Columbia University Libraries; a Jerome Kavka del Chicago Institute for Psychoanalysis los artículos de Therese Benedek y Franz Alexander; a Ellen M. Shea los artículos de Edith Banfield Jackson en la Schlesinger Library, Radcliffe Institute for Advanced Study, Harvard University; al New York Historical Society las actas del NY State Board of Charities; a Mary Boyd Higgins del Wilhelm Reich Infant Trust; a Dianne Spielmann del Leo Baeck Institute en la ciudad de Nueva York; a los archivos del Sophia Smith Collection, Smith College School of Social Work, Northampton, Mass.; a Lesley Hall los artículos de Melanie Klein del Wellcome Institute for the History of Medicine, Londres; a Riccardo Steiner, Polly Rossdale y el Commitee on Archives del British Psycho-Analytic Society (Londres) los artículos de Ernest Jones; a Michael Molnar del Freud Museum en Londres; a Tom Roberts del Sigmund Freud Copyrights/Paterson Marsh Ltd., UK; a Robert Elwall los archivos de Ernst Freud, Royal Institute of British Architects, Londres; a Winfried Schultze del Universitätsarchiv de la Universidad Humboldt en Berlín; a Inge Scholz-Strasser y Christian Huber de los archivos de la Fundación Sigmund Freud, Viena; a Helmut Gröger del Josephineum Institute for the History of Medicine, Viena; a Gregor Pickro del Budesarchive en Koblenz, Alemania; a Johanna Bleker, Thomas Mueller y Cornelius Borck del Center for the Humanities and Health Sciences, Institute for the History of Medicine en Berlín; y a Philip Swan, Tanya Manvelidze y Norman Clarius de las Hunter College Libraries. Muchos de estos amables hombres y mujeres también son historiadores, psicoanalistas, asistentes sociales y médicos, y a todos ellos les agradezco su inestimable ayuda y orientación.

Agradezco a Martin Bergmann, Jean-Luc Donnet, Judith Dupont, Solange Faladé, Sanford Gifford, Pearl King, Eva Laible, Else Pappenheim, al difunto George Pollock, la difunta Helen Schur, Lou T. Seinfeld, Robert Stewart, Bluma Swerdloff, Mary Weigund, y al difunto Joseph Wortis que amablemente aceptaron que grabara sus recuerdos.

Algunos fragmentos de este libro los he presentado en encuentros de la American Association for the History of Medicine, la Society of the History of Science, el Hagley Museum for the History of Science and Technology, el Council on Social Work Education, la International Association for the History of Psychoanalysis, el Richardson Seminar on the History of Psychiatry, el Ad Hoc Committee on Community Clinics de la American Psychoanalytic Association, y el Austen Riggs Center. En forma de artícu-En forma de artículos se han publicado selecciones en Psychoanalytic Social Work, en el Journal of the American Psychoanalitic Association, y en el International Journal of Psychoanalysis (IJP).

Mis amigos formaron un alegre y amable grupo de apoyo animándome mientras trabajaba con cada parte del manuscrito. Entre la maravillosa comunidad de lo que llamo la República Popular de Fifth Street, una comunidad que forma la triple hilera de pequeños edificios con altos portales en el East Village, algunos como Lucinda, Steven, Arie, y Ni y LiMing se mudaron; otros como Heide, Doug y Zeke o Ticia y Oscar o Kathryn y Margaret manzana abajo, o Monica y Abe, los Goyal, Lisa y su familia de músicos, Marva, Joseph, AJ, Romy, Hayes, Lydia, Judy, David, Mark,... Son tantos que no puedo nombrarlos, pero les estoy agradecida a todos. También estoy en deuda con Ruth Sidel, Anne Talpain, Norma Tan, Janet Becker, Eve Golden, Clark Sugg, y Ruby y Kevin Eisenstadt. Por su ayuda con las traducciones y becas, agradezco a Hede Estes, Janna Schaefer, Paul Werner, Louise Crandall, Theresa Aiello, George Franks, Mimi Abramovitz, Barbara Levy Simon, Alain de Mijolla, y Craig Tomlinson. De la Columbia University Press doy las gracias a John Michel por animarme y a Susan Pensak por su perspicacia editorial. Los errores sobre los hechos o las interpretaciones en las traducciones, así como en el material histórico solo pueden atribuirse a mi responsabilidad.

Provengo de una familia de escritores y, por este legado, quiero agradecer a mi padre, Arthur C. Danto, a mi suegra, Vivian L. Werner y a mi difunta madre, Shirley Rovetch Danto. Doy las gracias también al resto de los miembros de la extensa familia a lo largo y ancho del país.

Paul Werner, mi riguroso, agudo y sofisticado marido, contribuyó a este libro no solo con tres lecturas críticas, sino también haciendo que sea lo que es hoy. Sé que un amor así es excepcional y me siento afortunada.

INTRODUCCIÓN
«LA CONCIENCIA DE LA SOCIEDAD»

En la Viena de la década de 1920 y principios de la de 1930, los médicos que estaban muy ocupados, como Sigmund Freud, podían entregar un Erlagschein, un vale, a un paciente, posible o habitual, para que lo utilizara como una forma de pago a otro doctor. Los Erlagschein a menudo se imprimían con elegancia en un papel naranja pálido, con tipografía clásica, y carecían de una numeración propia, pues iban asociados especialmente a los depósitos bancarios y al cheque personal. Los vales atraían prácticamente a todos en la comunidad psicoanalítica de la ciudad ya que los terapeutas privados podían endosar un Erlagschein a una clínica como garantía para canjear (en efectivo o en tiempo) las horas de tratamiento que normalmente se donarían en persona. Sigmund Freud endosaba Erlagscheine de doscientos a cuatrocientos chelines regularmente a la clínica gratuita de los psicoanalistas de Viena, conocida como Ambulatorium.

En 1918, justo dos meses antes del armisticio, Freud había congregado a los psicoanalistas reunidos en Budapest en su quinto congreso internacional para poner en marcha estas instituciones: «sanatorios o lugares de consulta [...] estos tratamientos serán gratuitos [...]. El pobre no tiene menos derechos a la terapia anímica que los que ya se le reconocen en materia de cirugía básica», afirmaba, abrazando la nueva retórica de la socialdemocracia austríaca. «Puede pasar mucho tiempo antes de que el Estado sienta como obligatorios estos deberes [...] es probable que sea la beneficencia privada la que inicie tales instituciones».1

Estas ideas, como todos los proyectos psicoanalíticos de Freud, evidencian una interesante tensión entre la teoría psicológica y la práctica terapéutica. Mientras que su teoría perseguía estar más allá de la historia como una ciencia fáctica, la práctica clínica de Freud se adhería a la ideología política socialdemócrata que predominó en Viena después de la Primera Guerra Mundial. Cuando los psicoanalistas del círculo de Freud abrieron el Ambulatorio para adultos, niños y familias que requerían tratamiento externo de salud mental en mayo de 1922, el carácter de la socialdemocracia y sus instituciones de bienestar social ya habían calado tanto en la ciudad de origen de Freud, que su clínica era solo una entre muchos otros servicios gratuitos. Y Viena no era ni la primera ni la única ciudad donde establecer una clínica psicoanalítica. En esos años de modernismo emergente, las expresiones de conciencia social de Freud inspiraron la creación de una cadena de al menos doce clínicas cooperativas de salud mental al menos, desde Zagreb hasta Londres.2 Mucho más tarde, en 1935, Freud aún escribía que «con sus propios recursos, estos grupos locales costean institutos donde se imparte la instrucción en el psicoanálisis de acuerdo con un plan didáctico unitario, y donde tanto analistas experimentados como principiantes ofrecen tratamiento ambulatorio gratuito a personas necesitadas».3 Las décadas siguientes vieron desplegarse la práctica del psicoanálisis en consultas sencillas, caso por caso, en divanes donde inadvertidamente la teoría planeaba sobre los avatares clínicos. Entre 1918 y 1938, el psicoanálisis no era un tratamiento inaccesible para la población trabajadora, ni estaba estructurado rígidamente, ni se prolongaba excesivamente.

Al menos una quinta parte del trabajo de la primera y segunda generación de psicoanalistas fue para ciudadanos indigentes. Esto hizo que el psicoanálisis fuera accesible para estudiantes, artistas, artesanos y maestros de escuelas públicas. La idea de Freud influyó en practicantes y estudiantes de medicina de tal manera que conseguían financiar su aprendizaje atendiendo a pacientes sin coste. Médicos e intelectuales establecidos trataban a niños con problemas y a sus madres, o a adolescentes delincuentes y a personas con enfermedades psicosomáticas, desde asma hasta epilepsia, que de otra manera no habrían podido sufragar un tratamiento. La naturaleza relativamente sencilla de este intercambio, combinado con la amplitud de miras de la cultura política de entreguerras, marcaba una pauta que permitía a la gente de mundos sociales francamente opuestos encontrarse en la sala de espera de un psicoanalista. Incluso entre analistas que aparentemente evitaban la política, la práctica en una clínica gratuita reflejaba implícitamente un compromiso cívico con el bienestar humano. Helene Deutsch, miembro activo del círculo cercano a Freud que estuvo a cargo del Instituto de Enseñanza de la Sociedad Psicoanalítica de Viena después de residir en Berlín entre 1923 y 1924, hablaba por su generación. El «revolucionismo», escribió en su historia de la segunda generación de psicoanalistas, era «un espíritu de reforma [...] (que) nunca puede ser definido simplemente a través de su aplicación social. Es un atributo de los individuos que se lanzan a todo lo que se forma, se gana, se consigue de un modo nuevo».4

Desde 1920 hasta 1938, en diez ciudades y siete países, la generación activista de psicoanalistas creó centros de tratamiento gratuito. Freud había hablado «en parte como profecía y en parte como desafío», dijo Max Eitingon, el psicoanalista cuya riqueza y talento administrativo hicieron posible la primera clínica en 1920, el Poliklinik de Berlín. Las innovaciones del Poliklinik incluían directrices sobre la extensión del tratamiento, análisis fragmentario (tiempo limitado), y, por supuesto, tratamiento gratuito. Fue allí donde primero se debatió formalmente sobre el análisis infantil y se estandarizó la educación psicoanalítica. En Viena, el dilema de cómo abrir una clínica psicoanalítica sin ofender necesariamente al estamento psiquiátrico conservador dependió de la habilidad diplomática de Eduard Hitschmann, amigo de Freud, quien abrió la segunda clínica, el Ambulatorium de Viena, en 1922. En 1926, los psicoanalistas británicos pusieron en marcha una clínica en Londres dirigida por Ernest Jones, cerebro psicoanalítico británico y más tarde primer gran biógrafo de Freud. Ernst Simmel, cofundador con Eitingon del Poliklinik de Berlín, también en 1926, abrió un centro de internamiento en Schloss Hegel, muy cerca de la ciudad. En 1929, el pionero analista húngaro Sándor Ferenczi fundó una clínica gratuita en Budapest. Para entonces, en Viena, Wilhelm Reich, cuya fusión de psicoanálisis y política de izquierda sigue siendo hoy tan controvertida como en la década de 1920, había creado la Sex-Pol, una red de clínicas médicas y de salud mental gratuitas con una inclinación libertaria particularmente radical.

Con el tiempo se sucedieron otras sociedades psicoanalíticas con programas (algunos de ellos realizados y otros no) para clínicas gratuitas en Zagreb, Moscú, Francfort, Nueva York, Trieste y París. Estas clínicas liberaban a la gente de su destructiva neurosis y, como las escuelas y universidades municipales de Europa, eran gratuitas. En el ambiente emocionante de los movimientos sociales y progresistas entre las dos guerras mundiales, se suponía que el psicoanálisis compartía esta transformación de la sociedad civil y que estos nuevos centros de tratamiento ambulatorio ayudaban a devolverle a la gente su inherente capacidad para obtener bienestar. Los psicoanalistas creían que tenían la obligación social de dar una parte de su tiempo a las personas que no podrían permitirse el psicoanálisis. Muchos ni siquiera tuvieron en cuenta sopesar la efectividad del tratamiento respecto a la carga financiera impuesta al paciente.

Erik Erikson, Erich Fromm, Karen Horney, Bruno Bettelheim, Alfred Adler, Melanie Klein, Anna Freud, Franz Alexander, Annie Reich, Wilhelm Reich, Edith Jacobson, Otto Fenichel, Helene Deutsch, Alice Bálint, Frieda Fromm-Reichmann, Hermann Nunberg, Rudolf Loewenstein, y Martin Grothahn,... eran solo algunos de los analistas de las clínicas gratuitas que más tarde se dispersaron por el mundo occidental. Algunos llevaron la antorcha progresista y otros la enterraron, pero todos ellos son hoy conocidos por su revisionismo teórico y por la diversas maneras de continuar, transformar o romper con la teoría clásica de Freud. Pero en la década de 1920 y principios de la de 1930 los propios analistas se veían como agentes del cambio social, y para todos ellos el psicoanálisis era un desafío a los códigos políticos convencionales, una misión social más que una disciplina médica. Erich Fromm, residente en el Instituto Francfort para la Investigación Social a finales de la década de 1920, y Ernst Simmel, al frente de la Asociación de Médicos Socialistas de Berlín, eran analistas del Poliklinik que basaban su práctica en la relación simbiótica con los valores políticos de la era de Weimar. La libertad intelectual de Berlín le permitió a Melaine Klein la autonomía para el análisis profundo de niños. Karen Horney, quizá mejor conocida como la analista que introdujo el relativismo cultural en la teoría freudiana, fue miembro fundadora del Poliklinik y la primera mujer en enseñar allí. Para los intelectuales vieneses como Bruno Bettelheim, Otto Fenichel y Siegfried Bernfeld, que se introdujeron en el activismo romántico de los movimientos juveniles de la izquierda centroeuropea, el psicoanálisis representaba la liberación humana, la potenciación social y la liberación de las convenciones burguesas. Erik H. Erikson, el ganador del Premio Pulitzer que estableció, quizá más firmemente que ningún otro, el concepto central de la influencia del entorno social en el desarrollo humano, se formó como psicoanalista en el inicio de la Viena moderna, en el Ambulatorium. En Budapest, el primer director de la clínica, Sándor Ferenczi, cercano a Freud a lo largo de su vida, pertenecía a un círculo de intelectuales, poetas y escritores modernistas húngaros que incluían al filósofo de izquierda Georg Lukács y al compositor Béla Bartók.

Ferenczi, que murió en 1933, creía que los psicoanalistas que no tenían en cuenta las «condiciones reales de los diversos niveles de la sociedad» abandonaban a su suerte a la población para la cual la vida cotidiana es especialmente penosa. De diversas maneras, la Viena del début de siècle y de la posguerra consideraba la teoría y la terapia psicoanalíticas mucho menos controvertidas que en la actualidad. Pero casi desde sus inicios y ciertamente desde su llegada a América, los clichés contra la clínica han rodeado al psicoanálisis en todo el espectro político.5 Algunos críticos sugieren que la investigación psicológica individual descarta la variable del entorno y que los estudios psicoanalíticos sitúan al individuo al margen de la cultura. Otros han hecho su carrera a fuerza de invalidar el psicoanálisis como disciplina no científica y puramente ideológica. Los mismos psicoanalistas han alegado que la objetividad clínica requiere distanciarse de la política y del pensamiento social. Wilhelm Reich, uno de los teóricos que más incidieron en este campo, observaba que «el conflicto dentro del psicoanálisis respecto a la función social era inmenso mucho antes de que cualquier implicado lo notara».6 Pero Ferenczi y Freud sí que reconocieron este conflicto y, en 1910, se embarcaron en una estrategia de gran alcance para resolverlo.

Uno de los cambios radicales que trajo la Primera Guerra Mundial fue que algunas actitudes políticas menospreciadas previamente se volvieron rápidamente dominantes, tanto en el movimiento psicoanalítico como en otros ámbitos, mientras que las primeras repúblicas austríaca y alemana continuaban en un camino difícil hacia su constitución como Estados. En 1918, Freud podría haber replanteado simplemente los principios de 1913 que sistematizaban su enfoque de preguerra sobre los pagos de los pacientes,7 pero él preveía que la historia de la teoría psicoanalítica se sostendría en última instancia en la historia de su práctica real. Las nuevas democracias requerirían de los psicoanalistas terapeutas, como de otros profesionales, mayor implicación y transparencia públicas. En este sentido, Freud discutía sobre una visión alternativa, no tradicional, de las obligaciones sociales colectivas del psicoanálisis. La conferencia de Budapest sobre «la conciencia de la sociedad» reflejaba el personal despertar de Freud ante la realidad de un nuevo contrato social, un nuevo paradigma cultural y político que señalaba a casi cada uno de los reformadores, desde Adolf Loos en la arquitectura hasta Clemens Pirquet en medicina y Paul Lazarsfeld en ciencia social.8

A finales de 1918 los cambios fundamentales que sufrieron tanto Alemania como Austria, en el ámbito territorial y en el de las perspectivas políticas, se agudizaron con el advenimiento de la «Viena Roja» y el «Berlín de Weimar» como modelos modernos de reconstrucción urbana. En ambas ciudades las políticas de agresivos planes sociales de los nuevos gobiernos se vinculaban a la recuperación económica de posguerra, en un enfoque de la obra pública por el que se instituyeron proyectos originales a gran escala junto con un desarrollo cultural y estético creciente. Freud creía que un día «el Estado llegará a ver estos deberes como asuntos urgentes», y realmente los nuevos gobiernos promovieron mucho más la salud mental y los servicios sociales que jamás antes ningún servicio de atención de la salud pública. Se aprovecharon de las nuevas profesiones surgidas de la arquitectura utilitaria, la política de salud pública, y el trabajo social profesional, enfatizando la importancia de la cultura para la causa socialista. Los relatos vitales de primera mano en la Viena Roja, sus numerosas comunidades de viviendas públicas, sus programas de bienestar social para las familias, el fomento del arte y la música, compartían una estimulante calidad en el compromiso público y el orgullo cívico. Sin embargo, las interpretaciones de estos acontecimientos dependen siempre de la ideología del observador: para el conservador se trata de una intrusión y excesiva regulación del Estado; para el marxista desvelan el oportunismo socialdemócrata y la futilidad de introducir los cambios gradualmente; y para el progresista son ejemplos de equidad y discriminación positiva.

En 1919 las mujeres austríacas consiguieron el sufragio universal, e incitaron a los gobiernos a poner en práctica las políticas sobre salud, vivienda y familia, a cambiar la caridad paternalista individual por la prevalencia del derecho al bienestar social (los privilegios de la ciudadanía). Se invirtieron recursos públicos en clínicas médicas y dentales, programas de asistencia familiar, ayuda a los niños, y centros de consulta para jóvenes y madres. Este despliegue de programas lo diseñó Julius Tandler, el brillante anatomista y profesor universitario, quien transformó el Departamento de Bienestar de Viena en un sistema de asistencia profesional para familias y niños que impresionaba inclusive a los visitantes americanos. «Una cosa está clara —informaba una delegación del Fondo de la Commonwealth—, sería muy inadecuado decir que Austria es un país donde el trabajo social y la salud se hallan en un estado rudimentario».9 Los representantes del fondo se reunieron con Otto Bauer, el máximo líder de los nuevos marxistas austríacos y secretario de Asuntos Exteriores en 1918-1919. Editor del periódico socialista Arbeiter-Zeitung, Bauer les habló del movimiento social actual como una revolución en «el alma del hombre».10 Para los socialdemócratas vieneses, la cultura urbana debía abarcar toda la vida de los trabajadores, desde la privacidad de la vida individual y familiar hasta la política pública y el lugar de trabajo. Entre los psicoanalistas, el neurólogo de inclinación izquierdista Martin Pappenheim, amigo de Eduard Hitschmann e invitado frecuente de los Freud, mantenía que el cambio social debía alcanzar «la estructura de las relaciones familiares, la posición social de mujeres y niños, y la reforma sexual».11

En 1920 Adolf Loos, quien es recordado por su modernismo implacable y racional, fue contratado como arquitecto jefe del Departamento de Obras Públicas de la ciudad de Viena, que en ese momento sufría de un déficit crónico de sedes. Anton von Webern, el brillante compositor vanguardista, era el director principal de la Sinfónica del Trabajo de Viena y del Coro del Trabajo de Viena (donde permaneció hasta 1934) y promovió algunas de las primeras interpretaciones de las composiciones modernistas de Arnold Schoenberg. Este se había formado como el organizador de la orquesta de los trabajadores socialdemócratas. Mientras tanto, en Alemania, la fama del director de la Bauhaus, Walter Gropius, que representaba la quintaesencia del arquitecto en Weimar, encumbraba la producción de construcción urbana. En sus talleres de muebles artesanales y utensilios cotidianos, exquisitos y funcionales a un tiempo, la Bauhaus renovó la idea de la producción masiva. Sus principios para la creación de diseños racionales (muchos de los cuales aún parecen modernos en la actualidad) se aplicaron a todos los materiales comunes en la vida cotidiana de la ciudad, desde lámparas de mesa de cobre hasta juegos de té de porcelana, o desde tostadoras cromadas hasta cunas de bebé de madera curvada. El arte coexistía con la realidad económica, la cultura y la política; la ciudadanía, con la nueva estructura participativa del Estado.12

El Berlín de la década de 1920 acogía el Poliklinik, el programa de bandera de los psicoanalistas en terapia pública y, para muchos, el corazón de la Sociedad Psicoanalítica de Berlín, tanto como el Ambulatorium lo era para los vieneses. Para el analista y profesor húngaro Sándor Radó, los analistas berlineses forjaron una «sociedad maravillosa», un grupo particularmente vital de practicantes progresistas, tan popular entre los intelectuales de la ciudad que Karl Abraham estuvo a punto de establecer el psicoanálisis como disciplina universitaria.13 Aprendices internacionales en trabajo social, psiquiatría, orientación infantil y psicología se reunían en el Poliklinik no solo procedentes de Francia e Inglaterra, sino también de Egipto, Cuba y Estados Unidos. «Por favor, envíeme toda la información disponible sobre su Instituto —escribió el psicólogo Norman Lyon, del Worcester State Hospital, en agosto de 1929—, espero enseñar algún día psicología y dirigir una clínica de acuerdo con esa disciplina».14 Desde los interiores modernistas de la clínica, diseñados por Ernst, el hijo arquitecto de Freud, hasta los proyectos educativos, los esfuerzos se encaminaban a satisfacer las obligaciones sociales del psicoanálisis y concordaban con la visión social, política y cultural del Berlín de Weimar. Ernst había estudiado con Loos en su taller de Viena, así que dispuso las líneas simples y las superficies sin adornos de Loos dentro de un diseño comunitario para la sala de espera de la clínica. En su práctica terapéutica los psicoanalistas de Weimar debatían abordajes no tradicionales del tratamiento y, en el plano social, abogaban por la reforma penal, la liberación sexual, la igualdad de géneros y la no criminalización de la homosexualidad.15 Y algo parecido ocurría en Berlín, donde la riqueza de Eitingon y la eficiencia de Karl Abraham como director de la sociedad llevaron a la simplificación de la fórmula de Freud para asignar servicios gratuitos, con donativos y visitas domiciliarias. La demanda pública de tratamiento psicoanalítico, que parecía llevar la solución a las deficiencias crónicas de tiempo y espacio, fue sensacional.

Ni en Viena ni en Berlín el psicoanálisis faltó a su compromiso con la red general de servicios disponibles de salud mental. Las clínicas médicas y de salud mental privadas, que antes estaban restringidas a los acomodados o casi acomodados, se abrían ahora a todos los estratos sociales. Pero al menos desde 1916 los gobiernos habían promocionado el psicoanálisis como una forma de psicoterapia para ayudar a los soldados traumatizados que volvían del frente. Y, mientras que Alfred Adler había abandonado las filas de Freud en 1911, los miembros de su popularísima Sociedad de Psicología Individual integraban el personal de las consultas de orientación infantil vinculadas al sistema educativo municipal de Viena. Con su intransigente énfasis en la sexualidad humana, el psicoanálisis era solo uno de los muchos tratamientos disponibles de la psicología moderna, pero, aun así, era el más complejo y controvertido. En el Ambulatorium de Viena, situado en Pelikangasse, el psicoanálisis lo practicaban diariamente clínicos muy interesados en los cambios en medicina y en la agenda sociopolítica. Y en el Poliklinik, situado en la Potsdamerstrasse de Berlín, se ofrecía a los pacientes psiquiátricos de la ciudad una alternativa compasiva a la atención institucional del Charité Hospital, tomando a aquellos que el establecimiento médico y psiquiátrico no estaba dispuesto a atender.

A pesar de que en 1938 los nazis redujeron tanto el psicoanálisis que se podía andar por los centros académicos de Berlín o Viena sin encontrarse con un solo analista, mucho menos judío, Otto Fenichel y su grupo de colegas exiliados sostuvieron sus creencias con más vehemencia que nunca. La clínica de Berlín se cerró en 1933; Sex-Pol, en 1934; el Ambulatorium de Viena, en 1938. Todavía entonces, Fenichel animaba a sus antiguos colegas a mantener una actitud política, crítica, incluso aunque el Poliklinik había sido expurgado de judíos (técnicamente no fue cerrado) en 1933. Fenichel articulaba la confrontación entre aquellos que se mantenían fieles al Freud humanista y una nueva clase de clínicos alineados con la psicología del yo, en las Rundbriefe, una serie extraordinaria de cartas que circularon dentro de su grupo de analistas activistas. Alrededor de los diez años siguientes, Fenichel llegaría a ver la nueva teoría de la adaptación de la psicología del yo de Heinz Hartmann, en el mejor de los casos, como neofreudiana y, en el peor, como una inquietante versión prefreudiana. El grupo de Fenichel discutía constantemente, junto con sus colegas en la Asociación para Médicos Socialistas de Ernst Simmel, que la importancia del psicoanálisis residía precisamente en su dimensión social, inclusive marxista. «Estamos todos convencidos —escribía Fenichel desde Oslo en marzo de 1934— de que en el psicoanálisis de Freud se encuentra el germen de la psicología materialista dialéctica del futuro, y por ello necesitamos desesperadamente proteger y extender su saber».

Es extraño que se haya suprimido siempre la historia del activismo político en el psicoanálisis. Las carreras de los miembros de la segunda generación de psicoanalistas fueron ejemplares. Los discípulos de Freud eran líderes académicos, en la medicina e incluso en lo militar. La evidencia histórica oral y escrita, aunque fragmentaria, confirma que el movimiento psicoanalítico del inicio se construyó sobre un núcleo político progresista, aliado estrecho del contexto cultural de la Europa central entre 1918 y 1933, y que las clínicas ambulatorias gratuitas eran una implementación práctica de esa ideología. Este discurso progresista se hace presente cuando se sitúa el psicoanálisis en el contexto de los movimientos sociales del siglo XX, alternativamente reformistas y conformistas, del modernismo, el socialismo, la democracia y el fascismo. A día de hoy, las ciento diecinueve cartas que integran las Rundbriefe de Otto Fenichel sobreviven como una documentación elocuente del lazo histórico entre el psicoanálisis y la política progresista. A pesar de su forma epistolar es un texto tan clásico como la obra psicoanalítica de referencia de Fenichel, Teoría psicoanalítica de la neurosis, aunque solo son frágiles hojas de papel con tipografía antigua unidas por clips oxidados. Las Rundbriefe cuentan parte de la historia de la evolución del movimiento psicoanalítico desde 1934 hasta 1945, de sus activos participantes y sus grandes luchas ideológicas en Europa y en América. Es un desafío reconstruir otras crónicas igualmente válidas procedentes de recuerdos personales, de los pocos documentos que sobreviven y de los documentos fragmentarios dispersos en diversos archivos. No obstante, las filiaciones políticas reales de los principales miembros del movimiento psicoanalítico son un hecho probado. Entre los marxistas declarados estaban Erich Fromm, Otto Fenichel, Karl Landauer, Barbara Lanto, Georg Gerö, Frances Deri, Käthe Friedländer, Steff Bornstein y Wilhelm y Annie Reich. Como socialistas se identificaban Bruno Bettelheim, Grete Bibring, Helene Deuthsch, Ernst Simmel, Willi Hoffer, Eduard Kronengold (Kronold), Siegfried Bernfeld y Heinrich Meng. Entre los comunistas conocidos estaban Anny Angel-Katan, Edith Jacobson, Edith Gyömröi, Edith Buxbaum, Marie Langer, Ludwig Jekels y Wilhelm Reich. Y entre los socialdemócratas, Eduard Hitschmann, Paul Federn, Karen Horney, Josef Freidjung y Sigmund Freud. Desde entonces, algunos de estos analistas, como Erik Erikson y Karen Horney, han ganado en reconocimiento, mientras que Helene Deutsch y Erich Fromm, por ejemplo, se han difuminado en el paisaje cultural actual. Otros, como Wilhelm Reich y Sándor Ferenczi, han reaparecido con sorprendente energía. Como ocurre con las Rundbriefe, que han desaparecido del dominio público, el destino histórico de las clínicas públicas es casi completamente contrario a los sofisticados estándares de formación psicoanalítica y al modelo de práctica psicoanalítica que ahora prevalece en los institutos psicoanalíticos y las exclusivas consultas en todo el mundo.

Con su cultura fragmentada por el terrorismo, obligados a reconstruir la vida profesional en una lengua extranjera, y acuciados por el acusado nacionalismo de posguerra, muchos psicoanalistas centroeuropeos huyeron, pero seguían confiando en que la buena voluntad y la compasión generada por el psicoanálisis triunfarían al final, si ellos atemperaban las historias de su pasado radical. Aunque Ernest Jones ha sido siempre una voz del conservadurismo, sus declaraciones de conciencia social en 1926 dieron una orientación a la clínica en la sociedad británica que aún en nuestros días continúa ofreciendo psicoanálisis gratuito a los londinenses. El Centro Jean Favreau todavía se desenvuelve dentro de la Société Psychanalytique de París, fundada en 1920 y dirigida durante muchos años por Marie Bonaparte; sus psicoanalistas ofrecen consulta y tratamientos gratuitos a los habitantes de París.

Hacia el final de la Primera Guerra Mundial, Ernst Simmel, que había servido como médico militar y director de un hospital para soldados con traumas de guerra, escribió sobre la urgente necesidad de participar en «la economía humana [...] por el gasto en vidas humanas durante los años de guerra y para la preservación de todas las naciones». Creía que la comunidad era el fluido vital para la supervivencia. Para Simmel, como para Freud, las clínicas gratuitas encarnaban la comunidad dentro del psicoanálisis. Los psicoanalistas se sumaban a la lucha de la Europa de principios del siglo XX sin sentimentalismo para construir la democracia y un mundo mejor. Helen Schur, estudiante de medicina de la Universidad de Viena en la década de 1920 y luego esposa del médico personal de Freud, Max Schur, lo resumía muy bien: «Pienso que ellos se dieron cuenta de que este mundo sería el de la liberación personal. Conseguir que se liberasen realmente de la neurosis, para estar mucho mejor preparados para trabajar, es decir, en las palabras de Freud, para amar y trabajar».

Lo que sigue es la historia de esta liberación.

PRIMERA PARTE

1918
«EL TRATAMIENTO SERÁ GRATUITO»

El psicoanalista alemán Max Eitingon escribía en 1925 que no era posible que sus colegas siguieran discutiendo sinceramente que «el factor de que los pacientes paguen o no paguen no tiene ninguna relevancia en el curso del análisis».1 Pero Eitingon solo estaba anunciando lo que sería la conclusión del discurso sobre la conciencia social que Freud dio en Budapest en 1918. En ese discurso Sigmund Freud había abjurado de su posición de antes de la guerra, según la cual «el valor del tratamiento se reduce a los ojos del paciente si se le pide un pago muy bajo»,2 y había repudiado su anterior imagen de 1913, la del médico psicoanalista como empresario médico.3 Hasta el final de sus días, Freud apoyó las clínicas psicoanalíticas gratuitas, defendió el pago flexible y la práctica del análisis profano, todas ellas desviaciones sustanciales de una tradición de privilegios de los médicos y de dependencia de sus pacientes. Su manifiesta repugnancia hacia Estados Unidos como «el país de los bárbaros del dólar» también se reflejaba en su desprecio por una actitud médica que él consideraba más americana que europea, más conservadora que socialdemócrata.4 Esta profunda revisión de su consideración de los honorarios médicos, que realizó entre 1913 y 1918, era en parte el resultado de las penosas privaciones materiales y psicológicas que la familia Freud padeció durante la guerra y en parte de los cambios trascendentales en el escenario político de principios del siglo XX.

El sentido de responsabilidad cívica de Freud no era nuevo. Siendo niño fue testigo del establecimiento en 1868 del profundamente liberal Bürgerministerium (ministerio burgués) que fomentaba la tolerancia religiosa y la legislación social progresista en asuntos como la educación laica, los matrimonios mixtos, la prohibición de la discriminación de los judíos y un sistema penal compasivo.5 Admiraba a Aníbal y a Masséna, un general judío del ejército de Napoleón, y le fascinaba el empleo de estrategias militares a gran escala. Parece que se le pasó por la cabeza la idea de dedicarse a la política cuando, siendo adolescente, «nació en mí el deseo de estudiar derecho [...] y dedicarme a la actividad pública».6 La Facultad de Derecho le enseñaría las artes del liderazgo político y así podría llegar a promover la agenda liberal de reforma social para Austria. Pero la quiebra económica de 1873, que destrozó el sector privado de los bancos e industrias de Viena y la prosperidad económica de la ciudad en general, se abatió en el mismo año en que Freud ingresaba en la universidad. El joven Freud se vio profundamente afectado por «el destino de encontrarme en la oposición y ser proscrito por la “inmensa mayoría”» y reaccionó desarrollando lo que llamó, con ironía, «cierta independencia de juicio».7

La experiencia directa del antisemitismo en la universidad fue en la vida de Freud una poderosa motivación para poner al descubierto las raíces de la agresividad individual y social. Era natural que Freud se centrara en el contexto social del comportamiento individual. Su modelo de la familia judía liberal con una fuerte conciencia cívica, laica en gran parte, y exigente en el trabajo estaba arraigado en la Viena cosmopolita: «Nuestro padre era un hombre verdaderamente liberal», escribía la hermana de Freud, Anna Freud Bernays, sobre el paterfamilias Jacob:

... tanto que incluso las ideas democráticas absorbidas por sus hijos estaban ausentes de las opiniones más convencionales de nuestros parientes [...]. Alrededor de la mitad del pasado siglo, el padre era todopoderoso en la familia europea y todos le obedecían incuestionablemente. Con nosotros, sin embargo, prevaleció un espíritu mucho más moderno. Mi padre, un escolar autodidacta, era realmente brillante. Discutiría con nosotros, sus hijos, especialmente con Sigmund, todo tipo de temas y problemas.8

Así que no era sorprendente que Emma Goldman, una de las primeras feministas americanas y líder anarquista, encontrara mucho en común con el joven neurólogo y se sintiera muy impresionada al escuchar la conferencia de Freud de 1896 en Viena. «Su simplicidad y honestidad y su pensamiento brillante se combinaban de tal modo que una sentía que la guiaban al exterior de un sótano oscuro, hacia la clara luz del día. Por primera vez capté el significado pleno de la represión sexual y sus efectos sobre el pensamiento y la acción humana. Me ayudó a entenderme a mí misma, mis propias necesidades, y también me di cuenta de que solo la gente de mente depravada puede impugnar los motivos o encontrar impura una personalidad grande y ejemplar como la de Freud».9

Otros activistas liberales como Sándor Ferenczi, el gran psicoanalista húngaro compañero de Freud, estaban de acuerdo: «Nuestros análisis —le escribía desde Budapest a Freud en 1910— descubren los estados en que se hallan realmente los diferentes estratos de la sociedad, depurados de hipocresías y convencionalismos, tal cual se reflejan en el individuo».10 Sándor Ferenczi era un médico e intelectual socialista de afable cara redonda que ya en 1906 defendía apasionadamente los derechos de las mujeres y los homosexuales. Hombre encantador, hijo de un editor socialista húngaro, Ferenczi extendió los límites de la teoría psicoanalítica más lejos y más rápido que nadie. En 1912 estableció la Sociedad Psicoanalítica de Hungría, cuna de grandes psicoanalistas como Melanie Klein, Sándor Radó, Franz Alexander, Therese Benedek y Alice y Michael Bálint. En 1929 hizo revivir la clínica gratuita que había concebido en Budapest en la universidad diez años antes, durante una breve docencia en psicoanálisis promovida por el régimen revolucionario.11 La notable relación de Freud con Ferenczi se desenvuelve en el curso de más de doscientas cartas intercambiadas entre 1908 y 1933, año en el que Ferenczi murió de una anemia perniciosa. El diálogo epistolar entre los dos hombres estaba sumamente cargado de sentimientos personales, consignaba sus diversos intercambios sobre teoría psicoanalítica, y a menudo aludía, con un amargo sarcasmo, a los graves efectos de la injusticia social en sus pacientes. Ferenczi describe cómo debe escuchar el analista a sus pacientes porque solo ellos entienden en verdad cómo el psicoanálisis fomenta el bienestar social. Cuando la vida de las mujeres, los hombres y los niños esté más de acuerdo con su naturaleza individual, la sociedad podrá flexibilizar sus ataduras y permitir un sistema menos rígido de estratificación social. Su trabajo analítico con un linotipista, el propietario de una imprenta y una condesa le había demostrado a Ferenczi cómo cada individuo experimenta el efecto represivo de la sociedad dentro de su respectivo estrato social. Ningún estrato es más represivo que los otros, pero cada uno merece igualmente beneficiarse de la terapia. El estresado linotipista estaba aterrorizado por las órdenes del capataz del periódico; el dueño de la imprenta se sentía aplastado por la culpa que le producía haber conseguido sustraerse a las corruptas reglas de la Asociación de Propietarios de Imprentas; las fantasías sexuales de una joven condesa sobre su cochero revelaron su sentido de vacío interior. Y una sirvienta reveló el placer masoquista que obtenía al decidir aceptar un sueldo inferior de los aristócratas en lugar de un sueldo más alto de una familia burguesa. «Junto a la “Ley de hierro de los sueldos”, las determinaciones psicológicas —resumía Ferenczi— son lamentablemente descuidadas en la sociología actual».

Lo que podría parecer el despertar de posguerra de Freud a la dureza de la realidad de la vida y la desigualdad social se había estado incubando realmente durante años en los frecuentes intercambios entre los dos amigos. «He encontrado en mí solo una cualidad de primer orden, una suerte de valor inquebrantable ante los convencionalismos», le escribía Freud a Ferenczi en 1915, postulando que sus descubrimientos psicoanalíticos eran resultado de una «crítica realista e implacable».12 En verdad, la realidad política llamaba a examen a muchos niveles. En 1915 Freud aún era fiel a Francisco José y a la Viena donde los judíos asimilados prosperaban en la alta cultura, la investigación intelectual y la política de reforma social. Pero por entonces había comenzado la guerra: el alcalde reaccionario Karl Lueger, un populista antisemita de derecha, y el Partido Social Cristiano que cofundó en 1885, habían sustituido a los liberales vieneses y dominaron la política municipal hasta la Primera Guerra Mundial. En 1917 la vida familiar y la práctica profesional de Freud se vieron profundamente perturbadas. Le escribía a Ferenczi sobre el «severo invierno, las preocupaciones por las provisiones, expectativas frustradas [...] Incluso el ritmo de vida es difícil de sobrellevar».13 A los sesenta y dos años, y claramente exasperado por las batallas y la vieja idea del Estado absolutista, Freud subrayaba: «La tensión asfixiante, en la que todo el mundo está esperando la inminente desintegración del Estado de Austria, tal vez no es favorable». Pero, continuaba: «no puedo reprimir mi satisfacción por este resultado».14

Incluso antes del final de la guerra, Freud se dirigió en septiembre de 1918 al Quinto Congreso Psicoanalítico Internacional concentrándose específicamente en el futuro y no en la guerra o el conflicto individual. El discurso era un llamamiento a la renovación social a gran escala de la posguerra, una demanda en tres direcciones: la sociedad civil, la responsabilidad de gobierno, la equidad social. Para muchos de sus colegas psicoanalistas, diplomáticos y estadistas, amigos y miembros de la familia que escucharon a Freud leer su ensayo sobre el futuro del psicoanálisis, el bonito día otoñal en Budapest auguraba una audaz dirección nueva en el movimiento psicoanalítico. Anna Freud y su hermano Ernst habían acompañado a su padre al congreso y el psicoanalista británico Ernest Jones (que no pudo asistir) afirmó más tarde que Freud leyó su ponencia en lugar de emitir un discurso improvisado15 como era usual, lo cual molestó a su familia.16 Pero en la atmósfera discretamente festiva que predominaba el 28 y el 29 de septiembre, el discurso de Freud ante su excelsa audiencia era mucho más sedicioso por su significado que por su forma. Freud anunció que los conduciría a una situación «que a muchos de ustedes les parecerá fantástica. Sin embargo, en mi opinión, merece que uno se prepare mentalmente para ella».17 Invocó una serie de convicciones sobre el alcance del progreso, la sociedad laica y la responsabilidad social del psicoanálisis y defendió el papel central del gobierno, la necesidad de reducir la desigualdad mediante el acceso universal a los servicios, la influencia del entorno en el comportamiento individual y la insatisfacción del statu quo.

«Cabe prever que alguna vez la conciencia moral de la sociedad despertará», proclamó Freud, e insistió en que «el hombre pobre debería tener derecho a la asistencia mental igual que tiene derecho a la cirugía que salva vidas. La neurosis amenaza la salud pública no menos que la tuberculosis y no puede dejarse en las manos impotentes de los miembros individuales de la comunidad la atención a la neurosis del mismo modo que no se deja la de la tuberculosis. Así que deberían establecerse las instituciones y las clínicas de atención externa, para las cuales se nombrarían médicos de formación analítica. Gracias a ellas los hombres que de otra manera se alcoholizarían, las mujeres que sucumbirían bajo la carga de sus privaciones, los niños condenados a convertirse en salvajes o en neuróticos, serían capaces, mediante el análisis, de resistir y de trabajar con eficacia. Esos tratamientos serían gratuitos». Más adelante, Freud proseguía diciendo: «Puede pasar mucho tiempo antes de que el Estado sienta como obligatorios estos deberes [...] es probable que sea la beneficencia privada la que inicie tales instituciones. De todos modos, algún día serán una realidad».18

Implícitamente incluía en el lote la emergencia del gobierno socialdemócrata.

Incluso en 1918, el psicoanálisis estuvo bajo el riesgo inminente de convertirse en una disciplina irrelevante y asilada prematuramente debido al elitismo. La misma ferviente independencia que impulsaba al movimiento psicoanalítico, practicado por un grupo de librepensadores eclécticos, y relativamente marginal respecto a las comunidades médicas y académicas de Viena, amenazaba ahora su pervivencia. La supervivencia económica de sus miembros dependía de una nueva configuración gubernamental, según la cual el Estado aceptara responsabilizarse de la salud mental de sus ciudadanos. En una serie de posiciones ideológicas contra la estigmatización de la neurosis, Freud proponía que solo el Estado podía dar a la salud mental el mismo lugar que otorgaba a la salud física. Inevitablemente, los individuos tienden a tener prejuicios con respecto a la enfermedad mental y ello limita la capacidad para proporcionar una atención digna de confianza. Cuando Freud redefine la neurosis deja de considerarla un problema personal para señalarla como un problema social más amplio, y con ello la responsabilidad de la atención a la enfermedad mental pasa a ser una cuestión de toda la comunidad civil.19

Freud respaldaba la idea de que el poder de la monarquía tradicional para establecer las leyes de un país debía ahora redistribuirse democráticamente entre su ciudadanía. Coincidía con el político socialista austríaco Otto Bauer y el socialdemócrata Victor Adler, amigos y contemporáneos suyos. Como ellos, Freud creía que podía alcanzarse el progreso social mediante una alianza entre el Estado y sus ciudadanos. Los ciudadanos tenían derecho a la salud y el bienestar, y la sociedad debía comprometerse a asistir a las personas necesitadas dentro de un entorno urbano deliberadamente receptivo a las necesidades de desarrollo de los niños y las familias de los trabajadores. En la práctica, abogaba por un gobierno intervencionista cuya actividad influyera en la vida de los ciudadanos y se anticipara a la desesperación, cada vez más evidente, de mujeres sobrecargadas de trabajo, hombres desempleados y niños abandonados. Los logros políticos y sociales derivados de las nuevas alianzas de los psicoanalistas otorgarían, como mínimo, legitimidad a una forma de tratamiento en el ámbito de la salud mental que a menudo practicaban individuos que no eran médicos o médicos que no querían incorporarse al sistema.

Freud concluía su discurso de Budapest demandando que el tratamiento mental fuera universal y defendiendo la fundación de clínicas ambulatorias gratuitas de forma razonada y sosegada, como si fuera un veterano estadista. Era posible modificar el psicoanálisis para que en vez de ser una terapia meramente individual adoptara un enfoque más amplio, que tuviera en cuenta los factores ambientales, los problemas sociales que giran sobre cuatro puntos críticos: el acceso, el alcance, el privilegio y la desigualdad social. Primero: el «alcance terapéutico no es muy grande»20 y, como si se anticipara a sus críticos, Freud apuntaba que esa escasez de recursos le conferían al tratamiento el carácter de un privilegio, el cual limitaba los beneficios que el psicoanálisis podría suponer si se ampliaba su alcance. Segundo: «solo constituimos un puñado de personas» que están cualificadas para practicar el psicoanálisis. La escasez tanto de terapeutas como de pacientes sugería que el psicoanálisis podría caer en las garras de un peligroso elitismo. Este escollo debía superarse con analistas preparados para sensibilizar mejor y a más gente respecto a su potencial curativo. Tercero: «por tenaz que sea la labor del analista, no puede consagrarse en un año más que a un reducido número de pacientes».21 Este dilema es intrínseco a la forma intensiva del uso del tiempo en el trabajo analítico, pero para Freud también significaba que los analistas no podían asumir una posición de responsabilidad social acorde con su obligación. Los pacientes analíticos individuales (llamados analysands [analizantes] en Inglaterra, entonces y ahora) acudían a la misma cita de una hora diaria cinco días a la semana hasta que se completara el tratamiento. Su tratamiento duraba normalmente entre seis meses y un año, quizá menos de los que imaginamos en la actualidad pero, como ya en 1913 comentaba Freud irónicamente, «más tiempo de lo que el paciente espera».22

El cuarto punto de Freud, que la real y «enorme miseria neurótica» que el analista puede eliminar es «ínfima desde el punto de vista cuantitativo», en el mejor de los casos, comparada con su realidad en el mundo, se lee como una simple renuncia. Pero es en este párrafo donde emerge la conciencia social de la adolescencia y la época universitaria de Freud. No hay necesidad de que el sufrimiento humano esté tan extendido en la sociedad ni sea tan profundamente doloroso para el individuo. Más aún, el sufrimiento no solo proviene de la naturaleza humana: al menos en buena medida lo impone, injustamente, la situación económica y la posición en la sociedad, una desigualdad social que describía vivamente Ferenczi en la carta de 1910. La desigualdad, resumía Freud, es el problema fundamental, y lamentaba que los factores socioeconómicos confinaran al tratamiento psicoanalítico a las «capas superiores y pudientes de nuestra sociedad». Las personas acomodadas «que suelen escoger sus propios médicos» ya pueden intervenir en su tratamiento. Pero las personas pobres, que tienen menos elección sobre su atención médica, son precisamente aquellas que tienen menos acceso al tratamiento psicoanalítico y sus beneficios.23 El psicoanálisis se había estratificado social y económicamente al comienzo de su desarrollo. En esta coyuntura crucial en su breve historia, la falta de sensibilidad social lo volvía virtualmente impotente: «Por el momento, nada podemos hacer en favor de la numerosa capa popular cuyo sufrimiento neurótico es enormemente más grave».24

¿Quién podía revertir mejor esta corriente que la audiencia de Budapest? El discurso de Freud del 28 de septiembre, nacido más de la indignación política que del desánimo en tiempos de guerra, tuvo un efecto sorprendente en sus oyentes. Tal vez el concepto de la clínica gratuita de salud mental era previo, pero el número de proyectos que surgieron de los participantes allí reunidos, especialmente de Anton von Freund, Max Eitingon, Ernst Simmel, Eduard Hitschmann y Sándor Ferenczi, fue extraordinario. Eitingon y Simmel abrirían el Poliklinik de Berlín en 1920, Hitschmann pondría en marcha una clínica gratuita en Viena en 1922, y Simmel establecería la clínica gratuita de hospitalización Schloss Tegel. Ferenczi abrió la clínica gratuita en Budapest algo más tarde, en 1929. Aunque Ernest Jones no pudo viajar a Budapest para asistir al congreso debido a la restricciones de guerra en 1918, puso en marcha igualmente la Clínica Psicoanalítica de Londres en 1926. Melanie Klein, Hanns Sachs, Sándor Radó y Karl Abraham se encontraban también en dicha audiencia y todos se convirtieron en figuras clave del Poliklinik de Berlin.

Por el momento, la severidad de los últimos meses de guerra de 1918 daba paso al idealismo político, la buena compañía y una confianza renovada en Freud y el psicoanálisis. «Bajo un nogal en el jardín de uno de esos maravillosos restaurantes en Budapest [...] charlábamos confidencial y privadamente alrededor de una gran mesa»,25 recordaba Sándor Radó de aquel ambiente festivo. Como secretario de congresos y codirector de la asociación de Budapest junto a Ferenczi, el joven Radó y su colega Geza Roheim, el futuro antropólogo, se vieron gratamente sorprendidos por cenar de manera tan informal con Freud y Anna Freud. Sus conversaciones continuaron a bordo del vapor del Danubio facilitado por la ciudad para el transporte de los analistas entre su hotel y las reuniones en la Academia de Ciencias de Hungría. Los visitantes se hospedaron en el espléndido y nuevo Hotel Gellértfürdö, famoso todavía por sus alicatados baños termales. El alcalde de Budapest, Bárczy, y otras autoridades de la ciudad dieron la bienvenida al psicoanálisis y agasajaron gentilmente a los congresistas con recepciones y banquetes privados. Salvo por el pacifista declarado Siegfried Bernfeld y Freud, la mayoría de los analistas presentes en Budapest se habían alistado como psiquiatras militares y asistieron uniformados al acto. Oficiales médicos de alto rango militar de Hungría, Austria y Alemania representaban oficialmente a las delegaciones de sus gobiernos en la convención y se mezclaban con las familias y los invitados de los cuarenta y dos analistas participantes.

El discurso de Freud tal vez fue sedicioso, pero sin duda también fue increíblemente estimulante, a juzgar por los numerosos analistas de la audiencia que se volvieron poderosos defensores de las clínicas gratuitas. Entre ellos la joven Melanie Klein quien, al ver a Freud por primera vez en aquel congreso, sintió que le invadía «el deseo de dedicarse al psicoanálisis».26 Klein terminaría convirtiéndose en la introductora de la terapia del juego en el análisis infantil, en la autora de la extendida teoría de la pulsión dual y en una verdadera heredera de los principios de Freud. Pero en el congreso de 1918 aún era «Frau Dr. Arthur Klein» y madre de tres niños, una analizante de Ferenczi y miembro de la asociación de Budapest desde 1914. Anna Freud y Ernst, el hijo más joven de Freud que había estado luchando en primera línea durante los últimos tres años, se vería más tarde inmerso en las clínicas gratuitas. Anna, la hija de Freud más devota y la única psicoanalista de sus seis hijos, era una profesora titulada que desarrollaba escuelas experimentales con las nuevas metodologías educativas para la primera infancia en familias marginales de Viena. No sabemos si Anna o Ernst se sintieron particularmente molestos por el discurso de su padre o solo sorprendidos, pero lo cierto es que ambos se integraron en breve en su plataforma socialdemócrata. La política progresista los atrapó tanto como el psicoanálisis, convirtiéndose en un elemento básico de la vida.

El líder que habían elegido para lanzar el psicoanálisis y la reforma social era un húngaro, rico propietario de fábricas de cerveza y analista en formación, al que se acababa de nombrar secretario general de la Asociación Internacional de Psicoanálisis (IPA en inglés). Antol von Freund (Antal Freund von Tószeghi) era amigo y paciente de Freud y Ferenczi. Era un joven idealista con un doctorado en Filosofía que creía que el éxito de su reciente combate contra el cáncer y la depresión se debían al psicoanálisis. Toni, como apodaban cariñosamente a Von Freund, donó dos millones de coronas para la promoción del psicoanálisis y la realización de dos proyectos importantes: una editorial y un instituto de gran versatilidad en Budapest que albergaría una clínica ambulatoria gratuita. «Esto nos da seguridad material, y podremos mantener nuestras revistas y ampliarlas, ejercer influencia», agregaba Freud.27 La empresa editorial, Internationaler Psychoanalytischer Verlag (originalmente Bibliothek), se puso en marcha al año siguiente. Su primer proyecto fue un libro que reunía las intervenciones principales del coloquio de 1918 en un volumen llamado «Psicoanálisis y neurosis de guerra», con una introducción de Freud.28

El instituto que Toni Freund había previsto ayudaría a «las masas mediante el psicoanálisis [...] que hasta entonces solo había podido beneficiar a unos pocos ricos, para aliviar la miseria neurótica de los pobres».29 Freund murió antes de que esta visión pudiera realizarse, pero Freud la describía más tarde como un proyecto que combinaría la enseñanza y la práctica del psicoanálisis bajo el mismo techo, junto a un centro de investigación y una clínica ambulatoria. Un gran grupo de analistas se formaría en el instituto y luego se los remuneraría específicamente «para el tratamiento de los pobres» en la clínica. Von Freund y sus amigos anticipaban que Ferenczi sería el director y que Toni ejercería la responsabilidad administrativa y financiera. Aunque hasta 1929 realmente no aparecería una clínica en Budapest, un esquema como ese estaba en consonancia con el diseño del gobierno municipal para los pacientes ingresados de la ciudad y los tratamientos psicoanalíticos ambulatorios. El alcalde de Budapest, Stefan Bárczy, prometió facilitar la asignación del considerable legado financiero de Freund, como Freud recordaba: «los preparativos para crear esos dispensarios estaban en marcha justamente cuando sobrevino la revolución que puso fin a la guerra y al influjo de los funcionarios, hasta ese momento, omnipotentes».30 Ciertamente, los enormes cambios políticos que sufrió Hungría al pasar de la monarquía liberal a la izquierda radical y luego dictatorial torpedearon la mayoría de esas promesas. Debido a múltiples y complejas transacciones durante varios años posteriores, los fondos de Von Freund pasaron de un banco a otro y lo que había sido una suma considerable prácticamente se evaporó. Aparentemente, la prensa pública en Budapest aceptaba menos el psicoanálisis que el gobierno municipal y, una vez alertada por el legado de von Freund, buscó expertos para testificar contra la clínica. «El psa no es una ciencia reconocida. Sin duda [este testimonio] es esencialmente político (antisemita y antibolchevique)», le escribía Ernest Jones a su colega holandés Jan van Emden.31 No obstante, en otros países las clínicas ambulatorias gratuitas, tanto en el aspecto más crucial como en el más polémico del proyecto de Von Freund, se construyeron según la línea formulada en la conferencia de septiembre de 1918.

En medio de las negociaciones sobre las clínicas gratuitas y, para algunos, sobre el futuro mismo del psicoanálisis, Ferenczi, Ernst Simmel y Karl Abraham hicieron públicas sus experiencias recientes con la «neurosis de guerra», el controvertido diagnóstico psiquiátrico de trauma entre los soldados. Los tres médicos ya tenían una experiencia militar y psicoanalítica importante (y estaban todos destinados a fundar una clínica gratuita) antes de ir a la conferencia de Budapest. Abraham, en la treintena, seguro de sí mismo, rubio de buen aspecto y espíritu aventurero, evocó su primer tratamiento de neurosis de guerra: «Cuando fundé una unidad para neurosis y enfermedad mental en 1916 —recordaba Abraham—, descarté por completo las terapias violentas32 así como la hipnosis y otros métodos de sugestión [...]. Por medio de un tipo de psicoanálisis simplificado conseguí [...] alcanzar una completa relajación hasta el restablecimiento».33 Como psiquiatra jefe del Vigésimo Cuerpo de Ejército en Allenstein, en Prusia occidental, Abraham montó una unidad de observación de noventa pacientes junto con su colega berlinés Hans Liebermann. Los resultados impresionaron a los oficiales del ejército húngaro, que decidieron utilizar el psicoanálisis para tratar los síntomas psiquiátricos detectados en los soldados traumatizados durante el ejercicio del deber.

Ernst Simmel, entonces médico superior del Real ejército prusiano a cargo de un hospital militar especializado en neuróticos de guerra, en Pznan (Posen), estaba entre los primeros psicoanalistas que apreciaron el trabajo de Abraham. Se podía dirigir un psicoanálisis con éxito bajo condiciones de guerra, dijo, «pero rara vez es posible un análisis individual más extenso. Me esfuerzo en acortar la duración del tratamiento [...] a dos o tres sesiones».34

Simmel se inspiró en sus dos años de intenso trabajo de campo como superintendente de psiquiatría militar para desarrollar los diagnósticos y tratamientos sumamente interpretativos que describió en la conferencia. En 1918, Freud se las arregló para hacer publicar las observaciones de Simmel en un corto pero impactante libro, el primer volumen editado por la nueva Verlag.35 «Gracias a esta publicación —escribía Freud más tarde— asistieron al siguiente congreso psicoanalítico, realizado en Budapest en septiembre de 1918, delegados oficiales de la administración militar alemana, austríaca y húngara, que allí se comprometieron a establecer dispensarios para el tratamiento puramente psíquico de los neuróticos de guerra».36 Por entonces ya solo unos pocos psiquiatras conservadores seguían pensando en los soldados neuróticos como desviados o desleales, y las quejas de angustia severa, fobias y depresiones acompañadas de temblores, sacudidas y calambres eran considerados como auténticos signos de enfermedad.

El interés de Sándor Ferenczi en la neurosis de guerra también tenía un origen militar. El gobierno húngaro había elogiado el trabajo de Ferenczi con los soldados trastornados psicológicamente al principio de la guerra. Ferenczi fue inicialmente médico de regimiento y sirvió en la pequeña ciudad húngara del Papa, y más adelante, en 1915, fue transferido a Budapest como director de los servicios de salud de la ciudad para soldados con trastornos psiquiátricos. El médico oficial en jefe del comando militar de Budapest le encomendó a Ferenczi diseñar una sala psicoanalítica de hospitalización completa en Budapest. Los cuarteles residenciales serían adaptados para tratar a hombres «con el cerebro deteriorado (por la guerra) o con daños orgánicos y neurosis traumática», y al menos en parte tenía como modelo el instituto terapéutico vienés de Emil Fröschels, un colega del psicoanalista Alfred Adler.37 Encantado con la respetabilidad científica que le había proporcionado el psicoanálisis, Ferenczi compartía con Freud su sueño de un «estudio preliminar (para) la institución psicoanalítica civil planificada», que comenzaría aproximadamente con treinta pacientes en 1918.38 Freud sugería que Istvan Hollós, un miembro de la asociación húngara que entonces dirigía el hospital psiquiátrico de Lipometzo, o Max Eitingon, que en ese momento aplicaba la hipnosis con gran éxito en una base del ejército, o los dos juntos, serían excelentes directores adjuntos. Desde 1915 Eitingon había supervisado las divisiones de observación psiquiátrica en varios hospitales militares, uno en Kassa (Kachau) al norte de Hungría, y el otro en Miskolcz, una pequeña ciudad industrial al este de Hungría. Juntos en la conferencia de Budapest por primera vez desde el comienzo de la guerra, Eitingon junto con Ferenczi, Simmel y Abraham comenzaron a establecer políticas para su práctica civil, derivada de la experiencia en psiquiatría militar. La mayor preocupación era la triple idea de un acceso al tratamiento psicoanalítico, libre de barreras, no gravoso, y de acceso participativo. Sándor Ferenczi presentó el concepto técnico de «terapia activa» durante esos debates sobre la neurosis de guerra, e inició una controversia clínica que se ha prolongado hasta nuestros días. A través de la historia del psicoanálisis, y en gran medida en el tratamiento moderno de la salud mental, el debate entre los que proponen la intervención verbal directa del terapeuta como ayuda al paciente, de un lado, y quienes consideran que el papel del terapeuta debe limitarse a orientar la interpretación del paciente en su propia búsqueda de conocimiento interior, del otro lado, ha ido cambiando de década en década. Con todas las posibilidades alentadas por el discurso intervencionista de Freud sobre el papel del Estado, la propia alocución de Ferenczi proponía una técnica psicoanalítica donde se detallaba el límite de tiempo, los objetivos y las prohibiciones.

Para Freud, la neurosis de guerra era una entidad clínica en gran parte análoga a «la neurosis traumática, que, según se sabe, también se produce en períodos de paz tras experiencias terribles o accidentes graves», y la única diferencia entre ambas es el «conflicto entre el antiguo yo de la paz y el nuevo yo del soldado tras la guerra».39 Estaba describiendo lo que ahora llamamos trastorno por estrés postraumático o PSTD (siglas en inglés), un conjunto de síntomas psiquiátricos (depresión, hipocondría, ansiedad y escenas retrospectivas alucinatorias) que experimentan hombres y mujeres que han padecido un trauma. El diagnóstico requería trazar una distinción necesaria entre una condición psicológica involuntaria y las acciones de alguna manera deliberadas, como hacerse el enfermo, mentir, desertar o la falta de patriotismo. Para Simmel, el primero en articular el concepto de neurosis de guerra, se debía tener mucho cuidado en asignar este diagnóstico. «Con mucho gusto nos abstenemos de diagnosticar por desesperación», escribió, pero advirtió que la sociedad no puede permitirse el lujo de ignorar «lo que en la experiencia de una persona es demasiado intenso u horrible para que su mente consciente lo asimile, y a través de filtros se sumerge y opera en el nivel inconsciente de su psique».40 La denominación de «neurosis de guerra», que resumía todas las ambigüedades del diagnóstico psiquiátrico, resurgiría en 1920 cuando el Ministerio de Defensa en Viena llamó a Freud para testificar contra el neurólogo Julius Wagner-Jauregg.

«La política absorbe hasta tal punto el interés —escribía Karl Abraham a Freud un mes después del congreso de Budapest—, que uno se ve involuntariamente apartado de la ciencia. Pese a ello, comienzan a madurar nuevos planes».41 El mes de noviembre de 1918 no solo fue memorable para Austria y para el psicoanálisis, sino también para el resto del mundo occidental. El 10 de noviembre Freud le anunció animadamente a Jones que «nuestra ciencia ha sobrevivido bien a los tiempos difíciles, y han surgido renovadas esperanzas para ella en Budapest».42 Al día siguiente, día del armisticio, Freud amplió su interés en el psicoanálisis con un mayor interés por el mundo: los Habsburgo, le escribía a Ferenczi el 17 de noviembre, «no han dejado más que una pila de mierda».43 El mapa del mundo político de Freud estaba cambiando rápidamente. Desde el palacio Schönbrun hasta El Escorial de Madrid, y desde el siglo XIV hasta el siglo XX, el imperio de los Habsburgo había dominado Europa durante setecientos años y se había extendido por once países y catorce lenguas. Ahora terminaba, dejando una estela de revoluciones, nacientes naciones y unos pocos gobiernos ambiciosos intentando aliviar el sufrimiento humano. En Alemania, una vez que el káiser abdicó, el socialdemócrata Philipp Scheidemann proclamó la República. Austria se hundió, tanto desde el punto de vista territorial como político, pues pasaba de la inmensidad del imperio de los Habsburgo a una república más pequeña, independiente, con la economía arrasada. En pleno esplendor, Viena había sido la capital de Austria, Hungría, Checoslovaquia, Yugoslavia, el norte de Italia y parte de Polonia. Y mientras la nueva Austria ya no se enfrentaba con la presión de manejar una enorme administración de múltiples provincias, el gobierno tenía la necesidad urgente de un liderazgo efectivo. Entre los líderes, el médico y socialdemócrata Victor Adler tenía un perfil político particularmente inventivo que se acomodaba al campo atípico del psicoanálisis. Desdeñado por Karl Lueger y los socialcristianos, Adler promovía una única identidad para el Partido Socialdemócrata de los Trabajadores de Viena (también conocido como el socialista austríaco, SDAP en inglés, o como el partido austro-marxista) basado en los valores combinados de intelectuales liberales y de movimientos de trabajadores.

Victor Adler era un hombre de aspecto muy afable y cabello castaño, gafas de montura metálica y un grueso bigote. Primero fue Armenarzt (médico de los pobres), y después, inspector del gobierno recorriendo fábricas de Alemania, Suiza e Inglaterra así como su Austria nativa, y las primeras observaciones críticas de Victor Adler sobre la vida de las amas de casa corrientes lo llevaron a seguir las políticas de reforma social. En 1886 fundó el primer semanario socialdemócrata, Gleichheit (igualdad), y en 1889 el Arbeiterzeitung (el Times de los trabajadores), un periódico que aún existe en la actualidad. Su personalidad convencía incluso a aquellos que se resistían a aceptar que Austria se convirtiera en una república autogobernada y constitucional. Adler pertenecía al Círculo Pernerstorfer, un grupo vienés que rechazaba el liberalismo austríaco del siglo XIX en favor del sufragio ampliado, las estructuras económicas socialistas y la renovación cultural basada en el arte, la política y las ideas. De modo que era al mismo tiempo un nacionalista y un doctor en medicina comprometido socialmente, cuyos intentos personales de satisfacer el interés por la salud de los pobres nutría la visión política de la reforma social.44 Adler murió repentinamente el día en que terminó la guerra, el 11 de noviembre. Su amigo Sigmund Freud, que no añoraba ni la monarquía ni la estructura tradicional, escribió a Ferenczi ese día: «Hemos perdido al mejor hombre, quizás el único que podría haber sido capaz de realizar la tarea», le dijo. Y añadía: «Probablemente no pueda hacerse nada con los socialcristianos ni con los nacionalistas alemanes».45 Los judíos vieneses habían apoyado a Francisco José necesariamente porque les ofrecía protección contra el antisemitismo.46 En ese momento, los socialcristianos que estaban a favor de los Habsburgo se oponían a los judíos de Viena de forma abierta y peligrosa. Freud y Adler seguramente habían comentado sus intereses junto con sus puntos de vista sobre la política y la cultura vienesas y recordaban las aventuras del colegio junto con su compañero activista, Heinrich Braun.

Braun fue una de las intensas primeras relaciones en la vida de Freud con hombres influentes, y parece haber inspirado el deseo de su amigo por una carrera reformista cuando, en la adolescencia, se encontraron en el Gymnasium, al principio de la década de 1870. Braun era «mi amigo íntimo en los días escolares», recordaba Freud años más tarde,47 , y admitía que «bajo el poderoso influjo de mi amistad con un compañero de escuela algo mayor, que ha llegado a ser un conocido político, nació en mí el deseo de estudiar derecho, como él».48 Finalmente Freud eligió estudiar ciencias naturales y luego medicina, pero sus convicciones adolescentes sobre justicia social y la necesidad de liderazgo político persistieron durante toda su vida. Como Victor Adler, Heinrich Braun se convirtió en un prestigioso político socialista y un experto en la teoría de la economía social. Cuando Braun murió en 1926, Freud envió una nota de condolencias a la viuda de su compañero de clase, dejando claro cómo la política estaba en los pensamientos compartidos por los tres amigos. «En el Gymnasium éramos amigos inseparables [...] Despertó en mí una multitud de inclinaciones revolucionarias [...]. Ni las metas ni los medios para nuestras ambiciones eran claros para nosotros [...]. Pero una cosa era cierta: que yo trabajaría con él y que nunca podría abandonar a su partido».49 Y nunca lo hizo, pues compartió con Braun, Adler e inclusive otro compañero de infancia, Eduard Silberstein, el bagaje de la tradición del siglo XIX de los liberales y eruditos médicos ateos. Ya en 1875, Freud le preguntó a Silberstein si los socialdemócratas austríacos «también son revolucionarios en temas filosóficos y religiosos; opino que a uno le descubre más cosas esta relación que cualquier otra, tanto si el rasgo básico de carácter es realmente radical como si no lo es».50 El adolescente Freud se preguntaba si el radicalismo, filosófico o religioso, en alguien como él era más importante para una posición revolucionaria que incluso el progresismo de la socialdemocracia. La carrera de Freud tendría que ser esta: forjar una posición revolucionaria, combinar el creciente liberalismo innovador con la ciencia, poner la profundidad y sofisticación tradicionales de las humanidades al servicio de las necesidades de la población. Al final, la lucha adolescente se resolvió por medio del descubrimiento del psicoanálisis. Mucho más tarde, el adulto Freud alquiló una vivienda que había pertenecido anteriormente a la familia de Victor Adler en Berggasse 19, una calle vienesa de sólidos edificios en la pendiente de una colina cerca de la Universidad de Viena. Victor Adler murió el día antes de que se decretara la República austríaca, pero sus ideas fueron la semilla de la época conocida como Rotes Wien, la Viena Roja. Así como la República de Weimar, la progresista Primera República duraría menos de veinte años.

En la Viena Roja el nacimiento de un Estado socialdemócrata fue posible, incluso antes de Braun o Adler, gracias a la influencia del doctor Julius Tandler, el anatomista de la Universidad de Viena cuyo papel como administrador del sistema pionero de bienestar de la nueva República era apenas superado por su brillante reputación académica. En ese momento, al principio de la cincuentena, Tandler había sido profesor en la Universidad de Viena desde 1910 y decano de la Facultad de Medicina durante la guerra. Se hizo cargo de la Subsecretaría de Estado para la Salud Pública el 19 de mayo de 1919. Durante los diez años siguientes Tandler luchó por una gran ampliación de la salud pública y los servicios del bienestar, y dio una solución política integral para las altas tasas de mortalidad infantil, las enfermedades infantiles y, en fin, la pobreza de las familias de la ciudad. Los socialdemócratas «esperaban eliminar la vergüenza de haber nacido hijo ilegítimo», recordaba la psicoanalista Else Pappenheim. «Cualquier niño nacido fuera del matrimonio —decía— era adoptado por la ciudad. Se quedaba con la madre, y si esta era pobre se la enviaba durante seis meses a un hogar con el niño, que era adoptado oficialmente».51 Impactó incluso a un grupo de médicos americanos que visitaron Viena: «En ninguna parte la teoría y la práctica de la custodia legal para niños ilegítimos y dependientes ha sido llevada tan lejos», observaron.52 En realidad, la atención médica pediátrica se originó en Austria, y los principios de la tutela, el Estado en sí mismo, había estado sustituyendo el apoyo paterno para niños ilegítimos desde hacía tiempo. Durante los breves años de la guerra, el éxito extraordinario de los servicios infantiles mitigó la mayor parte de las críticas. Para Julius Tandler la salud de los niños era simplemente la fundación necesaria de un Estado saludable. Tanto en el consistorio de la ciudad de Viena como en la universidad, donde sus estudiantes de medicina incluían a futuros psicoanalistas prominentes como Erik Erikson, Wilhelm Reich, Otto Fenichel y Grete y Edward Bibring, las creencias de Tandler eran tan legendarias como su temperamento irascible, su largo bigote blanco, el sombrero de ala ancha y la pajarita.

Entretanto, Otto Bauer, el matemático que asumió la presidencia de los socialdemócratas a la muerte de Victor Adler, aplicaba la prudente fórmula de progreso del partido a la recuperación económica de Viena. El nuevo gobierno de Bauer, que incluía al abogado y experto en fiscalidad Robert Danneberg y a Hugo Breitner, antiguo director del Ländesbank austríaco, buscaba socializar la vivienda sin atacar la propiedad privada, construir un sistema de gobierno viable basado en la democracia parlamentaria, y consolidar el país económica y políticamente. Para articular la compleja asociación entre arquitectura urbana y planificación social, Bauer contrató como secretario privado a Benedikt Kautsky, hijo del teórico del socialismo internacional Kark Kautsky y editor de la correspondencia de su padre con Engels y Victor Adler. Robert Danneberg abordó temas legales y confeccionó un conjunto de nuevas ordenanzas municipales. Finalmente, Hubo Breitner se convirtió en consejero de finanzas y responsable de la política fiscal y presupuestaria. Juntos abolieron el sistema fiscal anterior a la guerra y elaboraron una estrategia «a prueba de inflación» para proteger los ingresos de la ciudad en un entorno económico excepcionalmente volátil. Lanzaron una serie de medidas inteligentes de redistribución de impuestos que consiguieron equilibrar las cuentas municipales mientras permitían al gobierno continuar funcionando dentro de la economía capitalista preexistente. Diez años más tarde, en 1929, algunos extranjeros, como los representantes americanos del Fondo de la Commonwealth que estaban completando su misión filantrópica en salud pública, consideraron que la estrategia había sido un logro impresionante en todos los frentes económicos. «La ciudad socialdemócrata ha puesto en marcha una gama de experimentos en fiscalidad y ha sido pionera en empresas municipales (vivienda, por ejemplo) de una manera que concita la atención de toda Europa», informaban William French y Geddes Smith.53

Entre 1918, al final de la Primera Guerra Mundial, y la mitad de la década de 1930, cuando comenzaron las incursiones fascistas en las calles de Viena, el principio de siglo fue una ruptura gradual y a veces dolorosa del reinado distante de la monarquía. La disolución en octubre de la monarquía austrohúngara había provocado el declive abrupto de un imperio supranacional de cincuenta y dos millones de súbditos en un Estado federal de solo seis millones de ciudadanos, un tercio de los cuales vivía dentro de los límites de Viena. Simultáneamente, el ascenso del Deutschösterreich, la así autodenominada Austria rural, generó conflictos con la Viena urbana (tanto en el área metropolitana como en la antigua ciudad imperial) que solo terminarían en 1933. Los terratenientes y los agricultores, conservadores y católicos en general, eran reacios a la idea de compartir alimentos, carbón y materias primas con la ciudad, que representaba para ellos decadencia, impuestos y judíos. La rama de la Viena Roja del marxismo austríaco, y la convicción socialdemócrata de que el cambio político y social debía ser cada vez mayor, hicieron sonar las alarmas de los círculos tradicionalistas, pero el apoyo que recibió de la vanguardia progresista iba a asegurar su supervivencia. Una vez que el término austro-marxismo se volvió sinónimo de una alianza única entre las artes liberales y las profesiones de la salud, se deshizo de muchas de las imágenes negativas asociadas tradicionalmente con los movimientos de izquierda. Los socialdemócratas creían que era posible sostener futuras políticas socioeconómicas humanitarias sin violencia y a través de elecciones genuinamente democráticas. Por el momento, sin embargo, la construcción de viviendas, los conciertos sinfónicos para los trabajadores, la reforma escolar, las excursiones de esquí, las colonias de verano para niños de ciudad y los subsidios dejaban claro el compromiso del partido con la mejora de la realidad cotidiana de la vida humana. Un sistema genuino de bienestar coexistía con conferencias, bibliotecas, teatros, galerías y museos públicos, estadios deportivos y festivales populares. El éxito de estos experimentos condujo a la confluencia de diversas corrientes ideológicas que integraban un punto de vista económico materialista y centrado en el presente con la cultura tradicional, liberal.

Entre los años 1918 y 1934 Viena alcanzó un nivel extraordinariamente alto de producción intelectual. El compositor modernista Arnold Schoenberg y sus dos célebres discípulos Anton von Webern y Alban Berg, ligados a Austria por su reciente reclutamiento para luchar en la guerra, pero alejados de su nación por la cultura y la religión, formularon su denominada Escuela Vienesa de Música del Segundo Milenio, o del Siglo XX. Los polémicos músicos rompían con las formas tradicionales de la música y articulaban un nuevo sistema dodecafónico de la composición en serie. En febrero de 1919, Schoenberg fundó un foro de música moderna, la Verein für musikalische Privataufführungen (Sociedad para la interpretación privada de música), donde los compositores presentaban música de cámara, canciones, e incluso óperas, que desmantelaban la herencia musical de Viena, y exaltaban el modelo atonal contemporáneo. La Verein funcionó hasta 1921, tanto con las clases de composición de Schoenberg como ofreciendo algunas localidades para los conciertos con un pago a voluntad del espectador. La música moderna atraía a una escasa audiencia, pero el joven Wilhelm Reich, que aún iba a la escuela de medicina y se había hecho amigo de Otto Fenichel, Grete Lehner Bibring y otros futuros psicoanalistas, muchos de los cuales tocaban el piano, se apuntó en la Verein de Shoenberg. En filosofía, el Círculo de Viena (incluido Rudolf Carnap, defensor del positivismo lógico) se reunía semanalmente en la Universidad de Viena entre 1925 y 1936 para examinar la relación entre las matemáticas y el mundo de la psicología. Y, en medicina, Guido Holzknecht, que ya era miembro de la Sociedad Psicoanalítica de Viena, fue pionero en el uso de la radiología mientras Clemens Pirquet formulaba la teoría de la alergia. Conscientes aún de su pasado, algunas instituciones como la Bildungszentrale (el centro socialdemócrata para la educación de adultos) y los museos municipales patrocinaban exposiciones donde mostrar estadísticas ilustradas de Otto Neurath que comparaban la vida cotidiana después de la guerra con la Viena de tiempo atrás. Se construyó un puente entre el arte y la sociología a partir de observaciones sobre las familias. De todas las producciones culturales que enlazaban el psicoanálisis con la Viena Roja, la nueva arquitectura para edificios públicos iba a demostrar que las construcciones que se edificaban específicamente para atender a las necesidades de los niños y las familias de la ciudad, atendían también las necesidades psicológicas esenciales.

Richard Sterba, recordaba que: «Las condiciones de vida en la Viena de posguerra eran miserables. Las raciones oficiales de comida eran tan pequeñas que uno tenía que complementarlas en el mercado negro para sobrevivir. No había combustible para la calefacción ni en casa ni en la universidad y hacía un frío insoportable en los pisos y las clases».54 Con el número de matrimonios y nuevas familias que se crearon al final de la guerra, la escasez de vivienda en Viena se convirtió en un problema grave para los jóvenes como Sterba. Con el retorno de los funcionarios del antiguo imperio y del personal militar, los recién casados que aún no tenían familia numerosa se veían obligados a subarrendar habitaciones o a alquilar «espacios para dormir» en los pisos existentes. La demanda de vivienda aumentó conforme los trabajadores eran desalojados de sus subarrendamientos y abandonados sin soluciones alternativas para su vivienda. Las casas de vecinos en las que permanecían las familias indigentes no tenían ni gas ni electricidad, y muchos residentes compartían el agua y los lavabos del vestíbulo o el pasillo. Inflación, desempleo, insuficiencia de capital privado invertido en bienes inmuebles y caída de los salarios reales se sumaban a una grave crisis de vivienda. Ya se habían reducido las rentas debido al Mieterschutz (la protección del inquilino, conocida también como control del alquiler), un decreto del gobierno del 26 de enero de 1917 destinado a proteger a los soldados y a sus dependientes familias de los aumentos del alquiler y los desalojos.

El núcleo la Viena Roja, donde Freud vivía y trabajaba, era «no tanto una teoría como una forma de vida [...] impregnada de un sentido de esperanza que no tiene paralelo en el siglo XX», recuerda Marie Jahoda, una de las psicólogas sociales modernas más influyentes.55 En el Instituto de Psicología de la Universidad de Viena, Karl Bühler, Charlotte Bühler, Paul Lazarsfeld y Alfred Adler combinaban el nuevo «método experimental» con la psicología académica basada en el laboratorio de observación directa de niños. En la escuela de medicina universitaria, Wilhelm Reich, Helene Deutsch y Rudolf Ekstein habían puesto en marcha una segunda generación de psicoanalistas con una específica orientación activista de izquierda. Al reflexionar en lo que la Viena Roja significó para la increíble gama de psicólogos sociales, psicólogos evolutivos, educadores y psicoanalistas, arquitectos y músicos cuya vocación surgía de una excepcional unión de ideología y práctica, Jahoda explica que quedó cautivada por aquella visión activista del mundo. El Revolucionarismo era, sin embargo, otra denominación del espíritu de la Viena Roja. Helene Deutsch acuñó este término en sus memorias de juventud, cuando era una ambiciosa estudiante de medicina nacida en Polonia, tan interesada en el activismo político como en la psiquiatría y, luego, en el psicoanálisis. La joven Helene Deutsch, cuyos impactantes rasgos clásicos resaltaban con el cabello oscuro recogido, era la amante secreta del líder socialista Herman Lieberman y junto a él conoció a la influyente defensora del marxismo Rosa Luxemburgo.56 Deutsch fue una de las primeras y pocas mujeres admitidas en la escuela de medicina de la Universidad de Viena, donde estudió anatomía con Julius Tandler justo antes de la guerra. También fue la única psiquiatra femenina en la guerra con permiso para trabajar en la clínica de Wagner-Jauregg. Como médico admiraba especialmente al equipo de Kollwitz, a la artista socialista Käthe y a su marido, pediatra (activistas de Berlín que luego formaron la Asociación de Médicos Socialistas junto con Albert Einstein y el psicoanalista Ernst Simmel).

El joven Wilhelm Reich también estaba en Viena, y era entonces un apasionado médico interno que destacaba incluso entre los otros dos mil estudiantes. Como la mayoría de los psicoanalistas que carecían de posición política al principio de la guerra, Reich se radicalizó en 1918. Reich, que se incorporaría al Ambulatorium como director adjunto cuatro años más tarde, en 1922, acababa de licenciarse del servicio militar y de inscribirse como estudiante de medicina. En sus propias memorias de la Viena Roja, Reich explicaba que «todo estaba mezclado: el socialismo, la burguesía intelectual vienesa, el psicoanálisis» al describir esa época en la que se cuestionaron todos los supuestos sobre los intereses del gobierno, los individuos y la sociedad.57Poco después de su primer encuentro con Otto Fenichel en la escuela de medicina, Reich leyó Esoterik, de Fenichel, que lo impresionó enormemente porque las imágenes de este ensayo capturaban realmente la agitación de la Viena Roja.58 Como él recordaba, aquel texto sacaba a la luz por primera vez el testimonio escrito de una mujer que explicaba su lucha moral y política para que se le reconociera el derecho de usar su cuerpo para la reproducción, para venderlo o para el erotismo, en solitario o en compañía. Aquellas cuestiones desafiaban a Reich, quien en su posterior red de clínicas gratuitas ofreció, efectivamente, planificación familiar gratuita y confidencial para las mujeres. Mientras tanto, sus amigos Fenichel, Siegfried Bernfeld y Bruno Bettelheim se involucraron en los complejos grupos Wandervogel de Viena y, como otros jóvenes que volvían del frente, aplaudían la transformación crucial del movimiento, que había pasado del nacionalismo pangermánico prebélico a una posición «antibélica, pacifista y de izquierda».59 Realmente, los jóvenes reformadores representaban solo un aspecto del movimiento juvenil ya que este se había dividido hacía poco en diversas líneas ideológicas. Los miembros de izquierda se afiliaron al socialismo, al comunismo y al sionismo mientras que otros se integraron a los nacionalistas cristianos y a otros grupos de derecha aún más radicales, precursores de las organizaciones nazis, como las juventudes hitlerianas. Los amigos izquierdistas de Bettelheim estaban específicamente interesados en la reforma radical de la educación. Inspirados en el ideal de una comunidad espontánea, que había propuesto el anarquista Gustav Landauer, entonces en boga,60 se reunían los domingos en los bosques de Viena. Era este un vasto y exuberante parque suburbano de jardines y senderos con agradables bares al aire libre, lugar de recreo donde los grupos de jóvenes paseantes se reunían para jugar, cantar y discutir de política. Años más tarde, Bettelheim aún disfrutaba relatando la anécdota del día en que Fenichel irrumpió en su grupo, con su uniforme militar. Fenichel a menudo era desconsiderado, pero esa vez interrumpió la conversación exponiendo los puntos de vista de Sigmund Freud. Freud acababa de pronunciar algunas de sus famosas conferencias en la universidad y el deslumbrado Fenichel apenas podía contener la fascinación exuberante que le producían los sueños, la interpretación de los sueños y la sexualidad. Bettelheim, por su parte, tenía algo de prisa pero también curiosidad: «A pesar de que habíamos oído hablar vagamente acerca de estas teorías en nuestro círculo, que acometía con entusiasmo todas las ideas radicales nuevas —recordaba Bettelheim de su primer contacto con el psicoanálisis—, no sabíamos de él nada sustancial».61 No obstante, dado que la fascinación parecía infectar también a la novia de Bettelheim, él corrió a encontrarse con el Sigmund Freud real. No pasó mucho tiempo antes de que Bettelheim hubiera encontrado su vocación (y recuperado, asimismo, su relación sentimental).

«Es bueno que lo viejo muera, pero lo nuevo aún no ha llegado», escribía Freud a su gran amigo y colega Max Eitingon de Berlín, solo unas semanas antes del final de la Primera Guerra Mundial. El primer atisbo de libertad de Freud desde la guerra fue «terriblemente emocionante».62 Ya en octubre de 1918, Freud tenía un sentido real de los notables cambios, en todos los niveles de la sociedad, que estaban a punto de transformar el mundo que había conocido. Un mes antes, junto con Eitingon y otros miembros de la nueva IPA que se habían reunido en Budapest para su quinto congreso internacional, Freud había trazado lo que llamaría significativamente «nuevos caminos» en la batalla por el psicoanálisis. Habían aprobado planes de largo alcance que requerirían sociedades psicoanalíticas locales para promover la investigación clínica, programas estandarizados de formación y clínicas ambulatorias gratuitas, en un clima de confianza y entusiasmo. El psicoanalista Rudolf Ekstein recordaba cómo «Anna Freud [y] August Aichhorn estaban interesados no solo en temas teóricos, sino también en temas prácticos de educación. En la Viena Roja, por supuesto —decía—, allí estaba Sigmund Freud».63

1919
«EL POLICLÍNICO SE ABRIRÁ EN EL INVIERNO
Y SE CONVERTIRÁ EN UN INSTITUTO Ψ»

A los educadores de jóvenes en centros comunitarios cerca del Prater —una zona de Viena con sórdidas diversiones y prostitución—, la idea de establecer centros de tratamiento escolar para niños abandonados tras cuatro años de guerra y hambre les pareció una liberación. Había aparecido un anuncio para este preciso tipo de centro en el otoño de 1919, menos de un año después del armisticio, en el tablón de anuncios del Gymnasium local, el instituto de enseñanza secundaria de la calle Zircusgasse. El cartel anunciaba también la inminente apertura de una sección adicional del Volksheim, un tipo de residencia universitaria en la que los trabajadores asistían a clases nocturnas. Los cursos anunciados abarcaban desde la psicología infantil hasta la reforma educativa. Los impartiría Alfred Adler, fundador de una nueva escuela de Psicología Individual, y algunos seguidores de Sigmund Freud, como Siegfried Bernfeld y Hermine Hug-Hellmuth. Adler y Freud estaban dando conferencias en Viena y, más allá de la intimidad de los círculos psicoanalíticos, sus notorias diferencias de entonces aún no eran evidentes. En cualquier caso, dada la profunda necesidad entre los niños y los maestros de Viena, todo analista podía contar con encontrar una audiencia que agradecía la atención minuciosa, cuidadosa y metódica de la psicología infantil.

Adler era un orador atractivo, vestido impecablemente con traje de tweed a medida, camisa blanca almidonada, cigarro, actitud pensativa, bigote y gafas de montura metálica. A las ocho de la tarde, cuando Adler comenzaba a hablar en el Volksheim, la pequeña clase poco ventilada ya estaba tan abarrotada que incluso una clase más amplia apenas podía alojar a los maestros, asistentes sociales, psicólogos y enfermeras, todos ellos previamente impresionados por sus nuevos escritos en psicología educativa. El anuncio del Gymnasium apuntaba que Adler enseñaría un curso semestral llamado «Curación y Reeducación». Su conferencia comenzaba normalmente con una apasionante descripción de un caso, tal vez de Frank, un muchacho tímido de dieciocho años de un barrio marginal que mentía diciendo que su madre estaba gravemente enferma. La maestra de Frank había visto a su enérgica madre en la lavandería, y no parecía agonizar. ¿Por qué había mentido el muchacho? Utilizando la técnica analítica de Adler, ella se dio cuenta de que las historias de Frank no eran «mentiras patológicas», sino, por el contrario, dispositivos que surgían de su necesidad de rectificar los sentimientos dolorosos de rechazo familiar y de abandono por parte de la comunidad. Adler inauguraba sus seminarios con historias como esta, aportando alguna información y principios generales para luego pedir a los participantes ejemplos de casos. Podía extraer análisis de una precisión impactante de pequeños incidentes de la vida cotidiana en los que de repente los niños se volvían importantes y la necesidad humana de pertenecer a una sociedad comunitaria adquiría una gran relevancia.

La joven psicóloga Hilde Kramer se encontraba en esa audiencia. Se había prestado voluntariamente a presentar el caso de su difícil cliente juvenil, Ernest, y le impactó la claridad de la explicación de Adler sobre el problema psicológico del muchacho. Pensó que curar con reeducación era una técnica avanzada, una unión pragmática de teoría y terapia. Porque, en primer lugar, los conceptos de «individualismo» y «comunidad» no eran necesariamente incompatibles; en segundo lugar, los niños eran tan sensibles como los adultos, si no más, al significado subyacente de esos dos términos y los hacían menos contradictorios; y, en tercer lugar, no haría daño reforzar en los niños el doble mensaje: que cada niño tiene un valor singular en el universo y, al mismo tiempo, está obligado a usar ese valor en beneficio de la comunidad. Dado el interés de Kramer en las necesidades de los niños y las familias de posguerra, era obvio que el paso siguiente era poner en marcha alguna forma de programa terapéutico independiente siguiendo estas líneas. Además, la posición ascendente de Adler en los círculos políticos y pedagógicos implicaba que el tipo de programa de clínicas gratuitas que Kramer se imaginaba, con perfil socialdemócrata, beneficiaría a numerosas familias locales. El intento de la joven psicóloga de ganar a Adler para sus ideas era alentador y, una tarde en que daba una de sus conferencias en el centro comunitario Prater, Adler se dedicó específicamente al interés de ella: «¿Por qué no comenzar con un lugar de orientación infantil (Erziehungsberatungstelle) por el bien de los niños y de los padres?», preguntó.1 Era el momento de poner en marcha el primer centro de orientación infantil, la Clínica de Orientación Infantil.

El primer paciente de la nueva clínica fue el mismo joven Ernest, un ansioso y delgado muchacho de ojos penetrantes que destilaba hostilidad y, o bien estaba enfurruñado en una silla, o bien salía corriendo por los tejados de los vecinos. Ernest era un primogénito, la mascota mimada de nueve años de unos padres excesivamente emotivos que, cuando nació su segundo hijo, perdieron de nuevo la cabeza. El niño, amargado, atacaba a su hermano pequeño, se ganó el lugar de cabeza de turco de la familia y se convirtió en vasallo de los recados familiares. La madre de Ernest intentó entonces darlo en custodia al Estado pero el tribunal rechazó tratar un «problema familiar» y los derivó a los servicios sociales. La madre y el hijo llegaron a la clínica desesperados. Kramer aún no había hablado con Adler, quien al final se enteró de la llegada del niño: «Trate de ayudarlo», animó Adler a Kramer. El trabajo terapéutico que ella comenzó entonces fue denominado psicología «individual», pero en verdad involucraba todo el ambiente social, incluida la familia, la escuela y el barrio. La madre se calmó una vez que la intensidad de su propia desesperación fue aceptada y tratada, estabilizando la atención distorsionada que prestaba a su hijo, lo que mitigó el comportamiento ansioso de Ernest. Cuando el consejo del grupo de padres en la escuela (algo como una asociación psicológica de padres y profesores) convocó una reunión vespertina para decidir si la extraña conducta indisciplinada de Ernest se había vuelto peligrosa para los otros noventa y nueve niños de la escuela, su madre se sintió más apoyada que reprendida. Adler revisó el caso, comentando que solo es peligroso un niño que es una unidad enteramente autónoma, pero que la genuina habilidad de Ernest para adaptarse con prudencia al centro comunitario y a la seguridad y confianza de sus compañeros de clase era un signo de salud.

La reformulación de Adler de la patología del niño ayudó al equipo de la Clínica de Orientación Infantil a promover su exitosa «reeducación» en la escuela y el hogar.

Este modelo de clínica de orientación infantil fue imitado en toda Viena durante los quince años siguientes. La mayoría de las clínicas estaban alojadas dentro de las escuelas y eran también laboratorios de tratamiento de niños que sufrían de carencia de lo que Adler denominó Gemeinschaftgefuehl, o sentimiento de comunidad. Adler instituyó una red de centros de prevención de suicidios para la ciudad porque desde su punto de vista el suicidio individual era una forma de traición a la comunidad. La pasión por la comunidad era la segunda naturaleza de Adler, quien había iniciado su vida profesional como Armenarzt pero, a diferencia de su homónimo (el otro médico famoso de mentalidad reformadora, Victor Adler), al final eligió una carrera médica y no política. El «médico comunitario» austríaco (Gemeindearzt) de la década de 1920, un médico particular subsidiado por la comunidad, supervisaba la gestión de enfermedades contagiosas, autopsias y tratamientos gratuitos de los pobres. Este primer trabajo en salud pública le dio a Adler una formación práctica para sus programas de contenido comunitario y el consiguiente sistema psicológico. De popularidad ascendente entre los socialdemócratas, Adler atribuía la desigualdad social y la sensación humana de inferioridad a la perniciosa carencia de Gemeinschaftgefuehl.

En aquel mes de mayo de 1919, en unas aplastantes elecciones que se repetirían en 1927, el Partido Socialdemócrata de los Trabajadores (SDAP) triunfó sobre los socialcristianos en las primeras elecciones de votación secreta. Las mujeres votaron por primera vez bajo el paraguas del sufragio universal y llevaron a las elecciones su interés por la salud familiar y la profunda preocupación por la necesidad de una firme acción gubernamental contra la oleada de tuberculosis, malnutrición y precariedad en la vivienda que diezmaban a los niños de la ciudad. Freud firmó la petición electoral a favor de los socialdemócratas.2 El plebiscito se acomodó a un gobierno socialista que duró hasta su destrucción violenta a manos de los fascistas austríacos en 1934. Si bien el partido socialdemócrata había tenido una presencia cada vez más contundente en el paisaje político austríaco desde 1897, sus representantes solo consiguieron la mayoría en esas elecciones, cuando obtuvieron cien de los ciento sesenta y cinco asientos en el consistorio municipal. El nuevo Rathaus socialdemócrata, el consistorio de la ciudad de Viena, utilizó su mayoría absoluta para promover un programa de mayor innovación en las políticas comunitarias y rediseñar prácticamente cada recurso municipal.

Los políticos y funcionarios recién elegidos al principio no se sentían cómodos en presencia de Paul Federn y otros psicoanalistas políticos elegidos, leales a Sigmund Freud, en las reuniones del Rathaus. Federn era un hombre imponente, muy alto, de voz atronadora, brillantes ojos negros y una larga barba negra, cuya apariencia era poco menos que amenazante. Pero su posición social era completamente normal para un psicoanalista de 1919: era un médico titulado, representante del Primer Distrito de Viena, activo en la Organización Social de los Médicos de Viena y miembro de la junta de la Asociación para el Convenio de Viena. Richard Sterba, amigo de Federn, señalaba que: «Ideológicamente, la mayoría de los analistas eran liberales. Sus simpatías, como las de la mayoría de los intelectuales vieneses, estaban con los socialdemócratas».3 Federn poseía grandes principios morales y una pasión por el trabajo asistencial reflexivo que, aún muchos años más tarde, hizo que su familia lo apodara «hombre-policlínico». No tardó mucho en convertirse en un valor para el nuevo alcalde socialdemócrata de Viena, Jakob Reumann.4 Este, que había sido tornero de madera, era un hombre amable y de anchos hombros, y desde 1900 había editado el Arbeiterzeitung. La alcaldía le ofreció una oportunidad de demostrar la eficacia del nuevo partido socialdemócrata en la aplicación de las estrategias de bienestar social a la crisis económica de la Viena de posguerra. Además de ayudar a Viena a llegar a ser una provincia separada, Reumann impuso la salud pública a gran escala y las políticas de bienestar infantil. Su primera prioridad era reconstruir una infraestructura viable para la salubridad ciudadana y la distribución de alimentos, y no rechazaba recibir ayuda exterior para las necesidades de la ciudad. Ante estas circunstancias incluso los países capitalistas parecían contentos con ofrecer asistencia y numerosas obras privadas de caridad americanas como la Fundación Rockefeller y el Fondo de la Commonwealth fueron generosos (aunque inevitablemente dispusieran de su propio programa social). Los alimentos y el transporte para niños los compraba el European Children’s Fund of the American Relief Administration (Fondo para los niños europeos de la administración de asistencia americana), dirigida entonces por Herbert Hoover, que a su vez creía que a los adultos debían asistirlos, eventualmente, asociaciones de amigos.5 Esta postura, según la cual los adultos libres pueden valerse por sí mismos, cambió en 1922 cuando ambos proveedores de fondos, americanos y austríacos, decidieron apoyar a las familias en paro y a los académicos subempleados. Estas instituciones privadas apenas veían contradicción en sus objetivos de la posguerra, que consistían tanto en promover el entendimiento internacional y la disminución del nacionalismo como en difundir los ideales de la democracia americana. En la práctica, sin embargo, los niños de Viena, especialmente los huérfanos de guerra, requerían apoyo directo de emergencia de los dispensarios médicos, programas antituberculosos y enfermeras formadas. Cuando, al cabo de un año, llegaron los fondos para el bienestar de esos niños provenientes de Ely Bernays (el cuñado americano de Freud), del Proyecto de Reconstrucción de Posguerra de la Cruz Roja americana y del Fondo de la Commonwealth, Sigmund Freud integró, con Reumann, Paul Federn y Julius Tandler, un comité para prever su distribución.

El nuevo gobierno vienés apoyó el derecho a la vivienda e instó al desarrollo de una extraordinaria colección de edificios de apartamentos, la Gemeindebauten, cuya escala, alcance e impacto arquitectónico y social no se han reproducido desde entonces. Los edificios que se construyeron en la ciudad de Weimar, en la Alemania central, diseñados a principios del mismo año (1919) por el renombrado arquitecto Walter Gropius e inspirados en la Bauhaus, generalmente son más conocidos, pero son comparables en intención al Gemeindebauten vienés. Como los edificios de Gropius, la Gemeindebauten de Viena celebraba la mecanización con unidades estandarizadas, e incluso prefabricadas, diseñadas para aumentar la eficiencia humana sin sacrificar la necesidad igualmente humana de gratificación estética. Los proyectos de vivienda en Viena y en Weimar compartían una lógica socialdemócrata de base, la de las teorías y prácticas de Loos, Peter Behrens, y Bruno Taut, antes de la guerra. Arte y oficio juntos, funcionalismo integrado con estética, razón y pasión, la escuela taller Bauhaus de Alemania (en parte como la Werkstätte de Viena) fusionaban artes puras y aplicadas para producir una estimulante variedad de diseños para muebles, lámparas, alfombras, vajillas, joyas, tipografías y diseño de libros, danza y música. La teoría y la práctica de Gropius sobre «arquitectura total» comunitaria, tan cautivadora como un heroico mito germánico, imaginaba los «nuevos edificios del futuro, que serán todo junto, arquitectura, escultura y pintura, en una forma simple, elevándose hacia el cielo a partir de las manos de millones de artesanos como un claro símbolo del surgimiento de una nueva fe».6 Lo mismo se podía decir del Gemeindebauten vienés, el excepcional programa de construcción que realojaría a miles de familias durante los quince años siguientes y que era, ya en 1919, la pieza central de la Viena Roja. En Alemania y en Austria estos grandes edificios bellamente diseñados eran totalmente congruentes con la preocupación de los psicoanalistas por el bienestar social.

Esta campaña de vivienda se convirtió en el punto álgido en las tensiones políticas entre el partido de izquierda que gobernaba la ciudad y la mayoría conservadora de la nación, clerical y rabiosamente antisocialista. Los socialcristianos —entre ellos el psiquiatra conservador Julius von Wagner-Jauregg— se veían también como defensores de la familia media de clase trabajadora, y seguían abogando por su programa antisemita enormemente popular que había promovido Karl Lueger, el poderoso alcalde de Viena de 1897 a 1910. Cuando Hitler estaba viviendo en Viena, de 1908 a 1913, se empapó del odio vengativo hacia los socialistas y los judíos, así como de la retórica populista del alcalde. Paradójicamente, la administración de Lueger fortaleció la infraestructura pública de la ciudad, centralizó la distribución de gas, electricidad, agua potable, e inauguró el Stadtbahn, el tren urbano con las elegantes estaciones diseñadas por Otto Wagner. Y Austria pudo contar con un Departamento Nacional de Salud (una sección del Ministerio de Bienestar Público) con leyes sanitarias notablemente modernas, control de suministro de agua y alcantarillado, inspección alimentaria, enfermedades contagiosas e irregularidades de construcción desde 1870. Otras grandes ciudades de Europa central vieron planes comparables de reconstrucción urbana desarrollados después de las revoluciones de 1918 que introdujeron el sufragio universal y la democracia parlamentaria. Sin embargo, las políticas innovadoras de Viena para la vivienda eran únicas y mejoraron categóricamente la vida de los jóvenes trabajadores austríacos y sus familias, la tercera parte de los cuales, al menos, vivía en la capital o en sus alrededores. Estos eran los soldados que acababan de volver del frente y sus nuevas familias, o los veteranos y sus dependientes familias al borde del desahucio, para los cuales la falta total de construcción de nuevas viviendas significaba vivir sin techo y en condiciones urbanas cada vez más precarias. En última instancia, la extensa e imaginativa reforma de la vivienda fue posible gracias al nuevo estatuto de la ciudad como provincia (Bundesland) por derecho propio, responsable de su propio sistema fiscal. Los socialdemócratas que gobernaban la Viena independiente del resto de Austria creían que la reforma implicaba la conjunción de políticas sociales y económicas. Obtuvieron mayor apoyo entre los nuevos grupos de votantes al incluir a las mujeres y a otros grupos que antes estaban privados del derecho a ser representados, y consolidaron su partido atendiendo tanto a la crisis de vivienda como a los grandes problemas de salud pública, la tuberculosis y la malnutrición.

El brote de tuberculosis (y la consiguiente mortalidad infantil) era característico de la escasez de condiciones de salubridad y alimentación de posguerra, pero en 1919 su intensa propagación era una grave amenaza para los niños de la clase trabajadora. Tandler no perdió el tiempo y contuvo el daño. El anatomista carismático tendió un puente entre sus antiguas responsabilidades académicas y las nuevas responsabilidades cívicas, creando un sistema particularmente elaborado de ayuda a los niños. Con el imaginativo superintendente escolar Otto Glöckel y el pediatra Clemens Pirquet, inventor de la prueba cutánea para la tuberculosis, como asociados, Tandler combatió la tuberculosis con un programa sistemático de bienestar social y salud pública. Con el tiempo, este programa llegaría a incluir almuerzos escolares, revisiones escolares médicas y dentales, instalaciones de baños municipales, vacaciones y colonias de verano de patrocinio público, nuevas guarderías, centros de estudio extraescolar y clínicas especiales para la tuberculosis y ortopedia de la infancia. Con la idea de unificar salud y salud mental del niño, los pediatras como Felix Tietze intentaron conseguir un nuevo tipo de especialización sociomédica. Entre 1920 y 1924, Tietze trabajó en la clínica Pirquet, la unidad pediátrica, en un dispensario de tuberculosis, dirigió un estudio sobre bienestar infantil, y asesoró a los donantes de la Commonwealth y la Cruz Roja en Viena.7 Como resultado de este amplio abordaje, a principios de la década de 1920 la mortalidad infantil había disminuido en un 50%, y la tasa general de defunciones, un 25%. Proliferaron las guarderías y los parvularios que pasaron de veinte en 1913, a 113 en 1931, con diez mil niños registrados.8 En las renovadas escuelas públicas laicas la enseñanza práctica y la creatividad reemplazaron a la memorización pasiva. Muchos de los programas escolares más nuevos fueron influidos por las innovaciones educativas de Maria Montessori y su fe en la creatividad innata y en la alegría que le produce al niño aprender. Especialmente después de 1924, los métodos de Montessori centrados en el niño supusieron un acercamiento entre el educador y los psicoanalistas como August Aichhorn y Siegfried Bernfeld (que ofrecía servicios de consulta gratuitos en el Ambulatorium) y otros intelectuales dedicados al bienestar y la educación de los jóvenes. En este entorno, la carrera de Anna Freud como una volksschul-Lehrer (una maestra de escuela del pueblo) en una escuela primaria la llevó a desarrollar una serie de seminarios públicos sobre la relación teórica y práctica entre psicoanálisis y educación. En el centro de toda esa modernización, Julius Tandler sostuvo con tenacidad que la educación y la salud pública de la temprana infancia eran conceptualmente inseparables, y apoyó programas especializados como la guardería de Clare Nathanssohn para familias tuberculosas. Clare Nathanssohn era una joven activista política, que más tarde se casaría con el psicoanalista Otto Fenichel, y que había adaptado los principios del yoga de Elsa Gingler, el movimiento del cuerpo y la sinergia mente-cuerpo a las necesidades de los niños enfermos. Dado que la mayoría de los niños tuberculosos se habían contagiado en casa, la escuela especial los mantenía en el exterior, al aire libre, proponiéndoles ejercicio físico y enseñándoles activamente a cuidar del cuerpo.9 Clare y su futuro marido se incorporaron posteriormente al movimiento de la escuela infantil, tal como hicieron algunos de los más famosos psicoanalistas de Viena.

Cuando Fenichel conoció a Clare Nathanssohn, ella era una bailarina joven y fascinante que llevó a su círculo de amigos el aura de los episodios heroicos como prisionera política juvenil detenida por su afiliación de izquierda durante la efímera República Soviética Bávara (1918-mayo 1919). Clare estaba profundamente afectada por sus experiencias como activista con Gustav Landauer en Múnich, tanto por la animada cultura de los artistas urbanos y los colectivos de trabajadores de la ciudad como por la violenta represión de la comunidad por los fascistas, sobre todo Hitler, en 1919. Se incorporó a un colectivo (un círculo de veinte personas que se separó del movimiento Bauhaus) y decidió poner en marcha una guardería en el campo cerca de Darmstadt. Clare enseñaba el trabajo cuerpomente al grupo reducido que entonces repoblaba la colonia original de artistas de 1901 del arquitecto Peter Behrens. La comunidad de Behrens se había congregado de acuerdo con el ideal Jugendstil del «arte total», y aún hoy los preciosos mosaicos alegóricos del amor atraen admiradores a las pintorescas terrazas y pérgolas. Las creencias de la colonia en la fuerza curativa de la naturaleza, la música y la danza incluían los ideales de reforma escolar de Gustav Wyneken, que guiaron a Clare para imitar la original escuela de su mentor para niños con dificultades.10 Cuando Tandler dio apoyo a los esfuerzos de Clare en la guardería, ella dejó de ser una maestra rural para niños perturbados para convertirse en psicoanalista de la ciudad. Sus enseñanzas sobre el trabajo terapéutico cuerpo-mente influyeron finalmente en la orgonoterapia posterior de Wilhelm Reich. «Pude ver cómo los maestros tomaban contacto con el análisis —recordaba mucho más tarde desde su hogar en Boston—, era algo normal, por supuesto. No podía ignorarlo».11

Erik Erikson, Anna Freud, August Aichhorn, Siegfried Bernfeld, y Willi Hoffer estaban entre los psicoanalistas que hicieron suya la educación de la temprana infancia. Políticamente socialdemócratas, como Alfred Adler, que a veces era su rival, intentaron hacer frente a los efectos de la quiebra económica de Viena sobre el bienestar físico y psicológico de los niños. Con el tiempo la idea original de entornos educativos construidos cuidadosamente para niños pequeños se amplió, convirtiéndose en un proyecto de investigación psicoanalítica a gran escala sobre la interacción entre la sociedad y el desarrollo de la temprana infancia. Erikson en particular, un joven artista alemán que cuando llegó a Viena aún utilizaba su nombre de nacimiento, Homburger, exploraría las múltiples influencias de la realidad del entorno en el desarrollo de la identidad del niño y la personalidad individual. En 1919, sin embargo, aun antes de que Erikson lograra su guardería experimental, Anna Freud estaba trabajando con un joven y original educador, Siegfried Bernfeld, en una ocasión líder del movimiento juvenil austríaco de izquierda. Bernfeld era «alto y demacrado, con una fealdad que a una le impactaba tanto como la belleza», recordaba Helene Deutsch quien, como Freud, consideraba que la intensidad del joven educador era coherente con su idealismo.12 Bernfeld creía que la represión social era un temprano impedimento para el desarrollo de los niños y que los maestros, generalmente, reforzaban la carga moral en lugar de aligerarla. Bernfeld, sionista apasionado y organizador socialista durante los últimos diez años, quería que la educación progresista comenzara en la escuela infantil. Trataba de persuadir a los educadores de los niños más pequeños para que utilizaran realmente —no solo exhibieran— una completa gama de técnicas pedagógicas, desde el hipnotismo hasta el método Montessori. Bernfeld estaba fascinado en particular con las posibilidades del psicoanálisis. Un año antes había sido uno de los analistas más jóvenes presentes en el congreso de Budapest y en ese momento era el miembro más nuevo de la Sociedad Psicoanalítica de Viena. Pronto estaría presentando a Anna Freud y a Eva Rosenfeld, y en 1924 se encontrarían juntos en otro experimento educativo antiautoritario, la pequeña escuela Heitzing en Viena. Además de su trabajo psicoanalítico y de sus originales escritos políticos, Bernfeld fundó el Kinderheim Baumgarten (hogar para niños), una escuela infantil modelo dirigida más tarde por su amigo Willi Hoffer.13 El Kinderheim experimental también alojaba y alimentaba a niños desamparados, desplazados o sin hogar (incluyendo a más de doscientos cuarenta niños judíos refugiados) con capital proveniente de fondos municipales. Las conferencias de Hoffer sobre educación pública y su curso para educadores de Viena de base psicoanalítica llegaban tanto a profesores de las guarderías como a escuelas elementales y secundarias de la ciudad.14 El material teórico de esas conferencias se configuraba con ilustraciones de casos del trabajo del autor en el Kinderheim con los niños refugiados, muchos de ellos menores de cinco años, hambrientos, mutilados o traumatizados.15 Las conferencias se publicaron en el Zeitschrift für Psychoanalytische Pädagogik y aún transmiten el idealismo sincero, la vocación de servicio social y el tono austro-marxista de las primeras y escasas generaciones de psicoanalistas vieneses.

Wilhelm Reich, el psicoanalista de la segunda generación asociado quizá más a menudo con el radicalismo político, se estaba embarcando en la búsqueda de toda su vida: la fusión efectiva de cambio social y psicoanálisis. Su Proyecto Sex-Pol comenzó de forma brillante pero al final llegaría a atormentarlo. En 1919 Reich, hijo de un granjero y recientemente licenciado del ejército, se estaba costeando la escuela de medicina para ser psiquiatra. Musculoso, delgado, de ojos penetrantes y mandíbula cuadrada, Reich parecía permanentemente angustiado en la clase de Tandler. Este aún enseñaba anatomía clásica en la escuela de medicina, aunque también dirigía el nuevo Departamento Municipal de Bienestar Social de la ciudad. Tanto en la clase como en la asamblea de la ciudad, Tandler convencía a su audiencia de que poner la habilidad para crear bienestar médico y social al servicio del gobierno local era la vocación más grande. Para Reich, como para sus amigos Grete Lehner, Otto Fenichel y Edward Bibring, el mensaje de Tandler fue una profecía. Grete Lehner reverenciaba a Tandler, pensando que haría lo mismo en la política que en la anatomía. Podía transformar una tarea médica penosa en una «experiencia hermosa y profundamente estética —decía—, las relaciones ocultas se volvían evidentes».16 Su conocimiento de la escultura griega clásica compensaba el uso lúgubre de los cadáveres transformándolos en animadas ilustraciones, ejercicios y especímenes. Un día, cuando Grete estaba sentada en una clase de la escuela de medicina, entre Edward Bibring y Reich, durante la clase de anatomía de Tandler, Fenichel le extendió una nota garabateada para que la pasara a los otros estudiantes. El mensaje los urgía a todos a seguirlo en un nuevo proyecto exploratorio. Fenichel, un creador sumamente fastidioso de grupos, quería lanzar un seminario convocado por los mismos estudiantes donde tratarían temas que no estaban incluidos en el currículum médico. Si los estudiantes idealistas crearan su propio seminario, pensó Grete, podrían examinar las relaciones sociales y debatir de política, religión y sexualidad con precisión tandleriana.

Los cuatro jóvenes activistas se propusieron desenterrar los descubrimientos psicológicos modernos dentro y fuera de la clase. Los edificios de piedra gris de la Universidad de Viena consistían en ocho patios conectados que rodeaban una gran plaza arbolada donde los estudiantes se reunían sin aparentes restricciones. Los cafés servían pastel de manzana debajo de las arcadas y, en el verano, eran populares las terrazas con bares en cada una de las esquinas del cuadrante, aunque a los estudiantes les gustaba encontrarse bajo los frescos de desnudos de Gustav Klimt, suspendidos sobre la entrada de la universidad. Reich y sus amigos habían escuchado recientemente al teólogo existencialista Martin Buber dirigirse a los estudiantes universitarios judíos en una inmensa concentración organizada principalmente por Siegfried Bernfeld.17 Buber estaba traduciendo por entonces la Biblia hebrea al alemán y desarrollando sus ideas sobre una moderna espiritualidad inclusiva. La multitud le tomó gusto rápidamente a esa nueva retórica humana y sustituyó fácilmente, decía Reich, una ideología de «raza-contra-raza» por otra de «pueblo-con-pueblo». Reich estaba tan entusiasmado con ese cambio conceptual como lo estaba con la misma Grete. La recordaba como «suave y elegante, estudiosa, una académica seria, a veces ingenua, y encantadora» la cual se sentía, para desgracia de Reich, atraída por Edward Bibring, más formal y con levita, un compañero veterano de guerra que estudiaba entonces de forma acelerada. No obstante, cuando encontraban tiempo que detraer del estudio, los tres amigos disfrutaban de fiestas, bailes de máscaras y flirteos en rondas interminables por los bares llenos de humo cercanos a la universidad. Bien escalando las montañas Rax que rodean Viena, o bien yendo en bicicleta por la orilla del Danubio, adoraban hablar, discutir sobre sexo y política, y conspirar para sacudir el estancamiento del género humano. La vida de estudiante, así como gran parte de la de la ciudad en 1919, a pesar de las estrecheces económicas, consistía en encuentros en el Café Stadttheatre los sábados, acaloradas discusiones sobre los desarrollos más recientes en el movimiento juvenil acompañadas de repostería en los cafés decorados con espejos que rodean el Rin, o preparando a última hora los exámenes con chocolate en el Volkscafé. En el Kammerspiele se interpretaban los complejos himnos (musicalizados) de Hölderlin, La flauta mágica en la ópera, y una serie interminable de teatros, dramas musicales y conciertos filarmónicos nutrían la vivencia del cosmopolitismo vienés. Experiencias culturales como estas tenían gran predicamento entre esos jóvenes doctores de la ciudad que más tarde integrarían la Sociedad Psiconalítica de Viena, e incluso desde Budapest su colega Radó advertía casi con envidia cómo las carreras médicas en Viena estaban más motivadas por el humanismo que por la ambición científica. Para el joven educador convertido en psicoanalista Rudolf Ekstein, la Viena Roja era un gran «movimiento... una ética».

Otto Fenichel era ya de joven un hombre grueso, de baja estatura y de pecho fuerte, de cara ancha y una dulce sonrisa amplia. Vestía chaquetas alpinas y botas de senderismo y a menudo llevaba una enorme mochila desastrada. En el período de la primavera de 1919, Otto había persuadido a sus compañeros de la escuela de medicina Reich, Lehner y Bibring para poner en marcha el nuevo grupo de lectura que habían creado furtivamente en la clase de anatomía de Tandler. Acordaron que se comentarían trabajos modernos sobre sexo y psicología, y que se centrarían en temas alternativos y no tradicionales que iban desde los descubrimientos científicos hasta los textos sociopolíticos. Su seminario, que impartían los estudiantes, trataba la fisiología genital, la masturbación, la controversia sobre el orgasmo clitoridiano y la homosexualidad, todos ellos temas proscritos del currículum de estudios médicos. También se ocupaban del psicoanálisis. Fenichel había desenterrado una copia de los Tres ensayos de la teoría de la sexualidad de Freud y encontraba sus argumentos fascinantes. Compartía el libro con sus amigos, que desmenuzaban capítulo a capítulo en sus encuentros semanales. Los cuatro estaban fascinados por el pequeño texto cuyos rompecabezas igualaban a cualquiera de los que habían visto en medicina. Así que se fueron a la fuente, el mismo Freud, para que se los explicara.

Para llegar a la consulta de Freud bastaba un corto paseo bajando la empinada colina Berggasse de Viena, cerca de la universidad. Siguiendo la tradición médica de Viena, Freud reservaba una hora cada tarde para las visitas. De su propia experiencia formativa en Viena, el psicoanalista nacido en Budapest Franz Alexander recordaba que, por entonces, la práctica de llamar al 19 de Berggasse era «no solo natural, sino más o menos esperada» para los primeros estudiantes y profesores de psicoanálisis.18 En los días siguientes a su clase final con Tandler, Reich, Lehner, Fenichel y Bibring decidieron ir a ver a Freud durante su hora diaria de visita. Los cuatro jóvenes socialistas, que ya se sentían cómodos con el enfoque del bienestar social para la salud de la Viena Roja, también eran inusuales buenos lectores de psicoanálisis. Freud debió de haberse sentido contento con los conocimientos de aquellos jóvenes y con sus actitud inquisitiva porque invitó a los cuatro a asistir a las reuniones semanales de la Sociedad Psicoanalítica de Viena. Por fortuna para Reich y sus amigos, Freud estaba seleccionando en ese momento a «nuevos miembros sobre la base de las cualidades personales y profesionales, y de las conferencias dadas por el posible miembro». Como presidente de la sociedad, «la opinión personal de Freud era siempre la decisiva», indica Helene Deutsch en sus memorias.19 Entonces, de nuevo, como Erik Erikson recordaba de sus propios días de estudiante en Viena, el movimiento psicoanalítico tenía una sorprendente flexibilidad y si «los Freud sentían que tú tenías un cierto sentido del análisis, podías llegar a ser analizante de uno de los más destacados miembros veteranos sin otras condiciones».20

La escuela de medicina reunió a Reich, Bibring, Fenichel y Lehner pero Freud les dio una causa. Desde 1902 Freud reunió a su alrededor un grupo de ideas afines de pupilos, amigos, antiguos pacientes y discípulos, que derivaría en la Sociedad Psicoanalítica de Viena en 1908. «La cercanía del trabajo de Freud in statu nascendi nos daba la sensación de participar en un proceso cultural y científico grande, de futuro», recordaba Richard Sterba, un psicoanalista cuyas interpretaciones líricas de la vida en la sociedad de Viena idealiza a Freud pero también evoca un genuino placer en su presencia.21 Los cuatro estudiantes de medicina se ganaron rápidamente el favor de esta sociedad, mientras todos ellos observaban cómo Deutsch, Sterba y Hermine von Hug-Hellmuth respondían a los comentarios o ideas de Freud. Estaban en sintonía sobre todo con el contenido sociopolítico en aquellas mesas redondas de las noches de los miércoles y aún más con las polémicas del Café Riedl (uno de los cafés vieneses preferido de Freud) donde se reunían los psicoanalistas después de las conferencias.22 Al año siguiente, Fenichel marcharía a Berlín para trabajar en el Poliklinik, y en 1922 los cuatro participantes del seminario de sexología asumirían las tareas de dirección en el Ambulatorium, pero jamás olvidarían las noches de los miércoles en casa de Freud.

Reich pronto solicitó ser miembro de pleno derecho en la Sociedad Psicoanalítica de Viena. Ya le estaba dando vueltas a su artículo «Sobre la energía de las pulsiones» pero estaba seguro de que Freud «menearía la cabeza y lo rechazaría».23 En su propio relato de su desarrollo personal como analista practicante, Reich fechaba su primera sesión clínica el 15 de septiembre de 1919. Para Navidad tenía dos pacientes, había comenzado su análisis con Isidor Sadger, y también participaba en el seminario psicoanalítico de Sadger. Pocos miembros del círculo de los miércoles parecían menos politizados que Sadger y ninguno más convencido de la primacía absoluta de la sexualidad en la vida humana. Sadger, él mismo homosexual y fetichista, tenía la reputación escabrosa de analizar a los invitados a cenar entrando en los más íntimos detalles. Exasperaba inclusive a Freud con su adhesión ultraortodoxa a la teoría de la sexualidad. Presumiblemente, Sadger analizaba a Reich en esta línea y su influencia en las teorías de Reich y en su fundación de la organización Sex-Pol y sus clínicas fue más importante y compleja de lo que indican las propias memorias de Reich.

El desarrollo personal como un psicoanalista con inquietudes sociales y su creencia en la validez de las teorías de Freud maduraron simultáneamente, pues Reich observaba a la gente de la ciudad con su perspectiva sociológica. Miraba a las señoras mayores enzarzadas en sus charlas mañaneras sobre la subida de los precios, preguntando a cualquiera cuándo mejorarían las cosas. A las siete de la mañana los profesores de secundaria hablaban de comunismo con un deshollinador cubierto de ceniza. Los grupos políticos se atacaban entre sí, fueran comunistas, socialdemócratas o socialcristianos, llevados por el ansia de poder y la presunción. En 1919, Reich se veía avanzando más hacia la izquierda, esperando el trabajo clínico en el hospital, estudiando inglés, y dando su conferencia de cualificación en la Sociedad Psicoanalítica de Viena, gracias a la cual se convertiría en miembro en 1920. Estaba convencido de «que la sexualidad es el núcleo alrededor del cual gira toda la vida social, así como la vida espiritual interior del individuo». Reich interpretaba con éxito los sueños de sus pacientes,24 y, a pesar del análisis con Sadger, curiosamente, era ambivalente sobre la visión que sostenía entonces su amigo y compañero de estudios de medicina, Otto Fenichel, de la sexualidad omnipresente en todo, porque ello le parecía al exigente Reich una caricatura superficial de las ideas de Freud. La amistad entre Reich y Fenichel continuó manteniendo a lo largo de muchos años este intenso tono combativo de lucha política e intereses mutuos. Por ese entonces, sin embargo, Fenichel estaba mucho más ocupado con el seminario de sexología para estudiantes, su propia fusión de psicoanálisis y educación sexual que había iniciado a principios de ese año en la universidad. Poeta y médico, intérprete y escritor, Otto Fenichel pensaba que incluso los diarios más personales «se escriben siempre con la idea de que algún día serán leídos», así como las narraciones de psicoanálisis. Durante todo el año 1919 y principios de la década de 1920, el seminario psicoanalítico más conocido (las conversaciones de Fenichel con Reich, Lehner y Bibring) adquirió una enorme popularidad entre los estudiantes de medicina de la universidad, dispuestos a desafiar el statu quo político y académico, porque aquel seminario desafiaba completamente a la tradición.

Originalmente, cuando los primeros psicoanalistas formaron la IPA en el Segundo Congreso Internacional de Psicoanálisis celebrado en Nuremberg en 1910, establecieron una organización centralizada de afiliación de los miembros con ramas en Londres, Viena, Budapest y Berlín. En 1919, en grandes ciudades de toda Europa, Estados Unidos, Japón y la India, grupos similares se congregaban en sociedades psicoanalíticas locales para estudiar, enseñar y promover el trabajo de Freud. Con organizaciones basadas en el buque insignia del grupo de Viena, donde los miembros principales como Helene Deutsch aceptaban que había que defender a Freud y promover todos sus proyectos, las sociedades locales fomentaban los objetivos del psicoanálisis en público y en privado. Era una batalla, decía Deutsch, «librada externamente con y por Freud contra el medio profesional y científico del que se había salido; internamente la lucha era por Freud mismo, por su favor y reconocimiento».25 Exteriormente los psicoanalistas luchaban contra lo establecido mientras que internamente competían por la bendición de Freud, a veces amigablemente y otras no, y por la legitimidad tanto dentro como fuera de la IPA, su organización profesional.

Una de las condiciones de los estatutos de la IPA y de la permanencia de sus miembros era crear una dirección de la sociedad para poner en práctica las resoluciones concebidas en el congreso de Budapest de 1918, donde Freud había pronunciado su ponencia sobre las obligaciones sociales del psicoanálisis. La primera resolución oficial fue presentada por Herman Nunberg y concernía a la apremiante necesidad de estandarizar la formación psicoanalítica. Nunberg insistió en particular en que los psicoanalistas debían analizarse, pues la práctica del psicoanálisis era demasiado nueva y ya en sus comienzos corría el riesgo de corromperse, de modo que no convenía dejar a clínicos sin formación, ni siquiera a los psiquiatras, que también carecían de experiencia técnica específica. La fórmula básica de formación tripartita de curso teórico, curso práctico supervisado y análisis personal fue concebida en Budapest en 1918, implementada ese mismo año y ratificada en 1920 bajo la dirección de Max Eitingon. Las especificaciones desarrolladas a mediados de la década de 1920 por la Comisión Internacional Didáctica (ITC) y articuladas por Karen Horney como miembro del Comité de Educación del Poliklinik, fueron aceptadas tan ampliamente que aún siguen vigentes en nuestros días.26 Pero una segunda resolución tomada en el congreso se centraba en el desarrollo de clínicas sin cita previa donde «estos tratamientos serán gratuitos» para posibles analizantes de pocos recursos.27 A diferencia del resultado consolidado de la resolución sobre formación, la segunda es más conocida —a lo sumo— por el papel que desempeñaron las clínicas en aprovechar a los pacientes para la formación psicoanalítica de los aspirantes. No obstante, cuando las sociedades de Berlín, Viena, Londres y Budapest organizaron sus programas internos de formación psicoanalítica, también crearon programas externos basados en la comunidad: las clínicas ambulatorias gratuitas. Y, de hecho, las sociedades psicoanalíticas de principios del siglo XX sostuvieron tenazmente sus centros ambulatorios con dinero en efectivo, habilidad y donaciones en especie. Juntas, ambas resoluciones expresaban implícitamente los esfuerzos de los psicoanalistas para rechazar las tradiciones conservadoras y sustituirlas por instituciones de salud mental nuevas bajo una autoridad mucho más progresista.

En 1919 ya estaban en marcha los planes para una clínica psicoanalítica oficial gratuita en Berlín. El proyecto de la clínica de Berlín lo habían preparado al menos diez años antes Max Eitingon y Karl Abraham al unir fuerzas para promover el psicoanálisis. En 1910 habían constituido la Asociación Psicoanalítica Alemana (Deutsche Psychoanalytische Gesellschaft, DPG) como una filial de la IPA y, dentro de la misma, la Sociedad Psicoanalítica de Berlín, así como el instituto de formación e incluso los primeros pasos en el establecimiento de los tratamientos ambulatorios. La energía creativa de Berlín llamaba la atención de los recién llegados urbanos y talentosos, como Eitingon y Abraham: ambos acababan de llegar con su formación de Zúrich y eran judíos autosuficientes. «¡Vamos viento en popa! El 27 se celebrará la primera sesión de la Asociación Psicoanalítica de Berlín», le había escrito Abraham a Freud en agosto de 1908.28 Su básico primer Poliklinik para el tratamiento psicoanalítico de los trastornos nerviosos apareció al final de aquel año. Era una clínica modesta que, diez años más tarde, en 1920, se convirtió en la piedra angular de una imponente sociedad filial de la IPA.29 A Freud le gustaba el agradable Abraham por su «serenidad y su firme confianza», pero había puesto todas sus esperanzas en Eitingon.30

Max Yefimovich Eitingon era un hombre pequeño de cara redonda, con pelo corto y oscuro cuidadosamente peinado con la raya al lado, un bigote bien recortado y un aire perplejo. En las fotografías, tanto en los retratos como en las fotos con amigos médicos o psicoanalistas, su pequeña envergadura y el impecable traje sastre siempre lo distinguían y lo hacían reconocible en medio del grupo. Eitingon se crió en Alemania, consiguió un título en Filosofía en la Universidad de Marburgo y luego estudió medicina. Los miembros de su familia destacaron, inclusive entre los ricos comerciantes en pieles de Galicia, como poderosos negociantes internacionales con negocios repartidos por Rusia, Polonia, Inglaterra y Alemania. En 1905, a los veinticuatro años, Eitingon se hizo psiquiatra en la famosa Clínica Burghölzli de Zúrich. Dos años más tarde Carl Jung, que aún tenía amistad con Freud y era el director de tesis de Eitingon en Burghölzli, le sugirió que estudiara psicoanálisis. Desde 1907 en adelante Freud, que había cultivado relaciones apasionadas y generalmente decepcionantes con hombres como Josef Breuer, Sándor Ferenczi e incluso Jung, tomó a Eitingon con menos ardor pero con gran amistad. Durante los quince años siguientes, Max utilizó su extraordinaria riqueza para proveer a los indigentes el acceso al tratamiento de salud mental. En 1919 había asumido muchas de las grandes deudas de la IPA que primero había subsanado Von Freund. Incluso antes, en 1910, Eitingon había financiado el rudimentario servicio psicoanalítico independiente que, después del congreso de Budapest en 1918, serviría como anteproyecto del Poliklinik. Poner en marcha el Poliklinik era caro y, después de un desembolso inicial de alrededor de veinte mil marcos (aproximadamente cinco mil dólares) en el otoño de 1919, la clínica vio escalar su presupuesto sin cesar debido a la espectacular inflación de la moneda alemana. No obstante, Eitingon anunció, en una carta a Freud de principios de diciembre, que habían encontrado unas instalaciones adecuadas para alojar la clínica. Abraham, que estaba cada vez más sorprendido por la capacidad administrativa de Eitingon, acordó enseguida que la sociedad de Berlín alquilaría el espacio si el precio estaba dentro de sus posibilidades.

En noviembre de 1919 Abraham anunció a Freud que «Berlín clama literalmente por el psicoanálisis» y contemplaba el Poliklinik como un objetivo logrado. «Eitingon le tendrá al tanto de los temas de nuestra policlínica. El plan pronto se hará realidad».31 El 19 de julio la propuesta de Eitingon para fundar un Poliklinik fue aprobada de forma unánime por la sociedad de Berlín y el 26 de julio ya se estaban tratando cuestiones concretas para su implementación. El 19 de septiembre Simmel presentó al consejo los planes para publicitar el Poliklinik y el 26 de septiembre Eitingon, Simmel y Abraham fueron elegidos formalmente como el Comité Clínico.32 Los analistas de Berlín se fueron animando cada vez más mientras le describían a Freud los detalles de varios preparativos. «Las cosas están bien en nuestro grupo. Es grande el entusiasmo y los logros son mejores de lo que eran», escribía Abraham. Su convocatoria de Budapest cayó en terreno fértil: «El policlínico se abrirá en el invierno, y se convertirá en el instituto de Ψ».33 Abraham señalaba a Ernst Simmel, uno de los nuevos analistas más serios de la IPA (y socialista confeso asociado con el Ministerio de Educación a través de sus actividades políticas) como «un impulsor excelente para el policlínico».34 Freud, por su parte, estaba tan contento con toda esa actividad que «con ocasión de la fundación del policlínico de Berlín», él proponía «incorporar a Eitingon como miembro de pleno derecho al comité».35 Ya nada detendría ahora a Abraham, Simmel y Eitingon para hacer del sueño socialdemócrata de Freud una realidad del siglo XX.

1920
«LA POSICIÓN DEL MISMO POLICLÍNICO COMO CUARTEL
GENERAL DEL MOVIMIENTO PSICOANALÍTICO»

El 24 de febrero de 1920, Freud envió a su hija Mathilde y a su esposo, Robert Hollitscher, el hombre de negocios vienés, a la ceremonia de apertura del nuevo Poliklinik für Psychoanalytische Behandlung Nervöser Krankheiten de Berlín, el primer centro psicoanalítico ambulatorio designado específicamente como clínica gratuita. La apertura de la clínica fue «lo más gratificante en este momento», le escribió Freud a Ferenczi, y la presencia de Mathilde junto a otros miembros prominentes de la comunidad psicoanalítica agregó una medida de autoridad a la festividad.1 El Poliklinik, tal como llegó a ser conocido, era el invento de Max Eitingon y Ernst Simmel. Su amigo y benefactor húngaro Anton von Freund había muerto justo un mes antes, el 20 de enero, dejándole a la IPA algún dinero pero, sobre todo, un legado mucho mayor en buenos trabajos inconclusos y el proyecto, ahora pospuesto, para una clínica gratuita en Budapest. «Hay noticias mucho mejores en Berlín que en Budapest —le comentaba Ernest Jones a su colega holandés Jan van Emden—: Tienen el dinero para el Policlínico».2 Y en verdad Max Eitingon, adinerado y generoso, se hizo cargo allí donde Von Freund lo dejó, financiando con su propia fortuna la puesta en marcha de la nueva clínica, ahora reubicada en Berlín. Eitingon continuaría suscribiendo los gastos del local del Poliklinik de Berlín en continuo crecimiento, primero en Postdamerstrasse 29, hasta 1928, y luego en Wichtmanstrasse hasta su cierre forzoso en 1933.

La ceremonia de inauguración del Poliklinik el 14 de febrero resultó ser un acto espléndido: hubo música clásica, lectura de poemas, y odas a la investigación psicoanalítica. El Programme de festejos a lo largo del día presentó interpretaciones de los miembros y amigos de la Sociedad Psicoanalítica de Berlín, e incluyó una sonata para piano de Beethoven, algo de Chopin, piezas para piano y canto de Schubert y Schoenberg, y lieders de Hugo Wolf. Ernst Simmel leyó «Presentimiento» y «Locura» del Libro de las horas de Rilke. Abraham concluyó el día con el artículo sobre «El surgimiento del Poliklinik desde el inconsciente». Los temas del programa, simbólicos sobre todo, de la emoción, la realidad y la naturaleza humanas, se reflejaban en la combinación de piezas tradicionales de la cultura germana dominante con el trabajo contemporáneo moderno y subjetivo. Para la música, Schubert y Chopin se mezclaron con Schoenberg, compositor vienés de vanguardia, identificado musicalmente con los expresionistas y políticamente con los socialdemócratas. En la poesía los psicoanalistas compensaron la voz romántica de Rilke con el surrealismo mordaz de la sátira de Christian Morgenstern. Rilke todavía vivía en Europa, era enormemente popular aunque inquieto, y, como Freud, íntimo amigo de la intelectual rusa Lou Andreas-Salomé. Al caer el día, los analistas se habían deleitado con una elegante celebración en completa sintonía con los matices culturales de Weimar.

Siguiendo sus aspiraciones modernistas para el Poliklinik, Eitingon invitó al hijo de Freud, Ernst Ludwig, el arquitecto e ingeniero que se había formado en Viena junto a Adolf Loos, a planear la distribución física y el mobiliario de la clínica. Al cabo de un mes, Ernst se había «hecho merecedor de un duradero reconocimiento. El diseño ha suscitado la admiración general», le escribía Abraham a Freud en marzo.3 Ernst acababa de llegar a Berlín por invitación de su amigo íntimo Richard Neutra, su compañero en el estudio de arquitectura de Loos en la Bauschule de Viena en 1912 y 1913.4 Desde 1919 hasta su emigración forzosa a Londres en 1933, los años de Ernst como arquitecto berlinés se llenaron de experimentación siguiendo las líneas de la nueva objetividad y el estilo internacional de la década de 1920. El encargo de diseñar el espacio interior del Poliklinik y restaurar sus rancias estancias tenía un atractivo especial: «Adoro las condiciones que impone un edificio con carácter, ya existente —dijo Ernst años más tarde—, y con frecuencia las habitaciones de los viejos edificios tienen grandes posibilidades».5 Este juego de habitaciones en Potsdamerstrasse 29 había sido seleccionado y alquilado como la sede de la clínica por su localización central ideal y la comodidad de su proximidad a las consultas privadas de los analistas. En la cuarta planta de un edificio residencial bastante modesto a medio camino de una calle arbolada, el apartamento de cinco habitaciones interconectadas fue reorganizado para el tratamiento o la consulta. Las puertas dobles de madera en color claro insonorizaban las consultas o las terapias. Un diván de mimbre sin adornos, una mesa y una silla, algunas lámparas y retratos sencillos en las paredes decoraban las habitaciones. Ernst modificó el diván analítico de su padre, lujosamente adornado, quitándole la ornamentación, racionalizando su forma para producir el modelo utilizado con más frecuencia en nuestros días.

«El desafío de esta tarea es ofrecer pisos cómodos con el mínimo de alteración», explicaba Ernst en otro contexto, una tarea que se hizo visible en su estructuración coherente del espacio del Poliklinik.6 Para Ernst, así como para su amigo Richard Neutra, el modernismo significaba proporción, respetar los requerimientos del entorno medioambiental y utilizar la luz natural para integrar el interior y el exterior del hogar. Al igual que Neutra, la arquitectura de Ernst Freud estaba impregnada de sensibilidad ecológica y medioambiental. A lo largo de toda su carrera en Austria, Alemania y especialmente en Inglaterra después de 1933, Ernst diseñaría muebles para clientes particulares y se deleitaba con las líneas funcionales sencillas, maderas ligeras y tejidos naturales. Sus proyectos arquitectónicos se extendieron desde fábricas hasta casas privadas, pero su talento particular era remodelar o «reamoldar» casas para adaptarlas a la vida moderna. En 1938, cuando la célebre ceramista Lucie Rie huyó de los nazis llevándose sus muebles diseñados por otro arquitecto modernista, Ernst Plischke, Ernst los adaptó a su nueva casa de Londres. Sus sofisticadas estanterías y armarios empotrados, pequeñas mesas y sillones de nogal, daban lugar a una convivencia apacible y armoniosa. El sentido de Ernst Freud del entorno orgánico, estilo que compartía con Neutra, ya se discernía en sus diseños de 1920 para el Poliklinik. Las consultas matizaban la luz con cortinas gruesas y oscuras mientras que las ventanas de la más amplia sala de reuniones, llamada Sala de Conferencias, dejaban entrar la luz a través de visillos de muselina. La habitación más grande también se utilizaba para conferencias, clases y reuniones. Con una pizarra considerable montada en la pared frontal y una tarima para el orador, esta habitación contaba con unas cuarenta sillas Thonet. El empleo de los muebles comerciales disponibles que hacía Ernst, como esas sillas de madera torneada, reflejaba la visión de Loos de que el diseño arquitectónico no debía influir en la elección del usuario de los productos cotidianos

De manera similar, elementos simples y bien elaborados amueblaban la pequeña sala de espera de la clínica, planificada conscientemente para inspirar un sentido de comunidad. Ernst había aprendido de sus colegas arquitectos de la Bauhaus y del Gemeindebauten de la Viena Roja a diseñar espacios públicos pensando en su efecto terapéutico. Imbuido de las creencias de Alfred Loos en formas sin ornamentos y, siempre que fuera posible, muebles empotrados, Ernst metió la biblioteca dentro de una de las áreas públicas de reunión. De hecho, Eitingon, ante todo un intelectual judío convencido de los poderes curativos del conocimiento, requirió específicamente que Ernst acondicionara una habitación de la clínica como sala de lectura donde se reuniría toda la literatura psicoanalítica para ponerla a disposición tanto del cliente como del clínico.7 El ambiente deliberadamente concurrido del Poliklinik contrastaba mucho con el modelo tradicional de la consulta médica con puertas separadoras y acceso estrecho, casi confidencial, al profesional. Los pacientes de la clínica se veían unos a otros regularmente y, confidencialidad aparte, se podían sentir tranquilos al saber que un grupo de sus pares había sido admitido y estaban esperando para entrar a una sesión analítica. Eitingon creía que esa atmósfera de comunidad fomentaba sutilmente la autosuficiencia de los pacientes, de acuerdo con lo que más tarde se llamarían formas de «ambiente terapéutico». Una vez dentro de la sala del analista, sin embargo, prevalecía la intimidad. Efectivamente, Ernst aisló las consultas del sonido con una serie de técnicas nuevas (distintivas en su práctica arquitectónica posterior), incluyendo ventanas de doble cristal y puertas laminadas con alma de madera contrachapada a prueba de sonido. En conjunto, estas medidas estaban destinadas a disipar los aspectos del comienzo del tratamiento que suelen atemorizar. El primer encuentro de los futuros pacientes con el Poliklinik estaba diseñado tan escrupulosamente como la decoración y las estadísticas.

El Poliklinik publicó un anuncio oficial de su apertura:

La Asociación Psicoanalítica de Berlín

inauguró el 16 de febrero de 1920

el Poliklinik para el tratamiento psicoanalítico

de las enfermedades nerviosas

en W. Potsdamer Str[asse] 29, con la supervisión médica

de Dr. Abraham, Dr. Eitingon, Dr. Simmel

Consultas en días laborables de 9 a 11.30 h, excepto miércoles.8

Desde el día de su inauguración, Eitington y Simmel coordinaron la afluencia inesperadamente grande de pacientes adultos y niños. Su pequeño equipo de clínicos, todos miembros de la sociedad de Berlín que habían acordado realizar análisis gratuitos, recibió un aluvión de demandas de personas con problemas crónicos o de larga duración —tanto psicológicos como fisiológicos—, y de pacientes que habían ido de un médico o una clínica a otra. Al menos dos horas y media diarias (excepto miércoles y domingos) eran asignadas a esas consultas iniciales, que en principio dirigían los codirectores conjuntamente. Los nuevos pacientes «sufrían con especial intensidad neurosis debidas a la penuria económica —escribía Simmel—, o estaban especialmente abocados a la miseria precisamente como resultado de su inhibición neurótica».9 En el primer año del Poliklinik solicitaron tratamiento psicoanalítico gratuito trescientos cincuenta pacientes. Muchos de ellos venían de la calle, atraídos por el nombre en la clásica placa de cobre de la puerta de entrada. Pero progresivamente aumentaba el número de los que acudían por recomendación de antiguos pacientes, de amigos o de su médico personal. Asimismo, algunos pacientes leyeron la inauguración oficial de la clínica en los periódicos. La prensa berlinesa había sido bastante neutral, sin ser tan laudatoria como lo serían las portadas de los periódicos que anunciaron el Ambulatorium en 1922, pero definitivamente más favorable que la recepción de la clínica de Budapest, más tarde en la misma década. Die Neue Rudschau de Berlín, la prestigiosa revista mensual de Fischer Verlag, publicó el largo artículo de Karl Abraham resumiendo los principios del psicoanálisis.10 En ese momento las comunidades académica y psiquiátrica de la ciudad estaban entusiasmadas con el Poliklinik y deseando derivar pacientes. Aunque, efectivamente, el servicio psicoanalítico era algo nuevo para los psiquiatras de la Charité, el inmenso y magnífico hospital de enseñanza de la Universidad de Berlín, la idea de utilizar un Poliklinik como alternativa al tratamiento médico de los pacientes ingresados se remontaba al menos a cien años atrás. La práctica había comenzado en la Charité al final del siglo XIX y desde entonces se había vuelto estándar en todo el sistema médico de Alemania. En algunos campos, como la ortopedia y el psicoanálisis, los policlínicos de atención intermedia ayudaban a los hospitales proporcionando tanto formación académica como salud pública general. Aun antes de su inauguración, el policlínico psicoanalítico parecía tan promisorio que la Facultad de Medicina en la Charité consideró nombrar a Abraham como profesor en psicoanálisis. Ello nunca se materializó, pero Abraham, no obstante, informó a Freud de que «el policlínico, que se inaugurará indefectiblemente en enero, suscita gran interés en el Ministerio [de Educación]» y de que sus relaciones colegiales con las autoridades de salud pública estaban dando frutos.11 El entusiasta Konrad Haenisch, al frente del Ministerio de Educación de entonces, le había pedido a Abraham que realizara un registro de «las primeras experiencias del policlínico en lo referente a la concurrencia de enfermos y cursos de formación», y de la audiencia que frecuentaba las conferencias de la sociedad.12 «El policlínico cuenta con bastante concurrencia», decía Abraham con alegría al cabo de un mes de su apertura. Al menos veinte análisis habían comenzado y el flujo de pacientes (de todas las edades, ocupaciones y estamento social) continuaba siendo tan grande que el Poliklinik nunca volvió a anunciarse. Abraham añadía: «Para mucho más adelante existe el proyecto de organizar una sección especial para el tratamiento de niños nerviosos. Hay una colega que está a punto de realizar el examen final y que está bien orientada y ha decidido dedicarse al psicoanálisis con el propósito concreto de tratar niños».13 En junio, menos de tres meses después de que Abraham enviara esta nota a Freud, Hermine von Hug-Hellmth presentó el programa de tratamiento infantil del Poliklinik de Berlín.

Hermine von Hug-Hellmuth era «una mujer pequeña morena, siempre pulcra, podría decirse que vestía ascéticamente», recordaba su compañera de las mesas redondas de la sociedad de Viena, Helene Deutsch.14 Aun antes que Melanie Klein y Anna Freud, Hug-Hellmuth había desarrollado terapias infantiles basadas en juegos y dibujos y, como ellas, es conocida como una de las primeras profesionales del análisis de niños. Sus ideas encontraron su lugar en la educación, la crianza y los centros de asistencia a la infancia, y su práctica de tratamiento con niños en su propio hogar fue adoptada por el trabajo social, una profesión emergente entonces. Sus creencias en el impacto de la familia y el entorno más amplio en el desarrollo humano concordaban con los programas de Tandler para el bienestar social en la salud mental de los niños, y consiguió introducir el psicoanálisis freudiano en la creciente red de servicios sociales a la familia y las escuelas de la ciudad. Afortunadamente, Abraham había previsto la necesidad de tratamientos y formación en el análisis de niños e invitó a Hug-Hellmuth a ocuparse de ellos. Sin embargo, su llegada a Berlín no estuvo exenta de problemas. Aunque el diplomático Eitingon (que habló por todo el equipo en sus informes y cartas a sus colegas) nunca lo explicitó, dominaba la controversia sobre el breve libro escabroso de Hug-Hellmuth, Diario de una chica joven. Publicado justo un año antes, en 1919, como el testimonio auténtico de la sexualidad de una adolescente, y perfectamente acorde con la teoría freudiana, el Diario resultó ser en su mayor parte ficticio. El pequeño libro provocó tal furor entre los analistas que, como Deutsch recordaba, uno de ellos «colocó detectives en todos los hospitales para preguntar si había ingresado un hombre, cuyas características se describían, en la fecha que, en el diario del Tagebuch, constaba que el padre se había puesto enfermo».15 La búsqueda resultó inútil y solo popularizó más el libro. En 1923, el año en que Hug-Hellmuth volvió a Viena, finalmente reivindicó la obra como su redacción personal del diario de una auténtica adolescente (tal vez el suyo). El relato adolescente, falso o no, contribuyó a la idea doble, cada vez más aceptada, de que los adolescentes, e incluso los niños, sufren neurosis y el psicoanálisis puede tratar tales aflicciones con tanto éxito como con los adultos.

No «podemos decir que el factor de que los pacientes paguen o no sea decisivo en el curso del análisis».16 Podría decirse que una de las afirmaciones más paradójicas de Max Eitingon, la hipótesis de que el pago en sí tiene poco o ningún efecto significativo en el curso del tratamiento psicoanalítico, era tan intuitiva como controvertida. Utilizaba datos cuantitativos para confirmar la viabilidad de la creencia de Freud en el acceso público al psicoanálisis, datos que hoy refutan las conclusiones de varios análisis clasistas de los casos de Freud.17 Eitingon creía que los pagos por el tratamiento debían negociarse, a pesar de cierta tensión inevitable, entre el paciente y el administrador o el médico. Eitingon personalmente podía manejar a la vez las preguntas monetarias y clínicas de un individuo, pero las preocupaciones mayores sobre el bienestar social que suscitó finalmente la cuestión del tratamiento gratuito eran notablemente complejas. El Poliklinik funcionaba como una organización privada de caridad, generalmente independiente de la supervisión del Estado y la supervisión regulatoria de Karl Moeli, director de la sección para casos psiquiátricos creada dentro de la división médica del Ministerio de Cultura de Berlín. Sin embargo, los honorarios, inusualmente bajos, generaron desacuerdos tanto dentro de la clínica como fuera de ella, y es de suponer que crearon cierta ansiedad en algunos psicoanalistas acostumbrados al modelo de práctica privada. Melanie Klein, en primer lugar, era plenamente consciente de ello. En sus pequeños diarios personales de la década de 1920, Klein registraba meticulosamente el tiempo de clínica que le debía al Poliklinik minuto a minuto. Con todo, Eitingon tenía confianza en que «el completo desinterés material» reforzaría al final la posición y la autoridad del analista del Poliklinik. Se enfrentó a analistas dubitativos que temían —o decían temer, y es inevitable preguntarse si no temían por el propio interés— que abandonar los honorarios significara renunciar a las oportunidades de presionar al paciente para abordar «complejos de importancia vital». Pero los tres argumentos de Eitingon sugerían que la lógica del «tratamiento gratuito» era total. Primero, el discurso de Freud en Budapest especificaba que «estos tratamientos deben ser gratuitos»; segundo, el Poliklinik no tiene reglas formales para el tratamiento gratuito; y, tercero, la independencia de los analistas respecto al tema de los honorarios tendría efectos favorables sobre su trabajo clínico.

Los análisis gratuitos y los análisis de pago se realizaban en el mismo lugar. Asimismo, los psicoanalistas trataban todos los casos por igual, sin reparar en la capacidad del paciente para pagar: los pacientes que podían pagar no estaban reservados a los analistas veteranos, ni el tratamiento gratuito era una obligación solo para los candidatos. En efecto, una suerte de escala móvil de honorarios a partir de cero y en ascenso eliminaba la línea divisoria entre tratamiento «gratis» y «de pago»». Los analistas veteranos no tenían elección. Incluso Eitingon trató a varios pacientes gratis, aunque no era conocido por su sagacidad clínica. Muchos de sus colegas, desde Sándor Radó hasta Alix Strachey, admitían que Eitingon tenía una formación filosófica excelente, y una vasta y sofisticada cultura, pero era demasiado inhibido personalmente como para desempeñar una práctica clínica con éxito.18 No obstante, los tres primeros empleados asalariados a tiempo completo fueron Eitingon y Simmel como codirectores, con Anna Smeliansky como su asistente, por una jornada de catorce horas todos los días. Se agregarían nuevos miembros al equipo a medida que cumplieran con tres criterios definidos que Abraham le expuso a Freud: «Nuestras condiciones para trabajar en el policlínico son: primero, suficiente formación neurológica y psiquiátrica; segundo, suficiente conocimiento de la literatura psicoanalítica; tercero, análisis personal del candidato».19 Hanns Sachs se instalaría pronto en Berlín para conducir muchos de esos análisis didácticos. Los miembros voluntarios de la sociedad sustituían a cada uno de los cargos en caso de enfermedad o durante las vacaciones, y «supervisarán el Poliklinik como representantes de Eitingon durante sus viajes», como Abraham se apresuraba a garantizar a sus colegas internacionales.20

Ante la perspectiva de que Theodor Reik se desplazara a Berlín, Freud le escribió a Abraham que: «El policlínico mismo se vería fortalecido en su posición de central del movimiento psicoanalítico».21 Reik era un hombre de letras de pobreza crónica y modelo original del analista sin formación médica. Su práctica desató tal escándalo que impulsó a Freud a publicar Análisis profano. Si Reik se trasladaba a Berlín, pensaba Freud, podría aliviar a Sachs de la carga de conducir todos los análisis didácticos de los candidatos, brindaría a Abraham una sustitución confiable para las series de conferencias y elevaría la estatura del Poliklinik dentro de la IPA y de círculos académicos más amplios. Mientras tanto, su ausencia de Viena mitigaría algunos de los conflictos internos de la sociedad local. Pero ni Abraham ni Eitingon recibieron bien la idea de Freud del traslado de Reik a Berlín. Estaban bastante contentos con las habilidades de Sachs y, más importante quizás, inseguros sobre el compromiso político de Reik. Además, el joven e inspirado analista Otto Fenichel acababa de trasladarse de Viena a Berlín.

Después de un verano lleno de evasivas sobre Reik, la llegada de Otto Fenichel a Berlín marcó la puesta en marcha de una nueva y viva programación en el Instituto. Fenichel organizó y actualizó el sistema de registro de la clínica (su fuerte) y organizó un grupo que finalmente llegó a convertirse en los celebrados Seminarios de Niños (Kinderseminar). El nombre de esta reunión era atractivo, aunque desorientaba porque no era en absoluto un seminario pedagógico sobre análisis de niños. En realidad, los Seminarios de Niños era un curso autónomo especial para los candidatos más jóvenes de Berlín interesados en el aspecto terapéutico y sociopolítico del psicoanálisis. Fenichel le propuso primero la idea a Eitingon, quien acordó apoyarlo reuniendo un grupo de discusión muy similar al que tenía años atrás en la escuela de medicina. Muchos años después, la analista Edith Jacobson recordaba a Otto Fenichel como «uno de los que mantenían su interés por los problemas sociológicos». La misma Edith Jacobson destacaría, al final de la década de 1920, como una de las más radicales psicoanalistas activistas de izquierda, tal vez en segundo lugar respecto al más extravagante Reich, pero ciertamente más sagaz. Jacobson era profunda y bella, una mujer más bien pequeña, con ojos de intensidad profunda y cabello castaño brillante recogido en un moño flojo. Siempre recordó los Seminarios de Niños, sin reservas, como ese «grupo especial que planteaba las relaciones entre sociología y psicoanálisis».22 Desde este círculo, Fenichel desarrolló, en 1931, el círculo interno de psicoanalistas específicamente dedicado a la expansión y circulación del pensamiento marxista freudiano. La esfera más próxima a Fenichel se ha descrito como de izquierda, y es correcto, pero afirmar que representaban la «oposición de izquierda en psicoanálisis» es engañoso porque las afiliaciones individuales eran simplemente una cuestión de grado.

Dejando a un lado las ideologías políticas, Eitingon insistía en que el trabajo de la clínica no pudiera llamarse inequívocamente «terapia de masas» por muchas razones. Primero, y sobre todo, Eitingon tenía la intención de suprimir los obstáculos financieros al tratamiento individual y no hacer del psicoanálisis una causa caritativa. Segundo, el término masas podía ser engañoso conceptualmente. Como Fenichel explicó más tarde en su resuelto esquema de psicología materialista-dialéctica, los psicoanalistas no utilizan la expresión «psicología de masas» para describir un «espíritu de masas». Atribuir un inconsciente universal a la psique individual es tan impreciso, escribía Fenichel, que «C. G. Jung tuvo que inventar la idea de un “inconsciente colectivo” [...] que obsesiona a las psicologías burguesas».23 En contraste, el psicoanálisis (incluso de muchos individuos) explora cómo un inconsciente individual interactúa con las reales condiciones sociales o ambientales; bajo ningún aspecto debía ser confundido con la imaginería sentimental de Jung. En términos prácticos el Poliklinik apuntaba a proveer de un tratamiento mental a gran escala en los márgenes del sistema médico pero, aun así, dentro de los parámetros de la práctica psiquiátrica.

Eitingon tenía la fortuna de entender el problema de la marginación en todas sus dimensiones. Desaprobaba la idea de que el Poliklinik trabajara por el «principio de tratamiento gratuito», porque temía que este concepto, en un Estado cada vez más empresarial, marginara la función de la clínica, y que los especialistas engreídos de la Charité urdieran alguna forma de apropiarse de este servicio. El Poliklinik se posicionó deliberadamente en contraste con las instituciones de enseñanza de Berlín como la Charité donde, desde el punto de vista de Simmel, el «proletariado» y las personas con seguros precarios se convertían en conejillos de Indias de los estudiantes mientras que los «pacientes con posibilidades de pagar honorarios altos» estaban exentos de semejante abuso. Simmel cuenta la historia de uno de sus primeros pacientes, una pequeña mujer decepcionada que se alejó del Poliklinik refunfuñando: «¿No hay lámparas ultravioletas?». Tímida e incómoda, había respondido sencillamente a las preguntas exploratorias de Simmel: «Sí, me dijeron... que estoy mal de los nervios». Aparentemente, otras clínicas la habían desestimado con indiferencia, como una mera molestia, diciendo que ella pertenecía al grupo etiquetado como «psicopáticos» o «neurasténicos». Como Simmel defendía el «carácter igualitario del psicoanálisis en sí», difícilmente se podía atribuir el acceso al tratamiento solamente a la capacidad del paciente para pagar.24 Las decisiones de tratamiento se basaban exclusivamente en el diagnóstico y la necesidad del paciente, no en la necesidad de los candidatos del Instituto (o de los estudiantes de medicina del Charité) de material para la formación. Y puesto que el grado de urgencia del caso determinaba cómo iba a ser tratado el paciente, del diagnóstico dependía si el tratamiento tendría lugar en el Poliklinik.

No se impedía a los pacientes pagar por su tratamiento. Simplemente no estaban obligados a hacerlo. Se esperaba que los pacientes pagaran lo que estimaran que podían permitirse. Las personas que no podían pagar, como estudiantes, trabajadores en paro u hombres y mujeres indigentes, eran analizados sin cargo. Como cada individuo era admitido a tratamiento en base solo a la necesidad diagnosticada, la mera capacidad para pagar no determinaba el acceso a la terapia. Se creía en los informes que daban los propios pacientes sobre su estatus financiero: que dijeran que podían o no pagar no era un factor importante. La expectativa de que los pacientes pagarían «tanto o tan poco como puedan o crean que pueden» (cursiva en el original) era más importante como tema del practicante clínico que como tema administrativo.25 Los honorarios de la consulta inicial eran aproximadamente de un dólar (en 1926), con sucesivas visitas que oscilaban en una escala de veinticinco céntimos a un dólar. Los honorarios se basaban en una evaluación personalizada de los ingresos del paciente o la familia y de las «responsabilidades», el término utilizado por el psicoanalista americano visitante Clarence Obendorf para describir las obligaciones financieras como el alquiler o la comida. Los informes de Obendorf intentaban ofrecer a sus escépticos colegas de Nueva York una versión realista de cuánto podía obtener el solicitante del tratamiento.26

En función de su estatuto de caridad privada sin ánimo de lucro, los fondos generales de la sociedad de Berlín, los pagos de los pacientes y las donaciones privadas sostenían el Polklinik. Como los doce miembros de la sociedad trataban sin cargo al menos a un solicitante clínico en su consulta privada, la clínica podía llevar al mismo tiempo a doce pacientes sin pagar. Alternativamente, los miembros de la sociedad podían donar el importe equivalente de sus ingresos profesionales anuales para apoyar a la clínica. Pero incluso los miembros que elegían no atender a pacientes sin cargo ni hacer donaciones extra estaban obligados a apoyar al Poliklinik porque se creó un sistema de inscripción dentro de la estructura de cuotas de la sociedad. En su carta del 26 de agosto a Therese Benedek, una joven psiquiatra húngara instalada recientemente en Leipzig, Abraham describía los requerimientos para la admisión en la Sociedad Psicoanalítica y explicaba los honorarios: «Las cuotas de miembro consisten en 8 marcos anuales para el Comité de Dirección de la Asociación Internacional & 200 marcos para el grupo local [Berlín]. La magnitud de esta segunda cuota se explica por la necesidad de apoyo al Poliklinik».27 Los honorarios reales provenientes de los pacientes, es decir, los ingresos, cubrían aproximadamente —y solamente— el 10% del presupuesto operativo del Poliklinik. El presupuesto del Poliklinik sufragaba los salarios, el alquiler, los archivos, el mantenimiento y la gestión del centro. Los miembros del equipo permanente cobraban salarios bajos, los cuales, comentaba Eitingon, «no están en relación con sus servicios o los sacrificios que hacen». Por ejemplo, los ayudantes remunerados recibían cada uno 75 marcos o 18 dólares mensuales, que procedían de los fondos generales de la Sociedad Psicoanalítica de Berlín. Estos pagos salían de la cuenta bancaria de Eitingon, de la cual la IPA también recibió «un nuevo fondo ψ por valor de un millón de coronas (5.000 dólares)». Freud informaba satisfecho de que esto «ha puesto fin a nuestros temores más acuciantes».28 Mientras tanto, en 1920, los gastos de la clínica durante ocho meses ascendieron a 20.000 marcos (5.000 dólares), con solo 2.500 marcos (600 dólares) en ingresos. Entre octubre de 1920 y octubre de 1921 el alquiler fue de 60.000 marcos (14.500 dólares) con 17.500 marcos (4.206 dólares) de ingresos. Históricamente, las clínicas de salud mental con políticas muy abiertas para el acceso al tratamiento pueden verse inundadas de pacientes; en cambio, solo esta política aperturista permite admitir a los pacientes de acuerdo con su necesidad diagnóstica y no precisamente con su capacidad personal para pagar. En consecuencia, reconocía Eitingon, la independencia económica del Poliklinik realmente daba a los practicantes mucho mayor acceso a pacientes que la práctica privada.

Ernest Jones estaba entonces en Londres, mirando con envidia desde lejos cómo el Poliklinik crecía en capacidad y estatura pero resistiéndose a embarcarse en un proyecto como ese. Le mencionó a su amigo Jan van Emden la nueva fundación del Poliklinik y también apuntó la llegada a Berlín de dos psicoanalistas inventivos, «Frau Klein de Budapest analizará a niños [...] Sachs analiza a un número de doctores que desean estudiar Psa y trabajar en la Clínica».29 Hanns Sachs, un miembro de la sociedad de Viena desde 1909 y coeditor con Otto Rank de la revista Imago, iba a quedarse en Berlín como maestro de maestros, formando analistas hasta que se marchó a Boston en 1932. Jones pronto llevaría a Melanie Klein a Londres y finalmente estableció la clínica propia de la sociedad británica en 1926. Pero en 1920 Jones aún pasaba demasiados apuros para sustraerse a sus objeciones a la clínica: «Debemos reflexionar cuidadosamente antes de prestar nuestro prestigio a una institución que puede hacer más daño que bien al psicoanálisis a los ojos del mundo exterior», escribía a sus colegas en Viena y Berlín.30 Consideraba alarmante el auge reciente del «análisis salvaje», a pesar de la campaña de los berlineses para ofrecer formación profesional a todos los nuevos practicantes, y pensaba que «la relación entre terapeutas médicos y profanos era exactamente opuesta a lo que debería ser». Para Jones, los analistas no médicos (o «profanos») jamás habían tenido realmente el mismo nivel de autoridad clínica que los médicos. Aunque Jones invocaba constantemente la autoridad de Freud en asuntos de psicoanálisis, no estaba de acuerdo en que la educación médica no era fundamentalmente beneficiosa (ni en que pudiera incluso dificultar) el psicoanálisis eficaz. Admiraba la posición conservadora y excluyente de Brill en Nueva York. Más tarde, le escribía a Eitingon: «El punto de vista americano sobre el análisis profano no me inspira tanta antipatía como a mucha gente en Europa. Incluso me inclino a pensar que lo compartiría si viviera en América».31 A pesar de su fe en Freud y de su desprecio por los americanos, Jones se puso del lado de estos en la batalla para mantener el dominio médico de la profesión. De modo que no es de extrañar que la reiterada oferta de la psicoanalista Barbara Low para investigar la clínica de Berlín en nombre de la sociedad británica fuera aplazada por lo menos un año. Barbara Low era amiga y colega de Alix y James Strachey y su grupo literario de Bloomsbury. A mediados de la década de 1920, Alix y James se convertirían en los traductores expertos de Freud y viajarían entre Londres y Berlín a menudo para sus análisis. Así que Low se sentía cómoda en Berlín, pero su propuesta «de que se realizara un informe sobre la organización, financiera y demás de la Clínica Psicoanalítica de Berlín lo antes posible con vistas a establecer una clínica freudiana en Londres» quedó aplazada.32 Cuatro años más tarde, Low fue finalmente a Berlín, y su informe sobre el Poliklinik se convirtió en el plan que regiría la Clínica Psicoanalítica de Londres. Jones, un médico, se convertiría en su director.

En aquel mes de julio, aunque el Poliklinik de Berlín abrió sin aparentes obstáculos gubernamentales, el proyecto para una clínica en Viena fue recibido con mucha más cautela. Eduard Hitschmann, uno de los héroes anónimos del psicoanálisis y un socialdemócrata convencido, insistía en que los psicoanalistas debían tener una clínica gratuita y con ese propósito combatió al afianzado sistema médico y psiquiátrico de Viena. Durante dos años más, Hitschmann tropezó con obstáculos gubernamentales para abrir el Ambulatorium. Pocos analistas estaban en mejor posición que Hitschmann para actuar en interés de la sociedad de Viena creando una clínica gratuita. Respetado por sus homólogos como un «modelo de orden y exactitud en su trabajo y competencia» y un gran psiquiatra para el diagnóstico, Hitschmann parecía disfrutar del mismo modo al confrontarse con la circunspecta burocracia médica.33 Competitivo y enérgico, y espoleado en lo personal por las noticias del éxito inmediato de Max Eitingon en el Poliklinik de Berlín, Hitschmann estaba decidido a organizar una clínica ambulatoria similar. La mayoría de los analistas de Viena estaban predispuestos a poner en marcha una clínica gratuita, pues su deontología médica alentaba los servicios gratuitos; sentían que debían incorporarse al nuevo movimiento, y al mismo tiempo intervenían otras motivaciones, como el interés por ganar legitimidad y afianzar su práctica. «Cada rama de la medicina tenía su clínica gratuita. Así que no era raro para los psicoanalistas con inquietudes sociales decidir que también nosotros debíamos tener una», dijo la hija de Martin Pappenheim, Elsa, quien emigró bajo coacción en 1938, cuando aún era una psicoanalista en formación.34

Al fin, el Ambulatorium tomó forma, en gran parte, gracias a las habilidades de Hitschmann, pero también gracias al activo interés socialista en las clases bajas de la sociedad de Paul Federn y de Helene Deutsch.35 Aunque, curiosamente, el comienzo del Ambulatorium de Viena estuvo marcado por la desconfianza desde todos los sectores. Las peticiones de Hitschmann para establecer una clínica psicoanalítica para pacientes externos en nombre de la Sociedad Psicoanalítica de Viena fueron rechazadas tanto por el Departamento Médico del Estado como por el Consejo Municipal del Equipo Médico del Hospital General. Desafortunadamente, incluso el nuevo gobierno socialdemócrata hacía una distinción entre salud física y salud mental y dudaba antes de conceder a la enfermedad psicológica la misma cobertura que a la tuberculosis y a la higiene dental. Sin embargo, la resistencia mortificante con la que tropezó Hitschmann durante dos años mientras preparaba el Ambulatorium se debía menos a la clínica gratuita como una institución que al psicoanálisis como método de tratamiento. Tal como Freud lo había vaticinado en su discurso de Budapest, el apoyo público de la clínica iría a la zaga de la iniciativa benéfica privada de los psicoanalistas. Pero Freud, que se entusiasmaba ante la inauguración del Poliklinik en Berlín solo ocho meses antes, escribió a regañadientes a Ferenczi que «básicamente le harán un favor a la clínica si nunca llega a realizarse. No es apropiada para Viena».36 También le sugirió a Karl Abraham que la solicitud de la sociedad de Viena para una sección psicoanalítica en el Hospital General iba completamente en contra de sus deseos: «Si la conseguimos, será algo muy contrario a lo que deseo —escribía Freud—, porque tendría que estar bajo mi nombre, no puedo dedicarle tiempo alguno y en la Asociación no hay nadie a quien pueda confiarle la dirección».37

La ostensible retractación de Freud desde su manifiesto de Budapest en 1918 siguió una dinámica compleja e interesante. La ideología gobernante de la cultura política vienesa ahora era inequívocamente socialdemócrata, y Freud podía permitirse mostrar una dimensión política más reactiva. A nivel personal se sentía agobiado por la edad avanzada (sesenta y cuatro años) y recelaba de las interferencias que la creciente carga de trabajo y las tareas de dirección producían en su práctica. Se lamentaba de una aparente falta de liderazgo independiente entre los analistas vieneses. La Sociedad Psicoanalítica de Viena carecía de administradores eficientes como Eitingon o incluso Jones, una situación creada quizá debido a la preeminencia de Freud, que no por evidente era menos preocupante. A nivel político, y en contraste con su anterior demanda proactiva para las clínicas psicoanalíticas gratuitas, Freud temía ver al psicoanálisis enteramente secuestrado por la izquierda ahora que se había cumplido el cambio de Viena hacia la izquierda. Difícilmente querría que el gobierno municipal legitimara los cometidos cívicos explotando su trabajo. Freud necesitaba situarse a la izquierda del partido de derecha dado que los socialcristianos eran abiertamente antisemitas, pero también buscaba apartarse del compromiso político manifiesto. Era una posición compleja en la que Freud incurriría periódicamente a lo largo de su vida, puesto que pretendía mantener al psicoanálisis por encima de la esfera política.

Los psicoanalistas vieneses de la década de 1920 representaban por entero el espectro político de la izquierda, desde los socialdemócratas a los comunistas. El hecho de que algunos se fueran muy a la izquierda no significa que otros se situaran muy a la derecha. «Entre la mayoría de los intelectuales, lo que aquí [en Estados Unidos] es un liberal era un socialista, un socialdemócrata en Viena», explicaba Grete Lehner Bibring.38 Wilhelm Reich se fue finalmente a una posición radical de izquierda y se afilió abiertamente al partido comunista. Pero otros analistas, como Paul Federn, pensaban que los comunistas eran peligrosos para el naciente movimiento psicoanalítico no por su ideología, sino porque eran objeto de arresto o supervisión policial y podían ser dados de baja de su afiliación al partido si se los descubría en análisis. Los socialdemócratas, en cambio, eran personas como él mismo. Con una madre que abogó por los derechos de las mujeres, un padre cuya práctica como médico de familia se inclinaba por los pobres, y una hermana, Paula Federn, que fundó la primera agencia privada de asistencia social en Viena, Bienestar Social de Viena, y que era el epítome de la rama socialdemócrata del progresismo. Así que era importante distinguir entre «comunista» como una afiliación política de partido y «socialista» como una ideología política nominalmente marxista alineada con los socialdemócratas.39 Sigmund Freud a menudo repetía su oposición al comunismo per se, pero ese era un partido diferente; y los psicoanalistas, incluidos Freud y Grete Lehner Bibring, siguieron siendo «todos socialdemócratas porque ese era el partido liberal para nosotros».40 La generación más joven de analistas vieneses estaba profundamente apegada a los austromarxistas del ayuntamiento, mientras que Freud y los analistas mayores, cuyos valores se basaban en la tradición clásica liberal, sencillamente se identificaban con ellos.

Sin embargo, ambas creencias, que el psicoanálisis tenía una misión política implícita y que el freudismo era progresista, eran ampliamente aceptadas por sus practicantes, por el gobierno socialdemócrata de Viena y por los círculos intelectuales de vanguardia en Europa y América.41 A Emma Goldman, la anarquista americana, que asistió a las conferencias de Freud en 1909 en la Universidad de Clark, le había «impresionado profundamente la lucidez de su mente y la simplicidad de su alocución». Goldman anotó en su autobiografía, Viviendo mi vida, cómo el discurso de Freud se hacía eco de los temas de sexualidad femenina y liberación de la opresión de los que ella le había oído hablar por primera vez en 1896. Freud y el psicoanálisis aterrizaron oficialmente en América en septiembre de 1909 para la Conferencia del Vigésimo Aniversario de la Universidad de Clark, realizada en Worcester, Massachusetts. Invitado por el psicólogo Stanley Hall para recibir un título honorario, Freud, inicialmente reticente, cruzó el Atlántico en compañía de Carl G. Jung y Sándor Ferenczi. Freud improvisó en alemán, y dio cinco conferencias en cada una de las cuales desarrollaba un descubrimiento psicoanalítico específico. La última conferencia exploraba cómo la «civilización» demanda represión y la aplicación de un código moral particularmente riguroso a las «clases cultivadas». La moral puritana de la ética en América ejemplificaba, para Freud, la represión inherente en los códigos morales de la civilización. Desafiando el estilo somático extendido por entonces en la psiquiatría americana, las ideas de Freud fueron recibidas con ambigüedad. No obstante, las conferencias de 1909 representaron un hito en América para las ciencias sociales y de la conducta. Para el neurólogo James Jackson Putnam, la visita «tuvo una inmensa importancia», mientras que el psicólogo de Harvard William James, el psiquiatra Adolph Meher y el antropólogo Franz Boas eran más ambivalentes.42 Los periódicos y revistas lo encumbraron y reprobaron alternativamente, poniendo el acento en una frase, y estas relaciones ambivalentes se han prolongado hasta nuestros días. El resentimiento americano hacia Freud aún perdura de muchas maneras, pero el sentimiento ha sido siempre recíproco. Incluso a mediados de la década de 1920 Freud trató de evitar las preguntas americanas sobre socialismo y otras opiniones controvertidas, diciendo «políticamente, no soy nada» al periodista del Greenwich Village Max Eastman, que antes había publicado un libro sobre Freud y Marx. Al mismo tiempo, Freud le decía a Eastman que Lenin estaba llevando a cabo «un experimento sumamente interesante», bastante racional por su serio aspecto científico, pero bastante anarquista para ser aceptado por algunos brillantes analistas jóvenes como Otto Fenichel y Wilhelm Reich.43 Eastman estaba casi disuadido del progresismo de Freud.

Ciertamente, en 1920 Freud se sentía cómodo con los políticos socialdemócratas del momento. Como le dijo a Ferenczi, estaba encantado de recibir una invitación para incorporarse al comité del alcalde Jakob Reumann, dirigido por Clemens Pirquet y Julius Tandler, reformadores influyentes en la salud pública de la Viena Roja, para supervisar un fondo internacional para el bienestar infantil.44 El barón Clemens von Pirquet, que se unió al proyecto de Freud y Tandler para el bienestar infantil, era una de esas figuras extraordinariamente inventivas de début de siècle en Viena. Un pediatra de aspecto distinguido al que describían como «sumamente amable y cortés aunque muy nervioso» quienes financiaban su laboratorio en la Fundación Rockefeller, Pirquet también introdujo el concepto de alergia dentro del lenguaje médico corriente y fue pionero de la nutrición moderna con el sistema de mediciones basado en unidades de leche.45 Era afín a muchos psicoanalistas, como Helene Deutsch, quien acababa de terminar su período de psiquiatra de guerra y estaba interesada en la salud mental en la infancia. En algunos aspectos el proyecto se ajustaba claramente al interés primordial de los socialdemócratas por reconstruir Viena alrededor de un núcleo de bienestar público centrado en el niño —y la familia— y a su necesidad de hacer un uso constructivo de los fondos extranjeros. Por otra parte, como Richard Pearce observó con acierto, el antagonismo entre Tandler y Pirquet, «el primero representaba el punto de vista socialista, y el segundo, el aristocrático», dio lugar a enfrentamientos por los recursos en la Universidad de Viena.46 En el momento en que Pirquet se integró a la campaña americana de ayuda a los niños austríacos, el Fondo de la Commonwealth había decidido ayudar a su famosa Kinderklinik a ampliar y reparar el hogar de convalecencia para niños tuberculosos. Varias subvenciones especiales ayudaron a reemplazar equipos técnicos desgastados e instrumental quirúrgico utilizado especialmente para operar a niños. En consecuencia, Eli Bernays, el rico y filantrópico cuñado de Freud, que vivía en ese tiempo en Estados Unidos, agregó un millón de coronas a la ayuda de 13 millones de coronas (608.000 dólares) de un grupo de médicos americanos interesados en fomentar la infraestructura médica de Viena, incluidos los hogares de convalecencia para niños.47 Como aún estaban frescas las imágenes del daño humano de la guerra, la decisión vienesa de aceptar subvenciones, incluso preferenciales, de los americanos ricos no fue difícil. Los americanos, sin embargo, eran responsables de administrar ese legado moral y equitativamente. Cabe destacar que, entre las fundaciones que orientaban el bienestar moderno del niño y la investigación sobre el desarrollo del niño, el Laura Spelman Rockefeller Memorial (LSRM) respondió con gran entusiasmo a la idea de que cultivar la buena higiene mental en la infancia produciría adultos sanos. Según la mayoría de los desarrollistas, incluido Freud, el carácter humano, la personalidad e incluso la fisiología individual son aspectos sumamente vulnerables a las influencias medioambientales en la infancia. Una sociedad pacífica y productiva de posguerra estaría por ello deseosa de unos servicios sociales atentos y progresistas en la educación temprana, dedicados al bienestar de los niños. En ese momento el LSRM estaba dispuesto a invertir directamente en los servicios sociales prácticos de Julius Tandler.

Freud era bastante más ambivalente respecto a otros doctores vieneses prominentes que no estaban afiliados a los socialdemócratas. Entre ellos, el neurólogo Julius von Wagner-Jauregg era entonces director de la principal clínica psiquiátrica pública de la ciudad y, en 1920, era un psiquiatra tan conocido en Viena como Freud. Delgado y de apariencia adusta, el porte severo de Wagner-Jauregg lo acentuaban el rictus de la boca hacia abajo, el largo bigote engominado y el pelo cortado al cero. La compasión no era su fuerte, pero, no obstante, era un profesor inspirado y un formidable investigador que recibió el Premio Nobel por su descubrimiento en 1927 del tratamiento del paludismo para la parálisis general. Sin embargo, en 1920 la Comisión de Investigación sobre el Abandono del Deber Militar del gobierno de la ciudad acusó a Wagner-Jauregg de haber usado de forma letal la electroterapia en soldados con traumas de guerra. La comisión, constituida por socialdemócratas prominentes, invitó a Freud a testificar como un testigo experto en las audiencias del 14 y el 16 de octubre, donde se investigaban las acusaciones de tortura practicada por psiquiatras militares bajo la competencia de Jauregg. Desde 1918 el Arbeiterzeitung y otros periódicos habían publicado relatos personales espantosos: a algunos soldados que sufrían de neurosis de guerra se los había acusado de fingirse enfermos o de pusilanimidad y torturado en la clínica de Wagner con «faradización» o corriente eléctrica hasta ocasionar la muerte o el suicidio. Aún leal a los Austrias, Wagner-Jauregg unía el deber patriótico con el poder médico y prescribía celdas de aislamiento, camisas de fuerza y quema selectiva como terapias para soldados que él consideraba inútiles para la causa militar. Pero la brutalidad psiquiátrica, aun cuando pasara por deber patriótico, sencillamente indignaba a Freud. Los psiquiatras habían «actuado como ametralladoras detrás de las líneas del frente, forzando a volver a los soldados que huían», dijo Freud en el estrado.48 Más aún, el tono de su texto, «Informe sobre la electroterapia de los neuróticos de guerra» no era el de un texto clínico, sino el de una declaración política.

Comenzaba el ensayo como lo haría un colega diplomático, sugiriendo que Wagner-Jauregg era un hombre de principios que había actuado en contra de su mejor juicio psiquiátrico por un compromiso cívico con los intereses del Estado. Si bien ambos hombres estaban de acuerdo en la sintomatología subyacente en la neurosis de guerra, disentían en el tratamiento, pero Freud concluía con una crítica fulminante de la psiquiatría militar tradicional y de guerra. El reclutamiento no era un deber patriótico del Estado, decía, sino lo contrario, la «causa inmediata de todas las neurosis de guerra, que genera rebeldía contra la implacable supresión de la personalidad que los superiores imponen [al soldado]». La disposición de Wagner-Jauregg a actuar en sintonía con el Estado corporativo, al apoyar implícitamente el uso gubernamental de la violencia, deshonraba la preocupación humanitaria del médico por el individuo.49 Freud le había dicho a Ferenczi que «trataría naturalmente [a Wagner-Jauregg] con la más clara benevolencia», añadiendo que los hechos «tenían que ver con la neurosis de guerra».50 Solo quería mostrar al tribunal cuánto se diferenciaban sus respectivos enfoques teóricos y clínicos sin atacar personalmente a su colega. Precisamente en ese momento la Sociedad Psicoanalítica vienesa estaba ideando los planes para su propia clínica gratuita y Freud sabía que el proyecto requeriría al menos una diplomacia nominal con su conservador rival. Wagner-Jauregg fue finalmente exonerado pero continuó representando para Freud el anticuado sistema médico de Viena y el dominio de una postura punitiva y reaccionaria en psiquiatría.

Muy pronto, sin embargo, Freud halló la cortesía de la psiquiatría institucional de Viena y fue más hábil que Wagner-Jauregg. Los funcionarios hostiles y una burocracia médica aletargada bloquearon una y otra vez durante los dos años siguientes la propuesta de Hitschmann para el Ambulatorium. Dado que la licencia para abrir la clínica estaba en manos de los conservadores opositores al psicoanálisis de la comunidad, Hitschmann se hizo con el respaldo de su colega médico Guido Holzknecht. Muy respetado como eminente radiólogo del momento, asistente en la clínica de Hermann Nothnagel y en contacto con la Sociedad de Médicos que gobernaba el Hospital Allgemeines, Holzknecht también había sido miembro de la Sociedad Psicoanalítica vienesa desde 1910.51 Holzknecht, Freud y Hitschmann eran amigos y compañeros, convencidos por igual de que la investigación de la mente inconsciente y del interior del cuerpo tenían metas equivalentes. El genio de Holzknecht para descubrir tumores era la contrapartida fisiológica a la detección de Freud de las neurosis. Holzknecht y Freud se hallaron también asociados como doctores y pacientes recíprocos: Holzknecht, antiguo analizante, fue el radiólogo que trató el cáncer de Freud en 1924, y en 1929 Freud visitó a Holzknecht, quien se moría de cáncer por sus propios experimentos, con el brazo derecho ya amputado. Freud le dijo: «Debes ser admirado por la manera en que soportas tu destino», y Holzknecht replicó: «Sabes que solo he de darte las gracias a ti por ello».52 Claramente, Hitschmann había encontrado un influyente portavoz y estratega.

Aun así, pasarían dos años enteros de maniobras tácticas planificadas antes de que el Hospital Allgemeines designara y aprobara oficialmente la sección para el Ambulatorium. Al parecer, la primera intervención personal de Holzknecht con la administración fue bien. El 16 de junio apuntó con optimismo la prometedora visita a la dirección del departamento y escribió a Hitschmann que «habrá sitio en los próximos meses para un “Ambulatorium para el tratamiento mental” en el Hospital Garrison N.º 1. Pero ¿cómo comenzar? ¿Con quién comenzar? Pienso en la asociación con una de las secciones en el Hospital General, aunque desafortunadamente en la mía es imposible. (Con todo, ¡nada es realmente imposible!)».53 Hitschmann siguió el consejo optimista de su colega y apenas cinco meses después de que abriera la clínica de Berlín, su petición fechada el 1 de julio estaba en manos del Consejo Superior de Médicos del Hospital Allgemeines, la autoridad de la salud pública local del Departamento Médico del Estado y la Sociedad de Médicos presidida por Wagner-Jauregg. El Ambulatorium psicoanalítico, prometía Hitschmann, no competiría con el departamento de psiquiatría por los pacientes ni disminuiría el uso de terapia médica, sino que aportaría otras formas de tratamiento. Difícilmente podría considerarse al psicoanálisis como rival de otros departamentos del hospital, «dado que la psicoterapia, por no hablar del psicoanálisis, no se practica en ninguno de ellos». Aunque la psicoterapia había sido inaccesible para las «más amplias masas hasta hoy», estaba «preparada para las aplicaciones prácticas en un campo más amplio. El Ambulatorium se limitará a las personas enfermas menos atendidas».54

Un edificio impresionante de ladrillos rojos que alojaba el Hospital Militar (Hospital Garrison N.º 1) fue el lugar elegido para situar el Ambulatorium por su adecuada proximidad al Hospital General y porque algunas de sus habitaciones de tratamiento se habían quedado vacías desde el final de la guerra. Estas instalaciones se podían poner en servicio con bastante eficiencia, calculaban los psicoanalistas, pues necesitaban como máximo una sala de espera, otra zona amplia en la cual examinar a los posibles pacientes y algunas pequeñas habitaciones de tratamiento. Requerimientos modestos tal vez, pero la rama del hospital de la Sociedad de Médicos —el órgano de gobierno de la profesión médica austríaca— estaba a cargo de la asignación de instalaciones y no veía la necesidad de incrementar el ritmo lento de su proceso de decisión. Holzknecht, miembro de ese consejo (junto con Wagner-Jauregg), transmitió a Hitschmann, su amigo y «colega más estimado», algunos informes e instrucciones confidenciales para la acción futura: «Nuestra propuesta no fue planteada en la primera reunión del Consejo Médico del hospital. No hice nada al respecto para no ser identificado desde el principio como partidario. Te recomiendo encarecidamente que visites al director Dr. Glaser y, sin insistir demasiado, preguntes sobre el destino de la propuesta presentada repetidamente, para que la misma no se pierda dentro del agujero negro de la burocracia».

Las infructuosas negociaciones prosiguieron. Por razones no aclaradas, la audiencia que había solicitado Hitschmann fue cambiada del Consejo Médico local del hospital a la reunión de octubre de la Junta Médica Estatal. Según lo que los doctores filtraron de aquella sesión no conclusiva, Holzknecht rondaba charlando desenfadadamente cuando de repente el secretario de la junta le avisó de que los doctores Wagner-Jauregg y Jakob Pal estaban preparados para oírle. Holzknecht informaba sobre los actos del 23 de octubre, explicando que mientras «les leía las palabras introductorias de vuestra propuesta», Jakob Pal, un profesor de medicina interna y miembro también de la junta, interrumpió y pidió a Wagner-Jauregg que examinara los planes y emitiera una opinión experta. El consejo al completo estuvo de acuerdo, unánimemente. Era «el método austríaco», le dijo Holzknecht con desaliento a Hitschmann. Esta vez no se pudo hacer nada más que presionar a Wagner.55 Así que el aristocrático Wagner von Jauregg, seguramente aún resentido por la aparición de Freud en su juicio, se tomó el año siguiente completo para examinar el documento, ejercer su jurisdicción y, finalmente, llegar a una decisión provisional en julio de 1921.

En contraste con el moroso progreso de la petición de los psicoanalistas para una clínica gratuita, otras ramas del nuevo Departamento de Salud Pública de Viena avanzaban rápidamente. En noviembre de 1920, Julius Tandler fue nombrado consejero a cargo de la Oficina de Bienestar Público vienesa, cargo que mantuvo con energía hasta febrero de 1934. Tandler consideraba que el Estado, junto con un programa de bienestar comunitario, era el remedio más viable y conveniente al deterioro generalizado de posguerra en casi todos los aspectos de la vida humana en Viena. En línea con la evolución cultural de la Viena Roja, se convocó una reorganización completa de la estructura de salud y bienestar, y Tandler, junto con Hugo Breitner, Otto Glöckel, Karl Seitz y otros socialdemócratas, se convirtió en su principal arquitecto.

Las teorías de Tandler sobre los beneficios y el derecho al bienestar social provenían de modelos anteriores, como los programas a gran escala de Bismarck para la salud doméstica, los accidentes y las pensiones a la vejez. En una curiosa contradicción ideológica nada inusual en la política del siglo XIX, los programas progresistas de Bismarck se debían al impulso conservador de apartar a los trabajadores alemanes del movimiento socialista (aunque tuvieron el efecto contrario). Como Bismarck, aunque por diferentes motivos, Tandler se proponía ligar a los trabajadores al Estado, y viceversa. «En Alemania —escribía—, el 10 o el 15% de todos los niños nacidos con vida están contemplados en el sistema de bienestar; en Austria las cifras son del 4 o 5 ‰».56 Esto lo escribía admirado, no porque creyera que el Estado debería anular la responsabilidad de los padres en el cuidado de tantos niños sino porque, en caso de ocuparse de ellos, el Estado podría demostrar su capacidad para cuidar de los niños cuyas vidas las habían puesto en peligro condiciones ambientales y sociales más amplias. Se había creado en Viena un ambiente catastrófico después de la guerra, y Tandler respondía centralizando todas las instituciones de bienestar de la ciudad en una única Oficina Pública de Bienestar con controles legales y profesionales. Su primera preocupación —reducir las políticas paternalistas de la caridad para el «cuidado de los pobres» sustituyéndolas por formas modernas y planificadas, mucho más respetables, de asistencia directa— dio lugar a otras reformas administrativas. El interés particular de Tandler en las necesidades y derechos de los niños correspondía, en ese preciso momento, a la emergencia de nuevos estudios científicos sobre el desarrollo infantil y las nuevas técnicas de tratamiento, así como la educación de la primera infancia y el análisis infantil, todo lo cual implicaba la necesidad de servicios de bienestar social. Los psicoanalistas estaban de acuerdo porque creían que el Ambulatorium cambiaría el paradigma estigmatizador de la caridad en el tratamiento gratuito de la salud mental por el de servicio social.

Los servicios sociales de posguerra en Viena ofrecen un mapa virtual de los avances en la práctica del trabajo social moderno desde 1900 —cuando era sobre todo la provincia de la benevolencia de las clases altas que velaban por la moral— hasta la década de 1920, en que se transformó en una profesión instruida. En la Viena Roja algunos de los patrocinadores del trabajo social y el bienestar social internacional, la Fundación Rockefeller y el Fondo de la Commonwealth, colaboraron con los dirigentes de la atención sanitaria de la ciudad, como Julius Tandler, Clemens Pirquet y Guido Holzknecht. Los representantes de la Fundación Rockefeller observaban las políticas de Tandler con cierta ambivalencia, pero en general estaban de acuerdo en los objetivos. Era bien conocida su simpatía por el psicoanálisis, así como lo era la de Holzknecht, e influyeron en todas las grandes campañas de bienestar social de esos años formativos. La unión de los patrocinadores internacionales, los dirigentes de la ciudad y los psicoanalistas locales apoyando las políticas progresistas en el bienestar de los niños, supuso para la nueva profesión del trabajo social su respetada posición dentro del estado del bienestar.

En cada uno de los distritos de Viena una mujer designada como una «agente de bienestar» visitaba los hogares de los niños al cuidado de familias que no eran las de los padres biológicos, o de los niños adoptados y de los nacidos fuera del matrimonio. Esta agente trabajaba en los centros de orientación maternal en zonas residenciales y supervisaba las inspecciones médicas escolares, prestando atención a los problemas familiares y los signos de potencial abuso sexual o físico. Con un dinero extra, podía complementar en pequeña medida las necesidades de una familia, comprando ropa o zapatos para un niño o un equipo nuevo para un padre a punto de perder su trabajo por carecer de herramientas de carpintería. Por supuesto que ella documentaba sus observaciones sobre las condiciones de vida del niño: la naturaleza misma de su trabajo consistía en la alianza fructífera de la asistencia práctica con la metodología más actual de la universidad, la observación directa del comportamiento del niño. El motivo central de una asistente social estaba (y está) sujeto siempre a la interpretación, y autorizarla dentro del hogar familiar significaba renunciar a la jurisdicción sobre sus miembros del supuesto control del Estado. Pero se puede admitir el motivo opuesto: un gobierno puede estar más interesado en garantizar la seguridad y el bienestar de sus niños que en sustentar la falsa dignidad de las estructuras de la familia tradicional. Así es como Tandler refutaría las acusaciones de los socialcristianos respecto a que las asistentes sociales apartaban a los niños de las familias: «Solo puedo decir que estamos haciendo lo que está en nuestra mano para dejar a estos niños con sus familias en todos los casos posibles. Pero [...] lo primero que tenemos que preguntarnos es si los padres son realmente capaces de criar a sus hijos».57 En cualquier sociedad que concede gran importancia a la idea de privacidad, las visitas al hogar familiar se experimentan como intrusivas y humillantes, salvo quizá cuando una emergencia requiere un médico junto a la cama del paciente. Pero, aunque la patriarcal y monárquica Austria sustentaba la supremacía de la autoridad parental, las políticas de bienestar de la Viena Roja afirmaban el derecho del Estado a proteger al niño.

Dada la preocupación vienesa por la protección de los niños y la propia creencia de Julius Tandler en el valor de la asistencia familiar específica, el gobierno estandarizó y estrechó los lazos entre los centros de salud pública infantil y los servicios de apoyo en el hogar. Las nuevas oportunidades para enseñar a las madres jóvenes no solamente en sanidad, que ya eran bastante buenas, sino también en la nutrición y la lactancia materna o en el tratamiento de la fiebre y las infecciones culminaron en la creación de una nueva ocupación: la Fürsorgerin. A medio camino entre una enfermera y una asistente social, pero más influyente que la combinación de ambas, el título de Fürsorgerin no tiene una contrapartida real en Estados Unidos. El impresionante prestigio de la Fürsorgerin provenía de un sistema sanitario especialmente centralizado y de un sistema de asistencia social que daba la responsabilidad del cuidado infantil directamente al gobierno, y por ello podía normalizar los abordajes en temas de bienestar infantil como los niños ilegítimos y huérfanos, o el abuso y el descuido de los niños. En tanto que asistente social, esta funcionaria (porque era en gran medida una profesión de mujeres) podía contar con la ley para apoyar sus decisiones, y, en tanto que funcionaria de la salud pública, su juicio era respetado por el peso médico que comportaba. A cada condado se le asignaban las Fürsorgerinnen entrenadas para asistir a los médicos en los dispensarios de salud prenatal o infantil, así como a las familias que vivían en sus áreas geográficas de influencia. Los autores del informe del Fondo de la Commonwealth sobre las viviendas Gemeindebauten declaraban: «¡Se encuentran dispensarios en toda clase de edificios públicos o semipúblicos: hospitales, ayuntamientos, edificios comerciales, casas municipales de vecinos, los cuales están decorados con un estilo moderno exquisito!».58 Los niños no estarían privados de atención aunque sus sobrecargadas madres carecieran de tiempo para el pediatra. Las madres veían, en cambio, que la Fürsorgerin en sus rondas de visitas a domicilio, examinaba la salud de los niños, enseñaba algunas medidas de protección y proporcionaba cierto alivio de la deprimente carga del trabajo doméstico cotidiano. De los cien dispensarios de salud infantil con subsidio federal de Austria, los quince centros situados en Viena registraron casi diez mil niños y asistieron a otros cuarenta mil niños. Solo en 1927, las Fürsorgerinnen afiliadas a los dispensarios de salud realizaron cerca de dieciséis mil visitas domiciliarias para inscribir a los niños y párvulos de Viena.59 Sin duda, tal como establecía la ley, las Fürsorgerinnen buscaban a los niños sin padres o supervisaban el cuidado de los niños acogidos, pero sobre todo derivaban a los niños que necesitaban atención dental o protésica a las clínicas especializadas, o a los tuberculosos a los dispensarios de salud, o a los que precisaban atención mental al Ambulatorium.

La mayoría de los niños que pasaban por la orientación clínica estaban desmoralizados por los problemas familiares, ya fuera el payaso de la clase o el parlanchín, el copión o el mentiroso, el presumido o el vanidoso, el que suspende o el que pasa el día masturbándose.... El Comité de Educación Austríaco de posguerra reorganizó entonces todo el sistema de la escuela pública al considerar tan importante la adaptación social de los niños como sus necesidades educativas. La elección estaba entre una pedagogía freudiana o adleriana, pero las instituciones educativas aliadas a cada uno de los grupos estaban imbuidas del psicoanálisis. El nuevo Instituto Pedagógico de la Ciudad de Viena, cuyos parvularios habían diseñado Willi Hoffer y Siegfried Bernfeld y llevaban la marca de la psicología individual de Alfred Adler, estaba afiliado simultáneamente a la Facultad de Filosofía de la universidad y al Instituto Psicológico de Viena de Karl y Charlotte Büehler. Los Büehler, destacados en la psicología académica de Viena, estaban afinando su metodología de experimentos controlados en el laboratorio, para entender el comportamiento infantil. Y cuando Adler habló en el Instituto Pedagógico reclutó un foro amplio de educadores, terapeutas, y directores de escuela en el primer programa para maestros de las clínicas de orientación infantil. Estaba comprometido personalmente en poner en marcha la primera clínica de lo que con el tiempo sería una red completa de clínicas para la orientación infantil. En un distrito de la ciudad con 67 institutos de enseñanza, 171 de los cerca de 20.000 niños de la zona fueron tratados voluntariamente en 1920 (el primer año del programa) partiendo de un modelo personalizado.60 La mayoría de los maestros consideraban que los niños con problemas no formaban parte de la clase, y no pensaban en ellos como deprimidos o marginados. De modo que el método de Adler formaba a los maestros para involucrar por entero a la clase en la construcción del sentido de Gemeinshaftgefuehl, o sentido de comunidad, entre los niños groseros o con ausentismo escolar. Los niños con dificultades tenían graves problemas y no un mal carácter innato.

Cuando Otto Glöckel, al frente del reformista Departamento de Educación de Viena y a cargo de la política administrativa escolar, resolvió apoyar oficialmente la psicología individual, se le ofreció a Adler la posibilidad de poner sus ideas en práctica. El edificio en Staudingergasse número 20, una de las estructuras clásicas más antiguas de la ciudad, fue reconvertido en una escuela primaria experimental basada en los principios de Adler del Arbeitschule, trabajo y comunidad. Los que habían sido dormitorios ornamentados fueron rehabilitados en salas comunitarias espaciosas. Se recogieron del ejército viejos bancos de madera, armarios e incluso tinteros pequeños de metal y se entregaron a los niños del lugar, la mayoría de familias pobres. Se utilizaban el psicodrama, las charlas en grupo y la terapia individual en ese ámbito escolar extraordinario en el cual los niños por sí mismos se volvían coeducadores, ayudantes y, con suerte, coterapeutas para sus compañeros más perturbados. Allí, Oskar Spiel y Ferdinand Birnbaum incorporaban la psicología profunda al programa diario de clase, proporcionando la moderna educación progresista para los diez años siguientes a niños abandonados, neuróticos, con discapacidades para el aprendizaje, o simplemente desfavorecidos. Los padres de la escuela del barrio obrero recibían el boletín adleriano ilustrado, Eltern Haus und Schüler (el hogar parental y el estudiante), y clases vespertinas gratuitas sobre el desarrollo infantil. Contentos de regirse por el currículum de la nueva escuela primaria de Austria, Spiel y Birnbaum trataban de salvar la distancia entre la psicología individual y el psicoanálisis (un puente que Adler y Freud no consiguieron construir) y promovían una atmósfera intensamente terapéutica en la que cada clase era una experiencia comunitaria. El psicoanálisis freudiano, que enfatizaba el yo íntimo frente al determinismo social, también desempeñó un papel en la legitimación del derecho individual del niño, al margen de la familia, a ser protegido por el Estado.

Junto a esta reorganización convencional de los valores sociales y los roles de género, parecía florecer la revolución sexual en prácticamente todos los niveles de la sociedad. Las mujeres votaban. La sexualidad se discutía abiertamente en los periódicos de mayor tirada y en las novelas como la de Hugo Bettauer, Wiener Romane. Bettauer, un prolífico novelista austríaco cuya novela Die freudlose Gasse llevó al cine (con el título de Bajo la máscara del placer) Georg Wilhelm Pabst en 1925, aparecería en los primeros años de la década de 1920 como un divulgador del psicoanálisis y un verdadero paladín del Ambulatorium. Mientras tanto, la idea ambigua de una familia numerosa, que promovía al mismo tiempo imágenes maternales y feministas, impregnaba la vida cotidiana desde el transporte urbano hasta la arquitectura municipal. El seminario sobre sexología para estudiantes comenzó un año antes, en 1925, con Otto Fenichel y sus amigos Reich, Lehner y Bibring, que entonces no podía estar fuera de lugar, ni dentro de la universidad ni fuera de ella. Ahora, en su segundo año, el seminario planificaba explorar cómo se podían remodelar las creencias tradicionales sobre el sexo con la nueva metodología psicoanalítica y cómo extraer un programa político de las mismas. Para Fenichel, la libertad sexual era tanto una cuestión política como psicológica. «¿El hombre vive desde dentro o desde fuera?» era el título anarquista de un simposio experimental que se celebró el 22 de junio, donde se pedía abiertamente que los participantes dieran voz solo a sus sentimientos y expulsaran firmemente todo pensamiento científico o intelectual. A medio camino entre el sermón y la arenga, el denso discurso de dos horas y media de Fenichel exploraba soluciones sistemáticas pero humanas a los problemas sociales. La ciencia, la filosofía, el movimiento juvenil o la política ¿acaso eran la mejor forma de movilizar a la gente con el fin de aliviar la «gran miseria evidente en todos sus colores»?61 La compañía de esa noche en el elegante apartamento de Hans Heller incluía al amigo y compañero de estudios de Reich, Desö Julius, un estudiante húngaro que había huido a Viena aquel verano después de la caída del gobierno de Béla Kun, y que introdujo el pensamiento de Reich en el movimiento comunista. La compañera de Fenichel, Lisl, estaba allí junto con su hermana y su cuñado, Paul Stein, así como Gisl Jäger del movimiento juvenil, Gretl Rafael y Willy Schlamm, futuro editor de Die Rote Fahne (la bandera roja) en Viena. Annie Pink, que se convertiría en la primera esposa de Reich y destacada psicoanalista, también estaba allí: aún era miembro del movimiento juvenil y estudiante de secundaria. También lo era Lore Kahn, maestra de parvulario en formación y la pálida novia de Reich, que poco después murió de tuberculosis. Cuando su desconsolada madre acusó falsamente a Reich de haber provocado la muerte de Lore al hacerle abortar, Reich derivó a la madre a Paul Schilder, por entonces profesor de psiquiatría en la Universidad de Viena.62

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13 noyabr 2024
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