Kitabı oxu: «Una niñera enamorada»

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28001 Madrid
© 1999 Elizabeth August
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Una niñera enamorada, n.º 1523 - agosto 2020
Título original: Truly, Madly, Deeply
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos
de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1348-858-5
Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Si te ha gustado este libro…
Capítulo 1
ES MI turno de remontarme –dijo Minerva Brodwick mientras se alejaba de la casa de su padre–. Bueno, tal vez esa no sea exactamente la palabra adecuada.
Mientras hablaba, recordaba la conversación que había tenido el día anterior con Wanda Johnson, la dueña de la Agencia de Colocaciones Johnson.
–El trabajo que te había encontrado en la Escuela Privada Maywood ha volado –le había dicho Wanda.
Aquello había sido un duro golpe. Minerva había contado con él. La escuela le proporcionaba sitio donde vivir a sus profesores y ahora ella no solo no tenía ingresos, sino que tampoco un sitio donde vivir. Y sus ahorros no le iban a durar mucho.
Wanda entonces le sonrió brillantemente.
–De todas formas, tengo otro que creo que te puede venir muy bien. El sueldo es excelente y tendrás casa y comida.
Algo en la sonrisa de Wanda le produjo un escalofrío.
–¿Por qué me da la impresión de que no es tan bueno como tratas de ponérmelo?
–Bueno, tal vez no sea una perita en dulce. Pero es algo en lo que puedes trabajar mientras te sale otra cosa. Y, probablemente, te proporcione un poco más de dinero para ahorrar.
Minerva la miró suspicazmente.
–¿A cuánta gente has tratado de colocarle ese trabajo?
–A cinco más. Admito que no es algo fácil, pero te lo puedes tomar como un reto. Si sobrevives, es que puedes sobrevivir a cualquier cosa. Además, es lo único que tengo que puedas hacer.
–¿De qué trabajo se trata?
–Un hombre divorciado con cuatro hijos. Tú vivirías en la casa y cuidarías a los niños. El mayor tiene seis años y está en la guardería la mitad del día. Y hay tres más de dos años de edad.
–¿El padre tiene la custodia? ¿Dónde está la madre?
–Se le fue un poco la cabeza después de tener los trillizos y se escapó con un amigo.
Minerva frunció el ceño.
–Lo que tú necesitas es una niñera.
–Tú tienes una licenciatura como maestra de elemental. Has recibido cursos de psicología infantil y has trabajado bastante con niños de guardería. Estás mejor preparada que cualquier otra. Y, si te preocupa lo de la colada, la cocina y el mantenimiento de la casa, tranquila. También hay un ama de llaves que se ocupará de todo eso. Tu única responsabilidad serán los niños.
Lo del ama de llaves la tranquilizó. Pero aún así…
–¿Y por qué no se quedaron los otros cinco que les mandaste?
–A dos las despidió él el primer día por incompetentes. Y tenía razón. Me habían dicho que tenían experiencia con niños, pero no era así. Y las demás, al parecer los niños son bastante activos y las hartaron muy aprisa.
Minerva vio que había tenido razón, Wanda no había sido completamente sincera con ella.
–La mayoría de los niños lo son –dijo.
Wanda suspiró.
–El padre puede ser un poco difícil. Realmente le preocupan sus hijos, así que se pasa un poco de protector y exigente.
–¿Solo un poco?
–Bueno, tal vez más que eso. Pero no es imposible. La niñera original, que llevaba en la casa desde que nació el primero hasta hace poco más de un mes, se fue para casarse.
Wanda la miró suplicante y añadió:
–Por favor, puedes aceptar el trabajo y tomártelo como algo temporal. Te prometo que te seguiré buscando algo mejor y que te sacaré de allí tan pronto como pueda. Estoy desesperada.
Minerva pensó que ella también. No aceptar ese trabajo la podía obligar a retrasar sus planes para reclamar su independencia, y se negaba a hacer eso.
–De acuerdo –dijo–. Siempre y cuando me prometas que me encontrarás pronto otro trabajo.
Wanda sonrió.
–Ya estoy con ello –dijo y le ofreció un papel–. Aquí tienes los nombres, la dirección y demás. Llámame cuando te hayas instalado.
Cuando dejó el despacho, Minerva se preguntó dónde se había metido.
Y ahora se lo estaba preguntando de nuevo mientras se acercaba al hogar de los Graham.
Pero cualquier cosa era mejor que volver derrotada a su casa para demostrar que su padre tenía razón.
Judd Graham miró a sus trillizos, que estaban desayunando, y luego a su reloj.
–La nueva niñera debería estar aquí dentro de un par de minutos. Será mejor que no se retrase. Tengo que llevar al colegio a John.
Lucy Osmer, el ama de llaves, frunció el ceño al oír su tono de voz.
–Espero que seas más amable con esta que con las tres a las que no despediste. Ninguna se quedó una semana entera. Yo soy una mujer de cincuenta y tres años y cuidar de esta casa, hacer la colada y cocinar es lo más que puedo hacer. Si a eso le añades tres niños, eso sería pasarte de la raya.
Judd suspiró cansadamente.
–Realmente te agradezco que no me dejes solo.
Lucy sonrió.
–Yo nunca me podría alejar de estos niños. Pero necesito ayuda. Ya no soy joven.
–Tienes razón. Hoy voy a llamar a un servicio de limpieza para que vengan una vez a la semana a ayudarte.
–Eso estará bien. Y tal vez esta nueva niñera reúna las características que pides y se quiera quedar.
Judd frunció el ceño.
–La verdad es que no puedo decir que lamente que esas otras se marcharan. Ninguna de ellas parecía poder relajarse y yo quiero que mis hijos tengan un entorno cómodo.
Lucy miró al hombre alto y fuerte que tenía sentado delante, mirando a sus trillizos, dos niñas y un niño.
–No se relajaban por ti.
–Yo no las traté mal.
–Tienes una forma de ser autoritaria que la mayoría de la gente puede encontrar insoportable, incluso intimidante.
–Pero tú no te has quejado nunca.
–Mi marido, Bill, que descanse en paz, era también un hombre de voluntad fuerte, como tú. Además, a él le caías bien y yo confiaba en su juicio. Así que me imaginé que debía haber algo de bueno en ti. Por eso me quedé para ver si lo encontraba.
Judd sonrió.
–¿Y encontraste algo?
Lucy le devolvió la sonrisa.
–La verdad es que sí. Por supuesto, necesité bastantes ganas para soportar tus ladridos.
–Trataré de no ladrar cuando llegue la señorita Brodwick –prometió.
–Eso espero –dijo Lucy atrapando un plato antes de que Henry, el tercero de los trillizos, lo tirara al suelo–. Ciertamente nos vendrían bien un par de manos más en esta misma mesa.
–Bonito sitio –dijo Minerva al aparcar delante de la elegante casa de un solo piso, situada en uno de los barrios mejores de Atlanta.
Por lo que había averiguado en la agencia, sabía que Judd Graham era arquitecto y que tenía su propia empresa constructora. Así que, naturalmente, tenía una magnífica casa.
Llamó al timbre y escondió su nerviosismo tras una sonrisa educada. Una sonrisa que se hizo de piedra cuando se vio cara a cara con un hombre como una montaña, vestido con vaqueros, camisa de cuadros y botas de trabajo. Él la estudió con unos ojos color castaño oscuro que no le estaban dando precisamente la bienvenida.
Sus rasgos faciales eran corrientes. Pero ella nunca lo habría clasificado como un hombre corriente. Supuso que estaba acostumbrado a intimidar a la gente con una simple mirada, la que le estaba dirigiendo a ella en ese momento. Pero ella no estaba de humor para dejarse intimidar por cualquier hombre. Ese día había declarado su libertad, así que cuadró los hombros y extendió la mano.
–Hola, soy Minerva Brodwick.
Él aceptó su mano y vio que iba bastante poco maquillada, cosa que le pareció bien. No le gustaban los disimulos. Ese era un punto a favor de ella. Y también era puntual. Otro punto a favor.
A Minerva la sorprendió la fuerza de su mano. La textura callosa de la misma. Él no solo vestía como un obrero de la construcción, sino que lo parecía de verdad. No encajaba nada en la imagen mental de ejecutivo agresivo que se había esperado.
–Llega a tiempo –dijo él.
Le soltó la mano y se hizo a un lado para permitirle entrar en la casa.
A pesar de esas palabras, Minerva no vio ningún cambio en su expresión y se preguntó qué habría sucedido si hubiera llegado tarde. ¿Le habría dicho que se fuera a paseo y le habría dado con la puerta en las narices? El pensamiento de que realmente no quería ese trabajo le pasó por la mente. Pero en ese momento ella no tenía otra alternativa. Incluso ser empleada por ese oso seco era preferible que volver a casa con su padre para que le echara en cara su fracaso.
Judd la hizo entrar al salón.
–Antes de llevarla a la cocina y presentarle a mi familia, he de hacerle unas preguntas.
Luego le indicó que se sentara.
Minerva, sabiendo que, si lo hacía, él se impondría en toda su altura y eso le daría una ventaja psicológica, prefirió continuar de pie. Estaba decidida a hacerle saber desde el principio que no se iba a dejar avasallar.
–¿Qué preguntas?
–Quiero saber por qué ha aceptado el trabajo.
–Porque necesito uno –respondió ella sinceramente.
Él frunció el ceño.
–Mis hijos no son solo un trabajo.
Minerva pensó que tal vez había sido demasiado concisa.
–Yo nunca he considerado que trabajar con niños sea solo un trabajo. Me gustan los niños.
Judd siguió frunciendo el ceño, pero pareció como si un poco de su enfado desapareciera.
–Me alegro de oír eso.
Su comportamiento intimidatorio estaba llevando sus nervios hasta un punto de ruptura. Inesperadamente, se oyó decir a sí misma lo que le estaba pasando por la cabeza.
–No estoy muy segura de aceptar el trabajo, dado que usted ha rechazado a tantas solicitantes.
–Supongo que esa es una preocupación legítima –dijo él y su mirada se endureció más todavía–. Yo quiero a alguien que se preocupe de mis hijos, que quiera pasar tiempo con ellos. Y las horas son largas. Se la necesitará veinticuatro horas al día seis días a la semana. Tendrá los domingos libres. A cambio, yo le pagaré muy bien. ¿Cree que podrá soportar eso?
Él tenía razón en lo del sueldo. Era muy bueno. Además, ¿qué otra opción tenía?
–Me gustaría intentarlo –dijo.
Él le hizo entonces una seña para que lo siguiera.
–Venga entonces.
El sonido de un niño que empezó a llorar incrementó las ganas de ella de salir corriendo de allí.
Minerva lo siguió y entraron en la cocina, donde vio a una mujer regordeta y de cabello gris, que estaba ocupándose de tres niños, al parecer de la misma edad. Un cuarto niño, mayor que los otros y con los mismos ojos de su padre, los miraba y agitaba la cabeza mientras limpiaba un bol de cereales que había caído al suelo.
Al ver a su padre, el bebé que lloraba se interrumpió.
–Joannie –dijo señalando a otro de los bebés–. Ha sido culpa suya.
–Los dos se pelearon por las fresas –dijo Lucy–. Lo de que se cayera el bol de cereales fue un accidente.
Recordando las reacciones de su propio padre ante cualquier cosa que alterara la paz de su mundo, Minerva se preparó para la ira de Judd Graham.
–Las fresas son saludables. Mañana pondremos dos cuencos más.
Luego se arrodilló para limpiar él el suelo, le guiñó un ojo a su hijo mayor y añadió:
–Termina de desayunar.
Minerva se quedó sorprendida. Había estado segura de que ese hombre era de los que se dejaba llevar por la ira.
–¿Eres nuestra nueva niñera? –le preguntó el mayor mientras se sentaba.
Minerva apartó la mirada del hombretón que estaba limpiando el suelo y se vio sometida a escrutinio por una mirada igual de seca que la del padre.
–Sí. Y tú eres John, me imagino –dijo recordando los nombres que le habían dado en la agencia.
El niño asintió y señaló a las dos niñas, de cabello castaño y ojos verdes.
–Sí. Estas son Joan y Judy. Son idénticas.
Luego señaló al niño de cabello oscuro y ojos castaños que había dejado de llorar y se estaba comiendo una fresa.
–Y ese es Henry. Son trillizos, pero él no es igual.
–Y yo soy Lucy Osmer, el ama de llaves –dijo la mujer ofreciéndole la mano–. Y me alegro de conocerla. Por mucho que quiera a esta tribu, son demasiado para solo dos personas mayores.
–Parecen saludables y llenos de energía –dijo Minerva después de darle la mano.
Se imaginaba que se iba a ganar cada centavo de su sueldo.
–Lo son.
Judd había terminado de limpiar el suelo, miró su reloj y le dijo a su hijo mayor:
–Ya es hora de que nosotros nos vayamos.
John frunció el ceño.
–Tal vez yo deba quedarme hoy en casa para ayudar a que la nueva niñera se acostumbre a nosotros. Los trillizos pueden ser difíciles. Os lo he oído decir muchas veces a Lucy y a ti.
Ese niño se había ganado inmediatamente el corazón de Minerva. Parecía tan adulto… Estaba claro que la deserción de su madre le había robado, por lo menos, una parte de su infancia.
–Nos las arreglaremos bien solas –dijo Lucy–. Tú vete al colegio y ya nos veremos a las dos y media.
Cuando padre e hijo salieron de la cocina, Minerva vio como John se volvía para mirarla. En sus ojos había preocupación y desconfianza.
–Parece temer que yo sea una especie de monstruo –dijo ella luego–. ¿Es que han tenido alguna niñera que fuera cruel con ellos?
–No –respondió Lucy sonriendo–. Es solo que es demasiado protector con los pequeños. ¿Qué te parece si lavamos a estos tres y luego te enseño tu cuarto?
Tal vez se equivocara, pensó Minerva. Tal vez ese niño no la viera como un monstruo. Tal vez lo que quería era que su madre volviera y veía en cada niñera una intrusa cuya presencia era un recordatorio de que su madre no iba a volver.
Capítulo 2
MINERVA nunca se había sentido tan cansada. Le dolían todos los músculos del cuerpo y se había tirado en un sillón del salón después de haber acostado a los trillizos para que se echaran la siesta. Se había pasado la mañana entera persiguiéndolos y jugando con ellos. Después de almorzar había seguido jugando con ellos y luego habían ido todos, incluida Lucy, a buscar a John al colegio.
Ahora John estaba jugando con sus camiones en el jardín fuera del salón, a su vista. Recordaba como él había estado tras ella todo el tiempo que había dedicado a preparar a los trillizos para la siesta. Ahora estaba claro que la ansiedad que se le había notado antes era por sus hermanos. Su afán protector se le había notado cuando se reunió con ellos en el colegio.
–¿Habéis pasado un buen día? –les había preguntado inmediatamente.
Los tres se rieron y asintieron.
Minerva estuvo segura de que se sintió aliviado, así que volvió a pensar en la posibilidad de que una de sus niñeras no hubiera sido tan amable con los niños como el ama de llaves pensaba. Esperando demostrarle que podía confiar en ella, le dedicó una sonrisa amistosa.
John no le devolvió la sonrisa, haciéndole saber con ello que seguía teniéndola a prueba.
Minerva decidió que solo el tiempo podía demostrarle al mayor de los hermanos Graham que ella era digna de confianza, se obligó a levantar su cansado cuerpo del sillón. Ese sería el único momento que iba a tener para sacar sus cosas del coche.
Seguía aparcado delante de la casa y decidió dejarlo allí mientras las sacaba. De esa forma, pasaría constantemente al lado de John y podría tenerlo controlado. El ama de llaves le había dicho varias veces que era un niño muy responsable, que era más un pequeño adulto que un niño, según sus propias palabras, pero ella no quería arriesgarse. Siempre era posible que se comportara de nuevo como un niño y le diera por desaparecer.
Se detuvo junto a él y le dijo:
–Voy a sacar las cosas de mi coche. Me gustaría que me dieras tu palabra de que no te vas a ir a ninguna parte sin decírmelo antes a mí.
El niño la miró y le dijo:
–No lo voy a hacer.
Ella sonrió y continuó hasta su coche.
Cuando volvió por segunda vez, lo encontró de pie, esperándola.
–¿Puedo ayudarte? –dijo limpiándose las manos en los vaqueros.
Su cara indicaba que no estaba seguro de que ella siguiera allí, pero que, mientras durara, estaba dispuesto a sacar lo mejor de la situación. O tal vez lo que quería era observarla más de cerca. Minerva estaba muy segura de que la observaba constantemente.
–Claro.
Era demasiado pequeño como para llevar alguna de las cajas de libros, pero había algunas cosas que ella no había empaquetado. Tomó su lámpara de mesa y se la dio. John esperó a que ella tomara una de las cajas y luego la siguió.
–¿Dónde vivías antes de aquí? –le preguntó cuando llegaron a su cuarto.
–En casa, con mi padre.
–¿Dónde estaba tu madre?
–Murió hace tiempo.
El niño se limitó a asentir.
Ella le preguntó curiosa:
–¿Echas de menos a tu madre?
–No –respondió él firmemente.
Luego se volvió y se dirigió de nuevo al coche.
Minerva pensó que la deserción de su madre le debía haber afectado tanto que la reprimía. Sintió lástima por el chaval.
Lo siguió al coche y se encontró con que estaba en el asiento trasero, mirando a su muy querido y viejo oso de peluche.
–Tienes un oso de peluche –dijo el niño como si pensara que eso era demasiado infantil.
–Se llama Travis. Me lo regaló mi abuela.
–Parece viejo.
–Y lo es. Yo solo tenía un año cuando me lo regaló.
–¿No crees que eres un poco mayor ya para jugar con osos de peluche?
–No juego con él. Le hablo.
–¿Que le hablas?
–Le cuento mis problemas y él me escucha y me ayuda a ver cómo los puedo solucionar.
El niño puso expresión de impaciencia.
–No te puede ayudar a solucionar nada. En el lugar del cerebro tiene relleno.
–Bueno, él no me responde y eso me hace pensar en mis problemas. Me imagino que hablar con un oso de peluche es mejor que hablar sola.
John lo pensó por un momento y luego asintió.
–Tienes razón. Parecerías tonta hablándole a nada.
Luego tomó a Travis y lo llevó a la casa.
Estaban volviendo al coche cuando Judd regresó a casa. En vez de llevar el coche al garaje, aparcó a su lado.
Al ver a su padre, la cara de John se iluminó.
–¡Papá! –gritó y corrió hacia él.
Minerva vio como a Judd se le iluminaba también la cara. No le cupo duda de que ese hombre amaba a su hijo, lo levantó y lo abrazó.
–¿Como os ha ido con la nueva niñera?
–Habla con un oso de peluche.
Al parecer, su explicación no lo había convencido por completo, pensó Minerva sintiéndose un poco avergonzada.
Judd pareció preocupado.
–¿Y dice que el oso le responde?
John frunció el ceño.
–No, por supuesto que no. Es de peluche.
–Entonces está bien. Solo deberíamos preocuparnos si el oso la respondiera.
Pero aún así, él estaba empezando a tener sus dudas sobre Minerva Brodwick y de que fuera la persona adecuada para cuidar de sus hijos.
Minerva casi no dio crédito a sus oídos. Se había esperado sarcasmo de su jefe, o incluso que la despidiera por ser demasiado inmadura.
John sonrió aliviado. Estaba claro que si su padre pensaba que estaba bien que ella le hablara a su oso, para él también lo estaba.
–La estaba ayudando a sacar sus cosas del coche –dijo.
–La ayudaremos los dos.
Judd dejó a su hijo en el suelo y ambos se acercaron a ella.
–¿Qué puedo llevar? –le preguntó.
–Lo que prefiera –respondió ella tomando una caja que luego se llevó.
Sí, Judd Graham había sido intimidante cuando llegó, pero ahora había mostrado tolerancia y un cierto sentido del humor.
Una sensación incómoda la hizo mirar por encima del hombro. John la seguía a unos pasos y Judd iba tras él. Lo que había sentido era la mirada de Judd. Su expresión había perdido su suavidad y su mirada era fría.
Volvió de nuevo la cabeza rápidamente. Ahora lo entendía. La única razón por la que ella seguía allí era que estaba desesperado. Su buen humor había sido solo por su hijo. Sin duda, él estaría dentro de nada llamando a la agencia para que le mandara a alguien más maduro.
Padre e hijo iban muy cerca cuando entró en su cuarto.
Judd dejó lo que llevaba en los brazos y miró al oso de peluche que habían dejado sobre la cama. Cuanto más pensaba en que ella hablaba con él, más dudas tenía de que fuera suficientemente madura para cuidar de sus hijos.
–Se llama Travis –dijo John.
El orgullo hizo que Minerva se negara a permitir que él se creyera que era infantil o excéntrica.
Lo miró muy digna y dijo:
–Algunas personas piensan en silencio la solución a sus problemas. Yo encuentro más fácil solucionar los míos si los hablo. Pero soy una persona muy reservada y encuentro difícil hablar con las demás personas y ridículo hablar sola. Travis es perfecto para eso. Siempre está disponible, no me interrumpe, no trivializa mis preocupaciones y me deja encontrar mis propias soluciones.
Judd tuvo que admitir que no había nada de inmaduro en esas palabras. Más aún, parecía bastante razonable.
–Yo me paso todo el rato maldiciendo para mí los cambios que los dueños de las casas que construyo quieren hacer después de haber empezado el trabajo –dijo.
Entonces los gritos de los trillizos los interrumpieron. Habían oído a su padre y decidido que ya era hora de terminar la siesta.
Fueron a por ellos y se encontraron a las dos niñas esperando a que les abrieran las puertas de sus cercas de seguridad, mientras que Henry empujaba la suya tratando de liberarse.
–Yo me ocuparé de ellos ahora –dijo Judd–. Usted termine de traer sus cosas.
Mientras llevaba lo último que le quedaba en el coche, Minerva se preguntó si Judd Graham llegaba siempre pronto a casa. Esperaba que no fuera así. Su presencia le afectaba los nervios. Cuando pasó por la puerta de los trillizos, oyó a Lucy decirle a Judd:
–Cada vez que has llamado te he dicho que Minerva lo estaba haciendo bien. No había ninguna razón para que volvieras tan pronto a casa.
–Quería verlo por mí mismo. Esta mañana tenía prisa y no tuve tiempo para dejarle claras las reglas.
–Entonces te sugiero que se las cuentes ahora. Y luego te metes en tu despacho y dejas de mirarla como si, de repente, le fuera a salir una segunda cabeza o algo así.
–Puede que haya superado el primer día, pero sigue siendo una desconocida para nosotros. No me voy a arriesgar a nada con mis hijos.
–Tanto John como yo la estamos vigilando –le recordó Lucy.
Minerva se metió en su cuarto antes de que nadie la viera. No podía culparlos por tener cuidado en lo que se refería al bienestar de los niños y le encantaba la forma de proteger a sus hermanos pequeños que tenía John. Pero la ponía nerviosa el sentirse continuamente observada. Podía entender la razón por la que las tres niñeras que no habían sido despedidas se habían marchado tan pronto.
Lo cierto era que a ella le gustaban esos niños, pero no soportaba al padre. Aún así, iba a tener que aguantar hasta que Wanda le encontrara otro trabajo, pero ni un momento más.
Estaba dejando una caja en el suelo cuando oyó a alguien entrar en la habitación y cerrar la puerta. No tuvo que volverse para saber quien era.
–Esta mañana no hemos tenido la oportunidad de hablar de los detalles de su trabajo –dijo Judd.
De repente a ella le pareció como si la habitación hubiera encogido. No sintió miedo, pero fue extremadamente consciente del hombre que tenía delante, de la anchura de sus hombros, de su fuerza, su virilidad. Era una reacción extraña y enervante. No se parecía a nada que hubiera experimentado antes. Lo atribuyó a lo poco que le gustaba ese hombre y lo miró.
–Nunca golpeará a ninguno de mis hijos –dijo él.
–No tenía ninguna intención de hacerlo.
–Me alegro de oírlo. Cuando tenga que castigar a alguno, puede hacerlo teníendolo sentado durante una cantidad de tiempo o les puede retirar algún privilegio por otro tiempo. Si no funciona ninguno de esos métodos, dígamelo a mí y yo me ocuparé de la situación.
–Sí, por supuesto.
–Como ya le he dicho, tendrá los domingos libres. De todas formas, yo intentaré ser flexible en ese punto. Si necesita otro tiempo libre, lo tendrá que pedir por adelantado. Creo que ya sabe que yo llevo mi propio negocio…
–Sí.
–Por eso, mis horarios son inseguros. Habrá veces en que tenga que trabajar los sábados y hasta tarde los días entre semana. Cuando estoy en casa le dedico todo mi tiempo a los niños. Pero cuando yo no esté, serán su responsabilidad.
–Lo entiendo.
–Y, con respecto a los novios, espero que no los traiga a mi casa sin mi permiso, y nadie se quedará a dormir aquí.
–Yo no soy de esa clase de mujer –dijo ella indignada.
Judd la recorrió con la mirada. Lo cierto era que parecía chapada a la antigua y su indignación genuina.
–Bien.
Él la había aceptado solo con su palabra y eso debería agradarla y lo hacía. Aún así, todavía había algo más. Recordando las muchas veces que su padre le había dicho que no era ninguna belleza, estaba segura de que Judd Graham simplemente había dado por hecho que ella no podía atraer la atención de los hombres.
–Y ahora que hemos dejado eso claro, será mejor que releve a Lucy con los niños para que ella pueda volver a la cocina.
Judd salió de la habitación y cerró la puerta.
Minerva se quedó mirando a la puerta preguntándose cuánto tiempo podría soportar a ese hombre.
Estaba muy claro que, con ese hombre, las cosas tenían que ser a su manera sin discusión.
Miró al teléfono que había en su mesilla de noche. Wanda le había dicho que la llamara…
Tan pronto como se hubo identificado, Wanda le dijo alegremente:
–Me tomaré esto como una buena señal. Las demás llamaron menos de una hora después de haber conocido al señor Graham.
–Esta es simplemente la primera oportunidad que he tenido de hacerlo –respondió Minerva–. Dime que estás tratando de encontrarme otro trabajo.
–Por supuesto. ¿No te prometí que lo haría? Y yo soy una mujer de palabra. Pero tú prométeme que te quedarás hasta que te lo encuentre. Sinceramente, la gente que conoce a ese hombre me dice que puede ser muy agradable e, incluso, encantador, cuando se le conoce. Solo es demasiado protector en lo que se refiere a sus hijos.
–Me quedaré, ya que me has dado tu palabra de encontrarme otro trabajo. Pero, por favor, no tardes mucho.
–Te prometo que te encontraré otra cosa pronto.
Cuando colgó, Minerva pensó que no podía estar segura de que Wanda mantuviera su palabra. Esa mujer estaba desesperada por encontrar a alguien para ese trabajo. Tomó a Travis y lo miró.
–Me gustan los niños y el sueldo es bueno –dijo–, debería poder ahorrar una buena suma rápidamente… Antes de que me despidan o que ya no pueda soportar más al señor Judd Graham.
Luego dejó a Travis y decidió que solo sacaría lo más esencial de las maletas. El resto lo dejaría listo para poder marcharse rápidamente.
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