Kitabı oxu: «Insomnios de la memoria»

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Cuentos póstumos

EMILIO FERNÁNDEZ CORDÓN



COLECCIÓN DE NARRADORES MENDOCINOS CONTEMPORÁNEOS

N° 2 | SERIE 2 | RELATOS BREVES Y CUENTOS

Fernández Cordón, Emilio

Insomnios de la memoria : cuentos / Emilio Fernández Cordón. - 1a ed. - Godoy Cruz : Jagüel Editores de Mendoza, 2021.

(Arriba pasa el viento / Narradores mendocinos contemporáneos ; 2)

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-4931-16-0

1. Narrativa Argentina. 2. Cuentos. I. Título.

CDD A863


'ARRIBA PASA EL VIENTO'

COLECCIÓN DE NARRADORES MENDOCINOS CONTEMPORÁNEOS

N° 2, SERIE 2 (RELATOS BREVES Y CUENTOS)

INSOMNIOS DE LA MEMORIA Emilio Fernández Cordón (+)


Edición en formato digital: noviembre de 2021

© 2021 Jagüel Editores de Mendoza

Correspondencia: Sarmiento 1740 – (5501) Godoy Cruz, Mendoza, Argentina

Celular/movil: +54–261–5093367.

e–mail: jagueleditoresmza@gmail.com

© 2021 Jagüel Editores de Mendoza

© 2021 Ballarini, Stella Marys

© 2021 Valeria Fernández Hasan y Alma Fernández Hasan

Diseño Gráfico: Clara Luz Muñiz – La imagen de cubierta es una foto de uso libre con atribución, intervenida digitalmente.

Photo by Albert Vincent Wu on Unsplash: https://unsplash.com/photos/5LNoiVdL9SI

ISBN 978-987-4931-16-0

Conversión a formato digital: Libresque

Derechos reservados. Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la tapa, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor. Las opiniones expresadas en los artículos firmados son exclusiva responsabilidad de sus autores.

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Preliminar

Allá cuando por la mitad de la década del ’80, conocí a Emilio Fernández Cordón en el Taller Literario del Centro Cultural Israelita, calle Corrientes, plena “Cuarta” de la Ciudad de Mendoza, eran los años de la Democracia nueva y resurgían las inquietudes culturales y “escribidoras” de manifestar nuestros valores en libertad.

Se destacaba en él, y se fue haciendo cada vez más manifiesta en sus cuentos, la actitud de observar personas, situaciones, detalles, anécdotas, para procesarlos en un lagar tan inconfundible y contundente de realidad como de ficción. Claro está, sin desatender el humor --en especial respecto de un chispeante juego con la lengua, incluso desde el hábito del neologismo y las transgresiones gramaticales-- ni olvidar el estilete fino o el grueso de la ironía, la caricatura y la sátira, según ameritara. “El” Emilio era un narrador nato, festival, deportivo, amante exuberante e incondicional de la palabra en todos y cada uno de sus soportes. Uno de los insoslayables de la historia de la cultura de Mendoza, no solo por su compromiso con el acto literario sino también con el hecho social.

Insomnios de la memoria1 es la última colección de cuentos que concibió Fernández Cordón y que se mantuvo inédita después de su muerte en 2014. Aquí los personajes y las situaciones, rondan –como sugiere el título—por el umbral a veces impreciso que nos devuelve la memoria durante el insomnio. Están expresamente enunciados lugares, calles de nuestra geografía local, y no es difícil reconocer en los nombres y los perfiles, encarnaduras reales que andaban o aún andan por aquí y que más de una vez pernoctaron con “El” Emilio alrededor de una mesa de bar o en un Taller Literario. Estos cuentos son más que una memoria realista, son una estrategia surrealista, por momentos con la gracia de un juego de categoría policial. Y atravesando la Mendoza urbana.

Al momento de publicar el libro digital, me detengo en un par de los párrafos finales del primer relato, “El encierraclientes”, donde Lautaro, el narrador y Flitchman, el personaje, un librero que ha descubierto el arte de la vida eterna a través de la ingesta de libros, se plantean algo meridiano:

Los libros nos han dado eternidad. Pero algo, que escuchamos por radio el otro día, nos inquieta. Quizá sea un rumor infundado. El locutor anunciaba que tras probar con escondido triunfo una peculiar instalación tecnológica para conexiones entre computadoras, militares de la Defensa de EEUU tendrían intenciones de divulgar su experimento con fines de uso civil. Hablaba de una red virtual que podría ampliar al infinito las comunicaciones mundiales. Tal notable invento llevaría, en un futuro muy lejano, a reemplazar cartas, diarios, cine, televisión e incluso libros.

Semanas pasadas, presentíamos con Flichman que, a dieciséis diecisiete años del Siglo 21, tal vez, los adelantos científicos nos complicarían la calma existencia. Y, ayer, nos preguntábamos: ¿Habrá libros eternamente?

Ya hemos llegado a esos años y una parte de la respuesta a la inquietud de Lautaro y Flichman es que el libro representa el objeto cultural que más se ha adaptado a la historia del hombre. Hoy la pregunta más acuciante sería si habrá humanidad eternamente. Suceda lo que suceda, bien podría ser que los Insomnios de la memoria sean un libro eterno.

Bettina Ballarini

Mendoza, septiembre de 2021

1 El texto, al ser de publicación póstuma, se ha conservado tal las características del manuscrito que llegó hasta Jagüel Editores de Mendoza por la amable intervención de Mariela Zobin, con la debida autorización de las hijas del autor Valeria y Alma Fernández Hasan. No tiene correcciones ni ningunas otras operaciones de edición que no sean las de diseño y diagramación de interiores y tapa.

El encierraclientes


“Al Dr. Manuel Alejo Croce

Presidente Editorial Multilibros S.A.

Avda. Corrientes 348 — 2º Piso

Ciudad de Buenos Aires

S_____________/____________D

Manu, mi querido amigo, mi cadáver no existe, jamás podrán encontrarlo.

No sé cuándo verás estas líneas ni en qué circunstancias. Pero quiero que sepás la verdad. No creás nada de lo que dicen. O dirán.

Tal vez, tampoco a mí.

Nunca te hablé de mi auténtico trabajo. No podía hacerlo. Ahora sí. Porque todo ha cambiado.

Ha cambiado mi vida. Y ha cambiado mi muerte.

A pesar de que nuestra relación, epistolar en gran parte, fue rica y bienhechora, y de que constante has estado en mi memoria, dejé de escribirte por una decisión de especial prudencia. Cuando terminés este mamotreto, entenderás.

Sin embargo, mi corazón suspiró alegrías al leer tus preocupadas palabras. Hace bastante, contraté una casilla —en el Correo Central de la ciudad— con la característica de que se conservara allí la correspondencia a mi nombre, cualquiera fuese la dirección anotada en el sobre, y por tiempo indeterminado. De tanto en vez, bajo a revisar. Fue así como di con tu carta de hace unos meses. Y, bendito sea el azar, me enteré de que cumpliste tu sueño de ser editor. Un destino que, sin duda, llevabas impreso en los genes.

No puedo acertar tu edad actual. Sos menor que yo. ¿Cuántos años? ¿Tuviste hijos, tal vez nietos y bisnietos? ¿Aman ellos los libros —y las mujeres— como vos? ¿Cómo siguió tu vida, querido Manu? Contáme en la próxima.

Agradezco, mucho, tus cálidos deseos de que el asunto fuera un error. Me decís que te hallabas en Francia cuando te llegó la noticia de mi fallecimiento. Estoy vivo, amigo mío, y lo estaré largo tiempo.

Hubo un accidente, sí. Iba a Chile por negocios, el avión tuvo un fatal desperfecto y se incendió al aterrizar. No hubo supervivientes. Mis datos figuraban en la nómina de vuelo. Pero, excepto el susto, no sufrí daños. Sin testigos, salí de la destrozada nave y retorné a casa por otros medios.

Recuerdo, con placer, aquellos años de la adolescencia y nuestra amistad inoxidable, los picnics y paseos por el Parque, los cafés en las confiterías de la Avenida San Martín, los libros, revistas y amiguitas compartidas. Los primeros bailes. Los primeros besos. Luego, la vida. Vos viajabas por la cara del planeta y escribías jugosas crónicas sobre estallidos y revoluciones. Yo seguía tu carrera desde mi empleo público. Igual supimos mantener contacto postal y contarnos las experiencias. Igual logramos salir incólumes —en lo físico, digo— de los años de plomo y espanto que desangraron la patria.

Estoy feliz porque sigás apegado a los libros. Ya sabrás el motivo.

A continuación, te confieso algunos inconfesables…

Hace casi cincuenta años, por estos mendocinos lares, ocurrió un hecho extraño —extraño es la palabra—. Un hombre proveniente de Estambul y de Tunuyán, que decía descender de Salomón y María, de Isaac y Rebeca, de Jacobo y Raquel, fue detenido por un extraño —extraño es la palabra— delito. Solía encerrar clientes en su librería. Una y otra vez. Hasta siete veces siete.

La policía de entonces, ante las siete veces siete denuncias, lo puso entre rejas. Y lo acusó de secuestro pernicioso. Decían que exigía que los ingenuos cautivos le compraran al menos un libro para concederles libertad. Aunque criticable, un sistema de ventas efectivo y original.

Interrogado, se supo que varios tantos sordo. Ochenta y tantos por ciento del oído izquierdo. Noventa y tantos del derecho. Y también poeta. Cien por cien.

“Que no se había dado cuenta ninguna de las siete veces siete”, arguyó. Porque, además, distraído probado. Doscientos por ciento.

Lo dejaron libre. Era inimputable. De cualquier mal.

A la semana de su excarcelación, desapareció.

Pero no “Lo había tragado la tierra”, como alarmaron las planas. Su esfumación resultó ser corolario de un complot muy particular.

Siete de sus víctimas de privación ilegítima de la libertad, conspiraron y confabularon hasta que ejecutaron una inaudita venganza. Un oscurecer, cuando la noche empezaba a desnudarse sobre la ciudad, lo esperaron a la salida. Le propinaron propina con una culata en la cabeza, lo metieron en un auto y.

Los tipos —había encerrado a varones en exclusiva—, lo llevaron a una cabaña en Potrerillos. No cualquier cabaña, sino una que habían enrejado de pies a techo y colmado de libros. Que escarmentara. Que penara como ellos. Pero no por largos minutos, sino más. Y allí lo dejaron, preso entre libros y a agua. Porque ni siquiera pan.

Consumido un mes, cuando quizás era demasiado tarde, la policía entró a la cerril construcción. Para estupor de los esbirros del Orden, para asombro de bomberos y médicos auxiliares de por si acaso, Dalmiro Flichman estaba vivito y sonriendo. Lucía rozagante y —no siendo precisamente un fulano acostumbrado a regalar— regalaba macanudo semblante y buen humor. Preguntado por la prensa, se limitó a responder, con apretada ironía: “No solo de agua vive un hombre”.

Flichman, habituado a la palabra “piedad”, decidió no hacer cargos contra sus captores y el tema cayó, manso, en la amnesia periodística, hasta extinguirse.

Al mes, los jefes me dieron el caso. Querían saber todo, pero, en lo básico, aspiraban a dilucidar dos intríngulis: a) Cómo había sobrevivido —y de modo tan espléndido— sin sustento, un mes íntegro y, b) Por qué razón no había acusado a los autores de su clausura y tampoco exigido retribución monetaria, siendo que apenas tenía ingresos. Algo olía mal en Mendoza y debía averiguar la causa.

Fui a la seccional que había llevado la investigación. Me facilitaron los antecedentes de Dalmiro Flichman y el sumario. Supe así que no había sido muy difícil dar con la cabaña puesto que pertenecía a un familiar de los conjurados. Y que el librero tenía medio centenar de inviernos en su alma, y el prontuario de un bebé de tetas. Con omisión de la de encerrar clientes, no constaba allí ninguna infracción legal. A menos que consideráramos que casarse cuatro veces —con pertinentes divorcios entre— y haber vivido en concubinato con tres damas —de a una por chance, claro—, lo fuere.

Leí sus libros, indagué entrevistas, notas publicadas, currículo social y profesional y, discreto, entre sus conocidos más frecuentados. Me anoticié de que usaba florido pañuelo a rajacuello, de que era buen hombre y mejor amigo, brillante poeta, gran bebedor, cocinero envidiable, pésimo jugador de billar, neófito en deportes, mediocre narrador de chistes judíos y colosal fumador. Flichman comenzaba a caerme bien. Un solitario detalle me espinó: amaba el folclore. Los argentinos tenemos muchos defectos, pero ese era imperdonable. Sin tal, quizás hasta hubiera merecido mi simpatía.

Saciado de información, ya preparado para conocerlo, fui a la librería. No estaban. Él ni la librería. Tampoco había libros, muebles, carteles, folletos o avisos oportunos. Nada. Nada más que un local vacío. En el bar de enfrente, relataron que Flichman había pagado su última semana de cafés con una enciclopedia incompleta. Y que se había despedido con la promesa de un futuro poema dedicado al personal del menudo rincón. No, ni por qué ni adónde.

Mis jefes, indignados por lo que barruntaban una artimaña de Flichman destinada a ridiculizarlos, triplicaron viáticos, proporcionaron ayuda científica y experta, me libraron de otros casos y solicitaron lo encontrase sin reparar en medios ni gastos. Sin eufemismos: lo ordenaron so pena de voluntaria renuncia involuntaria al servicio. Y chau, jubilación.

No te he contado, mi querido Manu, que por esa época —Gardel aún vivía— revistaba en la SIAE, Secretaría de Investigaciones de Asuntos Extraños. Pesquisábamos cada suceso, cada fenómeno “raro” que acaeciera. Con fines desconocidos. Al menos por mí. Pasábamos por ser una negra —más allá del gris— oficina de ignotas funciones, dirigida por anónimos funcionarios que respondían a un inexistente organismo oficial de dudosa ubicación, ubicado en una de las trastiendas del edificio de Turismo. Pero, en lo formal, no te mentí. Era un verdadero “empleado público”.

Te aclaro, antes de que lo presumas, que la oficina ni mi empleo tuvieron en absoluto relación política ni ideológica con los gobiernos de turno. Nuestras funciones eran tan ocultas e ignoradas que jamás nadie las conoció. Además, cuando el feroz genocidio sangró esta tierra, ya no pertenecía a la Secretaría y estaba inmerso en otro tema y en otro tiempo y lugar. Ya te enterarás.

Los años se deshojaron, cada uno en pos del anterior —inútiles—, hasta sumar diez. Pero, a la semana de cumplirse esa década de improductiva búsqueda, di con el paradero de Dalmiro Flichman. La pista que me llevó a su hogar fue, de veras, una corazonada de casualidad. No puedo decir como en las novelas: “Cuando ya me había olvidado de Flichman...”, porque nunca me olvidé de él. Pero sí que había desistido de encontrarlo. Algún accidente no denunciado, algún naufragio aéreo o marítimo con muchas víctimas no identificadas, algún incendio colectivo, algún terremoto e inclusive algún tsunami. En fin, que apostaba que, por alguno de esos “algunes”, ya no lo vería. Perdí la apuesta.

Sabés, Manu, que, de tanto en tanto, tomaba unos días de vacaciones para imaginar que descansaba y que, por lo general, elegía sitios bastante tranquilos. Bueno, fui un fin de semana montaña arriba, a un pueblito llamado Villa Las Luces. Escaso de habitantes y de comunicaciones. Unas tres horas en auto.

A pie, daba una vuelta por el agreste paraje cuando, en el atrio de la iglesia, descubrí una exigua reunión de vecinos. Curioso, ¿qué tratarían?, me acerqué y resultó ser una feria de platos. Los pueblerinos exponían sus frescas obras culinarias y un jurado, tras probaditas varias, daba el fallo in situ. Al entrometer mis oídos en las voces, advertí que eran quejas. El ganador no se había presentado e interpretaban la cuestión como una falta gravísima por lo que, luego de deliberar, se revolvió anular el veredicto y otorgar el premio al segundo concursante seleccionado. Una señora muy aseñorada, riendo muelas impolutas —y postizas—, pasó al frente y, entre aplausos, recibió la distinción.

Cuando el grupo se dispersaba y comentaba el acontecimiento, oí el nombre del falluto inasistente: Oscar Poe. Y el corazón, por muy poco, no se me desparramó en pleno atrio. Cerré la boca. Busqué, y hallé ahí nomás, una placita con cinco bancos y me senté a la sombra de un aguaribay. No podía ser otro. Flichman era fanático de Edgar Allan y de Wilde. Suponía que había cambiado el nombre y suponía que debía ser un cambio literario, pero jamás supuse que estaría tan cerca de la ciudad. Claro que en ese pueblo... ¿Quién lo encontraría? Y, más aún, cuando lo vi en persona... ¿Quién lo identificaría?

Pregunté al cura —después supe que se llamaba Tranquilino Rodríguez— la dirección del tal Poe. Respondió que el señor de mi interés no había ido a comulgar ni por error y que no asistía a misa ni para Semana Santa. No hacía falta que aclarara, Flichman era ateo de nacimiento. Sin embargo, sí me indicó adónde encontrarlo. Era muy lógico, qué imbécil. Me reproché no haberlo deducido y evitar mostrarme ante el ensotanado. El bar de la Villa quedaba, si atravesaba la microscópica plaza, a dos cuadras.

Flichman no me conocía, entré sin precauciones. Los domingos solían vueltear por el pueblo algunos turistas, así que nadie se fijó en mí. Tampoco él. Pero... ¿Era él? ¿Ese hombre era Flichman?

A hurtadillas, eché una ojeada —tal vez la millonésima— a la fotografía que portaba en el interior de mi gabán. El hombre en mi bolsillo, semejaba el padre del Flichman que se hallaba a tres metros bebiendo ginebra. Este, que había sido un hombre salido de carnes, se veía delgado como un deportista flaco. Su cabello tupido y blanco como una brocha de cal blanca, era ahora castaño oscuro y su larga barba nívea se había evaporado. Su tez, amarillenta y venada, relucía fresca como la de una manzana silvestre. No solo no había envejecido en los años transcurridos. Parecía un fulano de... ¡De unos cuarenta y algo!

¿Qué cuernos había sucedido con Flichman?

Imitándolo, pedí una ginebra, desplegué el diarucho regional que llevaba, me dediqué a estudiarlo. El tipo no había notado mi presencia. El tipo estaba por completo ausente del bar. El tipo hablaba bajito con una silla vacía a su costado. ¡El tipo estaba chiflado!

En su recorrido, mis ojos toparon con un atado de sus religiosos negros —la única religión que él practicaba— y una caja de fósforos. Decidí moverme. Me levanté, me detuve junto, le pedí fuego y exhibí uno de mis rubios como excusa. Tardó en regresar. Pasó sus manos por el pelo con frenesí, despeinándolo. Pero el cabello tornó de inmediato a su emplazamiento original. Repetí la solicitud, con voz un tono más alto, acababa de recordar que el sujeto carecía de audición normal. Me miró de botas a calva embrionaria. Me miró con morosa calma. Por fin:

—Sírvase —dijo, como si recitara un extendido discurso y, cansado, señaló la caja de fósforos.

—Gracias, señor —hablé de nuevo. Tomé la caja. Abrí. Saqué un fósforo. Raspé su cabeza en el áspero trasero de cartón. Encendí. Devolví. Fui a mi silla. Y, al pitar, desocupé la copa.

Cuando me atreví a mirar, Flichman, con pasos de muchacho, salía del local. Su copa, vacía, aún vibraba.

Lo seguí con el disimulo posible en un poblado de doscientos residentes y, donde a esa hora, plena siesta, hasta las moscas dormían. Unas quince cuadras más tarde, ya lejos del “casco céntrico” ingresó a una cabaña, que más que cabaña parecía un hotel en forma de. Vivienda amplia como un palacio la suya. Dominaba, por lo menos, media manzana de las citadinas.

En cuanto puse pie en el porche, la puerta se abrió. También su voz:

—Así que me encontró nomás —afirmó y: —Pase, pase —invitó.

—¿Cómo se dio cuenta de que...? —respondí, pregunté, al entrar.

Tardó en contestar, me señaló un confortable sillón–hamaca, fue al bargueño, sacó un porrón de cerámica bien folclórico y sirvió dos vasotes de ginebra. Hasta el borde. Me alcanzó uno y se sentó enfrente, en otro sillón–hamaca, no tan confortable. De amable nomás, me había cedido el suyo. Bebimos en silencio. Prendí un cigarrillo. Tragué humo, y aguardé.

—Por eso —dijo de pronto—. Porque ella lo vio ocultar el encendedor antes de pedirme fuego...

Y, mordiéndose, selló sus labios con engrudo de saliva, penando porque el pensamiento le hubiera escapado entre los dientes. Lo dejé pasar. No quería incomodarlo. No pregunté quién era “Ella”. Pero le envié una mirada serena, comprensiva casi.

—Quiero decir —siguió, como si no se hubiera interrumpido—, porque lo vi ocultar el encendedor antes de pedirme fuego. Comprendí que era un ardid. ¿Por qué se valdría usted de un ardid para dirigírseme, a menos que supiera quién soy?

Me puse de pie y recorrí la minúscula sala, como si, de súbito, algo me molestara. Era demasiado diminuta para tan enorme morada. Y, sugestivo, no había libros, nomás unos pocos cuadros ramplones, desagradables.

—Es perspicaz —opinó Flichman—. Acaba de captar —agregó, y fue hasta el bargueño. Pero no ofreció más bebida como pensé, accionó algo detrás del mueble y, sin sonido, la pared norte de la habitación se plegó y dejó al descubierto un extenso salón tapizado de libros. Muchísimos libros, miles quizá. De cabo a rabo y hasta el techo, situado a unos seis metros.

—Veinticinco mil —garantizó ufano—. Son mi “reserva”. Pero no la única, hay seis ambientes más en este nivel.

Estupefacto, admirado, atiné a llenar mi vaso y caminar por el amplio salón. Tomó el porrón y, con maneras caballerosas y mudas señas, instó a que lo siguiera. Y, al decir, informó: “Es el segundo ser humano que penetra estos ámbitos. El primero fui yo, por supuesto”.

En el tercero de los sótanos —había cuatro—, Flichman había hecho una bibliotecaria salvedad. Uno de los muros estaba cubierto de finísimos y añejos tintos que dormían su esperanza de gargueros. Unos ochenta jamones de cerdo pendían del techo como ahorcados apetecibles. De una alacena, extrajo hormas de queso de cabra y pan casero. Llevó la diestra a la cintura, peló un facón tremendo y se puso tajadas a la obra. Me concedió el honor de elegir el tinto. O los —a mí, acostumbrado a “los pingüinos de la casa” de las fondas—. Eran las tres de la tarde.

A las seis pasaditas, tirado en la amplia cama del cuarto de huéspedes, me despertó el olor a tostadas.

Pero no eran tostadas, una bandeja repleta de arrolladitos caseros —Made in Flichman— rellenos de higos, nueces y miel, refulgía sobre la mesa. Una gran jarra con café les hacía humeante sombra.

El librero anticuario cocinaba de maravillas. Figuraba en su expediente. Eso lo había delatado en el atrio. Se lo dije. Y maldijo, y esparció migas húmedas. No había podido resistir la tentación de participar de ese concurso, luego se arrepintió y no fue. Pero nunca adivinó tamaña consecuencia.

Mientras, echados en sendas reposeras de caña y lona, desde el jardín trasero veíamos la melancolía del crepúsculo hacerse noche, liberamos las palabras —fumadas, ginebrinas— que fueron el comienzo de nuestra amistad.

Que todavía persiste y, sospecho, continuará por tiempo indefinido.

Me quedé unos días en casa de Flichman. Él lo propuso: “Si como dice, ahora que me encontró, no tiene nada que hacer en la ciudad, quédese acá un tiempito, hay lugar y me vendrá bien charlar, hace años que no hablo de ciertas cosas. Nunca hablé de ciertas cosas”.

Acepté encantadísimo.

Con los días, y con las noches, nos contamos los respectivos transcurrires. Alumbré así, por fin, su secreto. Sus.

—Pregunte lo que quiera —ofreció, con los ojos nocturnos crucificados en la Cruz del Sur.

Como me habituaría después, debía esperar —siempre— amanecer sorpresas por la boca de ese individuo. Sin pensar, automático, dije:

—¿Con quién hablaba en el bar? No vi a nadie con usted.

—Pregunte lo que quiera, menos eso —corrigió brusco, de sopetón. Y murmuró un ininteligible como “Cada uno con sus fantasmas” o parecido, no podría asegurarlo. No insistí. Jamás. Pero, la pausa permitió disponer mi mente. “Está bien. Sigamos”, planteé. Y, al ver que cabeceaba un “Sí”, lo hice.

Traté de exponer mis interrogantes en orden cronológico. Y de tal modo fui satisfecho.

Había salido con vida de aquel encierro en la cabaña, no de milagro sino por una insólita ocurrencia. A los quince días de beber agua, famélico —había sido hombre de buen comer mucho—, manoteó un libro cualquiera de los que amurallaban su prisión, masticó unas cuantas páginas y las tragó. No le supieron mal, de manera que embuchó otras varias, las bajó con sorbos y se recostó. Al abrir los ojos, horas más tarde, se sentía en óptima forma, descansado, vital.

Fue así como, el hombre que, por primordial vocación, literariamente devoraba libros, empezó literalmente a comerlos por salvación, a alimentarse de ellos. Tres torá, media biblia, dos Calí, un Tudela, un Ramponi y cuarto, y media docena de policiales negros le preservaron la vida en aquella ocasión.

Ya te comenté, Manu, que no fue un milagro sino una insólita ocurrencia. El milagro estalló después de esa, poco menos que loca —desesperada—, idea. El milagro fue un desmesurado resultado de su libresca nutrición.

A las cuarenta y ocho horas de deglutir las primeras páginas, principió, paulatino, a recuperar la escucha extraviada hacía un lustro. A desplazarse más erguido. A sentirse de manera estupenda, ya en su cuerpo, ya en su razonar. Por eso no había denunciado a los malditos que lo encerraron, ni pedido resarcimiento. Porque le habían regalado la oportunidad de descubrir el remedio de cualquier mal orgánico o psíquico, una especie de genuina fuente de la juventud: engullir libros.

En libertad, el gusto se le volvió vicio. Y ya no pudo desertar.

La mañana en que desayunó con algunas canas menos, tomó la determinación.

Viajó a Buenos Aires y vendió, a precio vil y urgente, una preciosa colección de joyas bibliográficas que guardaba para los penosos años de retiro por vejez anciana, logró así apiñar una pequeña fortuna. Empaquetó los seis mil libros que le quedaban y las tres camisas, dos pantalones y cuatro calzoncillos que poseía. Cerró la librería. Devolvió el departamento de una pieza que rentaba, hizo mutis por los bares, cafés, cabarés y prostíbulos que trotaba y partió en un camioncito fletado.

Variado a Oscar Poe, cabello teñido de oscuro, sin barba ni bigote y hábitos callados, se instaló en Villa Las Luces. Y, a medida que manducaba libros y rejuvenecía, construyó con sus manos —y las de varios obreros— la gigante cabaña en la que residía. Y los muebles. Y los sótanos.

—Alguna otra duda, Lautaro —dijo una tarde, cuando intentábamos pescar truchas en el arroyo. Intentábamos nada más. El vinito blanco ambarino, enfriado en el agua de deshielo, y el jamón crudo, incitaban a hablar. El día comenzaba a apagarse sobre las cumbres y, se sabe, es bueno hablar durante el ocaso.

Timba, timba y libros antiguos. De eso había vivido, tales habían sido sus recursos económicos. Todavía lo eran. Con calculada frecuencia, viajaba a Buenos Aires y elegidas provincias, compraba y vendía libros exóticos, practicaba martingalas infalibles en los casinos y casas de juego, clandestinas u oficiales. Y regresaba a la Villa con provisiones dinerarias como para tres o cuatro meses. Jugaba póquer y chinchón con vecinos selectos o gentes finsemaneras. Además, algunas muy pocas veces, buscaba oro en las montañesas inmediaciones con relativo éxito, pero éxito al fin. Sus deleites, aparte de los libros, eran frugales salvo los postres. Allí no medía gastos ni dulces.

—¿Le queda algo atragantado en el buche? —quiso saber, un momento en que amañanábamos acostados en el pastito del fondo, bajo los pinos, entre ginebras.

Unos cien mil libros en los recintos de la cabaña y en los sótanos. Alrededor de esa cantidad, acumulados durante años —para leer, para vender, para comer—. Por sí mismo, y gente contratada que recorría las librerías del país comprándolos. Gente instruida por él. Y, además, adquiría por catálogos, informes y publicaciones concernientes.

—Haga la última y ya no pregunte más —intimó en los finales de una cena de truchas a la parrilla y arrolladitos de higos, nueces y miel. Dejó el tintillo, e hizo volar el corcho del champán francés allende las tinieblas alunadas.

Asentí. Brindamos por la Literatura y los amigos que conlleva entre vida y palabras. Puse un hollywoodense suspenso, prendí un cigarrillo. Pité hondo y dije:

—Es un trato, estimado Flichman. Descubrió usted la fuente de la juventud. Ahora bien, ¿cuándo se detendrá ese tránsito hacia atrás? Y, claro, ¿cuánto durará?

—Son dos —respondió ojos en la Luna. Y enmudeció, como si midiera qué decir, qué tanto confiar en mí, qué. Como si pusiera su vida en mis manos. O en mi lengua. Luego, desquitándose, introdujo un británico suspenso que duró lo que tardó en llenar su pipa con tabaco irlandés, echarle un fósforo y soltar humo hacia el cielo de pinos.

—Por siempre —profirió, como si hablara del clima—. Durará siempre. A perpetuidad. Usted, estimado Lautaro, según oigo, no entendió por completo. No encontré la fuente de la juventud. Encontré la eternidad.

Me ahogué en la saliva de mi pensamiento. Tosí. Bebí de la botella hasta verle el poto. Vomité. Pedí disculpas. Fui hasta el baño de la cabaña. Volví con una damajuana de café negro. Y un par de vasos con ginebra.

El silencio podía masticarse como un arrolladito de Flichman. Mi mente crujía espasmos de rotas cadenas. Flichman sonreía por sus fosas nasales. Le mandé el vaso a mis tripas revueltas. Dejaron de hacer piquetes. En mi cerebro había una manifestación irreprimible. Vacié su vaso, el que había traído para. Insistí con un cigarrillo. Me quedé viendo la Luna como si fuera una mujer desnuda. Algo redonda, claro. Pero igual de bella. Me quedé viendo la noche. Me quedé viendo. Al rato, uno de media hora como mínimo, grité: “¡¡¡La puta que lo parió, Flichman!!!”. Hecho, me desmayé.

Al volver de vaya uno a saber qué inconsciencia, estaba en “mi” habitación. Vestido y con hedor a basura podrida. Pasé por la ducha dos veces, una vestido y otra sin ropas. Cuando aparecí en el sombreado porche, el mediodía rajaba la verde–piedra circunstancia. Busqué al anticuario, en vano. El tipo habría tenido algo que hacer en el pueblo. Me serví unos amargos con dos puñados de aspirinas y aguardé.

Volvió en su sulky. Sí, el muy ladino tenía un sulky con un bello matungo alazán carapinta al que, claro, había rebautizado “Marlowe” —no había subido a un carruaje traccionado por caballos desde las calesitas de mi infancia, pero pronto aprendí a conducir a Marlowe como una bicicleta. Eso fue después—. En loable gesto, me extendió un manojo de yuyos secos. “Hágase un té con esto y adiós resaca”, dijo. “Mire que la bruja me cobró dos libros de religión, así que tómese el té nomás”, añadió, mientras bajaba un chivo pelado y desnudo y muerto, del sulky.

Obedecí. Santo, o brujo, remedio. Caminé hacia el fondo. Flichman, con un circense sombrero cowboy —odiaba el Sol, más de una vez le oí decir: “El Sol o yo”—, encendía el fuego para asar al pobre chivo que resultó ser una inefable chimichurreada delicia.

Más tarde, al disfrutar el exquisito helado casero hecho de frutas y ginebra, el hombre, que podría haber sido renombrado chef en la Costa Azul, y no librero cordillerano, disparó uno de sus inesperados, el más escalofriante:

—Lautaro, ¿le placería venirse a vivir aquí, conmigo? Me cae bien y tengo planes para usted... para nosotros…

Lo miré como se mira el futuro, con una mezcla de temor y dicha, con esa incierta certeza de lo porvenir no llegado. Lo miré como tratando de predecirme una vida por completo impensada, jamás vislumbrada. O soñada.

Pero Flichman no había acabado, había hecho un parate. Terminó:

—Si me dice que no, tendré que matarlo.

Hacen ya exactos treinta y siete años, dos meses, dos semanas, tres días, siete horas, diez minutos y un segundo, de aquella singular propuesta.

Regresé a la ciudad. Renuncié a mi puesto de “empleado público” —a pesar de restar una miaja para jubilarme—, puse mi automóvil y casa en venta, me despedí de algunos amigos y —por separado— de dos furtivas amantes, mentí que viajaba a España, quizás a radicarme, que ya vería, que les escribiría. Más tarde, cargué ropas y textos, y retorné a Villa Las Luces.

Al siguiente día, empecé a comer libros.

Flichman es tres años mayor que yo, retrocedimos el almanaque de la vida y ahí nos estacionamos. Él en los treinta y siete, yo en treinta y cuatro. Ahí nos estacionamos. Ahí comenzamos la eternidad.

Compartimos el destiempo.

No el lírico —usó esa palabra en decenas de poemas—, sino el destiempo concreto, real.

Durante años he andado por la república, y países alrededores, comprando libros antiguos y practicando sus infalibles timberas técnicas. A veces, muy pocas, le gano al chinchón. Y no aprecia para nada mis pullas vindicatorias.

Juntos fundamos la Biblioteca de Villa Las Luces, en un local cedido por el Delegado Municipal. Mas, cuando pasen los años, tendremos que abandonarla en otras manos porque sospecharían de bibliotecarios inmutables. Tenemos ese dilema. Con el aletear del tiempo trasladarnos a otro pueblito aislado o, en modo progresivo, maquillarnos de envejecimiento.

Juntos pretendimos dar un Taller Literario en la Villa. Lo llamaríamos “El Adjetivo Asesino”. Pero desistimos antes de iniciar las clases. El único alumno que se inscribió fue el cura Tranquilino Rodríguez.

Juntos hemos escrito cuentos y novelas negras, rosas y verdes, algunos ensayos sobre Literatura y hasta aprendí a parir poesías —con tal maestro, cómo no—. El drama es que tanto escrito permanecerá inédito hasta que demos con un testaferro de confianza que se atreva a estampar su nombre al pie. Tal vez vos, querido Manu, podrías ocuparte del asunto, aconsejarnos o sugerirnos una solución. No podemos hacerlo nosotros. Flichman superó los ochenta y yo le piso las sandalias, pero todavía no cruzamos los cuarenta. Ni lo haremos. Nos hemos volatilizado del rostro del planeta.

Vivimos felices. Nos llevamos bien. Pocas veces discutimos. Puedo aseverar, sin vacilaciones, que nos hemos hecho buenos camaradas. Hermanos de sangre amiga. O de amiga sangre. Compartida.

Ah, y algo fundamental: ¡Disfrutamos de la vida sin prisa alguna!

Los libros nos han dado eternidad. Pero algo, que escuchamos por radio el otro día, nos inquieta. Quizá sea un rumor infundado. El locutor anunciaba que tras probar con escondido triunfo una peculiar instalación tecnológica para conexiones entre computadoras, militares de la Defensa de EEUU tendrían intenciones de divulgar su experimento con fines de uso civil. Hablaba de una red virtual que podría ampliar al infinito las comunicaciones mundiales. Tal notable invento llevaría, en un futuro muy lejano, a reemplazar cartas, diarios, cine, televisión e incluso libros.

Semanas pasadas, presentíamos con Flichman que, a dieciséis diecisiete años del Siglo 21, tal vez, los adelantos científicos nos complicarían la calma existencia. Y, ayer, nos preguntábamos: ¿Habrá libros eternamente?

Si bien ese es un grande problema, el actual no es menos esencial. Durante años hemos abrevado en féminas de ocasión, tanto en viajes de negocios como en turistas que visitaban el pueblo y hospedábamos con harto placer. Pero, enigmas del corazón, nos vinieron ansias de amor duradero. Hace meses, logramos que un par de muchachas se quedaran a vivir con nosotros. Hace meses, también, que tratamos de convencerlas –hasta ahora sin resultado— de que los libros constituyen un magnífico alimento.

Querido Manu, quedo a la espera de chismes de tu vida. Y comentarios.

Recibí mi estima y un abrazo gigante.

Lautaro”.

Gracias


Rulfo Vázquez —sí, su madre admiraba al genial escritor mexicano— era abogado, pero no ejercía. Practicaba oficio más justiciero. Estafador inmobiliario y bursátil. Tráfico y falsificación de moneda extranjera. Simulación de herencias y testamentos. Estafador y cuarentón. Bien relacionado en los cielos empresarios y sociales, se había encamotado hasta la billetera de una damita de quizá veintiocho. Trajinaba diez años de casado. También, entonces, estafador de afectos.

Ese viernes, pretextó a su esposa una importante reunión de negocios. Cenó con Emma, su chica amante, en un exclusivo boliche. Más tarde, caricias con champán en el depto que había alquilado en el centro para esa clase de. Enseguida, la construcción sexual del amor. Hasta que don Sol bostezó el amanecer.

La alcanzó al domicilio. Tomó grande café en un ídem y hojeó el diario. Regresó. Guardó el BMW en la cochera. Se dio una ducha rápida. Puso, suave, la cabeza en la almohada en el esmero de no inquietar a Lilí. Suspiró. Perfecto. Si no fuera porque tenía a Emma metida en los bolsillos del corazón. Si no fuera porque le gustaría vivir con ella. Aunque más no fuese un tiempito. Si no fuera porque sonaba el celular. ¿Quién carajo, a esta hora, y en sábado?

El Pipi. Un amigo confidente. Ministro de Seguridad. El Pipi, un amigazo. Que Emma había muerto. Que el cadáver había sido encontrado en el living de la vivienda de ella. Hacía minutos. Que a un vecino le extrañó ver la puerta abierta y se asomó. Que Emma en la morgue.

Palideció los latidos. Saltó de la cama. Se encerró en el baño. Confesó que habían comido juntos y. La había transportado a su casa, visto entrar y cerrar. Que gracias. Que lo tuviera al tanto. Cortó. Abrió de nuevo la ducha. Lloró como jamás.

Lilí, su santísima esposa, vio que desayunaba whisky. ¿A esta hora?, pensó. Pero, ni mu. Le puso un tazón de café entre las manos. Se fue de compras. Antes, le frotó un beso en la entrecejada frente. La ignoró. Su esperma le ocupaba la mente. En la autopsia le darían “el piedra libre”. Ahora se hacían análisis de adeene en la provincia. Le saldría una fortuna. Si es que podría untar. Si no, un escándalo memorable. Casi tanto como Emma.

Otra vez el celular. Otra vez el Pipi. Que omitió un importante. Que Emma se había abierto las venas con un trozo de vidrio. Botella de vino. De vino fino. Que investigaban huellas digitales, por cumplir. Pero, suicidio clavado. Sin embargo, había un detalle que... “¿Tomaste mucho anoche? Porque el forense dijo que Emma no había tenido relaciones sexuales en, por lo menos, cuarenta y ocho horas”.

Salvado. Minga de adeene. Pero... ¿Emma suicidada después de amarlo? ¿Emma sin rastro del íntimo ejercicio? ¿Cómo podría ser? Se comunicó con una amiga médica. Confiaba en ella. Sabía mucho. Y era muy linda. Quedaron para la tarde. Tenía que dormir.

Raquel. Café descafeinado en la sonrisa. Sacarina en la cara. Golosinas light en el cuerpo. Dijo: “Existen espermicidas poderosos, pero, incluso usándolos, se puede extraer adeene de los espermatozoides muertos”. Rulfo le explicó que un amigo escritor le había pedido asesoramiento acerca de cómo podían borrarse los vestigios de semen en una vagina. Raquel rió como si no le creyera ni medio y respondió que muy simple, con lavar. Lavar bien, de arrastre, meticulosamente. En el bidé, largo tiempo y con jabón neutro. O bien, con una pera de goma, varias veces. Meditó un instante. Preguntó: “¿Eso podría hacerlo un hombre? Digamos, ¿en una mujer inconsciente... o muerta?”. Raquel respingó. “Supongo que sí. Pero, ¿por qué un hombre? ¿por qué muerta?”, inquirió. Rulfo encogió los hombros. “Solo una idea que me vino”, soltó. Y chistó al mozo.

Cuando, tras reconocerle el favor, le miró el irse, lamentó sentirse de velorio. Pidió un whisky. En el mismo bar. Bebió pausado. Especuló en tanto fumaba. No podía poner un pelo en la morgue ni en la oficina fiscal. No quería molestar al Pipi en sábado. Pero usaría las influencias que la plata le otorgaba. Marcó el número de un diario. Pronunció dos nombres. El del periodista de Policiales que estaba en el caso Emma, y el suyo. Con el segundo whisky, y el cuarto cigarrillo, el tipo llegó.

Pretextó no beber cuando trabajaba, pero aceptó una picadita y un café doble. Rulfo le sirvió unos cuantos dólares envueltos en servilletas de papel. El cronista escondió, recuperó la respiración, dijo: “¿Qué quiere saber?”.

El dictamen de la cana era suicidio. No habían hallado notas. Pero, como la chica vivía sola, y hacía terapia, se quedaron con eso.

Tembló. El psicólogo, o la, sabría de él. Pero no podían delatar. ¿O sí? Otro whisky. Otro llamado. Respiró. El analista —compañero de póquer— expresó que: “El secreto profesional los amparaba. Salvo orden judicial, se les impedía hablar”. Bien. Basta de alcohol. A casa.

Hizo lo que pudo por simular buen ánimo. Pero no lo logró. Lilí se dio cuenta. Lo miró con sus ojazos selváticos. Verdes. Marrones. Negros. Lo miró de ese modo. Mintió un: “Temas de corruptos que quieren más, pero lo voy a arreglar”. Le dio un beso. En la mejilla. Fue a la ducha. Lloró como un perro llorón. Se desplomó. En la cama. En su lado de la cama.

A las seis de la mañana, llamó al periodista. Indagó si había fotografías de Emma difunta. Quería verlas.

Ocho en punto. Esta vez, sendos tostados y cafés. El mismo sitio. El del diario le mostró. Los cortes en las venas eran muy groseros. Demasiado profundos. Por más loca que estuviera... Advirtió algo extraño: ¿Emma se había cambiado de ropa para suicidarse? Cuando se vieron, usaba un exótico vestido rojo que él le había comprado. Pero, cadáver, lucía yin y remera. El asunto olía mal. A cloaca. Quiso saber quién había hallado el cuerpo y si había hecho declaraciones. “No tengo acceso a esa información”, esquivó el hombre. “Trate”, ordenó. Le entregó un sobre de verde contenido. Se quedó con una foto.

Era mediodía de domingo, pero se tiró el lance. Raquel lo atendió. Amable. Gentil. Hermosa. Le enseñó las venas abiertas de Emma. Diagnosticó que los tajos eran innecesariamente hondos, por más que hubiera utilizado un vidrio de botella. Muy raros en una muchacha. Como si alguien —con fuerza— la hubiese ayudado a autoeliminarse. Le agradeció. Le rogó que guardara reserva de lo que había visto. Lo miró, ofendida. Pidió perdón. Se fue rápido.

Telefoneó el de Policiales. Que había sido tal cual. Un vecino distinguió la puerta entreabierta. Dio unos pasos, golpeó palmas. Y se sorprendió. Dos veces. Una, de ver tanta sangre en el piso. La segunda, al descubrir a la sin vida en un sofá. Salió a la carrera. Discó el 911. No hay más. Ni siquiera el nombre del coso.

No fue al entierro. Esperó una infinita semana. Tenía llave, por supuesto. Ingresó rápido. Portaba guantes. Prendió la luz. Pasaba la medianoche. El sofá había sido cubierto con una sábana. El piso no. Lo habían lavado. Husmeó, revisó cada rincón, placard, cajón. Cocina, baño y dormitorio. Todo en orden. Nada sospechoso. Emma era aficionada a los licorcitos. Llenó una copa. Inmundo. Decidió volcarlo en la pileta de la cocina. Lo hizo. Divisó el tacho de la basura. Lo alzó. Revolvió. Deshechos normales y restos podridos. Un corcho de botella de vino. Unos papelitos rotos en el fondo. Depositó el tacho en su sitio. Hurtó la bolsa de nailon con los residuos.

Fue a su departamento del centro. Olía a Emma. Desplegó periódicos viejos sobre la mesa. Vació la bolsa. Retiró el corcho. Separó lo nauseabundo. Lo metió en otra bolsa. Buscó los papelitos. Había algo escrito. Parecía una carta. Un mensaje. Armó, con asco y paciencia, el rompecabezas. Se le rompió la cabeza. Los nervios fueron con la basura. El alma. No el alma, no. No tenía.

Destapó champán. No para festejar. Beber nomás. Prendió. Pitó. Volvió a leer. “¡Hija de puta! Vas a dejar de hacer daño. Te queda poco tiempo. ¡Muy poco!”. No había firma. Pero.

Pero sabía quién había redactado esa amenaza. De memoria. Los rasgos eran inconfundibles. De memoria. La letra de Lilí.

Quemó la misiva. Lilí era una asesina. Había que deshacerse de la única prueba. Bajó. Fue al bar más próximo. Subió con scotch y cigarrillos. Terminó la botella. Se desmayó en la silla.

Cuando volvió, llovía. Era de noche. Bajó. Fue al bar más próximo. Subió con scotch y cigarrillos. Cuando volvió, era de noche. Bajó. Fue al bar más próximo. Subió con scotch y cigarrillos.

Al cuarto día, de día, resucitó. Vomitó. Convocó al periodista. Almorzaron en La Peatonal. Devoró como si hiciera mucho que no. Él. También el otro.

Después del tiramisú, le dio un gordo sobre con plata del norte del mundo. Escupió: “Si le decís a alguien. Si le contás a tu perro nuestras conversaciones, te vas del país. O al cementerio”.

Mientras conducía hacia su casa, alumbró un detalle que lo enterneció. No lo había incriminado. No había querido. El lavaje vaginal había sido por eso. Y por ella, la relacionarían. Igual pronunció la palabra “Gracias”.

¿Habría estado aguardando por ahí cerca? La observó descender. Tocó timbre. Emma la hizo pasar. Tomaron vino. Charlaron. Le pegó con la botella. Le quitó el vestido rojo. La limpió por dentro como planeó. En el bidé o con la pera de goma que había previsto. Sabía que habrían hecho el amor. Luego. Luego. Luego. Luego, la vistió. Le tajeó las venas con un pedazo de botella. Sí. Se fue y dejó abierto. Pero, ¿habría sido capaz? ¿Ella Sola?

Refugió el BMW en el garaje. Se acomodó el cabello. Diría que en lo del Pipi, por una complicación. A... nadie. Buscó. Gritó el nombre. Ni siquiera el eco. En el dormitorio, el vestido rojo de Emma. Y, abrochada, una esquela. De inconfundible letra. “Imagino que adivinaste. No podía soportarlo. Me voy. No hay nada entre nosotros. Hace siglos. Que estés bien. Lilí”.

Se desesperó ante lo inesperado. Desesperado, pulsó el celular. Que no. El ministro había renunciado —informaron— y partido a París. No sabemos cuándo regresa. Si es que.

¡Pipi y la puta madre que te parió!

Se tiró. Murió unas cuantas horas. Cuando abrió los ojos, se adecentó. Fue al banco. También viajaría.

Sus cuentas se hallaban en cero. Lilí había pasado hacía un par de días...

Bolso


Semanas atrás, debía trasladarme a Córdoba. Reservé pasaje. Compré ropas. Fui a la peluquería. Convencí a una vecina para que, en mi ausencia, regara plantas y alimentara a Syrah, mi canina y única compañía. Dos horas antes de partir, me dispuse a guardar en mi bolso prendas, libros, intimidades y algunos remedios. Pero no lo encontré.

Puse la vivienda patas arriba, revisé bajo camas y otros muebles. Vacié placares, cajones, el lavarropas, el horno de la cocina, bibliotecas, el neceser del baño, el microondas e, incluso, la cucha de la perra. En vano. El maldito bolso se había evaporado.

Desconcertado, bebí un trago del aguardiente catamarqueño y monjil que, en esporádicas ocasiones, me regala un vate amigo. Encendí un Camel. Y medité. Tanto, y de tal modo, que al mirar el reloj, supe que el avión había partido sin mí.

Amanecía cuando establecí que había dejado el bolso en otro sitio. Pero, ¿dónde? El mes anterior, al asistir a un congreso de mi profesión en Buenos Aires, había llevado el escurridizo bolso. ¿Lo habría olvidado en el hotel? Si era así, ¿cómo no me había dado cuenta? ¿Y qué sacos, pulóveres, camisas, pantalones, medias, slips y zapatos había usado desde que volví? En ese instante, la duda me rebanó –de siete tajos— la certidumbre espacio–tiempo. ¿Y si jamás había vuelto? ¿Y si aún permanecía allá? Y, si tenía razón, ¿de quién diablos se trataba mi yo?

Con el Sol en la aguja de las diez de la mañana, telefoneé al hotel. Efectivamente, yo no estaba en ese momento en la habitación, pero me alojaba allí. Me dejé un mensaje. Que me dijeran que necesitaba urgente el bolso. El conserje juró que lo haría.

La tarde siguiente, insistí. Confirmaron que me habían dado el mensaje. Yo había salido, pero había encomendado que me informaran que la única manera de recuperar el bolso era ir a buscarlo.

Insultando a Dios, a María Santísima y a mi pobre madre, volé a la Capital del país. En la recepción del hotel, asintieron. Yo había encargado que me dieran el bolso. Luego, había cancelado la cuenta y abandonado el lugar.

Un hombrecillo muy servicial fue hasta el depósito de equipajes y me trajo el susodicho, que se veía lleno e intacto. Le di unos pesos por su amabilidad. Y, ya más tranquilo, regresé. El próximo viaje tendría en qué transportar mis bártulos.

Volar


Cuando desperté, agradecí a Dios estar vivo. Es lo primero que recuerdo. A pesar de que, más tarde, deseé mil veces haber muerto en el accidente.

Lo segundo que guardo en la memoria, es que me cubría una especie de barro líquido y maloliente. Comprendí que, de no ser por ese fango hediondo, jamás habría sobrevivido.

Había sido despedido del aparato al romperse el fuselaje y las llamas, al sobrepasarme, apenas habían entibiado el légamo que me envolvía. Esa mojadura –casi sólida– me había salvado el pellejo.

Demoré en llegar a los candentes restos de la avioneta. Era un horrible matadero. Solo yo respiraba. Los demás pasajeros, y la tripulación, doce desdichados, ya no habitaban este mundo. Lo habían abandonado en medio de atroces sufrimientos, calcinándose, fundiéndose con hierros, vidrios y espanto.

Estudié el terreno del impacto. Montañas y montañas nos cercaban como buitres colosales en siniestra espera. Refugié mi dolor bajo una roca enorme cuyo extremo fungía de techo. Mientras pensaba en las posibilidades de auxilio, y si los pilotos habrían alertado que uno de los motores humeaba en pleno vuelo, se largó a llover.

Dos horas después, el lugar imitaba una laguna oscura en vías de pudrición. Regresé a la pequeña nave. Palpé la cubierta. Ya no quemaba. Me introduje en el desastre y busqué los cuerpos. Lo que quedaba de ellos luego de la muerte ardiente. No sé cómo hice, pero lo logré. Gritando pena, a puro aullido, en ese retorcido Infierno de metal y cenizas, con manoslágrimas, extraje, en partes, pedazos, lo que el fuego había dejado.

Del estropicio, saqué un afilado trozo de chapa y cavé. El suelo bajo la roca continuaba seco. Los enterré contiguos. A Boadicea, mi amada esposa, y a Adriano, nuestro breve hijo de un año. Y recé un padrenuestro.

Exhausto y ansioso por fumar, miraba el cielo sin nubes cuando, tras un leve mareo, caí desvanecido...

Cuando desperté, agradecí a Dios estar vivo. Es lo primero que recuerdo. A pesar de que, más tarde, deseé mil veces haber muerto en el accidente.

Lo segundo que guardo en la memoria, es que me cubría una especie de barro líquido y maloliente. Comprendí que, de no ser por ese fango hediondo, jamás habría sobrevivido. Había sido despedido del aparato al romperse el fuselaje y las llamas, al sobrepasarme, apenas habían entibiado el légamo que me envolvía. Esa mojadura –casi sólida– me había salvado el pellejo.

Demoré en llegar a los candentes restos de la avioneta. Era un horrible matadero. Solo yo respiraba. Los demás pasajeros, y la tripulación, doce desdichados, ya no habitaban este mundo. Lo habían abandonado en medio de atroces sufrimientos, calcinándose, fundiéndose con hierros, vidrios y espanto.

Estudié el terreno del impacto. Montañas y montañas nos cercaban como buitres colosales en siniestra espera. Refugié mi dolor bajo una roca enorme cuyo extremo fungía de techo. Mientras pensaba en las posibilidades de auxilio, y si los pilotos habrían alertado que uno de los motores humeaba en pleno vuelo, se largó a llover.

Dos horas después, el lugar imitaba una laguna oscura en vías de pudrición. Regresé a la pequeña nave. Palpé la cubierta. Ya no quemaba. Me introduje en el desastre y busqué los cuerpos. Lo que quedaba de ellos luego de la muerte ardiente. No sé cómo hice, pero lo logré. Gritando pena, a puro aullido, en ese retorcido Infierno de metal y cenizas, con manoslágrimas, extraje, en partes, pedazos, lo que el fuego había dejado.

Cuando coloqué el dispositivo incendiario en uno de los motores de la aeronave, no imaginé que viviría. El plan era que muriéramos los tres. Nuestro amor no tenía salida. Nunca quisimos contarle. Hubiera muerto de todos modos.

Del estropicio, saqué un afilado trozo de chapa y cavé. El suelo bajo la roca continuaba seco. Los enterré contiguos. A Boadicea, mi secreta e indispensable amante, y a Adriano, su esposo y mi mejor amigo. Y recé un padrenuestro.

Exhausto y ansioso por fumar, miraba el cielo sin nubes cuando, tras un leve mareo, caí desvanecido...

Cuando desperté, agradecí a Dios estar vivo. Es lo primero que recuerdo. A pesar de que, más tarde, deseé mil veces haber muerto en el accidente.

Lo segundo que guardo en la memoria, es que me cubría una especie de barro líquido y maloliente. Comprendí que, de no ser por ese fango hediondo, jamás habría sobrevivido. Había sido despedido del aparato al romperse el fuselaje y las llamas, al sobrepasarme, apenas habían entibiado el légamo que me envolvía. Esa mojadura –casi sólida– me había salvado el pellejo.

Demoré en llegar a los candentes restos de la avioneta. Era un horrible matadero. Solo yo respiraba. Los demás pasajeros, y el tripulante, tres desdichados, ya no habitaban este mundo. Lo habían abandonado en medio de atroces sufrimientos, calcinándose, fundiéndose con hierros, vidrios y espanto.

Estudié el terreno del impacto. Montañas y montañas nos cercaban como buitres colosales en siniestra espera. Refugié mi dolor bajo una roca enorme cuyo extremo fungía de techo. Mientras pensaba en las posibilidades de auxilio, y si el piloto habría alertado que el motor humeaba en pleno vuelo, se largó a llover.

Dos horas después, el lugar imitaba una laguna oscura en vías de pudrición. Regresé a la pequeña nave. Palpé la cubierta. Ya no quemaba. Me introduje en el desastre y busqué los cuerpos. Lo que quedaba de ellos luego de la muerte ardiente. No sé cómo hice, pero lo logré. Gritando rabia, a puro aullido, en ese retorcido Infierno de metal y cenizas, con mis manosfuria, extraje, en partes, pedazos, lo que el fuego había dejado.

Quería repartir el botín luego de escapar del banco, en cuanto llegamos al tugurio donde nos ocultábamos. Y esconderme varios meses en algún pueblo ignoto. Pero me dejé convencer. Insistieron. Ella insistió. Era mejor huir juntos. Contrataríamos un avión minúsculo, imperceptible, y en una hora estaríamos lejos, libres en el exterior. Allí distribuiríamos el dinero. O lo disfrutaríamos entre los tres. A qué separarnos, había agregado. Sabía que la amaba, seguro que sabía. Por eso insistió. Ahora, los billetes eran polvo irreconocible y, ellos, un matrimonio vuelto despojos de carne negra.

Del estropicio, saqué un afilado trozo de chapa y cavé. El suelo bajo la roca continuaba seco. Los enterré contiguos. A Boadicea y Adriano, mis cómplices, compañeros de dos años de correrías. Y recé un padrenuestro.

Exhausto y ansioso por fumar, miraba el cielo sin nubes cuando, tras un leve mareo, caí desvanecido...

Cuando desperté, agradecí a Dios estar vivo. Es lo primero que recuerdo.

Lo segundo que guardo en la memoria, es que me cubría una gruesa frazada y cables y tubos me conectaban a máquinas extrañas.

Comprendí que, de no ser por esa parafernalia cibernética, jamás habría sobrevivido.

Demoré en reconciliarme con la realidad. Alguien hablaba en las antípodas de mi visión. Intenté alzar la cabeza, pero un tropel de púas me atacó el pecho. Rendido, me conformé con escuchar. No solo hablaban. Hablaban de mí.

—Fiebre, delirios, alucinaciones —informaba una voz masculina—. Aún no sale del shock. Ha estado en trance desde que lo trajeron.

—¿Algo más, doctor? —preguntó una voz de mujer dulce.

—Es arquitecto, treinta y tres años, soltero y, según sus familiares, siempre fue muy sano. Lo único que mencionaron fue su terror fóbico a viajar en avión. Se desmayó en plena calle y lo atropelló un colectivo. Hace dos semanas —terminó. Y sentí cerrarse una puerta.

Los pasos, claramente femeninos, se avecinaron. Vi un rostro poco menos que perfecto sobre un cuerpo mucho más que perfecto. Leí el adhesivo en la chaqueta verde: “Psiquiatría”. El rostro sonreía caramelos por los labios. Me sonreía. Una caricia de seda dejó consuelo en mi frente. Cuando mis ojos tocaron mermelada en los suyos, la voz me derritió:

—¡Buenos días! ¿Cómo se siente?

Creí que llevaba un siglo sin pronunciar. Las palabras retardaban su asomar. Por fin, a los tres, o cuatro, minutos, pude arrojarlas:

—Bien. Gracias. Pero no recuerdo nada. No sé por qué estoy aquí. Ni qué es aquí —dije, con arena del tiempo en la boca.

—Es normal. Ya se le pasará. Ahora, descanse... —se detuvo, averiguó en la historia clínica sobre la cama—. Descanse, Adriano. Mañana vamos a conversar y espero que me diga qué hacía, el día en que lo encontraron, con un pasaje de avión en la mano.

Se iba cuando, con gran esfuerzo, comenté:

—Me lleva ventaja, doctora. Sabe mi nombre, pero no sé el suyo.

—Boadicea —dijo.

La cabeza de Amancio Podestá


Hará un par de meses, conocí a Amancio Podestá. Muerto. Y sin cabeza.

Cada vez menos, pero aún creo en lo que publican los diarios. Sobre todo en Policiales. Es lo primero que leo. Después de los Fúnebres, claro.

Aquella mañana, el titular alarmaba: “¡Encuentran a hombre sin cabeza!”. Más abajo, aclaraba que era un cadáver. Quise reír, pero no me salió. Me salió la intriga.

Por motivos personales tengo amigos en la morgue. Fui. Dijeron que el sin vida se llamaba Amancio Podestá. Y me lo presentaron. No pude estrechar su mano. Únicamente observar el sitio donde debía tener la cabeza. No había. Tan solo un cuello. Que no finalizaba. O no comenzaba. Un cuello cauterizado. Y sin corbata.

“No sabemos”, fue la respuesta sobre la causa de la decapitación. Ni siquiera si había sido un homicidio. O un accidente. Además, no habían dado con la desaparecida.

Un chicle para rumiar, no bastó. Ni un café en el bar más próximo. Con la vodka fue diferente. Con la segunda, categórico. Iría tras esa cabeza.

Hallé dos huesitos, tres coágulos y un tercio de oreja en la vereda oeste de 9 de Julio y Rivadavia. En esa esquina habían encontrado el cuerpo. Divisé una veintena de gorriones picoteando algo en la terraza del edificio de enfrente. Pedí permiso y subí. Los pajaritos comían algo que no puedo describir. Oscuro. Gelatinoso. No era alpiste. Luego, alcé tres dientes en Rivadavia y España. Un ojo en Rivadavia casi San Martín. Dos muelas, intactas, en la esquina del Café Liverpool. Otro ojo en Galería Piazza. En el Hotel Cervantes, un pedacito de nariz. Y un manojo de cabellos en un árbol de por ahí. En conclusión, la cabeza de Amancio Podestá había explotado y sus restos habían sido esparcidos en sitios diversos. Por la detonación. Por los pies —o los neumáticos— que pasaron por allí. El forense agradeció la bolsita de residuos, con los residuos.

Para una sola jornada, demasiado. Más tarde, en tanto cenaba con la cabeza de Amancio Podestá. Es decir, pensando en ella. Y en qué clase de arma podía hacer volar una cabeza a ras del cuello. Desde qué distancia y demás peliagudeces. Decidí descifrar el enigma. Así me fuera la cabeza en el asunto.

Temprano, el experto policial me dijo que no había armas en el caso. Nadie había escuchado disparos y tampoco cañonazos o el reventar de granadas. Y ni rastros de pólvora en lo que quedaba del difunto. Hablé con el comisario, amigo de la secundaria. Me prestó las llaves. Pidió absoluta reserva.

El departamento de Amancio Podestá había sido revuelto. Era ingeniero y, en los últimos tiempos, se dedicaba a la política. Vivía solo. No era gay sino solterón involuntario. Según su biblioteca, gustaba de autores de ficción. Un cuaderno, entre libros, me dijo que andaba por sus primeras invenciones literarias —por lo que, todavía, no tendría enemigos—. Así fue que leí el borrador de uno de sus cuentos.

El protagonista, Amado Posta —él—, había sido víctima de un extraño hecho en la antesala de su colación de grados en Ingeniería. En lo del sastre —el traje debía ser de confección en homenaje a su padre—, tropezó con un maniquí —masculino— y cayó hacia atrás sobre un alfiletero. A resultas, siete alfileres siete se incrustaron por entero en su cabeza, detrás de la oreja derecha y hacia la nuca. En la clínica, optaron por dejarlos. Operarlo hubiera sido un grave riesgo para su vida. Desde entonces, oía voces. El psiquiatra explicó que era normal, los alfileres hacían de antena. Ya se acostumbraría. Y que se dejara el pelo largo.

Un día, uno malo, parado junto a un semáforo, escuchó más voces. No, voces, no. Pensamientos. Los pensamientos de la gente más próxima. El relato acababa con el personaje destruyendo los semáforos de la ciudad.

Sustraje el cuaderno. La policía jamás lo advertiría. Devolví las llaves. Ya era de noche. Compré una pizza con morrones y anchoas y una botella de vodka. Fui a casa. ¿Cuánto habría de fantasía en esa narración? ¿Cuánto de verdad? Releí, diez veces. Hablaba de la Clínica Zobin. Era real. Tenía un amigo ahí. Tal vez... Y también otro que sabía más de semáforos que de su mujer. Quizá... Conclusión uno, debía dormir. Dos, las anchoas —definitivamente— no congeniaban con la vodka.

El amigo en la clínica me dejó ver la historia ídem de Amancio. Tal cual. Allí figuraban los estudios médicos. Y las radiografías de los siete alfileres traspasando el cráneo. Hacía cinco años del incidente.

Elio, el amigo de los semáforos, a precio de un café mediano, me informó acerca del diseño y funcionamiento de los instalados en el casco urbano. Me dio una clase sobre materiales y circuitos electrónicos. También ingeniero. Explicó que era factible que el cerebro del tipo se viera afectado puesto que los alfileres son conductores de electricidad. Difícil y raro. Pero no imposible.

A las once de la noche, mientras tomaba un trago con la cabeza de Amancio, en casa, repasé lo que tenía. Me faltaba algo. Algo gordo. En internet, busqué el diario de la fecha con la fatal noticia. No llegué a Policiales. En la página anterior comentaban la tormenta súbita. Plena de truenos y rayos. Que cayó en el centro citadino con gran perturbación del tránsito. Y el anormal desempeño de los semáforos. Hasta paralizarlos. Sí, a la hora aproximada de la muerte que me quitaba el sueño.

Urgente, telefoneé a Elio. Protestó. Pero lo soborné con un café un día de estos. Le hice la pregunta que me corroía las neuronas. ¿Podría ser que, si Amancio Podestá se hubiera hallado cerca de un semáforo y en medio de una tormenta eléctrica, le explotara la cabeza? Contestó: “Difícil y raro. Pero no imposible”.

Le di las gracias. Colgué. Me serví otro. Y brindé con la cabeza de Amancio. Ya que estaba, le pregunté lo que a Elio no me atreví: “¿Es posible que ante una gran descarga eléctrica no hayás oído los pensamientos de los que te rodeaban sino los del mundo entero, y por eso estallaste?”.

No respondió.


Con la música a otra parte


Han transcurrido más de treinta años desde aquellos misteriosos episodios y, como supongo que los protagonistas ya no habitan el planeta, decidí contar esta historia.

Acabo de escribir “supongo que los protagonistas ya no habitan el planeta”, pero debo expresar, ya mismo, que, con cierta frecuencia, suele inquietarme la duda de si alguna vez lo hicieron.

Todo comenzó cuando cursaba las primeras páginas universitarias. La tradición familiar mandaba, y yo obedecía. Intentaron convencerme de que el sentido de mi vida era “ser alguien” en la sociedad. Aunque, lo que en realidad deseaba era recorrer el universo, o tan siquiera el país, guitarra al hombro.

Me apasionaba la música, en especial la que conocíamos como rock–nacional. Que, a la sazón, convertida en plaga incontenible, decenas de grupos reproducían en garajes y boliches, y algunas radios multiplicaban a máximo volumen por este sumiso sur de América. Contagiado, ansiaba difundir la enfermedad, personalmente, por los suelos que los hados pusieran bajo mis mocasines.

Una noche, dejé una nota a mis viejos y me fui de casa. Llevaba unos pocos ahorros, el producido de la venta –urgente— de mi añorada motocicleta, cajas de cigarrillos negros, mi guitarra y una mochila repleta de aventuras por desvirgar. Como creía en el azar, había seleccionado a ojos cerrados, e índice sobre, un lunar en el mapa: Villa Las Luces, en la provincia de. Una vez en la estación del ferrocarril –todavía existían—, adquirí el boleto que me trasladaría a ese sitio que, ingenuo, imaginé lleno de luz.

Tras cinco horas en tren, el guarda tocó sobresalto en mi brazo adormilado y, soltando inmortales palabras, dijo: “¡Joven. Joven. Despierte. Ha llegado a su destino!”. Jamás volví a ver a ese hombre. Pero, sin dudas, era un sabio. O un profeta. En el presente, seguro, alguna ermita perpetúa su nombre.

Bajé y miré hacia el caserío. Si ese era mi destino, era una porquería. La Villa, el pueblo, quedaba en mitad de la nada, en su exacto centro geográfico. Unos mil habitantes, escuela, iglesia, cementerio, cuatro bares–pulperías y una manada de policías. Lo demás: arena, piedritas y yuyos marchitos. Una especie de oasis seco en el apogeo del desierto. Promedio anual de lluvia: nunca. Mientras caminaba, especulé que mi primera canción se titularía “Polvo–rock”.

Al llegar, los residentes, los tal vez siete que había en la calle principal, la que transitaba, me miraron como si vieran a Alonso Quijano pasear por el pueblo. Después supe, en verdad de inmediato, que no se fijaban en mí sino en lo que colgaba de mi espalda.

Un hombre de mediana edad y de abdomen asaz más que mediano, desprendiéndose de los curiosos, se cruzó en mi derrotero y saludó al hacer la venia con mano derecha en la sien del mismo lado. Aunque lucía –es un decir— boina blanca, camisa amarilla, overol azul y alpargatas negras, se presentó como el sargento Costilla, a cargo del Destacamento Policial de Villa Las Luces. Saludé, enuncié mi nombre y apellido, pregunté por un hotel.

El representante de la Ley y el Orden, con un gesto de molestia que descifré como “Eso es secundario”, dijo, con su voz: “Lo que lleva en la espalda, esa funda, ¿tiene adentro una guitarra?”. Emulándolo, dije que “Sí” con la cabeza y, mientras un gordo murmullo se alzaba como una humareda desaprobatoria desde el sector de los fisgones, agregué, con mi voz: “¿Por qué lo pregunta?”. Para mi asombro, el sargento retrocedió medio metro e hizo el ademán de sacar un arma de la cintura. A mi vez, reculé un tanto y, cuando me disponía a correr, el tipo, quizá desilusionado al no hallar nada más que un lápiz en el bolsillo del overol, pero apuntándome con él, respondió, con contenida furia y tono de amenaza no contenida: “¡Porque en este pueblo está absolutamente prohibida la música, por eso! ¡Y, por lo tanto, está prohibido escuchar música, oír música, tocar música! ¡Por eso!”.

Presumo que trastabillé ante semejante declaración, y sospecho que me aferré del aire para no caer de bruces traseras sobre la tierra que pavimentaba la calle. Abrí la boca para dejar salir el grito de protesta que vomitaban mis entrañas, pero, el muy... energúmeno, no me lo permitió. Puso una mano, izquierda creo, sí, izquierda, porque con la otra aún blandía el lápiz, a centímetros de mis labios para hacerme callar, relojeó a los figurantes buscando consentimiento y, cuando lo obtuvo, largó un: “Así que ya sabe, che. Ni se le ocurra tocar esa guitarra porque si no me va a obligar a que se la decomise. ¿Está claro?”. No era una pregunta, era una orden. Afirmé un “Sí” con los ojos —todavía tenía la boca abierta—, repentino el rostro de halcón se volvió paloma y oí un condescendiente: “Bueno, nos vamos entendiendo. Pase, el hotel queda en la otra esquina”, y se hizo a un costado, cediéndome la ruta.

El hotel, seis habitaciones en planta baja —todo el poblado subsistía en planta baja—, más que hotel era escasamente un albergue no transitorio, pero se veía limpio y tranquilo. Bueno, en ese lugar, y sin música, la supervivencia entera sería, era evidente, muy tranquila. Tenía, no obstante, un inesperado encanto: Trilce. Trilce la chica a cargo del establecimiento. Trilce que indicaba que alguien, cuanto menos sus padres, había leído a Vallejo en esa aldea si no de Dios, olvidada de pentagramas y semicorcheas. Trilce, con mi edad, la de aquel momento, refulgía en ese silente sumidero cual una gota en un erial, es decir, como una gota en un erial.

Trilce, recibiéndome con una sonrisa de Luna en la cara y un kilo de azúcar en la voz, quiso saber mi nombre, vio el estuche pegado a mi espalda como una desmesurada joroba extraterrestre, guiándome enamorándome seduciéndome hasta la habitación más cercana al baño, el solo baño, del hotel. Trilce, enfiestándome la circunstancia y la vida íntegra, mostrándome la cama, abriéndola para que viera la perfumada pureza de las sábanas, señalándome el ropero, la silla y la ventana que daba al patio trasero. Trilce, indicándome que allí, al final del patio trasero, a escasos siete metros, se hallaba su cuarto.

Apenas una ducha rápida para quitarme la transpiración, nunca el polvo. Nunca el polvo en los días que padecí en ese averno sin armonías. Eso le pregunté a la linda mientras sorbía lento, bajo el café de sus ojos, el café dispuesto por sus manos de café con leche: “¿Por qué la prohibición de la música?”.

Juró que no lo sabía. Que “el asunto” había ocurrido antes de que la trajera la cigüeña. Que había crecido y se había desarrollado –y con qué formas— sin oír en su corta vidita un solo acorde. Que no había, en el pueblo o sus alrededores, artefactos que irradiaran música. Que las radios y televisores debían enmudecer ante el minúsculo amago de canciones o melodías.

Igual respuesta obtuve en cada sitio que indagué. Nadie, ninguno, ninguna, hombre, mujer, niño, niña, jubilados, jubiladas, empleados, vagos, jóvenes y no tanto, nativo o foráneo, cartero, bibliotecaria, cura, monjas, nadie, ninguno, ninguna, sabía de “el asunto”. O no quería saber. Ni contar. Pero “el asunto” ya me tenía putrefacto a las pocas horas de recorrer casas, ranchos, huertas y corrales. Iba a descular el enigma aunque me fuera la existencia en ello.

Con la guitarra en el ropero, fui a cenar al único comedor, no daba para restaurante, que vi en mis caminatas. Puchero del mediodía, y gracias que quedaba. Y con soda, “Gaseosas no, señor”. A resultas, mejor que el vino de la casa que pedí otro día que, como vinagre para las ensaladas, contentas las lechugas. Nadie, de los otros comensales, unos tres como máximo, me dirigió un “¡Buenas Noches!” ni tampoco palabra suelta. O atada. Se pasaron, el completo puchero con soda, observándome como si fuera Lucifer sorbiendo el tuétano de un caracú.

De regreso, Mirta, es decir, Trilce, compadeciéndose de mi situación de ermitaño errante, me invitó con un cafecito a siete metros de la ventana de mi habitación. En la suya.

Cuando el Sol se ponía las pilas y yo volvía, muy ufano, surcando las sombras claras a través del patio, un palo en la nuca me mató la libidinosa risita de golpe, de un golpe. Con la conciencia desbarrancada, y el inconsciente en cueros, logré, diminutamente, percibir que era aupado por media docena de brazos, tal vez más, y transportado un largo trecho. Luego, fui arrojado, estrellado con harta brusquedad, contra el piso que debió ser de roca imbatible porque, a pesar de los años, aún me duele el recuerdo. Acto seguido, fui pateado y pateado y pateado sin misericordia alguna por media docena de pies, tal vez más, durante dos o tres siglos hasta que dejé de sentir dolor, hasta que dejé de sentir.

Me reavivó un perro que, sediento, lamía baba de mi boca y sangre de mi cara. El Sol estaba ya en su cenit y, en lo alto, distinguí el rondar de una patota de chimangos que, defraudados, se alejaron en cuanto vieron que me movía. Me apoyé en el choco para levantarme y, sufriendo como un murciélago apaleado, a durísimas penas, en dos horas, conseguí recorrer las tres cuadras que separaban el hotel del descampado de la artera paliza.

Trilce maullando, llorando, abrazando, sosteniendo, desvistiendo, acostando. Trilce lavando, acariciando, sobando, curando, vendando, calmando. Trilce introduciendo gotas de caldo por lo que habían sido mis labios, y gotas de agua, y gotas de amor. Trilce.

Los rayos del día después, y las palomas de todos los días, me despertaron al unísono. Despegué los ojos, y vi la puerta abierta del ropero. Y la ausencia de mi guitarra. ¡Los malparidos, no satisfechos con molerme a patadas, también habían sustraído la guitarra!

Me vestí muy rápido, en unos cincuenta minutos, y caminé deprisa hacia la recepción. En media hora, estuve frente a la más diestra enfermera de la Tierra. Enfermerita. Me preparó un reconfortante café y, luego, como ya me sentía a la perfección, le pedí que fuera a buscar al sargento Costilla. Yo no llegaría ni a la vereda.

Costilla entró como Trilce por su casa y saludó más cordial. Esta vez, vestía el uniforme. Una lástima, el overol le quedaba mejor. Se mostró muy sorprendido por la pinta de gato atropellado por una aplanadora que ostentaba y le conté del ataque del que había sido víctima y del robo de la guitarra. También le informé que me había comunicado con mi señor padre, Juez de Cámara en mi provincia. Arrugó el ceño de manera muy policial y, ofendido, como si le hubiera insultado la madre, dijo: “Quédese tranquilo, yo me hago cargo”. Y se fue como si le urgieran los intestinos. Sin darme ocasión de que le añadiera que mi señor padre, por esos días, asistía a un congreso de juristas en Chile.

No he dicho, lo hago ahora, que el hotel se llamaba, quizá, si existe, todavía se llame: “Espergesia”. Había que reconocerlo, alguien había leído a Vallejo. Fumaba un negro. Pitaba nomás, porque no lo saboreada, el humo escapaba por los agujeros que las patadas habían cavado en las inmediaciones de mis pulmones. Repito, fumaba, aún sentado, miraba hacia donde minutos antes había estado Costilla cuando, el recién mencionado, e ido, o sea Costilla, reingresó. Bufaba calor por el lobby, bueno, vestíbulo, del hotel. Bufaba y sonreía, en simultáneo, hacia mí y hacia lo que traía aferrado.

En su mano derecha esgrimía el cadáver de mi guitarra. El cadáver calcinado, despanzurrado y supurante de mi guitarra. Los malditos la habían machacado a martillazos y, no satisfechos con el guitarricidio, la habían fusilado en llamas. Veloz, cubrí el cuerpo con el mantel más próximo, para apartar de mis ojos el negro esqueleto del amado instrumento que me había acompañado durante años. Y enardecido, con la voz encrespada de ira, le grité al infeliz que todavía sonreía: “¡¿De qué se ríe, animal?!”.

El tipo renovó el ademán de buscar un arma en su cadera, esta vez la llevaba, pero se contuvo, quizá pensó en mi padre el juez. Apretó los dientes y tragó saliva autoritaria, hurtó un cigarrillo de los que habían quedado sobre la mesa desmantelada, le dio chispa y explicó que los restos de mi compañera habían sido descubiertos, semienterrados, en un baldío. Que había actuado con diligencia y que ya tenía un par de sospechosos en perspectiva. Que no podía detenerlos sin pruebas, pero que intentaría hacerles pagar el precio del bien destruido. Le pregunté si los cosos esos eran los mismos que me habían agredido y respondió que no sabía, que tal vez, pero que, si no confesaban y no habiendo testigos... Y salió sin agradecer el cigarrillo.

Más tarde, sintiéndome algo mejor, le pedí a Trilce que me acompañara al cementerio, quería dar cristiana sepultura a lo que quedaba de mi guitarra. Le rogué que llevara el sudario–mantel —con su contenido— hasta mi cuarto y colocara los penosos restos en la funda que los ladrones, muy considerados, habían dejado en el piso del ropero. Luego, con la funda–ataúd en brazos, nos dirigimos al camposanto.

Elegimos un sitio libre contiguo a las tumbas más frescas, el más cercano a la tela de gallinero vencida, caída, que hacía de portón. Le tocó cavar a la pobre Trilce, yo apenas si pude sentarme a verla. Cuando la profundidad me pareció apropiada, deposité en ella el forro con su corazón de guitarra muerta y arrojé unos puñados de tierra sobre. La observé tapar. Y juntos rezamos un padrenuestro. Nos retirábamos, y para hacerlo avanzábamos, entre túmulos crucificados, por el sector más añejo de esa pequeña necrópolis emplazada en medio de médanos de escoria y espanto, cuando me di de ojos estaqueados con una inaudita y colectiva extinción.

Íbamos por ese laberinto de enterramientos remotos y casi sin querer, de soslayo, me fijaba en las fechas —borrosas de postrimerías— inscriptas en las lápidas, cuando choqué con aquel portento. Había más de veinte tumbas –después comprobé que, exactamente, treinta y tres— con gente fallecida el mismo día: 03–07–1945. ¿Qué pasó ese día? ¿Qué terrible fenómeno acabó con los suspiros de tantas personas en una sola jornada? ¿Qué sucedió en Villa las Luces ese tres de julio de mil novecientos cuarenta y cinco?

Trilce no tenía ni la menor idea. Tampoco la mayor. Nadie nunca había aludido a esa muerte plural. ¿Un pavoroso accidente? ¿Un incendio, tal vez? ¿Un terremoto? ¿Qué, por Dios, mató a aquella —poco menos que— muchedumbre a mediados del Siglo XX? Como en el cementerio no había encargado ni cuidador, solo difuntos volviéndose polvo perdurable en el polvo de la naturaleza, fuimos a ver al Delegado Municipal.

El hombre, cuyas facciones de cerdo faenado aún podría dibujar sin una verruga de error, pero cuyo nombre –como tantos cientos de vivencias— borró el tiempo con su infalible goma en mi cerebro, se encogió de hombros y dijo ignorar la causa de tantas defunciones juntas, que por esos días se domiciliaba en la Capital de la provincia, que el puesto se lo habían otorgado unos militares amigos de su padre y desde su mudanza, a mediados de los sesenta, nadie en la Villa le había mentado tal fúnebre sucedido. Que tal vez la señora de la Biblioteca Pública...

La Biblioteca Pública de Villa Las Luces, o sea el living del hogar de doña Isolina Nuncia Mendoza de Córdoba –ese nombre sí, no sé por qué, quizá por lo que tiene de provinciano—, poseía unos trescientos libros en muy mal estado y tres biblias protestantes donadas por algún turista anónimo. Y ningún diario antiguo. Ni actual. Nadie la había prevenido de que podrían ser útiles alguna vez. Los diarios llegaban cada día en tren y al día siguiente nutrían fogatas o envolvían huevos o, simplemente, basura. Y tampoco doña Isolina Nuncia tenía noción de esos muertos comunitarios. Que tal vez el señor párroco...

El cura Tranquilino Rodríguez nos recibió en la puerta de su vivienda, a un costado de la iglesia. Fue muy amable, pero negó saber detalles acerca del tendal de sepulturas con idéntica data en el boleto de viaje. Ni en las confesiones de los residentes de la Villa se mencionó, jamás, algo al respecto.

Sin embargo, había una diferencia con los otros interrogados, el clérigo sí tenía noticia del tema. A poco de llegar al pueblo, luego de despedir —para siempre— a un lugareño, había deambulado entre las tumbas y advertido la paquidérmica coincidencia de las fechas. Hacía unos quince años de eso. Cuando preguntó, tan solo obtuvo palabras vagas, imprecisas, elusivas. Más tarde, un feligrés ya finado, le había pedido —con mucho respeto— que olvidara la cuestión, que eran cosas del pasado de las que, mientras más desconociera, mejor. Que ahí eran muy creyentes de Dios y veneraban la obra del Papa y sus subalternos, que le aconsejaba que se ocupara de materias religiosas. En exclusiva.

Estaba, estábamos, en el hotel y hasta el pescuezo de misterios, cuando entró el doctor Bautista Verger y pidió un cafecito. Trilce, en tanto preparaba el brebaje, me susurró que el fulano era el único médico en la Villa desde que ella nació, por lo menos. Que tal vez... La mujercita anunció que el café era invitación de la casa y aproveché para presentarme e inquirir si sabía del fúnebre pastel que nos tenía sobre brasas y muy ampollados. El médico, como si la pregunta lo hubiera apestado de tisis instantánea, tosió siete veces de espeluzno, se quemó con el líquido oscuro, volcó el pocillo sobre el mostrador, miró hacia todos lados —incluso hacia arriba— y, murmurando disgusto por las manchas de líquido oscuro en la barriga, sacó una birome del bolsillo superior de la blanca chaqueta que exhibía, extrajo un recetario que publicitaba un laboratorio en la portada, desprendió la primera hoja, garabateó unas palabras en ella, la dobló unas veinte veces, dejó el cuadradito resultante bajo el platito, cabeceó un gracias por el café y huyó como si se fuera.

Alelados, nos miramos y miramos el papel receta que, desplegado, brillaba sobre la madera como una estrella fugaz desplegada. Trilce lo tomó y nos guarecimos a leer en la pequeña cocina donde engendraba deliciosos sándwiches de salame o de jamón crudo caseros en pan ídem. También de mortadela, más económicos, claro.

Bautista Verger si algo tenía de médico era, sin discusiones, la letra. Tardamos varios minutos en descifrar los jeroglíficos. Que nos esperaba en su consultorio, decía. A la siesta. Buena idea, convine, a esa hora ni las lagartijas se atrevían a dejarse ver por las harinosas calles de la Villa. Si hasta los árboles se tendían a descansar un buen rato.

A las quince en punto de la canícula, nos disponíamos a salir cuando el canario del timbre nos aturdió con sus trinos. ¿Quién? Y en plena siesta. Trilce fue a ver y no, no era una lagartija en busca de umbrío amparo, sí tal vez una víbora. Costilla, otra vez de civil. Irritados por la intromisión, y sin remedio, lo hicimos pasar. Pero no le ofrecimos sentarse. Lo hizo. Quería saber qué hurgábamos por ahí. Qué era lo que preguntábamos. Alguien le había ido con el chisme y nos pareció necio, y temerario, mentir. Así que le dijimos. Le dije. Que en ese pueblo de chiflados, no solo no se podía oír ni tocar música, lo que ya era una demencia incurable, sino que había más de dos docenas de espichados en un mismo día de los que nadie sabía nada.

Inevitable, invariable, reiteró el gesto de llevarse las manos a la cintura en pos de la pistola. También el de fastidio por no hallarla. Se irguió y vociferó: “¡Usted no tiene arreglo, che! No le bastó con la paliza, no le bastó con la guitarra y ahora quiere meter la nariz en lo que de ninguna manera le importa. ¡Deje a los muertos en paz o si no...! ¡O si no!...”, y mostrándonos la espalda del overol se fue difamando a mi madre en voz no muy baja, como si la hubiera conocido.

Por fortuna, Verger y su consultorio no vivían en la calle principal sino en una de sus paralelas, por lo que pudimos salir por la puerta trasera del hotel y evitar cualquier espionaje. Como previmos, ni un alma, ya humana ya reptil, observó nuestro desplazar. Golpeamos y el médico nos hizo pasar enseguida. Don Bautista, así le decía Trilce, tendría unos sesenta años, pero uno le daría nada más que setenta. La vida, en ese oasis inmundo, era dura aun para los de oficios lucrativos. O la soltería, quién sabe. Mi amiga había comentado que el médico era un gran mujeriego, pero, con el drama de que no había fémina disponible en toda la Villa, ni solteras ni viudas que le llevaran el apunte y menos todavía prostitutas acreditadas, los fines de semana viajaba a la Capital de higiénicas visitas, y en ello había dilapidado los ingresos de años de práctica profesional.

Siguiendo la farsa, como si alguien nos viera, nos condujo al consultorio –la casa de junto— por un pasaje interno, con gesto mecánico se colocó el estetoscopio, se sentó sobre la desvencijada camilla y, sin molestarle que estuviésemos parados, Bautista Verger despachó su oculto.

No creí un ápice de su relato. En cuanto comenzó a hablar, me empapó un baldazo de escepticismo y una enorme capa de suspicacia me aprisionó como una mortaja de lana. ¡Cómo creer semejante disparate! Y, para colmo, de segunda mano. Porque se lo habían contado. En circunstancias muy precarias, de exigua y difícil verosimilitud. En un acto casi de extremaunción, de última revelación, de expiación, con un aliento terminal, como una confesión de culpa previo al descenso a los abismos candentes. Por supuesto, enseguida el declarante había muerto. No podíamos confrontar la versión del médico. Únicamente aceptar su palabra. Su endeble –vesánica— palabra. Y aceptar, también, que quien le contó la de veras increíble patraña no deliraba, ni alucinaba sino que estaba en sus cabales y en incuestionable uso de razón. ¡Cómo creer semejante disparate!

Le dimos las gracias por confiarnos su fábula y, por más buena persona de trayectoria honrada y antecedentes intachables –si se omiten los lúbricos, claro— que fuera el Bautista ese, salimos a la calle con pena y defraudados. La Villa habría recobrado su ritmo habitual, dos o tres moradores deambulaban por ahí, así que dimos un corto rodeo antes de volver al Espergesia.

Esa noche, en el cuarto de Trilce, saciados por instantes, mientras saboreábamos una deliciosa grapa autóctona –esa muchacha sabía cómo quererme—, hicimos un exhaustivo repaso de los desvaríos narrativos no de Verger, resolvimos absolverlo, sino de su fuente.

Según los dichos in extremis, y poco menos que póstumos, de aquel desdichado, los sucesos serían:

El primero de julio del año del señor de mil novecientos cuarenta y cinco, a las seis y veintitrés de la tarde, en dos rumbosos ómnibus, la “Orquesta Sinfónica Alemana El Danubio Mágico”, compuesta por cincuenta y ocho intérpretes y dos directores, llegó a Villa Las Luces. En ese lejano instante, el pueblo contaba –si es que contaba bien— con unos doscientos habitantes. El arribo de sesenta personas, juraría, causó un auténtico escándalo. ¡Sesenta personas! Y de un solo envión. Tiene que haber sido un acontecimiento formidable.

Pronto las autoridades, ciudadanos, gentes cultas, analfabetas, vecinos, puesteros y paisanos, los individuos e individuas que se enteraron en definitiva, acudieron en masa, en masa de doscientos espíritus, a pispear, averiguar, chusmear, recibir. En el Espergesia no cabían ni de perfil, así que a alojarse en los generosos ómnibus, pero... Pero... ¿Qué hacen en este páramo? ¿Qué en Argentina? ¿Qué en un paraje perdido en el atlas del desierto gaucho? De gira, que andaban de gira por Sudamérica. Y si no existía un ámbito donde exponer su música y su talento. Gratis. A los que gustaran.

En el pueblo no habían visto jamás una orquesta, ni siquiera de dos miembros. Se dispuso que sí. Que se quedaran. Que darían con un ambiente adecuado. Y que ya les traerían comida, que con la ardua travesía tendrían hambre. Y don Isabelino Timoteo de Rosas, Delegado Municipal en esa época, ordenó confiscatoriamente que se faenaran los cuarenta chivos y las doce gallinas más rápido secuestradas y se asaran súbito para los ilustres bienvenidos.

Ahítos, repipones, los sesenta componentes se tiraron a dormir después de la comilona. En los susodichos transportes. Hasta el siguiente mediodía. Los reanimó don Isabelino T. de Rosas. Tenían el sitio. El galpón de Anunciato Fioravanti. Había que quitarle el olor a ajo, y ya.

En el atardecer del dos de julio del año del señor de mil novecientos cuarenta y cinco, a las veinte y veinticinco horas, el salón —donde se seleccionaba y embalaba ajo—, de Anunciato Fioravanti, no lo suficiente bien aireado, hervía con la multitudinaria asistencia de ciento ocho presencias y ningún vampiro. El resto del pueblo tenía mejores cosas que hacer.

Como entremés fue servido el canto de “Los Hermanitos Podda”, mitad cueca, mitad flamenco, mitad tango, mitad vals. Cuartos de mitad en la precisión. Y, como telonero de ya nomás empieza, la romántica voz local de Piñón Pintos, tonadero en ocasiones —como esa— y boxeador los feriados y fiestas de pelear.

Por fin, luego de que afables voluntarias rociaran lavandinas y alcanfor desodorante a diestra y siniestra, la “Orquesta Sinfónica Alemana El Danubio Mágico” inició su mise en scène surgiendo en aborigen fila por uno de los flancos del escenario, construido con cajones repletos de ajos listos para su expendio. Demoró unos minutos la instalación de atriles y partituras y, cuando estuvieron dispuestos, uno de los directores flameó su batuta por el ajado éter y se largó la esperada función de música clásica.

Media hora después del primer acorde, un hálito de encantamiento —denso como una niebla y tan invisible como Dios— se había apoderado de los espectadores, los ceñía, ahogaba, impregnaba. Como si la música estuviese embrujada, estaban atónitos, pasmados en sus asientos y callados como piedras sin voz. Estupefactos en cuerpos y almas no atinaban sino a oír y oír, fascinados, los armónicos sonidos que emitían instrumentos e intérpretes. De pronto, uno en el público, se levantó y comenzó a aplaudir con tal frenesí que semejaba haber perdido la cordura. De inmediato, el resto de la concurrencia lo imitó y, a continuación, un huracán de aplausos repicó en el salón una y otra vez, y otra, sin cesar, sin detenerse, sin pausa alguna, ininterrumpidamente. Y mientras el auditorio, de pie, aplaudía y aplaudía hechizado por completo, el director, guardó su varita mágica, accionó un novedoso y germano aparato de radio –novedoso en el 1945 criollo, por su menudo tamaño— conectado a los parlantes y disimulado bajo su atril mayor. Nadie lo advirtió. Los habientes continuaron oyendo un programa de música clásica como si fuera real, en vivo. Y aplaudiendo a rabiar.

Al segundo, los artistas abandonaron sus posiciones en planificado ardid. Algunos revisaron las ropas de los pobladores, apoderándose de dineros y joyas. Otros, el grupo más numeroso, partió a saquear y desvalijar las viviendas vacías más próximas y, al final, una caterva de menor cuantía se dedicó a toquetear, desvestir y violar a las damas oyentes que más les atraían. En tanto, el resto de los en verdad hipnotizados asistentes proseguía impertérrito con su batir de palmas. Tan impasibles como si estuviesen aletargados en vertical. O no estuviesen.

Cuando las frías estrellas del invierno del tres de julio de aquel año brillaban su plenitud de luciérnagas cósmicas, el boticario don Bernabé Lehmann, un fulano que no apreciaba las orquestas alemanas, maliciándolas de nazis en la clandestinidad, y por lo mismo ausente en el concierto, extrañado de la no vuelta de su esposa Mariela Vistalba, fue hasta el galpón de los ajos. A investigar la demora. Era la una de la madrugada.

El horror le magnetizó los ojos como la música a sus vecinos y amigos. El espectáculo era terrorífico. Decenas de personas aplaudían de pie con manos ulceradas, rajadas, literalmente consumidas, sangrantes hasta los huesos. Aplaudían a nadie. Y una docena de bellas mujeres desnudas, atiborradas de machucones y moretones, con las piernas abiertas al desastre, veían hacia el techo como si esperanzaran un piadoso cielo. Notó la radio, y la apagó. Fue ahí que los concurrentes comenzaron a sacudirse como si resucitaran. Los gritos de dolor colmaron el galpón de Anunciato Fioravanti, mucho más que el olor a ajo.

El boticario había llegado tarde. Es decir, preservó muchas vidas con su aparición, pero tarde para Ambrosio Mémoli y Benigno Luján, dos varones de treinta y cinco y cuarenta años respectivamente y una señora, doña Gerarda Messi, de cincuenta y nueve. Los tres habían expirado de sangría incontinente. El resto pudo ser salvado por don Bernabé y el pueblo todo que obró de practicante de primeros auxilios con lo que hubiera: vendas de sábanas, curitas de cintas algodonadas, gasas, torniquetes de piola y sogas, alcoholes, aguardientes, perfumes, agua fría y demás balsámicas medicinas de emergencia. Se hizo lo que se pudo, que fue bastante.

Como a las seis de la mañana, un escuadrón de villalucences se reunió entre ginebras y avemarías. Había que encontrar la maldita orquesta de brujos malignos y darle un escarmiento. No estarían muy lejos que digamos. Se complotaron y se organizaron. Una legión fue hacia el este en chatitas, camioncitos, caballos, bicicletas, sulkys, carretelas y corriendo. Otra legión fue hacia el oeste en chatitas, camioncitos, caballos, bicicletas, sulkys, carretelas y corriendo. Todos armados hasta la frente con palos, palas, hondas, cuchillos, facones y piedras. Hacia el este o el oeste porque no había otros rumbos para llegar o salir de la Villa. Salvo el tren, claro. Que lo hacía de norte a sur.

Los descubrió la partida del oeste. Eran las siete y diecisiete de la mañana del tres de julio. Los divisaron desde lejos. Los dos ómnibus dormían, al amparo de unos sauces marchitos, a unos cien metros del camino. El Sol ya jugaba piedralibres a esa hora. Un valiente, pico empuñado, fue y volvió, en cinco minutos. A ojos avizores, descansaban sus excesos, pacíficamente desprevenidos.

Se hablaron con las miradas. Y, sin más, se dedicaron a juntar ramas secas, palitos, leña y yuyos. En el más mudo de los silencios, acarrearon lo colectado y lo dispusieron alrededor de los vehículos. Alrededor y debajo. Un muchacho encendió el fósforo. La muda turba se alejó unos cuantos pasos. Desde esa estrecha distancia, contemplaron la gigante hoguera. Escucharon arder aullidos. Achicharrar lamentos. Y, un prolongado después, nada.

El olor a asado se propagó por médanos y secanos y llegó como bandada de jotes a Villa Las Luces. Bosco Agüero lo hizo a la media hora. Los vientos pestilentes fueron más veloces que su zaino. Narró los hechos y el fuego. Unos once propietarios de camionetas y furgones cargados con tachos cargados con agua fueron guiados por Agüero hasta el lugar de los hechos y el fuego.

Sesenta cuerpos, primero incendiados y luego mojados, fueron trepados a los rodados. Sesenta cadáveres fueron llevados al cementerio y enterrados sin velatorio, al atardecer. Sin rezos.

A mediodía, habían sido sepultados Ambrosio Mémoli, Benigno Luján y Gerarda Messi. Con rezos.

Como la cuenta no me daba, le pregunté al doctor. Respondió que los mártires locales habían sido inhumados en solitario. Los otros, los exmúsicos, de a dos por fosa. Para ahorrar esfuerzo. Y por odio. Entonces sí aprobé el inventario. Había visto treinta tres tumbas roídas por el acaecer sinfín.

Semidormidos, agotados de amor –y por la revisión del cuento de Verger—, amanecimos en brazos de caricias.

Con los mates del desayuno, mientras digeríamos la descripción del médico, empachados de suspicacias, no podíamos creer tremenda masacre de justicia por mano colectiva y tampoco la existencia de aquella maléfica y tenebrosa orquesta. Tomé una determinación. Tomamos.

Bautista Verger, de impoluta chaqueta y estetoscopio al cuello, yerbeado en ristre, en la puerta de su casa-consultorio, hablaba con un par de perros —en apariencia muy sanos— cuando le dimos los “¡Buenos días, doctor!”. Miró, vigilante, hacia los tres cardinales y nos hizo pasar.

Sin antesalas, buen disgusto para un médico, le disparé: “¿Tiene alguna prueba de lo que nos contó?”.

El hombre pateó los perros que habían ingresado con nosotros, asomó la estetoscopiada cabeza por el vano, cerró la puerta, dejó el jarrito desyerbeado en cualquier mueble y, al musitar, dijo: “Véanlo a Aranzazú Domínguez”. Y se fue, como quien se esconde, al interior de la vivienda–consultorio.

Aranzazú Domínguez, comentó Trilce, era el hombre de más edad de Villa las Luces. Algunos le daban más de cien años. Otros, ocho o diez más. Vivía en la loma de la, a unos diez kilómetros del centro. Del centro del pueblo. ¿Qué hacer? ¿Y sin taxis?, rumiaba, cuando, por detrás de la morada-consultorio, por el polvoroso callejón, brotó Bautista Verger con un sulky magníficamente acondicionado y más confortable que cualquier Torino confortable de los setenta, de dos ruedas, claro. Arriba de un sulky magníficamente acondicionado y más confortable que cualquier Torino confortable de los setenta, de dos ruedas, claro. Alentando un: “¡Vamos!”.

Nunca olvidaré lo que nos contó el médico mientras piloteaba aquel vehículo de tracción a sangre y un solo caballo. Dijo que el matungo que nos remolcaba, al sulky y a nosotros, había tenido dos hermanos. Que cuando los arriaban hacia la Villa habían sufrido un accidente viéndose obligados a acampar a la intemperie. Que, la primera noche, el par de equinos había sido asesinado por un puma cebado. Que habían estado dos semanas sin ver a nadie hasta que los rescataron. Que en esos catorce días se habían alimentado de los cadáveres de los parientes consanguíneos del caballo. Que, en consecuencia, el animal había sido bautizado “Dos veces”. Aclaró: “Dos veces” porque tales eran las oportunidades en que se había salvado, una de que lo matara el puma y la otra de que se lo comieran ellos.

El puesto de Aranzazú Domínguez era un ruinoso rancho de adobe y cañas. Unos cincuenta chivos nos ladraron como perros guardianes en cuanto nos avistaron. El sitio hedía a peste del Infierno, de un Infierno de heces de chivos encorralados. Era tal la fetidez que, cuando encendí un cigarrillo para aliviarla, Trilce y Verger me pidieron sendos. Y ninguno de los dos había fumado en su vida. No hizo falta que llamáramos, Aranzazú Domínguez, alertado por los chivoscanes, emergió por la puerta sin puerta de aquella tapera. También fumaba.

Descendimos del carruaje y, a instancias del anfitrión, nos reunimos bajo un aguaribay que olía a pimienta recién molida, la única sombra en leguas a la redonda. Aranzazú Domínguez que, con el rostro apergaminado, casi momificado, honraba los rumores de sobrepasar el siglo de vida, saludó con mucha deferencia al médico tratándolo de “Amigo Compadre Doctor” y nos miró con indagadores signos de interrogación en sus ojos líquidos. Bautista, serio, fue hasta el sulky, a diez trancos, y volvió con cinco paquetes de yerba que entregó al matusalén, desgranando un: “Compadre amigo Aranzazu, por favor, hágame la gentileza de mostrarle las manos a estos jóvenes”. Raudas, nuestras pupilas, las de Trilce y las mías, se zambulleron en dirección de las manos del anciano.

Ahí caímos en que las tenía en los bolsillos del pantalón bombacha, también de hacía más de un siglo, que usaba. Pero no las sacó. Se limitó a evaluar la calva del médico y luego, con un leve movimiento de arrugas, el horizonte de arena que nos circundaba, como si de improviso se hubiera quedado sordo. Verger, que continuaba serio, dio un paso y retomó los paquetes de yerba cobijándolos entre sus brazos. Y, después de una tensa espiración, insistió: “Vamos, amigo mío. Es importante. Deje que vean”.

Aranzazú Domínguez, refunfuñando ininteligibles y procacidades que también, desembolsilló sus manos y, suave, retiró los paquetes de los brazos del médico. En la maniobra, advertimos que calzaba gruesos guantes de cuero de cabra —qué otros— en ambas extremidades. Una vez que colocó los paquetes de yerba entre sus piernas, asegurándolos, el añoso hombre extendió los brazos hacia nosotros y desvistió sus manos. Y vimos.

Regresamos sin decirnos. Tampoco “Dos veces” pronunció palabra. Ni un mínimo relincho. Cuando el médico nos dejó en la puerta del Espergesia, saludó un “Mucho gusto” que me sonó a un “Querías pruebas, ahí las tenés... ¡estúpido!” y, con una sonrisa inolvidable, partió azuzando al matungo.

Han pasado más de treinta años desde aquella sonrisa. He guardado el secreto hasta hoy. Un secreto insoportable.

Con mi esposa, dudamos si contar esta historia a Trilce, nuestra hija que cursa la Carrera de Música en la universidad. Seguramente pensará que estamos locos. Por eso decidí garabatear estas páginas, algún día me animaré a dárselas.

Durante décadas he lamentado no haber llevado aquel día una máquina fotográfica. Con una sola imagen hubiera bastado. Y Trilce, hermosa evidencia de que las pesadillas también son sueños, sabría que no fantaseamos. Que las manos de Aranzazú Domínguez no eran manos sino huesos. Puros huesos descarnados.

Con la boca cerrada

a Oriana de La Mancha


Esa mañana, antes de ir a “el Café de los Sábados”, mientras desayunaba, leí, en el suplemento de un diario, el disparo a quemacerebro del escritor mexicano Julián Herbert: “Todo lo que recordamos es ficción. La memoria es una suerte de mecanismo de la ficción”. Y se me atoró la tostada con manteca en el gañote.

Acto seguido, arribó a mi percepción un par de frases sueltas leídas –o escuchadas– en la facultad, contradictorias entre sí. “Los recuerdos motivados por factores emocionales son los más perdurables” y “La memoria nunca es absolutamente fiel, ya que todo recuerdo es una reconstrucción de la inteligencia”.

Aún tose que tose, ya en el micro, pensé “Buen tema para el café”. Pero, el café, los muchachos del café, esa mañana, hablaron tres minutos de política, dos de cine y literatura y una hora de las ninfas sabatinas, maquilladas de fiesta, bien empilchadas, que pasaban, una y otra vez, sinuosas y muy próximas. Nuestra mesa se hallaba en la vereda. El tema de la memoria, me dije, quedará para el sábado que viene.

Largo rato después, cuando la primavera hacía lo suyo sobre este desierto, y también el Zonda, amigos estupendos me llevaron al cumple de la Memé en Vistalba. La Memé es una mina fantástica, tímida sí, callada sí, pero hospitalaria, solidaria, militante de sus ideas –y las mías–, y vive con un rubio que es un tipazo. Casi, casi, único. Le decimos “Negro” para cargarlo.

Había, en ese festejo, bien comido y harto regado, una señora muy elegante y de edad incierta, pero mucha, intitulada Manuela Aleja Leandra Campos, apodada “doña Mecha”. Con los mates de media tarde, y las masas, me la presentaron y nos dejaron solos. Por socializar, dije: “¿Tres nombres le pusieron?”. Dijo: “En mis años se usaba, tuve una prima con cuatro y otra con cinco”. Dije: “¿Cuántos tiene, doña Mecha?”. Dijo: “Qué me da si le contesto”, acomodándose, coqueta, el cabello blanco genuino, de genuino brillo. Se me ocurrió, por cortesía nomás, dije: “Un beso”.

Ruborizada hasta las pestañas, se puso de pie, me tomó de un brazo, ordenó: “Venga, joven, venga. Demos un paseo por el patio”. Sin alternativa, acompañé su moroso andar. El patio era en verdad una especie de prado entre muros. Césped, flores y frutales lo hermoseaban. Al final, había un cómodo banco expropiado, seguro, de alguna plaza cercana. En él nos sentamos.

Mecha me miró con sus ojos grises –o nublados–, sonrió, dijo: “Noventa y tres”. Y, sin pausa, agregó: “Con la boca cerrada, por favor, muchacho”, y estiró la trompita de sus labios rojísimos, aguardando. Con los ojos abiertos, aguardando.

Temblé un tantito, la tomé de los hombros, me incliné y besé el rouge sobre la pulpa húmeda, unos cuantos segundos. Cuando me alejé de su rostro, vi que la vieja y muy digna dama había apretado los párpados. Luego, presencié la mejor sonrisa que contemplé en mi vida. Luego, oí el tremendo suspiro que salió de su adentro. Luego, por fin, me reflejé en sus ojos grises –o nublados–.

“Gracias”, dijo. Y tornó a sonreír. “Como ha sido tan amable, le confieso que en realidad tengo noventa y seis”, expresó. “Representa muchos menos”, dije, sincero. Pero no me escuchó, siguió con lo suyo. “Hace siglos que no me besaban. Fue muy bonito, me hace acordar a…”. “¿A qué?”, alenté. “¿Usted fuma, joven? ¿Me convidaría un cigarrillo?”, contestó. Asombrado, pero no demasiado, encendí dos y le puse uno entre lo que quedaba del rouge. Cuando pitó, tiritó de placer, de tal modo que, si no hubiera sido imposible, pareció que sobrevolaba un orgasmo. “También hace siglos que no fumo”, dijo con picardía. “Pero ya que estamos…”, añadió, y pitó de nuevo.

Iba a insistir, pero, la del cumple, feliz, se acercó, nos dejó sendas copas plenas de champán y se alejó cabeza sube y baja, y feliz. Le alcancé a la fumadora una de las copas. “¿Usted bebe?”, dije. “Hace siglos que no, pero ya que estamos…”, dijo. Brindamos con un toque ceremonial, alzó la copa y la vació de un envión. Cuando lo hizo, tiritó de placer, de tal modo que, si no hubiera sido imposible, pareció que sobrevolaba otro orgasmo.

“Si me disculpa”, dije, luego de acabar la mía. “Me iba a contar que el beso le hizo recordar algo. ¿Qué?”.

Confirmó. Tosió. Reclamó otro cigarrillo. Prendí y le di. Mandó humo a su interior y no soltó palabra. Fui a pronunciar, pero me detuvo con su mano en alto. Que tuviera paciencia. Pensaba, hacía ruido al pensar. Su mente hacía ruido. Me nacieron ganas de meter la mano allí, hurgar en los bolsillos de su memoria, apresar, sacar. Para averiguar, conocer.

Cuando arrojó la colilla, había decidido. “Como en las películas antiguas, si nos hemos besado, ya puedo tutearte, ¿no? Tu beso me hizo recordar el primero que me dieron. Tendría catorce o quince, quince me parece, en un baile. No, en un baile no, en un casamiento, bailaba con un hombre joven de los de entonces que, no sin disimulo, me llevó al jardín de aquella enorme casa que era el centro principal de una finca. Y me besó. Con la boca cerrada. Jamás pude olvidar ese beso. Lo tuve durante años en mi memoria, todavía lo tengo”, dijo, como si saboreara.

En ese instante, reapareció la chica del cumple, feliz, renovó champán en nuestras copas y se fue, feliz. Volvimos a vaciar. Esta vez no hubo orgasmo, al menos no de forma evidente. Abrí las manos, alenté que siguiera. “En esos tiempos, los besos se daban con la boca cerrada. La boca abierta venía con el matrimonio. Como el amor físico”. Pidió otro cigarrillo, se lo di. Exhaló el humo en mi cara y dijo: “La boca abierta quiere decir intercambio de lenguas, supongo que sabés eso”. Asentí. “Bueno, y, como me casé tres veces, hubo muchas lenguas entre mis dientes”, dijo y soltó un delicado hato de carcajadas. “Sin contar las que tuve sobre la mía, de otros, claro. Y también de algunas… ¿te escandalizo?”, dijo, acunando mis manos entre las suyaspalomas. Negué con la cabeza, aunque, precisamente, mi cabeza amenazaba de estallido súbito.

Noventa y seis, pensé, y está más viva que yo. Delgada sin ser flaca, debió haber sido muy atractiva –en su estilo, aún lo era– y, sus aventuras, por demás comprensibles. Tenía un notorio hálito de distinción y, a través de la delicadeza de su piel, se destacaba el azul de sus venas, y sí, sin duda aquella extraordinaria mujer nunca anciana, debía ser de sangre azul. Anillos preciosos adornaban sus manos tenues y un valioso collar le rondaba el largo cuello. Las ropas que vestía se apreciaban caras y no de tienda sino de exclusiva confección. Extensa y primorosa pollera hasta los tobillos y blusa de seda muy suave y muy fina. Ancho cinturón enmarcándole la cintura y zapatos al tono. Zapatos modernos con plataforma y esos tacones para equilibristas.

El crepúsculo surgió de improviso y el aire se refrescó de pronto. Vi cómo se erizaba la piel de sus brazos desnudos. “Es hora de que entremos con los demás”, dije, y lamenté mis palabras. “Sí, querido”, dijo. “Esperá un segundo”, agregó. La observé buscar en su carterita, también al tono, extraer un lápiz de labios y pasarlo por los suyos, ágil, con gracia. Restregó labio contra labio: “Ahora sí. Vamos nomás”. Ya de pie, aferrada a mi brazo derecho, apoyó un eterno segundo su cabezacabello en mi hombro. De inmediato, se recompuso. Caminamos el regreso a la vivienda. Antes de ingresar, me besó, leve, la mejilla, dijo “Gracias”, me dio la espalda, y continuó su destino.

No la imité. Encendí el postrero y, lento, fui hacia el banco. Allí me quedé hasta terminar. Y hasta que mis amigos me demandaron para la vuelta.

No volví a verla.

Al mes, me crucé con la Memé en La Peatonal. Le pregunté por Mecha. Compungida, contó que había fallecido una semana después de aquel cumpleaños. De muerte natural. Tranquila y sin sufrir. “¿Tenía familia?”, quise saber. Que sí, que varios hijos, nietos e incluso bisnietos. Que esos hijos eran de distintos matrimonios y que había sido vecina de ella toda la vida. “Una mujer maravillosa”, aseveré. Nos abrazamos. Nos separamos. Ambos llevábamos prisa.

Cuando recibí el mail, no habrían pasado más de cuatro o cinco días. Una tal Asunta, decía ser nieta de Mecha. La Memé le había pasado mi correo. Quería hablar conmigo. Que si podía ir a verla. Daba su dirección.

La casona era adecuada para Mecha. Para vivir –y morir– en ella. E igual de distinguida. Cuando toqué el timbre, un mastín vino a almorzarme, era mediodía. Una voz cálida, pero firme, lo detuvo. Asunta era tan linda como su abuela cuando joven, pensé. Yin ajustado, remerita escasa, zapatillas, rubia, ojos azulísimos, sonrisa generosa en boca desmesurada. Quizá tres años menor que yo. Me hizo pasar.

En el señorial living, me sirvió un vaso de Malbec y una carta. “Te la dejó”, dijo. Estudié el semblante del sobre. Sí, allí estaba mi nombre, escrito con letra segura, algo ampulosa para mi gusto. Intrigado, afirmé: “No le dije cómo me llamaba”. “Ella lo averiguó, tenía sus métodos”, comentó cómplice.

Escancié el vino, agradecí, le prometí que estaríamos en contacto, tomé el sobre y salí, poco menos que corriendo salí.

En el taxi, abrí y leí. Pero cerré urgente, no quise que el conductor viera mis lágrimas.

Estoy en mi departamento. Acabo de releer. Cien veces releer. En realidad son dos mensajes. Breves, pero dos.

Uno, dice: “Diego, mi querido y único amigo de confianza en los días en que la luz se debilita. Si leés esto significa que ya no estoy. No es drama, tuve una vida intensa y llena de felicidad. Ya me sentía muy cansada. Me da vergüenza, pero debo pedirte un favor. Visitá a Asunta de vez en cuando. Ha quedado muy sola. Necesita compañía. No la abandonés”. Por cierto, había pensado lo mismo. No me costará mucho cumplir con ese favor.

El otro, dice: “Me cambiaste los recuerdos, Diego amado. Estoy convencida de que los besos son como el amor. El primero no se olvida, pero el último es el que dura para siempre. Gracias, mi querido. Te deseo, con las fuerzas que me quedan, que seas tanto, y aún más, feliz que yo”.

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22 oktyabr 2025
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9789874931160
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