Kitabı oxu: «El Corsario Negro»
Emilio Salgari
El Corsario Negro
e-artnow, 2021
EAN 4064066443511
Índice
CAPÍTULO 1
UN CORSARIO EN LA HORCA
CAPÍTULO 2
ENTRE UN NOTARIO Y UN CONDE
CAPÍTULO 3
UNA BELLEZA FLAMENCA EN BARCO ESPAÑOL
CAPÍTULO 4
SEGUROS EN LA TORTUGA
CAPITULO 5
EL ODIO DEL CORSARIO NEGRO
CAPÍTULO 6
EL ASALTO A MARACAIBO
CAPÍTULO 7
A LA CAZA DE SAM GULD
CAPÍTULO 8
FLECHAS, GARRAS Y COCINA
CAPITULO 9
LA FUGA DEL FLAMENCO
CAPÍTULO 10
EN PODER DEL ENEMIGO
CAPÍTULO 11
EL OLONÉS PROVIDENCIAL
CAPÍTULO 12
LA CAÍDA DE GIBRALTAR
Emilio Salgari
El Corsario Negro
CAPÍTULO 1
UN CORSARIO EN LA HORCA
Índice
De entre las tinieblas del mar, surgió una voz potente y metálica:
—¡Alto los de la canoa o los echo a pique!
Al oír tan amenazadoras palabras, los dos hombres que tripulaban fatigosamente una barquilla apenas visible, soltaron los remos y miraron con inquietud el algodonoso seno del mar. Tenían unos cuarenta años, y sus facciones enérgicas y angulosas aún parecían más hoscas a causa de sus enmarañadas barbas. Llevaban sobre la cabeza sombreros amplios agujereados de balas, cuyas alas parecían rotas a dentelladas; sus camisas de franelas y sus calzones estaban desgarrados, y sus pies desnudos demostraban que habían caminado por lugares fangosos. Sin embargo, sostenían pesadas pistolas, de aquellas que se usaban en los últimos años del siglo XVI.
Ambos hombres, a quienes cualquiera habría tomado por fugitivos escapados de algún presidio del Golfo de México, si en aquel tiempo hubieran existido tales establecimientos, al ver la gran sombra sobre ellos cambiaron entre sí inquietas palabras.
—Carmaux, mira bien —dijo el que parecía más joven—; tú tienes mejor vista que yo.
—Veo un gran barco, a unos tres tiros de pistola. Pero no sabría decir si vienen de las Tortugas o de las colonias españolas.
—Sean quienes fueren, nos han visto, Wan Stiller, y no nos dejarán escapar.
La misma voz de antes volvió a resonar en las tinieblas que cubrían las aguas del gran Golfo:
—¿Quién vive?
—El diablo —murmuró el llamado Wan Stiller.
Su compañero —en cambio, gritó, con toda la fuerza de sus pulmones:
—¡Si tiene tanta curiosidad, acérquese hasta nosotros y se lo diremos a pistoletazos!
La fanfarronada no pareció incomodar a la voz que interrogaba desde la cubierta del barco:
—¡Avancen, valientes —respondió—, y vengan a abrazar a los hermanos de la costa!
Los hombres de la canoa lanzaron un grito de alegría.
—Que me trague el mar si no es una voz conocida —dijo Carmaux, y añadió—: Sólo un hombre, entre todos los valientes de las Tortugas, puede atreverse a venir hasta aquí, a ponerse a tiro de los cañones de los fuertes españoles: el Corsario Negro.
—¡Truenos de Hamburgo! ¡El mismo!
—¡Y qué triste noticia para ese marino audaz! Otro de sus hermanos colgado en la infame horca.
—¡Se vengará, Carmaux!
—¡Lo creo, y nosotros estaremos a su lado el día que ahorque a ese condenado gobernador de Maracaibo!
El magnífico barco del Corsario se había puesto al pairo para esperar la canoa. Pero sobre su proa, a la luz de un farol, se veían diez o doce hombres armados de fusiles.
—¿Quiénes sois? —preguntó un hombre a los recién llegados, arrojando sobre ellos la luz de una lámpara.
—¡Por Belcebú, mi patrón! —exclamó Carmaux—. ¿Ya no conoce a los amigos?
—¡Que me trague un tiburón si no es éste el vizcaíno Carmaux! —gritó el hombre de la lámpara—. Y ese otro ¿no es el hamburgués Wan Stiller? ¡Los creíamos muertos!
—La muerte no nos quiso.
—¿Y el jefe?
—¡Bandada de cuervos! ¿Han concluido de graznar? —gritó la voz metálica que amenazara a los hombres de la canoa.
—¡El Corsario Negro! —barbotó Wan Stiller.
—¡Aquí estamos, comandante! —respondió Carmaux.
Un hombre descendió desde el puente de mando. Vestía completamente de negro, con una elegancia poco frecuente entre los filibusteros del Golfo de México. Llevaba una rica casaca de seda negra con encajes oscuros y vueltas de piel, calzones en el mismo tono negro e idéntica tela; calzaba botas largas y cubría su cabeza con un chambergo de fieltro, sobre el cual había una gran pluma que le caía hacia la espalda.
Tal como en su vestimenta, en el aspecto del hombre había algo fúnebre. Su rostro era pálido, marmóreo. Sus cabellos tenían una extraña negrura y llevaba barba cortada en horquilla, como la de los nazarenos. Sus facciones eran hermosas y de gran regularidad; sus ojos, de perfecto diseño y negros como carbunclos, se animaban de una luz que muchas veces había asustado a los más intrépidos filibusteros de todo el Golfo.
—¿Quiénes son ustedes? ¿De dónde vienen? —preguntó el Corsario, frente a ellos, con la diestra en la culata de la pistola.
—Somos filibusteros de las Tortugas; dos hermanos de la costa, y venimos de Maracaibo —contestó Carmaux.
—¿Han escapado de los españoles?
—¡Sí, comandante!
—¿A qué barco pertenecían?
—Al del Corsario Rojo.
Al oír estas palabras, el Corsario se estremeció. Agarró bruscamente a Carmaux por un brazo, y lo condujo casi a la fuerza hacia popa, gritando:
—¡Señor Morgan! Usted dará la alarma si algo sucede. ¡Todos a las armas!
El corsario descendió hasta una pequeña cámara, elegante e iluminada, y le indicó a Carmaux que hablara. Pero el marinero de la canoa no pudo despegar los labios.
—Lo han matado, ¿verdad?
—Sí, comandante. Tal como mataron al otro hermano, el Corsario Verde.
Un grito ronco, salvaje y desgarrador, salió de la garganta del comandante.
—Murió como un héroe, señor. Aun cuando el lazo de la horca le quitaba la vida, tuvo fuerzas para escupir la cara del gobernador.
—¡Ah, ese perro de Wan Guld! No moriré sin haber exterminado antes a ese maldito y a toda su familia, y entregado a las llamas la ciudad que gobierna. No dejaré piedra sobre piedra. ¡Y ahora, amigo, cuéntamelo todo! ¿Cómo los apresaron?
—No lo hicieron por la fuerza de las armas, comandante, sino por sorpresa, a traición. Como usted ya sabe, el hermano de usted se había dirigido a Maracaibo para vengar la muerte del Corsario Verde. Éramos ochenta hombres decididos, pero en la embocadura del Golfo nos sorprendió un tremendo huracán que hizo pedazos nuestro barco. Sólo veintisiete hombres pudimos alcanzar la costa. Su hermano nos condujo por los pantanos, y cuando creíamos que encontraríamos refugio, caímos en la emboscada que nos tendió Wan Guld en persona. El Corsario Rojo se defendió como un león, decidido a morir en el campo antes que en la horca. Pero el flamenco lo reconoció y ordenó que lo respetaran.
El marinero hizo una pausa. Luego prosiguió:
—Conducidos a Maracaibo, después de haber sido injuriados y maltratados por los soldados y la población, nos condenaron a la horca. Pero ayer en la mañana, mi compañero Wan Stiller y yo escapamos estrangulando a nuestro centinela. Desde la espesura asistimos a la muerte de su hermano y de sus animosos filibusteros. Después, durante la noche, y ayudados por un negro, nos embarcamos en la canoa dispuestos a llegar a las Tortugas. Eso es todo, comandante.
—Todavía estará colgando de la horca —dijo el Corsario, con una calma terrible.
—Durante tres días, señor.
—¿Y después lo arrojarán a cualquier basural?
—Seguramente, comandante.
—¿Tienes miedo? —le preguntó el Corsario, con extraña voz.
—¡No!
—Entonces me seguirás.
—¿Adónde?
—Esta noche iremos a Maracaibo y asaltaremos esa ciudad. Iremos nosotros dos y tu compañero.
—¿Pero, qué quiere usted hacer?
—Recuperar el cadáver de mi hermano —repuso el Corsario.
—¡Rayos y truenos! ¡Usted es el filibustero más audaz de las Tortugas!
—¡Ve a esperarme en cubierta, y manda que preparen una chalupa!
Carmaux se apresuró a obedecer; sabía que cualquier vacilación ante el Corsario era peligrosa. Cuando el hamburgués supo que volverían a la costa de la cual se habían escapado milagrosamente, no pudo disimular su asombro y sus recelos. Pero Carmaux ya estaba entusiasmado con el plan del Corsario Negro.
—¡Ahí está! —dijo en aquel momento Wan Stiller.
Sobre la cubierta apareció el Corsario. Se había ceñido una espada muy larga y puesto en el cinto un par de grandes pistolas y un puñal de los que los españoles llamaban de misericordia.
Los tres hombres bajaron en silencio a la canoa pertrechada. El barco filibustero apagó sus luces de posición. Los marinos echaron manos a los remos. El Corsario, tendido en la proa, escrutaba el negro horizonte con sus ojos de águila, tratando de distinguir la costa americana. De tiempo en tiempo, volvía la cabeza hacia su barco.
Wan Stiller y Carmaux bogaban con gran brío, haciendo volar el esbelto botecillo. Hacía una hora que remaban, cuando el Corsario divisó una luz que brillaba al ras del agua.
—¡Maracaibo! —dijo con acento sombrío y un movimiento de furor.
—¡Sí! —contestó Carmaux, volviéndose.
—¿Es cierto que hay una escuadra en el lago?
—Sí, comandante; la del contralmirante Toledo, que vigila Maracaibo y Gibraltar.
—¡Tienen miedo! Pero entré el Olonés y nosotros, la echaremos a pique.
Debía ser medianoche cuando la canoa embarrancó en medio de la manigua, quedando oculta entre las plantas. El Corsario saltó a tierra y pistola en mano inspeccionó rápidamente el lugar.
—¿Saben dónde estamos? —preguntó.
—A diez o doce millas de Maracaibo.
—¿Podremos entrar esta noche en la ciudad?
—Eso es imposible, capitán. El bosque es espesísimo. Llegaríamos por la mañana.
—Mostrarnos de día en la ciudad es una imprudencia —dijo del Corsario, y agregó, como si hablara consigo mismo—: Si tuviera aquí mi barco, me atrevería; pero El Rayo cruza ahora las aguas del Golfo.
Después de meditar en silencio, el Corsario preguntó:
—¿Hallaremos todavía a mi hermano?
—Estará expuesto tres días en la plaza de Granada.
—Entonces tenemos tiempo. ¿Conocen a alguien en Maracaibo?
—Sí, al negro que nos ayudó a escapar. Tiene una cabaña en el bosque.
—¿No nos traicionará?
—Respondemos con nuestras vidas.
—¡Pues, andando!
El oscuro bosque se alzaba ante ellos impenetrable. Los árboles, con sus troncos gigantescos y su desmesurado follaje, no les dejaban ver una estrella del cielo. Las ramas caían en festones por todas partes, y raíces misteriosas se levantaban súbitas, obligándolos a hacer uso de sus hachas.
Miles de puntos luminosos danzaban a nivel del suelo y proyectaban haces de luz para luego apagarse. Eran las grandes luciérnagas de la América meridional, vaga lume, que en número de dos o tres dentro de un frasco pueden iluminar una habitación.
Habrían recorrido unas dos millas cuando Carmaux, que iba delante, montó su pistola y exclamó, deteniéndose:
—¿Un jaguar o un hombre?
El Corsario se echó a tierra y escuchó conteniendo la respiración. Luego les hizo una seña y ambos filibusteros lo siguieron empuñando sus sables. De pronto, Wan Stiller y Carmaux le vieron lanzarse hacia adelante y caer sobre una forma humana que se irguió de repente en la maleza. El hombre quedó tumbado y Carmaux y Wan Stiller se avalanzaron sobre él. Era un soldado español.
—¿Lo matamos de un pistoletazo?
—No. Vivo puede sernos más útil que muerto.
Lo ataron firmemente. El pobre diablo que había caído en manos de los corsarios era un hombre que no tenía treinta años, largo y flaco como su compatriota Don Quijote. Vestía una raída casaca de piel amarilla y calzones anchos y cortos a rayas negras y rojas, y botas negras. Llevaba un casco con una pluma rota y una larga espada en una vaina estropeada.
—Por Belcebú, patrón —exclamó Carmaux riendo—; si el gobernador de Maracaibo tiene valientes como éste, no los alimenta con capones, porque nuestro prisionero está más seco que arenque ahumado.
—Habla, si aprecias el pellejo! —dijo el Corsario, tocando al prisionero con la punta de la espada.
—El pellejo ya lo tengo perdido. Nadie sale con vida de sus manos —respondió el español.
—Te he prometido la vida.
—¿Y quién va a creerle? Usted es un filibustero.
—Sí, pero que se llama el Corsario Negro.
—¡Por Nuestra Señora de Guadalupe! Ha venido usted para exterminarnos a todos —exclamó el español con pánico.
—Así es. Pero el Corsario Negro es un noble caballero y un noble que nunca falta a su palabra —contestó el capitán con voz solemne.
—¡En ese caso, interrogue usted!
Apenas el prisionero les hubo revelado que el Corsario Rojo seguía colgado en la Plaza de Granada, se pusieron en camino, marchando en hilera y llevando al español consigo.
Comenzaba a alborear. Los monos, muy abundantes en Venezuela, despertaban dando extraños gritos. También chillaban a voz en cuello enormes variedades de pájaros y papagayos. Los hombres, acostumbrados a todo ello, no se detenían ni un minuto.
Llevaban caminando unas dos horas, cuando resonaron en medio de la espesura unos sonidos melodiosos.
—Es la flauta de Moko —dijo sonriendo Carmaux.
—¿Y quién es Moko? —preguntó el Corsario.
—El negro que nos ayudó a huir. Debe estar domesticando a sus serpientes.
El Corsario desenvainó su espada e hizo seña de seguir adelante.
Ante una cabaña de ramas entretejidas hallábase sentado uno de los más bellos ejemplares de la raza africana. De elevada estatura, tenía un cuerpo musculoso que debía desarrollar una fuerza descomunal. En su rostro no se observaba la ferocidad que se encuentra en muchos rostros de esa raza; había en él cierto aire de bondad, de ingenuidad, cierto aspecto de niño.
Al oír el grito de Carmaux, el negro apartó la flauta de sus labios.
—¿Ustedes todavía aquí? Yo los creía en el Golfo.
—Viene conmigo el capitán de mi barco, el hermano del Corsario Rojo —dijo Carmaux desde la espesura.
—¿El Corsario Negro, aquí?
—¡Silencio, negrito! Necesitamos tu cabaña.
El Corsario, que en aquel momento llegaba con Wan Stiller y el prisionero, saludó al negro. Luego preguntó a Carmaux:
—¿Acaso odia a los españoles?
—Tanto como nosotros.
El negro les ofreció una comida de harina de mandioca, piñas y pulque, bebida fermentada hecha de pita. Más tarde, los filibusteros se echaron sobre algunas brazadas de hojas secas y se durmieron tranquilamente. Sin embargo, Moko hizo de centinela después de atar al soldado.
Ninguno de los tres filibusteros se movió en todo el día. Pero apenas sobrevino la noche, el corsario se levantó.
—Tú permanecerás aquí, cuidando al español —dijo a Wan Stiller, que se había puesto de pie.
—Basta el negro, capitán.
—No; el negro es fuerte como un hércules y lo necesito para transportar el cadáver de mi hermano. ¡Ven, Carmaux: iremos a beber una botella de vino de España a Maracaibo!
—¡Mil tiburones! ¿A éstas horas, capitán?
Y los tres hombres, entre risas burlonas, entraron en la selva.
CAPÍTULO 2
ENTRE UN NOTARIO Y UN CONDE
Índice
Aun cuando Maracaibo no tenía más de diez mil almas, era entonces una de las ciudades más importantes que los españoles habían levantado en el Golfo de México.
Era, además, un gran fuerte muy bien artillado. Y los primeros aventureros habían erigido en aquellas playas hermosas casas y no pocos palacios.
Cuando el Corsario y sus dos compañeros entraron en Maracaibo, las tabernas estaban aún llenas. Los recién llegados fueron a la plaza de Granada. Ésta ofrecía un aspecto tan lúgubre, que haría temblar al hombre más impasible de la tierra. Quince cadáveres pendían en semicírculo frente al palacio y, sobre ellos, revoloteaban numerosas bandadas de zopilotes, los pájaros encargados del aseo en las ciudades de la América Central.
Una terrible emoción descompuso las facciones del Corsario, quien se alejó de allí a grandes pasos, entrando luego en una posada.
—¡A ver, un vaso de tu mejor jerez, hostelero de los demonios! —gritó Carmaux en vizcaíno, mientras se sentaba con el negro junto al Corsario.
El capitán de filibusteros estaba absorto en tétricos pensamientos. No parecía escuchar la conversación de la taberna, la burla que hacían de los ahorcados.
—Cuentan que al Corsario Rojo le han puesto un cigarro entre los dientes —dijo uno.
—Yo quiero ponerle un quitasol en la mano para que se dé sombra —agregó otro.
Carmaux, incapaz de contenerse, cayó encima de la mesa vecina dando un tremendo puñetazo y pidiendo respeto por los muertos. Los cinco bebedores de la mesa, estupefactos, se levantaron de inmediato con sus navajas abiertas y se abalanzaron hacia él. Pero el negro, a una señal del Corsario, lanzó una silla que detuvo a los cinco vascos. El estrépito hizo salir de la habitación contigua a una veintena de bebedores, precedidos por un hombronazo armado de un espadín.
—¿Qué sucede? —preguntó rudamente el hombrote.
—¡Nada que a usted le importe! —repuso Carmaux.
—¡Por todos los infiernos! —gritó el hombre, enrojeciendo! ¿No hay nadie que pueda enviar al señor de Gamara al otro mundo para hacerle compañía al perro del Corsario Rojo?
—¡Tú eres el perro, y tu alma la que acompañará a los ahorcados! —respondió el Corsario, sacando su espada.
—¡Un momento, caballero! ¡Cuando se cruza el hierro, se tiene derecho a saber cuál es el adversario!
—¡Soy más noble que tú!
—Es el nombre lo que quiero.
El Corsario se le acercó y le murmuró al oído algunas palabras. El aventurero lanzó un grito de asombro, mientras el Corsario le atacaba vivamente, obligándole a defenderse. Los bebedores abrieron un amplio círculo para los contendientes. Pero el señor de Gamara no era un espadachín cualquiera: alto, robusto y de pulso firme, podía oponer larga resistencia. El Corsario manejaba su espada con velocidad abismante, saltaba como un jaguar y la cólera le brillaba en los ojos. Pronto, el aventurero se encontró atrapado por un muro, palideció, y la transpiración invadió su frente:
—¡Basta! —gritó.
—¡No! ¡Mi secreto debe morir contigo!
—¡Socorro!¡Es el Cor…!
No pudo concluir: la espada del Corsario le atravesó el pecho, clavándole en la pared. Un chorro de sangre salió de sus labios, y cayó al suelo, quebrando el acero que lo sostenía al muro.
—¡Ése sé ha ido! —dijo Carmaux, burlón.
El Corsario tomó la espada del vencido, cogió el sombrero; tiró un doblón de oro sobre la mesa y salió con sus acompañantes sin que nadie osara detenerlos.
Cuando llegaron a la plaza, reinaba un profundo silencio, interrumpido únicamente por los pájaros que vigilaban las horcas.
Esta vez fue Moko quien inició las acciones. Astuto como sus serpientes, se deslizó en las sombras para eliminar a dos centinelas del palacio del gobernador.
El Corsario, oculto tras un tronco de palmera, le observaba admirado enfrentarse casi inerme a un hombre bien armado.
—¡El compadre tiene hígados! —dijo Carmaux.
Pronto el negro fue a reunírseles y los tres llegaron al centro de la plaza. En medio de los hombres descalzos que colgaban, había un ajusticiado que vestía de rojo y al que habían colocado entre los labios un pedazo de cigarro
—¡Malditos! —exclamó con horror el Corsario—. ¡Esto es lo último del desprecio!
El negro trepó a la horca, descolgó el cadáver y lo envolvió en la negra capa del Corsario.
—¡Adiós, valientes y desgraciados compañeros! ¡Los filibusteros vengarán sus muertes! —se despidió Carmaux.
—¡Entre Wan Guld y yo está la muerte! —sentenció el Corsario.
Rápidamente se alejaron del lugar.
Habían caminado tres o cuatro callejas desiertas, cuando Carmaux creyó ver sombras ocultas tras unas arcadas.
—¡Son los cinco vizcaínos! —dijo Carmaux—. Veo relucir sus navajas en los cinturones.
—¡Tú te encargas de los dos de la izquierda y yo de los tres de la derecha! —ordenó el Corsario—. Moko, tú, lleva el cadáver hasta el bosque.
Los vizcaínos avanzaban con sus navajas abiertas y las capas enrolladas en el brazo izquierdo.
—¿Qué es lo que quieren? —los frenó Carmaux.
—Satisfacer una curiosidad: saber quién es usted —dijo uno.
—¡Un hombre que mata a quien le incomoda! —contestó con fiereza el Corsario, y avanzó con la espada desnuda.
Los cinco vizcaínos esperaban la acometida de ambos filibusteros. Debían ser cinco valientes, para quienes los golpes más peligrosos no parecían serles desconocidos; el jabeque, que produce una afrentosa herida sobre el rostro, o el desjarretazo, que se da por detrás, bajo la última costilla, y que secciona la columna vertebral.
Los filibusteros atacaron con prudencia al percatarse de la peligrosidad de sus adversarios.
Los siete hombres luchaban con furor, pero sin lanzar un grito, atentos todos a parar y tirar tajos y estocadas. De pronto, el Corsario, al ver que un vizcaíno perdía pie, se lanzó a fondo y le tocó en el pecho. El hombre cayó sin un gemido.
Los vizcaínos no se atemorizaron y arremetieron buscando dar un desjarretazo. El Corsario respondía con viveza cuando su espada se embotó en el sarape de su adversario y saltó quebrada por la mitad.
—¡A mí, Carmaux! —gritó con rabia.
Carmaux no podía deshacerse de sus atacantes. El Corsario amartilló precipitadamente una pistola que llevaba al cinto. Entonces, desde la oscuridad, una sombra gigantesca cayó sobre los cuatro vizcaínos, descargando sobre ellos una lluvia de garrotazos, que los tiró por tierra con las cabezas rotas y las costillas hundidas: era Moko.
—¡Gracias, compadre! —gritó Carmaux—. ¡Qué granizada!
—¡Huyamos! —dijo el Corsario—. ¡Aquí ya no hay nada que hacer!
Iban a emprender la marcha, pero una patrulla se acercaba al lugar. Carmaux cedió su espada al Corsario y recogió una navaja vizcaína. Echaron a correr sigilosamente, precedidos por Moko; pero, a los pocos pasos, oyeron el andar cadencioso de otra patrulla.
—Vamos a vender caras nuestras vidas —susurró el Corsario—. Moko, tú llevarás a bordo el cadáver de mi hermano. Ponte a salvo con Wan Stiller.
—¡Volveré con refuerzos, señor!
—El negro salió corriendo. Pero como la calle estaba ocupada por ambas patrullas, se ocultó en un jardín.
Los ocho alabarderos de una de las patrullas disminuyeron su marcha.
—¡Despacio, muchachos! —dijo uno de ellos—. ¡Esos bribones deben andar cerca!
—El tabernero dijo que eran dos y nosotros somos ocho —comentó otro de los soldados.
—¡Adelante! —gritó el Corsario, con su espada en alto.
Sorprendidos, los alabarderos no supieron qué posición tomar. Cuando se repusieron, los filibusteros ya estaban lejos. —
—¡Deténganlos! ¡Deténganlos!
El Corsario y Carmaux corrían desesperados por calles y más calles, sin saber por dónde iban. El vecindario había despertado con los gritos y abría sus ventanas. La situación de los fugitivos se hacía desesperada.
—¡Truenos, capitán! —exclamó Carmaux—. Esto es una trampa. La calle no tiene salida.
Aún tenían tiempo para volverse; la patrulla estaba distante, pero el Corsario decidió hacerles perder el rastro con un poco de astucia.
—¡Carmaux! ¡Ábreme esta puerta!
Era una vivienda modesta, de dos pisos, construida parte con mampostería y parte con madera; en lo alto de la azotea tenía tiestos con flores.
Ambos filibusteros se apresuraron a entrar, cerrando la puerta tras ellos. Por la calle pasaban los soldados gritando.
A tientas se dirigieron a la escalera y llegaron al piso superior, donde Carmaux encendió una mecha de cañón.
Por una puerta entreabierta escapaba un ronquido. Carmaux ubicó una vela y la encendió; luego los filibusteros entraron.
Un viejo calvo y arrugado, de piel color ladrillo y barba de chivo, dormía allí, a pesar de la habitación iluminada.
El Corsario le cogió de un brazo y lo sacudió rudamente.
—Necesita que le disparen un cañonazo —dijo Carmaux.
A la tercera sacudida, el hombre despertó. Al divisar a los hombres armados exclamó:
—¡Muerto soy! —
—Nosotros no tenemos intenciones de hacerte daño si contestas nuestras preguntas.
—¿No son ladrones?
—Somos filibusteros de las Tortugas.
—¡Filibusteros! ¡No hay duda de que soy hombre muerto!
—¿Vives solo en esta casa?
—Solo, señor.
—Y en la vecindad, ¿quiénes viven?
—Honrados burgueses.
—¿A qué te dedicas?
—¡Soy un pobre viejo!
—¡Viejo zorro! —dijo Carmaux—. Tienes miedo de quedarte sin el dinero.
—¡Yo no tengo dinero, excelencia!
Carmaux se echó a reír:
—¡Tratas de excelencia a un filibustero! ¡Éste es el compadre más alegre que he visto!
—¡Acabemos! —gritó el Corsario al viejo—. ¿Qué haces?
—Soy notario.
—¡Bien! Nos alojaremos en esta casa hasta que nos pongamos en marcha. No te haremos daño. Pero cuídate de traicionarnos. ¡Ahora, levántate!
Mientras Carmaux amarraba al viejo, el Corsario abrió las ventanas para ver lo que sucedía. Los vecinos y la soldadesca estaban alborotados con los filibusteros e intercambiaban frases a gritos en la calleja.
—Ya llegará el día en que tendrán noticias mías —les respondió en voz baja el Corsario.
Entretanto, Carmaux, recordando que no habían tenido tiempo de comer la noche anterior, registraba la despensa.
—Señor —dijo Carmaux al Corsario—, mientras los españoles persiguen nuestra sombra, pruebe un trozo de este pescado, que es una magnífica tenca de lago, y de este pato silvestre. Después traeré algunas botellas de Jerez y Oporto que el notario guardaba para las grandes ocasiones.
El Corsario agradecido, se sentó a la mesa, pero le hizo muy poco honor a la comida. Estaba silencioso y triste, como siempre le vieron los filibusteros.
Por su parte, Carmaux no sólo se comió todo, sino que se bebió un par de botellas ante la desesperación del notario.
El Corsario volvió a la ventana. Media hora después, Carmaux lo vio entrar precipitadamente.
—¿Es de confianza el negro?
—¡Comandante! ¡Es un hombre fiel!
—¡Está rondando la calleja!
—Lo iré á buscar, comandante. Déme diez minutos.
El Corsario se encontraba muy inquieto cuando entraron Carmaux vestido de notario, el negro y Wan Stiller.
Rápidamente, Carmaux, que ya conocía lo sucedido, le relató al Corsario que el bosque estaba plagado de soldados, que el negro había dejado el cadáver en su choza y que, tras soltar a las serpientes, había regresado con Wan Stiller.
—La situación es grave, capitán —dijo Wan Stiller—, no creo que podamos volver a bordo de El Rayo.
El Corsario se paseaba de un punto a otro de la habitación, tratando de resolver el aprieto, pero no tuvo tiempo de seguir pensando: un sonoro golpe dado en la calle vibró en la escalera.
—¡Relámpagos! —exclamó Carmaux—. Alguien viene a buscar al notario.
—Algún cliente que quizás me haría ganar buen dinero —balbuceó el viejo.
—¡Cállate, charlatán!
—¡Carmaux! —dijo el Corsario, que había tomado una resolución—. Abre la puerta. Atas al importuno y lo traes para que le haga compañía al notario.
Al oír un tercer golpe que casi astilló la puerta, Carmaux bajó para abrirla. Un jovencito de dieciocho años, vestido señorialmente y con un elegante puñal, entró apresuradamente.
—¿Hacen esperar así a los clientes? ¡Condúzcame ante el notario! Se le había advertido que hoy debía casarme con la señorita Carmen de Vasconcelos. Por lo visto, se hace de rogar ese…!
Las manos del negro le cayeron de improviso sobre los hombros, y el joven, medio estrangulado por la presión, cayó de rodillas. Desarmado y atado, fue conducido al piso alto junto al notario.
—¿Quién es usted? —preguntó el Corsario.
—Uno de mis mejores clientes —dijo el notario.
—¡Cállate!
—Soy el hijo del juez de Maracaibo, don Alfonso de Convenxio. Ahora, espero que me explique usted el motivo de mi secuestro.
—Eso es inútil. Si no ocurren acontecimientos imprevistos, mañana quedará usted libre.
—¡Mañana! —exclamó el jovencito, asombrado—. ¡Hoy me caso con la hija del capitán Vasconcelos!
—Se casará mañana.
—¡Cuidado! Mi padre es amigo del gobernador y en Maracaibo hay soldados y cañones.
—¡No les temo! —le respondió el Corsario, y le volvió la espalda.
Carmaux y el negro habían logrado preparar rápidamente otra comida con una cecina ahumada y cierta especie de queso bastante picante, además del buen vino que a todos debía poner de buen humor. Sin embargo, no habían alcanzado a anunciar los manjares cuando oyeron llamar nuevamente a la puerta.
—¡Es un criado! —anunció Carmaux desde la ventana.
—¡Tráiganlo hasta acá! —roncó el Corsario, que intuyó que era el criado del jovencito.
El almuerzo, muy al contrario de lo previsto por Carmaux, estuvo poco alegre. Todos estaban inquietos. No podía pasar inadvertida la misteriosa desaparición del jovencito y su criado, y era de esperar nuevas visitas.
—¡Demonios! —exclamó Carmaux—. ¡Si esto continúa, vamos a hacer prisioneros a todos los habitantes de Maracaibo.
El Corsario y sus dos marineros discutieron varios proyectos de huida, pero ninguno parecía bueno. Los filibusteros, generalmente fecundos en astucias, se encontraban en aquel momento en un atolladero.
Hallábanse en esa perplejidad, dándole vueltas al asunto, cuando una tercera persona golpeó a la puerta del notario.
Desde la ventana, Carmaux vio que el que dejaba caer sin cesar el llamador de hierro no iba a dejar dominarse con la facilidad del jovencito y del criado.
Pulsuz fraqment bitdi.