Kitabı oxu: «Polarizados»
Polarizados ¿Por qué preferimos la grieta? (aunque digamos lo contrario)
Polarizados ¿Por qué preferimos la grieta? (aunque digamos lo contrario)
Emmanuel Alvarez Agis, Natalia Aruguete, María Esperanza Casullo, Facundo Cruz, Luis Alberto Quevedo, Ignacio Ramírez y Natalia Zuazo
Índice de contenido
Portadilla
Legales
Brevísima nota del editor. José Natanson
Claves del enfrentamiento político en la Argentina reciente. Luis Alberto Quevedo e Ignacio Ramírez
Anatomía de la polarización política argentina. María Esperanza Casullo e Ignacio Ramírez
Polarización, conflicto distributivo e inflación en Argentina. Algunas reflexiones. Emmanuel Alvarez Agis
Cuando la grieta derrama desde arriba. Bicoalicionismo y competencia política polarizada en Argentina. Facundo Cruz
¿Polarización política o digital? Un ecosistema con todos los climas. Natalia Zuazo y Natalia Aruguete
| Polarizados : ¿Por qué preferimos la grieta? (aunque digamos lo contrario) / EmmanuelÁlvarez Agis ... [et al.] ; compilación de Ignacio Ramírez ; Luis Alberto Quevedo. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Capital Intelectual, 2021.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-614-645-61. Política Argentina. I. Álvarez Agis, Emmanuel. II. Ramírez, Ignacio, comp. III. Quevedo, Luis Alberto, comp.CDD 324.20982 |
© de la presente edición, Capital Intelectual S.A., 2021.
Director: José Natanson
Coordinadora de Capital Intelectual: Creusa Muñoz
Diseño de portada: Emmanuel Prado
Diagramación: Daniela Coduto
Corrección: Teresa Arijón
Comercialización y producción: Esteban Zabaljauregui
© Capital Intelectual, 2021.
Versión: 1.0
Digitalización: Proyecto451
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ISBN edición digital (ePub): 978-987-614-645-6
Brevísima nota del editor
“A pesar de lo que afirman sus principios, nuestras sociedades eligen la desigualdad. ¿Por qué?”
Así comienza ¿Por qué preferimos la desigualdad? (aunque digamos lo contrario), el célebre ensayo de François Dubet que evocamos en el título de este libro.
Como la desigualdad, la polarización política es eso que está ahí, contagiando todo con la fuerza inapelable de su poder omnímodo, sin que los esfuerzos por morigerarla hayan logrado –hasta ahora– mayores resultados.
Partimos entonces de la misma pregunta que Dubet. ¿Por qué algo que decimos que no nos gusta se termina imponiendo? ¿Por qué, si todos gritamos que la grieta es peligrosa, que paraliza la gestión de gobierno, que impide el desarrollo económico y hasta destruye los asados familiares, al final siempre gana? ¿Por qué fracasó la ancha avenida del medio, el “peronismo federal”, Margarita Stolbizer, el randazzismo? ¿Por qué cualquier ensayo, así sea tímidamente moncloísta, termina sepultado por una montaña de tuits envenenados? ¿Por qué es siempre kirchnerismo contra macrismo, macrismo contra kirchnerismo, peronismo contra no peronismo...?
Este libro es un intento de rastrear la causas profundas y analizar las consecuencias principales de la polarización política en la Argentina actual. Para ello, los destacados sociólogos Luis Alberto Quevedo e Ignacio Ramírez convocaron a un pequeño grupo de especialistas, de diversas áreas pero con el denominador común del rigor con el que trabajan y la voluntad de participar en el debate público. En las condiciones inestables de la pandemia, se reunieron, intercambiaron ideas, pensaron y, por último, escribieron.
El abordaje llega entonces desde ángulos complementarios. La sociología: ¿es la sociedad la que genera la grieta o es la dirigencia la que se la impone a la sociedad? La ciencia política: el curioso bicoalicionismo de nuestro sistema de partidos, ¿contribuye a profundizar la polarización o a moderarla? La economía: ¿la grieta es un reflejo automático de la desigualdad social y el estancamiento económico? Y la comunicación: los medios y las redes, ¿son causa o consecuencia de la polarización?
En las páginas que siguen, los autores se proponen algo más ambicioso que impugnar o reivindicar la grieta: pretenden entenderla. El resultado es la primera anatomía de la polarización política, a la que Quevedo y Ramírez definen como “la ley de gravedad de la política contemporánea”: eso que no se ve pero que determina todo lo demás.
José Natanson
Noviembre de 2021
Claves del enfrentamiento político en la Argentina reciente
Luis Alberto Quevedo e Ignacio Ramírez
Desde sus orígenes, el pensamiento social buscó siempre las regularidades, las leyes subyacentes –o los mecanismos– que sean capaces de explicar el curso de los acontecimientos sociales, políticos y económicos que regulan/desordenan la vida en sociedad. ¿Cuáles son los resortes ocultos que mueven las acciones de los seres humanos y marcan el curso de la historia? Las respuestas fueron, y continúan siendo, múltiples: el miedo, el interés, el destino, la ley del deseo, la providencia, los astros o la pura voluntad humana. El presente libro propone diversas aproximaciones –y aproximaciones a sus diversas dimensiones– a lo que concebimos como la ley de gravedad de la política contemporánea: la polarización.
La polarización es el fenómeno político más importante en la cultura política argentina de hoy y asimismo una clave interpretativa insoslayable para entender muchos procesos políticos de nuestro mundo más próximo. Es también un importante objeto de debate en el campo de las ciencias sociales y por eso merece también nuestra atención.
Al darle estatuto de “ley” asumimos una de sus connotaciones, de sus secuelas semánticas: la regularidad de la que nos ocupamos gravita y actúa por encima de la imaginación y/o voluntad de los distintos actores políticos. No relativizamos la importancia de los liderazgos, tampoco desconocemos el carácter fundador y “milagroso” (en el sentido arendtiano del concepto) de la acción política, pero nos interesa enfatizar una dimensión habitualmente ignorada en los abordajes más habituales sobre el enfrentamiento político: su naturaleza estructural. Así, la polarización no es un elemento más en el mapa de fuerzas que están presentes en el campo de la política, sino que es su vector decisivo dotado del poder de lo inevitable: ningún posicionamiento puede sustraerse a su fuerza. También actúa como pilar que sostiene los debates mediáticos, académicos, políticos: se revela como el cimiento cultural de una época. Le da firmeza y durabilidad a un tipo de ordenamiento político; la polarización sostiene, resignifica y resiste a las novedades discursivas y a la creación voluntarista. Todo sueño de instalar “una nueva política” tendrá antes que derribar las firmes columnas en las que se sostiene y alimenta a diario la polarización.
Podemos observar estos intentos y estos sintomáticos fracasos en la historia argentina reciente. Visitemos algunos de ellos.
Desde su nacimiento como partido local en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, el PRO desplegó una discursividad vecinalista y pospolítica que se recortaba dentro del paisaje discursivo “clásico” de la democracia. Evocamos su estilo originario porque, al identificar hoy al PRO como uno de los motores de la polarización contemporánea, solemos olvidar que su nacimiento (reciente) estuvo envuelto en la promesa discursiva de terminar con la confrontación ideológica –que era conceptualizada como un resabio arqueológico e indeseado del siglo XX– y dejar la pelea de las ideas por la pacificadora promesa de un lazo menos emocional y más transaccional entre la ciudadanía (“los vecinos”) y la política (como “gestión de las cosas”). En efecto, de allí viene su paradójico nombre: PRO, tratándose de un partido que desde hace años basa casi toda su estrategia de acumulación política en el “partidismo negativo”, es decir en la explotación de la emoción política llamada “antikirchnerismo”.
Lo cierto es que en sus comienzos, el PRO se presentaba liviano de ideología, fomentaba un desapego por la cosa pública, distante de ese aspecto racional de la política (los principios, las plataformas, la ética de la responsabilidad) y aspiraba a ciudadanos que se sumaran al proyecto con poca carga de pasado, sin importar de qué historia venían, con escasos y difusos compromisos programáticos. Bajo este “nuevo paradigma”, la política sería más parecida a la administración mínima de las cosas que a la realización de un ideario cargado de responsabilidades históricas. Sin embargo, algunos años más tarde, en 2019, ese mismo partido –sumado ahora a una coalición– nos propuso sumarnos una batalla final: ir a una guerra por la salvación del alma, de la libertad y de la república y evitar el desembarco de la dictadura castrochavista que traía el Frente de Todos (FdT). ¿Qué ocurrió en el transcurso de tan pocos años para semejante metamorfosis en el tono y en el discurso político de ese espacio? La transformación discursiva del PRO obedeció, entre otros factores, al contexto de polarización, del cual es causa y consecuencia como toda acción política.
Podemos advertir también los efectos de ese contexto en la cuasi extinción de otro concepto político y comunicacional que tuvo enorme presencia en los años recientes: la ancha avenida del medio. Desde esta perspectiva, la “grieta” era una cuestión de una minoría política que tercamente insistía en peleas artificiales, cuando la mayoría silenciosa de “la gente” en realidad demandaba consenso, moderación y diálogo. Desde esta perspectiva, lo más racional sería situarse electoral e ideológicamente en el centro. Este camino lo recorrieron fuerzas y dirigentes de muy distinto color político. El final es conocido: tales hipótesis no se verificaron en los hechos: los diferentes procesos electorales fueron centrifugando las propuestas de centro, estableciendo una suerte de “modo balotaje permanente y de hecho”, (1) mientras que los dirigentes más destacados de la propuesta “anchaavenidista” (Miguel Pichetto, Sergio Massa, Margarita Stolbizer, entre otros) terminaron incorporándose a algunos de los dos polos protagonistas del enfrentamiento que ellos se proponían disolver.
En este panorama, Cristina Fernández de Kirchner resulta una figura central ya que, de algún modo, es la gran organizadora de las pasiones y es a quien se identifica demasiado rápidamente como una productora compulsiva de polarización política y de división. Debemos tener presente que en 2007, la entonces candidata a presidenta del oficialismo edificó su primera campaña electoral en la promesa de chilenización de la concertación oficialista, donde la “institucionalización y el reformismo” eran ejes centrales de aquella constelación discursiva y de aquella fórmula, en la que participó incluso un sector muy importante del radicalismo. Era la época de la transversalidad resumida en Cristina, Cobos y Vos. Pero luego, las cosas tomaron otro rumbo. Muy poco tiempo después, sobre todo después de la crisis de la Resolución 125 en el año 2008, Cristina Fernández fue el objeto de todos los ataques opositores y su propio discurso acompañó también un camino de polarización con el que fidelizó un respaldo electoral muy importante. Desde entonces, nunca dejó de ser la gran organizadora de las pasiones en el escenario político argentino.
Finalmente llegamos al 2020, año que, desde el punto de vista que desarrollamos en este libro, funcionó como el test final, como el examen más exigente que puso en evidencia la vigencia, la fuerza vinculante, y el magnetismo con el que actúa la ley de la polarización que rige sobre el escenario sociopolítico argentino. Rebobinemos al mundo pre-pandémico:
En octubre de 2019 triunfaba el FdT con un candidato que hacía eje en la recuperación del diálogo como herramienta política central. Nos podemos preguntarnos si, efectivamente, la promesa dialoguista había sido una motivación fundamental a la hora de explicar aquel resultado. Lo cierto es que, tras la sorpresa electoral, muchos análisis políticos insistieron sobre aquella explicación, desprovista por cierto de alguna clase de respaldo empírico. Los argentinos habían elegido “diálogo”, habían elegido un estilo. En cualquier caso, el candidato, y luego presidente, parecía decidido a cumplir ese contrato electoral que se interpretaba como un reclamo de moderación de las formas: entrevistas a todos los periodistas y en todos los canales, convocatorias a opositores a toda clase de mesas y ámbitos, etc. Incluso una “misa de reconciliación” como símbolo del inicio de una nueva etapa: dos días antes de asumir, Alberto Fernández compartió con el (aún) presidente Mauricio Macri una misa convocada por la Conferencia Episcopal Argentina en la basílica de Luján. No se podían sumar más gestos y signos para pensar una etapa de reconciliación.
Pocos meses después, el mundo era golpeado por la irrupción de la pandemia, todo entraba en duda, la vida tal como la conocíamos y vivíamos quedaba suspendida, interferida y amenazada. En ese marco, en un primer momento pareció, o pudo pensarse, que la pandemia suspendería el conflicto político, que la “salud no se politiza”, que lo natural sería la formación de consensos en la opinión pública y en la política alrededor del objetivo primario compartido de subsistir. Como confirmación de esa hipótesis, en una primera etapa la oposición se encolumnó detrás del presidente, los medios suavizaron su habitual tono beligerante, aparecieron las mesas pluripartidarias que los viernes daban datos sobre el impacto local de la pandemia y comunicaban las medidas de prevención. Tal vez la postal más emblemática de aquel inédito clima ecuménico se dio el 19 de marzo de 2020, cuando todos los diarios argentinos amanecieron con la misma tapa bajo el lema: Al virus lo frenamos entre todos. #SomosResponsables.
En síntesis, la gestualidad dialoguista del nuevo presidente y el nuevo clima de unidad que parecía configurar la pandemia prometían derretir el escenario de polarización y dejar atrás esa “manera de hacer política”. Pero no, sucedió todo lo contrario: rápidamente los sobreactuados consensos iniciales se desarmaron y quedaron a la luz profundas divergencias ideológicas en el abordaje de la crisis: en la esfera política y mediática surgió una intensa competencia narrativa entre la libertad y la protección. Incluso la experiencia subjetiva pandémica quedó sobredeterminada por las posibilidades afectivas de la polarización política, que en este tema mostraba toda su profundidad ya que hasta las percepciones de riesgo de los ciudadanos y sus conductas sanitarias fueron sustancialmente distintas en virtud de sus inclinaciones políticas. Los estudios empíricos empezaron a mostrar percepciones y “comportamientos sanitarios” diversos entre votantes oficialistas o votantes opositores; al igual que en Estados Unidos, donde los votantes de Donald Trump por ejemplo rechazaron masivamente el uso de barbijo y luego la vacuna. El conflicto político mostraba sus marcas en el cuerpo y la polarización involucraba ahora cuestiones concernientes a la vida y la muerte. Lejos de pacificarse, los afectos políticos se siguieron cargando de ira.
La actual etapa política –rápidamente recargada de polarización política pese a la “voluntad acuerdista” inicial contenida en la promesa albertista– y la pandemia operan entonces como verificadores de la fuerza con la que actúa la ley de gravedad de la vida pública contemporánea.
Hasta aquí nos ocupamos de los signos visibles a través de los cuales se viene manifestando esta “fuerza gravitacional”. Ahora bien, la polarización tiene diversas dimensiones y admite diferentes abordajes. Por un lado, se la ha identificado como el fin del centro político-ideológico para los partidos, los medios y los discursos sociales. En efecto, la expansión del enfrentamiento político y del conflicto en los extremos como modo “normal” de funcionamiento discursivo e institucional de la política trastorna muchas teorías que hasta hace poco pretendían explicar la dinámica política como una dinámica de los acuerdos, del diálogo, y por lo tanto donde la discursividad tenía todos los incentivos para colocarse siempre en el centro. Sin embargo, la polarización como fenómeno global (cuyos contenidos cambian pero no su intensidad y sobre todo sus formas de organizar al espacio público) comenzó a ser interpretada como “el retorno de lo reprimido”, como el regreso del conflicto como centro de gravedad de la actividad política democrática.
Justamente, en las últimas décadas algunos desarrollos teóricos que interpretaban el populismo avanzaron en esta dirección incorporando, además, los aspectos positivos y beneficiosos de la organización del campo de la política en términos de polarización dicotómica. De hecho, esta matriz interpretativa (que reconoce distintos linajes pero que sin lugar a dudas se alimenta de la teoría política de Carl Schmitt en la primera mitad del siglo XX y de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe en el fin del mismo siglo e inicios del XXI) está presente en varios escenarios latinoamericanos y nutrió también algunos debates sobre las democracias europeas, especialmente en España y en Grecia. Algunos años más tarde, muchos marcos teóricos abiertamente de derecha aceptarán los núcleos centrales de esos desarrollos que inicialmente surgieron más próximos al “populismo de izquierda”.
Alrededor del fenómeno que estamos abordando, existe otra pregunta central: ¿se trata de algo novedoso? Esquematizando un poco, podríamos describir dos posibles respuestas antagónicas, o polarizadas. De un lado, la tesis según la cual la grieta no sería sino un nuevo capítulo, una nueva manifestación de la atávica contradicción que mueve la historia argentina: unitarios versus federales, radicales versus consevadores, peronistas versus antiperonistas, etc. Nada nuevo bajo el sol. Si bien resulta evidente que la actual confrontación política tiene continuidades con antiguos conflictos que atravesaron nuestro desarrollo histórico, advertimos novedades y rupturas que consideramos importante alumbrar. Por ejemplo: el enfrentamiento entre macrismo y kirchnerismo poco tiene que ver con la rivalidad entre radicales y peronistas de la década del ochenta, donde el contraste ideológico no era tan nítido como sí resulta ahora. Un segundo aspecto novedoso concierne a la creciente segregación ideológica de la sociedad argentina. Aludimos a la disolución de un espacio discursivo común: macristas y kirchneristas no habitan el mismo territorio cognitivo, hemos dejado de compartir una dieta mediática común, ya no vemos los mismos programas ni comentamos los mismos hechos, vivimos presos de agendas públicas crecientemente autonomizadas unas de otras. Retomaremos este inquietante aspecto sobre el final de este capítulo.
Avancemos con las preguntas y los esbozos de respuestas. ¿Se trata de algo original o más bien de un fenómeno “importado”? Al sobrevolar el paisaje político de España, Brasil, Chile o Estados Unidos surge una primera impresión panorámica más próxima a la tesis del “oleaje epocal” que a la singularidad argentina. Desde una perspectiva panorámica es imposible no advertir que un mismo nervio de ira sacude la (¿engañosa?) tranquilidad de las democracias liberales y representativas. Nuevamente aparece la figura de la polarización en clave de “sinceramiento político”. De cualquier manera, al recorrer las calles interiores de esos escenarios nacionales se registran variaciones que conviene considerar antes de sacar conclusiones excesivamente universales. Lo que sí resulta evidente es que nuestro estado de polarización transita avenidas discursivas que tienen un visible aire de familia con los lenguajes y estéticas de los combates políticos de esas sociedades, más allá del inevitable “lost in translation”.
Una incógnita especialmente importante a la hora de identificar a los responsables explicativos del fenómeno se podría formular en los siguientes términos: la polarización nace ¿desde arriba o desde abajo? Es el enfrentamiento retórico de las élites –y la espectacularización mediática de esa confrontación– lo que esparce sobre una tranquila sociedad un estado de enfrentamiento causando fracturas ideológicas. ¿O acaso sucede exactamente lo contrario?: Es decir, son las divisiones que existen en la sociedad las que conducen a la “oferta discursiva” (políticos y medios) de adaptarse a ese desacuerdo ideológico presente en el seno de la sociedad. En otros términos: ¿FdT y JxC son las causas o las consecuencias de la polarización? Leídos en conjunto, el capítulo de Facundo Cruz sobre la “simplificación binaria” en dos grandes coaliciones del sistema político argentino y el texto de Casullo y Ramírez en el que examinan “desde abajo” la anatomía de la polarización, ejemplifican la complejidad de poner el acento únicamente en la oferta o solamente en la demanda. En síntesis, en vez de pensar la polarización como un fenómeno causado desde abajo o desde arriba, resulta mas adecuado conceptualizar en términos de un círculo, virtuoso o vicioso según el momento, el aspecto analizado o directamente el gusto de cada lector o lectora.
Al costado de la mirada política (tenga acento en la demanda o en la oferta) debemos considerar una lectura más social, relacionada con el rol que ocupa en esta historia la creciente desigualdad del mundo contemporáneo. ¿En qué medida el deterioro del tejido social y la acentuada fragilidad social producen la polarización política? ¿Qué lugar tienen la precarización de la vida y la agudización de las desigualdades en las configuraciones políticas contemporáneas? El sociólogo francés François Dubet, por ejemplo, establece un estrecho nexo entre la proliferación de las emociones políticas de este tiempo y el agravamiento de las condiciones de vida que se manifiesta en la mayoría de las democracias occidentales.
Pero las preguntas no terminan aquí, ya que aún no hemos ni siquiera mencionado que la polarización también suele ser explicada como un subproducto de los medios. El periodista norteamericano Ezra Klein, en su nuevo libro Why we are polarized?, repasa las múltiples causas de la polarización política en Estados Unidos. Entre los diversos aspectos que examina, se detiene sobre la partidización de la oferta mediática como proceso reciente y rasgo novedoso. Convencido de que esta transformación ocupa un lugar destacado en el menú explicativo de la polarización, el autor sostiene que “Los medios polarizados no enfatizan los puntos en común, arman las diferencias; no se enfocan en lo mejor del otro lado, te amenazan con lo peor”
Podríamos describir este proceso de partidización de los medios de comunicación en términos de un “retorno a los orígenes”, ya que se trata de una tradición que venía del siglo XIX (el diario La Nación nacía en 1870 bajo el lema “Tribuna de Doctrina” y escrito por intelectuales que eran políticos o ex-presidentes) pero parecía totalmente superada, sobre todo en la segunda mitad del siglo XX. En efecto, y volviendo a los años ochenta del siglo pasado, el mundo de la prensa gráfica y audiovisual se mostraba en aquella época como un periodismo crítico, que investigaba y producía informes agudos y basados en los hechos, y que ejercía su rol de manera independiente de los partidos políticos aunque no de las ideas que sostenían. Se trataba de una escena mediática típica de la modernidad, donde los medios se presentaban como el escenario común que albergaba a todas las voces y donde los políticos podían ir a presentar sus ideas y el debate se enriquecía con las disidencias (“las dos campanas”) ante cualquier tema relevante que se tratara. Los políticos suscitaban el interés principal y los periodistas asumían el rol de la crítica y la administración equilibrada de la palabra de quienes confrontaban sus ideas. En el escenario actual, los medios no solamente no son plataformas de expresividad política externa a los intereses e ideologías de las empresas que los patrocinan sino que, además, logran la fidelidad de sus públicos justamente porque defienden intereses ideológicos y partidarios concretos. En este nuevo formato, obturar (o denigrar) la palabra de un adversario constituye el eje central del pacto de recepción con sus audiencias. Con relación a nuestro hábitat mediático, y más allá del peso explicativo que le asignemos, resulta evidente el acelerado proceso de partidización de la oferta mediática. La reconfiguración del contrato de lectura de Clarín, y la consolidación de C5N y La Nación+, son algunos de sus ejemplos más conocidos, pero no los únicos.
De cualquier manera, las preguntas siguen abiertas. ¿En qué medida este fenómeno es tan solo un síntoma del nuevo espacio público-digital, con sus segregaciones ideológicas y cognitivas? En cualquier caso, la polarización se encuentra también asociada con el lenguaje y con los entornos cognitivos que habilita cada etapa cultural, tecnológica e histórica.
Por último, surge un interrogante tan relevante como difícil de responder, la polarización: ¿hace bien? ¿Enriquece y ordena el debate democrático o todo lo contrario? Al ser más frecuente escuchar impugnaciones a la grieta (“divide, causa violencia, etc.”) empezaremos por señalar un posible efecto favorable bastante soslayado. La polarización inhibe (¿y revierte?) el proceso de “desencantamiento del voto” (cuyos síntomas más comunes son el crecimiento de la abstención o de los votos “epidémicos” a liderazgos outsiders) que venía provocando hemorragias de legitimidad en los sistemas políticos. En efecto, en sociedades polarizadas aumenta la participación electoral. (2) La polarización pareciera restaurar uno de los sentidos más esenciales del voto: elegir entre opciones que se perciben diferentes, ya que sin esa diferencia la idea misma de “elección” queda debilitada. Ahora bien, la polarización de ninguna manera produce un espacio público idílico. Además de los problemas asociados con la segregación ideológica y la intolerancia, niveles muy agudizados de polarización política aumentan las dificultades para establecer los consensos mínimos que exige el abordaje de algunos de los problemas estructurales del país. Emmanuel Alvarez Agis aborda algunas de estas cuestiones en su capítulo dedicado a la economía (política)
Finalmente ¿cuál es la causa, la ley de la ley? Más que como una competencia entre explicaciones, preferimos pensar la diversidad de las argumentaciones expuestas como el signo que acredita que estamos ante un fenómeno complejo, y que exige aproximaciones desde perspectivas muy diversas, y que solo en conjunto será posible retratar la ley de nuestro tiempo. A lo largo de este libro, a través de los aportes de autores y perspectivas distintas, nos ocuparemos de muchos de los aspectos referidos al proceso de polarización política que estructura la escena pública nacional.
* * *
Como hemos dicho más arriba, cuando hablamos de “polarización” no nos referimos a una dimensión específica de la realidad social ni mucho menos a un fenómeno estrictamente partidario o de orden politológico. Polarización tampoco debe entenderse como sinónimo de “bipartidismo”; es un concepto mucho más amplio que no concierne solamente al sistema político. Casi podríamos decir que no le concierne ni siquiera principalmente. En este sentido, nos parece conveniente pensar la polarización como un determinado momento o tipo de configuración del espacio público: la polarización actúa –como dijimos antes– como la ley de la gravedad que le da forma, que lo estructura. Por supuesto, estamos hablando de un espacio público que dista mucho del ideal republicano de los siglos XVIII y XIX y menos aún de aquel propio del siglo XX. No se trata de una escena de iguales que deliberan en la plaza pública sino de un espacio público crepuscular, donde reina la desconfianza, donde las palabras tienen el sentido que yo quiero otorgarles y donde el otro se ha vuelto un personaje oscuro y amenazante. No es el mundo de la Aufklärung que celebraba Kant sino el reino del desasosiego, de la aceptación de las desigualdades y del resentimiento hacia el otro, una época de pasiones tristes como la denominó François Dubet.
A lo largo de este capítulo introductorio, sobrevolamos diferentes aspectos involucrados en este fenómeno, algunos desarrollados con mayor profundidad en los siguientes capítulos. En esta sección final queremos hacer zoom y aterrizar sobre dos de las características más distintivas del espacio público polarizado sobre el que reflexiona este libro. Sostenemos que son rasgos distintivos porque si bien no son del todo inéditos, sí resultan especialmente acentuados en la actualidad. Esos rasgos son, por un lado, las segregación ideológica y por el otro, la expansión del partidismo negativo como driver central del comportamiento político y de las emociones políticas de este tiempo.
Segregación ideológica y partidismo negativo.
Sea con nostalgia o con realismo, al referirnos a un espacio público polarizado pensamos también en las dificultades para el despliegue de una promesa fundante del ideal democrático: la creación de un espacio público plural, abierto, deliberativo y respetuoso de la palabra del otro. Algo que podríamos reconocer como el ideal habermasiano de esfera pública. La polarización, tal como la vivimos en Argentina y en otras partes del mundo, opera casi como lo contrario: funciona como un parteaguas radical, separa a los ciudadanos al punto de convertirlos en un otro-no-deseado. La palabra del otro, y el otro mismo, muchas veces se nos aparece como fuera de nuestro horizonte, algo que solo imaginamos o deseamos fuera de la comunidad a la que pertenecemos.
En este sentido, la imagen de una espacio público segregado ideológicamente –más allá de los algoritmos y las cámaras de eco analizadas por Aruguete y Zuazo en este mismo texto– resulta muy disruptiva para nuestra representación clásica de Argentina, que suele identificarse más con las imágenes de la deliberación política clásica, como tal vez existió durante las dos primeras décadas de la democracia recuperada luego de la larga noche de la dictadura. Entre otras fuentes, el cine nos ha aportado escenas de un costumbrismo nacional donde las discusiones políticas en la mesa familiar, entre vecinos de la misma “cuadra”, o los debates furtivos en el mundo del trabajo, eran uno de los rasgos folklóricos más diferenciadores de nuestra politizada vida nacional. Extremando la distopía, asistimos a un fenómeno donde esa convivencia se va reduciendo y esas peleas familiares desaparecen, no tanto por una pulsión acuerdista sino porque desaparece la diversidad que le daba sentido y origen a ese desacuerdo expuesto. En un espacio público segregado, no nos exponemos a lo diferente, a otros puntos de vista que nos recuerden la particularidad de nuestra experiencia, la parcialidad de nuestra mirada.
Un espacio público segregado involucra espacios de formación, interacción, socialización y participación crecientemente segmentados y aislados entre sí. Se trata más bien de una escena donde imperan las distancias, las desconfianzas mutuas, y donde los ciudadanos prefieren refugiarse en la zona de confort de los iguales antes que ingresar a un espacio de intercambios abiertos. La palabra del otro no solo ha perdido interés, sino que no tiene el estatus ontológico de lo que estamos dispuestos a escuchar. Aportamos un ejemplo: nuestra clase política dirigente se formó casi íntegramente en las mismas universidades públicas que han sido siempre espacios de diversidad, de polémicas entre distintos y de fuerte presencia de la política. Ese origen común va siendo sustituido por trayectorias educativas cada vez más segmentadas que desembocan con “menos contingencia sociológica” en diferentes “destinos políticos”.
La segregación constituye la otra cara del mismo fenómeno. Se trata de habitar barrios cerrados de la subjetividad política, moverse en el mundo de los idénticos, aceptar la endogamia ideológica como regla central de la cultura política y favorecer –al tiempo que se celebra– la “diabolización” del otro (político). No solo se trata de una especie de narcisismo simbólico, donde solo el espejo que devuelve mi propia imagen es el único que me tranquiliza, sino que estoy dispuesto a vivir en un estado de aislamiento cognitivo que no interrumpa mis propias convicciones. El otro político se nos aparece únicamente como una representación cada vez más deformada y demonizada, como lo indeseado y como la fuente de todos los males que ocurren en la comunidad política. Las marcas más fuertes de esta disidencia radical las encontramos en las redes sociales (el lugar por excelencia del narcisismo posmoderno), donde el lenguaje político se reduce a un ejercicio minimalista del lenguaje, una competencia por la adjetivación extrema, la descalificación del otro y el uso de imágenes (emoticones, memes, etc.) que resumen el desprecio por lo diferente. En consecuencia, la endogomia ideológica incuba intolerancia política, disuelve el campo de lo común y agudiza actitudes poco compatibles con una cultura política propia del régimen democrático.
Los siguientes dos datos alumbran con elocuencia el fenómeno que estamos caracterizando. Veamos un estudio que realizamos desde FLACSO Argentina: la mitad de los votantes de Juntos por el Cambio (JxC) declara no tener votantes del FdT en su círculo social o familiar más estrecho. Por su parte, un tercio de los votantes del FdT tampoco tiene en su círculo más íntimo votantes de JxC. Para dimensionar los datos, tenemos que tener presente que ambas fuerzas políticas tienen un share social muy extendido, es decir, no hablamos de identidades políticas “exóticas” o minoritarias. Sería algo equivalente a que un hincha de River no conociera directamente a un hincha de Boca o viceversa, o para decirlo más barrialmente, que un hincha de Racing que vive en Avellaneda nunca se hubiera cruzado en una plaza o en la feria con un hincha que tiene la camiseta de Independiente puesta y que hace alarde de las conquistas del “Rojo”: estadísticamente imposible.
El segundo dato –íntima y explicativamente asociado al primero– refiere a lo que aquí llamamos la “representación del otro (político)” y revela cuán extendidas están en ambas constelaciones electorales, las denominaciones del votante rival cargadas de estigmas. Esto es, el rechazo político registrado en este indicador no apunta a los dirigentes o representantes de una ideología, sino más bien a lo que los ciudadanos consideran “encarnaciones” de esa ideología (percibida como equivocada y amenazante de manera recíproca). La mitad de los votantes del FdT está de acuerdo en que los votantes de JxC “son una amenaza para la democracia”. Entre los votantes de Cambiemos esa mirada demonizada se manifiesta en proporciones aún más generalizadas: 7 de cada 10 votantes de la fórmula Macri/Pichetto considera a los votantes del FdT como una “amenaza para la democracia”.
Anatomía de la polarización política
Endogamia ideológica
¿Tiene entre sus amistades y familiares alguien que haya votado a…?

Fuente: Estudio sobre actitudes políticas basado en una encuesta nacional dirigido por los autores, octubre de 2020.
Demonización del votante opositor
¿Cuán de acuerdo o en desacuerdo se encuentra con la frase…?

Fuente: Estudio sobre actitudes políticas basado en una encuesta nacional dirigido por los autores, octubre de 2020.
Dos observaciones sobre los datos: la endogamia ideológica y la demonización del otro se encuentran muy difundidas en ambos hemisferios de la polarización. Ahora bien, ambos indicadores muestran también que la polarización es asimétrica, esto es: los votantes de Cambiemos muestran un comportamiento ideológicamente más endogámico y –seguramente vinculado con aquello– una mirada aún más diabolizada de los votantes rivales.
La literatura politológica viene documentando este fenómeno, al que conceptualiza como crecimiento del “partidismo negativo”. Toda identidad política se apoya sobre un elemento de afirmación y un componente de alteridad, de rechazo al adversario, al que se puede advertir o no como amenaza, pero seguro se lo distingue como diferente. Las lealtades “partidarias” (con todas las comillas que requiere esa figura) estarían siendo revitalizadas no tanto por amor al grupo propio, sino fundamentalmente por el marcado rechazo al espacio político adversario.
Abramowitz y Webster documentan este proceso para Estados Unidos y vinculan el partidismo negativo con el crecimiento de la división ideológica como eje estructurador del comportamiento de la opinión pública, de la oferta mediática y de la oferta política. Los autores registran un fenómeno que hasta hace poco hubiera resultado inverosímil: el crecimiento de la lealtad partidaria en el comportamiento electoral de los estadounidenses. Ahora bien, ese fenómeno, comprueban, está apalancado por un crecimiento de la valoración negativa del partido rival, es decir, los demócratas son cada vez más anti-republicanos y los republicanos son más anti-democrátas que nunca, lo cual configura una polarización apoyada sobre un partidismo negativo. La identidad afirmativa de pertenencia aparece como débil o insuficiente a la hora de evaluar las propuestas políticas en épocas de polarización y así se produce este desplazamiento hacia la negación del otro como un reaseguro de mis propias convicciones y de mi identidad con los idénticos.
Este fenómeno de constitución de subjetividades puede adoptar diferentes formatos según el tipo de sistema político imperante, pero alude a un tipo de sujeto social y de constelación de valores que se consideran amenazantes. Los datos examinados y los resultados de los últimos procesos electorales (con FdT y JxC consolidados como las dos fuerzas más votadas del país, y que sumadas concentran más del 70% de las preferencias) permiten incluir a Argentina y a nuestra cultura política contemporánea dentro de este marco de expansión del partidismo negativo que, como vimos, viene asociada con una representación del otro (político) en la que las diferencias aparecen exageradas y muchas veces deformadas.
En el caso de nuestro país, este tema también aparece atravesado por diferencias relacionadas con la carga de negatividad que una y otra coalición otorgan a los valores que están presentes en el otro (político). Más arriba dijimos que el kirchnerismo, y en particular la figura de Cristina Fernández de Kirchner era la gran ordenadora de las pasiones. Pero en este mapa de amores y odios las cargas no están compartidas. Cristina Fernández despierta ambos sentimientos, sin embargo organiza una constelación que tiene un significado muy distinto de uno y otro lado de la polarización. Cristina es tan amada como odiada, pero esto coloca a las pasiones positivas (el amor incondicional por su líder) con cargas de intensidad que podríamos colocar más dentro de las pasiones positivas y desde allí al rechazo del otro como lo no deseado. Sin embargo, esto no es simétrico del otro lado de la grieta. Mauricio Macri tuvo la capacidad (sobre todo en 2015) de transformarse en el polo que concentraba todos los rechazos y odios al kirchnerismo pero no despertó nunca los afectos positivos de sus seguidores como sí lo hizo la ex-presidenta. O, al menos, no en la intensidad y la proporción que logró Cristina en sus momentos de gloria e incluso en su ocaso electoral.
Si bien existen importantes diferencias ideológicas, socioeconómicas, etarias y hasta geográficas entre las dos coaliciones (como lo muestran Casullo y Ramírez en el texto que forma parte de este libro), al igual que ocurre en España y Estados Unidos, esas diferencias se agigantan imaginariamente configurando una suerte de brecha de percepciones recíprocas donde sectores con muchos puntos o rasgos en común se perciben abismalmente lejanos y diferentes. Por ejemplo, los votantes demócratas perciben que el 44% de los votantes republicanos son “ricos” (250.000 dólares al año es el parámetro que suele usarse) cuando solo el 2% de ese electorado tiene esos ingresos. Los demócratas perciben que la mayoría de los republicanos pertenecen a los grupos etarios de mayor edad y que son mayoría los que tienen más de 65 años, cuando en realidad es solo el 20%. De igual forma, los republicanos perciben que el 46% de los demócratas son negros, cuando en realidad es solo el 24%. (estudio de Douglas Ahler y Gaurav Sood realizado en 2018).
Se ha puesto de moda hablar de “política de identidades” como si estuviéramos ante una novedad. Toda competencia política es una competencia de identidades, nunca se trata de un debate ad hoc y frío sobre asuntos específicos. Y la política articula identidades sociales. El problema es que esas identidades deben saber reconocer sus diferencias, pero también poder inscribirse en un espacio afectivo y simbólico común, no excluyente.
En suma, en este libro no nos interesa tanto reivindicar o impugnar la ley de gravedad que estructura este espacio público polarizado, sino ilustrar sus luces y sus sombras, describir sus efectos favorables vinculados con la “organización democrática” del desacuerdo ideológico pero también problematizar algunas de sus consecuencias más disfuncionales para la resolución de problemas estructurales e ilustrar efectos inquietantes para la conversación pública. La polarización puede ser buena, puede ser mala, pero sobre todo es lo que es. Ahí vamos.
1- Pese al inestable contexto pandémico, y a tratarse de elecciones “provinciales”, las recientes elecciones legislativas de 2021, fueron el proceso electoral legislativo con la mayor concentración de votos de las dos principales fuerzas nacionales (sumados, el FdT y JxC superaron el 75% de las preferencias positivas) desde 1997, consolidando la escena electoral cristazalida en 2019, cuando se “estrenó” la competencia entre estas dos grandes coaliciones. Desde entonces ocupan el centro de la escena nacional y no hay señales de desintegración en ninguna de las dos, más allá de cambios internos o de éxitos y fracasos circunstanciales.
2- Nos parece que los análisis sobre crecimiento de la abstención electoral en procesos electorales “envueltos de pandemia” aún requieren de prudencia y tiempo.
Anatomía de la polarización política argentina
María Esperanza Casullo e Ignacio Ramírez
“¡Yo estoy al derecho!
¡Dado vuelta estás vos!”
Sumo, El cieguito volador.
La grieta es una de las expresiones más recurrentes del lenguaje político de la Argentina reciente; la expresión bajo la cual se aborda, y a la vez se niega, el debate ideológico en Argentina. Sin dudas se trata de una palabra muy pegajosa, posiblemente en virtud de su eficacia visual. Invocar la idea de grieta nos representa instantáneamente la imagen de una sociedad fracturada en dos y separada por un abismo; una sociedad atravesada por una discontinuidad profunda. Pero ¿de qué hablamos cuando hablamos de grieta?
La expresión “la grieta” fue acuñada por Jorge Lanata en la entrega de los premios Martín Fierro en el año 2013 (en la Argentina, pasamos de la espectacularización de la política, modo años 90, a la politización del espectáculo). Al recibir su segundo premio, y en un tono sereno, Lanata expresó: “Hay una división irreconciliable en la Argentina. Yo la llamo la grieta y esa división es lo peor que nos pasa. La grieta ya no es política, es cultural”. Ahora bien, mientras que la aparición de una grieta geológica causada por un evento externo (un sismo, por ejemplo) no puede ser imputada a ninguno de los dos lados, naturalmente su teoría y denuncia sobre la grieta estaba dirigida al kirchnerismo, al que señalaba como provocador de enfrentamientos y divisiones. (1) Una de las voces más beligerantes de la política argentina le ponía palabra a la cosa; autoría paradójica que pone de manifiesto que la grieta fue y es siempre el Otro. Al igual que sucede con los usos simplificadores del concepto de ideología (donde siempre es el Otro quien sostiene opiniones “ideológicas”, es decir distorsionadas), la grieta fue también un artefacto discursivo para (des)calificar un modo de hacer política al que se le imputaba ser disolvente y beligerante.
Durante los últimos años, la grieta fue pensada y definida en términos muy diversos. Diferentes voces denunciaron moralmente la grieta como si se tratara de una impostada sobreactuación retórica, de una teatralidad de las diferencias; en fin, como si únicamente fuera un conjunto de estrategias comunicacionales llevadas adelante por una parte de la dirigencia política de manera irresponsable (por sus efectos sobre la sociedad) para maximizar sus aspiraciones políticas. “Alimentan la grieta” fue y es una de las expresiones más repetidas en los paneles televisivos donde la política se espectaculariza.
Bajo este paradigma, se desarrolló un profuso mercado electoral que insistentemente propuso “productos electorales” destinados a cerrar la grieta. Este fue uno de los ejes que estructuraron las elecciones de 2013, 2015 y 2017. Sergio Massa y Margarita Stolbizer, Roberto Lavagna y Florencio Randazzo lo intentaron. (2) Como se comprobó más tarde, se trató de un mercado con más éxito en la oferta que en la demanda. Mientras tanto, la grieta nunca dejó de acentuarse.
Desde una perspectiva “anti-grieta”, el escenario político argentino es calificado de crispado. El término contrabandea una carga negativa y evoca historias de cuñados que dejaron de hablarse en los asados familiares y de grupos de amigos que entraron en diáspora a raíz de las diferencias políticas. La representación de una sociedad agrietada y crispada alimentó una abundante –y poco inspirada– producción publicitaria, donde se destaca una campaña que difícilmente olvidaremos. Hablamos de la campaña “Argen y Tina”, que en 2013 impulsó las candidaturas de Margarita Stolbizer y Ricardo Alfonsín, del Frente Progresista Cívico y Social. La campaña, apelando a un registro costumbrista caricaturizado, retrataba escenas de una argentinidad (reducida a fútbol y asados) fracturada. La exageración hiperbólica actuaba como distopía, anticipándonos el destino de división que tendríamos en caso de seguir alimentando la grieta.
La Ancha Avenida del Medio fue otro de los recordados conceptos publicitarios y periodísticos que hizo mucho camino durante estos tiempos de confrontación. La Ancha Avenida del Medio era otra, retomando la sugerente expresión de Eliseo Verón, “imagen con cuerpo”. (3) Proponía lo siguiente: la grieta era una cuestión de minorías gritonas y peleadoras cuyo tamaño verdadero está sobre-representado; la “mayoría silenciosa” en realidad “pasaba de la grieta” y se mantenía en una posición equidistante. La ubicación “del Medio” connotaba moderación y verdad, puesto que la verdad sería un promedio. No nos adelantemos, pero el destino de los principales dirigentes de aquel espacio discursivo fue, finalmente, caer en lo más profundo de la grieta. Los dirigentes más destacados del espacio intermedio, Sergio Massa y Miguel Pichetto, se incorporaron a los dos polos de la grieta cuya dinámica binaria habían venido a disolver. Estas señales acreditan la modesta capacidad explicativa que tenía la “teoría”, o el diagnóstico de la Ancha Avenida del Medio. El fracaso de la Ancha Avenida fue tanto un fracaso político como conceptual. (4)
Pero aceptada su gravitación como ley, surgen interrogantes referidos al estatuto del fenómeno. La grieta… ¿se trata entonces de un invento televisivo, de una categoría politológica o de una realidad sociológica “desde abajo”? Es decir, ¿hay que pensar la grieta partiendo desde arriba, examinando lo que hacen y dicen los dirigentes y comunicadores, o conviene empezar el diagnóstico desde abajo, atentos a los valores y comportamientos de la sociedad?
El sociólogo Manuel Mora y Araujo solía advertir sobre una deformación conceptual que padece habitualmente el análisis político. Los abordajes, insistía, suelen poner el eje más sobre la oferta (los actores, la dirigencia) que sobre la demanda (la sociedad, la opinión pública). (5) Tan marcado es el sesgo “ofertista” que, cuando se incorpora este punto de vista a los estudios de opinión pública, se lo hace para examinar aquellos datos referidos a los protagonistas de la oferta: imagen de gobiernos y de dirigentes. Sin embargo, lo contrario es igualmente válido, o incluso más. La oferta política responde, mejor o peor, más rápida o más lentamente, a la demanda política. Es difícil imaginar la idea de que un puñado de dirigentes pueden diseñar en una mesa de arena la realidad política de un país de cuarenta y cinco millones de habitantes, donde la política se respira y se discute en cada mesa. Tal vez si la grieta es tan resistente, es porque los cuñados y los amigos argentinos tienen realmente visiones y preferencias diferentes. En homenaje al planteo de Manolo, empezaremos... por abajo, por la sociedad. Existe una abundante y creciente evidencia empírica –basada en datos de opinión pública– que retratan profundas y sostenidas divergencias ideológicas en la sociedad argentina. Asimismo, esos estudios iluminan perfiles sociales muy diferentes en el electorado del Frente de Todos (FdT) y en el de Juntos por el Cambio (JxC). Es decir, la competencia política central de la Argentina se apoya sobre clivajes estructurales asociados con marcados desacuerdos ideológicos.
Las identidades políticas pueden ser comprendidas y definidas a través de sus sujetos sociales. Este tipo de enfoque se emparenta con lo que el sociólogo Seymour Martin Lipset conceptualizó como “las bases sociales de la política”. (6) En este capítulo revisaremos las variaciones en el apoyo electoral a Cambiemos y al FdT en relación a tres variables sociológicas: la clase social, la edad y la ideología. Mostraremos que estos tres factores “clásicos” de la sociología política conservan absoluta vigencia a la hora de estructurar la dinámica política contemporánea. Acompañados por los datos, desarrollaremos el argumento de que la tan mentada “grieta” no es simplemente un espejismo caprichoso, sino que representa visiones diferentes sobre la realidad política del país que anclan en clivajes sociales con existencia objetiva.
Pulsuz fraqment bitdi.