Kitabı oxu: «Historias de Nueva York»
© Enric González, 2011
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2013.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.:OEBO050
ISBN: 978-84-9867-859-8
Conversión a libro electrónico: Víctor Igual, S. L.
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HISTORIAS DE NUEVA YORK
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EPÍLOGO
HISTORIAS DE NUEVA YORK
1
Dicen que cuando en Nueva York son las tres de la tarde, en Europa son las nueve de diez años antes. Es posible. La voracidad del tiempo ha seguido desplazándose hacia occidente y ha cerrado el círculo en oriente: el futuro de hoy ruge en Shanghai. No sé si Nueva York sigue una década por delante. El cine de nuestra memoria nos la hace tan conocida que forma parte del pasado. Da igual, yo llegué con retraso y mis ideas sobre el progreso son confusas. Si hubiera podido elegir, habría visto por primera vez los muelles del Hudson hacia 1960, desde la cubierta de un trasatlántico, y habría desembarcado en una ciudad en la que no había almuerzo sin tres martinis ni taxistas sin corbata, se fumaba sin filtro y Times Square era Babilonia, no una encrucijada ruidosa envuelta en anuncios luminosos. Aquella de 1960 era una ciudad joven y cínica, arrogante, intacta.
Como segunda opción, me quedaría con el largo verano de los años veinte, corrupto y turbulento, con un viaje en mercante y con una llegada nocturna a los muelles industriales del East River. Desde el puente de Brooklyn, con el sol naciente a la espalda, habría visto el amanecer reflejado en un perfil urbano que no era el más célebre del mundo ni abundaba como hoy en torres de cristal. La fachada oriental de Manhattan, con las llanuras de Greenwich, las cumbres de cemento y mármol de Midtown y las colinas de Battery, todavía en construcción.
Otra posibilidad consiste en llegar hoy mismo. Los Yankees habrán ganado y los Mets habrán perdido en circunstancias escandalosas; la gente pasará junto a un solar en construcción donde hubo dos torres muy altas y mirará, como de costumbre, los escaparates de Century 21; en el Holland Tunnel seguirá marcada la frontera con Nueva Jersey y Estados Unidos, ese país inmenso, absorto en sus centros comerciales, sus biblias, sus revólveres y sus fantasmagóricos enemigos exteriores; y en Washington Square alguien se sentará ante el tablero que ocupó Bobby Fischer y moverá, como él, el peón del alfil de la reina negra para construir una defensa siciliana. En Nueva York, que no sabe de nuestra memoria sentimental ni de nuestro calendario, siempre es hoy y todos los momentos valen.
«El presente es tan poderoso en Nueva York, que el pasado se ha perdido.» Lo dijo John Jay Chapman, un ensayista neoyorquino que en 1900 pronunció el discurso de graduación en el Hobart College con la siguiente recomendación: «Haced una hoguera con vuestras reputaciones. Dejaos odiar, dejaos ridiculizar, podéis temer y podéis dudar, pero no dejéis que os amordacen. Haced lo que queráis, pero opinad siempre». Ignoro qué hicieron aquellos jóvenes en la vida. Si hicieron caso a Chapman y se negaron a callar, fueron típicos ciudadanos de Nueva York.
Disiento, sin embargo, de la afirmación de que «el pasado se ha perdido». No. El pasado se olvida sin perderse.
El pasado de Nueva York está prendido de Holanda, la potencia fundadora, y es distinto a los demás pasados americanos. Nueva York no fue puritana como el resto de las colonias; Nueva York nació del comercio, no de la agricultura, y creyó más en los piratas que en los predicadores; Nueva York apenas se rozó con la esclavitud (otra cosa es el dinero de los esclavistas), tuvo poca fe en la independencia y en la Unión y nunca brilló por su respeto a la autoridad. Nueva York, nacida Nueva Ámsterdam, fue y es refugio de librepensadores, charlatanes, inadaptados y gente rara. Sus primeros 400 habitantes de origen europeo hablaban 18 idiomas distintos, aunque casi todos procedieran de Ámsterdam.
Por si quedaran dudas, la bandera de la ciudad de Nueva York luce los colores azul, blanco y naranja, los de la bandera holandesa en el siglo XVII. En el escudo hay aspas de molino, un marinero, un indio, un par de castores y unos barriles de harina.
El presente neoyorquino es tan poderoso que absorbe pasado y futuro. Y, sin embargo, el pasado permanece. Nueva York fue la primera ciudad del mundo en que el trabajador dejó de hablar de dueño o amo (master en inglés), y a partir del término holandés baas, que significaba exactamente «amo», inventó boss, que significa tan solo «jefe». Los neoyorquinos son así, faltones e irrespetuosos ante el mundo en general. A veces mosquean. Insultan por cualquier cosa. Pueden parecer hostiles, pero no: solamente lenguaraces y faltones.
Me parece apropiado hacer una advertencia, tal vez decepcionante, al lector europeo. Los ciudadanos de Nueva York gastan fama de cínicos, descreídos y materialistas porque así les ven los demás americanos; la verdad es que casi cualquier español es más cínico y descreído que el jefe supremo de los chulos del Bronx. En materia de nihilismo, los europeos carecemos de rival. Las causas no vienen al caso, sean históricas, religiosas o dietéticas, a saber. En fin, era solo un aviso, para evitar confusiones.
Sigamos. Cualquier vida neoyorquina, desde la más solitaria y retraída hasta la más mundana y ajetreada, posee, me parece, una rara intensidad. Quizá no se trata de intensidad, sino de alboroto superficial, pero entretiene lo mismo. El monólogo interno del individuo se ve asaltado de continuo, aunque se encierre en casa, por las luces, los sonidos, los olores, el zumbido omnipresente de la dinamo urbana y las palabras, millones de palabras siempre en el aire. El fogonazo de un neón se incrusta en el recuerdo de infancia que teníamos en la mente y lo transporta, deformado, al ahora. Un chispazo de futuro brilla en un escaparate. Las gárgolas ríen, las bocas de alcantarilla escupen el vapor de los caños de agua caliente, se encrespa un coro de bocinas y las palabras revolotean como pájaros.
El neoyorquino es un tipo que habla. Mucho. Todo lo demás es secundario. El dueño de un bar de la terminal de American en el aeropuerto Kennedy, por ejemplo, nunca ha salido de la ciudad, y se enorgullece de ello. Se limita a charlar con los clientes (en dos décadas de profesión ha aprendido a manejarse en español, alemán, italiano y algo de polaco, que yo sepa) y a volver todas las noches a su apartamento en Brooklyn con alguna experiencia prestada: puede relatar con pasión y detalles un aterrizaje de emergencia en el desierto, una boda judía en París o una cena espléndida en Pekín. Es un individuo de gran amenidad.
Pesa la herencia judía, sin duda. Nueva York es la mayor ciudad judía. Eso carece de importancia en muchos aspectos, porque entre un Woody Allen y un rabino ultraortodoxo de Williamsburg hay un mundo de distancia, pero resulta esencial en algo muy concreto: la devoción por las palabras. Nueva York es talmúdica y mantiene una eterna discusión consigo misma en la que utiliza todos los recursos de la oratoria. De esa escuela colectiva brotan historias de forma inagotable. Yo estoy seguro de conocer a miles de neoyorquinos ya muertos cuya alma permanece viva en las hemerotecas. Me basta leer los reportajes que diariamente, durante más de cincuenta años, publicó un señor tímido, canijo y con gafas llamado Meyer Berger en las páginas locales de The New York Times. Berger, judío, hijo de inmigrantes checos, nacido en el Lower East Side, fue uno de los mejores periodistas de todos los tiempos, aunque, con excepción de la condena a Al Capone por fraude fiscal, nunca cubriera acontecimientos de primera página. Lo suyo era hablar con la gente y contar lo que ocurría en tal esquina o tal trastienda. Escribió su primera crónica en 1911, a los trece años, sobre un tipo que engulló 257 manzanas de una sentada. Fueron solo cinco líneas. Pero el comedor de manzanas, como todas las personas que pasaron por la columna de Berger, ganó la inmortalidad. Si Nueva York nos parece tan familiar, es en parte por el trabajo de tipos como Meyer Berger.
Nevaba cuando llegué por primera vez a Nueva York. Era enero de 1984, la epidemia de crack y violencia ocupaba la portada del Daily News y yo iba escaso de dinero. Subí a un autobús para trasladarme desde el aeropuerto al centro y un tipo despeinado y con un cigarro entre los dientes, que resultó ser el conductor, me preguntó si tenía suerte. Deduje que estaba colgado. Lo del crack va fuerte, pensé, y busqué una respuesta lo bastante fláccida para evitar que nuestra incipiente amistad fuera a más. Algo del tipo «Soy europeo, acabo de llegar, ya veremos», balbuceado con una sonrisita mansa. El conductor insistió: «En Nueva York hace falta suerte».
El tipo tenía razón. Yo no lo sabía entonces y tardé en saberlo, pero tenía razón. Una temporada en Nueva York cambia a cualquiera, para bien y para mal. La vida en Nueva York es un deporte de velocidad y reflejos en el que, al final, decide la suerte. Eso tiene que ver, seguramente, con el tipo de persona al que atrae la ciudad. Pocos van a Nueva York para retirarse o para llevar una vida tranquila. A Nueva York se va a trabajar y a vivir con la mayor intensidad posible, lo cual acarrea riesgos. Y hace falta suerte. Supongo que yo la tuve. Algunos de mis amigos no la tuvieron.
Otro aviso, y prometo que es el último. Los libros sobre ciudades suelen ser de dos tipos: embelesadas historias de amor o crónicas tristes de una decepción. En este libro no hay decepción. Nueva York me gusta más allá de lo razonable. Amo a esa ciudad. Por otro lado, Nueva York tiene mucho de amante fatal y en este momento prefiero amarla a distancia. No creo que vuelva a verla.
2
El extranjero que se establece en Nueva York se enfrenta a una decisión fundamental. ¿Dónde vivir? Lo normal es eliminar Nassau y Suffolk, en las profundidades orientales de Long Island, una isla de 200 millas con forma de cráneo de caimán, porque están lejísimos y no son siquiera neoyorquinas; el extranjero casi ahorrará tiempo y dinero quedándose en su país de origen y tomando el avión todos los días. ¿Staten Island? Por alguna razón que se me escapa, los neoyorquinos no viven en esa isla cercana, despoblada y con grandes vistas; descartémosla. Queens es una opción «ah»: cuando uno dice «vivo en Queens», el interlocutor responde «ah». Si hay mucha confianza, pregunta por qué y nos pone en un compromiso. El Bronx, en cambio, es una opción «oh», al menos para los no neoyorquinos: «Oh, ¿y es seguro?». Pues sí y no, según, a ratos, como todo. Tiene zonas de lujo y calles muy sórdidas. El Bronx (único barrio continental en una ciudad-archipiélago) es habitable, como los testículos de cerdo son comestibles. Cuestión de gustos o de hambre.
Manhattan o Brooklyn, pues. Brooklyn: república independiente dentro de la república independiente, variada, con un metabolismo menos acelerado y una herencia holandesa (Brooklyn viene de Breuckelen) muy perceptible, en lo físico y en lo químico. Brooklyn está muy bien. Yo elegí Manhattan. El centro del centro del centro del mundo. Soy una persona de decisiones predecibles.
Manhattan, la Mannahata (isla de las colinas) de los indios Delaware, la isla en forma de pez de Walt Whitman, contiene tres ciudades distintas: Harlem, Metrópolis y Gotham. Lo de las tres ciudades no lo digo porque sí, lo inventó hace muchos años DC Comics, la editorial que publicaba historietas de superhéroes. En una especie de manual de instrucciones que entregaba a los dibujantes y guionistas recién contratados hacía las siguientes definiciones:
METRÓPOLIS: La ciudad de Súperman. Es el centro de Manhattan en un mediodía soleado.
GOTHAM: La ciudad de Batman. Es el sur de Manhattan en una noche lluviosa.
HARLEM: Es Harlem.
A veces se da a toda Nueva York el sobrenombre de Gotham. Es bonito, sonoro y gusta, quizá porque casi nadie sabe de dónde viene. Lo utilizó por primera vez Washington Irving en 1807, en una saga satírica en la que inventaba un origen mitológico para su ciudad. Irving, a su vez, extrajo el término de la tradición medieval inglesa. Según la leyenda, Gotham era un pueblo cuyos habitantes incurrieron en la ira del rey y lograron evitar el castigo haciéndose pasar por idiotas. Durante siglos, los chistes ingleses comenzaron con las palabras «era uno de Gotham que...»; exactamente equivalentes al «va uno de Lepe...» en los chistes españoles de hoy. O sea, decir Gotham es más o menos como decir Lepe. Con todo el respeto por Lepe, simpática y famosa localidad andaluza.
¿Qué hace falta para sentirse como en casa cuando uno se establece en el extranjero? Hay quien necesita años, amistades y derecho de voto. Cada uno sabe lo suyo. Yo requiero muchas camisas bien planchadas, una cantidad ingente, y no exagero, de pañuelos blancos y una barbería; todo lo demás es accesorio. Me siento incapaz de explicar por qué. Con un armario lleno de camisas, un cajón desbordante de pañuelos y una barbería disponible, el mundo y yo estamos en armonía.
Consta en un viejo pasaporte que aterricé en el aeropuerto John Fitzgerald Kennedy el 16 de junio de 2000, para quedarme como corresponsal del diario El País. Me alojé en varios hoteles mientras buscaba apartamento. En las lavanderías del Roger Smith, el Novotel y el Intercontinental deben recordar aún al maníaco de las camisas y los pañuelos.
3
Instalarse en una ciudad y buscar apartamento suele ser fatigoso. En Manhattan lo es especialmente, porque las viviendas se dividen en dos categorías: aquellas que uno puede pagar, y aquellas en que uno está dispuesto a vivir. Cuando uno encuentra al fin un apartamento asequible (hablo de un alquiler no superior al sueldo mensual) y habitable (en el sentido en que son habitables los iglús y los cementerios de El Cairo), puede considerarse doctorado en ciencias inmobiliarias.
En los primeros pasos me ayudó Isabel Piquer, la periodista que ya trabajaba en la ciudad para El País y que, en adelante, iba a ser mi compañera de oficina. No la conocía personalmente, solo había hablado con ella por teléfono un par de veces. Pero había utilizado los recursos informativos de la redacción central de Madrid, donde, en teoría, se sabe casi todo de casi todo el mundo. Inquirí discretamente sobre Isabel y me hice una idea del personaje. A mi llegada nos citamos para cenar. Yo esperaba encontrar, basándome en el perfil psicofísico construido a partir de los testimonios recogidos entre mis compañeros, a una señora mayor, poco agraciada y sentimentalmente inclinada hacia las personas de su propio sexo. No sé si me tomaron el pelo o si elegí muy mal las fuentes. Isabel resultó algo bastante parecido a todo lo contrario.
Lola, mi mujer, estaba todavía en Barcelona, ocupada con su propio empleo. Y yo, solo en Nueva York, compatibilizaba mis tareas personales, como la supervisión minuciosa del flujo de camisas y pañuelos entre la lavandería y la habitación del hotel, con las labores propias del corresponsal recién llegado. La rutina de las primeras semanas consiste más o menos en presentarse con traje y corbata en los centros de poder y de información, repartir muchas tarjetas de visita, dejar muchos mensajes telefónicos de los que pocos obtienen respuesta y fiarse de la prensa local al escribir. Uno va muy despistado.
Además de eso, había que instalarse. Lo primero era la obtención, o, más precisamente, la penosa extracción administrativa del Social Security Number. Ese número, como su nombre no indica, es ajeno a cualquier tipo de seguridad social, según el significado que en Europa se da a esas palabras. El número sirve para conocer el crédito de cada uno, su capacidad de endeudamiento, y vendría a servir también como número de identificación personal, al estilo del DNI español. Te solicitan el número al contratar cualquier tipo de servicio, al comprar a plazos, en el banco.
El número que se entrega al ciudadano no es nuevo. Lo han usado otras vidas. Cuando alguien muere, su 028422-86, por poner una cifra al azar, vuelve a las oficinas federales y es reciclado y adjudicado a un ser vivo recién estrenado como residente en los Estados Unidos de América.
Esa fue mi desgracia. Empecé a notar que algo ocurría cuando intenté hacerme con un teléfono móvil. El untuoso vendedor asiático, que se deshizo en sonrisas mientras me ofrecía distintos modelos y me ayudaba a rellenar el formulario, adoptó un tono de pariente lejano del difunto tras hablar con la agencia de crédito. Me devolvió la tarjeta y me dijo que lo sentía.
—Las compañías telefónicas no le aceptan —dijo.
—¿Por qué?
—Su calificación, al parecer, es insuficiente.
El hombre tenía la virtud del «understatement». La agencia de crédito me rechazaba y además, sospecho, recomendaba al vendedor que vigilara la cartera.
Con el tiempo, supe cómo funcionaban las calificaciones otorgadas por agencias como TransUnion o Equifax. Un ciudadano con muchas «A» o muchas estrellas es un tipo considerado solvente, con un patrimonio descomunal o con una gran deuda asumida y con capacidad supuesta para cargar con más. Un «B», digamos un tres estrellas, es alguien de ingresos bajos (no: de gastos bajos; así es como se mide la riqueza o la pobreza en Estados Unidos; un multimillonario que no gasta queda fuera de juego) o de endeudamiento tan desmesurado respecto a su renta que comprar un aspirador a plazos puede hundirle en la bancarrota. Un «C» duerme en una caja de cartón en una acera del Lower East Side.
En todas las tiendas de teléfonos ocurría lo mismo. Y, sin embargo, yo tenía dinero. Había abierto una cuenta en el Chase Manhattan Bank con la generosa provisión de fondos del periódico. (Lo de la cuenta se hizo no sin cierta dificultad: cuando careces de dinero, pasas por indigente; cuando tienes una cantidad notable en efectivo, pasas por narcotraficante o terrorista.) Podía dedicarme un año entero a llamar a un teléfono erótico de Melbourne y pagarlo en «cash» sin problemas. Y mi tarjeta de crédito daba margen para charlar un lustro con el servicio de información municipal de Kuala-Lumpur, una vez colgara la telefonista erótica australiana. ¿Qué tenían las agencias contra mí?
—Eso es que el crédito se construye gastando, y tú aún no has gastado nada —me decía Isabel.
Tenía razón, pero había algo más. No podía ser que, por el simple hecho de carecer de historial crediticio, me mirara tan mal todo el gremio de la comunicación inalámbrica.
Un día conseguí hablar con alguien de una agencia de crédito que me explicó con detalle mi propia vida. Cito de memoria, más o menos, lo que me dijo: yo había cometido fraudes en Arizona, había dejado un reguero de deudas por Louisiana y Alabama y no me alcanzaban los recursos ni para el alojamiento de cartón junto a un pilar del puente de Brooklyn.
Me habían dado el número de un muerto moroso que, por algún cortocircuito burocrático, seguía vivo en los ordenadores federales. Llegué a saber bastantes detalles sobre él. Qué tío. No había pagado una factura en treinta años, y no se privaba de caprichos. Dejó una deuda de más de 200.000 dólares. Mi deuda.
El muerto me persiguió bastante tiempo. Conseguí arreglar el equívoco en las oficinas de la Social Security e incluso accedieron a darme un contrato telefónico (con el que no podía exceder un gasto de 200 dólares mensuales) en una remota tienda del Upper West, exigiéndome, eso sí, una fianza de 700 dólares, porque aunque mi crédito estaba a cero no había quien se fiara del todo, tenía que comprenderlo, de un tipo con un pasado tan turbulento como el mío.
Muchos meses más tarde, al contratar un servicio de Internet, aún me dijeron que no aparentaba en absoluto los setenta y dos años que acreditaba mi Social Security Number.
4
De una forma o de otra, ya tenía el número. Y carecía de deudas en el sistema informático federal. La máxima urgencia era el piso.
Lo esencial, me explicaron los veteranos, consistía en conseguir antes que nadie el New York Times del domingo, donde se publicaban las ofertas de alquileres. No había que esperar al domingo. Había que hacerse con el periódico el sábado por la tarde. O mejor por la mañana. El domingo ya estaba trillado lo mejor. Me las arreglé como pude, me quemé la vista repasando páginas de letra microscópica (por entonces me compré las primeras gafas de leer) y emprendí un cansino peregrinaje por los apartamentos vacíos de la ciudad.
Visité un piso con una sola ventana que daba a un árbol, y me refiero al tronco: la vista consistía en un trozo de madera. Visité otro que consistía en un amplio cuarto de baño con un rinconcito anejo para cocinar, comer y dormir. Hubo uno que no visité porque la persona que lo mostraba, al abrir la puerta, dio un respingo y me empujó hacia atrás en un gesto de protección: me he preguntado muchas veces qué habría visto esa persona, qué escena espantosa se desarrollaba en el interior. Conocí madrigueras infames, estancias oscuras, habitáculos con las paredes inclinadas. Y eso con un presupuesto generoso.
También eché un vistazo al lujo. Por curiosidad malsana visité un ático en The Archives, el edificio donde vivía Monica Lewinski (era el reclamo publicitario de la casa), que ofrecía gran terraza, magna escalera de mármol blanco y dos amplias habitaciones por el módico alquiler de 11.000 dólares mensuales.
Temía no encontrar nada en el Village, el West Village o Chelsea, la zona donde buscaba. Llegué a renunciar, lo confieso, a todas mis decisiones previas, y amplié progresivamente mi campo de acción hacia el Upper West, hice tanteos incluso en el Upper East, monótono como una cara de póker tratada con bótox, y hasta me desplacé un par de veces a Brooklyn por si había suerte. Nada de nada.
Por más que se ennegreciera el panorama, intentaba trasladarle una visión optimista a Lola. «No, no me he decidido por ese porque la vista del río no es completa», le contaba yo por teléfono, en vez de «solo se veían los amarres de un trasbordador y las ratas me sonreían desde el otro lado del cristal», cosa que habría resultado sin duda más exacta.
—Contrata a una agente, te cobrará un mes de comisión pero te ahorrarás angustias —me aconsejó Isabel.
Me habló de una chica llamada Merav que había conseguido un piso espléndido para Ricardo Ortega, el corresponsal de Antena 3, llegado a Nueva York semanas antes que yo. El nombre de Ricardo Ortega no me sonaba. Isabel me explicó que era un muchacho muy interesante que llegaba de Moscú, un veterano de Chechenia. Bueno.
Llamé a Merav. Era una chica joven, delgada e hiperactiva, con el móvil en una mano y el vaso-cisterna de Starbucks en la otra, preocupada porque su familia, de judíos ortodoxos, le buscaba novios en ambientes de judíos aún más ortodoxos, y decidida, como muchos neoyorquinos, a hacerse millonaria en un par de décadas y retirarse antes de los cincuenta.
—Con un poco de suerte —me comentó— te encontraré un piso tan formidable como el de otro periodista español que se ha instalado este verano. Ricardo Ortega, se llama.
«Tengo que conocer a ese Ricardo y hacerme recibir en su mansión», pensé.
No me costó nada conocerle. Merav y yo nos topamos con él por la calle mientras paseábamos por el Village.
Ricardo me llevó a ver su casa. Resultó estar en un edificio de la Calle 10 donde yo había visto ya un ático concebido, digamos, verticalmente: era una terraza de la que colgaba un tubo-vivienda. El apartamento de Ricardo, en cambio, era una joya: amplio, tranquilo, con luz y vistas a un jardín.
Luego fuimos a tomar cervezas al Blind Tiger de Hudson Street, cerca de la 10. Ese abrevadero (muy aconsejable) había de convertirse en el futuro en nuestro lugar de encuentro casi cotidiano. Pero entonces no lo sabíamos.
Merav me mostró, a los pocos días, un bonito apartamento en la Duodécima, en el centro de Chelsea. Era un edificio recién construido, con los interiores aún por terminar, un salón con forma de queso en porciones, una cocina en la que cabía una cafetera y dos dormitorios. «Me lo quedo», suspiré, con un inmenso alivio. Informé a Lola con alborozo, traté de convencerla de que 4.000 dólares mensuales no eran nada comparados con la inmensidad del cosmos, y avisé a la empresa de mudanzas de que al fin podíamos ir sacando los muebles del contenedor.
A la mañana siguiente tuve que irme a Miami. Allí estaba, escribiendo en una habitación de Holiday Inn, cuando me telefoneó Isabel.
—Me ha llamado Merav porque no te localizaba. Los administradores del edificio de Chelsea han decidido alquilar los pisos por semanas. No te quieren. Tendrás que seguir buscando.
Estupendo.
Al cabo de una semana regresé y seguí buscando.
El día en que nos conocimos, Merav me había susurrado, en tono de confidencia cómplice, un nombre: «The Printing House», La Imprenta. «Lo mejor para ti», me decía. Y agregaba: «Muy difícil, la lista de espera es muy larga». Pero matizaba: «Conozco a la administradora». Todo quedaba en manos del destino, y de la administradora.
A mí me sonaba bien lo de Printing House. Los periodistas de otra época, como es mi caso, sentimos devoción por las imprentas. Fui a ver el edificio por fuera y me gustó: buen emplazamiento, en el 446 de Hudson Street, esquina con Leroy, y buen aspecto. Tenía diez plantas, había alojado rotativas en el sótano en los años veinte y treinta y conservaba una fachada de industria antigua, con grandes ventanas enmarcadas por bajorrelieves, vigas de hierro y un aire general de solidez.
Cuando Merav me telefoneó y me gritó que existía la posibilidad de acceder a The Printing House, salí de estampida para allá.
A veces, la vida nos exige transigir. A mí me exigió algo más que eso. Me exigió suplicar, jurar fidelidad eterna, prometer sumas inconcebibles por adelantado y en efectivo. «Habría que pagar anticipadamente un año de alquiler —dijo la administradora—. Antes del viernes.»
«¿Tú estás loco?», preguntó Josefa Gutiérrez, la otra administradora, la de la redacción de El País, cuando le pedí que me anticipara 50.000 dólares con urgencia. Pero Josefa, como otras veces, acabó sacándome del apuro. Y envió el dinero.
Firmé, firmé y firmé. Cheques, contratos, garantías, declaraciones juradas, autocertificados de buena conducta y todo lo que me pusieron por delante. Cualquier cosa con tal de quedarme allí. Y lo logré. Alquilé, por la minucia de 4.300 dólares mensuales, un apartamento de dos plantas (o más bien de una sola planta con altillo), con un salón de techo alto, un baño, una cocina diminuta, dos dormitorios, una ventana con vistas al skyline de Midtown y al edificio Chrysler, y un tubo en el pasillo para tirar las bolsas de basura. El tubo era fantástico. Nunca me cansé de arrojar bolsas. Ese invento, habitual en los rascacielos, me parece una maravilla. ¿A quién no le gusta tirar cosas por un agujero oscuro? Solía quedarme escuchando los tropezones del paquete en su descenso (clonc, clanc, clonc) y el estruendo del aterrizaje en el contenedor del sótano, y cerraba la compuerta con una sonrisa. Qué invento.
El apartamento de Ricardo y el mío estaban cerca. Ambos vivíamos en el West Village. Él estaba soltero, pero con bastantes compromisos. Su vida sentimental era muy entretenida y, de hecho, solía ser uno de nuestros principales temas de conversación. Ricardo tenía éxito con las mujeres. Un tipo bien parecido, que hablaba un ruso más que correcto (había estudiado Ciencias Físicas en Moscú) y un inglés aproximativo pero sugerente, que contaba aventuras divertidas y terribles de la guerra de Chechenia y trabajaba para la televisión: supongo que eso habría bastado para garantizarle un cierto atractivo. Era, además, generoso e inteligente, y en el interior le ardía algo, nunca supe bien qué. Una persona especial.
Tomar un taxi con él constituía una apuesta de alto riesgo. Podía entablar amistad con el conductor afgano y, sobre la marcha, contactar con un amigo islamista del afgano que conocía a uno que conocía a uno de Al Qaeda (por entonces una denominación confusa y misteriosa) y entonces desviaba la ruta hacia un garito de Jersey City para apalabrar un contacto en no sé qué sitio con un presunto colaborador de Osama bin Laden. Uno salía con Ricardo a cenar algo rápido y podía acabar de madrugada en un sótano, rodeado de individuos torvos y posiblemente armados. Era así. Un catalizador de aventuras. Un Tintín con el alma grávida de un Haddock.
Los taxistas neoyorquinos, por cierto, constituyen una gran fuente de información sobre la actualidad mundial. Suelen saber poco sobre la ciudad o, en ciertos casos, nada: llegaron la semana pasada, en un día se estudiaron el papel moneda, aprendieron anteayer algunas palabras inglesas y hace un par de horas les pusieron un volante entre las manos. Pero pueden relatar (si uno habla su idioma, o si hablan un inglés comprensible) cómo son los rituales de boda en Karachi, o las causas de unas matanzas en Nigeria a las que ningún diario occidental presta atención, o la mejor forma de degollar un pollo.
Su estilo de conducción caracteriza el tráfico ciudadano. Provienen de países con pocos kilómetros asfaltados y con códigos de conducción aproximativos, y aplican su experiencia a las avenidas de Manhattan. No sé si los neoyorquinos les copian, o si el estilo autóctono es parecido al de las afueras de Kinshasa. Sea por una cosa o por otra, en Nueva York solo rigen dos leyes: hay que evitar los baches de profundidad superior a un metro, y es lícito realizar cualquier maniobra, por suicida o manifiestamente absurda que resulte, siempre que se toque mucho la bocina.
Los taxis de Nueva York no descansan nunca. El propietario los utiliza unas horas y los subcontrata el resto de la jornada a inmigrantes que, en algunos casos, viven de las propinas y poco más. Los coches amarillos brincan eternamente por el asfalto agujereado transportando a bordo infinitas peripecias humanas. En ese asiento posterior en el que uno se hunde ha ocurrido todo lo que se pueda imaginar, y más. Los taxis son pedazos de historia viva y merecen tanto respeto como las ruinas de la Acrópolis.
Yo estaba temporalmente solo, a la espera de que llegara Lola, y me agregué al torbellino vital de Ricardo. Además de en el Blind Tiger pacíamos en otros lugares. Como el White Horse de Hudson Street, casi enfrente del Tiger, donde tuvo su mesa Dylan Thomas. Dicen que, una noche de 1953, el gran poeta dipsómano (con pocas cosas he reído tanto como con sus Hijas de Rebeca) anunció a grandes voces que había bebido dieciocho whiskies y había batido la marca del White Horse. Luego se desmayó. Al despertar se tomó unas cervezas, fue a un hospital y murió de intoxicación alcohólica.
Un gran descubrimiento de Ricardo fue el Corner Bistro de la Calle 4, siempre abarrotado, ruidoso y cabrón, pero con hamburguesas extraordinarias, quizá las mejores de Manhattan. También frecuentábamos, con más ilusión que provecho, los billares de East Houston, esquina Mott. Y, con gran insistencia, el Pravda, un subterráneo nocturno de Lafayette decorado con inscripciones en ruso donde consumíamos importantes cantidades de vodka y dry martini (agitado, no revuelto, con Stolichnaya, una gota de vermut seco y dos olivas, sin ensuciar). El Pravda no tenía inscripciones en el exterior, solo un farolito rojo. A mí el farolito y los carteles en ruso del local me parecían estimulantes. Imaginaba consignas revolucionarias, o ucases zaristas. Una noche le pedí a Ricardo que los tradujera. Craso error. Fue leyendo: «Sopa», «Entrantes», «Carne», «Dulces». «Son los letreros de algún comedor en régimen de autoservicio, en Rusia servían para que la gente se pusiera en la cola adecuada», explicó.
Seguí yendo al Pravda, pero ya nunca fue lo mismo.
5
Entre los mediodías soleados de Metrópolis y las noches lluviosas de Gotham, me quedo con lo segundo. Mi apartamento estaba en el West Village y mi vida después del trabajo se desarrollaba más bien «downtown», al sur de la Calle 14. Las viejas cualidades canallescas del sur de Manhattan se mezclan ahora con el dinero, los estupefacientes, el diseño y la tontería; ignoro si siempre fue así, pero no me extrañaría.
Compré Gangs of New York, un libro de Herbert Asbury del que Martin Scorsese hizo después una película, y descubrí que mi barrio tenía un pasado especialmente turbulento. Cerca de casa, en lo que ahora son las calles Sullivan, Thompson y Grant, estuvo Arch Block, un célebre refugio de rufianes e infelices dirigido por La Tortuga, una gigantesca mujer negra que pesaba más de 150 kilos. Fue uno de muchos lugares terribles que ya no existen y que los neoyorquinos, atareados con el presente, prefieren no recordar.
Desde 1999 se realizan excavaciones arqueológicas en lo que se llamó Five Points y es hoy parte de Chinatown. Me enteré por un periódico de que habían encontrado un yacimiento de diminutos huesos humanos mezclados con loza y pedazos de pipa de arcilla; según un experto se trataba, sin ninguna duda, del sótano de un prostíbulo del siglo XIX. Los abortos y los hijos de las pupilas que nacían muertos eran arrojados a un pozo. Al pozo iban también los niños que morían de enfermedad: la mortandad infantil era altísima, el cólera era casi tan frecuente como el resfriado y en esa zona no había acceso a cuidados médicos. La vida era tan dura como en el East End londinense de la misma época, la segunda mitad del XIX, y mucho más violenta.
El pasado de las ciudades se encuentra en las hemerotecas y en las cloacas. Especialmente en las cloacas. Bajo las del sur de Manhattan se oculta un lago que fue importantísimo en la infancia de Nueva York.
Casi todo el mundo sabe que Nueva York, o mejor Nueva Ámsterdam, nació en el extremo sureste de Manhattan, donde se instalaron unos cien emigrantes holandeses llegados en mayo de 1623, tres años después de que el Mayflower descargara la primera colonia de puritanos en Massachusetts. Los holandeses imprimieron a su trocito de isla un carácter comercial que resultó imborrable, aunque en 1664 el duque de York conquistara la plaza para la corona británica y cambiara el nombre por el suyo.
Yo creía, al principio, que la ciudad holandesa original era muy pequeña y limitaba al norte con Wall Street, la calle del Muro que, suponía yo, alzaron los fundadores como defensa contra las tribus indias locales, los iroqueses y los algonquinos. Los algonquinos manhattanitas formaban la tribu de los lenape, fueron ellos quienes vendieron la isla a los holandeses por los célebres 24 dólares (en realidad, los indios no conocían el concepto de propiedad y consideraron el asunto una simple ceremonia de hermanamiento) y nunca estuvieron fuera de ninguna supuesta ciudadela. Estaban dentro, en las tabernas y los comercios, como cualquier otro neoyorquino. La empalizada de Wall Street se construyó de forma casi póstuma contra los invasores ingleses, que acabaron tomando la ciudad sin disparar un tiro (el general cojo Peter Stuyvesant se rindió con los suyos y siguió viviendo tranquilamente en su finca). Wall Street fue siempre céntrica.
La Nueva York holandesa tenía más o menos los límites de la actual Nueva York. La pequeña colonia de esclavos vivía donde hoy se alza el edificio de las Naciones Unidas. Turtle Bay, donde nunca hubo tortugas, era Deutel Bay, la Bahía del Taco; Deutel, mal pronunciado por los anglófonos, se convirtió en Turtle. Harlem era Nieuw Haarlem. El Bronx era donde estaba la finca de Jonas Bronck. Etcétera.
Por encima de la empalizada, donde hoy discurren calles llamadas Lafayette o Mulberry, se extendía una zona pantanosa con un gran lago de agua dulce que los holandeses llamaron Kalchhook y los británicos se limitaron a describir como Fresh Water Pond y más tarde bautizaron como Collect. Esa era la principal reserva de agua potable de la isla. El pulmón original de la ciudad late en esas aguas, visibles aún bajo las alcantarillas.
La actividad social era intensa en la laguna. En Collect abundaba el pescado y la gente se encontraba en la orilla para tirar un rato la caña. A los protoneoyorquinos la caña debió de parecerles poco productiva y en 1732 hubo que prohibir el uso de redes para evitar la extinción de la fauna. En el centro de Collect había una isla donde fueron ahorcados, quemados vivos o descoyuntados los esclavos negros que se sublevaron en 1741. Los neoyorquinos, hasta 1830, extrajeron el agua potable de los manantiales subterráneos de Collect. Y a Collect fue a parar, con el tiempo, una ingente cantidad de basura.
A orillas de la laguna se establecieron una fábrica de cerveza (inicialmente, cuando el agua estaba limpia), varios curtidores, una fábrica de goma y dos mataderos: el lago se convirtió en el vertedero de la ciudad. En 1802, el Ayuntamiento decidió drenar y cubrir el Collect, para mitigar el foco de hedor y enfermedades. Diez años después se permitió construir en la zona, de salubridad discutible. Brotaron miles de edificios y en poco tiempo empezaron a hundirse en el terreno pantanoso. El único edificio sólido, la antigua fábrica de cerveza Coulter, fue subdividido en minúsculos apartamentos. A su alrededor se formó una madeja de calles estrechas, casas inclinadas y sótanos pestilentes. El Collect acogió a quien no podía establecerse en ningún otro sitio y se convirtió en el barrio de los forajidos, los prostíbulos y los inmigrantes. Eso fue Five Points, un barrio de tabernas, navajazos, emociones fuertes y miseria abyecta, frecuentado por nativos como Walt Whitman y turistas como Charles Dickens.
El urbanismo de Nueva York se forjó con un patrón medieval: millonarios y mendigos convivían en un palmo cuadrado. Eso creó una civilización interesante. Las urbanizaciones de casas iguales para gente igual que piensa igual generan ignorancia y paranoia, los dos males contemporáneos de Estados Unidos.
Los tres caserones para realquilados más sórdidos del Manhattan fundacional eran la Old Brewery, la vieja cervecería de Five Points; la Gotham Court de Cherry Street (donde poco antes había vivido George Washington, como presidente de la nación, y donde ahora hay bloques de viviendas municipales) y Arch Block, en la calle Sullivan. En Water Street se organizaban peleas de ratas contra perros, y había un tipo empleado, digamos, en la industria del espectáculo, cuya especialidad consistía en decapitar ratas con los dientes a cambio de unos centavos. Cuando mi trabajo me parece desagradable, pienso en el suyo.
La vida política giraba en torno a dos partidos, Tammany Hall (futuros demócratas), indescriptiblemente corruptos, y Know-Nothing (literalmente «sabe-nada»), futuros republicanos, antiinmigrantes y anticatólicos, o sea, antiirlandeses, e indescriptiblemente violentos. Los militantes de ambos partidos venían a ser, en total, unos treinta mil en 1855, dedicados todos ellos a la extorsión y al fraude electoral.
El «carnicero» William Cutting, Bill the Butcher, era el cabecilla de los nativos, los Know-Nothing, enemigos de los irlandeses famélicos y recién llegados. La asociación conocida como Tammany Hall se llamaba así en honor de un antiguo jefe indio, Tammany, el amable, y tenía su sede en Frankfort Street. Su gran líder, William «Boss» Tweed, un bombero de origen irlandés, creó la máquina política más formidable que se hubiera visto en Nueva York: Tammany robó unos 200 millones de dólares de los fondos municipales entre 1865 y 1871, falseó todas las elecciones, hizo de la policía un instrumento a su servicio (de ahí la tradición irlandesa de los «cops» neoyorquinos) y la organizó con criterios de mercado: para ascender de patrullero a sargento, el agente debía pagar 1.600 dólares; para ascender de sargento a capitán, 12.000 dólares, y así sucesivamente. El agente recuperaba luego la inversión por la vía de organizarse cohechos y negocietes de protección.
Tammany dominó por completo la ciudad hasta que, en 1934, el republicano Fiorello Laguardia se hizo con la alcaldía y estableció una administración más o menos moderna (con mafia incluida, por supuesto). En Tammany se perfeccionaron las organizaciones mafiosas importadas por judíos e italianos.
«Tammany» es hoy un término peyorativo. Y, sin embargo, la corrupción generalizada del «Boss» Tweed y de Tammany permitió que se integraran en Nueva York millones de personas que llegaban en aludes al muelle de Ellis Island sin otra cosa que piojos, pobreza e ilusión. A falta de una auténtica administración pública, que las clases acomodadas se negaban a financiar, Tweed estableció un sistema delictivo de protección social que salvó muchas vidas. La alternativa a Tweed, representada por los plutócratas y los protorrepublicanos del Club Cincinnati, ricos, «nativos» y elitistas, carecía de la desfachatez y el populismo necesarios en las circunstancias. Yo, que no puedo evitar tomar partido (pónganme delante dos desconocidos jugando a los barquitos, y en cuestión de segundos seré partidario de uno o de otro), estoy con Tammany.
Pasé varias tardes pateando el asfalto sobre Five Points. Hablé con los arqueólogos que excavaban bajo Chinatown, convencí al dueño de un restaurante de Doyers Street para que me dejara visitar el sótano, dediqué horas a caminar con un plano y un lápiz en la mano. Esos merodeos no resultaron fáciles. Nueva York, la ciudad más potente de Estados Unidos y del mundo, no es siquiera capital de sí misma. La capital del Estado es Albany, una pequeña población del norte industrial donde se forjó el credo mormón, donde durante décadas se fabricaron los radiadores de los vehículos Ford, donde la frontera canadiense está a la vuelta de la esquina, donde nieva de forma salvaje y donde abundan los cogotes colorados del proletariado nacional: un red neck es un cateto; un white trash (basura blanca) es un cateto al que las estadísticas socioeconómicas colocan en el mismo nivel que los negros del ghetto. Parece higiénica la costumbre de otorgar la capitalidad estatal a ciudades de tercer orden (Florida, capital Talahassee; California, capital Sacramento; Luisiana, capital Baton Rouge) y probablemente tiene sus ventajas, pero acaba siendo una pesadez que la Comisión Arqueológica de Nueva York esté en Albany. La arqueóloga que había dirigido los trabajos en Five Points se desplazaba a Manhattan un día por semana, justo el día en que yo tenía trabajo hasta las tantas. No llegué a conocerla personalmente. Me facilitó, sin embargo, nombres y direcciones.
Lo cual resolvía una parte del problema. La otra parte consistía en presentarse en un restaurante chino, preguntar, por ejemplo, por el señor Ling Cheng (solía haber tres o cuatro personas llamadas con el mismo nombre en cada establecimiento) y, una vez localizado el susodicho, explicarle, en un inglés comprensible para ambos, que quería echar un vistazo a su sótano. Según mi experiencia, un restaurador chino está dispuesto a mostrarte cualquier cosa menos el sótano. Cuando al fin, tras mucho rogar y mucho esperar a que el personal preparara el almacén para la visita, uno baja la escalera y examina el sótano en cuestión, toma de forma automática dos decisiones firmes: una, renunciar a la comida china por una temporada; dos, renunciar a descubrir lo que el pelotón asiático residente en el subsuelo ha escondido antes de la visita del curioso.
Vi un muro del siglo XVIII y algunos restos ya clasificados por los arqueólogos: monedas, trozos de pipas de arcilla, botones, objetos de vidrio. Vi también montones de sustancia orgánica, supuestamente comestible, en subterráneos llenos de ratas; cientos de patos lacados; mozos de almacén chinos probablemente provistos de pasaportes emitidos ochenta años atrás (nunca muere nadie en Chinatown: la documentación pasa a manos de otro, en una suerte de reencarnación civil), y mucha oscuridad. Poco más.
Buscando vestigios acabé encontrando mi barbería. Estaba a dos estaciones de metro de casa, en Chambers Street, muy cerca de City Hall Park y de la pequeña sede municipal, a la sombra de las Torres Gemelas. La regentaban judíos rusos y la frecuentaban agentes de policía. Me cortaba el pelo una mujer muy pálida que se llamaba Irina y apenas hablaba inglés. Se echaba en falta alguna charla sobre fútbol, una ciencia que en Nueva York solo desarrollan los hispanos. Pero las conversaciones de los cops, los policías locales, garantizaban el entretenimiento; no porque contaran historias muy interesantes o chistes muy divertidos, sino por su casi infinita capacidad de cotilleo. Aquellos tipos gordos, con el oficio de ser más duros que nadie en una ciudad célebre por su dureza, se morían por saber si Britney Spears era virgen o si, como habían leído en Internet, Michael Jackson se lo montaba con su mono.
Pulsuz fraqment bitdi.