Kitabı oxu: «Historias del calcio»
© Enric González, 2007
© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2010
Pérez Galdós, 36 08012 Barcelona rba-libros@rba.es /
www.rbalibros.com
Tercera edición: octubre de 2010
ISBN Digital: 9788498678611
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REF: OEBO052
Contenido
Introducción
2003-2004
La estupidez humana
«Tottimanía»
Del Piero y el más allá
Patapalo
Sopa de ganso
Las penas de Vieri
Las cuentas del «monopoly»
Espaguetis para el Milan
El triple gesto
Antonio Cassano, poeta
La gran jugada infeliz de Ganz
El recuerdo de Dante
Cosas que valen la pena
Los vencidos
Fantasistas y agonistas
Roberto Baggio pide una oportunidad
El chiste de Gaddafi
2004-2005
El momento de Adriano
Penas con grandeza
Una frase inoportuna
Desgracias grana
La herencia de Trueno
Derrotas y humillaciones
Arde Marzafora
El desmayo
El sueño de un niño de Livorno
El Milan brilla
Fascistas
Cuentos de hadas
Glorias del Inter
Consideraciones sobre el arte
Sin sonrisas
Pregúntele a Luciano
El hombre impasible
Impunidad
Una jornada sobrenatural
Tarde de tregua
La tarde extraordinaria de Alberto y Cristiano
Las jaurías de Capello
Soldados
Dos finales felices
2005-2006
La Liga más demencial
El refugio de Messina
Las razones del éxito
Los defensas de Campo dei Fiori
El equipo del barrio
La «cuchara» de Totti
La Lazio salvaje de Collina
Piazzale Loreto
El héroe y su mejor amigo
Coyotes y Correcaminos
Cosecha rojinegra del 87
Los colores sagrados
Teoría del golpe
La revolución de Epaminondas
Las tres hermanas
Zapping
Tsimtsum
La resurrección del Nápoles
La Vieja Señora y el artista
Matrix
El Aleph
La Juventus, presunto ganador del supuesto campeonato italiano
El «modelo 82»
2006-2007
¿Quién mató a Kennedy?
La maldición del «grupo salvaje»
Elogio de la locura
Francé
Liberación
Un año negro para la Juventus
Los herederos de Mulcaster
Amantino
La eternidad inmutable
El código del prestidigitador
Gruñido
Fin de siglo
El baño
Últimas noticias
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INTRODUCCIÓN
En septiembre de 2003, recién llegado a Roma como corresponsal de El País, recibí una llamada de Santi Segurola, entonces redactor-jefe de Deportes. Me propuso escribir algo para las páginas deportivas y yo, que bastante tenía con buscar piso, aprender algo de italiano y pergeñar las primeras crónicas sobre un país que me parecía incomprensible, le dije que sí, que ningún problema. Unos días más tarde, el domingo por la mañana, me reclamaron el articulito. Escribí unas líneas y las dicté por teléfono, porque en el hotel no había forma de conectarse a internet. Luego me fui a un bar del centro para ver el partido nocturno.
Estaba en el autobús cuando me llamaron de nuevo para preguntarme cómo se llamaba mi columna. No se me había pasado por la cabeza que mi colaboración con Deportes fuera a tener continuidad, y no se me ocurría nada. La voz al otro lado del hilo dijo: «¿Te parece bien “Historias del calcio”?». No me pareció especialmente estupendo, pero respondí que valía. Así comenzó un asunto que duró cuatro años, los cuatro que pasé en Italia.
Todos los textos fueron redactados el domingo, después de los partidos de las tres. Elegía el tema sobre la marcha, porque confiaba en que la espontaneidad compensara otras deficiencias. Algunas piezas nacieron en condiciones precarias, garabateadas de mala manera sobre un trozo de papel: una fue escrita en un vaporetto veneciano, otra en una sala de embarque del aeropuerto de Roma, una que hablaba de los inmigrantes del sur y los equipos del norte fue parida en el coche de mi amigo Andrea, de vuelta de una excursión a los Castelli Romani. Sigo sin explicarme la paciencia del periódico y del ocasional lector.
El calcio es muy especial. Ningún país vive el fútbol como Italia (quizá Argentina, que no conozco) y nadie es tan imaginativo, tan farsante y tan estupendo como los italianos. El calcio ofrece mucho que contar: las tragedias del Torino, la arrogancia de la Juventus, la locura de la Roma, los disparates del Inter, las aventuras de Silvio Berlusconi y el Milan... El periodismo deportivo italiano ha dado grandes narradores, desde el patriarca Gianni Brera al contemporáneo Gianni Mura. Leerles es un placer muy instructivo. Ningún cronista, sin embargo, alcanza la brillantez de los anónimos inventores de pancartas
En los estadios italianos, como se sabe, las dos aficiones suelen mantener un diálogo burlón a través de las pancartas. También se pegan y exhiben inscripciones miserables, pero dejemos eso al margen. Escribir una gran pancarta de curva (la grada más barata, donde se concentran los tifosi sfegatati) es un arte que se practica en secreto, para evitar el espionaje rival. Cuando la afición contraria averigua el mensaje, la réplica puede ser demoledora.
En 2001, los giallorossi de la Roma prepararon un cartel colosal para el derbi contra los biancazzurri de la Lazio. La Roma era campeona y la ocasión merecía la poesía más excelsa. Cuando saltó al césped el equipo romanista, sobre la curva se alzó un texto gigantesco en su honor: «Mira a lo alto, sólo el cielo es más grande que tú». Segundos después apareció enfrente, en la curva de los laziali, otra pancarta de igual tamaño: «Tenéis razón, es blanquiazul».
Esas son las «historias del calcio» que más me gustan.
E. G.
2003-2004
Gianni Agnelli murió en enero de 2003 y su hermano Umberto le sobrevivió por poco tiempo, hasta mayo de 2004: la familia Agnelli, dueña de la Juventus, perdió a sus patriarcas. Las quiebras fraudulentas de los grupos industriales Cirio (propietario de la Lazio) y Parmalat (propietario del Parma) revelaron el caos de las finanzas del calcio. La temporada arrancó con un apagón eléctrico que dejó todo el país a oscuras, quizá como premonición de otros momentos tétricos. El 21 de marzo de 2004, un grupo de «ultras» realizó una demostración de fuerza y obligó a suspender el partido Lazio-Roma. Silvio Berlusconi salió absuelto de un juicio por falsificación de balances, gracias a una ley aprobada por su propio Gobierno: Il Cavaliere lo celebró sometiéndose a una operación de cirugía estética y ganando el scudetto con el Milan. La Roma fue segunda; la Juventus, tercera; el Inter, cuarto. Pavel Nedved (Juventus) obtuvo el Balón de Oro europeo. Fabio Capello abandonó el banquillo de la Roma y fichó por la Juve. Italia participó en la Eurocopa de naciones con resultados penosos. Francesco Totti fue descalificado por escupir a un contrario.
LA ESTUPIDEZ HUMANA
LUNES, 22-09-2003
Sobre la estupidez humana se ha escrito bastante. El tema, por desgracia, resulta inagotable. Un grupo de seguidores del Nápoles (no aficionados al fútbol, sino seguidores en el sentido de ir tras el equipo) devastó el sábado el estadio Partenio de Avelino, protagonizó varias batallas campales, una de ellas en pleno césped, y dejó en el asfalto a un muchacho medio muerto que anoche seguía en estado crítico. El subjefe de la policía local fue agredido y sufrió un infarto. La pequeña ciudad de Avelino, en los Apeninos, padeció horas de terror. Las imágenes avergüenzan.
Pero no vayamos a creer que toda esa violencia fue gratuita: es que era un derbi regional. Ah, claro, Y además, explican los tifosi napolitanos, hubo un problema con las entradas, eran más caras de lo que esperaban. Con toda lógica, los muchachos resolvieron el asunto cargando contra la policía, entrando en tromba en el estadio y encaramándose a lo alto de la tribuna para arrojar bengalas y sillas. Lo que habría hecho cualquiera. Uno de ellos, un chico de 20 años, Sergio Escolano, de 20 años, quizás inocente, se desplomó desde un voladizo hasta la calle en una caída de una veintena de metros. Según algunos testimonios, la ambulancia tardó hasta media hora en recoger su cuerpo roto: era imposible acceder a él porque las peleas seguían a su alrededor. Luego, unos cien imbéciles saltaron al campo e hicieron huir a la policía, que dejó tras de sí una nube lacrimógena. El partido se suspendió sine die.
Nápoles y Avelino padecen una tasa de paro altísima, son ciudades inmersas en la tradición sureña de violencia, la gente del Nápoles soporta mal la vida en segunda y el casi descenso a tercera del pasado año... Todos estos argumentos inundan la prensa italiana. Sobre la estupidez humana, en efecto, se escribe bastante. Pero no pasa nada: el domingo próximo, los imbéciles que asolaron Avelino volverán al estadio. Quizás algún directivo les salude como fieles entre los fieles. En el azul celeste de la camiseta napolitana queda la mancha negra.
En cuanto al fútbol, una nota de normalidad: después de la exhibición de Highbury (0-3 contra el Arsenal en la Champions), el Inter, auténtica unidad de medida del calcio, empató tristemente a cero en el San Siro con la Sampdoria. La estoica hinchada del club azul y negro vivió sus 90 minutos de tedio y volvió a su habitual sufrimiento.
La Juventus es el poderío de la burguesía industrial. El Milan es la genialidad de una extraña combinación de aristocracia y proletariado. El Inter, el tercer grande, es la paciente clase media, aderezada con un punto de masoquismo. Es la sociedad que dejó escapar a Roberto Carlos y fue burlada por Ronaldo, el equipo que cayó en semifinales de la pasada Champions sin perder ningún partido y quedó segundo de la Liga (tercero el año anterior); es, en fin, el club que contrató como entrenador a Héctor Cúper, un especialista en derrotas heroicamente arrancadas de las fauces de la victoria.
El juego del Inter suele ser el mejor termómetro del calcio y, a juzgar por lo visto ayer, el fútbol italiano sigue asfixiado entre marcajes, presiones, astucias y faltas lejos del área. Todo el partido fue jugado como un larguísimo último minuto en campo contrario. No estaba el gran Christian Vieri, pero da igual: fue una lástima.
«TOTTIMANÍA»
LUNES, 29-09-2003
La noticia aparece en los diarios: «Incendio en la biblioteca de Totti, destruidos los dos libros». Totti está desesperado: «¡Aún no había terminado de colorear el segundo!».
Francesco Totti, el capitán de la Roma, siempre tuvo fama de simpático descerebrado, de trasteverino cateto, de futbolista genial pero frágil en las grandes ocasiones. También la Roma, el equipo rojigualdo, era tradicionalmente visto como una fuerza secundaria, un elemento divertido e imprevisible pero destinado, al fin, a hincar la rodilla ante la Juve y el Milan. Hasta ahora. Esta temporada, Totti no es sólo el hombre más famoso de la capital de Italia: es un jugador grandioso, un proyecto de balón de oro. Y la Roma es un serio aspirante al escudo de campeón.
El chiste malo que encabeza estas líneas es uno de los cientos reunidos en el libro Todos los chistes sobre Totti (contados por mí mismo), una obrita de la que se han vendido ya más de 800.000 ejemplares. El futbolista tuvo el sentido del humor necesario para aportar su firma y su rostro a la recopilación de bromas sobre su ignorancia, y quiso que todos los beneficios fueran repartidos a partes iguales entre la Unicef y el servicio de asistencia a los ancianos de Roma. Un gran detalle.
El gesto humorístico-humanitario se habría quedado en eso si Totti, que cumplió 27 años el sábado, no hubiera empezado la campaña a un nivel casi sublime. Su carisma y sus recursos —su famosa cuchara—, unidos al talento asombroso de Chivu, el recién incorporado central rumano formado en el Ajax, han hecho que, por primera vez hasta donde alcanza la memoria, un equipo entrenado por Fabio Capello sea capaz de defenderse correctamente y, a la vez, atacar con generosidad además de, para colmo, moverse con alegría. La Roma es, en este arranque, lo más vistoso del calcio.
Capello, por supuesto, está exultante: «Hay sólo dos jugadores realmente grandes. Se llaman Ronaldo y Totti». Otra frase: «Totti es el mejor 10 desde Maradona». Más:
«Este año, el Balón de Oro debe ser para Totti». Incluso los rivales se rinden a la tottimanía: Nedved, el impecable eje de la Juve, opina: «Ahora mismo, el mejor jugador de Europa es Totti».
La Roma lo tiene casi todo. La efervescencia zurda de Chivu, capaz de cerrar el área, cubrir largos tramos de la banda izquierda y lanzar magistralmente los golpes francos; la seriedad defensiva del argentino Samuel; el trabajo de Emerson, el brillo de Montella y Cassano en punta y el recurso de Carew cuando hace falta una torre en el ataque. Las expectativas son tan altas que ayer, tras masacrar al Ancona (3-0, un gol de Totti), Capello tuvo que defenderse de quienes criticaban las muchas ocasiones fallidas: «Pero... ¿verdad que imponemos respeto?».
DEL PIERO Y EL MÁS ALLÁ
LUNES, 06-10-2003
«¿Fútbol es fútbol?» No. El macarrónico aforismo sólo es cierto cuando, en el juego, el balón rueda e intervienen todos los azares: el centímetro que separa el poste del gol, o el parpadeo en que el árbitro acierta o se equivoca, el rasgo de talento que distingue al jugador del genio. Pero el fútbol es también percepción y memoria colectiva. Y en ese terreno, ajeno a las leyes de la física, las cosas son más complicadas.
Garrincha era cojo, ignorante e inestable; Maradona era cocainómano; Best era juerguista y alcohólico: hablamos de tres dioses imperfectos que fueron incomparables en el terreno de juego y, sin embargo, flaqueaban en la vida. Cruyff sólo jugó de verdad durante seis o siete años y se dosificó de forma casi mezquina; Beckenbauer se refugió en la comodidad del mando y la defensa; Pelé acumuló un prestigio eterno mientras jugaba en un equipo discreto, el Santos, y se rodeaba en la selección de jugadores casi tan grandes como él; el gran Di Stefano lo fue todo en un Real Madrid inmenso, pero nunca se enfrentó de verdad a la prueba de un Mundial. Estamos hablando de jugadores extraordinarios que, además, entendieron que más allá del sudor y el arte había negocio, política.
Alessandro del Piero no es Cruyff, ni Beckenbauer, ni Pelé, ni Di Stefano. No lo es ni cuando sueña. Pero el calcio le ha elevado, aún en vida futbolística, a los altares. El contrato que ha firmado esta semana con la Juventus, el club de sus amores, hace de él, además de multimillonario (ya lo era) y paradójico símbolo de sensatez (acepta percibir algo menos en los años sin títulos ni gloria), capitán de por vida y futuro directivo de la sociedad turinesa, con la presidencia como destino probable. De forma menos literal, el contrato convierte a Del Piero en emblema del club más importante de Italia. Cabría decir que, de forma indirecta, el contrato avisa también a árbitros, defensas contrarios y seleccionadores de que están tratando con mucho más que un futbolista.
¿Qué tiene Del Piero? Es un chico guapo, educado y simpático, de familia sin apuros (el padre le construyó un pequeño campo con iluminación artificial para que jugara con los amiguitos), que tiene un hermano igualmente guapo, educado y simpático (y experto en leyes) que le lleva las cuestiones contractuales, y dispone de dos agentes italojaponeses que se ocupan de los derechos de imagen y de la promoción en el creciente mercado asiático. Ale es un gran promotor de Italia en el extranjero, capaz de desenvolverse en cualquier circunstancia.
A Del Piero (28 años) le basta con seguir jugando correctamente y culminar alguna acción más o menos brillante. Porque tiene el talento extrafutbolístico de que gozaban Pelé, Cruyff y Beckenbauer, pero no Maradona, Garrincha o Best. Del Piero será, seguramente, un gran directivo. Pero el hígado de Best o la polio de Garrincha sabían mucho más de fútbol.
PATAPALO
LUNES, 27-10-2003
El Milan tiene un gran jugador brasileño, un tipo alto y flaco que inventa, juega y marca. También tiene en el banquillo a un brasileño triste al que, de pequeño, llamaban Patapalo. El ocaso de Rivaldo, todavía uno de los futbolistas mejor pagados del mundo, es de una amargura especial. Porque, mientras mira el encuentro desde la banda, silencioso y arrebujado en el chándal, contempla el florecimiento de Ricardo Izacson Santos Leite, llamado Kaká, un chaval insultantemente feliz, insultantemente alegre y sociable, insultantemente distinto al pobre Patapalo. Mientras se hunde, escucha los vítores de la afición milanista a Kaká, el anti-Rivaldo.
Vitor Borba Ferreira, el chico pobre que nació en un suburbio norteño, el muchacho semidesnutrido y de huesos frágiles cuyo padre murió atropellado, el joven jugador rechazado por varios equipos, el tipo al que llamaban Patapalo, el hombre que triunfó en el Deportivo y el Barcelona sin llegar a ser querido, el internacional que salvó mil veces a la selección canarinha sin que nadie dejara de culparle por el fracaso de Brasil en los Juegos Olímpicos de Atlanta 96, se apaga domingo a domingo en un foso italiano. Ni el pedazo de banco que ocupa es suyo: se sienta ahí de prestado, ya roto su contrato con el Milan, a la espera de que en diciembre, cuando se reabra el mercado europeo, algún club inglés o español confíe todavía en él.
Sobre el césped, mientras tanto, corre Kaká. Un chaval de 21 años, con una novia de 16, para el que todo ha sido fácil. Nació en una familia acomodada de Brasilia, tiene buenos huesos, ha sido la estrella allá donde ha jugado y ahora, ya internacional con Brasil, es la pequeña joya de San Siro. La plantilla rojinegra le adora. Sobre el campo se asocia con cualquier compañero y parece tan integrado como Maldini. Recién llegado y con sólo 21 años. ¿Qué pensará Rivaldo?
Los defectos de Rivaldo se han acentuado con el tiempo. Puede hacer muchas cosas con un balón, pero le cuesta jugar al fútbol: no entiende el complicado tapiz de un deporte colectivo; para él, sólo existe una fórmula simple que relaciona su pie, el cuero y la red. Antes, esa ceguera parcial tenía una importancia relativa. Él, con su pie izquierdo mágico, se bastaba para resolver un encuentro en solitario. Ahora, a los 31 años (hay quien sospecha que tiene alguno más), ya no. El entrenador, Ancelotti, no confía en él, pero le ha concedido ocasionalmente algunos minutos. Han sido minutos breves, irrelevantes, insuficientes. A pesar de eso, han bastado para constatar las limitaciones de un Rivaldo que intenta la proeza, que entra en el área pequeña, que busca el disparo, que gira, que cae, que se levanta, siempre al margen del partido. Parece un espontáneo. Juega solo. Está solo. Pobre Patapalo.
SOPA DE GANSO
LUNES, 03-11-2003
Es día de fútbol en Italia. Se disputa un gran encuentro entre los dos equipos, Juventus y Milan, que encabezan la clasificación. El primer ministro Berlusconi acude al estadio. Y le apetece reunirse con los árbitros antes del partido. Como es el que manda, lo hace. Resulta que además de presidir el Gobierno y de ser el hombre más rico del país, es dueño del club anfitrión, el Milan, pero no pasa nada: ¿quién podría pensar mal? Berlusconi es un hombre de honradez acrisolada, tan empeñado en la regeneración del país que ha despenalizado la falsificación de balances y se ha declarado a sí mismo por encima de la ley.
Berlusconi se despide de los colegiados con grandes sonrisas y abrazos y los equipos saltan al césped. Están repletos de celebridades llamadas Maldini, Nedved, Buffon, Trezeguet o Nesta. Es gente que cuesta mucho dinero. El club del empresario Berlusconi, el Milan, ha cerrado el año con unas pérdidas de 29,5 millones de euros. Pero no pasa nada. El gobierno del primer ministro Berlusconi aprobó una ley llamada «salvafútbol» que permite devaluar el patrimonio en el balance, percibir compensaciones fiscales por esa pérdida contable y amortizarla en diez años. Lo cual le ha ido muy bien al empresario Berlusconi.
El otro club, la Juve, es el único de los «grandes» que no se ha acogido a la «ley salvafútbol». Sus dueños, los Agnelli de Turín, saben que la ley podría vulnerar las leyes europeas de libre competencia, porque constituye una subvención encubierta: entre Milan, Inter, Lazio y Roma se embolsan más de mil millones de euros en fondos públicos.
Los blanquinegros de Turín tienen fama de ser los más serios del país, y han presentado un beneficio de seis millones de euros. ¿Milagro? Sí, milagro contable. La Juve ha vendido propiedades inmobiliarias por una gran suma a una sociedad amiga. La gracia es que ha ingresado en realidad un ínfimo primer plazo de esa suma, que sólo existe sobre el papel del balance: al cabo de unos años, la Juve recomprará a un precio pactado las propiedades inmobiliarias. ¿Qué hará entonces, cuando toque introducir el gasto en las cuentas? Pues repetir la venta de fantasía, seguramente. O inventar algún otro truco. Al final, no pasa nada: en el peor de los casos, falsificar un balance no es delito.
Empieza a rodar el balón y todo cambia. La comedia bufa se convierte en arte y ensayo. Durante 90 minutos, al menos sobre el rectángulo verde, las cosas adquieren una seriedad extrema: todo es tan profesional, tan perfecto, tan estudiado, tan igualado, que el resultado no puede ser otro que el empate. Y empate es, aunque, por una vez, en un Milan-Juve se vive un instante sublime: Di Vaio marca un gol mágico a cinco minutos del final.
Acaba el partido y recomienza Sopa de ganso. Un ministro del presidente Berlusconi afirma que el fútbol y la seriedad contable son incompatibles, y que así debe ser. Faltaría más.
LAS PENAS DE VIERI
LUNES, 24-11-2003
El calcio se puede mirar desde ángulos muy diversos. Si se mira desde la grada del Olímpico de Roma, es una maravilla: la Champions pierde este año a un equipo que, por talento y exuberancia, recuerda al Ajax de los setenta. Si se mira del lado de la Juve, es un prodigio industrial: la factoría turinesa gana siempre, juegue bien o mal. Si se mira hacia el Inter, es un misterio: su afición parece incapaz de ser feliz. Antes, con Héctor Cúper, sufría porque los jugadores parecían sonámbulos con úlcera; ahora, con Alberto Zaccheroni y el equipo en alza, sufre por Vieri. Y la afición sufre mucho. El mal de Vieri es de los peores que existen.
¿Qué le pasa a Vieri? Nadie lo sabe, y él nunca habla. Está triste, enfadado, ausente. Como peleado consigo mismo. En un partido internacional contra Azerbaiyán montó un drama, pateando una botella de agua, cuando Trappatoni le sustituyó; pateó también una valla publicitaria en el encuentro ante la Roma y un micrófono el domingo siguiente; se negó a celebrar su gol contra el Ancona... El gigantesco ariete recibe todos los mimos del técnico y de sus compañeros, pero no parece suficiente.
El asunto resulta especialmente grave porque Vieri es el tótem de San Siro. De otros futbolistas se escriben biografías; de él se escriben ensayos sobre la pasión, como una obra llamada Keep on Fighting (Sigue luchando). Vieri encarna a la perfección la imagen que tiene de sí el tifoso interista: luchador, inestable, con rasgos sublimes y tendencias autodestructivas. Los vieriólogos más sutiles creen que su desasosiego nació con el despido de Cúper: le sentó mal que algunos le acusaran de haber forzado la marcha del argentino.
El caso es que el sábado, en el estadio milanés, estalló la tensión reprimida durante semanas por un público obsesionado con Vieri. Una parte de la afición silbó al ídolo, quien respondió aplaudiendo ostensiblemente hacia la grada; en ese momento, otra parte de la afición empezó a silbar a quienes silbaban. Se formó un barullo monumental, mientras la esfinge se sacrificaba más que nunca por sus compañeros, corría como un poseso y exhibía en el rostro sus misteriosas penas. Concluyó el peculiar calvario con un gol de firma: corrió hacia puerta con un par de defensas colgando de la camiseta y rompió el balón contra la red. Era el 6-0. Pero Bobbo siguió triste. Nadie se fue feliz de San Siro.
Vieri prometió cumplir sus cinco años de contrato con el Inter. Después de vagabundear por Pisa, Ravena, Venezia, Atalanta, Bergamo, Juventus, Atlético y Lazio, a los 30 años parecía haber echado raíces en Milán. ¿Se quedará? ¿Enfermará de pena? ¿Podrían los interistas vivir sin él?
LAS CUENTAS DEL «MONOPOLY»
LUNES, 19-01-2004
Quienes sufren patologías psicológicas suelen ser incapaces de explicarlas. A veces, ni las perciben. Es muy probable que a Massimo Moratti, de 58 años, magnate petrolero y presidente del Inter de Milan, el único club capaz de ser grande sin ganar títulos —su último scudetto cayó en 1989—, le parezca normal su afición a vender joyas. Hagamos un repaso: en menos de una década, Moratti ha vendido a Ronaldo, a Roberto Carlos, a Pirlo, a Mutu y a Seedorf. Entre tanto, ha conseguido acumular una deuda superior a los 200 millones de euros.
A Christian Bobo Vieri, de 30 años, italoaustraliano, de profesión futbolista errante y de afición beisbolista, también debe de parecerle normal lo suyo. Ha marcado goles para el Torino, el Pisa, el Ravena, el Venezia, el Atalanta, la Juve, el Atlético, la Lazio y el Inter, y en ninguna parte se ha sentido completamente a gusto. Ahora está a punto de cambiar nuevamente de camiseta. Su relación con Moratti ha sido anormalmente larga: ya más de cuatro años. Nadie esperaba que dos personajes de inestabilidad tan celebrada fueran capaces de soportarse tanto tiempo. Vieri piensa en el Chelsea de Abramovich o quizás en el Milan, cuya camiseta falta en su colección. Moratti ya tiene atado a Adriano, el joven ariete brasileño del Parma.
Vieri y Moratti son ejemplos extremos de un mal que se agrava anualmente en el calcio, el de la compraventa compulsiva. Cuanto menos dinero tienen los clubes, más compran y venden. Algo así ocurría en el grupo Parmalat, que ha dejado al Parma en la ruina, y en el grupo Cirio, que hizo lo propio con una Lazio cuya supervivencia —415 millones de euros de deuda— roza el milagro. Parmalat y Cirio vendían un cartón de leche —o una sociedad financiera—, facturaban dos y contabilizaban tres. Por lo que se intuye en los balances del calcio, que siempre fueron oscuros y son hoy casi impenetrables gracias a las fantasías contables autorizadas por el decreto salvacalcio de Silvio Berlusconi, algo parecido hacen los clubes italianos. Compran y venden a plazos, con derechos futuros de recuperación, sistemas de multipropiedad y otras cláusulas por las que, mágicamente, al menos en apariencia, nadie paga y todos cobran.
La gente de la Lazio no sabe si el imprescindible Stam seguirá en el equipo hasta fin de temporada; la hinchada del Parma ignora si contará aún con Adriano la semana próxima, y lo mismo sucede con Vieri y el Inter. Esto cansa a las aficiones. Y un día, cuando se acabe el juego del «monopoly», terminará en desastre.
ESPAGUETIS PARA EL MILAN
LUNES, 02-02-2004
Las tres grandes sociedades futbolísticas italianas, la Juventus, el Milan y el Inter, son del norte y se hicieron definitivamente fuertes a finales de los cincuenta y principios de los sesenta gracias a la llegada masiva de inmigrantes sureños. Quien más se benefició de ese movimiento demográfico fue el Milan, el club proletario de la ciudad, en contraposición al Inter, nacido de una escisión y preferido desde siempre por la burguesía.
El trabajo del pobre terrone del sur convirtió a Lombardía en una de las regiones más industrializadas y ricas de Europa; su afán de integración y su entusiasmo auparon los colores rojinegros y los sostuvieron en los años oscuros, entre 1980 y 1983, cuando el Milan bajó a la segunda división castigado por corrupción, y subió y volvió a bajar por méritos propios. Luego llegó Silvio Berlusconi, que, por entonces, se limitaba a ser el más rico del lugar, y pasó lo que pasó: el Milan empezó a coleccionar scudettos (Ligas) y orejudas (Copas de Europa).
A Berlusconi, cuya actividad política pasma y deprime al orbe, nunca se le podrá negar el talento como presidente futbolístico. Gasta fortunas en fichajes, cierto, y maquilla los balances como nadie, cierto también. Pero lo mismo hace Massimo Moratti en el Inter, y no se come una rosca.
El Milan, actual campeón de Europa, se escapa ya en la Liga, tras el bache otoñal. Shevchenko vuelve a ser el de siempre, el joven brasileño Kaká (22 años recién cumplidos) parece dispuesto a convertirse en el jugador de la década (suena fuerte, pero es así) y los platazos de espaguetis que Carlo Ancelotti obliga a ingerir al equipo a medianoche, tras los partidos tardíos, se han convertido en una suerte de poción mágica.
Los cebras (los de la Juve) mantienen el habitual oficio, pero su defensa es, cosa rara, muy floja; los culebras (el Inter) han comprado a Stankovic a la Lazio para compensar con urgencia el fiasco de Kily González, pero están muy atrás y, además, tienen como siempre la escopeta a punto para dispararse al pie en caso necesario. La Roma, cuyo juego deslumbró en la primera vuelta, ha entrado en crisis y empieza a ver que Emerson, la viga maestra, se irá a final de temporada. Las cosas pintan bien, una vez más, para el Milan.
Qué distinto es todo para quienes no emigraron y se quedaron en Nápoles. Hubo un momento de gloria, aquel de Maradona, y nada más. Los napolitanos siguen venerando a Maradona y añorando la efímera supremacía que les proporcionó mientras asisten al desplome de su equipo.
El Nápoles volvió a perder ayer, frente al Como, y sus tifosi violentos volvieron a protagonizar una batalla campal que dejó dos heridos. El club de la gran ciudad del sur cuelga de la cola de segunda y siente en los talones el frío de la tercera, la calamidad definitiva. Pobres napolitanos. Sus primos del Milan tuvieron, y tienen, mucha más suerte.
EL TRIPLE GESTO
LUNES, 16-02-2004
Toda Roma, incluida aquella ajena al fútbol y aquella que tifa Lazio, conoce la secuencia. Toda Italia, en realidad. Sólo ha hecho falta una semana para que los tres gestos se convirtieran en tradición. Primero, el índice vertical se acerca a los labios. Segundo, cuatro dedos alzados se agitan suavemente. Tercero, puro romanesco, los dedos juntos con la palma hacia abajo se acercan a la sotabarba y la mano se mueve poco a poco en sentido horizontal. Traducción: silencio, son cuatro goles y a casa. Qué mal le sentó a la Juventus el triple gesto de Francesco Totti, y cuántas quejas durante la semana del 4-0. «La Roma no sabe ganar», protestaron en Turín. «Vale, vosotros nos enseñáis a ganar, y nosotros os enseñamos a perder», contestaron con ironía los romanos.
Lo de Totti, que, como Cassano, había hecho un partido mágico, fue una reacción bastante moderada ante los alaridos de Tudor, a quien iba dirigida la célebre secuencia. El defensa juventino Tudor gritaba a sus compañeros para que hicieran faltas a Totti, para que le frenaran como fuera. Montero, cuya decadencia física degenera en rabia, ya le había hecho caso, agredió a la joya romanista y fue expulsado.
Humillaciones al margen, el 4-0 del estadio Olímpico demostró algo que se intuía desde hacía tiempo: la Juve de este año no es una gran Juve. Tiene un jugador sensacional, Nedved, y futbolistas excelentes como Trezeguet y Del Piero. Mantiene su oficio y su congénita voluntad de ganar, demostrados a media semana con una épica semifinal de Copa frente al Inter, en la que los blanquinegros, tras empatar 2-2 y tras una prórroga sin goles, se impusieron en el último penalti. Pero el fútbol que practica resulta plano y la defensa es normalita, de mitad de la tabla. Sobre todo por el centro.
Para definir el juego de los centrales, Montero y Legrottaglie, se puede usar la frase que emplean los portavoces del Vaticano cuando alguien pregunta qué tal se encuentra de salud el Papa: «Discretamente bene». O sea. Y no toda la culpa es suya, porque en el centro del campo falta alguien que desempeñe la función de medio defensivo. Frente al área juventina se abre continuamente un vacío, un mäelstrom que atrae inexorablemente a los atacantes contrarios. Buffon, que solía ser uno de los porteros menos goleados y cuya simple presencia intimidaba a cualquier rematador, pasa gran parte del tiempo metido en la puerta, recogiendo cabizbajo el balón.
Con la Liga inalcanzable y dada la escasa entidad de la Copa italiana, los hombres de Marcello Lippi se concentran en la Champions. Quizás eso les haga peligrosos en la competición continental. Lo más posible, sin embargo, es que en algún estadio europeo acaben encontrando a alguien que repita la maldita secuencia, ese triple gesto que empieza por «silencio» y termina por «a casa».
ANTONIO CASSANO, POETA
LUNES, 01-03-2004
Ya que hablamos de poesía, de fugacidad inolvidable, recordemos que entre los poetas hay de todo.
Foix vigilaba la caja de la pastelería familiar en Sarrià y Panero era mediopensionista de manicomio. Baudelaire se autodestruyó y Rimbaud destruyó a otros con su negocio de esclavismo.
Hablando de lo mismo, Beckenbauer, que de joven fue el mejor medio centro de todos los tiempos, se refugió después en la cueva del líbero, donde no se falla nunca porque toda la responsabilidad es de los marcadores; Cruyff, que fue Cruyff, hizo en el Ajax lo que nadie había hecho desde Di Stefano, dio una gran Liga al Barça y luego pasó años pegado a la línea izquierda, presto a sacar de banda; Pelé lo fue todo porque el Gobierno brasileño le declaró intransferible y le reservó para los grandes acontecimientos internacionales.
Los arriba mencionados fueron poetas inmortales, destinados a custodiar la Academia.
Hubo otros que murieron en cuanto perdieron de vista el balón. Best se abrazó al alcohol, como Garrincha. Maradona se sostuvo con cocaína. Gascoigne ni se abrazó ni se sostuvo: se abalanzó a mitad de carrera sobre la cerveza y los triglicéridos.
El calcio dispone hoy de dos jóvenes poetas.
Kaká, de 22 años, en el Milan, es guapo, longilíneo, culto, de vida equilibrada y de movimiento vertical sobre el césped; seguramente disfrutará de una larga vida deportiva, ganará títulos, recibirá honores y administrará su gloria con inteligencia.
Cassano, de 21 años, en la Roma, es un delantero decididamente feo y payaso. Viene del sur, de Bari, una zona pobre de tradición griega y albanesa. Los objetivos de los fotógrafos le persiguen durante el partido: pide la botella de agua para remojar al masajista, rompe a patadas el banderín de la esquina, se quita la camiseta o se baja los pantalones, según exija la ocasión, y disfruta el fútbol.
Uno teme que Antonio Cassano, poeta, pertenezca a la estirpe de los malditos. Un tipo como él no puede crear tanta belleza y quedar impune. La poesía es condensación, compresión de códigos en unos pocos signos. Y a eso se dedica Cassano en ese palmo cuadrado del área hacia el que confluyen el portero y un par de defensas y en el que un segundo es una vida.
Cassano no es de los que rematan al bulto: eso es periodismo. Tampoco piensa en cómo ha llegado ahí el balón ni en cómo marcar: eso es novela.
Por supuesto, no busca el penalti: eso es ensayo.
Los pies de Cassano intuyen y sienten: adivinan dónde hay un vacío, cuánto se puede esperar, quién está en cada lugar y por qué. Y, mientras marca, ríe. Además de feo, es cruel y desconsiderado.
A Cassano, poeta, habrá que disfrutarlo mientras dure. Para los amantes de cosas menos efímeras, también en la Roma está Francesco Totti, que, a día de hoy, es el mejor futbolista del mundo. Aunque quede feo decir cosas tan gruesas de forma tan brusca.
LA GRAN JUGADA INFELIZ DE GANZ
LUNES, 08-03-2004
Los viejos soldados, decía el general McArthur, no mueren: se desvanecen en la distancia. ¿Y los viejos futbolistas? Que se lo pregunten a Maurizio Ganz, que nunca fue general, sino delantero raso, y a los 35 años ejerce aún como único punta y «hombre bala» de su equipo.
Ganz marcó ayer el primer gol del Ancona. Tras el empate del rival, la Reggina, siguió luchando y al inicio del segundo tiempo hizo la jugada del partido: recibió en campo contrario un balón desesperado que alguien, seguramente con los ojos cerrados, había despejado desde el área anconesa; controló con el pecho, burló con la cintura a su marcador y al portero contrario y cuando se dirigía hacia la portería chocó con un defensa y cayó. Era penalti y expulsión del defensa de la Reggina, como último obstáculo entre el delantero y el gol. El árbitro corrió hacia Ganz, en el suelo, y le mostró una tarjeta amarilla por simular. Era la segunda y el pobre Maurizio tuvo que marcharse al vestuario.
El Ancona empató. A estas alturas de la temporada no ha ganado ni una sola vez. Sus siete puntos proceden de siete empates.
Ganz ha jugado en la Sampdoria, el Monza, el Inter, el Milan, el Atalanta, el Brescia, el Parma, el Venezia y la Fiorentina. En este último club vivió el desastre de la quiebra, la liquidación y el descenso a tercera, y escapó hacia el Ancona. «Quiero jugar, divertirme, ganar y ser feliz», explicó en el momento del traspaso, el verano de 2002. Qué vista. El Ancona estaba en segunda y el año pasado ascendió por los pelos, como cuarto clasificado. Este año transita por el limbo de un largo retorno a segunda y todo el mundo le pasa por encima.
Ganz, que lleva dieciocho años en el calcio profesional y le ha visto el brillo y las miserias, debería escribir un libro. Cuando debutó, el Milan no era aún de Berlusconi, no existía la televisión de pago y la fuerza de un club se medía por el número de socios. Después de acumular una deuda global de 2.000 millones de euros, 1.500 de ellos en los últimos siete años, la primera división italiana sigue siendo cosa de los cinco con más simpatizantes: Juventus, Milan, Inter, Roma y Lazio. El Parma, que tuvo una época dorada gracias al dinero fraudulento de Parmalat, parece condenado a regresar a la oscuridad. Lo mismo podría ocurrir con la Lazio, que se beneficiaba de los manejos financieros del hoy encarcelado Sergio Cragnotti. La Roma y su dueño, Francesco Sensi, con una deuda total de 648 millones de euros, sueñan con que un archimillonario ruso evite el desastre. El Inter tiene la Pirelli y los petrodólares de Moratti detrás, pero no hace gran cosa. Jugar, juegan el Milan, la Roma y la Juve. Esta última, con más rabia que talento. Sólo Milan, Roma y Juventus saldrían como favoritos en un teórico encuentro con un equipo mediano español. Tanto gasto para esto.
El baile de los millones aburre. Seguramente lo más futbolístico que se vio ayer en Italia fue la gran jugada infeliz de un tipo de 35 años en un equipo que no ha ganado ni un partido.
EL RECUERDO DE DANTE
LUNES, 15-03-2004
Dante Chirichini se dio a conocer el 20 de noviembre de 1960 en el viejo estadio Olímpico, recién concluido un encuentro entre la Roma y el Padova. Chirichini, un hombre muy bajito, panzudo y de piernas frágiles, saltó al terreno, ya vacío, con una gran bandera romana y dio la vuelta al mismo saludando y disfrutando de la atención. En aquella época, un tifoso era exactamente eso, un tipo pirado por su equipo, con ganas de juerga y sin ánimo de bronca.
Desde aquel día, Chirichini, barrendero de profesión, se convirtió en la mascota de la grada romanista. Era objeto de mil burlas y, a la vez, de un especial respeto. Con los años, su presencia se hizo imprescindible. Llegaba exactamente un cuarto de hora antes del partido a bordo de una Vespino desvencijada y, de inmediato, corría la voz en la curva sur: «Dante ya está aquí». Hasta aquel momento nadie gritaba ni alzaba las pancartas. Había que esperar a que Chirichini, endomingado a su manera con camiseta grana, bufanda y sombrero en mano, llegara a su puesto y alzara el brazo en un gesto papal que hacía enmudecer el estadio.
El escritor Angelo Bocconetti recuerda un ejemplo de la liturgia. Chirichini se alzaba en toda su breve estatura y gritaba: «Hoy es un día bellísimo...», la grada lanzaba un alarido; «esta es la señal...», otro aullido colectivo; «...de que la Roma...», instante de clamor, «...¡vencerá!». Y surgían las pancartas y los cánticos.
En los desplazamientos, a los que acudía invitado por unos u otros, Dante añadía al discurso un florido elogio a la belleza, la hospitalidad y el alto nivel cultural de la ciudad que recibía a su equipo. Se apasionaba tanto con el fútbol que se desmayaba en los momentos cruciales.
Luego, llegaron décadas de violencia, convulsión y muertes en los estadios. El barrendero Chirichini siguió acudiendo a la grada del nuevo estadio Olímpico, pero perdió gradualmente su autoridad simbólica. En los últimos años pocos hacían caso de aquel anciano bajito que gritaba y se desmayaba.
Hasta que enfermó y se le perdió la pista. Nadie se enteró de su muerte, el año pasado. Su funeral fue íntimo: la familia y unos pocos amigos.
Existe, sin embargo, la memoria colectiva. Un día, en un partido europeo contra el Boavista, alguien desplegó una pancarta que decía: «Atentos, chavales: Dante os observa». Los mayores tuvieron que explicar a los jóvenes quién era ese Dante y el recuerdo revivió.
Unas jornadas después, un grupo de seguidores localizó el último Vespino desvencijado de Chirichini y antes de un Roma-Reggina lo introdujo en el campo. El capitán de la Roma, Francesco Totti, se acercó a él, dejó una rosa sobre el sillín y lanzó un beso al cielo.
La Reggina y la Roma empataron ayer sin goles en un partido triste. Dante, y otros como él, faltaban más que nunca.
COSAS QUE VALEN LA PENA
LUNES, 29-03-2004
Algunas cosas valen aún la pena. El talento alegre de Kaká, por ejemplo. O la increíble longevidad deportiva de Roberto Baggio, que a los 37 años sigue fabricando goles hermosos. O el espíritu de los jugadores de la Lazio, que no se rinden pese a ignorar dónde estarán dentro de unos meses. O el recuerdo de aquella Roma que durante algún tiempo hizo un fútbol de embeleso. Hay que buscar motivos para amar al calcio porque lo que pide el estómago es olvidarse del estadio, dejar la prensa deportiva en el quiosco y encender la televisión sólo en casos de emergencia.
El aficionado italiano vive tiempos de asco, estupor y melancolía. El asco lo causan los ultras, con sus chantajes, sus amenazas y sus negocietes sucios. Y algunos directivos, con su devoción por derrochar el dinero ajeno cuando se les acaba el propio. Los fiscales sospechan que el ex presidente de la Lazio, Sergio Cragnotti, lanzó de forma fraudulenta una emisión de bonos de su empresa, Cirio, para pagar primas de futbolistas; si eso resulta cierto, miles de pequeños ahorradores perdieron su dinero para que un puñado de millonarios pudiera cambiar de Ferrari. El aficionado, a veces, siente también un secreto asco de sí mismo: ¿por qué ha cerrado los ojos durante tantos años?, ¿por qué pide más y más fichajes estelares sin pensar en quién los pagará?
El estupor es producido por la constatación de que, en efecto, se ha llegado a esto: a una deuda astronómica, a un fraude sistemático, a una colección de banquillos que cuestan oro y valen plomo, a una ultraderecha que no necesita presentarse a las elecciones porque manda en los estadios.
Luego, se derrama la melancolía de las despedidas inminentes. ¿Huirá Totti a la galaxia de Florentino? ¿Quién se quedará con la poesía de Cassano, el despliegue de Emerson, la autoridad de Samuel? ¿Qué será de la Roma y la Lazio? ¿Dónde acabará el Parma? ¿Ha llegado el punto y final del Nápoles? Muchos sueños se romperán las próximas semanas.
Hace falta depurar y sanear a fondo, aunque sea a costa de limitar la competición y retornar al diálogo interminable entre el Milan y la Juve con el Inter como espectador doliente. El Milan perdía ayer por 0-2 y empató en el séptimo minuto del descuento; quizás esas cosas signifiquen algo. Pero llegará el verano y renacerán las ilusiones más disparatadas. Porque hay enfermedades que no tienen remedio. Y porque algunas cosas valen aún la pena.
LOS VENCIDOS
LUNES, 12-04-2004
Ésta es una alineación poco memorable: Marcon; Bolic, Esposito, Baggio, Sogliano; Goretti, Luis Helguera [hermano del madridista, Iván], Andersson, Rapaic; Bucchi y Pandev. Y, sin embargo, habrá quien la recuerde toda la vida. Se trata del Ancona que el sábado derrotó al Bolonia, 3-2, en su primera victoria de la temporada. El Ancona estaba ya matemáticamente descendido tras un curso atroz: cambio casi completo de plantilla en Navidad, fracasos encadenados, deudas y bilis. Eran 28 jornadas sin ganar. Si hubiera perdido de nuevo, habría batido la histórica marca del Varese: 28 naufragios consecutivos en la temporada 1971-1972.
En Ancona no debían de ser pocos los que deseaban, con perversa fruición, el morrazo definitivo, que habría permitido desplazar al Varese y ocupar en solitario la cúspide del desastre futbolístico. No ocurrió. Ese equipo, el de Marcon, Bolic, etcétera, ganó a un rival sólido como el Bolonia. Una emoción fugaz, una de esas jornadas malditas en que un niño sufre la experiencia más inexplicable y sale del estadio transfigurado, con el alma tatuada para siempre con unos colores determinados. El rojo y el blanco del Ancona, esta vez.
Las cosas ocurren así. El gran Manchester United de hoy, la sociedad riquísima y hegemónica del norte de Inglaterra, nació una tarde de 1993 en que al fin, tras veintiséis años de sequía, los diablos rojos reconquistaron la Liga. Nadie que estuviera ese día en las gradas de Old Trafford podrá olvidarlo. Las frases de la liturgia, transcritas en negro sobre blanco, suenan banales. «Oh, ah, Cantona», miles de veces. Y una canción, We are the Champions, esa pequeña tontería, gritada por miles de gargantas estranguladas por el llanto.
El Ancona, por supuesto, no es el Manchester. Carece de su pasado y, me temo, de su futuro. Pero no hablamos de eso. El caso es que la memoria sentimental se forja en el dolor, aunque cristalice en un segundo de gloria. Quienes sufrieron los años grises en que Riazor no soñaba siquiera con la primera saben realmente lo que valió esa noche mágica en que el Depor destrozó al Milan (y, de paso, llenó de gozo a millones de italianos que soportan mal la megamacrocosa de Berlusconi). Y el aguijonazo de aquel gol imposible de Schwarzenbeck, que retorna de vez en cuando como un mal crónico a los riñones del Atlético, tiñó quizá más corazones de rojiblanco que el doblete de los Antic, Pantic y Kiko.
Desconozco el laberinto espiritual de un seguidor del Madrid, del Milan, del Bayern o de la Juve. No sé cómo se funciona a esos niveles, no sé si sus semanas de pasión son como otras. Tiendo a suponer que no. Imagino que el triunfo sólo les proporciona el alivio del pronóstico cumplido y que el fracaso les genera menos dolor que estupefacción.
Que me perdonen. Creo que son más hermosas las victorias de los vencidos.
FANTASISTAS Y AGONISTAS
LUNES, 19-04-2004
Las cosas existen antes que las palabras. Hubo un momento, supongo, en que el fútbol se jugaba sin que se hubiera inventado aún la terminología del oficio. Esa debió ser una época feliz. Porque las palabras pesan sobre las personas, y en el fútbol, a veces, son de plomo. Tomemos un vocablo terrible, como carrilero. ¿Con qué ánimo vive quien lo lleva sobre la espalda? Los niños, cuando dan patadas al balón contra un muro, sueñan con ser tal o cual, Zidane o Ronaldinho, o con ser un gran delantero centro; yo aún no he conocido a ninguno que sueñe con ser carrilero. Esa palabra mancha, desprestigia una de las suertes más hermosas del juego, la carrera por el exterior, la convierte en una especie de función industrial, de oficio rutinario y sin magia.
Otras palabras son dulcemente engañosas. Líbero, por ejemplo. Lo de hombre libre suena muy bien, pero sólo sirve para enmascarar la decisión de meter en la cueva a un defensa más, cuando todas las posiciones justificables y razonables están ya ocupadas.
La digresión viene a cuento de dos términos que lastran el calcio. Como casi toda la jerga creada por los italianos (menos lo de catenaccio, o cerrojo, que suena mal y resulta aún peor en la práctica), son dos términos eufónicos: agonismo y fantasista. Escuchen una retransmisión italiana, o participen el lunes en una charla de café, y comprobarán que el calcio de hoy gira en torno a esas dos palabras, expresivas y venenosas.
Un inciso: yo no creo que el calcio esté en crisis. Está en la ruina económica, está agobiado por la presión de la prensa y de la gente, está presionado (como en todas partes) porque el gol cuesta cada vez más millones, pero el juego tiene el interés de siempre. En realidad, este año se ve mejor fútbol en Italia que el año pasado, aunque entonces la Juve y el Milan disputaran la final de la Champions (con toda la mezquindad de que fueron capaces) y este año hayan sido eliminados todos los equipos italianos. Estas cosas van como van, y está muy bien que no ganen siempre los mismos.
Lo del agonismo y el fantasista, sin embargo, revela que hay en el calcio un problema básico, de enfoque, de percepción. El agonismo define la lucha, la resistencia, la presión, pero tiñe de oscuro esas funciones vitales para el colectivo. ¿Cómo puede tener matices positivos algo llamado agonismo? Desde el momento mismo en que se utiliza, convierte en fatiga, dolor y tedio mortal lo que debería ser vibrante y vivo.
Aún peor, quizá, lo del fantasista, que normalmente carece de plural. Según las convenciones que rigen hoy en el calcio, cada equipo debe tener un fantasista, es decir, un trescuartista o un mediapunta al que, con gran crueldad semántica, se atribuye en exclusiva la capacidad de inventar; los demás, de forma implícita, quedan condenados al agonismo. Ancelotti, que no tiene mala plantilla en el Milan, genera titulares recelosos cuando alinea a la vez a dos fantasistas como Kaká y Rui Costa; en cambio, a todo el mundo le parece bien que juegue siempre Gattuso, estrella del agonismo.
ROBERTO BAGGIO PIDE UNA OPORTUNIDAD
LUNES, 26-04-2004
¿Quién apostaba por Muhammad Ali? Era impensable que el viejo loco de Louisville derrotara en Kinshasa a un George Foreman mucho más joven y mucho más fuerte. Pero venció Ali, en un combate inolvidable. ¿Y la Dinamarca de 1992? Repescada a última hora para el Europeo de Suecia porque la guerra forzaba la ausencia yugoslava, llena de veteranos en supuesto declive, hizo un fútbol excelente y ganó. En Italia, ahora, hay otro aspirante a lo imposible: Roberto Baggio, de 37 años, quiere jugar con la selección el próximo Europeo. Está salvando al Brescia del descenso, marca goles (ayer otro, de falta), juega 90 minutos sin problemas y sigue siendo, Totti aparte, el italiano que mejor imagina el juego y mejor sabe tratar un balón. ¿Y si Baggio fuera a Portugal? Uno se pregunta por qué no. Aunque uno no es Giovanni Trapattoni. El seleccionador cree en los milagros o, al menos, en la protección divina, y derrama un poco de agua bendita sobre el césped antes de cada encuentro. Pero ahí termina su fe en lo intangible. En materia de calcio, se aferra a la tradición nacional de poner un candado en la portería, media Juve repartida por ahí y Vieri en el área contraria, en busca de un rebote. La hipótesis Baggio le provoca dolor de estómago.
Trapattoni creía que el asunto del futbolista puñeteramente inmortal había quedado resuelto dos años atrás, en Japón-Corea. Robi Baggio renqueaba medio lesionado por entonces, Totti ocupaba su puesto y no hubo que discutir mucho sobre su ausencia. Tenía ya 35 años y resultaba inconcebible que ese tipo tan extraño, hipersensible, budista, solitario, fanático de la caza, siguiera trotando cuando llegaran nuevas ocasiones solemnes. Y, sin embargo, sigue.
Baggio anunció hace un par de semanas que dejaría el fútbol profesional cuando concluyera la presente temporada. Trapattoni consideró que no tenía otra opción que convocar a Robi para el amistoso de esta semana contra España, especificando que se trataba de algo honorífico, de ofrecer al ilustre futbolista una enésima ocasión de despedirse y cerrar el enojoso expediente. El problema es que Baggio no se deja. Recuerda que ha participado en tres Mundiales y en los tres ha sido eliminado sin perder un solo partido; recuerda el penalti que falló el 17 de julio de 1994 y que dio a Brasil su cuarto campeonato mundial; recuerda que a su Balón de Oro de 1993 le falta el acompañamiento de un título con la selección. Y se empeña en pedir una oportunidad.
Lo mejor que le podría pasar al fútbol (y lo peor, seguramente, para Trapattoni) sería que Roberto Baggio hiciera un partidazo en Génova.
Lo más probable es que su actuación resulte discreta. Lo más probable es que Trapattoni no se vea en el apuro de llevarle a Portugal. Lo más probable es que Baggio no disfrute el 4 de julio, en la final de Lisboa, de un momento de gloria. Pero también era probable que el Madrid, el Milan y el Arsenal hicieran algo en la Champions. No era probable, en cambio, que Roberto Baggio siguiera dando guerra a estas alturas. Y aquí está.
EL CHISTE DE GADDAFI
LUNES, 03-05-2004
Por mal que estén las cosas, pueden empeorar. Véase el caso de la Juve, la Vieja Señora, la sociedad futbolística más prestigiosa del calcio. Eliminada de la Champions y relegada a un triste tercer puesto en la Liga, a 16 puntos de un Milan que se ha llevado el scudetto por anticipado, estaba dispuesta a cerrar la temporada, empaquetarla y tirarla al río, sin esperar siquiera a la final de Copa. ¿Qué más les podía pasar?
El entrenador, Marcello Lippi, arrojó la toalla y anunció que dejaba el banquillo. Los propietarios, los Agnelli de la Fiat, con la empresa automovilística patas arriba, hicieron saber que no estaban para grandes gastos y que más valía no soñar con refuerzos estelares. Del Piero, que cuando renovó de por vida pagó en la prensa un anuncio en el que proclamaba que «un caballero no abandona nunca a una Señora», resultó un novio bastante canalla: lo suyo con la Juve parece más un braguetazo que un matrimonio por amor y desde que se aseguró el futuro no da golpe. Quién lo iba a decir, un chico tan formal, después de tantos años de noviazgo. ¿Y Nedved, desaparecido desde el Balón de Oro? En fin. Tras una temporada asistiendo a las evoluciones de Legrottaglie, uno que se coló en el equipo haciéndose pasar por defensa central, la afición juventina ya se sentía curada de espantos. Se había agotado el catálogo de las desgracias.
Eso creían. Pero faltaba lo de ayer. El Perugia, un equipo casi descendido, se permitió ganarles con un gol de Ravanelli, un galán maduro de 35 años que lloró de emoción. Y entonces llegó el golpe de gracia. A un cuarto de hora del final debutó en la Serie A italiana, a los 31 años, Saadi Gaddafi, el hijo del coronel, el único futbolista que ha cumplido sanción por dopaje sin jugar un solo minuto, el hombre que ha cambiado las reglas del negocio futbolístico: a Gaddafi no le fichan, él es quien compra el club. La Juve perdió contra un equipo en el que se alineaba Gaddafi, antiguo miembro de su consejo de administración, ex accionista de la sociedad, socio privilegiado de los Agnelli, futbolista de chiste.
Ahora sí. La Juve ha colmado el vaso de las desgracias.
2004-2005
La suntuosa boda de John Elkann, heredero de los Agnelli, reflejó su elección como nuevo jefe del clan. El hermano menor de John, Lapo Elkann, declaró que desconfiaba de Antonio Giraudo y Luciano Moggi, máximos ejecutivos de la Juventus, el club de la familia. El productor cinematográfico Aurelio de Laurentiis adquirió el Nápoles, que tras una quiebra recomenzó a jugar en Serie C1 (equivalente a la tercera división española). La Juventus fue condenada por dopaje y absuelta en apelación. El 2 de abril murió Juan Pablo II, sustituido por Joseph Ratzinger con el nombre de Benedicto XVI. Silvio Berlusconi salió absuelto de un nuevo juicio, esta vez por corromper a un juez: el tribunal consideró que el culpable del soborno era Cesare Previti, «mano derecha» de Il Cavaliere. Andrei Shevchenko, del Milan, fue premiado con el Balón de Oro europeo. El Milan perdió ante el Liverpool la final de la Liga de Campeones, después de adquirir una ventaja de tres goles. Berlusconi, tal vez molesto por el resultado, proclamó que una victoria electoral de la izquierda supondría «miseria, terror y muerte». La Juventus de Capello ganó el scudetto, por delante de Milan, Inter y Udinese.
EL MOMENTO DE ADRIANO
LUNES, 20-09-2004
Quien no vio a Bernd Schuster en el Europeo de 1980 no vio jugar al auténtico Schuster. Quien conoció a Franz Beckenbauer en los años setenta descubrió a un gran directivo que se alineaba como defensa libre en el Bayern y la selección alemana, pero se perdió al maravilloso centrocampista que fue antes. A Ronaldo hubo que verle en el Barcelona; a Cruyff, en el Ajax. Y a Adriano Leite Ribeiro, 22 años, hay que verle ahora mismo.
Adriano es un prodigio. Tanto músculo (1,89 de estatura, 91 kilos) no puede moverse con tanta soltura, ni puede tocar el balón (calza un 46) con tanta delicadeza, ni puede colarse como se cuela por los rincones del área. Sobre todo, esa montaña de músculo contra la que, como dice su compañero Toldo, «los contrarios rebotan», no puede ser eternamente indestructible: si un día se rompe, se desmoronará en un chasquido de tendones y ligamentos y, aunque se cure, no volverá a ser lo mismo.
El año pasado, el fenómeno del calcio fue el milanista Kaká, un mediapunta delicioso, también brasileño, que esta temporada está arrancando con dificultades. Este año no hay otro rey que Adriano. En verano, siete goles, máximo goleador y mejor jugador de la Copa América. Con el Inter ha marcado siete tantos en los cinco partidos oficiales disputados hasta ahora, ha anotado siempre y ha sido siempre el mejor del equipo. Roman Abramovich, el multimillonario dueño del Chelsea, ofreció al parecer 84 millones de dólares para llevárselo, pero ni el Inter ni el mismo Adriano estuvieron por la labor.
Adriano, como Ronaldo, es hijo de las favelas. Y no ha perdido la modestia. Afirma que el propietario del Inter, Massimo Moratti, le sacó de la chabola (exagera: ya jugaba en el Flamengo y tenía un sueldo decente en 2001, cuando Moratti pagó por él 8,4 millones de dólares) y que nunca le traicionará. En fin, ya veremos. El caso es que Adriano no ha adoptado todavía las maneras de los divos, pese a acudir cada día al vestuario interista, que, junto al del Real Madrid, es probablemente una de las mejores escuelas del mundo en la materia, y se comporta como una fuerza benigna. Ayuda a los compañeros, no se queja, no protesta las decisiones de los árbitros, se lleva bien con Vieri (eso es, seguramente, lo más difícil) y da las gracias por todo.
Cuando murió su padre, unas semanas atrás, viajó a Brasil, acudió al entierro, estuvo un par de días con la familia, regresó a Milán y, tras una noche en blanco, saltó al césped y marcó.
Para Zaccheroni, técnico del Inter la pasada temporada, Adriano «es menos dinámico que el mejor Ronaldo, pero es mejor que el mejor Ronaldo». Adriano Galliani, la mano derecha de Silvio Berlusconi, ya ha dicho que su «ilusión» es alinearle en el Milan junto a Andy Shevchenko. La prensa italiana le ensalza cotidianamente. Antes de que todo esto le pese en los pies, en la cabeza y en el bolsillo, hay que verle jugar. Ahora.
PENAS CON GRANDEZA
LUNES, 04-10-2004
En Turín nadie sabía gran cosa de aquel tipo renegrido y cabezón que habían fichado los Agnelli. La Juventus de 1957 acababa de cerrar una temporada muy mediocre, con un noveno puesto, y el público exigía a la Fiat que reforzara el equipo. La sociedad automovilística de los Agnelli trajo a una estrella, John Charles, el gigantesco ariete galés del Leeds United. Y a ese otro, argentino, a cuya presentación acudieron unos pocos. Esos pocos hicieron bien. El Cabezón salió al césped arrastrando los pies y con las medias caídas, vio las gradas semivacías, escuchó cuatro aplausos mal contados y decidió presentarse: se colocó el balón sobre el pie izquierdo y dio tres vueltas enteras al campo, corriendo y saludando, sin que el cuero tocara el suelo. Los diarios de Nápoles relataron la hazaña al día siguiente. Y, desde ese día, los napolitanos soñaron con tener para sí a ese genio irreverente y burlón que, como Garrincha, se paraba a esperar al contrario para hacerle otro túnel o para reírsele en la cara.
Omar Enrique Sivori, el Cabezón, era un tipo difícil de soportar. Pero el Nápoles le esperó hasta 1965, cuando, ya con un Balón de Oro bajo el brazo y en declive, llegó por fin al sur. Hacía falta. Como hacía falta, dieciocho años después, Diego Armando Maradona, otro cabezón genial y teatrero, hecho a medida para la ciudad más histriónica de Italia, que es como decir del mundo. Nápoles ama el espectáculo, los gestos solemnes, la risa, la burla. Por eso amaba al grandilocuente naviero Acquille Lauro, alcalde de la ciudad y propietario del club en los cincuenta, que pagó al Atalanta 105 millones de liras, una barbaridad, por el sueco Hasse Jeppson, quizá sólo para permitirse una broma y presentarle a los suyos como «O Banco e Napule», «el Banco de Nápoles».
El Nápoles, quebrado y adquirido en liquidación judicial por el magnate cinematográfico Aurelio de Laurentiis («vamos a demostrar que el Norte no es mejor que el Sur», dijo), malvive hoy en la mitad de la tabla del grupo B de la tercera división, con la amargura añadida de asistir a un renacimiento del fútbol sureño: Lecce, Palermo, Messina, Cagliari y Reggina, cinco clubes terroni en primera, lo nunca visto en el calcio.
Los gestos, sin embargo, siguen siendo grandiosos. Al partido de presentación en el estadio San Paolo, acudieron 50.000 personas para decir que estaban ahí pese a todo. De Laurentiis les correspondió a la napolitana. ¿Que ninguna televisión quería emitir en directo los encuentros de un club de tercera? Vale. El productor de cine compró de una tacada los derechos de todos los clubes de segunda, que sí se emiten, y con el paquete en la mano se fue a negociar con Sky, la televisión del magnate de los medios Rupert Murdoch. Desde el próximo miércoles, el Nápoles volverá a las pantallas.
Más allá del gesto, la realidad es cruda. El Nápoles venció ayer, por fin, su primer encuentro de la temporada, un 1-2 agónico en el campo del Lanciano, abarrotado: más de 6.000 espectadores, un máximo histórico.
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