Kitabı oxu: «El siglo XX: entre música y filosofía, 2a ed.»

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19 Estètica & Crítica

Romà de la Calle, director

Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, fotoquímico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el permiso previo de la editorial.

1.ª edición: abril, 2004

2.ª edición: julio, 2014

© De la traducción: Maria Josep Cuenca Ordiñana, 2004

© De la introducción: Romà de la Calle, 2004

© De esta edición: Universitat de València, 2014

Coordinación editorial: Maite Simón

Diseño del interior y maquetación: Inmaculada Mesa

Corrección: Pau Viciano y Dolors Sanchis

Diseño de la cubierta:

Celso Hernández de la Figuera y Maite Simón

ISBN: 978-84-370-9770-1

Índice

Presentación, de Romà de la Calle

Introducción

1  Las raíces de la vanguardia en el siglo xx

2  Debussy y el simbolismo

3  El futurismo y la música

4  ¿Existe una estética de Stravinsky?

5  De Wagner a Stockhausen: palabra y música, evolución de un encuentro problemático

6  Dodecafonía y religiosidad en la obra de Schönberg

7  ¿Qué representación melodramática hay en el teatro de Schönberg?

8  Un caso entre mil. Schönberg en América: doblemente extranjero

9  ¿Qué estética musical hay después de Adorno?

10  Temas musicales y temas judíos en Vladimir Jankélévitch

11  Vladimir Jankélévitch y la estética de lo inefable: de Debussy a las vanguardias

12  Escuelas nacionales, folklore y vanguardias: ¿elementos compatibles en la música del XX?

BIBLIOGRAFÍA

Presentación

Romà de la Calle

Con suma satisfacción ofrecemos al lector la recopilación de esta serie de doce ensayos del profesor Enrico Fubini (Turín, 1935), que ya publicamos en 2003, bajo el título general de El siglo XX: entre música y filosofía.

Nuestra estrecha colaboración con Fubini ha ido creciendo en paralelo con las distintas convocatorias y ediciones del Máster de Estética y Creatividad Musical promovidas por el Instituto Universitario de Creatividad e Innovaciones Educativas en el marco de la Universitat de València-Estudi General, el cual, desde hace más de dos décadas, puso en marcha tal iniciativa por encargo del Rectorado con la concreta finalidad de que –a su través– pudiesen incorporarse los licenciados en Música, procedentes de los diferentes conservatorios superiores, a los estudios de Tercer Ciclo.

De hecho, por este camino –que estratégicamente articulaba el desarrollo del citado máster de Estética con los programas de Doctorado con indiscutible visión de futuro, como se ha podido comprobar luego de acuerdo con la normativa recientemente preanunciada–, han sido ya en torno a unos centenares los músicos que han optado por seguir tal aventura discente e investigadora. Muchos han finalizado y cumplido totalmente, en la actualidad, las etapas de sus estudios de doctorado; otros, habiendo obtenido sus diplomas de Estudios Avanzados, están redactando todavía sus tesis doctorales, siempre en el contexto de determinados programas de Tercer Ciclo de la Universitat de València.1

Como decíamos, el profesor Enrico Fubini –con quien nos pusimos en contacto desde el inicio mismo del proyecto– siempre respondió con suma generosidad, eficiencia y decisión a nuestras solicitudes de intercambio y colaboración. De este modo, ha participado cíclicamente en cada una de las ediciones del Máster de Estética y Creatividad Musical como profesor del mismo, como conferenciante en las actividades paralelas llevadas a cabo2 y como autor, aceptando que sus ensayos y trabajos de investigación aparecieran editados en nuestras publicaciones.

Fue así, pues, como, en 1999, editamos el volumen de Enrico Fubini El Romanticismo: entre música y filosofía, donde tuvieron cabida algunas de sus intervenciones en la primera edición del máster junto a otros trabajos en torno al mismo tema, dando de sí la iniciativa un acertado proyecto editorial de cuño propio que el Servei de Publicacions de la Universitat de València hizo suyo en el marco de la colección Estética & Crítica, tendente a recuperar textos clásicos e históricos de estética y teoría del arte a partir de la Ilustración hasta la actualidad.

Siguiendo con esa misma fórmula de colaboración e intercambio, presentamos ahora este segundo volumen del profesor Fubini –El siglo XX: entre música y filosofía– integrado también por materiales inéditos, algunos vinculados directamente a sus intervenciones magistrales en las distintas ediciones del Máster de Estética y Creatividad Musical, además de otros ensayos redactados paralelamente, dedicados todos ellos, en cualquier caso, a determinadas manifestaciones de la música en el siglo XX y a sus fundamentos, relaciones y consecuencias filosóficas.

Especial hincapié y acentuación pone el profesor Fubini en estos ensayos en torno a las posibles relecturas y revisiones que la propia historia puede y suele llevar a cabo sobre aquellas aportaciones previas que se consideraban o bien definitivas o bien subsidiarias y que incluso pueden cambiar de signo y de grado de valoración cuando, en determinadas circunstancias, son reconsideradas en profundidad desde perspectivas y parámetros diversos.

Una mirada, pues, desde los inicios del siglo XXI dedicada sagaz y selectivamente al transcurso aún próximo e inmediato del siglo XX, contando con nombres y figuras particularmente relevantes (Debussy, Stravinsky, Schönberg, Adorno o Vladimir Jankélévitch, entre otros) y abordando temas obligadamente básicos (por ejemplo, las raíces de la vanguardia, los encuentros entre palabra y música o las escuelas nacionales y el folklore en la música del siglo XX).

Asimismo, nuestra colaboración con el profesor Enrico Fubini tenía una asignatura pendiente que, por fin, fue oportunamente saldada. Nos referimos a nuestra edición castellana, impresa concretamente en el 2002, de su conocida obra Los enciclopedistas y la música. Recuerdo perfectamente, como una cuestión muy personal, el particular interés que su lectura me produjo, a principios de la década de los setenta,3 como adecuado ejemplo de investigación en esa complicada charnela que funcionalmente se abre entre música y filosofía en plena Ilustración. La metodología puesta en práctica por Fubini me abrió entonces, como joven profesor de estética y teoría de las artes, un camino sólido y me mostró un modelo decididamente practicable. De hecho, moverse entre ámbitos diferentes ha supuesto siempre ejercitar estrategias intensamente creativas, pero también, a la vez, difícilmente exigentes, rigurosas y pormenorizadas, donde el conocimiento de partida junto con la capacidad de relación y de síntesis son, sin duda, condiciones radicalmente ineludibles.

Las lecciones didácticas de Enrico Fubini como historiador de la música y como filósofo, bien merecían, por tanto y más allá del justo reconocimiento general, una explícita respuesta personalizada que, en nuestro caso, se materializó claramente en su directa y considerable colaboración editorial4 en el seno de la colección Estética & Crítica, asimismo, en la solicitud de participación cursada en su momento al profesor Fubini para que se integrase, desde Turín, en el claustro docente del Máster de Estética y Creatividad Musical de la Universitat de València, algo que, sin duda, hace cuatro largas décadas no estaba ni mucho menos programado que pasase por mi imaginación, aunque –¿quién sabe?– quizás sí que cruzara, como de rondón, por mis ensoñadores deseos de entonces, ahora plenamente colmados.

Por otro lado, quisiéramos agradecer muy sinceramente, los codirectores del máster –profesores Salvador Seguí, Rodrigo Madrid y yo mismo– la eficaz dedicación de la profesora Maria Josep Cuenca como traductora de las obras de Fubini que han sido publicadas por la Universitat de València-Estudi General. Sabemos que su pasión por la traducción ha sabido estratégicamente regatear el tiempo necesario de otros importantes menesteres para llevar a cabo esta tarea. De ahí nuestro particular reconocimiento.

Finalmente, al profesor Enrico Fubini, nuestro equipo de trabajo no puede dejar de testimoniarle el más sentido afecto por su generosidad y siempre decidida colaboración en cuantas cuestiones académicas y de edición se le han planteado y expuesto a lo largo de esta última década de experiencias compartidas, que ha sido para nosotros un periodo fructífero de conocimiento y de amistad en la mejor línea de intercambio y afinidad universitarios.

Amicis quaelibet hora.

Romà de la Calle Universitat de València, julio 2014

1.Algunos de tales trabajos de doctorado (tesis y proyectos de investigación) han sido ya publicados en distintos medios. Por nuestra parte, queremos agradecer la estrecha colaboración llevada a cabo, en este sentido, por la Institució Alfons el Magnànim de la Diputació de València en sus colecciones de libros, dependientes del Aula de les Arts, donde han sido rigurosamente acogidos algunos de estos trabajos universitarios de investigación musical y presentados en cuidadas ediciones. Asimismo, queremos agradecer al Patronato Martínez Guerricabeitia de la Fundació General de la Universitat de València su colaboración en lo que respecta a la colección Estética & Crítica, que ha publicado los textos del profesor Fubini.

2.Las actividades paralelas del Máster de Estética y Creatividad Musical, además de conferencias abiertas y conciertos periódicos impartidas e interpretados por profesores y alumnos del propio máster, dirigidos todos ellos a los miembros universitarios y a la sociedad, comprenden asimismo la edición de partituras de los compositores alumnos del máster y la grabación de CD a partir de las interpretaciones realizadas en el marco de tales actividades.

3.La editorial turinesa Giulio Einaudi publicó la obra en 1971. Posteriormente, se dio a luz una segunda edición en 1991, que ha sido la seguida por nosotros para nuestra publicación.

4.De hecho, se ha incrementado la bibliografía del profesor Enrico Fubini con los dos títulos aportados por nuestra editorial, cuyos derechos han sido ya solicitados por sendas editoriales italianas. En realidad, el lector español dispone de un buen número de títulos vertidos al castellano de entre los trabajos de Fubini, dedicados a la historia y la estética de la música.

Introducción

Si damos un vistazo al siglo que apenas ha transcurrido, sentimos necesidad de encontrar un hilo conductor, una luz que nos permita navegar y orientarnos en la intrincada historia de la música del siglo XX. Es un siglo denso de historia, de una historia que no es lineal en absoluto, una historia en la que se entrelazan acontecimientos diferentes con resultados diferentes: las corrientes que parecían vencedoras en el transcurso del siglo y que se consideraba que serían dominantes –eclipsando a todas las demás corrientes que aparecían como frágiles, minoritarias y destinadas a la derrota y a la desa-parición en un plazo breve–, se han revelado a fin de siglo como efímeras, y han aparecido con fuerza otras corrientes que se han impuesto con una relevancia histórica que antes se les había negado. ¿Variable fortuna de la suerte humana –se podría concluir un poco con desencanto– o quizás oportuna corrección de ruta respecto a visiones de la historia demasiado partidistas y demasiado sectoriales? Es un hecho que hoy, al principio del nuevo siglo, se puede observar con mayor serenidad, objetividad y equilibrio la compleja evolución histórica de la música del siglo pasado.

Los ensayos que componen este volumen, escritos en estos últimos años, tratan de una serie de problemas inherentes a la historia de la música más reciente y sus relaciones con la cultura, las ideologías y el pensamiento estético del siglo XX. Así pues, existe un hilo conductor que comparten estos ensayos: a la luz de la evolución más reciente de la música se muestra hoy más claramente que ha habido una gran multiplicidad de experiencias musicales válidas en el siglo apenas pasado. En los últimos decenios se ha pecado de una indudable sobrevaloración de algunas corrientes de la vanguardia darmstadtdiana por obra de la fuerte influencia del pensamiento crítico de Adorno y de su escuela. Así, se ha dado un peso quizás excesivo a las corrientes disgregadoras del lenguaje tradicional, a todos los que –sean músicos o musicólogos– han puesto en duda el propio concepto de obra musical y de comunicación musical, considerando que estaban destinadas a constituir el eje conductor de la música y del pensamiento musical de la segunda mitad del siglo. Basta pensar en el famoso ensayo de Boulez de los años 50, Schönberg is dead, para tener una idea de la actitud de la vanguardia de ese momento en relación a la tradición: Schönberg, para Boulez, ya pertenecía a un pasado lejano que se consideraba muerto o superado. Todo eso, hoy, parece muy lejano: frente a lo que se consideraba comúnmente como vuelta atrás, pero que, en realidad, puede ser visto también como un redimensionamiento de algunas actitudes extremistas de las vanguardias de los años 50, 60 y 70; un reconocimiento, quizás en clave postmoderna, de que en las artes y en la música no hay solamente progresión y regresión, de que la historia no es un río que discurre siempre tendido hacia el futuro en una carrera que anula y quema continuamente el pasado. Quizás la historia es algo más complejo, más articulado, que avanza sin que necesariamente haya siempre vencedores y vencidos, buenos y malos, progresistas y reaccionarios. Hoy se empieza a tomar conciencia de que muchos aspectos de la música del XX no pertenecen a un pasado irremediablemente acabado en las cenizas y en el olvido, sino que son promesas válidas para un futuro que aún se debe verificar. Así, en un plano estético y filosófico, muchas experiencias del pensamiento de un pasado reciente aparecen hoy bajo una luz de precariedad precisamente a causa de su radicalismo, que las ha convertido en obsoletas o, al menos, en discutibles. El pensamiento musical aflora en nuevas dimensiones y en nuevas direcciones en estos últimos años retomando reflexiones auténticamente filosóficas que están surgien-do, a pesar de las muchas profecías sobre la muerte de la filosofía; nuevos caminos de investigación como, por ejemplo, la sicología de la música concretada también sobre bases experimentales que están creciendo en los últimos decenios. Hoy el panorama es, por tanto, bastante más articulado, menos dogmático y unilateral, tanto en lo que respecta a los estudios musicológicos como en lo que respecta a la música propiamente dicha. Los trabajos que se compilan aquí pretenden, sobre todo, dar cuenta de esta nueva situación que viene creándose desde hace unos veinte años: el crepúsculo de las ideologías y del pensamiento fuerte. Con todo, no se puede dejar de señalar el riesgo de otro peligro que puede aflorar en la situación actual: el pluralismo entendido como tendencia a lo indiferenciado, como equivalencia de todo lo que existe bajo el sol. La historia avanza frecuentemente a saltos y por contraposición, y también en este caso se ha pasado del dogmatismo excesivo de antes a la excesiva permisividad de hoy: el equilibrio perfecto no es frecuente ¡y quizás ni siquiera deseable! El cometido de lo histórico es penetrar en la jungla de la historia con los instrumentos de los que dispone y moverse a paso ligero entre las ruinas del pasado sin pisar a nadie, respetando a quien encuentra en su camino, consciente de que los caminos suelen ser tortuosos y que existen muchos caminos para llegar a una misma meta.

I.

Las raíces de la vanguardia en el siglo XX

Generalmente, se da por descontado que las raíces de la vanguardia (entendiendo por vanguardia aquella compleja convulsión que se ha producido en el lenguaje musical a principios de nuestro siglo y que ha cambiado radicalmente el rostro y el curso de la música occidental) se encuentran en la música romántica de la segunda mitad del XIX y, en particular, en algunos músicos que empezaron a cuestionar las obras fundamentales del lenguaje musical armónico-tonal tradicional: sobre todo Wagner, pero también Strauss y, de algún modo, incluso Mahler. El germen de la crisis de la tonalidad se reencuentra en el famosísimo pasaje del Tristán de Wagner, en el que, de séptima en séptima, se retrasa la conclusión sobre una tónica hasta provocar en quien escucha un sentimiento de pérdida tonal. Tras Wagner la situación se radicalizó progresivamente hasta lo que se llamó la suspensión radical de la tonalidad y el consiguiente vaciado de sus funciones. ¿Cómo reencontrar los significados que una larga tradición había construido con esfuerzo y que se habían sedimentado en el oído de la audiencia desde hacía ya siglos?

Tras el paréntesis atonal, tras los años de las alucinaciones expresionistas, Schönberg, cabeza visible de la vanguardia del siglo XX, había marcado un camino que él mismo había recorrido con la firmeza y el empeño dictado por una voluntad férrea y por la confianza o, mejor, por la fe en la capacidad comunicativa del arte: la dodecafonía, el nuevo lenguaje que ya no es tonal sino que, más bien, borraba de raíz todo recuerdo de la tonalidad, pero que al mismo tiempo marcaba las reglas del nuevo lenguaje, dentro del cual podía ejercitarse la capacidad inventiva y expresiva del músico. Pero hay también un después, un después de Schönberg. Las vanguardias de la última posguerra se han desarrollado, en parte, sobre el camino marcado por Schönberg. La radicalización del método dodecafónico con la introducción de la serialidad integral fue la última meta de las vanguardias postwebernianas, de las que se han reconocido en la denominada escuela de Darmstadt. En la base de esta nueva ideología musical (en el caso de la escuela de Darmstadt se puede hablar de nueva ideología más que de nuevo estilo), subyace la idea de que Schönberg representó el inicio de una parábola que ha conducido a la disolución radical, no sólo del lenguaje tonal, sino también de la propia idea de obra que se había formado en el curso de una larga tradición.

Esta visión de la música occidental ha llevado a destacar claramente algunas corrientes y a infravalorar otras. Todas las perspectivas sobre un período histórico determinado son necesariamente unilaterales; y no podría ser de otro modo: ¡no existen explicaciones omnicomprensivas, aunque en el fondo todas las explicaciones pretenden serlo! Esta concepción de la historia de la música se identifica en la práctica con la musicología de Theodor Wiesengrund Adorno, que fue, indudablemente, su más genial intérprete. La idea de que existe una genealogía de grandes músicos que encarna y representa mejor que cualquier otra la evolución de la música occidental es de sello claramente adorniano: el eje director del curso de la música en los últimos cien años se puede reconocer en la directa relación identificable en la genealogía que, a partir de Wagner, a través de Mahler, Schönberg y la escuela de Viena, llega hasta Webern y al postwebernismo con la escuela de Darmstadt y a la serialidad integral. Este esquema interpretativo de la música del siglo XX y de las vanguardias –desarrollado con gran profundidad y originalidad por Adorno y por toda su escuela– se ha convertido, con el tiempo, casi en un lugar común y en una banalidad historiográfica. Por lo tanto, hoy es necesario revisar en profundidad esta imagen de nuestro siglo XX y darse cuenta de que contiene sólo una parte de verdad; en particular, la más reciente evolución de la historia de la música hace necesario replantearse precisamente las coordenadas históricas en las que se han desarrollado las vanguardias del siglo XX.

Sin duda, la visión histórica de Adorno ha destacado el parámetro intervalar respecto a los demás parámetros musicales presentes en la música occidental. Ciertamente, no se puede obviar el hecho de que el parámetro intervalar ha sido destacado en la evolución de la música occidental, al menos en los últimos siglos. Si cuando se habla de lenguaje musical se entiende, precisamente, lenguaje modal en primer lugar, y tonal después, ello significa que ha sido la música occidental la que ha destacado tal parámetro al que todos los demás se subordinan. Así se justifica, al menos en parte, la concepción histórica de Adorno, para quien la revolución musical de nuestro siglo se observa en estos grandiosos cambios producidos en el sistema tonal-intervalar hasta la emancipación de la disonancia de Schönberg y aún después de él. Pero quizás se puede pensar también en otros términos sobre la revolución musical de nuestro siglo: quizás ha consistido en el debilitamiento de dicho privilegio del intervalo y en la revalorización de otros parámetros, como el tímbrico y el rítmico.

No quisiera proseguir ahora de manera paradójica: invertir los tópicos puede ser un ejercicio fácil, pero es necesario mantener un equilibrio en el propio juicio. Sin embargo, debemos recordar que la visión histórica de Adorno se puede aplicar sólo si se infravaloran y, con frecuencia, si se olvidan del todo, corrientes y personalidades de la música de nuestro siglo hoy consideradas nada secundarias. Solamente querría recordar aquí el nombre de Bartok, que en tantos libros de Adorno dedicados a la música del siglo XX no aparece ni siquiera una vez; y aún el nombre de Debussy, que aparece sólo de manera marginal y casual en sus escritos musicales. Podríamos encontrar en Adorno otros muchos olvidos, olvidos ciertamente no casuales, sino atribuibles al hecho de que en su concepción de la música occidental y, en concreto de las vanguardias, el siglo XX, lógicamente, tiende a subrayar ciertos recorridos, como los que se han indicado antes, y a poner otros entre paréntesis. Tampoco es casual el hecho de que otros musicólogos, que han propuesto otras genealogías y otros caminos para la música de la vanguardia, se hayan mantenido en la sombra hasta hace pocos años o aún lo estén, precisamente a causa del predominio de la línea histórica de Adorno. Pero, desde hace algunos años, otras corrientes historiográficas están modificando e integrando la línea adorniana: el redescubrimento en estos últimos años de una figura como Jankélévitch sirve para demostrar que no sólo Wagner puede ser considerado el padre de las vanguardias del siglo XX, sino que también Debussy –y lo que él ha representado en la historia de la música– puede ser considerado, con igual derecho, un progenitor de las más radicales vanguardias de nuestro siglo.

El primer músico y ensayista que ha puesto en peligro la genealogía adorniana Wagner-Schönberg-Webern-Darmstadt fue Boulez, uno de los más lúcidos protagonistas de las vanguardias postwebernianas. Boulez sustituyó tal genealogía por la nueva genealogía Debussy-Stravinsky-Webern-Darmstadt: el punto de partida es diferente; el punto de llegada, igual. Es significativo que en el recorrido por las vanguardias propuesto por Boulez tampoco aparezca el nombre de Schönberg, hasta ese punto considerado como el verdadero padre de la revolución musical del siglo XX. Pero, ¿de qué revolución? Precisamente la que ha llevado a la disolución del lenguaje tonal y a la invención de la dodecafonía. Sin embargo, para Boulez, esta revolución se muestra como un acontecimiento completamente secundario e incluso no revolucionario. La revolución en la música del siglo XX ha sido otra; las raíces de esta revolución se deben buscar, según Boulez, precisamente en Debussy y no en Schönberg. Así pues, ¿por qué –se nos pregunta– las raíces de la vanguardia se deberían encontrar más en Debussy que en Schönberg, precisamente el músico que hasta pocos años antes era considerado una ramificación del impresionismo, del descriptivismo en música, de aquellas corrientes típicamente francesas, un poco provincianas, ligadas a la atmósfera decadente de fin de siècle, más que a la inminente revolución que habría llevado a cabo sobre todo la escuela de Viena? El razonamiento de Boulez es muy simple y claro. Schönberg, a pesar de las apariencias, es un conservador porque no ha renunciado a la idea tradicional de obra musical como un todo concluso, como vehículo formal y racional de comunicación emotiva e intelectual: la dodecafonía sustituye a la tonalidad pero parece reconfirmar la construcción formal tradicional según la cual el material sonoro, el tempo en el que se articula la música, todo se debe someter a una rigurosa ley formal, sea cual sea el principio ordenador: modal, tonal o dodecafónico. Debussy, en cambio, ha minado las raíces de la idea misma de obra musical como fue forjada por la tradición occidental. Con Debussy y después con Webern, escribe Boulez, ha tomado cuerpo la tendencia orientada a «destruir la organización formal preexistente en la obra recurriendo a la belleza misma del sonido, a una pulverización elíptica del lenguaje».1 Por lo tanto, es bastante más radical Debussy que muchos presuntos destructores del lenguaje que llegaron después.

Radical, quizás demasiado radical, es la posición de Boulez, pero sirvió en su tiempo para romper una situación crítica que se había estancado en un modelo demasiado limitado y que no tenía en cuenta importantes estímulos para la renovación que no podían identificarse únicamente con la escuela de Viena. Creo que hoy, desde una perspectiva más equilibrada, más distanciada y menos pasional, se debe reconocer una doble polaridad en las raíces de la vanguardia: si se quiere dar una indicación geográfica, se podría decir que Viena y París representan los dos polos más importantes, diferentes pero complementarios, en los que simbólicamente ha hundido sus raíces la vanguardia. Son tantas las diferencias entre estos dos polos geográficos que podríamos llamarlos escuela de Viena y escuela de París, pero también existen indudables semejanzas. Sacarlas a la luz puede ser de gran importancia porque, de ese modo, quizás se pueda conseguir una visión más completa y menos partidista de nuestra historia de la música más reciente.

Si tomamos en consideración a Schönberg y a Debussy –que, por otra parte, fueron casi contemporáneos– y examinamos su producción en el decenio 1905-1915 –una de las décadas decisivas para la formación de la vanguardias en el siglo XX–, podemos identificar algunos rasgos de profunda semejanza entre los dos músicos, por otro lado bastante alejados por cultura, por mentalidad, por experiencias musicales. En primer lugar, lo que une a los dos grandes protagonistas de los primeros años del siglo es la reacción contra el wagnerismo. Este rasgo los une en negativo; es decir, los define en base a lo que los contrapone. Pero también hay semejanzas en positivo y, de hecho, comparten algunos rasgos estilísticos comunes. La reacción contra el wagnerismo supuso elecciones fundamentales: el rechazo al gigantismo sinfónico, a la gran y pletórica orquesta, a las mezclas sonoras demasiado densas; el rechazo a las formas demasiado largas y demasiado complejas, sobre todo, a la turgencia expresiva. Pero todo ello supone también elecciones en positivo: formas breves, incluso brevísimas, el aforismo en vez de la acumulación de los significados, la pequeña orquesta incluso para las formas sinfónicas (recordemos que la Kammersimphonie de Schönberg de 1906 ¡es para 16 instrumentos!), la preferencia por las sonoridades del instrumento único, especialmente del piano.

Si se comparan dos obras fundamentales de principios de siglo como las Seis pequeñas piezas para piano op. 19 de Schönberg y los Préludes de Debussy, más allá de diferencias obvias, se pueden encontrar importantes analogías. La reacción antiwagneriana, de hecho, las aproxima a un estilo en el que la concentración y la condensación musical se lleva al extremo, la antirretórica se desarrolla a través de un rigor expresivo, de una austeridad de medios y una ligereza de toque como difícilmente se puede encontrar en la música del siglo XX. Debussy altera radicalmente el sentido clásico y romántico del tempo basado en una enunciación de fórmulas melódicas y rítmicas (los temas) que en su desarrollo lógico, en su enlace y transformación creaban una organización temporal de la composición, según un iter bien determinado, desde el principio hasta la inevitable conclusión. El tempo de la composición estaba ocupado por una concatenación coherente de acontecimientos, por una sólida racionalidad interna, por esperas que poco a poco se insertaban, pero que al final encontraban una satisfacción y una recompensa. No hay nada de eso en Debussy, para quien el tiempo, en cambio, se parte en instantes más o menos largos pero caducos y, en cierto modo, autosuficientes, en momentos que no remiten necesariamente a momentos sucesivos, llegando a un final que la mayoría de veces no es concluyente en absoluto, en el que el fragmento musical se disuelve por extinción. La técnica de Debussy (la ausencia de armonías funcionales, la proliferación de las imágenes, la ocultación de las simetrías y los retornos temáticos, etc.) parece hecha intencionadamente para crear en el oyente ese sentido de caducidad del tiempo, de disolución de los instantes, de pérdida de la continuidad y de la fácil racionalidad. Quizás ésta es la aportación más original del músico a la estética del misterio típica del simbolismo y cuyos fundamentos musicales y filosóficos constituirán la herencia más importante para las generaciones futuras y para las vanguardias del XX. Se debe destacar el particular sentido de la naturaleza que emerge de los Préludes de Debussy: la naturaleza se siente como impulso a la imaginación, directa y no mediatizada por otros hechos culturales e históricos. La naturaleza se advierte en sus estímulos inmediatos, en las sensaciones pequeñas, imperceptibles, mínimas que ésta puede suscitar en quien está dispuesto a captar sus voces más secretas. La expresión se concentra en el instante, en la percepción de momentos singulares e irrepetibles; las armonías no funcionales reproducen perfectamente ese deseo de aferrar los instantes en los que se condensan las percepciones de acontecimientos del mundo natural o de nuestro mundo interior.

Ahora se nos podría preguntar qué afinidades se pueden vislumbrar respecto a la atmósfera musical y expresiva de las Seis pequeñas piezas para piano op. 19 de Schönberg. Las personalidades de Schönberg y de Debussy son antitéticas en muchos aspectos; y, con todo, las afinidades musicales, al menos en estos años de su creatividad, son indudables y bastante evidentes. Habitualmente, se acostumbra a identificar con las Seis pequeñas piezas para piano op. 19 el inicio del estilo aforístico y, sin duda, precisamente este estilo representa la culminación de la reacción antiwagneriana, reacción común tanto a Debussy como a Schönberg. Pero las afinidades van mucho más allá: la simplificación de las sonoridades, lejanas a las mezclas orquestales tardorrománticas; el piano como instrumento predilecto, explorado en nuevas potencialidades tímbricas, más sutiles, a veces evanescentes, sonoridades más puras y cristalinas; la brevedad como medio de intensificación de la expresión; la valoración del silencio como parte de la propia música, lo no dicho, la alusión apenas marcada para dejar un espacio más libre al juego de la imaginación y, por último, la ruptura radical con la elogiada retórica de la consecuencialidad armónica, con el arco de tensión que marcaba el inicio, el desarrollo y el fin concluyente del fragmento, sustituida por la emergencia desde la nada de un mundo de sonidos y de imágenes y la profundización en el misterio del silencio, cuando quizás el pasaje musical todavía puede seguir en la mente de quien la escucha con resultados imprevisibles.

Por brevedad, se podría decir que lo que une a Debussy y a Schönberg es la reducción en ambos del sentido afirmativo de la música, cultivado de manera diferente desde la llegada de la era tonal. Toda la estructuración de la música clásica tendía a producir este sentido afirmativo y proyectivo, que se concretaba en los valores fuertes que se expresan en ella. Quizá la forma sonata representó un extremo en este tipo de proyección de la música; y es precisamente de esta concepción de la música de lo que quiere huir la vanguardia. A este respecto, un vez más, Debussy y Schönberg se encuentran en el mismo lado de la barricada. En su música se atenúa y se niega precisamente ese sentido afirmativo que estructuraba desde dentro la música clásica. Las sonoridades exóticas, las escalas modales y a veces pentatonales, los nuevos timbres sutiles, delicados y evanescentes, todo lo que en Debussy contribuye a crear una atmósfera musical ya no está nutrido por aquellos valores fuertes del pasado. Así, la atonalidad en Schönberg se convierte en el instrumento principal de esa fuga hacia regiones más etéreas y espirituales del mundo musical o hacia realidades más sutiles, más inaferrables, enfrentadas a los sólidos cánones del clasicismo y de sus simetrías arquitectónicas. Tras los años del atonalismo, el camino de Schönberg se aventura hacia nuevas regiones, y quizás la herencia de Debussy pasa incluso a Webern, a su estilo puntillista, que representa una radicalización no tanto del atonalismo de Schönberg como del simbolismo y el impresionismo de Debussy.

Con frecuencia se piensa en el estilo atonal y después en el dodecafónico de Schönberg, según la huella de la escuela adorniana, como un producto de la maduración y evolución del lenguaje wagneriano: Wagner precisamente habría puesto las premisas de este cambio en la historia de la música que habría llevado a la disolución de la tonalidad. Igualmente de acuerdo con esta concepción histórica, Schönberg, más que cualquier otro músico, habría recogido esa herencia y la habría llevado a su maduración. Esta perspectiva histórica, como se apunta en breve, se debe revisar en profundidad, y quizás hoy los tiempos están suficientemente maduros para una reflexión sobre las raíces de las vanguardias del siglo XX, que se hunden en un terreno más variado y más articulado del que propuso Adorno en las décadas pasadas. Así pues, no sólo y no tanto Wagner se encuentra entre los padres de las vanguardias, sino quizás en igual medida que Debussy y las escuelas nacionales rusas, españolas, checas y húngaras; precisamente las escuelas que Adorno no nombra nunca en sus numerosos trabajos sobre el siglo XX y que ha contribuido fuertemente a marginar de lo que, hasta ayer, parecía el eje conductor de la música occidental y su evolución en nuestro siglo.

Este cambio de perspectiva teórica no es sólo un problema que debe confinarse en los libros académicos y las historias de la música: se trata de un problema de extrema actualidad de cuya solución depende hoy nuestro juicio sobre la música de nuestros días, sobre el mundo musical que nos rodea y sobre las perspectivas de mañana.

1.Pierre Boulez: Relevés d’apprenti, París, Seuil, 1976. Trad. it.: Note d’apprendistato, Turín, Einaudi, p. 241.

II.

Debussy y el simbolismo

Es una polémica que ya dura cerca de cien años: ¿Debussy es un músico impresionista o es un músico simbolista? Puede parecer, y en parte lo es, una típica querelle académica de escaso interés, quizás útil para fines clasificatorios de compiladores de una diligente historia de la música que teman correr el riesgo de situar al músico en la casilla equivocada. Sin embargo, la duración de la polémica hace nacer la sospecha de que, tras ella, se guarde algo más relevante, un objetivo diferente del que se muestra a primera vista: quizás la puesta en juego no es una mera cuestión clasificatoria y va más allá de la propia persona de Debussy. En definitiva, lo que esta polémica pone en discusión es el modo de entender la evolución de la música en nuestro siglo.

En la historia de la música hay figuras que a lo largo de los años se han convertido en emblemáticas, y a veces lo han hecho en el transcurso de su vida: el juicio positivo o negativo sobre ellos supera su persona y pone en juego categorías historiográficas, artísticas o ideológicas cuyo alcance va mucho más allá de su obra. Sin duda, éste es el caso de Debussy: desde hace unas décadas, se ve cada vez más claro que inclinarse a favor o en contra de Debussy representa una radical elección de bando con implicaciones bastante complejas en el plano historiográfico y artístico. Estar a favor o en contra de Debussy significa también pronunciarse a favor del Debussy impresionista o del Debussy simbolista, por cuanto la primera definición implica de algún modo una limitación de su figura, relegarlo a su tiempo, circunscribiendo el alcance de su música dentro de límites estrechos y, con todo, bien definidos tanto desde el punto de vista histórico como geográfico: un episodio concluido, de indudable valor, pero concluido en el tiempo y en el espacio. El Debussy simbolista, por el contrario, se abre a las más amplias sugerencias posibles: músico que mira hacia el futuro, cuyo valor todavía se tiene que explorar a fondo, cuyas potencialidades se proyectan hasta nuestros días; músico que no cierra una época sino que, más bien, abre puertas que sólo hoy podemos pensar en superar.

Por lo tanto, es curiosa una disputa de este tipo sobre un músico que, por principio, rechazó siempre cualquier encasillamiento y sintió horror por todas las escuelas que intentaban codificar, establecer de una vez por todas, cánones estéticos para la música y, en general, para las artes. Sin embargo, si la polémica sigue existiendo, no puede ser simplemente ignorada como carente de sentido: quizás seria mejor intentar penetrar en ella para entender su significado. Un reciente y sagaz crítico de Debussy, el polaco Stefan Jarocinsky, en un ensayo muy conocido, traducido hace pocos años al italiano y que tiene el significativo título «Debussy. Impresionismo y simbolismo», sostuvo que la figura del músico se tenía que situar exactamente en el inicio del simbolismo y que sólo en tal contexto cultural y artístico puede ser entendida; con todo, después de haber dedicado más de doscientas páginas a demostrar la congruencia entre los ideales simbolistas y los de la música de Debussy, curiosamente e inesperadamente concluía que ni el impresionismo ni el simbolismo eran categorías adecuadas para definir su música:

Creemos que se debe respetar su rechazo a las etiquetas: nos parece realmente imposible atribuirle una. Conocía todo tipo de corrientes artísticas: el naturalismo, el impresionismo, el prerafaelismo, el divisionismo, el simbolismo, el sintetismo, el fauvismo, el expresionismo. A parte del cubismo, cuyo nacimiento y desarrollo vio sin entusiasmo, él obtuvo un poco de todas estas corrientes, quizás sufrió profundamente su influjo (como en el caso del simbolismo), pero no sometió completamente a ninguna de ellas su personalidad artística . . . 1

Parece, pues, que incluso quien se pone decididamente de parte de quien quiere mantener contra viento y marea el compromiso radical de Debussy con el simbolismo, al final no se siente capaz de codificar de manera perentoria esta pertenencia y prefiere prudente y diplomáticamente, optar por una ubicación externa a todas las corrientes. Con todo, de su estudio se deduce claramente que la polémica sobre Debussy impresionista o Debussy simbolista no es tanto de naturaleza histórica –es decir, un dato a comprobar de una vez por todas más allá de cualquier duda–, como una polémica ideológica tras la que se esconden implicaciones complejas que conllevan problemas que quizás tienen que ver con Debussy de manera sólo marginal.

En la cultura alemana de la posguerra –y, tras los pasos de Adorno, en la cultura italiana también– se habló de la vanguardia relacionándola de manera bastante más estrecha con la escuela de Viena, con la atonalidad, con la dodecafonía, con el serialismo y no con las corrientes de la música contemporánea que, de algún modo, imitan la tradición francesa. Desde esta óptica, la línea Wagner-expresionismo-dodecafoníavanguardia ha resultado vencedora en todos los sentidos respecto a la línea impresionismo-simbolismo-exotismo . . . A pesar de ello, el predominio de este esquema interpretativo en nuestra cultura resultó pleno de consecuencias y significó también que se destacaran algunas corrientes de la vanguardia respecto a otras, lo que puede resumirse en términos geográficos en el privilegio claro de Viena respecto a París. Si se interpreta la historia de la música de estos últimos cien años como la historia de la disolución del wagnerismo y de la tonalidad a través de fases dialécticas que han llevado a la serialidad integral y a la escuela de Darmstadt –donde todo está rígidamente controlado y predeterminado, al menos desde un punto de vista teórico y conceptual, pero en la que todavía prevalece una concepción intervalar–, se llega fácilmente a una perspectiva historiográfica que necesariamente pone entre paréntesis toda una amplia franja de historia de la música que incluye no sólo a Debussy, sino también a Ravel, Satie, Varèse y quizás también a Bartok y a muchos otros músicos de la primera mitad del siglo, y aún a muchos otros de estas últimas décadas. Con frecuencia, se ha considerado a estos autores como marginales o accidentales en una trayectoria obligada en la que los verdaderos vencedores de la carrera de obstáculos eran otros; el que no seguía el gran sendero de la historia resultaba automáticamente marginado y, por lo tanto, perdedor, disperso en mean-dros inesenciales, en carreteras secundarias que no conducen a ningún lugar. Por otro lado, la disattenzione italiana y no sólo italiana respecto a Debussy –músico que puede ser considerado el símbolo que resume todo un sector de la música del siglo XX–, es paralela a la falta de atención respecto a sectores enteros del pensamiento contemporáneo. El destacar el eje Wagner-Schönberg-Webern-Darmstadt lleva aparejado el destacar el otro eje del pensamiento del XIX-XX: Hegel-Adorno-escuela de Frankfurt-neopositivismo lógico, etc. No es casual que Adorno, hasta la posguerra, haya sido traducido ampliamente al italiano y hoy esté disponible en nuestra lengua incluso su obra completa, mientras que tantos otros críticos, en particular los franceses, nunca hayan sido traducidos ni hayan entrado a formar parte de nuestra cultura musical.

Pero, desde hace unos diez años, las cosas están cambiando y, también en Italia, críticos y filósofos como Jankélévitch, Bachelard, Valéry, etc. empezaron a sentir curiosidad y aparecieron las primeras traducciones de estas nuevas voces que dan testimonio de que la atención de los historiadores, de los críticos e incluso del público empieza a dirigir la mirada hacia otros terrenos. Por el contrario, se podría recordar que, en Francia, Adorno era casi desconocido en la posguerra y las traducciones francesas fueron, hasta hace pocos años, casi inexistentes. Por otro lado, estas presencias y estas ausencias son extremadamente significativas y se muestran como importantes indicios para descubrir las líneas directrices de fondo de la cultura de un país. Hace pocos años, en 1985, cuando apareció en Italia la primera traducción de Jankélévitch (La musique et l’ineffable, París, 1961), libro fundamental para tomar contacto con esta vertiente antihegeliana y antiadorniana de la cultura europea de estas últimas décadas, un recensor italiano destacaba con cierta ironía el provincialismo de un autor que no reconocía la centralidad de Viena y de la escuela dodecafónica. Se podría responder muy fácilmente con igual ironía, pero de signo contrario, recordando que para otros muy famosos críticos (ver Adorno) quizás París parece no haber existido nunca puesto que ¡Debussy y Ravel nunca fueran nombrados y el nombre de Bartok no aparece ni siquiera una vez, ni tangencialmente, en la vastísima obra del musicólogo alemán! Así pues, todos tienen sus errores, pero más que errores y razones es quizás más útil comprender, como ya hemos dicho, los motivos de estos olvidos, de estos espacios vacíos. Ciertamente, en Italia, en aquella posguerra, al menos hasta hace pocos años, se ha hablado más de Schönberg que de Debussy, y no por casualidad. Y no sólo eso; se ha hablado del Schönberg dodecafónico como un punto clave para explicar la génesis de las vanguardias mientras que, cuando se ha hablado de Debussy, en general ha sido en referencia, con pocas excepciones, a un Debussy impresionista, músico periférico que cierra una experiencia asociada a la decadencia.

Este discurso crítico, que ahora por comodidad expositiva puede que hayamos simplificado excesivamente, está perfectamente en consonancia con el desarrollo de las vanguardias musicales en Italia y en Alemania hasta cerca de los años setenta; pero el progresivo agotamiento del impulso darmstadtiano en los últimos veinte años, ha puesto en crisis todo el aparato crítico que servía para explicarlo y para justificarlo en el nivel conceptual. Desde Viena se empezó a dirigir la mirada a París y, tanto críticos como músicos, en cierto sentido, casi descubrieron de repente un mundo entero olvidado, o al menos descuidado, que asumía entonces una nueva dignidad, casi nuevo punto de referencia para sus propias aspiraciones artísticas y estéticas. El punto de partida fue una radical revisión crítica respecto a Debussy, punto de confluencia de una tradición frecuentemente puesta entre paréntesis o, mejor dicho, nunca bien identificada por la crítica anterior; tradición que confluye en su música pero que al tiempo constituye también una apertura hacia nuevos horizontes para la música occidental, anunciados sin clamores, sin proclamaciones combativas, pero no por ello menos incisivos y llenos de nuevas perspectivas de futuro.

Durante muchos años, Debussy se vio como un apéndice de una tradición naturalista típicamente francesa durante siglos dedicada a la descripción delicada de la naturaleza, atenta al preciosismo de las armonías y los timbres. Por ello ha sido encuadrado en el movimiento pictórico de los impresionistas, donde parecía encontrar su situación más digna, situación ya rechazada en su tiempo por el propio Debussy. Pero por eso mismo se le excluía del gran movimiento de las vanguardias históricas y se le confinaba en un ámbito muy preciso destinado a extinguirse en el plazo de pocas décadas, a caballo entre el siglo XIX y el XX. La música de Debussy, vista en clave naturalista como ejemplo de «pintura sonora», se asociaba –como confirma Jarocinsky– con «música buena, ciertamente, pero que no predispone para las emociones profundas, que no tiene el peso de las obras de Bach o de Beethoven».2 La nueva historiografía musical, por lo tanto, se encuentra ante una operación bastante más compleja que la rehabilitación de un músico olvidado o la revalorización del concepto de impresionismo: la operación tenía que ser mucho más radical y profunda, y tenía que conseguir captar el valor profundamente revolucionario que esconde el propio concepto de obra musical presente en la obra de Debussy. Por ello era necesario identificar nuevas y diferentes coordenadas históricas que pudieran ofrecer instrumentos aptos para reinterpretar toda la trayectoria musical del siglo XX.

Este giro en la interpretación naturalista de Debussy hacia un Debussy metafísico y simbolista que proyecta la obra musical según un nuevo modo de concebir el flujo temporal, es paralelo no sólo a una manera diferente de concebir la historia de nuestra música más reciente, sino también a una visión filosófica diferente de la hegeliano-adorniana. Esta operación historiográfica está todavía en marcha y ya tiene a sus espaldas una literatura discretamente amplia, sobre todo en Francia. El filósofo y musicólogo Vladimir Jankélévitch ha estado, sin duda, en la vanguardia de la toma de conciencia de esta perspectiva que se movía por canales diferentes y alternativos respecto a los adornianos. Basta recorrer algunos títulos de sus obras de carácter musical para identificar sus objetivos: es cierto que no dedica ningún trabajo ni a Wagner ni a Schönberg, sino que sus objetivos se orientan a músicos como Liszt, Fauré, Ravel y, sobre todo, a Debussy; y entre los filósofos, a Schelling y a Bergson. Sus prioridades se muestran muy claramente: Jankélévitch identifica los factores incentivadores de un nuevo pensamiento en un círculo de músicos que, a través de un camino incierto y accidentado, marcaron a sus contemporáneos posibilidades inéditas de pensar la música. Estos détours –como los denomina con frecuencia Jankélévitch–, que pasan a través de cierta liederística del XIX, el último Liszt y después Fauré, Debussy y Ravel pero que incluyen también a músicos como Musorgsky, Albéniz, Rachmaninov, Satie y muchos otros músicos clave del XX como Bartok –y otros menos importantes porque no se pueden encuadrar dentro de los grandes canales de la más reciente historia de la música–, constituyen una alternativa no programada, no consciente para el pensamiento musical de la escuela de Viena y para su evolución, aunque, bien mirado, se pueden encontrar importantes e imprevisibles puntos de encuentro e intersecciones con ella si no se está anclado en una visión dogmática y maniquea de la historia. Dichos détours musicales son, evidentemente, paralelos a otros détours filosóficos y estéticos. No ya la genealogía Hegel, Marx y quizás Freud, sino también un conjunto de pensadores que pueden incluir en parte quizás a Schopenhauer y al último Schelling como progenitores, y como punto de referencia más próximo a nosotros, sobre todo a Bergson y también Valéry, Gisèle Brelet y, entre los poetas, a Baudelaire y sobre todo a Mallarmé.

La idea de que algunas aspiraciones entre las más importantes de la vanguardia de esta segunda posguerra tienen su origen en la música de Debussy más que en la de Wagner o Schönberg, se debe a la intuición de Pierre Boulez, que ya había delineado en los años cincuenta la genealogía Debussy-Stravinsky-Webern-Darmstadt, contrapuesta a la tradicional Wagner-Schönberg-Berg-Webern-Darmstadt. En cualquier caso, Darmstadt se encuentra en el final de una trayectoria que, sin embargo, se identifica según ópticas distintas que proyectaban en la escuela alemana valores e intencionalidades diferentes. Pocos años después, Gisèle Brelet profundizó en esta intuición de Boulez trazando un camino de regreso a la vanguardia que conducía de nuevo a Debussy y a los valores más profundos de su música; pero tenía que ser Jankélévitch el musicólogo y filósofo más sagaz y audaz en profundizar en este camino.

La polémica respecto a la razón dialéctica, respecto a una concepción progresista de la historia, se ha convertido hoy casi en una moda y la encontramos divulgada en la página tercera del periódico, con frecuencia bajo la etiqueta de «pensamiento débil», contrapuesto al viejo y ya en desuso vicio del «pensamiento fuerte», lo máximo en el ámbito de un nuevo nihilismo, que aflora en el viejo tronco del nihilismo nietzscheano. El pensamiento de Jankélévitch no es en absoluto asimilable ni al nihilismo ni al pensamiento débil ni a ciertas revoluciones fáciles contra la razón. El camino marcado por el filósofo y musicólogo francés no se identifica con la invitación a profundizar respecto a la tradicional razón dialéctica, que no es adecuada para captar los estratos más profundos de lo real; es verdad que la razón dialéctica, la que en la música lleva ineludiblemente primero el sello del estilo beethoveniano y después el wagneriano, no es adecuada para captar las sutilezas; deja escapar los aspectos más inaferrables y más inefables de lo real. Pero quizás precisamente para aferrar lo que el Logos no consigue darnos, debe subir más a la superficie, hacia zonas más transparentes, más ligeras, donde la densidad del ser se hace más fina y la realidad se hace más viva. Este aspecto de lo real, sin duda, es menos seguro, menos estable que el que nos ofrece la razón hegeliana: la música puede ser el lenguaje que, por su particular naturaleza, no nos permite aferrar –el término sería realmente distorsionador en este contexto–, sino aflorar, aproximarnos por un instante huidizo a esta realidad, quizás menos corpórea, menos consistente, pero no por ello menos importante y significativa para el hombre. El ser de esta realidad es más semejante al devenir que al Logos hegeliano. No se trata de un devenir necesario, directamente emparentado con la idea tradicional de progreso, sino, más bien, de un devenir más arriesgado, de resultados siempre inciertos, más expuesto a los riesgos de perder el camino y no volver a encontrarse más. Pero precisamente en estos détours se pueden hacer descubrimientos inesperados que pueden conducir a lugares desconocidos y no encerrar grandes sorpresas. Para recorrer este camino, hay que tener plena disponibilidad, un abandono a la inspiración imprevista, a la aventura, a la sutil inquietud que nos depara el riesgo de perderse en oscuros laberintos. La música es el espejo más fiel de este tipo de investigación que puede parecer programáticamente inexpresiva, si por expresión se entiende la confianza plena y dogmática en la plenitud expresiva del verbo y del lenguaje musical. Así pues, la música es inexpresiva, pero no en el sentido stravinskiano del término, no como exaltación del sentido lúdico de la forma, como puro juego neoclásico en el que la expresión está ausente para no turbar la serenidad apolínea de la forma. La música es inexpresiva –según Jankélévitch– porque su territorio es lo que no se puede decir, lo que no se puede expresar, lo ambiguo. La música es ambigua, como ambiguo e inaferrable es el fluir del tiempo. Está claro que la polémica se plantea respecto a un cierto tipo de expresividad, la que se muestra y se busca a toda costa, demasiado confiable y segura de sí misma, de sus propias capacidades afirmativas; por otro lado, la inexpresividad a la que se hace referencia ciertamente no es la rigidez neoclásica, sino la levedad de la expresión, las transparencias de la sonoridad, la ligereza de los timbres, los silencios cargados de misterio del bosque de Melisande, más que el murmullo demasiado ruidoso del bosque de Wagner.

Está claro que este discurso musical y filosófico al mismo tiempo, aunque tiene un alcance general e intenta delinear una auténtica filosofía de la música, encuentra su ejemplificación más apropiada en la música del Debussy simbolista y en la música de todos los que, como Debussy, han buscado vías alternativas a la expresividad declarada que atraviesa un camino demasiado orgullosamente prefijado.

La lectura de Debussy propuesta tanto por Jankélévitch como por Jarocinsky tiene su mirada puesta en el futuro de la música y en las vanguardias postwerbernianas, pero vistas en una clave diferente de la sociológico-dialéctica de sello adorniano: no como extrema ramificación evolutiva de un proceso de desintegración del lenguaje wagneriano y de la crisis que ha impregnado todo el mundo del arte y no sólo del arte, sino sobre todo como una alternativa al lenguaje musical del clasicismo, al sentido clásico de la forma y de la macroestructura. Bajo la característica levedad de las sonoridades inéditas, de los timbres evanescentes de la música de Debussy, se oculta, por lo tanto, una concepción nueva y completamente revolucionaria de la propia obra musical. Jarocinsky afirma en este sentido: «Gracias al movimiento incesante de las partículas sonoras pequeñas o más grandes, siempre sucede algo en esta música, algo que vive y muere en ella, se forma, se renueva sin descanso . . . »;3 y Wagner añade: «Esta deformación continua no es ni una evolución ni un devenir, sino una secuencia de flujos instantáneos. Es la sucesión de las discontinuidades infinitesimales lo que forma la continuidad».4 En esta secuencia de instantes, como negación de un devenir entendido como articulación arquitectónica de la obra y desarrollo dialéctico interno de las partes, se ve el denominado naturalismo de Debussy. Imitar el eterno diálogo del viento y del mar, escuchar los consejos «del viento que pasa y nos cuenta la historia del mundo»,5 ofrecer el oído «al juego de las curvas descritas por las brisas mutables»6 significa optar más por la eternidad del instante huidizo que por el desarrollo, y significa, además, refundar la armonía, el ritmo, la melodía sobre bases completamente nuevas. De hecho, dirigir la mirada a la naturaleza como constante fuente de inspiración tiene un significado completamente específico desde el punto de vista musical: el acorde puede perder en Debussy su valor funcional, el vínculo que en la armonía tradicional y también en la wagneriana lo unía a los precedentes y a los siguientes, para asumir un significado tímbrico y colorista. Se ha destacado con acierto que, a partir de Debussy, se puede empezar a hablar de agregaciones sonoras más que de acordes; lo que significa atribuir un nuevo peso al sonido individual, a la más pequeña y no relacionada partícula sonora o también a conjuntos de sonidos que pueden ser disfrutados como entidades autosuficientes en sí mismas sin necesidad de vincularlas a la idea de un desarrollo. Así, en el ámbito de esta nueva lógica musical, Debussy rompió nuevamente el vínculo que durante tres siglos unió la armonía y la melodía, dejando libre a la melodía para navegar en mar abierto, movida por el soplo irregular del viento.

Cuando se habla de herencia del pensamiento musical de Debussy en las vanguardias es necesario hacer algunas precisiones. En primer lugar, ¿de qué vanguardias se habla? ¿De las vanguardias históricas, de las postwebernianas o quizás de los más recientes movimientos denominados neorrománticos o postmodernos? Se corre el riesgo de caer en confusiones notables si no se llevan a cabo las necesarias distinciones también dentro de movimientos que en general se denominan incautamente bajo etiquetas genéricas de vanguardias postwebernianas, como si fueran un bloque homogéneo. Podría ser fruto de un incauto esquematismo pensar que en la música contemporánea hay una derivación schönbergiana netamente separada en sus frutos respecto a los de una hipotética corriente de derivación debussyniana y simbolista. La música del siglo XX está recorrida por varios estímulos, por hipótesis culturales y lingüísticas diferentes que se cruzan incluso dentro de un mismo autor, y precisamente por ello es poco oportuno funcionar respecto a las vanguardias con clasificaciones rígidas de estilos y corrientes. El famoso artículo de Boulez «Schönberg está muerto»,7 comete un error justo al querer establecer líneas netas de demarcación entre el pasado y el futuro sin tener en cuenta todo lo que, también en la música de Schönberg, es ambiguo e inclasificable.

La herencia debussyniana, en sentido amplio, recorre de manera completamente irregular la música del siglo XX, y ni siquiera Schönberg es inmune a ella. Si, como afirma sagazmente Jankélévitch, una de las características más originales de Debussy es haber abierto el camino al pensamiento sonorial –es decir, a la pura búsqueda de un sonido roto por los tradicionales parámetros melodía-armonía–; su música puramente sonorial representa de algún modo un modelo que, a partir de él, recorrerá toda la vanguardia con mayor o menor fortuna. No se puede dejar de observar algo más que una simple huella de tal pensamiento musical en muchas obras de Schönberg: la propia idea de una Klangfarbenmelodie8 quizás no habría podido nacer sin la música de Debussy y las Fünf Orchesterstücke op. 16, algunas obras expresionistas como Die Glückliche Hand o Erwatung y quizás incluso la danza alrededor del becerro de oro en Moisés y Aarón, no pueden sino hacer referencia a la búsqueda de la sonoridad como nuevo parámetro principal de la música respecto al prevalecimiento del tradicional parámetro intervalar y melódico. Por lo tanto, la idea de Boulez de que la genealogía Schönberg-Webern-escuela de Darmstadt debe ser sustituida por la nueva genealogía Debussy-Stravinsky-Webernescuela de Darmstadt, tiene que ser aceptada sólo parcialmente, justo porque con ello establece una rígida e imaginaria línea de demarcación trazada por la música de Schönberg. Para Boulez, «Schönberg está muerto» significa precisamente que con él acaba una época, la de la música que se basa en la confianza en la forma entendida según los cánones del clasicismo, entendida como construcción, como estable equilibrio de partes, como macroestructura garantizada por el hecho de que prevalecen los parámetros intervalares y melódicos. Boulez, al tiempo neófito de la nueva poética darmstadtiana, consideraba que era precisamente el concepto mismo de forma lo que tenía que ser superado por la nueva música.

Hoy que ya podemos tener una visión retrospectiva sobre la experiencia darmstadtiana, no es difícil constatar que, justo en aquellos años de radicalismo, en realidad, la música estaba llena de motivos que podían llevar, como luego en efecto sucedió, en direcciones diferentes e incluso divergentes: por un lado, podía prevalecer la exageración del aspecto dogmático inherente a la serialización integral de todos los parámetros del sonido de acuerdo con un juego abstracto y a veces místico completamente independiente de nuestras facultades perceptivas; en cambio, por otro lado, se podían abrir nuevas perspectivas en la búsqueda del sonido percibido según nuevas dimensiones, también de acuerdo con el punto de vista perceptivo. Personalidades muy diferentes como Stockhausen, Nono, Maderna, Berio se han encontrado próximas a veces a este nuevo tipo de aproximación al material sonoro en el que el sonido individual no se entendía sólo como puente de paso funcional entre otros dos sonidos, sino como valor en sí, como microuniverso autosuficiente, como lugar de exploraciones inéditas para aventuras en un mundo todavía ampliamente desconocido. Sonidos individuales o conjuntos de sonidos o zonas de sonoridad móviles que, al fluir, proyectan la idea de una armonía afuncional, atemática y obviamente atonal, pero no según los dogmas del postwebernismo. Desde esta perspectiva, de algún modo se podría reescribir la historia de las vanguardias, ya no separadas rígidamente en escuelas, tendencias, estilos, ideologías, sino recorridas horizontalmente por motivos y por referencias culturales y musicales diferentes que las ponen continuamente en riesgo en su aventurado recorrido.

Hoy más que nunca se puede verificar, mirando hacia atrás el camino de la música en estas últimas décadas, hasta qué punto la lección de Debussy ha sido importante y fecunda, y sobre todo hasta qué punto falta mucho para que esté acabada como episodio histórico ligado a un pasado más o menos remoto. Su pensamiento sonorial se muestra todavía como una de las experiencias propulsivas más significativas de la nueva música de estos últimos años e incluso representa uno de los puentes unificadores entre experiencias diferentes. Por ejemplo, las composiciones del último Nono llevan claramente la marca de esta aspiración a una música en la que el sonido, sentido como elemento vivo y principal, se convierte en el centro de la investigación musical, el nuevo núcleo estructural de sus composiciones, más allá de cualquier implicación ideológica y estética. Muchas composiciones de las nuevas generaciones, a veces incluso ingenuamente, muestran una referencia explícita a las delicadezas debussinianas y también una atención significativa a las investigaciones de tipo tímbrico para las que hoy los instrumentos electrónicos ofrecen una ayuda válida y nueva.

«Trabajo en cosas que serán comprendidas sólo por los nietos del siglo XX»,9 afirmaba con lúcido conocimiento Debussy; y, en efecto, la herencia de su pensamiento musical considerado en su globalidad y en la multiplicidad de los aspectos en los que se articula está lejos de agotarse. Esquematizando quizás excesivamente, se podría afirmar que en las vanguardias de nuestro siglo se han manifestado dos almas diferentes, aunque a veces se entrelazan y mezclan de manera indisociable: por un lado, existe una línea más radical que ha intentado disolver la expresión y todo lo que ella implicaba de proximidad a cualquier sentido de la forma como fuente de significado; por otro, emerge la búsqueda de un nuevo sentido de la forma, de un nuevo tipo de expresión, en el rechazo de las formas y de las expresiones altisonantes heredadas por el wagnerismo aún imperante a finales del siglo. En este camino, la investigación musical se abre a horizontes vastísimos. Si en el primer caso el resultado puede estar al límite del silencio o el refugio en la idea de la negación radical de la obra musical, en el segundo caso, los resultados pueden ser múltiples y extremadamente variados desde el punto de vista estilístico y lingüístico. Quizás sólo es común a las dos almas el rechazo de la retórica formal clásica, la reticencia expresiva, el mantenerse lejos de aquel algo más de expresión de la que parecía llena la música denominada clásica. Pero, al ascético silencio al que podía tender la música de Webern, no se pueden dejar de contraponer, al menos en la vía lógica si no en la histórica, las investigaciones sobre nuevas sonoridades orientadas a dar nueva vida a la forma y a la expresión, una vida más secreta, menos vistosa, a veces más modesta y sometida, pero no por ello menos significativa: nuevos significados aún no erosionados por el desgaste, significados más sutiles, a veces más difíciles de captar, pero todavía en el ámbito de las posibilidades perceptivas, sentidos como estímulos de nuevas posibilidades perceptivas en zonas todavía no exploradas por la conciencia musical occidental. Esta segunda alma de las vanguardias del siglo XX es la que remite más de cerca a la lección de Debussy, pero ciertamente no del Debussy impresionista. La búsqueda de la pureza, de la delicadeza, de lo apenas aflorado, de lo apenas apuntado, sin amplificaciones retóricas, sin supraestructuras intelectuales o formales que hagan pesado el decir; todo ello puede pertenecer a la herencia que Debussy dejó al mundo contemporáneo y que, en su tiempo, Webern sólo ha recogido en parte, al menos por cuanto aparece en su música como vuelta a la pureza originaria del sonido y del silencio. La emergencia del rigor ascético ya en el propio Webern, de la voluntad explícita de negación de la expresión, de la autonegación del lenguaje, no –entendámoslo bien– de un lenguaje sino de la idea misma de lenguaje; es decir, la autodestrucción de cualquier tipo de comunicación posible, abrió el camino a aquella vocación nihilista de las vanguardias, que se demostró trágicamente bloqueada y carente de vías de salida. Sólo el abandono del radicalismo serial por una reapropiación del sonido en todas sus dimensiones perceptivas se reveló como un camino practicable para salir del impasse en el que habían encallado las vanguardias de los años setenta. Pero éste no era un camino nuevo; más bien, es el redescubrimiento y la reactivación de aquel hilo conductor que con mayor o menor fortuna recorre toda la música del XX sacando a la luz las afinidades que también existen entre corrientes aparentemente alejadas. Quizás la parábola de Debussy, el músico que, en el camino del simbolismo, buscaba «las correspondencias misteriosas entre la Naturaleza y la Imaginación», no está del todo acabada y no se puede dejar de oír el eco de tantas afirmaciones suyas en las polémicas de las generaciones más jóvenes de músicos respecto a sus propios padres: «Es necesario que la belleza sea sensible, que nos procure un goce inmediato, que se imponga o que se insinúe en nosotros sin que tengamos que hacer esfuerzo alguno para captarla»,10 o como dice también Debussy, «La música se hace difícil siempre que no existe, donde difícil no es más que una palabra-paraguas para esconder la pobreza»:11 posicionamientos que son asumidos precisamente por los jóvenes rebeldes de hoy como afirmación de autonomía y de libertad respecto a cualquier dogma y a cualquier doctrinarismo».

1.Stefan Jarocinsky: Debussy. Impressionisme et symbolisme, París, Seuil, 1970. Trad. it.: Discanto, Fiesole, 1980, p. 192.

2.Ibid., p. 5.

3.Op. cit., p. 14.

4.Cfr. Jankélévitch, introd. a op. cit. de Jarocinsky, p. 14.

5.Cfr. Debussy: Monsieur Croche Antidilettante.

6.Pierre Boulez: Relevés d’apprenti, París, Seuil, 1976.

7. Ibid.

8.Melodía de sonidos-color (nota de la trad.).

9.Cfr. Correspondencia de Claude Debussy. Carta a René Landormy de 25 julio de 1912.

10.Cfr. «L’état actuel de la musique française», La revue bleue, 2 de abril de 1904, p. 422.

11.Cfr. Revue musicale S.I.M., febrero de 1913, p. 48.

III.

El futurismo y la música

En estos años asistimos a un despertar del interés de los estudiosos por el futurismo; tras el silencio casi total en los años de la segunda posguerra mundial han surgido recientemente numerosos estudios que dan testimonio no sólo de una nueva atención a las poéticas y a las vanguardias del XX, sino en particular de un intento de revalorización de este primer movimiento de vanguardia en Italia. En las últimas décadas se han ido publicando en Italia y fuera de Italia todos los documentos, manifiestos, epistolarios relativos al grupo de los futuristas y se han intentado destacar los vínculos entre el movimiento futurista y las vanguardias europeas e incluso el carácter profético y precursor del futurismo italiano respecto a las vanguardias de las décadas posteriores. En este intento de rehabilitación del futurismo, con frecuencia se han dejado en la sombra sus relaciones con el fascismo, o por lo menos se han intentado considerar como un aspecto no esencial para la comprensión del movimiento. Con todo, una nueva revisión histórica del futurismo no puede obviar, después de una valoración lo más profunda posible, que ha de dar cuenta de sus relaciones con toda la cultura de su tiempo, y no sólo con los movimientos literarios, sino también de sus relaciones directas e indirectas con el mundo político. Pero, por otro lado, el futurismo nace y se desarrolla, en primer lugar, como una concepción ética del hombre y de la sociedad, como una Weltanschauung, y, únicamente en segundo lugar, como un movimiento artístico. La importancia europea del futurismo es precisamente haber sido el primer movimiento de vanguardia que formuló una ideología global y no sólo una poética; los propios futuristas son conscientes de ello: «Si nuestros cuadros son futuristas –afirman en uno de sus manifiestos– es porque representan el resultado de concepciones éticas, estéticas, políticas y sociales absolutamente futuristas». Extrapolar el futurismo del contexto político y cultural en el que surgió y que, a su vez, también ha contribuido a formar, significa reducir el movimiento a una suerte de innovación técnica de propuestas geniales y quizás revolucionarias que habrían introducido una ráfaga de aire fresco en nuestra envejecida literatura oscilante entre el tardoromanticismo y el positivismo. El carácter vanguardista del futurismo, así como su alcance revolucionario en los diferentes aspectos, literario, pictórico, arquitectónico y, no en último lugar, musical, es reconsiderado atentamente a la luz de una visión más global del movimiento. Hay que advertir que aquí hablamos únicamente de futurismo italiano, porque se debería hacer una aproximación del todo diferente para el futurismo ruso, movimiento profundamente diferente (el propio Mayakowsky escribía en 1923: «En cuanto a ideario, no compartimos nada con el futurismo italiano»), relacionado con el italiano sólo por una vaga polémica contra el pasado y por algunos procedimientos externos secundarios. No es aquí el momento de sintetizar en pocas páginas las líneas fundamentales que constituyeron la ideología del movimiento futurista en el decenio anterior a la llegada del fascismo, es decir, en su fase heroica. Sin embargo, puede ser interesante verificar cómo la ideología futurista –porque de ideología se tiene que hablar y no sólo de poética– es asumida en un sector aún poco explorado del movimiento mismo, o sea, en la música. El futurismo tuvo su impronta más visible en la literatura y en la pintura, campo en el que se ha centrado la atención de los críticos, pero ha tenido sus profetas, aunque menos turbulentos y acompañados de un estruendo publicitario menor, también en la música. Balilla Pratella fue prácticamente el único músico futurista, si bien el pintor Luigi Russolo contribuyó de manera relevante, tanto desde el punto de teórico como práctico, a la creación de una música futurista. De las veladas de música futurista en Italia y en el extranjero no quedan más que las crónicas de los periódicos y los ecos de las polémicas –incluidos puñetazos y bofetadas– suscitados por estos conciertos.

En la música, como en otros campos, el futurismo fue un movimiento sobre todo teórico y como tal se debe juzgar. Si hoy, a casi un siglo de distancia, releemos El manifiesto de los músicos futuristas de Pratella (1911) o El arte de los ruidos de Russolo (1913) u otros de los no numerosos escritos de interés musical específico de los futuristas de la década entre 1910 y 1920, en un primer momento, nos sorprendemos por la modernidad de muchas afirmaciones.1 ¿Russolo y Pratella realmente fueron grandes precursores o extravagantes soñadores fuera de su tiempo? Revisemos brevemente sus páginas: en su Manifiesto de 1911, Pratella se dirige a los jóvenes para liberarlos de las trampas del tradicionalismo que en sus instituciones (conservatorios, academias, liceos, etc., todos ellos «viveros donde se cría la impotencia») mortifican toda tendencia libre y audaz y matan el genio en su vuelo libre. «La ofensa, el deshonor y el barro» dominan en la música italiana, que repite pasivamente, con la complaciente complicidad del mercado editorial, las fórmulas cansadas del melodrama del XIX, «pesado y sofocante buche de la nación»; sólo Pietro Mascagni «tuvo ánimo y poder para rebelarse contra las tradiciones artísticas, contra los editores, contra el público engañado y viciado», «incluso no llegando a liberarse de las formas tradicionales». Los temas propuestos por Pratella en este primer Manifiesto aún son genéricos y se resumen en un rechazo genérico al reciente pasado melodramático y en una esperanza de un nuevo teatro musical más próximo al «ropaje contemporáneo» en el que «el libreto de ópera sea sustituido por un poema dramático o trágico para la música» y la métrica tradicional, por el verso libre. Pratella concluye invitando a los «jóvenes músicos» a unirse en torno «a la bandera del futurismo, que, impulsado por el poeta Marinetti en Le Figaro de París, consiguió en poco tiempo cambiar de época los máximos centros intelectuales del mundo».

En el segundo manifiesto, escrito pocos meses después, surgen algunos de los temas más típicamente futuristas y los textos se hacen más técnicos. Con todo, está ausente el tono violentamente provocador de los manifiestos de Marinetti, así como el deseo de ruptura total, violenta e irremediable con todo el pasado. Ya en el exordio, Pratella afirma que, en el fondo, todos los grandes músicos (Palestrina, Bach, Beethoven, Wagner, etc.), fueron grandes futuristas en tanto que fueron genios innovadores y que hoy –continúa afirmando– se haría necesario un nuevo paso adelante en el camino del futurismo: aquí el discurso de Pratella se hace más interesante porque parece converger en muchos puntos con las exigencias adelantadas por las otras vanguardias europeas.

Los futuristas –afirma– proclamamos que los diferentes modos de escalas antiguas, que las diferentes sensaciones de mayor, menor, ascendente y disminuido y que los recientísimos modos de escalas por tonos enteros no son más que simples detalles de un único modo armónico y atonal de la escala cromática. Además, declaramos inexistentes los valores de consonancia y disonancia . . . Los futuristas proclamamos, como progreso y como victoria del futuro sobre el modo cromático atonal, la investigación y la realización del modo enarmónico.

La idea de una música enarmónica que evolucione por microintervalos destruyendo de raíz cualquier apariencia de sistema diatónico era quizás la afirmación más original del Manifiesto de Pratella, aunque, bien mirado, la idea no era tan nueva: en 1900 Busoni, en su Ensayo de una nueva estética musical, ya había hablado de terceras y sextas de tono y refería con entusiasmo noticias que le llegaban de América sobre la invención de un aparato eléctrico capaz de producir cualquier número de vibraciones, liberándonos así de la esclavitud de la fijación de los instrumentos musicales tradicionales. La idea estaba en el aire y se podría hacer un listado relativamente largo de intentos de construcción de máquinas e instrumentos capaces de producir microintervalos en América, en Rusia, en Francia y en Alemania. Para Pratella, la destrucción de la tonalidad tenía que ir acompañada de la destrucción de las formas y de los ritmos tradicionales: en consecuencia, libertad absoluta fuera de los conservatorios o de las escuelas. Pero, ¿con qué objetivo se hace esta revolución? Pratella es menos claro en este punto y su discurso se hace nebuloso. El concepto romántico-decadente de genio rebelde se mezcla con un vitalismo místico naturalista, con una futurista y genérica exaltación de la técnica y de la máquina y con la rebelión contra el pasado. La liberación de la música de las formas en las que estaba encerrada en el pasado debería haber permitido al artista de genio dar un desahogo libre a su potencial sensibilidad y traducir en sonido el pálpito más profundo de la naturaleza. Pratella afirma:

El artista, con la interpretación virginal de la naturaleza, la humaniza haciéndola verdadera. Cielo, agua, bosques, ríos, montañas, adocenamiento de naves y ciudades bulliciosas se transforman, a través del alma del músico, en voces maravillosas y potentes que cantan humanamente las pasiones y la voluntad del hombre para su alegría y para su dolor, que le desvelan, en virtud del arte, el vínculo común e indisoluble que lo une a todo lo demás de la naturaleza . . . Las formas musicales no son más que apariencias y fragmentos de un único y entero todo.

La sinfonía se convierte en la forma futurista por excelencia; naturalmente, se trata de una composición que ya no se atiene a las reglas tradicionales y «el sinfonista puro extraerá de sus temas pasionales desarrollos, contrastes, líneas y formas con fantasía amplia y libre, no teniendo que atenerse a ningún criterio que no sea su sentido artístico de equilibrio y de proporción y encontrando su fin en el complejo de los medios expresivos y estéticos propios del arte musical puro. Este signo de equilibrio futurista no es sino la culminación de la máxima intensidad de expresión».

En este futurismo un poco edulcorado, carente del atractivo y de la agresividad propia de Marinetti y de Boccioni –en el que las exigencias de renovación son, al fin y al cabo, modestas, y no se alejan mucho de las aspiraciones de tantos músicos de la época (no olvidemos que Stravinsky ya había escrito L’oiseau de feu, Petrouchka, Le Sacre)– se inserta un poco tangencialmente la retórica exaltación marinettiana de la máquina y de la industria moderna. Pratella concluye así su Manifiesto:

Llevar a la música todas las nuevas actitudes de la naturaleza, siempre domada de manera diferente por el hombre en virtud de los incesantes descubrimientos científicos. Dar el alma musical de las masas, de los grandes complejos industriales, de los trenes, de los trasatlánticos, de los acorazados, de los automóviles y de los aviones. Sumar a los grandes temas centrales del poema musical el dominio de la máquina y el reino victorioso de la electricidad.2

La personalidad de Pratella, ajena a las violencias verbales, a las exasperaciones del futurismo de Marinetti, probablemente sufrió pasivamente la prepotencia ideológica del jefe indiscutible del movimiento. Pero es cierto que el mismo Pratella –que sobrevivió hasta la posguerra, se separó del movimiento y pasó de los ardores futuristas a los estudios folkloristas sobre su tierra de Romaña– escribió en sus memorias que todo lo que se lee en sus manifiestos sobre relaciones entre música y máquinas no fue escrito ni pensado por sí mismo; estas ideas «las inventaba y añadía Marinetti a su juicio y en el último momento. Después yo me sorprendía al leerlas con mi firma debajo, pero eso estaba ya hecho».

El futurismo encuentra su rostro más agresivo y más auténticamente vanguardista en el pintor Luigi Russolo, que llevó a sus últimas consecuencias las ideas de Pratella. Lo que de original expresó el futurismo en el campo musical se debe, de hecho, a Russolo, personalidad más vivaz y más tendente a la paradoja que el músico romañolo, más comedido y alejado en el fondo del espíritu del futurismo de Marinetti. Russolo parte de la constatación de que el hombre, al principio, inventó el sonido sacándolo de los instrumentos. En la naturaleza, predominantemente silenciosa, el sonido fue concebido «como algo en sí mismo, diferente e independiente de la vida, y de él resultó la música, mundo fantástico y superpuesto a lo real, mundo inviolable y sacro».3 Pero la evolución del arte musical hoy va en otra dirección y «complicándose cada vez más, busca las amalgamas de sonidos más disonantes, más extraños, más duros para el oído. Así, nos aproximamos cada vez más al sonido-ruido». «Esta evolución de la música –continúa Russolo– es paralela a la multiplicación de las máquinas que colaboran con el hombre en cualquier lugar». Para Russolo, salir del estrecho círculo mágico del sonido puro para conquistar «la variedad infinita de los sonidos-ruidos significa no sólo ampliar enormemente la gama de nuestra sensibilidad musical, sino sobre todo introducir la música en la vida y viceversa, la vida en la música. El sonido musical no es sólo demasiado limitado en la variedad cualitativa de los timbres, sino abstracto y artificial, alejado de la vida y, en particular, de la riqueza de sonidos-ruidos de la vida moderna».

La tensión hacia la identificación entre arte y vida que se encuentra en la base de la poética futurista y en muchas de las corrientes de las más recientes vanguardias representa uno de los componentes más significativos de la concepción de la música de los ruidos de Russolo. Sumergirse en la turbulencia de la vida moderna, y sobre todo de la guerra moderna (es precisamente Russolo quien en su Manifiesto se refiere, lleno de admiración, a una carta de Marinetti desde el frente turco en la que describe «con admirables palabras en libertad la orquesta de una gran batalla»), es la aspiración de la nueva sensibilidad futurista. «Nosotros –afirma Russolo– queremos entonar y regular armónica y rítmicamente estos variadísimos ruidos. Así pues, el ruido es familiar a nuestro oído y tiene el poder de recordarnos inmediatamente la propia vida . . . ». La idea de una música enarmónica de microintervalos propuesta por Pratella se muestra decididamente limitada frente al programa de Russolo y a sus intentos prácticos de realizarlo con aquellas rudimentarias máquinas que eran sus entonarruidos.

No hace falta extenderse más ahora en el análisis de estos escritos en los que las pocas ideas contenidas con frecuencia son repetidas infinitas veces en varios registros. Pero para completar las ideas de los futuristas sobre la música haría falta revisar los escritos de los otros futuristas: de Boccioni, de Carrà, de Soffici, de Balla, de Severini y sobre todo de Marinetti, donde las referencias directas e indirectas a la música son bastante frecuentes. Se encontrarían muchas precisiones sobre los gustos musicales de los futuristas: su antigermanismo exacerbado, que se expresa en el antiwagnerismo; la cauta apreciación de Stravinsky y las notas de encendido nacionalismo, que en los primeros manifiestos de Pratella y Russolo aún no estaban presentes. El contagio nacionalista posterior, con la proximidad de la guerra en Austria o de otras polémicas entre intervencionistas y neutralistas en las que los futuristas participaron activamente, se convierte muy pronto en el leitmotiv dominante del movimiento, e incluso el moderado Pratella se declarará en 1916 a favor de una «potente y genial italianidad».

Si se consideran las ideas musicales de los futuristas convulsas por el clima cultural y político de aquellos años, éstas pueden parecer hoy de una sorprendente modernidad y en muchos aspectos casi proféticas: cuando en los provincianos teatros italianos imperaba el melodrama de Puccini, los futuristas hablaban de disolución de la tonalidad, de superación de los conceptos de consonancia y de disonancia, de polirritmia, de sonido-ruido e incluso se podría hablar de los futuristas como de los precursores de la música concreta y de la música electrónica. El propio Schaeffer reconoce a los futuristas la paternidad de la música concreta. Pero un hecho que al principio sorprende es la escasa o nula incidencia del futurismo en la música italiana entre las dos guerras. ¿Profetas no escuchados o bien hombres fuera del tiempo que proyectan extravagancias infantiles? Quizás ni una cosa ni otra. Incluso no infravalorando la importancia de los futuristas como precursores de las futuras evoluciones de la música, son considerados como hombres de su tiempo o, mejor dicho, intérpretes de un aspecto particular de su tiempo. Eso se puede verificar sólo teniendo presente el íntimo y orgánico nexo que vincula el futurismo al fascismo. El rostro con el que el fascismo se presentó en Italia en la década entre 1910 y 1920 fue declaradamente subversivo. Fascismo era violencia, brutalidad, activismo como fin en sí mismo, exaltación del desorden y de la guerra de conquista, nacionalismo exasperado, antisocialismo, visión antidemocrática y estetizante de la vida. Todas estas características se encuentran en el futurismo, lo que contribuyó a preparar en Italia un clima cultural idóneo para el advenimiento del fascismo. La guerra proclamada por Marinetti, «la única higiene del mundo», debería haber sido la culminación de aquel desorden vital del que nacería el nuevo arte: gesto inmediato, sin historia, sin tradición, destinado a consumirse en sí mismo. El sonido-ruido de Russolo, el ruido de las ametralladoras, «la sinfonía de la guerra», la polirritmia, los silbidos de las sirenas anticiparán la música concreta y quizás la electrónica, pero en aquel momento representan la traducción en términos musicales del momento subversivo del fascismo. El pacífico Pratella escribía en 1912: «El orden es un policía viejo que tiene las piernas demasiado viejas para correr. Los futuristas creamos el nuevo orden del desorden» (Destrucción de la cuadratura). En realidad, el nuevo orden no tardó en anunciarse cuando, tras la guerra, el fascismo victorioso mostró su nuevo rostro: la restauración, el orden burocrático y jerárquico, la represión de cualquier libertad, el culto al pasado y a la retórica. La convergencia de ideales entre fascismo y futurismo pareció acabar y la vieja alianza pudo parecer fruto de un equívoco. Pero no hubo tal equívoco: el fascismo se afirma siempre a través de este doble rostro: subversión, ruptura violenta con el pasado, destrucción de las instituciones y, después, restauración del nuevo orden. Los futuristas fueron la vanguardia del fascismo, los intérpretes culturales de su momento subversivo. Otros temas propios del futurismo pueden inducir a una falsa perspectiva sobre el movimiento si no se interpretan correctamente. La exaltación del maquinismo y de la tecnología pueden hacer pensar en una adhesión real y profunda a la nueva realidad del mundo industrial y capitalista en vías de formación en el norte de Italia; sin embargo, la retórica y la superficialidad con la que se sintió la Revolución Industrial muestra claramente cómo la ruptura con el pasado clasicista, académico, escolástico no era más que provisional y poco esencial. Si es positivo el reconocimiento de que el nuevo mundo tecnológico e industrial debe producir profundas modificaciones en el lenguaje del arte, resulta infantil e inadecuada la comprensión misma de este mundo al que los futuristas dan una adhesión conformista y acrítica. El mundo de la máquina es matizado y el hombre ideal del futurismo, en realidad, no es el hombre nuevo de la era industrial, sino el viejo campesino y pueblerino italiano que mira con ingenuo estupor y admiración un mundo del que capta sólo el lado menos importante: el acero que brilla, el estruendo de los motores, el aeroplano que surca el cielo por primera vez. La religión de la máquina significa la total alienación de un hombre social e individualmente anulado por el progreso frente a la máquina. El impulso vanguardista de la música futurista tenía que extinguirse fatalmente en pocos años sin siquiera dar los frutos prometidos.

El fascismo, una vez en el poder, acabada la fase subversiva, los asaltos y los ataques punitivos –Marinetti mismo seguramente tomó parte en el asalto contra la sede de Avanti, el periódico del partido socialista–, muy pronto puso en marcha un clima de restauración contrarreformista. La contraseña oficial del régimen en la música será el nacional-clasicismo: Pizzeti, Respighi, Casella serán los cultivadores de ese decorativismo neoclásico para descubrir las raíces mediterráneas, itálicas, solares del «genio italiano». Pero entre futurismo y neoclasicismo no se produjo, en realidad, una fractura tan neta como podría parecer a primer golpe de vista. El refinado y decadente cantante del régimen Gabriele D’Annunzio escribía en 1920, en su Proyecto de un nuevo ordenamiento del «Estado libre del Río»: «En los instrumentos del trabajo y del fuego, en las máquinas resonantes que obedecen todas al mismo ritmo como la poesía, encuentra la música su movimiento y su plenitud». El maquinismo, el nacionalismo, el culto al genio, por lo tanto, fueron los elementos comunes al futurismo y al neoclasicismo. El futurismo dejó de ser un movimiento utópico y vanguardísticamente infantil y se estabilizó en el neoclasicismo, conservando, sin embargo, algunos rasgos originales pero despojados de su carácter utópico. Ya Pratella, como después Casella, pronosticaba la llegada de «una sensibilidad musical claramente italiana para liberarse del yugo filogermánico y de todos los influjos extranjeros en nombre del genio itálico». El politonalismo practicado por Casella no está, pues, tan lejano de las aspiraciones de Pratella; pero lo lleva al «sentido común y al equilibrio, que fue siempre la mayor característica de nuestra raza». Así, el recurso al canto popular oportunamente esterilizado y esquematizado en sus ritmos y en sus maneras, en una dimensión ahistórica, se encuentra en el neoclasicismo de Casella y de otros músicos de la época, y ya Pratella pronosticaba, en su pequeño ensayo Música italiana de 1915 –escrito, pues, en plena guerra–, «el uso constante del canto popular italiano, estilizado y deformado» e invocaba la creación de música basada en un elemento musical claramente «nacional y popular».

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