Kitabı oxu: «La princesa de papel»

Şrift:

LA PRINCESA DE PAPEL
Los Royal. Libro I
ERIN WATT

Traducción de Tamara Artega y Yuliss M. Priego

LA PRINCESA DE PAPEL

V.1: marzo, 2017

Título original: Paper Princess

© Erin Watt, 2016

© de la traducción, Tamara Arteaga, 2017

© de la traducción, Yuliss M. Priego, 2017

© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2017

Todos los derechos reservados.

Diseño de cubierta: Meljean Brook

Publicado por Oz Editorial

C/ Mallorca, 303, 2º 1ª

08037 Barcelona

info@ozeditorial.com

www.ozeditorial.com

ISBN: 978-84-16224-61-6

IBIC: YFM

Conversión a ebook: Taller de los Libros

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita utilizar algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

La princesa de papel

Dinero. Exceso. Secretos.

Adéntrate en el mundo de los Royal.

La vida de Ella Harper no ha sido nada fácil, y cuando su madre muere, se queda completamente sola. Pero entonces aparece Callum Royal, un multimillonario empresario que la saca de la pobreza. A partir de ese momento, Ella llevará una vida de lujo y riqueza.

Sin embargo, pronto se dará cuenta de que algo extraño ocurre en la mansión de los Royal. Los cinco hijos de Callum, que tienen un magnetismo sin igual, ocultan algo. Ninguno de ellos la quiere allí, en especial Reed. Pero Ella se siente atraída por él y tendrá que luchar con todas sus fuerzas por no caer en sus redes…

«Este libro es el Crueles intenciones de nuestra generación.»

Jennifer L. Armentrout, autora best seller del New York Times

«Intenso, inolvidable y sexy. ¡No puedo dejar de pensar en La princesa de papel! Una lectura obligatoria.»

Emma Chase, autora best seller del New York Times

«Sin duda, una novela juvenil de lectura obligatoria.»

Kirkus Reviews

Para Margo, cuyo entusiasmo

por este proyecto igualaba al nuestro.

CONTENIDOS

Portada

Página de créditos

Sobre La princesa de papel

Dedicatoria

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Agradecimientos

Sobre la autora

Capítulo 1

—Ella, te esperan en el despacho del director —dice la señora Weir antes de poner un pie en la clase de Introducción al cálculo.

Echo un vistazo al reloj para comprobar qué hora es.

—Pero si no he llegado tarde.

Falta un minuto para las nueve y este reloj nunca falla. Lo más seguro es que sea el objeto más caro que poseo. Mi madre dijo que era de mi padre. Es lo único que dejó antes de marcharse, además de su esperma.

—No, no es por llegar tarde… en esta ocasión. —Dulcifica su habitual severa mirada y mi instinto lanza una señal de alerta a mi lento cerebro adormilado. La señora Weir es dura de roer, y por eso me cae bien. Trata a los alumnos como si estuvieran aquí para estudiar Matemáticas de verdad en lugar de alguna lección vital sobre amar al prójimo y chorradas de esas. Así que su mirada compasiva significa que algo malo se cuece en el despacho del director.

—Vale.

No me encuentro en la situación de poder responder otra cosa. Asiento y me dirijo a las oficinas del instituto.

—Te mandaré los deberes por correo —responde la señora Weir. Supongo que piensa que no volveré a clase, pero estoy segura de que el director Thompson no puede decirme nada que sea peor que a lo que ya me he enfrentado.

Cuando me matriculé en el instituto George Washington para cursar mi penúltimo año, ya había perdido todo lo que me importaba. Aunque el señor Thompson haya descubierto de alguna manera que técnicamente no vivo en el distrito escolar del George Washington, puedo mentir para ganar algo de tiempo. Y si tengo que cambiar de instituto, que es lo peor que podría ocurrirme hoy, no pasa nada. Lo haré.

—¿Qué tal, Darlene?

La secretaria del instituto con peinado de madre apenas levanta los ojos de su revista del corazón.

—Siéntate, Ella. El señor Thompson te atenderá enseguida.

Sí, Darlene y yo nos tuteamos y nos llamamos por nuestro nombre de pila. Solo llevo un mes en el instituto George Washington, pero ya he pasado demasiado tiempo en esta oficina gracias a la creciente pila de avisos por llegar tarde a clase. Eso es lo que pasa cuando trabajas por la noche y no te acuestas hasta las tres de la madrugada.

Estiro el cuello para echar un vistazo a través de las persianas abiertas de la oficina del señor Thompson. Hay alguien sentado en la silla para las visitas, pero lo único que veo es una mandíbula prominente y pelo castaño oscuro. Todo lo contrario a mí. Soy lo más rubia que se puede ser y tengo los ojos más azules del mundo. Cortesía de mi donante de esperma, según mi madre.

El hombre sentado en el despacho de Thompson me recuerda a los empresarios de fuera que daban una generosa propina a mi madre para fingir ser su novia por la noche. Algunos hombres disfrutaban más con eso que con el sexo. Ese era el caso de mi madre, claro. Yo no he tenido que tomar ese camino… todavía. Y espero no hacerlo nunca. Por eso necesito terminar el instituto, para ir a la universidad, graduarme y ser una persona normal y corriente.

Algunos jóvenes sueñan con viajar por el mundo y tener coches rápidos y casas grandes. ¿Y yo? Solo quiero mi propio apartamento, un frigorífico lleno de comida y un trabajo estable, a poder ser, uno tan interesante como secar pegamento.

Los dos hombres hablan sin parar durante quince minutos. Entonces digo:

—Oye, Darlene. Me estoy perdiendo Introducción al cálculo por estar aquí. ¿Te importa si vuelvo cuando el señor Thompson no esté ocupado?

Intento parecer lo más simpática posible, pero al no haber tenido una figura adulta en mi vida durante años (mi inconstante y querida madre no cuenta), se me hace difícil ser todo lo obediente que los adultos esperan de alguien a quien legalmente no se le permite beber.

—No, Ella. El señor Thompson acabará enseguida.

Esta vez está en lo cierto, porque la puerta se abre y el director sale de su despacho. El señor Thompson mide aproximadamente un metro setenta y cinco y parece que hubiera acabado el instituto el año pasado. De algún modo, da la sensación de ser responsable.

Me hace gestos para que me acerque.

—Señorita Harper, pase por favor.

¿Que pase? ¿Mientras don Juan sigue dentro?

—Todavía hay alguien en su despacho. —Puntualizo lo evidente. Todo esto parece sospechoso y mi instinto me dice que me vaya. Pero si escapo, dejaré atrás la vida que he planeado al detalle durante meses.

Thompson se gira y mira a don Juan, que se levanta de su asiento y me saluda con una enorme mano.

—Sí, bueno, él es la razón por la que está aquí. Entre, por favor.

En contra de mi buen juicio, paso por delante del señor Thompson y me quedo de pie en el interior del despacho. Thompson cierra la puerta y baja las persianas. Ahora sí que estoy nerviosa de verdad.

—Señorita Harper, siéntese, por favor. —Thompson señala la silla que don Juan acaba de dejar libre.

De mala gana, me cruzo de brazos y miro a ambos. Ni en un millón de años voy a sentarme.

Thompson suspira y se acomoda en su propia silla, pues reconoce una causa perdida cuando la tiene delante. Esto me hace sentir todavía más incómoda, porque el hecho de que se rinda ahora significa que hay una pelea más importante a la vista.

El director recoge un par de papeles de su escritorio.

—Ella Harper, este es Callum Royal —dice, y se detiene como si eso significase algo para mí.

Mientras tanto, Royal me observa como si nunca hubiera visto a una chica. Me doy cuenta de que, al estar cruzada de brazos, tengo el pecho estrujado, así que dejo caer las manos a los costados con torpeza.

—Encantada de conocerlo, señor Royal. —Queda claro para todos los que estamos en la habitación que pienso justo lo contrario.

Mi voz lo saca de su aturdimiento. Camina hacia delante y, antes de moverme, me sostiene la mano derecha entre las suyas.

—Dios mío, eres igual que él —susurra, de forma casi imperceptible. Entonces, como si recordara dónde está, me da un apretón de manos—. Por favor, llámame Callum.

Percibo un tono extraño en sus palabras. Como si le costara pronunciarlas. Tiro de la mano y tengo que esforzarme, porque el tipo raro este no quiere soltarme. Hasta que el señor Thompson no carraspea, Royal no me suelta la mano.

—¿De qué va todo esto? —pregunto. Al ser una chica de diecisiete años en una sala llena de adultos, mi tono está fuera de lugar, pero nadie pestañea.

El señor Thompson se pasa una mano por el pelo. Es evidente que está nervioso.

—No sé cómo decirle esto, así que seré directo. El señor Royal me ha contado que sus padres fallecieron y que ahora él es su tutor legal.

Titubeo. Solo durante un segundo. Lo suficiente como para que la sorpresa se convierta en indignación.

—¡Y una mierda! —digo antes de poder detenerme—. Mi madre me matriculó en el instituto. Tienen su firma en los formularios de ingreso.

El corazón me late a toda velocidad, porque en realidad esa firma es mía. La falsifiqué para mantener el control de mi propia vida. Aunque sea menor de edad, he tenido que ser la adulta de la familia desde los quince años.

Hay que decir a favor del señor Thompson que no me reprende por la palabrota.

—Este informe indica que la declaración del señor Royal es legítima. —El director agita los papeles en las manos.

—¿Sí? Bueno, pues miente. Nunca he visto a este hombre, y si deja que me vaya con él, el próximo informe que verá será el de una chica del instituto George Washington que desapareció en una red de tráfico sexual.

—Tienes razón, no nos hemos visto antes —interrumpe Royal—. Pero eso no cambia la verdad.

—Déjeme ver —me acerco al escritorio de Thompson y le quito los papeles de las manos. Recorro las páginas con la mirada, sin leer con atención lo que está escrito. Hay palabras que me llaman la atención: tutor legal, fallecido y legado, pero no significan nada. Callum Royal es un desconocido. Y punto.

—Si su madre viniera, quizá podríamos aclararlo todo —sugiere el señor Thompson.

—Sí, Ella, trae a tu madre y retiraré mi declaración —añade Royal con suavidad, aunque percibo la dureza de su voz. Sabe algo.

Me giro hacia el director. Él es el eslabón débil aquí.

—Podría hacer esto en la sala de informática del instituto. Ni siquiera necesitaría Photoshop. —Tiro los papeles delante de él. Veo en su mirada que empieza a dudar, así que me aprovecho—. Necesito volver a clase. El semestre acaba de empezar y no quiero quedarme rezagada.

Thompson se relame los labios, inseguro, y yo lo observo con todo el convencimiento de mi corazón. No tengo padre. Y mucho menos un tutor legal. Si lo tuviese, ¿dónde ha estado ese capullo toda mi vida, cuando hemos tenido problemas para llegar a fin de mes o cuando mi madre sufría un dolor horrible por culpa del cáncer? ¿O cuando lloraba en su cama del centro de cuidados paliativos por dejarme sola? ¿Dónde estaba él entonces?

Thompson suspira.

—De acuerdo, Ella. ¿Por qué no regresas a clase? Está claro que el señor Royal y yo tenemos más asuntos que tratar.

Royal se niega.

—Lo que dicen estos papeles es cierto. Me conoce y conoce a mi familia. No se los presentaría si no fuesen verdaderos. ¿Por qué tendría que hacerlo?

—Hay muchos pervertidos por el mundo —respondo con malicia—. Tienen muchas razones para inventarse historias.

Thompson gesticula con la mano.

—Ya basta, Ella. Señor Royal, nos ha pillado a todos por sorpresa. Aclararemos todo esto cuando contactemos con la madre de Ella.

A Royal no le gusta que lo haga esperar y comenta de nuevo lo importante que es y que un Royal nunca mentiría. Una parte de mí espera que lo jure por George Washington y el cerezo. Mientras ambos discuten, yo salgo del despacho.

—Voy al baño, Darlene —miento—. Después volveré a clase.

Se lo cree con facilidad.

—Tómate tu tiempo. Se lo diré a tu profesora.

No voy al baño. No vuelvo a clase. En lugar de eso, me escapo a la parada del autobús y cojo el bus G hasta llegar a la última parada.

Desde allí hay treinta minutos de camino hasta el apartamento alquilado en el que vivo por quinientos dólares al mes. Tiene una habitación, un lóbrego baño y una zona de salón comedor que huele a moho. Pero es barato, y la casera estaba dispuesta a aceptar dinero en efectivo sin constatar mis referencias.

No tengo ni idea de quién es Callum Royal, pero que esté en Kirkwood es una mala noticia. Esos papeles legales no estaban falsificados con Photoshop. Eran de verdad. Pero ni loca dejaría mi vida en manos de un extraño que ha aparecido de la nada.

Mi vida es mía. Yo la vivo. Yo la controlo.

Saco de la mochila los libros de texto que me han costado cientos de dólares y la lleno de ropa, artículos de aseo y lo que queda de mis ahorros, mil dólares. Mierda. Necesito conseguir dinero rápido para marcharme de este sitio. Estoy casi sin fondos. Mudarme aquí me ha costado más de dos mil dólares, entre billetes de autobús y pagar el primer y último mes de alquiler junto con la fianza. Es una lástima perder ese dinero, pero está claro que no puedo quedarme aquí.

Me toca escaparme de nuevo. La misma historia de siempre. Mi madre y yo siempre nos escapábamos. De sus novios, de sus jefes pervertidos, de los servicios sociales, de la pobreza. El centro de cuidados paliativos fue el único lugar en el que nos quedamos durante más tiempo, y eso fue porque estaba muriéndose. Algunas veces creo que el universo ha decidido no permitirme ser feliz.

Me siento en un lateral de la cama e intento no gritar por la frustración que siento y, vale, sí, también por lo asustada que estoy. Me permito cinco minutos de autocompasión y después cojo el teléfono. Que le den al universo.

—Hola, George, he estado pensando en tu oferta para trabajar en Daddy G’s —digo cuando una voz masculina responde la llamada—. Estoy preparada para aceptarla.

Trabajo como bailarina en Miss Candy’s, un club donde me desnudo hasta quedarme en tanga y cubrepezones. Gano bastante dinero, aunque no muchísimo. Durante las últimas semanas, George me ha pedido que empiece a trabajar en el Daddy G’s, un local de desnudo integral. Me he resistido porque no tenía la necesidad de hacerlo. Pero ahora sí.

Tengo la suerte de contar con el cuerpo de mi madre. Unas piernas largas. Cintura estrecha. Mis pechos no son de copa D doble, pero George dijo que le gustaba mi copa B porque era un espejismo de juventud. No es un espejismo, pero mi carné dice que tengo treinta y cuatro años y que mi nombre no es Ella Harper, sino Margaret Harper. Mi difunta madre. Si te paras a pensarlo, da muy mal rollo, y por eso trato de no hacerlo.

No hay muchos trabajos que una chica de diecisiete años pueda hacer a media jornada y con el que pueda pagar las facturas. Y ninguno de ellos es legal. Transportar drogas. Estafar. Desnudarse. Yo elegí el último.

—¡Joder, tía, eso es genial! —exclama George—. Tengo un hueco esta noche. Puedes ser la tercera bailarina. Lleva el uniforme de colegiala católica. A los tíos les encantará.

—¿Cuánto por esta noche?

—¿Cuánto qué?

—Dinero, George. ¿Cuánta pasta?

—Quinientos y la propina que consigas. Si quieres hacer bailes privados, te daré cien por baile.

Joder. Podría conseguir fácilmente mil dólares esta noche. Empujo toda mi ansiedad e incomodidad al fondo de mi mente. No es hora de tener un debate moral interno. Necesito el dinero, y desnudarme es una de las formas más seguras de conseguirlo.

—Ahí estaré. Reserva todos los que puedas.

Capítulo 2

Daddy G’s es un cuchitril, pero está mucho mejor que otros clubs de Kirkwood. Aunque es como decir «Muerde este pollo podrido. No está tan verde y mohoso como otros trozos». Aun así, el dinero es dinero.

La aparición de Callum Royal en el instituto me ha hecho darle vueltas a la cabeza todo el día. Si tuviese un portátil y conexión a internet, lo habría buscado en Google, pero mi viejo ordenador está roto y no tengo dinero para sustituirlo. Tampoco quería hacer la caminata hasta la biblioteca para usar uno de los que tienen allí. Es una estupidez, pero tenía miedo de que Royal me tendiese una emboscada en la calle si me marchaba del apartamento.

¿Quién es? ¿Y por qué piensa que es mi tutor legal? Mamá nunca mencionó su nombre. Antes, durante un momento, me he preguntado si sería mi padre, pero esos papeles decían que mi padre también había fallecido. Y, a menos que mamá me hubiera mentido, sé que mi padre no se llamaba Callum. Se llamaba Steve.

Steve. Siempre he pensado que se lo inventó. Como cuando tu hijo te dice «Mamá, háblame de papá» y tú te encuentras en un aprieto y sueltas de golpe el primer nombre que te viene a la cabeza: «Esto… se llamaba, eh, Steve, cielo».

Pero odio pensar que mamá me mintió. Siempre habíamos sido sinceras la una con la otra.

Intento olvidarme de Callum Royal porque esta noche es mi debut en Daddy G’s y no puedo dejar que un extraño de mediana edad vestido con un traje de mil dólares me distraiga. Ya hay suficientes hombres de mediana edad en este sitio para ocupar mis pensamientos.

El local está lleno. Supongo que la noche de la escuela católica es una gran atracción en Daddy G’s. Las mesas y los reservados de la zona principal están todos ocupados, pero la planta superior que acoge la sala vip está desierta. No me sorprende. No hay muchos vips en Kirkwood, un pueblo de Tennessee a las afueras de Knoxville. Es un pueblo de gente trabajadora, la mayoría de clase baja. Si ganas más de cuarenta mil dólares al año se te considera asquerosamente rico. Por eso lo elegí. Los alquileres están baratos y el sistema de educación pública es decente.

El vestuario está en la parte de atrás. Está abarrotado. Mujeres medio desnudas me miran al pasar por la puerta. Algunas asienten, un par sonríen y después vuelven a centrarse en ajustarse los ligueros o maquillarse con lo que tienen en sus tocadores.

Solo una se acerca rápidamente a mí.

—¿Cenicienta? —me pregunta.

Yo asiento. Es el nombre artístico que he estado usando en Miss Candy’s. Parecía apropiado en su momento, ya que en inglés es Cinderella, y yo me llamo Ella.

—Soy Rose. George me ha pedido que te enseñe todo esta noche.

Siempre hay una mamá gallina en cada club, una mujer mayor que se ha dado cuenta de que está perdiendo la lucha contra la gravedad y decide hacerse útil de otra forma. En Miss Candy’s era Tina, la madura rubia teñida que me acogió bajo su ala desde el primer momento. Aquí es la madura pelirroja Rose, que cacarea mientras me guía hacia el perchero de metal con los trajes.

Extiendo la mano hacia el uniforme de colegiala, pero ella la intercepta.

—No, eso es para después. Ponte esto.

Antes de que me dé cuenta, me está ayudando a ponerme un corsé negro con lazos entrecruzados y un tanga negro de encaje.

—¿Voy a bailar con esto? —Apenas puedo respirar con el corsé, por no hablar de llegar adonde se desata.

—Olvídate de lo de arriba. —Rose ríe cuando percibe mi respiración entrecortada—. Limítate a menear ese trasero y a bailar en la barra del tipo rico y todo irá bien.

La miro perpleja.

—Pensé que estaría en el escenario.

—¿George no te lo ha dicho? Ahora vas a hacer un baile privado en la sala vip.

¿Qué? Pero si acabo de llegar. Según mi experiencia en Miss Candy’s, normalmente se baila en el escenario varias veces antes de que alguno de los clientes pida un espectáculo privado.

—Debe de ser uno de los clientes habituales de tu antiguo club —sugiere Rose cuando observa mi confusión—. El tipo rico ha entrado como si fuese el dueño del local, le ha dado a George quinientos pavos y le ha dicho que te lleve. —Me guiña un ojo—. Juega bien tus cartas y le sacarás más billetes.

Después se va. Fija su atención de una bailarina a otra mientras yo debato conmigo misma si todo esto ha sido un error.

Me gusta fingir que soy dura, y sí, lo soy, hasta cierto punto. He sido pobre y he pasado hambre. Me ha criado una stripper. Sé pegar un puñetazo si tengo que hacerlo. Pero solo tengo diecisiete años. A veces parece demasiado poco para vivir lo que yo he vivido. A veces, miro a mi alrededor y pienso «No debería estar aquí».

Pero estoy aquí. Estoy aquí, sin blanca, y si quiero ser la chica normal que intento ser con todas mis fuerzas necesito salir de este vestuario y bailar en la barra del señor vip, tal y como ha señalado Rose con tanta dulzura.

George aparece cuando salgo al vestíbulo. Es un hombre fornido con barba abundante y ojos amables

—¿Te ha hablado Rose del cliente? Está esperándote.

Asiento y trago saliva, incómoda.

—No tengo que hacer nada sofisticado, ¿no? ¿Solo es un baile privado normal?

Él ríe.

—Haz todos los movimientos sofisticados que quieras, pero si te toca, Bruno lo sacará a rastras a la calle.

Me alivia oír que en Daddy G’s se impone la regla de no tocar la mercancía. Bailar para hombres babosos es más fácil de digerir cuando no acercan sus pegajosas manos a tu cuerpo.

—Lo harás bien, chica. —George me da una palmadita en el brazo—. Y si pregunta, tienes veinticuatro, ¿vale? Nadie mayor de treinta trabaja aquí, ¿recuerdas?

«¿Y menor de veinte?», estoy a punto de preguntar. Pero mantengo la boca cerrada. Debe saber que miento sobre mi edad. La mitad de las chicas de aquí lo hacen. Y puede que haya sufrido mucho, pero no hay duda de que no aparento treinta y cuatro. El maquillaje me ayuda a fingir que tengo veintiuno. Por los pelos.

George desaparece en el vestuario y yo tomo aire antes de encaminarme por el vestíbulo.

La sensual música de fondo me da la bienvenida cuando llego a la sala principal. La bailarina del escenario acaba de desabrocharse la camisa blanca del uniforme, y los hombres se vuelven locos en cuanto ven su sujetador transparente. Llueven billetes en el escenario. Me concentro en eso. En el dinero. Que le den a todo lo demás.

Aun así, me da tanta rabia pensar en dejar el instituto y a todos esos profesores que parece que se preocupan por lo que enseñan de verdad. Pero encontraré otro instituto en otra ciudad. Una ciudad donde Callum Royal no sea capaz de encontrarme…

Me detengo en seco. Después me doy la vuelta, asustada.

Es demasiado tarde. Royal ya ha cruzado la sombría sala vip y me agarra del brazo con su fuerte mano.

—Ella —dice en voz baja.

—Suélteme —contesto con toda la indiferencia con la que soy capaz de hacerlo, pero me tiembla la mano mientras intento liberarme.

Él no me suelta, no hasta que otra figura aparece de entre las sombras, un hombre ataviado con un traje oscuro con los hombros de un defensa de fútbol americano.

—No se toca —dice el segurata en tono amenazador.

Royal me suelta el brazo como si estuviese hecho de lava. Frunce el ceño y mira a Bruno, el guardia de seguridad. Entonces, se da la vuelta hacia mí. Tiene los ojos fijos en mi cara, como si se esforzara por no echar un vistazo a mi revelador conjunto de ropa.

—Tenemos que hablar.

—No tengo nada que decirle —respondo con frialdad—. No lo conozco.

—Soy tu tutor.

—Es un desconocido. —Ahora me muestro arrogante—. Y no me está dejando trabajar.

Abre y cierra la boca. Después dice:

—De acuerdo. Empieza a trabajar entonces.

¿Qué?

Ofrece una mirada burlona mientras toma asiento en los lujosos sofás. Se sienta, abre las piernas ligeramente y continúa con la burla.

—Dame lo que he pagado.

Se me acelera el corazón. No puede ser. No puedo bailar para este hombre.

Por el rabillo del ojo, veo que George se aproxima a las escaleras de la sala. Mi nuevo jefe me mira, expectante.

Trago saliva. Quiero llorar, pero no lo hago. En lugar de ello, me dirijo hacia Royal con una seguridad que no siento.

—Está bien. ¿Quieres que baile para ti, papi? Bailaré para ti.

Las lágrimas se agolpan en el interior de mis párpados, pero sé que no caerán. Me he entrenado a mí misma para no llorar en público. La última vez que lloré fue en el lecho de muerte de mi madre, y sucedió cuando las enfermeras y los doctores abandonaron la habitación.

Percibo un rastro de dolor en los ojos de Callum Royal mientras bailo delante de él. Muevo las caderas al ritmo de la música, como por instinto. De hecho, lo hago instintivamente. Llevo lo de bailar en la sangre. Forma parte de mí. Cuando era joven, mamá fue capaz de ahorrar algo de dinero para apuntarme a clases de ballet y jazz durante tres años. Después de que los ahorros se agotasen, se encargó de enseñarme ella misma. Veía vídeos o se colaba en clases del centro comunitario hasta que la echaban, y después volvía a casa para enseñarme.

Adoro bailar y se me da bien, pero no soy tan estúpida como para pensar que será mi profesión, no a menos que quiera dedicarme a desnudarme. No, tendré una profesión práctica. Relacionada con el mundo de los negocios o el derecho, algo con lo que viva bien. Bailar no es más que un estúpido sueño de niña.

Royal gime cuando me paso las manos por encima del corsé. No es el gemido que estoy acostumbrada a oír. No parece excitado. Parece… triste.

—Ahora mismo se está revolviendo en su tumba —dice Royal con voz ronca.

Yo lo ignoro. No existe para mí.

—Esto no está bien —añade en un tono ahogado.

Me echo el pelo hacia atrás y me aprieto los pechos. Noto como Bruno tiene la mirada fija en mí entre las sombras.

Cien pavos por un baile de diez minutos y ya han pasado dos. Quedan ocho. Puedo hacerlo.

Pero es evidente que Royal no. Un movimiento más y me agarra la cintura con las manos.

—No —gruñe—. Steve no querría esto para ti.

No tengo tiempo para parpadear, para digerir sus palabras. Se pone de pie, me alza y mi torso choca contra su ancha espalda.

—¡Suélteme! —grito.

No me escucha. Me lleva sobre su espalda como si fuese una muñeca de trapo, y ni siquiera la aparición de Bruno lo detiene.

—¡Apártate de mi camino! —grita Royal cuando Bruno da un paso más—. ¡Esta chica tiene diecisiete años! Es una menor, y yo soy su tutor. Juro por Dios que si das un solo paso más haré que todos los policías de Kirkwood se presenten aquí, y tú y todos estos pervertidos iréis a la cárcel por poner en peligro a una menor.

Puede que Bruno sea corpulento, pero no es tonto. Se quita de en medio con una expresión afligida.

Yo no coopero tanto. Le doy puñetazos en la espalda y clavo las uñas en su cara chaqueta de traje.

—¡Bájeme! —chillo.

No lo hace. Y nadie lo detiene cuando se dirige a la salida. Los hombres del club están demasiado ocupados vitoreando y mirando lascivamente al escenario. Veo cierto movimiento: George llega hasta donde está Bruno, que le susurra algo al oído enfadado, pero después los pierdo de vista y una ráfaga de aire frío me golpea.

Estamos fuera, pero Callum Royal sigue sin soltarme. Veo como sus elegantes zapatos taconean contra la acera agrietada del aparcamiento. Oigo un tintineo de llaves, un pitido alto y, después, vuelo por los aires hasta aterrizar en un asiento de cuero. Estoy en la parte trasera de un coche. Se cierra una puerta. Se enciende un motor.

Dios mío. Este hombre está secuestrándome.

Capítulo 3

¡Mi mochila!

¡Mi dinero y mi reloj están dentro! El asiento trasero del mastodonte que Callum Royal llama coche es lo más lujoso en lo que me he sentado en toda mi vida. Una pena que no tenga tiempo para apreciarlo. Tiro de la manilla, pero no consigo abrir la maldita puerta.

Desvío la mirada hacia el conductor. Es muy imprudente, pero no tengo otra opción; me impulso hacia delante y agarro el hombro del conductor. Tiene el cuello del tamaño de mi muslo.

—¡Dé la vuelta! ¡Tengo que volver!

Él ni siquiera se encoge. Tiro unas cuantas veces más, pero estoy bastante segura de que, a menos que lo apuñale, y quizá ni siquiera entonces, no hará nada a no ser que Royal se lo ordene.

Callum no se ha movido ni un centímetro de su sitio tras el asiento del copiloto, y yo me hago a la idea de que no saldré del coche hasta que él lo autorice. Pruebo con la ventana para asegurarme. No se baja.

—¿Seguro infantil? —murmuro, aunque estoy segura de la respuesta.

Él asiente ligeramente.

—Entre otras cosas, pero basta decir que te quedarás en el coche durante el viaje. ¿Buscas esto?

Mi mochila aterriza en mi regazo. Resisto el deseo de abrirla y comprobar si ha cogido mi dinero y mi carné de identidad. Sin ambos estoy completamente a su merced, pero no quiero revelar nada hasta que descubra su propósito.

—Mire, señor, no sé lo que quiere, pero es obvio que tiene dinero. Hay muchas prostitutas por ahí que harán lo que quiera y no le causarán los problemas legales que yo sí. Déjeme en el próximo cruce y le prometo que jamás volverá a oír de mí. No iré a la policía. Le diré a George que es un viejo cliente, pero que ya hemos arreglado nuestros asuntos.

—No busco una prostituta. Estoy aquí por ti. —Después de esa ominosa declaración, Royal se quita la chaqueta del traje y me la ofrece.

Una parte de mí desearía ser más valiente, pero estar sentada en este lujoso coche con el hombre que he usado como barra para bailar me hace sentir incómoda y expuesta. Daría cualquier cosa por unas bragas de abuela ahora mismo. Me pongo la chaqueta a regañadientes, ignoro el dolor que me causa el corsé y aprieto las solapas contra mi pecho.

—No tengo nada que quiera. —Está claro que la poca cantidad de dinero que tengo metida en el fondo de mi mochila es como chatarra para este tío. Podríamos cambiar este coche por todos los de Daddy G.

Royal arquea una ceja en silencioso desacuerdo. Ahora que solo lleva la camisa, veo su reloj. Parece… igual que el mío. Sus ojos siguen mi mirada.

—Lo has visto antes. —No es una pregunta. Acerca la muñeca a mí. El reloj tiene una correa de cuero negra, manillas de plata y una caja de oro de dieciocho quilates alrededor de la cúpula de cristal. Los números y las manecillas brillan en la oscuridad.

—No lo he visto en mi vida —miento, con la boca seca.

—¿De verdad? Es un reloj Oris. Suizo, hecho a mano. Me lo regalaron cuando me gradué del Entrenamiento Básico de Demolición Submarina. Mi mejor amigo, Steve O’Halloran, recibió el mismo reloj cuando también se graduó de allí. En la parte de atrás tiene grabado…

Non sibi sed patriae.

Busqué la frase cuando tenía nueve años, después de que mi madre me contara la historia de mi nacimiento. «Lo siento, cariño, pero me acosté con un marinero. Solo me dejó su nombre y este reloj». Y a mí, le recordaba. Ella me revolvía el pelo de broma y me dijo que era lo mejor. Mi corazón se sacude por su ausencia.

—Significa «No por uno mismo, sino por la patria»; el reloj de Steve desapareció hace dieciocho años. Dijo que lo perdió, pero nunca lo reemplazó. Nunca se puso otro reloj. —Royal deja escapar un bufido—. Lo usaba como excusa para llegar tarde siempre.

Me pillo a mí misma inclinada hacia delante. Quiero saber más de Steve O’Halloran, qué demonios significa lo de «Entrenamiento Básico de Demolición Submarina» y cómo se conocieron. Entonces, me doy un sopapo mental y vuelvo a apoyarme contra la puerta del coche.

—Buena historia, tío. ¿Pero qué tiene que ver eso conmigo? —Miro al Goliat del asiento delantero y alzo la voz—. Porque ambos acaban de secuestrar a una menor y estoy bastante segura de que eso es un delito en todo el país.

Royal es el único que responde.

—Es delito secuestrar a una persona, sin importar la edad, pero ya que soy tu tutor y tú estabas cometiendo un acto ilegal, estoy en mi derecho de sacarte de las instalaciones.

Fuerzo una risa burlona.

—No sé quién se cree que es, pero tengo treinta y cuatro años. —Busco mi carné en la mochila y aparto a un lado el reloj que es idéntico al que tiene Royal en su muñeca izquierda— Mire. Margaret Harper. Edad: treinta y cuatro.

Él me quita el carné de los dedos.

—Un metro setenta. Cincuenta y nueve kilos. —Me echa un vistazo—. Parecían cuarenta y cinco, pero sospecho que has perdido peso desde que estás a la fuga.

¿A la fuga? ¿Cómo demonios sabe eso?

Suelta un bufido como si pudiese leer mi expresión.

—Tengo cinco hijos. No hay truco que no hayan intentado conmigo, y conozco a un adolescente cuando lo veo, incluso debajo de capas de maquillaje.

Le devuelvo la mirada, seria. Este hombre, sea quien sea, no me sonsacará nada.

—Tu padre es Steven O’Halloran. —Se corrige a sí mismo—. Era. Tu padre era Steven O’Halloran.

Giro la cara hacia la ventana para que este desconocido no vea el destello de dolor que cruza mi expresión antes de enterrarlo. Claro que mi padre está muerto. Por supuesto.

Parece que la garganta se me estrecha y tengo la horrible sensación de que las lágrimas se arremolinan tras mis ojos. Llorar es de niños. Llorar es de débiles. ¿Llorar por un padre que no he conocido? Demuestra una total debilidad.

Oigo el tintineo de un cristal que choca contra otro por encima del zumbido de la carretera y, después, el sonido familiar del alcohol que llena un vaso. Royal empieza a hablar un momento después.

—Tu padre y yo éramos los mejores amigos. Crecimos juntos. Fuimos juntos al instituto. Decidimos alistarnos en la marina en un impulso. Con el tiempo, nos unimos a las fuerzas especiales del ejército de los Estados Unidos, pero nuestros padres querían que nos retirásemos pronto, así que, en lugar de volver a servir, nos mudamos a casa para tomar las riendas de nuestros negocios familiares. Construimos aviones, por si te lo preguntabas.

«Claro que sí», pienso con amargura.

Ignora mi silencio o lo toma como una aprobación para continuar.

—Hace cinco meses, Steve falleció durante un accidente de ala delta. Pero antes de irse… es espeluznante, como si hubiera tenido una premonición… —Royal sacude la cabeza—… me dio una carta y dijo que quizá fuese la correspondencia más importante que había recibido. Me dijo que la analizaríamos cuando regresase, pero una semana después, su mujer volvió del viaje y me contó que Steve había muerto. Me olvidé de la carta para encargarme de las… complicaciones con respecto a su fallecimiento y a su viuda.

¿Complicaciones? ¿A qué se refiere? Te mueres y ya está, ¿no? Además, la forma en la que ha dicho viuda, como si fuese una palabra asquerosa, me hace sentir curiosidad por ella.

—Un par de meses después, me acordé de la carta. ¿Quieres saber lo que decía?

Qué provocador tan horrible. Por supuesto que quiero saber lo que decía la carta, pero no voy a darle la satisfacción de una respuesta. Apoyo la mejilla contra la ventana.

Dejamos atrás varias manzanas antes de que Royal se rinda.

—La carta era de tu madre.

—¿Qué? —Giro la cabeza sorprendida.

No se muestra petulante por haber llamado mi atención, simplemente parece cansado. La pérdida de su amigo, de mi padre, se refleja en su rostro, y por primera vez veo a Callum Royal como el hombre que profesa ser: un padre que ha perdido a su mejor amigo y ha recibido la sorpresa de su vida.

Sin embargo, antes de que pueda decir una palabra más, el coche se detiene. Miro por la ventana y veo que estamos en el campo. Hay una larga franja de tierra, un gran edificio de una planta hecho de chapa y una torre. Cerca del edificio hay un gran avión blanco con las palabras Atlantic Aviation estampadas en él. Cuando Royal ha dicho que construía aviones, no me esperaba este tipo de aviones. No sé qué esperaba, pero no pensaba en un pedazo de jet tan grande como para llevar a cientos de personas por el mundo.

—¿Es suyo? —Me resulta difícil no tener la boca abierta.

—Sí, pero no nos detendremos.

Quito la mano de la pesada manilla plateada de la puerta.

—¿A qué se refiere?

De momento, guardo la sorpresa que me ha causado haber sido secuestrada, la existencia —y la muerte— del donante de esperma que ayudó a crearme y la misteriosa carta para observar maravillada y con la boca abierta como atravesamos las verjas, dejamos atrás el edificio y entramos en lo que supongo que es el aeródromo. En la parte trasera del avión se baja una escotilla y, cuando la rampa toca el suelo, Goliat acelera el motor y nos sube al almacén de carga del avión.

Me doy la vuelta para observar por la luneta trasera del coche como se cierra sonoramente la escotilla tras nosotros. En cuanto la puerta del avión se cierra, los pestillos del coche hacen un suave sonido. Y soy libre. O algo así.

—Después de ti. —Señala Callum hacia la puerta que Goliat mantiene abierta para mí.

Con la chaqueta agarrada con fuerza contra mí, intento mantener la compostura. Incluso el avión está en mejores condiciones que yo con mi corsé de stripper y mis incómodos tacones prestados.

—Necesito cambiarme. —Agradezco sonar casi normal. Tengo bastante experiencia en pasar vergüenza, y a lo largo de los años he aprendido que la mejor defensa es un buen ataque. Pero ahora mismo estoy bajo mínimos. No quiero que nadie, ni Goliat ni la gente del vuelo, me vea con estas pintas.

Es la primera vez que vuelo. Siempre viajaba en autobuses y, en algunas horribles ocasiones, con camioneros. Pero esta cosa es gigante, lo suficientemente grande como para alojar un coche. Seguro que en algún lado hay un armario para que me cambie.

Callum suaviza la mirada y asiente bruscamente hacia Goliat.

—Te esperaremos arriba. —Señala el final de la habitación que parece un garaje—. Tras esa puerta hay unas escaleras. Sube cuando estés lista.

En cuanto me quedo sola, cambio la indumentaria de stripper por mi ropa interior más cómoda, unos vaqueros holgados, una camiseta de tirantes y una camisa de franela con botones; normalmente la dejaría abierta, pero en esta ocasión la cierro, a excepción del botón de arriba. Parezco una indigente, pero al menos estoy cubierta.

Meto la ropa de stripper en la mochila y compruebo si el dinero sigue ahí. Gracias a Dios está dentro, junto con el reloj de Steve. Mi muñeca parece desnuda sin él, y como Callum ya lo sabe, me lo pongo. El segundo en que la correa se cierra en torno a mi muñeca me siento mejor, más fuerte. Puedo enfrentarme a cualquier cosa que Callum Royal tenga guardada para mí.

Me echo la mochila al hombro y empiezo a planear qué hacer mientras me dirijo hacia la puerta. Necesito dinero. Callum tiene dinero. Necesito un sitio donde vivir, y pronto. Si consigo suficiente dinero de él, viajaré en avión a mi próximo destino y empezaré de cero. Sé cómo hacerlo.

Estaré bien.

Todo irá bien. Si me cuento esa mentira las suficientes veces, creeré que es verdad… aunque no lo sea.

Cuando llego al final de las escaleras, veo que Callum se encuentra allí, esperándome. Me presenta al conductor.

—Ella Harper, este es Durand Sahadi. Durand, esta es la hija de Steven, Ella.

—Encantado de conocerla —dice Durand con una voz absurdamente profunda. Dios, suena como Batman—. Lamento su pérdida.

Inclina la cabeza ligeramente. Es tan amable que sería descortés ignorarlo. Quito mi mochila de en medio y le estrecho la mano.

—Gracias.

—Gracias, Durand. —Callum despacha a su conductor y se gira hacia mí—. Sentémonos. Quiero llegar a casa. El vuelo a Bayview dura una hora.

—¿Una hora? ¿Ha cogido el avión por una hora de viaje? —exclamo.

—Conducir habría supuesto seis, y eso es demasiado. He necesitado nueve semanas y todo un ejército de detectives para encontrarte.

Ya que no tengo opción, sigo a Callum hacia unos asientos de cuero color crema situados uno frente al otro, con una lujosa mesa de madera negra con incrustaciones de plata entre ellos. Callum se acomoda en uno y después señala al que hay frente a él para que me siente. Hay un vaso y una botella colocados en la mesa, como si su equipo supiese que no funciona sin beber.

Al final del pasillo hay otro grupo de sillas cómodas y un sofá tras ellas. Me pregunto si podría conseguir trabajo de azafata para él. Este sitio es incluso mejor que su coche. Sin duda podría vivir aquí.

Me siento y coloco la mochila entre los pies.

—Bonito reloj —comenta con sequedad.

—Gracias. Me lo dio mi madre. Me dijo que fue lo único que le dejó mi padre además de a mí y de su nombre. —Ya no hay necesidad de mentir. Si su ejército de detectives privados dio con mi paradero, probablemente sepa más de mí y de mi madre que yo misma. Lo cierto es que parece saber mucho acerca de mi padre, y descubro que, muy a mi pesar, estoy ansiosa por recibir toda esa información—. ¿Dónde está la carta?

—En casa. Te la daré cuando lleguemos. —Coge una carpeta de cuero y saca un fajo de dinero con un envoltorio blanco alrededor, como en las películas—. Quiero hacer un trato contigo, Ella.

Sé que tengo los ojos abiertos como platos, pero no puedo evitarlo. Nunca he visto tantos billetes de cien dólares juntos.

Empuja el fajo contra la oscura superficie hasta que la pila de billetes se detiene frente a mí. ¿Es esto un programa o algún tipo de competición televisiva? Cierro la boca y trato de incorporarme. Nadie me toma por tonta.

—Soy toda oídos —respondo mientras me cruzo de brazos y miro a Callum con los ojos entreabiertos.

—Por lo que sé, te desnudas para mantenerte y conseguir tu título de instituto. Después de eso, imagino que querrás ir a la universidad, dejar lo de desnudarte y, quizá, hacer otra cosa. Puede que quieras ser contable, doctora o abogada. Este dinero es un símbolo de buena fe. —Da unos golpecitos a los billetes—. Este fajo contiene diez mil dólares. Te daré un fajo en metálico de la misma cantidad por cada mes que te quedes conmigo. Si te quedas hasta graduarte en el instituto, recibirás una bonificación de doscientos mil. Con eso podrás pagar tus estudios universitarios, alojamiento, ropa y comida. Si te gradúas en la universidad, recibirás otra bonificación sustanciosa.

—¿Dónde está el truco? —Mi mano está deseando coger el dinero, encontrar un paracaídas y escapar de las garras de Callum Royal antes de que diga «mercado de valores».

En lugar de eso, permanezco sentada y espero oír el trato asqueroso que tengo que cumplir para obtener este dinero mientras debato mis límites conmigo misma.

—El truco está en que no luches. No intentes escaparte. Quiero que aceptes que soy tu tutor legal. Que vivas en mi casa. Que trates a mis hijos como si fueran tus hermanos. Si lo haces, podrás tener la vida que has soñado. —Se detiene—. La vida que Steve hubiese querido que tuvieras.

—¿Y qué tengo que hacer por usted? —Necesito que me diga exactamente los términos.

Callum abre los ojos como platos y su cara adquiere una tonalidad verde.

—No tienes que hacer nada por mí. Eres una chica muy guapa, Ella, pero eres una niña, y yo un hombre de cuarenta y dos años con cinco hijos. Quédate tranquila, tengo una atractiva novia que satisface todas mis necesidades.

Puaj. Levanto una mano.

—Vale, no necesito más explicaciones.

Callum ríe aliviado antes de volver a ponerse serio.

—Sé que no puedo reemplazar a tus padres, pero aquí me tienes si me necesitas. Puede que hayas perdido a tu familia, pero ya no estás sola, Ella. Ahora eres una Royal.

Capítulo 4

Estamos aterrizando, pero, a pesar de tener la nariz pegada a la ventanilla, está demasiado oscuro para ver algo. Todo lo que veo son las luces intermitentes de la pista, y, una vez hemos aterrizado, Callum no me da tiempo para echar un vistazo a mi alrededor. No cogemos el coche que está en el almacén de carga. No, ese debe ser el coche «de viaje», porque Durand nos conduce a otro brillante coche negro. Tiene las ventanas tintadas, así que no tengo ni idea del paisaje por el que viajamos. Sin embargo, Callum baja la ventanilla un poco y percibo un aroma a sal. El mar.

Debemos de estar en la costa. ¿En Carolina del Norte o Carolina del Sur? Un viaje de seis horas desde Kirkwood nos dejaría en algún sitio junto al Atlántico, lo cual tiene sentido por el nombre de la empresa de Callum. Sin embargo, no importa. Lo importante es el fajo de billetes nuevos en mi mochila. Diez de los grandes. Todavía no me lo creo. Diez mil al mes. Y un montón más tras graduarme.

Tiene que haber un truco. Puede que Callum me haya asegurado que no espera… favores especiales a cambio, pero no soy tonta. Siempre hay truco, y con el tiempo lo sabré. Para entonces tendré al menos diez mil dólares en el bolsillo por si necesito escapar de nuevo.

Hasta ese momento le seguiré el juego. Me portaré bien con Royal.

Y sus hijos…

Mierda, me había olvidado de sus hijos. Había dicho que tenía cinco.

Aun así, ¿cuán malos podrían llegar a ser? ¿Cinco niños ricos mimados? Ja. He tratado con cosas peores. Como el novio mafioso de mi madre, Leo, que intentó tocarme cuando tenía doce años y que me enseñó la forma correcta de cerrar un puño después de darle un puñetazo en la barriga y casi romperme la mano. Le hizo gracia, y nos hicimos amigos tras eso. Los consejos de defensa personal me ayudaron con el siguiente novio de mi madre, que era igual de sobón. Mamá sí que elegía bien.

Pero intento no juzgarla. Hizo lo que debía para sobrevivir, y nunca dudé de cuánto me quería.

Después de media hora de camino, Durand detiene el coche frente a una verja. Hay una mampara entre nosotros y el asiento del conductor, pero oigo un pitido electrónico, después un zumbido mecánico, y a continuación nos volvemos a poner en marcha. Esta vez vamos más despacio, hasta que finalmente el coche se detiene del todo y los seguros se desbloquean con un clic.

—Hemos llegado a casa —dice Callum en voz baja.

Quiero corregirlo, responder que yo no tengo casa, pero mantengo la boca cerrada.

Durand me abre la puerta y extiende la mano. Me tiemblan ligeramente las rodillas al salir. Hay otros tres vehículos aparcados fuera de un garaje enorme, dos todoterrenos negros y una camioneta rojo cereza que parece fuera de lugar.

Callum se da cuenta de dónde miro y lanza una sonrisa arrepentida.

—Antes teníamos tres Range Rovers, pero Easton cambió el suyo por esa camioneta. Sospecho que quería más espacio para tontear con las chicas con las que sale.

No lo dice con un tono de reproche, sino de resignación. Supongo que Easton es uno de sus hijos. También percibo un poco de… algo en la voz de Callum. ¿Impotencia, quizá? Lo acabo de conocer hace unas cuantas horas, pero, de alguna manera, no me imagino que este hombre se haya sentido indefenso alguna vez, y mis defensas vuelven a estar activas.

—Tendrás que ir al instituto con los chicos durante los primeros días —añade—. Hasta que te consiga un coche. —Entrecierra los ojos—. Bueno, si tienes un permiso en el que aparezca tu nombre y tu verdadera edad, ¿es así?

Asiento a regañadientes.

—Bien.

Después me doy cuenta de lo que acaba de decir.

—¿Me vas a comprar un coche?

—Será lo más fácil. Mis hijos… —Parece elegir sus palabras con cuidado—… no cogen cariño a desconocidos con facilidad. Pero necesitas ir al instituto, así que… —Callum se encoge de hombros y repite—: Será lo más fácil.

No puedo evitar sospechar. Aquí hay algo raro. Este hombre. Sus hijos. Quizá debería haber intentado salir del coche en Kirkwood con más fuerzas. Puede que…

Mis pensamientos se desvanecen cuando veo la mansión por primera vez.

No, el palacio. El palacio real, tal y como se traduce su apellido.

Esto no puede ser de verdad. La casa solo tiene dos pisos, pero es tan larga que apenas veo los extremos. Y hay ventanas por todas partes. Quizá el arquitecto que la diseñó era alérgico a las paredes o tenía miedo a los vampiros.

—Tú… —Mi voz se apaga—. ¿Vives aquí?

—Vivimos aquí —me corrige—. Ahora esta también es tu casa, Ella.

Esta nunca será mi casa. No pertenezco al esplendor, sino a la miseria. Es lo que conozco. Es donde estoy cómoda, porque la miseria no te miente. No tiene un bonito envoltorio. Es lo que es.

Esta casa es una ilusión. Es refinada y hermosa, pero el sueño que Callum me intenta vender es tan endeble como el papel. En este mundo nada conserva su brillo para siempre.

El interior de la mansión de los Royal es tan extravagante como el exterior. Losas blancas de azulejo surcadas con estrías grises y doradas, como las que se usan en los bancos y en las consultas del médico, cubren el suelo del recibidor, que parece extenderse varios kilómetros. El techo parece no acabar y estoy tentada de gritar algo solo para ver hasta dónde resuena el eco.

Las escaleras a ambos lados de la entrada convergen en un balcón que se encuentra sobre el recibidor. La lámpara de araña que hay en lo alto del techo debe de tener cientos de bombillas y tantos cristales que, si me cayese en la cabeza, solo encontrarían polvo de cristal. Debería estar en un hotel. No me sorprendería que la hubiesen cogido de uno.

Veo riqueza por todas partes.

Y mientras tanto, Callum me observa con cautela, como si hubiese entrado en mi mente y se hubiese dado cuenta de lo cerca que estoy de perder los papeles. De escapar rápidamente, porque yo no pertenezco a este lugar, ni de coña.

—Sé que es diferente a lo que estás acostumbrada —dice bruscamente—. Pero también te acostumbrarás a esto. Te gustará. Te lo prometo.

Se me tensan los hombros.

—No me haga promesas, señor Royal. A mí no, nunca.

Veo en su cara que mi respuesta le ha afectado.

—Llámame Callum. E intentaré cumplir todas las promesas que te haga, Ella. De la misma forma que intenté cumplir las que hice a tu padre.

Algo en mi interior se suaviza.

—Tú… eh… —Pronuncio las palabras torpemente—. A ti realmente te importaba mi… Steve, ¿verdad?

—Era mi mejor amigo —responde Callum—. Le habría confiado mi vida.

Debe de ser bonito. La única persona en la que confiaba se ha ido para siempre. Está muerta y enterrada. Pienso en mi madre y al instante la echo tanto de menos que se me cierra la garganta.

—Esto… —Intento sonar informal, como si no estuviese a punto de llorar o de venirme abajo—. Entonces, ¿tienes un mayordomo o algo así? ¿O una ama de llaves? ¿Quién cuida de este sitio?

—Tengo servicio. No tendrás que fregar suelos para ganarte el pan. —Su sonrisa desaparece cuando ve mi mirada seria.

—¿Dónde está mi carta?

Callum debe de sentir lo cerca que estoy de perder la cabeza porque su tono de voz se dulcifica.

—Mira, es tarde, y ya has tenido suficientes emociones por un día. ¿Por qué no dejamos esta conversación para mañana? Ahora solo quiero que duermas largo y tendido. —Me observa con complicidad—. Tengo el presentimiento de que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que dormiste así.

Tiene razón. Tomo aire y exhalo despacio.

—¿Dónde está mi habitación?

—Te llevaré… —Unas pisadas que resuenan por encima de nosotros lo interrumpen y observo un destello de aprobación en sus ojos azules—. Ahí están. Gideon está en la universidad, pero he pedido al resto que bajen para conocerte. No siempre escuchan…

Y por lo visto siguen sin hacerlo, porque ignoran la orden que les ha dado. Y también a mí. Cuatro chicos de pelo oscuro aparecen en la barandilla curvada del balcón, pero ninguno posa su mirada en mí.

Abro la boca ligeramente, antes de cerrarla de nuevo y hacerme la fuerte ante la agresiva representación que tiene lugar arriba. No dejaré que vean cuánto me ha afectado, pero joder, estoy afectada. No, estoy intimidada.

Los chicos Royal no son lo que esperaba. No tienen pinta de ricachones con ropa pija. Parecen ladrones amenazadores que podrían partirme la cara con facilidad.

Todos son tan altos como su padre. Sin duda superan el metro ochenta y tienen varios grados de musculatura; los dos de la derecha son más esbeltos, los dos de la izquierda tienen los hombros anchos y unos brazos esculpidos. Deben de ser atletas. Nadie está tan cachas sin trabajar duro ni sudar la camiseta.

Ahora estoy nerviosa porque nadie ha dicho nada. Ni ellos ni Callum. A pesar de que estoy abajo, lejos de ellos, me doy cuenta de que todos sus hijos tienen los ojos azules, brillantes y penetrantes de su padre, al que miran fijamente.

—Chicos —dice finalmente—. Venid a conocer a nuestra invitada. —Callum niega con la cabeza como si se corrigiese a sí mismo—. Venid a conocer al nuevo miembro de nuestra familia.

Silencio.

Es inquietante.

El del medio sonríe con superioridad. Solo esboza una pequeña sonrisa torcida. Se burla de su padre mientras apoya sus musculosos brazos en la barandilla, sin decir palabra alguna.

—Reed. —La voz imponente de Callum resuena entre las paredes—. Easton. —Pronuncia otro nombre—. Sawyer. —Y otro—. Sebastian. Bajad aquí. Ahora.

Los chicos no se mueven. Me doy cuenta de que los dos de la derecha son gemelos. Son idénticos a la vista y tienen la misma pose insolente, con los brazos sobre el torso. Uno de los gemelos mira a un lado, hacia el hermano que está en el extremo izquierdo.

Un escalofrío me recorre el cuerpo. De él es de quien tengo que preocuparme. Él es a quien tengo que vigilar.

Es el único que me observa, con una mirada calculadora. Cuando nuestros ojos se encuentran, el corazón empieza a latirme más rápido. Tengo miedo. Quizá, en otras circunstancias, el corazón me latiría por una razón diferente. Porque es guapísimo. Todos lo son.

Pero este me asusta, y me esfuerzo por intentar esconder mi reacción. Cruzo una mirada con él, desafiante. Baja, Royal. Vamos.

Sus ojos azul oscuro se entrecierran ligeramente. Se da cuenta de que estoy retándolo, en silencio. Mi resistencia no le gusta. Entonces, se da la vuelta y se marcha. El resto lo sigue como si fuese una orden. Hacen caso omiso a su padre con la mirada. Las pisadas resuenan en la casa cavernosa. Después, se cierran puertas.

Callum, que está junto a mí, suspira.

—Siento todo eso. Pensé que lo habían entendido. Han tenido tiempo para prepararse, pero está claro que necesitan más para digerir todo esto.

¿Todo esto? Se refiere a mí. A mi presencia en su casa, a la conexión con su padre, que no sabía que tenía hasta hoy.

—Estoy seguro de que por la mañana te darán una mejor bienvenida —añade.

Parece que trate de convencerse a sí mismo.

Pero está claro que a mí no me ha convencido.

Capítulo 5

Me despierto en una cama extraña. No me gusta. No es por la cama. La cama es la leche. Es blanda pero firme a la vez, y las sábanas son suaves como la seda, no como las telas rasposas a las que estoy acostumbrada cuando duermo en una cama con sábanas. He dormido muchas veces en un saco de dormir, y al cabo de un tiempo los sacos de nailon empiezan a oler mal.

Esta cama huele a miel y lavanda.

Todo este lujo y esta finura resulta amenazador, porque sé por experiencia propia que después de que te ocurra algo bueno siempre recibes una sorpresa desagradable. Una vez, mamá volvió del trabajo y me dijo que nos mudaríamos a un sitio mejor. Un hombre alto y delgado vino a ayudarnos a recoger nuestras pertenencias, y varias horas más tarde estábamos en su diminuta casa. Era adorable, con cortinas de tela a cuadros en la ventana, y, a pesar de que era pequeña, tenía mi propia habitación.

Esa misma noche, unos gritos y el sonido de cristales haciéndose añicos me despertaron. Mamá vino corriendo a mi habitación, me sacó de la cama y abandonamos la casa en un abrir y cerrar de ojos. Hasta que no estábamos a un par de manzanas de la casa y nos detuvimos no vi el cardenal que se formaba en su mejilla.

Así que las cosas buenas no equivalen a personas buenas.

Me incorporo en la cama y miro mi alrededor. Toda la habitación está diseñada para una princesa, una muy joven. Hay tantas cosas rosas y volantes que me dan arcadas. Solo faltan los pósteres de Disney, aunque estoy segura de que los pósteres son demasiado ordinarios para esta casa, igual que mi mochila, colocada en el suelo cerca de la puerta.

De repente, recuerdo todo lo que sucedió el día anterior y me detengo en el fajo de billetes de cien. Salto de la cama y cojo la mochila. La abro y suspiro aliviada cuando veo la cara de Benjamin Franklin impresa en los billetes. Hojeo los billetes y escucho el delicioso sonido del papel que reemplaza el silencio de la habitación. Ahora mismo podría cogerlo e irme. Podría vivir con diez mil durante un buen tiempo.

Pero… Callum Royal me ha prometido mucho más si me quedo. La cama, la habitación, diez mil dólares al mes hasta graduarme… ¿solo por ir al instituto? ¿Por vivir en esta mansión? ¿Por conducir mi propio coche?

Guardo el dinero en un bolsillo secreto al fondo de la mochila. Le daré un día. Nada me impide irme mañana, el próximo mes o el siguiente. En cuanto las cosas vayan mal, me piraré.

Con el dinero en un sitio seguro, tiro el resto de cosas que tengo dentro de la mochila sobre la cama y hago inventario. Tengo dos pares de vaqueros pitillos, los vaqueros holgados que me puse al volver del local nocturno para no llamar la atención, cinco camisetas, cinco bragas, un sujetador, el corsé con el que bailé anoche, un tanga, un par de zapatos de stripper y un vestido bonito que en su día fue de mi madre. Es negro, corto y hace que parezca que tengo más delantera que la que Dios me ha dado. Hay un maletín de maquillaje (de nuevo, cosas que mamá usaba), pero también restos de varias bailarinas de striptease que conocimos por el camino. El kit vale por lo menos mil dólares.

También tengo mi libro de poesía de Auden, el objeto más romántico e innecesario de mis pertenencias, a mi parecer, pero lo encontré en la mesa de una cafetería y la inscripción coincidía con la de mi reloj. No lo podía dejar allí. Fue el destino, aunque tiendo a no creer en esas cosas. El destino es para los débiles, aquellos que no tienen suficiente poder o voluntad para encauzar su vida como necesitan. Yo todavía no lo he conseguido. No tengo bastante poder, pero lo tendré algún día.

Paso la mano por la cubierta del libro. Quizá podría encontrar trabajo de camarera a media jornada en algún sitio. Un asador estaría bien. Eso me proporcionaría algo de dinero para no tener que utilizar los diez mil, que considero intocables.

De repente, me sobresalto al oír un golpe en la puerta.

—¿Callum? —pregunto.

—No, soy Reed. Abre.

Miro mi camiseta extragrande. Era de uno de los antiguos novios de mi madre, y me cubre bastante, pero no voy a enfrentarme a la mirada enfadada y acusadora de uno de los chicos Royal sin estar bien preparada. Lo que significa estar vestida y llevar una capa de maquillaje.

—No estoy arreglada.

—Me importa una mierda. Te doy cinco segundos antes de entrar —responde con contundencia y en un tono apagado.

Capullo. Con los músculos que tiene, no me cabe duda de que podría tirar la puerta abajo si quisiera.

Camino hacia la puerta dando pisotones y la abro.

—¿Qué quieres?

Me mira de arriba abajo con grosería, y, aunque la camiseta cae lo suficiente como para cubrir cualquier cosa atrevida, me hace sentir como si estuviese desnuda por completo. Odio eso, y la desconfianza que nació anoche se convierte en antipatía genuina.

—Quiero saber a qué juegas. —dice, y da un paso adelante. Sé que lo dice para intimidarme. Es un tío que utiliza su físico como arma y como cebo.

—Creo que deberías hablar con tu padre. Él es quien me secuestró y me trajo aquí.

Reed da un paso más hasta que estamos tan cerca que, cada vez que respiramos, nuestros cuerpos se tocan.

Es lo suficientemente guapo para que se me seque la boca y empiece a sentir un hormigueo en zonas que no creía que un gilipollas como él pudiese despertar. Pero otra lección que aprendí de mi madre es que a tu cuerpo pueden gustarle cosas que tu cabeza odie. Tu cabeza tiene que ser la que mande. Esa fue una de sus reprimendas que seguían con un «haz lo que digo, no lo que hago».

Es un capullo y quiere hacerte daño, le grito a mi cuerpo. Mis pezones se endurecen a pesar de la advertencia.

—Y tú te resististe con todas tus fuerzas, ¿verdad? —Mira con desdén las elevaciones que se han formado bajo mi delgada camiseta.

Yo solo puedo fingir que siempre tengo los pezones así.

—Te lo repito, deberías hablar con tu padre.

Me doy la vuelta y finjo que Reed Royal no ataca cada terminación nerviosa de mi cuerpo. Camino hacia la cama y cojo un par de bragas básicas. Como si nada me importara, me quito las que llevo y las dejo en la alfombra color crema.

Oigo una respiración agitada a mis espaldas. Un punto para el equipo visitante.

Me pongo la ropa interior limpia lo más tranquilamente posible, la subo por las piernas hasta llegar a la camiseta, con cuidado. Noto como me recorre el cuerpo con la mirada, como si me tocara.

—Que sepas que, sea cual sea tu juego, no vas a ganar. No contra todos nosotros. —Su voz se ha vuelto más profunda y áspera. Mi espectáculo le afecta. Otro punto para mí. Me alegra mucho estar de espaldas a él para que no vea que su voz y su mirada me afectan—. Si te vas ahora, no te haremos daño. Dejaremos que te quedes lo que papá te ha dado, y ninguno de nosotros te molestará. Si te quedas, te destrozaremos de tal manera que no tendrás más remedio que marcharte a rastras.

Me pongo los vaqueros y entonces, todavía de espaldas, empiezo a quitarme la camiseta.

Entonces oigo una risa fuerte y unas rápidas pisadas. Reed me agarra el hombro con la mano, aunque mantiene mi camiseta en su sitio. Me da la vuelta para ponerme frente a él. Después, se inclina sobre mí y, con sus labios a escasos centímetros de mi oído, me dice:

—Noticia de última hora, nena: puedes desnudarte delante de mí todos los días, y aun así, no me acostaría contigo, ¿lo pillas? Puede que tengas a mí padre comiendo de tu mano, pero el resto sabemos de qué vas.

La cálida respiración de Reed baja por mi cuello y tengo que controlarme con todas mis fuerzas para no temblar. ¿Estoy asustada? ¿Excitada? A saber. Mi cuerpo está muy confundido. Mierda. ¿Soy la hija de mi madre? Porque sentir debilidad por los tíos que tratan mal a una chica o una mujer es… era, joder, la tarjeta de visita de Maggie Harper.

—Suéltame —contesto con frialdad.

Me aprieta el hombro con los dedos durante un momento antes de distanciarse de mí. Yo tropiezo hacia delante y me agarro al borde de la cama.

—Estaremos vigilándote —añade en un tono misterioso, y después se marcha.

Las manos me tiemblan mientras me termino de vestir. A partir de ahora siempre voy a ir vestida en casa, incluso dentro de mi habitación. Ese idiota de Reed no volverá a pillarme con la guardia baja jamás.

—¿Ella?

Pego un bote, sobresaltada, y me doy la vuelta. Callum está de pie al lado de la puerta abierta.

—Callum, me has asustado —digo en un tono agudo, y me llevo la mano al corazón, que late desbocado.

—Lo siento. —Entra en la habitación con una hoja de cuaderno gastada—. Tu carta.

Lo miro a los ojos, sorprendida.

—Eh… esto… gracias.

—Pensabas que no te la daría, ¿no?

Yo hago una mueca.

—La verdad es que no estaba segura de que existiera.

—No te mentiré, Ella. Tengo muchos defectos. Las travesuras de mis hijos podrían llenar un libro más largo que Guerra y paz, pero no miento. Tan solo voy a pedirte que me des una oportunidad. —Posa el papel en mi mano—. Cuando hayas terminado, baja y desayuna. Al final del pasillo hay unas escaleras que conducen a la cocina. Ven cuando estés lista.

—Gracias, lo haré.

Sonríe de forma amable.

—Me alegro mucho de que estés aquí. Durante un tiempo pensé que nunca te encontraría.

—No… no sé qué decir. —Si solo estuviésemos Callum y yo creo que me aliviaría estar aquí, quizá incluso me sentiría agradecida, pero después del encuentro con Reed siento una mezcla de miedo y terror.

—No pasa nada. Te acostumbrarás a todo esto. Lo prometo. —Me guiña el ojo en un intento de asegurármelo y se va.

Entonces, me dejo caer en la cama y desdoblo la carta con dedos temblorosos.

Querido Steve:

No sé si esta carta te llegará alguna vez o si creerás lo que te cuento en ella cuando la leas. La enviaré a la base naval de Little Creek con tu número de identificación. Te dejaste aquí un trozo de papel en el que aparecía, junto con tu reloj. Yo me quedé el reloj. De algún modo recordé tu maldito número.

Bueno, al grano, me dejaste embarazada en el frenesí que vivimos aquel mes antes de que te destinasen a Dios sabe dónde. Para cuando me di cuenta de que estaba preñada, tú ya te habías ido. Los chicos de la base no estaban interesados en escuchar mi historia. Sospecho que ahora tú tampoco lo estarás.

Pero si lo estás, deberías venir. Tengo cáncer. Esta acabando con mi colon. Juro que lo siento dentro de mí, como si fuese un parásito. Mi pequeña va a quedarse sola. Es fuerte. Dura. Más dura que yo. La adoro. Y, aunque no tengo miedo a la muerte, temo que se quede sola.

Sé que no fuimos más que dos cálidos cuerpos que se acostaron juntos, pero te juro que hemos creado lo mejor del mundo. Te odiarás a ti mismo si no llegas al menos a conocerla.

Ella Harper. La llamé así por esa caja de música tan cursi que ganaste para mí en Atlantic City. Pensé que te gustaría.

Bueno, espero que esta carta te llegue a tiempo. Ella no sabe que existes, pero tiene tu reloj y tus ojos. Sabrás que es ella la primera vez que la veas.

Atentamente,

Maggie Harper.

Me meto en el baño privado, también de rosa chicle, para ponerme un paño en la cara. No llores, Ella. No sirve de nada. Me inclino sobre el lavabo y me echo agua en la cara, fingiendo que las gotas que caen sobre la porcelana son de agua y no lágrimas.

Cuando lo tengo todo controlado, me peino el pelo con un cepillo y me hago una coleta alta. Me echo algo de hidratante con color para cubrirme los ojos rojos y lo doy por terminado.

Antes de irme, guardo todo en la mochila y me la echo al hombro. Me la llevaré adonde vaya hasta que encuentre un lugar donde esconderla.

Paso por delante de cuatro puertas hasta que llego a la escalera trasera. El pasillo que hay junto a mi habitación es tan amplio que podría conducir uno de los coches de Callum por él. Vale, este sitio tiene que haber sido un hotel alguna vez, porque es ridículo que una casa familiar sea tan grande.

La cocina, al final de las escaleras, es enorme. Hay dos cocinas, una isla con una encimera de mármol y muchos armarios blancos. Veo un fregadero, pero no encuentro la nevera ni el lavavajillas. Quizá haya otra cocina en las entrañas de la casa y me manden fregar el suelo de allí, a pesar de lo que Callum dijo. Lo que, de hecho, me parecería bien. Me sentiría más cómoda si me diesen dinero por trabajar de verdad que simplemente por ir al instituto y ser una chica normal, porque ¿a quién le pagan por ser normal? A nadie.

En el extremo más lejano de la cocina hay una mesa enorme y unos ventanales con vistas al mar. Los hermanos Royal están sentados en cuatro de las dieciséis sillas. Todos llevan uniforme: una camisa blanca con el faldón sobre unos pantalones caqui. Hay americanas azules sobre el respaldo de algunas sillas. Y, de alguna forma, cada chico consigue parecer atractivo y tener un toque salvaje.

Este sitio es como el jardín del Edén. Hermoso pero lleno de peligros.

—¿Qué tipo de huevos prefieres? —pregunta Callum. Se encuentra frente a la cocina con una espátula en la mano y dos huevos en la otra. No parece estar cómodo. Un breve vistazo a los chicos confirma mis sospechas. Callum cocina pocas veces.

—Me gustan revueltos. —Nadie puede cocinar mal unos huevos revueltos. Callum asiente y después señala con la espátula la gran puerta de un armario que hay junto a él—. Hay fruta y yogur en el frigorífico, y bollos detrás de mí.

Me dirijo al armario y lo abro mientras los cuatro chicos observan mis movimientos con una mirada taciturna y enfadada. Es como cuando el primer día en un colegio nuevo todos deciden odiar a la chica nueva porque sí. Se enciende una luz y el aire frío me golpea en la cara. Una nevera escondida. ¿Por qué querría alguien ver que tienes una nevera? Qué raro.

Saco un envase con fresas y lo dejo en la encimera.

Reed tira su servilleta a la mesa.

—He terminado. ¿Quién quiere que lo lleve?

Los gemelos echan sus sillas para atrás, pero el otro, creo que es Easton, niega con la cabeza.

—Yo voy a recoger a Claire.

—Chicos —dice su padre en tono de advertencia.

—No pasa nada. —No quiero empezar una pelea o ser motivo de tensión entre Callum y sus hijos.

—No pasa nada, papá —responde Reed a modo de burla. Se gira hacia sus hermanos—. Salimos en diez minutos.

Todos le siguen como crías de pato. Aunque quizá sería mejor compararlos con soldados.

—Lo siento —dice Callum. Suspira y continúa—: No sé por qué están tan molestos. Tenía pensado llevarte yo al instituto de todas formas. Simplemente tenía la esperanza de que fuesen más… amables contigo.

El olor a huevo quemado hace que ambos nos giremos hacia los fogones.

—Mierda —maldice. Me pongo a su lado y veo un revoltijo oscuro solidificado. Callum sonríe arrepentido—. Nunca cocino, pero pensé que no podría preparar unos huevos mal. Supongo que me equivocaba.

¿Así que nunca cocina para sus hijos, pero sí para una chica extraña a la que acaba de traer a casa? No es difícil adivinar por qué están resentidos.

—¿Tienes hambre? Porque yo tengo suficiente con la fruta y el yogur. —La fruta fresca es algo que no he tenido el privilegio de comer a menudo. La comida fresca es símbolo de ser privilegiado.

—De hecho, estoy famélico —contesta, con una mirada apenada.

—Puedo hacer unos huevos. —Antes de que termine de hablar, Callum ya ha sacado un paquete de beicon —. Y beicon si tienes.

Callum se apoya contra la encimera mientras cocino.

—Así que cinco hijos, ¿eh? Son unos cuantos.

—Su madre falleció hace dos años. Nunca se han repuesto. Ninguno de nosotros lo ha hecho, de hecho. Maria era el pegamento que nos unía. —Se pasa una mano por el pelo—. Antes de que ella falleciese yo no pasaba mucho tiempo con ellos. Atlantic Aviation pasaba por una racha complicada, y yo buscaba tratos por todo el mundo. —Deja escapar un suspiro—. He conseguido levantar el negocio… todavía sigo trabajando en mi familia.

Por lo que he visto de sus hijos, creo que no han mejorado muchas cosas, pero las habilidades paternales de Callum no son asunto mío. Emito un sonido evasivo con la garganta que Callum toma como un estímulo para continuar.

—Gideon es el mayor. Está en la universidad, pero vuelve los fines de semana. Creo que está saliendo con alguien de la ciudad, aunque no sé con quién. Lo conocerás esta noche.

Genial… La verdad es que no.

—Me encantaría. —Tanto como ponerme un enema.

—Me gustaría llevarte al instituto y matricularte. Después de solucionarlo todo, Brooke, mi novia, se ha ofrecido para llevarte de compras. Imagino que podrás empezar el instituto el lunes.

—¿Voy muy atrasada?

—Las clases empezaron hace dos semanas. He visto tus notas, así que creo que estarás bien —me asegura.

—Tus detectives deben de ser muy buenos si tienes mi expediente escolar. —Frunzo el ceño y clavo la mirada en los huevos.

—Te has mudado en muchas ocasiones, pero sí; cuando descubrí el nombre completo de tu madre, no fue difícil dar marcha atrás y obtener todo lo que necesitaba.

—Mamá me cuidó lo mejor que pudo —respondo con la barbilla alta.

—Se desnudaba por dinero. ¿Te obligó a hacerlo a ti también? —responde Callum con rabia.

—No. Ella no tuvo nada que ver con eso. —Echo sus huevos en un plato. Puede cocinarse su maldito beicon él solo. Nadie habla mal de mi madre delante de mí.

Callum me coge del brazo.

—Mira, yo…

—¿Interrumpo algo? —pregunta alguien desde el umbral de la puerta.

Me doy la vuelta y veo a Reed. Su voz es gélida como el hielo, pero sus ojos desprenden fuego. No le gusta que esté tan cerca de su padre. Sé que es un movimiento completamente estúpido, pero hay algo en mí que hace que me acerque incluso más a Callum, a que me coloque casi bajo su brazo. Callum presta atención a su hijo, por lo que no se da cuenta de la razón de mi repentina cercanía. Sin embargo, los ojos entrecerrados de Reed me dicen que ha recibido el mensaje.

Alzo la mano y la poso en el hombro de Callum.

—No, solo le preparaba el desayuno a tu padre. —Sonrío con dulzura.

La expresión de Reed se torna más furiosa.

—Se me ha olvidado la chaqueta. —Se dirige a la mesa y la coge de la silla.

—Te veo en el instituto, Reed —respondo en un tono burlón.

Reed me lanza otra mirada y se marcha. Dejo caer la mano del hombro de Callum, que me mira, divertido.

—Estás provocando a un tigre.

Yo me encojo de hombros.

—Ha empezado él.

Callum niega con la cabeza.

—Y yo que pensaba que criar a cinco hijos era una aventura. Todavía no he visto nada, ¿verdad?

Capítulo 6

Callum me lleva al instituto en el que estudiaré los próximos dos años. Bueno, Durand es el que nos lleva. Callum y yo nos sentamos en la parte de atrás, y, mientras él reorganiza lo que parecen copias de planos, miro por la ventana e intento no pensar en el encontronazo que he tenido con Reed en mi habitación.

Pasan diez minutos hasta que Callum deja de prestar atención a su trabajo.

—Lo siento, estoy poniéndome al día. Me ausenté de la oficina después de que Steve falleciese, y la junta me presiona para que me ponga al día con todo.

Estoy tentada de preguntarle cómo era Steve, si era agradable, lo que hacía para divertirse, por qué se acostó con mi madre y nunca miró atrás. En lugar de eso me quedo callada. Una parte de mí no quiere saber nada de mi padre. Porque si sé de él, se convertirá en alguien real. Quizá se convierta en alguien bueno. Es más fácil pensar en él como el capullo que abandonó a mi madre.

Señalo los papeles.

—¿Son planos de tus aviones?

Callum asiente.

—Estamos diseñando un nuevo caza con motor de reacción. Lo ha encargado el ejército.

Madre mía. No solo construye aviones. Construye aviones de militares. Debe de ganar mucho dinero. Por otro lado, teniendo en cuenta la casa que tiene, no debería sorprenderme.

—Y mi pa… Steve… ¿También diseñaba aviones?

—Él estaba más involucrado en la parte de las pruebas. Yo también, en cierta medida, pero a tu padre le apasionaba volar.

A mi padre le gustaba pilotar aviones. Archivo esa información.

Cuando me quedo callada, la voz de Callum se suaviza.

—Me puedes preguntar lo que quieras sobre él, Ella. Conocía a Steve mejor que nadie.

—No estoy segura de estar preparada para saber de él todavía —respondo vagamente.

—Lo entiendo. Pero me encantará hablarte de él cuando lo estés. Fue un gran hombre.

Me muerdo la lengua para no decirle que no fue tan bueno si me abandonó, pero no quiero discutir con Callum.

Todos los pensamientos sobre Steve desaparecen cuando el coche llega a unas puertas que deben de medir como mínimo seis metros. ¿Así viven los Royal, conduciendo de reja en reja? Las atravesamos y nos mantenemos en la carretera pavimentada que termina delante de un edificio de estilo gótico cubierto de hiedra. Miro alrededor cuando salimos del coche y veo edificios parecidos que salpican las impolutas instalaciones del colegio Astor Park, junto con hectáreas de césped. Supongo que por eso el colegio se llama Astor Park, que quiere decir «parque Astor» en castellano.

—Quédate por aquí —ordena Callum a Durand a través de la ventanilla abierta del asiento del conductor—. Te llamaré cuando estemos listos para irnos.

El coche negro se dirige hacia una zona de aparcamiento situada al extremo del camino. Callum se gira hacia mí y dice:

—El director Beringer nos espera.

Es difícil mantener la boca cerrada mientras lo sigo por las amplias escaleras que dirigen a la puerta principal. Este sitio es una locura. Rezuma dinero y clase alta. El césped cortado a la perfección y el patio gigantesco están desiertos, supongo que todos ya están en clase; a lo lejos veo un borrón de chicos ataviados con el uniforme azul jugando al futbol en uno de los campos.

Callum sigue mi mirada.

—¿Practicas algún deporte?

—Eh, no. Es decir, soy algo atlética. Baile, gimnasia y esas cosas. Pero no soy muy buena deportista.

Él frunce los labios.

—Es una pena. Si te unieses a algún equipo, estarías exenta de la clase de educación física. Preguntaré si hay algún hueco en uno de los equipos de animadoras, puede que encajes bien ahí.

¿Animadora? Sí, claro. Necesitas vigor para eso, y yo soy la persona menos vigorosa que conozco.

Entramos en un vestíbulo que es igual al de esas películas en las que salen colegios privados. Grandes retratos de exalumnos cuelgan de los paneles de roble de las paredes y el suelo de madera está pulido. Algunos chicos que visten americanas azules pasan junto a nosotros y fijan sus miradas curiosas en mí antes de seguir su camino.

—Reed y Easton juegan a fútbol americano. Nuestro equipo está el primero en la liga estatal. Y los gemelos juegan a lacrosse —dice Callum—. Si consigues entrar en el equipo de animadoras, quizá acabes animando a uno de sus equipos.

Me pregunto si se da cuenta de que me está dando más razones para no ser animadora. No pienso dar saltos y agitar los brazos para animar a uno de los capullos Royal.

—Puede —murmuro—. Aunque preferiría concentrarme en los estudios.

Callum entra en la sala de espera de la oficina del director como si hubiese estado allí cientos de veces. Probablemente sea así, porque la secretaria de pelo blanco tras el escritorio lo saluda como si fuesen viejos amigos.

—Señor Royal, me alegra verlo por aquí y que no sea para solucionar un problema.

Callum responde con una sonrisa torcida.

—Qué me va a decir. ¿Está listo François?

—Sí. Los espera dentro.

La reunión con el director va mejor de lo que esperaba. Me pregunto si Callum le habrá dado algo de dinero al tipo para que no haga demasiadas preguntas sobre mí. Pero le debe haber contado algo, porque al principio me pregunta si quiero que me llamen Ella Harper o Ella O’Halloran.

—Harper —respondo con frialdad. No pienso abandonar el apellido de mi madre. Fue ella quien me crio, no Steve O’Halloran.

Me dan el horario, que incluye una clase de gimnasia. A pesar de mis protestas, Callum le cuenta al director Beringer que estoy interesada en hacer las pruebas para ser animadora. Dios, no sé qué tiene este hombre contra la asignatura de Educación Física.

Al terminar, Beringer me estrecha la mano y me dice que mi guía me espera en el vestíbulo para darme un tour rápido. Miro asustada a Callum, pero él no se da cuenta; está demasiado ocupado hablando de lo complicado que es el hoyo nueve. Por lo visto Beringer y él juegan al golf juntos, y cuando se despide de mí me informa de que Durand traerá el coche dentro de una hora.

Yo me muerdo el labio y salgo del despacho. No sé cómo sentirme con respecto a este colegio. Me han dicho que es académicamente excelente. Pero todo lo demás… los uniformes, los edificios sofisticados… no estoy hecha para estar aquí. Yo ya lo sé, y mis pensamientos se confirman cuando conozco a mi guía.

Lleva una falda azul marina y una camisa blanca que conforman el uniforme, y todo en ella rezuma dinero, desde su pelo perfectamente arreglado hasta su manicura francesa. Se presenta como Savannah Montgomery, «sí, esos Montgomery» dice a propósito, como si eso fuese a ponerme al tanto. Sigo sin saber quién es.

Está en penúltimo curso, como yo, y me mira de arriba abajo durante unos veinte segundos. Se le arruga la nariz al ver mis vaqueros estrechos, mi camiseta, las botas militares, mi pelo, mis uñas sin cuidar y el maquillaje aplicado con prisa.

—Te enviarán los uniformes a casa este fin de semana —me informa—. La falda no es negociable, pero se puede cambiar el largo del dobladillo. —Me guiña el ojo y se alisa la falda, que apenas le cubre los muslos. Las chicas que he visto por el pasillo llevaban las faldas hasta la rodilla.

—¿Qué, si le haces una mamada a los profesores te dejan acortar la falda? —pregunto educadamente.

Savannah abre los ojos de color azul claro como platos. Después ríe incómoda.

—Eh, no. Simplemente pásale uno de cien a Beringer si uno de los profesores se queja y mirará para otro lado.

Debe de estar bien vivir en un mundo donde puedes pasar«uno de cien» a la gente. Yo soy una chica de un dólar. Esos eran los que nos metían en el tanga.

Decido no contarle eso a Savannah.

—Bueno, te enseñaré esto —dice, pero en apenas un minuto me doy cuenta de que no está interesada en hacer de guía. Quiere información.

—Una clase, otra clase, el baño de las chicas. —Señala varias puertas con su delicado dedo mientras caminamos por el pasillo—. ¿Entonces Callum Royal es tu tutor legal? Otra clase, otra más, la sala de profesores de penúltimo año… ¿Por qué?

Respondo con frialdad:

—Conocía a mi padre.

—El socio de Callum, ¿verdad? Mis padres estuvieron en su funeral. —Savannah se echa el pelo castaño hacia atrás y abre unas puertas—. Las clases de los de primer año —comenta—. No pasarás mucho tiempo aquí. Las de segundo año están en el ala este. Así que vives con los Royal, ¿eh?

—Sí. —No añado nada más.

Pasamos rápidamente por una larga fila de taquillas que no se parecen en nada a las estrechas taquillas oxidadas de los institutos públicos a los que he asistido a lo largo de los años. Estas son de color azul marino e igual de anchas que tres normales. Brillan por los rayos de sol que se cuelan por las ventanas del pasillo.

Antes de darme cuenta salimos y andamos por un camino adoquinado y bordeado de árboles que dan sombra. Savannah señala otro edificio cubierto de hiedra.

—Ese es el ala de los de penúltimo año. Todas tus clases se impartirán allí. Excepto Educación Física: el gimnasio está en el campo sur.

Ala este. Campo sur. Este colegio es ridículo.

—¿Ya has conocido a todos los chicos? —Se detiene en mitad del camino y fija sus ojos oscuros y astutos en mi cara. Me vuelve a estudiar.

—Sí. —La miro a los ojos directamente—. No me han impresionado.

Savannah ríe, sorprendida.

—Entonces eres parte de la minoría. —Su cara vuelve a adquirir una expresión seria—. Lo primero que debes saber sobre Astor Park es que los Royal controlan este sitio, Eleanor.

—Ella —la corrijo.

Ella gesticula con la mano.

—Lo que sea. Ellos ponen las reglas. Ellos las hacen cumplir.

—Y todos vosotros los obedecéis como buenas ovejitas.

Sus labios se contraen en una pequeña mueca.

—Si no lo haces, pasarás cuatro años horribles.

—Bueno, pues me importan un comino sus reglas —respondo sacudiéndome de hombros—. Puede que viva en su casa, pero ni los conozco ni quiero hacerlo. Solo estoy aquí para terminar mis estudios.

—De acuerdo, supongo que es hora de que te dé otra lección sobre Astor —responde, y echa los hombros hacia atrás—. La única razón por la que soy amable contigo…

Espera, ¿para ella esto es ser amable?

—… es porque Reed todavía no ha emitido el decreto Royal.

Levanto una ceja.

—¿Y eso qué significa?

—Significa que basta que diga una palabra para que no seas nadie aquí. Insignificante. Invisible. O peor.

Me echo a reír.

—¿Se supone que me tiene que asustar?

—No, es la verdad. Hemos estado esperando que aparecieras. Nos han avisado y ordenado que no hagamos nada hasta nueva orden.

—¿Quién? ¿Reed? ¿El rey de Astor Park? Vaya, mira como tiemblo.

—Todavía no han tomado una decisión respecto a ti. Aunque lo harán pronto. Te conozco desde hace cinco minutos y ya sé cuál será. —Sonríe de forma burlona—. Las mujeres tenemos un sexto sentido. No nos lleva mucho tiempo saber a quién nos enfrentamos.

Le devuelvo la sonrisa.

—No, es cierto.

El choque de miradas solo dura varios segundos. Lo suficiente para transmitirle que me importan una mierda ella, Reed y la jerarquía social que obedece. Después, Savannah se echa el pelo hacia atrás de nuevo y me sonríe.

—Vamos, Eleanor, deja que te muestre el campo de fútbol americano. ¿Sabes que es lo más novedoso en estadios?

Capítulo 7

El tour de Savannah se termina tras la visita a la piscina interior de tamaño olímpico. Si hay algo de mí que le gusta es mi figura. El look «apenas he comido» es popular, me dice con una brusquedad que empiezo a creer que es propia de su personalidad y no un reflejo de lo que piensa de mí.

—Puede que creas que soy una zorra, pero digo la verdad. Astor Park es un colegio totalmente diferente. Supongo que has ido a un instituto público hasta ahora ¿no? —Señala mis baratos vaqueros pitillos.

—Sí, ¿qué pasa? El instituto es el instituto. Lo pillo. Hay grupos diferentes. Los populares, los ricos…

Savannah levanta una mano para interrumpirme.

—No. Esto no se parece a nada que has visto antes. ¿Te acuerdas del gimnasio que hemos visto hace poco? —Asiento con la cabeza—. Al principio iba a ser para el equipo de fútbol americano, pero la familia de Jordan Carrington se quejó y se rediseñó como un gimnasio de acceso libre a excepción de unas horas específicas. Entre las cinco y las ocho de la mañana y las dos y ocho de la tarde solo lo puede utilizar el equipo de fútbol americano. El resto del tiempo, está abierto para el resto de la gente. Genial, ¿eh?

No sé si bromea, porque lo de que tenga acceso limitado es ridículo.

—¿Por qué se quejaron los Carrington? —pregunto con curiosidad.

—Astor Park es una institución de educación secundaria privada. —Savannah continúa andando. No hay quien la pare—. Todas las familias del estado quieren que sus hijos estudien aquí, pero es exclusiva. Todos los que asisten, incluso los becados, están aquí porque tienen algo especial que ofrecer. Puede que se les de genial el fútbol americano o lleven al equipo de ciencias a la victoria, lo que significa publicidad. En el caso de Jordan, es la capitana del equipo de baile, lo que en mi opinión se parece mucho a hacer striptease…

Mierda, espero que no sea eso lo que Callum ha sugerido esta mañana.

—… pero ganan, y a Astor Park le gusta ver su nombre en el periódico al lado del vencedor.

—¿Y qué hago yo aquí entonces? —murmuro en voz baja.

Pero Savannah tiene un oído muy fino, porque cuando abre la puerta responde:

—Eres un tipo de Royal. Aún está por verse cuál. Si eres débil, el instituto te absorberá, así que te aconsejo que te aproveches de todo lo que te ofrece el apellido Royal, aunque sea a la fuerza.

La puerta de un coche se cierra y una chica rubia platino muy delgada que lleva vaqueros ceñidos y zapatos de tacón altísimos se tambalea en nuestra dirección.

—Hola, mmm… —La desconocida se lleva una mano a la frente para que el sol no le dé en los ojos, lo cual es innecesario, ya que tiene unas gafas de sol enormes que le cubren la cara.

Mi guía murmura suavemente:

—Es la novia de Callum Royal. No tienes que ser maja. Es una extra.

Y con ese último sabio consejo, Savannah desaparece y me deja con esta esbelta mujer.

—Tú debes de ser Elaine. Yo soy Brooke, la amiga de Callum. He venido para llevarte de compras. —Da una palmada como si fuese lo más divertido del mundo.

—Ella —le corrijo.

—Oh, ¡lo siento! Se me dan tan mal los nombres. —Me mira con una sonrisa de oreja a oreja—. ¡Hoy nos lo vamos a pasar muy bien!

Titubeo.

—No tenemos que ir de compras. No me importa esperar aquí hasta que venga el autobús.

—Oh, querida —contesta mientras ríe de forma nerviosa—. No hay autobuses. Además, Callum me ha dicho que te lleve de compras, así que eso es lo que haremos.

Me coge el brazo con una sorprendente fuerza y me arrastra a la limusina. Durand está en el interior. Ya empiezo a quererlo.

—Hola, Durand. —Saludo con la mano antes de darme la vuelta y mirar a Brooke—. ¿Qué te parece si me siento delante con Durand y dejo que te relajes en la parte de atrás? —sugiero.

—No. Quiero conocerte. —Me empuja hacia el asiento y se mete detrás de mí—. Cuéntamelo todo.

Reprimo un suspiro; no tengo ganas de charlar con la novia de Callum. Después me reprendo, porque Brooke es amable conmigo. Normalmente no soy tan criticona, así que me obligo a bajar un poco la guardia. En todo caso, parece que Brooke es más de mi estilo que de los Royal, ya que los compañeros de los chicos la llaman extra.

Aunque parece joven. Muy joven. Tan joven que Callum podría ser su padre.

—No hay mucho que contar —respondo, con los hombros encogidos—. Soy Ella Harper. Callum dice que Steve O’Halloran es mi padre.

Brooke asiente.

—Sí, me lo ha contado esta mañana. ¿No es genial? Me ha dicho que te encontró a varias horas de aquí y que lo pasó muy mal al saber que tu madre había fallecido. —Me coge de la mano y su sonrisa se apaga ligeramente—. Mi madre murió cuando yo tenía trece años. Aneurisma cerebral. Me quedé con el corazón roto, así que sé cómo te sientes.

Cuando me aprieta la mano, siento un nudo en la garganta. Trago saliva un par de veces antes de contestar.

—Lo siento.

Cierra los ojos durante un momento, como si también tratase de controlar sus emociones.

—Bueno, ambas estamos en un sitio mejor, ¿a que sí? Callum también me salvó a mí.

—¿Tu también hacías striptease por dinero? —pregunto sin pensar.

Brooke abre los ojos como platos y suelta una risita antes de taparse la boca.

—¿Hacías eso?

—No me desnudaba completamente. —Me encojo ante su risa y deseo no haberlo mencionado.

Ella se calma y me vuelve a dar una palmadita en la mano.

—Siento haberme reído. No me he reído de ti, sino por Callum. Seguramente se sintió avergonzado. Intenta ser un buen padre con todas sus fuerzas, y estoy segura de que conocer a su pupila en un local nocturno tuvo que ser sorprendente.

Ruborizada y avergonzada, miro por la ventana. El día de hoy no podría haber ido peor. Empezando por los sentimientos extraños provocados por el odio agresivo de Reed, seguidos por la condescendiente visita guiada de Savannah y la confesión vergonzosa a la novia de Callum. Odio sentir que estoy en un lugar al que no pertenezco. El primer día en un colegio nuevo. El primer viaje en autobús. El primer…

Un golpecito en la frente interrumpe mis pensamientos.

—Eh, no te pierdas en tu mente, cielo.

Giro la cabeza y miro a Brooke.

—No lo hago —respondo.

—Y una mierda —dice en un tono dulce y cariñoso. Levanta la mano y la posa en mi mejilla—. No me desnudaba, pero eso es porque decidí hacer cosas peores para sobrevivir. No te juzgaré. En absoluto. Lo importante es que ya no estás ahí y que no volverás nunca. Si juegas bien tu mano, tendrás la vida arreglada de por vida. —Entonces, retira la mano y me da una palmadita en la cara—. Ahora sonríe, porque nos vamos de compras.

No voy a mentir, suena bien.

—¿Cuánto gastaremos?

Ya he estado en centros comerciales. La cantidad asciende rápido, incluso cuando hay ofertas, pero si tengo uniforme solo necesitaré un par de cosas. Otro par de pantalones. Quizá una camiseta o dos. La playa está cerca, así que lo lógico es comprar un bañador. Podría gastarme algunos cientos de dólares.

La cara de Brooke se ilumina. Saca una tarjeta y la agita delante de mi cara.

—Has hecho la pregunta equivocada. Todo corre a cargo de Callum, y créeme, no importa que diga que su negocio iba mal hace unos años, ese hombre podría comprar y vender el centro comercial entero y tener todavía bastante para hacer que la prostituta más lujosa tenga un orgasmo.

Ni siquiera sé cómo responder a eso.

Acudimos a un centro comercial al aire libre donde hay pequeñas tiendas con ropa diminuta y etiquetas enormes. Cuando no puedo decidirme a comprar nada (¿mil quinientos dólares por un par de zapatos? ¿Están hechos de oro de verdad?), Brooke toma las riendas y le da artículos y artículos de ropa a la dependienta.

Hay tantas cajas y bolsas que temo que Durand deba cambiar el coche por un camión de mudanzas. Estoy exhausta después de visitar la décima tienda y supongo que Brooke se siente igual cuando la oigo suspirar.

—Voy a sentarme aquí y comer un tentempié mientras tú terminas.

Se sienta en una silla de terciopelo y hace una señal a una dependientam que se acerca de inmediato.

—¿Qué le traigo, señorita Davidson?

—Un mimosa. —Agita la mano con la que sujeta la tarjeta que ha usado hasta ahora. Me sorprende que no se haya derretido—. Ve y compra. Callum se sentirá decepcionado si no vuelves a casa con el maletero lleno de bolsas. Me ha dicho específicamente que necesitas de todo.

—Pero… yo… —Me siento completamente incómoda. Déjame suelta por Walmart o incluso Gap y me irá bien. ¿Pero aquí? Ninguna de estas prendas parece que deba ser usada. Aun así, Brooke ha terminado de hablar conmigo. Ella y la dependienta conversan animadamente sobre qué marcará más tendencia en otoño: la franela gris o el tweed gris.

Cojo la tarjeta a regañadientes, que es más pesada que las que he tocado hasta ahora. Me pregunto si hay otra dentro y por eso Brooke ha comprado media tienda sin que se haya quemado. Me marcho y compro algunas cosas más; tiemblo al ver el precio y me siento aliviada de verdad cuando aparece Durand para llevarnos de vuelta al castillo de los Royal.

De camino a casa, Brooke parlotea y me ofrece consejos sobre cómo conjuntar algunas de mis adquisiciones para crear el modelito de diseñador perfecto. Algunas de sus sugerencias me hacen reír, y me sorprende darme cuenta de que hoy no lo he pasado tan mal con Brooke. Claro que se entusiasma demasiado y es un poco exagerada, pero quizá fui injusta cuando cuestioné el gusto de Callum por las mujeres. Al menos, Brooke entretiene.

—Gracias por el viaje, Durand —digo cuando nos detenemos frente a la puerta de la mansión. Él aparca el coche aquí mismo en lugar de dirigirse a un lateral como hizo ayer, cuando llegamos de Kirkwood.

Durand ayuda a Brooke a salir del coche y a subir las escaleras. Yo los sigo como si fuese la extra, tal y como denominó Savannah a Brooke.

—Ahora recojo las bolsas —me avisa, con la cabeza girada hacia atrás.

Todo eso me hace sentir incómoda e inútil. Debería buscar trabajo. Si tuviese mi propio dinero y algunos amigos de verdad, puede que volviera a sentirme normal.

Cuando soñaba sobre mi futuro, no incluía limusinas, mansiones, chicas bordes ni ropa de diseñador. El péndulo de mi vida se ha balanceado demasiado en la dirección contraria.

Callum espera en el recibidor mientras Durand trae mis bolsas, y Brooke y yo lo seguimos.

—Gracias por la ayuda —le dice Callum a su conductor.

—¡Querido! —Brooke cobra vida cuando escucha la voz de Callum y se lanza a sus brazos—. ¡Lo hemos pasado tan bien!

Callum asiente en señal de aprobación.

—Me alegro. —Me mira—. Gideon está en casa. Quiero que lo conozcas… sin distracciones. Después, ¿te apetece comer algo?

—¿Gideon? —A Brooke se le iluminan los ojos—. Hace demasiado tiempo que no veo a ese chico encantador. —Se pone de puntillas y da un beso a Callum en la mejilla—. Tus planes para comer suenan fabulosos. Tengo muchas ganas.

La voz ronca con la que lo dice casi hace que me sonroje. Callum tose, incómodo.

—Vamos, Ella. Quiero que conozcas a mi hijo mayor —dice, lleno de orgullo, y lo sigo con curiosidad a la parte trasera de la casa, donde una preciosa piscina de azulejos blancos y azules decora un césped perfectamente cuidado.

Dentro de la piscina, hay una flecha humana que se desliza por el agua a brazadas limpias y firmes. Brooke suspira a mi lado. O quizá es un gemido. Tiene sentido que haya emitido cualquiera de esos sonidos porque, incluso dentro del agua, se aprecian los músculos marcados del mayor de los Royal. Y si es como el resto de sus hermanos, fuera del agua su físico será igual de increíble.

Supongo que entiendo por qué se ha alegrado Brooke al escuchar su nombre, pero es un poco extraño, ya que ella es la novia de su padre. Decido que los adultos son complicados. Juzgar sus relaciones no es asunto mío.

Dos largos después, Gideon se detiene y se impulsa fuera de la piscina. Con su bañador Speedo es fácil ver que el tipo no tiene problemas de encogimiento.

—Papá. —Se pasa una toalla por la cara y se la coloca en el cuello. No parece preocuparse o darse cuenta de que está empapando el suelo.

—Gideon, esta es Ella Harper, la hija de Steve.

El mayor de los Royal me mira fijamente.

—Así que la has encontrado.

—Así es.

Hablan de mí como si fuese un cachorro perdido.

Callum posa la mano en mi hombro y me empuja hacia delante.

—Encantada de conocerte, Gideon. —Me limpio la mano en los vaqueros y después la extiendo.

—Igualmente. —Él la estrecha y, a pesar de la frialdad de su voz, me parece más amable que cualquiera de los que viven en esta casa, sin contar a su padre—. Tengo que hacer algunas llamadas. —Se vuelve hacia su padre—. Pero necesito ducharme primero. Os veré más tarde.

Pasa por delante de nosotros. Cuando me giro para verlo marchar, observo la cara de Brooke y me sorprende el deseo que veo reflejado en ella. Su mirada está llena de lujuria, como cuando mi madre veía algo extravagante que quería pero no podía tener.

Callum parece no darse cuenta. Fija su atención en mí, pero yo no puedo dejar de pensar en la cara de Brooke. El hijo de Callum la atrae. ¿Soy la única que lo ve?

Para, Ella. No es asunto tuyo.

—¿Qué te parece si comemos ahora? —sugiere Callum—. Hay una pequeña cafetería que está genial a cinco minutos de aquí. Tienen productos locales. Muy frescos y ligeros.

—Claro. —Estoy preparada para escapar.

—Yo también voy —añade Brooke.

—De hecho, Brooke, si no te importa me gustaría quedarme a solas con Ella. —Su tono denota que no le importa si le parece bien el plan porque va a ser lo que él diga.

Capítulo 8

El almuerzo con Callum es sorprendentemente agradable. Me cuenta más cosas de Steve a pesar de que no hago preguntas, pero confiesa que hablar de Steve lo alivia. Admite que no siempre estaba disponible para ayudar a su mujer y sus hijos, pero que dejaba todo cuando Steve le necesitaba. Por lo visto, el lazo de las fuerzas especiales del ejército de los Estados Unidos es inquebrantable.

No se ríe de mí cuando le pregunto si se hicieron amigos cuando estaban en el ejército, pero parece reprimir una sonrisa cuando me explica que el entrenamiento básico de demolición submarina es un programa de entrenamiento de la marina. Para cuando terminamos de comer conozco un poco más al cabeza de los Royal; es leal, decidido y no cuenta con el control total de su propia vida. No tocamos el tema de sus hijos, pero me tenso cuando la verja se abre.

—Cambiarán de opinión —me anima Callum.

Nos encontramos a los chicos apiñados en una gran habitación al final del ala derecha de la casa. Callum la llama el salón de juegos. A pesar de sus paredes negras, el lugar es enorme, así que no parece una cueva. Los chicos nos reciben en silencio, y las palabras de consuelo que me ha ofrecido antes Callum suenan poco convincentes al instante.

—¿Adónde iréis esta noche? —pregunta Callum en tono informal.

Al principio nadie dice nada. Los jóvenes miran a Reed, que se encuentra apoyado contra un taburete con un pie en el suelo y el otro en el travesaño más bajo. Gideon está tras la barra con las manos sobre la encimera, observando todo.

—¿Gideon? —apunta Callum.

Su hijo mayor se encoge de hombros.

—Jordan Carrington da una fiesta.

Reed se gira y frunce el ceño hacia Gideon como si fuese un traidor.

—Llevaos a Ella a la fiesta —ordena su padre—. Le irá bien conocer a sus nuevos compañeros.

—Habrá alcohol, drogas y sexo —se burla Reed—. ¿De verdad quieres que vaya?

—Preferiría quedarme en casa esta noche —murmuro, pero nadie me escucha.

—Entonces los cinco cuidaréis de ella. Ahora es vuestra hermana.

Callum cruza los brazos sobre el pecho. Están librando una competición de poder, y él quiere ganar. Poco parece importarle la parte de «alcohol, drogas y sexo». Genial. Esto es verdaderamente fantástico.

—Vaya, ¿la has adoptado? —pregunta Reed con sarcasmo—. Supongo que no debería sorprendernos. Hacer cosas sin decirnos nada es tu modus operandi, ¿verdad papá?

—No quiero ir a la fiesta —interrumpo—. Estoy cansada. Me apetece quedarme en casa.

—Buena idea, Ella. —Callum descruza los brazos y coloca uno sobre mi hombro—. Entonces veremos una película.

La mandíbula de Reed se mueve con un tic nervioso.

—Tú ganas. Puede venir con nosotros. Salimos a las ocho.

Callum retira el brazo. No es tan despistado como pensé. Los chicos no quieren que se quede a solas conmigo, y Callum lo sabe.

Reed fija sus ojos azul metálico de Reed en mí.

—Será mejor que subas y te arregles, hermanita. No puedes arruinar tu gran debut yendo vestida así.

—Reed —le advierte Callum.

Su hijo parece la inocencia personificada.

—Solo intento ayudar.

Desde su posición al lado de la mesa de billar, Easton parece reprimir una sonrisa. Gideon se muestra resignado y los gemelos nos ignoran a todos.

El pánico me invade y me estremezco. Las fiestas de instituto a las que he acudido, todas ellas, eran de etiqueta informal, de vaqueros y camiseta. Claro que las chicas se vestían de forma provocativa, pero no se arreglaban en exceso. Quiero preguntar cómo de elegante será la fiesta, pero no quiero dar a los hermanos Royal la satisfacción de saber que me siento totalmente fuera de lugar.

Como quedan quince minutos para las ocho, subo a mi habitación y encuentro todas las bolsas puestas en fila al final de la cama. Tengo las advertencias de Savannah en mente. Si voy a quedarme dos años aquí, necesito causar buena impresión. Y también me planteo otra cosa… ¿por qué narices me importa? No necesito gustar a esta gente, solo graduarme.

Pero me importa. Me odio por ello, pero no puedo luchar ante la necesidad acuciante de intentarlo. De intentar encajar. De intentar que esta experiencia académica sea diferente al resto.

Hace calor, así que decido vestirme con una falda corta de color azul marino y un top blanco y azul claro hecho de seda y algodón. Cuesta tanto como la sección entera de ropa de Walmart, pero es muy bonita, y suspiro cuando me la pongo.

En otra bolsa encuentro un par de manoletinas de color azul marino con un cinturón con una hebilla ancha y plateada retro. Me peino y me recojo los largos mechones en una coleta, pero después decido dejarlo suelto. Me coloco una diadema plateada que Brooke me ha hecho comprar; «los accesorios son obligatorios», insistió, por lo que tengo una bolsa llena de pulseras, colgantes, bufandas y bolsos.

En el baño, abro el kit de maquillaje y me lo aplico para que parezca lo más natural posible. Intento conseguir un look inocente y espero que en mi solicitud no apareciese el tiempo que pasé trabajando en bares y locales nocturnos. No estoy acostumbrada a las fiestas de instituto. Sí a trabajar con treintañeros que fingen tener diez años menos y cuyo lema es que si no te pones tres capas de maquillaje es que no te esfuerzas.

Examino mi reflejo en el espejo al terminar y veo a una desconocida. Parezco una estirada formal. Parezco Savannah Montgomery, no Ella Harper. Pero puede que eso sea algo bueno.

Sin embargo, no hay nada que me anime en la respuesta que obtengo unos minutos después, cuando veo a los hermanos Royal en la zona de acceso para los coches. Gideon parece sorprendido por mi apariencia. Los gemelos y Easton resoplan, divertidos. Reed sonríe con suficiencia.

¿He dicho ya que llevan vaqueros de cintura baja y camisetas ceñidas?

Los capullos me la han jugado.

—Vamos a una fiesta, hermanita, no a tomar el té con la reina. —La voz profunda de Reed no me hace sentir un cosquilleo esta vez. Vuelve a burlarse de mí, y lo disfruta.

—¿Podéis esperar cinco minutos para que me cambie? —pregunto con firmeza.

—No. Hora de irse. —Se dirige hacia uno de los todoterrenos sin mirar atrás.

Gideon me vuelve a mirar y después posa la mirada en su hermano. Suspira y sigue a Reed en dirección al coche.

La fiesta es en una casa lejos de la costa. Easton me lleva. El resto ya se ha ido y él no parece alegrarse de ser al que le toca quedarse conmigo. No habla mucho durante el trayecto. Tampoco enciende la radio, así que el silencio hace que sea un viaje incómodo.

No me mira hasta llegar a la entrada principal de una mansión de tres plantas.

—Bonita diadema.

No cedo al impulso de borrar la engreída sonrisa de su engreída cara.

—Gracias. Ha costado ciento treinta pavos. Cortesía de la mágica tarjeta negra de tu padre.

Eso hace que sus ojos se oscurezcan.

—Cuidado, Ella.

Sonrío y llevo la mano hacia la manilla de la puerta.

—Gracias por traerme, Easton.

Reed y Gideon están de espaldas en la entrada columnada de la casa, enfrascados en una conversación en voz baja. Oigo que Gideon suelta un taco y después dice: «No es buena idea, hermano. No durante la temporada».

—¿Y a ti qué coño te importa? —murmura Reed—. Has dejado claro de qué lado estás, y ya no es del nuestro.

—Eres mi hermano y me preocupo por… —Se calla cuando se da cuenta de que me acerco.

Ambos se tensan y después Reed se da la vuelta para saludarme. Con saludarme quiero decir que me suelta una lista de lo que puedo y no puedo hacer en la fiesta.

—Es la casa de Jordan. Sus padres trabajan con hoteles. No te emborraches. No eches por tierra el apellido Royal. No te quedes cerca de nosotros. No utilices el apellido Royal para conseguir algo. Actúa como una puta y te echaremos a patadas. Gid dice que tu madre era prostituta. No intentes nada de eso aquí, ¿entendido?

Los famosos decretos de los Royal.

—Que te den, Royal. No era una prostituta, a menos que bailar sea tu versión de acostarte con alguien, y si tu vida sexual es así, debe de ser horrible. —Mi mirada rebelde choca con sus ojos fríos—. Haz lo que te dé la gana. Eres un aficionado comparado con lo que he vivido.

Paso por delante de los hermanos Royal y entro como si fuese la dueña de la casa para después arrepentirme de inmediato, porque toda la gente que está en la entrada se gira para mirarme. El martilleo del ritmo de la música hace eco por toda la casa, vibra bajo mis pies y hace temblar las paredes; oigo unas voces y risas fuertes que resuenan más allá de una entrada abovedada a mi izquierda. Un par de chicas con camisetas reveladoras y vaqueros ceñidos me mira con desdén. Un chico alto que viste un polo me sonríe con suficiencia mientras se lleva un botellín de cerveza a los labios.

Lucho contra el impulso de salir corriendo; o me acobardo y soy un objetivo durante los próximos dos años o lo afronto con descaro. Lo mejor que puedo hacer es ser atrevida cuando lo necesite y mezclarme entre la gente cuando tenga la oportunidad. No soy el perrito de nadie, pero tampoco necesito destacar.

Así que sonrío educadamente ante sus miradas y cuando sus ojos se fijan en los Royal, detrás de mí, aprovecho para meterme en el pasillo más próximo. Continúo por él hasta que encuentro un rincón en silencio, un pequeño espacio entre las sombras al final del pasillo. Aunque parece el sitio perfecto para darse el lote con alguien, está vacío.

—Todavía es pronto —dice una chica, y yo pego un bote, sorprendida—. Pero aunque fuese más tarde, esta parte de la casa siempre está vacía.

—Dios, no te había visto. —Me llevo una mano al corazón, que late desbocado.

—Me lo dicen a menudo.

Al tiempo que mis ojos se acostumbran a la oscuridad vislumbro un sillón en la esquina. La chica sentada en él se pone de pie. Es bajita, tiene el pelo negro, que le llega hasta la barbilla, y un pequeño lunar sobre el labio superior. Y unas curvas por las que mataría.

—Soy Valerie Carrington.

¿La hermana de Jordan?

—Yo…

—Ella Royal —me interrumpe.

—Harper, de hecho. —Miro a su alrededor. ¿Estaba leyendo con una linterna? Veo un teléfono sobre una mesita al lado de la silla. ¿Mandaba mensajes a su novio?—. ¿Te estás escondiendo?

—Sí. Te ofrecería un asiento, pero solo hay uno.

—Sé por qué me escondo —digo con vergonzosa sinceridad—. Pero, ¿cuál es tu excusa? Si eres una Carrington, vives aquí, ¿no?

Valerie ríe.

—Soy la prima lejana pobre de Jordan. Una obra de caridad.

Y apuesto a que Jordan no deja que se olvide de ello.

—Esconderse no es malo. Si escapas, vives para luchar otro día. Al menos esa es mi teoría. —Me encojo de hombros.

—¿Por qué te escondes? Ahora eres una Royal. —Hay un pequeño matiz de burla en su voz que hace que me defienda.

—¿Igual que tú una Carrington?

Valerie frunce el ceño.

—Ya lo pillo.

Me paso una mano por la frente y me siento como una completa estúpida.

—Lo siento, no pretendía hablarte así. Han sido un par de días largos, estoy cansadísima y me siento fuera de lugar.

Valerie inclina la cabeza y me observa durante varios segundos.

—Vale, Ella Harper. —Pone énfasis en mi nombre, como si fuese la pipa de la paz—. Busquemos algo que te espabile. ¿Sabes bailar?

—Sí, más o menos, supongo. Iba a clases de baile de pequeña.

—Entonces esto será divertido. Ven.

Me guía por el pasillo, hacia unas escaleras.

—Por favor, dime que no tienes que dormir en una alacena debajo de la escalera.

—¡Ja! No. Tengo una habitación arriba. Estos son los cuartos del servicio. El hijo del ama de llaves es amigo mío. Se ha ido a la universidad y ha dejado aquí sus juegos. Jugábamos todo el tiempo, incluido al DDR.

—No tengo ni idea de qué es eso —confieso. Mamá y yo ni siquiera teníamos televisión cuando vivíamos en ese último lugar de Seattle.

—Dance Dance Revolution. Tienes que hacer los movimientos que aparecen en la pantalla y te puntúan según lo bien que bailes. Se me da bastante bien, pero si tienes algo de experiencia de baile entonces no será una aniquilación total.

Cuando me sonríe, estoy a punto de abrazarla porque hace mucho tiempo que no tengo una amiga. Ni siquiera me había dado cuenta de que necesitaba una hasta este momento.

—Tam era terrible —admite.

El tono de su voz me dice que lo echa de menos. Mucho.

—¿Vuelve a menudo? —Pienso en Gideon, que ha vuelto después de un par de semanas de universidad.

—No. No tiene coche así que no nos veremos hasta Acción de Gracias. Cuando su madre vaya a verlo iré con ella. —Casi salta del entusiasmo al mencionar el viaje—. Pero algún día tendrá uno.

—¿Es tu novio?

—Sí. —Me lanza una mirada acusadora—. ¿Por qué? ¿Algún problema?

Alzo las manos en señal de rendición.

—Claro que no. Simplemente tenía curiosidad.

Ella asiente y abre la puerta de una pequeña habitación con una cama bien hecha y una televisión de tamaño normal.

—Entonces, ¿cómo son los Royal en casa? —pregunta mientras enciende el juego.

—Simpáticos —miento.

—¿En serio? —Parece incrédula—. Porque no han sido agradables contigo. Ni cuando han hablado de ti.

Una especie de sentimiento de lealtad inapropiado hacia esos capullos hace que conteste:

—Bueno, están cambiando de opinión. —Repito las palabras de Callum, pero no suenan más creíbles al decirlas yo. Intento cambiar de tema y doy un golpecito a la televisión—. ¿Preparada para bailar?

—Sí. —Valerie acepta que cambie de tema con facilidad. Saca dos bebidas a base de vino, zumo y fruta de una mininevera y me da una—. Brindemos por escondernos y aun así pasarlo bien.

El juego es pan comido. Es demasiado fácil para ambas. Valerie es una bailarina genial, pero yo crecí en este ambiente y no hay movimiento de caderas o de brazos que se me resista. Valerie decide que necesitamos aumentar el nivel de dificultad así que pausa el juego y empezamos a beber. Mientras bebemos, sus movimientos son cada vez más terribles, pero el alcohol es como magia para mí y la música toma el control.

—Vaya, chica, sí que sabes moverte —dice en un tono burlón—. Deberías presentarte a alguno de esos programas de baile de la televisión.

—No. —Doy otro trago a mi bebida—. No me interesa salir en televisión.

—Bueno, pues debería. Es decir, mírate. Estás guapa incluso con ese modelito de zorrilla rica. Y con tus movimientos, serías una estrella.

—No me interesa —repito.

Valerie ríe.

—Vale, como quieras. ¡Voy al baño!

Yo también río mientras ella se aleja de la pantalla en mitad de la canción para ir al servicio. Tiene una cantidad de energía asombrosa, y me cae bien. Hago una nota mental de preguntarle si también va al Astor Park. Estaría bien tener una amiga allí cuando empiece el lunes. Pero entonces la canción de la pantalla cambia y la música vuelve a hechizarme.

Mientras Valerie está en el baño, la canción Touch Myself de Divinyls empieza a sonar y yo comienzo a bailar, no siguiendo los movimientos que indica el juego, sino con mis propios pasos. Un impecable baile seductor. Uno que hace que mi sangre palpite y que las manos comiencen a sudarme.

La imagen inoportuna del atractivo cuerpo de Reed y sus ojos azules aparece frente a mí. Maldita sea, el muy capullo ha invadido mis pensamientos, y soy incapaz de no acordarme de él. Cierro los ojos e imagino que me recorre las caderas con las manos y me acerca a él. Coloca la pierna entre las mías…

Se enciende la luz y me detengo de golpe.

—¿Dónde está? —pregunta el diablo en persona.

—¿Quién? —pregunto estupefacta. No me creo que estuviese fantaseando con Reed Royal, el chico que cree que me tiro a su padre.

—El capullo para el que bailas. —Reed cruza la habitación y me agarra de los brazos—. Te dije que no puedes engañar a mis amigos.

—No hay nadie aquí. —Mi cerebro ebrio funciona demasiado lento para entender lo que dice. Se oye la cisterna.

—¿Ah, sí?

Me aparta a un lado y abre la puerta del baño. Se oye un chillido de consternación y él murmura una disculpa entre dientes mientras cierra la puerta.

Pulsuz fraqment bitdi.

13,30 ₼
Yaş həddi:
0+
Litresdə buraxılış tarixi:
30 iyul 2025
Həcm:
321 səh. 2 illustrasiyalar
ISBN:
9788416224616
Naşir:
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
Yükləmə formatı:

Oxşar kitablar