Kitabı oxu: «Jacky, el oso de Tallac y otros cuentos»

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Títulos originales ingleses: Monarch: The Big Bear of Tallac;

The Trail of the Sandhill Stag, y Johnny Bear, and Other Stories from Lives of the Hunted.

Autor: Ernest Thompson Seton.

© Herederos de Ernest Thompson Seton.

© de la traducción: Víctor Manuel García de Isusi, 2019.

© del diseño de la cubierta: Lookatcia.com, 2019.

Diseño de interior: Lookatcia.com.

© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2019.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

rbalibros.com

Primera edición: abril de 2019.

RBA MOLINO

REF.: OBDO486

ISBN: 978-84-272-1844-4

Realización de la versión digital: El Taller del Llibre, S.L.

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Nota al lector

Este libro está dedicado al recuerdo de los días que pasé entre los pinos del Tallac, donde, junto a una hoguera, escuché este relato épico.

Un recuerdo agradable me trae la imagen a la cabeza, clara, vívida: los veo sentados, uno de ellos pequeño y poca cosa, y, el otro, alto y fornido, el líder, el guía, montañeros rudos los dos. Fueron ellos quienes me contaron esta historia, poco a poco, frase a frase. Se sentían preparados para hablar, pero no sabían cómo hacerlo. Eran parcos en palabras; palabras que, además, habríamos considerado vacías en un papel, carentes de sentido, sin ver los labios fruncidos, sin siseos ni bufidos, sin el brutal rugido contenido con maestría humana, sin el chasquido y los tirones de las muñecas, sin el fulgor de los ojos grises, que fue lo que de verdad me contó esta historia, pues las palabras no pasaron de ser un mero titular. También hablaron de un tema más sutil aquella noche, un tema que no parecía que estuviera allí, pero que se leía entre líneas y, escuchando el rudo relato, oí con claridad el canto de los pájaros nocturnos en la tormenta y entre el brillo de la mica capté el destello del oro, dado que la suya era una parábola con la típica energía de las historias de las montañas que, no obstante, se desvanece cuando desciende a las llanuras. Me hablaron de cómo crecen las gigantescas secuoyas a partir de una semilla diminuta; de la avalancha que, nacida de un copo de nieve, crece en los picos y se lanza desde ellos, para ir perdiendo vigor y morir en los llanos. Me hablaron del río que teníamos a nuestros pies, de cómo iba creciendo, de cómo empezaba siendo un regato en la zona más alejada del Tallac y de cómo iba convirtiéndose en un arroyo primero, en un riachuelo después, en un río luego, en un gran río, en un torrente que bajaba desde las montañas hasta la llanada para encontrar un final tan extraño que solo los sabios son capaces de creerlo. Yo lo he visto. Ahí lo tienes, el río, el maravilloso río que no cesa pero que, al mismo tiempo, nunca llega al mar.

Te cuento la historia tal y como me la contaron a mí y, en realidad, no la escribo como me fue entregada porque la de aquellos dos hombres era una lengua que no tiene escritura, por lo que no hago sino ofrecerte una vaga transcripción; vaga, pero en todo momento respetuosa, pues reverencio el espíritu indomable de los montañeros y venero a esa poderosa bestia que la naturaleza convirtió en un monumento del poder, al tiempo que me admira y adoro el choque, la terrible y heroica batalla que aconteció cuando unos y otros se toparon.

Jacky, el oso de Tallac

Prefacio

La historia de Jacky está basada en el material que he reunido de varias fuentes, además de en mis experiencias personales y, por lo tanto, el oso es, por necesidad, una mezcla. Jacky, el gran grizzly, que aún camina por su prisión del parque Golden Gate, es, en cualquier caso, la pieza clave de esta narración.

Al contar esta historia, me tomo dos libertades que considero adecuadas en un relato de este tipo. La primera, haber elegido como héroe a un individuo inusual; y, la segunda, atribuir a un único animal las aventuras de muchos de los de su especie.

El objetivo de esta historia es mostrar la vida de un grizzly con el encanto añadido de presentar la remarcable personalidad de un oso. Si bien mi intención es manifestar una realidad que conocemos, el hecho de que me haya tomado libertades excluye esta historia de los catálogos de obras científicas. Ha de considerarse, más bien, una novela histórica que narra la vida de un oso.

Si bien son muchos los osos a los que se hace alusión en las primeras aventuras que aquí relato, los dos últimos capítulos, los referidos al cautiverio y a la desazón del gran oso, son tal y como me los contaron varios testigos, incluidos mis amigos, los dos montañeros.


Los dos manantiales

Muy por encima de los picos más altos de Sierra Nevada se alza el adusto monte del Tallac. Tres mil metros de altura sobre el nivel de mar. El monte levanta la cabeza para mirar al norte, donde se encuentra la maravillosa y vasta masa de agua turquesa que los seres humanos llaman lago Tahoe, y al noroeste, más allá de un mar de pinos, mira hacia su blanca hermana mayor, Shasta de las Nieves. Colores magnificentes y maravillas a uno y otro lado, pinos altos como mástiles y engalanados con joyas, arroyos que un budista habría sacralizado, colinas que un árabe habría considerado santas. No obstante, Lan Kellyan tenía aquellos ojos grises suyos puestos en otros asuntos. El deleite infantil que le provocaban la vida y la luz habían desaparecido, como les sucede a aquellos a quienes no les han entrenado para que disfruten de tales placeres. ¿Por qué valorar la hierba? Por todo el mundo hay hierba. ¿Por qué valorar el aire cuando hay aire por todos lados de esta inconmensurable inmensidad? ¿Por qué valorar la vida cuando la vida, a él, se la proporcionaba arrebatar vida? Sus sentidos estaban alerta, pero no a las colinas multicolor o a los lagos brillantes como gemas, sino a los seres vivos a los que debía enfrentarse a diario y ante los que ponía en juego todo lo que tenía, su vida. Llevaba la palabra «cazador» escrita en su ropa de cuero, en su rostro curtido, en su agilidad y en su cuerpo nervudo; brillaba en sus ojos de color gris claro.

El pico de granito hendido parecía inmaculado, pero había un ligero rastro en el suelo que hacía que no fuera así. Los calibradores no habrían sido capaces de determinar que era más ancho por un lado, pero el ojo del cazador sí. El hombre siguió mirando y encontró otro, y, luego, más rastros, más pequeños, y enseguida supo que por allí habían pasado un oso grande y otros dos más pequeños y que no estaban lejos, puesto que la hierba que pisaron aún se estaba enderezando. Lan siguió el rastro a lomos de su poni. El animal olía el aire y avanzaba con cautela, pues sabía tan bien como su jinete que había una familia de grizzlies cerca. Llegaron a un terraplén que daba a unas tierras altas. Cuando llevaban seis metros recorridos por el mismo, Lan desmontó y soltó las riendas, un gesto que el poni conocía bien y que significaba que debía quedarse allí. Acto seguido, el cazador amartilló su rifle y trepó por la ladera. Una vez en lo alto, continuó con mayor cautela si cabe y no tardó en ver a una vieja grizzly con sus dos cachorros. Estaba tumbada a unos cincuenta metros de él y el ángulo de tiro no era muy bueno. Lan disparó y le pareció que la alcanzaba en el hombro. La había alcanzado, sí, pero, al parecer, la herida era superficial. La osa se puso en pie de un salto y salió corriendo hacia el lugar donde se alzaba la voluta de humo. La osa tenía que recorrer cincuenta metros, el cazador, quince, pero el animal bajó la ladera a la carrera antes de que al hombre le diera tiempo a montar bien a su caballo y, durante unos cien metros, el poni galopó aterrado debido a que la vieja grizzly, que tenía casi al lado, le soltaba zarpazos que no fallaban sino por un pelo. No obstante, en raras ocasiones los grizzlies son capaces de mantener esa fantástica velocidad durante mucho rato. El caballo acabó sacando ventaja a la desgreñada madre, que fue quedándose atrás, hasta que renunció a la persecución y volvió con sus cachorros.

Se trataba de una osa singular. Tenía una gran mancha blanca en el pecho y las mejillas y los hombros blancos, que iban tornándose marrones poco a poco, razón por la que el cazador la recordaría más tarde como «la pinta». En esa ocasión había estado a punto de alcanzarla y el cazador sabía bien que la osa se la guardaría.

Una semana después, al cazador volvió a presentársele otra oportunidad. Mientras pasaba por la Garganta del Bolsillo, un valle pequeño y profundo con las paredes de roca viva casi por todos lados, vio a la vieja pinta, a lo lejos, con sus dos cachorros marrones. El animal estaba cruzando por una zona en la que la pared de roca era más baja hasta otra por la que era fácil trepar. Cuando la osa se detuvo a beber en el riachuelo de agua pura, Lan le disparó de nuevo. En cuanto oyó el disparo, la pinta se volvió hacia sus cachorros, los lanzó de una bofetada hacia un árbol y los apremió para que treparan por él. Entonces, un segundo disparo la alcanzó y la osa se volvió y cargó, feroz, contra la zona empinada de la pared de roca, sin duda convencida de saber lo que estaba pasando y decidida a acabar con el cazador. Bufando, enrabietada, subió la cuesta, pero recibió un último disparo en el cerebro que la mató y la mandó rodando ladera abajo hasta el fondo de la Garganta del Bolsillo. El cazador, después de esperar un tiempo prudencial, se acercó al borde de la pendiente y le disparó otro tiro al animal, esta vez al cuerpo. Después, recargó y se acercó con cuidado al árbol en el que aún estaban los cachorros. A medida que se acercaba a ellos, los oseznos lo miraron con una seriedad salvaje y, cuando el cazador empezó a trepar, ellos treparon más arriba todavía. En ese momento, uno de ellos soltó un quejido lastimero y el otro, un gruñido colérico, y sus protestas fueron en aumento a medida que el hombre se acercaba.

El cazador cogió una cuerda gruesa y, uno a uno, laceó a los cachorros y los bajó al suelo. Uno de ellos cargó contra él y, por mucho que fuera poco más grande que un gato, de no ser porque lo contuvo con una horca, podría haberle hecho muchísimo daño.

A continuación, ató a los oseznos a una rama gruesa y fuerte, pero flexible. Después, el cazador cogió un saco de grano, los metió dentro, subió a su caballo y cabalgó con ellos hasta su cabaña. Allí, les puso una cadena como collar y los ató a un poste. Los cachorros se subieron a lo alto del mismo, se sentaron y empezaron a llorar y a rugir, dependiendo del estado de ánimo en el que estuvieran. Durante los primeros días, había peligro de que los oseznos se estrangularan o de que se murieran de hambre pero, al final, consiguió convencerlos para que bebieran un poco de leche que había conseguido con urgencia de una vaca salvaje a la que había echado el lazo con tal intención. En cosa de una semana, al cazador le pareció que los oseznos habían aceptado su suerte, porque le notificaban cuando querían comida o bebida.

Y, así, aquellos dos riachuelos siguieron su curso, un poco más lejos de la montaña en esta ocasión, más profundos, más anchos, cerca el uno del otro, saltando barreras, disfrutando bajo el sol, entreteniéndose en alguna pequeña represa, dejándola de lado al rato para salir corriendo en busca de pozos y remansos que albergaran mayores aventuras.


Los manantiales y la presa del minero

El cazador llamó a los oseznos Jack y Jill, y Jill, la pequeña furia, siguió teniendo mal carácter y no hizo nada para que el cazador cambiara de opinión al respecto. Cuando, a la hora de la comida, el hombre llegaba, ella, aun atada al poste, se alejaba cuanto podía y le gruñía, o se sentaba malhumorada, asustada y en silencio. Jack, en cambio, bajaba y tiraba de la cadena para encontrarse con su captor y se quejaba con suavidad. Después, deglutía la comida como si el cazador les sirviera manjares, con gusto, pero con pésimos modales. Él también tenía sus rarezas y, desde luego, era el claro ejemplo de que la gente se equivoca al decir que los animales no tienen sentido del humor. Al mes, se había vuelto tan dócil, que el cazador le permitió correr en libertad. El oso seguía a su dueño como un perro y sus juegos y gracias eran una fuente constante de divertimento para Kellyan y los pocos amigos que tenía en las montañas.

Al final del riachuelo que corría por debajo de la cabaña del cazador, había una pradera donde cortaba cada año el heno suficiente como para dar de comer a sus dos ponis a lo largo del invierno. Ese año, cuando llegó el momento de la cosecha, Jack lo seguía hasta allí a diario, y bien se ponía peligrosamente cerca de la resoplona guadaña, bien se acurrucaba una hora entera en la chaqueta del cazador para protegerla de monstruos tan terribles como marmotas y ardillas listadas. Una interesante variación en aquel día a día se produjo una mañana en que el segador encontró una colmena de abejorros. A Jack le encantaba la miel, claro está, y sabía muy bien qué era un panal, por lo que a la llamada de «¡miel, Jacky, miel!» siempre acudía corriendo como un pato. El oso movía a un lado y a otro el morro, conmovido por el placentero olor, y se acercaba precavido, pues sabía que los abejorros tenían aguijón. Esperaba su oportunidad y los apartaba con diestros manotazos que les daba con la mano un poco curvada, uno a uno. Así, los derribaba y, después, los aplastaba. Luego, olisqueaba el aire para recibir cuanta información pudiera y sacudía el nido con cautela hasta que el último de los abejorros salía. Poco a poco, los mataba a todos. Cuando se había deshecho de la decena o más que conformaban el enjambre, metía la zarpa con cuidado en el panal y, primero, se comía la miel, a continuación, las larvas, luego, la cera y, por último, los abejorros que había matado, que masticaba como si fuera un cerdo en su pesebre mientras que con la lengua, larga y roja, serpenteante, siempre ocupada, se metía a los rezagados en sus glotonas fauces.

El vecino que más cerca tenía Lan era Lou Bonamy, un antiguo vaquero y pastor de ovejas que se había metido a minero. Vivía, junto con su perro, en una cabaña a algo más de kilómetro y medio por debajo de la cabaña de Kellyan. Bonamy había visto cómo Jack «se encargaba de una cuadrilla de abejas» y, un día, cuando se acercaba a la casa del cazador, gritó:

—¡Lan, trae a Jack, que nos vamos a echar unas risas!

El minero los guio corriente abajo. Kellyan le seguía y Jacky seguía al cazador con cierta torpeza, pegado a sus talones, aunque se paraba de vez en cuando y olisqueaba el aire para asegurarse de que no perseguía el par de piernas equivocado.

—¡Ahí, Jack! ¡Miel! —exclamó Bonamy mientras señalaba un gran avispero en la rama de un árbol.

Jack volvió la cabeza y giró el morro. Era evidente que aquellos bichos zumbones parecían abejas, pero nunca había visto una colmena con esa forma o ese tamaño, ni tampoco las había visto en los árboles. Aun así, se encaramó al tronco. El cazador y el minero esperaron. Lan se preguntaba si debía permitir que su mascota corriera tal peligro, mientras que Bonamy insistía en que iba a ser muy divertido jugársela al osezno. Jack llegó a la rama que sujetaba el gran nido por encima de las aguas profundas y procedió cada vez con más cuidado. Era la primera vez que veía una colmena así y, desde luego, no olía como debería. Dio otro paso hacia delante en la rama... ¡vaya, cuantísimas abejas! Otro paso más... sí, parecía que aquello eran abejas. Avanzó con precaución... y, claro, donde hay abejas, hay miel. Un paso más... Debía de estar a algo más de un metro de aquel globo de papel. Las abejas zumbaban como si estuvieran enfadadas y Jack dio un paso atrás porque tenía dudas. El cazador y el minero se rieron. Entonces, Bonamy soltó con voz delicada y con tono de engaño:

—¡Miel, Jacky! ¡Miel!

Por suerte para él, y dado que no las tenía todas consigo, el cachorro avanzó despacio. Hizo un movimiento repentino y decidió esperar a que todas las abejas hubieran entrado en la colmena, aunque sentía la necesidad de seguir adelante. Jacky levantó la nariz y avanzó unos centímetros más, hasta que estuvo delante del ominoso globo de papel. Entonces, adelantó las zarpas y, por suerte, puso la parte callosa de una de las patas sobre el agujero de entrada y, con la otra, cogió el avispero. Luego, saltó de la rama, directo al río. El cazador y el minero se fijaron en que, en cuanto tocó el agua, el oso empezó a rasgar el avispero con las patas de atrás hasta hacerlo trizas. Después, dejó que la corriente se llevara los pedazos y salió del agua. Corrió a la altura de los trozos de panal hasta que se detuvieron en una zona menos profunda, donde volvió a lanzarse al río. Las avispas, o se habían ahogado o estaban tan mojadas que no eran peligrosas. Jack, triunfante, llevó su botín a la orilla. Allí no había miel, claro está, lo que resultó una decepción, pero había muchas larvas blancas y gordas que estaban casi tan buenas como las de las abejas y Jack comió hasta que su tripa estuvo hinchada como un balón.

—¿¡Qué te paece!? —bromeó Lan.

—¡Es él quien s’ha reío de nosotros! —le respondió Bonamy con gesto de desagrado en el rostro.


El remanso de truchas

Jack iba creciendo y se había convertido en un osezno fornido que seguía a Kellyan hasta la cabaña de Bonamy. Un día, mientras el cazador y el minero miraban cómo daba volteretas, loco de emoción, Kellyan le comentó a su amigo:

—Tengo miedo de c’alguien lo confunda con un oso salvaje y lo mate d’un tiro.

—N’se caso, ¿por qué no le marcas la oreja con uno d’esos nuevos anillos pa ovejas?

Así, Kellyan, si bien contra la voluntad del oso, le perforó las orejas al animal y se las decoró como a una oveja de concurso. La intención fue buena, pero los aros no eran ni cómodos ni ornamentales. Jack se revolvió contra ellos durante varios días y cuando, en una ocasión, volvió a casa arrastrando una rama que se le había quedado enganchada en el aro de la oreja izquierda, Kellyan se los quitó de inmediato.

En casa de Bonamy, Jack conoció a dos animales: un viejo carnero que no paraba de bufarle e intimidarle y que, por mucho que el minero lo quisiera para empezar a dar forma a un rebaño, aún no tenía propósito —aquel carnero hizo que el oso acabara odiando de por vida el olor a oveja—, y el perro de Bonamy.

El can era activo y no paraba de ladrar. No era sino un chucho desagradable de color amarillento que parecía que se deleitara mordiéndole los corvejones a Jack, por lo que el cazador siempre lo tenía atado lejos de la cabaña. Como se suele decir, un poco gusta, pero aquella horrible bestia no sabía cuándo parar y las dos primeras visitas de Jack a casa del minero las estropeó la tiranía del perro. Si Jack hubiera sido capaz de atraparlo, cabía la posibilidad de que hubiera conseguido inclinar la balanza a su favor, pero no era lo bastante rápido, así que no podía sino refugiarse en lo alto de los árboles y pronto descubrió que era mucho más feliz lejos de la cabaña de Bonamy, por lo que, cada vez que veía que su protector tomaba el recodo que lo llevaba a la casa del minero, Jack lo miraba y le dejaba bien claro que: «No, gracias», tras lo que se volvía e iba a divertirse por su cuenta.

No obstante, este enemigo a menudo llegaba con Bonamy a la cabaña del cazador y, una vez allí, de nuevo se entretenía molestando al osezno. Aquellas persecuciones le resultaban tan divertidas que aprendió a acercarse a la cabaña del cazador cada vez que quería pasar un buen rato y, así, Jack empezó a vivir con pavor a que apareciera aquel chucho amarillo. Sin embargo, todo acabó de repente.

Un día caluroso, mientras el cazador y el minero fumaban delante de la casa del primero, el perro persiguió a Jack hasta un árbol y, después, se estiró debajo para echar una cabezadita a la sombra de aquellas ramas. El perro se sumió en el sueño y se olvidó de Jack. El cachorro se mantuvo muy callado durante un rato pero, entonces, cuando sus centelleantes ojos marrones volvieron a detenerse en el odioso can —con el que no podía y del que no conseguía escapar—, debió de tener una idea en aquel pequeño cerebro suyo. Jack empezó a moverse despacio, en silencio, rama abajo, hasta que estuvo justo encima de su enemigo que, mientras dormía, movía las patas y hacía una serie de sonidos que llevaban a creer a quienes lo veían que estaba soñando con cazar o, más posiblemente, con atormentar a aquel osezno indefenso. Evidentemente, Jack no sabía nada de todo aquello. Lo único en lo que él podía estar pensando, sin duda, era en que odiaba a aquel chucho y en que por fin iba a poder vengarse de él. El oso se situó justo encima del tirano, saltó y aterrizó de golpe sobre las costillas del perro. Fue un despertar de lo más brusco y terrible, pero el perro no dijo ni esta boca es mía porque el golpe del cachorro lo había dejado sin aire. Aunque el oso no le rompió ningún hueso, el perro escapó en silencio, derrotado, mientras Jacky entonaba una alegre tonada por detrás de él, erguido sobre los cuartos traseros y con las zarpas levantadas como si fueran ganchos de carne.

El plan le había salido a pedir de boca y, a partir de entonces, cuando el perro volvía o cuando Jack iba a ver a Bonamy con su dueño, cosa que no tardó en atreverse en hacer, urdía planes con mayor o menor éxito para «quitarse de encima al chucho» —como solían decir aquellos dos hombres—. El perro enseguida perdió el interés en chinchar al osezno y, poco tiempo después, era un entretenimiento que había olvidado.


El riachuelo que se hundía en la arena

Jack era divertido; Jill, mohína. Jack estaba amaestrado y le habían otorgado la libertad, por lo que crecía más alegre; Jill recibía golpes y estaba encadenada, por lo que se volvió todavía más taciturna. La osa tenía mala reputación y el cazador a menudo la castigaba por ello. Así solía suceder.

Un día, mientras Lan estaba fuera, Jill consiguió liberarse y se unió a su hermano. Juntos, entraron en la despensa y pelearon entre las provisiones. Se atiborraron de las mejores viandas y de víveres comunes —como la harina, la mantequilla y la levadura en polvo— que el cazador traía a caballo de un almacén que se encontraba a ochenta kilómetros de distancia, los tiraron por el suelo y jugaron con ellos. Jack acababa de rajar la última bolsa de harina y Jill estaba afanada con una caja de dinamita del minero cuando el umbral se oscureció. Allí estaba Kellyan, viva imagen de la sorpresa y de la ira. Los oseznos no saben nada de imágenes, pero algo saben de la ira. Al cazador le pareció que eran conscientes de que no habían hecho bien o, por lo menos, de que estaban en peligro. Jill se escondió a hurtadillas en un rincón, molesta, ofendida, y miró desafiante al cazador. Jack, en cambio, echó la cabeza a un lado, como si no se acordase ya de las travesuras que acababa de cometer, soltó un gruñido de deleite y corrió a toda prisa hacia el hombre, gimió y sacudió el morro, y levantó los brazos, que tenía grasientos y pegajosos, para que el cazador lo cogiera y lo acariciara; como si fuera el mejor oso del mundo.

¡Y, ay, qué poco nos conocemos! El cazador dejó de fruncir el ceño en cuanto el osito juguetón y descarado empezó a subirle por la pierna.

—¡Ay, diablillo! —le gruñó—. Vi a romperte ese cuello que tiés.

Pero, claro, no lo hizo. Cogió en brazos a aquella bestezuela sucia y pegajosa y la mimó como hacía siempre, mientras que Jill, que no era peor que su hermano, y que incluso podría tener mayor excusa, dado que no estaba domesticada, sufrió todos los terrores de la ira del cazador, que la ató al poste con dos cadenas para que no volviera a tener oportunidad de liarla.

Aquel estaba siendo un día funesto para Kellyan. Esa misma mañana se había caído y se le había roto el rifle y, ahora, cuando volvía a casa, se encontraba con que todas sus provisiones estaban desparramadas por el suelo de la despensa, echadas a perder. Pero eso no iba a ser todo, porque estaba a punto de enfrentarse a una nueva prueba.

A última hora de la tarde de ese mismo día, un desconocido que guiaba un pequeño tren de suministros llamó a la puerta del cazador y le pidió que le dejara pasar allí la noche. Jack estaba de lo más juguetón y los entretuvo a ambos con trucos dignos de un perrillo o de un mono. Por la mañana, cuando el extraño estaba a punto de marcharse, le dijo al cazador:

—Oye, compañero, t’oy vinticinco dólares por la pareja.

Lan dudó. Pensó en las provisiones malgastadas, en que tenía la cartera vacía, en que acababa de rompérsele el rifle y respondió:

—Sube a cincuenta y trato hecho.

—¡Pues trato hecho!

Así, llegaron a un acuerdo y el desconocido pagó y, en cuestión de un cuarto de hora, se había marchado con un oso en cada uno de los bolsillos de las alforjas de su caballo.

Jill se había mostrado hosca y silenciosa y Jack no había dejado de lloriquear con tal tono de reproche que el cazador sentía que se le iba a romper el corazón, pero se animó diciéndose a sí mismo: «Mira, es mejor que te deshagas d’ellos. No te podrías permitir que te’a liaran de nuevo en la despensa». Pronto, el bosque de pinos se había tragado al desconocido, a los tres caballos que lo acompañaban y a los dos oseznos.

—M’alegro de que s’haya ío —comentó Lan haciéndose el duro, aunque ya sentía el pinchazo del arrepentimiento.

El cazador empezó a poner la cabaña en orden. Fue a la despensa y recogió los restos de las provisiones. A decir verdad, aún se podían aprovechar bastantes de ellas. Pasó junto a la caja en la que solía dormir Jack... ¡Pero cuánto silencio! Se fijó en la zona de la puerta que Jack acostumbraba a rascar para entrar y empezó a pensar en que jamás volvería a oír el ruido que hacía el oso... pero se dijo que «s’alegraba l’hostia d’ello». Se entretuvo con esto y con aquello durante algo más de una hora y, de súbito, corrió hasta su poni, montó de un salto y salió al galope por el camino, en pos del desconocido. Espoleó al poni para conseguirlo cuanto antes y, en cosa de dos horas, alcanzó el tren de provisiones en el cruce del río.

—¡Oye, compañero, que m’he equivocao! ¡No debería’berte vendío los ositos! Al menos, no a Jacky. Reculo. Quiero deshacer el trato. Toma, tus moneas.

—Yo estoy satisfecho con el trato —respondió el otro con frialdad.

—Bueno, pues yo no... —insistió Lan con candor— y quiero romperlo.

—Si has venío por eso, estás perdiendo el tiempo.

—¡Eso ya lo veremos!

El cazador le tiró las monedas de oro al jinete y fue hacia las alforjas, desde donde Jack lloriqueaba emocionado desde el momento en que había oído aquella voz familiar.

—¡Arriba’as manos! —soltó el desconocido con un tono de voz abrupto y duro, digno de alguien que no pronunciaba por primera vez aquellas palabras.

Cuando el cazador se volvió, el desconocido lo apuntaba con un Colt Navy del 45.

—Tiés ventaja, porque no he venío armao —le achacó el cazador—. La cuestión, desconocío, es que’ste osito s’la única compañía que tengo. Es mi fiel escudero y nos tenemos mucho cariño l’uno l’otro. No sabía cuánto iba’charlo de menos. Mira, ya sé, quéate’os cincuenta dólares y a Jill, y yo me llevo a Jack.

—Si me’as quinientos dólares, te’o pues quear, d’o contrario, echa’ndar pa aquel árbol y no bajes’as manos ni te’es’a vuelta o te’isparo. ¡Venga, ’amos!

En la montaña, el protocolo es muy estricto y Lan, que no llevaba armas, tenía que obedecer las reglas. Por lo tanto, caminó hacia el lejano árbol mientras el otro le apuntaba con el revólver. El aullido del pequeño Jack le atravesó el oído, pero conocía muy bien a los montañeros y sabía que no debía ni volverse, ni hacer otra oferta, así que dejó que el desconocido se fuera.

Son muchos los seres humanos que gastan miles de dólares en su esfuerzo por hacerse con una criatura salvaje y, durante un tiempo, consideran que ha merecido la pena. No mucho después, no obstante, de buena gana la venden por la mitad de lo que les costó, por un cuarto algo más tarde y, al final, acaban regalándola. Al principio, el desconocido estaba muy complacido con los cómicos cachorros y los consideraba valiosos, pero, a cada día que pasaba, le parecían más problemáticos y menos divertidos, por lo que, cuando, una semana después, en el rancho Bell-Cross, le ofrecieron un caballo a cambio de la pareja de inmediato cerró el trato y los días de viajar en unas alforjas de los animales tocaron a su fin.

El dueño del rancho no era ni blando, ni refinado, ni paciente. Jack, con su buen corazón, se dio cuenta enseguida que lo sacaron de las alforjas, pero, cuando hubo que sacar a la malhumorada Jill para ponerle un collar, tuvo lugar una escena tan desagradable que ya no fue necesario collar alguno. El ranchero tuvo que llevar la mano en cabestrillo durante dos semanas y Jacky, encadenado a un poste, acabó recorriendo el jardín del rancho en solitario.


El río que bordeaba la ladera

Pocos intereses placenteros ocuparon los siguientes dieciocho meses de la vida de Jack. Su mundo se circunscribía al círculo de seis metros de diámetro que alcanzaba a recorrer desde el poste al que estaba atado en el jardín. Las azules montañas que tenía a la vista, el pinar cercano, incluso la hospedería del rancho, eran estrellas fijas, lejanas, una mera sugerencia de su esplendor a ojos del oso, que no eran muy brillantes. Hasta los caballos y los seres humanos estaban fuera de su pequeña esfera y no se acercaban a él sino como se acercan los cometas a la Tierra. A medida que crecía encadenado, Jack empezaba a olvidar aquellos trucos que tan valioso lo habían hecho en su día.

Al principio, las veces de su guarida las había hecho un barrilito de mantequilla, donde tenía espacio suficiente. Sin embargo, enseguida empezó a pasar por una serie de etapas: barrilito de mantequilla, barril de clavos, barril de harina, de aceite... y, ahora, se había convertido en un oso de tonel, a pesar de que estaba lejos de llenar aquella caverna redonda, su nueva guarida.

La hospedería del rancho estaba en la ladera de Sierra Nevada, donde los robledales descendían hasta las llanuras doradas de Sacramento. La naturaleza había otorgado a aquella zona del mundo los más bellos dones de los que disponía: una tierra rica en flores y frutas exuberantes, sol y sombra, pastos secos, ríos caudalosos y arroyos murmurantes. A la vista había árboles enormes y la sierra, alta en el este, enmarcaba los fabulosos y plumosos bosques de pinos con rocas azules que eran como esculturas. En la parte de atrás de la casa había un río de aguas nobles que bajaba de las montañas pero que estaba domesticado, encadenado, por canales y presas. Aun así, seguía siendo un cauce noble que provenía de un arroyo que borbotaba de las colinas del viejo y adusto Tallac.

A un lado y a otro había vida, belleza y color, pero la gente que vivía en el rancho era de lo más sórdida. Ver a aquella gente en aquel entorno hacía que surgieran dudas acerca de eso «de la naturaleza hasta el dios de la naturaleza». Ni en el suburbio más bajo viven personas tan viles y Jack, si es que su cerebro era capaz de algo así, debía de haber empezado a calificar a los de dos patas cada vez peor a medida que los conocía mejor.

Se trataba de seres crueles que respondían a menudo con odio. Se podría decir que, para aquel entonces, el único truco entretenido que llevaba a cabo el oso era el de beber cerveza. Le encantaba la cerveza y los holgazanes que solían andar por la taberna a menudo le ofrecían una para ver con qué destreza giraba el alambre del corcho y le quitaba el tapón a la botella. En cuanto este salía disparado con su característico «¡pop!», Jack giraba la botella entre sus patas y bebía hasta la última gota del contenido.

La monotonía de su vida la rompía, de vez en cuando, una pelea contra perros. Sus torturadores le llevaban sus perros cazadores de osos para «probarlos con el osezno». Al parecer, aquello era muy satisfactorio para los seres humanos y para los canes. Hasta que Jack aprendió cómo recibirlos, claro. Al principio, corría con furia hacia el atormentador que más cerca estuviera, lo que lo dejaba del todo expuesto a los ataques de los perros que tenía detrás en cuanto llegaba al final de la cadena y sentía el tirón. Uno o dos meses después, había cambiado su táctica por completo. Había aprendido a quedarse sentado de espaldas al tonel y a observar con atención a los ruidosos perros que lo rodeaban, pero como si no le interesaran lo más mínimo, sin moverse, por cerca que estuvieran, hasta que se «apandillaban», es decir, hasta que formaban un grupo. En ese momento, cargaba. Era inevitable que los perros de detrás fueran los últimos en saltar para escapar de él, por lo que atacaba a los delante, que tropezaban con los de atrás. Así, Jack acababa «marcando» a uno o más perros y, poco a poco, el juego dejó de resultar popular.

Cuando andaba por los dieciocho meses de edad, un oso medio adulto ya, aconteció un incidente que nadie podía explicarse. Jack había cogido fama de peligroso, dado que había dejado tullida a una persona de un solo golpe y casi había matado a un idiota que iba achispado y que se había presentado voluntario para luchar contra él. Una noche, un pastor inofensivo y muy zángano se agarró una borrachera monumental y ofendió a una mala gente que decidió que, dado que el pastor no tenía armas, lo suyo era matarlo a golpes en vez de llenarlo de agujeros que, al fin y al cabo, era lo que dictaba su código. El pastor, Faco Tampico, salió por la puerta y se internó en la oscuridad. Sus perseguidores estaban aún más borrachos que él pero, como querían darle una lección, lo persiguieron. Faco rodeó la hospedería hasta la parte de atrás y acabó en el jardín. Los montañeros tuvieron el sentido común suficiente como para mantenerse alejados del grizzly mientras buscaban a su víctima, pero no dieron con el pastor. Entonces, encendieron antorchas y se aseguraron de que no estuviera en el jardín, así que consideraron que se habría caído al río que había detrás del granero, en el que, sin duda, se habría ahogado, y se sintieron satisfechos. Unos cuantos chistes de mal gusto y volvieron a la hospedería. Según pasaban por delante de la guarida del grizzly, sus antorchas despertaron en los ojos del animal un destello de las llamas. Al amanecer, el cocinero, cuyo día acababa de empezar, oyó ruidos extraños en el jardín. Provenían de la guarida del grizzly.

—¡Oye, tú... échate pa’lla! —una voz somnolienta.

Luego, un gruñido quejumbroso.

El cocinero se acercó tanto como se atrevió y echó una ojeada dentro del tonel. La misma voz somnolienta exclamó:

—¡Mamacita, pero ¿por qué m’empujáis?!

Entonces, el cocinero vio que un codo humano asomaba por el tonel, que se movía y que, de nuevo, la respuesta que obtenían las palabras eran el gruñido impaciente del oso.

Cuando el sol salió del todo, los demás gandules y maleantes, sorprendidos, se dieron cuenta de que el pastor que habían dado por muerto estaba, en realidad, durmiendo la mona ¡en la caverna de la mismísima muerte! Aunque intentaron sacarlo de allí, el grizzly les dejó bien claro que solo se lo permitiría por encima de su cadáver, pues cargó con furia vengativa contra todo aquel que se atrevía a acercarse y, cuando por fin se dieron por vencidos, el animal se tumbó en la puerta de su casa para montar guardia. Por fin, en un momento dado, el pastor se despertó, se apoyó en los codos para incorporarse y, al darse cuenta de que estaba en poder del joven oso, rodeó con cautela a su vigilante por la espalda y salió corriendo sin darle las gracias y sin decir siquiera «¡esta boca es mía!».

El 4 de julio estaba cerca y el dueño de la taberna, que había empezado a cansarse del enorme cautivo que había en el jardín, anunció que celebraría el Día de la Independencia con un gran combate entre «un toro salvaje y peleón y un feroz grizzly californiano». La noticia llegó muy lejos gracias al «telégrafo del boca a boca». Para el día del acontecimiento, colocaron en el tejado del establo sillas a cincuenta centavos. El carro de heno estaba medio cargado y lo dejaron al lado del corral. Las sillas que había en él proporcionaban una visibilidad perfecta, así que se vendían a dólar. Los del rancho repararon el viejo corral con nuevos postes allí donde era necesario y lo primero que hicieron por la mañana el día del combate fue pastorear a un agresivo y viejo toro hasta allí y atormentarlo hasta que estuvo bien cabreado y se volvió tremendamente peligroso.

A Jack, mientras tanto, lo ataron con cuerdas, lo estuvieron ahogando y lo clavaron a su tonel. Su cadena y su collar estaban remachados el uno al otro de continuo, así que le quitaron el collar porque «sería fácil arrastrarlo con cuerdas cuando el toro hubiera acabado con él». Luego, llevaron el tonel rodando hasta la puerta del corral donde ya estaba todo preparado.

Llegaron vaqueros de todas partes con sus mejores galas y adornos —porque el vaquero de California es el pavo real de los suyos—. Los acompañaban las más bellas de sus mujeres y llegaron también granjeros y rancheros de ochenta kilómetros a la redonda para disfrutar de aquella pelea entre el toro y el oso. Había allí mineros de las montañas, pastores mexicanos, tenderos y comerciantes de Placerville, desconocidos de Sacramento... Estaban representados pueblos y ciudades, las montañas y las llanuras, el condado entero. El carro de heno les dio tan buen resultado a los del rancho que decidieron poner otro. Los asientos del techo del granero se agotaron. En un momento dado, un ominoso crujido de las vigas de madera hizo que los precios se desplomasen, pero un par de fuertes soportes enseguida consiguieron que el mercado se rehiciera y en todos lados estaban ya preparados y ansiosos por ver la gran pelea. Aquellos que habían crecido entre ganado apostaban por el toro:

—¡T’aseguro que no hay na’n’el mundo que puea enfrentarse a un toro salvaje!

Los montañeros, en cambio, apoyaban al oso:

—¡Bah! ¿¡Qué es un toro pa un oso!? ¡He visto a un grizzly lanzar un caballo d’un lao al otro del Hetch Hetchy sin el menor esfuerzo, d’un zarpacito con la izquierda! ¿¡Un toro!? ¡Apuesto a que no quéa na’ d’él pa’l segundo asalto!

Reñían y apostaban mientras mujeres corpulentas que intentaban parecer atractivas representaban diferentes papeles, como el de asustada por lo que estaba a punto de acontecer o el de nerviosa por el alboroto, aunque, en realidad, estaban todas ellas tan interesadas en el acontecimiento como los hombres.

Todo estaba preparado y el encargado de aquel tinglado gritó:

—¡’Amos, muchachos, que la casa está llena y ya’s l’hora!

Faco Tampico había conseguido atarle al toro una mata de chaparro espinoso debajo de la cola, por lo que la enorme criatura se había puesto frenética, como quien dice, ella sola, con solo mover el rabo. Por su lado, al tonel de Jack le habían dado vueltas y vueltas hasta que habían conseguido que el oso estuviera rabioso. En cuanto le dieron la orden, Faco abrió la puerta del corral. La boca del tonel estaba pegada a la puerta del corral. Jack no tenía sino que salir y destrozar al toro con sus zarpas. No obstante, no fue lo que hizo. El ruido, el griterío, la muchedumbre... lo afectaron tanto que decidió quedarse donde estaba y los defensores del toro soltaron un grito burlón. Su campeón avanzaba mugiendo y resoplando y se detenía a menudo para levantar tierra con las pezuñas delanteras. El animal levantó la cabeza y se acercó poco a poco al oso hasta que, por fin, se encontró a unos tres metros de la guarida del grizzly. De pronto, bufó con fuerza, dio media vuelta y salió corriendo hasta la otra punta del corral. Entonces, fueron quienes apoyaban al oso los que gritaron y vitorearon.

La gente, sin embargo, quería presenciar una pelea y Faco, que ya había olvidado que tenía una deuda para con Jack el grizzly, metió en el tonel, por el agujero del falsete, un atado de petardos que tenía preparados para celebrar el 4 de Julio.

«¡Crac!».

Jack pegó un salto.

«Fiii... ¡crac c-c-catacrac! ¡Crac!».

Jack, asustado, salió de su guarida al circo que lo esperaba fuera. Ahora, el toro estaba en medio del ruedo, quieto, magnificente, y, en cuanto vio al oso pardo, pegó un salto hacia él, resopló con fuerza en dos ocasiones y se retiró tan lejos como pudo entre gritos de ánimo y silbidos.

Cabe la posibilidad de que las dos características principales de los grizzlies sean la rapidez con la que trazan un plan y el vigor con el que lo ejecutan. Enseguida, antes incluso de que el toro hubiera llegado a la parte más alejada del corral, dio la sensación de que Jack sabía qué era lo mejor que podía hacer. Con aquellos ojillos de cerdo que tenía, observó la valla de un vistazo y enseguida encontró el mejor sitio por el que trepar, una zona en la que había clavado un travesaño. En cuestión de tres segundos estaba allí, en dos segundos más había saltado la valla y en un segundo más empezó a correr. La gente se apartaba a su paso y el oso se echó a las montañas tan rápido como se lo permitieron sus fuertes y ágiles patas. Las mujeres chillaban, los hombres gritaban y los perros ladraban. Muchos salieron a la carrera hacia los caballos, que estaban atados lejos del corral, con idea de ir a por el oso, pero el grizzly les llevaba ya trescientos metros de ventaja, puede que incluso quinientos y, para cuando la muchedumbre engalanada dio forma a una larga y apresurada columna de jinetes desordenados e imprudentes, Jack ya se había lanzado al río, una corriente a la que ningún perro se atrevía a enfrentarse, había llegado a un chaparral y había salido corriendo hacia las colinas pinosas. En una hora, el rancho, con su mortificante cadena, sus crueldades y sus brutales habitantes, era cosa del pasado, pues aquellas vivencias las acallaron las montañas de su juventud y aquel río al que se acercaba ya cuando era un cachorro, ese río en el que se convertía el arroyo que brotaba en el Tallac, donde había nacido. Aquel 4 de Julio fue glorioso para Jack, porque supuso su independencia.


La presa rota

Por lo normal, un ciervo herido tira hacia el valle; un grizzly herido, trepa. Jack no sabía nada de la gente, pero sabía que no quería volver a tener contacto con aquella turba, por lo que fue en busca del terreno más escarpado y trepó, trepó y trepó.

Llevaba horas solo, viajando de aquí para allá. Ya no se veía la llanada. Se encontraba entre rocas de granito, entre pinos y entre arbustos de bayas. Mientras viajaba, comió fruta de los arbustos bajos, para lo que se ayudaba de sus diestras zarpas y de su hábil lengua. No se detuvo hasta que no estuvo en una zona de rocas caídas, donde el calor del sol de la tarde no es que le invitara a descansar, es que le ordenaba que lo hiciera.

Cuando despertó era noche cerrada, pero a los osos no les asusta la oscuridad —de hecho, temen más la luz del día— y siguió su camino, guiado, como hasta entonces, por el impulso de escapar del peligro en las alturas. Así, por fin alcanzó la cordillera más alta, la región de su nativo Tallac.

Poco entrenamiento de oso tenía, pero tenía instinto —uno de sus derechos de nacimiento—, que le venía bien en los asuntos más importantes. Además, su olfato era un guía excelente. Fue así como se las ingenió para sobrevivir y, además, las experiencias que le tocó vivir a toda prisa le dieron a su cerebro la oportunidad de madurar.

La memoria de Jack para las caras y para los acontecidos no era nada buena, pero su memoria para los olores era insuperable. Aunque se había olvidado del chucho de Bonamy, el olor del perro amarillo del minero enseguida despertaría en él viejas emociones y sentimientos. También había olvidado a aquel carnero abusón, pero el olor del viejo «Bigotes de Lana» habría inspirado enfado y odio en él. Una noche en que el viento llegó cargado de olor a oveja, sintió como si una vida pasada volviera a él. Había estado viviendo de raíces y bayas durante semanas y empezaba a experimentar ese ansia de carne que, de vez en cuando, invade a todo cándido vegetariano con una fuerza difícil de contener. Jack consideró el olor a oveja la respuesta a aquel anhelo. Así que, por la noche —ningún oso sensato viaja de día—, el grizzly empezó a seguir el olor, que le llevó de entre los pinos de la ladera montañosa a un valle rocoso.

Mucho antes de que llegara, vio brillar una curiosa luz. Sabía lo que era. Había visto a los de dos patas encenderla cerca del rancho de los malos olores y de los peores recuerdos, así que no le tenía miedo. Se balanceó de cornisa en cornisa en silencio y a toda prisa, dado que el olor a oveja era más fuerte a cada paso que daba, y cuando llegó al lugar que estaba encima del fuego, parpadeó en busca de las ovejas. Para entonces, el olor era fortísimo, repugnante, aunque no se veía ninguna oveja. Por el contrario, lo que Jack vio en el valle fue una masa de agua gris que parecía que reflejara las estrellas, aunque aquellas estrellas ni titilaban ni rielaban. Además, el agua emitía un ruido susurrante, sí, pero era un sonido que no se parecía en nada al de otros lagos que había conocido.

Las estrellas estaban arracimadas, en su mayoría, cerca del fuego y, a decir verdad, se parecían más a la madera fosforescente que queda diseminada por el suelo cuando uno tira abajo un tocón podrido para lamer los enjambres de hormigas de la madera que a estrellas. Así que Jack se acercó y, al fin, se encontró tan cerca que hasta sus vagos ojos pudieron ver qué era aquello en realidad. El gran lago gris era un rebaño de ovejas y los puntos fosforescentes eran sus ojos. Cerca del fuego había un tronco o un taburete bajo y tosco que resultaron ser el pastor y su perro, los cuales suponían una molestia destacable, pero las ovejas se extendían hasta bastante lejos de ellos. Jack tenía claro que debía centrarse en el rebaño.

El grizzly se acercó al borde del mismo y se encontró con que las ovejas estaban rodeadas por chaparros. ¡Pero qué pequeños eran aquellos animales en comparación con lo grande y terrible que era aquel carnero que recordaba vagamente! La sed de sangre se apoderó de él. Apartó de un zarpazo el chaparro que tenía delante y cargó contra la masa de ovejas, que salieron corriendo para escapar del peligro sin hacer más ruido que el de sus patas contra el suelo y unos pocos quejidos murmurados. Tiró una al suelo, la cogió, dio media vuelta y salió corriendo hacia las montañas.

El pastor se puso en pie de un salto, disparó el rifle y el perro salió corriendo por entre la sólida masa de ovejas, ladrando a voz en cuello. Sin embargo, Jack ya había desaparecido. El pastor se conformó con disparar dos o tres veces más, tras lo que dejó su arma a un lado y se puso a contar las cabezas del rebaño.

Aquel fue el primer cordero de Jack, pero no sería el último. Así, cada vez que quería una oveja —lo que acabó convirtiéndose en una necesidad regular— sabía que no tenía sino que caminar por la cresta de la montaña hasta que su nariz le decía: «Ahora, tira por allí». En el mundo de los osos, oler es creer.


El arroyo

Pedro Tampico y su hermano Faco no estaban en el negocio ovino por gusto. No marchaban por delante de sus queridísimas ovejas blandiendo un cayado a modo de bastón de mando ni apelaban a la parte estética de sus fieles seguidoras con chistu y tamboril. En vez de guiar el rebaño con un símbolo, lo hacían con piedras y palos que, por otro lado, siempre tenían a mano. No eran pastores, eran conductores de ovejas. Ni querían a aquellos animales, ni los veían con buenos ojos. Para ellos, no eran sino dinero con patas. Cada oveja valía un billete de dólar. Cuidaban de ellas por el mero hecho de que les interesaba el dinero y las contaban después de cada alarma y de cada día de viaje. Para nadie es fácil contar tres mil ovejas pero, para un conductor de ovejas mexicano, es imposible. Sin embargo, hay una cuenta de la vieja que sirve para este propósito. En un rebaño normal, más o menos una de cada cien ovejas es negra. Si una parte del rebaño se ha extraviado, es muy probable que haya una negra en ella; así, contando las treinta ovejas negras cada día, Tampico tenía controlado, en cierta medida, el rebaño entero.

Jack el grizzly no había matado sino una oveja aquella primera noche. En su siguiente visita mató dos. En la tercera, otra más. No obstante, resultó que, en aquella tercera incursión, la oveja que se llevó era negra y, cuando Tampico descubrió que solo quedaban veintinueve, razonó que, de acuerdo a la proporción, había perdido un centenar de ovejas.

«Si la tierra no está sana, sigue adelante»; lo recomienda la sabiduría popular. Tampico se llenó los bolsillos de piedras y empezó a insultar a las ovejas y a apedrearlas para alejarlas de aquella zona en la que, sin lugar a dudas, había un devorador de reses. Por la noche encontró un cañón, un corral natural, y el enjambre lanoso, convertido en un lanar denso, fue entrando por el hueco, instado a ello con inteligencia por el perro y de la manera más imbécil posible por el hombre. Tampico encendió la hoguera en una de las entradas. A unos diez metros de distancia había una alta pared de roca.

Quince kilómetros de viaje pueden ser muchos para un solo día en el caso de las infelices plantas de lana, pero son poco más de dos horas para un grizzly. Es una distancia que el oso no alcanza con la vista, pero que sí alcanza con el olfato, y Jack, que estaba hambriento de cordero, no tuvo la más mínima dificultad en seguir a sus presas. Se vio obligado a cenar un poco más tarde de lo habitual, pero su estómago se lo agradeció. Nadie dio la alarma en el campo porque Tampico se había quedado dormido. Sin embargo, en un momento dado, un rugido del perro lo despertó. Cuando se levantó, el pastor tenía ante sus ojos la criatura más aterradora que jamás hubiera visto —o imaginado siquiera—, un oso monstruoso erguido sobre sus patas traseras, un oso de diez metros de altura cuando menos. El perro salió huyendo, despavorido, pero era la encarnación del valor en comparación con Pedro. El pastor estaba tan asustado que era incapaz de pronunciar la plegaria que se le había atascado en el pecho: «¡Santos del cielo, dejar que se lleve toas’as pecadoras ovejas negras del rebaño si quiere, pero perdonar a este humilde creyente!». El hombre escondió la cabeza, por lo que nunca llegó a darse cuenta de que, en realidad, lo que había visto no era un oso de diez metros de altura, sino uno de algo más de dos metros que estaba cerca del fuego y que, por lo tanto, proyectaba una sombra de diez metros sobre la roca lisa que tenía detrás. Muerto de miedo, el pobre Pedro se postró ante el supuesto monstruo.

Cuando volvió a mirar, el oso gigante había desaparecido. Había ajetreo entre las ovejas. Unas pocas escaparon del cañón y se internaron en la noche y detrás de ellas salió un oso de tamaño normal, sin duda, un cachorro del monstruo.

Hacía unos meses que Pedro había dejado de rezar pero, la siguiente vez que lo vio, el pastor le aseguró a su padre confesor que, después de aquella noche, no solo se había puesto al día con las plegarias, sino que ya para cuando llegó la mañana de aquella aciaga noche llevaba un amplio excedente de rezos. Al amanecer, el pastor dejó a su perro a cargo del rebaño y partió en busca de las ovejas que habían escapado, consciente de que poco tenía que temer durante el día y de que algunas nunca las recuperaría. De acuerdo a la manera de calcular que tenía el pastor, eran muchas las ovejas que se habían descarriado, dado que faltaban dos ovejas negras más. Aunque resultara extraño, no se habían dispersado y Pedro siguió su rastro cosa de dos kilómetros hasta que llegó a otro cañón, muy pequeño. Allí encontró lo que faltaba del rebaño, dispuesto en lo alto de rocas o en pináculos rocosos, subidas las ovejas tan arriba como habían podido. Aquello lo maravilló y se tiró medio minuto engrosando su banco de plegarias. Le apenó sobremanera descubrir que de aquel modo no iba a lograr que las ovejas bajaran de las rocas y salieran del cañón. Por fin consiguió llevar hasta la boca del cañón a un par de ovejas que, una vez allí, aterradas, pegaron un salto para alejarse de algo que había en el suelo. Cuando el pastor examinó de qué se trataba, descubrió —lo juraba— que era el rastro fresco de un grizzly, que iba de una pared a la otra. A su entender, daba la sensación de que el oso había querido trazar una línea. Las ovejas volvían a estar lejos de su alcance. Pedro empezó a temer por su vida, por lo que volvió corriendo junto al rebaño principal, con el resultado que ahora estaba peor que antes. El primer grizzly se comía una oveja al día pero este, en cuyo territorio se había internado, era un monstruo, una montaña, que necesitaba cuarenta o cincuenta ovejas para desayunar. Cuanto antes se largara de allí, mejor.

En aquel momento, no obstante, era tarde y las ovejas estaban cansadas para viajar, por lo que Pedro se preparó de una manera inusual para pasar la noche: encendió dos grandes hogueras, una en cada una de las entradas del cañón, y construyó una plataforma para dormir en un árbol, a cinco metros de altura. ¡Que el perro se las arreglara como pudiera!


Rugidos en el cañón

Pedro sabía que el enorme grizzly volvería, dado que las cincuenta ovejas que se habían quedado en aquel pequeño cañón no eran sino un aperitivo para una criatura de ese tamaño. El pastor empezó a cargar su arma con cuidado por costumbre y siempre dormía en un alto. Por muchas ventajas que tuviera su dormitorio, la ventilación era mayúscula y Pedro pronto empezaba a temblar. Así, miraba hacia abajo y envidiaba al perro, que dormía hecho una bola junto al fuego. Después, rezaba a todos los santos para que intervinieran y dirigieran los pasos del oso hacia el rebaño de algún vecino, aunque pronto especificaba de qué vecino hablaba para evitar errores. Rezaba y rezaba para ver si así se quedaba dormido. En la misión, cuando estaba en misa, nunca le había fallado... ¿¡por qué ahora no le funcionaba!? En esa ocasión, sin embargo, no tuvo éxito. La aterradora medianoche pasó y el gris amanecer, el momento en que se pierde la esperanza, apareció a lo lejos. Tampico lo sintió y un largo gruñido vibró por entre sus dientes, que no paraban de castañetear. Su perro pegó un salto, comenzó a ladrar como loco y las ovejas se movían de aquí para allà y, instantes después, empezaron a retroceder hacia la penumbra. De súbito, los bóvidos echaron a correr y una forma enorme y siniestra se cernió sobre ellos. Tampico cogió el rifle y a punto estaba de disparar cuando, de pronto, recordó que el oso medía diez metros de alto y que él estaba en una plataforma a poco más de siete del suelo, una altura a la que el monstruo le alcanzaría sin esfuerzo. Solo un loco dispararía al oso en esas circunstancias, sería como una invitación para que se lo comiera. Por tanto, Pedro se tumbó en la plataforma cuan largo era y, con la boca metida en una rendija, empezó a rezar a sus representantes del cielo, si bien se avergonzaba de su reprochable actitud y esperaba con todas sus fuerzas que los de arriba la consideraran inaceptable y que, por tanto, sus peticiones fueran directas al sitio indicado recién salidas de debajo de la plataforma.

Por la mañana, el pastor comprobó que los santos habían respondido a sus plegarias porque, si bien había huellas de oso, el número de ovejas negras seguía siendo el mismo. Pedro decidió llenarse los bolsillos de piedras y empezó con el habitual torrente de insultos y gritos con el que conducía el rebaño.

—¡’Aaamos, Capitán! ¡Guajolote! —le soltó al perro cuando este se detuvo a beber—. ¡Trae de vuelta ’esas malditas hijas de’a perdisión!

Con ayuda de una piedra, el pastor reforzó la orden, que el can obedeció de inmediato. Dando vueltas alrededor de la gran hueste de langostas con pezuñas, el animal conseguía mantenerlas unidas y en movimiento mientras Pedro representaba el papel de un secundario grande, ruidoso y problemático.

Mientras viajaban a campo abierto, el pastor vio a lo lejos una forma humana, un hombre sentado en una roca por encima de ellos, a la izquierda. Pedro lo miró inquisitivo. El hombre lo saludó y le hizo una señal para que se acercase. Aquello significaba «soy amigo»; si, en cambio, le hubiera hecho un gesto para que siguiera su camino, le habría estado diciendo: «Mantente alejado o te disparo». El pastor se acercó un poco y se sentó. El hombre se acercó también. Se trataba de Lan Kellyan, el cazador.

Ambos se alegraron de tener la oportunidad de hablar con otro ser humano y de compartir noticias. El precio de la lana, lo del fiasco del toro y el oso y, sobre todo, lo de ese grizzly monstruoso que había matado las ovejas de Tampico les proporcionaron temas de conversación. «¡Ay, pues’s’un oso diabólico... un bruto salío del mismo infierno... un oso gringo...! Perdona, amigo... me refería a que’s la encarnasión del terror».

A medida que el pastor adornaba su relato sobre la maravillosa astucia del oso, ese oso que gozaba de su propio corral de ovejas, que tenía el tamaño de un monstruo y que medía en torno a los doce o quince metros de altura —que todos sabemos que los osos así crecen rápido y de manera continuada—, el cazador iba parpadeando cada vez más, hasta que, en un momento dado, le preguntó a su interlocutor:

—Oye, Pedro, me paece que en su día viviste mu’ cerca del Hassayampa, ¿no es así?

Con eso, el cazador no quería decir que aquella fuera una zona de osos grandes, sino que era una alusión a la creencia popular de que cualquiera que probara una gota siquiera de las aguas que lleva el río Hassayampa jamás vuelve a decir la verdad. Algunos científicos que han estudiado la materia afirman que esta propiedad maravillosa también se da en el Río Grande y, de hecho, en todos los ríos de México, además de en sus afluentes y en los manantiales, pozos, lagos y canales de irrigación. En cualquier caso, el Hassayampa es el cauce más conocido de entre los que poseen esa destacable peculiaridad. Además, cuanto más río arriba viaja uno, mayor es la potencia de su agua y Pedro era de cerca del mismísimo nacimiento. Aun así, el pastor juró por todos los santos que decía la verdad. Sacó una botellita de granates que había conseguido mirando entre la basura que dejaban fuera de sus colinas las hormigas del desierto, la guardó y, luego, sacó otra botellita con una pequeña cantidad de polvo de oro, recogido durante las escasas ocasiones en las que no estaba durmiendo o en las que las ovejas no necesitaban que las pastorearan, que les dieran de beber, que las apedrearan o que las insultaran.

—Mira, ¡t’apuesto esto a que digo la verdá!

El oro nos convierte en bocazas.

Kellyan hizo una pausa.

—No pueo cubrir tu apuesta, Pedro, pero esti dispuesto a matar ’tu oso por lo c’hay n’esa botellita.

—Trato hecho. S’tuyo si me traes’sas ovejas que se’stan muriendo d’hambre n’ese cañón de roca de Baxstaire.

Al cazador le chispearon los ojos cuando el mexicano aceptó su propuesta. El oro que había en la botella, diez o quince dólares, era una pequeñez, pero suficiente como para enviar a Kellyan a aquella misión, para tentarle a que acometiera aquella empresa, que era lo único que al pastor le interesaba. Pedro conocía a aquel hombre y sabía que, una vez se hubiera embarcado en aquello, el beneficio le daría lo mismo, lo único que le interesaría a Lan Kellyan sería echarle mano a esa piel a toda costa. El hombre era incapaz de echarse atrás. Así, el cazador fue tras el rastro del oso Jack una vez más, el rastro de quien había sido su compañero, demasiado crecido ahora como para reconocerlo.

El cazador fue directo al cañón de Baxter y encontró las ovejas, en efecto, subidas a las rocas. En la entrada encontró los restos de dos de ellas, dos que el grizzly había devorado hacía poco, y huellas de un oso de tamaño mediano. No vio por ningún lado esa línea que, según Tampico, había hecho el oso para mantener prisioneras a las ovejas y tenerlas a mano siempre que las necesitase. Los bóvidos estaban subidos a lugares elevados por miedo y dispuestos, al parecer, a morir de hambre antes que a descender de las cornisas. Lan bajó a una de las ovejas, que volvió a subir casi de inmediato. El cazador enseguida se dio cuenta de cuál era la situación e hizo un pequeño corral con chaparros fuera del cañón. A continuación, fue bajando a las desganadas ovejas una a una y llevándolas al corralito. Las llevó a todas excepto una. Luego, construyó una puerta improvisada para cerrar la boca del cañón, sacó las ovejas del corralito y las pastoreó hacia zonas más bajas con intención de reunirlas con el resto del rebaño.

No había más de diez kilómetros campo a través hasta donde el pastor tenía su rebaño, pero ya era de noche para cuando Lan llegó. Tampico de buena gana le dio la mitad del polvo prometido. Esa noche acamparon juntos y, lógicamente, no apareció ningún oso.

Por la mañana, Lan volvió al cañón y se encontró, como esperaba, con que el oso había vuelto y había matado a la oveja que había dejado allí.

El cazador apiló las carcasas de las reses en una zona despejada, dejó sobre el rastro del grizzly pedacitos de matorral muy seco y, después, construyó una plataforma en un árbol, a unos cuatro metros y medio del suelo, se tapó con la manta y se echó a dormir.

Un oso viejo rara vez visita un mismo sitio tres noches seguidas, un oso astuto evita un rastro que han cambiado por el día y un oso habilidoso actúa en el más completo silencio. Jack, sin embargo, ni era viejo, ni era astuto, ni era habilidoso. El grizzly bajó por cuarta vez consecutiva al cañón de las ovejas en busca de comida y siguió su viejo rastro directo hasta los deliciosos huesos de oveja. Dio con las huellas del ser humano y resultó que había algo en ellas que le llamaba la atención. Pasó por encima de los matojos secos: «¡Crac!», el primero; «¡Crac, crac!», otro. Kellyan se puso de pie en la plataforma y se esforzó por ver en la penumbra hasta que divisó una forma oscura que se movía en la zona despejada, justo al lado de los esqueletos de las ovejas. El rifle del cazador emitió un chasquido y el oso resopló, dio media vuelta, se internó entre los arbustos como un elefante en una cacharrería y desapareció.

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Yaş həddi:
0+
Litresdə buraxılış tarixi:
13 noyabr 2024
Həcm:
212 səh. 4 illustrasiyalar
ISBN:
9788427218444
Naşir:
Tərcüməçi:
Müəllif hüququ sahibi:
Bookwire
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