Kitabı oxu: «La vida en las organizaciones»
Sobre este libro
La administración ha sido siempre un intento de controlar la realidad. Esto se ha vuelto particularmente difícil en tiempos en que lo inesperado es lo único que puede esperarse.
Cada vez con más frecuencia nos encontramos frente a organizaciones que funcionan de una manera diferente a esos almacenes de barrio donde un kilo de azúcar se vendía en un paquete envuelto por la almacenera. Sin embargo, nuestra forma de pensarlas ha cambiado menos que la realidad organizativa. Es necesario preguntarse si el mundo en el que vivimos, con sus empresas, sus oficinas, sus ONG y sus escuelas, sigue siendo el mismo que el que moldeó nuestro pensamiento. ¿Cuánto se parece el management de las nuevas organizaciones a aquel que se forjó ayer, en los inicios del ferrocarril y que nos sigue sirviendo de modelo mental todavía?
Cada año que pasa, la gerencia se parece menos a una tarea de puro control como la que describen los libros y más a una de exploración, ensayo y error. A pesar de eso, seguimos intentando explicar lo que sucede en las organizaciones exclusivamente sobre la base de lo que se proponen sus directivos. Como si un directivo, al igual que el último de los operarios, no estuviera descubriendo constantemente qué nuevos hechos están cambiando la realidad sobre la que se propone operar.
En esta obra, Ernesto Gore se propone esclarecer muchos de los desafíos que plantea el nuevo escenario de las organizaciones: comprender el papel que debe asumir el management, destacar la comprensión por sobre la obediencia en el ejercicio del liderazgo, entender en profundidad lo que hasta ahora se había hecho intuitivamente.
Para ello es necesario revisar los viejos significados de palabras conocidas —liderazgo, autoridad, estrategia, obediencia, significado, identidad, práctica, redes, comunidades—, a fin de encontrar su sentido en la organización que, distraídamente, estamos habitando hoy.
Índice
Sobre este libro
Prólogo
Capítulo 1
El escenario del siglo XXI
Explorando territorios desconocidos
Repensar el liderazgo
Sucede lo inesperado
Capítulo 2
Rutina e innovación
La dinámica interno-externo
Hacia una definición de la organización
La anomalía como oportunidad
Acción y pensamiento
La metáfora evolutiva
Demasiados significados
Hacer para entender
Ventajas de la memoria y el olvido
Ambidiestría organizacional
Capítulo 3
El rol del management
Organizaciones y autoridad
Los que hacen que otros hagan
Liderazgo y adaptación
Sobre héroes y líderes (excurso)
Liderazgo y vínculos de calidad
Organizaciones de alta confiabilidad
Equipos y management
Islas y puentes
Hacia un nuevo modelo de conducción
Capítulo 4
La innovación a escala organización
Gestión del conocimiento
Construcción de conocimiento
Reflexionar, comprender, cambiar
El valor de la práctica
Diversos tipos de conocimiento
Confianza, respeto y aprendizaje
Poner en valor los talentos
Capítulo 5
La construcción del conocimiento
Nosotros y los otros
Comunidades de práctica
El aprendizaje como proceso social
Aprendizaje organizacional: individuo y grupo
Redes de práctica
¿Fluido o estancado?
Capítulo 6
Management y capacitación, catalizadores de la ambidiestría
Una obviedad poco obvia
Segmentación interna y capacitación
La capacitación como sistema de actividad
Acuerdos y factibilidad
La red de programa
El punto de partida
Redes, capacitación y construcción social del conocimiento
Lineamientos básicos para un programa de capacitación
Capítulo 7
Elegir un mapa y emprender la marcha
Un mundo opaco
Imaginación y cooperación
Del Medioevo al mercado de Wuhan
La lógica del explorador
Bibliografía
| Gore, ErnestoLa vida en las organizaciones: el aprendizaje como acción colectiva / Ernesto Gore.–1a ed revisada.–Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Granica, 2020.CD-I, EPUBISBN 978-987-8358-34-51. Recursos Educacionales. I. Título.CDD 306.43 |
Fecha de catalogación: Dicienbre de 2020
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Diseño de tapa: Juan Pablo Olivieri
Conversión a eBook: Daniel Maldonado
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Como siempre a Silvia, Marcelo y Alejandra
Prólogo
Los apuntes que nutren este libro han surgido de mi experiencia como docente, investigador y consultor en el campo del desarrollo organizativo de empresas, museos, universidades, escuelas, organizaciones sin fines de lucro y organismos públicos. Sin embargo, me propongo que estos aprendizajes puedan trascender el campo de la administración y ayudarnos a entender mejor el aprendizaje como acción colectiva.
A lo largo del texto, hablaremos de las instituciones y de su administración, sin embargo no me he propuesto que este sea un manual sobre cómo manejar organizaciones. Desde fines del siglo XIX lo que se escribe en este campo de la vida humana es presentado como si se tratara de un problema técnico. Como si la infinidad de cuestiones derivadas del hecho de vivir en ambientes organizativos fuera susceptible de un tratamiento experto con soluciones conocidas y probadas. Para que un prodigio así sea posible, sería necesario que, como especie, nos resignáramos a dejar de innovar. Una resignación a la que no hemos sucumbido desde que Eva probó su bíblica manzana.
Sin negar que ese abordaje técnico al que me refería haya permitido cambiar el mundo y que la realidad organizativa sea hoy en día el soporte de toda la vida humana –y no solo humana–, en este planeta, es necesario tener presente que frente a lo inesperado, en un mundo donde lo imprevisto es lo más frecuente, la única forma que tenemos los humanos de debatir, acordar y realizar acciones colectivas es la política. Desde ese punto de vista, la administración es acción política. Como tal, centrada en defender y en atacar, en ocupar espacios y aclarar rivalidades, pero también en construir acuerdos, negociar significados y encontrar formas de convertir debilidades y temores en fortalezas y certezas.
Para decirlo de otra forma: me interesa el aprendizaje organizativo porque es una clarísima manera de entender el aprendizaje colectivo entre las personas. Dicho esto, me centraré en la administración para entender el aprendizaje como acción colectiva.
Es probable que, cuando leas este libro, el barbijo sea el recuerdo lejano de una anécdota del pasado, que esté olvidado o que siga aún presente. Imposible saberlo ahora. En todo caso la escritura de esta obra fue acompañada por el avance mundial del COVID-19. Primero, nos llegó la noticia de una extraña zoonosis asociada a prácticas de comercialización y alimentación originarias de un lejano (para nosotros) mercado chino. La enfermedad hacía estragos en esa ciudad y zonas aledañas. Más tarde, la epidemia se extendió. Comenzó a “acercarse”, porque Europa parece cerca, aunque nos separe de ella todo un océano. Desde Alemania, Italia, el Reino Unido y España, llegaba información sobre síntomas, contagios y colapso sanitario. La epidemia devenía pandemia.
Fronteras cerradas para todos excepto para los residentes. Líderes políticos que sugerían a su población apostar a la “inmunidad del rebaño”. Alguno de ellos, después de salir de la terapia intensiva, revisó su propuesta. Otro, con manejo de bombas atómicas, propuso buscar la solución en el estante de los artículos de limpieza. La voz de los científicos cobró otro espesor en relación con la vida cotidiana, como si en la ciencia se hubiesen depositado simultáneamente la fe y la racionalidad de una inmensa parte de la humanidad.
Las maravillas preferidas del turismo internacional se convirtieron en espacios solitarios, tristes, abandonados. Los museos, por su parte, comenzaron a oficiar como altares que, por tiempo indeterminado, estarían carentes de devotos. La circulación de viajeros se paralizó. Asistir a la escuela, ir a trabajar, salir de paseo, disfrutar una noche de teatro, reponer los insumos de la impresora, reunirse en casa con amigos, comprar un par de zapatos o un poco de pan, concurrir a la consulta del odontólogo, ver crecer a los nietos… esas actividades cotidianas, tan familiares que habría resultado un forzado ejercicio de imaginación distópica pensarlas como la ocasión de un peligroso contagio mortal, de la noche a la mañana debieron ser puestas en el centro de nuestra atención. Debimos mirarlas nuevamente. Pensarlas nuevamente. Replantearlas. Idear todo, otra vez, desde cero. O casi. La mente de todos nosotros incorporó la distancia social y el hashtag “cuarentena” como las coordenadas en que cualquier hacer y proyectar deben y deberán inscribirse, no sabemos por cuánto tiempo. La vida cambió. Se nos cambió.
El VIH, la disolución de la Unión Soviética, la caída del Muro de Berlín, el calentamiento global, internet, el ataque a las Torres Gemelas, la crisis del 2001 para los argentinos y la de las hipotecas subprime (por nombrar solo algunos de los principales hitos que marcaron la historia de las últimas décadas) impactaron en nuestro día a día, en las formas de relacionarnos, en las maneras de trabajar, de pensar los negocios y de consumir, en las relaciones y alianzas internacionales, en los modelos de organización política y social de todo el planeta, en nuestra participación ciudadana. Es notable que hoy, en este contexto, nos estemos planteando hacer capacitación, educar para el trabajo. Como si supiéramos algo acerca de qué necesitaremos o qué necesitarán los habitantes del futuro cercano.
La pandemia de COVID-19 colocó al planeta no tanto en una situación de parálisis como de desconcierto. Estamos desconcertados porque debemos revisar todas las pequeñas y grandes creencias con que articulábamos la vida. Necesitamos revisar el complejo, delicado y exquisito andamiaje de supuestos que hasta hace nada nos permitían dejar buena parte de nuestra vida en manos de un imaginario piloto automático interno. Siguiendo el consejo de Arquímedes, estamos buscando algún punto de apoyo que nos permita mover el (nuevo) mundo. Todavía estamos tanteando en la oscuridad.
En lo personal tuve que recordar a Karl Weick y leer lo que yo mismo había escrito para entender mi propio pensamiento. Así, de pronto, el libro debía practicar lo que propone: desarrollar sus tesis para descubrir y comprender qué clase de aporte está haciendo. Mientras página tras página proponía al lector repensarnos y reubicarnos ante lo imprevisible, el contexto desafió nuestra capacidad de imaginarlo.
Opté por un empecinado seguir escribiendo, aun cuando la incertidumbre –concepto del que se ha hecho uso y abuso durante las últimas décadas– estuviera adquiriendo una carnadura, ahora sí, realmente atemorizante. Seguí escribiendo para darle entidad a una hipótesis que rescate la vida: frente a este escenario, seguir aprendiendo es la única respuesta adaptativa al alcance del género humano. ¿Aprender sobre un futuro que no conocemos? No, aprender sobre la realidad que tenemos frente a nuestros ojos y que no siempre logramos ver. Apenas eso.
Se trata no solamente de cuestionar lo que hemos aprendido sino de cuestionar también nuestra peculiar comprensión del proceso de aprender. Quizás la hipótesis que decidimos adoptar nos muestre más adelante que era una orientación equivocada; pero que, de cualquier manera, nos puso y nos mantuvo en marcha, explorando. No obstante, creemos que el mapa que elegimos para aventurarnos en este territorio es el correcto. Queda a juicio del lector confirmarlo, rebatirlo y –sobre todo– seguir aprendiendo en la medida en que recorra su propio camino.
Este libro es el último de una producción que comenzó hace ya más de 30 años y, como todas mis obras, es el reflejo de un quehacer colectivo. Nadie viaja solo. Aunque no tenga compañía física, está rodeado siempre de los fantasmas, algunos queridos y otros temidos, con quienes dialoga. A lo largo de los años escribí unos pocos libros. Ninguno es una historia de cut and paste. Cada uno refleja una experiencia de vida. Los menciono como si el lector los conociera, aunque difícilmente sea así: Aprendizaje y organización se basa en mi trabajo con Diane Dunlap en Oregon; La educación en la empresa, el segundo, en mi trabajo como consultor y fundador del centro de educación empresaria de la Universidad de San Andrés, en Buenos Aires; Conocimiento colectivo refleja mi trabajo de doctorado y mi estadía como visiting scholar junto a David Perkins en la Graduate School of Education de Harvard; Hacer visible lo invisible recoge el trabajo conjunto con Marisa Vázquez Mazzini; y El próximo management se nutrió con casos y ejemplos aportados en gran medida por los participantes de la Maestría de Estudios Organizacionales que dirigí en San Andrés. Podría decir –parafraseando a Borges– que todos estos años me la pasé enseñando cosas que no terminaba de entender a gente que hoy en día sabe más que yo.
A diferencia de lo que hice en los otros libros, en este he eliminado casi todas las notas al pie, para que su lectura sea dinámica y accesible. Solo le di ese espacio a las referencias de las fuentes, también con el afán de hacer más ágil para el lector identificarlas. He trabajado en profundidad con unos pocos autores que mencionaré al pasar y sobre los que ofreceré una mayor orientación bibliográfica al final de la obra. Poco de lo que aquí se dice es creación mía, como ha dicho Diana Sperling en su espléndida Filosofía para armar:
Por más solitario que se crea, el viajero siempre va acompañado. Compañeros de presencia real y virtual con los que acompasar la marcha: rostros con los que se cruza ocasionalmente y que imprimen a su itinerario giros inesperados; caminantes que en épocas remotas hollaron las mismas sendas y dejaron testimonio, personajes de la historia de cada uno.
Por más solitario que se crea, el viajero siempre va acompañado. Compañeros de presencia real y virtual con los que acompasar la marcha: rostros con los que se cruza ocasionalmente y que imprimen a su itinerario giros inesperados; caminantes que en épocas remotas hollaron las mismas sendas y dejaron testimonio, personajes de la historia de cada uno.
Finalmente quiero destacar la importante y medular contribución a este libro de Adriana Roldán, excelente y culta editora que hizo una tarea titánica dándole forma de capítulos a trabajos anteriores míos, escritos como apuntes personales y publicados en forma casual en diferentes medios o usados como soporte para charlas y conferencias. Y también el trabajo de Graciela Kort, quien logró plasmar en un caso que enriquece este libro la sabiduría de sus años de experiencia en consultoría junto a Débora Bronstein.
Por último quiero destacar el aporte central de la profesora María Fernanda García Wagstaff (PhD, Associate Professor of Management en The University of Texas at El Paso). Su aporte está en todo el libro, pero sobre todo en el Capítulo VI. Varios años de trabajo conjunto, premonitoriamente remoto, a través del casi desaparecido Skype, dieron lugar a varios papers que aún permanecen inéditos pero de los cuales rescaté los elementos que nutrieron ese capítulo. Aunque he intentado citar su aporte en todos los casos, estoy seguro que este va más allá de lo que he podido mencionar.
Ernesto Gore
Octubre de 2020
Capítulo 1
El escenario del siglo XXI
La administración ha sido siempre un intento de controlar la realidad. Esto se ha vuelto particularmente difícil en tiempos en que lo inesperado es lo único que puede esperarse. Aunque es cierto que el futuro siempre fue una incógnita, durante gran parte de la historia de la humanidad se pudo dar por sentado que lo que vendría sería más o menos parecido al pasado. Las organizaciones eran pocas y conocidas, eran como eran y siempre iguales a sí mismas. La posibilidad de ver tantas organizaciones cambiando constantemente delante de nuestros ojos es relativamente nueva.
El management actual, es decir, nuestra forma de pensar las organizaciones y cómo manejarlas, nació hace no más de unos doscientos años, junto con los ferrocarriles y su rápida expansión. Durante el siglo XIX, las líneas férreas se extendieron por todo el mundo cambiando la realidad en una forma nunca vista hasta entonces y en coincidencia con un estilo de pensamiento basado en el planeamiento y el control. Pero ese era apenas el principio. De allí en más, las organizaciones y la tecnología siguieron cambiando, y con ellas, el mundo. Hoy, ya entrado el siglo XXI, se insiste muchas veces en ver a las organizaciones (de cualquier tipo) como si no hubiesen cambiado, así como tampoco el contexto en que se inscriben. Pensemos simplemente en internet, probablemente la organización más importante de nuestro tiempo. ¿Dónde está su casa central? ¿Quién es su gerente general? ¿Quién es el “mago de las finanzas” que consiguió que la organización más poderosa de nuestra época resultara gratis para los usuarios? ¿Cómo pudo ocurrir que unos jovencitos desalineados, trabajando en un garaje, construyeran algunas de las corporaciones más ricas y exitosas invirtiendo inicialmente un poco más que su mensualidad?
Cada vez con más frecuencia nos encontramos frente a organizaciones que funcionan de una manera completamente diferente a la fábrica que tenía a mal traer a Charles Chaplin en Tiempos modernos, o a esos bancos donde –según la publicidad– el otorgamiento de un crédito se sella con un apretón de manos entre el cliente y su ejecutivo de cuentas, escritorio de por medio. Es necesario preguntarse si el mundo en el que vivimos sigue siendo el mismo. ¿Cuánto se parece el management de las nuevas organizaciones a aquel que se forjó ayer, en los inicios del ferrocarril?
Cada año que pasa, la gerencia se parece menos a una tarea de puro control y más a una de exploración, ensayo y error. A pesar de eso, seguimos intentando explicar lo que sucede en las organizaciones exclusivamente sobre la base de lo que se proponen sus directivos. Como si un directivo, al igual que el último de los operarios, no estuviera descubriendo constantemente qué nuevos hechos están cambiando la realidad sobre la que se propone operar. Entender el management hacia el que las organizaciones –de una u otra manera– están migrando implica aceptar que su motor no está en la obediencia sino en el significado que la organización construye respecto del mundo que la rodea, el papel que ella desempeña y quiere desempeñar allí, y lo que hace y es capaz de hacer. Implica darnos cuenta de que el liderazgo no está en el poder sino en la comprensión, en la capacidad de entender en profundidad lo que hasta ahora se había hecho intuitivamente. La comprensión de la realidad permite revisar los automatismos, y brinda autonomía y capacidad para modificar, cuantas veces sea necesario, las acciones que se realizan a fin de lograr los resultados buscados, haciendo que un colectivo pueda operar con autonomía sin perder previsibilidad.
El liderazgo no está en el poder sino en la comprensión, en la capacidad de entender en profundidad lo que hasta ahora se había hecho intuitivamente.
Explorando territorios desconocidos
Hubo tiempos en que el management consistía en decirle a la gente lo que debía hacer: el jefe sabía cuál era la tarea y se trataba solo de asegurarse de que se hiciera. Por eso, Frederick Taylor o Henry Ford podían declarar sin empacho que pagaban a sus obreros para que trabajaran, no para que pensaran1. Hoy, una afirmación semejante resultaría suicida, no solo porque infinidad de gerentes tienen actualmente a su cargo a especialistas que saben de su materia sensiblemente más que ellos, sino también porque muchos directivos se encuentran no pocas veces con situaciones frente a las cuales no tienen idea de qué debe hacerse. Ante lo inesperado, se requiere que el management despliegue una alta capacidad para reconocer y enfrentar los verdaderos problemas (lo inesperado, lo impredecible, lo que no tiene antecedentes) y sacar a la gente de sus zonas de confort para enfrentar lo que debe ser atravesado, valorando en ese proceso las respuestas espontáneas capaces de generar lo que no estaba planeado pero que resulta necesario. El management necesita gente que haga. Que piense mientras hace y que haga mientras piensa. Y que todos, cualesquiera sean sus roles, compartan tanto como sea posible su hacer y su pensar para que la organización (el colectivo) aprenda. Y se espera que sean las diversas acciones de liderazgo las que produzcan esa amalgama de acciones individuales pero coordinadas a través del conocimiento compartido.
Sin embargo, en la mayor parte de los casos, el concepto de liderazgo está fuertemente ligado a creencias tradicionales, no muy revisadas. Muchos lo asocian a un atributo personal, que puede transmitirse como si se tratase de una técnica consistente en ordenar objetivos y metas en una organización estructurada jerárquicamente, decir a los subordinados qué deben hacer para alcanzarlos, y crear en ellos la motivación necesaria para esforzarse en lograrlos. No obstante, de manera creciente, los procesos críticos de las organizaciones están a cargo de individuos que, más allá de su lugar en el organigrama, saben manejarlos y son capaces además de generar respuestas adaptativas innovadoras para enfrentar lo inesperado. Son personas, aunque las llamemos “recursos humanos”, difícilmente sustituibles y quienes, en la práctica, lideran. En este contexto, la función de dirección está migrando del tradicional planeamiento y control hacia una tarea centrada en identificar los problemas críticos que deben encararse a fin de concentrar los esfuerzos organizativos para resolverlos, paliarlos o aprender a convivir con ellos y sus consecuencias.
Hoy, liderar no tiene tanto que ver con dirigir, enseñando y supervisando un proceso del que ya se conocen todas las preguntas que podrían presentarse y para las que ya se han hallado las respuestas correctas. En el siglo XXI, liderar es una acción que se inicia cuando un sujeto (una persona o un equipo) desarrolla la capacidad de formular las preguntas difíciles (esas que todos preferirían no tener que hacerse) y de ayudar y recibir ayuda por parte de los demás para encontrar las respuestas correspondientes.
Hoy, liderar es una acción que se inicia cuando un sujeto desarrolla la capacidad de formular las preguntas difíciles (esas que todos preferirían no tener que hacerse) y de ayudar y recibir ayuda por parte de los demás para encontrar las respuestas correspondientes.
La pregunta vital que toda organización debe poder contestar en los hechos es cómo reformularse a sí misma para que, ante un cambio del entorno, este la seleccione para seguir adelante. O, dicho de otro modo, cómo adaptarse a nuevas e imprevistas circunstancias, a lo inesperado.
Karl Weick2 narra la historia de un grupo de soldados que, extraviados en los Alpes durante una tormenta de nieve, lograron regresar a su base gracias a un mapa hallado circunstancialmente por uno de ellos en uno de sus bolsillos. Una vez en casa, el teniente que había enviado al grupo a cumplir la misión en las montañas, descubrió que el mapa empleado era en realidad ¡de los Pirineos! Esta anécdota, como señala Weick, debería ser recordada por todos los gerentes a fin de tener en cuenta que lograr resultados exitosos no se debe tanto a lo que las personas saben de antemano (el mapa, los procesos probados en el pasado) y lo que han planeado (la estrategia), sino a lo que efectivamente hacen y a las correcciones que introducen en el curso de su práctica cada vez que es necesario.
Quienes tienen a su cargo la gestión de grupos humanos son cada vez más conscientes de que usan un mapa equivocado y que, sin embargo, confían en que ese instrumento los ayude a ponerse en movimiento para ir encontrando el camino. Esto implica abandonar el concepto de la estrategia como la respuesta adaptativa prevista ante un cambio del entorno, y entenderla como una conjetura movilizadora, que impulsa a la práctica, verdadera fuente y destino de la respuesta adaptativa. En la historia de los soldados extraviados, el aporte del mapa no consistió en orientar al grupo acerca de cómo volver a la base, sino en haber puesto al grupo en movimiento para encontrar su camino en terra incognita. Una buena estrategia es aquella que dispara en la organización la búsqueda de una respuesta a una pregunta sin precedentes.
Una buena estrategia es aquella que dispara en la organización la búsqueda de una respuesta a una pregunta sin precedentes.
Un mapa como el que los soldados encontraron (la estrategia) brinda pautas muy generales y una intención, elementos ambos muy valiosos. Pero no puede decir qué debe hacer la gente en cada momento ni cuáles son los pasos adecuados ante cada situación porque, dado el tipo de desafío que se afronta, todo eso requiere respuestas adaptativas casi imposibles de prever. Los planes, como los mapas, animan y orientan a los individuos. Una vez que las personas comienzan a actuar, generan hechos nuevos, adecuados al contexto real y que ayudan a entender qué ocurre, qué necesita explicarse y cómo seguir adelante. Por eso, como decíamos antes, algunos gerentes olvidan que lo que en realidad hacen no es ejecutar lo que habían planeado sino descubrir el camino sobre la marcha. En consecuencia, para no transgredir lo planeado, corren el riesgo de perder de vista que lo que enfrentan no es un problema técnico con solución conocida, sino uno adaptativo, que requiere de su capacidad de liderar a un grupo para enfrentar lo imprevisto3.
Desde luego, la mirada evolutiva que estamos delineando no supone que las organizaciones puedan ser conducidas desde la pura espontaneidad, sin una idea general que les dé sentido o sin planes. Ya hemos definido que la estrategia es aquello que dispara en la organización la búsqueda de una respuesta a una pregunta difícil. Podríamos describirla también como una teoría que la organización elabora sobre qué la hizo exitosa en el pasado y qué la hará exitosa en el futuro, teoría que empleará como base de sustentación para encontrar la respuesta a esa pregunta. Pensar la estrategia como una teoría –o, mejor aún, como una hipótesis– ofrece la ventaja de que nos sentiremos obligados a contrastarla con la realidad constantemente4, lo que constituye una práctica metodológicamente excelente5.
Henry Mintzberg6 señala que, por lo general, se habla de “planear estrategias”, una idea que se corresponde con un contexto ordenado y controlable. Es coherente con pensar una autoridad basada en una persona o en un grupo con visión total del conjunto y claridad sobre la situación, que tiene todas las respuestas o sabe generarlas para lograr que los otros hagan sus tareas. Mintzberg, en cambio, no habla de planear estrategias, sino que emplea la palabra inglesa crafting, la cual refiere a lo artesanal. En castellano, la expresión que da título a su artículo podría traducirse como “elaborar estrategias”. Él toma como modelo a su esposa, que es artesana y elabora objetos de cerámica: ella tiene una idea de lo que busca en cada caso, pero va descubriendo también las posibilidades reales en la medida en que trabaja la masa. Es el “elaborar” de una persona cercana a la situación y a los materiales con los que está trabajando, y esto poco tiene que ver con controlar desde un lugar lejano y omnisapiente. Crafting nos remite a la conexión y el contacto con la tarea y sus circunstancias, un proceso a través del cual la formulación y la ejecución se funden en una adaptación mutua. Para Mintzberg, la estrategia no es solo un diseño intencional tal como suele parecer. Si bien la elaboración tiene en consideración pautas surgidas de un plan, se ve impactada también por otras que se van creando y adoptando a medida que avanza la práctica, el hacer, la instrumentación. De este modo, las estrategias caminan siempre sobre dos patas. Una tiene que ver con el plan, con el diseño, con lo deliberado. La otra, con lo emergente, lo que se descubre en tanto se va haciendo. ¿Dónde se sitúa el liderazgo en este proceso?
Las estrategias caminan siempre sobre dos patas. Una tiene que ver con el plan, con el diseño, con lo deliberado. La otra, con lo emergente, lo que se descubre en tanto se va haciendo.
Repensar el liderazgo
Pensemos en la evolución de los productos de una empresa en el transcurso de su historia. ¿Los cambios que experimentaron son el resultado de una estrategia o de un conjunto de procesos relativamente aleatorios que –después– fueron repensados, organizados y formulados como una estrategia exitosa? Es decir, ¿la evolución de los productos es consecuencia de un plan previo y explícito, o de una respuesta elaborada sobre la marcha a problemas inmediatos o nuevas oportunidades detectadas? Por lo general, es difícil determinar la proporción en que lo previsto y lo improvisado se combinan. Lo más probable es que haya bastante de ambas cosas.
Visto retrospectivamente, el curso de acción exitoso será casi siempre significado por la organización como una estrategia del CEO. Pero si indagáramos en los detalles y buscáramos reconstruir cómo el directivo llegó a la estrategia mentada, en algún momento aparecerían en escena la escucha atenta de un vendedor ante los requerimientos de un cliente, las reuniones del equipo de ventas para responder a esas sugerencias, los rumores que llegan del mercado, las consultas a otras personas y sectores de la organización para que aporten a la elaboración de la respuesta y, finalmente, el descubrimiento de que esa adaptación del producto tenía muchos más compradores que el ignoto cliente que dio inicio a todo el proceso. De esta forma, en muchos casos, la organización comienza a ver cómo se incrementa la demanda del nuevo producto hasta convertirse en una robusta e innovadora línea de trabajo y producción. El marketing y la publicidad, innegablemente importantes, vienen después.
Aunque es difícil notarlo en un primer momento, estas observaciones nos llevan a una visión diferente del liderazgo, a pensarlo como un fenómeno más colectivo y espontáneo de lo que parece a primera vista. Es importante tener presente que, aunque esté de moda llamar “líderes” a los jefes, en realidad ninguna organización puede nombrar líderes. El liderazgo es un fenómeno emergente, no planeado ni susceptible de serlo.
La perspectiva tradicional sobre el liderazgo se levanta sobre un supuesto dualista no problematizado, que acepta como un hecho evidente (y, por tanto, que no requiere demostración) que el conductor es siempre uno –o, en circunstancias desgraciadamente escasas todavía, una–, y las demás personas son simplemente sus seguidores o conducidos. Además, se supone evidente también que el liderazgo es un atributo de algunas personas y que se mantiene en el tiempo abarcando todos los aspectos de la realidad. Cabe agregar que esa clase de análisis enfatiza en exceso el peso de los roles formales y presta poca atención a lo que sucede en el trabajo y a los procesos que surgen de la labor de las redes que conforman la organización. Si se observa la realidad de cualquier organización, se verá que el liderazgo es un proceso permanente y dinámico, y que todo el mundo es líder en algo para alguien.
Si se observa la realidad de cualquier organización, se verá que el liderazgo es un proceso permanente y dinámico, y que todo el mundo es líder en algo para alguien.
En relación con la dinámica entre individuo, grupo y liderazgo, en un trabajo muy notable Ken Smith7 se refiere a la odisea vivida por un grupo de jóvenes cuyo avión cayó en la Cordillera de los Andes en 19728. Sin duda, es un caso especialmente dramático de encuentro con lo inesperado. Ellos eran jugadores de rugby y viajaban desde el Uruguay (junto a familiares, técnicos y, por supuesto, la tripulación) para jugar un partido en Santiago de Chile. Iban vestidos con jeans, remeras y mocasines cuando se encontraron imprevistamente con el avión estrellado en la montaña, a 3.600 metros de altura, en medio de la nieve, con 30 grados bajo cero de temperatura y en un lugar donde no había ninguna forma de vida de la cual obtener alimento. Para quienes no lo saben (es difícil que alguien que estuviera vivo en esa época no lo recuerde), había 45 personas a bordo del pequeño avión de la Fuerza Aérea Uruguaya. Dieciocho murieron en el accidente o en los siguientes días. Los 27 restantes fueron reducidos a 19 por una avalancha unas dos semanas después. Con excepción de tres personas, 16 sobrevivieron otros 50 días9.
Cuando se analiza aquella tremenda tragedia aérea y su casi milagroso desenlace, resulta muy notable cómo muchas conductas que tradicionalmente habrían sido descriptas como de liderazgo y, por ende, como comportamientos individuales producto exclusivo de un rasgo de personalidad y la voluntad de los actores, aparecen interpretados en términos de las relaciones entre distintos grupos que surgieron en el sistema conformado por quienes sobrevivieron al impacto. Como veremos en el próximo capítulo, a propósito de la frecuente identificación del liderazgo con conductas heroicas, las respuestas a las diversas necesidades que se fueron presentando a los sobrevivientes (entre otras, la atención de los heridos en el impacto, la adecuación de los restos del avión como refugio y encontrar elementos de abrigo) fueron lideradas por diferentes personas y grupos dentro del conjunto.
En un primer momento el liderazgo estuvo en un par de sobrevivientes que estudiaban medicina. Habiendo muertos y heridos, ellos parecían los indicados para afrontar la situación. Un miembro de la tripulación, que luego murió, dijo que él era quien debía conducir el grupo porque eso era lo que decía el reglamento. Nadie le hizo mucho caso: ni el reglamento ni el vuelo eran ya reales.
Ni bien los heridos fueron atendidos y los muertos separados de los sobrevivientes, el rol de los estudiantes de medicina desapareció y el liderazgo pasó espontáneamente al capitán del equipo de rugby, que confiaba en que serían rescatados. Se trataba de resistir hasta que eso sucediera.
Cuando escucharon por radio (aparato que les permitía oír, pero no transmitir) que las acciones de búsqueda habían sido abandonadas, el líder perdió fuerza porque ni él mismo ni nadie creía ya en el rescate como alternativa. Ahora, no se trataba primordialmente de mantener el orden y la cohesión a la espera de un inminente rescate, sino de resolver cómo se proveerían de agua y comida por un plazo que imaginaban sería prolongado: dado que el accidente había ocurrido durante octubre, estimaron que recién podrían intentar salir de allí por sus medios cuando estuviera más avanzada la primavera. En esa encrucijada, y viendo que la comida se terminaría pronto, empezaron a comprender que la única –y terrible– forma de sobrevivir sería alimentarse de quienes habían muerto. En las conversaciones, se fueron articulando dos ideas cruciales. La primera fue que deberían encarar un plan para salir de allí y pedir ayuda; no podían simplemente esperar. La segunda, que deberían tomar el único recurso disponible para mantenerse vivos: los cuerpos de los fallecidos. Estos dos nuevos desafíos (buscar ayuda y alimentarse) impulsaron el surgimiento de otra estructura social donde convivían tres grupos: quienes aceptaron la idea de comer carne humana; quienes sentían que no podían hacerlo; y quienes se debatían entre las dos posiciones anteriores. Estos últimos encontraron en la comunión religiosa una metáfora que les permitía conciliar sus principios con las urgencias impuestas por las circunstancias, absolutamente dramáticas.
Cuando se producen cambios imprevistos y extremos, cuando el contexto ejerce una altísima presión, nadie puede establecer con claridad qué respuestas adaptativas encontrarán más eco o resultarán más adecuadas. Lo que un individuo pueda hacer personalmente para liderar a los demás no es evidente sino pura especulación. Solo cuando el sistema vuelve a adquirir equilibrio, dice Smith, es posible descubrir qué conductas fueron las que lo llevaron hasta allí: el liderazgo, como la estrategia, aparece más claramente cuando miramos hacia el pasado que al intentar adivinar el futuro. En otras palabras, los actos de liderazgo son respuestas –a veces deliberadas, y en muchos casos espontáneas e inconscientes– a situaciones percibidas como críticas. Esos actos no se proponen tanto liderar como contribuir a la supervivencia. Y aunque en muchos casos existe la intención de encontrar seguidores, en otros se trata simplemente de que toda conducta humana es un modelo susceptible de ser imitado.
El liderazgo, como la estrategia, aparece más claramente cuando miramos hacia el pasado que al intentar adivinar el futuro. En otras palabras, los actos de liderazgo son respuestas –a veces deliberadas, y en muchos casos espontáneas e inconscientes– a situaciones percibidas como críticas.
El intento sistemático de búsqueda de ayuda por parte de los sobrevivientes de los Andes se inició unos sesenta días después del accidente, con la elección de unos pocos, tres, expedicionarios a los que se les dieron todos los privilegios (principalmente, el mejor abrigo y comida). Tenían una misión definida: abandonar el lugar e ir a buscar ayuda. ¿Qué nos dice, entonces, esta mirada del liderazgo? Que el liderazgo no depende solamente de quiénes y cómo son las personas; es una función que se va desplazando de acuerdo a cómo se modifican las redes vinculares para adaptarse a las circunstancias a las que la organización debe responder. Recuerdo que cuando le pregunté a Pedro Algorta, uno de los sobrevivientes, si estos elegidos para cruzar los Andes a pie buscando ayuda eran los líderes, contestó con absoluta seguridad: “No, ellos eran los héroes, porque hacían lo que ningún otro podía hacer. El liderazgo pasaba por otro lado”.
Es necesario aprender a pensar el liderazgo menos como un “estado” o un “don” de las personas y más como una actividad que está en manos de quien pueda responder a un desafío imprevisto.
¿Cómo se conjuga la idea de que el ejercicio del liderazgo rota según los desafíos adaptativos que plantea el contexto con la necesidad de orden y previsibilidad que toda organización requiere? Mal, se conjuga mal. Sin embargo, la salud de la organización depende de que pueda soportar y (más importante) aprovechar la tensión entre el proceso rutinario y la búsqueda permanente de la mejor respuesta adaptativa a su entorno, aprendiendo a enfrentar lo inesperado. En suma, es necesario aprender a pensar el liderazgo menos como un “estado” o un “don” de las personas y más como una actividad que está en manos de quien pueda responder a un desafío imprevisto.
¿Quiénes serán los próximos líderes en nuestra organización, en nuestra sociedad, en el mundo? La respuesta es tan difícil de anticipar como cuáles serán los próximos desafíos (sobre todo, post-pandemia). De la misma manera, entender quiénes lideran en una situación determinada no es fácil. A pesar de que nuestros modelos confunden al líder con el héroe, el liderazgo no es siempre un hecho evidente. Cada uno aprende de los demás y ni el que enseña ni el que aprende son siempre conscientes de lo que están haciendo. El siglo XXI nos demanda abandonar la antinomia taylorista entre “los que piensan y los que hacen” para ir hacia una formación generalista de las personas en la organización, central para generar respuestas adaptativas creativas, que luego darán origen a estrategias emergentes o aumentarán las probabilidades de generarlas.
Sucede lo inesperado
Como sostenía J.M. Keynes, aunque nos disponemos para enfrentar lo inevitable, lo que sucede es lo inesperado. ¿Cómo prepararnos para afrontar esa incertidumbre? ¿Cuál es el rol del management en una época en que cada vez es más frecuente lo que no hemos podido prever?
A fines del siglo XIX y principios del XX, en un mundo donde la producción era mucho más compleja que la venta y las empresas eran “fábricas”, el desafío era hacer bien y barato aquello que ya se sabía hacer bajo la dirección del supervisor, el jefe, el gerente. La organización piramidal taylorista –donde el hacer y el pensar estaban cuidadosamente divorciados según un diseño técnico, y la obediencia constituía un valor central– proveía el formato más congruente con ese contexto de trabajo. Hoy, en cambio, decirle a la gente qué, cómo y cuándo debe hacer su tarea es cada vez más difícil, como ya explicamos, por dos razones: la primera, porque en algunos casos las personas saben mejor que sus jefes qué deben hacer; la segunda, porque raramente los gerentes saben de antemano qué es lo que hay que hacer.
La figura taylorista del gerente como fuente del saber sobre la tarea se encuentra migrando hacia un estilo de management más centrado en construir sentido junto con su gente, acercando las distintas prácticas que pueblan la organización.
Generar bienes o servicios en un mundo hipercompetitivo exige grados muy elevados de especialización y, consecuentemente, de integración. Eso obliga a que la función de supervisión esté centrada en lograr la arquitectura de grupos que –por su especialización– tenderían naturalmente a dispersarse. Reunir distintas prácticas para enfrentar problemas nuevos genera conocimientos tan recientes para las personas como para quien las supervisa. En consecuencia, la figura taylorista del gerente como fuente del saber respecto de la tarea se encuentra migrando hacia un estilo de management más centrado en construir sentido junto con la gente, acercando las distintas prácticas que pueblan la organización.
Con respecto al liderazgo, debemos acostumbrarnos a dejar de pensarlo como la confluencia permanente de poder en ciertos vértices (que coinciden con el organigrama) para verlo más como una constelación de respuestas improvisadas e imprevistas a los problemas que surgen. Si prestamos atención, veremos el liderazgo distribuido en la organización: una cantidad inesperada de líderes momentáneos, que aparecen y desaparecen como luciérnagas en la noche, solucionando problemas que nadie había pensado que iban a ocurrir ni que ellos iban a resolver. Algunas pocas de esas respuestas espontáneas resultan exitosas, se afincan, se convierten en líneas de trabajo y, en algún momento, son instituidas y pasan a ser una estrategia. Como la mayor parte de los intentos son eliminados por ser inadecuados o por mudanzas del contexto, la organización necesita mucha iniciativa y muchos destellos de liderazgo para poder enfrentar las circunstancias cambiantes que caracterizan al siglo XXI.
El liderazgo siempre existe. El desafío hoy es que la autoridad (el supervisor, el jefe, el gerente) desempeñe las funciones que el contexto demanda: guiar, contener y fijar reglas de juego claras. Luego, si la organización hace su parte y cuenta con gente bien formada y educación generalista, el liderazgo aparecerá y rotará todo el tiempo, a veces encarnado en quienes tienen autoridad formal y a veces en quienes no la tienen. El problema es conseguir que las autoridades no teman al liderazgo y lo dejen emerger.
Las organizaciones complejas, características de nuestra época, son movidas por personas relativamente autónomas que no necesitan que les digan a cada paso qué deben hacer. Pero sí es preciso que se las ayude a entender el contexto y los elementos críticos que deben enfrentarse: este es el rol del nuevo management. El management debe ayudar a que los integrantes entiendan a la organización, comprendan la complejidad de su contexto y aprendan a manejarse en ella. Según David Perkins10, el aprendizaje pleno –es decir, el propio de nuestro tiempo– es un aprendizaje para la comprensión, el cual debe ser promovido, alentado y protegido por el management.
1- En muchos casos, cuando no haya referencias específicas, utilizaré el género masculino. Lo hago así sencillamente porque es el mío, pero espero que resulte obvio que me refiero a cualquiera de ellos.
2- Weick, Karl E. “Substitutes for Strategy”. En Making Sense of the Organization. Oxford: Blackwell, 2001.
3- Heifetz, Ronald y Laurie, Donald J. “The Work of Leadership”. Business Review, enero de 1997.
4- Cohen, M.D. y March J.G. “Leadership in Organized Anarchy”. En Leadership and Ambiguity. Boston: Harvard University Press, 1986.
5- Burgelman, Robert. Strategy is Destiny. How Strategy Making Shapes a Company’s Future. Nueva York: The Free Press, 2002.
6- Mintzberg, Henry. “Crafting Strategies”. Harvard Business Review, julio-agosto de 1987, pp. 65-74.
7- Smith, Ken. “An Intergroup Perspective on Individual Behavior”. En Perspectives on Behavior in Organizations, editado por Richard J. Hackman, Edward E. Lawler y M. Lyman, pp. 397-408. Nueva York: McGraw-Hill, 1983.
8- Este texto de Smith fue discutido en un seminario de la Universidad de San Andrés, en Buenos Aires. Uno de los participantes fue Pedro Algorta, sobreviviente del episodio. Los diálogos con él, que se prolongaron en una amistad posterior, resultaron especialmente enriquecedores.
9- Información recuperada el 4 de mayo de 2020 de www.viven.com.uy (sitio oficial del accidente de los Andes).
10- Perkins, David N. El aprendizaje pleno. Principios de la enseñanza para transformar la educación. Barcelona: Paidós, 2010.
Capítulo 2
Rutina e innovación
En el capítulo anterior, a la hora de explicar qué hace una organización recurrimos a las ideas de respuesta adaptativa y liderazgo. Dijimos que los procesos críticos de las organizaciones están a cargo de individuos que, más allá de su lugar en el organigrama, saben manejarlos y son capaces, además, de generar respuestas adaptativas innovadoras para enfrentar lo inesperado. Con esta afirmación relativizábamos un poco el papel de las estructuras formales y señalábamos la importancia de lo no planeado en la vida organizativa. En este capítulo iremos un poco más allá; esencialmente, estaremos diciendo que la dinámica de una organización no puede ser explicada exclusivamente por la voluntad o los planes de sus directivos.
Las preguntas aquí son simples, pero, como ocurre con las preguntas simples, las respuestas son complejas: ¿qué cosa es una organización?, ¿cómo se explica lo que una organización hace o deja de hacer y por qué es como es?
Una primera respuesta: lo que una organización es tiene que ver, sin duda, con lo que sus accionistas y ejecutivos se proponen, pero también con aquello que el contexto le permite. Muchas empresas, tal vez la mayoría, fracasan por intentar hacer lo que sus directivos quieren y las circunstancias externas vuelven imposible. Cada organización puede tratar de lograr lo que se proponga, pero son los mercados y los no mercados11 los que terminan decidiendo finalmente cuáles sobrevivirán.
Sin duda, esto evoca la teoría de la evolución formulada por Charles Darwin durante el siglo XIX. Vale la pena detenernos y recordar algunos puntos centrales de ese marco teórico a fin de poder retomar más tarde ese abordaje en relación con las organizaciones.
La teoría darwiniana sostiene que entre los individuos de una misma especie podemos observar pequeñas variaciones (por ejemplo, no todos los humanos tenemos idéntica estatura o igual contextura física). En la naturaleza, esas pequeñas variaciones pueden determinar que algunas especies resulten más aptas que otras para interactuar con el ambiente en donde se desarrollan y, por lo tanto, puedan resistir mejor ciertas condiciones o procurarse más y mejor alimento. Desde el punto de vista estadístico, los individuos con estas características tendrán más oportunidades de sobrevivir y reproducirse, mientras que la descendencia de los que carecen de ellas tenderá a ser más escasa. En sucesivas generaciones, los individuos del primer tipo se incrementarán en número y los del segundo tipo probablemente comiencen a extinguirse. Darwin, entonces, explica la evolución de las especies a partir de tres factores clave: la variación entre individuos, resultado de una mutación genética azarosa; la selección natural, dada por un factor ambiental que favorece la supervivencia de cierto tipo de ejemplares más que de otros; y la retención, que es la propagación por vía de la herencia genética de las características más adecuadas.
Resulta más o menos habitual que, en sus versiones de divulgación, la presentación de la teoría de la evolución sugiera una suerte de propósito por parte de los individuos. Así, las jirafas habrían estirado sus cuellos voluntariamente para acceder a las hojas más altas de los árboles, y nuestro pariente primate de la sabana africana habría decidido erguirse para tener sus manos libres. Si estas características (cuello largo, bipedismo) fueran el resultado de una “elección” de los individuos, no se explicaría la prevalencia de esos atributos en la descendencia, ya que –como sabemos– podemos heredar características genéticas, pero no rasgos adquiridos. En términos de Darwin, los individuos que presentaban como singularidad sus cuellos más largos y los individuos que –azarosamente, por una mutación– comenzaron a caminar erguidos fueron seleccionados por sus ambientes debido a que eran los mejor adaptados, lo que favoreció su multiplicación y que, generación tras generación, la descendencia que prevaleciera fuera aquella que heredaba tales rasgos.
La teoría de la evolución permite dar cuenta de un diseño que se genera a sí mismo y no como producto de una estrategia deliberada de los individuos implicados.
¿Por qué retomar a Darwin en un libro sobre aprendizaje, organizaciones, innovación y management? Porque su teoría permite dar cuenta de un diseño que se genera a sí mismo y no como producto de una estrategia deliberada de los individuos implicados. Esto es coherente con nuestra afirmación de que el devenir de una organización no puede ser explicado solamente por las intenciones de sus actores.
Por lo general, las buenas teorías tienen tanto valor explicativo como valor predictivo; sin embargo, la teoría darwiniana puede explicar el origen de las especies, pero no su devenir futuro, ya que este depende de la selección que haga el ambiente. Habíamos dicho que la estrategia es una teoría que la organización elabora sobre qué la hizo exitosa en el pasado y qué la hará exitosa en el futuro...� teoría que podría ser correcta siempre que el futuro fuera como el pasado, pero que poco puede garantizar cuando lo que se viene es lo inesperado. Precisamente, de acuerdo con lo que discutimos en el capítulo anterior, no tenemos ninguna evidencia de que el contexto (ambiente) por venir conserve sus características. ¿Cómo asegurarnos, entonces, la supervivencia como organización? ¿Qué variaciones deberíamos retener y cuáles deberíamos estar dispuestos a modificar? ¿Con qué criterio elegirlas si no sabemos cuáles seleccionará el ambiente? ¿Con qué mapa, señor teniente, orientar a los soldados en su evolución? Por supuesto, no existe una respuesta ex ante para estas preguntas. Hay en el manejo de una organización, como en el de nuestras vidas, mucho de adivinanza.
No tenemos ninguna evidencia de que el contexto por venir conserve sus características pretéritas. ¿Cómo asegurarnos, entonces, la supervivencia como organización?
La dinámica interno-externo
Uno de los primeros en interrogarse y describir qué hace un gerente fue Henry Fayol (1841-1925), para quien la tarea directiva podía resumirse en cuatro funciones principales: planificar, organizar, coordinar y controlar; cuatro tareas que, miradas con cuidado, se resumen en una sola: controlar.
Más de medio siglo después, en 1975, Henry Mintzberg se propuso revisar el planteo de Fayol a partir de una observación desprejuiciada, sin preconceptos, simplemente observando a un gerente hacer su tarea. Por ejemplo, ¿cómo procede cuando le avisan que la planta de producción se ha incendiado? Cuando se ocupa de que todas las personas estén protegidas y contenidas, de que la información relevante sobre el incidente llegue a la población a través de los medios correspondientes, y que los inconvenientes para los clientes y proveedores sean reducidos al mínimo posible, ¿el gerente está planificando, organizando, coordinando o controlando?
La observación de Mintzberg mostraba que un gerente realiza de manera simultánea las cuatro tareas enunciadas por Fayol… y muchas otras. Y esto es así no solamente cuando una planta de producción se incendia. Comprobó también que, mientras un buen número de trabajos le insumía apenas unos segundos, la mayoría no le requería más de diez minutos, con excepción de unos pocos que le demandaban alrededor de una hora. Si en vez de gerentes se trataba de supervisores, los cambios de tareas sucedían en cuestión de segundos. ¿A qué se debe esta dinámica? A la necesidad de ajustar (adaptar) su conducta a las modificaciones registradas en los entornos interno y externo de la organización que se producen momento a momento.
¿Y qué sucede cuando lo observado ya no son las tareas del gerente o el supervisor sino los cambios o la identidad misma de la organización en su conjunto? Cuando preguntamos por la génesis e historia de una organización, o cuando queremos entender por qué es cómo es o conocer sus planes futuros, tarde o temprano se menciona alguna persona que ha encarnado o encarna la figura del visionario. El mito fundacional o el folclore de la organización atribuyen el cambio a aquel o aquella que vio (o ve) la tierra prometida cuando nadie más siquiera la sospechaba. De este modo, una persona o un grupo se llevan el crédito de que, gracias a su fuerza de voluntad y “liderazgo” (entendidos ambos como rasgos individuales de carácter), la organización alcanzó su satisfactoria posición, o lo hará en el mediano plazo. Más allá de esta narrativa, la investigación rigurosa muestra que, además de las intenciones y los propósitos de la gente que integra una organización, existen otros factores que explican –incluso mejor– los cambios que esta experimenta.
La investigación rigurosa muestra que, además de las intenciones y los propósitos de la gente que integra una organización, existen otros factores que explican –incluso mejor– los cambios que esta experimenta.
De manera esquemática, podemos conjeturar que los rasgos que definen a una organización se deben a causas externas, a la labor de los actores internos o a una combinación de ambos factores. Así, las teorías de Michael Hannan y John Freeman causaron un enorme revuelo cuando en la década del 70 sostuvieron que no era la acción gerencial la que definía su identidad sino el proceso de selección que el ambiente hacía de ellas. Los actores podían hacer lo que quisieran, pero si nosotros encontramos ahora empresas con rasgos similares en un cierto mercado es simplemente porque las que eran diferentes fueron cerradas a causa de haber fracasado. Años después, los dos autores moderarían un poco su posición, reconociendo el papel que podían jugar fuerzas internas; sin embargo, ya habían marcado algo importante: las construcciones internas, voluntarias o no, como la estrategia o la cultura, no alcanzan para explicar la supervivencia de una organización. La supervivencia tiene que ver con fuerzas ajenas a la organización, como –por ejemplo– la aparición de nuevos competidores, innovaciones tecnológicas, nuevas preferencias entre los clientes... o una inesperada pandemia12.
Sin duda, las teorías centradas en la influencia del ambiente dan cuenta de un fenómeno fácilmente identificable: hoy podemos saber si un automóvil es “viejo” con solo detenernos a observar la tecnología que utiliza para reproducir música. Asimismo, y continuando con la industria automotriz, puede observarse que algunas prestaciones de los vehículos pasaron de ser adicionales que encarecían el automóvil, a convertirse en características básicas, propias del modelo más simple (por ejemplo, el aire acondicionado o los air bags). Cabe señalar que los ambientes marcadamente competitivos parecen incrementar el dinamismo de los cambios organizacionales: si no estamos siquiera a la altura de la competencia, el mercado nos expulsará. En comparación con el de las compañías que se mueven en ambientes con una competencia menos agresiva, dicho dinamismo se caracteriza generalmente por la generación de puestos de trabajo más especializados y más interdependientes13. Dicho esto, resulta indiscutible que decir que el ambiente “promueve” cierto tipo de cambios es metafórico. El contexto no dice ni indica algo. Son los actores quienes deben hacer los cambios, ya sea porque perciben la oportunidad en el mercado, por gusto o por casualidad, no importa. El mercado se limitará a eliminar las organizaciones que no encajen en su configuración.
El contexto no dice ni indica algo. Son los actores quienes deben hacer los cambios, ya sea porque perciben la oportunidad en el mercado, por gusto o por casualidad, no importa. El mercado se limitará a eliminar las organizaciones que no encajen en su configuración.
Existe una tarea seleccionadora por parte del contexto que elige qué organizaciones sobrevivirán y cuáles estarán condenadas a la extinción. Un caso típico son los carruajes: ningún fabricante de estos pudo reconvertirse en una empresa automotriz debido al salto tecnológico y el capital necesarios para migrar de un negocio a otro. Las fábricas de carruajes de madera pudieron, con suerte, convertirse en fabricantes de muebles. Construir automóviles implicaba manejar motores a explosión cuya tecnología estaba más cerca de las armas de fuego que del cuidado de los caballos. Lo que desapareció con el cambio tecnológico no fue una cierta empresa, sino un cierto tipo de empresas. Cuando la supervivencia deja de tener relación con el manejo interno, las explicaciones ya no se refieren tanto al derrotero de un individuo (“la empresa X”), sino de un conjunto de individuos que se desarrollan en determinado hábitat (“los fabricantes de carruajes”).
Como señalamos, las teorías que buscan las causas de los cambios organizacionales en factores internos parecen expresar el enfoque predominante en el campo de la administración, que tiende a identificar el desempeño organizacional con la sumatoria del desempeño de los integrantes. El devenir de una organización no siempre es descripto en los mismos términos. A veces, su dinámica interna es caracterizada como el producto de políticas, reglas, procedimientos, organigramas y cualquier otra regulación racional que la rija. En otros casos, se entiende que los actores internos promueven cambios o defienden el apego a rutinas establecidas siguiendo un modelo que es producto de microdecisiones –más o menos espontáneas– de muchos decisores individuales no regulados por un poder central. Tales microdecisiones estarían basadas en la percepción de la realidad de quienes las adoptan, en la costumbre o en el azar.
Las teorías evolutivas, por su parte, explican el cambio organizacional concentrándose en la interacción del interior de la organización (ya sea planeado o espontáneo) con su entorno (ya sean mercados o no mercados), y explican ese vínculo a partir de los tres conceptos que mencionamos al referirnos a la teoría darwiniana: variación, selección y retención. La supervivencia o la extinción son consecuencia de un proceso de selección realizado por el entorno entre aquellas variaciones o cambios generados e impulsados por las fuerzas internas.
Hacia una definición de la organización
Hemos dicho más arriba que la organización no puede ser explicada solo por las decisiones de sus dirigentes, y hemos utilizado las teorías evolutivas para describir un devenir organizativo no regido exclusivamente por esas voluntades. Cuando nos apartamos de la mirada formal de la organización y damos lugar a sus aspectos espontáneos o no planeados, entramos en narraciones menos convencionales de lo que una organización es y cómo funciona. Una de esas miradas, especialmente compleja e interesante, es la de Karl Weick, profesor en la Ross School of Business de la Universidad de Michigan, nacido en 1936 y con 83 años al momento de escribirse este libro. En este punto, intentaremos desarrollar una visión de la organización basada en su teoría, aunque recurriremos también a otros autores como, por ejemplo, Étienne Wenger.
Desde una mirada de gestión que podríamos denominar “clásica”, la visión de una organización define, a partir de una evaluación de su situación actual, las oportunidades detectadas en estado germinal y el futuro posible que se aspira alcanzar. A pesar de que este enfoque brinda un esquema para ponernos en marcha (como el mapa equivocado de aquellos soldados perdidos en los Alpes14), la interpretación del entorno y de aquello que la organización está haciendo no es trivial. Preguntas básicas como qué hacemos o para qué estamos aquí nos obligan a pensar en el significado (qué estamos diciendo con lo que hacemos, qué denotan y qué connotan nuestros actos) y el sentido (la nueva perspectiva que alcanza nuestra mente y que impacta en nuestra práctica) de lo que hacemos como organización. Preguntar por el significado de lo que hacemos es interrogarse acerca de qué estamos diciendo a los demás a través de nuestra acción. Encontrar el sentido es comprender algo de una manera más abarcadora, vislumbrar una nueva perspectiva de algo, integrando la información que uno ha estado recibiendo en una nueva forma o estructura, insertarla en una narración.
Preguntar por el significado de lo que hacemos es interrogarse acerca de qué estamos diciendo a los demás a través de nuestra acción. Encontrar el sentido es comprender algo de una manera más abarcadora, vislumbrar una nueva perspectiva de algo, integrando la información que uno ha estado recibiendo en una nueva forma o estructura, insertarla en una narración.
Habitualmente nos representamos a las organizaciones como si fueran hechos técnicos, máquinas regidas por un diseño consciente y predeterminado, algo comparable a un reloj. Sin embargo, Wallerstein y Smapson15 han hecho notar que en todo caso se trata de un reloj muy peculiar. Mientras que en un reloj cualquiera la hora que marque es independiente de quién la consulte, en el caso de la organización la hora que informe dependerá –entre otros factores– de la cantidad de veces que lo consultemos, de la hora que deseemos que sea, de nuestra apreciación estética del reloj, de quién sea el que lea la hora, y de la hora que marquen los demás relojes cercanos.
Aunque tanto la analogía organización-reloj como las salvedades consignadas son bastante elocuentes, por algún motivo insistimos en ver a las organizaciones a través de esta figura metafórica, de raigambre militar, de la máquina controlable y controlada. El vocabulario castrense se “infiltra”, por ejemplo, en la “línea”, la “inteligencia de mercado”, el “reclutamiento” de recursos humanos, las “campañas” de ventas o publicitarias, las “posiciones” o la “planificación estratégica”. Sin duda, si hay un ámbito donde el orden se yergue como un valor es el militar: jerarquías, códigos, procedimientos y otras herramientas parecen el antídoto indispensable para enfrentar de manera cohesionada el caos de la batalla. Los organigramas, los planes escritos y los procedimientos normalizados, entre otras herramientas, parecen brindarnos coordenadas que nos contienen, guían y brindan cierta previsibilidad� aun cuando aprovecháramos la hora del almuerzo para filtrar información de un sector a otro, los objetivos de venta terminasen por volverse letra muerta o hayamos inventado algún truco para hacer nuestro trabajo más fácil y rápido. En términos generales, es tranquilizador ver a la organización como un hecho técnico, controlable, y no como lo que realmente es: un fenómeno político, sujeto a infinitas negociaciones entre distintas voces. Conducir una organización es, de algún modo, tener un tigre agarrado por la cola.
Llegados a este punto, cabe preguntarnos: si no funciona como un reloj, si su orden aparente no refleja siempre la realidad, ¿qué es en verdad una organización?
Para Karl Weick16, una organización es la interacción de mucha gente que hace algo junta, guiada por pautas formales, pero también por sus propios criterios, por modalidades surgidas de su ambiente de trabajo y por la necesidad de responder a situaciones que nunca habían ocurrido. Cada miembro hace cosas intentando comprender la realidad que lo rodea: la organización es la visión macro de todo ese hacer.
Además, en la práctica, las personas no interactúan con toda la organización, sino que se mueven dentro de ámbitos más o menos formalizados a los que Wenger llamó “comunidades de práctica”. Cada comunidad de práctica funciona como una pequeña aldea o “parroquia” desde la cual un grupo de gente ve el conjunto. Nadie tiene una visión global de todo lo que sucede en una organización. Ni siquiera la gerencia general, porque la persona que está en esa posición sabe lo que un gerente general debe saber y su mirada es parcial, la que resulta necesaria para actuar en esa parroquia. Lo mismo ocurre en cada una de las islas o aldeas que conforman la organización.
Para Karl Weick, una organización es la interacción de mucha gente que hace algo junta, guiada por pautas formales, pero también por sus propios criterios, por modalidades surgidas de su ambiente de trabajo y por la necesidad de responder a situaciones que nunca antes habían ocurrido.
Para Weick las organizaciones no son una “cosa”, un “algo” dentro del cual se mueven personas, sino el conjunto de las acciones humanas de quienes interactúan en su ámbito. Un individuo en una organización recibe las acciones de los demás, las cuales pueden tener muchos significados en la mayoría de los casos y, por eso mismo, son difíciles de comprender. La realidad es difícil de interpretar y es equívoca, no por falta de significado sino porque suele tener demasiados. En consecuencia, la acción de cada uno está permanentemente orientada a interpretar los datos equívocos de la realidad a través de conductas interconectadas e interdependientes como procesos continuos de organización. Para designarlas, Weick reemplaza el sustantivo “organización” (en inglés, organization) por un gerundio (organizing), que podría traducirse como “organizándose”, lo cual enfatiza el carácter de práctica, el de “un hacer” en lugar de “un ser”17. Puede deducirse de esta definición que, en consecuencia, la unidad mínima de análisis organizacional no son los atributos o las conductas de los individuos, sino la interacción cíclica entre al menos dos personas. La conducta de una persona es siempre contingente a la de otra, siempre guarda relación con lo que hacen los demás. Cada uno actúa sobre la base de lo que cree que los demás harán con lo que él o ella haga. Los miembros de una organización conectan sus conductas con el propósito de alcanzar algún orden o previsibilidad, y de reducir el equívoco, entendido como la multiplicidad de significados que podría tener una misma conducta.
Las personas hacen cuando, estando juntas, conectan sus conductas. Así, las organizaciones solo cobran vida en la medida en que sus miembros hacen cosas coordinando, bien o mal, sus acciones.
Si para Shakespeare “estamos hechos de la materia de los sueños”, para Weick las organizaciones están hechas con los mismos materiales que los lenguajes, la ciencia o las creencias: materiales que existen solo cuando hay alguien haciendo algo con ellos. De modo análogo, las organizaciones son aquello que las personas hacen cuando, estando juntas, conectan sus conductas. Así, las organizaciones solo cobran vida en la medida en que sus miembros hacen cosas coordinando, bien o mal, sus acciones. Por esta razón, Weick reemplaza organization por organizing18. Una organización, para nuestro autor, es “una gramática validada por consenso para reducir la equivocalidad a través de conductas interconectadas razonables” (ib.). Analicemos en detalle esta definición.
En primer lugar, observemos que la organización no es presentada como “un conjunto de personas que toman decisiones en pos de un objetivo” o alguna idea semejante. No hay referencia a objetivos sino a personas que, junto a otras, tratan de entender o están entendiendo qué sucede a su alrededor: la organización, para Weick, es algo que está ocurriendo gracias al hacer de la gente; es un “estar organizando”. Todo lo que hacen los miembros de una organización busca dar significado al mundo que los rodea, ya que este, per se, no tiene otro sentido que el que los humanos le atribuyamos. Las estrategias, los diseños, las decisiones, el liderazgo y tantos otros conceptos que nos sirven para pensar y trabajar en la organización son construcciones posteriores al acuerdo más o menos tácito alcanzado por sus integrantes respecto de cuál es el sentido de lo que sucede.
La anomalía como oportunidad
El estar organizando cobra vigor cuando las personas de la organización se encuentran frente a una anomalía, ante un hecho que no se entiende o que les resulta ambiguo. El organizing no es otra cosa que la labor de tratar de hallar un sentido validado, una interpretación que permita incorporar el hecho anómalo a la gramática de la organización. Cuando el fenómeno fuera de lo corriente es por fin entendido (o sea, se le atribuye un significado compartido), la actividad organizativa (el estar organizando) tiende a disminuir.
¿Qué hechos pueden constituirse en una anomalía? Veamos un par de ejemplos muy distantes en el tiempo que permiten ilustrar lo que estamos explicando. Durante el año 2020 se declaró en la Argentina una epidemia de coronavirus, que se había manifestado en China a principios de año y para el que no existían (ni existen al momento de escribirse este texto) vacunas. Además, el cuerpo humano no estaba acostumbrado a convivir con ese virus, y nadie tenía anticuerpos.
Mientras que en China y Corea del Sur habían logrado –aparentemente– contener su expansión (en el primer caso, con medidas draconianas de aislamiento para millones de personas), el virus se extendía de manera incontenible en Irán, Italia, España, el Reino Unido y otros países europeos, y llegaba a América del Norte y Sudamérica. Entre múltiples medidas, el Estado nacional argentino decidió suspender las clases presenciales del sistema educativo de todo el país en todos sus niveles de enseñanza, estableciendo una cuarentena que impedía a la población salir de sus casas o circular por las calles excepto para recibir o brindar atención médica, y comprar fármacos o alimentos.
Como docente en la Universidad de San Andrés, me encontré con que no podía asistir físicamente a las aulas y que, para continuar dando clases, solo dispondría de aplicaciones como Google Meet o Zoom, que nunca había utilizado. Sin embargo, pude hacerlo con la ayuda del equipo de la cátedra, gente más joven que yo y que me asistió, también a distancia, para que pudiera utilizar esas herramientas. En circunstancias así, se hace evidente lo que la rutina obnubila: las organizaciones no han sido diseñadas para innovar sino para repetir mecánicamente lo que alguna vez funcionó. Por eso, la adversidad puede ser una escuela insuperable para aprender a hacer lo que nunca se había hecho antes. El sociólogo Charles Perrow sostiene que las organizaciones no trabajan para lograr objetivos sino para evitar restricciones, y este es un buen ejemplo. Mientras enseñar a distancia había sido siempre un objetivo para alcanzar en otro momento, la restricción hizo que aprendiéramos a hacerlo de un día para otro.
Así es como al escribir estas líneas estamos todos haciendo lo que no había sido planeado, imprimiendo un fortísimo giro a los usos y costumbres de la rutina académica, no en función de una decisión estratégica, sino improvisando con una inesperada maestría soluciones adaptativas a un problema tan gigantesco como imprevisto. Confieso que muchas veces había probado con herramientas de enseñanza y aprendizaje a distancia, pero nunca pasaron de ser experimentos. La rutina y lo usual siempre ganaban. Ahora, estoy brindando mi curso de Comportamiento en la Organización en la Universidad de San Andrés, como todos los miembros de la cátedra, a través de clases interactivas a distancia.
El nuevo mundo digital nos ha traído un planeta más conectado que nunca y, con él, la plaga. Las oportunidades y las amenazas viajan siempre en el mismo tren; está en nosotros reconocer la diferencia entre unas y otras. Distinguir esa diferencia es la única manera de subirse a las oportunidades y alejar las amenazas.
El nuevo mundo digital nos ha traído un planeta más conectado que nunca y, con él, la plaga. Las oportunidades y las amenazas viajan siempre en el mismo tren; está en nosotros reconocer la diferencia entre unas y otras. Distinguir esa diferencia es la única manera de subirse a las oportunidades y alejar las amenazas.
Del mismo modo, para muchas organizaciones el home working era apenas una alternativa viable para ser experimentada con cuidado en un futuro indefinido. La digitalización acercó las pestes, pero también las herramientas que permiten que el trabajo en forma remota se haga necesario y posible. Mientras esto dure, será tiempo de ensayo más o menos improvisado. Cuando todo haya pasado, distinguir las prácticas más confiables para sistematizar una nueva forma de trabajo será más fácil. Ahora sé que en casi todas las casas de estudio –la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires, por ejemplo– los docentes lograron hacer lo mismo con muchos más alumnos, y también sin haberlo planeado con antelación.
Este caso muestra cómo escuelas y universidades, es decir, organizaciones con sólidos (por momentos, demasiado sólidos) mapas interpretativos, se hallaron de pronto sin entender cómo hacer lo que siempre hicieron (enseñar) sin el elemento presencial. Debimos volver a pensar nuestras prácticas. Debimos ordenar nuevamente nuestro mundo porque un cambio en el ambiente había hecho que los dispositivos “escuela” y “universidad”, tal como se entendían hasta entonces, dejaran de funcionar. Así, una práctica que hasta ese momento era recurrente, previsible, se había vuelto opaca, ininteligible. Era necesario reordenar el cómo se enseña para, por lo menos, entender qué desafíos debían atravesarse.
Tomemos un segundo ejemplo, que proviene de un ámbito distinto y muy distante en el tiempo y en el espacio, pero que también muestra la importancia del organizing frente a lo imprevisible. Ubiquémonos en Europa durante la primera mitad del siglo XIV. Estamos en plena Guerra de los Cien Años (1337-1453) entre Francia e Inglaterra19. La lucha entre ambos países provenía de la batalla de Hastings, que permitió a Guillermo El Conquistador, hasta entonces duque de Normandía, adueñarse de Inglaterra, desplazando y sometiendo a los pueblos celtas y germanos que la habitaban.
En los combates posteriores por el dominio del territorio, los caballeros ingleses habían conocido en carne propia (literalmente) la eficacia de los arcos largos galeses, capaces de acertar con puntería a más de 70 metros y sin precisión, pero en gran número, a más de 200. Las historias de Robin Hood muestran bien este acoso de los dominados a los dominadores. Las armas feudales no eran efectivas para enfrentar a los arcos largos y, en la medida en que los distintos pueblos se iban integrando y el naciente idioma inglés reemplazaba al francés de los conquistadores, los ingleses fueron asimilando arqueros galeses a sus ejércitos.
Desde el punto de vista feudal, el duque de Normandía era un vasallo del rey de Francia, y el hecho de que se estuviera en el trono de una gran nación no cambiaba esa situación. El arco largo manejado por mercenarios galeses decidió muchas batallas durante la Edad Media donde combatieron los ingleses; especialmente significativas fueron la batalla de Crécy20 (1346) y, más adelante, la inesperada victoria de Azincourt21 (1415).
La batalla de Crécy, desarrollada en territorio francés, es considerada la segunda gran batalla de la Guerra de los Cien años, cuando los ingleses al mando del rey Eduardo III se proponían capturar París y así poner fin a la guerra. Crécy fue donde se enfrentó un ejército inglés con otro francés significativamente más numeroso. El bando inglés tenía unos 12.000 hombres, tal vez 20.000, incluyendo 7.000 arqueros. El francés, en tanto, contaba con 30.000 –12.000 de los cuales eran caballeros montados– con el rey Felipe VI al frente. Eduardo resultó victorioso a causa del uso de tácticas y armamento superiores. Fue una batalla donde se demostró la eficacia del arco inglés (longbow) usado contra la caballería acorazada. Los caballeros franceses, provistos de armadura, fueron reducidos por las flechas cuando se lanzaron contra los ingleses, ubicados en una elevación. Como resultado, alrededor de un tercio de la élite de la nobleza francesa pereció en Crécy.
Esta batalla significó el principio del fin del tradicional código de caballería. Los caballeros franceses, con sus armaduras de 40 kg y montados en sus enormes caballos de guerra, creían que un ataque a la carga contra los arqueros ingleses sería devastador y definiría el combate en pocos minutos. Pero lo que ocurrió fue muy distinto. Las batallas habían dejado de ser cuerpo a cuerpo y cara a cara. Los soldados franceses se encontraron con que las armaduras habían dejado de ser una protección para convertirse en un obstáculo para enfrentar a los galeses, más eficaces matando sin tregua con sus flechas y peleando desde lejos y casi desnudos. Algunos nobles franceses se retiraron indignados del campo de batalla. El código caballeresco de la guerra se acabó cuando se dio la orden de asesinar a la mayor parte de los prisioneros y rematar a los heridos. En Crécy, los caballeros franceses enfrentaron más que una batalla: enfrentaron (y fueron derrotados) sus propios modelos mentales frente a lo imprevisible. Esta pauta se repitió en muchas otras batallas, ya que para los caballeros franceses desaprender era un atentado a su propia identidad.
En Crécy, los caballeros franceses enfrentaron más que una batalla: enfrentaron (y fueron derrotados) sus propios modelos mentales frente a lo imprevisible. Esta pauta se repitió en muchas otras batallas, ya que para los caballeros franceses desaprender era un atentado a su propia identidad.
Algo parecido sucedió en 1415, sesenta y nueve años después, en la batalla de Agincourt, librada también en tierras francesas e inmortalizada por Shakespeare en su tragedia Enrique V. En vísperas del combate, Enrique V escuchó que su gente se lamentaba de estar enfrentando a un ejército francés, mucho más numeroso, con la sola fuerza de unos soldados cansados y enfermos de disentería. En una escena famosa del drama shakespeariano, Enrique V arenga a sus fuerzas: les dice que no quiere un soldado más y que van a ganar la batalla porque son una “banda de hermanos” (en inglés, band of brothers). La expresión, como muchas otras de Shakespeare, hizo historia y –si se nos permite– en algo anticipa la idea de “comunidades de práctica” de Wenger y Lave que veremos más adelante.
Quizás el lector se pregunte si la “banda” se impuso. En efecto, lo hizo: en gran parte, gracias a los arqueros; pero también merced a la cohesión de las tropas inglesas y a la idea de Enrique V de clavar en la tierra estacas afiladas para frenar a la caballería francesa, objetivo que logró.
Pulsuz fraqment bitdi.