Kitabı oxu: «Breve historia del antipopulismo»

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Introducción. El pasado perpetuo

Argumento(s)

Antipopulismo, el corazón de la patria

Parte I. Prehistoria

1. “El pueblo compite en excederse”. Mayo

2. ¡Cerquen! Sarmiento, barbarie y propiedad

Caudillos

“Los hombres materiales”

Lealtad

El eterno retorno de la ciudad

3. El día que la plebe tenga hambre. Las masas del programa centenario

Seres nuevos bajo el sol

Reformismo desde adentro

Postdata para la prehistoria del antipopulismo

Parte II. Historia

4. Democracia de arrabal. La irrupción radical y la política de masas

5. Ascenso y caída del despotismo ilustrado. Caterva o los monstruos de la década infame

La década (más o menos) infame

6. “Inculcar en la gente de limitada cultura aspiraciones irrealizables”. La década peronista

De aluviones y zoológicos

7. Las masas sin Perón. Los rostros del antipopulismo de la Libertadora a 1976

A desnazificar, a desnazificar

1955-1958. Que estallen las diez mil flores del antiperonismo

1959-1966. La confrontación

Una inevitable revolución violenta

Orden, disciplina y trabajo

Interruptus

Antipopulismo de izquierda y latinoamericanista

1966-1976. El país moderno

8. El hartazgo como proyecto de nación. Del multifacético antipopulismo de la dictadura

Bajar los costos

La módica incomodidad intelectual

La certeza antipopulista

Peronismo sin Perón. Ni peronistas

Parte III. Posthistoria

9. Últimas postales del país de la brecha chica. Comienzo y final de la Argentina alfonsinista

El antipopulismo democrático de Alfonsín

Dos leyes y un escollo

Entre la modernización y el clientelismo

10. Cruzada final. El macrismo, primer triunfo democrático de la derecha antipopulista

El futuro es nuestro por prepotencia de mercado

Por la razón o la fuerza. Especialmente la fuerza

Nueve días

El levantamiento

Coda. El triunfo de la soledad

Agradecimientos

Ernesto Semán

BREVE HISTORIA DEL ANTIPOPULISMO

Los intentos por domesticar a la Argentina plebeya, de 1810 a Macri


Semán, Ernesto

Breve historia del antipopulismo/ Ernesto Semán.- 1ª ed.- Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, 2021.

Libro digital, EPUB.- (Singular)

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-801-083-0

1. Populismo. 2. Historia Política Argentina. 3. Personajes Históricos. I. Título.

CDD 320.56620982

© 2021, Siglo Veintiuno Editores Argentina S.A.

<www.sigloxxieditores.com.ar>

Diseño de cubierta: Ana Zelada & Rompo

Digitalización: Departamento de Producción Editorial de Siglo XXI Editores Argentina

Primera edición en formato digital: junio de 2021

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

ISBN edición digital (ePub): 978-987-801-083-0

Introducción

El pasado perpetuo

La Argentina fue sediciosa antes de ser la Argentina.

Desde el siglo XVI, el Tribunal de la Inquisición con sede en Lima estaba comprometido con la imposición de la fe católica en América. No solo se trataba de convertir indígenas en cristianos. Al presidente del Tribunal, Francisco Verdugo, le inquietaba la contaminación religiosa que la propia Europa traía al otro lado del Atlántico, penetrando sus bordes menos custodiados. Desde 1601, insistía con la necesidad de controlar a las flotas portuguesas que, con su influencia “judaizante”, salían de Lisboa y llegaban a Buenos Aires tripuladas por flamencos, ya fuera judíos, protestantes o moros, ajenos al catolicismo, refugiados en la libertad religiosa de los Países Bajos.

Fingiendo que transportaban vino o sal, estos personajes traían en pipas “libros e imágenes que metían a escondidas en casa de algún vecino para extraerlas después y enviarlas tierra adentro”, decía Verdugo. Desde España, la Inquisición confirmaba: “Aquí se ha entendido que a esos reinos y provincias pasan algunos herejes de diferentes naciones con ocasión de las entradas que en ellas hacen los holandeses y que andan libremente tratando y comunicando con todos y tal vez disputando de la religión”. Llegaban al Río de la Plata para “introducir sus sectas y falsa doctrina entre la gente novelera, envuelta en infinidad de supersticiones”. Para todo esto, Verdugo pedía y proponía eficaz remedio, ya fuera la creación de una sucursal del Tribunal en Tucumán o el refuerzo de soldados realistas en la zona del Río de la Plata. Los españoles esperaban que, así, la disposición nativa se doblegara bajo las dos posibilidades que ofrecía la Inquisición: la conversión o la pira, “conforme a derecho y severidad de los sagrados cánones […] antes que lleguen a ser mayores los inconvenientes”.[1]

Desde bordes geográficos o sociales, el peligro de ideas que fomentaran la sedición siguió acechando los equilibrios básicos del orden en los siglos siguientes. La obsesión de las autoridades y de las élites políticas o religiosas con ese peligro se acentuó cuando esta vaga zona del sur del continente dejó de ser la parte remota de un virreinato para transformarse en la capital de otro nuevo. Y se incrementó aún más cuando el mundo colonial colapsó y la propia idea de orden político se tradujo en instituciones, identidades y decisiones que conformarían la nueva nación. Algunas veces, como durante buena parte del siglo XIX, los cimientos de esa nación eran tan precarios que la amenaza al orden se constituyó en el orden mismo. La figura elegida por una parte importante de la élite heredera de la Revolución de Mayo para designar a esa realidad acechante fue la de “barbarie”, una forma política premoderna en la que líderes despóticos –como Rosas– se apoyaban en intermediarios –como los caudillos– para explotar las emociones de masas iletradas –como los gauchos–. Otras veces, como alrededor de 1920, 1945 o 1970, las fuerzas oscuras que ponían en peligro la armonía de la nación parecieron salirse de cauce y romper los equilibrios internos en busca de una mayor participación de las masas en las decisiones políticas, en la expansión de derechos o en el reparto de la riqueza. La idea de la barbarie aparecía de nuevo en el lenguaje de quienes se sentían intimidados y prometían corregir estos desvíos. Pero en la advertencia fundante de la Argentina moderna –que la nación está amenazada por un mundo plebeyo espectral y que las élites tienen una forma de contener, suprimir o corregir esa amenaza– siempre hubo una apuesta a un futuro redentor.

Ese futuro redentor se hizo realidad en 2015, cuando Juntos por el Cambio se convirtió en la primera coalición en llegar al poder por la vía electoral sobre la base de una agenda ardientemente antipopulista. Mauricio Macri, el primer representante de las élites argentinas en ganar elecciones democráticas desde la década infame, gobernó cuatro años con una lealtad suicida al mandato de corregir el pecado original de la política de masas. La liberalización de las relaciones económicas y el control sobre la protesta social desterrarían los obstáculos que mediaban entre la Argentina y el progreso. Esos obstáculos, claro, eran fruto de la existencia del populismo. El colapso de aquellos cuatro años mostró que la realidad del progreso era más compleja o, en la mirada antipopulista, que aquel país plebeyo no era tan fácil de desterrar.

Durante el siglo XX, el antipopulismo ha sido la forma predilecta de imaginar esa amenaza que viene desde abajo y aquella promesa correctora que debería aplicarse desde arriba. En los últimos cien años y bajo diversas formas, la lucha contra la amenaza fantasmagórica del populismo anima las ilusiones de un proyecto de nación victorioso. Aquel peligro populista es difuso y variado en el tiempo, una quimera más que un objeto, pero con una característica estable: el populismo se piensa casi siempre como una forma defectuosa de integración de las masas a la política moderna. Esta falla convierte al populismo no solo en un obstáculo sino en el obstáculo que se interpone entre la realidad de un país inconcluso y su ideal. La historia del antipopulismo es, entonces, la historia de los intentos por corregir esa imperfección.

¿Cuál es la receta para enmendarla? La respuesta varía. No hay un antipopulismo, hay antipopulismos. Frontales, conciliadores, defectuosos, aspiracionales, democráticos, violentos, violentísimos, efímeros. La respuesta mutó a lo largo de los años, sobre todo porque quienes veían un problema en la relación entre masas y política tenían solo ese punto en común. Conservadores buscando retornar a un pasado de gloria perdido, liberales persuadidos de la necesidad de avanzar a una economía moderna para el progreso del país, demócratas señalando el respeto a las instituciones democráticas como requisito para acuerdos sociales sustentables, socialistas y marxistas convencidos de que los trabajadores debían sostener su proyecto sin alianzas sociales que desvirtuaran sus intereses, nacionalistas afirmados sobre una unión indestructible entre Iglesia y nación; la lista parece inagotable porque la lista de preocupaciones es igualmente extensa.

La pregunta central de este ensayo es cómo, en el último medio siglo, una forma específica de antipopulismo, de carga liberal y conservadora, se impuso sobre las restantes. Hay ahí una historia corta y una historia larga. La historia larga es la forma en que las élites imaginaron el lugar de las masas en la política a lo largo de la historia nacional desde 1810. Supone tener en cuenta un rasgo fundamental de las élites argentinas: que raramente imaginaron una esfera política que excluyera a las masas. Esta voluntad de inclusión las obligó a recorrer caminos tortuosos para imaginar cómo se las incorporaba sin dañar el status quo que mantenía a esas mismas élites en la cúspide. Esta es una diferencia con, por ejemplo, las élites de los Estados Unidos, donde el lugar dominante que ocupó la esclavitud en la economía y en la unificación política de la nueva república forjó la convicción de que, bajo ciertos parámetros, las masas o parte de ellas podían ser efectivamente desterradas de la polis. En la Argentina, en cambio, el antipopulismo abrevó en (y deformó) una extensa tradición de diseñar formas políticas en las que gauchos, obreros o pobres tuvieran una inserción en el sistema, siempre que esa inserción no pusiera en riesgo el liderazgo de las élites. Ese equilibrio precario que debió reconstruirse periódicamente tuvo dos rupturas en la historia moderna, que en su momento se percibieron como definitivas, como si toda la imaginería de las élites para hacer las cosas ordenadamente se hubiera desbordado para siempre: una en la segunda década del siglo XX con el triunfo del radicalismo, la otra en 1945 con el ascenso aún más disruptivo de Perón.

La historia corta es la que se cifra desde la crisis del modelo de crecimiento industrial, una crisis que empieza con el propio nacimiento del modelo, pero que se radicaliza desde el comienzo de la dictadura militar de 1976. Es durante este período en el que otras críticas valiosas al populismo –y al peronismo en particular– pierden protagonismo o relevancia en la discusión nacional, hasta que el antipopulismo se convierte casi en sinónimo de parte del liberalismo argentino.

Aquellos que nombran conquistan. “Populismo” no ha sido casi nunca una identidad adoptada por algún proyecto político, sino la combinación de una descripción, una categoría y una acusación contra formas específicas de imaginar la relación entre política y sociedad. En la actualidad es, sobre todo, un concepto usado como arma más que como categoría de análisis. A diferencia de la crítica a nociones como “democracia” o “socialismo”, no hay en ese uso una separación mínima entre el rechazo y el concepto. Con excepciones aisladas, entre las que destaca el trabajo de Ernesto Laclau, “populismo” significa sobre todo un problema por resolver.

Pero ¿existe la cosa por fuera de quien la nombra? Claro que sí. El populismo latinoamericano, como experiencia histórica, es la forma dominante de inclusión de las clases populares (obreros urbanos y campesinos) en la política de masas entre los años treinta y los sesenta del siglo XX. Sus ejemplos paradigmáticos son el peronismo de la Argentina, el varguismo en Brasil y el cardenismo en México. Con muchísimas diferencias, estos movimientos tuvieron algunos rasgos comunes, además de la fuerte representación personalista. Todos buscaron una mejor participación de los sectores más postergados en los frutos de la modernización industrial y comercial de la economía dentro de los límites del capitalismo de posguerra. Y todos hicieron esa búsqueda con instrumentos similares: fuerte intervención del Estado en la economía (algo que en muchos casos compartieron con sus enemigos liberales de los años treinta), nacionalizaciones, más y mejores regulaciones laborales, expansión de beneficios sociales y económicos, amplia presencia de los sindicatos y un férreo control del líder (o al menos un intento de parte de los líderes en cuestión) sobre las organizaciones políticas y sindicales que lo apoyaron.

Como espacios políticos, se formaron alrededor de coaliciones pluriclasistas que combinaron pragmáticamente dosis de confrontación y negociación. En el centro ideológico del populismo latinoamericano está la noción de derechos sociales: la creencia de que ciertos grupos han sido sistemáticamente postergados de los réditos económicos de la nación, por lo que el gobierno debe proveer beneficios, garantías y derechos adicionales a esos grupos, más allá de los derechos y de las cualidades individuales de sus integrantes y del rendimiento económico de sus acciones. De ese modo, los miembros de estos grupos postergados podrían alcanzar de forma colectiva y por la acción política el mismo peso en la sociedad que otros tienen de forma individual y gracias a su poder económico. En el caso de los populismos latinoamericanos, estos derechos sociales fueron pensados como forma de recomponer el lugar de los trabajadores en la sociedad y el poder de su representación, los sindicatos, en la política.

Lo fascinante en verdad es comprobar que casi no hay trabajos sobre el antipopulismo. Está abordado en la buena historiografía sobre el antiperonismo (cuantitativamente menor que la que hay sobre el peronismo), sobre la derecha y sobre el neoliberalismo. Pero para un término que se convirtió en identidad aglutinante en las élites argentinas y masiva entre la población, el estudio del antipopulismo en sí está limitado a unos poquísimos trabajos de calidad.[2]

Argumento(s)

Si, por definición, el análisis social y político se concentra en aquello que percibe como problemático, la ciencia política, la sociología y la historia transformaron al antipopulismo en sinónimo de normalidad. Hay cinco ideas que recorren este ensayo para poner en cuestión esa normalidad. El argumento central es que la Argentina está fundada sobre la invención de un mundo plebeyo amenazante y la promesa de defendernos de esa amenaza. De ahí que el nombre mismo de “antipopulismo” sea engañoso. Insinúa una reacción, un rechazo a algo. Pero contra lo que su nombre sugiere, ese rechazo es más que nada el dispositivo interno de una visión política, una maquinita para producir una mirada orgánica, totalmente autónoma respecto de esa amenaza populista. Esto se ve más claramente cuando se coloca el antipopulismo en una cronología histórica más extensa. La emergencia del peronismo en 1945 desestabiliza un poco esta fórmula, en la medida en que esa amenaza plebeya deja de ser abstracta o parcial para convertirse en una forma duradera y resistente de poder político. El final del gobierno de derecha en 2019, a su vez, evidenció el agotamiento de esa promesa pacificadora y ofreció algunas claves sobre los legados del antipopulismo para el futuro.

En segundo lugar, la prehistoria del antipopulismo es tan importante como su propia historia. Al igual que otras formas de pensamiento atravesadas por versiones de la teoría de la modernización, el antipopulismo se concibe como la lucha contra la presencia espectral del pasado. Puede ser un fenómeno de las sociedades modernas, pero el antipopulismo está sostenido en un argumento profundamente cronológico, organizado alrededor de una idea de pasado que se niega a desaparecer y resurge obstinadamente en el presente, deformándolo. En esa mirada, el pasado se presenta de dos formas distintas y superpuestas. Una, propia de las miradas decadentistas que alimentan el antipopulismo, es como una época dorada perdida por la irrupción de las masas en algún momento de la historia. La otra, que convive con el decadentismo, es la que se sitúa en el presente para advertir los riesgos de un retorno al pasado, marcado por la política plebeya y las tres formas ominosas que se trasladan del campo a la ciudad: la violencia por encima del consenso, la centralidad de las emociones por encima de la razón y la lealtad testaruda de las masas a los caudillos.

El tercer elemento es el carácter transnacional del antipopulismo como identidad política. La Argentina absorbió creativamente ideas del resto del mundo sobre las masas, sus prácticas políticas y el Estado. Desde Antonio Gramsci a Friedrich Von Hayek, y desde José Ortega y Gasset a Gustav Le Bon, políticos e intelectuales recurrieron a ideas de avanzada a la hora de elaborar sus propias concepciones sobre qué era el pueblo y qué lugar debía tener en la nación. Sarmiento, Ramos Mejía y José Luis Romero nutrieron su pensamiento sobre las masas con un intercambio intenso con el resto del mundo. Pero el transnacionalismo también funcionó en la otra dirección: el estudio del peronismo, y del populismo latinoamericano en general, alimentó la redefinición del liberalismo en los Estados Unidos y Europa. De lo que representaba Perón se extrajeron conclusiones sobre lo que no debía suceder allá, hasta convertir al peronismo en lo que un sociólogo norteamericano definió como “el caso poco conocido que, moldeado a los requerimientos de la teoría, imparte una sensación de universalidad” a preocupaciones fuertemente domésticas.[3]

El cuarto tema, la bisagra que une al populismo argentino con el mundo, es el concepto de transición, la idea de que en distintos momentos las masas necesitan alguna forma de guía para evolucionar de fuerzas sociales a sujetos políticos. En ese imaginario, el presente pierde textura, casi deja de existir más que como un momento de confusión de las masas, atrapadas entre algo que se perdió y algo que no llegan a aprehender. En la Argentina en particular, la interpretación de la adhesión de los obreros al peronismo en 1945 como producto de la inseguridad e inexperiencia de los trabajadores que recién llegaban a la ciudad dominó las ciencias sociales durante décadas y aún hoy es una forma de relatar la historia nacional. La transición de la esclavitud al trabajo libre, del campo a la ciudad, de la agricultura a la industria, de la industria a la era digital, de lo local a lo global; ya sea para entender el surgimiento del peronismo en la Argentina de los años cuarenta como el movimiento Brexit en el Reino Unido o el ascenso al poder de Donald Trump en los Estados Unidos, el presente para las masas existe solo como lugar de desorientación.

Finalmente, el antipopulismo ha sido sobre todo el intento de producir un ajuste cronológico de la Argentina y una adaptación de sus consensos fundamentales a los cambios ocurridos en el mundo desde la década del ochenta del siglo XX. Esta formulación presenta dos paradojas. Una es que el antipopulismo se hace más fuerte cuando el populismo, como experiencia histórica, ha desaparecido junto con la sociedad industrial en la que germinó. La otra, en sentido contrario, es que desde los años ochenta en adelante se combinaron algunos legados del populismo de posguerra con aprendizajes de la década del setenta para producir el “complejo derechos humanos-derechos sociales” que se convirtió en el verdadero enemigo del antipopulismo. Este consenso, parecido al “momento constitucional” con el que Bruce Ackerman describe el New Deal en los Estados Unidos, se asienta en transformaciones lo suficientemente profundas, duraderas y extendidas como para dar forma y lenguaje a la sociedad. En la Argentina, este consenso se organizó alrededor de la idea de que la democracia solo podía validarse en la medida en que satisficiera una aspiración igualitaria de la sociedad. “Con la democracia se come, se cura y se educa” fue el lema de la campaña de Raúl Alfonsín de 1983, pero su sombra se extendió por cuatro décadas. En ese sentido, el legado populista fue tanto o más poderoso que la experiencia populista en la que se inspiró. Pero lo interesante es que esa visión se hizo más fuerte cuando los instrumentos para realizarla estaban desapareciendo, y cuando la revolución conservadora en los Estados Unidos e Inglaterra reforzaba, justamente, una separación tajante entre derechos humanos y sociales. Desde 1983, el antipopulismo señaló que la Argentina estaba a contramano del tiempo y del mundo y que el triunfo de un consenso profundamente liberal era la única actualización posible. Ese día llegó en 2015.

Antipopulismo, el corazón de la patria

La cronología de esta historia acompaña los cambios en los temas de la conversación nacional. La primera parte, “Prehistoria”, empieza con la Revolución de Mayo en 1810 y termina con la sanción de la Ley Sáenz Peña en 1912. Es un siglo que precede al surgimiento de los movimientos populistas latinoamericanos, en el que toman forma las primeras definiciones de “pueblo”. Pero también es el siglo en el que se construye el Estado nación del que ese pueblo va a ser fuente de legitimidad y de peligro. La segunda parte, “Historia”, comienza en 1912, sigue con la extraordinaria llegada al poder de la Unión Cívica Radical en 1916 de la mano de Hipólito Yrigoyen y termina con el final de la dictadura militar en 1983. Lo que ocurre en este período es el crecimiento, apogeo y caída del populismo, con el surgimiento del peronismo en el centro. El último período, “Poshistoria”, comienza con la restauración democrática en 1983 y finaliza en 2019. Es el período en el que el antipopulismo adquiere sus perfiles más definidos.

Para una historia del antipopulismo, el interés de esta cronología está dada por la percepción del mundo popular como una zona extraviada del paisaje social argentino, incapaz de (o desganada para) adaptarse al mundo moderno. La indisposición de ese mundo para sumarse a la economía de mercado y a una cultura política de avanzada es el principal obstáculo para la modernización del país. En muchos casos, este fue el fundamento para opciones políticas autoritarias que encauzarían a esas masas, reemplazando líderes demagogos por regímenes dictatoriales bajo la idea de que las masas, en el desamparo de la sociedad moderna, no estaban preparadas para lidiar con la democracia por sí solas. La democracia siempre llegaría cuando se produjera ese ajuste. El problema populista no era el líder ni su agenda, como se declamaba, sino sus seguidores. La secuencia:

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recorre esos doscientos años de representaciones de los sectores populares en el punto justo de encuentro entre la sociedad y la política. Y es, por eso, el verdadero arco narrativo de esta historia. La preocupación por el populismo ocupa la segunda parte de ese arco. Son descripciones distintas, con énfasis diferentes, médula de un país que no para de cambiar, pero con una preocupación más o menos permanente por las formas en las que las pasiones o los intereses o la educación o la geografía o la soledad extrema o la compañía excesiva pueden llevar a estos personajes a ser parte de opciones políticas opresivas y autoritarias, pero por sobre todas las cosas, como aquellos indígenas de 1601 susceptibles a la influencia extranjera, incontrolables.

En las últimas décadas de esta larga historia, la ambición de un país liberado de los sacudones de la acción colectiva y de las demandas y los modos plebeyos se hizo más transparente. La reivindicación del individuo como el sujeto político por excelencia y como agente económico racional capaz de progresar mediante el mérito y la razón dejaron de ser una alquimia para convertirse en una agenda precisa con medidas concretas para abrir los cerrojos que mantenían encerrada a la Argentina. Consecuentemente, la retórica sobre el populismo como el obstáculo ingobernable, que desde 2015 ofrecía el camino de la sanación mediante la superación personal y el esfuerzo individual, se tornó violenta y tóxica contra quienes no lograban reconvertirse. En esa combinación se cifró el ascenso y caída del primer experimento antipopulista en democracia entre 2015 y 2019.

Pero la frustración ante la terca presión por mejores niveles de vida y menor desigualdad social que condicionó el accionar del gobierno en esos años, lejos de obligar a una reflexión sobre los límites del liberalismo, reforzó en este un rechazo a la acción colectiva y a sus formas políticas que se acercó bastante a la violencia y la insensibilidad. Así llegó Macri al final de 2019, derrotado por el peronismo, removido del poder antes de lo que nadie en su lugar hubiera previsto. En marzo de 2020, al comienzo de una epidemia que expuso en el mundo los fracasos de las salidas individuales y de las soluciones monetizadas, Macri subió a un escenario en Guatemala para decir que “este fenómeno que estamos viviendo, que recién comienza, nos lleva al desafío de evitar algo que es mucho más peligroso que el coronavirus, que es el populismo”.

El escenario era el de la Fundación Libertad, una distinta y homónima a la que presidía Macri en la Argentina, fundada y financiada por el millonario guatemalteco Dionisio Gutiérrez. Hay paralelismos obvios entre Macri y Gutiérrez, descendientes de familias acaudaladas, figuras del futuro generacionalmente distanciadas del autoritarismo de derecha que caracterizó a la región. La violencia retórica de la comparación retomaba la impugnación totalitaria clásica en la que el adversario era el contaminante externo de un cuerpo social sano. “Realmente, el populismo lleva a hipotecar el futuro”, comentaba Macri en el tono de un simple fluir de su conciencia. “No cree en el equilibrio macroeconómico y realmente compromete no solo al desarrollo de sus comunidades”.

Macri retomaba los argumentos decadentistas, preguntándose si “creemos que las sociedades progresan cuando son meritocráticas o queremos caer en el relativismo moral”. Era un razonamiento recurrente en América Latina. Pero el antipopulismo le servía a Macri como puente para conectarse con sectores más amplios de la derecha y el liberalismo para quienes la violencia política y material son parte de un plano continuo. Pasados los primeros espasmos y malpasos, Macri y Cambiemos ya habían encontrado un universo de empatías con Donald Trump en los Estados Unidos y Jair Bolsonaro en Brasil. Y al fin y al cabo, el foro de la Fundación Libertad en el que estaba participando se proponía explícitamente poner en contacto “personalidades del mundo económico, político y social” de América Latina con “agencias de seguridad de Estados Unidos”. Una convocatoria con resonancias inequívocas: Guatemala es el país que en 1954 sufrió el primer plan de desestabilización de América Latina organizado por la CIA contra el gobierno reformista de Jacobo Árbenz. Varios golpes de Estado y unos trescientos mil muertos más tarde, el país había retomado la senda de una democracia diezmada por el terror y la desigualdad.

En las semanas siguientes a aquella conferencia, los muertos y arruinados del covid-19 comenzaban a multiplicarse por millones en todo el mundo. Por primera vez en el siglo, la humanidad se hundía en una forma global del desamparo, mal equipada por Estados desmantelados y el ideal de los refugios de millonarios exóticos en islas remotas como única y perversa fantasía irrealizable. En la Argentina y el resto del mundo, la crisis consecuente bien podía funcionar como un amplificador para las palabras de Macri aquella noche guatemalteca en la que los fantasmas de 1954 bailaban en las sombras de un abandono global que recién estaba llegando.

El antipopulismo seguía hablando en nombre del futuro. Pero ese futuro ya había llegado y en la vida de millones no tenía el candor de un sueño, sino las marcas de una pesadilla.

[1] José Toribio Medina, Historia del Tribunal de la Inquisición de Lima, t. I: 1569-1820, Santiago, Imprenta Gutenberg, 1887, pp. 304-305.

[2] Entre otros, Jorge A. Nállim, Las raíces del antiperonismo. Orígenes históricos e ideológicos, Buenos Aires, Capital Intelectual, 2014; Marcela García Sebastiani, Los antiperonistas en la Argentina peronista. Radicales y socialistas en la política argentina entre 1943 y 1951, Buenos Aires, Prometeo, 2005; María Estela Spinelli, Los vencedores vencidos. El antiperonismo y la “revolución libertadora”, Buenos Aires, Biblos, 2005; Andrés Bisso, El antifascismo argentino, Buenos Aires, CeDinCi y Buenos Libros, 2007; Cristian Buchrucker, Nacionalismo y peronismo. La Argentina en la crisis ideológica mundial, 1927-1955, Buenos Aires, Sudamericana, 1987; Mariano Plotkin, “The Changing Perceptions of Peronism. A Review Essay”, en James Brennan (ed.), Peronism and Argentina, Wilmington, Scholarly Resources, 1993, pp. 29-54; Pierre Ostiguy, “The High-Low Political Divide. Rethinking Populism and Anti-Populism”, Political Concepts. Committee on Concepts and Methods, Working Paper, nº 35, noviembre de 2009; Antonis Galanopoulos, “Anti-Populism and ‘Normality’ from Greece to Chile”, OpenDemocracy, 10 de febrero de 2020.

[3] Eldon Kenworthy, America/Américas. Myth in the Making of U.S. Policy Towards Latin America, University Park, Pennsylvania State University Press, 1995.

Parte I

Prehistoria

1. “El pueblo compite en excederse”

Mayo


Animales y muerte, instinto, sangre y descontrol. Luego de 1810, los mataderos despertaron entre jóvenes intelectuales fantasías sobre las masas y sus comportamientos.

Carlos Pellegrini, Impresiones de un matadero en Buenos Aires (1829), Museo Nacional de Bellas Artes.

Los primeros festejos por la creación de la patria tomaron la forma de una expresión popular que debía ser al mismo tiempo promovida y contenida aún antes de que la misma idea de “patria” tuviera algún sentido real. La Revolución del 25 de Mayo de 1810 fue uno de esos eventos cuya magnitud se hace inmediatamente evidente para sus contemporáneos. Las celebraciones comenzaron apenas un año más tarde, en 1811, cuando la Junta Grande, el primer gobierno más o menos funcional de las Provincias Unidas del Río de la Plata, decidió que la parte de la plaza central frente al fuerte, del otro lado de la Recova, se llamara Plaza 25 de Mayo, y resolvió erigir en el medio un obelisco en homenaje a lo que varios miembros de la misma junta habían hecho el año anterior.

¿Cómo se acuña una identidad, cómo se imagina un destino común, un interés? Así: desde la pirámide salía una comparsa. La comparsa recorría las calles adyacentes a la plaza y declamaba para los vecinos una crónica teatralizada de los sucesos de mayo del año anterior. Actores, cantantes, poetas personificaban algo que ni siquiera era pasado pero que ya debía convertirse en mito mediante recitados y proclamas. En la revolución del año anterior, grupos patricios habían escenificado una diferenciación con la península, ya fuera para dramatizar un perjuicio comercial, ya fuera para reafirmar la adhesión a un rey perseguido. Un año después, actores laboriosos declamaban la historia de una burocracia y un grupo de patricios que habían hecho de esos sentimientos el comienzo de un espacio común, de una forma de organización de la cosa pública que llevaría después a la creación de la Argentina.

Antes de Rosas y sus masas ensangrentadas, antes de El matadero, del Facundo, antes de la desazón, antes de aplaudir a falsos ídolos, demagogos y eruditos, antes de Milagro Sala y los hurtos de la Puna, antes de la frontera, antes del horror. Antes que la nación misma, inscripta en la geografía nacional, aparecía la idea de un pueblo. Esa idea se inscribía sobre todo en la palabra “plebe” (las referencias a un “pueblo”, en cambio, sugerían el conjunto de la población). La plebe no era una imposición obligada desde abajo, una presencia irremediable ante la cual las élites no podían cerrar los ojos. Era más bien el corolario de la comprensión por parte de los grupos ilustrados de la dimensión de aquello que habían puesto en marcha. Muestra de esa magnitud era la certeza entre ellos, los revolucionarios, de que la alegría por esa hazaña de 1810 debía ser compartida y celebrada por sectores más amplios que ellos mismos.

En esa escena temprana de la nación, en la forma teatralizada de los festejos, el pueblo irrumpía en el comienzo de la historia nacional menos como un hecho inevitable, y más como creación de esos dirigentes patricios de un sujeto con sensibilidades específicas, más pasionales que racionales, necesitado de expresarse. Lo cual no significa que la plebe no existiera en sí misma y más allá de las interpretaciones de la élite. Al contrario, esa multitud de grupos más o menos informe fue una protagonista clave desde antes de la independencia y, sobre todo, del proceso de organización política de las décadas siguientes. Esclavos, libertos, mestizos, artesanos, labradores y otras denominaciones difícilmente se identificaran a sí mismos como parte de un colectivo con intereses comunes, pero sí eran vistos desde afuera y desde arriba como elementos distintos de una misma cosa: la plebe. Es esa foto, externa y jerárquica, el embrión de una mirada del pueblo como amenaza y posibilidad que nutrirá más tarde al antipopulismo moderno.

El lugar de esa plebe podía ser una invención, la comparsa proyectaba el imaginario de lo que debía ser. Lo que no era una invención era que esos sectores habían tenido su lugar en ese otoño porteño de 1810, momento seminal de la nación poblado de paraguas, signo de distinción y bonanza. Hay varias razones por las que la historia puso en duda ese lugar de la plebe en toda América Latina, sobre todo en el siglo XX: liberales que destacaban el carácter rector de las élites en un proyecto republicano inspirado en la filosofía política europea, nacionalistas que condenaban… precisamente eso, marxistas que vislumbraron en el Estado nación la expresión de los intereses de una incipiente burguesía local frente a un protoproletariado. Esas posiciones nunca resistieron la evidencia histórica diversa que mostraba, de distintas maneras a lo largo del continente, que esclavos, negros libres, pequeños propietarios, artesanos e indígenas, tuvieron un lugar clave en un paisaje marcado menos por las reuniones de patricios en cuartos cerrados y más por la política en las calles, pueblos armados, sublevaciones desde abajo contra autoridades coloniales y no coloniales, demandas por mejores condiciones económicas o mayor participación política. En la Argentina, desde Mariano Moreno en el lugar de los hechos hasta Bartolomé Mitre en su rol de historiador fundacional, y desde Halperin Donghi hasta Gabriel Di Meglio en la actualidad, si algo dejan en claro es que esos conjuntos dispersos participaron con entusiasmo de la política de esas décadas. Domesticar y reimaginar la narrativa de esa intervención popular ha sido una clave en la construcción de una identidad antipopulista moderna.

Con o sin plebe, la Revolución de Mayo es, además, casi un acto municipal, circunscripto. Y también por eso más tangible que la independencia de 1816, cuya ambición –nacional y sudamericana– implicaba niveles de abstracción que identificaban a regiones, economías, idiomas y poblaciones desconocidas para muchos como parte de una gesta común. Pero en los límites del tramado urbano porteño, tan expandido era el entusiasmo con la Revolución de Mayo, que en 1813 la Asamblea del Año XIII oficializó la conmemoración bajo el título de “Fiestas Mayas”, con tres días de festejos en la ciudad. El conocido relato de un observador norteamericano revela en 1818 las ambivalencias de los festejos respecto de qué es un pueblo, cómo debe expresarse. En vez de fiestas cívicas, comenta, “en que el pueblo compite en excederse en comer y beber, acá se inventan una variedad de exhibiciones públicas mucho más conformes a la razón y el buen gusto”. Las Fiestas Mayas son populares pero educadas, desbordadas y contenidas al mismo tiempo. Allí, “cierto número de los esclavos más meritorios son comprados y libertados; se apartan sumas y se tiran a la suerte para ayudar a los artesanos que están ansiosos de poner tienda”.

Las Fiestas Mayas son el carnaval sin carnaval.

Las reglas se levantan momentáneamente, reafirmando que su vulneración es solo tolerada en ese espacio controlado. El resto del año, las reglas son las reglas. Y sobre esas reglas se instaura el orden en el que esa pequeña multitud tiene que acomodarse.

¿Qué es ese pueblo en gestación? ¿De qué hablan en esa época cuando evocan a la plebe? El observador norteamericano no tiene una demografía social de la ciudad que describe, pero en su comentario habla, justamente, de la fuente de conflicto inaugural de la plebe nacional: esclavos y artesanos. Porque la ayuda que necesitan esos artesanos, creadores de oficios varios, pequeños productores, holograma precámbrico de la clase media, se debe a su pobreza extrema y a la enorme dificultad que tienen para encontrar un mercado para el fruto de su trabajo. Buenos Aires es una metrópolis pequeña y pujante, que sin embargo no logra contener con un mínimo de bienestar a sus cincuenta mil habitantes. Claro que el paisaje porteño no es el de los leprosarios ni el de las aglomeraciones infrahumanas de otras ciudades del continente, pero los artesanos son la imagen misma de la desolación.[4] El cliché de la leyenda negra del imperio español atribuye la chatura económica de esos grupos al carácter ocioso de la colonia, acostumbrada a las certezas de una sociedad jerárquica en la que nadie sale de la casta a la que pertenece y, por tanto, tampoco se esfuerza por prosperar.

Pero desconfiemos siempre de los argumentos que hablan de una cultura nacional emancipada de sus formas materiales, en la historia y en el presente. Las materialidades de ese pueblo en gestación son mucho menos esotéricas, y la principal razón por la que artesanos y productores están en la pobreza no es la vagancia ni el legado peninsular, sino la competencia de la producción esclava de Buenos Aires y las otras provincias, que pulveriza cualquier emprendimiento de trabajo libre.

Y la competencia esclava es brava porque es mucha. ¿Cuántos esclavos hay en ese momento en las Provincias Unidas del Río de la Plata? Un montón. Luego de un período temprano en el que la mayoría de los cargamentos siguen viaje a Potosí o Chile, los esclavos pasan a extender la población de Buenos Aires y las provincias del virreinato. Entre 1740 y 1810 entran unos cuarenta y cinco mil por el puerto de Buenos Aires y hacia fines del siglo XVIII son mayoría en Catamarca, Santiago del Estero y Tucumán, además de ser el 25% de la población bonaerense.[5]

Son las manos. En la economía del siglo XVII y XVIII los esclavos se cuentan como manos. El hacendado cordobés compra catorce manos. Se necesitan treinta manos para levantar la caña en una propiedad de Tucumán, seis para servir la casa relativamente modesta del comerciante bonaerense. Llegan en barco, en posición horizontal o fetal, son lotes. Y los que sobreviven el rigor y la tortura del viaje, regulan a la baja el precio de la fuerza de trabajo que se expande mísera pero libre en el continente. Un siglo después, el paso de “manos” a “cabezas” es probablemente una de las transformaciones más significativas en el discurso de los grupos dirigentes sobre sus dirigidos. No porque “cabecita negra” sea mejor o peor que “manos”, sino porque en esas figuras metafóricas se condensan también formas de entender la politización de los sectores que se conciben como subordinados, y la forma en la que estos actúan en la vida pública. En la Argentina, la convivencia de la razón y los sentidos, la pasión y la inteligencia, es un engranaje fundacional de nuestro sistema republicano que se perpetúa hasta el siglo XXI. La separación entre élites racionales y masas pasionales va a ser siempre una fractura disputada e inestable organizada alrededor de cómo sentimos y de qué importancia tiene esto en la conformación de un orden político.

Esa masa de esclavos y artesanos es la que se suma a los vecinos para celebrar las Fiestas Mayas y pasearse por las partes de la ciudad que permanecen vedadas para ellos el resto del año. Son los que expresan su mirada del mundo en formas que no van a ser juzgadas como políticas, pero que no podrían ser más políticas. No tiene sentido dilucidar si en la esclavitud porteña predomina un racismo puro y duro o una versión destilada, un “lenguaje” que habla de algo más, como si la raza en cualquiera de sus formas pudiera ser más que un lenguaje que hablara siempre de eso y de algo más. Como con los gauchos y las versiones modernas del mundo plebeyo, el racismo es también un espacio ambiguo donde el impulso por la aniquilación convive con la esperanza sanadora. El ritual de la compra y liberación de esclavos durante las Fiestas Mayas es un escalón en ese proyecto perpetuamente inacabado.

Ese pueblo hace el ingreso a la narrativa patriótica con la patria misma, esas “clases medianas, los más pobres de la sociedad” que “son los primeros que se apresuran a porfía a consagrar a la Patria una parte de su escasa fortuna”, como los describe Mariano Moreno en 1810 en las páginas de La Gaceta. Y aunque el monto aportado por los ricos para la causa de Mayo sea más elevado, este “no podrá disputar ya al pobre el mérito recomendable de la prontitud en sus ofertas”.

En la valoración de Moreno ingresa la necesidad de una élite capaz de transformar esa voluntad de cambio imprecisa en un proyecto republicano un poco más claro. Para el historiador Oscar Terán, más de ciento cincuenta años después, se trata de la “valoración del mundo de los simples, de matriz cristiano-populista”.[6] Que Terán lleve de paseo el término “populista” desde la Argentina moderna hasta 1810 no es un error. Tiene que ver menos con 1810 y más con 1980, pero eso es algo a lo que no llegamos aún. Terán “confunde” en el sentido literal del término; funde en un solo concepto deliberadamente anacrónico la acción populista que caracteriza a las masas obreras de posguerra con el uso jacobino que hace Moreno del apoyo popular para radicalizar el deseo de productores y propietarios de abrir el comercio y transformarlo en un proyecto político republicano. En esa confusión deliberada está la gestación del engendro populista.

Como invención, esa comparsa que en 1811 arranca de la Plaza de la Victoria –el lado este y contiguo a la Plaza 25 de Mayo, dos secciones que recién hacia final de siglo se conocerán juntas como Plaza de Mayo– va a seguir dando vueltas por la Argentina, caravana serpenteante que avanza levantando esperanzas. Siguen vivas en 1813 con sus Fiestas Mayas institucionalizadas, y más vivas aún en esas masas hipersexualizadas bajo la exuberancia totalitaria del rosismo que describe José Mármol en Amalia. En los festejos de mayo de 1838, los afroporteños y sus bombos ocupan un lugar central ante Rosas y su hija. Excepción carnavalesca donde “negras y mulatas… juraban por el héroe con el orgullo de la barbarie armada”, como recordó Vicente F. López, quien los oía “como un rumor siniestro y ominoso desde las calles del centro, semejante al de una amenazante invasión de tribus africanas, negras y desnudas”, anticipando en su prosa un componente central del dispositivo antipopulista del siglo siguiente: el de las apariciones espectrales, indefinidas y hasta cierto punto ininteligibles.[7]

La excepción carnavalesca finalmente es carnaval, concesión a esa cultura híbrida que excede a esclavos y descendientes, morena y miserable, autorizada y celebrada desde el Estado. No por Rosas ni por Facundo, sino por el mismísimo Sarmiento, que como presidente en 1869 no solo restablece los festejos oficiales del carnaval de la época rosista –más allá de que en las calles el carnaval se celebrara desde los tiempos de la colonia–, sino que organiza el primer corso oficial de la Argentina, porque “el pueblo se muestra tal cual es en estos días de desorden autorizado”.[8] Claro está, “desorden autorizado” es el núcleo dinámico de la relación entre grupos dirigentes y pueblo. Bajo Rosas, esa sensualidad ominosa escenifica la supresión del disenso público. Con Sarmiento, lo torna viable y contenido.

Ahí se hace obvio lo que pocos dicen, y es que, mil años más tarde, por los capilares del espíritu desafiante del peronismo circula sangre sarmientina. En la prosa del hombre más bastardo de nuestra élite dirigente está también la convicción de que orden y revuelta son polos destinados a convivir dentro de la república. Que la nación solo será posible si hay lugar para desafiarla, pero que solo se puede desafiarla si hay luego un espacio para suturar lo que se ha abierto. Semillas de esa ambivalencia aparecerán en la perpetua esperanza peronista: carnavalesca, potente y frágil al mismo tiempo, breve muchísimas veces. Sarmiento se deleita con ellas:

“¡Hagan bulla, canten, salten, rían a más no poder”, dice el Emperador de las máscaras, como lo llamaban a Sarmiento después de haber reestablecido el carnaval. Pero no jodan.

Hay bombos y gritos, hay canciones y versos. De negros y mulatos, gauchos, indios, mestizos, blancos, un estruendo informe. Solo desde la vereda de enfrente esa explosión imperfecta se escucha como un bloque de ruidos amenazantes. Los cánticos y la inventiva plebeya tientan hasta a los más enaltecidos. Como “Los habitantes de la luna”, la murga que imita a Sarmiento y que en 1873 monta un espectáculo en su honor.

Pero he ahí el desafío. Los grupos dirigentes del siglo XIX tienen ideas claras sobre cómo quieren que sea el país y cómo debe comportarse el resto debajo de ellos, aun si no cuenta con los recursos políticos necesarios para transformar esas ideas en el interés general. En muchos casos se trata de ideas de avanzada, incluso en formatos inclusivos, como el republicanismo que desde Rivadavia en adelante fluye entre los patriotas de la década siguiente. Pero siempre son opciones estéticamente predeterminadas. La explosión populista del siglo siguiente fue menos una respuesta al carácter retrógrado de los programas de los grupos dominantes, como Perón sabiamente nos hizo creer, y más una superación de la obtusa necedad con la que esos mismos grupos despreciaron otras voces.

El problema con esos grupos es entonces la forma en la que sus capacidades sensoriales los disponen para entender el poder. Llegan para imponer un orden, aun en sus versiones más lúcidas, como si el mismo acto de incorporar a nuevos sectores no empezara por tratar de entender qué significa “incorporar” para esos recién llegados. Las élites argentinas difícilmente pensaron su lugar en el mundo sin alguna forma de integración de los otros a su proyecto de país. Pero la forma de ese país no siempre estuvo abierta a debate, porque en la Argentina las élites no vienen a escuchar, sino a hablar.

Siguiendo desde el aire a esa comparsa en su paso por el siglo XIX, observando las pasiones y miedos que genera, emerge una panorámica de las cuestiones que van a dar forma a las preguntas del siglo siguiente. Esas interrogaciones fundamentales se organizan a partir de dos sistemas de problemas y soluciones, que se persiguen unos a otros construyendo la historia argentina. Una de esas secuencias es la que se pregunta dónde radica la riqueza y el poder económico de la república. Así, el orden colonial en su fase terminal está marcado por el predominio de los comerciantes, sobre todo de Buenos Aires, que se benefician de los derechos de intercambio comercial con la península y el tráfico ilegal con el imperio británico, a expensas de los productores del campo. La Revolución de Mayo reacomoda esas inequidades y las décadas que siguen marcan el traslado del poder político de la ciudad al campo, a los grandes hacendados y dueños de la tierra y de la vida en el interior del país. Es el período político dominado por la experiencia caudillista del rosismo, a la que Sarmiento le opone el ideal de la ciudad, un sueño en el que la riqueza del agro alimenta una cultura urbana atada al comercio, la industria, el gobierno y el conocimiento.

La otra secuencia de problemas y soluciones es la de la genética social y política de los habitantes de estas nuevas geografías. Ahí, el dispositivo de regeneración del sujeto de masas se transforma en una máquina que produce sus propios problemas para poder generar nuevas soluciones, avanzando moeabiamente siempre sobre el mismo lugar. En el comienzo del siglo XIX, son los desamparados que rodean y habitan las ciudades de la colonia los que en Buenos Aires sirven de apoyo para jacobinizar la Revolución de Mayo. Las élites patricias se relacionan con esto de forma paradojal. Conciben que la transformación del fin del status colonial en revolución necesariamente incluye a las masas. Pero al mismo tiempo han visto los estragos y desbordes de la Revolución Francesa, y más cerca de casa, la violencia extrema de la rebelión de Tupac Katari que había sitiado por seis meses a La Paz, y la revolución haitiana que había puesto fin a la esclavitud y en defensa de esa libertad amenazada había aniquilado a buena parte de la población blanca. Para los que imaginan un futuro desde Buenos Aires, las masas son parte de la revolución, pero también un problema para esta.

Mala y deforme, la escena escolar de la Primera Junta y el negrito vendedor de velas unidos el 25 de Mayo reúne de todos modos el conjunto complejo de una sociedad heterogénea. La solución al problema colonial viene de la mano del traspaso del poder de la ciudad al campo y con esto el cambio en el imaginario sobre lo que hay más allá del despacho oficial y la propiedad. Y en el encuentro con ese mundo que hay puertas afuera aparece el relato letrado de la Argentina sobre un conjunto heterogéneo: el de los seguidores. Son los que se disputan los restos de las vacas en los alrededores del matadero, los que festejan el carnaval junto a Rosas o bajo Rosas, los que viven en el campo y los que pelean a ambos lados de la frontera, los que protagonizan la militarización de la vida rural. Pordioseros, negros, gauchos, incluso indios. Son los que van a excitar cuarenta años de imaginación política, desde la generación del 37 a la del 80. De esa borrachera analítica y política sale, ni más ni menos, el Estado nación de la Argentina moderna.

[4] Tulio Halperin Donghi, Historia de América Latina, Buenos Aires, Alianza, 1992, p. 47.

[5] Marta B. Goldberg, “La población ‘negra’, desde la esclavitud hasta los afrodescendientes actuales”, en Hernán Otero (dir.), Historia de la provincia de Buenos Aires, t. I, La Plata, Unipe, 2012, p. 279.

[6] Oscar Terán, Historia de las ideas en la Argentina. Diez lecciones iniciales, 1810-1980, Buenos Aires, Siglo XXI, 2008, p. 55.

[7] Vicente F. López, Historia de la República Argentina, Buenos Aires, Sopena, 1949, p. 365.

[8] Domingo Faustino Sarmiento, 1857, en Pedro Luis Barcia, Ideario de Sarmiento, t. I, Buenos Aires, Peterson, p. 190.

2. ¡Cerquen!

Sarmiento, barbarie y propiedad


En la mirada de Sarmiento, racionalizar las relaciones económicas era una herramienta prioritaria para la creación de ciudadanos modernos. Medir y delimitar los terrenos era también una forma de civilizar al campo, de transformar aquel paisaje rural que había despreciado en un bien con valor de cambio.

Sarmiento en la estancia de Emilio y José M. Muñiz, Mar Chiquita, 1884 (tras su visita se llamaría oficialmente “Mar Sarmiento”).

Volvemos a Él forzados por el modo en que otros se han puesto bajo su sombra. El hecho de la nación moderna y próspera tomó forma alrededor de lo que Sarmiento escribió y produjo políticamente junto con el resto de su generación, pero de entre todo eso hay tres partículas de proyecto nacional que viajaron por décadas y se mantuvieron relativamente estables en el tiempo para seguir siendo el nudo de la narración antipopulista del siglo XXI: los caudillos, los seguidores y la lealtad. Sin esos tres elementos en crisis permanente, corriendo a la historia desde atrás y siempre a punto de alcanzarla, no hay narración antipopulista moderna.

Caudillos

De forma cabal, parecería que no hay una traducción al inglés de la palabra “caudillo”. No existe. Nada. En apariencia, no hay una sola palabra en todo el idioma que pueda expresar la imagen de un líder fuerte y de las masas enardecidas que lo siguen. El inglés y los siglos de vocabulario acumulado se hacen a un lado para que entre “caudillo”. Se lo necesita así como es, castellano, latinoamericano, no-inglés. Se lo necesita extranjero y amenazante para ocupar un lugar en el horizonte. Es una ironía de la poética del imaginario político norteamericano que solo preservando la esencia hispana del concepto “caudillo” se pueda evocar su sentido anglosajón más profundo: el del pavor perenne a las masas, a su amenaza irreductible.

Obviamente, esto no es así. No es verdad que no haya una palabra que exprese sentidos similares a “caudillo” en inglés y en otros idiomas. Cuando Mary Mann tradujo Facundo en parte para promover la figura de su amigo Sarmiento en los Estados Unidos, optó por usar el término chieftain. Otros habían usado la misma palabra para hablar antes del conquistador Hernán Cortés. Los islandeses discuten el rol de los stórgoðar, líderes a mitad de camino entre punteros y caudillos que organizaron poblaciones y distribuyeron recursos en la isla a mediados del siglo XIII.

Su imposibilidad sajona moderna, su intraducibilidad, es externa e impuesta sobre la palabra. Como creador de sentido, el término “caudillo” se convierte en un valor de cambio global, un vehículo que asegura la libre circulación de sentidos a través de fronteras e idiomas, pero preservando siempre el sello de origen inconfundible de la herencia hispánica en Europa y América.

El murmullo sobre caudillos y caudillismos existe en todo el mundo desde muchísimo antes de que Sarmiento le diera contornos contundentes y configurara el imaginario político antipopulista del continente como para que, siglos después, alguien como Alfonso Prat-Gay pudiera enunciar el término sin tener que dar explicaciones para invocar la sensación de pavor que buscaba en su audiencia al advertir que “cada diez años nos dejamos cooptar por un caudillo que viene del norte”. De hecho, “caudillo” precede incluso esfuerzos por sistematizar el idioma, y aparece en el Tesoro de la lengua castellana de Sebastián de Covarrubias de 1611, el primer diccionario español. Allí es “el guiador de las huestes […] de donde también viene ‘capitán’, que significa lo mismo que el caudillo […] porque ha de cuidar de toda su gente”. Pero más interesante aún es la aparición en la definición del término “xeque”, la forma antigua de la escritura de “jeque”. Covarrubias explica que, “en árabe”, jeque puede ser entendida como “anciano, Alcalde, señor de vasallos”, que “vale tanto como el que es caudillo de gente, del verbo xeiche, que significa envejecer, porque son los más ancianos y honrados entre todos”.

Sarmiento, cuya mirada del mundo árabe lo llevó a imaginar a los gauchos como beduinos de las pampas, hubiera amado el hallazgo. Covarrubias ve a la palabra “jeque” como un caballo de Troya árabe dentro del Imperio Español (que acaba de expulsar a la población árabe pocos años atrás). Es un líder con cualidades que lo hacen capaz de corporizar un orden, o la resistencia a él, en una sola persona, y de llevar tras de sí no solo la aceptación, sino la devoción de las mayorías. Los fundadores del Estado moderno argentino van a encontrar en los secretos de esa incondicionalidad, tan temidos como deseados, el comienzo del ovillo para entender la especificidad de la política latinoamericana.

A primera vista, Facundo es un retrato de Facundo Quiroga, el jefe político de La Rioja ligado a Juan Manuel de Rosas y asesinado en Barranca Yaco en 1835. En esa mirada sarmientina, Facundo es Facundo y es también el arquetipo de una clase de liderazgo específica de la región. Tanto o más importante, el libro ofrece una descripción vívida de una tierra desolada, una evaluación de su dinámica política bárbara, y en el mismo acto bosqueja el proyecto de la nación moderna que, Sarmiento creía, curaría estas deficiencias. Con una mirada caleidoscópica, su descripción del caudillo argentino fue sobre todo un medio para examinar el mundo emergente de la política y las relaciones sociales modernas. Para, como decía Ezequiel Martínez Estrada, ser el primero “que en el caos habló del orden […] que en el desierto explicó qué era la sociedad”.[9]

Facundo sale por entregas en Chile en 1845. El caudillo que escribe Sarmiento en ese momento es fruto de su lugar en el mundo, huyendo de Rosas, iniciando su exilio en Chile, buscando prestigio, imaginando apoyos en los Estados Unidos y Europa. Es decir, creándose a sí mismo como el anti-Facundo en el mismo acto de crear a Facundo. Para eso, recurre a una multitud apurada de géneros e ideas, inventa anécdotas, vuelca sus delirios, celos y odios respecto de una política que le intriga y un territorio que desconoce.

Un foco de ese texto es lo que despierta en Sarmiento el lugar del pueblo desde 1810. No son los setenta años de peronismo, pero las páginas de Facundo están inspiradas en una reflexión histórica análoga sobre qué salió mal en los treinta y cinco posteriores a la revolución. Ahí conviven sensaciones escurridizas donde se mezclan el desorden social, la militarización y la lealtad política. Sarmiento comparte en ese momento la idea de que la Revolución de Mayo ha sido truncada. E intuye que, como señalaría José Ingenieros más tarde, los traidores son los hacendados –futura columna vertebral del rosismo–, que obstruyeron con su poder cada intento modernizador. Son los que usan el fervor patriótico de la plebe para expandir su capacidad de comerciar con el resto del mundo y para conspirar en casa sucesivamente contra Moreno, Alvear, Rivadavia y Dorrego, erosionando en apenas una década las chances de una sociedad dinámica como la que había prometido la revolución. Se trata de una mirada que no es perfecta para el pasado, pero sí es profética para el país que Sarmiento ayudará a fundar, en el que las clases terratenientes creadas alrededor de sus políticas se convertirán en el obstáculo abyecto de sus sueños democráticos.

La vida rural corporiza el atraso y, en ese panorama sombrío, Facundo Quiroga representa el modo defectuoso de integración de los gauchos a la vida política que da forma al orden rosista, que al menos es un orden, y que sucede al período revolucionario. Ese es el último eslabón de un proceso de organización de décadas pobladas de facinerosos, bandoleros, milicias e intereses particulares que pululan en el campo, todas formas supuestamente de la pre o la antipolítica que se interponen en la construcción de un régimen.

Los personajes que alimentan hasta la intoxicación el imaginario de Sarmiento son protagonistas de ese pueblo que moldea el mundo rural desde la Revolución de Mayo y que representan un desafío a los dos pilares fundamentales del Estado moderno por venir: el monopolio legítimo de la fuerza y la propiedad. Familias de vagos que se niegan a desalojar la hacienda de un propietario que se la adjudica con los títulos correspondientes. Caravanas armadas que asaltan las rutas. Grupos armados que ofrecen protección contra los asaltos en las rutas a cambio de una colaboración. Pequeñas comunidades que trabajan la tierra y presumen por eso que tienen derecho a ella. Personajes idiosincráticos que se atribuyen la representación de esas comunidades ante el gobierno civil, ante los mandos militares, ante las amenazas indígenas. Conjuntos familiares que recurren a estos recursos para preservar su vida y su espacio ante la amenaza de malones indígenas y la coacción de tropas lejanas. Bandoleros violentos que resisten cualquier forma de autoridad. Cabecillas que negocian entre el ejército, los indios y los propietarios un espacio para ellos. Caciques que median entre todos esos mundos y presionan al juez para definir una idea de derecho. Dirigentes osados que se atribuyen, en el borde presunto del desierto, el apoyo incomprobable de algún hacendado como Rosas.[10]

La vida de esos años requiere de este tipo de arreglos, negociaciones y formas de representación para desarrollar tareas cotidianas como plantar alimentos, construir una vivienda, comerciar, contratar a alguien, ofrecer la fuerza de trabajo propia o imaginar un futuro para los seres queridos. Desde Sarandí a San Pedro, todo ocurre en un mundo rural al que hoy se puede acceder en menos de una hora por autopista. El universo del orden y de la ciudad es un punto minúsculo en un mundo caótico e ininteligible para quienes han construido una filosofía política basada en otras formas de representación. Ese abismo que perciben como la amenaza atávica que resiste a la política es, en verdad, la política misma, un mundo cargado de sentidos, intereses, tradiciones y visiones de futuro que está más vivo que nunca durante la primera mitad del siglo XIX.

El ciclo revolucionario que había comenzado en 1810 empieza a cerrarse una década más tarde al mismo tiempo que se disuelve el gobierno central. El año de 1820 es, como afirma Gabriel Di Meglio, un año con muy mala fama.[11] Sin embargo, en las cenizas del legado de Mayo también están las prácticas, visiones y proyectos que van a alumbrar la política de las décadas posteriores. Lo que ocurre desde 1820 es, fundamentalmente, la emergencia de un proyecto de republicanismo popular, singularmente latinoamericano. Un conjunto informe de intereses en el que los sectores populares, ni más ni menos, “contribuyeron a delinear […] la forma en que se fue construyendo otra realidad política, económica y social que reemplazó al sistema”.[12] Con matices enormes a lo largo de la Argentina, ese territorio poblado de caudillos, revoluciones, inestabilidad y proyectos fallidos de Estado tiene poco que ver con una patología o un fracaso. Desde Salta a la Mesopotamia y desde San Juan a Buenos Aires, lo que se agita en esas décadas es una sociedad movilizada consolidando un proyecto de país. Aquellos ruidos son, como señala Hilda Sábato para América Latina, las manifestaciones evidentes de un proceso de construcción política en el que élites y sectores populares experimentan con distintas fórmulas: la expansión del derecho a voto y la ciudadanía, la república, la movilización de ciudadanos en armas que abren el espacio para la participación política y la movilidad social, o la intervención enérgica de la opinión popular en un espacio público naciente, poblado de asociaciones, partidos políticos y periódicos.[13] Bajo esta luz, la inestabilidad política del siglo XIX que muchos historiadores atribuyen a la herencia colonial, premoderna y antirrepublicana, emerge como algo distinto a la barbarie y más parecido a una forma radical de republicanismo que conecta a América Latina con lo que está ocurriendo en otros lugares de Europa y los Estados Unidos.

Pero aquella interpretación de este proceso en clave mítica, como el origen del fracaso nacional, y como la consecuente negación del carácter de avanzada de la experiencia política latinoamericana de aquellos tiempos, será uno de los pilares del antipopulismo menos de un siglo después. Durante el siglo XX, pero sobre todo hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, intelectuales, diplomáticos y funcionarios harán una relectura del período tratando de dar cuenta de la nueva realidad en la que viven: la poderosa hegemonía política, económica y militar de los Estados Unidos en el mundo. En esa revisión, el legado católico y español de sociedades jerárquicas con posiciones fijas es lo que impide a América Latina abrazar el riesgo implícito en el comercio y la exploración que caracterizaría a la cultura anglosajona. “Los brazos de la España no nos oprimen; pero sus tradiciones nos abruman”, diría Esteban Echeverría, reproduciendo y creando la leyenda negra del legado ibérico. Será una de las leyendas del período colonial que más se proyectará hacia el siglo XX.[14]

Pero Sarmiento nace en 1811 junto con la aparición de este elenco de personajes y de este conjunto de prácticas, y aunque nunca va a tomar una conciencia cabal de las contribuciones de esa política popular a un proyecto republicano, su vida adulta va a girar alrededor de un rechazo hacia ese proyecto que apenas oculta su admiración y perplejidad. Algo que, de distinta forma, también le van a provocar los Estados Unidos y Europa.

“Los hombres materiales”

La ambivalencia de Sarmiento entre el impulso imaginativo y las convicciones es lo que va a definir la idea de política popular en el liberalismo argentino hasta nuestros días. Desde el siglo XVII, la filosofía política moderna adoptó una forma de domesticar la ficción a la hora de imaginar el funcionamiento de ciudades, imperios y naciones. Hay tantos elementos imaginativos o puramente fantasiosos para imaginar un orden político en el estado de naturaleza de Hobbes, el buen salvaje de Rousseau, la ciudad de Maquiavelo o en las historias de Miguel de Cervantes. Lo que ocurre con esos textos una vez que salen de la mente de sus creadores es un esfuerzo por hacer de unos verdad y de otros un juego. Esa separación entre ficción y teoría le dio forma a la teoría política moderna: el poder se entiende más desde las enseñanzas de Rousseau que desde las de Lope de Vega, aun si en ese juego, de alguna manera, perdemos todos. Dos siglos después, Facundo es casi un esfuerzo por retroceder en el tiempo, por unir lo que el tiempo ha separado y suturar la brecha que separa a la ficción y la filosofía política. Sarmiento está tensionado entre divertirse con la pluma o construir la nación, pero este último impulso es el que termina de dar forma a sus acciones y, sobre todo, a cómo esas acciones serán leídas más tarde.

Sarmiento recorre todos los géneros imaginables para describir a Facundo Quiroga, merodea el delirio e inventa historias que bien podrían ser heroicas o salvajes. Facundo lidera con Rosas una “guerra obstinada […] al frac y a la moda”, es un hombre “genio a su pesar” nacido “para mandar, para dominar, para combatir el poder de la ciudad, la partida de la policía”. Su infancia y juventud son el gótico sarmientino por excelencia, donde el héroe no solo pelea con tigres imaginarios. Intenta arrebatarle dinero al padre y, ante la negativa, prende fuego al rancho donde duermen sus progenitores. Castiga a sus seguidores desleales y a un ladrón con un fusilamiento sumario; a otro con cien azotes hasta que confiese lo que se ha llevado de una estancia. Cuando el reo admite, Quiroga explica cómo lo supo desde un principio: “Vea, patrón, cuando un gaucho al hablar está haciendo marcas con el pie, es señal que está mintiendo”. En El Tala, un Facundo demoníaco enarbola “una bandera que no es argentina, que es de su invención. Es un paño negro con una calavera y huesos cruzados en el centro”. Así se produce un Facundo “que no gobierna, porque el gobierno ya es un trabajo en beneficio ajeno” por lo que “se abandona a los instintos de una avaricia sin medidas, sin escrúpulos”.[15]

Sarmiento es un creador a lo largo de todo el libro, tensionado entre sus frutos, entre una obra maestra literaria y una nueva nación. Y por más que se dedique a cruzar esas fronteras con una sordera (literal) ante los gritos de “deténgase”, ya no puede hacer como Cervantes y ser recibido desde la ironía y la gracia. Sarmiento apenas puede decidir cómo escribir, pero poco puede incidir en cómo será leído.

Pero también por eso, sus disquisiciones sobre las aventuras del caudillo Facundo Quiroga son el telar en el que teje una geografía social, la de la pampa y el gaucho, que lo obsesiona. Así inaugura un mecanismo íntimo de la narrativa antipopulista:

El desvelo por los líderes es siempre una preocupación por sus seguidores.

El gaucho es la primera de una serie de caracterizaciones que acompañarán la transformación de la plebe en sujeto político hasta nuestros días. No es que a Sarmiento no le interesaran los caudillos, ni que fuera el primero en preocuparse por los hombres y el poder que tienen en sus manos. Nada nunca es nuevo, tampoco en la obra de Sarmiento. El grupo de sagas del siglo XIII reunidas en los Íslendingasögur, por ejemplo, describe la política local y los problemas que los lazos entre líderes y seguidores provocan en un contexto distinto como es Islandia en la era medieval temprana. Emotiva o interesada, la conexión entre aquellos que tienen poder y aquellos que tienen necesidades es una preocupación que precede incluso a la modernidad, a la Argentina, a todo.

El gaucho es la quintaescencia de la vida rural. El “gaucho malo” corporiza todo lo que va a estar asociado a la barbarie, el andamiaje sobre el que las élites no solo construirán su mirada de los de abajo, sino también el lugar desde donde imaginarán las soluciones a los problemas que estos generan.[16] El campo es ese espacio que le permite a Sarmiento fundamentar su rechazo al gaucho como sujeto político y a la vez idealizar la vida salvaje que forja a un individuo que es al mismo tiempo bárbaro y único. En su cuerpo, en el del gaucho, se cifran el pasado y el futuro de la patria que Sarmiento ha construido en su imaginación. Lejos de demonizarlo, en ese ideal conviven la admiración, el terror y el desprecio. El carácter del gaucho está forjado en la dureza de la vida rural, alguien a quien el “hábito de triunfar de las resistencias, de mostrarse siempre superior a la naturaleza, de desafiarla y vencerla, desenvuelve en él el sentimiento de la importancia individual y de la superioridad”. El gaucho que acompaña al ejército en los bordes de la futura nación es imprescindible, “es el topógrafo más completo, es el único mapa que lleva un general para dirigir los movimientos de su campaña; la suerte del ejército, el éxito de una batalla, la conquista de una provincia”.

Esa misma naturaleza alimenta la teoría que ya tiene decidida: por qué están ahí, instalados como el principal obstáculo para el atraso. En su imaginario, ese atraso está asociado al mundo árabe. El caudillo es “un Mahoma”, “como en Asia [es] el jefe de la caravana” que encarna “el espíritu de la fuerza pastora, árabe, tártara, que va a destruir las ciudades”. A Sarmiento le preocupa que “el aspecto de la Palestina es parecido al de La Rioja”, introduciendo la cuestión del medio ambiente que da forma a la personalidad (que, a su vez, dará forma a la conducta política).

El gaucho es el producto del campo argentino, un territorio tan vasto que no promueve las dos condiciones cruciales para la sociedad moderna: el estímulo a la asociación y el gobierno, y el respeto a la propiedad. Esta última ocupa un lugar prominente e incómodo en el ideal republicano. Sarmiento relee la década de 1810 como un tiempo en el que tanto Rivadavia como Martín Rodríguez habían logrado dejar una huella clara colocando al respeto a la propiedad al tope de su legado. El problema no es centralmente político. En Facundo, él ve que el aislamiento dificulta la obsesión por el límite, que es intrínseca a la propiedad, a su sentido y utilidad. A diferencia de los beduinos, “en las llanuras argentinas […] el pastor posee el suelo con títulos de propiedad”, pero la distancia infinita entre una casa y otra, la soledad que Sarmiento intuye en la pampa, vuelve a ese título inverosímil. “El desenvolvimiento de la propiedad mobiliaria no es imposible […] pero el estímulo falta, el ejemplo desaparece”, se queja. De ahí que detecte la ironía de que el sistema político de este régimen social esté liderado por Rosas, “el gaucho propietario” (aunque más irónica aún para el imaginario sarmientino es la compra de la casona de los Lezica en la ciudad de Buenos Aires por parte de la viuda del mismísimo Facundo Quiroga).[17]

La razón por la que la propiedad en la Argentina no tiene el efecto civilizatorio que Sarmiento espera es la mismísima pampa, la extensión infinita en la que los hombres viven aislados. Es una falencia que afecta a todas las clases sociales. A las clases altas porque no encuentran el interés común, ya que “no estando reunidos los estancieros, no tienen necesidades públicas que satisfacer”. “En una palabra –agrega– no hay res publica”. Al gaucho le moldea tanto su cuerpo como su predisposición política: “En estos largos viajes” por la llanura, escribe, “el proletario argentino adquiere el hábito de vivir lejos de la sociedad y de luchar individualmente contra la naturaleza”.

Aislado de todo menos de la naturaleza, el gaucho desarrolla las facetas de un hombre asocial tanto o más que el cowboy norteamericano. Para Sarmiento, es ahí donde el hábito de carnear vacas lo acostumbra a la sangre, la muerte y el cuchillo, donde la dureza del clima y las amenazas de animales diversos le fortalecen el cuerpo y lo hacen valiente, donde “ese hábito de triunfar de las resistencias, de mostrarse siempre superior a la naturaleza […] desenvuelve prodigiosamente el sentimiento de la importancia individual y de la prodigiosidad”. Sumado a eso, Sarmiento intuye que los gauchos “desde la infancia, están habituados a matar las reses, y que este acto de crueldad necesaria los familiariza con el derramamiento de sangre, y endurece su corazón contra los gemidos de las víctimas”. El escrutinio de lo que los pobres comen y dejan de comer, cómo lo obtienen, cómo y por qué comen lo que comen es un asunto que va a obsesionar a políticos y analistas. En Una excursión a los indios ranqueles, Lucio V. Mansilla se extiende aún más que Sarmiento (a veces, con más ironía que condena) sobre esto. Esa misma atención se va a mantener imperturbable hasta nuestros días, convencidos todos de que en ese acto básico de la alimentación, en las razones, los sabores y los intercambios involucrados, se esconde una clave de la política popular.[18]

Sarmiento es el escritor pop por excelencia, el que juega con collages, palabras, datos e inventos para crear una imagen poderosa del presente con la que se va a construir el futuro. Base y protagonista de un orden político tiránico, el seguidor de Rosas es para Sarmiento quien porta las enzimas del sujeto populista. No son buenos o malos. Sobre todo, no forman parte del rosismo como parte de un proyecto colectivo. Más bien, tienen sus intereses particulares muy por delante de cualquier proyecto colectivo, son hombres “para quienes el interés de la libertad, la civilización y la dignidad de la patria es posterior al de comer y dormir”. Exactamente un siglo antes del 17 de octubre de 1945, en la descripción del gaucho rosista, Sarmiento anticipa la interpretación del apoyo al líder carismático como el infeliz resultado de los beneficios inmediatos que obtienen los seguidores en una relación desigual. Aquellos que “pacen su pan bajo la férula de cualquier tirano” son, en su poderosa figura retórica, “los hombres materiales”.

Moldeados por un orden social fundado a su vez en el medio ambiente compartido, gaucho y caudillo, líderes y seguidores, se funden en la matriz común de la barbarie. Pero de esa fundición emerge también una segunda verdad que perdurará en el tiempo para forjar el antipopulismo moderno:

La forma defectuosa en la que adeptos desorientados acompañan a líderes despóticos no es un problema político, sino social.

Esta diferencia no siempre es evidente de forma inmediata. Aun si la emoción que une a seguidores y déspotas es percibida como prepolítica, lo cierto es que a Sarmiento le fascina la política. Él y la extensa generación del 37 que será progenitora de la del 80 luchan infatigablemente contra el régimen de Rosas y la gorgona de caudillos que pueblan el interior de la patria. Entre 1820 y 1862, las provincias tienen una autonomía política relativa respecto de Buenos Aires. En ese espacio, se construye no solo la relación con Rosas, sino también los instrumentos políticos para los caudillos, la economía de los hacendados y comerciantes del interior, y las necesidades múltiples de armadas populares. Esa tríada es la obsesión de los unitarios, que buscarán infructuosamente en la política un modo de desactivarla. Cierto, es un momento en el que la política se parece demasiado a lo militar. El rosismo ha hecho de la vida pública un espacio opresivo para los unitarios.

Bajo el rosismo, Buenos Aires es una ciudad ambigua. Un observador extranjero se asombraba por los contrastes del centro porteño: arrancando por Perú desde el sur hacia lo que es hoy Plaza de Mayo, aparecía una vidriera con “una guirnalda de flores artificiales que podría figurar muy bien en un salón del Quartier Saint-Germain” o “el taller del inteligente Favier, que hace con la misma delicadeza un retrato al óleo que uno al daguerrotipo”. Pero llegando al Cabildo la cosa cambiaba. Ahí “se amontonan los soldados […] negros y blancos, con uniforme y sin él, tal cual lleva un poncho indio y otro el talle oprimido por una chaqueta inglesa”. El panorama es deplorable, cuenta el visitante impresionado: “el pantalón desflecado […] y los pies descalzos” de los soldados. Unos ciento treinta años antes de que Julio Cortázar imaginara que en la Galería Güemes alguien podía entrar desde Buenos Aires y salir a París por el otro lado, el viajero anticipaba una forma de cosmopolitismo que resurgiría periódicamente en la Argentina: “Estábamos en Europa; ahora estamos en la América primitiva, en la región de las Pampas,” resume el viajante. El observador extranjero era el francés Xavier Marmier, un personaje que corporiza como pocos al viajero europeo del siglo XIX que descubre el mundo nuevo que aparece ante sus ojos. Con el mismo tono de asombro contenido, Marmier escribió numerosas crónicas de viaje cubriendo desde el ártico hasta Siria y de la Argentina a Rusia.[19]

Pero es difícil señalar en esa patria bárbara y rosista un quiebre con el orden imaginado por los patricios de Mayo. Más bien al contrario. En una de sus mejores definiciones de la historia argentina del siglo XIX, Tulio Halperin Donghi percibe que, en verdad, “tal como entrevió Sarmiento, la Argentina rosista, con sus brutales simplificaciones políticas, reflejo de la brutal simplificación que independencia, guerra y apertura al mercado mundial habían impuesto a la sociedad rioplatense, era la hija legítima de la revolución de 1810”.

Lealtad

Para la élite en gestación, la América primitiva lo ocupará todo. En cartas y escritos, Sarmiento relata cómo, desde San Juan hasta Córdoba, las ciudades del interior pierden durante esas décadas su resplandor incipiente bajo el polvo de la guerra civil y la monocromía federal. Los unitarios se esfuerzan por creer que la civilización puede llegar de la mano de un proyecto político liberal. Con más candidez que convicción, buscan sin éxito que los caudillos abracen su causa y sus instituciones. Pero no importa de qué lado se pongan, la puerta que separa la política de la sociedad les pega una y otra vez en las narices. Los unitarios asumen que la lealtad de los gauchos a los caudillos está viciada de origen, es el fruto de una dependencia personal, desigual, injusta. De todo eso los sacudirá un espacio de libertad, con instituciones centrales y transparentes que separen, geográfica y conceptualmente, el poder personal de los déspotas locales respecto de los derechos universales y de la distribución de recursos.

Esa relación que fortalece a los caudillos y fascina a los unitarios provee una variedad de beneficios a los gauchos. Las milicias montoneras eran uno de los espacios privilegiados de movilidad social ascendente, sobre todo en el interior del país. La participación en las campañas militares era uno de los pocos trabajos disponibles en amplias zonas del territorio. En ellas, los caudillos, sobre todo aquellos de mayor peso, ofrecían no solo un ingreso monetario, sino la posibilidad de ascender dentro de la milicia a posiciones más altas, con más prestigio (y mayor remuneración). Sumarse a la tropa también aseguraba ropa y calzado, lo suficientemente buenos como para llevárselos a casa tras la batalla. E igualmente importante, los gauchos esperaban, como un contrato implícito, que su participación en las montoneras también les diera acceso a una rara delicia en su dieta: la carne de vaca. A diferencia de lo que imaginaba Sarmiento, el consumo de carne por parte de los gauchos se había reducido con el correr del siglo. Hacia 1850, la mayoría de ellos vivía bajo una dieta de subsistencia en la que el bife solo aparecía en tiempos de escasez y hambre, cuando se veían forzados a robar ganado, o durante las movilizaciones militares, cuando la única posibilidad de alimentar a las masas de soldados era capturando el ganado del lugar en el que acamparan.[20] Salario, posibilidades de ascenso, vestimenta y comida; las milicias populares podían resolver buena parte de los problemas básicos de subsistencia en las zonas rurales.

A los jefes unitarios les costaba entenderlo, pero los gauchos asumían estas retribuciones como una versión de orden, más cerca del derecho que de la dádiva, sin llegar a ser enteramente lo primero. Los caudillos, a su vez, ocupaban un lugar importante en la vida social. Presenciaban bautismos. Mediaban en disputas entre pobladores, eran padrinos de casamiento. Advertían a un juez si una sentencia podía perjudicar a sus hombres. Facundo Quiroga, recordaba un unitario que lo había combatido, realizaba actos personales de caridad: “Mucha gente pobre, de cerca y de lejos, venía a su estancia [donde abundaba el ganado] a pedir una ternera para carne”, lo que Facundo satisfacía. El observador concluía lo obvio: “Con actos de este tipo, se aseguraba la lealtad de la gente común”.[21]

Hasta ahí, todo parece confirmar las ideas sobre las formas prepolíticas y clientelares que hacían esa relación impermeable al discurso libertador. Solo que cuando los unitarios deciden jugar el mismo juego, se encuentran con una sorpresa. En el crepúsculo del régimen caudillista, en 1863, los caudillos del Chacho Peñaloza en La Rioja hacen una oferta generosa a los gauchos para resistir a la guardia nacional. Pero Peñaloza jamás llega a cumplir sus obligaciones, asesinado por sus perseguidores en Olta luego de haber entregado su faca, la última arma en su poder. Mientras tanto, las tropas nacionales buscaban reclutar sus propios soldados, ofreciendo, en la medida de sus posibilidades, otros sueldos y otros beneficios. Cuando Pueblas, uno de los segundos de Peñaloza, informa a los gauchos sobre la muerte de su líder, les ofrece la chance de abandonar. Es el escenario imaginado por los unitarios: sin líder carismático, en desbandada, sin chances de recibir retribución material alguna y con la derrota a la vista, los gauchos renunciarían a la pesadilla federal para abrazar la libertad y los beneficios materiales que ofrecía. Solo que, para el desquicio de los jefes unitarios, los gauchos deciden en su mayoría seguir en la derrota a Puebla y a la montonera a la que habían pertenecido en el triunfo.

Siendo realistas, es necesario situar las dificultades de la generación del 80 para entender cómo hace política la plebe en el contexto de lo que estaba ocurriendo en el mundo. Pocos logran comprender el fenómeno de las masas por fuera de nociones clásicas de turba. Menos aún son los que logran descifrar sus acciones como prácticas eminentemente políticas. Casi ninguno escapa a interpretar ese nuevo paisaje social bajo el lente del temor. En La retórica reaccionaria, Albert Hirschman se preguntaba “hasta qué punto la idea de la participación de las masas en política, aunque fuera en la forma diluida del sufragio universal, debió parecer aberrante y potencialmente desastrosa a buena parte de las élites de Europa”.[22] La Revolución Francesa en 1789 y la inauguración política de los sans-culottes habían sacudido a todos con el fin de una época. El horror ante la idea mínima del sufragio universal condensaba distintas formas de escepticismo ante la relación de las masas con la política. Desde distintos lugares y a lo largo de un siglo, Gustav Flaubert, Edmund Burke, Jacob Burckhardt, Friedrich Nietzsche, hasta Fiodor Dostoievski, los intelectuales y analistas vieron con pavor la universalización de derechos, ya representara una decadencia del sistema político, la profundización de los horrores de la Revolución Francesa, la creencia casi religiosa en la verdad de las mayorías o, simplemente, una amenaza al orden establecido.

La irrupción de las masas urbanas asociadas a una industrialización acelerada hacia mediados del siglo XIX fue, para muchos, aún más difícil de comprender. No tanto la representación de “los de abajo”, sino sobre todo que la transformación de esa condición de explotado en una identidad política era una novedad en cualquier lugar del mundo. Alexandre Martin era un famoso maquinista y activista socialista designado secretario del gobierno provisional de Luis Blanc luego de la revolución de 1848 en Francia. Pero lo que lo distingue es su decisión de asumir el seudónimo de Albert l’Ouvrier (Alberto el Obrero) y convertirse así en uno de los primeros casos no ya del acceso de los trabajadores al poder, sino del acceso al poder en tanto trabajadores. La revuelta de 1848 había sido vista por muchos como una forma barbárica de destruir el orden en nombre de la falta de orden. Ni siquiera Marx (por lejos quien mejor leyó esos eventos) escapaba enteramente a esa lectura sobre la dificultad de las masas para construir poder político. La fama de Albert l’Ouvrier venía a demostrar lo contrario.

Con todo, el cambio explosivo que había arrancado con la Revolución Francesa estaba centrado en la representación política de aquellos previamente excluidos. Como elemento disruptivo, “la cuestión social” irrumpiría de manera más central con el marxismo, y antes con configuraciones distintas bajo el anarquismo y el socialismo. La forma más radical que adoptó el republicanismo en América Latina, en cambio, asociaba esa ciudadanía política a alguna percepción de equidad, anticipando el reloj de la discusión sobre la igualdad social.

He aquí entonces una primera tensión hacia adentro del desarrollo del pensamiento liberal argentino del siglo XIX. A diferencia del antipopulismo del siglo siguiente, Sarmiento, Alberdi y otros recogen, con muchos matices, las banderas de un republicanismo radical que en 1810 imaginaba un sistema político inclusivo, pero también alguna forma de igualitarismo. La experiencia norteamericana que inspiraba a ambos gastaba sus energías en explicar y dilatar desigualdades económicas y políticas afianzadas en la estructura esclavista; el sueño que tenían para la Argentina ponía en la expansión de la ciudadanía, la educación pública universal y hasta en la imposición del castellano como idioma oficial un énfasis más marcado en una igualdad que ayudaría a acotar el conflicto político. Aun así, el enfrentamiento al autoritarismo rosista los enceguece de tal modo que les impide ver en las luchas de esos años la forma efectiva que adopta el republicanismo inclusivo en la Argentina.

El país no es la excepción; en toda América Latina, el poder de los caudillos carismáticos aparece como la llave para entender hacia dónde irá la región en esa búsqueda de naciones justas. Pero fue Sarmiento, y Alberdi antes que él, quienes entendieron mejor que la representatividad de los caudillos respecto de la sociedad ruralizada era sólida y excedía lo material.[23] Si en esa sociedad no había lugar para otro tipo de régimen, lo que había que cambiar era la sociedad.

El eterno retorno de la ciudad

El arma infalible para cambiar a la sociedad agraria será la ciudad. Los años que siguen a la batalla de Pavón en 1861 van a ser los del retorno a la ciudad, la matriz original de la América Latina que tomó forma durante los siglos de dominio español. Un retorno paradójico, porque la nueva vida urbana se cimienta (financieramente) en la espectacular explosión de la agroganadería. Será la victoria sobre el poder del interior, de los hacendados y de la sociedad barbárica que el campo había producido. El Arzobispo, un personaje detestable de Sartre, afirmaba que toda victoria, vista de cerca, era indistinguible de una derrota; el triunfo de la ciudad sobre el campo produce ese efecto por duplicado. Primero, porque ocurre sobre la base de la consolidación del Estado nacional y su expansión territorial, creando un poder agrario de nuevo tipo que marcará la experiencia argentina moderna. Que la idea del buen gobierno se siga discutiendo todavía hoy a golpes, silbidos, subsidios y amenazas en la muestra anual de la Sociedad Rural habla de la durabilidad férrea de aquella matriz. Y segundo, porque desde adentro mismo de la ciudad, aquella cura contra todos los males, volverán a emerger las amenazas espectrales del pasado agrario con nuevos y más agresivos ropajes.

El fin del rosismo tras la batalla de Caseros en 1852 abrió, otra vez, una década de guerras civiles en las que caudillos del interior y fuerzas bonaerenses buscaron una forma de imponer el diseño de algo que parecía necesario aunque no inevitable: la formación de una nación. Mientras fuerzas liberales surgían desde San Juan hasta la Mesopotamia, los caudillos federales, aun en retirada, seguían ejerciendo una resistencia formidable a una integración nacional subordinada a Buenos Aires. Eso terminó en 1861, con el improbable triunfo del gobernador bonaerense Bartolomé Mitre sobre las fuerzas federales de Urquiza en la batalla de Pavón. Sobre la base del control bonaerense de las catorce provincias y manteniendo vigente la Constitución de 1853, los unitarios establecieron la República Argentina, lo que significó el comienzo del fin del caudillismo clásico.

La Argentina moderna tomó forma en el siguiente cuarto de siglo, uno de los períodos más conflictivos de la historia, bajo las presidencias de Mitre, Sarmiento, Nicolás Avellaneda y Julio A. Roca entre 1862 y 1886. Hay razones poderosas para que esa etapa proyecte su sombra hacia el futuro y llegue hasta nuestros días. Desde las ideas liberales de avanzada durante la década del treinta hasta los argumentos contra el legado de Perón y las advertencias del siglo XXI contra el retorno de los caudillos, una mirada de la historia permanece obsesivamente fijada en el período que comenzó ese año y a las ideas que se forjaron en las dos décadas siguientes al calor de la prosperidad económica más grande que haya vivido la Argentina.

He aquí una segunda marca diferenciadora entre los proyectos de las élites del siglo XIX y las del siguiente. Mirando hacia 1810 como un intento fracasado para fundar una república moderna, las generaciones del 37 y del 80 construyeron un futuro triunfal que los distinguiera de aquel paso en falso inicial. Los intelectuales de los siglos XX y XXI, en cambio, serán presa de aquel apogeo de fines del siglo XIX y tendrán una enorme dificultad para analizar el presente e imaginar el futuro si no es como réplica de aquel pasado de gloria.

La Argentina en la que había nacido Sarmiento en 1811 al calor de la revolución, o la de 1845 cuando escribió Facundo, eran irreconocibles en esta nueva realidad apenas unas décadas más tarde. El tiempo en esos treinta años se aceleró. Las calles, los trenes, los edificios gigantes, los parques, los puertos, la riqueza del campo, los artesanos, los rostros de la gente común, la cantidad de gente. La Argentina de catorce provincias que se constituyó en 1862 expande sus bordes y su extensión. Los propietarios de la tierra acompañan esta expansión al ritmo del ejército y a veces precediéndolo. Una ampliación ejecutada a costa del desplazamiento, disciplinamiento y ejecución de las poblaciones indígenas: entre treinta y cincuenta mil indígenas murieron a manos del ejército argentino o producto de enfermedades derivadas de su desplazamiento y malnutrición durante la llamada Conquista del Desierto, entre 1878 y 1888 solamente. Muchos más fueron asesinados antes, durante la campaña de Rosas en 1833, y durante el período, a manos de pobladores locales, prototipo de gauchos, contratados por estancieros decididos a hacer respetar el derecho de propiedad.[24] La inmigración ya era un rasgo distintivo de los pequeños pueblos durante el rosismo (Sarmiento la imaginaba como el último anticuerpo contra el régimen) pero, fomentada por la Constitución de 1853, tomó un impulso gigantesco unas décadas después. Casi un millón de personas se radicaron en la Argentina en esa época, unos seiscientos mil entre 1880 y 1889, como preámbulo para la oleada europea que llegaría en las décadas siguientes. Aunque en números totales la inmigración de comienzos del siglo XX es abrumadora, la quintuplicación de la inmigración durante este período no tiene comparación. Para 1895, Buenos Aires era una metrópolis de más de medio millón de habitantes, cinco veces más que en 1850: apenas la mitad de ellos eran nativos. Era la plataforma para el nacimiento de lo que José Luis Romero llamó “las ciudades burguesas”, que incluían a buena parte de las urbes portuarias de América Latina, con una vida cultural y económica vibrante y una arquitectura, mayormente de inspiración francesa, pensada para deslumbrar.[25]

Fuera de la ciudad, la Argentina era reconocible como una identidad singular en una serie de instituciones más allá del ejército, incluidos desde el correo hasta las escuelas (Sarmiento diría que el país tenía más maestros que soldados, lo cual no era estadísticamente cierto, pero ayuda a comprender el complejo de ideas que alimentaba la época), y también un sistema tributario relativamente extendido. Esa expansión vino acompañada de un crecimiento económico acelerado, en parte porque el país arrancaba de una base bien baja tras cuatro décadas de guerras, en parte por la expansión territorial, en parte por la liberalización del comercio que caracterizó al período y en parte, al contrario, por el fuerte apoyo del nuevo Estado nacional al desarrollo.

Sin duda, el cambio más visible que tuvo al mismo tiempo un efecto revolucionario fue la extensión de los ferrocarriles. El primero, el Ferrocarril al Oeste, arrancó en 1857 y para 1860 tenía apenas cuarenta kilómetros. En 1885, tenía seis mil, y para 1915 superaría los treinta mil kilómetros. La ampliación de la red de los ferrocarriles multiplicó por diez el valor de las tierras y por cinco el de las exportaciones en amplias zonas de la provincia de Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe. Y a la par de esta expansión, el capital privado y extranjero se convirtió en una presencia dominante, sobre todo (pero no solo) a través de préstamos y endeudamiento.[26]

El gaucho vivió la década de 1860 entre represión, guerra, reclutamiento y tributación. Resabio de una nación que se iba extinguiendo, podía convertirse ahora en un objeto en disputa. La glorificación del gaucho como representación de la bravura de los soldados patrios –como lo hiciera Lugones con su lectura del Martín Fierro en el siglo XX–, o su desprecio como materialización del atraso –como lo vieran Sarmiento y Borges– sobrevivió largamente al gaucho como actor social. Un mundo después, en 2019, un grupo de productores agropecuarios vestidos de gauchos atacaron desde sus caballos a activistas veganos en pleno barrio de Palermo, los rebenques y bombachas convertidos ahora en símbolo de tradición e imposición de jerarquías y hábitos. Pero como sujeto político y expresión de la plebe durante el siglo XIX, el gaucho iba a ser pronto reemplazado por otros imaginarios no menos interesantes.

Toda esta transformación multifacética puede amarrarse a tres hechos que le dieron un nuevo rostro a la élite y que dejarían una huella identitaria singular en el antipopulismo futuro. El primero tiene fecha en la mañana del 12 de abril de 1878, durante la presidencia de Avellaneda: ese día se produjo la primera exportación de trigo argentino. Aquellas 4500 toneladas de cereal expresaban a la nación que nacía: salían desde el puerto de Rosario, camino a ser el más grande del país, en media docena de buques con una primera parada en el puerto de Glasgow. El trigo había sido cosechado en la estancia La Candelaria, de Carlos Casado del Alisal. Llegado a la Argentina en 1857, Casado se convirtió en solo dos décadas en el latifundista más grande del país, accionista del flamante Ferrocarril Central Argentino, con propiedades que se extendían incluso al Paraguay, donde había aprovechado la Guerra de la Triple Alianza para arrebatar con testaferros enormes terrenos en el Chaco boreal. Casado también fue creador del Banco de la provincia, asesor de Avellaneda. Aquel embarque de un país que hacía pocos años importaba trigo fue el comienzo de un modelo económico, el agroexportador, que le iba a dar a la Argentina casi medio siglo de prosperidad inédita y que no desaparecería jamás de la estructura económica nacional. La relevancia de ese 12 de abril es solo comparable a la del 23 de mayo de 1877, cuando salió el primer cargamento de carne congelada. Así, en ese breve lapso de menos de seis meses tomaron forma las dos patas del modelo económico agroexportador determinante hasta el día de hoy.[27]

El otro evento se produjo un par de décadas antes, en 1845, cuando Ricardo Blake Newton regresó de Liverpool a Chascomús con dos cosas que cambiarían a la Argentina: cien atados de alambre y quinientas varillas de fierro. Con eso, Newton rodeó parte de su estancia, la Santa María, erigiendo así el primer alambrado del campo argentino y empezando la carrera que coronaría en 1855 Francisco Halbach, cónsul honorario de Prusia, quien fue el primero en alambrar la totalidad del perímetro de su estancia, Los Remedios, sobre el río Matanzas, a la altura de Cañuelas. Por primera vez en la historia del campo argentino, el alambrado remarcó los límites de la propiedad privada y, con ello, destacó su importancia. Mucho más que una razón técnica, ahora se podía tener una medida más clara de los terrenos, un control más estricto de la cantidad de animales y una certeza mayor de sus propietarios. El robo podía sancionarse con mayor precisión. La racionalización de las relaciones económicas (una demanda de viejo cuño: como dueño de un saladero junto a Dorrego, Rosas se quejaba en 1817 de los gauchos que entraban a su propiedad cazando ñandúes sin su permiso) era el otro gran cimiento para la modernización económica argentina.

De ahí que Sarmiento gritara en 1855, en las páginas de El Nacional:

“¡Cerquen, no sean bárbaros!”.

Ahí mismo se acabó la libre circulación del gaucho por la pampa que tanto asombraba a los visitantes, algo similar a lo que ocurre con el cowboy en los Estados Unidos para la misma época. En esa regulación del espacio se profundizaba un ejercicio de control sobre los cuerpos y los movimientos, y se establecía de forma aún más clara lo que era correcto y lo que no. Y al mismo tiempo, el alambrado fijaba por primera vez de forma visible un adentro y un afuera que iba a tener reverberaciones en todo el orden social. Mientras los de adentro ejercían una libertad protegida desde afuera por el Estado, los de afuera perdían la libertad que habían tenido y estaban condenados a ser el objeto de disciplinamiento de ese Estado que debía resguardar la propiedad. Tener y no tener arrancaba en la riqueza, pero iba mucho más allá.[28]

El tercer elemento, finalmente, era cómo fundamentar la exclusión de la enorme mayoría de la población de las decisiones que los involucraban como parte del país. Legitimar la exclusión no era un problema menor, ni en el momento ni hacia el futuro. La explosión económica de las últimas décadas del siglo había generado una desigualdad sin precedentes. El sueño sarmientino de los granjeros norteamericanos, que ni siquiera era del todo cierto en los Estados Unidos, se hizo realidad en amplias zonas de La Pampa y ayudó a desarrollar una amplísima clase media. Pero el grueso de aquella prosperidad inédita quedaba en las manos de comerciantes conectados con el exterior y grandes terratenientes. Por fuera de la región pampeana y de Tucumán, el interior participó de este período de gloria más como espectador y consumidor que como protagonista. La Argentina iba camino a ser rica, su ingreso per cápita era superior al de Francia, pero hacia fines de siglo, los palacios de los ricos en Buenos Aires estaban a escasas cuadras de los conventillos de los pobres. Una distancia geográfica breve que realzaba la enorme distancia social. ¿La política democrática podía ser el lugar en el que las masas buscaran achicar esa brecha y cuestionar los fundamentos de esa injusticia?

No. Para mitigar esa consecuencia posible de la política de masas estaba a mano el legado que Alberdi había dejado en sus Bases: la república posible. El desafío argentino a la salida del rosismo era ser un país próspero y estable. Aquella mirada repetía la idea del problema externo a la política: las causas de la violencia e inestabilidad estaban afuera de, y antes que, la política, y ahí debían solucionarse. La única tarea del gobierno debía ser facilitar la llegada de capitales e inmigrantes extranjeros. ¿Cómo hacerlo? Garantizando la libertad y el orden en el comercio y el derecho, pero restringiéndolos momentáneamente en la política para evitar turbulencias. En la idea alberdiana, las restricciones a la libertad política de masas eran el único medio para lograr la libertad política de masas. Luego, con el tiempo, cuando la dinámica social moderna hubiera dado sus frutos, la libertad política reinaría en la patria. Se culminaría así la evolución desde la república posible a la república verdadera.

Ahí está, flamante, la idea de la transición como una instancia en la que el presente de las masas se disuelve en una apuesta al futuro. Claro que la generación del 37 estaba rodeada por la violencia rosista, a la que veía como el derrape de los sueños revolucionarios de Mayo, y leía en los diarios (o reconocía en sus viajes) las revoluciones de 1848 que en Europa habían pulverizado los sueños de incorporar a las nuevas masas urbanas en el viejo orden monárquico. Europa había visto caer regímenes legendarios en revueltas iracundas, no era cuestión. ¿Cómo fundamentar la exclusión política en una generación que tomaba el legado de una revolución que se había concebido como profundamente igualadora? Como claudicación de su proyecto libertario, la república posible parecía al menos una respuesta a una coyuntura particular.[29]

Lo que el tiempo iba a demostrar era que el argumento de la transición como una espera que nunca termina es intrínsecamente ahistórico y está en el corazón de la idea de modernización. Tras la caída de Rosas, Alberdi mismo va a tratar de atenuar la idea de la espera, sin demasiado éxito. Primero, entre 1862 y 1880, el proceso de organización del Estado nación y la concreción de su mapa político (incluida la Guerra de la Triple Alianza que liquidó al Paraguay). Luego, la consolidación del país por la generación del 80 hasta fines de siglo; siempre había una razón para la suspensión del presente de las masas, un tiempo que estaba constantemente por venir. Los gobiernos que se sucedieron desde la presidencia de Roca en adelante tuvieron esa particularidad liberal conservadora hasta 1910. Al margen de las grandes diferencias entre el Partido Nacional y el Autonomista primero y dentro del Partido Autonomista Nacional (PAN) después, el régimen de aquella época protagonizó una experiencia única: el formidable consenso político de las élites liberales sobre la necesidad de posponer la participación de las mayorías en las decisiones sobre el destino de la nación y la decisión de recurrir a una serie de recursos fraudulentos para mantener la legitimidad de esa exclusión.

Hubo que esperar a la crisis de 1890 para que comenzara a erosionarse la legitimidad de esos métodos y surgiera una crítica a los hábitos que esa superposición de poder económico y poder político. “Bah, de todos modos es el pueblo el que paga”, dice el doctor Granulillo en La bolsa, la novela que Julián Martel publica por entregas en La Nación reaccionando con desengaño contra una clase que no ha sabido retener su poder. El rencor de Martel, además, está dirigido a la falta de patriotismo de las élites por no haber sabido, con sus descuidos y su afan por la riqueza, proteger al país de una serie de males, entre los cuales los inmigrantes y los judíos son prominentes.[30] Esa erosión desde arriba da espacio a la revuelta desde abajo, una reacción consagrada en la Revolución del Parque de la que surgió la Unión Cívica Radical. Tarde pero seguro, algunos núcleos del PAN recién se reconocieron como conservadores hacia principios del siglo XX. Y fue ante esos grupos que emergió el ala moderada promoviendo una salida a esa transición eterna. El medio siglo que va desde la batalla de Pavón hasta 1912 revela la construcción del liberalismo moderno argentino no como adaptación pasiva de ideas llegadas de afuera, sino como una construcción activa de un proyecto político marcadamente histórico y profundamente nacional. De ahí emerge, robusta, la matriz de una superposición entre liberalismo, conservadurismo y la necesidad de incorporar a las masas que se va a repetir apenas décadas más tarde.

Sarmiento llega a 1880 con sus sueños realizados. Pero, como suele suceder con los sueños cumplidos, su realidad es demasiado distinta a lo que soñador tenía en mente. Nada es igual, y Sarmiento deambula las últimas décadas de su vida entre el desencanto y, como sugiere Halperin Donghi, la desintegración de las certezas que le dieron fuerza a su escritura décadas atrás. Más que el granjero que produce la riqueza de la nación y participa activamente de la vida pública, el símbolo de la espectacular expansión nacional es el oligarca, que promueve que el Estado se endeude antes de que aumente los impuestos e insiste en reducir el espacio público a su esqueleto mínimo. “La cajetilla de frac”, como los llama Martínez Estrada. Quizá sea la educación su mayor legado: no solo en la expansión que atravesó, sino sobre todo en la forma en la que las élites impulsaron la enseñanza laica, pública e inclusiva.

Pero la ciudad. Esa que sería el remedio contra el gaucho. Ese destino luminoso que sacaría a la barbarie de cuajo para reemplazarla con sus hábitos universales e igualadores. El arma misteriosa que iba a relegar al gaucho a un objeto cultural en disputa entre ciudadanos modernos, urbanos, vestidos, asociados, educados, libres. La ciudad empezaba a hacerse realidad, sobre todo en Buenos Aires. Sin embargo, en sus entrañas se estaba gestando un nuevo monstruo que amenazaría todo lo que se había logrado.

[9] Ezequiel Martínez Estrada, Radiografía de la Pampa, edición crítica de Leo Pollmann (coord.), Buenos Aires, Colección Archivos, p. 253.

[10] Sobre el mundo de estas transacciones incipientes en el comienzo de la organización legal, económica y política de la Argentina, véase Raúl O. Fradkin, “¿‘Fascinerosos’ contra ‘cajetillas’? La conflictividad social rural en Buenos Aires durante la década de 1820 y las montoneras federales”, en Islas e Imperios. Estudios de historia de las sociedades en el mundo colonial y postcolonial, nº 5, Barcelona, Tardor, 2001, pp. 5-33.

[11] Gabriel Di Meglio, Manuel Dorrego. Vida y muerte de un líder popular, Buenos Aires, Edhasa, 2014. En particular, capítulo 6 (“En nombre del orden”).

[12] Gabriel Di Meglio, Historia de las clases populares en la Argentina, Buenos Aires, Sudamericana, 2012, capítulo 6 (“Un orden nuevo”).

[13] Hilda Sabato, Republics of the New World. The Revolutionary Political Experiment of Ninteenth-Century Latin America, Princeton, Princeton University Press, 2018.

[14] Esteban Echeverría, Obras completas, t. IV, Escritos en prosa, Buenos Aires, Imprenta y Librería de Mayo, 1873, p. 159.

[15] Domingo Faustino Sarmiento, Facundo (5ª ed.), Buenos Aires, Colección Austral, 1959 [1845]. Todas las referencias posteriores corresponden a esta edición. Principalmente, capítulos I y III de la Parte Primera, capítulos II, IV y V de la Parte Segunda y capítulo I de la Parte Tercera.

[16] Para una observación más específica del gaucho y su lugar excluyente en la construcción del mundo de lo popular en la historia argentina, véase sobre todo Ezequiel Adamovsky, El gaucho indómito. De Martín Fierro a Perón, el emblema imposible de una nación desgarrada, Buenos Aires, Siglo XXI, 2019. Sobre el lugar fundacional de Facundo en ese proceso, véase el capítulo 6, “El gaucho mirado desde arriba”.

[17] Acerca del liderazgo de Rosas, véase el minucioso estudio comparativo de Juan Pinto Vallejo, Daniel Palma Alvarado, Karen Donoso Fritz y Roberto Pizarro Larrea, quienes lo atribuyen a una debilidad de las élites a la hora de reafirmar su autoridad. El orden y el bajo pueblo, los regímenes de Portales y Rosas frente al mundo popular (1825-1852), Santiago, LOM, 2015.

[18] Alfredo Montoya, Historia de los saladeros argentinos, Buenos Aires, Letemendia, 2012; Osvaldo Gelman y Jorge Barsky, Historia del agro argentino. Desde la conquista hasta fines del siglo XX, Buenos Aires, Sudamericana, 2013; Pablo Gerchunoff y Juan Llach, El ciclo de la ilusión y el desencanto. Políticas económicas argentinas de 1880 a nuestros días, Buenos Aires, Crítica, 2018 [1998], capítulo I.

[19] José Luis Romero, Latinoamérica. Las ciudades y las ideas, Buenos Aires, Siglo XXI, 1976, pp. 228-229.

[20] Ariel de la Fuente, Children of Facundo. Caudillo and Gaucho Insurgency during the Argentine State Formation (La Rioja, 1835-1870), Durhan, Duke University Press, 2000; en particular, capítulo 5 (“Caudillos and Followers: The Forms of a Relationship”).

[21] De la Fuente, Children of Facundo, p. 100.

[22] Albert Hirschman, La retórica reaccionaria, Madrid, Clave intelectual, 2020 [1991], traducción de Teresita de Vedia, epílogo de Santiago Gerchunoff.

[23] Juan Bautista Alberdi, Fragmento preliminar al estudio del derecho [1837].

[24] Hay una extensa bibliografía sobre el rol de los hacendados y la contratación de gauchos para la matanza de indígenas. Para una mirada simultánea de la patagonia argentina y chilena, véase José Luis Alonso Marchante, Menéndez. Rey de la Patagonia, Santiago de Chile, Catalonia, 2014.

[25] Romero, Latinoamérica. Las ciduades y las ideas, p. 247.

[26] Gerchunoff y Llach, El ciclo…, pp. 27-29; Halperin Donghi, Historia contemporánea…, pp. 258-159.

[27] Gelman y Barsky, Historia del agro argentino.

[28] Noel H. Sbarra, Historia del alambrado en la Argentina, Buenos Aires, Letemendia, 2008; Gleman y Barsky, Historia del agro argentino; Richard W. Slatta, Gauchos and the Vanishing Frontier, Lincoln, University of Nebraska Press, 1983, pp. 147-151.

[29] Natalio Botana, El orden conservador. La política argentina entre 1880 y 1916, Buenos Aires, Edhasa, 2014 [1977], Primera parte (“La fórmula alberdiana”). Tulio Halperin Donghi, “Introducción”, en Domingo Faustino Sarmiento, Campaña en el Ejército Grande Aliado de Sud América, Mexico, FCE, 1958. pp. 27-30.

[30] Julián Martel, La Bolsa, Buenos Aires, Huemul, 1964 [1891], p. 113.

3. El día que la plebe tenga hambre

Las masas del programa centenario


Argentina entraba al siglo XX como una potencia exportadora de productos primarios, alimentando la ilusión de las elites en un progreso ilimitado y un control de la cuestión social. El camino hacia el Centenario parecía idílico, y “tirar manteca al techo” se convertía en una expresión que denotaba excentricidad suntuaria, pero también posibilidad.

Bloques de manteca listos para empaquetar y exportar. Sociedad Rural Argentina, The Argentine Estancia. Review of the Livestock and Agricultural Industries, and of the Rural Prospects of the Argentine Republic (1903), p. 69.

Apenas siete años separan la muerte de Sarmiento en 1888 y el nacimiento de Perón en 1895. Dos siglos de dos Argentinas separadas por el espacio mínimo, uno de espaldas al otro. Entre ellos, un cuadro: Sin pan y sin trabajo, que Ernesto de la Cárcova pintó en Buenos Aires en 1894, recién llegado de Italia. Es un cuadro moderno en todo el sentido del término, un poco alejado del naturalismo, que representa en símbolos fragmentarios del presente aquellas temáticas que van a ser el futuro de todo un orden social. No hay grandes edificios ni aglomeraciones de masas; sim embargo, la ciudad está ahí en los elementos que la constituyen socialmente: la fábrica cerrada, los caballos de la policía, el descampado de las orillas urbanas y la bronca del trabajador mientras comparte la pobreza con su familia.

Hay algo inquietante en aquel cuadro. Mientras la espalda estirada del obrero acentúa el dramatismo de su puño cerrado sobre la mesa, su única reacción parece ser la de la rabia contenida. La acción, tanto la protesta como la represión, ocurren afuera; el trabajador aún no es parte de la masa organizada, como lo sería en Manifestación de Berni cuarenta años más tarde. Quienes están afuera defendiendo sus derechos tampoco lo hacen en un clima celebratorio o desafiante (como también ocurriría más tarde). La escena de la protesta es visible, sobre todo, por la presencia de la policía que la reprime. La vida obrera es todo lo demás: el edificio moderno de la fábrica cerrada en el horizonte y la herramienta sobre la mesa. La masa aún no es, pero ya se la percibe. De la Cárcova, que dos años antes se había afiliado al Centro Obrero Socialista (precedente inmediato del Partido Socialista) y que no retomaría el comentario social en su obra, está a caballo entre dos mundos.[31]

El siglo XX comienza con la pregunta que se mantendrá inconmovible en el centro de las preocupaciones argentinas hasta nuestros días: ¿cómo se integran las masas a la política? La propia pregunta dejaba de lado la esperanza romántica de algunas élites de retroceder el tiempo hasta la época en la que esas masas no eran percibidas como sujetos legítimos. Todos asumían, con énfasis muy distintos, que el mundo había cambiado. Bastaba caminar por las calles de Buenos Aires para comprobarlo. Alcanzaba incluso con cerrar los ojos y escuchar las voces y las pronunciaciones desde una mesa de café para darse cuenta de la profundidad de esos cambios. “Los de abajo” habían llegado para quedarse. Los antipopulismos, y el populismo al que condenan son, en esencia, respuestas distintas a la pregunta inquietante sobre cómo deberían integrarse.


Sin pan y sin trabajo, Ernesto de la Cárcova (1894).

¿Qué son las masas? El siglo XIX se despide con la mirada hacia adelante, cuando José María Ramos Mejía publica en 1899 Las multitudes argentinas. Ramos Mejía era médico, en una época en la que esa profesión estaba a la cabeza de una cruzada civilizatoria que atravesaba todo el arco político. En su libro, Ramos Mejía entiende que la “multitud” es un objeto de estudio específico, como aquellos que se pueden ver bajo un microscopio, y se aboca a analizarlo en detalle. En ese sentido (y solo en ese sentido) sigue los pasos de Gustav Le Bon, quien cuatro años antes publicó en Francia Psicología de las masas con esas mismas inquietudes.

Bajo el microscopio de Le Bon, las multitudes no tenían nada que ver con la suma de los individuos que las componían. En ciertos momentos y forzados por determinados impulsos o necesidades, los individuos podían unirse con un objetivo común y, en ese acto, dejar de ser individuos. La multitud no actúa con ninguno de los atributos que el pensamiento cartesiano y el liberalismo político le atribuían al individuo, a quien concebían como un sujeto racional y dotado de una voluntad libre y autónoma. La multitud, en cambio, actúa por impulsos, la mayor parte de los cuales son desconocidos para ella misma tanto como sus objetivos. La multitud aparece cuando existe “cierta facilidad de contagio”, un magma difícil de aprehender, guiado por emociones que se convierten en el mínimo común denominador de un grupo.[32]

Varias de estas ideas eran fruto de la observación propia. Ramos Mejía toma distancia de Le Bon y sostiene que solo los pobres pueden ser multitud. No cualquier individuo puede transformarse en parte de la masa (como sí asumía Le Bon), ya que “se necesitan especiales aptitudes morales e intelectuales, una peculiar estructura para alinearse en sus filas”. “El verdadero hombre de la multitud –dice– ha sido entre nosotros el individuo humilde, de conciencia equívoca, e inteligencia vaga y poco aguda, de sistema nervioso relativamente rudimentario e ineducado”.

Ramos Mejía no deja lugar a dudas de que el análisis de las multitudes se base en (y nutre a) una mirada jerárquica de la sociedad. Si bien hay aspectos fisiológicos comunes a todo ser humano (hay seres educados que, en circunstancias excepcionales, pueden perder la racionalidad), estos rasgos se desarrollan plenamente en la pobreza. Ahí, arrinconado, explota lo que en otros está de modo inmanente: “el calor de la pasión, la irritabilidad que despierta un sentimiento herido, el ardiente estímulo de la lucha”.

Munido de esta visión, Ramos Mejía va a reescribir la historia argentina para colocar a esa multitud en el centro de la vida política desde la Revolución de Mayo. Su libro es un rechazo a la historia escrita hasta entonces bajo el tono de Bartolomé Mitre, en la que los hechos pueden explicarse por las cualidades de ciertos individuos (Moreno, San Martín, Rosas, Sarmiento). En esta nueva versión, en cambio, el pueblo movilizado ha sido el que empujó los acontecimientos de un año a otro para darle forma a la patria. Son “las cabezas subalternas”, como los denomina Vicente Fidel López, las que, reaccionando frente al miedo, finalmente fuerzan a actuar a los hombres de ideas en los años tempranos de la historia, desde la victoria contra las invasiones inglesas hasta la Revolución de Mayo.

Pero una vez triunfantes, estas multitudes establecen un sistema despótico sobre el resto, sobre todo si no son debidamente controladas. Esa mirada lleva a Ramos Mejía a una recuperación del caudillismo, en la que los caudillos emergen como aquellos que han sabido domesticar y conducir a unas masas que, de otro modo, habrían impuesto el terror. De ahí a rescatar la figura de Rosas había un solo paso, que Ramos Mejía da con entusiasmo en este libro (y en el siguiente, dedicado enteramente a la figura del gobernador bonaerense). La lección que han dejado estos caudillos para el futuro es la necesidad de apelar a las emociones por sobre la razón, a las imágenes por sobre el enunciado complejo, al encantamiento por sobre las ideas. Los caudillos confirmaban la necesidad de líderes que pudieran orientar a las multitudes y transformar expresiones emotivas e inorgánicas en algo más manejable. Más de un siglo después iban a surgir argumentos análogos al de Ramos Mejía en relación con el papel contenedor del peronismo en la política argentina. Cuando se expandieron las protestas en Chile hacia fines de 2019, una explicación recurrente de su irascibilidad remitía a una comparación con la Argentina, bajo la idea (en buena parte acertada) de que, en general, el peronismo y las organizaciones sociales eran capaces de vehiculizar este tipo de protestas hacia los terrenos de las políticas públicas, las elecciones, la negociación. Sin peronismo, Chile parecía condenado a una revuelta inorgánica y difícil de satisfacer.

La buena noticia para el médico argentino, fiel a una fuerte tradición dentro de las élites argentinas que registra pocas excepciones, era que las multitudes podían ser redimibles. El texto de Ramos Mejía adquiere tonos xenófobos y racistas que llaman la atención vistos tanto en ese momento como, sobre todo, fuera de su contexto. Aun así, esos énfasis son menos pronunciados que los que uno encontraría en sus predecesores, incluido Sarmiento. En la mayoría de los casos, las élites argentinas desarrollan una versión de lo que la sociología peruana llamó “raza social” antes que biológica. No es que esta última sea otra cosa que social, sino que el énfasis, a tono con las teorías neolamarckianas de moda en esa época, está puesto en atributos derivados de la vida en sociedad y que por tanto, a diferencia del color de la piel, pueden ser modificados y mejorados. En esa idea jerárquica y redentora, el arma de la sociedad para adocenar a las multitudes es la educación. La escuela y la formación son, para Ramos Mejía, una forma de “igualar para arriba” al mismo tiempo que un modo de evitar el imperio de las emociones.

Finalmente, y moderando el optimismo, la dependencia de las multitudes del accionar de un caudillo capaz de llevarlas a buen puerto las convertía en un objeto particularmente inestable. El tono del argumento de Ramos Mejía se balancea entre el escepticismo analítico (no siempre impostado) y el dramatismo. Si en sus páginas históricas hay una esperanza condescendiente sobre el papel de esas multitudes enardecidas, el final adquiere un tono profético y dramático:

“En la actualidad [en la cresta de la ola de la prosperidad nacional] no hay hambre, no hay odios engendrados por la miseria; no hay obreros sin trabajo y familias sin lumbre y sin calor en el invierno […] no existe aún la epidemia de la miseria, que es lo que le da su personalidad colectiva de plaga permanente y de fenómeno social ponderable [pero]temo que el día que la plebe tenga hambre, la multitud socialista que se organice sea implacable y los meneurs que la dirijan representen el acabado ejemplar de esa canalla virulenta que lo contamina todo”.[33]

Ese día tan temido estaba a punto de llegar. Una y otra vez.

Seres nuevos bajo el sol

Todos los remedios encierran en sí mismos los efectos secundarios de los que surgirán problemas mayores que aquellos que venían a solucionar. De lo que estaba hablando Ramos Mejía, y en lo que están pensando quienes lo rodean, es en la población de trabajadores inmigrantes de la ciudad. Si Sarmiento había imaginado a la ciudad como el antídoto contra el carácter chúcaro del gaucho solitario, ahora la fuente de preocupación era la contraria: la asociación y la cercanía entre los trabajadores. Si Alberdi proyectó la renovación de la población reemplazando el mestizaje colonial por la inmigración europea, ahora era la dificultad para asimilar a los inmigrantes lo que los ponía como amenaza permanente del otro lado de la vereda. Si ambos imaginaron a la industria como la fuente del progreso que dejaría atrás a la barbarie, ahora eran los obreros de esas industrias incipientes los personajes torvos que no aceptaban un lugar inferior en el orden social. Nada nunca soluciona nada.

La región había cambiado. La ciudad portuaria que había sido el símbolo del progreso de América Latina ahora era también el caldo de cultivo de las amenazas que ese mismo progreso traía. En la región, las multitudes podían ser rurales, pero en la Argentina, la preocupación por los grupos problemáticos era una referencia directa a los trabajadores urbanos inmigrantes, categorías que se superponían de forma mayoritaria. Buenos Aires era el paradigma de la “ciudad multitudinaria”, como la denominó José Luis Romero, quien veía el país de fines del siglo XIX como la “sociedad aluvial” cuyas ciudades incorporaban hombres y mujeres de distinto origen, formación y expectativas. El punto de contacto entre la “sociedad normalizada” y la multitud era el espacio social, no político, en el que se definía, otra vez, el futuro de la nación. Esa multitud no siempre estaba contra los “normalizados”, pero buscaba espacios para ascender y alcanzar a ese grupo. La idea de la asimilación era particularmente poderosa. En un clima de abundancia, la educación y el trabajo podían hacer milagros. Al menos para algunos: los inmigrantes con ideas más radicalizadas y aquellos con menos aptitudes (“vagos”, para Ramos Mejía) serían más refractarios a cualquier integración. Así, el monstruo no era algo uniforme ni estable, y la esperanza en la integración convivía con el temor por el choque. Es una ambivalencia con largas reverberaciones: cuando Romero escribe su magnífica obra sobre las ciudades, publicada finalmente en 1976, aún afirma que “las masas son formaciones sociales virtuales, y una circunstancia cualquiera puede operar como factor desencadenante de su aglutinación”.[34]

No faltaría ocasión para que el factor desencadenante se presentara. Buenos Aires era una ciudad próspera en la que abundaba la pobreza, la Argentina era un país liberal en el que las masas no tenían representación legítima. ¿Cuánto faltaba para que un episodio como el retratado por De la Cárcova encendiera la mecha? En la ciudad, la mayoría de sus habitantes había nacido en otro país, y otros (pocos aún) habían llegado del interior. Los idiomas eran distintos, pero también los hábitos nocturnos, las ideologías, la noción de lo que era justo, la idea de ahorro y consumo, el sentido de asociación, la percepción del espacio público o el concepto de tiempo libre. Gino Germani observaba que, en 1895, de los 216.000 varones mayores de 20 años que vivían en la ciudad de Buenos Aires, apenas 42.000 eran argentinos nativos.

La transformación dejaría sus huellas en todos lados, empezando por el lenguaje, donde el lunfardo se consolidaba como idioma de hecho:

Hay una manera, hermano,

de ser nuevo bajo el sol:

Parlar en lunfaespañol,

pensar sudamericano.

Álvaro Yunque, 1961[35]

Y lo que sucedía por fuera de la ciudad de Buenos Aires no era menos espectacular. En la zona de la provincia de Buenos Aires que hasta 1870 había sido el sangriento “territorio de frontera” entre la nación y las comunidades indígenas, ahora había pequeños pueblos de una vitalidad asombrosa. Desde Bahía Blanca (la “Liverpool del Sur”) a San Nicolás, Las Flores o Barracas al Sud (actualmente Avellaneda), todo era irreconocible en apenas una generación. La cultura del cafecito alrededor de la plaza central, los pequeños comercios, la edificación pública incipiente y, tras la Ley 4874 que expandió la educación pública y laica en 1905, las escuelas, y entonces también la prensa escrita (los diarios locales para los moderados, los periódicos socialistas y anarquistas para el resto), y las asociaciones vecinales, y los sindicatos para los trabajadores y los Clubes del Progreso para los acaudalados y los comités de los partidos políticos: en no más de veinte años, ahí mismo, en el rincón más lejano del planeta, afloraban en su formato imperfecto todos los componentes de la esfera pública burguesa que Habermas puso en el centro de la experiencia moderna.[36]

¿Cómo se integra todo eso? En la Argentina, para hacer de esos grupos dispersos un sector social integrado se requería un piso de legitimidad del Estado o de las élites. Y de lo que no cabía dudas hacia comienzos del siglo XX era de que la distancia entre la riqueza social y la estrechez del sistema político se había agrandado más que nunca. En un país que había cambiado tanto, un solo dato se mantenía inamovible: en el casi medio siglo que va desde la elección de Mitre como presidente en 1862 a la de Roque Sáenz Peña en 1910, la participación popular a través del voto había oscilado entre el 1,2 y el 2,8% del total de la población.

Eso también estaba a punto de cambiar.

Reformismo desde adentro

Oh, sí… Algo hiede. ¿Seremos nosotros, los reaccionarios, que nos estamos cayendo a pedazos?

Aurora Venturini, Nosotros, los Caserta, 2011

Obviamente, Roca y un amplio sector de la élite política argentina registraban este problema desde adentro, tanto como aquellos que empujaban desde afuera. Hay un legado de las élites argentinas de finales del siglo XIX, diferente a las de otras partes del mundo, que se proyecta hacia el futuro:

Los grupos dominantes nunca imaginaron una política duradera que excluyera a las masas.

Pero buscaban la cuadratura del círculo: cómo conducir un cambio de régimen sin que cambiaran las relaciones jerárquicas entre “los de arriba” y “los de abajo”. Es decir, cómo ampliar la política y promover la inclusión social sin que los recién llegados desplazaran a los establecidos. He aquí uno de los últimos legados de la prehistoria para la conformación del antipopulismo moderno. El temor a la violencia y el descalabro del cambio de régimen lleva siempre a caminos de reforma concebidos como pausados pero que en los hechos funcionan como freno para esas mismas reformas. Un centro del argumento antipopulista histórico es que el populismo implementó de manera violenta y manipuladora cambios que de todos modos estaban contemplados para su momento adecuado. La llegada del radicalismo al poder iba a ser el primer ensayo de esta tesis explicativa.

La imposibilidad intrínseca de la reforma desde adentro se graficaba en la evolución contemporánea de la Ley de Residencia de 1902 y el primer Código de Trabajo de 1904. La primera, introducida al parlamento como pedido de la Unión Industrial Argentina –que llevaba apenas una década de vida– en 1889 frente al clima de protesta social, autorizaba a expulsar extranjeros (o impedir su ingreso), algo que se hizo de inmediato contra activistas y dirigentes sindicales, principalmente de origen anarquista y socialista. Paradojas del destino y de las ambivalencias de la política de masas posterior, la Ley de Residencia iba a ser derogada recién en 1958, y hasta ese momento fue utilizada por todos los gobiernos, incluido el peronismo, que la blandió como amenaza contra… los almaceneros españoles durante el período de la campaña contra el agio. La ley era el instrumento jurídico notable de un amplio dispositivo para preservar “la riqueza pública” –como afirmaba la fundamentación–, y que incluía el estado de sitio y la persecución de dirigentes obreros nacionales y extranjeros por igual. Una vez más, la experiencia internacional nutría de forma determinante la mirada sobre las transformaciones locales. El proyecto había sido llevado adelante desde 1902 por el diputado Miguel Cané quien, recién llegado de Europa, había sido testigo privilegiado del auge del sindicalismo en Francia y otros países de la región, y regresaba con una idea de las huelgas como “crímenes que han producido horror a la humanidad entera”.

A la vez, Roca, el entonces presidente que promovía esta ley, había convocado a un grupo de abogados y dirigentes políticos para atender una realidad evidente: el rasgo distintivo de la Argentina moderna estaría dado por el mundo del trabajo, esa actividad dominante que ocurría por debajo de las élites, que mantenía al país en marcha y sobre la que existía escasa regulación. Quiso la incongruencia propia de la historia que fuera un hombre de la misma tierra de Facundo Quiroga, el riojano Joaquín V. González, quien estuviera al frente de la redacción del nuevo Código de Trabajo. La norma no podía ser más de avanzada: establecía la creación del Departamento de Trabajo, el establecimiento de foros laborales en la justicia, la jornada de ocho horas, la limitación de las horas de trabajo para los más jóvenes, la prohibición del trabajo para los menores de 14 años, la exclusión de las mujeres de ciertas actividades, el salario mínimo para los empleados públicos, la seguridad en el trabajo y la responsabilidad patronal en caso de accidentes, entre otras cosas. Joaquín V. González no había trabajado solo. Con él estaban quienes harían buena parte de la historia argentina de la primera mitad del siglo XX, desde Manuel Ugarte y Enrique del Valle Iberlucea hasta Leopoldo Lugones y un joven que retomaría la posta del ideario de un reformismo desde adentro en otra coyuntura posterior: Carlos Saavedra Lamas, futuro canciller del presidente Agustín P. Justo durante la década infame y uno de los políticos más brillantes y ambiciosos de su generación.

Joaquín V. González también participaba de la otra epopeya iluminista de Roca: la reforma electoral de 1902. González era el hombre de la hora para todo lo que significara actualizar el régimen y adecuarlo a la nueva realidad. Distintas fracciones del oficialista PAN (que el historiador Natalio Botana calificó como “populistas” en uno de los usos más tempranos del concepto) convergían con la oposición enérgica de la Unión Cívica en la necesidad de revisar la forma de elegir a los representantes políticos. González logró que el congreso aprobara la ley que establecía una serie de innovaciones en el sistema electoral, la confección de los padrones y las instituciones a cargo de las elecciones, y que anticipó la Ley Sáenz Peña que una década después buscaría garantizar el sufragio universal masculino.

Sin embargo, son muchos los problemas de la estrategia de una reforma controlada, y todos hicieron eclosión en el mismísimo 1904. Las elecciones de ese año demostraron que la reforma electoral tenía el potencial de transformar el mapa político de la Argentina: precisamente por eso fue derogada al año siguiente. En cuanto al ambicioso Código de Trabajo, la oposición logró que el proyecto quedara congelado en el congreso. Socialistas y sindicalistas veían en la iniciativa una forma de injerencia del Estado en la fábrica que, a los codazos, desplazaba a los gremios, justo en el momento de una extendida protesta social. A diferencia de la reforma electoral y el Código de Trabajo, la Ley de Residencia ya llevaba dos años de plena vigencia en 1904 y el aparato represivo estaba lo suficientemente desplegado como para que durante las protestas del 1º de Mayo de ese año la policía reprimiera una marcha de más de cincuenta mil obreros en La Boca, en la que fue asesinado el trabajador portuario Juan Ocampo, cuyo cuerpo, en un ominoso precedente, fue luego robado por la policía durante el velatorio sin que nunca pudiera ser recuperado.

El año 1904 era el último de la presidencia de la figura más destacada del período de mayor prosperidad de la historia argentina. Roca, que se imaginaba partiendo al frente de una élite iluminada que abría la transición ordenada hacia un futuro de paz, terminaba como solo esas imaginerías suelen terminar: sin la legislación laboral que había promovido, sin la reforma electoral y con la ley represiva más infame vigente, encabezando el gobierno que ese mismo año perpetraba el primer asesinato de un trabajador por las fuerzas represivas y se atribuía así el primer desaparecido de la Argentina.

Una vez más, la actitud de las élites de cara a los festejos del centenario de 1910 iba más allá de la caricatura autocelebratoria asociada al concepto de “oligarquía”, que también existió. Los mismos grupos que aplaudían el centenario con una inserción única de la Argentina en el mundo de la prosperidad veían sus propios logros jaqueados. En la década que precedió a los festejos, recordaba el socialista Nicolás Repetto, hubo más de cien huelgas en la industria y el agro, seis paros generales, cinco declaraciones de estado de sitio y cinco matanzas obreras a manos de fuerzas de seguridad; se sancionó la Ley de Residencia y se perpetró el asesinato del jefe de la policía, Ramón Falcón, como venganza por la masacre cometida por la fuerza bajo su mando. Nadie era ciego, ni podía serlo. Para muchos era una sensación de amenaza. Para otros, como Sáenz Peña, un clima de final de época que buscaban reorientar mediante reformas políticas.

Si Joaquín V. González era el hombre de la vieja guardia que venía a renovarla, Saavedra Lamas era el joven que llegaba a la política para dirigir sus destinos futuros. Lector de Marx y Spencer, al tanto de las teorías y tendencias políticas más de avanzada para la época, Saavedra Lamas llevaba en sí mismo el ADN de la élite: bisnieto del presidente de la Primera Junta, Cornelio Saavedra; nieto del gobernador bonaerense durante la presidencia de Mitre, Mariano Saavedra, su familia habitaba América desde la época de la conquista. Una prosapia que tomó nuevo vigor con las decisiones propias, al contraer matrimonio con Rosa Sáenz Peña, hija del futuro presidente argentino Roque Sáenz Peña. ¿Una élite endogámica? Seguramente, pero una élite que al mismo tiempo podía generar protagonistas novedosos. Por algo Saavedra Lamas inauguró su estudio jurídico en la calle Florida con especialización en derecho del trabajo, un campo mayormente inexistente en el universo de preocupaciones de las familias patricias argentinas. Culto y dandy, celebrado como el “embajador del London chic en Buenos Aires”, Saavedra Lamas se inició en la política porteña junto con el siglo, trabajando en la municipalidad como asesor, antes de ser designado a los 27 años como director de Crédito Público de la ciudad de Buenos Aires. De ahí en más se asoció a las causas reformistas con las que los gobiernos de la república posible imaginaban la república verdadera. Desde 1908, como diputado (por la ciudad de Buenos Aires primero, por la provincia después) participó, como señalamos, de la redacción del Código de Trabajo con Joaquín V. González, pergeñando un lugar para los trabajadores en la sociedad de la que él mismo era un centro de gravitación importante.

Así es como compartió los preparativos y ejecución de la Ley 4824 que cambiaría profundamente la cara de la ciudad de Buenos Aires. La norma, sancionada en 1905, más conocida como la “Ley Irigoyen de casas baratas”, respaldaba a los municipios para que construyeran complejos habitacionales para obreros. En Buenos Aires, el intendente Carlos Torcuato de Alvear obtuvo los terrenos y los fondos para que en 1907 se iniciara la construcción del Barrio Butteler en un sector del Parque Chacabuco, el primero de una serie de complejos que crecerían en la ciudad y que aún son parte de su estética inconfundible. Muchas de las casas eran de gran calidad, y aunque la oferta era insuficiente para la cantidad de gente viviendo en los conventillos, señalaba una dirección de inversión pública e inclusión.

Una foto de ese espacio de política pública encierra las contradicciones de la élite que se iba y los desafíos de la que vendría. En el caluroso mediodía del 15 de diciembre de 1907, el presidente José Figueroa Alcorta se acercó a Parque Chacabuco para inaugurar la construcción del Barrio Butteler. La delegación no podía ser más expresiva de ese tiempo de transformación. En el palco, junto al presidente y al intendente porteño, aparecía Carlos Thays, el arquitecto y paisajista que renovó los parques y el paisaje del país para ponerlos a tono con la opulencia de una república venturosa. Junto a él, Saavedra Lamas, el joven que venía a integrar las nuevas camadas de funcionarios. En la misma tarima se paraba el jefe de la Policía Federal, el coronel retirado Ramón Falcón, cuyo bautismo en el cargo apenas meses atrás había sido, justamente, la represión a una protesta de inquilinos. Un poco más allá de Falcón estaba Alfredo Palacios, el primer diputado socialista de América y uno de los más entusiastas defensores de los derechos de los trabajadores.

La época iba a llegar a su fin en 1912, con la reforma electoral conocida como la Ley Sáenz Peña, bajo la cual haría ingreso en la política el primer movimiento populista de la Argentina. Roque Sáenz Peña había llegado al poder en 1910 decidido a encabezar una suerte de final de época. Aún antes de asumir se había reunido con Hipólito Yrigoyen, la bête noire del régimen, para ofrecerle un cargo en el gobierno, una osadía que deja al Pacto de Olivos del final de siglo a la altura de un juego de chicos. Era tan claro que la reforma electoral abriría las puertas para la llegada de un cambio radical que Indalecio Gómez, uno de sus redactores, hizo un cálculo de cómo se repartirían los votos tras la aprobación de la ley que fue casi exacto a lo que ocurrió cuatro años después.

El régimen había ido cambiando desde adentro y desde afuera. En el interior del país, el roquismo, que había llegado a lugares como Jujuy de la mano del Ejército y las intervenciones federales, había progresado hacia una élite política, con un grupo de propietarios y alguna forma de vida social. En la ciudad de Buenos Aires, la revolución de 1890 había transformado las elecciones en eventos relativamente competitivos (lo que en parte explica eventos como el del Barrio Butteler); en la provincia, la lucha era entre el PAN, la Unión Cívica Nacional y la Unión Cívica Radical. Distante de la imagen de un bloque incapaz de registrar al país de abajo, la política de las élites reflejaba los cambios de la época. El Roca de la presidencia era la cara de un gobierno en el que, como señala la historiadora Paula Alonso, “negociar, negociar, negociar, fue el dictum de la política”.[37] Negociar para cambiar sin perder demasiado. Como se escuchaba en el Teatro Avenida durante un acto en apoyo a la candidatura de Sáenz Peña en 1909: “No nos empeñemos vanamente en conservar la línea originaria. A la incorporación de elementos ajenos, debemos nuestra prosperidad y nuestra fuerza”.[38] Solo faltaba un detalle: los votos.

Postdata para la prehistoria del antipopulismo

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