Kitabı oxu: «La carne del mundo»

La carne del mundo
ESTEFANÍA LÓPEZ SALAZAR

LETRA X LETRA
–NOVELA–
López Salazar, Estefanía
La carne del mundo / Estefanía López Salazar. -- Medellín: Editorial EAFIT, 2019
124 p.; 24 cm. -- (Letra x letra)
ISBN 978-958-720-596-1
1. Novela colombiana. I. Tít. II. Serie
C863 cd 23 ed.
L864
Universidad EAFIT – Centro Cultural Biblioteca Luis Echavarría Villegas
La carne del mundo
Primera edición: septiembre de 2019
© Estefanía López Salazar
© Editorial EAFIT
Carrera 49 # 7 Sur - 50, Medellín. Tel. 261 95 23
http://www.eafit.edu.co/fondo Correo electrónico: fonedit@eafit.edu.co
ISBN: 978-958-720-596-1
Edición: Juan Felipe Restrepo David
Corrección: Lina María Parra y Carmiña Cadavid
Diseño y diagramación: Alina Giraldo Yepes
Imágenes de carátula y guardas: Débora Arango, La mística. 1940. Acuarela, 99 x 66 cm., Colección Museo de Arte Moderno de Medellín
Universidad EAFIT | Vigilada Mineducación. Reconocimiento como Universidad. Decreto Número 759, del 6 de mayo de 1971, de la Presidencia de la República de Colombia. Reconocimiento personería jurídica: Número 75, del 28 de junio de 1960, expedida por la Gobernación de Antioquia. Acreditada institucionalmente por el Ministerio de Educación Nacional hasta el 2026, mediante Resolución 2158, emitida el 13 de febrero de 2018
Prohibida la reproducción total o parcial, por cualquier medio o con cualquier propósito, sin la autorización escrita de la editorial
Editado en Medellín, Colombia
Diseño epub:
Hipertexto – Netizen Digital Solutions
Para Angélica, Martha y Alicia:los principios de mi universo.
Todo lo que amamos, si no se puede decir,Se habrá perdido para siempre.
Fredy Yezzed
Siento que en el color hay cosas que surgen en mí a medida que pinto, y que antes no poseía;cosas grandes e intensas…
… Si un pintor pinta lo que ve,sigue siendo alguien.
Vincent Van Gogh
Una novela de Graham Greene trae la advertencia:“Esta es una obra de ficción. Ninguna de las personasque aparecen en ella se asemeja a una persona vivao muerta, etc., etc. Londres no existe”.
David Shields
I
FRAGMENTOS DE DIARIO
OCTUBRE 24 DE 1938
Esta tarde descubrí que la magia me pertenece: sentí una concentración inusual que me volcó sobre el papel. Yo solo tuve que repasar la imagen, de prisa. Antes había pasado algo similar, pero no tan fuerte, hoy es un día distinto.
Pero, no es nada de lo que pueda presumir con mis amigas porque parezco un gato enjaulado antes de que venga la alegría. En esos episodios sé que hay una cosa que quiero hacer y no sé cómo. Además, no sé por qué solo parezco quererlo yo.
Lo reitero, ¡no es nada de lo que quiera hacer una historia! Solo quiero dominarlo o al menos entenderlo.
Por eso me muevo: porque me angustio si estoy quieta. Necesito agotarme, luego aparece el truco y me estalla el corazón. A veces creo que estoy loca: ¿acaso alguien ama los colores como yo? Como no van a entenderme evito decir a los demás lo que pienso, río de cosas que no me generan la menor emoción y finjo que me importan sus deseos, pero lo único que quiero es pintar. Soy feliz pintando y no puedo hacer nada más. Porque cuando no lo hago quedo melancólica. Muchas noches sueño con las imágenes a las que les debo un espacio en el lienzo.
Pero, también mi desazón es pintar, no puedo negar que a veces soy el lienzo en blanco y las tristezas que veo en todas partes hacen que caiga enferma. Hoy he hecho magia porque pude entender el dolor y le pinté un rostro. Miré al monstruo y lo encerré en mi espejo. Lo reitero, no todos los días tengo la misma suerte. Tal vez mañana estas líneas no sean las mismas.
Carlos me preguntó: “¿cuál es tu impulso vital?”, yo pensé un rato pero no le contesté. Tal vez pensé mucho, debí decirle lo que de verdad estaba pensando, pero a veces uno es muy bobo y no se cree. Debí decirle, así, sin pelos en la lengua: “¡a mí lo que me mueve es la intuición!”, esa es mi única certeza.
Se lo hubiera dicho porque, aunque nadie me crea, no hay nada más cercano al contacto con cada órgano del cuerpo. La intuición es una sensación que mueve desde adentro. Es uno en su integridad. No importa cuánta distancia se mida entre la punta de los pies y el fin de la cabeza, uno es completo como un árbol, como la noche, y omnipresente como el viento, como el dolor, como la verdad: uno tiene que creerse.
Gracias a la intuición me siento completa y al tiempo parte de todo. Escucho hablar al mundo y sé que, así como la gente, también los objetos tienen historias. Hay en ellos una fuerza: la de la tristeza que los cubre con esa pegajosa capa blanca de soledad. No por imposición, sino a plena conciencia, dejo correr la sustancia de mis deseos. Me interno en la oscuridad con la única luz que da la intuición.
No hay otra forma de ser uno mismo ni de acercarse a Dios, la impostura oscurece la fe. Esta soy yo, lo aprendí temprano: a mí me gustan las cosas que me arrancan el alma.
II
A PRIMERA HORA
La despierta el vuelo aflautado del cacique candela arrastrando la primera capa del sol. Una tela se desteje del párpado compacto: trasluce el amanecer. Puntadas de cordura empujan hacia atrás esa otra vida del sueño, la vigilia arroja victoriosa el desorden de imágenes oníricas, su turno volverá en la noche.
Ella frota las manos sobre los ojos y las desliza hasta la boca alargando un bostezo, luego trenza los dedos tras el cuello y arquea la espalda, un calambre que se anuncia en el lateral derecho la obliga a bajar los brazos. Se incorpora y permanece sentada el tiempo suficiente para agudizar los sentidos. Una cuerda invisible tensa su estómago, respira.
Es hora de andar.
Sus hermanos le han dicho que camina como un gato. Es menuda y de movimientos serenos. Tiene la figura tranquila y contundente de un felino. Mueve la cortina y se encuentra con un sol recién nacido que repasa las cosas. El rocío flota sobre las hojas del mandarino: imagina lágrimas de alegría. Se estira hasta la mesa de noche y toma su libreta, escribe:
OCTUBRE 25 DE 1938
El dolor es el signo de mi corazón.
Otra vez soñé con la anatomía, con fragmentos de cuerpos en movimiento, sentí colores, hablé con los gestos. ¡¿De qué manera puedo escribir o pintar eso?! Cuando el musgo vibra me dice cosas que no logro traducir porque al despertar pierdo la imagen. Solo me queda la seguridad de que en esa vida paralela de la que acabo de salir estaba convencida de lo vivido tanto o más que ahora, pero luego nada, pierdo el sueño mientras recupero el cuerpo.
Lo poco que puedo ver son algunos trazos. Recuerdo las manos desde las muñecas hasta las falanges de los dedos, luego los rostros que cuelgan y los ojos desorbitados –trazarlos pálidos, verdes–. Lo que importa no es reproducirlos, no se trata de imitar lo soñado sino de alcanzar la expresión: mantener la sensación del sueño y llevarla al color.
¿Hasta cuándo los otros van a moverme el alma? ¡Hasta que los pinte! Hasta que los pinte van a estar siguiéndome como fantasmas míos. En sueños estuve en la Plaza Mayor como en la tarde, volví a verlo: uno de tantos hombres del campo sin lugar en la ciudad, quería comida para él y para sus hijas.
Cuando cierro los ojos no sé si recuerdo la realidad o recreo el sueño, pero en ambos casos todo es verde, verde musgo. Veo a sus hijas como arbustos viejos pudriéndose detrás del padre, en silencio. Más atrás, la pared añeja corroída por la indiferencia. El padre diluyéndose entre el sombrero y la camisa, sus ojos ya no se inmutan ante el azar: moler los días le ha licuado la esperanza.
Tiene los dedos cubiertos de clorofila y sangran, sé bien que la rabia es lo último que deja de latir. Con gran esfuerzo sostiene a la hija menor en brazos, una barriga prominente aloja en la pequeña la fiesta de los parásitos. Es la vida aprovechando el momento para germinar. ¿Y si fuera un niño? ¿Podría trabajar, salvarles la vida? ¡Pero qué importan las palabras! La imagen es el único lenguaje completo.
Verdes, blancos y rojos. Pálidos –hacer el boceto lo antes posible–.
Yo soy, ante todo, una pagana. Venero cuanto objeto hay en el mundo que es tocado por la luz. El olor, la brisa, el color son las formas que para mí tiene la belleza. Hay algo que debo hacer. La vida vibra con su hermosura natural. Hay oscuridades que voy a iluminar a pinceladas. Por eso tengo que entrar a los sitios privados: para registrar la vida. Después, gritar con el color, mostrar su olvido anémico o su furia.
Cuando la nana entra en el cuarto la encuentra sentada en una butaca junto a la ventana, está concentrada en su diario. “Amaneció ensimismada”, piensa Anselma y acierta porque la conoce desde siempre. “La niña Rufa”, recuerda que así le decían a Elisa hace más de veinte años cuando ella llegó a trabajar a la casa; “¿veinte años?, ¡qué vieja estoy!”, dice para sí sorprendida y se pone a rumiar el pasado. No logra entender cómo es que todo pasa tan rápido, cómo se volvió vieja y cuándo fue que de la pequeña tímida y enfermiza de su memoria brotó esta señorita de facciones finas y carácter pulido.
Elisa cierra la libreta y ve a su nana recostada en la jamba de la puerta, con la misma cara triste que no se le quita con ninguna alegría, mordiéndose las uñas con esa terquedad que le hace sangrar los dedos.
—¡Ave María Anselma, dejá de morderte esas uñas! –le dice Elisa, despertándola del ensueño–, ¿viniste a avisarme que llegó Carlos?
—Sí, sí, pa eso vine, mi niña –responde la nana apresurada–, la espera hace un buen rato.
III
UNA SEÑORITA EN GUAYAQUIL
Cada vez que Carlos visita a Elisa va directo al patio: la fuente que hay en medio le produce una sensación infantil de sortilegio. Hoy no es la excepción, escucha el movimiento del agua con los ojos cerrados y espera. Pasado un rato la oye caminar apresurada a su encuentro.
Elisa avanza por el pasillo y ve a su amigo en el mismo lugar. A medida que se le acerca repasa sus formas angulosas, juega a imaginar qué expresión tendrá cuando voltee a verla. Trae puesta una camisa blanca sobre la que cuelgan dos tirantas negras que terminan en un pantalón gris, ancho. Elisa ríe: la ropa de Carlos es inmensa, “o se encoge más cada vez que lo veo o la compra cada vez más grande”. Aunque el pantalón es amplio, en el bolsillo derecho resalta su habitual paquete de tabacos.
El hombre voltea y al verla estira los brazos, ella descarga su peso sobre él.
—¡Mi queridísima loca! –dice. Aún con los brazos sobre la espalda de la figura menuda y pequeña de Elisa, siente que ella ríe con la cara pegada a sus costillas. Escucha la estridencia de su risa como si él fuera una caja de resonancia.
—¡Te he extrañado un montón!, tengo cosas que contarte –le explica y lo apura–, pero en el camino hablamos.
El hombre simula resistirse pero se deja llevar a la salida.
—¡Vamos a perdernos la mañana, Carlos! Tenemos que movernos –dice ella.
—Como siempre, mi deber de caballero es advertirte que esto no es de señoritas –remata él llegando a la salida y le guiña el ojo–. ¿De verdad quieres ir a la plaza? –Mira al cielo y arruga el ceño, saca un tabaco del pantalón y, de nuevo, habla–: Hay sitios de más belleza en esta ciudad, pero lo peor es que en la plaza puedes quedar traumatizada. La última vez que fui solo, cuando me abandonaste por ir con tus hermanas a Envigado, vi una pelea de gallos, ¡te lo cuento para advertirte!, fue una terrible masacre. No estoy seguro de que el corazón de una damita de tu alcurnia pueda aguantarlo –le reitera en tono jocoso. Luego tapa el viento con la mano y aspira tres veces el tabaco apretado entre el pulgar y el índice. Manchas rojas se extienden en la punta del cigarrillo hasta cubrir la circunferencia. Después de la última bocanada degusta el humo y voltea a verla.
—Mírame cómo tiemblo –le responde su amiga con los brazos cruzados.
—¿O sea que vas a insistir? –dice él, mientras una nube ligera y blanda termina de salir de su boca–, ¡quién se iba imaginar tanto arrojo en un envase tan chiquito!
Ella blanquea los ojos y mueve la cara de un lado a otro. Conoce sus particulares halagos.
—No es valentía, es que el mundo real es ese y no me lo pienso perder –concluye mientras retoman la marcha.
La claridad se alza sobre la hilera de casas. El viento matutino se arremolina en las esquinas. La suciedad de las paredes se confunde en la prolongación de fachadas blancas, iguales. Grandes vanos enmarcados en dinteles y jambas rústicas dan profundidad a la imagen. El verde de las montañas, el azul de las más lejanas, sumen en un paisaje campesino a las dos figuras que se alejan en la calle.
Pasados unos minutos están cerca de la plaza. La ciudad se delinea entre guayacanes, acacias y palmeras. Al fondo resalta una extensión rectangular de pilares simétricos bajo un techo de pizarra hexagonal. De cerca, los que eran sombras a la distancia adquieren vida bajo el sombrero y el poncho. En la parte trasera de los carros, alineados sobre el cuadrilátero, una multitud de hombres remueve bultos teñidos de marrón. Los alzan en hombros o en grandes carretas formadas por tablas y dos ruedas. Todos ingresan a la Plaza de Mercado de Guayaquil y salen sucesivamente a continuar con la labor. Junto a los vehículos, los caballos agachan la cabeza mientras los cargan con bultos de café. El olor a tierra y a fruta madura se propaga a medida en que asciende el sol. Las jaulas arrumadas a un costado de la plaza esperan para el viaje a las veredas.
Los rostros pálidos se funden con las esquinas: polvo, cal y tierra. Hay quienes se niegan a renunciar a la noche, mientras otros están en jaque sobre la mesa. El salón delantero del Bar sin nombre está lleno de arrieros que han pedido el primer tinto del día. Las paredes están atiborradas de imágenes del muy afamado Carlos Gardel, a su lado Margarita Cueto y, en el centro, la letra de una canción de Alfredo Le Pera, enmarcada en madera gruesa: “en tus muros con mi acero yo grabé nombres que quiero”.
Rompiendo la profundidad del salón hay una barra larga junto a la cual está la joya del lugar: un piano fieramente custodiado por tachas de hierro. El aparato maniático se lamenta con voz de compadrito, luego varía la música y nace el quejido largo del campesino antioqueño. Las vibraciones multicolores atrapan la mirada. Al fondo, el reservado cubierto por cortinas rojas y pesadas.
Cuatro saloneras se acercan a las mesas para atender a forasteros y lugareños: dos lucen casi infantiles, otras dos ya marchitas. Custodia la barra una mujer mayor de rasgos fuertes y cejas amplias. Su rostro abotagado descansa sobre la mano derecha mientras espera a que las empleadas le pidan otros servicios.
Elisa y Carlos entran al bar. Detrás de las cortinas carmín se escuchan gritos. Dos hombres ríen al ver a Elisa ingresando al lugar. “Una monja en la casa del diablo”, se escucha decir. Carlos hierve cada vez que ofenden a Elisa. Aunque vayan juntos, su presencia en espacios masculinos no deja de ser motivo de burla.
—Solo voy al baño –lo tranquiliza Elisa acariciándole el brazo–. Ve y toma algo. Ya vuelvo.
Él arquea las cejas con resignación. Debe aceptar que ese es el motivo de la visita. Se acerca a la barra y pide un tinto doble. La mujer lo mira de arriba abajo, luego toma un pocillo, lo estrega con un trapo por dentro y lo pone bajo la greca. Carlos inspira el olor del café. La mujer deja el pedido frente a él y se dirige al reservado.
Al llegar al piano la cantinera se encuentra con Elisa. Su figura no encaja en el lugar. Repasa la pieza gris, ascética, que constituye el vestido de la muchacha, ¿cuántas mujeres tan vestidas entran a diario? Sin embargo, no da mucha importancia al asunto, vuelve a lo urgente, a la algarabía de otro amanecer en Guayaquil.
Una rubia arrastra la voz mientras grita reclamándole al hombre en la mesa. Es por una salonera, le entiende la administradora al llegar a la escena. Esta, ahora más malencarada, le hace ademanes al hombre para que se retire del sitio. El joven la calma transando con ella el consumo de otra botella. Mientras la mujer se aleja, la rubia pasa de la furia al llanto.
Escondida junto al muro del baño, Elisa saca su libreta para representar la escena: la rubia triste recuesta el rostro en su brazo apoyado sobre la mesa, el pelo ensortijado y despeinado está en el primer plano. Pinta detrás a la administradora: el vestido floreado, la pañoleta amarrada al cuello, el gesto displicente, la nariz larga, las orejas grandes, el rostro de trazos bruscos. El boceto concluye con el perfil del caballero: tiene un trago en la mano derecha mientras que con la otra hace señas para el nuevo pedido. Elisa recuerda marcar al fondo la cortina. La imagen no tiene eco sin ella. El reservado es la esencia del bar. No puede ocultar el placer que siente al captar una realidad que como mujer se le niega. Al salir pasa por el lado de Carlos y le señala la puerta. Él ha terminado su café y exhala aliviado. Por lo pronto se van del bar, rumbo a la casa de la pintora.
—Y, ¿qué fue lo que pasó atrás? –dice él mientras se alejan del bar.
Un pájaro de pecho rojo vuela bajo y se dirige al río. Elisa repara en él.
—Que encontré lo que estaba buscando, ¿ves que no íbamos a demorarnos mucho? –le extiende la libreta.
Él sigue andando, con una mano agarra una de sus cargaderas y con la otra sostiene la libreta y evalúa la expresión en las figuras.
—La potencia la tiene la cantinera –asegura cuando sale de su letargo–. Está tan tensa que hace contraste con el abandono de la mujer en la mesa. ¿Vas a mostrársela al maestro? –La mira y le devuelve la libreta.
Ella se detiene un momento en la hoja.
—A pesar de que es distinto a Barcenilla, no estoy segura de que me apoye si quiero pintar algo más que florecitas y bodegones. Como bien lo dijiste esta mañana, estas no son cosas de señoritas.
La mañana está terminando. Ya han llegado los arrieros a la Plaza Mayor. Se escucha, a lo lejos, el zumbido metálico de las herraduras de los caballos sobre la piedra. Otro pájaro pasa en dirección al agua clara del río Medellín. La mañana en decadencia se salpica de los olores a cebolla y ajo que ahora se arrojan a la vía desde las ventanas abiertas de las casas.
—¡Muéstrasela! –dice él sacando un tabaco del pantalón–. Es un hombre de libertades artísticas y la imagen es buena. ¡A nadie tiene por qué importarle cómo la obtuviste!
Ella alza las cejas y vuelve a torcer los ojos.
—Voy a pensarlo, esta tarde veré al maestro en el Ástor, también irán las compañeras. ¿Te acuerdas que te conté que con las del grupo de pintura íbamos a hacer nuestra primera exposición?
—¡Por supuesto!, el maestro también me lo había anticipado –responde él. Luego chasquea los dedos y la mira con los ojos muy abiertos–. ¡Pero Elisa!, ¿no fue la semana pasada?
—Así fue mi querido despistado, llevo toda la mañana esperando a que me preguntaras. ¡Ojalá hubieras estado en la ciudad!, yo andaba matada de la dicha porque por fin iba a mostrar lo que había hecho en varios meses de trabajo. Además, el maestro dijo que mi cuadro, el de los pajaritos, iba a ser el primero que viera el público.
—Pero qué alegre noticia. ¿Cómo no me contaste eso desde el principio Elisa? –dijo mientras detenía el paso–. ¡Esto hay que celebrarlo!, pero a ver, cuéntame los pormenores.
—Qué más puedo decirte, lo que antes te había anticipado, el maestro consiguió apoyo y nos prestaron una casa cerca del Club Unión, imagínate cómo estaba, ¡feliz!, aunque la dicha no me duró mucho. ¿Cómo te parece que, de un momento a otro, mi pintura resultó colgada en la última habitación?, ¿puedes creerlo? Yo estaba furiosa.
—Y por supuesto que habrán sido ellas, Elisa. Que conste que yo te había anticipado las intenciones de tus compañeras, fuiste tú la que no me creíste. Pero ¡tienes que seguir adelante con tu aprendizaje!, ya lo habíamos hablado, este medio está lleno de envidia y sigue siendo motivo de agasajo la exposición por sí misma, mucho más si el maestro vio cualidades suficientes en tu pintura como para hacerte ese reconocimiento.
—Tienes razón, me halaga que el maestro crea en mi trabajo, lo que importa es seguir con esmero, perfeccionar, intentar técnicas distintas. Entonces, ¿te parece si celebramos con un almuercito de Anselma? Se nos está haciendo tarde para volver a la casa.
Deprisa, la claridad se ha apoderado del día. Una barrera amarilla dificulta la vista de las hileras de casas. El viento matutino, ahora más pesado, arrastra las gotas del río hacia el cielo. La suciedad de las paredes crece a medida que los caballos golpean las piedras levantando polvo con los cascos. Grandes vanos enmarcados en dinteles y jambas rústicas dan idea de profundidad. El verde de las montañas cayendo en el valle enmarca en un paisaje campesino a las dos figuras que se alejan.
IV
CUADROS QUE NI UN HOMBRE DEBERÍA PINTAR
NOTICIAS EN EL ASTOR
En el salón de té tres de sus alumnas lo esperaban en la primera mesa. Lo vieron desde lejos. Traía puesto un pantalón gris, camisa blanca y una boina negra, del brazo derecho colgaba su abrigo. Al verlas les hizo un guiño: apoyó el índice izquierdo en el puente de sus gafas y las deslizó hasta la punta de la nariz. Antes de llegar donde sus pupilas lo abordaron dos hombres. El maestro Justo López Belmonte hizo una señal a aquellas y se sentó en la mesa contigua con los caballeros.
Las alumnas se habían acostumbrado a esperarlo cuando estaban en un sitio público. El maestro era un hombre reconocido, querido por muchos y odiado por otros pero, en todo caso, un personaje notorio. Quienes se le acercaron esa tarde fueron Mauricio Pimiento y Omar Eduardo López, ambos directivos de la Sociedad de Artes Pictóricas de la ciudad. Las discípulas estaban ansiosas por aquella conversación: querían saber si la exposición realizada en días pasados había surtido algún efecto.
Las mujeres movieron las sillas de forma que una de ellas quedara cerca de la mesa del maestro, esta agudizó el oído cuidándose de no llamar la atención. Las otras dos disimularon hablando de los transeúntes. “La vía del resbalón” era famosa por ser corredor de hombres y mujeres de clase alta, quienes paseaban luciendo a la moda. Era también el lugar en el que los muchachos y muchachas de las mejores familias se reunían a tomar el algo. Acceder a la mesa principal del salón de té era estar en primera fila de la actividad de la ciudad, todo un privilegio dada la antelación que exigía la reserva. Rosa, Emilia y Paula llegaron temprano, con el tiempo suficiente como para tomar la media mañana y esperar al maestro hasta el almuerzo. A sus otras dos compañeras las citaron al medio día.
Eran cinco las mujeres que conformaban el grupo de discípulas del pintor. La primera en solicitar su tutoría fue Rosa González de Uribe, esposa del alcalde. Luego, pidieron ingresar otras señoritas. Las aceptadas fueron Emilia Pardo, Paula Berrío, Lucía Vásquez y Elisa Duque. La señora de Uribe era la más experimentada de las aprendices. Desde su juventud dominaba a la perfección las técnicas pictóricas tradicionales ya que sus primeras lecciones las había tomado en la institución de Bellas Artes, dirigida por el famoso artista Ernesto Barcenilla, de quien había aprendido los usos canónicos de la acuarela y el óleo.
La esposa del alcalde buscó la instrucción del maestro Justo López Belmonte cuando este retornó al país, circunstancia que motivó su salida de la institución regida por el pintor Barcenilla. En aquel momento era toda una novedad el pintor recién llegado de Europa, así como la discusión de este con el hasta entonces máximo exponente de la pintura en la ciudad y director de la institución de artes. Para López Belmonte el arte debía irrumpir dentro del orden político y moral afectando la vida práctica, pero para Ernesto Barcenilla, ideólogo purista, hablar del arte con sentido social era una burda manera de cubrir la mediocridad en la ejecución artística.
Esta ruptura conceptual los separó como amigos, en particular porque en la acalorada discusión López Belmonte señaló a Barcenilla de “fósil cultural”, a lo que el ofendido respondió con el apelativo de “sofista de mediopelo”. Los pintores de la ciudad se dividieron entre barcenillistas y belmontistas, los unos siguieron bajo la dirección de Barcenilla en la institución formal, mientras los otros decidieron agruparse a distancia de las imposiciones académicas para llevar a la práctica la acción social del arte.
Las cinco alumnas que tenía el maestro demostraban su apertura libertaria. Para la institución de artes en la ciudad el papel de las pintoras se había ceñido a un mínimo espacio de movilidad: el del arte doméstico o decorativo. De la mano de López Belmonte, Rosa y sus compañeras conocieron una pintura distinta: la de una realidad sin aura. Sus representados ya no eran sujetos ideales, sino personas del cotidiano. El maestro las incentivó a renovar los intereses habituales de la pintura femenina y a utilizar con mayor soltura las técnicas tradicionales.
Gracias a la visión del maestro se había realizado, por primera vez en la ciudad, una exposición compuesta en su totalidad por artistas mujeres. Las alumnas estaban a la expectativa ya que él les había adelantado que, dado el éxito de la exposición, las clases tomarían un nuevo rumbo. Esa era la razón del almuerzo.
Rosa se cercioró de que el maestro ocupara la silla frente a la suya. La alumna estaba preocupada por la extraña manera en que este trataba a la más joven de sus pupilas y así se lo había comentado a sus compañeras. No le gustaba la forma descarada en que Elisa quería ser reconocida. Había llegado al grupo de un momento a otro y quería liderar exposiciones sin tener en cuenta el tiempo de trabajo de las demás y las jerarquías.
Elisa Duque había sido aceptada como discípula de modo distinto a las demás, si se quería, forzado. Había perseguido al pintor para que le permitiera participar de las clases. A pesar de que, en principio, él no quería incluir a más alumnas, en apenas pocos meses Elisa parecía tener el dominio sobre el artista, al punto de que, en la exposición que las alumnas habían hecho, López Belmonte había asignado el mejor lugar de la sala para la novata. Rosa solo lo supo el día de la exposición y sin pensarlo dos veces la reubicó en la parte trasera.
Cuando el reloj señaló el medio día las dos alumnas que faltaban llegaron al lugar. También se sentó a la mesa el tutor, quien puso su saco en el espaldar de la silla de mimbre antes de saludar.
—¿Cómo están, pues, mis queridas muchachas? –dijo mientas veía llegar a la mesera. Una jovencita con vestido negro sobre el que se ajustaba un delantal blanco le hizo reverencia al pintor. Este le pidió un jugo de mandarina y el plato del día. Las alumnas también se acogieron al menú.
El pintor se acomodó en la mesa y limpió sus gafas mientras empezaba a hablar:
—Señoras, las cité por intermedio de Rosita, porque quiero que no pase de largo el éxito de la exposición y los múltiples comentarios favorables que me han hecho –Se puso las gafas y aterrizó una mira cálida sobre las alumnas–. No más hace un momento estaba con dos de los directivos de la Sociedad de Artes Pictóricas y ¿qué creen? Pues me estaban preguntando por ustedes, asumo que lo intuyeron desde que me vieron allí sentado, ¿no? Lo cierto es que ellos quedaron muy impresionados con algunos de los cuadros que vieron ese día. Así que, si lo que queríamos era darle visibilidad al proceso tan importante que están viviendo, estoy seguro de que se logró esa empresa. A ver, pero digan algo, pues. –Llevó el vaso anaranjado a su boca y vació el contenido.
—Si me permite maestro –intervino Emilia, carraspeó y continuó–, es de gran valor su aporte para nosotras. Creo que, igual que yo, todas estamos complacidas con la acogida de la exposición, por eso, si no es mucha molestia, denos más detalles, ¿le dijeron algo más específico los señores?
—Pues son directivos de la Sociedad de Artes Pictóricas –explicó López Belmonte–, qué más les puedo decir, no me hubieran buscado de no haber visto gran potencial en sus obras. No puedo más que ratificarles lo que ya saben, que estoy muy satisfecho con su compromiso y con la dedicación que han puesto en sus estudios. Naturalmente todas son mujeres talentosas, pero el tiempo y la voluntad son las razones de esta celebración.
Todos se dispusieron a comer. Cuatro meseras sirvieron el almuerzo: sopa de zanahoria, albóndigas en salsa agridulce, arroz amarillo y papas en crema de perejil. En medio de la mesa una canasta de pan y mantequilla.
—Pero bueno, muchachas –se apresuró a continuar el maestro–, además del almuerzo saben que hay algo que quiero decirles, de manera que, sin más rodeos, mi propuesta es que, en adelante, abandonemos el estudio tradicional de naturalezas muertas y demos un carácter realmente humano a la pintura, es decir, quiero proponerles que el próximo curso lo hagamos con el estudio del desnudo. ¿A ver, qué dicen?
Apenas acabó de hablar el profesor, Paula levantó la cabeza con el ceño arrugado ladeándola un poco a la derecha, como si acercando el oído a su tutor pudiera captar un contenido inentendible.
—Discúlpeme maestro, pero no creo haber comprendido, ¿cómo haríamos ese tipo de estudio?
Todo quedó en silencio. Rosa y Emilia habían retirado hacia adelante su plato a medio comer, las otras dos, Lucía y Elisa, ubicadas a la derecha del maestro, tenían también una expresión de asombro, pero con aire de alegría.
—Nada más que eso, mi querida Paula y mis queridas amigas –respondió López Belmonte–, sabemos que tenemos por filosofía la de rechazar la producción monótona. Eso es lo que buscamos. Ustedes han aprendido que hay que canalizar las intenciones profundas, nada de repetir a otros, ustedes no son copistas y eso ya lo hemos corroborado, porque la exposición reveló el verdadero talante del que están hechas.
Levantó el brazo izquierdo y de inmediato una mesera se acercó a recoger los platos. Le pidió un café doble con aguardiente y se dirigió a las alumnas, —A ver muchachas. Más que enseñarles a hacer trazos o a combinar colores, mi apuesta al aceptarlas como alumnas era forjar en ustedes un sentido de lo que hacemos los artistas. Les he dicho hasta el cansancio que la acuarela es fusión metafísica entre el agua y lo material. Que la acuarela y el fresco son la bandera de la patria. El agua se escurre entre las manos del pintor hacia la revelación de una verdad. Esa verdad descubre el trazo, la forma, la técnica y, como mucho les he dicho, técnica es fuerza, pero no hay fuerza sin originalidad. Por eso es necesario que corramos tras lo original, es decir que desnudemos nuestra realidad.
—Pero, profesor –lo interpeló Rosa–, ¿y eso qué tiene que ver con estudiar el desnudo?, ¿no cree que ese es trabajo masculino y que un grupo de señoritas no debería abordar ese tema?
—Difiero de su apreciación, Rosita –dijo el maestro mientras degustaba el tinto que ya había llegado a la mesa–, no hay pintor que pueda llamarse a sí mismo verdadero artista si no domina la técnica frente al cuerpo humano y ustedes están preparadas para dar el paso. Un claro ejemplo de lo que les digo es que, incluso Barcenilla, con lo pacato que es, se ha forjado un nombre en la práctica del desnudo.
Elisa rio por el comentario de su tutor, el maestro siguió con su intervención.
—Es fundamental reconocerse en la razón del colectivo para encontrar el sentido de lo que somos como pueblo, para expresar los íntimos sentimientos que nos recorren la sangre. Se sufre con los colores hasta que se les domina, las formas nos reproducen y dictan el color, y el color al tiempo también dicta sus paisajes. Por eso es necesario acercarse al más importante de ellos: el cuerpo humano.
Rosa, Emilia y Paula lo miraban con rostro de desconcierto, Lucía estaba distraída con el último de los panecillos de la canasta, Elisa, por el contrario, no podía contener la emoción.
—Ustedes han demostrado que son capaces –prosiguió el pintor–, ¡no más de lo mismo!, ahora vamos al reto más grande, ¡qué carajos de paisajitos! El pintor trae a la vida una tela muerta y la convierte en un mundo, pongamos a hablar al hombre: ¡las telas tienen que decir! ¡Ustedes son capaces! Ahora tienen madurez para asumir el oficio, esta vocación nos impone retos superiores. Mis alumnas queridas: más fuerza, más fuerza, es hora de ampliar el alma, sin prisa, pero sin pausa –terminó de decir el maestro con tono encendido.
Hubo un silencio en la mesa que se prolongó por unos segundos, el maestro se percató de que quedaba aún un último trago de café; antes de acabar de tomárselo Elisa habló por primera vez, rompiendo la emoción contenida.
—¡Pero qué dicha, maestro! –dijo casi gritando. Al lado Lucía, su mejor amiga, estalló en una risa estridente.
EN LA CASA DE ELISA
—¡No sigás llorando por esa bobada! –Lucía anima a Elisa–. Ve que aquí estoy yo, para eso me tenés a mí, vas a ver cómo te ayudo, amiga querida. Es que yo sí me di cuenta de que algo pasaba, ¡uy, es que qué rabia!, después vino Emilia y me contó lo de Rosa, ¡pero qué va! ellas todas son de las mismas, eso fueron todas, claro que comandadas por Rosa, porque esas jamás se salen de la falda de la amiga.
Sí, sí, ya sé que esto es muy importante para vos, pero ¿qué querés que hagamos? No te quieren a vos ni me quieren a mí.
¿Cómo que por qué a mí no, Elisa? No ves que yo no soy como ellas, no ves que no tengo ni un peso pa un marco. ¡Qué me van a querer!, si es que hasta les daño el grupo de amigas.
Esas cotorras lo único que quieren es seguir como están y vos les resultás miedosa, porque te ven como competencia.
No me salgás con que no, Elisa, vos siempre tan querida, trayéndotelas para la casa, ¡muy amiguitas, ¿no?!… ¡tan caritativa que sos! Me dan ganas de agarrarte de las mechas.
No te riás que es en serio. Y la boba de la Rosa que cree que porque el marido es el alcalde, eso le da el crédito suficiente para ser la primera en todo: ¡si fueron ellas las que te quitaron los pajaritos que el maestro había puesto al frente en la exposición!, ¡yo vi a Rosa cuando estaba trastiando el cuadro para la última pieza!, y vos, vos que no dijiste nada, ni me dejaste decir a mí, y luego, las pinturas de ellas adelante.
¡No, pues, es que esto era cosa obligada! Pero no pensés que el maestro va a estar de acuerdo con ellas, de segurito que te enseña a vos sola.
¿A mí?... No, Elisa, si yo ya no puedo intentarlo más, ¡no te dije pues que no puedo pagar ningún material!, ¡parame bolas mientras te hablo!, no quiero seguir molestándote a vos. Pero eso es harina de otro costal, después hablamos de mí, que hay una cosa que no te he dicho y Dios sabe que me vas a matar por no contarte.
Que sí, que sí, ¡te lo prometo!, después te lo cuento, pero primero lo tuyo. A ver, te decía que esas señoras no se han salido con la suya. Vos ahora es que te podés sacar la espinita. ¡Pintá mucho, Elisa!, pintá pa que se muerdan el codo. Además, vos tenés a tu familia, ¡y también me tenés a mí!, que si necesitás modelo, la modelo puedo ser yo, ¿ah, qué tal?, ¿y tus hermanitas?, ¡tus hermanitas nos ayudan!
Pero, por ahora calmate, no sigás con esa lloriquiadera y esa furia, pa que podamos solucionar. Lo que pasó ya estaba clarito, clarito el día del almuerzo. ¿Viste que cuando llegaste estaba Rosa con las otras?, desde que las vi supe que iban a armar pleito, es que segurito que estaban pensando que las íbamos a delatar por lo del cambio de sitio de las pinturas tuyas, pero las pobres ni se imaginaban lo que el maestro iba a proponernos.
Es que todavía me da risa cuando me acuerdo de la rabia que tenían. La Rosa con lo mona que es y estaba verde, infladita, infladita, como un sapo apretado.
No te pongás a llorar otra vez, ¡vas a cumplirlo, ya vas a ver!, ¡pero si sos vos la que siempre me anima a mí!, no te aflojés tanto. Recuperate pues. Mirá que el maestro valora tu trabajo, por algo numeró como primera tu pintura para la exposición, otra cosa es que Rosa la haya movido, pero que la tuya era la primera, era la primera, ¡eso lo sabemos!
Seguro que el maestro te sigue enseñando a vos sola.
Proponele que te reciba en la casa, vas a ver que dice que sí. Decile eso, con honestidad, que ese siempre ha sido tu sueño, que vos te soñás con pintar al ser humano de verdad, y pues ¿eso no es lo que él quiere enseñar?, ¿cómo no te va a enseñar a vos sola?, que las otras se queden con Rosa pintándose entre ellas, mientas vos hacés desnudos, mientras vos te convertís en una artista de verdad verdad. Es que ya se les veía desde que entraste en el Astor que te querían tragar.
¡Ah, no!, ¡es que vos nunca te das cuenta de nada!, no pensás mal de nadie, ni aunque el daño te lo hagan en la cara. Ya viste que esta fue la vez. Pues sí, así ahora no me creás yo sí vi la cosa agria, pero no te iba a decir. Yo qué te iba a dañar la alegría si vos estabas saltando como una liebre con la buena nueva.
Mirá, yo te vi llegar cuando ibas por El Resbalón, vos sabés que yo soy como el bobo Lolelo, ¿te acordás que anda corretiando colegialas para pillarlas con los novios y contar en la casa? Eso, reíte pues. Así como el bobo Lolelo, yo me las huelo todas, por eso cuando entré me pillé el aire malo. ¡Oíste, es que vos no te das cuenta de nada!, ¿no te dije?, yo te vi cuando cruzaste la calle, me acuerdo patentico de todo.
Vos estabas entrando con ese caminaito tuyo que parece de gato. Silenciosita y pequeñita, se te escurría la sombra por el mostrador lleno de sapitos de colores y esas canastas de chocolates tan ricos, que yo nunca voy a poder comprar y que tampoco me va a comprar Francisco, pero a ese mejor ni lo invoquemos. Eso, ¿ves que es fácil que te estés riendo?, al menos ya te reís.
Seguime pues el cuento chino, ve, yo te estaba persiguiendo como el bobo Lolelo a las muchachas, a ver si por fin te cazaba un novio, que vos nunca me contás de novios y pa una muchacha tan bonita como vos eso no me parece apropiado. Bueno, mírame pues, que ya viene lo bueno, que es cuando el maestro suelta la noticia.
Entonces vos caminando hacia adentro y ellas en frente tuyo. El Ástor estaba muy bonito, para titinos como es siempre, yo creo que ese sitio es para pura gente muy pispa, con esas mesas anchas y todos esos manteles, las tacitas bien hechas, la gente de plata con sus vestidos de corte y los señores de sombrero extranjero. No, es que, ¡qué pinche!, ¡qué sueño!, ¡ay qué melancolía! ¡cuándo vuelvo yo a pisar el Ástor!
Como vos sabés, al fondo, después del mostrador, están las divisiones para las parejas y al lado los baños, yo rebusqué con los ojos por allá y no las vi, después me vine a dar cuenta de que estaban era justo delante de mis narices. Las bobaliconas esas se habían sentado más cerca del ingreso, en una mesa que daba para la calle, seguro que la reserva la había hecho el marido de Rosa, porque… ¿quién más?, ¡si eso ahí adelante es puro caché pa balconiar!, en esas mesas no cualquiera se sienta.
¡Yo ya sé que vos sabés eso!, pero seguime la caña que, como ya no puedo ser pintora, voy a reportar lo que pase en el mundo por escrito.
¿Que no te parece buena idea?, no me juzgués tan fuerte, no hay cantaleta que valga, ¡yo no puedo seguir pintando!, pero alguna cosa tengo que hacer o me voy a quedar loca con todo esto por dentro.
¡Ve, es que artista es artista!, y pues el papel es mucho más barato que el lienzo y el marco, ¿te vas a atrever a decir que no confiás en mí como escritora? Retomemos pues: vos ibas entrando, yo te reparaba desde atrás, por eso vi que primero te voltió a mirar Emilia, luego Paula y finalmente Rosa. Emilia se acomodó en la silla porque estaba en posición desgarbada sobre la mesa, con la oreja y el cuerpo puesto en no sé qué, que les decía Rosa. Eso sí, se veía que celebraban. La otra, Paula, al lado derecho de Rosa, prestaba atención con un oído y el otro lo tenía atento a la conversación en la mesa de atrás.
Sí, no es invento mío, ¿vos has visto que cuando la gente espía conversaciones, tira los ojos para el lado del oído chismoso?, ¡así estaba!, qué tan metida, ¿ah? Luego vi que el maestro estaba con unos señores en esa mesa. ¡Eran los de la Sociedad de Artes Pictóricas! ¿Cómo no iban a estar ellas al acecho? Después, fue que él nos dijo a todas que lo habían felicitado por la exposición, que “¡eh avemaría qué alumnas tan buenas las que se manda usted maestro!”.
Bueno, bueno, luego de que te vieran ellas, me fijé en que Rosa achicaba los ojos y se forzaba una sonrisa, ¿vos has visto que cuando hace eso parece que la nariz fuera una zanahoria? Eso, esa cara tan falsa fue la misma que le hizo al maestro cuando él dijo que la tuya iba a ser la primera obra en la exposición.
Pero bueno, pa resumirte, cuando el maestro se sentó en la mesa y dijo muchachas queridas y lo demás que siguió, yo te juro, te juro que en un momento me fui del planeta. Yo me vine a alborotar y a totiarme de la risa cuando entendí por tus alaridos qué era lo que había dicho, antes no.
Lo que pasó fue que yo estaba mirando a esas señoras con la ira enconada todavía, porque a vos puede no hacerte desaire ni el propio diablo, pero a mí, si me tocan a mis amigas, no se me baja fácil. Entonces yo que las miraba feo y ahí mismito, veo la mano de Rosa agarrar el mantelito de esa seda linda y arrugarlo todo. Luego, las cejas en picada sobre la nariz de zanahoria, y el colorete que le empieza a subir. No, es que yo sí pensé que ¡qué es esto tan bello!, le va a dar un cutupetu y aquí delante de todos.
Hasta que me interrumpiste el pensamiento vos con esa alharaca. “Qué sí maestro, qué dicha, ¡qué dicha tan grande, eso era lo que yo quería!”, y apenas en ese momento caí en mí, entendí la cosa y me alegré tanto por vos, ya no te iba tocar esconderte en todas partes para pintar el mundo de verdad, y me encajó la cara de la Rosa.
Después, como te acordarás, me quedé el resto del tiempo totiada de la risa.
Pulsuz fraqment bitdi.