Kitabı oxu: «Señores del paisaje»

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SEÑORES DEL PAISAJE

GANADERÍA Y RECURSOS NATURALES EN ARAGÓN,

SIGLOS XIII-XVII

SEÑORES DEL PAISAJE

GANADERÍA Y RECURSOS NATURALES

EN ARAGÓN, SIGLOS XIII-XVII

Esther Pascua Echegaray

UNIVERSITAT DE VALÈNCIA

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© Del texto, la autora, 2012

© De esta edición: Publicacions de la Universitat de València, 2012

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Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

Fotocomposición, maquetación y corrección: Communico, C.B.

ISBN: 978-84-370-9215-7

A mi hija Paula y a la mujer que será un día.A todas las mujeres que sacan su trabajo adelante entrelavadoras, ir al colegio a por los hijos y preparar la cena;a todas aquellas, sobre todo, que lavan en el río,llevan el niño a la espalda o cocinan en el suelo

ÍNDICE

AGRADECIMIENTOS

INTRODUCCIÓN

Consideraciones sobre Historia Medioambiental

Consideraciones sobre la ganadería medieval y moderna: algunas reflexiones historiográficas

Consideraciones sobre el Aragón preindustrial

Estructura del libro

PRIMERA PARTE: PAISAJES Y COMUNIDADES

LAS CATEGORÍAS SOCIOCULTURALES DE REPRESENTACIÓN DEL PAISAJE EN EL MUNDO RURAL MEDIEVAL

Documentación escrita y medio ambiente

Documentación regia y eclesiástica sobre ganadería

Documentación jurídica

Crónicas de viajeros

Comunal, comunales, ganadería y recursos naturales

SEGUNDA PARTE: COMUNIDADES Y RECURSOS NATURALES

INSTITUCIONES GANADERAS EN LOS VALLES PIRENAICOS

Economías de montaña

De la economía de montaña al plano

La organización de los valles del siglo XIV al XVI

Cambios de la Edad Moderna: arrendamientos, pestes y conflictos

Una comparación con las comunidades de aldea ibéricas

Concepciones y criterios de gestión medioambiental

EL VALLE DEL EBRO Y LA CASA DE GANADEROS DE ZARAGOZA

Comunidades y organizaciones en el valle del Ebro: los ligallos

La Casa de Ganaderos de Zaragoza: dehesa, manifestaciones y repartimientos

Cambios constitucionales del siglo XVII y medio ambiente

Concepciones y criterios de gestión medioambiental

TERCERA PARTE: RECURSOS NATURALES Y PAISAJE

GANADERÍA Y PAISAJES DE MONTAÑA EN PIRINEOS Y TERUEL

Paisajes culturales Transformaciones desde el Holoceno

Paisajes ganaderos pirenaicos

Paisaje ganaderos de Teruel y Albarracín

GANADERÍA, RECURSOS NATURALES Y PAISAJES EN ZARAGOZA

El tiempo en los paisajes de Zaragoza

Usos del suelo y conflictos por los recursos naturales tras la conquista cristiana

Recursos naturales y económicos bajo presión y recursos reproducidos

CONCLUSIONES

BIBLIOGRAFÍA

MAPAS

APÉNDICES

AGRADECIMIENTOS

Durante los años de preparación de este libro he contraído muchas deudas, casi todas impagables. En primer lugar estoy profundamente agradecida a la Universidad de St. Andrews (Escocia), donde desde 1998 hasta el año 2008 realicé mi labor docente e investigadora, por la concesión de dos sabáticos. También al Art and Humanity Research Council, que me financió seis meses de sabático hasta completar un año, lo que me permitió concentrarme en la redacción de este libro. Son estos sistemas de ayudas a la investigación de los profesores lo que permite que la Universidad británica esté bien posicionada en Europa.

Asimismo, quiero mencionar aquí a mis compañeros del departamento de Historia Medieval de la Universidad de St. Andrews, a los que fueron y los que siguen allí (John, Simone, Chris, Hugh, Frances, Rob, Simon, Angus, Barbara, Julia, Angus y Tim), porque son unos tremendos profesionales docentes e investigadores, que siempre creyeron en mí y me apoyaron en todo momento. Gracias a Chris Smout por su consejo y confianza en mis primeros pasos en el mundo de la Historia Medioambiental. Quiero también agradecer la confianza de los evaluadores anónimos del AHRC, que escribieron informes tan positivos sobre mi proyecto.

Muchos colegas y amigos me han ayudado en este trabajo durante estos años. Juan Antonio Fernández Otal fue la primera persona que me animó a meterme en este lío de tema y muy amablemente me guió por Zaragoza. Armando Serrano, director del Archivo de la Casa de Ganaderos de Zaragoza, me facilitó el trabajo en todo momento y nunca protestó por tener que hacerme fotocopias de documentos o contestar a mis interminables preguntas. Ana y Juan Carlos de Guardería de Montes de Zaragoza me pasearon por los acampos zaragozanos con inmensa generosidad, pasión y conocimiento. Federico Fillat, del Instituto Pirenaico de Ecología de Jaca, con perspicacia y paciencia, me enseñó a mirar de otra manera el mundo del pastoreo y el valle de Broto.

Todos los que han contestado a mis correos electrónicos han colaborado con esta investigación: Luis Germán Zubero, Blas Valero, Antonio Peiró Arroyo, María Frutos Mejías y tantos otros que no puedo incluir en esta breve mención. No conozco a Pilar Faci, pero le quiero agradecer las horas de trabajo que me ahorró gracias a su tesis doctoral, en la que se transcriben muchísimos documentos de la primera mitad del siglo XVI. Otra mujer me hizo otro buen regalo: Penélope González-Sampériz, quien me resolvió numerosos problemas gracias a su interés por la dimensión histórica, palinológica y arqueológica de los paisajes aragoneses en su libro sobre el sector central del Ebro.

Por último, gracias a mi familia, aquella de la que vengo y la que yo he construido, por estar siempre a mi lado.

INTRODUCCIÓN

Este libro tiene un planteamiento revisionista de ciertas ideas de la historia económica, social y de la historia medieval de España que están particularmente arraigadas desde principios del siglo XX. Ideas que afectan a nuestra concepción del mundo pecuario y su influencia económica y ambiental en la Península Ibérica, que se sitúan en el inconsciente colectivo y que se siguen repitiendo década tras década. El giro historiográfico acaecido desde los años noventa anuncia que ha llegado el momento de ponerles coto. Este libro cuestiona varios argumentos: que los pastores eran bárbaros incendiarios cuyo único objetivo era abrir pastos para sus rebaños; que la Península Ibérica se deforestó en el siglo XV por la alianza de los Reyes Católicos y la Mesta; que los sistemas de uso y propiedad comunales fueron la causa del atraso económico español, y que la ganadería fue una actividad exclusiva o mayoritariamente propia de grandes propietarios. Si se combinan todos los enunciados mencionados para producir un argumento en positivo, debo decir que este libro defiende que los fundamentos comunitarios de la ganadería en la Península Ibérica y sus usos colectivos sobre la tierra preservaron una demografía y una explotación sostenida de los montes españoles hasta el siglo XVIII que favoreció la reproducción de los pequeños ganaderos junto a los grandes y un paisaje de gran biodiversidad.

Como suele suceder, la articulación de este enunciado se hizo a posteriori. Este conjunto de objeciones y esta hipótesis no fueron el detonante de esta investigación. Cuando inicié el proyecto de estudio de la ganadería medieval en Aragón, lo más llamativo fue la ausencia de menciones en los documentos sobre el mundo del pastoreo y sobre los paisajes en los que se desarrollaba. La documentación medieval, producida por una sociedad en la que la población estaba profundamente involucrada en la producción agraria y pecuaria, no describe los paisajes, solo los «nombra». Este libro surgió del intento de explicar por qué. En el largo y sinuoso camino para entender las construcciones culturales que toda sociedad hace de su entorno hubo que abordar muchos temas que hicieron que la hipótesis de trabajo se centrara en la relación entre percepciones mentales, grupos sociales y realidades medioambientales.

El estudio de caso es el reino de Aragón. Como fuente de información he utilizado exclusivamente las fuentes documentales. Con ellas se ha abordado el análisis de los efectos que las prácticas y las organizaciones ganaderas del reino de Aragón, concretamente de la Casa de Ganaderos de Zaragoza, tuvieron en el uso de los recursos naturales en la Edad Media y temprano moderna, es decir, desde el siglo XIII a 1700. No hay duda de las limitaciones metodológicas del trabajo. Soy la primera en reconocerlas, pues cuanto más avanzan las ciencias paleoambientales, más obvia se hace la idea de que se ha acabado el tiempo del historiador que trabaja en solitario en el estudio de los paisajes. Por ello, con este libro se pretende ofrecer un cuadro de la relación entre comunidades y su entorno que solo quedará completo cuando equipos de trabajo multidisciplinares aborden el mismo tema.

Antes de entrar en el primer capítulo, en el contenido propiamente dicho del libro, se van a comentar las implicaciones que han tenido los desarrollos historiográficos de tres temas conectados: historia del medio ambiente, pasado y presente de la ganadería, y dinámicas demográficas y económicas del Aragón preindustrial.

CONSIDERACIONES SOBRE HISTORIA MEDIOAMBIENTAL

La Historia Medioambiental surgió a finales de los años sesenta, hija de las preocupaciones por nuestros problemas ecológicos y político-militares, si bien tenía antecedentes culturales claros en las proclamas conservacionistas de las últimas décadas del siglo XIX, tanto en el mundo anglosajón como en América Latina (Worster, 1992; Guillermo Castro, 1996: 27-52). Las protestas y los programas pacifistas nacidos de los movimientos del 68 en Estados Unidos y Europa fracasaron en su intento de transformación política del Estado, pero arraigaron en los movimientos ecológicos, en la conciencia colectiva del mundo occidental y, por derivación, en el mundo académico. Desde los años ochenta, el análisis histórico sobre el medio ambiente cogió velocidad en las universidades para eclosionar como rama reconocible dentro de la disciplina de la historia desde los noventa (McNeill, 2003: 5-43). Las primeras asociaciones de Historia Medioambiental se fundaron en países jóvenes con mundos naturales indómitos y omnipresentes donde la colonización europea marcó fuertes contrastes entre economías tradicionales y desarrollo económico moderno. Este fue el caso de Estados Unidos, México, Australia o Sudáfrica. Junto a ellos, en otros países como Reino Unido o Alemania, la profunda urbanización y el desarrollo industrial supusieron una transformación del territorio y una cesura que definía un antes y un después en cuanto a la huella humana sobre el medio ambiente.

La Historia Medioambiental tiene una agenda genuinamente contemporánea que mira al pasado e interroga a sociedades cuyas percepciones de sí mismas y de su entorno, preocupaciones y decisiones distan mucho de las actuales. No es esta una posición nueva para el historiador, quien como observador del pasado y como actor en el presente se encuentra en el centro de una paradoja hermenéutica y heurística, sea cual sea el tema sobre el que se interroga. La complejidad, no obstante, se acentúa en este caso, pues nuestra «agenda ecológica» es tan ajena a los habitantes del pasado que el analista del presente no tiene ninguna versión que contrastar con la propia. La unilateralidad de una interpretación ethic se puede imponer de una manera tan rotunda y desequilibrada a favor de la mirada desde el presente que haga imposible cualquier diálogo con el pasado. La Historia Medioambiental tiene otros retos ante sí; si define como su objeto de estudio la reconstrucción de los paisajes del pasado, este afán descriptivo devalúa los objetivos teóricos de esta disciplina. Como consejera de políticas medioambientales se ve obligada a explicar la oportunidad o viabilidad de volver atrás y reconstruir los paisajes pasados: ¿preservar para qué? ¿A costa de qué comunidades o actividades económicas? ¿Restaurar hasta qué período histórico? (Head, 2000: 99-118). Si la Historia Medioambiental asume que las construcciones mentales y simbólicas que los grupos humanos hacen sobre el medio ambiente son el fundamento del uso que hacen de los recursos naturales, de los paisajes que crean, y que las sociedades son inseparables de la evolución del medio, tiene que dar respuesta a la cuestión de si existe un fundamento material de los paisajes (Arias Maldonado, 2008: 56-67).

La Historia Medioambiental va contestando lentamente estas y otras preguntas. En el camino, está ofreciendo reflexiones relevantes para el mundo del pensamiento occidental que, por otra parte, tiene un utillaje intelectual bastante pobre para pensar la relación entre seres humanos y naturaleza. Conceptos como cultura, naturaleza y paisaje son conceptos complejos que por primera vez están en fuerte revisión, en un intento por superar las polaridades del pensamiento dual grecolatino y cristiano (Head, 2000: 49; White, 1967: 1203-1207). Las relaciones mente-cuerpo en el mundo griego, así como creador-creación y humano-animal del dualismo cristiano han marcado múltiples categorías de análisis de la cultura occidental como la dicotomía entre paisajes naturales y culturales. Cuando la economía tomó cuerpo como rama del conocimiento en el siglo XVIII, vino a enterrar la idea del orden natural, físico y biológico como elemento referente y limitador de las actividades humanas.1

La Historia Medioambiental está deshaciendo estereotipos y lugares comunes que están muy extendidos en el pensamiento histórico y ecológico actual sobre el mundo natural. En primer lugar, esta historia, como ya hicieron la historia social y la arqueología espacial en su momento, niega que la metodología basada en el documento sea la única o la más cualificada fuente sobre el pasado. Los equipos multidisciplinares están demostrando las posibilidades de la reconstrucción paleoambiental al centrarse en microáreas, utilizando cronologías muy largas y llevando a cabo análisis combinados, valga de ejemplo, de arqueobotánica, arqueozoología, antracología, carpología, dendroclimatología, polen, microfósiles no polínicos y estudios estratigráficos, morfológicos y fisicoquímicos de paleosuelos (Matamala et al., 2005: 87-97). Los historiadores son un miembro más en la importante tarea de coordinar e integrar estos datos en una matriz global de interpretación de estos. En segundo lugar, la Historia Medioambiental ha impuesto la noción de que el entorno natural no es un escenario pasivo, sino un escenario que evoluciona por sí mismo con sus propias reglas, que por tanto influye de manera dinámica sobre las comunidades. No se puede ya hablar de la geografía como de un sustrato inamovible que se conoce y describe de una vez por todas.2 Por el contrario, el medio físico es un factor cambiante en el tiempo que interactúa con las sociedades produciendo diversos resultados.

La Historia Medioambiental ha deshecho uno de los mitos más arraigados de la cultura industrial del siglo XIX, la idea del «paisaje natural» como opuesto al orden humano. Esta disciplina ha revalorizado la idea de que no existen ni existieron paisajes prístinos, antiguos, naturales, que desde la Revolución industrial se han ido cargando con una categorización moral positiva. La Historia Medioambiental ha roto con la visión apocalíptica de algunos sectores del ecologismo demasiado dados a concebir a los seres humanos como agentes que disturban la naturaleza, cuando no la destruyen. El concepto anglosajón de «paisajes culturales» ha permitido entender que la interacción entre cultura y naturaleza es de doble dirección. Las nuevas técnicas de análisis paleoambiental desmienten el mito de la existencia de «paisajes naturales» y remotos (Head, 2000: 3-4). Cada día está más demostrado que no hubo un momento fundacional del paisaje europeo, ni por la Revolución industrial europea del siglo XIX, ni siquiera por la expansión cerealista de las comunidades campesinas medievales de los siglos XI al XIII o por la fuerte actividad del mundo romano sobre la cuenca Mediterránea. Desde que vemos emerger lo humano, con las comunidades de cazadores-recolectores prehistóricas, aparecen huellas de comunidades humanas sobre el paisaje.

Junto a esta idea se ha consolidado la concepción de que los paisajes preindustriales son paisajes «en conflicto» tanto como los actuales. Como en el campo de lo social, no hubo un pasado arcádico en el que la sociedad vivía en armónica relación con la naturaleza. No hubo expulsión del paraíso. La historia de la humanidad es la historia del cambio del medio ambiente, pues toda comunidad o sociedad actúa sobre la naturaleza al apropiarse de recursos naturales. Esta apropiación de recursos naturales se lleva a cabo en marcos de relaciones socioeconómicas y culturales desiguales entre grupos o comunidades que se identifican con fines o estrategias distintos, a veces contrapuestos. La definición de estos «intereses» es tan compleja como la propia sociedad e involucra elementos de tipo económico, político, social, identitario y emocional. La cercanía con la naturaleza y los animales en la que vivían las sociedades premodernas puede hacer pensar que los criterios de tipo «ecológico» podían predominar en sus determinaciones colectivas. Sin embargo, son otros los factores relevantes que determinaban la acción colectiva, principalmente el tipo y la fortaleza de los lazos entre las comunidades humanas. La toma de decisiones y la apropiación de recursos se hacían en el pasado, como se hacen hoy, en escenarios de antagonismo o conflicto entre los grupos protagonistas. En esta tensión entre colectivos, podían aparecer como un criterio de la acción social la oportunidad y/o las consecuencias de las decisiones sobre la naturaleza, pero este criterio nunca fue en el pasado, ni lo es actualmente, un criterio prioritario. La relación con la naturaleza no se organizará sobre nuevas bases hasta que no lo haga el mundo social (Castro Herrera, 1996: 14).

Como hija de la posmodernidad, la historia medioambiental no persigue «reconstruir paisajes» del pasado a la manera de la historia positivista. Si bien la naturaleza tiene una dimensión física, los paisajes y el medio ambiente son eminentemente una construcción social y cultural de las comunidades que los habitan (Worster, 1989: 1-10). Pero así como ellas habitan los paisajes, los paisajes también habitan en ellas. La percepción del paisaje de aquellos que lo habitan o de quienes lo visitan puede ser muy diversa, como han demostrado antropólogos, etnólogos, geógrafos culturales y la experiencia de cada uno de nosotros. Desiertos, montañas, islas o regiones heladas se representan como centrales en el imaginario de sus habitantes y como periféricos en el de sus observadores. Nuestra sociedad, como todas, tiene su propia representación de lo que es bello, valioso, sublime y único en cuanto a paisaje, y como tal de lo que merece la pena ser conservado y de lo que se puede destruir o cambiar. Las consecuencias de estas ideas puestas en circulación por la Historia Medioambiental para las políticas medioambientales presentes son, cuando menos, inquietantes, pues ponen en cuestión muchas de las asunciones más propias del mundo posindustrial y del ecologismo fundacional (Arias Maldonado, 2008: 303-309).

Estas preguntas no tienen fácil solución, ni posiblemente una única, pero representan algunos de los caminos por los que circula la mirada actual hacia el entorno natural.

Permanencia y cambio

Este libro intenta atender a fenómenos de permanencia en la interacción entre comunidades y su medioambiente. Las características estructurales de la orogenia y la botánica del paisaje de Aragón no cambiaron mucho durante el presente interglaciar, es decir, desde el Holoceno (10.000-9.000 BP) y apenas desde la llegada del Neolítico (7.000-5.000 BP) hasta la época moderna. Como veremos en próximos capítulos, paleoambientalistas y arqueólogos están demostrando esta permanencia en cuanto a paisajes y actividad antrópica, tanto en las montañas de Pirineos como en la zona central del valle del Ebro o Teruel.

De hecho, Aragón tiene todavía paisajes relictos. Es una región que no experimentó prácticamente la industrialización o desarrollos infraestructurales ni siquiera en el siglo XIX o incluso en el siglo XX. Zonas de las provincias de Huesca y Teruel han sido abandonadas por las sucesivas administraciones y su demografía y economía, basadas en el aprovechamiento ganadero, se han hundido. Excepto para el caso de Zaragoza, las pequeñas ciudades y aldeas del Pirineo se pierden entre valles y puertos; las villas del plano se arrumban alrededor del agua de los ríos y de laberínticos canales de riego en los que se plantan huertas, árboles frutales, vid y cereal, y donde abrevan pastores y rebaños dispersos; las montañas de Teruel languidecen entre los últimos pastores trashumantes y aprovechamientos madereros. No hay ningún período histórico que suponga un punto de inflexión, una cesura infranqueable, un antes y un después en la configuración del espacio aragonés, no, desde luego, en el largo período cronológico que va desde el siglo XI al siglo XVII que estudiamos. Ni a finales de la época Antigua, ni en la Edad Media, ni a finales de la Edad Moderna se dio ningún momento «fundacional» del paisaje aragonés. Cada período significó elementos de continuidad y ruptura, diferentes acentos, integraciones de elementos y resultados que son los que hay que identificar.

Este libro es también sobre el cambio. Usando una mirada diacrónica, se pretende intuir hacia dónde iban cambiando las comunidades y su relación con el medio ambiente. La historiografía actual ha abandonado la idea de que el mundo rural, con sus prácticas conservadoras y tradicionales, produce un paisaje agrario inmóvil (Orejas, 2006: 11-13). Tras el concepto de equilibrio ecológico que se asocia a estas sociedades se esconde la idea de que no experimentaron cambios y de que la historia es irrelevante (Netting, 1981: XIV). No hay duda de que allí donde las prácticas económicas han cambiado poco durante siglos y los fenómenos de degradación ambiental no son significativos puede considerarse que el equilibrio ecológico no favoreció cambios en el paisaje. Pero las apariencias engañan. La perspectiva histórica tiene que agudizar la sensibilidad para detectar esos momentos en los que, si todo parece idéntico, se han modificado los factores en la sombra que hacen que las comunidades cambien, con consecuencias para ellas mismas y para su acción sobre el entorno.

El caso que se estudia en este libro obliga más, si cabe, a prestar atención al cambio, pues nuestro objeto de estudio no es una aldea aislada en la montaña, una tribu en la selva tropical o un período histórico corto. Este trabajo incluye los valles del Pirineo y las comunidades de aldea de Teruel y Albarracín, pero se centra básicamente en la información proporcionada por una corporación urbana, concretamente de Zaragoza, inmersa en los conflictos políticos de un reino, en los circuitos comerciales del Ebro, en la confluencia de varias redes viarias y en los problemas sociales internos de una sociedad estamental durante cinco siglos. Como toda comunidad integrada dentro de estructuras económicas y sociopolíticas más amplias, sus cambios se desarrollaban en diversas direcciones.

CONSIDERACIONES SOBRE LA GANADERÍA MEDIEVAL Y MODERNA: ALGUNAS REFLEXIONES HISTORIOGRÁFICAS

Esta investigación se concreta en el estudio de la ganadería y, específicamente, en la relación entre esta actividad, el uso de los recursos naturales y la modelación del paisaje en un período largo de la historia.

El tema de la ganadería no es puntero en la producción historiográfica medioambiental actual, pero va despertando interés, pues se está convirtiendo en un problema en el presente que obliga a revisar la interpretación de su papel en el pasado (Pastor y Portela, 2003: 15-21). Para empezar, el tema está en el cruce de caminos de varias disciplinas cuyos paradigmas interpretativos están cambiando considerablemente en las tres últimas décadas.

Primero, la historia medieval. Hay muchos clichés en la historia de España, pero para los medievalistas uno de ellos es el de que la Península Ibérica se deforestó con los Reyes Católicos, a finales del siglo XV. La famosa ardilla que podía recorrer el país de norte a sur sin pisar el suelo tuvo mucha más fuerza simbólica de la que se esperaba. El argumento fue puesto en circulación definitivamente por el señero libro de Julius Klein (1994: 314-315, 328-329 y 355). Si bien su investigación estaba orientada a demostrar una tesis de economía política muy específica para la Península Ibérica y para Latinoamérica, el autor defendió de manera lateral que el apoyo incondicional de la monarquía a la organización de ganaderos más poderosa que se había creado en España, el Honrado Concejo de La Mesta, tuvo entre otros efectos negativos un uso abusivo de los recursos naturales.3 Como le parecía de sentido común al ilustre estudioso, el deambular de tres millones de ovejas por el territorio español desde el siglo XIII hasta el siglo XIX solo podía significar sobrepastoreo y solo podía tener un resultado negativo sobre la masa forestal del país, que en un pasado lejano debió de ser abundante. En 1926, ni Julius Klein ni nadie podía demostrar tamaña aseveración, ya fuera con la evidencia documental o con las tecnologías disponibles. La idea no era nueva. Los círculos ilustrados del norte de Europa tenían una visión muy peculiar, que se acentuó con el Romanticismo, de que el paisaje mediterráneo fue sufriendo un «declive constante» desde los brillantes tiempos clásicos hasta un presente de subdesarrollo económico y social. El medio ambiente, expuesto a la acción humana, se fue degradando en una región que acusa deficiencia de agua e incendios cada verano. El cliché se ha repetido hasta la actualidad.4

Aquel sentido común del americano no era ingenuo, y sin duda, como todos los estereotipos, respondía a una visión de la ganadería que Klein compartía con toda su generación. Una visión que tiene antiguos orígenes, pues su gestación se puede rastrear en los prejuicios de la civilidad del mundo romano, aquel mundo que asoció cultura a urbanismo y agricultura, y pastoreo a nomadismo y barbarie. Los autores romanos nos enseñaron a ver las principales características de los bárbaros germanos de los siglos IV y V como pastores nómadas (Wickham, 1985: 401-405). Desde entonces, los mongoles a caballo del siglo XIII relatados por los enviados papales a Karakorum, los indios de las praderas norteamericanas, los tuaregs del Sáhara, los esquimales del ártico o los pueblos pastores africanos han sufrido el desprecio de las sociedades agrícolas y sedentarias de Europa Occidental.

El rastro de esta concepción se filtra de manera subliminal en la mayoría de las investigaciones extranjeras o españolas que, como tema central o lateral, trataron el pastoreo en la Península Ibérica. A modo de ejemplo, en la década de los cuarenta, el geógrafo Estyn Evans, que en su trabajo sobre trashumancia mediterránea considera que el pastoralismo ha sido beneficioso para animales y seres humanos en regiones mal adaptadas a la agricultura, y al tratar la Mesta en España, dice, usando imágenes del lejano oeste o de planicies africanas: «Debemos imaginarnos grandes rebaños de ovejas y cabras pasando implacablemente, dos veces al año, por las polvorientas cañadas de la Meseta».5 Finney, en su tesis sobre ganadería en Zaragoza y Teruel, que parece entender bien otros aspectos de esta, forma una cadena sin solución de continuidad cuando se refiere al uso que hicieron los pastores de los recursos naturales: por culpa del pastoreo, el comunal no se cerró ni se mejoró, la tierra se despobló, los pastores monopolizaron el agua para sus animales, depredaron el bosque recogiendo tanta madera como necesitaban y posiblemente deforestando la tierra para pastos (Finney, 1991: 190. El destacado es mío).

En la actualidad, está habiendo significativos cambios interpretativos. De la mano de los altomedievalistas están apareciendo trabajos que usan fuentes arqueológicas y textuales para desentrañar las dinámicas económicas y sociales de comunidades ganaderas y su uso de los montes comunales, denotando la temprana y fuerte especialización y adaptación al medio de algunas de estas comunidades (Escalona Monge, 2001: 109-137). Por su parte, los bajomedievalistas van desvelando el peso real de la Mesta en las ganaderías locales y comarcales, y estimando con más precisión sus limitaciones para intervenir en la definición de los usos del terrazgo (Asenjo González, 2001: 71-107). El pastoreo trashumante es interpretado por la historiografía actual como una actividad adaptada a la climatología y orografía mediterráneas. Dadas unas condiciones ecológicas extremas de aridez y bajas temperaturas, demográficas de baja población y una economía política de guerra y botín, la ganadería permitió un aprovechamiento complementario de recursos.6 En España, los trabajos en los años noventa de García Martín, Martín Barriguete o Diago Hernando han planteado una imagen diferente de la Mesta. Por un lado se subraya que no fueron solo las prebendas políticas las que explican el éxito de la Mesta, sino también la viabilidad del pastoreo trashumante como actividad productiva. La idea de que esta corporación era todopoderosa como grupo de presión político sobre la Corona y que era una organización abusiva en el nivel municipal y eficiente en su funcionamiento se ha sustituido hoy por la idea de una Mesta acosada por constantes conflictos con comunidades recalcitrantes, pleitos de altos costes y que veía roturadas las infraestructuras necesarias para su funcionamiento (cañadas, abrevaderos y dehesas). La restauración de estos espacios para el pastoreo era difícil y costosa y generalmente la Mesta los perdió para siempre (García Martín, 1990; Martín Barriguete, 1987; Diago Hernando, 2002).

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600 səh. 18 illustrasiyalar
ISBN:
9788437092157
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