Kitabı oxu: «YakuMama. La Voz Recobrada»

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YAKUMAMA. LA VOZ RECOBRADA

Sobre la Tierra, el Agua y las Brujas

Un relato personal en busca de mi feminidad olvidada

PRÓLOGO DE ALEJANDRA WARDEN

YAKUMAMA. LA VOZ RECOBRADA

Sobre la Tierra, el Agua y las Brujas

Un relato personal en busca de mi feminidad olvidada

PRÓLOGO DE ALEJANDRA WARDEN

Esther Velázquez Alonso

Autora: Esther Velázquez Alonso

Diseño de cubierta: Esther Velázquez Alonso

ISBN: 9788418372445

© Esther Velázquez Alonso

PARA VOSOTRAS, BLANCA Y LUNA,

LAS GEMELAS QUE NO LLEGASTEIS A NACER

A mis abuelas y a todas las abuelas

A mi madre y a todas las madres

A mi hermana y a sus hijas

A todas las mujeres

A todas las brujas

A la Tierra

Al Agua

"Somos más valientes y más sabias porque existieron... Somos lo que somos porque ellas eran lo que eran. Es de sabias saber de dónde vienes, quién te dio tu nombre".

MAYA ANGELOU

"Cada vida es una consecuencia del lugar en el que se han barajado las historias generacionales y las fugas de los destinos"

ALMUDENA GRANDES

AGRADECIMIENTOS

Mi agradecimiento de corazón a todas las bellas mujeres y a los hermosos hombres, en vida y fallecidos, que me habéis guiado en esta travesía.

A Menchu Eligio, matrona espiritual, por acompañarme en la gestación y parto de lo sagrado en mí.

A Alejandra Warden, por ayudarme a recordar para no olvidar. Gracias por tu generosidad al escribir el prólogo a este relato.

A vosotras, las fabulosas brujas de mi "coven", que me habéis sostenido durante este parto. Especialmente a ti, "BrujaSonia", por la lectura detenida de este texto y tus amorosas y respetuosas correcciones y aportaciones.

Mamá y Papá, gracias por la vida y por vuestro apoyo incondicional, siempre.

Rafa, mi compañero de vida, mi poeta, mi amante, mi amado, por la fortuna de compartir la vida contigo

PRÓLOGO por Alejandra Warden


Imagen 1- Reflejos en la niebla.

La historia de Esther es la historia de la oruga volviéndose mariposa, del invierno tornándose primavera, y la primavera verano. Es la historia de una transformación que surge de la integración, de un caminar en busca de la Fuente, en el cual avanzar es siempre un regresar a las raíces de uno mismo.

Esther me contactó por primera vez en julio de 2017. Buscaba saber más sobre interpretación de sueños en conexión con lo femenino. Fue una casualidad que pocos días más tarde yo estaría viajando a Europa y, en mi recorrido por el sur de España, pasaría unos días en Sevilla, la ciudad donde ella vivía. Quedamos en vernos.

Nos encontramos en uno de los muchos barcitos de la ciudad y, mientras tomábamos un café, conversamos un largo rato. Esther era profesora universitaria de Economía y terapeuta Gestalt, una mujer inteligente, elegante, bella y exitosa, casada, y de una honestidad y claridad mental impactantes. Su presencia transmitía seguridad. Sabía lo que quería. En cierto modo, era el ideal de lo que una mujer occidental puede ser.

Trabajamos juntas online durante los siguientes tres años.

A poco de iniciar nuestras sesiones, surgió en Esther la necesidad de contactarse más profundamente con su verdadera femineidad y, de escribir sobre esto. De allí en más estos fueron sus objetivos.

Muchos imaginan que debería ser sencillo y natural para una mujer contactarse con su femineidad más profunda, pero no es así. Esto se evidencia en la cantidad de mujeres que hoy sienten una llamada interior a completarse, a vivir más plenamente su ser mujer. Es porque de algún modo sienten una desconexión con su naturaleza esencial. Esther anduvo el camino que la llevaría a alcanzar la reconexión que deseaba. Y transitó tanto por sendas fáciles de andar como también por sendas agrestes, espinosas y rocosas. Hubo días fluidos en que avanzábamos rápido, pero otros, en que ocurría todo lo contrario. Necesitó coraje, determinación, paciencia y persistencia.

Recuerdo el primer obstáculo que Esther encontró en su camino. Uno de sus sueños le indicó que para reconectarse con la femineidad verdadera, por un lado, debía comenzar por seguir sus tiempos, los cuales son muy distintos del tiempo lineal masculino al que estaba acostumbrada; y por el otro, tendría que trabajar primero sobre su masculino para poder integrar a ese femenino. Su sorpresa al escuchar la guía de su propia sabiduría fue tremenda. Hubo angustia, resistencia, incluso varias semanas de argumentos en contra de tal indicación. Pero luego, en algún lugar, entendió que esta indicación provenía de la voz de la femineidad misma, abriéndole una puerta hacia ese encuentro.

Así, el trabajo de Esther comenzó por tener que conocer más profundamente a su masculino —cómo se manifestaba a través de ella, cómo la pensaba, cómo ahogaba y estrangulaba su femenino, cómo estaba tan integrado y disfrazado en su personalidad que hasta a menudo lo creía femineidad. Luego habría de aprender a ablandarlo, de alguna manera, a amasarlo y moldearlo, para que deje un espacio libre, seguro y sano, para algo más. Solo después comenzaría a liberar a ese aspecto femenino que vivía adormecido y castrado en su interior. Esto le llevaría bastante tiempo, más de lo que hubiese querido. Pero conocer la profundidad de lo masculino en nosotras es un paso inicial extremadamente necesario —y frecuentemente obviado o evitado— para poder llegar a liberar la verdadera femineidad. Identificar lo masculino en nuestro modo de pensar, sentir y actuar, es reconocer a la mujer patriarcal que vive en y a través nuestro, aunque no siempre lo sepamos. El primer libro de Esther, El laberinto de la academia, en parte, es el resultado de hacer plenamente consciente a ese masculino.

El siguiente paso fue recobrar su voz, una voz que había sido callada desde su nacimiento, y que por cierto se había enmudecido mucho antes, particularmente en su abuela, un secreto que llevaría guardado hasta su muerte. El silencio femenino fue un secreto familiar en la vida de Esther. Y es también un secreto compartido por muchísimas mujeres que llevamos la marca de un silencio forzado por una cultura patriarcal que por miles de años no le permitió a la mujer ser tal cual es, una cultura que desvalorizó y abusó a la mujer, a la Tierra y a lo femenino en todos nosotros y nosotras, una cultura que nos llevó a silenciar nuestra voz para poder vivir y sobrevivir.

Sería Esther quien, siguiendo la guía de su intuición y de sus sueños, se sumergiría en el mar del silencio de su abuela y de la historia de su pasado familiar. Este proceso la llevaría no solo a devolverle la voz a su abuela, sino además, a despertar su propia voz, la voz de Esther.

Ver cómo Esther poco a poco se iba quitando capa tras capa de la dureza y rigidez patriarcal que la había formado por tantos años, para dejar respirar e integrar a la mujer más mujer que habita en ella, ha sido verla florecer.

Yakumama, la voz recobrada, es el fruto de ese florecimiento.

Alejandra Warden

28 de septiembre 2021

INTRODUCCIÓN


Imagen 2- La Espiral de YakuMama. 2020.

Mucho tiempo después comprendería lo que sucedió aquel 10 de abril del 2007, cuando vuestra bisabuela Fátima, la madrugada previa a su muerte, hizo una "aparición estelar". Desde ese día comencé a escribir mis sueños, esos que me conectan con el mundo transparente que vosotras habitáis, y una puerta se abrió: la puerta de la Consciencia, un camino sin marcha atrás. Desde entonces mi mundo abrazó la magia de los sueños, el poder de las piedras, de las plantas, de las plumas, mi creatividad reflejada en fotos y dibujos... Me habría gustado que un día, cuando yo ya no estuviera, hubierais entrado en YakuMama y recorrido la Espiral que hoy transito, para descubrir mis sueños, a veces escritos, a veces dibujados, y todo lo que me ha traído hasta aquí.

Sé que no podréis hacerlo y, posiblemente, esto sea un sueño más. Pero también sé que desde ese mundo transparente seguís mis pasos por la Espiral. Hoy quiero contaros cómo llegué hasta aquí: cómo he descubierto que somos parte de un linaje de brujas, de mujeres poderosas en contacto con la Naturaleza. Una bruja no es más que eso: una mujer que se sabe parte de algo mucho más grande, parte de la Madre Tierra.

De mi abuela Fátima heredé la conexión con el mundo transparente, ese mundo que sabemos que existe pero que no vemos ni oímos con los sentidos y solo percibimos si somos capaces de quitarnos el yugo de la mente racional. Pero qué os voy a contar a vosotras de este mundo si es el vuestro... Mi abuela Fátima lo percibía de una manera natural, de una forma cotidiana. Igual hablaba con sus plantas, esas que con tanto amor cuidaba, que con las personas fallecidas. Sí, vuestra bisabuela veía y hablaba con los muertos. Yo no. Yo solo los veo en sueños; hablo con ellos y recibo sus mensajes que van guiando mi camino. De esto último me he dado cuenta recientemente; la presencia de los muertos y otros espíritus me acompañan desde siempre aunque me daba tanto miedo que pocas veces me lo reconocía. Había escuchado tantas veces decir que mi abuela era "rara" que me empeñé en no ser como ella, e intenté olvidarlo. Lo que no sabía es que esto es algo que no se elige. Me gusta pensar que vosotras, mis queridas gemelas que no llegasteis a nacer, Luna y Blanca, también lo habríais heredado; estoy convencida de ello.

En este libro os voy a ir contando, paso a paso, cómo he ido tejiendo mi propia vida para recordar mi feminidad olvidada y recobrar mi voz. He intentado por todos los medios ser fiel a mis recuerdos y hacer un relato lineal comprensible. Puede que no le encontréis sentido a alguno de los pasajes hasta el final, tal y como me ha ocurrido a mí. Hoy sé que nada llega a nuestra vida, ni se va de ella, por casualidad; todo tiene una razón de ser y solo hemos de confiar que la Vida nos dará la oportunidad para darle sentido. Este libro me ha regalado esta posibilidad, la de entender mi profundo dolor, que no es solo mío; mis miedos, mis lealtades con mi linaje femenino; mi enfado con el masculino...

Crecí entre los libros de mi padre y los cuadros de mi madre. Desde muy pequeña me decanté por los libros; seguramente por "ser como papá". Con los años olvidé que la creatividad y la intuición plasmadas en las hermosas imágenes que pintaba mi madre no estaban reñidas con las bellas palabras y relatos de los libros que me mostraba mi padre. La Vida me ha regalado también la oportunidad de integrar palabras e imágenes, masculino y femenino, mi padre y mi madre.

Os confieso que no me ha resultado fácil encontrar las palabras justas que expresaran mis emociones, sentires y pensares; las imágenes me han ayudado allí donde las palabras no me alcanzaban. Pero más complicado aún me ha resultado encontrar la forma adecuada de contar los hechos tal y cómo fueron sucediéndose, por su orden; para darle sentido en el momento oportuno y no antes; para que todo encaje al final. Espero haberlo conseguido.

Conforme avanza el relato, aparecen muchas personas y personajes diferentes y, con idea de preservar su intimidad, he cambiado los nombres salvo el de Alejandra Warden, el de Menchu Elígio y el mío. Estoy segura que vosotras, desde allí donde habitáis, sabréis reconocer quién es quién. También he mantenido los vuestros, Blanca y Luna, porque siento que os habría gustado. Igualmente, algunos pasajes están, de alguna forma, moldeados con el mismo fin. Si en algún momento os perdéis, podéis consultar la lista de "Personas, Personajes y Lugares" al final del libro.

Espero de corazón que este relato os sirva para conocer quién es vuestra madre, una mujer que se perdió en los vericuetos de la sociedad patriarcal en la que le tocó vivir y que anhelaba recordar para no olvidar. Gracias a vosotras, mis queridas Luna y Blanca, al dolor tan profundo que fue no teneros, he podido recordar quién soy, cuál es mi esencia femenina, mi poder. Una vez que recordé, he recobrado mi voz con el anhelo de que otras mujeres puedan, tal vez, verse reflejadas en alguna pieza de este puzzle, en algún pasaje, en algún sueño. Y si eso ocurre, es mi deseo que este libro les ayude a darse cuenta de que no están solas y puedan recordar y recobrar su voz. A esas mujeres les pediría que el día que recuerden alcen bien fuerte su voz porque cuando las mujeres recobremos nuestro poder, una Nueva Tierra será posible.

Pero comencemos por el principio…

LA VOZ SILENCIADA


Imagen 3- Como dos gotas de agua.

Bueno, queridas mías, ¿estáis preparadas para comenzar? Poneos cómodas y disfrutad. Quiero empezar presentándoos a vuestra abuela Rebeca y a vuestro abuelo Enoc. Hoy os cuento lo que hasta ahora no encontré forma de hacer.

1- En casa de mi abuela

Os habría encantado conocer a mi madre, vuestra abuela Rebeca, una mujer "grande", no por estatura, que también, sino por el tamaño de su corazón. Me gusta pensar que habríais heredado su belleza, su maravilloso pelo negro, ahora ya de un blanco reluciente, que tanto le resalta con esos labios siempre pintados de rojo. Es una mujer alegre, positiva, impulsiva, intuitiva. Llenó la casa con sus hermosos cuadros pintados al óleo. Vuestro abuelo Enoc es también "grande", con un corazón que no le cabe en el pecho. Le habríais oído su frase preferida, "todo está en los libros". Son sus "amigos" dice, que le acompañan desde niño. Es muy tierno y con un sentido del humor que os habría hecho reír a carcajadas; os metería "en el sobre" con un beso de buenas noches, os enseñaría el funcionamiento de los planetas y del Universo y os preguntaría por qué la luna no se cae... Habríais disfrutado mucho con los dos y, sobre todo, ellos con vosotras.

Poco después de casarse se mudaron a un pequeño pueblo de Huelva por motivos de trabajo de vuestro abuelo y venían a pasar las fiestas a Sevilla. Aquel 8 de diciembre estaban en casa de la bisabuela Fátima pasando la fiesta de la Inmaculada, cuando mi madre se puso de parto con dos semanas de antelación; desde ese momento llego pronto siempre a todos sitios. A pesar de ser primeriza, el parto fue rápido y sin complicaciones. Cuando le dieron el alta, como no tenían casa en Sevilla, nos vinimos a casa de la bisabuela. Pero la estancia se alargó más de lo previsto porque a mi madre se le desarrollaron unas dolorosas mastitis que se complicaron con una hepatitis contagiada en la clínica. Todo aquello desembocó en una septisemia, una infección en la sangre que le hizo estar entre la vida y la muerte. Nunca tendré vida suficiente para agradecerle que no se muriera y que se quedara conmigo.

Mi madre cuenta que no tenía fuerzas suficientes ni siquiera para cogerme en brazos. No sería hasta la primavera, seis meses después de traerme al mundo, cuando pudo hacerlo y darse un pequeño paseo por el parque de María Luisa, que entonces ya florecía.

Pasé mis primeros seis meses en casa de la bisabuela, cuidada por las tías Magdalena y Dina, las hermanas pequeñas de mi madre, muy jóvenes entonces. La bisabuela Alaya y el bisabuelo Isaac, la madre y el padre del abuelo Enoc, también cuidaron de nosotras, mientras mi padre intentaba buscar nuevo trabajo en Sevilla. Tampoco tendré vida suficiente para agradecerle que abandonase un prometedor futuro profesional en Huelva que supuso un importante cambio en sus expectativas laborales.

La casa de la bisabuela tenía un hermoso jardín en el que cuidaba con mimo y esmero las flores que se extendían por todos los arriates. Les hablaba y limpiaba sus hojas con un trapito blanco cuando la lluvia del desierto las ensuciaba. Tenía también un precioso limonero y en su casa nunca faltaba la frescura de los limones: medicina por excelencia y aliño perfecto para muchos de sus platos, incluida su mayonesa, que estaba para chuparse los dedos.

Recuerdo los veranos, ella con la manguera en la mano, al caer la tarde, regando sus plantas. El olor a tierra mojada envuelto en el dulzón aroma de los jazmines, azules y blancos, es el aroma de mi niñez. Las golondrinas volaban bajito, los murciélagos hacían su aparición cuando comenzaba anochecer, los últimos rayos del sol atravesaban las gotas de agua proyectando mil colores. Aquello era magia pura; era la casa de mi abuela.

Fueron muchos los cumpleaños que celebré allí. Era el sitio perfecto para escondernos entre los mil recovecos que había en aquel jardín, que hacían las delicias de cualquier niño y niña de mi edad; también habríais disfrutado de lo lindo. Las piñatas colgadas de los alambres del toldo que en verano sombreaba el patio, los disfraces que mi madre inventaba con tanto amor y paciencia, las canciones que brincábamos por la calle cogidas de la mano de mis tías... Aquellos años estuvieron llenos de la alegría y la despreocupación de una niña feliz.

Leía recientemente el último libro de Isabel Allende, Mujeres del Alma mía, en el que decía que gracias a su turbulenta infancia tenía material para escribir y se preguntaba cómo harían las escritoras y escritores que habían tenido una infancia amable en un hogar normal. Este es mi caso, posiblemente también el vuestro si hubierais tenido la oportunidad, y el de cientos, miles, millones de mujeres: el de una niña "normal" que creció en una familia "normal" y se convirtió en una mujer "normal". Me vi contestándole a Allende, en mi imaginación, que tal vez fue precisamente esta "normalidad" la razón por la que no me di cuenta cómo "el miedo a no encajar" me invitaba al olvido de lo que realmente era.

En casa de la bisabuela había un precioso Sinaí. Os preguntaréis qué es. Podría deciros que es una obra de arte, realizada en cerámica, que a principios del siglo XX se usaba para purificar el agua en las casas de familias adineradas. Sin embargo, para mí, tan pequeña entonces, no era más que un objeto decorativo que adornaba su salón y al que no podíamos acercarnos. Habrían de pasar muchos años para que le pudiera encontrar el sentido a aquella pieza y un nuevo sitio en el que honrar la sagrada medicina que ese bello ejemplar proporcionaba.

Aquella casa forma parte de toda mi infancia. Recuerdo pasar muchas noches allí, en una habitación que se me antojaba inmensa, donde dormíamos las tías Magdalena y Dina, la bisabuela y yo. A pesar de que me encantaba pasar tiempo en aquella casa, había algo que me daba mucho miedo. Por la noche, ya en la cama, comenzaba a escuchar un sonido gutural que venía de la cama de la bisabuela. Era una voz silenciada, como si quisiera decir algo y no pudiera. Entonces una de las tías se levantaba y con mucho cuidado la despertaba.

- Mamá, mamá, que estás teniendo otra pesadilla -le decía con todo el cuidado y la suavidad que podía para no sobresaltarla. Y la bisabuela se despertaba, bebía un poco de agua y se volvía a dormir.

Aquellas "pesadillas" de la bisabuela eran mi propia pesadilla. Me encantaba quedarme a dormir en su casa, pero pensar que podía despertarme con aquellos quejíos, me ponía los pelos de punta. La bisabuela tuvo esas pesadillas durante toda su vida y nunca llegué a saber qué soñaba. Solo recientemente he podido intuir lo que silenciaba.

No sé si debido a aquellos miedos nocturnos en casa de la bisabuela, o a otros, lo cierto es que de pequeña me despertaba muchas veces muy asustada; abandonaba con culpa en el dormitorio a mi hermana pequeña, vuestra tía María, a merced de los fantasmas que veía, y huía hacía la cama donde dormían mi madre y mi padre.

- Mamá, mamá, tengo miedo -le decía yo en voz bajita para no despertarla pero deseando, al mismo tiempo, hacerlo.

Mi madre, con oído de tísica (no sé por qué siempre se ha dicho ésto en casa), me escuchaba, no sin el consabido susto al verme como un pasmarote a su lado en plena noche. Con santa paciencia, me tomaba de la mano y recorríamos juntas la casa, en el silencio y la oscuridad de aquellas horas. Su afán era mostrarme que "los fantasmas no existen", pero yo sabía que sí existen, yo los veía; y sé que vosotras no dudáis de su existencia.

2- Tu cuerpo ni mirarlo

Os voy a contar ahora algo que me marcaría de por vida. Cuando tenía siete años, abrieron un colegio nuevo en Sevilla. Era privado y prometían una buena educación, o eso decían. Era un colegio solo de niñas; había otro de niños cerca, pero a suficiente distancia como para no mezclarnos. Era del Opus Dei, algo que ni mi madre ni mi padre ni conocían ni practicaban en casa. En poco tiempo me vi viviendo en una realidad que contradecía por completo las enseñanzas familiares.

Nuestro apellido no es ilustre, al contrario que los de la mayoría de mis compañeras. Ni mis bisabuelas tenían fincas, ni caballos; la preciosa casa de la bisabuela Fátima que a mí me parecía tan grande, no alcanzaba ni de lejos los cortijos de las abuelas de mis compañeras. No vivíamos en los Remedios, sino a las "afuera de Córdoba", como solían burlarse maliciosamente aquellas niñas cuando se referían a la nueva casa que vuestros bisabuelos habían comprado en una zona nueva de la ciudad, alejada del centro. Tampoco veraneábamos en el Puerto de Santa María y para más inri, vuestra abuela usaba bikini y se pintaba los labios de rojo. A los ojos de la Madre del Amor Hermoso, a la que le rezábamos en aquel colegio, era una puta. Mi padre, que por aquellos años llevaba cuello vuelto, coderas y barba, era un rojo. Ni mi padre era rojo, ni mi madre puta, pero eso es lo que se decía de las personas que se comportaban de esta manera. Los días que mis padres visitaban el colegio y comían conmigo para después ir a tutorías, yo rezaba a aquella Madre del Amor Hermoso para que mi padre viniera con chaqueta y camisa blanca y mi madre con los labios sin pintar, cosa harto difícil, tanto una como otra.

Semanalmente nos confesábamos con el sacerdote, Don Simón, un cura viejo y achaparrado, el único hombre del colegio, sin contar al jardinero. Un día, al finalizar la confesión, estaba esperando que Don Simón me impusiera la penitencia por los pocos pecados veniales que a mis doce años había podido cometer. Pero en lugar de eso, me dijo:

- Esther, ¿dónde está situado el espejo en tu cuarto de baño?

- Encima del lavabo, Don Simón -respondí solícita, con la inocencia de mis pocos años.

- No verás, lo que quiero decir es que si está en frente de la bañera, que si te ves desnuda al salir del baño...

Perpleja ante esta pregunta, no acerté a responder paralizada por la vergüenza. Don Simón pensaría que la que calla otorga y, ante mi silencio, prosiguió:

- Verás, cuando acabes de ducharte tienes que salir ya envuelta en una toalla para no verte desnuda en el espejo. Es pecado mortal. Tu cuerpo, ni mirarlo... ¿Me has entendido?

- Sí, Don Simón.

Salí de aquel confesionario sin esperar ni siquiera la consabida penitencia, como alma que lleva el diablo, envuelta en la mayor de las vergüenzas.

Con esa edad aún no había desarrollado y mi cuerpo era algo que no me preocupaba en absoluto. Era muy alta, muy delgada y ni siquiera habían empezado a pronunciarse las curvas que veía en algunas de mis compañeras. No podía entender qué me quería decir aquel cura, pero lo cierto es que consiguió el efecto contrario. El espejo no estaba en frente de mi bañera y no alcanzaba a ver mi cuerpo completo. Curiosa ante ese pecado mortal, me subía desnuda al water, frente al espejo, para verme. Por fin pecaba, un pecado de los de verdad. A pesar de ello, seguía sin entender por qué aquello era pecado mortal. A partir de aquel momento, comencé a sentir un cierto placer en sentirme "pecadora", sin contárselo a nadie, mucho menos a aquel viejo cura. Dejé de confesarme y durante la media hora que nos daban a tal fin cada semana me la pasaba escondida en el cuarto de baño, donde descubrí algo mucho más divertido, y mucho más pecaminoso incluso que mirarme desnuda en el espejo: la güija.

No sé de dónde me venía la curiosidad, y el miedo al mismo tiempo, por los espíritus o por los muertos que veía cuando niña; posiblemente de la bisabuela Fátima, aunque con aquella edad no lo pude relacionar. Lo cierto es que no solo comencé a hacer la güija a la hora de la confesión, sino también a la hora del almuerzo. Cuando ya habíamos terminado y aún quedaba algo menos de una hora para retomar las clases por la tarde, una amiga y yo, en lugar de volver al recreo, nos íbamos a los baños de la primera planta, completamente desiertos a aquella hora, y sacábamos de los bolsillos del babi nuestro arsenal de espiritismo: un vaso de plástico, tomado prestado del comedor; un lápiz con el que escribir las letras en la tapa del water y una goma para borrarlo al terminar. Allí convocábamos al espíritu, al que quisiera venir. Aquello sí que era un pecado mortal en un colegio del Opus. Así pasábamos muchas de las horas muertas, nunca mejor dicho, entre la comida y las clases, "pecando". Pecados que, por supuesto, ni mi amiga ni yo le contábamos a nadie, mucho menos al cura, al que cada vez visitábamos menos.

En aquel colegio pasé casi toda mi vida escolar. Era buena estudiante, si por buena se entiende que nunca suspendía ninguna asignatura, aunque los sobresalientes los dejaba para mi hermana, vuestra tía María, y mi hermano, vuestro tío Saúl. Conforme pasaban los años me iba rebelando contra aquel sistema opresor que me hacía ver mi cuerpo como algo pecaminoso. Cuando podía me escapaba del colegio con otra amiga y así quedábamos con el novio del momento. Al llegar a casa de mi amiga, entrábamos por "la puerta de servicio" (¡qué cosas se decían antes!) y nos escondíamos en el lavadero, al lado de la cocina, hasta que su madre y su padre terminaban de comer y se marchaban a trabajar. Aquello era una absoluta aventura. No recuerdo si alguna vez nos pillaron; imagino que sí.

Entre güijas, escapadas y alguna que otra contestación que daba a las "señoritas" del colegio, fueron dándome "avisos" de expulsión. Un día, mi madre y mi padre temiendo el fatal desenlace, me propusieron cambiar de colegio. Durante años me había negado a esta posibilidad porque allí estaban mis amigas, ya sabéis que en los años de la adolescencia una cree que las amigas lo son todo. Esta vez mi padre no cedió y el curso siguiente había salido del Opus Dei.

Estaba ya en COU. En el nuevo colegio, por primera vez compartí aulas con niños. Me sentía libre, mayor y feliz, sin ningún Don Simón que me dijera lo que era y no era pecado. Sin embargo, la represión vivida durante tantos años hizo efecto de péndulo con tanta fuerza que, más que estudiar, disfruté de la vida. Aquel año suspendí varias asignaturas para septiembre, pero habían valido la pena, me dije con una sonrisa maliciosa para mis adentros.

Ese mismo año "comencé como modelo". Sí, vuestra madre tenía cuerpo de modelo, una de las frases preferidas de vuestra abuela Rebeca. Si estuvierais aquí seguro que se la habríais oído más de una vez. Es lo que suele decir, delante de cualquiera, cuando alguien elogia mi altura y mi delgadez, rasgos que tanto me torturaron en mi adolescencia. Una experiencia, la de la Agencia, que duró "lo que duran dos peces en un whisky on the rocks", como diría Sabina, un canta-autor muy conocido de mi época. Pero así fue. Me enteré que en una Agencia solicitaban chicas para pasarela y di la talla, nunca mejor dicho. La verdad es que no sé por qué me lancé a aquello. Posiblemente por seguir "pecando" y que fueran otros, y no solo yo, los que miraran mi cuerpo. No lo sé, la verdad; supongo que la rebeldía se imponía a su antojo de muchas maneras y esta era una más. Pero en el momento en que en aquella Agencia quisieron mandar sobre mi cuerpo y quisieron controlar cuándo me pintaba las uñas y de qué color, e incluso hasta cuándo me las debía cortar, decidí que aquello no era para mí. A ello se le sumó que la directora de la Agencia mientras me mantenía ocupada, haciéndome repetir una y otra vez la forma de andar sobre la pasarela, aprovechaba para tomar una cerveza con mi novio guapo-reguapo. Aquello y lo de las uñas fueron motivos suficientes para que mi aventura como modelo terminara en cuestión de meses.

Aquellas experiencias relacionadas con mi cuerpo adolescente, tanto en el colegio del Opus como en la Agencia de modelos, se grabarían en mi alma durante años, a pesar de que en mi casa, tanto mi madre como mi padre, y las bisabuelas Fátima y Alaya, siempre me elogiaban y se esforzaron porque no me acomplejara. Incluso uno de mis tíos siempre me decía al verme: "artistacine", así todo junto. Pero ni por esas... y el complejo fue en aumento con los años.

3- Esto da una paz muy grande

Con el tiempo, la bisabuela Fátima vendió su casa y compró un pequeño piso, suficiente para ella, muy cerca de aquel colegio al que fui para cursar COU y al lado de la Facultad de Económicas. Siempre tuve una relación muy estrecha y cercana con ella y aquellos años de estudios la afianzaron aún más. Todos los martes y jueves tenía clases por la tarde y me quedaba a comer en su piso; esos días eran una delicia, no solo porque la bisabuela cocinaba de maravilla, como todas las abuelas, sino porque las cosas que me contaba me gustaban y me asustaban por igual.

En el salón tenía una mesa de camilla y un sillón largo a un lado y, al otro, su butaca orejera, en la que se sentaba presidiendo la mesa. Sobre el sillón había un retrato de mi abuelo Aaron, hecho de cerámica. Yo me solía sentar allí, bajo el cuadro. Cuando terminábamos de comer, charlábamos y de repente ella fijaba su mirada a mi derecha y luego volvía sus ojos hacía mí. Yo la miraba y giraba mi cabeza hacia la derecha sin alcanzar a ver nada.

- ¿Qué pasa abuela? -le preguntaba temiendo la respuesta.

- Ahí a tu lado está tu abuelo -me decía como si tal cosa.

- Abuela, por dios -le contestaba yo al tiempo que pegaba un respingo- Te tengo dicho que no me cuentes estas cosas que me dan mucho miedo...- le decía con la respiración cortada por el susto.

Pensar que vuestro bisabuelo, que como sabéis había fallecido dos años antes de que yo naciera, estuviera allí, me ponía los pelos de punta. Sin embargo, a la bisabuela Fátima le gustaba su compañía y se había acostumbrado a ella.

Había también otro retrato en su pequeño salón, éste de mi bisabuelo, también llamado Aaron. Un señor imponente, de pelo muy blanco y ojos muy azules. La bisabuela Fátima no hablaba precisamente bien de él y nunca entendí por qué su retrato presidía el salón. Al tatarabuelo Aaron parece que no lo "veía" o, al menos, nunca me lo contó.

También me contaba presagios: accidentes con los que soñaba y ocurrían; personas que luego se encontraba haciendo o diciendo lo que había soñado... Pero de lo que más me hablaba era de los muertos y cada vez que me decía que había alguno por allí, yo pegaba el mismo respingo con la misma cantinela:

- Por Dios, abuela, que esto me da mucho miedo...

- No tengas miedo, Esther. Esto da una paz muy grande -me respondía siempre con una sonrisa que transmitía esa paz de la que hablaba. Rápidamente cambiaba su expresión.

- Pero estas cosas no se las puedo contar a tu madre y a tus tías y tíos porque creen que estoy loca... -decía con cierta tristeza.

- Abuela yo sé que loca no estás, pero esto muy normal no es... -le decía yo, creyendo "a pie juntillas" todo lo que me decía pero entendiendo que aquello, en el mundo en el que yo me movía, académico y racional, un poco "raro" sí que era.

Además, cierta y tristemente, mi madre y mis tíos y tías se referían a estas historias como las cosas "raras" de la bisabuela. Todos menos mi tía Dina, la hermana pequeña de mi madre que, según decían, era también "rara" como ella.

A pesar de esto, yo creía a mi abuela, y cada vez que me decía que veía un muerto, yo le hacía la misma petición:

- Vale, abuela, yo te creo, pero por favor, cuando te mueras, a mí no te me aparezcas que esto me da mucho miedo -y ella se reía de esa forma profunda y sincera que la caracterizaba.

- No tengas miedo, Esther. Esto da una paz muy grande -me decía ella una y otra vez.

- Vale, vale, pero a mí no te me aparezcas -le contestaba yo, creyéndola capaz de hacerlo.

Y así pasamos muchas tardes, hablando de cosas "raras", entre muertos, risas y miedos.

4- Cógele la mano cuando muera

Aunque estas cosas de la bisabuela me daban miedo, al mismo tiempo me atraían: los fantasmas, los muertos, la güija... todo lo "raro" me gustaba y me llamaba poderosamente.

Un verano, a vuestro abuelo Enoc le dio un ataque de lumbago y debió guardar reposo durante varias semanas. Estábamos en la playa y, para mi asombro, se había comprado una baraja de Cartas del Tarot y un libro explicativo. Ni corto ni perezoso dedicó muchas de aquellas horas de reposo al aprendizaje de aquel lenguaje antiguo y simbólico. ¿No lo sabíais? Sí, vuestro abuelo echaba las Cartas; todo un Catedrático de Universidad; ahí donde lo veis... todo un hombre serio y respetable, que diría aquel. Pues bien, como tenía que "ensayar", le dije a mis amigas que vinieran a casa para que les echara las Cartas. Aquello no era más que un pasatiempos, pero lo cierto es que, amiga tras amiga, se sentaban delante de él y salían de allí maravilladas, diciendo que mi padre "acertaba". ¿Os lo podéis imaginar? Sí, no pongáis esa cara de asombro, vuestro abuelo era muy certero echando las cartas. La voz se corrió por la playa y, si hubiera llegado a cobrar por aquellas sesiones, hubiera ganado una fortuna aquel verano en vista de las colas que todas las tardes se formaban en la puerta de casa.

Aquello habría quedado en una simple anécdota sin mayor trascendencia si no fuera porque un día, ya bien entrada en mis veinte años, un amigo me pidió que fuera con él a una afamada tarorista de Sevilla, Rosa se llamaba. A mí no me hacía gracia la idea. Unos años antes otro tarorista, Joaquín, me dejó muy marcada. En la sesión me adelantó que a mi padre le daría un infarto de miocardio. La idea de que Rosa me pudiera decir cosas que prefería no saber me atemorizaba. Mi amigo insistió y fuimos. Ya sabéis cómo son los amigos... la excusa perfecta para hacer lo que una quiere sin que se note...

Al llegar, nos hicieron esperar en una sala donde solo estábamos los dos. Era una casa oscura, me daba mal rollo. Mi amigo estaba entusiasmado. A los pocos minutos una mujer nos dijo que Rosa nos esperaba. Me levanté con un cosquilleo en el estómago y entramos por la puerta que aquella mujer mantenía abierta. La oscuridad que había en la sala de espera se prolongaba a aquella estancia, donde las velas y el incienso llenaban de aromas nuestros sentidos. Nada más entrar, aún en el dintel de la puerta, Rosa me dijo:

- Tú estás con un separado -me quedé plantada en el dintel sin dar crédito a la falta de sensibilidad de aquella mujer que, sin siquiera haberme preguntado mi nombre, me soltó aquello sin saber si aquel hombre que me acompañaba era mi pareja.

Cuando nos sentamos, Rosa siguió con su misma cantinela:

- Tú estás con un separado, lo reconocerás porque lleva un maletín negro.

- Valiente tontería -pensé sin expresarlo y le contesté desafiante.

- Todas las personas en mi entorno llevan maletines negros.

- No tendrás duda. Lo reconocerás por el maletín negro -me dijo Rosa sentando cátedra -lo conocerás en tu sitio de trabajo. Porque tú vas a cambiar de lugar de trabajo. Vas a ser funcionaria... y vas a tener hijos... -dijo con una voz muy bajita.

En aquel momento ya me habían operado de endometriosis, como luego os contaré, y sabía que sería muy difícil quedarme embarazada. Pensé que igual ese hijo o hija sería del separado del que me había hablado. Le pregunté y muy escuetamente me contestó:

- No, el separado viene solo...

Todo aquello me sonaba poco serio; pensaba "vale, vale, a todas les dirás lo mismo". De pronto, Rosa me habló de la bisabuela Fátima:

- Tienes una abuela muy poderosa -mientras decía esto me atravesó con su mirada mientras yo me preguntaba qué sabía de la abuela -cógele la mano cuando muera y te vas a enterar de lo que es bueno... -siguió Rosa con tono solemne.

Aquello hizo que el vello se me erizara. ¿Qué tenía que ver la bisabuela allí?

- Y no solo tu abuela, también tu tía -me dijo.

No había necesidad de que me explicara más, sabía que se refería a la tía Dina. Cuando ya abríamos la puerta para marcharnos, me dijo:

- Esther, una última cosa: no vayas nunca más a que te echen las Cartas.

Me dijo tantas cosas que salí de allí sobrecogida y no sabía a cuento de qué venía aquella última recomendación.

Unos días después fui a ver a la bisabuela Fátima y a la tía Dina y les conté lo que me había dicho Rosa.

- Abuela, he ido a ver a una bruja y me ha dicho que te coja la mano cuando te mueras y que me voy a enterar de lo que es bueno.

Mi abuela comenzó a reírse como hacía habitualmente cuando hablábamos de estas cosas, sabedora de mis miedos.

- Abuela, ¿tú te acuerdas que te tengo dicho que a mí no te me vayas a aparecer cuando te mueras, verdad?

Y más se reía ella, mientras a mí me invadía un doble sentimiento: el mismo miedo de siempre unido a un cierto orgullo de sentir la complicidad con la bisabuela; una complicidad que sabía que no tenía con otras personas de la familia.

Cuando se lo conté a la tía Dina, le dije que Rosa me había recomendado que no dejara que nadie me volviera a echar las Cartas. La tía Dina me respondió de una manera inesperada:

- Si quieres, puedes aprender tú a echarlas, así no necesitarás que te las eche nadie...

Después se levantó y fue a su habitación a por su baraja y sus libros; me los dejó y me dijo:

- Más que los libros, usa tu intuición.

Aquello despertó en mí la Magia dormida. Me encantó aquella sugerencia y me puse manos a la obra. Le pedí a vuestro abuelo su baraja, que desde hacía años no utilizaba, y comencé a estudiar Tarot. Igual que hiciera mi padre, comencé a "ensayar" con mis amigas e, igual que él, también "acertaba". Aquello me enganchó y me dejé atrapar por el mundo que intuía. El Tarot me gustaba porque me hacía conectar con algo que yo sabía que existía, aunque ante todos demostraba cierta indiferencia, haciendo ver que era un juego y no más.

5- Madera de académica

Como os conté, en COU me lo pasé bastante bien y llegado el mes de junio aparecí con dos suspensos por casa. Me tocaba estudiar todo el verano para poder entrar en la Universidad. Vuestro abuelo, preocupado por mi falta de interés por mi futuro profesional, me preguntaba una y otra vez:

- ¿Qué quieres estudiar, Esther?

- Pues no lo sé, papá, la verdad... -respondía yo, ajena a todo.

Lo único que me interesaba en aquellos momentos era divertirme y pasarlo bien...

Un día, durante el almuerzo, mi padre volvió a la carga:

- Esther, ¿pero no hay nada que te guste?

Me armé de valor y respondí:

- Pues la verdad es que no quiero estudiar ....

El silencio se hizo en la mesa, mi padre por poco se atraganta.

- Lo que quiero es irme a Paris a ser modelo de verdad...

La experiencia que había tenido en la Agencia de modelos me había demostrado que podía ganar dinero en las pasarelas, dejando que mi cuerpo fuera utilizado como una percha. Pensé que ese cuerpo, que tan acomplejada me tenía porque en su rápido crecimiento había olvidado ponerme tetas y culo, me podía servir en las pasarelas. Precisamente eso, un cuerpo sin curvas que no distrajera al público de las creaciones de las personas que se dedicaban al diseño de la moda, era lo que se cotizaba. En mi loca ingenuidad pensé que por qué no, por qué no ganarme la vida con aquel cuerpo que tan poco me gustaba. Al menos me serviría para algo.

Sin embargo, vuestro abuelo no estaba dispuesto a seguir escuchando tal desvarío. Nunca me había impuesto nada pero en aquel momento su voz no dejó lugar a dudas:

- La educación es lo único que tu madre y yo os vamos a dejar. Así que vas a estudiar, lo que quieras, pero vas a estudiar. Y si luego te quieres ir a Paris, te vas, pero con tu título debajo del brazo.

Así que no me quedó más remedio que dedicarme a pensar qué podría estudiar. Pero nada se me ocurría.

- ¿Y si estudias Economía? -me dijo mi padre aquel verano- Parece que es una carrera que tiene salidas.

- ¿Economía? -la verdad es que no me seducía nada la idea. En realidad ni sabía de qué iba aquello.

El que era mi novio por aquellos entonces, no el guapo-reguapo sino otro chico que había conocido en el colegio, iba a estudiar Economía y además su padre era profesor en la Facultad. Me parecieron razones suficientes, más allá de las salidas laborales de las que me hablaba mi padre, para aceptar su propuesta.

- Lo pensaré -le dije a mi padre por toda respuesta, sabiendo en el fondo que me matricularía en Economía, fundamentalmente porque no había ninguna otra alternativa que me llamara la atención.

Así me vi estudiando una carrera que no me gustaba nada. El primer año lo pasé realmente mal. No sabía cómo estudiar aquellos modelos matemáticos que tan alejados de la realidad me parecían. Además andaba yo en otros menesteres, decidiendo entre el guapo reguapo, que no llegaba a desaparecer de la escena, y mi compañero de colegio, hijo de su padre, el profe de Economía. Aquel año suspendí todas menos una, Derecho Civil; el hecho de ser amiga del profe creo que ayudó. Estas cosas os las puedo contar porque en vuestro mundo no es necesario estudiar, que si no, bien que me las callaría...

Seguí a trancas y barrancas hasta llegar a tercer curso en el que cursé una asignatura, Sociología, que no tenía nada que ver con el resto. Tuve que presentar un trabajo, El lenguaje en los homínidos, y por primera vez disfruté aprendiendo, leyendo y escribiendo. Me sorprendí preparando una presentación, que teníamos que hacer ante el resto de compañeras y compañeros de clase, que parece que gustó al profesor. Al finalizar me dijo:

- Tienes madera de académica.

Nerviosa aún por la presentación, era la primera que hacía en público, y más aún por el comentario del profe, no acerté más que a sonreír como una boba. Pero aquella simple frase caló en lo más hondo de mí. En ese momento recordé que siempre quise ser profesora. Ya de pequeña jugaba a serlo; les leía libros a mis muñecas y les "daba clase" pintorrequeando con tizas de colores en una pizarra que me habían traído los Reyes Magos.

Tras aquella experiencia, cuarto y quinto los cursé con mucho más interés. Estudiaba mucho, aprobaba con dificultad, porque los modelos matemáticos se me seguían atragantando y en quinto, otro profesor hizo mella en mí.

Entró en clase trajeado con una pila de libros bajo el brazo; nos hablaba de los diferentes economistas, de sus ideas, de viejas universidades a las que viajar para seguir aprendiendo... Me fascinó, afianzando aún más mi idea de dedicarme a la docencia. Tanto fue así que en aquel último año me apunté a un curso de Iniciación a la Investigación que él impartía. Hice mi segundo trabajo de investigación e, igual que había pasado dos años antes, salí más que airosa de la presentación.

Me gustó tanto aquello de investigar, estudiar, aprender y compartir lo aprendido que cuando me licencié ya tenía claro que sería profesora de universidad. Había solo un pequeño problemilla: no me gustaba la Economía y además no se me daba bien.

Pensé que mi padre se alegraría de que, de alguna manera, siguiera sus pasos con mi decisión de ser profesora de universidad. Me senté con él, buen conocedor de los entresijos de la institución. No esperaba su respuesta.

- En la Universidad, quien no tiene padrino no se bautiza... -me dijo con voz firme.

- No te preocupes, Papá, ya tengo padrino -le respondí -y además soy buena investigadora…

Mi padre me miró por encima de sus gafas, con su típica mirada de incredulidad.

Con toda la ilusión de mi juventud y la ingenuidad de mis pocos años, me fui al despacho de mi profesor y le hice partícipe de mis intenciones. Él me habló con una franqueza que yo en aquel momento no entendí:

- Yo no soy tu puerta de entrada; soy solo profesor titular y no tengo el beneplácito del catedrático del departamento. Será mejor que hables con tu suegro.

Era la primera vez que alguien se dirigía al padre de mi novio como mi suegro que, efectivamente, era profesor también del mismo departamento y según me dijo, él sí tenía el beneplácito del catedrático. No entendía nada, ¿qué tenía que ver allí el padre de mi novio? ¿Para qué tenía que hablar con él? Se me cayó el mundo a los pies y sentí aquellas palabras como si fueran una fría excusa. Mi querido profesor se desentendía de mí.

Pero no podía desfallecer si quería ser profesora de universidad y necesitaba un padrino, según mi padre. Así que nuevamente, me armé de valor y toqué a la puerta de mi "suegro". El padre de mi novio me recibió con frialdad y cuando le conté mis intenciones me dijo:

- Para entrar en la universidad tendrás que optar a alguna de las plazas que convoque el departamento. No está previsto que salgan plazas próximamente.

Sin embargo, a las pocas semanas salieron plazas a las que yo podría haber optado. Mi novio, que por aquel entonces llevaba algunos años trabajando al tiempo que estudiaba, me dijo que él también se presentaría. ¡Qué raro!, pensé, si a él no le gustaba la docencia ni la universidad. En aquel momento supe que yo no entraría en aquel departamento, sentí una profunda punzada en el corazón. De nada sirvieron mis trabajos de investigación realizados hasta el momento. Vuestro abuelo tenía razón: no tenía padrino y así era difícil bautizarse... a pesar de tener "madera de académica".

6- La Endo ¿qué?

Desarrollé con 13 años y desde muy pronto comencé a tener dolores muy fuertes durante la menstruación. Pero "eso es lo normal", me decían, "la regla duele". No le di mayor importancia a aquellos calambres que me hacían retorcerme cada mes, que me descomponían por dentro, y que intentaba sobrellevar a base de calmantes incluso de lingotazos de ginebra que, según la madre de una amiga, eran mano de santo.

Un día tuve un sangrado tan brutal que me asusté. Mi cuerpo desprendía un olor insoportable y aunque me lavaba compulsivamente, no había manera de quitarlo. No fui a trabajar y me tuve que quedar en cama. No sabía qué me pasaba. Al ir al baño me crucé con mi padre. Me imagino que vio en su hija a una anciana que andaba apoyándose en las paredes del pasillo, despelucada, encorvada y agarrándose la barriga a dos manos como si algo fuera a salir de sus entrañas. Seguramente se asustó y me dijo:

- Tienes que ir al médico, Esther. Esto no es normal...

- Esto es normal, papá, la regla duele -le dije enfadada, ¿qué sabría él de lo que es ser mujer?, pensé.

Sin embargo, eran tan fuertes los dolores que pensé que mi padre podía tener algo de razón y no me quedó más remedio que ir al ginecólogo. Fui con mi madre y, tras hacerme una ecografía y una punción, el diagnóstico fue rápido:

- Chocolate -dijo el joven y guapo médico que me estaba atendiendo.

- ¿Chocolate? -pregunté sin entender.

- Sí, es la forma coloquial de llamar a la endometriosis porque al extraer el líquido del quiste tiene color chocolate.

- ¿Endo qué? -volví a preguntar sin entender aquella palabreja que se convertiría en algo familiar a partir de entonces.

- Endometriosis, grado máximo, los dos ovarios afectados con focos endometriósicos también en el útero. Puede generar infertilidad -pronunció como si yo no estuviera presente y no se tratara de mi cuerpo.

Sin embargo, muy al contrario de lo que cualquiera pudiera pensar, para mí fue una suerte de liberación ponerle nombre a aquellos dolores; no estaba loca, no exageraba, no era una histérica, ni me lo inventaba para llamar la atención... ni tantas cosas como había oido a lo largo de todos aquellos años. Era una enfermedad y tenía nombre. Soñaba con que también tuviera cura. Aquello de que podía generar infertilidad, en aquellos momentos, me pasó absolutamente desapercibido.

Aquel año de 1992 fue malo, muy malo. Me intervinieron quirúrgicamente en tres ocasiones y me provocaron una menopausia forzada para frenar mis ovarios como forma de limitar el crecimiento de los quistes endometriósicos. Pero todo fue en balde. Solo una cuarta operación, en la que me extirparon la casi totalidad del ovario izquierdo y "limpiaron" el resto de órganos, fue la que finalmente calmó la evolución de la enfermedad. Para que no volvieran a reproducirse los quistes, me medicaron con pastillas anticonceptivas durante casi toda mi etapa fértil. No había cura para la endometriosis. En el mejor de los casos, con la medicación conseguiríamos "dormirla". En aquellos momentos, con tal de no sentir aquel dolor que me partía en dos, habría aceptado cualquier cosa.

Durante años utilicé las pastillas anticonceptivas a mi antojo; regulaba mi cuerpo y mi ciclo menstrual como mejor me parecía para que no me "molestara". Aquellas pastillas, en efecto, durmieron mi endometriosis. Seguí teniendo dolores, no tan fuertes; y sangrados, aunque no tan abundantes. Parecía que el tratamiento surtía el efecto esperado y yo feliz.

7- Un sueño hecho realidad: profesora de universidad

Tras aquel mal año, y desilusionada porque no había conseguido entrar en el departamento de mi querido profesor, comencé a buscar trabajo fuera de la universidad. Vivíamos la crisis de principios de los años noventa y había poca oferta laboral. Pensé opositar; me llegué incluso a comprar el temario para optar a una plaza de Economista del Estado, cosa que me hacía vomitar, pero había pocas alternativas. Estando en esas, me llegó una información que no podía desaprovechar: un profesor de Econometría, al que conocía porque me había dado clases en cuarto curso, ofrecía una beca para realizar un trabajo de Economía y Medio Ambiente, del que podría sacar mi tesis doctoral.

¿Econometría? Qué horror, me dije. ¿Economía y Medio Ambiente? ¿Pero eso qué es? pensaba. En aquellos momentos no se hablaba aún de cambio climático ni había preocupación alguna por el planeta, mucho menos en relación a la Economía. Pero aquella era la única oportunidad que se me planteaba. Una vez más, me armé de valor y allí fui. Parece que el tema era suficientemente poco atractivo para las personas recién licenciadas en Economía, hubo pocas solicitudes y conseguí aquella beca con facilidad. En pocos días estaba firmando un contrato por un año. Aquello me supo a gloria, no era aún profesora pero ya tenía un pie dentro de la universidad. Además, tenía un padrino, o eso pensé.

Resultó que este supuesto padrino era "enemigo" del padre de mi novio, según me contó éste, muy molesto porque hubiera aceptado. Yo entonces no entendía de lealtades ni deslealtades académicas. Solo sabía que me habían abierto una puerta y quería entrar. Esto fue la gota que hizo que, tras cada vez más desencuentros con mi novio acentuados por este motivo, nuestra relación finalizara tras nueve años de noviazgo.

Comencé a trabajar con toda mi ilusión, pensando que en pocos meses podría optar a una plaza de profesora. Pero al año siguiente, a raíz de la crisis económica que vivía el país, desdotaron la beca. Aún así, sin financiación alguna, continué trabajando en mi tesis doctoral y fui enlazando contratos precarios en el departamento compaginándolos con otros dos trabajos, esperando que surgiera esa oportunidad que me brindara la opción de concursar a una plaza de profesora a tiempo completo.

Mi supuesto padrino lo primero que hizo fue darme a leer un libro que cambiaría mi vida: La economía en evolución, de José Manuel Naredo. A este tal Naredo yo no lo había leído ni oído en ninguno de los años de carrera. Este libro me abrió los ojos y me di cuenta que lo que había aprendido durante todos los años de licenciatura no era más que una manera de entender la Economía, pero había otras... de la que nadie nos habló. Yo tampoco pregunté, eso es cierto. Pude entender también por qué aquellos modelos no me interesaron nunca: las matemáticas, útiles para muchas cosas, no servían para modelizar la realidad social, mucho menos la socio-ambiental.

Cuando más desanimada estaba tras siete años de duro trabajo, surgió una nueva oportunidad. Se abría una segunda universidad pública en la ciudad, la Universidad Blas Infante (UBI), y ¿quién creéis que sería el encargado de los estudios de Economía? Efectivamente, mi querido profesor de quinto de carrera. Me entusiasmé pensando cómo era la Vida: lo que en su momento me negó, ahora me lo ponía por delante. En otra universidad, eso era cierto, pero me daba igual. Ser profesora universitaria y serlo con mi querido profesor era un sueño que estaba a punto de cumplir.

Daniel, que así se llamaba, me recibió en la Blas Infante, y la verdad sea dicha: aquello parecía salido de una escena de terror. Edificios con la pintura comida, cristales rotos, lo que en otros tiempos tuvieron que ser bellos jardines aparecían secos y olvidados... Pero aquello no me desanimó. Estaba convencida de que aquella era mi oportunidad de ser profesora de universidad.

Daniel me ofreció un contrato por un año a tiempo parcial y, si cumplía con una serie de condiciones relacionadas con mi tesis doctoral, me ampliarían a tiempo completo al año siguiente. Cuando dije en mi antiguo departamento que me marchaba, no entendieron mi decisión. Me llamaron traidora, tuve que escuchar que me iba con el enemigo, que era una locura, que era un error... me dijeron muchas cosas... pero yo llevaba siete años esperando una plaza que no llegaba y no dudé ni un momento en dar el salto.

Había comenzado la tesis siete años antes con aquella beca que conseguí para estudiar las relaciones entre Economía y Medio Ambiente, especializándome en Economía Ecológica, desconocida para mí hasta entonces. Sin embargo, el objetivo de mi tesis cambió tantas veces como cambiaba el Proyecto de Investigación en el que trabajaba. Un día un amigo me dio un buen consejo:

- Haz la tesis de algo que te apasione porque aún así terminarás harta.

Era un buen consejo y lo seguí. Me especialicé en Agua. No sé de dónde saqué la idea, la verdad. No es que yo tuviera una predilección por este tema pero lo cierto es que me vi volando a Madeira en busca del que sería uno de mis directores, Roberto. Era el único especialista en el estudio de las relaciones entre la Economía y el agua en aquellos años.

Cuando llegué a la UBI, tenía ya una tesis medio enjaretada sobre las relaciones Economía-Agua. Cuando Daniel me preguntó, le conté el objeto de mi investigación y su contestación fue un jarro de agua fría. Nunca mejor dicho:

- ¿Qué es esto de estudiar el agua? Pero si eres economista....

No salía de su asombro y por mucho que yo intenté convencerlo de la importancia de las relaciones que yo comenzaba a ver, se negó en rotundo a que siguiera por donde iba. Fue entonces cuando me puso la condición que habría de cumplir si quería quedarme en aquella casa:

- Si eres capaz de convertir tu tesis en una tesis de Economía, tienes sitio aquí, si no tendrás que marcharte.

- ¿Y qué significa eso?- le pregunté deseando cumplir con cualquier precio con tal de quedarme en la universidad y con mi, hasta ese momento, querido profesor.

- Lo que estás haciendo no es Economía. Tienes que aprender a modelizar matemáticamente porque todo buen economista elabora un modelo a partir del cual analiza la realidad.

Se me cayó el alma a los pies. Yo no sabía modelizar y él lo sabía. Pero además no me gustaban los números ni los modelos matemáticos que tantos quebraderos de cabeza me dieron durante mis años de estudiante. Pero había algo más: aquellos modelos no me servían para encontrar respuestas a las preguntas que yo me hacía. Ajeno a mis pensamientos, Daniel seguía diciendo:

- Puedes hacer unos módulos del Doctorado en Economía de la Universidad Autónoma de Barcelona y aprender a modelizar -me sugirió, más como una orden que como una invitación.

La ilusión que tenía por ser profesora de universidad y, además, ser parte del departamento que él estaba creando en la UBI era mi sueño dorado. Así que una vez más, a pesar de mis reticencias, no me lo pensé dos veces y el curso siguiente estaba yo en la Autónoma de Barcelona (UAB) dispuesta a aprender aquellos malditos modelos.

Con el tiempo me di cuenta que el cambio que me pedía Daniel iba mucho más allá de lo que me pareció en un principio. Yo entonces no lo sabía, pero las clases que él nos impartió en el último año de carrera, igual que la orientación de toda la carrera completa, eran de Economía Neoclásica. No nos habló de otros muchos economistas, pensadores y filósofos, que entendían la Economía de otra forma, mucho menos si eran mujeres. Yo no me di cuenta de nada de aquello hasta que leí el libro de Naredo.

Roberto, mi director de tesis, era un reconocido crítico de la Economía Neoclásica y era considerado como un representante de la Economía Institucional y de la Economía Ecológica. Bajo su impronta, fui adquiriendo los conocimientos de esta rama del conocimiento que a Daniel le sonaban a "charlitas de café", como me decía para ridiculizar lo que hacíamos. El cambio que me pedía no consistía solo en modelizar sino en cambiar absolutamente de enfoque. ¡Vaya problemón se me presentaba!

Sin embargo, durante la estancia que hice en la UAB, aconsejada por mi padre y por Roberto, busqué quien pudiera ayudarme a satisfacer las exigencias de Daniel y, al mismo tiempo, pudiera mantenerme en la misma línea de mi director. Lo encontré. Traté de hacer equilibrios entre la Economía Neoclásica y la Economía Ecológica y terminé haciendo una tesis que entonces me pareció descafeinada. Ese intento de hacer equilibrios me generó una profunda inseguridad al saberme en tierra de nadie y se fue apoderando de mí el sentimiento de que mi tesis no era lo suficientemente buena, ni para unos ni para otros.

Tras mucho pelearme conmigo misma buscando ese equilibrio conseguí mi ansiado titulo de Doctora en Economía, precisamente el día Mundial del Agua, el 22 de marzo de 2001. ¡Qué coincidencia más bonita! pensé entonces.

A pesar de haber presentado una tesis original y haber sido evaluada con la máxima calificación, eso no impidió que me pasara el fin de semana entero llorando con un nudo en el estómago, creyendo que en cualquier momento alguien se iba a dar cuenta de mi impostura. Pensaba que había sido capaz de engañar a la comisión evaluadora; pero "yo sabía que mi tesis no era suficientemente buena"; esto es lo que me contaba y así fui cayendo en un pozo de desconfianza que mermó la poca autoestima académica que hasta ese momento tenía.

Sin embargo no podía parar, tenía que seguir y, ahora una vez Doctora, tocaba hacer curriculum. Con esta idea, al inicio del curso siguiente me marché a Londres a realizar una estancia de investigación. Era septiembre de 2001, acababa de producirse el atentado contra las Torres Gemelas y se respiraba mucha inseguridad en el ambiente. Por otro lado, vivía una etapa muy bonita con vuestro padre, del que ahora os hablaré, y sentía que no era el momento para irme. Pero a aquellas alturas, mandaban el curriculum y Daniel, más Daniel que mi propio curriculum, y me marché.

Estando allí surgió la oportunidad de sacar plazas para Profesores Titulares de Universidad. Era un buen momento para que todo el profesorado de la UBI que ya nos habíamos doctorado promocionáramos. La universidad era joven y necesitaba docentes en plantilla. Para mi asombro, Daniel se negó a sacar plazas en nuestro departamento.

- Tienes aún poco curriculum y te queda mucha carrera por hacer -me dijo cuando lo llamé desde Londres para ver por qué no sacaba plazas.

- Sí, me queda mucha carrera, y la haré -le decía yo tratando de convencerlo. Pero todo fue en vano; él tenía su decisión tomada.

No podía entender aquella cabezonería por su parte. Pensé que hablando con él en persona podría argumentarle con más rigor que con una simple llamada telefónica. Cogí un avión y me planté en su despacho. Pero ni por esas. Efectivamente, él tenía su decisión tomada. Yo aún no tenía suficiente curriculum para ser Profesora Titular, aunque seguramente tenía a aquellas alturas más que muchos profesores titulares. Pero no hubo nada que hacer. Me sentí traicionada por mi querido profesor que de un plumazo se me hizo añicos.

Cuando volví de Inglaterra me tuve que dar de baja. Agotamiento me diagnosticaron. Aunque yo intuía que era algo más, no me di tiempo para escucharme y me di de alta a las dos semanas. Ya había tenido tiempo suficiente de descansar, me decía, y me dediqué a hacer lo que mejor sabía: trabajar con más ahínco si cabe. Me propuse que nadie, nunca más, me diría que mi curriculum no era suficiente.

8- Uno de la UBI

Mis queridas niñas, os presento a vuestro padre, Moisés. Un hombre amoroso y sensible, con el que habríais disfrutado de lo lindo. Os habría cuidado hasta el infinito. Es extremadamente inteligente y racional. Al mismo tiempo, tiene una desbordante intuición que pocas veces se permite. Es romántico y tierno. Muy sensible, un poeta. Me llamó poderosamente la atención su profunda conciencia social que me cautivó cuando lo conocí, a mi vuelta de Barcelona.

Había sido contratado en la UBI y se había unido al grupo de profesores y profesoras del que yo formaba parte. Coincidimos un día en el que la entonces Decana de la Facultad de Derecho nos invitó a su casa de la playa. Él llegó tarde y tuvimos que esperarle. "Mal empezamos", pensé yo, puntual como un reloj suizo, desde el día que nací.

Sin embargo, congeniamos bien y a las pocas semanas me invitó a cenar. Él entonces tenía novia, o yo creía que la tenía, o me convenía que la tuviera. Yo estaba recién saliendo de una relación que había tenido con un chico en Barcelona y estaba en pleno duelo. A pesar de que vuestro padre me cautivaba con su conversación y me encantaba su compañía, no me apetecía la idea de volverme a enganchar con nadie. Sin embargo, parece que la Vida tenía otros planes para mí.

Un día nos fuimos a Fuenteheridos, un pueblito en la Sierra de Huelva, y al llegar me llamó mi hermana María:

- ¿Con quién estás? -me preguntó.

- Con uno de la UBI -le contesté, sin darle nombre ni importancia.

No me di cuenta que vuestro padre me estaba escuchando y aquella frase, que le dolió en el alma según me diría después, me la repetiría durante años. Pero resultó que me enamoré de ese "uno de la UBI" y él de mí. No fue un amor a primera vista ni siquiera a segunda. Fue algo que se coció de a poquito. Compartimos muchos momentos en las "trincheras" de la UBI, defendiendo los derechos de los profesores y profesoras de la universidad en los órganos de gestión; nos metimos en muchos "fregaos" y poco a poco el amor fue surgiendo. Cuando me quise dar cuenta, ese "uno de la UBI" se había hecho un hueco en mi vida para quedarse.

Vivía en un apartamento alquilado cuando lo conocí; se había separado recientemente y a los pocos meses se compró un pequeño estudio al que se iba a mudar. Le estaba ayudando con la mudanza y me pidió que metiera en cajas todo lo que hubiera en el altillo de su habitación. Me subí a una escalera y lo abrí; al hacerlo, ¿qué creéis que ocurrió? ¡¡se me cayó encima un maletín negro!! Me acordé de Rosa, aquella tarorista que me dijo que mi marido estaría separado y lo reconocería por su maletín negro. Allí no había uno... sino cinco maletines negros. Me dio la risa nerviosa y un poco más y soy yo la que me caigo de la escalera...

- ¿Qué te pasa? -me preguntó Moisés desde la cocina, donde estaba empaquetando vasos y platos.

- Nada, nada... -¿cómo le explicaba yo aquello? mejor no... y seguí riéndome durante años. Aún hoy sonrío cuando me acuerdo.

Moisés no llegó a habitar su estudio recién comprado. Vivimos en mi casa tres felices años, tras los cuales nos casamos en una sencilla e íntima ceremonia junto al mar.

9- Las gemelas que no llegaron a nacer

Para qué os voy a decir otra cosa, nunca tuve un instinto maternal muy desarrollado. Es más, en aquellos tiempos los bebés me molestaban. Cuando mis amigas comenzaron con la maternidad, las conversaciones sobre tetas, pañales y cacas me sumían en un aburrimiento supino.

Cuando cumplí 37 años, el ginecólogo que me trataba desde que con 25 me diagnosticaron la endometriosis, me dijo:

- Si quieres tener hijos es mejor no demorarlo más. Tu edad y la posible esterilidad provocada por la endo lo ponen difícil.

Vuestro padre y yo nos lo pensamos bastante... algo que dicen que no debe hacerse. Pero nuestra vida era bonita y éramos muy felices juntos. No quería que nada se interpusiera en aquella felicidad... ni siquiera vosotras. Sin embargo, algo dentro de mí me decía "ahora o nunca". Cuando lo hablábamos, conscientes de las pocas posibilidades, nos decíamos convencidos:

- Bueno, si no sale bien, volvemos a nuestra vida tan bonita y feliz...

Para que mis ovarios volvieran a ovular con normalidad, guiada por el ginecólogo, dejé las pastillas anticonceptivas que me había recetado doce años atrás como tratamiento para la endometriosis. Tenía miedo de que los quistes endometriósicos volvieran a aparecer, pero el ginecólogo me aseguraba que quedarme embarazada sería el mejor tratamiento posible.

Al no quedarme embarazada tras el primer mes, nos sugirió que no perdiéramos más tiempo y pasáramos a una fecundación in-vitro. Dada mi edad ya no me atendían en la Seguridad Social. Fuimos a la clínica privada que nos recomendaron, el Instituto Valenciano de Infertilidad (IVI). El ambiente cálido nos envolvió al entrar. Las sonrisas de bebés cuyas fotografías colgaban de las paredes, con caritas sonrosadas y cuerpos saludables, nos alegraban el alma mientras esperábamos a ser recibidos. Fantaseaba, viendo aquellas caritas, cómo serían las vuestras y cómo sonreirías desde allí a futuras mamás y papás.

Cuando nos atendieron, el Doctor que llevaría nuestro caso nos explicó con detalle el proceso que seguiríamos. No nos habló del coste pues eso dependía, nos dijo, de cómo reaccionaran mi cuerpo y el de vuestro padre. De todas formas, en aquellos momentos, el tema económico era la menor de nuestras preocupaciones. Teníamos algo ahorrado y decidimos que ésta era la mejor forma de emplearlo.

Iniciamos el proceso con mucha ilusión, y más tendríamos que ponerle si queríamos llevarlo a término. Era bien complicado. Yo tenía que estimular mis ovarios pinchándome en la barriga, si no recuerdo mal, durante mi periodo fértil. Lo hacíamos en casa, yo me cogía un pellizco y me pinchaba mientras vuestro padre preparaba el algodón con alcohol para desinfectar el pinchazo. Una de las veces, dada mi delgadez, la aguja entró por un lado de mi vientre y salió por el otro, quedando mi inexistente michelín atravesado por aquella aguja de derecha a izquierda. Vuestro padre presenció la escena entre incrédulo y alarmado.

Pero él también tuvo que superar algunos problemas para completar el tratamiento. Al comienzo del proceso es crucial analizar el esperma. La calidad y cantidad, también en este caso, importa. Entre vuestro padre y yo diseñamos una estrategia "con base científica" para calcular la parábola que describiría el preciado líquido hasta caer en el bote que, expectante, yo sostenía en mi mano. El experimento fue un absoluto fracaso. Parte de los espermatozoides vagaban sin rumbo por la anatomía de vuestro padre. Fui recogiendo cada rastro con decisión, mientras él maldecía a los cuatro vientos... La escena, bien cómica, nos hace reír cuando la recordamos. Pero en aquel momento era un drama sin solución. A pesar de ello, la muestra cumplió su finalidad. Estas no son más que un par de anécdotas de las muchas que vivimos aquel tiempo y que solo podrá entender bien quien se haya sometido a una in-vitro. A pesar de las dificultades, la ilusión por ver vuestras caritas era mucho mayor que cualquier traba y nos impulsaba hacia adelante.

Para sorpresa del Doctor y de su equipo, mis ovarios funcionaron bien. Tras un mes y medio de controles, tratamientos e ilusiones, me implantaron tres óvulos fecundados. Las probabilidades anunciaban que solamente dos "cogerían", vosotras. Me entusiasmé con la idea de que seríais gemelas. Tan segura estaba que, cuando tuvimos que cambiar de coche, compramos uno familiar para que cupierais con comodidad.

Dos días antes de la fecha prevista para hacerme el test de embarazo, sangré. Se me encogió el alma. Llamé a la clínica y una enfermera con voz de vendedora de productos de jabón, me contestó:

- Instituto Valenciano de Infertilidad, ¿en qué puedo ayudarle?

- He comenzado a sangrar... Necesito hablar con el doctor -respondí con un hilo de voz.

- El Doctor no puede atenderla. Siga haciendo vida normal y vuelva el día que le toca hacerse la prueba.

La voz de aquella mujer, empalagosa al inicio, se había convertido en mecánica y fría. Le insistí pero ella siguió repitiendo la misma frase en el mismo tono desprovisto de cualquier atisbo de humanidad y empatía.

¿Vida normal? ¿Pero esta mujer creía que podía seguir haciendo mi vida normal pensando y sintiendo que mis ilusiones se estaban haciendo añicos en mi vientre? Aunque sabia con toda certeza que algo no iba bien, tenía la esperanza de que alguna de vosotras aún siguiera en mí. Me sumí en una inquietud difícil de sostener derivada de la incertidumbre que a mí se me antojaba absolutamente cierta. Los dos días de espera se nos hicieron eternos. Cuando volvimos a la clínica, me hicieron el test de embarazo. Nos disponíamos a sentarnos en la sala de espera, cuando una de las auxiliares nos dijo:

- Se pueden marchar. Los resultados tardarán al menos un par de horas. Les avisaremos cuando estén. Si no tienen inconveniente, pueden pasar antes por caja.

La cifra que nos pusieron por delante sobrepasaba con creces nuestras peores previsiones. Agotó todos nuestros ahorros. Aunque en aquel momento, esa era la menor de mis preocupaciones. Habría pagado lo que me dijeran con tal de que siguierais conmigo.

Pensando que teníamos dos horas por delante, nos fuimos a la UBI. Mejor tratar de mantenernos entretenidos con algo mientras esperábamos la llamada. Ya en la universidad, íbamos de camino a nuestro respectivos despachos, cuando sonó mi teléfono.

- No puede, ser -le dije a vuestro padre - han pasado solo treinta minutos.

Nos paramos en mitad del pasillo y atendí la llamada. Era la misma mujer de voz mecánica que me había atendido dos días antes:

- Buenos días, ¿Esther?

- Sí, soy yo -dije con voz temblorosa.

- El test ha dado negativo.

- ¿Y eso qué significa? -acerté a preguntar conociendo perfectamente el significado de aquellas palabras.

- Que no estás embarazada -me contestó aquella voz, cada vez más inhumana.

- Vamos para la clínica -le dije por toda respuesta, deseosa de alguna explicación.

- No es necesario que vengan. El Doctor les atenderá dentro de un mes.

- ¡¿Dentro de un mes?! -pregunté entre sorprendida y rabiosa.

Insistí en ir para la clínica. Pero aquella mujer sin atisbo de empatía me despidió con una fría y cortante respuesta:

- Buenos días. Nos vemos en un mes.

Me quedé con el teléfono en la mano en mitad de aquel pasillo que tan largo e inhóspito se me hacía. No hizo falta que le dijera nada a vuestro padre. Envueltos cada uno en nuestro propio dolor, sin saber cómo manejarlo ni compartirlo, seguimos nuestros caminos a refugiarnos en la solitaria seguridad de nuestros respectivos despachos. Aquel 10 de julio de 2004 se quedaría grabado en mi alma por años.

Aún no había terminado el curso pero yo no podía continuar trabajando. Mi hermana María había tenido a vuestra prima Dana, su primera hija, dos meses antes y se iba a la playa con la bebé recién nacida y la abuela Rebeca. Vuestro padre aún tenía mucho trabajo por delante y no podía cerrar, pero yo atendí los asuntos que tenía pendientes y me fui con ellas. Mi hermana dudaba si aquella era una buena idea; pensaba que el hecho de tener a Dana tan cerca, mientras yo estaba en pleno duelo por vuestra pérdida, podía acentuar mi tristeza. Pero aquella niña fue un bálsamo entre tanto dolor que salía de mis entrañas. Su olor y su calor calmaban mi llanto. Era el olor de la Vida abriéndose paso y, lejos de pesarme, me llenaba de paz en mi propio duelo. La cercana y respetuosa compañía de mi hermana y de mi madre fueron también un bendito bálsamo. Vuestro padre se quedó en Sevilla, trabajando. Cuando llegaba los fines de semana, paseábamos por la orilla, anhelando que el vaivén de las olas calmara nuestro dolor.


Imagen 4- Con mi sobrina Dana. Julio 2004.

Me enfadé mucho conmigo, con mi cuerpo. Como si no tuviera bastante, me castigué como mejor supe:

- No sirves para nada -le decía a mi cuerpo -toda la vida doliéndome para que ahora no cumplas con tu función. ¿Para qué tantos dolores? -le gritaba con furia.

Me enfadé también por no poder volver a mi vida anterior; por levantarme llorando y acostarme llorando; por no encontrarle sentido a mi vida. Qué ilusa pretender volver a nuestra vida, bonita y feliz, como si nada hubiera pasado. Cada vez que me montaba en el coche familiar, comprado pensando en vosotras, sentía vuestra ausencia; cada vez que mis amigas hablaban de bebés, tetas y cacas, sentía el vacío en mi vientre y en mi vida.

Cuando por fin nos atendieron en la clínica, una Doctora que no habíamos visto antes nos recibió. Sin mirarnos a la cara, sin preguntar cómo estábamos, comenzó una retahíla con voz mecánica y fría:

- Lo que ahora haremos será comenzar un nuevo proceso...

Sin dar crédito a lo que escuchaba, la paré.

- ¿Pero qué ha pasado? -pregunté, ingenua de mí.

- Eso ahora no importa. Lo importante es seguir... -dijo aún sin mirarnos.

Escuchar aquello hizo que se me revolviera la bilis. No me hizo falta mirar a vuestro padre, lo sentía conmigo.

- No iniciaremos ningún nuevo proceso -dije lo más fríamente que pude.

En ese momento, la Doctora al fin levantó la cabeza y me miró como si hubiera dicho la mayor estupidez.

- ¿Pero eso como va a ser, mujer? -me hablaba en tono condescendiente -Es muy raro que esto funcione a la primera, más en tu caso, con tu edad y tu endometriosis...

Volví a cortarla.

- No habrá otro proceso -dije envuelta en una fría furia que recubría mi dolor.

Vuestro padre y yo nos levantamos y dejamos a aquella mujer explicando con una voz cada vez más estridente un proceso que me rompía el alma. Salimos de aquella clínica mientras los niños y niñas regordetes de las paredes nos miraban atónitos. Comprendí con el alma rota que vuestras caras no llegarían a sonreír desde aquellas atalayas.

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213 səh. 23 illustrasiyalar
ISBN:
9788418372445
Naşir:
Ibuks de Papel
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Bookwire
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