Kitabı oxu: «La lección nórdica: Trayectorias de desarrollo en Noruega, Suecia y Finlandia»

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Primera edición, FCE Chile, 2021

Ahumada, José Miguel, Eszter Wirth, y Fernando Sossdorf

La lección nórdica: trayectorias de desarrollo en Noruega, Suecia y Finlandia / José Miguel Ahumada, Eszter Wirth, Fernando Sossdorf; pról. de Enrique V. Iglesias. - Santiago de Chile : FCE, Instituto de Estudios Internacionales, Universidad de Chile, 2021

ISBN 978-956-289-235-3

ISBN digital 978-956-289-237-7

1. Chile – Crecimiento sustentable – Siglo xxi 2. Chile – Desarrollo económico – Siglo xxi 3. Chile – Condiciones económicas – Siglo xxi 4. Chile – Políticas económicas – Siglo xxi 5. Noruega – Políticas económicas – Siglo xxi – Estudio de caso 6. Suecia – Políticas económicas – Siglo xxi – Estudio de caso 7. Finlandia – Políticas económicas – Siglo xxi – Estudio de caso I. Wirth, Eszter, coaut. II. Sossdorf, Fernando, coaut. III. Iglesias, Enrique V., pról. IV. Ser. IV. t.

LC HC192.9 C435 Dewey 330.983 A637l




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© José Miguel Ahumada, Eszter Wirth y Fernando Sossdorf

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ISBN 978-956-289-235-3

ISBN digital 978-956-289-237-7

Diagramación digital: ebooks Patagonia

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ÍNDICE

Prólogo

Introducción

Capítulo I ESTADO, PETRÓLEO Y FONDO SOBERANO: EL CUENTO DE LA CENICIENTA EN NORUEGA Eszter Wirth

Introducción

1. Posguerra y reconstrucción: 1945-1950

2. Crecimiento y cambio estructural: 1950-1970

3. Las primeras dos décadas convulsas tras el descubrimiento del petróleo

4. Años 80: Liberalización financiera y política fiscal expansiva

5. La consolidación del sector petrolero y la creación del Fondo Gubernamental de Pensiones

6. Conclusiones

Referencias

Capítulo II EL ROL DEL ESTADO EN LA TRANSFORMACIÓN DEL MODELO ECONÓMICO SUECO Fernando Sossdorf

Introducción

1. La revolución agraria y la reforma educacional en los siglos XVIII y XIX como elementos clave de la industrialización

2. Industrialización y crecimiento económico sostenido: 1850-1913

3. La industrialización sueca durante las guerras mundiales y el periodo de entreguerras: 1913-1950

4. Consolidación, estancamiento y reconfiguración del proceso de desarrollo: 1950 al presente

5. Conclusiones

Referencias

Capítulo III EL ESTADO EMPRESARIAL Y DE BIENESTAR: LAS CAUSAS DEL MILAGRO ECONÓMICO FINLANDÉS José Miguel Ahumada

Introducción

1. El Estado y la incipiente industrialización finlandesa: 1860-1917

2. Independencia, reformas sociales y Estado dinamizador: 1917-1945

3. El gran despegue: Estado social-desarrollista y políticas industriales: 1945-1990

4. El rearme de Finlandia: una salida pragmática de la crisis (mediados 1990-2008)

5. Crisis de Nokia, la búsqueda de una nueva estrategia y las formas de acción pública (2008 hasta hoy)

6. Conclusiones: el desarrollo económico y las múltiples funciones del Estado

Referencias

PRÓLOGO

El presente libro constituye una valiosa contribución al viejo debate de los cientistas sociales sobre la riqueza de las naciones, analizando comparativamente el desarrollo chileno con las lecciones que deja la experiencia de los países nórdicos, basada en un mercado dinámico tutelado por el Estado.

Este viejo debate ha estado presente en los análisis de las experiencias de desarrollo en América Latina en los últimos 70 años y es precisamente en Chile donde se inició, con los análisis de la Cepal, dirigida por el ilustre economista Raúl Prebisch. El debate se dio igualmente a nivel técnico y político en el resto del mundo, pero en América Latina tuvo un impacto excepcional, que superó la visión puramente económica para convertirlo en un gran desafío de los balances políticos de sus países. Chile es un buen ejemplo de esos dinámicos debates.

Este documento es una valiosa contribución al analizar las experiencias de desarrollo de los países nórdicos que constituyeron siempre un punto de referencia en los análisis económicos latinoamericanos.

A inicios de los años 50, Prebisch asume la dirección de la Comisión Económica para América Latina de las Naciones Unidas (CEPAL), con sede en Chile, con un documento de partida donde elaboró su pensamiento sobre la base de sus experiencias personales en Argentina durante la década de los 30 y parte de la década de los 40. La salida del estancamiento económico provocado por la Guerra Mundial llevó a Prebisch a recomendar a los países latinoamericanos un proceso de industrialización sustitutiva de importaciones con la incorporación de las nuevas tecnologías.

La respuesta de cómo hacerlo a partir del mercado y las políticas públicas derivó en un intenso debate que superó en su dinámica y en sus derivaciones políticas al vivido en otras latitudes. Los recordados enfrentamientos entre las ideas de la Cepal, apuntando especialmente al Estado, y los consejos del Fondo Monetario, concentrándose en mejorar el mercado, fueron ásperos y complejos. El aterrizaje de esos debates se incorporó además en las posiciones de los partidos políticos. Hechos como los vividos en el mundo por los países comunistas, o la propia Revolución Cubana, profundizaron un debate que derivó en serios enfrentamientos ideológicos y políticos en toda la región. Hoy, muchos de esos debates han quedado en el pasado, pero vale la pena recordar que su superación llevó décadas de enfrentamiento, y a pesar de las lecciones de la historia aún no han concluido.

El modelo de un mercado en manos del sector privado y acompañado por un Estado actor y regulador tuvo un buen comportamiento en las primeras décadas de la posguerra, pero luego fue sucedido por crisis inflacionarias, problemas de gran endeudamiento, creciente pobreza y crisis políticas que comprometieron la democracia y los equilibrios sociales. A inicios de la década de los 90, el denominado Consenso de Washington, en respuesta a la crisis aguda de la deuda, terminó con un modelo que privilegió el funcionamiento del mercado y limitó las intervenciones del Estado. Posteriormente, las crisis financieras internacionales y el boom de los precios de las materias primas, provocaron nuevas alternativas a las relaciones Estado-mercado.

Los análisis de este libro constituyen una excelente aproximación al problema, con la respuesta de un modelo de economía de mercado, con intervenciones inteligentes del Estado y acompañadas por un diálogo permanente del Estado con el sector privado.

En sus conclusiones, los autores llaman a “sacarnos las anteojeras que solo ven en el Estado una estructura burocrática, pesada, ineficiente y únicamente redistributiva”. El Estado, siguen diciendo los autores, “puede ser un actor empresarial que dinamice la economía, logre sacarla de círculos viciosos”.

Coincido plenamente con estas pragmáticas conclusiones, que los autores extraen de la experiencia exitosa de los países nórdicos.

Es bueno recordar cómo van quedando atrás viejos debates y grandes y dolorosas confrontaciones debido a la falta de claridad sobre las responsabilidades que deben asumir frente a los desafíos del crecimiento, el Estado y el sector privado. Yo agregaría además el de la sociedad civil, de creciente papel en el mundo actual y futuro.

La reunión de Davos de enero de 2020 recordó precisamente que el mundo actual se enfrenta a desafíos climáticos y de desigualdad difíciles de resolver, y que producen ciudadanos infelices. Un mes después, la pandemia del covid-19 nos está sumiendo en profundos desafíos que dejan en claro la necesidad de un nuevo diálogo entre los responsables del mercado y los del Estado.

Estas nuevas situaciones que vive el mundo reconocen que los procesos de crecimiento fuertemente estimulados por las nuevas tecnologías no pueden desconocerse, pero las dificultades que vive la sociedad con la desigualdad creciente y la impaciencia social, o los desafíos de un mundo con problemas dramáticos de sobrevivencia debidos al cambio climático, o relaciones internacionales contrapuestas por situaciones de enfrentamientos por el liderazgo mundial no pueden desconocerse ni postergarse.

Se requieren empresarios conscientes de sus múltiples responsabilidades con la sociedad, y Estados llamados a actuar ante las nuevas demandas sociales golpeadas por los efectos de la desigualdad y las crisis del empleo. Eso convoca a diálogos Estado-empresa-sociedad civil, que permitan enfrentar el futuro con progreso, ganancias sociales y respeto por la naturaleza.

El diálogo Estado-mercado que proponen los autores de este trabajo, es una valiosa contribución que nos dejan las experiencias nórdicas, muy útiles para hacer aportes al modelo de desarrollo chileno, pero también una contribución a pensar el complejo mundo del futuro, lleno de potencialidades de progreso, pero también de grandes conflictos sociales y políticos.

ENRIQUE V. IGLESIAS

Secretario Ejecutivo CEPAL (1972-1985)

Ministro de Relaciones Exteriores de Uruguay (1985-1988)

Presidente Banco Interamericano del Desarrollo (1988-2005)

Secretario General de la Secretaría General

de Iberoamérica (2005-2014)

INTRODUCCIÓN

El modelo chileno y las lecciones nórdicas

I

Las causas de la depresión están en la bonanza

Joseph Schumpeter

¿Cuáles son las causas de la riqueza de las naciones? Dicha pregunta está en el corazón de parte importante de las discusiones económicas. En efecto, comprender la naturaleza de la creación de riqueza permite establecer políticas correctas encaminadas a generar la base material para que la población mejore, en forma sostenida en el tiempo, sus niveles de vida. Aquella pregunta, a su vez, cobra cada vez mayor relevancia a la luz de los recientes debates sobre la naturaleza y las tensiones del modelo económico chileno actual. ¿Cómo considerar esto en un país que ha pasado a ser la economía con el ingreso por habitante más alto de la región? En efecto, durante la década de 1990 Chile era entendido como un caso exitoso de camino al desarrollo. En tal década, el país creció a una tasa anual promedio de un 7%, donde las exportaciones se expandieron y se diversificaron, tanto en términos de bienes como de mercados, y las inversiones nacionales y extranjeras aumentaron sostenidamente, distribuyéndose a lo largo de diferentes áreas económicas como el cobre, los servicios financieros, la infraestructura, entre otros. Aquello vino en paralelo con una caída sostenida de la pobreza y una expansión del acceso a la educación, lo que sugería que el desempeño económico también lograba un mayor bienestar en la población. Sumado a lo anterior, otro elemento que le dio legitimidad al boom económico fue que se desplegó no bajo el alero de la dictadura, sino que en un contexto democrático con una sólida estabilidad institucional.

Dicho despegue económico con democracia generó un fuerte impacto en los estudios sobre el desarrollo latinoamericano toda vez que aquel periodo catapultó a Chile como el país con mayor dinamismo en la región. En efecto, la economía chilena crecía en forma rápida y sostenida mientras América Latina se recuperaba de manera lenta e inestable de la crisis de la década de 1980. Aquella brecha en los desempeños económicos llevó a que diversos economistas señalaran que, contrario a los críticos, parte importante de dicho dinamismo se debía a la adopción temprana de las recetas derivadas del Consenso de Washington y a la solidez de su orden institucional promercado (Kuczynski y Williamson, 2003; Kingstone, 2019).

Sin embargo, dicho aumento del ingreso per cápita no implicó la consolidación de una matriz productiva que fuera capaz de sostener en el largo plazo un incremento de la riqueza junto a derechos sociales, especialización en áreas intensivas en conocimiento y sostenibilidad ambiental. En otras palabras, el crecimiento del ingreso per cápita no fue sinónimo de desarrollo económico.

De hecho, Chile comienza a perder su dinamismo ya desde fines de la década de 1990. El impacto de la crisis asiática en 1998-1999 trajo aparejado un quinquenio de bajo crecimiento y, paralelamente, el comienzo de un estancamiento secular de la productividad interna que llega hasta la actualidad. A su vez, la diversificación exportadora no logró dar el salto a nuevos sectores intensivos en conocimiento, anclándose en torno a áreas de procesamiento de recursos naturales y, al margen de diversos intentos de evitarlo, con débiles encadenamientos productivos con el tejido económico local. Esto repercutió en una economía con fuertes fracturas internas: por un lado, un polo de grandes empresas extractivas exportadoras que acumulaban rentas a partir de los recursos naturales con su consiguiente desinterés en generar saltos productivos y, por otro, un polo de micro, pequeñas y medianas empresas de baja productividad y bajas remuneraciones centradas en la economía doméstica que abastecen un mercado pequeño.

Junto a esta fractura productiva vinieron otras en las dimensiones laborales, sociales y ambientales. En lo referente al mercado del trabajo, tanto la baja productividad como la débil organización sindical repercutieron en salarios bajos, en baja cualificación de los trabajadores, alta rotación y precariedad. Dicha situación laboral, sin embargo, no se sostuvo sobre un rol más activo del Estado en garantizar derechos sociales que pudieran brindar apoyo al mundo laboral. La segregación en las dimensiones de salud y educación, unida a la ausencia de un seguro universal de pensiones, tradujeron inmediatamente esas fracturas en profundas brechas sociales. La incapacidad del Estado de garantizar esos derechos, a su vez, se vinculó con las características propias de la estructura tributaria en base a su baja capacidad recaudatoria y centrada principalmente en su dimensión más regresiva como es el impuesto al consumo.

Chile, de esta forma, entró a la década del 2000 con una gran deuda social y con crecientes síntomas de agotamiento de su matriz productiva. Sin embargo, Chile, al igual que el resto de países de América Latina, recibió un shock externo positivo desde mediados de la década del 2000, debido a la creciente demanda china de recursos naturales. La soya argentina, brasileña y uruguaya, el cobre chileno y peruano o el petróleo venezolano y ecuatoriano vieron sus precios crecer a partir de esta demanda, brindándole a la región una década de abundancia. Si bien dicho boom sacó a la región del estancamiento post crisis asiática, no modificó (incluso en muchos casos profundizó) el carácter extractivo y rentista de las economías regionales. Las altas rentas en los sectores extractivos aumentaron las inversiones en dichas áreas, desincentivando políticas que buscaran crear nuevos sectores económicos más sostenibles y dinámicos, e incluso aceleró la desindustrialización prematura de la región (Castillo y Martins, 2016; Gallagher, 2016).

En el caso chileno se reprodujo dicho patrón. Si bien el boom dio un nuevo respiro y reactivó la economía, también reforzó la desindustrialización interna y el tipo de inserción en torno a las áreas clásicas de ventajas comparativas en recursos naturales (Palma, 2019). Este último implicó una expansión de las inversiones en nuevos territorios, intensificando una sobre-explotación de los recursos naturales y entrando estas, rápidamente, en un ciclo de rendimientos decreciente (Ffrench-Davis y Díaz, 2019). Aquello hizo más nítida la fractura ambiental que se ha ido acumulando en el tiempo, y que ha desembocado en una ola de descontento y movilizaciones por parte de comunidades locales en diversas zonas de sacrificio a lo largo de Chile, como se ejemplifica en la industria minería, frutícola y forestal, pilares de la matriz exportadora nacional.

El término del boom de los commodities hizo que Chile, siguiendo la tendencia regional, volviera a ralentizar su crecimiento, solo que ahora con una matriz natural más degradada, una fractura productiva más profunda y una fractura social que se expresó en el estallido de octubre del 2019. En este sentido, a pesar de ser el país con mayores ingresos por habitante de la región, el tipo de crecimiento de Chile no se diferencia en gran medida del de sus pares. Esto es, se ha caracterizado por periodos relativamente cortos de auge, para luego entrar en largos periodos de estancamiento. Así, el crecimiento de la década de 1990 terminó con una media década de estancamiento, mientras que la del boom de los commodities en la década de los 2000 concluyó con una nueva media década de ralentización que, probablemente, será más duradera a causa de la pandemia.

II

El poder para crear riqueza es infinitamente más

importante que la riqueza en sí misma

Friedrich List

Aquella inestabilidad, junto al desgaste social, productivo y natural acumulado implican una serie de preguntas: ¿son esas fracturas un destino que no podemos evitar?, ¿son dolores necesarios del progreso económico?, ¿existen otras formas de pensar el camino al desarrollo que eviten dichas contradicciones?

El objetivo de este libro es un intento de responder a esas preguntas. Y para ello el camino por el que se optó es volver a la historia, en particular poniendo la atención en cómo países con los que tradicionalmente Chile se compara, lograron no solo aumentar el ingreso en forma sostenida, sino hacerlo a través de una profunda transformación de sus matrices productivas, de la mano de bajas desigualdades, amplios derechos sociales, fuerte poder sindical y en democracia. Para eso se decidió mirar a los países nórdicos, en particular los casos de Noruega, Finlandia y Suecia.

Estos países son economías relativamente pequeñas, tanto en términos de población como de geografía, y abundantes en recursos naturales, particularmente bosques, acceso marítimo y, para el caso noruego, petróleo. En efecto, la agricultura contribuía significativamente al PIB y al empleo en estas economías hasta mediados del siglo XX, y sus matrices exportadoras estaban especializadas en torno al sector forestal, pesquero e incluso cobre en el caso finlandés, en similitud a la canasta de exportación que ha tenido Chile desde la década de 1980. A su vez, como se puede observar en el gráfico I.1, en términos de ingresos per cápita como porcentaje del de EE.UU., Chile no se distanciaba tanto de Noruega y Suecia, e incluso hasta mediados del siglo XX estaba por sobre Finlandia.

Sin embargo, a partir de ese periodo las brechas comienzan a ampliarse considerablemente. El ingreso de Chile como porcentaje del de EE.UU. prácticamente no cambia entre 1950 y 1970 (en torno al 30%), sufre una profunda caída en el periodo 1970-1990 (llegando al 20%) para luego recuperarse lentamente. Solo en las dos últimas décadas Chile experimentó un cierre de brechas producto del shock exógeno de los commodities y de la crisis del 2008 en EE.UU. (pasando a 40% en la actualidad). Por el contrario, Noruega comienza un rápido cierre de brechas desde la década de 1970, superando a EE.UU. a partir de la década del 2000, representando hoy un 145% del ingreso norteamericano, aprovechando su eficiente gestión del petróleo en un entorno de altos precios de las materias primas y la mayor integración del país en el Mercado Común Europeo. Por otra parte, Finlandia, teniendo una brecha de ingresos con EE.UU. prácticamente igual a la de Chile hasta 1950, cierra sus diferencias en forma sostenida, llegando en la actualidad a representar alrededor de 75%. Suecia, por su parte, en el mismo periodo salta de un 55% del ingreso de EE.UU. a un 80% en la actualidad.

Gráfico I.1. Cierre de brecha de ingresos con EE.UU. (1860-2016)

(ingresos per cápita como porcentaje del de EE.UU.)


Fuente: elaboración propia en base a datos de Maddison Project Database (2018).

*FIN= Finlandia; CH= Chile; NOR= Noruega; SWD= Suecia.

*Noruega en la actualidad tiene un ingreso per cápita equivalente a un 145% del de EE.UU.

Dicho cierre de brechas con el mundo desarrollado vino a través de diferentes estrategias, pero todas implicaron cambios sustantivos en sus matrices productivas. Suecia y Finlandia, por ejemplo, lo hicieron a partir de una rápida transformación de sus estructuras exportadoras que implicó dos momentos. Primero, el establecimiento de una profunda diversificación industrial en torno a sus áreas de ventajas comparativas (principalmente sector forestal y minería), creando manufacturas en torno a los bienes de capital y sectores complementarios, lo que significó un paso de una especialización exportadora en torno a la madera y minería, con bajos niveles de procesamiento, a una especialización en torno a la manufactura. El segundo momento implicó el salto más allá de esos sectores, hacia nuevas áreas intensivas en conocimiento y tecnologías, particularmente las telecomunicaciones y también, para el caso sueco, el sector automotor.

Noruega, por su parte, realizó su transformación a partir de dos pilares. El primero fue establecimiento de una serie de encadenamientos productivos en torno al petróleo, como fue la creación de una industria offshore doméstica de servicios, infraestructura e ingeniería, que permitieron crear una economía interna dinámica e intensiva en conocimiento. El segundo pilar vino a partir de una eficiente gestión pública de los ingresos procedentes del mineral a partir de su fondo soberano, desacoplando la riqueza acumulada del gasto público anual.

Aquellos cambios en las matrices productivas permitieron explicar que Suecia y Finlandia estén dentro de las economías con mayor grado de complejidad económica en 2017. En efecto, en el Índice de Complejidad Económica Suecia y Finlandia ocupan el 5to y 8vo lugar, respectivamente, de un total de 131 economías, mientras que Noruega se ubica en la posición 22vo, siendo la más compleja de las economías petroleras. En contraste, Chile ocupa la posición 61, lo que evidencia que es una economía de baja complejidad.

Ahora bien, uno podría pensar que los casos nórdicos se distinguen del chileno únicamente porque sus despegues se hicieron antes y, por lo tanto, dichos casos son únicamente un espejo de lo que el país puede llegar a ser si continúa con su crecimiento. Chile, de esta forma, sería un país cruzando el mismo camino que los nórdicos, solo que comenzó después y requiere de más tiempo. Sin embargo, cuando dichos países tenían el mismo PIB per cápita que el chileno en la actualidad, sus estructuras productivas, estatales y sociales eran completamente diferentes. Como se desprende de la tabla I.1, la estructura económica ya era considerablemente más compleja que la chilena, mientras que la inversión en I+D era superior. A su vez, el Estado era alrededor de un doble más grande que en Chile (medido como la razón de impuestos a PIB) y, en términos sociales, la fuerza de trabajo estaba considerablemente más sindicalizada que la chilena, mientras que la desigualdad era muy inferior.

Tabla I.1. Indicadores económicos en países con PIB per cápita similar al de Chile en 2016


ChileNoruegaSueciaFinlandia
I+D/PIB0.31.1a2.21.6
Impuestos/PIB20.140.944.638.7
Gasto público social/PIB1115.924.8c23.3d
Complejidad-0.861.21.881.69
Sindicalización1753.682.270.6
GINI44.426.9b22.922.2

Notas: Noruega: PIB p/c año 1977; Suecia: PIB p/c año 1983; Finlandia; PIB p/c año 1987.

a : datos de 1981; b: datos 1979; c: datos de 1980; d: datos de 1990.

Fuente: elaboración propia en base a datos de Maddison Project Database (2018), OECD Stat, Observatorio de Complejidad Económica, World Bank Indicators.

III

La dificultad radica no tanto en desarrollar nuevas ideas,

sino en cómo escapar de las viejas

John Maynard Keynes

¿Qué nos pueden enseñar los casos nórdicos para la tarea del desarrollo chileno? Un elemento en común y decisivo que tuvieron estos casos fueron las diversas funciones que el Estado ocupó a lo largo de sus respectivos despegues. El pensamiento sobre el desarrollo hoy dominante ha asumido un conjunto de premisas que justifican atribuirle al Estado una función única de arquitecto de instituciones que aseguren el libre comercio y protejan la propiedad de los actores que “crean valor” (empresarios). Estas premisas se pueden sistematizar en los siguientes puntos:

1.La creación de valor de una sociedad es materia de una unidad económica (la empresa) en un contexto institucional específico (la competencia de mercado): la innovación en procesos productivos y estructuras organizacionales, junto a la elaboración de nuevos bienes y servicios son resultado de los actores privados que, bajo la compulsión de la competencia, se veían forzados (como dirigidos por una “mano invisible”) a crear nuevas capacidades productivas.

2.El país debía especializarse de acuerdo a sus ventajas comparativas asignadas por el mercado: los sectores que el país debía estimular para su inserción debían ser los determinados por las presiones del mercado conforme a su dotación de factores dados. Lo anterior bajo la expectativa de que esa especialización iría, endógenamente, diversificando las exportaciones para, en el mediano plazo, ir construyéndose nuevas ventajas.

3.El Estado y la sociedad civil son actores pasivos en la dinámica de creación de riqueza: el primero solo debe velar por el respeto a los derechos de propiedad y, si interviene, tiende a generar un efecto de crowding-out de inversiones privadas, mientras que el segundo se asume como un factor productivo más, que junto a otros factores, y guiados por el empresario (quien vía su emprendimiento crea nuevas capacidades), producen bienes.

4.La distribución de riqueza genera un trade-off con su producción o, por lo menos, deben estar distanciadas temporalmente: aquello implicaba la idea de que la distribución de riqueza desestimula la inversión productiva de los creadores de valor, lo que lleva a un estancamiento, o que dicha distribución solo podía suceder posterior a la creación de valor.

Sin embargo, la historia de los despegues económicos de los casos considerados aquí no se amolda a dichas premisas. La creación de valor en estos casos fue tanto una acción de empresas privadas como de activa coordinación, planificación y conducción del Estado. En el caso sueco, el Estado elaboró una arquitectura institucional que estimuló la cooperación con el sector privado cuyo objetivo, a grandes rasgos, era generar competencias tecnológicas domésticas junto a una activa política industrial y científica desde la década de 1960, con el fin de desarrollar nuevos sectores intensivos en conocimientos que fueran el motor del desarrollo. Noruega, por su parte, vía tanto su empresa estatal Statoil1 desde los 1970s, como de normativas protransferencia tecnológica que implementó el gobierno y el privilegio a inversiones nacionales, permitió “norueguizar” el petróleo y crear una industria offshore doméstica, junto a encadenamientos productivos con el tejido productivo nacional en áreas de servicios, ingeniería e infraestructura. Finlandia, por su parte, desde empresas públicas en sectores forestales, de cobre y petróleo pudo crear fuertes encadenamientos productivos en torno a la manufactura y, a través de la creación de núcleos públicos de innovación, guiar inversiones hacia áreas intensivas en conocimiento y no en explotación de recursos naturales.

A su vez, una de las fuentes más importantes de la creación de valor en una sociedad es el conocimiento tecnológico. Este conocimiento, como tempranamente sostuvo Veblen (1908), no es un activo individual, sino una producción colectiva, que se transfiere de generación en generación y que requiere de un armazón organizacional e institucional que lo estimule y sostenga. En los tres casos nombrados, el Estado aseguró la educación y la salud pública y universal tempranamente (Finlandia en los 1970s, Noruega entre los 1950s y 1960s y Suecia en los 1940s y 1950s), siendo un pilar clave para que las políticas tecnológicas antes nombradas tuvieran una base social altamente cualificada que sirviera de matriz.

Lo anterior implicó también que los países no se adaptaron pasivamente a las ventajas comparativas derivadas de sus factores iniciales y del mercado internacional. Por el contrario, a mediados del siglo XX, ni Noruega tenía ventajas en ingeniería extractiva, ni Suecia en automóviles de alta gama, ni Finlandia en telecomunicaciones, más bien eran economías agrícolas y forestales. Fue a partir de políticas públicas encaminadas justamente a crear nuevas ventajas lo que permitió que dichas naciones no hayan terminado siendo periferias primaria-exportadoras hacia Rusia o Alemania. Finlandia y Suecia lo hicieron vía empresas públicas, protecciones y subsidios que crearon industrias más allá del mero procesamiento forestal y apoyaron y condujeron inversiones hacia áreas diferentes de las ventajas dadas. Noruega lo realizó impidiendo que el petróleo profundizara una desindustrialización a través de medidas de encadenamientos productivos, incentivos a inversiones nacionales y un fondo soberano que permite mantener un equilibrio macroeconómico en forma sostenida.

En base a lo anterior, estos casos muestran que, como ha sostenido Chang (2002), las ventajas comparativas de las naciones no son solo dadas por la dotación inicial de factores, sino que también mutan a partir de cambios conscientes en la estructura socioeconómica interna (cambios en la estructura organizativa de las empresas, formación de redes público-privadas que estimulen la innovación, activas políticas industriales, planes públicos estratégicos que movilicen recursos hacia nuevas áreas, etc.). En este sentido, las intervenciones públicas tanto vía la inversión estatal como de coordinación estratégica con el mundo privado, estuvieron lejos de ser inherentemente ineficientes ni tampoco desincentivaron las inversiones privadas. De hecho, como enérgicamente en su momento defendió Keynes para el contexto de Inglaterra de los 1930s (2012 [1936], 2015 [1926]), estas intervenciones permitieron activar sectores e incentivar inversiones privadas que, de lo contrario, hubieran sido imposibles sin esas intervenciones iniciales.

A su vez, dichas intervenciones no solo aumentaron la inversión, sino que permitieron la emergencia de nuevas áreas de competitividad, cumpliendo una directa función empresarial. En efecto, en Suecia el Ministerio de Industrias, la Junta para el Desarrollo Tecnológico (STU) junto al Banco Estatal de Inversiones actuaron como empresarios que financiaron y estimularon nuevas inversiones en torno al sector automotor y de telecomunicaciones. La misma función fue asumida en Finlandia por el Consejo de Política Científica y Tecnológica, el centro de coordinación de innovación (TEKES) y el fondo público para la innovación (SITRA), que permitieron la emergencia de transnacionales como Nokia, el desarrollo actual de la industria del software y de biotecnología. En Noruega, por su parte, la tríada Statoil-Directorio Noruego del Petróleo-Ministerio del Petróleo y Energía permitió transformar el petróleo en un núcleo en torno al cual ha emergido un complejo tejido productivo tecnológico que va desde los astilleros y el transporte marítimo del crudo, pasando por las empresas de tecnología submarina (dedicada a la exploración, perforación e instalación de infraestructuras complejas), hasta el sector de energía renovable eólica o la acuicultura. Así, como nos recordaba Schumpeter (1980 [1911]), la función empresarial (fuente del desarrollo económico) puede ser realizada no solo por capitalistas, sino por múltiples actores, y en estos casos fue una articulación con el mundo privado, pero con el Estado como coordinador estratégico.

Finalmente, la redistribución tanto de ingresos como de riqueza en estos casos no afectó negativamente su desarrollo económico. Incluso se puede decir que la reforma agraria (esto es, una masiva redistribución de riqueza y poder) fue un factor que ayudó a la industrialización sueca y finlandesa, en tanto permitió establecer nuevas industrias allí donde antes había terratenientes rentistas. Pero también la redistribución vía un sistema tributario progresivo y con gran capacidad de recaudación fue clave en los casos estudiados para conducir recursos hacia educación, salud y subsidios a nuevas inversiones, lo que no solo brindó una cohesión social necesaria para todo proceso de desarrollo económico, sino que fortaleció el pilar último de toda creación de valor, el conocimiento tecnológico colectivo.

En último término, la economía de mercado en estos casos, abierta al comercio y altamente competitiva e innovadora, fue “dirigida” por una profunda arquitectura pública, que se centró tanto en coordinar y directamente crear valor, como en asegurar una base social desmercantilizada en salud y educación que mantuviera la cohesión social y redistribuyera los frutos de la creación de valor. Este mercado “arraigado”, a decir de Polanyi (2017 [1944]), fue el resultado de un Estado que cumplió no una función de “asegurar el libre comercio y respeto a las normas”, sino que actuó como empresario, coordinador estratégico, redistribuidor, inversionista a gran escala, creador de infraestructura y bienes públicos y estabilizador macroeconómico. Todas esas funciones, que tradicionalmente se les atribuyen a los mecanismos automáticos del mercado, fueron asumidas por arquitecturas institucionales públicas para gatillar procesos de transformación productiva con equidad.

IV

Ni calco ni copia, sino creación heroica

José Carlos Mariátegui

Los casos que hemos comentado y cuyas estrategias de desarrollo serán abordadas en los siguientes capítulos, no implican sugerir que sus recetas deban ser pasivamente asumidas por países como Chile. Evidentemente, sus contextos económicos y condiciones políticas distan mucho del caso chileno. Mal haríamos si creyéramos que los trasplantes de estrategias económicas a contextos y realidades diferentes fueran un buen camino.

Las lecciones que podemos sacar son más generales y quizás defrauden a quienes busquen soluciones rápidas y preestablecidas. En lo que estos casos nos ayudan, sin embargo, no es a tener a disposición un nuevo manual de uso del desarrollo, sino a mostrarnos los puntos ciegos y limitaciones de los manuales de que hoy disponemos y que nos señalan qué es lo que puede hacer y qué no el Estado en materia de desarrollo. En efecto, a la luz de los casos analizados, las visiones restrictivas sobre el Estado que hoy siguen predominando limitan considerablemente lo que este puede hacer para colaborar en la tarea del desarrollo de capacidades productivas que permitan asegurar un crecimiento sostenido, socialmente equitativo y medioambientalmente sustentable.

Aquellas restricciones a la acción pública son particularmente limitantes para el caso chileno hoy. En un contexto de acumulación de fracturas productivas, sociales y políticas de su crecimiento económico, sumado al shock de la pandemia, es cada vez más problemático mantener al Estado en una función pasiva, donde únicamente colabore marginalmente vía políticas focalizadas para que el mercado pueda, en el largo plazo, volver a reactivar la economía. El problema de aquello es que existe una gran brecha entre el hoy y el “largo plazo”, y en esa brecha se juega el futuro de toda una generación. Pero hay otro problema, y es que aquella estrategia tampoco ha sido exitosa, como lo hemos visto en la primera y segunda sección, en asegurar un crecimiento sostenido y sostenible en el largo plazo.

En esa coyuntura, se hace urgente sacarnos las anteojeras que solo ven en el Estado una estructura burocrática, pesada, ineficiente y únicamente redistribuidora. Si algo nos enseñan los casos analizados, es que el Estado también puede ser un actor empresarial que dinamice la economía, logre sacarla de círculos viciosos y tomar riesgos en construir sectores que sean socialmente beneficiosos.

Volver a pensar más allá de las anteojeras heredadas permite algo clave: pensar creativamente sobre los desafíos del desarrollo o, en otros términos, volver a pensar “sin calco ni copia”.

Referencias

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Veblen, T. (1908). “On the nature of capital”. The Quarterly Journal of Economics. 22(4): 517-542.

CAPÍTULO I

Estado, petróleo y fondo soberano:

el cuento de la Cenicienta en Noruega

Eszter Wirth

Introducción

NORUEGA ES considerada la Cenicienta de los países escandinavos. Solo comenzó a existir como país independiente a partir de 1905 tras la disolución de la Unión Sueco-Noruega. Por aquel entonces era un país conservador liderado por una aristocracia donde, hacia fines del siglo XIX, la pobreza llevó a muchos a buscar mejores oportunidades al otro lado del Atlántico. La modernización comenzó con la llegada del Partido Laborista al gobierno, en 1935, pero fue interrumpida por la Segunda Guerra Mundial y la ocupación nazi. Durante el cuarto de siglo correspondiente a la posguerra el país empezó a llevar a cabo reformas en la línea de los otros partidos socialdemócratas escandinavos, aunque con un retardo temporal, y experimentó cierta modernización de su estructura productiva a favor de la industria manufacturera.

Sin embargo, el mar guardaba más sorpresas para la población noruega. Tan solo unos años antes de la escalada de los precios del petróleo se descubrió oro negro en el subsuelo marino noruego, que permitió a este país pequeño beneficiarse de las rentas procedentes de la exportación de dicha materia prima durante las siguientes cinco décadas, superando a sus vecinos nórdicos en términos de ingreso por persona.

En el siglo XXI, Noruega ha ocupado sucesivamente la primera posición en el Informe del Desarrollo Humano del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD, 2019) y se ha encontrado en el top five del World Happiness Report. Además, el país ha tenido unos indicadores macroeconómicos envidiables durante los últimos 30 años, con altas tasas de crecimiento del PIB, bajas tasas de desempleo, inflación controlada, cuentas públicas saneadas y posición de acreedor neto frente al resto del mundo. Ciertamente, aquello es un cuadro económico muy distante al de otros países productores de hidrocarburos.

Este capítulo se encarga de repasar las transformaciones de la estructura productiva de Noruega y el establecimiento del Estado de bienestar a partir de la posguerra. De entre todos los factores explicativos del exitoso caso noruego, se estudian fundamentalmente dos: la política industrial noruega orientada a crear encadenamientos productivos con el sector de hidrocarburos y la política fiscal, centrada en el fondo soberano petrolero.

1. Posguerra y reconstrucción: 1945-1950

Noruega fue liberada de la ocupación nazi por el Ejército Rojo a finales de 1944 y celebró sus primeras elecciones generales en octubre de 1945, que fueron ganadas de forma contundente por el Partido Laborista. Sus miembros tuvieron que enfrentarse a una economía empobrecida, carente de capital, de bienes de consumo y con enormes presiones inflacionarias (Hodne, 1975).

Los políticos y funcionarios que se encargaban de dirigir la reconstrucción estaban profundamente influenciados por las enseñanzas económicas de la llamada Escuela de Oslo, liderada por Ragnar Frisch, profesor en la Universidad de Oslo y receptor del primer Premio Nobel de Economía (junto al holandés Jan Tinbergen) en 1969, por sus modelos dinámicos para explicar los procesos económicos. Frisch y sus discípulos eran muy escépticos respecto de la capacidad de las fuerzas del mercado para distribuir los recursos debido a la tendencia hacia la inestabilidad de una economía liberal, como quedó reflejado en las altas tasas de paro y pobreza de los años 30, causadas por la crisis de 1929. Por tanto, defendían la planificación estatal indicativa para generar un uso más eficiente de los recursos y creación de bienestar, mediante el empleo de regulaciones y una política industrial selectiva.2 El enfoque de dicha escuela ejerció una influencia considerable sobre la política económica hasta mediados de los 1980s, cuando empezó a emerger una visión más liberal.

Durante los primeros años de la posguerra, el gobierno sometió la economía a un férreo control y planificación, que fue mal vista por parte de la burguesía, temerosa de la instauración del socialismo de corte soviético, sobre todo porque el propio Partido Laborista no ocultaba su admiración por la URSS, que había liberado al país de la Alemania nazi y había conseguido un desarrollo industrial reseñable (Lange & Pharo, 1991). No obstante, se trató de una política temporal para permitir que la economía retornase a una senda de crecimiento, especialmente diseñada para mitigar la hiperinflación, vigilar las escasas reservas internacionales y guiar al empresariado noruego.

Pero la planificación y el proteccionismo comenzaron a suavizarse con la llegada del Plan Marshall. El país escandinavo recibió un total de 425 millones de dólares estadounidenses hasta 1955, cuya mayoría eran donaciones (Hodne, 1983). La ayuda se canalizó al gobierno, que dio autorización al sector privado a pagar en dólares por las importaciones procedentes de EE.UU. A cambio de esta cuantiosa ayuda, las autoridades debían llevar a cabo un proceso paulatino de apertura comercial, en parte reduciendo las barreras arancelarias y no arancelarias (Frøland, 2004). El Plan Marshall permitió a las empresas noruegas tener acceso a tractores, camiones, maquinaria y equipos norteamericanos, destinados a incrementar la productividad, acelerar la reconstrucción y modernizar el tejido productivo.

Los controles económicos directos fueron desmantelados progresivamente entre 1950 y 1952: la inflación dejó de combatirse desde 1949, el sistema de racionamiento se abolió en 1952, los subsidios destinados a los productores de alimentos se recortaron en 1950 y los tipos de interés fijados por el Banco Central sufrieron un aumento. A partir de entonces los gobiernos recurrieron a instrumentos de regulación económica indirectos e informales, como los impuestos, el coeficiente de reservas bancarias, el tipo de descuento del Banco Central de Noruega (Norges Bank) o la banca pública.

2. Crecimiento y cambio estructural: 1950-1970

Una vez recuperado el crecimiento económico y finalizada la política de planificación económica, el país nórdico entró en una fase de expansión continua, creciendo a una tasa anual del 8,3% en términos nominales, un 3,7% en términos reales y un 3,2% en términos per cápita durante 1950-70. Aquello fue inferior al ritmo de crecimiento de Suecia y Dinamarca y por debajo de la media de Europa Occidental. En efecto, la riqueza estuvo por debajo de la de los vecinos escandinavos hasta finales de los 1970s. Sin embargo, en ningún año se dio un crecimiento negativo, por lo que los economistas se olvidaron de los ciclos económicos y “aseveraron que sus conocimientos de planificación macroeconómica habían eliminado para siempre los ciclos económicos y los desplomes, del mismo modo que la medicina había erradicado calamidades como la polio o la viruela” (Hodne, 1983: 180, traducción propia).

2.1. Nuevos sectores líderes

Los objetivos de los gobiernos laboristas que gobernaron sucesivamente entre 1945 y 1965 fueron: i) mantener un crecimiento económico alto y estable, ii) estabilizar los precios, iii) conseguir el pleno empleo en el mercado laboral y iv) una distribución más equitativa de la renta, que supuso la continuación del desarrollo del Estado de bienestar y la extensión de la sociedad del consumo. Sin embargo, para conseguir un crecimiento sostenido era necesario crear sectores con alta productividad, más allá de las áreas en las que el país se había especializado y donde se anclaban sus ventajas comparativas (agricultura, pesca, silvicultura y transporte marítimo). Era preciso movilizar recursos hacia industrias de mayor productividad y el medio para conseguirlo era incrementando la inversión, en gran parte financiada por el sector público. De hecho, Noruega fue uno de los países europeos con unas tasas de inversión récord, medidas a través de la formación bruta de capital fijo (FBKF), representando entre el 25 y 30% del PIB durante las dos décadas, más altos que los de Suecia y Dinamarca (SSB, 1978) (ver gráfico I.1).

El sector primario perdió sostenidamente peso en la economía noruega, pues su contribución al PIB bajó del 14% al 6% entre 1950 y 70. Los sectores más dinámicos en las dos décadas fueron la construcción de vivienda y la metalurgia —estrechamente vinculada a la hidroelectricidad y a los astilleros— y desde los 60 comenzó la pujanza de los servicios, tanto públicos como privados. El primer programa que inició el gobierno tras la guerra fue un proceso de electrificación con capital público y la ayuda del Banco Internacional de Reconstrucción y Desarrollo, para que toda la población tuviese acceso a la electricidad. Las cascadas profundas de los ríos que desembocan en el Mar del Norte permitieron el desarrollo de la explotación de la electricidad hidroeléctrica a partir del inicio del siglo XX, pero este proceso se intensificó especialmente entre 1950 y 1980, con el fin de suministrar una energía renovable, limpia, flexible y muy barata para los hogares y facilitar el proceso de industrialización del país (Ministerio de Petróleo y Energía, 2015).

Las cascadas de los ríos caudalosos gracias a un clima húmedo permitieron el desarrollo de la industria hidroeléctrica. A finales del siglo XIX el capital extranjero, inmerso en la segunda revolución industrial, vio oportunidades de negocio en la generación de hidroelectricidad en los ríos noruegos y empezó a adquirir cascadas a los campesinos locales, pues la ley existente permitía la propiedad privada de ríos, cascadas y lagos. Ante la aceleración de la entrada de empresas foráneas y la independencia de Suecia en 1905, el nuevo gobierno deseó regular las entradas de capital y la propiedad extranjeras de recursos naturales hídricos. En 1906 se aprobó la ley que estableció que toda empresa extranjera debía primero solicitar a las autoridades noruegas la concesión del recurso natural antes de adquirirlo y su objetivo era evitar que los principales recursos hídricos noruegos acabasen en manos foráneas. Tras varios debates durante una década, en 1917 se aprobó la Ley Concesional, que estipuló que solo el Estado era propietario o usufructuario de estos recursos geográficos y solo el Rey podía otorgar concesiones para su explotación a empresas extranjeras, de acuerdo con las decisiones del Parlamento, y dichas concesiones eran temporales, de modo que las empresas estaban obligadas a devolver al Estado el recurso con todas sus infraestructuras cuando acabara la concesión. Tønne (1983) afirma que esta regla, denominada hjemfall, era única tanto a nivel nacional como mundial debido al control dado al Estado respecto a sus aguas. Además, las autoridades noruegas tenían derecho a obligar al capital extranjero a formar joint-ventures con capital nacional, con el objetivo de favorecer el transvase de tecnología y conocimiento. Esta ley de concesiones sirvió de base para la elaboración del sistema de licitación de los campos petroleros offshore casi medio siglo más tarde (Cappelen y Mjøset, 2009).

El foco estaba puesto en la industria metalúrgica, intensiva en energía, para sustituir las importaciones de hierro, acero y aluminio, ahorrar divisas, producir para la industria militar y promover el desarrollo regional (Wicken, 2007). El Estado se encargó del desarrollo de la fundición de aluminio y hierro, pues al igual que las plantas hidroeléctricas, requerían una inversión sustancial y un largo periodo para recuperar el capital invertido. Se consiguió un avance notable en la fabricación de aluminio, convirtiendo al país en el quinto productor y segundo exportador mundial de este bien a nivel global (Hodne, 1983). Otros sectores que se beneficiaron de la energía hidráulica fueron el del magnesio, ferroaleaciones, fertilizantes químicos y plásticos, de cuya producción se encargaba el sector privado.

A su vez, un sector que contribuyó a unos niveles elevadísimos de inversión, en torno al 15% de la FBKF total, y que gozó de financiación pública, fue el de la construcción de viviendas. En 1946, el Estado estableció Statens Husbanken, el “Banco Estatal para la Vivienda”, encargado de proveer hipotecas baratas a largo plazo para cooperativas y solicitantes individuales. Por otra parte, las autoridades llevaron a cabo un férreo control de precios tanto para los alquileres, como para la compraventa de casas, para evitar especulaciones. La demanda superó la oferta en la petición de hipotecas y había que ponerse en la cola, donde las familias con hijos tenían prioridad en detrimento de los solteros, considerados como “socialmente menos útiles” (Hodne, 1983: 243).

El transporte marítimo y la construcción de barcos fue uno de los sectores punteros del país desde los tiempos vikingos, dada su ubicación geográfica. Una vez terminado el conflicto armado, la flota mercante pudo faenar de nuevo y el sector del transporte marítimo representó una de las partidas más importantes de la balanza comercial, suponiendo un 30-35% de las exportaciones totales y un 10% del PIB entre 1955 y 1970 (OCDE, 1976). Su peso relativo comenzó a descender desde la segunda mitad de los 60 hasta sufrir una grave crisis en la primera mitad de los 70 debido a la competición de los países asiáticos y la crisis mundial que siguió la escalada de los precios del petróleo (Tenold, 2000).

En cuanto a la industria manufacturera, su peso se mantuvo en torno al 20-25% del PIB, aunque registró cierta caída entre 1950 y 1965, desde el 24% en 1950 al 22% en 1970 (Statistisk Sentralbyrå (SSB), el Instituto de Estadística de Noruega, 1978). A pesar de que el peso relativo del conjunto de manufacturas no haya experimentado un gran incremento durante 1950-70, sí se produjeron cambios en la composición de sus subsectores, siendo las industrias de maquinaria y equipo las más dinámicas. En efecto, el conjunto de maquinaria y equipo (maquinaria eléctrica, no eléctrica y equipo de transporte) incrementó su contribución al producto total del sector manufacturero partiendo de un modesto 13,4% hasta un 20% entre 1950-70, siendo los equipos de transporte los que mayor progreso alcanzaron, gracias sobre todo a la construcción de barcos. En cambio, subramas en las que Noruega tenía ventaja comparativa a lo largo de los siglos gracias a sus bosques frondosos, como las de muebles (su contribución al PIB permaneció en torno al 3% entre 1950-70), papelería (caída desde 13,1% a 8,1% entre 1950-70), peletería (caída desde el 1,2% a 0,3%) y goma (caída desde 1,1% a 0,7%), se estancaron o incluso quedaron rezagadas (SSB, 1978).

La transformación de la industria productiva noruega también se reflejó en la composición de las exportaciones en un contexto de liberalización del comercio internacional. Balassa (1969) caracterizó a Noruega como uno de los países más abiertos del mundo. Las exportaciones tradicionales, como el pescado o la pulpa y papel, perdieron peso en las exportaciones totales entre 1950 y 1970, bajando del 16,3% al 7,7% y del 23,3% al 12,3%, respectivamente (SSB, 1978). Por otra parte, la rama de metales incrementó su contribución (del 0,4% al 2,1%), al igual que los sectores de mayor contenido tecnológico, como la maquinaria (del 1% al 8,8%) y los equipos de transporte (del 4,4% al 14,4%). Al mismo tiempo, se observó que los pesos de las importaciones de metales (del 2,5% al 2,8% de las importaciones totales), maquinaria (del 8% al 17,5%) y equipo de transporte (del 15,1% al 18%) también sufrieron un aumento sustancial entre 1950 y 70, indicando la existencia del comercio intraindustrial, basado en la diferenciación de productos (SSB, 1978).

2.2. Construcción del Estado de bienestar

El desarrollo del Estado de bienestar en la época de la posguerra se manifestó en las siguientes áreas: i) la vivienda, ii) la educación, iii) la protección social, iv) los servicios sociales y v) la política regional. Ya hemos hablado sobre la política de vivienda liderada por Husbanken, destinada a suplir la escasez de viviendas, y la falta de crédito privado, y financiar la construcción de viviendas básicas a un precio razonable. Entre 1946-53 financió 110.000 viviendas; entre 1954-64, 170.000; entre 1965-70, 146.000 y entre 1971-80, 300.000 (Husbanken, 2020). La amplia mayoría de viviendas financiadas por este banco eran de propiedad o pertenecientes a cooperativas, puesto que los políticos noruegos consideraron que la vivienda de propiedad era una forma más digna de ocupación que el alquiler de una vivienda ajena (Stamsø, 2008; Tranøy, 2008).

Los gobiernos no solamente se empeñaron en incrementar el capital físico del país, sino también en invertir en capital humano. En 1969 se extendió la educación obligatoria a 9 años y antes, en 1947, se había establecido otro banco público, Statens Lånekasse, encargado de ofrecer crédito a estudiantes de educación terciaria que careciesen de colateral, lo que permitió el acceso a la educación superior de personas de grupos sociales que antes no se podían permitir estudiar. Se produjo una explosión en el número de matriculaciones en las facultades y centros de formación profesional: en 1950 solo había 7.481 universitarios, en 1960, 9.609; en 1965, 19.639 y en 1970, 30.165 (SSB, 1978). A principios de los 70 el gasto público en educación era del 5,9%, por encima de la media de países OCDE (Banco Mundial, 2020).

El periodo 1945-70 fue testigo de la universalización de los instrumentos de protección social. En 1938 se introdujo el subsidio de paro, en 1946 los subsidios por hijos —aunque hasta los 70 solo era por el segundo y sucesivos hijos, por el primero no se recibía—, en 1956 la prestación por baja laboral y las pensiones de jubilación se iban extendiendo a varios grupos de trabajadores. El Partido Laborista se preocupaba en principio por los intereses de los empleados, pero el Partido de los Agricultores (rebautizado como Partido del Centro), el Partido Liberal y el Partido Conservador abogaban por la universalización de las prestaciones, por lo que la extensión de la protección social nació de la negociación de todos los políticos e ideologías (Halvorsen y Stjernø, 2008). Consecuentemente, en 1957 se introdujo la pensión de jubilación para todos, en 1960 las pensiones por incapacidad y rehabilitación universales, en 1965 la prestación por maternidad y en 1967 se firmó la Ley del Plan Nacional de Pensiones. Más tarde, los subsidios de desempleo y enfermedad también se incorporaron dentro de este sistema, que se financió con la contribución de empleadores, empleados y el gobierno.

El Partido Laborista ya había deseado que el Estado tomara las riendas del sector sanitario cuando llegó al gobierno, en 1935, pero el estancamiento económico y la invasión nazi pospusieron las reformas deseadas hasta 1945. A partir de dicha fecha se estableció una serie de leyes con el fin de crear un sistema coordinado de servicios sanitarios en el marco del Estado de bienestar: atención dental en las escuelas (1947), enfermería general (1948), subsidio de enfermedad universal (1956), servicios médicos escolares (1957), cuidados de enfermería a domicilio (1959), rehabilitación ocupacional y por discapacidad (1960), cuidados de la salud mental y psiquiátricos (1961), el subsidio universal de la seguridad social (1966) u hospitales (1969). El tamaño del sector sanitario se multiplicó sustancialmente entre 1950 y 1976: su peso en el PIB pasó del 3,5% al 8%, el número de personal sanitario se dobló y en muchas comunas los hospitales y centros médicos se convirtieron en los principales generadores de empleo (Hubbard, 2006), por encima de la educación. Desde finales del siglo XIX hasta los años 1980s el sector sanitario estuvo gestionado por la administración central, a través del Directorio de Salud, integrado por expertos médicos. Sin embargo, en los 1970s se alzaron voces a favor de una descentralización y las leyes de 1982 y 1988 transfirieron la propiedad y responsabilidad administrativa de casi todos los servicios sanitarios que no requerían hospitalización a las comunas (municipios). Aquello logró consolidar un sistema público de salud que a la vez era descentralizado y de gestión comunal. No obstante, los 80 hospitales públicos están gestionados por la administración central de nuevo desde 2002.

La expansión del gasto sanitario público obedeció a varios factores demográficos y sociales (Hodne, 1983). En primer lugar, al envejecimiento paulatino de la población, con el consiguiente aumento de la demanda de servicios sanitarios: mientras que en 1930 la población mayor de 65 años solo representó el 8,7% de la población total, esa cifra fue del 11% en 1960, del 14,2% ya en 1980, 15,3% en 2000 y 17,3% en 2019 (Knoema, 2020). La esperanza de vida al nacer también aumentó progresivamente: pasó de 73,5 años en 1960 a 82,5 en 2017 (Banco Mundial, 2020). Por otra parte, el tamaño de las viviendas en las ciudades hizo difícil la convivencia de varias generaciones en el mismo hogar, por lo que los hijos ya no podían atender las necesidades de los mayores de la misma forma que en áreas rurales. Y la emancipación y masiva incorporación de la mujer al mercado laboral en los 1970s y 1980s dificultó el cuidado de los mayores.

Otro componente que merece la pena mencionar de las políticas públicas noruegas es el regionalismo y la apuesta por el mundo rural. La población mostraba una clara oposición a la urbanización descontrolada y a la despoblación del norte e interior del país. Como el Partido Laborista contaba con un importante número de votos en el mundo rural, no quería perder este apoyo y se dedicó a diseñar una política regional que recolectase tributos en las ciudades con mayor PIB per cápita, y los transfiriese al mundo rural en forma de escuelas, hospitales, exenciones fiscales y construcción de carreteras para conectar los municipios. También se pusieron trabas legales al establecimiento de negocios en áreas urbanas y se mantuvo la política proteccionista contra la importación de productos alimentarios y ganaderos. Fue una estrategia opuesta a la de Suecia, donde se apostó por la migración de la población hacia las urbes industriales del Sur para sacar provecho de las economías de escala asociadas a la urbanización (Halvorsen y Stjernø, 2008). Esta apuesta por una población esparcida se mantiene hasta hoy y es motivo de orgullo nacional.

Para poder financiar la política industrial, la banca pública, el Estado de bienestar y la política regional, el gobierno entendió que era necesario subir los ingresos públicos y se recurrió a un incremento de la progresividad del sistema tributario y al mantenimiento del pleno empleo. Se aumentaron los impuestos sobre personas físicas y empresas hasta los niveles registrados en Suecia y Dinamarca (OCDE, 1978). El resultado fue un incremento notable de los ingresos públicos, sobre todo entre 1960 y 1965, que lograron cubrir con creces el gasto público durante todo el periodo, de modo que se registraron superávits fiscales equivalentes al 7% del PIB entre 1950 y 1969 (SSB, 1978).

Las autoridades noruegas se empeñaron en mantener una política de racionamiento de crédito con unos tipos de interés fijos regulados y muy bajos, gestionados en gran medida por la banca estatal, como ya habíamos señalado en el caso de la vivienda y la educación superior. El porcentaje de créditos y préstamos concedidos por la banca estatal pasó del 25% en 1950 al 37% en 1970 y alcanzó su cénit en 1980 con casi el 50% (tabla I.1). Existía además el Banco de la Pesca (Fiskarbanken) para la modernización de la flota pesquera, y el Banco Industrial (Industrilbanken) para las manufacturas y la industria pesada. Los tipos de interés fueron fijados por el gobierno con el objetivo de que fueran los más bajos posibles. Lie y Thomassen (2016) enumeran las razones detrás de la férrea defensa del dinero barato en Noruega entre 1945-86: i) era un instrumento esencial para incentivar la inversión, la modernización económica del país y un crecimiento estable; ii) tenía un efecto redistributivo, y iii) permitía el acceso a la vivienda a amplias capas de la población. Gozó de una popularidad incuestionable entre la población, por lo que los gobiernos laboristas ni se plantearon retirarlo, incluso los partidos de centroderecha abogaron por mantenerlo. Fagerberg et al. (1990: 66) denominaron al régimen como “socialismo de crédito”, aunque desde principios de los años 70 emergieron algunas voces críticas con la política crediticia debido a sus ineficiencias. En primer lugar, este sistema de intereses regulados y cantidades prefijadas incentivó a los bancos a seleccionar a los clientes más solventes para maximizar la seguridad de poder recuperar lo prestado, o a aquellas personas u empresas que tenían fuertes lazos con el gobierno (Moene y Wallerstein, 1993). También se subrayó la regresividad del derecho a deducir todos los intereses pagados por las deudas de la base imponible, que beneficiaba sobre todo a las capas más pudientes, cuyas rentas se gravaban con tipos impositivos máximos casi del 70% (Lie y Thomassen, 2016). En todo caso, esta política de regulación financiera estimuló la inversión medida a través de la FBKF, que se situó entre el 25-30% del PIB entre 1950 y 1970 y alcanzó su cénit en los años 70 tras el descubrimiento de hidrocarburos (gráfico I.1).

Tabla I.1. Crédito según entidad bancaria, en %, 1950-1980


1950195519601965197019751980
Banca estatal25%35%36%37%39%42%47%
Banca comercial45%35%35%35%34%33%30%
Banca de ahorro28%29%28%27%26%25%23%

Fuente: Norges Bank.

Gráfico I.1. FBKF en % del PIB, 1950-2018


Fuente: SSB (1978) y Banco Mundial (2020).

3. Las primeras dos décadas convulsas tras el descubrimiento del petróleo

El modelo de acumulación de la posguerra, caracterizado por un crecimiento económico estable sin interrupciones, cuentas públicas saneadas y un cambio estructural a favor de la industria manufacturera de mayor valor añadido, empezó a tambalearse a inicios de los 70, tanto por factores exógenos a la economía noruega, como la caída del sistema de Bretton Woods y la crisis petrolera, como por factores endógenos, como el descubrimiento del petróleo y los fuertes estímulos económicos contracíclicos que puso en marcha el Partido Laborista.

3.1. La creación de Statoil

La exploración petrolera noruega es tardía. Todavía en los años cincuenta los geólogos eran escépticos respecto de la existencia de hidrocarburos en la costa noruega. Sin embargo, las expectativas de encontrar crudo en la costa del mar del Norte aumentaron tras el descubrimiento del yacimiento de Groningen en 1959 y los estudios que apuntaban a la existencia de reservas en el sur del Reino Unido. Por consiguiente, fue necesario sentar las bases de una legislación que regulase las actividades petroleras. Así, lo primero que se hizo fue fijar la soberanía del Estado noruego sobre las aguas del mar del Norte y crear un marco regulatorio para la exploración y explotación petrolera.

No obstante, la economía noruega carecía de conocimientos y medios para explorar y explotar hidrocarburos, por lo que era imprescindible involucrar al capital extranjero. Las primeras concesiones se otorgaron en un entorno internacional de precios bajos del crudo y la competencia de las autoridades británicas, que también precisaban atraer inversionistas para desarrollar su sector offshore. Por tanto, el marco internacional obligó a las autoridades gubernamentales a ofrecer condiciones favorables a las petroleras privadas para que llevasen a cabo su actividad con amplia libertad (Nelsen, 1992).

El descubrimiento del primer yacimiento comercialmente viable con petróleo de alta calidad en aguas noruegas no se produjo hasta diciembre de 1969, de la mano de Phillips, que recibió el nombre de Ekofisk. Su hallazgo fomentó el interés de las autoridades noruegas por la posible participación estatal en este sector prometedor. Entre 1969-71, con una coalición de partidos no laboristas (Partido Conservador, el Partido del Centro y el Partido Democristiano) todavía en el poder, tuvo lugar un debate sobre la participación nacional en la industria noruega. El gobierno defendió la creación de un holding estatal sin capacidad operativa, formado por varias empresas aliadas, teniendo un lugar destacado la empresa semipública Norsk Hydro, dedicada a la generación de energía hidroeléctrica. Los gobernantes eran reacios a arriesgar dinero público debido a la incertidumbre que rodeaba al sector naciente.

Las elecciones de 1971 fueron ganadas por el Partido Laborista, cuya idea era bien distinta: fundar una empresa petrolera estatal desde cero para ejercer control directo sobre el sector hidrocarburífero, pese al importante desembolso inicial y al riesgo. Consideraba que los rendimientos futuros serían sustanciales y que contribuiría no solamente a maximizar las rentas petroleras correspondientes al Estado, sino que sería una herramienta para apoyar al tejido empresarial local, crear un entorno laboral más seguro y contribuir al desarrollo tecnológico y diversificación sectorial.

El 14 de junio de 1972 fue fundada Den Norske Stats Oljeselskap A.S., más conocido por su nombre abreviado, Statoil, una empresa 100% pública, integrada verticalmente para controlar todas las fases del ciclo petrolero (upstream y downstream) y con capacidad operativa. En 1978, el Ministerio de Industria dejó de regular el sector y se fundó el Ministerio de Petróleo y Energía que, junto a Statoil y al Directorio Noruego de Petróleo (NPD), formarían el “modelo petrolero noruego” triangular, aspecto fundamental en el singular modelo petrolero noruego. Statoil se encargó, hasta la creación del State’s Direct Financial Interest y su privatización parcial el 2001, de la función comercial y de una parte importante de la producción y de la gestión. Por otro lado, el NPD posee hasta hoy en día una función puramente técnica y de asesoría, como la elaboración de datos sobre la actividad del sector, geología, ingeniería y recomendaciones al Ministerio en asuntos técnicos y sobre la regulación del ritmo de extracción y de otorgar licencias. Por último, el Ministerio de Petróleo y Energía asumió la tarea ejecutiva, poniendo en marcha las leyes aprobadas por el Parlamento, con el que trabaja conjuntamente para fijar los objetivos del sector o la organización y evaluación de las rondas de licitación. Estos tres organismos no solamente se coordinaron entre sí, sino con otros Ministerios, como el Ministerio de Medio Ambiente, el Ministerio de Asuntos Sociales, el Ministerio de Justicia o el Ministerio de Pesca.

3.2. Los convulsos años 70: la crisis petrolera y la fuerte política keynesiana

La escalada tan intensa de precios iniciada a finales de 1973 por la OPEP y la crisis económica así desencadenada en los países industrializados tuvo implicaciones positivas y negativas para el país escandinavo. Debido a su apertura comercial, Noruega fue golpeado por la recesión de los socios comerciales de la OCDE, especialmente el sector del transporte marino, los astilleros, la silvicultura y la industria manufacturera, los que más contribuyeron a las exportaciones. No hubo un incremento severo del desempleo, el PIB siguió creciendo tanto en términos nominales como reales, gracias a una importante política contracíclica del gobierno, pero sí se registraron tasas de inflación de dos dígitos, los superávits fiscales de los 60 se transformaron en déficits y la deuda exterior alcanzó niveles récord.

Pero si nos centramos solamente en los efectos de la crisis petrolera sobre el sector hidrocarburífero, son claramente positivos. Con la escalada de los precios por barril, la explotación de los yacimientos offshore del mar del Norte se volvió comercialmente rentable. Estos hechos reforzaron la posición negociadora del gobierno noruego frente a las empresas extranjeras, aunque en ningún momento pretendió llevar a cabo nacionalizaciones como en Oriente Medio, pues comprendió que necesitaba la capacidad tecnológica y financiera de estas (Noreng, 1980). Pero el contexto internacional, sí permitió que el Estado exigiera a las inversiones extranjeras poner en marcha unas medidas tributarias, de transferencia tecnológica y de derechos de propiedad, que incrementaran la renta petrolera del Estado y otorgaran privilegios a la recién creada Statoil y a otras empresas locales:

•En primer lugar, en 1975 tuvo lugar una reforma fiscal sobre actividades hidrocarburíferas sin la renegociación de los términos de las licencias ya concedidas a empresas transnacionales (ETNs). Se creó el Impuesto extraordinario sobre actividades petroleras (IEAP), que grava a las empresas dedicadas a la explotación de gas y petróleo y su transporte mediante tuberías. Se trató de un impuesto del 25% en los años 70, aplicable al beneficio neto después de haber pagado el impuesto general de sociedades (IS) —que en los 70 ascendía al 50,8%— y los royalties. La justificación de la introducción de esa tasa especial era permitir que el Estado captara el beneficio extraordinario generado por un recurso escaso no renovable, propiedad del Estado noruego. El efecto de la fijación de dicho impuesto se contrarrestó con una generosa política lineal de amortización de inversiones y se permitió descontar un tanto por ciento de las inversiones realizadas en los últimos periodos fiscales. En 2020, el tipo del IS es del 22%, y el IEAP del 56%, por lo que el tipo marginal en el sector petrolero asciende a 78% (Norskpetroleum, 2020).

•En las siguientes rondas de licencias se introdujo una serie de principios que favorecieron a las empresas del país, particularmente a Statoil. Uno de ellos fue el carried interest, mediante el cual las empresas extranjeras tuvieron que asumir los costes de exploración de los campos, mientras que Statoil quedó libre de ellos. El segundo principio fue el sliding scale, que dio a las empresas noruegas el derecho de incrementar gradualmente su participación en los campos comercialmente viables hasta alcanzar 80% —por ejemplo, cuando el campo de Statfjord, uno de los más prometedores, se descubrió en 1974, Statoil obtuvo un 50% de su propiedad. Además, las empresas noruegas adquirieron el privilegio de poder desplazar como operadoras a las firmas foráneas—, por ejemplo, Statoil se convirtió en operadora del campo de Statfjord en 1987 en detrimento de Mobil, su antigua operadora.

•Durante los cinco primeros años las primeras operadoras, Phillips, responsable por Ekofisk, y Elf, operadora de Frigg, siguieron confiando en sus proveedores estadounidenses y franceses bien conocidos. La implicación de las compañías noruegas era mínima y se reducía a actividades técnicamente poco sofisticadas, como levantar torres de hormigón reforzadas con acero, que servirían como pies para las plantas petrolíferas. Los actores locales se seguían enfrentando a serias barreras de entrada en las fases más avanzadas de la cadena de producción debido a la presencia de grandes inversiones en I+D, patentes, mano de obra formada y economías de escala en esta industria. Para crear una industria offshore doméstica era necesario que las empresas noruegas aprendiesen el know-how de los proveedores internacionales, por lo que las autoridades noruegas firmaron unos acuerdos tecnológicos con los socios extranjeros y persiguieron una estrategia de “norueguización” del sector a través del fomento del contenido local (Heum, 2008; Ryggvik, 2013). Se trató de una serie de medidas orientadas a la protección de la industria naciente y, por ende, se las consideró proteccionistas. Astilleros y navieras noruegas, como Aker y Kvaerner, inmersos en una crisis debido a la recesión del mundo occidental y al incremento de la competencia por parte de las compañías asiáticas, veían el sector petrolero como un nicho de mercado alternativo (Tenold, 2000).

•El Libro Blanco N° 53 (1979-1980) expresó que se añadían condiciones adicionales para las empresas foráneas que desearan optar por licencias futuras: i) uno era el empleo de contenido local y para ello se incentivaba a las empresas a publicar el porcentaje que constituían las entregas de bienes y servicios noruegos en sus operaciones; y ii) el segundo consistió en una serie de acuerdos tecnológicos referentes a la inversión en I+D que las empresas extranjeras estaban dispuestas a llevar a cabo en colaboración con compañías e instituciones de investigación y universidades noruegas. Los objetivos del Ministerio fueron alcanzar un 28% de contenido local en 1975, un 42% en 1976 y un 62% en 1978 (Al-Kasim, 2006). Dicho objetivo, de acuerdo a Ryggvik (2013), fue logrado exitosamente por el gobierno.

•El gobierno del país escandinavo también especificó que los contratos y otra documentación oficial en el sector fueran redactados en noruego, y que la lengua escandinava fuera el idioma de trabajo en las plataformas petroleras (Ryggvik, 2013). Aunque cualquier persona es capaz de aprender una lengua extranjera, el proceso toma tiempo y recursos considerables, por lo que fue una medida para favorecer la contratación de empresas locales y personal noruego, como contables, juristas o traductores.

Las ETN petroleras aceptaron las condiciones impuestas por las autoridades noruegas en este proceso de norueguización: tanto los privilegios de Statoil, la subida de impuestos, los compromisos en I+D, como la contratación de proveedores locales. Mientras que estas empresas fueron expulsadas en Oriente Medio, Noruega les ofrecía el respeto de sus inversiones a condición de aceptar aquellas normas pro desarrollo nacional.

El problema principal de Noruega a inicios de los 1970s fue el hecho de que las exportaciones constituían en torno al 25-30% del PIB, la tasa de apertura era del 55-60% y el 78% de los intercambios se realizaban con los países nórdicos y europeos occidentales (SSB, 1978), por lo que la primera crisis del petróleo y la consiguiente recesión en los socios comerciales tuvo un efecto agudo sobre la economía. Por si fuera poco, la corona noruega (NOK) sufrió un proceso de apreciación gracias a las expectativas de generación de rentas petroleras futuras, lo que restaba aún más competitividad a las exportaciones y amenazaba a Noruega a entrar en una “enfermedad holandesa”.3 El impacto fue especialmente negativo sobre el sector naviero y las industrias exportadoras tradicionales, como la textil, la minería, la pesca y la agricultura, y el gobierno decidió prestarles auxilio para evitar la pérdida de empleo y cierre de empresas, especialmente en áreas rurales. El gobierno pensó que la crisis sería relativamente corta, por lo que se podría combatir con una política keynesiana anticíclica para no dañar el nivel de actividad.

La solución fue una generosa política de subsidios, de modo que mientras en 1972 la partida de subsidios solo representaba el 2,75% del PIB y el 12% del gasto público, en 1978 era casi del 4% y 16%, respectivamente (SSB, 1994). Adicionalmente, el gobierno bajó los tipos de interés entre 1972 y 1973 y ofreció préstamos con condiciones especialmente favorables. Según Noreng (1980), en 1978 en torno al 25% del empleo del sector manufacturero fue sostenido por los subsidios. Por lo tanto, mientras el gobierno pensaba que la crisis sería temporal, resultó ser más larga de lo previsto, y los sindicatos y patronales presionaron por la permanencia de las ayudas, que se mantuvieron durante una década, financiando empresas poco rentables incluso cuando el ciclo económico cambió en 1979-80 (Thøgersen, 1994).

Adicionalmente, los años 1970s fueron caracterizados por un fuerte crecimiento de la tasa de actividad, esencialmente por la incorporación de la mujer al mundo laboral en un ambiente de movilización feminista, iniciada a mediados de los 60. Reivindicaba el aborto libre, guarderías para permitir a las madres trabajar y la participación de la mujer en la vida política. Mientras que en 1960 solo el 23% de las mujeres de entre 16-74 años trabajaba fuera de casa (Hodne, 1983), en 1972 la cifra era casi del 45% y aumentó progresivamente a lo largo de los 1970 y 1980s: en 1980 era del 51%; en 1985 casi del 60%, y en 1990 del 62%, aunque unos 14 puntos porcentuales por debajo de la tasa de actividad masculina (SSB, 1994). Este proceso fue posible gracias a la extensión de las ayudas familiares a todos los hijos, tanto para matrimonios, como para divorciadas y, sobre todo, a la ley de guarderías de 1975, que dio lugar a una construcción permanente de guarderías y escuelas infantiles públicas, permitiendo que un porcentaje creciente de mujeres con hijos pequeños pudiese trabajar (Halvorsen y Stjernø, 2008) —en 1972 el 29% de las mujeres con hijos de entre 0-2 años era activa y el 41% con niños de 3-6 años; mientras que en 1990 las cifras eran de 69% y 74%, respectivamente (SSB, 1994)—. Las políticas favorables a la conciliación familiar fueron introducidas tanto por el gobierno laborista de Gro Harlem Brundtland —la primera ministra femenina del país en 1981—, como por los conservadores en los años 80, e incluyeron la extensión del periodo de las bajas maternales con el cobro del 100% del sueldo en los primeros meses y luego del 80%. Al principio las mujeres ocupaban puestos a tiempo parcial y con bajos sueldos en el comercio y restauración, pero la diferencia salarial respecto a los hombres ha ido disminuyendo a medida que el sector público iba extendiendo sus actividades en la educación y sanidad (SSB, 1994). El Estado fue, de esta forma, una verdadera “máquina de empleo” en los países escandinavos (Esping-Andersen, 1990: 149).

Los fuertes incentivos anticíclicos contribuyeron a un crecimiento del PIB positivo, tanto en términos nominales como reales, tanto si se tienen en cuenta los ingresos petroleros, como si no (gráfico I.2).4 También se consiguió sostener una tasa de paro en torno al 2% (SSB, 2020), al contrario que en el resto de los países de la OCDE, que sí sufrieron fuertes aumentos en la tasa de desempleo tras las crisis petroleras.

No obstante, el conjunto de medidas keynesianas perjudicó las cuentas públicas, que pasaron de tener superávit a inicios de la década a engrosar déficits entre 1977 y 1979. Para financiar sus operaciones, el gobierno empezó a acudir a los mercados internacionales, ya que los mercados de capital domésticos eran insuficientes. El país no tuvo ningún problema en obtener créditos de entidades foráneas, ya que usó como colateral los ingresos petroleros futuros, por lo que se consideraba como un deudor solvente, y el gobierno argumentó que era legítimo usar las rentas futuras del petróleo para enfrentarse a problemas coyunturales (Noreng, 1980). La deuda externa no paró de aumentar, no ya solo por el endeudamiento del gobierno, sino también del sector privado, especialmente el petrolero, pues necesitaba importar bienes y servicios para comenzar a operar.

En septiembre de 1977 se celebraron elecciones generales, que ganó el Partido Laborista de nuevo, pero optó por una serie de medidas de austeridad para reducir el doble déficit y la abultada deuda exterior: se devaluó la NOK, se congeló la subida de los salarios para mitigar la inflación y la pérdida de competitividad, y se impusieron controles en el mercado de crédito. Estas medidas lograron aliviar las cuentas externas, pero generaron descontento entre la clase trabajadora, debido a la pérdida de poder adquisitivo, resultando en la erosión del Partido Laborista.

Gráfico I.2. Tasa de crecimiento del PIB nominal, PIB real, PIB nominal continental y PIB real continental, en %, 1970-2019


Fuente: elaboración propia a partir de SSB (2020).

4. Años 80: Liberalización financiera y política fiscal expansiva

El giro hacia una política más liberal que promulgaba el Partido Conservador fue un proceso paulatino, según Kuhnle et al. (1986), resultado, entre otras cosas, de la mejora del bienestar de la población, el nivel de educación y la extensión de la capacidad de consumo. También influyó el conjunto de políticas más austeras que el gobierno laborista practicó entre 1977 y 1981. Las elecciones de 1981 fueron ganadas por el Partido Conservador encabezado por Kåre Willoch, quien gobernó desde 1981 a 1986 y llevó a cabo una serie de reformas inspiradas en los programas de Reagan y Thatcher, aunque fueron considerablemente menos radicales que en los casos británico y estadounidense. Es más, en el sector petrolero se reforzó el control del Estado y en el mercado laboral se combatió el desempleo mediante políticas activas, y se reforzó el sistema de protección por desempleo, extendiendo el periodo máximo de percepción del subsidio de cuarenta a ochenta semanas. Sin embargo, Willoch también fue defensor de la reducción de impuestos tanto para las personas físicas como para las empresas: la recaudación procedente de los impuestos sobre rentas personales y sobre propiedad descendió del 16,3% sobre los ingresos totales del gobierno central al 9% entre 1980 y 1985 (Fagerberg et al., 1990). Sin embargo, esta medida no provocó déficits públicos, ya que la pérdida de ingresos fiscales asociados fue cubierta por las rentas procedentes del sector hidrocarburífero.

Efectivamente, la segunda crisis petrolera de 1979-81 favoreció a la economía escandinava. Los precios sufrieron una escalada aún más brusca que en 1973, situándose entre 27 y 37 dólares/barril entre 1980 y 1985. Para Noruega era el momento idóneo, pues el alza coincidió con el comienzo de la producción en varios campos cruciales, como Statfjord y Frigg. Consecuentemente, el periodo 1979-85 corresponde con un incremento importante de la producción anual: mientras que entre 1971-77 la producción solo se incrementó desde 0,35 a 19 millones de Sm3 de equivalentes de petróleo, en 1985 ya se extrajeron 74 (gráfico II.3). Gracias al doble efecto del aumento de los precios y del volumen de extracción, el sector petrolero comenzó a representar una parte cada vez mayor de los agregados macroeconómicos: su contribución al PIB pasó del 3% al 17% entre 1977 y 1985; fue responsable del 12% de las exportaciones en 1977, mientras que en 1985 ya del 38%; y generó el 21% de los ingresos del sector público en 1985, mientras que en 1977, solo del 4% (gráfico I.4).

La capacidad de negociación del Estado se vio reforzada de nuevo durante la segunda crisis del petróleo y el Gobierno decidió modificar el sistema fiscal del sector petrolero en 1980, mediante una subida de los impuestos (el IEAP subió del 25% al 35%) y un recorte de las reducciones y deducciones de la base impositiva.5 Esta reforma, junto al incremento de los precios internacionales y el comienzo de la producción en yacimientos importantes, permitió al Estado subir progresivamente la recaudación impositiva procedente de las actividades petroleras hasta alcanzar 103 mil millones de coronas noruegas (NOK) en 1985 (gráfico I.5), de allí la capacidad del gobierno de Willoch de bajar impuestos sobre las otras actividades sin generar déficit público.

Los conservadores llevaron a cabo una reforma muy importante en el sector petrolero. Fueron contrarios desde el principio a la excesiva expansión y acumulación de poder de Statoil, y el uso dilapidador de sus enormes ingresos —los usaba para realizar proyectos faraónicos, porque si no los gastaba, tenía que transferirlos al Estado (Claes, 2002). En 1984 tuvo lugar el llamado “corte de alas” de Statoil: más de un 50% de sus derechos de propiedad sobre campos hidrocarburíferos prometedores pasaron a formar parte de la propiedad directa del Estado, llamada Interés Financiero Directo del Estado (State’s Direct Financial Interest, SDFI).6 Los ingresos y gastos generados de esta fueron asumidos directamente por el Estado (y ya no por Statoil). El Estado tuvo que lidiar directamente con proyectos costosos al norte del mar del Norte y enfrentarse a la caída de los precios del petróleo en 1986.

Gráfico I.3. Producción anual de hidrocarburos en Noruega en millones de Sm3 de equivalentes de petróleo y precio del petróleo en dólares por barril (eje der.), 1971-2019


Fuente: Norskpetroleum (2020) y BP (2019).

Gráfico I.4: Contribución del sector petrolero al PIB, al nivel de inversión, al valor de las exportaciones y a los ingresos del sector público, en %, 1971-2019


Fuente: Norskpetroleum (2020).

Gráfico I.5. Ingresos netos del Estado procedentes de actividades hidrocarburíferas y sus componentes, en miles de millones de NOK de 2015, 1971-2019


Fuente: Norskpetroleum (2020).

Otra de las primeras reformas liberalizadoras afectó al mercado inmobiliario. La vivienda perteneciente a cooperativas había sido aún más subsidiada por el Estado que la vivienda privada, y por ello los gobiernos laboristas prohibieron su puesta en venta a precio de mercado en el mercado secundario. Dadas las altas tasas de inflación registradas en la segunda mitad de los 70, los ocupantes de viviendas de cooperativas estaban descontentos por la imposibilidad de vender a un precio más alto. Los conservadores se dieron cuenta de que la reforma del sistema de venta les reportaría muchos votos e incorporaron esta propuesta en su programa electoral, cuyo éxito fue el esperado y generó una escalada de los precios inmobiliarios entre 1983 y 1987.

Para entender la burbuja inmobiliaria y financiera, también hay que hacer hincapié en la liberalización incompleta del mercado de crédito de los gobiernos de Willoch. Entre 1984 y 1985 se aprobaron unas normas que permitieron a los bancos y aseguradoras otorgar créditos según sus criterios, diversificar sus actividades, abrir nuevas sucursales y expandir sus actividades por todo el país. Los particulares adquirieron libertad para solicitar todas las divisas que quisiesen para viajar fuera y para invertir en activos en el extranjero. También se posibilitó la entrada de bancos foráneos y la compra de acciones a inversores extranjeros en la Bolsa de Oslo.

No obstante, al principio del proceso desregulador el gobierno de Willoch no estaba dispuesto a dejar flotar los tipos de interés, ni eliminar las ventajas fiscales para los deudores, debido a su alto coste político (Lie y Thomassen, 2015). La persistencia de tipos bajos, junto a la ausencia de medidas como la fijación de reservas bancarias mínimas o el establecimiento de una entidad bancaria supervisora, provocó una expansión bancaria sin precedentes, alentada por la fuerte competencia entre las entidades, y la formación de una burbuja crediticia entre hogares y empresarios. Además, estas reformas se realizaron justo en la fase más alcista del ciclo económico de los 80 (gráfico I.2) y una situación de reducción del desempleo, por lo que se trató de una política monetaria claramente procíclica.

Por otra parte, la liberalización del mercado de crédito con una inflación alta y unos intereses deducibles suponía una gran oportunidad de obtener dinero barato para las familias y empresas. Los tipos de interés reales después de impuestos eran negativos entre 1980-1983 y cercanos a cero entre 1986-1988. El resultado fue el endeudamiento masivo de los hogares que canalizaron el dinero hacia el mercado inmobiliario, que parecía una buena inversión por los precios crecientes, y a la Bolsa de Oslo, pues las ganancias procedentes de acciones y bonos poseían un tratamiento fiscal favorable, formando dos burbujas (Tranøy, 2008). Las empresas, que también se beneficiaban de la deducción de los intereses, se aprovecharon del crédito barato y establecieron negocios de moda, como videoclubs, cafeterías, servicios financieros o se dedicaron a la especulación en el mercado inmobiliario no residencial (Steigum, 2004).

El hundimiento del precio del crudo a inicios de 1986 (gráfico I.3) transformó el superávit por cuenta corriente del 5% del PIB de 1985 en un déficit equivalente al 7% del PIB en un solo año y el superávit público del 6% respecto del PIB se redujo a la mitad entre 1985 y 1987. Los ingresos públicos netos procedentes del sector petrolero representaban el 18% de los ingresos totales del gobierno en 1985, pero en 1987 apenas el 3% (gráfico I.4). Los gobiernos noruegos de los años 1970 y 1980 creían que los altos precios del crudo perdurarían siempre, pero los acontecimientos de 1986 demostraron los peligros de depender de los ingresos generados a través de las exportaciones hidrocarburíferas y de la incertidumbre en los mercados globales.

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